Kitabı oku: «Paisaje de la mañana»

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Paisaje de la mañana

Esbozo para un curso de literatura infantil peruana

Jorge Eslava



Paisaje de la mañana. Esbozo para un curso de literatura infantil peruana Primera edición digital: septiembre, 2018

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Imagen de portada: Ilustración de Felipe Morey, basada en la carátula de la revista Figuritas (Lima, 1 de agosto de 1912, año I, n.° 31)

Versión e-book 2018

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Prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN 978-9972-45-454-7

Índice

PRESENTACIÓN

PRÓLOGO

Por una literatura infantil de alto nivel artístico 27 Diálogo con Jesús Cabel

PRIMERA UNIDAD

NOCIONES PREVIAS

Referencias en torno al texto literario

El lenguaje literario

Estudios clásicos de la crítica literaria en el Perú

Acercamientos a la literatura infantil peruana

El canon literario

Conciencia de lo nacional

El carácter unitario

Literatura oral y literatura infantil

Otros ámbitos de la literatura infantil

La función de las editoriales

LECTURAS EJEMPLARES 1

Consideraciones generales, de José de la Riva Agüero

Nota preliminar, de Ventura García Calderón

La literatura de la Colonia, de José Carlos Mariátegui

Indios, españoles y los demás, de Luis Alberto Sánchez

Carta a Fernando Lecaros, de Jorge Basadre

El niño en la literatura, de María Wiesse

Prólogo para el niño, de Sebastián Salazar Bondy

La literatura peruana: totalidad contradictoria, de Antonio Cornejo Polar

SEGUNDA UNIDAD

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Fuentes prehispánicas y literatura de la Colonia

Autores representativos y sus obras

Juan Díez de Betanzos

Pedro Cieza de León

Cristóbal de Molina

Pedro Sarmiento de Gamboa

Felipe Guamán Poma de Ayala

Inca Garcilaso de la Vega

Francisco de Ávila

Bernabé Cobo

Un caso singular

Jorge Basadre

LECTURAS EJEMPLARES 2

Leyenda de los hermanos Ayar, de Juan Díez de Betanzos

De cómo Viracocha Inca tiró una piedra de fuego …, de Pedro Cieza de León

Fábula del origen de los Ingas del Cuzco, de Pedro Sarmiento de Gamboa

Una huaca llamada Cavillaca, de Francisco de Ávila

Historia de Pedro Serrano y Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo, del Inca Garcilaso de la Vega

Los hechiceros comunes, de Felipe Guamán Poma de Ayala

Fábula de las guacamayas, de Cristóbal de Molina

Del origen fabuloso de los Incas, de Bernabé Cobo

Narraciones y cantos quechuas, recopilados por Jorge Basadre

TERCERA UNIDAD

BASES LITERARIAS

Literatura de la Emancipación y de la República

Autores representativos y sus obras

Mariano Melgar

Felipe Pardo y Aliaga

Ricardo Palma

Tres casos singulares

Adolfo Vienrich

Arturo Jiménez Borja

José María Arguedas

LECTURAS EJEMPLARES 3

Seis fábulas, de Mariano Melgar

Un viaje, de Felipe Pardo y Aliaga

La achirana del Inca, Los incas ajedrecistas,

La misa negra y El rosal de Rosa, de Ricardo Palma Fábulas quechuas, compiladas por Adolfo Vienrich

El zorro y el cuy, cuento recogido por Arturo Jiménez Borja

El sueño del pongo, cuento recogido por José María Arguedas

CUARTA UNIDAD

PERIODO DE FUNDACIÓN EN NARRATIVA

Primera mitad del siglo XX

Autores representativos y sus obras

Abraham Valdelomar

César Vallejo

María Wiesse

Alida Elguera

Angélica Palma

José Diez Canseco

Ciro Alegría

Carlota Carvallo de Núñez

Francisco Izquierdo Ríos

José Portugal Catacora

Teófilo Acuña Figueroa

Enriqueta Herrera Grey

Manuel Robles Alarcón

LECTURAS EJEMPLARES 4

El vuelo de los cóndores, de Abraham Valdelomar

El vencedor, de César Vallejo

El niño robado, de María Wiesse

Madrecita, de Alida Elguera

La aventura de Pipo, de Angélica Palma

Repartición de premios, de José Diez Canseco

Cuarzo, de Ciro Alegría

El abuelo volador, de Carlota Carvallo de Núñez

Ladislao, el flautista, de Francisco Izquierdo Ríos

Los exámenes, de José Portugal Catacora

Pelota de trapo, de Teófilo Acuña Figueroa

Por qué vive el añás debajo de la tierra, de Enriqueta Herrera Grey

¿Quieres que tengan patitas rojas? Mételos a la candela, de Manuel Robles Alarcón

QUINTA UNIDAD

PERIODO DE FUNDACIÓN EN POESÍA

Primera mitad del siglo XX

Autores representativos y sus obras

José María Eguren

Luis Valle Goicochea

Abraham Arias Larreta

Jorge Ortiz Dueñas

Mario Florián

LECTURAS EJEMPLARES 5

Simbólicas, La canción de las figuras, Rondinelas, Visiones de enero y otros poemas, Últimos poemas, de José María Eguren

Las canciones de Rinono y Papagil, El sábado y la casa al oído de este niño, de Luis Valle Goicochea

Rayuelo, de Abraham Arias Larreta

Poemas, Jorge Ortiz Dueñas

Poemas, Mario Florián

SEXTA UNIDAD

PERIODO DE AFIRMACIÓN

Segunda mitad del siglo XX

Autores representativos y sus obras

Esther M. Allison

Javier Sologuren

Sebastián Salazar Bondy

Rosa Cerna Guardia

Carmen Luz Bejarano

José Hidalgo

Arturo Corcuera

Mercedes Eguren

Jorge Díaz Herrera

Roberto Rosario

José Watanabe

Óscar Colchado Lucio

Cronwell Jara Jiménez

LECTURAS EJEMPLARES 6

Las lágrimas de la Virgen, de Esther M. Allison

Retornelo, de Javier Sologuren

El amigo de las mariposas, de Sebastián Salazar Bondy

La niña de las trenzas azules e Informe escolar, de Rosa Cerna Guardia

Tambor de luna, de Carmen Luz Bejarano

Una historia de abuelito, de José Hidalgo

Noé delirante, de Arturo Corcuera

El muñeco de aserrín, de Mercedes Eguren

El rey Ogrón y Don Manuel y su amigo Campeón, de Jorge Díaz Herrera

El burrito Jijau, de Roberto Rosario

El «canarigallo» que escapó, de José Watanabe

Historia de dos loros, de Óscar Colchado Lucio

El asno que voló a la luna, de Cronwell Jara

EPÍLOGO

Un maestro debe conocer profundamente lo que enseña Diálogo con Jéssica Rodríguez López

REFERENCIAS

ANEXO. CRONOLOGÍA BÁSICA DE LA LITERATURA PERUANA

ÍNDICE ALFABÉTICO DE AUTORES

Para mis colegas de la enseñanza escolar

con estos versos de César Vallejo:

Confianza en el anteojo, nó en el ojo; en la escalera, nunca en el peldaño; en el ala, nó en el ave y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

PRESENTACIÓN


Como consta en la dedicatoria, el trabajo está destinado principalmente a los maestros y maestras de nuestras escuelas. Ofrecimiento que tiene pleno sentido, sobre todo cuando este oficio sobrelleva actualmente un desdén social que es imprescindible reconciliar. Mis preocupaciones educativas responden, además, a dos razones fundamentales: la convicción de que el estudio de la literatura y su desarrollo sociocultural es compromiso del magisterio —en especial hoy que la lectura ocupa el ojo de la tormenta—, y la gratitud que guardo por una vocación que atiende a las nuevas generaciones de estudiantes y que, en consecuencia, educa el devenir histórico del país.

Ser maestra de inicial o profesor de primaria, tal vez tutora de secundaria —sea cual fuera el caso— es un quehacer delicado que exige conocimiento e ímpetu mayores de los que podamos imaginar. No es inopinado que el gran educador de la mitología griega, formador de Aquiles y Teseo, fuera nada menos que un ser fabuloso, ni divino ni humano, sino el noble Quirón, un centauro confinado en su cueva. Recluido para cultivar la música y las letras, el temple del músculo y de la moral, para luego salir a transmitir su íntegra sabiduría. Quizá constituirse como educador consista, en gran medida, en unir las virtudes de cada especie animal: el brío salvaje y la serenidad humana.

Es una utopía, qué duda cabe, a la que este libro sustenta de manera modesta. Aferrarnos al afán formativo del docente es nuestro aporte frente al descuido del Estado, a la monumental burocracia del Ministerio de Educación y al exiguo presupuesto del sector. ¿No son acaso los bajos salarios, las bibliotecas escolares fantasmas, la precaria capacitación cultural un agravio para el magisterio? Con sencillez, Paisaje de la mañana pretende dar respuesta a algunas inquietudes que profesores y profesoras tienen en torno a la enseñanza de la literatura infantil. A ratos con desconcierto, a ratos con desaliento.

Las interrogantes que con mayor frecuencia se hacen los docentes abarcan las nociones básicas del género artístico, los autores representativos, las contiendas con las literaturas foráneas, los temas más convenientes o el desarrollo de la producción literaria en el país. Esta urgencia de conocimiento ha sido develada a causa de un fenómeno cultural inusitado de nuestro sistema educativo nacional: la eclosión de los programas de lectura en el ámbito escolar. Un impulso de aliento empresarial que ha puesto en agenda —frase al uso— una carencia cultural. Ahora los maestros se cuestionan sobre el acto de leer y qué leer, quieren conocer sobre literatura y sus manifestaciones, observar el proceso histórico de nuestra literatura, descubrir nuevos escritores, discernir entre obras de calidad y de consumo. Enhorabuena.


Empieza a ser una cicatriz del pasado la indolencia en el campo de la lectura y, más aún, ante el organismo vivo de la literatura. Hoy muchos de nuestros docentes se resisten a aceptar la precariedad de la crítica y las tentaciones del mercadeo editorial; advierten el embuste de ciertas promesas provenientes de empresas o autores, cuyos postulados desestiman la literatura oral, invalidan los textos clásicos bajo el estigma de tristes o pesimistas, excluyen la poesía como género inalcanzable, realzan ciertos valores conservadores y condenan al catálogo de libros prohibidos títulos consagrados que suenan políticamente incorrectos.

Es evidente que el Plan Lector del Ministerio de Educación y de las grandes editoriales ha impuesto un régimen de lecturas en las aulas e, incluso, fuera de ellas; se trata, en gran medida, de una voluntad encomiable. Sin embargo, las normas se aplican en colegios públicos y privados con diversa suerte. Y, sobre todo, dependiendo del estrato económico al que pertenezcan. Además seamos sinceros: es la reacción tardía a un cataclismo cultural que padecemos hace décadas. No podría calificarla de extemporánea —siempre estaremos a tiempo—, pero tampoco sacralicemos la advertencia de las pruebas PISA, pues nuestro descalabro cultural tiene larga data.

Yo no recuerdo lectores en mi barrio ni entre mis compañeros de colegio. Busco una época en que nuestro país haya tenido muchas librerías, suficientes bibliotecas municipales o salas de teatro. O que la lectura haya sido una práctica consustancial ciudadana. No encuentro señales evidentes. Afirmar que antes se leía más, tal vez resulte una idealización del pasado que no comparto, pero lo que mi memoria sí registra es un respeto mayor por la cultura escrita —las librerías eran lugares entrañables, las secciones culturales de la prensa estaban escritas con dignidad y las películas las “leíamos” con fervor— y de una superior autoestima del docente. Es indiscutible que hace algunas décadas nuestro magisterio gozaba de mejores condiciones de trabajo y de mayor prestigio profesional.

Creo que la comunidad educativa nacional ha desatendido un deber primordial con los maestros y maestras: constituirlos y honrarlos como agentes principales de transformación, más valiosos que el libro impreso y que todo decreto oficial. Qué falacias guardan ahora los discursos institucionales y cuán poca confianza despierta la vocación docente. José María Eguren tiene una bella imagen que podríamos aplicarla a nuestro oficio: “Somos los ojos de diamante que miran desde las ciegas alturas con el afán de cuidar el futuro de una nación”. Quizás sea cierta la creencia de que una vez que cerramos la puerta del aula, los maestros adquirimos mayor transcendencia que el propio ministro.


Además de una selección de textos representativos —algunos inhallables—, Paisaje de la mañana contiene múltiples anotaciones tomadas de mis lecturas y de mis apreciaciones como profesor. Una que otra charla o entrevista y muchos papeles sueltos de mis archivos personales; nada que tenga que ver con la visión de un especialista. Creo que el título del libro me exime, por su carácter sugestivo, de dar mayores explicaciones; prefiero respetar los sentidos que le otorgue el lector. Más bien quisiera detenerme en las significaciones que pudiera inspirar el subtítulo. La palabra esbozo, como ejecución de una obra artística, deviene de la imagen pictórica del título y señala su vocación de dibujo representativo de un proyecto artístico. Este trabajo no constituye, por lo tanto, un estudio acabado ni profundo sobre nuestra literatura infantil y juvenil, es simplemente un proyecto o apunte preparatorio para un curso del género.

Adviértase que no uso el término de asignatura o materia, sino curso en la variada acepción que establece el diccionario: tanto como asignatura, itinerario y también continuidad y destino de un proceso. Agradecería que se tomen en cuenta dichos criterios, pues estamos ante una suerte de cuaderno de campo con informaciones y reflexiones literarias, que guardan una secuencia progresiva aunque sin demasiado rigor, como los apuntes que hacemos los profesores y profesoras la noche que nos desvelamos por un tema pendiente o los subrayados camino a la escuela antes de una clase.

Quisiera que el espíritu de las anotaciones expresara el propósito mismo del trabajo, para que opere como una guía pedagógica atractiva e incitante. Su estructura, al igual que una programación curricular, está formada por unidades académicas y el lenguaje que empleo es el de un profesor escolar, muy directo y cordial. De modo que el desarrollo de las clases de cada unidad queda en manos del docente. Como además los profesores y profesoras van cargados de libros por los pasillos y cruzan, a duras penas, el patio de recreo, para ahorrarles tiempo y espacio he elegido y organizado en un solo volumen las mejores lecturas referidas a la literatura infantil de nuestro país.

La selección de dichas “Lecturas ejemplares” ha evitado consignar textos muy conocidos o de fácil acceso —“Paco Yunque”, de César Vallejo, por ejemplo—, sin obviar en ningún caso a autores indispensables. Lo deseable es que las páginas literarias de cada apartado se analicen a la luz de las consideraciones precedentes; de este modo, pongamos por caso, leer las fábulas y los testimonios de los cronistas Garcilaso Inca de la Vega o Felipe Guamán Poma de Ayala, correspondientes a la Segunda Unidad, supone haber revisado antes los Antecedentes históricos de la unidad.

Tal vez convenga explicar la razón de incluir dos largas entrevistas, tanto en la introducción como en el epílogo. Sabemos que la entrevista es una modalidad periodística que ha consagrado el diálogo versado sobre algún tema de interés y que puede llegar al lector de una manera clara y amable. Es lo que he procurado hacer en las conversaciones con Jesús Cabel y Jéssica Rodríguez López; a quienes me he acercado como un profesor de colegio, lleno de curiosidad intelectual, y ansioso por descubrir nuevas formas de compartir la literatura con mis estudiantes. Ambos son maestros, han investigado y escrito sobre literatura infantil, y conocen además los mecanismos secretos del trabajo creativo.


En las Nociones previas de la Primera Unidad intento reflexionar en torno a las características que conforman el texto literario y la literatura dirigida a la infancia, además de delinear algunas propuestas de pensadores peruanos del siglo pasado sobre nuestro proceso literario. Considerar los juicios de Luis Alberto Sánchez, José Carlos Mariátegui o Antonio Cornejo Polar puede sorprender en un libro de esta naturaleza, pero mi aspiración es clara: reconocer el estatuto artístico y social del género infantil y juvenil, integrarlo al corpus de la gran literatura peruana y contribuir a su necesaria difusión.

A partir de la Segunda Unidad, hasta la sexta, el criterio de agrupación de autores, obras y movimientos literarios responde a una línea cronológica y a la práctica de un género predominante. En Antecedentes históricos, por ejemplo, las primeras expresiones en verso y prosa se revelan en las crónicas de la Conquista y la Colonia. Autores españoles e indios se reúnen, con desiguales intereses, para entregarnos testimonios de nuestro pasado y deslumbrarnos con una todavía silenciada literatura oral: leyendas, poemas, canciones o fábulas circularon de manera anónima, y reflejaban la vida cotidiana y ceremonial que animaron las culturas prehispánicas. El lector podrá apreciar parte de este manantial en la sección correspondiente a Lecturas ejemplares.

La Tercera Unidad aborda un momento crucial de nuestra historia: la crisis de la Independencia que enfrenta violentamente dos tendencias políticas: la sociedad colonial y la sociedad criolla americana. Las nuevas ideas y expresiones literarias, así como el fervor patriótico, encuentran en el romanticismo un impulso de escritores con personalidad propia; los más significativos, Mariano Melgar y Ricardo Palma, quienes con sus fábulas y sus tradiciones inauguran un lector infantil y juvenil en la literatura peruana. Dotada de afanes didácticos, es cierto, pero que consiente la aparición de un sector del público que antes no había recibido atención. La Cuarta y Quinta Unidad ofrecen un mismo periodo histórico —desde las primeras décadas del siglo XX hasta mediados de siglo—, pero apuntan a dos géneros distintos en formación: la narración y la poesía dirigida a los niños y niñas.

En estas unidades hallamos un venero de importantes narradores como Abraham Valdelomar o Ciro Alegría, al lado de escritoras como María Wiesse o Angélica Palma que son ilustres desconocidas para nuestros maestros y maestras, y, en consecuencia, para el público infantil. Algo similar ocurre con el poeta José María Eguren, quien comparte la sección de lecturas ejemplares con los olvidados escritores Luis Valle Goicochea y Abraham Arias Larreta. La Sexta Unidad cubre un periodo de consolidación de la literatura para niños —la segunda mitad del siglo XX—, con autores que si bien se leen muy poco en las escuelas de hoy –salvo José Watanabe y Óscar Colchado Lucio, los demás, injustamente, no forman parte de los actuales catálogos de las editoriales–, ningún educador ignora el papel trascendente de su arte y magisterio. Tal vez los nombres de mayor prestigio sean los de Javier Sologuren y Rosa Cerna Guardia, un poeta extraordinario y una delicada narradora.

Ha sido grato realizar el presente trabajo, aunque nada sencillo. Mis experiencias docentes son manifiestamente escasas: he ejercido como profesor escolar muchos años y solo en colegios particulares en Lima, jamás de una escuela pública ni de provincia. Lo que me ha conferido, desafortunadamente, una visión parcial del mapa educativo peruano. Es verdad que he tenido numerosos encuentros y talleres con docentes del interior del país, pero es insuficiente para conocer un sistema tan dispar y frágil. Además de mis limitaciones en materias de teoría literaria e historiografía, considérese las carencias de bibliotecas especializadas y registros bibliográficos en torno al género; la inexistente presencia de la literatura infantil en los tratados de literatura nacional y el espejismo creado por el fenómeno cultural surgido con el plan lector en nuestras escuelas, después del año 2006, cuyas operaciones comerciales y producción novísima han distraído el cauce de nuestra valiosa tradición.

Con discreta inmodestia anhelo que este libro enriquezca el horizonte educativo del país, pues continúo aferrado al empeño de ver profesoras y profesores emancipados gracias a su propia cultura, entregados al ejercicio de sus meditaciones y su imaginación, amparados por mejores condiciones de trabajo. Docentes con tiempo libre para estudiar, departir y disfrutar del ocio, esa voluntad de paz y albedrío que reclamaban los antiguos griegos como concepto originario de la palabra `escuelá: lugar libre de las urgencias de la vida, ámbito propicio para cultivarse. A diario me recuerdo que nuestra emergencia educativa exige de la pasión del magisterio, y que la lectura constituye el arma fundamental de combate en la toda democracia digna, como pensaba el maestro Luis Jaime Cisneros.

La nobleza obliga a ser agradecido con personas e instituciones que alentaron el presente trabajo. Muchas gracias al Instituto de Investigación Científica de la Universidad de Lima por su vocación formativa y su renovada confianza; a los estudiosos Jesús Cabel y Jéssica Rodríguez López por su sapiencia y cordialidad; a mis jóvenes asistentes, la bibliotecóloga Grace Cortez Ruvnoch y las comunicadoras Daniela Betancour González y Emi Teruya Gonzales por su apoyo entusiasta; y a mi esposa Rosario de la Hoz por su alegría pedagógica.

Jorge Eslava

Miraflores, otoño del 2014.

PRÓLOGO


Por una literatura infantil de alto nivel artístico
Diálogo con Jesús Cabel

Cuando recibió el consagratorio Premio Poeta Joven del Perú en 1975, yo estuve entre el público. Luego apareció Cruzando el infierno (1978), el libro ganador, y su lectura me impresionó favorablemente. Un dato personal me llamó la atención: el autor no provenía de Humanidades, sino de Ingeniería Química de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Busqué una entrevista con él, me la concedió y sin embargo me dejó colgado en un café del centro de Lima. Seguramente rabié, pero pronto fui conociendo su tarea incansable de crítico y antólogo, tanto de poesía peruana como de literatura infantil y juvenil.

Como investigador ha publicado numerosos libros, siempre rigurosos y políticos; tal vez los de mayor importancia, por su carácter precursor, sean aquellos que es preciso buscarlos hoy como aguja en un pajar: Literatura infantil en el Perú: debate y alternativa (Amaru, 1981); Literatura infantil y juvenil en el Perú: análisis y crítica (Sagsa, 1984); Nuestros cuentos infantiles (Sagsa, 1988); Poesía infantil peruana del siglo XX (Centro de Investigaciones de la Literatura Infantil y Juvenil del Perú, 1989); Literatura infantil y juvenil en nuestra América (Sagsa, 1984); Cuentos infantiles de nuestra América (Sagsa, 1984); Literatura infantil en el Perú, América y Europa (Sagsa, 1984)… hasta llegar al vademécum El Hipocampo y sus palabras (San Marcos, 2009).

Cabel es miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua y ha sido inapreciable su papel por prestigiar y difundir el género infantil y juvenil. Junto con un grupo de intelectuales amigos —Eduardo de la Cruz Yataco, Roberto Rosario, Danilo Sánchez Lihón, Marcial Molina…— sostuvieron las vigas de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil (APLIJ) con una fe admirable. Vocación que nació en su infancia, en casa de su abuela, donde una biblioteca modesta le enseñó que los libros eran sus mejores amigos, como me reveló en esta entrevista: “No exagero cuando afirmo que de pequeño prefería un libro a un juguete”.

Fundadores y representantes

¿Podrías ofrecer tres o cuatro nombres fundamentales de nuestra tradición literaria infantil?

Claro que sí: Francisco Izquierdo Ríos, Carlota Carvallo de Núñez, Abraham Arias Larreta, Julio Garrido Malaver y Luis Valle Goicochea…

¿Qué los hace tan valiosos?

Izquierdo es aleccionador sin didactismos; Carlota es una maga de los personajes, Arias inventa el juego de las palabras, Garrido es confidencial y celebratorio, y Valle Goicochea nos descubre desde el hogar nuestra sensibilidad…; en todos ellos palpita a flor de piel el niño o niña que tenemos muy adentro.

Al margen de las discrepancias de contenido que suscita Juguetes de Alida Elguera, ¿puede considerarse el primer libro para niños publicado en el Perú? ¿Por qué?

Conocí personalmente a Alida Elguera gracias a los datos proporcionados por Catalina Recavarren. En parte, debo precisar que en la ponencia que desarrollé durante el Primer Encuentro de Escritores de Literatura Infantil, en 1982, afirmé que Juguetes era el libro de apertura de la literatura infantil en el país. Asimismo, declaré no compartir totalmente el contenido de los cuentos, cuyo hilo invisible es la Navidad presentada en pasajes diferentes y a veces arbitrarios, pero se trataba de una obra inicial que apareció en 1929 y fue reimpresa en 1958 y 1978.

¿Cuál sería entonces el libro fundacional de nuestra literatura infantil? ¿Una figura tan zarandeada como Ricardo Palma no merece una revisión? ¿Opinas que ha envejecido su mirada y su estilo, o que puede leerse con provecho en la escuela?

Futuras investigaciones me aclaran que El Palma de la Juventud de Ricardo Palma, quien desde 1883 tenía escrito el “Preludio” que encabezaría una colección de tradiciones infantiles, solicitadas por el diario La Prensa de Buenos Aires, recién aparecen impresas en 1921. En este sentido, Palma es el fundador de este género, no solo por el aspecto cronológico, sino que dentro de las características de la literatura infantil encontramos que deben de predominar las descripciones claras y breves; los diálogos ágiles, elaborados con frases que trasmitan pensamientos completos en pocas palabras; la acción ininterrumpida que mueva a la curiosidad, a toda la imaginería posible y al humor. Bien podríamos estar refiriéndonos a algunas de las características más elementales y saltantes de la tradición. Palma es un clásico y tiene el privilegio de no envejecer.

¿No consideras que Valdelomar representa el punto de inicio de nuestra literatura infantil republicana? Sus cuentos se anticipan a los de Alida Elguera y Vallejo, incluso a los poemas de Vallecito y Arias Larreta.

Creo que el aporte decisivo de Valdelomar a la literatura infantil y juvenil peruana e hispanoamericana está en su narrativa, donde destacan nítidamente tres cuentos: “El caballero Carmelo” (ganador de un premio en 1913), “El vuelo de los cóndores” y “El hipocampo de oro”. Son tres personajes que desarrolla: un gallo llamado Carmelo, una niña Miss Orquídea y el caballito de mar con su interlocutora, la señora Glicina. A la preciosa descripción del paisaje, Valdelomar convoca voces que vienen del pueblo humilde, del hogar austero pero esperanzado y una voz dulce pero a su vez terrible. Una voz que discurre serena, pero que nos estremece por su poder de evocación.

Son cuentos nostálgicos de su propia infancia…

Es verdad. Es la voz que rememora el oasis de su aldea y también el camino desértico y pedregoso de la costa. No me cabe la menor duda de que él se aferró a su infancia hasta convertirse en un niño eterno y contemplativo. Sin embargo, no es suficiente para considerarlo el representante primigenio de este género. Por la densidad y conjunto de su obra, Palma, repito, es el indiscutible fundador de la literatura infantil y juvenil en nuestro país.

La Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno de Guamán Poma de Ayala fue escrita hacía 1615 y es en mi opinión, un portento de nuestra cultura. Una mezcla de discurso, iconografía y cosmovisión batalladora por una noción de peruanidad. ¿Qué lugar crees le corresponde a la obra de Guamán Poma en nuestra literatura infantil?

Estoy plenamente de acuerdo contigo, la Nueva Crónica no solo es la confluencia de la imagen y la palabra o el discurrir de la historia que implica valoraciones con objetividad, sino también el doloroso y fructífero encuentro entre Occidente y las civilizaciones andinas, donde aparece toda la sabiduría de la tradición oral de la época. Esto es lo que habría que adaptar a la literatura infantil. Basadre decía que toda historia verdadera es historia del presente; es decir, la historia que tenemos ahora que revisar para que no vuelva a repetirse. Los niños y los jóvenes, felizmente, no están exentos de esta tarea crítica y creativa.

¿En qué sentido las crónicas de la Conquista y de la Colonia pueden constituir un material de lectura en las escuelas e incluso una base para la recreación de nuestra literatura infantil?

En las crónicas de la Conquista y la Colonia se encuentra la materia prima que los docentes deben aprovechar para iniciar a los niños en el itinerario de conocimiento de nuestro país, y paralelamente descubrir toda esa mitología ancestral que surge con extraordinaria naturalidad. La labor que realizaron los cronistas pertenece a un género literario singular que debería ser fuente de inspiración para los escritores de literatura infantil y juvenil. No neguemos el valor educativo de las crónicas, muy por el contrario, hay que rescatar de ellas las lecciones aún ocultas para que puedan, al más corto plazo, ser celebradas por los estudiantes.

¿Te parecería un acierto la adaptación de las crónicas?

Como ha señalado en su oportunidad Marc Soriano (2005), creo que la adaptación significa someter el texto a una cantidad de modificaciones que lo convierten en un producto acorde con los intereses y el grado de comprensión de los menores.

Sabes, sin embargo, que las adaptaciones tienen sus detractores.

Muchas veces me he preguntado si habrá que dejar que los niños entren a la vida con un bagaje que los ignora, correr el riesgo de que jamás conozcan los hechos que sustentan su identidad. En este sentido, la adaptación aparece como una necesidad histórica.

¿Crees que nuestra tradición de literatura juvenil es menos desarrollada? ¿Quiénes son los autores más destacados?

En efecto, la literatura juvenil es más reciente y por eso no ha sido atendida en su real magnitud. Por ejemplo, tenemos a Rutsi, el pequeño alucinado (1947), de Carlota Carvallo; Templado (2004), de Jorge Eslava; En la tierra de los árboles (1952), de Francisco Izquierdo; o Sueño y verdad de América (1969), de Ciro Alegría; pero hay un autor que destaca con nitidez, me refiero a Carlos Villanes Cairo (Junín, 1945), quien cuenta con más de una veintena de títulos y es un best seller en Europa.

¿Y Óscar Colchado?

Óscar Colchado es fundamentalmente un excelente narrador, cuyo personaje “Cholito” se ha convertido en un clásico en nuestra literatura infantil. Su principal aporte es haber incorporado el cuento popular, los mitos, las leyendas, creencias y tradiciones de sabor ancestral a nuestra literatura infantil y Adriana Alarco, cuya obra teatral ha merecido justos premios y traducciones, es la autora más prolífica del género, pero aún su obra no ha logrado la audiencia mayor que se merece.

A propósito de la obra de Adriana Alarco, ¿a qué atribuyes el escaso desarrollo del teatro infantil en nuestro país? Conozco pocos montajes y obras publicadas, pese a los beneficios formativos que siempre se le ha atribuido a este género.

En mi guía de autores y libros de literatura infantil y juvenil del país encontramos alrededor de medio centenar de obras publicadas en este género, dentro de los que destacan las obras de Abraham Arias Larreta, Ismael Contreras, Jorge Díaz Herrera, Sara Jofré, Alberto Mego, Ernesto Ráez, César Vega Herrera, Lorenzo Zavala y Omar Zilbert. Sin embargo hoy prácticamente no hay dramaturgos como no hay auditorios, ni escenografía, ni música… ni todo aquello que concierne al teatro. Sucede también que este género que tanto éxito tuvo en las escuelas ha desaparecido de las aulas y cada vez se habla menos de teatro infantil… Es una lástima que el Ministerio de Cultura no lo promueva.

La crítica literaria

¿Cómo se produce en ti el viraje de la poesía al estudio de la literatura infantil y juvenil?

En realidad yo no he abandonado la poesía; continúo escribiendo, pero de una manera más reposada. No tengo ni he tenido apuro por publicar libros de poesía. Sucede que conocer a Francisco Izquierdo Ríos y luego sumergirme en la literatura infantil me condujo a buscar sus raíces, a indagar por sus autores, a investigar a fondo por este género que es toda una revelación, también, de la condición social, económica y cultural de los niños del país.

Considero que eres uno de los pioneros del estudio de la literatura infantil y juvenil…

Personalmente creo que los auténticos pioneros fueron Francisco Izquierdo Ríos y Carlota Carvallo de Núñez. Ambos, excelentes narradores, intentaron organizar un historial de lo que había venido sucediendo en el género. A partir de las primeras observaciones que aparecen en La literatura infantil en el Perú (1969) del primero y El papel de la literatura infantil (1967) de la segunda, se inicia un proceso de búsqueda y análisis con dimensiones a nivel nacional que puede comprobarse en mi libro Literatura infantil en el Perú (1981), que aparece cuando el maestro Izquierdo Ríos nos abandonaba físicamente. En mi caso, sigo preocupado por develar los libros y los autores que nos precedieron y darle mayor organicidad crítica y sistematización al conjunto de obras que conforman una historia admirable de la literatura infantil y juvenil del país.

En esta tarea, ¿a quiénes reconoces como compañeros de ruta?

Es una excelente expresión “compañeros de ruta”, pues en verdad, hay muchos y muy buenos, espero no ser injusto: Manuel Pantigoso, Roberto Rosario, Luzmán Salas, Saniel Lozano, Ernesto Ráez, Eduardo de la Cruz, Milciades Hidalgo, Manuel Ibáñez Rosazza, Rigoberto Meza Chunga, Óscar Colchado, Carlota Flores, Danilo Sánchez, Adriana Alarco, Arnaldo Panaifo, Federico Latorre… Todos ellos con el mejor ánimo y predisposición de comprometerse con el arte, la cultura y la literatura de los niños.

Sin duda tienen un gran mérito. Te pido que destaques los especiales valores artísticos de algunos de ellos.

Veamos… Manuel Pantigoso tiene publicaciones y premios de teatro infantil y creatividad, sin embargo su obra en conjunto procura ser crítica y reflexiva; Roberto Rosario es un promotor cultural innato, cuidadoso antólogo y un gran narrador, cuyas historias parten de su propia biografía; Luzmán Salas es el estudioso de la literatura infantil cajamarquina, con gran soporte teórico ha sabido deslindar las diferentes corrientes de dicha literatura y plasmarlas en obras memorables; Saniel Lozano es otro de los impulsores y teóricos de la literatura infantil, ha profundizado acertadamente en la llamada literatura oral; Ernesto Ráez es un hombre dedicado al teatro infantil, con propuestas muy originales y con una posición de la “utilidad” del teatro; Eduardo de la Cruz se especializó en el género infantil a partir de los mismos niños. Toda su obra estuvo dedicada, ejemplarmente, a este objetivo que legó en diferentes libros; Milciades Hidalgo es otro de los principales teóricos de la literatura infantil en relación a la educación y las nuevas tendencias metodológicas para enseñar y hacer literatura infantil desde las aulas…

¿Y en el campo de la crítica cuáles consideras han sido los mejores aportes de aquel movimiento pionero?

Diría que Rumbos de la literatura infantil y juvenil (1996) y Alero de los sueños. Seis rutas para la literatura infantil (2005), compilado y coordinado por Saniel Lozano y Manuel Pantigoso, respectivamente. Son libros que reúnen los mejores trabajos que desde la crítica han apuntalado no solo la importancia sino la proyección de la literatura infantil en el país. Puede comprobarse con estos trabajos que, a partir de la década del 1980, ha habido la necesidad de reflexionar sobre nuestra literatura infantil. La crítica no ha sido un quehacer permanente, es verdad, pero se ha realizado en medio de una avalancha de publicaciones, muchas de ellas frágiles al tiempo y a la propia literatura.

En tu concepción, según entiendo, la literatura posee un irrenunciable componente social y político. ¿Consideras que la literatura infantil y juvenil no escapa a este criterio?

La literatura infantil es también la literatura en general, sujeta a la calidad y a un alto nivel artístico; caso contrario no es literatura, ni es infantil. En este sentido, no está exenta de ese irrenunciable componente social y político, que no significa hacer desde esta literatura un portavoz social o político. Es imposible que los problemas sociales o políticos de alguna forma no aparezcan en la obra, a pesar de la voluntad del propio autor.

¿Cuáles te parecen los temas más relevantes de nuestra literatura infantil y juvenil?

Hay un tema secreto que de alguna manera nos revela tal como somos, me refiero a la literatura oral que se encuentra de sustento en las obras de varios autores; también el tema de la aventura realizada por humanos o animales, que recrea paisajes insospechados del país, y en menor proporción la temática del hogar, que nos revela la situación del niño peruano en general.

Los vasos comunicantes

También ha habido una legión admirable de ilustradores y, sobre todo, ilustradoras, ¿podrías recordar los nombres más relevantes?

Ellos y ellas surgen a medida que se impulsa la literatura infantil y se convierte en un fenómeno editorial. Del setenta hacia atrás casi no existen libros infantiles ilustrados con gusto y calidad. Es cierto que la imagen juega un rol fundamental y que hay un gran complemento entre literatura e imagen, que permite apreciar la excelencia de las historias. Puedo destacar los nombres de quienes prácticamente se iniciaron con nosotros: Jesús Rojas, José Alcalde, Percy Gavilán, Blanca Santander, Nobuko Tadokoro, Gredna Landolt, Maruja García, Olga Flores, Consuelo Amat y León, y Leonel Pantigoso. Otros que ya figuraban en escena de manera solitaria eran Francisco Izquierdo López, Víctor Escalante y la excelente Charo Núñez.

¿Qué lugar le das a lo que llamo “las fronteras de la literatura infantil”, como el cine y el cómic? ¿Enriquecen o entorpecen la creación y difusión de la escritura y lectura de la literatura?

Lo que ocurre con el cine y el cómic —nacidos a fines del siglo XIX en occidente y convertidos en hijos de la revolución de los medios masivos de comunicación—, como también la televisión, es que han demandado atención por las actitudes y los valores en niños y jóvenes. Hay muchos estudios de los procesos de alienación y dependencia cultural al respecto. Se ha hablado y escrito sobre esto, sea con serenidad, irritación o desesperación.

¿Y tú dónde te ubicas?

Yo opto por la reflexión y ser positivo no solo en el estudio de la atracción que indudablemente ejercen, sino en ver qué hay detrás del gozo de los niños y jóvenes por estos medios. Permíteme citar a Italo Calvino: “quizás en el futuro, habrá otras maneras de leer que nosotros no imaginamos. Me parece que es un error desdeñar toda novedad tecnológica en nombre de los valores humanísticos en peligro. Pienso que cualquier medio de comunicación y difusión de las palabras, de las imágenes y de los sonidos puede fomentar nuevos desarrollos creativos, nuevas formas de expresión…” (Como se citó en Neveleff, 1995). Suscribo plenamente esta reflexión.

Con relación a los encuentros que organizaba la APLIJ, a partir de la década del ochenta, ¿cómo los recibían los maestros de escuela en provincias?

Es en 1982, cuando se realizó en Lima el “I Encuentro Nacional de Escritores de Literatura Infantil”, que se aprecia una plena participación, así como un mayor interés por todo lo que se relaciona a la infancia y su literatura. Desde entonces se han celebrado algo más de treinta encuentros nacionales y dos congresos en lugares distintos del país, congregándose a nuevos escritores y, asimismo, redescubriendo una realidad precaria y heterogénea que es la que afrontan muchos niños en el país.

¿Cuál fue el primer encuentro realizado en provincia?

En 1983, el encuentro en Cajamarca, que abrió definitivamente las puertas a un público plural que esperaba atento ser convocado, y entre ellos, en primera fila, los maestros de escuela no tardaron en hacerse presentes.

Por último, ¿te produce alguna desazón que no se valore la labor que ustedes desarrollaron?

La APLIJ no ha contado ni cuenta con ningún tipo de apoyo gubernamental y así inició una acción inédita en el contexto cultural del país. Si esto es reconocido o no por la burocracia que maneja la cultura en nuestro país, es otro asunto; si los diarios, por ejemplo, no se preocupan o no les interesa dedicarle un espacio a los encuentros de la APLIJ, que son realmente sorprendentes y aleccionadores, ¿quién se pierde la opción de hacer cultura? Aún más, a los medios de comunicación les interesa muy poco lo que esté vinculado al arte, la literatura y la cultura en general de los infantes. Personalmente, y estoy seguro que pasa lo mismo con muchos colegas del país, si bien nos preocupa la actitud gubernamental, esto no impide que redoblemos esfuerzos por continuar en la brega y hacernos escuchar.


Primera Unidad

NOCIONES PREVIAS


Referencias en torno al texto literario

Si fuera a hablar de ciencia con niños de quinto o sexto grado, digamos de zoología, tal vez empezaría por llevar al colegio una rana en el bolsillo de mi saco y luego la expondría en mi mano como si fuera un inofensivo juguete. Ante la mirada de repugnancia de mis alumnos, disfrutaría de acariciar su cabeza y la piel rugosa de su espalda y, en el momento más inopinado, soltaría al batracio entre las carpetas para que diera rienda suelta a sus saltos olímpicos. Sonreiría ante el alboroto infantil y diría: “Presten atención, chicos; miren cuánto salta”. Y un rato después la anidaría de nuevo entre mis dedos, mansa como una paloma. Más tarde explicaría la diferencia entre la rana y el sapo, que es verdad que ambos croan y brincan, pero revelaría que la rana es invencible:

—Sus saltos —usaría los brazos para darle una idea a mis alumnos—… ¡de hasta siete metros!… se deben a que sus patas traseras han desarrollado una técnica perfecta. Es como si se dispararan hacia arriba.

Y contaría asombrado lo que he averiguado: generalmente su color es verde con manchas negras y amarillas, su vientre pálido y sus desoves pueden alcanzar hasta veinte mil huevos:

—¡Imaginen qué descendencia! Que existe un tipo de rana llamada Rana Goliat, como el gigante del Antiguo Testamento, que es del tamaño de un perro calato pero mucho más gordo. Y cuando al fin he conseguido el interés de todos, descubro mi carta principal.

—Todo esto lo estudia la zoología —escribo el nombre con letras grandes en la pizarra—, que es una rama de la biología y que se ocupa de los pelos, la alimentación, los tejidos, las orejas, los huesos, la mirada, los instintos, las crías… y todo lo que tenga que ver con los animales del planeta Tierra.

—¿Y si el animal no es de este mundo? —siempre habrá algún listo que pregunte.

Y aunque sepamos algo de zoología, nos quedaremos sin palabras.


La literatura es un arte, pero también una ciencia humana. Ya no basta enseñar literatura desde la mera intuición o según el gusto de la profesora, tampoco desde los prejuicios o las doctrinas ideológicas del profesor. Cada una de estas categorías humanas es educable. El buen gusto como las creencias políticas se forma con el estudio y la reflexión, con la experiencia en el oficio. Es una tarea laboriosa que implica tiempo y una actitud de esfuerzo y humildad de parte del discípulo. Creo que Santo Tomás de Aquino recomendaba la docilidad intelectual para lograr el aprendizaje, pues es una virtud que regula la voluntad del aprendiz con respecto a las lecciones del maestro.

La lingüística o la arqueología son ciencias que estudian el comportamiento de diversas manifestaciones culturales del ser humano. No está lejos la literatura que estudia, también, expresiones de la cultura a través de la palabra en el tiempo. Ya sea oral o escrita, y en cualquier territorio. En la actualidad los llamados estudios literarios atienden a un enfoque multidisciplinario entre la teoría de la literatura, la crítica literaria y la historia de la literatura, con la finalidad de establecer un sistema más o menos objetivo que pueda definir los límites específicos de la literatura y, además, proteger la autonomía de su carácter. En ese sentido, la piedra de toque de la literatura está centrada en el lenguaje de la literatura. ¿Qué entendemos por este lenguaje? ¿Es el mismo que usamos en la calle o es el que emplearon los ilustres escritores de la Edad Media o del Humanismo español?

Imagino que pocos profesores defenderán el discurso callejero como digno huésped de las páginas de un autor importante, olvidando que Oswaldo Reynoso y Mario Vargas Llosa son clásicos peruanos que han enaltecido nuestra literatura contemporánea, gracias, entre otras bondades, a la recreación del lenguaje popular en su narrativa. Y que en la primera mitad del siglo pasado los escritores Ricardo Palma y José Diez Canseco honraron también el habla popular en sus Tradiciones peruanas y sus Estampas mulatas, respectivamente. Y que antes, en nuestra Colonia, el poeta Juan del Valle y Caviedes tampoco tuvo pelos en la lengua y escribió con la punzante picardía del hombre de la calle. Y si prefieren ejemplos de la literatura universal clásica, desde lejos y muy cerca nos observa Miguel de Cervantes Saavedra, soldado y genio literario, oído atento a las habladurías de su época; el insolente François Villon, compositor de “La balada de los ahorcados”; el humanista Giovanni Boccaccio, prodigo en cuitas e indecencias; el ladino y secreto autor de Lazarillo de Tormes (1554), un testimonio despellejado e ingenioso de una vida de perro. En cada una de aquellas obras brilla el lenguaje popular en su mayor esplendor.

Podríamos enlazar algunos casos de la literatura infantil; los cuentos de tradición oral, por ejemplo, como los recopilados en Alemania por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm en su volumen Cuentos infantiles y del hogar —que publicaron en varias entregas, desde 1812 hasta la última supervisada por ellos en 1857 y que contiene alrededor de doscientos relatos— o los reunidos por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos en Mitos, leyendas y cuentos peruanos, recogidos de las escuelas públicas del país y que fue publicado originalmente en el año de 1947 por la Sección de Folklore y Artes Populares del Perú del Ministerio de Educación. Y un caso de literatura moderna, escrita por autor, tal vez resulte suficiente para demostrar la presencia del lenguaje popular con estatuto literario: Las aventuras de Pinocho (1883), de Carlo Collodi, un portento de travesura y dicción coloquial.

Incluyo dos cuentos muy distintos entre sí: popular y de autor, en prosa y en verso, de finalidad pedagógica y de propósito estético. Veamos cómo nos va.

El zorro y el huaychao

Cuento recogido en el distrito de Succha, provincia de Aija, en Ancash.

El zorro tenía, hace muchos años, la boca menuda y discreta, y un día que andaba de paseo vio sobre un cerro cantando a un huaychao. Era este menudo como un zorzal, de plumaje gris claro y al cantar movía alegremente las plumas blancas de su cola. El zorro se quedó mirando el pico largo y aflautado del ave y le dijo modosamente:

—¡Qué hermosa flauta amigo huaychao y qué bien tocas! ¿Podrías prestármela sólo por un momento? Yo la tocaré cuidadosamente.

El ave se negó, pero el zorro zalamero insistió tanto que al fin el huaychao le prestó el pico, recomendándole que para tocar se cosiera el hocico a fin de que la flauta se adaptara mejor.

Y así, sobre el monte, el zorro se puso a cantar soplando la flauta largo y tendido. Después de algún rato el huaychao reclamó su pico, mas el zorro se negó. Decía el ave: “Yo sólo lo uso de hora en hora y tú tocas sin descansar”. El zorro no entendía razones y soplaba incansable para un público de pequeños animales que se habían congregado en su derredor.

Al ruido se despertaron unos añases y saliendo de sus cuevas subieron el cerro en animada pandilla, y al ver al zorro tocando se pusieron a bailar y bailaron con ellos todos los animales del campo. El zorro no pudo guardar la seriedad por mucho tiempo y de pronto rompió a reír y al hacerlo se le descosió el hocico mucho más de la medida y quedó grande y rasgado de oreja a oreja. El huaychao, antes de que el zorro se recuperara de la sorpresa, recogió su pico y echó a volar.

Desde allí, dice le cuento, se quedaron los zorros con la boca enorme en castigo de su abuso de confianza.

Jorge Basadre, Literatura Inca (1938).

El clavel desobediente

Un día sembró la luna

junto a una estrella

un clavel.

Se juntaron los luceros

para verlo florecer.

El clavel no florecía.

No florecía el clavel.

Se puso triste la luna

y los luceros también.

Todos como en una ronda

alrededor del clavel:

“Clavel, clavel, clavelito,

danos tus flores, clavel”.

El clavel no florecía.

No florecía el clavel.

Mandaron un emisario

para que llamara al sol.

El capitán de los astros

al clavel ordenó:

“Florece. Yo te lo ordeno.

Florece. Lo mando yo”.

El clavel no florecía.

No florecía el clavel.

Todos como en una ronda

llenos de rabia y de hiel:

“Arrojemos al rebelde.

Arrojemos al clavel”.

Montado en una paloma

marchó al destierro el clavel.

La paloma dijo: “¿A dónde?”.

“A donde quieras”, dijo él.

Junto a un río se posaron

la paloma y el clavel.

Llegó un niño que al mirar

sin una flor al clavel,

le dibujó muchas flores

de colores y pincel.

Así floreció el rebelde

que no quiso florecer.

Dicen que ahora la luna

está aprendiendo a pintar

y su maestro es un niño

que apellida Gauguin.

Jorge Díaz Herrera, Parque de las leyendas, 1977 (pp. 19-21).


El lenguaje literario

El lenguaje literario entreteje los hilos más variados de la palabra oral o escrita —provenientes de la ciencia, el academicismo o la jerga callejera—, con la finalidad de configurar un discurso complejo que produzca sentidos y sensaciones intensas en sus receptores. Cumple, por lo tanto, una función importante en la sociedad y la historia de la humanidad. Mencionaremos alguno de sus rasgos:

• Lo que identifica a la literatura es el lenguaje como forma singular de expresión —esa sensación de ambigüedad y extrañamiento que experimente el lector—, no por las buenas intenciones ni los valores morales del autor.

• Es un discurso ficcional; es decir, no refleja ni copia la realidad sino que funda su propia realidad merced a las palabras.

• Como ficción, la literatura instaura universos posibles con su propia lógica. Deben ser espacios coherentes y verosímiles, no veraces.

• Es el concepto de verosimilitud lo que establece una relación comunicativa con el lector; a este vínculo entre emisor del texto y receptor lo denomina pacto ficcional.

• El pacto ficcional se rompe si emisor o receptor incumplen un “misterioso” acuerdo: de un lado escribir defectuosamente y de otro lado leer o escuchar sin obedecer las leyes internas de la ficción.

• Es un discurso connotativo; posee una carga de sentidos e interpretaciones que exceden el significado recto de las palabras. No concierne a una señal de tránsito ni a un cartel en la puerta de los servicios higiénicos, sino todo lo contrario: empeña su naturaleza en hacerse ambiguo y esta condición amplía sus significados.

• Como derivado del punto anterior, es un discurso multívoco y polisémico, pues sus resonancias interpretativas y su capacidad significativa despiertan diversas posibilidades de lectura. No sentimos acaso cierto deleite cuando encontramos en una canción o en una película más significados que los que perciben los demás? Comentamos con satisfacción nuestros hallazgos, percibidos por la cultura o la sensibilidad que hemos educado. Pero necesitamos de un texto complejo y profundo para “descubrir” en él mensajes ocultos; por eso una lectura atenta de una gran obra —pensemos en un cuento de Arguedas o en un poema de Eguren—, nos ofrece inagotables interpretaciones que ahonda su trascendencia.

• Los elementos constitutivos de un texto establecen un tejido de relaciones internas y también ajenas, tomadas de otros textos o lenguajes. En el primer caso se denomina autorreferencial y el segundo intertextual; en ambos amplía la dimensión del texto.

• La literatura es además autorreflexiva, pues posee la capacidad de contemplarse y especular sobre ella. Facultad que da origen a su evolución e, incluso, a sus rupturas formales y de contenido. En las últimas décadas se habla de la metaficción como una forma artística referida a los temas y los mecanismos de la ficción. Su propósito es, dentro del mismo texto, hacer consciente al lector de que está ante una obra de ficción con todas sus implicancias creativas. Algunos ejemplos clásicos son el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar; el film La noche americana de François Truffaut; el poema “Para hacer el retrato de un pájaro” de Jacques Prévert. Cada propuesta, en su género, problematiza diversas aristas del trabajo creativo. No olvidar que, por encima de todo, la literatura es un objeto estético.

Ahora traslademos todos estos componentes de la gran literatura por la alquimia del alma infantil; atendamos a sus inquietudes naturales y su comprensión lingüística, pongamos una buena dosis de humor y toda la exigencia de su curiosidad y estaremos merodeando como el lobo feroz por el bosque de la literatura infantil.

Recordemos las palabras de Christine Nöstlinger, notable escritora alemana y Premio Hans Christian Andersen 1984: “La literatura infantil no es una pastilla pedagógica envuelta en papel de letras, sino literatura; es decir, un mundo transformado en lenguaje” (Mora, 1993).

Estudios clásicos de la crítica literaria en el Perú

Sería irresponsable elaborar una historia literaria que solo atienda a la línea cronológica. Sabemos que toda historia está atravesada por coordenadas de diversa índole, que sin duda complejizan y enriquecen la percepción de la evolución cultural de una sociedad. Si bien el lector encontrará en la estructura del presente trabajo un tránsito fundamental por el tiempo, he tenido la prudencia de incorporar algunas reflexiones previas —tanto propias como ajenas— al desarrollo del estudio, de modo que permitan configurar algunas marcas referidas a la diversidad y profundidad de nuestra literatura.

En estas nociones previas propongo una gama de perspectivas: diacrónica o sincrónica, de miradas conservadoras o progresistas, de acentos puestos en lo geográfico o lo psicológico, de sentencia ideológica o razonamiento dialéctico para observar con mayor propiedad el fenómeno literario nacional. Consideraciones inevitables ante una realidad enmarañada y conflictiva como la peruana, concordante con la evolución que ha experimentado la crítica especializada, donde tal vez el primer acercamiento historiográfico sea el discurso de Ricardo Palma en el acto de inauguración de la Academia Peruana de la Lengua, el 28 de julio de 1884. Dicha “Memoria que presenta el director de la nueva Biblioteca Nacional” será ampliada en años sucesivos por el autor.

No obstante habrá que esperar hasta la primera mitad del siglo XX, periodo en que se publican los estudios fundadores de José de la Riva Agüero y Osma, Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui.

El carácter de la literatura

La tesis de bachillerato de José de la Riva Agüero El carácter de la literatura en el Perú independiente fue presentada en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en 1905; ese mismo año se publica como libro.

En 1910, Riva Agüero obtiene el doctorado con el estudio La historia en el Perú. Desde el inicio tuvo una importancia pionera en los estudios literarios del Perú, pues además de registrar la evolución de nuestra literatura desde la Colonia hasta la generación modernista, reflexiona en torno al signo representativo de nuestra nacionalidad. Ambas cualidades confieren al trabajo un temperamento fundacional y coherente; hasta entonces no se había compilado la cantidad de material que asume el corpus del trabajo ni se había sistematizado de manera académica. Es aquí, en la voluntad ordenadora, donde surge la fundamental discrepancia: el espíritu tradicionalista y aristocrático del autor empaña el estudio.

A la pregunta de base de si existe una literatura peruana que configure un cuerpo unitario, con rasgos intransferibles y distintivos a los de otras literaturas, Riva Agüero responde con la impronta de su linaje: no, la literatura peruana no es original sino una prolongación de la literatura española. Es decir, que la nuestra configura la literatura de una provincia castellana, heredera de un idioma y de un ánimo creativo. En el pensamiento de Riva Agüero, la Independencia había quedado en el pasado como un suceso político trascendente, pero que si bien trasformó el destino del Perú no alteró su cultura.

A manera de conclusión, escribe:

Para que la literatura del Perú dejara de ser castellana, sería preciso que el castellano se corrompiera totalmente y se descompusiera en nuevos idiomas, y por fortuna, en el Perú (a pesar de nuestros numerosos provincialismos y a pesar de la inexplicable intransigencia, del tenaz empeño que la Academia pone en no admitirlos) aquella amenaza es muy remota1. (1905, p. 262)

Siete ensayos

En su libro Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana (1928), José Carlos Mariátegui dedica un capítulo a “El proceso de la literatura”. La nominación es precisa, pues para el autor la literatura no es un “ser” más o menos abstracto, una entidad metafísica determinada por modelos clásicos, o psicológicos o geográficos, sino que la literatura es resultado de una evolución histórica. Este solo discernimiento marca la diferencia con Riva Agüero, quien entendía la literatura como un “ser” con características determinadas. Mariátegui sustenta la idea de un tránsito literario que construye formas y contenidos cambiantes, en un “hacer” friccionado y continuo. Y este fragor da existencia, justamente, a una literatura exclusivamente peruana.

La propuesta de Mariátegui presenta un mecanismo dialéctico en el que participan tres periodos: colonial, cosmopolita y nacional; de las relaciones de rechazo y asimilación que se establecen entre ellos se va adquiriendo la personalidad y autonomía de nuestra literatura. Aunque el engranaje parece sencillo e inspirador, reviste la dificultad de reconocer los rasgos predominantes de cada periodo e, incluso, sus géneros dominantes, lo que nos permitiría la correspondiente tipificación.

La gran virtud de la propuesta de Mariátegui es que instala la literatura como un fenómeno social y, por lo tanto, la somete a un examen con métodos propios de las ciencias sociales en donde el texto literario está en constante diálogo con su contexto social. Eso redunda en una concepción de la literatura como una entrada de conocimiento hacia la realidad, asumiendo “lo nacional” en la literatura como un tema con una fuerte carga política en donde se puede indagar la problemática histórica de nuestra realidad.

Los poetas de la revolución

Le corresponde a Luis Alberto Sánchez, oceánico intelectual limeño, el sitial de estudioso y testigo del desarrollo de la literatura peruana. Desde muy joven se concentró en indagar y desentrañar nuestro pasado literario; sus primeros trabajos se remiten a sus años de estudiante universitario con publicaciones como Los poetas de la revolución (1919) o Los poetas de la Colonia (1921), que irían a desembocar en el monumental estudio titulado Literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú (el primero de los tres tomos publicado en 1928). Se ha achacado en demasía el positivismo —escuela filosófica del siglo XIX— que asumió Sánchez para efectuar la revisión y el ordenamiento de la producción literaria peruana; sin embargo, ya nadie desmerece la voluntad exhaustiva, aunque no siempre rigurosa, que tuvo para registrar y reflexionar sobre nuestro proceso cultural.

Wáshington Delgado (2008) lo explica de manera excelente:

En primer lugar, discute y muy acertadamente el término literatura peruana y lo distingue y contrapone a otro: literatura del Perú. Este último término, literatura del Perú, se refiere a la obra de escritores, no necesariamente peruanos, cuyos textos guardan cierta vinculación temática con el Perú o a las escritas por peruanos, pero que no reflejan nada esencial y genuinamente propio de la realidad del Perú. El adjetivo peruano que se pueda aplicar a esta literatura resulta puramente ocasional y azaroso. Es el caso concreto de la literatura colonial que, casi íntegramente, cae en el ámbito del término literatura del Perú.

En cambio, el término literatura peruana se refiere a unas obras entrañablemente unidas a la realidad del Perú en sus temas, en sus personajes, en su estilo. Las literaturas populares, están comprendidas en él, casi totalmente y asimismo las obras que pertenecen a la literatura culta republicana, desde sus titubeantes comienzos en la poesía de la Independencia hasta su ya madura expresión poética y narrativa en este siglo. (pp. 311-312)

Establecida esta piedra angular, Sánchez despliega su acopio y análisis de nuestra producción literaria a lo largo de los siglos, poniendo énfasis en la energía que irradia el paisaje en la creación de una obra. En su observación resulta condicionante la división geográfica del Perú, pues a cada región le atribuye peculiaridades históricas y psicológicas. Con buen juicio, a las tres regiones clásicas —costa, sierra y selva—, Sánchez añade unos cortes transversales —norte, centro y sur— que terminan por configurar un mapa territorial y cultural del país. No obstante, este acercamiento crea modelos literarios algo forzados.

La última edición de Literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú, publicada en cinco tomos, data de 1989. Sesenta y un años de estudio, con correcciones y agregados, que, al margen de críticas muy especializadas, nos deja un legado amplísimo y de calado hondo, de autores y libros de géneros diversos, con una mirada que reivindica tempranamente la literatura andina aborigen y que arriesga opiniones a contrapelo de la tradición.


Posteriormente, los estudios literarios van a observar el fenómeno literario como un sistema de encuentros y desencuentros, de tensiones continuas donde cada suceso histórico o cada influencia externa producen matices en la interpretación. Esta tendencia en la crítica es progresiva, cada vez más meticulosa y conviene que el docente esté alerta. En este sentido es indispensable recomendar las siguientes lecturas especializadas: La formación de la tradición literaria en el Perú (1989) y Escribir en el aire (1994), de Antonio Cornejo Polar; La narrativa indigenista peruana (1994), de Tomás Escajadillo; y Para una periodización de la literatura peruana (1990), de Carlos García Bedoya.

Solo de pocas categorías podremos estar seguros —ni tanto—: que la literatura es una manifestación cultural de carácter social, que la literatura ausculta la realidad y la representa de manera singular, que la literatura aspira a perfeccionar su instrumento sustancial que es el lenguaje, y finalmente, que nuestra literatura tiene un origen que precede a la escritura.

Sobre estas categorías paradigmáticas podríamos trazar tantos conflictos que estremecen la historia peruana y que promueven un comportamiento o un ‘hacer’ de la literatura: sus modos de acercarse a la realidad, de abordar un tema importante, de privilegiar la producción de Lima sobre las provincias, de focalizar la excelencia estética antes que el alegato social… Tenemos tantos ejemplos, pensemos en las crónicas de la Colonia —tan disímiles las visiones de la explotación en Cristóbal de Molina que en Guamán Poma—; en nuestra narrativa del siglo XIX con sus dos figuras emblemáticas, el tradicionalista Ricardo Palma y el ensayista incendiario Manuel González Prada, uno y otro con temperamento y escritura irreconciliables; o en la narrativa republicana con Enrique López Albújar y José María Arguedas, cuyas imágenes del indio en sus relatos son bastante diferentes.

Si me permite el paciente lector, dejo una tarea escolar: ¿merece ser considerado superior el Vallejo de “Los heraldos negros” porque retrató la vida de su pueblito frente al Vallejo cosmopolita de “España, aparta de mí este cáliz”? ¿Debemos tener mayor deferencia por la narrativa andina de Ciro Alegría antes que los relatos afrodescendientes de Antonio Gálvez Ronceros? ¿Será mejor escritor Julio Ramón Ribeyro porque produjo, preferentemente, narrativa breve mientras que Mario Vargas Llosa optó por las novelas extensas?


Acercamientos a la literatura infantil peruana

En los esfuerzos historiográficos efectuados por los maestros Luis Alberto Sánchez y Augusto Tamayo Vargas en sus vastos estudios Literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú (1928) y Literatura peruana (1965), respectivamente, el género de nuestra literatura infantil brilla por su ausencia. Los trabajos de Sánchez y Tamayo tuvieron varias ediciones y llegaron, con añadidos y variantes, hasta los años ochenta. No puede negarse que constituyen aún las fuentes primordiales para el conocimiento de la evolución literaria en el Perú. Más concentrados en momentos y autores específicos, los intelectuales Jorge Basadre, Alberto Tauro del Pino y Estuardo Núñez contribuyeron con sus acuciosas investigaciones a profundizar la comprensión de nuestras letras. Pero la literatura infantil continuaba invisible. Podríamos agregar los nombres del amauta José Carlos Mariátegui y del brillante investigador Antonio Cornejo Polar, cuyas preocupaciones estaban más dirigidas a desentrañar las hondas coordenadas ideológicas. Y también el género literario para niños era, como la propia infancia, una categoría cultural esquiva.

No habrá quienes supongan, ante el creciente fenómeno literario (e industrial) de la literatura infantil, que hace cinco o seis décadas no se producían cuentos o novelas para niños en el Perú. Ahí están para negarlo Francisco Izquierdo Ríos y Carlota Carvallo, nuestros más grandes creadores. Tal vez algunos presuman que ni pensarlo a lo largo del siglo XIX, regido por el distinguido tradicionista Ricardo Palma… cuando en Europa se escribían los grandes clásicos infantiles como Peter Pan (pieza teatral, 1905 – edición, 1911) y Las aventuras de Pinocho (novela por entregas, 1882-1883). Quizás parezca un desvarío imaginar que durante el Virreinato existiera un coro de voces, de tono festivo o tremebundo, que narraran cuentos para los pequeños… mientras por aquellos años, en los pueblos del Viejo Mundo, los hermanos Grimm recopilaban con devoción verdaderas joyas orales venidas de la oscura Edad Media —tan cautivantes hasta hoy—, que se han convertido en hontanar de la moderna literatura para niños y jóvenes de occidente. Por eso es conveniente indagar en los primitivos relámpagos de nuestra literatura infantil y acercarnos a su llama formativa, como también al fuego lento de su evolución.

En las navegaciones académicas por las historias y antologías generales de literatura peruana —no me refiero a selecciones infantiles, tan insulares y escolásticas hasta hace unos años— he encontrado una sola excepción: el minucioso y original trabajo de Enrique Ballón, titulado Antología general de la prosa en el Perú. De 1895 a 1985. Tomo III (Edubanco, 1986). Aquí presenta un apartado titulado La narrativa infantil, que se abre con estas palabras:

La narrativa infantil es producida en nuestro país por los profesores de escuela, a fin de emplearla como auxiliar pedagógico. Sin embargo, algunos escritores también se han preocupado por incursionar en este prototipo de narrativa que, como es de suponer, se halla influido por ciertos criterios de literatura académica y formal, determinando así su carácter semi-institucional.

El profesor Ballón incluye con excelente criterio cuatro valiosos cuentos y hace una mínima referencia a cada uno: “La respuesta del algodón”, de Mariela Nieri de Dammert; “La laguna encantada”, de Carlota Carvallo de Núñez; “El colibrí con cola de pavo real”, de Francisco Izquierdo Ríos; y “El mundo de Santiago”, de Ana y Elizabeth Mayer. Al parecer todos estos cuentos publicados en la década de 1960.

Dos estudios en torno al género

Es preciso detenernos en dos estudios que inauguran la reflexión en torno al género: El papel de la literatura infantil (Lima, 1967) de Carlota Carvallo de Núñez y La literatura infantil en el Perú (Lima, 1969) de Francisco Izquierdo Ríos. El ensayo de Carvallo de Núñez está precedido por una presentación de Matilde Indacochea Pejoves, también especialista en el tema, quien destaca el carácter pionero de revisión de un género incipiente y cuyo valor reside, además, en “despertar el interés por una causa que cada día va ganando más terreno entre los padres, los educadores, los bibliotecarios y los libreros”. De estas líneas se deducen las aristas de atención que dedica la autora en esta modesta publicación del desaparecido Consejo Nacional de Menores.

Con una visión drástica, a tono con la ideología de la época, Carvallo de Núñez censura desde el inicio la “nociva influencia de las historietas ilustradas o cómics, el cine y la televisión…”, y subraya la importancia de una auténtica literatura nacional, cuya finalidad rebasa el mero pasatiempo para sumergirse en la psicología y la categoría artística. Valora los vaivenes entre la realidad y a la fantasía, los diversos procedimientos literarios de los que se vale el género y menciona dos casos ejemplares: el escritor estadounidense de origen holandés Meindert DeJong, ganador del Andersen 1962, y la escritora chilena Marcela Paz, creadora de un personaje muy popular: Papelucho.

Carvallo de Núñez (1967) hace un recuento de las actividades organizadas en beneficio de la creación y la difusión de la literatura infantil —seminarios, congresos, apoyo a bibliotecas—; registra la importancia y evolución de las ilustraciones en los libros para niños; reseña algunas opiniones de la psicología moderna en torno a los beneficios de la lectura, por sus componentes imaginativos y lúdicos; subraya, de otro lado, sus inquietudes frente al mundo actual, plagado de comodidades materiales que ponen en riesgo la libertad individual; y reflexiona sobre el oficio del escritor para niños y sus requerimientos: “El cuento infantil ha de ser ágil y ameno. Debe encauzar la imaginación e inclinar la sensibilidad hacia las cosas bellas. Inculcar comprensión y amor hacia la humanidad”.

Luego de este repaso algo apocalíptico de la cultura infantil entronizada en el mundo contemporáneo, Carvallo de Núñez ofrece una “Breve reseña de la literatura infantil en el Perú”: menciona sobre todo a escritoras como Angélica Palma, María Wiesse, Alida Elguera y Alicia Larrabure. Destaca, más adelante, a los novelistas que han aprovechado de nuestro folklore: Ciro Alegría, Arturo Jiménez Borja, José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. En poesía nombra a Catalina Recavarren de Zizold, Julia del Mar y Luchi Blanco; y en teatro a María Tellería y Omar Zilbert, entre otros.

Dos años después la Casa de Cultura del Perú, hoy Ministerio de Cultura, publica La literatura infantil en el Perú (1969) de Francisco Izquierdo Ríos. Es un libro pequeño y de valor inapreciable, tanto por su contenido ensayístico como antológico, que resulta incomprensible que no haya sido reeditado en este medio siglo transcurrido. La primera parte del libro se abre con una pregunta crucial: “¿Existe literatura para niños en el Perú?”. Izquierdo Ríos no se distrae en disquisiciones sobre “literatura infantil” o “literatura para niños”, su preocupación fundamental es qué poner en manos del pequeño lector para que capture su interés y su complacencia: “La literatura infantil —afirma— debe proporcionar al niño un alto goce estético, despertando en él amor profundo por la Naturaleza, por la Vida, por la Patria, por la Humanidad”.

Gracias a su vocación por la docencia —y también a pesar de ese compromiso—, el autor comprende y advierte que las virtudes de la literatura van por caminos distintos a las estrategias pedagógicas. Cruzarlos, confundir sus improntas, es un error que volatiliza la lección del aula y estorba:

la captación espontánea del pequeño y ansioso lector. Los niños deben interpretar la naturaleza de los temas sintiéndolos, gozándolos con amplia libertad, a sus anchas. Ya la literatura infantil con moraleja al pie de las composiciones debe pasar a la historia. (Izquierdo Ríos, 1969, p. 8)

Lamenta el oficio censor de muchos maestros y reivindica el papel del niño como descubridor de sus temas de interés, teniendo, desde luego, al maestro como atento acompañante y guía. De esa conjunción de vivacidad infantil y miramiento adulto se consigue un estado mágico que sella el concepto que tiene el autor: “La literatura infantil es recreativa y educativa a la vez. Una composición, cual sea ella, influyendo en la sensibilidad del niño, está educándolo” (Izquierdo Ríos, 1969).

Sobre la base de la valoración del adulto, que disfruta y pondera los alcances de la literatura infantil, Izquierdo Ríos hace una revisión de los mejores ejemplos de la literatura universal. Menciona una gama de testimonios ajenos a toda expresión “de ñoñeces, de infantilismos y de puerilidades”: desde los cuentos populares europeos y los cantares de gesta, hasta narradores modernos de la envergadura de Antón Chejov, Óscar Wilde y Horacio Quiroga. Relación de nombres que revelan su apertura de ilustración y discernimiento, pues hace la salvedad de los riesgos perturbadores que representan algunos libros; Las mil y una noches o El Decamerón, verbigracia.

Más adelante reivindica la literatura de origen popular como “fuente inagotable” para el género y recuerda una reveladora anécdota vinculada al gran escritor ruso León Tolstoi:

Muy conocida es la respuesta de la nieta de León Tolstoi al preguntársele si le gustaban los cuentos escritos por su insigne abuelo: –Sí, pero me gustan más los que me cuenta mi nodriza–. O sea, el pueblo. (Izquierdo Ríos, 1969, pp. 14-15)

Lo que sorprende, en la larga relación que ofrece de las creaciones populares —bastante desordenada, por cierto—, es la exaltada opinión que le merece la obra de Walt Disney; cuando los sectores intelectuales de aquellos años más bien anatemizaban la figura del director norteamericano, considerado un colonizador de la ideología dominante2. En la segunda parte del libro, Izquierdo Ríos (1969) ingresa al terreno peruano y lamenta la precariedad del universo cultural relacionado a la infancia: escasez de revistas y libros adecuados, tendencia a imitar lo foráneo y a predicar discursos didácticos, ausencia de editoriales especializadas y de estímulos para el escritor. “Escritores tenemos y buenos, pero muchos de ellos se frustran o no rinden todo aquello de lo que son capaces…”; y reclama, una vez más, el auxilio del inestimable acervo cultural para nutrir nuestra literatura infantil. Literatura que debe mostrar el escenario social del país, el drama humano de nuestro pueblo, sin falsificaciones ni edulcorantes pues el “niño se educa para la vida real”.

A manera de ejemplos donde confluyen la lealtad artística y el compromiso con la realidad, Izquierdo Ríos (1969) nombra escritores cuyas obras están entrelazadas de paisaje, aventura popular y episodios históricos: Carlota Carvallo de Núñez, con Rutsi, el pequeño alucinado (1947); María Wiesse de Sabogal, con Quipus (1936) y El mar y los piratas (1947); Arturo Jiménez Borja, con Cuentos peruanos (1937) y Cuentos y leyendas del Perú (1940); José María Arguedas, con Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947); Abraham Arias Larreta, con Rayuelo (1938) y Teatro infantil (1941); José Portugal Catacora, con Niños del Kollao (1937) y Los niños que fundaron un imperio (1943); entre muchos otros, tantos que nos hace dudar de la insuficiencia del género y revela, sin duda, el saber y la atención de Izquierdo Ríos.

La “Pequeña antología” que Izquierdo Ríos (1969) ofrece en el libro se inicia con una muestra poética y se cierra con breves textos narrativos: cuentos populares y de autor, fragmentos de novela y una semblanza del Inca Garcilaso. Menciono algunos autores y evito repetir los nombres del párrafo anterior: en poesía, Ricardo Peña Barrenechea, Mario Florián, José María Eguren, Manuel González Prada, Luis Valle Goicochea, Abraham Valdelomar, Carlos Oquendo de Amat y César Vallejo; en narrativa, Ciro Alegría, Rosa Cerna Guardia, Esther Allison, José Carlos Mariátegui y Alfonso Peláez Bazán.

Tres libros monumentales

Los cíclopes de la mitología griega eran gigantes con un solo ojo en la frente, fuertes como un peñón y de bruscas emociones. Pues los tres libros que mencionaré son también monumentales, robustos y apasionados. ¿Y el único ojo? Porque no deja de ser una auténtica rareza la aparición de estos volúmenes en nuestro medio. Apenas han bastado unas semanas para que mi pequeña biblioteca se tambalee nuevamente. Había ocurrido antes, cuando, tras la adquisición de Literatura para niños y jóvenes. Guía de exploración de sus grandes temas (1996), del investigador francés Marc Soriano (traducido y anotado por la escritora Graciela Montes), mis estantes perdieron equilibrio hasta que llegó Bienvenidos a la fiesta (2001), de Luis Daniel González, un vasto diccionario de autores y obras de literatura infantil y juvenil, que permitió balancear el peso de la cultura y continuar la travesía.

Por estos días han llegado de Madrid dos generosos mamotretos, en ediciones impecables de Ediciones SM: Historia de la literatura infantil en América Latina (2009), de Manuel Peña Muñoz, y Gran diccionario de autores latinoamericanos de literatura infantil y juvenil (2010), de Jaime García Padrino (coordinador); y de Lima he recibido, publicado por la Editorial San Marcos, El hipocampo y sus palabras. Guía de autores y libros de literatura infantil y juvenil del Perú (2009), de Jesús Cabel. El ordenamiento mítico cultural que diseña Manuel Peña Muñoz para su historia es interesante y sugerente: “El mundo azteca: La fuente del origen”; “Centroamérica, un universo por descubrir”; “El Caribe o el exotismo del Trópico”; “La puerta de Sudamérica”; “El embrujo andino: Los países del Altiplano”; y “Los países australes”. En la sección dedicada al Perú, el autor chileno hace gala de un extenso y penetrante conocimiento que va desde el sortilegio primitivo hasta la desenfadada producción actual.

El Gran diccionario… (2010) ha sido elaborado por un equipo de estudiosos bajo la coordinación de Jaime García Padrino, en el caso del Perú. Danilo Sánchez Lihón es el responsable de la selección y semblanza de los sesenta y cuatro autores peruanos. Es significativo que el amplio catálogo presente a los escritores representativos de Latinoamérica en orden alfabético, sin distinguirlos por nacionalidad, en un afán de hermanarlos. También se ofrece, en una primera sección, una mirada histórica por los orígenes de la literatura infantil y juvenil (LIJ) en cada uno de los veinte países.

Por otro lado, el hipocampo es un pez muy extraño: posee una cabeza de caballo, su cuerpo está cubierto por una armadura de placas óseas y se desplaza entre las algas submarinas mediante armoniosos impulsos. Su imagen posee además un aire fantástico como sugiere el cuento “El hipocampo de oro”, de nuestro escritor iqueño Abraham Valdelomar. El poeta e investigador Jesús Cabel, residente en Ica desde hace muchos años, ha acertado al titular su libro El hipocampo y sus palabras. Guía de autores y libros de literatura infantil y juvenil del Perú (2009), pues nos ofrece en el marco de la literatura infantil y juvenil un estudio inusual y sumamente valioso —con reflexiones políticas, hallazgos bibliográficos y reseñas de autores—, con el que seguramente incitará a otros investigadores a buscar nuevos caminos en la exploración del género.

Aunque el autor presenta su trabajo como una “Guía de autores y libros de la literatura infantil y juvenil del Perú”, considero que lo mejor del volumen es el panorama crítico que ofrece. En “Derrotero para una historia de la bibliografía de la literatura infantil y juvenil del Perú”, comparte notables señales del origen y del desarrollo de nuestra literatura para niños y jóvenes. Escribe Cabel (2009) a manera de advertencia:

la historia de la literatura y de su bibliografía debe estudiarse con un criterio muy amplio. No limitarse a una mera enumeración de fichas bibliográficas y a unos cuantos argumentos. Se requiere apreciable dosis de penetración crítica, sagacidad en la selección de las fuentes y flexibilidad de juicio. (p. 11)

Uno de los rescates de este apartado introductorio es la mención que hace de Antonio Olivas Caldas, un ilustre periodista3. Olivas es autor de un informe de veintiséis páginas publicado en dos entregas en el Boletín Bibliográfico de la Universidad Nacional de San Marcos. Con el título “Hacia la formación de una bibliografía sobre literatura infantil peruana”, la primera aparece en el N° 3 del boletín, fechada en Lima, octubre de 1940, y la segunda en el N° 4, correspondiente a diciembre de 1940. Se trata de un registro temático, por ejemplo: “Fondo patriótico–histórico” o “Tendencias del cuento clásico” y en cuyos compartimientos agrupa autores y publicaciones diversas, desde libros hasta folletos y artículos. Olivas brinda, además, algunas observaciones donde lamenta el escaso interés que existe en el país por el género y alienta la formación de una literatura infantil con conciencia literaria y patriótica. Qué duda cabe, un trabajo exhaustivo y precursor.

La segunda parte del libro constituye lo más copioso. En “Reseña de autores y libros de la literatura infantil y juvenil del Perú”, Cabel establece una relación de ciento ochenta autores —resultan inexplicables las ausencias de Valdelomar y Vallejo—; nómina minuciosa es cierto, que sin embargo se ve enturbiada por algunos comentarios teñidos de un matiz benévolo que rebaja el acento severo de la apertura histórica. Para quienes declaran que la educación y la cultura debe “despolitizarse”, los criterios del “derrotero” constituyen un saludable mentís. Un mínimo álbum fotográfico y un registro bibliográfico cierran este aporte indispensable.


A propósito del comentario anterior y para ser justo con el autor, debo reconocer que Cabel ha dado evidencias de sus intereses intelectuales, en diversos aspectos del género, desde principios de los ochenta. Sus libros más destacados son: Literatura infantil en el Perú: debate y alternativa (Lima, 1981), Nuestros cuentos infantiles (Lima, 1984), Literatura infantil y juvenil en el Perú: análisis y crítica (Lima, 1984), Literatura infantil y juvenil de nuestra América (Lima, 1984), Poesía infantil peruana del siglo XX (Lima, 1989), Literatura infantil en el Perú, América y Europa (Lima, 1991) y Antología del teatro infantil peruano (Lima, 1997). En cada uno de ellos encontrará el lector diversos caminos de aproximación, siempre con responsabilidad, a través de estudios preliminares, cuestionarios y selecciones.

Junto con sus aciertos críticos, de raigambre sociológica, sus libros han acogido valiosos testimonios de creadores ya fallecidos o cada vez más desvaídos por el vértigo contemporáneo. Es un privilegio acercarse al pensamiento de precursoras como Carlota Carvallo de Núñez, Rosa Cerna Guardia, Carlota Flores de Naveda o Matilde Indacochea; y de maestros como Francisco Izquierdo Ríos, Ernesto Ráez Mendiola o Javier Sologuren. Sorprende, por lo demás, la vigencia y optimismo de sus opiniones. De muestra, un botón:

Una literatura infantil [peruana] auténtica y orgánica se halla en proceso —expresa Izquierdo Ríos hace casi cuarenta años—, en formación, dentro de la cultura nacional; esto viene sucediendo desde hace muchos años, como una reacción a lo foráneo, a lo importado, sin que ello quiera decir que no se acepten las manifestaciones culturales de otros pueblos, ya que toda acción creadora del hombre pertenece a la humanidad (…) en el campo del arte han aparecido obras vertebradas con la aspiración del hombre a lograr la edificación de un mundo mejor, el establecimiento de una nueva sociedad, libre de injusticias; por ejemplo, en la literatura, sin olvidar el lejano grito de Guamán Poma de Ayala, las creaciones de Ciro Alegría, principalmente El Mundo es ancho y ajeno, novela que desde el título es una tremenda protesta (…) Nuestro enorme poeta César Vallejo ha creado, por cierto, el cuento más significativo de este género, que presenta la trágica dicotomía de la organización social en el mundo capitalista: me estoy refiriendo a “Paco Yunque”. Igualmente la novela El retoño [de Julián Huanay] puede darse a los niños y adolescentes, tal como fue concebida por su autor. (Cabel, 1981, pp. 41-42)

Volvamos a Cabel. Tal vez su contribución más sustanciosa sea su ensayo titulado “Derrotero para una historia crítica de la literatura infantil y juvenil en el Perú”, publicado en Educación y Biblioteca, revista mensual de documentación y recursos didácticos. Año 12, N° 110; Madrid, marzo de 2000. En dicho texto se deslindan varias categorías: en primer lugar, las páginas dispersas y sin intención específica que pueden rescatarse para configurar el cuerpo de nuestra literatura infantil y juvenil; de otro lado, las obras concebidas con propósito claro de pertenecer al género. También preocupa al autor establecer las diferencias entre la literatura producida por los propios niños y jóvenes, la creada por escritores especializados para complacer a esa nueva lectoría y, en tercer lugar, las recopilaciones o antologías pensadas con ánimo pedagógico. A continuación, el autor señala la inexistencia de estudios solventes y de una crítica rectora sobre el género, desarrolla algunas ideas interesantes —pone énfasis, por ejemplo, en la literatura oral: “madre de todas las literaturas, en especial del género infantil y juvenil”—, menciona numerosos autores y obras; y todo esta información la organiza siguiendo los compartimientos históricos convencionales: Literatura Prehispánica, Literatura de la Conquista y la Colonia, Literatura de Emancipación y Literatura de la República.

Potencialidad de la literatura infantil y juvenil en Iberoamérica

Un volumen titulado Hitos de la literatura infantil y juvenil iberoamericana, publicado en Colombia con ocasión a la segunda edición del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura, realizado en Bogotá en marzo de 2013, congregó a decenas de especialistas en la creación y la crítica. Este foro, como en su primera edición del 2010 en Santiago de Chile, sirvió de reflexión sobre las bases y la potencialidad de la literatura infantil y juvenil en Iberoamérica.

Hitos de la literatura infantil y juvenil iberoamericana es un libro de gran formato y exquisita edición, cuya coordinación estuvo a cargo de Beatriz Helena Robledo, profesora y escritora colombiana, quien escribe el prólogo. Le suceden veintidós breves ensayos sobre el género cultivado en los países de habla española y portuguesa. Desde Argentina a Venezuela, en Sudamérica, y de España a Portugal, en Europa, el panorama que se ofrece de los orígenes y los procesos en cada nación muestra puntos en común, como las bases orales, la insuficiente difusión o el reconocimiento de un género todavía en camino de consolidación. El apartado dedicado a Perú estuvo en manos de la maestra y crítica literaria Jéssica Rodríguez López, quien, en el espacio reducido que dispone, consigue dar una lúcida visión del origen y del desarrollo del género en nuestro país.

Con el buen criterio de una persona consagrada a la enseñanza, la autora establece su punto de partida en la concepción de la “infancia” como resultado de la confluencia de diversas ciencias —en especial la psicología evolutiva y la pedagogía—; este fenómeno social va a generar necesidades culturales específicas para este nuevo sector. Estamos en las primeras décadas del siglo XX y la literatura nacional, como en la mayor parte de los países de América Latina, apelará a la tradición oral con la finalidad de cubrir el espectro de la literatura infantil y juvenil. También vivíamos, por entonces, la afirmación de los primeros cimientos de la literatura peruana contemporánea, lo cual permitirá aprovechar las flamantes resonancias de escritores de la talla de Abraham Valdelomar, José María Eguren y César Vallejo.

Jéssica Rodríguez se concentra en señalar el desarrollo de la literatura infantil y juvenil desde 1940, cuyos manantiales representan en poesía los libros Simbólicas (1911) y La canción de las figuras (1916) de José María Eguren y en narrativa los cuentos “El caballero Carmelo” (1913) y “El vuelo de los cóndores” (1914) de Abraham Valdelomar. Rodríguez comenta las obras más importantes de mediados del siglo XX: “El trompo” (escrito en 1940, publicado en 1951) de José Diez Canseco; “Paco Yunque” de César Vallejo (escrito en 1931, publicado en 1951); “Rutsi, el pequeño alucinado” (1941) de Carlota Carvallo de Núñez; “El bagrecico” (1965) de Francisco Izquierdo Ríos; “Los inocentes” (1961) de Oswaldo Reynoso; hasta llegar a la novela de Óscar Colchado Lucio titulada “Tras las huellas de Lucero” (1980). Y finalmente hace una brevísima cala en Noé delirante (1963), libro de poemas de Arturo Corcuera, donde “el poeta actualiza el mito, amplía y torna fantástica la fauna que lo compone y la dota de una dimensión simbólica” (Rodríguez, 2013).

El canon literario

El riesgo de esbozar un panorama de la literatura infantil peruana es que lleva implícito un postulado: insinuar o fijar un canon de nuestra creación literaria para niños. El canon, como sabemos, es el precepto que forma un modelo. Me pregunto si será posible establecer una norma en las aguas cambiantes de la literatura, cuya propia naturaleza es la tensión entre las profundas corrientes y los oleajes imprevistos. Este movimiento dialéctico es la esencia del arte con la palabra que se define más por su ánimo turbulento y transgresivo, que por su vocación conservadora y sus afanes documentarios.

La construcción de un canon es siempre —como lo ha demostrado Harold Bloom, quien además relanzó el polémico concepto en su libro El canon occidental (2006)—, una lectura del presente que sacraliza el pasado; una suerte de arqueología literaria para preservar la letra y el espíritu de una obra o para levantar un monumento a la figura de un autor. En una frase: transferirlo del limbo literario (tal vez del infierno) al cielo en su consagrada condición de clásico. En una de sus prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro (1992) escribe que “la existencia de un gran escritor es un milagro […] Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza!”, pero Ribeyro no se detiene a decirnos quién declara este prodigio, a qué entidad divina o humana le corresponde descartar a un escritor y glorificar a otro. Jorge Luis Borges ensaya su propia visión metafísica al afirmar que “Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos, es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones leen con previo fervor y con misteriosa lealtad” (Borges, 1952).

Nadie discute hoy la importancia de los cuentos del folklore europeo recogidos por Jacob y Wilhelm Grimm, ni los cuentos de Perrault o Andersen, ni las novelas de Carlo Collodi, James Barrie o Lewis Carroll. Estos nombres están unidos a sus obras, que juzgamos imperecederas. Ha sido la llamada comunidad literaria —la academia, los críticos y los lectores— que los ha instalado como clásicos de la literatura infantil universal. Pero en el Perú, donde hay apenas unas líneas dedicadas a la literatura infantil en las páginas de nuestras historias literarias, donde no hay crítica ni teorías preocupadas en este género, donde no hay revistas, y apenas un par de premios que atiendan a la creación literaria para niños, qué institución social o qué personaje puede arrogarse el delicado papel de discernir el trigo de la paja; es decir, descartar a muchos autores y elegir a los pocos que pasarán por el ojo de una aguja.

¿Quién canoniza y qué debe canonizarse de nuestra literatura infantil y juvenil? Creo que en nuestro país, por la manera cómo ha irrumpido el género a través de la escuela, que ha devuelto a la literatura a su estado pedagógico primigenio, sujetándolo a la enseñanza, es a la institución educativa escolar y a sus maestros a quienes les corresponde este papel de supervisión y fijación de obras y autores. En su diálogo sobre la retórica titulado Fedro o de la belleza, la sabiduría de Platón nos aclara por voz de Sócrates que “A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él”. Como maestro de escuela que fui puedo atreverme a especular sobre el tema y a sugerir algunas manifestaciones y unos pocos nombres. He escrito con prudencia atreverme a especular, porque estoy muy lejos de ser un experto en el tema. Por lo tanto, soy consciente de que soy incapaz de ofrecer un panorama general de la literatura infantil en el Perú. Solo alcanzaré a señalar lo que muchos de ustedes advierten —especialmente profesoras y profesores— en un terreno fértil, pero todavía poco conocido y confuso.

Lectura literaria en la escuela

Es evidente que la creación de literatura infantil vive un momento de privilegio en el país y que la lectura literaria en la escuela se ha convertido en un asunto de agenda política. Basta revisar la página web del Ministerio de Educación para apreciar esta inquietud. Es un fenómeno cultural extraordinario, único en nuestra historia, que no hay que desaprovechar. Muchos dirán que es una reacción tardía del Estado con respecto a iniciativas privadas y que muestra demasiadas limitaciones y falencias. Es verdad, pero si no hacemos ahora del libro y del arte literario una herramienta democrática, un instrumento para el futuro, seguiremos viendo en nuestras calles más niños privados de la educación y del carácter, caminando sin destino.

La literatura infantil ha nacido, como preocupación teórica, vinculada a la escuela. Y esta institución se ha ocupado, a menudo, de desautorizar el arte literario al convertirlo en formulación pedagógica, en transmisor de piadosos mensajes al margen de su composición estética; ha arrancado el canto al ave del paraíso y la ha desplumado para comer su carne. Es la búsqueda de una finalidad utilitaria, nutricia del programa escolar y de los mandatos de una pasiva conciencia. Como se repite ahora, de acuerdo a la tendencia ministerial: lecturas que atraviesen transversalmente las asignaturas del grado y que sean, además, formadores de valores. No estoy en desacuerdo ni con el conocimiento ni con la ética que implica toda lectura, pero la composición literaria es bastante más compleja y profunda que una página de manual o que un consejo bien intencionado.

En los últimos años me pregunto si los profesores disponen de dinero para comprar libros, y de tiempo para leer y de destreza para percibir lo que leen, y de energía para releer lo que no comprenden, y de pasión para contagiar estas lecturas a sus alumnos. Lo que he comprobado muchas veces es que el manual de colegio, o el poder de la tradición literaria, o la visita del promotor de una editorial ahorran el trabajo privado de la lectura —sus tropiezos y sus descubrimientos— e imponen un canon indiscutible. Una especie de índex, “Índice de libros prohibidos”, pero al revés. En esta lista se catalogan aquellos libros de provecho para el estudiante y se desliza subrepticiamente una censura. En mi época de estudiante ningún hermano de La Salle discutía las bondades de Platero y yo (1914), de Juan Ramón Jiménez, o de Corazón, de Edmundo de Amicis (1886). Difícil imaginar que algún colegio, en la hora actual, incluya estas dos novelas en su Plan Lector. Otros nombres han venido a reemplazar al poeta español y al escritor italiano. ¿Quiere decir que necesariamente los maestros de ayer habían leído y aquilatado los méritos de estos libros o era más bien que el dictado canónico los había impuesto?

Los maestros no siempre saben de la importancia que reviste un ojo y un oído atento a las generaciones, de la necesidad de una consistente competencia académica y de un educado gusto que exige esa constante labor de elección. Porque si no es buen lector y estudioso de la literatura infantil, es fácil protegerse la ceguera en la tradición literaria y caer subyugado ante el canto de sirenas, es cómodo no dudar de los nombres consagrados y no arriesgar por autores novedosos, es irresponsable no explorar la periferia y afincarse en el centro como un terrateniente. Creo que debería entenderse la labor del maestro de lectura no como un trabajo de taxidermista, sino de libre cultivador de inquietudes internas.


Conciencia de lo nacional

Si buscamos construir un corpus de nuestra literatura infantil cuyo resultado exhiba un estatuto equivalente de la literatura peruana, con sus deficiencias y excelencias, es preciso ensayar una serie de cuestionamientos que limpie el trigo de tantas impurezas. La categoría de literatura infantil comporta, tal vez en todas partes, una naturaleza informe y de alcances tentaculares. Es un gran pulpo que pocos se animan a definir, que discurre a sus anchas por las aulas de colegio y que va capturando lo que está a su alcance —funciones de cuentacuentos, títeres y teatro; discos de música, libros objetos e historias ligeras—, porque de lo que se trata es que los chicos lean y no importa a costa de qué. Haberse emplazado en la escuela, a veces con una corta antesala en la casa, ha acercado riesgosamente el género a la exclusiva complacencia del gusto infantil (con el cómodo beneplácito de profesores y padres) y lo ha alejado de preocupaciones académicas; es decir, de disquisiciones culturales y políticas. En este sentido, con toda razón, el escritor argentino César Aira califica la literatura infantil como un subgénero, más próximo de la industria que del arte (Aira, 2001).

Me interesa disponerme en contra de esta apreciación que, por cierto, corre el peligro de instalarse y expandirse en nuestro medio, por displicencia o poca información de padres y profesores. La situación es más delicada si atendemos a los actuales momentos de aparente bonanza, tanto en términos editoriales como de lectores. Las cifras de venta de las grandes editoriales y los programas de lectura parecerían confirmar la buena salud de nuestra literatura infantil; tan evidente en el éxito de concurrencia y rentabilidad en las recientes ferias del libro con salas especiales destinadas a presentaciones de libros para niños y animaciones de lectura, podría dejarnos felices y sin preocupaciones. No obstante, la satisfacción por un evidente avance, que sobre todo favorece a un sector social, me despierta algunas preocupaciones vinculadas a la calidad artística que se ofrece y a la necesidad de formar una tradición de nuestra literatura infantil peruana, que se entronque decisivamente a la literatura peruana sin adjetivos.

Los estudios historiográficos y de crítica, realizados durante el siglo XX en el país, han sido sin duda muy valiosos y han permitido apreciar el enmarañado itinerario espiritual y artístico del Perú, mostrando los conflictos sociales que forman la textura múltiple de una obra literaria. Todo fenómeno cultural es, lo sabemos muy bien, un producto social; por lo tanto, susceptible de ser observado y juzgado. Sin embargo, tratándose sobre todo de un país diverso y contradictorio, este considerable arsenal de estudio resultará siempre incompleto. Y en lo que nos concierne, por ejemplo, ninguno de ellos aborda el tema de la literatura infantil. Desde la primera tesis sobre el carácter de nuestra literatura, escrito por José de la Riva Agüero (1905), hasta la revisión de la periodicidad propuesta por Carlos García Bedoya (Para una periodización de la literatura peruana, 1990); así mismo, desde los enjundiosos e imprecisos postulados de Luis Alberto Sánchez, hasta las penetrantes meditaciones de Antonio Cornejo Polar sobre la identidad nacional4, no encontramos una sola línea especializada que reflexione acerca de la perspectiva del lector niño o adolescente. Aún no contamos, por lo tanto, con una historia de la literatura infantil ni con un aparato crítico que nos permita evaluarla.

No obstante, la situación no es del todo desalentadora. Hasta hace unos años tuvimos dos maestrías en literatura infantil: en la Universidad Champagnat y en la Universidad Católica Sedes Sapientiae; ojalá sus promotores se animen pronto a reabrir estos programas de posgrado. De otro lado, desde hace unos años circula la primera revista virtual de literatura infantil Caballito de madera, cuyo interés fundamental es reflexionar sobre el género. Y circula, también, en un ambiente universitario la revista impresa Fabulador, que contiene textos teóricos y ensayos sumamente interesantes. Ambas en Facebook.

Un libro que debo recomendar a los maestros y maestras es Palabras no cautivas. Ensayos sobre literatura y educación (2011), del investigador Miguel Ángel Huamán. Los textos analizan el uso y las distorsiones que experimenta la enseñanza de la literatura en la escuela; además de que permite, gracias a su lenguaje accesible, un conocimiento actualizado de los estudios literarios en materia de teoría e interpretación de textos.

Para un estudio serio de la geografía peruana ahora es insuficiente, incluso erróneo, atender a la antigua clasificación de costa, sierra y selva. Del mismo modo, para ensayar un panorama de la literatura infantil no basta con repetir el esquema tradicional de la historia peruana: culturas Preincaicas, Incanato, Conquista, Colonia, Emancipación y República. Esta mirada diacrónica resulta ahora simplificadora e inexacta, porque la historia no es solo una suma de autores y obras, corrientes literarias y sucesos como se nos enseñó la literatura en el colegio. Tampoco resulta acertado el exclusivo enfoque sincrónico, que cala a fondo en episodios importantes o en autores, de una manera inmanente, ajenos al discurrir social del tiempo. Por fortuna, la teoría literaria de las últimas décadas postula otras posibilidades de acercamiento a la producción literaria, que privilegia al texto literario como una unidad de sentido, pero sin desatender su relación con el medio social. De modo que para confeccionar un panorama de la literatura infantil peruana es imprescindible pensar en torno al concepto de lo nacional, asumiendo la evolución histórica y literaria en sus aspectos diacrónicos y sincrónicos. Para ser más precisos: las obras literarias deben imbricarse en los procesos sociales y artísticos de la dimensión histórica.

En su notable estudio sobre “El proceso de la literatura”, contenido en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, José Carlos Mariátegui (1928) escribe:

El nacionalismo en la historiografía literaria, es por tanto un fenómeno de la más pura raigambre política, extraño a la concepción estética del arte. (…) La literatura nacional es en el Perú, como la nacionalidad misma, de irrenunciable filiación española. Es una literatura escrita, pensada y sentida en español, aunque en los tonos, y aun en la sintaxis y prosodia del idioma, la influencia indígena sea en algunos casos más o menos palmaria e intensa. La civilización autóctona no llegó a la escritura y, por ende, no llegó propia y estrictamente a la literatura, o más bien, ésta se detuvo en la etapa de los aedas, de las leyendas y de las representaciones coreográfico-teatrales. La escritura y la gramática quechuas son en su origen obra española y los escritos quechuas pertenecen totalmente a literatos bilingües. (pp. 195-196)

También en la década de 1920, desde sus primeros estudios literarios, Luis Alberto Sánchez lanzó una afirmación que hoy suena obvia: “No hay un solo Perú; hay varios Perúes” y propuso una interrogante fundamental, de gran agudeza, que buscaba distinguir los conceptos entre “literatura del Perú” y “literatura peruana”. Sánchez escribe en su Panorama de la literatura del Perú ([1939]-1974): “Ser literato del Perú puede no pasar de una mera casualidad geográfica. Ser literato peruano implica, además, una identificación con el medio ambiente”. Y señala en el desarrollo de su tesis que “literatura peruana” hubo solamente en las primeras décadas de la Conquista —mientras se instalaba el nuevo orden y se ejercía una débil resistencia nativa—; que a lo largo de la Colonia y del primer siglo de la llamada vida independiente se desarrolló una “literatura del Perú”, con obras nacidas en nuestro territorio aunque con características manifiestamente hispánicas. Recién en la segunda década del siglo XX, con escritores como Abraham Valdelomar y César Vallejo, vuelve a fundarse una “literatura peruana”.

Noción y praxis de una literatura peruana constituye, desde mi modo de entender, una asunción del problema nacional. Creo que son preguntas esenciales: ¿Qué es el Perú? ¿Cómo fue su pasado y de qué modo se integra en el presente? ¿Cómo vivimos el presente y qué país construimos para el futuro? Porque la formación de las tradiciones literarias depende de la concepción que tenemos del pasado y del grado de permeabilidad que le concedemos: cómo lo asumimos y acomodamos en nuestro proceso histórico. Es evidente que no existe, salvo en los viejos manuales escolares, el pasado como un bloque inmodificable; hay más bien una relación entre pasado y presente, que debería ser fluida y dialogante, pues solo de ese vínculo surge el carácter de lo propio, de la nuestro. En el Perú, desde antiguo —tal como lo señala Antonio Cornejo Polar en la introducción a La formación de la tradición literaria del Perú (1989)—, a los conflictos entre clases sociales y etnias, le agregamos los conflictos dentro de clases sociales y etnias. Sin una idea y un sentimiento de pertenencia, sin ánimo de articular un amplísimo y tensionado proceso histórico y social, mal podríamos sostener la fundación de una tradición de literatura infantil peruana. Aún somos herederos de muchos destinos, y el mapa de nuestro país es un tablero desarticulado, a menudo doloroso. Registrar la gesta de estos conflictos es tal vez una de las tareas más intensas de la literatura —y de mayor eficacia que otras artes—, pues en su discurso despliega un horizonte de componentes estéticos e ideológicos que muestra la piel de una sociedad, y sobre todo el funcionamiento de sus glándulas internas.

El carácter unitario

Con la publicación del libro Edición extraordinaria (1958), de Alejandro Romualdo, se echó más leña al fuego en la polémica encendida pocos años atrás en nuestro medio cultural y que enfrentaba dos posiciones aparentemente irreconciliables: poetas puros y poetas sociales. No hace sino unos años se abrió un debate, también encarnizado, con suficientes motivos pero sin ideas claras, entre narradores criollos y narradores andinos. Estas dos situaciones, en medio siglo de nuestra literatura reciente, no son sino dos puntos de quiebre de un estado subrepticio de tensión, pocas veces manifiesto, entre el ejercicio del poder y el resentimiento del dominado, que certifica la antigua condena que parece regir el destino del Perú. Lo más interesante, en virtud de una anhelada unidad, es que la literatura peruana ofrece en sus obras de creación un mosaico cultural no libre de conflictos y que sus estudios críticos no han eludido la discusión, antes bien han privilegiado el espacio para la reflexión en torno a la identidad nacional.

En el trabajo de fijar los criterios para una selección y un ordenamiento del caudal creativo, la propuesta inaugural se presenta con El carácter de la literatura del Perú Independiente (1905), la tesis de José de la Riva Agüero, que considera “insuficiente” la tradición quechua como para constituir un factor importante en la formación de la tradición literaria peruana. Y opta por arrancar de cuajo la raíz andina, lesionando seriamente el corpus de la literatura peruana, que quedó exclusivamente con forma y espíritu hispánicos. Una mutilación que revela un craso desconocimiento de la literatura vernácula y también una actitud intelectual de clase social, de casta criolla aristocrática, en la que lo andino era lo primitivo y exótico, por lo tanto carente de categoría estética.

Otro personaje hispanista —aunque menos recalcitrante— fue José Gálvez Barrenechea, quien publicó Posibilidades de una genuina literatura del Perú (1915). Gálvez postula un escrupuloso mestizaje, que incorpore algunos elementos indígenas, sobre todo vinculados a episodios históricos del Incanato. En el extremo opuesto de Riva Agüero, el puneño Federico More inyecta un ánimo iconoclasta y agresivamente indigenista; en “De un ensayo sobre las literaturas del Perú” (1924) propugna una base cultural quechua, que cristalice los nocivos componentes de las literaturas occidentales. El maestro Luis Alberto Sánchez encarna un espacio de conciliación y fija los cimientos para una literatura mestiza o criolla; sus diversos planteamientos —desde su primera juventud5—se orientan a dilatar la categoría de tradición literaria, en lo que denominó un “totalismo peruanista”. Es decir, propugna incorporar las literaturas andinas y populares a fin de valorar en su verdadera dimensión el espacio y el espíritu de nuestra literatura nacional. Sin consideraciones cientificistas, más bien dueño de felices intuiciones y de verbo encantatorio, Sánchez significa en ese momento un punto de equilibrio que pone fin a “la vieja costumbre de oponer gallo a gallo”.

Uno de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), del amauta José Carlos Mariátegui, contiene el esclarecido estudio “El proceso de la literatura”, del que el profesor Solomon Lipp juzga con precisión que se trata de:

una brillante interpretación de la “superestructura” del escenario peruano. Su análisis del proceso literario sigue las líneas generales de una orientación sociohistórica. Los cambios sociales de una época tendrán sus repercusiones en la creación literaria de esa época. De ahí que Mariátegui divide la historia de la literatura peruana en tres períodos, designados respectivamente como el colonial, el cosmopolita y el nacional. Los dos primeros son para él negativos, en el sentido de que impidieron la nacionalización de la literatura peruana. En el primer caso, la influencia excesiva de España fue un obstáculo: en el segundo, lo fue la penetración extranjera. Hay que esperar hasta llegar al tercer período, el nacional, para que el país alcance su propia personalidad. (Perspectivas literarias en José Carlos Mariátegui, 1995)

Tiene sentido pensar que el ensayo de Mariátegui está escrito con una fibra política, pues el hecho de que integre un volumen que constituye una revisión ambiciosa y severa del país —tanto un ajuste de cuentas a la política peruana, como un proyecto de futuro socialista—, da prueba de su ímpetu revolucionario.

Y lleva adelante la consigna marxista: la realidad no es la idea sino la materia y está sometida a un proceso de constantes contradicciones. Y es el hombre, como ser protagónico y activo, llamado a transformar la realidad. Por eso a Mariátegui no le preocupa tanto indagar en el pasado ni fijar las bases de una tradición sino, sobre todo, descubrir las brechas y las fricciones internas de la sociedad peruana y enrumbar hacia condiciones socialistas: “el problema de nuestro tiempo no está en saber cómo ha sido el Perú; está, más bien, en saber cómo es el Perú”.


Literatura oral y literatura infantil6

Provengo de un país privilegiado, diverso y herido, con una poderosa cultura ancestral que resistió durante décadas la enérgica penetración española y que aún sabe poner su mejor rostro a las contemporáneas corrientes invasivas de Europa y Norteamérica. La llamada Conquista Española del siglo XVI impuso, a sangre y fuego, una creencia religiosa y un estilo de pensamiento que era traducido por un precioso idioma. El merecidísimo prestigio de la lengua castellana como expresión literaria, nace precisamente durante los ardorosos años de la Conquista y se consolida en la Colonia. Cuando el dominico Bartolomé de las Casas miraba aterrado la insania destructiva contra los pueblos de América y redactaba con indignado pulso su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, iban fraguándose los genios literarios de la Época de Oro. Aunque resulte duro aceptarlo es imperativo recordarlo: mientras la magia de las huacas, la riqueza material y las artes del Incanato eran avasalladas por la pólvora de bombardas y arcabuces, hasta no dejar piedra sobre piedra, las ilustres plumas de Lope de Vega y Cervantes componían sus obras imperecederas.

Se ha repetido a menudo el poder del alfabeto de hierro sobre el hierro de las armas. Gutenberg, como sabemos, reemplazó las tablillas de madera por los primeros ‘tipos móviles’ confeccionados de metal. De ese modo, la demorada caligrafía de los frailes copistas pasó a ser la reproducción mecánica de textos e imágenes sobre papel y la imprenta, la madre revolucionaria del siglo XV, ocupó un lugar preponderante en la cultura de occidente. Tenemos, de ese modo, que en un corto periodo de tiempo la nación del Tahuantinsuyo —que comprendió parte de los actuales territorios de América del Sur— fue arruinada y sometida a un pensamiento foráneo, a una lengua indómita y a una literatura impresa. Si bien nuestros pueblos poseían una simbología cromática y gráfica, y utilizaban eficaces sistemas de contabilidad, carecían de la noción ‘letra’7.

Generación tras generación de peruanos hemos entrado al siglo XX estudiando en la escuela la asignatura de Literatura Peruana que empezaba con la Literatura de la Conquista y la Colonia. Se omitía cualquier vestigio de creación literaria anterior al testimonio de las crónicas, redactadas, por supuesto, por los clérigos y escribidores de la época. Los maestros de colegio no se detenían a preguntarse por qué una literatura nacional era levantada por manos extranjeras. Grandes mamotretos religiosos o relaciones de prodigios, donde resplandecía una fauna y una flora portentosa, eran dictados por espíritus interesados en algún favor de la corona española o en alguna prebenda divina. No obstante, desde muy pequeños aprendíamos, en la asignatura de Historia del Perú, que el origen del Imperio Incaico residía en una historia maravillosa. Nadie ponía en duda la veracidad de ese relato. Me refiero a “La Leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo”, dada a conocer por el Inca Garcilaso de la Vega, cronista mestizo, hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y de la ñusta Isabel Chimpu Ocllo, nieta de Túpac Yupanqui, quien establece con sus Comentarios reales8 una de las piedras de toque de nuestra historia, gracias a su esmerada educación occidental, pero, sobre todo, al oído que prestó de niño a la voz de su madre y de los amautas incas, conocedores a fondo de la mitología_y cultura aborigen.

Una figura del siglo XX de similar importancia para nuestra historia, que concilia en su literatura la tremenda colisión de dos mundos, el occidental y el andino, la representa el escritor José María Arguedas. A fines de la década de 1930, con veintiocho años de edad, Arguedas consigue un puesto de profesor en el Colegio Mateo Pumaccahua de Sicuani, en el Cusco. Por entonces radica en Lima, sin empleo estable; de modo que este viaje al interior no solo le permite abandonar una ciudad fatigosa, sino que significa “la realización del más viejo y querido de mis sueños” (Rescaniere, 1996). Porque él presiente —y lo constatará después— que desde la docencia es posible construir un oficio de esperanza y estímulo, que culmine la ilusión por una sociedad más afectiva y justa. Y es como asume su vocación, con utopía e integridad, además de un ingenio propio de sus dotes creativas.

Al término de su primer año de trabajo, Arguedas publica un folleto con los ejercicios de sus alumnos. Él escribe las páginas liminares. Es sorprendente la precisión y actualidad que contienen: juzga con dureza nuestro sistema educativo por el exceso de información, el ánimo memorístico y ninguna curiosidad por la investigación; descalifica a muchos profesores por seguir con fidelidad militar el programa estatal; lamenta no haber leído, durante sus años de estudiante, un solo libro en clase ni haber escuchado palabras amistosas de sus profesores. “Más tarde —afirma Arguedas—, tuve la convicción de que los colegios del Perú… debían trabajar de otra manera”.

Y esa otra manera consistía, por ejemplo, en leer y comentar los informes de sus alumnos sobre las costumbres de sus pueblos. También sobre lecturas de cuento y poemas efectuados en clase. Luego el profesor Arguedas ordenó el frondoso material, añadió valiosas explicaciones y lo entregó a la imprenta. Aquella publicación ha cumplido setenta años, y significó el punto de partida para un trabajo posterior titulado Mitos, leyendas y cuento peruanos (Lima, 1947), elaborado con el escritor y maestro Francisco Izquierdo Ríos. El libro fue realizado por iniciativa de Arguedas, cuando ocupaba la Dirección de la Sección de Folklore y Artes Populares del Ministerio de Educación. Sobre este volumen hace unos años llegó a Lima de Madrid una bellísima edición (Siruela, 2009). Años después, el Grupo Editorial Santillana publicó, en nuestro medio una modesta edición del libro en Punto de Lectura (2013), que reproduce el amplio prólogo de Arguedas e incluye una nota de Sybila Arredondo de Arguedas, quien enfatiza el carácter folclórico del relato popular, cuyo propósito fundamental es, en palabras del escritor:

recrear el espíritu de sus oyentes, para ilustrarlos, para exaltar lo bueno y lo bello, para afirmar las reglas o valores morales que rigen la conducta de sus grupos sociales, para infundir temor a los castigos que sufren quienes infringen esas reglas, para explicar el origen de las cosas. (p. 13)

En el prólogo de Mitos, leyendas y cuento peruanos de Izquierdo Ríos (1947), titulado “Algunas consideraciones acerca del contenido y finalidad de este libro”, el autor hace un recuento histórico de la resistencia cultural desde la llegada de los españoles y cómo la tradición aborigen se protegió, a veces gracias al desplazamiento geográfico —sobre todo de los pueblos amazónicos— y la mayor parte de las veces gracias al proceso de fusión con la cultura invasora, en el que nuestra cultura nativa supo mantener una importante dosis de presencia. Otro aspecto en que incide Arguedas, cuando toca la literatura popular —y lo hace con contrariedad— es la proliferación de cierta literatura folklórica manipulada ex post por un autor. De este modo se destruye el valor artístico de origen y la esencia antropológica; es decir, el dato científico. Con el propósito de rescatar material en su mayor integridad autóctona, Arguedas realiza una gran convocatoria a los maestros de aula de todo el país a fin de que envíen, en su versión más fiel, los relatos tradicionales de sus pueblos. Con este ingente material, depurado y distribuido en las tres clásicas regiones de nuestro territorio: costa, sierra y selva. Ciento veinte relatos conforman el volumen, con textos escritos por profesores y alumnos, que provienen de alejados rincones del Perú y que cumplen, de este modo, un ardiente sueño de Arguedas por transmitir la sabiduría ancestral y estrechar los vínculos entre hermanos para lograr una educación equitativa y liberadora.

Otros ámbitos de la literatura infantil

En un texto perspicaz titulado “Contra la literatura infantil”, el extravagante escritor argentino César Aira despotrica contra el género y da razones que el tiempo ha sabido comprender. Se queja, en primer lugar, de las puerelizaciones de muchas adaptaciones —las califica de “criminales”— en las que han caído obras importantes del pasado como Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, Alicia en el país de las maravillas o La isla del tesoro. Han dañado —creo entender— la esencia del lenguaje, por el afán de los editores de acercar la gran literatura a un mercado infantil. Este empeño comercial ha convertido la literatura infantil en un subproducto literario del siglo XX; la categoría que conocemos como subliteratura.

Otro aspecto que considera Aira es la negación de la libertad; la genuina literatura inventa a su lector, mientras que la literatura infantil fecunda sobre un organismo definido y examinado como si fuera un sujeto embalsamado, sin voluntad ni inquietudes. No solo trabaja sobre niños arquetipo, sino sobre edades determinadas. Para lo cual, fabrica libros que no son objetos aburridos, como los que leen los adultos, sino que son objetos manipulados como juguetes para hacer de la lectura una mera diversión: ahí están, dice, “libros acordeón, libros de tela, con ventanitas en las páginas, desplegables, transparentes, con ruido, transformables (como los que hizo el genial Lothar Meggendorfer), libros impresos con tinta invisible, libros origami, elásticos, y los maravillosos flip-books o folioscopios”, (Diario El País, Madrid, sábado 22 de diciembre de 2001).

Y creo que del lado de dicho esparcimiento —a menudo algo banal y que ha adelgazado el género— está la práctica de una literatura sin mayor responsabilidad artística o formativa. Ganada por intereses subalternos, como la visión política conservadora o los réditos de orden empresarial que han lesionado nuestra genuina literatura infantil. Fenómeno que se ha advertido también en la gran literatura peruana con diversos temas; con el tema del indio, por ejemplo, que desde el siglo pasado, durante el romanticismo, fue visto como un personaje decorativo y retórico. Casi una figura de álbum histórico, que fue modificándose y adquiriendo en el tiempo una dimensión más real: recordemos el indio montaraz de los Cuentos andinos (1920) de Enrique López Albújar; el indio pintoresco de La venganza del cóndor (1924) de Ventura García Calderón o el indio poético de Los perros hambrientos (1939) de Ciro Alegría. En esa línea llegamos al punto de intensidad narrativa de José María Arguedas, con un indio no solo carnal sino profundamente humano, desplegado desde su libro de cuentos Agua (1935) hasta su novela Los ríos profundos (1958).

También en la literatura infantil se ha abordado la literatura popular, sobre todo andina, produciendo una considerable batería de relatos adulterados. Y como existe un reclamo de un sector del magisterio nacional para trabajar con textos peruanos —entendidos exclusivamente como andinos—, la recreación de la narrativa tradicional ha operado como inagotable surtidor del género, sobre todo en provincias, sin prestar demasiada atención a la calidad estética. Hace casi setenta años, José María Arguedas mostró su desazón en el prólogo que escribió para el libro recopilatorio Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947), que convocó con Francisco Izquierdo Ríos y que contó con la colaboración de muchos maestros de escuela de todo el país. El libro fue publicado por un comprometido Ministerio de Educación, escribe Arguedas:

En el caso del folklore, esta ineficacia aparece agravada por una frondosa literatura cultivada en toda clase de publicaciones de las provincias y de la capital. Esta inmensa e inútil literatura prolifera, cada vez con mayor fecundidad, a causa del equivocado concepto que se tiene del folklore y de la peligrosa y tenaz convicción que ha sido difundida en el sentido de que los “temas” folklóricos pueden ser y deben ser aprovechados para la composición literaria; pues, de este modo, tales composiciones tienen, además de valor artístico, interés científico, y por añadidura valor “nacionalista”. Y en realidad, es que casi la totalidad de esa literatura no tiene realmente valor de ninguna especie, pues el valor científico del dato folklórico es totalmente destruido por la fútil y negativa recreación personal de los autores. (2009, p. 18)

De este modo se ha trabajado también el personaje niño, como si fuera un querubín sonrosado y soñador a la usanza de un antiguo cromo. Ojalá me refiriera a la literatura de hace un siglo, pero no. No solo es influencia de una época sino de la entelequia que tienen algunos improvisados escritores o maestros y maestras que no consiguen admitir las travesuras ni los sudores de un niño real. El concepto de infancia o de adolescencia es, mal que bien, una construcción social en la que participamos todos los que formamos parte del entorno de un chico o una chica. Muchos adultos, sobre todo educadores, parecen empeñarse en extender esa brecha generacional y muchas veces la literatura infantil sirve de aliada pedagógica para “enmendar” una nueva generación, según los virtuosos modelos de escritores obstinados en plasmar una retórica nostalgia, o simplemente ávidos de sus regalías de autor.

Tradiciones, recopilaciones y antologías

Para beneficio de nuestra tradición literaria, por supuesto debemos destacar a algunos escritores clásicos animados por nobles motivos artísticos: Ricardo Palma y sus Tradiciones peruanas (bautizadas así desde su edición de 1890 y que reúne cerca de quinientos textos referidos a la historia peruana); Adolfo Vienrich y sus tres libros de relatos regionales titulados Azucenas quechuas (1905), Fábulas quechuas (1906) y Apólogos quechuas (1906). Un tiempo después, José María Arguedas publicó Canto Kechwa (1934) y Canciones y cuentos del pueblo quechua (1949), que agrupa poemas, narraciones y canciones anónimas del universo indígena. De los cuatro cuentos que integran el segundo libro, “El lagarto” es, a mi gusto, un relato preponderante. El también escritor y etnólogo Arturo Jiménez Borja recopila muy bellos relatos en sus libros Cuentos Peruanos (1937), Cuentos y leyendas del Perú (1940) e Imagen del mundo aborigen (1973).

Y llegamos de este modo, casi sin proponernos, al género de la antología de literatura para niños. Me refiero al selecto inventario que realiza un especialista —o más de uno— de la variada producción literaria y que respeta algunas consideraciones, que pueden ser de orden temático o estilístico. Las buenas antologías suelen desempeñar un papel trascendente en la formación del concepto y de la valoración de cierta literatura. Mencionaré las principales antologías de literatura infantil que conozco, publicadas en el Perú desde los años cincuenta hasta la década del 1980.

Florián, Mario. Poesía infantil. Lima: Edición GUE Bartolomé Herrera, 1956.

Salazar Bondy, Sebastián. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Enseguida aparece la segunda edición. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca & Editorial Rumbos Nuevos, 1958.

Sologuren, Javier. Cuentos y leyendas infantiles. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca & Editorial Rumbos Nuevos, 1958. Años después aparece la segunda edición. Lima: Ediciones de La Rama Florida, 1964. (Carátula del autor).

Florián, Mario. Poesía para niños. Lima: Biblioteca Básica Peruana. Ediciones del Ministerio de Educación Pública, 1961.

Bonilla Amado, José. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Ediciones Nuevo Mundo, 1963. Poco después aparece la segunda edición. Lima: Ediciones del Nuevo Mundo, 1970. (Carátula de Alfredo Ruiz Rosas e ilustraciones de Rolando Cisneros).

Cabel, Jesús. Poesía infantil peruana. Lima: Edición UNMSM, 1963.

Cerna Guardia, Rosa. Los niños del Perú y sus poetas. Lima: Editorial Nueva Educación, 1976. (Ilustraciones de Alicia Ferrarone y Marianela Cerna).

Rosario Vidal, Roberto. La barquita de papel. (Poemas y cuentos para niños). Lima: Conaim, 1979.

Organización Internacional del Libro Juvenil - IBBY, Cuentos infantiles del Perú. Lima: Ediciones de la Sección Peruana de la Organización Internacional del Libro Juvenil-IBBY, 1964.

Salas, Luzmán. Antología de la literatura infantil cajamarquina. Lima: Lluvia Editores, 1981.

Soracel, Lourdes y Víctor. Cuentos infantiles peruanos. Lima: Editorial Ricchay Perú, 1982. (Volumen compartido con Cuentos infantiles universales, de los mismos autores, pseudónimos de Teresa y Fernando Lecaros).

Zúñiga Segura, Carlos. Poemas para niños: antología. Lima: Ediciones Capulí, 1983.

Lozano Alvarado, Saniel. Patio de recreo. Trujillo: Editorial Sudamericana, 1984.

En abril de 1983 publiqué a mimeógrafo, en los talleres del Colegio Los Reyes Rojos, dos antologías contemporáneas —una de cuento y otra de poesía— con carátulas e ilustraciones de mis alumnos de quinto grado de primaria. Creo que esa era una virtud: todos los textos habían sido trabajos en el aula y las ilustraciones de los chicos y chicas constituían conjuntamente una recreación de su lectura. Y en 1988, con el sello Editorial Colmillo Blanco, la selección de narrativa breve titulada Puro cuento, integrada por once relatos a manera de una alineación futbolística; al año siguiente publiqué la antología Reino animal: poesía peruana, reunión de sesenta poemas alusivos a la zoología, desde la poesía aborigen hasta el siglo XX.

De la presente relación debo destacar el trabajo de Javier Sologuren, quien realiza una antología de literatura infantil universal y al lado de cuentos populares de procedencia árabe, asiática y nórdica incluye dos fábulas quechuas: “El sapo y la zorra” y “El zorro y el Huaychao”. Más adelante, dentro de la literatura moderna, entre escritores de la magnitud de Oscar Wilde, León Tolstoi y Hans Christian Andersen considera a Ricardo Palma (“Los ratones de Fray Martín”), Carlota Carvallo de Núñez (“La flauta maravillosa”) y Francisco Izquierdo Ríos (“Zenón el pescador”), confiriendo implícitamente a nuestra literatura infantil una envergadura equivalente.

También debo subrayar la antología de Sebastián Salazar Bondy por sus criterios y contenido. Se abre con un prólogo dirigido al niño (incluido en las Lecturas Ejemplares 1 de esta Primera Unidad), que sugiere un interés por desescolarizar la lectura y trasladarla al hogar; y se cierra con un “Epílogo para el maestro”, que ofrece explicaciones didácticas y profundas para comprometer al docente en la tarea complementaria de corregir falencias culturales y asumir este libro como “una solución de emergencia”. La otra virtud de esta antología es el conocimiento que evidencia el autor, gracias a una muestra de gran amplitud temporal y versatilidad estilística que va desde la literatura folklórica hasta Enrique Congrains Martín —con la adaptación del cuento “El niño de junto al cielo”, de Lima, hora cero (1954)—, pasando por autores aunque poco nombrados muy justificados como José Portugal Catacora y María Wiesse.

Revistas literarias

En el Perú hemos tenido escasas revistas de creación literaria para niños; tal vez la primera sea Cultura infantil, fundada en 1913 por Julio Eduardo Manucci, director de un colegio en el centro de Lima. En cinco años se editaron treinta y nueve números. Está probado que César Vallejo publicó allí algunos de sus poemas, todos ellos de carácter didáctico, anteriores al libro Los heraldos negros (1918). Disponemos de referencias de Carlota Carvallo respecto a Cholito y Figuritas9, dos revistas limeñas muy antiguas, así como Avanzada, aparecida en 1952, dirigida por el padre Ricardo Durand Flores. El infatigable maestro de teatro y literatura, director muchos años del Teatro Universitario de San Marcos (TUSM), Guillermo Ugarte Chamorro dirigió entre 1940 y 1945 la revista Palomilla, que llegó a publicar cuarenta y cinco números.

Al parecer la revista de mayor difusión ha sido Urpi, con cuarenta y siete números publicados y probada circulación nacional. Aparecía como suplemento sabatino del diario La Prensa, a mediados de los años setenta, bajo la dirección del educador Walter Peñaloza. La edición estaba a cargo de la bibliotecaria y periodista Gladys Padró, y contaba con las distinguidas colaboraciones de Carlota Carvallo de Núñez y su hija, la ilustradora Charo Núñez. Otras revistas han sido Collera, Cholito, La mariposa de Crista y Arco Iris; publicaciones de fines de los setenta y comienzos de los ochenta. Y menciono finalmente la revista El Cabezón, editada por el Colegio Los Reyes Rojos, que sigue siendo la más efervescente y longeva, con más de treinta años de existencia.

En Urpi y El Cabezón he tenido la enorme suerte de trabajar. En la primera empecé diagramando en los talleres del diario y llegué a tener una página quincenal donde escribía semblanzas de personajes históricos peruanos: José Olaya, Mariano Melgar, Ricardo Palma, César Vallejo… textos que eran ilustrados por mi hermano Óscar; mientras que El Cabezón era la revista del taller de periodismo que dirigí durante la década de 1980, cuando trabajé como profesor en el colegio. En ella reuníamos artículos de docentes y entrevistas a personalidades de nuestra cultura, pero, sobre todo, trabajos creativos de los alumnos, tanto textos literarios como dibujos y fotografías.

Ninguna revista, sin embargo, se ha propuesto divulgar la producción de literatura para niños escrita por adultos, ni reflexionar sobre el género como lo viene haciendo Rayuelo, la revista oficial de la Asociación Peruana de Literatura Infantil y Juvenil del Perú (APLIJ). Tengo sobre mi mesa de trabajo diez de los diecinueve números que han aparecido en cada encuentro nacional realizado por la APLIJ. El formato de la revista es claro: una primera sección de ensayos, historiografías y semblanzas de escritores representativos de diversas regiones del país; luego, una pequeña sección de creación literaria, y cierra con unas páginas de reseñas. Es evidente el énfasis democrático y educativo de esta publicación, actualmente dirigida por el maestro y escritor Saniel Lozano Alvarado.

Teatro para niños

Aunque conozca muy poco del teatro para niños que se ha cultivado en el Perú, es justo dedicarle unas líneas a esta práctica casi inexistente y, sobre todo, hacer un homenaje a aquellas personas que contra viento y marea ejercieron la creación, la enseñanza o la crítica de este género poco reconocido. Cuando se habla de narrativa o de poesía contemporánea en el Perú, es fácil distinguir sus iconos representativos (Arguedas o Ribeyro, Eguren o Vallejo); pero en el teatro nacional, teniendo el precedente del drama quechua Ollantay y contando con dos modelos antagónicos del costumbrismo del siglo XIX como fueron Manuel Ascencio Segura y Felipe Pardo y Aliaga, no ha surgido una figura de gran ascendiente en el siglo XX.

Me sorprende además que no se haya aprovechado adecuadamente el teatro en las escuelas, entre niños y niñas, siendo como es un género literario de naturaleza colectiva y dinámica, con inmensas propiedades lúdicas y formativas. En los colegios donde enseñé, con excepción de Los Reyes Rojos, no había teatro como práctica constante —las actividades vespertinas se limitaban a los deportes y algún taller de reforzamiento académico—, aunque no faltaba una escena teatral o un sketch en las actuaciones bien por el día de la madre, del maestro o de fiestas patrias. Eran siempre montajes efectuados con la mejor intención, pero a menudo resueltos a última hora, bajo una dirección desorbitada y con pataletas de alumnos y padres de familia. Al final la puesta en escena resultaba apresurada y divertida, aunque la obra fuera una representación dramática.

En la actualidad que visito muchos colegios, no dejo de preguntar, cada vez que converso con los docentes, por tres aspectos que considero complementarios para formar en los estudiantes una cultura escolar: la biblioteca de la institución, el cine que ven en el aula y el teatro al que asisten con sus alumnos. La cara de sorpresa de los docentes es elocuente. Qué hago preguntando eso en lugar de debatir sobre la malla curricular y las estrategias de lectura. Creo que urge reflexionar sobre los conceptos que modelan los estudiantes de todo aquello que no figura en el currículo oficial y que la pedagogía ha denominado currículo oculto10; en ese sentido, qué noción construyen los alumnos del teatro, del cine que atiborran las pantallas o de la música que consumen como fast food, a lo loco y sin nutrirse.

A pesar de los inconvenientes de nuestro ambiente educativo y cultural, el teatro para niños ha tenido algunos gestores primordiales como Ernesto Ráez, Sara Joffré e Ismael Contreras. De los tres conocí a Sara Joffré11, maestra creativa e infatigable, quien dejó un ejemplo de vida honesta y comprometida con los valores más altos del arte. Su quimera fundamental fue el teatro, tanto para adultos como para niños. Fundó y dirigió Homero Teatro de Grillos (1963), con el cual impulsó el teatro para los niños en el ambiente cultural peruano. Más adelante cultivó la crítica teatral durante muchos años en el diario El Comercio y editó veintiún números de su revista Muestra, que solo publicaba a dramaturgos peruanos. Como apasionada seguidora de Bertolt Brecht, dirigió varias de sus piezas teatrales y dictó talleres hasta el final de su vida.

Sara Joffré publicó varios libros dirigidos principalmente a maestros de escuela, los dos más destacados son Teatro para la escuela. 4 piezas de un solo juego (Lima: Homero Teatro de Grillos, 1984), que contiene cuatro cuentos populares peruanos adaptados al teatro: “Cosecha, Cosecha”; “La leyenda del pájaro flauta”; “Los Wari”; y “La mamá Raiguana”. Y Cuentos de Teatro para Niños, del que existen dos ediciones (Lima: Banco Central de Reserva del Perú, 1998; y Lima: Fondo Editorial Biblioteca Nacional del Perú, 2008) y que reúne doce cuentos infantiles. La primera parte del libro congrega siete cuentos universales: “El gato con botas”, “El flautista de Hamelin”, “Las ropas nuevas del rey”, y la segunda parte contiene cinco cuentos de origen tradicional, cuatro de ellos formaron parte de su libro anterior y, junto a “Los más gallos”, fueron reelaborados por la autora. Las versiones que se ofrecen constituyen un valioso instrumento para desarrollarlo en la escuela.

Tengo razones para creer que la constancia de Sara Joffré ha gestado y consolidado el Festival de Teatro para Niños que organiza el ICPNA hace años, y al que maestros y padres debemos estar atentos cada verano.

Narradores orales y cuentacuentos

Hace más de quince años un buen fantasma recorre las escuelas y los pequeños auditorios: es la tropa de los narradores orales que, llevados por el mejor espíritu docente, ha logrado recuperar el magisterio de nuestros ancestros y educar a través de los relatos que encierran sabiduría y entretenimiento. Su trabajo es, a todas luces, encomiable. Cada uno de sus exponentes, ya sea de Lima o provenientes del Ande o de la Amazonía, realiza una valiosa labor de rescate de las antiguas narraciones populares —a saber, de ignota autoría— y las incorpora al imaginario actual, a veces con audaces adaptaciones o simplemente insertando breves referencias. Y en el escenario son, más allá de la carne y los huesos, la presencia de una voz mágica que hechiza y forma una conciencia.

La “savia ardiente de vida” es una preciosa frase de José María Arguedas para referirse a la dimensión inmortal de un pueblo y él la utilizó en su carta de despedida —La Molina, 27 de noviembre de 1969— nada menos que para despedirse del mundo; en ella recomendaba a maestros y estudiantes dejarnos guiar con “generosidad sabia y paciente” que constituye, en gran medida, la tarea que realizan nuestros cuentacuentos. Una lástima que las escuelas y las editoriales la asuman como una tarea episódica, rentable para promocionar un libro recién publicado o como un simple divertimento propio de un evento cultural.

De lo poco que conozco, no tiene ni por asomo ese aire el compromiso de nuestros narradores y narradoras, quienes de verdad recorren el país e indagan por sus rincones más remotos, organizan presentaciones y acuden a donde se les convoque, siempre con buena cara… baste un ejemplo: el Festival Nacional de Narración Oral, que con el nombre de Déjame que te cuente —de inevitable reminiscencia peruana y musical— organizan Cucha del Águila y Marissa Amado en distintas regiones del país, desde el año 2000. Tal como está concebido no es solo un espacio escénico para avezados cuentacuentos, sino también para narradores que se inician; tanto para artistas como músicos, poetas populares, artesanos o actores; para padres y madres de familia. Una virtud por proseguir la milenaria trasmisión de la palabra que representa nuestra comunidad, nuestro mundo.

Con el narrador François Vallaeys

Por su contenido pedagógico, conviene recordar dos fragmentos de la entrevista que le hice a François Vallaeys, extraordinario narrador oral y forjador de varias promociones de cuentacuentos en nuestro país. Con el título “El filósofo que ríe”, la entrevista fue publicada a fines del 2011 en Un Vicio Absurdo, n.° 7. Revista de los Talleres de Narrativa y Poesía de la Universidad de Lima, y reproducida en el Libro del Capitán II. Islas de la literatura infantil peruana (2013).

Empecemos con un brutal pensamiento de Bertolt Brecht: “Que nos den primero de comer, de la moral hablaremos después”. ¿Puede aplicarse al Perú?

Sí. Me gusta esa frase, sabiendo que comer es un asunto moral. Tal vez el primero, claro que no cualquier cosa ni a cualquier precio, porque somos humanos. Cuando hablamos de la moral es porque la moral se fue. Y aquí vivimos una crisis grande.

Es por eso que necesitamos hablar de la moral. En ese sentido, ¿crees que el cuento es un instrumento que tiene, como la filosofía, un pensamiento articulado y una expresión verbal?

Sí. Yo diría que el cuento popular, paradójicamente, es todavía mucho más racional que la filosofía. La estructura del cuento popular es una especie de deducción matemática a partir de quién es el protagonista central, en qué situación está, con qué personajes va a desarrollarse la historia. Se organiza todo, no hay ningún elemento sobrante ni faltante. Yo diría que no conozco ningún discurso filosófico que sea tan puramente racional como un cuento popular. Y a mí, como filósofo, me fascina la razón, por eso me encanta el cuento. Me viene siempre la metáfora de la piedra pulida: aquella historia, narrada tantas veces que las malas ya se fueron y quedan las buenas, las que están perfectamente limadas en su estructura.

Es interesante lo que me dices, pues para los teóricos de la literatura es al revés: el cuento moderno es el que está ceñido a la perfección formal, mientras que el cuento popular puede soportar imperfecciones que van a ser corregidas por la voz y el histrionismo del narrador.

Si entendemos formal por refinamiento lingüístico, eso sí; pero la estructura narrativa del cuento popular es muchísimo más racional que el cuento moderno.

¿Crees que pueden entenderse de ese modo también las fábulas y las parábolas, es decir, como estructuras representativas de la conducta humana?

Ha debido de ser así, pero yo tengo problemas con las fábulas y parábolas. Las encuentro cortas en imaginario, no me gusta mucho su carácter obvio y su moraleja tan cercana.

Digamos que es una ecuación matemática con un resultado previsible…

Sí. El cuento popular, como cuento maravilloso, te deja una mayor apertura de significados de la que carece la fábula. La fábula va de frente a la enseñanza y no te ofrece otra solución.

El cuento, entonces, es una esfera múltiple y sorprendente, como un cosmos que genera reflexión…

Una reflexión muy rica que pasa no solo del narrador al oyente, sino que penetra en el oyente, a sus zonas imaginativa, intuitiva, reflexiva y racional. Y ese vaivén permanente, donde la metáfora nutre la reflexión y la reflexión reubica permanentemente la metáfora, eso me parece fascinante.

Esta vocación de contar cuentos sin desvincularse de la docencia debería iniciarse en la escuela. ¿No te parece?

¡Ah, sí! De hecho todas las organizaciones deberían reflexionar sobre los impactos de sus decisiones y actos. Sin embargo, creo que la institución más peligrosa para el siglo XXI es la universidad, que es el lugar donde se forman los científicos. La universidad está en primer puesto para desarrollar una “responsabilidad” social de la sociedad, al igual que las empresas y obviamente los gobiernos, mucho antes que otras organizaciones, como puede ser un club de fútbol o un colegio.

¿No crees que sería otra la relación de los chicos con la literatura y con la palabra, incluso con el respeto a muchos temas, si en las facultades de educación y en los pedagógicos se implantaran talleres de narración de cuentos para los profesores? Imagínate a niños de los primeros grados completamente encandilados porque la maestra les cuenta un cuento.

Genial. Es mi sueño. Es que yo no entiendo cómo uno puede dictar sin haber hecho teatro, narración de cuentos… no entiendo cómo puede uno enseñar sin tener la perfecta conciencia de que está siendo un one-man show, una one-woman show, delante de un público. Y que eso es bello, pero debe trabajarse. Yo he tenido bastantes profesores aburridos que, sin duda, me decían cosas muy valiosas, pero las decían tan mal que yo me olvidé de inmediato.

A mí me encanta el concepto que se sostiene en el profesor como un buen actor.

Para mí está clarísimo. La actuación aporta tanto a mis clases como los propios conocimientos.


La función de las editoriales

Como el paso de un tren de alta velocidad, nuestra sociedad ha presenciado la última década el agitado tránsito de editoriales nacionales y extranjeras interesadas en introducir sus publicaciones en las escuelas del país, gracias a los benditos vagones del Plan Lector. Una serie de factores ha amplificado el fragor de este tren bala y lo ha convertido en un fenómeno de cultura mediática: los resultados de las pruebas PISA, la maltratada figura del docente, las polémicas en torno a la “televisión basura” y, sobre todo, el equívoco propósito de los gobiernos por mejorar la educación nacional.

Desde hace unos años, algunas casas editoriales han inaugurado su colección de libros infantiles y juveniles, y han apresurado sus catálogos para ocupar un espacio en los programas de lecturas de colegios públicos y privados. Han afiliado a nuevos autores —cuanto más famosos, mejor—, embellecido su propuesta gráfica y peleado palmo a palmo en las licitaciones que convoca el Ministerio de Educación. Ojalá fuera, me digo, una auténtica preocupación por cubrir el itinerario de la literatura infantil y juvenil, cuyo impulso debería estar más vinculado a la difusión de textos valiosos y a la construcción de lectores competentes que a un provecho de naturaleza empresarial.

Me dirán que pienso desde la utopía —esa isla con ideales creada por Tomás Moro12— y no se equivocan, pues sostengo que todo vehículo transmisor de cultura debiera asumir el compromiso de renovar la sociedad. De hacerla más digna. Y ese papel le corresponde a las editoriales, sobre todo a aquellas que incursionan en el ámbito de la escuela. Las grandes editoriales que trabajan en el Perú desde hace décadas, específicamente Santillana y Norma, iniciaron sus planes de lectura asociados a la promoción y venta de manuales escolares. Es decir, la campaña en favor de la lectura de niños y jóvenes nacía en el Perú no como una preocupación del Estado ni de la sociedad civil, sino gracias al empeño de unas empresas con indudable experiencia en ese terreno, y desde luego con mucha expectativa comercial.

De las antiguas publicaciones, tanto de manuales como de textos de lectura, son muy pocas las que recuerdo: Editorial Bruño, tal vez la más antigua en el país; Editorial Universo; Editorial Nuevos Rumbos; Editorial Colegio Militar Leoncio Prado; Editorial Labrusa… eran publicaciones modestas, que carecían de las cualidades que pudieran hacerlas atractivas para los niños. Incluso ahora que he revisado decenas de libros para este trabajo, considero que las primeras que circulan entre nosotros con una señal de modernidad y atractivo son las que realizó el Ministerio de Educación en los primeros años de la Junta Militar de Gobierno.

La expansión actual de la industria de libros para niños y jóvenes ha propiciado una mejora en la calidad de la edición y un abanico enorme de opciones. La vitrina de hoy ofrece a los maestros y maestras una gama de contenidos, temas, objetivos pedagógicos, empastados, precios… y, por supuesto, autores de distinta laya. Los docentes también han empezado a reconocer el valor de determinados oficios, que hasta hace poco resultaban desconocidos para ellos y que ahora consideran complementarios a su labor docente: el discreto encanto de quien escribe para niños; el quehacer de las personas que corrigen y editan el libro; el talento artístico de quienes ilustran el texto; y, por último, esa especie de hada madrina que tercamente visita los colegios en su afán de instruirlos y persuadirlos, y que recibe el diligente nombre de promotora.

En los últimos años se han sumado dos editoriales españolas, Planeta y SM; una colombiana, Panamericana; y ha arribado el grupo editorial Penguin Random House, el mayor grupo editorial del mundo. Todos ellos poseen un gran prestigio y un poder de producción, mercadeo y difusión inalcanzables para los niveles de nuestras editoriales y de la capacidad del Estado para producir o adquirir libros de literatura infantil y juvenil. Si además de la trascendencia cultural que les compete a las editoriales aceptamos su responsabilidad social, docentes y padres estamos en el derecho de exigir libros con excelentes contenidos y bellas presentaciones. Y, por qué no, decididos aportes a la promoción de la lectura.

Con Dora Véliz, promotora de Santillana

En noviembre de 1981 se fundó la empresa Técnicas Educativas Peruanas —primer nombre que tuvo la Editorial Santillana en nuestro país— y empezó a funcionar en una hermosa casa de la calle Teruel del distrito de Miraflores. Era una casa de estilo campestre inglés: techos altos a dos aguas, grandes vigas visibles, pavimento de pino Oregón y luminosas mamparas. La visité muchas veces, pues colaboré en la redacción de algunos de sus libros de textos para colegio. Tanto las enciclopedias como las antologías de lectura eran producidas con gran dedicación y buen gusto. Recuerdo especialmente los libros de lectura como Saltamontes o Picaflor, que eran elaborados por un magnífico equipo de educadoras, literatas e ilustradoras —sobresalía el género femenino— (es justo destacar que el grupo era liderado por el educador Rolando Andrade); y cuya aparición coincidió con mis años de profesor primario. Con el ánimo de reconstruir aquellos años, busqué a Dora Véliz Alva, quien ingresó como promotora de textos escolares dos años después de que se constituyera Técnicas Educativas Peruanas, y actualmente ocupa el cargo de jefa de investigación y desarrollo de Santillana. Ella me atendió con suma simpatía y sencillez.

Voy a pedirte una experiencia mágica de la memoria: retrocedamos en el tiempo hasta los setentas. ¿Cómo recuerdas el paisaje de la lectura y, en particular, de la lectura escolar en nuestra sociedad?

Considero los periódicos, las revistas y los libros como los protagonistas infaltables del paisaje cultural de nuestra sociedad. Paisaje que cobra vida gracias al ejercicio de la lectura. En ese contexto, la escuela en el Perú destinaba en el clásico horario escolar las llamadas “Horas de lectura”, con la finalidad de que los maestros ejercitaran con sus alumnos la lectura sin presiones ni exigencias académicas. Era un placer leer con aquellos “Libros de lectura”, que eran principalmente antologías preparadas por las editoriales que circulaban en el momento y que el profesor solicitaba al inicio del año.

Incorpora en ese paisaje la presencia de Santillana, que inicia a principios de los años ochenta una ejemplar labor educativa y de formación lectora.

Santillana toma contacto con aquella realidad. Estudia a conciencia las necesidades e intereses de los lectores, los maestros y los planes educativos; luego de las consultas a los especialistas de nuestro equipo editorial —maestros, escritores, sicólogos, diseñadores, editores; todos peruanos—, se gestó la serie de lectura que tuvo una larga y muy grata vida. Después de más de treinta años, esa serie pertenece a nuestra historia de éxitos editoriales en la formación lectora de varias generaciones en el país.

¿Te refieres a los libros Picaflor, Amanecer, Cortaviento…?

Sí, esos libros fueron parte de nuestra serie de lectura y provocaron gran impacto entre niños y maestros. Además de los que has mencionado publicamos Arco Iris, Capulí y Saltamontes.

Títulos muy lindos…

Son nombres relacionados con la naturaleza y se caracterizaron por ofrecer un carácter antológico de autores nacionales y extranjeros.

Es verdad, traían lecturas de diversos géneros.

Además reunían textos completos o fragmentos de narrativa, poesía, drama, historia, historieta, relato oral, fábulas, mitos, etcétera. Y el diseño, la diagramación, las ilustraciones eran tan impactantes como motivadoras.

La casona que entonces tenía Santillana parecía sacada de un cuento de hadas. No parece casual que allí sugieran proyectos de libros y, sobre todo, naciera un plan de lectura…

La valoración y trascendencia que reconocimos en la lectura impulsó a Santillana a crear un programa integral cuyo propósito principal fue el desarrollo de la competencia lectora en los estudiantes. Analizamos estrategias, recursos e iniciativas que propiciaran su acercamiento a la lectura, con gusto e interés hasta lograr la formación del hábito lector. A este planteamiento innovador tuvimos la iniciativa de identificar como Plan Lector.

¿Recuerdas cuáles fueron los lineamientos primordiales?

Sí. En primer lugar trabajar a partir de la lectura de la obra completa, pasando del fragmento a la lectura de la obra total. Luego nos propusimos organizar el plan por etapas, inspirado en la psicología evolutiva: por edades determinadas de la vida, de modo que las obras sugeridas para cada etapa estuvieran relacionadas intencional y directamente con cada una de ellas. Era también importante la variedad y calidad de los libros propuestos para cada rango de edad, para asegurar una experiencia única por “el placer de leer”, así como inspiradora de valores e iniciativas positivas.

¿Buscando generar un pensamiento crítico en los estudiantes?

Efectivamente, el compromiso crítico es importante. Y nuestro plan se extiende a todo el proceso de la escolaridad, tratando de aprovechar las capacidades y habilidades de cada momento. No nos hemos detenido, pues el Plan Lector Santillana se ha ido enriqueciendo con una variedad de estrategias y recursos que lo convierten en una herramienta inacabada e inacabable.

Con Patricia Hernández, del Plan Lector Santillana

Poco tiempo después le pedí a Patricia Hernández, jefa de producto Plan Lector de Santillana, una entrevista que permitiera ampliar la visión del trabajo que realiza dicha empresa. Con Patricia tengo una relación curiosa: nos conocemos bien y nos apreciamos, pero nos ha costado grandes encontronazos a lo largo de sus casi cinco años en Santillana. Ella proviene de una experiencia bancaria —fue ejecutiva de marketing y créditos bancarios— y frente a esa práctica financiera yo soy bastante intratable. Así que pueden imaginar unos hermosos incisivos royendo un hueso duro… pero ahora reconozco que nadie sabe mejor de programas y estrategias del Plan Lector que esa señorita de voz suave y sonrisa permanente.

Patricia, tú vienes de una experiencia distinta. ¿Qué fue lo más difícil que tuviste que enfrentar en el trabajo editorial?

Internalizar que manejar la línea de literatura infantil y juvenil no era administrar un producto cualquiera y que debía desarrollar la sensibilidad necesaria que me permitiera entender el punto de vista del escritor y del lector.

¿Que ha sido lo más grato de esta nueva experiencia?

Administrar una línea que contribuye en la formación integral de las personas. Siento que de esta manera ayudamos a que el Perú sea un mejor país.

¿No habrá algo de idealización cuando se afirma que comercializar libros es diferente que mercadear otros productos?

No es lo mismo, porque un libro es un producto que trasciende en el tiempo. Estamos obligados a ser muy responsables en cuanto a la calidad del producto que editamos e ilustramos.

¿Qué representa ahora un libro para ti?

Es el medio que permite despertar la imaginación, la fantasía, la reflexión, el pensamiento crítico valorativo. Es el mejor conductor de un sinfín de emociones.

¿Cuáles son las estrategias de venta de libros y de promoción de lectura que desarrolla Santillana en el país?

Contamos con una amplia experiencia en el mercado editorial, más de treinta años contando historias en el mercado peruano nos respaldan. La selección de temas y formatos se realiza teniendo en consideración los gustos y preferencias de los lectores. Contamos también con una red especializada de asesores en literatura infantil y juvenil que visitan los colegios y recomiendan la lectura de nuestro catálogo. Además nos preocupamos por asesorar pedagógicamente en la metodología que deben aplicar para consolidar el hábito lector.

¿Cuál es el promedio de novedades editoriales que lanzan cada año?

Depende del ciclo promocional. En promedio lanzamos veintidós novedades al año, pero ha habido momentos en que el catálogo se ha renovado en forma más intensiva llegando a lanzar más de treinta novedades en un año.

¿Dirías que estamos viviendo el mejor momento de nuestra literatura infantil y juvenil?

Definitivamente, las lecturas de hoy son mucho más cercanas y atractivas para los chicos, pues tocan temas de la vida cotidiana,

¿Es posible mejorar la propuesta editorial de Santillana?

Pienso que debemos seguir esforzándonos en asesorar a los docentes usuarios con propuestas innovadoras y estrategias atractivas. Además de mejorar los canales de comunicación con los padres de familia, sobre todo en el nivel de Inicial, etapa en la que los niños pueden establecer un vínculo afectivo con la lectura.

Es muy importante la participación de los padres…

Es responsabilidad de los centros educativos y también de los padres de familia, por eso nuestro compromiso de proporcionarles recursos que los ayuden a despertar en sus hijos el gusto por la lectura. Contamos con un sitio en internet y en redes sociales de promoción del hábito lector; si bien tenemos un buen número de seguidores —más de medio millón de personas—, se observa un crecimiento enorme de visitas de parte de los padres de familia.

¿Tienes relación con los autores? ¿Podrías diseñar un perfil de nuestros escritores para niños?

Me relaciono con los autores después de que su obra ha sido publicada y cuando ha tenido acogida en la comunidad lectora. Participo con ellos en los conversatorios que se realizan en los centros educativos. No puedo definir un perfil de escritor para niños, pues el proceso creativo de cada escritor es muy íntimo.

¿Por qué crees que tenemos, de manera ostensible, menos autores de literatura juvenil?

Tal vez debido a la naturaleza de los jóvenes, que resulta un público más demandante. Al ser una categoría que requiere un mayor rigor, somos más selectivos al momento de seleccionar los textos y si no encontramos textos apropiados en el mercado local, complementamos la oferta editorial con obras de autores extranjeros ya galardonados en el género juvenil.

¿Consideras que la editorial es una de las empresas culturales con mayores oportunidades de servicio?

Definitivamente, nosotros pretendemos apoyar a la comunidad lectora en todo el proceso de desarrollo y consolidación del hábito lector. Leer es el camino ideal para mirar y entender el mundo de manera distinta.

¿De qué forma participa Santillana en la reflexión y el debate sobre los programas de lectura en la escuela?

A través de acciones de capacitación a nuestros docentes y gracias a los congresos de literatura infantil y juvenil que realizamos. De este modo buscamos movilizar a la comunidad lectora y reflexionar en conjunto sobre la situación de la lectura en el país.

Si es tan decisivo el rol de una empresa editorial, ¿no sería conveniente que se firmen convenios de responsabilidad social con el país?

Nosotros apoyamos permanentemente a diversas asociaciones culturales para llevar el libro hasta lugares lejanos de la capital. Aunque en términos de lectura hay todavía mucho por trabajar en el país.

Con Martha Muñoz, de Ediciones Peisa

Llegué minutos antes de la cita con Martha Muñoz, editora de Ediciones Peisa. Me sorprendió la oficina, bastante callada y modesta, atiborrada de libros hasta el techo. Yo recordaba el antiguo local de Lince, espacioso y atareado. En mi visita solo observé dos señoritas concentradas en sus quehaceres y, al fondo del pasillo, el sencillo despacho de Martha. “¡Qué diferencia con las multinacionales!”, pensé y me conmovió la voluntad de Peisa de afirmarse como editorial independiente. Fue su condición de origen y se ha mantenido así, aun cuando uno de sus directores, Germán Coronado, es el actual presidente de la Cámara Peruana del Libro.

Editorial Peisa está próxima a celebrar una proeza en nuestro medio: cumplir cincuenta años de fecunda labor. ¿Cuál crees que ha sido su principal contribución a nuestra literatura infantil y juvenil?

Desde sus inicios Peisa publicó libros para niños. Después de una primera etapa de búsqueda y aprendizaje decidimos emprender la producción de libros para niños cuyas temáticas tuvieran estrecha relación con aspectos de nuestra propia realidad cultural. Es así como empezamos a publicar, en formato álbum, libros de leyendas, mitos y fábulas de la tradición oral. Tal vez nuestro mayor aporte haya sido señalar un camino cuando este interés no era el dominante en nuestro medio.

Tú eres maestra, no sé si habrás ejercido la docencia en el aula, pero sin duda lo has hecho como editora. ¿Consideras que esta vocación pedagógica debe animar a los editores, sobre todo en un país con tantas carencias educativas?

Soy maestra y durante un tiempo breve desempeñé labor docente en secundaria. Creo que para un editor o editora de libros para niños y jóvenes es una ventaja tener formación pedagógica. A mí me permite situarme tanto en la perspectiva del niño lector como en la del docente o de la madre y padre motivadores, actores esenciales en el proceso de adquisición del hábito de la lectura.

Hay un riesgo, sin embargo, con el didactismo…

Si bien los editores de libros para niños y jóvenes debemos tomar en cuenta aspectos pedagógicos al momento de elegir los contenidos, esto no debe significar aplicar recetas didácticas que puedan restarle fuerza al mensaje que aportan la creación literaria y artística.

¿Cómo nació la Coedición Latinoamericana que publicó títulos tan importantes para niños y jóvenes en las décadas de los ochenta y noventa?

Esa coedición tiene sus antecedentes en un Seminario sobre edición de libros infantiles y juveniles, realizado en Bogotá, en febrero de 1979, organizado por Cerlalc/Unesco. Dicho foro tenía entre sus objetivos poner en comunicación a personas y empresas que venían editando libros para niños en América Latina y el Caribe. Ahí presenté una ponencia titulada “El libro infantil y el mercado consumidor frente a la viabilidad de un programa de coediciones”. Como consecuencia de este encuentro, en 1980 el Cerlalc convocó a cuatro empresas de la región de Argentina, Brasil, Colombia y Venezuela para llevar a cabo un programa de coediciones de libros para niños y jóvenes. Ediciones Peisa, como representante del Perú, comenzó a participar en este grupo editorial en 1983.

¿En qué año surgen los libros dedicados a niños y jóvenes, me refiero a la colección Quirquincho y la Serie de los Navegantes?

La colección Quirquincho surgió en 1984, con la publicación del libro El misterio de las Islas de Pachacamac y otros relatos. La serie de los Navegantes nació en 1992, con la publicación del libro 16 Cuentos latinoamericanos. Este título pertenece además a los libros publicados por el grupo de la Coedición Latinoamericana, y ya lleva publicado más de medio millón de ejemplares en la región.

¿Cuáles dirías que son las características de los libros infantiles de Peisa con respecto a las publicaciones de las otras editoriales?

Ediciones Peisa apostó por la edición de libros para niños con temáticas de la tradición oral, en una época en que las publicaciones de ese tipo eran escasas. Posteriormente hemos continuado publicando libros de diversos formatos y preferentemente de autores peruanos. Lo que tratamos es estimular la creatividad de autores e ilustradores, en procura de lograr la mejor conjunción. Nos esmeramos, también, en ofrecer libros de calidad en cuanto se refiere a su presentación.

¿Qué alentó a la editorial encargarle al poeta José Watanabe la dirección de la colección para niños y cómo fueron surgiendo sus libros?

Esa idea nació de extensas conversaciones que sostuvimos con él. José tenía una imaginación prodigiosa, y había trabajado, en la década del 1970, en la elaboración de guiones y producción de programas para niños, que se emitieron por la televisora estatal. Era un hombre con una curiosidad sin límites y había incursionado, más allá de la poesía, en otras actividades creativas como la escritura de guiones cinematográficos y teatrales. En una de las conversaciones surgió que José tenía ganas de volcar su creatividad en una serie de cuentos para niños. No lo dudamos ni por un instante y le propusimos hacerse cargo de la dirección de las nuevas colecciones cuya composición esbozaríamos juntos.

¿Cómo fue el proceso de trabajo?

Organizamos reuniones con un grupo de maestros con quienes José dialogó en pos de captar ideas que lo orientaran en la definición de los contenidos. Les preguntó de todo, sobre todo respecto a los intereses de los niños, lo que les produce fascinación y lo que los asusta, lo que les provoca risa y lo que los entristece. Su entusiasmo era tal que estuvo concibiendo contenidos e ideas para los libros que él mismo escribió incluso cuando fue hospitalizado. En total escribió las historias de quince libros, pero lamentablemente no alcanzó a verlos publicados todos. Aún mantenemos un manuscrito inédito.

En nuestro medio es insólito que una editora escriba un libro, tú lo has hecho. ¿Puedes referirte brevemente a Queremos ser niños y niñas felices?

El libro surgió de la necesidad de publicar un libro paradidáctico que abordase un tema que era muy solicitado en los programas escolares: “los derechos del niño y del adolescente”. Conocedora de lo tedioso que puede resultar un tema como este para los niños, decidí escribir un libro que lo tocara en una forma sencilla y amena, tomando en consideración la realidad de los niños de nuestro país. Me ayudé con ilustraciones del afamado Gian Calvi, ilustrador brasileño, y con datos estadísticos. Abordé, además, el tema de los deberes que también tienen los niños y adolescentes, un aspecto que apenas si se toca en nuestro medio.

¿Qué opinión te merece el diseño del Plan Lector en el Perú?

En términos generales me parece un proyecto positivo. Creo que con todas sus limitaciones la aplicación de este programa de lectura ha logrado que surja el interés por el libro de ficción tanto entre los niños y jóvenes, como entre los padres y maestros. Creo que hace falta, sin embargo, asistir a los maestros para que apliquen criterios técnicos en la selección de las obras literarias y evitar así que se produzcan distorsiones y se termine recomendando —como de hecho sucede— obras de dudoso valor literario por favorecer criterios mercantiles.

Algunas campañas oficiales como Promolibro me han parecido discutibles…

Tengo poco conocimiento sobre las campañas oficiales que realizó Promolibro, entidad que ha sido reemplazada, según entiendo, por la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura. Sé que esta oficina realiza algunas actividades de lectura en parques y el año pasado ha adquirido, por primera vez, libros de diversas casas editoriales para el desarrollo de sus programas. Me parece que su labor es microscópica en un país en el que no hay bibliotecas públicas. Hace falta que el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional emprendan campañas de gran alcance orientadas al fomento del hábito de la lectura entre nuestros niños y jóvenes. Hace falta, por otro lado, un Plan Nacional del Libro y la Lectura que oriente esta labor.

¿De qué manera, con qué criterios?

Creo que la única manera de mejorar los niveles de lectoría entre nuestros niños y jóvenes, y de despertar en ellos el amor por los libros y la literatura, es poniendo los libros al alcance de los potenciales lectores. El estado debe invertir en la instalación y dotación de bibliotecas públicas, y desarrollar, de la mano con la empresa privada, campañas de fomento del libro y la lectura.

Y promover encuentros, ferias del libro…

Claro, son muy útiles esos eventos que convocan autores e ilustradores, y también editores, para que hablen con niños y jóvenes. Permite a los lectores conocer quiénes están involucrados en la creación del libro, cómo ha llegado la obra editada e impresa —o el archivo digital— hasta sus manos.

Y en las escuelas, ¿cómo debería motivarse la lectura?

Lo ideal es trabajar con maestros preparados para esta labor. Y, por supuesto, seleccionar adecuadamente los libros con los que se va a trabajar en el aula, cuidando de que no planteen problemas de excesiva dificultad para el nuevo lector y, por otro lado, que no lo aburran. Cuando el niño o el joven descubren que el esfuerzo de la lectura es ampliamente recompensado con la experiencia vivida a través de la lectura, quieren revivir la experiencia. Y en la relectura, el mismo texto adquiere nuevos significados… ¡Este es el caso típico en el que hemos ganado un nuevo lector!

¿Cuál es tu mayor ilusión al respecto?

Sueño con un país en el que los niños y jóvenes tengan acceso al libro y gocen con su lectura. El día que esto suceda el Perú podrá aspirar a alcanzar mayores índices de desarrollo humano. Habrá menos intolerancia, menos discriminación y, al contrario de lo que sucede hoy, se forjará una sociedad más armónica e integrada.

LECTURAS EJEMPLARES 1

José de la Riva Agüero

Ventura García Calderón

José Carlos Mariátegui

Luis Alberto Sánchez

Jorge Basadre

María Wiesse

Sebastián Salazar Bondy

Antonio Cornejo Polar


José de la Riva Agüero

Estudios de la Literatura Peruana: Carácter de la literatura del Perúindependiente. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1962.

Consideraciones generales
La literatura peruana forma parte de la castellana

Esta es verdad inconclusa, desde que la lengua que hablamos y de que se sirven nuestros literatos es la castellana. La literatura del Perú, a partir de la Conquista, es literatura castellana provincial, ni más ni menos que la de las islas Canarias o la de Aragón o Murcia, por ejemplo, puesto que nada tiene que ver con la literatura, la dependencia o independencia política de la región donde se cultiva. La lengua constituye el único criterio, y no meramente exterior, como podría creerse, puesto que implica la forma, que es de importancia capital en el Arte, y de ordinario también (como entre nosotros) la influencia directa de la imitación y todo aquel heredero conjunto de reglas, procedimientos y direcciones, que se denomina tradición literaria. Las obras que se escribieron en Pérgamo, Alejandría y Antioquia, después del fraccionamiento del imperio macedónico, pertenecen a la literatura griega porque en idioma griego se compusieron; las obras de Boecio y de Venancio Fortunato, de San Gregorio el Magno, de San Isidoro y San Bernardo hasta de Erasmo y Ángel Policiano, pertenecen a la literatura latina, aunque fueron compuestas cuando ya no existía el imperio romano; lo que en lengua alemana se escribe en Viena o Innsbruck, Basilea o Berna, pertenece a la literatura alemana; lo que en lengua inglesa se escribe en Nueva York y Boston pertenece a la literatura inglesa; lo que en lengua francesa se escribe en Bruselas o Ginebra, pertenece a la literatura francesa; la literatura brasileña pertenece a la portuguesa; y todas las de la América española a la castellana. El lazo del habla común se eleva por encima de las divisiones políticas. Para que la literatura del Perú dejara de ser castellana, sería preciso que el castellano se corrompiera totalmente y se descompusiera en nuevos idiomas, y por fortuna, en el Perú (a pesar de nuestros numerosos provincialismos y a pesar de la inexplicable intransigencia, del tenaz empeño que la Academia pone en no admitirlos) aquella amenaza es muy remota.

(pp. 261-262)

La literatura del Perú es incipiente

Se encuentra en el periodo de formación; mejor dicho, de iniciación. De ahí proviene que abunden en ella los ensayos y las copias, y que prodigiosamente escaseen las obras definitivas, las de valor intrínseco y absoluto, desligado de la consideración del medio y de la época. Este carácter no es tampoco peculiar al Perú: se aplica a la literatura de toda la América Latina. Países nuevos, pobres, poco poblados, que han tenido existencia política tan inquieta y azarosa, en los cuales la profesión de literato suele no ofrecer porvenir ni recompensa alguna, mucho han hecho con producir a un Olmedo, a un Heredia y a un Bello: han superado con sus esfuerzos todas las expectativas, y han probado la bondad y excelencia de su genio, que alcanzó tamaños resultados en condiciones por demás desfavorables. Pero el ingenio no basta, si los restantes factores son hostiles, para constituir una gran literatura, y no se puede sostener que la hispano-americana lo sea. Se advierte en ella vacilación, inseguridad. Muchos e importantísimos géneros literarios están en mantillas. Los talentos frustrados y las tentativas abortadas son más comunes que en cualquier otra. La literatura americana en general se halla pues en la adolescencia. Aunque sea adolescencia robusta y heroica, adolescencia de Hércules, que promete quizá, una juventud triunfadora y radiante, es adolescencia a la postre. Pero confesemos con lealtad que la literatura del Perú no es de las más adelantadas. Al compararla con algunas de sus hermanas, no sale muy airosa. Prescindamos de la literatura brasileña, que si bien es latina e ibérica, no es castellana, y que ha tenido la fortuna de florecer en un país populoso y pacífico; prescindamos también de la de Cuba, porque bajo el gobierno español se disfrutó allí de tranquilidad, holgura e instrucción de las que nosotros carecíamos: Méjico, la Argentina y Colombia, que han vivido entre desórdenes y trastornos iguales, si no mayores que los de Perú, lo aventajan indudablemente en literatura. ¿Cómo explicar esto? ¿A nuestra mala disciplina literaria, a la falta de estudios, debe atribuirse dicha inferioridad, o serán nuestros criollos menos artistas y poetas que los mejicanos, colombianos y argentinos? No me atrevo a resolver el problema por temor de errar. Queda planteado, sin embargo. Hay que atreverse de una vez por todas con el mito de la riqueza literaria del Perú, porque de nada aprovechan las mentiras y las ilusiones. La verdad seca, ruda, amarga, sin ambages ni rodeos estimula, corrige y levanta. Mi opinión podrá ser equivocada, pero es sincera. ¡Ojalá vengan pronto a desmentirlas los de la generación presente, en la cual tengo grande y fundada confianza!

(pp. 264-265)


José de la Riva Agüero

Escritor y político peruano descendiente del precursor independentista homónimo. Nació el 26 de febrero de 1885 en Lima. Es considerado uno de los pensadores más notables y representativos del siglo XX del Perú. Acudió a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde se recibió de Doctor en Letras en 1910. Fue profesor universitario y fundó el Partido Nacional Democrático. Fue opositor al régimen de Augusto B. Leguía, y durante el Oncenio (1919-1930) partió al exilio en Europa por voluntad propia. De regreso, fue alcalde de Lima entre 1931 y 1932 y al año siguiente se integró al Ministerio de Educación. También fue decano del Colegio de Abogados de Lima (1935-1936) y presidente de la Academia Peruana de la Lengua desde 1934 hasta su muerte. Otros trabajos suyos son: Elogio del Inca Garcilaso (1916); El Perú histórico y artístico (1921); Civilización peruana: Época prehispánica (1937); Por la verdad, la tradición y la patria (1938), y Estudios sobre literatura francesa (1944). Su obra está marcada por una perspectiva peruanista y una simpatía hispánica. Falleció en Lima el 15 de octubre de 1944.


Ventura García Calderón

Literatura Inca. Selección de Jorge Basadre, Introducción general, Biblioteca de Cultura Peruana, Primera serie, n.° 1. París: Descleé, De Brouwer, 1938.

Nota preliminar

No uno, varios libros, hubiera sido preciso consagrar a esta literatura inca que va saliendo de su envoltura polvorienta para asombrarnos, imprevista y luminosa como ese peto de colibrí que llevaban las momias en las huacas. Por muchos siglos no se la toma en cuenta. El mismo Garcilaso traduce a porfía el latín de León Hebreo, pero no se decide a revelarnos sino de paso los primores de aquella literatura escrita o cantada en el lenguaje de su madre. En el siglo de la conquista, algunos seglares, algunos frailes recogieron fragmentos literarios que atestiguan, ya un tono de exaltación en los himnos de triunfo; ya, la más veces, un lirismo peculiar de tierna y mansa cadencia en que el poeta está siempre a tono con su quena sollozante y con la melancolía aterida de su paisaje.

Lo que nos resta permite adivinar lo que se perdió. Perdido más que por incuria, por deliberada intención de los nuevos amos. Poco o nada quisieron conservar estos de una lengua que sonaba a herejía. Se destruyeron los quipus; se opuso a tantas deliciosas fábulas la mitología cristiana, si así puede decirse; se pretendió abolir con el lenguaje todo fermento de insubordinación. «Habla en castilla», solían decir iracundamente al indio que tartajeaba frases de extraña sintaxis. No incurriremos en la cómoda injusticia de culpar a nuestros abuelos que siquiera fundaban en la Universidad de Lima la indispensable cátedra de quechua, suprimida más tarde. Nosotros todos tuvimos la culpa de ese abandono. El que esto escribe recorría hace un lustro los Andes del Perú en busca de minas de plata; y muchas veces en un tambo del camino quiso enterarse de la significación de esa canturria que exhalaba un indio acurrucado, con las manos cruzadas sobre el pecho, en la rigurosa actitud de las momias. «No haga caso, doctorcito, son tonterías de estos bárbaros», respondían invariablemente los compañeros de viaje, mestizos de la Sierra que se consideraban ya de casta superior por haberse doctorado en la Universidad. Cuando insistí en que me tradujeran, maravillóme esa poesía de alborada, llena de cosas estelares y de copos de algodón y de «palomitas».

[…]

Parece, pues, llegada la hora de proceder al cabal inventario del pasado literario inca. No debe ocultarse que tal investigación es dificilísima, por lo mismo que no quedaron sino testimonios orales o las narraciones de los cronistas, a menudo inconexas, singularmente en lo que se refiere al acervo literario. «Con frecuencia –apunta Burga– hay notables discrepancias entre ellos, discrepancias que a veces son sólo de redacción y otras de fondo». Primero es necesario desentrañar en las mencionadas crónicas de conquista, en los itinerarios para párrocos de indios, en las primeras gramáticas quechuas, toda una serie de himnos, leyendas míticas, cantos de triunfo o hayllis, primeras fábulas o cuentos y, en fin, la admirable poesía elegíaca, el yaraví o haraui, queja amorosa, estridencia solitaria y nocturna que parece surgir del hondón de la raza. El investigador, el folklorista tiene que ir en seguida a las fuentes vivientes de tal poesía, así estén adulteradas por la larga convivencia con otro idioma (a tal punto que es corriente en la Sierra el canto híbrido en ambas lenguas, quechua y castellana). Afortunadamente el canto y la música han conservado muchas de estas canciones antiquísimas. A los esfuerzos precursores de Alomía Robles y de los esposos d’Harcourt se debe mucho en tal sentido. Con todo puede decirse comparativamente, si recordamos lo hecho en otros países de América –en el Brasil, por ejemplo– que nuestro folklore está en mantillas.

Por lo que tenemos –transcrito de los cronistas o perdurado en la Sierra– puede juzgarse ya del tono y de la calidad de esta poesía. Con su cabal comprensión de todo lo que atañe al pasado peruano, José de la Riva Agüero la describe así: «Cantinelas frescas y melancólicas como un paisaje de madrugada andino. Poesía blanda, casta y dolorida, de candoroso hechizo y bucólica suavidad, ensombrecida de pronto por arranques de la más trágica desesperación. Esquiva y tradicional, esta raza, más que ninguna otra, posee el don de lágrimas y el culto de los recuerdos. Guardiana de tumbas misteriosas, eterna plañidera entre sus ruinas ciclópeas, su afición predilecta y su consuelo acerbo consisten en cantar las desventuras de su historia y las íntimas penas de su propio corazón. Todavía cerca de Jauja, en el baile popular de los Incas las indias que representan el coro de princesas (ñustas) entonan, inclinándose con exquisita piedad sobre Huáscar, el monarca vencido: «Enjuguémosle las lágrimas; –y para aliviar su aflicción, llevémosle al campo–, a que aspire la fragancia de las flores»: Huaytaninta musquichipahuay…

De los más antiguos y hermosos yaravíes (haraui en quechua) es el que comienza: Purum pampapi piscucunata …

«A la llanura solitaria –íbamos los dos– a oír el trinar de los pájaros»…

[…]

«La misma suavidad lírica, la misma incomparable mansedumbre mezclada a ratos con intenciones satíricas y burlas caracterizan las fábulas y consejas en prosa. En ellas no solo hablan los animales sino los árboles, las cuevas y los cerros: toda la Naturaleza se anima y personaliza. En su intuitiva inocencia, el quechua concibió la fraternidad del Universo. Las aguas sagradas de los manantiales (puquios) infunden el cariño o el olvido. Las rocas y las pampas se conduelen de los desgraciados; y las clementes y misteriosas palabras con que dialogan, solo pueden oírse en sueños. El venado que huye anhelante por los riscos fue un rico cruel transformado en animal medroso y siempre perseguido, porque despreciaba a su hermano pobre; en las nubes multiformes que encubren las cimas, ven los genios benéficos de los Andes; y en las aisladas peñas que se elevan sobre los pajonales, pastores petrificados en castigo de sus faltas. En las noches de luna nueva, por las lejanías lucientes o bajo las recortadas sombras del arbolado escaso, una joven hermosísima y atribulada, hija de un cacique, a la que raptó el Diablo. En las grutas tenebrosas, creen que duermen tranquilos con sus tesoros los curacas de la Conquista que no quisieron sobrevivir a sus legítimos soberanos».

(pp. 24-27)


Ventura García Calderón

Escritor, editor, diplomático y crítico peruano. Nació en París el 23 de febrero de 1886. Estudió en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde también siguió las carreras de Ciencias Políticas y Administrativas y Derecho, pero no llegó a culminar sus estudios porque a la muerte de su padre, en 1906, su familia decidió establecerse en Francia. Fue canciller del consulado en París y Londres pero renunció como acto de protesta tras el encarcelamiento de José de la Riva-Agüero. Gran parte de su vida residió en Francia, motivo por el cual muchas de sus obras están escritas en francés. Se dedicó a la redacción en diarios y editoriales. Destacó en variados géneros literarios, especialmente en el cuento, siendo su obra más representativa la colección titulada La venganza del cóndor (1924). Además de cuentos, Ventura escribió teatro, poesía, novelas, crónicas y crítica literaria. Murió en París en 1959.

José Carlos Mariátegui

7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007.

La literatura de la Colonia

Materia primaria de unidad de toda literatura es el idioma. La literatura española, como la italiana y la francesa, comienzan con los primeros cantos y relatos escritos en esas lenguas. Sólo a partir de la producción de obras propiamente artísticas, de méritos perdurables, en español, italiano y francés, aparecen respectivamente las literaturas española, italiana y francesa. La diferenciación de estas lenguas del latín no estaba aún acabada, y del latín se derivaban directamente todas ellas, consideradas por mucho tiempo como lenguaje popular. Pero la literatura nacional de dichos pueblos latinos nace, históricamente, con el idioma nacional, que es el primer elemento de demarcación de los confines generales de una literatura.

El florecimiento de las literaturas nacionales coincide, en la historia de Occidente, con la afirmación política de la idea nacional. Forma parte del movimiento que, a través de la Reforma y el Renacimiento, creó los factores ideológicos y espirituales de la revolución liberal y del orden capitalista. La unidad de la cultura europea, mantenida durante el Medioevo por el latín y el Papado, se rompió a causa de la corriente nacionalista, que tuvo una de sus expresiones en la individualización nacional de las literaturas. El “nacionalismo” en la historiografía literaria es por tanto un fenómeno de la más pura raigambre política, extraño a la concepción estética del arte. Tiene su más vigorosa definición en Alemania, desde la obra de los Schlegel, que renueva profundamente la crítica y la historiografía literarias. Francesco de Sanctis –autor de la justamente célebre Storia della letteratura italiana, de la cual Brunetiére escribía con fervorosa admiración “esta historia de la literatura italiana que yo no me canso de citar y que no se cansan en Francia de no leer”, considera característico de la crítica ochocentista “quel pregio de la nazionalitá, tanto stimato dai critici moderni e pel cuale lo Schlegel esalta il Calderón, nazionalissimo spagnuolo e deprime il Metastasio non punto italiano”(1)”.

La literatura nacional es en el Perú, como la nacionalidad misma, de irrenunciable filiación española. Es una literatura escrita, pensada y sentida en español, aunque en los tonos, y aun en la sintaxis y prosodia del idioma, la influencia indígena sea en algunos casos más o menos palmaria e intensa. La civilización autóctona no llegó a la escritura y, por ende, no llegó propia y estrictamente a la literatura, o más bien, esta se detuvo en la etapa de los aedas, de las leyendas y de las representaciones coreográfico-teatrales. La escritura y la gramática quechuas son en su origen obra española y los escritos quechuas pertenecen totalmente a literatos bilingües como El Lunarejo, hasta la aparición de Inocencio Mamani, el joven autor de Tucuípac Munashcan13. La lengua castellana, más o menos americanizada, es el lenguaje literario y el instrumento intelectual de esta nacionalidad cuyo trabajo de definición aún no ha concluido.

En la historiografía literaria, el concepto de literatura nacional del mismo modo que no es intemporal, tampoco es demasiado concreto. No traduce una realidad mensurable e idéntica. Como toda sistematización, no aprehende sino aproximadamente la movilidad de los hechos (la nación misma es una abstracción, una alegoría, un mito, que no corresponde a una realidad constante y precisa, científicamente determinable). Remarcando el carácter de excepción de la literatura hebrea, De Sanctis constata lo siguiente: “Verdaderamente una literatura del todo nacional es una quimera. Tendría ella por condición un pueblo perfectamente aislado como se dice que es la China (aunque también en la China han penetrado hoy los ingleses). Aquella imaginación y aquel estilo que se llama hoy orientalismo, no es nada de particular al Oriente, sino más bien es del septentrión y de todas las literaturas barbáricas y nacientes. La poesía griega tenía de la asiática, y la latina de la griega y la italiana de la griega y la latina”(2).

El dualismo quechua-español del Perú, no resuelto aún, hace de la literatura nacional un caso de excepción que no es posible estudiar con el método válido para las literaturas orgánicamente nacionales, nacidas y crecidas sin la intervención de una conquista. Nuestro caso es diverso del de aquellos pueblos de América, donde la misma dualidad no existe, o existe en términos inocuos. La individualidad de la literatura argentina, por ejemplo, está en estricto acuerdo con una definición vigorosa de la personalidad nacional.

La primera etapa de la literatura peruana no podía eludir la suerte que le imponía su origen. La literatura de los españoles de la Colonia no es peruana; es española. Claro está que no por estar escrita en idioma español, sino por haber sido concebida con espíritu y sentimiento españoles. A este respecto, me parece que no hay discrepancia. Gálvez, hierofante del culto al Virreinato en su literatura, reconoce como crítico que “la época de la Colonia no produjo sino imitadores serviles e inferiores de la literatura española y especialmente la gongórica de la que tomaron solo lo hinchado y lo malo y que no tuvieron la comprensión ni el sentimiento del medio, exceptuando a Garcilaso, que sintió la naturaleza y a Caviedes que fue personalísimo en sus agudezas y que en ciertos aspectos de la vida nacional, en la malicia criolla, puede y debe ser considerado como el lejano antepasado de Segura, de Pardo, de Palma y de Paz Soldán”(3).

Las dos excepciones, mucho más la primera que la segunda, son incontestables. Garcilaso, sobre todo, es una figura solitaria en la literatura de la Colonia. En Garcilaso se dan la mano dos edades, dos culturas. Pero Garcilaso es más inka que conquistador, más quechua que español.

Es, también, un caso de excepción. Y en esto residen precisamente su individualidad y su grandeza.

Garcilaso nació del primer abrazo, del primer amplexo fecundo de las dos razas, la conquistadora y la indígena. Es, históricamente, el primer “peruano”, si entendemos la “peruanidad” como una formación social, determinada por la conquista y la colonización españolas. Garcilaso llena con su nombre y su obra una etapa entera de la literatura peruana. Es el primer peruano, sin dejar de ser español. Su obra, bajo su aspecto histórico-estético, pertenece a la épica española. Es inseparable de la máxima epopeya de España: el descubrimiento y Conquista de América.

Colonial, española, aparece la literatura peruana, en su origen, hasta por los géneros y asuntos de su primera época. La infancia de toda literatura, normalmente desarrollada, es la lírica(4). La literatura oral indígena obedeció, como todas, esta ley. La Conquista trasplantó al Perú, con el idioma español, una literatura ya evolucionada, que continuó en la Colonia su propia trayectoria. Los españoles trajeron un género narrativo bien desarrollado que del poema épico avanzaba ya a la novela. Y la novela caracteriza la etapa literaria que empieza con la Reforma y el Renacimiento. La novela es, en buena cuenta, la historia del individuo de la sociedad burguesa; y desde este punto de vista no está muy desprovisto de razón Ortega y Gasset cuando registra la decadencia de la novela14. La novela renacerá, sin duda, como arte realista, en la sociedad proletaria; pero, por ahora, el relato proletario, en cuanto expresión de la epopeya revolucionaria, tiene más de épica que de novela propiamente dicha. La épica medioeval, que decaía en Europa en la época de la Conquista, encontraba aquí los elementos y estímulos de un renacimiento. El conquistador podía sentir y expresar épicamente la Conquista. La obra de Garcilaso está, sin duda, entre la épica y la historia. La épica, como observa muy bien De Sanctis, pertenece a los tiempos de lo maravilloso(5). La mejor prueba de la irremediable mediocridad de la literatura de la Colonia la tenemos en que, después de Garcilaso, no ofrece ninguna original creación épica. La temática de los literatos de la Colonia es, generalmente, la misma de los literatos de España, y siendo repetición o continuación de esta, se manifiesta siempre en retardo, por la distancia. El repertorio colonial se compone casi exclusivamente de títulos que a leguas acusan el eruditismo, el escolasticismo, el clasicismo trasnochado de los autores. Es un repertorio de rapsodias y ecos, si no de plagios. El acento más personal es, en efecto, el de Caviedes15, que anuncia el gusto limeño por el tono festivo y burlón. El Lunarejo, no obstante su sangre indígena, sobresalió solo como gongorista, esto es en una actitud característica de una literatura vieja que, agotado ya el renacimiento, llegó al barroquismo y al culteranismo. El Apologético en favor de Góngora, desde este punto de vista, está dentro de la literatura española.

(pp. 195-199)


José Carlos Mariátegui

Escritor, periodista y pensador político marxista peruano, nacido en Moquegua el 14 de junio de 1894. El Amauta fue fundador del Partido Socialista Peruano y de la Confederación General de Trabajadores del Perú, en 1929. Llegó a formarse en periodismo sin haber culminado sus estudios escolares, trabajando en diferentes diarios y revistas. Volcó sus intereses hacia los problemas sociales y fundó la revista Nuestra Época, el diario La Razón y la revista Amauta. Se casó con Ana Chiappe y tuvo cinco hijos. En su estancia en Europa, asumió el marxismo como método de estudio. Fundó la editorial Minerva en Lima y publicó obras suyas y de otros autores nacionales. Fue encarcelado en 1927 y luego puesto bajo arresto domiciliario al ser acusado de conspirar contra el gobierno de Leguía. En 1928 publicó 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, obra que toca distintos temas de la realidad nacional. Es considerado hasta hoy uno de los pensadores más influyentes del Perú. Falleció el 30 de abril de 1930.

Luis Alberto Sánchez

Panorama de la literatura del Perú. Desde sus orígenes hasta nuestros días. Lima: Editorial Milla Batres, 1974.

Indios, españoles y los demás

Insisto, acaso en demasía, sobre este punto, porque a él se halla ligado el proceso completo de la “literatura peruana” o “del Perú”, tal como yo la entiendo. No se trata sólo de averiguar los hechos simultáneos que rodean a cada fenómeno, escuela o personalidad, literarios. Mi empeño es más ambicioso: trátase de la imposibilidad de analizar cualquier personalidad u obra literaria sin rastrear sus afluentes, orígenes, resonancias y apetencias de índole social. En el fondo, hasta los artistas más aparentemente desligados de la vida de sus pueblos, encierran por reacción, fiero individualismo, trémula evasión, desdén —que no resulta de una voluntad individual, sino de condiciones objetivas que le dan vida— o arrogancia. José María Eguren, el primer poeta simbolista del Perú, que nunca escribiera una página anecdótica, que nunca se refirió a una efemérides, el poeta intemporal y hasta inespacial en su obra y en su figura de mago niño, responde sin quererlo y sin saberlo a un momento determinado de la vida del Perú: al cansancio de la alusión, al anhelo de espiritualidad una vida harto filistea, al ansia de fantasear en un país sin fantasía, al entusiasmo por la nueva literatura francesa. Eguren contesta a múltiples anhelos, y ello corresponde al deportismo greguerista de Ramón Gómez de la Serna, a los funambulismos intrascendentes de Valdelomar, coetáneo y lanzador de Eguren, de ese Eguren que fue a modo de cohete lírico en alcoba acolchada, juglar sin mucha audiencia, para niños mayores de edad.

Esta manera de considerar la literatura riñe con la ritual forma de mirar las belles-lettres. No se trata ya de esas “bellas letras”, sino de “las letras”, que siempre son bellas, porque rezuman vitalidad. Todo lo que expresa vida contiene, en su fondo, una belleza poderosa. Si a veces el gusto ambiente la pospone, no tardará en readquirir su señorío. La multiplicidad de los modelos clásicos de la vida impone en pro de todo el que la interpretó fielmente un día, cualquiera que sea la forma de expresión que adopte. Y si la vida, en cuanto asoma, crea belleza, la nueva forma de considerar la literatura —expresión superestructural según el dogma marxista— es ya una disciplina nueva, es ya una faceta inédita de la sociología, (también embrionaria disciplina en gestación constante); es una ciencia o un método que debe adoptar un nombre adecuado e intransferible: por ejemplo, el de socioliteratura. Múltiple expresión como es la forma escrita, en sí, viénenle estrechos ya los términos de “bellas letras” y de “literatura” a secas.

[…]

Pero, antes se impone un distingo fundamental: “literatura peruana” no es exactamente lo mismo que “literatura del Perú”. Esta última expresión comprende todo lo escrito por literatos nacidos en mi país, y, también, por literatos residentes largo tiempo en él: casos análogos serían los de Groussac, en Argentina, Bello, en Chile, y tantos más. La primera de estas clasificaciones, “literatura peruana”, se refiere a la expresión literaria típicamente, esencialmente peruana, saturada de ingredientes peruanos, con mayor concavidad nativa —sin incurrir en el nativismo sistemático—, más consonante y acordada con la emoción, la psicología, el panorama y el anhelo de la nacionalidad. Ser “literato del Perú”, puede no pasar de una mera casualidad geográfica. Ser literato “peruano” implica, además, una identificación con el medio ambiente. Una consustanciación con el paisaje y el hombre. No se trata ya de un simple hecho topográfico, sino de una interpretación cabal, por encima de la costumbre —que puede ocupar la imaginación de cualquier turista a lo Morand—, en los adentros de la idiosincrasia nacional.

Admitido el distingo, me atrevería a enunciar una primera herejía crítica o socioliteraria: hubo “literatura peruana” solo hasta entrados los primeros cincuenta años de la Conquista española, (pese a la duda sobre existencia de “litterae”, de la letra, antes de la llegada de Pizarro al Perú, con quien por lo demás no advino la letra sino la iletralidad). Entonces sobrepusiéronse elementos importados, ajenos al genio del país, en una ola de imitación postiza, epidérmica, que ha durado, con raras pausas, hasta hace menos de treinta años. A partir de 1916, la inquietud vuelve a crear una “literatura peruana”.

Existe un hecho, común a todas las literaturas indoamericanas, sobre el cual conviene insistir. No se puede hablar de un acento uniforme en la literatura del Perú. Ocurre con ella lo que con el idioma español del tiempo de la conquista, por ser ambas —la literatura del Perú hasta hoy y el idioma español entonces— procesos en marcha, incompletos, enderezados hacia un objetivo. Cada región tenía entonces su dialecto, su jerga peculiar. Y América está salpicada de provincias dialécticas o regionales, lingüísticamente hablando, a causa del origen extremeño, andaluz, castellano, vascuence, gallego o catalán, que aquellas tuvieron. Cada zona de influencia poseía su fisonomía propia, sin que pudiera hablarse aún de comunidad de aspiraciones hispánicas. Bajo el aluvión de provincialismos pugnantes entre sí, la masa indígena tendió su resignación como el mejor estadio para realizar el mestizaje. Ella infundió unidad a las discrepancias comarcanas. Ella dio vida al idioma unitario soñado por Nebrija, en virtud de una profunda mescolanza de los parroquialismos peninsulares con la lengua general del indio atento y receptivo.

La literatura del Perú presenta hasta ahora características semejantes. El más superficial de los observadores comprueba, a poco que la examine, una afirmación fundamental: No hay un solo Perú; hay varios Perúes. Existe un Perú de la costa, un Perú de la sierra y un Perú de la “montaña” o de la selva; y, sicológica y económicamente hablando, existe un Perú del norte, un Perú del centro y un Perú del sur. Sí, en cuanto a naturaleza, los tres primeros son más determinantes, en cuanto a características sicológicas, los tres últimos tienen mayor beligerancia.

El hombre que vive en ese país no puede, pues, tampoco tener una reacción uniforme ante la vida. Su conformación étnica es tan diversa como el escenario en que se mueve. Al autóctono indígena, grave y retraído, de ingenua alegría y hábitos colectivos, se sobrepone el español ambicioso y extrovertido, de júbilo arrogante, de bronca soberbia y de hábitos individuales. Y ni siquiera es “un” español el que se sobrepone; ni había alcanzado a cuajar en “un” solo indígena, el autóctono. Son andaluces, castellanos, extremeños, los que aportan sus diversas modalidades psicosociales al Perú prehispánico. Y con esto, casi al mismo tiempo, llueve el hervor africano, el negro sensual, vistoso, decidor, plástico, aficionado a la danza, al rito, al paramento, emborrachándose con tonadas y bailes para olvidar sus cadenas, apunto tal que un historiador colombiano —Vergara y Vergara— apunta que “el español no dio alegría al negro, sino que éste se la dio a aquél, a pesar de ser esclavo”. No ha sido aún bien estudiado este aporte negro en nuestra expresión literaria, aunque ya don Ricardo Rojas suministra varias observaciones con respecto a la literatura popular argentina y a la estirpe Rubén Darío. Pero, en todo caso, sin insistir más en ello, puesto que no es este lugar oportuno para mayores reiteraciones, el negro modifica la contribución cultural española y mezcla a la gravedad de indios y españoles (ambos, razas cultivadas; ambos, expresión de dos mundos trabajados por el pensamiento y la ambición), su virginidad de selva intransitada, recién, entonces, abierta al sol.

Otros aportes más modelan sucesivamente al hombre del Perú, tanto desde el punto de vista físico como desde el espiritual. Con el español llegan algunos italianos que airean un poco más la atmósfera de las altas cumbres culturales. El andaluz se afinca en la sierra mucho menos que en la costa. El francés empieza a ejercer influencia a partir de la primera mitad del siglo XVIII en Lima, pero nada más que ahí. Después de la independencia, el sajón y, luego, aunque no es muy visible aún su afluencia espiritual, el asiático sólo en la costa. En tanto la sierra conserva su fisonomía predominantemente indohispana, más india que hispana. Cuna del “nuevo indio”, modificado por los mestizajes de sangre y de culturas, la sierra que en todo sentido constituye las tres cuartas partes del Perú, avanza poco a poco y establece sus fueros. En ese avance y en esa reivindicación de valores absurdamente pretéritos radica lo más importante del aspecto actual de la cultura peruana —“peruana”, no solo “del Perú”.

(pp. 11-21)


Luis Alberto Sánchez

Escritor, abogado, historiador, periodista, crítico literario, traductor y político peruano. Nació en Lima el 12 de octubre de 1900. Se le considera una figura central en la vida literaria peruana, habiendo generado polémica por sus posiciones políticas. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde obtuvo el doctorado en Letras en 1922. Dedicó muchos años de su vida a su casa de estudios tanto como maestro, decano de la Facultad de Letras (1945) y rector de la universidad (1946-1951). Asimismo fue uno de los principales animadores del Conversatorio Universitario fundado en 1919. Fue miembro de la Academia de la Historia y de la Real Academia Española. Publicó artículos y crónicas periodísticas; y llegó a escribir libros de distintos géneros: novelas históricas, monografías, crítica literaria, crónicas, ensayos. Entre sus mejores aportes destacan sus estudios sobre Manuel González Prada y José Santos Chocano. Otras de sus obras son: La literatura peruana, derrotero cultural para una historia del Perú (1928-1936), Los poetas de la Colonia, y Proceso y contenido de la novela hispanoamericana (1976). Murió en Lima el 6 de febrero de 1994.


Jorge Basadre

Lecaros, Fernando. Historia del Perú y del Mundo siglo XX. Prólogo de Jorge Basadre. Décima edición. Lima: Ediciones Rikchay Perú, 1981.

Carta a Fernando Lecaros

La historia, disciplina por algunos llamada auxiliar y, en realidad, fundamental, otorga a las ciencias del hombre aquella interiorización en el tiempo que, cuando está verdaderamente comprendida, constituye el sustituto más seguro de una experimentación imposible.

La certidumbre de que la trayectoria humana en relación con los datos generalmente aceptados hasta hace poco está hundida más en lo profundo de la antigüedad que lo imaginado en los años anteriores, lleve en sí la idea de que la inteligencia, la voluntad y la perseverancia, cuyo uso tenaz hizo cambiar la vida en los pantanos, la selva y las cavernas por el dominio sobre la naturaleza, el desarrollo cultural, social y jurídico, la exploración de los transportes y las comunicaciones, se han sucedido en un plazo comparativamente breve. Ello no implica, por ciento, aceptar la idea simple y optimista del progreso. Al lado de su capacidad para entender la vida y de estimular las cualidades invívitas en el intelecto, el hombre ha demostrado, y sigue demostrando, excepcionales aptitudes para la iniquidad, la estupidez y la locura.

Debemos considerar a la historia como un proceso motivado por fuerzas humanas al que hay que entender a través de términos puramente humanos. Ella no debe ocuparse sino de la verdad de nuestros semejantes en su calidad de seres que vivieron a lo largo y a lo ancho del ámbito que nos interesa. Su destino alberga causas diversas, coyunturas, estructuras, desenvolvimientos y hechos con elementos eventuales de sorpresa. Si hay una utilidad en estudiarla es la de ahondar la experiencia y lograr que, de algún modo, seamos más lúcidos en relación con nosotros mismos y con la sociedad que nos circunda. Debemos investigar con la humildad, la lucidez, la paciencia y la honestidad posibles los factores auténticos en el acontecer histórico que hemos escogido como campo de trabajo. Se trata de una labor primaria pero no sencilla, ya que la complejidad de las fuerzas desencadenadas en el acontecer es intrincada y su dilucidación resulta una tarea nunca fácil.

El deber del historiador está en hallar, dentro de lo que sus facultades lo permiten y sin desconocer la verdad de que otros han de superarlo más tarde, las complejidades de la conducta, el pensamiento, la sensibilidad y las obras de la existencia humana en las distintas etapas del tiempo enfocadas en los marcos específicos de su interés profesional. Ello implica buscar las interrelaciones sutiles entre las luces y las sombras del pasado; ser leal a este y no distorsionarlo; y tener siempre presentes las difíciles y largas tareas que aún faltan por cumplir a nuestro oficio. Es necesario evitar que la historia proporcione auxilios e instrumentos para el dominio del poder o de la autoridad política o económica establecida, cualquiera que ella sea. Es también un deber adoptar como norma que en la razón (siempre y cuando esté controlada por los hechos mismos y por la experiencia viva) e, igualmente, que en la capacidad para pensar acerca de los hombres mismos, encuéntranse, pese a todos sus defectos, errores o miserias, los atributos que les otorgan una calidad única dentro del universo todo.

(pp. VIII-IX)


Jorge Basadre

Historiador e historiógrafo peruano, nacido en Tacna el 12 de febrero de 1903. También conocido como crítico y estudioso de la literatura. Se le reconoce por su excelente labor en ordenar la información histórica del Perú desde el nacimiento de la República hasta 1980. Inició su carrera como catedrático en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y posteriormente llegó a ser Ministro de Educación en dos oportunidades (1945 y 1956). Realizó estudios en Estados Unidos, Alemania y España. Estuvo casado con Isabel Ayulo La-Croix. Fue fundador de la tercera Biblioteca Nacional del Perú. Años después se dedicó enteramente a la investigación con financiamiento de promotores nacionales y extranjeros. Escribió una variada cantidad de obras entre ellas Literatura Inca en 1938. Murió en Lima el 19 de junio de 1980.

María Wiesse

El niño, ese desconocido. Lima: Compañía de Impresiones y Publicidad Enrique Bustamante y Ballivián, 1949.

El niño en la literatura

Si la psicología y la pedagogía se han apoderado de la personalidad infantil para analizarla, estudiarla, adentrarse en todos sus aspectos y modalidades y raptar el secreto del “desconocido”, la literatura —poesía, cuento, novela— también ha tomado al niño como sugerente motivo para tejer bellas páginas, estancias de melodioso acento, capítulos claros y graciosos, con qué potencia fluye la inspiración de los artistas del verbo, al tratar de ese ser que “con su pequeñez llena todo el universo”.

Es en el siglo diez y nueve que poetas, escritores, novelistas comienzan a ocuparse del niño con amorosa atención —a la par que se inician los estudios de pedagogos y psicólogos— y acucioso interés. En épocas anteriores a este siglo el niño no era objeto de tan afectuosa solicitud. Si nos remontamos a los tiempos de la antigua Grecia encontramos raras veces la figura del niño, en la poesía. En el mito los griegos tomaron al niño para encarnar al dios del sentimiento amoroso. Travieso y juguetón, Eros, el dios niño, corre en compañía de las ninfas, persigue una mariposa —siempre armado de su carcaj y de sus flechas— alado, inconsciente, con los ojos vendados. El amor, para los antiguos, era un niño porque tenía la inconsciencia, la volubilidad, la ternura —a veces candorosa, otras un poco cruel— del chiquillo que solo obedece a sus instintos.

En sus “Confesiones” San Agustín se estudia a sí mismo, niño que aborrece el estudio de la gramática griega —“Homero fue, en mi niñez, muy desabrido para mí”— y que “se contentaba sobremanera con las letras latinas”. Agustín analiza minuciosamente sus instintitos y complejos infantiles. “Tenía —dice el gran escritor cristiano— la pasión del juego y el amor precoz de la gloria”. Y humildemente se acusa de haber pecado, a muy temprana edad.

Muchos de los protagonistas de los cuentos de Perrault, de Grimm, de Andersen son niños; la Caperucita Roja, Pulgarcito, Hansel y su hermanita Gretel, la pequeña vendedora de fósforos; creaciones encantadoras, mitos deliciosos, que hemos llegado a considerar como personajes reales por lo que tienen de semejanza con el niño. Allí en esas fábulas creadas por la fantasía de un poeta encontramos la ingenuidad, la dulzura, la gracia, la curiosidad —curiosidad que lleva a la desobediencia— la generosidad y también el egoísmo del niño, esa criatura que reúne tan encontrados sentimientos.

Es en la literatura moderna que se hallará muy frecuentemente al niño. Ya en el cuento, ya en la poesía, en la novela, en la autobiografía —diarios y memorias— en el relato.

Chateaubriand, en sus “Memorias de Ultratumba”, narrará en espléndida prosa —prosa que se mueve al igual de la poesía— episodios de su infancia. De su vida de colegial Chateaubriand recuerda —entre otros— aquel suceso que revela su orgullo y su altivez. Había cometido una falta, y el regente —el abate Egault— del colegio lo llevó a su habitación para someterlo a un castigo corporal. El niño se subleva, siente que en su alma se levanta —cual tempestad— un soplo de ira y sale al encuentro del maestro —después de lanzarle una patada— pronunciando palabras latinas, que desarmarán a su enemigo; ¡resultaba tan cómica la erudición de un muchacho!

Pierre Loti, morboso, melancólico, sencillo, complicado y a la vez profundamente sentimental escribirá el “Diario de un niño”, en el que todas las emociones e impresiones de su infancia son expuestas en un lenguaje transparente y musical, con un penetrante acento de tristeza, con un anhelo de ensueño y de ilusión.

Escéptico, desencantado, irrespetuoso, sin ideal místico y pleno de ironía, Anatole France palpita de amor y de ternura cuando recuerda su niñez, cuando evoca a su madre. Y en sus libros, “El libro de mi amigo”, “Pedrín” y “La vida en flor” el maestro del desencanto y de la ironía compondrá páginas de maravillosa poesía como aquella que se titula “Te doy esta rosa”. “Un día —reproduzco el último párrafo de ese capítulo— estábamos en el saloncito y dejando su labor —France se refiere a su madre— me tomó en sus brazos, luego enseñándome una de las flores del papel me dijo: —Te doy esta rosa. Y para reconocerla la señaló, haciendo en ella una cruz con su punzón de bordar. Ningún regalo me hizo nunca tan feliz”.

¡Con que admirable lucidez, con que delicadeza de sentimiento había comprendido Anatole France el espíritu del niño, a quien una frase, un gesto, una mirada de su madre puede hacer perfectamente dichoso!

El niño que sufre de la injusticia social, que ha de trabajar —desde temprano— para ganarse su pan, en cuya sensibilidad repercute intensamente el espectáculo de la miseria y de la tristeza humana es el niño Alexei Maximovicht, que más tarde escribirá con el seudónimo de Máximo Gorki y que en su libro “Mi vida de niño”, relata todos sus sufrimientos, su choque con los hombres, su formación dolorosa y austera. “Mi vida de niño” es un libro de tremenda angustia; es la tragedia de un niño. No es —como en las obras de Anatole France— la historia del chiquillo mimado, a quien su madre dirá con acento de dulcísima ternura: “Te doy esta rosa”. Es el pequeño proletario que ya siente en su corazón todos los dolores de su pueblo y de su casta.

En el alma de otro niño —El Juan Cristóbal, niño de Romain Rolland— asistimos a la eclosión de una personalidad de artista y al desenvolvimiento de una infancia atormentada y oscurecida por toda suerte de privaciones. Juan Cristóbal se internará en el bosque de los sonidos y sentirá, alrededor suyo, “millares de fuerzas desconocidas que lo aguardan para acariciarlo o devorarlo”. Y —seguimos al niño Juan Cristóbal—: “abre el piano, acerca una silla, se yergue sobre ella, sus hombros llegan a la altura del teclado. El corazón le late al apoyar el dedo sobre una tecla”…

Para Romain Rolland no hay espectáculo más sugerente y emocionante que el de asistir al primer contacto de un niño con la música; “la música que abre los abismos del alma”.

Hay otro libro de un escritor francés, Gilbert des Voisins, impregnado del dolor de un niño. Es este libro, “El niño que tuvo miedo”. El niño tuvo miedo porque presenció la culpa de su madre, su madre, a quien el creía tan pura, tan noble, tan leal. El niño había revestido a su madre de todas las virtudes y perfecciones y vio como traicionaba la fe jurada al padre. Y aunque no pudo comprender claramente el sentido de esa traición, sintió que la vida era fea, que la vida era mala, y que su madre no era el símbolo de pureza y de claridad que él había soñado. Y el chiquillo no pudiendo resistir a su desilusión, no pudiendo soportar su desengaño, no sintiéndose fuerte para enfrentarse a la maldad de la vida, se quitó la existencia. Esa es la historia que relata Gilbert des Voisins, en su novela “El niño que tuvo miedo”.

Collete evoca en “La casa de Claudine” —al igual que Loti y que France— su niñez. Claudine es la chiquilla que ama los animales —amor que conservará toda su vida, escribiendo sobre ellos páginas encantadoras— y, que en la perra Toutouque, bull-dog feroz y agresivo, encontrará la más dulce y sumisa de las criaturas. Claudine educada, crecida en un rincón de provincia pintará su casa con toques de fresca musicalidad y delicado lirismo. Y con intuición en inteligencia describe Colette todo el proceso del alma infantil; intuición e inteligencia de artista y de poeta.

Si Claudine es la provincianita que mima y quiere a su perra, María Bashkirsteff es la niña de las ciudades, precoz, inquieta, cosmopolita, que a los doce años piensa en el duque H. Ya tocada por las tuberculosis, María Bashkirsteff piensa y siente casi como un adulto y la atormentan preocupaciones que no son infantiles.

Un poeta nuestro —Luis Valle Goicochea— encerrará en sus estrofas, “Las canciones de Rinono y Papagil”, todos los recuerdos de su infancia trascurrida en un humilde pueblo serrano y ¡qué candor, que sencillez en la evocación, toda llena del aroma de las retamas y de la hierba buena del huerto de la aldea!

Y Rabindranath Tagore, el gran lírico hindú, en su libro “La Luna nueva”, hace dialogar al niño y a la madre, canta el ensueño del chiquillo, en imágenes radiantes, en metáforas magníficas y surge del cantar del poeta, la voz del chiquillo diciendo: “Figúrate tú, madre, que me voy a viajar por países desconocidos y que tú tienes que quedarte en casa. Imagina que ya mi barco, cargado, me aguarda en el muelle. Ahora, piénsalo tú bien, madre; ¿qué quieres que te traiga cuando vuelva?”.

El niño —lo ha comprendido el poeta— vive en la quimera y sueña conquistar, “para su madre, el tesoro y el arca que constaron los reinos a siete reyes”.

(pp. 55-61)


María Wiesse

Escritora, periodista y pionera de la crítica de cine en el Perú. Nació en Lima el 19 de noviembre de 1894. Está considerada como una de las escritoras más importantes de la primera mitad del siglo XX. Inició su actividad periodística entre los años 1916 y 1917, haciendo crítica literaria y musical en los periódicos limeños La Crónica, El Perú, El Día y en Radio Nacional. Fundó y dirigió la revista mensual Familia desde la cual criticaba la militancia política de las mujeres, lo cual la diferenció de otras feministas de su época. Exploró la poesía, el cuento, la novela, el teatro y el ensayo. Escribió cuatro novelas: La huachafita y Rosario (1927), Historia de una niña (1929), Diario sin fechas (1948) y Tríptico (1953). Trébol de cuatro hojas (1932), Canciones (1934) y Jabirú (1951) son algunos de sus poemarios. Falleció en Lima el 29 de julio de 1964.


Sebastián Salazar Bondy

Cuentos infantiles peruanos. Selección, comentarios y notas de Sebastián Salazar Bondy. Lima: Editorial Nuevos Rumbos, 1958.

Prólogo para el niño

Leer no es sólo pronunciar correctamente las sílabas agrupadas en palabras y las palabras agrupadas en oraciones y frases. Es algo más. Todo escrito debe proporcionarte dos bienes: un placer y una lección. El placer que brinda la belleza del estilo y la lección que representan las verdades que aprendes de su contenido. Los doce relatos que reúne este libro han sido escogidos, pues, para que te entretengan y te aprovechen.

Leer es soñar despierto. Al abrir un libro inicias un viaje por paisajes distintos a los de todos los días. Y casi sin darte cuenta, te llenas de saber. Los escritores describen personajes, lugares y sucesos para expresar alguna novedad profunda sobre el hombre y la vida, que es imposible descubrir mientras se trabaja, se conversa o se juega. Para ello inventan historias. Estas historias te ayudan a comprender el mundo y a enterarte de cómo hay que estar en él.

Algunas de las historias que figuran en este libro son tomadas de la antigüedad y parecen, gracias a la habilidad del autor, el relato de alguien que las vivió o que las vio vivir. Son las leyendas. Otras ocurren entre animales y plantas, que se comportan como seres humanos, pero animales y plantas son en ellas el disfraz que oculta a cierta clase de personas. Son las fábulas. Por último, hay historias que son aparentemente reales, con personajes del presente, iguales a nosotros. Son los cuentos. En todos hay símbolos, es decir, bellas mentiras que reflejan una verdad, gracias a lo cual no son propiamente mentiras.

Los escritores, para dar más interés y encanto a sus invenciones, emplean imágenes. Las imágenes son los milagros de la palabra. Gracias a la imaginación (así se llama al poder de crear imágenes) pueden hablar el zorro y el cuy, el sol se convierte en un hombre gordo y rubio, el clavel se enamora de la rosa, y la montaña marcha a grandes trancos. En estas maravillas del arte debemos creer los lectores como creemos en esos seres extraños que parecen habitar nuestra mente cuando pensamos, cuando recordamos, cuando dormimos. Tales prodigios son obra de la inteligencia, esa fuerza capaz de transformarlo todo.

Admira lo que tienen de hermoso e instructivo estos cuentos. Si no los comprendes, pide que te los expliquen. Si hay una palabra que no entiendes o una idea que te resulta oscura, absurda o tonta, indaga por su significado ante tus padres o tus maestros. Consulta, si ellos no te satisfacen, los diccionarios (pide que te compren uno, si no lo posees). No te quedes nunca con una duda. Pregunta siempre, porque preguntar es tu derecho. Recuerda que no hay nada en el universo que no esté al alcance de tu inteligencia. Estás en la edad en que te preparas para ser adulto y es preciso que lo sepas todo.

El conocimiento que se adquiere en los libros, es más valioso que el dinero, las joyas o los metales preciosos, pues hace rico el espíritu, esa parte invisible y real del hombre que nunca muere. Cuando cierres la última página de este libro es probable que seas dueño de verdades que antes ignorabas. Además, el placer que estas leyendas, fábulas y cuentos te hayan proporcionado acrecentará tu afición a la lectura. Pide, entonces, más libros, tal como pides más dulces, más juguetes, más caricias.

(pp. 5-6)


Sebastián Salazar Bondy

Escritor peruano de la generación del cincuenta. Nació en Lima el 4 de febrero de 1924. Su obra gira en torno a los problemas del mundo urbano, y sus personajes y lugares manifiestan aspectos de la idiosincrasia local. Su primer poema fue publicado en la revista Palabra cuando tenía trece años y a los diecinueve publicó su primer poemario titulado Rótulo de la esfinge en colaboración con Antenor Samaniego. En 1941, ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus mayores éxitos los alcanzó como dramaturgo. Entre sus piezas escénicas destacan Rodil (1951), No hay isla feliz (1954), Flora Tristán (1956), Como vienen, se van (1959) y El fabricante de deudas (1962). Lo mejor de su poesía está en Confidencia en alta voz (1960) y El tacto de la araña (1965). Murió el 4 de julio de 1965.


Antonio Cornejo Polar

La formación de la tradición literaria en el Perú. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones (CEP), 1989.

La literatura peruana: totalidad contradictoria

En los últimos años las ciencias sociales y las ideologías políticas han retomado como objeto de reflexión el problema de lo nacional en el Perú, y lo han hecho con énfasis, con brillo y con pasión; en cambio, la crítica e historia literarias hace mucho tiempo que abandonaron el examen orgánico de tal asunto, pese al carácter prioritario que tuvo en las décadas de los años 20 y 30, cuando se fundó la tradición que aún rige el desarrollo de estas disciplinas entre nosotros.

Es una despreocupación perjudicial no sólo porque contribuye al aislamiento de los estudios literarios en el momento en que precisamente las ciencias sociales y humanas asocian con mayor consistencia y provecho sus tareas, sino, sobre todo, porque significa la pervivencia de un modo inactual de entender lo que es (o no es) la literatura peruana. De aquí que se maneje consensualmente una imagen de nuestra literatura que deriva de una teoría literaria en gran parte superada por la evolución de la misma disciplina e incompatible en grado decisivo con otras teorías conexas, como las que son propias de la lingüística, la antropología, la historia o la sociología actuales; depende de una experiencia del quehacer literario que obviamente no puede consultar los últimos tramos del vivaz proceso de nuestra literatura, con lo que se cancela la enriquecedora opción de reinterpretar la tradición con las luces de la contemporaneidad; presupone un conjunto de alternativas ideológicas que deben ser materia de discusión siquiera porque su data las remite a contextos de realidad y cultura en buena parte ya inexistentes; y está condicionada; en última instancia, por factores sociales que se han transformado de manera sustancial con posterioridad al tiempo en que esa imagen de nuestra literatura fue modelada y asumida como verdad.

Es urgente repensar, pues, esta materia. Y puesto que las condiciones de producción y el carácter mismo del discurso críticohistórico han variado decisivamente, no basta con propiciar una tarea de modernización rectificatoria: es necesario, más bien, proyectar el debate hacia las bases del asunto y discutir cuál es el campo y cómo se constituye el objeto de una reflexión científica sobre la literatura nacional peruana. Ciertamente se trata de un problema que no puede desligarse ni de un sistema teórico general ni de la particularidad del proceso de nuestra literatura; tampoco, como es obvio, de la circunstancia histórico-social desde la que se plantea. Es precisamente a partir de esta inserción concreta que tiene que repensarse el carácter de la operación literaria y de los espacios —como espacio nacional— en los que se produce. Sería incongruente suponer el descondicionamiento de un trabajo intelectual cuyo sentido preciso es justamente el de reinterpretar desde y para este tiempo un proceso que aunque antiguo se acumula en la conciencia contemporánea.

Interesa entonces adoptar una perspectiva y articular categorías teóricas con conocimientos históricos. Se burlan así los riesgos de la falsa neutralidad, pues asumir un tiempo es asumir también su conflictividad social, a la par que se alejan los peligros del idealismo y del empirismo, peligros que, tratándose del estudio de una literatura nacional, implican en el primer caso la esencialización de sus dos términos, como si la literatura no fuera cambiante y la nación una fluencia continua, y en el segundo la simple recopilación de datos sin sentido orgánico ni procesal. Es en el espacio formado por la relación dialéctica entre teoría donde debe fundarse una nueva concepción de la literatura peruana. A colaborar en este esfuerzo, que sin duda tendrá que ser colectivo, están destinadas las siguientes reflexiones.

(pp. 175-177)


Antonio Cornejo Polar

Profesor universitario y crítico literario peruano. Nació en Lima en 1936. Acudió a la Universidad de San Agustín de Arequipa y obtuvo los grados de Bachiller (1958) y Doctor en Letras (1960). Se desempeñó como profesor principal y posteriormente rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Tuvo a su cargo la dirección de los programas académicos de Lingüística, Filología y Literatura Hispánica de 1976 a 1978, y también la jefatura del Instituto Nacional de Cultura. Trabajó junto a su esposa María Elvira Cristina Soto Ramos en la conducción de Latinoamericana Editores. Además, fue el fundador y editor de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Entre sus obras se encuentran: Los universos narrativos de José María Arguedas (1997), La novela peruana: siete estudios (1978), Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigenista (1980), entre otras. Murió el 18 de mayo de 1997 en Lima.

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Litres'teki yayın tarihi:
16 ocak 2025
Hacim:
622 s. 54 illüstrasyon
ISBN:
9789972454547
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