Kitabı oku: «Solsticio de infarto»
JORGE F.
HERNÁNDEZ
SOLSTICIO DE INFARTO
PRÓLOGO DE JUAN VILLORO
CRÓNICA
DERECHOS RESERVADOS
© 2015 Jorge F. Hernández
© 2015 Del prólogo: Juan Villoro
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Edición digital: 2021
ISBN: 978-607-8764-32-7
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| JORGE F.HERNÁNDEZSOLSTICIO DE INFARTOPRÓLOGO DE JUAN VILLORO |

Almadía
PRÓLOGO
VUELTA AL RUEDO
Hay quienes lastiman su corazón de tanto usarlo. Es el caso del escritor Jorge F. Hernández, que está en el hospital después de sufrir un infarto.1 Sus síntomas fueron diagnosticados por López Velarde: “Mi corazón, leal, se amerita en la sombra”.
En la estruendosa república de las letras, Hernández actúa con inaudita generosidad. Su libro Signos de admiración reúne los asombros que le suscitan sus colegas: “Hay una suerte de magia en la capacidad y propensión de admirar al prójimo y a sus obras”. Con acierto, señala que el español es un idioma admirativo. En inglés, la puntuación del énfasis es el “signo de exclamación”. Señala la importancia de lo dicho, sube el volumen de la lengua. En cambio, el español asocia el énfasis con la celebración; además, el signo se abre al inicio de la frase, lo cual predispone al entusiasmo. Nada más lógico que estas reflexiones provengan de alguien que ha perfeccionado el esquivo arte de apreciar a los otros.
Tuve la suerte de trabajar con él durante el Mundial de Sudáfrica en el equipo formado por Mauricio Mejía para Ludens, en Canal 22. Hernández confirmó en el programa que el humor es atributo de la inteligencia. Sus comentarios con tecnología “de punta” (se refería al crayón con que dibujaba en un pizarrón) cautivaron a uno de los mejores exponentes del género, Andrés Bustamante. Después de ver una escena en la que Jorge explicaba las formas de atrapar un balón Jabulani, el Güiri-Güiri aceptó colaborar en Ludens.
Formado como historiador, autor de la novela La emperatriz de Lavapiés, columnista del periódico Milenio, Hernández también es un torero que no recibió la alternativa. Como Ignacio Solares, Alí Chumacero, Francisco Prieto y otros escritores taurófilos, entiende la fiesta brava como una enciclopedia en movimiento. Buena parte de sus anécdotas y referencias se desprenden de la “música callada del toreo”, como la llamaba José Bergamín.
Para los que no sabemos lo suficiente de esos lances, resulta extraño que algo tan subjetivo e inconstante como la lidia de reses sea adjetivado de manera tan precisa. Pocas actividades han creado tanto vocabulario. En ese orden suspendido, la hora de la verdad es un ajuste de cuentas con la muerte y la decepción, el momento en que el toro sale del ruedo con las orejas puestas. En su calidad de primer espada literario, Hernández aplica referencias taurinas a la vida diaria y genera escenas dignas de ser narradas por Joaquín Vidal.
Voy a contar dos momentos de la peculiar vida taurina de Jorge F. Hernández, seguramente alterados por mi admirada memoria.
Discípulo de Luis González y González, el más narrativo de los historiadores mexicanos, Hernández hizo la microhistoria del convento de Atotonilco y decidió cursar un posgrado en Europa. Después de una salida en falso (me parece que en París), recaló en la Universidad Complutense de Madrid, con poco tiempo para hacer los trámites de ingreso y conseguir las cartas de recomendación que le solicitaban. Esto ocurrió en tiempos previos a internet y DHL. Con la inventiva que da la desesperación, Jorge pidió referencias a sus amigos de Madrid. Todos eran toreros, de modo que le escribieron elogios de este tipo: “El chaval es válido y tira pa’lante”. No se trataba de un apoyo muy académico, ¿pero acaso no vale la palabra de quien se juega la vida?
Hernández presentó los documentos con el ánimo inseguro de quien se despide sin haber llegado. A los pocos días una autoridad universitaria quiso hablar con él. Imaginó una reprimenda por presentar documentos de matadores, banderilleros y otros valientes sin más currículum que sus heridas. Ocurrió lo contrario: el académico quería conocer a una caterva tan notable.
Jorge entró a la universidad con el aire de quien parte plaza. Su salida no fue menos singular. Mientras conocía Madrid con la minucia que le iba a permitir escribir La emperatriz de Lavapiés, cursaba un posgrado paralelo en el oficio de tener amigos. Sus imitaciones de Carlos Lico y Octavio Paz, su inagotable repertorio de chistes y, sobre todo, su permanente atención a las necesidades de los otros lo convirtieron en una figura fácilmente legendaria.
Una vez más sus relaciones orbitaron el toreo. Poco antes de su regreso, un amigo lo llevó a despedirse de la ciudad. Supongo que fueron a un parque donde las rosas desvelaban a Quevedo y al rincón donde Manolete sintió el pulso de su propia sangre. La ruta desembocó –no podía ser de otro modo– en la Plaza de Las Ventas, cuando ya había oscurecido. Jorge se despidió de ese coliseo del embrujo. Entonces se abrió una puerta. “Te están esperando”, dijo el amigo.
Entraron por un túnel. Las luces del ruedo se encendieron. “Mereces dar una vuelta”, explicó el amigo que había inventado ese momento. Hernández recorrió la arena como un torero en su día grande.
El sortilegio de la amistad había cuajado esa faena. Sólo en un sentido literal las gradas estaban vacías. En la veracidad del sentimiento, los tendidos se llenaban para ovacionar de pie a Jorge F. Hernández, como yo hago ahora.
JUAN VILLORO
Junio, 2011
El hermoso texto que acaba de servir como prólogo a este libro es invaluable no sólo por el admirable escritor que lo firma y entrañable amigo que me lo regala, sino porque se trata de un obituario inconcluso, una rara oportunidad que se me concedió para saber qué diría de mí uno de los mejores escritores de México si me hubiera tocado irme de este mundo hace cuatro años y también la rara oportunidad para compartirlo aquí como constancia de que no me voy aún. No me quiero ir.
La columna “Agua de azar” aparecía en el periódico Milenio desde el 29 de junio del año 2000 y sólo faltó en cuatro jueves por razones de verdaderas causas mayores. Editorial Trilce me honró con publicar una antología de los primeros diez años de dicha columna, compilada y prologada por Antonio Muñoz Molina y así, el presente volumen criba las aguas publicadas a partir del primero de julio de 2010 hasta la que publiqué el 20 de septiembre de 2012, al filo de cumplir cincuenta años de edad.
Página tras página se confirma que con los años me he convertido en mejor lector de novelas, cuentos, ensayos, crónicas, poemas e incluso de la realidad circundante de lo que creía antes de empezar a escribir una columna semanal en periódicos. Párrafo a párrafo mis hijos se van volviendo hombres y yo sigo aquí con el recrecido afán y la inmarcesible gratitud de palpitar un renovado corazón… lleno de vida.
JFH
20 de enero, 2015,
Día de San Sebastián.
Nota
1 Texto publicado por Juan Villoro en su columna del periódico Reforma el día 17 de junio de 2011.
SOLSTICIO DE INFARTO
ROMPECABEZAS
Podría escribir los versos más tristes esta noche que parece día o inventarme un cuento de verano que me ayude a evadir el enrevesado paisaje de noticias que invaden pantallas y sobremesas, periódicos y conversaciones. Podría mofarme del abanderado uruguayo que no marcó un gol legítimo del equipo de Inglaterra y rematar con un sentida burla al abanderado italiano que simplemente no vio el fuera de juego con el que un jugador argentino anotaba contra el equipo de México y luego, reírme de su cara de estupefacción estúpida en cuanto reconoce su error sin poder enmendarlo y luego, mofarme de la desastrosa desconcentración que ese error provocó en el equipo de futbol mexicano, millones de televidentes y una panda de dementes –hijos de funcionarios públicos y el hermano del actual secretario de gobernación– en etílico desmadre justo en medio de un palco de lujo en el mismísimo estadio…
Podría intentar opinar sobre el doloroso desgarro de aguas negras que, poco a poco, van inundando el Golfo de México y describir las imágenes como arañazos de una garra ocre sobre el azul dolido de las aguas, perlas negras de chapopote y engrudo petrolero en las playas, las aves recubiertas de una tela infernal que corta, poco a poco, su vuelo y su respiración. Podría mofarme del cinismo imbécil del mero-mero de la British Petroleum, evadiendo su responsabilidad y culpa sobre la cubierta de un yate de lujo… Podría incluso volver al tema del futbol y ponderar la necia creencia de jugadores y árbitros de pasar inadvertidos cuando ya todo el mundo sabe que hay ochenta cámaras de alta definición que registran perfectamente cada uno de sus movimientos, incluidos sus insultos y escupitajos.
Podría intentar un comentario sobre el creciente clima de inseguridad y la perfección siniestra con la que actúa impunemente el crimen organizado en México y lamentar de veras el asesinato del candidato del PRI a la gubernatura del estado de Tamaulipas e intentar conocer su biografía, ahora truncada arteramente, y saber por qué le decían “el médico de los pobres” o enredarme en los pormenores forenses del operativo en el que lo mataron.
Quizá podría intentar hablar de la negra noche de las economías que se desploman, la desvergüenza con la que cobran sus abonos los favorecidos de siempre, el descaro con que se polarizan todas las diferencias y desigualdades o bien podría fingir que vivo encapsulado, como un seminoma inofensivo, y redactar largos párrafos sobre la música de Bach y sus hijos, los óleos que se roban de los museos y que reaparecen para intriga de los expertos que han de verificar su autenticidad o leer un largo recorrido narrativo sobre los paisajes de países que jamás he de conocer en persona, recalar en la diferencia de los climas, perderme en documentales sobre el ecumenismo culinario del mundo, la paridad de los sabores, la geometría de los cocineros, el atrevimiento de quienes practican deportes extremos, el silencio de los inocentes, las lágrimas de los desposeídos, la mirada absorta de millones de analfabetas, el atardecer que no vimos… el terremoto de esta madrugada.
Podría hacer el elogio de un perro que parece que está a punto de hablarme en medio de la noche o las aventuras de un gato negro que ha caído en la costumbre de visitar mi casa, como si no lo viera… Podría incluso esbozar una novela a partir del recién develado secreto de que siguen habiendo espías rusos en los Estados Unidos y el mundo, e intentar hilar la trama sobre la curiosa historia de un espía de la ahora extinta Alemania Democrática, entrenado como metrosexual para prepararlo precisamente para el ligue de secretarias y esposas de funcionarios importantes norteamericanos. De hacer la novela, escribiría que se llamó Rudi y que sus instrucciones consistían en la simple pero heroica tarea de ligarse a una secretaria o esposa infiel de algún potentado y viajar cada dos meses a la ciudad de Nueva York, esperar pacientemente en la estación de trenes, en algún punto del lobby que precede a los andenes, para decir la clave secreta en cuanto lo abordara un colega anónimo (de gabardina beige, sombrero de alas cortas y lentes negros)… y digo que la historia es verídica: el mentado Rudi jamás fue abordado por nadie, y aunque mes con mes aparecía en su cuenta bancaria el jugoso depósito que le confirmaba la continuidad de su heroico lance, así se sostuvo más de veinte años en algún lugar de la Costa Este de los Estados Unidos, ¡sin que jamás lo contactaran sus superiores de la Stasi! Un buen día el Rudi ve por la televisión la caída del Muro de Berlín y ya no sabe ni a quién acudir… hasta que decidió entregarse a las autoridades norteamericanas, sin importarle que con ello destrozaba el ya fincado amor de dos décadas con una antigua secretaria con la que tuvo tres hijos, sin importarle que desvelaba a los ojos del mundo el profundo sinsentido de una vida supuestamente serena y sedentaria como profesor universitario que podaba el pasto de su casita y asistía al cine los fines de semana y hacía de anfitrión en cenas y comidas caseras… para cada dos meses deambular como un Robinson Crusoe perdido en Grand Central Station viendo pasar la vida en las conversaciones de los demás y todas las tragedias del mundo en las páginas de los periódicos con los que mataba el tiempo de su espera e imaginando todas las vidas posibles que podría vivir él mismo en cuanto el mando superior de su oficina de inteligencia le dictara una orden que podría decir: “Misión cumplida. Buen trabajo. Preséntese a la brevedad en el aeropuerto John F. Kennedy, mostrador de aerolínea mexicana. Espere contacto de costumbre que habrá de entregarle papeles de nueva identidad. Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos. Suerte y auf wiedersehen!”
Supongo entonces que la misión fue precisamente enviarme a vivir esta madrugada como rompecabezas y, en medio de un terremoto, imaginar que se me encomendó ver pasar la vida en noticias tristes y guerras cíclicas, medir el tiempo en bloques que cada cuatro años marcan el albur de un campeonato de futbol, atestiguar las desgracias ecológicas de lejos… e intentar escribir una columna semanal en espera de que llegue mi contacto (gabardina beige, sombrero de alas cortas y gafas negras) con la cinta auto-combustible donde habrán de indicarme mi nueva vida.
GALLO MUDO
Tiene razón Antonio Muñoz Molina cuando afirma que: “El escritor, en una democracia, es un ciudadano idéntico a otros, y en virtud de esa ciudadanía participa a veces en debates o en la defensa de causas a las que puede servir con su activismo personal o con la herramienta que mejor conoce, el idioma”. Lo escribió con motivo de que la muerte de Saramago o Monsiváis, dolores íntimos y lutos privados, se convirtieron –como suele suceder– en “duelo público exagerado por la intromisión de cargos políticos que se apresuran a hacer acto de presencia con sus coches oficiales y sus aparatosos protocolos” y habría que agregar el penoso desfile mexica, variopinto, donde hipócritas o envidiosos por igual destilaban dizque elogios a Monsi disfrazados de yoísmo: yo lo conocí desde niño, yo le enseñé a ver pinturas, yo le aconsejé quién sabe qué, yo lo leo todos los días… Pocos se concentraron en aludir a sus párrafos, aforismos, axiomas o títulos y muchos prefirieron hablar a media voz (engolada, por supuesto) con la mirada al vacío y mucha mentira en la saliva. El propio Muñoz Molina subraya que: “Viendo su ataúd cubierto con la pertinente bandera sobre un gran catafalco y custodiado por uniformes me acordé del hombre sigiloso e irónico al que sólo conocí brevemente y me pareció que tanta pompa lo habría incomodado, le habría inspirado con seguridad algún brote de ese humorismo negro que él admiraba tanto en el cine de Buñuel”. Quizá por eso no hablan los gatos y sólo ellos, en su felina habilidad, pueden ahora leer la crónica hilarante donde el propio Monsi se mofa de sus funerales y subraya lo que es de veras: “La literatura pertenece al reino de lo más privado, y las multitudes siempre son invisibles en ella, porque las componen lectores que raramente se encontrarían entre sí, aislados en el espacio y a lo largo del tiempo”.
Dicho lo anterior, hoy lloro la muerte de Armando Jiménez, cronista extraoficial de la Ciudad de México, biógrafo de tugurios, antros, burdeles y todos los lugares de rompe y rasga. Habiendo nacido en 1917 en Piedras Negras, Coahuila, Jiménez se fue hace unos días con un palmarés envidiable: somos miles de lectores quienes le quedamos en deuda por su incansable labor de gambusino del albur y del doble sentido, todos los giros posibles que tienen las pala-bras, y somos miles de lectores quienes celebramos hoy en silencio que su magna obra Picardía mexicana, sea una de las más leídas de la lengua castellana, con más de ciento cuarenta y tres ediciones y más de cuatro millones de ejemplares vendidos, prologada por tres premios Nobel: Octavio Paz, Camilo José Cela, Gabriel García Márquez (en la subedición de Dichos y refranes …); saludada en tinta por Alfonso Reyes, Pablo Neruda y memorizada desde las escuelas por miles de lectores que allí hemos abrevado del bello arte de entender los dibujos obscenos de las letrinas, los nombres enrevesados que encierran el retruécano engañoso, los versos de las ánimas chocarreras, la sagrada Biblia del habla popular, las mentadas en los callejones, los gritos de la tribuna.
Armando Jiménez era ingeniero de estudios, pero cronista ambulante y detector de la temperatura emocional de todos los anónimos en la práctica. Era bueno para la contestación instantánea y el tour de los pulques, la panorámica de los tequilas, las bailarinas gordas y los peladitos de bigote ralo, pantalón caído y pocas monedas en el bolsillo. Armando Jiménez Farías llegó a ser considerado el humorista más destacado de América Latina en el libro 3 000 años de humor publicado en España en 1969 y desde entonces mantuvo el difícil y sano malabarismo de registrar todas las vulgaridades posibles sin ser un escritor vulgar, midiendo el ingenio de los holgazanes sin descansar él mismo ni un solo día en su afán por clonar en papel las pintas de las bardas y el tonito de los barrios.
Jiménez murió en Chiapas y a nadie se le ocurre clamar qué haremos sin él, pues nos queda claro que los beneficios de sus libros se han impregnado como afán en sus lectores: quién lo lee se vuelve adicto a la detección de las erratas, no con el afán académico del pontificador, sino con la carcajada abierta de quien no se duele ante folclóricos lenguajes, enredados albures que harían reír al propio Quevedo de hace siglos y que ponen en su sitio a intelectuales mamones de hoy en día, tanto como a los engreídos políticos y poderosos empresarios que la pasan metiendo la pata en sus propias fauces. Visto el duelo de esta manera no es extraño que Monsiváis se haya adelantado tan sólo unos días en el viaje donde ahora lo acompaña otro cronista digno de su museo, habitante a su vez de los cómics entrañables que habitan la Ciudad de México, íntimo paralelo del desparpajo… y por eso, hoy no se escucha el canto del gallito, mudo, sin pico y pies, que miramos con disimulo.
Que otros se claven en la retórica falsa donde fingen la voz y prosa. A los miles de deudos de Armando Jiménez nos queda rendirle honores leyéndolo, con música de Chava Flores al fondo. Leer a los escritores que nos dieron prosa sin prisas y conocimiento con humor del bueno, que no con pastelazos falsos de chistoretes hirientes. Leer a los escritores que pusieron en el mismo estante la “alta cultura” con la vox pópuli, hombres de carne y hueso que comían lo mismo con manteles que parados a la orilla de las calles; testigos de las mentiras de los discursos oficiales, tanto como las verdades del vecindario. Leer a los escritores que salvan de la amnesia de los tiempos los nombres y las vidas de los anónimos… prosa viva que cambia de sentido según el juego emocional de los instantes y no tanto por las páginas de los diccionarios… prosa viva, de todos los colores, como óleos de los pintores del estanquillo, como plumas de un gallo de pelea… prosa viva de los escritores que, en realidad, nunca se van aunque hoy lloramos de veras su muerte. Yo no soy poeta ni en el aire las compongo, pero confirmo en esta lluvia, tanto luto falso, tanta mentira en los que ni leyeron a los ahora ausentes, que no puedo cerrar este párrafo sin mofarme de su tongo. Así las cosas, ante un mamón o mentiroso no queda de otra que decirle: “¡Mientes!”, subrayando con inmenso respeto que a los cronistas de a de veras hasta la Calavera les pela los dientes.
MONTAÑA ENTRAÑABLE
Quienes tienen la fortuna de no limitar su querencia a la cuadrícula cerrada de las ciudades llevan en el paisaje íntimo de la memoria los contornos y la silueta que se filtra en el atardecer de los cerros o montañas inolvidables, inamovibles, incandescentes… que parecen marcadores inalcanzables de ese territorio biográfico donde nacimos. No niego el santuario intocable de los barrios, ni la salada melancolía que baña las calles de la infancia: hablo de montaña recortada entre nubes o bajo el tenue telar de las lluvias, montaña que se subió alguna única vez en la vida, montaña entrañable.
Michel de Montaigne vivió entre 1533 y 1592. Se le considera el padre del ensayo moderno y su nombre se podría traducir como el hombre-montaña. Tengo para bien todas las ocasiones en que lo recuerdo y el pretexto de estos párrafos es la reciente biografía, firmada por Sarah Bakewell y publicada en Londres bajo el sello de Chatto & Windus, bajo el título Cómo vivir: vida de Montaigne en una sola pregunta y veinte intentos para encontrarle respuesta. En tantose traduzca este retrato reciente, recomiendo cualquiera de los muchos prólogos, retratos biográficos, homenajes y deudas de gratitud que existen impresos en español y, en particular, el precioso texto con el que Juan José Arreola inauguró las obras de Montaigne para la vieja editorial Porrúa. De Montaigne han escrito, en todos los idiomas, todos aquellos autores que han escalado sus párrafos como quien sale a andar por la ribera de una montaña entrañable: sin prisas, sin necesariamente ubicar la cima y mucho menos, alcanzarla. En este breve espacio hablo de él porque a menudo encuentro la pregunta entre ramilletes de dudas: “¿Qué es el ensayo?”, me dice, e incluso: “¿Para qué sirve?” y “¿Porqué se llama así?”
El ensayo es el género literario que se llama precisamente así porque a Montaigne así le dio por llamar al conjunto de no pocas páginas donde, encerrado en una torre circular, virtió y convirtió en tinta sus más íntimos pensamientos, dudas, críticas, observaciones, deducciones y sentencias. Desde el principio, el hombre Montaigne nos advierte que la materia de su libro es nada menos que él mismo y, entre líneas, cada lector va descubriendo que la pregunta a la que responde por encima de todas se escucha en el silencio, así pasen los siglos: ¿cómo se vive?
Los ensayos de Montaigne no son sistemáticos, sino más bien azarosos; se bifurcan en digresiones y no necesariamente tienen que seguir un plan cuadriculado de redacción mecánica. Los Ensayos de Montaigne son aleatorios, letras unidas en afán de exploración, donde la prosa divagante sigue el rumbo de humo de sus propios pensamientos. No son ensayos escritos en la penumbra del sonambulismo, sino párrafos legibles de pensamiento andante. Algo que destaca en la nueva biografía de Montaigne firmada por Sarah Bakewell es considerar al hombre Montaigne no como un escritor perdido en la noche de los tiempos, sino como un contemporáneo que dialoga lo mismo con Voltaire que con Robert Louis Stevenson o Jorge Luis Borges o cualesquiera de los lectores que hoy mismo, aprovechando la madrugada, tengamos a bien visitarlo en medio de una reflexión ya sobre la educación de los hijos o sobre el universo que se encierra en el pulgar de nuestra mano derecha. Será Montaigne, como dijo William Hazlitt, “el primero que tuvo el valor de firmar como autor lo que pensaba y sentía como hombre” y quizá la claveguía para entender ese valiente ejercicio que leemos intacto el día de hoy –en medio de tantos escritores que firman hipócritamente párrafos en los que no creen y páginas que no profesan– se debe a la sana perogrullada de enarbolar un íntimo escepticismo.
Montaigne el que duda y porque duda, escribe. Montaigne el estoico que no toma partido, pura catalepsia convencida de que ante una disyuntiva tanto los argumentos a favor como la argumentación en contra pueden tener el mismo peso y valor; por ende, mejor apartarse y contemplar el hecho, describirlo sin tener que tomar partido. Por ende, Montaigne ajeno a la vociferación o la ponderación pontificada que tanta saliva destila entre los que creen que siempre tienen la razón. “Otros forman al hombre”, escribió Montaigne, “yo rindo cuenta de un hombre y trazo un retrato particular de uno entre muchos, bastante malformado, y que (de poder) intentaría realmente hacerse diferente a quien es”. Habla de él mismo y quien lo lee descubre que las valiosas páginas de sus ensayos no son más que la ardua reconciliación consigo mismo, trazando bajo el lema “¿Qué sé yo?”, un sendero abierto de caminos siempre por recorrer, incluso cuando las vías parecen ya conocidas por instinto.
Sirvan estos párrafos para una ascensión: que todo lector que ya conoce o cree conocer las páginas de Montaigne recuerde con una nueva lectura los confines y perfiles de esa prosa entrañable; que todo lector que aún no recorre esa ribera de pensamiento y memoria, asuma la tranquila caminata de leerlo. Se confirmará que cada vez que se lee algún ensayo de Montaigne parecería que se lee por vez primera; se filtrará en la memoria la imagen intacta del paisaje más callado de nuestro propio pensamiento y aparecerá en algún momento del silencio el susurro de una conciencia que mantenemos hipnotizada, ocupada en tantos menesteres y muchos ruidos: la voz que nos recuerda que no tenemos por qué creerle a todo el mundo todo lo que nos dicen o dictan, sino volver a confiar en lo que sentimos y pensamos nosotros mismos; la voz que nos divide a las claras una primera tajada entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo horrendo, lo verdadero y lo falso; la voz que puede reconfortarnos en medio de tantas desgracias, decisiones pendientes y vidas que se postergan como si fuesen pendientes en una oficina de sellos burocráticos. Esa voz es la que cada escritor escucha en sí mismo al leer los ensayos de Montaigne: la voz que escuchan los demás cuando hablamos, la que evocamos en los sueños cuando parece que nos habla el otro… la voz que acompaña los pasos al subir, de vez en cuando, una montaña entrañable.
UNA PELOTA EN LA ETERNIDAD
Fue un instante. Un parpadeo fugaz que chistó en medio del silencio del mundo, efímero y pasajero, que estalló en esa mezcla de júbilo y desolación –gloria y tragedia– que enmarca a los verdaderos milagros. Sucedió en el ya desaparecido parque de béisbol Polo Grounds, el 3 de octubre de 1951, faltando exactamente dos minutos para las cuatro de la tarde.
Sobre el diamante de pasto verde se enfrentaban los Dodgers, en ese entonces de Brooklyn, y los Giants ahora de San Francisco, pero inicialmente de Nueva York y anfitriones en Polo Grounds, ese santuario que se esfumó del paisaje de Manhattan cuando consta que se erguía apenas unas cuadras al norte de Central Park. Gigantes y Dodgers se jugaban el banderín de la Liga Nacional, en un desempate al mejor en tres partidos, pues ambos equipos habían cerrado la temporada con la idéntica conciencia de noventa y seis victorias y cincuenta y ocho derrotas; para llegar al instante que intentan honrar estos párrafos, los Giants de Nueva York habían ganado treinta y siete de sus últimos cuarenta y cuatro juegos (los siete últimos al hilo), cerrando y rebasando una ventaja de trece juegos y medio que los Dodgers fardaban como irrebatible…
Novena entrada. Marcador adverso con Brooklyn arriba cuatro carreras por tan sólo una de los Giants. En el montículo del equipo que parecía invencible, Ralph Branca acaba de entrar con el brazo fresco y la única convicción de cerrar el triunfo y en primera base, el legendario Gil Hodges se adelanta unos pasos, confiado en que cualquier batazo se quedaría corto. Dos hombres en base y uno que ya había logrado anotar. Llegó entonces a la base de home, Bobby Thomson y se hizo un silencio, apenas rasgado por una bola rápida que significó el primer strike. La magia a veces se corta con cuchillo de niebla. Al siguiente lanzamiento, otra bola rápida, Thomson esgrimió el bat como lanza en astillero y adarga antigua, como caballero andante conectó un fulminante rayo luminoso que hizo volar la pelota hacia el jardín izquierdo, por la línea del horizonte… y la pelota se perdió en la eternidad en unos de los jonrones más célebres en la historia del béisbol.
Andy Pafko corrió hacia la barda con la ilusa utopía de poder atrapar en su guante algo que ya era sustancia de leyendas. Dicen que la bola cayó en manos de una monja que asistía circunstancialmente a las gradas y que la hermana se la guardó bajo las enaguas del hábito como si fuese reliquia de Tierra Santa. El mítico Jackie Robinson, primer jugador negro de Grandes Ligas y héroe de los Dodgers, se quedó en medio del diamante para verificar que Thomson pisara cada una de las bases en su triunfal vuelta a Ithaca en home, cosa que hizo Bobby a pesar de que brincaba más que correr de alegría en medio de un jolgorio universal. Dicen que de no haber bateado el milagro, el lance podría haber sido materializado por el gran Willie Mays, otro moreno de leyenda en bronce, a quien le correspondía batear después de Thomson.
Lo cierto es que los sueños están hechos del material en blanco y negro con el que esculpieron al Halcón Maltés y la jugada ha quedado eternizada en más de una pincelada magistral. En la extraordinaria novela Underworld, de Don Delillo, toda la eternidad que cabe en el jonrón de Thomson quedó plasmada en un mural de párrafos que lleva por título “Pafko at the Wall”, tan sobresaliente es ese capítulo de literatura pura que llegó a venderse como separata, como si fuera cosa ajena al total de la novela. En su narración fantástica, la pelota no se va volando a la eternidad en alas de una monja, sino que es atrapada por el personaje Cotter Martin, un niño que había entrado de colado a las gradas. El milagro aparece también en la magnífica película The Godfather, aunque como un anacronismo: segundos antes de que una parvada de mafiosos acribillen a Santino Corleone, hijo mayor del gran Vito-Brando, el gendarme apostado en la caseta de peaje está escuchando la narración original del partido del 3 de octubre del 51, aunque por la cronología de la familia de El padrino sabemos que a Sonny lo matan en 1948.
Con todo, se trata de un pelotazo que se convirtió en mítica estela: los cronistas que narraron en vivo su luz en vuelo se consagraron como benditos del micrófono; en inglés, Ross Hodges que no paraba de gritar: “¡¡¡Los Gigantes ganan el banderín…!!!”, y en español Buck Canel que parecía cantar un son caribe con tintineo de lágrimas verdaderas. Cientos de soldados norteamericanos apostados en los cerros de Corea escucharon el lance en vivo y no pocos aficionados de todo el planeta escuchaban para ver lo mismo. A alguien se le ocurrió bautizar la jugada como “el disparo que se escuchó en todo el mundo”.
El inmenso poeta Ralph Waldo Emerson escribió en 1837 un “Himno a Concord”, velado homenaje a su propio abuelo, granjero como la mayoría que tuvo las agallas de enfrentar al poderoso ejército inglés para fincar la Guerra de Independencia de las colonias norteamericanas. En Concord, Massachusetts, se dio el primer enfrentamiento del imperio contra las tropas que comandaba George Washington y Ralph Waldo Emerson les canta una elegía donde honra al “disparo que se escuchó en todo el mundo”. Según el poeta, sus versos deben servir para que la memoria redima la hazaña de esos granjeros en pie de guerra, ya que el tiempo ha borrado incluso al puente que cruzaba el río silente, que repta hacia la amnesia del mar… Sus versos son para que no se olvide un lance heroico, incluso cuando así como han desaparecido nuestros padres, desaparecerán nuestros hijos.
Ayer murió Bobby Thomson, habiendo nacido en Glasgow, Escocia, el 23 de octubre de 1923. Que haya tenido muchos días felices, otras hazañas deportivas y una larga vida… que haya cuajado un instante de magia que ya quedó eternizado en la memoria de lectores y aficionados… que sabemos que, luego del milagro que produjo su batazo, los Gigantes cayeron ante los Yankees en la Serie Mundial… pero que no quede por estos párrafos el intento de que jamás se olvide un instante de magia, así pasen siglos y él mismo siga buscando la pelota que lanzó a la estratósfera en ese prado interminable, verde y callado, que se llama eternidad.
GOLPE DE DADOS
El próximo lunes 30 de agosto1 será mi última aparición como conductor al alimón con Laura Barrera de la sección “Golpe de dados” del informativo cultural Noticias 22 que se transmite a diario por el Canal 22 de la televisión mexicana. Esa aventura empezó el 15 de marzo pasado, con una tirada que sirvió para presentar en público el libro Por qué importa Sinatra, de Pete Hamill (Colección Pértiga, El Equilibrista-UNAM, 2009), con el editor Diego García Elío y con el crooner asinatrado, Ed Lorenz; desde entonces se suman seis meses donde tuve oportunidad de peinarme como Johnny Depp y jugar al Sombrerero Loco de Alicia, hablar de béisbol con el poeta Julio Trujillo, ponerme la corbata de turbante con el Circo Atayde, bailar el tíbiri-tábara verbal con salseros, pintar exvotos intemporales, y un maravilloso desfile de pachucos que incluyó conocer a Luis Valdéz en su zoot suit, una bruja de veras, un videasta en motocicleta, vampiros a plena luz de día, ensayos de Luigi Amara, las máscaras de pintores con el poeta Francisco Hernández, los avatares del teatro en México con Alberto Villarreal, los enredos del idioma español y la lengua castellana, el recuerdo infantil de Cri-Cri, la triple campeona mundial de boxeo femenil, la grandeza de Mark Twain, la historiografía de los peinados y pelucas, la aberración terrorista de ETA , las heridas y cicatrices de la migración en México, las fotografías de estrellas contemporáneas del rock, no pocos cortometrajes y el costoso largometraje de Jorge Fons sobre la novela Expediente del atentado de mi amigo Álvaro Uribe, la música barroca fusionada con el son jarocho, la flauta mágica de Horacio Franco, el oprobio xenófobo de la gobernadora de Arizona, el eterno homenaje a The Beatles, los retratos inmensos de Mar y Sol Rangel, los dieciocho dedos con los que toca el piano el inmortal Papo Luca, la voz en azul de Betsy Pecanins, los secretos de los mayas, el recuerdo de Henry Miller, el fantasma de José Alfredo Jiménez y su filosofía universal, las inmensas voces del programa Ópera prima, los siniestros laberintos de los asesinos seriales con el detective literario Héctor de Mauleón, la grandeza cinematográfica de Rodrigo García Barcha, la partida de Carlos Monsiváis que deja una crónica acéfala, las voces del doblaje en cine y televisión, la absurda polémica sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña y la próxima estelaridad de Castilla-León como comunidad invitada a la FIL de Guadalajara, la historiografía musical de México que rescata con su guitarra mi amigo Guillermo Zapata, el Caudillo del son… pintores, ensayistas, escultores, cineastas, coreógrafos, investigadores, historiadores, cuentistas, poetas, bailarines, promotores… voces, voluntades, proyectos, párrafos, versos, imágenes, óleos. Un santuario donde se transpira el palpitar diario de todas las caras de la cultura; tesoro para quien se cree escritor.
Quiero aprovechar estos párrafos para agradecer a todas y cada una de las personas que hacen posible la emisión diaria de Noticias 22, que no caben aquí todos los nombres. Mi admiración por la labor de Laura Barrera, principal comunicadora cultural de México, que reúne con inteligencia y belleza el afán por medir y calar la temperatura polifacética de las artes. Quiero subrayar mi gratitud y admiración por Juan Jacinto Silva, director de noticias de Canal 22, que contagia al gran equipo que dirige su profesionalismo y entrega diarios, esa sobria tenacidad con la que trabajan las mecánicas como relojes de todas las cámaras, los párrafos de los guiones, las luces que cuelgan del paso de gato, los cables que reptan como serpientes el set donde desfilan todas las noticias y manifestaciones del universo cultural.
Llegué al Canal 22 gracias al doctor Jorge Volpi, escritor del que admiro no pocos párrafos de su literatura y amigo a quien conozco de tiempo atrás. Ahora ha crecido mi admiración y respeto por su responsabilidad al frente del único y afortunado canal cultural de la televisión mexicana, recrecida la audiencia no sólo en el territorio nacional, sino allende las fronteras en las pantallas de millones de paisanos que se juegan la vida en inglés para llegar por las noches al televisor donde leen, ven y cantan México por cable. Efectivamente, le pedí trabajo a Volpi por andar naufragando en un desempleo laboral que afectaba seriamente mis ingresos y quedo de veras agradecido con él y todo el canal que dirige, pues al ganarme la vida este pasado semestre me gané en realidad un ancho mural de amigos en un ambiente donde aprendí de todo y todos, todos los días.
Confirmo que la televisión engorda, y para el gandalla que puede hacer su agosto criticando mi paso por la pantalla, no niego que quizá me nació ya cierta afición por el maquillaje diario y los cambios de peinado por lo que signo aquí mi gratitud para Laura Urraca, maquillista de veras que siempre me esperó con nuevos alientos para cada entrevista, así como Guadalupe Pereyra me preparaba mentalmente con la información que me hacía aparecer como enterado ante las conversaciones con cualesquier entrevistado… y que me perdonen los demás que no alcanzo a mencionar en estas líneas donde intento extender mi gratitud a todos.
Me despido pues he sido nuevamente considerado para la beca de escritores que ofrece el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes como miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y las cláusulas de ese contrato especifican el impedimento de andar en nóminas de instituciones ligadas al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Es además, un recordatorio de que no soy más que lector que escribe. Me comprometí a exprimir la beca para terminar otros libros que buscarán su suerte para editarse y publicarse en los años por venir y se cierra entonces la maravillosa experiencia de deambular como interlocutor cultural en la pantalla de la televisión; se hace de todo y lo que se pueda para intentar pagarle a mis padres todo lo que han hecho por mis párrafos y para que nunca les falte nada a mis hijos. Tanto, que no es secreto que del noticiero salí invitado para el programa Ludens Sudáfrica, bajo la batuta de Mauricio Mejía y Juan Villoro, donde me solté la greña para divertirme e intentar divertir a los televidentes en medio del hipnótico hartazgo que también puede suscitar el futbol y además, para orgullo de mi padre, salí de patiño del gran cómico Andrés Bustamante, y en su puro Güiri-Güiri sentí haber completado un doctorado inconcluso. Allí pienso seguir de espontáneo y para los que tienen tele: ¡ai’nos vemos!, que ya lo dijo Mallarmé: “Un golpe de dados, jamás abolirá el azar”.
PRIMER GRITO
Amanece el septiembre de Centenario y Bicentenario como una cruda resaca que se le adelanta a la borrachera y falsas juergas; si no fuera por el garantizado despilfarro de tres mil millones de pesos, cualquiera diría que las conmemoraciones llegaron sin aviso. La vergüenza de gastar millonadas en fuegos fatuos y coreografías efímeras en medio de un país azotado por la pobreza, mancillado por el imperio del crimen y secuestrado por la banalidad amnésica e ignorante de sus políticos y poderosos. Amanece el mes del relamido descaro con el que los funcionarios ya fardan su incompetencia: el mentado monumento conmemorativo no existe, las costosas escenografías del civismo hipócrita están en proceso de construcción y las únicas banderas que ondean con sinceridad son las que compran con sacrificios las familias honestas, los niños ilusionados, las maestras que sobreviven en la miseria… todos al margen de los discursos impostados y las absurdas posturas de tanto ratero y mentiroso con fuero y corbata.
Curándose en salud, un funcionario asegura que quienes criticamos el falso jolgorio del Bi-Centenario pecamos de envidia, mientras que un ministro engominado ha declarado mezquino el intento por opinar o tomar conciencia ante tanta confusión e hipocresía. El error del ciudadano común fue suponer o esperar que nuestros gobernantes estarían a la altura del momento histórico: inundados con el agua por arriba de las rodillas se ven incluso más chaparros, vadeando a paso tambaleante las desbordadas aguas negras del enanismo etílico, marasmo de contradicciones y tautologías enquistadas, no pueden más que fingir conmemoraciones quienes son nietos y bisnietos de la dictadura que precisamente se derrumbó con la Revolución Mexicana que empezó hace un siglo (amén de que, en realidad, fue sangrienta y dolorosa guerra civil donde se conjugaron rebeliones, revueltas y no pocos ánimos revolucionarios), ni tampoco pueden conmemorar la Independencia, cuando en realidad sabemos que el primer grito que lanzó el cura Miguel Hidalgo no fue más que el inicio de una enredada década de gestas y traiciones, enredos y redefiniciones. Sin ningún tipo de envidia, más bien señalo la mezquindad de quienes se han propuesto perfumar, maquillar y engominar al pretérito con la denigrante ostentación de una borrachera inútil (cancioncitas oficiales como jingles para anunciar papas fritas, desfiles cursis de disfraces o falsas loas a los cadáveres de quienes nos dieron patria), cuando en realidad se les filtra en la baba de tanta saliva en sus discursos el anhelo melancólico por la mano dura del antiguo autoritarismo, el asco ante el populacho y la ignorancia funcional no sólo ante los hechos del pasado, sino los de todos los días: pasado y presente que desfilan a un mismo tiempo por el Paseo de la Reforma, como mural en multimedia de Diego Rivera con el Huapango de Moncayo como música de fondo.
Al tiempo que algunos alcanzan a ver el fantasma de Madero, custodiado por los leales cadetes del Colegio Militar, en su último recorrido público (sin saber que va directo a su martirio en Palacio Nacional), vemos sonriente a la Barbie, narcotraficante erguido en medio de todos los soldaditos de Toy Story; lo sigue el obediente pero desorbitado contingente de diputados y senadores que ya presumen con su marcha sincronizada sus bonos, viáticos y hasta iPads (sin importar su pésima ortografía, nula sintaxis, supina ignorancia y nefanda propensión a la navegación pornográfica en internet), allí mismo, entre ellos aunque impalpables, casi de niebla los fantasmas y espectros sin colores de cientos de soldados constitucionalistas, las barbas de Carranza, los Dorados de Pancho Villa, los miles de indios de manta blanca que le siguen la crin libre a Emiliano Zapata: toda la bola de revolucionados que ya nadie quiere ver. En este desfile de tiempos revueltos mejor no evocar el sabor del pulque o los gusanos del mezcal, considerando que el evento es patrocinado por Coca-Cola; lo que veremos en pantalla queda anunciado como “tiempo real” por los pixeles modernos que esfumarán de nuestras pantallas el olor a muerto y pólvora, los asesinatos cobardes de Madero y Pino Suárez, las diferencias irreconciliables entre los alzados de Villa, los reclamos de Zapata, la Constitución de Carranza y el brazo ahora perdido de Obregón… Ni hablar del paliacate de Morelos, y obviar que fue cura con hijos, luchador que prefirió ser siervo de su causa a serenísima alteza del delirio y ni hablar del cambiazo de uniforme de Agustín de Iturbide, antiguo soldado realista que con Tres Garantías, ahora obsoletas, optó por consumar la Independencia y, para colmo, proclamarse entonces emperador para terminar fusilado y denostado por la Historia Oficial de Bronce y Mármoles que nos sigue estorbando la conciencia.
Mejor ni hablar de Miguel Hidalgo y Costilla, quien desfila elevado con honores por el Paseo de la Reforma en la forma en que nos han hecho imaginarlo. Hace cien años la dictadura de Porfirio Díaz invitó a desfilar a su nieta, más preocupados por cuidar bien las formas en lo que era además el cumpleaños del Gran Dictador, sin imaginar que dos meses después estallaría la revolufia que lo enviaría al exilio, pero con un proyecto (discutible, criticable) que dejó enhiesta la Columna de la Independencia, la carcaza del Palacio Nacional (hoy horrendo Monumento a la Rev-Mex), el cascarón del Palacio de Bellas Artes (hoy también en espera de que terminen sus obras de remodelación), el Manicomio de La Castañeda, el maquillaje prehispánico de Tenochtitlán, calles, avenidas, placas conmemorativas, el mismo desfile por donde ronda ahora el cráneo del cura Hidalgo que no gritó: “¡Viva México!”, sino: “¡Muera el mal gobierno!”, otro cura con hijos en este México donde se sigue tropezando la Iglesia con sus propias lenguas; el que tomó el estandarte de Guadalupe del Santuario de Atotonilco quizá intuyendo la inmensa masa que lo seguiría como iluminado para arrasar desatada por las villas y ciudades incendiadas… el cura párroco del pueblo Dolores, que ahora lleva su apellido, que terminaría decapitado y expuesto en Guanajuato y hoy en Palacio Nacional, sin imaginar los dos siglos que hoy desfilan con la suma de más de veinticinco mil muertos en lo que va de este sexenio de la llamada guerra contra el narcotráfico, de los cuales cuatro o cinco mil víctimas de ambos bandos no son más que cráneos decapitados como él… y los mares de pobreza, la injusticia general, los migrantes que mueren aquí por intentar el sueño gringo donde sólo entra viva la droga y los turistas con visa para Disney… y nadie escucha el primer grito porque, en realidad, septiembre será mes para que dure por lo menos un minuto de silencio.
OTRO GRITO
El cineasta Luis Estrada ya había dejado constancia de su gran calidad cinematográfica con su película La ley de Herodes y ahora ha cimbrado la conciencia nacional con una obra maestra que se llama El Infierno. En medio, como para completar una trilogía involuntaria, Estrada presentó Un mundo maravilloso, película que ponía en blanco y negro los colores fallidos del neoliberalismo feroz que tanto ha dañado a este México de contrastes y contradicciones constantes: el mismo día que se clamaba nuestra asociación con el primer mundo del progreso y libre comercio se levantaban en armas de madera no pocos miles de conciencias indígenas y desarraigadas que sobreviven aún en la miseria. Si la tercia de películas ondea como bandera, el blanco mundo maravilloso que transparentó Estrada con la crisis contundente del descalabro neoliberal queda en medio del verde coraje tragicómico de La ley de Herodes y el rojo sangre de El Infierno.
En la hilarante y delirante historia de La ley de Herodes Estrada supo combinar los hilos finos del humor negro y el verde olivo ocre de un México intemporal, con el tecnicolor digital de la realidad palpable en cada generación: el ciclo desolador del alivio que nos transmite la corrupción con la espiral de mentiras y culpas en lápida a la hora de rendir cuentas: a todos nos ha venido bien, en algún tramo de nuestra mexicana vida, salvarnos de un semáforo con el poder de una mordida, librarnos del ardor guerrero del servicio militar con el enchufe milagroso de un tío coronel u ocupar un puesto burocrático de medios pelos con el rimbombante título (apócrifo o no) de “licenciado”. En esa película, Luis Estrada retrataba un México premoderno de mediados del siglo XX con los mismos diálogos y truculencias con las que encarábamos el nuevo milenio; una microhistoria de un pueblo desolado, cactus y automóviles moteando el paisaje por donde transitan las vidas anónimas, los jornaleros de sufrida rutina incansable, las meretrices encadenadas al desahogo etílico de los machos de siempre… todos a merced de la cíclica ambición de los ambiciosos y corruptos, leguleyos de pacotilla que reescriben las leyes y hasta la Constitución a sus antojos, en abono de los arcones y baúles donde guardan los impuestos robados, las insignias apócrifas y las balas de sus revólveres.
Ahora, señoras y señores, ¡bienvenidos al infierno! No las llamas circulares del Dante, Belcebú en pijama grana y cornamenta con tridente, sino el México de hoy: pantano de impunidades desaforadas, verborrea incansable de mentiras, veintiocho mil muertos en la llamada guerra contra el narcotráfico (de los cuales, un sinnúmero son decapitados), las narcomantas de ortografía simia, los corridos que glorifican las cortas vidas de los capos nacos que sonríen al ser capturados para convertirse en testigos protegidos, pulseras y collares de oro grueso, armas largas incrustadas con diamantes, mujeres de silicón en abundancia que desfilan bajo el manto de la Santa Muerte en esqueleto famélico ante el altar de Malverde, santo impostado y laico Robin Hood falso, panoramas de miedo y cadáveres disueltos en tinas de ácido, todo a ritmo de los tráileres y demás transportes que navegan libremente de sur a norte, como galeones del antiguo Pacífico, naos de la China con la cocaína, mariguana y anfetaminas que sustentan el gran mercado del nuevo milenio, miles de millones de dólares ordeñados en masa o menudeo aparejados con el inframundo delictivo de la compra y venta de armamento, indocumentados, prostitutas esclavizadas y cornucopia de pornografías…
El Infierno de Luis Estrada es en realidad no más que el logro cinematográfico de cuajar un mural con buen guión, actores de veras, escenografías palpables y un ritmo que se parece al instante revelador que suscitan los espejos: nos vemos tal cual en la ambición instantánea de quien habiendo soñado el sueño americano de cruzarse como mojado tiene que volver de pronto, deportado arizonamente, al mismo infierno de siempre; nos vemos quizá distorsionados como en espejo de feria en la fugaz utopía del dinero fácil, la adrenalina del peligro, la tentación de la ilegalidad que se alivia con el supuesto valor a toda prueba, o bien una pistola que dispare sin importar mucho la puntería y nos identificamos en el callado silencio con el que se vuelven testigos las víctimas en potencia.
El Infierno de Luis Estrada se exhibe en muchos cines y creo que tiene garantizado el éxito que merece. En poco más de una década desde que Estrada presentó en público La ley de Herodes, podemos celebrar que también han cambiado nuestras necedades: hace once años hubo un ánimo de funcionarios y gobernantes imbéciles que intentaron censurar la película, evitar su estreno y condenarla al reino de lo que no se habla. Hoy, por contagio y merecido aplauso, no hay quien niegue el crudo y duro acierto de esta nueva película de Estrada, donde todos los esperpentos y monstruos, freaks y personajes comunes son plenamente identificables. Bien dice Fernanda Solórzano que: “Si el retrato de sicarios y capos fuera una caricatura grotesca, y los policías y capitanes no resultaran creíbles en lo que ya es un lenguaje estandarizado de la corrupción, no podrían convivir a cuadro –como sucede en cierta escena– con la imagen de un personaje importado de la realidad, el presidente Felipe Calderón, en una fotografía que adorna el despacho de un agente de policía encargado de esclarecer el asesinato de un federal”.
De la euforia a la desolación no hay más que un grito que puede sonar como aullido o bien se ahoga en el silencio como una carcajada hueca. Hace dos siglos, al padre de la patria no le quedó más remedio que lanzar a gritos su devoción guadalupana, y el anhelo de la Independencia que ahora se conmemora con nuevos enredos y gritos diferentes. Creyéndose en las nubes, cualquiera puede olvidar lo cerca que cacarean las llamas. Con El Infierno de Estrada no faltará quién ponga el grito en el cielo, a contrapelo de muchos más que gritamos nuestra aprobación por la denuncia y la crítica, sin poder acallar los callados gritos de tanta injusticia, mentira e hipocresía. Se escuchan como gritos los mismos discursos de siempre, mientras se oyen en silencio las calaveras a mandíbula batiente: parece que hablan, o más bien, parece que se ríen a carcajadas.
MEDIO SIGLO EN PIEDRA
La serie de dibujos animados Los Picapiedra, titulada en inglés como The Flintstones, cumple medio siglo de vida. Lo celebro porque hay días en que quisiera presentarme ante el mundo descalzo, enfundado en una piel de guepardo con motas, encuerado pero con corbata; hay días en que quisiera contar con la incondicional amistad de un vecino llamado Pablo Mármol, con su hermosa esposa Betty (de voz chirriante) y su hijo Bam-Bam (capaz de levantar en vilo una tonelada de estorbos). Quisiera llegar hoy a casa y que me esperase un apacible silencio cavernícola, a estrenarse con un beso de Wilma (siempre vestida de blanco y siempre con un collar de inmensas piedras al cuello)… todo sosiego interrumpido por las risitas de Pebbles, y los alevosos y salivosos ladridos de Dino, mi mascota en morado.
Hubo un ayer en que los tocadiscos eran aparatos que sonaban gracias al afilado pico de una garza; el lavavajillas era la trompa de un elefante que se insertaba por una ventanilla en la cocina; las alarmas, el alarido de un perico, y los vehículos: hermosos sedanes sin pedales, impulsados por las plantas de los pies. Esa caricatura de todos los días estaba sobrepoblada de sabrosos anacronismos que lejos de confundirnos, nos rellenaba la imaginación sin problemas: Pedro Picapiedra festejaba la Navidad y se hablaba por teléfono, sin importar que se trastocaban los años de sus respectivos inventos; todos los nombres propios tenían resonancias de piedra o granito y las tramas se enredaban y desenredaban en el transcurso de media hora.
Medio siglo en piedra que le debemos a William Hanna y Joseph Barbera, creadores de tantos entrañables mitos dibujados. Medio siglo de esa música con la que sueño todas las tardes, como si abandonara el escritorio y me lanzara a una hamburguesería, dispuesto a empacarme entre pecho y espalda el costillar de un brontosaurio. De veras, hay días en que parece hablarme un marciano enano (que nadie puede ver, salvo mi amigo Barney-Pablo) y la vida se enreda como una partida de boliche: que si soy expulsado o no de la cofradía de los búfalos acuáticos, que si el gato de largos colmillos me saca literalmente por la ventana de mi propia casa o cuando los capataces de las canteras escatiman regalías y honorarios, como si no reconocieran el arduo trabajo de estar arando canteras todos los santos días, pendientes de los alargadísimos cuellos de los dinosaurios que nos dieron patria.
Bien visto, llevo media vida confeccionando una biografía en las cavernas. Lo digo por las muchas referencias de caricaturas y cómics que me asaltan sin aviso y por las inexplicables vendettas de la realidad circundante: para intentar estos párrafos tuve que sortear no dos, sino tres cortes de luz (sin aviso y sin disculpa); para enviar un paquete de libros por correo parece que dependo de un cartero que viaja sobre la concha de una inmensa tortuga y los elevadores de los edificios parecen ser accionados por cuerdas en poleas que cuelgan de los cuellos de dinosaurios adormilados. La aspiradora es un pequeño mamut peludo que va succionando todo el polvo de las alfombras hasta salirse a toser al jardín y los limpiaparabrisas son pequeños monitos que se suben a los toldos de los coches en cada semáforo de casi todas las esquinas. Desde la ventana veo que un jardinero poda el pasto con la dentadura de un cocodrilo, la señora que lava ropa en el buche inmenso de un pelícano prehispánico y el simpático pajarillo que hace retratos a cincel sobre piedras lisas…
Se confirma: el mundo –o bien, la vida– no es más que una inmensa cantera de donde se desprenden a diario las largas historias o los cuentos cortos de nuestra existencia; relatos como lascas donde se vierten anécdotas; triunfos y desgracias como mármoles o lápidas donde se van hilando las tramas de nuestras vidas: cada biografía, una sucesión de narraciones de todas las cosas que pensamos y hacemos, revuelta la memoria de todos los pretéritos con el futuro incierto. De piedra nos quedamos ante las noticias y nos quejamos del silencio como piedra con el que dizque nos responden los dueños de todas las mentiras; de piedra los caminos que se abren por entre las hierbas y piedra inmensa la novela que cada quien lleva a cuestas hasta la cima de nuestro más íntimo recuerdo, para desde allí dejarla rodar hacia el olvido, tan sólo para volver a leerla –como Sísifo– en un nuevo ascenso de la imaginación. De piedra caliza los dijes que nos garantizan una buena sobremesa y como piedras preciosas cada sueño que se pierde inmemorial en el preciso instante en que amanece.
Los Picapiedra fue una serie que cubrió la década de los años sesenta y que en Estados Unidos no deja de ser considerada como clonación y homenaje de The Honeymooners, una comedia que entretuvo al público en blanco y negro durante los años cincuenta. También hay quien se preocupa por definir si el tema musical de la serie de dibujos animados es o no jazz del bueno y no pocos ociosos se han ocupado de enlistar la nómina de famosos que desfilaron en muchos de los capítulos al lado de Pedro Picapiedra y los suyos: Cary Grant, Alfred Hitchcock, Frank Sinatra, Tony Bennett, Ed Sullivan, Ann-Margret, Mick Jagger y los Rolling Stones… También hay quienes celebran la mala ocurrencia de haber llevado los dibujos a la pantalla grande, con actores de bulto y sin mucho éxito en la transfiguración de la imaginación… y también habrá que señalar que hubo un ayer en que los Picapiedra anunciaban desde cigarrillos hasta cerveza, pasando por cereales y seguros para automóviles… Yo sólo quería hacer público mi homenaje como antojo: salir pitando de mis obligaciones en la cantera diaria, bajar por el cuello de un dinosaurio deslizándome como en resbaladilla, para caer de puntitas al volante de un vehículo que me lleva directamente a casa, con la orquesta de música de fondo, para ser arrollado por una inmensa mascota morada, contenido amorosamente por una mujer intemporal, cargando sobre mis hombros a los niños que nunca han de empezar a dar sus primeros pasos en la vida… y llenarme la barriga con una inmensa hamburguesa de dinosaurio. Por hoy, no queda de otra: contra todos los tormentos adultos del mundo, las mismas noticias de desgracias recurrentes y el tedio inquebrantable de lo aburrido, alzo la voz en cuello y lanzo un sincero ¡¡Yaba-daba-doo!!
EL PASTOR DE LAS PALABRAS
Alí Chumacero tenía mirada y conversación ortotipográfica; bastaba mostrarle un texto –ya en original o bien, ya impreso– y el maestro señalaba al vuelo cualesquiera gazapos, imprecisiones o erratas, incluso imaginando cómo se mediría en cuadratines un exabrupto o pensando en la mejor tipografía para el posible imperio de un párrafo válido. Le bastaba un solo ojo para otear el paisaje de una página mecanografiada para determinar pleonasmos, cacofonías o ridículos abusos de adjetivos inútiles como quien sacudía el papel para escuchar los sonidos de la prosa y le bastaba detener la mirada sobre alguna prueba de imprenta –de aquello que antes se llamaban galeras o capillas– para detectar errores en los cortes silábicos de cada renglón o esos huecos que serpentean la página impresa que llaman carriles o esas tristes líneas que quedan sueltas al final de un párrafo y página, que se vuelven viudas al inaugurar otra hoja.
Obrero de las letras, Alí fue orfebre de sus propios versos y se le veía absorto, leyendo con las manos apoyadas al filo del escritorio –la uña larga, las yemas percibiendo lo telúrico de un párrafo, o bien el tedio irremediable de otros– y de pronto, invariablemente alzaba la vista con una sonrisa. Destilaba el sano ejercicio del sarcasmo, transpiraba sin agresiones la virtud sutil de la ironía, era además un erudito sin pedantería y un caballero andante que enamoraba con el habla, a veces incluso ceceando o izando la palma de la mano, como quien marca un alto para advertirle a cualquier interlocutor un tropiezo. Aunque hiciera constantes esfuerzos por aparentar sequedad, Alí fue un hombre bueno, cariñoso con los empeños ajenos, apoyo constante para los afanes de todo escritor que empieza, de entre los cuales no pocos memorizaron la indispensable humildad que irradian los verdaderos Maestros, con mayúscula, como Alí.
Otros lectores de su poesía, y escritores más autorizados, pueden ahora opinar y conmemorar con mejores argumentos el valor de sus versos intemporales; yo sólo diré que ya me resultaba inevitable –desde la primera vez que lo leí– escuchar cada palabra y cada metáfora con el ritmo marcado de su voz, esa lectura que parece cinematográfica al colarse en el fondo de las páginas el eco marcado, que va al paso de la vista, de las palabras y su música. Páramo de sueños, Imágenes desterradas y Palabras en reposo, son más que simples títulos a los libros que conforman su breve obra inagotable: son palabras que –como los versos que contienen– se entrelazan con murmullos propios de cada lector, formando en prosa invisible una conversación de sentimientos donde la emoción que el poeta convierte en metáfora se conjuga con las propias imágenes que se van fabricando con la lectura; lector en complicidad con el poeta Alí, formando un palimpsesto cambiante que oscila al ritmo de una voz ya compartida. Al menos, así se intentó honrar su poesía y celebrar su oficio en el prólogo a una enésima edición de Páramo de sueños (Fondo 2000, FCE, 1997) y en una de estas aguas del azar, que desde hace años no aspira más que a ser digno aprendizaje de su clara sombra.
Supongo también que no faltarán ahora profesionales de la crítica literaria y escritores más avezados que conmemoren los ensayos y reseñas que escribiera Chumacero, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de celebrar que Alí tuviese las agallas de nunca retractarse o mandar corregir en sucesivas ediciones de sus reseñas reunidas bajo el título de Los momentos críticos sus opiniones o ponderaciones sobre las obras de las que escribió en su preciso momento: siendo amigo cercano de Juan Rulfo, Alí Chumacero no tuvo empacho ni vergüenza en decirle o dejar publicado que su novela Pedro Páramo no sería libro fácil ni comprensible, más bien enredado y fantasmal, y que no se debería esperar un éxito multieditado por el mundo… y quizá tenía razón, a pesar del éxito incuestionable de esa obra inmortal, traducida a todos los idiomas y releída cada año por devotos lectores de Rulfo que, bien a bien, no sabemos descifrar todos sus sortilegios… y a pesar de que el propio Alí siguió siendo amigo de Rulfo hasta el final y que, como con todos y cualquiera, divas de las letras o escritores en ciernes, mantuvo el sano recurso del humor y la ligereza de alargar las sobremesas con carcajadas y anécdotas que quedan a la espera de una edición.
Se me llenan de lágrimas los ojos. He perdido a otro maestro entre tantos profesores que da la vida y anduve retrasando con necedad y desidia la última oportunidad para visitarlo en vida. Lamento haber estado lejos y me pregunto si alguien le alcanzó a gritar: “¡Torero!”, en el Palacio de Bellas Artes, porque Alí Chumacero se fue por la puerta grande como figura del torero, de los pocos que sabían cómo caminarle a las embestidas de la prosa, embarcar con temple y ritmo la marea de los versos, lidiar por la cara los enredos de la trama y detectar desde el burladero a los escritores que sólo torean para el tendido y no se juegan la vida en cada tanda de páginas como naturales y en redondo, sabiendo rematar a tiempo con un punto y aparte, como larga cordobesa, así como se va Alí para que nadie olvide que la eternidad cabe en un verso.
También lloro por la muerte de Antonio Alatorre, también maestro en cada una de sus páginas y sobre todo en los muy revisitados párrafos de sus Mil y un años de la lengua castellana, que legó como iluminación para el lenguaje, memoria del habla en este mundo que cada vez habla más español y tanta jerigonza mancillada. También lloro por la deuda de sus estudios sobre Sor Juana Inés de la Cruz o su recopilación de sonetos inmortales o el inmenso honor de que presentó mi primer libro en público, hipnotizando al auditorio con una anécdota de los Ejercicios Espirituales del Santuario de Atotonilco que prometo incluir en una próxima edición. Quiero respetar el deseo de Alatorre de irse de este mundo en la mayor discreción posible y por ello no alargo más párrafos sobre su valioso magisterio… pero permítaseme llorar un vacío inmenso, geográfico y generacional: con la ausencia de Juan Rulfo, Juan José Arreola, Luis González y González, José Luis Martínez y ahora, Alí Chumacero y Antonio Alatorre, el alma de quienes los conocimos en persona –discípulos, alumnos y lectores– se adolece justo en el occidente del pecho, allí donde el corazón late en murmullos de silencio, versos intangibles y el ánimo busca sin cesar un arriero que indique caminos, un sabio que fabule encima de las desgracias, esa voz que se llama memoria y un pastor que resguarde el rebaño de las palabras, hoy que llueve tanta nube de lágrimas.
ELOGIO Y NOSTALGIA DE LOS TRENES
Con escribir estos párrafos asumo el riesgo de ser no más que un mamón trasnochado o engreído futurista de utopías inalcanzables, pero no evadiré la necesidad que siento de elogiar, con gratitud, a la Red Nacional de Ferrocarriles Españoles (RENFE) tanto como lamentar que México es un país que se quedó sin trenes. Aclaro mi propósito: a casi siete años del sangriento horror de las bombas en la estación de Atocha, esta ha vuelto a ser la bulliciosa puerta de entrada y salida de Madrid, llena de vidas en sus andenes, vegetación en flor, arquitectura de hospitalidad y puntualidad irrebatible. Por azar y empeño de una novela que no quiere perderse en la amnesia he vuelto a viajar en tren, acortando un recorrido hacia el norte de España –que antes me obligaba a tomar un avión, buscar coche con mapas carreteros y luego volver a Madrid en autobuses de toda la noche con madrugada incluida– y que ahora tan sólo significa el recorrido de dos horas y media a alta velocidad en esa nave que llaman atinadamente el AVE, comodísimo proyectil que incluye la grisácea nostalgia de las despedidas en andenes envueltos en neblina de nostalgias, el lento rodar de los vagones cuando insinúan frenar al llegar a su destino, el silencio de los durmientes como páginas de novelas que quedan por leerse, la infinita luz de los amaneceres en las viejas estaciones decimonónicas que recibían a los viajeros como si supieran que vivía cada uno de ellos el inicio de una nueva página de vida. Al comentar el hermoso cuadro Puente de Metlac del pintor José María Velasco –imponente paisajista mexicano del siglo XIX– decía Octavio Paz que esa quizá primera aparición al óleo de un ferrocarril sobre el paisaje de México hacía que la vista se privilegiara con el ruido, hasta entonces inaudible, del progreso. La modernidad llegó a México en tren y entre sus vapores se acortaban las distancias (al tiempo que se subrayaban las diferencias sociales); se cuadriculaba el mapa de los progresos (al tiempo que se llenaba como enjambre de tercera clase la suma de los retrasos) y no es casual que así como la dictadura de Porfirio Díaz se creyó ferrocarril eterno, tren inobjetable de progreso y paz con represión, así también la llamada Revolución Mexicana no sería lo que fue sin considerar a los trenes como transportes fundamentales de la soldadera, los rieles de la revolufia… y ahora al filo del Centenario la triste cartografía de un país sin trenes… por el decreto que prácticamente los extinguió, por el imperio nefasto de los traileros y transportistas de pura carretera, por las poderosas líneas de camiones de pasajeros o por el incongruente afán dizque turístico de sólo mantener a flote el simbólico recorrido del Chihuahua-Pacífico, el etílico y breve recorrido tequilero que navega entre agaves cercanos a Guadalajara o el breve trenecito que ronda antiguas haciendas henequeneras en Yucatán. Intuyo que el Centenario de la llamada Revolución Mexicana (que el propio Paz aclaró atinadamente que no fue eso, sino una revoltura de rebeliones diversas, revueltas divergentes y muchas ideas ciertamente revolucionarias, todas enredadas bajo un mote común, donde y cuando en realidad no tenían proyecto común Madero y Zapata, ni Villa con Obregón y Calles, o Carranza con otros pistoleros…), digo que intuyo que la conmemoración sería más digna de festejo si a cien años del levantamiento inicial, México contase hoy en día con una red ferroviaria de gran calidad, entrecruzando el inmenso país con puntualidad, derramando mejor comunicación, beneficio, oficio y hasta poesía… y no la penosa y recurrente noticia de ese méndigo tren que va del sureste hasta la frontera con Estados Unidos, recargado todos los días con enjambres anónimos de desahuciados centroamericanos, potenciales víctimas del crimen organizado, mordidas de corrupción policial y ni un corrido que intente cantarles justicia en su travesía de desolación pura sobre los rieles interminables de una incongruencia que parece cicatriz. Incluso el corazón de Madrid, la Puerta del Sol, presume hoy en día una magna estación para trenes de cercanías, con lo cual el entramado de todas las vías férreas que cubren la piel del toro que es España ya se entrecruzan por debajo de las calles y la red del metro de la capital: en recorridos puntuales y funcionales, de pocos minutos que pueden convertirse en horas, el viajero que sale de Barcelona al amanecer entra en Atocha tres horas después… dos minutos y medio a Sol, para salirle al mediodía, andando hasta el tercio de la Plaza Mayor, dispuesto a sortear cualquier embestida que ofrezca la vida… y sí, efectivamente, mi lamento tiene saliva de sangronada si digo que uno no puede dejar de imaginar qué sería de los negocios en México si en vez del imposible trajín de los aeropuertos, el tráfico y sus bemoles, trazaran un tren rápido entre Guadalajara, Monterrey y Distrito Federal… una red de cercanías que cuadriculara para funcionar las millones de arterias libres que exigen millones de empeños y voluntades productivas… un tren que permitiera a un joven enamorarse en Querétaro, la ida y vuelta de poetas aún inéditos, el ir y venir de los afanes honestos que han de sacar a México del paisaje decapitado, secuestrado, narcotraficado, militarizado en el que se encuentra… tal como viajaron en vías, hace cien años, los libros y los artistas, los jóvenes y los políticos demócratas, las soldaderas y los sombrerudos montados en los techos de los vagones, las cantantes y coristas en coches cama… la vida misma sobre rieles, en horarios que le daban la vuelta entera a las noches con sus amaneceres, cubriendo la entera geografía del alma, como nervadumbre de hierro expandida sobre todo tipo de terreno, salvando vados, cañadas y ríos… como quien se sabe en medio de una piel que tiene a la mano el Mediterráneo y el hombro apoyado en Portugal, con hilos que se extienden como tinta de pétalos, puntuales, página a página, sobre el ruido tecleado de las vías, cruzando la memoria con el recuerdo de todos los trenes recorridos en el pasado, leídos en pantallas cinematográficas, padecidos en huidas personales, añorados en viajes pendientes… acumulando kilómetros de párrafos que no son, en realidad, más que buenos deseos.
IMAGINO
Imagino el instante de ayer, hoy mismo hace treinta años. La locura imperdonable y las nubes se volvieron agua salada bajo los párpados. Te imagino al principio, evitando las gafas y el pelo que ya decían que era escandalosamente largo, las canciones pegajosas, “La bamba” transformada en gritos hipnóticos y tus sonrisas mordiéndote los labios, para que los ricos sigan agitando sus joyas y todos los demás aplaudimos en gayola. Que todos sabían que eras el hermano fundador, pero que nadie se entere que estabas casado, que nadie te crea que tu hijo tiene una amiga que vuela en un cielo de diamantes y que nadie tome en serio tu reclamo de que necesito a alguien, cuando de joven no necesitaba de nadie y ahora que abro las puertas te pido que me ayudes porque ando caído, ayúdame a levantarme y aprecio que estés aquí… estando tan lejos.
Imagino que leo la noticia hoy mismo: otro suertudo que alcanza la tumba y me río, llorando ante tanta fotografía. Toda la multitud del mundo, reconoce tu cara, aunque nadie sabe si ya terminó la gran guerra. Me despierto, me dejo caer de la cama y arrastro un peine sobre el oleaje de la greña. Esa alarma quiere recordarme que me esperas como un hermano mayor para enseñarme a fumar y todo se vuelve psicodelia. Me pierdo en el sueño donde te vuelves una morsa y un hombre huevo… y corres por campos de fresas por siempre con los otros profetas que ya eran inmortales. Cuatro amigos que se querían mucho y que cambiaron al mundo, rimando incongruencias, sumando flores, haciendo música.
Te imagino caminando entre nubes o neblina. Llevas del brazo a la mujer que sobrevivió todos los insultos del mundo, con la que te mostrabas desnudo sin vergüenza para la feliz confirmación de que uno se vuelve dos más allá de las matemáticas ajenas. Imagino que te hice caso, John: no hay país, sino idiomas; no hay infierno ni cielo, solamente eternidad. Te imagino de blanco sobre un piano blanco, puro cielo. Imagino que todavía podríamos todos intentar vivir en paz y vivir el día porque sí. Imagino que de veras no hay nada que exija matar ni demande morir por ello; soñador entre brumas, no eras ni serás el único y me pregunto si ya entendí aquello de que no hay posesiones, o de que podamos eliminar la avaricia y el hambre de los paisajes. El piano como un corazón que no interrumpe su ritmo y parecería fácil imaginarte anciano, el rostro arrugado por tantas carcajadas, de nuevo envuelto en sabanas blancas con la barba larga como una manta de pelo para gritarle al mundo que las bombas de esa enésima guerra que no ha cesado no tenían ningún sentido.
Gafas amarillas, redondas y esos gritos que intentaban definir la verdadera revolución. Gafas azules igual de redondas y un hombre que reclama a voz en cuello madre y memoria, padre vuelve a casa. Únanse todos: que viene un juglar rapado con el pelo hasta las rodillas, dice que me conoce y que lo conozco, dice que debo seguir libre… ¿Y porqué escupías shoot me?, como mantra siniestro, aviso ominoso del instante que imagino hace treinta años y que no pasa. Mejor imagino que te recuerdo con tu cabeza en las manos, volteado hacia la pared, sintiéndote enano… por todos lados, la gente se te queda mirando y tú tienes que esconder tu amor. Estás tocando una guitarra inmensa, hundido en una cama que se abre en medio del suelo. Ringo sólo tiene que cumplir con el latido de una pandereta, George acompaña a un jardinero que poda la alfombra con una dentadura postiza y Paul se hace chiquito. O mejor los imagino de colores, uniformados para tocar con la infinita banda de los corazones solitarios y los amores contrariados, o navegando entre crayolas de mar sobre un submarino amarillo que evade los bosques de hombres azules.
Deja que el bajo de Paul se ondule y enloquezca, deja que caiga la lluvia y que todos corran a cubrirse la cabeza. Deja que todo fluya entrelazándose las voces con George y que la batería de Ringo se vuelva taquicardia. Deja que todo se vuelva imaginación, que las formas se derritan como ideas que se vierten de sobremesa o en una caminata anónima. Deja que se derrita todo, porque ella dijo que ya sabía lo que era la muerte, ella ya sabe lo que es estar triste y uno se siente como si no hubiera nacido. ¿Quién te metió tanta cosa en la cabeza? Porque de niños todo estaba bien, y no entiendes lo que ella dice… Imagino que te entiendo y que navegamos por una barca sobre un río, a los lados crecen árboles de mandarina y cielos de mermelada. Ella lleva ahora ojos de calidoscopio entre un bosque de flores de celofán amarillo y verde: la buscas y ya no está. Es la niña que flota entre diamantes de silencio en medio de tanto ruido, toda la multitud convertida en un mar de mecedoras humanas y los taxis están hechos de periódico. Te pierdes y te imagino con la cabeza en las nubes, intacto, eterno.
Te imagino en todas las fotos de blanco y negro donde escribes con Paul, miradas juntas, palabras rimadas. Todos tenemos ese sueño, todos tienen ese sentimiento, el mal viaje, un negro que dicta un sermón sobre el teclado y todos se la pasan bien, todos han tenido un buen año, todos se sueltan el pelo y se suben los calcetines por las pantorrillas y bailan con Yoko un vals sin música para espanto del mundo. Dos cantan en armonía, viajando hacia ninguna parte, gastándose el dinero bien ganado, sin llegar pero con rumbo a casa. Dos que rompen cerraduras y prenden cerillos, enviando postales y escribiendo largas cartas en las paredes. Dos que pueden entenderse sin hablar, que se conocen de memoria, con gabardinas y sin llegar a ninguna parte, pero con rumbo a casa… y uno que se queda solo. Sin parar de llorar todos los recuerdos que son más largos que el camino que nos quedaba por delante. No dejo de llorar e imagino que llegas a casa, al filo de la medianoche. Acabas de terminar la grabación de un disco largamente esperado. Le vuelves a cantar al engranaje, a tu hijo y a la mujer… Abre los ojos y dime qué ves: no hay sorpresa alguna; te imagino firmando el último autógrafo, los últimos pasos. El silencio llega con estruendos. Te quedas para siempre en la nube y aquí seguimos cantándote. Tienes la imaginación intacta y te quedó la misma cara de siempre… a mí no me queda más que imaginarte.
VEJEZ DE INFANCIA
Cada año pesa más en su acumulación de vacíos, cada madrugada que suma con sus minutos de siglos una trayectoria amarilla de recuerdos que han de volverse la ocre memoria de ayeres… y tantos mañanas que se inauguran hoy mismo con la primera página de una libreta que ha de llenarse con letras de comienzo. Las dos caras de Jano, que da nombre al mes que es portal para cada año: el rostro que mira hacia atrás en despedida de todo lo que fue y la cara limpia que contempla el mañana sin saber qué deparan sus horas y sus palabras. Decía Mark Twain que uno llega con las canas a un crucero donde ya no sabemos quién somos y recomendaba volver el ánimo hacia la infancia o los años dolientes de la adolescencia en que no cabía la menor duda de sabernos alguien: revivir en la travesura de la saliva y en la nerviolera de las escondidillas, el azoro de los juguetes nuevos y las ilusiones intactas, una noción de quién fuimos, o por lo menos el recordatorio veraz de quien no somos ni podríamos ser jamás.
Samuel Langhorn Clemens nació en una miserable aldea de Missouri en noviembre de 1835, al tiempo que pasaba por los cielos de esa noche el cometa Halley y murió setenta y cuatro años después, el 21 de abril de 1910, en Connecticut, contemplando desde la almohada la estela del mismo cometa que había vuelto para llevárselo. Ya se quería ir: durante los últimos años de su vida se le acumularon todos los dolores de una vida que parecía feliz. Se le había adelantado Olivia, la mujer de su vida, y también dos de sus hijas adoradas; lo mermaba la debacle financiera que lo convirtió de millonario a inquilino de sus propias deudas, y se levantó de esos números rojos con una extenuante gira de presentaciones donde llenaba los teatros de diversas ciudades del mundo con la magia de su imaginación. Al final se había convertido en su propio personaje, el famoso escritor que firmaba sus textos con el seudónimo Mark Twain… y todo se volvió como una acuarela de luz, vestido con trajes blancos con chaleco, zapatos a la medida precisa del viajero, todos los gorros y sombreros que se atrevieran a sosegar la larga melena blanca del hombre con luengo bigote de morsa, alma de sarcasmo refinado, cuarenta cigarros puros por día en la travesía consuetudinaria de una mecedora que viajaba por las nubes con la facilidad del habla convertida en literatura.
Samuel Langhorn Clemens fue aprendiz de imprenta, piloto de vapores en el río Mississippi, minero, periodista, editor, prolífico escritor de todo tipo de crónicas, reportajes, ensayos, diatribas, cuentos, largas o mentiras… y Mark Twain fue el inmenso escritor autor de varias obras maestras que honran la literatura del mundo y cualquier época. Su nombre de pluma fue tomado de la marca de profundidad que cantaban los caladores: colgados desde la barandilla de los vapores, calaban las aguas soltando los plomos que informaban al capitán de la nao qué tan hondos son los peligros para navegar. Metáfora perfecta para la literatura con la que Clemens deslumbró al mundo: apuntalado en el ancho e interminable espacio de América, los ojos fijos en el constante dilema de la mezcolanza de razas y los eternos conflictos de los odios que suscitan, la boca llena de palabras que no necesariamente aparecen en los diccionarios, los verbos retorcidos por el uso, el alma luneada por las arrugas de las olas con las que el río se cree mar, las páginas se le fueron poblando de tintas que palabreaban las andanzas de su imaginación.
Ya famoso Mark Twain, Clemens se aventuró en la vejez a la recreación intacta de su infancia con el libro que habría de asegurarle su gloria de escritor: Aventuras de Huckleberry Finn, personaje ya presentado en Aventuras de Tom Sawyer, ambos niños habitantes del universo de su propia infancia, corsarios del río Mississippi, caballeros andantes de las travesuras, enamorados de Becky Thatcher, solidarios con todos los esclavos negros que los enseñaban a hablar y pensar bajo la luz de la luna. Allí está todo, casi nada: el racismo y la vida que fluye sin prisas sobre la cara de un río, la renuencia a someterse a cualquier forma de la intransigencia autoritaria, las ganas de alargar las horas del día y las maneras de engatusar a los ingenuos, la verdad de las mentiras y el asombro ante el mínimo milagro de la naturaleza. Está también el momento moral de una decisión crucial: Huck Finn tiene oportunidad de informar al antiguo dueño de su esclavo negro, el incondicional Jim que lo ha acompañado en su lunático viaje por las aventuras interminables del río Mississippi. De firmar la carta, Huck Finn estará condenando a su escudero, y de paso, salvando su alma de las llamas del infierno… y allí, a la mitad de una página, el rebelde entrañable se dice a sí mismo que es mejor irse al infierno que traicionar a un amigo, ¡a la chingada!, pero que no caiga en la condena un alma noble que no tiene por qué sufrir maltrato alguno por la equivocada idea de que el color de la piel determinaba la propiedad de la voluntad ajena. No en balde, al final de su vida, Mark Twain fue un ferviente activista a favor de la vera libertad de los negros en Estados Unidos, feroz antiimperialista del delirio yanqui por el mundo, abogado voraz en pro del voto femenino y enfurecido crítico de todos los abusos del poder ciego: azote tanto del Congreso de los Estados Unidos como del oprobio esclavista de Leopoldo II de Bélgica en el Congo, corazón de las tinieblas. Hoy, a un siglo de su muerte, tal como lo dispuso en su testamento, aparece en la mesa de novedades el primer tomo de su Autobiografía, por si alguien no conoce a Clemens o Twain, ahora convertido nada menos en uno de los pocos escritores que pueden presumir de haber publicado con éxito grande en tres siglos diferentes alguna novedad de su cosecha.
Pocos años antes de morir, Clemens volvió al pueblo de Hannibal, Missouri, sin aviso y de sorpresa. Era Mark Twain que regresaba para visitar los escenarios de su mejor literatura; al reconocerlo, el pueblo se volcó a las calles. La anciana que sirvió de modelo para Becky Thatcher se volvió a peinar con caireles y todos los niños de la aldea se disfrazaron de Tom Sawyer y Huckleberry Finn para el transcurso de un solo día, donde un escritor entrañable desandaba su memoria llorando en público para encarar, ya de vuelta en el tren, el incierto futuro que le esperaba mientras volvía el cometa Halley para llevárselo. Puñal de melancolía/ este que me va a matar/ pues si alcancé a regresar/ me siento desde que vine,/ como en la sala de un cine/ viendo mi vida pasar, canta Nicolás Guillén en uno de sus colosales poemas y pienso en el último viaje de Mark Twain a su infancia… y en esta madrugada que cierra todos los horrores de un año con la garantía mínima de un deseo callado: que se cumpla la llegada de un nuevo año y, de veras, mejor vida para todos.
SOBRE MEZA
Para cerrar con broche de oro el año funesto de nuestro descontento bicentenario, y abrir con ventana de fino sarcasmo otro año non de incertidumbres y descalabros anunciados, GM Editores en coedición con DGE Equilibrista han tenido a bien publicar Bestiario de historia mexicana o Diccionario de idioteces centenarias, de Julián Meza. El libro circula ya entre una considerable cofradía de lectores que aprovecharon las pasadas Navidades para agregarlo a las canastas de regalos con la garantía de que su lectura se convierte en divertida sobremesa al lado de los buenos quesos y exquisitos vinos (para los que saben beberlo). Aquí la primera virtud del Bestiario de historia mexicana o Diccionario de idioteces centenarias: ciento cincuenta y nueve páginas de hilarantes, delirantes y desnudantes definiciones de nuestra abigarrada y desgarrada historia patria y matria poblada de nombres, lugares, héroes, batallas y gazapos… gracias y desgracias, errores y horrores, estupideces y sandeces, en orden alfabético y con breves prosas de farmacopea que hacen honor al apellido de su autor. La sobremesa se convierte en carcajadas, el vino de mesa en elíxir y la suscripción de sus acepciones en tornamesa donde giran de boca en boca las coincidencias y conciencias de sus lectores. Segunda virtud: el libro aparece también en formato electrónico, de venta en amazon.com, con lo que ambas editoriales inauguran el cibernético espacio de contar con un mayor número de lectores que de ahora en adelante tendrán a Meza como referente allende la mesa de novedades, allí en la buena mesa y sobre todo, en la mesa de las discusiones.
En ciento cincuenta y nueve páginas el lector de Bestiario de historia mexicana o Diccionario de idioteces centenarias se brinda la oportunidad de sintonizar con buen humor y fina ironía el desfile de las definiciones venenosas que nos pintan de pies a cabeza, de ancestros a políticos de hoy en día, desde el desgraciado Abasolo, Mariano hasta Zaragoza, Ignacio (triunfante en Puebla, derrotado por el tifo). En medio, circulan:
Auge petrolero en México: Coyuntura en la que es posible ejercer un mayor gasto público destinado a la malversación de fondos.
Aumentar impuestos: Cebar a esta insaciable secretaría de Estado para que la ordeñen hasta desangrarla enormes, grandes, pequeños y medianos burócratas.
Bellacos: Los gobernantes y los oligarcas mexicanos de todos los tiempos. V. Truhanes.
Bestia brutal: Plutarco Elías Calles, entre otros. Compitió con Victoriano Huerta por el título. V. Epígrafe .
Bicentenario: Doscientos años después los comentaristas mexicanos seguían hablando del gol que le anotó la selección de Argentina a la de México en fuera de lugar.
Burguesía mexicana: Inexistente. Lo que hay son advenedizos enriquecidos, cuya principal característica es la avidez.
Cambio social: Pasar de tener pobres a tener cada vez más pobres que se convertirán en indigentes mediante programas gubernamentales para abatir la pobreza.
Carroña: Los gobernantes mexicanos de todos los signos.
Cinismo: Cuando a un político mexicano le preguntan por escrito cuál es su ideología, responde en su buen español: estoy “cinismo”.
Democracia: En México es mera ocurrencia, y esto en el mejor de los casos.
Educación en México: La que imparte la televisión. V. Universidad mexicana.
Empate: para los fanáticos mexicanos es un triunfo.
Ferrocarril: En México sólo quedan la palabra y algunas estaciones en ruinas.
Fox, Vicente: Merolico del Bajío que mantuvo intacta la maquinaria gubernamental priista; humorista involuntario que hacía chistes literarios.
Funcionario público mexicano (Sinónimos de): Quiste, parásito, sanguijuela, chupacabras, carroñero, excrecencia, tumor maligno.
Grandes cambios en México: Los que producen los terremotos y las inundaciones.
Grito de Independencia: ¡Viva Fernando VII!
Honradez: Doctrina que profesan los gobernantes mexicanos, pero que nunca practican.
Independencia de México: Momento en que los mexicanos decidieron dejar de ser dependientes de lo propio para serlo de lo ajeno.
Individualista globalizado: Pendejo que tiene la forma de un globo de Cantolla.
Instrucción pública: Debido a la ausencia de programas educativos con algún sentido, la que se imparte en México no es instrucción. A ello contribuye el hecho de que el sindicato de maestros sea un monopolio regenteado por una procaz bailarina de hip-hop.
Jauja: México, aproximadamente dentro de 2 524 años, 11 meses, 21 días y 6 horas con 18 minutos.
Kahlo, Frida: Negocio mediático de óleos en donde abundan variadas y obscenas tuberías gástricas.
Kafkiana: La vida en México a partir de 1521. Se mezcló con el teatro del absurdo hacia 1821. Se elevó a la condición de prioridad en 1921 y es regla de vida desde el año 2000.
Leyes de Reforma: Parches sobre remiendos.
…y así, letra por letra, hasta la zeta, este diccionario que en palabras de su autor “constituye un muestrario de imbecilidades, infamias, injustitas, atracos, crímenes, corruptelas y maldades de los gobernantes mexicanos a lo largo de casi quinientos años de historia. Es cierto que algunos de ellos (muy pocos) fueron diferentes. Por esto no ocupan un lugar destacado en la historia oficial”. Aquí los nombres de reyes y virreyes, presidentes y caciques, los lemas que nos dieron patria y las mentiras que nos edulcoran las tragedias de todos los días. Un Bestiario de historia mexicana o Diccionario de idioteces centenarias escrito por Julián Meza, definido por Jesús Silva-Herzog Márquez como: “Párroco de benemérito templo neoliberal. Devoto lector de un ciego, coleccionista de islas, autor de mil diatribas y alguna novela memorable. Lexicógrafo de recónditos lenguajes. Esgrimista de palabras, enamorado de las esdrújulas y los sufijos. Crítico despiadado e involuntariamente sinembargoso”. Añado que Julián Meza nació en Orizaba, casi Praga, y que estudió filosofía e historia, doctorándose en la Sorbona con los honores de convertirse en parisino de cepa, discípulo y amigo de Foucault, Castoriadis, Kundera y Octavio Paz; Meza, Julián: autor de las novelas La huella del conejo, La saga del conejo, El arca de Pandora, Un famélico en busca de salvación y La feria de los lacayos; y de los ensayos Cándidos y tartufos, El carnaval de las letras, Retrato de familia con economista, Ángeles, demonios y otros bichos y El purgatorio liberal; doctor Julián Meza, distinguido y emérito profesor de historia y literatura en el ITAM, donde se elevó como auténtico Maestro para algunos de sus alumnos, lo cual me permite lanzarme aquí sobre Meza con el único y descarado afán de darle un agradecido abrazo.
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