Kitabı oku: «El concepto de justicia en la filosofía de Epicuro»
Diseño: Gerardo Miño
Composición: Eduardo Rosende
Edición: Primera. Noviembre de 2021
ISBN: 978-84-18095-97-9
Depósito legal: M-24048-2021
Códigos IBIC: HBLA1 (Historia clásica/civilización clásica); 1QDAG (Antigua Grecia); 1QDAR (Antigua Roma)
Lugar de edición: Buenos Aires, Argentina
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Prólogo
Este libro, que nace de una genuina inquietud erudita –elaborado pacientemente, y confeccionado a partir de múltiples lecturas y perspectivas científicas en debate–, involucra en su indagación también a otro tipo de lector. Esta otra audiencia implícita, mucho más vasta, también podría preguntarse, con simple curiosidad humana, cómo sería posible –si lo fuera– fundamentar una filosofía para la cual sean compatibles (1) la reivindicación del impulso natural a una vida de placeres satisfechos, (2) la tendencia, por lo general menos espontánea, a la convivencia política con otros, pares, y (3) la afirmación de la justicia como virtud, con la renuncia altruista que esa afirmación comporta. Para esta última clase de lector, epicureísmo se identifica con un hedonismo sin matices, que difícilmente pueda justificar contemporáneamente su compromiso con el pensamiento de lo político, y vuelve problemático también el vínculo de esa visión hedonista con la virtud de la justicia. Esta lectura se explica por la preeminencia que han tenido en la historiografía del epicureísmo lecturas, como la ciceroniana, que han proyectado la imagen del individualismo epicúreo y, sobre todo, su lectura en clave apolítica. Habrá que decir también que para los lectores más agudos de Epicuro –entre ellos, el autor de este libro– algunas fórmulas que encontramos asociadas a su filosofía, como láthe biósas (“vive ocultamente”, que puede verse reflejada en Máximas Capitales XIV) o como oude politeúsesthai (“no participar en política”, referida por Diógenes Laercio), no son fáciles de comprender en el marco de un pensamiento propiamente político.
La argumentación que aquí se propone lleva a los lectores a descubrir en la teoría epicureísta de las pasiones el fundamento de su filosofía política; esto es, en las pasiones primarias, placer y dolor, y las secundarias, que son emociones políticas como la ambición, la cólera, el miedo, el odio, la envidia, el desprecio y el amor. Pero el eje de esta teoría está, indudablemente, en la caracterización que hace Epicuro del placer; esto es, la determinación precisa de qué lugar le cabe al placer entre los bienes para la buena vida, qué credenciales tiene para ser considerado el bien supremo. Ahora bien, este fue uno de los temas centrales del debate ético-político que plantearon las diferentes líneas filosóficas en Grecia entre fines del siglo V a.C. y comienzos del siglo IV a.C. La cuestión debía formar parte de las inquietudes de Sócrates y fue reformulada de modos diferentes por los intelectuales de su círculo. Es posible que, tal como aparece en los testimonios, el motivo central en Sócrates fuera el del autodominio (enkráteia) y desde allí la cuestión terminara por diseminarse en múltiples perspectivas éticas que de alguna manera u otra incluyen al placer.
Para el socrático Aristipo, que entendía al placer como bien supremo –y a la felicidad como una simple metáfora para referir a la colección de experiencias placenteras, particulares e inmediatas–, ser sabio consistía en advertir con precisión las dosis de placer y dolor que involucran las propias pasiones, asegurando así el relativo dominio de las propias tendencias y estados. En cambio, Antístenes, que consideraba al deseo erótico como una suerte de degeneración de la rectitud natural, negaba que el placer pudiera tener alguna función positiva en el autodominio. Antes que sentir placer, mera “distorsión de la satisfacción” de auténticas necesidades (la cita es del análisis de Claudia Mársico, en su traducción de los fragmentos), Antístenes prefería enloquecer.
Platón se aproxima a la cuestión del autodominio en la primera época: en el Cármides, la indagación sobre la sensatez, sophrosýne, va acompañada de algunas observaciones relevantes (aun en el nivel dramático, teatral de su aproximación) sobre lo placentero y lo deseable. El tratamiento del placer gana profundidad en diálogos como Gorgias y República, donde se ponen en relación explícitamente la dimensión psicológica y la ético-política del tema. Pero el análisis más detallado del placer (sus especies, su carácter psico-somático) está en el Filebo, diálogo tardío en el que Platón imagina a Sócrates discutiendo con el hedonista Protarco en qué medida el placer y el intelecto contribuyen a la vida buena y al bien superior. En un ensayo que tituló, con un guiño provocativo, “Epicurus the Platonist”, Marcelo Boeri explica, sobre una sólida base argumental, que la teoría de Epicuro “probablemente estaba reaccionando” a algunos desafíos planteados en el Filebo y que, “al elaborar algunos aspectos de su propia agenda hedonista”, el maestro del Jardín sigue muy atento “las críticas de Sócrates al hedonismo crudo”. Además de retomar del Filebo la importancia que tienen la memoria y la expectativa como factores que aumentan o producen placer, Epicuro –apunta Boeri– afirma “platónicamente” que la carne considera los límites del placer como ilimitados, mientras que la mente es capaz de calcular la meta y los límites para la buena vida.
La recepción crítica que hace la filosofía de Epicuro de varios aspectos del tratamiento aristotélico del placer (así como de la philía, en sus tres especies: por interés, por utilidad y por sí misma) aparece reconsiderada y discutida en diversos tramos de la argumentación de este libro. Como se sabe, estos temas ocupan más de un quinto de la exposición de las Éticas, y aparecen allí entrelazados con la discusión de naturaleza política y también con la cuestión de la justicia en la pólis. Ocurre que algunas de las clases de philía –sobre todo la que se identifica con el placer, pero también la que es en vistas de la utilidad– son para Aristóteles genuinamente egoístas, y no altruistas, como se debería esperar de la condición del ciudadano justo. El análisis que lleva a cabo Fernando Navarro permite entender el valor de estos planteos para la filosofía de Epicuro y también, en contexto, para la Atenas en proceso de vertiginosa transformación en la que transcurrió una parte importante de su vida de maestro. Sabemos que la escuela del Jardín se fundó unos dieciséis años después de la partida de Aristóteles de la ciudad (que huía, tras la muerte de Alejandro Magno, de un movimiento anti-macedónico y de la amenaza de un proceso cruento). La Academia seguía en plena actividad, pero ya no estaban al frente los que habían sido discípulos directos de Platón. Pero sobre todo era el proyecto filosófico de la pólis como centro de la vida el que estaba en crisis terminal.
En la Epístola a Meneceo, Epicuro define el placer como principio y como fin de la vida bienaventurada (tou makaríos zên), pero este fin de la vida buena consiste, para el ser humano, en volverse autárquico, autosuficiente e invulnerable a los saltos de la fortuna por medio del placer. Ahora bien, Epicuro intentaba demostrar –como señala Pierre Aubenque, a cuya explicación Fernando acude, en un tramo central de su libro– que la justicia, entendida como virtud individual, se identifica con el placer, a contracorriente de la communis opinio, que la concibe destinada al beneficio de los demás. Al identificar a la virtud de la justicia con la ataraxia, al concebirla como virtud que es también capaz de “tranquilizar” con eficacia a quien la posee y la practica (porque es precisamente su contrario, la injusticia, la que provoca la turbación del alma), la noción epicúrea de justicia queda unida también a su singular teoría del placer. Que no es mero disfrute personal sino actividad que extirpa las opiniones equivocadas y las sustituye por estados mentales verdaderos y adecuados.
La investigación que da origen a este libro había mostrado, con sólidas herramientas de análisis de las fuentes y exhaustiva discusión de la literatura sobre el tema, que el concepto epicúreo de justicia no puede escindirse del entramado de la lógica, la física y la ética del maestro de Samos. Al confeccionar los capítulos que se ofrecen ahora, se parte entonces de esa trama compleja y, con delicadeza y generosidad, la argumentación va deshilvanando los motivos que han llevado tradicionalmente a una interpretación convencionalista o naturalista de la filosofía epicúrea. Justamente Fernando nos propone considerar el concepto de justicia subrayando la posición excéntrica que insinúa Epicuro respecto de la contraposición nómos - phýsis en la que se venía dirimiendo la cuestión desde finales del siglo V a.C. El análisis que propone no sólo se abre a la posibilidad de una reconstrucción global de la filosofía política epicúrea sino que permite reformular, a partir del eje naturaleza-convención, tanto su teoría física, como su gnoseología (con una lúcida revisión de la noción de prólepsis) y reconstruir su concepción acerca del origen del lenguaje. En cuanto a los aspectos específicamente políticos de la filosofía de Epicuro, la argumentación va, de los comienzos de la asociación humana, al estatuto de las leyes, el progreso de la historia y el papel de la prólepsis como criterio de lo justo.
A juicio de Lucrecio, Epicuro fue el primero “capaz de echar luz clara a partir de tanta oscuridad, iluminando los bienes de la vida” (De rerum natura 3.1-2), por eso –dice– él buscó dar a conocer su pensamiento, porque sólo a través de esa visión nocturna y penetrante sería posible alcanzar una vida tranquila y placentera. Lucrecio admite también que llegar a conocer y a poner en versos esa filosofía demandó esfuerzos e insomnios, pero lo hizo con un estímulo y una meta insuperables. Sus palabras, en el libro primero del gran poema de la naturaleza, podrían ilustrar muy bien el sentido de este libro: el propósito de su autor, la profundidad de su mirada, su actitud de sereno poeta de los argumentos, y la experiencia que espera a sus afortunados lectores:
Pero tu valía, pese a todo, y el gusto que espero
de tu grata amistad me anima a sobrellevar cualquier fatiga
y me arrastra a pasar en vela noches tranquilas,
buscando las palabras y los versos con que
poder abrirle por fin claras luces a tu mente
para que un día contemples en su hondura la realidad oculta.1
Ivana Costa
Universidad de Buenos Aires
Índice
Prólogo, por Ivana Costa
Introducción
PRIMERA PARTE. El naturalismo epicúreo
Capítulo I. El pensamiento de la naturaleza en Epicuro
Capítulo II. La estructura del alma
1. El alma, determinaciones físicas e implicaciones éticas
2. Placer y creencia: la sensación
3. Placer y creencia: la prólepsis
Capítulo III. El placer. La división de los placeres
1. El placer como fin connatural
2. El argumento epicúreo de la cuna
3. La crítica de Cicerón al hedonismo epicúreo
4. Entre el hedonismo psicológico y el hedonismo ético
5. División de los placeres: placeres cinéticos y katastemáticos
Capítulo IV. La ética
1. La ética epicúrea, una filosofía del límite
2. La phrónesis como síntesis entre virtud y placer
3. La philía epicúrea
SEGUNDA PARTE. Justicia y política en Epicuro
Capítulo V. El devenir de la sociedad humana. De la justicia a la política en Epicuro
1. La génesis de la sociedad humana dos visiones: Hermarco y Lucrecio
2. La filosofía política de Epicuro
3. La polémica sobre phýsis y nómos
4. Naturaleza y convención en Epicuro
Capítulo VI. Naturaleza y convención. Una ética política en Epicuro
Bibliografía
Introducción
Diógenes Laercio ofrece un testimonio valioso, Epikouros —según manifiesta el doxógrafo— era un nombre poco utilizado. El término evocaba el sentido de “aquel que va en ayuda de otro”; así, pues, indicaba que un hombre resultaba ser un aliado o un camarada.2 Platón, en la República, había presentado a los epíkouroi como aquellos jóvenes que se subordinaban a los verdaderos guardianes de la ciudad ideal que Sócrates diseñaba.3
Epicuro fue el nombre que recibió un filósofo ateniense que, sin embargo, había nacido al otro lado del Egeo, en la isla de Samos, el día 10 del mes de Gamelión del 341 a. C. Sus padres eran atenienses que habían emigrado cuando la isla fue recuperada por la pólis de Atenas y transformada en una colonia (cleruquía). Este origen insular lo convirtió más de una vez en objeto de burla, como las de Timón —que Diógenes Laercio refirió en X, 3—, quien lo escarnecía al llamarlo “el que viene de Samos, ese filósofo de la naturaleza, el hijo de un maestro de escuela”. Tal vez la referencia se deba a que, en la Antigüedad, se tenía a los habitantes de la isla como entregados a los placeres y faltos de carácter.
Epicuro decidió instalarse en Atenas hacia el 307-306 a.C. con el propósito de transmitir sus enseñanzas. Para ello compró una casa en las afueras de la ciudad, en la cual se concentraron rápidamente numerosos adeptos. Allí se encontraban reunidas, por entonces, las grandes escuelas filosóficas de la época; la de Epicuro se conoció como el Jardín por los huertos que se hallaban alrededor de la construcción central. La primera escuela filosófica en ser fundada, situada en los extramuros de la urbe ateniense, al noroeste, había sido la Academia de Platón; próxima a ella, se ubicó el Liceo de Aristóteles; en la zona este —siempre extramuros—, se construyó el Jardín (Kêpos); finalmente, los estoicos eligieron establecer el Pórtico intramuros, en las cercanías del ágora.4
Poco se sabe de la vida de Epicuro durante el período anterior a su llegada a Atenas. Solo se conoce que pasó un tiempo en Mitilene y Lámpsaco. De hecho, tal como lo atestiguan las cartas, estas comunidades jugaron un papel decisivo en la difusión del epicureísmo. Este se desarrolló a lo largo del período helenístico, tradicionalmente delimitado entre la muerte de Alejandro y la conquista romana, cuyo órgano cultural era la lengua griega bajo la forma de koiné o dialecto común. En aquel momento, la civilización griega había alcanzado a los pueblos mediterráneos y recibía, a su vez, fuertes influencias orientales. El vínculo entre civilización y pólis se vio debilitado, y ese proceso culminó con el ocaso de la autonomía de las ciudades-estado ante los imperios masivos de los sucesores de Alejandro. En el año 146, finalmente, Grecia quedó reducida a una provincia romana con el nombre de Achaea.
En estas circunstancias, como bien lo advirtió Víctor Goldschmidt (1986, pp.274-275), al verse privado de la pólis, que era el marco político natural del hombre griego, el individuo se vio, como nunca antes, expuesto a la experiencia de su soledad. La cuestión de la felicidad individual adquirió entonces una preponderancia inusitada. Así, las escuelas filosóficas de la época la asociaron con la naturaleza, el origen del cosmos y el universo mismo, que ofrecía una “réplica a la vez filosófica y religiosa del cosmopolitismo político”. Sin embargo, hubo que esperar a los romanos para que, tras recoger la herencia de Grecia, realizaran el proyecto de un imperio universal.
Hacia la época en la que se produjo la muerte de Epicuro, su nombre se encontraba ya envuelto en una serie de polémicas filosóficas y de detracciones propiciadas por discípulos que habían abandonado sus enseñanzas. Sin embargo, no menos cierto es que, por efecto del uso que los primeros discípulos habían hecho de este patronímico al impartirlo a sus hijos, habían logrado popularizar el nombre propio del Maestro, y su filosofía era ampliamente reconocida.5 Más aun, Diógenes de Enoanda, discípulo del siglo II d. C., quien inscribió las enseñanzas de Epicuro sobre las piedras de su casa, llegó a utilizar el verbo epikourein para designar la misión de la filosofía epicúrea: el anuncio de la felicidad dirigido a todos los hombres.6
Diógenes Laercio es la fuente privilegiada para la reconstrucción del pensamiento de Epicuro y de la primera generación de epicúreos. Resulta oportuno citar el incipit del Libro X de la Vida de los filósofos ilustres:7 “Epicuro escribió muchísimo (polygraphótatos) superó a todos en el número de libros; son cerca de trescientos rollos de papiros (kýlindroi)”.
Tal como se puede apreciar, Diógenes Laercio reconoce que Epicuro escribió “muchísimo”, pero además y, fundamentalmente, destaca que en toda su obra no se encuentran citas o paráfrasis de otros filósofos. Allí radica la razón por la cual considera que Epicuro es un verdadero autor. Otra de las precisiones que ofrece Diógenes Laercio es el título de los escritos del Maestro del Jardín (tà syggrámmata); aunque aclara inmediatamente que solo se trata de los mejores (tà béltista) de ellos y no de su totalidad.
Por último, transmite, de modo completo, cinco obras. En primer lugar, el Testamento (§16-§21) de Epicuro, que si bien no tiene en sí un valor filosófico ayuda a ubicar en contexto la obra. Luego deja el testimonio de tres epístolas doctrinales destinadas, respectivamente, a Heródoto (§35-§83), a Pítocles (§83-§116) y a Meneceo (§121-§135). Por último, el testimonio de Diógenes se corona con una serie de cuarenta Máxima Capitales (§139-§154).8
La primera de las epístolas, dirigida a Heródoto, trata de la phýsis epicúrea. Por ello, resulta ser un escrito fundamental, ya que muestra el sentido que tiene para el hombre llevar adelante una investigación sobre la naturaleza. Además, presenta argumentos contundentes que marcan las diferencias de fondo que se establecen entre la doctrina atomística epicúrea y la democrítea. Asimismo, presenta el esquema fundamental de su doctrina del conocimiento.
En segundo lugar, la Epístola a Pítocles expone, a la manera de un breve compendio, problemas de los fenómenos celestes y, más específicamente, aquellos que se refieren a lo fenómenos atmosféricos (tà metéora). Cabe señalar que, durante cierto tiempo, ya desde el epicureísmo romano, fue considerada una carta espuria. La crítica, sin embargo, ha logrado demostrar su autenticidad. El argumento probatorio sostiene que emerge, en esta carta, un aspecto cardinal de la metodología de la inferencia epicúrea, el método de las explicaciones múltiples.9
La carta por excelencia es la dirigida a Meneceo, puesto que determina la finalidad del sistema filosófico epicúreo. Allí se explicitan las razones por las cuales el placer es el fin connatural del hombre. El análisis de esta carta resulta imprescindible por facilitar una adecuada comprensión de la relación que los hombres establecen con los dioses; por su clasificación de los deseos; y por mostrar a la prudencia como culmen dentro del catálogo de virtudes que la filosofía griega había consagrado como tradicionales.
El ordenamiento propuesto por Diógenes Laercio se cierra con las cuarenta Máximas Capitales, cuyo eje es la presentación de la ética epicúrea en relación con los grandes tópicos de su filosofía: el tiempo, el placer, el cuerpo, el sentido del filosofar. Hacia el final, desde la Máxima Capital XXXI a la XXXVIII, se expone el núcleo del juicio de Epicuro sobre la justicia.
El ordenamiento temático, no obstante, no indica un orden de datación. En este sentido, los trabajos de reconstrucción de la obra mayor de Epicuro testimoniada por Diógenes Laercio (X, 27) —nos referimos al Perí phýseos, al cual, dada su complejidad, hemos resuelto dejar de lado en este trabajo— han permitido confrontar los escritos y lograr una probable fecha de producción de las epístolas. Así pues, si los primeros libros de los treinta y siete del Perí phýseos fueron, según Sedley, íntegramente escritos en su estancia en Lámpsaco —entre el 310-311 a.C y el 307-306 a.C—, se deduce que la Epístola a Heródoto tendría una datación aproximadamente simultánea o, a lo sumo, posterior al arribo de Epicuro a Atenas ya decidido a establecer allí su residencia —acontecimiento fechado en el 306 a.C.—.10 En relación con la Epístola a Pítocles, podemos afirmar, sin vacilación, que se escribió con posterioridad a la de Heródoto, puesto que, en su §85, se lee una referencia al “breve epítome [que hemos enviado] a Heródoto” (míkra epítome pròs Herodóton). Por ello, parece verosímil establecer como el momento de su composición una fecha entre el 306 y el 304 a.C. Finalmente, la datación de la Epístola a Meneceo aún permanece incierta; sin embargo, hay un consenso en ubicarla entre 296-295 a.C.
Retomemos ahora el centro de nuestras disquisiciones y recordemos que, en las Máximas Capitales XXXI a XXXVIII, Epicuro, al presentar de un modo global su idea de justicia, la define como el resultado de un pacto entre los hombres y, por ello, como algo que no existe por sí; pero allí mismo considera, también, que posee un fundamento natural. Se enfrenta, pues, sin ambages al conflicto entre naturaleza y convención, para el cual la tradición filosófica griega ya había ofrecido diferentes tipos de soluciones.
No existe una oposición verdadera entre naturaleza y convención en lo que respecta al concepto de justicia propuesto por Epicuro, y es con el fin de demostrarlo que dicha noción se inscribe aquí en el entramado de su canónica, su física y su ética. Para Epicuro, las nociones de phýsis y nómos no se presentan como contrapuestas y excluyentes, sino que operan más bien como dimensiones que logran articularse. Así, el carácter sólo aparente del conflicto queda en evidencia al abordar también otros conceptos, tales como los de utilidad y seguridad.
Las leyes de la vida en común sólo son convenciones para Epicuro, quien niega la posibilidad de una justicia absoluta y que sea la naturaleza el fundamento de ella. En las Máximas Capitales XXXI, sin embargo, afirma que la naturaleza es el fundamento de la justicia, la cual funciona como garante de que los hombres no se dañen los unos a los otros. De este modo, introduce el referido dilema entre phýsis y nómos que resulta necesario elucidar en virtud de establecer su verdadera dimensión.
En sus consideraciones sobre el origen de la justicia, el filósofo enfatiza que no se trata de un simple contrato iniciado por el compromiso de no causar ni recibir un daño, pero ello tampoco significa que la justicia exista en sí y por sí. Según Epicuro, se origina en el desarrollo de una disposición humana hacia lo útil; tal lo manifiestan los argumentos que demuestran que la utilidad o conveniencia en las relaciones recíprocas entre los hombres exige de la convención. Sin embargo, esta no resulta una negación pura y simple de la naturaleza, sino que, por el contrario, la presupone como garantía de la obtención del placer; dicho rol demanda una explicación de los alcances de la ética epicúrea en la medida en que se presenta como una ética de conformidad a la naturaleza.
Epicuro exhorta a cada hombre a considerar sus actos de modo tal que obren el fin (télos) último y connatural de la vida, que es el placer. Advierte, no obstante, que, aun cuando el placer es el bien primero, muchas veces resulta necesario no realizar ciertos placeres si de éstos se sigue un dolor mayor. Ciertamente, en el sistema filosófico epicúreo, el placer es entendido como ausencia de dolor en el cuerpo (aponía) y de turbación en el alma (ataraxía), mientras que la justicia actúa como garante de su consecución.
Ahora bien, Epicuro señala, en diversos contextos de su obra, que la naturaleza debe ser entendida como la totalidad de las cosas, pero, también, como aquello que constituye a cada una de ellas. Por lo tanto, el naturalismo epicúreo no se resuelve ni en un providencialismo finalista ni, menos aún, en un finalismo interno. En tal sentido, la gran tarea del hombre no puede consistir sino en hallar para sus actos un fin acorde a la naturaleza, aunque esta nunca prescriba normativamente lo que debe realizarse.
En lo que respecta al estatuto ontológico de las comunidades sociales y al lugar que ocupan en el proceso de la naturaleza, el epicureísmo ha narrado en detalle su génesis e institución y ha descrito que se desarrollan y evolucionan por la capacidad adaptativa que el hombre ha cultivado. Es decir, el hombre no se opone a la naturaleza, sino que, por el contrario, aprende de ella por la experiencia y desarrolla así los medios adecuados para lograr su adaptación. En este marco, resulta atendible que, en relación con el problema central acerca de un fundamento natural y convencional del concepto de justicia, Epicuro argumente que la justicia no puede ser definida únicamente como una virtud que desarrolla el hombre replegado sobre sí para satisfacer su deseo de una vida feliz. Se trata, ante todo, de una virtud social, la cual se presenta como propia del hombre inserto en una determinada comunidad.
Se nos ha revelado, pues, que la justicia se da por convención en el seno de una comunidad, ya que el hombre no se encuentra separado y aislado, sino que reconoce a otros hombres. Por lo tanto, el logro de la virtud individual de justicia no se alcanzaría completamente si no fuese posible establecer una justicia convencional. Las argumentaciones epicúreas referidas a la justicia en tanto virtud individual y en tanto convencional están guiadas por el placer. Esto significa que el principio de que no se debe dañar al otro ni aceptar ser dañado por él se fundamenta en la reciprocidad existente entre los hombres, así como en la búsqueda del placer. Habrá que mostrar, sin embargo, que el acto de dañar a otros comporta un dolor a evitar, por lo cual se hace necesario, en primer término, extirpar el deseo de su realización. Aunque también deba tenerse en cuenta que el acto de dañar a otros lleva implícita la posibilidad del castigo.
Para Epicuro, es posible sostener que todo daño produce una perturbación del alma, y ello es, precisamente, lo que hay que desterrar para tener una vida feliz. Si perjudicar a los otros trae aparejada una serie de dolores que requieren ser suprimidos y si los hombres, no obstante ello, se han mostrado incapaces de no ocasionarse dolor unos a otros, entonces, la justicia convencional de una comunidad —expresada en sus leyes— resulta necesaria y beneficiosa por el potencial castigo derivado de su aplicación.
En este punto afloran, pues, los argumentos que le permiten a Epicuro confrontar su filosofía política con el conflicto entre phýsis y nómos. El filósofo considera que la justicia, en un primer momento, es el resultado de un proceso natural y que luego, en una etapa avanzada de la evolución, se establece convencionalmente, para concluir afirmando que, en el ámbito comunitario, la justicia convencional —garantizada por la naturaleza— se presenta como una ventajosa utilidad que favorece a todos los hombres.
Las corrientes interpretativas sobre la filosofía epicúrea —particularmente, desde los inicios del siglo XX— han adoptado, en general, una lógica binaria. La concepción epicúrea de la justicia ha sido insertada, en consecuencia, dentro de una matriz teórica restrictiva —o bien naturalista, o bien convencionalista—, ya que se la ha vinculado de modo directo con el conflicto entre phýsis y nómos analizado en detalle por la sofística.
Usener (1887) fue quien propuso en primer lugar, en su monumental obra Epicurea, una exégesis por la cual no se les reconocía a las Máximas Capitales sobre la justicia más que un papel secundario, dado que la filosofía epicúrea invitaba a vivir ocultamente (láthe biósas). Y fue la marcada impronta de esta interpretación la que llevó a Diels a atribuir erróneamente la autoría de las Máximas Capitales al discípulo del Jardín Hermarco, quien —tal como quedó testimoniado por Porfirio— se había interesado por los orígenes de la sociedad.
Philippson (1910; 1983), por su parte, ha defendido la tesis de que es la phýsis (naturaleza) la que fija una generalidad a la cual también la justicia debe atenerse. Es por ello que define la virtud de la justicia como una disposición natural y se centra, además, en la Máxima Capital XXXI para justificar la traducción de la expresión katà phýsin como “según naturaleza”. Esta línea hermenéutica interpretó que el derecho y la justicia epicúreos se fundamentan, de modo unilateral, en la naturaleza y que ella constituye el único marco normativo y de universalización de todas las leyes y costumbres de la pólis. No se puede desconocer que el mérito de Philippson fue llamar la atención sobre el concepto de justicia, que era un tópico no considerado a la hora de abordar este problema respecto del epicureísmo. No obstante, la gran dificultad que presenta es la de argumentar sobre la existencia de un derecho natural que resulta ser congénere del proceso de constitución de la racionalidad.
Quizás la limitación más importante de esta línea hermenéutica sea la de haber desatendido el carácter convencional de la justicia epicúrea, lo cual condujo a que el problema central de la articulación entre la índole convencional y natural de la justicia quedara sin explicación. En efecto, nunca se problematizó la perspectiva epistemológica que Epicuro desarrolla a través del concepto de prólepsis para exponer su noción de justicia ni la complejidad del naturalismo epicúreo.
La convicción de que en la idea de naturaleza radica uno de los aspectos más ricos y complejos de su filosofía ha sustentado la presente indagación de los fragmentos en los cuales Epicuro define este concepto fundamental. Según el filósofo del Jardín, la relación de los hombres con la naturaleza se revela mediante la capacidad racional que perfecciona aquello que la naturaleza les ofrece. Además, desde un punto de vista ético, el hombre está llamado a ajustar sus acciones en dirección al placer, que constituye su “fin natural”. Sin embargo, la naturaleza no determina para el hombre normas de acción. En efecto, aun cuando el hombre desarrolla de manera singular su propia naturaleza, ésta procura armonizarse con la naturaleza total.
En el célebre Coloquio de la Association Budé de 1968, Müller —en abierta crítica a la postura de Philippson— discutía que se partiera de la contraposición entre phýsis y nómos, ya que —según su interpretación— se introducía un debate ajeno a la filosofía epicúrea. A su juicio, Epicuro había superado esta antítesis de modo creativo, puesto que, aun cuando se puede leer el vínculo que los hombres entablan con la naturaleza, no se puede deducir que el derecho y la justicia se deriven de forma directa de ella. Así, fue Müller (1983) uno de los primeros autores que reparó en la importancia del naturalismo epicúreo para la noción de justicia y en la necesidad de afirmar la concordia que se establece entre el hombre y la naturaleza. Aunque, por otra parte, fue en cierto grado inconsecuente con esta percepción, ya que concluyó que “para los atomistas no hay valores que puedan ser deducidos de un arreglo razonable del universo”.
Goldschmidt (1977) no aceptó las tesis precedentes, por lo cual profundizó la posición de Zeller (1909), quien había situado la definición epicúrea de justicia en continuidad con la antítesis sofística entre phýsis y nómos. En el exhaustivo trabajo de Goldschmidt, el concepto de justicia epicúreo no se establece a partir del análisis de su origen, sino que se reconstruye mediante la caracterización de las cualidades de la teoría del derecho epicúrea. Aunque el autor se manifiesta reticente a conceptuar la justicia epicúrea como convencionalista, destaca, no obstante, en su trabajo, la prioridad de lo convencional y su justificación sobre la base de la utilidad. Intenta explicar, así, que para Epicuro es imposible delimitar la justicia sin presuponer un esquema contractual capaz de establecer reglas de interés comunes. Por ello, no le otorga valor al concepto de naturaleza para fundamentar la noción de justicia y se detiene, en cambio, en el concepto de pacto (sýmbolon, Máxima Capital XXXI), término tan discutido entre los especialistas —como es sabido, puede significar signo, pacto o garantía—.
No poca razón le asiste a Goldschmidt al interpretar que las Máximas Capitales sobre la justicia se organizan como un todo cuya exposición se despliega mediante un procedimiento que va de lo general a lo particular; sin embargo, al sostener en su traducción que el “derecho es según su naturaleza”, afirma de manera contundente que “es y no puede ser sino positivo”. Este tipo de exégesis, a nuestro parecer, desdeña el lugar que la noción de naturaleza tiene en todos los aspectos de la filosofía epicúrea, tanto como su papel axial en el concepto de justicia.
A favor de una lectura convencionalista y en contra de una legitimación naturalista, se ha pronunciado de modo enfático Vander Waerdt (1987); el argumento principal con el cual sustenta esta posición subraya que, para Epicuro, las diferentes normas responden a las conveniencias de una comunidad en relación con una época determinada en la cual surgen. Precisamente, lo útil de una comunidad, según Vander Waerdt, es el fundamento de la justicia, el cual no tiene ninguna base en la naturaleza. De lo expuesto se concluye que no hay en Epicuro ningún derecho natural ni universal. Asimismo, hay otra razón de peso que brinda el autor. Este señala que, para el epicureísmo, el hombre no es por naturaleza un animal político, y que, por lo tanto, no construye sus comunidades por naturaleza, y menos aún sería capaz de legitimar la justicia con estos argumentos.
Una línea exegética opuesta a las anteriores se encuentra representada por Long (2006) y Alberti (1995), quienes argumentaron la necesidad de apreciar el valor del naturalismo epicúreo. Atribuyen a Epicuro una especie de naturalismo jurídico, dado que afirman la existencia de una justicia natural prelegislativa, la cual se continuaría en una justicia jurídicamente instituida. Sin embargo, tales afirmaciones comportan una disminución del valor convencional del concepto de justicia epicúreo que es innegable en los argumentos del filósofo.
En el marco de la renovación de los estudios sobre el epicureísmo que ha tenido lugar en los últimos años, el camino hermenéutico seguido por Morel (2000a; 2009) nos ha permitido examinar, bajo una nueva luz, la articulación entre naturalismo y convencionalismo. Para el especialista francés, toda la filosofía de Epicuro podría interpretarse como un naturalismo racional, de manera tal que naturaleza y razón se verían despojadas de su carácter antagónico. Además, si hay una noción capaz de patentizar la superación epicúrea de la antinomia entre phýsis y nómos, esa es, para Morel, la de justicia.
Por nuestra parte, sostenemos que la singularidad de este concepto epicúreo radica en definir lo justo mediante la correlación entre el naturalismo y el convencionalismo. Por ello, procuramos explicar que es natural que, en su vida comunitaria, los seres humanos requieran de la justicia, y afirmamos que, de manera concomitante, el contenido de dicha justicia está dado por el acuerdo convencional entre ellos. El núcleo de nuestra exposición se apoya en el análisis de las ocho Máximas Capitales que se refieren a la justicia; y, de manera complementaria, se abordan aspectos de la Epístola Meneceo y la Epístola a Heródoto —en las cuales se encuentran las únicas exposiciones originales y sistemáticas de la ética y la filosofía de la naturaleza epicúreas—. Además, se examinan los escritos doxográficos de Aecio y, en especial, el Libro X de la Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio, porque constituyen una fuente decisiva de información sobre el epicureísmo.
Una idea generalizada ha mostrado al epicureísmo como una escuela cuya filosofía, desde su fundación y por más de tres siglos, se mantuvo fijada a una doctrina monolítica y dogmática. Lo cierto es, sin embargo, que en ella se encuentran matices y diferencias de la mayor significación en cuanto a aspectos fundamentales del sistema. Por esta razón, solo en virtud de la necesidad de ampliar determinados tópicos —como la génesis de las sociedades; o profundizar sobre el segundo criterio de verdad, la prólepsis—, se apeló al epicureísmo posterior. Examinamos el punto de vista de los continuadores inmediatos luego de la muerte de Epicuro, Hermarco y Polístrato; y a filósofos epicúreos que no mantuvieron un contacto directo con el maestro, como Filodemo de Gadara y Diógenes de Enoanda. Igualmente, recurrimos a la obra del poeta romano Lucrecio. Es sabido, por último, que el epicureísmo encontró una lectura aguda, y a la vez polémica, en tres autores a los que también invocaremos: los académicos Cicerón y Plutarco y el escéptico Sexto Empírico.
Para la reconstrucción de las nociones fundamentales de la filosofía epicúrea que atañen especialmente al objeto de nuestras indagaciones,11 parte de la tarea ha consistido en delimitar el campo semántico conformado por estos conceptos: justicia (dikaiosýne), lo justo (tò díkaion), naturaleza (phýsis), ley (nómos), pacto (sýmbolon), placer (hedoné), imperturbabilidad del alma (ataraxía), no dolor en el cuerpo (aponía), anticipación (prólepsis), límite (hóros); con el mismo propósito, hemos trazado las líneas internas de vinculación entre dichas nociones.
Un primer problema versa sobre el carácter sistemático de la filosofía epicúrea, es decir, partimos de la idea de que todo concepto tiene una explicación y desarrollo dentro de la tripartición de la filosofía en física, canónica y ética. En segundo término, el análisis de los fragmentos epicúreos se focalizó en la ambivalencia que recorre toda su filosofía. Dicha ambivalencia alcanza una intensidad crítica en lo relativo a la determinación del tipo de hedonismo postulado por Epicuro; es decir, al tratar de distinguir si nos encontramos ante un hedonismo psicológico o ético.
Por otra parte, con vistas a establecer que, efectivamente, en el concepto epicúreo de la justicia se articulan de modo coherente elementos naturalistas y convencionalistas, hemos diseñado nuestro trabajo en dos partes.
La primera de ellas, se centra en el naturalismo epicúreo. Allí nos proponemos establecer las correlaciones existentes entre las tesis de la canónica, la física y la ética de Epicuro, porque todas sus consideraciones referidas al concepto de lo justo encuentran su fundamento en la ética. No debe olvidarse que se trata de una ética hedonista, mínima, racional, naturalista y teleológica. Por ello, habrá que mostrar que el hombre tiene la capacidad de investigar la naturaleza (physiología), y sólo ese estudio le descubre que ella se presenta sin intenciones ni valores. Es decir que, a diferencia de lo propuesto por otras escuelas filosóficas, la naturaleza, tal como la entiende el epicureísmo, no ofrece ninguna forma de normatividad. En esta parte, cobra especial significado el método inferencial como fundamento de la singularidad de la ética epicúrea; dicho método surge de la unión entre la intuición natural del placer y el sobrio razonamiento.
En la segunda parte, nos abocamos al análisis de cada una de las ocho Máximas Capitales que conforman la serie referida a la justicia. Pensamos que el marco adecuado de comprensión de cada una de ellas es la reflexión que Epicuro y sus seguidores efectúan sobre la génesis de la sociedad humana, el punto de vista político de la justicia y el valor ético-político que tiene para el sabio la obediencia a las leyes. Nuestra propuesta intenta alejarse de la lectura canónica, que establece un orden de derivación por el cual el hedonismo individualista y el utilitarismo tendrían, como efecto inmediato, el apoliticismo epicúreo. Por el contrario, entendemos que, a partir de los fragmentos, es viable interpretar que se trata de hedonismo ético, esto es, de una filosofía del límite, la cual expone una profunda reflexión política.
Desde un punto de vista epistémico, la prólepsis —segundo criterio de verdad— ha sido explicada en su función lógica y psicológica, pero no se ha reparado en su capacidad metodológica. En este sentido, hemos intentado exponer que estas Máximas Capitales que definen lo justo adoptan como modelo a la prólepsis, la cual se desempeña allí como un esquema conceptual que limita la posibilidad de las variaciones. Es decir que la prólepsis de lo justo funciona como un criterio de inferencia. Asimismo, en esta línea epistémica, apelamos a la teoría de los relativos del epicureísmo, la cual amplía las condiciones ontológicas de inteligibilidad de la justicia, puesto que permite afirmar que no es el resultado de una ficción derivada de un convenio subjetivo y relativista, sino el corolario de un acuerdo mutuo entre los hombres que garantiza la seguridad para el desarrollo de la vida de cada uno de ellos.
Así, queda a la vista que, en el caso específico de la justicia, la naturaleza no confronta con la convención. De modo tal que estas nociones no resultan excluyentes entre sí, sino que se articulan. Ello recibe plena confirmación a la luz del sistema filosófico general, el cual incluye —como ya se recordó— la canónica, la física y la ética.
— PRIMERA PARTE — El naturalismo epicúreo
Capítulo I
El pensamiento de la naturaleza en Epicuro
Para ilustrar los términos en que se solía caracterizar a Epicuro como un naturalista, puede partirse del testimonio, nada amable por cierto, que Timón ofrece del Maestro del Jardín, a quien alude con las siguientes palabras: “Este es el más reciente de los físicos y el más impúdico, este que viene de Samos, el hijo del maestro de escuela, el más inculto de los vivos”.12 Incluso con el descrédito que denota la expresión, queda a la vista que Epicuro había sido contado, ya en su tiempo, entre los filósofos de la naturaleza; dicha versión estaba muy alejada todavía del perfil de moralista con el cual se lo consagró posteriormente.
Sin embargo, a fin de alcanzar una adecuada comprensión del naturalismo epicúreo, debemos comenzar por desmontar la imagen de la naturaleza concebida como el espacio propio en que se desarrolla la vida del sabio. Esta visión llegó hasta nosotros, ante todo, a través de la Modernidad temprana, que ponderaba en un sentido bucólico los paisajes pintados por Lucrecio o la invitación de Horacio a vivir de modo natural.13
Más aún, la constelación de significaciones que opera en el campo semántico del término phýsis dentro de los fragmentos epicúreos contradice por igual a la visión de Epicuro como un hombre “inculto” y a la representación bucólica de la naturaleza. Así, observamos que, en el sentido técnico de la física epicúrea, phýsis designa de modo simultáneo a los átomos14 y a la naturaleza intangible del vacío (anaphés phýsis),15 que son los principios (arkhaí) o elementos (stoxeía) últimos de todas las cosas. Nombra, también, la estructura propia de los cuerpos compuestos16 y la de los agregados sutiles —ya se trate de los dioses17 o de los simulacros—,18 a la vez que refiere a las cosas tomadas como naturalezas completas19 —que existen en oposición a las propiedades y a los accidentes—20. Hacia el final de la Epístola a Heródoto, el término es utilizado, además, para caracterizar a la naturaleza como “la totalidad de las cosas” o “conjunto de la naturaleza”,21 a la cual Epicuro señala allí como el objeto de estudio propio de la physiología —filosofía natural—.22 Por último, el Maestro del Jardín se vale del término phýsis para distinguir entre los sentidos de ser una naturaleza y tener una naturaleza.23
En cuanto a su caracterización, la física epicúrea puede ser abordada mediante dos tesis que resultan compatibles entre sí. Por una parte, constituye una física atomista, pues postula que “todos los cuerpos, o bien son cuerpos pequeños indivisibles, o bien se componen de cuerpos pequeños indivisibles”. Recordemos que, ya en el inicio de la Epístola a Heródoto §40, se señalaba la existencia de cuerpos que son compuestos (sýnkriseis) frente a otros que son aquellos a partir de los cuales se forman los compuestos; estos últimos son indivisibles (átoma) e inalterables.24
Como adelantamos, los átomos han sido definidos por Epicuro como principios (arkhaí), ya que son los que constituyen la naturaleza de los cuerpos; al menos así lo presentaba cuando afirmó que “los principios (arkhaí) indivisibles (átoma) son necesariamente la naturaleza (phýsis) de los cuerpos (sômata)”.25 Este argumento atomista, erigido en piedra angular de la physiología epicúrea, es complementado, sin embargo, por el Maestro del Jardín, con otros esquemas que conforman la física materialista. Ambas tesis, la materialista y la atomista, deben ser memorizadas por los hombres a fin de desterrar los errores que conducen a la turbación del alma y al dolor del cuerpo.
De este modo, las seis proposiciones materialistas elementales quedaron establecidas por nuestro filósofo en el inicio mismo de la Epístola a Heródoto §39-§4426 de la siguiente manera:
1. Nada viene de lo que no es ni desaparece en lo que no es.27
2. El todo está compuesto de átomos y vacío, que son las únicas naturalezas completas, es decir, que son existentes per se.28
3. Entre los cuerpos, algunos son compuestos; otros son simples y resultan ser aquello de lo cual los compuestos están formados.29
4. El todo es infinito; infinito es el número de los átomos e infinita es la extensión del vacío.30
5. Las formas atómicas no pueden ser concebidas como infinitas.31
6. Los átomos se mueven constantemente y sin finalidad debido a la existencia del vacío.32
Estas proposiciones interdependientes —Epicuro las denominaba esquemas (týpoi)— no se limitan a explicar solo la composición de la materia, sino que dan cuenta de las razones por las cuales la physiología se constituye en el punto de partida necesario para inferir todo otro conocimiento referido a la naturaleza. En tal sentido, se confirma, una vez más, el carácter sistemático de la filosofía epicúrea y, por ende, la existencia de un vínculo indisociable entre su física, su canónica y su ética. La adecuada sustentación de la tesis “materialista”33 no debe conducir a soslayar, por tanto, la fuerza explicativa propia del principio inmaterial del vacío.
Consecuentemente, la ciencia de la naturaleza (physiología) queda formulada como la investigación de la causa (aitía) de los fenómenos fundamentales34 la cual está conformada por dos realidades contrarias: átomos y vacío. Mientras que los átomos son corpóreos e impenetrables, el vacío —que no puede actuar ni sufrir— es intangible;35 aún así, ambos principios operan en mutua correspondencia, sin que nunca el uno importe la exclusión del otro. Existe, además, aquello que se designa como propiedad (symbebekós) o accidente (sýmptoma) de los átomos. De esto resulta que las cosas, las inanimadas —como una piedra—, y hasta los dioses mismos, no constituyen sino cuerpos agregados (sýnkriseis) de átomos y vacío.
En dicho marco, los argumentos epicúreos dan cuenta del rol decisivo que juega la concepción del movimiento en esta teoría física, según la cual los átomos poseen intrínsecamente la causa de su movimiento. Es así que tienden, de manera continua, a agregarse según sus formas, a la vez que ostentan, también, la capacidad de desintegrarse; y todo ello se realiza en virtud de la presencia del vacío dentro de cada agregado. La gran diferencia que media entre los agregados y los principios de átomos y vacío reside en que, mientras la existencia de los primeros tiene un comienzo y un fin, esto no resulta aplicable ni para los átomos ni para el vacío, pues son eternos e indisolubles. Esta es, asimismo, la razón principal de que a los agregados les correspondan cualidades como, por ejemplo, el color. Los cuerpos eternamente inmutables, en cambio, no poseen cualidades que varíen con el tiempo; estas últimas solo pertenecen a los agregados, y dependen de su específica estructura atómica y de la configuración particular que aquellos asuman. En cuanto a los átomos, no tienen otros caracteres reconocibles que la figura (skhéma), el peso (báros) y el tamaño (mégethos).
Como puede verse, determinar las razones por las cuales el atomismo constituía la mejor teoría para explicar los procesos de composición y generación de los fenómenos se convirtió en una de las principales metas de la reflexión epicúrea. Dicho esto, es preciso aclarar que no nos ocuparemos ni de la recepción que el filósofo de Samos hizo de los atomistas Leucipo y Demócrito36 ni de la respuesta que elaboró para atender a la crítica contundente que Aristóteles ya les había formulado.37 Aun cuando aquí se ofrece solo una síntesis acotada de su sistema, resulta evidente que Epicuro se apropió con determinación reflexiva de las tesis del atomismo antiguo; especialmente, al hacer de los átomos los elementos últimos de todos los fenómenos. Esto no opaca, sin embargo, el gran aporte realizado a dicha filosofía natural por el Maestro del Jardín con relación a tres aspectos fundamentales: el número de las diferentes formas de átomos,38 la estructura de estos y la variedad de los movimientos atómicos.39 Los argumentos relativos a este último tópico y la explicación acerca de por qué los movimientos forman los compuestos constituyeron para Epicuro el mayor desafío. En respuesta a este problema, postuló que es el número ilimitado de átomos y su constante viaje en el vacío —este también sin límites— lo que permite la formación de los infinitos mundos. De allí que estos, tanto como los cuerpos que se generan dentro de ellos, se agreguen y disuelvan constantemente en la eternidad del tiempo y en la infinitud del espacio. Así, el mundo que conocemos no presenta ningún carácter principal o privilegio respecto a la generación de otros, los cuales pueden asumir formas diferentes.40 A consecuencia de estas especulaciones, el filósofo de Samos concluye, pues, que en la generación del cosmos no interviene ningún alma divina racional y providencial, sino una serie de razones genuinamente físicas propias de la cinética atómica desplegada en ese constante proceso de agregación y disgregación.
En efecto, para Epicuro y los epicúreos posteriores, la constitución del mundo no obedece a ninguna causa final ni requiere de ninguna teología que legitime todo el proceso, algo que sucede tanto en el Timeo, de Platón, como en la cosmología estoica.41 Ahora bien, aun cuando no existe una disposición divina que origine la naturaleza, ella exhibe una estructura perfectamente ordenada y posee en sí todas las condiciones para el desarrollo de la vida de todas las cosas. Esto significa que son solo los átomos —numéricamente ilimitados, sin mediación divina y sin que opere una causa final— los que, en el vacío y a través de la combinación de ciertas formas propias —las cuales, como se recordará, no son ilimitadas—, producen las series de agregaciones —que, necesariamente, tienden a repetirse—. Además, el “orden” de cualquiera de los infinitos mundos llega a un término, causado siempre por la disgregación atómica. Así pues, las mismas razones físicas que llevaron a generar esos mundos son las que, en un momento dado, provocan su final.
De los aportes epicúreos que contribuyeron a la consolidación del atomismo como una filosofía natural consistente, sin dudas, la existencia del movimiento que nunca cesa —axioma seis— es la que interesa mostrar con mayor detalle.42 Según dicha filosofía atomística, el movimiento acontece debido a que los átomos siempre están separados de facto por el vacío. Esta afirmación tiene un carácter determinante, pues es en virtud de ella que los átomos se mueven en el vacío a igual velocidad, cualquiera sea su peso, sin que nada les impida el desplazamiento. En tanto los átomos y el vacío son sus principios constitutivos, la naturaleza se halla ontológicamente completa con todo el movimiento que necesita para la vida. Desde un punto de vista epistémico, el movimiento no requiere de explicación, ya que su existencia resulta evidente. No ocurre lo mismo con las variedades de movimientos atómicos, que pueden caracterizarse bajo tres tipos: caída, choque y declinación. Es decir, los átomos se mueven hacia abajo a causa de su propio peso,43 y se ven afectados por los choques atómicos que alteran su dirección.44
No obstante la agudeza de tales señalamientos, la contribución más trascendente del epicureísmo en este terreno —con consecuencias no solo para la filosofía de la naturaleza, sino, fundamentalmente, para la dimensión ética— consiste en la explicación de la desviación atómica —clinamen en latín, parégklisis en griego—. Según Lucrecio y Diógenes de Enoanda esta doctrina epicúrea resultó decisiva para la reforma del atomismo. Desde la perspectiva de Diógenes de Enoanda, discípulo del siglo II d.C., el Maestro del Jardín dirigió la doctrina de la declinación o viraje atómico directamente contra Demócrito, y fue el modo que encontró para sustraer todo el sistema atomista de la férrea Necesidad, ya que dicha noción impedía, por una parte, reflexionar sobre el libre movimiento de los átomos y, por otra, argumentar respecto de la autodeterminación y la libertad humanas.45
En tal sentido, es notable el modo en que el filósofo de Samos, al proponer una desviación atómica mínima, logra resolver el problema de la composición de las cosas. Veamos la exposición de Lucrecio en su poema didáctico —el único relato auténtico que se ha transmitido sobre este aspecto crucial del epicureísmo—, en el cual el célebre poeta romano incorpora ese particular movimiento de los átomos. Comienza por exponer cómo los átomos, semejantes a las gotas de lluvia, caen hacia abajo por el movimiento recto en el vacío infinito y por efecto de su propio peso. Seguidamente, se pregunta qué pasaría si ellos no contaran con esa desviación mínima, y responde que no resultaría posible la conformación de las cosas, ya que los átomos nunca se encontrarían entre sí; de modo tal que también la naturaleza se mostraría impotente para producir todas las cosas. Desde la perspectiva física, el clinamen, que afecta a la generación espontánea de las cosas, repercute, obligadamente, en la formación de los infinitos mundos.46 Al respecto, Diógenes de Enoanda agrega que sin ese movimiento revelado por el Maestro no se podría concebir la responsabilidad moral.47
Aun cuando la desviación atómica se halla claramente referida en las fuentes antiguas en su doble dimensión, natural y ética, existe un debate contemporáneo sobre este tema que no puede soslayarse.48 Al respecto, hay que volver a preguntarse, en primer lugar, por las razones de la ausencia de este tópico en lo que constituye el epítome de la filosofía natural epicúrea, la Epístola a Heródoto. Pierre Marie Morel apunta con agudeza en esta dirección, e indaga si Epicuro tenía, efectivamente, desde un punto de vista argumentativo, auténtica necesidad de incluir esta desviación a fin de hallar la resolución de un tema en el que convergen de modo explícito la física y la ética. Según el helenista francés, se trataría más bien de una polémica abierta con los estoicos y a la cual respondió, finalmente, en verdad, Lucrecio. Sin embargo, si bien la teoría del clinamen explica con fuerza persuasiva la necesaria ruptura de la cadena causal mecánico-física,49 nada se afirma en relación con la acción voluntaria; es decir, nunca se explicita si el clinamen se halla implícito en cada acción como condición necesaria del deseo o si surge a posteriori como condición necesaria de la voluntad. Por nuestra parte, interpretamos esta aparente imprecisión de Lucrecio bajo otra luz. Consideramos que con ella logra, sobre todo, establecer cierta autonomía para los hombres respecto de sus acciones, con lo cual salva la autodeterminación humana de la fuerte impronta determinista.
Al conformar los principios básicos de su filosofía, Epicuro eligió como punto inicial de reflexión a la naturaleza tal como es percibida por los hombres, es decir, bajo la forma de un cierto orden; ya que, a ojos de estos, los fenómenos presentan una llamativa regularidad, concordancia y armonía. No obstante, esta descripción inmediata no debería oscurecer aquello que, aun con alguna dificultad, los hombres también han llegado a saber, que los átomos ejecutan en el vacío un movimiento ciego.
Por consiguiente, el poder productor de la naturaleza no surge de otra cosa que no sea de los átomos en movimiento. Ellos, por su propia constitución, no deliberan ni deciden; y además, y fundamentalmente, no gobiernan por ninguna propiedad mental. Por lo tanto, sería del todo incorrecto pensar que realizan la acción productora a la que aludíamos obligados por orden de la necesidad.50
Asimismo, más allá del carácter multívoco del término phýsis, no debe olvidarse que el filósofo del Jardín insistió siempre en subrayar la relación poiético-práctica que los hombres establecen con la naturaleza. En este marco, el proceso de conocimiento resulta explícitamente inverso a la descripción de los diferentes usos de la noción de phýsis. En efecto, para Epicuro resulta decisivo —como se expondrá en detalle— que los hombres aprendan la correcta aplicación del método inferencial. Según dicho método, lo primero que se conoce a partir de las sensaciones es el cuerpo singular; de ello, se sigue el conocimiento del cuerpo en general y, finalmente, de los principios constitutivos indivisibles e invisibles de átomos y vacío.51
En la medida en que, desde un punto de vista ético, el hombre tiene la tarea de direccionar sus acciones hacia el “télos —fin— natural” que es el placer (hedoné), conviene recuperar el uso que Epicuro realiza del término naturaleza (phýsis) en la Epístola a Meneceo para referirse al placer (hedoné) como bien primero (prôton agathón), congénito (suggenikós) y connatural (sýmphyton) a los hombres.52 Si bien se comprende que el placer (hedoné) sea declarado el principio (arkhé) y el fin (télos) de la vida buena,53 ello no implica, de ningún modo, que la naturaleza determine normativamente las acciones que los hombres debieran llevar adelante con este propósito.54 Tampoco funciona como legisladora secretamente normativa cuya acción se prolongaría en la justicia de las instituciones.
En consecuencia, es posible afirmar que Epicuro ha formulado, a través de diversos argumentos, un naturalismo complejo; este podría resumirse a partir de una serie de tesis y sus respectivas antítesis.55 Para empezar, se sostiene que la naturaleza está, ella misma, desprovista de finalidad. No obstante, el hombre debe vivir conforme a un fin de la naturaleza que resulta ser el placer. Se postula, igualmente, que la naturaleza es neutral. En conexión con ello, la conformidad a la naturaleza no implica para el hombre la sumisión a un deber ser objetivo; en cambio, el hombre se referencia a la naturaleza por un estado de hecho. Mediante el conocimiento de la naturaleza, el hombre sabe que ella proviene de un desorden; y así, el aparente orden que esta ostenta no es sino un pacto provisorio respecto de ese desorden primario. Luego, es por la conciencia de tal estado de las cosas que el hombre puede ordenar su propia alma y preservarla de la turbación. La naturaleza, por otra parte, establece límites y, en relación con ellos, el télos epicúreo es el término de un trabajo de inferencias.
En cuanto al tratamiento que da a los deseos, un particular valor de la filosofía epicúrea reside en que toma distancia de las filosofías sensualistas. A diferencia de estas, los medios para obtener el placer se evalúan con vistas a lograr la imperturbabilidad del alma (ataraxía) y el no dolor del cuerpo (aponía). De tal modo, el marco explicativo que postula Epicuro requiere de un estricto conocimiento de la phýsis a fin de revelar la inanidad de la muerte y los límites del deseo. Así pues, queda demostrado que el conocimiento metódico de la naturaleza garantiza la seguridad (aspháleia) para los hombres que se han liberado de las opiniones vacías. Más aún, vivir una vida de autarquía y autodeterminación es posible para ellos, justamente, porque han reconocido los límites que la naturaleza les impone.
Capítulo II
La estructura del alma
1. El alma, determinaciones físicas e implicaciones éticas
La Máxima Capital XXX presenta la complejidad del naturalismo epicúreo, que se evidencia en la oposición entre los deseos naturales y aquellos que —aun cuando sean naturales— resultan vacíos, porque no tienen un fundamento. La Máxima en cuestión afirma:
En los deseos naturales (en aîs tôn physikôn epithymiôn) que no conducen al dolor aun cuando no sean satisfechos, existe una tensión intensa proveniente de una opinión sin fundamento (parà kenèn dóxan), y la razón que hace que persista [la tensión] no está en su propia naturaleza (ou parà tèn eautôn phýsin) [la de los deseos], sino en la opinión sin fundamento del hombre (pará tèn toû anthrópou kenodoxían).
Entre los deseos naturales existen los que, si no son satisfechos, no dan lugar a un sufrimiento real, aunque hay algunos en los que subsiste una fuerte tensión; estos se originan en una opinión vana; y es difícil para nosotros disiparlos, no por su propia naturaleza, sino por las vanas creencias de los hombres.
Es por ello, justamente, que se necesita exponer los fundamentos de la verdad. Con este propósito, Epicuro despliega dos argumentos que contemplan los siguientes aspectos: el de la constitución del alma como sede de los procesos de conocimiento y el de los criterios de verdad, entre los cuales se cuentan la sensación (aisthésis), la prólepsis y las pasiones (páthe) de placer y dolor. El segundo criterio —del cual nos ocuparemos detenidamente— tiene una importancia decisiva para comprender el conflicto entre phýsis y nómos, que, prima facie, estaría presente en el concepto epicúreo de justicia.
Consideremos ahora los aspectos referidos a la composición del alma. En acuerdo con toda su physiología, Epicuro afirma que se trata de un cuerpo, es decir, un compuesto de átomos y vacío (psykhé sôma estí).56 Otro aspecto que resulta importante destacar es que su función consiste en ser la sede de la “conciencia”; en un sentido, por cierto, muy general, ya que en ella se asientan las sensopercepciones. De todas éstas, las que mayor incidencia tienen en la vida del hombre son las páthe de placer y dolor. En el alma también tienen su asiento la percepción de los objetos naturales y de los deseos, así como de los pensamientos, de las nociones, de las inferencias y de todo otro tipo de razonamiento.
Lo señalado hasta aquí parece confirmar que el alma no tiene un estatus privilegiado, en el sentido de que, dado que es un agregado de átomos y vacío, un cuerpo, también perece.57 Además, mientras tiene duración, permanece en un intercambio constante con los átomos, que se encuentran en movimiento de compensación —a saber, hay átomos que se agregan y otros que se pierden—. Cabe indicar que el concepto “sensación” (aisthésis), en un sentido general, se define como “sensopercepción”; aunque, en algunos contextos, es admisible traducirlo como “conciencia”.58 En realidad, en el desarrollo de la física y la epistemología epicúreas, la sensación es un criterio de verdad y, específicamente, constituye una “función” del alma.
Otro aspecto a tener en cuenta es que el cuerpo se disuelve o se destruye en su totalidad, por lo cual, el alma también se dispersa. En consecuencia, al no poseer más sus funciones, no se mueve, y por lo tanto, carece de sensación. Mientras el alma se mantiene unida al cuerpo, organismo o agregado, éste no deja de sentir, percibir o ser consciente de sí. Si una parte de ella se destruye junto con el organismo, en la sección que subsiste del organismo ligado al alma, continúa el proceso de sensación o percepción. En caso de que se destruya el cuerpo u organismo en su totalidad, necesariamente, el alma se dispersa y toda sensación se suprime.59
A partir de esta evidencia, se puede afirmar —en orden a lo que corresponde saber respecto al alma— que no sólo su corporeidad resulta importante, sino el carácter doble de su función causal, puesto que, por una parte, da vida, y por otra, anima todas las funciones cognitivas. Realiza tales funciones siempre en unidad (sympathía) con el cuerpo, ya que se disemina en todo el agregado corporal.60
En cuanto a la composición del alma, Aecio testimonia que los epicúreos sostenían que se componía de cuatro elementos: el fuego, que produce calor; el aire, que ocasiona reposo; un tercero, llamado aliento (pneúma), que origina el movimiento; y un cuarto elemento “sin nombre” que inicia el proceso de la sensación.61 Este último es el encargado de difundir los movimientos sensitivos por todo el cuerpo, el cual se unifica con el alma por efecto de la sympathía.62
En tal sentido, acordamos con Kerferd, quien ha demostrado que a Epicuro, antes que establecer la composición del alma, le interesaba indagar en su funcionamiento y en las determinaciones cognitivas de la mente.63 Sin embargo, esta concepción de alma presenta dos problemas que Pierre Marie Morel ha logrado sistematizar de modo preciso, el de la autonomía psíquica y el de la “identidad” del alma.64
Como se recordará, la sabiduría epicúrea trata de vivir en acuerdo con la naturaleza, si bien esa concordancia no implica un determinismo psicofísico. Entonces, tiene que haber algún mecanismo que permita al hombre mostrarse como integrante de la naturaleza pero que, a la vez, le haga posible distanciarse de ella. En este sentido, Morel señala que el peligro del pensamiento epicúreo es el de quedar atrapado en un círculo naturalista; es decir, el hombre posee la decisión de conformarse a la naturaleza, pero esta es invalidada como decisión porque se constituye desde siempre en un evento natural.
Ahora bien, Epicuro divide el alma en dos partes: una que se extiende por la totalidad de los cuerpos y logra mezclarse con todos los átomos de la persona física a la que afecta; y una segunda que se concentra en el pecho. Cada una ejecuta funciones diversas. La primera es llamada, no sin ambigüedad, psykhé y es la sede de la aisthésis; igualmente, es donde acontecen las páthe, los placeres y dolores. La parte del alma que se localiza en el pecho es aquella en donde se desarrollan y concentran todos los procesos racionales más sofisticados.65
Esta división del alma es estrictamente funcional. En la psykhé se perciben las cosas, se sienten los múltiples placeres y dolores —todos estos movimientos están ligados a la conciencia—; en cambio, el pensamiento no sólo se encuentra localizado, sino que continúa su acción sin necesidad de ninguna otra parte corporal más allá de esa en la cual tiene asiento. Epicuro ha establecido así dos partes del alma —una parte “irracional” (álogos) y otra racional (tò de logikòn)—66 y las ha diferenciado en su ubicación y en su funcionalidad. La diferencia fundamental que media entre una y otra es que la parte irracional recibe las sensopercepciones —y placeres y dolores—, a todo lo cual hay que acordarle una creencia absoluta, dado el rechazo epicúreo al escepticismo.67
Asimismo, la epistemología materialista epicúrea no sólo otorga creencia a las sensopercepciones, sino que reconoce las emanaciones (eídola) producidas por las cosas. Baste como ejemplo el hecho de que los ojos de los seres humanos, ante cualquier cosa natural, conservan la estructura atómica y las cualidades de ellas. Pero Epicuro extrema esta teoría de la eídolas en el orden del pensamiento, porque afirma que, al pensar en alguna cosa o en su representación, no se invoca una idea sino la memoria de esa emanación.
Ahora bien, si a la parte irracional se le otorga una creencia absoluta, entonces, la fuente del error, sin duda, le concierne a la parte racional. Efectivamente, el error consiste en una mala aplicación del método de inferencia y nunca de la información que ofrecen las sensaciones (aisthésis) o las pasiones (páthe), que nos notifican acerca del valor de las cosas —si son convenientes por ser agradables o si habrá que rechazarlas por ser dolorosas—.68
El fin de toda acción de los seres humanos, según lo expone Epicuro, es buscar el placer y huir del dolor. Es decir que la acción encuentra en la propia autoafección de los hombres las condiciones para ser ejecutada.69 Sin embargo, la parte racional del alma es la encargada de evaluar si lo que se presenta, en una primera instancia, como agradable o doloroso, al final reportará beneficios o problemas. Pero el riesgo al que esta parte del alma está siempre sometida es el de caer en falsas creencias, cuyo único aporte es la turbación del alma y el dolor en el cuerpo.70
De ahí que, en primer lugar, haya que desconfiar del lenguaje, que es una gran fuente de turbación. Debido a ello, Epicuro propone que las palabras sean entendidas en su sentido básico, puesto que la inferencia ilegítima es la que produce los extravíos de la razón.71 El argumento epicúreo con el cual se responde al problema de la autonomía psíquica consiste en mostrar que la parte racional del alma depende de la irracional; posee, por lo tanto, una autonomía restringida. La función cognitiva se desarrolla mediante una secuencia que se inicia en la parte irracional —la sensación—, y que luego se dirige a la parte racional —momento en el que esta última se vuelve consciente de sí misma y de todo el cuerpo—.72
Epicuro concluye, pues, que cuando el hombre ha comprendido que los dioses no se han de temer, y ha indagado sobre las causas del origen natural de los fenómenos, y se ha liberado de los deseos inmoderados, llega a vivir en un estado de placer del cual es consciente. Esta conciencia es un proceso permanente, ya que el estado de placer continúa, se proyecta y perdura en el tiempo a través del recuerdo de los placeres vividos. Pero, además y fundamentalmente, el hombre tiene que reflexionar acerca de ese fin que es la muerte sin guardarle ningún temor.73 En este sentido, para Epicuro, de lo que se trata es de provocar un “recto conocimiento” de que la muerte no es nada para nosotros.74
Este tópico de la muerte muestra con claridad la manera en que todo lo que se investiga en el plano de la física influye en el plano de la vida práctica de los hombres.75 Cuando la ignorancia y los falsos supuestos obnubilan la conciencia del hombre respecto de la muerte, este sólo puede pensar que se trata de un gran mal. Pero, al conocer lo que las cosas son verdaderamente, logra eliminar estas falsas creencias y suposiciones. Cabe señalar que el argumento de Epicuro es sencillo, porque la muerte se define por la carencia de sensación. Desde el conocimiento que aporta la physiología, el hombre debe comprender que las cosas no son más que átomos que se agregan y que, al dispersarse estos por acción de la muerte, lo único que sucede es que, simplemente, se deja de tener sensación.76 Es decir, la conciencia cesa, y por lo tanto, lo que no tiene sensación o conciencia no puede experimentar ningún tipo de daño o dolor, ni físico ni psicológico.
Epicuro advierte, pues, que la ética corre el riesgo de transformarse en palabras vacías, y para que esto no suceda, se necesita de las explicaciones que ofrecen la física y la canónica. Solo mediante su acción conjunta se puede llegar a una perspectiva adecuada sobre lo que acontece en la naturaleza y arrojar luz sobre un tema que es fuente de angustia para los hombres. Como aclaración ulterior de este punto de vista, Epicuro, en la Epístola a Meneceo, insiste —de modo imperativo— en que hay que habituarse (synéthize) a que la muerte no es nada para nosotros. Así, se teme a la muerte porque ella destruye por completo todas las ansias humanas de inmortalidad, y eso es lo que produce el dolor en el alma. La lógica del temor instalada por el miedo a la muerte acarrea una serie de consecuencias nefastas: la incapacidad de disfrutar de los placeres; un comportamiento frenético y ansioso; y, por último, las diversas formas nocivas de inmortalidad mundana, cifradas en el dinero, el poder y los honores.77
El segundo problema que Epicuro enfrenta es cómo deducir de la física epicúrea la íntima relación que se establece entre el alma abierta y los movimientos exteriores de los otros cuerpos que se componen y agregan con la finalidad de generar toda la actividad cognitiva. El problema a investigar es el tipo de unidad que se establecería en el alma, capaz de permitirle, al mismo tiempo, mantener un dinamismo y volatilidad atómica y, sin embargo, producir un autoconocimiento.78 Ciertamente, la “identidad” del alma no se produce bajo la forma de una sustancia —de una unidad inmutable que no se altera—; de lo que se trata es de conciliar la variabilidad de las sensaciones y afecciones que constituyen la experiencia propia con las sucesivas re-actualizaciones de esa experiencia. En primer lugar, es importante, tal como ya hemos referido, el recuerdo que restaura lo vivido en otro tiempo y produce la alegría en el alma como un bien del que se goza en el presente.79 En segunda instancia, la identidad epicúrea del ser humano se forja como un momento de la conciencia que ha logrado la imperturbabilidad (ataraxía), es decir, que ha alcanzado la autodeterminación. Este hombre, al entrar en relación con otros en una comunidad de amigos, ha procurado profundizar el conocimiento de la naturaleza y se ha ejercitado en la capacidad de razonar o calcular (logismós) para discernir sobre los placeres con racionalidad.80
Finalmente, Konstan (2007b) señala que la “identidad consciente” propuesta por la filosofía epicúrea debe analizarse teniendo en cuenta la relación que se da en el alma entre la parte no racional y la racional. Epicuro, al referirse a la parte irracional del alma, siempre utiliza los términos placer (hedoné) y dolor (algedón), que —desde un punto de vista físico— son las pasiones (páthe), las cuales se diseminan por todo el cuerpo. Pero, en lo concerniente a la parte racional, también hay estados positivos que identifica con los términos de gozo (apólausis) y alegría (khará).81 Éstos se diferencian del placer (hedoné) porque, en sentido estricto, el placer es sólo físico, en tanto que el gozo y la alegría son estados que dependen de una creencia, ya sea verdadera o falsa. Sin embargo, Epicuro no trata la alegría (khará) y el gozo (apólausis) como un fin de la vida, más bien tiende a describir con ellos los efectos que produce la liberación de los dolores corporales y de las angustias del alma.82
Tal como se ha expuesto, Epicuro guía su descripción del alma por elaboraciones científicas. Este conocimiento del alma —inseparable del conocimiento de la naturaleza— tiene una finalidad precisa, la de beneficiar a los hombres, pues les aporta la tranquilidad del alma (ataraxía) y hace que puedan encontrar los medios más adecuados para huir de los dolores del cuerpo (aponía). El desarrollo acerca de la naturaleza del alma que propone en la Epístola a Heródoto está motivado por esta exigencia.83
Pasemos a considerar, entonces, el primer criterio de la verdad: la sensación.
2. Placer y creencia: la sensación
Epicuro exhortaba a que el sabio procediese de modo dogmático y no escépticamente (dogmatieîn te kaì ouk aporésein) porque confiaba en el valor del saber.84 Desde su perspectiva, este se construía por procedimientos adecuados que permitían llegar a un grado de certeza. Por ello es que utilizaba el método de inferencia en respuesta a la exigencia filosófica de obtener nuevas verdades.85
La epistemología epicúrea se consolidaba en el valor de la sensación (aisthésis) como primer criterio de verdad, y a partir de ésta se iniciaba la formación de los conceptos. Con respecto a la importancia del proceso cognitivo, Diógenes Laercio testimonia la existencia de una obra del filósofo cuyo título era Sobre el criterio o Canon; se supone que se trataba de un bosquejo del método del saber.86
Dada la importancia otorgada al canon en la filosofía epicúrea, Striker propone investigar la genealogía del término griego kritérion. A juicio de la autora, no deja de ser sugerente que su origen haya sido jurídico y que haya servido para designar un tribunal, o bien su instrumento de arbitraje. Inicialmente, indicaba el medio de evaluar aquello que se presentaba como verdadero, justo y deseable.87
Por cierto, la forma de concebir el proceso de conocimiento se diferencia radicalmente en Epicuro y en Platón. Para el Maestro del Jardín, no se trata de una ruptura con la opinión (dóxa), sino de un reordenamiento del campo de opiniones. No debe sorprendernos, entonces, que el término canon (kanón), en la lengua, griega admita las siguientes acepciones: la de instrumento de investigación,88 la de regla que se debe seguir para realizar una tarea, o la de instrumento de medida en un sentido metafórico.89 De allí que, para Sexto Empírico, la canónica epicúrea debiera ser considerada un campo más vasto que el de la lógica, la cual, a su juicio, desarrollaba específicamente la argumentación y la demostración.90
Más aún, Epicuro suponía que la canónica operaba transversalmente en tanto método de conocimiento; pues no la consideraba una parte independiente de la filosofía, como sí lo eran la física o la ética. Por el contrario, en la Epístola a Pítocles, declara que toda investigación debe proporcionar la certeza de alcanzar el placer y evitar el dolor.91
Ante todo, los criterios de verdad que integran el canon epicúreo cumplen tres requisitos: en primer lugar, son verdaderos e irrefutables; asimismo, sirven para determinar la verdad y la falsedad de lo que se nos aparece espontáneamente como verdadero y falso; y por último, no son instrumentos de censura de las opiniones, sino que son guías de elaboración de las verdades filosóficas.
Es importante subrayar que a Epicuro no le interesa describir los razonamientos correctos, por lo cual no desarrolla una lógica, sino que trata de fundamentar una epistemología normativa y heurística. Por un lado, esta debe garantizar los conocimientos que se elaboran a partir de las sensaciones;92 y por otro, tiene un fin específico, el de asegurar las elecciones éticas. Justamente, la canónica posee la importante función de verificar que la acción haya sido determinada por un razonamiento sobrio (nephón logismós).93
Resulta de interés, entonces, seguir la descripción que Epicuro hace del proceso de conocimiento. Si bien dicho proceso se inicia por los sentidos, o por el placer y el dolor, se requiere de un momento reflexivo, propio del método de inferencia, que supere las operaciones espontáneas del alma. Un ejemplo elocuente lo ofrece la Epístola a Heródoto, en la que se explica el modo por el cual la canónica se relaciona con la física. El filósofo de Samos comienza con un breve tratado de las reglas de investigación.94 Luego su explicación se dirige a mostrar la manera en que los sentidos constituyen un medio para determinar la verdad.95 También se explaya sobre el surgimiento de los conceptos96 y, por último, determina la formación del lenguaje.97
Ahora bien, conviene presentar el proceso físico detallado por Epicuro, cuyo resultado es la sensación (aisthésis). Si se piensa que, en esta filosofía, no existe una ruptura entre lo real y su comunicación mediante los sentidos,98 entonces, puede comprenderse que el dato primario del conocimiento se produzca por un impacto en los órganos sensoriales. Así, la sensación se conforma al entrar en contacto directo los órganos sensoriales con los efluvios (apórroiai), las huellas (týpoi) y los simulacros (eídola)99 que emanan de los objetos. Su validez está dada por los simulacros que trabajan como un mecanismo físico, por el cual, de la superficie de un objeto, se forma una película atómica (eídolon/simulacrum). Esta se constituye por átomos que se agregan y viajan a velocidades elevadísimas desde el objeto percibido hasta el órgano que es afectado. De modo tal que transmiten una información confiable sobre las cualidades secundarias de los cuerpos, como los colores, los olores y la rugosidad.100 El testimonio primario que ofrece la sensación surge, pues, del impacto, aunque toda otra información deberá ser elaborada a partir de allí mediante el razonamiento (logismós).101
Por otra parte, la sensación se presenta desnuda de racionalidad y completamente desprovista de memoria; en palabras de Epicuro, todas las sensaciones son verdaderas y no existe nada que pueda refutarlas.102 Resulta válido definirlas, entonces, como antipredicativas; y esta propiedad no sólo las distingue de la opinión (dóxa) y del razonamiento (lógos), sino que, fundamentalmente, evita que éstos caigan en el error. De lo que se desprende que el error siempre se da en el orden de un juicio de opinión o razonamiento. Por esto mismo, es que la sensación permanece en una pasividad garantizada por propia evidencia (enargés).103 Más aún, el permanecer ajena al discurso libra a la sensación tanto del error como de toda refutación —una sensación únicamente puede ser refutada por otra—.104 Toda sensación es autónoma, y no se les pueden adjudicar grados de evidencia (enargés), pues cada una de ellas se impone con igualdad de fuerza.
En otras palabras, en tanto la sensación es no racional (álogos) y está privada de memoria, no puede desarrollar la acción propia del razonamiento (logismós); y es precisamente por ello que la sensación (aisthésis) se caracteriza como el registro de un impacto en el órgano sensorial (diánoia/mens). En definitiva, como ya se dijo, “todas las sensaciones son siempre verdaderas”.105 Su aporte al conocimiento como primer criterio de verdad no reside en que se trate de una actividad cognoscitiva, pues nada nos informa del objeto; sólo registra el modo en que este impacta desde el exterior.
La afirmación epicúrea de que “todas las sensaciones son verdaderas” se comprende así en un sentido pleno, ya que ellas hacen conocer al hombre la existencia de una cosa y sus propiedades. Esto significa que no hay ninguna diferencia entre el ser de una cosa y su aparecer.106 Ante tal afirmación, se presenta la dificultad de que también la ilusión puede originarse en las sensaciones —sean ópticas, del tacto o del gusto—. No obstante, como respuesta a esta dificultad, Epicuro formula un precepto positivo, el cual afirma que el conocimiento de un objeto debe acumular una variedad de perspectivas de las sensaciones de tal orden que permita ampliar el campo de evidencia.
Para Epicuro el proceso de conocimiento es posible porque existe un intercambio entre las cosas y el hombre; pero se necesita aún de otro aspecto. Las sensaciones son testimonios (martyría) que para ofrecerse como tales requieren del discurso o las palabras que establecen un juicio.107 Ahora bien, este juicio (kritérion) no se dirige a la sensación de forma directa, sino a las nociones (ennoías) que se derivan de proyectar las imágenes (phantastikén epibolén) hacia la mente del hombre. La sensación es un criterio de verdad, por lo tanto, no es refutable; sin embargo, al requerir del discurso, se presenta una nueva dificultad, la aparición de la opinión, que sí puede refutarse. Y esto es así porque las opiniones son juicios que pueden ser eliminados para que se establezcan nuevas opiniones, nuevos juicios de los que resultará un conocimiento más exacto de la naturaleza (phýsis).108
Finalmente, Epicuro contraponía lo que daba en llamar epibolaí tês dianoías —aprehensión inmediata del pensamiento— a lo que refería como epibolaí tôn loipôn kritérion —otros criterios—.109 Dada la polémica existente en torno a este tópico, no discutiremos aquí si esta “focalización” constituye un criterio de verdad agregado por los epicúreos o enunciado por el mismo Epicuro —aunque no desarrollado como tal—; sólo nos interesa subrayarlo como una evidencia más de la preocupación epicúrea por pensar con la mayor exactitud a partir de las sensaciones.110
No obstante, lo que queda claro es que este criterio de verdad primero no puede mostrar la totalidad de la verdad, por ello los hombres disponen de la prólepsis para elaborar ideas más complejas. Se trata de una noción general cuyos estatus, función y validez se impone mostrar, porque la naturaleza no se revela tan sencillamente a los ojos del ser humano. Además, como explicaremos, la prólepsis será una función determinante del conocimiento de la justicia.
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