Kitabı oku: «La educación en el gobierno peronista de Domingo Mercante, 1946-1952»

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LA EDUCACIÓN EN EL GOBIERNO PERONISTA DE DOMINGO MERCANTE

Durante los seis años del gobierno de Domingo Alfredo Mercante las cuestiones educativas fueron tratadas desde distintas concepciones ideológicas. Si bien esa diversidad encuentra explicación en la distinta orientación político-ideológica de las gestiones de Alejandro Greca (1967-1947), Estanislao Maldones (1947-1949) y de Julio César Avanza (1949-1952), puede señalarse que reflejaba la pluralidad de líneas que coexistían en los niveles directivos de la educación. Así, figuras como Jaime Glattstein, quien orientó la enseñanza preescolar en los principios de la “escuela activa”, o Bernardo Serebinsky, médico psiquiatra de filiación freudiana y de compromiso político con los republicanos españoles, creador del Instituto de Psicología y Orientación Profesional, compartieron funciones con católicos, como Emilio Mignone, en la Dirección de Enseñanza, el pedagogo Rafael Ruta, en el Departamento de Didáctica, o el padre Leonardo Castellani, como asesor ministerial. Esta composición, no obstante el sesgo “catolizante” impreso a partir de 1949, evidenciaba tanto la heterogeneidad del campo técnico-pedagógico como la vigencia de una pluralidad ideológica.

Múltiples fueron las transformaciones educativas durante el “mercantismo”. En lo institucional se produjo a partir de 1949 la transición del sistema educativo fundacional a un modelo que privilegió la ejecutividad sobre la deliberación, se complejizó la estructura de gobierno con la incorporación de organismos que atendieron a nuevos niveles y modalidades, y se sumaron otros, de sesgos “modernizantes”, que aportaron conocimientos técnico-científicos al tradicional saber pedagógico que predominaba en la educación provincial. La concreción de las 2982 obras del Plan Integral de Edificación Escolar resolvió el problema que la educación provincial arrastraba desde sus inicios.

En tanto, el sesgo católico que Mercante impuso a la educación a partir de 1949, en tiempos que comenzaban a arreciar las tensiones entre Perón y la Iglesia católica, no puede considerarse extraño a la confrontación entre ambos líderes políticos.

Jorge Levoratti Profesor en Historia (Universidad Nacional de La Plata), magíster y doctor en Historia (Universidad Nacional de Tres de Febrero). Profesor asociado en la cátedra Problemas de Historia Argentina de la Universidad Nacional Arturo Jauretche. Presentó ponencias en jornadas y congresos nacionales e internacionales sobre cuestiones educativas durante el peronismo clásico. Publicó artículos sobre revistas educativas y sindicales y sobre agremiaciones docentes del período.

JORGE LEVORATTI

LA EDUCACIÓN EN EL GOBIERNO PERONISTA DE DOMINGO MERCANTE

1946-1952

Forjistas, peronistas y católicos


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Dedicatoria

  Agradecimientos

  Prólogo, por Carolina Barry

  Introducción La educación peronista en los estudios históricos Peronismo y educación: interpretaciones historiográficas Miradas y perspectivas sobre la política educativa de Domingo Mercante Fuentes documentales: aportes novedosos Perspectivas e interrogantes Estructura del libro

  Capítulo 1. La Revolución de Junio en la educación de Buenos Aires Políticas, situación y problemáticas (1943-1946) La Revolución de Junio en la Dirección General de Escuelas: liberales, católicos, nacionalistas, filosocialistas y radicales Armando Molla Villanueva: “Vosotras, como mujeres y como maestras, sois las reinas de la democracia” Emiliano Mac Donagh: “La pacificación de la familia argentina” Eduardo Noya: “En el magisterio deben desaparecer, a la par que la política, las influencias externas y las complacencias” Carlos F. Ancell: “La Secretaría de Trabajo y Previsión… impulso vivificante y renovador de la Revolución de Junio” Juan Carlos Miranda: “La patria es hija de la democracia” La educación provincial según el censo escolar de 1943 La identidad de las escuelas provinciales: religión y patria Los presupuestos educativos 1930-1945 Finanzas y pedagogía: la creación del primer grado inferior Los religiosos católicos en el Consejo General de Educación La infancia en el sistema escolar: jardines de infantes y colonias de vacaciones Los bordes del sistema: la enseñanza profesional Conclusión: de oscuros y claros

  Anexo. Autoridades provinciales y educativas 1943-1946 Comisionados e interventores nacionales en la provincia de Buenos Aires. 1943-1946 Consejo General de Educación 1943-1946

  Capítulo 2. La condición docente en los prolegómenos del peronismo Mercado de trabajo y condiciones laborales del magisterio Los salarios docentes: regresión y reparación (1930-1946) La profesionalidad del magisterio en cuestión: el “perfeccionamiento docente” y los ateneos pedagógicos Conclusión

  Capítulo 3. Alejandro Greca, un militante “radical” (1946-1947) Las rivalidades al interior del naciente “mercantismo”: radicales intransigentes, renovadores, laboristas y exlaboristas Relaciones con el magisterio: el fallido cuestionamiento a la ley de escalafón 4.675 La enseñanza preescolar obligatoria: entre la educación de los párvulos y la protección de la familia El proyecto Simini. La ley 5.096. Los primeros jardines de infantes y la Escuela Formativa de Profesoras La educación primaria en 1946: ¿peronización y adoctrinamiento? La política educativa de Alejandro Greca La enseñanza profesional Los edificios escolares: Alejandro Greca y el primer proyecto de Plan Integral de Edificación Escolar Los inicios del Plan Integral de Edificación Escolar: el proyecto de Greca Nuevo cuestionamiento: embestida y declinación Embate final y caída de Greca: un débil Mercante Conclusión

  Capítulo 4. Estanislao Maldones: “el cristianismo práctico” (1947-1949) La reorganización de la Dirección General de Escuelas El “cristianismo práctico” y el juramento docente Creaciones de jardines de infantes y escuelas formativas de profesoras La Inspección General de Jardines de Infantes Nueva orientación de la educación primaria Creaciones de escuelas y cargos en la enseñanza primaria La creación del Instituto de Orientación Profesional Posescolar El Plan Inicial de Edificación Escolar “Maldones” El Plan Integral de Edificación Escolar. Ley 5.251 El Plan Integral de Edificación Escolar. Ley 5.283 Las modificaciones del piee: las leyes 5.431 y 5.541 Conclusión

  Capítulo 5. La Constitución provincial de 1949, la cuestión de la enseñanza religiosa y la creación del Ministerio de Educación Las relaciones entre Perón, Mercante y la Iglesia católica Perón y la Iglesia católica Mercante y la Iglesia católica Las Constituciones provinciales de 1949 y la cuestión educativa. La Constitución de Buenos Aires Conclusión

  Capítulo 6. Julio César Avanza, el Ministerio y la “catolización” de la educación 1. El Ministerio Julio César Avanza, primer ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires Emilio Fermín Mignone: la nueva política educativa Organización del Ministerio La educación preescolar: un nuevo paradigma y el fin de la obligatoriedad Avanza y las “escuelas nuevas” primarias El Congreso de Educación de Tandil: nuevos planes y programas de estudio Las instituciones patrias: catolicismo, lengua y tradición El Plan Integral de Edificación Escolar El PIEE y la relación de Mercante con la Legislatura El PIEE en ejecución Alcances del piee hacia 1952 Conclusión 2. La legislación en los “tiempos tempranos” Las escuelas-fábrica provinciales. Ley 5.468 Creación de las escuelas-fábrica provinciales Las escuelas-fábrica de Mercante Los institutos superiores de pedagogía. Ley 5.538 Conclusión 3. Los “tiempos tardíos”: el Estatuto del Docente y la Ley de Educación El Estatuto del Docente. Ley 5.651. Primera reglamentación de los derechos de la docencia bonaerense. Antecedentes El Estatuto del Docente y las agremiaciones docentes La Ley de Educación 5.650: el catolicismo escolar Conclusión

  Consideraciones finales

  Bibliografía

  Anexo

  Créditos

A Sandra Pilar

Agradecimientos

Este libro es una adaptación de mi tesis de doctorado en Historia presentada, en 2018, en la Universidad Nacional Tres de Febrero (Untref). La extensa y copiosa investigación que realicé durante cinco años tuvo en la dirección y orientación de la doctora Carolina Barry el permanente acompañamiento, caracterizado por su generosidad personal y su calidad académica y profesional, cualidades que hicieron posible la concreción de la tesis. Carolina Barry leyó y releyó borradores, esbozó sugerencias, propuso alternativas y promovió mi intervención en variados espacios académicos, permitiéndome ampliar la mirada sobre mi tema de investigación. Vaya en estas palabras mi profundo reconocimiento.

También me es grato recordar y agradecer a los profesores de los seminarios cursados, en el marco de la maestría y el doctorado en Historia de la Untref, por sus aportes a la comprensión de los procesos históricos, sus dinámicas y controversias, con especial mención al director del doctorado, el doctor Samuel Amaral. En los comentarios del jurado de la tesis, integrado por los doctores Oscar Aelo, Gustavo Castagnola y Martín Castro, encontré recomendaciones y reflexiones que me permitieron repensar cuestiones y resultados de mi investigación; a ellos mi agradecimiento.

Una investigación como la realizada solo es posible si en la búsqueda y el acercamiento a la verdad histórica se cuenta con los aportes de quienes con responsabilidad tienen con ella un compromiso. A todos ellos quiero agradecer en estas pocas líneas. Muy en especial a María Elais Avanza, quien a través de varias charlas, con entusiasmo y generosidad, me brindó importante información y documentación a la vez que habilitó mi vinculación con la familia de Emilio Mignone. A Isabel, Mercedes y Javier Mignone, que me posibilitaron el acceso el archivo familiar, previo a su donación a la Universidad Nacional de Luján. A mi primo, monseñor Armando Jorge Levoratti, que en largas conversaciones evocó el ambiente del Seminario Mayor de la época, frecuentado por funcionarios peronistas y católicos. Al doctor Claudio Panella, que me brindó la amplitud de sus conocimientos y su generoso apoyo en varios encuentros y consultas que realicé al Archivo Histórico Ricardo Levene, y al profesor Darío Pulfer, que facilitó la realización de algunas entrevistas.

A lo largo de los años de la investigación consulté archivos, bibliotecas y hemerotecas, en los que conté con la esmerada atención de su personal. Muchas veces, luego de pasar largas horas escudriñando en diarios o archivos, en los tiempos en que los investigadores hacemos un alto en la tarea, pensaba en la llegada de este momento de la publicación y no puedo negar que me embarga la emoción. De algunos conocí sus nombres, por la asiduidad con la que visité el lugar, de otros conservo la imagen de sus rostros; de todos, el mejor de los recuerdos. Como me sería imposible mencionar los nombres de todos ellos me limitaré al de las instituciones. Agradezco a mujeres y hombres de la Hemeroteca de la Biblioteca de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Biblioteca de la Facultad de Humanidades de la UNLP, la Biblioteca de la Provincia de Buenos Aires, la Biblioteca de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Congreso de la Nación, la Biblioteca Reservada del Congreso de la Nación, la Biblioteca de la Untref, la Biblioteca del Maestro, la Biblioteca de la Provincia de Mendoza, la Biblioteca del Archivo General de la Nación, la Biblioteca de la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Biblioteca del Seminario Mayor San José de La Plata.

Mi reconocimiento a los directivos, trabajadoras y trabajadores del Archivo Histórico Ricardo Levene de la provincia de Buenos Aires, el Archivo Intermedio del Archivo Histórico Nacional, el Centro de Documentación e Información Educativa de la Dirección General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, el Archivo de la Oficina Registro y Notificaciones de la Dirección General de Escuelas de Buenos Aires, el Archivo Administrativo de la escuela primaria Nº 1 de Lanús de la Dirección General de Escuelas de Buenos Aires, el Archivo de la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, el Centro de Documentación del Ministerio de Educación de la Nación, el Archivo de la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires, el Archivo del Centro de Estudios Legales y Sociales y el Archivo Histórico de la Provincia de Jujuy.

Un especial reconocimiento a quienes realizaron sus comentarios y aportes a mis presentaciones en las Jornadas Inter-Escuelas de Departamentos de Historia, en los congresos de los pueblos de la provincia de Buenos Aires y en los congresos de la Red de Estudios sobre Peronismo.

También quiero dar las gracias a mis amigas y amigos y compañeras y compañeros de la materia Problemas de Historia Argentina de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ), con quienes he compartido la participación en jornadas y congresos y debatido sobre distintos aspectos del peronismo clásico y de la historia nacional, en las reuniones internas de cátedra, y a todas y todos los colegas que en conversaciones informales escuché con atención, así como a todos y todas mis estudiantes.

Como en toda investigación de largo aliento, el entusiasmo que la anima discurre entre la euforia y la languidez; continuarla es un acto que requiere el ejercicio cotidiano, tenaz y enérgico. En esos numerosos días los afectos fueron la constante para persistir en la tarea, y a ellos quiero recordar en estas líneas: a mis hijos y a mi esposa y compañera Sandra Pilar.

Quiero expresar mi inmensa gratitud a la enseñanza pública gratuita, sin la cual nunca hubiera podido escribir este libro. Gratitud a mis maestras de la escuela Nº 66 de la ciudad de La Plata, en la que cursé mis estudios primarios, donde aprendí a leer y escribir; a las profesoras y los profesores de la Escuela Industrial de la Nación Albert Thomas, donde realicé mis estudios secundarios y a las profesoras y los profesores de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, ámbito en el que me formé como profesor en Historia. A todos ellos mi reconocimiento.

Por último, quiero agradecer a la Universidad Nacional Tres de Febrero en la cual cursé el doctorado en Historia con la defensa de la tesis que es la base de este libro.

Prólogo

Carolina Barry

“Mi hermanita y yo amamos a mamá, a papá, a Perón y a Evita”: frases como esta, publicada en un libro de lectura de 1953 que estaba destinado a quienes daban sus primeros pasos en la escuela primaria, han acaparado por mucho tiempo la atención sobre la educación durante el peronismo. El adoctrinamiento de la infancia con la presencia de imágenes y textos producidos por el aparato de propaganda del gobierno de Juan Domingo Perón ha calado tan profundo en la memoria colectiva que ensombreció la posibilidad de análisis más detenidos sobre otros aspectos del período. En las últimas décadas, esta situación comenzó a revertirse y hemos asistido a la producción de nuevos estudios que abordan distintas áreas del quehacer educativo que revelan, además, que no hubo una sola, única y omnipresente política educativa en el período más allá de los intentos de imponerla. Este libro se inscribe dentro de esta oleada, sin desatender el momento de producción de frases como la inicial, que contextualiza y sitúa en clave historiográfica, y que le permite avanzar sobre otros ejes del ejercicio educativo.

La renovación de los estudios del peronismo se ha detenido, también, en abordajes de lo que se dio en denominar estudios extracéntricos o de espacios subnacionales. En ellos la mirada se complejiza y se detiene en las provincias y ex-Territorios Nacionales, e incluso en espacios geográficos más acotados, lo que permite una aproximación diferente de la mirada nacional. En está línea, la gobernación de Domingo Mercante se transformó en un tema en sí mismo y se vio sometida a numerosos y variados análisis de aspectos que abonan, en más y en contundentes episodios, que el mercantismo actuó como una línea interna dentro del peronismo y como un espacio claro de disputa de poder. La gobernación de Mercante, cruzada por las tensiones del proceso de construcción de su liderazgo político y por la larvada, pero no menos considerable, rivalidad con Perón, llevó adelante diferentes políticas educativas hasta lograr un modelo propio, que dejaba entrever valoraciones de cómo concebir la sociedad. Muestra, también, a las claras cómo el crecimiento político de Mercante, no exento de disputas al interior del movimiento, estaba en consonancia con planteos y nuevas apuestas educativas no necesariamente en línea con los dictados de la perspectiva nacional, salvo una pax circunstancial y breve.

El libro de Jorge Levoratti, producto de su tesis de doctorado en Historia por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, es una apuesta superadora de los trabajos existentes hasta el momento. Su estudio está focalizado en analizar pormenorizadamente y en cada uno de sus aspectos los escasos seis años de la educación mercantista; trabajo sustentado en un atrayente y formidable material de archivo producto de años de búsqueda minuciosa de más y nuevos reservorios, algunos por primera vez consultados. La investigación abarca todas las instancias y actores que intervienen en la vida educativa bonaerense y, como si fuera un rompecabezas, amalgama sus piezas para brindar una mirada de conjunto. Articula las autoridades y las políticas aplicadas, las educadoras y sus reclamos gremiales, la vida escolar atravesada por las demandas y los intereses del alumnado y sus familias. Todo ello sin dejar de prestar atención al momento político y las superposiciones, cuando no las contradicciones, ideológicas de quienes intervinieron en el proceso.

El autor se detiene, pausadamente, en cada una de las administraciones educativas que atraviesan la gobernación, pero también, por preciarse hijo y continuador de la Revolución de Junio, como se definía a sí mismo Mercante, emplea capítulos en desarrollar el contexto anterior. Toma en cuenta las principales características y políticas adoptadas por la Dirección General de Escuelas y sus variopintos agentes cuyas ideologías abrevaban en universos diversos y fluctuantes, entre el liberalismo y el nacionalismo. De ese conglomerado surgieron políticas nodales que fijaron los períodos siguientes como el censo educativo de 1943, dejando al descubierto el alcance del analfabetismo, la situación docente y el abandono escolar del país en su conjunto.

Los dos primeros directores generales de educación de la etapa mercantista, Alejandro Greca y Estanislao Maldones, asistieron a la creciente construcción política de un Mercante embrionario, jaqueado por las diferentes líneas internas de un peronismo, también en proceso de formación, hasta llegar a otro fortalecido y con la capacidad de imponer un armado propio como el ambicioso plan de edificación escolar que todavía perdura en la memoria bonaerense: las famosas y emblemáticas “escuelas Mercante” erguidas tanto en espacios urbanos como rurales. Ambas administraciones educativas sostuvieron proyectos de tinte progresista en relación con la primera infancia y la creación de los jardines de infantes, algo resistidos por quienes comulgaban con los postulados emanados por la Iglesia católica.

La mixtura educación e Iglesia e Iglesia y peronismo atraviesa todo el espacio alcanzando límites inadvertidos a los que el autor nos conduce con destreza como el tratamiento diferencial, por ejemplo, de la educación religiosa en la nación y en la provincia. Si bien la obligatoriedad de la enseñanza católica se remonta a un decreto de 1943, e incluso antes en la provincia con la gobernación de Manuel Fresco, cada espacio subnacional la implementó de diversas maneras y no necesariamente con un estilo y alcance uniforme. Este cóctel, educación y catolicismo, tuvo su mayor apogeo durante la más larga administración educativa del gobierno de Mercante: la de Julio César Avanza y su principal colaborador, el director de enseñanza, un joven Emilio Fermín Mignone. Ambos serán los responsables de emprender el proyecto educativo propio del mercantismo, según nos particulariza Jorge Levoratti. Un momento de inflexión para Mercante, fortalecido políticamente no solo a nivel provincial, que arriesga en todos los ámbitos de la gobernación con una agresiva gestión de gobierno: la creación del Ministerio de Educación y la disolución de los organismos preexistentes que implicaba, también, el fin de una era deliberativa iniciada con el modelo sarmientino, por otra de traza ejecutiva y de enérgica concentración política. Luego, y en concordancia con un profundo giro ideológico que funcionó como un dominó en las distintas áreas del quehacer educativo, con relación a otro giro ideológico pero de signo contrario a nivel nacional, punto de partida, también, de un proceso sistemático de lo que se dio en llamar la peronización del ámbito educativo. La conjunción de estas fuerzas inversas Levoratti las observa y sitúa como germen de la disolución y del conflicto de la dupla Perón-Mercante y de las consecuentes rivalidades al interior del peronismo.

El libro de Jorge Levoratti no se puede pensar solo como un aporte a la historia de la educación bonaerense durante la primera gobernación peronista en la provincia. Su estudio la trasciende y nos habla del período en general y cómo estuvo atravesado y conformado por mujeres y hombres que abrevaban en distintas corrientes ideológicas y que hacían a un modo del ver el mundo, la vida, la política, la sociedad, cuya amalgama dio como resultado el fenómeno político más perdurable de la historia argentina y cuyas derivaciones perduran en la actualidad.

He tenido la oportunidad de acompañar a Jorge en importantes momentos del desarrollo de su vida académica y de su vida personal, camino que ha derivado en una amistad perdurable. Va mi agradecimiento a esas gratas sorpresas que también nos depara la vida profesional.

Buenos Aires, agosto de 2020

Introducción

En la memoria colectiva de la sociedad bonaerense resuenan, inspiradas en las imágenes de miles de edificios escolares construidos en toda la provincia de Buenos Aires, voces que evocan, como ejemplar, la obra pública educativa del gobernador Domingo Mercante. Es objetivo principal de este libro reconstruir el proceso histórico surcado por las políticas educativas y la situación de la educación bonaerense del gobierno de Mercante.

Predominan en la historiografía versiones Estado-céntricas que asimilan las más diversas políticas educativas, y las no menos diversas situaciones de la educación que existieron en las provincias argentinas en tiempos del primer peronismo –en muchos casos muy poco estudiadas–, a las políticas implementadas en el ámbito nacional durante las presidencias de Juan Perón entre 1946 y 1955.

Si bien el peronismo amalgamó diversas y polifacéticas fuerzas políticas, como movimiento político y como gobierno “hubo de adquirir en cada provincia y territorio configuraciones particulares. La cuestión remite, en definitiva, a su doble e irreductible dimensión” (Kindgard, 2010: 25). La heterogeneidad de esas configuraciones se expresó en todas las dimensiones del quehacer social. La cuestión –en los momentos iniciales– no obstaculizó la pertenencia a una filiación partidaria, mas en el devenir del quehacer político dio origen a fuerzas y proyectos divergentes que en ciertos casos colisionaron en ásperos y traumáticos enfrentamientos. Por tanto, las políticas y los modelos educativos provinciales no fueron ajenos a esa conflictividad, presentando configuraciones específicas en cada jurisdicción. No obstante el potente esfuerzo centralizador que impuso el gobierno nacional, las especificidades provinciales coexistieron con los lineamientos nacionales y en determinados momentos estas definieron la orientación y el “tono” de la política educativa.

En consecuencia, no hubo una única y omnipresente política educativa peronista, más allá de los intentos por imponerla, como en otros ámbitos no hubo una producción y una estética cinematográfica puramente peronista (Krieger, 2009), ni un único y exclusivo estilo arquitectónico peronista (Aboy, 2005). No obstante, en el proceso de consolidación del liderazgo de Perón puede verse el predominio de fuerzas centrípetas que opacaban las luces periféricas. También las políticas educativas provinciales –aun las implementadas durante la misma gestión de gobierno– fueron diversas. Las distintas coaliciones que predominaron a lo largo de la conformación del Partido Peronista en el orden nacional (Mackinnon, 2002) y sus repercusiones en todo el ámbito político incidieron directamente en los gabinetes provinciales. No menos habrían de incidir las seculares tradiciones culturales y educativas de cada jurisdicción. Desde este planteo, considerar el estudio de una política educativa provincial implica desprenderse de los preconceptos construidos a partir de aventuradas generalizaciones conformadas a partir del caso nacional.

El peronismo bonaerense y las políticas educativas de Buenos Aires forman parte de esa “configuración particular”, de esa doble dimensión. Esa particularidad será identificada de aquí en adelante como “mercantismo”. La gobernación de Mercante, cruzada por las tensiones del proceso de construcción del liderazgo político del coronel y por la larvada, pero no menos considerable, rivalidad con Perón, llevó adelante variadas políticas educativas, acordes con la “tonalidad” del escenario político y con las fuerzas propias para imponer su “modelo educativo”. La trayectoria de Mercante entre 1946 y 1952 puede graficarse en un ciclo casi modélico: conoció comienzos débiles y tormentosos que remontó desplegando una enérgica obra de gobierno, alcanzó el cenit hacia 1949 –presidió la Convención Nacional Constituyente y sus hombres predominaban en la coalición de fuerzas que integraban la conducción del Partido Peronista– e inició la fase declinante del ciclo tras el rotundo triunfo electoral de 1950. Los dos últimos años de la gobernación conocieron la hostilidad creciente de quienes veían morir políticamente al otrora “corazón de Perón”. Las políticas educativas espejaron el ciclo del gobierno de Mercante.

Se considerarán, por un lado, los enunciados discursivos y las políticas aplicadas en los distintos ámbitos de intervención estatal: la educación preescolar, primaria, especial y profesional; la capacitación y el “perfeccionamiento” de los docentes, el régimen de retribuciones materiales y simbólicas. Por otro lado, se tendrán en cuenta las transformaciones acaecidas en la estructura estatal del gobierno escolar, en los dispositivos institucionales, en las normas legales de regulación del sistema educativo y en las realizaciones materializadas en obras de infraestructura, dimensiones de las plantas funcionales y matrícula del alumnado. También se problematizará alrededor de la autonomía o el alineamiento de la educación provincial con las líneas directrices impulsadas por el ministerio nacional. Pueden destacarse como centrales las cuestiones referidas, a los fines de la educación primaria, la implementación de la enseñanza religiosa, la particularidad de la enseñanza en ámbitos rurales y la vinculación con el mundo del trabajo. La centralidad que adquirió en la época la injerencia de la Iglesia católica en el campo educativo remite necesariamente al análisis de las disímiles relaciones que Perón y Mercante tuvieron con la jerarquía católica.

Interesa, asimismo, escudriñar en la concepción o el modelo de sociedad que sustentó las políticas y realizaciones del mercantismo. Entran en esta cuestión las ideas referidas al lugar de la Iglesia católica en relación con el poder político, la presencia y los límites del poder sindical y el reconocimiento de los ámbitos sociales –urbanos o rurales– como espacios privilegiados para una sociabilidad virtuosa. Los años en los que surge el peronismo estaban surcados por una diversidad de crisis que Gino Germani (1965) definiera como propias de la transición de la sociedad tradicional a la sociedad de masas, entre ellas, la crisis estimativa, reveladora de la alteración de valores en el plano de las relaciones intersubjetivas. A las crisis no son ajenos los actores políticos que, sintetizando, las abordan desde perspectivas antagónicas; unas conservadoras, procurando restaurar el “orden” precedente, y otras transformadoras, que intentan armonizar un nuevo cuadro de relaciones sociales. Ambas presentan variedad de matices y de intensidad. En la lucha política se dirime el predominio de unas sobre otras, y es en el proyecto o modelo educativo donde se manifiestan con nitidez. Sobre esta cuestión cabe preguntarse cómo las concepciones político-ideológicas sobre el orden social se manifiestan traducidas como políticas públicas educativas. Las determinaciones de la política educativa de Mercante fueron básicamente definiciones acerca del modelo de sociedad que deseaba el mercantismo construir, y no es aventurado señalar que en las distancias con el modelo social que propiciara Perón se albergaron los motivos de la disidencia entre los líderes de la Revolución de Junio.

La educación peronista en los estudios históricos

Los estudios sobre las políticas y la situación educativa del primer peronismo prontamente se impregnaron de conceptos y visiones generadas en las virulentas y facciosas luchas políticas desarrolladas en el país en tiempos del gobierno de Perón. Es así que no es extraño encontrar argumentaciones generadas en el ámbito de la extrajudicial Comisión Nacional de Investigación conformada por la “revolución libertadora” y en la prensa opositora, principalmente La Nación y La Prensa hasta su expropiación. El concepto “peronización”, virtualmente omnipresente en los trabajos históricos, no procede del campo de la investigación historiográfica; es, pues, la categoría nativa creada por los opositores al peronismo para denunciar el fin subalterno de la educación a la manipulación política.

Alrededor de las cuestiones mencionadas se pretende revisar la visión predominante en el campo historiográfico que presenta un panorama educativo homogéneo en lo jurisdiccional –nación y provincias– y una escasa variabilidad en la dimensión temporal. Los estudios sobre la educación en el peronismo clásico acentúan el aspecto propagandístico de la acción estatal y partidaria, el culto a la personalidad de Juan Perón y Eva Perón y la exaltación de sus obras y pensamientos. Predomina en la construcción de estas versiones el análisis de los libros de lectura escolares aprobados por el Ministerio de Educación de la Nación. Como ya se ha dicho, no es ajena a estos enfoques la supervivencia, en los contextos de producción historiográfica, de caracterizaciones en parte devenidas de la lucha política intensificada en los últimos años de la segunda presidencia de Perón, caracterizados por la alta polarización política. A partir ello, se ha construido una versión Estado-céntrica, que tiene como protagonista principal de la educación durante el peronismo al Estado nacional y, por lo tanto, opaca –cuando no anula– el quehacer de los Estados provinciales y sus organismos educativos. El énfasis puesto en estos aspectos y en esta perspectiva ha llevado a presentar como finalidad principal y exclusiva de la educación la “peronización” de la infancia y la juventud, con igual desarrollo e intensidad en todas las jurisdicciones administrativas de la Argentina. Por otra parte, es de destacar que la facultad y la responsabilidad de impartir la educación común o primaria correspondía y corresponde por prescripción constitucional a las provincias; cabe entonces indagar acerca de la orientación ideológica y pedagógica que estas impulsaron. La finalidad que las reformas constitucionales provinciales de 1949 asignaron a la educación y las leyes con ellas alineadas expresaron esas orientaciones, que lejos estuvieron de ser unívocas.

Así como los trabajos compilados y publicados en 2003 por Darío Macor y César Tcach en La invención del peronismo en el interior del país y los realizados con anterioridad por César Tcach (1991), Moira Mackinnon (1996), Darío Macor y Eduardo Iglesias (1997), Adriana Kindgard (1999), Mercedes Prol (2001) y Oscar Aelo (2002), así como las producciones posteriores de estos últimos, arrojaron evidencias sobre la particularidad de los peronismos provinciales, la diversidad de composición y las distancias ideológicas y doctrinarias con el peronismo “central”, se plantean aquí las que existieron en el ámbito educativo bonaerense.

Peronismo y educación: interpretaciones historiográficas

En las décadas transcurridas entre los tiempos del primer peronismo y nuestros días se ha abordado desde distintas perspectivas el tratamiento de la llamada “cuestión educativa peronista”. No obstante la importancia del tema, la mayoría de las investigaciones fueron publicadas a inicios de la década de 1990.

Predominó, con exclusividad, la caracterización que acentuaba el sesgo propagandístico y partidario que la política educativa nacional implementó a partir de 1952. El todo fue tomado por la parte: la educación brindada durante los diez años del peronismo era solo propaganda política, en tanto las políticas educativas provinciales no formaron parte de las investigaciones. Esta visión era cómoda desde la concepción del peronismo como un movimiento verticalista y carismático y, en consecuencia, homogéneo.

Transcurridos diez años de la caída del peronismo, la revista Primera Plana inició una publicación periodística titulada “Historia del peronismo”, consistente en entregas semanales que se extendieron hasta junio de 1969. En septiembre de 1966, bajo el título “Los únicos privilegiados”, lejos de descalificar la acción educativa, la gestión de Oscar Ivanissevich fue presentada como resultante de una seria y elaborada política diseñada en el Primer Plan Quinquenal y de estudios de experiencias educativas internacionales.1 En los mismos años Alberto Ciria y Horacio Sanguinetti (1968) consideraron la política universitaria peronista como autoritaria y ambivalente. Dos décadas más tarde, Ciria (1983) publicó un ensayo sobre la cultura popular en el peronismo a partir de la autopercepción del peronismo basado en las publicaciones oficiales y los discursos de Perón. Los libros de lectura escolar fueron considerados como expresiones genuinas de la cultura peronista. En Política y cultura popular Ciria relativiza la posición que adoptara en 1968, y recupera aspectos sostenidos por defensores del peronismo, tales como el antilimitacionismo y la gratuidad de la enseñanza universitaria. Respecto de la enseñanza primaria, el análisis se limitó a los debates legislativos sobre la obligatoriedad de la enseñanza religiosa. El libro se alejaba de las versiones militantes de la oposición política antiperonista.

La década de 1990 fue la más prolífera en obras dedicadas al estudio de la educación durante el peronismo clásico. Desde perspectivas diversas y en distintos marcos referenciales la cuestión educativa fue abordada en sus múltiples aspectos, principalmente desde la historia política, la historia de la educación y la pedagogía (Escudé, 1990; Puiggrós y Bernetti, 1993; Plotkin, 2007a; Caimari, 1994; Dussel y Pineau, 1995; Rein y Rein, 1996; Cuccuza, 1997; Pitelli y Somoza Rodríguez, 1997; Gvirtz, 1999a, 1999b; Gambini, 1999a, 1999b).

Carlos Escudé (1990: 145-154), en un ensayo cuya finalidad central era reconstruir las bases ideológicas del nacionalismo escolar, afirma que hacia 1943 surge “una cultura exótica” continuadora de la tradición autoritaria, cuyos rasgos centrales fueron el quiebre de la tradición laica y el fuerte avance de los sectores católicos en el gobierno nacional. Para Escudé, nada inventó Perón.

Hacia 1993 Jorge Luis Bernetti y Adriana Puiggrós publicaron Peronismo: cultura política y educación, 1945-1955, preocupados como exmilitantes peronistas por dilucidar cuestiones o mitos que se fueron construyendo durante los años de proscripción del peronismo en los cuales este utilizó la historia como instrumento de lucha política. Los autores fundamentan su análisis desde la perspectiva teórica de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, referida a la existencia de cadenas de equivalencias entre distintas demandas. Finalmente, destacan en el discurso oficial la función del Estado en la formación de los sujetos, orientado por los conceptos del fundamentalismo católico y espiritualismo católico (Puiggrós, 1993: 146).

Desde una perspectiva ideológica distinta, Mariano Plotkin publicó en 1993 Mañana es San Perón. El capítulo V del libro está dedicado a la “reorganización del sistema educativo durante el régimen peronista (1943-1955)”. Plotkin incluye en lo que denomina “régimen peronista” a los gobiernos surgidos del golpe de Estado de junio de 1943. Para el autor, “el sistema educativo fue convertido en los inicios de ese período en un instrumento de adoctrinamiento alrededor del nacionalismo católico, que Perón luego profundizó y redefinió” (Plotkin, 2007a: 172).

Según Lila M. Caimari, dos fueron los períodos de la política educativa nacional, correspondientes a diferentes proyectos educativos. El primero continuó la orientación del gobierno militar de 1943 y el segundo procuró el adoctrinamiento de la infancia y la juventud en el marco de lo que denomina “el cristianismo peronista”. Según Caimari (1994: 137), en los tiempos iniciales del gobierno de Perón el eje de la relación con la Iglesia se localizó en el aspecto educativo.

Otros enfoques adscriben a la educación peronista como expresión genuina de un caso de populismo político. Es el caso de Mónica Rein y Raanan Rein (1996). En el artículo “Populismo y educación” presentan la política educativa de Perón –con referencias exclusivas a la jurisdicción nacional– como resultante de una acción planificada, estructurada en dos períodos: el primero caracterizado como de preparación para uno posterior, cuya finalidad era el adoctrinamiento de la infancia.

Varios artículos focalizados en aspectos específicos de la educación durante el peronismo fueron publicados en los años 90, con la dirección de Héctor Cucuzza (1997). Estos, en general, sostienen como hipótesis de trabajo la preexistencia de un sistema educativo escolar estructurado por la legislación liberal de fines del siglo XIX, al que consideran inmutable, a pesar de los distintos intentos de reforma, y al que el peronismo debió enfrentar (Cucuzza, 1997: 21).

Desde otra perspectiva, Silvina Gvirtz (1999a, 1999b) se aleja de los tradicionales estudios sobre la política educativa peronista para estudiar, es particular, la institución escuela. A fines del siglo XX, Hugo Gambini publica en dos tomos la Historia del peronismo. Gambini (1999a: 335-336), con lacerante pluma, describe las realizaciones educativas del peronismo, diferenciando las gestiones de Oscar Ivanissevich y de Armando Méndez San Martín, en las que encuentra en común un fuerte sesgo laudatorio a las figuras de Eva Perón y Juan Perón.

Coincidiendo con la versión de Caimari, para Susana Bianchi la cuestión de la enseñanza religiosa fue un espacio de intersección entre el peronismo y la Iglesia católica. En los tiempos iniciales de la presidencia de Perón la legalización del decreto 18.411 del 31 de diciembre de 1943 formaba parte de la retribución del favor político que el peronismo debía a la Iglesia. La designación de funcionarios identificados –según la autora– con el ideario católico garantizaba las expectativas de la Iglesia. Según Bianchi (2001: 118), algunas innovaciones del peronismo, consideradas por la Iglesia como peligrosas modernizaciones, iniciaron un proceso que fue corroyendo el vínculo.

Desde el ámbito de la historia de la educación Miguel Somoza Rodríguez presenta una mirada que cuestiona las versiones que considera paradigmáticas del primer peronismo. Centralmente refiere a los enfoques de Mariano Plotkin, Carlos Escudé y Adriana Puiggrós criticando, en unos y en otros, la reducción de los dirigidos a la condición de simples manipulados e irracionales, y afilia esas interpretaciones con la historiografía liberal positivista. Somoza Rodríguez sitúa en el liderazgo pedagógico de Perón, como “líder, predicador y maestro”, la centralidad de los rasgos de la identidad educativa del peronismo. El peronismo sería una paradojal mezcla de democracia social y autoritarismo en el cual el sistema educativo funcionó como una agencia de difusión del programa partidario, como “un instrumento para crear una imagen mítica de Perón y de Eva Perón […] y de brindar una cultura ciudadana y una formación cívica que coadyuvaran a la consolidación de la hegemonía del proyecto peronista” (Somoza Rodríguez, 2006: 115).

Como se ha puesto en evidencia, toda la bibliografía remite exclusivamente a la escala nacional. La ausencia de las políticas provinciales es una temática prácticamente ausente si se quiere tener una idea cierta de la educación peronista considerando que la educación primaria obligatoria según la Constitución Nacional –sea la de 1853 o de 1949– correspondía a los gobiernos provinciales.

Miradas y perspectivas sobre la política educativa de Domingo Mercante

Por su parte, los trabajos sobre la educación bonaerense en la gobernación de Mercante tienen limitaciones, tanto en la consideración integral de todos los aspectos de la educación como en las variaciones ideológicas que impusieron las distintas administraciones peronistas; a ello se suma la restringida consulta de fuentes primarias.

En un artículo sobre la educación bonaerense entre 1934 y 1972 Daniel Pinkasz y Cecilia Pitelli (1997: 16-17) afirman que el período peronista tiene sus anticipaciones en el gobierno conservador de Manuel Fresco (1936-1940), y el Estatuto del Docente de 1951 tendría su antecedente en la ley de escalafón 4.675 de 1938. Un aporte importante fue el realizado por las publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires –compiladas por Claudio Panella– realizadas a partir de 2005, donde distintos aspectos de la educación bonaerense tuvieron un tratamiento específico, que posibilita visualizar cercanías y distancias con la política educativa nacional. Silvia Vázquez (2005: 86) aborda su enfoque a partir de las construcciones político-pedagógicas autodefinidas por el propio peronismo como originales o fundantes, considerando que las formas de vinculación política de la década fueron contrapuestas a las desarrolladas por el modelo oligárquico-liberal hegemónico. De esa vinculación estrecha con el catolicismo diferencia el primer tramo de la gobernación de Mercante, con la imposición de la obligatoriedad de los jardines de infantes en la gestión de Estanislao Maldones. En sus conclusiones presenta a la educación peronista como ambivalente: por un lado, con un alto potencial herético, democrático y de fuerte oposición a las clases tradicionales dominantes y, por otro, impregnada de una perspectiva netamente conservadora y restauradora. Otras publicaciones refieren a aspectos específicos, como el Plan Integral de Edificación Escolar (Longoni, Molteni, Galcerán y Escanciano, 2006). El trabajo presenta los antecedentes de la problemática edilicia escolar y la trayectoria legislativa del plan. Por su parte, Adriana Valobra y Nadia Ledesma Prieto presentan la política educativa de Domingo Mercante y de Carlos Aloé como parte del proceso de integración social que implementaron los gobiernos peronistas. El proceso de politización de los contenidos escolares se habría demorado durante la gobernación de Mercante por la preocupación de brindar una formación espiritualista a los alumnos, que generó ciertos límites y reparos al proceso de “indoctrinación” (Valobra y Ledesma Prieto, 2007: 73). A esos artículos se suma el de Gisela Manzoni (2011: 32) sobre la enseñanza preescolar, donde se presentan los debates parlamentarios del proyecto del diputado Jorge Simini, que finalmente dieron lugar a la sanción de la ley provincial 5.096, que estableció la obligatoriedad de asistencia a los jardines de infantes a partir de los tres años. Desde la perspectiva de género, la autora introduce el debate acerca del carácter pronatalista, de crianza estatizada o promaternalista de la política peronista respecto de las mujeres trabajadoras, adhiriendo a esta última interpretación en la caracterización del gobierno de Mercante. Parafraseando a Marcela Nari, la autora sostiene que “las madres trabajadoras, y sobre todo aquellas que lo hacen fuera del hogar, siempre se habían presentado como una amenaza para la reproducción de la nación”. Por su parte, Eva María Petitti (2014) en su tesis sobre la educación primaria bonaerense entre 1946 y 1955 inscribe la política educativa en el marco más amplio de las políticas sociales impulsadas por el peronismo.

Fuentes documentales: aportes novedosos

Este libro resulta de un proceso de investigación que privilegió la búsqueda y consulta de fuentes primarias, en aras de superar las limitaciones advertidas en los trabajos circunscriptos a la consideración del discurso oficial o la enunciación nominal de las leyes.

La consulta del archivo de resoluciones del Ministerio de Educación ha permitido corroborar y correlacionar la creación efectiva de escuelas con la consignada en los discursos del gobernador y los mensajes oficiales. Del cotejo resultan notorias diferencias que posibilitan conocer la real dimensión del crecimiento de las instituciones educativas. Singular relevancia tiene el análisis de la revista Escuela y Religión, mencionada en algunas investigaciones pero nunca evaluada en su gravitación sobre la educación y menos aún en el gobierno peronista de Mercante. La revista fue fundada, en 1938, por el Consejo Arquidiocesano de Educación Católica y la Federación Católica del Profesorado y Magisterio de la provincia de Buenos Aires y oficializada por el ministro Julio César Avanza en 1949, siendo homologada en su importancia pedagógica y didáctica con la publicación oficial fundada por Domingo F. Sarmiento, en 1858, la Revista de Educación. Escuela y Religión, que nació de las preocupaciones de la jerarquía católica, primero por sostener la implantación de la enseñanza religiosa y luego por definir una propuesta didáctico-pedagógica de la catequesis escolar, permite reconstruir con mayor fidelidad las problemáticas por las que transitó la enseñanza religiosa y, fundamentalmente, la relación de la Iglesia con el Estado provincial. También el análisis de los libros de actas de la Asociación de Maestros de la Provincia de Buenos Aires ha posibilitado –con las limitaciones propias de la mediación– un acercamiento a la recepción que las medidas políticas tuvieron por parte de los docentes agremiados. La investigación en el archivo de la escuela Nº 1 de Lanús ha abierto perspectivas interesantes acerca de la llegada y el tratamiento de las disposiciones de la política educativa por parte de los receptores y ejecutores en el ámbito de las instituciones escolares. Asimismo, es conveniente señalar que ciertas afirmaciones –tal como el crecimiento de la educación profesional– tomadas de los mensajes y las estadísticas oficiales merecen en verdad una puesta en contexto. El estudio realizado sobre la situación educativa previa a la asunción de Mercante revela que esa modalidad de enseñanza tenía un amplio desarrollo expresado en las Escuelas Argentinas de Educación Profesional, instituciones privadas que el gobierno oficializó.

Como se ha señalado, varios de los aspectos de la problemática educativa de la provincia de Buenos Aires han sido objeto de tratamiento en distintos trabajos históricos, en gran parte documentados en la publicación oficial Revista de Educación, en los debates parlamentarios de la Legislatura bonaerense y en la prensa, principalmente de los diarios El Día y El Argentino de la ciudad de La Plata. Los números de la Revista de Educación consultados corresponden a un período mucho más amplio que el tratado en esta obra. Este libro incorpora la indagación de un cuerpo documental relativamente inexplorado. Al material periodístico mencionado se ha adicionado el de diarios nacionales, tanto del periodismo empresarial La Nación y La Prensa como del partidario Democracia y El Líder y, diarios locales como Norte de Quilmes. Asimismo, se han considerado publicaciones estrictamente direccionadas a la corporación docente, tal el caso de la relevante revista La Obra y de otras de menor gravitación como la Revista de Instrucción Pública. En la cuestión de la enseñanza religiosa se han consultado los debates del Congreso Nacional de 1947, que posibilitan ver las argumentaciones que esgrimieron oficialistas y opositores. También se han consultado las publicaciones que desde diciembre de 1943 realizaron las revistas católicas Criterio y Orden Cristiano y el diario católico El Pueblo. El curso de la cuestión en el ámbito provincial se ha indagado a través de la revista Escuela y Religión. Los aspectos referidos a la política educativa de la jurisdicción nacional han sido explorados en la revista El Monitor del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública y en los boletines informativos ministeriales. Con la finalidad de reconstruir el estado de la situación educativa bonaerense en los momentos previos e iniciales del gobierno de Mercante se ha trabajado el IV Censo Escolar de la Nación efectuado en 1943, en especial la sección correspondiente a la provincia de Buenos Aires, y el IV Censo Nacional de Población y Vivienda de 1947.

En cuanto a los aportes novedosos, proceden de la consulta a reservorios documentales poco o nada referenciados en los trabajos existentes sobre la educación bonaerense, los cuales se pasa a reseñar. Exhaustivamente se ha consultado la sección Emilio Fermín Mignone del archivo del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). El fondo documental ha sido objeto de consulta y tratamiento por su biógrafo –Mario del Carril –y, por Petitti en su tesis de doctorado; no obstante, la publicación referida al Plan Integral de Edificación Escolar no ha sido considerada por ambos autores. En referencia a la actuación de Emilio Mignone se ha indagado en la documentación del archivo familiar –parte del cual fuera donado al Archivo Histórico de la Provincia Ricardo Levene–. En él abundan borradores de informes y proyectos de resoluciones y de leyes que Mignone elaboró durante su desempeño como director de enseñanza del Ministerio de Educación entre 1949 y 1952. El archivo contiene una frondosa cantidad de documentación diversa: estatutos, reglamentos de licencia, planes y programas de estudio, acuerdos firmados con el ministerio nacional y, boletines de orientación didáctica del período, además de numerosas notas periodísticas glosadas por Mignone. Muy relevante acerca de la idea de “patria y nacionalidad” fueron las conferencias pronunciadas en el Congreso de Educación de 1950 por el director del Departamento de Didáctica del Ministerio, material que obra en el archivo mencionado. Asimismo, se ha consultado la abundante documentación del archivo Julio César Avanza del archivo Ricardo Levene y la facilitada al autor por la familia Avanza.

Al estudio de la Revista de Educación y del suplemento El reino del niño, la Labor técnica, pedagógica y administrativa publicada por el director general Estanislao Maldones en 1948 y el Boletín Interno de Prensa de 1950, tradicionales materiales citados en los trabajos sobre la educación bonaerense, se han incorporado las publicaciones de las revistas Biblioteca y Cultura. La investigación incorpora, por otra parte, la indagación y el tratamiento de fuentes al momento exiguamente consultadas.

Con referencia exclusiva a la acción de gobierno, los aportes documentales de mayor relevancia son por un lado las actas y las circulares del Consejo General de Educación (CGE) producidas entre 1943 y 1945 y, por otro, las resoluciones del Ministerio de Educación. Las actas registran la composición y los debates del CGE. La agenda temática del organismo posibilita un acceso a las problemáticas que afrontaba la educación bonaerense durante el período de las intervenciones nacionales del gobierno de la Revolución de Junio. Las resoluciones ministeriales consignan los actos efectivos de gobierno a partir de la creación del ministerio en 1949 –designaciones de personal, creación de escuelas, reorganización administrativa, convocatoria a concursos, calendario de actividades escolares, etc.– y contrastar sus contenidos con los enunciados de los discursos y la propaganda oficial. Una fuente de significativa trascendencia lo constituye la publicación oficial de la Reforma Educativa realizada por el gobierno de Manuel Fresco en 1937, fundamentalmente por el registro de las conferencias de presentación que realizaron el ministro de gobierno Roberto Noble y el responsable técnico de la reforma, el consejero general Jorge P. Arriaga, quien se desempeñó como subsecretario de Educación en la gestión de Oscar Ivanissevich.

Aspectos referidos a reconstruir –aunque parcialmente– la receptividad de las medidas de gobierno se ha podido concretar a partir de la consulta del archivo escolar de la escuela primaria Nº 1 del distrito escolar de Lanús (en el período en estudio denominado “4 de Junio”). Contiene amplia información referida a las condiciones materiales y funcionales de la institución, consistente en circulares, notificaciones, informes de inspección, reuniones gremiales, ateneos y jornadas pedagógicas, salarios docentes, titulación y antigüedad del personal, conformación de las plantas orgánicas de las escuelas, funcionamiento de las asociaciones cooperadoras y matriculación, desgranamiento y promoción escolar.

También se han realizado entrevistas en profundidad a actores con desempeño escolar en el sistema durante esos años. Como se verá, importantes son las visiones educativas de la inspectora de Enseñanza Religiosa Ana María Lacasia, de la maestra de jardín de infantes Adelina Alaye y del maestro y profesor Alfredo Van Gelderen, militante de la Acción Católica Argentina que mantuvo en la época una estrecha relación con Emilio Fermín Mignone. Las entrevistas realizadas a María Elais Avanza, hija del ministro Julio César Avanza, y a los hijos de Mignone –Isabel, Javier y Mercedes– aportan sustanciales referencias a aspectos poco conocidos de la gestión de gobierno. A su vez, las entrevistas realizadas por el historiador José Marcilese a José Aralda y Francisco Parera –ambos funcionarios de la gestión Mercante– revelan interesantes cuestiones del quehacer político y cultural del período.

Documentación sobre las agremiaciones docentes bonaerenses se ha podido recabar en el archivo de la escuela primaria Nº 1 de Lanús y en la sede de la Asociación de Maestros de la Provincia, institución que nucleó a los docentes bonaerenses desde comienzos del siglo XX. Las publicaciones de la asociación transcriben las actas de asambleas, congresos, reclamos y petitorios presentados ante las autoridades. El panorama del gremialismo docente en el orden nacional ha tenido como material de consulta la publicación de la revista ADA de la Agremiación del Docente Argentino, entidad constituida hacia 1951, adherida a la Confederación General del Trabajo (CGT). Los contenidos de enseñanza de la educación provincial se han estudiado a partir de los planes y programas de estudio, en tanto que una profusa revisión de libros escolares del período permite el acercamiento a un panorama más amplio de la educación en la provincia.

De vital importancia ha sido el análisis de la memoria del Plan Integral de Edificación Escolar (PIEE) elaborado por Avanza en 1952 –material no consultado en ninguna publicación anterior–, que permite corroborar el estado efectivo de construcciones de edificios escolares nuevos, reparaciones y ampliaciones proyectados, realizados y en ejecución al momento de culminar el gobierno de Mercante

Perspectivas e interrogantes

La reflexión de Mariana Garzón Rogé (2014) acerca de la legitimidad limitada –en el campo de los estudios del peronismo– de la reconstrucción histórica de los procesos o casos provinciales o regionales en sí misma, sustentada en la existencia de vacíos historiográficos, cobrándola solo en la medida que habilite el debate a nivel de problemas y conceptos, se relativiza considerando los escasos avances de los estudios sobre la situación y las políticas educativas en las provincias. Las investigaciones que tuvieron como unidad de análisis las jurisdicciones provinciales o municipales definieron su objeto de estudio casi con exclusividad en la configuración de las coaliciones partidarias y las luchas políticas. Por lo tanto, es sustantivo emprender investigaciones sobre el curso de la educación en las provincias, cuestión que sin duda aporta al desarrollo de debates teóricos sobre el conocimiento histórico. La situación de la educación en las provincias es escasamente conocida y –además de las investigaciones ya citadas– son parciales e incipientes los trabajos elaborados recientemente.

Como interrogante central este libro se plantea en qué medida la política educativa de Mercante –particularmente la formulada a partir de 1949– fue el espejo del modelo de sociedad que animaba los actos políticos del gobernador. En un segundo nivel se cuestiona si a partir de la caracterización del ideal social del mercantismo, impregnado en su política educativa y cultural, pueden rastrearse las huellas que diferenciaban su proyecto político del que animaba el ideario de Juan Perón y, consecuentemente, cómo se pueden encontrar allí los motivos que generaron la divergencia en las trayectorias de ambos líderes políticos. Descartadas las versiones que simplifican y reducen la disolución de la sociedad política Perón-Mercante a episodios anecdóticos, otras múltiples cuestiones derivan en otros tantos interrogantes. ¿Pueden acotarse los motivos de la rivalidad a las aspiraciones de poder político? ¿Hasta dónde llegaban las distancias en el “estilo” del “hacer” político de ambos líderes? ¿Por qué fueron compatibles los desempeños de Perón y Mercante a lo largo de los tres años del gobierno militar y los primeros años del período constitucional? ¿Hubo acaso una notoria diferencia en la relación con la jerarquía de la Iglesia católica por parte de ambos gobernantes? En la reconstrucción de los distintos aspectos de la política educativa provincial y, a partir de ella, en el señalamiento de las cercanías o distancias con la nacional se procurará encontrar las claves de interpretación de una divergencia, que se entiende como expresión de otra más amplia que la incluye y la excede.

En el exclusivo ámbito de lo educativo varios interrogantes orientan la indagación en los distintos aspectos del quehacer institucional. Entre los más importantes están los siguientes: ¿expresan correspondencia los fines educativos de las constituciones, nacional y bonaerense reformadas en 1949?, ¿obedeció a similares motivaciones la inclusión por ley, de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en la nación y en la provincia?, ¿qué motivos pudieron haber impulsado al mercantismo a sancionar una ley de educación alineada con los principios católicos enunciados por Pío XI cuando ya declinaba la estrella política del gobernador?, ¿cuál fue la orientación de la reforma de los contenidos de enseñanza primaria bonaerense?, ¿cuál la correspondencia con las orientaciones nacionales?, ¿pueden inscribirse en una misma concepción ideológica todas las medidas de política educativa del gobierno de Mercante, en particular las referidas a la educación preescolar?, ¿abrevó en una concepción más “católica” que estrictamente “peronista” la creación y orientación de los institutos superiores de pedagogía?, ¿por qué la educación técnico-profesional adquirió una nimia relevancia en contraposición con la impulsada por Perón en el orden nacional?, ¿la predilección por el fortalecimiento de la enseñanza rural encubría la preferencia por un modelo de sociedad más afín con la ruralidad que con el modernismo de las ciudades industriales?, ¿no puede encontrarse conflictiva la vasta acción cultural desplegada en la provincia con la edición de revistas –en particular a partir de 1949– de filiación ideológica afín con principios educativos del “franquismo” cuando Perón se alejaba del modelo español y ponía distancia en la relación con el caudillo?

Otros interrogantes recorren una diversidad de aspectos, aunque con menor densidad explicativa, contribuyendo a pensar la trayectoria de la situación y la política educativa de la provincia de Buenos Aires, tales como los que siguen: ¿en qué medida animó la problemática del analfabetismo la acción de gobierno?, ¿cuál fue el crecimiento de la matrícula y la escolarización de la infancia?, ¿qué magnitud tuvo la presencia del “adoctrinamiento” de la infancia en los libros de lectura escolar?, ¿cuál fue el impacto de las políticas sociales en los ámbitos escolares?

A su vez, imposible es pensar el sistema educativo sin hacer referencias precisas a la condición docente. En tal sentido los interrogantes son fuertes: ¿fue similar al mejoramiento salarial de los obreros industriales al aplicado a las remuneraciones docentes?, ¿variaron positiva o negativamente las condiciones materiales e institucionales de la docencia?, ¿cuál fue el impacto de las distintas estrategias de “perfeccionamiento” docente a partir de la cuestionada como deficiente formación académica de las escuelas normales?, ¿primó la identificación del magisterio con la pertenencia a la clase trabajadora o a las clases medias?, ¿se expresaron las agremiaciones docentes bonaerenses como agrupaciones de trabajadores o de profesionales?, ¿es una versión estereotipada la que muestra al magisterio en una posición política monolítica y fuertemente antiperonista?

Por último, si tanto la Constitución provincial de 1949 como la Ley de Educación 5.650 se fundaron en los principios doctrinarios del peronismo y, a su vez adhirieron a los postulados universales que la Iglesia católica planteaba para la educación de la infancia, ¿puede colegirse que peronismo y catolicismo no fueron, en la expresión “mercantista” del peronismo, doctrinariamente antitéticos, y pensarse entonces el mercantismo como la manifestación de una particular y circunstancial conjunción de peronistas católicos y católicos peronistas?

Nuestra hipótesis es que esa conjunción fue concomitante con la consolidación del liderazgo de Mercante en el gobierno provincial, tras el triunfo electoral de marzo de 1948, y, en el Partido Peronista, con la integración de dirigentes bonaerenses a la conducción nacional partidaria y la presidencia de la Asamblea Constituyente. El afianzamiento político de Mercante devino tras los primeros años de gobierno, en los que vio condicionado su accionar por las presiones de las facciones políticas (Panebianco, 1993) de la coalición, que apoyaron su candidatura, cuestión que se reflejó en las gestiones educativas previas a la sanción de la Constitución provincial y la creación del Ministerio de Educación. Liberados de las coacciones de “laboristas” y “radicales renovadores”, el modelo político y, consecuentemente, el modelo educativo, pergeñado por Mercante en respuesta a la crisis política e ideológica de 1930, tuvieron su manifestación más prístina en tiempos de la sanción de la Constitución provincial de 1949.

Estructura del libro

En atención al relativo vacío bibliográfico que existe acerca del curso de la educación durante el gobierno de la Revolución de Junio, sobre el cual las versiones historiográficas existentes se limitan exclusivamente al ministerio nacional de Gustavo Martínez Zuviría, se desarrolla en el capítulo 1 el azaroso devenir de la Dirección General de Escuelas (DGE) de la provincia de Buenos Aires, entre 1943 y 1946, resultante de las múltiples intervenciones nacionales al Estado provincial. La sucesión de políticas educativas de orientación liberal, católica, nacionalista, filosocialista y radical daban cuenta de la heterogeneidad ideológica de la dictadura de junio y de la gravitación que en esos cambios tenían la variación de las relaciones de fuerza en el contexto internacional y nacional. Por otra parte, el período del gobierno militar interesa sustancialmente, toda vez que Mercante se define como un continuador de la Revolución de Junio. El análisis del censo escolar de 1943 permite conocer la real dimensión de la situación educativa, en particular las problemáticas del analfabetismo y del abandono escolar en la provincia y la nación. Los avances y retrocesos de la influencia católica, la evolución de los presupuestos educativos, la creación del primer grado inferior, las nuevas preocupaciones sobre la atención estatal de la infancia en situaciones de no escolarización y la particular gravitación de la enseñanza profesional completan las cuestiones consideradas.

Con el propósito de hacer comprensibles las transformaciones operadas en la situación del campo educativo durante el gobierno de Mercante se ha considerado necesario plantear un segundo capítulo acerca de la condición docente durante los años previos a la experiencia peronista. Entre 1930 y 1946 se esbozaron las problemáticas que tuvieron continuidad en los seis años “mercantistas” vinculadas a cuestiones como el escalafón y los salarios docentes, el mercado de trabajo y las condiciones laborales del magisterio, el cuestionamiento a la formación profesional adquirida en las escuelas normales, las demandas de “perfeccionamiento” y el surgimiento de los ateneos pedagógicos.

En el capítulo 3 se inicia el tratamiento de las administraciones educativas de Mercante, con la dirección de Alejandro Greca y las rivalidades al interior del naciente mercantismo entre radicales intransigentes, renovadores, laboristas y exlaboristas, rivalidades que erosionaron políticamente al primer director de escuelas designado por Mercante y terminaron con su renuncia forzosa. Por su parte, los límites del poder político de Greca hicieron a su fallida derogación de la ley 4.675. La orientación “progresista” de los tiempos iniciales se hizo evidente con la sanción de la ley que impuso la obligatoriedad de la enseñanza preescolar y la creación de los primeros jardines de infantes estatales provinciales. A su vez eran manifiestos la comunidad de objetivos de los proyectos de Greca y Perón para impulsar la enseñanza profesional. Por otra parte, la ruinosa situación de los edificios escolares tuvo en Greca el primer abordaje sistemático, que se materializó en el diseño del primer plan de edificación escolar.

La obra de la administración de Estanislao Maldones, previa a la transformación sustancial que impusiera la sanción de la Constitución provincial, se desarrolla en el capítulo 4. La infancia intensificó su presencia en la agenda educativa con la incorporación del suplemento El Reino del Niño en la Revista de Educación y la importancia creciente de la enseñanza preescolar, en tanto las innovaciones introducidas en la estructura organizativa de la DGE dieron lugar a la intervención de la psicología como disciplina científica en el campo educacional, hasta el momento de exclusividad del saber pedagógico. Durante la dirección de Maldones se produjo el fortalecimiento político de Mercante que le permitió contar con el apoyo legislativo necesario para lograr la aprobación de un nuevo y ambicioso plan de edificación escolar.

La cuestión de la enseñanza fue un punto de intersección entre el peronismo y la Iglesia católica; sin embargo, no cursó por iguales canales en las distintas jurisdicciones. Si bien el peronismo legalizó en el orden nacional el decreto de 1943 que impuso la obligatoriedad de la enseñanza religiosa, cada jurisdicción dio un tratamiento particular a su implementación, resultante de las también diversas relaciones que tenían con la jerarquía católica. En el capítulo 5 se presentan por un lado las relaciones de Perón y Mercante con la Iglesia católica y, por otro, el tratamiento que en las reformas constitucionales de 1949 tuvo el tema de la finalidad de la educación, tanto en la Constitución Nacional como en las Constituciones provinciales, con el objetivo de definir el grado de homogeneidad con que el peronismo consideró, en las distintas jurisdicciones, la importancia de una educación sustentada en los principios del catolicismo.

En tanto, el capítulo 6 refiere al ministerio de Julio César Avanza, la gestión educativa de mayor duración del gobierno de Mercante y en la cual se produjeron sustanciales transformaciones estructurales devenidas del nuevo orden constitucional que suprimió la Dirección General de Escuelas, el Consejo General de Educación y los consejos escolares, concentrando y centralizando todas las funciones en el ministerio, y un drástico giro ideológico desde el tradicional laicismo hacia el catolicismo. La vastedad de la obra de gobierno y la copiosa legislación educativa prohijada por Avanza y el director de enseñanza Emilio Fermín Mignone han motivado la división del capítulo en tres partes para tratar por un lado las realizaciones, por otra la legislación que se ha denominada “temprana” de 1949 y, finalmente, la legislación “tardía” sancionada en 1951.

Para concluir, en las consideraciones finales, por una parte, se plantean reflexiones metodológicas sobre las problemáticas relacionadas a la generalización y/o extrapolación de conclusiones derivadas de investigaciones realizadas acerca de procesos sociales correspondientes a distintas escalas territoriales, unidades jurisdiccionales o temporalidades y, por otro, se recuperan los conceptos medulares de las problemáticas educativas analíticamente tratadas en los cinco capítulos en el marco de un proceso social más amplio, en el cual adquiere una significación mayor el peso de la dimensión política como modeladora de la vida social. En esta perspectiva, se consideran los mecanismos de elaboración de políticas públicas de los Estados nacional y bonaerense, y sus relaciones siempre sujetas a variación con otras instituciones, en particular con la Iglesia católica.

1. Primera Plana, 27 de septiembre de 1996, pp. 36-39.

CAPÍTULO 1
La Revolución de Junio en la educación de Buenos Aires
Políticas, situación y problemáticas (1943-1946)

La Revolución de Junio no fue un movimiento monolítico y homogéneo, con lineamientos políticos uniformes en todas las jurisdicciones de la Argentina. Tanto en la nación como en las provincias distintas corrientes político-ideológicas disputaron la hegemonía. Mientras que en el orden nacional existieron tres presidentes, en la provincia de Buenos Aires, la inestabilidad política fue mayúscula, dado que, entre comisionados e interventores, sumaron catorce funcionarios a cargo del gobierno. El mutante curso de la vida política bonaerense dio lugar a la implementación de varios proyectos educativos, todos ellos fallidos, inspirados en orientaciones ideológicas que propugnaban distintos modelos de sociedad.

Comisionados e interventores nacionales designaron entre 1943 y 1946 a los funcionarios de la Dirección General de Escuelas (DGE) y el Consejo General de Educación (CGE), organismos autárquicos que tuvieron continuidad durante la dictadura de la Revolución de Junio. La orientación ideológica de los funcionarios designados por el gobierno nacional resultaba de las disputas, los choques y las crisis de las distintas tendencias y corrientes ideológicas existentes al interior de su elenco; en consecuencia, la política educativa bonaerense transitó por una trayectoria similar a la nacional. Según Daniel Campione (1996: 13), se sucedieron distintas líneas político-ideológicas, cuya periodización no reconoce como exclusivo criterio organizador el accionar de Perón y su encumbramiento. Un primer período se extendió desde los comienzos del gobierno militar hasta octubre de 1943, caracterizado por la presencia de funcionarios identificados con principios “liberales”, en un segundo período se evidenció el predominio del tradicionalismo católico y de expresiones filofascistas del nacionalismo, bajo la dirección de los sectores más reaccionarios de las Fuerzas Armadas, la Iglesia y la burocracia estatal hasta el desplazamiento de Pedro Pablo Ramírez de la presidencia en febrero de 1944. No obstante, varios nacionalistas continuaron en el gobierno, hasta que finalmente se produjo el alejamiento del coronel Luis César Perlinger del Ministerio del Interior. En el tercer período las lógicas reaccionarias fueron desplazadas por las sociales impulsadas por Juan Perón. A partir de enero de 1945, se intensificaron las manifestaciones contra las políticas sociales y la denunciada vocación autoritaria del gobierno, acciones motorizadas por los partidos políticos, las corporaciones propietarias y los sectores medios –universitarios y vinculados a estos– que tuvieron como respuesta gubernamental la profundización de las medidas favorables a los trabajadores, sin duda en procura del logro de consenso político entre los sectores populares, ante la perspectiva de la única salida que tenían los militares: la electoral. Por último, con posterioridad a los episodios del 17 de octubre, fortalecido el liderazgo político de Perón, se adoptaron medidas tendientes a acrecentarlo. Las orientaciones político-ideológicas referidas –con sus matices– se vieron espejadas en las políticas implementadas por la DGE y el CGE entre 1943 y 1946.

La Revolución de Junio en la Dirección General de Escuelas: liberales, católicos, nacionalistas, filosocialistas y radicales

Como se ha señalado, en la Revolución de Junio –lejos de la connotación exclusivamente totalitaria que sus opositores le atribuyeron– predominaron diversas filiaciones ideológicas y políticas, en ciertas instancias contrapuestas o poco compatibles. Es así que la educación provincial cursó por una sinuosa deriva ideológica a lo largo de sus años.

Según lo establecía la ley 888 de 1875 el gobierno de la educación bonaerense estaba a cargo de un organismo colegiado, el Consejo General de Educación (CGE) –constituido por ocho consejeros generales– y de un ejecutivo con el cargo de director general de escuelas, quien a su vez oficiaba de presidente del consejo. El CGE fijaba los programas y métodos de enseñanza, nombraba y separaba empleados, dictaba reglamentos, inspeccionaba escuelas, presentaba proyectos de leyes, expedía títulos de maestro, administraba los bienes y las rentas de las escuelas y se encargaba de adquirir terrenos y edificios para la instalación de otras (Barba, 1968: 60). Hacia 1943 el CGE conservaba la totalidad de las funciones asignadas por la ley de 1875, reformada en 1905. Sus responsabilidades eran diversas y se distribuían en tres comisiones: Asuntos Técnicos, Hacienda y Presupuesto e Higiene y Edificación, y estaba conformado por tres tribunales: de Clasificación, Disciplina y Concursos por Oposición.

También conservó el CGE, durante el período de la intervención nacional, las facultades de aprobar la incorporación al Fondo de Escuelas de ingresos procedentes de herencias vacantes, donaciones y multas aplicadas por las delegaciones de la Secretaría de Trabajo y Previsión de la Nación. Asimismo, compraba terrenos y edificios para las escuelas, aceptaba o rechazaba denuncias de herencias vacantes y donaciones y propuestas de venta de terrenos y edificios, aprobaba el presupuesto anual de educación, los planes y programas de estudio, la creación de grados y escuelas privadas, la designación de su personal y los certificados de aptitud pedagógica. Reconocía y/o negaba el cobro de sueldo de los docentes, imponía los nombres a las escuelas, bonificaba los títulos y otras tantas cuestiones menores, como otorgamiento de cesiones de uso de los edificios escolares, daba autorización para instalar mástiles en el patio de las escuelas, suspender las actividades, etcétera.

A lo largo de los 36 meses de intervención nacional se designaron nueve directores generales de la DGE (cuatro abogados, dos profesores, un teniente coronel, un arquitecto y un no titulado).1 Mientras que 37 consejeros generales fueron alternativamente integrantes del CGE –entre ellos solo una mujer–, muy pocos actuaron en distintas gestiones, en tanto que ningún consejero permaneció en todo el período. Según titulación o profesión el CGE estuvo compuesto por catorce abogados, ocho no titulados, cinco profesores, tres sacerdotes, dos militares y un ingeniero. Muy significativa fue la presencia de sacerdotes en todos los CGE que se constituyeron entre 1943 y 1946. Nunca con anterioridad, ni posteriormente, miembros de la Iglesia católica formaron parte de ese organismo del gobierno educativo.

Escasa fue la representación del magisterio en la DGE y el CGE: solo dos directores generales tenían formación docente –uno de ellos con trayectoria en la enseñanza primaria provincial–, en tanto de los veintisiete consejeros generales que alternativamente integraron el CGE solo cinco eran profesores. Resultado, en parte, del desconocimiento de la especificidad del quehacer educativo de la mayoría de sus integrantes y, de la prioridad dada por estos a la lucha política, la agenda de la DGE y del CGE versó principalmente sobre cuestiones político-ideológicas, o presupuestarias, mientras que fueron derivados a la intervención de la Inspección General los asuntos estrictamente técnico-educativos.

Muy limitadas en su duración fueron las gestiones de los directores generales: solo las tres primeras alcanzaron los siete meses, las restantes en algunos casos apenas un mes. La discontinuidad se vio acentuada por la renuncia de los consejeros en cada remoción de director general. Consecuentemente, no hubo una única y coherente política educativa de la Revolución de Junio en la provincia. La sucesión de equipos con proyectos educativos animados en distintas concepciones educativas y divergentes modelos de sociedad operó como un inhibidor de cualquier transformación o reestructuración del aparato estatal. Algunas tibias innovaciones naufragaron entre una maraña de desinteligencias. En general, la historiografía sobre la situación del Estado nacional en el período destaca la existencia de un fuerte proceso de reorganización y centralización, proceso que adquirió singular relevancia en el área de trabajo, reorganizada en Secretaría de Trabajo y Previsión a partir del Departamento Nacional del Trabajo (Campione, 2003: 129). Al respecto, es necesario recordar que el área contó con la jefatura política de Perón desde noviembre de 1943 hasta octubre de 1945. La continuidad sostuvo el proceso de transformación. Por el contrario, la discontinuidad reinó en el aparato educativo estatal bonaerense que conservó –a diferencia del nacional–2 los organismos de gobierno surgidos en el siglo XIX.

Armando Molla Villanueva: “Vosotras, como mujeres y como maestras, sois las reinas de la democracia”

Armando Molla Villanueva fue el primer director general de escuelas designado por la intervención nacional de Armando Verdaguer. Al asumir sus funciones el 28 de junio de 1943 reivindicó al expresidente Ricardo Ortiz y definió a su administración –junio de 1943 a enero de 1944– como la continuación de su desempeño en la DGE durante la intervención nacional a cargo de Octavio R. Amadeo, que puso fin al gobierno de Manuel Fresco.3 De militancia “antipersonalista”, señaló como fundamentos de su política el respeto a la constitución y a la legislación educativa. Comprometió su quehacer con la eficiencia administrativa, condenó la que denominó “burocracia excesiva” y afirmó el cumplimiento estricto de la ley 4.675, para determinar los ascensos y traslados de los docentes. En su discurso prometió reconocimientos a los “buenos maestros, a los maestros dignos, que acaso no buscan o no quieren padrinazgos políticos” y represión enérgica para las faltas graves y el incumplimiento del deber.4 Acorde con la preocupación por la eficiencia administrativa, la cuestión presupuestaria ocupó un lugar de relevancia; de esta, como luego se verá, surgió la ocupación del numeroso plantel docente en la atención del primer grado inferior, creación que propuso su gestión.

“Despolitizar” el sistema educativo, anulando las redes de padrinazgo político, era para Molla Villanueva la clave de su gestión, que proponía como consiga el aséptico lema “decencia, orden y trabajo”. Su compromiso con la Revolución de Junio era explícito e irrestricto: “Estamos aquí como consecuencia de un movimiento realizado para salvar los destinos del país”, escribía en las páginas de la Revista de Educación.5

Su representación del magisterio se correspondía con la tradicional identificación con la figura misional del apóstol. En el discurso radial de cierre del año escolar 1943, tras palabras laudatorias a la personalidad de Sarmiento interpeló a las maestras con idéntico tono:

Vosotras, como mujeres y como maestras, sois las reinas de la democracia. Levantáis el trono en el hogar y tenéis en vuestras manos la inteligencia y el corazón de la infancia, o sea, el porvenir y los destinos de la patria.6

La misión asignada a las maestras como “reinas de la democracia” lejos estaba de compatibilizarse con la simpatía por los regímenes corporativos y totalitarios, que profesaban varios funcionarios nacionales del área educativa. Si bien durante esos primeros siete meses hubo ciertos avances de la Iglesia católica que acercaron la política educativa a los principios del catolicismo, las líneas generales de la gestión se correspondían ideológicamente con las del liberalismo tradicional.

Emiliano Mac Donagh: “La pacificación de la familia argentina”

A comienzos de 1944 se produjo un cambio sustancial en el gobierno de la educación provincial: renunció el director general y cuatro miembros del CGE, entre ellos los más activos, Rodolfo Pérez Duprat y Juan Francisco Jáuregui.7

La intervención nacional en la provincia de Julio O. Ojea (5 de enero de 1944/5 de mayo de 1944) optó por designar –en reemplazo de Molla Villanueva– a un científico, el profesor de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata doctor Emiliano Mac Donagh, ictiólogo y prestigioso académico. Su nombramiento respondía al avance de los sectores católicos en el área educativa. Mac Donagh conciliaba su perfil científico de investigador y docente universitario con su militancia católica. En la revista Criterio publicó varios artículos de divulgación en los períodos 1929-1929 y 1932-1933, también durante los años del peronismo en el gobierno realizó diversas publicaciones. De acuerdo con el tono general de sus notas en Criterio, cuestionó lo que consideraba “la pretensión de dominar a la Iglesia en nuestros días es, pues, doblemente insensata”.8 Sus críticas al ateísmo y al socialismo eran recurrentes.9

La política de Mac Donagh no se alineó con la orientación autoritaria del Ministerio de Educación nacional. Mientras que en universidades, colegios secundarios y escuelas nacionales se suspendían y exoneraban profesores y maestros, la provincia impulsaba una política de conciliación con el magisterio bonaerense. Mac Donagh tituló su discurso de asunción “El magisterio, parte nobilísima de la familia argentina” y fundamentó su decisión de aceptar el cargo en la identificación con la consigna del presidente de la pacificación de la familia argentina. También reivindicó para la exitosa y precursora tarea del magisterio bonaerense la implantación de la educación católica en la educación de todo el país.10 Similar manifestación tuvo su presentación en el CGE; su consigna era “la pacificación de los espíritus y la continuidad del trabajo”.11 Las gestiones de los directores de la DGE del primer año de la Revolución de Junio tuvieron una relación de no confrontación con los intereses de la corporación docente.

Eduardo Noya: “En el magisterio deben desaparecer, a la par que la política, las influencias externas y las complacencias”

En forma tajante viró la orientación política e ideológica de la DGE con la designación del teniente coronel (R.) Eduardo Noya como director general. “Dios, patria y familia” fue el lema levantado por el ministro de Gobierno de la intervención nacional, el coronel Alfredo Arguero Fragueyro, al ponerlo en funciones. Según el ministro, más allá de las problemáticas educativas –analfabetismo, deserción, déficit edilicio–, condiciones en muchos casos ajenas al organismo educativo, la principal preocupación devenía de la existencia comprobada en el magisterio de que “[e]n su seno actúan docentes que en el desempeño de su elevado magisterio tratan de inculcar a sus educandos ideas y principios absolutamente contrarios a la nacionalidad”.12

Con tono amenazante anunciaba una severa represión para los que profesaban “doctrinas extremistas, símbolos nefastos de disociación”, extrañas a la misión del culto a las instituciones patrias y a la moral cristiana. El discurso fuertemente militarista y adverso a la actividad política definía al cargo público que desempeñaban los maestros como un puesto de combate:

En el magisterio deben desaparecer, al par que la política, las influencias extrañas y las complacencias. Debe primar el patriotismo, la justicia, la competencia y la moral, esta última basada en los principios de la religión católica.

Noya condicionaba la dignidad del magisterio bonaerense al fiel cumplimiento de los preceptos que el general Manuel Belgrano sugirió para los maestros al realizar la donación, en la segunda década del siglo XIX, de fondos para la construcción de las escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Noya desplazó casi a la totalidad de los consejeros del CGE y cuestionó la vigencia de la ley 4.675 que las anteriores gestiones ponderaron. El consejero capitán de fragata (RE) Vicente Ferrer, con argumentaciones adversas al quehacer de los partidos políticos, propuso la modificación de la ley 4.675 aduciendo fallas legales y redacción confusa. Afirmó que el CGE no había tenido participación ni injerencia en la sanción de la ley, ni tampoco en su reglamentación, ambas obras exclusivas de ramas políticas del gobierno provincial. Ferrer señaló que la ley dio frutos opuestos a los esperados y generó reclamos permanentes de los docentes. El CGE decidió formar una comisión para estudiar modificación de la ley.13

Acorde con la denuncia realizada por el ministro de Gobierno, miembros del CGE propiciaron la persecución ideológica de los docentes y la creación de mecanismos de vigilancia institucional. El consejero general capellán José Propato denunció que la bibliografía utilizada en los Ateneos Pedagógicos (AP) era un “verdadero atentado a nuestra tradición y religión moral y cristiana”, que los autores consultados eran ateos, materialistas o positivistas, y citó escandalizado un caso en que se hizo “apología del psico análisis de Freu” (sic).14 A raíz de su denuncia se constituyó una comisión investigadora sobre el funcionamiento de los Ateneos Pedagógicos.

La gestión de Noya se desarrolló contemporáneamente con la intervención en el Consejo Nacional de Educación de Ataliva Herrera, quien intentó unificar los planes de estudio, los métodos de enseñanza y los textos de todas las provincias a partir de la imposición de los vigentes en el ámbito nacional. La tendencia a la concentración y centralización de las decisiones de la política educativa formaba parte de los gobiernos autoritarios de la época. Según Luciandra da Silva (2010: 105), “merece ser recordada la tendencia centralizadora y dictatorial que marcó el gobierno de Vargas” instalada en Brasil, fundamentalmente a partir de la sanción de la Constitución de 1937 y la instauración del Estado Novo. La política motorizada desde la jurisdicción nacional se contraponía a la tradicional autonomía educativa de Buenos Aires.

Por la manifiesta aversión a los partidos políticos, al liberalismo y a las ideas de izquierda expresada en varias oportunidades por los consejeros generales que acompañaron al teniente coronel Noya, su gestión se caracterizó por su autoritarismo que, en términos de propuesta política, bordeaba los límites de una concepción totalitaria corporativa.

Carlos F. Ancell: “La Secretaría de Trabajo y Previsión… impulso vivificante y renovador de la Revolución de Junio”

A comienzos de 1945 renovados vientos soplaban en la provincia de Buenos Aires con el nombramiento como interventor nacional de Juan Atilio Bramuglia (Rein, 2006: 92 ss.). La designación de Bramuglia15 se inscribía en un nuevo posicionamiento político del gobierno de la Revolución de Junio, y tres cuestiones lo caracterizaban: la salida del gobierno de los sectores nacionalistas tras el fracaso de la política internacional y el riesgo de aislamiento de la Argentina, la consolidación de la figura de Juan Perón como hombre fuerte del gabinete nacional y la tendencia del gobierno militar hacia una salida constitucional ordenada y decorosa, por lo que varios militares fueron desplazados del desempeño de funciones civiles que desempeñaban (Rein y Sitman, 2005: 155). En este contexto se produjo el relevo del teniente coronel (R.) Noya de la DGE.

El arquitecto Carlos F Ancell fue designado director general, en tanto que el CGE se renovó íntegramente, con la renuncia de todos los consejeros que acompañaron a Noya. Ancell era un hombre identificado con la Revolución de Junio, la orientación ideológica de la intervención y, como lo expresara al asumir su cargo, con la política de Perón:

Afinidad espiritual que me vincula a las reformas de profundo significado social encaradas y llevadas a buen término por la Secretaría de Trabajo y Previsión […] impulso vivificante y renovador de la Revolución de Junio.16

Por primera vez se ponía de manifiesto en las autoridades de la DGE una afinidad expresa con una de las corrientes políticas que pugnaban en el gobierno nacional. Las palabras de Ancell referían claramente a su identificación ideológica con el interventor Bramuglia y con el vicepresidente de la nación y artífice de la política de la Secretaría de Trabajo y Previsión, Juan Perón.

El reposicionamiento internacional de la Argentina se reflejó en las definiciones políticas del CGE. Ante el fallecimiento del presidente de Estados Unidos, Theodor Roosevelt, Ancell promovió un homenaje institucional al “gestor de la cruzada emancipadora que el mundo ha vivido en los últimos años y ciudadano eminente de la democracia”. A su vez, el consejero Manuel Crespo García expresó:

Ha muerto el presidente Roosevelt y se va sin ver el próximo triunfo al que con su magnífico esfuerzo y su clarividente visión de tan decisiva manera supo conquistar […] invito al honorable Consejo a ponerse de pie en homenaje a su eminencia y reafirmar, así, en esta postura de acción la inconmovible trilogía de ser que es nervio motriz de su intergiversable destino: Democracia, Justicia y Libertad.17

El nuevo CGE desplegó una política definidamente contrapuesta a la llevada a cabo por la gestión anterior. Puso en vigencia el nuevo reglamento general de escuelas públicas de 1944 elaborado por el CGE que acompañó a Mac Donagh y cuestionado por los consejeros de Noya, y adoptó medidas reivindicativas del ideario liberal. La Constitución Nacional y las figuras de Juan Bautista Alberdi y Bernardino Rivadavia –íconos ambos de los sectores políticos opositores al gobierno surgido el 4 de junio– adquirieron relevancia en el mundo escolar. El CGE incorporó al calendario escolar el 30 de abril como día de la Constitución Nacional, con el dictado de clases alusivas, y dispuso que una escuela de cada distrito fuera designada con el nombre “Juan Bautista Alberdi”.18 Las definiciones políticas del CGE se alineaban con el curso de la política nacional orientado hacia la institucionalización del país por la vía electoral.

La composición del CGE giró hacia una política de corte “progresista”. Transgrediendo la tradición de la composición masculina del CGE, nuevamente de modo excepcional una mujer era designada consejera general.19 La doctora María Esther Luzuriaga de Desmarás formó parte de la Comisión de Higiene y Edificación y presidió el Tribunal de Concursos de Oposición. Desmarás estaba vinculada con Bramuglia a través de su esposo, el doctor Carlos R. Desmarás, quien se desempeñaba como secretario del Instituto Nacional de Previsión Social de la Secretaría de Trabajo y Previsión (Rein, 2006: 121). En el acto de asunción de Bramugla, acompañando a Perón, Mercante y otros altos funcionarios nacionales, se encontraba Carlos Desmarás, quien pertenecía a las filas del radicalismo revisionista, movimiento que expresaba su adhesión a Bramuglia y a Perón.20 La afinidad de la gestión Ancell con Perón y su proyecto político era evidente.

La consejera Luzuriaga de Desmarás, interpretando la afición de Bramuglia a la figura de Rivadavia, propició el proyecto por el cual todas las escuelas de la provincia rendirían homenaje al prócer en el centenario de su fallecimiento durante la semana del 27 de agosto al 1 de septiembre. Paralelamente indicaba a la Inspección de Enseñanza la elaboración de guías didácticas para cada grado y la formación de una comisión de homenaje. Lejos estaba en esos tiempos la figura de Rivadavia de generar simpatías en los medios católicos. Al olvido pasaban los tiempos de las primeras gestiones del gobierno militar en los que predominaba en el CGE el olor a sacristía.

También la figura de Sarmiento fue objeto de reivindicación. El consejero Crespo García, con motivo del atentado a un busto del prócer en la ciudad de La Plata, decía:

[N]uestro pueblo ama a Sarmiento, nuestro pueblo vela con infalible intuición su memoria, porque sabe que todo él fue una gran llamarada de patriótica unción, ardiendo omnipotente hasta lo sublime, en la pira sagrada de la libertad.21

Crespo García denunciaba a los ejecutores del atentado como los partidarios del fraude y la politiquería menuda, aludiendo a los conservadores. En su intervención en el CGE parafraseó a Barmuglia afirmando que la Revolución de Junio fue un acontecimiento histórico engendrado por el país mismo para cambiar de tono la nacionalidad y, en claro guiño hacia sectores del radicalismo, citó juicios de Octavio Amadeo –el interventor nacional al gobierno de Manuel Fresco que designó Roberto M. Ortiz en 1940– sobre Sarmiento.22 La “argentinidad”, lugar común de la cultura de la época, era identificada con los nombres del panteón liberal. Crespo García convocaba a “[c]omprometer todo nuestro esfuerzo hasta lograr que la escuela común sea el templo seguro donde se oficie el culto sagrado de la argentinidad más pura, cuya trayectoria amojonan en hitos luminosos los nombres augustos de Belgrano, San Martín, Rivadavia, Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Avellaneda y otros más, penates inconmovibles del insobornable sentimiento democrático del país”.

Todas eran señales evidentes de una búsqueda de acercamiento con quienes en el magisterio adherían o simpatizaban con las tradiciones liberales y con el radicalismo. Las medidas que procuraban definir la identidad de cada gestión de la DGE mostraron un rumbo oscilante, que se desplazó desde la devoción a las figuras religiosas hasta la exaltación de los pensadores fundacionales del liberalismo nacional, pasando por la entronización de los héroes y guerreros militares de las guerras de independencia.

Con Ancell cambió radicalmente la relación con la corporación docente. Para el nuevo director general ya no estaban entre las filas docentes los enemigos ideológicos de la “revolución”, sino las víctimas de las persecuciones políticas llevadas a cabo por el gobierno de Fresco, siete años antes. Muchos de ellos, militantes o simpatizantes radicales, a cuyos dirigentes cortejaba Bramuglia, quien mantuvo reuniones con Ricardo Balbín, Alejandro Leloir, Ernesto Boatti –presidente del comité de la Unión Cívica Radical (UCR) de la provincia de Buenos Aires– y todos aquellos radicales dispuestos a secundar los planes del gobierno, la mayoría de ellos militantes en el yrigoyenismo y enfrentados a la conducción oficial del partido en el orden nacional con intenciones de lograr su adhesión y apoyo (Rein, 2006: 133). El consejero Crespo García propuso la inmediata reincorporación de la maestra Emilia Devincenci cesanteada de la escuela Nº 7 de Florencio Varela por negar su afiliación al partido gobernante en 1937 y de todos los cesanteados por los mismos motivos. La maestra fue inmediatamente reincorporada, en tanto que la presidencia del CGE, en decisión conjunta con la intervención nacional, acordó la confección de un registro de todos los docentes cesanteados por razones políticas.23 La política de reparación y de atención a los reclamos docentes reemplazaba a la de subordinación y persecución de la gestión anterior.

Un tanto extemporáneo fue el inicio de la política de conciliación con los docentes bonaerenses. Las buenas relaciones entabladas por Perón con representantes del magisterio nacional, en mayo de 1944, se habían deteriorado seriamente. En la Secretaría de Trabajo y Previsión se formó a mediados de 1944 una comisión para elaborar un nuevo escalafón, para descongelar los sueldos docentes fijados hacía veinticinco años. El hecho dio lugar a una elogiosa publicación de la revista La Obra, en apoyo a la intervención del gobierno constituido por el movimiento revolucionario del 4 de junio, por su obra de “limpieza acometida con coraje y eficacia”. La publicación, de amplia difusión entre los maestros, afirmaba que la acción constructiva estaba en marcha, y sentenciaba:

El discrecionalismo y favor hasta aquí imperantes desaparecerán para siempre y de verdad cuando el magisterio posea el tan anhelado y reclamado escalafón de la carrera docente, cuya urgente sanción estaría abonada si faltasen otros argumentos, por las palabras plausiblemente intencionadas y dignas de todo apoyo que acaba de pronunciar al respecto en su discurso del 1 del mes en curso el Excmo. Señor ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión, coronel D. Juan D. Perón.24

Las cesantías y exoneraciones de profesores y maestros dispuestas por la intervención en el Consejo Nacional de Educación a partir de abril de 1944 enturbiaron las negociaciones que llevaba adelante Perón. La Obra, en nota editorial titulada “No es verdad”, denunció la puesta en comisión de todo el personal docente, técnico y administrativo de las escuelas primarias nacionales. El interventor en el Consejo Nacional de Educación afirmaba en discursos y declaraciones que debía extirparse el “comunismo” infiltrado en la docencia y también separar de sus filas a quienes no ofrecían garantías de moralidad. El editorial sostuvo que la rapidez en la aplicación de la medida y los argumentos “entrañan la afirmación de que en el magisterio ha adquirido peligroso e inadmisible volumen la masa de elementos comunistas e inmorales”, acusaciones que la revista calificó de absolutamente falsas.25

En el tramo inicial de la intervención de Bramuglia en la provincia, el deterioro de la relación del gobierno con la docencia nacional había adquirido magnitudes irreversibles. La revista La Obra, principal reflejo de la opinión docente nacional, que con beneplácito había celebrado el advenimiento del movimiento del 4 de junio,26 se encontraba en abril de 1945 en franco enfrentamiento con el gobierno nacional. Definía a las autoridades que habían ordenado la edición del libro para la enseñanza religiosa como los corifeos integrantes de un raro maridaje nazi-clerical que habían inficionado hasta el aire que se respiraba y exigía su desplazamiento de todos los cargos oficiales. En la nota editorial titulada “Repulsa”27 expresaba:

Todo ataque a los principios democráticos y liberales que informan la constitución y la vida de nuestro país, todo intento de socavar la paz social, toda práctica anarquizante […] configuran un delito repugnante a nuestro patriotismo […] ¿Y qué diremos cuando esa osadía y tamaño delito campean en libros o tribunas oficiales? Ahí está, por ejemplo, ese libraco editado por el Consejo Nacional de Educación (CNE) el año pasado y distribuido a todos los maestros para adoctrinarlos en la enseñanza de la religión católica, libraco en cuyas páginas (145-146 y 148) se zahiere torpemente nuestra Ley de Registro Civil, y se moteja de “concubinato” al matrimonio celebrado de conformidad a ella, mientras que en las páginas 147, 148 y 149 la diatriba se encarniza con la escuela de la ley 1.420, ofendiéndose gratuitamente a quienes la respetamos y servimos.

Desde el gobierno nacional Perón emprendió el camino de acercamiento a los docentes bonaerenses. Su intervención en la cuestión laboral docente fue directa: a poco de iniciada la gestión de Bramuglia, expresó públicamente la urgente necesidad de estudiar y solucionar el problema del desnivel salarial que sufría el magisterio provincial. Tras reconocer la importancia de la enseñanza y los esfuerzos de los docentes, en particular de los que se desempeñaban en el ámbito rural, sugirió la elevación del sueldo mínimo a 200 pesos m/n y la adopción de medidas que permitieran garantizar a las maestras la unidad familiar.28 Poco más de un mes después, la intervención nacional firmó el aumento salarial para los 14.565 docentes de la DGE; el sueldo mínimo se elevaba de 170 a 200 pesos m/n.29 Por otra parte, varias resoluciones del director general disponían traslados en casos excepcionales, con el fin de resolver situaciones que afectaban la unidad de las familias. Ambas cuestiones habían sido tratadas infructuosamente desde 1943 por el CGE.

No obstante la política de acercamiento y reparación, se produjeron fuertes tensiones con sectores del magisterio provincial. La DGE dispuso traslados, ascensos y nombramientos de docentes en varios distritos de la provincia,30 medidas que desataron un fuerte cuestionamiento por parte de la Asociación de Maestros que reclamó la revisión de todas las designaciones, la puesta en vigencia del reglamento de ingreso a la docencia que se encontraba suspendido, la intervención del Tribunal de Clasificaciones en los ascensos de ubicación y jerarquía, la publicidad de los cargos vacantes y la anulación de la designación de maestros adscriptos. El cuestionamiento motivó que la DGE dispusiera la convocatoria a una consulta al magisterio sobre la aplicación de la ley 4.675, con la finalidad de producir un informe para su posterior elevación al Ministerio de Gobierno.31 El director general había resuelto ascensos de ubicación, facultado por el CGE para tomar decisiones en casos de urgencia no previstos en la ley 4.675 y por el artículo 190 de la Constitución provincial. La problemática de los traslados por unidad familiar se venía tratando desde gestiones anteriores. En varias oportunidades se presentaron proyectos para modificar artículos de la ley. Detrás de la reacción gremial operaban motivaciones políticas. La DGE denunció la maniobra de ocultamiento de información realizada por el comisionado escolar de Tandil e integrante del consejo local de la AM, el maestro Santiago Fernández. El Tribunal de Clasificaciones había dispuesto, según estricta aplicación de la ley 4.675, los ascensos y traslados que el comisionado no hizo públicos.32 El ocultamiento habría generado el malestar docente.

Pocos días después del conflicto se anunció el alejamiento de Ancell de la DGE, con motivo de hacerse cargo de la rectoría del Colegio Nacional Manuel Belgrano de la Capital Federal. Su renuncia fue aceptada con elogiosos conceptos.33 La anunciada dimisión de Ancell finalmente se concretó el 19 de junio, y a cargo interinamente de la DGE quedó el vicepresidente primero del CGE Manuel García Crespo, quien se desempeñó hasta fines de julio. En reemplazo de Ancell fue designado Juan Carlos Miranda, militante forjista, según el trabajo de Juliana López Pascual. El nuevo director se había desempeñado como comisionado municipal en Bahía Blanca entre el 7 de febrero y el 27 de julio de 1945. Un hombre de Bramuglia continuaba en la DGE.

Juan Carlos Miranda: “La patria es hija de la democracia”

Por primera vez el CGE tuvo plena continuidad frente a un cambio de director general. Al poner en funciones a Juan Carlos Miranda, el subsecretario de gobierno Juan E. Coronas destacó esa continuidad. Coronas señaló como central la lucha contra el analfabetismo y anunció la creación de 500 nuevos puestos de maestras (revistaban en la DGE hacia 1945 cerca de 15.000 docentes). A diferencia de los directores generales anteriores, Miranda se había desempeñado en las aulas de las escuelas provinciales.34

La consolidación de una línea afín con una salida política electoral era evidente. Los funcionarios de educación no hacían referencia a su inspiración en los principios de la Revolución de Junio. Miranda prometió seguir la política de Bramuglia, de saneamiento administrativo, implantación de normas democráticas en la función pública, reparación de las injusticias y lucha contra el analfabetismo. Tituló su nota de presentación ante la corporación docente “La ley general de educación será mi norma”, en la cual subrayó la necesidad de “abroquelar a los niños contra toda idea antidemocrática [y] dotarlos de fuerzas morales contra los falsos apóstoles” para concluir afirmando: “La patria es hija de la democracia”.

A inspiración del pensamiento reformista de Bramuglia, la agenda de la DGE incorporó como temas centrales la construcción de edificios escolares y la “batalla contra el analfabetismo”. El interventor anunció el plan de construcción de setecientas escuelas y el mejoramiento de las condiciones laborales de los docentes para optimizar la enseñanza. En verdad, la “batalla contra el analfabetismo” magnificaba el problema. Según el informe del IV Censo Escolar de la Nación, la Argentina “es un país en que el analfabetismo afecta a solo una reducida porción de la población, y cuya extinción total, con poco esfuerzo, puede ser prevista para dentro de contados años”.35 Buenos Aires era la provincia con la tasa de analfabetismo más baja –3,2– en el grupo de 14 a 21 años, solo mejorada por la Capital Federal con el 0,7.36 La nueva agenda marcó los rumbos de las gestiones posteriores.

Idéntica orientación tuvieron las palabras del consejero Crespo García, quien afirmó que “la línea democrática, la dignidad cívica y la recuperación de la decencia ciudadana no deben estar ausentes de la función pública”. La reincorporación de los docentes radicales cesanteados en 1937 y 1938 por causas políticas ratificaba la vocación de la DGE de reparar las injusticias.37

Miranda planteó un vínculo amigable con el magisterio; les habló a los maestros desde su condición de compañero, su comprensión de los problemas y la valoración de los esfuerzos de los docentes, que definió como propios de un apostolado. Reconoció la existencia de maestros postergados, “enfermados” en las aulas y sin horizontes laborales. Su gestión se desarrolló en el convulsionado clima político de la segunda mitad de 1945, caracterizado por el virulento ataque de la oposición al gobierno militar, centrado principalmente en la figura de Perón; el forzado alejamiento de Bramuglia de la intervención en la provincia, la renuncia y detención de Perón y su posterior afirmación como líder de las huestes populares, y los inicios de la cruenta campaña electoral.

A mediados de septiembre la presión opositora provocó la renuncia de Bramuglia (Rein, 2006: 138-139). Eran los momentos de mayor poderío de quienes exigían en las calles –en la Marcha de la Constitución y la Libertad– el fin del gobierno militar, la entrega del poder a la Corte Suprema de Justicia y la inmediata salida electoral. Desde un mes antes se hablaba de la crisis en el gobierno provincial provocada por el fracaso del acercamiento con sectores del radicalismo. El embate no tuvo consecuencias directas e inmediatas en el área de la educación provincial. A pesar de la definida y expresa identificación política de Miranda como un hombre de Bramuglia, tanto él como la totalidad de los integrantes del CGE lograron mantenerse en sus cargos durante la crisis política de septiembre.

A comienzos de 1946, en medio de una catarata de renuncias de funcionarios provinciales y de la crisis producida en el CGE por la dimisión del consejero García Crespo, Miranda presentó su renuncia; finalmente el interventor nacional Francisco Arturo Sainz Kelly la aceptó el 22 de enero.38 Considerada la orientación de la gestión de Miranda una continuación de la de Ancell, esta fue la de mayor duración durante el período 1943-1946.

Entre enero y mayo de 1946, la situación de la DGE estuvo marcada por la incertidumbre y la inestabilidad, generadas por la áspera y violenta lucha electoral y, más aún, por su sorprendente resultado. En enero de 1946 asumió interinamente la DGE el doctor Horacio Beltrán. Apenas días después la Intervención aceptó su renuncia y designó al profesor Armando Picarel, quien se había desempeñado en ámbitos educativos de la Capital Federal. Picarel modificó parcialmente la composición del CGE, rechazó las renuncias de Pardal, Mestorino, Cárcova e Insaurralde y aceptó las de Desmarás, Segovia, González y Torres Molina.39 Desmarás había sido la consejera más activa en las gestiones de Ancell y Miranda. En mayo circularon versiones de las renuncias de Picarel y del vicepresidente primero del CGE Juan Manuel Pardal. Por último, el 1 de junio Mercante aceptó la renuncia de Picarel. Durante el primer semestre de 1946 tanto la DGE como el CGE vivieron una situación de crisis que paralizó su funcionamiento. El consejero Pardal puso en funciones al nuevo director general, el doctor Alejandro Greca;40 ninguno de los 37 consejeros generales que formaron el CGE a lo largo de los tres años formaron parte de su equipo de colaboradores. En la educación de Buenos Aires los herederos de la Revolución de Junio no fueron sus hombres.

La inestabilidad de las gestiones, por un lado, y la diversidad y contraposición de sus orientaciones, por otro, eran demostrativas de la inexistencia de un proyecto “revolucionario” a implementar en la educación de la principal provincia argentina. Ninguna gestión operó con un plan de realizaciones, ni elaboró un diagnóstico para iniciarlo. La orientación de la educación bonaerense resultó así de las variaciones de las relaciones de fuerzas entre los sectores que pugnaban por imponerse en la dirección de los asuntos públicos del país. De ahí la alternancia de gestiones técnico-burocráticas, académicas, autoritarias o democráticas.

A pesar de la discontinuidad y la duración efímera tanto de los directores generales como de los consejeros generales y de la existencia de orientaciones ideológicas diversas cuando no contrapuestas, algunos aspectos y problemáticas fueron recurrentes en la agenda temática del CGE. Se pueden destacar la imposición de nombres a las escuelas primarias como instrumento de producción de identidad ideológica; una renovada formación patriótica, ahora de cuño militar, reflejada en el fortalecimiento del culto escolar a la personalidad de San Martín; la preocupación por la formación de los maestros como educadores y el fuerte crecimiento de las escuelas profesionales de mujeres. Una nueva mirada sobre la infancia se evidenciaba en la ascendente preocupación estatal por incorporar a los niños a la escuela primaria a partir de los seis años, y por la atención de los infantes, en los tiempos no escolarizados, en colonias de vacaciones. Desde la sociedad civil se manifestaba la nueva mirada en la creciente demanda de jardines de infantes y en el aumento de escuelas privadas.

La educación provincial según el censo escolar de 1943

En abril de 1943 el IV Censo Escolar de la Nación41 registró la situación de analfabetismo y vivienda de los hogares de niños y jóvenes menores de veintidós años. También registró los datos de alfabetización y ocupación laboral de sus padres. El antecedente fue la Primera Conferencia Nacional del Analfabetismo de 1934. El proyecto fue presentado en 1941 por Conrado Etchevarne. La ley 12.770 que ordenó su realización se sancionó el 11 de agosto de 1941. El Consejo Nacional de Educación designó como director a Alejandro E. Bunge.

La interpretación de los datos se dificulta dado que la legislación sobre la escolaridad primaria era disímil entre la jurisdicción nacional y las provinciales, y entre estas entre sí.42 Por otra parte, las escasas escuelas Láinez en la provincia de Buenos Aires solo tenían hasta cuarto grado. Realizadas las correcciones correspondientes, resultaba que la población nacional en edad escolar para 1943 era de 1.802.960 alumnos, con una tasa de concurrencia del 94,3%. Para Buenos Aires la tasa de asistencia escolar era de 91,4%. Según la dirección del censo, la situación de asistencia escolar había mejorado con relación al censo escolar de 1931, por lo tanto el logro de la plena escolarización era cuestión de pocos años.

La problemática se focalizaba en la permanencia y terminación del ciclo primario. El porcentaje de la población entre 14 y 21 años que no había concurrido a la escuela en la provincia de Buenos Aires era del 4,8%, en tanto que en la Capital Federal era de tan solo el 0,8%. El acceso a los estudios primarios parecía estar garantizado, pero en Buenos Aires solo el 39,8% de los jóvenes los completaba, el porcentaje en varones era de 42,2%, un tanto superior al de mujeres, de 37,5%. El hecho revelaba la preocupación de los padres por dotar de un mayor capital cultural a los varones.

Sobre una población bonaerense –14 a 21 años– de 438.010 personas que comenzaron estudios los terminaron 174.512 (39,8%) y no lo hicieron 263.498 (60,2%). Los motivos del abandono revelaban la pronta inserción de la infancia en el quehacer laboral. Entre las causas de alejamiento, la incorporación al trabajo ocupó el primer lugar con 112.616 casos, el segundo lugar lo ocupaba la denominada “falta de grado” en la escuela, con 24.438, seguido por la negligencia de los padres con 22.867 situaciones, en tanto que nunca concurrieron a la escuela 23.465 personas.

En la Capital Federal, el porcentaje de terminación de los estudios primarios mejoraba, alcanzando el 74,4%, mientras que en algunas provincias los valores eran extremadamente exiguos: en Santiago del Estero solo el 13,1%. La propia legislación de algún modo propiciaba esa situación, ya que la ley 1.420 establecía como instrucción mínima el tercer grado. La reducción más grande de matrícula se producía entre el tercer y el cuarto grado. Concurrían en 1943 a las escuelas de todo el país 1.839.044 alumnos, de los cuales estaban matriculados en los últimos tres años 487.205 alumnos, el 26,5% del total: 216.118 en cuarto grado, 150.899 en quinto y 120.188 en sexto.43 Los pocos años de escolaridad parecían tener su eficacia: el analfabetismo entre la población de 14 a 21 años en la provincia de Buenos Aires era inferior al 5%.

El énfasis puesto en el país en la enseñanza elemental desde fines siglo XIX daba sus frutos; el porcentaje de alfabetos –de la población de más de catorce años– que en 1869 era de 21,1% pasó al 85% para 1943. La Argentina se situaba entre el lote de los países más alfabetizados del mundo.44 La cuestión del analfabetismo no constituía un problema. Según el informe del censo:

La alfabetización completa de la Argentina implica solamente el esfuerzo requerido para llevar la instrucción a los pocos miles de niños que anualmente pasan de la edad escolar a la posescolar sin haberla recibido. Es verdad que una cierta proporción de ellos hallan la posibilidad de aprender a leer y escribir al pasar por las filas del ejército. (IV Censo Escolar de la Nación, p. 151)

Los índices más elevados de analfabetismo se daban en la población adulta de mayor edad –50 años y más, el 28,8%– mientras que en la franja de 14 a 21 años el analfabetismo era solo del 6,8%. El informe sostenía: “[L]as cifras globales solo bajarán cuando se produzca la renovación natural de los grupos de edades altas”. En la provincia de Buenos Aires el índice –franja 14 a 21 años– disminuía al 3,2%. De los 490.688 individuos censados resultaron analfabetos 15.894, el 3,2%. El porcentaje de varones, 3,8%, era levemente superior al de mujeres, 2,6%. El analfabetismo entre la población potencialmente escolar, de los últimos diez años, era realmente bajo; como tal, a juicio de las autoridades del censo, no constituía un problema. La provincia presentaba la mejor situación educativa del país, solo superada por la Capital Federal. La matrícula de las escuelas situadas en territorio bonaerense era de 389.651 alumnos, de la cual 287.600 pertenecían a instituciones del sistema educativo provincial. Solo el 12% de la matrícula correspondía a escuelas nacionales de la ley Láinez.45 Buenos Aires era la provincia con mayor desarrollo estatal educativo (cuadro 1).46

Cuadro 1. Población total y población escolarizada de 6 a 13 años según jurisdicción educativa en 1943


Provincia de Buenos Aires Cantidad Cifras relativas
Total escolarizados 334.174* 87,8
Total niños 6 a 13 años 380.651 100,0
Total escolarizados 334.174* 87,8
Nacional escuelas Láinez 46.568 12,2
Provincial 287.606 75,6
Particular 43.608 11,5
Desconocida 2.869 0,7

*Los niños de seis y siete años no estaban habilitados a ingresar a la educación primaria según la legislación bonaerense.

Fuente: elaboración propia basada en la información del IV Censo Escolar de la Nación, 1943.

Pese a la fuerte presencia del aparato educativo provincial, la capacidad de contención del sistema apenas alcanzaba al 40% de los matriculados en primer grado. Las causas del abandono excedían la responsabilidad del sistema, pues un altísimo porcentaje de alejamiento de la escuela obedecía a motivos laborales. La revista La Obra retrataba la gravedad de la situación social y, cuestionando la realización del censo de 1943, se preguntaba:

¿Qué nos va a decir el censo? ¿Cómo vive nuestra población? Después de recorrer los conventillos de Buenos Aires, después de oír el clamor de la clase obrera y de la clase media […] ¿Es necesario un censo para conocer el hacinamiento, la miseria moral y material, el abandono y la promiscuidad en que viven o, mejor dicho, en que vegetan y mueren tantos miles de niños argentinos? […] Los maestros de escuela y el Departamento Nacional de Higiene pueden decir algo al respecto […] ¿Y que más nos va a decir el censo? ¿Cuántos menores de edad trabajan y cuánto ganan? La explotación del trabajo de los menores y de las mujeres es harto conocida por todos.47

Con elocuencia, la revista pintaba el drama social en el que se debatía la existencia de la infancia de las familias obreras. La problemática de la escolarización completa que afectaba al 60% de los niños obedecía a cuestiones exógenas al sistema educativo.

La identidad de las escuelas provinciales: religión y patria

Las escuelas primarias provinciales oficiales –denominadas “fiscales”– estaban en su gran mayoría identificadas mediante números, asignados correlativamente, en orden cronológico. Hacia 1934 el CGE informaba que 46 escuelas habían sido designadas con nombres entre 1932 y ese año, predominando los de Sarmiento y Rivadavia.48 El consejo se apresuraba a afirmar que, además, las escuelas conservaban sus respectivos números. A partir de 1943 comenzó la imposición de nombres a los establecimientos. Las denominaciones fueron impuestas desde el CGE, en línea con la orientación ideológica de sus integrantes. Súbitamente la mayoría de las escuelas debieron incorporar a su identidad institucional la veneración de personajes religiosos o patrióticos.

Un nuevo dispositivo se incorporaba a las prácticas de inculcación doctrinaria en el campo escolar. Desde comienzos de siglo el libro constituía el principal artefacto material utilizado para formar a los alumnos en el culto patriótico. Su estrecha vinculación con la práctica de la lectura, quehacer específico de las aulas, garantizaba su éxito. La imposición de nombre a las escuelas trascendía el espacio del aula, abarcando la institución y su materialidad. Los nombres se inscribían en la fachada de los edificios escolares incorporándose al escenario público, marcas que identificaban doctrinariamente la institución ante la sociedad.

Como espacio simbólico, la imposición de nombres fue un campo de lucha entre las corrientes ideológicas que gobernaron la educación bonaerense. A lo largo del gobierno militar (1943-1946) se sucedieron cuatro períodos que expresaban las afinidades ideológicas de los funcionarios y sus proyectos educativos: el “sarmientino”, el “sanmartiniano”, el “religioso” y el “alberdiano”.

A propuesta de los consejeros Rodolfo Pérez Duprat y Raúl Lascano, durante la gestión de Molla Villanueva el CGE aprobó la imposición del nombre Domingo Faustino Sarmiento a 47 escuelas provinciales. La escuela nominada era la principal del distrito. La ceremonia debía realizarse en el curso de ese año escolar, y en ella los inspectores de enseñanza leerían un panegírico a Sarmiento que sería incorporado al expediente de imposición de nombre.49

Al culto “sarmientino” prontamente se sumó el “sanmartiniano”. El CGE a propuesta de Pérez Duprat impuso el nombre de General José de San Martín a 67 escuelas primarias. Además cada escuela provincial impondría a un aula el nombre General San Martín, y en ella deberían reunirse la iconografía y la bibliografía sobre el prócer. La consagración de las escuelas y las aulas se habría de realizar en el año escolar 1944.50 El culto a la personalidad de San Martín predominaba sobre el culto a Sarmiento, figura con la que tradicionalmente se identificaba el magisterio.

El culto sanmartiniano fue contemporáneo al de figuras religiosas. El CGE impuso a 15 escuelas el nombre “Nuestra Señora de las Mercedes generala del Ejército Argentino” y a otras 26 escuelas la denominación “Nuestra Señora del Carmen generala del Ejército Argentino”. La resolución incluía en el calendario escolar los días 24 de septiembre y 16 de julio correspondientes a las fechas de las festividades de ambas vírgenes, indicando el dictado de las clases alusivas correspondientes. En la sesión el consejero Muñoz expresó:

El homenaje propuesto era un tributo de pleitesía y reconocimiento a la Virgen Santa, a la madre de Dios, a la mujer extraordinaria y única que, a través de los siglos y de la historia, es una fuente perenne de inspiración, de genio, de talento, de ciencia, de arte, de belleza, de amor y de sacrificio, un tributo que por lo demás condice perfectamente bien con las tradiciones más añejas y más puras en el orden hispánico y en el orden nuestro, criollo y argentino.51

Poco tiempo después el CGE designó con el nombre “Nuestra Señora de las Mercedes” a 15 escuelas y a otras 24 con la denominación “Nuestra Señora del Carmen”.52 La presencia de representantes de la Iglesia católica en el Consejo impulsó la política que imprimía fuertes sesgos católicos a la educación bonaerense.

En pocos meses, casi dos centenares de escuelas comenzaron a ser identificadas con nombres del panteón patriótico o del santoral católico. La niñez estaba en el centro de la cuestión. La neutralidad de los números, que hasta el momento identificaba a las instituciones educativas, aparecía encubriendo los propósitos de adoctrinamiento que ahora emergían manifiestos. Coexistían en el CGE, durante la gestión de Molla Villanueva, dos corrientes ideológicas: la nacionalista-militarista-sanmartiniana –consejero Pérez Duprat y José Francisco Jauregui– y la católica: los consejeros presbítero Alberto Escobar, Raúl Lascano y Juan Francisco Muñoz.53 La confluencia reflejaba la hermandad construida entre el Ejército y la Iglesia que a juicio de Roberto Di Stefano y Loris Zanatta (2000: 431) se configuraba como el embrión del “nuevo orden cristiano”.

Transcurrido un año del gobierno, adquiría vigor la tendencia que con la imposición de nombres procuraba consolidar la identidad “argentinista” y las devociones religiosas. En las aulas, también bautizadas con nombres de próceres, se entronizaban imágenes religiosas.54 El consejero Pedro Villademoros presentó un proyecto para distribuir 50.000 folletos con una biografía sintética del general San Martín entre los alumnos de quinto y sexto grado; la acción se exhibía encuadrada en la obra de nacionalismo y argentinidad encarada por el gobierno.55 Villademoros advertía que como instructor en las escuelas del Ejército, una gran mayoría de conscriptos no tenía la menor idea de los grandes próceres de la historia nacional.

En el nuevo horizonte político abierto con la designación de Bramuglia –enero de 1945– como interventor nacional, la figura de San Martín perdió en parte la potencia que había alcanzado durante la gestión del teniente coronel Noya. El CGE que acompañó a Ancell derogó el artículo 4º de la resolución del 3 de noviembre de 1944 –por la que se asignaba el nombre “General San Martín” a la principal escuela de cada distrito– y restableció la vigencia de la resolución de noviembre de 1943.56 Las 67 escuelas que llevaban el nombre del prócer no eran necesariamente las más importantes de cada distrito.

La apertura del rumbo hacia la salida electoral que el gobierno militar inició hacia fines de 1944, cuyo correlato en la educación bonaerense fue la designación de Ancell, también imprimió su impronta en la imposición de nombres a las escuelas. El CGE dispuso que en cada uno de los 110 distritos de la provincia una escuela se identificara con el nombre “Juan Bautista Alberdi”, personalidad histórica que los militares miraban con cierta tirria.

Los nombres impuestos a las escuelas en los períodos señalados expresaban otros tantos proyectos políticos que pugnaban por imponerse en la educación bonaerense durante la intervención nacional del gobierno militar. Finalmente predominó en el mundo simbólico escolar el culto al heroísmo militar encarnado en el culto “sanmartiniano”.

Los presupuestos educativos 1930-1945

Como organismos autárquicos la DGE y el CGE eran responsables de elaborar el presupuesto educativo. Los funcionarios procuraban una “racionalización” de gastos. Según el informe del CGE entre 1923 y 1943 la cantidad de alumnos matriculados había crecido 20,4%, mientras que la cantidad de docentes se incrementaba en un “sorprendente” 93,9%. Los datos no se ajustaban a la información oficial; para la Revista de Educación la cantidad de maestros pasó de 10.142 en 1929 a 13.933 en 1940.57

Según el informe del CGE, el reducido crecimiento de matrícula se explicaba por la “desnatalidad” que registraban los censos, el crecimiento de las escuelas privadas y el fin de las corruptelas en la matriculación –a partir de las medidas tomadas en 1940– en que se incurría para matricular alumnos fuera de la edad escolar. Mientras, por otra parte, no se dejaba “de pedir y de prodigar más y más nombramientos de maestros”, en clara alusión a la designación de docentes a través de padrinazgos políticos.58 La política “clientelar” denunciada no se limitaba a la docencia; los gastos de personal de servicios aumentaron de 485.640 pesos m/n en 1923 a 1.376.220 en 1943.

Considerando los datos publicados en la Revista de Educación durante los años 30, la inversión fiscal en educación se mantuvo estable, incluso con algunos años en retroceso (cuadro 2).

Cuadro 2. Presupuestos de la DGE. 1930-1939. En pesos m/n


Año Sueldos Gastos Total
1930 30.456.220
1931 23.838.960 3.482.600 28.628.160
1932 30.946.860*
1934 26.642.407
1937 31.412.650**
1939 30.613.680 3.448.000 34.061.680

* Aprobado por el CGE.

** Dos millones más que el año anterior.

Fuente: elaboración propia basada en Revista de Educación de la DGE 1930-1943.

El CGE presupuestó para 1943 la creación de varios cargos: uno de inspector de enseñanza religiosa y siete de inspector seccional, elevando el número de inspectores a cuarenta. Además, incorporó a las visitadoras de higiene al ítem docente y previó la creación de comedores escolares y colonias de vacaciones. Tomando en cuenta el presupuesto de 1943, con relación al de 1939 se hace evidente la expansión presupuestaria a partir de 1940. El presupuesto para 1944 trasuntó la política de “racionalización” del aparato estatal, la partida destinada a sueldos creció por debajo del limitado aumento del 4,52% que lo hizo el presupuesto total, en tanto que el porcentual destinado a sueldos descendió de 92,4% al 91,4% del presupuesto (cuadro 3).

Según el proyecto de presupuesto del CGE para 1945, la “racionalización” no se concretó: durante 1944 se gastaron más de dos millones de pesos de lo presupuestado. Para 1945 se previó una gran expansión. El proyecto contemplaba el aumento del salario docente a 200 pesos m/n –para ajustarlo a la ley 4.675–,59 elevaba en 723 el número de maestros y directores, incrementaba la cantidad de empleados administrativos y de servicios y, destinaba importantes partidas para reparación de edificios y sostenimiento de las escuelas creadas por leyes especiales (cinco escuelas profesionales). Originalmente el monto total para 1945 fue de 55.297.816 pesos m/n, 35% más que el de 1943 y 29,4% superior al de 1944. Posteriormente el presupuesto, a indicación de la intervención nacional, fue reducido en dos millones de pesos. Para alcanzar el sueldo inicial de 200 pesos m/n, el CGE prescindió de la creación de cuatrocientos cargos de maestros.60

El fuerte incremento presupuestario para 1945 ponía en evidencia la relevancia de la educación como política de Estado. La decisión era tomada en el marco de la política social, de corte redistributivo, impulsada por Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión desde mediados de 1944, y de una inexorable y relativamente pronta salida electoral de la Revolución de Junio.

Cuadro 3. Presupuestos DGE. 1943*-1944.** En pesos m/n


Año Sueldos Gastos Total
1943 37.767.160 3.097.640 40.864.800
1944 39.062.160 3.645.540 42,713.700
Incremento 3,4% 17% 4,52%
1945 53.297.816

* Revista de Educación, enero-febrero de 1944. Sesión del CGE del 10 de octubre de 1942.

** Libro de actas CGE, fs. 91-97. Sesión del CGE del 9 de diciembre de 1943.

Fuente: elaboración propia basada en Revista de Educación y actas del CGE.

Finanzas y pedagogía: la creación del primer grado inferior

Acorde con el propósito declarado por el gobierno militar de terminar con la ineficiencia del aparato estatal corrompido por las prácticas políticas, el CGE se abocó a la “racionalización” del presupuesto para 1944. El informe elaborado por el consejero Pérez Duprat ponía en evidencia las problemáticas educativas de los últimos veinte años, una de cuyas derivaciones habría de motorizar la disminución de la edad de ingreso a la educación primaria de ocho a seis años y la extensión a siete años de la escolarización.

Pérez Duprat señalaba como antieconómico y antipolítico el criterio de distribución de los maestros para los intereses de la enseñanza. La relación entre alumnos inscriptos por maestro disminuía de 33,5 en 1923 a 23,4 en 1943, relación que, considerando una asistencia media del 80% (que en la campaña se consideraba inferior al 65%), se reducía en términos reales a 18,7 niños. También destacaba el informe el gran incremento del personal de servicio.

El informe estimaba preocupante la condición salarial del magisterio, aunque atenuada por la sanción de la ley 4.675 que en parte remedió las “tremendas” rebajas de los sueldos docentes impuestas tras la crisis de 1929, que redujeron el salario de 180 a 120 pesos m/n mensuales fijos y sin bonificaciones. El promedio de sueldos –considerando desde el inspector general al de maestro– aumentó solo 10,12 pesos m/n entre 1923 y 1943 (de 188 a 192,2 pesos m/n), muy por debajo de los sueldos de la administración. La situación ameritaba restituir a los maestros el sueldo básico de 150 pesos m/n que establecía el artículo 2º de la ley 4.675 y que por disposición presupuestaria de 1939 se había reducido a 140 pesos m/n. En tanto, el sueldo mensual de los maestros suplentes era sustancialmente inferior al del titular, pues estaba estipulado en 100 pesos m/n. El consejero argumentaba que el merecido aumento habría de financiarse con la supresión de los nombramientos indebidos y la provisión de cargos según las efectivas necesidades educativas, y no repartiéndolos como bienes mostrencos ante la presión de los pedidos.61 La austera administración de la DGE, que no había realizado designaciones en 1943, favorecía los intereses provinciales. El informe concluía con la propuesta de creación de una comisión de presupuesto, el reintegro de los sueldos de los maestros a lo estipulado por la ley 4.675, el estudio de la distribución de maestros y porteros y la posibilidad de adoptar a partir de 1944 la edad de seis años para el ingreso a la escuela primaria considerando el excedente de maestros en ejercicio.

Varias problemáticas se derivaban del informe de Pérez Duprat, principalmente el estancamiento del crecimiento de la matrícula escolar, el carácter clientelar del reclutamiento docente, la debilidad corporativa del magisterio para resistir las políticas salariales recesivas, el crecimiento de las escuelas privadas, pertenecientes en su gran mayoría a la Iglesia católica62 y, fundamentalmente, el replanteo de la política estatal frente a la niñez, motorizado antes por cuestiones presupuestarias que por razones estrictamente pedagógicas. La DGE mencionaba la existencia de una burocracia escolar generada por la designación arbitraria de más de cuatro mil maestros y la creación de cargos innecesarios de vicedirección y secretaría.63 Ante la inviabilidad de retrotraer las designaciones por razones tanto de orden administrativo como político, Molla Villanueva propuso permitir la inscripción en la escuela primaria a los niños de seis años cumplidos al 31 de enero. Desde lo pedagógico se afirmaba la existencia a esa edad de condiciones de recibir una enseñanza progresiva, en tanto se estableciera una graduación en los conocimientos para un primer grado inferior y otra para el superior se resolvería el problema del déficit de alumnos y el superávit de docentes. La argumentación mencionaba la vigencia en varios países de la edad de seis años de ingreso a la escuela y destacaba que los motivos que determinaron el ingreso a los ocho años en 1905 fueron estrictamente económicos y no pedagógicos.

El proyecto de Pérez Duprat tuvo continuidad. El CGE que asumió en febrero de 1944 acompañando la gestión de Emiliano Mac Donagh lo puso en marcha. Las posibles dificultades financieras, edilicias y pedagógicas –crear un grado intermedio entre primero y segundo, tal como existía en las escuelas dependientes del Consejo Nacional de Educación– incidieron en la decisión de optar por una implementación progresiva. A partir de 1944 la edad de ingreso era de siete años cumplidos al 1 de julio, en todas las escuelas que contaran con capacidad para albergar a los inscriptos. La inscripción se prorrogaba hasta el 31 de marzo, en tanto que se instruía a los directores acerca de la presentación de informes a los inspectores sobre el curso de la inscripción y la cantidad de alumnos que no quedaban inscriptos por falta de capacidad de las escuelas.64 La decisión de anticipar la edad de ingreso a la enseñanza se imponía no obstante los cambios en la dirección de la DGE.

La modificación de la edad de ingreso recibió buenas críticas de la prensa. Según los informes de inspección, no se registraron dificultades en la inscripción. Los temores habían estado centrados en la deficitaria situación de los locales escolares y en la falta de maestros en algunos distritos de la provincia. A partir de esos resultados el CGE elaboró un proyecto de ingreso a la escuela desde los seis años.

Ha venido a allanar una señalada deficiencia de nuestra organización escolar porque la provincia estaba en rémora en ese aspecto. Está al margen de toda discrepancia la ventaja de adelantar la realización del ciclo primario en el niño que por disposición anterior ingresaba entre los siete y los ocho años, permaneciendo ajeno de instrucción en una edad accesible para adquirirla.65

Todo indicaba que era posible y necesario adoptar definitivamente la edad de seis años para el ingreso a la enseñanza primaria. La presidencia del CGE esgrimía en sus fundamentos razones pedagógicas y de interés social y nacional. El plan de realización debía contemplar las posibilidades materiales –maestros y locales– y, en lo pedagógico, los nuevos programas y la división en grados. El proyecto señalaba que la división del primer grado en inferior y superior conllevaría necesariamente a una reestructuración de la enseñanza primaria, por extenderse a siete años. Los últimos dos años –quinto y sexto– podrían orientarse a la orientación vocacional en lo profesional y, en lo cultural a aspectos de la formación no atendidos hasta el momento en las escuelas. La extensión del ciclo primario se presentaba como una medida que mejoraba el funcionamiento de la escuela como tecnología disciplinadora de la infancia. Varias voces afirmaban en la época que la indisciplina laboral era consecuencia del divorcio entre la vocación profesional del trabajador y el efectivo puesto de trabajo en el que se desempeñaba. La orientación vocacional escolar vendría a resolver la cuestión.

Preocupaba al CGE el aumento desmedido de la inscripción a primer grado, por la cantidad de alumnos repitentes y por la posible inscripción de quienes hasta el momento optaban por las escuelas nacionales o particulares, que admitían el ingreso con menor edad que las escuelas públicas provinciales. La decisión del CGE de establecer el ingreso a los seis años era firme. A partir de 1945 el ingreso a la escuela primaria sería con seis años, cumplidos al 1 de enero del año a ingresar. Condicionaba la inscripción a la disponibilidad de locales escolares y la designación de maestros. En lo pedagógico, el CGE encomendaba a la Inspección General la preparación de un plan de ejecución de la medida.66 Tras una implementación gradual, en 1945 todas las escuelas provinciales implementaron el primer grado inferior.

Paradojalmente, la extensión de la escolaridad primaria y la reducción de la edad de ingreso, que implicaba un incremento de la intervención del Estado sobre la infancia, no surgía de los debates pedagógicos sino de las medidas “racionalizadoras” del gasto motorizadas por el afán moralizador de los hombres de la Revolución de Junio.

Los religiosos católicos en el Consejo General de Educación

La bibliografía sobre la Revolución de Junio destaca su afinidad con la Iglesia católica, y la imposición de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa convalida la aseveración. En la educación provincial el catolicismo también hizo sus avances, aunque no con la beligerancia del ministerio nacional.

En la educación provincial la Iglesia católica por primera vez en la historia tuvo representación institucional en el CGE y lo hizo durante tres años consecutivos. El presbítero doctor Alberto Escobar lo integró desde el inicio hasta agosto de 1944, le sucedió el capellán de segunda presbítero José Antonio Propato hasta marzo de 1945 y, finalmente, el presbítero José C. Silva hasta la asunción de las autoridades constitucionales. Los sacerdotes, aliados con consejeros laicos católicos, impulsaron la aprobación de varias resoluciones inspiradas en el pensamiento católico.

Durante la dirección de Molla Villanueva los consejeros católicos –Escobar, Lascano y Muñoz– impulsaron medidas acordes con las orientaciones de la encíclica Divini illius Magistri del papa Pío XI del 31 de diciembre de 1929 y con los principios del catolicismo social. La encíclica –que consagraba los fundamentos basales de una educación cristiana– condenaba la coeducación (educación mixta) y postulaba la necesidad de una educación diferenciada de los varones respecto de la de las mujeres. La educación pública en la provincia de Buenos Aires desde 1905 era mixta. El CGE dispuso en noviembre de 1943 modificar el artículo 14 del Reglamento General de Escuelas introduciendo medidas que, si bien no ponían fin a la coeducación, se inscribían en ese sentido. Las escuelas debían distribuir a los varones y a las niñas mayores de diez años separándolos en distintas secciones del aula; en caso de existir secciones paralelas, una se debía formar con varones y otra con mujeres; en recreos, excursiones y recreaciones debían ambos sexos permanecer separados.67 Años más tarde la ley de educación 5.650, sancionada en las postrimerías de la gobernación de Mercante, determinaba el fin de la coeducación.

También las preocupaciones del catolicismo social referidas a la protección de la familia tuvieron su expresión en el CGE. Al tratarse el presupuesto educativo para el año 1944 el consejero Lascano lamentaba la imposibilidad de incluir una partida con destino al pago del salario familiar y enfáticamente recomendó incluirlo en los futuros presupuestos, considerando que el beneficio era de elemental justicia social.68 También los consejeros católicos proponían reformar la normativa sobre los traslados docentes en función de mantener unidos a los esposos y la integridad familiar. El CGE en agitado debate trató el proyecto de modificación del artículo 18 de la ley de escalafón 4.675; el cambio otorgaba el derecho al traslado de las maestras casadas al lugar de trabajo del marido y también cuando, por razones de salud de hijos, cónyuge o padres estas se vieran precisadas a cambiar de residencia. Los consejeros Gómez Iparraguirre, Villademones y Sallarés se opusieron al proyecto, señalando que si bien este estaba inspirado en la moral católica –que todos compartían– violentaba los derechos del gremio docente, que con inquietud y desasosiego miraba la modificación de la ley de escalafón. Los opositores al proyecto propusieron una modificación integral de la ley. Los católicos se impusieron, pero la modificación de la ley debía ser aprobada por la intervención nacional para su aplicación.69 El tratamiento de la modificación evidenciaba el predominio de los católicos en el CGE durante el primer año del gobierno de la Revolución de Junio.

Los católicos propiciaron cambios relevantes en el principal instrumento normativo de la vida escolar: el Reglamento General de Escuelas Públicas. El CGE designó una comisión formada por inspectores para modificar el reglamento vigente desde 1934, por considerar que varias de sus disposiciones fueron modificadas por decretos posteriores y por la sanción de la ley 4.675 en 1937. En junio de 1944 fue aprobado el nuevo reglamento; por sus definiciones sobre los fines de la enseñanza y las funciones de las escuelas, excedía los alcances de un mero reglamento, en rigor era una ley de educación. Apartado de la tradicional concepción educativa laicista –sustentada en la instrucción como base para el ejercicio de la ciudadana– el reglamento privilegiaba la educación formativa, fundada en una preceptiva católica. El artículo 1º establecía:

La educación común, antes formativa que informativa, debe proporcionar la educación integral del niño, fundamentándose en los principios de la religión católica, sin perjuicio de la libertad de conciencia, favorecer y dirigir la formación del carácter, propiciar su desarrollo intelectual, social y físico, fomentar el conocimiento de la Historia, el suelo y las instituciones patrias; mantener el amor a los símbolos y acendrar el culto a los próceres nacionales.70

La opción por una educación formativa por sobre la instructivo-enciclopédica convalidaba la propuesta educativa que a partir de 1910 impulsaba el Consejo Nacional de Educación con la dirección de José María Ramos Mejía. No obstante, una diferencia era sustancial: la enseñanza nacional tenía como fin lograr una formación patriótica, en tanto la propiciada por el CGE lo hacía en los principios morales de la religión católica. Las responsabilidades asignadas a la escuela pública reafirmaban la función institucional de fomentar el aprendizaje exclusivo de conductas; las referencias a los conocimientos eran limitadas, ni siquiera el vocablo estaba mencionado en el texto. La dimensión cognoscitiva del aprendizaje se limitaba al logro de nociones. El artículo 2º del reglamento expresaba:

La escuela primaria, encargada de la educación común, asegurará un aprendizaje mínimo que permita al niño: a) ordenar su conducta según las normas morales de la vida individual, familiar, social y nacional, inspirada en los conceptos superiores de Dios, Patria y Familia, b) hablar, leer y escribir correctamente el propio idioma, c) obtener nociones prácticas del cálculo aritmético y de las medidas, d) formar actitud social y hábitos higiénicos, e) lograr el mayor vigor físico, f) adquirir nociones indispensables acerca de nuestro suelo, el pasado histórico, las tradiciones nacionales, las instituciones patrias, hasta obtener una clara visión de nuestro país en sus múltiples aspectos…

Si, como sostiene Luis García Fanlo (2010: 114), el principal efecto de poder que se esperaba de las tecnologías argentinizadoras implementadas en tiempos del Centenario por el Consejo Nacional de Educación consistía –utilizando el concepto de Michel Foucault– era asegurar la gubernamentalidad, por lo cual gobernar era educar y argentinizar; para las autoridades educativas bonaerenses en 1944 gobernar era formar las conductas acordes con los principios católicos. En 1910 era el avance del Estado sobre las comunidades étnicas, las organizaciones sindicales, los anarquistas y los partidos políticos; en 1943 era la acometida de la Iglesia católica colonizando los mecanismos estatales para imponer el reino de la ciudad de Dios en las tierras argentinas. Los conceptos Dios, patria y familia en los que la escuela debía formar las conductas de los niños expresaban la preeminencia de la “educación religiosa” sobre la “educación patriótica”. La confrontación desnudaba incipientes tensiones entre la Iglesia católica y el Estado y ponía en evidencia la existencia de proyectos políticos y modelos de sociedad en pugna al interior del gobierno militar. En el CGE se espejaban esas rivalidades, como ya se ha visto en la asignación de nombres a las escuelas.

Los avances de la educación religiosa se afirmaban en varias disposiciones del nuevo reglamento. Las escuelas continuaban identificándose por orden numérico, estando el CGE facultado a designarlas o autorizar su denominación con nombres propios de “significación histórica, moral o religiosa”, sin referencia específica a los próceres militares o civiles, a las luchas por la independencia o a la conformación del Estado argentino. Una gran cantidad de las acciones escolares ritualizadas incorporaban componentes religiosos; en la inauguración del ciclo lectivo tras el izamiento de la bandera y la entonación del himno nacional se debía realizar un acto religioso pidiendo las bendiciones de Dios, en tanto una misa de acción de gracias cerraba el año escolar. El reglamento entraría en vigencia a partir del 1 de septiembre. El CGE dispuso la impresión de 5.000 ejemplares para su amplia difusión.

Por su parte, la revista La Obra, la más difundida entre el magisterio, también avalaba el propósito de efectivizar la enseñanza católica en las escuelas. Hasta mediados de 1944 La Obra aún mantenía con firmeza el apoyo que desde sus inicios dio al movimiento de junio. En la sección “Comentarios” publicó íntegramente el editorial “Libertad de credos” aparecido en el diario El Pueblo y la carta de felicitación que al diario católico hiciera llegar José E. López Moure, en su carácter de director de Enseñanza Religiosa del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. El editorial defendía la obligatoriedad de la enseñanza religiosa y descalificaba a quienes en las escuelas segregaban y/o perseguían a alumnos de padres ateos o judíos, subrayando que el gobierno “ha buscado con dicha enseñanza interpretar y valorar de modo debido la voluntad popular a través de los propios sentimientos del pueblo” pero “no ha querido ni buscado una unidad de fe”.71 La revista más leída por las maestras consideraba valiosa e interesante la amplia difusión tanto del editorial como de la carta del funcionario nacional. El hecho era revelador de una actitud favorable a la instauración de la obligatoriedad de la enseñanza religiosa. La posición de La Obra cambió radicalmente en 1945.

Si bien la presencia de sacerdotes en el CGE tuvo continuidad en la gestión de Noya, varió la procedencia del origen. El cura José Antonio Propato que integró al consejo era capellán de segunda del Ejército Argentino y, como tal, comprometido con las preocupaciones de la corporación militar. Propato no continuó la línea que los católicos llevaron adelante durante las direcciones que le precedieron, compartió las inquietudes que los militares nacionalistas profesaban por el temor al avance del comunismo y vislumbró en el quehacer pedagógico del magisterio peligrosas conductas. El capellán denunció que los Ateneos Pedagógicos (AP) implementados con fines de mejorar la capacitación de los maestros se habían desvirtuado en la práctica, pues la bibliografía utilizada por los maestros era un “atentado directo a nuestra tradición, religión y moral cristiana”. Según Propato, los autores y libros de consulta eran ateos o materialistas o positivistas o extranjerizantes y sus doctrinas deletéreas socavaban los cimientos de la soberanía, la tradición y la argentinidad.72 Recuérdese que Noya había señalado la existencia de extremistas en el cuerpo del magisterio.

Sugestivamente, el CGE que acompañó a Noya cuestionó de raíz el reglamento general de escuelas elaborado durante la presidencia de Mac Donagh, que como ya se ha visto tenía una fuerte impronta católica, y suspendió su aplicación. Una comisión fue designada para su estudio y reelaboración. ¿Cuestionaba acaso este consejo de orientación ideológica “nacionalista” la ausencia en el reglamento de una finalidad patriótica de la educación? ¿Veían tal vez los consejeros nacionalistas un avance desmesurado de la Iglesia sobre la escuela estatal? Debe recordarse que en el espacio simbólico de la imposición de nombres a las escuelas durante la presidencia de Noya predominaron los próceres de la nacionalidad.

Desde la constitución del CGE presidido por Ancell y hasta la asunción de Alejandro Greca integró el cuerpo colegiado el presbítero José C. Silva. El sacerdote manifestó, al igual que Propato, su preocupación por el funcionamiento de los AP, pero no directamente desde la problemática ideológica. Intranquilizaba a Silva la distracción que los AP podían generar en los maestros sobre sus quehaceres pedagógicos cotidianos.73 En ambas posiciones estaba presente la inquietud que generaba la posibilidad de un comportamiento autónomo por parte de la corporación docente.

En este período, en el marco político de la salida electoral, cobraron relevancia los aspectos sociales de la educación. Las colonias de vacaciones infantiles fueron tema de tratamiento. Silva manifestó en el CGE las inquietudes de la jerarquía católica. La Iglesia y varias publicaciones católicas caracterizaban como escandalosa la modalidad de vida de los balnearios costeros, en particular el de Mar del Plata. Silva juzgaba poco edificante ese escenario para la formación moral de los niños y propiciaba el traslado de las colonias de vacaciones a otras playas más modestas.74 La agenda del CGE adquirió características más técnico-pedagógicas que estrictamente ideológicas, y los temas centrales fueron el analfabetismo y la edificación escolar. Silva acompañó en particular esta última problemática.

Visto en conjunto, durante los tres años de la intervención nacional la incidencia de los sectores católicos en los organismos educativos bonaerenses fue de mayor a menor. La fuerte presencia lograda en los primeros tiempos se diluyó con la perspectiva de la salida electoral. En el escenario político de 1945 asomaba en la provincia un proyecto de “educación democrático-popular” impulsado por el interventor Bramuglia.

La infancia en el sistema escolar: jardines de infantes y colonias de vacaciones

Entre 1943 y 1946 la preocupación por la escolarización de la infancia ocupó un lugar de relevancia, tanto en la sociedad civil como en el Estado. Desde organizaciones privadas y desde escuelas oficiales fue creciente la solicitud de autorización de funcionamiento de jardines de infantes (JI). No obstante la presión social, esta no logró sensibilizar al Estado bonaerense para su inclusión en el presupuesto educativo. En la atención de la infancia durante los tiempos no escolarizados –vacaciones y receso invernal– el Estado tuvo progresiva intervención a través de la creación de colonias de vacaciones.

El CGE autorizó el funcionamiento de más de treinta instituciones para ocuparse de la enseñanza preescolar en la provincia, entre las cuales el 70% estaba radicado en localidades del Gran Buenos Aires (GBA). En los JI que funcionaron anexos a escuelas oficiales el financiamiento estuvo a cargo de las cooperadoras escolares, las sociedades de fomento o, como en el caso del jardín de infantes municipal de Chacabuco, del consejo escolar. La enseñanza privada se implementó a partir de las iniciativas de colegios de las comunidades inglesas y alemanas y, en menor medida, de las congregaciones católicas. El Estado concedía la autorización de funcionamiento de los cursos previa verificación de la titulación de las maestras. Ningún organismo de la DGE tenía intervención posterior sobre el funcionamiento de los jardines. La demanda de institucionalizar el proceso de socialización de la infancia, desde edades inferiores a la establecida por legislación de la educación primaria, resultaba de transformaciones en el mundo laboral y de una nueva mirada social sobre la infancia.

Paralelamente al crecimiento de la enseñanza preescolar, también se incrementaron las colonias de vacaciones. La DGE comenzó destinando el uso de locales escolares con ese fin.75 También el Consejo Nacional de Educación, las sociedades de beneficencia y de protección de la infancia hacían uso de los edificios escolares provinciales. La intervención nacional autorizó en 1944 la partida de 60.000 pesos m/n para refección del hotel Sierras de Tandil –adquirido por la provincia en 1942 a un costo de medio millón de pesos– para su uso como colonia de vacaciones,76 en tanto la Comisión de Hacienda y Presupuesto del CGE solicitó autorización a la intervención nacional para contraer un empréstito de diez millones de pesos para la construcción y reparación de edificios escolares “incluso de colonias de vacaciones”.77 En 1945, ante la circulación de rumores sobre la venta del hotel a la Marina, el CGE reafirmó la pertenencia del bien a la DGE. La agenda educativa incorporaba la cuestión edilicia de las colonias.

Hacia fines de 1944 se generó una polémica acerca de la inclusión de las colonias en el área técnico-médica o técnico-educativo-pedagógica. El impulso a la creación de las colonias estaba asociado a la relevancia que la educación física fue adquiriendo en la política educativa a partir de 1945. En especial estaban destinadas a incorporar niñas y niños de los sectores populares.78 El hecho estaba correlacionado con la mengua de la gravitación de los sectores católicos en el CGE. La Iglesia católica tenía reservas acerca de la moral de estos espacios colectivos y fundamentalmente de los ambientes sociales donde estaban localizados. Las notas de monseñor Gustavo Franceschi en la revista Criterio sancionaban severamente los comportamientos licenciosos e inmorales, comunes en las clases altas y populares en las playas de Mar del Plata.79

En 1945, a propuesta de la consejera Luzuriaga de Desmarás, se creó la Inspección Escolar de Educación Física como organismo de la DGE. El proyecto sostenía que la instrucción debía ser integral y la enseñanza comprender lo intelectual, lo moral y lo físico.80 Las colonias de vacaciones estaban en camino a constituirse en una política de Estado.

Los bordes del sistema: la enseñanza profesional

Por fuera del sistema educativo fue creciendo desde comienzos de la década de 1940 la enseñanza técnico-profesional orientada a la formación de capacidades laborales de baja complejidad o al desempeño de actividades domésticas. La mayor tecnificación de los procesos productivos como consecuencia de la incorporación de tecnologías fabriles más avanzadas generó una demanda de mano de obra semiespecializada, con escasas posibilidades de formación en un proceso de aprendizaje no orientado. La rápida industrialización por sustitución de importaciones que se desplegó en la periferia de la ciudad de Buenos Aires y en los partidos aledaños produjo una proliferación de fábricas y pequeños talleres, que registró el censo industrial de 1935. Los viejos obreros y los migrantes recientes del interior del país encontraban en ellos sus posibilidades laborales. Pensando en mejorar sus condiciones de contratación a través del domino de algún oficio, recurrían a escuelas de formación profesional.

Las escuelas de artes y oficios, dependientes del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública y, en algunos casos, de la Sociedad de Beneficencia de la Capital, fueron inicialmente las instituciones especializadas en desarrollar la enseñanza profesional, creando cursos, entre otros muchos, de tornería, electricidad, matricería, carpintería, soldadura. En 1944 Perón creó, dependiendo de la Secretaría de Trabajo y Previsión, la Dirección de Aprendizaje y Orientación Profesional, que diseñó un nuevo modelo institucional para la formación técnico-profesional: las escuelas-fábrica (EF), que estuvieron orientadas a escolarizar aprendices de fábrica. La condición para ingresar a ellas era el desempeño en talleres o fábricas; los alumnos asistían a la EF en contraturno del horario laboral. Desde la jurisdicción provincial no se desarrollaron iniciativas vinculadas con esa modalidad educativa.

Por otra parte, la enseñanza profesional también estuvo orientada a la población femenina. Varias cuestiones podrían vincularse a su desarrollo. El fuerte proceso de urbanización producido en las grandes ciudades fue movilizado por la atracción a una fuerza de trabajo predominantemente masculina. En la mayoría de las familias obreras y de clase media baja radicadas en los centros urbanos el rol femenino se asoció a los quehaceres del hogar. La exigencia de gran esfuerzo físico que requerían las labores industriales y el permanente predicamento de la Iglesia católica consolidaron como espacio natural de la mujer el hogar. Por otra parte, el magisterio, espacio laboral legitimado para el desempeño de la mujer, estaba severamente limitado, tanto por el acceso a las vacantes de las escuelas normales como en las posibilidades de incorporación a los puestos de trabajo. El mercado laboral estaba saturado; así daban cuenta los discursos oficiales en tiempos de Fresco, que referían a los docentes como un “ejército de desocupados”. La enseñanza en las escuelas para mujeres estaba centrada en el aprendizaje de habilidades domésticas y de tareas rudimentarias de oficina.

En la reforma educativa impulsada por Fresco en 1937 surgieron las primeras escuelas profesionales oficiales de la provincia de Buenos Aires. Hacia fines de los años 30, entre 1938 y 1940, se crearon cuatro escuelas profesionales y se proyectaban otras tantas. El CGE sostenía a mediados de 1942 que las llamadas escuelas de puertas abiertas, universidades populares o de educación profesional requerían la atención del Estado, tanto en su organización y funcionamiento como en su difusión, y solicitaba a la Inspección General un informe sobre las escuelas profesionales que funcionaban en cada distrito, los recursos materiales de que disponían, las fechas desde cuando funcionaban, si estaban federadas o conservaban la autonomía y, fundamentalmente, si podrían dar solución a los problemas del preaprendizaje planteados por la reforma educativa de 1938.81 La reforma, que centralmente procuraba desarrollar elementales habilidades laborales en los dos últimos años de la escuela primaria, se aplicó en un número reducido de escuelas. La crisis presupuestaria provincial de 1939 limitó sus posibilidades y la posterior intervención nacional de 1940 alejó más aún el logro de sus propósitos.

Solo cinco escuelas profesionales dependían de la DGE al concluir 1943; la Profesional Libre Teniente General José F. Uriburu del partido 6 de Septiembre (luego Morón) con más de 450 alumnas; la Santa María de Buenos Aires en La Matanza, también con más de 450 alumnas; la Escuela de Artes y Oficios de Mujeres Nicolás Avellaneda en Lanús, con menos de 450 alumnas; la Escuela Especial de Balcarce y la Escuela Mixta para Adultos Bernardino Rivadavia de Junín.82 Según el presupuesto de 1944 el sostenimiento costaba al fisco anualmente 175.320 pesos m/n, la suma representaba el 0,41% del presupuesto general de la DGE estimado en 42.713.700 pesos m/n. La retribución salarial de 4 pesos m/n por hora hacía de esta actividad docente una de las peores remuneradas.

Carentes de una supervisión directa, su funcionamiento normal inquietaba a las autoridades educativas. En 1944 el director general Noya solicitó al CGE la intervención para reglamentar la organización con la finalidad de garantizar un mayor rendimiento.83 En las gestiones previas a la intervención de Bramuglia la enseñanza profesional era considerada como un dispositivo de contención social y de disciplinamiento de conductas. El consejero general Pedro Marañón Etchevehere propuso un proyecto de creación de escuelas-hogares rurales a razón de una por cada distrito, para combatir el analfabetismo y “adiestrar a los niños del medio rural en el trabajo productivo”. Además, recomendaba a la comisión de estudio del proyecto establecer contactos con la Sociedad de Beneficencia de la Capital para recoger la valiosa experiencia del exitoso funcionamiento de las escuelas-granjas que dirigía; tal como la de Luján, que abastecía de productos a organismos oficiales y comercializaba con particulares.84

Por otra parte, la gran mayoría de las denominadas escuelas profesionales eran instituciones privadas que funcionaban en todos los casos en edificios oficiales cedidos por el Estado provincial, para su uso fuera del horario regular de clase.85 Por otra parte, la tradicional propuesta de cursos de actividades domésticas desarrollados por las escuelas de la Sociedad de Beneficencia de la Capital estaba exclusivamente orientada a mujeres asiladas, por su condición de orfandad y/o indigencia.

Según un informe del CGE, hacia 1944 la magnitud de la enseñanza profesional privada era significativa; dependían de las Escuelas Argentinas de Educación Profesional (EAEP) 46 instituciones en las que cursaban más de 10.000 alumnas. Además de la enseñanza profesional las escuelas impartían a obreros cursos de nivel primario, análogos a los dependientes del Consejo Nacional de Educación. La importancia de estas escuelas llevó al CGE en 1944 a constituir una comisión para la elaboración de un reglamento de vigilancia, orientación y contralor, que estaría integrada por dos inspectores nacionales y un representante de las EAEP.86 El CGE autorizó el funcionamiento de instituciones de las EAEP en los distritos de Saavedra, Carlos Tejedor, Lomas de Zamora, San Martín y Avellaneda.87 Otras de las escuelas profesionales que funcionaban en la provincia eran las dependientes de la Universidades Populares Argentinas.88 También a ellas se consideró la posibilidad de reglamentarlas.

La actividad privada en la enseñanza profesional femenina era creciente. Al menos cinco escuelas de las EAEP funcionaban en el distrito de La Plata a comienzos de 1945 –dos en La Plata, dos en Berisso y una en Ensenada–, todas en edificios oficiales. En ellas funcionaban cursos de educación primaria de primero a sexto grado y de declamación, dactilografía, taquigrafía, inglés, francés, piano, cerámica, corte y confección, bordado a máquina, labores, lencería, juguetería, encuadernación, telares, artes decorativas y danzas clásicas y españolas.89 También la Iglesia católica a través de la Federación de Asociaciones Católicas de Empleadas ofrecía cursos similares.90 La amplia oferta educativa privada era reveladora de un nicho en expansión y de la ausencia de una respuesta acorde por parte del Estado.

De esa relevancia daba cuenta el tratamiento que el CGE dio a la situación planteada en la Escuela Normal Mixta Municipal de Maestros Rurales de Balcarce. La proclama del golpe de Estado del 4 de junio había enunciado los principios de honradez administrativa y de buen ejercicio de la función pública; ambos operaban como mandatos de gobierno. La financiación del funcionamiento de la escuela preocupó al CGE; sostenida por la provincia demandaba, una suma anual de 40.000 pesos m/n (alrededor del 1% del presupuesto de la DGE). Creada en noviembre de 1937 en el marco de la reforma educativa impulsada por el gobierno de Fresco,91 apuntaba a la formación de maestros rurales. Sin embargo –según el informe de la Inspección General–, instalada en el centro de la ciudad tenía un alumnado constituido exclusivamente por mujeres, con nula vocación por las tareas rurales. Las razones de su creación estaban, a juicio de la inspección, totalmente desvirtuadas. La propuesta del CGE fue transformar la institución en una escuela profesional con orientación en economía doméstica para las mujeres y en cerámica y alfarería para los varones. Los consejeros Muñoz y Escobar presentaron el proyecto de creación de la Escuela Técnico-Profesional Mixta de Balcarce.92 La habilitación de opciones educativas alternativas a la formación docente se imponía necesaria por las razones antes apuntadas.

Por su parte, durante la gestión de Ancell, el CGE tomó distancia de la política de colaboración con las escuelas privadas, suspendió el funcionamiento de la comisión mixta constituida en junio de 1944 para elaborar un reglamento de vigilancia y solicitó a la Inspección General informes sobre el funcionamiento de las escuelas profesionales. El consejero Emilio Ogando planteó la necesidad de reclamar a las EAEP la devolución de los materiales entregados por la DGE (máquinas de escribir, herramientas de carpintería y de jardinería, y otros útiles). También hizo mención a los costos de la energía eléctrica que asumían los consejos escolares.93 El Estado provincial comenzaba a tomar conciencia de la importancia de controlar el creciente desarrollo de la formación profesional.

Por lo visto, la enseñanza técnico-profesional estaba en los bordes del sistema escolar oficial, y las gestiones afiliadas a los proyectos educativos autoritarios procuraron vigilarla y controlarla. Desde cierta perspectiva psicológica, se sostenía que la conflictividad social era la expresión de la insatisfacción del obrero frente a un desempeño laboral ajeno a sus inclinaciones naturales. La explicación procuraba soslayar el conflicto de clases existente en la sociedad argentina. Desde esa mirada la escuela podía actuar como un dispositivo eficaz en la elección correcta del futuro oficio del niño. Entre las ventajas que el CGE evaluaba en 1944, como producto de la extensión de la escuela primaria a siete años de duración, se destacó la posibilidad de brindar orientación vocacional –en los últimos dos años– con miras a la profesión.94 La idea no era una novedad; en verdad, retomaba la propuesta de preaprendizaje de la reforma educativa de 1937 de Fresco, que quedara trunca primero por la insolvencia financiera y luego por la intervención federal a la provincia. A partir de 1945, las gestiones vinculadas al incipiente proyecto de educación democrático-popular vislumbraban la posibilidad de desarrollar una enseñanza profesional estatal con otros propósitos.

Conclusión: de oscuros y claros

Tal cual se ha descripto, el curso de la Revolución de Junio fue errático en cuanto a las orientaciones político-ideológicas que se sucedieron en el gobierno de la educación provincial entre 1943 y 1946. No obstante la adopción de medidas relevantes, como fueron el adelantamiento del ingreso escolar a la edad de seis años y la extensión de la duración de la escuela elemental a siete años, ningún proyecto educativo logró consolidarse. Liberales, nacionalistas, fervientes católicos, conservadores, radicales, forjistas y filosocialistas ocuparon el sillón “sarmientino”, todos por breve tiempo y siempre acosados por el inmediato relevo. La discontinuidad y la inestabilidad fueron, en consecuencia, los rasgos distintivos de la política educativa entre 1943 y 1946. Como luego se verá, ambas cuestiones siguieron presentes en los primeros tiempos del gobierno de Mercante.

Las dificultades financieras en la provincia imposibilitaron cumplir con la meta de escolarización fijada en 1875. La reforma de 1905 debió limitar a cuatro los años de educación obligatoria, la crisis de 1929 agudizó las penurias, pero todo ello no impidió que la alfabetización alcanzara a la mayoría de la población bonaerense en edad escolar. El censo escolar de 1943 presentó porcentajes muy bajos de analfabetismo en los habitantes bonaerenses de entre 14 y 21 años, y el análisis de sus comentaristas preveía una progresiva reducción a corto plazo. Mientras que el analfabetismo no era el principal problema, sí lo eran la denominada “deserción” escolar y la falta de escolarización completa. Para amplios sectores de la sociedad la finalidad de la educación se limitaba a la enseñanza de los saberes instrumentales: leer, escribir y calcular, saberes que se aprendían en los primeros años de escolarización. Esa perspectiva se veía fortalecida por la legislación, nacional y provincial: las escuelas nacionales de la Ley Láinez tenían un plan de estudios de cuatro años y la legislación bonaerense establecía también la misma duración. Los valores más preocupantes de analfabetismo se registraban en el ámbito rural. Si bien el sistema escolar se encontraba frente al desafío de resolver su funcionamiento más allá de las ciudades, otra cuestión fundamental era cómo diseñar la currícula escolar de los años superiores de la escuela elemental. La experiencia fallida de la reforma de 1937, con la incorporación del “preaprendizaje” en los dos últimos años de escolarización, era el intento inmediato. Sin embargo, ninguna de las gestiones de la Revolución de Junio acometió esa cuestión.

Quizá uno de los aspectos más llamativos y novedosos de la política del período fue el avance que sobre la identidad de las escuelas llevaron adelante liberales, católicos, nacionalistas y filosocialistas. La tradicional nominación numeral de las escuelas originada en el siglo XIX, que de algún modo refería a una pretensión de neutralidad ideológica, se vio modificada por la adición de nombres que procuraban inscribir a las escuelas como instituciones adheridas a filiaciones religiosas o políticas. La cuestión estaba asociada a la disputa por establecer nuevos fines a la educación elemental o, al menos, redefinirlos. El énfasis de esa política se concentró solo en los años de la Revolución de Junio. Ni antes ni después se conoció con igual intensidad esa intención.

Por su parte, los recursos financieros destinados a la educación siguieron el curso declinante, como lo fue en general en la provincia durante los años 30. No obstante, la limitación presupuestaria colisionaba con la presión social de demandas de puestos de trabajo, y la sobrematriculación de maestros –como lo dijera Alejandro Bunge en las páginas de La Nueva Argentina y el gobernador Manuel Fresco en sus discursos– constituyó “un ejército de desocupados” que el Estado provincial debió –al menos parcialmente– absorber. La retracción presupuestaria en educación comenzó a revertirse a comienzos de la década de 1940, pero tuvo su mayor incremento recién para 1945. La Revolución de Junio abordó la problemática desde perspectivas políticas contrapuestas. Las primeras gestiones priorizaron la “racionalización” del sistema, de la cual surgió que la excedente cantidad de cargos existentes con relación a la población escolar tenía una alternativa de solución en la disminución de la edad de ingreso a la escuela y en la creación del primer grado inferior. Ambas se fueron concretando progresivamente –en 1944 el ingreso fue a los siete años– y, para 1945, el régimen escolar provincial quedaba homologado con el nacional: ingreso a los seis años de edad y siete años de duración. En cuanto al mejoramiento de los salarios –reducidos en 1932 y 1938 e inferiores a lo estipulado en el escalafón docente–, recién comenzó a ser considerado durante la intervención provincial de Bramuglia, en 1945. La por entonces principal, y casi única, agremiación del magisterio, la Asociación de Maestros de la Provincia, reclamaba la equiparación con los sueldos de los maestros nacionales.

Una de las notas distintivas del período 1943-1946 fue la integración de sacerdotes católicos al CGE. La presencia directa de miembros de la Iglesia se registraba por primera vez en el máximo organismo de gobierno de la educación y no volvió a producirse. Los católicos impusieron una agenda inspirada en la encíclica Divini illius Magistri que revirtió en parte la tradición laicista de la educación provincial; a la vez, intentaron implementar medidas de política social, en algunos casos en contravención con la ley 4.675. En el transcurso del período la incidencia de la Iglesia fue regresiva y hacia 1945 se encontraba muy reducida.

Cuando aún la escolarización elemental no había alcanzado al universo de la población infantil comenzó desde la sociedad civil, tanto en el GBA como en el interior de la provincia, una fuerte demanda de educación preescolar. Colectividades nacionales, iglesias, cooperadoras de escuelas primarias, sociedades de fomento y agrupaciones de padres impulsaron desde el ámbito privado la creación de los primeros jardines de infantes, ante un Estado que, acuciado por las limitaciones económicas, solo atinaba a autorizar su funcionamiento. La relevancia que iba adquiriendo la educación preescolar fue rápidamente advertida por los legisladores peronistas, como luego se verá. La primera ley referida a cuestiones de educación del gobierno de Mercante fue la imposición de su obligatoriedad para los niños entre 3 y 5 años. La preocupación por la infancia en los períodos no escolarizados movilizaba desde los años 30 la creación y el sostenimiento de colonias de vacaciones, tendencia que tuvo continuidad. Una nueva mirada sobre la infancia y los modos de interpelarla asignaba nuevos roles a la educación formal y a sus instituciones.

Así como crecía la preocupación por una escolarización temprana de la infancia, también aumentaba la inquietud por el ciclo superior de la educación primaria de la cual se pretendía al menos una mínima formación para el mercado laboral y/o la vida hogareña. Más allá de algunas limitadas realizaciones oficiales, fue también desde el ámbito privado donde se gestaron los embriones de la enseñanza técnico-profesional –orientada principalmente a un estudiantado femenino– que habrá de ser reimpulsada por el peronismo desde el gobierno.

1. La DGE estuvo presidida por el doctor Mariano Molla Villanueva (28 de junio de 1943), el doctor Emiliano Mac Donagh (19 de enero de 1944), el teniente coronel Eduardo Noya (8 de agosto de 1944), el arquitecto Carlos Federico Ancell (3 de febrero de 1945), el doctor Manuel Crespo García ( 21 de junio de 1945), el profesor Juan Carlos Miranda (24 de julio de 1945), el doctor Horacio Beltrán (12 de enero de 1946), el profesor Armando S. Picarell (9 de febrero de 1946) y José Manuel Pardal (31 de mayo de 1946). El doctor Alejandro Greca asumió el cargo de director general durante el gobierno constitucional de Mercante el 22 de junio de 1946.

2. En el Ministerio de Justicia e Instrucción pública de separaron las secretarías de Justicia y Educación, y se creó el 3 de junio de 1944 la Subsecretaría de Cultura de la Nación.

3. Molla Villanueva se había desempeñado con anterioridad como director general de escuelas nombrado por la intervención nacional de la provincia de Buenos Aires en 1940 hasta el 27 de enero de 1942, cuando el gobernador Rodolfo Moreno designó al frente de la DGE a Juan Antonio Bergez y removió además a todos los integrantes del CGE. Revista de Educación, enero-febrero de 1942.

4. Revista de Educación, marzo-abril de 1943, pp. 3-4.

5. Revista de Educación, mayo-junio de 1943, p. 5.

6. Revista de Educación, noviembre-diciembre de 1943, pp. 3-9.

7. Renunciaron Jáuregui, Pérez Duprat, Martínez de Hoz y Novas, y en su lugar fueron designados Adalberto Gentile, Carlos Gómez Iparraguirre, Salvador Alberto Sallares y Pedro Villademoros. Gentile ocupó la vicepresidencia primera y Villademoros la segunda.

8. Emiliano Mac Donagh, “Comentario”, Criterio, Nº 53, 1929, pp. 306-307.

9. Emiliano Mac Donagh, “Comentario”, Criterio, Nº 57, 1929, 426-427, Nº 63, pp. 78-79.

10. Revista de Educación, enero-febrero de 1944, pp. 5-8.

11. Libro de actas CGE, f. 118, sesión del 14 de febrero de 1944.

12. Revista de Educación, mayo-junio de 1943, p. 4.

13. Ver libro de actas CGE, f. 363. Sesión del 11 de noviembre de 1944.

14. Libro de actas CGE, f. 311. Sesión del 22 de septiembre de 1944.

15. Bramuglia se formó políticamente en el Partido Socialista, y desarrolló una importante carrera en el partido avalado por su relación personal con el dirigente socialista Mario Bravo. En los años 40 fue asesor de la Unión Ferroviaria y de su máximo dirigente José Domenech. En 1943 se incorporó al equipo que conducía Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión.

16. Revista de Educación, enero-febrero de 1945, p. 7.

17. Libro de actas CGE, f. 453. Sesión del 13 de abril de 1945.

18. Ver libro de actas CGE, f. 441. Sesión del 6 de abril de 1945.

19. La primera mujer designada como consejera general fue la profesora Sebastiana López Elicherri. En la toma de posesión, el director general Molla Villanueva –designado por la Intervención en la Provincia en 1940 al gobierno de Manuel Fresco– destacó que era la primera mujer en integrar el cuerpo y ponderó su formación académica como egresada del Normal de Paraná. Revista de Educación, febrero de 1940, pp. 106-113.

20. El Día, La Plata, 20 de mayo de 1945. La corriente radical identificada con las figuras de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen realizó un acto en la ciudad de La Plata, y entre los asistentes se encontraba Carlos Desmarás. El orador –Leonardo Carman– cerró el acto manifestando: “Estamos con el gobierno de la provincia porque Bramuglia inicia la lucha contra el fraude; y en el orden nacional, con el coronel Perón, que defiende las libertades y retoma el camino de la constitución para reintegrar su soberanía al pueblo”.

21. Ver libro de actas CGE, f. 455. Sesión del 20 de abril de 1945.

22. Ver libro de actas CGE, fs. 469-470. Sesión del 27 de abril de 1945.

23. Ver libro de actas CGE 1945, f. 457. Sesión del 20 de abril de 1945. La solicitud de reincorporación de la maestra Devincenci había sido presentada por la Asociación de Maestros durante la gestión de Molla Villanueva. García Crespo en su presentación planteó que existían numerosas situaciones similares en la provincia.

24. “El escalafón del magisterio”, La Obra, 25 de mayo de 1944, p. 194.

25. La Obra, 25 de abril de-1944, p. 121.

26. Ver “Idoneidad” y “Olor a limpio”, La Obra, 25 de julio de 1943.

27. La Obra, 10 de abril de 1945.

28. Ver El Día, La Plata, 22 de febrero de 1945.

29. Ver El Día, La Plata, 15 de marzo de 1945.

30. Ver El Día, La Plata, 13 y 29 de mayo de 1945.

31. Ver El Día, La Plata, 2 de junio de 1945.

32. Ver El Día, La Plata, 3 de junio de 1945.

33. El Día, La Plata, 22 de junio de 1945. El alejamiento de Ancell también pudo haber estado ligado a la perspectiva del desempeño de un cargo de mayor relevancia en el gabinete provincial. En enero de 1946 fue propuesto como ministro de Obras Públicas del Interventor Nacional Arturo Sainz Kelly, aunque finalmente asumió como ministro de Hacienda de la provincia el 23 de enero. El Día, 24 de enero de 1946.

34. Juan Carlos Miranda se desempeñó en la enseñanza primaria como maestro en escuelas de Bahía Blanca y como profesor en la Escuela Nacional de Comercio, en la que llegó a ocupar el cargo de vicedirector. Se jubiló en 1939.

35. IV Censo Escolar de la Nación, p. 148.

36. Ibídem, p. 158.

37. Revista de Educación, mayo-junio de 1945, pp. 3-12. Los discursos de Coronas, Miranda y Crespo García fueron pronunciados en la asunción de Miranda como director general el 24 de julio de 1945.

38. Ver El Día, La Plata, 8, 9 y 23 de enero de 1946.

39. Ver El Día, La Plata, 9 de febrero de 1946.

40. Ver El Día, La Plata, 1 de junio de 1946.

41. El Primer Censo escolar nacional de niños entre 6 y 14 años se realizó en 1883. Censados 440.968 niños, asistían a la escuela 145.660, el 32,5% del total. El segundo censo se realizó en 1909, sobre un total de niños en edad escolar (6 a 14 años) de 1.005.416 concurrían a la escuela 503.321, el 50%. El tercer censo se realizó en 1931; la franja de 6 a 14 años era de 2.005.460 niños y concurrían a la escuela 1.464.716, el 73%.

42. La edad escolar en las escuelas provinciales de la Ley Láinez comenzaba a los 6 años hasta los 13 años inclusive. En Buenos Aires la edad escolar era entre los 8 y los 14 años. En las provincias de Corrientes, San Juan y Santa Fe era de 6 a 13 años. En Tucumán, La Rioja, Jujuy, Catamarca, Córdoba, San Luis y Santiago del Estero comenzaba a los 7 años. En Mendoza se iniciaba a los 7 para los varones y a los 6 para las mujeres. En Salta a los 6 años para las mujeres y a los 8 años para los varones.

43. IV Censo Escolar de la Nación, p. 139. En el caso de la escuela Nº 19 de Avellaneda (luego Nº 1 de Lanús) para marzo de 1944 la matrícula tenía la siguiente composición: primer grado: 200 alumnos, segundo: 162, tercero: 149, cuarto: 110, quinto: 91 y sexto: 77 alumnos. El porcentaje de alumnos que culminaban la escolaridad primaria con relación a los matriculados en primer grado era del 38,5, valor muy cercano al que el censo arrojaba para la provincia de Buenos Aires.

44. Finlandia en 1930 tenía el 0,9% de analfabetos, Canadá en 1931 el 3,7, Estados Unidos en 1930 el 4,3, Francia en 1926 el 5,9, Bélgica en 1920 el 7,9, Letonia en 1930 el 13,6 y Argentina en 1943 el 15. IV Censo Escolar, p. 154.

45. El porcentaje a nivel de todas las provincias era del 32,1%.

46. La provincia de Santa Fe cubría el 74,7% de la matrícula total provincial, Mendoza el 61,3%, Entre Ríos el 70,1%, Córdoba el 57,9% y Tucumán el 50,6%. Las restantes provincias financiaban menos del 50% de su población escolar. Más allá de la existencia de una muy pequeña enseñanza particular, las escuelas de la ley Láinez atendían las demandas educativas.

47. “Qué nos va a decir el censo”, La Obra, 25 de mayo de 1943, p. 163.

48. Revista de Educación, Nº 3, 1934, p. 64. Diez escuelas llevaban el nombre Sarmiento, seis escuelas el de Rivadavia y dos escuelas los nombres de Alberdi, Mitre y Rocha. Solo una escuela había sido designada como General San Martín (la escuela Nº 8 de Carmen de Patagones).

49. Ver libro de actas CGE, f. 13. Sesión del 23 de septiembre de 1943.

50. Ver libro de actas CGE, f. 64. Sesión del 18 de noviembre de 1943.

51. Libro de actas del CGE, f. 23. Sesión del 30 de septiembre de 1943. El proyecto fue presentado por el presbítero Alberto Escobar.

52. Ver libro de actas CGE, f. 112. Sesión del 30 de diciembre de 1943. En este caso el acta no menciona origen del proyecto. Probablemente fue obra de Escobar.

53. El CGE entre junio de 1943 y febrero de 1944 estuvo conformado por los consejeros generales Juan Francisco Jáuregui, Rodolfo Pérez Duprat, Alberto Escobar, Juan F. Muñoz, Manuel Novas, Raúl Lascano, Eduardo Szelagowski y Federico Martínez de Hoz.

54. En noviembre de 1944 el CGE autorizaba a la directora de la escuela Nº 2 de Roque Pérez a entronizar las imágenes de la Virgen de la Merced, del Carmen y de Luján en las aulas Manuel Belgrano, General San Martín y Mariano Moreno respectivamente. Libro de actas CGE, f. 344. Sesión del 3 de noviembre de 1944.

55. Ver libro de actas CGE, f. 148. Sesión del 23 de marzo de 1944.

56. Ver libro de actas CGE, f. 431. Sesión del 23 de marzo de 1945.

57. Revista de Educación, 1930-1943.

58. Ver libro de actas CGE, f. 14. Sesión del 23 de septiembre de 1943.

59. La ley 4.675, sancionada el 19 de enero de 1936, establecía la escala de sueldos del escalafón docente y las bonificaciones periódicas por antigüedad.

60. Ver libro de actas CGE, f. 339. Sesión del 27 de octubre de 1944.

61. Ver libro de actas CGE, fs.14-17. Sesión del 23 de septiembre de 1943.

62. Según Di Stefano y Zanatta (2000: 385), las escuelas católicas crecieron tanto desde las primeras décadas del siglo XX que lograron ofrecer una propuesta educativa competitiva de la estatal. Las escuelas católicas tanto primarias como secundarias se habían multiplicado a fines de los años 20.

63. Ver libro de Actas CGE, f. 61. Sesión del 18 de noviembre de 1943.

64. Ver libro de Actas CGE, f. 146. Sesión del 16 de marzo de 1944.

65. Libro de actas CGE, f. 206. Sesión del 7 de junio de 1944.

66. Ver libro de actas CGE, f. 316. Sesión del 29 de septiembre de 1944.

67. Ver libro de actas CGE, f. 65. Sesión del 18 de noviembre de 1943.

68. Ver libro de actas CGE, f. 90. Sesión del 9 de diciembre de 1943.

69. Ver libro de actas CGE, fs. 202 a 205. Sesión del 1 de junio de 1944. Originalmente el proyecto establecía la autorización del traslado en los casos que el esposo tuviera un sueldo inferior a los 500 pesos, pero los católicos se opusieron a esa cláusula. Quienes la validaban argumentaban que muchas maestras eran esposas de profesionales, empresarios o empleados jerárquicos. En el caso que un traslado afectara derechos de un tercero, el tribunal debía informar al CGE para que este diera traslado al director general para su definición.

70. Libro de actas CGE, fs. 213 a 221. Sesión del 7 de junio de 1944.

71. La Obra, 24 de julio de 1944.

72. Libro de actas CGE, f. 310. Sesión del 22 de septiembre de 1944.

73. Ver libro de actas CGE, f. 489. Sesión del 11 de mayo de 1945.

74. Ver libro de actas CGE, f. 438. Sesión del 23 de marzo de 1945.

75. Ver libro de actas CGE, f. 62. Sesión del 18 de noviembre de 1943. El CGE dispuso la suspensión de clases a partir del 27 de noviembre de las escuelas Nº 1 de los distritos de General Pueyrredón, Necochea, Tandil y General Alvarado a fin de que el Cuerpo Médico dispusiera la desinfección de las aulas para el funcionamiento de las colonias de vacaciones de la DGE.

76. Ver libro de actas CGE, f. 222. Sesión del 15 de junio de 1944.

77. Libro de actas CGE, f. 379. Sesión del 1 de diciembre de 1944.

78. Varias entidades de beneficencia sostenían colonias de vacaciones en escuelas oficiales cedidas por la DGE. El CGE autorizó, entre otras, a la Sociedad Protectora de los Niños Pobres de La Plata y a la Sociedad de Beneficencia de La Plata la ocupación de escuelas en Mar del Plata. También funcionaron en 1944 colonias para los niños huérfanos del terremoto de San Juan.

79. Ver Criterio, Nº 837, 1944. En la sección “Comentarios” se refiere a la desnudez en las playas de Mar del Plata, donde “la plutocracia y la plebe se han dado este año la mano en la falta de pudor y en las costumbres imitando a los peores balnearios europeos”.

80. Ver libro de actas CGE, f. 470. Sesión del 27 de abril de 1945.

81. Ver Revista de Educación, marzo-abril de 1943, p. 103. Sesión del CGE del 6 de mayo de 1942.

82. Ver libro de Actas CGE, fs. 94-95. Presupuesto 1944. Sesión del 9 de diciembre de 1943.

83. Ver libro de actas CGE, f. 285. Sesión del 1 de septiembre de 1944.

84. Libro de actas CGE, f. 390. Sesión del 15 de diciembre de 1944.

85. Ver Revista de Educación, enero-febrero de 1943, p. 110. El CGE autorizó el funcionamiento fuera del horario escolar de una filial de las EAEP en la escuela Nº 11 de La Plata.

86. Ver Libro de actas CGE, f. 236. Sesión del 6 de julio de 1944.

87. Ver libro de actas CGE, f. 170. Sesión del 20 de abril de 1944. La autorización abarcaba todos los días hábiles fuera del horario escolar.

88. Revista de Educación, enero-febrero de 1943, p. 100. El CGE en sesión del 15 de abril de 1942 autorizó a ocupar fuera del horario escolar a una filial de las Universidades Populares Argentinas el edificio de la escuela Nº 1 de Baradero.

89. Ver El Día, La Plata, 11 de marzo de 1945.

90. Ver El Día, La Plata, 25 de abril de 1945. Los cursos de la Federación de Asociaciones Católicas de Empleaas (FACE) se dictaban días sábados de 16 a 18. Los cursos dictados eran ortografía, lenguaje, matemáticas, contabilidad, dactilografía, taquigrafía, redacción, lencería, corte y confección, tejidos, nociones de puericultura, primeros auxilios e inglés.

91. La reforma educativa de 1937 se implementó a partir de 1938 en un grupo limitado de escuelas provinciales. Fue promovida por el ministro de Gobierno Roberto Noble y elaborada técnicamente por el inspector Jorge Arriaga, miembro del CGE.

92. Ver libro de actas CGE, f. 139. Sesión del 23 de marzo de 1944. El CGE aprobó los programas del primer año que empezaría a funcionar de inmediato. La escuela normal quedaba a cargo de expedir títulos hasta 1950. La discontinuidad en las gestiones de la DGE motivó sin duda la falta de concreción de esa decisión política.

93. Ver libro de actas CGE, f. 455. Sesión del 20 de abril de 1945.

94. Ver libro de actas CGE, f. 270. Sesión del 7 de junio de 1944.

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