Kitabı oku: «U.S.A. ¿Confía Dios en nosotros?»
U.S.A.
¿CONFÍA DIOS EN NOSOTROS?
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com
Directora
Carme Manuel
U.S.A.
¿CONFÍA DIOS EN NOSOTROS?
Jorge Majfud
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Jorge Majfud
U.S.A. ¿Confía Dios en nosotros?
1ª edición de 2017
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-249-6
Ilustración de la cubierta: Jorge Orrico
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Índice
I. LA CULTURA DE LAS MÁSCARAS
Estado de contradicción
Superhéroes
El factor “expectativas” en las sociedades de consumo
El autor socialista del juramento patriótico de EE.UU
El capitalismo postliberal
¿Realmente le debemos el progreso al capitalismo?
II. NUESTRA LENGUA ES MEJOR PORQUE SE ENTIENDE
El lento suicidio de Occidente
La enfermedad moral del patriotismo
La colonización intra-nacional de los patriotismos
Las fronteras mentales del tribalismo
El recurso del miedo
El foro de las ideas en español
Ron Paul y el anarquismo de derecha
III. EL GIGANTE CIEGO
La invención del pasado
Títeres, titiriteros y liberaciones de closets
Sobre la superioridad moral
¿De dónde viene la voz del pueblo?
Psicoanálisis de la unión americana
La híper realidad de la imagen
La inmoralidad del arte, la maldad de los pobres
La elocuencia imperial de la ignorancia
La propaganda y el mito de la Reconquista mexicana
Inspiraciones nazis
IV. NEOMEDIEVALISMO
Los medios justifican los fines
Jesús va en Rolls-Royce
Doblar de campanas, redoblar de tambores
Al César lo que es de Dios
La irrelevancia de la razón
Diez azotes contra humanismo
Herederos de Superman y de la Verdadera Fe
El patriarcado con rostro de mujer
Un dios de la tormenta
V. EL CRISOL DE RAZAS
El dulce azote del lenguaje
Blanco x Negro = Negro
El peligro de la diversidad
Cuando los de abajo se odian
Los Hijos del Sol o la lógica del racismo
Una característica de las razas superiores
VI. VAMOS A LA GUERRA
Una democracia imperial
El lenguaje de los tambores
Escudos humanos y más “efectos colaterales”
“¡Hoops! me equivoqué” o El reino de la impunidad
VII. IDEOLÉXICOS, MEDIOS Y PODER
Barack Hussein Obama: ¿las palabras pueden?
Superman y la Mujer Maravilla
Consumo, ergo soy
Crisis de los ricos, via crucis de los pobres
La crisis del becerro de oro
La sombra de Jefferson
Noam Chomsky y Tony Blair se cruzan en el aeropuerto
La pornografía política
VIII. EL GIGANTE HERIDO
Cyborgs
El elogio a la banalidad en la cultura pooph
Corazón de demócrata, mentalidad de aristócrata
Break-dance-break
El derecho a portar armas
Virginia Tech: análisis ideoléxico de una tragedia
La matanza de Arizona
Vientos de odio
Estado, divino tesoro
El doble negocio de la desocupación
El horror al anonimato
Si las bombas fuesen la solución
Marco Rubio y el terrorismo ajeno
IX. EL SUEÑO AMERICANO
Los esclavos de nuestro tiempo
Los estigmas sociales del latino
Seis mitos fundamentales sobre la inmigración
Los pobres también lloran
X. LA CASA BLANCA SE DESNUDA
Donald Trump y el síndrome del pequeño faraón
Carta abierta a Donald Trump
Trump: la reacción violenta de un siglo moribundo
Los años Trump por venir
Estados Unidos, del “efecto espectador” al “efecto teleprompter”
A toda Roma le llega su Nerón
La crítica diferencia entre un estadista y un hombre de negocios
El peligro del arte mexicano
¿De verdad quiere usted salvar vidas humanas?
XI. ANTE EL CRUCE DE CAMINOS
Cuando la resistencia es progreso y el cambio, reacción
Las narrativas políticas y la invención de la realidad
¿Quiénes amenazan a la especie humana?
USA: Reforma, Revolución o Revuelta
Sin azúcar: conversaciones con Noam Chomsky
Estados Unidos y América Latina
I. La cultura de las máscaras
ESTADO DE CONTRADICCIÓN
El país industrializado con mayores problemas raciales contra los negros es el país que primero puso a un negro en la presidencia y a toda una familia de negros en la Casa Blanca.
El país que, como pocos, ha discriminado a los negros a lo largo de su historia, es el país donde no se puede pronunciar la palabra negro sin riesgo de ofender a los negros.
El país donde los derechos y las oportunidades laborales de las mujeres han alcanzado niveles históricos, es el país que nunca ha tenido una presidenta o vicepresidenta mujer.
El país que inventó las ciudades de rascacielos define su estilo de vida por sus casas rodeadas de árboles y extensas sábanas de césped, mientras que los descendientes de los africanos que habitaban las calientes selvas de África ahora se concentran en los centros más urbanos de las frías ciudades de los rascacielos.
El país cuya cultura afro, como el blues o el rap, se distingue por su tristeza o por su rebeldía intrascendente, procede de las culturas africanas que en África y en el Caribe se distinguen por su alegría. El dolor distintivo de esta cultura y la violencia que no libera, como la religión, la lengua, la ideología y todo lo que no se refiera a la biología de los negros norteamericanos procede de Europa. Razón por la cual los afroamericanos deberían llamarse euroamericanos, si no considerásemos algo tan superficial como el color de la piel.
El país que tiene una ciudad llamada Filadelfia, que significa amor fraternal y que es una de las urbes con más problemas de violencia por armas de fuego.
El país donde sus patriotas más conservadores han impuesto la idea de que su país es fundamentalmente cristiano y conservador fue fundado por un puñado de políticos y filósofos ilustrados, anarquistas, revolucionarios y por lo menos laicos, seculares o agnósticos.
El primer país del mundo que se funda en base al secularismo, a la separación del Estado y la religión, es el país de Occidente donde la religión es más omnipresente y decisiva en la sociedad, en la política y en el gobierno.
El país donde con más rigor se cumple la ley, donde la autoridad se respeta más, donde los ciudadanos comunes son más respetuosos de las reglas, las normas y los derechos ajenos es uno de los países que con más frecuencia y con mayor gravedad ha violado las leyes internacionales.
En el país donde más odian tener algún tipo de gobierno que se meta en la vida privada de los ciudadanos es el país donde primero se puso en práctica el espionaje panóptico en la vida privada de sus ciudadanos y donde los ciudadanos más reclaman del gobierno un control estricto de las personas sospechosas, que vienen a ser todas aquellas que están de acuerdo con tener algún tipo de gobierno.
En los estados más industrializados del país más industrializado del mundo viven los Amish, quienes andan en algunas autopistas con sus carritos tirados por caballos. Todo para no contaminarse de las contradicciones del mundo industrializado.
El país que tiene al intelectual vivo más citado del mundo y sólo menos citado que Marx entre los muertos, Noam Chomsky, es sistemáticamente criticado por su intelectual más reconocido y citado en el mundo.
El país que suele arrasar con los premios Nobel, el país que monopoliza los rankings de las mejores universidades del mundo, el país que más ha contribuido con inventos, descubrimientos y teorías madres en más de un siglo, es el país que tiene la población más ignorante en geografía, historia, matemáticas, filosofía, física y todo lo que tenga que ver con algún conocimiento sofisticado.
El país que tiene más medallas olímpicas de la historia, que más récords ha acumulado en los juegos de invierno y de verano, es el país donde la gente menos camina, y tiene mayores problemas de obesidad del mundo.
Es también el país donde los pobres sufren de obesidad y los ricos y educados parecen hambrientos.
Es el país donde una hamburguesa con papas fritas y Coca-Cola cuesta 5,99 dólares y sin Coca-Cola cuesta 6,35.
Es el país cuyos estados más liberales, los del noreste, son estados católicos y cuyos estados más conservadores, los del sur, son estados protestantes.
Es el país donde sus religiosos más conservadores y que más profesan la religión del amor de Cristo y la otra mejilla por la no violencia, son aquellos que con más vehemencia defienden el derecho a portar armas, tienen clubes de caza, poderosas asociaciones de rifles, son los únicos en justificar las bombas de Hiroshima y Nagasaki y los primeros en promover intervenciones militares en otras partes del mundo que no han entendido en qué consiste el amor.
Es el país con la mayor influencia política del mundo y a cuyos habitantes y votantes menos les interesa la política.
El país por el cual el mundo entero celebra con el feriado más universal el día de los trabajadores, no celebra ni recuerda ese día sino un día más abstracto e impersonal, el día del trabajo, otro día, para no mencionar a los innombrables.
El país que es venerado por su cultura del trabajo, no celebra a sus trabajadores, pero recuerda dos veces al año a los soldados caídos en las guerras. Porque las guerras y la destrucción son más importantes que el trabajo y la construcción para defender la libertad. La libertad de la gente que no necesita trabajar.
Es el país que ha globalizado la contradicción radical del narcisismo voyerista, principal característica de la generación virtual.
Es el país que ha logrado reemplazar la política y la ideología por la economía, lo que significa un radical triunfo político e ideológico a escala mundial.
Ese país es, también, el país más criticado del mundo, por propios y por ajenos, y es, al mismo tiempo, el país más imitado. Sobre todo, por los países emergentes, según la definición de sumergidos desarrollada por el país emergido.
(marzo 2010)
SUPERHÉROES
Accidente y desdoblamiento
Una anécdota cuenta que los inspectores de una aduana nunca pudieron descubrir qué traficaba un hombre en su carretilla porque traficaba carretillas. De igual manera, la máscara del superhéroe es el símbolo visible de lo que pretende ocultar. La historia matriz del héroe, a través del desdoblamiento, enmascara la realidad de la cual deriva, es decir, la cultura hegemónica del capitalismo del último siglo.
Si vemos los héroes de la “cultura de masas”, desde El llanero solitario y Superman hasta Hulk y The Terminator, veremos que sus características —la máscara y el desdoblamiento— permanecen pero revelan un cambio en el inconsciente colectivo norteamericano.
El nacimiento del héroe moderno es una forma de renacimiento producido por una muerte simbólica, por un accidente tecnológico. Pero el “accidente” nada tiene de accidental porque cierra la fractura ideológica tanto como la realidad la abre.
Si las armas de defensa y destrucción son el resultado de una economía capitalista que se basa en la reproducción indefinida del capital, si los armamentos militares son productos del cálculo y la reproducción en serie, si el héroe real es honrado en “la tumba del soldado desconocido”, en Memorial Day y en el Día de los veteranos, y sus guerreros son anónimos y actúan en masa como un gran mecanismo impersonal, entonces el superhéroe es presentado como un individuo único y sus armas son únicas y nunca producto de un cálculo tecnológico que pueda hacer dos. Por esta razón, es necesario recurrir una vez más al accidente. Incluso para fabricar las armas excepcionales del héroe excepcional. Es necesario que se deje constancia que el escudo de Capitán América, el héroe investido accidentalmente de súper poderes, también es producto de otro accidente: este escudo está hecho de una aleación irreproducible, creada por casualidad y no puede ser duplicada.
La realidad es precisamente la contraria: no hay accidentes creadores; hay cálculos premeditados. No hay individuos ni hay obras irreproducibles sino lo contrario: todo es producido en serie, como los autos de Henry Ford. El pueblo es la masa y los ciudadanos son peligrosos productores primero (es decir, trabajadores) y amables y domesticados consumidores después. El accidente divide la vida de todos estos superhéroes en dos, el real y el superdotado, el trabajador anónimo y el consumidor de fantasías funcionales.
Todos los héroes popularizados por la dominante cultura americana poseen una doble personalidad. Fenómeno este que se puede encontrar, por ejemplo, en las primeras y más antiguas versiones de los cuentos infantiles europeos. Todas las historias de sapos príncipes, de cuentos africanos y una infinidad de mutaciones fantásticas que revelan un origen antiguo de esta dualidad psicológica. La personalidad secreta es agresiva, violenta e irracional. La dualidad ya aparecía de forma explícita en la Inglaterra de Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde (1886). El contexto era otro; otro imperio, el británico, la Revolución industrial y el positivismo científico. Tanto la Pax británica, el progreso industrial como el positivismo racionalista se manifiestan en estos mitos como el horror de lo irracional. Pero pronto lo irracional (el consumidor) se volvería el objeto del sistema de valores, el falso héroe, el verdadero mesías de una religión sin Dios.
En la cultura americana la máscara y la dualidad se radicalizan.
Poco después de la anexión estadounidense de la mitad del territorio mexicano, no sólo se reinstauró la esclavitud en Texas sino que el proceso fue vivido como un acto de usurpación e impotencia por parte de la población hispana. No fueron pocos los rebeldes, reales y producto de la imaginación popular, que surgieron en la segunda mitad del siglo XIX en los estados del suroeste que luego serían estilizados en el personaje de El Zorro. El enmascarado de doble vida, en gran parte inspirado en héroes anti gringo, rápidamente se convirtió en otros enmascarados solitarios que se transformarían en los símbolos de la cultura anglosajona: Lone Ranger, Batman, y todos los superhéroes que les siguieron, mitos nihilistas que revelan la dualidad día/noche, discurso/realidad de la nueva cultura estadounidense. Otro símbolo prototipo del “auténtico americano”, el cowboy idealizado en figuras como John Wayne, Gary Cooper y Clint Eastwood, nada o poco tiene de los cuáqueros, de los puritanos, de los peregrinos del Mayflower o de los intelectuales Padres Fundadores. El cowboy es otra sublimación del vaquero mexicano que, a su vez, hunde sus raíces en la cultura hispanoárabe.
La historia —al menos la historia popular— es básicamente una construcción de mitos sociales compuestos por máscaras y símbolos herméticos, por recuerdos selectivos y olvidos convenientes. Quizás sus componentes más poderosos sean aquellos que por buenas razones han sido reprimidos. Reprimidos, no exterminados.
Entre Superman (1933) y la serie televisiva El fugitivo (1967) hay una historia de cambios mundiales. En el caso de Richard Kimble, la metamorfosis es la inversa que en Clark Kent: el rostro público es el criminal mientras que el rostro ilegal es el rostro positivo, el rejuvenecido. Superman es el músculo del poder hegemónico que hace justicia. El Fugitivo es la astucia del oprimido por la justicia. Cuando todavía no existía la criptonita y Superman no tenía ningún límite a su fuerza bruta, uno de los personajes de Superman se burla del héroe diciendo: “he may possess super strength but he was as easy to trick as a child (tal vez posee súper poderes pero fue tan fácil engañarlo como a un niño)”. Por si fuese poco, pocas veces Superman hace gala de su inteligencia. Podríamos decir que nunca: resuelve esta debilidad con más fuerza muscular. La otra debilidad de Superman es la misma Louis Lane, quien es tan hermosa y deseada como tonta, ya que cada una de sus propias iniciativas —luego de humillar o desobedecer a Clark Kent— terminan en catástrofe y en otra buena oportunidad para la aparición de Superman a su rescate.
Pero en El fugitivo (Richard Kimble) la máscara y el desdoblamiento sobreviven. El accidente es doble: primero el asesinato de su esposa que cambia su vida; segundo el accidente del tren que le permite escapar y lo salva de morir en manos de una “justicia ciega” (“an innocent victim of blind justice”). El fugitivo se cambia de identidad (nueva mascara) y huye de la policía. El fugitivo es un doctor honorable/convicto, un perseguido/liberado, etc. Es decir, es el correcto ciudadano que realiza el sueño de la clandestinidad, la dualidad que está en la fundación misma de Estados Unidos: la legalidad y la desobediencia, la justicia propia e irracional del oprimido y la justicia formal, “políticamente correcta” del opresor.
La creciente secularización que sigue a la revolución francesa y a la revolución industrial (ver Eric Hobsbawm) significó una lucha contra los poderes teocráticos que dominaron las sociedades occidentales. Pero al mismo tiempo el vacío es ocupado por una naturaleza científico-tecnológica que suplanta la antigua función de las iglesias en la articulación de un discurso mítico. Superman siempre aparece del cielo cuando la víctima lo necesita —en ocasiones la víctima ruega su ayuda—, lo cual es un claro sustituto de Dios, sobre todo del Dios del Antiguo Testamento que promete justicia aquí en la tierra, no en el más allá de cristianos y musulmanes.
En la dislocación, el discurso y la acción no coinciden o son, con más frecuencia, contradictorios. Razón por la cual Superman no habla, actúa. Como la tormenta que cambia el rumbo y el destino de los peregrinos del Mayflower en 1620, el destino de un individuo, de un grupo y de un pueblo está definido por la doble dinámica del desdoblamiento que ocurre a partir de un accidente, real o imaginario.
Perros, gatos y ratones
También los personajes centrales del mundo de Walt Disney o de Hannah Barbera son tanto más reales —más centrales— cuanto más híbridos, mutantes o transvertidos. Esta naturaleza central, esta híper realidad está rodeada y enmarcada por seres secundarios: animales que parecen animales y humanos que parecen humanos.
Si la milenaria historia del arte ha insistido que los seres humanos se pueden retratar de la cintura para arriba, aquí los humanos aparecen de la cintura para abajo. Aun cuando se ven, sus rostros no son los rostros de dioses sino de seres ingenuos, casi tontos e incautos de las tramas que los astutos personajes híbridos — los nuevos reales— están desarrollando. Igual de torpes e incautos son los animales que parecen animales.
En el “mundo real” de los humanos, los perros representan la autoridad, la amistad y sobre todo la fidelidad. Por esta razón, y porque no surge del mundo latino sino del anglosajón, al ingresar al “mundo real de la ficción” los perros generalmente asumen profesiones de guardias y de policías. No es paradójico que estos roles no representen la astucia sino la ingenuidad. Para la tradición cristiana —no para el Iluminismo—, la ingenuidad y la inocencia son virtudes; la astucia es un atributo del ángel caído. La ley —la obediencia— es ingenua; el delito es astuto. La “ingenuidad del guardián” permanece como un valor ético positivo. No obstante, esta es otra máscara de la realidad.
Los ratones comparten con los gatos el centro del “mundo real de la ficción”. Son tanto más reales cuanto más híbridos. Las asociaciones temporales de ratones y perros se realizan por la astucia del ratón, no del perro. De esa forma los más débiles del grupo (los ratones) obtienen seguridad y protección de los más fuertes (los perros) contra la persecución de los poderes intermedios (los gatos).
En el tablero internacional, estos estamentos del poder tienen su paralelo en la serie poder imperial/gobiernos periféricos/resistencia marginal.
La dislocación y la máscara consisten en atribuirle a una realidad valores inversos para crearla y reproducirla. No es el poder la fuerza ingenua sino quien actúa con astucia o, más bien, con la lógica de construcción/destrucción que poco o nada tienen de obra personal.
El poder hegemónico es presentado con un atributo contrario al real: la ingenuidad y la bondad, la defensa del más débil en lugar de la agresión mientras que las segundas categorías de la jerarquía son los depositarios de toda la maldad del sistema de poderes.
Este modelo no es exclusivamente anglosajón. Se ha repetido a lo largo de la historia. En la España imperial, desde la ensayística política de Quevedo (Política de Dios, 1626), la literatura de ficción de Cervantes (El Quijote, 1605), el teatro de Lope de Vega (Fuente Ovejuna, 1619) hasta las denuncias de Bartolomé de las Casas (Destrucción de las Indias, 1552) y las crónicas de Guamán Poma de Ayala (Nueva crónica y buen gobierno, 1615), lo que se consideraba el máximo poder político y moral, los reyes, nunca son puestos en tela de juicio ante un reclamo. Es más, todos los reclamos por las violaciones, las opresiones, las injusticias y las explotaciones son dirigidos a los reyes como reclamos contra los virreyes o los gobernadores.
La historia de la guerra de independencia de Estados Unidos no es diferente a esta historia ni es diferente a la historia embrionaria de las independencias hispanoamericanas. Hasta el célebre Common Sense (1776) de Thomas Paine, todos los argumentos y probablemente todas las intenciones de los americanos alzados en rebelión contra el imperio británico —incluido G. Washington— no iban dirigidos al rey George III sino a los mandos medios de la estructura jerárquica: el parlamento y sus ministros.
Los reyes —los perros— representaban un poder legal, legítimo y más bien ingenuo. De hecho, solían ser la encarnación de todo esto, como Carlos II, el rey idiota. Los mandos medios, los ministros y gobernadores, los recaudadores de impuestos y correctores, eran los verdaderos déspotas gatunos.
Para el posterior análisis marxista, el rey ni siquiera era el perro que sostenía el monopolio del poder sino un instrumento más de opresión y explotación —junto con los gatos— de un sistema impersonal, el capitalismo. Para nuestro análisis, el poder necesita ejercitar un permanente ejercicio de travestismo ya que su fuerza radica siempre en su “ostentosa invisibilidad”. El poder puede llegar, incluso, a travestirse de crítico; pero en este caso de alto riesgo solo enfocará su crítica a los mandos medios desplazando la atención de sí mismo.
Cuando el capitalismo industrial evoluciona a un capitalismo de consumo — consumo de bienes, consumo de símbolos—, sus expresiones populares cambian. La expresión mediática toma una voz crítica y paródica. En los años noventa Los Simpson realizan una importante variación al evitar el hibridismo animal y presentar el “mundo real de los humanos” sin el desdoblamiento esperado, por lo cual se constituye en un ejemplo de crítica. Pero es una especie de Lazarillo de Tormes (1554), un testimonio histórico y una parodia social realizada de arriba hacia abajo —los pobres siempre son graciosos— sin la voluntad de ningún cambio.
Al recurrir a la diversión, más que al humor, se neutraliza cualquier posible crítica, convirtiendo un drama real en una comedia fantástica. El objeto de crítica, con sus rostros (demasiado) visibles, desplaza del centro a todo un sistema político, económico y cultural. Homer Simpson es el ejemplo del obrero ingenuo y decadente con una hija inteligente, eterna promesa de un futuro cambio y con un jefe capitalista explotador, a todas luces el (nuevo) chico malo. Pero aquí también el jefe, ambicioso, corrupto y millonario, es un mando medio —uno de los gatos—que concentra todo el mal del sistema que representa. El sistema —no el peor de todos los que ha parido la historia—, como el buen rey, se lava las manos y justifica cualquier dolor, injusticia, realidad mediocre o realidad opresiva ante la existencia de malos mandos medios, por la existencia de los gatos que juegan con los ratones. La relación perro/gato/ratón no está en tela de juicio ya que ha sido establecida por una supuesta naturaleza. Lo que equivale a decir, por un presente sin historia. Un presente incuestionable del cual solo podemos reírnos a carcajadas y soportar en silencio.
La legalidad de lo oculto
La máscara es la forma de hacer ultra-visible un elemento que en realidad debe ser oculto: la doble personalidad del héroe y del lector y de la dinámica socioideológica, la fractura del discurso/acción del mito.
En el caso de Superman el héroe mitológico aparece desenmascarado. Quien se enmascara es Clark Kent. Superman es la expresión auténtica de los dos: Clark es el mito disfrazado de hombre común, oculto detrás de unos lentes que sustituyen la máscara del héroe gótico y un falso aspecto de cobarde.
¿Qué sentido tiene que Superman oculte su identidad con la máscara de Clark Kent siendo Superman un héroe legal? No existe explicación satisfactoria a esta pregunta dentro de la historieta. Fuera de la misma este hecho significa que, como deseo y superstición, el miserable Clark, el periodista, los dibujantes, los lectores de la Depresión, es decir el lado real de la historieta no son tales sino una máscara de algo superior que no se ve pero se sugiere que está. El cobarde Clark en realidad es Superman; los tímidos y pobretones dibujantes, rechazados y humillados por todas las mujeres —las Lanes seductoras e indefensas—, en realidad son los genios creadores de Superman; los miserables lectores de historietas insatisfechos por sus rutinarias e inseguras vidas son, en realidad, agentes secretos de una superpotencia mundial, la potencia del bien, la Democracia, la libertad y la justicia.
Si los sueños son deseos reprimidos, camuflados bajo símbolos para preservar la sensibilidad moral de quien sueña, la narración ideológica en la cultura popular expresa lo que reprime y reprime lo que expresa. No puede hacerlo de forma directa, como un discurso crítico-analítico, sino de una forma siempre indirecta. Lo expresado no puede ser evidente para el consumo masivo y este ocultamiento de lo expresado se logra exaltando lo opuesto: si el sistema reprime los sentimientos obreros de frustración, debe expresar estos mismos sentimientos como forma de consuelo y pseudo resolución.
El superhéroe responde y sirve a una fuerza dominante que es, a un mismo tiempo, visible y oculta, legal y clandestina. Como la CIA y todos los servicios secretos que se han dado los Estados para ejercitar su legalidad. La legitimidad de lo oculto se da con la legalidad del aparato al que sirve. Pero tanto los métodos como los objetivos son oscuros o han sido ocultados para una mayor efectividad: el secreto es la excusa de una estrategia en nombre del bien.
Así la realidad se convierte en el espacio simbólico. El objetivo general, el dominio de una ideología, de un poder dominante, está oculto detrás de la máscara de su propia visibilidad. En el espacio simbólico la oscuridad, la ilegalidad y la ilegitimidad son desplazadas hacia los villanos. Para los habitantes de las historietas, de las películas, el superhéroe actúa visiblemente a favor del orden dominante, pero oculta algo que el lector conoce: el secreto del héroe (1) es un secreto inocente y (2) es necesario para la efectividad de bien, de la ley visible, aunque sea a través de métodos musculares no previstos por el sistema o por la legalidad de los procesos. Para el lector nada de la historia particular está oculto, ni los secretos del héroe ni las malas intenciones de los villanos. Para el lector está oculto el propósito de la historia entera. La máscara es la diversión y la inocencia del producto cultural. La realidad es, en cambio, el espacio simbólico, la ideología dominante y la cultura hegemónica que se encarna en historias concretas, en la cultura popular.
La máscara en la publicidad
Un comercial de Best Buy muestra a una joven empleada hablando en spanglish. La joven narra cómo recientemente atendió a dos niños que querían hacerle un regalo a su madre y sólo tenían unas cuantas monedas. Ella los ayudó a conseguir un modesto disco de música para que los niños tuviesen algo que regalar. Al final, la joven concluye con una moraleja al estilo de los Exemplos del Conde Lucanor en el siglo XIV: “no importa el valor del regalo sino que éste sea hecho con el corazón”. En otro comercial casi simultáneo, Wal*Mart aconseja a los consumidores que ahorren dinero en tiempos de crisis económica. Claro, para ahorrar, deben ir a consumir a Wal*Mart.
El primer sentido y objetivo de la empresa y del comercial, los beneficios económicos producidos por la venta, grande o modesta, son ocultados detrás de una narración que apela a la emoción y a un discurso tradicional y políticamente correcto. El “no importa el dinero sino los buenos sentimientos” sustituye el verdadero sentido de la narración, que es el contrario: “no importa el corazón sino que los niños compraron, consumieron, y detrás de ellos y en su propio futuro está la continuidad de estas ganancias”.
Sólo se puede tener una fe ciega en aquello que no se ve. La narración de la ideología hegemónica hace invisible su objetivo central presentando una visualización contraria de esa narración, es decir, creando la máscara de la historia real. De la misma forma, el mundo secular del capitalismo se enmascara con la narración religiosa que predomina en sociedades como Estados Unidos.
La narratura social —narrativa que sutura las contradicciones sociales— disocia la realidad del discurso poniendo el discurso por encima de una determinada realidad que cubre con un manto de símbolos. Se confía que el público no atenderá a esa realidad sino al discurso. El discurso, al ser políticamente correcto y repetitivo, es ingerido como ideoléxico, como el espacio moral que es compartido por diferentes grupos sociales, políticos, religiosos, raciales y generacionales, entre otros.
La narración de la ideología hegemónica hace invisible su objetivo central presentando una visualización —una híper visualización— contraria a la narración, es decir, creando la máscara de la historia real, reproduciendo la bipolaridad del héroe capitalista.
El poder
Cualquier diferencia de poder que sea suficiente para establecer un dominio social e histórico convierte ese poder en un poder absoluto, razón por la que solemos hablar de “el poder” como si fuese un ente abstracto y místico. No obstante, ningún poder ejerce su fuerza sin una reacción. La primera fuerza que se opone a la libre acción de cualquier poder dominante es siempre la sospecha o la posibilidad de que quien lo sufre se resista o se revele contra él. En nuestro tiempo, en nuestra era moderna y posmoderna, ese peligro que amenaza el poder además ha estado estimulado y articulado por una dialéctica sofisticada que mayoritariamente ha provenido de la tradición humanista y, sobre todo, de la crítica iluminista del siglo XVIII. Quizás esta haya sido la última o penúltima critica radical que logró cambiar el mundo y cuya herencia se continúa hoy como paradigma, traducido en algunos casos como Derechos Humanos, derechos civiles, democracia, libertad individual, liberación colectiva, etc.
El mito
Además de la dinámica de la narrativa fracturada de la propaganda posmoderna, el otro género narrativo de la cultura popular del siglo XX consiste en lo contrario: en una narrativa continua que posee la solidez del mito, según la cual cada pieza narrativa, cada símbolo, sin importar lo contradictorio que pueda ser, se integra automáticamente a la unidad del mito central.
Nuestro tiempo es una forma de regreso a la cultura mitológica desde el momento en que estas historias están basadas en narraciones muy simples y arquetípicas que no se refieren a un dios individualizado como última causa y efecto, sino que se integran a una nueva forma de naturaleza, a una naturaleza virtual y fantástica pero naturaleza al fin, es decir, sin una intencionalidad humana o divina.
Esta naturaleza está creada y recreada en los mass media, desde los cómics y las series de televisión hasta el espectáculo de la política y la guerra.
La trama
Cada historia que configura el neo-mito posee al menos dos etapas.
1) la narración básica, que expresa el mito y funda al personaje. Esta historia suele ser recordada en varios de los fragmentos hasta que se enquista en la memoria popular y termina por hacerse innecesaria. Como en la narración mítica, predomina la narración en tercera persona que “explica” el fenómeno.
2) Las diversas historias particulares. Normalmente estas historias son de una extrema simplificación, a veces tratan y resuelven problemas infantiles. Son historias totalmente secundarias pero sirven para exponer y recordar permanentemente el mito original y las características sobrenaturales del héroe. Pero el héroe no se construye por estas historias sino al revés: es el héroe ya definido el que da sentido y significado a cada historia.
Muerte del héroe
En la cultura hegemónica del siglo XX, el héroe sigue patrones arcaicos pero perfectamente adaptados a las necesidades reproductivas de la cultura del capitalismo. El héroe muere cada diez o veinte años de aventuras. Cada tanto, revive. Esta dinámica sirve a una razón comercial, la razón del espectáculo y sus expectativas prefabricadas, pero no por eso deja de reproducir el canon mitológico del dios que se hace hombre, muere y renace.
Los personajes
Desde esta perspectiva, repasemos de forma sintética una docena de héroes clásicos de la cultura popular internacional que podemos definir como cultura pop en oposición a la cultura crítica.
Tarzán
Per se, el capitalismo no es racista ni sexista ni clasista ni nacionalista. De hecho, en sus orígenes el capitalismo —y sobre todo la circulación del dinero— fue una forma que tuvieron los “hijos de nadie” para movilizarse por la rígida pirámide social impuesta por los estamentos feudales y aristocráticos, por los privilegios de cuna y de sangre. El capitalismo es indiferente a todas estas plagas humanas, y su lógica de libre acumulación de poder a través del capital deriva en tres viejos conocidos de la historia: el racismo, el clasismo y en el imperialismo.
En Tarzán, por ejemplo, el componente de la superioridad blanca, inherente a su naturaleza genética, es central. Tarzán es el “verdadero hombre” que conquista y reina sobre el mundo bárbaro —sobre el mundo colonizado y explotado.
El desdoblamiento, la máscara de Tarzán consiste en que, si bien es el héroe desnudo, el que en materia de vestimenta se ubica en el extremo opuesto a los héroes con capa, máscara y camuflajes, es a la vez el representante de la “naturaleza de la civilización” como la piedra es a los templos góticos. Es un hombre dominante, justiciero, inteligente, valiente, atlético y asexuado. Jane lo salva de cualquier sospecha de onanismo, zoofilia e, incluso, homosexualidad. Pero su relación con Jane, sobre todo en la versión norteamericana, tampoco es sexual. Su hijo Korak, el matador, en las versiones americanas se convierte en Boy, un adoptado. La mona Chita —el sexo de este simpático animalito nunca está definido— permanece como una mascota que permanentemente recuerda la superioridad del macho blanco. El macho asexuado del puritanismo capitalista.
No obstante, el hombre mono todavía es un héroe humano. Humano en su desnudez y humano en su presunción de superioridad. El desdoblamiento materializa al opresor imperialista y al oprimido colonizado. El rey de los peludos es un hombre pelado; el rey de los tontos es un hombre inteligente; el rey de los negros es un blanco. El Rey de los monos no es un mono sino su contrario, como el emperador de los africanos no es un africano sino un europeo. Rey, señor (lord) no significa “representante” sino “amo”; y opresor significa beneficiario, justiciero. Tarzán es el único personaje humanizado y completo en un mundo de hombres inferiores y animales salvajes, paradójicamente incompletos debidos a su incapacidad de reinar, dominar, de autogobernarse.
Es decir, la ambigüedad del personaje surge de una ambigüedad matriz que permea la relación mundial entre pueblos, etnias, culturas y géneros y, por lo tanto, se reproduce en el individuo: la relación opresor/oprimido aparece como señor/bárbaro, civilizado/salvaje. Una ambigüedad analizada y discutida a lo largo del siglo XX, negada por la propaganda posmoderna al mismo tiempo que se realizaba en la práctica y se consolidaba a través de la cultura pop.
Esta ambigüedad revela un segundo momento: el poder debe ocultarse, travestirse para sobrevivir como tal. Y, en consecuencia, tanto opresor como oprimido son dos partes complementarias de la misma dinámica, socios en un mismo círculo de violencia.
King Kong
En gran medida, King Kong es el complemento y la continuidad de Tarzán. Es el representante de lo irracional y de la periferia bárbara que amenaza Nueva York, el nuevo centro del mundo civilizado, la gran urbe, las entrañas de la máquina. El componente racial y sexual está presente en el contraste de la bestia africana y la pequeña mujer rubia que es, al igual que el mismo King Kong, raptada con violencia. A diferencia del británico Tarzán, King Kong es producto de la fantasía del sexo interracial de un esclavo negro y su bella ama blanca, fantasía más propia de una sociedad esclavista que desea lo que condena y condena lo que desea hasta destruirlo con violencia.
King Kong, la víctima, es presentado como el salvaje raptor, mientras que la mujer, producto y representante del mundo opresor, aparece como la victima que ha de ser rescatada. La civilización mecánica, que produjo este tipo de mujer débil, rubia y sensual se presentará como su salvadora. Los hombres civilizados que invadieron Barbaria y secuestraron a la bestia serán los encargados de hacer justicia dominando a la bestia que pone en peligro la civilización.
El rey (King/ Konge) es, en realidad, un esclavo. La “octava maravilla” (Eighth Wonder) como es presentado al público es, en realidad, un monstruo.
Sólo Modern Times (1936) de Charles Chaplin sale de este círculo al plantearse como crítica y no como expresión de la ideología dominante o de la cultura hegemónica. Ahora bien, Chaplin, aunque popular, no pertenece a la cultura pop sino a la cultura crítica.
Para una cultura hegemónica, la primera ley narrativa es: cuando algo parece ser lo que es, es necesario evidenciarlo con un argumento inverosímil. Una verdad difícil de demostrar, como la mayoría de las verdades que importan, fácilmente se convierte en inverosímil gracias a estos falsos argumentos. Es una de las leyes de la máscara y se traduce de mil formas, incluidas algunas teorías conspiratorias.
La segunda ley es: cuando alguien sospecha de algo, se debe exponer la misma sospecha de forma explícita. Así el discurso dominante logra ganar la confianza intelectual del lector-consumidor, por lo que éste estará más predispuesto a aceptar e interiorizar las razones y los métodos —incluso los más violentos— de la solución. Naturalmente se asume que ver y resolver un problema son un mismo acto.
Un ejemplo caricaturesco lo encontramos en los orígenes de Superman cuando otro personaje cuestiona su existencia diciendo: “debe ser solo un mito” (conciencia de la verdad). Momento en que Superman replica con su propia presencia y dice: “I am a very material myth”, “soy un mito muy material” (desarticulación de la verdad).
La historieta presenta la realidad o la sospecha de un sistema, pero es mostrada en un individuo (el representante del problema) que puede ser eliminado (la solución) para mantener el sistema antes cuestionado. Es lo opuesto a Modern Times (1936), donde el personaje central es la víctima. Aunque es una crítica a la deshumanización, como personaje Chaplin está humanizado, tiene una identidad y el espectador puede identificarse con él y reconocer la parodia como crítica radical. En el caso de Superman las víctimas son siempre anónimas mientas el justiciero (el representante del sistema, el defensor de los débiles que defiende a los opresores de los débiles) es el personaje deshumanizado (un hombre de acero con súper poderes) que como doble personaje se encuentra humanizado en Clark Kent, el “verdadero Superman”.
La cultura dominante (1) pone en escena sus propios defectos, injusticias e insatisfacciones para luego (2) presentar una solución que no cuestione el origen del problema planteado. El lector-consumidor se reconocerá al comienzo con la injusticia puesta en escena para luego ubicarse en la posición psicológica de aceptar, como una continuación, la solución planteada tal como aceptó sin problemas el diagnóstico.
Durante la Gran Depresión de los años 30, cuando en Estados Unidos las masas no confían en la honestidad de las entidades bancarias, Bonnie y Clyde se hicieron populares como ladrones de bancos. En 1932, dos años antes de que la famosa pareja cayera abatida por la policía, Jerry Siegel y Joe Shuster crearon en Ohio el mito de Superman. El Salvador, con reminiscencias bíblicas —como a Moisés, los padres ponen al niño en una pequeña nave—, procede del mundo exterior y se propone “cambiar el destino del mundo” (2). El desdoblamiento aquí se produce cuando el símbolo de la cultura central es representado por un alien y la insistente confirmación de un establishment se promueve con la idea de un cambio radical. Incluso la afirmación de que “Superman no habla, actúa” (16) se contradice perfectamente con la realidad del comic, el cual es puro discurso: Superman no actúa, habla. Lo representado y su representación son siempre contradictorios.
La cara visible de la Luna, Clark Kent, es la imagen de sus creadores: ambos trabajaban en los periódicos, eran tímidos y tuvieron relaciones tímidas con las mujeres. Lois Lane es la hermosa mujer que trabaja cerca de Clark Kent y lo subestima por su torpeza y cobardía. Repetidas veces lo define como “cobarde” al mismo tiempo que admira sin límites la valentía de Superman.
Si analizamos las primeras historias publicadas masivamente y con un éxito inesperado en 1939, veremos un claro reflejo de la Gran Depresión económica de los años 30, la amenaza comunista y la política “socialista” de F. D. Roosevelt.
Podemos observar dos planos de dislocación 1) El sentimiento de frustración de la clase media y la idea de injusticia en la clase obrera. 2) El desdoblamiento de esta frustración no en perjuicio del poder establecido sino en su propio beneficio.
En sus primeras versiones, Superman es presentado, repetidas veces, como el “Champion of the helpless and dispossessed” (“campeón de los pobres y desposeídos”). En la primera historia de su historia, ayuda a un pequeño empresario que lucha por mantener el trabajo de sus obreros pero se encuentra con la negativa de los bancos y la ambición de un empresario más fuerte que procura sacarlo de competencia. Superman intimida al banquero y luego salva repetidas veces al modesto hombre hasta que descubre el plan para asesinarlo.
Superman es presentado como “The Man of Tomorrow”; no es el superhombre nietzscheano sin compasión por los débiles sino una especie edulcorada del mentado Hombre nuevo socialista que lucha por la justicia de los pobres y desamparados. La referencia explícita a los obreros podría haber encendido todas las alarmas de haber existido un McCarthy senador en la época: la capa roja podía ser asociada al comunismo y la gran S de su pecho hubiese parecido demasiado ambigua entre US (United States) y SU (Soviet Union). Al final de esta historia, cuando el beneficiario le ofrece una recompensa, Superman rechaza el dinero al estilo Che Guevara: “Mi único interés es ayudar a los oprimidos y que los malos paguen por sus crímenes” (10).
Poco después, en una nueva aventura, el reportero-investigador trata de resolver el misterio de la desaparición de otros obreros. La importancia del tema es explícita cuando el jefe del diario Planeta desestima la noticia del robo a un banco para concentrar la atención en los desaparecidos. Finalmente, Superman descubre que un científico maligno hipnotiza a los trabajadores con el propósito de producir más y más. Entonces la voz de la conciencia del comic aparece con una declaración contundente: “los hombres [hipnotizados/alienados], incapaces de protestar, son forzados a volver al trabajo” (14). Finalmente una multitud evita que los trabajadores hipnotizados se suiciden.
El desdoblamiento está reforzado por el hecho de que no existe ninguna relación lógica, directa o práctica entre el trabajo forzado de los obreros y el intento de asesinato del gobernador. Se da una vaga explicación, un lugar común que relaciona el capital con el poder político. Pero nunca se explica las razones de Ravek para asesinar al gobernador, lo que convierte a Ravek en el chivo expiatorio de todos los explotadores a los que representa.
La aparente crítica anticapitalista se resuelve con la historia particular. Al solucionarse el problema de la historieta, se cierra la trama y dentro de ella queda atrapada toda posible critica que pueda trascender la historieta. Así, la cultura popular funciona como una esponja quitamanchas, como una trampa para cazar zorros.
Accidente y renacimiento
Como lo demostrara Joseph Cambell en The Hero With a Thousand Faces (1949), el nacimiento del héroe siempre está marcado por un hecho excepcional. En el caso de los héroes contemporáneos de la cultura popular, los héroes que nacen junto con las nuevas tecnologías en el siglo XX nacen adultos. Excepto Superman (cuya naturaleza sobrenatural estaba presente desde su nacimiento y no por casualidad su niñez se asemeja a la de Moisés y Jesús, aunque sin Dios), por lo general el héroe nace de un hombre o —excepcionalmente— de una mujer cuando estos ya son adultos.
Este nacimiento es una forma de renacimiento producido por una muerte simbólica, concretamente, por un accidente. Pero la idea del accidente en los superhéroes es todo menos accidental. El accidente une y cierra la fractura tanto como la abre. El superhéroe popular es producto de una fuerza oficial y dominante apoyada en la alta tecnología, es la expresión máxima de la ciencia y el cálculo. Las ciencias y, sobre todo, la tecnología tienen la cualidad de poder multiplicar en serie cualquier producto, desde los automóviles inventados por Henry Ford hasta las imágenes de la Gioconda y de Jesús sufriendo. Por lo tanto, es necesario un nuevo desdoblamiento. Si las armas de defensa y destrucción son el resultado de una economía que se basa en la reproducción calculada del capital (sea capitalista o comunista), si los armamentos militares son todos productos del cálculo y la reproducción, si el héroe real es honrado en “la tumba del soldado desconocido” y sus guerreros son todos anónimos y actúan en masa como un gran mecanismo impersonal, entonces el superhéroe debe ser un individuo único y sus armas deben ser únicas y nunca producto de un cálculo tecnológico que pueda hacer dos.
Por esta razón, es necesario recurrir una vez más al accidente. Incluso para las armas excepcionales de un héroe excepcional. Es necesario que se deje constancia que, por ejemplo, el escudo de Capitán América, el héroe investido de súper poderes por accidente, es producto de otro accidente: está hecho de una aleación creada por accidente y no puede ser duplicada” (“This alloy was created by accident and never duplicated”). La realidad es precisamente la contraria: no hay accidente; hay cálculo, hay desdoblamiento, hay duplicación.
Las vidas de todos los héroes ficticios del siglo XX están divididas por un accidente. En el caso de El fugitivo (serie mundialmente famosa en los 60 y 70), ese accidente es doble: primero el asesinato de la esposa de Richard Kimble cambia su vida; segundo el accidente del tren evita que muera en manos de una “justicia ciega”.
Como el Mayflower (la tormenta que cambia el rumbo del barco y los planes del grupo de 101 peregrinos), el destino de un individuo, de un grupo y de un pueblo están definidos por un desdoblamiento que ocurre a partir de un accidente.
En el caso de El fugitivo, la metamorfosis es la inversa que la de Superman: el rostro público es el criminal (el doctor) mientras que el rostro ilegal es el rostro positivo, el rejuvenecido. Este fenómeno comienza a producirse durante la cuestionada guerra de Vietnam.
Desdoblamiento, dislocación y desplazamiento
El desdoblamiento y la dislocación ya se manifiestan abiertamente en Inglaterra en Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde (1886). El contexto es el del Imperio británico, la Revolución industrial y el positivismo científico. Pero tanto la Pax británica, el progreso industrial, como el positivismo se manifiestan en mitos populares tales como el horror a lo irracional. Al mismo tiempo la irracionalidad de la fuerza muscular es la fuente de la justicia contra la injusticia de la fuerza muscular (del imperio), el racionalismo y el cientificismo de la filosofía dominante en Europa.
Ya en los años de la Gran Depresión, cuando todavía no existía la criptonita y la fuerza bruta del héroe Superman no tenía límites, uno de los personajes de Superman se burlaba del héroe diciendo: “he may possess super strength but he was as easy to trick as a child (Tal vez posee súper poderes pero es tan fácil de engañar como un niño)”. Por si fuese poco, pocas veces Superman hace gala de su inteligencia. Podríamos decir que nunca: resuelve esta debilidad con más fuerza muscular. La otra debilidad de Superman es la misma Louis Lane, quien es tan hermosa y deseada como tonta, ya que cada una de sus iniciativas por cuenta propia (y con frecuencia luego de humillar o desobedecer a Clark Kent) terminan en catástrofe y en otra buena oportunidad para la aparición de Superman (claro eufemismo de “Supermacho”) a su rescate.
La creciente secularización que sigue a la Revolución inglesa y a la revolución industrial (Hobsbawm) significa una lucha contra las fuerzas conservadoras de las sociedades occidentales pero al mismo tiempo el vacío es ocupado por una naturaleza científico-tecnológica que suplanta la antigua función de las iglesias en la articulación de un discurso mítico de las mismas sociedades. Superman siempre aparece del cielo cuando la víctima lo necesita (en ocasiones la víctima implora su ayuda), lo cual es un claro sustituto de Dios, sobre todo del Dios del Antiguo Testamento que promete justicia aquí en la tierra.
Todos los héroes “mítico-cómicos” o “mitómicos” poseen una doble personalidad. Este es un fenómeno que podemos encontrarlo en versionas más antiguas en Europa, como en los cuentos de hadas, “La cenicienta”, “Caperucita roja”, todas las historias de sapos príncipes y una infinidad de mutaciones fantásticas que revelan el origen antiguo de esta dualidad psicológica. La personalidad secreta es agresiva, violenta e irracional. Incluso en héroes como Superman, aunque en casos como éste el héroe no es perseguido sino que colabora con el gobierno secular. Al mismo tiempo, esto indica que la violencia es la principal forma de hacer justicia. Es decir, el cosmos de estos personajes carece de cualquier dimensión metafísica o racional. Es la democracia que se autocontrola intramuros, pero se expresa, como en la antigua Atenas, como un imperio muscular extramuros.
Hibridismo
Los personajes del mundo de Walt Disney o de Hannah Barbera son tanto más reales cuanto más híbridos. Los protagonistas centrales de este mundo, como el ratón Mickey o el pato Donald son animales antropomorfos. Pero esta naturaleza central, esta híper realidad está rodeada y enmarcada por seres secundarios: animales o humanos.
En series como Tom y Jerry, los humanos aparecen casi siempre de la cintura para abajo. Aun cuando se vea sus rostros no son los rostros de dioses sino de seres incautos, casi tontos, desconocedores de la astucia o de las tramas que los personajes híbridos de la historia verdadera están desarrollando. De igual forma, aparecen algunos animales es su estado animal. Tampoco estos tienen un rol central ni tienen plena conciencia de lo que está ocurriendo en el centro de la trama. Casi siempre son perros (Spike, Pluto).
Aquí ocurre un nuevo desdoblamiento. En el “mundo real” —en el plano explícito— de los humanos, los perros representan la autoridad, la fiabilidad, la amistad y, sobre todo, la fidelidad. Por esta razón, al ingresar al “mundo real de la ficción” vemos que los perros generalmente asumen profesiones de guardias y de policías. No sin paradoja, estos papeles no representan la astucia sino la ingenuidad. La ley es ingenua; el delito es astuto. No obstante, la “ingenuidad del guardián” permanece como un valor ético positivo.
Por su parte, en los gatos, símbolos de la independencia e imprevisibilidad en el “mundo real” de los humanos, se mantiene una forma de ilegalidad. La oposición perro-gato con sus valores representados de fidelidad-infidelidad se mantiene, pero el protagonismo, el cuasi monopolio simpático pertenece a los gatos y a sus perseguidos, los ratones.
Los ratones, por su parte, comparten con los gatos el centro del “mundo real de la ficción”. Son tanto más reales cuanto más híbridos. Las temporales asociaciones de ratones y perros se realizan por la astucia del ratón, no del perro, que de esa forma obtiene seguridad y protección contra la persecución del gato. Gracias a esta protección, el ratón actúa impunemente burlándose del gato.
Si volvemos al “mundo real de los humanos” en el escenario mundial, las asociaciones casi no tienen variaciones: el perro guardián tiene el poder legal e incontestable de los poderes hegemónicos. Los gatos son los gobiernos o las fuerzas contrarias a ese orden del perro mientras que los ratones representan los débiles disidentes que deben valerse del engaño político para sobrevivir a la tiranía de los gatos: primer, segundo y tercer mundo en la imaginería de la Guerra Fría.
Otra vez el desdoblamiento plantea la realidad de forma inversa, ya que no es el poder —el perro— la fuerza ingenua, sino quien actúa con la astucia del ratón para castigar al gato.
El perro guardián es presentado con un atributo contrario al real, la ingenuidad y la bondad, la defensa en lugar de la agresión. Por otro lado, los instrumentos de ese poder, las segundas categorías de la jerarquía, son los depositarios de toda la maldad de una fuerza secundaria. Este modelo se ha repetido a lo largo de la historia. En la España imperial, desde la ensayística política de Quevedo (Política de Dios, 1626), la literatura de ficción de Cervantes (El Quijote, 1605), el teatro de Lope de Vega (Fuente Ovejuna, 1619) hasta las denuncias de Bartolomé de las Casas (Destrucción de las Indias, 1552) y las crónicas de Guamán Poma de Ayala (Nueva crónica y buen gobierno, 1615), lo que se consideraba el máximo poder político y moral, los reyes, nunca son puestos en tela de juicio ante un reclamo. Es más, todos los reclamos por las violaciones, las opresiones, las injusticias y las explotaciones son dirigidos a los reyes como reclamos contra los virreyes, gobernadores o correctores. La historia de la guerra de independencia de Estados Unidos no es diferente. Hasta el célebre Common Sense (1776) de Thomas Paine, todos los argumentos y probablemente todas las intenciones de los americanos alzados en rebelión contra el imperio británico no iban dirigidos al rey George III sino a los mandos medios de la estructura jerárquica: el parlamento y sus ministros. De hecho, la idea de independencia no era dominante hasta la publicación de las 46 páginas del inglés radical que nada tenía de “sentido común” para la abrumadora mayoría de los americanos de su época.
Los reyes —los perros— representaban un poder legal, legítimo y más bien ingenuo. Los mandos medios, los ministros y gobernadores, los recaudadores de impuestos, eran los verdaderos gatos. Para el posterior análisis marxista, el rey ni siquiera era el perro que sostenía el monopolio del poder sino un instrumento más de opresión y explotación —junto con los gatos— de un sistema impersonal, el capitalismo, el verdadero perro.
Travestismo
El poder necesita ejercitar un permanente ejercicio de travestismo ya que su fuerza radica siempre en su invisibilidad. Cuando el capitalismo industrial evoluciona a un capitalismo de consumo —consumo de bienes, consumo de símbolos—, sus expresiones populares cambian. Uno de estos cambios más riesgosos, pero también más efectivos, es la colonización de la crítica tradicional que en la etapa anterior era condenada o marginada. Entonces la expresión mediática toma una voz crítica y paródica. El poder se trasviste de crítico pero enfoca su crítica a los mandos medios desplazando la atención de sí mismo.
En los años noventa Los Simpson realizan una importante variación al evitar el hibridismo animal y presentar el “mundo real de los humanos” sin el desdoblamiento esperado, por lo cual se constituye en un ejemplo de crítica desde los mismos instrumentos de difusión anteriores. En este sentido se asemejan y superan a Los Picapiedra. No obstante, al recurrir a la diversión neutralizan cualquier posible crítica convirtiendo un posible drama real en una indudable comedia fantástica. El objeto de crítica —la cultura popular, la clase media—desplaza del centro a todo un sistema político-económico-cultural —el capitalismo tardío, el capitalismo consumista— con sus rostros visibles. Simpson es el ejemplo del obrero ingenuo y decadente, padre de una hija inteligente, eterna promesa de un futuro cambio, que trabaja bajo las órdenes de un jefe capitalista explotador, a todas luces un chico malo. También el jefe, ambicioso, corrupto y millonario, es un mando medio —uno de los gatos— que concentra todo el mal del sistema que representa. El sistema, como el buen rey, se lava las manos y justifica cualquier dolor, injusticia, realidad mediocre o realidad opresiva por la existencia de malos mandos medios, por la existencia de los gatos que juegan con los ratones.
(abril 2012)
EL FACTOR “EXPECTATIVAS” EN LAS SOCIEDADES DE CONSUMO
Unas horas antes del segundo debate presidencial en Estados Unidos entre el republicano Mitt Romney y el presidente Barack Obama, mis estudiantes me pidieron una predicción sobre el resultado de esa noche. Considerando que había acertado en los puntos centrales del “sorpresivo” primer debate en el que el candidato republicano emergió como vencedor revirtiendo dramáticamente la caída libre en la que se encontraba según las encuestas de las semanas anteriores, quisieron probar mi método de predicción.
Aunque los individuos se definen por un alto grado de impredictibilidad, no tanto así las sociedades o los grupos numerosos. Resumiendo, mi respuesta fue que esa noche se decidía el presidente de Estados Unidos y que esta vez la pésima imagen que dejó el presidente Obama en el debate anterior, contrariamente a lo que se hablaba en todos los rincones, sería fácilmente reversible debido al factor “expectativas” que en el primer debate iba a perjudicarlo de forma dramática.
En todo debate político, sobre todo en una cultura post-libros, existen dos pilares centrales: el primero, el dialéctico, es una batalla que no todos entienden. El vencedor dialéctico no es necesariamente el vencedor anímico. Este es el segundo pilar: el psicológico, y se refiere por un lado al candidato y por el otro al público.
Para la mayoría de los votantes, el psicológico es el único que realmente cuenta, aunque digan lo contrario. Tanto el primer debate como el segundo (como en el debate entre los vicepresidentes), la gente prestó atención y luego recordó la actitud de cada uno. ¿Por qué Obama fue un “desastre” en el primero? No por los datos o los argumentos que expuso. Simplemente porque no se mostró como el hombre energético que se supone es; porque no miró a su adversario o evitó su mirada; porque tomó demasiadas notas y por esa razón vimos a un hombre cabizbajo la mayor parte del tiempo. Este lenguaje corporal, esta actitud del individuo decidió la preferencia de millones de personas, según las encuestas. La culpa de esta catástrofe para Obama y gracia para Romney se resume, otra vez, en una palabra: las expectativas. Este fue mi argumento en las radios y la televisión latinoamericana horas antes del primer debate.
Básicamente la explicación previa al segundo fue la siguiente: vivimos (sobre todo en Estados Unidos) en una cultura moldeada por el consumo y las finanzas. Razón por la cual, si observamos con cuidado la psicología del mercado (que es fundamental en casi todas sus conductas bipolares), tendremos la clave para comprender muchos otros fenómenos de esta sociedad, sobre todo el fenómeno político, que básicamente está cruzado por las leyes del mercado y la cultura del consumo: se invierte en candidatos y en políticas, se consumen candidatos y narrativas sociales.
Observemos qué ocurre en Estados Unidos el primer viernes de cada mes a las 8: 30 AM. Un nuevo informe oficial sobre la creación de puestos de trabajo durante el mes anterior es aguardado con gran expectativa por todos los grandes medios que ponen el tono de lo que es importante y lo que no lo es. En las horas previas se discute el número que espera el mercado, que es el resultado de un promedio de opiniones entre economistas. Al menos eso es lo que se afirma. Pero lo importante no es realmente el número sino la diferencia entre este número y el oficial, que es tomado como “la realidad”, aunque luego sea revisada dramáticamente al mes siguiente. A diferencia de otros países donde se manipulan los números para mostrarlos mejores de lo que son, en Estados Unidos el gobierno normalmente predice un numero menos favorable. ¿Por qué? Probablemente porque han entendido el factor “expectativas”.
A las 8:31 de ese viernes se anuncia el “número real” de nuevos puestos de trabajo creado (o destruidos). Si ese número es inferior al esperado, el Dow Jones y Wall Street en general se deprimen, lo que en alguna parte significa la evaporación de algunos cientos de millones de dólares. Si es superior, estos mismos templos celebran con subidas eufóricas, que luego se van moderando.
Lo mismo ocurre el último viernes de un trimestre, esta vez a las 9: 30 AM, cuando suena la campana de Wall Street. Todas las expectativas giran en torno al PIB de ese período. Otra vez, los economistas dan sus opiniones, que son promediadas para alcanzar un número, digamos 1,5 por ciento. Y la historia se repite: cualquier punto por encima o por debajo definen si las bolsas suben o bajan. Si alguien manipulara ese número y lo llevase al uno por ciento, cualquier resultado mayor a uno e inferior a 1,5 producirían un alza en esas mismas bolsas. Pero el resultado es el opuesto cuando se espera un número mayor.
Lo mismo ocurre en Europa con la prima de riesgo, por ejemplo. Si Moody’s amenaza con rebajar la calificación de los bonos de un país a “bonos basura” y luego no lo hace, las bolsas suben.
No importa la realidad sino las expectativas que se hayan establecido acerca de esa realidad (virtual). De la misma forma que en la prensa las imágenes no valen por mil palabras ni son objetivas, sino esclavas de un texto que dice qué significan realmente. Lo mismo ocurre con los números en la economía actual, dominada por los símbolos: no importa si un número es bueno o es malo. De hecho, no es ni bueno ni malo hasta que un político o los medios nos convencen que realmente es un número bueno o es malo. La batalla semántica por la valoración de un número, como de un ideoléxico, es decisiva. Y para ello están la propaganda y el discurso, que básicamente son dominados por los medios que a su vez son dominados por los grandes capitales.
Esta ilusión no solo es una forma de realidad, sino que tiene la virtud de cambiar muchas realidades. De la misma manera funcionan los “estímulos” a las economías, que básicamente consisten en inyecciones de símbolos, sobre todo símbolos numéricos. El problema radica en que cada cierto tiempo las comunidades financieras despiertan o se dan por enteradas de que no pueden continuar haciendo dinero de esas realidades virtuales. Entonces viene lo que se llama “crisis”, que no son más que fuertes depresiones de las expectativas que llevan a los mercados y a las sociedades a una espiral histérica que afecta la economía real.
(octubre 2012)
EL AUTOR SOCIALISTA DEL JURAMENTO PATRIÓTICO DE EE.UU.
En 1892, con motivo del cuarto centenario del descubrimiento europeo de América, Francis Julius Bellamy creó el famoso juramento que se repite hoy en Estados Unidos para jurar lealtad al país y a la bandera: “I pledge allegiance to my flag and to the Republic for which it stands, one nation, indivisible, with liberty and justice for all” (“Prometo lealtad a la bandera y a la República que representa, una nación, indivisible, con libertad y justicia para todos”).
Está de más decir que este juramento es una de las oraciones favoritas de los grupos más conservadores, religiosos, nacionalistas y defensores acérrimos del capitalismo como “lo americano”.
Las ideas sobre qué es y qué significa el patriotismo o lo “auténticamente americano”, “basado en la tradición”, en la “defensa de la unidad”, o “por el camino de Dios”, aparte de expresar sentimientos legítimos por sí mismos, son también instrumentos ideoléxicos: poseen una intencionalidad proselitista y una subliminal carga de violencia que universalmente siempre se han ejercido en la definición misma de lo que significa ser un habitante de un país determinado, más allá del respeto objetivo por sus leyes.
La historia registra innumerables casos y siempre repiten patrones psicosociales y modus operandi muy similares: por ejemplo, para Fernando e Isabel en el siglo XVI, para el general Francisco Franco en el siglo XX, los verdaderos españoles eran los cristianos viejos (es decir no contaminados, sin abuelos moros o judíos), o los que hablan castellano, o los que defendían la familia tradicional, etc. Una causa sobre la “verdadera naturaleza” de las cosas sociales se vuelve radical, inflexible y violenta cuando la realidad lo niega. De esa forma, la definición del “buen español” que ocupó la vida de distinguidos escritores, académicos, políticos y sacerdotes, excluía, negaba y trataba de olvidar la enorme diversidad étnica, religiosa, cultural y lingüística que existió en la península Ibérica y luego en lo que se llamó España, ya desde tiempos de Séneca y desde mucho antes, desde los tiempos de los fenicios y los visigodos.
En 1924 a la palabra “bandera” se le agregó “de los Estados Unidos de América”. Pienso que no se trató de un cambio semántico sino sólo de una aclaración: por entonces se percibía que había demasiados inmigrantes y algunos se podían confundir al decir “mi bandera”. Tampoco hay que olvidar que en algunos grupos sociales cundió lo que se llamó “Red Scare” (“Temor Rojo”), como consecuencia del triunfo de la Revolución rusa y de la emigración de los anarquistas europeos.
En 1954, el presidente Eisenhower aprobó el agregado de “under God” (bajo Dios), lo cual hubiese encontrado la clara oposición de la mayoría de los Padres Fundadores, quienes reconocieron no sólo el derecho privado y público de creer en cualquier dios sino, incluso, en el derecho de no creer en ninguno. esta fue la primera modificación importante de la frase original de Bellamy. No obstante, no fue el primer cambio semántico, porque el símbolo fue sufriendo cambios progresivos y radicales para expresar diferentes ideas subliminales o explícitas y para ser usado con objetivos algo diferentes.
Lo curioso es que, si nos situamos históricamente a fines del siglo XIX, podemos observar que el famoso juramento de Bellamy refleja las propias ideas de su autor, como no es de extrañar, a pesar de alguna posible crítica posmodernista. Las expresiones de “I pledge allegiance to my flag and to the Republic for which it stands, one nation, indivisible, with liberty and justice for all” expresan de forma inequívoca los valores centrales de “unidad” y de “libertad y justicia para todos”, lo cual no sólo fue un principio socialista e iluminista radical, sino que estaba en abierta contradicción con los aristócratas y las sociedades estamentales de Europa y con los conservadores (sobre todo del sur) de Estados Unidos, que no creían ni en la igualdad ni en la libertad de los negros, de los pobres y de los no elegidos. No obstante, los ideoléxicos “libertad” e “igualdad” han triunfado desde el siglo XIX con tal fuerza que ahora son casi incuestionables como símbolos.
El ideoléxico “socialista” ha sido consolidado con un valor negativo como símbolo, aunque sus significados todavía están en disputa mediante el uso de sustitutos, como lo es la palabra “liberal”. Esta metamorfosis ideoléxica es casualidad. Francis Julius Bellamy era un socialista cristiano, pero los conservadores no lo mencionan, quizás para no recordar su condición de criminal ideológico. Algo parecido ocurre con la idea actual de que los Padres Fundadores de Estados Unidos, eran hombres religiosos y conservadores. Esta idea se ha popularizado de forma casi unánime a pesar de que es históricamente errónea: si los autores de la Revolución americana hubiesen sido conservadores lo último que habrían producido es una revolución. Si no fueron más allá de sus idealismos iluministas, de libertad, igualdad y laicismo en la cosa pública fue, precisamente, por la oposición de los conservadores, por algunas contradicciones propias y porque los cambios ideológicos introducidos en las primeras cuatro décadas del nuevo país habían llegado demasiado lejos para un mundo que todavía seguía sumido en gobiernos totalitarios, hereditarios, aristocráticos, teocráticos en su mayoría o en revoluciones políticamente inestables como en Francia.
Igual sucede con los textos religiosos, pues allí donde dice “es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que un rico acceda al reino de los cielos”, termina por significar que la riqueza es la prueba de que un rico ha sido elegido para entrar al reino de los cielos, aún antes de nacer. Es decir, la desigualdad fue establecida por Dios al principio de los tiempos, y aunque se acepte el ideoléxico de “igualdad” y “diversidad” luego de una derrota semántica de dos siglos, la solución consiste en redefinir los campos semánticos de dichos ideoléxicos y asignarles valores diferentes en condiciones diferentes. Es decir, cuando no se puede cambiar una palabra en una escritura sagrada, ya sea la Biblia, el Corán o la Constitución X, la solución es interpretar: donde dice blanco significa negro. Luego de un tiempo de repetirlo el significado original no sólo olvida sino que, cuando alguien intente sacarlo a la luz nuevamente, será desacreditado con diferentes mecanismos sociales, como la burla o el descrédito y la condena que históricamente deben sufrir los revisionistas.
(enero 2013)
EL CAPITALISMO POSTLIBERAL
La historia está llena individuos que un día se convierten en sus propios antagónicos: amantes que se odian, ángeles que caen del cielo a los abismos más oscuros, moderados que se vuelven fanáticos y fanáticos que se pasan al bando opuesto.
La historia de las civilizaciones registra casos similares pero rara vez alguien puede observar la dirección desde la breve experiencia de la vida propia. Con frecuencia, cuando los vientos soplan hacia el Este, el huracán se dirige hacia el Oeste. Durante gran parte de la Edad Media, la civilización islámica fue el centro de la racionalidad sobre la autoridad intelectual mientras la Europa cristiana se entretenía en las explicaciones religiosas de los fenómenos naturales y se basaba en el arbitrio de la autoridad para liquidar cualquier discusión. La tolerancia hacia las otras grandes religiones era más común en el mundo musulmán que en el mundo cristiano. Pero en cierto momento de lo que luego se llamaría Renacimiento los roles comenzaron a cruzarse hasta alcanzar, en muchos casos, una situación inversa a la existente en la Edad Media.
Lo mismo ocurrió a una escala menor con los partidos políticos: En Estados Unidos, los republicanos eran los liberales y los demócratas los conservadores el sur esclavista hasta que cambiaron de roles y hoy se odian por sus valores supuestamente contrarios. En América latina no son raros casos similares donde la izquierda liberal del siglo XIX pasó a representar los intereses y narrativas de la derecha liberal del siglo XX.
En todos los casos vemos un factor común: una sostenida lucha antagónica desde lo militar hasta lo dialectico, lo que recuerda una observación de Jorge Luis Borges: “hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”. Es probable que en nuestro presente estemos (1) inmersos en un punto de cruce semejante, donde Oriente y Occidente se intercambian roles o (2) como anotamos más arriba, solo se trate de un ciclo menor (una reacción) con dirección contraria al súper ciclo.
En casi todo el mundo, las democracias liberales están teniendo problemas económicos. No se trata tanto de que estén sumidas en la pobreza sino de que sus crecimientos son inferiores a los registrados por los países con sistemas menos democráticos y, en casos, el crecimiento de sus economías no es suficiente para sostener sus actuales niveles de vida.
Lo contrario ha estado ocurriendo con países comunistas como China o Vietnam. Singapur, una sociedad diversa, multi religiosa, con los mayores índices de desarrollo social y económico del mundo, no califica para democracia plena. Al menos según el estándar occidental. Incluso la China liberal, Hong Kong, empieza a perder terreno competitivo con Shenzhen, su vecino comunista. Estos países comunistas han adoptado un capitalismo de mercado más globalizado mientras las democracias liberales se mueven en el sentido contrario hacia la antiglobalización, los nacionalismos y nuevas propuestas proteccionistas. En el medio, las “democracias iliberales” de Putin en Rusia, Erdogan en Turquía y Orban en Hungría. Estados Unidos, Europa y Japón ya perciben el declive de sus hegemonías y reaccionan negando la realidad con sus nacionalismos más autoritarios, menos liberales, en nombre de la seguridad y la restauración de un pasado que no puede volver sin causar más declive aún.
Un aspecto crítico de este cambio de roles, en cuanto a su manifestación económica, consiste en el factor “predictibilidad”. Irónicamente (aunque no es una contradicción), los capitalistas están hoy más seguros con gobiernos comunistas, como el chino, y menos con gobiernos capitalistas. No el resto de la tradición liberal, si consideramos que quienes no poseen grandes capitales todavía consideran que hay ciertos valores, como la libertad de expresión y otras libertades que no se dan en China y su éxito económico no justifica perderlas.
Este grupo suele ser identificado en Estados Unidos y en Europa con las izquierdas (antes acusadas de lo contrario) mientras que las derechas, fortalecidas por el sentimiento de frustración, se refugian en un nacionalismo dispuesto a cambiar ciertas libertades y ciertos valores (como la diversidad y el cosmopolitismo) por un supuesto renacimiento o una supuesta “recuperación de sus países”. Nada de esto preocupaba tanto cuando las economías iban mejor y, sobre todo, cuando no se percibía el declive, la pérdida del poder hegemónico o imperial, cuando los pobres eran los comunistas o los países del tercer mundo (que también eran capitalistas pero dependientes servidores del centro).
La relación del capitalismo con las democracias siempre fue una relación de interés, no de amor, pero hoy podemos ver un capitalismo postdemocrático sin prejuicios. Hay algo que todavía tiene en común con el capitalismo moderno y posmoderno: aunque todavía elogia el espíritu de riesgo de sus individuos, detesta la imprevisibilidad, eso mismo que las todavía democracias liberales han demostrado sufrir en un alto grado.
De hecho, es un valor que el presidente Trump se haya encargado de destacar en su persona, mucho antes de ser elegido presidente. Es un valor del hombre de negocios que regatea y presiona, pero un arma peligrosa, tal vez suicida, para un presidente. En sus primeros cien días de gobierno, Trump se ha dedicado a revertir todas las políticas y logros del presidente anterior, desde las reformas al sistema de salud hasta los acuerdos comerciales internacionales. Lo mismo puede ocurrir en cualquier país de Europa.
Desde un punto de vista democrático no parece mal: las sociedades deben tener la opción de cambiar aunque, por lo general, sea solo una ilusión necesaria. Sin embargo, para bien o para mal, toda esa imprevisibilidad de hacer y deshacer significa más de lo mismo: las actuales democracias liberales son tan imprevisibles que no se puede confiar ni en sus propios acuerdos. Los países que negocian con ellas negocian con hombres y mujeres que están en el poder cuatro u ocho años y luego son reemplazados sistemáticamente por un antagónico, ya que la insatisfacción de la población es cada vez más frecuente.
Según un estudio reciente de los profesores Stephen Broadberry y John Wallis (Growing, Shrinking and Long Run Economic Performance, 2016) el factor que explica el aumento del crecimiento económico en los últimos siete siglos no se ha debido a la mayor producción sino a las menores recesiones y, según los datos extraídos de un estudio posterior, este fenómeno no se explica por factores demográficos o por las grandes invenciones sino por la capacidad de las cortes de resolver disputas basadas en reglas previamente establecidas. Es decir, predecibles.
Más allá de muchos otros factores (como la justicia de reglas establecidas por los vencedores a escala social e internacional), parece aún menos discutible el hecho de que la previsibilidad es lo que atrae a los dueños del dinero, también en nuestro mundo posliberal. Es ahí donde los países no democráticos de Asia se benefician de una mayor apertura y liberalización económica mientras que las democracias liberales corren la suerte contraria.
Una posible consecuencia a largo plazo puede ser un corrimiento aún mayor de Oriente hacia sociedades más democráticas y abiertas al tiempo que Occidente decide moverse en sentido opuesto, lo que confirmaría lo anunciado en “El lento suicidio de Occidente” (2003). La otra posibilidad es nuestra mayor esperanza: que Occidente reaccione y no se deje seducir por lo peor de sí mismo. Ejemplos tiene de sobra en su propia historia.
Ambas posibilidades están ahí, vivas, latentes. Tal vez todo dependa de una de las mayores virtudes humanas, que es también su mayor peligro: la libertad de tomar sus propias decisiones.
(mayo 2017)
¿REALMENTE LE DEBEMOS LA MODERNIDAD AL CAPITALISMO?
Una de las afirmaciones que los apologistas del capitalismo más repiten y menos se cuestiona es aquella que afirma que este ha sido el sistema que más riqueza y más progreso ha creado en la historia. Le debemos Internet, los aviones, YouTube, las computadoras desde la que escribimos y todo el adelanto médico y las libertades sociales e individuales que podemos encontrar hoy.
El capitalismo no es el peor ni el menos criminal de los sistemas que hayan existido, pero esta interpretación arrogante es, además, un secuestro que la ignorancia le hace a la historia. En términos absolutos, el capitalismo es el período (no el sistema) que ha producido más riqueza en la historia. Esta verdad sería suficiente si no consideramos que es tan engañosa como cuando en los años 90 un ministro uruguayo se ufanaba de que en su gobierno se habían vendido más teléfonos móviles que en el resto de la historia del país.
La llegada del hombre a la Luna no fue simple consecuencia del capitalismo. Para empezar, ni las universidades públicas ni las privadas son, en sus fundamentos, empresas capitalistas (excepto algunos pocos ejemplos, como el fiasco de Trump University). La NASA tampoco fue nunca una empresa privada sino estatal y, además, se desarrolló gracias a la previa contratación de más de mil ingenieros alemanes, entre ellos Wernher von Braun, que habían experimentado y perfeccionado la tecnología de cohetes en los laboratorios de Hitler, quien invirtió fortunas (cierto, con alguna ayuda económica y moral de las grandes empresas norteamericanas). Todo, el dinero y la planificación, fueron estatales. La Unión Soviética, sobre todo bajo el mando de un dictador como Stalin, ganó la carrera espacial al poner por primera vez en la historia el primer satélite, la primera perra y hasta el primer hombre en órbita doce años antes del Apollo 11 y apenas cuarenta años después de la revolución que convirtió un país atrasado y rural, como Rusia, en una potencia militar e industrial en unas pocas décadas. Nada de eso se entiende como capitalista.
Claro, el sistema soviético fue responsable de muchos pecados morales. Crímenes. Pero no son las deficiencias morales las que distinguían al comunismo burocrático del capitalismo. El capitalismo sólo se asocia con las democracias y los Derechos Humanos por una narrativa, repetitiva y abrumadora (teorizada por los Friedman y practicada por los Pinochet), pero la historia demuestra que puede convivir perfectamente con una democracia liberal; con las genocidas dictaduras latinoamericanas que precedieron a la excusa de la guerra contra el comunismo; con gobiernos comunistas como China o Vietnam; con sistemas racistas como Sud África; con imperios destructores de democracias y de millones de habitantes en Asia, África y América latina, como en los siglos XIX y XX lo fueron Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, Francia, etc.
La llegada a la Luna como la creación de Internet y las computadoras que se atribuyen al capitalismo fueron básicamente (y, en casos, únicamente) proyectos de gobiernos, no de empresas como Apple o Microsoft. Ninguno de los científicos que trabajaron en esos revolucionarios programas tecnológicos lo hizo como empresario o buscando hacerse ricos. De hecho, muchos de ellos eran ideológicamente anticapitalistas, como Einstein, etc. La mayoría eran profesores asalariados, no los ahora venerados emprendedores. A esta realidad hay que agregar otros hechos y un concepto básico: nada de esto surgió de cero en el siglo XIX o en el siglo XX. La energía atómica y las bombas son hijas directas de las especulaciones y los experimentos imaginarios de Albert Einstein, seguido de otros genios asalariados. La llegada del hombre a la Luna hubiese sido imposible sin conceptos básicos como la Tercera ley de Newton. Ni Einstein ni Newton hubiesen desarrollado sus maravillosas matemáticas superiores (ninguna de ellas debidas al capitalismo) sin una plétora de descubrimientos matemáticos introducidos por otras culturas siglos antes. ¿Alguien se imagina el cálculo infinitesimal sin el concepto del cero, sin los números arábigos y sin el álgebra (al-jabr), por nombrar unos pocos? Los algoritmos que usan las computadoras y los sistemas de internet no fueron creados ni por un capitalista ni en ningún período capitalista sino siglos atrás. Conceptualmente fue desarrollado en Bagdad, la capital de las ciencias, por un matemático musulmán de origen persa en siglo IX llamado, precisamente, Al-Juarismi. Según Oriana Fallaci, esa cultura no dio nada a las ciencias (irónicamente, el capitalismo nace en el mundo musulmán y el mundo cristiano lo desarrolla). Ni el alfabeto fenicio, ni el comercio, ni las repúblicas, ni las democracias surgieron en el periodo capitalista sino decenas de siglos antes. Ni siquiera la imprenta en sus diferentes versiones alemanas o china, un invento más revolucionario que Google, fueron gracias al capitalismo. Ni la pólvora, ni el dinero, ni los cheques, ni la libertad de expresión. Aunque Marx y Edison sean la consecuencia del capitalismo, ninguna gran revolución científica del Renacimiento y la Era Moderna (Averroes, Copérnico, Kepler, Galileo, Pascal, Newton, Einstein, Turing, Hawking) se debió ese sistema. El capitalismo salvaje produjo mucho capital y muchos Donad Trump, pero muy pocos genios. Por no hablar de descubrimientos más prácticos, como la palanca, el tornillo o la hidrostática de Arquímedes, descubiertas hace 2300 años. O la brújula del siglo IX, uno de los descubrimientos más trascendentes en la historia de la humanidad, por lejos más trascendente que cualquier teléfono inteligente. O la rueda, que se viene usando en Oriente desde hace seis mil años y que todavía no ha pasado de moda. Por supuesto que entre la invención de la rueda y la invención de la brújula pasaron varios siglos. Pero el tan vanagloriado “vertiginoso progreso” del periodo capitalista no es ninguna novedad. Salvo periodos de catástrofe como lo fue la peste negra durante el siglo XIV, la humanidad ha venido acelerando la aparición de nuevas tecnologías y de recursos disponibles para una creciente parte de la población, como por ejemplo lo fueron las diferentes revoluciones agrícolas. No es necesario ser un genio para advertir que esa aceleración se debe a la acumulación de conocimiento y a la libertad intelectual.
En Europa, el dinero y el capitalismo significaron un progreso social ante el estático orden feudal de la Edad Media. Pero pronto se convirtieron en el motor de genocidios coloniales y luego en una nueva forma de feudalismo, como la del siglo XXI, con una aristocracia financiera (un puñado de familias acumulan la mayor parte de la riqueza en países ricos y pobres), con duques y condes políticos y con villanos y vasallos desmovilizados. El capitalismo capitalizó (y los capitalistas secuestraron) siglos de progreso social, científico y tecnológico. Por esa razón, y por ser el sistema global dominante, fue capaz de producir más riqueza que los sistemas anteriores. El capitalismo no es el sistema de algunos países. Es el sistema hegemónico del mundo. Se pueden mitigar sus problemas, se pueden desmantelar sus mitos, pero no se puede eliminarlo hasta que no entre en su crisis o declive como el feudalismo. Hasta que sea reemplazado por otro sistema. Eso en caso de que quede planeta o humanidad. Porque también el capitalismo es el único sistema que ha puesto a la especie humana al borde de la catástrofe global.
(julio 2017)
II. Nuestra lengua es mejor porque se entiende
EL LENTO SUICIDIO DE OCCIDENTE
Occidente aparece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo tras siglo, ocupado ahora en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos, como lo son el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende ahora, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La mayor esperanza y el mayor peligro para Occidente están en su propio corazón. Quienes no tenemos “Rabia” ni “Orgullo” por ninguna raza ni por ninguna cultura sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.
Actualmente, algunas celebridades del pasado siglo XX, demostrando una irreversible decadencia senil, se han dedicado a divulgar la famosa ideología sobre el “choque de civilizaciones” —que ya era vulgar por sí sola— empezando sus razonamientos por las conclusiones, al mejor estilo de la teología clásica. Igual suerte ha corrido la afirmación, apriorística y decimonónica, de que “la cultura Occidental es superior a todas las demás”. Y que, como si fuese poco, es una obligación moral repetirlo.
Desde esa Superioridad Occidental, la famosísima periodista italiana Oriana Fallaci escribió, recientemente, brillanteces tales como: “Si en algunos países las mujeres son tan estúpidas que aceptan el chador e incluso el velo con rejilla a la altura de los ojos, peor para ellas. (…) Y si sus maridos son tan bobos como para no beber vino ni cerveza, ídem.” Caramba, esto sí que es rigor intelectual. “¡Qué asco! —siguió escribiendo, primero en el Corriere della Sera y después en su best seller “La rabia y el orgullo”, refiriéndose a los africanos que habían orinado en una plaza de Italia— ¡Tienen la meada larga estos hijos de Alá! Raza de hipócritas” “Aunque fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su presencia me alarma. Me produce desazón”. Resumiendo: aunque esos negros fuesen absolutamente inocentes, su presencia le produce igual desazón. Para Fallaci, esto no es racismo, es “rabia fría, lúcida y racional”. Y, por si fuera poco, nos regala una observación genial para referirse a los inmigrantes en general: “Además, hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que los traen a Italia? ¿No se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden?” … Pobre Galileo, pobre Camus, pobre Simone de Beauvoir, pobre Michel Foucault.
De paso, recordemos que, aunque esta señora escribe sin entender —lo dijo ella—, estas palabras pasaron a un libro que lleva vendidos medio millón de ejemplares, al que no le faltan lugares comunes, como el “yo soy atea, gracias a Dios”. Ni curiosidades históricas de este estilo: “¿cómo se come eso con la poligamia y con el principio de que las mujeres no deben hacerse fotografías. Porque también esto está en el Corán”, lo que significa que en el siglo VII los árabes estaban muy avanzados en óptica. Ni su repetida dosis de humor, como pueden ser estos argumentos de peso: “Y, además, admitámoslo: nuestras catedrales son más bellas que las mezquitas y las sinagogas, ¿sí o no? Son más bellas también que las iglesias protestantes” Como dice Atilio, tiene el Brillo de Brigitte Bardot. Faltaba que nos enredemos en la discusión sobre qué es más hermoso, si la torre de Pisa o el Taj-Mahal. Y de nuevo la tolerancia europea: “Te estoy diciendo que, precisamente porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa, nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría” Para finalmente terminar con una advertencia a su editor: “Te advierto: no me pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la rabia y el orgullo”. Lo cual ya nos había quedado claro desde el comienzo y, de paso, nos niega uno de los fundamentos de la democracia y de la tolerancia, desde la Gracia antigua: la polémica y el derecho a réplica —la competencia de argumentos en lugar de los insultos.
Pero como yo no poseo un nombre tan famoso como el de Fallaci —ganado con justicia, no tenemos por qué dudarlo—, no puedo conformarme con insultar. Como soy nativo de un país subdesarrollado y ni siquiera soy famoso como Maradona, no tengo más remedio que recurrir a la antigua costumbre de usar argumentos.
Veamos. Sólo la expresión “cultura occidental” es tan equívoca como puede serlo la de “cultura oriental” o la de “cultura islámica”, porque cada una de ellas está conformada por un conjunto diverso y muchas veces contradictorio de otras “culturas”. Basta con pensar que dentro de “cultura occidental” no sólo caben países tan distintos como Cuba y Estados Unidos, sino irreconciliables períodos históricos dentro de una misma región geográfica como puede serlo la pequeña Europa o la aún más pequeña Alemania, donde pisaron Goethe y Adolf Hitler, Bach y los skin heads. Por otra parte, no olvidemos que también Hitler y el Ku-Klux-Klan (en nombre de Cristo y de la Raza Blanca), que Stalin (en nombre de la Razón y del ateísmo), que Pinochet (en nombre de la Democracia y de la Libertad) y que Mussolini (en su propio nombre) fueron productos típicos, recientes y representativos de la autoproclamada “cultura occidental”. ¿Qué más occidental que la democracia y los campos de concentración? ¿Qué más occidental que la declaración de los Derechos Humanos y las dictaduras en España y en América Latina, sangrientas y degeneradas hasta los límites de la imaginación? ¿Qué más occidental que el cristianismo, que curó, salvó y asesinó gracias al Santo Oficio? ¿Qué más occidental que las modernas academias militares o los más antiguos monasterios donde se enseñaba, con refinado sadismo, por iniciativa del papa Inocencio IV y basándose en el Derecho Romano, el arte de la tortura? ¿O todo eso lo trajo Marco Polo desde Medio Oriente? ¿Qué más occidental que la bomba atómica y los millones de muertos y desaparecidos bajo los regímenes fascistas, comunistas e, incluso, “democráticos”? ¿Qué más occidental que las invasiones militares y la supresión de pueblos enteros bajo los llamados “bombardeos preventivos”?
Todo esto es la parte oscura de Occidente y nada nos garantiza que estemos a salvo de cualquiera de ellas, sólo porque no logramos entendernos con nuestros vecinos, los cuales han estado ahí desde hace más de 1400 años, con la única diferencia que ahora el mundo se ha globalizado (lo ha globalizado Occidente) y ellos poseen la principal fuente de energía que mueve la economía del mundo —al menos por el momento. No olvidemos que la Inquisición española, más estatal que las otras, se originó por un sentimiento hostil contra moros y judíos y no terminó con el Progreso y la Salvación de España sino con la quema de miles de seres humanos.
Sin embargo, Occidente también representa la Democracia, la Libertad, los Derechos Humanos y la lucha por los derechos de la mujer. Por lo menos el intento de lograrlos y lo más que la humanidad ha logrado hasta ahora. ¿Y cuál ha sido desde siempre la base de esos cuatro pilares, sino la tolerancia?
Fallaci quiere hacernos creer que “cultura occidental” es un producto único y puro, sin participación del otro. Pero si algo caracteriza a Occidente, precisamente, ha sido todo lo contrario: somos el resultado de incontables culturas, comenzando por la cultura hebrea (por no hablar de Amenofis IV) y siguiendo por casi todas las demás: por los caldeos, por los griegos, por los chinos, por los hindúes, por los africanos del sur, por los africanos del norte y por el resto de las culturas que hoy son uniformemente calificadas de “islámicas”. Hasta hace poco, no hubiese sido necesario recordar que, cuando en Europa —en toda Europa— la Iglesia cristiana, en nombre del Amor perseguía, torturaba y quemaba vivos a quienes discrepaban con las autoridades eclesiásticas o cometían el pecado de dedicarse a algún tipo de investigación (o simplemente porque eran mujeres solas, es decir, brujas), en el mundo islámico se difundían las artes y las ciencias, no sólo las propias sino también las chinas, las hindúes, las judías y las griegas. Y esto tampoco quiere decir que volaban las mariposas y sonaban los violines por doquier: entre Bagdad y Córdoba la distancia geográfica era, por entonces, casi astronómica. Pero Oriana Fallaci no sólo niega la composición diversa y contradictoria de cualquiera de las culturas en pleito, sino que de hecho se niega a reconocer la parte oriental como una cultura más. “A mí me fastidia hablar incluso de dos culturas”, escribió. Y luego se despacha con una increíble muestra de ignorancia histórica: “Ponerlas sobre el mismo plano, como si fuesen dos realidades paralelas, de igual peso y de igual medida. Porque detrás de nuestra civilización están Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y Fidias, entre otros muchos. Está la antigua Grecia con su Partenón y su descubrimiento de la Democracia. Está la antigua Roma con su grandeza, sus leyes y su concepción de la Ley. Con su escultura, su literatura y su arquitectura. Sus palacios y sus anfiteatros, sus acueductos, sus puentes y sus calzadas”.
¿Será necesario recordarle a Fallaci que entre todo eso y nosotros está el antiguo Imperio Islámico, sin el cual todo se hubiese quemado —hablo de los libros y de las personas, no del Coliseo— por la gracia de siglos de terrorismo eclesiástico, bien europeo y bien occidental? Y de la grandeza de Roma y de su “concepción de la Ley” hablamos otro día, porque aquí sí que hay blanco y negro para recordar. También dejemos de lado la literatura y la arquitectura islámica, que no tienen nada que envidiarle a la Roma de Fallaci, como cualquier persona medianamente culta sabe.
A ver, ¿y por último?: “Y por último —escribió Fallaci— está la ciencia. Una ciencia que ha descubierto muchas enfermedades y las cura. Yo sigo viva, por ahora, gracias a nuestra ciencia, no a la de Mahoma. Una ciencia que ha cambiado la faz de este planeta con la electricidad, la radio, el teléfono, la televisión… Pues bien, hagamos ahora la pregunta fatal: y detrás de la otra cultura, ¿qué hay?”.
Respuesta fatal: detrás de nuestra ciencia están los egipcios, los caldeos, los hindúes, los griegos, los chinos, los árabes, los judíos y los africanos. ¿O Fallaci cree que todo surgió por generación espontánea en los últimos cincuenta años? Habría que recordarle a esta señora que Pitágoras tomó su filosofía de Egipto y de Caldea (Irak) —incluida su famosa fórmula matemática, que no sólo usamos en arquitectura sino también en la demostración de la Teoría Especial de la Relatividad de Einstein—, igual que hizo otro sabio y matemático llamado Tales de Mileto. Ambos viajaron por Medio Oriente con la mente más abierta que Fallaci cuando lo hizo. El método hipotético-deductivo —base de la epistemología científica— se originó entre los sacerdotes egipcios (empezar con Klimovsky, por favor); el cero y la extracción de raíces cuadradas, así como innumerables descubrimientos matemáticos y astronómicos, que hoy enseñamos en los liceos, nacen en India y en Irak; el alfabeto lo inventaron los fenicios (antiguos libaneses), y probablemente también idearon la primera forma de globalización que conoció el mundo. El cero no fue un invento de los árabes, sino de los hindúes, pero fueron aquellos que lo exportaron a Occidente. Por si fuera poco, el avanzado Imperio Romano no sólo desconocía el cero —sin el cual no sería posible imaginar las matemáticas modernas y los viajes espaciales— sino que poseía un sistema de conteo y cálculo engorroso que perduró hasta fines de la Edad Media. Hasta comienzos del Renacimiento, todavía había hombres de negocios que usaban el sistema romano, negándose a cambiarlo por los números árabes, por prejuicios raciales y religiosos, lo que provocaba todo tipo de errores de cálculo y litigios sociales. Por otra parte, mejor ni mencionemos que el nacimiento de la Era Moderna se originó en el contacto de la cultura europea —después de largos siglos de represión religiosa— con la cultura islámica primero y con la griega después. ¿O alguien pensó que la racionalidad escolástica fue consecuencia de las torturas que se practicaban en las santas mazmorras? A principios del siglo XII, el inglés Adelardo de Bath emprendió un extenso viaje de estudios por el sur de Europa, Siria y Palestina. Al regresar de su viaje, Adelardo introdujo en la subdesarrollada Inglaterra un paradigma que aún hoy es sostenido por famosos científicos como Stephen Hawking: Dios había creado la Naturaleza de forma que podía ser estudiada y explicada sin Su intervención (He aquí el otro pilar de las ciencias, negado históricamente por la Iglesia romana). Adelardo, además, reprochó a los pensadores de su época por haberse dejado encandilar por el prestigio de las autoridades —comenzando por el griego Aristóteles, está claro. Por ellos esgrimió la consigna “razón contra autoridad”, y se hizo llamar a sí mismo “modernus”. “Yo he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón como guía —escribió—, pero ustedes sólo se rigen por lo que dice la autoridad”. Un compatriota de Fallaci, Gerardo de Cremona, introdujo en Europa los escritos del astrónomo y matemático “iraquí”, Al-Jwarizmi, inventor del álgebra, de los algoritmos, del cálculo arábigo y decimal; tradujo a Ptolomeo del árabe —ya que hasta la teoría astronómica de un griego oficial como éste no se encontraba en la Europa cristiana—, decenas de tratados médicos, como los de Ibn Sina y del iraní al-Razi, autor del primer tratado científico sobre la viruela y el sarampión.
Podríamos seguir enumerando ejemplos como éstos, que la periodista italiana ignora, pero de ello ya nos ocupamos en un libro y ahora no es lo que más importa. Lo que hoy está en juego no es sólo proteger a Occidente contra los terroristas, de aquí y de allá, sino —y quizá sobre todo— es crucial protegerlo de sí mismo. Bastaría con reproducir cualquiera de sus monstruosos inventos para perder todo lo que se ha logrado hasta ahora en materia de respeto por los Derechos Humanos. Empezando por el respeto a la diversidad. Y es altamente probable que ello ocurra en diez años más, si no reaccionamos a tiempo.
La semilla está ahí y sólo hace falta echarle un poco de agua. He escuchado decenas de veces la siguiente expresión: “lo único bueno que hizo Hitler fue matar a todos esos judíos”. Ni más ni menos. Y no lo he escuchado de boca de ningún musulmán —tal vez porque vivo en un país donde prácticamente no existen— ni siquiera de algún descendiente de árabes. Lo he escuchado de neutrales criollos o de descendientes de europeos. En todas estas ocasiones me bastó razonar lo siguiente, para enmudecer a mi ocasional interlocutor: “¿Cuál es su apellido? Gutiérrez, Pauletti, Wilson, Marceau… Entonces, señor, usted no es alemán y mucho menos de pura raza aria. Lo que quiere decir que mucho antes que Hitler hubiese terminado con los judíos hubiese comenzado por matar a sus abuelos y a todos los que tuviesen un perfil y un color de piel parecido al suyo”. Este mismo riesgo estamos corriendo ahora: si nos dedicamos a perseguir árabes o musulmanes no sólo estaremos demostrando que no hemos aprendido nada, sino que, además, pronto terminaremos por perseguir a sus semejantes: beduinos, africanos del norte, gitanos, españoles del sur, judíos de España, judíos latinoamericanos, americanos del centro, mexicanos del sur, mormones del norte, hawaianos, chinos e hindúes, entre otros.
No hace mucho otro italiano, Umberto Eco, resumió así una sabia advertencia: “Somos una civilización plural porque permitimos que en nuestros países se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a ellos sólo porque en Kabul metan en la cárcel a los propagandistas cristianos (…) Creemos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y son bárbaros los miembros de nuestra cultura que no la toleran”. Como decían Freud y Jung, aquello que nadie desearía cometer nunca es objeto de una prohibición; y como dijo Baudrillard, se establecen derechos cuando estos se han perdido. Los terroristas islámicos han obtenido lo que querían, doblemente. Occidente parece, de pronto, desprovisto de sus mejores virtudes, construidas siglo tras siglo, ya que se encuentra ahora ocupado en reproducir sus propios defectos y en copiar los defectos ajenos: el autoritarismo y la persecución preventiva de inocentes. Tanto tiempo imponiendo su cultura en otras regiones del planeta, para dejarse ahora imponer una moral que en sus mejores momentos no fue la suya. Virtudes como la tolerancia y la autocrítica nunca formaron parte de su debilidad, como se pretende, sino todo lo contrario: por ellos fue posible algún tipo de progreso, ético y material. La Democracia y la Ciencia nunca se desarrollaron a partir del culto narcisista a la cultura propia sino de la oposición crítica a partir de la misma. Y en esto, hasta hace poco tiempo, estuvieron ocupados no sólo los “intelectuales malditos” sino muchos grupos de acción y resistencia social, como lo fueron los burgueses en el siglo XVIII, los sindicatos en el siglo XX, el periodismo inquisidor hasta ayer, sustituido hoy por la propaganda, en estos miserables tiempos nuestros. Incluso la pronta destrucción de la privacidad es otro síntoma de esa colonización moral. Sólo que en lugar del control religioso seremos controlados por la Seguridad Militar. El Gran Hermano que todo lo escucha y todo lo ve terminará por imponernos máscaras semejantes a las que vemos en Oriente, con el único objetivo de no ser reconocidos cuando caminamos por la calle o cuando hacemos el amor.
La lucha no es —ni debe ser— entre orientales y occidentales; la lucha es entre la intolerancia y la imposición, entre la diversidad y la uniformización, entre el respeto por el otro y su desprecio o aniquilación. Escritos como “La rabia y el orgullo” de Oriana Fallaci no son una defensa a la cultura occidental sino un ataque artero, un panfleto insultante contra lo mejor de Occidente. La prueba está en que bastaría con cambiar allí la palabra Oriente por Occidente, y alguna que otra localización geográfica, para reconocer a un fanático talibán. Quienes no tenemos Rabia ni Orgullo por ninguna raza ni por ninguna cultura, sentimos nostalgia por los tiempos idos, que nunca fueron buenos pero tampoco tan malos.
Hace unos años estuve en Estados Unidos y allí vi un hermoso mural en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, si mal no recuerdo, donde aparecían representados hombres y mujeres de distintas razas y religiones. Creo que la composición estaba basada en una pirámide un poco arbitraria, pero esto ahora no viene al caso. Más abajo, con letras doradas, se leía un mandamiento que enseñó Confucio en China y lo repitieron durante milenios hombres y mujeres de todo Oriente, hasta llegar a constituirse en un principio occidental: “Do unto others as you would have them do unto you”. En inglés suena musical, y hasta los que no saben ese idioma presienten que se refiere a cierta reciprocidad entre uno y sus semejantes. No entiendo por qué habríamos de tachar este mandamiento de nuestras paredes, siendo como es fundamento de cualquier democracia, de cualquier estado de derecho, y de los mejores sueños de Occidente, sólo porque los otros lo han olvidado de repente. O la han cambiado por un antiguo principio bíblico que ya Cristo se encargó de abolir: “ojo por ojo y diente por diente”. Lo que en la actualidad se traduce en una inversión de la máxima confuciana, en algo así como: hazle a los otros todo lo que ellos te han hecho a ti —la conocida historia sin fin.
(enero 2003)
LA ENFERMEDAD MORAL DEL PATRIOTISMO
Natural es todo aquello que inventaron los hombres y las mujeres antes que naciésemos nosotros; toda mentira que no cuestionamos es necesariamente una verdad. Una mentira útil nunca sirve al engañado sino al que engaña. Una mentira útil, un instrumento de la perversión inhumana es el patriotismo.
Por todos lados vemos inflamados discursos patrióticos, actos públicos, guerras y matanzas, ofensas y contra ofensas, ceremonias de honor y ritos solemnes impulsados por esa orgullosa y arbitraria discriminación que se llama patriotismo. Claro, no se pueden montar discursos en nombre de los intereses de una clase social, ya que la tradición no es suficiente para sostener un concepto moralmente insignificante y generalmente negativo, como lo es el concepto de “interés”. Por lo tanto, se apela a un concepto de larga y bien construida tradición positiva: el patriotismo. Con ello, se niega la división interna de la sociedad afirmando la división externa. La división interna —de clases, de intereses— no desaparece, pero se vuelve invisible y, a la larga, se consolida con la sangre del patriota que no pertenece al reducido círculo de los intereses que la promueven. El patriota muere religiosamente por su patria. Su patria concede medallas a sus padres, a sus hijos, y toda la seguridad a sus “intereses”. Así, morir es un honor. El honor no procede de una reflexión moral sino del discurso patriótico, del rito, de los símbolos nacionales, de una virtual trascendencia del individuo en la “salvación” de su patria.
No voy a entrar ahora a analizar el significado de la trágica sustitución de interés real por patriotismo interesado. Simplemente me bastará con anotar que sólo la idea de “patriotismo” es insostenible, desde un punto de vista humano, desde la conciencia de la especie a la que pertenecemos. Es más: el patriotismo no sólo es insostenible para cualquier humanismo, sino que se lo usa para destruir a una humanidad que busca, desesperadamente, su conciencia universal.
El sentimiento patriótico es pasivo y activo, es impulsado por los ritos, por los discursos y por las ceremonias. Pero también es el motor de todas ellas. El patriotismo es la conciencia egoísta de la tribu que le impide la evolución a un estado de conciencia universal: la conciencia humana. El patriotismo es uno de los mitos más consolidados desde los últimos siglos. Por naturaleza, el patriotismo no sólo es la confirmación casi inocente de la pérdida de individualidad en beneficio de un símbolo artificial, creado por la milenaria tendencia humana del dominio de una tribu sobre otra.
Ahora bien, podemos decir que un país puede ser una región cultural más o menos definida —y siempre imprecisa—; que la idea de país tiene ventajas en la organización administrativa de la vida pública. De acuerdo. Pero el reclamado sentimiento patriótico, mezcla de fanatismo religioso y utilidad secular, antes que nada es la negación de todos los pueblos que no incluyen al patriota. Si soy nacionalista, si soy patriota, estoy dando prioridad moral a un conjunto de hombres y mujeres desconocidas (mis compatriotas) sobre un conjunto más amplio de desconocidos (la humanidad). Puedo beneficiar a mi familia, a mi ciudad, a mi país en alguna decisión propia. De hecho siempre tendremos tendencia a beneficiar a nuestra familia antes que a la familia del vecino. Pero puedo hacerlo de forma consciente y no valiéndome de una mentira para justificar cualquier acto delictivo de alguno de los integrantes de mi círculo afectivo más próximo. Y el patriotismo es precisamente eso: una condición de irreflexividad. Para ser patriota debo aceptar cierto grado de acrítica —a veces mínimo, a veces obsceno, pero ese grado, por mínimo que sea, es todo lo que tiene de patriota un individuo. Todo lo demás es lo que tiene de individuo. Esto no niega que alguien pueda sentir “amor” por un lugar concreto, por un país, y que pueda dar la vida en su defensa. Un sentimiento de amor es irrefutable. Pero este “entregar la vida por amor” no significa que la motivación de los hechos no esté motivada en un error, en un engaño. El amor es irrefutable, pero lo que hace el amor puede ser deleznable. Y para que ese amor se identifique con la motivación errónea es necesario, además, un fuerte sentimiento patriótico. Para que ese amor nos lleve a la muerte sin el paso previo de una profunda reflexión moral es necesario un código incuestionable, una condición de fanatismo, el anestésico de un rito religioso, el patriotismo. De esta forma, la estrategia más efectiva del patriotismo consiste en identificarse —entre otras cosas— con el amor, es decir, con el altruismo, siendo que su objetivo es, paradójicamente, egoísta. Es decir, en nombre del altruismo, el egoísmo; en nombre de la unión, la discriminación.
No podemos negarlo. Todo patriotismo significa una discriminación, un crédito que extendemos a quienes comparten nuestra nacionalidad y se lo negamos a quienes no la comparten. Ahora, ¿por qué este crédito? Este crédito moral sólo puede tener una función profiláctica, pretende evitar la crítica y el cuestionamiento a quienes poseen el beneficio, la alianza interior. Pero es un crédito injusto, inhumano, discriminatorio, arbitrario.
La reflexión es cuestionamiento, el cuestionamiento es duda, y la duda siempre es un estorbo para los intereses ajenos. Un soldado que piense gasta inútilmente sus energías mentales. Si acaso se niega a ir a una guerra que considera injusta, recibirá todo el peso de la ley, la cárcel, y la lapidaria deshonra de “traidor a la patria”. Lo que demuestra, una vez más, que sólo un reducido grupo —con intereses y con poder— puede administrar el significado de lo que es y no es “patriota”. Es decir, patriota es alguien que no cuestiona, que no critica. El patriota ideal no piensa.
Yo me reconozco como uruguayo. Reconozco una vaga región cultural llamada Uruguay. Pero de ninguna manera soy patriota. Me niego a ser patriota como me niego a responder a una raza —otra histórica arbitrariedad de la ignorancia humana—. Me niego a inyectarme ese sentimiento militarista. Ser patriota es confirmar la arbitrariedad de haber nacido en un lugar cualquiera de este mundo, y negar a un africano o a un asiático el derecho al respeto y a la defensa como seres humanos. Desde niños, las instituciones sociales nos imponen ese sentimiento. Hace varios años uno de mis personajes, en el momento de jurar “dar la vida por su bandera” en su tierna infancia, gritó “no juro”, alegando que ese juramento era inválido e inútil, que gracias a ese juramento los asesinos y corruptos podían recibir sus credenciales de ciudadanía igual que cualquier honesto trabajador. Estoy de acuerdo con mi propio personaje. ¿Por qué debo amar a un desconocido compatriota más que a un desconocido australiano o más que a un desconocido portugués? ¿Por qué habría de entregar mi vida por una región del mundo en desmedro de otra? ¿Por qué el Uruguay habría de ser más sagrado que el Congo o Singapur? ¿Por qué debo considerar a mis compatriotas más hermanos que un argelino o un mexicano? Sí, me siento culturalmente más próximo a otro uruguayo, compartimos una historia, una forma de sentir el mundo, de hablar, de comer. Pero eso no le da prioridad a ningún compatriota mío a ser considerado más ser humano que cualquier otro.
Por todo eso, y por mucho más, no soy patriota. Seré patriota el día que se reconozca como única patria a la humanidad —así, sin discriminaciones.
(junio 2004)
LA COLONIZACIÓN INTRA-NACIONAL DE LOS PATRIOTISMOS
Cierta vez, en una clase de secundaria, le preguntamos a la profesora por qué no se hablaba de Juan Carlos Onetti. La respuesta fue contundente: ese señor había recibido todo de Uruguay (educación, fama) y “se había ido” a España a hablar mal de su propio país. Es decir, se identificaba un país entero con un gobierno y una ideología, excluyendo y desmoralizando todo lo demás.
De forma implícita, se asume que existe una forma única —verdadera, honorable— de país y de ser uruguayo (chino, argentino, norteamericano, francés). Si uno está en contra de esa idea particular de país, de patria, entonces es antipatriota, es un traidor.
Un requisito fundamental para la construcción de una tradición es la memoria. Pero nunca toda la memoria, porque no hay tradición sin olvidos. El olvido — siempre más vasto— es indispensable para la adecuación de una determinada memoria a los poderes presentes que necesitan legitimarse a través de una tradición. Si asumimos que los símbolos y los mitos nacionales no son imposiciones de Dios, no nos queda más remedio que sospechar de los poderes terrenales. Es decir, una tradición no es simple e inocente memoria sino memoria conveniente. esta suele cristalizarse en símbolos y vacas sagradas, y nada menos objetivo que los símbolos y las vacas.
En la España de Isabel y Fernando, la exclusión fue la base de una patria previamente inexistente. La península Ibérica era, por entonces, el rincón con mayor diversidad cultural de Europa y conformada por tantos países como esta . Ser español pasó a ser para muchos, después de la Reconquista, un ejercicio de purificación: un solo idioma, una sola religión, una sola raza. Casi quinientos años después, Francisco Franco impuso la misma idea de nación basada por lo menos en las dos primeras categorías de pureza. Camilo José Cela lo reconoció así: “Ni un solo español está libre de ver correr por sus venas sangre mora o judía” (A vueltas con España, 1973); como quien dice “nadie es perfecto”. Durante siglos los intelectuales buscaron, con obsesión, el “carácter español”, como si en la ausencia de una característica concreta se corriese el riesgo de perder la patria. Américo Castro en Los españoles… (1959) observó: “no se encontrará nada semejante a la fantasía española de imaginar españoles antes de que existiesen”. Luego criticó los escritos patrióticos que alababan lo español de Luis Vives que, aún en el extranjero “nunca olvidó Valencia”: no podría olvidar Valencia porque su familia, de origen judío, había sido perseguida y sus dos padres quemados por la inquisición. El célebre presbítero Manuel García Morente entendía que “para los españoles no hay diferencia, no hay dualidad entre la patria y la religión” (Idea de la hispanidad, 1947); “no existe el dualismo entre el César y Dios”. “España está hecha de fe cristiana y de sangre ibérica”. “En España, la religión católica constituye la razón de ser de una nacionalidad…” El gusto ultraconservador por las esencias, lo lleva a repetidas tautologías de este tipo: “el deber patriótico” es ser “fiel a la esencia de la patria”. Otro español, Julio Caro Baroja (El mito del carácter nacional, 1970), cuestionó estas ideas funcionales del poder: “Considero que todo lo que se habla de ‘carácter nacional’ es una actividad mística”. “Los caracteres nacionales se quisieron fijar como colectivos y hereditarios. Así, a veces, se recurrió a expresiones como las de ‘mal español’, ‘hijo renegado’, traidor a la ‘herencia de los padres’ para atacar a un enemigo”.
Esta estrategia del olvido y la exclusión es universal. Los chilenos, argentinos y uruguayos construimos una tradición a la medida de nuestros propios prejuicios europeístas y no en pocos momentos racistas y genocidas. Los autores de diversas limpiezas étnicas (Gral. Roca, Gral. Rivera) son honrados aún hoy en las escuelas y en los nombres de calles y ciudades. Los indígenas no sólo fueron expoliados y exterminados; también terminamos por blanquear la memoria de los salvajes indómitos. Otro español, Américo Castro, nos recuerda: “Cuando los pueblos son más creyentes que pensantes […] se hace antipático el dudar”.
Así, La patria se convierte en una idea de nación que tiende a excluir todas las demás ideas sobre la misma. Por esta razón suele convertirse en un arma de dominación negativa basada en los sentimientos positivos de pertenencia y familiaridad. Para consolidar esa arbitrariedad del poder tradicional, se recurre a otros instrumentos semánticos. Como el honor, por ejemplo.
El honor es el tributo simbólico que una sociedad impone, por medio de la violencia ideológica y moral, a aquellos individuos que deben ejercer la violencia física para defender los intereses sectarios de aquellos otros que nunca arriesgarán su propia vida en hacerlo. Por esta razón, un ideoléxico compuesto y contradictorio como “el honor de las armas” ha sobrevivido por siglos. No existe otra forma de predisponer a la muerte a un individuo por razones que no está en condiciones de comprender o, si las comprende, no está en condiciones de aceptarlas como sus propias razones. Si se trata de un soldado (el caso más común) el sueldo nunca será razón suficiente para morir. Es necesario cultivar una motivación más allá de la muerte. En el caso del mártir religioso, esta función la cumple el Paraíso; en el caso de una sociedad laica que organiza un ejército a través de un Estado secular, no queda alternativa que la retribución de una muerte ejemplar: el honor, el cumplimiento con el deber, el amor por la patria, etc. Todos ideoléxicos basados en acepciones positivas, incuestionables.
Se honra individuos (paradójicamente anónimos) porque no se puede honrar la guerra que produce esos mares de muertos sin nombres ni se puede honrar las razones financieras, políticas, los intereses de las sectas en el poder. Esto se demuestra cuando el día en que se recuerda a los soldados caídos, nunca se recuerdan los motivos que llevaron a los ahora héroes a morir. Se abstrae y se descontextualiza para consolidar el símbolo y conferirle naturaleza absoluta. Podría ocurrir que existan guerras justas (como una acción de defensa o de liberación), pero aun así resulta imposible pensar que todas las guerras son justas o santas. Entonces, ¿por qué se abstrae este elemento perturbador de la conciencia colectiva? Un solo cuestionamiento es (debe ser) interpretado como una afrenta a los “héroes caídos”. De esa forma, la ganancia es cuádruple: (1) la sociedad lava sus pecados y su mala conciencia; (2) las víctimas del absurdo reciben una gratificación moral y un sentido a sus propias desgracias; (3) se previene cualquier cuestionamiento radical sobre el sentido de las guerras pasadas; y (4) se asegura el crédito de acción para las guerras que están por venir —por unos pocos pero en nombre de todos.
(julio 2004)
LAS FRONTERAS MENTALES DEL TRIBALISMO
“Race mixing is communism”. (1958)
“Cohabitation multiethnique c’est propagande déculturée et sans projet”. (2004)
2000 ans d’Historie qui nous ont civilisés
Hace un tiempo, en un ensayo anterior, critiqué la valoración ética del patriotismo. Un lector francés que leyó una traducción de este artículo hecha por el escritor Pierre Trottier —”La maladie morale du patriotisme”— escribió un largo alegato a favor de las fronteras nacionales. Su fundamentación giró en torno a la siguiente idea: Los países tienen distintas culturas, cada uno concibe diferente la “libertad” y, por lo tanto, no es posible considerar el mundo como una “tabla rasa”, ignorando las diferencias culturales. De las diferencias culturales se concluye la necesidad de las fronteras y, más aun, los valores “patrióticos”: […] c’est à que servent les frontières: à defender des espaces de liberté dont la valeur diffère d’un côté et de l’autre. L’abolition des frontières viendra quand l’humanité se sera dissoute dans le même moule culturel universel, unique, et total (Oulala/Le Monde, 29 de agosto de 2004).
Sin negarle el derecho voltaireano, entiendo que este lector no comprendió que mi crítica al “patriotismo” —tal como es entendido hoy y creo ha sido bandera nacionalista en toda la Era Moderna— no ignoraba las diferencias culturales sino, precisamente, las tenía en cuenta. Cosa que no hace el autor de estas palabras en su respuesta, cuando dice que no todas las libertades valen igual, lo cual es bien sabido en los países con conflictos étnicos y culturales, menos por «nous, pauvres français idéalistes décérébrés par la propagande de la cohabitation multiethnique et culturallment diverse, festive et altermondiste, métisse et deculturée, déracinée et sans projet».
En otro lugar hemos analizado cómo la retórica ideológica procura identificar unos símbolos con otros, unas ideas con otras sin una relación causal o necesaria entre ellas, de forma que se logra una valoración negativa del adversario identificándolo con un concepto negativo. Es el ejemplo de las pancartas que en los años cincuenta, en el sur de Estados Unidos, podían leerse en contra de la integración racial: “Race mixing is communism” (literalmente, “integración racial es comunismo”).
Aquí estamos ante al mismo método, el cual se podría resumir de esta forma, aunque esta vez en francés: “cohabitation multiethnique” es (1) “propagande”, (2) “déculturé”, (3) “et sans Project”.
Por si la asociación arbitraria con el objetivo de identificar al adversario —o, en el mejor caso, a la idea adversaria—, no hubiese sido suficiente, el método ideológico cierra su retórica con una frase que, sin nombrarlo, alude a una expresión acuñada por el nazi Hermann Wilhelm Goering hace sesenta años: “Peut-être avez-vouz envie de sortir votre revolver quand vous entendez le mot ‘Culture’?” (En español, la intolerante frase traducida del alemán sería: “cuando oigo la palabra ‘cultura’ saco el revólver”).
No obstante, luego de haber atacado el mismo concepto de diversidad cultural, al final mi lector francés pretende identificarse a sí mismo con los defensores de la ‘Culture’, en general, cuando en su caso omitió, deliberadamente, escribir el adjetivo “française” al lado del sustantivo en singular. (El criminal Goering sólo podía concebir «Cultura», con mayúscula y en singular; mientras que nosotros preferimos el plural “culturas”; la diferencia no es simplemente gramatical, sino de vida o muerte, tal como lo demuestra la historia.) De acuerdo con el conjunto de su artículo, lo único que ha demostrado defender, antes que nada, es su propia cultura, en el entendido que los demás harán lo mismo porque el mundo es “un combat que je suis prêt à embrasser face à la menace du totalitarisme intellectuel, celui qui joue au révisionnisme des 2000 ans d’Historie qui nous ont civilisés”.
Mi tribu es el centro del mundo
No me voy a detener recordando estos arbitrarios y simplificados «dos mil años de historia» europea, cruzados por una multitud de culturas “impuras” —de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur—, de intolerancia religiosa, de totalitarismo francés —dentro y fuera de fronteras— y de libertad y derechos humanos, también franceses.
Ahora demos un paso más allá. Observemos que la «otredad» no tendría mucho sentido si el «otro» fuera un reflejo especular de nosotros mismos. El desafío y la virtud de nuestro mundo consiste, entonces, no en enfrentarnos con otras culturas y otras sensibilidades éticas sino en aprender a dialogar con las mismas. Ninguna de ellas podría fundamentar un derecho superior o natural sobre la otra, tal como lo sostienen explícitamente algunos intelectuales del centro, como Oriana Fallaci. Sólo la fuerza es capaz de establecer esta diferencia jerárquica, pero recordemos que en un mundo que se ha cerrado en su geografía, la fuerza puede lograr victorias económicas y militares, pero no la justicia necesaria para la paz y el progreso sostenido de la humanidad. Por no hablar sólo de justicia como fin en sí misma.
Esta diversidad cultural —a la cual no estamos tan acostumbrados como presumimos; aún nos pesa la sensibilidad moderna de “mi tribu como centro del mundo”— es posible siempre y cuando unos y otros son capaces de compartir ciertos presupuestos morales. Para entenderme con un chino, con un norteamericano o con un mozambiqueño no necesito exigirle que se vista como yo, que acepte mi preferencia de Sartre sobre Hegel, o de Buda sobre John Lennon o que modifique su política impositiva. Incluso no debería ser necesario, para reconocer al otro, que el otro comparta mis tendencias sexuales, mi heterosexualidad, por ejemplo. Sí es rigurosamente necesario que ambos, el otro y yo, compartamos algunos axiomas morales como alguno de los que se encuentran resumidos en la Segunda tabla del Decálogo de Moisés: “no matarás; no robarás; no calumniarás…”.
Pero observemos que estos preceptos —que también son prejuicios que podemos llamar positivos o fundamentales, ya que no necesitan ser confirmados por un análisis o pensamiento— no son propios únicamente de la tradición judeo-cristiano-musulmana. Muchas otras religiones, en muchas otras civilizaciones que se desconocían mucho antes de Moisés, ya observaban estos mismos mandamientos. Si bien el psicoanálisis nos advierte que “se prohíbe aquello que se desea”. también es cierto que podemos reconocer una “cultura común” que ha ido consolidado normas interiorizadas que se reflejan en una determinada conducta individual y social que nos pone a salvo de la incomunicación y la destrucción. Además, la tendencia a la conservación de la vida es mayor que la tendencia humana a la destrucción y al genocidio se demuestra con la misma existencia de la raza humana. Sería inimaginable concebir una ciudad de diez millones de habitantes, por “monstruosa que parezca” controlada por el miedo y una fuerza represiva infinita. Es decir, sería inimaginable concebir apenas una avenida en Nueva Delhi, en Estambul, en París o en Nueva York sin una conciencia ética fuerte y compleja que facilitara la vida y la convivencia, mejor que cualquier sistema de tránsito facilita el flujo vertiginoso de los vehículos por una red compleja de autopistas.
Las culturas no necesitan fronteras
Si estos argumentos no fueran suficientes para contestar a las observaciones de mi lector francés, procuraría expresarme con un ejemplo tomado, precisamente, de una gran ciudad cualquiera. Pongamos una que suele ser paradigmática por su cosmopolitismo: mi admirada Nueva York. Para este análisis, dejemos de lado por el momento consideraciones geopolíticas —de las cuales ya nos hemos ocupado varias veces y nos seguiremos ocupando en otros ensayos—. Observemos sin prejuicios ideológicos esta región del mundo, como un laboratorio, como un experimento posible de ser extendido a una posible sociedad global sin fronteras nacionales. No hablo aquí de exportar una ideología —¡sálveme Dios!— sino de advertir una situación humana posible, que no se diferencia mucho de otros ejemplos como la Bagdad de las Mil y una noches o la Alejandría egipcia que albergó la biblioteca más grande del mundo antiguo, además de africanos, romanos, griegos, semitas, judíos y comerciantes de todo el mundo —hasta que las masacres de algunos césares, que nunca faltan, terminaron con la población y con su ejemplo.
En Nueva York podremos reconocer una gran variedad de culturas conviviendo en un área relativamente pequeña, donde se hablan más de una docena de idiomas, donde hay más restaurantes italianos que en Venecia o más restaurantes chinos que en Xi’an, sin contar sinagogas, mezquitas, e iglesias de todo tipo. En un artículo anterior anoté que muchas veces esta convivencia no resulta en un conocimiento del «otro», pero creo que sigue siendo un valioso progreso el hecho de que sean capaces de convivir sin agredirse por sus diferencias.
Ahora ¿qué rescato de esta metáfora llamada Nueva York? Muchas cosas. Nueva York es ejemplo de una gran diversidad cultural, política, económica, ética, religiosa, filosófica y artística. Y, no obstante, ni el barrio chino, ni el italiano ni el irlandés necesitan de ningún sentimiento patriótico para sobrevivir como comunidad barrial ni para salvaguardar la existencia pacífica de la ciudad entera. Lo único que necesitan es compartir unos pocos principios morales, muy básicos, como aquellos que anotamos más arriba. Principios que, por supuesto, no compartían quienes estrellaron los aviones en el World Trade Center en el 2001 ni aquellos higiénicos jefes y soldados que violaron prisioneros en Irak o suprimieron aldeas en Vietnam “porque molestaban demasiado”. Pero observemos que una confusión también criminal se produce cuando el mundo musulmán es identificado con este tipo de mentalidad intolerante, terrorista. De esa forma, identificamos al enemigo en el otro, en la otra cultura y, por lo tanto, justificamos nuestro pulcro, higiénico y estúpidamente orgulloso patriotismo, destruyendo la humanidad.
Por supuesto que el mundo no es Nueva York, y muchos lo festejarán. No obstante, con este ejemplo no me refiero a ciertos “valores nacionalistas” que deberían ser extendidos por el mundo sino todo lo contrario: la superación de estos valores arbitrariamente sectarios, tribales que amenazan a la otredad y, con ello, a la raza humana.
El ensayo en cuestión —La enfermedad moral del patriotismo— ha sido reproducido en muchos medios y ha sido recibido de muchas formas. Con elogios y con insultos, con comprensión y con “rabia y orgullo”. Mientras tanto, procuro repetir sobre el teclado lo que fue capaz de hacer el francés Philippe Petit, aquel francés que, con cierto aire delicado, caminando sobre el vacío, de una torre a la otra, nos dejó una lección para la posteridad: el equilibrio y el miedo, la serenidad y el vértigo desesperado, todo, está en la mente humana. De ella depende dejarnos caer en el imponente vacío o sonreírle a los pájaros.
(agosto 2004)
EL RECURSO DEL MIEDO
Robert Kagan, refiriéndose a la oposición de la “vieja Europa” al uso de la fuerza en Irak, escribió: “Cuando no se tiene un martillo, no se desea que nada se parezca a un clavo”. La referencia al martillo alude a la carencia por parte de la Unión Europea de un ejército poderoso (el cual será una de sus prioridades en los próximos años, como resultado del fracaso del Derecho internacional). La refutación ética y dialéctica puede formularse invirtiendo la metáfora: cuando se tiene un martillo —y se carece de escrúpulos— cualquier cosa se parece a un clavo, incluso los seres humanos.
Lo que queda claro, por lo menos, es que las relaciones internacionales continúan basándose, como hace miles de años, en la fuerza, ya sea económica o militar, es decir, en el poder. No quiero decir que en un futuro próximo la psicología de las naciones vaya a cambiar, sino que la unidad fundamental dejará de ser, predominantemente, el país o la nación, para atomizarse en grupos más pequeños hasta concluir en los individuos. Pero en este proceso existe una contradicción implícita: la dominación de las corporaciones y la liberación de los pueblos a través de los individuos. Probablemente estemos viviendo el ascenso de los primeros, y es de esperar su derrumbe a manos de los segundos.
Echemos una breve mirada hacia atrás y veremos parte de este proceso histórico, que no se debe confundir con una especie de neohegelianismo. Para el reformador religioso Martin Lutero, fundador del cristianismo anglosajón, si se me permite, la primera condición para ser amado era la sumisión. Si bien Lutero se había revelado contra la autoridad del Papa y de la estructura vertical de la Iglesia católica, condenó la rebeldía de aquellos que, a su juicio, eran incapaces de ser libres. A pesar de su manifiesto fatalismo, parecería que, muy en el fondo, Lutero hubiese sentido que la predestinación terminaba donde comenzaba el poder. Autoridad con los de abajo y sumisión con los de arriba, era su fórmula y la fórmula de los neoliberales.
En este sentido, para un artesano o para un campesino, era lo mismo someterse a la autoridad del Papa o de un emperador que someterse a la autoridad de un príncipe o del nuevo reformador religioso. Su relación con el poder no había cambiado substancialmente. De hecho, era la misma relación que se había establecido desde los orígenes de los monoteísmos religiosos, base espiritual y psicológica del actual mundo islámico y occidental. Hasta el advenimiento de Cristo, el temor a Dios era más importante que el amor. Abraham es un ejemplo moral en el Génesis porque teme desobedecer a Dios y, por lo tanto, no duda en matar a su hijo como prueba de su fe. Intento por el cual fue históricamente elogiado por la teología y sin duda hubiese sido condenado a prisión o a un manicomio por cualquier juez contemporáneo. Hasta el más ortodoxo abrahamista condenaría hoy a cualquier padre de familia que viniese con la misma historia.
Será Jesús, el eterno subversivo, el que pondrá en tela de juicio todas las reglas éticas y la nueva relación del hombre con la Ley. Entonces el individuo descubrirá, por primera vez, la libertad a través del amor. ¿Cómo es esto? Más allá de una reforma en la concepción de la naturaleza divina, Jesús operó un cambio ético, es decir, un cambio en las relaciones entre los individuos. De la obligación mosaica y sumeria de “no matarás” se pasa a su traducción al positivo de “amarás a tu prójimo”, especialmente si se trata de un pordiosero, de una prostituta o de cualquier otro ser humano marginado por el poder y la moral oficial. Amor, claro está, del todo utópico, si los hay, ya que la humanidad jamás pudo lograr la democratización de este sentimiento, el que se encuentra aún circunscripto a la vida privada y lejos de la vida pública. En el área pública, lo más que los individuos han logrado sentir es compasión por el extraño —probable reflejo del amor propio, ya que un extraño nunca lo es en valor absoluto; un extraño es una variación desconocida de nosotros mismos o de un familiar nuestro, y por ello sentimos dolor por su dolor—. La compasión pública luego se traduce en limosnas y, más tarde, en previsión social. Pero no en amor. Sin embargo, la utopía del amor democrático e indiscriminado es noble, aunque no haya impedido que en los sucesivos siglos los seguidores de Cristo lo hayan predicado con la persecución, la tortura y la muerte. El mismo amor que impúdicamente y sin arrepentimientos proclaman hoy en nuestros países aquellos que fueron cómplices o responsables directos de las violaciones a los derechos humanos más básicos.
Pero lo importante de su reforma —hablo de Cristo, pero no como religioso—consistió en introducir no sólo la libertad a través del amor, sino también a través de cierta racionalidad en la interpretación y en la reforma de las leyes inamovibles de las Sagradas Escrituras. Hecho que, por lo menos, resulta milagroso desde un punto de vista teológico: la posibilidad de cambiar una orden dictada por Dios usando la razón y el análisis ético, es decir, la libertad individual. Esta idea podríamos demostrarla citando pasajes bíblicos, pero no es el momento ahora.
Es interesante observar que hasta hoy la enseñanza de Jesús ha sido sólo un paréntesis en la historia de la humanidad. Por lo general, el espíritu autoritario y la orden de sumisión al Poder —al padre, al Estado— han prevalecido. Tanto como para que, desde tiempos faraónicos hasta Bordaberry, pasando por “reformadores” como Martin Lutero, se haya considerado el poder como un don de origen divino, sin importar si procedía de un rey sabio o de un tirano impiadoso. “Aun cuando aquellos que ejercen la autoridad fueran malos o desprovistos de fe —escribió Lutero—, la autoridad y el poder que esta posee son buenos y vienen de Dios” (Römerbrief).
Está claro que la “sociedad desobediente” es un paso casi imposible de la humanidad, si consideramos sus últimos cuatro mil de años de historia religiosa. Mucho más cuando vemos el resurgimiento de los fundamentalismos religiosos en Oriente y en Occidente, el aumento del control militar y sanitario, y la restricción de la libertad en términos policiales y aduaneros. Sin embargo, y aún ante tan grandes obstáculos, una batalla social y psicológica a gran escala se está produciendo en el resto de la población que lejos de beneficiarse del poder económico y ético, que ostentan los grupos fundamentalistas, lo sufren.
Cada vez será más difícil someter a la población mundial a la coacción estatal, primero, y corporativa después. Luego de exterminar la violencia no oficial, la violencia ilegal, la violencia del débil (si realmente existe el interés de exterminarla), el poder dominante deberá transformar su estrategia cambiando las armas de fuego por la dialéctica y la propaganda. ¿Por qué? Sencillamente porque cada individuo que no participa directamente de la violencia, legal o ilegal, comienza a tener parte en la generación de riqueza, y eso significa desestructuración del dominio vertical. La insumisión es la negación del poder y, a lo largo de la historia, ha sido variadamente maldecida con palabras como “revolución”, “subversión” o “rebeldía”. En la modernidad la idea de “revolución” perdió su maldición teológica para convertirse en una virtud de la nueva sociedad. Luego, en la posmodernidad, es probable que la idea de “rebeldía” corra la misma suerte, ya no en figuras aisladas como las del Che Guevara sino a través de toda la sociedad. Sin embargo, algo es permanente: para el poder dominante, cualquier tipo de insumisión será siempre su negación. Recordemos que en francés y en inglés, “peligro” se escribe “danger”, palabra que a su vez se derivó del latín “dominiura”, que en español significa “dominación reforzada”.
Si bien la era del trabajo industrial fue un período de mayor seguridad para el individuo, también es cierto que su total dependencia lo hacía un engranaje más del sistema de producción, casi siempre pasivo o impotente ante el capital e, incluso, ante su propio sindicato. Todo lo cual favorecía una relación muy estructurada entre las partes; una relación de solidaridad y dominación, de agradecimiento y sumisión. La posición espacial del mal era clara: para los sindicatos estaba en la gerencia; para los gerentes estaba en los sindicatos.
Actualmente, el mal aparece muy bien definido en los grupos terroristas, por unanimidad, y sobre grupos económicos y estatales, según sea el caso del discurso alternativo. Pero nada de esto explica las relaciones de poder y de orden actuales. Es probable que el destinatario final de este antiguo producto —el miedo inducido— sean las millonarias poblaciones de ciudadanos que comienzan a independizarse de los poderes centrales, de aquellos que necesitan de la estructuración rígida de las sociedades con el fin de dominarlas. Y será aquí cuando la ideología secreta del miedo alcance su máxima expresión.
El miedo y la esperanza están relacionados con el futuro de la misma forma que la nostalgia lo está con el pasado. Al mismo tiempo que son sentimientos universales, por lo menos en la raza humana, constituyen tres de los puntales más importantes de la política. En los mejores momentos, el poder político actúa sobre las causas que producen estos sentimientos para prevenirlos o para estimularlos. Es decir, la acción de un grupo o de un líder puede perseguir resultados concretos que signifiquen un aumento de la esperanza y una disminución del miedo (inseguridad) de una sociedad. Sin embargo, en su versión más oscura y perversa, el poder, político o de clase, actúa directamente sobre la nostalgia, la esperanza y el miedo para lograr resultados que beneficien su posición estratégica, su propio poder. Actúa como un gurú quien, para paliar el hambre, en lugar de proporcionar alimentos, actúa sobre la sensación de hambre. Esta versión de la acción del poder político y económico, tal vez la más común, es la perversión de su razón de ser.
El resultado es la manipulación de los sentimientos en procura de una acción social, mientras, en realidad, se pretende lo contrario. Esta estrategia es básica para los grupos llamados terroristas, pero también lo es para la política tradicional: si los grupos marginales siembran el miedo en una sociedad para destruir el poder que la domina, los grupos en el poder persiguen el mismo objetivo. Porque si una sociedad teme el caos y la inseguridad, se someterá más fácilmente al poder vertical que debería protegerla contra el desorden, aunque para ello deban perder su libertad.
De mi vida en África recuerdo la especial disposición de los actores de una tribu para representar escenas que sólo ellos consideraban ficción. Las mujeres no; ellas creían en la representación de los demonios como algo real-onírico. El objetivo de esta danza era atemorizar a las mujeres con demonios venidos desde afuera. Los demonios eran los invasores. De esta forma se alejaba a las mujeres del peligro a través del miedo. Lo cual podría resultar válido en el cuidado de un niño, pero es del todo erróneo cuando se perpetúa en un adulto, porque es una forma no sólo de desvalorizarlo sino de impedir su propio desarrollo —su libertad.
Si bien el terrorismo psicológico es casi tan viejo como la tortura física, probablemente será la estrategia más usada por los poderes dominantes que verán amenazada su permanencia. Y nada más fácil y efectivo que la búsqueda de fantasmas. Un hombre puede salir a cazar jabalís, pero si no encuentra uno, volverá a su casa sin la presa. Pero yo les digo que pocas búsquedas hay tan seguras como la búsqueda de fantasmas. Quien sale a buscar fantasmas siempre regresa a casa con alguno de ellos, acompañados, la mayoría de las veces, por dos o tres cadáveres.
(octubre 2003)
EL FORO DE LAS IDEAS EN ESPAÑOL
Diciembre 9, 2007, 7:00 p.m. ET, University of Miami. Una voz de evento anuncia el Primer Foro Presidencial del Partido Republicano en español, mencionando las reglas: en el foro no habrá debate ni diálogo, ni se hablará español. Otra particularidad: el foro de ideas está organizado por la poderosa cadena Univisión en la Universidad de Miami.
Tomo asiento y escucho con atención. Cada candidato tiene un traductor simultáneo al español. Todos sonríen, menos uno. A mí sólo me mueve una curiosidad griega. La simpática María Elena Salinas modula su voz. El famoso periodista Jorge Ramos, con su habitual seguridad afirma:
RAMOS: …los votos hispanos pudieran decidir quién será el próximo presidente de los Estados Unidos.
El público está algo excitado.
HUNTER: …luego, muchos años después en El Salvador, un presidente republicano, Ronald Reagan, brindó una barda para protegerlos mientras tenían elecciones libres, que trajeron la libertad a ese país. Fueron dos partidos distintos, pero estoy hablando del partido de la libertad, el Partido Republicano…
El público comienza a entusiasmarse. El calor de Miami recorre la platea.
SALINAS: Congresista Paul, la misma pregunta. El Partido Republicano ha perdido terreno, únicamente el 23 por ciento apoya al partido. ¿Qué hacer para recuperar el terreno?
PAUL: …tanto los hispanos como todos los demás americanos están cansados, están a favor de la paz, no a favor de la guerra… Estamos olvidando nuestras necesidades acá bombardeando allá… Se supone que somos los conservadores fiscales y no lo somos. Por eso es que perdimos la elección el año pasado, porque no respaldamos los principios a favor de la paz, de la libertad y de los Estados Unidos de América.
Los aplausos comienzan a decaer. La siguiente pregunta recae sobre el idioma. Romney sonríe, con su pelo negro impecable y su oído atento a la ola de voces. Sonríe, tal vez calcula.
ROMNEY: …somos una sociedad plural y maravillosa, esta estatua que usted tiene acá en pantalla, detrás de nosotros, esta es una luz que ilumina a todo el mundo y dice, esta es una tierra insólita, esta es una tierra que le da la bienvenida al pueblo de todos trasfondos, de todas las etnias…(Aplausos) Somos el partido de la fuerza y el partido de la libertad. Gracias. (Aplausos)
SALINAS: Congresista Paul, ¿cuál sería el valor práctico del inglés oficial?
PAUL: …pienso que aquellos que atacan el bilingüismo tienen envidia, quizás se sienten inferiores porque no son capaces de hablar otro idioma…
SALINAS: Hace exactamente hoy una semana, Venezuela rechazó cambios a la Constitución, pero el presidente Hugo Chávez…
Los aplausos interrumpen a María Elena, quien hace algún esfuerzo por impedir una sonrisa.
SALINAS: Muchos creen que el presidente Chávez es una amenaza para la democracia en la región. Si usted fuera presidente, ¿cómo lidiaría con Chávez?
PAUL: Bueno, él no es la persona más fácil con quien lidiar, pero tenemos que lidiar con todas las personas en el mundo de la misma manera, con amistad, oportunidad de dialogar y comerciar con las personas…
Los abucheos lo interrumpen. Ron Paul, con su mirada cansada pero con el rostro ya curtido por largos años de disidente, insiste, imperturbable, tal vez resignado.
PAUL: …hablamos con Stalin, hablamos con Kruschev. Hablamos con Mao y hemos hablado con el mundo entero, y de hecho estamos en un momento en que debemos hablar incluso con Cuba.
Ahora los abucheos crecen como un huracán sobre Miami.
PAUL: …y viajar a Cuba y tener comercio con Cuba. Pero déjenme decirles por qué, por qué tenemos problemas en Centro y Sudamérica: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos hace tanto tiempo, nos hemos metido en sus asuntos de negocios y nosotros creamos a los Chávez de este mundo, hemos creado a los Castros de este mundo, interfiriendo y creando caos en sus países y ellos responden sacando a sus líderes constituidos.
Los abucheos alcanzan su clímax. Miami se lo quiere comer crudo, sin ron caribeño. Las reglas civilizadas del foro obligan a seguir indiferentes al próximo candidato, que ha escuchado muy bien la voz del pueblo.
HUCKABEE: …Aunque a Chávez lo eligieron, no lo eligieron para ser un dictador que es en lo que se ha convertido suspendiendo la ley constitucional. Mi mamá decía: ‘Si uno le da suficiente soga a alguien, se van a colgar’, y yo pienso…
El pueblo se ha calmado con las últimas palabras. Unos esperan con más ansiedad a Giuliani y a Romney.
GIULIANI: Yo, por cierto, estoy de acuerdo con la manera en que el rey Juan Carlos le habló a Chávez, así mismo lo haría yo. (Aplausos) Mucho mejor que lo que quiere hacer el congresista Paul… Hay un contra movimiento en Latinoamérica, se ve en Panamá, en Colombia, se puede ver en México. Yo creo que al presidente Calderón lo eligieron, no es que yo sea experto en política mexicana, pero yo creo que Chávez tuvo algo que ver con eso…
Mi curiosidad griega ha disminuido un poco. Espero una pausa comercial para consumir algo. Me aguanto, porque está hablando Romney.
ROMNEY: …el curso que tienen que tomar los estadunidenses es continuar el aislamiento de Cuba, mantenerlos aislados, no es como lo que dijo Barack Obama, el demócrata, que iba a visitar personalmente a Castro en Cuba…
El entusiasmo del pueblo sigue in crescendo.
McCAIN: Quiero felicitar al pueblo venezolano por rechazar este intento del dictador de hacerse dictador de por vida. Yo también quiero repetir unas palabras del príncipe Juan Carlos: “¿Por qué no te callas?”.
Los aplausos lo interrumpen. Comienzo a imaginar que el público no está compuesto de académicos. El senador ha confundido al rey Juan Carlos con el príncipe Carlos, y el traductor cambió “prince” por “presidente Juan Carlos”. Me acordé cuando hace unos años yo estaba en España y el gobernador Bush de Florida saludó a la “República española”.
McCAIN: …me da gusto que a mí me apoye gente que me aconseja y sabe mucho de esos asuntos… Si yo fuera el presidente de Estados Unidos, yo ordenaría que se hiciera una investigación… (Aplausos) a los cubanos que murieron, a los que tiró del avión bajo órdenes de Raúl y Fidel Castro, y los enjuiciaría si hiciera falta.
RAMOS: Una encuesta revela que dos de cada tres hispanos creen que los Estados Unidos deberían retirar sus tropas de Irak…
HUNTER: …si usted averigua qué piensan los hispanos de la Décima División de la Marina y de la Caballería, los resultados serán muy distintos a los de la encuesta que habla usted. (Aplausos)
ROMNEY: …lo que estamos haciendo nosotros en Irak es tratar con la protección de las vidas de los ciudadanos estadunidenses, acá y en diferentes partes del mundo, me refiero a las vidas en todas partes del mundo, a la honestidad y a la libertad…
SALINAS: Gracias. Congresista Paul, de todos usted tiene un punto de vista diferente.
PAUL: Sí, así es, yo tengo un punto de vista diferente porque no estamos justificados en meternos ahí, no declaramos la guerra y yo les diría a los hispanos que si piensan que deben venir a casa, mi respuesta es vengamos a casa lo antes posible. Tengo un punto de vista diferente porque respeto la Constitución y escucho a los padres fundadores que nos dicen ‘quédense afuera de los asuntos internos de otras naciones…’.
THOMPSON: …La comunidad hispana se conoce por sus valores. Saben que el matrimonio, por ejemplo, es entre hombre y mujer… (Aplausos) Saben que la familia es el centro de la sociedad, y con familias fuertes tenemos sociedades mejores… (Aplausos)
Mi energía socrática está agotada. Casi no comprendo lo que dicen. Necesito un agua tónica.
PAUL: Lo más importante que pueden hacer los hispanos, o lo que pueden hacer todos los estadunidenses, es unirse para restaurar nuestra Constitución y nuestro gran país; nos hemos extraviado, y esto no es un problema hispano, es un problema americano. Lo que queremos es que el imperio de la ley sirva para tener, todos, oportunidades, no solamente tenemos que restaurar la Constitución, sino primero tenemos que leerla y entender lo que quiere decir. Ser libres en este país nuevamente.
Los gritos siguen a las palabras de Ron Paul. Ron Paul no es un buen político. No sabe escuchar la voz del pueblo de Miami. Ruddy es diferente, Ruddy sabe cómo hacerlo.
GIULIANI: Los hispanoamericanos ya han llegado a un gran nivel en Estados Unidos…
Necesito tomar aire. La emoción por el calor del pueblo en comunión con sus líderes deja exhausto a cualquiera.
GIULIANI: …algo que ha sido maravilloso para nosotros es que hayan venido los cubano-americanos aquí, que nos hayan hecho mejores norteamericanos, it made us better Americans.
ROMNEY: …somos la esperanza del mundo… And Hispanics are brave and they are free. (Aplausos)
Espero, luego me levanto para buscar un café.
RAMOS: Muchas gracias por confiar en Univisión y muchísimas gracias por haber participado en este Foro Presidencial Republicano trasmitido exclusivamente en español por Univisión…
SALINAS: Por supuesto que los candidatos ya hablaron, ahora les toca a ustedes, los votantes. Así que, si usted es ciudadano norteamericano, inscríbase y vote, haga valer su voto.
(diciembre 2007)
RON PAUL Y EL ANARQUISMO DE DERECHA
Escandalizado por la miseria que había encontrado en las clases bajas de la poderosa Francia, Thomas Jefferson le escribió a Madison que esta era producto de la “unequal division of property” (“división desigual de la propiedad”). La riqueza de Francia, pensaba Jefferson, estaba concentrada en muy pocas manos, lo que provocaba que las masas vivieran desempleadas y mendigando. También reconoció que “la igual distribución de la propiedad es impracticable”, pero las grandes diferencias producen miseria. Si se quería preservar el proyecto utópico de la libertad en América, ya no solo por justicia, era urgente asegurar que las leyes dividiesen las propiedades obtenidas por herencia para ser equitativamente distribuidas a los descendientes (Bailyn 2003, 57). Por esta razón, en 1776 Jefferson abolió en su estado las leyes que privilegiaban herederos y estableció que toda persona adulta que no poseyera 50 acres (20 hectáreas) de tierra, las recibiera del Estado, ya que “la tierra pertenece a los vivos, no a los muertos” (58).
Alguna vez Jefferson sostuvo que, si tuviese que elegir entre un gobierno sin periódicos y los periódicos sin gobierno, elegía esto último. Como la mayoría de sus pares fundadores, fue famoso por otras ideas libertarias, por su anarquismo moderado y por una colección de otras contradicciones.
Quizás hoy en día Ron Paul sea una especie de encarnación posmoderna de aquel presidente y filósofo ilustrado. Quizás por eso mismo haya sido desplazado por Sarah Palin en la definición de lo que es ser un buen conservador. Además de médico, representante texano y uno de los líderes históricos del movimiento Libertario, probablemente Paul sea el verdadero fundador del inexistente Partido del Té (Tea Party).
Si algo ha diferenciado en las últimas décadas a los republicanos neoconservadores de los demócratas liberales, es su fuerte intervencionismo internacional con reminiscencias mesiánicas o sus tendencias a legislar contra el matrimonio homosexual. Por el contrario, si algo ha caracterizado la fuerte crítica y la práctica legislativa de Ron Paul ha sido su propuesta de eliminar el banco central de EE.UU, su oposición a la intromisión del Estado en la definición de lo que es o debe ser un matrimonio y su oposición a todo tipo de intervencionismo en los asuntos de otros países.
Un momento ilustrativo fue el debate del partido Republicano en Miami, en diciembre de 2007. Mientras el resto de los candidatos se dedicaron a repetir frases prefabricadas que levantaron los aplausos y el entusiasmo del público hispano de Miami, Ron Paul no perdió la oportunidad para repetir sus incómodas convicciones.
Ante la pregunta de María Elena Salinas sobre cómo tratar con el presidente de Venezuela, Ron Paul simplemente contestó a favor de dialogar con Chávez y con Cuba. Obviamente los abucheos resonaron en toda la sala. Sin esperar a que la tribuna se calmara, contraatacó: “Pero déjenme decirles por qué, por qué tenemos problemas en Centro América y en América del Sur: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos desde hace mucho tiempo, nos hemos metido en sus negocios. Nosotros creamos a los Chávez de este mundo, hemos creado a los Castro de este mundo, interfiriendo y creando caos en sus países y ellos han respondido sacando a sus líderes constituidos…”.
Los abucheos terminaron con la línea argumentativa del tejano, hasta que le preguntaron de nuevo sobre la guerra en Irak: “no tuvimos razones para meternos ahí, no declaramos la guerra […] Tengo un punto de vista diferente porque respeto la Constitución y escucho a los padres fundadores que nos dicen: “quédense afuera de los asuntos internos de otras naciones”.
En política interna, el movimiento Libertario comparte varios puntos con los neoconservadores. Por ejemplo, la idea de que las desigualdades son producto de la libertad entre diferentes individuos con habilidades e intereses diferentes. De ahí que la idea de “distribución de la riqueza” sea entendida por los seguidores de Ron Paul como un acto arbitrario, de injusticia social. Para otros neocons, es simplemente un producto del adoctrinamiento ideológico de los socialistas como Obama. Acto seguido, no pierden oportunidad de señalar todos los libros de Karl Marx que Obama estudió, aparentemente con pasión, en Columbia University y todas las reuniones de los “Socialist Scholars Conference” a las que acudió (Radical-in-Chief: Barack Obama and the Untold Story of American Socialism, Stanley Kurtz). No obstante, según la perspectiva de los libertarios, todo esto caería dentro de los derechos de cualquiera, como fumar marihuana, siempre y cuando no intente imponérselo a los demás. Cosa que en un presidente sería por lo menos difícil.
La vaca sagrada de los neoconservadores norteamericanos es la libertad (ya que para ellos el liberalismo es una mala palabra) como si se tratase de una escancia independiente de la realidad. Para lograrla, basta con eliminar o reducir todo lo que se llame Estado y Gobierno. Menos el ejército. De ahí la afición de algunos por las armas en manos de los individuos: para ser usadas contra el poder intruso de los gobiernos, sean propios o ajenos.
Los fanáticos de la libertad absoluta no consideran o le restan importancia al hecho de que para ser libres se necesita una determinada cuota de poder. Para Jefferson y para el Che, el dinero era solo un mal necesario, producto de la corrupción de la civilización y frecuente instrumento de robo. Pero en nuestro tiempo (ya lo sabían los griegos de Pericles) el poder radica en el dinero. Basta, entonces, tener más dinero para ser, en términos sociales (no existenciales) más libre que un obrero que no puede disponer del mismo grado de libertad para educar a sus hijos o para tener tiempo libre que estimule su desarrollo humano y su creatividad intelectual.
En el otro extremo, en gran parte de América latina, hoy en día la vaca sagrada es la “distribución de la riqueza”, Estado mediante. Con frecuencia no se considera o se le resta importancia al hecho de que también la producción puede estar mal distribuida. Aquí los parámetros culturales son cruciales: hay individuos y grupos que crean y trabajan por el resto que luego clama por la injusticia de no obtener los beneficios que se merecerían si existiera la justicia social. Lo que es como si un mentiroso se escondiese detrás de una verdad para salvar y perpetuar sus vicios. Para esta posición, cualquier mérito es sólo el resultado de un sistema opresivo que, incluso, no permite a los perezosos salir de su pereza. Así, la pereza y el robo se explican por la estructura económica y la cultura de la opresión que mantiene a grupos enteros en la ignorancia. Lo cual no deja de ser cierto hasta cierto punto pero no es suficiente para demostrar la inexistencia de eternos haraganes y otros escasamente dotados para el trabajo físico o intelectual. En todo caso no debería haber redistribución de la riqueza si primero no hay redistribución de la producción. Lo que en parte sería también una redistribución de las ganas de estudiar, de trabajar y de hacerse responsable de algo.
En la actualidad los Estados son males necesarios para proteger la iguallibertad. Pero al mismo tiempo son el principal instrumento, como creían aquellos revolucionarios americanos, para proteger los privilegios de los más poderosos y alimentar el vicio moral de los más débiles.
(febrero 2011)
III. El gigante ciego
LA INVENCIÓN DEL PASADO
Unas semanas atrás me llamaron de una radio para discutir sobre la propuesta del control de armas en Estados Unidos. Una persona, a la que respeto sin reservas, argumentó que cualquier limitación al derecho de portar armas constituye una violación a la Segunda enmienda. Razón por la cual, deduje, todos los aeropuertos y los edificios federales de Estados Unidos estarían violando sistemáticamente la Constitución.
De ahí pasó a defender el espíritu americano y los valores que fundaron a este país.
Obviamente, eso del “espíritu americano”, como el espíritu de cualquier país, es algo mucho más vago y contradictorio de lo que se cree, ya que no veo que el “espíritu” de las sociedades esclavistas del siglo XIX, cotos de los conservadores modernos, sea precisamente lo que se está revindicando. Tampoco creo que “los valores” sobre los cuales los llamados Padres fundadores crearon una nueva nación sean, precisamente, los valores religiosos en general y cristianos en particular, tal como se insiste como premisa y corolario inevitables.
En toda la Constitución de Estados Unidos y en la Carta de Derechos que le sigue, no hay una sola mención a Jesús; ni siquiera a Dios (la única referencia al “Señor” es sólo una costumbre de la época para fechar un documento). Nada de lo cual significa que estos fundamentos sean antirreligiosos o anticristianos, aunque no es difícil encontrar expresiones anticlericales en figuras claves como Thomas Jefferson o Thomas Paine. La separación de la religión y el Estado fue, precisamente, uno de los elementos más radicales que introdujeron los llamados Padres Fundadores.
No obstante, la mayoría de los ciudadanos americanos está convencida que la expresión “One nation under God” (“Una nación sometida a Dios”) es la base de los valores que fundaron este país a fines del siglo XVII, y no pocos se la atribuyen a la Constitución o a la Carta de Derechos, cuando no a alguna figura fundacional. Todo a pesar de que esta invocación fue agregada hace apenas medio siglo.
El famoso “juramento de lealtad” que repiten los niños en las escuelas cada año no fue escrito en 1789 ni resume el espíritu religioso de los padres fundadores: en su brevedad, resume tres olas de miedos mucho más recientes.
Su inventor, Francis Bellamy, escribió y propuso esta plegaria en 1892 con la excusa del cuarto centenario del descubrimiento europeo de América. Este cristiano y declarado socialista americano quiso poner el acento en la “unión” (“one nation indivisible”). ¿Por qué? Obviamente porque los peligros de la secesión continuaban latentes luego de finalizada la Guerra Civil pocos años atrás.
Luego, las oleadas de inmigrantes llevaron a que en los años 20 se pusiera el acento en aclarar a qué país se refería “mi bandera”, por lo cual agregaron “la bandera de Estados Unidos de América”.
Una tercer ola de miedos por el avance del comunismo en Europa hizo posible la paranoia macartista de los 50 y, en 1954, se agregó la referencia a Dios, por lo que su aprobación por parte del Congreso significó una grosera violación a la propia Constitución de Estados Unidos, ya que la enmienda más sagrada de esta, la primera, no sólo establece el inalienable derecho a la libre expresión sino, y en lógica coherencia, establece que “el Congreso no hará ley alguna con respecto a la adopción de una religión”.
La Revolución americana y sus fundamentos no establecieron una base religiosa a la nueva sociedad, lo cual era moneda común en la época. Precisamente intentaban evitar esto mismo tomando todas las medidas necesarias para apartar la religión de los asuntos de un Estado que debía ser radicalmente laico, y así lo prueban no sólo la Constitución y la Carta de Derechos sino una vasta gama de ensayos y cartas de los ahora llamados Padres Fundadores.
Pero cada ola conservadora necesita inventar su propia tradición, su propio pasado y el olvido general a través de la prédica, el sermón y la propaganda. De otra forma no se explicaría por qué muchos cristianos conservadores en Estados Unidos son precisamente aquellos que defienden el libre uso de las armas dentro de fronteras y son los más propensos a las intervenciones militares afuera. Jesús fue un pacifista radical a pesar de que vivió en un tiempo brutal, cuando Palestina/Israel era una colonia del imperio romano. (Mateo 5:38-4 Lucas 22:47-51). Estas contradicciones son perfectamente explicables desde un punto de vista histórico, pero no desde un punto de vista moral. Así, la aversión de Jesús al militarismo, al mercantilismo y a las riquezas materiales (Mateo 21:10-17, Marcos 10-25, etc.) son, desde hace un buen tiempo, la misma base moral del capitalismo o de sus más radicales defensores.
Claro que es difícil para cualquiera de nosotros seguir a Jesús en prescripciones como: “no resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra”. Pero mucho más difícil resulta casar estas prescripciones con la prédica y las acciones de los cristianos más conservadores de la derecha americana. Difícil pero no imposible, porque la historia nos muestra que siempre ha sido posible encontrar a alguien que nos demuestre que allí donde Moisés, Jesús o Mahoma dicen “blanco”, en realidad querían decir “negro”. O viceversa, dependiendo de la conveniencia y los intereses del momento.
En el olvido confiamos.
(febrero 2012)
TÍTERES, TITIRITEROS Y LIBERACIONES DE CLOSETS
El 5 de abril de 2010, una encuesta de la mundialmente influyente revista Time reveló que para sus lectores Stefani Joanne Angelina Germanotta, conocida como Lady Gaga, era la persona más influyente del mundo. Según el periodista Robert Paul Reyes, sin duda la cantante captura perfectamente el espíritu de los tiempos (“she perfectly captures the spirit of the times”).
El 21 de abril de 2010 el banco de inversiones Goldman Sachs reportó con tono triunfal una ganancia neta de más de 3.000 millones de dólares en el último trimestre.
El 22 de abril, en un discurso en Cooper Union, cerca de Wall Street y con el propósito de convencer al público sobre sus propuestas regulatorias del sistema financiero, el presidente Barack Obama quiso defenderse de los emergentes grupos de la extrema derecha que lo acusan de marxista, asegurando que él todavía cree en el poder positivo del mercado. No obstante, “un mercado libre no significa que cada uno pueda tomar todo lo que quiera de la forma que sea”. Apelando a su discurso populista, según los seguidores de Sarah Palin, Obama declaró que “algunos en Wall Street olvidaron que detrás de cada dólar invertido en la bolsa hay una familia que intenta comprar una casa, pagar sus estudios, abrir un comercio o ahorrar para un retiro”.
El viernes 23 de abril, un informe de la Comisión de Valores del senado de Estados Unidos emitido por el ABC TV denunció que durante la gran crisis financiera de Estados Unidos que dejó sin trabajo a más de ocho millones de personas en 2008, varios inspectores que debían controlar Wall Street invertían sus horas laborales en descargar y mirar pornografía. Uno de ellos llegó al record de invertir ocho horas en esta actividad. Si bien sólo una minoría de los empleados se dedicaba la pornografía en sus horas de trabajo, hay que pensar que más de una docena eran altos funcionarios con cargos de responsabilidad.
Mientras tanto, en Nueva York, según reveló una comisión del Senado norteamericano, los gerentes del mega banco de inversión Goldman Sachs apostaban al derrumbe del sector inmobiliario que dejó a miles de familias sin su propiedad.
Según la agencia Reuters, el New York Times y cada uno de los diarios de mayor circulación en Estados Unidos, algunos responsables de Goldman Sachs Group vieron la posibilidad de hacer un buen dinero en medio de la crisis crediticia y poco antes del derrumbe de las hipotecas.
“Parece que vamos a ganar bastante dinero”, escribió en un correo electrónico Donald Mullen, uno de los ejecutivos de Goldman. Otro, Lloyd Blankfein, ante las acusaciones de fraude emitidas por el propio gobierno y en un hostil contexto reformista del presidente Obama, aseguró que la compañía había perdido dinero durante la crisis. En setiembre de 2008 la empresa recibió 25.000 millones de dólares de los contribuyentes en forma rescate financiero.
Según el senador demócrata Carl Levin, los correos descubiertos demuestran que, en realidad, Goldman ganó mucho dinero apostando contra el mercado hipotecario” (“These e-mails show that, in fact, Goldman made a lot of money by betting against the mortgage market”, Fox News). En noviembre de 2007, según el jefe financiero de Goldman Sachs David A. Viniar, habían ganado más de 50 millones de dólares en un solo día apostando a que las acciones vinculadas a hipotecas se hundirían. Según el Washington Post, el juego de Goldman consistió en convencer a la gente para invertir en el mercado inmobiliario al mismo tiempo que ellos mismos apostaban en dirección contraria.
En cualquier caso, la herramienta principal consiste en la promoción del deseo y el castigo del placer. Para esto el orden y la cultura hegemónica se sirven de sus banqueros, religiones, artistas, prostitutos, y discursos de heroicas y ejemplificantes liberaciones de closets y de tocadores.
De aquí la importancia de la cultura populista y de la inocencia del mercado del sexo, de la pornografía que convenientemente se llama arte, y de las “expresiones personales de autenticidad” que proclaman no tener nada que ver con la política.
Salvo en la mente de perversos críticos radicales.
Quizás los lectores de Time tengan razón. En una sociedad gaga, en un orden planetario dominado por la superficialidad y el narcisismo intrascendente, tal vez un personaje irrelevante como Lady Gaga sea, de verdad, una de las personas más influyentes del mundo.
(abril 2010)
SOBRE LA SUPERIORIDAD MORAL
En 1865 el argentino Juan Bautista Alberdi contestó al pedagogo y luego presidente de la nación, D. F. Sarmiento quien había definido como “terrorista” a José Artigas en su famoso libro Civilización y barbarie. Según Alberdi, esto revelaba una profunda incomprensión histórica de la inevitable violencia del montonero rebelde que respondía así a la violencia establecida por la opresión colonialista. Analizando la naturaleza del poder en La barbarie histórica de Sarmiento, Alberdi concluye que “siempre la victoria de los recursos dio la presunción de superioridad moral e inteligencia a los vencedores”.
Pero toda fuerza hegemónica, con pocas excepciones, ha necesitado siempre además de la legitimación divina, como si en el fondo supiese que no podía tenerla de las otras naciones, de los otros pueblos. Jorge L. Borges —de quien no se sospechan malas intenciones—, recordaba en un ensayo de 1946 que “Milton, en el [siglo] XVII, notó que Dios tenía la costumbre de revelarse primero a Sus ingleses”.
Como es lógico, junto con la autoproclamación de “pueblo elegido” va unida la idea de “superioridad moral”. Estos dos elementos conforman la idea de “destino manifiesto”, que en nuestro tiempo es ejercitado por las fuerzas más reaccionarias del planeta. Al igual que la doctrina calvinista de la predestinación, la idea de destino no induce al individuo a sentirse en paz o en resignación con la decisión ya tomada por Dios, sino que, por el contrario —según Max Weber y Erich Fromm—el factor cultural y psicológico de la incertidumbre (otra prueba, al fin y al cabo, de que no hay nada suficientemente manifiesto) llevan al individuo a luchar sin tregua por un signo positivo de ser él uno de los elegidos.
Es decir, si por un lado se asume que la partida ya está decidida, por el otro se radicaliza la acción por la confirmación. De ahí que aquellos que dicen estar convencidos de haber sido elegidos y salvados por Dios son los menos serenos en la acción y en las disputas religiosas. Esta acción, para la ética calvinista, es el trabajo y la acumulación de capital, ya que la riqueza sería el signo de la preferencia de Dios por esos seres. Como siempre, no importa si Jesús dijo lo contrario, recurriendo a la metáfora del camello o de la soga pasando por el ojo de una aguja para dar una idea de las posibilidades que tiene un rico de entrar en el Reino de los Cielos. La teología tradicional lo arregla todo; si no estamos de acuerdo, si no nos conviene, interpretamos. Y si tenemos el poder, impondremos al resto nuestra interpretación, no por la razón crítica sino por la fuerza y la repetición y la propaganda. Así, si Jesús dijo que para el rico será tan difícil entrar a su reino como el camello (o la soga) pasar por el ojo de una aguja, eso en realidad, bien interpretado, quería decir que el camello representa a los pobres. Y donde dice “los últimos serán los primeros”, quiere decir, en realidad, que la economy class será la primera en esperar a que pasen los de la first class. Porque así permite Dios que ocurra en los aeropuertos, puertas terrenales al sagrado espacio de los cielos.
Ahora, la idea que iguala “superioridad moral” con “superioridad de la fuerza” sólo puede proceder de quien tiene la fuerza. El triunfo por la hegemonía es un logro más fácil de ver objetivamente que el triunfo moral. De ahí la necesaria legitimación del vencedor. De ahí la obsesión por los símbolos y las conmemoraciones de hechos que a veces nunca sucedieron o sucedieron de otra forma o fueron motivados por razones que nunca se exponen o quedaron enterradas bajo toneladas de propaganda y eufóricos discursos.
Borges —repito, de quien no se sospecha ni se investiga otra cosa que su conducta estética—, reconoció alguna vez que “hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar”. Esta es la percepción o el consuelo dominante en cinco siglos de conquistas, colonización y dominación en América Latina, representada como el polo opuesto a la América sajona. Quizás Ariel de J.E. Rodó haya expresado en 1900 esta oposición: el vencedor político no es el vencedor moral (aunque Rodó prefería la más arbitraria “superioridad estética”, propia de su época y de una Europa en decadencia relativa).
Pero el vínculo establecido entre la “superioridad moral” y “la superioridad de la fuerza” se derriba con mínimas observaciones. Alguien que no tiene escrúpulos puede vencer en la carrera por un puesto de gerente, recurriendo a la mentira, a la intriga y a la traición contra sus compañeros de trabajo. El éxito de su empresa personal no es interpretado por nosotros como un signo de superioridad moral, ya que para muy pocos la mentira, la intriga y la traición son rasgos de una moral superior. También podemos recurrir a los clásicos ejemplos de dumping, donde una transnacional o una poderosa cadena de supermercados trabaja un tiempo a pérdidas hasta que sus débiles competidores quiebran y se impone un nuevo monopolio, producto de una auténtica libertad de mercado. O podemos recurrir a la historia y recordar todos los imperios que han existido, desde la democrática Atenas hasta los más salvajes imperios asiáticos, y cómo fueron sometidos por diversos pueblos de culturas más sofisticadas --el imperio español, el francés, el inglés o el holandés--, quienes multiplicaron fuerzas y beneficios mediante el turismo colonizador o la administración político, con el fin de enseñarles los beneficios de la libertad de comercio, la democracia y la civilización. Sólo hay que recordar cómo el imperio americano fue expandiendo sus cadenas de fast food al mismo tiempo que sus intervenciones armadas por el bien de la libertad.
Alguna vez insistimos que aún para el progreso económico de un país, es indispensable un mínimo de ética que ponga las reglas claras y las haga efectivas. Pero esta condición no es una condición necesaria y suficiente para el éxito (político) de una nación que se convierte en hegemónica, como Estados Unidos, ni lo será para la China del siglo XXI. Estados Unidos tiene virtudes que muchas veces señalamos como ejemplo. El mismo Simón Bolívar, que tantas veces manifestó su frustración por las divisiones y la incapacidad cultural de nuestro continente para gobernarse a sí mismo sin recurrir a tiranías, en 1819 señalaba a Estados Unidos como un ejemplo de éxito práctico de la teoría democrática y republicana, como “modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral […] este pueblo es único en la historia del género humano”. Pero uno de sus peores defectos es creerse el paladín de la moral y, encima, pretender deducir esto de su éxito político y económico que llevó a la admirable nación a convertirse en una fuerza hegemónica. A fines del siglo XIX el ecuatoriano Juan Montalvo evitó pasar por Estados Unidos en su camino hacia Europa: “no ha sido sino por temor — escribió—, temor de ser tratado como brasileño, y que el resentimiento infundiese en mi pecho odio por un pueblo al cual tributo admiración sin límites”.
Lo mismo equivale decir que la hegemonía de un país puede depender de su educación pero no necesariamente de su cultura ni mucho menos de sus atributos morales. Es decir, si la educación (en su sentido de especialización y adoctrinamiento según las necesidades del Estado o de la sociedad) puede convertir a un grupo en una perfecta máquina de producir o en una maquinaria espartana, ello no significa que deba atribuirse una superioridad en todas las demás facultades humanas. Equivaldría a la lógica de un duelo de armas, donde un mentiroso podía salvar su honor matando al denunciante, según la ley y por habilidades propias en el manejo de alguna de esas herramientas de la muerte. De donde se deducía que un militar o un gánster podían monopolizar el honor y la verdad de los hechos según su antojo. O sería como el bobo del barrio al que todos temen por su fuerza descomunal pero no por su inteligencia. El bobo no estará en condiciones de comprender esto. Por el contrario, al ver que todos le temen y respetan, se dirá orgulloso: “qué listo soy, sí, qué listo, eso, que soy listo…”.
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