Kitabı oku: «Por algo habrá sido»

Yazı tipi:

Jorge Pastor Asuaje

Por algo habrá sido

El fútbol, el amor y la guerra

(El Libro del Gardy)


Sobre Por algo habrá sido

Por algo habrá sido: Esa era la frase que escuchábamos con más dolor en los tiempos de la dictadura, cuando secuestraban o mataban a nuestros compañeros. Esa era la frase en la que se refugiaban los pusilánimes y los indiferentes para justificar las atrocidades que se estaban cometiendo. Al escuchar esa frase, sobre todo en personas que uno suponía eran parte del pueblo, de ese mismo pueblo por el que creíamos estar luchando, uno sentía una terrible sensación de indignación y de impotencia.

Pero ahora, con el correr del tiempo, uno ha podido darle otra interpretación a esa frase. Para devolverla como un boomerang sobre la conciencia de quienes siempre se esforzaron por ocultar y por olvidar; pero, principalmente, para lanzarla como un proyectil hacia el futuro: Si, por algo habrá sido tanta lucha y tanto sufrimiento. Habrá sido, en la medida en que seamos capaces de recoger su espíritu y su ejemplo, para que algún día podamos construir una sociedad mejor. Una sociedad tal vez no tan perfecta como la que alguna vez pretendimos, pero si un poco más parecida a la que soñaron quienes entregaron la vida por otros. Aunque esos otros, al ver su sacrificio, hayan preferido decir, simplemente: Por algo habrá sido.

Canto a las pasiones y crónica extraordinaria -por lo sincera y minuciosa- es la historia de vida y muerte que se cuenta aquí. El narrador entero, en cuerpo y alma, es él y es muchos como él: una generación y pico de muchachos y chicas encendidos como la generosa luz de un fósforo, brillando contra la oscuridad de los años de plomo. Si Jorge Asuaje primero se tomó la primera vida -veinticinco años- de un saque, después se tomó otro tanto para contarla de un largo tirón. Vivir, sobrevivir para contarla, toda entera. Las grandes y pequeñas pasiones -el amor, el fútbol, la militancia y la guerra- mandan, los amigos vuelven de la vida y de la muerte, se asoman, las historias se cruzan, los recuerdos piden espacio y a todo se le abre la puerta sin solemnidad ni pudores. El resultado es un fresco increíblemente rico, conmovedor, a veces grotesco, un testimonio sin filtros ni estilizaciones: para el que quiera entender, acá está todo. Así de simple.

Juan Sasturain

JORGE PASTOR ASUAJE

Nació en La Plata en 1954 fue militante revolucionario, estuvo exilado, regresó y publicó, además de este, los libros El Día Que Hicimos Entre Todos y Cuentos de la Carpa Blanca. Dirigió también la película El Día Que cambió La Historia.

Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Sobre el autor

  Aclaratoria a la segunda edición

  El libro de Gardy

  Dedicatoria

  El Gardy

  Prólogo

  Confesiones al lector

  Primera Parte El barrio La escuela No sólo de futbol vive el hombre El Nacional La música Los primeros trabajos La política Barricada de verano El setenta y dos Trelew Despedida hasta la eternidad La militancia La agrupación Ezeiza La Maestre Mercedes La Organización Muchacho Últimas imágenes del 73 La Bomba Amor compartimentado La 57 La Astudillo Imberbes La Historia Ruda Ocho hombres al amanecer Dolor Itaka La Fábrica La historia más ruda Paredón y después

  Segunda Parte El Plan H El Amor La Operación Cita en Capital Amazonas El 76 Primera luna de miel Las Malvinas El Golpe Noches de amor y miedo Agitación y propaganda El principio del fin La Traición Octubre negro Tierra arrasada Maqueca La derrota y la soledad La trinchera invisible Una llamada salvadora Corina Ratas del desierto Una mancha blanca en la oscuridad Ankele y Fraymovich El Gallego Antonio El exilio interior Ciudad abierta Pedro Juan La Familia El Mundial La derrota final Ultimas confesiones al lector

  Créditos

ACLARATORIA A LA SEGUNDA EDICIÓN

Muchas cosas pasaron después de la primera edición de este libro. En primer lugar la segunda desaparición de Jorge Julio López convirtió a uno de sus tantos personajes en una dolorosa celebridad. La derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y las investigaciones realizadas por las fiscalías para sustanciar los juicios sirvieron para esclarecer muchas cosas que habían quedado en el misterio en su momento. El trabajo del equipo de Investigación y Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires sirvió para develar identidades, hechos y finales. Los cuerpos de muchos de los desaparecidos que mencionaba pudieron ser reconocidos por la labor del Equipo de Argentino de Antropología Forense. La propia lectura de esa edición por algunas personas permitió correcciones, aclaratorias y ampliaciones. Y por último la casualidad, el destino, la voluntad de dios, o vaya uno a saber que misterio también aportaron lo suyo en ese sentido. Por eso el asterisco del inicio de este texto que hallarán en esta segunda edición en cada caso en que haya sido necesario aportar algo nuevo.

EL LIBRO DEL GARDY

Este libro es un homenaje a todos mis compañeros caídos en la lucha por la liberación nacional y la revolución socialista, pero especialmente a uno, a Elbio Edgardo Caparrós, el Gardy, que decía “Si por algo quisiera que terminase esta guerra es para poder escribir un libro contando todas estas cosas”. Yo no pude escribir ese libro, no pude escribir su historia; pude escribir este, que es mi historia en esos años y también la de muchos más, entre ellos el Gardy.

El autor de este libro en parte soy yo, que lo vengo escribiendo, en la mente o en el papel, desde entonces, desde cuando el Gardy lo soñaba; pero no lo hice yo solo, una gran parte la hizo también Dina, mi compañera en la vida y en la lucha durante esos años, que, aunque no haya escrito una línea, está presente en cada página de la historia que vivimos juntos. Al menos, eso fue lo que sentí al escribirlo.

Jorge Pastor Asuaje, 27 de abril de 2004

Dedicatoria:

Dedico esta edición a el Baby, Carlos Alberto Albamonte, por las razones que explico al final del libro.

A mi padre, Jorge Olinto Asuaje Castillo, a mis hermanos, Guillermo y Alejandro, a María Andrade y a Osvaldo, “Tito”, Martínez y a todos quienes por cariño o solidaridad nunca me cerraron la puerta en los momentos más difíciles de esos tiempos.

Agradecimientos:

A la Editorial Nuestra América, en la persona de Marcelo Cafiso, por brindarme la oportunidad de esta reedición.

A todos los que me soportaron mientras escribía este libro: A mi esposa, Irma Pelozo; a mis hijos: Clara, Joaquín y Milagros; a mis amigos; a mis compañeros de trabajo de todas las oficinas por las que pasé; a Jorge Barreiro por su trabajo y su creatividad; a Marcelo Molina, Alicia Uriondo y Mario Arteca por su colaboración; a la correctora de la primera versión, que prefirió el anonimato; a Liliana Calace por su lectura y su apoyo.

Aunque agregué una dedicatoria especial y un agradecimiento especial, el resto no los he modificado porque tienen que ver más con la redacción del libro, que fue lo más trabajoso, que con la edición en si misma. Pero varias cosas han cambiado desde esa fecha:

Jorge Olinto Asuaje Castillo, mi padre, falleció el 25 de marzo de 2011 luego de una larga y, finalmente, dolorosísima agonía. Pero no sin antes haber vuelto a La Plata a revivir los que fueron para él los mejores años de su vida. Esa vez, cuando iba a subirse al avión en Ezeiza, fue la única vez que lo vi llorar de tantas veces que se despidió de nosotros desde la infancia.

María Andrade, Mary, falleció el día de la Virgen de 2008. En el cementerio unas palabras de Marcelo y unas flores fueron el homenaje de todos sus compañeros.

Irma ya no es mi esposa, pero igual le debo el agradecimiento.

Ahora tengo otro hijo: Lucas, que me aguantó en esta reedición.

El Gardy

Mientras me enseñaba a poner ladrillos y a mezclar el pastón me iba dando lecciones de filosofía, de política, de armas y hasta de cine. El Gardy daba para aprender de todo; desde la mejor forma de hacer el amor con la pareja hasta las proporciones justas para mezclar la arena y la cal, pasando por las teorías de Gramsci sobre el estado y por la historia de las luchas sindicales peronistas. Era una especie de “Libro Gordo de Petete”, de Enciclopedia Británica de la vida, un Confucio del arrabal, un lama de la pampa. En ese momento estaba en el tiempo de la paternidad. No había otra cosa en la vida que le importara más y que le diera más satisfacción que jugar con su hijo. Sebastián tenía entonces unos meses y el Gardy estaba embelesado. Terminábamos de trabajar a eso de las tres de la tarde y se iba a la casa feliz y apurado, a disfrutar ese rato eterno que duraba hasta que tenía que salir a los controles, a las reuniones, a la guerra que estaba en la calle y que en cualquier momento podía golpear a su puerta.

Prólogo

“Ante posibles distorsiones…”

“La revolución no sería un té servido a las 5 de la tarde.”

Andrés Rivera. La Revolución es un sueño eterno

“Queremos dejar testimonio/que vivimos/que somos/ que las luchas de nuestros pueblos hermanos/no nos son ajenas”, escribió el militante montonero Enrique Pereyra Rossi. “…que somos tiempo/palabras/acción /desordenada acción/lo demás es verso/en horas de alumbramientos colectivos”, insiste en su poema “Ante posibles distorsiones”. “Queremos dejar testimonio/sin levantar templos/que el día de mañana sean ruinas a visitar/ para que de esta manera nuestro testimonio/no sea distorsionado/y se siga rebelando”, desea para un futuro al que no llegó porque después de torturarlo las balas del comisario intendente Luis Patti lo asesinaron en mayo de 1983.

Ante posibles distorsiones de ese “algo” por el que fue, una historia se precipita en estas páginas. Vertiginosas, sin dar lugar a pausas, aunque Salvador-Pastor-Jorge lleve —cuenta— treinta años escribiéndola “de a poco, en la nostalgia” antes de plasmarla en papel.

Una historia, digo, porque no escribe “la” historia, sino la propia, su recorrido vital con retazos de infancia y rompecabezas familiares, azarosos afincamientos de país en país, los años plenos de construcción de opciones, de compromiso, y los tiempos del acoso y las sombras. Una historia particular y propia, a la vez con tantos puntos de contacto que muchos militantes de los ‘60 y ‘70 podríamos reconocernos y polemizar con ella.

Pero sobre todo, es una historia de apariciones.

El poder de la desaparición como metodología represiva privilegiada del proceso genocida, desarrollado por las fuerzas armadas y los grandes grupos económicos durante los años de dictadura, no se agota en el hueco perpetuo y sin fin de los 30 000, nuestros 30 000 compañeros. De alguna manera, el “por algo será”, el terror y el silencio, sólo quebrados por heroicas y dispersas resistencias entonces, más la teoría de los dos demonios, la postmodernidad, el menemismo y sus continuadores instalados luego, vidas y luchas quedaría fijado en el momento en que empezaron a desaparecer.

Los desaparecidos tomaron cuerpo cuando se hicieron siluetas en la exigencia de su aparición con vida. La política, herramienta para volcar la correlación de fuerzas a favor de las necesidades populares, de las utopías, volvió a la boca de muchos al generalizarse como vía de apropiación individual de los bienes colectivos. La potencialidad combativa de la organización gremial quedó oculta por la mutación en patronales de numerosos dirigentes sindicales. De las agrupaciones estudiantiles, barriales, revolucionarias se pretendió que solo quedara en gruesos trazos la “inviabilidad” real de sus buenas intenciones (en el mejor de los casos); o su condena como provocadora de los grandes males en la impúdica doctrina de los dos demonios. El nombre “montoneros” sonó en voz alta cuando varios de ellos cambiaron la ropa ‘Grafa’ por los trajes ‘Versace’ para sumarse a la fiesta menemista y aplaudir el indulto. Cuando dejó de ser una fuerza popular de esperanza y resistencia, el peronismo entró a las agendas de Alsogaray y Cavallo y a los programas de Neustadt y Grondona.

Como el negro de una fotografía, la voluntad de cambiar un orden injusto y explotador sólo debía servir para poner en foco su imposibilidad. Habilitar ante tantos ojos la silueta de “ lo posible” como lo único deseable. El compromiso de quienes se habían prometido vivir y morir en pos de un proyecto revolucionario se procuró que fuera apenas el contorno que lograse destacar a los cooptados por el sistema como aparente destino fatal de quienes sobrevivieron de aquella experiencia.

Con los desaparecidos se quiso desaparecer, entonces, el tiempo, la vida, la práctica social, las construcciones y las propuestas de que eran portadores. Sus contextos y sus textos.

Y esto es lo que el relato de “Salvador” contribuye a aparecer: una múltiple trama de compañeros y compañeras de distintas identidades políticas y ubicaciones de clase, con caminos más o menos largos, con sus certezas e inconsistencias, sus desarrollos críticos y sus valoraciones políticas superficiales. Compañeros capaces de “aclarar el mundo con la seguridad demoledora de una palabra” o de ideologizarlo todo al extremo de bordear la necedad.

A Jorge no se lo contaron, tampoco a “Salvador”. Lo vivió y se devuelve en un día a día sin parentesco con aquellos relatos épicos que leíamos entonces. Impiadoso consigo mismo, no describe el templarse de algún acero heroico sino el proceso de su constitución como militante político revolucionario. Es la historia de las dudas, discusiones y reflexiones que lo condujeron junto a otros pibes a organizarse para asumir un compromiso elegido con la carne y la razón. Las contradicciones para asumir la violencia como “partera de la historia”. Para Salvador la primera a dilucidar, para otros la raya que decidieron no cruzar, sitúan el tema, —simplificado, bastardeado, descontextualizado por unos, idealizado por otros— en un terreno de debate donde ideología, política, ética se cruzan para problematizar estrategias revolucionarias. El miedo, la mitificación de “los clandestinos” hasta la desilusión al comprobar que los jefes no eran infalibles, y menos aún los hombres nuevos que él mismo no llegaba a ser; el trayecto que fue separando a la organización de su genuina base popular, las reformulaciones de la estructura, la proletarización, las medidas de seguridad que trababan la acción política; la potencia que imprimía el tener compañeros con quienes compartía todo; el amor de la pareja como forma de alcanzar la gloria… El día a día de los militantes concretos que formaron parte de una propuesta revolucionaria. Ellos son quienes aparecen acá. Resultado y gestores de una búsqueda, para romper el mito de la generación espontánea, de la producción mágica de hechos y acontecimientos, de la decisión de participar brotada de perversas seducciones emitidas por conducciones irresponsables. Jorge no traza una línea para idealizar a los compañeros de los ‘70 sino para acercarlos a los hombres y mujeres que hoy asumen otras y similares búsquedas.

Pienso que este libro es un acto de fe en la necesidad de la revolución. Sin obviar el acoso y los vacíos, no es la historia de la derrota, aunque la incluya, sino del amor al pueblo y de la voluntad de lucha por derrotar la injusticia, aunque muchas veces los objetivos no se alcancen.

En aquellos años escribió Francisco Paco Urondo:

“Sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido/ y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia/ Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;/ compartir este calor, esta fatalidad que quieta/ no sirve y se corrompe”.

Graciela Daleo.

“No estoy reviviendo mis recuerdos, los estoy expiando”.

Augusto Roa Bastos en Hijo de Hombre

Confesiones al lector

He llorado sobre estás páginas. Desde que empecé a escribirlas, en mi vieja máquina manual, hasta hoy, que las estoy terminando, frente a la pantalla de la computadora. Pero nunca he llorado de tristeza o de amargura; he llorado a veces de rabia, de impotencia, pero mucho más de alegría, porque al escribirlas sentía que de alguna manera estaba reviviendo a todos los ausentes, que de alguna manera me estaba reencontrando con ellos. Tal vez por eso, entro otras cosas, me haya costado tanto terminarlo. Por miedo a no tener ya la posibilidad de revivirlos en el secreto espacio de una hoja de papel, donde la memoria no tiene tiempo ni límites. Me ha llevado mucho tiempo comprender, tal vez demasiado, que es preferible animarse a compartir las imperfecciones de esa memoria, con sus huecos, sus olvidos e, incluso, con sus profundas injusticias, que encerrarlas esperando encontrar la perfección de la forma y la fidelidad absoluta a los hechos. Porque uno un día descubre, con espanto, que ha comenzado a olvidarse de aquellas cosas que suponía inolvidables; porque las había estampado durante años en el recuerdo como una fotografía guardada en un sobre sellado. Y cuando uno comienza a abrir esos sobres, ve que el tiempo ha seguido haciendo su trabajo, a pesar de las precauciones, y algunos rasgos se borronean, algunos rostros se desdibujan y algunos nombres se confunden. Me ayudó mucho a superar ese temor producido por los baches de la memoria, esa frase que escribió Gabriel García Márquez en encabezamiento de sus propias memorias: “La vida de uno no es lo que pasó, sino lo que recuerda y como lo recuerda”. Pero más me ayudó el consejo de un gran amigo, quien me sugirió una forma de ordenar tantos recuerdos dispersos. A veces para un escritor unas simples palabras de otro son como una mano tendida a un náufrago en medio del océano, porque uno vive flotando en el mundo de sus ideas pero no se decide a nadar en ningún sentido.

No es fácil aceptar que uno no es dios; lleva años, a mí me llevó casi treinta. Al principio yo quería escribir todas las historias, ponerme en la piel de cada uno de mis compañeros y hasta en la de mis enemigos; quería reproducir los hechos reales dándoles la forma literaria más perfecta y escribir también todas las historias que me imaginaba. Eso me producía una inmovilidad terrible, no sabía por dónde empezar ni como seguir. A veces acudía a mí un recuerdo y le daba una forma incompleta, insatisfactoria; así se fueron apilando un montón de retazos, hasta que me decidí a encarar la paciente y ardua tarea de terminarlos y unirlos. Asumiendo el costo de la imperfección, hasta de la mediocridad; porque a veces es casi imposible evitar los lugares comunes, las repeticiones. Pero comprendiendo que siempre será mejor una pieza terminada, por modesta que sea, que el más brillante de los proyectos.

Y es que, cuando este libro era solo un proyecto, yo sentía que tenía que conmover al mundo: escribir una obra que fuese la sumatoria de la denuncia política con la excelencia literaria. Porque yo tenía que conseguir que todos comprendieran la grandeza de nuestra lucha y sintieran el dolor de nuestras pérdidas. Que todo el mundo pudiera ponerse en los huesos y el alma de cada preso, de cada torturado, de cada fusilado, de cada perseguido. Tenía la pedantería de creer que mis pobres páginas bastarían para remover las conciencias y cambiar el curso de la historia.

Pero además, no me conformaba solo con eso, pretendía también alcanzar las cúspides de la literatura universal con ese libro, con este libro: convertirme en un best-seller, transformarme en un “boom”, ponerme en las puertas del premio Cervantes y encaminarme raudamente hacia el Nobel de literatura. Por eso también me costaba tanto terminar, porque tenía miedo de comprobar que no lograría ninguna de esas cosas. Miedo de aceptar que uno no es más que esto: lo que ha escrito y ha vivido. Que no puede escribir mucho mejor de como escribe ni puede vivir más de lo que ha vivido.

Hasta que llega el momento en el que uno termina de aceptar que uno al menos es eso, y que eso después de todo no es tan poca cosa; pero corre el riesgo de no llegar a ser ni siquiera eso, si no se propone seriamente concretar y terminar. Si uno no quiere ser, eternamente, “un hombre que está escribiendo un libro sobre sus vivencias en la década del ‘70”, como lo fui durante estos últimos veinticinco años.

Cuando estábamos en Venezuela, leí “El jardín de al lado”, de José Donoso, una novela que cuenta la historia de un escritor chileno que había estado seis días preso después del golpe contra Allende y hacía varios años que estaba escribiendo un libro sobre esos seis días y todavía no lo había podido terminar. Dina fue la que descubrió que Donoso en realidad se había puesto en el lugar de la mujer del escritor, ella era quien escribía “El jardín de al lado”, porque el tipo seguía tratando de escribir su libro sobre esos seis días. Y yo me burlaba de ese escritor ficticio, lo despreciaba: “más de seis años para escribir sobre esos seis días, que al pedo debe estar ese tipo”. Lo mismo me pasó al volver a la Argentina, cuando me mostraron el guión de unos exilados que se habían ido a Venezuela en el ‘73, contaban su historia allá y se llamaba “Diez años no es nada”, también me pareció una exageración. Y yo tardé casi treinta en concretar esta idea.

Por eso, en este preciso momento tengo la sensación de estar abriendo la puerta de una cárcel; de estarme liberando de una condena que yo mismo me impuse: la de contar mi historia y la de mis compañeros, la de intentar revivirlos y revivirme en estas páginas. Leyéndolo, comprenderán que esto no es un libro, que esta es la vida de un hombre; mi vida, eso es lo que tienen en sus manos, ni más ni menos, para bien o para mal.

Todavía falta abrir una puerta, aún resta subir el empinado escalón de la edición, pero aun así siento que ahora comienza una vida nueva para mí. Ya no tendré el refugio de estas páginas, ya no seré más “el hombre que está escribiendo un libro”. Ni volveré a escribir más sobre mis compañeros ubicándolos en aquel pasado (aunque ocasionalmente pueda volver sobre alguna historia no contada, sobre algún olvido); porque de ahora en más pienso darles otra vida. Los convertiré en personajes de mis próximas novelas, como lo hice con el “Sátiro”, quien fue “Mi amigo Miguel”, en un libro anterior mío. Y en la piel de esos personajes pienso hacerlos recorrer el mundo y vivir decenas de vidas; resucitando en los lugares más inverosímiles y en las circunstancias más extrañas. Para vengarse de sus verdugos una y otra vez, con la victoriosa espada de la inmortalidad.

“Y lo repito una vez más: hemos vivido para la alegría; por la alegría hemos ido al combate y por la alegría morimos. Que la tristeza no sea nunca unida a nuestro nombre”.

Julius Fucik, en Reportaje al pie de la horca.

Primera Parte
La primera imagen

La primera imagen que recuerdo de mi vida es la de mi madre en camisón, embarazada de ocho meses, arrojándose sobre mí en una zanja, cuando los aviones atacaron el 7 de Infantería. Mentiría si dijese que ese hecho me traumó; quedó envuelto en la misma difusa nostalgia con que uno recuerda todas las cosas de la infancia. Siempre lo recordé como una anécdota más, sin demasiada trascendencia, sin más relevancia que aquella revista con la tapa llena de autos que me deslumbró unos días después, en el sanatorio, cuando mi madre dio a luz a Guillermo. Ahora, no estoy tan seguro de afirmar que eso no me marcó para toda la vida.

En ese momento yo tenía dos años y vivíamos en la calle 49, en una de las tradicionales casas “chorizo” de la época, con galería y verja de maderitas cruzadas, pintadas de verde oscuro, como se usaba entonces; a una cuadra de la guarnición militar más importante de La Plata. El viejo Regimiento 7 de Infantería ocupaba tres manzanas a seis cuadras de la Plaza Moreno, el centro geográfico de la ciudad. Todo ese espacio es hoy la plaza Islas Malvinas.

Nueve meses antes, otro despliegue militar había conmovido al país: la “Revolución Libertadora” derrocaba al segundo gobierno de Juan Domingo Perón, legítimamente electo tres años antes. Y un grupo de civiles y militares peronistas intentaban reponer al líder en el poder. La noche anterior se habían alzado en distintos puntos del país tomando varias guarniciones; entre ellas el Regimiento de Infantería, convertido en el epicentro del levantamiento. Para recuperarlo, lo bombardearon por aire y las cápsulas servidas de esos disparos cayeron sobre los techos y el patio de mi casa. Unos días después las recogió mi tío, quien también se encontró con un conscripto aterrorizado, escondido en el galponcito del fondo.

Para huir del enfrentamiento, toda la familia se fue al campo, a la casa de mi bisabuela. No recuerdo más nada. El resto de las cosas las leí mucho tiempo después, pero recién ahora vengo a descubrir que, en cierta manera, mi historia posterior es el fruto de aquellos sucesos.

La casa donde vivíamos la construyó mi abuelo materno, Pedro Tocho, el hombre más ignorante y más bueno que he conocido. Una vez hizo fue hasta General Belgrano, a unos cien kilómetros de La Plata, y para él fue como haber ido a la China; durante toda su vida contó anécdotas de ese viaje, nunca volvió a irse tan lejos. Su mundo tenía una geografía muy particular: sabía que cerca de la Argentina estaban Uruguay, Chile y Brasil, todo lo demás era “Europa”. Aunque había abandonado la escuela primaria en tercer grado, expulsado por pellizcar a la maestra, supo desarrollar una gran habilidad para las operaciones matemáticas, en gran parte a partir de las necesidades de su “profesión”. Porque el abuelo era quinielero, o más bien, “pasador de carreras”, una rama del juego clandestino con muchos adeptos en los tiempos en que no existían los circuitos cerrados de televisión ni las agencias hípicas. Con esa ocupación mantuvo a toda la familia y les dio estudios a los hijos que optaron por los libros. Mi tío mayor, Horacio, llegó a Maestro Mayor de Obras y mi madre, Silvia, se graduó de profesora de Historia y Geografía en la universidad. Y además construyó otra casa, en la calle 28, donde se puede decir que yo “me crié”.

Nacido apenas unos años después que la ciudad, el abuelo creció en la calle y pronto adoptó el oficio de la mayoría de los pibes de su tiempo: lustrabotas, ocupación que retomó cuando cambiaron las leyes sobre el juego clandestino. Pasar juego dejó de ser una contravención y se convirtió en un delito. Era la época de los radicales y los conservadores, y vaya uno a saber por qué, tal vez por su ignorancia, el abuelo se hizo conservador. El caudillo a quien respondía era el doctor Míguez, que de tanto en tanto complacía a sus muchachos con un asado; condimentado, seguramente, con un discurso de frases recargadas y altisonantes, para impresionar a sus seguidores.

Quizás por ser conservador, o porque a pesar de su origen humilde tenía mentalidad de clase media, el abuelo se hizo acérrimamente antiperonista. No le gustaba eso de las donaciones compulsivas a la Fundación Evita, ni ver los nombres del general y la abanderada de los humildes designando calles, plazas, ciudades y hasta provincias. Alguien alguna vez lo escuchó criticar al gobierno y el frente de la casa apareció un día pintado: “Los enemigos de Perón”. Eso aumentó su gorilismo, y el de buena parte de la familia. Como la mayoría de los estudiantes, mi tío y mi madre también eran antiperonistas. En el caso de mi vieja, como en el de tantos miles, su oposición tenía mucho de racismo clasista; decía que no podía salir a la calle con un libro en la mano porque los peronistas la miraban con mala cara. En general, se puede decir que compartía los mismos prejuicios de casi toda la clase media; aunque en algunas cosas tal vez tuviese razón, como en eso de que fuera obligatorio ir a los actos oficiales, o que, fuese necesario afiliarse al partido para entrar a trabajar en algunos lugares.

Y mi madre, para colmo, se casó con mi padre: un estudiante venezolano atraído, como tantos latinoamericanos, por el prestigio de la universidad de La Plata, en especial de su facultad de Ingeniería. Al llegar aquí se encontró con un país nadando en la abundancia, potenciada en su caso por un cambio de moneda tremendamente favorable. Deslumbrado por todas las posibilidades de juerga, diversión y buena comida que ofrecía la Argentina de los 50, Jorge Olinto Asuaje Castillo le había encontrado el gusto a la vida de estudiante cuando conoció a una muchacha de ojos verdes, un poco mayor que él, y al poco tiempo se convirtió en esposo y meses después en padre de familia.

A pesar de ser extranjero, mi padre participaba intensamente en la política estudiantil y era también, como casi todos los universitarios, fervientemente antiperonista. Hasta fotos en los diarios hay de él hablando en algún acto estudiantil. Con el tiempo terminaría reconociendo a Perón como a un gran líder y aceptando que a la Argentina le hubiese ido mucho mejor si hubiese seguido en el poder. Tardó mucho en comprender el significado del lamento de aquel guarda de tranvía, en septiembre del 55, cuando salió con mi madre a festejar la caída del “tirano”. “Ahora les toca festejar a ellos, y a nosotros nos va a tocar sufrir”, le comentó el hombre con amargura a un compañero, en la punta de un tranvía repleto de eufóricos “contreras”. Él, por lo menos sabía bien que la Libertadora no había llegado para liberarlos a ellos, a los trabajadores. En cambio mi padre, mi madre y muchos de los gorilas que iban a la plaza a festejar, no sabían que ese era el principio de sus propias decadencias. Tampoco sabían, ni se hubiesen imaginado nunca, que los hijos les iban a salir peronistas.

La Libertadora triunfó en septiembre del 55, el levantamiento peronista fracasó en junio del 56 y a varios de sus líderes los fusilaron allí mismo, en el patio de armas del propio 7 de Infantería; nosotros volvimos a la casa y finalmente Jorge Asuaje Castillo se convirtió en Ingeniero Eléctrico y Mecánico a fines del 58. La buena vida de estudiante se le terminó y tuvo que volver a Venezuela, pero ya hecho “todo un señor”, como diría el tango. Hacía menos de un año que habían caído el general Marcos Pérez Giménez y su dictadura de ocho años. La democracia empezaba a afianzarse por primera vez en un país que prácticamente nunca la había conocido; la cuna del gran libertador de América había vivido de tiranía en tiranía y de calamidad en calamidad desde la guerra de la independencia, pero estaba parada sobre una mina de oro, de oro negro. Las regalías petroleras, una migaja en realidad de las extraordinarias ganancias de las compañías extranjeras, le habían permitido construir espectaculares edificios y las primeras autopistas de Sudamérica, pero la mayor parte de la población vivía en la miseria. Los nuevos gobiernos prometían llevar al país por la senda del desarrollo. Para eso se necesitaban muchos médicos, abogados, contadores, arquitectos, profesores, químicos, físicos y, por supuesto, ingenieros. Al flamante ingeniero Asuaje no le costó mucho conseguir un puesto en la Compañía Anónima De Administración y Fomento Eléctrico, la CADAFE, entonces la señora Silvia Tocho renunció a su cargo administrativo en la Dirección de Electricidad de Buenos Aires, la DEBA, y en febrero del 59 subió con sus dos hijos la escalerilla del Río Jachal. Al atardecer el barco partió de la Dársena Norte, entre el llanto de los viajeros y de toda una comitiva de familiares, que agitaba sus pañuelos desde el muelle.

A partir de ese momento el periplo de la familia Asuaje fue, durante unos años, intenso y azaroso. No lo contaré todo. Es una cuestión puramente personal, no tiene mucho que ver con la historia común de mi generación, y, además, me llevaría gran parte del libro. Fueron varios años de idas y venidas, de hogares fugaces, de largos viajes en barco y de un par de viajes en avión. Cambié varias veces de amigos, de escuelas y una vez, hasta de idioma.

Entre todas esas cosas solamente influyeron en mi futuro, creo, un par de personas y tres recuerdos. De mi bisabuela venezolana y del cura español hablaré después; las otras fueron dos lecciones de antiimperialismo y un beso: el que le dio mi madre a mi padre cuando lo soltaron de la cárcel.

La primera lección me la dio mi padre, a los pocos días de llegar a París. Sí, porque vivíamos en París, casi en la miseria, pero en París; él tenía una beca de postgrado y al principio apenas nos alcanzaba para comer. Yo tenía seis años y una ignorancia absoluta de lo que significaba París, para el mundo y para los intelectuales latinoamericanos, como mis padres. Para mí era el lugar donde estaba mi papá y eso era lo importante. Por eso estaba tan contento cuando me llevó al cine, a ver una película norteamericana en colores, con autos y casas rodantes tan espectaculares. En un momento dije asombrado:

- Que bárbaros que son los norteamericanos, o algo parecido.

- Pero si esos lo único que tienen es plata, fue la indignada respuesta de mi padre. Y me quedó grabada para toda la vida.

La segunda lección fue tres años después, con mi madre y en el canal de Panamá. Me acuerdo muy bien del canal y de su calor exasperante; del oprobioso clima de la ciudad, de sus autobuses viejos y destartalados, de sus calles sucias y de sus negros tan negros como yo nunca había visto. Me impresionaba como le resaltaba la claridad de las palmas de las manos y yo la verdad que era bastante jodido; todo eso me chocaba y hasta me daba un poco de asco. Por eso me encantó cuando fuimos a la zona del canal, la Canal Zone, con sus calles tan de serie norteamericana, con amplios jardines de césped y un enorme supermercado donde había de todo. Mi mamá entró para comprar regalos para toda la familia en Argentina y nos sacaron cagando. Como la vieron blanca y bien vestida la dejaron entrar, pero cuando llegó a la caja le preguntaron si era personal de la marina norteamericana y como dijo que no, tuvo que devolver todo. Aunque fuéramos un poco más blanquitos, en definitiva no éramos otra cosa más que unos nativos de mierda y no teníamos ningún derecho allí adentro. Esa lección fue más contundente: ahí comprendí que no bastaba con ver las mismas series y usar los mismos autos para ser como ellos, que ellos eran ellos y que nosotros éramos nosotros y que tenía razón mi papá cuando dijo “lo único que tienen es plata”.

El beso había sido un poco antes y en Caracas. Aunque la California Sur en ese momento casi no era Caracas, porque estaba del otro lado de la autopista del Este y después de ahí lo que había era puro cerro y culebras; pero era una urbanización muy bonita, con casas muy grandes y muy modernas, bien estilo americano y que carros, de todas las marcas y de todos los países: Pontiac, Oldsmovile, Porsche, Triumph, Alfa Romeo. Eso si que me gustaba y me gustaba también andar en los caballos alquilados, pero no me gustaban las vueltas que daba el autobús escolar. Nos paseaba por media Caracas antes de llegar y me daban ganas de vomitar de tanto tumbo; eso porque mi papá y mi mamá nos mandaron al Colegio Francia, para que no perdiéramos el francés. Y diría que no se los voy a perdonar nunca (aunque ya se los perdoné, uno a los padres, como a los hijos, les perdona todo) porque me quitaron la posibilidad de ir a una verdadera escuela venezolana. Ahí, en el Colegio Francia, se jugaba a la bolita, que le dicen metras, y al volver de la escuela nos poníamos a ver televisión(ahí si tuvimos televisión) y me encantaba ver a Roy Rogers, Bronco Lane, Sugarfoot, Randall el justiciero, El hombre del Rifle. El Cisco Kid, El Llanero Solitario, Rin Tin Tin, Laramie, Intriga en Hawai, Setenta y Siete Sunset Strip y Perry Mason los sábados a la noche. Pero no podía ver Dillinger de Chicago en la semana porque mi papá nos mandaba a dormir a las nueve. A veces íbamos a la casa de unos amigos que vivían cerca, los Padilla; él había estudiado acá en la Argentina y ella se llamaba Clara y era de Gualeguaychú; tenían dos hijas de nuestra edad y un auto muy grande, un Ford 60 azul; a la vuelta estaban los Gordillo, un familión, eran peruanos y tenían una camioneta Chrysler.

Un día a mi papá se lo llevaron preso y mi mamá me contó que era porque habían allanado la casa de los Padilla y habían encontrado un arsenal, que seguramente sería del sobrino “¿pero ellos no tienen nada que ver, no mamá?”. Y mi mamá me dijo que no que a mi papá se lo habían llevado por ser amigo nada más, pero no me dijo la verdad ni mi papá tampoco, y era que él estaba en el Partido Comunista. En ese momento el partido apoyaba la guerrilla y los Padilla eran dirigentes, pero mi papá no era dirigente ni mucho menos, porque no se lo tomaba demasiado en serio y tenía otros planes, pero si me hubiesen dicho yo hubiese entendido algo y seguramente hubiese estado orgulloso de mi papá y de los amigos de mi papá, y no hubiese tenido que esperar a ser grande para descubrir la verdad. Para entender por qué mi mamá besó con tanta fuerza a mi papá cuando volvió aquella tarde, como nunca lo había visto besarlo, como nunca volví a verlos besarse.

No fue por eso que nos fuimos de la California Sur y volvimos a la Argentina. Vinimos porque mi mamá estaba muy mal de los nervios y había quedado embarazada otra vez; mi papá, entonces, decidió traernos de vuelta para siempre.

Volvimos otra vez en barco, vía Chile, por eso pasamos por Panamá, y en Valparaíso a mi madre la internaron porque perdió el embarazo y nos quedamos sin plata. Todo lo que pasó en ese momento tampoco lo voy a contar ahora, para no extenderme tanto. Pero al final mi madre salió de la clínica y mi padre nos embarcó en un avión para Buenos Aires.

El avión ya no era de hélice, era a chorro, un Caravelle de Panam que llegó a Ezeiza una tarde plomiza de primavera. “Vos no vayas a decir nada”, me encareció mi vieja, teníamos pasaportes venezolanos porque era más barato, pero se suponía que acá teníamos que entrar con los argentinos. “¿Así que tienen pasaportes venezolanos?”, preguntó, como por decir algo el hombre de Migraciones, y yo no aguanté: “Sí, pero somos argentinos”, contesté orgulloso, sin que me preguntaran. Estaba feliz de volver a mi país después de tres años que para nosotros habían sido un siglo, porque en la infancia los tiempos son mucho más largos; este era mi lugar y no estaba dispuesto a que me consideraran extranjero. Empezaron a pedirle explicaciones a mi mamá ella me quería matar, pero al final nos dejaron pasar. No nos esperaba nadie, Buenos Aires era una ciudad melancólica de viejos barrios de adoquines por donde pasamos rumbo a la estación de trenes. Ya era de noche cuando llegamos a La Plata y tomamos un taxi, uno de esos viejos Mercedes Benz gasoleros de la década del 50. Cuando pasó frente a la catedral me emocioné, empezaba a reconocer las cosas que evocaban mis primeros años. El taxi nos dejó en la esquina, la 28 era de tierra y estaba muy fea para entrar; yo no conocía la casa a la que se habían mudado mis abuelos. No nos estaban esperando y se pusieron a llorar cuando nos vieron, ellos nos habían criado. Los encontramos en una cocina en la semipenumbra; Pedro Tocho hacía tiempo se había retirado del juego, no tenía jubilación y los inquilinos de 49 pagaban poco o no pagaban. La casa estaba envuelta en la oscuridad de la pobreza.

Allí empezó todo, al menos, allí empezó esa parte de mi historia que, creo, es bastante común a tantos otros de mi generación. A tantos que habrán vivido más o menos las mismas cosas que viví yo, habrán hecho más o menos el mismo proceso, habrán tenido también su historia, sus motivaciones personales, y habrán terminado, también como yo, sumándose a la hermosa y febril aventura de intentar hacer la revolución.

Por eso es que empiezo por ahí, por ese barrio que está entre la plaza Castelli y el Cementerio de La Plata, ese barrio que está entre la diagonal 74 y la avenida 66, ese barrio donde estaba la casa de la calle 28. Ese barrio que debe haberse parecido a tantos otros barrios, pero que no fue igual a ninguno. Porque fue mi barrio.

El barrio
El honor y la vergüenza

Mi barrio era una “futbolcracia”. Uno podía ser gordo, flaco, rengo, miope, rubio, negro, lindo, sucio, feo, tonto, parco, tano, cordobés o polaco; cualquier característica personal era válida para ser, en algún momento, motivo de burla. Pero nada había que lo hiciera sentir más infeliz y más excluido que no saber jugar bien al fútbol; al “fulbo”, como le decíamos en el barrio. La escala social se establecía a partir de la habilidad para manejar la pelota. La canchita, el potrero, era el foro donde los notables exponían sus destrezas, los discretos acompañaban y los ineptos observaban resignados; limitándose, en el mejor de los casos, a divertirse a costa de los errores de los protagonistas. Eso, cuando jugábamos entre nosotros, entre los del mismo barrio; aunque el barrio en realidad era la canchita, porque no había otra delimitación geográfica para definirlo. Aunque la mayoría estábamos a no más de una o dos cuadras de la canchita, se podía vivir mucho más lejos también y ser “del barrio”. En cambio, otros podían vivir al lado de uno, pero no eran “del barrio”. Porque la pertenencia se definía a partir del lugar de encuentro, de la canchita. En diagonal a mi casa, por ejemplo, a unos cincuenta metros había una canchita, en un baldío sobre la calle 68, del otro lado de la diagonal. Pero nosotros íbamos a jugar siempre a la que estaba a la vuelta, casi a doscientos metros, en la esquina de 29 y 68. Y entonces éramos del barrio de “la canchita de 29”, que mantenía una disputa encarnizada con los de “la canchita de Mandarino”, a una cuadra y media de la nuestra, sobre la calle 30, y con los de “la canchita de la 67”, a una distancia similar para el otro lado. Con ellos jugábamos los “barrio contra barrio”, que eran una cosa totalmente distinta a los piconcitos que jugábamos entre nosotros.

En los “barrio contra barrio” la canchita dejaba de ser un foro y se transformaba en un campo de batalla, donde no había otra alternativa más que la victoria. Los jugadores se transformaban entonces en guerreros que tenían sobre sus espaldas el peso de defender el honor del barrio y, como en las sociedades antiguas, los méritos en el campo de batalla determinaban las jerarquías individuales. Los partidos eran de siete contra siete, de otro contra ocho o, a lo sumo, de nueve contra nueve, porque ninguna de las canchitas admitían a once jugadores de cada bando. La selección era rigurosa y cada barrio sólo elegía a los más aptos, en un proceso de selección natural despiadado. Los que sobraban tenían que quedarse masticando la rabia de la exclusión bajo la sombra de algún árbol, esperando que alguna circunstancia fortuita les diese la oportunidad de entrar. Esas circunstancias podían ser el muy bajo rendimiento de alguno de los titulares o el llamado de una madre que tenía la comida lista en la mesa o de un padre para encargar un mandado. Y como ese llamado no respetaba escalas “sociales”, sucedía que a veces un equipo terminaba perdiendo porque justo uno de sus mejores jugadores, cabizbajo y protestando, había tenido que acudir al llamado materno. A mi hermano Guillermo y a mi nunca nos llamaban para hacer mandados, pero a veces aparecía la vieja en la esquina, con la correa enrollada en la mano, para darnos un escarmiento, cuando era de noche y no habíamos vuelto a casa. Esos partidos se definían por cantidad de goles, generalmente ganaba el que primero llegaba a seis. Los tiempos, en consecuencia, eran impredecibles. A veces se hacían larguísimos y duraban horas, hasta que las sombras cubrían totalmente la cancha; entonces el partido se resolvía por “el gol gana”, que ahora le llaman “muerte súbita” o “gol de oro”. En esos casos la revancha se jugaba a la tarde o al otro día, si no, la revancha se hacía inmediatamente a continuación del primer partido. Pero el juego nunca duraba menos de dos o tres horas, en las que todos aquellos que no jugaban se transformaban en hinchas desaforados, incluidos algunos adultos que ocasionalmente se acercaban. Las exigencias para los jugadores del propio bando eran implacables, el cambio de quien no estaba teniendo una buena tarde, o una buena mañana, era exigido inmediatamente por la minúscula y furibunda hinchada, y especialmente por parte de los potenciales sustitutos. Pero si no había tolerancia para la ineptitud, la “cobardía”, como en la guerra, era directamente imperdonable. No poner garra era considerado un delito de lesa barrialidad y los insultos llegaban impiadosos: “maricón”, “María conchita”, “cagón” y “pajero” eran sólo algunos de los epítetos más usados de un repertorio que se renovaba constantemente en la febril imaginación del potrero. Acusados poco menos que de traición, los “cagones” debían cargar sobre sus espaldas con ese estigma durante años, quizás para toda la vida; como los desertores de una guerra. La posibilidad de rehabilitarse a veces llegaba al otro día, o esa misma tarde, en un nuevo “combate”; aunque los sospechados, como siempre, tenían que hacer un esfuerzo mayor para limpiar su condena.

Pero así como eran denostadas la ineptitud y la “cobardía“, eran sacralizados la habilidad y el “coraje”. Como en las sociedades guerreras, quienes poseían esos dones ocupaban el sitial más alto en la pirámide social del barrio y eran depositarios de una devoción que se extendía por varias cuadras a la redonda.

Una gran actuación o un gol decisivo en un barrio contra barrio, convertía a su autor en un héroe provisional; cuya vigencia se extendía, irremediablemente, sólo hasta el próximo partido. En esos enfrentamientos, el barrio nuestro tenía una cierta preeminencia sobre los otros dos, más aún contra el barrio de Mandarino, aunque a veces también nos tocaba perder. Pero si el resultado era impredecible, no lo era en cambio el final. Como eran todas calles de tierra, ni bien terminaba el partido empezaban los insultos entre los dos bandos y a los insultos le seguían las pedradas, con pedazos de tosca arrancados de la calzada. Se generalizaba entonces una batalla, en la cual invariablemente terminábamos perdiendo en la calle el terreno ganado en la cancha. Porque ellos eran mucho más certeros en eso que nosotros y además lo tenían al Mandarino. Era una especie de Patoruzú juvenil, jugaba descalzo en la canchita llena de cardos y tenía una fuerza descomunal; no era muy alto ni muy ancho, pero era puro músculo, desde las pestañas hasta la uña del dedo gordo del pie. Era casi imposible calcularle la edad, no era un chico pero tampoco un adulto, tenía una dureza en la cara que no era la de un pibe criado en un barrio tranquilo como el nuestro, sino en la aspereza marginal del mercado. En ese entonces el mercado de La Plata era un edificio en forma de recoba que ocupaba toda la manzana de tres a cuatro y de cuarenta y ocho a cuarenta y nueve, con el mismo estilo de los mercados de Buenos Aires, como el Spinetto, como el Abasto, pero un poco más chico. Lo que había sido un modelo de comodidad e higiene, en la mente de los arquitectos que planificaron la ciudad, se había ido convirtiendo en un conventillo gigantesco; corroído por la humedad y la podredumbre. Allí, entre bolsas de papas, cajones de manzanas, verduras en descomposición y meadas de perro, se movían a sus anchas las ratas y los matones; había ladrones, cuchilleros y algunos ejemplares de una especie en extinción: los guapos. Los Mandarino tal vez hayan sido unos de sus últimos exponentes en la ciudad. Eran cabecillas de la hinchada de Estudiantes, lo que les confería todo un “status” a nivel popular, pero no eran “barras bravas”, términos que para entonces no estaban de moda. Porque la diferencia entre el guapo y el “barra brava” son sustanciales: si bien sería ingenuo asegurar que el guapo era un ser impoluto e incorruptible, ya que seguramente algunos tendrían sus arreglos con los dirigentes, esa no era la norma. El poder del guapo no devenía, como el del “barra brava”, de un lazo de complicidad con la policía, con la dirigencia política o con la comisión directiva; ni tampoco del manejo discrecional de la droga o de las entradas de favor. Salvo casos muy excepcionales de borrachos consuetudinarios, ningún hincha tomaba para ir a la cancha y el guapo tampoco. El guapo era guapo en la cancha y en cualquier lado, era guapo a tiempo completo. Y para ser guapo lo que había que demostrar, por sobre todas las cosas, era coraje y el coraje se demostraba en las peleas mano a mano o en inferioridad numérica. No era de guapo atacar por la espalda ni usar armas contra rivales desarmados. El guapo tenía que ganarse su reputación yendo al frente en los momentos más difíciles, defendiendo su honra o protegiendo a los más débiles. Eso era en la tribuna, en el mercado y también en el barrio. En el nuestro, la pelea nunca pasaba de un fugaz pugilato o de una encarnizada lucha libre, pero jamás un arma apareció en la mano de ningún contrincante.

En esa “sociedad” me crié yo, durante ese lapso indefinible que media entre la infancia y la adolescencia. Sería injusto decir que no existían los prejuicios raciales ni de otro tipo, pero todos quedaban subordinados a lo futbolístico. “Negro boludo”, “negro de mierda” o cualquier otra variante de insulto asociado con la negritud, eran siempre expresiones circunstanciales que no tenían una carga mayor que la de canalizar un reproche momentáneo por alguna actitud desleal o algún error en el juego. De la misma manera, el ser muy rubio también podía ser motivo de un apodo despectivo que acompañaba en su momento al insulto. “Dale, Rubia Mireya”, “Rubia Maricona” o “Mireya Boludo” tenían la misma carga y eran, en general, menos dolorosos que las referencias a la gordura o a cualquier defecto físico. Por otra parte, nunca escuché en la canchita que a alguno le dijeran “judío de mierda” o algo parecido. Tal vez porque no recuerdo que hubiese ningún judío en el barrio, pero además, la religión no era un atributo físico diferenciado y a nadie le interesaban las cuestiones religiosas en la canchita. Nadie sabía si el otro era católico, judío o protestante, lo que interesaba era si jugaba bien o jugaba mal. Todos festejábamos la Navidad y alguno tomaba la primera comunión, pero era muy raro que alguno no fuera a la canchita por haber ido a misa.

En realidad, si recuerdo un caso de alguien que fue objeto de mofa por sus creencias religiosas: yo. Eso hasta que me duró la euforia mística, la misma que me llevaba a rezar arrodillado a la noche en el fondo mirando la luna o a besar el cuadro de mi bisabuela, recitando interminables padrenuestros y avemarías, pidiéndole por la salud de toda mi familia pero, por sobre todas las cosas, por el retorno de mi padre. Ese estado casi de delirio me llevó a adquirir la manía de persignarme constantemente cada vez que iba a jugar; y no era que me persignara antes de entrar a la cancha o al empezar el partido, como hacen muchos jugadores, no. Yo me persignaba cada vez que iba a patear un tiro libre o un corner y los convertía en ceremonias cuasi litúrgicas. “Dale, Ramón La Cruz”, me gritaban entonces mis compañeros exasperados, bautizándome con el nombre del campeón de boxeo argentino y sudamericano de los medianos a quien, paradójicamente, alguna vez me tocaría entrevistar como periodista.

El Potrero

La canchita de 29 era un autentico potrero, un baldío de unos cuarenta metros de ancho por unos cincuenta de largo que anteriormente debió ser quinta de hortalizas, porque todavía estaban los surcos de la siembra; allí pastaban por la noche los matungos de don Pancho y de día se convertía en el mejor estadio del mundo.

Era bastante despareja, los surcos nos obligaban a agudizar la habilidad para transportar la pelota y para pegarle, calculando siempre los piques imprevistos. En verano, los yuyos crecían muchísimo; salían unos cardos enormes con unas espinas gruesotas que de tanto en tanto atravesaban la zapatilla de algún jugador.

Como las fronteras de un imperio en constante expansión, los límites laterales del campo de juego se iban extendiendo en la medida en que los wines ampliaban sus desplazamientos. La altura del pasto indicaba la intensidad del juego por cada sector. Iba de la ausencia absoluta en el medio hasta convertirse en una selva a la altura del corner más lejano. Pero eso no tenía ninguna importancia, para nosotros era el Monumental, la Bombonera, el Maracaná, Wembley; allí nos sentíamos Garrincha y Pelé; Artime y Onega, Mario Rodríguez y Savoy, Corbata y Rojitas, Sciacia y el Tanque Rojas, Flores y Verón,

Allí dimos la vuelta al mundo mirando girar una pelota y dimos la vuelta a la vida en un día febril y eterno de verano. Transitamos por la cornisa de la displicencia ganando un barrio contra barrio por goleada; mordimos el polvo de la vergüenza perdiendo por paliza la revancha y abrazamos la gloria en el bueno, con el último gol en las primeras sombras del anochecer.

Allí, debajo de los contrapisos de las casas y los departamentos que hoy ocupan su lugar, han quedado grabadas las indescifrables huellas de nuestras gambetas y el indeleble candor de nuestra alegría. Allí, debajo del cemento y los ladrillos, está enterrado un pedazo de nuestro corazón. Si algún arqueólogo algún día, dentro de miles de años, remueve esa tierra investigando como era la vida en el pasado, encontrará algo así como la pisada de un animal prehistórico, pero no descubrirá su nombre comparándola con la de los gliptodontes ni buscándola en los libros virtuales del futuro. Sólo podrá develar el misterio si en algún museo escondido o en algún desván olvidado, ha sobrevivido un par de botines Sacachispas.

Y si sigue excavando, en algún momento sentirá que la tierra cruje con un ruido extraño, que se convierte en algo así como un grito, como el eco de una palabra desaparecida que retumba en algún lugar de la memoria. Consultará con otros y les dirá perplejo “¿no se escucha algo así como goooooool?”.

La Gambeta

A mí me tocó sufrir en carne propia la discriminación degradante que se les imponía en el barrio a todos los que no sabían jugar bien a la pelota. Me tocó soportar el tormento del desprecio y el escarnio de la burla con que se castigaba despiadadamente a los “troncos” y a los “pataduras”. Flagelado socialmente por no saber gambetear y por pegarle “de punta”, era tratado como minusválido futbolístico. Y hasta padecí la humillación de quedar marginado al papel oprobioso de testigo, mirando desde un costado del potrero como otros se divertían con mi propia pelota. Yo era tan malo, que no tenía ni siquiera derecho a jugar.

Pero eso empezó a cambiar repentinamente desde aquella mañana en que descubrí la gambeta. Hasta entonces había sido un jugador rudimentario, de correr como un desesperado tras la pelota, con un espíritu de sacrificio capaz de alcanzar la inmolación futbolística. Con esos escasos recursos era, sin embargo, útil para el equipo; generoso en el gasto de energías y en la administración del balón, que siempre pasaba fugazmente por mis pies, incapaces, por impericia, de retenerlo por mucho tiempo.

Para entonces yo ya había empezado a comprar la Goles y El Gráfico y a querer vestirme como los jugadores de fútbol profesionales, imaginándome que un día era de un equipo y otro día de otro. Ese día me había puesto una chomba y un pantalón corto blancos y una medias negras, tratando de imitar el uniforme de Universitario de Lima, y me fui para la esquina. Y ahí, entre los árboles de la vereda de los Rollié y sobre las toscas de la calzada, mágicamente, descubrí que yo también podía. Era como si la pelota repentinamente se hubiese enamorado de mis pies y me di cuenta de que, acariciándola suavemente de un lado a otro, podía conservarla mucho tiempo sin que pudieran quitármela los adversarios. Así descubrí esa mañana el placer de la gambeta, que, por la vía del exceso, pronto se me convertiría en adicción; en el pernicioso vicio que me llevaría a la perdición futbolística unos años después.

La gambeta es un baile de improvisación permanente, ejecutado por una pareja que puede llegar al delirio sin seguir ninguna regla: el hombre y la pelota. A ras del piso nada está prohibido entre los dos, pero de él depende que sean inseparables. Para eso tiene que saber tratarla y protegería, conocer sus caprichos y presentir sus intenciones, saber que tarde o temprano se irá con otro, no por infiel y promiscua sino porque ha nacido para no ser de nadie.

Pero si sabe tratarla puede conseguir que no se vaya antes de tiempo, que parta en el momento justo, cuando él decida despedirla con un golpe dulce y seco, como un beso de adiós en la mejilla. Para que la pareja sea feliz y el baile sea perfecto la pieza tiene que terminar en ese instante, ni después ni antes. Si no, sufrirá el síndrome inevitable del adulterio, el flagelo atroz del abandono, o peor aún, la desesperante impotencia del artista que perece sin ver terminada su obra.

Él tiene que saber que ella es como un pájaro, al que hay que echar a volar después de darle calor, si no, se puede terminar ahogando. El gambeteador sabe que su placer tiene la eternidad de lo efímero. Por eso tiene también una medida exacta que no se debe sobrepasar. Excediéndola, sucumbiendo a la tentación de la lujuria, se convierte en un vicio lascivo. En un erotismo repetitivo y superfluo que culmina en la esterilidad. Por eso sus mejores cultores no han sido, ni lo serán nunca, aquellos que la practican en sus formas más opulentas, los que la acumulan en demasía. Sino, los que tienen el envidiable privilegio de saber descifrar cual es su justa y misteriosa medida.

La pelota

Cuando el bichito del fútbol entró en mi casa, Guillermo andaba por los ocho años y yo por los diez. No se como ni cuando exactamente empezamos a interesarnos por el juego que trajo a la Argentina Alexander Watson Hutton a fines del siglo diecinueve, pero si recuerdo que nuestro primer balón fue una argamasa de recortes de trapo forrados con una media rota. Nos pasábamos horas y horas jugando en el galpón del fondo, cabeceando los centros que nos enviaba nuestro wing imaginario: la pared. Como el galpón estaba lleno de herramientas y trastos viejos, no había mucho espacio para jugar a ras del piso, la alternativa entonces era el juego aéreo, en el que Guillermo me sacó rápidamente considerables ventajas. Hacíamos un solo arco y tirábamos la pelota contra la pared para que rebotara y volviera como un centro para cabecear o parar con el pecho y bajarla para el voleo. Mi hermano saltaba y le daba con asombrosa facilidad a la pelota, dirigiéndola con fuerza hacia donde quisiera, con la frente o con los parietales.

Esas destrezas pronto empezó a demostrarlas en la canchita de la esquina, de la que nos convertimos rápidamente en visitantes consuetudinarios. Guillermo no sólo cabeceaba bien, sino que también le pegaba certeramente con cualquiera de los dos pies, por lo cual se ganó inmediatamente el mote de “Zurdo”.

Cuando éramos pocos o teníamos una pelota chica, jugábamos ahí, en una canchita improvisada y asimétrica, cuyos arcos estaban en un baldío muy chiquito en la esquina de 68 y 28, pegado a la casa de los Amiconi. De un lado tenía como límite insuperable la medianera de la casa, pero del otro se extendía hasta la ligustrina de la casa de enfrente, incluyendo la calle y la vereda. Ese era prácticamente el único espacio donde podía desarrollarse el juego, porque la parte central era demasiado chica para gambetear o intentar cualquier otra cosa.

En la esquina empezamos jugando con pelotas de goma, las de cuero escaseaban. De vez en cuando aparecía una número tres, pero las número cinco eran casi inaccesibles. Para colmo, algunos de los propietarios de esa rara joya barrial no querían llevarla a la esquina porque se les gastaba en los roces sobre la tierra pelada y en los rebotes contra la pared. Así, la pelota número cinco pasó a ser nuestro más codiciado objeto de deseo; nuestro sueño dorado era un pedazo de aire cubierto de cuero. La oportunidad de tenerla se presentaría para el Día de los Muertos.

Muertos eran los de antes

Los muertos ya no son lo que eran entonces. En esa época recibían puntualmente a sus parientes y amigos, domingo tras domingo, preparados para la ocasión; con sus tumbas bien cuidadas, las lápidas desmalezadas, los bronces pulidos y las últimas flores todavía frescas. Los menos afortunados recibían a sus visitas únicamente para el día del padre o de la madre, pero todos, invariablemente, tenían algo así como su fiesta de cumpleaños: el Día de los Muertos. Que no era un día, en realidad, sino dos, porque el último día de octubre es el Día Todos los Santos y el primero de noviembre el de Los Muertos por la Patria, fechas de las que ya nadie se acuerda. Multitudes de deudos desfilaban esos días por la diagonal para cumplir con el sagrado deber que dictaban los preceptos de la religión y de la conciencia; se exigía, como requisito ineludible para que el sacrosanto trámite fuese oficializado en las notarias del cielo, la presentación de un ramo de flores como óbolo al difunto.

El pletórico jardín del abuelo se convirtió entonces, de buenas a primeras, en el proveedor de materia prima para el fugaz negocio que instalamos en la vereda de la diagonal. Los gladiolos rozagantes, las marimonias multicolores, las dalias pecaminosas, los malvones rústicos, los jazmines embriagantes, las cándidas azucenas y las apocados alelíes cruzaron los veinte metros que separaban la casa de la esquina, para ofrecerse orondos al vendaval enlutado que arrasaba esos días con toda la floricultura de la región.

La diagonal 74 era la vía casi obligada de llegada al cementerio, y todos los domingos recibía un peregrinaje multitudinario de parientes y amigos que acudían a visitar a sus finados con un aire que oscilaba entre lo trágico y lo festivo. Pero esos dos días, la muchedumbre aumentaba hasta convertirse casi en un corso; el carnaval de la muerte era una caravana incesante de carros con caballo, sulkys, autos y colectivos, repletos de hombres y mujeres con vestidos, chales, tules, mantillas, brazaletes, corbatas y cuanto trapo negro pudiera llevarse encima. Todo les venía bien para adornar las tumbas de sus muertos: el helecho espumoso que crecía como yuyo en nuestro jardín y hasta las calas que para nosotros eran casi una plaga, eran alhajas que nos arrancaban de las manos. Así logramos reunir exactamente cuatrocientos noventa pesos moneda nacional y se los dimos a la vieja para que viera que podía hacer; no sabíamos exactamente cuanto costaba la número cinco de cuero, pero sabíamos que estábamos demasiado lejos. Impacientes y ansiosos nos pasamos esa tarde mirando hacia la parada del colectivo, esperando que alguno la trajera a la vieja con el preciado e ignoto encargue, o con nada. Cuando la vimos bajar del sesenta y uno con el bulto inconfundible de una pelota, fuimos felices eternamente. La plata no había alcanzado para la número cinco, pero por cien pesos más, que había puesto ella misma, la vieja nos había comprado una número cuatro esplendorosa. Idéntica a las que usaban en los partidos de primera, pero un poco más chica. No era una pelota, era un tesoro. Cuando desenvolvió el paquete nos quedamos mirándola embelesados, con la devoción de los fieles de un culto pagano que ven corporizarse a su dios. Como un coleccionista de arte que ha conseguido la obra más codiciada; como un joyero tasando el más descomunal de los diamantes; no la tocábamos, la acariciábamos; ni siquiera nos animábamos a rebotarla contra el piso por miedo a que se rayara. Había que mostrársela al barrio, porque para eso la habíamos comprado, para cansarnos de jugar en la canchita de la esquina. Pero había llovido y no queríamos que se embarrara, así que estuvimos dudando un rato, oscilando entre la sensatez que nos aconsejaba esperar al otro día y la ansiedad por estrenar nuestra felicidad. Lo resolvimos con una salida salomónica, más bien con un engaño: “vamos a mostrársela, pero no para que jueguen, para que la vean nada más”, y salimos corriendo, Guillermo con la pelota en la mano y yo atrás de él. Sabíamos que cuando llegáramos iba a pasar lo que pasó: “dejame hacer jueguito, que no la rayo”,”dale, pateámela un cachito, no seas fanfarrón”,”dejame cabecearla”. Después de un instante de contemplación absorta, alguno iba a querer probarla y al rato nuestra adorada gema sería la ofrenda del festín: el picón era inevitable. Y lo fue, al anochecer volvimos cansados y contentos, con la joya encascarada en una costra de barro espeso, que nos costó un rato largo despegar. La acariciamos como a un cachorro mojado, exhausto de retozar en el fango. La bañamos en grasa y le dejamos que se durmiera en una cuna de trapo. No queríamos que tuviera frío ni se golpeara contra el piso si a la noche se movía, porque estábamos seguros de que la pelota estaba viva.

Los apodos

En todo grupo de varones siempre hay apodos, y más en un barrio. En el mío casi todos teníamos uno, referidos en general a alguna característica física que nos pesaba. O a cualquier otra cosa que nos distinguiese. No eran demasiado originales: a un gordito le decíamos “Tapón”, a otro “Chancho”, al flaco “Calavera” y a otro “Locomotora”. “Negro” no le decíamos a nadie en particular, porque morochos oscuros eran unos cuantos. A Guillermo y a mí, por haber vivido en Francia, nos decían Franchute, o Francés, o Francia; principalmente los de los otros barrios, para el nuestro, él era “El Zurdo” y yo “El Jorge”, con el artículo antes, como todos los nombres. Alejandro, mi hermano más chico, era “El Rata”.

De las Championes a las Sacachispas

Los Rosell habían venido de Rosario hacía ya muchos años, sin mucho más patrimonio que el fanatismo por Newell’s Olds Boys y unas zapatillas viejísimas que don Gilberto sacó un día de entre un montón de cosas viejas del galpón:”Que lástima que te quedan grandes, porque estas son muy buenas zapatillas, son como unas championes”. Fue la primera vez que vi de cerca unas zapatillas de basquet de las antiguas, con abotinado de media caña y redondelitos blancos de goma a la altura de los tobillos. Hasta la década del 70, más o menos, las zapatillas para deportes no fueron un producto de venta masiva como ahora. Se vendían únicamente en las casas de deportes y había pocos modelos. Hasta la década del 50 las más sofisticadas eran las “championes”, así les decían en el litoral, pero en realidad se llamaban Champions, en inglés; después aparecieron las Sacachispas, para fútbol, como unas championes pero negras, con puntera y tapones de goma cuadrados; a fines de los 60 hubo unas con tapones redondos, muy lindas, pero se rompían pronto y no salieron más. A parte estaban las Pampero tradicionales, esa alpargata abotinada con suela de goma; todavía existen, pero son chinas y no tienen ni nombre. Mejores que esas eran las Flecha, azules o blancas, con puntera y suela de goma; durante mucho tiempo fueron lo máximo, hasta que en los setenta aparecieron las Pampero Tenis, que eran solamente para los cajetillas.

Tapones de cuero

Los botines de fútbol en esa época eran todavía una rareza, el privilegio de unos pocos. En mi barrio el único que tenía un par era el Nene Gómez, que había jugado en la Liga Amateur; aunque estaban ya bastante gastados, los mirábamos con veneración, algún día también cada uno de nosotros tendría su propio par de botines. Se me convirtió en una obsesión, empecé a ahorrar y unos años después me pude comprar los que más me gustaban: los Selección 64 de Fulvence, un modelo que la fábrica había hecho especialmente para el equipo que gano la Copa De Las Naciones en Brasil. Dicen que los originales eran celestes y blancos, pero los míos eran negros y con tres rayitas blancas a los costados, como los Adidas, que todavía no entraban al país. Los tapones eran de cuero, como casi todos, porque los de plástico todavía no se habían inventado y los de aluminio eran muy caros Los usé muy pocas veces, para mí eran un tesoro; los guardaba solamente para partidos importantes y en canchas de césped.

Años después, cuando la militancia política me quitó tiempo y posibilidades de jugar al fútbol, se los presté a un amigo y nunca más los volví a ver.

Una foto p´al Gráfico

García Márquez le echa la culpa de todo a una de sus primeras maestras en la primaria: “Ella fue la que me dio esas lecturas que me pudrieron el seso para siempre”, dice en una nota. Yo podría echarle la culpa de todo a las revistas, a la Goles y especialmente al Gráfico.

Desde el 65 me convertí en adicto a las dos y las compraba todas las semanas. La Goles venía en el viejo sepia y traía muchas fotos e información, pero era bastante superficial El Gráfico, en cambio, era el barómetro deportivo del país: el sueño de todo deportista argentino era aparecer retratado en su tapa, significaba la consagración definitiva. Porque todavía no se manejaba con el criterio del “marketing”, los que aparecían en sus tapas no eran los que más vendían, sino los mejores, no importaba cual fuera su especialidad; hasta los deportes menos populares como la natación, el polo o la esgrima podían ocupar la tapa si una figura había hecho méritos suficientes. En la canchita de 29, como en todas las del país, soñábamos con salir algún día en la tapa del Gráfico, y mientras tanto nos consolábamos sacándonos fotos imaginarias para la revista, posando, pegándole a la pelota o ensayando una atajada: “Dale, dale, sacame una foto pa´l Gráfico”.

Pero más importantes tal vez que las fotos eran las notas. Había por lo menos una docena de excelentes redactores, pera las mejores sin duda eran las del gran Osvaldo Ardizzone. Yo me devoraba sus reportajes a las grandes figuras del fútbol, sus crónicas épicas sobre partidos memorables, y los copiosos elogios a las condiciones técnicas de los crack de todas las épocas. Y estaba seguro de que algún día sería el protagonista directo de esos reportajes, el objeto de todos los elogios, yo condensaría todas las virtudes: admirarían mi gambeta, alabarían mi pegada, ponderarían mi talento, encomiarían mi marca. Escribirían sobre mi todas las cosas que habían escrito desde Bernabé Ferreyra a Walter Gómez, de Pedro Ochoa a Federico Sacchi, de Antonio Sastre a Raúl Bernao, de Roberto Cherro al Pocho Pianetti; de René Pontoni a Fernando Arean; de Herminio Masantonio al Toscanito Rendo; de Manuel Ferreyra a Norberto Infante de José María Minella a Daniel Bayo, de Alfredo Di Stefano a Pelé; de Andrade a Sasía, de Puskas a Eusebio, de Masopust a Metreveli. Todas y cada una de mis acciones en la cancha y de mis pasos en la vida serían seguidos de cerca por un enjambre de periodistas que no se cansaría de entrevistarme y de elogiarme. Y yo me adelantaba a ese tiempo y me imaginaba ya lo que estarían diciendo si me estuvieran viendo jugar en ese momento en la canchita, como describirían el pase que acababa de dar, la gambeta que acababa de hacer. Pero en la canchita no estaban Diego Lucero ni Osvaldo Ardizzone ni ningún otro periodista; estaban mis compañeros que me sacaban de mi sueño, gritándome indignados: “¡Franchute, largala boludo!, ¿quién te creés que sos?”.

La que mata

Independiente era el bicampeón de América y venía con todas sus estrellas a jugar contra Estudiantes el último partido del campeonato. La cancha estaba llena, pero la mayoría del público no había ido a ver ese partido, había ido a ver la consagración de “La tercera que mata”, el fabuloso equipo conducido por Miguel Ignomiriello del que salieron Polletti, Aguirre Suárez, Manera, Malbernat, Medina, Pachamé, Bedogni y muchos más. Ellos fueron la base del campeón intercontinental de tres años después y era un deleite verlos jugar. Por eso el público en la tribuna gritaba “Isabelita la esposa de Perón, vino a La Plata para ver al campeón”

Gonzalo Chávez ese día no pudo ir a la cancha, había empezado a jugar otro partido. “El viejo la mandó a Isabelita, que no sabía ni hablar, pero que vino con la misión de romper el proyecto de “Peronismo sin Perón” de la burocracia. Ahí me comí la primer cana de mi vida: pintando “Bienvenida Isabel” en la esquina de 7 y 32, parece mentira”, me contaba recordando ese episodio. Yo todavía estaba muy lejos de la política y mucho más todavía del peronismo.

El equipo de José

La engañamos a mi vieja, nos abusamos de su desconocimiento futbolístico y le hicimos creer que era un partido sin mucha importancia. “Juegan Gimnasia y Racing, no es peligroso” y como ella tenía en la cabeza que los partidos peligrosos eran los que jugaba Estudiantes contra algún grande o contra Gimnasia, nos dejó ir previo pago del “impuesto” implícito en cada autorización.

Cada vez que queríamos ir a la cancha nos hacía tender las camas y pasarle el trapo a todos los pisos de la casa como condición indispensable. Y lo hacíamos, de mala gana pero lo hacíamos, la cuestión era estar el domingo en la tribuna, y ese domingo no queríamos faltar.

Aunque Racing no hacía mucho que había salido campeón, en el 61; ese cuadro del 66 había creado toda una mística. Sólo Boca, hace muy poco, pudo superar su récord de treinta y nueve partidos sin perder. Pero no era sólo eso, ese Racing no cultivaba el estilo tradicional que le había valido el mote de “La Academia”. Ese equipo, construido sobre la base de varios veteranos y otros tantos desconocidos, había revolucionado al fútbol argentino con una mezcla a base de guapeza, solidaridad y contundencia. Tal vez no tuviera un estilo muy definido, no era totalmente sudamericano ni llegaba a ser europeo, pero tenía una identidad inconfundible. La que le había dado la tribuna, inmortalizándolo en un cantito que ha sobrevivido hasta hoy. Un cronista deportivo dijo una vez que si el inventor lo hubiese registrado, cobraría más derechos de autor que Enrique Matos Rodríguez, el compositor de La Cumparsita. “¡Y ya lo ve, y ya lo ve / es el equipo de José!” se cantaba en todas las canchas con un sin fin de adaptaciones.

Para verlo, con mi hermano Guillermo nos fuimos tempranito, para la hora de la tercera, y a esa altura la tribuna visitante de Gimnasia estaba repleta de hinchas de Racing. Era la primera vez que estábamos en otra hinchada que no fuera la de Estudiantes, y los de Racing eran totalmente distintos, porque eran casi todos porteños, de origen o de espíritu, con la ironía sarcástica que caracteriza al porteño. Había tipos que habían seguido a Racing durante toda la vida; muchos habían visto al tricampeón del 50 y algunos hasta recordaban al gran campeón de la década del 20.

El partido fue malo y salió cero a cero, pero queda en el recuerdo el delirio de la hinchada académica ante la prestancia de cada intervención de Perfumo, quien demostró por qué le decían “El Mariscal”. Y queda también ese grito final, el que inscribió definitivamente al “equipo de José” en la historia del fútbol argentino. Ese grito que tardaría treinta y cinco años en repetirse.

Mi casa

La casa de la calle 28 era modesta y larga. Había ido creciendo con la familia. Al principio fue una construcción sólida en uno de los dos lotes del terreno: tenía un estilo más “moderno” que la de 49, si cabe la expresión. Una pared bajita ocupaba los catorce metros del frente y tras ella estaba de un lado un jardincito y del otro un lote entero de árboles y flores. Sobre el jardincito estaba el frente de la casa propiamente dicha: una fachada rectangular y desabrida. De no haber sido por el livingcito, el interior hubiese sido igual al de 49: dos piezas a los costados y una cocina grande al fondo; Tras el lìving, la tradicional galería, dando a una de las piezas y a la cocina. Junto a la cocina había también un cuartito que habrá nacido con la idea de llegar a ser un baño, pero se necesitaron más piezas porque se casó mi tío y el baño terminó al fondo de todo, al costado de un patio descubierto. Pegado al baño, cerrando el terreno, había un galpón grande, donde él tenía su banco de carpintero. Y al costado del galpón, el infaltable gallinero.

Cuando llegamos la familia de mi tío ya vivía en esa casa, ocupando dos piezas, un living y una cocina, adosados a la construcción principal. Media familia Tocho estaba allí: los abuelos, dos hijos, una nuera y seis nietos. No vivíamos hacinados, pero la privacidad no sobraba, ni había espacio para el lujo. Al principio compartíamos todos el mismo televisor, hasta que nos adaptaron a 220 el que trajimos de Venezuela.

Pero si estoy hablando de la casa no es tanto por hablar de la casa en sí, sino de ese lote que tenía al lado. Poco tiempo después de haber llegado nosotros, a mi abuelo le cortaron una pierna, engangrenada por la nicotina de los cigarrillos. Impedido de caminar grandes distancias y de andar en colectivo, se abocó por entero a una de sus grandes pasiones de toda la vida: las plantas.

Caminaba en las muletas hasta el lugar donde quería trabajar, se sentaba en una banqueta y de allí descendía hasta el piso. Arrastrándose se desplazaba luego por los caminitos que él mismo había construido. Delimitados por ladrillos de canto, el abuelo tenía el lote organizado por canteros, con pasillos principales y secundarios. Allí cultivaba flores y árboles frutales adelante y atrás una huerta de hortalizas. Las flores eran la envidia de las vecinas, los frutales rebosaban en verano y la quinta a veces nos daba de comer. Pobre abuelo, no le ayudaba nadie; nosotros siempre poníamos mala cara cuando nos pedía que le alcanzáramos algo y él puteaba como loco. Pero era feliz con sus plantas y sus cuadernos. Escribía un poco con Virome azul y otro poco con roja, los guardaba en unas alforjas pegadas a su silla, En uno anotaba todo el fixture del fútbol de los domingos, partido por partido, con resultados y goleadores. En el otro había coleccionado como dos mil chistes, la mayoría verdes; esos eran los que les contaba a las vecinas y los muchachos del barrio cuando pasaban por la puerta.

Viéndolo sufrir los domingos, cuando escuchaba los partidos en la portátil, y oyéndolo hablar con idolatría de la delantera de los profesores del 31, que antes de hacer un gol se pasaban los cinco la pelota, y de figuras como Sbarra, Ogando, Negri, Infante o Pellegrina, nos terminamos haciendo hinchas de Estudiantes. No nos quedó más remedio, en la familia todos eran “pinchas” fanáticos.

La calle

En el casco urbano de La Plata, hasta la década del 70 la mayoría de las calles eran de tierra, también la nuestra. Para tomar el tranvía, antes, o para tomar el colectivo, después, había que salir hasta la diagonal 74. Nosotros estábamos cerca y nuestra vereda era el paso obligado de los vecinos de varias cuadras. Esa era la “clientela” de mi abuelo.

Varias veces al día, cuando se cansaba de trabajar en la tierra, caminaba con las muletas hasta la vereda y se sentaba sobre la parecita del frente, delante de su quinta y bajo los dos paraísos de la calle. Allí atendía sus “consultas”: a las mujeres, cuando pasaban para hacer un mandado o para tomar el micro, les contaba chistes verdes; a los muchachos les contaba secretos de prostíbulo y de garito; con los hombres más grandes discutía de política y deportes; a todos, grandes y chicos, les hacia alguna joda y ellos les respondían. Por eso la mayoría hacía escala allí; un racimo de muchachos del barrio solía juntarse a escuchar sus anécdotas y sus picardías, que nunca contaba delante nuestro.

Mientras la 28 fue de tierra, los paraísos de la vereda formaron un arco natural, ideal para ensayar la pegada, para tirar centros o jugar al “ metegol va al arco”. Eran dos árboles medianos, plantados a unos tres metros uno de otro, atrás estaba la vieja vereda de ladrillos y adelante un cuadradito de tierra, justito para las atajadas del arquero. Alejandro, mi hermano menor, demostró tener buenas condiciones para ese puesto.

Pero con el asfalto se terminó todo: los tiros al arco, los centros y los partidos de metegol. Hasta la gente que iba a tomar el colectivo ya pasaba más rápido por la vereda.

Los grandes

En un rincón umbrío, bajo los árboles de la canchita, alguna vez nos habían develado uno de los misterios del sexo. Estaba en una caja chiquita, tres redondelitos extraños, de nombre complicado: profilácticos. Eran otros tiempos, no se los regalaban a los chicos en la escuela ni se compraban en los baños públicos; no se conocía el SIDA y no había campañas públicas promoviendo su uso. Hasta los grandes se cuidaban de nombrarlos. En televisión, Tono Andreu protagonizaba un sketch en La Tuerca parodiando a un hombre que iba a comprar preservativos y justo cuando se los estaba por pedir al farmacéutico, siempre aparecía una mujer y el tipo terminaba pidiendo cualquier cosa. Hoy a muy pocos les da vergüenza pedir preservativos en un kiosko o manotearlos de las góndolas de los supermercados.

Para nosotros era un descubrimiento. El auditorio andaba entre los nueve y los doce años y, salvo alguna que otra excepción, ninguno había visto nunca un forro y otros ni siquiera habíamos escuchado hablar de ellos. En esas circunstancias, mostrarnos los preservativos era oscilar entre el exhibicionismo y la docencia. Era una demostración pública de machismo y poder por parte de “los grandes” del barrio y también una forma, quizás involuntaria, de empujarnos a ser adultos. Los “grandes” no eran mucho mayores que nosotros. La barrera la establecía la escuela primaria, sin importar demasiado la edad que uno tuviera. Después empezaban a cambiar los hábitos y ya no disponíamos de toda la tarde para ir a jugar. El que terminaba la primaria iba a estudiar o a trabajar, y el fútbol quedaba relegado para los sábados a la tarde. Ese era el día de los “grandes”. Los “grandes” eran los padres de algunos de los pibes, los vecinos cuarentones y cincuentones que todavía se animaban a correr atrás de la pelota, y toda una franja que iba desde los trece o catorce años a los treinta y pico. Pero cuando éramos chicos, los “grandes” eran, sobre todo, los que iban a los bailes y los que ya habían debutado con una puta barata en algún kilombo secreto. Aunque ellos aseguraban haberse acostado hasta con Miss Universo y contaban proezas donjuanescas, descomunales y falsas. Eran también los que sabían de otras cosas, o no sabían pero las inventaban y lograban que les creyéramos. Cuando jugábamos entre nosotros o contra otro barrio se paraban atrás de un arco para armar el equipo y dar instrucciones tácticas que nadie cumplía. Para divertirse arbitraban nuestras peleas y a veces hasta las fomentaban, aunque eran siempre los encargados de cuidar que no traspasaran un límite, como para que ninguno saliera lastimado. Se reunían a la noche en las esquinas para contarse las conquistas del fin de semana o para inventar alguna joda, tomando de punto a los giles del barrio. En verano una de las jodas preferidas era entrar a mi casa a robar ciruelas en la quinta de mi abuelo. Un robo que tenía como único sentido el placer que da comer algo robado, porque había tantas ciruelas que mi abuelo las regalaba, le hacían un favor llevándoselas. Pero robadas tenían otro sabor.

Unos estudiaban, otros trabajaban, pero cualquiera podía aparecer un día con el pelo rapado con la cero y un birrete incrustado en la charretera de un uniforme caqui. El servicio militar se los llevaba del barrio durante un año, a veces más, y los devolvía bastante cambiados; casi siempre más serios y responsables, aunque en algunos casos también más cínicos y perversos.

A los “grandes” les dábamos autoridad para opinar sobre todo: la música, las mujeres y el fútbol eran los temas más tocados; aunque también opinaban sobre tecnología, ciencia ficción, religión. Pero desde hacía un tiempo algunos habían empezado a ponerse llamativamente serios, un tema nuevo y absorbente había aparecido en el barrio, la política empezaba meterse en todos lados.

En mi barrio los grandes eran el Esteban, el hijo del bicicletero de la esquina, al que admirábamos porque había llegado a jugar en la cuarta de Independiente, pero no había trascendido más por falta de contracción al entrenamiento y exceso de contracción a la joda; el Vicente, el hijo del zapatero, un muchacho con más aspecto de intelectual que de laburante: costaba creer que tuviera alguna relación con ese tano viejo y cerrado, que martillaba tachuelas envuelto en el humo de su tabaco denso, tan impenetrable como ese dialecto que apenas se abría para nombrar dificultosamente los tacos y las mediasuelas; el Hugo, que vivía al lado de mi casa y salía con mi primo cuando venía de allá de la Patagonia; el Sapo, que no podía jugar al fútbol por haber padecido una enfermedad muy grave de chico y entonces se contentaba con relatar los partidos desde arriba de un árbol, por eso le habían puesto Saporiti, como el famoso relator de la década del 50, y terminaron diciéndole Sapo; el Pelusa, que unos años después se mató tirándose en paracaídas; los hijos de la Chona y un montón de nombres más, dispersos en la memoria.

La Chona

La Chona no es, todavía hoy, una vecina; la Chona es, ella misma, el barrio. Un elemento tan inherente a su existencia como las mismas calles, como los árboles y las casas. Aún más, tal vez sin los árboles, sin las casas y hasta sin las calles el barrio podría subsistir igual; pero no podría subsistir sin la Chona. Ella encarnó siempre el prototipo de la vecina indispensable; prácticamente no había casa por la que no pasara con cualquier excusa. Así se enteraba de vida y milagros de todos los vecinos, cuyos avatares pasaban automáticamente a convertirse en tema de murmuración general. Todos se enteraban de que fulana se había peleado con el marido, de que la hija de zutano parecía que estaba embarazada, de que mengano andaba en malas compañías, de que la señora de perengano parecía que lo engañaba con el carnicero de la otra cuadra, de que a don José lo estaban por operar de la próstata. Algunos la acusaban de chusma, pero quien más quien menos todos debieron recurrir a ella. Su generosidad rayaba en el heroísmo: estaba siempre lista también para dar una mano cuando había que llamar a un médico de urgencia; o conseguirle a la vecina de la esquina el botón para terminar el vestido de la sobrina; o averiguarle a don Pedro el precio del maíz en la pastería o para ponerle las ventosas a algún enfermo o para cualquier gauchada, sin calcular costos ni conveniencias. Como esa tarde, ya en mis tiempos de militante, cuando se dio cuenta de que me seguían y me abrió la puerta de su casa para salvarme la vida.

El Clavo

Si la Chona era una institución en el barrio, Ricardito, el hijo, no lo era menos. Pero Ricardito era Ricardito nada más que para ella, para ella y los de la casa: para don Ricardo, el padre; para Osvaldo, el hermano, y para don Gilberto, el tío. Para los muchachos del barrio, Ricardito era el “Clavo ´e techo”. Rubio, alto y flaco, tanto que cuando le tocó la colimba lo pusieron como granadero, era la contracara del hermano. A Osvaldito, más bien petiso y morrudo, le decían “Tachuela”, era el prototipo del muchacho al que los vecinos tomaban de ejemplo: serio y responsable, tenía una gran vocación por la mecánica y por el trabajo, aunque poco apego a las disquisiciones intelectuales. El Clavo, en cambio, era el prototipo del tiro al aire. En el barrio, todos lo tomábamos para la joda. Porque él mismo vivía de joda. A duras penas había cursado el secundario y le tenía alergia al trabajo. Cascarrabia y escandaloso, cuando jugaba al fútbol armaba unos kilombos bárbaros reclamando fules y penales que existían sólo en su imaginación. Si no, estaba inventando alguna joda en la esquina o desarrollando teorías filosóficas descabelladas sobre los temas más variados. Pero el Clavo era inteligente y tenía una visión del mundo mucho más profunda que la mayoría, por eso a veces no le creían lo que decía y por eso también lo tomaban para la joda. Aunque la volvía loca a la madre con su vagancia, tanto que desde nuestra casa se escuchaban los gritos que le pegaba cuando se mandaba alguna cagada, había heredado de ella por lo menos dos cosas: la generosidad y la pasión por la política. La Chona era peronista fanática y tenía un hermano que había sido anarquista y perseguido. El Clavo, sin embargo, era (y lo sigue siendo) un antiperonista acérrimo.

Cuando formamos la agrupación en el barrio, intentamos incorporarlo, charlamos varias veces y tuvimos una larga reunión en Plaza Moreno. Pero se mantuvo en una posición irreductible “Perón es un demoliberal burgués” era su sentencia inapelable; por eso siguió inclinado hacia el trotzkismo, aunque en una organización muy chica pero bastante coherente, porque al menos tenía unos cuantos trabajadores, no como otras que se proclamaban partidos obreros y no habían visto una fábrica ni en las fotos. Si hasta el Clavo mismo terminó convirtiéndose en un trabajador, mucho mejor que yo, por ejemplo. Y mucho más coherente, sobre todo, que muchos de quienes se reían de él.

El Clavo sigue siendo el Clavo y eso es lo maravilloso: no ha cambiado en lo sustancial, en alguna esquina del centro siempre me lo encuentro haciendo su trabajo, rezongando y riendo como en la esquina del barrio. Y con una altura más imponente de la que tenía; su consecuencia hizo que a la estatura del cariño, uno le agregara la de la admiración.

La escuela
Oración a la bandera

Nosotros no cantábamos Aurora, siempre me dio cierta envidia de grande, porque yo ni siquiera conocía la letra de la canción, bahh, ni siquiera sabía que existía. Nosotros recitábamos la oración a la bandera, esa que dice “Bandera de la patria, celeste y blanca/ sublime enseña que el cielo nos legó/símbolo del honor y de la fuerza/ con que nuestros padres nos dieron independencia y libertad…”. A la hora de entrar, a la mañana temprano, en el patio de la escuela, la maestra elegía a los que más se habían destacado para acompañar a los abanderados en la ceremonia de izamiento. A veces eran siempre los mismos, pero a veces elegía a uno nuevo, y el elegido se sentía casi un prócer, un pichón de Sarmiento, un futuro prohombre de la patria. La ceremonia tenía una solemnidad casi marcial, desde siempre había sido así y con los militares en el gobierno más todavía, todo era marcial. Sobre todo las maestras. Pero eso, hay que aceptarlo, no era culpa de los militares, sino de las mismas maestras, y de sus superiores. Porque si hay una institución verticalista en la Argentina, después de las Fuerzas Armadas y la iglesia, esa es la escuela.

Casi toda la primaria, desde tercer grado, la hice en la cuarenta y dos, a seis cuadras de mi casa, pero seis cuadras de diagonal, que no es lo mismo, son cuadras largas, larguísimas. La directora era una petisa malhumorada y sargentona a quien mi vieja le decía Margarita Palacios, porque se parecía a la famosa folklorista catamarqueña. Pero la mujer tenía también, muy pero muy en el fondo, una beta generosa. De algunas maestras, en cambio, era más difícil decir lo mismo; en su mentalidad no cabía eso de la igualdad. Para ellas había seres superiores e inferiores, pero eso no dependía fundamentalmente de la raza, aunque algo ayudaba, sino de la “capacidad”. Una capacidad que se medía por la prolijidad de los cuadernos, por la exactitud de los resultados de las operaciones matemáticas y por la escasez de faltas en la ortografía. Si el alumno además iba bien vestido, y encima era medio rubiecito, entonces ya era perfecto.

Cada año, cada grado, se dividía en dos salones: A y B, que indicaban, por lo general, un nivel de “capacidad”. En quinto grado, a principios de año la maestra hacía una “selección natural”, quienes no cumplían con sus normas mínimas de calidad eran desterrados al grado B, el de los “inferiores”. Vaya casualidad, en el B estaban los más pobres y los peor vestidos, junto con algunos que no eran tan pobres ni tan mal vestidos pero tenían una timidez crónica o una inhibición que rozaba la oligofrenia (al final me doy cuenta que el jodido también soy yo). No recuerdo por qué motivo me tocó caer en desgracia con ella y fui degradado. Esa es la definición exacta, porque me sacaron del grado, por eso esta bien decir degradado; pero además porque me hizo sentir humillado. Y yo era tan boludo, aunque en esa época tenía la excusa de ser chico, que realmente me sentí así. Para mí fue como haber caído en un leprosario y le rogué y le recontra rogué que me dejara volver al grado. Ofrecí dar pruebas de aptitud, de comportamiento y de cuanto quisiera con tal de volver, y al final el “perdón” me fue concedido. Pude retornar al A y así sentirme un miembro más de la “elite” escolar, de los que estaban por arriba de los otros.

Aunque algunos de los valores en esencia eran muy reaccionarios, la escuela primaria era la matriz de una formación ideológica en la que el trabajo, el estudio y el talento eran reconocidos como virtudes, a las que se fomentaba y premiaba. Si bien la televisión ya tenía una gran influencia en la formación de los chicos, todavía se valoraba más la palabra de la maestra que la de los conductores de programas de entretenimiento.

Mirta

Fue en quinto grado, me acuerdo bien por varias cosas, ese año se jugó el Mundial de Londres y como yo ya iba al centro, a comprar café en Bonafide, voté en un concurso por el candidato a campeón: puse Portugal. No salió campeón pero salió tercero y no estaba en los cálculos de nadie. Con Guillermo íbamos también al Instituto Argentino –Británico donde teníamos una profesora muy linda y muy seria, una morocha que nos enseñó los rudimentos de la lengua de Sheakespeare; los únicos que uno más o menos maneja todavía: “ The cat is black, the pencil es white, mi name is…” . Fuimos de paseo a Capilla del Monte, en Córdoba, con los de la tarde, y se dieron varios romances virtuales. Virtuales porque había ganas de los dos lados, pero no llegaban a concretarse. También fue el año en que empezaron los malones con discos de Palito Ortega, que ya había compuesto La Felicidad, y del Trío Los Pancho, los mejores para bailar apretados.

Ese año tuve de compañera de banco a Mirta. Nos sentábamos un varón y una mujer por banco, una saludable costumbre para integrar a los dos sexos; a diferencia de las escuelas religiosas, que eran sólo para varones o sólo para mujeres.

Mirta era rubia, de ojos celestes con un corte de cara muy adusto que endurecía su belleza; aún así, despertaba la codicia de muchos varones de la escuela. Mirta era la compañera inseparable de Vilma, de quien yo estuve secreta y perdidamente enamorado hasta el final de mi adolescencia. Vivían en la misma cuadra y estaban bastante desarrolladas para la edad, por eso los maliciosos y los envidiosos les habían inventado una infinidad de romances incomprobados y una precocidad sexual inexistente. Con ella se dio una relación casi fraternal, la sentía como a mi tía o a mis primas, las mayores, que siempre tuvieron una actitud protectora hacia mí. Esa actitud protectora femenina que no pueden tener las madres, porque la madre es la madre y no puede ser una amiga, y una tía tampoco es una amiga, es una tía, pero puede parecerse más a una amiga, lo mismo que una prima. Mirta para mí era algo parecido, alguien en quien yo podía confiar. Lo que no sabía, era que en mi vida habría de aparecer nuevamente para compartir algo más que un banco de escuela y que esa relación se iba a cortar por la tragedia.

Clase de discriminación

La maestra se puso muy seria, nunca se había puesto así. Cuando nos retaba era imperativa y poco le importaba lo que opináramos, pero esta vez era como que le costara lo que nos tenía que decir, buscó una manera muy diplomática para lo que era su costumbre. “Chicos, ustedes van a tener que elegir con el voto al nuevo abanderado, yo lo que quería pedirles es que no lo vayan a perjudicar a Eduardo por el hecho de ser judío – Eduardo en ese momento no estaba y todos sabíamos que, sin duda, era el mejor alumno, un verdadero “bocho”-, el abanderado de la escuela tiene que ser el mejor alumno, eso es lo más importante…” El discurso de la “señorita” me sorprendió, hasta ese momento yo jamás había escuchado en la escuela que alguien hubiese hablado mal de los judíos. En las relaciones entre nosotros no había ninguna diferenciación por cuestiones religiosas, por eso, a mí al menos, lo de la maestra me resultó totalmente desubicado. Pero a Eduardo no lo voté para abanderado.

Habíamos tenido una muy buena relación, en especial cuando recién nos conocimos, en tercer grado; él me había invitado a su casa, me había mostrado la escritura hebrea y me había hecho conocer el maná; yo le había contado de Venezuela y de Francia; después la relación se fue enfriando un poco, pero por una cuestión muy simple: a mí me agarró la locura por el fútbol, y Eduardo no la compartía para nada. Él era muy tímido y estudioso y su área de interés se centraba casi exclusivamente en lo intelectual. Pero no fue por eso que no lo voté. Ni tampoco porque fuera judío: no lo voté porque un día, a la hora de la salida, cuando ya teníamos todos los útiles en el portafolio, después de uno de los tantos grandes despelotes que habíamos hecho en el aula, como los que hicieron, hacen y harán siempre los alumnos de cualquier escuela primaria del mundo, la maestra se enojó y nos impuso como castigo cruzarnos de brazos y quedarnos en silencio hasta después de hora. Eduardo, como de costumbre, no había tenido la menor participación en el barullo; pero se adhirió, como también era su costumbre, al castigo general, porque siempre fue solidario. “Vos no, querido, a vos nunca te va a llegar ese momento”, le dijo la maestra, como estableciendo una diferenciación entre él y todo el resto del grado, poniéndolo por arriba de todos nosotros. Y fue por eso que no lo voté, no por él en realidad, sino por las maestras que no sólo lo habían convertido en su candidato oficial, sino que nos humillaban comparando sus cuadernos y su conducta impecable con nuestra pecaminosa conducta y nuestros impresentables cuadernos.

No sólo de futbol vive el hombre
Boleros de Javier Solís

Con Alfredo nos habíamos hecho muy amigos al salir de la primaria, nos preparamos juntos para el examen de ingreso y nos unía una pasión común: Estudiantes. Alfredo no era precisamente un pibe de barrio; vivía en una hermosa casa a pocos metros del Parque Saavedra, una de esas casas de principios de siglo, con entrada imperial, ventanas de medio punto y mármol en el frente. Único hijo varón de un contador próspero, con dos hermanas mayores, era el mimado de un hogar confortable donde estaba todo lo esencial y algo más. A pesar de tener el parque tan cerca no era de ir a jugar con los pibes del barrio, para la familia era “Alfredito” y preferían para él pasatiempos más seguros. Su posición social y hasta su ubicación geográfica le abrían las puertas a usos y costumbres de la clase media platense que para los demás nos estaban vedadas.

A Alfredo jugar al fútbol le gustaba razonablemente, y aunque no lo hacía nada mal, no se desesperaba por patear una pelota. Pero justo ese año, el 68, el de nuestro ingreso al secundario, fue el de la gran campaña de Estudiantes en la Copa Libertadores y mucha gente acomodada de la ciudad, profesionales, comerciantes exitosos, funcionarios, se prendieron como espectadores y la siguieron como turistas. Al padre de Alfredo se le despertó un fanatismo tremendo y empezó a ir a todos los partidos y a todas las canchas. Y eso significó para mí la posibilidad de ir a la cancha acompañados por un mayor, para que la vieja se quedara tranquila.

Esas coincidencias incrementaron mi amistad con Alfredo que durante un verano estuvo centrada en un ataque agudo de Metegol. Nos lo pasamos buscando metegoles por toda la ciudad con la misma ansiedad que un timbero buscaba garitos o un burrero buscaba una fija. Alfredo había dado bien el ingreso al Liceo y yo al Nacional. Nos habíamos preparado con otro compañero de clase, quien fracasó en su intento por entrar al l Comercial y se retrajo de cualquier tipo de diversión. A media cuadra de la casa de él, había un almacén de los antiguos, de esos con persianas largas y ventanas altísimas, de ladrillos sin revocar. La hija del almacenero nos preparó con un rigor espartano y los resultados fuero más que satisfactorios

En la primaria Alfredo había hecho varios malones en su casa y creo que fue allí donde me animé a dar los primeros pasos de baile. Con paciencia y generosidad sus hermanas me ayudaron a iniciarme en algo para lo que me sentía naturalmente inhibido. Todo lo que estuviera relacionado con la sexualidad era traumático para mí, y el baile era la forma de estar más cerca de una mujer, sobre todo cuando en el tocadiscos sonaban los boleros de Los Panchos, de Altemar Dutra o de Javier Solís. La separación de mis padres y la actitud de mi madre ante todo lo que tuviera que ver con la pareja, ese resentimiento que sin querer nos transmitía, me hacía actuar de una manera muy contradictoria con las mujeres. Yo quería acercarme, pero tenía miedo a ser rechazado, y para disimular mis temores adoptaba actitudes de rechazo o de desprecio.

Los bailes

En los dos últimos años de la primaria hubo varios malones, se empezaba siempre bailando las pegadizas melodías de Palito Ortega y se terminaba con las canciones melosas de Raphael. Había una en particular “Laura”, que a mí me gustaba mucho. Pero éramos chicos todavía para ir a los bailes. Ese año en carnavales las hermanas de Alfredo nos llevaron a Universitario y, a pesar de mis temores, me encantó. Mirá vos, un club que no tenía equipo de fútbol, ¿y que otro sentido podía tener la existencia de un club sino el fútbol? ¡Las cosas que uno empezaba a descubrir! Pero la verdad que me gustó, con sus jardines, con su casona y sobre todo con unas mujeres que, sin ser más lindas ni más feas que las de Estudiantes, Gimnasia, o el Deportivo La Plata, se parecían más a eso en lo que se estaba convirtiendo uno: un chico de clase media acomodada. Acomodada nada más que por ir al Nacional, porque por lo demás la situación económica no había mejorado en absoluto. Pero uno se iba dando cuenta de que ir al Nacional daba cierto prestigio, que hacía que lo miraran de otra manera. Eso era ostensible sobre todo cuando uno sacaba a bailar a una chica o cuando lo presentaban en otro lado. Ser del Nacional daba un crédito ante la audiencia femenina que yo, lamentablemente, nunca supe explotar.

“La negrada”.

Cuando salió la propuesta de ir a los bailes yo lo comenté con mi prima Mirta, que me ofreció llevarnos al Deportivo La Plata. En la pileta del Nacional se lo dije una tarde a Alfredo y él me preguntó preocupado:

- ¿Estás seguro que ahí no habrá mucha negrada, porque mis hermanas dicen que al Deportivo La Plata va mucha negrada?

- No, si ahí va siempre mi prima, le contesté yo para tranquilizarlo, sin darme cuenta que para la escala social de la familia de Alfredo, mi prima era parte de la negrada. Y si no fuera porque era amigo de Alfredo, yo también estaría en esa categoría.

Sin darme cuenta, estaba haciendo mi iniciación cultural en la clase media.

Pero más allá de la cuestión social, con Alfredo la amistad se fue haciendo cada vez más fuerte, Los dos éramos un desastre con las mujeres, él era extremadamente tímido y yo era más audaz, pero desubicado. A través suyo me hice amigo de sus compañeros de división del Liceo; tanto o menos cancheros que nosotros, a pesar de estar en un colegio donde más del setenta por ciento de los alumnos eran mujeres.

El Nacional
Joaquin

-¿Cuánto mide un área?

- Mil metros cuadrados.

Esa respuesta, susurrada en el silencio del aula, fue como el pacto de sangre de una amistad que duraría toda la vida, aunque su vida haya sido una vida demasiado corta y la mía, tal vez, demasiado larga.

Nos habíamos conocido hacia apenas un par de horas, esperando el momento del examen. Estábamos en una de las galerías que dan al patio y nos tocaba dar en la misma aula; los cientos de aspirantes se distribuían por orden alfabético, él era Areta y yo Asuaje, los dos nos sentíamos extraños en aquel lugar y el destino quiso que nos encontráramos.

Joaquín era en ese momento petisito y serio, tenía el pelo casi rubio y lacio, peinado para el costado, a la gomina, bien aplastado. La cara ovalada, llena de pecas y un par de dientes amarillos que le sobresalían levemente en el medio de la boca,”cara de vizcacha”, le diríamos jodiendo, ya en tercer año. Pronto descubrimos que teníamos varias cosas en común. A los dos nos faltaba algo muy importante en nuestras vidas: a él la madre, a mí el padre. Su mamá había fallecido hacía unos años, al dar a luz al último hijo, Rosarito, la primera mujer después de cinco varones. Mi papá se había ido hacía cuatro años y recibíamos noticias suyas muy de vez en cuando.

A los dos nos gustaba también mucho el fútbol y los dos éramos hinchas de Estudiantes, pero él no era de La Plata, era de un pueblo de Corrientes llamado Monte Caseros, a la orilla del rió Uruguay, enfrente de Bella Unión. Eso de alguna manera también nos unía: teníamos afectos muy lejos, los de él en Corrientes, los míos en Venezuela, los dos éramos un poco “extranjeros”.

La primera conversación se extendió hasta la tarde, cuando nos tocó el turno del examen de Lengua. Me enteré que él jugaba de número cinco y que allá se jugaban unos partidos bárbaros contra los otros pueblos y a veces hasta contra los uruguayos. Yo le conté que estaba por entrar en la novena de Gimnasia y le hablé también de los países donde había estado. Ese día nos contamos todo.

Como la preparación había sido buena, yo no tuve problemas en hacer todos los ejercicios de matemáticas y me dio el tiempo para “soplarle” algunas cosas a Joaquín; pero en un punto me preguntaba cuanto medía un área, y eso yo no lo sabía, no lo habíamos estudiado. Y Joaquín me salvó. Porque cuando uno está en un momento tan difícil, cuando se juega tanto, una ayuda vale mucho más que un valor numérico; sirve para no sentirse solo, para sentirse respaldado; seguro de sí mismo y de lo que está haciendo.

Sin su ayuda a mi igual me hubiese alcanzado para entrar sin problemas, y sin mi ayuda él también hubiese entrado, porque dimos muy buenos exámenes, pero lo importante fue el gesto, al ayudarnos los dos nos arriesgamos por el otro, nos podrían haber anulado el examen, y sin embargo lo hicimos, a pesar de que recién nos conocíamos. Desde entonces asumí el papel de “protector” de Joaquín, lo veía como desvalido, tan chiquitito, tan lejos de su casa y sin una madre para cuidarlo. Cuando empezaron las clases nos tocaron comisiones distintas y pedí cambiarme a la suya, yo era su único amigo en todo el colegio y no podía dejarlo solo.

Años después, las cosas cambiarían, la altura de él aumentaría y la mía se quedaría estancada, pero la estatura de nuestra amistad seguiría creciendo y en más de una oportunidad el se transformaría en mi “protector”.

El examen de ingreso era muy exigente, aunque el colegio era muy grande, eran muchos más los aspirantes que las vacantes disponibles. Para muchos, ingresar era casi una cuestión de vida o muerte; se jugaban las ilusiones propias y las de los padres, que en algunos casos pesaban como una carga abrumadora y asfixiante. Sobre todo cuando las expectativas no estaban puestas tanto en la educación del hijo como en las apariencias impuestas por el círculo social. Ciertos padres no podían aceptar ante sus amistades que sus hijos no hubiesen aprobado y que, en consecuencia, quedaran excluidos de esa elite a la que estaban seguros de pertenecer. Pero eso lo comprendí después. En ese momento me parecía que entrar al Nacional era lo más natural, la continuación lógica de mi escuela primaria. No podía permitirme quedar afuera, era como si no existiesen otras posibilidades.

Aprobar ese examen fue una de las pocas satisfacciones que le di a mi vieja. Ella se merecía mucho; se mataba trabajando en un montón de escuelas para mantener a mis abuelos, a mis dos hermanos y a un zángano como yo, que estudiaba lo mínimo imprescindible y se lo pasaba jugando al fútbol. Pero recuerdo su alegría cuando le conté. Nunca en mi vida un examen fue tan importante como ese. Esperé con una ansiedad terrible el día en que publicarían las notas. Sabía que había hecho casi todo bien, pero suponía que la mayoría estaría en el mismo nivel, así que tenía grandes dudas y fui con un cagazo bárbaro. Las notas estaban puestas en unos pizarrones en el hall de entrada, había que buscar meticulosamente en las listas para ver si había entrado o estaba afuera. Me daba miedo encontrar mi apellido, pero ahí estaba la nota, era más o menos lo que yo esperaba, pero estaba muy lejos del mínimo; el mínimo era de alrededor de cien puntos, nada más, yo tenía ciento setenta y dos. Había quedado tercero en el listado general y primero en el de Lengua. Recogí los laureles y me fui a dormir.

Ruben, con acento en la u

Uuuy, mirá, el hijo del capitán Di Paola dio mal... y el de Corbelli tampoco entró. Ruben también dio el examen de ingreso. Toda esta parte tuve que escribirla de nuevo. Se me perdió al romperse el disco duro de mi vieja computadora y me da rabia no poder encontrar en la mente la forma en que había llegado a contar el orgullo del padre de Ruben y me está costando encontrar las palabras. Porque para don Eusebio Álvarez el hecho de que su hijo hubiese dado bien el examen era mucho más que una satisfacción, era como una revancha de toda la vida.

Él, que había tenido que soportar que los oficiales lo miraran desde arriba siempre, por tener unas jinetas más, ahora tenía la íntima satisfacción de saber que su hijo había demostrado ser más capaz. Allí, donde no valían los grados jerárquicos de los padres, ni la posición social, ni el color de la piel, ni nada más que la pura y descarnada verdad, ahí su hijo había triunfado. Aunque los otros padres fueran oficiales y el suyo suboficial, aunque los otros vivieran en el centro y él en un barrio, aunque los otros fueran blancos y él fuera negro. El listado era implacable, los militares estaban en el gobierno y lo controlaban casi todo, pero la inteligencia se les insubordinaba siempre. Seguía siendo democrática y caprichosa; en el país todavía quedaba bastante y a Ruben, su hijo, le tocó una parte más grande que a los hijos de los oficiales.

Ruben era de mi barrio, pero hasta entonces nuestro único contacto había sido a través del fútbol, que lo era casi todo. Él iba a un colegio de curas, el San José, y yo a la Cuarenta y dos, estatal. Estaba un poquito mejor económicamente que muchos de nosotros, pero tampoco tanto; aun así, eso establecía cierta diferencia con los demás. Siempre andaba vestido de manera impecable, aunque eso a nadie le importaba, pero no prestaba la pelota y eso si que no se lo perdonábamos. Decía que era porque el padre no lo dejaba, el padre era suboficial de la Marina y era muy exigente con él, lo tenía recagando; pero la verdad es que él no llevaba su número cinco flamante, de gajos blancos y negros, porque no quería que se le rayara.

Verdadero malabarista, hacía jueguito hasta con las mandarinas, pero en la cancha era muy frío y por eso se ligaba nuestras puteadas y las de los ocasionales espectadores. Como en el campeonato del Fortín de Zona Sur, cuando se turnaron para martirizarlo entre el padre y el resto de la hinchada: la hinchada le pedía que corriera, que bajara a ayudar en defensa, y el padre le decía que se metiera en el área. Lo enloquecieron tanto pobre que terminó perdido. Le decíamos así, Ruben, con acento en la u y no en la e final, y a partir de que ingresamos al Nacional, aunque estábamos en divisiones diferentes, fuimos compartiendo cada vez más cosas, hasta convertirnos casi en hermanos.

La medida de todas las cosas

Antes de entrar al Nacional, la única escala social que me preocupaba era la que establecía el fútbol. Es más, ni me imaginaba que existiera otra. Para mí el mundo se dividía entre los que jugaban bien al fútbol, los que jugaban mal y los que no jugaban. Esos eran inconcebibles, inexistentes, no podía entender como un hombre podía vivir sin jugar al fútbol. Fuera de esa no había mi otra estratificación posible; en el barrio esa era la medida para todo y entre los compañeros de la primaria los más pobres no eran tan pobres como para no ir vestidos más o menos dignamente y los más ricos no eran tan ricos como para deslumbrarnos. Nunca había sentido que la plata, la ropa o la calidad de la casa hubiesen sido un elemento para establecer afinidades, Ni que alguien pudiese sentirse más importante que otro porque el padre fuese un profesional. De hecho, los míos lo eran y por eso nunca habíamos tenido ninguna ventaja en el barrio, ni nos habíamos considerado más que ninguno. Nosotros seríamos, incluso, de los más pobres, por más que nunca nos hubiera faltado nuestro plato de comida ni una ropa más o menos decorosa, aunque en este último aspecto debo confesar que estábamos más para el menos que para el más. Muchos años después me di cuenta: los tres hermanos nos pasábamos todo el año con la misma remera, el mismo pullover y el mismo pantalón para ir a la escuela. Unos pantalones que ni siquiera eran de varón; mi madre, seguramente por una cuestión de precio, nos había comprado unos vaqueros sin bragueta; para mear había que bajárselos y me daba vergüenza, no era de hombre. Pero por lo demás ni me importaba, si eso no hacía que jugara ni mejor ni peor al fútbol. La realidad con la que me encontré al ingresar al Nacional fue muy distinta.

Primer año

En ese primer año de 1968 ingresamos como trescientos: once divisiones de unos veinticinco a treinta alumnos cada una. Y de tarde. Primer y segundo año eran exclusivamente de tarde. En la división nuestra, Primero Novena, la que me tocó cuando pedí cambiarme para estar con Joaquín, había varones y mujeres; era una de las dos de primer año en las que había mujeres; en las demás, únicamente varones. Salvo los que venían de la Escuela Anexa, que habían ingresado sin examen y se conocían desde hacía años, éramos todos desconocidos. Y veníamos de toda la ciudad, había también alguno de Berisso y hasta dos que viajaban en tren diariamente desde Bavio. El agrupamiento natural se daba a partir del colectivo. Quienes tomábamos el mismo colectivo para ir a nuestras casas casi inevitablemente nos íbamos aglutinando.

Los que estaban más cerca de mi casa eran El Pato, El Gordo y Omar, que habían sido compañeros en la primaria, en la Escuela Dieciocho. Los tres se iban en el ocho, que para mi era muy embolante porque daba una vuelta larguísima desde el Nacional hasta el Cementerio, pasando por el Policlínico y por la cancha de Estudiantes. Pero me gustaba irme con ellos, aunque caminando un poco tuviera como alternativas tomar el seis en diagonal 80 o el sesenta y uno en calle7. Y así nos fuimos haciendo amigos. Además, sobre todo Omar y al Pato, también eran futboleros. Omar había jugado en Los Ángeles Azules, uno de los mejores equipos de baby-fútbol de La Plata. Para jugar ahí había que ser bueno en serio y eso le abría un crédito especial en mi consideración. El Pato no había jugado en ningún lado pero aseguraba ser un crack en el Parque Saavedra y la Plaza Sarmiento.

Los del barrio y los del centro

Cuando uno se aleja, la geografía del barrio se va ampliando. Desde el centro, el barrio ya no es únicamente la zona de la canchita, ni siquiera la de las tres o cuatro canchitas juntas. No, el barrio empieza a ser todo lo que está más o menos para ese lado de la ciudad. El punto de referencia del mío se desplazó de la canchita a la Plaza Castelli, el Seminario y la Escuela Cuarenta y dos.

En el Nacional, la mayoría vivía en el centro, lejos de los baldíos y las canchitas, y no todos se daban con cualquiera. La ocupación de los padres, el lugar donde vivían, el auto que tenían, la escuela de donde venían, la forma de vestirse y otra cantidad de cosas trazaban líneas invisibles, separando los grupos. Fui conociendo nombres, lugares y costumbres totalmente nuevas para mí. Algunos jugaban al rugby, y no era como el fútbol, que se jugaba en cualquier lado, no. El rugby se jugaba en clubes desconocidos para uno y los que jugaban no te invitaban a que fueras a jugar con ellos. Algunos eran socios del “Jockey” y ser socio del “Jockey” en aquella época tenía todo un significado. El Jockey Club de La Plata no era ese edificio arruinado donde ahora se dan clases multitudinarias de periodismo, de humanidades y de un montón de cosas más. No, en esa época el Jockey todavía era el Jockey, el lugar de encuentro por antonomasia de nuestra falsa aristocracia. Porque en La Plata nunca hubo oligarcas en serio, de esos que manejaban el país desde sus grandes estancias y sus palacetes. Pero si muchos que se las daban de tales, algunos con una posición económica realmente holgada y otros que vivían endeudados y comían fideos todos los días pero “eran socios del Jockey” y, por lo tanto, una casta superior.

Al Jockey iban, según decían, las “mejores minas”, esas rubias que se tostaban al lado de la pileta por no poder ir a Pinamar; esas que pasaban sin mirar, poniendo cara de asco, moviendo de diestra a siniestra el culito levantado por los zapatos de plataforma, que estaban de moda y que ¡papito!, hacían que las que no estaban tan buena parecieran estarlo y a las otras dieran ganas de violarlas en plena calle. Ganas no más, porque uno vivía soñando con esos “hembrunes”, pero terminaba jugando al billar en los fondos del Bar Rivadavia; arrepentido de no haber ido al Deportivo La Plata o a alguno de esos lugares que para los del centro eran reducto de la “negrada”; allí, las mujeres en realidad eran más lindas que las insulsas del Jockey. Pero claro, cojerse a una guacha del Jockey era de alguna forma romperle el culo a todo ese mundo despreciativo, que lo marginaba a uno por no tener los requisitos indispensables para ser aceptado en el jet-set pueblerino.

Respecto a mis compañeros, el hecho de haber vivido en Francia, de hablar correctamente el francés y de haber recorrido una buena parte del mundo me daba íntimamente un cierto aire de superioridad; pero yo no me sentía identificado para nada con los del centro, me parecían unos maricones porque algunos usaban el pelo medio largo y con esa pinta no podían jugar bien al fútbol.

Mi actitud, sin embargo, debo reconocerlo, era contradictoria. Si bien por una cuestión geográfica, de gustos y de idiosincrasia, era más de barrio que del centro; quería ser aceptado también en esos círculos, o al menos no ser rechazado. Con algunos no tenía la menor afinidad y no me interesaba tampoco tenerla, pero ante otros trataba de mostrar rasgos de “urbanidad” que me hicieran más accesible a sus prejuicios.

Las diferencias entre los del centro y los de los barrios eran notorias, principalmente, en el vestir. Los del centro, que no eran únicamente los que vivían en el centro de la ciudad, si no también los que vivían lejísimo a lo mejor, en City Bell o Villa Elisa, pero compartían ciertas convenciones sociales: la sobriedad en el vestir, la más importante de todas. Calidad en las telas y poca estridencia en los colores, nada que estuviera pasado de moda o que rompiera la armonía del conjunto. El uso de saco y corbata en los varones era obligatorio todavía, y la mayoría optaba por la muy británica y flemática combinación de blazer azul con pantalón gris. Los de los barrios, en cambio, no teníamos la misma noción de la armonía estética. En primer lugar porque uno se ponía lo que podía y no lo que quería; pero también porque el gusto era, y lo sigue siendo, marcadamente diferente. Para colmo, en la segunda parte de la década del sesenta se habían puesto de modas las medias rojas, amarillas, verdes, turquesa, todos colores llamativos, combinadas en algunos casos en rombos o motivos parecidos. También estaban de moda las camisas escandalosas y después, encima, se pusieron de moda las corbatas floreadas. Claro, vestidos de sport, con camisa, pantalón y mocasines, esas combinaciones podían no ser armoniosas; pero con saco y corbata a veces eran decididamente abominables. Alguno llegaba a combinar un saco escocés, a cuadritos marrones y verdes; con una camisa a rayas rojas, azules y amarillas; una corbata violenta y anaranjada, un pantalón azul a cuadritos, una medias rosadas y mocasines marrones. Composición digna de los mejores diseñadores de grandes tiendas “Me Cago en la Elegancia”.

Los mersas

Había, incluso, un calificativo para designar todo aquello que ofendía el gusto burgués: lo “mersa”. Había lugares “mersa”, ropa “mersa” y hasta autos “mersa”. No dependía de su valor económico sino de su status social, que era una cosa muy distinta. Porque lo “mersa” no era tanto lo que usaban los pobres, sino los que, teniendo un buen poder adquisitivo, hacían gala de una ostentación lesiva a la susceptibilidad de la clase media. El Torino, por ejemplo, para algunos era un auto “mersa”, un auto de comerciantes prósperos pero sin “categoría”: carniceros, verduleros, panaderos o mecánicos. No era lo mismo que decir joyeros, libreros o tenderos, por ejemplo. Aunque nunca me lo dijeron, yo sé que para los del centro yo era un “mersa”.

Mi gusto de siempre por los colores llamativos, de indudable ascendencia caribeña, y por ende africana, no reparaba mucho en esas convenciones estéticas de los chicos del centro; a veces incluso hasta les llamaba la atención a mis compañeros de la novena de Gimnasia que, en general, de finos no tenían nada. Pero era (lo sigo siendo) muy variable en mi forma de vestir y a veces hasta me vestía decorosamente. También usaba, lo más chocho, un saco con martingala que había sido de mi primo Roberto; la martingala hacía años se había dejado de usar y yo parecía arrancado del túnel del tiempo. El Gordo, El Pato y Omar eran, en cambio, mucho más conservadores para vestir, pero en una sintonía que los diferenciaba de los chicos del centro; ellos, como yo, también eran “mersas”.

El Gordo y El Pato vivían cerca de la plaza Sarmiento, como a doce cuadras de mi casa. Omar vivía más lejos, del otro lado de la vía, pasando la 72, por el club Julián Aguirre. Tenían un defecto los tres: eran hinchas de Gimnasia. El Gordo tenía ojos más bien claros, pelo castaño claro y una nariz gruesa y respingada en medio de una cara cuadrada. Omar tenía el pelo castaño oscuro, una cara larga y la tez amarronada; era muy flaco; las piernas desgarbadas y una nuca angulosa eran sus características físicas más distintivas. El Pato también era flaco y un poco chueco, con las piernas combadas hacia fuera; tenía el pelo castaño oscuro, ondulado, una nariz aguileña levemente desviada y una mirada apagada que por momentos se iluminaba de una picardía desbordante.

El gordo era el más extrovertido, pero también el más infantil, con unos cambios de carácter desconcertantes. Omar y el Pato eran muy callados, sobre todo en clase; aunque con una gran diferencia: Omar era naturalmente introvertido; el Pato no hablaba porque no quería; cuando quería, era jodón y ocurrente.

Un día, estábamos jodiendo Omar, el Pato, el Gordo y yo con el tema de Estudiantes; ellos me cargaban pero no tenían más remedio que tragársela. Omar había dibujado una Copa del Mundo y el Pato quería que se la mostrara, Omar se resistía y en un momento dado el Pato se calentó, se la quiso sacar y forcejearon como si estuviera en juego un botín fabuloso o un arma en una película de vaqueros. La copa quedó hecha trizas y la larga amistad de ellos años también. Orgullosos los dos, no volvieron a hablarse en toda la vida.

Ejercicios

Eran lindas esas clases de Educación Física. Entre el pasto húmedo de la mañana y el frío del invierno la relación entre los compañeros de división se hacía más cálida. Y más cruel al mismo tiempo, porque después venía el momento de la ducha y la prueba de fuego para la masculinidad. Los que la tenían muy chiquita ni se bañaban para que no los cargaran y algunos sorprendían con un miembro desproporcionado para su tamaño, como el caso de Daniel, que a pesar de ser todo flacucho y enclenque tenia una toronja descomunal, realzada por la circuncisión. Era la primera vez que yo veía a alguien con la cabeza del pito rebanada y me daba impresión, yo ni siquiera podía pelarla por la fimosis (el frenillo del pene demasiado corto). No tenía idea de que aquello fuese norma entre los judíos, pero Daniel no había sido circuncidado por ser judío sino, se me ocurre, por tenerla demasiado grande. El profesor se llamaba Oro y como era muy morocho algunos decían por lo bajo que era el “Oro Negro”. Él nos enseñó los primeros fundamentos de atletismo, softball, handball y algún otro deporte.

Selección Natural

Las primeras referencias sobre la calidad futbolística de mis compañeros de división se pusieron en evidencia al término de las esas clases, era el momento que estábamos esperando para irnos a jugar al fútbol. Esa era la primera “selección natural”, ahí empecé a darme cuenta que a algunos el fútbol no les interesaba para nada y que a otros no les interesaba tanto como para tener que andar corriendo. La entrada era, recuerdo, a las doce y cuarenta y cinco minutos y a Educación Física entrábamos a las nueve menos cuarto, así que había poco tiempo para, después de la clase, jugar, bañarse, ir a la casa en colectivo, almorzar y volver a la escuela. Pero a mi no me importaba, yo quería jugar igual y eran varios también los que se quedaban. Los suficientes como para armar un equipo de siete. No teníamos un buen arquero, pero lo teníamos a Joaquín de defensor, con el Tortuga o con Carlitos; al Pato en el medio y a Jorge adelante, con Omar y conmigo. Aunque esa formación podía llegar a alterarse si Carlitos y Jorge tenían que jugar al rugby. Al Gordo mucho no le gustaba jugar al fútbol, quizás porque se sentía más cómodo en la pesca; con la caña en la mano su peso no era una desventaja ostensible, como en la cancha. Sin embargo, tan mal no lo hacía. El Pato y Omar, no tardé en descubrirlo, eran decididamente buenos. Con estilos muy distintos: Omar era un talentoso, frío, pero genial por momentos, y pronto llegamos a formar una pareja brillante en la delantera de la división. El Pato era un batallador que manejaba bien la pelota, tipo Pachamé; le gustaba pisarla y por eso le habían puesto “El Pato” en su barrio, donde alguien alguna vez dijo que se parecía al Pato Pastoriza.

A los pocos meses de empezar las clases llegó el momento esperado: el campeonato interno de fútbol entre las once divisiones de primer año.

Hasta entonces habíamos jugado solamente entre nosotros y había que ver si podíamos formar realmente un buen equipo. Pero el debut fue rutilante: aplastamos a nuestros rivales con una diferencia abrumadora y con Omar nos entendimos como si hubiéramos jugado toda la vida juntos. Dimos espectáculo. En uno de esos primeros partidos, no sé si fue eso u otro, el carácter de Joaquín iba a aparecer en toda su dimensión. Si bien él había dicho que era número cinco, como dos demostró ser una fiera. A pesar de ser petisito tenía una fortaleza tremenda y era implacable persiguiendo a los delanteros y rechazando. En ese partido no había tenido mucho trabajo, íbamos ganando once a dos pero el igual se enojaba porque decía que lo dejábamos solo en la defensa. En uno de sus escasos ataques, nuestros rivales nos hacen un gol. Joaquín se puso a llorar de calentura y se fue de la cancha, puteándonos por la falta de entrega al equipo. Al rato ya estaba de nuevo jugando, con una bronca bárbara y corriendo como si estuviésemos jugando la final del mundo, empeñado en hacer un gol.

A pesar de la cohesión que habíamos alcanzado adentro de la cancha, afuera las relaciones todavía no eran muy fluidas. El más dado era Manuco, el primero de la fila, por estatura; era alegre y ocurrente y aunque su familia estaba en muy buena posición, se relacionaba con todos sin importarle las diferencias sociales. Los demás, cada uno tenía algún motivo para no estar completamente integrado: Joaquín encerrado en su soledad de provinciano recién llegado; el Tortuga(que todavía no era el Tortuga) con una parquedad a veces hasta agresiva; el Pato y Omar con su laconismo; el Gordo con sus complejos; Daniel con su obsesión por los tractores; Claudio con sus prejuicios de clase; Rubén(con acento en la e, no como el Ruben de mi barrio) con sus prejuicios políticos de izquierda; Carlitos preocupado en hacer facha y Jorge por el rugby. Las mujeres, por su lado, estaban subdivididas entre ellas, y yo, con mis contradicciones, flotaba entre todos.

Ese primer año fue suficiente para definir personalidades y entrever afinidades. Aunque me daba vergüenza invitar a los compañeros de estudio a mi casa, porque el baño estaba en el fondo, a Joaquín lo invite igual; jugamos un rato al fútbol y comimos ciruelas. Estábamos en primavera. Joaquín era tímido y retraído pero muy amable. A mis abuelos les cayó muy bien, porque además estaba viviendo en la casa de un viejo conocido de ellos, en el barrio del Regimiento 7.

Cuando estaban por terminar las clases, Daniel nos invitó a todos los varones a su casa en el campo, allá en Bavio. Nos quedó el culo roto de montar a la Virreina, una yegua vieja, bautizada con el nombre de una pura sangre que estaba ganando todas las carreras en Palermo y San Isidro. Recorrimos la chacra y salimos a cazar pajaritos con la gomera. El único que cazó algo fue Rubén. Tenía una fuerza descomunal en los brazos y le dio de lleno en el medio del pecho a una torcacita. Le incrustó la piedra hasta el corazón.

Volvimos en el último tren de la tarde, a esa hora Bartolomé Bavio parecía un pueblo del Lejano Oeste en la antesala de un duelo. El sol se desparramaba vigoroso por las calles anchas y desiertas, sobre los techos de las casas mustias y en el corazón de los patios. La vida aún no había despertado de la siesta. Como nuestra adolescencia.

Aquellos versos de Darío

“En medio del humo que lanza el tabaco…”, los ventanales son altísimos, “ve el viejo el lejano, brumoso país”, el sol del otoño se amansa en las copas de los árboles, “adonde una tarde, caliente y dorada”, la luz de la siesta es un suspiro de oro, “tendidas las velas partió el bergantín”, que inunda la penumbra del aula con una caricia de eternidad. Darío prosigue su estrofa y el tiempo detiene su curso, la hora de literatura de primer año novena división no terminará a las cuatro y cinco, la profesora Ocampo seguirá recitando el soneto por los siglos de los siglos, en las tardes del alma. Aún hoy no sé lo que es una senestesia ni un hipérbaton, como no lo supe entonces, como no podré saberlo nunca. Siempre recordé, en cambio, aquellos versos de Rubén Darío, sin saber siquiera el nombre del poema ni el libro al que pertenecían. Nunca más volví a leerlo hasta muchos años después, en la facultad, cuando fui a rendir el último examen para recibirme de periodista. Fue un reencuentro y una revancha; no sólo pude descomponerlo y analizar todas y cada una de las figuras poéticas, sino que hasta inventé algunas inexistentes en el texto pero suficientes como para apabullar a una profesora tan absorta como inconsistente. Allí terminé desestimando definitivamente el valor de esos análisis literarios: no se puede confiar en el rigor de una ciencia que alguien tan poco serio como yo es capaz de manejar a su antojo.

Un hombre muy hombre

El titular de la cátedra y presidente de la mesa en ese examen era el legendario Eithel Orbit Negri, el “Chicho”. Parecía eterno, había sido compañero de mi madre en la facultad de Humanidades, donde un profesor malicioso se aprovechaba de su ambiguo nombre para llamarlo:”A ver, señorita Negri, pase al frente”, decía leyendo la lista y haciéndose el desentendido, como si no supiera de quien se trataba. Y él estallaba indignado “No soy señorita, soy señor”, en un tono que reafirmaba aún más la ambigüedad. Cuando nosotros entramos al Nacional, los de los años superiores nos preguntaban” ¿Te tocó a Negri, te tocó a Negri?”, como mentando el nombre del diablo. Pero no nos tocó a Negri, nos tocó Ocampo, cuya reputación no era mucho mejor, en lo que a exigencia se refiere. Y es cierto que era un poco dura a la hora de la gramática, pero sus horas de literatura para mí eran un placer y hasta me permitía alguna salida graciosa., como cuando nos explicaba que correr era un verbo como saltar, tirar o caminar: - Asuaje, a ver, déme un ejemplo, ¿usted que corre?

- La coneja profesora…

Se tuvo que reír.

Pero con Negri nadie hacía chistes. A sus espaldas, muchos imitaban sus modales amanerados, pero públicamente sólo se burlaban de él los de la troupe de sexto año, que ya se iban de la escuela y no temían ninguna represalia. Ampliamente conocido en los ambientes del centro de la ciudad, por su intensa actividad docente en la universidad y los colegios secundarios, durante décadas sus inclinaciones sexuales han sido la comidilla de varias generaciones de alumnos y profesores que se burlaron de su “falta de hombría”.

Aunque abundaban los rumores de que andaba por calle siete de levante, ofreciéndoles plata a los machos que encontraba en las esquinas y otras versiones más morbosas, ninguno pudo nunca dar testimonio de su homosexualidad.

De lo que sí hay testigos es de la actitud que tuvo en la época de la dictadura. En esos tiempos en los que muchos “machos bien machos” se cruzaban de vereda para no saludar a los amigos que podían comprometerlos; cuando los hombres de masculinidad insospechable negaban amistades y cerraban puertas por miedo; “el puto”, “el maricón” de Negri no sólo no negó nunca un saludo sino que más de una vez se acercó a la casa de los padres de algún desaparecido para ofrecerle su solidaridad. Aunque ideológicamente nunca fue un hombre de izquierda, sino más bien todo lo contrario.

Por eso es justo decir, que pocos han sido tan hombres como él.

Manchester

Ese día, a la hora en que Estudiantes jugaba en Manchester, teníamos clase de Historia con la profesora De Barba, una mujer muy seria pero que daba unas clases muy amenas. A mí me encomendaron la misión de pedirle que nos dejara escuchar el partido (la televisión vía satélite todavía no se usaba). Se lo planteé de una manera tan solemne y ceremoniosa que toda la vida me cargaron por eso: “No quisiéramos pecar de irrespetuosos…” dicen que dije. Siempre fui vueltero para pedir las cosas. Hasta a la profesora le pareció exagerado. Como agarramos la transmisión empezada, la incertidumbre era terrible, habíamos escuchado el grito del gol de Verón, pero nos costaba creerlo; por otro lado llegaban versiones de afuera; que Polletti se había atajado un penal, que lo habían echado a Bilardo…El relato radial le da siempre a la acción más emoción de la que tiene; el oído trata de adivinar lo que no puede ver la vista y cada inflexión de la voz es una señal para acercar o alejar el corazón de la angustia; a medida que pasan los minutos la ansiedad se transforma en desesperación. Alrededor de una radiecito a transistores estaba toda la división acurrucada: los de Gimnasia sufriendo porque íbamos ganando y los de Estudiantes sufriendo más todavía, porque había que aguantar hasta el final.

Los ingleses se venían con todo su orgullo herido: Bereford y Withelocke renacían para invadir el área estudiantil, el almirante Nelson cañoneaba el arco pincharrata desde Trafalgar, la reina Victoria despachaba a los lanceros de Bengala contra los muchachos de Zubeldía, Ricardo Corazón de León galopaba con sus cruzados delante de Pachamé, Francis Drake prometía colgar a Bilardo del palo mayor de su barco, Montgomery comandaba a las tropas del desierto para morir masacrados en la trampa del offside, Paul MaCartney le pegaba a Medina con la guitarra eléctrica y Ringo Starr le tiraba a Malbernat con los palillos de la batería, Sean Connery recibía la orden de asesinar a Madero y Jack el destripador prometía destazar a Aguirre Suárez; pero el tiempo pasaba y Estudiantes resistía. Medina enlazaba las piernas de Morgan con sus boleadoras tucumanas. Malbernat empapaba en aceite hirviendo a George Best, Togneri estaqueaba a Bobby Charlton en el medio de la cancha, Aguirre Suárez deshacía a machetazos los avances de Denis Law, Pachamé ensartaba con la chuza a los volantes, y cuando todos parecían desbordados, Madero hacía enrojecer de envidia a lores ingleses: en el medio del lodazal de la batalla surgía con su frac impecable, su galera negra y su bastón de marfil, llevándose la pelota con la gracia de quien saca a bailar a una dama en palacio, tomándola con un suave movimiento de su blanco guante izquierdo.

La Copa del Mundo brillaba acariciada por la neblina húmeda de Old Trafford; Muñoz gritaba que le habían pegado y el reloj marcaba que faltaba un siglo divido en cinco minutos, un poco menos, sesenta años, sesenta y tres, esa era la edad que tenía Estudiantes en ese momento.

Salvo las épocas de gloria de la delantera de los profesores en el 31, cuando llegó a ser tercero, y la época dorada de Antonio, Infante y Pellegrina, en la que estuvo varias veces entre los primeros, desde entonces se había debatido siempre entre la mediocridad de la mitad de tabla y las turbulencias del descenso. Cuando yo me hice hincha, una maniobra inconfesable de la AFA lo había salvado de irse a la B. Una tarde del 66, Muñoz relataba el Mundial de Londres y despotricaba contra Nobby Styles; un volante inglés petiso, provocador, tramposo y protestón, que siempre estaba presionando a los árbitros; aunque no hacía falta que a esos árbitros los presionaran para favorecer a Inglaterra. Entonces pensé “qué lindo que a éste lo agarrara Bilardo”. Era casi un imposible, Estudiantes no había salido nunca siquiera campeón argentino y pensar que algún día fuese a jugar la copa del mundo era un delirio. Sin embargo, en el 67 fue campeón Metropolitano y a mediados del 68 Campeón de América; el equipo de Nobby Styles, por su parte, ganó la Copa de Campeones de Europa. El encuentro impensable se produjo: en el primer partido Bilardo consiguió hacerlo echar a Nobby Styles y Estudiantes le ganó uno a cero al Manchester en la Bombonera. Parecía muy poca diferencia para aguantar de visitante; que le iban a hacer cinco, que le iban a hacer diez. Pero pasaba la hora y seguía ganando otra vez uno a cero. Apenas unos minutos lo separaban de un objetivo que no habían conseguido ni las libras esterlinas, ni los marcos alemanes, ni los francos franceses.

Ya habían pasado más de cincuenta años de aquellos cinco minutos finales, el enésimo centro cayó en el área de Estudiantes y Morgan recobró de pronto todo el conocimiento en emboscadas, engaños y triquiñuelas que había aprendido su famoso antepasado, tres siglos antes en las Antillas: bajó la pelota con la mano de manera casi imperceptible y desde una clara posición fuera de juego convirtió el gol del empate. En un minuto el mundo podía derrumbarse. Y ese minuto si duró cien años, o tal vez más, toda la distancia entre el abismo y la gloria. Y fue la gloria. ¡Campeón del Mundo! Estudiantes era Campeón del Mundo Cuando terminó nos fuimos a festejar a calle siete, hasta los de Gimnasia fueron. Nunca la calle siete estuvo así en todo el siglo: repleta y eufórica desde Plaza Italia a Plaza Rocha. Y, quien sabe, tal vez nunca más vuelva a estarlo. Por suerte, mi abuelo pudo verlo.

El Pato

“¡Helena, Helena!… ¡Saverio, Saverio!…” la paz campesina de Acquaformosa se deshizo en dos gritos. “Saverio e morto” alcanzó a decir o a pensar Helena. Durante esos tres años había querido acostumbrarse a la idea pero no había podido. Se lo decía a veces en vos baja para ella misma, repitiendo lo que decían a sus espaldas las vecinas del pueblo y lo que le decía alguna amiga para convencerla de que era tiempo de rehacer su vida. Helena era joven y simpática y había conocido a un joven de Lungro que la había deslumbrado con su personalidad avasallante y su sonrisa irresistible. Las camisas negras desfilaban por todas las aldeas de Calabria y decidieron casarse para formar un hogar próspero y lleno de hijos. El “Duce” prometía un futuro de abundancia a todos los italianos; los izquierdistas, aseguraba, eran los responsables de que Italia no ocupara el lugar de gran potencia mundial que le correspondía desde los tiempos de Julio Cesar. Fascista convencido, Saverio salía por las noches con los grupos de choque de la aldea y la infaltable botella de aceite de castor, porque el comunismo más que un problema ideológico, más que un problema mental, era un problema intestinal. Con un cuarto litro de aceite alcanzaba para que los bolcheviques, los socialistas, los anarquistas y todos esos que tenia ideas raras evacuaran hasta la última gota de rebeldía y pudieran ingerir la sustanciosa doctrina mussoliniana, la única que podía salvar a Italia y al mundo, poniendo las cosas en su lugar: las putas en los burdeles y las vírgenes en sus casas; la mujer cuidando los hijos y el hombre en el trabajo; los obreros en las fábricas y los patrones en la oficina; los pobres abajo y los ricos arriba, como había sido siempre, como debía ser. Y en Acquaformosa Saverio De Marco estaba arriba, era un hombre importante. Estaba todo lo arriba que puede estar un comerciante de aldea y era tan importante como puede serlo el cantinero del pueblo, el dueño del lugar al que todos los varones de la aldea deben concurrir en algún momento del día.

Cuando a Saverio le tocó alistarse en el ejército, se fue con el entusiasmo y la confianza de los vencedores. La guerra, más que un peligro inminente, era la posibilidad de dar un salto hacia delante en la escala social, volviendo al pueblo con el pecho lleno de medallas y un alto grado militar en las hombreras. Pero la guerra se hacía larga y las noticias cada vez más escasas, las potencias del eje se batían en retirada y los italianos eran la carne de cañón de una alianza que ya solo se mantenía a fuerza de coacción. Hubo una carta con muchos besos y abrazos, la promesa de muchas cartas más y un pronto retorno a la aldea, pero fue la última. Habían pasado más de tres años y la guerra ya había terminado; ahora volvían a flamear en el pueblo las banderas rojas y Helena no sabía si vestirse de negro o seguir alentando la frágil llama de la esperanza.

- ¡Helena, Helena!, los gritos la sacaron de la concentración en la costura.

- ¿Cosa sucede?. Helena salió al balcón alarmada. Todos los días desde aquella última carta, cada minuto, cada segundo, había estado esperando un grito, ese grito, pero ahora no podía reconocerlo. El miedo a la decepción la llevaba a pensar en cualquier otra cosa, a no pensar en nada.

¡Saverio, Saverio e tornato!

Helena estiró los ojos, estiró el alma. Entre la turba eufórica que avanzaba por la calle alcanzó a ver el brillo de esos ojos, el tímido avance de la calvicie en la frente despejada. El milagro se consumaba. En sus brazos estaba el hombre amado, tres años de prisión habían quedado en Alemania.

De la felicidad del encuentro a los pocos meses nació una niña; le pusieron Giovanna, pero pronto empezaron a pensar en como sonaría ese nombre en otro idioma. Los sueños de grandeza imperial romana se habían derrumbado y en Calabria solo quedaban los escombros de las ambiciones derruidas. La vergüenza de la derrota dolía en los huesos casi tanto como el hambre. Saverio Demarco ya no era rico, ya no era importante. Después de tanto añorar el regreso a la patria amada, ahora se convencía de que era mejor dejarla: ya tenía otra patria, su patria era Helena, su patria era Juana, su patria eran ellas. Una patria andante que cruzó el océano entre los llantos de la despedida y la ilusión de un mundo nuevo.

Los parientes contaban maravillas de la Argentina; en una época en que la prosperidad de las naciones se medía por el tamaño de los bifes que servían los restaurantes y por los metros de tierra que podía comprar un inmigrante. A Saverio, sin embargo, no lo obsesionaba el sueño de la casa propia que desvelaba a la mayoría de sus paisanos. Más que la codicia por los bienes materiales, pesaba la ilusión de ver cumplido en un hijo el frustrado sueño de “dotore”; en Italia la educación secundaria y, más aún, la universidad, era todavía un privilegio de las clases altas, y de la clase media de las grandes ciudades. En su opción por el fascismo había, como en muchos otros, un dejo de resentimiento. El marxismo, además de cuestionar el estado de cosas y la acumulación de riquezas, tenía el defecto de ser una teoría muy compleja, sólo podían entenderla bien los ilustrados, los que tenían algo más que una simple escuela primaria. Al menos, eso pensaban muchos campesinos y pequeños burgueses de pueblo, como Saverio. Por eso, en vez de desesperarse por comprar un lote y levantar paredes, poniendo a toda la familia a trabajar de sol a sol para acumular la riqueza en ladrillos, prefirió convertirse en un inquilino crónico. Uno de los primeros destinos fue una pieza a una cuadra de la plaza Sarmiento, la salud de Helena ya empezaba a ser delicada y su principal preocupación fue instalarle una pileta para que pudiera lavar la ropa, escapando a la tiranía del fuentón de lata. En esa época, más o menos, se agrandó la familia: el hijo varón, el continuador de la estirpe, el que haría realidad los sueños familiares, por fin había llegado. A partir de allí en la casa había un nuevo rey.

Entre el rigor de un padre que quería hacer de él un gran hombre y los mimos de una madre de carácter sereno y espíritu firme, Ambrosio Francisco Demarco creció con toda la felicidad que podía tener un pibe de barrio, en un hogar sin abundancias ni grandes privaciones. Saverio, aunque añorando siempre sus tiempos de bonanza calabresa, se resignaba con cierta satisfacción a la rutina diaria de los dos trabajos: obrero en la metalúrgica y pañolero en la escuela de policía de la provincia, donde su ideología no tenía que hacer grandes sacrificios para amoldarse. Los Demarco no se daban lujos, ni siquiera salían de vacaciones, pero la plata alcanzaba para que Helena se quedara en la casa y los hijos tuvieran la mejor educación. La de Juana no importaba tanto, ella se casaría y si conseguía un muchacho bueno, con tener cualquier título secundario era suficiente; pero la de Ambrosito si, tenía que ser la mejor. Y la mejor secundaria, lo decían todos, era el Colegio Nacional. Además, el Pelado y Velazco también querían ir, así que no iba a estar solo. Pero el examen de ingreso era muy difícil, eso decían.

Cuando se enteró de que Ambrosito había entrado, Saverio sintió entonces que todos los sacrificios hechos desde la partida de Calabria tenían sentido.

Un pedazo de Italia

Las tardes nubladas de invierno en la casa del Pato parecían escenas de una película del neorrealismo italiano. Porque hasta la casa se parecía por dentro a las casas que aparecen en esas películas, con la cálida austeridad de los muebles de madera y los tejidos de crochet adornando las mesitas. En la Argentina había, y todavía quedan, muchas casas así, en las que vive un pedazo de la tierra lejana adentro; sobre todo en las quintas, en las casas de campo, porque allí los inmigrantes pudieron aislar esa recreación de la patria. Tanto que cuando uno sale piensa que se va a encontrar con un huerto piamontés o con una playa mediterránea y lo que está es la pampa, anónima y eterna, extendiéndose más allá de las parras y los frutales.

Helena nos preparaba el té con tostadas y miel, nos sentábamos a comer y nos hablaba de Italia. Helena era como las aldeanas que aparecen en las viejas películas italianas. Vestía un luto sempiterno y caminaba dificultosamente con dos piernas delgadísimas, magulladas por una enfermedad inclemente. Pero nos hacía viajar: nos hacia recorrer sus pueblitos calabreses y el ancho mar que la separaba de la casa natal. Aunque de joven también había adherido al fascismo, era mucho más abierta que Saverio y no se cerraba en la discusión.

A medida que nuestra relación con el Pato fue creciendo en afecto, y cuando ese cariño se fue galvanizando en el compromiso de la militancia en común, mi relación con la familia del Pato también fue aumentando, hasta que llegó a convertirse en mi segunda familia. Después de caer preso por segunda vez, cuando ir a la casa de mi vieja se tornó inseguro, adquirí la costumbre de ir todos los domingos a almorzar con ellos y cada vez que iba y venía de su casa, caminando por las calles desiertas, dormidas en el descanso dominical, me envolvía un ataque de lirismo. Sentía estar caminando hacia la eternidad, como si la relación con ellos no tuviera una frontera en el tiempo. Caminaba pensando en el pasado de los De Marco y en el futuro que nos esperaba, en un futuro en el cual serían los felices abuelos de un dirigente de la revolución, como seguramente lo sería algún día Ambrosio, y como lo sería, obviamente, también yo. Eso los redimiría de sus sufrimientos pasados y de los que estaban por venir. La revolución sería la panacea para todas las enfermedades del cuerpo y del alma: Helena podría caminar bien y hasta se sacaría el luto, Saverio se convencería de que el socialismo era lo mejor para los trabajadores e incluso Juana, la hermana del Pato, siempre tan callada, tendría un lugar protagónico en la nueva sociedad que nos esperaba, era cuestión de unos años, nada más. La idea de un futuro distinto ni se me ocurría. Ni se nos ocurría. La tragedia, como única salida, no estaba en los cálculos de nadie.

El año del Cordobazo

Por una cuestión geográfica, ir al Nacional era una forma de acercarse a la política. El colegio está pegado a la facultad de Ingeniería y atrás están Arquitectura y Ciencias Exactas, que antes estaba dividida en Química, Farmacia y no sé qué más. El patio de recreo daba al anfiteatro de Ingeniería, donde se hacían las asambleas estudiantiles más combativas; por los ventanales de calle uno solíamos ver los carros de asalto de la policía, preparada para reprimir las manifestaciones. Y ese año hubo muchas, a fines de mayo estalló el Cordobazo y en todo el país los universitarios salieron a la calle con la consigna “Obreros y estudiantes, unidos y adelante”. Era la misma simbiosis del Mayo Francés, pero con otro contenido y otros objetivos. No era “La Imaginación al Poder”, sino el poder para la clase obrera y el pueblo para la construcción del socialismo. A nosotros todavía, sin embargo, no nos había empezado a interesar; lo veíamos de lejos, como espectadores neutrales de un juego cuya finalidad no entendíamos ni nos importaba. Aunque, de alguna manera, nos estuviésemos acercando. El Baby me mostraba el otro día una nota, firmada por alumnos de otra división, designando delegados al Centro de Estudiantes que se estaba gestando.

Segundo año no fue muy distinto, pero tuvimos posibilidades de acercarnos un poco más, al menos entre los varones, y no todos. Omar y el Pato, sin cruzarse una palabra, siguieron viajando en colectivo juntos, aislados del resto de la división. Joaquín se mudó al departamento de calle diez, enfrente del Teatro Argentino, y así obtuvo cierta aceptación social entre los del centro y eso le permitió integrarse un poco más. El también empezó a sentirse más seguro al ver convertida su casa en el punto de reunión de los grupos de estudio y en objeto de admiración. El departamento, que sigue igual que entonces y seguramente lo seguirá por cien años más, ocupaba el piso entero, con una proliferación asombrosa de habitaciones y baños y un balcón enorme que daba al viejo teatro, esa maravilla de la arquitectura de principios de siglo arrasada primero por el fuego y después por el mal gusto de los militares. Llegaron también el Vasco, Alejandro y Henry, a quien el Pato bautizó de entrada como “el Chino” por sus ojos tan orientales. Así se reforzó el bloque gimnasista de la división, principalmente por el Vasco, que era muy ingenioso y me volvía loco con las cargadas. Tanto que cuando Estudiantes perdió con Gimnasia al otro día falté al colegio. La única vez en los seis años que falté. El resto fueron todas faltas por llegar tarde.

La baulera

Me hacían acordar a las bombitas de agua, las de jugar al carnaval, que cuando se las inflan mucho son como una pera grandota. Así eran las tetas de la mina de la fotografía que había en la baulera. La baulera estaba en la cochera; arriba del estacionamiento de cada auto había un lugar destinado a guardar todo lo que la gente no quería tener en el departamento ni tampoco quería tirar. Por el tamaño y la ubicación era el lugar ideal para una habitación de estudio, pero mucho mejor todavía para otras cosas. Según Joaquín, ese era el lugar al que sus hermanos llevaban a todas las putas y a las minas que se levantaban. Verdad o leyenda, la baulera era ya pecaminosa por las fotos; fotos que en aquella época y a nuestra edad eran muy difíciles de conseguir. Una era la de esa morocha tetona, la que más entusiasmaba a mis compañeros de división; a mí la que más me gustaba, sin embargo, era la de una rubia muy linda y muy delicada que no estaba desnuda. Lánguida, casi melancólica, estaba saliendo de una pileta con una bikini estrecha y abajo tenía un epígrafe con la definición más perfecta de lo que ella era para nosotros en ese momento: “Agua que no has de beber…”

Teníamos entre trece(los más chicos) y quince años(los más grandes), cuando en segundo año Joaquín nos llevó a la baulera y la sexualidad nos estaba emergiendo con toda la potencia de la pubertad. Los que ya habían tenido su iniciación sexual relataban su experiencia regocijándose de orgullo, ante la mirada envidiosa y admirada de los otros, para quienes el sexo era un misterio casi absoluto: “Es como hacerte la paja con una bolsa de agua caliente…” lo definió Joaquín, quien aseguraba haberse cogido a varias ya, aunque para entonces todavía no había cumplido los catorce años ni había llegado al metro cincuenta. Ninguno tenía elementos para discutirle, pero le creíamos a medias, porque, como decía el Gallo, Joaquín parecía una mezcla de correntino con andaluz.

El setenta

El cambio grande se fue insinuando en tercer año. Nos dieron la opción de pasarnos a la mañana y la mayoría aceptó. Menos Omar, Manuco, Ranieri y algún otro que no recuerdo, casi todos pasamos a la mañana; casi todas las mujeres también. Y el turno mañana era otra cosa; porque el grueso de los años superiores estaba a la mañana y pasaban cosas que a la tarde no pasaban. El negro Bossio, un amigo que veo muy de vez en cuando, escribió un artículo genial que se llama “La verdá que fue un golazo”. Esa frase, dicha por un jugador feliz y transpirado, ante los micrófonos radiales en un vestuario victorioso, resumía el ideal de miles de jóvenes de aquella generación: alcanzar el éxito con una actuación notable y un gol de antología en un partido decisivo de primera división. Pero después relata como el sueño se ve postergado por las limitaciones futbolísticas individuales y por las limitaciones propias de la realidad. El crack frustrado, obligado por las circunstancias a refugiarse en el estudio, comienza a sentirse embriagado por otro perfume distinto al del aceite verde: la fragancia de la revolución. Así van apareciendo nuevos términos en su diccionario y nuevos ideales en su mente, comienza a hablar de “plusvalía”, de “materialismo dialéctico” tanto o más que de tiros libres y pases cortos. Y se inicia un nuevo partido en la vida, que nunca se sabe como ni cuando va a terminar.

El setenta, fue también el año de la aparición pública de los Montoneros, con el secuestro de Aramburu; del incremento del accionar de las otras organizaciones armadas y de una cantidad de conflictos gremiales y rebeliones estudiantiles que no recuerdo en este momento y que sería muy largo enumerar.

El Baby

Ese año los cambios se dieron dentro de la división y también afuera. Al producirse el cambio de turno las divisiones se reestructuraron y en lugar de los compañeros que se quedaron a la tarde se incorporaron otros; en ese paquete vinieron el “Baby” y el “Lacio”. Al Baby ya lo conocíamos, en realidad todo el mundo conocía al Baby. Con una carita angelical y una sonrisa permanente, el Baby era un pequeño burgués prototípico, un perfecto platense del centro: venía de la Anexa, sus padres estaban relativamente bien económicamente y vivía en el Barrio Norte, que era ya entonces una especie de remedo, reducido y adaptado, del Barrio Norte de capital. Pero el Baby, sin embargo, tenía un abanico de relaciones que no reparaba en prejuicios de clase ni en todas esas aprensiones de los chicos “del centro”. Se daba con todos y siempre estaba contento. Se convirtió, así, en una especie de nexo entre los grupos de la división y de toda la división hacia fuera. Sus amistades más cercanas frecuentaban un bar en calle ocho entre cuarenta y nueve y cincuenta que se llamaba “Papiros”, donde se concentraban algunos grupos del Nacional y chicas del Liceo que se habían hecho la rata o tenían hora libre. El ambiente de Papiros era “selecto”, pero el Baby no era selectivo, y no tenía problemas de aparecer acompañado por cualquiera de nosotros. A través de él fui conociendo más de cerca ese mundo de los “chicos del centro” que hasta entonces me había parecido tan distante. Con los temores del marginado que aspira a integrarse, me convertí en un cuasi “habitué”, a la espera de que esa llave me permitiese abrir la puerta de ese mundo; con sus fiestas y sus mujeres, que eran, en definitiva, lo que más me importaba. En mi afán de integración indiscriminada intenté arrastrarlos hasta allí al Tortuga y al Pato; pero el Pato tenía las fronteras de clase muy claras y no estaba dispuesto a hacer concesiones. Él sentía que no tenía nada que hacer ahí, entre esa gente. Mucho más pragmático, Tortuga iba si tenía ganas.

Papiros era distinto al Troas, mucho más “selecto” y superficial. Sus habitués no tenían, ni llegaron a tener, otra preocupación más que la de guardar las apariencias; para tener éxito con el sexo opuesto y prestigio entre los pares. Los de Papiros, en cambio, casi todos terminaron acercándose a la política. Los temas de conversación en las mesas fueron cambiando lentamente, y llegó un día en que nadie hablaba de otra cosa.

Tortuguitas

Con el Tortuga y el Pato ya habíamos empezado a salir juntos a bailar. En algún momento, en ejercicios físicos, el Pato lo había bautizado a Julio como “Tortuga”; porque antes de venir a La Plata había vivido en Tortuguitas y como Julio, además, era muy parsimonioso, el apodo se le aquerenció enseguida. Ese año conocimos su casa, como no era muy expresivo no sabíamos demasiado de él; pero estaba claro que no era de los “del centro”. La casa de Julio quedaba un poco lejos y estaba bastante aislada; el padre de Julio era jefe en los talleres del Ferrocarril Provincial, en una época en que la actividad era desbordante. Había llegado de Santa Fe con la promesa de un mejor horizonte para una familia que para entonces era sólo un proyecto. Un proyecto compartido con una mujer menuda y vivaz, con la que podía verse muy de tanto en tanto; hasta que las condiciones se dieron para establecer el hogar en Buenos Aires, allá en Tortuguitas. Cuando ya eran cinco, le ofrecieron a don Ramón el trabajo de capataz en los talleres de La Plata y esa casa, estrecha pero sólida, a un costado del enorme predio. Totalmente paralizados, ahí están todavía, esperando un milagro que les vuelva a dar vida, los viejos galpones altísimos y como cuarenta hectáreas de yuyales donde en ese entonces el ritmo de trabajo era febril (si lo sabré yo). Todos los días entraban y salían vagones para la reparación y unos años después se instaló la planta de recuperación de rieles más moderna del país. Sobre la cincuenta y dos, a un costado de ese terreno, estaba la casa. De ese lado de la calle era la única casa en diez cuadras a la redonda; enfrente había algunas casas, raleadas, con cuyos habitantes los hermanos no tenían prácticamente ningún contacto. La presencia del barrio, que para el Pato y para mí era tan fuerte, en Julio estaba ausente; tal vez por eso se replegaba en la familia y era tan parco. A través de Julio lo conocimos a Carlos, su hermano mayor; también si hizo amigo nuestro y comenzamos a salir todos juntos en la “Batata”, un viejo Isard 700, rural, bautizado así por su color y su forma. Completaba la familia Claudio, el más chico un galancito con una pinta bárbara y una despreocupación total por el futuro.

El hermetismo del Tortuga poco a poco fue cediendo y aunque no se convirtió en un jodón terrible, pudimos entrar en confianza y nos sentíamos cómodos con su familia. Las salidas a bailar los viernes y los sábados a la noche fueron también una novedad de ese año. Durante la época de clases ni Estudiantes, ni Gimnasia ni Universitario organizaban bailes, la única posibilidad era ir a Deportivo La Plata o a algún otro club de barrio, donde el ambiente era mucho más pesado. Si uno no era de la zona lo miraban con cara rara y hasta podían correrlo a cuchilladas, las minas eran un patrimonio cultural del barrio y ningún forastero tenía derecho a venir a pescar en aguas reservadas. El más pesado de todos en esa época era el Uriburu, donde las grescas eran un complemento habitual de la programación. El Pato se sentía más cómodo en esos lugares que en las fiestas organizadas por las chicas de las escuelas religiosas. Esos bailes se hacían los viernes en algún salón más o menos céntrico o en las confiterías bailables. Los sábados, las confiterías bailables eran rigurosamente para parejas; en general no se permitía la entrada de hombres o mujeres solos. Pero ese año se empezaron a organizar bailes en una confitería nueva, Chatarra, en 7, entre 42 y 43; también se hacían en Barravento, un subsuelo en 50 entre 8 y 9, y en alguna que otra más. Muchos años después, siendo ya adultos, Ruben me contaba que cuando iba a los hoteles alojamiento con una novia que tenía, se encontraba con parejitas de chicos de la edad de nosotros en aquel momento: dieciséis, diecisiete años. “Y pensar que nosotros nos poníamos contentos porque habíamos bailado con cuatro minas”, me contaba y se reía. Y esa era la medida de nuestro éxito: la cantidad de mujeres que aceptaban salir a bailar con nosotros. A veces eran varias y a veces ninguna; entonces volvíamos cabizbajos y derrotados, con un complejo de inferioridad agrandado por el despecho. Otros tenían más suerte y conseguían una cita para otro día y hasta algunos besos en la penumbra, cuando llegaba la hora de la música lenta, la música “para chapar”. Los más afortunados terminaban haciendo el amor en los asientos reclinables del auto del padre, en la escalera de algún edifico o en algún otro lugar incómodo y furtivo. Pero eran pocos, todavía la liberalización sexual no había avanzado tanto y la mayoría de las chicas de clase media cuidaba su virginidad y su imagen. Una mujer desinhibida era, todavía, una “puta”, incluso así no hubiese tenido ninguna relación sexual. Bastaba que se le conociera más de un novio para que su moralidad estuviera en tela de juicio. Era un deshonor ponerse de novio con una mina que antes había estado con otro y si habían sido más de dos, entonces ya no tenía salvación posible. La fantasía juvenil inventaba vampiresas vírgenes: de algunas compañeras de la primaria por ejemplo, solía decirse que tenían “más puestas de espaldas que Karadajián”. Algunos aseguraban haberlas visto con diez machos distintos. Ya de grande, tuve una corta relación con una de ellas y así me enteré que no sólo había sido virgen hasta los veinte años, sino que ni siquiera había tenido novio.

Otra de las diversiones de entonces era colarse en algún cumpleaños de quince o en alguna fiesta privada. Nosotros no teníamos cumpleaños de quince, porque teníamos pocas relaciones con mujeres y las compañeras nuestras no hicieron fiesta cuando llegaron a esa edad; salvo la gorda Silvia, que no nos invitó a todos, sino a los que ella consideró “dignos” de su nivel. Las otras chicas no estaban en condiciones económicas de afrontar una fiesta de esa envergadura, o tenían otros pruritos. Tampoco pudimos colarnos nunca en una fiesta de otros, así que nuestra experiencia a ese nivel fue paupérrima y eso nos hacía sentir desahuciados; porque en las fiestas de quince si uno no conseguía ninguna mina, por lo menos tenía asegurada comida y bebida en abundancia.

Creo que la única vez que pudimos colarnos en una fiesta ajena fue en el club Everton, cerca del Parque Saavedra. El Pato y Tortuga me sacaron de allí con un pedo de órdagos y me arrastraron hasta el centro, yo insistía que quería ir “a Papi…a verlo a Tito”. Papi era Papiros y Tito el mozo, mi pariente.

El Lacio

La injerencia más determinante en los cambios de la división tal vez haya sido El Lacio. Aunque eran muy amigos del Baby, porque habían hecho la primaria juntos y sus familias se frecuentaban, el carácter del Lacio era muy distinto. Compartía la intensa actividad timbera de un grupo de chicos “del centro”, que se pasaban horas y días jugando a las cartas por monedas y yendo al bar Rivadavia a jugar a la bocheta o al billar. Pero a pesar de eso era el prototipo casi caricaturesco del intelectual. Flaco, alto, usaba siempre vaqueros de corderoy cortísimos, que le dejaban como veinte centímetros entre la botamanga y los mocasines. Tenía un mentón recuadrado en una cara de bebé perfecta, con ojos claros y un pelo rubio, largo y ferozmente ensortijado, casi afro, a pesar de su intento por domesticarlo con toneladas de gomina. De allí le vino el apodo de Lacio. El toque intelectual se lo daban los gruesos anteojos y un aire de distracción permanente, que lo llevaba a pasar por pedante; algunos se ofendían porque pasaba delante de ellos sin saludar, pero era que no los veía.

Lo que hacía del Lacio un intelectual prototípico no era sólo su facha de tragalibros anteojudo y ese aire de “profesor distraído”, sino también sus limitaciones. Su destreza física era la antípoda de la intelectual y su sensibilidad musical no sobrepasaba la de un ladrillo. Ni el himno nacional podía cantar el Lacio, ni los cantitos de la tribuna, desentonaba tan horrorosamente que solían decirle eso de “no tenés oído ni para tocar el timbre”. Debe ser la única persona en el mundo que canta peor que yo.

En el aula el Lacio era un alumno brillante y un genio de las matemáticas, pero además le gustaba leer a Nietzche, a Hegel y a todo lo que le cayera en las manos. Las discusiones, entonces, empezaron por el lado de la filosofía, con un moderado interés por la política. Un hecho importante de ese año fueron las elecciones en Chile; recuerdo que los dos simpatizábamos con la Democracia Cristiana, partido al que yo suponía mucho más cercano a mi ideal de cristianismo que a las posiciones de centro derecha que le descubrí después. La izquierda era todavía pecaminosa. Mi idea del comunismo hasta entonces estaba profundamente influenciada por la terrible propaganda anticomunista de los tiempos de la guerra fría. Una de sus fuentes eran las series de televisión norteamericanas con sus grotescos estereotipos: los rusos y los chinos que aparecían como personajes siniestros, empeñados en hacer el mal porque sí. Otra eran las Selecciones del Reader’s Digest, que de vez en cuando llegaban a mis manos. La posición de mi madre al respecto era la de una correcta profesora de Instrucción Cívica, materia que también dictaba en el secundario. Ella no decía que el comunismo fuera bueno o fuera malo, ella decía que era un régimen totalitario, a diferencia de la democracia que no lo era. Pero las discusiones con Alberto y con Joaquín me fueron ampliando el panorama. Con Rubén, en cambio, no había discusiones.

A mi Rubén (con acento en la e final) me resultaba raro, pero no por ser comunista, ni por ser judío, sino por ser del centro y por no gustarle el fútbol, igual que Claudio. A pesar de eso teníamos una buena relación, tanto que en segundo año llegamos a planear un viaje para recorrer todo el sur los dos juntos de mochileros y anduvimos averiguando precios de carpas y mochilas, pero nos quedamos con las ganas. Creo que en la división nadie tenía nada en particular contra él; pero estaba tan encerrado en su práctica militante que se daba muy poco espacio para compartir cosas con nosotros y ni siquiera participaba en las discusiones políticas. Él daba la sensación de estar en otra cosa y de que nada de nuestro mundo le importaba. Discutía con los profesores, oponiéndose a algunas posiciones retrógradas a las que los demás no teníamos elementos para cuestionar; pero tenía todo tan definido y tan sesgado que era difícil participar de sus ideas. A pesar de eso, recuerdo que llegó a invitarme a la primera gran concentración del Encuentro Nacional de los Argentinos, el ENA, propuesta que me había resultado interesante, hasta que Joaquín me dijo que en realidad se trataba de un encuentro del Partido Comunista, lo que me hizo desistir de cualquier acercamiento. No por macartismo, sino por mi independentismo a ultranza.

Ya para esa época las discusiones con Joaquín empezaban a ser más políticas. Si bien no compartía con él las salidas, como con Julio y con el Pato, porque decía que nada de eso le interesaba (en realidad le daba vergüenza asomarse a ese ambiente), teníamos largas charlas cuando lo acompañaba hasta la esquina de la casa. Allí yo me tomaba el sesenta y uno y terminaba llegando tardísimo a almorzar, pero siempre igual la abuela me tenía algo cocinado o algo había para sacar de la heladera. Guillermo también había entrado al Nacional pero ya no nos íbamos y volvíamos más juntos, como en la primaria, ahora cada uno tenía sus tiempos y los míos eran caóticos. Aunque me levantaba a las seis de la mañana para leer el diario, igual llegaba todos los días tarde y volvía también tardísimo. Guillermo, mucho más metódico, no estaba dispuesto a dejarse arrastrar por mi despelote.

El Mundial del Rey

Este párrafo en principio lo había comenzado con una frase que dice “Era el año setenta y en el aire había una dulce efervescencia”. Pero me puse a pensar y la verdad es que uno no percibía en ese momento que las cosas fueran diferentes, mejores o especiales. Uno vivía las cosas como las vive ahora, sólo que con otra intensidad, con toda la intensidad que se pueden vivir las cosas a los dieciséis años. Por eso me doy cuenta que es cierto que “todo tiempo pasado fue mejor” y que “en esa época era otra cosa”, como dicen los viejos (como ya empieza a decir uno). Si, cuando uno era joven las cosas eran mejores, simplemente porque uno era joven. Y cuando es joven hace cosas que después no puede hacer y si no las hizo tal vez no puede hacerlas nunca. Porque ese tiempo es, maravillosamente, irrecuperable.

En el mundo pasaban cosas importantes, es cierto, en aquel año 70, como pasaron antes y como pasaron después; pero si para uno tenía algo de especial ese año, eso era que se jugaba el Mundial. Yo había soñado siempre que llegaría a jugar el Mundial a los dieciséis años y que me consagraría como el mejor jugador del Mundo con la camiseta argentina, superando al mismo Pelé. A esa altura estaba claro que eso no sería posible: primero porque yo no había conseguido siquiera jugar en las inferiores de un equipo de Primera B y segundo, porque Argentina tampoco iba al Mundial. Así que no nos quedaba más remedio que verlo de espectadores neutrales, tal vez la mejor forma de ver una Copa del Mundo. Disfrutando más distendido el placer de mirar fútbol, cuando es bueno, sin la presión de estar pendiente del resultado. Y el fútbol de ese Mundial fue maravilloso, el mejor que se ha visto en la historia, según dicen.

Ese fue el primer Mundial que se televisó vía satélite y las imágenes traían el resplandor de un sol inigualable iluminando los estadios en el mediodía mejicano. Siempre asocié a Méjico con ese sol, el mismo que aparece en las viejas películas de Jorge Negrete, Pedro Infante y Miguel Aceves Mejía; en las fotos de las ruinas aztecas; en las postales de Acapulco: Méjico es un sol inmenso.

Por latinoamericanismo, yo hinchaba por los peruanos, que nos habían eliminado a nosotros para llegar, pero tuve que rendirme ante la calidad de los brasileños. Ya en el primer partido ante Checoslovaquia tuvieron una actuación casi perfecta, aunque empezaron perdiendo. Recuerdo que el gol checo lo hizo un rubio llamado Petras. Ese fue el pinchazo que despertó al Coloso. Un rato después Rivelino empató de tiro libre con su zurda criminal y dejo para el segundo tiempo el festival de la perfección. Entonces apareció otra zurda, menos letal pero más aguda, poniendo un pase larguísimo justo en el pecho de Pelé. El Rey se elevó por sobre todos los mortales acunando entre sus pectorales de ébano la perla de cuero hasta dejarla inerte a sus pies. La corona invisible del Rey brilló en ese momento bajo el sol mejicano y su pierna derecha ejecutó la sentencia implacable del gol. El resto quedó para Jairzinho y su ferocidad de pantera africana. Como navegando en las olas de Guanabara, como enhebrando caracoles en la playa, el número siete pasó flotando entre un mar de defensores que quedaron a la rastra y depositó la ofrenda junto al palo derecho del arquero, para que penetrara lenta y orgásmicamente en la valla. Y después, la ceremonia del festejo, como una prolongación armónica de la misma jugada, con una carrera continuada por afuera de la cancha hasta caer arrodillado debajo de la tribuna para persignarse y elevar los brazos al cielo, agradeciéndole a Dios por haberle dado el don de poder hacer feliz a un pueblo; por hacer feliz al mundo, porque cuando la belleza estalla, hasta los rivales se detienen a admirarla.

El debut de Perú no fue tan espectacular, pero sí mucho más emocionante. Unos días antes, un terremoto terrible había sacudido al país de los incas y miles de muertos habían quedado sepultados en los escombros de las ciudades andinas. Desde todo el mundo se mandó ayuda, la más significativa llegó de Cuba. En forma masiva los habitantes de la isla se volcaron a los centros de salud a donar sangre y plasma para los hermanos latinoamericanos en desgracia. Pero adentro de la cancha, la “solidaridad internacionalista” no existía, por más que Bulgaria fuera un país socialista y que en el Perú estuviese en el gobierno Velazco Alvarado con sus simpatías izquierdistas. Los búlgaros, que antes de Stoickov fueron siempre un equipo rudimentario, se pusieron uno a cero arriba con un gol de pizarrón. Un tiro libre de laboratorio en el que tres jugadores tocaron la pelota para desconcertar a la defensa peruana y dejar al ejecutor libre ante el arquero. En el segundo tiempo otro tiro libre, más simple pero certero, los puso inmerecidamente dos a cero. Perú no tenía consuelo ni en la tierra ni en el cielo. Pero enseguida apareció Gallardo, un wing izquierdo veterano que jugaba en Italia, y descontó con un gol muy parecido al de Grillo a los ingleses. Con pies de orfebres, los peruanos de ahí en más fabricaron pases de alpaca y gambetas de plata, bordados de oro sobre el área contraria. Perplejos e impotentes, los defensores búlgaros recurrían a la falta para detener a los esbeltos morenos que se venían desde la izquierda y a Sotil, un cholo retacón y endiablado que, como poseído por Mandinga, enloquecía a su marcador en la punta derecha. Una de esas faltas la cometieron muy cerca del área, casi en línea recta, y “el que a hierro mata a hierro muere”. Entonces se acercó Chumpitaz, otro cholo fornido, que tenía un cañón en el lugar de su pierna derecha; con la actitud del sacerdote que prepara el hacha para el sacrificio ritual, así acomodó la pelota. Se hizo el silencio que precede a una ejecución, tomó carrera y cayó el hacha. Antes de que el arquero alcanzara a verla en el fondo del arco, todo Perú estaba festejando.

Los dioses aztecas habían hecho justicia con los dioses incas, pero además les tenían preparado un regalo: con la elegancia de un gamo, Teófilo Cubillas, el más habilidoso de todos los delanteros, el jugador más brillante del equipo, arrancó en diagonal desde la izquierda dejando un tendal de defensores con requiebros de danza negra y, abriéndose levemente para ejecutar el tiro, colocó la pelota en el ángulo más lejano del arquero. Un terremoto de alegría sacudió entonces a las ciudades devastadas y los huérfanos dejaron de llorar por un rato.

Al resto de los latinoamericanos no les había ido mal en el inicio: México empató cero a cero con la Unión Soviética en el partido inaugural. Por el mismo grupo, al otro día hicieron su presentación en los mundiales, con poca suerte, los salvadoreños. Para clasificar habían tenido, literalmente, que ganar una guerra: “La Guerra del Fútbol”. Así se conoció al conflicto armado que en 1969 enfrentó a Honduras y El Salvador, a partir de los incidentes que se desataron tras el partido jugado en Tegucigalpa. Frustrados por el resultado, los hondureños, que eran los locales, se dedicaron a hostigar a la colonia salvadoreña, muy numerosa en el país; del hostigamiento se pasó a la agresión, hubo muchos salvadoreños muertos y muchas propiedades saqueadas. Entonces se declaró la guerra y dos ejércitos pobremente armados se enfrentaron con un saldo de cientos de muertos. Militarmente, la guerra la perdieron los dos, futbolísticamente ganó El Salvador.

Unos días después Uruguay debutaba con temores. El gran Pedro Virgilio Rocha, “El Verdugo”, miraba desde la tribuna, lesionado. “Si no podemos ganarle a Israel sin Rocha, ¿a qué vinimos al mundial?”, decían los uruguayos. Y ganaron, dos a cero pero extrañando demasiado a Rocha.

En esa fecha inaugural, los marroquíes le dieron un susto bárbaro a Alemania, le hicieron un gol de entrada. El mundo del fútbol estaba estupefacto, los países africanos casi no habían participado de los mundiales y Alemania era el subcampeón, ¿qué estaba pasando? Pero en el segundo tiempo las cosas volvieron a su lugar, los alemanes tenían un equipo fenomenal. Embanderados tras la calva mítica del “Tanque” Uwe Seeler, miles de hinchas habían cruzado el Atlántico para admirar la elegancia de Beckenbauer y la magia de Overath; pero allá arriba “Uwe”, como le gritaban los hinchas, no estaba solo. Un muchacho macizo, de piernas regordetas, iba con él a buscar los centros al área, se llamaba Gerd Müller y le decían “El Bombardero”. Los centros los enviaba, desde la derecha, un puntero genial de gambeta garrinchesca llamado Libuda, quien años después fue suspendido casi a perpetuidad por prestarse a un soborno. A Müller no le fue mucho mejor fuera de la cancha, pues resultó tener tanta facilidad para el gol como para el trago. Tomando cerveza en las tribunas, los hinchas alemanes alternaban el “Uwe, Uwe” con el “Obladï-Obladá”, el último éxito de los Beatles.

En la segunda fecha los marroquíes, los que tanto habían complicado a Alemania, fueron casi espectadores de lujo de una exhibición peruana que paró en los tres goles; Méjico empezó a recorrer el camino de la clasificación ganándole a Bélgica; Uruguay empató a cero con Italia en un partido pésimo, donde se dio la lucha casi grotesca entre el espigado Giacinto Fachetti, la gran estrella del Inter de Milán bicampeón del Mundo, considerado como el mejor marcador de punta izquierda del planeta, enloquecido por un morocho panzón que lo paseo por todos los rincones de la cancha: Luís Cubillas. A esa misma hora los israelíes reiniciaban la guerra de los siete días, adentro de la cancha y contra los suecos. Terminaron empatados en uno de los partidos más violentos de la historia de los mundiales.

Pero el gran atractivo fue el enfrentamiento entre Brasil e Inglaterra, algo así como “el partido del siglo”, porque se enfrentaban los últimos dos campeones y, además, los dos estilos: el rigor táctico, la dinámica, la velocidad y la fuerza física europea con la camiseta de los inventores del fútbol, los ingleses, contra la alegría, la fantasía y la improvisación sudamericana encarnada en sus máximos exponentes, los brasileños. Hubo jugadas espectaculares, como el cabezazo de Pelé y la atajada de Bancks, y ratos de tedio, hasta que apareció el quinto genio: un estudiante de medicina mineiro, que había quedado tuerto y desahuciado para el fútbol. En una jugada extraordinaria, Tostao le hizo el túnel a un inglés y eludió a dos más antes de dejarle la pelota servida a Pelé para rematar al arco. Y entonces el Rey demostró que un buen monarca deber ser generoso en el momento necesario: dos enviados de su majestad británica se acercaban para tapar su remate como si fuesen a rescatar las tropas de Cherburgo y lo dejaron sin espacio para meter la pelota en el arco; pero a su derecha, descuidado por el imperio, se extendía todo un continente sin dueño, ancho como el Matto Grosso y largo como el Amazonas; por él venía con galope de gacela el príncipe Jairzinho, a la velocidad justa para disparar una catapulta con el pie derecho, destruir medio palacio de Buckingham y seguir hacia el costado de la cancha hasta caer arrodillado, persignándose y levantando los brazos al cielo. Allí donde un Jesucristo negro encabezaba una batucada de ángeles, revoleando el santo sudario y bañándose en cashaza.

Ese partido prácticamente definió el campeonato. Quedaba claro que Brasil era incontenible. Pero el espectáculo debía continuar y continuó.

En el Distrito Federal, los rusos se quedaron con el primer puesto de su zona y con el Azteca, enviando a Méjico, en su propia tierra, como visitante a Toluca. Allí lo esperaba Italia, clasificada con una actuación tan pobre como lo han sido, históricamente, todas las de los italianos en la primera rueda. Pero después siempre se despiertan y llegan a la final. En ese mismo grupo Uruguay clasificó con lo justo, pese a una derrota inesperada ante la débil Suecia

Atacando por el aire, como si fuera en realidad la Luftwafe, la fuerza área alemana, y no una Panzer Divisionen, el equipo de Beckembauer destrozó el sueño peruano con tres cabezazos y la inestimable colaboración de Rubiños, el arquero incaico que por ese mal día se ganó el desprecio eterno de sus compatriotas. Esa derrota, sabían, era como una sentencia de muerte: los obligaba a jugar en Guadalajara con Brasil, que sin dificultades había superado a Rumania en el último partido de su ronda.

Cuartos de final

Como los partidos se jugaban todos en el mismo horario, se podía ver uno sólo y después los otros en diferido. Lógicamente, el televisado fue Brasil-Perú; resultó, como se esperaba, una orgía de fútbol, una de las mayores demostraciones de todos los tiempos. Pocas veces, o ninguna, en un Mundial se vieron tantos lujos, tantos amagues, tantas gambetas… y tantos goles. Con Rivelino y Tostao inspirados y Jairzhinio implacable, el “scratch” lo pasó por arriba a Perú y se puso arriba con un cómodo 4 a 1. Pero por fin reaccionó Teófilo Cubillas, quien tras una pared colosal achicó la diferencia y agrandó la emoción. Perico León despertó de su letargo y los minutos finales fueron vibrantes, exuberantes. Como una doncella codiciada por dos príncipes, la pelota circuló febrilmente de un lado al otro y al final del partido terminó exhausta de tantas caricias. Derrotado, el equipo peruano se retiró de la cancha aplaudido y admirado. En Lima los jugadores fueron recibidos con honores de héroes patrios y sus nombres alcanzaron el pedestal de los próceres; todavía se habla de ellos como el “mundialista” fulano o el “mundialista” zutano, título honorífico con mucho más prestigio popular que el de general o brigadier.

A esa misma hora, veintidós jugadores se tendían desfallecientes en el césped del Azteca bajo el sol despiadado del mediodía. La Unión Soviética y Uruguay habían terminado cero a cero. La superpotencia mundial, la nación que le disputaba a los Estados Unidos el control mundial y el país más chiquito de Sudamérica habían tenido un producto bruto futbolístico similar a lo largo de los noventa minutos: miles de barriles de sudor, megavatios de fricción, toneladas de foules y apenas unas gotas de fútbol. Los treinta minutos de alargue amenazaban ser un suplicio. Y lo estaban siendo, para los jugadores y para los espectadores. Hasta que David encontró la piedra para voltear a Goliat. En ninguno de los institutos de investigaciones deportivas de Leningrado, de Moscú, de Kiev ni de Siberia se había estudiado esa jugada. ¡Niet, niet, niet!, gritaban los rusos desesperados corriendo encima del árbitro y del juez de línea. La picardía no estaba en los manuales futbolísticos soviéticos. Ellos habían jugado casi dos horas cumpliendo todas las indicaciones del técnico, como buenos trabajadores deportivos socialistas, y no podían aceptar que un gordito morocho y picarón, con más pinta de borracho de bodegón que de atleta internacional los mandara de vuelta a la estepa. La pelota había salido, el alto, rubio y fornido defensor soviético la tenía bien cubierta con todo su enorme cuerpo eslavo; pero desde la otra línea no se podía ver bien, un enjambre de piernas y los postes del arco tapaban al lineman. El árbitro tampoco podía ver desde su posición si, como dice el reglamento, la pelota había transpuesto en su totalidad la raya de fondo o si todavía estaba algún centímetro sobre ella. Pero cuando es así, cuando ya el defensor parece tener controlada la situación y la pelota esta casi afuera, la mayoría de los delanteros abandona la lucha y regresa resignado sobre sus pasos. Tenían razón en protestar los rusos: cualquier jugador “normal” tendría que haber hecho eso. Pero Luís Cubillas tenía la barriga llena de picardía: metió su pierna entre las del gigantón soviético, le sacó la pelota y mandó un centro corto que Espárrago cabeceó al gol. El árbitro marcó el centro de la cancha y Uruguay, veinte años después del Maracanazo, estaba otra vez entre los cuatro mejores del mundo.

En el Mundial anterior, en el 66, Inglaterra y Alemania habían llegado a la final y habían empatado 2 a 2 en los noventa minutos de un partido intensísimo. En el primer tiempo del alargue final Hurst, el goleador inglés, sacó un remate brutal que dio en el travesaño y rebotó en el piso. Antes de que un defensor alemán la sacara al corner el juez de línea ruso corrió hacia el centro de la cancha y el árbitro hizo la inconfundible seña del gol. El estadio de Wembley estalló de alegría y los alemanes de furia; juraban que la pelota no había entrado. Desconcentrados por la indignación, recibieron un gol más sobre la expiración del partido y así quedó sellada su suerte y la del torneo. Por primera vez en la historia el país de los inventores del fútbol era Campeón Mundial en un torneo organizado a su medida. Pero a los alemanes les quedó el rencor de haberse sentido despojados. Para ellos, la actitud del juez de línea soviético no había sido una cuestión de apreciación óptica, sino una estudiada maniobra geopolítica: la alianza de Churchill y Stalin se había reconstituido para derrotar a los alemanes en el campo de juego, como antes en el de batalla. El Foreing Office y el Kremlin estaban atrás de eso. El resto del mundo, a decir verdad, también veía con bastante sospecha tanta seguridad para otorgar un gol que en las sucesivas repeticiones televisivas no podía apreciarse.

Con ese afán de revancha Alemania recibió a Inglaterra y la historia prácticamente volvió a repetirse, pero con suerte inversa: heroicamente, Alemania revirtió un 2 a 0 en contra y terminó ganando 3 a 2 en los noventa, otra vez con las cabezas del “tanque” y del “bombardero”.

En Toluca nadie tuvo que preparar las valijas: Méjico porque no había necesitado hacerlas e Italia porque tenía que quedarse a jugar la semifinal con el ganador de Alemania-Inglaterra en el Azteca. Repentinamente “Gigi” Riva, el gigante sardo, y los otros “canonieri” habían despertado, propinándole una derrota a Méjico tan categórica como dolorosa. Fueron cuatro goles que hundieron las expectativas de todo un pueblo, ilusionado con la posibilidad de ser algo más que simples anfitriones de la grandeza ajena.

Semifinales

Habían pasado veinte años desde que Brasil y Uruguay se habían enfrentado en Río de Janeiro, en el estadio “mais grande do mundo”, ante una multitud de doscientos mil espectadores preparados para festejar un triunfo que nunca llegó. La hazaña uruguaya de ese día es tema para otro capítulo, pero el trauma que dejó en los brasileños no terminó de borrarse nunca. Y en el setenta todavía estaba muy fresco, a pesar de que en esos veinte años los “canarinhos” habían ganado dos campeonatos mundiales y los uruguayos, grandes a nivel de clubes, habían desaparecido de los primeros planos a nivel de selecciones. Y para refrescarlo más apareció otra vez Luís Cubillas, sorprendiendo a defensores mucho más veloces físicamente y mucho más lentos mentalmente. Desde una posición muy cerrada alcanzó a pegarle con un raro efecto a la pelota, que lentamente pasó delante del arquero Felix y se metió en la valla. La imagen mítica de Obdulio Varela, el gran responsable de aquel triunfo del 50, se agigantaba en Guadalajara.

Pero este Brasil no era el mismo del Maracaná y, sobre todo, este Uruguay no era el mismo de aquella tarde. Los cinco genios de adelante no aparecían, la defensa oriental estaba muy firme, pero atrás de ellos había un número cinco que no había brillado hasta ese momento, tenía la discreción y la simplicidad de los buenos administradores. Su función, como un jefe de suministros, como el comandante de una división de logística, era cuidar que la pelota llegara mansa y tranquila a los pies de los genios, con la mayor frecuencia posible; pero en ese momento Brasil necesitaba un mariscal de campo, un gerente general y Clodoaldo entonces se subió al puesto de mando, entró al despacho de la gerencia y con un derechazo preciso le recordó al mundo que la historia es sólo historia .

En el segundo tiempo los dioses volvieron de sus vacaciones. Rivelino derrumbó de un zurdazo mortal las ilusiones celestes y Jairzinho se encargó de sepultarlas con una repetición de sus goles a Checoslovaquia. Ese segundo tiempo, además, fue la hora del Rey, el momento de mayor esplendor de Pelé en todo su fabuloso campeonato, con dos jugadas de su sello. Un remate de primera ante un saque de Mazurkiewitz, que cualquiera que no hubiese sido Pelé hubiese mandado a las nubes, pero él la mandó al medio del arco y el arquero la embolsó, porque era Mazurkiewitz, con otro hubiese sido gol. Y esa otra jugada, la que todavía repiten los documentales, dejándola pasar por adelante del arquero y yéndola a buscar por atrás. Menos mal que no fue gol, ahí nomás le hubiesen dado la copa a Brasil y se habría terminado el torneo.

La otra semifinal, en el Azteca, también quedó en la historia, tal vez como el partido más emotivo que jamás se haya visto. Italia y Alemania tuvieron que ir al alargue para desempatar, pero lo que pasó es mejor que no lo cuente yo, es mejor leer a Diego Lucero, en la mejor nota periodístico deportiva que he leído en mi vida.

La final

La coronación de Brasil en la final contra Italia tal vez haya sido la fiesta máxima del fútbol de todos los tiempos. Porque todos la estaban esperando, porque era el triunfo del arte contra la fuerza bruta, de la habilidad contra la potencia, de la música contra el ruido.

Como sucede con las grandes fiestas en palacio, la inauguración estuvo a cargo del Rey. La jugada fue muy sencilla: Rivelino recibió un lateral por la izquierda y con toda la precisa potencia de su zurda envió un centro al medio del área italiana El defensor saltó muy alto, porque era un gran defensor, pero no llegó, no podía haber llegado nunca, la pelota estaba fuera de las alturas terrenales, estaba en el inaccesible espacio de los dioses, ese al que sólo podía llegar Pelé con su salto y con su frente. Hacía un rato que había empezado el partido y parecía que a partir de allí era sólo cuestión de contar cuantos goles más vendrían.

Pero Italia es Italia, en la tierra y en el fútbol, y nunca se la puede dar por derrotada. Un rato después Buoninsegna aprovechaba la fragilidad de los guardianes del cielo y ponía el empate. Eso irritó a los dioses. Al volver del descanso salieron decididos a castigar la insolencia de los mortales.

De los cinco colosos de la delantera sólo uno no había hecho ningún gol: Gerson, el clarividente de la zurda. Y decidieron que fuera él quien se encargara de ejecutar la sentencia. La misma pierna que había servido para colocar pases magistrales descerrajó la descarga mortal. Entre el palo izquierdo y el brazo de Albertosi, la pelota horadó el corazón de la víctima.

El resto tuvo la lujuria de un festín. Entre Gerson, Pelé y Jairzinho pusieron el tercero para recordarle a Italia que estaba muerta, y al final llegó el tiro de gracia con una bala de oro. El almanaque se había adelantado y el carnaval estaba desatado sobre el Azteca. Y en carnaval todos tienen derecho a divertirse, a abandonar momentáneamente su función social para salir a bailar a la calle. Los que hasta entonces se habían reprimido cumpliendo su abnegada tarea de funcionarios de la corona, se vistieron de gala y se sumaron a la fiesta.

El metódico Clodoaldo se desbordó en una bacanal de amagues, requiebros y gambetas, y como un viejo adelantado de la corona portuguesa, le ofreció a su rey el regalo más fastuoso que había conseguido. Y el rey, una vez más, tuvo un gesto de grandeza. Llamó al capitán de su armada, que avanzó galopando en su corcel entre las rendidas tropas itálicas, y le ofreció, inerme, la víctima del sacrificio para que tuviera el honor de degollarla. Carlos Alberto entonces descargó un derechazo infernal, para que todo su pueblo festeje. Fue como al fin de las viejas batallas indias, cuando el guerrero mostraba la cabeza del jefe vencido en una mano y la espada en la otra, para que nadie tuviera dudas de que la victoria había sido absoluta.

Allí terminó el banquete de los dioses y empezó la fiesta de los mortales.

La música
Gardel en el wincofón

Cuando llegamos de vuelta a la Argentina, estaban en su apogeo El Club del Clan y la música folklórica, sobre todo la litoraleña. Se escuchaba mucho a Rodolfo Zapata, el Cholo Aguirre, Ramona Galarza y Rosamel Araya, entre otros. El Orangután era el gran éxito de Chico Novarro y también causaban sensación Lalo Fransen, Niky Jones, Johnny Tedesco, Violeta Rivas y Nestor Fabián, los ídolos del Club del Clan. Para unos carnavales, creo que para los del 64, con mis primas organizamos una especie de corso en el fondo de casa, con escenario y todo. A mí todavía no me había agarrado la locura por el fútbol y me gustaba la música.

Con el tiempo, la cultura musical de la casa se fue ampliando y diversificando. Cuando pudo disponer de unos pesos mi madre fue hasta Berisso a comprar en Alayan Hermanos un tocadiscos Wincofón, de cuyos restos mortales, totalmente despanzurrados, me he apoderado. En él empezamos escuchando los discos que más le gustaban a ella y a mis abuelos: Gardel, Raphael, Lola Flores, Johann Sebastian Bach y Vivaldi; después compramos también la versión grabada de los temas del festival de San Remo, cuyas letras en italiano aún recuerdo, y de a poco nos fuimos acercando a Los Beatles y a los Rolling Stone.

A partir del 69, aproximadamente, nuestros gustos musicales variaron mucho a partir de la influencia de los Meyer: Ricardo, Marcelo y Guillermo, los hijos de Rosita, la íntima amiga de mi vieja.

Tres tríos de hermanos

Los hijos de Rosa tenían casi las mismas edades que nosotros: Ricardo era unos meses más chico que yo, Marcelo unos meses más grande que Guillermo y Guillermito, el más chico, tres años mayor que Alejandro. En la casa de los abuelos de ellos vimos por primera vez televisión en la Argentina, debe haber sido en el 59 o 60. Me ha quedado grabada para toda la vida la imagen de un auto negro misterioso, del tipo de los viejos autos ingleses, en el que se llevaban a una mujer llamada “La Gata”. Don Máximo y Doña Teresa vivían a tres cuadras de casa, en la 68, que ya era asfaltada y pasaba el colectivo, como ahora. Don Máximo era empleado de la embajada norteamericana en Buenos Aires y viajaba todos los días hasta allá; fue el primer muerto que vi en mi vida y más que la blancura de la piel lo que me impresionó fue la soledad en que lo enterraron. Estaba acostumbrado a ver pasar los entierros por la diagonal y prácticamente ninguno tenía menos de diez autos siguiéndolo: yo pensaba que la muerte de una persona era una gran tragedia, un gran acontecimiento, y que a nadie se lo podía dejar ir sin hacerle un buen acompañamiento. Me horrorizaba pensar que alguien pudiera llegar a morirse en medio de tanta indiferencia. Unos años después murió doña Teresa, a su entierro fue menos gente todavía.

Ricardo, Marcelo y Guillermito tenían tres primos, también varones, de las mismas edades que nosotros: Mario, Buky y Pablo. Eran primos por parte del padre y seguían visitándose a pesar de que Rosa ya se había separado de Oscar. Esa condición de hijos de padres separados, que aún se consideraba un estigma, nos hacía sentir más unidos con los Meyer. A pesar de que nuestra amistad se limitaba a visitas periódicas, en ocasiones, principalmente para los cumpleaños, estábamos los nueve: los tres Meyer, los tres Mercader y los tres Asuaje: Guillermo, Alejandro y yo. De ellos aprendíamos cantitos y otras travesuras a las que no estábamos acostumbrados. “En Egipto había un camello/ que se quejaba por tener tan largo el cuello/ y a su lado estaba Agapito/ que se quejaba de tener tan largo el...trulala, trulala...” ese era uno de los cantitos que más recuerdo.

Pero cuando Rosita se mudó a la casa nueva, en treinta y tres entre dieciocho y diecinueve, los Meyer ya estaban en otra cosa. Los Hippies en ese momento eran, todavía, una novedad. Cada vez se usaba más el pelo largo, pero pocos eran los que se aventuraban a fumar marihuana y vivir en comunidad, teniendo como actividad sustancial la música. En La Plata la vanguardia del movimiento era La Cofradía de la Flor Solar, un “conjunto” (como se le decía entonces a toda agrupación musical) de rock and roll, cuyos componentes vivían comunitariamente en una vieja casa de la calle 13, a la que acudían como a una Meca todos los jóvenes que aspiraban a bañarse en las aguas del amor libre y la psicodelia intelectual. Algunos pasaban fugazmente y después volvían a la comodidad de la casa paterna y de las convenciones pequeñoburguesas. Pero los Meyer no eran unos turistas en ese mundo, desde Rosita a ellos mismos practicaban casi una militancia en el hippismo, rodeados de amigos pelilargos y desgarbados a los que poco o nada les interesaba el fútbol, la política o cualquier cuestión de la realidad cotidiana. Su mundo eran los discos de Los Beatles, de Frank Zappa, de Jimmi Hendrix, de Janis Joplin y de una cantidad de músicos y grupos totalmente desconocidos para nosotros hasta entonces. Esos personajes eran también sus ideales de vida.

Absolutamente coherente en su postura, Ricardo no quiso cortarse el pelo cuando Rosa le consiguió trabajo en DEBA. Cuando se presentó a ocupar el puesto, su jefe le prohibió la entrada por tener el pelo largo. Ricardo, entonces, buscó a un escribano, hippie, como él, y labraron un acta dejando constancia de la situación. No sólo lo tuvieron que dejar entrar, su mismo jefe lo llamó y le dijo “Pibe, te felicito por como defendés tus derechos”,

Esa no era la única virtud de Ricardo, su talento para el arte era descomunal. A los doce años, más o menos, hizo un retrato mío a lápiz más real que el original. Todos sus dibujos y sus pinturas permitían avizorar en él a un futuro Petorutti, pero prefirió dedicarse a la música, y con la guitarra fue un superdotado. Hubiese llegado lejos, tan lejos como llegaron Los Redonditos de Ricota, el grupo musical que integró hasta el día del accidente en Jujuy, cuando la fatalidad se le cruzó en el camino, como a su padre y a su esposa.

Aunque no podíamos, ni queríamos, integrarnos a esa especie de comunidad, el contacto con ellos nos sirvió para conocer una realidad musical distinta. Descubrimos a Joan Baez y a otros autores que no existían para la cultura musical tradicional. El entusiasmo por la música, alimentado por una guitarra semidestruida que apareció en casa, nos llevó intentar un aprendizaje en la academia Santolaya, en calle siete, frente al ministerio de Economía. Recuerdo que fuimos algunas veces con Julio y Carlos, pero el método de enseñanza estaba demasiado acostumbrado al tango y al folklore y nos resultaba muy aburrido.

Pero la música nos entusiasmaba: el Pato me contó un día que se le había ocurrido una canción buenísima, que debía ser cantada deformando, la voz como si usara un vibrato, eso que tenían las guitarras eléctricas. Le parecía que ese efecto iba a revolucionar la música a nivel mundial. “Escuchá, escuchá, me decía: “¡Ohh Dioooooooooooooooos!..:” y yo me empecé a matar de risa, era tan desentonado que parecía estar haciendo gárgaras en vez de cantar. Pero él estaba convencidísimo de que era una genialidad.

Siempre fui nulo para la música, sólo que entonces no lo sabía. Más aún, hasta creí que algún día podía llegar a aprender a tocar la guitarra. Y me pasaba horas intentando sacar algún pedazo de melodía. La pobre guitarra tenía que soportar los experimentos de nosotros tres y también de nuestros amigos, quienes en los momentos de ocio la martirizaban tratando de sacarle algo que se pareciera a una nota musical. Damisela abusada por los bárbaros, pasaba de las manos de Guillermo a las de Ruben o a las mías. Ruben era particularmente insistente, venía a mi casa cuando no tenía nada que hacer y empezaba a tratar de hilvanar dos notas seguidas, Y así pasaban las horas. El único con un oído como para a ser músico, de no mediar otras circunstancias, era mi hermano Alejandro. Los demás apenas si podíamos, con mucha dificultad, reproducir la introducción de algún tema o un fragmento minúsculo.

En lo personal, esa inconsciencia respecto a mis limitaciones musicales me llevó a suponer que sabía tocar el bajo, al punto de que acepté una invitación de Eduardo, el vecino de la vuelta, para tocar en un conjunto de cumbia, Eduardo era un tipo bien de barrio, arquero de grandes condiciones pero escasa estatura, obrero metalúrgico y cumbiambero. Al barrio todavía no había entrado el rock; se escuchaba y se tocaba la cumbia, pero la cumbia vieja, tipo los Wawancó, en un estilo que con los años se fue degenerando hasta producir engendros como Los Galos o Los Pasteles Verdes. El conjunto estaba empeñado en sacar un tema propio, “Muchachita tu eres mi amor, muchachita de mi corazón…”, algo así decía la letra. La música, supongo, no sería de una calidad muy superior; empeorada, para colmo, por la interpretación de un bajista que no duró más de un ensayo. No recuerdo que excusas me dieron, pero nunca más me volvieron a llamar.

Tiempo después intentamos formar un grupo de rock con el Bocha, Claudio y el Baby, mis compañeros del Nacional. Salvo Claudio, los otros tres éramos parejos: todos un verdadero desastre. Pero no teníamos conciencia de ello y estábamos convencidos de que podíamos llegar a tocar en público. El público iban a ser las chicas de nuestra división que habían organizado una fiesta. No sé por qué mal entendido, no pudieron coordinar nuestra presentación. El favor que nos hicieron, nos evitaron un papelón del que todavía nos estaríamos acordando… y riendo.

Zamba p’a ti

Mi conexión principal con la música, sin embargo, seguía pasando por Alfredo. Apasionado por la batería, tenía como ídolo a Mingo Martino, el jazzista cuarentón que estaba siempre con su orquesta en los bailes de Universitario, y no tardó en convertirse en un buen baterista. Pero claro, un baterista no pude ponerse a tocar “La cucaracha”, ni “Para Elisa”, ni “Pájaro Campana”, la batería es un instrumento jodido para ser solista, no es como la guitarra o el piano, ni siquiera como el violín o el bandoneón. Pero había dos guitarristas y un bajista que andaban buscando un baterista para formar un conjunto y se enganchó con ellos.

El cuarteto de Alfredo comenzó a ensayar intensamente, yo me convertí en su principal espectador, en hincha acérrimo y en letrista potencial, porque les había gustado la idea de que escribiera canciones para ellos. Así fue surgiendo mi amistad con los “Raules”, los guitarristas del grupo. Raúl R., la segunda guitarra, era una bestia descomunal, de casi dos metros y más de cien kilos. En cualquier lugar llamaba la atención por su tamaño, sobresalía notoriamente de la media normal. Esa altura no lo hacía sentir superior, sino todo lo contrario; le creaba un complejo terrible. Eso lo descubrí en las vacaciones de invierno en Tandil. Fuimos los dos solos y salimos a dar vueltas por la ciudad, para tratar de levantarnos alguna mina; cada vez que nos acercábamos a alguna yo no tenia mejor idea que joder con su altura. Me puse muy pesado con ese tema (he descubierto que a veces soy un tipo bastante jodido con los defectos ajenos) y Raúl se calentó feo conmigo. Pero después se amargó mucho y se fue a tomar un café solo. Ahí me di cuenta de cuanto le jodía esa estatura que otros mirábamos con envidia. A pesar de su tamaño, Raúl no era un duro, sino un tipo bonachón y generoso. Al llegar el verano nos consiguió un trabajo en una droguería. Ordenando medicamentos durante varias noches pudimos ahorrar dinero para irnos de vacaciones.

El otro Raúl era un virtuoso de la guitarra, que me maravillaba por su capacidad para interpretar a Jimmi Hendrix y, en especial, a Santana. Era el momento en que estaba de moda Santana con su célebre Samba p´a ti.

La introducción de “Samba p’a ti”, tiene un arpegio inconfundible. No era tan difícil, pero pocos podían tocarlo bien, y Raúl lo tocaba a la perfección. Iba al Nacional, como el otro Raúl, y confesaba haber sido hasta no hacía mucho “un boludo atómico”, al que sólo le interesaba hacer facha en el centro y entrar a los bailes del Jockey. Raúl tal vez hubiese conseguido algún éxito como rockero, pero unos años después resolvió que en su vida había cosas más importantes que aspirar a ser un John Lennon o un Mick Jaegger. Para ese entonces ya nos veíamos muy circunstancialmente, aun así la relación establecida entre nosotros perduraba, aunque ya nos unía otro interés, más allá de la música.

Yo sabía que Raúl que había empezado a estudiar ecología y estaba militando en política, pero no sabía en qué organización militaba. La última vez me lo encontré en el colectivo, el golpe de estado tenía apenas un par de meses y el miedo mío una eternidad. Era otoño, la tarde recién había nacido, un sol tímido entibiaba el preámbulo de la amargura. A esa hora, a esa altura del año, los colectivos por el Belgrano se iban llenando con una carga variada de estudiantes, docentes, empleados y jubilados yendo a estudiar, a trabajar, a hacer trámites, a matar el aburrimiento en la casa de algún pariente o a las primeras funciones del cine continuado. Yo venía de City Bell, a los primeros controles de la tarde, estaba sentado en los asientos del fondo de todo, en el medio, porque desde ahí tenía más panorama para observar los movimientos en el colectivo y decidirme a bajar si veía algo raro. En Gonnet subió Raúl y se sentó al lado mío. Cuando uno está viviendo en la clandestinidad no es mucho lo que puede hablar, excepto que esté dispuesto a mentir. “Estoy viviendo en tal lado, estoy trabajando en tal otro”, esas trivialidades que forman parte de las charlas normales entre personas que hace mucho que no se ven, en ese caso no tienen lugar. Raúl* sabía que yo estaba en una situación de seguridad delicada y yo sabía que él tenía una militancia comprometida, y no nos hicimos ese tipo de preguntas. Casi a entredientes iniciamos una conversación política que amenazaba con profundizarse cuando al llegar a la caminera el colectivo se detuvo adosándose a una fila que esperaba a ser revisada por los policías del destacamento. Entonces nos sentimos unidos como nunca lo habíamos estado: por unos cuantos minutos, que parecieron interminables, compartimos el miedo. Casi en silencio, en un colectivo repleto donde era peligroso hablar de ciertas cosas, esperamos que llegara el momento en el que podría decidirse nuestra vida o nuestra muerte. Alguno de los dos podía llegar a no pasar el control, o tal vez ninguno de los dos. No lo sabíamos, todo iba a depender de la sagacidad o de la buena voluntad del policía o del militar que nos revisara, o quizás de algún imponderable que no podíamos prever. Cuando le llegó el turno a nuestro colectivo nos dimos cuenta que el control era selectivo, revisaban a unos sí y a otros no. A nuestro colectivo lo hicieron seguir. Respiramos aliviados y seguimos conversando unas cuadras más, todavía conmovidos por el miedo. Después cada uno se bajó en un lugar distinto y nunca más volvimos a vernos.

Yo supe de él recién tres años después, por los diarios y por los comentarios de los exilados. Junto con su hermano estaba en la larga lista de desaparecidos cuyas madres buscaban denodadamente, sacudiendo la conciencia del mundo. Y la suya, quizás, sea la más emblemática de todas.

* Raúl es Raúl Bonafini

Los primeros trabajos

Lentamente, la música, la política y las vacaciones iban haciéndose un lugar entre nuestras inquietudes, aunque sin desplazar del todo al fútbol. Las salidas de los fines de semana yo las alternaba entre algún programa con los compañeros de Alfredo, las incursiones por las confiterías bailables con Ruben y alguna salida con Julio y con el Pato. Analizándolo en perspectiva, mi vida no era nada sacrificada; estaba enteramente dedicada a las obligaciones del estudio, que no eran muchas: me limitaba a ir al colegio, siempre tarde, y a Educación Física, también tarde, para ser coherente. Hacía las tareas imprescindibles como para cumplir y estudiaba cuando tenía ganas, a las apuradas; aún así, mis notas eran bastante satisfactorias, recién me llevé una materia a examen en tercer año: matemáticas. La profesora era una mujer gorda, muy seria, que me tenía conceptuado como un vago, lo cual se ajustaba bastante a la realidad. El día del examen me fui con el traje negro de casimir inglés que nos había hecho hacer mi padre en su segunda visita en seis años. El traje era impecable, a medida, pero yo tenía el pelo larguísimo, todo enrulado y una pinta de zaparrastroso terrible. Así que la profesora cuando me vio dijo: “Asuaje, si no se peina no entra a dar examen”. Y yo accedí. Me mojé bien la cabeza y entré. Debí haberme negado, ella no tenía derecho a prohibirme dar examen, pero en ese momento ni se me ocurrió rebelarme. Cuando me tocó dar fui tan rápido y tan preciso que me pusieron diez y la profesora me preguntaba asombrada: “Asuaje, ¿cómo hizo?”.

A esa altura mi vieja ya insistía cada vez más conque “vos te tendrías que buscar algún trabajito, con una sola entrada no se puede”. Y yo entré a buscar trabajo, realmente estaba dispuesto a laburar. Alfredo y sus compañeros me habían invitado a ir de vacaciones a Mar del Plata en carpa, dos cosas que yo nunca había hecho: no conocía Mar del Plata y nunca había vivido en carpa. Para poder ir necesitaba plata y mi vieja no podía dármela, así que dependía de un trabajo. Pero no tenía suerte, a los avisos que iba por una cosa o por otra no me tomaban. Hasta que un día me avisa mi vieja que Julio me andaba buscando, el padre tenía un trabajito para nosotros. Me puse más contento que cuando aprobé el examen. ¡Tenía ganas de laburar!

Pero el laburo no era fácil, el padre de Julio había empezado a tomar trabajos de electricidad por su cuenta y le había salido hacer las instalaciones eléctricas de toda una planta avícola. A nosotros nos tocaba hacer canaletas en la pared, a martillo y cortafierro. Fueron pocos días, pero aunque el trabajo era matador, terminamos felices. Unos días después ya estaba con Pancho y con Alfredo haciendo dedo en el cruce Echeverri. Después de siete años volvería a ver el mar.

La experiencia de la carpa en Punta Mogotes fue interesante, aunque de mujeres ni hablar. La avenida Constitución, donde están todos los boliches bailables, quedaba demasiado lejos de nuestra carpa y de nuestros bolsillos. Y no teníamos cancha como para encarar mujeres en la playa o en el centro. Pero sirvió para conocer más de cerca a los compañeros de Alfredo y terminar construyendo con algunos de ellos una amistad que sería eterna.

Oficios de verano

Otro de los oficios fugaces de aquellos veranos fue la limpieza de las piletas del club Universitario. Ese trabajo lo había conseguido alguno de los Raules y fuimos a hacerlo con ellos y con Alfredo bajo la supervisión técnica del Negro Claro, un morocho simpático, bastante más grande que nosotros. Él necesitaba ayuda una vez por semana y de madrugada. Lo exótico del horario tenía una justificación muy simple: a oscuras totalmente era imposible porque no se veía nada y más tarde, con la pileta llena de gente, tampoco se podía. Había que aprovechar entonces las primeras luces del amanecer y terminar antes del mediodía. A esa altura del año, a las cinco de la mañana ya comienza a despuntar una tenue claridad violácea; por un rato el tiempo se estaciona en la indecisa frontera entre la noche y el día. Aunque hacía frío, el entusiasmo por poder ganar un poco de plata y el aspecto espectral del agua convertían el trabajo en un placer extraño, en una sensación parecida a ver amanecer sobre el mar.

Uno de esos días me encontré inesperadamente con Claudia y con Liliana, que iban a pasar el día en el club. Ese encuentro lejos de las aulas de la escuela sirvió para acrecentar una amistad que venía construyéndose desde los primeros años del colegio, a pesar de los cortocircuitos permanentes que se daban entre los varones y las mujeres. Respecto a Liliana, debo confesarlo, tenía un interés que iba más allá del simple compañerismo. Ese día, la presión de la malla negra, de una sola pieza, le marcaba unas nalgas y unos pechos generosos, promotores de un deseo febril que me preocupaba por ocultar. Pero nunca me animé a intentarlo, no sabía como hacer para acercarme a una mujer de una manera que no fuese intempestiva. Además de provocarme fantasías eróticas, Liliana me despertaba una enorme ternura. No puedo decir que estaba enamorado de ella, porque la sensualidad y la ternura corrían por carriles separados. Como mujer me atraían su cuerpo y su cara. Como compañero de escuela, en cambio, sentía por Liliana esa misma mezcla de complicidad y paternalismo que sentía por Joaquín. Éramos cómplices en la cofradía virtual que congregaba tácitamente a quienes teníamos un dolor que nos hacía sentir diferentes a los demás. Con Liliana teníamos dos coincidencias: nos faltaba un padre y nos sobraba la escasez. El padre de ella había fallecido cuando estábamos en segundo año y desde entonces, o quizás desde antes, la abundancia venía escaseando en su casa. Alguna vez la había visto llorar por un aplazo en una mesa de diciembre y me dieron ganas de besarla.

En esos jardines de Universitario, en los carnavales de ese mismo año, Julio se puso de novio con Silvia, así empezó a alejarse lentamente de nosotros, para quedarse al lado de ella hasta ahora. Hoy, más de treinta años después, forman una pareja y una familia admirable.

Son como un sapo los ojos de la india argentina

La rueda delantera patinó al frenar, el colectivo hizo unos metros más y se detuvo. Recuerdo mis mocasines de gamuza, mis medias blancas y mi vaquero negro de corderoy bajando los escalones del colectivo en una tarde de invierno, atormentada por la humedad. Tenía más pinta de guitarrista de rock and roll o de escritor existencialista que de enfermero. Sentí que acababa de poner el pié en el país de la tristeza. La lluvia había dejado una pátina de barro pegajosa embadurnando el pasillo del colectivo, los adoquines de la calle y los senderos del hospital. Las paredes transpiraban una neblina melancólica que se metía en las salas inmensas, se desparramaba por los pasillos, lagrimeaba sobre los fierros descascarados de las camas, embebía los colchones y las frazadas percudidos de mierda y orín, calaba los huesos y perforaba el alma. Todo estaba húmedo. El día era un llanto.

El hospital estaba dividido en dos partes, separadas por una calle que agonizaba en el yuyal de la pampa. De un lado estaban las mujeres y del otro los varones, como ahora. Cuando crucé la calle y entré en Melchor Romero hubiera jurado que el infierno era exactamente así: una sensación de tristeza húmeda y pegajosa envolviendo al mundo. Era como entrar a otro mundo debajo del mundo, aplastado por el miedo y por el olvido

Siempre son tristes los manicomios, pero cuando llueve y hace frío son terribles. La ciénaga humana donde los de afuera vuelcan todas sus miserias, sus traiciones y sus abandonos, sus abyecciones y sus mezquindades, se inunda de un fango implacable que enchastra la ropa de los locos y el corazón de la tarde.

Caminaban libres, mendigando un cigarrillo, una moneda o una sonrisa. Reclamaban deudas impagas de afecto y promesas de libertad incumplidas, con monosílabos que se les caían balbuceando de las bocas babeantes. No miraban con tristeza ni con rabia, sino con una especie de resignación espantosa y penetrante. Con la desesperante resignación de quien ya no tiene ninguna esperanza

Entrar ahí era empezar a transitar la región de la impotencia. La revolución socialista, la expropiación de los medios de producción, el poder popular, ¿servirían también para darle cordura a los locos y felicidad a los tristes? ¿Pasará la revolución por Romero, no quedará demasiado a trasmano en los mapas de la gran marcha de la liberación nacional?, ¿y si se olvidan o toman un camino equivocado?

Ese año yo recién estaba empezando a entender, muy precariamente, de qué se trataba el socialismo, la liberación nacional, el proletariado, la plusvalía y un montón de palabras que aparecían de repente en el lenguaje cotidiano, como diría el Negro Bossio. Pero si me hubiesen dicho que la revolución era necesaria única y exclusivamente para cambiar todo en Melchor Romero, yo lo hubiese aceptado. Yo algo conocía de la miseria y eso sólo ya me bastaba para condolerme y hacerme pensar en la necesidad de un cambio de fondo, pero Romero era algo más que la miseria. Era la miseria agravada por la soledad y la locura. El loco, aunque viva con otros mil o dos mil locos juntos, casi todo el tiempo está solo, tiene su propio mundo, al que se puede entrar usando contraseñas que muy pocos conocen, a veces nadie.

Del lado de los varones, el hospital era un racimo de pabellones entre jardines lúgubres y calles desparejas. Los pabellones eran edificios chatos y amplios. Con techos de tejas y arcadas coloniales por las que se entraba a unos salones enormes y fríos. A derecha e izquierda se alineaban decenas de camastros de hierro, dejando en el medio un ancho pasillo. Pregunté por el primo de mi vieja, y me mandaron a una sala que estaba bien adentro del hospital; tuve que atravesar unos cuantos senderos y pasar por delante de varias construcciones. Allí, en los paredones descascarados, con tizón negro, vi varias veces escrita la misma frase:”son como un sapo los ojos de la india argentina”. Al lado de la frase casi siempre había un dibujo de algo que no alcanzaba a distinguirse bien si intentaba ser el ojo, si intentaba ser la india o si intentaba ser el sapo, pero resumía, de alguna manera, las tres cosas.

Yo era un pibe que buscaba trabajo, de lo que fuera, y podía ser eso. Podía ser. “En el hospital funciona un club para los internados, un lugar que se creó para que puedan hacer actividades culturales, para que tengan una forma de entretenerse y se puedan ir preparando para cuando salgan, los que están en condiciones de salir. Si él empieza a ir ahí a colaborar, a lo mejor después consigue entrar como empleado”. La vieja estaba desesperada por conseguirme un laburo y un día se encontró con un primo casi desconocido que trabajaba como enfermero en Romero, aprovechó y le pidió a ver si no me podía conseguir algo. Él me llevó hasta el club, una especie de casilla Tarzán pero muy amplia, en la que había un par de salas con libros y elementos para pintar y dibujar. No me prometieron nada, pero me preguntaron qué podía hacer y a esa altura lo único que se me ocurrió que yo podía hacer era dirigirlos para hacer ejercicios y jugar al fútbol. Les pareció bien y arreglamos para arrancar otro día. Esa misma tarde conocí a Alfredo, un sicólogo de barba negra rala y pelo largo con el que me tomé el colectivo de vuelta. Me había llamado la atención un hombre que había conocido en el club, me había impresionado por dos cosas: no tenía el aspecto de la mayoría de los otros enfermos, sino más bien el de un empleado que va todos los días a su trabajo, vestido modesta pero pulcramente, y tenía la cabeza deformada debajo de la nuca por una protuberancia enorme. “Ese hombre, me dijo, tiene una inteligencia extraordinaria y sabe muchísimo, en realidad no debería estar acá, pero la lesión le afectó el cerebro. Es una herida de guerra, lo hirieron en la Guerra Civil Española y le quedó una esquirla incrustada”. El viaje con Alfredo fue muy corto, se bajó en La Granja, a un par de kilómetros de Romero:

- No sé si vamos a durar mucho; a nosotros, los del club, los directores del hospital no nos quieren, dicen que lo que hacemos es subversivo, alcanzó a decirme.

- Y tienen razón, le contesté cuando se estaba por bajar. No tuvo tiempo de que le completara la respuesta y lo dejé pensando. A esa altura yo ya empezaba a pensar que trabajar con los locos era una forma de cambiar el mundo.

La tarde que me presenté a iniciar mi trabajo había un sol tibio y claro. En la sala de mi pariente pude reclutar alrededor de una docena de pacientes para iniciar mi experiencia como terapeuta deportivo. Uno de ellos era un gordito panzón y narigón, con cara de ratón y piernas largas, decía constantemente algo así como “Ta gueto” y eso aparentemente tenía un significado distinto para cada ocasión, según me lo traducían los demás. Ese era el más inquieto y el más emprendedor, aunque su coordinación de movimientos estaba lejos de ser la mejor. El resto eran en su mayoría adultos de edades indescifrables, que podrían variar entre los treinta y los cincuenta, algunos físicamente estaban bastante bien y ejecutaron sin muchos problemas los primeros ejercicios que les propuse. Arrancamos trotando un rato en la cancha de fútbol y después hicimos una serie de ejercicios para culminar con una especie de salto al rango: unos se ponían en cuatro patas y otros los saltaban y les pasaban por abajo, alternativamente. Los que iban terminando el recorrido se ponían en cuatro patas al final y así continuaba la ronda. En un momento de pronto veo que uno de los locos queda planchado en el piso, duro, con los ojos desorbitados. “! Cagué, pensé, lo único que me falta es que el primer día de trabajo se me muera un loco”. Pero fue como una epidemia, enseguida se fueron cayendo otros y yo desesperado, sin saber qué hacer. Estaba solo con mis diecisiete años y una docena de locos que se me iban muriendo adentro de la cancha. Pero los otros locos no se desesperaron, eran locos pero no boludos. “No te asustes, es epilepsia”, me dijeron y, mientras algunos fueron a buscar a los enfermeros, otros me ayudaron a socorrer a los desmayados. Poco a poco fueron recuperando la “normalidad”; al rato ya, la tragedia inminente no era más que una anécdota jocosa en mi cortísima carrera laboral. Tan corta que por razones administrativas y no sé cuanto más, me dijeron que no había ninguna posibilidad de entrar a trabajar allí y no tenía sentido que siguiera yendo.

La política
“Si no estábamos haciendo nada...”

Al principio fue por joder. Una excusa para poder entrar en el Liceo y sacar a la calle a todas las minas. Porque uno se sentía medio como un héroe entrando a levantar las clases, ante las protestas de las viejas carcamanes que estaban al frente del colegio. Las sacábamos al patio, les dábamos unos discursos y después nos íbamos todos juntos a levantar las clases en Bellas Artes, ya era una rutina. Cualquier excusa era buena: la amenaza de reforma educativa, el alto costo de vida, la solidaridad con los estudiantes reprimidos en Groenlandia; todo servía para armar una asamblea en el patio y a partir de allí levantar las clases e iniciar la recorrida. De una manera festiva, gritando y saltando como si estuviésemos en la tribuna, nos íbamos por el medio de la calle en manifestación hasta los otros dos colegios y casi siempre terminábamos con un acto en el patio de Bellas Artes, donde cualquiera podía despacharse con un discurso. Pero esa vez decidimos hacer algo distinto.

No éramos muchos, la asamblea se había extendido demasiado y la mayoría había optado por irse a la casa o a tomar algo al centro, no eran pocos los que aprovechaban la volada nada más que para zafar de horas de clase. Los que quedamos en la asamblea resolvimos manifestar frente al diario El Día, allí en diagonal ochenta. La columna que formamos dificultosamente cubría todo el ancho de la calle, no teníamos banderas ni pancartas, era una cosa totalmente improvisada y las consignas eran confusas, pero comenzamos a gritarlas con fuerza, estacionados en medio de la calle, cortando todo el tráfico. Hacía un rato que estábamos gritando cuando llegó. Vino por la diagonal desde cuatro hacia tres y no nos dio tiempo a nada. Emergiendo por la escotilla del camión, un policía del cuerpo de infantería apuntó hacia la columna con su lanzagaces. No nos dieron la voz de alarma ni nos intimaron a dispersarnos, el policía disparó directamente y entonces se produjo el desbande generalizado. Del camión celular bajó un pelotón de policías y comenzó a perseguirnos. Algunos siguieron por diagonal ochenta y otros doblamos por cuarenta y seis. Allí se estacionó un patrullero del que bajó un oficial dando órdenes. Yo estaba desconcertado, no entendía por qué nos reprimían. Entonces me volví sobre mis pasos y con absoluta ingenuidad fui a preguntarle al oficial “¿Por qué nos reprimen, si no estábamos haciendo nada?”. Más desconcertado que yo, el oficial no encontraba respuesta y para defenderse me ordenó que me retirara. Yo insistía, entonces Guillermo, recuerdo que ese día estaba Guillermo, me vino a buscar para convencerme de que era mejor irnos. El oficial me amenazaba con llevarme preso y me ordenaba que me retirara, pero no se animaba a hacer nada, no sabía qué decir. Estaba preparado para pegar y para perseguir, pero no para contestar preguntas y nunca se había imaginado que un manifestante en vez de salir corriendo se parara a pedirle explicaciones.

La víctima principal de esa represión fue una chica de Bellas Artes a la que se llevaron presa, Marcela Maiman, quien además estaba muy buena y supongo que por eso también muchos se prendieron en las marchas para exigir su liberación. A los pocos días la dejaron en libertad y la recibimos como una heroína. Fue una seguidilla de asambleas y marchas que nos introdujo a muchos en una vorágine militante inesperada.

Los hijos de la clase media que en el 55 había aclamado la caída de Perón, encontramos en las aulas, a las que nuestros padres nos enviaban con la esperanza de tener algún día en la familia un profesional de éxito, una luz alumbrando un camino muy distinto. La revolución cubana, la liberación de Argelia, la República Popular China, la lucha antiimperialista de Vietnam, el Mayo Francés y el triunfo de Allende en Chile eran hechos muy cercanos; el sueño de gran cambio en todo el mundo no sólo era posible, sino inminente. Aunque hay un análisis que insiste en atribuir a la pauperización de la clase media su participación en las luchas revolucionarias, en este caso eso no fue tan exacto, aquellos años fueron de abundancia comparados con los actuales y la participación fue mucho mayor. Pero no fue tampoco la influencia externa la única ni la principal responsable de que tantos “buenos pibes” como yo anduvieran pensando “cosas raras”.

Luisito

En esas movilizaciones de los secundarios había un personaje infaltable. Sin él, parecía que estaba prohibido hacer una asamblea, un acto o una marcha. Con los ojos clarísimos y grandes, el pelo rubio disciplinado rigurosamente con una tonelada de fijador, y el cuerpo cubierto por un sobretodo azul larguísimo, Luís López Comendador tenía siempre en uno de sus bolsillos el teléfono de Sergio Karakachoff, el abogado, para llamarlo si alguno caía preso.

La mayoría no lo conocíamos a Karakachof, pero sabíamos que ante cualquier emergencia había que llamarlo a él. Hasta eso momento éramos casi todos independientes y no estábamos organizados para ese tipo de eventualidades. Tal vez porque no pensábamos seriamente en la posibilidad de caer presos. Pero Luisito parecía estar de vuelta. Tenía una conciencia mucho más desarrollada y un manejo de las teorías revolucionarias que era inaccesible para quienes nos estábamos iniciando.

Aunque Luís no iba al Nacional sino a Bellas Artes, durante esos años nos encontramos docenas de veces, en cuanta actividad política hubiere. Al salir del secundario casi nos perdimos el rastro. Yo me enteré de su caída al volver del exilio, por César, su íntimo amigo, y unos años después conocí a su hermana. Tiene sus mismos ojos, aunque con una tristeza que Luís nunca llegó a conocer, cuando era un adolescente con sueños de revolucionario.

El setenta y uno

El 71 fue el año de la politización. La resistencia a la dictadura crecía en todas partes. En las fábricas, las huelgas eran sistemáticas y cada vez más definidas ideológicamente: no sólo se pedía aumento de sueldo, sino directamente la caída del gobierno. En la universidad, los estudiantes se movilizaban cada vez con más intensidad en contra del régimen. Las Ligas Agrarias, las federaciones rurales, el movimiento cooperativo, todos estaban en contra de los militares. Las organizaciones armadas encontraban cada vez más apoyo; cada vez era más quienes las veían como la única salida. Y, como si todo eso fuera poco, la dictadura nos dio un buen motivo para protestar.

El gobierno estaba elucubrando un proyecto de reforma educativa; consistía en modificar los planes de estudios de las escuelas secundarias para adecuarlos a las necesidades de las multinacionales industriales, principalmente las automotrices, que necesitaban mano de obra barata y capacitada. Para ello, se orientarían todos los planes hacia la enseñanza técnica y se restringirían las materias humanísticas, limitando la posibilidad de ver la realidad de una manera crítica. A la Ford, a la General Motors y a la Fiat les convenía tener un país repleto de técnicos para poder elegir a gusto, bajando los salarios y despidiendo a los disconformes. Pero el proyecto generó una encendida resistencia.

A partir de la lucha contra la reforma educativa las asambleas en el patio eran cada vez más seguidas y yo cada vez hablaba más, aunque, debo reconocerlo, creo que decía muy poco. No tenía ninguna definición política y eso me daba una absoluta libertad para decir cualquier disparate, que muchas veces coincidían con los disparates que decían los militantes de algunas agrupaciones y, a veces, hasta eran posturas bastante congruentes. Pero la política para mi no era solo una forma de satisfacer la vanidad, adquiriendo una notoriedad que aparecía servida en bandeja con cada asamblea en el patio. Empezaba a ser la forma de canalizar, de una manera más vital y amena, aquel sentido estoico de la religiosidad infantil. Aunque mi cristianismo me llevaba, entre otras cosas, a rechazar terminantemente la lucha armada y me hacía aparecer como un extraterrestre en un medio donde, verbalmente, se competía por demostrar cuál era la forma de violencia más eficaz para tomar el poder y hacer la revolución. A mí me resultaba inconcebible que algunos pudieran hablar de eso tan superficialmente, como si se estuviese hablando de recetas de cocina y no de la vida y la muerte. Yo había leído, estando todavía en la primaria, un libro que se llamaba “El hombre que yo maté”. Contaba la historia de un soldado francés quien en la primera guerra mundial había matado a un soldado alemán y allí mismo, en la trinchera, se había puesto a revisar sus cosas y había descubierto su nombre y su dirección. Al terminar la guerra había ido a visitar a sus padres, haciéndose pasar por un amigo, y así había descubierto que su enemigo era también un joven que tenía una familia, una casa, afectos, sueños y hasta un violín que nadie había tocado desde su muerte. Eso le había provocado un remordimiento terrible.

Leyéndolo, yo había comprendido que matar a alguien era como morir uno mismo y me horrorizaba que otros no lo tomaran de esa manera. Pero esa discusión filosófica yo la podía tener con Joaquín y con el Lacio, con los más íntimos, porque a los otros ese les parecía un tema sin importancia. Un tema que lo había resuelto claramente Karl Marx cuando dijo que “la violencia es la partera de la historia” y lo había demostrado con el análisis de la historia de la humanidad, en la que todos los cambios importantes se habían producido a partir de guerras y rebeliones. Marx lo había demostrado científica y terminantemente y no tenía sentido entonces ponerse a discutir una cosa tan sabida y tan normal. Y, por otra parte, ¿quién no mató alguna vez a alguien?

Para mí esa discusión era la primera, para la mayoría de los otros, la última. Eso explica en gran parte el hecho de que grandes incendiarios de la palabra, que criticaban a los reformistas y a los “humanistas” tratándolos de liberales burgueses por no asumir la lucha armada, cuando llegó el momento de la acción en serio terminaron huyendo con los más variados justificativos.

Yo sospechaba ya desde entonces de los que hablan como si tuviesen todo superado, como si no tuviesen ninguna duda. Eso me pasaba en las asambleas, en los corrillos que se armaban antes y después, y en las charlas del grupo de estudio. Algunos de los que participaban en los actos lo hacían casi con un espíritu deportivo. Recuerdo que había un rubio de pelo largo, muy pintón, que andaba en yunta con otro que también tenía su pinta. Eran un poco más chicos que yo y nos habíamos hecho amigos en las confiterías bailables. Hacían estragos entre las mujeres y les tenía simpatía porque no eran agrandados y no integraban los círculos cerrados del rugby o del Jockey. Después empezamos a encontrarnos en los actos y las marchas, pero un día yo no fui. Para ser franco, no sé si no fui porque tenía algo importante que hacer (ver un partido de fútbol, por ejemplo) o simplemente porque tenía miedo. Cuando uno no está muy convencido de algo, le teme a las consecuencias. Para mí, tirarle una pedrada a un policía o romper una vidriera no era un placer, sino un sufrimiento, un sacrificio que había que hacer por la revolución y resultaba casi tan doloroso como recibir uno mismo la pedrada. Por eso me quedé perplejo cuando el flaco me dijo”no estuviste anoche, no sabés lo que te perdiste. Estuvo buenísimo, fuimos hasta la Chevrolet y la hicimos mierda, le rompimos todos los vidrios”. El flaco me lo contaba como si me estuviese contando un cumpleaños de quince o un baile de las chicas del Misericordia.

El Yeneral González

La lucha contra la reforma educativa había sido uno de los motivos, pero habían pasado muchas cosas más, aquí y en el mundo, especialmente en América Latina. A mediados de año en Bolivia el enésimo golpe militar de su historia había derivado en una sucesión de golpes y contragolpes, con presidentes que asumían y eran depuestos en cuestión de horas. En un momento, el general Juan José Torres parecía haberse consolidado en el poder con el apoyo de la Central Obrera Boliviana, de algunos sectores de izquierda y del campesinado. Pero el sueño de retomar y profundizar el rumbo de la revolución del 52 había durado casi un suspiro. Los sectores reaccionarios habían conseguido acumular la fuerza suficiente dentro de las Fuerzas Armadas como para aplastar a sangre y fuego una resistencia desorganizada, encabezada por estudiantes mal armados, mineros aislados y militares indecisos, que cambiaban de bando en medio de la batalla. El resultado de esa lucha había sido la prolongación de la tragedia boliviana en un gobierno que terminaría consolidándose y que sería, de alguna manera, la vanguardia y el ejemplo de la avanzada militar en el Cono Sur. Hugo Banzer Suárez, quien tenía un notable parecido físico a mi fallecido abuelo Simón Asuaje, gobernó hasta finales de la década y volvió a ser presidente de Bolivia en la década del 90; pero por la vía electoral y con el oprobioso apoyo de algunos de los izquierdistas que lo combatieron en el 71.

La frustrada revolución boliviana repercutió hondamente en la izquierda argentina, incentivando la discusión sobre las alternativas válidas para la toma del poder. En medio de esas discusiones acaloradas sobre si el camino indicado era la insurrección armada, el foco guerrillero o la formación de un frente con los militares, yo era una especie de “Yeneral González”, ese personaje que interpretaba en televisión Alberto Olmedo, caracterizando a un típico militar latinoamericano que asistía como observador a una reunión de altos mandos norteamericanos. El “Yeneral González” navegaba como loco, lo único que sabía en inglés eran los rudimentos que se enseñan en las primeras lecciones: “The cat is black, the dog is yellow “y hacía las mas disparatadas interpretaciones.

A mí me pasaba lo mismo con los rudimentos del marxismo. Uno de los temas en discusión en el momento, era si el campesinado también podía ser vanguardia de la revolución o si solamente el proletariado estaba en condiciones históricas de hacerlo. Para mi campesinos y proletarios eran lo mismo, para mí eran simplemente dos formas distintas de nombrar la pobreza. Y semánticamente no estaba mal lo que yo pensaba, porque “proletarios” eran los hombres y las mujeres que tenían como única riqueza una gran prole. Pero con el tiempo la palabra proletario había adquirido otra significación política para la izquierda, denominando exclusivamente a los obreros industriales. Ural Pérez era profesor en el Nacional, en otros colegios más y en la universidad. Anarquista histórico, muy apreciado y respetado por todos, era una de las figuras más convocadas a las charlas organizadas por las agrupaciones estudiantiles. Esa vez era en el Liceo y el tema era la situación en Bolivia:

-¿Usted considera que hay alguna diferencia entre campesinado y proletariado?, pregunté ingenuamente.

- Lógico, me respondió sorprendido, son dos cosas totalmente distintas: unos son obreros industriales a los cuales el capitalismo les extrae una plusvalía por su trabajo en forma directa, mientras que los otros son pequeños propietarios rurales que comercializan su propia producción y por lo tanto pertenecen a la pequeña burguesía…

Me sentí como un tonto, había quedado descubierto en mi enorme ignorancia, pero la explicación había sido muy clara y aprendí algo que me quedaría para toda la vida: no tiene los mismos intereses quien trabaja en relación de dependencia que quien trabaja por su cuenta. Pero en ese momento no me entraba en la cabeza que los pobres coyas desarrapados pudiesen ser considerados como “pequeños burgueses”, para mí eran pobres; más pobres que los obreros argentinos y por lo tanto más revolucionarios. Porque consideraba la revolución más una cuestión de sensibilidad por el dolor humano que una necesidad científica en función de la evolución de la historia. Total, de última que carajo importaba que la historia fuera para atrás o para adelante, mientras fuera para el lado de la justicia.

La frustrada revolución boliviana incidió mucho en la política de la izquierda argentina, porque incentivó la discusión sobre la estrategia para la toma del poder. Los bolivianos, a pesar de su derrota, de alguna manera “bajaban línea” a las agrupaciones argentinas a partir de su rica historia combativa y de la aparente fortaleza de algunas de sus organizaciones de izquierda. La que aparecía como más poderosa en ese momento, vista desde la Argentina, era el POR, Partido Obrero Revolucionario, una organización trotskista que todavía pervive en el Altiplano, con una representatividad minúscula. A mí, particularmente, me impactó mucho esa revolución: pensaba en los estudiantes bolivianos masacrados y en cuantos de ellos a lo mejor habían pasado por La Plata. Cuantos quizás habían caminado bajo los mismos árboles del bosque entre los que caminábamos nosotros, por los mismos senderos de las facultades, por la cincuenta hacia el fondo o por esa callecita que va por adentro, desde ingeniería a arquitectura, soñando con una revolución que los había devorado. En la universidad de La Plata siempre hubo muchos peruanos y unos cuantos bolivianos y latinoamericanos de todas partes, tenía mucho prestigio y venían de todas partes a estudiar. Encima, era gratis, y los extranjeros siempre tuvieron los mismos derechos que los argentinos. Muchos de ellos se aproximaron a la revolución acá y terminaron intentándola en sus países. Los bolivianos ya tenían una historia revolucionaria y una mística, cimentada en el poder sindical de los mineros del estaño y en la experiencia de la revolución del 52, que nacionalizó las explotaciones del subsuelo. Posiblemente, algo hayan aprendido aquí; tal vez no tanto como lo que enseñaron.

Todos los pelajes

Había militantes de todas las tendencias, algunos se identificaban abiertamente y otros no. Una de las agrupaciones que más volanteaba y agitaba era la TERS, Tendencia Estudiantil Revolucionaria Socialista, una agrupación de trozkistas que eran muy poquitos, pero incansables. En el Nacional el militante más notorio era Rodolfo, capaz de repartir diez mil volantes en mano en dos horas, hablar en diez asambleas consecutivas y explicar el Programa de Transición en quince idiomas. ¡Si, fuera de joda¡, Rodolfo era una máquina de militar al servicio de un Ejército Rojo imaginario que había salido desde Moscú hacía como sesenta años y venía avanzando por calle uno, arrastrando una horda de kosacos zaristas que venían a sumarse a la revolución proletaria argentina, que se estaba por producir en un ratito nomás, en cuanto las masas terminaran de tomar conciencia y se decidieran a salir a la calle detrás de la vanguardia esclarecida que ya estaba por tomarse el tren a Plaza de Mayo y ¡ojo del que no se apurara! En minutos nomás iba a quedar convertido en cerdo burgués, aliado del imperialismo y de las clases dominantes. Donde quiera que hubiese una asamblea, Rodolfo se subía al mástil y largaba su discurso. Parecía que hubiese nacido con el mástil pegado. Más allá de las diferencias políticas, su sacrificio militante era digno de admiración y un digno ejemplo de lo que significa servir desinteresadamente a una causa.

Tanto o más tenaces que los de la TERS eran los maoístas del GESA (Grupo Estudiantil Secundario Antiimperialista), en el Nacional no tenían mucha presencia, pero sí en otras escuelas. Uno de sus militantes más notorios era el gordo Trajtemberg. Notorio en todo sentido, un mastodonte de un metro noventa, gordo, enfundado siempre en una campera verde de fajina que le daba el aspecto de estar ultraproletarizado. A ellos la Revolución Cultural les había llegado directamente desde China y se sabían de memoria el Libro Rojo en mandarín y en cantonés, y eran capaces de escribirlo con los caracteres ideográficos invertidos. “Como dice el camarada Mao en el tercer párrafo de la página ciento treinta y siete del Libro Rojo…” y empezaban a dar lecciones de materialismo dialéctico y de antiimperialismo revolucionario. Viéndolo al gordo con su campera verde, sus borceguíes y esa pinta de obrero siberiano, uno se imaginaba que debería vivir en una villa o, por lo menos, en el Barrio Obrero de Berisso. Pero el gordo resulta que vivía con los padres en una casa lujosísima, con una mucama que cuando lo iban a buscar salía y decía “el niño Oscar no está”. Paradojas del exilio y de la vida, que es como decir una misma cosa, cuando llegó la dictadura el gordo buscó refugio en Israel y allí terminó cambiando el fanatismo maoísta por el ultraísmo religioso detestado por Guillermo: se convirtió en rabino de uno de los grupos más ortodoxos y sectarios del sionismo.

El Partido Comunista Revolucionario y el Partido Comunista a secas, lógicamente, también tenían una presencia importante, aunque no se identificaban abiertamente y eso hacía que discutieran y se atacaran mutuamente sin que los “legos” entendiéramos nada. Se conocían de otros lados y se descubrían a través de sus planteos, ellos sabían perfectamente quién estaba en un lado y quien estaba en otro; pero los demás navegábamos, hasta que alguien nos avivaba. El Partido Comunista Revolucionario (PCR) era muy fuerte en la universidad, su organización de superficie era el FAUDI, Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda, y en el Nacional tenían muy buenos cuadros. Tipos inteligentes y carismáticos que estaban en los años superiores e incidían mucho sobre nosotros, que al no sospechar de su identidad política adheríamos sin prejuicios a sus propuestas. Uno de ellos era Daniel Viyuya, que además estaba en el grupo de teatro, y otro era Julio Velazco, el hoy famosísimo entrenador de voleibol y manager general del Lazio de Italia. Cuando Julio egresó lo sucedió Luís, que a los catorce años ya lo superaba en conocimiento teórico y en manejo. Porque se manejaba como un político veterano, con las mismas virtudes y, también, con los mismos defectos. Pero era realmente brillante, tenía un manejo de la teoría extraordinario; aunque, como casi toda la izquierda, demasiado hermético para quien no hubiese hecho al menos un curso intensivo de marxismo-leninismo.

Grupo de estudio

La mayoría de los que participábamos de los actos y las asambleas éramos independientes. Así fue que nos juntamos unos cuantos y decidimos formar una agrupación que debutó con una volanteada por las escuelas secundarias de la ciudad. A mi me toco ir con Julio Poce a volantear “la Legión”. Así le decían antes a la escuela de 12 y 60, porque recolectaba a los desahuciados de las demás escuelas y tenía una reputación terrible. Esa fue mi primera experiencia militante y también el comienzo de mi relación con Julio.

La agrupación tuvo una vida corta. Los tiempos políticos se aceleraban y si bien no había una desesperación por definirse por alguna agrupación, existía una gran avidez por leer y discutir más sobre política. Así nació la idea de formar un grupo de estudio. El gran impulsor de ese grupo fue Raúl Campañaro, que estaba bastante por encima de la mayoría en lecturas y conocimientos. El grupo no era cerrado, había algunas chicas del Liceo, algunos de Bellas Artes, un grupito de chicas del Normal Uno y un grupo grande del Nacional. Si bien había una tendencia muy marcada hacia el estudio del marxismo, el planteo que se hizo fue muy amplio. Estábamos en los jardines de la facultad de arquitectura y el verano se acercaba. Algunos varones estaban con remeras Lacoste, otros con Fred Perry y otros con cualquier cosa. Las mujeres estaban en vaqueros y zapatillas, aunque algunas andaban también de polleras y tacos y hasta con algún top que les cubría el busto y les dejaba la espalda al aire. No parecía un grupo de proletarios.

- ¿Vamos a leer todo, cosas como “Mi Lucha” o “La Razón de mi vida” también?, preguntó alguien.

- Yo leí los dos, comentó Raúl, poniendo en un mismo plano a Evita con Hitler, pero no en el plano de lo ideológico, sino más bien de lo heterodoxo, casi de lo exótico, Mi Lucha me parece que tiene algunas cosas interesantes, La Razón de mi Vida no tanto. Pronto, sin embargo, comenzaría a cambiar de opinión, sería uno de los primeros en “peronizarse”.

Lo primero que arrancamos leyendo fue Lenín y seguimos con Lenín. Los que no sabíamos nada o sabíamos muy poco, en poco tiempo adquirimos algunos fundamentos bastante sólidos; pero no todos teníamos la misma actitud respecto al grupo. Algunos lo asumíamos con mayor constancia que los propios estudios escolares y para otros en cambio era algo así como una experiencia nueva, casi una forma más de diversión, comparable a los bailes, a la música, E, incluso, para pocos, muy pocos, a la marihuana.

Una pelota trancada en el barro

En Colombres y Amsterdam, pero también en Estocolmo y Brisbane, en Veracruz y en Milán, en Londres y en Galipán, en Managua y en Islambad, en Acarigua y en Leningrado, en todas partes donde hubiera un uruguayo tomando el amargo mate del exilio, las imágenes de aquel acto perduraron durante mucho tiempo como el recuerdo más lindo del pasado. Esa noche casi fueron felices. La ilusión de la victoria nació a los pies del palco donde el general Liber Seregni convocó a la movilización de masas más grande que se hubiera visto hasta entonces en toda la historia del Uruguay. Por primera vez la fragmentada izquierda oriental había podido conformar una alternativa electoral seria, tan seria que la derecha tradicional se convulsionaba histérica e histriónica, agitando la imagen esperpéntica de un comunismo que se instalaría para expropiarlo todo: las cachilas de los que paseaban los domingos por la dieciocho; las reposeras de los que tomaban sol en Carrasco; los tomates de las quintitas de La Teja; las parrillas de los asaditos de los sábados; el azúcar a los que tomaban mate dulce y el termo a los que tomaban en la calle. Todo eso y cosas mucho peores pasarían en el Uruguay si el Frente Amplio ganaba las elecciones. Los blancos y los colorados andaban aterrados. Hacía como un siglo que venían alternándose en el gobierno y nunca se les había ocurrido que ese esquema monolítico algún día podría alterarse.

Repentinamente unificados por el terror al demonio rojo, organizaban caravanas por las ciudades y pueblos del interior y por todos los rincones del Uruguay, clamando por la democracia y el estilo de vida occidental y cristiano. Una de las radios recordaba constantemente las palabras del fallecido Benito Nardone, “Chicotazo”, un líder agrario muy popular y fervorosamente anticomunista. Recuerdo también una muchacha solemne que convocaba con voz necrológica a todos los jóvenes uruguayos a luchar contra el comunismo y sumarse a la JUP. Pero no era la Juventud Universitaria Peronista, que todavía no existía, sino la Juventud Uruguaya de Pie. En la Argentina la campaña electoral vecina tenía una repercusión muy fuerte. Nunca se le había prestado mucha atención a lo que pasaba del otro lado del río, porque la patria de Artigas hacía más de cien años que era, tediosamente, estable. No se habían dado golpes de estado ni grandes convulsiones. Los gobiernos se sucedían con una legitimidad institucional intachable, apañados por una economía relativamente próspera y por una cultura bucólica que sumergía al país en una tranquilidad dominguera. Recién en los últimos años la aparición de los Tupamaros había sacudido el letargo revolucionario de la Suiza de América, el país más culto, mejor organizado y más democrático del continente. Un país de fecundos campos con praderas salpicadas de cuchillas y tajeadas de esteros, con toros premiados en las exposiciones internacionales y con palacetes versallescos. Pero también con peones rurales en condiciones de trabajo medievales y obreros urbanos de salarios miserables. Por eso los Tupamaros no habían surgido como un exabrupto de extravagancia política, germinada por el ocio improductivo de una intelectualidad rechoncha, sino como el resultado inevitable de un estado de cosas que ya no podía disimularse. La crisis uruguaya no era reciente, venía engendrándose desde hacía más de una década, eso era lo que decían los indicadores económicos y los analistas políticos. Pero para el sentimiento popular uruguayo, la crisis había empezado en Suiza.

Eleuterio Fernández Huidobro, uno de los fundadores del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, escribió la historia de la organización en tres libros pletóricos de análisis y anécdotas. Para él, la crisis empezó “el día en que esa pelota de Schiaffino quedó trancada en el barro”. No dice más nada, pero para el que conoce un poco de fútbol y conoce un poco del Uruguay, no es difícil descubrir cuál fue “esa pelota de Schiaffino”.

Apretujado entre dos colosos territoriales y recostado sobre un río que le inundaba la vida, el Uruguay había sacado pecho ante el mundo envuelto en uno de los colores de su bandera. Las formidables cosechas de granos y los suculentos embarques de carnes no solo habían permitido el surgimiento de una oligarquía afrancesada, gastadora de fortunas en los salones de la alta sociedad parisina y en los prostíbulos de las bajas clases montevideanas. También había engendrado un estado benefactor y generoso, capaz de darse el lujo de meter en un barco a un puñado de botijas habilidosos para que fueran a mostrar la grandeza deportiva de la nación en el corazón mismo de la historia universal.

Cuando la delegación uruguaya llegó a París, en el verano boreal de 1924, el resto de los participantes sabía poco y nada de ese contingente heterogéneo de indios, negros y rubios que, según decían, tenía alguna idea del juego. Pero la primera comprobación fue decepcionante: los yugoslavos, sus rivales del debut, se llegaron hasta el lugar de entrenamiento de los charrúas con la idea de espiarlos. Enterados de esa presencia, los uruguayos montaron inmediatamente una pantomima y empezaron a moverse de una manera grotesca, profiriendo aullidos semejantes a los gritos de guerra indígenas y pegándole a la pelota con una impericia calamitosa. Tranquilizados por la precariedad futbolística de sus rivales, los europeos se fueron a dormir seguros de un fácil triunfo.

El desconcierto de los pobres defensores balcánicos cuando empezó a rodar la pelota fue absoluto. No sólo descubrieron que sus rivales no eran los rudimentarios aborígenes que habían creído, sino que además poseían un virtuosismo jamás visto en una cancha del Viejo Mundo. Eran los tiempos en que el tango reinaba en los salones europeos y esos once uruguayos, vestidos con el celeste de su bandera, le agregaban una pelota a la coreografía de la danza nacida en los arrabales del Plata. Deslumbrando al mundo del balompié, alcanzaron la cúspide olímpica en el estadio de Colombres, donde comenzó a forjarse una leyenda que durante treinta años les permitió a los uruguayos mirar al mundo desde arriba, desde donde aún las propias miserias se veían más pequeñas. En esos treinta años fueron dos veces campeones olímpicos y dos veces campeones mundiales, gloria más que suficiente para repartir entre apenas un millón y pico de habitantes, los pobladores del afortunado país.

El triunfo en los juegos de Amsterdam en el 28 también tiene su historia, como la tiene el primer mundial hecho en el propio Montevideo en el 30 y ni que hablar de la victoria del Maracaná en el 50, pero es demasiada historia para meterla en estas páginas. Corresponde al tiempo en que los uruguayos vivían bien, o al menos así lo creían, hasta aquella lluviosa tarde alpina en que la leyenda alcanzó el punto máximo de su heroísmo para comenzar a declinar, definitiva e irremediablemente.

Como devotos en torno a un sacerdote, esa tarde los uruguayos volvieron a congregarse junto a los aparatos de radio. Cuatro años antes el ritual había sido el mismo y las circunstancias parecidas. La vida cotidiana de un país se detenía para esperar que el éter hiciera de mensajero del dolor o la alegría. También, como cuatro años antes, sólo los uruguayos creían en sus propias fuerzas. En aquella oportunidad once hombres habían enmudecido a doscientas mil personas apiñadas en el estadio “mais grande do mundo” para ver salir campeón a un equipo brasileño que había llegado demoliendo rivales. Ahora el adversario era la maquinaria futbolística más perfecta que se hubiera visto hasta entonces en una cancha. Habían humillado a los ingleses en el mismísimo Wembley y acababan de aniquilar a todos sus rivales en los primeros partidos de ese mundial. Ferenk Puskas era el director de ese quinteto de violines gitanos que adormecía a los defensores con una sinfonía de toques y combinaciones mágicas, como las azules aguas del Danubio. El esplendor del extinto imperio austrohúngaro estaba en los pies de esos magos magiares. Uruguay había tenido que sudar demasiado para avanzar en el campeonato y por eso Hungría era el favorito absoluto. Eso era lo que se pensaba en todo el mundo, menos en el Cerro y en Maroñas, en Canelones y en Durazno, en Minas y en la Ciudad Vieja. Lo que se seguía pensando cuando los húngaros hicieron el primer gol y hasta cuando hicieron el segundo. Y más aún cuando, maltrecho, el gran capitán tuvo que abandonar el campo de juego con una lesión gravísima. Llorando de impotencia el héroe del Maracaná, Obdulio Varela, debía dejar a su equipo con un hombre menos, los cambios todavía no se habían inventado.*

Con un jugador de más y con dos goles de ventaja, los húngaros ya se estaban probando los trajes de gala para la gran final en Berna. Pero Uruguay, todavía, era el campeón. Tenía la calidad de un jugador prodigioso y la garra de la tribu que nunca se había rendido ante el conquistador español. Por eso, el silencio en rededor de las radios estalló primero con un largo grito que estremeció el Plata y después con otro más fuerte y más largo, que atravesó el océano y cruzó los Alpes para decirle al mundo que para la celeste los milagros eran posibles. En ese momento, cuando el marcador estaba empatado dos a dos, allí debe haber quedado esa pelota de Schiaffino, el más brillante jugador uruguayo de la segunda mitad de siglo. Tiene que haber sido ese el principio de la crisis, no pudo haber sido otro. Después, el hombre de menos, la cancha barrosa y la calidad de los húngaros fueron demasiados para tanto heroísmo. Hungría terminó ganando cuatro a dos en el alargue y en el Uruguay todos se dieron cuenta que nada volvería a ser igual.

Para el Mundial de Suecia en el 58 Uruguay ni clasificó, en el de Chile en el 62 tuvo una actuación pobrísima y en Inglaterra en el 66 fue perjudicado alevosamente por los fallos de un árbitro inglés que los dejó con nueve hombres para que los alemanes pudieran seguir en camino. A fines de los sesenta cada vez era más difícil vivir únicamente de la gloria de aquel pasado y más difícil aún vivir de los sueldos que se pagaban. Por eso los Tupamaros tuvieron un crecimiento que no sólo llegó a preocupar seriamente a la oligarquía oriental, sino a los mismísimos yankees, quienes enviaron a sus mejores torturadores a reprimir el movimiento. La represión fue bastante efectiva, pero no pudo evitar dos cosas: que el modelo organizativo de la guerrilla urbana trascendiera a otros países del continente, en especial a la Argentina, e incluso al mundo, y que el resto de la izquierda uruguaya viera como posible conmover al sistema político bipartidista. Aunque en el Frente Amplio la presencia de los Tupamaros era minoritaria, nadie ignoraba que toda esa efervescencia había sido producto de su irrupción en el escenario. Que ganara el Frente Amplio significaba que el socialismo estaba al alcance de la mano, cruzando el río. El socialismo o algo parecido, algo como lo de Chile, donde el gobierno de la Unidad Popular tenía cada vez más oposición por parte de la alta burguesía y de los norteamericanos. Pero si había un gobierno socialista en Uruguay después íbamos a hacer el socialismo acá y entonces sí, la cosa iba a ir en serio porque sería una revolución a fondo y los chilenos y los uruguayos y los paraguayos y hasta los papagayos, todos se iban a poder apoyar en nosotros y el socialismo se iba a desparramar por toda América Latina.

A esa altura la política ya había entrado en el barrio. Las charlas en la esquina ya no eran solamente sobre fútbol o sobre mujeres, lo que pasaba en el país y en el mundo empezaba a ocupar un lugar. Las diferencias de edad se iban achicando, los que tenían dieciocho o veinte cuando nosotros teníamos once o doce ahora andaban por los veintipico y no tenían grandes secretos que develarnos. Las afinidades se iban dando, más que por la edad, por los intereses de cada uno: yo me daba cuenta que los “grandes” de antes hablaban de igual a igual conmigo y prestaban atención a las cosas que decía. Sobre todo los que estaban más politizados. Aunque algunos habían tenido un fugaz paso por la universidad y otros habían estado cerca de entrar, no eran precisamente “universitarios”, eran los muchachos de mi barrio, los mismos con los que jugábamos al fútbol en la canchita y al carnaval con las mujeres. Los que entraban de noche a mi casa para afanarse las ciruelas de mi abuelo, los que se paraban a hablar con él para que les contara chistes verdes. Esos mismos, ahora estaban interesados por las elecciones en el Uruguay.

La noche anterior con cuatro de ellos: el Clavo, el Pelusa, el Vicente y el Yuyo Calcaterra, que vivía un poco más allá, por el lado del Fortín de Zona Sud, nos quedamos charlando hasta la madrugada, sentados en el cordón de la vereda en frente de la Plaza Castelli, haciendo especulaciones sobre las elecciones uruguayas. Soñamos con el triunfo del Frente Amplio en la otra orilla y con las masas movilizadas hacia la toma del poder de este lado. Pero para eso había que organizarse, la revolución no se iba a hacer sola; era necesario construirla y la forma de construirla era militando y para militar había que definirse, aunque a uno ninguna de las opciones que conocía lo convenciera del todo. Además, ser independiente significaba poder definir un modelo de socialismo a la medida de uno mismo, perfeccionado por la libertad de no tener que ceñirse a ningún modelo existente. Porque si uno toma como base un modelo que existe, es fácil encontrarle los defectos; pero si toma uno que no existe, no hay forma de criticar sus fallas. Empezábamos a ser conscientes, sin embargo, de que no era posible ser protagonista desde el individualismo absoluto:

- Yo si tengo que hacer una pintada la voy a firmar I.I., Izquierdista Independiente, dijo el Yuyo.

- Si, y al lado te van a poner “¿Y?”. le contestó el Pelusa.

Nos reímos todos, sabíamos que en el fondo era cierto. Pero todavía había tiempo para elegir.

* Aquí el autor, es decir: yo, cometió un error. Obdulio Varela no jugó ese partido por haberse lesionado en el partido anterior y lo mismo pasó con Puskas. Quien se lesionó, pero ya en el suplementario, fue Victor Rodríguez Andrade”.

El Partido Revolucionario de la Clase Obrera

“La discusión central de la izquierda argentina pasa por definir si es necesario construir el partido revolucionario de la clase obrera o no, hay quienes dicen que ese partido ya existe y lo que hay que hacer es sumarse a él. Nosotros pensamos que no: ese partido no existe, para construirlo es necesario un largo período de formación de cuadros, por eso caracterizamos esta etapa como una etapa prerrevolucionaria y no consideramos conveniente adelantar los plazos…” El discurso no me resultaba del todo convincente, pero él sí. Yo le había oído decir una vez a Raúl, en una conversación con Ana, que había personas que eran honestas y siempre iban a ser honestas, por más que estuviesen políticamente equivocadas; lo daban como ejemplo a Julio, y tenían razón. Por eso le dije que sí cuando vino una tarde lluviosa hasta mi casa, a proponerme esa especie de noviazgo prerrevolucionario con la organización en la que estaba militando. Tal vez le hubiese dicho que sí a cualquier otro, siempre me ha resultado difícil negarme a las proposiciones. A veces por vergüenza, por temor a decir “no”. Pero muchas veces también porque las propuestas me atraen y quiero probar casi todo.

Así me transformé en un disciplinado lector de los farragosos materiales que Julio me acercaba, salpicados a diestra y siniestra, más a siniestra por supuesto, de citas de Lenín, Marx y Engels. Autores que, en especial el semicalvo soviético, eran de lectura obligatoria para ser considerado como un digno aspirante a ingresar algún día, después de muchos años y muchas lecturas, a ese partido que por ahora no se animaba ni a llamarse como tal. Esa modestia o, más que modestia, misterio, era, quizás, lo que me resultaba más atractivo de la propuesta. Me imaginaba que la conducción de aquel grupo era una secta de intelectuales subterráneos, dedicada a propagar sórdidamente la religión del marxismo-leninismo en los mil barrios del Gran Buenos Aires, penetrando hacia el corazón del proletariado por el costado inasible de la clandestinidad. Los dirigentes de ese proto-partido debían de ser seres excepcionales, monjes incorruptibles del materialismo dialéctico que ejercían su apostolado enfundados en los overoles de las plantas multitudinarias de las multinacionales. Ocultos en la austeridad sublime del proletariado urbano, los dirigentes revolucionarios eran para mí, en ese entonces, una especie indemne a todos los males terrenales. No sólo no me imaginaba que pudiesen padecer todas las debilidades humanas, ni siquiera me imaginaba que fuesen humanos. Eran, decididamente, una casta superior; una raza divina, encumbrada a las cimas de la humanidad por el ejercicio consuetudinario de la militancia revolucionaria, el reino en el que sólo lo perfecto estaba permitido.

Uno tenía una imagen totalmente idílica de los militantes clandestinos, como si se movieran en un mundo ficticio, paralelo al mundo real. Se imaginaba reuniones secretas en barrios obreros, donde se delineaba el futuro de la lucha revolucionaria con la precisión clarividente de los profetas del devenir histórico. Y Julio era ni más ni menos que un emisario directo del reino de los cielos marxistas, con Lenín sentado a la diestra de dios padre revolucionario y León Trotski a la siniestra del Espíritu Santo.

Las exigencias del futuro partido para con sus futuros militantes eran mínimas, apenas las lecturas y las charlas. Las charlas consistían en una especie de psicoterapia política individual en la que el paciente, en este caso yo, debía exponer periódicamente sus avances en la interpretación de una teoría que, por otra parte, no tenía muchas posibilidades de ser interpretada de distintas maneras. Vladimir Ilich era lo suficientemente claro y concreto en sus escritos como para que hubiese espacio para muchas dudas y los materiales del grupo, caracterizando la realidad nacional y proyectando la evolución de los acontecimientos, eran tan potenciales que no había posibilidad de comprobación. Uno no tenía información directa, por ejemplo, de lo que pasaba con el Sitrac-Sitram en Córdoba ni con los cañeros tucumanos, ni siquiera en la Peugeot; así era difícil cuestionar lo que ellos decían que estaba pasando y, más todavía, cuestionar lo que decían que iba a pasar. Uno se estaba preparando para actuar algún día, sin saber bien cuándo, cómo, ni dónde. Se suponía que sería en el momento justo, cuando su formación revolucionaria estuviese en su punto exacto de maduración; que coincidiría, a su vez, con el de la maduración de la lucha de clases en la Argentina. En ese momento la participación de uno sería vital en la toma de conciencia de la clase obrera sobre la necesidad de construir su partido revolucionario; cuyos líderes sin embargo ya habían sido elegidos, aunque nadie los conociera. Porque era difícil suponer que los dirigentes del grupo se fuesen a resignar a ser conducidos por otros que no fuesen ellos; no iban a estar organizando con tanto esfuerzo el partido para que después viniese otro a conducirlo. Aunque, y ese creo era el mayor mérito del grupo, no descartaba la posibilidad de terminar sumándose a otras organizaciones para construir juntas el partido, ni la de incorporarse a un partido ya construido. Eso, lo intuyo ahora, los hacía respetables ante mí. Porque eran realmente gente seria, tal vez demasiado seria. Y muy bien intencionada. La historia posterior de la mayoría de ellos demostraría que estaban dispuestos a ir mucho más allá de la teoría y a jugarse enteros en la lucha. Tuvieron sus limitaciones y sus errores, como las demás organizaciones políticas de izquierda, incluidas las peronistas. El precio pagado por esos errores, pero también por los aciertos, fue el que justificó el derecho a cometerlos: cada uno puso su vida en juego.

Todas las virtudes y un poco más

La familia de Julio vivía a cuadra y media de Plaza Olazábal, en un lugar “semi-céntrico” para las inmobiliarias y para mí en el territorio social de lo inaccesible. Estaba en la república donde los prejuicios del status exigían como salvoconductos, para poder transitar por la vida y aún por el amor, una casa que no estuviese a más de 15 o 20 cuadras de 7 y 50: un padre que no se ensuciase las manos para trabajar; un cocodrilo o un semicírculo de laureles a la izquierda del pecho, sobre la remera sobria: en la nalga derecha una etiqueta que dijera Lee, Lewis o Wrangler; en los pies tres tiras de cada lado y en el cerebro una cavidad recubierta de paneles acústicos, preparada para escuchar en sonido estereofónico diez mil canciones en inglés. Si eso podía complementarse con un carnet de Regatas o del Jockey mucho mejor, lo mínimo era uno de Universitario

Pero Julio tenía todos esos requisitos: casa confortable, donde para ir al baño no había que salir al patio, como en la mía; pisos encerados; padre médico con Renault 12 flamante; había jugado al rugby (fundamental para cotizarse en aquel ambiente); tocaba en el conjunto de música beat más famoso en la ciudad, Dulcemembrillo, y, por si eso fuera poco, tenía una pinta bárbara. Con un aire introvertido que aumentaba su poder de seducción con las mujeres, deslumbradas por su pinta y encandiladas por sus virtudes de percusionista, Pero atraídas, más que nada, por esa parquedad que lo hacía parecer hermético e inalcanzable. Y en cierta forma lo era, muy reservado y un poco tímido, no era un mujeriego, sino todo lo contrario; más bien parecía un monje, hasta que apareció Graciela.

“Estos zurdos no saben nada de política, pero mirá las mujeres que tienen” le dijo un día Joaquín a alguien, señalándola a Graciela que se puso colorada. Estábamos en el Nacional, en una reunión, y Joaquín tenía razón, por lo menos respecto a Graciela. Porque era muy linda y además una gran piba. Dulce, simpática y simple, tal vez por eso se enamoró de Julio.

Por todas esas cosas yo no podía entender muy bien por qué Julio se preocupaba por la suerte de la clase obrera y por la necesidad de cambiar profundamente una sociedad que, después de todo, a él lo favorecía. Yo en cambio, si bien no era pobre-pobre, padecía esa semi marginación que afectaba a todos los pibes de barrio en el Colegio Nacional. Por eso, defender la causa de los pobres resultaba casi una reacción natural en mí. Pero Julio simplemente era “honesto”, como había dicho Raúl, mirando a Julio con ese aire de compasión con que los astutos miran a los ingenuos (sensación que yo mismo suelo inspirar con frecuencia). Y sí, Julio era honesto y sensible, tan honesto y tan sensible como para intuir la injusticia por sobre las anteojeras de la comodidad y para combatirla hasta dejar la vida, esa vida que lo esperaba con un consultorio propio y una chapa de bronce en la puerta, cuando terminara la universidad.

Aunque parecía que a él la revolución le entraba más por el cerebro que por el corazón, se dio en cuerpo y alma. En el 76 los secuestraron a él y a Graciela, lo que se pudo saber es que los llevaron a Campo de Mayo y los torturaron durante días, sin poderles sacar una palabra.

Los nombres malditos

Ser marxista no era fácil, había que leer toneladas de libros y discutirlos, para poder discutir con otros que decían que los verdaderos marxistas eran ellos, quienes a su vez discutían con otros que también decían que los verdaderos marxistas eran ellos, como lo decían todos los que se decían marxistas. Porque parecía que los libros no se leían para poder entender la realidad y para construir una revolución, sino para ganar una competencia de marxismo leninismo. Aparte de Lenín y de Marx, uno de los clásicos de la época era Marta Harnecker, una chilena autora de algo así como un manual de iniciación en el materialismo dialéctico. Un libro muy extenso, pero bastante claro, a partir del cual se podían entender después otros autores. Yo no recuerdo cuanto leí en el grupo de estudio con Julio, pero fue bastante, aunque mucho menos de lo que leían otros.

Como quien va y estrena una camisa nueva en el baile y piensa que con eso va a conquistar a todas las chicas, así actuaba uno cuando leía algún libro nuevo. Enseguida trasladaba esos conceptos a las discusiones con la idea de haber descubierto algo así como el elíxir de la verdad, la piedra filosofal, la fuente de conocimiento que le permitiría demostrar que uno tenía razón.

Y en aquellos días había muchas discusiones y también muchas asambleas y muchas movilizaciones. Los militares eran cada día más impopulares y el socialismo ganaba adeptos en todos los sectores sociales. Los peronistas, sin embargo, aparecían poco todavía. Perón era una palabra prohibida, aún en las discusiones clandestinas de la izquierda revolucionaria, que evitaba cualquier tipo de discusión sobre el peronismo acudiendo al recurso de rotularlo como “movimiento burgués”. Con ese título en el envase, el contenido quedaba automáticamente descartado de cualquier posibilidad de análisis.

Perón en ese momento no era un dirigente político, amado y odiado, era un ser sobrenatural. Como en esas religiones en las que hay dioses demoníacos, cuyos solos nombres son una blasfemia, aquel anciano de setenta y pico de años había sido también innombrable hasta hacía muy poco tiempo para todos los sectores “cultos” de la Argentina. Hasta en la universidad y en los antros más progresistas y pretendidamente revolucionarios, donde se hablaba con fluidez de Marx, de Lenín, de Trosky, del Che y hasta de Mao, en fin, de todos los demonios que pretendía exorcizar la prédica anticomunista en el Tercer Mundo, de él no se hablaba sin cruzar los dedos. Aún en los análisis políticos que pretendían ser más materialistas, dialécticos y objetivos, a Perón no se lo nombraba sino en voz baja y muy elípticamente; como cuando alguien en un grupo pretende referirse a una persona que los demás también conocen, pero sin nombrarla.

El peronismo había soportado hasta entonces una doble proscripción. Una, la que le habían impuesto los distintos gobiernos a partir de la Revolución Libertadora, que en nombre de la democracia, la libertad de expresión y de cuanta libertad uno pueda imaginarse no solo había prohibido la participación electoral del peronismo, sino la exhibición pública y privada de todos sus símbolos, las fotos de la pareja satánica y hasta la sola mención de sus nombres. Para referirse al peronismo, cuando era imposible obviarlo, el diario La Prensa decía “la depuesta tiranía”, y lo siguió diciendo aún después del retorno de Perón; el resto de los medios empezó a nombrarlo abiertamente recién unos meses antes de aquel 17 de noviembre.

La otra proscripción que soportó el peronismo fue esa de la intelectualidad y de la izquierda tradicional, encerrada en la definición que hacía de él como un “burgués reformista” para defenderse de su propia incapacidad de tomar contacto con la clase obrera real. “En el pic-nic” del día de la primavera no éramos más de quince tipos”, me contaba Gonzalo Chávez hace unos años en el buffet del Ministerio de Salud. Eran los tiempos de la Juventud Peronista anterior al Cordobazo y ese grupo de chicas y muchachos reunidos en el Parque Pereyra no eran de ninguna facultad ni tenían pinta de serlo; lo que los unía era una ilusión inconfensable, que solo conocían las paredes silenciosas y algún volante tirado en la parada de colectivo: Perón Vuelve. En aquel septiembre lejano de la década del 60 la consigna parecía una utopía, una profecía tan incomprobable como la del juicio final o esa de las religiones hindúes que afirman que un hombre puede reencarnar convertido en pájaro. En ambos casos lo que moviliza a los creyentes es la fe, una fe que está más allá de los razonamientos lógicos y biológicos según los cuales la vida es un proceso que culmina inevitablemente con la descomposición de la materia y la extinción del ser. La lógica biológica de la política argentina de aquellos tiempos se fundamentaba en la muerte irremediable del peronismo, que terminaría extinguiéndose junto con la vida de su líder, pero que ya había iniciado el proceso de descomposición irreversible.

Eso era lo que pensaban los antiperonistas que sentían un rechazo epidérmico hacia todo lo que tuviese que ver con el peronismo; también lo pensaban los “objetivos”: los especialistas de las multinacionales que en los últimos años habían invertido cientos de millones de dólares confiados en la estabilidad política y los asépticos operadores teóricos del materialismo dialéctico, que le habían extendido un prematuro certificado de defunción al peronismo a favor de los numerosos postulantes a “Partido Revolucionario de la Clase Obrera”. Pero también lo pensaban los propios peronistas, o al menos esa parte de la dirigencia gremial que había consolidado su poder en los sindicatos neurálgicos de esa Argentina semiindustrializada, en la que los obreros de las grandes plantas podían ocasionar multimillonarias pérdidas con parar solamente unas horas. Garantizar el funcionamiento permanente de la fecunda fuente remisora de suculentas remesas y redituables royalties no solo permitía aumentar el número de afiliados y los servicios sociales de los sindicatos, negociando concesiones con las grandes empresas. En algunos casos (excepciones siempre hubo, por eso mejor no generalizar) también daba la posibilidad de meter la mano en la fabulosa lata de las huelgas. Pero no en la lata donde los obreros recolectaban monedas para sostener la medida, sino en la lata del mercado, de ese mercado donde las huelgas se compraban y se vendían. Aunque los que compraban eran siempre los mismos y los que vendían también eran siempre los mismos. Porque eran siempre los empresarios los que les compraban a los dirigentes la huelga de los trabajadores, nunca una empresa le vendió a un sindicato el triunfo de una huelga. Ese negocio era, a todas luces, mucho más seguro y ventajoso que apostar a la hipotética vuelta del General, que para colmo se estaba poniendo demasiado zurdo: ya no estaba más John William Coock, pero ahora andaba elogiando a Mao-Tse-Tung.

Pero la fuerza del peronismo no estaba en los cenáculos intelectuales ni en los escritorios de los burócratas sindicales, estaba en el pueblo, en sus expresiones más puras y auténticas. Y era una fuerza que venía creciendo y se hacía incontenible. Eso lo comprendí aquella tarde en la cancha.

La mitad más uno

Estudiantes ya venía en decadencia, es cierto. Ese año perdió la única final de América que perdió en su historia, y fue la última. Con Nacional de Montevideo, en un desempate en Lima. Pero todavía era fuerte y uno soñaba que hasta se podría armar un equipo mejor todavía, porque algunas figuras que estaban apareciendo pintaban para ser el recambio de los campeones del mundo. Como el Gato Pagnanini, por ejemplo, que en un partido con Boca, acá en La Plata, le clavó un zurdazo en el “ángulo superciliar izquierdo”, como diría Fortunato. Uno a cero y nos preparábamos para festejar un triunfo. Mi primo Roberto había venido desde la Patagonia a ver el partido y se ilusionaba en la popular pincharrata que hervía con el calor de la primavera. Pero Boca ese año tenía unos pibes que venían matando: Potente y Ferrero, y en la punta derecha a Ponce. Entre los tres le pegaron un baile impresionante a la defensa de Estudiantes y el primer tiempo terminó tres a uno a favor de Boca. “Yo me voy, resolvió mi primo.

- Quedate, que en el segundo tiempo por ahí cambia y empatamos le contesté ilusionado.

- ¿A que querés que me quede, a ver la goleada que nos van a hacer?, contestó realista. Nos hicieron siete. Pero el espectáculo mayor no eran los jugadores de Boca, era la hinchada. Desde la ochava de 57 a la de 55, miles de cabezas saltando y miles de gargantas gritando toda la tarde: “Lanusse, Lanusse, poné mucha atención, que Boca va primero por orden de Perón”.

El Yacht Club

En Río Santiago, entrando por Berisso, derecho por la Génova, había, y tal vez esté todavía, un barco. Era un barco viejo y fuera de uso, varado junto a la costa, que los padres de Helena y Graciela y otro grupo de familias de La Plata había comprado para transformarlo en lugar de veraneo.

Aunque tenía un nombre inglés como el Jockey, y hasta se pronunciaba parecido, el Yacht Club era totalmente distinto. Es cierto que era muy exclusivo, mucho más que el Jockey, por la mierda, sólo podían frecuentarlo un puñado de socios, sus familiares y sus amigos. Ellos eran los que habían comprado esa chatarra naviera que se oxidaba lentamente, varada en el fango perpetuo de la costa del río. Pero, salvo por el nombre, el Yacht no era un lugar para jactarse de haber ido. No había pileta de natación, no había bar; ni siquiera vestuarios propiamente dichos. Era nada más que eso, una carcaza de acero derruida por la corrosión del agua y del tiempo. No porque fuera demasiado viejo, sino porque ya se había convertido en antiguo.

Era un sobreviviente de la marina de guerra alemana, convertido en rezago a partir de la liquidación general de la flota al final de la guerra. Tal vez hubiese participado de algún combate trepidante en las gélidas aguas del Atlántico. Quizás hubiese entrado, una mañana de sol radiante y aguas refulgentes, en un puerto del Mediterráneo, atestado de paquebotes, degollando las olas con su proa negrísima, con una tripulación de marineros de bronce encaramados en la cubierta. Pero de la hidalguía de aquellos viajes sólo le quedaba la persistencia del recuerdo, estampado en las fotos del álbum familiar de su contramaestre. Anclado en su lecho de limo, hacía unos años había empezado a recorrer su viaje más largo y definitivo: el viaje del olvido.

Sobre aquella nave moribunda ese verano festejamos la vida. Éramos un grupo de cerca de diez varones y mujeres, que nos tomábamos el colectivo en La Plata y desembarcábamos en Berisso con una guitarra y unos sanguches en el bolso. Bordeábamos el canal por una calle larga, de tierra, y no internábamos en la selva ribereña hasta alcanzar el puentecito descuajeringado que unía la tierra firme con el casco herrumbrado. Ni bien pisábamos la cubierta nos poníamos en malla y nos zambullíamos en el agua marrón y espesa. Nos tirábamos desde una rampa que sobresalía de la cubierta y penetrábamos varios metros para emerger luego gloriosamente, mirando al mundo desde abajo, a través del cortinaje turbio del río.

Músculo, sonrisa y corazón

En esa agua viscosa nos sumergíamos con Ricardo con indecible placer, tirándonos desde un trapecio improvisado, en el que nos sentíamos por un instante como los mágicos equilibristas de un circo imaginario. El trapecio era un caño sujeto por un cable de acero a uno de los mástiles de la nave que sobresalía de la borda, a estribor. Nos balanceábamos como Tarzán, nos dejábamos caer desde varios metros y penetrábamos profundamente en el agua. A veces, nos tirábamos juntos y la entrada en el agua era más profunda, llegábamos a tocar el fondo.

Ricardo era el hermano de Julio, eran absolutamente iguales y distintos. Tenían la misma facilidad natural para el deporte y para la música. Transmitían la misma sensación de transparencia incorruptible pero desde caracteres contrapuestos. Julio encaraba todo con la misma religiosa seriedad con que luego encararía la militancia.

Ricardo era la alegría permanente, expresada con el cuerpo y con la cara. Su seriedad era distinta, era la de quien entrega todo sin medir el esfuerzo, desplegando todos los músculos del cuerpo y todas las energías del alma. Volando sobre sus alas yo me balanceaba aquel verano sobre el mundo. Me apoyaba en sus hombros y nos mecíamos en el trapecio hasta clavarnos con una vuelta mortal en el agua, como sumergiéndonos en el corazón de la vida.

Más sencillo y más sentimental en sus razonamientos que Julio, Ricardo no tardó en hacerse peronista y se quedó hasta el final. A fines del 78 lo delataron en una cita en Ezpeleta y se lo llevaron herido, nada más se supo de él. Era apenas un poco más alto que yo, pero mucho más fornido y perfectamente proporcionado; tenía el torso y los brazos musculosos, nariz de boxeador y piernas de futbolista. Jugaba bien a lo que se propusiera y tocaba más que aceptablemente la guitarra. En los veranos nos veíamos siempre en la pileta del Nacional, solíamos jugar al voley y al fútbol y nos encontrábamos también en los bailes de carnaval. Si bien él estaba siempre con sus amigos y yo con los míos, ya existía entre nosotros una especie de corriente de afinidad que nos unía sin necesidad de cruzar muchas palabras. Por eso, en la medida en que me iba integrando ideológicamente con Julio, me iba acercando afectivamente a Ricardo. Nunca llegamos a ser amigos íntimos, de esos que se tienen dos o tres en la vida, no muchos más; porque a esa altura ya cada uno tenía sus propias intimidades, pero nos alegrábamos mutuamente cada vez que nos veíamos. Con el tiempo llegamos a compartir los bailes, el Yacht, las tribunas de la cancha y las movilizaciones. Suficiente como para no poderme olvidar nunca de su sonrisa. Suficiente como para que esté siempre suspendido en un salto mortal interminable, desde el trapecio de aquel verano entre el río y la selva.

Un viejo y extraño miedo

Cuando era muy chico, calculo que entre los cuatro y los seis años, una tarde fuimos con mis viejos al puerto. Ese día no quería mirar hacia el agua porque me daba miedo, no el agua sola, sino los barcos sobre el agua. Desde ese día le tuve pánico a los barcos. No a subirme, sino a verlos. Y a pesar de que después de eso viajé varias veces en barco, nunca les perdí el miedo, siempre me dieron pavor. Esa misma sensación de angustia la sentí un día cuando intenté cruzar a nado desde el Yacht hasta la otra orilla. Yo nunca fui un buen nadador, pero la distancia no era muy grande y el agua estaba tranquila; al principio nadé sin dificultad, pero en la otra orilla estaba anclado otro barco abandonado y cuando estuve más cerca en un momento me volvió a dar aquel viejo terror. Tuve que volverme. No pude resistir el miedo que me infundía esa carcaza enorme y negra sobre el agua. Y aún hoy, cuando los veo a veces en fotos o en televisión, los barcos en el agua me siguen dando miedo. Quizás por eso me imagino cayendo un día hasta el fondo del mar, en mi propio viaje final, yendo a buscar a mis compañeros que están en el agua. A los que tiraron desde los aviones

Barricada de verano
“Si puedes tu con dios hablar...”

Ser independiente no sólo implicaba definirse políticamente ante los hechos que se producían sin tener que atenerse a una línea partidaria; significaba también no asumir ninguna disciplina, tener libertad absoluta para hacer lo que uno quisiera y cuando quisiera, sin rendirle cuentas a nadie. Uno podía tener así una doble, triple o cuádruple vida. Ser un simpatizante de la izquierda de lunes a viernes, un salidor los sábados, un hincha de fútbol los domingos y un mochilero los veranos. En el verano del 72 salí de vacaciones con Alfredo y sus compañeros de división, igual que el año anterior. Pero esta vez la cosa iba más en serio; no íbamos a un camping, con todos los servicios organizados, no. Íbamos a instalarnos en medio de los médanos sin ningún servicio cerca, a mear y cagar en el monte y a conseguir agua como se pudiera; en Valeria del Mar no había un centro comercial, ni siquiera calles asfaltadas. La ostentación estaba en Pinamar, a unos pocos kilómetros de distancia. Valeria era un páramo estival de la clase media alta, que prefería la discreción del aislamiento. Escondidas entre los pinos había unas pocas casas y sobre la playa una construcción solitaria, sostenida sobre una plataforma de madera. “Il Comendatore” Benito Durante, un luchador famoso de la legendaria trouppe de Martín Karadajián, era el dueño de ese restaurante adornado con salvavidas, sogas marineras y clientes gasoleros. Para entonces los Titanes en el Ring ya eran cosa del pasado, pero de un pasado no tan lejano como para no poder vivir de él.

Cuando llegamos con Pancho y Alfredo, los otros ya hacía varios días que estaban. Habían instalado la carpa en un monte a varias cuadras de la playa, cerca de una casa en construcción de donde sacaban el agua. Nosotros llevábamos otra carpa y la pusimos enfrente. Sobraba lugar y arena. No había muchas alternativas para la diversión: de día nos íbamos a jugar al voley a la playa y hasta jugamos al rugby con unos cordobeses de los que nos hicimos amigos. Uno de ellos me hacía acordar a Joaquín, por lo rubio, lo fornido y lo calentón: me cagaba a pedos como Joaquín cuando jugábamos al fútbol: “Pero Paaaastor, laaargala rápido”, me decía. De mujeres nada. No había muchas como para nosotros y encima no sabíamos cómo encararlas. Un día yo me choqué con una en el agua y como le dije “pensar que el mar es tan grande y justo nos venimos a chocar”, me cargaron toda la vida por haber dicho algo tan ridículo.

Como llovidas del cielo, pero en realidad arrastradas por la lluvia, un día aparecieron dos mujeres. Me las encontré en medio de una tormenta, volviendo de hacer un mandado. Venían mojadas, cargadas y cansadas, sosteniendo unas mochilas enormes y subiendo a duras penas las cuestas ondulantes de las calles arenosas. Medio desesperadas me preguntaron si no sabía de algún lugar donde pudieran quedarse y yo, en un alarde de generosidad, les ofrecí nuestra carpa. Cuando les dije que éramos cinco varones, lo aceptaron con resignación. Estaban tan cansadas que parecían dispuestas a cualquier cosa. Al verme llegar con las dos chicas me recibieron como a un héroe. Pero ellas eran muy grandes y nosotros muy pelotudos. Nos llevaban entre cinco y diez años; una de ellas estaba muy buena, se llamaba Pelusa y era redondita por todos lados. La otra era Matilde, una morocha delgada que para el gusto nuestro de ese momento era fea. Unos años después seguramente hubiésemos cambiado de opinión, porque parecía la más sensual de las dos. Ellas pronto se dieron cuenta, con cierta decepción, de que éramos inofensivos. Para mí, estar conviviendo en una carpa con dos mujeres y que no pasara nada era una afrenta, por eso cuando me dijeron que las íbamos a agarrar un día y las íbamos a violar y después nos íbamos a ir, creí que hablaban en serio. Y no sé que hubiese pasado de habérmela encontrado sola a Pelusa cuando iba a buscar agua. Pero no pasó nada, las chicas terminaron yéndose a los pocos días, buscando un campamento más cómodo y unos machos con más agallas.

Aunque no había boliches para ir a bailar ni un centro para caminar buscando mujeres, las noches de Valeria tenían un enorme encanto: los fogones. Alrededor de un par de troncos encendidos, a la luz de una luna que nunca fallaba, en la playa se reunía espontáneamente un auditorio heterogéneo y alegre, que empezaba cantando canciones románticas y terminaba con canciones de protesta. Había un rubio de pelo largo, el Conejo le decían, que era como una especie de abridor oficial del fogón; arrancaba siempre cantando “Muchacha Típica” y después seguía con todo el repertorio de Serrat. Era un misterio, nadie lo conocía y de día no se lo veía por ningún lado, pero de noche aparecía, como diría Jaques Brel, «con su guitarra y su canción». Como veinte años después volví a verlo y me enteré que era también de La Plata y había sido militante de izquierda en aquel tiempo, pero muy en aquel tiempo, porque cuando lo vi tenía otro apodo y otras aspiraciones. Hace muy pocos días me lo volví a encontrar, casi no podía caminar. Recién entonces me animé a hablarle y a decirle que había estado con él en Valeria del Mar aquel verano. Me dio lástima, creo que entendió lo que le dije porque se sonrió y cuando le pregunté qué le había pasado, me contestó con una voz apenas audible y la mirada clavada en la nada: “Parkinson”*.

También había un grupo de campamentistas de algún lugar del interior que llegaban cantando la canción de Pecos Bill y eran una especie de Les Luthiers, un poco más limitados artísticamente pero no menos graciosos. Hacían una parodia genial de la chacarera santiagueña y tenían un repertorio bastante variado, pero el himno de guerra de aquellos fogones no era ninguna canción de protesta sino un bolero: «Perfidia». El punto máximo de emoción se alcanzaba cuando todos juntos cantábamos “Mujer, mujer, mujer, si puedes tu con dios hablar, pregúntale si yo alguna vez, te he dejado de adorar…”

* Lo que yo no sabía entonces, y me vine a enterar después de la primera edición, es que ese sujeto era del servicio secreto de la Armada; había estado infiltrado en las filas del PRT y había delatado a varios militantes. Eso me lo contó un compañero que pudo confirmarlo porque cuando comenzó a averiguar, sus comentarios llegaron hasta la SIDE y las dos personas que habían denunciado al Conejo fueron amenazadas de muerte. Ahora que sé, no me da tanta lástima su Parkinson.

El Valeriazo

Un día los fogones y los partidos de voley en la playa estuvieron a punto de acabarse. Perentoria y prepotente, empezó a circular la orden de levantar todas las carpas instaladas, porque, según aseguraba la policía, había denuncias de propietarios de los terrenos baldíos quejándose porque les habían invadido sus propiedades sin autorización. Además, aseguraban, la precariedad de las condiciones sanitarias era un verdadero peligro para la salud. Eso de que los campamentistas anduvieran cagando y meando al aire libre, sin inodoros o escusados, era, además de asqueroso, terriblemente peligroso para la salubridad de todos los vecinos de Valeria del Mar. No importaba, por supuesto, que los vecinos fueran muchos menos que los campamentistas, ni que hubiese tanto lugar que sobraba para todos, porque entre carpa y carpa había como diez cuadras de distancia. No, esa situación era intolerable y allí estaba la autoridad policial para hacer respetar la ley, la única ley que existía en ese momento: la retrógrada voluntad de los militares que gobernaban todo el país, incluida la pequeña y veraniega Valeria del Mar.

No eran épocas sin embargo en que la autoridad se acatara pasivamente. En cuanto cundió la noticia, toda Valeria se puso en pie de guerra. Como si hubiese un cartel propagandístico promoviendo “Protagonice su propio levantamiento popular; como ayer el Cordobazo o el Rosariazo, participe hoy del Valeriazo”, decenas de acampantes se abocaron a organizar la protesta y la resistencia. Las faldas de los médanos y la terraza del único supermercado hicieron de anfiteatro para la asamblea popular de campamentistas al atardecer. La policía de la provincia tenía entonces unos jeeps horribles, cuadraditos y pintados con una espantosa combinación de azul oscuro y beige; en uno de ellos llegaron, aun más impresentables que el vehículo, el comisario de la zona y un par de agentes. No venían a reprimir, sino a tratar de justificar lo injustificable, asegurando que cuatro soretes solitarios, perdidos en la inmensidad de la costa atlántica, eran una amenaza para la salud de toda la nación:

- El problema es con las carpas que no tienen baño, decía el comisario.

- Yo tengo un baño portátil así y asá, entró a explicar uno para ver si podía salvarse él solo.

- Y yo soy muy estreñido, no voy nunca al baño, ¿me puedo quedar?, dijo otro, cargándolo y todos condenaron el individualismo del propietario del baño móvil. A continuación, una bandada de oradores descargó un arsenal de retórica contestataria estival tan contundente que la pequeña multitud ya parecía no contentarse con que la dejaran quedarse en las carpas. Ya estaban empezando a reclamar el derrocamiento del gobierno nacional y la ejecución de todos sus funcionarios, empezando, ya que estábamos, por el linchamiento de aquel trío.

No tardó en darse cuenta el comisario de que lo más conveniente era organizar una retirada decorosa, como para que no resultara tan evidente que había perdido, y dejar que los campamentistas de Valeria se quedaran todo el verano cagando en la arena y cantando en la playa. En cuanto pudieron se volvieron a meter en el jeep, y se alejaron envueltos en una nube de silbidos y de puteadas que se escuchó hasta en la costa africana.

Después de eso no hubo toma del poder ni manifestaciones de júbilo masivo, el Valeriazo se diluyó paulatinamente, a la medida que los campamentistas fueron retornando a sus lugares de origen. Nosotros no nos volvimos. Tan castos y vírgenes como llegamos, seguimos viaje a Mar del Plata, en la caja de un camión donde pasé el mayor frío de mi vida, a pesar de estar en pleno enero. Volvimos al mismo camping de Punta Mogotes, como el año anterior, y también al mismo resultado: cero en mujeres. Pero con la felicidad de haber compartido una aventura entre amigos entrañables, sin sospechar que de allí en más la vida nos iría alejando lentamente, pero sin poder cortar nunca el lazo que se había formado entre nosotros.

El setenta y dos
Profesora Comandante

En el 72 estábamos en quinto año y entre nuestros profesores estaban de los más reaccionarios a los más revolucionarios. En sicología teníamos a Scasso, un materialista dialéctico acérrimo con el que yo me trenzaba en vanas e interminables discusiones filosóficas. No coincidía con muchas de sus posturas, pues chocaban con mi cristianismo místico, y trataba de rebatirlo sin muchos fundamentos, pero había hasta casi una cuestión de piel: me resultaba chocante su excesivo racionalismo, me parecía el modelo perfecto del intelectual marxista de laboratorio. Sin embargo, muchos años después me lo encontré y vine a enterarme de que siempre había sido peronista. De cualquier manera, tenerlo como profesor era importante porque nos obligaba a elevar el nivel de nuestra discusión teórica, a partir de su vasto caudal de conocimientos.

En filosofía, en cambio, las conversaciones eran mucho más concretas. La profesora era Beatriz Quiroga y teníamos unas discusiones apasionadas que abarcaban desde las concepciones existenciales más profundas a las cuestiones más circunstanciales. Aunque nunca tuvo una actitud proselitista y escuchándola era difícil discernir cuál era su definición política, indudablemente era de izquierda. Beatriz ejercía una gran influencia sobre nosotros a partir de un carácter vital y simple; tenía un aspecto muy particular, era muy austera en su forma de vestir, tenía una nariz larga y redonda que le achicaba los ojos y unas piernas musculosas y bien torneadas en sintonía con la energía de su figura.

El día de la masacre de Trelew justo teníamos clase con ella. La esperamos con impaciencia, queríamos que nos explicara. Y nos explicó, sin develar para nada su encuadramiento político, supo dejar bien en claro el sentido de ese fusilamiento.

Ese verano comprobaríamos, por los diarios, que la energía de Beatriz no tenía una utilidad superflua. La noticia decía que las fuerzas de seguridad habían frustrado un ataque con explosivos a la base de submarinos de Mar del Plata y habían sido detenidos los miembros de una célula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias; uno de cuyos integrantes era Beatriz Quiroga.

Cuando la soltaron, se encontró con algunos de mis compañeros de clase, y les preguntó por mí; creo que me apreciaba y le gustaban además mis definiciones sobre la filosofía, pero la desconcertaban algunas de mis posiciones políticas. Nunca se imaginó, creo, que unos meses después me encontraría en un ámbito de la organización político militar. Ella era nada menos que la responsable de la enorme columna La Plata y yo estaba orgulloso de tenerla como jefa máxima, por eso metí la pata hasta el cuadril. En una reunión de ámbito, delante de todos, dije que ella había sido mi profesora, rebelando un dato de ella que los otros no debían conocer. Pero no se enojó ni me dijo nada, conociéndome habrá pensado “Este Pastor..”.

Strum und drang

La C.G.U. (Concentración General Universitaria), había sido la organización oficial del peronismo a nivel universitario en la década del 50, la Revolución Libertadora la proscribió en el 55, al igual que a todas las organizaciones peronistas. En la década del 60 un grupo de fascistas en La Plata y Mar del Plata fundó una imitación derechizada de aquella organización. Convertida en una organización de choque anticomunista, la C.N.U (Concentración Nacional Universitaria) se fue nutriendo de militantes provenientes de la alta clase media platense y de una clase media barrial que tenía como epicentro mi barrio. De hecho, a muchos de sus militantes yo los conocía desde la infancia, a algunos de vista y con otros hasta había compartido algún cumpleaños o algún partido de fútbol. Incluso uno de ellos vivía enfrente de mi casa, del otro lado de la diagonal. A nivel secundario, si bien tenía militantes en las escuelas religiosas, su principal foco estaba en el Nacional, donde al parecer han dejado una nefasta descendencia. Algunos de ellos en estos tiempos han llegado a ser funcionarios provinciales, otros fueron asesinos o narcotraficantes, o las dos cosas. Si bien al principio sus incursiones se limitaban a intimidar a los grupos de izquierda con fierros y cadenas, a irrumpir en algunas asambleas y, en especial, a martirizar judíos con ataques personales, poco a poco la violencia de sus acciones fue creciendo. En la medida en que el enfrentamiento interno en el peronismo se fue haciendo más agudo, fue aumentando el nivel de su armamento y la violencia de sus acciones. Tuvieron una participación muy activa en la masacre de Ezeiza y después siguieron operando, secuestrando, torturando y matando gente. No todos tal vez, pero si algunos de ellos, se integraron a las Tres A con Aníbal Gordon. El más notorio fue Carlos, “El Indio” Castillo, implicado en una cantidad impresionante de delitos de distinta índole y autor de decenas de asesinatos; no sólo en esa época, sino también después, en la democracia. Muchos de nuestros compañeros cayeron asesinados por sus manos.

El ideólogo y organizador de la C.N.U. en La Plata había sido Carlos Di Sandro, nuestro profesor de literatura. Connotado latinista, lanzaba algunas frases ininteligibles en latín, que subrayaba con una risotada sarcástica ante nuestro azoramiento. Le gustaba también desconcertarnos con otro tipo de frases o palabras como “¡Gitanjáfora!” o “Gitanjáfora prima”. Pero cuando mostraba mayor apasionamiento era cuando hablaba de los poetas románticos anglosajones, en especial de Shiller y de Goethe. Nos daba a estudiar las traducciones de sus obras, pero le gustaba recitar las estrofas de Gohete en alemán. “El lema de esos poetas, decía, era el del “Sturm und drang”, “tormenta e ímpetu” y hacía ademanes como los de un director de orquesta enfatizando un final. En esa admiración por la fuerza de la tormenta era quizás en la única circunstancia que develaba su vocación por la violencia. Los alumnos en general le tenían pánico por su severidad en el aula y en especial al momento de poner las notas. Flaco, chupado, de mediana estatura y de una mirada vidriosa y siniestra escondida tras unos lentes cuadrados y chiquitos, entraba al aula imponiendo temor a partir de su parquedad y del tono intimidatorio con que impartía la clase. Cuando Di Sandro entraba, no volaba una mosca; infundía un miedo que iba más allá de lo que objetivamente se desprendía de sus actitudes, porque nadie se animaba siquiera a levantar la mano para contestar una pregunta cuando él la hacía.

Por inconsciencia o por soberbia, yo no le tenía miedo y actuaba con él como con los demás profesores, intervenía en la clase contestando preguntas o haciendo acotaciones, que él en general respetaba. Pero no cumplía con los trabajos, por eso me puso bajas notas en los primeros dos trimestres. En el último, con las notas que tenía me iba a examen. Entonces me dio una oportunidad, estábamos leyendo a Ibsen y me pidió que pasara a exponer sobre la obra, que leyera lo que había escrito. Y yo ni había leído la obra ni había escrito nada, pero pasé igual y empecé a hablar como si estuviera leyendo, miraba el cuaderno y hablaba. Pero se dio cuenta y me preguntó si yo había leído la obra; le dije que no, pero que si uno sabía sobre la vida del autor y sus circunstancias no era necesario leer la obra para poder opinar sobre ella. El viejo se recalentó: “¡Yo le doy una oportunidad y usted me responde con una verdadera burla, váyase a sentar!”. Yo me senté y encima le contesté “¡Ma, si!”, caliente como si tuviera razón. El viejo explotaba de indignación.

El viejo era un hijo de puta, por su ideología, por su responsabilidad en la promoción del terror de las bandas fascistas, por su actitud con los alumnos y por miles de cosas más, pero la verdad es que en ese caso tenía razón. Yo recién me di cuenta de grande, cuando fui profesor, y pude entender que lo mío había sido realmente una falta de respeto, al profesor, al autor y a la literatura. Es más, creo que Di Sandro estuvo muy blando en esa oportunidad, hubiera merecido un castigo mayor que mandarme a diciembre.

La Felipa*

Blanca y flamante, como una perla brillando entre los naranjales, apareció un día la Felipa en la cima de una loma llegando a Monte Caseros. Los caminos eran de tierra y no había casi calles empedradas cuando uno de los abuelos de Joaquín la trajo jadeando sobre el polvo de las huellas. A partir de allí paseo durante años su envidiada figura por las calles del pueblo, atrayendo a su paso las miradas de los muchachos y espantando a las gallinas y los perros.

El paso de los años y el cambio de las modas eclipsaron su reinado y desgastaron su brillo; otras apariciones deslumbraron a los montecasereños y concentraron las miradas. Aunque estaba consiguiendo salvarse de la muerte y sobrellevaba la vejez con bastante dignidad, su paso ya no provocaba suspiros de admiración sino una risa compasiva que la hacía sentir ridícula.

Para salvarla del exterminio o de algo peor, el olvido, los hermanos de Joaquín decidieron traerla un día a La Plata, desandando penosamente el camino que la había llevado al lugar en el que había sido feliz. En el edificio de la cale 10 la alojaron en el lugar vacío de la cochera, de donde al principio salía muy de vez en cuando a dar una vuelta por una ciudad demasiado agitada para su desplazamiento cansino, pero poco a poco se fue acostumbrando a ese nuevo ritmo y las salidas se hicieron cada vez más frecuentes. En manos de Joaquín empezó a vivir una segunda juventud y a recordar sus hazañas correntinas, como la de aquella madrugada en que los Areta la llevaron a una juerga en la playa y la trajeron andando, aseguran, con unas botellas de champagne.

Ese año la Felipa fue testigo de los romances de Joaquín y de algunas reuniones semiclandestinas. Andar arriba de ella era emocionante, a uno le hacía sentir que había retrocedido en el tiempo y que la gente lo miraba con cierta envidia, porque a sus cuarenta y pico de años la Felipa seguía siendo hermosa y lo seguirá siendo cada día más, en la medida en que el paso del tiempo vaya embelleciendo con el barniz de la nostalgia las cosas que recuerdan los esplendores del pasado.

Sobre la Felipa recuerdo haber sido feliz una tarde de primavera bajo la lluvia. Joaquín iba con Claudia adelante, en la cabina, y yo atrás, en el asiento que tienen las coupes Ford T en el baúl, cuando se largó un aguacero por la zona de la estación. El paraguas abierto era más cómico que efectivo y yo estaba mojado pero contento. Hacía ya unos meses que Claudia y Joaquín habían iniciado una relación extraña, discreta y apasionada.

Acomplejado por ser del interior y petiso, o simplemente renegado, Joaquín no iba a bailar y se autoexcluía de las fiestas. Aunque se jactaba de sus andanzas veraniegas en Monte Caseros, en La Plata no se le había conocido ningún amorío. Por eso nos sorprendió a todos empezar a verlo tan seguido con Claudia. Porque Claudia y él no parecían ser de lo más afines precisamente. Ella no estaba politizada y además le llevaba varios centímetros, el correntino no había pegado todavía el estirón.

De las mujeres de la división, Claudia era una de las que yo más quería. Venía desde primer año y si bien era muy despistada y parecía estar siempre en otra cosa, había algo que la hacía querible. No se vestía como las chicas del centro (las chicas de la división en general no eran “chicas del centro”), andaba siempre con unos mocasines gastados y no hacía ningún alarde de refinamiento. Aunque era muy bonita de cara, Claudia no parecía despertar mucha codicia entre los varones de la división. Tuvieron que pasar muchos años para que algunos confesaran su admiración por ella. En los años superiores sí tenía varios pretendientes, aunque no se le conocía ningún novio declarado.

El suyo no era un romance típico de adolescentes, de esos que andan todo el día pegoteados, tomados de la mano por la calle y besándose en los recreos. Muy pocas veces se los vio del brazo, pero el rastro de ese amor los marcó para toda la vida.

* La Felipa siguió la suerte de los demás: también está desaparecida.

Charlas de café

Como un jugador de ajedrez que disputa simultáneas, en esos años yo mantenía varias discusiones políticas e ideológicas al mismo tiempo. Por un lado estaban las discusiones formales con Julio, que tenían un desarrollo sistemático, pero además discutía con Joaquín, con el Lacio y con el Pato.

Con Joaquín y con el Lacio a veces discutíamos los tres juntos. En las horas libres, cuando otros se iban a dar vueltas por el centro, a “hacer facha”, a mostrarse ante las chicas de los colegios “selectos”, dando vuelta por las escasas dos o tres cuadras del microcentro platense, nosotros, nos íbamos al Parlamento o al Escorial a discutir durante horas. El Lacio era la teoría y el racionalismo puro, Joaquín la pasión y la acción. Con cada uno de ellos también tenía discusiones individuales. Es que en realidad, nos pasábamos todo el tiempo discutiendo, cada encuentro era la oportunidad para una nueva discusión. Con el Lacio tenía la sensación de estar analizando las cosas en una perspectiva futurista, como si estuviésemos imaginando el devenir histórico de las próximas décadas de la humanidad, imaginándonos como protagonistas; pero de una manera casi tangencial a la realidad. Como desde un laboratorio filosófico.

Con Joaquín la sensación era otra. Con él solía irme conversando a la salida de la escuela y llegábamos hasta el Teatro Argentino: él se quedaba en su departamento y yo me tomaba el sesenta y uno. En ese trayecto él ya empezaba a mostrar los esbozos de un peronismo incipiente que a lo largo del año se fue haciendo cada vez más evidente. El origen de esa influencia podía detectarse en su hermano mayor, Iñaki, a quien prácticamente no conocíamos, apenas si lo habíamos visto alguna vez en el departamento de la calle 10. Sabíamos, sí, que había sido un pertinaz Don Juan en Corrientes, un fugaz estudiante de periodismo acá en La Plata, un pintor ocasional de brocha gorda un tiempo y un estudiante de algo( posiblemente sociología) en Buenos Aires. Joaquín hablaba con admiración de las hazañas eróticas de sus hermanos y en especial de las de Iñaki, con su proverbial tendencia a la exageración.

Aunque lo conocíamos poco, Joaquín nos había transferido algo de su admiración por Iñaki, que reapareció en La Plata por una circunstancia infausta: el padre de Joaquín casi se muere de un ataque (un derrame cerebral o algo parecido). Esa circunstancia hizo que Joaquín pasara a ser el centro de atención de la división. De repente todos nos aglutinamos en derredor suyo como compitiendo a ver quien le daba más apoyo.

Hacía poco días los Areta habían sacado de la concesionaria un Falcon flamante, de un azul verdoso oscuro, al que Iñaki hacía doblar casi en dos ruedas alrededor de las plazas de La Plata, demostrando una habilidad conductiva forjada en actividades mucho menos superfluas. Aunque no lo sabíamos, en ese momento ya tenía una militancia intensa y medianamente extensa en las F.A.R. (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y más de una vez había sido chofer en alguna operación militar.

Como para consolidar la admiración que despertaba entre los amigos de Joaquín, incluso hasta de los apolíticos, como Bocha, Iñaki tenía una novia que era toda una “mujer”. Si, porque por más buenas que estuvieran, las chicas del Liceo, del Normal, del Eucarístico o cualquiera de las culo roto que frecuentaban los ambientes del Nacional, todavía no eran mujeres; no tenían ese aire de seducción que solamente se adquiere a partir de cierta edad. Y Mirta, Sandra, era una mujer hermosa y sensual, aunque se vistiera con la austeridad de las militantes.

La camisa que es bandera

La relación de Mirta, Sandra, con Iñaki no duró mucho, aunque después igual yo la seguí viendo, de lejos, en los actos y las movilizaciones de la Jotapé. Pero nunca había hablado con ella. La primera vez fue en el 84 u 85, en uno de los tantos actos contra las leyes de punto final y obediencia debida. Ella no me conocía, pero le conté que era amigo de Joaquín. Era otra mujer. El dolor, la guerra y la vida la habían endurecido. Había formado pareja con un compañero legendario para la militancia platense: el Flaco Sala. Antes de mayo del 73 el Flaco ya había caído varias veces en cana y se había transformado en un combatiente mítico, respetado, querido y perseguido, tanto la policía como los fascistas locales lo tenían en la mira. Por eso más temprano que tarde (mucho antes del golpe) tuvo que irse de la ciudad y recaló en el noreste; quien sabe, tal vez porque como hay tantos descendientes de rusos, polacos y alemanes, un flaco alto y medio rubión podía pasar más desapercibido. Y, para no perder la costumbre, el Flaco volvió a caer preso. Eso fue antes o después del golpe, no lo sé. La cuestión es que los militares lo tomaron como rehén, junto a varios compañeros más que estaban en la cárcel de Resistencia, en el Chaco. Un día se enteraron de que los iban a fusilar. En sus últimos momentos, el Flaco no se dedicó a lamentarse ni a llorar por su suerte. Tomó sus pertenencias, las cosas que tenía en el calabozo, y las distribuyó entre sus compañeros de celda. Como era el de mayor nivel, el que más grado tenía de entre todos los presos, impuso su autoridad y los obligó a aceptar lo que les estaba dejando como herencia. Había resuelto combatir hasta el último momento: sus cosas debían servir para que otros pudieran continuar la lucha en mejores condiciones. En la repartija, a uno de sus compañeros le tocó una camisa, eran compañeros del equipo de fulbito en la cárcel; “Esta es para vos, le dijo”. Cuando los vinieron a buscar, los compañeros los despidieron cantando, sabían que iban a la muerte.

Lo que pasó después asoma en estas correcciones que me hace Mirta, Sandra, luego de haber leído mi primera versión. Yo suprimo algunos errores y transcribo su carta, mil veces más explícita que mis páginas; pero para saber bien lo que pasó, como dice ella, hay que leer el libro de Jorge Giles, hermosamente vital y desgarrador. Yo sólo agregaré, que desde aquella madrugada el dulce nombre de Margarita Belén, así se llamaba el paraje donde se consumó la masacre, entró en la historia argentina como el símbolo de la ignominia, pero también de la dignidad. De la dignidad con que afrontaron la muerte los fusilados.

El compañero que recibió la camisa tuvo un poco más de suerte que el flaco, porque al tiempo consiguió salir del país haciendo uso de las opciones que de vez en cuando concedían los militares. Y el compañero fue a varios países hasta anclar finalmente en Nicaragua. Los sandinistas estaban en el poder y la revolución era todavía una bella y cercana ilusión. Cuando cayó la dictadura argentina y muchos emprendieron la vuelta, él prefirió quedarse, pensó que su puesto de lucha estaba allá, entre los volcanes y la selva. Los yankees asediaban cotidianamente a la revolución; a través de los “contras” incursionaban cotidianamente asesinando militantes populares y simples vecinos. Crueldad del destino, el compañero no cayó combatiendo contra los contras pero puede decirse que también cayó en combate. Estaba al servicio del Ministerio del Interior sandinista cuando el camión que conducía se desbarrancó por la ladera de la muerte para dejar su corazón latiendo eternamente en Nicaragua. Su compañera y sus hijos lo enterraron allá, pero conservan todavía esa camisa con la esperanza de encontrar algún día a los hijos del Flaco Sala y entregársela.

Querido Metra

Que sensaciones me dio leerte, me puse contentísima de volver a leer la vida de Joaquín, tan hermoso él que no sabía que lo vieran petiso, me impactó que supieras lo del papa porque fue un golpazo, éramos muy jóvenes y el papá también, él era muy querido y los hijos como vos contás lo rodearon muy abrazadoramente.

A Iñaqui lo había conocido en una reunión de ámbito en Buenos Aires, lo recuerdo con un buzo negro o pullover negro, el estaba de novio, el gran amor de su vida, minón total era Susana Quinteros, de arquitectura, se peleaban y se amigaban seguido.

Cuando el padre se enferma el me comenta al pasar y yo que no sabía quien era, como se llamaba de apellido, lo busco en el Instituto Médico Platense, ahí fueron a internar al papá, y me aparezco en el piso de internación como un fantasma, a la vez rompiendo todas las medidas de seguridad porque estaba prohibidísimo destapar nombres y apellidos por eso conocí a Joaquín, a quién admiré mucho y nos encontrábamos con subterfugios para hablar de política o de no se que…no se si no quise más a Joaquín que a Iñaqui, sino fue más leal Joaquín que Iñaqui conmigo porque eran relaciones diferentes. Cuando leí que conocías mi historia con Iñaqui me dio calor, me dio vergüenza, son pocos los que la conocen y justo vos la recordás! Fue un amor fugaz y tormentoso con Iñaqui. Cuando ya había nacido Mariana, mi hija, nos cruzamos en la calle 7 y 51, el Flaco Sala sin- “s” al final- y él, nos abrazamos bien fuerte, ya era la primavera del 74 y estábamos por la plaza caminando por la tardecita. Fue la última vez que lo vi a Iñaqui. Después en la facultad de Humanidades lo encontré a Joaquín y recuerdo que hablamos de la película Operación Masacre con la misma ternura de siempre. Lo quise a rabiar.

La historia del Flaco Sala si podés cambiala en el libro, nos fuimos porque el CNU Patricio Fernández Rivero consideró que la muerte de Martín Sala, el que trabajaba en el Cine 8 había sido producto de una traición del Flaco Sala.

Lo que quiero que modifiques, si estás a tiempo, es la historia final, la crueldad con que lo mataron antes de salir, lo que narrás es de la Unidad nro. 7, después lo llevaron al Regimiento y con una bayoneta lo punzaron, lo dejaron sangrando, lo llevan junto con el Pato Tierno y demás a otra cárcel, la Alcaidía y ahí los rematan, una fila india de policías los hacen pasar y los muelen a palos, salen casi muertos…para Margarita Belén.

Si tenés tiempo te paso un libro Allá va la vida, la masacre de Margarita Belén, de Jorge Giles que cuenta. Estás en tu derecho para contar la historia que quieras.

Mil gracias por los piropos, me vuelve a dar vergüenza.

Un abrazo compañero, Mirta

Un ejército peronista en la pared

En esas largas caminatas hasta su casa y en otras charlas más, Joaquín me fue peronizando. El éxito de su prédica estaba basado más en la emotividad que en la contundencia de su argumentación teórica. Uno sabía que las grandes masas populares seguían siendo peronistas, más allá de todos los discursos de la izquierda: el peronismo era el pueblo en su estado puro, con sus virtudes y sus defectos, con toda la inmensa vitalidad de sus contradicciones, y eso era tentador. Yo tenía ganas de ser peronista, sólo me lo impedían los prejuicios marxistas-leninistas y una especie de lealtad hacia Julio. Pero el peronismo estaba más cerca de mi barrio que la izquierda, aunque en la canchita y en la esquina hasta hacia poco nunca se había hablado de política. La mística peronista era una erupción subterránea; daba señales intermitentes, pero amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Para mí, hasta entonces, el peronismo había sido mi tío Héctor, primo de mi vieja. Desde la infancia yo tenía una vaga y dulce imagen de su casa y del barrio de La Loma, con sus calles de barro; una imagen que de vez en cuando reaparece en los momentos más insospechados, trayéndome el recuerdo de cuando la ciudad era de una tranquilidad absoluta. Cantor de tangos y guitarrista por descendencia, se prendía a discusiones encarnizadas con mi abuelo, antiperonista acérrimo, les recuerdo.

Para los jóvenes de mi generación, el peronismo era un misterio. Era como la leyenda de un país de abundancia que alguna vez había existido y de la que se había tratado de borrar toda huella. Ese secreto lo hacía a su vez más cautivante y lo identificaba con la rebelión. De todas las consignas políticas pintadas en las paredes la que más me gustaba, lejos, era una pintada en el paredón que limitaba a una de las canchitas de fútbol del Nacional: “Formar un ejército peronista para la liberación nacional”.

Trelew
Dieciséis rosas rojas

Dieciséis rosas roja

cayeron de madrugada

renacerán cada agosto

de la patria liberada.

El poema estaba en un papel, pegado en la pared del buffet; el colegio estaba convulsionado esa mañana. Pero yo dudaba. Tal vez uno fuese muy boludo, o tal vez tuviese sólo la bendita ingenuidad de quienes piensan que no es posible tanta perversidad en los hombres. Tal vez, porque uno no se había reconocido aún en sus propias perversiones y por eso no concebía que fuesen posibles en otro. Pero yo al principio me lo creí. Había sido un intento de fuga. Eso decían los partes de la Armada Nacional, que consignaban que esa mañana del 22 de agosto 16 guerrilleros habían caído bajo el fuego de la guardia de la base Almirante Zar, al intentar escapar. Afortunadamente, la mayoría de los estudiantes no eran tan ingenuos como yo, ni la mayoría de los obreros, ni la mayoría de las amas de casa, ni la mayoría de la mayoría: dieciséis personas muertas de un lado sin un solo herido del otro, era imposible. Todos se dieron cuenta de que había sido una masacre y el país ardió de rabia. Desde la mañana empezaron las asambleas en el Colegio y en miles de lugares en todo el país. Los fusilados ya no eran los mártires de los sectores que simpatizaban con la lucha armada, los “Héroes de Trelew” se convirtieron, de repente, en el símbolo máximo de la indignación de todo un pueblo, harto ya de la soberbia de esos militares que cobraban doble sueldo por estar en el gobierno, someter a un pueblo y matar a sus hijos.

Sólo algunos eran peronistas, pero el repudio fue unánime. Perón desde Madrid condenó los hechos y tres de los muertos fueron velados en la sede del Partido Justicialista, en Avenida La Plata. Más de tres mil personas asistieron al velorio y cuando el comisario Villar irrumpió con las tanquetas para llevarse los féretros, una batalla campal se desató por las calles de Boedo. Faltaban tres días para que se cumpliera el plazo que Lanusse le había impuesto a Perón para que volviera, de lo contrario, no podía postularse para la elección. Lanusse estaba seguro de que Perón no volvería, sin nombrarlo directamente, lo desafió en un discurso: “Yo creo que a ese señor no le da el cuero para volver”, dijo.

Confieso que mi ingenuidad en ese momento era exasperante y superaba ampliamente los marcos de la boludez. Lo curioso es que otros, que ese día ya hablaban de “masacre” y de “justicia popular”, con el tiempo se hayan ido boludizando. O, para decirlo de otra manera, que hoy en día hagan análisis de la realidad aparentemente tan ingenuos como los que hacía yo en ese momento. Más que ingenuos, debería decir descomprometidos. Porque analizan las cosas como si con el tiempo se hubiesen vuelto neutrales. En realidad, no han dejado de horrorizarse por los crímenes de la represión, de la de antes ni de la de ahora, lo que han perdido es disposición para enfrentarla. Es como si la realidad fuese una película en la que alguna vez participaron como protagonistas, pero como no les pagaron, ahora prefieren mirarla desde la platea. Algunos cantaban en ese entonces cosas tan revolucionarias como “por una patria libre y un pueblo liberado, saldremos a la calle con todo el pueblo armado.” Pero el pueblo no se armó y por eso no salieron a la calle en ese momento, ni salen ahora, ya hicieron demasiado con haber tenido la intención de salir en aquella época.

Despedida hasta la eternidad

La Felipa se estacionó arriba de la vereda, como si fuera a entrar en el garage, o mejor dicho a ese intento de garage que habíamos hecho, derribando desprolijamente la parecita de ladrillos del frente. No recuerdo exactamente todo lo que nos dijimos, pero creo que no fue mucho, casi nada; la noche flotaba en una ansiedad desesperada que lo envolvía todo; las calles desiertas esperaban el amanecer destilando en la madrugada el silencio solemne que se apodera de los soldados en la antesala de la batalla. La noche no parecía de primavera, ni de invierno, ni de nada, parecía un puente infinito que arrancaba en un lugar de la historia y se extendía incierto y vertiginoso hacia el futuro.

El motor quedó regulando un ratito, con esa cadencia cansina de los Ford T, y nos dijimos “chau, loco, hasta mañana”, o algo parecido, pero con un gesto que más que un gesto fue un presentimiento. Fue como despedirnos para siempre pero sellando tácitamente en esa despedida el compromiso de seguir juntos el mismo camino, más allá de la vida y de la muerte. Habíamos estado toda la noche en la Modelo, en una de las mesas que dan a la 54, discutiendo con Julio sobre cual debía ser la actitud correcta de un revolucionario en ese momento. No nos pudimos poner de acuerdo. Pero hablar con Joaquín era, de alguna forma, no estar tan lejos de la historia, que a esas horas ya había empezado a caminar rumbo a Ezeiza, desde toda la república y desde Roma: el avión de Alitalia ya habría decolado y estaría cruzando el océano. Todo el país sabía que a partir de la llegada de aquel avión grandes cosas iban a pasar. No se sabía bien qué, pero los peronistas, los antiperonistas, los independientes y hasta los indiferentes sabían que el país iba a ser otro. Aquel 17 de noviembre para algunos era el día de la llegada de Jehová y para otros la del Diablo.

Las imágenes de Perón y de Evita habían sobrevivido a 18 años de proscripción en los ranchos misérrimos, en ajadas fotografías que mostraban al general en su caballo manchado y a Eva con su rodete, alumbrados por velas, como las que se le ponen a los santos; o a los dioses de un culto inconfesable que no puede profesarse en la indiscreción de los templos sino en la secreta penumbra de los alteres domésticos. Aquella noche, en todos los hogares donde durante 18 años se había orado y se había soñado con su regreso, el amanecer era esperado como una bendición.

La tarde del 16 me fui caminando por calle 7 para el lado de 40, hasta la casa de los Poce, después de haber estado charlando un rato largo con Joaquín. Con una remera blanca y un pantalón azul yo era un adolescente de 18 años que cruzaba Plaza Italia arrastrando las ganas y la confusión de una generación que desde el Cordobazo intentaba escribir, ella también, la historia de la Argentina. Aquella tarde de noviembre, estaba como para sentarse en el bar Astro, en la París, en el Costa o en cualquiera de los lugares donde se reunían (y se reúnen todavía) los varones de esa precaria imitación de oligarquía que tenemos en La Plata. Era una tarde para mirar a las chicas de los colegios religiosos y a las que no eran tan chicas ni tan religiosas, mostrando sus culos portentosos embutidos en pantalones de todos los colores. Pero algunos estábamos erotizados por una sensación mucho más fuerte, por eso me fui a la casa de Julio.

Y Julio no tenía respuestas en su pieza abarrotada de obras de Lenín aquella tarde del 16. Hacía meses veníamos discutiendo textos teóricos; en el fondo, eso no implicaba ningún compromiso y era una forma elegante, para la conciencia, de ir postergando una definición. Era una forma de no participar directamente pero sin sentirse tan inútil. La historia, sin embargo, no estaba dispuesta a esperar que uno terminase de leer las obras completas de Marx y de Engels y todos los documentos de los burós políticos de organizaciones con más obreros en el nombre que en las filas. La historia hacía muchos siglos que estaba en marcha y nos amenazaba con pasar al otro día frente a nuestras narices dejándonos como espectadores estériles. “¿Y si mañana hay una insurrección, nosotros que vamos a hacer?”. Julio no me contestó nada. Allí me di cuenta que nunca iba a encontrar la respuesta. A esa hora, mientras nosotros discutíamos, la gente se había empezado a juntar en las unidades básicas. “Era un momento de efervescencia, recuerda el Negro Gonzalo, en poco tiempo la Juventud Peronista había crecido una enormidad. Desde el 71 el “Luche y Vuelve” se había extendido por todo el país y la gente de los barrios empezó a participar masivamente, pululaban las unidades básicas, reabiertas después de 18 años. Pero ese día la gente desbordó todas nuestras expectativas. Empezó a aparecer gente que nunca habíamos visto, mujeres con chicos, viejas, viejos, que se acercaban porque querían ir a recibir a Perón y no sabían como…”

Esa parte oculta y relegada del país real, que no aparecía en las categorías de análisis ortodoxos, emergió nuevamente esa tarde como lo había hecho 27 años antes para demostrar que su identidad política estaba tan vigente como su sudor, como su sufrimiento. Y que la experiencia de aquellos años, en los que había conocido ese sentimiento invalorable que es la propia dignidad, era mucho más concreta que todas las promesas de felicidad recibidas desde los distintos rincones políticos e ideológicos. Y que las luchas por no perder las conquistas sociales y gremiales logradas habían estampado una conciencia de clase imposible de cincelar con ningún libro.

Si bien las posibilidades de consumo de cualquier trabajador de entonces eran muy superiores a las actuales, e incluso los obreros especializados podían aspirar a comprarse en unos años un 0 kilómetro, sabían bien que sus recibos de sueldo eran sólo migajas de los balances anuales de las grandes empresas.

A principios de los 70 había en el país más de 10 fábricas de autos (¿cuántas hay hoy, llegan a cinco?), la industria textil abastecía a la de la confección y la metalúrgica era la más poderosa de América Latina, lo mismo que muchas de la otras ramas de la producción. No era tanto el hambre desesperado de pan lo que movilizaba las voluntades, sino la sed incesante de justicia.

Esos días, entre los hechos de Trelew y la vuelta del General, fueron de movilización constante. Ya nadie quería a la dictadura y las expectativas de un cambio social profundo se esparcían como el viento. Perón le puso un nombre a ese cambio: Socialismo Nacional. Tras esa consigna logró unificar a los sectores políticos más heterogéneos. Todo esto pertenece a la historia, y hay más, mucho más por supuesto; pero a la noche, mientras nosotros nos adentrábamos en la discusión sobre profundidades de la estrategia, la enorme columna de peronistas de La Plata, Berisso y Ensenada ya había llegado en tren a Turdera.

Cuando Joaquín dio marcha atrás y la Felipa encaró por la diagonal 74 hacia el centro, la columna de La Plata ya era una procesión de sombras entre la sombra espesa de la noche. No eran hombres ni mujeres ni niños, eran ánimas caminando entre las chapas y el cartón nocturno, de donde otras ánimas salían para elevarse en una marcha triunfal hacia la gloria de la esperanza. Horacio Chávez, el padre de Gonzalo, en su penúltima vida, encabezaba ese ejército de ilusiones con la convicción que no le pudieron arrancar con el fusilamiento frustrado del 56 ni el del 74, el que no tuvo postergación.

Hace poco en la casa del Piraña vi una foto, que él había logrado rescatar después de muchos años, allí aparece con pose de cantante de rock empapado por la lluvia, con pantalón vaquero, camisa colorida y cinturón ancho; en el fondo hay una barricada que dice: “Zona Liberada, Prohibido Pasar, Far-Descamisados”. Debe haber sido una foto del mismo 17 o del 18. “Se usaba el pelo largo… y había pelo para usarlo largo”, le dijo mirándola el hermano, que era muy chico aquella tarde en que la comitiva de Ricardo Balbín tuvo que dejar sus autos a una cuadra de la casa de Gaspar Campos, culpa de la barricada del Piraña y sus compañeros. La adusta calma residencial de Vicente López se había transformado en una sucursal amplificada de Río de Janeiro. Una multitudinaria marea juvenil invadió el barrio para custodiar festivamente al líder durante días. Poco después, la Juventud Peronista cantaba en todo el país:” ¡Allá en Vicente López, se armó la joda loca/quedó hecho un poroto, el carnaval carioca!”.

El Piraña era uno más, aunque uno bastante particular, convengamos, de aquellos miles que transformaron en un río de euforia colectiva el humedecido combate que durante todo el día habían librado para llegar hasta el General. Aunque tenía mi misma edad, el era de los que ya “la tenía clara”; por eso, en lugar de irse a dormir como yo, el 16 a la noche estaba planificando rutas y controles en algún brumoso rincón de San Telmo. Y cuando la difuminosa luz del 17 comenzó a filtrarse entre las grisáceas escuadras de los edificios, arrancó hacia Ezeiza con un entusiasmado montón de desconocidos que aparecieron de los conventillos, de las casas viejas y de los monoambientes. Hongos peronistas que la lluvia del retorno había hecho brotar en la costra de la ciudad gorila.

Cruzar en unas horas los veintipico de kilómetros que separan el Bajo de la Richieri, ese día era una cosa mucho más complicada que tomar la Bastilla. Había que buscar la soga viboreante de la Rivadavia y empezar a subir, aferrándose a ella por sobre las transversales y las estaciones del subte y los barrios ilimitados. El 86 no funcionaba y en Liniers, después de dar mil vueltas para llegar, la cana. La cana es siempre la cana y por ende la posibilidad siempre latente de algún enfrentamiento. El gobierno había preparado un despliegue de efectivos gigantesco y por todos los medios se había dedicado a desalentar a los potenciales manifestantes con amenazas de represión. Pero la cana es siempre la cana y por eso a veces es imprevisible. Acá en Liniers no reprime, hace bajar de los colectivos pero no reprime, ¿más adelante será lo mismo?, ¿será una trampa?, ¿se habrán dado vuelta?.

Por la General Paz está cortado el tránsito, hay que ir caminando y esta lluvia puta, que jode más de lo que moja, que embadurna el asfalto con esa crema pegajosa de aceite, barro y agua; que enloda los canteros, que remueve las baldosas…Pero hoy no jode tanto, más bien ayuda; ayuda a lubricar este tobogán de esperanza por donde se desliza una masa discontinua que se va homogeneizado, apelmazando, autopista abajo, con grupos que aparecen de todas partes con banderas, con bombos, con carteles y, algunos, con algo más.

Mientras yo me despertaba y la radio y la televisión anunciaban por enésima vez que todo intento de alteración del orden sería reprimido, la columna de La Plata atravesaba los arroyos y los zanjones anegados, con el agua hasta la verija. “Nos pararon los tanques en la cabecera de la pista, cuando quisimos avanzar empezaron a ametrallar los árboles”.

Más o menos a esa hora todos los caminantes de la Richieri (era como una peregrinación, me contaba el Piraña) se habían juntado en una compacta columna que se enfrentó con la policía en Puente 12. “Nos refugiamos en una villa que había cerquita”, cuenta. En tierra se combatía para llegar al aeropuerto: tanques contra piedras, fusiles contra palos. Urien había copado la Escuela de Mecánica de la Armada y había salido con todas las armas para entregárselas al pueblo. Pero por suerte o por desgracia quizás, esas armas nunca pudieron llegar a Ezeiza. En el aire el jet de Alitalia se sacudía suavemente entre las nubes, mientras los Bernardos Neustadts, las Soledades Silveyras y toda una corte heterogénea de simpatizantes, aduladores y oportunistas, rezaba para que todo fuese tranquilo y pudiesen salir fotografiados al lado del General. Unos años después, muchos se habrán querido comer esas fotos.

Hay una frase en el libro de Perón “Del poder al exilio” en la que dice que el día que se fue de Buenos Aires “el cielo estaba gris y las nubes se apretaban contra los techos de la ciudad”. Quizás por eso, la ciudad quiso recibirlo con aquel mismo vestido; pero esta vez, cuando el General bajó por la escalinata del avión entre un mar de Torinos, Falcons, custodios y dirigentes sindicales con paraguas, el cielo no pudo contener la emoción y lloró. Lloró de alegría por todos aquellos años de espera, lloró de bronca por todos aquellos que se habían quedado sin ver el regreso, lloró como lloraban todos los que estaban en las calles esperándolo. La felicidad popular y la grandeza del país ya eran estrofas que se escapaban de la Marcha Peronista y se preparaban para aparecer del otro lado de las nubes, cuando apareciera el sol de la justicia tras 18 años de tormenta.

Ni en figuritas

Sincerándose, varios años después, Joaquín me reconoció: “en esa época nosotros no veíamos una concha ni en figuritas”, aceptaba, así, que él no era el gran cojedor que nos había hecho creer, sino uno más de los boludos que nos teníamos que conformar con mirar a las mujeres sin poderlas tocar. En esa categoría estábamos todos los varones de la división, hasta los más pintones y los que se la daban más de piolas tampoco tenían novia conocida ni nada que se le pareciera. El que rompió ese invicto grupal fue el Baby. Se había enganchado con los de sexto año en el viaje de fin de curso a Bariloche y volvió con una novia discreta pero concreta: iba a uno de los tantos colegios religiosos de la ciudad y no estaba nada mal. Bueno, vamos a decir la verdad, todos lo veíamos con una envidia bárbara, no importaba si la mina se parecía a Claudia Sánchez, la modelo de moda, o a la mismísima Tita Merello.

La verdad es que estábamos desesperados por tener relaciones, por “mojar el ganso”, como le decíamos. No era fácil, ni siquiera con plata, la prostitución se ejercía en la absoluta clandestinidad y para acceder a ese mundo había que tener las contraseñas precisas. Conocer bien los nombres y los lugares. Pero a mí siempre hubo dos cosas que me caracterizaron: la iniciativa para organizar y el apresuramiento. Alguno de los muchachos del barrio me había dado el nombre y la dirección de una prostituta, fea y arruinada, que ejercía el oficio en una penosa casilla en los Altos de San Lorenzo, pero en vez de ir solo o con uno o dos más, organicé toda una comitiva de “aspirantes a cogedores” y nos aparecimos en la dirección que me habían dado. La escena era grotesca, parecíamos una jauría de perros alzados caminando por un barrio de casas escasas y árboles ausentes; golpeé a la puerta para preguntar por la susodicha, mientras un grupo de siete u ocho se quedaba esperando mi gestión.

No, no está acá, está en Punta Lara, en un bar que hay antes de la primer rotonda.

Había quedado en offside, mis compañeros me querían coger a mí, así que quedaban dos alternativas: aceptar la derrota o ir a buscarla a Punta Lara. Y todos debíamos estar muy calientes, porque aceptaron mi propuesta de ir hasta allá, eran casi dos horas de recorrido, justo desde la terminal del doscientos setenta y cinco hasta el final.

Cuando llegamos al lugar indicado, encontramos solamente un local desierto, con un montón de sillas y mesas arrumbadas, parecía salido de una serie de televisión. Pero no podía resignarme al fracaso, tenía sobre mis espaldas el destino de todo un equipo, así que me metí nomás en el negocio, los demás no tenían ningún interés en entrar. Al rato apareció un tipo, sorprendido y desconfiado, como pensando “¿qué carajo querrán estos pendejos?” Y yo, además de inexperto, de improvisado y de arrebatado, era también vergonzoso, no me animaba a decirle que estábamos buscando a una puta, así que en vez de preguntarle por la mina le dije:

¿Está Juan?

¿Qué Juan?

No supe que responderle, fui tan confuso que el tipo nos miró con más desconfianza todavía y nos sacó cagando. Cuando les conté a los que estaban afuera, se me cagaron de risa, con eso creo que ya estaba pago el viaje. Pero estábamos en Punta Lara y ya hacía calor, así que nos fuimos a la playa, algunos nos pusimos a mear entre las plantas y otros se animaron a meterse al agua. Ahí fue cuando se me ocurrió:

Vieron que yo les dije que hoy iban a mojar el ganso.

Se mataban de risa todos, se pusieron de tan buen humor que en vez que matarme a mí propusieron otro intento más: alguien tenía la dirección de una mina que trabajaba en la propia casa, y allá fuimos todos.

Esa vez, el dato no falló. La casa era una de esas casas viejas de barrio, de paredes sólidas, puertas altas y jardines con muchas enredaderas. La mujer era una morocha rellenita que vivía con un par de hijos y con un viejo que hacía de cafishio.

Bueno, pasen por acá, espérenla un cachito que ahora viene, nos dijo el viejo.

Pasamos a un patio típico de letra de tango, con piso de ladrillo y gallinero en el fondo. A un costado estaba el “consultorio”. Al ratito cayo la mujer, preparó la palangana con agua para lavarse después de cada relación y comenzó a atender. Sentados en las sillas de mimbre parecíamos los clientes de una peluquería de barrio un sábado a la tarde. Por eso Joaquín, cuando le tocó el turno, se sacó el saco y dijo:

Bueno, vamos a cortarnos el pelo. Nos reímos, era la figura exacta.

Ese hubiese sido mi debut sexual, pero no lo fue. No quise pasar, yo me había establecido una rígida norma moral: no tendría relaciones con ninguna prostituta que fuese madre de hijos varones. Me veía en el lugar de esos chicos y pensaba como me sentiría yo si mi propia madre hiciese eso, así que preferí aguantarme la calentura y esperar que se diera otra oportunidad.

La militancia
Un proyecto de santo

La culpa fue del cura hijo de puta ese y de mi abuela. Creo que ellos fueron los responsables de que yo, a eso de los 19 años, me metiera a militante revolucionario como quien se mete en un monasterio, dispuesto a sacrificar el resto de su vida y aún la vida misma por una obligación moral de servicio a dios y a la humanidad.

Nunca pensé seriamente en ser cura pero muy lejos no le anduve, a pesar de que el ateísmo en mi casa, acá en La Plata, era casi una religión. Mi madre y mi abuelo por un escepticismo visceral, mi padre por racionalidad matemática y mi abuela por pragmatismo, ninguno creía en dios. Aun así me bautizaron en la catedral, pero después de eso no creo haber pisado una iglesia hasta los cinco años. Esa edad tenía más o menos cuando llegamos por primera vez a Venezuela y mi abuela Amelia me convirtió en una especie de monaguillo “honoris causa”, acompañante de cuanta procesión hubiera en Barquisimeto y alrededores. No sé cómo, pero en poco tiempo despertó en mí un misticismo casi fanático.

Mi abuela Amelia era en realidad mi bisabuela, pero para mi padre era “mi mamá” y profesaba por ella una devoción casi religiosa. La abuela era la matriarca de una familia prolífica y reputada, que había conocido mejores épocas. Mi bisabuelo, un negro emprendedor y autoritario, era dueño de una de las tierras más ricas del Yaracuy, hoy en día convertidas en el embalse por donde cruza indiferente la carretera a Caracas. La pequeña fortuna se completaba con la quincalla más importante de Chivacoa, que convertía a los Asuaje en potentados de aquel pueblucho lúgubre y aburrido; cuyos hombres tenían como únicos motivos de atracción el aguardiente, los gallos y los toros coleados. Las mujeres del pueblo pasaban sus días amasando arepas y maledicencias tras el adobe truculento de las paredes. De vez en cuando salían para ir a misa, a las procesiones o a los entierros. El holocausto de una piara de marranos bien gordos, habría sido la causa de la debacle familiar. Terco, necio, o simplemente desafortunado, el abuelo no hizo caso de las advertencias y se largó con su capital porcino por la serpentina ardiente de la carretera, una culebra polvorienta zigzagueando entre los cañaverales. El sol despiadado del trópico cocinó el cerebro de los pobres animales y convirtió a esa carga de morrocotas de oro en un cortejo agonizante y pestilente. Aquellos proyectos de perniles y jamones suculentos terminaron al anochecer en un ejército de cadáveres hediondos e inservibles, que apestaron al Yaracuy por varios días. Con ellos entró en descomposición la pequeña fortuna de los Asuaje y la familia entera se mudó a Barquisimeto, en busca de nuevos horizontes.

La ciudad de los crepúsculos, cuando llegó la familia, era una apacible capital provinciana, abarrotada de iglesias y arrullada por una serenata sempiterna de violines y de arpas. Una antigua ciudad colonial entre cerros desolados, de casas bajas y zaguanes umbríos junto a un río ceniciento. En sus noches las comadres rezaban ante los altares y las orquestas desgranaban valses, golpes y joropos en las fiestas o al pie de las ventanas de las novias. Allí la abuela Amelia pudo dedicarse intensamente a su vocación religiosa, repartida entre la caridad y las oraciones. Así se fue cubriendo de un aura de santidad que convertía su palabra en una sentencia irrefutable. Dueña de una paciencia inconmovible y una generosidad desbordante, cuando murió el marido se convirtió en el sostén espiritual de los 9 hijos y del nieto, mi padre, a quien había criado como a un hijo más, como más que a un hijo. Porque era su predilecto y ella para él era la persona que más amaba en el mundo. Y nosotros, por ser hijos de él y por venir de tan lejos, nos convertimos rápidamente en su debilidad. En especial yo, por ser el mayor y el que más rápido se adhirió a su catolicismo militante, en un país donde la religión se manifestaba de una manera mucho más vívida que en la Argentina.

La vieja casa de la carrera dieciocho, era, en vida de ella, una especie de sucursal de la catedral de Barquisimeto. En una de las paredes la imagen del Sagrado Corazón de Jesús tenía sus velas siempre encendidas; en la otra la Virgen María custodiaba una totuma repleta de medios y de lochas para entregar a los mendigos que acudían incesantemente. Mi madre siempre recuerda la vez que atendió ella el llamado del timbre y depositó, como la cosa más natural del mundo, una moneda de un Bolívar en la mano del menesteroso. El hombre miró la moneda y la miró a ella como no pudiendo creerlo. Era mucha plata para un pordiosero: la caridad tenía límites muy precisos, y muy estrechos. El objetivo no era que los pobres dejaran de serlo, sino que siguieran existiendo, para que los buenos católicos pudiesen ganarse el cielo practicando su cotidiano acto de beneficencia.

Obviamente, yo no estaba para cuestionamientos ideológicos en ese tiempo. Estaba deslumbrado por Jesucristo, el hijo de dios, que siendo padre vive y reina y bajó a la tierra para salvarnos del fuego eterno y la virgen María que sin pecado concibió y que es la madre del hijo que es también el padre y que es tan buena y que cocina hayacas para su hijo en Navidad, que no es su hijo porque es el hijo de dios y que no son hayacas porque eso allá no existía pero no importa, eso culpa de Colón que se tardó tanto en descubrirnos y por eso el niños Jesús se privó de comer hayacas el día de su nacimiento y que es pecado mortal matar y mentir y no se cuantas cosas más y que por eso dios lo va a castigar a uno, pero que si uno se porta bien y va a misa y reza sus padrenuestros y sus avemarías y se confiesa y toma la comunión y no comete pecados mortales, entonces uno se salva y se va al cielo que es lo que vale la pena y que mire Jorgito, que cuando se vaya para la Argentina no se olvide de rezar siempre y de pedir por su papá y que bendición abuela y que dios me lo bendiga y me lo favorezca. Y ahí yo, ayudándola a prenderle velas a los santos, rezando con ella en la iglesia, acompañándola a las procesiones. De las procesiones, precisamente, tengo un recuerdo vago y vívido que perdura con la fuerza de una sensación indeleble y reaparece de tanto en tanto en los momentos más impensados. Es la tarde moribunda del trópico, ahogándose en un anochecer de velas ardientes y en la penumbra de las viejas casas de barro, con ventanas ínfimas y sombras profundas, de calvario, de juicio final, de melancolía infinita.

La vocación mística que la abuela me había inoculado estalló un tiempo después en alta mar. Fue tras el primer retorno a la Argentina, del que guardo también un manojo de recuerdos intermitentes: la cena de la última noche en un restaurante chino en Caracas, en la terraza de un edificio que, se me ocurre, quedaría por Altamira; las camas de un hotel por Sabana Grande; la partida en plena madrugada hasta Maiquetía y el fuselaje plateado de un cuatrimotor destellando en la pista, entre las densas sombras del Caribe. De ese vuelo nocturno no guardo otra memoria. Fue unos meses antes de que naciera Alejandro y de que yo me enamorara perdidamente de una nena de primer grado en la escuela número diez, que si mal no recuerdo se llamaba Mabel. Esa fue mi primera experiencia en la escuela primaria, de la que hay algunas fotos todavía: mi madre con Alejandro en brazos, Guillermo al lado y yo de guardapolvo blanco.

Como los animales, mi madre había venido buscando un refugio acogedor para parir: el mismo hospital donde habíamos nacido sus dos primeros hijos (el Instituto Médico Platense) y la casa paterna, la de cuarenta y nueve entre diecinueve y veinte. Pero al tiempo ya estábamos viajando otra vez, con Alejandro incluido, en un enorme trasatlántico rumbo a Francia.

Ese viaje si fue largo. Y resurge entonces aquella mañana en Montevideo y el SIMCA Arianne del taxista sobre el empedrado del puerto, los mareos inevitables por el zarandeo del barco a la altura del golfo de Santa Catalina, el oleaginoso calor del puerto de Santos y el interminable cruce del Atlántico, mitigado solamente por la escala en Canarias. Lo único que recuerdo de esa isla es un sol diáfano y la mantilla que mi mamá le compró de regalo a la abuela Amelia. En esos días fue que el desgraciado hizo su trabajo, ¡y cómo!, creo que si el viaje hubiese durado unos días más me hubieran terminado canonizando y con unas semanas más me habría convertido en santo. A esta altura yo sería, por lo menos, obispo o cardenal y quien te dice que no llegara un día a Papa. Tanto fue el fervor religioso que consiguió fomentar en mí, que llegó a regalarme un vino de misa; pero nunca pude probarlo, en uno de los tantos bamboleos del barco se derramó entero en el camarote. En esos días de viaje desde San Pablo hasta Vigo, ese cura español, cuyo nombre he olvidado, hizo germinar en mí la semilla de la religiosidad sembrada por mi abuela y me condenó, sin saberlo, a asumir el resto de mi vida como un sacerdocio. Yo no recuerdo exactamente qué me decía el cura, como no recuerdo bien tampoco lo que me decía mi abuela; pero lo de la entrega absoluta para ayudar al prójimo y la caridad con los pobres se me metió tan adentro que, varios años después, habría de reaparecer en mi vida de una forma que ellos nunca hubiesen imaginado. Y que, seguramente, tampoco hubiesen querido: en vez de fraile, me hice militante revolucionario. O lo intenté al menos.

La tía Tomasa

Para mí era muy importante encontrar un punto de confluencia entre el marxismo y el cristianismo, porque pesaba mucho más en mí la concepción humanista cristiana y el ejemplo de Jesús en la cruz como el acto máximo de amor, que todas las afirmaciones científicas del materialismo dialéctico. Y una de las personas que más me ayudó a aceptar que la militancia por el socialismo era una forma de cumplir con ese precepto cristiano fue la tía Tomasa. Ella era, es todavía, por suerte, la tía por parte de madre de Julio, el Tortuga, y de Carlos. Santafesina, como toda su familia, Tomasa desarrollaba su vocación en una isla del Paraná, cerca de Santo Tomé, donde la evangelización estaba muy politizada. La masacre de Trelew había contribuido en mucho a soliviantar los ánimos de los jóvenes allegados a la congregación, que reaccionaron indignados ante la burda patraña esgrimida por el gobierno. Tomasa me habló de todo el movimiento que se estaba dando a nivel nacional para derrotar a la dictadura y para construir un socialismo que sería lo más parecido a lo que predicaba la Biblia como ideal de la vida comunitaria entre los hombres.

Para que yo pudiera comprender mejor por qué el socialismo no estaba enfrentado con el cristianismo, sino todo lo contrario, la tía Tomasa me recomendó que leyera el libro “En Cuba”, de Ernesto Cardenal. Significó toda una revelación: en ese momento la revolución cubana estaba en su apogeo y el texto de Cardenal describe una sociedad en construcción, donde todo, todavía, es esperanza. Ese libro fue determinante para decidirme a encarar la militancia como un apostolado; como una misión que exigía todos los renunciamientos. Lo tomé como algo parecido a encerrarme en un convento, suponía que a partir de empezar a militar se me terminarían todos los delirios de pequeñoburgués con sueños de play boy y recursos de jornalero. Tenía que despedirme de ir a bailar a los boliches del centro, a los bailes de Universitario y ni hablar del Jockey; también tenía que olvidarme de las vacaciones en Villa Gesell, Pinamar o cualquier otro lugar “bien” de la costa, esos a los que iban las mujeres que salían en las revistas. Más aún, al abrazar la militancia creía estar condenándome poco menos que al celibato. Por eso tomé una decisión drástica: ese verano debía perder si o si mi cuasi virginidad, sometiéndome a un tratamiento intensivo de sexo desenfrenado que me sacara las ganas por varios años. Y para eso, el lugar indicado era Brasil.

O fracaso mais grande do mundo

Eran muchos los que contaban historias fabulosas de sus andanzas brasileñas, pero las que más me habían llegado habían sido las de Néstor, el hermano de Rubito. Néstor era uno de los grandes del barrio. Y era grande en todo sentido, por edad y por tamaño; nos llevaba varios años y había salido grandote como su madre. En esa época se había metido en el teatro y actuaba en una obra llamada “Lo que le pasó a Reinoso”. Todavía estaba en pie el edificio original del Teatro Argentino, con su fastuosa sala, y la obra tuvo bastante éxito; incitados por Néstor también se iniciaron en las tablas Rubito y Marito; lo de Rubito fue algo fugaz, como casi todas sus incursiones; Marito, en cambio, descubrió su auténtica vocación y terminó convirtiéndose en actor para siempre.

Bajo el farol de la esquina, como en los tangos, un grupito de pibes del barrio escuchamos embobados las anécdotas del viaje de Néstor al Brasil, con la descripción pormenorizada de las lujurias del carnaval carioca. Había ido con un amigo en un Citroen 2 CV y aunque algunos llegaron a ir mucho más lejos todavía, eso era toda una epopeya. Había significado hacer más de seis mil kilómetros(tres de ida y tres de vuelta) en esas cuatro latas que apenas llegaban a levantar noventa kilómetros por hora, en bajada y con viento a favor. En Brasil los miraban con asombro, los hombres y las mujeres, y hasta llegaban a impresionarse con el aspecto de la catramina y le decían “carro bacán”, como si se tratase de un Rolls Royce. Atraídas por el magnetismo del cachivache, las brasileñas se volvían locas y les abrían su corazón y sus piernas; los brasileños los invitaban a comer y tomar gratis y hasta los turistas americanos se prendían en la parranda con ellos. En Río vivieron el frenesí del carnaval, entreverados entre las scolas do zamba, las mulatas de ojos azules y un libertinaje inaudito para la recatada Argentina de aquellos tiempos. Si bien el Brasil también tenía un gobierno militar, la represión era casi exclusivamente política, no total, como en la Argentina. En Brasil se podían ver y oír cosas escandalosas y hasta se podían hacer cosas que aquí eran herejías. Más allá de los regímenes políticos, siempre han sido culturas distintas: la cultura brasileña está dominada por la sensualidad afro-portuguesa; con alguna influencia indígena, pero de indígenas mucho más alegres y despreocupados que nuestros pampas y araucanos, porque los indios americanos de las selvas y los ríos vivieron siempre en armonía con la naturaleza; la cultura argentina, en cambio, tiene la carga de melancolía de los inmigrantes y aún la de los indios andinos y patagónicos, acostumbrados a vivir en un ambiente hostil. Por eso, nuestras dictaduras siempre fueron mucho más drásticas en lo moral, al provenir de un catolicismo muy arcaico y falsamente puritano.

Por todo eso, el viaje a Brasil representaba algo así como una excursión orgiástica; como una aventura exuberante, mucho más si iba de mochilero. Pero tenía que encontrar un compañero dispuesto a encarar semejante aventura. Y lo encontré, por suerte o por desgracia.

Se llamaba Daniel, lo había conocido en alguna prueba de jugadores en Estudiantes y nos habíamos encontrado también en los bailes. En uno de esos encuentros, no sé cómo, surgió le idea de irnos juntos. Aunque era un año más chico que yo, era más canchero y, también, bastante mentiroso. Más ingenuo todavía que ahora, le creí todas las historias que me hizo y en cierta forma me alegré de haber encontrado un compañero con tanta calle. Parecía el secuaz ideal para las correrías imaginadas por tierra brasileña. Así fue que partimos una noche, con las mochilas al hombro, dispuestos a llegar a Río de Janeiro.

Llegamos a Constitución y nos recomendaron que fuéramos al Spinetto, un mercado del que nunca habíamos oído hablar y que todavía conservaba el ambiente de malandrinaje y bohemia de los mercados porteños que vieron nacer al tango. Entramos a caminar por los puestos de verdura y al final encontramos un camión que nos ofreció llevarnos hasta el límite con Santa Fe.

Poco a poco, como surgidas de un sueño, las imágenes me van viniendo a la memoria y puedo ir reconstruyendo el itinerario de aquella pequeña aventura. En distintos camiones atravesamos tres provincias. En Entre Ríos me impresionaron el verde de los pastos y la ondulación de las cuchillas. Había llovido y los pastos estaban húmedos, a un costado de la ruta un grupo de gauchos cruzaba un alambrado: “¿Por qué usan botas blancas?”, le pregunté al chofer del camión. “No son botas, se vendan las piernas por las víboras”. No pregunté más nada en todo el viaje.

En un par de días llegamos a Paso de los Libres y en un santiamén estuvimos en Uruguayana. Aunque estaban a pocos metros de distancia, la diferencia entre una ciudad y la otra era nítida. Paso de los Libres es una ciudad chica, casi un pueblo, parecida un poco a todas las ciudades del litoral argentino, sobria y poco poblada. Uruguayana, enclavada a la vera de barrancos de tierra roja, respiraba el aire medroso del trópico. Era bien brasileña, en sus aromas y sus colores. Bien portuguesa en la arquitectura de sus calles empedradas y de sus casas de aberturas estrechas, pintadas con una estridencia que no tienen las ciudades de raigambre española, donde el blanco morisco atenúa los contrastes. Ya habíamos llegado a Brasil, pero faltaba mucho todavía para llegar a las playas, para llegar a Río. Y uno no podía decir que había estado en Brasil si no había estado en Río.

Conseguimos alojamiento en un albergue de estudiantes, un lugar donde era posible pasar la noche bajo techo, sobre el piso, porque no había camas ni nada que se le pareciera. Pero fue el primer lugar, en días, en el que pudimos dormir acostados. Además, lo que menos nos preocupaba eran las comodidades. La prioridad era la joda, y como era sábado encontramos un lugar para ir a bailar. Y allá nos fuimos con el cabezón, dispuestos a hacer tabla rasa con todas las brasileñas, quienes seguramente a esa hora ya estarían aflojándose el elástico de la bombacha por nosotros. A las dos horas, yo ya estaba de nuevo en el albergue, durmiendo solo en mi bolsa. Creído que por ser argentino y blanquito las morochas se me iban a tirar a los pies, saqué a una negrita de pelo cortito, bien mota, que en cuanto traté de apretarla un poquito en la música lenta, me dejó con una mueca de desprecio. Bahh, ni de desprecio, de indiferencia absoluta. Tampoco me fue mejor con alguna otra, así que me fui a dormir; mi primera noche de orgía había sido un verdadero fracaso; pero lo peor vendría después, mientras dormía.

Como a Daniel parecía que le estaba yendo bastante bien con una brasileña, no quise molestarlo. Me fui solo y con envidia, puse la mochila como almohada y me dormí profundamente. Tan profundamente que no noté que alguien, en medio de la noche, metió la mano en mi mochila y me sacó la billetera; allí no tenía toda la plata, pero sí todos los documentos. Así que amanecí pobre e indocumentado y, lo que era peor, todavía como a dos mil kilómetros de Río de Janeiro.

Al otro día nos fuimos con Daniel a la ruta, para hacer dedo hasta encontrar alguien que nos llevara a Porto Alegre. Me sorprendió su generosidad cuando paró una camioneta en la que venía una señora con la hija y nos ofreció llevar a uno. Daniel me convenció de que era mejor que fuera yo, que después nos encontraríamos en Porto Alegre. Recién mucho tiempo después, atando cabos, me entró la sospecha de que había sido él quien me había robado. Aunque no sería el último ladrón en cruzarse en mi camino en ese viaje.

El primer beso de mi vida

El sol gaúcho es fuerte y más todavía un domingo a la tarde. La señora era muy amable y nos entendíamos bastante en mi pobre portugués y su precario español. Creo que debe haberse conmovido imaginando a un hijo suyo en esa situación. La camioneta era una Chevrolet de un modelo que no había en la Argentina, pero no era nada del otro mundo.

Me dejaron en Alegrete, no demasiado lejos de Porto Alegre, y al anochecer ya estaba yo en la inmensa rodoviaria, esperando que en cualquier momento llegara Daniel. Finalmente, cansado de esperar, decidí buscar el “Albergue de estudantes” para pasar la noche. El ambiente del albergue en Porto Alegre era distinto, había estudiantes en serio, pero estudiantes brasileños, que eran diferentes a los argentinos. No tenían pinta de intelectuales, sino de pequeños burgueses tropicales, americanizados, tipo californiano. Me sentía extraño en aquel ambiente, pero no tuve que hacer ningún esfuerzo para integrarme, porque me sacaron cagando, diplomáticamente me dijeron “nao tem logo pra vocé” y tuve que buscarme una pensión para pasar la noche. Una pensión barata, muy barata, y muy brasileña; llena de gente de paso, obreros, empleados, vendedores y buscavidas que comían feijoeada y tomaban guaraná, pero con un cierto aire oriental. Con ese aire denso y húmedo, casi oleaginoso, que uno alcanza a respirar en las fotos y en las películas: ambientadas en Hong Kong, en Bangok o en Saigón, esas que muestran grandes salas oscuras y pequeños patios interiores con un sol enclaustrado en medio de una pajarera humana. Allí instalé mi centro de operaciones para la conquista de todas las mujeres riograndenses, que acudirían en masa a entregárseme, ofreciéndome sus vulvas pulposas y sus tetas descomunales para hacerme conocer todas las posiciones del Kamasutra y una cantidad de fantasías sexuales que harían enrojecer de envidia al más libidinoso de los sultanes. En lugar de eso cuando salí a caminar me encontré con calles desiertas y nauseabundas; rezumantes de un olor a podrido que mezclaba letalmente los efluvios de la fruta pasada con el gasoil mal quemado de los colectivos ruidosos y las aguas servidas de algún edificio de mala muerte. Al caer las sombras, los transeúntes huían desesperadamente hacia los suburbios en millares de autobuses semifundidos, que se alejaban dejando una estela de vapor mortífero. Como cadáveres de una batalla recién concluida, en las veredas yacían los restos del combate cotidiano por la subsistencia: montañas de bananas despanzurradas, abacaxís reventados y tomates agonizantes. En el medio de la calle, aplastada por un colectivo, lentamente se desangraba una naranja... Protegido solamente por mi inconsciencia entré a dar vueltas por una zona donde no sólo no había el menor rastro de algo que se pareciese a una mujer, sino que debo considerarme dichoso de que no me hayan roto el culo a mí, o de que, por lo menos, no me hayan cosido a cuchilladas. El centro de Porto Alegre a esa hora tenía un aspecto muy parecido a los alrededores de Plaza Constitución a la madrugada, al Nuevo Circo de Caracas, a ciertos barrios de Río de Janeiro o a cualquier otro lugar donde la vida suele valer muy poco.

Extravagante turista de la miseria, solitario caminador de la noche, sátiro virgen de la gran orgía, había perdido ya toda esperanza cuando la vi. Mulata íngrima en la noche gaúcha, apareció caminando apurada hacia ningún lado. No era el ideal de mujer que yo había soñado, ni siquiera el tipo de las que más me gustaban, pero era una mujer y a esa altura ya era suficiente. Me acerqué para hablarle, entonces me di cuenta que tenía una boca hermosa y una piel casi perfecta; el óvalo de la cara resaltaba por la tirantez de un rodete que le sujetaba el pelo negrísimo. Era más bien baja, pero tenía las ancas muy altas y unos pechos frondosos que trepidaban debajo de una camisa de jean muy ajustada. Ella no estaba en mis planes y yo no estaba en los de ella. No era normal que un hombre le hablase a una mujer como le estaba hablando yo, a esa hora y en ese lugar. Acostumbrada, como todas las brasileñas apetecibles, a coleccionar piropos al paso y proposiciones deshonestas sin protocolo, mi abordaje la sorprendió. Era bastante mayor que yo, estaba más cerca de los treinta que de los veinte y tenía que llegar pronto a la casa de una tía en un barrio remoto. Yo quería que no se fuera nunca, pero apenas si conseguí demorarla lo suficiente como para que me dijera su nombre, me contara su vida, me dejara rodearle la cintura y me despidiera con los primeros besos de amor que conocí en mi vida. Nunca más volví a verla, ella encontró el colectivo y se fue quién sabe a dónde y yo me volví a la pensión, con la sublime y frustrante sensación de haber estado a las puertas del paraíso y no haber podido entrar.

Por el patio en calzoncillos

Decidido a darle combate a la adversidad, no hice caso a los consejos de quienes me recomendaban volver. Con documentos o sin documentos no estaba dispuesto a irme del Brasil sin haberme acostado al menos una vez con una mujer y haber hecho algunas cosas más. Esas cosas más incluían el intentar una aventura futbolística en la tierra de Pelé, Garrincha y Rivelino. Por eso al otro día averigüé dónde quedaba la cancha del Gremio y me fui hasta allí para ver si conseguía que me probaran. En la entrada había como una especie de garita atendida por una chica muy correcta y muy simpática que me tiró de un plumazo todas mis expectativas al piso. En un portugués muy dulce me dijo:

- No podemos probarlo, ya tenemos cubierto el cupo de los dos atletas extranjeros que estamos autorizados a tener

- ¿Quiénes son?, pregunté intrigado

- Anchetta e Oberti.

Aaaaaaahhhhhhhh, me quedé diciendo como un tarado. Era como si ahora un pibe su fuese a probar a un club y le dijesen que el cupo está cubierto por Zidane y Rivaldo. Porque Anchetta y Oberti eran más o menos eso. Anchetta había sido el zaguero central derecho de la selección uruguaya que había terminado cuarta en el mundial de México 70 y en el 71 había salido campeón mundial de clubes con Nacional de Montevideo. El Mono Oberti fue uno de los jugadores más extraordinarios que vi en mi vida, un centrodelantero exquisito y encarador que comparaban con el genial Tostao. Había surgido de las inferiores de Huracán, pero su actuación en el club de Parque Patricios había sido muy inestable. Su mayor nivel lo alcanzó con aquella fabulosa delantera de Newell¨s de fines de los sesenta, con los brasileños Marcos y Becerra como wines y Montes, Zanabria o Martínez de entrealas. También lo padecí como hincha cuando pasó a Los Andes y nos ganaron 3 a 2 acá en La Plata. Con esos dos monstruos, indudablemente no necesitaban un refuerzo. Así que me fui a tratar de ubicar el consulado argentino para que me solucionaran el problema de los documentos.

En el consultado me dijeron que no podían hacer nada, pero conocí a unos amigos, ¡Qué amigos!

No recuerdo el problema que tenían ni por qué decían que estaban en el consulado, pero eran mayores que yo y a la legua se veía que eran unos chantas, unos típicos porteños buscas, de esos que se las saben todas. Pero parecían macanudos, estaban con un brasileño, un morocho que se les había pegado y era como una especie de guía, eso era al menos lo que yo pensaba. Durante esos pocos días allí en Porto Alegre vinieron varias veces conmigo a la pensión y el dueño, cuando se fueron, me dijo que el morocho era “Agato”. Y yo creí que “Agato” era el nombre, y le decía “Agato: Agato de acá, Agato de allá”.

La última vez que me acompañaron hasta la pensión les pedí que me esperaran un cachito que yo quería bañarme. Ellos me insistieron mucho para que me desvistiera en la pieza, porque el baño era muy incómodo, “anda así” me decía muy convencido uno de ellos cuando me puse en calzoncillos. El baño estaba en la otra punta del patio, para llegar hasta allí desde mi habitación tenía que atravesarlo todo, pasando por delante de la cocina, por eso me daba vergüenza ir en calzoncillos, pero pensé que si ellos me lo decían sería porque eso en Brasil era normal. “Que liberados que son acá”, pensé, mientras caminaba por el patio. Pero cuando pasé por la cocina la hija del dueño me estaba mirando, era una piba de algo más de quince años y puso una cara de no gustarle nada mi actitud. Yo me quedé con la duda, no sabía si era porque estaba en calzoncillos o si era otra cosa lo que le molestaba. Me di cuenta recién cuando volví a la habitación y vi que ya no estaban mis dos “amigos” argentinos ni el “Agato”, y que tampoco estaba la bolsita en la que yo llevaba guardada la plata adentro del vaquero. Cuando le conté al dueño de la pensión lo que me había pasado me recordó que él me había dicho que el mulato era “agato”. Entonces comprendí que “agato” no era un nombre, “agato” quería decir “ladrón”.

Trocha angosta

Taca-taca, “Yo mataría a todos los judíos; taca-taca, dejaría una pareja nada más, taca-taca- encerrados como en un zoológico, taca-taca, para que el mundo pueda saber como eran”. Taca-taca, era rubio, taca-taca, más bien retacón, taca-taca, tenía el pelo discretamente corto, taca-taca, y limpiaba cuidadosamente un cuchillo de paracaidista, taca-taca, que guardaba en una vaina de cuero bien criolla, taca-taca, como el poncho federal que llevaba dobladito en el asiento, taca-taca, y que parecía la cosa más inútil que a uno se le pudiera ocurrir llevar para ese viaje, taca.-taca. A la hora de la siesta, taca-taca, avanzando penosamente por la ondulada llanura gaúcha, taca-taca, el tren era un horno ambulante, taca-taca, que se bamboleaba a diestra y siniestra sobre una trocha angosta y antigua, taca-taca y taca-taca y taca-taca durante horas y horas bajo el sol infernal del Trópico de Capricornio. “A los cartuchos les poníamos sal, para que ardan en la sangre”. Él hablaba y yo los escuchaba, a él y al taca-taca inalterable que retumbaba en las vías.

Ya sin proyecto de noches orgiásticas ni de playas tropicales, ni siquiera de aventuras de mochilero, me resigné a buscar la forma más convencional y más barata de volver. Y lo más barato era el tren. Todavía me quedaban unos pesos que había dejado en otro lugar, lo suficiente como para llegar de vuelta a casa.

En Brasil no había muchos trenes entonces, uno de los pocos era ese, que llegaba de Porto Alegre a Uruguayana; un cortejo de vagones de madera incómodos y lerdos que se arrastraban con una lentitud martirizante. No era el único argentino que volvía de unas precarias vacaciones en las tierras del samba y la cachaza, venían unos pibes cordobeses y venía él, viejo militante del movimiento Tacuara, un grupo nacionalista de tendencia fascistoide que se había desperdigado en todas direcciones, algunos habían terminado en la izquierda y otros directamente en el nazismo, como él. Pero no pude odiarlo, más bien intenté comprenderlo, porque no era un fascista iletrado, tenía argumentaciones muy fuertes y muy desarrolladas y en todo ese día que duró el viaje hasta Uruguayana me dio un curso intensivo de antisemitismo y antimperialismo. Por suerte, de lo primero no me quedó nada (eso espero) y de lo segundo ya tenía bastante, pero nunca viene mal. Profundo conocedor de la historia, de la que modelaron los nazis para justificar su ideología, falseando las verdades que no les convenían y exagerando las que les servían; fundamentaba su antisemitismo retrotrayéndose a la Biblia, a la historia antigua y a la versión hitleriana de la historia de Alemania. Como todo fascista vernáculo, era un admirador ferviente de Juan Manuel de Rosas, a quien consideraba el descendiente legítimo de San Martín y el antecesor ilustre de Perón. Héctor, que así se llamaba, creo, era peronista, como la mayoría de los fascistas argentinos; pero tenía, sin embargo, una particular concepción de la política del momento. Enamorado de la violencia, como única forma posible de alcanzar el heroísmo, estado supremo de la vida, decía admirar a los combatientes de las organizaciones armadas de izquierda y estar dispuesto a colaborar con ellos ante una emergencia, aunque no dejara de considerarlos sus enemigos. “Si viene un tipo del ERP a pedirme que lo ayude porque está herido, yo lo voy a socorrer, porque el tipo se está jugando”.

Yo le preguntaba con tanta inocencia y con tanta sinceridad que no dudaba en contarme todo lo que pensaba: su ideal era el heroísmo de las tropas de asalto hitlerianas, de los batallones especiales de las SS, y el de las tropas italianas del norte de África, que habían resistido hasta el aniquilamiento el avance de los aliados en la segunda guerra mundial. Recordaba literalmente las palabras que le había dicho el sargento del último pelotón de sobrevivientes al oficial mussoliniano que estaba planteando la rendición: “Io solo voglio il piombo d´il tuo mosquetto”, le había pedido y con esas balas había combatido hasta la muerte.

No sé si decir que nos habíamos hecho amigos, porque un solo día es muy poco tiempo para consolidar una amistad y porque quien sabe si es posible la amistad entre un nazi y un zurdo, pero debo reconocer que en ese corto tiempo le tomé un cierto aprecio; tal vez porque, en definitiva, un fascista no sea sino una parte de uno mismo al desnudo, esa parte que siempre nos traiciona cuando se rebela en los momentos más inoportunos. Pero nunca más nos volvimos a ver, siempre me quedó la intriga de saber donde habrá terminado: si habrá hecho la conversión al montonerismo que practicaron tantos exfascistas, o si por el contrario habrá acentuado lo más siniestro de su ideología derechista hasta terminar en las Tres A o en algún grupo de tareas. Nunca lo sabré, lo que sí sé, es que contribuyó también a que yo me definiera políticamente al volver a la Argentina.

El Peronismo era una fiesta

Sin documentos, sin plata y, lo peor de todo, sin coger, volví dispuesto a entregarme por entero a la militancia en un país que ardía en el fervor preelectoral. Pero no eran unas elecciones cualquiera. Se jugaba mucho más que la presidencia de la nación y varios miles de cargos de diputados, senadores, intendentes y concejales. El país no sería el mismo a partir del 11 de marzo del 73 y todos lo sabíamos.

Aunque algunas agrupaciones de izquierda se oponían a las elecciones con consignas como “Gane quien gane pierde el pueblo” o “No a la farsa electoral burguesa”, eran muy pocos los sectores de izquierda y de derecha que no adherían a alguna de las alternativas. Repentinamente el país entero había despertado de un largo letargo y la actividad política ya no era una ocupación casi exclusiva de los militantes sino una fiebre masiva que arrastraba a cientos de miles de personas, inundando los locales partidarios y los actos. Después de más de 20 años(las últimas elecciones totalmente libres habían sido en el 52) reaparecían partiduchos minúsculos y desconocidos, algunos de ellos hasta con buena salud, como el Partido Conservador Popular, que había colocado nada menos que al candidato a vicepresidente de la formula justicialista: el aristocrático y simpático Vicente Solano Lima, un anciano y juvenil abogado líder de un partido que, a pesar de provenir del rancio tronco conservador se alineaba a la izquierda del espectro político.

Aunque el vendaval que me arrastraba al peronismo era cada vez más irresistible, yo seguía debatiéndome en mi afán de mantener una independencia cada vez más insostenible. Era tanta mi indefinición que en los actos, cuando se cantaba el himno o se gritaban consignas, saludaba con un gesto intermedio entre el puño cerrado socialista y la V de la victoria peronista: hacía la V pero con los dedos encogidos y los conocidos se me reían, el Baby acaba de hacérmelo acordar.

En los actos peronistas me sentía raro, como un intruso, además de no haber sido peronista de antes, todavía rechazaba la lucha armada y me chocaban las consignas que adherían a las organizaciones guerrilleras, en especial esa que decía “Duro, duro, duro/ vivan los montoneros que mataron a Aramburu” aunque, paradójicamente, me gustaba mucho la que decía “A la lata, al latero/ las casas peronistas son fortines montoneros”.

En ese período fui a ver “El camino a la muerte del viejo Reales” y en el debate posterior tuve un choque con el Gordo Esteban, por meterme a redentor de la izquierda. En realidad a mí me costaba aceptar que la izquierda transitara un camino distinto al peronismo y pretendía conciliar posiciones demasiado distintas. Hice un planteo muy ingenuo. Henry, el gordo, lo tomó como una crítica interesada y me denunció en el debate como militante de una organización de izquierda. Me mandó a pedir disculpas después, cuando Joaquín le contó que en realidad yo estaba acercándome al peronismo. Lo paradójico es que al final terminé siendo más montonero yo que él. Años después el Gordo Esteban se haría famoso a nivel nacional e internacional por una circunstancia aciaga. Miembro del grupo fundacional de la FURN (Federación Universitaria para la Revolución Nacional), el gordo era preceptor en el colegio nuestro, donde era el referente más notorio del peronismo. Activo y reconocido, era considerado como uno de los conductores del frente universitario, pero tenía sus debilidades ideológicas. Por eso, cuando el control dentro de la organización empezó a ser más riguroso y se hicieron inadmisibles las incoherencias entre la vida personal y la militancia, el Gordo terminó alejándose de la política y de la ciudad. Se había casado con una mina de Neuquén, de muy buena posición económica, y la boda había sido fastuosa, proporcional a las críticas que le hicieron después los compañeros: un militante revolucionario no podía vivir como un burgués, ni tampoco casarse como un burgués. A regañadientes el Gordo aceptó la crítica a su casamiento, pero él era de los que estaban dispuestos a luchar por los obreros peronistas, pero nunca a vivir como los obreros peronistas; así que dejó la militancia y se fue a vivir a Neuquén. Ahí se dedicó a trabajar como periodista, oficio que ya desempeñaba en La Plata. Era corresponsal del diario Clarín en Neuquén, en épocas de la dictadura, cuando los militares descubrieron su “turbio” pasado y lo secuestraron. Pero fue tan grande el revuelo que se armó a nivel nacional e internacional que tuvieron que liberarlo.

Para definir mi militancia yo tenía que resolver dos cosas: hacerme peronista y aceptar la lucha armada. Lo primero no era tan difícil, el peronismo era una fiesta y cada vez me resultaba más difícil mirarla de afuera pudiendo entrar. El tema de la violencia en cambio era más complicado, porque yo tenía incorporada toda la noción cristiana de que la vida humana era sagrada y, además porque a mí, a diferencia de otras personas, no me surgía naturalmente aceptarla. O más concretamente: me parecía terrible cualquier muerte, no podía entender a la gente que decía “ a esos hay que matarlos” o “está bien que los maten”, no importaba de quien se tratara. No sólo me dolían las muertes de los militantes populares, sino también las de los represores; nunca me alegró la muerte de nadie, ni siquiera la de los seres más despreciables. Por eso yo necesitaba una justificación moral para poder aceptar la lucha armada: A diferencia de otros, para mí lo difícil no era asumir el riesgo de entregar la propia vida, si no la responsabilidad de cortar la vida ajena. Y buscaba denodadamente esa justificación. Así como los corruptos o los ladrones, en general, tienen siempre una justificación moral, y suelen emplear las argumentaciones más insólitas para convencer a los demás y, sobre todo, para convencerse a sí mismos, creo que en ese momento uno también forzó la realidad y forzó las razones para poderse convencer. No es que esté poniendo en un mismo plano a los ladrones y los corruptos con los combatientes revolucionarios, estoy poniendo en un mismo nivel a todos los hombres que, a lo largo de la historia, han recurrido a la violencia creyéndola necesaria; desde antes de Jesucristo hasta Jesucristo y después de Jesucristo, a todos: tirios y troyanos, espartanos y atenienses, judíos y romanos, cristianos y paganos, fieles e infieles, realistas y patriotas, liberales y conservadores, creyentes y ateos, comunistas y capitalistas, fascistas y anarquistas. El hombre siempre, o casi siempre, necesita una justificación moral para su conducta. Cuando más sencillo es el razonamiento, más honesta es la justificación. Cuando necesita de largas y complicadas explicaciones, es porque, en alguna medida, el hombre está traicionando a su conciencia. Treinta años después y a la vista de los resultados, es difícil decir si uno se equivocó o no en su elección. En mi caso personal, puedo quizás reprocharme el haberme forzado para justificar la violencia, pero no puedo cuestionarme la decisión de entregar mi vida a la lucha revolucionaria. Porque estaba absolutamente seguro de que esa era la única alternativa para la solución de todos los males de la humanidad y hoy en día, aunque mucho más escéptico respecto a la utilidad de sus resultados, sigo creyendo en la revolución, no sé en cual, pero sigo creyendo.

Esa película, “El camino a la muerte del viejo Reales”, la vi una tarde plomiza en un aula que pudo haber sido de la vieja Escuela Superior de Periodismo, no lo recuerdo. En cambio si estoy seguro de que me impactó la descripción de la miseria y de la violencia del sistema que hace la película. Tanto que salí indignado y con ganas de agarrar un fusil ahí mismo. Pero todavía me faltaba algo para decidirme, un empujón más contundente, algo que me ayudara a definirme sin sentir que estaba traicionando a mi conciencia.

La noche de mi definición

Esa noche creo que me definí. Se dieron dos cosas que me sacudieron y me arrastraron con la marejada que venía empujando la historia al son de la Marchita. Era una fecha importante, no recuerdo exactamente que acontecimiento se conmemoraba, es muy posible que hayan sido los seis meses de la masacre de Trelew, por eso estaban previstos dos actos: uno del peronismo en Plaza Italia y otro de la izquierda en el centro. Fuimos a los dos, y cuando digo fuimos los estoy incluyendo al Lacio y a Ricardo Poce, los tres andábamos en la misma disyuntiva política. Es curioso, pero a pesar de que estaba en su apogeo, el acto del peronismo se hizo en el galpón donde había funcionado la empresa de ómnibus Expreso Buenos Aires, un lugar donde apenas cabían, a todo trapo, quinientas personas. Pero el fervor era millonario, esa era la gran diferencia con la izquierda universitaria: los actos de la izquierda eran actos de protesta, los del peronismo eran actos de esperanza. En el local cerrado atronaban las consignas cantadas con alegría: “El tío presidente/libertá a los combatientes”, “Perón, Evita, la patria socialista”, era difícil no hacerse peronista estando allí adentro. “Es tanta la esperanza que tienen puesta en Perón, que con eso les alcanza; aunque no hagan la revolución con la esperanza sola les alcanza”, me decía el Lacio cuando salimos.

El acto de la izquierda, no sólo fue más frío, sino también caótico. Según el Baby fue en ATE (Asociación Trabajadores del Estado), en el viejo local de calle 57, y la oradora principal fue Perla Diez. Allí todo se desarrolló con normalidad, el desbande vino después. Habíamos caminado un par de kilómetros dando vueltas por las calles del centro, al frente de la columna iba un tipo con una botella oscura en la mano: “¿Ese que hace, está loco, tomando cerveza acá?”, pensé yo; nunca había visto una molotov y recién me di cuenta de lo que era cuando vi que tenía algo así como una mecha. Pero no hubo represión. No hizo falta. Cuando la marcha estaba llegando al final del recorrido se dio una pelea entre militantes de distintas agrupaciones y el acto casi se termina disolviendo. Todos hablaban de tomar el poder, pero ni siquiera podían ponerse de acuerdo para tomar la calle.

Esa noche las desviaciones y los vicios de la izquierda aparecieron potenciados hasta lo grotesco. El FAUDI (Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda), el órgano estudiantil del Partido Comunista Revolucionario, se había negado a hacer un acto en conjunto con los otros sectores. Tenían mucha convocatoria a nivel estudiantil, sobre todo entre las mujeres, ¡y qué mujeres!. Nadie sabía como hacían, pero las militantes que tenían estaban todas buenas, tanto que más de uno decidió su militancia por ellas. Ese fue el caso del flaco Martín, quien con el Lobo, su amigo inseparable, habían llegado a la conclusión de que tenían que definirse y empezar a militar, no podían seguir así, eternamente como independientes. Ahí fue cuando aplicaron el rigor de análisis del materialismo dialéctico:

- ¿Y dónde nos metemos?, se preguntaron.

- Y, vamos a meternos donde haya más minas. Así aparecieron un día adhiriendo a la revolución cultural china y recitando de memoria las citas del Libro Rojo de Mao Tse Tung, convencidos por el irrebatible argumento de un montón de culos y tetas bien formados. Pero no duraron mucho, apenas lo suficiente como para levantarse alguna que otra militante y para darse cuenta de que una cosa es hacer un concurso de belleza y otra cosa hacer la revolución.

Ricardo Poce había ido para chusmear, para ver que pasaba en el acto del FAUDI, y la descripción que me hizo fue desopilante, porque graficaba toda la ambición de poder personal de sus dirigentes estudiantiles, canalizada a través de un aparatismo pomposo y sectario. Los “capangas”, como les decía Ricardo, se paseaban entre su mujererío antimperialista como el gallo por su gallinero.

Cuando terminaron todos los actos nos volvimos con el Lacio caminando hasta su casa, en una de esas caminatas que no pueden medirse por cuadras sino por años y hasta por siglos. Evisceramos con el bisturí del marxismo y con cuanto instrumento de análisis político pudiera haber los catorce años de revolución cubana, los veinticuatro años de revolución china, los cincuenta y seis años de revolución rusa, los ciento y pico de años del marxismo, los doscientos años de la revolución francesa y los cinco mil años de historia de la humanidad, todo para encontrar una buena razón para decidirnos; para tomar la decisión existencial más importante de nuestras vidas. El Lacio iba en bicicleta, pedaleando medrosamente con sus piernas largas y escuálidas por la calle desierta, los rieles del tranvía, que nunca más volvería a pasar, brillaban bajo el alumbrado público, nuestras voces retumbaban en los adoquines de la medianoche. Entonces fue que lanzó la sentencia más aguda y precisa que jamás le oí, producto de su descomunal capacidad de análisis intelectual y de sus profundos conocimientos de marxismo-leninismo: “Yo no sé si los peronistas van a hacer mucho, pero de lo que sí estoy seguro es de que estos zurdos no van a hacer nunca una mierda” dijo y largó una carcajada. Entonces sentí que esa frase era la conclusión final de más de cuatro años de interminables discusiones políticas y filosóficas. Cuando llegamos a la casa del Lacio lo despedí con la tranquilidad de sentir que por fin el intrincado entramado de la teoría política se había despejado. Si quería hacer algo en serio, ya sabía donde no podría hacerlo. Con su preclara sentencia, el Lacio me había resuelto el problema de la definición por el peronismo, pero todavía me faltaba resolver el de la violencia y la respuesta la tuve esa misma noche, cinco cuadras más adelante.

Apareció como la imagen de una pesadilla, por pura casualidad, porque podría haber elegido volverme por la misma 47, por 48, por 49 o por cualquier otra, pero elegí la cincuenta y al pasar por la esquina de calle dos sentí los gritos. Entonces recordé lo que estaba pasando: la policía de la provincia de Buenos Aires se había insubordinado hacía un par de días. Dirigidos por un misterioso Movimiento Policial (MOPOL), cuyos integrantes nadie conocía, los policías provinciales se habían rebelando ante el agonizante gobierno militar, tomando la jefatura en demanda de mejoras salariales y otras reivindicaciones. Temeroso de que la protesta cundiera y se unificara al resto de los innumerables conflictos sociales del momento, el gobierno decidió movilizar al regimiento mecanizado de Magdalena para reprimir la desobediencia. Esa misma tarde los tanques habían entrado en la ciudad y se habían apostado frente a la jefatura, rodeada por tropas de infantería. Preocupado en los actos políticos, yo me había olvidado de eso, pero las voces de los manifestantes me refrescaron repentinamente la memoria. No eran muchos, pero gritaban incesantemente, desesperadamente, frente a un cordón de conscriptos armados con fusiles que cerraban la calle con cara de enajenados, de posesos. El alumbrado público estaba encendido, las luces de las casas también, pero eso no le quitaba dramatismo a la escena. La imagen era dantesca, tenía el aspecto surrealista de las pesadillas, era un ejército en pie de guerra desplegado en plena ciudad, en medio de una noche cálida de luna clara, con soldados excitados que parecían ansiosos; por entrar en acción, o por huir, nadie más que ellos podía saberlo.

Yo me sumé a los manifestantes que gritaban, me paré arriba del capot de un auto para ver mejor; a esa altura ya hacía horas que los militares, dirigidos por el general Tomás Sánchez de Bustamante, comandante del Primer Cuerpo de Ejército, venían intimando a la rendición. Todo el mundo pensaba que a la larga las cosas se resolverían a través de la negociación, que el despliegue represivo del ejército era sólo una bravuconada, parecía imposible un enfrentamiento con la policía. Pero los policías no cedían, estaban atrincherados en el enorme edificio que ocupa toda la manzana y los militares demostraron que no habían venido a pasear. En plena madrugada un tanque empezó a subir las escalinatas y derribó la enorme puerta de entrada, en medio de un tiroteo infernal. Los manifestantes nos dispersamos sin orden, salimos espantados por la lluvia de balas que estremecía los cimientos del edificio. Nunca se supo, y tal vez nunca se sabrá, la cantidad de muertos y heridos que hubo esa noche. Quedará como una más de las matanzas impunes de la Argentina, pero la sensación de indignación, de odio y de impotencia de esa imagen hizo más que toda la teoría marxista durante años. Entonces comprendí que la violencia no es que fuera necesaria, sino inevitable. Y acepté que si quería hacer algo por la revolución y por mi patria, no tenía más remedio que asumirla.

Patulo

Cuando me estaba haciendo peronista, a principios del 73, iba con Joaquín a todos los actos. Todavía no existía la UES, la Unión de Estudiantes Secundarios, que recuperó para si un nombre muy desprestigiado por la Revolución Libertadora. La UES primitiva se había fundado en tiempos de Perón y tenía un carácter oficialista, pero ese no era su lastre la principal. Los gorilas aseguraban que el General, muerta Evita, echaba mano de las colegialas para satisfacer sus apetitos. Nunca hubo la menor prueba que corroborara esa teoría, nunca una denuncia formal, ni un testimonio, pero el rumor se convirtió en leyenda. En una negra leyenda que pesó sobre Perón y sobre los mismos secundarios peronistas.

En la década del 70 los tiempos eran otros; los secundarios éramos muy distintos a los del 50; si de algo no se nos podía acusar era de conformistas y complacientes. Mucho antes de que la UES se creara en marzo o abril del 73, la Tendencia Revolucionaria del peronismo tenía varias agrupaciones entre los alumnos de ese nivel. En La Plata la primera fue el MAS, Movimiento de Acción Secundaria, que fundaron Mario Noriega, el Pato; Dardo Benavidez, la Negra, y mi amigo Joaquín Areta, la Rubia. Lo paradójico es que el Pato y la Negra venían de la Escuela Naval, y tras decidir abandonar la carrera dieron un giro sustancial en sus vidas. Se volcaron al peronismo y se hicieron militantes. En la militancia pusieron el mismo rigor que habían aprendido en su paso por la institución naval.

Así el MAS pasó, de ser una agrupación minúscula y desconocida en la primavera del 72, a ser una casi una organización de masas en el verano. Se le incorporaron militantes de distintas escuelas y de distintas características. Pero había uno que era algo así como el emblema del MAS, y luego de la UES. Porque era difícil concebir el MAS sin pensar en Patulo.

Justo en el medio de una familia numerosísima y muy católica, Patulo había crecido bajo el influjo de sus cuatro hermanos mayores, todos varones y todos militantes, y, excepto el mayor, todos peronistas. No fue, por lo tanto, una casualidad ni una excepción que él empezara a militar apenas entrado a la secundaria, a pesar de ir a una escuela religiosa. En el colegio Virgen del Pilar lo conoció Claudio, cuando el MAS estaba haciendo sus primeros palotes organizativos, y fue él quien le despertó el bichito de la política.

Por su edad y por su carácter, Patulo asumía la militancia de una manera distinta a la de sus hermanos, todos ellos verdaderos cuadros revolucionarios. Aunque estaba totalmente comprometido, para él la militancia era una joda permanente, una prolongación de la tribuna futbolística. Según dicen, todos eran fanáticos de Quilmes y formaban parte de lo que ahora llamaríamos la “barra brava”. Pero la familia se tuvo que mudar a La Plata y entonces se hicieron todos hinchas de Gimnasia, pasando a convivir en la tribuna con muchos de los fascistas del CNU. En realidad el término más justo no sería “convivir”, porque la enemistad política se hizo cada vez más profunda y terminaron como enemigos acérrimos.

Si algo hay que reconocerle a las hinchadas de fútbol es el ingenio. Y Patulo era el líder de la “barra brava” del MAS. Eran un grupito de alrededor de diez pendejos, ninguno llegaba a los dieciocho años, y se la pasaban inventando cantitos durante todo el viaje, cada vez que íbamos a un acto. Hacían reír a todos, en especial a los militantes del FAEP, del cual el MAS era una especie de extensión. Como la consigna del peronismo en las elecciones del 11 de marzo del 73 fue “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, ellos cantaban “FAEP al gobierno, el MAS al poder” y todos nos cagábamos de risa.

Su humor y su alegría no decrecieron con el endurecimiento de la represión, pero cada vez fue teniendo menos oportunidades de compartirlos. La guerra lo estaba obligando a crecer muy rápido, demasiado. Demasiado.

La agrupación
Una cuestión de iniciativa

Tal vez haya sido por indecisión, por no estar seguro de definirme claramente por el peronismo. O quizás por la vanidosa pretensión de diferenciarme de los compañeros del secundario. O, también, por pensar que si me decidía a hacer la revolución en serio tenía que ir directamente al seno del pueblo. Lo cierto es que en lugar de sumarme a algunas de las agrupaciones que existían a nivel estudiantil, decidí formar mi propia agrupación, y en mi barrio. Como el Pato también estaba como yo, ya éramos dos para empezar a juntar gente. Cada uno por su lado empezó a charlar con los conocidos que suponíamos podían estar interesados.

Acercados por el Pato llegaron Chiche, Juancito, Claudio y Julio. Chiche hacía poco había llegado desde Lanús, adonde se había criado, y era peronista de familia; no tenía una formación tan intelectualizaba como nosotros porque no había estado cerca de los medios estudiantiles, por eso quizás era el que estaba más claramente definido por el peronismo. Juancito era un flaquito manso y bonachón, que había estudiado en el Industrial, con buenas intenciones pero sin demasiado compromiso político; Julio era un lumpen desamparado que había encontrado en el Pato a una especie de protector. Yo lo conocía hacía tiempo, desde la escuela primaria y de jugar en la plaza Castelli, además también había jugado en Cambaceres, como yo (bueno, él había jugado, porque yo nunca llegué a jugar oficialmente). Prácticamente vivía en la calle. Vivía con la abuela y con un tío borracho que no lo aceptaba: para poder dormir en la casa tenía que montar guardia toda la noche esperando que el tío se fuera a trabajar a la mañana temprano. No tenía ningún interés en la política pero con el Pato era incondicional. Lamentablemente, muy poco ha cambiado en su vida desde entonces.

En mi barrio estaban Ruben y Emir, que iban conmigo al Nacional y ya habían demostrado algunas inquietudes en las asambleas; de la mano de Emir se sumó durante un muy breve tiempo Gustavo, cuyo hermano estaba en una agrupación de ultraderecha. Con Ruben éramos muy amigos, tanto como con Joaquín o con el Pato; nos unía una infancia en común, las salidas, los bailes, los boliches y el fútbol. El fútbol en el barrio, en la escuela o en cualquier lado; el fútbol fue lo que me acercó al Negro Juan Carlos.

Un sábado a la tarde, después de jugar en la canchita de Mandarino, nos fuimos conversando. El Negro estudiaba en la facultad de Ciencias Económicas y aunque era extremadamente frío en su actitud hacia la política, y en general hacia todas las cosas, tenía una agudeza extraordinaria para analizar la realidad y una madurez mucho mayor que la nuestra, aunque tenía solo unos pocos años más.

Claudio

Era el más chico de todos nosotros, pero también uno de los más audaces. A los catorce años se anotaba en todas, con una capacidad de iniciativa que superaba a cualquiera. Ese espíritu de emprendimiento nos haría encarar juntos, muchos años después, otras empresas menos idealistas y menos riesgosas, pero siempre fantasiosas. Gozaba de la libertad y las prerrogativas propias de un hijo único, aunque no lo era, y eso le permitía disponer de la casa, del auto y hasta del revólver de los padres. No le prohibían prácticamente nada, siempre estaba disponible para ir a cualquier lado y no era de dar vueltas. En eso nos parecíamos mucho, si decíamos que había que hacer algo lo hacíamos de una vez, no nos íbamos en palabras.

Hijo de Pepe, el verdulero del barrio, el Pato le había puesto Pepucho y así le decíamos a veces. A esta altura, visto a la distancia, uno no sabe si en ese momento éramos demasiado inconscientes o si ahora la conciencia es el ropaje con que se visten el temor y la desesperanza.

Pepe

Antes de la era de la desocupación, no cualquiera era verdulero. Porque el verdulero, lo mismo que el carnicero o el almacenero, eran verdaderas instituciones en el barrio y lo suyo más que un negocio era un oficio, una profesión, casi un apostolado. La verdulería tenía sus secretos, no era cuestión nada más que de ir al mercado, comprar un poco de fruta, de verdura, y ponerse a vender. Primero, había que saber comprar, había que conocer bien la mercadería para no ensartarse llevando algo que nadie iba a querer. Pero eso no era lo único ni lo más importante, para ser verdulero en serio había que conocer las artimañas de la venta y las mañas de la clientela. Saber cómo hacer para no vender nunca el peso justo ni equivocarse a favor del cliente, pero dejando a todos conformes y agradecidos. Piropear a las viejas y hacer todo el tiempo chistes de doble sentido con las señoras, pero sin meter nunca la pata. Cargar a los vecinos que eran hinchas de otro cuadro, pero sin que llegaran a ofenderse. Ser capaz de recomendar unas mandarinas con la convicción de un cardiocirujano recomendando una operación de aorta, haciéndole sentir al paciente que es la gran solución de su vida. Todo y mucho más tenía que manejar el verdulero del barrio. Y esa fue la invalorable herencia que Pepe le dejó a Pepucho, es decir, a Claudio. Más que un saber, una sabiduría, que no se aprende en ninguna universidad, que solo es posible alcanzar en el mágico mundo de la calle.

Porteño típico, sin serlo, Pepe era lo más parecido que podía haber a Minguito Tinguitela, el inmortal personaje de Juan Carlos Altavista. Se le parecía en la forma de hablar y hasta en la forma de vestir, usaba las mismas alpargatas y las mismas bufandas aunque en vez de un sombrero llevaba un gorrito de lana, tipo alpinista. Y se le parecía, por sobre todas las cosas, en la ingenua generosidad que lo caracterizaba. Cascarrabias, con un aspecto que atemorizaba a quienes no lo conocían, Pepe era de una bondad casi infantil. En una oportunidad, usamos la casa de Claudio como centro de operaciones, llevamos allí el mimeógrafo para imprimir los volantes y nos reunimos varias veces para coordinar las panfleteadas. Era una época en que la interna del peronismo ya estaba espesa y Pepe colaboraba con nosotros sin tener la menor idea del riesgo al que se estaba exponiendo. Era inútil explicárselo, intentábamos de todas las formas posibles pero no había caso. Para él éramos todos peronistas y eso era lo que importaba, por eso le contaba a todo el mundo que estábamos imprimiendo volantes en su casa. El Pato, con esa chispa que tenía, se reía y decía “Al final los milicos van a creer que Pepe es el líder y van a decir “este tipo como nos despistó, y pensar que nosotros creíamos que era verdulero”. Me causó gracia, porque me lo imaginé inmediatamente a Pepe apareciendo en los medios como el gran estratega guerrillero, como el ideólogo revolucionario, encubierto en una doble personalidad, como aparecían en los diarios los Tupamaros uruguayos.

Con el correr de los años Pepe fue agudizando todo: la acritud del carácter, que lo hacía parecer siempre enojado, y también esa bondad sin medida. Lo terminaron matando una enfermedad, y la amargura. La enfermedad se le agravó por su propio descuido y la amargura lo embargó desde que se convirtió en un desocupado más de la era menemista. Porque a mediados de la década del noventa la mayoría de los viejos verduleros fueron desplazados por una invasión de advenedizos que cobraron la indemnización de las empresas privatizadas y llenaron de kioscos y verdulerías el país, creídos de que darían el gran salto económico de su vida, convertidos en furtivos comerciantes. El resultado fue la ruina de casi todos, el verdulero dejó de ser una de las instituciones del barrio, la gente empezó a creer que verdulero podía ser cualquiera. Y el viejo verdulero empezó a sentir que ya no era nadie.

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