Kitabı oku: «Pedaleando en el purgatorio»

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PEDALEANDO EN EL PURGATORIO


© Jorge Quintana Ortí, 2021.

© Libros de Ruta Ediciones, S.L., 2021.

Bilbao-Galdakao errepidea 10-3

48004 Bilbao

info@librosderuta.com

www.librosderuta.com

Primera edición: febrero 2021

Autor: Jorge Quintana Ortí

Edición: Eneko Garate Iturralde

Portada y maquetación: Amagoia Rekero García

ISBN: 978-84-121780-8-1

eISBN: 978-84-121780-9-8

Depósito legal: BI-287-2021

Impreso en España por Leitzaran Grafikak

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Este libro se ha beneficiado de las ayudas a la edición promovidas en el año 2020 por el Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

Para todos los que un día

se han subido en una bici,

han pedaleado sintiendo

que un pelotón imaginario

venía detrás de ellos

y han sentido la euforia de ganar

una carrera que no existía

más que en sus mentes

«No soy el mejor en nada,

pero puedo mejorar en todo»

Ricky Rubio

(jugador español de baloncesto)

ÍNDICE

Prólogo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII

Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Capítulo XLVI

Capítulo XLVII

Capítulo XLVIII

Capítulo XLIX

Capítulo L

Capítulo LI

Capítulo LII

Capítulo LIIII

Capítulo LIV

Capítulo LV

Capítulo LVI

Capítulo LVII

Capítulo LVIII

Capítulo LIX

Capítulo LX

Capítulo LXI

Capítulo LXII

Capítulo LXIII

Epílogo

Agradecimientos

PRÓLOGO

Es hora de darle sabor a la vida. La frase quedó grabada en mi cerebro desde el mismo instante en que el cocinero nos presentó un plato de macarrones con trufa. O eso decía él, porque sinceramente nadie notó la menor diferencia entre la pasta de esa noche y los miles de platos de macarrones que habíamos probado antes. Eso sí, le dijimos que estaban buenísimos y que jamás habíamos degustado un manjar tan delicioso. Y nos fuimos a dormir. La carrera no había hecho más que empezar y por delante teníamos una veintena de días. Todo el mundo necesita ánimos. También los cocineros. No solo los ciclistas disfrutan del aplauso.

Tres semanas más tarde, conseguía imitar a mi ídolo, Marco Pantani, y proclamarme vencedor final de una gran carrera. Tantos años soñando con ser como él y, por fin, lo había logrado. ¡Era el mejor ciclista del mundo! Desde el peldaño más alto del podio pude tocar la gloria y sonreír a mi novia, mis padres y mi suegro, quienes habían viajado para disfrutar conmigo de la cara más amable del deporte. En ese instante mágico entendí que era el hombre más feliz del planeta.

A partir de ese día, el móvil no dejó de sonar con nuevas propuestas de patrocinio. Es curioso: jamás me habían propuesto nada que no fuera darme un par de zapatillas. Y ahora todas las marcas estaban dispuestas a pagarme cifras astronómicas. Pero a pesar del ruido, eso no formaba parte de mis preocupaciones. Mi cabeza estaba obsesionada con un tema: los controles antidopaje. Nunca había pasado tantos como en esa última carrera. Sabía que era normal. Siempre sucede en las pruebas de tres semanas, sobre todo, si estás en la pomada de los que pelean por el triunfo. Pero había visto movimientos extraños y mi tensión había subido enteros: pasé controles a última hora de la tarde y también a primera hora de la mañana siguiente; los tuve antes, durante y después del día de descanso… Era obvio que me estaban siguiendo de cerca y que los médicos de la Unión Ciclista Internacional (UCI) no confiaban en mí. No entendía el motivo cuando todos usábamos las mismas armas.

Tal vez a los gerifaltes de la UCI no les gustaba mi historia, la de Cinderella, tal y como repiten con entusiasmo los americanos. O dicho con nuestras palabras, la historia de una cenicienta humilde y andrajosa que después de correr en Portugal, ficha por un equipo español de nivel medio y, en su debut, se convierte en la reina más bella del baile. También era posible que nada de eso sucediera y que los controles fueran los habituales. La imaginación me podía estar jugando malas pasadas. A esas alturas me había vuelto paranoico y empleaba la mayor parte de mi vida escrutando sombras. La alternativa, mirar de frente hacia la luz de la verdad, no era viable. ¿Por qué? Si lo intentaba, no podría soportar el reflejo que mis ojos verían en el espejo.

Esa mañana me levanté y, como siempre hacía, empecé descargando el buzón del correo electrónico. El primer mensaje me heló la sangre. Venía de la UCI y llevaba como tema una numeración: «TF53.08». Aquello no pintaba bien. La UCI jamás escribe a un ciclista. Y si lo hace, no es para felicitarle. A ellos hace mucho tiempo que dejó de preocuparles el deporte. Solo piensan en dinero y poder. Y el dopaje también es una forma de alcanzar dinero y poder. Con ese mal presagio, me puse a leer mientras mi cuerpo empezaba a temblar:

Dear Mr. Castro.

Please find attached a letter addressed to you which you will

also receive by mail promptly.

We remain at your disposal for any additional information

you may require in this regard.

Yours sincerely

No me dio tiempo a traducir mentalmente aquel texto ni a abrir el documento adjunto. Una llamada entró en el móvil. Miré la pantalla. Había un +41 y detrás aparecía un número bien largo. Por debajo podía leer una palabra: Suiza. Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla. Me faltaba el aire y ni siquiera había contestado. Intenté calmarme. Mi mano temblaba. Le di a la tecla de responder.

Al otro lado sonó la voz del jefe de los servicios médicos de la UCI, Giorgio Corloni. Hablaba un español más que correcto, aunque mezclado con términos italianos. A esas alturas, por desgracia, empezaba a asimilar lo que iba a suceder. Mi cuerpo ya sudaba y mi cabeza estaba a punto de estallar. Al final, llegó la palabra maldita: eritropoietina. Luego, ese término quedó convertido en tres siglas: EPO. Las lágrimas corrían por mi rostro. Me sentía al borde del desmayo. La habitación entera daba vueltas. No podía ser. ¿EPO? No lo podía creer. La sensación de asfixia se había convertido en insoportable. No podía respirar. Dejé el teléfono sobre la mesa y grité con todas mis fuerzas. No podía soportarlo. Mi vida se había ido a…

Una mano me agarró con fuerza del brazo.

—Tranquilo, tranquilo. Ha sido una pesadilla.

Miré a mi alrededor. Era de noche. Estaba en la cama y a mi lado sentí la presencia de mi novia, Clara Pellicer. Me había agarrado el brazo y estaba pasando su mano por mi rostro. Me susurraba palabras al oído que apenas podía entender mientras trataba de controlar mi respiración.

—Calma, calma… Estás en casa. No pasa nada. Ha sido una pesadilla.

—Vale —fue lo único que acerté a responder.

—He estado hablando con mi amiga María Luisa.

A pesar de la oscuridad, estoy convencido de que Clara sintió la intensidad de mi mirada. ¿Había dicho María Luisa? No tenía ni idea de quién era.

—Es una psicóloga. Trabajé con ella durante una temporada de mucho estrés en la que, además, casi siempre soñaba con exámenes de la Universidad. Lo más curioso es que había finalizado la carrera, pero soñaba que me faltaba una asignatura.

—Ahora es cuando me vas a hablar de Sigmund Freud.

—No, no es eso.

—No creo en el psicoanálisis ni la interpretación de los sueños, Clara. Ese iluminado decía que los sueños son la realización de los deseos. ¿De verdad crees que mi deseo es dar positivo con EPO?

—No te iba a hablar de Freud, pero si quieres, lo hacemos. Acepto el reto. Y, además, tengo la solución para tus pesadillas. Otra cosa es que tú eres muy orgulloso y no vas a escucharme.

—Inténtalo —le dije aceptando que debía callarme.

—Los ciclistas sois unidireccionales. Piénsalo por un segundo: vivís en un deporte en el que nadie puede salirse de la ruta. Tenéis una salida y una meta. Y un único modo de viajar de un sitio a otro. Para vosotros, no hay alternativa. Ni podéis dar marcha atrás ni buscar un atajo o un rodeo. ¡Nunca! Y aplicáis esa fórmula a todo lo demás: de la salida a la meta sin importar que llueva o nieve. Pero la vida no es así. Debes abrir la mente. Por una vez, piensa en las alternativas.

—¿Me estás diciendo que deje el ciclismo? —pregunté cada vez más alterado por el tono de la conversación.

Clara se levantó de la cama. Ella tampoco estaba contenta con el tono. Encendió la luz, se sentó junto a mí y me miró a los ojos. Con dulzura, me explicó:

—Te estoy diciendo algo que tal vez no quieres escuchar, pero alguien debe hacerlo: abre bien tus oídos y elimina tus prejuicios. Y, por favor, tranquilízate. ¿Puedes escuchar un consejo y no ponerte a la defensiva?

—Sí, puedo —mentí.

—Pues bien, llevas bastantes semanas con la misma pesadilla. Ganas el Giro, el Tour o la Vuelta y das positivo con EPO. La pesadilla comenzó el 1 de enero, cuando vinieron a hacerte un control antidoping a casa por sorpresa. ¿Correcto?

—Sí, correcto.

—Pero no estás tomando ninguna sustancia rara y mucho menos EPO. Te has asustado tanto con este nuevo sistema de controles fuera de competición que estás convencido de que solo es posible afrontar el ciclismo de forma limpia. ¿Voy bien?

—Correctísimo. Te lo conté la misma noche de Reyes, después de mi primera pesadilla. En aquel control del 1 de enero estuve tan cerca de la catástrofe que he tomado la decisión de ir limpio hasta el final, aunque eso suponga quedarme en la calle cuando acabe mi contrato con Gigaset. Pero, ¿por qué repites lo que ya sabes?

—Pues porque la solución a tus problemas es obvia. Pero no la quieres ver. Está delante de ti.

—Pues no la veo. No me estoy dopando. Es imposible que dé positivo. Por eso no entiendo qué significa el sueño ni por qué siento esta presión.

—El problema no lo tienes con la EPO. Lo tienes con la otra parte del sueño. Piensa un poco, por favor.

—No te sigo —dije.

—Marco, tienes que dejar de soñar con ganar el Tour, el Giro o la Vuelta. Eso es lo que te está matando. En el fondo, sabes que si no te dopas y asumes riesgos, nunca ganarás una de esas carreras, así que deja de una vez de soñar con la gloria. Admite tus limitaciones. Eres un simple ciclista. Nada más. No intentes ser un superhéroe. Olvídate de ser el número 1. Eso no está a tu alcance. Disfruta de la vida con tus limitaciones. También se puede ser feliz así. Créeme.

Aquella frase me dejó sin palabras. Y hoy, muchos años después, puedo decir que en ese instante comenzó el primer día del resto de mi vida.

CAPÍTULO I

Nadie desea conocer la verdad. Nos pasamos la vida entera diciendo lo contrario. Pero es mentira, valga la paradoja. Como en tantas otras cosas, expresamos lo que menos daño nos supone desde un punto de vista emocional. En otras palabras, los humanos estamos creados para evitar el dolor. Por eso decimos amar la verdad… y por eso vivimos en la mentira, siempre más cómoda. Eso sí, analizamos bien los errores del prójimo y somos capaces de detectar a la primera cualquier mentira en la que los otros se hayan instalado y cuya red no sean capaces de romper. Yo no era ninguna excepción. No encontraba soluciones para mi pesadilla con el dopaje hasta que Clara me señaló el camino. Pero, al mismo tiempo, tenía identificados los problemas y las soluciones del imperio de la familia Pellicer: Magic Resort.

Las palabras de Clara supusieron un mazazo para mi conciencia. Llevaba tantos años con ese mismo martirio que, de repente, llegué a la conclusión de que había llegado la hora de olvidarme del dopaje y de la gloria como una opción para la vida. Clara tenía razón y yo debía seguir su punto de vista: disfrutar del día a día. En cambio, la sensación de agobio que durante semanas me había engullido, era la misma que veía todos los domingos en el rostro de Clara y, sobre todo, de su padre, Miguel Pellicer. Ellos me habían escuchado, pero mi mensaje no calaba… del todo. Ambos empezaban la comida familiar del fin de semana intentando hablar de otros temas superfluos, pero terminaban debatiendo sobre una palabra que aún no se había hecho socialmente tan famosa como lo acabaría siendo: la burbuja.

Por mi parte, llevaba meses hablándoles de las preocupantes noticias que llegaban desde Estados Unidos. Yo no solo era un casi licenciado en Ciencias Empresariales, también era un fanático seguidor de la escuela austríaca del ciclo. Por eso mismo entendía que estábamos a las puertas de una crisis mundial por exceso de deuda, pero en un país que en la primavera de 2007 había marcado el mínimo de paro jamás registrado (7,95% y 1 760 000 parados), mis ideas sonaban absurdas. En el fondo, volvemos a la teoría de que nos gusta vivir en la mentira. Durante esos meses de final del ciclo más dulce de la economía me sentía como el músico de Asterix y Obelix: tocaba el arpa para que mis acordes sonaran en el centro del pueblo, pero veía cómo era despreciado y, a la menor posibilidad, amordazado para que mi música no rompiera la armonía y felicidad. La falsa felicidad. Sin embargo, la crisis de las hipotecas subprime de Estados Unidos provocó una primera grieta en los oídos sordos de los constructores nacionales y Miguel se empezó a interesar por mi visión económica.

Las alarmas locales saltaron poco después. Astroc cayó un 60% en bolsa. Era una de las grandes empresas del sector de la construcción en España. Pero Miguel decía que su problema era que la gestión estaba en manos de un advenedizo, de un Mario Conde de los ladrillos, de un tipo surgido al calor del pelotazo… Esa fue su reacción inicial: ¡negar la realidad! Unos meses después, la guillotina de la crisis caía más cerca y se llevaba por delante a Gramán y Llanera, dos constructoras valencianas que habían querido consolidarse como colosos cuando sus pies eran de barro. De repente, bajaba la marea y las constructoras mostraban al mundo que habían nadado desnudas. En los primeros días del mes de enero de 2008, Miguel rompió con la red de mentiras en la que se había instalado y se sinceró conmigo:

—La cosa se está poniendo muy negra, de verdad. Cada día estoy más preocupado y me acuerdo más de tus palabras sobre la deuda de las empresas. En el caso de nuestro holding empresarial, cada compañía es independiente y eso nos permite poner cortafuegos ante una crisis. De momento, hay una empresa que ha comprado los últimos solares y que creo que vamos a tener que matar. No tenemos liquidez ni forma de conseguirla para empezar con el proceso: pagar a los arquitectos, pagar a la constructora… No tiene sentido comenzar con esa empresa desde cero cuando tenemos muchos apartamentos casi acabados y que no se venden ni a tiros.

La seriedad del tono de Miguel hizo que no me plantease repreguntar. Sabía que el hombre me lo acabaría contando todo y mi única función en ese instante era permanecer callado y dejar que fuera desgranando sus ideas a la velocidad que él considerase oportuna.

—Nunca había visto nada igual. No se vende ni un piso. Pero es que ni uno. Y los bancos nos llaman cada día para pedirnos más avales. No nos permiten saltarnos ni un día en los pagos y nos ponen mil problemas para renovar las líneas de crédito que siempre hemos tenido a nuestra disposición. Esto va a acabar mal. Me lo habías dicho, pero jamás lo habría imaginado.

—No es el momento de los reproches, Miguel.

—Bueno, te lo agradezco. Eres de la familia y quiero que sepas lo que estoy haciendo porque antes o después te afectará. Clara me ha vendido las acciones de Magic Resort. He sido generoso con el pago. En realidad, he pagado lo que no valen. Pero los dos estamos de acuerdo. Ella se ha llevado el dinero lejos de aquí. Y en los próximos días abandonará sus cargos directivos en Magic Resort. Diremos que quiere iniciar una nueva vida profesional y creará una pequeña empresa de marketing. Queremos que desaparezca de los focos y que lleve una vida discreta. Los abogados son tajantes en eso. No sé cuánto tiempo aguantaremos antes de que Magic Resort explote…

—¿Hablamos de semanas, meses, años? —pregunté más que nada para frenar el aluvión de información que estaba recibiendo.

—No, no serán años. Al ritmo que vamos, esto explotará antes. Tal vez si consigo cerrar la refinanciación de la deuda con el Banco de Castellón, pueda alargarlo e incluso salvar todo el imperio. No lo sé, si te soy sincero. Todo dependerá del nivel de la crisis en el que nos estamos metiendo. Estoy usando todos mis contactos. Y presionando como nunca al presidente del banco, Juan Ignacio Gual. Si el Banco de Castellón traga, podemos respirar durante una buena temporada. Pero no soy muy optimista. A estas alturas comprenderás que no estoy jugando limpio, pero ni siquiera así soy capaz de pasar los filtros de la comisión de riesgos. Hay un hijo de puta que han traído desde Madrid y que no pone su firma. Dice que él no depende de criterios políticos porque solo rinde cuentas ante el Banco de España. La última esperanza es que el presidente se pase por el forro al niñato y firme incluso contra el criterio técnico. Mañana tendré la respuesta definitiva.

Clara había permanecido en silencio durante toda la noche. En ese momento, cogió de la mano a su padre y le dirigió unas palabras:

—Seguro que firma. Si alguien puede levantar un imperio como Magic Resort, seguro que puede encontrar una solución a esta crisis.

—¿Habéis pensado en vías alternativas al negocio promotor y constructor? —pregunté recordando el consejo que Clara me había dado para superar mis miedos frente al dopaje.

—Sí, estamos trabajando en sacar al mercado más apartamentos en alquiler. Tenemos muchos apartamentos vacíos y los estamos reenfocando. Pero, sobre todo, he frenado cualquier construcción, incluso pararemos los apartamentos que están casi acabados. Llevo semanas sin dormir bien y no es por la edad. Me duele el estómago y cada vez con más intensidad, igual que las migrañas. La tensión arterial la tengo disparada y una mañana perdí parte de la visión de un ojo durante una hora.

Las palabras de Miguel sonaban preocupantes. En el fondo, me enfrentaba a un hombre que había arrojado la toalla. Tal vez fuera solo una mala noche, pero aquella velada vi por primera vez al patriarca como un señor mayor, casi un anciano. Jamás lo había visto desde ese ángulo.

Al día siguiente y cuando subía por tercera vez el Desierto de las Palmas, una llamada de teléfono interrumpió mis pedaladas. No quise hacer caso al teléfono. Debía acabar la serie en la que estaba metido. Y así lo hice. Pero el teléfono no dejaba de sonar. Al final, busqué el móvil en el bolsillo y contesté. Era Clara.

—Lo hemos conseguido. Tenemos el dinero —gritó.

—¿A qué te refieres? —respondí mientras intentaba ordenar mis ideas.

—El Banco de Castellón ha firmado la refinanciación de la deuda. Ha salido por cinco votos contra cinco, pero se ha ganado gracias al voto de calidad del presidente. ¡Vamos a salvar Magic Resort!

Clara estaba eufórica. Me limité a felicitarla de la forma más efusiva posible mientras intentaba recuperar la respiración. Colgué. Tenía por delante dos horas más de entrenamiento en solitario y de pensamientos obsesivos. Llevaba meses diciéndole a la familia Pellicer que estábamos a las puertas de una crisis financiera enorme y que era cuestión de meses que se convirtiera en la crisis económica más grande desde 1929. Había sacado mis pocos ahorros de la bolsa y los tenía en el banco esperando acontecimientos. E incluso la decisión de comprar un pequeño adosado para vivir con Clara me parecía temeraria, aunque sabía que lo podíamos afrontar sin problemas.

Clara me decía que era un cenizo, ya que ella tenía dinero para pagar la casa y todas las de la calle. En la familia Pellicer el concepto del miedo no era conocido. Tampoco el de la prudencia. En el fondo, Clara sabía aconsejarme sobre el dopaje. Pero no entendía sus riesgos: la compra y venta de acciones de Magic Resort, la presión a los consejeros del Banco de Castellón para garantizarse la refinanciación de la deuda del holding… eran maniobras que podían hacer descarrilar el tren.

Cuando llegué a casa, me esperaba mi padre. Estaba con su coche en la puerta del garaje. Me hizo un gesto con la cabeza. Era su particular forma de saludarme.

—Tu suegro lo ha conseguido. Hoy no se habla de otra cosa.

—Sí, eso parece.

—No te veo contento —replicó mi padre.

—No, la verdad es que no. A ver, no soy tonto. Entiendo que en el corto plazo se ha salvado una situación dramática para la empresa. Pero el análisis fundamental del negocio es el mismo.

—O sea, que lo ves jodido.

—Refinanciar la deuda no arregla el problema. Solo significa darle una patada hacia delante pensando que lo que no puedes pagar hoy, lo podrás pagar mañana. Pero miro a mi alrededor y veo muchos negocios cerrando. Estamos en una fase negra y no veo a la gente comprando apartamentos en la playa ni hoy, ni mañana, ni pasado.

—Vale, entonces no ves la forma en que la familia Pellicer pueda pagar esa montaña de deuda, la verdad.

—No la veo.

Mi padre se tomó unos segundos antes de retomar la charla. Ese gesto era habitual en él. Le gustaba más pensar que hablar.

—Dicen que los padres tenemos que proteger a los hijos, incluso de la verdad. Tú y yo nunca hemos sido así. Nos hemos dicho lo que pensábamos sin rodeos ni mentiras. Por eso sé que somos unos tipos muy raros. Eso sí, jamás le contaré esta conversación a tu madre. Ella sufre demasiado.

—Harás bien, papá.

—A veces pienso que somos demasiado realistas, hijo.

CAPÍTULO II

La temporada 2008 comenzó, una vez más, con la Challenge de Mallorca. Ese invierno había entrenado con la motivación extra de saber lo que quería y, sobre todo, de saber lo que no quería que formase parte de mi vida. Por ejemplo, amaba a Clara Pellicer y ella era imprescindible. Su sola presencia calmaba mis inseguridades. También amaba mi profesión de ciclista y, al mismo tiempo, había renunciado para siempre al dopaje y al sueño de ganar las grandes carreras. Todo se resumía en cumplir con el reto más difícil de la vida: ser feliz. Yo, por una vez en la vida, lo era.

No todos compartían mi visión del nuevo ciclismo en el que habíamos entrado en enero de 2008. El equipo Gigaset era un monstruo en pleno proceso de transformación, con las turbulencias que eso genera. Cada uno vivía en su burbuja y no se parecían en nada las inquietudes del neo que llegaba del campo amateur con las del ciclista que llevaba una década dopándose y al que ahora, de repente, le decían que tenía que cambiar su esquema de valores.

En mi caso, aterricé en Gigaset después de correr en Portugal y pensar que mi carrera iba a estar siempre vinculada a equipos pequeños. José Luis Calasanz, el mánager del equipo, me había recuperado con un contrato razonable y el mejor calendario posible. Estaba rozando el cielo con la punta de los dedos y no lo iba a echar a perder. Es cierto que había estado cerca de caer en el infierno antes incluso de comenzar a correr. El mismo 1 de enero de 2008 había pasado un control antidopaje por sorpresa en mi casa. Esa inesperada visita formaba parte del nuevo sistema de localizaciones impulsado por la UCI y la Agencia Mundial Antidopaje.

En el fondo, los organismos estaban cansados de ver cómo los corredores llegábamos limpios a las carreras y habían decidido que el control se desplazara a la intimidad de las casas para que nadie pudiera dormir tranquilo… si hacía trampas. El proyecto se venía gestando desde 2007, pero a partir de 2008 pasó a ser obligatorio y bien organizado para todos los equipos Pro Tour, es decir, para los que formaban la primera división del ciclismo mundial. Los equipos profesionales continentales aún tardarían varios meses en incorporarse a este nuevo sistema de trabajo. Pero no había vuelta atrás. La nueva red de controles había llegado para quedarse.

Aquel 1 de enero de 2008 tenía la casa llena de sustancias dopantes y la duda de si debía emplearlas había rondado mi cabeza durante días. Cuando decidí doparme, una extraña coalición de benditas casualidades me impidieron pasar por casa para materializarlo. Entre otras, me frenó el deseo de mi novia, Clara, de pedirme que formalizásemos nuestra relación con una boda en el otoño. Esa Nochevieja nos quedamos a dormir fuera de casa y cuando llegué a mi domicilio en la mañana del día 1, tenía al comisario antidopaje esperándome. Pasé el control sabiendo que, de forma milagrosa, mi cuerpo estaba limpio, pero al mismo tiempo teniendo claro que había puesto los dos pies en el aire y que si no me había caído por el precipicio, había sido solo por suerte. En cuanto el comisario se marchó, tiré todas las sustancias a un contenedor de basura y me juré que nunca volvería a pasar por una experiencia así.

Sin embargo, en Gigaset eran muchos los que no habían hecho ese proceso de transformación. Les avisé de que había pasado un control el día 1. Pero nadie escarmienta en culo ajeno. Ya se sabe qué es una crisis: lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Así éramos los ciclistas. El mánager, José Luis Calasanz, nos insistía en que el ciclismo había entrado en una nueva dinámica y nos exigía cambios. Los jóvenes parecían asimilarlo o, al menos, lo afirmaban. Y, curiosamente, algunos de los más veteranos eran los más radicales en la lucha contra el dopaje: parecían cansados de jugarse el pellejo y abrazaban con la fe del converso esta nueva forma de trabajar.

Pero había otros veteranos y, por supuesto, algunos líderes que estaban en su momento y no querían desaprovechar la oportunidad de ganar dinero y fama. Esos no manifestaban su opinión en las charlas de grupo y optaban por hablar solo en pequeños grupúsculos. Tenían otra visión. Cobraban por ganar y eso es lo que iban a seguir haciendo: correr y ganar. En cuanto se calentaban, llamaban hipócritas al resto de ciclistas e insistían en que nada iba a cambiar y que en Mallorca íbamos a chocar con la realidad. En otras palabras, las nuevas reglas nacidas de la entrada en vigor del pasaporte biológico no parecían ir con ellos.

El pasaporte biológico había comenzado sin grandes titulares y no éramos conscientes de la revolución que eso iba a suponer. Para empezar, teníamos muchas preguntas y pocas respuestas en las cabezas. Nosotros habíamos hecho una reunión de grupo para empezar a clarificar conceptos en una primera concentración invernal, pero ahora fue la propia UCI la que nos envió a un abogado para darnos las claves más importantes en una charla que formaba parte del proceso pedagógico necesario para que asumiéramos las nuevas reglas: debíamos estar localizables todos los días, al menos durante una hora; la responsabilidad era exclusiva del ciclista; los análisis serían comparados con nuestros análisis pasados, presentes y futuros, por lo que el límite del 50% de hematocrito máximo desaparecía para trabajar con límites individualizados… En definitiva, si un corredor cambiaba drásticamente de valores sanguíneos, podría ser sancionado. Por primera vez en la lucha contra el dopaje, el ciclismo iba a sancionar sin dar positivo en un control antidopaje. La desviación de los valores medios era suficiente. Lo llamaban método indirecto. Nosotros pensábamos que la palabra inquisición se ajustaba mejor.

La reunión la realizamos en la semana previa al inicio de la Challenge y fue un foco de debate en el equipo. Nos sentíamos violentos con el tono de la charla. Por un lado, la UCI nos insinuaba que era consciente de que todos nos habíamos dopado hasta el 31 de diciembre de 2007. Pero lo más importante es que nos decía que no iba a aceptar ningún escándalo más y que el que alterase sus valores a partir del 1 de enero de 2008, sería sancionado. La Operación Puerto había desvelado hasta qué punto habíamos creado un deporte podrido. Muchos dedos habían apuntado a España, pero todos sabíamos que eso era una fórmula para esconder la realidad: el problema era global. Algunos equipos poderosos estaban creando un sistema interno de controles. En esos años se hizo famoso y rico Rasmus Damsgaard, quien aconsejaba a equipos como Astana y analizaba los valores de sus ciclistas con un presupuesto de casi medio millón de euros. Era un segundo pasaporte biológico, pero de carácter interno.

Con tanto escándalo, el ciclismo se estaba desangrando en el punto clave de cualquier espectáculo: la credibilidad. Desde la Operación Puerto, todos habían pensado estrategias para propiciar un cambio. El poder había buscado una respuesta adecuada y este nuevo pasaporte biológico era el golpe definitivo encima de la mesa. Ya no era necesario dar positivo con una sustancia. Ahora íbamos a ser sancionados por las sospechas, si tres científicos coincidían en dar el visto bueno al castigo. El abogado de la UCI insistió en que era un sistema lleno de garantías: podríamos defender nuestra inocencia con argumentos científicos ante tribunales deportivos independientes. Pero todos sabíamos que la justicia deportiva ni es justa ni es deportiva. En el fondo, entendíamos que si la UCI te abría un expediente, era para no perderlo.

Para mí, la Challenge supuso el regreso al calendario de primer nivel. En 2007 había competido en Portugal y me había desvinculado de España y de las estrellas del pelotón corriendo pruebas pequeñas y casi siempre al otro lado de la frontera. Ahora volvía a ver caras de ciclistas famosos. Lo que no cambiaba era la velocidad: en todos lados se va rápido.

En Mallorca me limité a cumplir el expediente y trabajar para mis compañeros, especialmente para un velocista que había incorporado José Luis Calasanz y en el que tenía mucha ilusión depositada: Kenny Strauss. Mi tarea era sencilla: subir y bajar bidones y dejarle en manos de los rodadores en los kilómetros finales. Allí se peleó contra Steegmans o Brown. Lo hizo bien, pero jamás tuvo opciones reales de victoria.

La carrera también estuvo marcada por una escena tan surrealista como el ciclismo de aquellos años. Un día, y en mitad de una etapa sin demasiada chicha, vivimos la escapada estéril pero rabiosa de Alberto Contador y su reivindicación ante la cámara de televisión con una frase que ha pasado a la historia: «Astana, al Tour». Aquello fue un terremoto. Los organizadores, ASO, habían decidido que el vencedor del Tour de 2007 no iba a tener la opción de defender su título al vetar a su equipo para la edición de 2008 y el madrileño había contestado atacando. Contador había ganado el Tour 07 con Discovery Channel. Pero para la siguiente campaña se había marchado al Astana. Ese equipo había protagonizado un doble escándalo en el Tour de 2007, con el positivo de sus dos estrellas: Alexandr Vinokourov y Andrey Kashechkin. Y ASO demostraba que no estaba dispuesto a olvidar de forma tan rápida, aunque vinieran con otras figuras. Fue una manera potente de reafirmar una idea sencilla: el ciclismo no podía soportar más escándalos.

Mi mente estaba muy lejos de esos problemas. Leí la nota oficial del Consejo Superior de Deportes contra la organización del Tour y no dejé de sonreír. Yo quería limitarme a correr en bici y disfrutar. Nada más. Nada menos. Para mí, todo volvía a ser emocionante en ese mes de febrero como jamás debió haber dejado de ser. La decisión de no volver a doparme había conseguido quitarme de encima el peso de los nervios y el estrés.

Tras la Challenge, fui hasta el aeropuerto de Son Moix con Vicent López. Era uno de los masajistas más veteranos y castellonense como yo, así que por norma general íbamos a viajar juntos muchas veces. Vicent solo daba masajes a las estrellas del Gigaset, así que no había podido sentarme en su tabla de masaje y tampoco él me conocía mucho. Sin embargo, era extrovertido y resultaba imposible aburrirse a su lado. Además, cultivar las relaciones con los auxiliares es uno de los puntos que un ciclista debe anotar en su agenda. Yo lo sabía.

—El jefe está contento contigo —me dijo Vicent en cuanto nos sentamos en el avión y nos abrochamos el cinturón.

—¿José Luis? —pregunté yo.

—Sí, claro. Está contento desde que te fichó. Ya nos avisó de que eres diferente. Para empezar, tienes un nivel superior al nuestro. Y eso está bien. Necesitamos… sangre nueva, aunque ahora esté feo decirlo —comentó mientras se reía.

—Sí, lo de la sangre mejor no lo tocamos.

—José Luis pasa por un momento complicado. Hay ciclistas que no quieren cambiar. Y está viviendo broncas. Por eso está contento con tíos como tú, que habéis venido a sumar. Yo le digo que nosotros somos otra generación, apenas fuimos a la escuela y jamás aprendimos idiomas. En cambio, tú… eres un cerebrito.

—¿Broncas? —pregunté esquivando los elogios fiel a mi filosofía de que el elogio debilita.

—Eso es algo que pronto comprenderás. Aquí los trapos se lavan dentro. Es más, José Luis no le dice la verdad ni al médico. Pero no te equivoques: no es un mentiroso. Simplemente, es reservado. No quiere escándalos ni, por supuesto, enfrentamientos personales. Prefiere que todo se resuelva de forma pacífica, sin que llegue a oídos de nadie. Y si se enfada con alguien, opta por apartarlo, darle carreras de segundo nivel y a final de año, no ofrecerle una renovación. Pero siempre con palabras de apoyo. Es importante que entiendas esta filosofía. Si te adaptas, puedes echar toda tu vida en Gigaset.

—Entonces me parece que tengo equipo para el resto de mi vida.

—Eso pensé cuando te vi entrar en el hotel. Viniste a saludar a todos los auxiliares.

—Pero eso es lo normal, ¿no?

—Ahora ya no sabemos qué es lo normal, Lucas. Los jóvenes muestran poco respeto. Hazme caso: entiende dónde estás. Solo así durarás en este negocio. Estamos en un momento en el que tenemos a muchos intentando decirle a José Luis cómo gestionar su negocio.

—Eso es ridículo. Él sabe mejor que nosotros cómo se…

—No tengas ninguna duda. Es indeciso hasta lo patológico y pregunta incluso a la señora de la limpieza… pero no es un síntoma de debilidad. Es, únicamente, que le gusta escuchar mientras en su mente va formándose la decisión. Nunca tiene prisa. Sabe que no es el más listo e intenta dedicarle más tiempo que los demás. Pero de todos los mánager de España, te garantizo que es el único que estará aquí dentro de diez años, tendrá un buen patrocinador y contará con buenos ciclistas.

—¿Por qué lo tienes tan claro?

—Tiene dos virtudes que escasean: paciencia y prudencia. No necesitas más para hacerte viejo en este trabajo.

CAPÍTULO III

La Vuelta a la Comunidad Valenciana fue mi segunda carrera en 2008. Para esa cita, el equipo decidió apostar por el madrileño Enrique Jiménez. Era el líder de Gigaset y uno de los escasos españoles de relumbrón que había salido indemne de la Operación Puerto. Su nombre jamás había aparecido en la prensa vinculado a Eufemiano Fuentes ni a ningún otro doctor de mala reputación. Además, había sabido quedarse en un discreto segundo plano mediático mientras acumulaba puestos de honor, lo que encajaba en la filosofía del equipo.

José Luis Calasanz decidió que compartiéramos habitación durante toda la carrera, ya que su habitual compañero de cuarto, Juan Carlos Aguado, se había puesto enfermo a última hora y no iba a correr. Y así me convertí en el escudero de Enrique. Por mi condición de valenciano, conocía bien las carreteras y los finales en alto, por lo que dediqué los cinco días a dejarme la vida por ayudarle. No pudimos pasar de un meritorio quinto puesto. No estaba mal, pero tampoco nos permitía sacar pecho. Aún no habíamos ganado una carrera en 2008 y eso a pesar de ser uno de los equipos grandes del pelotón. ¿Nervios? Aún no. Pero una inquietud asomaba en la mente de todos: ¿qué estarán haciendo los demás?

La barrera de los controles todos los días y a todas horas ya había generado un serio conflicto en la concentración de un equipo ProTour italiano. Los médicos de la UCI se habían presentado por la noche y nadie supo explicar lo sucedido a continuación. Decenas de rumores surgieron alrededor de un test que no pasaron todos los corredores, lo que incitó las maledicencias. En el fondo, los controles fuera de competición lo cambiaban todo. Durante años estábamos acostumbrados a doparnos en casa en los períodos sin competición y acudir a las carreras con los efectos visibles, pero con las sustancias eliminadas. A partir de la nueva ley, tocaba cambiar. Pero no había consenso. Gigaset quería limpieza, y yo también.

Enrique Jiménez me demostró que teníamos una forma similar de ver el ciclismo e incluso la vida. Y esa visión partía de la prudencia. Por eso llevaba tantos años en Gigaset. No quiso desvelar sus cartas haciendo uso de una discreción que yo también había empleado en el pasado.

—Somos un deporte de bocachanclas. Aquí hace falta gente discreta y prudente. Todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. E incluso lo que está regular. No hace falta airearlo y hay que acabar con los que disfrutan meando en la piscina y haciéndolo desde el trampolín.

Aquellas palabras eran parte del código de sobreentendidos que manejábamos: no confirmaba que se dopara, pero tampoco lo desmentía. Ese silencio saltó por los aires en la penúltima etapa. Enrique recibió una llamada. Y estuvo más de una hora hablando. Bueno, en realidad, estuvo más de una hora escuchando en silencio y con cara de preocupación. Cuando cortó, solo pudo resoplar y pasarse las manos por la cara.

—Vaya movida —fue lo primero que dijo.

—¿Se puede contar? —pregunté.

—A ti, sí. Pero al resto, ni una palabra. ¿Está claro?

Asentí, me coloqué cómodo sobre la cama y esperé en silencio a que Enrique ordenara su cabeza.

—Me ha llamado Juan Carlos. Sí, Aguado. Sé que entrenaste con él antes de Navidad. Me contó las broncas que había tenido contigo respecto a… lo que ya sabes. Juan Carlos está insoportable. Cree que nada va a cambiar y quiere estar con los buenos. Le dije que pensaba que tú estabas siendo inteligente y que él estaba siendo estúpido, sobre todo, cuando el equipo nos pide que cambiemos el chip. Así que discutió conmigo y llevamos un tiempo con una relación… tensa. Ahora, de repente, me dicen que no puede correr porque está enfermo. Le llamo y no me contesta. Y, lógicamente, empiezo a mosquearme. No es normal. Al final, me ha contestado y me ha contado la movida.

—¿Y qué ha pasado? —pregunté mientras me temía lo peor.

—Le hicieron un control por sorpresa después de Mallorca. Y ha dado 48,5% de hematocrito.

—¿Cuál es el problema?

—Pues que tiene los valores sanguíneos alterados: el hematocrito, la hemoglobina y los reticulocitos están descompensados. La fórmula australiana ha dado 127.

—El máximo son 133 o por ahí, ¿no?

—Sí, no es un tema por el que pueda ser sancionado. Ni ha pasado de 50 ni de 133. Es decir, no pisa la línea roja ni por el hematocrito ni por la fórmula australiana. Pero eso no es suficiente. Es lo jodido del tema: es una analítica descompensada. Desde ese control, los vampiros han ido dos veces a su casa para hacerle controles antiEPO por sorpresa. Y el médico, Marcelino Sacristán, le ha llamado para pedirle explicaciones.

—¿Explicaciones?

—Le ha dicho que tiene muchas analíticas suyas de otros años con 40 y 41 de hematocrito y que no se cree que ahora esté en 48,5%.

—¿Y qué dice José Luis? Es como un padre para Juan Carlos, ¿no?

—Me gusta esa expresión. Pero no olvides que no es su padre. Ni el tuyo ni el mío. Si tiene que elegir entre el equipo o un corredor, no dudará. De momento, no le contesta. Y en un mensaje le ha dicho que es un tema que el médico debe gestionar. El cabrón de Marcelino le ha contestado que lo mejor es esperar a ver la evolución y tomárselo con calma.

—¿Eso qué significa?

—Pues que le han jodido, pero no tienen los huevos de decírselo.

—Joder, no das positivo y ni siquiera superas la regla australiana… y ya estás manchado. Esto es una caza de brujas.

—Sí, pero la cuestión ahora es que debemos adaptarnos a las nuevas reglas.

—Bueno, pues a correr a pan y agua —dije intentando reafirmar mi decisión del 1 de enero.

A partir de ahí comenzamos un debate intenso sobre la función de la Unión Ciclista Internacional. Enrique y yo teníamos un torbellino de ideas y de dudas: la UCI podía usar el pasaporte para imponer sanciones y para freír a controles a los sospechosos, pero debía empezar a actuar. Cada día sin noticias, era un día de desesperanza para la gente limpia. Enrique, siempre pesimista, concluyó:

—Espérate al Tour y verás el espectáculo completo. Es la gran carrera para lo bueno y para lo malo. Muchos ciclistas hemos cambiado. Pero no todos. En cambio, los patrocinadores lo han hecho. ¡Todos! Yo no veo marcas que quieran ganar a toda costa. Es más bien justo lo contrario. En cuanto oyen la palabra positivo, cierran el chiringuito.

—Ojalá no aciertes. Voy a rezar para que tengamos un Tour tranquilo —le contesté.

—No es un tema de fe. Es mucho peor. Lucas, la estupidez humana no tiene límites.

CAPÍTULO IV

El 1 de marzo de 2008 saltó la noticia. Sucedió alrededor de las nueve de la mañana y, al principio, fue únicamente un titular, tal vez llamativo, eso sí: «El paro se dispara». Luego llegaron los detalles del tsunami al que se enfrentaba la sociedad española y las alarmas empezaron a sonar: era el mayor incremento en el número de parados en los últimos 25 años. A pesar del dato, el gobierno seguía negando la existencia de una crisis económica en el país. Es más, ni siquiera empleaba esa palabra. Estaba prohibida y parecía como si, fruto de un pensamiento mágico, el hecho de no pronunciar el término borrase la realidad. No era así.

Al llegar a casa me esperaban caras largas. Cada semana era peor que la anterior, pero mejor que la posterior. Esa noche Clara me pidió que, al día siguiente, la acompañase a las oficinas de Magic Resort. Miguel quería hablar con ella y le había pedido que yo también acudiese. Así que fuimos hasta allí. Al circular por los pasillos de la empresa, me di cuenta de que algo no funcionaba. Apenas había movimiento. Todos los empleados estaban cruzados de brazos o, como mucho, mirando las pantallas del ordenador y accionando de forma robótica el ratón. Ese silencio era catastrófico. Si entras en una empresa como Magic Resort y no escuchas decenas de conversaciones de comerciales vendiendo o alquilando apartamentos… es que algo va muy mal.

Miguel parecía haber envejecido otros diez años. Lucía unas ojeras espantosas e incluso tenía los ojos completamente rojos, fruto de la cantidad de horas que se había pasado frente a los documentos excel intentando cuadrar los números de sus empresas. Para la cita, nos había preparado una presentación en la pantalla de la sala de juntas. No había nadie más. Solo nosotros y los gráficos. Con cautela, fue pasando las diapositivas dejándonos el tiempo justo para que las digiriésemos. Todas se explicaban por sí mismas. No necesitaban de aclaraciones. Los datos no eran malos. Eran aterradores. En noviembre, diciembre y enero se habían vendido dos apartamentos. Tenían más de 200 acabados sin comprador, otros 150 en la fase final de construcción y otros 150 con la estructura finalizada, sin contar los más de 1000 que se habían planificado sobre el papel y para los que se había empezado la labor de movimiento de tierras después de realizar todo el trabajo de diseño con sus correspondientes proyectos de los arquitectos. ¡Y todo ello cuando solo habían vendido dos en el último trimestre! Aquello no era un pinchazo. Era un reventón.

—¿Estos son los números? ¿Se han vendido dos en tres meses? —pregunté como resumen ante lo que acabábamos de ver. Sinceramente, no me podía creer esas cifras.

—No, en realidad, son peores. De los que vendimos en verano, diez compradores nos han pedido que les devolvamos el dinero porque no pueden pagar los plazos. Evidentemente, les hemos dicho que no hay nada que hablar y que han firmado un contrato de arras para lo bueno y para lo malo. Uno ya nos ha remitido un burofax para decirnos que renuncia al contrato y que pierde el dinero dado a cuenta, así que en realidad no hemos vendido dos. Hemos vendido dos y nos han devuelto uno. Creo que alguno más seguirá el mismo camino y perderá la entrada para evitarse la deuda. Como comprenderéis, así es imposible mantener una empresa.

—¿Qué tienes en la cabeza? —preguntó una Clara que estaba cada vez más preocupada ante el tono de su padre.

—Podemos bajar precios. Pero no es un problema de Magic Resort. Es global. Mirad los datos del paro en febrero. ¿Quién piensa en comprarse una casa en la playa cuando hay despidos generalizados? El que no ha perdido su trabajo tiene miedo de perderlo. Me han dicho que Don Piso lleva tiempo sin pagar y está al borde de la quiebra. Tienen 400 oficinas inmobiliarias y es posible que no lleguen al verano. Sinceramente, os he llamado para deciros que… me siento perdido.

—Pronto tenemos elecciones, ¿no intentarán que esto mejore?

—No hay nada que hacer. Intentan taparlo con los cheques bebé. El presidente ha llamado antipatriotas a los que se atrevan a utilizar la palabra crisis. Pero la realidad es que están maquillando el cadáver. Nada más. La economía está podrida.

—¿Qué alternativas hay? —pregunté.

—He hablado con los abogados y les he pedido un plan de viabilidad. Esto es lo que me proponen.

A partir de ese momento Miguel desglosó un plan de gestión de la crisis. Partía de una base clara: no había un futuro razonable para Magic Resort con la estructura actual. La idea de los abogados era eliminar una parte importante de la constructora y de la promotora, negociar con los bancos daciones en pago masivas para compensar las deudas y reforzar la desvinculación entre las diferentes empresas del holding intentando que las partes más corrompidas no se lleven por delante a las que aún podían ser saneadas. Las consecuencias para la cotización en bolsa iban a ser dramáticas, aunque ya llevaba meses cayendo. La parte de los hoteles y los apartamentos para alquilar era la única que podía tener futuro. En definitiva, el holding de la familia Pellicer era un conglomerado empresarial con dos bloques: el promotor-constructor y el hotelero. El primero parecía muerto. El segundo estaba muy enfermo. El dinero de la refinanciación del Banco de Castellón se iba a dedicar casi de forma exclusiva a la parte hotelera.

—¿Y los bancos qué dicen?

—Si debes 100 000 euros, tienes un problema. Si debes un millón, el banco y tú tenéis un problema. Pero si debes 100 millones, es el banco el que tiene un problema.

—Nosotros también lo tenemos, papá —respondió Clara.

—Hija, he sido tajante con los abogados. Los jueces nos van a mirar de arriba abajo y no quiero riesgos, aunque eso suponga perder mucho dinero. No quiero jugar con fuego. Nos refinanciaron hace poco y eso nos ha dado aire. Pero con este nivel de ventas, pronto volveremos a la situación en la que estábamos: asfixia absoluta. Vamos a acabar con una suspensión de pagos y asumo que perderemos una gran parte de la fortuna.

—Pero… —trató de interrumpir Clara a su padre.

—Te he pedido que vengas porque necesito que me ayudes. Debes viajar a Andorra y Panamá. Y hay que hacerlo ya. Tenemos que poner las cuentas en limpio. En este sobre hay una carta con las instrucciones. Necesito que la leas y lo memorices antes de destruirla. Yo no puedo ir. Tengo la lupa encima. También me gustaría que fueras acompañado por Lucas. Sería más fácil de explicar si alguien pregunta: unas vacaciones románticas con tu pareja o unas vacaciones para entrenar o lo que se te ocurra. Además, ya no trabajas para Magic Resort.

—Tengo que correr… no puedo salir de España y mucho menos para irme de vacaciones.

—Lo sé, pero esto es importante. No quiero que Clara ande sola por el mundo y menos en determinados países.

—No hay ningún problema, papá. Hablaremos con José Luis Calasanz y lo entenderá. Estoy segura.

No supe contestar. Estaba seguro de que José Luis no lo entendería. De hecho, ni siquiera yo lo entendía, por lo que no sabía muy bien cómo plantearle la cuestión. Así se lo expresé a Clara en cuanto salimos de las oficinas. Ella me sonrió y me miró con la cara de superioridad que en ocasiones lucía. Tenía un plan. Pero no lo iba a compartir conmigo.

—No te preocupes. José Luis es el menor de nuestros problemas.

Al llegar a casa, me dio un cálido beso. Había mantenido la calma frente a su padre, pero estaba al borde del colapso.

—Gracias por venir al viaje. Te necesito a mi lado.

Yo seguía pensando que era imposible que el equipo me autorizara a viajar por medio mundo en mitad de la temporada. Iba a comenzar con mis protestas. Clara se dio cuenta de cuál era mi intención. No me dejó seguir.

—Te lo repito: ¡no te preocupes! Vete preparando la pasta y yo arreglo lo demás —dijo mientras me guiñaba el ojo y cogía el móvil.

Me quedé sin palabras. Busqué una botella de vino, la abrí y me serví media copa de mi tinto favorito: Marqués de Cáceres. Un par de minutos más tarde, decidí que debía cumplir con las órdenes de Clara. Quería hacer un entrenamiento corto por la tarde, aunque fuera solo para soltar piernas, así que debía comer lo antes posible. Puse a hervir el agua mientras buscaba los macarrones integrales y el tomate frito. No era día de florituras. Prefería algo básico y rápido. Justo cuando eché la pasta en el agua, Clara apareció en la cocina.

—Listo.

—¿Listo?

—Sí, ya está arreglado. He hablado con José Luis y le parece bien.

—¿Con José Luis? ¿Mi jefe?

—Sí, ¿acaso no recuerdas que fuimos patrocinadores de un equipo profesional? Vaya, tú fuiste ciclista de Magic Resort, si no me falla la memoria —dijo con ironía.

—Clara, por favor…

—Tengo su número desde hace años. Le he llamado y, por supuesto, acepta cambiar tus planes. Le he prometido que no perderás la forma. Vuelves a competir en abril. Por cierto, también me ha dicho que tienes opciones de correr el Tour y que te quiere a tope para el verano.

Acababa de recibir demasiada información. Siempre que estaba con la familia Pellicer tenía el mismo sentimiento extraño: manejaban mi vida. Una sombra de enfado cruzó mi rostro. Clara lo detectó.

—No te enfades. Tú y yo somos un equipo. Yo viajé a Portugal para ayudarte y…

—Lo de recordarme lo que pasó en Portugal es un golpe bajo —protesté mientras me ponía serio de verdad.

—Cállate, por favor. Lo hice por ti y lo volvería a hacer. ¡Sin dudarlo! Ahora te pido que me ayudes, pero no quiero presionarte. Esto no es como en los viejos tiempos. Si no quieres venir, llamo a José Luis, le digo que ha sido un malentendido y sigues con tu temporada. Yo viajo sola y lo arreglo. Además, lo haré con una sonrisa y no te reprocharé nada. No quiero que digas que manejo tu vida, que no te escucho… Esa es la cara de desagrado que me ponías antes y que me estás poniendo ahora. No me gusta verla. Nuestra relación es tan importante que no quiero que se rompa. Por nada en el mundo. De verdad, no hay nada más importante…

No dejé que siguiera hablando. Le di un beso y le susurré.

—Voy contigo a Andorra, a Panamá y al final del mundo, si hace falta.

CAPÍTULO V

Clara abrió la carta de su padre, la leyó con mucha atención e incluso subrayó dos líneas mientras parecía recitarlas en voz baja como si de una oración se tratase. Luego, fue hasta la máquina trituradora de papel que tenía en el despacho y pasó el folio por las cuchillas hasta dejarlo convertido en virutas ilegibles. Seguí todos los gestos desde la distancia. También en silencio. Ella había sido tajante y debía respetar su criterio.

—No me preguntes. Cuanto menos sepas, mejor para ti. Voy a buscar los vuelos a Panamá —como siempre, la cabeza de Clara funcionaba a mil por hora.

El viaje a Andorra fue rápido y lleno de facilidades. En realidad, no supe muy bien qué hacíamos en el país de los Pirineos y me limité a ejercer de ciclista en busca de puertos mientras esperaba a que Clara resolviese todos los problemas en los que andaban metidos. Para mí, fue una oportunidad de conocer nuevas ascensiones, debido a que lo difícil allí era encontrar terreno llano. Ese cambio de rutina incluso me sentó bien desde el punto de vista mental.

Unos días más tarde, regresamos a España e iniciamos el viaje a Panamá, un país que nos recibió con calor y humedad. Para muchos europeos, Panamá es un pedazo de tierra pegado a un canal. Pero en realidad tiene el tamaño de Castilla y León y más bancos que niños en la provincia de Teruel. Desde el principio, comprobé que el viaje no iba a ser sencillo. O, al menos, no para mí. Un coche oficial nos esperaba en el aeropuerto, cortesía de Jorge Páez, exmarido de Clara. Sinceramente, me dolían ese tipo de detalles. Hubiera preferido que la relación entre ambos estuviera rota. Pero pronto tuve que asumir que no era así y que nunca lo iba a ser. Jamás he sido celoso, pero esa cordialidad exquisita me superaba.

La primera mañana en Panamá arrancó con la visita de Jorge Páez a nuestro hotel. Lucía el mismo bronceado y la misma sonrisa que le recordaba de nuestro anterior encuentro, cuando coincidimos durante la presentación del equipo Magic Resort. También mostraba, como en aquella ocasión, un destacable don de gentes, así como la virtud y la paciencia de detenerse con todas las personas que le querían saludar. Ser el hijo del presidente de Panamá hacía que la vida de Páez no tuviera un atisbo de anonimato en ninguno de los pasos que daba por el país. Vivía en un escaparate continuo y disfrutaba de ello.

Con nosotros estuvo encantador. Fue respetuoso y no dijo ni hizo nada que me pudiera sentar mal, por mucho que estuviera esperando cualquier gesto fuera de tono para lanzarme sobre su yugular. Era evidente que Clara le había pedido que nos ayudara en Panamá y él estaba dispuesto a ejercer como el perfecto anfitrión. El plan que nos había diseñado era sencillo: coches a nuestra disposición y visitas bien coordinadas a los diferentes bancos y abogados. Todo estaba preparado y se cumplió con puntualidad propia de Suiza.

Comimos en el hotel y justo cuando apurábamos las infusiones, Jorge Páez volvió a hacer acto de presencia. En este caso, para invitarnos a una cena en la casa de su padre, es decir, el palacio presidencial. Resoplé. Aquello era demasiado. Por un lado, era una experiencia que me apetecía. ¡Por supuesto! Pero no era el presidente de Panamá. En realidad, era el exsuegro de Clara. Y no quería situaciones incómodas. Mi novia, como es lógico, contestó en su nombre… y en el mío y dijo que era un honor visitar al padre de Jorge. Yo respondí con el silencio. Asumí que la discreción formaba la esencia de mi papel.

La cena, sin embargo, fue agradable. Entre plato y plato, comprobé que los panameños saben escoger la palabra adecuada. Y los panameños que se dedican a la política son especialmente hábiles en ese arte. De nuevo, me marché con la frustración de que nadie había lanzado ninguna pullita sobre el pasado común de Clara y Jorge. Todos habían sido exquisitos en las formas y el fondo. En nuestro hotel, uno de los mejores de la ciudad, me decidí a contarle a Clara cómo me sentía.

—No te preocupes. Son así. Por eso me enamoré de la familia Páez. Cuando quieren, son encantadores. Como has visto, cuando estás con ellos, todo es maravilloso. Te dicen lo que quieres escuchar.

—No como yo.

—Exactamente. No son como tú. De ti me enamoré por lo contrario: me dices lo que no quiero escuchar.

—No sé si eso es bueno.

—Claro que sí, Lucas. No siempre es agradable, pero es bueno, muy bueno. ¿Cómo te lo explicaría? Bien, puede valer: el azúcar en pequeñas cantidades es maravilloso. En grandes… crea diabetes. Y eso es lo que me pasó con Jorge: me creó un mundo tan maravilloso como irreal. Todo era fachada. No teníamos nada en común, aunque me dijera que su vida dependía de la belleza de mis ojos. Eso suena muy bonito al principio, cuando vives deslumbrada, pero llega un punto en el que dejas de creer en las palabras y empiezas a creer en los hechos. Y la realidad es que Jorge empleaba las mismas palabras con cientos de mujeres. Además, no creas que fui la única que quiso parar la relación. A él le sucedió lo mismo, pero por motivos diferentes: decía que yo era demasiado ácida, que no tenía palabras de cariño, que pensaba en negocios y no en crear una familia, que no tenía paciencia para tejer redes de conexión con otras mujeres de empresarios panameños… Y tenía razón en todas sus críticas. Intenté adaptarme, pero fue imposible. No quería esa vida.

Por primera vez borré mis inseguridades de lo más profundo de mi cerebro y pude concentrarme solo en ser feliz durante el viaje a Panamá. Al parecer, lo más importante ya se había hecho: la familia Pellicer había reorganizado su entramado empresarial y el dinero había pasado de unas sociedades a otras. Además, Clara había desaparecido de los documentos oficiales y, por tanto, podía estar más relajada.

De camino al hotel después de la última visita, iba pensando en cómo entrenar, aunque solo nos quedaran dos días en Panamá. Clara tenía otro pensamiento en su cabeza. Y me lo planteó justo cuando yo me bajaba del taxi y cuando era evidente que ella no lo iba a hacer.

—Lo siento. Tengo que hacer un recado. Prepárate porque esta noche nos vamos a casa. He conseguido adelantar el vuelo. Pero me queda por arreglar un pequeño problema de un amigo. A mediodía nos vemos en el restaurante del hotel y comeremos con ese amigo. ¿Te parece bien?

Y Clara Pellicer desapareció de mi vista con la misma velocidad con la que había sembrado un torbellino de dudas. Había costumbres que no cambiaban.

Llegué puntual a la cita en el coqueto restaurante del hotel. La mesa había sido decorada con esmero: mantel de tela tan fina como blanca y servilletas de un color beis especialmente elegante. No había ninguna cara familiar, así que opté por sentarme en una mesa con buenas vistas, pedir una botella de agua con gas y limitarme a esperar. La tardanza de Clara fue breve. Un par de minutos más tarde aparecía en el salón. Su rostro desprendía felicidad en esa mañana y su sonrisa era capaz de iluminar todo el salón.

—Perdona el retraso, Lucas. ¿No llegó nuestro invitado?

—No. Bueno, tampoco te lo puedo confirmar. No sé quién es.

—Lucas, por favor, claro que sabes quién es.

—Vale. Sé quién es… si me dices el nombre.

—De verdad, ¿tengo que dártelo todo mascadito? ¿No lo adivinas?

Negué con la cabeza. Los golpes de efecto de Clara me sacaban de quicio y ya intuía que algo en aquella adivinanza no me iba a sentar bien.

—Verás, nuestro amigo me pidió ayuda. Tiene dinero y no quiere depositarlo en España. Por un lado, empieza a ver los problemas del pinchazo de la burbuja y tiene miedo de una quiebra bancaria. Además, ese dinero… cómo te lo digo, es dinero de empresas extranjeras y que no ha pasado por España… —Clara se tomó unos segundos para pensar sus palabras—. Es un poco complejo y, al mismo tiempo, es demasiado fácil: no quiere pagar impuestos.

—Me estás generando estrés. ¿Quién es? —pregunté temiéndome lo peor.

—Nuestro amigo necesita un lugar donde colocar ese dinero

—replicó Clara ignorando mi pregunta—. Y le he ayudado con mis contactos aquí. Todos hemos salido ganando. También tú.

—¿También yo?

—Sí, también tú. Por cierto, hablando del rey de Roma.

Sorprendido por las palabras de Clara y el cariz que había tomado la conversación, me di la vuelta y vi cómo en el restaurante había entrado… José Luis Calasanz, mi jefe y mánager del equipo ciclista Gigaset.

CAPÍTULO VI

José Luis Calasanz saludó a Clara con dos sonoros besos en las mejillas. Me impactó ese nivel de confianza entre dos personas que, en mi cabeza, apenas habían coincidido en un par de ocasiones. A mí me estrechó la mano y me obligó a quedarme clavado en la misma silla de la que me había levantado como un resorte para saludarle. Lo hizo agarrándome de la nuca con un gesto autoritario, pero también lleno de cariño. Se le veía feliz y relajado. Y esos no eran los sentimientos que yo albergaba. Lo mío era pura confusión.

—¿Cómo estáis? Yo vivo en Zaragoza y vosotros en Castellón, pero nos tenemos que ver en Panamá, ¿eh?

No supe responder. Una vez más, me había quedado sin palabras. Clara y José Luis lo habían organizado todo a mis espaldas. Ahora empezaba a entender por qué mi jefe se había mostrado tan sensible a la petición de retirarme de las competiciones durante un período amplio en mitad de la temporada. Él también tenía sus propias necesidades: quería ocultar dinero al fisco y necesitaba los contactos de Clara en Panamá. Efectivamente, todos ganaban. Pero no tenía claro qué ganaba yo, si era sincero. Mi temporada no había empezado mal, pero tampoco podía estar eufórico. Ahora estaba perdiendo días preciosos en mi preparación mientras asistía a reuniones con banqueros engominados y mientras cruzábamos medio planeta en aviones de ida y vuelta. En pocas palabras, estaba llevando el tipo de vida con la que jamás debe identificarse un ciclista profesional.

—Pues muy bien. Deseando volver a correr —contesté con poco convencimiento a la pregunta retórica de José Luis.

—Sí, seguro que sí. Los ciclistas sin entrenar y sin correr sois como leones enjaulados, ¿no?

—Algo de eso hay —respondí sin perder la cara de sorpresa.

—Pues me gusta esto, la verdad. No para toda mi vida. Pero Panamá ha resultado un sitio… peculiar. No me lo esperaba tan moderno. Os reconozco mis prejuicios. He estado en algunos países de Hispanoamérica, pero, al final, voy a creerme que Panamá es la Suiza de América, como siempre me dices —comentó mientras pasaba su mano por el gaznate y miraba a Clara.

Ella captó el detalle e inmediatamente levantó su brazo para que un camarero acudiese hasta nuestra mesa. Clara se encargó de todo: pidió la comida y las bebidas y manejó la reunión con su habitual autoridad en este tipo de eventos. José Luis estaba eufórico. Se notaba a la legua que su reunión con los banqueros de Panamá le había ido muy bien y había conseguido quitarse un peso de encima. Pero era también evidente que no quería hablar de ello… delante de mí. Debía intuir que yo no era ajeno al motivo por el que todos habíamos acabado en Panamá. En el fondo, éramos como maridos que se encuentran en un prostíbulo y que se ponen a hablar del fútbol con campechanía, pero sin mencionar a sus respectivas mujeres. ¡Terreno vetado! Eso fuimos durante aquel almuerzo: amigos sin confianza plena y que necesitan de conversaciones sencillas. Solo cuando llegamos a los postres, José Luis descorchó una botella de champán, llenó las tres copas y comenzó a hablar de ciclismo, algo que, sorprendentemente, tampoco había surgido durante toda la comida.

—Este es el último capricho que te consiento —me dijo—. A partir de ahora, quiero que centres tu cabecita en un único objetivo: el Tour.

—¿El Tour? —preguntamos Clara y yo al unísono.

—Sí. Tengo una ley no escrita: nadie corre el Tour en su primer año en el equipo. Prefiero rodarlos en el Giro o la Vuelta e ir conociéndoles. Pero en tu caso, me fío. Sé que no me vas a defraudar. Quiero que vayas para ayudar a Enrique Jiménez. Ese va a ser tu objetivo: ser el último hombre del líder en la montaña. También nos servirá para ver tus límites.

—En el Tour, más que mis límites se me verán hasta las costuras.

—Bueno, ya sabes lo que dicen del Tour, del Giro y de la Vuelta.

—No, ni idea…

—Pues que el ciclista que demuestra que vale en el Tour también vale para Giro y Vuelta.

—Ya, pero tenemos mucho tiempo para el Tour.

—No, para nada. Teníamos mucho tiempo. Llevas casi dos semanas perdidas con tanto viaje y tanto estrés. Pensando en el Tour, no sirve que llegues bien. Solo sirve que llegues al máximo. Olvídate de lo demás. No quiero que ahora te pongas a entrenar como un loco. Necesito que empieces a entrenar bien, desde cero. Harás Romandía para coger un ritmo tras tanto parón y luego habrá una concentración en altura. Yo no tengo claro que eso vaya a funcionar, pero Enrique está obsesionado y quiero que vayas con él. Pero no te equivoques: necesito verte bien en los campeonatos de España. Ahí debes demostrarme que convocarte para el Tour no es un error. Hasta entonces no me importa el rendimiento. Son otros los que tienen que sacar las castañas del fuego. Kenny se está entonando y empezamos a ir por el buen camino.

—José Luis, ¿y por qué confías tanto en mí?

—Lucas, este Tour será muy especial. Lo decimos todos los años, pero esta vez lo es más que nunca. El recuerdo de la Operación Puerto está encima de nosotros y hemos empezado con el pasaporte biológico. Mis patrocinadores me lo han dicho mil veces: si hay un escándalo, se cargan el equipo. El Tour también nos lo ha dicho: equipo que meta la pata, equipo que van a matar. Fíjate en Astana. Tiene a Contador, pero los han dejado fuera por lo que pasó en 2007. Y yo se lo he dicho a los corredores uno a uno. Pero hay algunos que… —explicó José Luis antes de tomarse unos segundos de reflexión— no están dispuestos a escuchar.

—Joder —acerté a decir.

—Sí, jodernos es lo que van a hacer si siguen por ese camino. Lo siento, pero no puedo aceptar la situación —la expresión en la cara de José Luis se había endurecido de repente—. Mi deber es pensar en el grupo y no en los intereses egoístas de un individuo. Así que necesito ir a Francia con tranquilidad. Eso es lo que tú me garantizas. Pero otros son duros de oídos. Y Francia no es el sitio para aprender lecciones. Ya viví registros en la época del caso Festina y solo de pensarlo se me pone la piel de gallina. La gendarmería te mete en la cárcel en menos de un segundo y luego ya si eso, te buscas un abogado y tratas de salir. Estoy mayor para esas mierdas. Así que el debate está cerrado: prepárate a conciencia y te garantizo una plaza en el Tour. Pero debes tener claro que vamos a ir limpios. Sí o sí. No hay alternativa. ¿Vale?

—Estamos de acuerdo. Totalmente de acuerdo, jefe.

Clara y yo volamos hacia España esa misma noche. Ella se había quitado un peso de encima al poner orden en los negocios familiares. Yo, en cambio, vivía en medio de unas circunstancias muy diferentes. Desde mi charla con José Luis Calasanz, sentía una presión golpeando mi cabeza, una presión de cuatro letras, las cuatro letras más maravillosas que un ciclista podía escuchar. Y no, no eran amor. Eran T-O-U-R. Y, de nuevo, una sensación ya olvidada comenzaba a rondar mi cabeza: ¿se podía ir a pan y agua a un Tour? José Luis lo tenía tan claro que sentía que no podía defraudarle. Todos debíamos entender nuestros límites y asumirlos con deportividad. En Gigaset así era. Pero, ¿pensarían igual los demás rivales?

CAPÍTULO VII

Aprincipios de mayo afronté el Tour de Romandía. Es una carrera suiza y sirve como broche final para los que vienen de las clásicas de las Ardenas y, también, como última cita en la preparación de los que tienen en mente el Giro de Italia y andan justos en su forma. En definitiva, es una carrera de alta montaña y mi primer gran test del año con la elite mundial. Sin embargo, nadie en el pelotón estaba pendiente de mí. Todos miraban al Astana y al Giro de Italia, pues la organización había decidido cambiar su anuncio inicial e invitar al conjunto kazajo… si en la lista de inscritos figuraba, entre otros, un Alberto Contador que decía estar en la playa disfrutando de unas vacaciones y totalmente desconectado del ciclismo.

En mi caso, no llegaba a Romandía después de unas vacaciones. Me presentaba tras un mes entrenando duro, pero sin el ritmo de mis rivales. Enrique vio mi pedaleo en la primera etapa y me dijo que estuviera tranquilo porque iba a andar bien y lo único que necesitaba era dejar pasar un par de jornadas. Aquella frase fue balsámica para mis nervios. Las sensaciones fueron buenas durante todas las etapas e incluso me metí en dos fugas. Comprendí que mi nivel no era lo suficientemente bueno para ganar, pero tampoco tan malo como para hacer el ridículo. Jamás fui el primero en quedarme ni tuve la sensación de que estaba corriendo contra rivales mejores que yo. Después de esa semanita por la Suiza con acento francés, regresé satisfecho y con muchas lecciones aprendidas de un Enrique al que cada vez veía más cómodo conmigo. Él había sido octavo en la general y, sobre todo, me había insistido en que debíamos cambiar la mentalidad si queríamos llegar a la elite. Tenía muchos planes y me había insistido en que debíamos hablar durante la concentración que íbamos a hacer juntos.

Enrique quiso que justo después de Romandía nos fuéramos a Sierra Nevada (Granada). Su plan pasaba por descansar, pero a más de 2000 metros, un ejercicio útil cuando se quiere subir el hematocrito y, por tanto, la capacidad del cuerpo de transportar más oxígeno a los músculos y retrasar el cansancio. Es cierto que también es posible incrementar el hematocrito inyectándose EPO artificial, pero nosotros ya habíamos descartado esa idea. Después de esos días de descanso, comenzaríamos a entrenar pensando solo en el Tour y sin precipitarnos. Enrique insistía en que una concentración en altura es mano de santo si se hace bien y una muerte garantizada si se hace mal, puesto que acabas con fatiga muscular para meses. Enrique siempre se había entrenado a sí mismo e incluso había empezado la carrera de Educación Física, así que tenía unos conocimientos mayores que los míos, por lo que no me opuse a sus planes. Estaba con alguien que sabía de lo que hablaba.

Decidimos pasar en altura un total de seis semanas. Tuvimos tiempo para analizar el presente y pensar en el futuro. Lo primero que nos hizo saltar la alarma en el Centro de Alto Rendimiento fue la sentencia pública de Anne Gripper. Esta mujer era una de las jefas de la UCI para cazar tramposos. Y detalló las primeras cifras del pasaporte biológico: 2172 controles de sangre y orina, 854 ciclistas analizados y… ¡23 sospechosos! Enrique estaba indignado.

—¿Sospechosos? Y una mierda. O hay culpables o no los hay. Y si los hay, tenemos que hacer todo lo posible para cazarles. Así que empiezan a meter sanciones o la gente no se lo va a tomar en serio en la puta vida. Llevamos cinco meses de pasaporte y no han hecho nada. Mira lo del Giro: ¡es un esperpento!

Yo optaba por callarme cuando Enrique explotaba. Sabía que no le iba a convencer. En el fondo, todo dependía de los suizos. Ellos no quieren perder los juicios. Sabían que sancionar por un método indirecto era algo revolucionario y que cualquier expediente acabaría en los tribunales. Por eso resultaba necesario acumular pruebas hasta estar seguro de que disparaban con argumentos indiscutibles. Además, el pasaporte estaba ayudando en otro sentido. Y las noticias de ese mes de mayo lo confirmaron.

—Recuerda lo que pasó en Romandía. Se anunció un positivo por testosterona en un control fuera de competición. Al final, el ciclismo está cambiando. Esto va en serio, Enrique.

—Pero va demasiado lento.

—Bueno, no todo lo tiene que hacer la UCI. También los equipos y los ciclistas somos responsables. Mira a Juan Carlos. Lo tenemos medio apartado desde que dio esa analítica rara y no va a disputar ninguna de las grandes. Le están invitando amablemente a dejar la bici.

—¿Y tú ves a muchos equipos con la misma disciplina?

En ese momento no supe qué contestar, pero unos días más tarde llegó la respuesta. Milram expulsó del Giro a Igor Astarloa, excampeón mundial. En su nota de prensa, el equipo se preocupaba por usar las palabras adecuadas. No hablaba de dopaje. Pero sí de valores anómalos. La realidad es que Astarloa fue fulminado de la faz de la tierra. No convencí a Enrique. Según él, aquello era una excepción y seguía poniéndome más ejemplos: los corredores del CSF volaban en todos los puertos y, sobre todo, lo hacía Emanuele Sella, quien se había anotado tres etapas y la montaña. Enrique estaba obsesionado con la revelación del Giro. No era el único. Muchas voces decían en público y privado que esos ciclistas eran unos sinvergüenzas hasta el punto de que el mánager de la modesta escuadra italiana, Bruno Reverberi, tuvo que responder en público: «Demandaré a los que duden». Enrique se salía de sus casillas.

—Coño, Reverberi puede demandar a los que le calumnien. Pero… ¿dudar? Yo dudo hasta de mi padre. Y, por supuesto, dudo de muchos de este Giro. Fíjate: los limpios del Gerolsteiner ven como al papá de uno de sus ciclistas le pillan con el coche lleno de medicinas raras y jeringuillas y, de repente, los corredores de ese equipo empiezan a abandonar. ¿Y lo del CSF? Pero, ¿tú has visto a Sella? ¿Has visto la fuerza con la que sube? Pero no es solo ahí. En Asturias, más de lo mismo. Estoy hasta los huevos. Aquí los únicos pardillos somos tú y yo. Estamos rodeados de golfos. ¡Golfos y terroristas!

En esos momentos, Enrique estaba fuera de control y veía fantasmas por todos lados hasta el punto de que yo intentaba cambiar de tema para no acabar saturado. Mi compañero de habitación se mostraba indignado con exhibiciones como la del equipo LA-MSS. En esos primeros días de mayo habían dominado la Vuelta a Asturias con tres ciclistas en el podio y con cuatro hombres en las cinco primeras posiciones de la primera etapa. Nuestros compañeros del Gigaset habían vuelto a casa con la moral por los suelos.

—Y no pasa nada. ¡Pero nada de nada! Vamos a aplaudir por el nuevo ciclismo… —gritaba en nuestra habitación de Sierra Nevada.

Unos días más tarde, nos enteramos del fallecimiento de uno de los corredores de LA, Bruno Neves, por culpa de un paro cardíaco. A Enrique, todo aquello le pillaba lejos. Pero, para mí, fue un golpe muy duro, puesto que Neves era una de las personas con la que más había tratado en mi paso por Portugal y siempre me pareció un tipo extraordinario. Frente a mi cara de pocos amigos, Enrique entendió que no podía acusar a nadie y menos a Neves. Por una vez, conseguí que se mordiera la lengua.

Sin embargo, los problemas en la estructura de LA-MSS no habían hecho más que empezar. A final de mes, la policía portuguesa entró en las casas de los ciclistas lusos, así como en la sede central del equipo y en el domicilio del director. Encontraron sustancias dopantes de todos los colores y numeroso material para realizar transfusiones. Gran parte de la plantilla fue sancionada, incluido el médico español que les aconsejaba. Aquello significó un mazazo para los que soñábamos con un ciclismo limpio. En mi caso, intenté ver el lado positivo.

—Lo de LA es una buena señal. Ya no es solo la UCI la que busca a los tramposos. Si te pasas, viene la policía. Estamos en el buen camino.

Enrique, demasiado nervioso para escucharme, había tomado otra decisión habitual en esos días: no quería volver a hablar de doping. Así me lo había dicho una noche y así lo estaba cumpliendo. Afirmaba que con tanta noticia le hervía la sangre, le descentraba y, al final, no le servía de nada, ya que él no podía cambiar el mundo. Me insistió en que el dopaje no se podía volver a sacar en una conversación y que solo podíamos hablar de entrenamientos y de cómo mejorar para el Tour. Todo lo demás pasaba a estar prohibido. Aquel cambio de tercio nos vino muy bien y el ambiente empezó a mejorar.

En esas semanas de encierro en Sierra Nevada nos convertimos en enfermos que no atendíamos a nada ni a nadie. Nos levantábamos pensando en la báscula. Desayunábamos pensando en el entrenamiento. Entrenábamos pensando en el Tour. Y descansábamos pensando en el día siguiente. No hacíamos nada más. Ni siquiera nos apetecía ver una película o leer un libro. Todo esfuerzo nos parecía que podía poner en riesgo la disputa de la carrera francesa. Lo sé. Es estúpido y no hay forma de encontrarle ninguna lógica. Pero así acabas razonando cuando te metes en la burbuja de la preparación del Tour. Y todo eso mientras tu cuerpo no sienta un pequeño dolor de garganta o una ligera molestia en la rodilla. En ese caso, ya no hay nervios. Simplemente, todo es histeria.

Estuve más de un mes sin ver a Clara, quien vino solo una vez a estar conmigo, pero luego se centró en la gestión de la crisis de Magic Resort, aunque oficialmente ya no trabajase para la empresa. Así que durante esas semanas de mayo y junio mis únicas compañías eran Enrique y las noticias que nos golpeaban por internet. Con él puse más atención que nunca en la comida y el descanso; y comprendí que para llegar a la elite debía empezar a pensar en los detalles que hasta ese momento había ignorado. Ese mes y medio de preparación exhaustiva tuvo su explosión final en los campeonatos de España: la prueba de la verdad. Algunos equipos deciden la alineación del Tour mucho antes de los Nacionales para dar confianza al bloque. Otros optan por dejar la decisión final hasta el último segundo intentando que nadie se relaje. En el caso de Gigaset, nuestro plan era el segundo.

José Luis Calasanz me había dicho que era fijo, pero a medida que se acercaban las fechas del Tour, notaba que me llamaba más veces y comenzaban a aparecer dudas en su cabeza, debido a que yo era el único debutante en el equipo que estaba en la lista de elegidos para la carrera más importante del año. En todas las charlas me acababa preguntando si me veía preparado para el reto. Y yo siempre intentaba parecer firme en mi respuesta. Pero sabía que, al final, las palabras solo sirven cuando vienen refrendadas con pedaladas, así que debía estar a buen nivel en Talavera de la Reina. No había vuelta de hoja.

—Veo nervioso a José Luis. Empiezo a pensar que me puedo quedar fuera del Tour —le confesé a Enrique para intentar descargar la presión que empezaba a sentir.

—¿Tú te crees que los nervios antes de un Tour de Francia solo afectan a los ciclistas? José Luis no está nervioso. ¡Está desquiciado! Igual que tú. Igual que yo. Es el Tour, amigo. Es una carrera como cualquier otra. El problema es que nadie se ha dado cuenta.

CAPÍTULO VIII

El campeonato de España sirvió para que Alejandro Valverde ganase la medalla de oro después de batir al esprint a Oscar Sevilla y también para constatar que ninguna televisión se interesaba por retransmitir en directo la prueba. Las alarmas saltaban por todos sitios: para empezar, Antena 3 había vendido el 49% de la empresa organizadora de la Vuelta a España (Unipublic) a ASO, los organizadores del Tour de Francia. En realidad, los gestores de Antena 3 estaban deseando marcharse de un deporte al que no le habían puesto conocimiento ni cariño y que les generaba dolores de cabeza. Habían gastado en la compra 42 millones de euros y ahora solo pensaban en retirarse sin perder mucho.

En esa primera década del siglo, vivíamos años duros para la credibilidad del ciclismo. Nadie apostaba por nosotros. Éramos —y con razón— la oveja negra del deporte, aunque jamás lo habríamos admitido. Estábamos ciegos y no estaba en nuestro esquema mental hacer una autocrítica: en 2006 el campeonato nacional se había muerto por el plante de los corredores tras la difusión del sumario de la Operación Puerto en el diario El País. En 2007 solo La Sexta se había prestado en el último segundo a dejarnos el escaparate de una cobertura televisada en directo. En 2008 no hubo nadie dispuesto a hacernos un hueco.

En lo deportivo, la prueba fue emocionante porque Sevilla buscó la victoria de forma heroica. Caisse d’Epargne tuvo que echar mano de Valverde para frenarle, lo que demuestra el gran nivel del de Ossa de Montiel. Todos sabíamos que Caisse d’Epargne intentaba ganar con cualquier otro corredor que no fuera su líder, así que el hecho de que hubieran usado al Bala —sobrenombre de Valverde— demostraba que se habían tenido que emplear a fondo. Y eso que la carrera se les había puesto de cara con dos ciclistas a rueda de Sevilla. Pero José Iván Gutiérrez y David Arroyo no pudieron resistir el ritmo y Valverde tuvo que llegar a la cabeza como el séptimo de caballería surgía en las viejas películas del Oeste, con música épica de fondo y cuando ya se intuyen a lo lejos las palabras The End.

Nuestro equipo rindió a un nivel aceptable. Subimos al podio con Enrique Jiménez y yo llegué también en ese primer grupo perseguidor. Eso hizo que el propio José Luis Calasanz viniera hasta la zona de podio para abrazar a Jiménez por su bronce y, también, para felicitarme por mi buen trabajo en la persecución. Ambos habíamos demostrado que la preparación en Sierra Nevada nos había sentado bien. Yo tenía muchas dudas sobre esa concentración en altura, pero lo habíamos hecho todo a la perfección y los resultados empezaban a llegar. Sabíamos que Valverde se había presentado en el Nacional tras ganar el Dauphiné y su nivel estaba fuera de nuestro alcance, pero no queríamos ser comparsas. En otras palabras, solo sentíamos que habíamos perdido con Sevilla y podíamos estar confiados de cara al Tour.

Precisamente con Sevilla tuve un intercambio de impresiones en la zona de podio. Estábamos bebiendo el primer refresco, ese que sabe a gloria. Yo acababa de felicitar a Enrique, pero tenía la mirada puesta en la avenida principal de Talavera para localizar el bus. No pasaba control y no tenía podio, por lo que me podía largar. Justo en ese momento llegó el subcampeón de España con su reluciente ropa de color verde fosforito y las decenas de calaveras blancas estampadas sobre fondo negro. De mis labios, surgió una única palabra, casi accionada como un robot.

—Enhorabuena.

—Para lo que me va a servir —contestó Sevilla.

Y en ese momento, una vez más, no supe qué decirle. En sus ojos se intuía una inmensa tristeza. La Operación Puerto había saltado a los titulares el 23 de mayo de 2006 y ahora estábamos, en junio de 2008, con un corredor que no había sido sancionado, pero al que tampoco se le dejaba correr en la elite. Aquello era un limbo jurídico inexplicable, una sanción encubierta en forma de círculo vicioso del que nadie sabía ni podía salir. En 2007 Sevilla había saltado de T-Mobile a Relax pensando que encontraría un oasis de paz en el que reconstruir su carrera e incluso el equipo había maniobrado y negociado con el Consejo Superior de Deportes un plan supuestamente revolucionario en la lucha contra el dopaje. Pero la realidad fue diferente: estando en Relax, la Vuelta vetó todo nombre implicado en la Operación Puerto, incluido Sevilla, por lo que el equipo entró en barrena, con mil problemas económicos.

Eso forzó a Sevilla a coger la maleta y firmar por el modesto y extravagante Rock&Racing americano, un conjunto donde se había unido a otros ilustres apestados como Tyler Hamilton o Santiago Botero. Ellos iban de «malditos», con calaveras en la ropa y declaraciones de tono amenazante. Pero aquello no dejaba de ser una pose que, además, no encajaba bien con la cara de niño ni con la sonrisa eterna de Sevilla, quien había acabado ahí como recurso final ante el veto de los grandes organizadores y, en consecuencia, la falta de apetito de los grandes equipos.

Su frase, «para lo que me va a servir», me persiguió todo el día. Así era yo. Asumía como propios los males ajenos. Y necesitaba darle vueltas hasta encontrar una solución, algo que no siempre conseguía. En el caso de Sevilla, me perseguía la imagen de ver en el mismo podio a Alejandro Valverde. Eran la cara y la cruz de una misma moneda. Uno se iba en apenas unos días al Tour mientras que el otro tenía en su calendario el Tour de Qinghai Lake, en China. El mundo era injusto. Y así se lo expuse a mi compañero Enrique.

Cuando se lo comenté, le pillé metiendo la medalla de bronce en la maleta. No me hizo caso. Seguía ordenando la ropa mientras yo daba argumentos sobre la injusticia, las dos varas de medir, la suerte en la vida de estar en el momento y lugar equivocados… Enrique comprendió que no me iba a callar fácilmente, así que cerró la maleta, se sentó sobre la cama, me miró a los ojos y me dio una lección.

—No tienes arreglo, amigo. Abre bien las orejas.

—Dispara —contesté sabedor de que la confianza entre ambos había crecido con el paso de los meses.

—La Operación Puerto ha sido como un incendio que arrasa una sierra entera. Los árboles, los animales… todo es calcinado. Pero en mitad de esa destrucción, ves una zona que ha quedado intacta. Tal vez sea porque el hombre construyó un cortafuegos, quizás sea porque el viento cambió de dirección o puede que fuera porque un avión lanzó un cargamento de agua en el momento adecuado. No lo sé. Pero ese trocito no se ha quemado. Y ya está, se disfruta y no se piensa más. Es la vida.

—Así que a Sevilla lo matamos y a Valverde lo convertimos en héroe.

—Olvídate de Valverde. Vamos a ver… —siguió Enrique antes de frenar su explicación, lanzar un fuerte soplido y mirarme con aire resignado—. Sevilla ha sido calcinado por la Operación Puerto. Y eso no tiene remedio. Por mucha agua que eches, está calcinado. Jamás volverá a correr en Europa. Lo intentó con Relax, pero las grandes vueltas no le quieren. Necesitan otra imagen y otros nombres. Sevilla jamás volverá a correr un Tour o una Vuelta. Eso es así. ¿Vivimos un deporte hipócrita? Sí. Pero ellos han cometido un error, les han cazado y ahora deben reconocerlo públicamente y pagarlo. Los abogados les dicen que no lo hagan, que callen, que intenten seguir corriendo… y así siguen metidos en el mismo círculo y pagando facturas abultadas a esos letrados. Se están equivocando. Pero no es mi decisión. No hay más. Déjalo correr y disfruta.

—Pero… —empecé a argumentar.

—No me mentes a Valverde. Piensa en mí. O, mejor todavía, piensa en ti. He visto tus resultados en Portugal. ¿Te crees que me chupo el dedo? ¿Me vas a decir que ibas a pan y agua? No me toques los cojones. Antes de señalar a otro, mírate en el espejo. Nos hemos salvado porque no trabajábamos con Eufe, pero hacíamos lo mismo. ¿Somos mejores que el resto? Piénsalo bien antes de contestar. Es verdad, otros se salvaron porque trabajaban con el canario, pero al policía o al político de turno le vino bien poner un límite a la destrucción o, incluso más sencillo, ni siquiera tuvo tiempo o ganas de investigar todos los nombres. Piensa lo que quieras. Da igual. La vida no va a cambiar. Unas partes del monte se quemaron y otras, no. Ahora toca pasar página.

—No hay ni buenos ni malos —dije a modo de conclusión.

—Hemos tenido más y menos locos, pero jamás diría que teníamos buenos y malos. Ahora es diferente. En Gigaset, al menos, queremos cambiar y otros también están por la labor. No sé si somos mayoría. Pero somos muchos, aunque me siga poniendo de los nervios por culpa de los cabrones que se resisten. Volviendo a lo que me decías: por supuesto que también me jode ver la cara de Sevilla, pero no hay nada que podamos hacer. Y si vamos con una antorcha a quemar a Valverde porque su trocito de bosque no fue calcinado por la Operación Puerto, tampoco salvaremos a Sevilla. Lo quemado… quemado está. Además, recuerda que la historia de Valverde aún no ha acabado. La UCI le perseguirá hasta el fin de los días. Y, sobre todo, sé sincero contigo mismo. Yo no me siento con la autoridad moral para encabezar una lucha contra los que no salieron calcinados. ¿Lo vas a hacer tú? Estoy seguro de que tampoco puedes. ¿O no ha habido un Eufemiano Fuentes en tu vida?

En ese momento me acordé del doctor Luis Alcázar, del que hacía mucho tiempo que no sabía nada, pero quien me había ayudado a organizar todo un sistema de dopaje al más alto nivel. No pude contestarle a Enrique. Me había cerrado la boca.

CAPÍTULO IX

El inicio del Tour de Francia de 2008 fue fijado en Finisterre. Más concretamente, la primera etapa tenía como salida Brest, localidad de indudable aroma marítimo y militar. Me había pasado semanas buceando en internet para anticipar lo que iba a vivir en la Grand Départ. Pero pronto entendí que nada de lo que había imaginado me iba a servir como preparación mental. Para empezar, el viaje me demostró que en el ciclismo hay dos tipos de carreras: el Tour y las demás.

El equipo organizó el desplazamiento a Brest desde el aeropuerto de Barajas, por lo que comenzamos la carrera con un viaje a la capital para quedarnos a dormir una noche en el Hostal Torrejón, el hotel que usamos todos los ciclistas españoles cada vez que tenemos que tomar un vuelo desde la capital. Allí aprovechamos uno de los reservados de la zona del restaurante para mantener una charla privada. José Luis nos lo había pedido y eso que no era nada partidario de reuniones colectivas. Le gustaba más el trato individual. Esa noche, sin embargo, se le veía tenso y con ganas de hablar. Algo estaba rumiando y necesitaba transmitirlo.

—Sé que no es un momento fácil. Todos estamos nerviosos, pero necesito que nadie pierda el norte. El organizador, Christian Prudhomme, ha dicho que vamos a vivir el Tour más limpio de la historia. Yo lo veo de otra forma. Creo que comenzamos el Tour más complicado. Os he escogido por un motivo: confío en vosotros y si alguno no está listo, tenemos tiempo para cambiarlo hoy mismo y traer a un reserva. Y no hablo de nivel deportivo. No me importa. Lo único que os pido es que nadie meta la pata. He hablado con los dueños de Gigaset y os lo voy a explicar bien para que lo entendáis.

José Luis interrumpió el discurso, se sirvió un generoso trago de agua y bebió. Se notaba que no se sentía cómodo.

—El gerente de Gigaset me ha dicho que si hay un positivo, corta el patrocinio. El equipo está apoyado por la marca desde España. El resto de distribuidores de Gigaset en Europa respetan la decisión y colaboran. Pero, en el fondo, no les importaría acabar con todo y tener más dinero para lanzar sus planes nacionales. Por eso le debemos todo a la filial de España. Y ellos me insisten en que entienda el concepto y os lo transmita: les da igual ser el peor equipo del Tour. Pero si ganamos diez etapas y hay un positivo, lo dejan. Es una cuestión de reputación. Nadie quiere que les identifiquen como financiadores de drogadictos. Confío en vosotros, en cada uno de los nueve. Y confío en el médico, Marcelino. Espero que nadie me defraude. Pero si lo hace, no habrá piedad. Tengo edad para haber visto de todo: desde los años de Festina, cuando un auxiliar llevaba en el coche del equipo la medicina para todos los corredores, hasta los tiempos modernos, con corredores que viajan haciendo barbaridades por su cuenta. Ahora ese modelo tampoco sirve. Y en este Tour lo vamos a ver. Tenemos pasaporte biológico y esto se está poniendo serio. Pero algunos no lo entienden. Siguen pensando que las marcas quieren victorias. Eso era antes. Ha cambiado. Lo tengo claro y solo rezo para que vosotros penséis igual que yo.

José Luis no esperó a ver nuestra reacción. Por una vez en la vida, no había sido dubitativo. Su mensaje era tan claro que no daba pie a las preguntas. Tras pronunciar su discurso, bebió otro generoso trago y se levantó. En unos segundos se había marchado camino de su habitación dejando nuestras cabezas llenas de pensamientos. En el salón, con los ciclistas, permanecía Marcelino Sacristán. El médico se ajustó sus gafas y, en su habitual tono parsimonioso, tomó la palabra.

—Ya habéis escuchado al jefe. Ahora os explico los detalles. Hemos autorizado a dos corredores a utilizar corticoides. He consultado con colegas de otros equipos. Algunos van con los nueve corredores supuestamente lesionados y se van a reír de todo dios otra vez. También los hay que se niegan a dar corticoides y argumentan que si uno los necesita, es porque está lesionado. Y si está lesionado, debe quedarse en casa. Nosotros estaremos en el grupo de los prudentes: lo haremos con dos y esas personas ya lo saben. Eso significa que los otros siete tienen absolutamente prohibido usar cualquier corticoide. Si a alguno se le ocurre hacerlo por su cuenta, no voy a aceptar la receta aunque venga firmada por el Papa. Le despediremos. Y eso refiriéndome a corticoides que pueden ser justificados con una receta médica. De lo demás, es mejor que ni lo penséis porque os despediremos. Aquí se han acabado las tonterías. Os lo llevo diciendo todo el año y ahora es cuando algunos lo van a entender, aunque sea porque van a ver el Tour desde casa.

—¿Y los resultados? —preguntó Enrique—. ¿Tenemos todos asumido que no vamos a andar ni una mierda?

—Enrique, te soy claro: el gerente de Gigaset lo asume. José Luis lo asume. Yo lo asumo. Ahora la cuestión es: ¿tú lo asumes?

—Yo sí. Ahora lo tengo clarísimo. Pero, ¿qué pasará cuando me siente a negociar el contrato de 2009?

—¿Te crees que somos tontos? ¿Te crees que si José Luis no te quiere pagar 10 le va a pagar 20 a un tío que vuela en el Tour? Antes de fichar a cualquier ciclista le vamos a mirar las analíticas. Y ahora no es como antes. Si le pedía a un corredor sus analíticas, me podía enseñar lo que le diera la gana y con un poquito de conocimiento informático, hasta lo trucaba. Ahora es diferente. Para venir a este equipo, me tienen que dar las claves para que yo entre en su pasaporte biológico y vea los resultados de todas las analíticas oficiales y no solo de las que le interesa enseñarme. Y en cuanto vea algo raro, no firma. Os lo digo: ¡no os dais cuenta cómo está cambiando el ciclismo!

Y con esa frase nos marchamos hacia nuestras habitaciones. Enrique y yo fuimos los últimos en bajar del ascensor. Entramos en la habitación en silencio. Enrique ya había hablado en el salón y, en ese momento, parecía preferir la reflexión individual. Yo ardía por dentro, pero no sabía bien lo que debía decir.

—Tour de Francia, allá vamos —dije justo cuando apagué la luz.

—Optimista, Lucas. Así me gusta.

—¿Tú no eres optimista?

—Digamos que soy realista. Vamos al Tour y nos vamos a dar una hostia bien gorda pero, al menos, dormiremos cada noche. Otros van a arrasar. Y lo peor, son tan descerebrados que encima dormirán a pierna suelta.

—Si la UCI no les caza.

—No, no es la UCI. Esa es la clave. El Tour depende este año de la Federación Francesa por el rollo que se llevan entre los organizadores de las grandes carreras, la UCI y la liga ProTour. Pero eso nos da igual. Lo importante de verdad es que los controles están en manos de la Agencia Francesa de Lucha contra el Dopaje: la AFLD. No olvides ese nombre. Ellos no tienen ningún deseo de mirar hacia otro lado.

—¿Tú crees que eso lo cambia todo? Pienso que será igual que otros años. Al final, es lo mismo: uno mea y los laboratorios lo analizan, ¿no?

—Solo te digo que como anden finos, esto va a ser una carnicería.

CAPÍTULO X

No es difícil correr un Tour de Francia. Lo complicado es llegar a profesionales. Son muchos los niños que empiezan en las escuelas de ciclismo y muy pocos los que firman un contrato profesional. Luego, con paciencia y trabajo, es probable que tu equipo acabe por meterte un año en el bloque del Tour. Sin embargo, en ese verano de 2008 las garantías habían saltado por los aires. No había ningún tipo de seguridad. Vivíamos las guerras entre todos los organismos del ciclismo y, al mismo tiempo, los coletazos finales de la Operación Puerto. En nuestro caso, Gigaset era uno de los que podía participar en el Tour, algo que no todos podían decir y que generaba histeria en las marcas. El mejor ejemplo era el de Astana, posiblemente el más potente equipo para vueltas de tres semanas y descartado por la organización francesa.

El conjunto de Kazajistán pagaba los errores de 2007. Los políticos de ese país habían fichado a Johan Bruyneel como nuevo gerente, aunque nadie podía garantizar que Vinokourov no siguiera moviendo los hilos por detrás. Llevaban tres gestores en tres años demostrando que corrían como un pollo sin cabeza. Habían contratado a Alberto Contador, vencedor del Tour de 2007, como jefe de filas en un bloque en el que también figuraban Klöden y Leipheimer. Eran argumentos de peso. Pero ASO cerró las puertas por lo sucedido un año antes con Vinokourov y Kashechkin. En Francia querían dar una lección de ética y demostrar que no iban a aceptar a nadie dudoso. No había espacio para los tibios y, además, después de dos victorias españolas no venía mal cargarse al principal favorito… español. Pero, sobre todo, estaban cansados de bailar cada año con escándalos y querían cortar los problemas de raíz. El Tour de 2008 tenía que ser el más limpio de la historia. Lo decían siempre que empezaba la carrera, pero ahora estaban dispuestos a tomar todas las medidas necesarias. Otra cosa es si los ciclistas estábamos dispuestos a escuchar ese mensaje.

El caso de Astana y Contador no era anecdótico. Otras figuras como Jan Ullrich, Ivan Basso o Floyd Landis también se quedaron fuera. Pero en sus casos por sanciones, así que no podían llorar. A otros como Tom Boonen se les vetó por un positivo por cocaína en mayo. El control había sido fuera de competición, por lo que el belga no podía ser sancionado desde el punto de vista deportivo. Otra cosa es que hubiera quedado como un idiota. El Tour no le dejó correr. Así de rotundos fueron en su sentencia. Para ello buscaron un artículo de redacción ambigua sobre aquellos corredores que pueden perjudicar la imagen del ciclismo. Fue suficiente para darle una patada en el culo.

La primera curiosidad de la carrera llegó en los controles antidopaje previos al inicio de la prueba. El Tour no confiaba en la UCI y encargó todo el diseño a la AFLD, es decir, la Agencia Francesa de Lucha Antidopaje. Por otro lado, la UCI no confiaba en el Tour ni en la AFLD y no quiso compartir con ellos la información que habían acumulado gracias al pasaporte biológico, así que llegamos a la salida con dos organismos peleándose por hacernos el mayor número posible de controles y de la forma más severa posible, pero convencidos también de la importancia de no compartir información. Eso no fue lo peor. Cuando el Tour entró en Italia para la disputa de una etapa, el CONI, Comité Olímpico Italiano, se unió al circo, por lo que ya teníamos una tercera institución que también se involucraba en la guerra de guerrillas. Así de absurdo era el mundo de aquellos años, con tres organismos en contra del dopaje, pero luchando entre ellos en lugar de luchar contra los tramposos.

En la primera etapa del Tour tuvimos la primera victoria española: Alejandro Valverde levantó los brazos después de un esprint portentoso en el repecho final de Brest. Para mí, no fue una sorpresa. En Talavera había jugado con nosotros como si fuéramos niños, así que lo más lógico del mundo era verle ganando apenas unos días más tarde. Sin embargo, Enrique, que ya empezaba a ser perro viejo, tenía otro punto de vista:

—Se le hará largo. Bórralo de la lista. En Dauphiné volaba, igual que en el campeonato y aquí se repite la historia. No aguantará tanto tiempo en forma. En el fondo, Valverde está echando mano del carácter: no le querían dejar salir en el Tour por sus vínculos con la Operación Puerto y están todo el día amenazándole con sacar la puta bolsa 18, que es la que siempre se intuyó que le pertenecía. Así que ha venido a tope para darles en el morro… pero esto no es como empieza sino como termina. Acabará fundido por esa misma rabia que ahora le hace volar. Ya verás.

—Pues si a Valverde se le hace largo, imagínate a mí —le contesté.

—Tú no te preocupes. Rendirás bien. El trabajo está hecho. Hemos entrenado y, sobre todo, descansado. El hematocrito lo tenemos bien alto y los resultados llegarán. No sueñes con ganar la general. No es nuestro nivel. Pero vamos a cumplir. Seguro. José Luis dice que guardemos fuerzas para el final. Pero prefiero dejarme ver desde el principio. Lo que haga ahora, hecho está. Y nos generará confianza.

Y así afrontó el Tour. Enrique fue protagonista en la primera semana metiéndose en todas las escapadas que pudo e incluso subió al podio como líder de la montaña. Los jefes de Gigaset llamaron a José Luis. Incluso los delegados en Francia y el de Alemania se dejaron caer por nuestro coche para seguir la carrera desde dentro. Todos estaban eufóricos. Y eso relajó el ambiente y las dudas con las que nos habíamos presentado en la salida. En mi caso, aquello me permitió centrarme en un objetivo difícil: disfrutar. Es tanta la tensión y los nervios que son pocos los corredores que saborean la sensación de estar disputando la carrera más importante del mundo. Yo lo hice. Al menos, unos días.

Mis padres se habían decidido a venir a verme. Y también Clara. Habían tenido la feliz idea de alquilar una inmensa caravana y seguirme durante todo el Tour. Aquello me parecía extraño. No me imaginaba a Clara durmiendo en la misma caravana que mis padres, la verdad. Ella estaba acostumbrada a hoteles de cinco estrellas. Pero mi novia era una mujer de muchos registros y, cada vez más, se estaba integrando en nuestra estructura familiar y en un deporte, el ciclismo, que es más de alpargata que de Manolo Blahnik.

De todos modos, ver a la familia en el Tour es casi tan estresante como la carrera. Para empezar, la multitud se arremolina alrededor del bus todos los días y a todas horas. En cuanto sales de esa zona de seguridad en la que se han convertido los autobuses, tienes problemas para dar un solo paso, incluso con la ayuda de los auxiliares. En ese primer momento, buscas con la mirada una cara amiga hasta que localizas a la familia, vas hacia ellos, les das un beso y pronuncias un simple hola mientras estás nervioso pensando en que debes firmar.

Cuando vuelves del acto protocolario, ya más calmado, te detienes a charlar con los familiares. Es el momento de relajarte. Pero no puedes evitar que cada veinte segundos una persona se meta por el medio a pedirte un autógrafo o una foto sin respetar a nada ni a nadie. Así es imposible tener una conversación más o menos formal y, mucho menos, una charla profunda. Por eso no podía preguntarle a Clara por su padre y los negocios. Pero no me hacía falta. Sabía que ese verano la economía mundial estaba derrumbándose: el coste del petróleo andaba fuera de control y, al mismo tiempo, cada vez había más parados. Todo aquello debía estar golpeando a Magic Resort. No podía olvidar la última estadística que había visto en la prensa: las grandes constructoras españolas habían pasado de vender 500 millones de euros en el primer trimestre de 2007 a únicamente 20 en el primer trimestre de 2008. Solo viendo su cara y el tono de su voz sabía que tenían problemas en casa. Pero ni ella lo mencionaba ni yo hacía un gesto por saberlo. Aunque fuera egoísta, lo último que necesitas en el Tour son preocupaciones ajenas.

Los dolores llegaron por sí solos. No hizo falta ir a buscarlos. Y ocurrió de la forma más estúpida. En la quinta etapa, entre Cholet y Châteauroux, afrontábamos una jornada llana de 232 kilómetros. Todo debía resolverse al esprint. En principio, es lo que los periodistas llaman etapa de transición. Eso significa que ellos no tienen nada de lo que escribir y nosotros tenemos que darle a las piernas durante más horas de lo normal.

En el kilómetro 150 pasábamos por la zona del avituallamiento. Allí, un corredor del Milram recogió la bolsa y se puso a mirar su contenido. Delante de él, otro ciclista del Liquigas dio un pequeño bandazo hacia la izquierda y la rueda del ciclista de Milram quedó enganchada como por arte de magia, puesto que cada uno quería ir en una dirección y aquello era físicamente inviable. En ese momento, yo había guardado toda mi comida en los bolsillos y estaba atento. Así que mis ojos intuyeron el problema antes incluso de que se produjera lo que en el argot se dice hacer el afilador. Quise gritar. Quise avisarles. Incluso en mi garganta surgió el amago del grito. No me dio tiempo a nada. En apenas un segundo, el corredor de Milram estaba en el suelo y su bolsa había salido volando hacia el cielo. Y lo que es peor, yo estaba con mi rueda delantera pisando el cuerpo y la bicicleta del corredor de Milram. Había intentado esquivarlo. Había intentado frenar. Había intentado saltar por encima de él. En definitiva, había intentado muchas cosas y todas a la vez. Ninguna surtió efecto. El ruido del carbono de los cuadros partiéndose se quedó grabado en mi cerebro. Pero en un segundo, en un maldito segundo, no hay tiempo para más. Solo para que cuajase un fugaz pensamiento en mi cabeza: me caigo. Y eso es lo que pasó.

CAPÍTULO XI

Salí volando y contraje mi cuerpo en un inútil esfuerzo por no caerme o, al menos, pensando intuitivamente que así me haría menos daño. Era absurdo. El primer impacto fue demoledor. Pero, además, no fue el último. Apenas choqué contra el ciclista de Milram, salí rebotado hacia delante con más velocidad todavía. Era imposible frenar mi cuerpo mientras todo daba vueltas a mi alrededor. Llevaba el casco bien puesto y abrochado. Pero no llevaba protección para la piel. Solo maillot y culote. Sentí cómo se rasgaban con el segundo impacto y cómo el asfalto abrasaba hasta el último centímetro de piel del lado derecho de mi cuerpo. Me había arrastrado un par de metros sobre el suelo. Suspiré. Estaba mareado. De repente, me dolía todo el cuerpo y sentía incluso ganas de vomitar. Había perdido la respiración e intentaba recuperarla. Durante un segundo incluso perdí la conciencia. José Luis Calasanz estaba frente a mí. y no le había visto llegar.

—Lucas, ¿estás bien? —me preguntó con un tono tan nervioso en su voz que demostraba que ya sabía la respuesta.

Yo, por mi parte, me había sentado. Intenté incorporarme, pero sin éxito. Traté de sonreír. Quería tranquilizarle. Eso sí lo conseguí, pero mi gesto acabó convertido en una mueca. Un puñal atravesó toda la piel. Sentía incluso la sensación de que la sangre me recorría la pierna. Miré y, efectivamente, unas gotas de sangre iban cayendo con parsimonia sobre el muslo ignorando mi alarma ante lo que acababa de suceder. Aquello no tenía buena pinta. Pero en mi cabeza solo había una idea.

—Así no. Así no puedo irme del Tour.

Intenté levantarme y, de nuevo, regresó la sensación de mareo. José Luis se había agachado y me estaba pidiendo que no me moviera. Viendo su preocupación, sabía que el futuro era negro. Pero quise echar mano de la moral y pensé qué podía decirle a José Luis para cambiarle el gesto. En ese momento recordé una frase de Woody Allen. Las dos palabras más bonitas del mundo no son «te quiero». Son «es benigno». Aquel recuerdo me hizo sonreír. Es curioso y ridículo lo que puede pasar por tu cabeza después de una caída. En el fondo, son recursos mentales para desviar tu atención de lo único importante: las miles de señales de dolor que aparecen en tu organismo. De todos modos, no tenía energías para decirle a mi director lo de «es benigno». Y menos todavía cuando hizo acto de presencia el médico del Tour. En este caso, no se le veía la cara de miedo que tenía José Luis. Algo es algo, pensé.

—¿Cómo estás? —me preguntó en un castellano más que aceptable.

—No hay nada roto —le dije para tranquilizarle.

—¿Has perdido… la cabeza? —me preguntó demostrando que no manejaba tan bien nuestro idioma.

El silencio fue mi respuesta. No quería mentir, pero también sabía que decir la verdad significaba el adiós al Tour. El médico me miró de arriba abajo. Estaba hecho un Cristo, lleno de golpes y sangre. José Luis y el doctor se miraron. Luego me volvieron a revisar. En ese momento supe que iban a decidir mi futuro en segundos. Debía hablar. Tenía que convencerles. Pero era incapaz. El mareo no se había marchado.

—Lo siento, Lucas. Lo mejor es que subas a la ambulancia —me dijo José Luis mientras hacía gestos para que me acercaran la camilla.

Los enfermeros, rápidos, habían colocado la camilla justo a mi lado. Pero no quise que me subieran. Hice un tercer intento por incorporarme y lo conseguí, aunque apoyándome en el médico. Mi director sonrió. Se le veía, de repente, más tranquilo. Los enfermeros me obligaron a sentarme en la camilla y un segundo después ya me habían tumbado y estábamos camino de la ambulancia. El médico venía un par de pasos por detrás de mí, en silencio. Una angustia terrible se había adueñado de mi estómago. Era una sensación inmensa de pena. Las lágrimas se amontonaban en los ojos. Un cámara de la televisión francesa no perdía ni un segundo de la escena y grababa todos los registros de mi rostro. Por un segundo… pensé en Clara y mis padres. Debían de estar viéndome en algún bar cerca de la meta. Y en ese momento un extraño resorte se activó en mí.

—Dadme la bici —dije mientras me incorporaba.

José Luis se quedó en silencio. Estaba sorprendido. Volvió a mirarme y se giró en búsqueda del apoyo del médico. Los enfermeros me pusieron la mano encima intentando que volviera a tumbarme. Aparté sus manos. Y repetí la petición en voz alta. Quería que me dieran la bici. La camilla estaba en la misma puerta de la ambulancia. Todo el mundo miraba al médico. En teoría, era el único que podía hacerme cambiar de opinión. Yo, en cambio, buscaba mi bici. No quería escuchar nada más. Estaba decidido: iba a subirme en la bici.

—¿Estás bien? —preguntó el doctor.

—Dadme la bici —repetí como un autómata.

CAPÍTULO XII

José Luis dio un par de voces y, milagrosamente, apareció Tomás, el jefe de mecánicos. Venía con la bici de repuesto, que había bajado de la baca del coche. Me levanté mientras el cámara colocaba la lente a apenas unos centímetros de mi rostro. No le hice caso. Me monté. De nuevo, sentí que la piel se agrietaba y la sangre volvía a desparramarse por la pierna. Empecé a pedalear con la ayuda de Tomás para arrancar en esos primeros metros en los que apenas acertaba a meter el pie en el pedal. Y, curiosamente, el dolor se calmó. El cuerpo volvía a ponerse en marcha. Me emocioné. Parecía que todo encajaba. Así que intenté ponerme de pie sobre los pedales y acelerar. Sufrí un millón de aguijonazos por culpa del dolor. Algo iba mal. Así que volví a sentarme y apreté los dientes. Podía rodar… suave. Pero nada de milagros. Y por delante me quedaban 70 kilómetros. Aquel dato fue una losa para mi maltrecha moral. Al menos, el mareo había desaparecido.

Unos segundos más tarde tenía a mi lado el coche blanco descapotable del médico del Tour. Lo primero que hizo fue darme una pastilla. No pregunté. Si hay un médico al que le puedes coger una pastilla y tragártela sin preguntar, es al médico oficial del Tour. No trabaja para ningún equipo. Es el médico de la organización y, normalmente, es gente con décadas de experiencia en la oscura labor de apoyar a ciclistas enfermos o caídos.

Me agarré del coche y dejé de pedalear. Lo necesitaba. El doctor comenzó la cura y con cada uno de sus gestos, la intensidad de mi dolor crecía. Al final de ese proceso de operaciones realizado a cuarenta y cinco kilómetros por hora, tenía el cuerpo lleno de una especie de red blanca de pescador que mantenía las gasas pegadas a mi piel. El médico me dijo con un gesto de la cabeza que era el momento de soltarme del coche. Así lo hice y, de repente, me sentí como un náufrago al que lanzan de un barco en mitad del océano y le dicen que solo tiene que nadar hasta la orilla. ¿Qué orilla? En mi caso, para llegar a tierra firme necesitaba recorrer unos 60 kilómetros. ¿Qué sucedió? No lo sé. Sinceramente, he borrado la mayor parte de esos kilómetros. Así somos los ciclistas: máquinas de pelear y pedalear.

Necesité casi dos horas para llegar a la meta y estuve acompañado por un coche del equipo y por un coche del jurado técnico, que andaba pendiente de que no cometiéramos ninguna ilegalidad. También había decenas de miles de personas en las cunetas que se levantaban de sus butacas plegables para aplaudirme en cuanto me veían en el horizonte. Allez, allez… era el grito que más escuchaba, mezclado con ánimos en otros idiomas. Esa también es la grandeza del Tour: el gran evento de fraternidad universal y la única competición donde las aficiones se unen sin problemas de seguridad, ya que comparten el elemento común de amar el ciclismo y a los ciclistas, sin excepción. Pero esa emoción que los aficionados intentaban transmitirme no penetraba en mi cabeza. En esos kilómetros de tortura solo pensaba en mi ídolo, Marco Pantani. Sabía también que debía llegar a meta por Clara, por mis padres y por mí, por todo el esfuerzo de tantos meses de entrenamiento. Sin embargo, mis piernas apenas funcionaban. Todos me estaban esperando allí. Y no quería rendirme. El problema es que mi velocidad no dependía de la voluntad. Solo de las fuerzas y habían desaparecido desde el momento en que salí volando de mi bicicleta.

Fausto Quiroga se acercó con el coche. Era el segundo director del equipo Gigaset y el hombre que se quedaba con los descolgados. También era el director que iba a la fuga en el caso de que fuéramos protagonistas. Jamás había tenido mucha relación con él, puesto que en casi todas mis carreras había coincidido con José Luis. Cuando esa tarde le vi llegar, llevaba un bidón en la mano, aunque el objetivo más que ofrecerme líquido era protegerme del viento y darme un empujoncito para superar el repecho. Además, había órdenes que debía escuchar.

—Me dice José Luis que si te quieres bajar, no hay problema. Sabemos que la caída ha sido muy fuerte.

—Dile a José Luis que no ponga la fecha de hoy en mi lápida.

—Ya veo que no has perdido el humor. Sonríe a la cámara.

Las televisiones de todo el mundo se estaban aburriendo. La realidad es que muchos miran el Tour por el espectáculo deportivo. Otros, por los paisajes. Y también hay un grupo que busca un programa con el que dormir la siesta. Nada más. Era el día ideal para los últimos. Todo se iba a resolver en el esprint y no había mucho que contar… salvo la caída de un casi anónimo ciclista español que venía cortado del pelotón y que, a pesar de estar lleno de moratones, cortes y rastros de sangre, parecía que no se quería rendir. Así que, de repente, me convirtieron en el centro de atención y, por tanto, en un… héroe. Eso también es el Tour y eso también es el ciclismo. Todo lo que hagas en Francia tiene repercusión global. Y los ciclistas vivimos de esa atención. No hay socios, no hay entradas y no hay derechos de televisión para los equipos. Solo tenemos minutos en la tele y eso hay que estrujarlo hasta la última gota.

Apenas unos minutos más tarde vi que llegaban cinco fotógrafos. Nadie quería perderse al protagonista del día. Aún no sabía que Mark Cavendish iba a ganar en el esprint. Pero ya imaginaba que mi nombre y, sobre todo, mi foto, iban a ocupar el espacio más importante en las portadas de toda la prensa del día siguiente. Bueno, en ese momento aún no era consciente de todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Lo fui solo unos minutos más tarde, justo cuando vi que el coche número 1 de Gigaset estaba detenido en el arcén. José Luis Calasanz le había pedido al otro director que subiera y él en persona se había parado hasta que yo llegase a su altura. Para empezar, me gritó desde el lateral de la carretera mientras me aplaudía con fuerza. Luego, se subió en el coche para colocarse detrás de mí. Un segundo más tarde, lo tenía a mi lado. Venía eufórico. Era el único de los dos que transmitía esa sensación. Lo mío era un pozo de amargura.

—¿Cómo vas, hijo?

Le miré. No hizo falta responder para que supiera cuál era mi estado de ánimo. José Luis me devolvió la mirada y me dio un nuevo bidón con sales. Llevaba diez bidones cogidos y los últimos ocho no habían sido por necesidad de beber. Repetí el mismo gesto que con los demás: di dos tragos y lo lancé al arcén. Lo importante de cada bidón es que me permitían descansar. Por eso me los daban en los repechos mientras pisaban a fondo el acelerador del coche para impulsarme.

—Te cuento. Estamos perdiendo 15 minutos y nos faltan 30 kilómetros. He calculado que el fuera de control estará en 40-42 minutos. Yo creo que podemos llegar dentro del tiempo, pero lo más importante es que tú te encuentres con ganas de seguir. No te quiero obligar. Lucas, siéntete tranquilo para decidir.

Aquello me sonaba muy extraño. No me quería obligar, pero… había algo más, algo que no me estaba contando. No quise seguir pedaleando en mitad de la oscuridad.

—¿Qué está pasando? —le pregunté.

—Me ha llamado el jefe de Gigaset en España. Luego me han llamado de Alemania. También me ha llamado el capo de nuestras bicis. El de la ropa. Incluso el alcalde de Benicàssim. Están emocionados. Ahora tienes a todo el planeta mirándote y muchos con lágrimas en los ojos. Por eso, si te bajas, no pasa nada, pero…

El mensaje estaba bastante claro. Así que apreté los dientes y seguí pedaleando. El pelotón llegó a meta con victoria de Cavendish. Pero yo tenía a mi lado decenas de motos de fotógrafos y cámaras de televisión, coches de invitados… Nadie quería perderse mi heroicidad. Todo eso estaba muy bien, pero ninguno empujaba la bici. Solo yo podía hacerlo y cada vez estaba más cansado. Mi visión empezaba a no ser demasiado buena. Me costaba mantener los ojos abiertos y sentía que los brazos me colgaban como vigas de acero. Aquello se estaba poniendo cuesta arriba. José Luis venía cada dos minutos con el coche a animarme, me iba dando referencias, me pasaba algún gel y golpeaba con fuerza la puerta del coche. Por un momento empecé a soñar que estaba peleando por ganar la etapa. Necesitaba engañarme con mentiras e ilusiones que me hicieran no arrojar la toalla. En el fondo, necesitaba refugios mentales para huir de la realidad: estaba lleno de heridas, golpes y dolores y mis reservas físicas hacía muchos kilómetros que habían quedado vacías.

Dejé de pedalear a tres kilómetros para la meta. Había explotado. Estábamos en mitad de un repecho a la salida de la autovía y camino de la avenida principal de la ciudad. Ya se intuía el final. Pero mi cuerpo no daba más de sí. Estaba muerto. No podía seguir pedaleando. José Luis se dio cuenta de mi situación y se lanzó como un loco con su coche.

—Vamos, vamos… No te puedes parar ahora.

«No puedo más», le dije con un gesto de la cabeza. Pero José Luis no iba a aceptar un no por respuesta.

—No, no. Ahora no puedes parar. No me jodas. Has sufrido un huevo y hay que llegar a meta. Son cinco minutos más. Cinco. Vamos, vamos…

En el asiento trasero venía Tomás, el mecánico. Había sacado el cuerpo entero por la ventanilla y me estaba gritando como un loco. José Luis cogió un gel y un bidón. Me los dio mientras me susurraba:

—No lo sueltes. Cógelo con fuerza.

La remolcada fue brutal y se prolongó durante muchísimos metros. El coche me llevó en volandas hasta la cima del repecho. En el camino, empezamos a escuchar el silbato del juez árbitro, señal inequívoca de que debíamos detenernos en nuestra actitud. Al parecer, le habíamos pillado un tanto despistado y tardó en comprender lo que estaba pasando ante sus ojos: José Luis había decidido que yo iba a subir el repecho con su ayuda. O tal vez el juez árbitro era compasivo con mi esfuerzo y no quiso hacernos la advertencia hasta que ya estábamos casi arriba. De todos modos, no hicimos caso hasta completar el objetivo. Entonces, ya arriba, José Luis soltó el bidón y yo lo metí dentro del portabidones. Sabía que estaba prohibido el avituallamiento en los kilómetros finales de una etapa y, sobre todo, estaba prohibido que te remolcasen. Tanto mi director como yo teníamos claro que aquello nos iba a costar una multa e, incluso, era posible que nos sancionaran con tiempo. Pero cuando vas camino de perder media hora, es lo único que no te preocupa. Y las multas jamás han arruinado a un equipo o a un ciclista.

Al ver el triángulo rojo del último kilómetro, sonreí, apreté los dientes y volví a pedalear con energía. Curiosamente, no recuerdo absolutamente nada de ese kilómetro final. Estaba fuera de mí. Exhausto. Destruido. Llegué a meta y apenas tuve la clarividencia necesaria para ver que me había dejado 39 minutos. Debía ser suficiente para seguir en carrera. Tampoco me importaba. Allí estaba esperándome mi novia, Clara Pellicer. No supe muy bien cómo había podido acceder hasta allí, pues ella no tenía credencial. Pero me esperaba en meta, al igual que un montón de cámaras. Todos deseaban reflejar el momento del héroe anónimo que llega al final del camino y al que espera una mujer tan bella como Clara. Frené la bici y a duras penas conseguí no caerme. Uno de los masajistas estuvo hábil para sujetarme. Clara se abalanzó sobre mí y con mucha precaución, me dio un beso tan eterno como dulce. Ella estaba llorando por la emoción. Yo, también. Por un segundo, por un solo segundo, todos los dolores desaparecieron.

CAPÍTULO XIII

El mejor día para caerte siempre es mañana. Y el peor para haberte caído también es el mismo. La doble frase parece una estupidez. Pero es una ley del ciclismo. Nunca es un buen momento para irse al suelo. Pero jamás lo pasas peor que al día siguiente de la caída. Todo el mundo piensa que un ciclista es un héroe cuando se levanta, se sube en la bici y sigue pedaleando. No es así. No estamos hechos de otra pasta. Es cierto que somos cabezones y nos cuesta muchísimo rendirnos. Pero en ese momento vas en caliente y la adrenalina que genera tu cuerpo de forma natural hace milagros. Lo duro comienza cuando llegas al hotel y te miras en el espejo. Allí no hay público aplaudiendo, el cuerpo se ha enfriado y la adrenalina se evaporó hace tiempo. No tienes tampoco a tu director para darte ánimos. Estás tú y tu soledad. Y un montón de heridas. Es, en ese momento, cuando empieza la tortura. Solo queda silencio y dolor.

El masajista contempló mi cuerpo desnudo mientras buscaba una respuesta con su mirada. En estas circunstancias hay tres tipos de fisios: los que no quieren tocarte, los que se empeñan en masajearte y te hacen ver las estrellas y, por último, los que intentan quitarte tensión del cuello y de algún otro punto clave pero sin acercarse a las heridas. Como es lógico, prefiero a los del último grupo. Pero mi preocupación en ese momento no era el masaje. Sabía que primero debía ponerme en manos del médico y que me revisase de arriba abajo.

El chequeo médico me obligó a mover todos los huesos. No había nada roto. Pero también fue evidente que no tenía un solo músculo que no estuviera contracturado y que eran escasos los centímetros de mi piel sin heridas, sobre todo, en el lado derecho. Marcelino Sacristán hizo la cura de las heridas. Era hábil, pero no había milagro posible. El dolor estaba ahí e impregnaba cada uno de mis movimientos.

—¿Qué puedes darme para el dolor?

Marcelino Sacristán se quedó en silencio. Miró el maletín donde llevaba todas las medicinas y volvió a inspeccionar mi cuerpo.

—No te preocupes. No me des nada. Pégame un tiro. ¡Es lo mejor!

El médico se puso a reír. Mi respuesta le había llegado al alma. Abrió el maletín y sacó unas pastillas.

—Eres la leche. El único que no me da problemas.

—No te relajes conmigo, Marcelino. Los ciclistas parecemos poquita cosa pero somos bombas ambulantes. Yo, por ejemplo, tengo un pasado bien oscuro —le dije intentando continuar la broma.

—No te relajes conmigo, Lucas. Los médicos parecemos poquita cosa pero somos bombas ambulantes. Yo también tengo un pasado oscuro. Todos lo tenemos. Otra cosa es que algunos quieran tener también un presente oscuro. No es tu caso y no es el mío —me contestó mientras me daba una pastilla.

Me la tomé sin ni siquiera mirar de qué se trataba. En ese momento, habría tomado cualquier cosa para intentar apaciguar el dolor.

—Te he dado medio Valium. Es lo mejor para relajarte. Intenta cenar. Necesitas comer. Y luego trata de dormir. No será fácil. Tómate el Valium entero justo cuando te metas en la cama. Todo lo que puedas descansar hoy, será tu salvación mañana.

Y así fue. Bajé a la cena y traté de comer. Los compañeros estaban preocupados. Pero les dije que estuvieran tranquilos mientras hacía contorsionismos para sentarme en la silla. Enrique Jiménez llevaba el maillot de la montaña y eso era muy importante para Gigaset. Pero mi hazaña de ese día había sido fantástica para todos y cada uno de los patrocinadores. Estaban eufóricos. Habían sumado un montón de minutos de televisión en directo en todo el mundo. Todas las radios querían entrevistarme. Pero viendo el cansancio en mi rostro, sabían que me estaban pidiendo mucho. El jefe de prensa pactó tres preguntas y tres respuestas cortas y así improvisamos una pequeña rueda de prensa que fuera suficiente para que quedaran satisfechos y para que yo no siguiera acumulando más cansancio.

Pero el verdadero problema llegó cuando volví a subir a la habitación. Me quité la ropa y sufrí mil dolores. Intenté ponerme el pijama y volví a sufrir. Incluso el gesto de dejarme caer sobre el colchón me produjo escalofríos. Lo peor parecía haber pasado, aunque no había hecho más que comenzar. El roce de la sábana contra mi piel era como un cuchillo clavándose sin respeto alguno por mi salud mental. Y eso ocurrió durante toda la noche, cada una de sus horas y cada uno de sus minutos. Intentaba dormir del lado que menos castigado tenía, pero el más mínimo movimiento que cualquier otra noche no es ni percibido, en este caso volvía a despertarme.

Me pasé una hora pensando que debía llamar a Marcelino Sacristán para convencerle de que me diera un frasco entero de Valium, aunque eso supusiera no despertarme en tres días. Pero al final uno se acostumbra a todo y el cansancio, las pastillas y la soledad pudieron con los dolores y me permitieron dormir. Al día siguiente, me levanté justo cuando Enrique Jiménez regresaba del desayuno.

—Venga, venga, dormilón. Te hemos dejado dormir lo máximo posible, pero tienes que bajar ya.

Intenté espabilarme mentalmente, pero en ese momento sentía el peso del Valium como un mazo sobre mi cabeza.

—¿Cómo te sientes?

—Bien —farfullé como pude y mientras intentaba ponerme en pie.

—Pues yo te veo hecho una mierda —me contestó Enrique.

No le contesté. No tenía la velocidad mental para buscar palabras que pudieran sonar razonables. Mi único objetivo pasaba por comer. Así que bajé al desayuno y me senté. Uno de los auxiliares me acercaba la comida para que ni siquiera tuviera que levantarme. Marcelino estaba en la mesa, pero no me había dirigido la palabra. Con un vistazo tenía suficiente para saber que había pasado una noche de perros. Cuando acabé de desayunar, me levanté y fui hacia la habitación para preparar la maleta. Marcelino vino conmigo y subió en el ascensor.

—¿Sales hoy?

—No tengo nada mejor que hacer.

Unos minutos más tarde llegué al hall del hotel. El bus estaba esperándonos en la entrada y justo en la puerta del bus vi a Clara y mis padres. Se les notaba angustiados. El día anterior les había pedido que me dejaran tranquilo para curarme y recuperarme. Lo entendieron con la promesa de vernos por la mañana. Intenté sonreír. Seguía física y mentalmente destruido, pero era el momento de disimularlo. Creo que lo conseguí. Estar unos minutos intentando poner buena cara hizo que también mis sensaciones mejorasen. Camino del bus, pensé que debía dejar de ser cenizo. José Luis se sentó a mi lado camino de la salida y me cuestionó si me veía capaz de hacer la etapa.

—Sí, no hay problema.

—Hoy la etapa es bien jodida —dijo mientras me enseñaba el perfil.

No me hacía falta mirarlo. La salida era en Aigurande y la meta estaba en Super Besse. En total, 195 kilómetros para una jornada con final en alto, en pleno Macizo Central, y con dos subidas puntuables de segunda categoría. Lo mejor era que la salida no se presentaba exigente. Y todavía lo fue menos cuando se escaparon tres corredores: los franceses Sylvain Chavanel, Benoît Vaugrenard y Freddy Bichot. Una fuga de tres hombres hace que el pelotón se relaje. Sabe que no son tan peligrosos como si por delante se hubieran ido 10 o incluso 20. Eso me ayudó. Y también lo hizo mi renacido estado mental: me había marcado el reto de superar aquella etapa. Nada más. No pensaba en el Tour. Solo en ganar la línea de meta de una etapa más.

En los primeros kilómetros lo pasé mal. Me descolgué del pelotón y tuve que ponerme a rueda del coche del equipo para aguantar. Un juez árbitro en moto vino para pegarnos la bronca cuando llevaba ahí media docena de kilómetros. El mecánico se puso a gritarles. José Luis, fiel a su filosofía, le pidió calma. Y, al mismo tiempo, le dijo al árbitro que se acercase al coche. Con un buen manejo del francés le soltó un discurso sobre los valores del ciclismo y el ejemplo que los deportistas representan para la sociedad. No entendí ni la mitad de lo que José Luis había dicho. Tampoco creo que el juez árbitro lo entendiera, la verdad. Pero nos dejó seguir corriendo a rebufo del coche. Y eso hizo que me recuperase lo suficiente para volver a la cola del pelotón.

Con la llegada de los puertos más serios, se formó una grupeta con los esprínteres. Fue en ese momento cuando entendí que iba a acabar la etapa. Llevaban un ritmo alto para mi nivel físico de ese día, pero no era algo que me desbordase. Apreté los dientes y dejé pasar los kilómetros. En la disputa por la etapa, Caisse d’Epargne trabajó muy bien, pero Saunier Duval se llevó la victoria con Riccardo Riccò, un joven escalador italiano que había brillado a gran nivel en el Giro de Italia y al que todo el mundo comparaba con Marco Pantani. Era el ciclista al que más odiaba, un tipo que afirmaba con su boca bien grande que había preparado el Tour en la playa y que no necesitaba más para llegar a tope. En el fondo, todo en él me parecía una parodia de un niñato ególatra. Por no decir que tanto Enrique como yo pensábamos que no jugaba limpio. Pero en el ciclismo de esos años era injusto señalar a uno. Solo los controles nos podían decir quién iba limpio y quién no. Y en muchas ocasiones ni siquiera los controles.

De todos modos, esa no era mi guerra. Mi única batalla consistía en llegar a la meta. Por eso, cuando afrontábamos la subida a Super Besse y vi que algunos velocistas se descolgaban de la grupeta, respiré con alivio. Lo peor había pasado, pensé durante un segundo. El día ya lo podía dar por salvado. Por un segundo me sentí eufórico. Pero lo peor llegó justo a continuación, cuando me puse a analizar mi futuro: tenía por delante otros 15 esfuerzos agónicos con el único reto de acabar la etapa. Con ese nivel de contusiones y fatiga, nada más estaba a mi alcance. El panorama resultaba deprimente.

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