Kitabı oku: «El Padre Pío»

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El Padre Pío

Laureano Benítez

José Antionio Benítez


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A Manoli, que me descubrió al Padre Pío,

a todos los devotos del bienaventurado Padre Pío,

y a los cristianos perseguidos por sus ideas.

«Pero, ¿tiene todavía valor y sentido un Salvador para el hombre del tercer milenio? ¿Es aún necesario un Salvador para el hombre que ha alcanzado la Luna y Marte? A pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y muerte. Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el “corazón”, donde siempre necesita ser salvado. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en la Cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?

No temáis: abridle el corazón, acogedlo, para que su Reino de amor y de paz se convierta en herencia común de todos» (Benedicto XVI, Mensaje de Navidad, 2006).

Introducción El misterio del Padre Pío

«¡Mirad qué fama ha tenido, qué clientela mundial ha reunido en torno a sí! ¿Por qué? ¿Quizá porque era filósofo o sabio o tenía medios a disposición?... No, sino porque decía Misa humildemente, confesaba desde la mañana hasta la noche y era –es difícil decirlo– el representante de nuestro Señor, marcado por las llagas de nuestra redención. Un hombre de oración y sufrimiento» (Pablo VI).

El Santo del pueblo

El Padre Pío de Pietrelcina (1887-1968), fraile capuchino durante 61 años, y sacerdote durante 58, es mundialmente conocido porque llevó los estigmas de Cristo durante cincuenta años exactos, siendo el único sacerdote estigmatizado de la historia de la Iglesia, y el que más tiempo llevó los estigmas. Además, fue portador de otros muchos dones místicos: éxtasis, visiones, clarividencia, bilocaciones, olor de santidad, sanaciones milagrosas...

Aunque las gracias sobrenaturales son comunes a muchos santos, en el Padre Pío llama la atención el hecho de que las tuviera todas, en una concentración de carismas única en la historia de la Iglesia. Sin embargo, el verdadero carisma de santidad del Padre Pío no radica en la espectacularidad de los hechos paranormales que protagonizó en su vida, sino en la perfección admirable y heroica con la que vivió en su existencia las virtudes cristianas: humildad, paciencia, prudencia, resignación, abandono, confianza, obediencia, caridad, perdón, etc. «No son esos dones del Espíritu Santo los que hacen su grandeza pues, como todas las gracias, son dones gratuitos que el Señor distribuye como le place, por el bien de la Iglesia. Su más auténtico timbre de gloria fue su participación en la Cruz... Sufría con Cristo, poniendo con su sufrimiento lo que faltaba a su Pasión» (Cardenal Lercaro).

Hace años –en 2004– tuvimos la ocasión de publicar una obra sobre la figura del capuchino estigmatizado, titulada Orar con el Padre Pío, centrada especialmente en su espiritualidad. En ese momento casi no había obras publicadas en castellano sobre él. Posteriormente, a medida que su fama se extendía entre los países de habla hispana, han ido apareciendo más títulos en el mercado, de carácter biográfico casi siempre.

Por ello, una vez que damos por conocidas las circunstancias más relevantes de su vida a todos aquellos interesados en conocer su figura, hemos creído conveniente escribir una obra en la que se reflexione sobre los mensajes que un santo de tan extraordinarias dimensiones ofrece al mundo de hoy, sobre los contenidos fundamentales de su carisma de santidad, sobre la misión importantísima para la historia de la Iglesia que desempeñó un alma de tan colosal espiritualidad, y sobre los motivos por los que se encarnó en nuestros tiempos el que es, sin duda, el mayor santo que ha dado la Iglesia en sus 20 siglos de existencia.

El mayor... y el más popular, porque el Padre Pío es hoy día el santo más multitudinario de la cristiandad, el que suscita más devoción entre los creyentes, el más aclamado, el santo a quien más gracias se le piden, hasta el punto de que un conocido escritor asevera que «si hubiera un óscar a la simpatía para los santos, hoy lo ganaría sin duda el Padre Pío. Raras veces se ha visto un religioso tan amado y celebrado. Es muy popular y querido, no sólo entre los creyentes».

«Fue y es el santo del pueblo, el santo de todos, hasta el punto de que todos y cada uno podéis decir: “El Padre Pío es mío”. El santo de los religiosos, el santo de los sacerdotes, el santo de los enfermos, el santo de los niños, el santo de las mujeres piadosas, el santo de los matrimonios, el santo de agentes de pastoral de la salud, el santo del pueblo, el santo de todos».[1]

Una fabulosa marea de gracia y misericordia fluye sobre el mundo a través de los estigmas del Padre Pío, como lo demuestran unas estadísticas realmente impactantes:

Según algunos cálculos, aproximadamente veinte millones de personas han visto al Padre Pío celebrando Misa. En 1967, el año anterior a su muerte, se calcula que confesó a unas 15.000 mujeres y 10.000 hombres. En sus 50 años como sacerdote, se estima que más de 2 millones de personas tuvieron contacto personal con él.

Entre los años 1968 –el año de su muerte– y 1993, la tumba del Padre Pío fue visitada por cerca de 50 millones de peregrinos, a pesar de que todavía no había sido beatificado. Esta cifra se multiplicó después de su beatificación y canonización, hasta el punto de que al santuario del Padre Pío acuden cada año unos 8 millones de peregrinos, lo cual le convierte en el más visitado de la cristiandad, después del de la Virgen de Guadalupe –que recibió en 2007 10 millones de peregrinos–, y por delante de Lourdes y la mismísima basílica del Vaticano. Juan Pablo II lo visitó en 1987, y Benedicto XVI en 2009.

Entre los años 1954 y 1959 recibió más de 1 millón de cartas. El número total de las que recibió durante toda su vida sacerdotal es realmente incalculable. A San Giovanni Rotondo llegaba todo el sufrimiento del mundo.

Sólo en Italia hay 2.714 grupos oficiales de oración del Padre Pío, y en el resto del mundo se cuentan otros 793.

En 2001 había cerca de 3.000 páginas web sobre el Padre Pío.

210 monumentos se han levantado en todo mundo en honor a su figura, no sólo en Italia, sino también en otros países como Estados Unidos, Alemania, Costa Rica, Venezuela, Bélgica, Ucrania...

Las obras del Padre Pío siguen adelante por medio de sus hijos espirituales. Cerca de treinta obras asistenciales y de caridad lleva a cabo en la actualidad la Fundación «San Padre Pío», obras que atienden a niños enfermos, a discapacitados, a ancianos, a sacerdotes mayores y a tantas y tantas personas necesitadas. Otras obras promovidas por él fueron el santuario de santa María de las Gracias, inaugurado en 1959, y una nueva iglesia para 10.000 personas. Durante su visita en 1987 el Papa Juan Pablo II inauguró varias obras.

Pero más importante que todas estas estadísticas son los innumerables testimonios de personas que afirman haber recibido alguna gracia a través de su intercesión, hasta el punto de que se puede asegurar que la asombrosa cantidad de milagros que realizó en vida se ha visto multiplicada después de su muerte en 1968. Estos datos parecen dar la razón a la profecía que sobre él mismo realizó poco antes de su muerte, cuando dijo: «Tú les dirás a todos que, después de muerto, estaré más vivo que nunca. Y a todos los que vengan a pedir, nada me costará darles. ¡De los que asciendan a este monte, nadie volverá con las manos vacías!».

La dimensión más conocida de su vida legendaria es la increíble cantidad de prodigios que protagonizó, en especial su enorme poder taumatúrgico, y los estigmas que le llagaron durante 50 años exactos. Para la mayoría de los santos, la causa de canonización recoge casi cinco cajones de documentación, que se presentan a la Congregación para las Causas de los Santos. En el caso del Padre Pío, ¡más de cien cajones de documentación se presentaron al inicio de su causa!

Pero es inexacto emplear el pasado para referirse a esta fabulosa concentración de dones místicos y carismas sobrenaturales, porque si el Padre Pío goza hoy de una popularidad tan portentosa es debido a que –como ya hemos señalado– estos maravillosos dones que Dios le concedió los sigue derramando a manos llenas hoy día a todo aquel que le invoca con fe, y en cantidad incluso mayor que cuando vivía entre nosotros.

Ciertamente, hay que reconocer que el principal atractivo del Padre Pío es la vistosa fenomenología mística que le acompaña, pero eso no serviría de nada –o, en el mejor de los casos, sólo constituiría un cebo para atraer a los

inevitables curiosos y buscadores de misterios– si no hubiera en las multitudes que peregrinan a su tumba y le profesan veneración una verdadera «hambre» de Dios. Para saciar esta «hambre» se encarnó el Padre Pío entre nosotros, que representa para una humanidad sumida en las tinieblas el abrazo misericordioso de Dios.

¿Por qué el Padre Pío? Éste es el interrogante que origina las reflexiones de este libro, que van encaminadas a intentar responderlo. Sí, «¿por qué a ti, Padre Pío?», podíamos preguntar, parafraseando aquella pregunta que fray Maseo le hizo a san Francisco de Asís, cuando parecía quejarse de que se le hubieran dado tantas gracias, y a él no. ¿Por qué Dios derramó una cantidad tan abrumadora de gracias sobre un humilde fraile capuchino, que vivió toda su vida encerrado entre las paredes del convento más ignorado de Italia, ubicado en una región inhóspita, lejana y olvidada? Un pobre fraile que dedicó su vida a decir Misa y a confesar, que no escribió libros, que no fundó ninguna congregación, que no organizó campañas mediáticas, que no poseía ningún título ni dignidad. ¿Por qué este hombre ha sido el protagonista del más formidable movimiento de conversión de masas que ha conocido la cristiandad, ejerciendo una influencia espiritual inmensa sobre la Iglesia, trayendo la «luz de la resurrección» a una época marcada por el laicismo, por el materialismo craso, por la descristianización, por la crisis de fe?

Y de este interrogante surge otro, su corolario, que apunta hacia el fin teleológico de su vida entre nosotros: ¿Para qué el Padre Pío? ¿Para qué modeló Dios un alma tan exquisita y nos la regaló a nosotros, los creyentes de esta época y de este mundo, amenazado y zarandeado por la mayor crisis de fe que ha sufrido la Iglesia? ¿Para qué vino a este mundo, para qué se encarnó en estos tiempos el mayor santo de la historia? ¿Qué plan misterioso y secreto se oculta bajo la vida del humilde fraile capuchino? ¿Cuáles son los mensajes y las enseñanzas que nos ofrece una vida tan extraordinaria a nosotros, los creyentes del tercer milenio? ¿Qué respuestas podemos encontrar en su testimonio de santidad a los problemas que asedian la Iglesia en nuestros días?

Jesús vive

El Padre Pío (Francesco Forgione era su nombre antes de hacer sus votos como capuchino), nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, un humilde pueblo del sur de Italia, enclavado en una zona rural y agreste. Hizo profesión de sus votos perpetuos como fraile capuchino en 1907, y recibió la ordenación sacerdotal en agosto de 1910. Sin embargo, repetidos problemas de salud le obligaron a exclaustrarse durante un período de 6 años. Reintegrado a la vida en el convento, permanecería allí hasta su muerte, sin salir nunca de San Giovanni Rotondo.

Dentro de su vocación sacerdotal, descubrió muy pronto que su carisma particular era entregarse para la salvación de las almas, en una auténtica misión corredentora. Su compasión, y su ferviente deseo de imitar a Jesús crucificado, fueron los pilares de su vocación: sufrir por la salvación de las almas. Para él, éste era el más acabado ejemplo de caridad. «Mi misión es consolar y aconsejar a los afligidos, especialmente a los afligidos de espíritu. ¡Oh, si pudiera barrer el dolor de la faz de la tierra!».

Esa vocación sacrificial del Padre Pío tendrá su consumación en los estigmas. A finales de agosto de 1910, es decir, a los pocos días de su ordenación, empieza a sentir los primeros dolores en las manos y en los pies. Aunque al principio eran ocasionales, estos estigmas invisibles se hicieron permanentes más tarde, pero sin mostrarse al exterior, hasta que el 20 de septiembre de 1918 se hicieron sangrantes y continuos. Estuvo como «un crucificado sin Cruz», participando en los padecimientos de Cristo, durante cincuenta años exactos, ya que los estigmas le desaparecieron el 20 de septiembre de 1968.

Desde el fenómeno de la estigmatización comenzaron a acudir multitudes de peregrinos a San Giovanni Rotondo, hasta que, al cabo de poco tiempo, el capuchino de los estigmas era mundialmente conocido. Entre esas masas de peregrinos el Padre Pío pudo llevar a cabo su tarea de salvar almas, pues muchos de los que acudían atraídos por lo sobrenatural o por pura curiosidad acababan de rodillas a sus pies, en conversiones fulminantes.

Para desempeñar esa vocación, tuvo dos armas poderosas: los extraordinarios carismas que le concedió la gracia divina, y un amor «devorador» por Jesús y María, que le sostuvieron en el difícil desempeño de su misión sacrificial, la cual tenía su punto culminante en la celebración de la Eucaristía. Si la Misa es la renovación del sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, el Padre Pío encarnó durante toda su vida esa actualización de la Pasión del Señor en el sacrificio eucarístico, que constituyó el eje de su ministerio sacerdotal, pues su asombrosa manera de celebrarla movía a la confesión y a la conversión. Pablo VI dijo que «una Misa del Padre Pío vale más que toda una misión».

El Padre Pío pudo ejercer su misión sacrificial porque durante toda su vida fue un auténtico «varón de dolores». Se confirmaba así la intuición de sus primeros tiempos de sacerdote, cuando afirmaba: «El Señor me hace ver, como en un espejo, que mi vida futura no será más que un martirio».

A los sufrimientos corporales que le causaban las continuas y misteriosas enfermedades que arrastraba desde la infancia, se añadirán las agotadoras jornadas en el confesionario (de hasta 16 horas diarias), que debilitaban un cuerpo ya de por sí martirizado por los estigmas, y por la escasez de comida y descanso. Por otro lado, empezó a padecer bien pronto los devastadores efectos de una «noche oscura» persistente, que le producía sufrimientos morales y espirituales.

La otra gran prueba que experimentó fueron las dos persecuciones que sufrió en dos etapas de su vida (de 1923 a 1933, y de 1960 a 1964), obra de personas con autoridad que, guiadas unas veces por la lógica prudencia de la Iglesia ante los fenómenos sobrenaturales, y otras por pecados de envidia, calumnia, soberbia y codicia, fueron el instrumento del que Dios se valió para sacar a la luz otros dones extraordinarios del estigmatizado: la total obediencia a sus superiores, su perfecta humildad y su increíble paciencia.

Como consecuencia de estas incomprensiones, se le impusieron una serie de medidas que limitaron mucho su ministerio sacerdotal: cambiar con frecuencia el horario de sus Misas, limitando su duración a 30 minutos, para dificultar la asistencia de los fieles; celebrar la eucaristía a solas, en la capilla del convento; no mantener correspondencia; poner impedimentos a su labor en el confesionario, prohibiéndole incluso confesar durante dos años, en los cuales llegó a ser un verdadero prisionero.

Esta dura prueba hará que el Padre Pío añada a sus estigmas otra señal más de su conformidad con el Cristo doliente de la Pasión: la del justo perseguido, vejado y humillado.

Con esta experiencia de ser un «varón de dolores» el Padre Pío elaboró una mística de la Cruz, que constituye el centro de su espiritualidad, el tema fundamental de su magisterio, y el núcleo de su misión. «El prototipo, el ejemplar en el cual es preciso mirarse y modelar nuestra vida es Jesucristo; pero Jesús ha escogido por bandera la Cruz, y por ello quiere que todos sus discípulos sigan la senda del Calvario, llevando la Cruz para después morir en ella. Sólo por este camino se llega a la salvación».

En esta teología de la Cruz afirma que el sufrimiento, aceptado en la fe y ofrecido en el amor, se convierte en una Cruz que nos purifica de nuestros pecados, nos conforma con Jesús, y nos hace participar en la misión de redimir almas.

Junto a la celebración de la Eucaristía, confesar era su principal vocación, la que le permitía apaciguar su insaciable sed de almas. El confesionario será el lugar donde desarrollará su verdadero carisma: salvar almas. Sus innumerables conversiones constituyen sin duda el más grande de sus milagros, ya que puso todos sus dones místicos al servicio de su vocación de convertir almas.

El Padre Pío nunca salió de su convento, no escribió libros, no era un teólogo erudito, ni tuvo títulos de dignidad... su existencia fue la de un simple sacerdote que decía Misa y confesaba. «Sólo soy un fraile que reza», decía de sí mismo.

Falleció el 23 de septiembre de 1968. El 2 de mayo de 1999, Juan Pablo II ofició la ceremonia de su beatificación en la Plaza de San Pedro. El 16 de junio de 2002, fue canonizado.

Pero esta misión corredentora del Padre Pío no acabó con su muerte, ni se circunscribe solamente a este mundo espaciotemporal, sino que adquiere caracteres «cósmicos» y ultraterrenos, tal era la magnitud de su obra salvadora. Al igual que el río de misericordia que fluye a través de él llega al mundo en forma de milagros, persiste también en el más allá, donde ofrece los frutos de la redención y la salvación a todo el que crea en su mensaje y siga su ejemplo: «Si fuera posible querría conseguir del Señor solamente esto: “No me dejes ir al paraíso mientras el último de mis hijos, la última persona encomendada a mis cuidados sacerdotales, no haya ido delante de mí...”. He hecho con el Señor un pacto de que, cuando mi alma se haya purificado en las llamas del purgatorio y se haya hecho digna de entrar en el cielo, yo me coloque a la puerta y no pase dentro hasta que no haya visto entrar al último de mis hijos e hijas».

Al conocer la prodigiosa vida del fraile capuchino de los estigmas, es casi seguro que la primera impresión que produce es la de una alegre certeza, derivada de la comprobación palpable de que las creencias sobre las que se asienta el cristianismo son verdaderas, pues se han encarnado en un hombre que las vivió hasta el extremo, que las llevó hasta sus últimas consecuencias. Sus obras milagrosas y sus virtudes heroicas constituyen una prueba incontestable de que el camino espiritual que propone el cristianismo es capaz de llevar al hombre hasta las más altas cimas de realización y perfección.

En último término, la figura del Padre Pío es un testimonio veraz no sólo de que Jesús se encarnó en este planeta y dio su vida por la salvación del mundo, sino que también –y sobre todo– es una prueba incuestionable de que Jesús sigue vivo, presente entre nosotros, protagonizando su obra redentora aquí y ahora, en este mismo momento, como se demuestra en las conversiones y fenómenos extraordinarios que sigue protagonizando a través de él.

Este fenómeno es algo que ocurre con la vida de todos los santos, pero que en el caso del Padre Pío adquiere una especial significación y relevancia, por la enormidad de sus dones místicos, y por la especial importancia de la época en que vivió. Lo que verdaderamente emociona y cautiva de la vida del Padre Pío es el comprobar con pasmo que un humilde capuchino perdido en una zona marginada de Italia, en un convento olvidado, alcanzara tan elevado grado de santidad y una cantidad tan portentosa de dones sobrenaturales y carismas místicos por el simple hecho de vivir en su plenitud las devociones tradicionales del cristianismo, utilizando solamente el sencillo medio de practicar a fondo la espiritualidad más genuina de la Iglesia: una espiritualidad que comprenda el inmenso significado de la Misa como actualización del sacrificio del Calvario, al cual debemos asistir –para decirlo con las palabras del mismo Padre Pío– «como asistieron María y san Juan al pie de la Cruz»; que ponga en práctica el enorme poder de la simple recitación del Rosario; que tome conciencia del enemigo que nos acecha, de las trampas que el Diablo opone a nuestro progreso; que redoble el amor a la Virgen María, corredentora con Cristo; que se arroje a los pies de Jesús misericordioso en el confesonario como penitente contrito; que experimente la necesidad de contactar con el ángel custodio; que haga de la meditación en la Pasión el eje de la vida de oración; una espiritualidad, en suma, que llame al pecado por su nombre, sin componendas ni artificios, a la vez que se esfuerce en practicar las virtudes heroicas que deben ser el distintivo de todo cristiano... En una palabra, que viva la pureza de la fe en toda su radicalidad.

Sobre el Padre Pío se han escrito cientos de libros (unos 500 en italiano, aunque un escaso número en castellano), y hay millones de entradas en internet que explican su figura y su mensaje. Aquí y allá, se pueden encontrar cientos de frases que pretenden condensar en pocas palabras lo esencial de su mensaje y de su misión en el mundo. He aquí algunas:

 «Icono vivo de Cristo crucificado» (cardenal Ángelo Sodano).

 «El Padre Pío: un crucificado sin Cruz».

 «El Padre Pío representó el abrazo de Cristo que hace renacer al hombre».

 «El Padre Pío vivió en su propia vida la Pasión de Jesús» (Cardenal Ursi).

 «El Padre Pío, un Getsemaní que abraza al mundo» (Padre Fidel González).

 «Crucifijo viviente» (Renzo Allegri).

 «El Padre Pío ha sido el mayor místico de nuestro tiempo y uno de los hombres más grandes de la historia de la Iglesia» (Cardenal Siri).

 «El Padre Pío recuerda a los cristianos y a toda la humanidad que Jesucristo es el único Salvador del mundo» (Juan Pablo II).

 «El Padre Pío, un hombre sencillo, un “pobre fraile” –como decía él– al que Dios encomendó el mensaje perenne de su Amor crucificado por toda la humanidad» (Benedicto XVI).

En esta línea, hemos elaborado otra frase, que pretende explicar su misterio, su misión esencial en este mundo, el mensaje que ha querido traernos desde el Cielo a este mundo torturado: «El Padre Pío: un Cristo entre nosotros». Este libro no pretende otra cosa que demostrar la certeza y veracidad de esa frase, y a este objetivo apuntan todas las reflexiones que aportamos en las páginas que siguen.

Madrid, 21 de octubre de 2013

1 Sacerdote santo y víctima perfecta

«Desde hace tiempo siento una necesidad: la de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo cada vez más en mi corazón, hasta el punto de que se ha convertido, por así decir, en una fuerte pasión. Ya he hecho varias veces ese ofrecimiento al Señor, presionándole para que vierta sobre mí los castigos que están preparados para los pecadores y las almas del purgatorio, incluso multiplicándolos por cien en mí, con tal de que convierta y salve a los pecadores, y que acoja pronto en el paraíso a las almas del purgatorio» (Padre Pío).

«Os exhorto, hermanos, a que os ofrezcáis vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rom 12,1).

El sufrimiento vicario

¿Cómo se definió a sí mismo el Padre Pío? Él mismo confesaba que no era tarea fácil comprenderle, a pesar de la aparente sencillez de su persona: «¿Qué os puedo decir de mí?: soy un misterio para mí mismo». Solía referirse a él mismo diciendo: «Sólo soy un fraile que reza». Pero donde explica mejor la verdadera naturaleza de su misión es en el texto que transcribió en un billete con motivo de su ordenación sacerdotal, el 10 de agosto de 1910, en el cual hace una declaración de principios sobre lo que él deseaba que fuera su más genuina vocación como sacerdote: «Jesús, mi aliento y mi vida, te elevo en un misterio de amor; que contigo yo sea para el mundo Camino, Verdad y Vida; y, para ti, sacerdote Santo y víctima perfecta».

El fraile estigmatizado del Gargano confesaba así desde el comienzo de su ministerio pastoral lo que constituía su carisma más auténtico, su misión esencial en este mundo: ser un alma víctima, compartir la pasión de Cristo para colaborar con Él en la redención del mundo y la salvación de las almas.

El 12 de abril de 1912 escribió a su director espiritual: «Jesús se escoge las almas, y entre éstas, sin ningún mérito mío, ha escogido también a la mía para ser ayudado en el gran negocio de la salvación humana... ¿No le dije que Jesús quiere que yo sufra sin consuelo alguno? ¿No me ha escogido Él para ser una de sus víctimas? Jesús dulcísimo me ha hecho entender todo el significado de víctima... ¡Oh, qué gran cosa es ser víctima de amor!».

El 15 de agosto de 1915 escribió: «Yo no soy capaz de entenderlo; sólo sé con certeza que siento una necesidad continua de decir al Señor: ¡O padecer o morir! Mejor dicho: ¡Siempre padecer y nunca morir!».

Refiriéndose a su entrada en la Orden capuchina, en noviembre de 1922, escribió: «Oh Dios... hasta ahora habías encomendado a tu hijo una misión grandísima, misión que sólo era conocida por ti y por mí... Oh Dios... escucho en mi interior una voz que asiduamente me dice: santifícate y santifica» (Epistolario III, p. 1010). Santificarse en sentido moral, pero también en sentido sacrificial: «Sacrifícate por la santificación y la salvación de las almas». Así pues, tenía conciencia de haber sido elegido por Dios para colaborar en la obra redentora de Cristo, a través del amor y la Cruz.

Después de 25 años de sacerdocio, el Padre Pío volvió a escribir en un billete conmemorativo: «¡Oh Jesús, mi víctima, mi amor! Hazme altar para tu cruz, cáliz de oro para tu sangre, ofrecimiento, amor, oración».

Para él, el sacerdote debe ser otro Cristo, una víctima que entrega su vida para colaborar con el divino Redentor en la salvación de las almas: «No te pido otra cosa que tu Corazón para reposar. No deseo sino participar en tu santa Agonía. ¡Ojalá pudiera mi alma emborracharse con tu sangre y sustentarse con el pan de tu dolor!». «Enciende, Jesús, aquel fuego que viniste a traer a la tierra, para que, consumido por él, me inmole sobre el altar de tu caridad, como holocausto de amor, para que reines en mi corazón y en el corazón de todos».

El 22 de enero de 1953, al celebrar sus cincuenta años de vida religiosa, podrá decir que su vocación se ha cumplido: «Cincuenta años de vida religiosa, cincuenta años fijos en la Cruz, cincuenta años de fuego devorador por Ti, Señor, y por tus rescatados. ¿Qué otra cosa podía desear mi alma, sino llevarlos todos a Ti, y esperar con paciencia que ese fuego devorador queme todas mis entrañas?».

En la teología cristiana suele llamarse sufrimiento vicario al sufrimiento expiatorio de una persona por otra, la cual queda libre de castigo y «redimida» por el sacrificio de la que hace de víctima. El término vicario significa en lugar de, pues la persona que desempeña el papel de víctima asume la representación de la culpable, convirtiéndose así en víctima sustitutoria de castigos que no ha merecido.

La hagiografía cristiana abunda en ejemplos de santos que tuvieron como carisma de santidad su vocación expiatoria, entre los cuales el Padre Pío ocupa un lugar destacado. Las personas que se ofrecen como víctimas propiciatorias suelen llevar una vida llena de padecimientos y tribulaciones: enfermedades físicas, incomprensiones, persecuciones, «noches oscuras», tentaciones... Muchas de ellas recibieron los estigmas de Cristo, y llama la atención el elevado número que murió a una edad temprana. En este sentido el Padre Pío, que vivió 81 años, constituye una excepción.

El fuerte arraigo que tiene esta práctica en el mundo cristiano no es óbice para que muchos creyentes duden de ella, pues les resulta conceptualmente no muy comprensible. En efecto, si partimos de la creencia que afirma que gran parte de nuestros sufrimientos son expiatorios, pues son la consecuencia inexorable de nuestras malas acciones –en el sentido kármico de que toda acción tiene su reacción y toda causa su consecuencia–, sería aparentemente imposible la pretensión de ayudar a nuestros semejantes, ya que éstos deben necesariamente pagar por sus errores, sufriendo íntegramente las consecuencias de sus conductas desviadas. Incluso podría resultar contraproducente, ya que quitarles sufrimientos con nuestra ayuda supondría privarles de las lecciones que necesitan aprender a través del dolor para purificarse y desarrollarse.

Se llega a la misma conclusión si creemos que los sufrimientos son un castigo divino por nuestros pecados: ¿Cómo vamos nosotros a inmiscuirnos en el cumplimiento de la justicia divina? ¿Qué podemos hacer nosotros ante el poder divino, que castiga por su bien a quienes incumplen sus mandatos?

Mas todos sabemos que estas objeciones no tienen una base real, aunque las utilicemos para justificar nuestra indiferencia ante el mal ajeno. Es indudable que las pruebas deben seguir el curso que Dios ha trazado para cada uno de nosotros, mas, ¿acaso sabemos cuál es ese curso? ¿No podría suceder que la Divina Providencia nos hubiera elegido para ser bálsamo de consuelo con el que aliviar las llagas de nuestro prójimo? Si partimos además de la creencia en un Dios cuya misericordia está por encima muchas veces de su justicia, que consuela al que sufre en el mismo desierto de la prueba, ¿no podría ser que necesitara de nosotros para ejercer su misericordia?

El sufrimiento vicario es característico de la tradición cristiana debido a que su hecho central es la experiencia vicaria de un alma víctima de especial relevancia: la del Hijo de Dios, encarnado en Jesús de Nazaret. El Padre Pío, como todos los santos cuyo carisma fue el sufrimiento vicario, se ofreció como alma víctima para imitar a Cristo, para ser alter Christus, y colaborar así en la obra de la redención del mundo.

Las doce horas que transcurrieron entre Getsemaní y el Gólgota, durante las cuales Jesús vivió la tortura de su Pasión y Muerte, conforman un cuadro trágico donde asistimos a una inaudita concentración de dolores y penalidades, donde el sufrimiento alcanzó cotas elevadísimas de crueldad y martirio. Torturado, masacrado, vejado y humillado, Jesús muere en un patíbulo infame, abandonado de todos –incluso de su mismo Padre–, como un malhechor, totalmente fracasado. Su figura patética recuerda al Siervo de Yavé.

Juan Pablo II explicaba en el ángelus del 10 de septiembre de 1989 cómo el Corazón de Jesús se hace víctima por los pecadores: «Jesús, según la palabra del Apóstol Pablo, “fue entregado por nuestros pecados” (Rom 4,25); pues, aunque Él no había cometido pecado, “Dios le hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21).

Sobre el Corazón de Cristo cae el peso del pecado del mundo. En Él se cumplió de modo perfecto la figura del “cordero pascual”, víctima ofrecida a Dios para que en el signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos (Éx 12,21-27). Por tanto, justamente Juan Bautista reconoció en Él al verdadero “Cordero de Dios” (Jn 1,29): cordero inocente, que ha tomado sobre Sí el pecado del mundo para sumergirlo en las aguas saludables del Jordán (Mt 3,13-16 y paralelos); Cordero Manso, “al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda” (Is 53,7), para que por su divino silencio quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos».

Si traducimos «pecado» por la idea oriental de «karma», esta visión de Cristo como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» también es compartida –aunque parezca sorprendente– por gran parte del esoterismo de lo que se ha venido en llamar «Nueva Era»:

«Jesús, por su naturaleza divina, estaba libre del karma colectivo de la raza y del mundo. La absoluta carencia de karma le eximía de la necesidad de pasar por los dolores humanos que son parte del karma colectivo [...].

Pero él quiso sufrir todo ello de su propia voluntad, para cumplir la obra que ante sí veía como Salvador del Mundo. Para que Jesús desempeñara su función como Redentor y Salvador de la humanidad era necesario que cargara sobre sí el karma de la raza, o sea que acumulara sobre su cabeza “los pecados del mundo”. Antes de levantar la carga que pesaba sobre el linaje humano, debía ser un hombre entre los hombres [...]. Le era necesario cargar con el peso de la vida terrena para salvar a los moradores de la tierra.

Después de su prolongado ayuno y los días de meditación, tuvo ocasión de asumir el karma del mundo. En aquella formidable lucha espiritual, la más tremenda que presenció la tierra, Jesús encorvó delicadamente sus hombros para cargar sobre su espalda el peso del pecado. En aquel momento, las almas de los hombres recibieron un beneficio incomprensible para el ordinario entendimiento. La potente alma de Jesús se ligó voluntariamente al karma humano, alentada por el puro Espíritu, con objeto de aliviar parte del peso kármico y emprender la obra de adelantamiento y redención de la humanidad».[2]

El Cuerpo Místico

Aunque la práctica del sufrimiento vicario se asocia tradicionalmente con el cristianismo, no es exclusivo de él. Por más que parezca asombroso, también existe en las tradiciones orientales, aparentemente regidas por la implacable ley kármica de causa-efecto que asigna un carácter estrictamente individual al sufrimiento, el cual, a simple vista, no puede ser perdonado, mitigado, ni redimido.

En la doctrina del Budismo Mahayana –una de las dos ramas en que se escinde el budismo. Significa «Gran Camino», y consiste en una interpretación del budismo menos estricta que la contenida en el Budismo Hinayana, o «Pequeño Camino»– se formula con claridad la teoría del sacrificio vicario, al cual se le da el nombre de Parinamana.

Literalmente, Parinamana significa «doblar hacia», «liberar», «transferir» o «renunciar». Consiste, pues, en renunciar en bien de otro, en sacrificar los propios intereses en beneficio de los demás, en expiar el mal karma del prójimo mediante las buenas acciones propias, o en cambiarse por el que debería padecer su propio karma.

Al ser que realiza el Parinamana se le llama en la terminología budista Boddhisattva, el cual renuncia a su propio nirvana para ayudar a los demás a liberarse de su sufrimiento. Esta es la idea que late en las siguientes palabras del Padre Pío: «Mi misión es consolar y aconsejar a los afligidos, especialmente a los afligidos de espíritu. ¡Oh, si pudiera barrer el dolor de la faz de la tierra! Amo a mis hijos espirituales tanto como a mi alma, y aún más. Al final de los tiempos me pondré en la puerta del Paraíso, y no entraré hasta que no haya entrado el último de mis hijos».

En tanto que quiere volcar sobre la humanidad doliente cualquier mérito que puede corresponderle por sus actos de bondad, cargando sobre sí el peso del mal que pueda sobrevenir a sus ignorantes y autodestructores hermanos, recuerda a los «siervos de Yavé». El Boddhisattva es equivalente, pues, a la misericordia divina de las religiones teístas. La doctrina del karma es implacable: es la ley de la naturaleza, inflexible y despiadada, la justicia absoluta; Parinamana es como el corazón de un ser religioso llenado con lágrimas, el amor absoluto. Es el equivalente budista del sacrificio crístico, del sufrimiento vicario.

La base de esta teoría –que sirve también para explicar el misterio del sufrimiento vicario– consiste en considerar al Universo como un gran sistema espiritual compuesto de seres que son los múltiples reflejos fragmentarios del Absoluto –Dios–. Si «Todo es el Uno», las partes de este sistema están tan íntimamente unidas e interrelacionadas que, cuando alguna de las unidades que lo componen es afectada en alguna forma, ya sea buena o mala, todas las demás partes o unidades son arrastradas en la conmoción general que se produce, compartiendo un destino común. Cuando se vive en esta conciencia cósmica –crística, para decirlo con lenguaje cristiano– se siente que los demás forman parte de uno mismo, o que son repeticiones diversas de uno mismo, el mismo yo modificado por la naturaleza en otros cuerpos. «El que hace sufrir al prójimo se causa daño a sí mismo. El que ayuda a los demás se ayuda a sí mismo» (León Tolstoi).

Incluso existe una corriente de pensamiento que considera a nuestro planeta como un organismo vivo, al cual se le da el nombre de Gaia, formado por la totalidad de los seres vivos que pueblan la Tierra, unidos por lazos que superan los vínculos puramente ecológicos.

Si en nuestro plano espiritual de existencia las cosas están tan íntimamente relacionadas unas con otras, ¿por qué no podría el mérito de nuestras propias acciones compensar o destruir el efecto de un mal karma creado por una mente ignorante? ¿Por qué no podríamos sufrir por la causa de otros y aligerar, aunque sea en escasa medida, el peso del mal karma bajo el que gimen el débil y el ignorante, salvándoles así de la maldición que ellos mismos generaron? Todas las cosas proceden de una misma fuente; cuando otros sufren, también yo sufro; ¿por qué no podría entonces el sacrificio mitigar de algún modo la severidad del karma? En esto consiste el Parinamana.

Aunque esta teoría monista basada en la No-dualidad puede parecer exclusiva de la filosofía oriental, una modalidad de ella ha pasado a la teología cristiana, donde se la conoce bajo el nombre de «Cuerpo Místico de Cristo», fundamentada en la creencia de que la comunidad de los creyentes forma un organismo vivo cohesionado por relaciones de interdependencia, donde lo que le sucede a una parte repercute en toda la Iglesia, del mismo modo que todo cuanto afecta a un miembro del cuerpo físico tiene influencias en todo el organismo

San Pablo, en su primera Carta a los corintios, formula claramente esta doctrina: «Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo [...]. De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan» (1Cor 12,26).

En el ser humano existe una predisposición innata a la expiación, al sufrimiento como redención de faltas. Los psicólogos pueden llamarla alienación o masoquismo. Para un cristiano o cualquier creyente de otras religiones es más una necesidad de trascendencia, de apertura a un misterio, a una realidad que nos sobrepasa. Cada ser humano tiene en su interior un «pequeño salvador» latente.

«He conocido innumerables personas, acosadas por enfermedades y desgracias, que sentían paz y serenidad solamente pensando que estaban colaborando con Jesús en la redención del mundo. Les daba infinito alivio ofrecer sus dolores por la solidaridad salvadora. En cuántos enfermos incurables, postrados en los hospitales, al mirar ellos el Crucificado y pensar que compartían sus dolores por la salvación del mundo, he visto en sus ojos una paz profunda y una extraña alegría.

Todos los bautizados del mundo estamos misteriosamente intercomunicados. El misterio opera por debajo de nuestra conciencia. Una vez injertados en este árbol de la Iglesia, la vida funciona a pesar de nosotros [...].

Si gano, gana toda la Iglesia; pero si pierdo, pierde toda la Iglesia. Si amo mucho, crece el amor en el torrente vital de la Iglesia. Si soy un “muerto”, es la Iglesia entera la que tiene que arrastrar este muerto. Hay, pues, interdependencia.

Dios necesita poner equilibrio entre las ganancias y las pérdidas, entre la cantidad de bien y de mal. Vivimos en una sociedad singular en que ganamos en común y perdemos en común.

Y como en esta “sociedad” hay tanta hemorragia o pérdida de vitalidad por parte de los bautizados inconsecuentes, tendrán que equilibrarse las pérdidas de unos con las ganancias de los otros. Ahora bien, como los bautizados que hacen perder vitalidad no serían capaces de hacer rendir vida a las “cruces”, por eso Dios se ve “forzado” a poner a los buenos en oportunidades dolientes para que les hagan rendir mérito y vida».[3]

El sufrimiento vicario tiene como eje y leitmotiv la aceptación plena de la cruz de Cristo como símbolo del sufrimiento redentor. Pero si el cristiano abraza la Cruz, no es porque le atraigan las torturas, sino porque su Redentor, el objeto de su amor, está ahí, en la Cruz. Los que aman de verdad a alguien desean compartir sus sufrimientos, como prueba suprema de su amor, y por tanto comparten gozosamente su Cruz. Las almas víctimas pretenden, por tanto, la imitatio Dei: si amamos verdaderamente a Cristo, y Cristo está en la Cruz, la mejor prueba de amor que le podemos dar es subir con él a esa Cruz para que, allí crucificados, podamos ser uno con Cristo y colaborar en su obra redentora. «Hermanos: Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gál 6,14-18).

¿Por qué Cristo necesita almas víctimas? ¿Es que acaso la obra de la Redención no quedó clausurada en el Gólgota? Está claro que Jesús no necesita de ninguna criatura, pero en sus designios eternos ha preferido servirse de los miembros de su Cuerpo Místico para realizar el plan de la redención. Como afirmó el Papa Pío XII: «Eso realmente no sucede por necesidad o debilidad, sino más bien porque Cristo lo dispuso así para mayor honor de su inmaculada Esposa».

Un día, un discípulo preguntó a su Maestro

—Maestro, ¿por qué los buenos sufren más que los malos?

El Maestro respondió:

—Una vez un labrador tenía dos vacas, una robusta y otra débil. ¿A cuál pondrá el yugo?

—Supongo que a la fuerte –contestó el discípulo.

—Así hace el Misericordioso –respondió el Maestro–: para que el mundo siga adelante, pone el yugo a los buenos.

Quien mejor expresó la unión con Cristo a través del dolor fue el apóstol san Pablo, con una frase famosa que vuelve a incidir en su doctrina del Cuerpo Místico: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24).

Juan Pablo II, en su encíclica Salvifici doloris, explica así las anteriores palabras del apóstol: «Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención, y por el que todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también participe del sufrimiento redentor de Cristo.

[...] En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo –en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia–, completa a su manera aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo. Este sufrimiento es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. Esto significa que la redención permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano».[4]

Estas palabras ponen de relieve que, al participar en los sufrimientos de Cristo, también participamos en la redención que se ha efectuado a través de ellos. Esto quiere decir que, al ofrecer nuestros padecimientos para «completar» la pasión de Jesús, también estamos ofreciendo nuestros sufrimientos para completar su obra redentora. Este ofrecimiento convierte nuestra Cruz, por tanto, en un sufrimiento vicario.

Decía el Padre Pío de Pietrelcina, que «el Calvario es el monte de los santos, pero de allí se pasa a otro monte, que se llama Tabor». El cristianismo afirma que, cuando el sufrimiento se vive desde la fe –en la conformidad con la voluntad de Dios, en el abandono en sus manos–, y desde el amor –uniéndonos a Jesús en la Cruz y ofreciendo nuestras pruebas con el fin de conseguir misericordia para los que sufren–, se convierte entonces en una Cruz que nos llevará a la visión beatífica del Salvador, al sagrado monte de la transfiguración, al Tabor.

En el Gólgota

La clave de esta victimación vicaria es el amor, y no una querencia por el sufrimiento. El Padre Pío aceptó ser escogido por Jesús como víctima de amor para realizar su tarea redentora, que llevó a cabo con gran misericordia hacia nosotros, sus hermanos, durante toda su vida y aun en los actos cotidianos más sencillos, pero, sobre todo, a través de la santa Misa, donde participaba realmente en la pasión de Jesús.

«Amor, sufrimiento y salvación, esa fue la misión de Cristo en la tierra, y esa debía ser la misión del Padre Pío en la tierra, imitando a su señor Jesús. Imitación por participación otorgada por pura gracia, y no por imitación a fuerza de voluntad y de perfección alcanzada».[5]

El Padre Pío creía que su destino en la Tierra era amar a Dios y a su prójimo a través del dolor, igual que Jesús crucificado, con la intención no sólo de quedarse al pie del monte Calvario, sino de subir a la misma cruz de Cristo, para vivir allí crucificado con Él: «¡O amar a Dios o morir! ¡Dios mío!: yo te pido fuerza para sufrir, desnudo de todo consuelo humano. Me siento ahogado en el piélago inmenso del amor al amado».

Guiado por ese amor, el Padre Pío eligió la Cruz: «Sed amantes de la Cruz. La prueba de amor más segura consiste en padecer por el amado y si un Dios padeció por amor tantos dolores, el dolor que se padece por Él se vuelve tan amable cuanto el amor».

Desde los comienzos de su vocación, el Padre Pío estuvo convencido de que la Cruz no es sólo una condición que Jesús nos impone para seguirle, sino que es la ocasión más real y autentica de pertenecer a su reino: uno es en verdad cristiano sólo en la medida en que acepta la cruz como deseo fundamental de vida, para imitar a Jesús: «El prototipo, el ejemplar en el cual es preciso mirarse y modelar nuestra vida es Jesucristo; pero Jesús ha escogido por bandera la cruz, y por ello quiere que todos sus discípulos sigan la senda del Calvario, llevando la cruz para después morir en ella. Sólo por este camino se llega a la salvación».

Ya en sus primeros tiempos había aceptado plenamente la invitación a cargar con la cruz y subir al Calvario, para compartir así los dolores de ese Cristo sufriente a quien tanto amaba. Esto escribía en una carta de 1913: «Sí, yo amo la cruz, la cruz sola, y la amo porque la veo siempre sobre las espaldas de Jesús. Y Jesús sabe muy bien que toda mi vida, que todo mi corazón se ha entregado completamente a Él y a sus penas.

Solamente Jesús puede comprender mi pena cuando se presenta a mi vista la escena dolorosa del Calvario. Nunca entenderemos del todo el alivio que se da a Jesús no solamente al compadecerse de sus dolores, sino también cuando encuentra un alma que por amor suyo no le pide consuelos, sino ser partícipe de sus mismos dolores».

«Se le preguntó en una ocasión: “¡Padre! Usted sufre lo indecible porque ha cometido la imprudencia de ofrecerse víctima, y víctima por toda la humanidad. Usted, Padre, intenta llevar sobre una parte de sus espaldas a la Iglesia, y sobre la otra al mundo corrompido y desconcertado por las fuerzas del mal”.

El Padre Pío no negó nada de lo propuesto, y se limitó a responder: “¡Sí! ¡Sí! ¡Rogad, pues, mucho para que finalmente no termine aplastado por tanto peso!”».[6]

El estigmatizado de San Giovanni Rotondo es para Jesús –como todas las almas víctimas– una «Humanidad suplementaria», en la que Cristo puede seguir sufriendo para gloria del Padre y las necesidades de la Iglesia.

«La Iglesia nace de la muerte de Cristo. Este dato fundamental nos recuerda también un principio de vida eclesial, que precisamente los santos ponen de relieve: un cristiano, cuanto más revive en sí el misterio del Gólgota, tanto más se hace instrumento de Cristo, para que la Iglesia, en él y en torno a él, pueda “renacer” continuamente en la fe, en la santidad y en la comunión».[7]

Salvando almas

El verdadero objetivo del sufrimiento vicario supera ampliamente la asunción puntual de enfermedades y tribulaciones pertenecientes a otra persona, sino que se abre a un panorama mucho más amplio, pues persigue el perdón de las faltas y la conversión de la persona a la que sustituye. Se trata, ni más ni menos, que de satisfacer a la justicia divina para que la misericordia de Dios salve al pecador y le libre de los castigos que había merecido, ya que éstos han sido reparados por el sufrimiento del inocente.

«Oh, Jesús, dame las almas de los pecadores. Que tu misericordia descanse en ellas; quítame todo, pero dame las almas. Deseo convertirme en hostia expiatoria por los pecadores. Transfórmame en Ti, oh Jesús, para que sea una víctima viva y agradable a ti. Deseo satisfacerte por los pecadores en cada momento».[8]

Salvar almas: he aquí el objetivo por el que las almas víctimas ofrecen su sufrimiento reparador, pues el rescate de las almas tiene un precio, un precio muy caro: la sangre de las víctimas. El Padre Pío a veces hacía esta confidencia: «Las almas no se nos dan como regalo: se compran. ¿Ignoráis lo que le costaron a Jesús? Derramó y sigue derramando todos los días lágrimas de sangre por la ingratitud humana. Pues bien, siempre es preciso pagar con esa misma moneda. Repítele continuamente también tú al dulcísimo Jesús: quiero vivir muriendo, para que de la muerte surja la vida que ya no muere, y la vida resucite a los muertos».

Ardiendo de sed para salvar a las almas, el 20 de febrero de 1921 escribió a su superior: «¡Pobre de mí! No logro descansar. Vivo sumergido en la extrema amargura, en la desolación más deprimente por no ganar todos los hermanos al Señor. Siento el vértigo de vivir por los hermanos... todo se reduce a esto: estoy consumiéndome por el amor a Dios y por el amor al prójimo... ¡Cuántas veces, por no decir siempre, me toca repetir: Señor, perdona a este pueblo, o bórrame del libro de la vida!». Se puede decir que el Padre Pío vivió para salvar a los pecadores. Sentía un gran amor por ellos, hasta el punto de pedir al Señor sus sufrimientos, que muchas veces el Señor le concedía.

En una carta del 26 de marzo de 1914, escribía: «Si sé que una persona está afligida, sea en el alma o en el cuerpo, ¿qué no haría ante el Señor para verla libre de sus males? Con mucho gusto cargaría con todas tus aflicciones, con tal de verla a salvo, cediendo a su favor el fruto de tales sufrimientos, si el Señor me lo permitiera».

Teresa Neumann, una estigmatizada alemana del siglo pasado, que ofreció su vida a sufrir por la salvación de las almas, explicaba así su misión: «Mira, el Salvador es justo, y por eso tiene que castigar. Pero es también bondadoso y quiere ayudar. El pecado que se ha cometido tiene que ser castigado. Mas, cuando otro asume el sufrimiento, se satisface a la justicia y el Salvador es libre para desplegar su bondad».[9]

Ante estas palabras, lo más fácil es calificar esta actitud como propia de una debilidad masoquista, que se suele hacer extensiva a toda práctica penitencial basada en infligirse sufrimiento. Pero los testimonios de las almas vicarias contradicen este prejuicio. A pesar de su ofrecimiento como alma víctima, Teresa Neumann nunca escondía su temor a sufrir. A quienes le llamaban la atención sobre este hecho, les respondía: «Mira, el sufrimiento no puede gustarle a nadie. Tampoco a mí me gusta. Ninguna persona ama el dolor, y yo también soy una persona. Pero amo la voluntad del Salvador y, cuando Él me envía un sufrimiento, lo acepto porque Él lo quiere así. Pero el sufrimiento a mí no me gusta».[10]

Parecidas palabras le dirigió el Padre Pío a su hija espiritual Cleonice Morcaldi en cierta ocasión, cuando ésta le interrogaba sobre el sentido de su sufrimiento: «No creas que a mí me gusta el sufrimiento en sí mismo; me gusta y se lo pido a Jesús por los frutos que produce: da gloria a Dios, salva a las almas, libera las del Purgatorio. ¿Qué más puedo querer?».

Todas las almas víctimas tienen como misión salvar a través del amor, no del sufrimiento, pero sólo se consigue la salvación entregándose al sufrimiento para redimir a los demás, como hizo Jesús entregando su vida por amor a nosotros. El Padre Pío también donó su vida para este fin, plenamente aceptado:

«Todo se resume en esto: estoy devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo. ¿Cómo es posible ver a Dios que se entristece ante el mal y no entristecerse de igual modo? Yo no soy capaz de nada que no sea tener y querer lo que quiere Dios. Y en Él me encuentro descansado, siempre al menos en lo interior, y también en lo exterior, aunque a veces con alguna incomodidad. Jesús se escoge algunas almas y, entre ellas, en contra de mi total desmérito, ha elegido también la mía para ser ayudado en el gran proyecto de la salvación humana. Y cuanto más sufren estas almas sin alivio alguno, tanto más se mitigan los dolores del buen Jesús. Éste es el único motivo por el que deseo sufrir cada vez más y sufrir sin alivio; y en esto encuentro toda mi alegría».

El apostolado del sufrimiento

Pedir voluntariamente padecer penalidades en lugar de otra persona es la forma más pura de ejercer el sufrimiento vicario, sin duda la más perfecta y difícil, y por eso parece reservada a las almas elegidas de los santos, hasta el punto de que constituye uno de los caminos más directos para alcanzar la santidad. Consciente de que la dureza de este camino no lo hace adecuado ni asumible por la mayoría de los creyentes, el Padre Pío en su correspondencia

desaconsejaba a muchas personas que se ofrecieran como almas víctimas, pues conocía las enormes dificultades de este carisma.

Sin embargo, el carisma de alma víctima dentro de la Iglesia no está destinado solamente a los santos, o a personas de extraordinaria categoría espiritual, aptas para resistir las duras pruebas del sufrimiento vicario. Más bien podemos decir que está abierto y disponible para todos aquellos creyentes que son llamados a esta misión sacrificial por el mismo Cristo, ya que hay otra modalidad más sencilla y asequible de sufrimiento reparador para el común de los mortales, que consiste en ofrecer nuestros propios sufrimientos, es decir, aquellos que nos corresponden por prueba o expiación, con la intención de aliviar o eliminar los padecimientos de otras personas, incluyendo la petición de misericordia para sus pecados, y la conversión y salvación de sus almas.

«A vosotros que sufrís, os pido que nos ayudéis. Pido que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal que nos presenta el mundo contemporáneo, venza vuestro sufrimiento en unión a la cruz de Cristo».[11]

«Muchos hombres y mujeres en la historia de la Iglesia han sido llamados a abrazar esta fuerza del evangelio del sufrimiento en grados altísimos de oblación y ofrecimiento. Estos, llamados almas víctimas, cooperan de manera particular con la obra redentora de Cristo en cada generación. La Cruz es reproducida en sus vidas transformándolos en víctimas de amor. Ellos abrazan la Cruz por amor a Cristo, en plena comunión con Él y en imitación plena del Maestro, ofreciéndose como Él, con Él y en Él, por la salvación de la humanidad y para el bien de toda la Iglesia».[12]

Santa Teresita del Niño Jesús decía: «Ofrezcamos nuestros sufrimientos a Jesús para salvar almas. Pobres almas... Jesús quiere hacer depender su salvación de un suspiro de nuestro corazón ¡Qué misterio! No rehusemos nada a Jesús» (Carta 85). «No perdamos las pruebas que nos envía, son una mina de oro sin explotar» (Carta 82).

En sus apariciones, María ha hecho continuos llamamientos a la necesidad de sacrificarse por la salvación de las almas. Por ejemplo, en la revelación en Fátima del 13 de agosto de 1917: «Orad y haced sacrificios por los pecadores, porque hay muchas almas que van al infierno, porque no hay quien se sacrifique ni ore por ellas».

Esta modalidad de victimación está abierta a todos los creyentes, aunque suponga indudablemente un cierto grado de heroísmo: «Por eso, debemos tomar partido en esta lucha permanente contra el mal y contribuir con nuestro granito de arena en la construcción de un mundo mejor. Ofrezcamos con amor nuestros sufrimientos por la salvación de los pecadores. ¿No querrías ser tú de esas almas heroicas que se han consagrado al Señor para salvar a los pecadores? Estas personas ofrecen su vida y sus sufrimientos por la salvación del mundo. Son almas enteramente disponibles para cumplir en ellas la voluntad de Dios. Quieren arrancar a los pecadores de las garras de Satanás para devolvérselas a Dios. Pero ello no es posible sin amor y sin dolor. Algunos las llaman almas víctimas. Ellas son verdaderas maravillas de Dios, joyas de su amor, perlas preciosas, flores hermosas de su jardín. Son hostias inmaculadas y puras, como lo han sido todos los santos».[13]

Fruto de esta corriente de espiritualidad ha sido la creación en los últimos tiempos de un número cada vez mayor de grupos institucionalizados y fundaciones que nacen con el exclusivo propósito de hacer del sufrimiento reparador su vocación y carisma más genuino. El conjunto de estas instituciones ha desembocado en el ámbito de la fe cristiana en lo que se conviene en llamar el «Apostolado del Sufrimiento», cuya idea motriz hay que buscarla en santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607), que llevó una vida de continuo martirio por las almas –«¡almas, dadme almas!», decía continuamente–. Suyas son algunas de las frases más famosas sobre el sufrimiento vicario: «Padecer y no morir», «no morir, sino sufrir», «ni morir ni curar, sino vivir para sufrir». Por supuesto, también recibió los estigmas.

Además de éstos, recibió los consiguientes e intensísimos dolores, violentas jaquecas y parálisis frecuentes, acompañados de una catarata de tentaciones de todo tipo: de fe, de ira, egoísmo, tristeza, falta de confianza en Dios, abandono de vida religiosa, todo tipo de pensamientos impuros... tan es así que pedía insistentemente:«Ya que me has dado el dolor, concédeme también el valor». Pero aun así seguía repitiendo: «Ni sanar ni morir, sino vivir para sufrir».

Esta experiencia del apostolado del sufrimiento fue recogida y perfeccionada algo más tarde por santa Margarita María de Alacoque: «Todo mi apostolado consistió principalmente en abrazarme gozosa a la Cruz y en abandonarme amorosamente al Crucificado divino con gratitud del alma y con sed inmensa de su gloria. ¡Oh, aprended, pues, ante todo, la ciencia sublime de sufrir! ¡Sí, de sufrir amando y de cantar sufriendo para gloria del divino Corazón! Dejaos atraer desde el Calvario a su Calvario, sin vacilaciones ni cobardías... Ceded al imán de su Corazón crucificado... Y no temáis, porque Aquél que os ha inspirado el deseo ardiente, y el querer, sabrá también daros el poder con gracia superabundante. Acercaos, pues, al Tabernáculo del Rey de amor... Venid, llevándole gozosos, como ofrenda de apostolado, las dolencias... Ofrecedle, como rico tesoro, las flaquezas dolorosas de la salud quebrantada... Presentadle este precioso obsequio, y, colocándolo en la herida de su Corazón adorable, decidle con toda resignación, con celo ardiente y con amor apasionado: “Acepto Señor, la gloria incomparable de ser una partícula de la Hostia redentora que eres Tú mismo... Pero, en recompensa, sana las almas enfermas, y, a cambio de este Calvario nuestro, sube al Tabor de tu gloria, Jesús”».

El caso quizá más conocido dentro de este apostolado del sufrimiento fue el que llevó a cabo la mística francesa Marta Robin. Aquejada desde la infancia por muchas enfermedades incurables, que la produjeron parálisis, trastornos digestivos y ceguera, pasó cincuenta y tres años inmovilizada en su lecho, sin tomar otro alimento que la Hostia. A raíz de una revelación en 1928, ofreció su vida al Corazón de Jesús en la Cruz. Desde entonces, comenzó a sufrir también los estigmas.

A medida que su fama aumentaba, recibía innumerables visitas –llegó a recibir a más de 100.000 personas– y mantenía una intensa correspondencia con personas de todo el mundo. Cambió la vida de muchas personas escuchándolas, aconsejándolas, alentándolas... Incluso fue capaz de realizar numerosas obras de caridad con los pobres, y de fundar una congregación, la Foyer de Charité, hoy extendida por varios países. Resumía su misión en dos palabras: «Ofrecerse y sufrir».

Otra alma víctima de especial relevancia en los tiempos actuales lo constituyó la beata Luisa Piccarretta (1865-1947), que mantuvo frecuentes contacto con el Padre Pío por bilocación. Siendo todavía niña, comenzó a manifestar una misteriosa enfermedad que la obligaba a quedarse en cama. Alrededor de los dieciocho años, mientras se encontraba haciendo la meditación sobre la pasión de Jesús en su habitación, sintió su corazón oprimido y que le faltaba la respiración. Asustada, salió al balcón y desde allí vio que la calle estaba llena de personas que empujaban a Jesús llevando la Cruz. Sufriente y ensangrentado, Jesús alzó los ojos hacia ella pronunciando estas palabras: «¡Alma, ¡ayúdame!».

Luisa entró a su habitación con el corazón desgarrado por el dolor, y llorando le dijo: «¡Cuánto sufres, oh mi buen Jesús! ¡Si pudiera yo al menos ayudarte y librarte de esos lobos rabiosos, o cuando menos sufrir yo tus penas, tus dolores y tus fatigas en tu lugar, para así darte el más grande alivio...! ¡Ah, Bien mío!, haz que yo también sufra, porque no es justo que tú debas sufrir tanto por amor a mí y que yo, pecadora, esté sin sufrir nada por ti». Y desde aquel momento repitiendo siempre su fiat, se hicieron más frecuentes los períodos transcurridos en cama, hasta el punto que estuvo postrada sufriendo una completa inmovilidad durante 62 años.

Luisa murió antes de cumplir los ochenta y dos años de edad, el 4 de marzo de 1947, después de una corta pero fatal pulmonía –¡la única enfermedad diagnosticada en su vida!–.

2 La sangre del Cordero

«¿Un hombre que ha permanecido crucificado durante medio siglo? Todo eso, ¿qué quiere decir? ¿Sabéis por qué subió Jesucristo a la Cruz? Subió a la Cruz por los pecados de los hombres, y cuando en la historia aparece algún crucifijo, eso quiere decir que el pecado de los hombres es grande y que para salvarlo es necesario que alguien regrese otra vez al Calvario, vuelva a subir a la Cruz y allí permanezca sufriendo por sus hermanos. Nuestro tiempo tiene necesidad de gente que ofrezca lo que el Hijo Unigénito sufrió. En eso consiste toda la cuestión del Padre Pío».[14]

«El Padre Pío recibió los estigmas en su cuerpo, como Cristo, para destruir los pecados y los sufrimientos del mundo contemporáneo» (Cardenal Corrado Ursi).

«Con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál 2,20).

Viacrucis

Como todas las almas víctimas, el Padre Pío realizó su misión vicaria de expiación a través del sufrimiento. En el mes de junio de 1913 escribía al Padre Benedetto, su director espiritual: «El Señor me hace ver, como en un espejo, que mi vida futura no será más que un martirio» (Epistolario I, p. 368).

Esta premonición del Padre Pío se cumplió plenamente a lo largo de toda su vida, que se convirtió en un auténtico viacrucis bajo el peso de sufrimientos abrumadores, tanto físicos como morales y espirituales.

«Me encuentro levantado no sé cómo en el ara de la Cruz desde el día de la fiesta de los santos Apóstoles, sin jamás descender ni por un instante. Anteriormente era interrumpido el suplicio algún instante, pero, desde aquel día hasta aquí, el sufrimiento es continuo, sin interrupción alguna. Y este penar va siempre en aumento. ¡Fiat!» (carta del 21 de julio de 1918).

Las enfermedades sufridas por el Padre Pío fueron documentadas en un memorial enviado al Vaticano por el doctor Miguel Capuano, su último médico. El doctor Capuano ejerció su profesión en San Giovanni Rotondo durante cincuenta años, cuarenta de los cuales al lado del Padre Pío y, poco antes de morir, firmó página por página un largo informe científico, en el que anotó con escrupulosidad una larga serie de enfermedades padecidas por el fraile de los estigmas:

«El Padre Pío –se lee en el informe– perdía algo así como un vaso de sangre cada día. Tenía fiebres que a veces alcanzaban los 44-45 grados, las cuales se podían medir solamente con termómetros especiales. A la bronquitis crónica, que tuvo desde niño, se habían añadido el asma y una pleuritis exudativa, enfermedad que dejaba al Padre Pío sin respiración a causa de las terribles punzadas en el costado. Sufría también de pulmonía y bronco-pulmonía dos veces al año, en las estaciones intermedias; de úlcera péptica, con espasmos, vómito y ayuno forzoso. Más tarde aparecieron los cólicos de los cálculos renales, que le hacían gritar durante horas al punto de invocar la muerte. No faltaban las enfermedades –por así decirlo– ligeras, como la artritis, la artrosis, la descalcificación de los huesos de toda la columna, la rinitis hipertrófica, la faringitis y la laringitis purulenta, la otitis, la sinusitis, y las fuertes migrañas.

Además, el Padre Pío no veía bien, al punto que no podía releer sus propios escritos y, en los últimos años de su vida, fue afligido por un epitelioma en el oído izquierdo que no le permitía dormir de aquel lado. Tenía un quiste en la parte derecha del cuello, que le impedía girar la cabeza, y luego aquella hernia en la ingle derecha que en 1925 le llevó a la operación, la cual le fue practicada sin anestesia, porque el Padre Pío tenía miedo a que, bajo los efectos de los fármacos, los médicos aprovecharan para escudriñar sus llagas, que llevaba rigurosamente cubiertas».[15]

A este terrible cuadro clínico hay que añadirle los dolores continuos que padecía debido a sus estigmas, la escasísima cantidad de comida que ingería –a todas luces insuficiente para cubrir sus necesidades diarias, hasta el punto de que durante períodos largos de tiempo solamente se alimentaba de la Hostia–, sus mortificaciones, las largas horas de permanencia en el confesionario, y el hecho de que apenas dormía. Un médico llegó a decir, asombrado ante la pasmosa resistencia de aquel fraile que llevaba una vida increíblemente activa a pesar de sus sufrimientos físicos, que para la medicina «el Padre Pío está biológicamente muerto».

Junto a estos sufrimientos físicos, el Padre Pío también padeció sufrimientos de orden moral y espiritual. Aparte del dolor que experimentaba viendo la decadencia moral del mundo, durante toda su vida fue asaltado por unos lacerantes escrúpulos, que le atormentaban de tal manera que incluso –aunque parezca increíble decirlo– ¡le llevaron a albergar serias dudas sobre si se iba a salvar o no! Esta prueba, inexplicable en alguien tan tocado de gracias sobrenaturales, era aceptada por él como venida de Dios, y tenía por objeto preservarle de la soberbia.

«No se trata de desesperanza –le decía en una carta a su confesor–, pero no lo entiendo. Es terrible. No sé cómo el Señor puede permitir todo esto. Me veo a disgusto en todo, y no sé si obro bien o mal. No se trata de escrúpulos, sino de que la incertidumbre de agradar o no al Señor me aplasta. Y eso en todo y en todas partes, en el altar, en el confesionario, en todas partes. Avanzo casi por milagro, pero no entiendo nada».

Como trasfondo de todos sus sufrimientos, sufrió durante amplios períodos lo que viene a llamarse, desde san Juan de la Cruz, una terrible «noche espiritual», que le sumió en crisis, sequedades, incertidumbres y angustias indecibles. ¡Quién lo diría, cuando se le veía bromear y atender con tanto amor y entrega a su ministerio sacerdotal!

«Las tinieblas se van intensificando cada vez más; las tempestades se suceden a las tempestades y en lo íntimo de mí mismo van haciendo un vacío cada vez más espantoso, que me hace morir de terror en cada instante. Dondequiera vago encuentro espinas, que todo me penetran. Mis sufrimientos interiores crecen y crecen cada vez más sin el menor descanso. Así lo quiere el Señor, porque así desea ser amado de sus criaturas».

«La noche se va haciendo cada vez más profunda; la tempestad, cada vez más áspera; la lucha, cada vez más apremiante, y todo amenaza una inundación de la pobre nave de mi espíritu. Ningún consuelo baja a mi alma. Sólo veo con claridad mi nulidad, de una parte; y de la otra la bondad y el tamaño de Dios. Veo a Dios en mí mismo y, lejos de satisfacer mi afán, mayor deseo siento».

En el fondo de sus sufrimientos morales latía la creencia de su radical incapacidad, que le hacía sentirse indigno de los dones que el Cielo había volcado sobre él con tanta abundancia. Frecuentemente se quejaba de que cualquier otra persona, en su lugar, habría hecho más que él, acusándose de no haber sabido corresponder adecuadamente a tantas gracias como se le habían dado. Llegó a decir que no entendía por qué su hábito de capuchino no salía huyendo de él, escandalizado de su indignidad como siervo de san Francisco. ¡Cosas raras de los santos!, pues esta actitud de considerarse radicalmente indignos de la gracia de Dios fue común a muchos de ellos.

Llevaba sus sufrimientos en secreto, pero a veces abría su alma atribulada ante personas de su confianza. En agosto de 1922 el Padre Rómulo Pennisi, director del pequeño seminario capuchino de San Giovanni Rotondo, rodeado de sus alumnos, tuvo este diálogo con el Padre Pío:

—Padre Pío, hoy veo que sufres mucho. Dime: ¿Te duelen mucho tus llagas?

—Hijo mío, cuando tú tienes una llaga, ¿te duele? Ahora piensa que yo tengo cinco, y... ¡qué llagas!

—Entonces, dame un poco de tu sufrimiento. El sufrimiento compartido es menor.

—Eso nunca, hijo mío. Soy celoso de mis sufrimientos. Si Dios te diera una centésima parte de lo que yo sufro, no resistirías ni siquiera un minuto. Morirías al instante.

—Padre Pío, aquí están los seminaristas que quieren aligerarte un poco el peso de tu Cruz. ¿Por qué no pides al Señor que distribuya un poco de tus sufrimientos en cada uno?

—No reparto con nadie mis joyas.

Así era el Padre Pío. Él sabía que había sido escogido por Dios como colaborador de la obra de la redención de Cristo y que esta colaboración se realizaba a través de la Cruz. Bajo un jefe coronado de espinas, él no quiso ser menos. Y esto duró durante toda su vida.

Un confidente un día le preguntó:

—Padre, ¿cuándo sufre?

—Siempre, hijo mío. Desde el seno de mi madre.

—¿Sufre mucho, Padre?

—Todo lo que puede sufrir quien carga con la humanidad entera.

Cleonice Morcaldi, su hija espiritual predilecta, unos días antes que el Padre Pío muriera le preguntó:

—¿Cómo se siente, Padre?

—¡Mal, mal, mal! –le respondió.

—¿Qué sufre? –volvió a preguntarle la hija espiritual.

—¡Todo, todo, todo!

—¿Al fin está usted saciado de tanto sufrimiento?

—¡Todavía no!

—Pero, ¿qué es para usted este bendito sufrimiento?

—¡Es el pan de cada día, es mi delicia!

—Pero, Padre, la culpa es de usted, porque tuvo la imprudencia de ofrecerse víctima no sólo por la Iglesia y por Italia, sino por todo el mundo.

—Bueno, era también necesario encontrar a un tonto como yo que aceptara.

Así, con una broma, este hombre de Dios intentaba ocultar el drama de sus heroicos sufrimientos.

Holocausto final

Aparte de su sufrimiento como víctima general de expiación para la salvación de las almas, el Padre Pío también desarrollaba actos de inmolación por personas concretas y circunstancias determinadas, asumiendo conflictos y crisis que muchas veces superaban la dimensión personal, y apuntaban a hechos de relevancia para la Iglesia o que incluso podían referirse a un horizonte mundial.

Una parte de su actividad como alma víctima nos es conocida en su intimidad a través de los éxtasis que experimentaba, especialmente en sus primeros tiempos como capuchino, pues en este estado de trance expresaba en detalle su lucha con Dios con el fin de conseguir misericordia para alguien. Son éxtasis parecidos a los de santa Gema Galgani, otra alma víctima.

Siendo todavía joven el Padre Pío, un religioso entró en su celda para hablar con él. Estaba en profundo recogimiento, hablando con el Señor, y no se dio cuenta de que el religioso había entrado. Éste, sorprendido por la oración que estaba haciendo, empezó a transcribir aquella plegaria:

«¡Oh Jesús, te encomiendo a aquella persona! ¡Conviértela, sálvala! No sólo conviértela, ¡sino sálvala! Si se tratara de castigar a los hombres, castígame a mí... ¡Oh Jesús, convierte a aquel hombre! Tú lo puedes... sí, eres poderoso. Me ofrezco a Ti, Señor, todo por él... Jesús, ¿es fea aquella persona?... Abuso de tu bondad... eres Padre... la gracia se la debes conceder Tú... Aquél será malo, pero tú puedes cambiarlo... te voy a cansar hasta lograrlo. Quiero que sepas, Jesús, que si no lo conviertes, ¡te voy llamar “malo”! ¿Cómo?... ¿Por tantos y tantos no te mides en dar tu sangre?.. La gracia se la debes hacer Tú... hasta que no sepa que ya se la concediste, no me cansaré de pedírtela. Jesús mío, no me digas que no. Recuerda que por todos derramaste tu sangre... y, ¿qué tiene que ver si aquél es duro? Jesús, otra gracia... A los sacerdotes los debes ayudar, especialmente en nuestros días... son espectáculo y blanco de todos... Mientras se trata de mí, haz lo que quieras, de lo de ellos, no...».

Ya desde sus primeros tiempos como capuchino se había ofrecido como víctima por todos los Papas, a los que aseguraba una obediencia y lealtad sin límites, aunque hubo algunos que, fiándose de consejeros que le proporcionaban informaciones falseadas sobre el fraile estigmatizado –como fue el caso de Juan XXIII–, cayeron en incomprensiones hacia él, autorizando severas restricciones a su ministerio sacerdotal.

Después del Concordato de 1929 entre el Vaticano y el Estado italiano, hubo un período de relativa paz, que se rompió dos años después por las tensiones provocadas por las organizaciones fascistas contra la Acción Católica que Pío XI consideraba como la niña de sus ojos. El Papa no se doblegó frente a las vejaciones fascistas y, el 5 de junio de 1931, intervino enérgicamente con una encíclica contra la ideología fascista, que consideraba como «estatolatría pagana».

Las fuertes palabras del Papa ocasionaron un enorme revuelo. En el convento de San Giovanni Rotondo el mismo Padre Pío comentó la encíclica papal y se refirió a los malos propósitos de Mussolini; pero dijo que, a pesar del peligro en que se encontraba Pío XI, el Papa estaba a salvo, «porque algunas personas se habían ofrecido como víctimas por la Santa Iglesia». No dijo más, pero todos entendieron que una de esas almas víctimas era precisamente él.

Al entrar los alemanes en Roma el 10 de septiembre de 1943, al Padre Pío le sobrevino una extraña enfermedad, quizá presintiendo que el Santo Padre estaba en peligro.

Son innumerables los casos en los que el Padre Pío se apropió vicariamente de los sufrimientos de otras personas. Durante la Cuaresma de 1956, un joven afectado de un tumor en la sien fue a hablar con el Padre Pío. El Padre Atilio Negrisolo le preguntó después al joven qué le había dicho, a lo que respondió: «Me ha dicho: suframos juntos».

Este sacerdote se encontró después el Viernes Santo con el Padre Pío, y éste le confesó –a la vez que se señalaba la sien– que «me da la impresión como de tener un taladro que me penetra en la cabeza». Entonces el Padre Negrisolo observó: «¡A la fuerza ha de ser, Padre, cargáis con el mal de todos!». El Padre Pío entonces respondió: «¡Ojalá fuera verdad que pudiera cargar con el mal de todos para verlos a todos contentos!». Por supuesto, el joven no tardó en curarse.

En general, podemos decir que el Padre Pío cargaba sobre sus espaldas una enorme Cruz, hecha de los sufrimientos de todos sus devotos, de todos sus hijos espirituales, a los que nunca abandonaba, y a los que tenía siempre presente. En una de sus cartas a Raffaelina Cerase encontramos estas palabras: «Por mi parte, no puedo menos que compartir de buen grado con usted el dolor que la oprime, pedir más asiduamente a Dios por usted y desearle que el dulcísimo Jesús le conceda la fuerza espiritual y material para atravesar la última prueba de su paterno amor a usted [...]. ¡Cuánto quisiera estar cerca de usted en estos momentos para aliviar de alguna manera el dolor que la oprime! Pero estaré espiritualmente cerca de usted. Haré míos todos sus dolores y los ofreceré todos en holocausto al Señor por usted».[16]

Un aspecto poco conocido de la vida del Padre Pío es el hecho de que hubo en su vida varias personas que se ofrecieron como víctimas por él, con el fin de conseguirle el cese de sus tribulaciones en circunstancias especialmente difíciles de su existencia. La víctima por excelencia fue así salvada y beneficiada por otras almas víctimas, en una emocionante cadena de reciprocidad.

Una de estas almas generosas fue la ya mencionada Rafaelina Cerase, de la ciudad de Foggia. Esta mujer, muy enferma, se ofreció en 1916 como víctima para que el Padre Pío –que estaba exclaustrado en Pietrelcina por causa de extrañas enfermedades– sanara de sus dolencias y regresara a su comunidad. En efecto el Padre sanó, se despidió de su tierra y fue destinado al convento de los capuchinos de Foggia, en donde pudo atender espiritualmente a Rafaelina.

En los años de segregación absoluta en San Giovanni Rotondo (l923-1933) hubo otra hija espiritual del Padre Pío que ofreció su vida para que cesara la persecución contra el estigmatizado. Se llamaba Lucía Fiorentino. El Señor le tomó la palabra y Lucía murió en 1934, pocos meses después de que el Papa Pío reconociese públicamente la inocencia del Padre Pío.

Lucía Fiorentino era un alma excepcional que tenía frecuentes fenómenos místicos, entre ellos locuciones interiores. Ya desde 1906 el Señor le había anunciado que vendría de lejos un sacerdote, simbolizado por un gran árbol cuya sombra cubriría todo el mundo. Quien con fe se refugiara bajo él, obtendría la verdadera salvación. Por el contrario, quien se burlara sería castigado. El Padre Pío era este árbol, hermoso y rico en hojas y frutos de santidad y salvación para muchos.

También el Padre Pío contó en su titánica empresa como alma víctima con la colaboración de algunas personas, la mayoría hijas espirituales de él, que se asociaron libremente en su obra reparadora y expiatoria. De entre ellas destaca con luz propia Cristina Montella, que contaba sólo 14 años de edad cuando se le apareció en bilocación el Padre Pío, y que desde ese momento tuvo una especial relación con él. El capuchino la tomó bajo su protección y la hizo su hija espiritual, llamándola la «Niña», apodo cariñoso que empleó con ella durante toda su vida. Cristina recibió los estigmas en la fiesta de la exaltación de la Cruz –14 de septiembre de 1935–. Primero fueron visibles, pero ella pidió que se le retiraran, lo cual le fue concedido, aunque siempre sufrirá los dolores de los estigmas invisibles.

Habiendo profesado como monja bajo el nombre de Rita, cada noche revivía durante tres horas con el Padre Pío, presente en su celda por bilocación, los sufrimientos del Señor en lo que ella llamaba «la obra santa para los sacerdotes». Según confesaba ella misma, ella y el Padre Pío «se mantenían ambos de rodillas con los brazos extendidos, aunque sostenidos por dos ángeles, mientras un círculo de espíritus celestes formaban una orante corona en torno a las dos víctimas inmoladas para la reparación de los pecados del mundo contemporáneo». En su libro El secreto del Padre Pío, Antonio Socci sostiene que sor Rita estuvo presente mediante bilocación en la plaza de San Pedro el 13 mayo de 1981, cuando Alí Agca intentó acabar con la vida de Juan Pablo II. Según sus palabras textuales, «junto a la Virgen, desvié el disparo del agresor del Papa».[17]

Socci también afirma en su libro que la misión victimaria del Padre Pío se inspiró en san Pío X –primer Papa canonizado el siglo XX–, Papa al que admiraba profundamente, calificándole de «alma verdaderamente noble y santa, que en Roma no tuvo nunca a nadie igual». Pío X –quien ya en sus encíclicas había condenado sin ambages las corrientes modernistas que comenzaban a invadir la Iglesia– invitaba a los religiosos a ofrecerse como víctimas a Dios para la salvación de la humanidad, sabiendo que la respuesta a un mundo sumido en las tinieblas era la santidad del sacerdocio. Para él, el sacerdote tiene la vocación divina de ser un «hombre crucificado en el mundo». Él mismo dará un escalofriante ejemplo de este llamamiento cuando falleció precisamente al ofrecerse como víctima tras el estallido de la I Guerra mundial.

Pero lo más impresionante es cuando Socci explica que los estigmas que recibió el Padre Pío el 20 de septiembre de 1918 fueron el precio que pagó ante el Cielo por la concesión de un deseo que manifestó repetidamente en sus oraciones: el final de la I Guerra mundial.

También resulta misteriosa la extraña muerte del Padre Pío el 23 de septiembre de 1968. Ciertamente, tenía ya 81 años y estaba débil y achacoso, pero no mucho más que lo había estado durante las largas, raras y penosas enfermedades que sufrió en el transcurso de su existencia. La diferencia estaba, obviamente, en que era más anciano. Pero unos días antes de su fallecimiento nada hacía presagiar ese desenlace. Su mismo óbito tuvo lugar de manera dulce, suave y tranquila, casi como si se durmiera por propia voluntad. Sobre este respecto, hay muchos autores que mantienen que ese fue el último acto del Padre Pío como alma víctima, ya que había ofrecido previamente su vida por la causa de la Iglesia, que en ese año de 1968 estaba en plena crisis posconciliar, amenazando un derrumbe por la crisis del sacerdocio. En apoyo de esta teoría, hay que decir que el Padre Pío con frecuencia manifestó su preocupación por los nuevos derroteros que estaba tomando la Iglesia después del Concilio, hecho que comentaremos más adelante.

Un personaje del Vaticano llegó a decir, contemplando el cadáver del Padre Pío en el ataúd: «El Padre Pío ha muerto de dolor por lo que está ocurriendo en la Iglesia».

«El sacrificio del Padre Pío supuso para la Iglesia la liberación de algo terrorífico, acaso una desintegración para la que, en esos momentos, se daban todas las premisas. Y probablemente propició grandes gracias (como el pontificado de Juan Pablo II). A Luigina Siapina, una hija espiritual del Padre Pío con dones sobrenaturales, la Virgen le explicó así la muerte del Padre Pío en aquel momento: «Hacía falta una gran víctima en los momentos actuales de la Iglesia».[18]

Pero su misión victimaria no finalizó con su fallecimiento, sino que se prolonga mucho más allá en el tiempo. Monseñor Pietro Galeone nos dejó en su obra Padre Pío mío Padre una revelación asombrosa: el Padre Pío había pedido al Señor ser una víctima perenne, con el fin de que su misión redentora perdurara hasta el fin de los tiempos. Ni que decir tiene que su solicitud fue aceptada.

«Te asocio a mi Pasión»

Pablo VI dijo el 25 de febrero de 1970: «También la Iglesia tiene necesidad de ser salvada por alguien que sufra, por alguien que lleve escrita dentro de él la pasión de Cristo».

La manera más sublime de vivir el sufrimiento vicario, de practicar el carisma de alma víctima, es, como lo atestiguan muchos santos, participar en la pasión de Jesús, la experiencia victimaria más completa y reparadora, ya que tuvo como fruto la redención de la humanidad. Éste fue el centro de la espiritualidad y del ministerio del Padre Pío: la participación total en los dolores físicos y espirituales de la pasión de Cristo. Por eso le fueron concedidos los estigmas.

El Padre Pío fue un alma víctima de especiales características, las cuales hicieron que su misión expiatoria fuera de una importancia excepcional en la historia de la Iglesia, pues esta misión tuvo como manifestación sensible nada más y nada menos que las llagas de Cristo: los estigmas. Las heridas de Cristo son la más pura y auténtica prueba de una misión victimaria, pues asocian a quien las tiene a la víctima perfecta por excelencia: el mismo Cristo.

«Jesús es víctima eterna. Resucitado de la muerte y glorificado a la derecha del Padre, Él conserva en su Cuerpo inmortal las señales de las llagas de las manos y de los pies taladrados, del costado traspasado (Jn 20,27; Lc 24, 39-40) y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro (Heb 7,25; 8,34). La admirable Secuencia de la Misa de Pascua proclama: “Cristo es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”».[19]

Desde su Cuerpo inmortal, Cristo otorga sus eternas y permanentes llagas a un número reducido de creyentes, para que estos estigmas sean presentados ante el trono de Dios como una continua plegaria de intercesión y mediación. Aquí radica el verdadero sentido de los estigmas; ésta será la extraordinaria misión del Padre Pío en su encarnación en esta tierra.

Una reflexión del Cardenal Siri descubre el núcleo fundamental de esta experiencia carismática del Padre Pío: «La agonía de nuestro Señor Jesucristo en el Huerto de los Olivos representa el punto espiritual más profundo e íntimo del Padre Pío... Su misión era renovar la Pasión». Éste es el punto esencial de la experiencia del Padre Pío, que emerge continuamente en una lectura atenta de la documentación y de sus escritos.

«El Padre Pío tiene plena conciencia de participar, con sus sufrimientos físicos e interiores, en el misterio salvífico de Cristo en favor de la salvación del mundo. Tiene conciencia de continuar la Pasión en favor de la Iglesia, al igual que san Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”» (Col 1,24).[20]

Participar en la pasión de Cristo exige amar la cruz. Como escribía el Padre Pío: «Sí, yo amo la Cruz, la Cruz sola, y la amo porque la veo siempre sobre las espaldas de Jesús. Y Jesús sabe muy bien que toda mi vida, que todo mi corazón se ha entregado completamente a Él y a sus penas.

Solamente Jesús puede comprender mi pena cuando se presenta a mi vista la escena dolorosa del Calvario. Nunca entenderemos del todo el alivio que se da a Jesús, no solamente al compadecerse de sus dolores, sino también cuando encuentra un alma que por amor suyo no le pide consuelos, sino ser partícipe de sus mismos dolores.

Jesús glorificado es hermoso; pero a mí me parece todavía más hermoso cuando está crucificado. Busca más estar en la Cruz, que al pie de la misma; desea más agonizar con Jesús en el huerto, que compadecerlo, porque así te asemejas más al divino prototipo».

Tenemos aquí, por tanto, una modalidad especial de sufrimiento vicario, que busca asumir los sufrimientos que Cristo experimentó durante su Pasión y Muerte, como medio de testimoniarle su amor, de aliviarle en sus tribulaciones, y con el fin último de colaborar en su obra redentora. No se pretende sufrir en lugar de Él, sino compartir sus dolores. Esta actitud destaca especialmente en los estigmatizados, los cuales sufrieron los estigmas, entre otras razones, debido a su ferviente deseo de participar en la pasión de Cristo.

«Los iniciados, místicos y esotéricos estudian el significado simbólico y místico de la crucifixión. En el momento en que Jesús atravesó la llamada Pasión de Cristo, Él vivió una experiencia de tomar para sí mismo el sufrimiento o karma de la humanidad. Ese proceso haría que, en vez de que el karma de la humanidad se abatiese contra millones y millones de personas, solamente Jesús, en el acto de la crucifixión, sentiría los dolores, enfermedades y sufrimiento del mundo. Es eso lo que es llamado la “remisión de los pecados” por la Iglesia católica y que en el esoterismo es conocido como “transmutación del karma de la humanidad”.

Se dice que cada uno de los avatares, grandes almas y redentores que vinieron a la Tierra transmutó una porción del karma planetario, tomando para sí mismo el sufrimiento de las masas y de cierta forma “salvando” a las personas de sus errores de vidas pasadas. Esto permite a la humanidad sufridora aprender por la sabiduría y no por las experiencias o, en última instancia, por el sufrimiento.

Cuando un santo recibe las llagas de Cristo, acepta íntimamente dar continuidad a ese proceso de purgación del karma planetario. En la medida en que siente el dolor de las llagas, él en verdad está sintiendo el dolor del karma de millares o millones de individuos y ayudando a aliviar el sufrimiento humano. Fue así primero con San Francisco de Asís, y con varios otros individuos que lo sucedieron. Una de esas almas fue el Padre Pío».[21]

El primer estigmatizado del que se tiene noticia es san Francisco de Asís. Desde entonces, en la historia de la Iglesia se conocen más de 350 casos comprobados de estigmatizados, pero de entre ellos solamente unas sesenta instancias han sido aceptadas como de carácter sobrenatural por la Iglesia católica.

Setenta y dos estigmatizados han sido declarados santos. En esta lista destacan nombres como Ángela de Foligno, Catalina de Siena, Rita de Cascia, Catalina de Génova, San Juan de Dios, María Magdalena de Pazzi, Margarita María de Alacoque, Ana Catalina Emmerich, Ana María Taigi, Gema Galgani, Teresa Neumann, el Padre Pío de Pietrelcina, etc. El caso más espectacular lo constituye, sin duda, el Padre Pío, por varias razones: en primer lugar, es el primer sacerdote estigmatizado de la historia de la Iglesia; en segundo lugar, por su extraordinaria duración, 50 años exactos; finalmente, porque sus estigmas fueron visibles y se manifestaron continuamente desde su aparición, y no solamente los jueves y los viernes, como ocurre en muchos estigmatizados.

En la actualidad se siguen produciendo casos de estigmatizados, frecuentemente asociados a apariciones marianas, entre los que pueden destacarse los de Irma Izquierdo, Gladys Herminia Quiroga de Motta, Mirna Nazour, Julia Kim y, sobre todo, el controvertido caso de Giorgio Bongiovanni.

Sin embargo, la Iglesia nunca ha usado estos hechos maravillosos para captar adeptos, más bien todo lo contrario: ha potenciado las virtudes y el testimonio de una vida piadosa y consagrada como muestra de la veracidad de sus creencias de fe. Hasta tal punto llega esta reserva y esta cautela que, a pesar de las abrumadoras pruebas que demostraban el origen sobrenatural de los estigmas del Padre Pío, ¡la Iglesia nunca declaró oficialmente que fueran de origen divino!

Aunque la cantidad y calidad de sus maravillosos dones místicos fue abrumadora, el Padre Pío fue –y sigue siendo– el «fraile de los estigmas». La adquisición de las llagas del Señor fue un proceso gradual y paulatino, que siguió una evolución del todo punto lógica desde una menor a una mayor espectacularidad, en un proceso de intensificación que duró varios años, especialmente por la resistencia que opuso el Padre Pío, que quería los sufrimientos de los estigmas, pero no su manifestación sensible: «La primera vez que Jesús quiso honrarme con ese favor, los estigmas fueron visibles, especialmente en una mano; después, porque mi alma quedaba bastante aterrada por tal fenómeno, rogué al Señor que retirara ese fenómeno visible. Desde entonces ya no ha aparecido; pero, si las heridas han desaparecido, no ha desaparecido el dolor agudo, que se deja sentir particularmente en ciertas circunstancias y en días determinados.

Levantaré con fuerza mi voz hasta Él, y no cesaré de suplicarle que, por su misericordia, retire de mí no el desgarramiento ni el dolor, porque lo veo imposible y yo siento deseos de embriagarme de dolor, sino estas señales que me traen una confusión y una humillación indescriptibles e inaguantables» (Carta del Padre Pío del 10 de octubre de 1915 al Padre Agostino).

Su estigmatización permanente y visible tuvo lugar el 20 de septiembre de 1918. El testimonio más pormenorizado sobre aquella milagrosa experiencia lo dio el fraile estigmatizado en junio de 1921 a monseñor Raffaello Carlo Rossi, obispo de Volterra y Visitador Apostólico enviado por el Santo Oficio para «inquirir» en secreto al Padre Pío, el cual manifestó que tuvo un coloquio con Jesús crucificado, que le comunicó previamente a la recepción de los estigmas unas palabras reveladoras: «Te asocio a mi Pasión». Era una invitación para participar en la salvación de los hermanos, en especial de los consagrados.

Si bien algunos «expertos» dudaban de la veracidad de los estigmas guiados por sus prejuicios antirreligiosos, y las jerarquías eclesiásticas –como es habitual– guiadas por una prudencia a veces patológica se hacían las reticentes antes de proclamar la sobrenaturalidad de las llagas, el pueblo llano –también como es habitual– entendió enseguida la naturaleza divina del fenómeno: la enorme multitud de personas que acudían a san Giovanni Rotondo no tardó en identificar los estigmas con señales enviadas por Cristo para consumar la salvación de la humanidad en estos tiempos oscuros.

«En el misterio de la resurrección de Jesús, el Evangelio muestra cómo no han quedado canceladas sus llagas. Los estigmas representan un signo de lo que sufrió Cristo durante la Pasión, y por tanto constituyen un dato teológico en el que hay que profundizar mucho más de lo que hemos hecho hasta ahora. En el evangelio de Juan, cuando Jesús entra en el Cenáculo con las puertas cerradas y saluda a los discípulos, muestra los estigmas para identificarse. A santo Tomás le dice: “Mete tu dedo en mi costado”. La consternación de los apóstoles es también un hecho revelador de este misterio. Este fenómeno muestra la eficacia de la salvación de Cristo en la Cruz y permanece de manera particular en el signo de los estigmas, convirtiéndose en un dato distintivo de la eficacia redentora y salvadora de la fe».[22]

Pero, ¿qué significan esas llagas dolorosas en las manos y en los pies de personajes que en algunos casos, con su espiritualidad, han cambiado la historia del mundo y del cristianismo? Se ha analizado muy poco el papel que estos santos y beatos han desempeñado en la Iglesia, no se ha reflexionado suficientemente en la misión particular que está ligada a los estigmas. Transcribimos a continuación algunos textos que aportan distintos puntos de vista a la hora de considerar la trascendencia de los estigmas en general, y de los del Padre Pío en particular, intentando responder al interrogante: ¿por qué y para qué da el Señor esta «gracia» a ciertas personas?

«La respuesta está precisamente en su misión. Es un servicio que la Iglesia necesita en un momento particular de su historia. Es como un signo profético, un llamamiento, un dato sorprendente capaz de recordar a los hombres las cosas esenciales, es decir, la conformación con Cristo y la salvación de Cristo, que con sus llagas nos ha rescatado.

En cierto sentido, todos nosotros llevamos los estigmas, pues con el bautismo estamos sumergidos en la vida de Cristo, que nos permite participar en el misterio pascual de su muerte y resurrección. En su pequeñez, cada uno de nosotros lleva los estigmas. Si los llevamos con espíritu de fe, esperanza, valentía y fortaleza, estas llagas pueden servir para curar a los demás.

En definitiva, los estigmas representan la aceptación consciente de la Cruz vivida espiritualmente».[23]

«El Padre Pío llevaba la convicción íntima de que Dios se las dio, en primer lugar, para recordar ante los hombres la verdad de Cristo crucificado y resucitado, y para que él fuera, en su persona y en toda su existencia, testimonio indicativo de los misterios de la muerte y resurrección de Cristo. Las llagas son también, en la convicción del Padre Pío, signos externos de su crucifixión interior».[24]

María Winowska describe así este aspecto pragmático o acreditativo de las llagas del Padre Pío: «Dios sabe muy bien que nosotros, los mortales, estamos siempre ávidos y golosos de testimonios externos y de signos visibles para creer. Al Padre Pío, destinado a ser pescador de hombres, le va a ser muy necesario el reclamo, la propaganda [...]. Los carismas nos sirven a nosotros como reclamo para creer, para hacernos caminar. Si los hombres, si muchedumbres inmensas se han llegado hasta este lugar olvidado, tiene que haber una causa que convoque a este lugar... y esta causa, este reclamo, son las llagas de manos, pies y costado del Padre Pío».[25]

«Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su Misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la resurrección. Su cuerpo, marcado por los estigmas, mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección que caracteriza el misterio pascual. Para el beato de Pietrelcina la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos, y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que “el Calvario es el monte de los santos”».[26]

«La divina Providencia ha querido que el Padre Pío sea proclamado beato en vísperas del gran jubileo del año 2000, al concluir un siglo dramático. ¿Cuál es el mensaje que, con este acontecimiento de gran importancia espiritual, el Señor quiere ofrecer a los creyentes y a toda la humanidad? El testimonio del Padre Pío, legible en su vida y en su misma persona física, nos induce a creer que este mensaje coincide con el contenido esencial del jubileo ya cercano: Jesucristo es el único Salvador del mundo. En Él, en la plenitud de los tiempos, la misericordia de Dios se hizo carne para salvar a la humanidad, herida mortalmente por el pecado. “Con sus heridas habéis sido curados” (1Pe 2,24), repite a todos el beato Padre Pío, con las palabras del apóstol san Pedro, precisamente porque tenía esas heridas impresas en su cuerpo».[27]

«Nunca debemos olvidar que san Pablo nos enseña cómo supera él con alegría sus tribulaciones: “Suplo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo”. ¿Es que no fue completa?: superabundante. Pero en la cabeza, y ahora es a nosotros, los miembros del Cuerpo, a quienes nos corresponde ayudarle a corredimir las almas del pecado con nuestros propios padecimientos por su amor y el de los hombres, que nos vendrán dados o que con generosidad habremos de proporcionarnos nosotros de acuerdo con nuestra diligencia amorosa.

Los dolores del Padre Pío no son sólo fisiológicos e incómodos. Sus llagas no estaban allí de adorno. Su sufrimiento misterioso es una participación del de Cristo agonizante. Es un miembro eminente de la Iglesia que compadece con el Redentor y que con Él redime. Su eficacia en el Cuerpo Místico de Jesús es enorme. Visiblemente contemplamos el día de su canonización la extensión, si no la intensidad de su dimensión. Ejemplar lección para este mundo nuestro de eficacia y de ejecución, que sólo cuenta lo que aparece y lo que se ve y lo que se cuenta. El Padre Pío de Pietrelcina, “el pobre fraile que reza”, completa en su cuerpo lo que le falta a la Pasión de Cristo».[28]

«El hombre moderno, observando los estigmas del Padre Pío, viendo aquellas manos y aquellos pies perforados, experimenta un sentido de horror. Pero esas heridas hay que verlas en su significado místico. Se llaman el “misterio del sufrimiento”, que es un elemento esencial de la vida cristiana. Jesús, el hijo de Dios, para cumplir la redención del mundo eligió el sufrimiento físico. Habría podido venir entre los hombres como un triunfador, un conquistador y derrotar a las fuerzas del mal con su potencia sobrenatural. En cambio eligió la vida humilde, escondida, anónima, la condición humana y, al final, la muerte en la Cruz, la humillación, el suplicio reservado a los malhechores».[29]

«Pero, ¿por qué recibió el Padre Pío los estigmas visibles, algo que hizo de él una señal pública y que desencadenó un amplio movimiento de conversión? Hay toda una historia que nos queda por contar. Porque esa oferta propiciatoria de la víctima fue la semilla plantada en el momento inicial del más colosal cataclismo espiritual de la historia cristiana. Tendrá que ver con la I Guerra mundial, la gran catástrofe a partir de la que se desencadenó todo (las ideologías del mal, los totalitarismos con sus genocidios, la II Guerra mundial, esas persecuciones contra la Iglesia nunca vistas en la historia). Y tendrá que ver con la gravísima crisis de la Iglesia, la apostasía de nuestro tiempo, el apocalíptico derrumbe del sacerdocio [...].

El haber podido ver y tocar hoy –al cabo de 2.000 años– esas llagas que vuelven a sanarnos en la carne de un hombre de Dios, en la carne visible de la Iglesia, es la señal más clamorosa de que la cabeza, Jesús, quien nos sanó a través de esas llagas, sigue vivo y activo hoy. He aquí su respuesta divina frente a la incredulidad de nuestros días: meted vuestros dedos en mis heridas [...]. Esas llagas, en efecto, vienen representadas en el Evangelio como la prueba suprema de la resurrección y de la divinidad de Jesús. Por eso exclama san Bernardo: “¡Afortunadas esas heridas, que nos confirman la fe en la resurrección y en la divinidad de Jesús!”».[30]

Resumiendo y concluyendo las reflexiones de este capítulo, todos los testimonios parecen apuntar claramente a que la figura extraordinaria del Padre Pío es la respuesta divina a unos tiempos difíciles, oscuros, pudiendo decirse que la concentración de virtudes y dones sobrenaturales en su persona es un hecho con el que la divina Providencia quiere hacer una llamada a la conversión en una época marcada por el laicismo y el materialismo, promoviendo esos dones maravillosos con el fin de contrarrestar el poder omnipresente y retador de las sombras que hoy acechan a la humanidad. «La misión del Padre Pío fue el sufrimiento por el pecado de los hombres. Quizá si el pecado del mundo no se manifestara en todas direcciones, grave, pesado, opresor, con malicia satánica, su caso habría sido otro, y quizá Dios le hubiera otorgado sus dones místicos sin obligarle a estar medio siglo en la Cruz. Pero no ha sido así: ha sido un signo de Dios».[31]

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