Kitabı oku: «Falange y literatura»
© José-Carlos Mainer, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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ISBN: 9788490565797
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Índice
DEDICATORIA
NOTA PRELIMINAR A LA SEGUNDA EDICIÓN
INTRODUCCIÓN. HISTORIA LITERARIA DE UNA VOCACIÓN POLÍTICA (1920-1956)
BIBLIOGRAFÍA
Para una bibliografía primaria de los autores de la Antología
ANTOLOGÍA
LOS PRECURSORES
Luys Santa Marina. Tras el águila del César
Ernesto Giménez Caballero
Rafael Sánchez Mazas. La revolución a paso gentil
GuillénSalaya. El diálogo de las pistolas
Ernesto Giménez Caballero. Genio de España
2. MEMORIAS GENERACIONALES
Samuel Ros. El hombre de los medios abrazos
Agustín de Foxá Madrid, de Corte a checa
Rafael García Serrano. Eugenio o proclamación de la primavera
Rafael García Serrano. Historia de una esquina
José María Fontana tarrats. Los catalanes en la guerra de España
3. LA GUERRA Y LOS HÉROES
Rafael García Serrano. La fiel infantería
Felipe Ximénez de Sandoval. Camisa azul
Víctor de la Serna. Elogio de la alegre retaguardia
Víctor de la Serna. En la muga de Europa
Ernesto Giménez Caballero. ¡Hay Pirineos!
4. CRISIS
José María Alfaro. Leoncio Pancorbo
Gonzalo Torrente Ballester. Javier Mariño
Ismael Herráiz. Italia fuera de combate
Dionisio Ridruejo. Cuadernos de la campaña de Rusia
Dionisio Ridruejo. Umbral de la madurez
Luys Santa Marina. Años después
5. NUEVOS CAMINOS PARA EL ARTE
Eugenio D’ors À quoi revent les jeunes gens?
Ernesto Giménez Caballero Arte y Estado
Gonzalo Torrente Ballester Razón y ser de la dramática futura
Luis Felipe Vivanco El arte humano
Federico Sopeña Notas sobre la música contemporánea
6. LA NOSTALGIA DE LA HISTORIA
Antonio Tovar. En el primer giro
Eugenio Montes. El viajero y su sombra
Münster de Westfalia, tumba española
Despertar de primavera
Víctor de la Serna. Castilla ha cumplido mil años
Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco. La mejor reina de España
7. LA NOSTALGIA BURGUESA
Agustín de Fox.á Poemas románticos
Rafael Sánchez Mazas. Rosa Krüger
Rafael Sánchez Mazas. Museo de las familias (1890)
Pedro MourlaneMichelena. Arte de repensar los lugares comunes
Julián Ayesta. Relatos
[II] Helena o el mar del verano
8. LOS CAMINOS DEL HUMOR Y LA FANTASÍA
Antonio de Obregón. Hermes en la vía pública
Jacinto Miquel Arena. Don Adolfo el libertino
Agustín de Foxá. Viaje a los Efímeros
Alvaro Cunqueiro. La historia del caballero Rafael
Ángel María Pascual. Amadís
JOSÉ-CARLOS MAINER FALANGE Y LITERATURA
NOTAS
PARA LOLA, DE NUEVO
NOTA PRELIMINAR A LA SEGUNDA EDICIÓN
La primera edición de Falange y literatura apareció en el lejano año de 1971 en el marco de la colección Textos Hispánicos Modernos (de la desaparecida editorial Labor), que había creado y dirigía Francisco Rico. Fue mi primer trabajo de algún vuelo y tuvo una difusión significativa, además de suscitar numerosas reseñas, una —inolvidable para mí— de Dionisio Ridruejo en Destino, que más tarde se integró en su libro póstumo Sombras y bultos (1983). Se la agradecí en una carta, que ahora veo publicada por Jordi Gracia en el epistolario El valor de la disidencia (que más de una vez he de citar en las páginas que siguen), y quizá su lectura pueda orientar al lector sobre mis propósitos de entonces al escribir aquel volumen.
Nunca quise reimprimirlo, ni revisarlo, aunque tuve después de 1975 bastantes ofrecimientos al propósito. Pero el tiempo iba trayendo nueva, importante y alguna vez disuasoria bibliografía sobre los temas que trataba y, por otro lado, el clima político de la Transición envejeció en seguida las cautelas que esta obra tuvo que tomar y, sobre todo, dató buena parte de mi análisis del fascismo como ideología. Cuando prologué en 2003, a petición de sus autores, el ameno e informado volumen de Mónica y Pablo Carbajosa, La corte literaria de José Antonio, formalicé este compromiso personal de no volver sobre los pasos de 1971, a la vista de aquel libro y de otro coetáneo de Mechthild Albert, Vanguardistas de camisa azul, ambos excelentes. Pero ahora, diez años después, aquella promesa podía darse por prescrita y ya no supe resistir la sugerencia de sus nuevos editores.
Releer un libro escrito hace más de cuarenta años por quien entonces tenía veinticinco siempre es una experiencia ingrata y algo masoquista. Era ya sabedor de algún olvido, error o confusión lamentables (no sé si el pintor Álvaro Delgado me ha perdonado que le confundiera con su casi homónimo Teodoro, ilustrador de Vértice). Todo esto tenía remedio, pero mucho más difícil era que el libro perdiera el tono de impertinencia autosuficiente y la mezcla indigesta de la benevolencia con respecto al falangismo, en nombre de la buena fe de algunos falangistas, y de un análisis demasiado convencional —aunque, por supuesto, condenatorio— de los intereses de los otros vencedores de la guerra civil, todo ello manufacturado por añadidura en una terminología que, a menudo, resultaba delatoramente sesentayochesca.
Este es otro libro y también el mismo. La nueva redacción, mucho más extensa, no ha dejado línea sin ampliación ni dogmatismo sin atenuante y responde al desarrollo de mi visión de los hechos, que supongo más madura y matizada, como ya creo que podía advertirse en los numerosos trabajos de detalle sobre el tema que publiqué en fechas posteriores; algunos se verán citados en su lugar de las notas al prólogo. Sin embargo, mantengo el esqueleto de la introducción de 1971 y, por tanto, el establecimiento de los antecedentes y las etapas de la historia intelectual del fascismo español. También hago lo mismo en cuanto a la organización de la antología de textos que fue, quizá, la aportación más original de Falange y literatura. Me propuse esbozar el paisaje de temas, actitudes y refugios que definen una experiencia fascista y, en esta nueva salida, se han incorporado más escritos, pero lo cierto es que la inmensa mayoría de las inclusiones de ahora habían sido desestimadas por razón de espacio y, sobre todo, de cautela política en la fecha de la primera redacción.
La bibliografía (que entonces era tan escasa) ha adoptado una nueva disposición y he suprimido las breves semblanzas finales de los autores seleccionados. He preferido que aquellos datos biográficos (que hoy son más accesibles que entonces para el lector interesado) se diluyan en la introducción y, sobre todo, en las consideraciones que preceden a los apartados de la parte antológica. Ahora estas han ganado mucho en extensión y se han incluido valoraciones literarias más desarrolladas, que así contrapesan los datos ideológico-políticos de la introducción.
Una vez más, debo agradecer a su primer editor, Francisco Rico, la existencia de Falange y literatura, que fue una idea suya, formulada a la vista de algunos trabajos míos previos. A los amigos que me pidieron reimprimirlo —entre los que cuento a Juan Manuel Bonet, Ferran Gallego, Jordi Gracia, Domingo Ródenas de Moya y Andrés Trapiello— les debo gratitud por su generosa insistencia, lo mismo que a Manel Martos, su nuevo editor. Ojalá esta nueva versión esté a la altura de tanta confianza, de tanto afecto y del sello editorial que ahora acoge sus páginas.
INTRODUCCIÓN
HISTORIA LITERARIA DE UNA VOCACIÓN POLÍTICA
(1920-1956)
Si las juventudes están disconformes con lo que encuentran, no tienen necesidad de justificar con muchas razones su actitud. No tienen que explicar la disconformidad, tarea que absorbería su juventud entera y las incapacitaría para la misión activa y creadora que les es propia.
RAMIRO LEDESMA RAMOS,
Discurso a las juventudes de España
Frente al homo oeconomicus del marxismo, nosotros afirmamos que el hombre vive de todo menos de pan... A las masas, como a las mujeres, hay que ofrecerles fiestas, guerras, pasiones, botines, torbellinos, indecibles embriagueces.
ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO,
Los secretos de la Falange
Y volverá Fray Juan de la Cruz a cantar y el maestro Vitoria a regir y se llenarán los claustros de estudiantes y las ventas de caballeros y los caminos de poetas, y un día, bajo el sol de oro de la nueva historia, ante el pasmo del Mundo, volverá Don Quijote a su locura de enhebrar estrellas, de estrellar rufianes con su lanza y de batir monstruos, castillos y rebaños por el honor de una dama: ¡Nuestra Señora España!
FERMÍN YZURDIAGA,
Discurso al silencio y voz de la Falange
¡Qué asco da no saber nada cuando se tiene tanto corazón!
RAFAEL GARCÍA SERRANO,
La fiel infantería
SOBRE EL FASCISMO
Los exergos de la página precedente permiten comprobar que —en cuestión de fascismo— cada loco va con su tema. Pero que la locura de fondo es idéntica: antes que nada, todos los autores hablan de sí mismos. Y esa dimensión privada, psicológica, de revelación y fe, es la que se va considerar de preferencia en estas páginas. El fascismo fue una patología internacional de la conciencia política que, desde hace bastantes años, nos parece venturosamente lejana del primer plano de la vida civil. A la fecha, sus herederos más genuinos son masas de acoso a las que aglutina la vivencia de alguna pasión deportiva o grupúsculos políticos de signo fundamentalmente racista y antisistema, que se remiten con cautelas al fascismo de ayer. Aunque también cuenten lo suyo movimientos de carácter popular e incluso de aire izquierdista, signados por el fundamentalismo ideológico y la intransigencia, tan propicios a la automitificación nacional como al culto a la personalidad de los líderes. Tuvieron importancia en América Latina desde los lejanos años treinta, donde fueron versiones más o menos exóticas del fascismo europeo, pero los de hoy jamás se reconocerían como herederos del este, e incluso a menudo se proclamarían virtuosamente antifascistas. Y es que seguramente obedecen a otras consecuencias del gregarismo hoy imperante, favorecido por los medios de difusión que están al alcance de las religiones políticas al uso. El fascismo histórico como fenómeno cultural —que ha de ser nuestro tema— fue una importante zona (aunque errónea) de la modernidad y tanto su pedigrí intelectual como su desarrollo fueron cosa bastante más compleja.
En los años que van de 1918 hasta el decenio de 1960, sus encarnaciones ideológicas y culturales fascinaron a muchos y sus huellas están, más o menos bien disimuladas, en la prehistoria de la conciencia de numerosos políticos, pensadores y artistas ilustres. No es tan frecuente que lo estén en su edad madura, lo que añade un elemento de interés a su etiología. Logró colonizar aquellos ámbitos personales porque contaba con muchas ventajas a su favor: se presentaba como un impulso tan irracional como imperativo, o como una revelación del destino, por lo que nunca fue un modelo rígido sino plural y hasta contradictorio; centró su atención en lo elemental y espontáneo (las patrias, la camaradería, los enemigos fácilmente discernibles) y afectó desdeñar por igual lo que tenía a su derecha y a su izquierda políticas, lo uno por arcaico y egoísta, lo otro por materialista y mezquino. Y al ofrecerse como un ideal colectivo de redención y como la iluminación de la vida personal, podía por igual suministrar soluciones a los individualistas y a los colectivistas.
Es obligado asociar el nacimiento del fascismo a la pavorosa crisis que surgió de la guerra de 1914. Fue, en efecto, el resultado de la humillación política de una Alemania perdedora, víctima de la revuelta social y del empobrecimiento causado por la inflación, y tuvo como fermento el desconcierto de Italia, discutible vencedora en 1918 y no menos irritada por las escasas rentas de un triunfo que le había resultado tan costoso. Pero tampoco debe olvidarse que los últimos meses de la guerra registraron en todos los países contendientes numerosos motines de soldados y marineros, deserciones en los frentes de batalla, huelgas laborales y dos revoluciones callejeras en la retaguardia (en Viena y Berlín, capitales de los Imperios Centrales). Y esto provocó mucho miedo y un renovado fervor por el orden. La pérdida de tantas vidas en las trincheras reveló la miseria de la vida política, la vana retórica de los belicistas, la incompetencia de los jefes militares y la convicción de que los lucros del capitalismo se habían incrementado al calor de los combates. Y en todas partes, se puso en primer plano un deseo de certezas y a veces, como posibles nuncios de aquellas, se idealizó a los abnegados excombatientes. Con la misma fuerza, se evidenció también el temor a la revolución comunista de 1917: el fascismo tuvo mucho de un anticomunismo más expeditivo y resuelto que el de los viejos partidos agrarios o el de los grupos cristianos más conservadores. La represión de las revueltas espartaquistas en Alemania y el miedo a los consejos de fábrica en el norte de Italia hicieron que la burguesía y las clases medias apoyaran las precoces manifestaciones del fascismo, pero también sucedió lo mismo en el oriente de Europa, primera línea de la guerra contra la presunta amenaza soviética. Las dictaduras preventivas que surgieron en muchos países y los partidos nacionalistas que encuadraron a los pequeños propietarios y a los empleados experimentaron un rápido proceso de fascistización que fue irreversible cuando la crisis económica de 1929 lo alteró todo y había ya un activo modelo —la Italia de Mussolini, desde la triunfante Marcia su Roma, de octubre de 1922— en el que mirarse con envidia.
No obstante, la primera genealogía del fascismo fue anterior a la conmoción de la guerra de 1914. Los nacionalismos despechados que lo alentaron venían de atrás y el francés, por ejemplo, había desarrollado iconos, referencias e ideas mucho más elaborados y populares que los del alemán y los del italiano, pese a lo cual Francia nunca conoció un fascismo unitario y fuerte como el de los otros dos países. Desde la década de 1880, la iconoclastia de la prensa radical, la emergencia del poder intelectual y la proliferación de partidos políticos movilizaron a los descontentos y anunciaron eficazmente el paso a sociedades más abiertas y discutidoras, en un tono invadido por la demagogia, las amenazas y las sospechas de conspiración que fueron el caldo de cultivo de los autoritarismos populistas. Allí circularon muchas fáciles coartadas ideológicas que el futuro fascismo hizo suyas; entre ellas, destacaron la frustración de las ambiciones colonialistas nacionales y el desarrollo del antisemitismo, aireada la primera como una culpa más de la oligarquía dominante y el segundo como una denuncia de los parásitos inveterados de la vida económica, ajenos al verdadero tejido biológico de las sociedades.
Es cierto que los futuros fascistas aborrecieron el siglo XIX, al que tildaron de hipócrita y sentimental (ambas cosas eran para ellos sinónimos de liberal), pero heredaron de él mucho más de lo que podían llegar a pensar. Tras centuria y media de humorismo y caricatura políticos, la difusión del fascismo usó ampliamente de estos vehículos de descalificación de sus enemigos, quizá por sus afanes destructivos y lo muy personalizado de sus enconos, quizá también porque el humorismo moderno había transparentado una reacción de inseguridad ante el mundo y, en el fondo, muchos de los humoristas más feroces han sido de derechas. Los fascistas lo eran, aunque no lo admitieran, y conocían muy bien el acre sabor de la inseguridad. Del siglo antepasado vino también la afición por lo esotérico, como sustituto de la religión, que tanta importancia tuvo en los fascismos, y la tendencia al irracionalismo, al vitalismo y a la cerril masculinidad como fuentes superiores de la moral. Y es que, sobre todo, del XIX romántico llegó hasta ellos la exaltación de lo juvenil, del macho joven. Paulatinamente, la juventud se identificó con la generosidad y la entrega pero también con el sacrificio heroico y, por ende, con los cultos a la muerte y a la obediencia ciega al liderazgo tribal, que habrían de caracterizar —tras la experiencia de la guerra europea— uno de los periodos más sombríos de la historia de nuestro continente. Aunque también conviene recordar aquí que, tanto las bohemias intelectuales de fin del siglo XIX como los movimientos artísticos que vindicaron para sí el nombre militar de vanguardia, defendieron la insolencia, la provocación y la rebeldía como derechos del creador y como manifestación del clima estimulante e iconoclasta de la modernidad.
EL FASCISMO EN ESPAÑA: PRIMEROS SÍNTOMAS
El análisis de los fascismos presenta dosificaciones muy diversas de estos ingredientes. Antes que nada, aquellos movimientos fueron nacionalistas y recelaron unos de otros, por lo que sus alianzas siempre fueron frágiles, pese a lo que exaltaba su propaganda. No existió nunca, aunque se buscó, una Internacional fascista y las conferencias de Montreux (en diciembre de 1934 y abril de 1935), organizadas por el fascismo italiano, registraron muchas ausencias, empezando por la del nazismo y acabando por la exigua representación española, siempre a título personal: en la primera la ostentó el infatigable Ernesto Giménez Caballero; en la segunda y solo como visitante de paso, José Antonio Primo de Rivera. Lo que sobrevivió a la derrota militar de 1945 no fue tanto un cuerpo de doctrina como el culto a los jefes derrotados y muertos, la nostalgia de los días felices de la horda patriótica y, al cabo, la posibilidad latente de una deriva totalitaria de los resentimientos políticos que aún pervive en el seno de grupos o individuos que se sienten incómodos con su suerte.
En el caso español de 1920-1936, el fascismo fue un cúmulo de síntomas que solamente en 1930 segregó, como veremos más adelante, una línea política identificable aunque de escasa consistencia y discutible unidad; logró ambas a favor de la guerra civil y de la incorporación del fascismo como un referente simbólico fundamental de la dictadura de Franco y, en tal orden de cosas, compartió con el integrismo católico una cómoda hegemonía hasta 1945. Pero, tras la derrota del Eje, solo perduró como culto subalterno y, sobre todo, como una nutrida nómina de beneficiarios de la frondosa administración del Estado, de las mutualidades y de los sindicatos verticales, todo aquello que adoptó pronto el vago nombre de «Movimiento Nacional».
En la constitución del fascismo español faltó, como es sabido, el componente bélico principal que ya se ha señalado. España solo vio como espectadora conmovida la contienda europea de 1914, y el papel que esta desempeñó en los fascismos del continente no pudo ser reemplazado por el recuerdo cercano de 1898 y, solo de forma limitada, lo fue por los reiterados sobresaltos y humillaciones africanos (las campañas rifeñas de 1893, y, en especial, los desastres de 1909 en el Barranco del Lobo y Annual, en 1921). La guerra hispanonorteamericana de 1898 solo dejó el efímero legado ideológico del regeneracionismo que se dividió por añadidura en dos corrientes bien diferenciadas: una de carácter más conservador, con visos autoritarios, que marcó la obra de políticos como Francisco Silvela y Antonio Maura, y otra de signo popular y más difuso, que integró fenómenos sociales de ideología elemental y casi milenarista, pero moderna, como el anticlericalismo, el antimilitarismo y aquel anticaciquismo que compartía parcialmente con los reformistas burgueses. Las escaramuzas africanas, por su parte, dejaron mucho resentimiento popular, pero que no se elaboró como afrenta colectiva más allá del universo de sus víctimas principales. Y el conflicto estalló en la Semana Trágica barcelonesa de julio de 1909, donde un motín contra el embarque de tropas desembocó con significativa facilidad en una orgía anticlerical en la que se quemaron conventos, iglesias y colegios.
Poco después, también se generaron movimientos reivindicativos en la oficialidad colonial, donde se fue gestando un activo grupo africanista que, en buena medida, protagonizó años después el golpe militar de julio de 1936. Veremos más adelante y con mayor detalle que la frustración colonial africana fue un ingrediente en los tránsitos del nacionalismo al fascismo que experimentaron Ernesto Giménez Caballero —más cercano entonces a un patriotismo regeneracionista y crítico—, Luys Santa Marina y Tomás Borrás, cuyas fantasías rifeñas tuvieron más resonancias románticas, además de Francisco Guillén Salaya, con su prosa campanuda, casi involuntariamente paródica. Hubo, por último, una literatura africanista popular y patriotera, pero escasamente fascista: un ejemplo podría ser el libro de Juan Ferragut (seudónimo del periodista Julián Fernández Piñero) Memorias del legionario Juan Ferragut (1925), a medias entre el reportaje heroico y el melodrama cursi, donde busca que su personaje «fuera el símbolo de lo que debiera ser la guerra: una aventura generosa, romántica y desesperada». Pero, curiosamente, las afirmaciones más llamativamente fascistas del libro se pueden leer en el prólogo que puso al volumen el novelista rosa y complaciente crítico de arte José Francés, a quien no se conoce otra veleidad de este tipo. En ellas, Francés contrapone «una casta de jóvenes desdeñosos, negativos y secados precozmente», en la que abunda «el onanista intelectual» y los «seminaristas de falsas izquierdas ideológicas», y «otra casta de jóvenes formados en contacto con la vida, que no por amar los libros evitan a la mujer [...]. Jóvenes más iconoclastas aún que los otros, más violentos, más contagiados del odio sano que hace fuertes y nobles a los hombres».1 A despecho de las resonancias bohemias del texto y de la pacífica personalidad de su autor, allí estaba, en efecto, el imprevisto germen de un discurso fascista.
Lo que no se produjo fue —como sucedió en Italia y Alemania— una presencia de excombatientes desmovilizados, preparados para la toma del poder. Y nada pudo parecerse a lo que en la Alemania prenazi se había llamado Front-gemeinschaft y en Italia, por parte del propio Mussolini, la trincerocrazia. Esta fue una situación que solamente se pudo suscitar al final de la guerra civil, en 1939, pero entonces había muchos y muy distintos acreedores de la Victoria y beneficiarios potenciales de aquella condición, los unos como héroes de los frentes de batalla y otros como excautivos de la «horda roja» o como descendientes del copioso martirologio que recontaba la Causa General. Y de hecho, las asociaciones de excautivos y la más tardía Hermandad de Alféreces Provisionales (que se constituyó en 1947, en el décimo aniversario de la creación de los cursillos de promoción de los futuros oficiales) nunca fueron sino un organismo de gestión de pensiones, en el primer caso, y en el segundo, un desmedrado grupo de presión que solo conoció alguna vitalidad en la década de 1960, en medio de aquel «crepúsculo de las ideologías» que bautizaron los desarrollistas del Régimen. Tardíamente, un joven fascista de la década de 1930, Juan Arias-Andreu, luego reconvertido en funcionario franquista, contó una observación de su admirado Ernesto Giménez Caballero, quien fue, como veremos, el inventor del fascismo español. Esto debió de suceder en 1932 o 1933:
Fue Ernesto Giménez Caballero el que me dijo en su casa de Canarias, 45 —en su despacho rodeado de grandes carteles de ferrocarriles— lo que yo intuía densamente, y es que España lo que necesitaba era de excombatientes. Como en tantas naciones. Y es que, en cuanto hubiese excombatientes, todo y absolutamente todo se alcanzaba.2
Tal efecto movilizador no lo tuvo tampoco el antisemitismo, indudablemente por la falta de una comunidad hebrea visible a la que culpabilizar de los males patrios. Solamente en el sector más reaccionario del fascismo español —las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, del vallisoletano Onésimo Redondo, vinculadas a los propietarios agrarios de la zona y a un vago regionalismo castellanista— abundaron las citas de Los protocolos de los Sabios de Sión, biblia del antisemitismo del siglo XX. Pero Redondo también había leído La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, cuya traducción fue prologada con irresponsable entusiasmo por Ortega y Gasset e hizo estragos en su momento, y más cuando muchos estuvieron dispuestos a corroborar su convicción de que solo un pelotón de soldados era capaz de salvar las civilizaciones desfallecientes y agotadas.
No hubo tampoco un pleito de rivalidades internacionales en la gestación del fascismo español: nadie había considerado seriamente a Estados Unidos como un enemigo histórico de España en 1898, ni reprochó a Alemania que comprara en 1890 las islas Carolinas, o que tuviera pretensiones sobre Tánger, cuando el propio káiser visitó la ciudad en 1905. Tampoco se vio Francia como un rival ventajista en el reparto del Reino de Marruecos que se pactó en Algeciras a comienzos de siglo. Aunque algunos fascistas españoles de la década de 1930 sintieran como una humillación que la compañía telefónica española fuera propiedad de una empresa estadounidense, o que los populares almacenes SEPU tuvieran capital judío, lo cierto es que la percepción de «enemigos de la nación» se enderezó mucho más a los rivales internos, al «enemigo interior», y así ha seguido ocurriendo: el nacionalismo español tendió a ver los peores agravios en las actitudes de los nacionalismos periféricos vasco y catalán con respecto a la unidad política común. E incluso el siempre arbitrario Pío Baroja —en su sarampión de republicano radical, hacia 1910— llegó a establecer una peligrosa identidad entre catalanistas y judíos, que ni el escritor llevó más lejos, afortunadamente, ni fue una de las cosas que le reprocharan sus oponentes políticos del momento.
Pese a todo, se oyeron, por supuesto, los acordes marciales de las dos redenciones espirituales de Italia y Alemania. De la difícil posguerra de la segunda se supo bastante por la prensa. El joven diplomático y escritor catalán Josep Maria de Sagarra fue corresponsal de El Sol en Berlín entre 1920 y 1921 y dejó una afilada y algo cínica descripción de la desmoralización y la frivolidad públicas, el hundimiento de la moneda, la influencia de los hebreos y las fiebres revolucionarias prosoviéticas.3 Más tarde, otro periodista catalán, Eugeni Xammar, llegó a Alemania en 1922 como corresponsal de La Veu de Catalunya y La Publicitat y consignó con intenciones más críticas la amenaza del autoritarismo y los grupos armados, que promovieron el Putsch de Múnich, en noviembre de 1923, lo que catapultó a la fama a Adolf Hitler.4 Por razones de afinidad lingüística y temperamental, la victoria del fascismo italiano resultó más cercana y la visita de los reyes de España a los de Italia, en noviembre de 1923, suscitó numerosos comentarios, porque desde septiembre Alfonso XIII había aceptado una dictadura militar, tras el golpe de Estado del general Primo de Rivera. El viejo soldado acompañó a los monarcas en la ocasión: «Primo de Rivera... mà secondo di Mussolini», comentó algún gracioso... Pero años antes, el futuro falangista Rafael Sánchez Mazas, corresponsal de ABC en Roma, no había ocultado su entusiasmo por el resultado inapelable de la Marcia su Roma y días después, el 3 de noviembre de 1922, infería sugerentes conclusiones españolas del episodio italiano:
Un partido político —cuyo jefe venía del arroyo radical— alegraba este mediodía de 1922 con un ¡viva el rey! clamoroso y sabía montar a caballo. El fascismo —dijimos— ha ganado definitivamente. Los partidos a caballo han ganado siempre, ganan siempre y siempre ganarán. Por andar a caballo —que es como decir a paso gentil y a paso heroico— un puñado de españoles ganó el Imperio de los incas y el Imperio de los aztecas. Los pobres indios les creyeron hombres maravillosos. Pues ese mismo experimento acaban de repetir los fascistas con el espeso y tupido socialismo italiano de 1922 [...]. Caballo y rey han cantado «las cuarenta» a todo un naipe oscuro de demócratas, de socialistoides, de politicantes, de memos seudocontemporáneos, de crédulos, de antipatriotas y de toda la banda averiada que Italia ha padecido cincuenta años y ha hecho padecer, como engañabobos, a Españas de Ferrer y a Francias de Dreyfus.5
No deja de ser significativo que escritores de formación liberal, pero que sufrían aquel síndrome de posguerra, se expresaran con comprensión ante los hechos de Italia, sin hacer demasiado caso de los golpes de manganello o las dosis de aceite de ricino aplicadas a los disidentes por parte de los squadristi. Fue el caso de Juan Chabás, que vivió en Génova como lector de español en la universidad y que publicó un volumen, Italia fascista, en la Barcelona de 1928, donde reconoció que «el fascismo —Mussolini— ha conseguido infundir en la Italia contemporánea ese heroísmo, ese arriesgado amor a la vida que es tanto como amor del peligro y que produce la más alta tensión del espíritu, la más inquieta y violenta juventud», lo que no dejaba de glosar el famoso lema nietzscheano del movimiento, vivere pericolosamente, y evocar la primera invocación de su himno, giovinezza, giovinezza.6 Un concienzudo archivero y notable ensayista, que también viajó por Italia y casó con una italiana, el malogrado Ángel Sánchez Rivero, se expresó acerca del fascismo en estos ambiguos términos que dejó escritos en Revista de Occidente:
En el movimiento fascista está el nudo de toda la historia italiana, con su doble manifestación: intelectual y política. Ahora bien, como este pueblo nos ha dado en varios órdenes los más altos ejemplos del espíritu, tenemos el deber de acercarnos a su crisis presente con esa pietas de la que su poeta Dante es el mejor maestro: sintamos la cultura italiana como un ademán apasionado del alma italiana, la más decidida que ha existido jamás en el mundo. Y también sentiremos el fascismo en toda su dramaticidad. No como una vulgar pelotera de izquierdas y derechas.7
En general, se partía de la base de que la guerra había abierto otro tiempo histórico. Por entonces, Ortega y Gasset se alejaba de su aventura reformista de 1913 y de su vaga propensión a un socialismo a la británica, pero perseveraba en la creencia en el Estado como elemento vertebrador del futuro de la sociedad. Los tiempos nuevos pedían fuerzas y ordenación diferentes... Lo había señalado ya en su catastrofista ensayo España invertebrada (1920), al reclamar la nacionalización de las dispersas clases sociales del país, inmersas en su egoísmo, y aquella convicción le inspiró luego un desahogo muy suyo, en la línea de la antropología social imaginativa que a veces cultivaba, que publicó en 1924 bajo el atrayente título de «El origen deportivo del Estado». No ha nacido este —nos recordaba— del orden de la familia, ni del clan, como se suele creer, sino de la emancipación de los individuos varones a través de la camaradería, de la competitividad y, a fin de cuentas, de la existencia del «club juvenil» masculino, porque entre las tres edades del hombre «la que predomina por su poder y autoridad, la que manda y decide no es la de los hombres maduros sino la de los jóvenes». Y todo se hace más claro cuando observa que, en las más remotas comunidades, «ha lugar una de las acciones más geniales de la historia humana [...]: [los jóvenes] deciden robar las mozas de hordas lejanas [...]. Para robarlas hay que combatir, y nace la guerra como medio al servicio del amor. Pero la guerra suscita un jefe y requiere una disciplina; con la guerra que el amor inspiró surge la autoridad, la ley y la disciplina social».
Por más que el tono sea tan deliberadamente eutrapélico como vemos, en 1924 era impensable inferir conclusiones del legendario rapto de las sabinas al margen de los acontecimientos políticos recientes de Italia y Alemania. Y de ellos dio cuenta al año siguiente, en una polémica con el periodista Corpus Barga (cuya opinión posterior ya conocemos) que se plasmó en dos nuevos artículos, «Sobre el fascismo», encabezados por el exergo latino sine ira et studio. A primera vista, le parece que el fascismo es un partido como otros tantos del momento: autoritario y «confusamente democrático», nacionalista y revolucionario. Sin embargo, lo que le distingue de los otros es la violencia y, sobre todo, la conciencia de su ilegitimidad: «No pretende el fascismo gobernar con derecho; no aspira siquiera a ser legítimo. Esta es, a mi juicio, su gran originalidad, por lo menos su peculiaridad; yo añadiría: su peculiaridad y su virtud [...]. En el fascismo, la violencia no se usa para afirmar e imponer un derecho, sino que llena el hueco, sustituye la ausencia de toda legitimidad. Es el sucedáneo de una legalidad inexistente». Pero, en el fondo (y ahí se advierte que Ortega era todavía un liberal alarmado), «el fascismo y sus similares administran certeramente una fuerza negativa, una fuerza que no es suya —la debilidad de los demás— [...]. Cuanto más indómito vea al fascismo ejercer la gobernación, peor pensaré de la salud política de Italia. No hay salud política cuando el Gobierno no gobierna con la adhesión activa de las mayorías sociales». Aunque el final que nos depara Ortega sea una sorpresa inquietante: «Tal vez por esto la política me parece siempre una faena de segunda clase».8
El Ortega de 1925 estaba convencido de que la juventud lo dominaba todo. Al trazar, en ese mismo año, los supuestos del «arte nuevo» (La deshumanización del arte), había advertido también su componente espontáneo y descarado. Y la juventud real aceptó complacida tantos halagos y presagios. En un país donde —como ya sabemos que lamentaba Giménez Caballero— no había excombatientes de treinta años de los que echar mano, el fascismo tuvo un protagonismo más juvenil, aunque con el tiempo no faltaron militantes que se incorporaron desde edades más maduras y posiciones reaccionarias más tradicionales. No abundaron, en cambio, quienes lo hicieron desde la izquierda por desencanto de su insensibilidad respecto a los valores nacionalistas. El trasvase había sido corriente en otras latitudes: Benito Mussolini había sido socialista y, en el abigarrado mapa de los fascismos franceses y de la colaboración con el invasor nazi, hubo quien —como Marcel Déat— procedía del socialismo e incluso, como el antiguo metalúrgico Jacques Doriot, de las filas comunistas. Entre nosotros no nos consta más caso que el de Óscar Pérez Solís, que, en sus memorias de 1931, narró una singular peregrinación política que le llevó de la condición de capitán de artillería a las simpatías anarquistas, después a las filas socialistas a partir de 1913 hasta ser, en 1921, uno de los fundadores del comunismo español. Al final de la dictadura, regresó al catolicismo, en lo que tuvieron parte dos afamados directores de conciencia: el jesuita padre Chalbaud y el dominico padre Gafo. Y en 1935 ingresó en Falange Española, cuando ya estaba en la cincuentena. Las citadas Memorias de mi amigo Óscar Perea (1931) afirman con rotundidad que «jamás he fingido en mi vida una convicción. Con más o menos raíces en mi cerebro o en mi corazón, cualquiera de las que he sustentado no ha respondido a ningún estímulo impuro. A error, sí; a ceguera, también; a una farsa, no». En esa impávida defensa de la versatilidad, hay ya algo del talante fascista, pero más todavía hallamos en los primeros párrafos de su testimonio cuando proclama que, por origen familiar, «entroncaron, para darme vida, la Nobleza y el Pueblo», y que «así he tenido yo, alternativamente, afanes de aristócrata y afanes de plebeyo. Jamás me he sentido en la clase media, en esa gris y pusilánime comparsa de los de arriba que solo acierta a estar abajo».9
Este desprecio jactancioso lo hubieran suscrito muchos de los jóvenes que en 1918 estaban en la adolescencia o cerca de la veintena y formaban parte de la primera clase media española que merecía tal nombre. Pero de la que no se sentían nada orgullosos. Desdeñaban a sus padres, que en 1909 quizá se adhirieron a las paradójicamente llamadas Juventudes Mauristas, o que más tarde aceptaron la dictadura de Primo de Rivera, formaron en el Somatén (una suerte de auxiliares de orden público) y se apuntaron a la Unión Patriótica, que fue el partido creado por el Gobierno. La inmensa mayoría había recibido educación religiosa en colegios donde se vivían los fervores contrarreformistas propios del nuevo catolicismo de Pío X y luego de Pío XI; conocieron allí un mundo de agrupaciones religiosas juveniles —los Luises jesuitas y, al cabo, la Acción Católica— donde se exaltaba el sacrificio, el heroísmo, la autoafirmación, la sana camaradería, la castidad viril y la absoluta desconfianza hacia los valores laicos. Pero conocieron también una vida más libre y ventilada, amaron los deportes y a otros héroes, aunque ya veremos que aquel poso de creencias adolescentes les marcó profundamente. Y ser joven fue para ellos un pasaporte de validez universal que expedían los movimientos literarios de vanguardia o las primeras formas de asociacionismo estudiantil universitario.
Uno de aquellos muchachos de familias conservadoras, el futuro lugarteniente de Onésimo Redondo (y segundo marido de su joven viuda), Javier Martínez de Bedoya, contó en sus Memorias desde mi aldea que en 1928 leyó España invertebrada, que le causó una «impresión honda y constructiva», y que en 1930 sus educadores jesuitas le hablaron de La rebelión de las masas y comentaban, a veces con elogios, los artículos de prensa de Ortega. Con este equipaje intelectual, en abril de 1931 conoció a su futuro jefe en la Casa Social Católica de Valladolid y recuerda lo que le oyó por vez primera: «Las masas urbanas, desarraigadas de los valores que la tierra conserva y alimenta han echado por la borda a la monarquía. Con ello no hacen sino cargarnos con mayores responsabilidades con respecto a nuestro destino común, al destino de la patria». Pero, sobre todo, vio que «sus ojos centelleaban y uno de ellos, a veces, convergía un poco; el contraste entre el blancor de la piel y la negrura de su pelo abundante y levantado en ondas le daba un algo de ese patetismo que imaginamos en el físico de los profetas».10 La explosiva mezcla estaba servida: apocaliptismo político, valores religiosos y rampante juventud deseosa de misiones y de cambios... que solamente servirían para que prevaleciera lo inmemorial.
De las lecturas de aquellos muchachos —y de las recomendaciones interesadas que recibían al propósito— hablan elocuentemente algunos de los textos que recoge la presente antología, pero conviene recordar que también devoraban novelas rusas y gustaron de los libros de aventuras y de misterio; más tarde, les apasionaron los relatos sociales extranjeros que publicaron las editoriales de izquierda a partir de 1927 y fueron entusiastas de las biografías históricas de una época pródiga en ellas. En estas intuyeron que las vidas eran un destino que se revelaba al que lo merecía y la Historia, una sucesión de «momentos estelares» cargados de profecías en ciernes. Y además iban al cine, otra forma de revelación luminosa. José Antonio Primo de Rivera tenía en una pared de su despacho (como advirtió con admiración José María de Areilza) una copia de «If...», el famoso poema de Rudyard Kipling escrito en 1896 (en plena guerra bóer), que exaltaba a la vez la disciplina y la entrega, la fuerza de voluntad y el estoicismo, en una suerte de digesto victoriano para uso de futuros y jóvenes funcionarios del Imperio. Y es persistente tradición falangista que recomendaba dos filmes a los jóvenes militantes: El delator (1931), de John Ford, basada en una novela de Liam O’Flaherty, que trataba de la lucha clandestina en la Irlanda posterior al Alzamiento de Pascua de 1916, y Tres lanceros bengalíes (1934), de Henry Hathaway, donde Gary Cooper, Franchot Tone y Richard Cromwell encarnaban los valores de la alegre camaradería militar, con el exótico fondo de las sublevaciones hindúes contra la dominación británica. Pero, sin duda, con el mismo entusiasmo acudieron a ver Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), basada en la popular novela pacifista de Erich Maria Remarque, solo porque sus protagonistas eran jóvenes y abnegados.
Sin considerar una cierta ambigüedad en las referencias emocionales de unos y otros —jóvenes de izquierdas y jóvenes conservadores en trance de fascitización—, resulta muy difícil entender un mundo común que, por espacio de bastante tiempo, no acertaron a romper los enfrentamientos armados callejeros, aunque sí lo hiciera, a la larga, el zanjón de odios de la guerra civil. Ya he recordado, al comienzo de estas páginas, que el fascismo fue un signo más de la modernidad, como demostró la relación del futurismo y de la nueva arquitectura con el movimiento italiano, aunque también lo desmintieran los gustos plebeyos y grandilocuentes de Adolf Hitler y su afición por las ensoñaciones arquitectónicas de Albert Speer... En España, el bellísimo Club Náutico de San Sebastián, verdadero manifiesto de la arquitectura racionalista nacional, fue diseñado en 1929 por Joaquín Labayen y José Manuel Aizpurúa, quien, poco tiempo después, se hizo falangista, fue íntimo colaborador de José Antonio Primo de Rivera y dibujó por encargo suyo la cabecera del diario Arriba. El pintor Pancho Cossío renunció a una importante carrera en París como renovador de cubismo para regresar a su país e ingresar en las JONS en 1933, a cuyo espíritu siguió fiel tras la unificación de 1937; en los primeros años de la década de 1940 realizó sus retratos ideales de Ledesma y Primo de Rivera, que no son lo mejor de una importante ejecutoria que reactivó por fin en 1944 y ya mantuvo hasta su muerte.
Su colega Alfonso Ponce de León, uno de los más interesantes exponentes de la nueva pintura figurativa, militó también en Falange y no tuvo problemas de conciencia en colaborar con su amigo Federico García Lorca en las actividades del teatro popular de La Barraca (para el que hizo los figurines y decorados del entremés La guarda cuidadosa, de Cervantes) y en aceptar, de su amigo José Antonio Primo, el encargo de diseñar el emblema del Sindicato Español Universitario, con su atrevido cisne heráldico y su escudo ajedrezado. Aizpurúa fue fusilado no muy lejos del edificio que le había dado fama, en la playa donostiarra de Ondarreta, y Ponce de León fue víctima de una de las «sacas» de cárceles en el Madrid republicano y acabó sus días en la cuneta de una carretera madrileña. Un destino que no dejaba de recordar lo que reflejaba el inquietante autorretrato que se hizo con destino a la última exposición de Bellas Artes, en la primavera de 1936: el lienzo Accidente recuerda el que había tenido en los alrededores de Madrid y allí se pintó con la cabeza herida y los ojos abiertos, al pie del poderoso radiador de su automóvil.
En enero de aquel mismo año aciago, cercanas las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular, el escritor y diplomático falangista Felipe Ximénez de Sandoval obtuvo de José Antonio Primo la autorización para asistir al homenaje que se ofreció al dramaturgo Alejandro Casona por el éxito de su comedia Nuestra Natacha. La obra trataba de rebeldía, sueños y amistad en un ambiente que era obligado asociar con la madrileña Residencia de Estudiantes y las campañas teatrales de las Misiones Pedagógicas, dos empresas culturales vinculadas al mundo del progresismo y la izquierda política..., pero que, por mucho que estuvieran en los antípodas de su universo, representaban los valores de una juventud generosa con la que muchos se identificaban. Las fronteras seguían siendo inciertas cuando, ya a finales de junio, unos y otros —desde Pablo Neruda a Mariano Rodríguez de Rivas— firmaron la convocatoria del homenaje al aristócrata y diplomático falangista Agustín de Foxá por la publicación de su libro de versos El toro, la muerte y el agua. Y cuando Rafael García Serrano publicó su primera narración, Eugenio o proclamación de la primavera (1938), escogió aquel sonoro título porque había leído en 1935 Proclamación de la sonrisa, el bonito libro de ensayos y recuerdos de Ramón J. Sender, el más famoso y admirado de los columnistas de izquierda en aquel momento. Casi medio siglo después, García Serrano lo reconoció en sus memorias de aquellas jornadas...
LA GENEALOGÍA DEL FASCISMO: EL NACIONALISMO LIBERAL, LOS ESCRITORES DE FIN DE SIGLO Y ORTEGA
Es evidente que también Falange intentó ser un «ademán apasionado del alma» española, como Ángel Sánchez Rivero había escrito del fascismo italiano. El uso de la acuñación «alma española» había alcanzado notable difusión a finales del siglo XIX para significar la dimensión espiritual, espontánea y genuina de la nación y también lo que tal cosa tenía de indefinición y de doloroso anhelo de otra realidad más favorable. El excéntrico y malogrado escritor Ángel Ganivet fue quizá quien mejor encarnó este peculiar repliegue del nacionalismo español que, cuando se suicidó en las aguas del Dvina, en el aciago noviembre de 1898, comenzaba a ser mayoritario. Hasta finales del siglo XIX, el nacionalismo de la Restauración provenía de dos fuentes, por igual convencionales: la católica, a la que dio forma y dignidad erudita la obra historiográfica de Marcelino Menéndez Pelayo, y la liberal y progresista que, en buena medida, podía identificarse con el Galdós de las dos primeras series de Episodios nacionales (1873-1879), más que con la poco brillante historiografía liberal del periodo. Ambas conformaron la galería de referencias, a menudo contrapuestas, que identificaban al país: Recaredo y Fernando el Santo, las glorias de Trento y de Lepanto, el teatro teológico de Calderón o la guerra contra el francés pertenecían a la primera; los comuneros de Castilla, las persecuciones de la Inquisición, el proceso de la Ilustración, las Cortes de Cádiz o las conspiraciones antifernandinas y liberales, al acervo de la segunda, mientras que otras glorias —la resistencia frente a Roma y las hazañas americanas, por ejemplo— se compartían aunque las interpretaciones fueran diversas.
A finales de siglo, sin embargo, el nacionalismo liberal fue desinteresándose de la envejecida panoplia histórica y centrando su interés en la persistencia de un espíritu colectivo que se identificaba más con el paisaje, las creaciones estéticas, la callada continuidad de un pueblo ignorado. El talante colectivo del grupo de pedagogos, profesores y profesionales que agrupaba desde 1876 la Institución Libre de Enseñanza tuvo mucho que ver con el desasimiento de la tradición heroica y la búsqueda de un nuevo arrimo espiritual; a Francisco Giner de los Ríos y los suyos les gustaba el excursionismo y la vida al aire libre, la arquitectura funcional y simple, la artesanía popular y la educación intuitiva de la sensibilidad, a la vez que se decantaban por un republicanismo recatado y un patriotismo crítico. Galdós siempre se sintió muy cerca de ellos y su obra posterior a 1890 ofreció un interesante muestrario de inmersiones en lo rural castellano y de pulsiones claramente populistas. Y en 1895, los reveladores artículos de Miguel de Unamuno, En torno al casticismo, acertaron a contraponer la imagen de una España histórica, fosilizada en su casticismo, y la de una España intrahistórica, poética y soñadora, que había perseverado en su ser a despecho de las batallas, el paso de las dinastías o la retórica de los políticos.
Paralelamente, un jurista independiente, Joaquín Costa, vinculado a la Institución gineriana, que se había interesado en la década de 1880 por la realidad social del derecho, por la revitalización de una política colonial y por la historia social de los iberos, realizó un esfuerzo hercúleo para compilar las referencias olvidadas del Colectivismo agrario en España (1898) y para proponer la restauración de las formas jurídicas genuinas, anteriores a la codificación vigente, en una obra de autoría colectiva y de sello muy personal, Derecho consuetudinario y economía popular de España (1902). Y no tardaría mucho en configurarse una imagen plástica y musical de lo español, que se afianzó brillantemente entre 1900 y 1915: en esta se integraron el paisajismo impresionista de Aureliano de Beruete, la modernidad modesta y sencilla de Darío de Regoyos, la brillante expresividad levantina de Joaquín Sorolla, la lúgubre escenificación de la España castiza de Ignacio Zuloaga, la solemnidad simbolista de los cuadros andaluces de Julio Romero de Torres, al lado de las notas pianísticas de Isaac Albéniz y Enrique Granados, de la deslumbrante aparición de Manuel de Falla y del eco de las discusiones en torno a la posible ópera española, suscitadas en 1891 por el musicólogo Felip Pedrell.
Resultaría demasiado simplificador asociar esta renovación del nacionalismo liberal a una fecha, la de 1898, y a una presunta generación constituida bajo ese signo numeral, pero muchos escritores se sintieron parte de una suerte de hermandad espiritual, aunque luego rechazaran —por suspicacias individualistas— la regimentación generacional que se popularizó en la década de 1930. Unamuno, Baroja, Azorín y Valle-Inclán no hablaron apenas del Desastre por antonomasia pero sí lo hicieron de la belleza y el dolor de Castilla (así lo comprobó, por ejemplo, el catalán Joan Maragall, que en 1902 hablaba ya de un «grupo castellano») y de su desinterés por las formas del capitalismo moderno que cifraban en las ciudades despersonalizadoras, la superstición del progreso y el humo de las fábricas... En cada uno de ellos, estas ideas y también la configuración de sus imágenes personales ante su público se realizaron de modos diferentes. La construcción que Unamuno hizo de sí mismo, desde su cátedra de Salamanca, como un intelectual independiente clásico, no tuvo nada que ver con los pruritos aristócratas de Valle-Inclán, que se erigió en inventor de una España popular y aldeana, con ecos carlistas y federales a la par. Ni tampoco se parecieron mucho, pese a la amistad que los unió, la independencia crítica y disconforme de Pío Baroja y el programa de nacionalismo cultural que, desde 1905, trazó y ejecutó un Azorín ya instalado en las filas de un conservadurismo de tintes autoritarios que compatibilizó hábilmente con un tono intelectual de ascendencia laica y liberal.
Pero la percepción externa del grupo como una unidad fue inevitable y, por fuerza, hubo de estar presente cuando se trató de integrar el nacionalismo español en una vía fascista. No habrá de extrañarnos, por tanto, que Ernesto Giménez Caballero, el madrugador adalid del fascismo entre nosotros, en su libro en Genio de España. Exaltaciones a una resurrección nacional. Y del mundo (1932) se proclamara «nieto del 98» con frase que hará fortuna, pero que no ocultaba —como veremos— una crítica aguda a quienes no supieron llegar hasta la consecuencia final de sus premisas. Tres años antes, había puesto el unamuniano título de En torno al casticismo de Italia a su traducción de L’Italia contra l’Europa, del fascista Curzio Malaparte. El 15 de febrero de 1929 anticipó su prólogo, «Carta a un compañero de la joven España», en las páginas de su revista La Gaceta Literaria, para contestar a las inquietudes patrióticas que el joven lector de español en la Universidad de Göteborg, Ramón Iglesias Parga, le había hecho llegar en su misiva. Y al poco, añadió el texto como prólogo del libro que, a la sazón, estaba en pruebas. El texto no gustó a todo el mundo pero, por vez primera, Giménez Caballero recontaba como propios los precedentes noventayochistas y los equiparaba al proceso que había unido el Risorgimento italiano y el fascismo:
¿Dónde han estado nuestro D’Annunzio, nuestro Croce, nuestro Rajna, nuestro Marinetti, nuestro Bontempelli, nuestro Missiroli, nuestro Gentile, nuestro Pirandello? Pues sencillamente: han estado... aparte. Porque existen. Sustituyamos escritores y veremos que frente a Rajna y D’Ovidio, hay un Menéndez Pidal, creador de nuestra épica nacionalista; un d’Ors, amante de la unidad; frente a Croce o Missiroli hay un Ortega, creador de nuestra idea nazionale; frente a D’Annunzio, Marinetti y Bontempelli, un Gómez de la Serna, creador del sentido latino y modernísimo de España, stracittadino y strapaesano a un tiempo; frente a Pirandello, un Baroja, un Azorín, regionalistas como punto de partida de su obra y elevadores del conocimiento nacional de una tierra, creadores de anchos espejos; frente a Gentile, un Luzuriaga, en posibilidad de experimentos enérgicos, de instrucción... Frente a tantos otros, ilustres hacedores de nuestra Italia, un Maeztu, un Araquistain, un Marañón, un Zulueta, un Sangróniz, un Castro, un Salaverría, etc. Y frente a Malaparte... Pero, ¿por qué detrás de Malaparte? Malaparte detrás de él, siguiéndolo con respeto en muchas de sus afirmaciones.
Delante de Malaparte, Miguel de Unamuno.11 La posterior fortuna de la llamada «generación del 98» en los grupos fascistas fue muy amplia, especialmente en los casos de Unamuno y Baroja. Este último fue objeto de un verdadero asedio intelectual por parte de Giménez Caballero que culminó en el artículo «Pío Baroja, precursor español del fascismo», publicado en JONS (1932) y que alcanzaría notable (y lamentable) difusión en 1938 al reproducirse como prólogo de la antología barojiana Comunistas, judíos y demás ralea, un libro que el escritor se limitó a tolerar como triste tributo pagado por la tranquilidad de su familia. «Baroja —concluía Giménez en su aventurada lectura de César o nada, novela de signo republicano radical— expresa en literatura hacia 1910 lo que Mussolini comienza a realizar en la acción diez años más tarde». Pero Baroja y Unamuno ya habían estado presentes en las primeras entregas de La Conquista del Estado, en marzo de 1931, donde Juan Aparicio escribió un artículo-entrevista titulado «Las ideas y los hombres. Pío Baroja en la realidad de lo real», que comenzaba con una observación inquietante —«hubo una época en que Baroja se parecía físicamente a Lenin»— y donde el escritor declara que no cree en la «República burguesa», ni en el Parlamento, ni en los abogados que lo habitan porque todo «es una farsa. Gentes de ghetto y sacristía, siempre al pie de la trampa de sus códigos». Su frase «falta el impulso violento, enérgico, embalado» es recogida admirativamente por Aparicio, que, en el breve epílogo de la entrevista, la responde sin vacilación: «¿Quién lo dará? Lo daremos nosotros, Pío Baroja, admiradores suyos».
El segundo número de La Conquista del Estado se abría con un encomiástico trabajo de Ramiro Ledesma Ramos, «Grandezas de Unamuno», al que seguía otro de Giménez Caballero, «Interpretación de dos profetas. Joaquín Costa y Alfredo Oriani», donde el primero (muerto en 1911) se convertía también en precursor del fascismo español. En el número 20 (3 de octubre de 1931), cuando la revista batallaba contra el catalanismo, se dedicó toda la plana cuarta a la encuesta «Los hombres del 98 afirman con nosotros la indiscutible unidad de España. Frente a la traición de los profesores gubernamentales». Al propósito se acopiaron textos de Ramiro de Maeztu, Ramón Menéndez Pidal, Miguel de Unamuno, José María Salaverría y Pío Baroja, más o menos de oportunidad...12 En 1935 Miguel de Unamuno asistió a un mitin salmantino de José Antonio Primo de Rivera, que lo había visitado previamente en su domicilio. En respuesta a las alarmas de la prensa liberal, Unamuno declaró no profesar simpatía alguna al fascismo, por lo que, a los pocos días, fue violentamente atacado en un artículo de Francisco Bravo (jefe provincial de Salamanca a la sazón), publicado en el diario Arriba del 13 de marzo del mismo año.13 Casi simultáneo, y revelador de la actitud de militantes más jóvenes, fue un texto que en su sección «Figuras» incluyó Haz, semanario del SEU, en su número del 26 de marzo: «[Al intelectual del 98] parece que aún le queda en los ojos la pérdida de las colonias. Su prosa, detallista e inútil, destila aburrimiento, dejadez, pereza... Ama Francia con todo su corazón; tiene algo de librepensador, algo de ateo, algo de masón, algo de fumador de ochenta y cinco y mucho de tonto».
El modelo de esta diatriba podía ser Azorín, pero también Baroja... No obstante lo cual, las actitudes noventayochistas siguieron atrayendo a los falangistas y convirtiéndose en su pedigrí intelectual predilecto. Ese proceso de asimilación concluyó bastantes años más tarde con un libro, por otros conceptos valioso, que detectaba una cierta inseguridad de valores en el sector más vivaz y acomodado del falangismo: me refiero a La generación del 98 (1945), de Pedro Laín Entralgo, cuyo propósito más evidente fue la reintegración del grupo de escritores finiseculares en la tradición española, a despecho de las dudas religiosas unamunianas, del ateísmo de Baroja o del agnosticismo de Machado y Azorín y, sobre todo, de la opinión militante de la Iglesia católica en contra de su recuerdo. La «Epístola a Dionisio Ridruejo» que abría el volumen identificó al enemigo común (el integrismo católico), explicitó la voluntad de continuidad del espíritu finisecular y la vinculó, por cierto, a «nuestros sueños de Burgos»: aquellas sobremesas de 1937-1939 en los salones del burgalés hotel Condestable, donde en plena guerra civil otra generación rebelde soñaba con la futura gobernación de España.
Pero ya hemos visto que la reivindicación de antecedentes en la «Carta a un compañero de la joven España» no se limitó a los ahora citados. En Ramón Menéndez Pidal, por ejemplo, los falangistas pudieron ahondar su idea de un Volksgeist castellano, adalid de una nueva fórmula de poder centralizado frente al anacronismo visigodo del reino de León. Al lector juvenil de 1929 no podían pasarle inadvertidos párrafos como este, en el prólogo a la primera edición de La España del Cid: «La vida del Cid tiene, como no podía menos, una especial oportunidad española ahora, época de desaliento entre nosotros, en que el escepticismo ahoga los sentimientos de solidaridad y la insolidaridad alimenta al escepticismo. Contra esta debilidad actual del espíritu colectivo pudieran servir de reacción todos los grandes recuerdos históricos que más nos hacen intimar con la esencia del pueblo a que pertenecemos».14 En el número 3-4 (octubre-diciembre de 1926) de la Revista de las Españas, Giménez Caballero —que desempeñaba una sección fija sobre novedades editoriales españolas— había saludado eufóricamente la publicación de Orígenes del español, la esperada monografía del filólogo, que «da la impresión de un Antifonario, un Becerro, un Tumbo»; en el 19 (marzo de 1928), se señaló con piedra blanca la salida de El Romancero. Teorías e investigaciones, y los encomios se multiplicaron a raíz del ya citado libro La España del Cid (número 42, febrero de 1930), que le había parecido «un manual de estímulo hispánico», porque «no es solo historia, repitamos, sino también poesía. No es solo quién fue el Cid, sino quién fue España y quién puede ser aún España». Y concluía asegurando que «es lástima que este libro no fuese vulgarizado en el acto a las masas españolas con la edición de un film cidiano, de una película documental y hermosa sobre la España del Cid».15
Pero, fuera de lo emocional, las mayores deudas ideológicas de Falange se refirieron al pensamiento político de Ortega y Gasset. Al ensayista madrileño debió la idea de la nación «como un dogma nacional, como un proyecto sugestivo de vida en común»: una retórica nacionalista que, iniciada el día 23 de marzo de 1914 en el Teatro de la Comedia por el discurso orteguiano «Vieja y nueva política», hallaría nuevos ecos en el mismo lugar, veinte años más tarde, cuando se pronunció la llamada «oración fundacional» de Falange, por José Antonio Primo de Rivera. Malintencionado como siempre, Eugenio Vegas recordaría en sus memorias muchos años después el dictamen de quien entonces era un pugnaz jonsista, Juan Aparicio: «Es como oír a Ortega en mangas de camisa...». Ortega, como Unamuno, fue simultáneamente adorado y rechazado por aquellos jóvenes que no transigían con forma alguna de liberalismo. En su ya citado Genio de España, Giménez Caballero definiría con acierto la disyuntiva representando a Ortega en la figura de la urraca que pone sus huevos en un sitio y canta en otro y comentó en un calembour de gusto dudoso: «La misión de uno —filio y respetuoso secuaz del maestro Ortega— es bien sencilla: dar el grito ahora donde estén los huevos. Y seguir poniendo los huevos —el acento, el coraje y el valor— donde también los gritos. Sin miedo a equívocos ya. Sin terror a la consecuencia». Ideas muy similares expresaría el propio José Antonio en su artículo «Homenaje y reproche a Ortega y Gasset» (Haz, número 12, 5 de diciembre de 1935), aunque con anterioridad el semanario F. E. incluyera en su primer número (7 de diciembre de 1934) un «Auto de F. E.» anónimo, en el que se acusa a Ortega de representar lo peor de «el siglo XIX, la burguesía selecta, el desprecio del Estado —nuevo caballero andante— protector de los desvalidos, de las pobres masas». Más tarde, en plena guerra civil, la ascendencia orteguiana de Falange era un hecho incontrovertible para Manuel Iribarren, que escribía en Jerarquía (número 1, invierno de 1936):
Los más autorizados propugnadores de este movimiento son discípulos suyos [de Ortega], aunque más tarde hayan renunciado de su fe germánica en los destinos propios del pueblo. Ahí están, por no citar más, Eugenio Montes con su cristianismo un poco paganizado, y Giménez Caballero, en quien todavía no se han definido bien la Roma ecuménica de Augusto y la otra Roma de los papas —sede de Jesucristo— a la que sirvió nuestro César, Carlos I, emperador.
LA CONTRARREFORMA AUTORITARIA
Los antecedentes ideológicos del fascismo español no solo tuvieron que ver con el mundo del nacionalismo liberal. Por obvias razones de clase social y de formación escolar, la mayoría de los futuros fascistas españoles vivió el ascendiente de las tentaciones autoritarias y del nacionalismo defensivo a los que sucumbieron los elementos más conservadores del país desde comienzos de siglo. La fugaz devoción por el «general cristiano» Camilo García de Polavieja, en 1898, fue la primera y más significativa de esas tentaciones, porque las esperanzas puestas en el político Francisco Silvela fueron rápidamente defraudadas por el interesado, que era conservador pero nada propenso al aventurerismo. En 1909, la defenestración y posterior abandono de la actividad política por parte de su sucesor en las huestes conservadoras, Antonio Maura, dio origen a las Juventudes Mauristas, que tampoco contaron con demasiada anuencia por parte de su patrón ni dieron mucho de sí. Más eficaz fue otra fundación de ese mismo año de 1909, pródigo en alarmas cívicas como ya sabemos; fue la fecha en que el jesuita Ángel Ayala transformó las congregaciones madrileñas de los Luises (formadas por las alumnos de los colegios de la Compañía, bajo la advocación de San Luis Gonzaga) en la más ambiciosa Asociación Católica Nacional de Propagandistas, que, presidida por un joven y activo abogado del Estado, Ángel Herrera Oria, adquirió en 1911 el diario El Debate. Los grupos de «propagandistas», cuidadosamente seleccionados e incondicionalmente fieles a sus dirigentes, fueron con posterioridad las fuentes nutricias de partidos políticos católicos como Acción Popular y la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), a la vez que un fermento de actuación universitaria. Y muchos de sus afiliados se integraron en la propia Falange durante la guerra civil y después de ella.16
Pero la huella del maurismo fue profunda y a ella correspondió también el libro de un funcionario del Ministerio de Estado y simpatizante de Maura, Julián Juderías, a quien las campañas internacionales con motivo de la represión de la Semana Trágica barcelonesa le inspiraron las páginas de un título de muy larga repercusión: La leyenda negra. Estudios acerca del concepto de España en el extranjero (1913). Aquel probo traductor, políglota y laborioso, escribió un libro donde abunda la buena información aunque tampoco falte, claro, la santa indignación que respira el prólogo-dedicatoria de la segunda edición a Alfonso XIII, a quien veía «prenda segura de que responde al común sentir de cuantos aman el pasado, creen en el presente y confían en el porvenir glorioso de la Madre España». Fue, en verdad, un libro influyente, popularizó su título y en los años cuarenta y cincuenta no cesó de ofrecer reediciones.
Muy cercana a ese clima, Action Française también fue para algunos un modelo atractivo de nuevo patriotismo. Surgida directamente de las discusiones que en 1898 habían dividido la opinión intelectual gala entre partidarios y detractores del capitán Dreyfus, ofrecía a sus admiradores la coherente imagen de un nacionalismo reactivo, nacido de la frustración patriótica, y una revitalización del ideal monárquico, que no dejaba de ser un señuelo atrayente en medio de la mezcla de esperanzas y decepciones que el jovencísimo rey Alfonso XIII suscitaba entre sus partidarios. El siempre galicista y ya muy conservador Azorín citó con devoción los ideales de Action Française en la campaña de artículos francófilos que escribió en los días de la guerra europea, esperando que la imagen de seriedad y disciplina de la Francia en guerra elevara la moral nacional de sus compatriotas.17 Pero lo cierto es que la mayoría de los escritores conservadores prefirió depositar sus esperanzas y la nostalgia de un modelo político distinto en el otro contendiente, el Imperio alemán; como señaló agudamente Manuel Azaña, que era un aliadófilo inteligente, la germanofilia vino a ser el refugio de lo más pugnaz y reaccionario de las derechas nacionales.
Este fue el caso del germanófilo José María Salaverría, escritor no carente de interés cuyas biografía y obra resumieron muy bien las desorientaciones y rebeldías de fin de siglo. Fue un nacionalista «estético», como demostró su libro Vieja España (impresión de Castilla) (1907), que prologó extensamente Galdós; conoció la emigración en Argentina, donde palpó «el optimismo intenso, frondoso, orquestal» de una colectividad entregada a la economía y, al cabo, echó las culpas de todos los fracasos a aquella generación del 98 (fue uno de los más precoces usuarios de la denominación), a la que veía como un rebrote del romanticismo revolucionario de 1830, y supo que los enemigos de su «optimismo trágico» eran los elementos más negativos y aguafiestas de la vida española después de 1914: «La literatura, la política radical y el regionalismo catalán y vasco». Todas esas reflexiones se entresacan de la prosa vehemente de La afirmación española. Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos (1917), un libro bastante leído y que señalaba los rumbos que iban del nacionalismo montaraz a los linderos mismos del fascismo; una climatología que quizá fue más explícita en el breve devocionario El muchacho español (1918), que debieron de leer en su edición de Calleja (la cubierta cruzada por la bandera nacional) algunos de los futuros fascistas españoles de 1930.18
Casi todos los deudores del nacionalismo rencoroso y herido, además de conservador, concluyeron en la herencia más explícita de Action Française, que fue Acción Española, la revista que publicó su primer número el 15 de diciembre de 1931 —ocho meses después de la proclamación de la República—, como plasmación de los ideales del grupo monárquico y de antiguos colaboradores de la dictadura de Primo de Rivera en el que militaban el conde de Santibáñez del Río (su primer director), Ramiro de Maeztu, José Calvo Sotelo, Víctor Pradera, Pedro Sainz Rodríguez, Eugenio Vegas Latapie, Zacarías de Vizcarra, Miguel Herrero García, José María Pemán, Joaquín Arrarás, etc. Su referencia principal fue la figura de Ramiro de Maeztu, una personalidad compleja, tornadiza e histriónica, que a la altura de 1930 había recorrido casi todos los vericuetos espirituales de su tiempo. Había sido uno de los primeros en titularse «intelectual» en 1898, se había proclamado darwinista social y nietzscheano moral, coqueteó con el regeneracionismo de Costa, exaltó la educación imperial británica y la eficacia del bushido nipón, fue aliadófilo durante la guerra de 1914 y en 1916, ya reconvertido al catolicismo de su infancia, abrazó el guildismo, un movimiento social inglés con tintes organicistas. Más tarde, se hizo claramente antirrevolucionario, fue uno de los españoles que leyeron y comentaron las sombrías profecías de Oswald Spengler, aceptó con entusiasmo la dictadura de Primo de Rivera y, tras conocer Estados Unidos, proclamó el «sentido reverencial del dinero» y el culto por la moral de los negocios.19
Con estos antecedentes, la postura de la revista que inspiró fue fundamentalmente antiliberal (como advertiremos en los «falsos dogmas» que expuso y discutió el carlista Víctor Pradera), antirrepublicana (como mostró el resonante artículo del canónigo Aniceto Castro Albarrán sobre «La sumisión al poder legítimo» en el número 39, 16 de octubre de 1933) y, por añadidura, se hizo eco de todos los movimientos conservadores europeos, virados ya al autoritarismo. En sus páginas escribieron discípulos de Charles Maurras como Pierre Gaxotte y Thierry Maulnier, fundadores del «integralismo» lusitano como Antonio Sardinha, conservadores autoritarios británicos como sir Charles Petrie e incluso nacionalistas reaccionarios hispanoamericanos como el mexicano Alfonso Junco y los nicaragüenses José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra. Pero, de otro lado, también abrió sus puertas a escritores que posteriormente veremos en las filas de Falange: Giménez Caballero, Eugenio Montes, Rafael Sánchez Mazas, Julián Pemartín y Emiliano Aguado, entre otros. Incluso el discurso joseantoniano del Teatro de la Comedia fue reproducido con el título «Bandera que se alza» (número 40, 1 de noviembre de 1933) y elogiosamente reseñado por Víctor Pradera en el número siguiente.
ESTETICISMO Y AUTORIDAD
Desde 1920 (e incluso antes), Manuel Azaña, futuro político republicano y alto funcionario del Estado, desconfiaba seriamente del rigor intelectual de José Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors, que, por entonces, desplegaban dos ciclos de ensayismo de alta escuela (El espectador, del primero, a partir de 1916; el Nuevo glosario, del segundo, desde 1920) que le parecieron siempre exhibicionistas y pedantes. Y seguramente, le resultaba también imperdonable el esfuerzo de ambos por ejercer una tutela intelectual de la gente más joven. Una nota de sus diarios de 1920 consignaba que «Ortega ha puesto al alcance de las damas y de los periodistas el vocabulario de la filosofía. Una cosa es pensar; otra, tener ocurrencias. Ortega enhebra ocurrencias. Iba a ser el genio tutelar de la España actual; lo que fue el apóstol Santiago en la España antigua. Quédase en revistero de salones». Pocos días después sugería malévolamente que «si España fuese una colonia o país protegido, la metrópoli o el Estado protector nos enviaría por filósofo a Eugenio d’Ors».20 En el fondo, recelaba del artificioso olimpismo de ambos, aparentemente ajeno a las contingencias políticas, y sin embargo, profundamente político en su fondo: el Ortega de 1920 reclamaba una «vertebración» de España, entendida como un proceso de renacionalización que dejaba ya poco lugar a sus militancias reformistas de 1913 y menos todavía a sus coqueteos socialdemócratas de 1910, y Eugenio d’Ors, recién desembarcado en Madrid tras su ruptura con la Mancomunitat de Catalunya, a la que había estado vinculado desde su inicio, empezaba a moverse en los aledaños de las nuevas derechas españolas, sin dejar de rendir sincero culto al mundo laicista y liberal de la Institución Libre de Enseñanza.
De la relación de Ortega con el fascismo ya se ha dicho algo. La deriva autoritaria del pensador catalán venía de más lejos. D’Ors había leído en 1905 una tesis para su doctorado en Derecho que ostentaba el significativo título Genealogía ideal del imperialismo (Teoría del Estado-héroe) y había sido dirigida por el krausista Gumersindo de Azcárate, lo que no deja de ser llamativo. Un año después se convertía en el inventor y el árbitro intelectual del Noucentisme, un término de su invención que venía a exigir lealtad al siglo nuevo, mediante una notable combinación de la reivindicación estética y filosófica del clasicismo, la prioridad de lo educativo, la exaltación de lo minoritario y una indisimulada querencia por el Estado intervencionista y por la necesaria constitución de religiones cívicas. Tales principios pudieron trasladarse pronto a los primeros pasos de la Mancomunitat de las Diputaciones Provinciales catalanas, en la que d’Ors fue inspirador directo de fundaciones tan notables como el Institut d’Estudis Catalans (cuya secretaría ejerció desde 1911) o tan sintomáticas como la espléndida red de bibliotecas públicas y la Escola de Bibliotecàries. En 1920 se produjo su ruptura con la administración catalana y con el catalanismo (lo que reflejó en dos curiosas y bastante ególatras alegorías dramáticas, El Nou Prometeu encadenat, 1920, y Guillermo Tell. Tragedia política, 1926) y se instaló en Madrid a la vez que su prosa —ahora en pulido castellano— se acomodaba en las páginas de ABC.
Durante la guerra europea, d’Ors había mantenido una excepcional actitud de repudio de la contienda, que lo singularizó en un contexto intelectual invadido por las rebatiñas de aliadófilos y germanófilos. Y todo ello a la vez que padecía un efímero sarampión obrerista que le llevó a apoyar la huelga general de 1917. Aquel fervoroso europeísmo y una elevada idea de la misión de la cultura fueron sus mayores aportaciones a la posguerra de 1918 que entendió como una obligada convalecencia de las exageraciones que achacaba al periodo que corrió entre el turbulento fin de siglo (que «en la propia decadencia y retorcimiento encontró un motivo de vanidad») y las llamaradas de 1914-1918. Oyendo tocar la música de Bach, interpretada al clavecín por Wanda Landowska (y en en el grato marco de su dilecta Residencia de Estudiantes, de Madrid), pensó que «en 1920, la verdadera aristocracia de la conducta no puede tener otro nombre que el de simplicidad [...]. Y tampoco el refinamiento en el arte puede tener, en 1920, otro nombre que la simplicidad». En 1924 y en Alemania (un año después del Putsch de Múnich...), le parecía que también se volvía «a las tradiciones de la Alemania idealista y universal... Vuelven a Goethe las juventudes alemanas; vuelven a Hölderlin. Reniegan de Bismarck. Toman hoy a Stefan George, poeta noblemente solitario, por maestro».21 Por supuesto, aquello no pasó de ser un piadoso deseo, pautado a la medida de lo que en Alemania se llamaba «revolución conservadora» y que en Italia tenía que ver con la reforma pedagógica del fascista Giovanni Gentile, con quien tenía contacto personal desde 1916. En materia estética, d’Ors siempre mantuvo ese deseo de claridad y sencillez, compatible con su debilidad por lo complicado y exquisito, y en materia ideológica y política, cada vez se manifestó más ansioso de un Orden (con mayúscula) en todos los aspectos de la vida. Y en tal sentido las nuevas «glosas», a la vez que se convertían en un incitante (y caprichoso) escaparate de novedades, trasladaban a sus lectores juveniles —siempre tan presentes en la intención dorsiana— una nostalgia de la autodisciplina y la autoridad que podrá comprobarse en el texto suyo que se reproduce en esta antología: en su fecha de 1926, pocos pueden ser más cabal expresión del mundo de ideas y decisiones que se avecinaba.
En plena guerra civil, d’Ors se incorporó a la España nacionalista desde París y en la iglesia de San Andrés, de Pamplona, veló «las armas de la caballería de Falange». El acto, que han contado dos testigos presenciales (Pedro Laín Entralgo y Eugenio Vegas Latapie), no tuvo desperdicio: hubo una noche entera de meditación, al pie del altar y al arrimo del tratado De Trinitate, de Agustín de Hipona; una misa dicha por el canónigo Fermín Yzurdiaga, que tomó el juramento al caballero novicio; un espaldarazo dado con un viejo espadón por el propio sacerdote y el más pacífico reparto de una tarta de bizcocho entre los asistentes. Dotado de las condiciones de un organizador nato, «Xènius» aportó a sus nuevos cofrades la obsesión por los rituales fastuosos y una irreprimible inclinación a los símbolos; su huella fue patente en la revista Jerarquía, que veremos luego, y de su numen surgieron seguramente la idea del Instituto de España, «senado de la cultura nacional», creado el 6 de enero de 1938, o la peregrina constitución de una Comisión de Estilo en las Conmemoraciones de la Patria, aprobada por decreto del 18 de febrero de aquel mismo año.
A partir de aquellas fechas, el Nuevo glosario (que empieza a publicar el diario Arriba España, de Pamplona) intentó ser la definición clásica y la orientación espiritual de un mundo que alboreaba: por eso lo llamó La Tradición y dejó escrita allí la tan repetida frase de «lo que no es Tradición es plagio». Pero las verdaderas razones de lo que sucedía se escapaban, a menudo, a quien pretendió ser el inapelable Goethe de la nueva situación, porque —como se ha recordado alguna vez— ni Pamplona era Weimar, ni Franco, Napoleón Bonaparte. Su predicamento fue más honorífico que otra cosa, ya como jefe nacional de Bellas Artes, ya como catedrático de Ciencia de la Cultura en la Universidad de Madrid. El grupo falangista universitario, poco antes de confirmar la decadencia de su ascendiente político, le rindió la pleitesía debida en el primer libro de José Luis L. Aranguren, La filosofía de Eugenio d’Ors (1945), que un año antes había obtenido un premio instituido por la Junta Restauradora del Misterio de Elche, convocado para honrar la figura del pensador catalán (cuya intervención había sido decisiva en la recuperación de aquella obra musical).
En 1924, d’Ors había tenido oportunidad de dar su bendición a un grupo de «almas metropolitanas», naturales y vecinas de Bilbao, que se habían incorporado «a las normas unitarias del mundo; a esa actitud elegante, de ganada latinidad», que le recordaba (con indisimulable nostalgia) a aquellas otras pautas «en que madrugaron las juventudes de Cataluña cuando, hace diez años, eran en España las más ricas en sentido de lo universal».22 D’Ors miraba ahora hacia Bilbao, una ciudad que vivió la prosperidad derivada de la guerra europea, con sus buenos negocios y sus arriesgados fletes marítimos, donde se movía un activo mercado cultural (la Asociación de Artistas Vascos se constituyó en 1911) y unos cuantos escritores se complacieron en el cultivo de mitos y actitudes que recordaban el dorsianismo de 1906: el catolicismo culturalista, el aristocraticismo y la identificación con el mundo de la Roma clásica, lo que les colocaba en llamativa disidencia ante la vulgata histórica del nacionalismo vasco, que era católica pero manifiestamente vinculada al etnicismo delimitado por la lengua propia. Estos escritores, agrupados bajo el nombre de Escuela Romana del Pirineo, fueron Ramón de Basterra, Pedro Mourlane Michelena, Joaquín Zuazagoitia, Rafael Sánchez Mazas, Esteban Calle Iturrino, Fernando de la Quadra Salcedo y Pedro de Eguillor y Atteridge, que fungía de presidente de la tertulia del bilbaíno café Lyon d’Or.
No se les puede tildar de fascistas, aunque dos de los citados —Mourlane y, sobre todo, Sánchez Mazas— tuvieron, como se verá, una importancia excepcional en la creación de una literatura falangista. Como su nombre indicaba, la Escuela Romana del Pirineo provenía de L’École Romane, una invención francesa cuyo manifiesto vio la luz en Le Figaro, en 1891, escrito por el poeta francogriego Jean Moréas, a quien secundó Charles Maurras, el futuro fundador de Action Française y que entonces militaba en el grupo provenzalista de Frédéric Mistral. La mezcla del regionalismo —como respuesta a la modorra de un orden centralista— y la nostalgia del clasicismo, como correctivo de la modernidad, estuvieron también presentes en el más interesante y complejo de los cofrades pirenaicos, Ramón de Basterra. Giménez Caballero gustó de llamarle «el vesánico Basterra» porque siempre tuvo el incómodo e impreciso estatuto de «precursor» de algo. Y lo fue en la medida en que tal cosa habla de perplejidades vitales y afán de resolverlas por alguna vía expeditiva. Fue huérfano en una familia acomodada y se educó en el internado jesuita de Orduña; muy joven, buscó el arrimo espiritual de Unamuno, con el que rompió al cabo, y en 1908 colaboró con pintores y escultores bilbaínos (y el escritor socialista Tomás Meabe) en el periódico satírico El Coitao, muy expresivo de una mezcla de jactancia localista e iconoclastia moderna. Participó en la fundación de la ya citada Asociación de Artistas Vascos, que marcó la edad adulta de aquel grupo, y se acercó con interés a la protección de Ortega, en cuya Liga de Educación Política Española figuró. En aquel momento preparaba su ingreso en el Cuerpo Diplomático, que obtuvo en 1915, y pronto fue el poeta de referencia de la revista Hermes (1917-1922), donde confluyeron sus amigos de la Escuela Romana del Pirineo, aunque la revista —lujosa y exquisita, quizá la mejor de su tiempo— representaba, además del rampante bilbainismo de todos, una corriente del nacionalismo vasco —encabezada por el naviero Ramón de la Sota— más moderna y menos clerical de lo habitual en el mundo de los jelkides.23
Entre 1918 y 1920 Basterra estuvo destinado en la caótica Rumanía de entonces, que había llegado a combatir en los dos bandos de la guerra de 1914. Y allí comprobó los estragos de la ceguera localista —que vio encarnada en el mundo de la Iglesia ortodoxa— y la necesidad de referencias culturales fuertes y abiertas al futuro: sus reflexiones se sustanciaron en el ensayo La obra de Trajano (1921). Y las dos tendencias enfrentadas y enlazadas (la nativista y la moderna) estuvieron presentes en sus dos primeros libros de poesía: Las ubres luminosas (1923) reflejó su rendición ante la Roma clásica (como advertimos en el poema «El vizcaíno ante el foro romano», que había aparecido en Hermes), mientras que La sencillez de los seres miraba con afecto y exigencia al mundo rural de Vasconia.
Muy pronto, Basterra identificó al héroe destinado a realizar la atrevida síntesis de la modernidad industrial y financiera, la lealtad a los orígenes y la búsqueda de una trascendencia política, que ahora se cifraría a la par en el orden clasicista, la fuerza de la economía y la misión internacional de España, vinculada siempre a la hermandad latinoamericana (algo que llamó la «Sobreespaña»). Aquel héroe, con mucho de autobiografía proyectiva, respondió al feo nombre de «Vírulo». Había sido un niño solitario, con rasgos del Sigfrido wagneriano, y al que hizo arquitecto (como el Eupalinos, de Paul Valéry) y cabeza de un grupo de futuros dirigentes. Pero los dos poemarios sobre el personaje, Vírulo. Mocedades (1924) y Vírulo. Mediodía (1927), coincidieron con el agravamiento de los síntomas de una grave insania mental, que venía de lejos y que acabó con su vida en 1928. Dejó una tercera parte inédita, que está poco más que esbozada y plagada de huellas de su enfermedad, pero que revela una afanosa lectura del inevitable Oswald Spengler, perceptible en la constante apelación a lo europeo y occidental.24
El mundo del fascismo procedió a la colonización de aquel singular y propicio precursor a quien en 1935 sus compañeros de la Escuela Romana del Pirineo levantaron un busto en el parque de Bilbao. La «revista negra de Falange», Jerarquía, publicó en su número 2 (1937) el poema «A los jóvenes dolorosos», que había aparecido en Hermes. Y en 1939, los «Breviarios del Pensamiento Español» recogieron una selección de la poesía de Ramón de Basterra, prologada con todo el énfasis del caso por su paisano José María de Areilza y seleccionada por quien solo quiso firmar con sus iniciales, el entonces militarizado en servicios auxiliares J[osé] M[anuel] B[lecua]. Giménez Caballero anunció que escribiría un libro sobre el poeta, pero no lo hizo nunca. Quien lo escribió fue Guillermo DíazPlaja, un joven catedrático de instituto barcelonés deseoso de limpiar su currículum de excombatiente republicano, bajo el título de La poesía y el pensamiento de Ramón de Basterra (1941), pero la presuntamente hábil maniobra tuvo poco éxito; el número XI de la revista Escorial (octubre de 1941) publicó una reseña muy hostil, firmada por «G.», cuya ominosa intención se nos delata en una bochornosa carta personal del director, Pedro Laín Entralgo, dirigida al compungido Díaz-Plaja.25
DOS MADRUGADORES: ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO Y LUYS SANTA MARINA
El fascismo supone, como vemos, un abanico de influencias intelectuales pero también debe contar con una predisposición de las actitudes personales. Quien mejor y más tempranamente conjugó ambas cosas fue Ernesto Giménez Caballero, a quien ya hemos citado por lo primero en varias ocasiones y que tuvo por añadidura un sentido innato para el histrionismo y la escenografía; algo mayor que él, Luys Santa Marina no mostró tan llamativa proyección pública pero encarnó valores y experiencias que podían conducirle al mismo camino vital: conoció el silencio —si no el fracaso— literario, compatible con el perfeccionismo y la soberbia; vivió con modestia espartana, pero siempre obsesionado por ideales aristocratizantes y heroicos, propios de un hidalgo a destiempo, sobre lo que elaboró una imagen de sí mismo. Giménez fue el fundador intelectual del fascismo español pero nunca encajó bien en la práctica política, ni en los años de lucha ni en los del triunfo, donde su mayor logro fue desempeñar la embajada de España en Paraguay, ante el dictador Stroessner; Santa Marina fue un militante temprano siempre leal a su propia imagen, hasta llegar a la caricatura, que luego vivió de las prebendas menores que el franquismo nunca regateó a la vieja guardia fascista.
No fueron, ni de lejos, vidas paralelas. Giménez era hijo de un comerciante de papelería que acabó siendo un notable industrial de la imprenta; fue un aprovechado estudiante de Letras que consiguió llamar la atención de su profesor Américo Castro y obtener así un lectorado de Español en la Universidad de Estrasburgo. Como afirmó muchas veces a lo largo de su vida, allí tuvo la nítida conciencia de Europa (en la ciudad que había dejado de ser parte de Alemania en 1918 y pasaba a ser francesa) y conoció el fascismo directamente, de los labios de quien era cónsul de Italia y acabaría por ser su cuñado. Los negocios familiares no pudieron ser ajenos a una rápida carrera como periodista que comenzó en El Sol, donde se propuso una campaña de recuento y promoción de los efectivos culturales españoles, en los que se decantó manifiestamente por los vinculados al nacionalismo liberal; ese fue el significado de la brillante serie de reportajes «Visitas literarias de España» (1925-1928) que le permitió trazar semblanzas, conjeturas y hasta disparates a propósito de todo lo que se movía: Blas Cabrera y Santiago Ramón y Cajal, Menéndez Pidal y las gentes del Centro de Estudios Históricos, Ramiro de Maeztu, Azorín, Pío Baroja, Gómez de la Serna, Zuloaga... Allí llamó a Gerardo Diego «poeta fascista» porque organizó a la vanguardia en torno a una conmemoración nacional, la del centenario de Góngora.26 Y aquel programa desembocó en la creación de La Gaceta Literaria, de la que hablaremos en seguida, cuando pudo obtener de sus amigos aristócratas, financieros y diplomáticos las aportaciones de diez mil pesetas que dieron solidez al proyecto cultural más interesante de su tiempo. A la par, sus trabajos literarios pasaron del tono entre vanguardista y popular, siempre tocado de sentido del humor, de Los toros, las castañuelas y la Virgen (1927), Hércules jugando a los dados (1928) y Julepe de menta hasta la incursión surrealista que supuso Yo, inspector de alcantarillas (1928), la preocupación españolista de Circuito imperial (1929) y el totalitarismo declarado de Arte y Estado (1935), uno de los libros de teoría estética más importantes que dejó el fascismo en su época dorada.27
Santa Marina, santanderino residente en Barcelona, no tuvo ningún interés por la vanguardia. Sus referencias literarias entroncaban más bien con el énfasis emocional del modernismo que se desarrolló hacia 1910 y luego con la asidua lectura de las letras «imperiales» del Siglo de Oro, cuyo conocimiento le sirvió para escribir algún libro pro pane lucrando en los años de preguerra (Labras heráldicas montañesas y Vida de Isabel la Católica en 1928; Estampas de Zurbarán, 1929; Cisneros, 1933). Max Aub ha dejado un buido retrato de su figura: «Sin adarme de grasa, el capitoste de aquel cotarro de ocho a diez personas [la tertulia que presidía Santa Marina en la Barcelona de 1930], según los días, acecinado, seco, la enjuta cabeza asoleada, pétrea cabeza erguida, ojos corvinos, desmedrados, curiosos, de rapidísimo girar y agarrarse, mandando en una importante nariz fina... Se mantenía de leche, fruta viva, almendras y alguna ensalada que partía con su tortuga, del mismo modo que la leche era a medias para su gato».28
Por aquel entonces logró editar una revista, de cuidada tipografía arcaizante y tono muy nacionalista, Azor (19321934), que resucitó en 1942 y, tras otro eclipse, en 1961. Aquel «primer vuelo» de Azor editó diecisiete números en los que colaboraron, aparte del propio Santa Marina, Andrés M. Calzada, José Jurado Morales, Juan Ramón Masoliver, Guillermo Díaz-Plaja, Xavier de Salas, Max Aub, etc. Una antología de prosistas castellanos y una sección fija de «Decires» (donde se incluían coplas y refranes populares) satisfacían los gustos del director por la lengua clásica; la parte del león se la llevaban los artículos, poesías y relatos (allí se publicó la primera edición de la novela Luis Álvarez Petreña, de Max Aub, seriada entre los números 3 y 17). El tono de los primeros incurrió a menudo en la exaltación fascista; así, cuando Andrés Manuel Calzada escribía en el editorial del número 15 (diciembre de 1933-enero de 1934), que fue reproducido por los camaradas madrileños de F. E., 5 (febrero de 1934): «Al proclamarse la República, todos sentimos el escalofrío histórico: el pueblo estaba en pie y arbolaba, exaltado y jubiloso, la bandera de la Patria... La República, que es joven, debe de serlo ahora más que nunca; debe ser violenta, irreflexiva y valiente, que el valor, la irreflexión y la violencia son gérmenes de lo grande».
Pero esta demanda de una empresa heroica, volcada en un afán pedagógico, estuvo mucho mejor representada por La Gaceta Literaria (1927-1932), aquella revista en la que Ernesto Giménez Caballero se jactó de haber alumbrado «las dos juventudes espirituales que cuajarían el porvenir de España: los comunistas y los fascistas». En la publicación colaboraron efectivamente hombres de las más diversas tendencias: con Giménez Caballero, actuaba como subdirector Guillermo de Torre, el más sólido valor intelectual del reciente ultraísmo y cuyo libro Literaturas europeas de vanguardia (1925) sorprendió a todos por su copiosa información; como redactor jefe estuvo desde 1929 el comunista César M. Arconada, que se dio a conocer con un libro muy orteguiano sobre la estética musical posimpresionista, En torno a Debussy (1926); en las diferentes secciones, el arte corría a cargo de Antonio Espina y Sebastián Gasch; el cine, de Luis Buñuel; la filosofía y la ciencia, del inminente fascista Ramiro Ledesma Ramos; la «Gaceta Catalana», de Juan Chabás y Tomás Garcés; la «Gaceta Americana», de Benjamín Jarnés y Guillermo de Torre. Como puede verse, la revista conjuntó una baza inigualable que los vientos de 1936 dispersaron geográfica y moralmente, aunque las primeras discrepancias se dejaron ver en la encuesta sobre la vanguardia, en 1929, y la convivencia fue ya muy difícil después de 1931-1932, cuando Giménez Caballero llegó a redactar en solitario las seis entregas que llamó «El Robinsón Literario de España».29
No ayudaba la tesorería. En tres años, el torbellino de actividades —la Gaceta, el Cine-Club, la publicación de libros...— acabaron con el capital suscrito y la revista hubo de integrarse en el marco de la Compañía Ibero-Americana de Publicaciones (CIAP), fundada por el financiero Ignacio Bauer, representante de la banca Rothschild en España, que en poco tiempo se había convertido en un importante trust de editoriales históricas, publicaciones populares y hasta grandes librerías. Y, a la vez, Giménez hubo de aceptar la benévola tutela del asesor intelectual de Bauer, el catedrático monárquico y reputado sibarita Pedro Sainz Rodríguez. Pero la quiebra del grupo CIAP entre los años de 1930 y 1931 la devolvió a la incertidumbre económica. El clima de La Gaceta era estimulante pero tenso: su cosmopolitismo pugnaba con un combativo españolismo (reflejado en alguna polémica), del mismo modo que su arbitrariedad crítica tropezaba a menudo con la amplitud comprensiva del proyecto originario. Y no todos, ni mucho menos, suscribirían las palabras de su fundador, poco después de la publicación de la «Carta a un compañero de la joven España», que ya se citó más arriba:
Cuando el fenómeno fascista surgió en mi conciencia, a posteriori de mi reconocimiento entrañable con Roma, me vi perdido. Tenía que admitirlo acríticamente. Como un mandato familiar, como una imperiosa llamada de obediencia. Su camisa negra, el negro del águila imperial y el negro del clérigo de la Edad Media y el negro del jubón del Renacimiento. Era el negro ecuménico, católico, expansivo, interventor de culturas incipientes, pobres pero originales. Frente al rubio nórdico. Frente al rojo asiático.30
Y todo se haría más confuso y pugnaz porque la andadura de La Gaceta Literaria coincidió con el florecimiento de revistas y editoriales de izquierda comunista en los amenes de la dictadura y en el año vertiginoso de 1930. Recordando aquellos momentos, Juan Aparicio —un joven mosquetero de la revista de Giménez, aunque también vinculado a la escuela de periodismo del diario católico El Debate— contó la siguiente y significativa anécdota, que tanto nos dice de lo que precipitó el final de la publicación:
Algo de Américas de Madrid, de Rastro madrileño nos trae la remembranza de aquel tropel de catedráticos, escritores, periodistas y poetas que concurrieron al ágape del 8 de enero de 1930 en honor de Ernesto Giménez Caballero. Bajo la fascinación del año 30 —recordando su influjo taumatúrgico a través de varias centurias— se habían colocado quienes redactaban el semanario radical-socialista Nueva España, cuyos redactores eran Pepín Díaz Fernández y Antonio Espina. Amaneradamente Giménez Caballero ofreció a Espina una pistola herrumbrosa como si fuera la de Luis Candelas... Sin embargo, entonces se levantó con una audacia militar imprevista Ramiro Ledesma Ramos, quien escribía artículos filosóficos y científicos en La Gaceta Literaria y la Revista de Occidente, para prevenir de que una generación jerárquica, disciplinada y normativa estaba dispuesta al holocausto con tal que se erigiese en España una futura y sólida Bastilla.31
En los años siguientes, el homenajeado Giménez Caballero perdió, como veremos, la batalla por la capitanía del fascismo, que le correspondía por su hoja de servicios. Estuvo más cerca del jonsismo populista que de José Antonio Primo, a quien distinguió con su antipatía (que seguramente era mutua), y tampoco se llevó bien con Sánchez Mazas y Montes, cuyo ascendiente intelectual sobre el futuro jefe del partido fue dominante en los años que siguieron. Su fascismo se derechizó, por otra parte, tanto en la dirección católica como en la social, y su nombre apareció en 1934 como impulsor de un Partido Español de Patrones y Empresarios (PEPE), seguramente el de onomástica más chusca que ha habido en nuestro país y cuyos fondos parece que provenían de la tesorería de Juan March, fuente próvida de estas y otras aventuras (algunas más peligrosas que la mencionada...).
En los ya lejanos años veinte, una experiencia común y sendos libros dictados por ella (y aparecidos el mismo año) habían ligado, por último, los destinos de Giménez Caballero y Luys Santa Marina: la guerra colonial africana. El primero, soldado regular, publicó a la vuelta del Rif su requisitoria crítica, Notas marruecas de un soldado (1923); el segundo nunca pisó tierras africanas y cuanto supo de la guerra le llegó seguramente por medio de su paisano y amigo, el poeta y periodista José del Río Sainz, que fue corresponsal en Melilla, pero sobre esas noticias y su encendida fantasía compuso una exaltación brillante y exasperada con el nostálgico título Tras el águila del César. Elegía del Tercio (1923). Los dos volúmenes fueron denunciados a la autoridad, por su criticismo en el primer caso y por su violencia en el segundo, lo que les dio bastante notoriedad. Pero la decepción espiritual de un combate sin gloria no contribuyó, como hemos anticipado, a formar una lost generation, pese a los recuerdos fantasiosos de otro escritor perdulario, Guillén Salaya, que colocó el recuerdo rifeño en el arranque de su novela Bajo la luna nueva (1935) y en sus tardías memorias. Los mejores relatos que produjo el conflicto fueron lúcidas denuncias antimilitaristas y anticoloniales, como El blocao (1928), de José Díaz Fernández, e Imán (1930), de Ramón J. Sender. Aunque un cierto marroquinismo de similor tuvo como representantes a dos futuros falangistas: Tomás Borrás, que fue un notable y olvidado innovador vanguardista en el teatro, escribió La pared de tela de araña (1924); y Luis Antonio de Vega, asiduo de la tertulia bilbaína del Lyon d’Or, funcionario colonial en Larache y conocedor de las lenguas locales, que escribió L’Busbir (El pozo de los besos) (1931), Sirena de pólvora (1941), Espías sobre el mapa de África (1943) y otros libros de relatos, más cercanos de la novela de aventuras y siempre entusiastas con la labor colonizadora española.32
LOS PRIMEROS PASOS FUNDACIONALES
La primera publicación de signo fascista en España fue el periódico La Conquista del Estado, «semanario de lucha y de información política» que apareció por primera vez en Madrid el 14 de marzo de 1931 y cuyo título tenía un eco, aunque por pura casualidad, de otro del inevitable Curzio Malaparte, Técnica del golpe de Estado, que se publicó en Roma ese mismo año y que supuso la ruptura de relaciones entre Mussolini y su autor. Dirigía la publicación Ramiro Ledesma Ramos, a quien ya conocimos como asesor de materias científicas en La Gaceta. Hijo de una familia de pequeños propietarios de Alfaraz de Sayago, en Zamora, hizo estudios irregulares y tardíos y era fundamentalmente autodidacto; vivía de su salario como funcionario de Correos y había escrito y publicado una novela juvenil, El sello de la muerte (1924), que prologó el atrabiliario escritor bohemio Alfonso Vidal y Planas y que dedicó a Miguel de Unamuno como «ofrenda de inquieta espiritualidad». Es tentador considerar este relato semiautobiográfico, no mal escrito del todo, como una especie de temprano Mein Kampf en forma de nivola unamuniana, o más aún, de novela pesimista de Baroja, que acaba con la orgullosa decepción de la vida pública y el suicidio del protagonista, Antonio de Castro, contado todo por un narrador que actúa como albacea. Pero lo que importa a los personajes no es tanto la salvación del país cuanto la posibilidad de su propia afirmación en un mercado cultural muy incierto: discrepando de una frase que ha leído a Salvador de Madariaga, el autor —que se confiesa nietzscheano— acepta que «la atmósfera literaria es poco densa» pero lamenta que no «fuese todavía más individualista, más dispersa, más distanciados cada uno de sus valores».
Supongo que esta misma necesidad de destacar como fuere la halló en cada uno de sus jóvenes compañeros de redacción de La Conquista del Estado: completaban el cuadro Ricardo de Jaspe, Ramón Iglesias Parga (el «compañero de la joven España» que había aprovechado bien la ya conocida carta de Giménez Caballero), Francisco Mateos, Antonio Riaño, Roberto Escribano, Antonio Bermúdez Cañete, Miguel Souto Vilas, Alejandro Raimúndez, Juan Aparicio, Emiliano Aguado... y el inevitable Ernesto Giménez Caballero. «El periódico —resumía Ledesma Ramos en 1935, cuando hizo su pesimista balance de un quinquenio de fascismo— estaba vinculado a dos consignas: era profundamente nacionalista y era profundamente revolucionario, social y subversivo... La Conquista del Estado pretendía representar un espíritu nuevo, y tenía, necesariamente, que chocar con el republicanismo de 1931, en cuyas redes veía además caer a toda la juventud generosa e inexperta».33
Clausurado el periódico el 25 de junio de 1931, el 30 de noviembre del mismo año se presentan en la Dirección General de Seguridad los estatutos de un nuevo partido político: las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS), que vivieron precariamente los dos años siguientes, paralelas al movimiento vallisoletano que Onésimo Redondo había iniciado con el nombre de Juntas Castellanas de Actuación Hispánica. Onésimo Redondo Ortega tenía la misma edad que Ledesma y también nació en la Castilla rural, en Quintanilla de Abajo (muy cerca de Valladolid), que todavía hoy sigue sustituyendo la segunda parte de su nombre por el onomástico del llamado «Caudillo de Castilla». Su familia tenía recursos, lo que le permitió estudiar Derecho en Salamanca y aceptar un lectorado de Español en la Universidad de Mannheim, en 1927, algo que pudo facilitarle el conocimiento del nazismo (pero, sobre todo, del antisemitismo). A su regreso actuó en los grupos de Acción Católica y en el Sindicato de Remolacheros (una asociación de propietarios), en Valladolid, y se movió en el vago terreno del regionalismo castellanista que nunca dejó del todo. Su paso a la acción política siguió significativamente a la proclamación de la República. En agosto de 1931 fundó las citadas Juntas —cuyo nombre acumulaba resonancias arcaizantes—, que en noviembre de ese mismo año se fusionaron con las otras Juntas, las de Ofensiva Nacional-Sindicalista, de nuestro Ledesma. Y a La Conquista del Estado, de tan breve vida, sucedió en 1933 la revista mensual JONS, que duró año y medio y publicó once números; colaboraron en ellos, además de los promotores, José María de Areilza, Santiago Montero Díaz, Javier Martínez de Bedoya, Guillén Salaya, etc.
En 1933, sin embargo, el país asistirá al primer intento de un lanzamiento ruidoso y polémico del fascismo, que coincidió además (y no casualmente) con las expectativas involucionistas de la República. En enero había tenido lugar la represión de la rebelión campesina de Casas Viejas (que dañó gravemente el prestigio del gobierno Azaña), en febrero se creó la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) y en noviembre, las elecciones legislativas registraron el desplome de los partidos de izquierda burguesa, la relativa solidez del sufragio socialista y la victoria irrecusable del centro-derecha. La idea surgió de un agitador profesional, el tinerfeño Manuel Delgado Barreto, director de La Nación —periódico portavoz de Primo de Rivera durante la dictadura y que se imprimía en los talleres gráficos de Giménez—, que halló los medios y dispuso la edición diaria de 130.000 ejemplares de un rotativo fascista, que incorporó como logotipo el yugo y las flechas de los Reyes Católicos, ya utilizado por los jonsistas (un error de dibujo añadió, por cierto, dos flechas más a las cinco originarias).34 Resumió la historia Stanley G. Payne:
El primer número de El Fascio debía aparecer el 16 de marzo de 1933. Ninguno de los que escribían en él (Ledesma, Giménez Caballero, Sánchez Mazas y José Antonio) se hizo grandes ilusiones; la mayoría de los colaboradores se daba cuenta de que el periódico era, sobre todo, una aventura comercial típica de la clase media y el propio Ledesma criticaba públicamente el mimetismo del título. José Antonio, casi a regañadientes, colaboró con un vago artículo sobre la naturaleza del Estado nacionalista, al que suponía destinado a establecer una especie de sistema permanente, que nunca llegó a explicar claramente. Los restantes artículos ofrecían un repertorio de estilos que iba desde las elucubraciones fantasiosas de Giménez Caballero a la áspera dialéctica de Ramiro Ledesma.35
No le faltaba razón al historiador a la vista de los llamativos lemas que salpican las dieciséis planas; los más abundantes son los anticomunistas: «Contra el veneno marxista, que destruye, no hay otro antídoto que el fascismo edificador», «El marxismo es el reverso de la civilización» y, sobre todo, «Propietarios: vuestras propiedades no se salvarán de las acometidas de la barbarie roja si no os ponéis de acuerdo con los que ayudan a sostenerlas y acrecentarlas, haciéndoles partícipes de vuestro bienestar». A su lado, las apelaciones a la juventud y las condenas del recuerdo de la monarquía liberal y del desastre de Annual son mucho menos significativas que el mimetismo con el nuevo fascismo europeo: se reproduce, por ejemplo, un fragmento de Mein Kampf y una ilustración en la que, al lado de los retratos de Hitler y Mussolini, aparece un interrogante sobre fondo negro, alusivo a la sede vacante del fascismo hispano. El mismo día de su publicación, el periódico fue, como se ha dicho, retirado y destruido por orden gubernativa.36
El 16 de noviembre del mismo año, Eugenio Montes, un antiguo galleguista, catedrático de Filosofía en varios institutos de enseñanza media, ungido por d’Ors como paladín de la nueva España y residente a la sazón en Alemania, publicaba en Acción Española la introducción «Rehaciendo España» (número 43, 1933) de un texto extenso que, continuado en el número 50 (1 de abril de 1934), fue al cabo su «Discurso a la catolicidad española». El escrito de Montes no era propiamente fascista, ni mencionaba nunca la palabra; más bien, sintetizaba la nostalgia reaccionaria de una Historia remota y acogedora que se ofrecía a los españoles como bálsamo consolador en tiempos tan recios: «Las multitudes doloridas le exigen al Estado algo más que una indiferencia estoica... La revolución, al llegar al postrer punto de la curva, se quiebra por su misma naturaleza. Quiebra de la democracia, que ya no es ni popular. Quiebra del liberalismo ante la exigencia clamorosa de mandamientos y dogmas. El propio Estado ya no pide aristocracias y monarquías. Pide reyes, porque rex a regendo, rey viene de regir, dijo san Isidoro; pide santos porque pide héroes y credo».37
Un año antes, en 1932, otro conocido de estas páginas, Rafael Sánchez Mazas (oculto por el seudónimo «Persiles») había dado a la luz un libro muy singular y atrabiliario, La política religiosa. España-Vaticano. Encuentros con el capuchino, que dio otra vuelta de tuerca a los dos grandes problemas que abordaba tan retóricamente la prosa de Eugenio Montes: la relación de un futuro Estado fuerte (cuya nostalgia era evidente en todos los testimonios que estamos repasando) con la Iglesia católica y, por ende, la formulación política de una verdadera contrarrevolución. El volumen reproduce las conversaciones que el autor mantuvo en Niza con «un original y regordete capuchino bretón», Fray Hilario Le Kock de Roscanvel, al que había conocido en casa de «Madame d’Ex...», en la Saboya, y al que ha vuelto a encontrar en lugar tan poco propicio al recogimiento del tonsurado como la Promenade des Anglais, de Niza. Una «Profesión de fe», de «Persiles», garantiza que el libro no se ha escrito contra la Iglesia, ni en nombre de partido político alguno, ni en pro de la república o la monarquía, ni siquiera por una «idolatría del Estado». En rigor, nos hallamos ante el alegato de un moderno gibelino que confiesa admirar el éxito de «cincuenta años inteligentes de República laica en Francia» y ver con notable aborrecimiento la pusilanimidad de la política religiosa de Alfonso XIII, que nunca ha sabido organizar «con figuras ilustres de la Iglesia española un frente de influencia sobre el Vaticano», porque «era el Vaticano quien había organizado un frente de influencia sobre España», cuando incluso la personalidad más influyente de aquella, el cardenal Merry del Val, «ponía especial cuidado en no aparecer como cardenal español y un más especial cuidado en no aparecer como adicto a la Monarquía». A la postre,
Estas tres cosas, política vaticana, alto clero y catolicismo conservador y ultramontano, han conseguido, hacer odiosas a innumerables gentes de bien las esencias más puras de la religión, las mejores glorias de la Iglesia y aun de la historia nacional. Su vano fárrago apologético ha hecho intolerable ya lo mejor del Siglo de Oro.
Frente a esto, le parece patente que los incendios de iglesias, conventos y colegios de 1931 fueron obra de «energúmenos» pero también que contaron con «la indiferencia de las muchedumbres». La tarea venidera no es tanto defensiva como la preparación de un cambio radical; ha sido obvio el «fracaso completo de esa frígida sociología de Comités y Cajas de Ahorro» e incluso la intervención política de la Acción Católica (recogiendo las malas relaciones de Mussolini con aquella asociación eclesiástica, el capuchino comenta: «El Estado más liberal del mundo tiene derecho, no ya a polemizar, sino a cerrar el paso a la injerencia de la Acción Católica en lo civil y en lo político»). Por eso, el porvenir vendrá de «restaurar la parroquia, restaurar ese sencillo, popular, resuelto corazón de Cristiandad [...]. La Cruzada mayor contra la enseñanza laica se hace haciendo de los Seminarios universidades de tipo europeo».38
El llamamiento de Montes a un nebuloso catolicismo y el neogibelinismo ardoroso de Sánchez Mazas se mantuvieron el primero en los linderos políticos de la revista que lo acogió y el segundo halló numerosos agraviados en la Iglesia y, al cabo, fue el mismo autor quien se desinteresó de la difusión de su obra. Pero quienes leyeran aquellas prédicas contrarrevolucionarias hubieron de asociarlas, por fuerza, con el mitin que el 29 de octubre de 1933 organizó José Antonio Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia de Madrid y en el que hablaron, junto con él, el joven catedrático de Derecho Alfonso García Valdecasas y el popular aviador Julio Ruiz de Alda, uno de los héroes del vuelo transoceánico del Plus Ultra, en 1926. El acto se había anunciado como de «afirmación nacional», bien que a los pocos días sus fautores proclamaran la fundación de Falange Española, movimiento que estaba destinado a aglutinar tanto a las juntas ledesmianas como al exiguo partido vallisoletano de Onésimo Redondo. La unión se produciría el 13 de febrero de 1934 y daría origen a la larga acuñación de «Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista», que —en la Unificación de abril de 1937— incorporaría al primer sintagma el apelativo de «Tradicionalista».
Desde el primer momento, Falange dispuso de una revista, F. E., cuyo número inicial llevó fecha del 7 de diciembre de 1933. Siguieron catorce entregas más hasta el 19 de julio de 1934. Colaboraron en ella Samuel Ros, un excelente autor de novelas de humor en el estilo de Ramón Gómez de la Serna; el ya imprescindible Giménez Caballero; Víctor d’Ors, hijo de Eugenio d’Ors; José María Alfaro, José Simón Valdivieso, etc. Muy pronto, los sectores «a la izquierda» del incipiente fascismo español ridiculizaron el tono literario de un «movimiento poético» con respecto al cual su propio fundador había declarado que «a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!».39
El largo nombre del nuevo partido se conservó, pese a la escisión el 15 de enero de 1935 de Ramiro Ledesma, y promovió nuevas publicaciones. El semanario Arriba fue la primera de ellas y editó su número inicial el 21 de marzo de 1935. «A principios de 1935 —cuenta Felipe Ximénez de Sandoval— fuimos llamados unos cuantos al despacho del Jefe en Marqués del Riscal. También era un domingo por la mañana. Con el Jefe, el secretario general, Raimundo Fernández Cuesta; el presidente de la Junta Política, Julio Ruiz de Alda; los consejeros Sánchez Mazas, Manuel Mateo, Vicente Gaceo y José Manuel Aizpurúa y los camaradas Vicente Cadenas, Carlos Ruiz de la Fuente y yo... Se decidieron los cuatro grandes apartados que había de comprender el semanario: “Consignas de normas y estilo” a cargo de Rafael Sánchez Mazas; “Política Nacional” que redactaría José Antonio; “Vida sindical” que se encargó a Mateo, y “Política internacional” que se me encomendaba a mí».40
Arriba representó todas las tendencias que confluían en el falangismo: el lamento por la decadencia de la patria, la preocupación por un estilo viril y poético de vida, los ataques al capitalismo judío e internacional, el militante antiseparatismo, la exaltación guerrera y militarista y la preocupación por el panorama mundial. Y Arriba consagraba, de otro lado, una retórica destinada a hacer fortuna: la intemperie, lo exacto, máximo o inexorable, la milicia y lo imperial, la impasibilidad, la claridad y el heroísmo frente a lo bárbaro, lo turbio, lo chillón y lo estéril fueron los mots-clés de una generación de fascistas. Igualmente, seguían abundando los artículos teóricos, ponderados o violentos, alguno de los cuales revelaba la perduración de aquel antiprogresismo noventayochesco que habían aprendido en los textos viajeros de Unamuno y en las extáticas evocaciones castellanas de Azorín: «En cierto sentido —leemos, por ejemplo, en un artículo anónimo publicado en el número 4 del 11 de abril de 1935—, el llamado atraso español es un tesoro que no debemos destruir con estupidez de bárbaros idólatras de técnicas deslumbradoras y recientes, sino limpiar, fijar y dar esplendor con cordura latina, con genio español, lleno a la vez de fe y de escepticismo, de prudencia y de ímpetu».
FALANGE Y LITERATURA
El interés literario de Falange no residió solamente en la prensa de combate que se ha reseñado, servidora obligada de polémicas e intereses específicos. Muy tempranamente, las ideas falangistas suscitaron la constitución de un grupo de escritores, militantes unos, simples simpatizantes otros, que se empezó a definir por lo que ellos mismos llamaron un «estilo», el ejercicio de una camaradería intelectual y una definida imagen pública. No es exageración que se haya hablado de «la corte literaria de José Antonio», como quien lo hace de una suerte de Camelot fascista donde los guerreros comentaban sus riesgos y soñaban una vida distinta en torno al jefe indiscutido; aquello acabó por formar parte de una leyenda interesada, que concernía a todos pero, sobre todo, a él, a José Antonio Primo de Rivera, a quien se ha buscado presentar como un joven refinado y estudioso, abierto a lo moderno, un hombre de acción que ocultaba a un incurable soñador.
Pero, como suele suceder, lo legendario tenía también un fondo de realidad. Primo de Rivera era atractivo y apuesto, con aire de señorito (aquel cabello rigurosamente planchado...) que se combinaba, sin embargo, con una impresión general de timidez y envaramiento. Por familia, era un aristócrata advenedizo y su marquesado de Estella había sido otorgado por Alfonso XII en 1877 a su tío abuelo Fernando, general del Ejército, por sus victorias en guerra carlista. Lo había heredado el dictador Miguel Primo de Rivera, a quien se concedió la Grandeza de España el mismo año del golpe militar, en 1923. Y a su muerte en 1930, lo recibió el joven José Antonio, que acaba de cumplir los veintisiete. La familia, de origen jerezano, tenía una vieja tradición militar y vinculaciones no pequeñas con la oligarquía agraria de la ciudad. Huérfano de madre, nuestro hombre tuvo una educación rigurosa, que incluía los cuidados de una nanny, por lo que hablaba inglés perfectamente, además de francés; fue un aprovechado estudiante de Derecho y era buen lector de literatura. Se había movido siempre en los círculos derechistas y de la Unión Patriótica, creada por su padre; su primera participación electoral, como representante del partido Unión Monárquica Nacional, estuvo inspirada por la defensa del buen nombre del dictador, pero perdió el escaño ante la candidatura de Manuel Bartolomé Cossío, director de la Institución Libre de Enseñanza.
Nunca tuvo veleidades de hacer carrera literaria o periodística, al contrario de lo que parece haber sucedido en la juventud de Ramiro Ledesma Ramos. De Primo nos ha llegado, sin embargo, un embrión de novela, Alarico Alfós, que al parecer destinaba al concurso de novelas cortas de Blanco y Negro, convocado en 1924. El manuscrito de entonces le acompañó a su último encarcelamiento en Madrid y Alicante, y en agosto de 1936, ahora con el título de El navegante solitario, volvió a reanudar la trama del relato, para el que disponía de varias anotaciones para su eventual prolongación. Algún significado importante tendrían para él aquellas páginas que, muchos años después, aparecieron en la maleta que había guardado Indalecio Prieto... La escritura incipiente suele ser autobiográfica, y si Ledesma Ramos había trasladado a El sello de la muerte su desazón, su soledad y su necesidad de triunfar, Primo de Rivera nos llevó en su narración a un mundo más que acomodado, visto con sutil ironía, y a la intimidad de un tímido que, sin embargo, no era un solitario. Alarico Alfós, conde de Alfós, es un joven aristócrata sin prosapia, que ha vivido en los grandes pisos de la burguesía y cuyo apellido carece de escudo nobiliario. Adolescente, se declaró a la criada de unos invitados del veraneo familiar, que se burló de él, y en su primera visita a un american bar se emborrachó ignominiosamente con un cocktail, cuyo nombre recordará siempre: Queen Alexandra Flip.
Pero lo más significativo y atrevido del relato es que, de repente, registra una llamativa duplicación del personaje: Alarico se contempla desde fuera, por parte de otro narrador (que, sin embargo, sigue siendo él mismo), y quien era un incurable indeciso se convierte en un hombre sin prejuicios, por quien se interesan todas las mujeres. Las citadas apuntaciones para un posible desarrollo ya parecen augurar a la novelita de 1924 una extensión mayor de la que exigía Blanco y Negro, pero estas hechuras distintas se hacen más patentes en El navegante solitario, donde la acción se centra en una relación adúltera con Isabel, la mujer de uno de sus amigos. Y es ella, precisamente, quien retoma el hilo psicológico antecedente al decirle a su amante: «—¿Sabes lo que tú eres? Un tímido. Todo este alboroto no es más que para aturdirte si pudieras andar a tu paso ni irías dando saltos por el mundo. —Puede que tengas razón».41 Es difícil saber en qué medida estas páginas transparentaban la realidad. Quizá eran más fieles a las dudas más personales sobre su papel político que a la marcha de las cuitas amorosas; se ha apuntado que aquella relación adúltera pudo ser la que, al parecer, mantuvo con la princesa Elizabeth Bibesco, que era hija de lord Asquith y princesa por matrimonio con el ministro de la embajada rumana en España, pero también se ha relacionado a Primo con otras aristócratas españolas.
No parece, empero, que fuera un simple castigador aseñoritado; la carta que envió desde París, el 34 de enero de 1935, a su camarada Carmen Werner Bolín, hija del conde de San Isidro, revela —bajo las galanterías de un fiel chevalier servant— una cierta fatiga melancólica, fruto de «mi timidez terrible (esa timidez que solo conocéis unos cuantos bajo la máscara de insolencia con que quiero aturdirla)». Y todo viene a cuenta de la contemplación de un París decadente que «se le ve quedarse atrás su época»:
Y lo malo es que un fascista no debiera sentirse melancólico por eso. Todo ello anuncia la vuelta al campo, a la guerra, a la vida austera y primitiva. Pronto tal vez llevemos «la sangrienta ración de carne cruda» bajo la silla ecuestre, jinetes por los campos de Europa; pero el foie gras gelé ¡estaba tan bueno! He comido solo en el restaurant Larme [...]. ¡Cuánta desolación!42
A despecho de estas vacilaciones espirituales entre el destino de un jinete tártaro y el de un fin de race, José Antonio Primo de Rivera estuvo, como vimos, en las páginas de El Fascio y, sobre todo, en el llamado «acto fundacional» de 1933, tras el que logró la primacía en el naciente fascismo. Le fue discutida, sin embargo, y acabó confrontado con Ledesma Ramos, de cuya forma de hablar se burló cruelmente (Ledesma tenía frenillo).
Su consagración se debió seguramente a sus apellidos, a su condición de abogado y a que tenía buena pluma y una oratoria fluida con reminiscencias orteguianas y calculados rasgos fascistas; siempre brilló en los arranques, en las metáforas y en las frases sentenciosas que se retienen en la memoria, aunque no resistan el análisis. En lo personal, fue un hombre inseguro pero con brotes de irascibilidad y violencia (las famosas «cóleras bíblicas»), que le aseguraron la jefatura en una pugna nada fácil; acuñó una lamentable apelación a «la dialéctica de los puños y las pistolas» pero, aunque llevó armas, no fue un pistolero. Y en lo político, siempre mantuvo la ambigüedad entre la retórica fascista, sacrificial y violenta, y su apego a una derecha más convencional de tonos autoritarios e inspiración militar. Su impresionante testamento, que difundió sagazmente el socialista Indalecio Prieto, es un texto a menudo conmovedor e indiscutiblemente patriótico, por más que su arrepentimiento fuera tan tardío.43
La sociabilidad de Primo de Rivera facilitó la constitución de aquella «corte literaria». Y una de sus sedes alcanzó un renombre singular, transformándose al cabo en mitología político-literaria. La tertulia de La Ballena Alegre se reunía en los sótanos del bar madrileño del mismo nombre, que estaba decorado con pinturas marítimas de Ignacio Hidalgo de Caviedes. La Ballena —como Bakanik y Or-Kom-Pom, otros lugares de los que era asiduo Primo de Rivera— era un local elegante y bastante caro, centro conocido de otras tertulias; a la que nos interesa acudían como asiduos —aparte de Primo y de quien actuaba como su pontífice, nuestro ya conocido Pedro Mourlane Michelena— otros escritores que relaciona Felipe Ximénez de Sandoval:
Poetas como Quadra Salcedo, Ridruejo y Foxá; pintores como Alfonso Ponce de León y Cabanas; ensayistas como Montes y Sánchez Mazas; novelistas como Zunzunegui y Samuel Ros; periodistas como Miquelarena, Obregón y Víctor de la Serna; aficionados al teatro como Luis Bolarque; músicos como Juan Tellería... La charla discurría por los temas más variados y altos: Filosofía, Poesía, Historia y Amor. Yo apenas he ido por La Ballena y no recuerdo detalles; pero por haber frecuentado con José Antonio otros lugares análogos, sé muy bien cómo penetraba, sutil y luminoso, en el espíritu de cada uno de estos temas. Tengo presente una polémica en Rimbombín sobre la poesía de Lope y la de Garcilaso; un plebiscito en el Museo del Greco sobre el mejor apóstol de la genial colección de Theotocópuli y la discusión entre José Antonio y Rafael Sánchez Mazas sobre si los toros de lidia vinieron o no a España pasando por los Alpes.44
Todavía, en 1959, la editorial oficial Doncel de libros para adolescentes adoptó el título de «La Ballena Alegre» para la más importante de sus colecciones, nombre que alguno de sus jóvenes lectores debían de asociar con los dibujos animados más que con la leyenda falangista... Seguramente en aquella tertulia se habló alguna vez de la necesidad de disponer de un himno para el nuevo partido, pero la decisión de componerlo se adoptó en otro lugar: la «cueva» del Or-Kom-Pom, el 3 de diciembre de 1935, mientras el Jefe y sus amigos tomaban unas copas (seguramente, unos whiskies con hielo), tras haber visto una atractiva espagnolade, el filme La bandera, de Julien Duvivier, basado en la novela homónima de Pierre Mac Orlan. La «escuadra de poetas», formada por el propio Primo de Rivera, José María Alfaro, Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Jacinto Miquelarena y Luis de Urquijo, marqués de Bolarque, escribió el «Cara al sol», al que puso música Juan Tellería, también asistente. Y se estrenó en el mitin del madrileño cine Europa el día 2 de febrero de 1936, en plena campaña de las elecciones que ganó el Frente Popular.
Otro punto de encuentro, que cabe imaginar más complacido en discreteos culturales y exaltaciones históricas, fueron las llamadas «cenas de Carlomagno» que reunían en torno a una mesa del Hotel de París, en Madrid, a diez o doce comensales rigurosamente vestidos de etiqueta: Mourlane, Miquelarena, Sánchez Mazas, Primo y algún otro que dispusiera de smoking. Lo recuerda el periodista y escritor bilbaíno Jacinto Miquelarena:
Un sillón sobre el que se colocaba una piel de corzo, como homenaje al invitado que no vendría, presidía las famosas cenas de Carlomagno. La piel pertenecía a José Antonio, que la había enviado desde su casa. Se mandaba hacer fuego de leña en la chimenea; y sobre el mantel, impecable y muelle por el grosor del muletón, tres candelabros con sus velas correspondientes iluminaban el convite... Estaba claro que aquello equivalía a una protesta contra la Puerta del Sol, zoco de las peores pasiones políticas y de las más viles, lanzada desde el mismo borde de aquel asfalto para limpiabotas, para flamencos, para cafés con consumidores de «solitario» y uña larga, para «desesperaciones» de Espronceda y para periodistas del Heraldo.45
Como partido político, Falange solamente incurrió una vez —que yo sepa— en la acreditada costumbre madrileña del banquete-homenaje: fue el 24 de febrero de 1935 y se ofreció a Eugenio Montes, conmemorando sus éxitos como cronista de ABC en Italia y antes de su marcha a Alemania. El acto tuvo lugar en el café de San Isidro, ubicado en la popular calle de Toledo. Al acto asistieron, según testimonia otra vez Ximénez de Sandoval, más de mil personas —cifra a todas luces demencial pero que repite David Jato— y los brindis corrieron a cargo de José Antonio Primo, Julio Ruiz de Alda, Rafael Sánchez Mazas y el propio agasajado, que agradeció el homenaje con un breve y lírico parlamento:
Allá en el abril del Renacimiento italiano, hubo un día, feliz entre los días, en que los estudiantes de Bolonia, hartos de Pandectas y de menudas aburridas glosas, irrumpieron en las aulas dándole al aire este grito divino: «¡Habladnos de Platón! ¡Por lo que más queráis, habladnos de Platón, por Dios y por la Virgen!». Por insultar a Indalecio Prieto o a Manuel Azaña, perder una vida es mucho. Es, en verdad, demasiado. Pero por un concepto platónico de España, por una «esencia», bien puede darse una existencia de sacrificio, porque el hombre muere y la esencia dura.46
No eran los únicos por aquellas fechas en promover reuniones de corte aristocratizante como protesta —y quizá venganza— de la greña jacobina que ocupaba las calles desde el 14 de abril de 1931. Al trazar la historia del veterano diario monárquico La Época, incautado en 1936, el periodista Luis Araujo-Costa dio cuenta de otra reunión empecinada en las mismas andróminas, bajo la invocación de los «Picos de Europa». Ni da fechas precisas, ni la nómina incluye a Primo de Rivera, pero los demás están todos:
Éramos siete, y nos reuníamos a comer y a charlar, ya en las noches de verano, ya en el invierno a mediodía. Los «Picos de Europa» éramos siete, como los siete arcángeles, como los Siete Sabios de Grecia, como la Pléyade de Alejandría, como la Pléyade de Francia en los días de Carlos IX. ¿Nombres? Eugenio d’Ors, Eugenio Montes, José María Alfaro, Pedro Mourlane Michelena, Juan Pujol, Carlos Fernández Cuenca y quien estas líneas escribe. Cuando la anti-España desataba contra nuestro suelo y nuestra alma la perversidad de sus sofismas y sus ataques, más injustos y desacompasados, siete escritores de buena voluntad se reunían en un acto de amor a la Patria bajo el fuero de la inteligencia y de la tradición. Ni el sano intelectualismo ni el buen discurso podían entonces, ni pueden jamás, abonar la República, que ya en una de las acepciones de la palabra significa desorden, licencia, libertinaje, grosería...47
No mucho después un comité de estudiantes católicos y algún periodista conocido —Mariano Rodríguez de Rivas y César González-Ruano, entre ellos— decidieron conmemorar a su manera el centenario del Romanticismo que Francia hizo coincidir con el del estreno de Hernani, en 1930, y los españoles con el del nacimiento de Bécquer, en 1936. Desde la primera fecha se hablaba mucho de una vuelta a los valores sinceros y violentos del Romanticismo, vinculados siempre a la izquierda política, como puso de relieve un libro de José Díaz Fernández, El nuevo Romanticismo. Pero los citados celebrantes organizaron las «Visitas de arte a los cementerios de Madrid», que, más bien, buscaban la dimensión esteticista de lo romántico y, en el fondo, una vindicación del sentimentalismo inequívocamente burgués —y también aristocratizante— de aquella centuria. Agustín de Foxá fue uno de los asiduos a las visitas y no en vano, la sección de «Poemas románticos» de su libro El toro, la muerte y el agua (1936), sobre la que volveremos en la sección antológica de este libro, le granjeó un notable reconocimiento de tirios y troyanos.
LA PRESENCIA DEL SEU
No todo se reducía a estas rememoraciones del pasado en hoteles caros, o a las tertulias en confortables bares americanos, que solo podían pagarse periodistas de cierta nombradía, aristócratas y profesionales. Para los militantes más jóvenes quedaban las cervecerías populares, el bullir de las aulas y los pasillos de la universidad, o simplemente la calle. Y su vivencia del fascismo tenía más que ver con la acometividad que con la nostalgia. Las nuevas facultades madrileñas que se emplazaban en la Ciudad Universitaria de la Moncloa vieron el nacimiento del Sindicato Español Universitario (SEU) el 21 de noviembre de 1933. Fue la fecha en la que un estudiante de Arquitectura, hijo de una adinerada familia de Bilbao y campeón de España de natación, Manuel Valdés Larrañaga, presentó los estatutos de la nueva asociación, obviando, por razones comprensibles en el momento, su estrecha vinculación a Falange, creada un mes antes. El recién nacido SEU hubo de afianzarse trabajosamente entre la fuerza de la FUE (Federación Universitaria Escolar, progresista y nacida en 1927 de las luchas estudiantiles contra la dictadura) y la vigorosa presencia de los grupos católicos, muy arraigados en las facultades de Derecho y Medicina; a lo largo de dos años, el SEU reclutó los habituales relapsos entre los monárquicos desengañados de su partido —Matías Montero, el luego famoso «estudiante caído», fue uno de ellos—, entre los católicos indecisos, ganados por el mimetismo fascista, y —como solían jactarse los reclutadores, con muy escaso fundamento— entre los izquierdistas nostálgicos de adhesiones sentimentales y programas nacionalistas. «No había tregua —escribe David Jato Miranda, uno de los fundadores—, y apartarse de la política para íntegramente dedicarse al estudio era una actitud casi imposible y para muchos reprobable. Cuesta trabajo imaginar las carteras de tantos estudiantes de entonces en los días agitados. Al lado del libro, la porra de alambre retorcido con una cabeza de plomo o la pistola, eran insustituibles compañeros».48
La revista de la nueva asociación fue Haz, que apareció por primera vez el 26 de marzo de 1935 como «semanario deportivo universitario» (denominación que desapareció en la tercera entrega). La mayor parte de los artículos de Haz eran anónimos; aparte de las secciones doctrinales y deportivas, la revista ofrecía, en su sección «Literatura-Arte-Cinema», una medida de las preocupaciones intelectuales de sus redactores: fenómenos generacionalmente tan interesantes como el centenario de Lope de Vega, el teatro universitario de La Barraca o la significación de la obra de Alejandro Casona, fueron puntualmente comentados. Otras veces, se publicaban colaboraciones entusiastas de noveles; así nos ha llegado una interesante «Carta de las ansiedades» que firma Rafael García Serrano y que semeja un borrador de su relativamente próximo Eugenio o proclamación de la primavera. El tono de la pieza denuncia lecturas de los manifiestos vanguardistas que circulaban desde 1909 y, simultáneamente, un oscuro pavor a la deshumanización capitalista del mundo moderno, a la que se opone la consigna de un regreso al Romanticismo:
Queremos plantar en cada ventana y en cada estrella una rima. Necesitamos el imperio del poema en todos los faros de todos los autos. Las sirenas de las fábricas lanzarán humo tétrico y para que no suenen roncas les pondremos una cola de pescado. Así se detendrán los aviones ante ellas que los engullirán por ingenuos. Crearemos una nueva mitología que esta vez será romántica hasta el fin.
La apelación al Romanticismo, como caldo de cultivo para la rebeldía y como valladar contra la deshumanización, no era nueva, por lo menos desde 1930, como se ha apuntado más arriba. Rondaba muchas cabezas calenturientas e iba afianzando los caracteres —rehumanización, politización, sentimentalismo religioso— de una promoción literaria nueva en la que los campos ideológicos no estaban todavía muy delimitados. Falange Española, por ejemplo, había compartido las siglas con el Frente Español, un poco anterior en su fundación, y puede que el equívoco fuera buscado adrede por los primeros, ya que no es fácil detectar más complicidades. Aquel grupo surgió del magín del ya citado Alfonso García Valdecasas, diputado en las Constituyentes republicanas por la Agrupación al Servicio de la República y muy fiel a Ortega y Gasset, y contó fundamentalmente con jóvenes universitarios. El 7 de marzo de 1932 apareció su manifiesto «Un movimiento político de juventud» en el periódico republicano Ahora. Los términos formales y las alarmas eran muy orteguianos pero la desorientación y la equivocidad corrían, sin duda, a cuenta de quien luego fue, como sabemos, unos de los oradores del «acto fundacional» de octubre de 1933:
Todo cuanto se ha hecho en España a partir de aquel momento [el advenimiento de la República] han sido tanteos en el vacío. Era de esperar. Fue uno más entre los males de la dictadura que su autocracia inepta vivificó transitoriamente y por contraste una política agonizante o muerta ya por el mundo. Es la política que hoy padecemos. La del liberalismo y democracia naturalista del siglo XIX. Una política que no consiguió salvar el único valor perenne de la idea liberal: el sentido de respeto a la dignidad espiritual del hombre. Que consiguió, en cambio, romper la unidad del cuerpo social, desencadenar las luchas de clases, entregar inermes a los hombres a las fuerzas económicas ciegas, hipertrofiadas en crisis catastróficas. Política que nunca supo que el Estado tenía por fin y deber ineludibles representar y servir al bien común.
Tras este preámbulo se planteaban cinco «puntos iniciales»: se considerará al Estado como representación máxima de la comunidad nacional; se debe eliminar «el sistema individualista económico del capitalismo», para que «la relación económica entre el bien común y el lucro individual se establezca por medio de un plan de Estado»; se procurará que solo las «materias de interés regional serán confiadas a instituciones regionales, quedando las de interés común en manos del Estado»; se promoverá la «elevación de los sindicatos a organismos de gestión social-económica del Estado», y se trabajará por la «exaltación, defensa y propagación de los valores espirituales, cumplimiento de la misión histórica de España».49 El texto podía haber salido de la pluma de los redactores de los veintiséis puntos de Falange, pero quienes lo firman por cuenta de «la oficina política del Frente Nacional» son María Zambrano, Eliseo García del Moral, Salvador Lissarrague, José Antonio Maravall, Antonio Riaño, José Ramón Santeiro y Abraham Vázquez. De ellos, algunos se incorporaron —con más o menos convicción— al mundo de Falange; la primera firmante, como es sabido, no volvió a tener nada que ver con estos pasos, fue redactora de Hora de España durante la guerra civil y prolongó su exilio hasta 1984.
Pero mirar esta época desde el otro lado de la guerra civil de 1936 es, sin duda, un error de perspectiva. Aunque los enfrentamientos abundaran, el clima tenía mucho de común y, como hemos señalado más arriba, había pasiones y errores compartidos. Y equívocos... En la revista Cruz y Raya (19331936), católica progresista y republicana, dirigida por José Bergamín, encontraremos las firmas de Rafael Sánchez Mazas, Luys Santa Marina, José Antonio Maravall, Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco (que era sobrino del propio director): los unos por aficiones culturales comunes, los otros por simples convergencias de sensibilidad.
EL ESTALLIDO DE LA GUERRA Y SUS CONSECUENCIAS CULTURALES
El 18 de julio de 1936 comenzó en España la guerra civil, consecuencia del fracaso inicial del golpe militar que se venía incubando y que contaba con numerosos colaboradores civiles. Los tres años de operaciones militares manifestaron desde un principio la superioridad de los sublevados y la expeditiva eficacia de sus alianzas internacionales, así como la hipocresía de los países democráticos; también lograron pronto articular un poder político único que las casualidades oportunas —las muertes en sendos accidentes aéreos de los generales Sanjurjo y Mola— y las cautas maniobras del interesado llevaron tempranamente a manos del general Franco. En ellas permaneció la autoridad suprema por espacio de cuarenta años, bajo el apelativo «popular» de Caudillo (equivalente castizo de Führer, Duce o Conducator), pero mejor definido por la designación oficial que Franco prefería con mucho, la singular de «Jefe del Estado», que en 1940 le tomó prestada el mariscal Philippe Pétain. Falange Española, derrotada en las elecciones que habían dado el triunfo al Frente Popular, tenía en prisión a sus jefes más destacados, que murieron en desastradas circunstancias: Primo fue el único que lo hizo por fusilamiento, previo juicio legal en el que se defendió a sí mismo; Onésimo Redondo cayó en un tiroteo cuando regresaba de una de las habituales expediciones de ejecución de enemigos políticos y el relapso Ramiro Ledesma Ramos lo hizo como consecuencia de una de las «sacas» que se practicaron en las cárceles de Madrid, durante los «días de llamas» (por citar el título de la muy posterior novela de Juan Iturralde sobre la ciudad sitiada).
En un estado de total desarticulación de los grupos falangistas, dos políticos acabaron por tomar las riendas, entre otras cosas por ser los albaceas testamentarios del Fundador: Ramón Serrano Súñer (que era cuñado de Franco y había militado en la CEDA), a quien Primo había conocido cuando ambos eran estudiantes de Derecho en Madrid, y Raimundo Fernández Cuesta, del Cuerpo Jurídico de la Marina, que era hijo del médico de la familia Primo de Rivera y luego fue su compañero de estudios. Los dos aceptaron la jefatura omnímoda de Franco y el más complicado proceso de desnaturalización de Falange, que fue la «unificación» del grupo con la Comunión Tradicionalista de los carlistas, que se produjo el 19 de abril de 1937 en Salamanca y que añadió una T, como sabemos, a la ya sexquipedálica denominación del partido. Hubo una expeditiva purga de los que hicieron más o menos público su disentimiento, y el sucesor de José Antonio, el santanderino Manuel Hedilla, fue condenado a muerte y pasó largos años de cárcel; en rigor, pocos militantes falangistas aceptaron con entusiasmo la fusión y prácticamente tampoco ninguno de los montaraces legitimistas: «Sin embargo —anota Stanley G. Payne con toda justeza—, a medida que fueron definiéndose los bandos de la guerra civil, el partido empezó a adquirir una mayor importancia. La derecha ortodoxa no había creado una mística adecuada para el mantenimiento de una guerra civil, ni ofrecía ninguna ideología nueva que sirviese para justificar el conflicto... Únicamente los requetés y los falangistas estaban en condiciones de responder al llamamiento para la acción directa».50 Evidentemente, la retórica falangista fue el elemento idóneo para reconvertir trayectorias procedentes de la izquierda moderada y pronto abundaron en sus filas los llamados «emboscados». Y, al margen de ese concreto interés, centenares de estudiantes, de profesionales y de comerciantes se apresuraron a inscribirse en las milicias de un partido que hablaba de amaneceres, camaradas y guardias bajo los luceros, mientras las capitales provisionales de la sublevación —Sevilla, Zaragoza, Pamplona, Salamanca, Burgos y muy pronto Bilbao y San Sebastián— se inundaron de camisas azules y de yugos y flechas, además de las obligatorias boinas rojas.
En modo alguno esta condición de refugio quiere decir que Falange estuviera al margen del resultado más importante y dramático de la conversión de un golpe de Estado en guerra civil: el ejercicio sistemático de la violencia sobre los contrarios, que buscaba la constitución de una comunidad política unitaria y cerrada. Quienes tuvieran «antecedentes» o no mostraran el debido fervor patriótico se convertían en extranjeros indeseables (pronto se habló del «contubernio judeomasónico-marxista») y de modo genérico, en la llamada «Antiespaña». Los grupos falangistas no desconocían la violencia terrorista, que habían ejercido desde 1933 contra sus adversarios políticos, y participaron activamente en las operaciones de «limpieza» de la retaguardia de la zona que dominaron y, por supuesto, en las que seguían a las ocupaciones militares del territorio enemigo. Sin embargo, hubo algún gesto de generosidad entre ellos que pudo deberse a la heterogeneidad de los nuevos reclutamientos, o incluso al manejo de conceptos políticos que, siendo totalitarios, eran reacios el ejercicio de la venganza o el odio incondicional al enemigo.
Y es que la situación ideológica era confusa. Se registraba, en efecto, una galvanización espiritual en las clases sociales —alta burguesía y clases medias— ateridas de miedo en los años anteriores. Junto a las camisas y las boinas, también surgieron los rosarios, las grandes medallas, las procesiones penitenciales o los actos de desagravio por las profanaciones de símbolos del catolicismo (el bombardeo de la Basílica del Pilar, en Zaragoza, o el «fusilamiento» de la imagen de Sagrado Corazón, instalada por la monarquía en el cerro de los Ángeles, centro geodésico del territorio español). De modo inevitable, Falange incorporó a su ideario ingredientes del catolicismo movilizado y proporcionó, a su vez, las herramientas de una fascistización completa de lo que hasta 1936 fueron grupos meramente reaccionarios o solo incipientemente fascistizados. La decisión de Giménez Caballero de abandonar su puesto en la propaganda política y convertirse en el más veterano de la Academia de los Alféreces Provisionales fue, más que una iluminación sacrificial, una salida honrosa y precavida para quien debió de quedar bastante escaldado de los sucesos salmantinos de 1937 (y a quien Dionisio Ridruejo dijo haber salvado la vida). Y los folletos que publicó desde entonces hasta 1939 iluminaron decisivamente al giro militar y católico de Falange y a la entronización de Franco como referencia suprema de poder.
El primero de aquellos suplementos del periódico El Combatiente, La Falange hecha hombre ¡conquista el Estado! (1937) fue un texto escrito desde la experiencia de un sobreviviente pero también de un elegido. O quizá mejor, del vetusto bardo de la tribu que recuerda las leyendas originarias —que todos saben— al amor del fuego: «Cuando Dios me ha protegido la vida, es porque quiere ahora exigirme que yo recuerde toda la historia e ímpetu de la Falange y se los precise ahora al resto de los camaradas que los desconocieron o los malconocieron». Por eso, en la secuencia de los hechos no se menciona La Gaceta Literaria ni, menos todavía, la delatora «Carta a un compañero de la joven España», de 1929, y los orígenes del fascismo español se solventan con la mención de «muy pocos jóvenes españoles, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, Juan Aparicio y yo». Y todo parece comenzar con la fundación de La Conquista del Estado, alzada frente «aquella bárbara marea del 14 de abril». Se deja claro que José Antonio Primo de Rivera no fue un convidado de primera hora y se recuerda que fue el aviador militar Julio Ruiz de Alda quien lo trajo a las nuevas filas: «Hay “alguien” (magnífico, insoñable) que se decide a actuar y asumir el movimiento». Era «un alma joven, fina, selecta, culta, que lograse arrancar a la juventud universitaria de sus rediles masónicos y fueístas, para conducirle a una moral de lucha y de combate, frente a la moral intelectual de la República». Y allí empezó «la época de la propaganda, del asalto a las lunas del SEPU, del aceite ricino, de los estacazos en las calles, de los primeros mártires», aunque muy pronto las circunstancias históricas y la victoria del Frente Popular cancelaron aquel breve mediodía heroico. En 1936 tenía que ser el Ejército quien se hiciese cargo de la rebelión organizada, cuando «ya no se trataba de romper lunas a los judíos, ni atentar contra un marxista aislado, ni una Casa del Pueblo». Y de un modo natural, el 19 de abril de 1937 «aparecía la Falange en un decreto —¡en la ley!— unida a todo el país, uniendo a sus dos gloriosos apellidos, de las dos etapas anteriores y preliminares: este nuevo, integrador y asumidor de toda la guerra nacional: tradicionalista».
No debió de ser casualidad, pensaba Giménez, que la voz Falange significara originariamente (antes que «grupo de combate») porra con la que golpear. Franco no ostenta sable, como los militares de los pronunciamientos decimonónicos, y «solo se le ve en el bolsillo de la guerrera, una pequeña varita negra y plateada: la estilográfica. He aquí su bastón de mando, su vara mágica, su porra, su falanx incomparable. Un rasgueo de esa estilográfica sobre un papel es superior en energía y voluntad a la porra, al fusil, a la ametralladora y al cañón mejor disparados». En España y Franco, Giménez Caballero manifiesta que España aún no merece la paz («¿ibas tú, España, a ser capaz de mantener en la Paz la tensión militar de obediencia, de abnegación, de disciplina que exige esta prueba a la que Dios te viene sometiendo durante dos años?») porque tres siglos de errores históricos requerían una dieta condigna de sufrimientos y abstinencias. En ese largo tiempo, España no había sabido remediarse «con el emplasto de una monarquía ilustrada, a la francesa, en el siglo XVIII. Después en el XIX, con sus parlamentos y constituciones, a la inglesa. Y con pronunciamientos a la mejicana. O, como luego, en el siglo XX, trayéndonos de los laboratorios y casas de moda europeas panaceas y recetas culturales, que terminaron con el desastre del 14 de abril».
Y en esa circunstancia, hay que empezar por aceptar que un jefe no es la encarnación de un sueño colectivo, sino la imposición de un modelo de vida: «Nosotros somos los que debemos aspirar a Él. Y no Él a nosotros». Los nuevos jefes tienen algo de magnético en su gesto: «Mussolini tiene su secreto en la mirada y en la forma de emproar la mandíbula. Hitler es —plásticamente— sus recortados bigotes y tupé oblicuo, los cuales, bajo la gorra militar, le dan un aire entre marcial y popular, entre doctoral y solemne». Franco, en cambio, tiene como signo distintivo la sonrisa, que es «su más profundo secreto»: «La sonrisa de Franco tiene algo de manto de la Virgen tendido sobre los pecadores. Tiene ternura paternal y maternal a la vez». Esa noción de Dictador-Padre, de Ur-Vather, alcanzó una formulación delirante en las frases finales del folleto: «¿Quién se ha metido en las entrañas de España como Franco hasta el punto de no saber hoy si España es Franco o Franco es España? ¡Oh Franco, Caudillo nuestro, padre de España! ¡Adelante! ¡Adelante!».
En la consubstanciación propuesta, la misión de las masas no podía ser sino subalterna, como muestra el tercer folleto, Camisa azul y boina colorada (1939), publicado bajo el intranquilizador lema «máximo de deberes, mínimo de derechos», y dedicado a la memoria de José Antonio. Giménez se atribuye allí la invención de la camisa azul —azul grisácea, hasta que José Antonio prefirió el azul mahón definitivo— y la vincula a una visita a Orihuela, en el otoño de 1931, con ocasión de un homenaje a Gabriel Miró al que le invitaron los redactores de El Gallo Crisis, comandado por el malogrado Ramón Sijé, pero reconoce que buena parte de los jonsistas ignoraban que «lo que nosotros llamábamos fascismo era una serie de reóforos marxistas donde interpolábamos retóricamente la palabra “España” o la palabra “Imperio”. En el fondo, teníamos la misma superstición ateneísta por el pueblo y el mismo desprecio por las derechas que nuestros presuntos adversarios, los comunistas. Estábamos hechos un pequeño lío, la verdad». Ahora el inventor del fascismo español prefiere pensar que este solo tiene sentido si es una requisitoria final contra la modernidad, donde parecen asomar algunas huellas del «Silbo de la afirmación de la aldea» que el jovencísimo Miguel Hernández publicó en la citada revista fascistoide de Sijé: «Soñaba ya entonces nuestra camisa con un paisaje sin rascacielos ni telefónicas, sin tanto taxi ni tanto escaparate de libros rusos y franceses. Sin Dehesas de la Villa, con mondaduras de naranja y periódicos rotos y manchas de grasa y organillos. Y sin parejas de amor libre y en libertad tirados bajo las encinas de El Pardo».51
Ya en la primavera de 1937, Giménez leyó desde el púlpito de la catedral salmantina unas «Exaltaciones sobre Madrid», que luego publicó el segundo número de la revista Jerarquía, en la que execraba todo cuanto la capital de España había tenido de nefando en los dos últimos siglos y la conminaba a entrar en la vía del arrepentimiento. No fue el único pero, como siempre, fue el más histriónico... A lo largo de toda la contienda, e incluso en los años de posguerra, resonaron los ecos de esa querella de la provincia de la España rural, sana e incontaminada, contra la capital del país, sede todos los desórdenes morales y políticos.
Vale la pena este recorrido por la deriva de Giménez Caballero para saber de qué se hablaba después de 1937, cuando se mencionaba la revolución nacionalsindicalista (que siempre tuvo una estética más rural que urbana) y se afirmaba un anhelo de aristocraticismo en campaña: llamativos uniformes militares y botas de caña sobre briches para los hombres; mantillas de blonda, altos moños (que se llamaron de «Arriba España») y bonitos uniformes de enfermera para las mujeres. Las activas muchachas de la Sección Femenina de Falange desarrollaron a su gusto un arcaizante modelo de feminidad con toques fascistas pero, sobre todo, de activismo tradicional y católico (que vigilaba su consiliario, que fue el omnipresente abad de Silos, Fray Justo Pérez de Urbel). Bajo la dirección de Pilar Primo de Rivera, la hermana del Jefe, trabajaron las jóvenes aristócratas Marichu de la Mora, que actuó como su secretaria, y Carmen Werner, además de la hija del escritor mexicano Francisco de A. Icaza, la novelista rosa Carmen de Icaza, y la dirigente del SEU y futura abogada feminista Mercedes Fórmica. La viuda de Onésimo Redondo, Mercedes Sanz Bachiller, nunca se llevó muy bien con Pilar Primo y se marginó del grupo de Sección Femenina para dedicarse con intensidad a la obra de Auxilio Social, que había fundado en 1936 con el nombre de Auxilio de Invierno. Una denominación que delataba el modelo asistencial del partido nazi, que Sanz Bachiller conocía por su segundo marido, Javier Martínez de Bedoya, lugarteniente de Redondo, como ya se indicó, y estudiante de Derecho en Alemania.
A unas y otras mujeres se debió el más expresivo desarrollo de una corriente de populismo ruralizante: su identificación de España con la Castilla mística y guerrera de la reina Isabel la Católica y de Teresa de Jesús, su concepción patriarcal de la vida familiar, su labor asistencial y presuntamente redentora, las campañas de formación en las tareas hogareñas (desempeñadas por las que luego se llamaron pomposamente Cátedras Ambulantes) y una importante labor de preservación y exhibición del folclore rural (sección de Coros y Danzas) dieron la pauta y la imagen —siempre subsidiarias de las centrales, que fueron masculinas— del falangismo de posguerra.52 Aquel castellanismo militante y la simplista visión admirativa de la época de los Reyes Católicos o de la creación del Imperio español permitieron, por otro lado, la convergencia de intereses entre la nueva Falange y los católicos autoritarios que compartieron, con exiguas diferencias, las mismas nostalgias de pasados heroicos.
Estos pasos atrás en la modernidad fascista se generalizaron en otros ámbitos. No es fácil sustentar en su integridad el panorama de lecturas predilectas que trazaba años después el opusdeísta Vicente Marrero, pero algo tenía de cierto:
Los libros clave del momento eran la ejemplar Defensa de la Hispanidad de Maeztu, al que Pemán, erigido entonces en vate nacional, llamó «señor y capitán de la Cruzada»; El Estado Nuevo, vademécum del pensamiento tradicionalista de Víctor Pradera; las obras de los grandes pensadores tradicionalistas como Donoso, antologado por Antonio Tovar; Menéndez Pelayo, especialmente en la recopilación antológica de sus textos dedicados a la historia de España, hecha por Jorge Vigón; Los tres dogmas nacionales de Mella; las obras de los pensadores de Falange a quienes el Alzamiento sorprendió en plena gestación... Las antologías que circularon a granel, como la del P. Rey Carrera, S. J., El resurgir de España, hecha con textos de nuestros pensadores tradicionalistas, o la del P. Cayuela; la de Acción Española, la de F. E. Fue también muy difundido el libro de exaltación, de Giménez Caballero, Genio de España, muy leído por la juventud que hizo la guerra.53
La larga relación tiene muchos huecos y faltan lecturas algo menos indigestas, aunque no por esto de mejor calidad. El escritor más leído fue, sin duda, el monárquico gaditano José María Pemán, que había defendido la obra de la dictadura y que en 1931 había saludado al nuevo régimen republicano con una «Elegía a la Tradición». Fue editada en 1933, el mismo año en que estrenó en el Teatro Beatriz, de Madrid, su «poema dramático» en verso El divino impaciente, sobre la biografía de san Francisco Javier: una briosa exaltación de la fe católica... y de la obra de los padres jesuitas, cuya Compañía había sido disuelta por el Estado. En 1934 y en 1936, otros dos nuevos poemas dramáticos, Cisneros y Cuando las Cortes de Cádiz, escenificaron respectivamente una paladina apología de la dictadura de Primo de Rivera y otra del pensamiento reaccionario antiliberal, encarnado por el mismísimo fraile Rafael Alvarado, «El Filósofo Rancio», en 1812. Todas estas obras fueron reimpresas durante la guerra por los Establecimientos Cerón, en Cádiz, y a ellas que se unió una nueva obra dramática de Pemán, De ellos es el mundo, estrenada en marzo de 1938 (e impresa en el Madrid liberado en 1939), que cantaba el heroísmo de los jóvenes alféreces provisionales del ejército rebelde. Y en la librería Santarén, de Valladolid, se imprimieron hasta diez mil ejemplares de su Poesía (1923-1937) (1938), sin duda la edición literaria de mayor volumen que se abordó en estos años.54
Sin dejar de ser un paladín del catolicismo, las devociones monárquicas de José María Pemán se mitigaron un tanto en estos años de conferencias, viajes y libros nuevos, porque se enfundó la camisa azul de rigor y su personalidad se trocó en un espejo que buscaba reflejar todas las sensibilidades del momento, incluida la de unas muchachas «pemanistas» para las que escribió un himno que circuló profusamente. En tal sentido, Pemán contribuyó decisivamente a la mitología de aquella cruzada que habían definido previamente las pastorales de los obispos (el 1 de julio de 1937 se difundió la «Carta colectiva del episcopado español» que encabezaban los cardenales Gomá, arzobispo de Toledo, e Ilundáin, que lo era de Sevilla, aunque se negó a firmarla el cardenal Vidal y Barraquer, arzobispo de Tarragona, que había logrado huir a Italia). Pero pocas cosas la acuñaron más duraderamente que las páginas del libro más conocido de Pemán, el Poema de la bestia y el ángel, que las Ediciones Jerarquía imprimieron en talleres zaragozanos en abril de 1938, bajo la advocación —en letras de oro— de Franco, Calvo Sotelo, José Antonio, Sanjurjo y Mola. De todos ellos se versifica con profusión en esta nueva epopeya en tres cantos, que el autor veía como «poema trinitario, ambicioso de unidad y armonía», donde hay reminiscencias del Apocalipsis, brutales páginas antisemitas, un nacimiento mágico de Franco que —como en los cuentos maravillosos— recibe los dones de tres hadas, una evocación del heroico Alcázar de Toledo y muchas de Isabel la Católica, unos «Exámetros [sic] en loor de los soldados de Navarra» y una «Oda sáfica en loor de los caballeros del aire», además de un «Himno a la abundancia» y un «Mensaje a la alegría» que cierran el conjunto, ilustrado con refinado patetismo por los grabados del inevitable Carlos Sáenz de Tejada.
El éxito sonrió también a libros políticos de actualidad, como la biografía Franco (1938), del periodista de El Debate, Joaquín Arrarás, editada por la activa Librería Internacional, de San Sebastián, que también conoció buenas ventas con una reimpresión de Los protocolos de los Sabios de Sión, referencia mayor del antisemitismo europeo. Arrarás fue también el encargado del arreglo y comentario de unas Memorias íntimas de Azaña, que Ediciones Españolas publicó en otoño de 1939, tras haber sido sustraídos tres cuadernos de sus diarios (que no memorias) por un funcionario desleal al cuñado de su autor, Cipriano Rivas Cherif, que las custodiaba en su despacho del consulado español en Ginebra, según narra con notable desvergüenza el compilador y prologuista.55 Si aquel libro contribuyó lo suyo a la satanización del presidente de la República, las notas de conversación Con el general Mola (Escenas y aspectos inéditos de la guerra civil) (1937), publicadas por el secretario de este, José María Irribarren, en las prensas zaragozanas de Librería General, trazaron un panorama muy directo (y a menudo harto indiscreto) de las conspiraciones que precedieron al golpe militar, por lo que fueron censuradas y se transformaron en una biografía más convencional en su segunda edición de 1938. Pero el éxito mayor de aquel sello aragonés tan activo fue la divulgación de un porfolio, en versiones lujosa y popular (esta en tamaño de tarjeta postal), titulado Forjadores de Imperio, que se distribuyó a comienzos de 1939. Incluía treinta fotos de estudio de los militares más conocidos, entre los que estaban los generales Franco, Varela, Queipo de Llano, Mola, Dávila, Juan Vigón, Moscardó, Yagüe (el único que vestía la camisa azul), Aranda, Cabanellas, Saliquet y Monasterio. Les acompañaban los retratos del aviador García Morato, los coroneles Helí Rolando de Tella, Buruaga y Castejón y Mizzian, recién ascendido al generalato, además de la única figura ajena al ejército, el cardenal Isidro Gomá. La llamativa ausencia de líderes políticos revelaba con meridiana claridad, en vísperas del final de la guerra, quiénes iban a ser sus verdaderos vencedores.
A ese clima enfervorizado, donde se amalgamaban las percepciones y valores de todo el espectro de la opinión conservadora, también contribuyó mucho el escritor valenciano Federico García Sanchiz, tan olvidado hoy como popular fue hasta el decenio de los cincuenta. Era un hombre de alguna edad —nacido en 1886— que había iniciado su carrera en el modernismo literario como novelista y crítico y que, a mediados de los años veinte, había descubierto la charla, una suerte de conferencia divagatoria y exaltada sobre temas españoles, con lo que logró resonantes éxitos ante los públicos hispanoamericanos: allí se hizo charlista, como gustaba definirse, y acuñó el horrísono verbo españolear, que en verdad definía su propósito de comisionista patriótico mejor que cualquier otro. Durante la guerra civil, las charlas en teatros y casinos y el ejercicio intensivo del españolear alcanzaron la cima de su popularidad, multiplicada por los libros que recogieron sus reportajes y viajes por los frentes de batalla, casi todos publicados también por Librería General, de Zaragoza. En 1938 sus conferencias incorporaron además un doloroso asunto personal que conmovió a sus auditorios habituales: en el hundimiento del crucero Baleares (marzo de 1938) por la aviación republicana, murió su hijo Luis Felipe, que era marinero voluntario. La figura del joven se transformó en «El Doncel», objeto de las dramáticas intervenciones verbales y de un libro de su padre (Más vale volando, 1938); incluso el primer ayuntamiento franquista de Valencia bautizó en 1939 con el nombre «Doncel Luis Felipe García Sanchiz» la que entonces se llamaba avenida de Lenin y que antes y después fue y ha sido conocida como avenida del Puerto.
El 18 de julio de 1936, sofocado el levantamiento militar en Madrid y Barcelona, que eran las dos capitales editoriales españolas, ya hemos visto que fueron pequeñas empresas provinciales las que hubieron de hacerse cargo del animoso trajín intelectual de los escritores franquistas.56 La Librería Santarén, de Valladolid, divulgó entre otras cosas una Lira bélica (antología de los poetas y la guerra) (1939), compilada por el autor local José Sanz y Díaz, además de nuestra ya conocida antología poética de Pemán, pero en la ciudad castellana trabajó también el editor madrileño de Biblioteca Nueva, José Ruiz Castillo, que, bajo el sello de Editorial Reconquista, conoció sus mayores éxitos con la selección de escritos de Pío Baroja Comunistas, judíos y demás ralea (1938), de la que ya se ha hablado, y con el último poemario de Manuel Machado, Horas de oro. Devocionario poético (1938). Los citados Establecimientos Cerón (Cádiz) compitieron en el campo de la poesía con una lujosa edición en gran formato de la Antología poética del Alzamiento, de Jorge Villén, más completa que la de Sanz y Díaz y cuyo historiado colofón remite al tercer día de Resurrección de 1939.
La Librería Aldus, de Santander, imprimió —por cuenta de Acción Española— la ya citada Antología de su recorrido en 1937, el significativo Discurso a los universitarios españoles (1938), del psiquiatra Juan José López Ibor, y la primera edición de ¿Qué es «lo nuevo»? Consideración sobre el momento español presente (1938), del primo de Pemán, José Pemartín, recibida por muchos como el mejor ensayo político del momento y que, en rigor, fue una significativa muestra del sincretismo ideológico entre lo militarista, lo neocatólico y lo fascista, que dominaba en la España de los sublevados. La ya citada Librería General, de Zaragoza, publicó los reportajes bélicos del periodista aragonés José García Mercadal, los de García Sanchiz —como hemos visto— y los muy truculentos de Adelardo Fernández Arias («El Duende de la Colegiata») sobre los cautiverios y sevicias de la «quinta columna» en el Madrid republicano, pero también algunas oportunas reediciones de las novelas de humor de Wenceslao Fernández Flórez. El testimonio de este sobre sus zozobras de refugiado en las embajadas argentina y holandesa en 1937, la extensa novela Una isla en el mar Rojo (1939), apareció en Madrid, aunque bajo el sello de Ediciones Españolas, que había tenido hasta entonces actividad sevillana y que insistiría en ese género de venta segura al editar, en Madrid de nuevo y con fecha de 1940, Madridgrado (Documental film), de Francisco Camba, cuyo título recogía el remoquete que el general Queipo de Llano daba en sus charlas radiofónicas a la capital del país. Fueron dos éxitos de ventas que fomentaron una suerte de masoquismo reivindicativo generalizado sobre el que se ha de volver.
La aportación exclusivamente falangista en el marco de esta actividad editorial no era la más potente, lo que fastidiaba a menudo a los militantes, que veían que los rencores y las revanchas usufructuaban el lugar de sus entusiasmos e ilusiones. Hubo, sin embargo, libros de esta cuerda que alcanzaron bastante repercusión. Más que las dos entregas («pliegos») de Romances de la Falange (1939), del valenciano Rafael Duyós, que popularizó el rapsoda falangista José González Marín, fueron apreciados los Poemas de la Falange eterna (1938), impresos por Aldus y escritos por Federico de Urrutia, con cubierta de emblemáticos luceros sobre fondo negro y composiciones —como «Cante “jondo” de la guerra»— donde la huella del más manido Federico García Lorca resulta tan insoportable como inverecunda (en 1940, Urrutia quiso resucitar el éxito de sus Poemas con un libro de título casi idéntico, Poemas de la Alemania eterna, que recogió composiciones de numerosos vates en loor del nazismo). No quedó lejos de la misma inspiración el Romancero guerrero (1937), del vallisoletano Francisco Javier Martín Abril, rematado con una significativa «Oración a Castilla» en prosa poética. Pero la mayor tropelía con la memoria de Lorca ocurrió en el que quizá sea el mejor de los libros líricos de estro fascista: Altura (1938), del carlista por tradición familiar y vehemente jonsista por sí mismo, José María Castroviejo. Uno de sus poemas, «Paso firme», está dedicado al poeta, cuya muerte se atribuye allí a las represalias republicanas...57 Del mismo año es un librito de Ediciones Arriba, Los versos del combatiente (1938), firmado por el sargento de morteros José R. Camacho (quien es el llamado «Pepiniqui» Rosales, uno de los miembros más jóvenes de la familia granadina de su apellido): es fácil suponer que fue escrito por su hermano, el poeta Luis Rosales et amicorum en un intento de promover una poética popular y anónima de la contienda, seguramente inspirada en la que habían conocido de sus enemigos. Más de una vez, debieron de encontrar en las trincheras abandonadas por sus contrincantes ejemplares de El Mono Azul, que traían romances de espontáneos o de autores conocidos, o quizá vieron también el volumen del Romancero general de la guerra de España, de 1937, editado en el marco del II Congreso de Intelectuales, celebrado en Valencia.
Pero los libros de los que los falangistas se sintieron más legítimamente orgullosos fueron una novela, una miscelánea poética y un ensayo. La primera fue Madrid, de Corte a checa (Madrid de Corte a cheka, en la edición de 1938), del diplomático Agustín de Foxá, aunque sin señas de lugar de impresión (Aldus, de Santander) ni editorial (Librería Española, de San Sebastián), que tenía mucho de historia de un tiempo colectivo y de etopeya generacional, además de revelar la huella indeleble del Valle-Inclán de la reciente serie El Ruedo Ibérico. En la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera brillaron las artes tipográficas de la imprenta barcelonesa Oliva de Vilanova, que trabajó por cuenta de Ediciones Jerarquía, nada más «liberada» la ciudad (aquellos talleres, fundados en 1915 en Vilanova i la Geltrú, habían sido de los mejores de la época noucentista). La definitiva ausencia de «El Ausente» se había proclamado ya de modo oficial y en el libro se reconocieron, por riguroso orden alfabético, todos cuantos tenían algo que ver, o deseaban tenerlo, con el Jefe añorado: desde Ignacio Agustí y José María Alfaro hasta Juan Sierra, Adriano del Valle y Luis Felipe Vivanco, porque incluso Pedro Laín Entralgo, Eugenio Montes y Eugenio d’Ors, habituales de la prosa, sonetizaron por una vez, como émulos de Gerardo Diego, Manuel Machado, Eduardo Marquina, José María Pemán, Pedro Pérez Clotet, Dionisio Ridruejo y Luis Rosales, que eran poetas de oficio.
Laín lo hizo «a la manera de Quevedo»; d’Ors vio a José Antonio como un nuevo Jacob en lucha con su ángel que es «por tres vegadas milenario sílice»; Diego —bastante lorquiano, por cierto— evocó «ese muro de cal, lívido espejo / en que araña su luz la madrugada», donde lo fusilaron; Marquina proclamó que el fundador de Falange «místico, anuncia; exento, desafía» y concluye que «¡Hoy es vértice encendido / de una mitología de luceros!»; Panero lo busca «en la niebla de la gracia» y Pemán recuerda que «tu obra es sonora, exacta y evidente»; para Ridruejo, «dio raíz a la espiga y a la estrella», mientras Del Valle celebra al «cisne esbelto que agoniza» y el habilidoso Machado logra encerrar en el endecasílabo final (a riesgo de forzar la sinalefa y esquivar el dodecasílabo) los tres gritos de rigor «¡José Antonio! ¡Presente! ¡Arriba España!». La contribución del filólogo Antonio Tovar, que fue una inscripción latina, tuvo página propia al frente de todas: HANC LAVRO VIRIDI CONSERTAM SVME CORONAM: MARMOR HABEBIT, EHEV, QVAM TIBI TEXIT AMOR.
También al final de la contienda, vino un admirado ensayo de Ernesto Giménez Caballero, Roma risorta nel mondo, que, en julio de 1936 (y traducido con la colaboración de Carlo Boselli), el autor había enviado a Italia para optar al Premio Internacional San Remo, discernido por la Real Academia de Italia al mejor libro extranjero sobre el fascismo. Lo ganó y en 1939, nada más ocuparse Madrid por los sublevados, los Talleres Gráficos E. Giménez (que eran los de su familia) emprendieron por cuenta de Ediciones Jerarquía una cuidadosa salida española del libro que ahora se titularía Roma madre y llevaría en su amplia portada la silueta de la Columna Trajana. Giménez reprodujo en las primeras páginas las numerosas muestras de aprecio que la dócil crítica italiana hizo de su primera edición (por Hoepli, en Milán) y añadió una «Nota del autor» que remataba los preliminares donde, a vueltas del recuerdo de su precursor Antonio de Nebrija, «fundador espiritual del Imperio español», formulaba un fervoroso deseo personal que, a su entender, ya empezaba a cumplirse: «Sueño de aquella España: ¡el renacer! ¡Ser como la Roma de los nuevos tiempos! Sueño, que a fuerza de soñarlo con amor y pureza, se hizo realidad. Se hizo Imperio».
LA SIGNIFICACIÓN DE «JERARQUÍA» Y LA CONTINUIDAD DE «F. E.»
La constitución progresiva del nuevo régimen en España defraudó las ambiciones de Falange, como ya se ha apuntado. «En el primer reparto de funciones del nuevo Estado —consignó años después un católico del Opus Dei, Antonio Fontán—, a los discípulos de Menéndez Pelayo, colaboradores de Maeztu, Pradera y Vegas, se les entregaba la cultura, mientras que a los falangistas, capitaneados por Serrano Súñer, les correspondían las parcelas de la política interior general y de la Prensa y Propaganda, y a los carlistas, con el Ministerio de Justicia, se les encargaba la demolición y la sustitución de las leyes laicas, secularizadoras o sectarias de los tiempos de la República».58
De acuerdo con ese mapa de influencias, la ambición proselitista de Falange tuvo pronto emplazamiento en la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, directamente adscrita al Ministerio de la Gobernación, y sucesora de un primitivo servicio que había sido dirigido en Salamanca por el general Millán Astray, con quien colaboró —en unas relaciones no siempre fáciles— Ernesto Giménez Caballero.59 El primer jefe nacional de la nueva entidad fue el singular clérigo Fermín Yzurdiaga Lorca, navarro, que procedió a designar a Dionisio Ridruejo, falangista, como su jefe de prensa y al carlista Eladio Esparza como su director de propaganda. En la figura de Yzurdiaga confluían elementos falangistas y simplemente reaccionarios pero expresados en un tono de exaltación mística que llegaba con facilidad a lo ridículo.60 El activo canónigo de Pamplona transformó la retórica usual de Falange: empleó hasta el cansancio la palabra discurso como epígrafe de sus escritos, porque sin duda le parecía más definitoria e imperativa que la liberal expresión ensayo (de la que también había abominado Giménez Caballero);61 hizo escribir en rituales mayúsculas todas las palabras clave (Revolución, Imperio, Mando, César), se obsesionó con las inscripciones latinas e introdujo, junto al vocabulario que ya conocemos, términos no menos explícitos y siempre largamente difundidos (ardiente, gozoso, jerárquico, ejemplar, vigilante, heroico, riguroso, altivo, delirante, augusto, etc.) que, en muchas ocasiones, recordaban poderosamente la terminología voluntarista de ciertos libros de piedad, cuando no las liturgias dorsianas de las que era muy devoto.
Radicado en Pamplona —y regido por Yzurdiaga y Ángel María Pascual— nació, el 1 de agosto de 1936, el primer diario nacionalsindicalista, Arriba España, por requisa de la redacción y talleres de La Voz de Navarra, propiedad del Partido Nacionalista Vasco. Muy pronto siguió la conversión del viejo rotativo salmantino La Gaceta Regional en periódico falangista, cuyos destinos corrieron de cuenta de Juan Aparicio. La publicación más significativa del grupo navarro fue, sin embargo, Jerarquía, «la revista negra de Falange», cuyos cuatro únicos números forman parte hoy de la reducida mitología de la bibliofilia nacional de este periodo. Los redactores de la publicación eran, junto con Yzurdiaga y Ángel María Pascual, el granadino Luis Rosales, el aragonés Laín Entralgo, el soriano Dionisio Ridruejo, el gallego Gonzalo Torrente Ballester, el sevillano Manuel Ballesteros Gaibrois y el sacerdote y latinista aragonés Pascual Galindo Romeo, entre otros.
El nombre de la publicación copiaba el del de la revista oficial del fascismo italiano, Gerarchia, que había visto la luz en enero de 1922 (y desapareció en 1940), siempre bajo la dirección del propio Mussolini, con el que colaboraron, entre otros, Ardengo Soffici, Arrigo Solmi y la amante del Duce, Margherita Sarfatti, que la codirigió hasta 1930 (año en que la revista dio cuenta de la fundación de una «Scuola di Mistica Fascista»). Su émula pamplonesa siguió fielmente el propósito de su modelo, que, en el «Breve preludio» de 1922, había definido la intención de su título como la proclamación de «una scala di valori umani, responsabilità, doveri, disciplina». Lo más llamativo de Jerarquía fue la impecable, limpia y espaciada tipografía, fruto, como señalaba Ángel María Pascual en el número tercero, del deseo «de lanzar el pensamiento de los intelectuales nacionalsindicalistas de un modo acorde, exaltado y grave, como en los coros de las grandes abadías se levanta el canto de la mañana». La revista presentaba unos bellos volúmenes de buen papel y cubiertas negras, impresos a cuatro tintas y en los que se repetían varios motivos invariables: una «Nota» en la página 4; las palabras «Jerarquía / Guía / nacionalsindicalista / del Imperio / de la Sabiduría / de los Oficios» en la página 6; el célebre soneto de Hernando de Acuña «Ya se acerca, Señor, o ya es llegada...», en la página 7; el lema en rojo «Para Dios y el César» en la página 9 y, finalmente, una alabanza al general Franco en la página 10.
La mezcla de suntuosidad y pintoresco anacronismo (las úes mayúsculas de todas las publicaciones de Yzurdiaga se transcriben al modo latino con la grafía V) realzaba la pretensión de la revista: convertir el afán cultural en una manifestación apodíctica y ejemplar del inmortal espíritu de la patria, dentro de una suerte de sociedad platónica a la que parecía aludir la invocación al «Imperio, la Sabiduría y los Oficios». «Son del dominio y competencia de las ediciones Jerarquía las disciplinas de la Sabiduría, las letras, las artes», rezaba la presentación, al final de cada entrega, del plan de ediciones «según la enseñanza imperial y católica». Este proyecto —obviamente incumplido— estaba a cargo de Alfonso García Valdecasas y Luis Rosales y comprendía las secciones «La Sabiduría» (que preveía ediciones de teólogos, místicos y poetas «imperiales»), «Las Letras», «Las Artes» y «La Vida Nueva». Aunque el ambicioso plan no se llevara a efecto, Jerarquía editó numerosos libros que incluyeron, ya acabada la revista, la antología Poesía heroica del imperio, de Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco, y las poesías completas de Manuel Machado, hasta que en 1941 fue relevada de sus tareas por Editora Nacional.
Los cuatro números de Jerarquía correspondieron al invierno de 1936, octubre de 1937, marzo de 1938, y el último fue simplemente fechado en 1938. La revista representó muy bien la alianza del ferviente heroísmo y la defensa de los valores religiosos, cuando el ethos del perfecto militante se definía más como la noción de «mitad monje, mitad soldado», tan cara al falangismo, que como la clásica y laica definición fascista, «libro e moschetto, fascista perfetto». A este respecto —escolio obligado de la frase joseantoniana «el hombre es portador de valores eternos»— contribuyeron artículos de Alfonso García Valdecasas («Hombre y yo», donde se examina la antropología filosófica contemporánea para concluir que «al alma española le importa Dios, el hombre y yo. En la nueva sazón de los tiempos, España tendrá su verdad que decir»), Pedro Laín Entralgo («Meditación apasionada sobre el estilo de la Falange»), Luis Legaz Lacambra («Los valores morales del nacionalsindicalismo») y Juan Pablo Marco (seudónimo de Juan José López Ibor), del que leemos en su colaboración «Pequeño periplo en torno al concepto de unidad» que «la filosofía existencial en sus diversas formas representa, a mi modo de ver, un modo más auténtico aunque no definitivo de implantar una filosofía totalitaria», para afirmar más allá que «el estilo es lo irracional en el hombre, lo infra y lo suprarracional».
A la postulación de una nueva literatura, contribuyó Gonzalo Torrente Ballester, que en el artículo «Razón y ser de la dramática futura» propuso un teatro que fuera «Mito, Magia, Misterio» y afirmó que «se impone una vuelta a lo heroico y pedir prestados sus nombres a la épica, para otra vez, como nos dice Esquilo, hacer tragedias con migajas del festín de Homero». Por su parte, Fray Justo Pérez de Urbel echó su cuarto a espadas en el tema mediante un peregrino trabajo, «El arte y el Imperio», donde reniega del saber literario de los filólogos que «disfrutan las prebendas del Centro de Estudios Históricos» y de los poetas vanos que «escriben versos por puro deporte. Versos puros, fríos, matemáticos, ajenos al palpitar de la vida colectiva». Ni unos ni otros «jamás sentirán la envidiable embriaguez de Lope [...], aclamado por las muchedumbres», piensa el fogoso hijo de San Benito. Ni el liberalismo ni el comunismo (que identifica con Platón y Tolstoi) darán al arte del futuro las pautas seguras que le dará el Imperio, como lo hizo en tiempo de Augusto, cuando el propio emperador «a Virgilio le señala un tema digno de su genio y de la grandeza de Roma; a Horacio le saca de las charcas malolientes de sus primeras sátiras; a Ovidio [...] se le quiere salvar de sus ligerezas». También el editor de la revista, Ángel María Pascual, se despachó a su gusto sobre esos futuribles imperiales: lo hizo en una larga nota acerca de la «Tipografía y virtud de los oficios», que exalta el suyo, víctima de «cien años de mal gusto»... y de las tipografías catalanas de fin de siglo («falsos góticos, falsos bizantinos, falsos mármoles, falsos dorados»), y en otra ocasión, nada menos que con un «Tratado de la razón del Imperio», producto de la intoxicación de dorsianismo que siempre le aquejaba. «El Fascismo —sostiene el tipógrafo pamplonés— necesita el aire transparente y fino y la dura gente de las tierras imperiales, allí donde vuelan en piedra, entre baluartes, águilas imperiales». Es esos parajes es donde obtiene «de su caos arquitectura, de su empirismo teoría, de su derecho milicia, de su excepticismo [sic] doctrina, de su nacionalismo Imperio. Este es el alto principio de tal jornada. Y se llama ir a Roma por todo».
También surgieron de imprentas pamplonesas y de númenes afincados en la capital navarra los seis números de la revista mensual F. E. Doctrina del Estado Nacionalsindicalista, que llevan fechas de enero a mayo de 1937, aunque se imprimieron con bastante irregularidad en los primeros meses de 1938. La revista aparecía como segunda época de la que había sido órgano oficial de Falange en 1935; figuró como director Alfonso García Valdecasas y como secretario, Pedro Laín Entralgo, y los colaboradores, los propósitos e incluso la disposición gráfica eran tributarios de los cuatro números de la «revista negra» que ya hemos conocido.
Pero el empeño de F. E. era algo más sistemático: la abría una sección de «La Sana Doctrina», que recogía textos de los primeros jefes; seguía un extenso apartado de «Estudios», que trataba de ideas políticas, de economía y de la «presencia de España en el mundo», y la cerraban colaboraciones internacionales de los países afines, bajo el significativo rótulo «El Orden Nuevo». El número 2, de febrero de 1938, recogía ya las noticias de la reconquista de Teruel y se permitía mirar con optimismo el porvenir de España en el centro mismo del fascismo universal. Una delirante reflexión de Antonio Tovar («Palabras un tanto spenglerianas sobre la China») auguraba la inminente caída del viejo imperio ante el «impulso de dominio, violento y sano, sin misericordia, por parte del Japón», porque «mientras China seguía una vida de tarjetas postales, Japón mandaba estudiantes a Europa [...]. Al Japón le ha llegado la hora de lanzar a la circulación de la historia todas sus reservas. Su duro triunfo es a costa del que ha dormido demasiado». Por su parte, nuestro conocido Ángel María Pascual («Ejemplos de la postguerra») tenía no menos claro lo que iba a suceder tras la inminente victoria de las armas franquistas y la previsible humillación de Francia e Inglaterra: «La Falange rezará pronto su responso español y católico sobre la tumba de sus grandes enemigos». Y acompañará los destinos de Italia y Alemania, como lo harán también otros países: como Polonia, que «no tiene una misión imperial y la resguarda la alianza con el Orden Gigante que Hitler, como un nuevo Palacio, está creando en días geniales sobre la raíz gozosa, agreste y antigua de Alemania». Pero su entusiasmo es más limitado al respecto y cree que «para nuestra misión imperial no conviene ni en su aceptación clásica y venturosa una tiranía semejante», sino «el publicar en España grandes paces. Las tres paces de nuestra unidad, de nuestra grandeza y de nuestra libertad», a cuyos efectos sí que nos conviene aprender las sabias «lecciones de postguerra» que, después de 1918, impartieron —la porra en la mano— los grupos fascistas en Italia y Alemania.
DE «VÉRTICE» A «LEGIONES Y FALANGES»
El empeño de más envergadura de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda fue, sin duda, la edición de la revista mensual Vértice, que tiró su primer número en abril de 1937 y finalizó, tras ochenta y una entregas, en 1946. Se imprimía en varios talleres guipuzcoanos (en 1939, ocupado Madrid, pasó a hacerlo allí, en la casa de Sucesores de Rivadeneyra) y era, ante todo, un magazine lujoso y caro (costaba tres pesetas; pese a todo, dos menos que Jerarquía) que ofrecía a sus lectores grandes reportajes de los fastos mussolinianos y hitlerianos, la suntuosidad de las secciones de decoración y cine —«Chau Chau Cinematográfico», donde el star-system de la germana UFA compartía espacio con el de las producciones estadounidenses—, los bellos dibujos en color en láminas fuera de texto y la magnífica documentación gráfica de la guerra. Ilustraban los números de Vértice Teodoro Delgado, José Caballero, J. J. Acha, J. Olasagasti y, sobre todo, Carlos Sáenz de Tejada, cuyas grandes composiciones de nervioso dibujo de tinta y suaves manchas de acuarela —de una plasticidad que recordaba el muralismo de José María Sert— fueron la traducción pictórica del estilo literario falangista.62
Colaboraron en Vértice todos los escritores de quienes nos hemos venido ocupando: Giménez Caballero, Foxá, Mourlane Michelena, Víctor de la Serna, Samuel Ros (que fue su primer director), Manuel Halcón (segundo director), José María Alfaro (director de la última etapa), Dionisio Ridruejo, Edgar Neville, Jacinto Miquelarena, Eugenio Montes, Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo, aparte de la eventual participación de los más populares cronistas de la guerra: Manuel Aznar Zubigaray, Víctor Ruiz Albéniz «El Tebib Arrumí» y Alberto Martín Fernández, que firmaba como «Juan Deportista» y «Spectator», y había sido quien en un libro de 1928 acuñó la expresión «furia española» aplicada a la selección nacional de fútbol. La exaltación bélica siguió ocupando una gran parte de los aspectos doctrinales de la revista: en un artículo de Foxá (número 1, abril de 1937) sobre las ruinas del Alcázar de Toledo, se puede leer que «necesitamos ruinas recientes, cenizas nuevas, frescos despojos... Pero ya está Toledo destruido, es decir, edificado, con la alegre primavera de Falange ya viene el deshielo de las vitrinas»; más adelante, Álvaro Cunqueiro escribe en el artículo «Relatos de guerra» (número 19, febrero de 1939) que «la vocación militar del español es vocación perpetua. Probablemente, y excepto en la gente franca, no haya en las Europas caso igual... Se contará en los tiempos venideros de esta guerra de España como de una cabalgada de fiebre y de incendio, victoria inmortal de un espíritu contra todas las claudicaciones, horrores y muertes de un siglo».
Algo similar, pero en registros más cursilones, había visto Ernesto Giménez Caballero que, en el número 18, dedicado al Ejército (noviembre de 1938), habló de «Trajes y modas de nuestra guerra» para resaltar el ascendiente estético de las vestiduras castrenses sobre las civiles. Y para apuntar la necesidad de que se volviera al tiempo en que «Carlos V el César y Felipe II el Duce del Escorial dictaron muchas pragmáticas para regular el imperial atuendo». En tanto, su prosa más refinada y los esbeltos dibujos de Teodoro Delgado llamaban la atención, entre otras cosas, sobre la sahariana «que ha tenido éxito triunfal en nuestra oficialidad este verano», o la elegancia de la amplia candora norteafricana que portaban los oficiales de Regulares, las anchas canadienses que realzaban «el robusto talle del general Yagüe» y el «exquisito y fino capote legionario» que cubría a Millán Astray. Por doquier, se registraba la decadencia del pantalón largo y el triunfo general de la bota de caña alta y «del cuello vuelto sin corbata» a la vez que, entre las mujeres movilizadas, empezaba a influir el ejemplo de «la blusilla azul, la faldita negra, el zapato negro y bajo, el cinto de cuero [...], atuendo casi carmelitano que Pilar [Primo de Rivera] ha fijado» y «el delantal blanco, puesto sobre el uniforme por Auxilio Social, por el gusto firme y delicado de Merceditas Sanz Bachiller».
Bastante pronto, sin embargo, y con toda intensidad a partir de 1939, el ámbito de Vértice pareció inclinarse más por las nostalgias burguesas, las evocaciones del pasado próximo —los felices años finiseculares— y las bellas elegías culturales sobre una España y una Europa cuyas realidades presentes estaban muy lejos de los términos de la nostalgia: Pedro Mourlane Michelena, Eugenio Montes, Rafael Sánchez Mazas, Mariano Rodríguez de Rivas y, con ellos, Agustín de Figueroa (hijo del conde de Romanones) y Eduardo Aunós fueron las principales firmas que oficiaron en este aspecto. Evocaciones como «Historia sentimental de una ciudad», de Ignacio Agustí (número 26, diciembre de 1939, el número que celebraba el final inminente de la ocupación de Cataluña); «Tertulias de café», de Francisco de Cossío (número 66, octubre de 1943); «Moralidades de un carnaval difunto», de Mourlane Michelena (número 71, enero de 1944); «El mundo de los cromos» (número 75, abril de 1944), de Mariano Rodríguez de Rivas, o «Mi Verlaine», de Eugenio Montes (número 76, enero de 1945), ilustran suficientemente una tendencia que estuvo igualmente vigente para los ilustradores, entre los que ya destacaba el elegante pintor catalán Pedro Pruna.
Vértice incluyó novelas breves desde su primera entrega: la primera fue una de Aldous Huxley («Un sombrero mexicano»), ambientada en la Italia rural de los años veinte; las mejores corrieron de cuenta del humor algo rudo de Juan Antonio de Zunzunegui y de la imaginación bastante cínica de Edgar Neville (que luego recogió sus narraciones en su libro Frente de Madrid, 1940). En septiembre de 1938 los relatos más extensos se emanciparon en un bonito cuadernillo anexo que llegó a contar treinta y tres entregas hasta su desaparición en abril de 1942. Hubo alguna novela enviada desde el frente por combatientes falangistas, como fue el caso de la primera que se publicó, La paz de la guerra, de Fernando Diego de la Rosa, y del premio y del accésit de un concurso específico: Cada cien ratas, un permiso, de Pedro Álvarez, y Fondo de estrellas, del futuro jurista Antonio Hernández Gil. Samuel Ros, Álvaro Cunqueiro, Juan Antonio de Zunzunegui, Eduardo Aunós y José María Salaverría publicaron dos títulos cada uno, pero no siempre fueron novelas lo que se acogió a la hospitalidad de las satinadas páginas del suplemento: allí apareció Vaga memoria de cien años, una preciosa evocación de su Bilbao natal firmada por Rafael Sánchez Mazas; la semblanza biográfica Lope de Aguirre, el peregrino, de Gonzalo Torrente Ballester, y casi al final, como penúltima entrega de la serie, un delirante escrito político de Giménez Caballero, Ante la tumba del catalanismo. Notas de un viaje con Franco a Cataluña.63
Las narraciones de Vértice compitieron con algunas colecciones de relatos de quiosco que prolongaron mustiamente la que fuera época dorada del género. Entre las nuevas creaciones, la que más destacó fue la serie sevillana (hasta 1939) La Novela del Sábado, dirigida por el antiguo diputado radicalsocialista Joaquín Pérez Madrigal, convertido ahora en feroz inquisidor de sus antiguos cofrades. La colección ofreció cincuenta entregas hasta el 11 de mayo de 1940. Se inició con una reedición del folleto del general Franco, Marruecos. Diario de una Bandera (28 de enero de 1939), prologado por Millán Astray y convenientemente podado de excesos verbales que pudieran incomodar a la fecha a los aliados norteafricanos de la Cruzada.64 Siguieron un relato de Tomás Borrás, Oscuro heroísmo, típica historia de padecimientos de retaguardia, y El tesoro del holandés, una novela de aventuras con la que ganó algún dinero su autor, Pío Baroja. La Novela del Sábado se nutrió de textos de los habituales del género, como los veteranos Pedro Mata, Cristóbal de Castro, Juan Aguilar Catena, Concha Espina e incluso la novelista popular Concha Linares Becerra. Borrás publicó allí, en septiembre de 1939, el primer borrador del libro que sería su mayor éxito, Checas de Madrid, y Samuel Ros, unos agridulces recuerdos de su vida como refugiado en la embajada de Chile (Meses de esperanza y lentejas). Giménez Caballero contribuyó a la serie con un inclasificable libro —con aire de quest, emprendida en compañía de Antonio Tovar— sobre el tribuno decimonónico Juan Donoso Cortés, El vidente (número 7, 25 de marzo de 1939), y los humoristas «Tono» (Antonio de Lara) y Miguel Mihura publicaron María de la Hoz, una sátira burda pero eficaz de las penurias del Madrid «rojo» (número 25, 4 de noviembre de 1939), que conoció bastante éxito.
Idénticos terrenos que la revista Vértice, aunque con mayor proclividad al reportaje y a la información gráfica, fueron batidos por otras publicaciones de la Jefatura como Fotos (nacida igualmente en San Sebastián el 25 de febrero de 1937), el semanario femenino Y (1939) y la revista cinematográfica Primer Plano (1940).65 Todas ellas suministraron —o intentaron hacerlo— la necesaria inyección de sentimentalismo menor y de mitología manejable a unos hogares inquietos; supusieron el reencuentro con un mundo pacífico y biempensante, amable y puritano, que igualmente aprendió a reír otra vez con las gracias de Miguel Ligero, a admirar la belleza de Imperio Argentina y Amparito Rivelles y a emocionarse con la heroica allure guerrera de Alfredo Mayo y Julio Peña en los tiempos de reinado de la productora cinematográfica Cifesa, «la antorcha de los éxitos».
Una extensa y protectora capa de cursilería pacata se extendió por el país. Sin embargo, el éxito indudable de estos años bélicos fue el lanzamiento (el 18 de enero de 1937) de la revista semanal de humor La Ametralladora, fruto de un equipo compuesto por Miguel Mihura y sus amigos, Antonio Lara, «Tono», Edgar Neville y el jovencísimo Álvaro de Laiglesia, que la mantuvo hasta el 21 de mayo de 1939. La parte doctrinal corrió siempre a cuenta de personajes menos simpáticos que aquellos tarambanas, entre los que Neville no tenía antecedentes políticos muy ortodoxos, además de vivir en manifiesto concubinato con la joven actriz Conchita Montes: aquellos referentes serios eran escritores como Joaquín Arrarás y Tomás Borrás, con quienes la relación de los otros no siempre era fácil. A la vez que se cumplía con los objetivos de sátira política de sus enemigos y estaba abierta a publicar colaboraciones recibidas del frente y recados intercambiados por los combatientes y sus madrinas de guerra, La Ametralladora impuso un tratamiento descoyuntado y absurdo de las cosas. Su humor enlazaba con la concepción moderna de una comicidad «pura», iconoclasta y ágil, que ya había inspirado revistas anteriores a 1936 como Gutiérrez, Buen Humor y Gracia y Justicia, todas antirrepublicanas, y que tenía como precedentes más literarios las novelas humorísticas de Ramón Gómez de la Serna y Enrique Jardiel Poncela.66 Los inefables diálogos de Don Venerando (que escribía Edgar Neville, aunque imitando a un personaje de la revista milanesa Bertoldo, «il Signor Veneranda»); los graciosos monos de sátira burguesa de Tono y Lilo (seudónimos de Antonio de Lara y Miguel Mihura, respectivamente); las fotos antiguas a las que se ponía un pie peregrino; las parodias de periódicos republicanos..., prepararon a los lectores de la futura revista La Codorniz (que salió el 8 de junio de 1941): una nueva clase media de universitarios desmovilizados a los que halagaba su provocativo subtítulo, «La revista más audaz para el lector más inteligente».67 Recordando aquella etapa, Neville resumiría más tarde esta significativa faceta del tono de La Ametralladora, heredado por La Codorniz:
Se trataba de triturar una civilización burguesa y falsa que traía renqueando un siglo de cursilería y de convenciones, atado a los faldones del último chaquet... Sátira de las novelas románticas, de los folletines, de los sonetos a la rosa de té, de las visitas de cumplido, de María o la hija de un jornalero, de los señores con barba y chistera, sátira del ingeniero que se casa con la mocita de Arenales del Río..., sátira del niño modelo, del famoso Juanito y del imbécil de su padre.68
En marzo de 1937, por iniciativa de José María Fontana Tarrats y Xavier de Salas, catalanes refugiados en Burgos, que colaboraron con otros en la misma situación (Ignacio Agustí, Josep Vergés y Juan Ramón Masoliver), nació en Burgos la revista Destino. Política de Unidad, pensada para cohesionar —en las ideas falangistas— a los catalanes dispersos por la España «nacional». Con el tiempo, Destino fue transformándose en una revista de esmerada calidad que sirvió los gustos de una clase media cultivada que podía echar de menos las páginas en catalán de Mirador, indudable modelo de la publicación; en ella prevalecieron las preferencias de Agustí y el empuje del futuro editor Vergés: el comentario político y de actualidad, al lado de la literatura y la evocación histórica. Hasta un centenar de números se llegaron a publicar en Burgos, con tiradas cercanas los quinientos ejemplares, y que contaron con las firmas de Álvaro Cunqueiro, Santiago Nadal, Jaime Ruiz Manent, Sebastián Juan Arbó, Eugenio d’Ors, Martín de Riquer, Carlos Sentís, José Pla, Juan Teixidor, Eugenio Nadal, etc. El 24 de junio de 1939 Destino editó su número 101 en la Barcelona «reconquistada» y muy pronto, esa feliz circunstancia y luego el estallido de la guerra mundial contribuyeron a que la revista se acercara al perfil que arriba se ha evocado y que mantuvo tantos años: un barcelonesismo que reemplazaba al catalanismo originario de Mirador, un decidido interés por lo moderno y lo internacional y un tono suavemente crítico respecto al mundo oficial.69 Desde 1944 actuó junto a Destino la editorial del mismo nombre, empresa decisiva en el auge de la producción, traducción y lectura de novelas en los años 1940-1970, junto a otras, casi todas de implantación barcelonesa: la editorial del falangista Luis de Caralt, la del antiguo catalanista Josep Janés y las varias del andaluz José Manuel Lara, que había llegado a Barcelona con su título de maestro y el uniforme de alférez del ejército conquistador.
Una curiosa experiencia fue la que supuso, por último, la aparición de la revista mensual Legiones y Falanges, editada en Roma y dirigida por el italiano Giusseppe Lombrossa y el español Agustín de Foxá. Se publicó desde noviembre de 1940 a junio de 1943, con un total de treinta y una entregas. En enero de ese último año cayó Trípoli ante los aliados, con lo que acabó el sueño norteafricano del fascismo, y en aquel mismo mes de junio se rindieron las tropas del Eje en la región; el 10 de julio se produjo el desembarco anglo-norteamericano en Sicilia y el 25, Mussolini fue arrestado por orden del rey y del general Badoglio. No llegó a tres años el tiempo que mediaba entre aquel desastre y el primer número de la suntuosa revista que llevó en sus primeras páginas foto y dedicatoria autógrafa del Duce: «Legioni e Falangi unite ieri, oggi e domani nel Mediterraneo e oltre», a lo que los directores apostillaron en su salutación, «Italia y España», que «se ha visto lo que ha pasado entre Italia y Francia, al cabo de cincuenta años de política convival, de brindis a la fraternidad latina, de invocaciones a los orígenes comunes: se ha llegado a la guerra», y en una vez en ella debía recordarse la «solidaridad de sangre italo-española, en esa tremenda y gloriosa prueba que ha sido la guerra de España». Ya se ve que abundó, sobre todo, la retórica que, en el primer número, ejemplificaba el largo artículo de Giménez Caballero, «CTV» (anagrama del Corpo Truppe Volontarie, que actuó en la guerra civil), donde el autor recuerda las palabras, vestimentas, modas y actitudes que quedaron del paso de los soldados italianos entre nosotros. Y en el mismo sentido hubo artículos de Víctor de la Serna, Rafael García Serrano, José García Nieto, Camilo José Cela («Un recuerdo de Maese Ruperto [de Nola]» en el número 29, 1943), el marqués de Lozoya, Martín de Riquer, Manuel Machado, Luys Santa Marina, Alfredo Marqueríe y Juan Antonio de Zunzunegui (que en el número 25, de 1943, habló de «Ramón de Basterra (el hombre)»).
LA VIDA LITERARIA DE LA ALTA POSGUERRA
El panorama literario español al final de la guerra civil era desalentador. Exiliados por la fuerza o por precaución los escritores de más relieve, solamente quedaron quienes se adhirieron a tiempo al «Movimiento salvador» y, en su obra, reflejaron las inquinas, los temores y las esperanzas de su público natural: así, Ricardo León, Concha Espina, Wenceslao Fernández Flórez, José María Salaverría, etc. Azorín y Baroja, los supervivientes de la promoción de fin de siglo, tras sus respectivos autodestierros vacilantes, tardaron en reanudar su relación de siempre con sus lectores, que ya no pudo ser la misma. Tampoco la de Ortega, que regresó en 1947, o la de Ramón Pérez de Ayala, que lo hizo en 1949 por poco tiempo y definitivamente en 1955. Ramón Gómez de la Serna vino también en abril de 1949, con halagadoras expectivas que en tres meses se desvanecieron como por ensalmo, y regresó a Buenos Aires, de donde ya no volvió. Juan Ramón Jiménez únicamente lo hizo tras su muerte en 1958, porque la presión de algunos familiares, alentados por el gobierno franquista, provocó que se incumpliera su voluntad de ser enterrado en Puerto Rico. Solo entre los de su edad, Gregorio Marañón incrementó su autoridad moral y se convirtió en solitario testigo de una España liberal aunque cauta y remota.70
Pero aquella remoción del canon literario establecido fue un simple eco de otras realidades más preocupantes. La batalla sin cuartel contra los últimos cincuenta años de institucionalización laica y progresista de la educación y la cultura tuvo mucho de una oscura fronda de venganzas pero también quiso ser un cambio definitivo: un «atroz desmoche», en definición tardía de quien lo supo muy bien, Pedro Laín Entralgo, y un sueño (o pesadilla) de institucionalización nueva. Se desmantelaba el pasado cercano y enemigo pero no para regresar a la situación de partida. Los vencedores supieron que tenían que hablar el mismo lenguaje moderno de los vencidos. La sección «Táctica» del libro Camino, del fundador del Opus Dei, José María Escrivá, reflejó muy bien las consecuencias de ese aprendizaje y formuló sus conclusiones con la claridad que era de esperar en un libro cuya primera edición completa se imprimió en la Valencia «liberada» de 1939 y donde abundaron las referencias a la contienda y se insistió muy sospechosamente en la palabra «caudillo». A la vista de sus páginas, no nos ha de extrañar que el Opus Dei se revelara como el más activo reemplazo del estatalismo liberal-progresista y como un inagotable vivero de funcionarios franquistas. El punto 833 instaba a los jóvenes intelectuales con una invocación que se repetirá a menudo, como se ha indicado: «¡Caudillos!... Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo. ¿No ves cómo proceden las malditas sociedades secretas? Nunca han ganado a las masas. —En sus antros forman unos cuantos hombres-demonios que se agitan y revuelven a las muchedumbres, alocándolas, para hacerlas ir tras ellos, al precipicio de todos los desórdenes... y al infierno [...]. Si tú quieres..., llevarás la palabra de Dios, bendita mil y mil veces». Pero mucho más revelador es el punto 844, que parece premonitorio de la urgencia de un cínico desahucio de presuntos usurpadores. Los nuevos héroes deben ocupar con «santa desvergüenza» (punto 44) lo que se construyó en nombre de «volterianismos de peluca empolvada o liberalismos desacreditados del siglo XIX» (punto 849):
¿Levantar magníficos edificios?... ¿Construir palacios suntuosos?... Que los levanten... Que los construyan... ¡Almas! —¡Vivificar almas... para aquellos edificios... y para estos palacios! ¡Qué hermosas casas nos preparan!71
Son las consignas que presidieron la batalla contra la universidad laica, y en ella ocupó parte fundamental el ataque a la Institución Libre de Enseñanza, que fue vista como el referente más significado de la noción de España que se debía destruir. De ese clima surgieron libros de autoría conjunta como Una poderosa fuerza secreta: La Institución Libre de Enseñanza (1940)72 o individual, como Los intelectuales y tragedia española (1938), de Enrique Súñer, y el folleto Pérdida de la universidad española (1938), de Joaquín de Entrambasaguas, que señalaron con claridad quién era el enemigo. Los mecanismos de su exclusión fueron puestos por una Junta Técnica que contó con vocales como Mariano Puigdollers, Eugenio Montes, Eugenio Vegas Latapie y Alfonso García Valdecasas. Y de ella surgieron las comisiones de depuración universitaria: la A para facultades universitarias, presidida por Antonio de Gregorio Rocasolano; la B para escuelas técnicas; la C para enseñanza media y la D para primaria. Las actuaciones provocaron miedos y silencios invencibles, conversiones forzadas y, sobre todo, tránsitos de la actividad pública a la privada que, alguna vez, fueron fructíferos (como en el caso del filósofo Julián Marías y del crítico de arte Enrique Lafuente Ferrari). Hubo casos en los que cumplidas las sanciones, y vencida la tentación de la emigración, las víctimas pudieron reanudar una satisfactoria carrera docente, como fue el caso de Rafael Lapesa. El novelista Juan Benet recordó, en unas páginas memorables, el mundo de represaliados y descontentos que frecuentaba la tertulia de Pío Baroja a principios de los cincuenta. Y aquel recuerdo le llevó al del profesor Gallego Díaz, que —depurado en 1939— impartía clases de matemáticas en su propio domicilio a cuatro muchachos que preparaban el ingreso en la Escuela de Ingenieros de Caminos. El frío de aquella vivienda era inolvidable:
La habitación donde dábamos clase —era la habitación más caótica que yo he pisado— tenía un gran ventanal, con persiana de guillotina, a la esquina del Botánico. El cristal estaba roto desde que en guerra una bomba de aviación había caído en el Botánico y la persiana mancornada y bloqueada hasta media altura dejaba entrar tal frío que durante cinco meses dábamos clase con abrigo, bufanda y guantes de lana que permitían tomar apuntes cuando la mano no estaba aterida [...]. Estando yo en segundo año de carrera me invitó a formar parte, como corrector de ejercicios, de una academia para la enseñanza de las matemáticas, que en un piso de la calle de Desengaño constituyeron cuatro monstruos: el viejo Armero, que acaba de salir de la cárcel; Gallego Díaz, Antonio Flores de Lemus y Burinaga, actuando de secretaria la hermana de este [...]. Todos ellos formaban parte del hampa republicana —uno había salido a la calle tras remontar dos penas de muerte y doce años de estancia en la cárcel, otro había sido depurado y ni podía ejercer su carrera ni le era permitido acceder a la cátedra, el tercero vivía pensionado por un banco [...]— por lo que sin transición se pasaba de discutir —a veces con mucha viveza— un problema de combinatoria o probabilística a la defensa del Puente de los Franceses o la maniobra de la división de Tagüeña en la batalla del Ebro.73
También las culturas regionales pasaron a la clandestinidad porque en la España franquista se repitió mucho aquella consigna de «antes una España roja que una España rota». Importaba poco ser un independentista fanático o un federalista sincero, un moderado autonomista o un nacionalista con pujos de racismo. Ramón Piñeiro era un galleguista cercano al socialismo que en el día de Reyes de 1940 describía al popular periodista Ramón Fernández-Oxea («Ben-Cho-Shey») lo poco que quedaba del esfuerzo de casi treinta años de movimiento cultural, desde las Irmandades da Fala hasta la fecha:
O Anxel Fole dá clases nunha Academia; Milucho Gil está en Madrid estudiando Ciencias Naturaes; Antón Figueroa está en Salamanca estudiando Meiciña; Vallina está empregado na Caixa regional galega; Ramón Varela prepara oposicions a Notarias; Filgueira [Valverde] foi trasladado a Pontevedra; Castelao está en New-York faguendo dibuxos de negros; [Ramón] Martínez López está en Francia e vai marchar pra California, onde lhe deron una cátedra; J[esús] Bal [y Gay] tamén anda por Norteamérica; [F. Fernández] Del Riego está em Vigo, traballando con Valentín [Paz Andrade] [...]. Fai pouco tempo celebrou unha xuntanza a Academia Galega. Acordou reanudar a súa laboura (¿?) e continuar a pubricación do Diccionario. O Seminario continua pechado, sin que haxa probabilidades de que recobre a sua axiña aitividade.74
En el País Vasco, solo perseveraron las actividades más vinculadas a las concepciones arcaicas y patriarcales de la cultura. De las instituciones memorables que derivaron del Congreso Internacional de Estudios Vascos, de 1918, solo la Euskaltzaindia (la Academia Vasca) mantuvo una vida reducida pero significativa, acorde con la actividad personal de sus fundadores, ya muy ancianos, como Julio de Urquijo y el padre Resurrección María de Azkue. Pero lo más renovador y reciente, la asociación de 1930, Euskaltzaleak (Amigos del Euskera), vio su final por fusilamiento de su gran animador, el padre José de Ariztimuño, «Aitzol», y del mejor poeta lírico de su generación, Esteban de Urkiaga, «Lauaxeta». Lo que sobrevivió fue aquello que estaba al arrimo de sectores clericales, siempre presentes en la cultura nacionalista y ahora claramente hegemónicos.
La ocupación de Cataluña dio paso a la persecución, incluso de inofensivas tradiciones, como los esbarts de danza, las sociedades corales o los grupos excursionistas. Pero el país había alcanzado desde principios de siglo una notable institucionalización de la vida cultural: por eso, la feroz consigna «Habla la lengua del Imperio» apuntaba directamente contra convicciones y sentimientos muy arraigados, como hizo constar inútilmente el alarmado Dionisio Ridruejo al llegar a la Barcelona recién conquistada. A finales de enero de 1939, frente a su domicilio en calle de la Mercè, de Badalona, ardieron los libros del ingeniero y filólogo Pompeu Fabra, que había normativizado con prudencia y éxito la ortografía de la lengua. En el mes de febrero, consta la quema —en la calle Xuclà, de Barcelona— de los ejemplares requisados del tomo VIII de la Història nacional de Catalunya, de Antoni Rovira i Virgili, que ardieron al lado del Diccionari de Fabra y de L’arquitectura romànica a Catalunya, de Josep Puig i Cadafalch. En la calle de Pelayo, los ejemplares de A Tot Vent, la espléndida colección narrativa de la editorial Proa, se quemaron en piras. El problema no era el contenido de los libros, sino su lengua y lo que esta significaba como factor de cohesión de una sociedad tachada: el 6 de diciembre de 1943 todavía se denegaba a la veterana y moderadísima editorial Selecta la reedición de Canigó, L’Atlàntida y Montserrat, los poemas clásicos de Jacint Verdaguer, sacerdote y cristiano casi místico que había muerto el primer año del siglo. Y si en diciembre de 1946 volvió a actuar el Orfeó Català en su sede habitual barcelonesa, fue para cantar un programa en lengua castellana.75
Fue significativo que, como ya se ha apuntado más arriba, el manjar literario más prodigado de estos años de hierro fueran los libros que recogían el anecdotario sangriento de la vida en la España republicana durante la guerra civil. Aquella burguesía atemorizada no fue nunca la heroica quinta columna, que invocó el general Mola y que ayudaría a la conquista de Madrid, pero vengó de esa manera los agravios inferidos por la «horda» en los años del Frente Popular y de la guerra. Y el rencor encontró un remedo de la dickensiana Historia de dos ciudades, o de Las aventuras de la Pimpinela Escarlata, de la baronesa de Orczi, en la descripción de unos hechos que mezclaban las irrecusables realidades, la fantasía mendaz y, a veces, el sadomasoquismo reprimido: más o menos cercanos a unas u otro, esa fue la mercancía que trajeron, además de libros que ya se han citado más arriba, Sitio y defensa de Oviedo (1937), de nuestro ya conocido Óscar Pérez Solís, Retaguardia. Imágenes de vivos y de muertos (1937), de Concha Espina, El otro mundo (1939), de Jacinto Miquelarena (que firmó sus obras de este jaez como «El Fugitivo»), Checas de Madrid (1939), de Tomás Borrás, Preventorio D (1940), de Félix Ros, que fueron los títulos más sobresalientes de una larga procesión penitencial de volúmenes. Incluso un hombre como Pío Baroja, que siempre vio con suspicacia la República aunque tuvo un grave contratiempo con las fuerzas sublevadas en los primeros días de la guerra, dedicó años de su vida a poner por escrito las historias truculentas de los «rojos» que había oído a las criadas de su casa, sus libreros habituales o sus contertulios, tanto en nuevos volúmenes de sus memorias, como en en una trilogía narrativa, Los saturnales, de la que muy escasas páginas pudieron ver la luz por obra de la censura. Y a aquella relación de volúmenes podríamos añadir, como más descarada pornografía política, la obra de cinco grafómanos impenitentes: los «historiadores» Mauricio Carlavilla («Mauricio Karl») y Eusebio Comín Colomer, que eran funcionarios de la policía, y el padre Juan Tusquets, creador de las Ediciones Antisectarias, todos obsesionados por la influencia secreta de la masonería, el comunismo y el judaísmo (el trípode del famoso «contubernio»), además de Joaquín Pérez Madrigal, un antiguo radical, sospechosamente converso, y José María Carretero Novillo («El Caballero Audaz»), un veterano autor de novelas galantes, partidario en su día de la dictadura de 1923 y puesto «Al servicio del pueblo» desde 1938.
Algunos miembros universitarios de Falange se mantuvieron al margen de aquella revancha, y la vieron con aprensión, cuando menos, o incluso, tiempo después, creyeron haberlo hecho. Pero nadie vaciló en lucrarse de la incautación de sedes y maquinaria de periódicos arrebatados a sus legítimos propietarios antes de 1939: la casa del rotativo El Sol, veterano de 1917, fue la de Arriba, y la libertaria Solidaridad Obrera, de Barcelona, se mutó en la Solidaridad Nacional, donde acampó como orientador y director nuestro conocido Luys Santa Marina. Y de esta exacción a gran escala brotaron periódicos locales cuya onomástica evoca las ensoñaciones falangistas: Amanecer, de Zaragoza; Lucha, de Teruel; Imperio, de Zamora; Lanza, de Ciudad Real, Alerta, de Santander; Proa, de León; Unidad, de San Sebastián; Hierro, de Bilbao, etc. Allí escribían los paniaguados de siempre, los nuevos militantes y quienes se arrimaban a ellos, lo que podía incluir a algún antiguo militante de la FUE, como Martín Marco, el personaje de La colmena, de Camilo José Cela. Detenido en plena calle de Ibiza, por no llevar la nueva cédula personal (el Documento Nacional de Identidad fue establecido en marzo de 1944), Marco respondía así a los guardias:
—Yo soy escritor, yo me llamo Martín Marco [...]. Colaboro en la prensa del Movimiento, pueden preguntar en la Vicesecretaría, ahí en Génova. Mi último artículo salió hace unos días en varios periódicos de provincias: en Odiel, de Huelva; en Proa, de León; en Ofensiva, de Cuenca. Se llamaba «Razones de la permanencia espiritual de Isabel la Católica».76
No obstante, correspondió a Falange la reapertura de la vida intelectual madrileña con posterioridad a 1939. El 17 de enero de 1940, a los ocho meses de finalizada la guerra, se reunía en la Biblioteca Nacional madrileña la primera tertulia de Musa Musae. Bajo el explícito lema «Ocio atento» la formaban Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo, Adriano del Valle, José María de Cossío y Manuel Machado. Musa Musae pretendía revivir el tono arbitrario y locuaz de la conversación literaria renacentista y ser, tras tres años de violencia, el reencuentro del escritor con su condición de dilettante y creador de belleza. Por eso, la nueva tertulia contribuyó, como Jerarquía o Vértice, a dar la tónica literaria de aquellos años: una absoluta gratuidad, una impecabilidad formal y una vocación contemplativa. «La poesía —vino a decir Sánchez Mazas en la primera sesión de la tertulia, glosando el conocido paralelo poesía-mística establecido por el abate Henri Brémond, veinte años antes— se reduce a llamar divinas a las cosas, a buscarles queriendo o sin querer su destello de divinidad, su partícula celeste, su razón inexplicable de amor... Solamente por virtud religiosa se transforma nuestra total actitud contemplativa: desde el orden cósmico hasta la idea del amor humano o del cerco nativo».77
Musa Musae no pasó, sin embargo, de ser un intento efímero y aislado, cuya trascendencia palidece en comparación con la constitución del primer café literario de la posguerra —el Café Gijón, todavía existente en el madrileño paseo de Recoletos— y de la primera difusión periodística de la nueva literatura: el suplemento literario de Arriba (dirigido por Lope Mateo y Pedro de Lorenzo), en lo que había sido el semanario de José Antonio. Al Gijón acudieron todos los literatos de nota en la época, pero, si algo le dio fama en sus primeros días, fue la presencia de la que se autotituló «Juventud Creadora». Con ella, una nueva actitud poética se posesionó de la lírica española; a su conjuro comenzaron los cincelados sonetos, el estremecimiento religioso, el intimismo, todo, en suma, lo que compone el vilipendiado movimiento de la revista Garcilaso (1943). «Juventud Creadora» fue su subtítulo, y «Siempre ha llevado y lleva Garcilaso» eran las letras de su colofón, rodeando una cruz de Calatrava y un poco más arriba de su precio: cuatro pesetas de 1943-1946. Que no era parvo dispendio, por cierto... No prevaleció el lema-consigna que había propuesto Pedro de Lorenzo, uno de los fundadores (junto con José García Nieto, Jesús Revuelta y Jesús Juan Garcés), y que rezaba «la Creación como Patriotismo».
La nueva revista encarnó el giro clasicista de la poesía española que, sin embargo, se advertía ya con claridad a la altura de 1936, cuando el centenario del poeta toledano tuvo su culto. Manuel Altolaguirre escribió una bonita biografía; Rafael Alberti, la «Elegía a Garcilaso», de Sermones y moradas; Miguel Hernández, otro par de poemas, y el joven Guillermo Díaz-Plaja recogió las muestras en una antología poética en honor del toledano, publicada por la Universidad de Barcelona en plena guerra civil, al modo que hizo Gerardo Diego en loor de Góngora, en los festejos de 1927. Cumple reconocer que el garcilasismo y el culto al soneto debían mucho a un poeta católico y republicano, Germán Bleiberg, que pasó algún tiempo en la cárcel y a quien Altolaguirre había publicado unos influyentes Sonetos amorosos en 1936. En esa órbita, el mismo Gerardo Diego mostraría su maestría sonetística de aire clasicista en Alondra de verdad (1941), un libro que le publicó la revista falangista Escorial.
Fiel a ese clima, el editorial del primer número de Garcilaso recordaba el manifiesto de Caballo Verde para la Poesía («Por una poesía sin pureza»), escrito por Neruda, y aunque sin demonizarlo, declaraba que la función de Garcilaso será «mejor que como pasquín, como diapasón de lo que estimamos que ha de ser la poesía actual». Un llamamiento implícito que el número 3 («Insobornables en la vocación») extiende a todos los poetas posibles menos a los viejos «en cuyo balance vital pesen más las virtudes perdidas que las donosuras cosechadas» y a los jóvenes «que escriban por oficio sin generosa entrega al imperativo de una precisa y entrañada voz del alma». En Garcilaso dominaron abrumadoramente los sonetos no muy buenos, una idea de la naturaleza y del paisaje rebuscada y banal, una religiosidad fetichista y devota... Puede que la culpa de aquella unción piadosa ante los misterios de la creación la tuviera también una indigestión de versos de Rainer Maria Rilke (en el número 11 se tradujo la primera de las Cartas a un joven poeta) y que el rilkismo determinara incluso una lectura peculiar de Aleixandre (de quien se publica «Plenitud del amor», de Sombra del paraíso, en el número 12), y que hasta Paul Valéry fuera percibido como otro celebrante de la visión mística del mundo. Y puede que pasara lo mismo con Juan Ramón Jiménez, de quien se publica un «Canto» en la cabecera del número 10 (febrero de 1944), y a quien Jesús Revuelta recuerda que leían mucho en las reuniones en casa de J. J. Garcés: allí estaba la Segunda antología poética de 1922, en la edición de la Colección Universal seguramente, «como breviario de aquella extraña religión». Pero además, los garcilasistas decidieron estar a favor de «el coraje, la acción, lo heroico, el frenesí» que habían leído en «Kierkegaard, Spengler, Nietzsche, Ortega, Unamuno, Max Scheler y muchísimos poetas, sin olvidar a D’Annunzio ni a Marinetti».
La nómina de desafectos al régimen franquista que escribieron en Garcilaso fue, sin embargo, notable y señaló una tendencia posterior de buena parte de estas revistas oficiales. Ya el número 1 trae un drama existencial de Eusebio García Luengo, El pozo y la angustia. Hubo poemas de José Luis Cano en el número 5, de Leopoldo de Luis y de Gloria Fuertes en el 15, de Enrique Azcoaga en el 18, de Vicente Gaos en el 19, del futuro poeta en catalán Vicent Andrés Estellés en el 22, de José Hierro en el 23 y en el 27, de José Luis Hidalgo y Julio Maruri en el 25, de Eugenio G. de Nora en el 34. Camilo José Cela no ha de contar, por supuesto, entre los rojos emboscados pero sí conviene señalar la rapidez con la que Garcilaso se apropió de la popularidad rampante del escritor gallego: el número 9 ofrecía el «Himno a la muerte» y el 13, «Tránsito adónico» (anticipos ambos de Pisando la dudosa luz del día, que se editó en 1945). E incluso fueron bienvenidos los poetas del primer postismo (en el número 28 ocupa las páginas centrales Carlos Edmundo de Ory; en el 32, Eduardo Chicharro).
La publicación en 1944 del ya citado libro de Vicente Aleixandre, Sombra del paraíso, y de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, fue un hito que cambió mucho más el panorama de expectativas poéticas. El fluir holderliniano y nostálgico de los versos del primero y el hervor desolado y dramático de los del segundo no resultaba tan ajeno a otros textos de los poetas vinculados a Falange: a los cuadernos de Poesía en armas (1940 y 1944), de Dionisio Ridruejo; al meditativo Tiempo de dolor (1940), de Luis F. Vivanco, e incluso al clasicismo intimista de El contenido del corazón (1941), de Luis Rosales. Frente a ellos, persistía la presencia de dos poetas extemporáneos pero valiosos: Adriano del Valle, que publicó en 1941 Arpa fiel, neomodernista y semivanguardista, y Agustín de Foxá, que en 1940 había recogido una antología de sus versos, El almendro y la espada, claramente posmodernistas. Pero estos fueron una ilustrativa paradoja que no tendría mucho recorrido. Hacia 1945 podemos hablar de una nueva y generalizada conciencia poética de tono humanista, tocado de religiosidad, que respondía a la evolución espiritual del grupo que ya nos hemos encontrado en la aventura de Jerarquía y, como veremos, en la más meditada y ambiciosa de Escorial. Dentro de aquel ámbito espiritual —del que participaron también las Entregas de poesía (1944), de Juan Ramón Masoliver, Fernando Gutiérrez y Diego Navarro, continuadores de Poesía en la mano (1940)—, el annus mirabilis fue 1949. Esta fue la fecha que llevan La casa encendida, de Luis Rosales; Escrito a cada instante, de Leopoldo Panero; Continuación de la vida, de Luis Felipe Vivanco, y La espera, del jovencísimo José María Valverde. En cierta medida, aquella fue una confirmación de un grupo, por más que las trayectorias previas, los distintos grados de compromiso con Falange y hasta los poemas mismos tuvieran poco que ver entre sí. Rosales había sido el más cercano al falangismo; Panero fue un falangista sobrevenido pero manifiesto y pertinaz, aunque posterior al 18 de julio; Vivanco pasó un sarampión muy breve y Valverde tenía diez años en 1936. Todos eran católicos pero nada tenía que ver entre sí el catolicismo simplemente pasivo de Rosales, el doméstico de Panero, el más hondo —aunque dubitativo— de Vivanco y el más declarado y moderno de Valverde. Y tampoco eran muy parecidos el poema unitario y narrativo —con tintes de autobiografía— que fue La casa encendida, los versos fervorosos y emotivos de Escrito a cada instante, los más cavilosos de Continuación de la vida y los más impulsivos de La espera.
Aquel iba a ser el selecto grupo de escritores que se embarcó en la excursión literaria de 1948 a varios países de América Latina, pero, ausentes Vivanco y Valverde, fueron solo Rosales y Panero, a los que acompañaban Agustín de Foxá, en su condición de diplomático destinado en Cuba, y el crítico Antonio de Zubiaurre. Aquella fue una más de las actividades que, desde 1946, promovía el Instituto de Cultura Hispánica, muestras de un americanismo conservador que heredó Falange y para el que siempre contaron con la connivencia de algún escritor de allí. Hubo viajes precedentes del recitador González Marín y de José María Pemán, Pedro Laín Entralgo, Eugenio Montes y José Luis López Aranguren, a título de conferenciantes, pero en 1949 el horno americano no parecía estar para bollos y los recitales previstos se encontraron con la respuesta airada de las organizaciones de los escritores españoles exiliados y la de los intelectuales de izquierda americanos, embarcados desde hacía años en un proceso de nacionalismo continental. Las salpicaduras del viaje llegaron hasta el Canto general (1950), de Pablo Neruda, que un pugnaz e irreflexivo Leopoldo Panero contestó en forma de un Canto personal. Carta perdida a Pablo Neruda, en la misma colección, La Encina y el Mar, donde había publicado Escrito a cada instante. El nuevo libro se abría con un prólogo de Dionisio Ridruejo, quien declaraba que «asocio a la firma de este prólogo los nombres de Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco, de quienes hay en él no pocas ideas y expresiones», lo que, como sucedió con la carta de Pedro Laín a Ridruejo que encabezó La generación del 98 en 1945, nos avisa de que nos hallamos ante uno de los ademanes colectivos y solemnes de un grupo.
En muchos de los lugares de América se había responsabilizado a los viajeros del asesinato de Lorca y en un momento del Canto general, el propio Neruda había añadido la agonía y muerte de Miguel Hernández entre las responsabilidades de «los Dámasos, los Gerardos, los hijos de perra, silenciosos cómplices del verdugo». La defensa de Panero partió de un concepto de propiedad étnica de la guerra civil y de una discutibilísima equiparación de los símbolos confrontados en la contienda:
Una guerra es un íntimo combate
Y no una voluntad a sangre fría:
Donde cae Federico, el agua late;
Donde cayó un millón, la tierra es mía.
Unos caen, otros quedan, nadie dura;
Y tan solo el Alcázar no caía [...].
De Martí a José Antonio hay línea llana:
La línea del dolor que a España une
Con su historia estelar y cotidiana [...].
Mi voz se empapa dolorosamente
De Martí a José Antonio: ¡qué anatema,
Qué atrocidad ¿verdad? tan fehaciente!78
Era evidente que, a vueltas de esos penosos desvaríos históricos, Panero no renunciaba a su victoria, aunque estuviese dispuesto a compartir las venturosas consecuencias de la misma. Y es patente que el prologuista y sus asociados tampoco estaban prestos a aceptar los insultos de un poeta comunista y desdeñoso del dogma emocional de la Hispanidad. En otros órdenes sí fueron, en cambio, más generosos... En aquellos finales de los años cuarenta, nadie lo decía en voz alta, pero bastantes escritores «vencedores» sabían de qué creencias políticas y de qué dificultades personales provenían sus amigos, como los poetas Ildefonso Manuel Gil y José Hierro, el crítico y poeta Enrique Azcoaga, el historiador del arte Juan Antonio Gaya Nuño o los dramaturgos Antonio Buero Vallejo y Eusebio García Luengo. Y trataban con cordialidad a otros escritores que, con responsabilidades en el bando republicano, adoptaron seudónimos preventivos que impidieron que se les identificara como publicistas de izquierda de antes de 1939: ese fue el caso de Jorge Campos (Jorge Renales), Ramón de Garciasol (Miguel Ángel Calvo), Leopoldo de Luis (Leopoldo Urrutia), José Domingo (José D. Orozco), etc. En ese mismo decenio de los cincuenta, la mayoría de ellos se incorporaría con fuerza a una vida literaria que empezó a merecer el título de «literatura de posguerra» y no simplemente de «literatura de la Victoria».
Todo contribuyó a que la novela tuviera un auge insospechado tras un decenio —el de los treinta— particularmente infecundo. Pero ahora parecía un género necesario si había que justificar lo sucedido y explorar sus causas. Alguna vez las narraciones recordaron con nostalgia el proceso vital de una burguesía floreciente que, a fin de cuentas, respiró tranquila el día 1 de abril de 1939, aunque luego recontara otras pérdidas: tal hizo Ignacio Agustí en la serie «La ceniza fue árbol», que comenzó con Mariona Rebull (1943) y El viudo Rius (1944), para narrar los agitados años del fin del siglo XIX en Barcelona; mucho más ácido fue el resultado de Juan Antonio de Zunzunegui en Ay... estos hijos (1943), El barco de la muerte (1945) y La quiebra (1947), al aplicarse al Madrid más cercano. Otras novelas, de andadura más simbólica y talante fuertemente depresivo, tuvieron en cuenta la desazón del tiempo y el fracaso de los proyectos personales. Fueron, muy a menudo, obra de «vencidos»: El empleado (1948), de Enrique Azcoaga, y La moneda en el suelo (1951), de Ildefonso Manuel Gil, por ejemplo.
Pero el reconocimiento mayor vino a recaer en la novela de un joven gallego que había estudiado Letras en los años republicanos, hizo la guerra en el bando sublevado y, al desmovilizarse, hizo todo lo posible por conseguir notoriedad literaria y dinero: desde escribir algunas biografías del libro colectivo Laureados de España (1940), editado por Domingo Viladomat y Fermina Bonilla, hasta solicitar trabajo como informante de la policía política y obtenerlo al final como funcionario de la censura. La tozudez y el talento de Camilo José Cela acertaron al construir un relato, La familia de Pascual Duarte (1942), que hablaba de los horrores de la guerra civil (Pascual asesina a un rico hacendado y esa muerte, y no las anteriores que ha perpetrado, es la que le lleva al garrote vil) y que entroncaba, a la vez, con la estilización de lo rural y con un cierto sentido humorístico de lo brutal, emparentados con Valle-Inclán y Baroja. Y, como él mismo dijo, se encontró con que era el sucesor de sus modelos a la primera de cambio.
La guerra como ámbito ideal de la hombría, como realización de aquella «dialéctica de los puños y de las pistolas», ocupó una parte significativa de las actividades literarias de los excombatientes. Sobre esta centralidad del acontecimiento bélico volveré en el específico apartado de la antología. El caso admiraba a un profesional del entusiasmo, Juan Aparicio, en 1945, al bautizar la que llamó «quinta del SEU»:
¿Qué produce el SEU, aparte de sus campeones deportivos, de su cisne azul y de su fanfarria goliardesca? Para responder a tal desconfianza crítica de los ignorantes, el SEU produce gobernadores civiles, técnicos y novelistas... Si clasificamos a los novelistas españoles por su contacto cronológico con la Universidad, hemos de hallar las claves de las diferencias y afinidades, proclamando que Zunzunegui fue escolar cuando no existían el SEU ni la FUE; Pedro Álvarez en medio de la apoteosis de una FUE erizada de chalecos rojos, en tanto que Camilo [Cela] y Rafael [García Serrano] han cursado sus estudios universitarios al socaire de la camisa azul y las pistolas transformándose en ametralladoras.79
De los citados el más relevante fue, sin duda, Cela, pero el más fiel a sí mismo y a los valores de 1936 vino a ser Rafael García Serrano, desde su temprana novela Eugenio o proclamación de la primavera (1938). Aquel primer relato tenía reminiscencias de la «novela lírica» de los años treinta y bastante de Bildungsroman, lo que solo conservó en parte La fiel infantería (1943), que fue su testimonio —concebido como algo colectivo— de la guerra y recibió el Premio Nacional de Literatura, a la vez que la reprobación de la censura eclesiástica, disconforme por el reflejo de las expansiones prostibularias de los alegres guerreros. Y ya nunca se apeó su autor de aquellas jornadas que todavía resonaban en uno de sus últimos títulos publicados: A la Legión le gustan las mujeres... y a las mujeres les gusta la Legión (1976), llevada al cine ese mismo año, contaba las aventuras de cuatro legionarios que, en plena guerra civil, se conjuran para rescatar a la novia de su alférez, ¡secuestrada por las Brigadas Internacionales!... En 1950 García Serrano había sido el complaciente cronista del largo viaje de los Coros y Danzas de la Sección Femenina de Falange por América Latina, que reflejó en un libro y el guion de un filme: Bailando hasta la Cruz del Sur (1953) y Ronda española (dirigida por Ladislao Vajda y estrenada en 1952). Y se casó con una de las muchachas de la expedición: todo quedaba en casa...
Otros narradores falangistas, aunque no del SEU, fueron Cecilio Benítez de Castro, autor de Se ha ocupado el kilómetro 6... (Respuesta a Remarque) (1939), que, a despecho del retador subtítulo, resulta la novela más generosa con el enemigo de todas las citadas; en el extremo opuesto, está la madrugadora Camisa azul (1937), del diplomático Felipe Ximénez de Sandoval, donde la exaltación de Víctor Alcázar, su héroe, delata un registro uranista bastante llamativo, como tendremos oportunidad de ver. Pedro García Suárez (Legión 1936, 1941) y José Vicente Puente (IV Grupo del 75-27, 1942, publicada en folletón por El Español) pusieron en primer plano la inevitable camaradería del combate. Y otros dos importantes escritores de Falange, José María Alfaro y Gonzalo Torrente Ballester, prefirieron indagar en el recorrido espiritual de sus heroicos protagonistas: el Leoncio Pancorbo (1942), del primero, alberga las pocas dudas que caben en un hijo de propietarios rurales, que lee mucho y sin método, desdeña la vida moderna y busca un ideal de sacrificio; el Javier Mariño (Historia de una conversión) (1943), de Torrente Ballester, es una novela ambiciosa y fallida, cuyo protagonista parece expiar su intelectualismo y su altivez a vueltas de diálogos grandilocuentes y tentaciones truculentas en el París del Frente Popular (una experiencia que parece trasladar la de su propio creador en 1936). A pesar de su explícito mensaje fascista, tampoco gustó a los censores eclesiásticos y conoció la misma reprobación de La fiel infantería: en este caso porque la «conversión» de Mariño se produce en la poco recomendable compañía de una joven burguesa comunista, aunque esta abandone su militancia y vuelva al redil de la religión.
Algunas pocas novelas falangistas se ambientaron en la segunda guerra mundial, vista siempre desde los países del Eje. El futuro diplomático José Antonio Giménez Arnau publicó en 1940 Línea Siegfried, cuyo protagonista es el periodista español Miguel Laviga, que en 1939 se incorpora a una corresponsalía en Berlín: hay idilios con pequeños toques adúlteros, una visita a la Varsovia recién ocupada por la Wehrmacht y, en general, una admiración bastante provinciana por la impavidez y la eficacia germánicas. Justo al final de la contienda, otro joven falangista que hizo la guerra con dieciocho años, Gaspar Gómez de la Serna, publicó Después del desenlace. Tres cartas de amor de un escuadrista romano (1945), relato breve cuyo personaje central —el italiano Adrián— escribe a su exnovia María Clara para unir sus recuerdos de la guerra civil española, en la que combatió y fue prisionero, y los de la derrota del fascismo en la que dejó todas sus esperanzas, todo en un tono más melancólico y desazonado de lo que cabría esperar. Otras novelas tuvieron como marco la participación de la llamada División Azul en los frentes soviéticos de la segunda guerra mundial. El más madrugador fue Enrique Errando Villar (Campaña de invierno, 1943); de 1944 fue ¡Guerra!: historia de la vida de Luis Pablos, de Rodrigo Royo, un periodista de Falange que regresó mutilado del frente e hizo luego larga carrera profesional; de 1945 y 1946 fueron las ediciones de Canción de invierno en el Este, de José Luis Gómez Tello, Memorias de un combatiente sentimental, de Alberto Crespo, y la más reeditada, Ida y vuelta, de Antonio José Hernández Navarro, que es también la más cargada de testosterona y fanatismo. En 1978 vieron la luz Los cuadernos de Rusia que había escrito Dionisio Ridruejo: revelan el temprano desengaño del escritor pero tampoco ocultan los prejuicios y los entusiasmos de los que entonces participaba aquel soldado voluntario a quien su debilidad física y su responsabilidad política mantuvieron al resguardo de una parte de las calamidades que otros padecieron.
El teatro falangista fue muy poca cosa. Las obras de Agustín de Foxá son, como suele ocurrir en el autor, imaginaciones gratas pero bastante ajenas al mundo del momento. Por orden de redacción, fueron un drama en verso de ambientación china, Cui-Ping-Sing (estrenado en San Sebastián en 1938), y otros dos que pasaron a las tablas en 1943 y 1944: Gente que pasa (escrita en colaboración con José Vicente Puente) es una comedia algo cínica sobre los emigrados europeos que intentaban salir de Europa a través de Madrid, y Baile en Capitanía, obra ambientada en la última guerra carlista, fue la deliciosa y anacrónica despedida del teatro poético en verso de los escenarios españoles. Aquel drama épico-ritual propuesto por Torrente Ballester (en unas líneas que he transcrito más arriba) no alcanzó virtualidad alguna. Tenía que ver, sin duda, con aquel interés por la fórmula escénica del auto sacramental, que experimentaron en los años republicanos Rafael Alberti y Miguel Hernández, algo que recordaban los gestores de la Compañía Nacional de Teatro de la Falange, que en 1938 representó, ante el Alcázar de Segovia y ante el Obradoiro de Santiago, El hospital de los locos, de Josef de Valdivielso. Y esta fue la fórmula del propio Torrente, que ganó el concurso de autos sacramentales de 1939 con El casamiento engañoso, y que, antes y después, probaría suerte con un teatro de ideas y de aire vagamente litúrgico: El viaje del joven Tobías. Milagro representable en siete coloquios (1938) y República Barataria. Teomaquia en tres actos (1942). Hubo otros autos de infeliz recuerdo: Y el Imperio volvía... (1940), del jesuita barcelonés Ramón Cué, y Huésped de la primavera y vencedor de la muerte. Auto religioso, dramático-alegórico, en verso (1940), de Diego Navarro, que se publicó en La Novela de Vértice.
A la postre, el legado más perdurable del teatro de inspiración falangista vino de aquellos humoristas de La Ametralladora que habían visto comedias cinematográficas estadounidenses de Preston Sturges y Gregory La Cava y trajeron a la escena española un clima moderno y sofisticado, con millonarios y mayordomos, herederas malcriadas y pícaros de estirpe hispana, burgueses avarientos y soñadores sin una peseta: la madrugadora pieza de Joaquín Calvo Sotelo y Miguel Mihura, ¡Viva lo imposible! o el contable de estrellas (estrenada en septiembre de 1939), que trata de las peripecias de una familia burguesa que se apunta a un circo ambulante, y Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario (1943, pero escrita en 1937), de Tono y Mihura, fueron una excelente anticipación de una comedia divertidamente frívola que, en los mismos años, prodigaría el más veterano Enrique Jardiel Poncela, no siempre con éxito de público. Sus mejores cotas las alcanzaron, ya en el comienzo de los años cincuenta, Miguel Mihura y Edgar Neville, falangistas de conveniencia, y José López Rubio y Víctor Ruiz Iriarte, que lograron eludir aquella condición.
El ensayo universitario fue una notable aportación de la nueva literatura, sin muchos antecedentes antes de 1940. No resulta fácil explicar cómo y por qué aquella universidad sometida al «atroz desmoche» pudo contribuir a la consolidación de un género de reflexión y divulgación, quizá por eso más a resguardo del furor censorio. La aportación de los falangistas tuvo importancia y pronto abundaron los libros doctrinales de cierto fuste: el feracísimo jurista y politólogo Juan Beneyto publicó España y el problema de Europa. Contribución a una teoría del Imperio (1942) y el filósofo del derecho Luis Legaz Lacambra, una Introducción a la teoría del Estado nacionalsindicalista (1940), aunque ambos con el tiempo y sin perder su ascendiente académico recalaron en parajes ideológicos más templados. Fue también el conocido caso de Pedro Laín Entralgo, que en seguida se convirtió en el máximo cultivador del ensayismo político, desde que publicó Los valores morales del nacionalsindicalismo (1941), primer esbozo de su antropología neohumanista, a la vez que justificaba su reciente obtención de la cátedra de Historia de la Medicina con los ensayos sobre Medicina e historia. En 1943, Sobre la cultura española. Confesiones de este tiempo buscó paladinamente integrarse en una corriente que incluía la mención de otros títulos ilustres como antecedentes necesarios:
Uno, de triste e irónico pesimismo, se llama Idearium español; otro, desgarrador y desgarrado, En torno al casticismo; el tercero, de tuétano sutil y pesimista, España invertebrada; luego, La defensa de la Hispanidad, creyente y apostólico, y Genio de España, en el cual la fe toma engallado gesto de profecía. Por fin, ya en la trágica linde de este tiempo, el Discurso de las juventudes de España, lleno de acerada emoción fichteana y voraz de acción histórica, como su autor dijo del discurso inicial de José Antonio.80
¡De Ganivet a Ledesma Ramos, pasando por Unamuno, Ortega y Maeztu, nada menos! El volumen iniciaba, en efecto, una personal revisión de aquel legado con un análisis de la polémica decimonónica sobre la «ciencia española», a la que seguían unos «Avisos y apuntes sobre la cultura española de nuestro tiempo», de filiación inequívocamente fascista. Pero en la línea de aquel revisionismo, progresivamente abierto a la comprensión y la simpatía, irían luego libros más entonados como Menéndez Pelayo. Historia de sus problemas intelectuales (1944) y el ya citado La generación del 98 (1945). En 1948, el grueso volumen Vestigios. Ensayos de crítica y amistad coleccionó casi un centenar de artículos breves de un largo periodo temporal; vino a ser una limpieza de fondos, de resultado variado y ameno, y, ya en su tercera parte («La vida en amistad»), un significativo recuento de asideros personales e intelectuales que incluyó desde Azorín, Gerardo Diego y Xavier Zubiri hasta conmilitones en las ideas políticas y en la construcción del nuevo ensayismo: Luis Díez del Corral, Emiliano Aguado, Javier Conde y Antonio Tovar, entre otros.
El último de los citados era —por su brillantez académica y su pasado republicano— una de las grandes esperanzas intelectuales del momento y no defraudó a quienes, como Laín en Vestigios, habían encomiado su capacidad de poner «junto a la excelencia, el riesgo». En 1940 había logrado que su prólogo al ensayo de Hans Juretschke, agregado cultural de la embajada nazi, titulado España ante Francia, fuera mucho más virulento y hostil que el volumen que antecedía, cuyo equilibrio debe reconocerse que rondaba lo inverosímil, habida cuenta de las circunstancias. Pero de ese mismo año fue también la edición definitiva de un folleto de 1936, El Imperio de España, cuyo prólogo arremetía contra los hispanistas extranjeros en general, con una virulencia misoneísta digna de Ledesma Ramos: «Sobran en el mundo hispanistas que nos miren como nación muerta y llena de curiosidades. Quisiéramos para España enemigos abiertos que nos hiciesen tomar actitudes de guerra y nos mantuviesen en el jaque salvador del peligro». En 1941 su libro En el primer giro (Estudios sobre la Antigüedad) incluía las notas de un viaje de 1934 por el Mediterráneo, una atrevida interpretación de los «sentimientos políticos» de Platón y una lectura de la Farsalia, de Lucano, muy crítica con la negativa visión del Imperio («Lucano era un traidor»), que le había recordado a los «niños mimados de la paz y de la fortuna», víctimas del «supremo tedio, un poco parecido al que, en una Inglaterra victoriosa, padecían Shelley y Lord Byron»81 y cuyas consecuencias quizá había que prevenir ya en la España de 1939.
Pero su verdadera talla de ensayista la dio en 1947, la Vida de Sócrates, publicada por la veterana editorial de Revista de Occidente, el año en que el mismo sello imprimiera también el Viaje a la Alcarria, de Cela, y dos después de que diera a la luz Después del desenlace, la novela de guerra de Gaspar Gómez de la Serna. Escrito en una excelente y arrebatada prosa, el libro de Tovar desarrolla su negativa de considerar el pensamiento socrático en «sistema» de filosofía y, en su lugar, el hallazgo personal de algo así «como un suspiro por el perdido paraíso de una vida libre, auténtica, fuerte, instintiva, religiosa y con sentido. Pero los paraísos se hacen paraísos a medida que, perdidos ya, van quedándose lejos». En tal sentido, la Vida de Sócrates tiene mucho de nostalgia y también de reconocimiento de pertenecer a un tiempo de historia —ha pasado poco más de un año desde 1945, por la fecha que lleva el prólogo— en el que todo ha cambiado a peor y frente a lo cual, aquel Sócrates sencillo y preguntón, sin más dioses que los domésticos (se trata de un libro radicalmente agnóstico), puede ser una fórmula de vida cuando —como leemos en el prólogo— «una dosis de anticivilización, de barbarie, de vida sin iluminar por la luz esterilizante de la razón» resulta lo único «que puede asegurar la vitalidad del hombre» y cuando se echa de menos la convicción de que «no existe acaso virtud moral más alta que la obediencia a los viejos y profundos instintos de la continuidad de la estirpe, la defensa de lo propio, la fidelidad del genio al lugar en que se ha nacido».82
Nunca se expresó en España el hálito de una posible filosofía fascista con la autenticidad que Tovar puso en estas páginas. Pero en aquellos años otros valiosos ensayos universitarios no desaprovecharon la oportunidad de enlazar la lección del presente con la del pasado: fue el caso del primer libro de un antiguo militante del Frente Español, José Antonio Maravall, El humanismo de las armas en Don Quijote (1948), y de la reflexión sobre los orígenes del patriotismo crítico en la época imperial, escrita por el jovencísimo José María Jover, 1635. Historia de una polémica y semblanza de una generación (1949), excelentes muestras de aquel ensayo académico de alta divulgación que también cultivaban el musicólogo Federico Sopeña en sus monografías sobre Joaquín Turina (1943) y Joaquín Rodrigo (1946), y, extramuros de la universidad franquista, Julián Marías o Guillermo Díaz-Plaja. Un poco al margen de todos, pero con admiración general, se movió la producción no muy abundante de Eugenio Montes, en quien muchos veían la más selecta expresión de la nueva cultura, aunque sus brillantes evocaciones históricas de ambición europeísta, tocadas de cierta refitolera cursilería, iban por una línea tan personal como inimitable. En 1940 Cultura Española —a cuya redacción había pertenecido, como sabemos— le editó El viajero y su sombra, de revelador título nietzscheano; de 1943 fue Melodía italiana y de 1949, Elegías europeas.
Bastante antes había surgido la primera historiografía falangista con las obras de Sancho Dávila y Julián Pemartín Hacia la historia de la Falange (1938); la muy informada de Gumersindo Montes Agudo, Vieja guardia (1940), y la de Francisco Bravo, Historia de Falange Española de las JONS (1943), que completaron las dos primeras biografías del Jefe ausente: José Antonio. El hombre, el jefe, el camarada (1939), del citado Bravo, y José Antonio. Biografía apasionada (1941), de Felipe Ximénez de Sandoval. Todas tienen exigua calidad literaria, pese a las pretensiones de la última, y muchos de sus datos son de discutible fiabilidad, ceñidos a la interpretación de las cosas que el franquismo y los líderes sobrevivientes a las purgas de 1937 habían establecido. Un penúltimo aliento del fascismo originario estuvo presente también en algunos de los libros de reportajes que generó el curso de la segunda guerra mundial: los hubo abyectos sobre la Francia derrotada en 1940 (Del Bidasoa al Danubio. Bajo el pabellón del Reich, 1940, de Luis de Galinsoga) y elegíacos cuando llegó el prematuro hundimiento del fascismo italiano (Italia fuera de combate, 1944, del «camisa vieja» Ismael Herráiz). Este volumen y otro del mismo autor sobre la guerra en los Balcanes (Europa a oscuras, 1945) conocieron notable éxito de público, aunque no tanto como un reportaje moderadamente crítico, El ocaso de los dioses nazis (1945), del periodista independiente barcelonés Ramón Garriga.
«ESCORIAL» (1940-1950), «REVISTA DE ESTUDIOS POLÍTICOS» (1941) Y «CORREO LITERARIO» (1950)
Dentro de este panorama, no precisamente deslumbrador, la revista Escorial tuvo una relevante significación. Bien que acogida al patrocinio de nuestra ya conocida Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, Escorial fue, sobre todo, la idea personal del grupo falangista universitario que capitaneaban Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo. Los dos fueron, respectivamente, director y subdirector de la nueva publicación; actuaron como secretarios de redacción el poeta Luis Rosales y el crítico Antonio Marichalar. Como puede verse, el equipo procedía mayoritariamente de la experiencia de Jerarquía, la revista negra de Falange, aunque el aristócrata Marichalar, marqués de Montesa, venía de Revista de Occidente y se carteaba habitualmente con T. S. Eliot y Paul Valéry. En buena medida, Escorial se convirtió relativamente pronto en el perdido hogar de una literatura y en el punto de encuentro en el que un público, minoritario pero importante, pudo al fin reconocer la herencia de las grandes revistas culturales de anteguerra, como Cruz y Raya, que fue su secreto modelo.
Escorial no pudo sustraerse, sin embargo, a la idea sacramental y nacionalista de lo intelectual; desde el título y el severo aspecto de la revista a los dogmáticos editoriales, todo confluía en esa idea: pretendemos, resumía el autor anónimo (Dionisio Ridruejo) de la presentación, «una propaganda en la alta manera, ya que no hay propaganda mejor que la de las obras, y obras de España —propias de Escorial— serán las del espíritu y la inteligencia para las que abrimos estas páginas».83 La revista fue dirigida a partir del número 27 por José María Alfaro, que era —como hemos visto en su paso por Vértice— el comodín en situación de conflicto; entre 1945 y 1947 tuvo un transitorio eclipse y reapareció este último año dirigida por Pedro Mourlane Michelena. El casi invariable índice lo componían las secciones «Ensayos», «Poesía», «Vida del Espíritu» y «Notas». El primer apartado acogía dos o tres colaboraciones por número que casi siempre versaban sobre temas históricos o literarios: allí escribieron Ramón Menéndez Pidal, Emilio Orozco, Melchor Fernández Almagro, Emilio García Gómez, Xavier Zubiri, y se tradujeron colaboraciones de Edmund Spranger, Romano Guardini, Walter von Wartburg, Martin Heidegger y Alfred North Whitehead, entre otros. Junto a estos, encontramos también los ensayos del grupo inspirador de la revista y de la generación: Pedro Laín Entralgo, fiel a sus temas médico-filosóficos; Antonio Tovar, con una sugerente interpretación política de Antígona en la línea que ya conocemos; Alfonso García Valdecasas, con una propuesta del «hidalgo» como modelo español, superador del antagonismo de burgueses y proletarios; Luis Rosales, con excelentes reflexiones sobre el lenguaje poético... El tono mayoritario era el esperable y podía definirse como el de un humanismo clásico y cristiano alarmado ante la modernidad. El texto que abría el número primero (noviembre de 1940) fue un revelador ensayo de Eugenio Montes sobre «El sueño de la razón», que comenzaba con la desoladora invocación del «Capricho 43» de Goya y el inicio de Discurso de Descartes, para proponer el regreso a una lejana edad de las creencias: desde el racionalismo y la Ilustración, se había renunciado «a todo saber graduado en su certeza por los grados del ser, renunciando a lo misterioso, a lo singular, a lo probable [...]. Alejada del espíritu, la inteligencia se hizo un mecanismo que prácticamente crea autómatas [...]. Destierro de las causas finales. Culto excesivo a las causas eficientes».
Muchas veces esta misma antigua música sonaba también en la cursiva de los editoriales anónimos que comenzaban cada entrega. Trataban fundamentalmente de problemas españoles pero, al menos en un par de ocasiones, los ocupó la contienda universal. En la cuarta entrega de la revista, con el título de «Ante la guerra», se leía que «bajo la palabra orden europeo nuevo se esconden ideas nobles y útiles [...]. El orden de ayer, el orden liberal y democrático de Europa, el orden de Gibraltar y Versalles, no pudo ser peor para la patria nuestra. Nuestra ira contra Europa se extiende más allá de los tiempos de la Ilustración: más allá del propio siècle de Louis XIV, hasta los tiempos de la Reina Isabel y sus piratas».
Importancia excepcional tuvo el apartado «Poesía», que se convirtió no solo en una muestra amplia de la lírica nacional sino también en un insustituible mirador a la poesía extranjera. En punto a lo primero, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre publicaron en Escorial avances de sus nuevos libros, al igual que lo hicieron Leopoldo Panero, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, José Antonio Muñoz Rojas, Germán Bleiberg, José Luis Cano y José García Nieto. Y al tiempo, las páginas de la revista revelaron al público nombres de procedencias poco ortodoxas alguna vez y destinados a un importante porvenir: José Luis Hidalgo, Blas de Otero, Carlos Bousoño, José María Valverde y Eugenio G. de Nora, entre otros. En cuanto a versiones de poesía extranjera baste recordar las traducciones de Rilke, Keats y Shelley por Leopoldo Panero; de Hölderlin, por Luis Díez del Corral; de Novalis, por Ramón de Garciasol; de Gerard Manley Hopkins, por José Antonio Muñoz Rojas; de Giuseppe Ungaretti y Salvatore Quasimodo por José María Alonso Gamo.
En las notas y reseñas literarias e históricas, Ricardo Gullón, Carlos Clavería, José Antonio Maravall, Enrique Azcoaga, Manuel Cardenal Iracheta y Manuel Muñoz Cortés tuvieron a su cargo la tarea de presentar la actualidad cultural y bibliográfica. Allí se habló de novela inglesa —tema de la máxima actualidad—, de la esencia de la poesía, del panorama editorial nacional, o del embrionario existencialismo. Conviene que no se nos hagan los dedos huéspedes, pero la latente contradicción entre los altisonantes propósitos iniciales —«la propaganda de la alta manera»— y los resultados finales —una revista de tono comedidamente liberal, a menudo— hablan claramente de las indecisiones y quizá los desencantos del grupo literario que le dio origen, atenazado entre una vocación intelectual de progenie nacionalista-liberal y el señuelo de la revolución y el totalitarismo del espíritu.
La posición del grupo falangista universitario —lo que el opusdeísta Vicente Marrero llamaría años después la «minoría astillada de 1936»— no se limitó a la publicación de Escorial. El 9 de septiembre de 1939 fue creado el Instituto de Estudios Políticos, «concebido —según escribe Payne— como brain trust de la FET, destinado a la formación de cuadros del partido y al estudio de toda clase de cuestiones ideológicas y políticas». Su primer director fue Alfonso García Valdecasas, un intelectual cuyos avatares muestran convenientemente el proceso de muchos futuros miembros del Instituto: como ya se ha apuntado, había sido parlamentario de la orteguiana Asociación al Servicio de la República; más tarde, había sido fundador del Frente Español y participado con José Antonio Primo en el mitin fundacional de Falange y, tras una fugaz militancia monárquica, fue recuperado por el equipo constitutivo de Jerarquía. Con él encontramos un importante grupo de universitarios muchos de los cuales promovieron en 1942 la creación de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas; allí estaban falangistas, católicos «propagandistas» e independientes: Francisco Javier Conde, Fernando María Castiella, Luis Díez del Corral, Juan Beneyto, José Antonio Maravall y Luis Jordana de Pozas, entre otros. Y estos instaron la colaboración posterior de gentes de las más diversas procedencias. Unos podían ser cautelosos liberales, como José Antonio Muñoz Rojas, Valentín Andrés Álvarez, Joaquín Garrigues y hasta Ramón Carande y Julián Marías; otros, monárquicos de Acción Española como Eugenio Vegas Latapie y Jesús Pabón, o monárquicos independientes como Melchor Fernández Almagro y el ya muy anciano «católico social» Severino Aznar.
Desde enero de 1941 el Instituto contó con la Revista de Estudios Políticos, que presentaba en cada número una o dos grandes colaboraciones, una nutrida sección de notas y reseñas, una recopilación bibliográfica —allí apareció (II, 1941) una madrugadora bibliografía de la guerra civil, debida al policía Eusebio Comín Colomer— y las crónicas nacional y extranjera, respectivamente redactadas por Bartolomé Mostaza, procedente del grupo católico de El Debate, y Pedro Mourlane Michelena, inclasificable veterano de la Escuela Romana del Pirineo. García Valdecasas cesó como director en 1942 y, tras un interregno, le sucedió Fernando María Castiella, de procedencia católica, que llevó los destinos de la revista hasta 1948 en que fue sucedido por Francisco Javier Conde, formado en Alemania (1933-1934) donde trató a personalidades jurídicas tan dispares como Hermann Heller y Carl Schmitt, a quien tradujo. En 1942 había utilizado las categorías de Max Weber sobre tipos de dominación política para elaborar su Contribución a la doctrina de caudillaje, más citada que leída, a la que siguió Representación política y régimen español (1945), cuyos conceptos presidirían todavía la peculiar invención de la «democracia orgánica» del franquismo, cuando ya Conde bogaba ágilmente por otras aguas políticas.
El mismo año de la aparición de la revista, el Instituto de Estudios Políticos publicaba un grueso trabajo de José María de Areilza, consejero nacional de Falange, y Fernando María Castiella, catedrático de Derecho Internacional, prologados por García Valdecasas: Reivindicaciones de España. En los comienzos de la segunda guerra mundial, que parecían tan ampliamente favorables a las armas del Eje, los dos jóvenes autores pretendían nada menos que crear una política exterior que respondiera a la «Revolución Nacional. Esto es, a una profunda mutación que cambia el signo de la Historia de España y la empuja con irresistible fuerza, de nuevo, hacia arriba». Y el objetivo era ocupar un lugar imperial en el mundo, «frente al edificio decadente y carcomido de los Imperios francés e inglés, ahítos de riqueza, podridos en su contextura moral, refractarios al reajuste social indispensable».84
Es fácil caricaturizar el libro de Areilza y Castiella como un catálogo de agravios coloniales, resuelto a la postre en una suerte de carta a los nuevos Reyes Magos que empieza por Gibraltar, sigue por la reivindicación del Oranesado, exige una sustanciosa ampliación del territorio continental de Guinea a costa del África Ecuatorial Francesa, y acaba con la reforma del estatus del protectorado marroquí (que asegure la unidad de Marruecos bajo protección española) y la apropiación de Tánger, además de un incremento de las posesiones saharianas. Pero, en buena medida, Reivindicaciones de España se pareció mucho más a un libro de historia apologética, bien informado y, como tal, no mal heredero de La leyenda negra, de Julián Juderías, aunque también ande emparentado con un artículo que —no por casualidad— apareció en el primer número de la Revista de Estudios Políticos: «El concepto de Imperio en el derecho internacional», del jurista alemán Carl Schmitt, asesor de Hitler en la doctrina del Lebensraum.
Pero lo cierto es que no se insistió demasiado en esta línea (suplida más activamente por el hispanoamericanismo cultural), como tampoco se volvió a incidir en las sugerencias del antiguo colaborador de Acción Española, Juan José López Ibor, «Notas para una política biológica» (número 4, 1941), donde el futuro cacique de la psiquiatría académica dio cuenta de las leyes raciales del nazismo y se acercó a las más delirantes teorizaciones de su amigo y colega Antonio Vallejo-Nájera, que en 1938 había publicado una Política racial del Nuevo Estado y en 1941 daría a la luz una venenosa Higienización psíquica de las grandes urbes. Como sucedió en Escorial, la afluencia de colaboradores de otras procedencias y la evolución personal del núcleo redactor originario acabó convirtiendo la Revista de Estudios Políticos en una miscelánea de tono nacionalista y conservador, salpicado de veleidades autoritarias y alguna vez sociales, que sobrevivió largamente.85
Páginas atrás se ha hablado de la gestación del Instituto de Cultura Hispánica que, más allá de sus ambiciones de imperio espiritual (a las que se consagró desde su fundación en 1946), fue —por orden de importancia— un importante arrimo económico de los intelectuales falangistas y sus amigos y una activa editorial que difundió importantes textos y documentos de la época colonial, obras de los contados escritores americanos afines al franquismo, ensayos de divulgación de todo tipo y buenos libros de poesía, a través de la colección La Encina y el Mar. Mantuvo también la publicación de varias revistas. Una de ellas, Cuadernos Hispanoamericanos (1948), ha subsistido hasta la fecha; nació con la finalidad de contrarrestar el alcance y significado de los Cuadernos Americanos, que surgieron en el México de 1942 por obra de la convergencia de intelectuales del país —Alfonso Reyes y Jesús Silva Herzog, su primer director— y notorios exiliados españoles, como León Felipe y Juan Larrea. El primer director de la revista española, Pedro Laín Entralgo (1948-1951), y el segundo, Luis Rosales (19511956), supieron convertirla en una decorosa publicación intelectual, mucho más lograda y eficaz que el lujoso magazine ilustrado Mundo Hispánico, que nació ese mismo año y sobrevivió hasta 1977.
Tampoco hizo mal su cometido otro inevitable beneficiario de estas prebendas, Leopoldo Panero, a quien se encargó la dirección del Correo Literario. Artes y Letras Hispanoamericanas, que vio la luz el 1 de junio de 1950 y llegó a su número 93 y último el 31 de marzo de 1954. Panero tuvo como subdirector a Faustino G. Sánchez Marín, que había sido su compañero en las tareas de censura que ambos ejercían por cuenta de la Vicesecretaría de Educación Popular. Pese a estos antecedentes y a los términos de la «Necesidad y propósito» que Panero publicó en el primer número, la revista fue una respuesta implícita al tono banal y militante de La Estafeta Literaria, de la que se hablará en seguida, y, en muchos órdenes, se acercó al clima de apertura y respeto intelectuales que, un año después, insuflaría Dionisio Ridruejo a su Revista, de la que también se dará cuenta. Sin embargo, Panero aseveraba buscar la «comunicación y el diálogo entre los pueblos de una misma habla», pero lo hacía muy consciente de que «esta necesidad la ha comprendido internacionalmente el comunismo y se ha aprovechado de ella [...]. Exagerando un poco pudiéramos decir que los únicos valores hoy vigentes y consagrados son los jaleados por su propaganda [...]. La literatura de estos últimos años apareció como si estuviera radicalmente afiliada a las izquierdas».
No en vano, la citada «Necesidad y propósito» concluía con la invocación «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...», pero afortunadamente tan piadosa fórmula no impidió que la revista hablara con encomio y conocimiento de causa de Pío Baroja (a quien entrevistó Carlos Edmundo de Ory en el primer número), de Ortega y Gasset (de quien escribió José Camón Aznar a propósito de su libro sobre Velázquez) o de la última poesía de Juan Ramón Jiménez (sobre la que se extendió el hispanista italiano Carlo Bo). Cada entrega llevaba una «Poética» de autor (sección que inició Vicente Aleixandre) y versos de varios poetas, habitualmente bien escogidos; desde el número primero se dio acogida a las memorias seriadas del ya inevitable Camilo José Cela, La cucaña, y desde el número 3, a las menos conocidas pero más valiosas de Luis Felipe Vivanco, La humildad de ser poeta; en esa entrega se iniciaron también las memorias de Eugenio d’Ors, Confesión de un hijo de otro siglo, suspendidas, sin embargo, en el número 6. A finales de ese primer año de circulación, el numero 11 (1 de noviembre de 1950) del Correo Literario incluyó la primera convocatoria de la Bienal Hispanoamericana de Arte, cuya dirección fue encomendada a Panero y que, dos años más tarde y en todos los órdenes, fue un notable éxito que contribuyó decisivamente a un cambio de parámetros estéticos en la plástica, siempre menos vulnerables a los prejuicios políticos.
LAS FUNDACIONES DE JUAN APARICIO: «EL ESPAÑOL» Y «LA ESTAFETA LITERARIA»
Un aspecto muy diferente al de Escorial y la Revista de Estudios Políticos presentaron las publicaciones periódicas de la Delegación Nacional que promovió Juan Aparicio, a quien ya hemos conocido como director de La Gaceta Regional salmantina durante la guerra civil y que en 1941 sustituyó a Dionisio Ridruejo como delegado de Prensa. A su numen se debe la expresión con que pretendía abarcar sus revistas y otras publicaciones oficiales del momento: eran a su entender «el INI del espíritu» porque cumplían la misma misión de entusiasmo e innovación que el Instituto Nacional de Industria desempeñaba al servicio de los ideales autárquicos de la economía. El Español, la primera de sus fundaciones importantes, surgió el 31 de octubre de 1942 como «semanario de la política y del espíritu», y desapareció en 1947 tras publicar 236 números. Volvió a ver la luz en 1953, directamente adscrita al Ministerio de Información y Turismo (siguiendo los destinos de la propia Delegación) y, una vez más aún, en 1963, bajo la dirección nominal de un falangista durmiente, Ignacio Agustí, como arma de las campañas del nuevo e hiperactivo ministro, Manuel Fraga Iribarne.
El Español distó mucho de la presentación cuidada y a la vez austera de Escorial. Si ya se ha dicho que el modelo de esta última había sido Cruz y Raya (hasta el punto de que ambas revistas se imprimieron en las mismas prensas madrileñas de Silverio Aguirre), El Español —y, más aún, La Estafeta Literaria— recordaban, en algo más que el formato y el nombre, la experiencia de La Gaceta Literaria de Ernesto Giménez Caballero, en la que, además, Juan Aparicio había hecho sus primeras armas como periodista cultural. El Español fue un semanario abigarrado, bastante mal compuesto, que se acomodó bien a su sensacionalismo —denuncia de maniobras «antiespañolas», artículos sobre los pilotos suicidas japoneses y las hazañas de los submarinos germanos, acusaciones sobre los cadáveres polacos de las fosas de Katyn...—, que alternaba con la información literaria, las evocaciones históricas, las entrevistas y encuestas y las novelas seriadas. Disponía de una serie de secciones fijas: los editoriales de política nacional, debidos a la pluma del propio Juan Aparicio; las «Cartas de Cosmosia», escritas desde Pamplona por Ángel María Pascual, el secretario de Jerarquía; la serie «De consolatione philosophiae», de Luis Ponce de León, un miembro de la fértil «quinta del SEU», y «El corazón me manda», de Miguel Villalonga, un exmilitar mallorquín tan inteligente como reaccionario. El Español tenía también una sección fija de economía y otra de política colonial; en sus páginas centrales, por último, siempre desarrollaba una evocación monográfica a cargo de varios articulistas.
La revista se complacía en la polémica y la consigna. En sus páginas podía leerse, por ejemplo, que «Pérez Galdós marcó una huella perniciosísima en la evolución del pensamiento de la democracia y la mesocracia españolas» (número 28, 1942), o que «el Quijote es un medio ser... En este siglo, Don Quijote hubiera sido un caso clínico de un psiquiatra de la escuela de Freud, Young [sic] o Adler, que hubiera diagnosticado sencillamente: es un caso de inadaptación al medio, consecuencia del celibato» (número 1, 1942). De cara al lector, sin embargo, El Español pretendió ser una publicación popular que se identificaba plenamente con una generación en marcha, la de los nacidos entre 1910 y 1920; a estos se refirió, ya al final de su trayectoria, un «Panorama de la nueva generación literaria» (número 216, 15 de enero de 1947), en el que terciaron Alfredo Marqueríe, Serrano Anguita, Pedro de Lorenzo, Víctor Ruiz Iriarte, Salvador Pérez Valiente y Juan Antonio de Zunzunegui. Pérez Valiente le atribuía allí como defecto principal «la inadecuación entre pensamiento y formas expresivas de la colectividad, subjetivismo, valoración romántica de la angustia..., limitación de temas respondiendo a unos deseos comunes minoritarios y a crisis inventiva, valoración de lo poético... Resumiendo, encrucijada, transición, ensayo». Al cabo, la revista rindió tributo también a la tradición literaria de signo liberal aparentemente abolida en 1939 y rindió un servicio inapreciable a los curiosos al publicar de forma seriada tres interesantes autobiografías: la de Luis Ruiz Contreras, la de Felipe Sassone y la de Melchor Almagro San Martín. También insertó novelas por capítulos desde su primera entrega: fueron títulos de mérito tan desigual como El tonto discreto, de Miguel Villalonga; Los chachos, de Pedro Álvarez; IV grupo del 75-27, de José Vicente Puente; Pabellón de reposo, de Camilo José Cela, y El malogrado, de Eusebio García Luengo, entre otras.
La Estafeta Literaria, otra invención de Aparicio, nació con periodicidad quincenal el 20 de marzo de 1944. En su condición de periódico de las letras y las artes tenía el mismo abigarramiento de dibujos de colorines y la misma e ilegible densidad tipográfica que El Español. Pero La Estafeta tenía la dedicación que pregonaba su nombre y es innegable que supo componer una imagen pública del escritor, un poco bon vivant, un poco bohemio, un poco regeneracionista y siempre patriota, siguiendo los pasos de La Gaceta Literaria, su más cualificado precedente en el intento de convertir en algo normal el ejercicio profesional de las letras. Disponía de secciones fijas provistas de los caprichosos enunciados, típicos de la onomástica de Juan Aparicio: «Reparto de medianoche», «A muerte», «Sello de urgencia», «Troteras y danzaderas» (homenaje a Pérez de Ayala...), «Nana, nanita, nana», «Quien canta su mal espanta»... De ese modo, con una mezcla de desenfado y dogmatismo, se despachaban completos noticieros literarios, ecos de novedades musicales y artísticas, reseñas de libros y una apretada sección de crónicas de la vida en provincias. Igualmente se dedicaban las páginas centrales al desarrollo de un tema, o a encuestas acerca de las más diversas materias, y hubo, por último, hasta una sección de grafología de los escritores. La Estafeta Literaria, destinada a una nueva resurrección en 1957, concluyó su primera época en el número 40 (1946).
Un año después que La Estafeta surgió Fantasía, «semanario de la invención literaria» (y luego revista quincenal), que, nacido el 11 de marzo de 1945, llegó a publicar treinta y ocho números. La revista recogía solo colaboraciones de creación con una notable calidad literaria, casi siempre: Azorín, Juan Ramón Jiménez, José María Pemán, Miguel Mihura, Samuel Ros, José García Nieto, Tomás Borrás, José Luis Cano, Leopoldo Panero, Ernesto Giménez Caballero, entre otros, publicaron sus originales en Fantasía, que asumió como suya —el nombre lo pregona— la parte amable y soñadora de la brega político-literaria de su hermana mayor, La Estafeta.
EL ECLIPSE DE LA FALANGE INTELECTUAL Y LA CONTRARREFORMA CATÓLICA
La evolución de las ideas políticas que he señalado en un sector de Falange no pasó inadvertida a los grupos conservadores que compartían la victoria de 1939 y aceptaban con más entusiasmo el arbitraje de Franco. En enero de 1942, el confuso atentado perpetrado por unos falangistas en la iglesia de Begoña, dirigido al parecer contra los tradicionalistas y no contra el general Varela, que presidía la ceremonia, motivó la separación del gobierno de Ramón Serrano Súñer, que fue reemplazado por el conde de Jordana en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Con la remoción de Serrano acabaron las incautas complacencias con el nazismo y, por añadidura, la influencia del grupo de Escorial y las esperanzas políticas de hegemonía intelectual que albergaban sus componentes. Y muy pronto se advirtió que los católicos y los simplemente franquistas, sin otra filiación perceptible, estaban destinados a recoger la herencia en disputa.
Y en los medios falangistas empezó a hablarse de «la revolución pendiente», un duradero mantra que arropaba las ternes esperanzas pero reconocía, en el fondo, la impotencia de hacerlas efectivas, algo ya viejo en un partido que siempre habló de «amaneceres» por llegar y cuyo propio himno enunciaba sus objetivos en tiempo futuro. La omnipresente Delegación de Prensa y Propaganda pasó a depender del Ministerio de Educación Nacional, gobernado por el antiguo «propagandista» José Ibáñez Martín, que había sido «asambleísta» con el dictador Primo de Rivera y diputado de la CEDA: un currículo autoritario ejemplar pero que nada tenía que ver con el falangismo. Frente los cautelosos pujos laicistas que Falange debía a su progenie orteguiana —quizá sea esta, como se ha señalado a menudo, la característica principal del grupo de Ridruejo y Laín—, la nueva reacción conservadora, que comenzó por atribuirse la dirección espiritual del alzamiento de 1936, postulaba un retorno a las esencias patrióticas y religiosas de una línea política y cultural que comenzaba en Menéndez Pelayo, seguía con el carlismo integrista de Juan Vázquez de Mella y finalizaba en Ramiro de Maeztu y el grupo de Acción Española.
Muy pronto, el portavoz de aquella ideología fue una fundación estatal destinada a heredar el legado material y una parte del significado político de la extinta Junta para Ampliación de Estudios: así se creó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), cuya presidencia asumió el ministro. Y muy pronto una revista, Arbor, se convirtió en 1945 en órgano oficial del Consejo. Nació en Barcelona por iniciativa de Rafael Calvo Serer, Raimundo Pániker y el sacerdote Ramón Roquer en marzo de 1943 y su primer director fue Fray José López Ortiz, agustino, al que sucedió en 1946 el catedrático José María Sánchez de Muniain. Con Arbor se hizo patente la contrarreforma ideológica que se pretendía: nombres nuevos —Rafael de Balbín, Santiago Galindo Herrero, Vicente Marrero, Gonzalo Fernández de la Mora, Leopoldo Eulogio Palacios— lidiaron las escaramuzas de una lucha en la que los enemigos naturales eran los falangistas de Escorial. Con una innegable sagacidad, Calvo Serer anunciaría, en un ruidoso artículo del número de diciembre de 1947 de Arbor, la presencia de una nueva generación, la que él llamó de 1948:
Ante las ruinas de la modernidad, la generación nueva ha comprendido claramente que solo el catolicismo puede vertebrar a España. Únicamente el desconocimiento de nuestra historia, que no es perdonable tras Menéndez Pelayo, puede negar esta elemental verdad.86
Les importaba poco que un artículo y un libro, ya citados, de Pedro Laín Entralgo, hubieran dado cuenta de su deuda y su posición frente al gran referente de la restauración neocatólica. Importaba más que, a la vez, Laín hubiera consagrado otro volumen al rescate de la peligrosa generación del 98 y que todos ellos remitieran a Ortega y Gasset, contra quien figuras muy destacadas del clero iniciaban por entonces una campaña de desinfección muy ruidosa. La polémica entre la generación de 1936 y la que se autotitulaba de 1948 estalló ante la publicación del libro de Laín Entralgo, España como problema (1949), donde el autor aceptaba la reciente tesis de Ramón Menéndez Pidal sobre «las dos Españas» y donde se propugnaba una política de comprensión y persuasión, aunque no exactamente de concordia. Florentino Pérez Embid reseñó con dureza el volumen en Arbor y en noviembre del mismo año apareció la primera edición de España sin problema, de Rafael Calvo Serer, quien se convirtió en poco tiempo en el líder indiscutible del nuevo grupo cuya identidad más reconocible, dentro de la obligada discreción que usaban sus afiliados, era la pertenencia al Opus Dei. En cosa de un quinquenio, aquellas consignas de Camino, de Escrivá de Balaguer, que se citaron páginas atrás, habían hecho estragos entre los universitarios católicos desmovilizados, deseosos de una disciplina intelectual fuerte, de un catolicismo elemental y voluntarista, y de una justificación espiritualista de sus ambiciones profesionales. El Opus Dei y la singular figura de su fundador Escrivá —megalómano y, a la par, campechano; temible en sus cóleras pero astuto y obsequioso con los influyentes— no aportaron nada a la teología ni a la historiografía católicas, pero crearon una suerte de moderno sistema de autoayuda y pusieron los cimientos de una organización tan rígida en la obediencia como bien adaptada a la supervivencia y el triunfo en la vida laica.
En julio de 1951 la llegada al Ministerio de Educación Nacional de Joaquín Ruiz-Giménez supuso un efímero apoyo para el espíritu de los miembros de la promoción de 1936. Ruiz-Giménez era «propagandista» de origen pero se había movido siempre en la cercanía intelectual de los falangistas. Y estos, si bien vieron desaparecer Escorial, ocuparon cargos importantes y significativos en la nueva estructura: Laín Entralgo, por ejemplo, se vio colocado en el Rectorado de la Universidad de Madrid; Antonio Tovar, en el de la Universidad de Salamanca, y gentes más jóvenes —Joaquín Pérez Villanueva, Torcuato Fernández Miranda, Antonio Lago Carballo, Gaspar Gómez de la Serna...— desempeñaron otros cargos de confianza. Y, sobre todo, Dionisio Ridruejo, el amigo de todos, vio suavizarse su incómoda situación personal, que empezaba a ser el más visible de los signos de la decadencia de una ilusión y de la fortaleza de sus rivales.
Ridruejo había intentado reavivar sus convicciones convirtiéndose en voluntario de la División Azul, como ya sabemos. Evacuado de Rusia por su endeble salud en 1942, el 7 de julio de ese mismo año dirigió una carta personal a Franco que le pormenorizaba su estado de ánimo: «Cuando llegué a España, tras una ausencia larga e ilusionada, tuve, en mi choque con la realidad, una impresión penosa que no quise dejar de comunicar a V. E.». Pensaba, sin ambages, que la mayor culpa del desengaño se debía precisamente al general Franco, que no había convertido al nuevo partido unificado de 1937 en un verdadero gobierno: «Falange gasta estérilmente su nombre y sus consignas, amparando una obra generalmente ajena y adversa», a la vez que «el Movimiento se desprestigia por su burocratismo inoperante al tener que soportar frente a sí otras fuerzas más reales», que son las verdaderas responsables de la generalización del estraperlo, de la hambruna, de la falta de política militar, de la «confusión y arbitrariedad en el problema de la justicia» e incluso de los arteros movimientos de «los anglófilos de ocasión».87
Es patente que Ridruejo seguía siendo un fascista convencido, pero también que no iba a ser un ruidoso Curzio Malaparte a la española, ni a llevar a cabo una cauta evolución que le permitiera desembarcar sin ruido en la democracia, como le sucedió a Giuseppe Bottai, ni tampoco iba a protagonizar el salto mortal que llevó a algunos strapaesani, como el escritor Mino Maccari y el pintor Renato Guttuso, del fascismo al comunismo. Desde un comienzo, Ridruejo centró su viaje espiritual en el implacable autoanálisis de la clase social a la que pertenecía (la que luego llamó con sorna «el macizo de la raza») y las circunstancias, frustraciones y delirios que la habían llevado al fascismo. Fue, de todos sus camaradas, el que más tempranamente perdió aquella grata sensación (compartida por todos) de que tenían a su cargo la vida espiritual del país, por legítimo derecho de conquista. Y su punto de llegada fue una necesidad de diálogos y de pactos interpersonales y un horizonte de ideas laicas y moderadamente socialdemócratas.
El castigo de su insubordinación fue un confinamiento en Ronda, tras haber tenido que renunciar a todos sus cargos y, sobre todo, a la dirección de Escorial; luego, su paradero fue modificado en mayo de 1943, cuando la intervención de algunos amigos catalanes —fundamentalmente Juan Ramón Masoliver— le permitió cambiar Andalucía por Cataluña, aunque sin permiso para residir en Barcelona. El encuentro con un paisaje natural menos agreste y más amable, con una sociabilidad más abierta y con la posibilidad de escribir de nuevo en la prensa fueron decisivos en su trayectoria e incorporaron para siempre el hasta entonces ignorado «hecho catalán» a sus previsiones ideológicas y políticas. Y, al cabo, el encuentro con una mujer catalana, Gloria de Ros, con la que se casó en 1944, estabilizó su convulsa vida afectiva (antes había sido medio novio de Marichu de la Mora, la edecán de Pilar Primo de Rivera, que quizá tuvo algunos celos de su atractiva ayudante).
Siempre rodeado de sus amigos, Ridruejo se convirtió en la mala conciencia de todos y en el receptor propicio de sus dudas, aunque siempre procurara que la autoridad espiritual de aquel grupo recayera en Laín Entralgo. La riquísima correspondencia intercambiada por uno y otros, que hoy conocemos, revela muy bien los términos de ese ascendiente moral que Ridruejo tuvo sobre tantas personas; algunos de ellos sufragaban sus gastos con largueza y todos le confidenciaban sus cuitas. Antonio Tovar, por ejemplo, le confió —¡el 10 de enero de 1945!— sus impresiones de la batalla de las Ardenas y sus inverosímiles ensueños de impenitente germanófilo: «¿Has visto la ofensiva de los alemanes? ¡Qué tíos! Están a una altura mítica de verdaderos superhombres, mientras que Churchill, Roosevelt y Eisenhower se quedan en enanos». De Torrente Ballester, que en 1943 le dedicó Javier Mariño. Historia de una conversión, soportó sus quejas por las cominerías de la censura, por su poco éxito literario y por su frustración general. «Pienso que como escritor y como falangista —le escribía Torrente en enero de 1940— tengo algunas cosas que decir, y que si Falange acaba cerrándome sus puertas, tendré que concluir entregándome (si me quiere) a la prensa reaccionaria». En 1943, a la hora de enviarle el libro dedicado, sentía todavía la mayor de las frustraciones: «Estoy lo mismo que en 1936 [...]. A veces se me ocurre pensar que nuestra historia se parece a los viejos napoleónidas, que arrastraban sus recuerdos por los rincones de Francia, dejados un poco atrás por la Historia». Y es que ya no esperaba «revivir las horas brillantes en que la Historia la hacíamos nosotros».88
En 1948 Ridruejo fue a Roma como corresponsal de la agencia PYRESA, adscrita al sector nacionalsindicalista del régimen, donde trató estrechamente al entonces embajador en Roma, Ruiz-Giménez, e intimó con el capellán de la casa, Federico Sopeña. Regresó, ya a Madrid, en 1951 y fue el promotor de la última revista donde el grupo al que tantas veces hemos hecho alusión hizo acto de presencia colectiva: «En el año 1952 —escribe el propio Ridruejo—, un amigo mío de Barcelona, el industrial Alberto Puig [Palau], me comunicó su deseo de lanzar una revista de formato popular y colaboración selecta para trabajar genéricamente por la liberalización del país».89 El resultado fue Revista, que, desde el 17 de abril de 1952, reunió las firmas de importantes intelectuales catalanes y del resto de España, bajo la espectacular cabecera que dibujó Salvador Dalí, que acababa de regresar a su casa de Port Lligat: Gregorio Marañón, Eugenio d’Ors, Ramón Serrano Súñer, Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo, José Luis L. Aranguren, Camilo J. Cela, Cesáreo Rodríguez Aguilera, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, José María Valverde, además de los catalanes Miguel Masriera, Martín de Riquer, Jordi Rubió i Balaguer, Jaime Vicens Vives, José María Castellet y Carles Riba. En cierto modo, la publicación de Revista formó parte de una brillante ofensiva cultural de publicaciones diferentes: el viraje de Destino, al que ya nos hemos referido; la aparición de Ínsula (1946), de Enrique Canito y José Luis Cano, tan decidida a no establecer distancias entre el interior y el exilio; la tímida salida de El Ciervo (1950), revista barcelonesa, dirigida por Lorenzo Gomis, que fue el medio de expresión del catolicismo avanzado (en los parámetros de los sectores renovadores de la Acción Católica, aunque procediera del grupo de «propagandistas»), y la evolución de la segunda etapa de Índice (1951), que Juan Fernández Figueroa compró al galerista Tomás Seral y Casas (que la fundó en 1949), y que fue con el tiempo una interesante experiencia de sustrato falangista y pujos progresistas.90
Ninguna de estas publicaciones, con la excepción del errático y duradero Índice, tuvo las ambiciones y la centralidad de Revista. El régimen no había cambiado mucho pero se generalizaba la sensación, más que la realidad, de que el juego de posibilidades abierto pedía una recapitulación de las etapas personales. Y allí estuvo el papel de Revista y de Ridruejo, siempre decididos a reconocer e interpretar como una ruta decidida los éxitos de los suyos. Por eso no fue casual que Revista discutiera largamente, como ya sabemos, el concepto y alcance del término «generación de 1936» por las plumas de Ridruejo, Juan Fernández Figueroa, Gaspar Gómez de la Serna, Ricardo Gullón, José Luis López Aranguren y Julián Marías, nada menos.91 No se trataba de negar la legitimidad histórica del 18 de julio, por supuesto... En el número 14 (17 de julio de 1952), bajo una preciosa fotografía de Francesc CatalàRoca que representaba una espadaña rota, donde se posaba una cigüeña, Ridruejo recordó —en términos abstrusos pero significativos, y hasta concesivos— que el aniversario de la sublevación «no solo es un hecho consumado y negativamente resolutivo —que lo es también y en ello estamos— sino una ocasión, una alta ocasión: la de devolver un proyecto o razón de ser a la unidad española y asentar las bases de una supuesta convivencia social». Tampoco se olvidaba el significado de la ocupación franquista de Barcelona, el 26 de enero de 1939, lo que era, sin duda, bastante menos oportuno. El número 42 (29 de enero de 1953) lo hizo, de nuevo bajo una foto de Català-Roca (un niño juguetea con las palomas de la plaza de Cataluña). Ridruejo recordaba que «los barceloneses remembraron aquella sensación de júbilo, descanso, paz, redención... al fin, después de haber tenido que soportar tantos desengaños, humillaciones, indignaciones secretamente evaporadas y miserias sin cuento».
No es fácil que gentes como Carles Riba, Jordi Rubió i Balaguer o el científico Miguel Masriera, todos colaboradores de Revista, endosaran sin más que la pérdida de sus puestos de trabajo, los años de destierro o las restricciones que su vida pública padecía eran avatares que formaban parte del «júbilo» o la «redención» logrados en 1939, aunque sabe Dios lo que significarían aquellas «indignaciones secretamente evaporadas» de la críptica prosa de Ridruejo. Quizá en nombre de ellas, Riba y otros escritores catalanes, como J. V. Foix, habían acudido, con algunas reservas, a los Congresos Nacionales de Poesía de los años 1952 (Segovia) y 1953 (Salamanca), organizados por el Ministerio de Ruiz-Giménez y que, a pesar de los pesares, sellaron el reconocimiento tácito de muchas legitimidades... literarias, cuando menos, en la España de aquel decenio de deshielos.92 Por eso, Revista informó cuidadosamente de su celebración, a la vez que, en julio de 1953, Ridruejo protestaba —en el artículo «La culpa a los intelectuales (carta a Juan Aparicio)»— de la intempestiva y provocadora reaparición de El Español, fiel a los malos modos de 1942.
Interesaba sumar y detectar síntomas de cambio. Y a esta esperanza de reformas se apuntó también Pedro Laín Entralgo, que, en el número 25 (2 de octubre de 1952) publicó una calurosa reseña de «Tres libros mañaneros» donde colmaba de elogios tres ensayos universitarios muy distintos: Estudios sobre la palabra poética, de José María Valverde; Sermones, del excelente musicólogo y sacerdote de vocación tardía, Federico Sopeña, y Los diálogos perdidos, del jovencísimo jurista Rodrigo Fernández-Carvajal, en cuyas páginas las burlas alcanzaban a las recientes interpretaciones clericales de Unamuno, a los libros de Rafael Calvo Serer, al «descubrimiento» de la «novela católica» y a la fundación del Instituto de Humanidades, por parte del recuperado Ortega y Gasset. Pero otros libros de una nueva época también tuvieron condigna acogida: así, Catolicismo y protestantismo como formas de existencia (1952), el excelente ensayo de José Luis L. Aranguren; la renovadora Aproximación a la historia de España (1952), de Jaime Vicens Vives, e incluso la novela Los cipreses creen en Dios (1953), de José María Gironella, que fue reseñada certeramente por Aranguren (número 101, 18 de marzo de 1954).
También fueron, sin embargo, años de inevitables melancolías falangistas. Mientras aún recibía toda clase de plácemes por su exquisita y anacrónica novela La vida nueva de Pedrito de Andía (1951), Rafael Sánchez Mazas decidió recoger lo más militante de su obra política para formar un volumen de título inapelable, Hermandad, Fundación y Destino (1957), que le publicó Ediciones del Movimiento; lo abría la carta personal que le había enviado José Antonio Primo desde la prisión de Alicante, en 1939, y lo cerraba la famosa «Oración a los muertos» que él escribió en 1934. Y, además de un prólogo de Eugenio Montes, llevaba a su frente el texto autógrafo «Ni me arrepiento / ni me olvido», firmado en la «primavera de 1957». La colección de Ediciones del Movimiento donde se publicó se había iniciado en 1953 con otro libro similar del prologuista, Eugenio Montes, titulado La estrella y la estela, que a su vez había sido prefaciado por Sánchez Mazas. Y la solapa anunciaba «colaboraciones ofrecidas» de Laín Entralgo, Antonio Tovar y Javier Conde, que ya no parecían estar en aquellas calendas para tales ofrecimientos... Publicaron, sin embargo, un notable ensayo de un falangista y letrado de las Cortes que ocupó cargos de relieve en el Ministerio de Ruiz-Giménez: me refiero a España en sus episodios nacionales. Ensayos sobre la versión literaria de la historia (1954), de Gaspar Gómez de la Serna, cuyos capítulos trataban con información y desparpajo de los antecedentes (Pedro Antonio de Alarcón y Galdós) de la escritura de novelas históricas sobre la memoria cercana, hasta llegar —pasando por Valle-Inclán, claro...— a los escritores más recientes que abordaban la guerra civil —Rafael García Serrano, Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo y José María Gironella—, sobre los que el autor opina con notable independencia de criterio.
El trabajo de Gómez de la Serna mostraba que no era fácil desprenderse del pasado pero se podía intentar, por lo menos, rescatar una parte de él para el siempre incierto futuro. Y, de hecho, estos años fueron pródigos en este tipo de ejercicios. El cineasta José Antonio Nieves Conde, una de las primeras promesas del cine falangista en 1939, dirigió la película Balarrasa en 1950 y obtuvo un impensado éxito comercial: la idea era convertir en un heroico misionero, que muere en Alaska, a quien había sido un valiente y juerguista alférez provisional al que sus compañeros del frente dieron el sobrenombre de «Balarrasa»; por el camino, la muerte de un camarada, que le suplió en una guardia, le llevó a la conversión y al sacerdocio, pero también a lograr enderezar el rumbo de su familia, unos adinerados vencedores de la contienda que se habían entregado a los vicios o a la molicie de una posguerra quizá demasiado fácil para los ricos. Un año después, el éxito de la película aseguró la producción de Surcos (1951), quizá la muestra más recordada del escaso cine falangista y no ajena a la lección formal del cine neorrealista italiano. Como una parte importante de este, también Surcos tenía bastante de populismo moralizante, al que en este caso se sumaba la condena de la emigración de campo a la ciudad y una genérica y borrosa identificación de la burguesía triunfante y la delincuencia organizada, adobado todo con un remate piadoso que la censura impuso. Los guionistas de Surcos fueron nuestros conocidos Eugenio Montes y Gonzalo Torrente Ballester. El crítico cinematográfico de Revista, Juan Francisco de Lasa, no escribió sobre ella, aunque María Luz Morales y Pedro Laín Entralgo habían hablado previamente con entusiasmo de Stromboli, de Rossellini, y Milagro en Milán, de De Sica. Lasa prefirió hacerlo del estreno privado de Los olvidados, de Luis Buñuel, en Barcelona (número 31, 13 de diciembre de 1952), aunque echara de menos, cómo no, una dimensión religiosa en las imágenes del veterano director exiliado.
Ridruejo quería afanosamente tirar de los dos lados en busca de un acuerdo que se revelaba imposible. Sabía, por supuesto, que la parte más ardua les tocaba a ellos, a quienes lo ofrecían, y a los vencedores de la guerra —de buena o mediocre voluntad— se dirigió en un artículo tan revelador, y tan transparente, como fue «Excluyentes y comprensivos» (número 53, 17 de abril de 1952). Y en el mismo sentido publicó antes otro, no menos resonante, que tituló «Conciencia integradora de una generación» (número 50, 26 de marzo de 1952). Allí confirmaba la «representatividad generacional» de José Antonio Primo de Rivera y proclamaba la jefatura espiritual de Laín Entralgo, mandatos que, de algún modo, se extendían a todos los signados por aquella fecha de 1936, obligados por la Historia a ser «comprensivos»:
Uno de los modos de expresión de esta generación es haber vivido la guerra y poner en sus consecuencias una voluntad de último episodio... Es la generación que debe pagar la cuenta, que debe arreglar las cuentas y que —fragmentada y tironeada por sus fragmentos escindidos, tan peligrosos como estimulantes— no conocerá probablemente la tranquilidad ni podrá dar a su creación —historificada hasta la médula— aquella plenitud de individualidad integral que otras consiguieron.93
LA EXPERIENCIA FALANGISTA DE LAS NUEVAS PROMOCIONES
Los sucesos de febrero de 1956 acabaron destempladamente con todo este clima y aquella esperanza. En octubre de 1955 estaba convocado un Congreso Universitario de Escritores Jóvenes, al que Laín Entralgo dio acogida como rector de la Universidad de Madrid, pero que fue suspendido al coincidir sus fechas con el fallecimiento de Ortega y Gasset, un hecho cuya repercusión intelectual hizo saltar las alarmas de todos los elementos más activos del franquismo. El 1 de febrero de 1956 se hizo público el llamamiento de un Congreso Nacional de Estudiantes, en cuya convocatoria se sospechaba —con bastante razón, por cierto— que había infiltrados grupos de la oposición clandestina. El 9 de febrero un grupo «espontáneo» de falangistas, enviados por la policía del ministro Blas Pérez, asaltó las dependencias de la universidad y los disturbios siguieron en la calle a lo largo de la jornada siguiente, que era el Día del Estudiante Caído, proclamado en memoria de Matías Montero, asesinado en 1934. En un enfrentamiento de falangistas y estudiantes en la calle de Alberto Aguilera, cerca del cruce con Princesa, un tiro —seguramente disparado por policías de paisano— alcanzó a un joven falangista al que se dio por muerto aunque solo fue herido gravemente. Los hechos indignaron, sobre todo, al Ejército y las consecuencias políticas fueron inmediatas: Laín dimitió del Rectorado el día 12; Ruiz Giménez fue cesado del Ministerio de Educación por Franco el día 16. Y de ese modo concluyó aquella experiencia política empezada en 1951 y que los recuerdos posteriores magnificaron tanto. Nació la leyenda de los «falangistas liberales» pero Falange desapareció como posibilidad política, pese al baldío intento de José Luis Arrese Magra, fugaz vicesecretario general del Movimiento, y de José Antonio Girón de Velasco, que todavía perduró hasta 1957 como ministro de Trabajo, quienes buscaron una institucionalización falangista del franquismo y, cuando menos, un nuevo periodo de gracia.
Franco revalidó la autonomía militar y dio su parte de poder al grupo de tecnócratas que iniciaron el desarrollismo. Pero también perdió algo en estas jornadas. Allí se gestó la derrota cultural de lo que nació en 1936 y solo hubo que esperar para que ese quebranto se hiciera escandalosamente evidente en los años sesenta, a favor de la nueva Ley de Prensa y, a la vez, a despecho de las sanciones y sobornos que prodigó Manuel Fraga Iribarne, su inventor.94 Ese año de 1956 vio, por ejemplo, la publicación de El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, que fue una inmersión radical en el lenguaje y en las vivencias de un grupo social nuevo —los jóvenes trabajadores que acudían a bañarse al río— y de otro de más edad que había vivido la contienda de 1936 y sobrevivía con alegría y decoro, el de los paisanos y las familias que pasaban el día en la venta, a la sombra de un soto. Y todos lo hacían a las orillas de un río que era, naturalmente, el de Heráclito, siempre fugitivo, pero también el que había visto una de las enconadas batallas de la guerra civil, como sabían los bañistas. Un año antes, el filme de Juan Antonio Bardem Muerte de un ciclista hizo ver una ruidosa protesta de estudiantes..., aunque el motivo fuera en este caso una calificación injusta por parte de un profesor —hermano de un «héroe de la Cruzada»—, cuya vida moral acababa de tocar fondo.
Por todo eso, no dejaba de ser el síntoma de un eclipse inminente que aquel año de renovación editorial —hacía poco se habían puesto en marcha la Biblioteca Breve, de Seix Barral, y la aventura intelectual de Taurus, en Madrid—, El Grifón de Plata recogiera la edición numerada de un pulcro volumen en cartoné, con cubierta argentada, que contenía una colección póstuma de los artículos de Pedro Mourlane Michelena, bajo el título unamuniano de Arte de repensar los lugares comunes. Desde 1915 aquel testigo de tantas cosas, siempre fiel a sí mismo y a su prosa nítida y desenfadada, no había visto impreso un libro suyo; el último fue, pues, aquella edición numerada de 1.600 ejemplares que escoltaban un prólogo de Eduardo Aunós, su fiel imitador (y conocido patrón de negros literarios), y un soneto final de Lope Mateo: me parece que allí se mentaban por vez postrera «tu noble doctrinal de habladas prosas» y se llamaba a don Pedro «canciller de albas y rosas».
Los nombres de los detenidos por los hechos de febrero de 1956 dieron una considerable sorpresa a muchos. Se había llevado a los calabozos de la Puerta del Sol a un vencedor que había dimitido de tal, como Dionisio Ridruejo, y a bastantes hijos de familias burguesas de pro: Miguel Sánchez Mazas era hijo de uno de los fundadores de Falange; Javier Pradera era nieto de un tribuno carlista, Víctor Pradera, fusilado en Madrid durante la guerra civil; José María Ruiz Gallardón era hijo del respetado cronista de las victorias «nacionales», El Tebib Arrumí. Con ellos estaban Enrique Múgica Herzog y Ramón Tamames, de prominentes ascendientes, y Gabriel Elorriaga, el único que aprendería en seguida la lección y volvería al redil franquista para hacer carrera política. Aquellos muchachos, nacidos entre 1925 y 1935, habían conocido los primeros campamentos juveniles, quizá el manual de literatura «de España y su Imperio» de Giménez Caballero, los tebeos de Flechas y Pelayos, Juan Centella y Roberto Alcázar y Pedrín, y la fastuosa revista Signal, pródigamente distribuida por la embajada alemana. Sabían poco, en cambio, del racionamiento de alimentos, aunque sí algo de los coches con gasógeno porque sus familias solían tener automóvil. Muchos de aquellos «jaraneros y alborotadores» (la frase fue acuñada por el propio Franco), que habían participado en las jornadas de febrero, lo hicieron porque encontraron su primera tentación ideológica en la vaga persistencia de un falangismo social y renovador, compatible con la aparición de un catolicismo más comprometido, y se creyeron traicionados por un régimen conservador y corrupto.
Muy a menudo ambos ascendientes —el populismo falangista y el catolicismo social— se solapaban en aquellas revistas universitarias que entre los años 1945 y 1955 airearon con energía e ingenuidad opiniones que bordeaban a menudo los límites de la censura oficial: Alférez (1947-1949), que dirigió Rodrigo Fernández-Carvajal; la segunda época de La Hora (1948-1955), con Jaime Suárez, Miguel Ángel Castiella y Marcelo Arroita-Jáuregui, y Alcalá (1952-1955), la más importante, fueron revistas del SEU madrileño y la última, emblema de su Jefatura Nacional; Barcelona, por su parte, contó con Laye (1950-1953), órgano de la Delegación de Educación Nacional, en cuya redacción figuraron José María Castellet, Manuel Sacristán, Juan Carlos García Borrón, Carlos Barral, Alberto Oliart, Jesús Ruiz y Juan Ferraté entre otros.95
En estas páginas dieron sus primeros pasos escritores como Julián Ayesta, Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite; economistas como Carlos Muñoz Linares, Juan Velarde Fuertes y Enrique Fuentes Quintana; profesores universitarios como el malogrado antropólogo Ángel Álvarez de Miranda y los filósofos José María Valverde y Carlos París. El último no tardó en llegar al Partido Comunista a través de las actividades sociales en el suburbio madrileño de El Pozo del Tío Raimundo, promovidas por el jesuita José María Llanos, que también había sido fervorosísimo falangista en su juventud. Sin embargo, París siempre recordó aquel tramo del pasado con simpatía, le dedicó una novela de título revelador en su ironía —Bajo constelaciones burlonas (1981)— y lo sigue teniendo presente en sus memorias:
Por aquellos tiempos, en un gran edificio de la calle de Alcalá y próximo a la Cibeles, estaba aposentada la Secretaría General del Movimiento, es decir de FET y de las JONS. Unas flechas y un yugo gigantescos cubrían la fachada, y centinelas armados con fusil y uniformados con camisa azul y boina roja custodiaban las entradas [...]. En la última planta se situaba la redacción de aquellas revistas. Eran estas: primeramente, y a fines de los cuarenta, La Hora, que se repartía en la universidad y tenía el aspecto de un periódico diario, posteriormente, Alcalá, mucho más cuidada y pretenciosa. Tanto que su formato reproducía la «proporción áurea» por inspiración de los conocimientos técnicos y matemáticos de Miguel Sánchez Mazas. El director era Jaime Suárez, un activo personaje, abogado, que en tiempos posteriores trabajó con Serrano Súñer, y del cual no he vuelto a saber desde aquellos lejanos años. El grupo que se reunía para progra-
mar y discutir la trayectoria de ambas revistas era muy variado.96 No había mucho más donde elegir, para publicar o para discutir, pero la nostalgia de aquellos años fue general: se atribuía a Carlos Barral y a sus amigos nombrar siempre a su revista barcelonesa como «Laye, la inolvidable». Juan Velarde, siempre el más fiel al falangismo originario, escribió de aquel entonces —con precaria sintaxis delatora— en ocasión de la muerte de su amigo Rodrigo Fernández-Carvajal y trazó, de paso, un cuadro revelador de las insuficiencias culturales del momento y del entusiasmo que las suplía:
Eran los momentos en que yo buscaba en la música profunda, de fondo, que hallaba en Azorín, Maeztu, Unamuno, Ortega y que me llegaba actualizada en España como problema de Pedro Laín Entralgo, o en la religiosidad de un San Ignacio de Loyola, de una Santa Teresa de Jesús o de un San Juan de la Cruz, que volvía a hallar, de algún modo en la interpretación que del ora et labora de San Benito daba, subido a su tractor Thomas Merton, o en la novelística británica que desde Chesterton llegaba a Bruce Marshall y, muy especialmente, a Graham Greene, o en los rugidos de Léon Bloy y los agobios de Papini, o en España, las reorientaciones que procedían del P. Ramón Ceñal S. J. El descubrimiento de Alférez que dirigía Rodrigo Fernández-Carvajal, fue, para mí, deslumbrador. Más concretamente, los artículos de Rodrigo Fernández-Carvajal, se convirtieron en un continuo «esto sí es». Pasé a considerar que tenía a mi disposición el faro adecuado y que, si seguía sus señales sin extravíos, no me equivocaría en lo importante. Naturalmente, todo lo completó la lectura de algún otro ensayo de Rodrigo Fernández-Carvajal en La Hora y en Alcalá y, sobre todo, la llegada a mis manos de Los diálogos perdidos, el primer libro de nuestro compañero, donde reunió colaboraciones que también había publicado en Cisneros, en Signo y en Finisterre.97
Pero, como puede verse en un simple repaso de la nómina transcrita, muy pocos perseveraron en sus creencias de primera hora. Quizá el canto del cisne de aquellas ideas fue un texto que nunca se dio a conocer y que procedía precisamente de la redacción de Laye. En él pusieron mano su responsable principal, el sociólogo Esteban Pinilla de las Heras (que lo publicó treinta años después), con Manuel Sacristán, José María Castellet y el futuro diplomático Vicente Girbau. El título ya es paladino, «Manifiesto de las generaciones ajenas a la guerra civil», y el texto está lleno de propósitos evangélicos, denuncia de desengaños y traiciones, quejas ante la mentira sistemática..., aunque nunca aparecen, por supuesto, ni la palabra «democracia», ni el recuerdo de los partidos políticos, ni el pasado parecía otra cosa que tierra quemada... En el fondo, todo lo explicaba la candorosa pero legítima declaración de inocencia que lo encabeza:
Ha sido la experiencia propia —no los libros ni propagandas ajenas— lo que ha ido, dolorosamente, abriéndonos los ojos. Han sido las preguntas a nuestros padres, cobardemente contestadas o dejadas caer en silencio, las que nos han espoleado en una amarga búsqueda de respuestas verdaderas. No hemos tenido maestros. Somos una generación autodidacta, y las pocas cosas que sabemos las aprendimos personalmente en contacto directo con la realidad.98
Todo había terminado y todo estaba a punto de empezar.
Barcelona, abril-mayo de 1969
(Reescrito en Zaragoza,
noviembre de 2012-febrero de 2013)
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