Kitabı oku: «Memoria Roja»
MEMORIA ROJA
UNA HISTORIA CULTURAL DE LA MEMORIA
COMUNISTA EN ESPAÑA, 1931-1977
HISTÒRIA I MEMÒRIA DEL FRANQUISME / 51
DIRECTORS
Ismael Saz (Universitat de València)
Julián Sanz (Universitat de València)
CONSELL EDITORIAL
Paul Preston (London School of Economics)
Walter Bernecker (Universität Erlangen, Núremberg)
Alfonso Botti (Università di Modena e Reggio Emilia)
Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris VIII)
Sophie Baby (Université de Bourgogne)
Carme Molinero i Ruiz (Universitat Autònoma de Barcelona)
Conxita Mir Curcó (Universitat de Lleida)
Mónica Moreno Seco (Universidad de Alicante)
Javier Tébar Hurtado (Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya, UB)
Teresa Mª Ortega López (Universidad de Granada)
MEMORIA ROJA
UNA HISTORIA CULTURAL DE LA MEMORIA COMUNISTA EN ESPAÑA, 1931-1977
José Carlos Rueda Laffond
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© José Carlos Rueda Laffond, 2018
© De esta edición:
Institució Alfons el Magnànim i Publicacions de la Universitat de València, 2018
Institució Alfons el Magnànim
www.alfonselmagnanim.com
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Ilustración de la cubierta:
«El PCE pega carteles», Madrid, 1976, EFE/VOLKHART MÜLLER
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Iván Martínez Navarro
ISBN: 978-84-9134-383-7
«Los comunistas no solo contamos la historia, sino que la vivimos.
Por eso no podemos conformarnos con registrar estos hechos».
JESÚS HERNÁNDEZ, La Internacional Comunista, I Discurso en el VII Congreso de la Internacional Comunista. Moscú, 8 de agosto de 1935, en «Por el Frente único Popular Antifascista en España. Informe de la delegación española sobre el punto del orden del día», 1 de diciembre de 1935, p. 101.
«El partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la historia. La historia no tiene escrúpulos ni vacilaciones. Inerte e infalible, corre hacia su fin. A cada curva de su carrera deposita el fango que arrastra y los cadáveres de los ahogados. La historia conoce su camino. Nunca se equivoca. El que no tiene una fe absoluta en la historia no debe estar en las filas del partido […]. Y de repente ese pasado era puesto en tela de juicio. El cuerpo cálido y viviente del partido se le aparecía cubierto de llagas, de llagas purulentas, de estigmas sanguinolentos. ¿Dónde y cuándo encontraba la historia santos tan enfermos? […] Si el partido encarnaba la voluntad de la historia, entonces era que la historia misma estaba enferma».
ARTHUR KOESTLER, El cero y el infinito, Debolsillo, Barcelona, 2011 [edición original de 1940], pp. 69 y 83
ÍNDICE
Siglas y acrónimos utilizados
PRESENTACIÓN
MARCOS DE LA MEMORIA
I. FABRICANDO HISTORIAS
1. Viejas memorias
2. Testimonios y hechos
3. Teoría y práctica de la tutela
4. Historia y memoria
5. Memoria comunista
II. IDENTIDADES COMPARTIDAS
1. Rasgos de una comunidad de memoria
2. Generaciones de memoria
3. Memoria cosmopolita
4. Matar al padre
5. A vueltas con el estalinismo
6. Taumaturgia
III. EL SUJETO COMUNISTA
1. Sujeto y subjetividad
2. La producción de sentido común
3. Usos del tiempo
4. Egodocumentos: una vida para el partido
5. Autocrítica
6. Estándares de afirmación
PRÁCTICAS SIMBÓLICAS
IV. NARRATIVAS MATRICES
1. Imágenes y contra-imágenes
2. Polisemias revolucionarias
3. Memoria del antifascismo
4. Patriotismo
5. El poder de la propaganda
V. ELLOS Y NOSOTROS
1. Conmemorar la guerra en la guerra
2. Socializando la historia
3. 1937, 1917
4. La vida es nueva, mejor, más alegre
5. El enemigo interior
6. Relatos para después de una guerra
VI. GLACIACIONES
1. España, primera y última trinchera
2. Deshielo y memoria fría
3. Semblanzas
4. Inflación simbólica
5. Invocando al diablo
VII. TIEMPOS NUEVOS
1. Interregno
2. Desacralización
3. Historiadores suplentes
4. Memoria transactiva
5. Memoria e impugnación
6. Rojos
VIII. EPÍLOGO: ¿OLVIDO O CATARSIS?
1. Fracturas
2. Gestión de la memoria
3. El partido del antifranquismo
4. Futuro y pasado
Siglas y acrónimos utilizados
| AERCU | Asociación Española de Relaciones Culturales con la Unión Soviética |
| AGA | Archivo General de la Administración |
| AGA/C | Archivo General de la Administración, sección Cultura |
| AGA/GE | Archivo General de la Administración, Gabinete de Enlace |
| AGLA | Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón |
| AGMM/FDGSHM | Archivo General Militar, fondos Depósito de la Guerra y Servicio Histórico Militar |
| AHN/FC-CG | Archivo Histórico Nacional, fondos contemporáneos, Causa General |
| AHN/FDM | Archivo Histórico Nacional, fondo Diego Martínez Barrio |
| AHN/FJG | Archivo Histórico Nacional, fondo José Giral |
| AHN/FLA | Archivo Histórico Nacional, fondo Luis Araquistáin |
| AHN/FMN | Archivo Histórico Nacional, fondo Margarita Nelken |
| AHN/FMP | Archivo Histórico Nacional, fondo Marcelino Pascua |
| AHPCE/AC | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Activistas |
| AHPCE/ACER | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Archivo Central del Ejército Rojo |
| AHPCE/CP | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Correo de La Pirenaica |
| AHPCE/D | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Documentos |
| AHPCE/DG | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Dirigentes |
| AHPCE/DV | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Divergencias |
| AHPCE/EP | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Emigración Política |
| AHPCE/ER | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Ejército Republicano |
| AHPCE/FF CC | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Fuerzas de la Cultura |
| AHPCE/MCI | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Movimiento Comunista Internacional |
| AHPCE/MG | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Movimiento Guerrillero |
| AHPCE/NAC-AR | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Nacionalidades, Aragón |
| AHPCE/NAC-C | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Nacionalidades, Cataluña |
| AHPCE/NAC-CC | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Nacionalidades, Castilla-Centro |
| AHPCE/NAC-GL | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Nacionalidades, Galicia-León |
| AHPCE/NAC-LA | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Nacionalidades, Levante-Aragón |
| AHPCE/NAC-M | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Nacionalidades, Madrid |
| AHPCE/RF | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Represión Franquista |
| AHPCE/TMM | Archivo Histórico del Partido Comunista de España, sección Tesis, Manuscritos y Memorias |
| ASM | Agrupación Socialista Madrileña |
| AUS | Asociación de Amigos de la Unión Soviética |
| BBC | British Broadcasting Corporation |
| BDA-PA | Das Bundesarchiv, Berlín, Picture Archive, Allgemeiner Deutscher Nachrichtendienst-Zentralbild |
| BN | Biblioteca Nacional de Madrid |
| BP | Buró Político |
| 1CM | Centro 1.º de Mayo |
| CC | Comité Central |
| CCB | Comisión de Cine de Barcelona |
| CCM | Colectivo de Cine de Madrid |
| CC. OO. | Comisiones Obreras |
| CDRTVE | Centro Documental de RTVE |
| CEDA | Confederación Española de Derechas Autónomas |
| CE | Comité Ejecutivo |
| CEE | Comunidad Económica Europea |
| CEIC | Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista |
| CDMH/PS | Centro Documental de la Memoria Histórica (Delegación Nacional de Servicios Documentales de la Presidencia del Gobierno), sección Político-Social |
| CIA-FOIA | Freedom of Information Act Electronic Reading Room CIA |
| CIS | Centro de Investigaciones Sociológicas |
| CGTU | Confederación General de Trabajadores Unitaria |
| CLC | Congreso por la Libertad de la Cultura |
| CCLC | Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura |
| CNA-P | Comisión Nacional de Agit-Prop |
| CNT | Confederación Nacional del Trabajo |
| CP | Comité Provincial |
| CRAI/AM | Centre de Recursos per a l’Aprenentatge i la Investigació, Biblioteca Pavelló de la República, Serie Arxiu Moscou |
| ECC | Escuela Central de Cuadros |
| EPK | Partido Comunista de Euskadi |
| FE | Falange Española |
| FFIC | Fonds Français de l´Internationale Communiste |
| FFLC | Fundación Francisco Largo Caballero |
| FIM | Fundación de Investigaciones Marxistas |
| FN | Filmoteca Nacional |
| FPI/AADR | Fundación Pablo Iglesias, archivos Amaro del Rosal |
| FPI/ABSD | Fundación Pablo Iglesias, fondos de Bernardino Sánchez Domínguez y Dolores Vergé |
| FPI/ACZ | Fundación Pablo Iglesias, archivo César Zayuelas |
| FPI/AH | Fundación Pablo Iglesias, archivo histórico |
| FPI/AJGG | Fundación Pablo Iglesias, archivo Julián Gómez García (Gorkin) |
| FPI/AMT | Fundación Pablo Iglesias, archivo Manuel Tagüeña |
| FRAP | Frente Revolucionario Antifascista y Patriota |
| FUE | Federación Universitaria Escolar |
| GRAPO | Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre |
| GRU | Departamento Central de Inteligencia Soviético |
| HMM | Hemeroteca Municipal de Madrid |
| IC | Internacional Comunista |
| IRD | Information Research Department |
| JONS | Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista |
| JSU | Juventudes Socialistas Unificadas |
| KOMINFORM | Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros |
| KOMINTERN | Internacional Comunista |
| KIM | Juventud Comunista Internacional |
| KKE | Partido Comunista de Grecia |
| KPD | Partido Comunista Alemán |
| KSČ | Partido Comunista de Checoslovaquia |
| MAOC | Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas |
| MFA | Movimento das Forças Armadas |
| NEP | Nueva Política Económica |
| NKGB | Comisariado del Pueblo para la Seguridad del Estado |
| NKVD | Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos |
| OMS | Departamento de Relaciones Internacionales de la IC |
| ORTF | Organismo Público de la Radio y la Televisión Francesa |
| OSE | Organización Sindical Española |
| PCCH | Partido Comunista Chino |
| PCE | Partido Comunista de España |
| PCE (I) | Partido Comunista de España (internacional) |
| PCE (M-L) | Partido Comunista de España (marxista-leninista) |
| PCE (R) | Partido Comunista de España (reconstituido) |
| PCF | Partido Comunista Francés |
| PCG | Partido Comunista de Galicia |
| PCI | Partido Comunista Italiano |
| PCOE | Partido Comunista Obrero Español |
| PCP | Partido Comunista Portugués |
| PCPV | Partido Comunista del País Valenciano |
| PCUS | Partido Comunista de la Unión Soviética |
| PCY | Partido Comunista de Yugoslavia |
| PLUSD | Public Library of US Diplomacy |
| POUM | Partido Obrero de Unificación Marxista |
| PPR | Partido Obrero Polaco |
| PSOE | Partido Socialista Obrero Español |
| PSUC | Partit Socialista Unificat de Catalunya |
| RAI | Radiotelevisione Italiana |
| REDIZDAT | Servicio Editorial de la Internacional Comunista |
| REI | Radio España Independiente |
| RDA | República Democrática Alemana |
| RGASPI | Archivo Estatal de Historia Socio-Política de la Federación Rusa |
| RGVA | Archivo Estatal Militar de la Federación Rusa |
| RNE | Radio Nacional de España |
| SED | Partido Socialista Unificado Alemán |
| SEU | Sindicato Español Universitario |
| SFIO | Sección Francesa de la Internacional Obrera |
| SIM | Servicio de Información Militar |
| SPD | Partido Socialdemócrata Alemán |
| SRER | Archivo del Ministerio del Interior de la Federación Rusa |
| SRI | Socorro Rojo Internacional |
| TSDA | Archivo Central del Estado de Bulgaria |
| TVE | Televisión Española |
| TV3 | Televisió de Catalunya |
| UFEH | Unión Federal de Estudiantes Hispánicos |
| UGT | Unión General de Trabajadores |
| UIL | Unión de Intelectuales Libres |
| UJC | Unión de Juventudes Comunistas |
| UJCE | Unión de Juventudes Comunistas de España |
| URSS | Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas |
| VOKS | Sociedad para las Relaciones Culturales con el Exterior |
PRESENTACIÓN
Esta obra desea analizar diversas claves distintivas presentes en la memoria comunista española durante el amplio periodo circunscrito entre la Segunda República y la Transición democrática, aunque su eje de atención prioritario se sitúa entre la Guerra Civil y finales de los años sesenta. Se trata, por tanto, de una propuesta concebida con afán panorámico que cubre un amplio lapso de tiempo y que se inscribe ante una secuencia de contextos históricos diferenciados. Desde el punto de vista de su fundamentación documental combina fuentes primarias junto a reflexiones basadas en bibliografía nacional e internacional. Su intención es presentar una mirada, selectiva e integrada, que combine la investigación y la síntesis reflexiva.
En los últimos años se han multiplicado las aportaciones de calidad sobre el sujeto de atención abordado en las siguientes páginas, el PCE. Ahí pueden situarse algunos estudios puntuales que han explorado la memoria personal de algunos dirigentes o intelectuales comunistas.1 Sí contamos, en cambio, con numerosos artículos o capítulos de libro que permiten acotar el terreno de análisis de la memoria comunista, su imaginario simbólico y sentimental o sus prácticas históricas. En ese marco explicativo se emplazarían, por ejemplo, diversos trabajos de Francisco Erice, David Ginard o Xavier Domènech.2 Igualmente, en otras visiones más generales –como las notables investigaciones de conjunto realizadas por Francisco Hernández Sánchez acerca del PCE durante la Guerra Civil y en los primeros años del franquismo, o por Carme Molinero y Pere Ysàs sobre el período 1956 a 1982– se han interpretado materiales que formarían parte importante de la memoria comunista.3
Todos estos análisis se localizarían en lo que David Ginard denominó la normalización historiográfica de la valoración interpretativa del PCE.4 Prácticamente hasta los años noventa las exploraciones historiográficas sobre el partido ofrecieron importantes carencias cuando no estuvieron dominadas por una intensa impronta de ideologización y carga polemista. Dos ensayos posteriores a la muerte de Franco –los de Joan Estruch y Gregorio Morán– serían muestras de la lenta tendencia hacia la configuración de nuevas formas de tratamiento, si bien evidenciaron las limitaciones que acabamos de señalar: en un caso por sus carencias documentales y en el otro por la falta de un aparato crítico que las explicitase.5
Si atendemos a los trabajos más recientes, esa normalización historiográfica ha estado nutrida por investigaciones que han terminado por hacer del PCE un campo de análisis susceptible de miradas diversas. Algunas obras se han presentado como monografías de conjunto y otras se han interesado por abordar cuestiones concretas como la acción política, el horizonte ideológico, el papel de bases y dirigentes, los valores grupales o las culturas identitarias.6 Otra línea de reflexión se ha centrado en el estudio del movimiento guerrillero de los años cuarenta e inicios de los cincuenta, un ámbito donde el protagonismo comunista resultó casi absoluto. Esta cuestión no puede deslindarse del abordaje de las formas de resistencia frente a la dictadura o de las estrategias desplegadas por el PCE como principal expresión en la oposición a Franco.7 A estas áreas de investigación cabría añadir los trabajos enfocados desde una perspectiva biográfica o prosopográfica.8 U otros estudios centrados en la producción cultural comunista, las estructuras de sus aparatos de propaganda, sus políticas mediáticas o en la recepción de sus cosmovisiones.9
Este no es un libro sobre la historia del PCE, como no es tampoco una historia de la Guerra Civil, del régimen de Franco, del exilio, la resistencia contra la dictadura o de la Transición, pero todos esos momentos y situaciones, así como la trayectoria del partido como estructura orgánica y colectivo sociocultural, componen más que meros trasfondos para las siguientes páginas. Al apelar a la memoria como objeto de estudio aludimos a ejercicios de evocación personal y a dinámicas de rememoración compartidas, a políticas de recuerdo, a símbolos con carga conmemorativa y a señas de afirmación o de rechazo grupales, o con gran alcance social. También a determinados liderazgos susceptibles de encarnar evocaciones históricas, con frecuencia desde retóricas de tono épico o dotadas de una notable carga de emotividad.
Desde tales coordenadas puede trasladarse al caso español alguna lectura formulada ante otros escenarios, como la sugerida por Marc Lazar sobre el comunismo francés entendido como un poderoso lugar de memoria. Según ese punto de vista, el PCF se habría erigido históricamente como un espacio referencial con capacidad para concitar culturas y percepciones de pasado, a pesar del declive vivido por la organización desde la década de los ochenta. Lazar explicó el comunismo como una suerte de intersección entre viejos y nuevos valores o experiencias, como síntesis de modalidades de exaltación y reconocimiento labradas a lo largo del siglo XX: la idealización de la URSS, la interiorización de los valores republicanos y de la Resistencia, la «pasión social», la utopía de la felicidad o la readecuación de un «síndrome totalitario» –cuyas raíces se proyectarían hasta la experiencia jacobina– en un entorno democrático que el PCF ayudó a configurar de modo decisivo.10
Tal y como se irá desgranando en este libro, estimaremos que el PCE constituyó entre los años treinta y setenta un ejemplo emblemático de emplazamiento cargado de sentidos y significaciones asociables con imaginarios de pasado que respondieron a usos e intencionalidades diversas. Este fenómeno puede relacionarse con la visión otorgada a los partidos comunistas como maquinarias de políticas de recuerdo susceptibles de expresarse a través de múltiples formas (testimonios autobiográficos, relatos biográficos, producción de textos o iconografías con potencial carga historiográfica…), que se vieron sometidas a diversas mecánicas de control.11 Igualmente consideraremos que muchos dirigentes, militantes o simpatizantes comunistas españoles podrían ser tildados, retomando la consideración de Svetlana Aleksiévich sobre el poder de la impregnación de pasado en la cultura soviética, como «personas incapaces de sustraerse a la historia, de despegarse de ella».12 Una carga trascendental que ayuda a entender lo que se ha definido como complejo de superioridad comunista, basado en sobrevalorar el carácter del partido como herramienta propiciatoria del cambio histórico o la emancipación social.13
Según se argumentará más adelante quizá más que de memoria en singular debería hablarse de memorias relativamente plurales. Tal diversidad habría sido fruto de los efectos provocados por las coyunturas por donde transcurrió el devenir del partido concebido como comunidad mnemónica. Dicha comunidad se habría caracterizado por presentar un carácter compacto, pero en su seno también se produjeron frecuentes tensiones, desavenencias y desgarros. Una de las correlaciones habituales presentes en las dinámicas de divergencia y fraccionamiento interno fue que los grupos disidentes denunciasen ciertos aspectos de la versión histórica oficial. Como alternativa propusieron nuevas lecturas heterodoxas, aunque en ocasiones estas estuvieron ligadas con imaginarios en crisis o en desuso por parte del grueso de la organización.
En este libro se considerará que unas y otras memorias pudieron estar condicionadas por particularidades de índole política y cultural: por la teleología histórica marxista y su ulterior discusión, por el prolongado peso de una concepción leninista rigorista o por el emplazamiento del PCE en las coordenadas de la política de la IC. Y, más tarde, por los efectos de la Guerra Fría y por la asimilación e instrumentalización de las visiones policentristas frente a la URSS, además de por el culto a la personalidad y sus efectos. Las memorias individuales o de partido tampoco pueden desvincularse de las durísimas repercusiones asociadas al exilio como factor que determinó la articulación de las redes comunistas españolas. Ni tampoco del extraordinario impacto provocado por la represión franquista y por las situaciones de clandestinidad que aquella conllevó. Ambas variables –la llamada emigración y las condiciones de violencia política e ilegalidad– dictaron de modo decisivo los perfiles del PCE como comunidad orgánica de valores y de memoria.
Este trabajo asume otras hipótesis que creemos importantes. Cabe destacar la que justifica el dilatado período aquí tratado que se extiende por algo más de cuatro décadas. Esta hipótesis estima que la Guerra Civil actuó como matriz para la articulación de numerosas claves de comprensión que se prolongaron en la memoria comunista durante los decenios posteriores y que, en algunos extremos, han llegado hasta el presente. Consideraremos que la guerra proporcionó, en un primer momento, una suerte de memoria del tiempo presente –o en presente continuo– materializada mediante prácticas de exaltación y conmemoración sobre la propia actualidad vivida entre 1936 y 1939. Muchas de estas marcas ayudaron a nutrir visiones y pasiones posteriores, tanto sobre lo acaecido en el conflicto como en lo relativo a sus consecuencias. Este punto de vista enlaza con la categorización formulada por Pierre Nora respecto a los «acontecimientos monstruo», aquellos eventos históricos que, mediante su articulación como narrativas de gran alcance y canalización a través de los medios de masas, devendrían en «virtualidad imaginaria, espectacular [o] parasitaria».14
La experiencia de 1936-39 proporcionó, además, un vector discursivo y sentimental que acabó por erigirse en columna vertebral y gran aglutinante del relato de memoria comunista: el antifascismo, cuya formulación seminal tomó forma, y fue objeto de primera socialización, antes del verano de 1936. La perspectiva adecuada para comprenderlo es la que sitúa a este vocablo en términos de una metanarrativa –o una «sobrecultura» o «supercultura», según los conceptos sugeridos por Gilles Vergnon– con gran recorrido temporal. La noción de antifascismo se articuló y desplegó durante decenios como gran marchamo con implicación y reconocimiento transversal en el heterogéneo espacio de la izquierda y estuvo dotada de notable sesgo transnacional. Todo ello facilitó un compendio de estrategias apelativas nutridas de imágenes, liturgias, repertorios de acción y registros de evocación que, no solo en España, regresaron una y otra vez a los años treinta entendiéndoles como escena primordial y núcleo histórico ante diversas situaciones de presente. En ese escenario siempre figuró la guerra de España en una posición sobresaliente.
Dicha relevancia estuvo asociada desde 1936 con la lectura comunista sobre la esencia sustancialmente antifascista de la Guerra Civil. Sus narrativas insistieron en una pronta cualificación del conflicto como lucha dotada de cualidades morales y épicas inexorablemente ligadas a una lógica explicativa de la violencia (una guerra justa), del patriotismo (una guerra de independencia nacional contra el invasor) y del empoderamiento popular (una guerra con naturaleza revolucionaria susceptible de alterar el orden socioeconómico).15 Esa visión se proyectó durante décadas posteriores, extendiéndose a la hora de categorizar la esencia del franquismo o sus rasgos estructurales como régimen político y como entramado de poder social y económico. En paralelo, la lucha contra la dictadura se definió como preámbulo y versión local de la épica de las Resistencias europeas cristalizadas durante la Segunda Guerra Mundial. También desde mediados de 1936 se llenó de contenido una categoría explicativa –república de nuevo tipo–, derivada de aportaciones de Georgi Dimitrov y Palmiro Togliatti. Dicha etiqueta, que aludía a las especificidades de las transformaciones vividas en zona republicana, presentó una dilatada genealogía como lugar de memoria que alcanzó, con distintas inflexiones de sentido y significación, el año 1977.
La huella de la Guerra Civil, entendida como alusión explícita o presencia ausente, compuso un hilo de largo recorrido entre los años de la dictadura y la Transición. Sin embargo, sus claves de comprensión estuvieron sometidas a inflexiones y modulaciones ligadas a los cambios de táctica política y a otros vaivenes coyunturales. Durante la Guerra Civil se generaron poderosas visiones mnemónicas de rango fundacional, mientras que el trauma de la derrota y las duras polémicas vividas en el antiguo campo republicano agudizaron el peso de las sombras del enfrentamiento.
Pero, según pasaba el tiempo, el presente se convertía en pasado e iba incorporando otros elementos de significación que tendían a matizarlo o redefinirlo. En esta lógica, el cariz otorgado a la Guerra Civil se fue reformulando en virtud de la conversión de las prácticas del antifranquismo en elemento de reflexión donde se entrelazaban la legitimación histórica y las implicaciones derivadas de diagnósticos de presente o expectativas de futuro. En paralelo, entre 1939 y finales de los años sesenta diversos dirigentes actuaron como historiadores oficiales. Ese rol de autoridad –reforzado por sus intensos atributos simbólicos y emotivos– fue jugado por Dolores Ibárruri, pero también por Vicente Uribe, Antonio Mije o Santiago Carrillo, así como por figuras de segundo nivel o que podrían definirse como intelectuales orgánicos del partido (Federico Melchor, Jesús Izcaray o Eusebio Cimorra, entre otros). En la codificación e interpretación de la guerra, la experiencia republicana o la del franquismo jugaron un papel esencial como voces autorizadas encargadas de fijar y modular claves de valoración desde un apabullante corpus de escritos en forma de informes, ensayos o artículos de divulgación política.
La inflexión interpretativa es uno de los rasgos tradicionalmente atribuidos a la política de reconciliación nacional formulada entre la primavera y el verano de 1956. En ella la dirección del PCE realizó una relectura de la Guerra Civil y de sus efectos actualizando los diagnósticos sobre la dictadura y las vías para lograr su superación. Pero esta misma política, que surgió con nítidos objetivos de corte táctico, también acabó adecuándose a los nuevos escenarios de presente. El vocablo reconciliación nacional sufrió una cierta hibernación durante la segunda mitad de la década de los sesenta hasta resurgir con fuerza en el entorno inmediatamente posterior a la muerte de Franco, en particular entre los últimos meses de 1976 e inicios de 1977. A finales de enero de ese año, tras la matanza de los abogados laboralistas de la calle de Atocha, las alusiones a la reconciliación nacional se multiplicaron en el discurso público del PCE, si bien su sentido preciso no reflejaba un calco exacto de lo afirmado, ni menos aún de lo planificado, en 1956.
En el contexto de la Transición la elusión selectiva, e incluso la amnesia, afectaron a determinados aspectos del viejo discurso institucional del PCE. El más evidente fue el silenciamiento paulatino de la reivindicación republicana. Pero incluso antes de noviembre de 1975 se fueron neutralizando otros aspectos. El partido no abordó, por ejemplo, el análisis sobre el peso que tuvo en los años treinta el relato antitrotskista, la cuestión de la represión del POUM o el impacto en el movimiento comunista del acuerdo ger-mano-soviético de agosto de 1939. En cambio, durante el tardofranquismo y en la Transición continuó retroalimentándose el relato crítico engarzado con la tradición de exaltación poumista, una narrativa que también procedía de la Guerra Civil. Esta visión figuró a finales de los años setenta incluso en forma de best seller divulgativo con declarado tono anticomunista ajustado a los esquemas interpretativos de la Guerra Fría.16
En dicho escenario el PCE ni revisó ni reivindicó algunas de sus afirmaciones más polémicas, como la visión aparecida en el verano de 1940 en España Popular, una de las cabeceras más importantes de su prensa del exilio. En un mismo número se glosaron la muerte de Trotsky y el pacto germano-soviético. El asesinato del dirigente bolchevique fue imputado a las «manos de uno de los aventureros de su banda, (puesto que) entre gánsteres caen los gánsteres». En la página siguiente se reprodujo un artículo de Izvestia que justificaba el pacto con Berlín como muestra de «que las diferencias ideológicas y la diferencia del sistema estatal no (son un) obstáculo infranqueable para el establecimiento de relaciones amistosas».17
La principal polémica respecto al POUM vivida en los últimos años no tuvo ya un carácter explícitamente político, sino historiográfico. Tomó forma a inicios del siglo XXI como reacción al análisis propuesto por Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo en su obra Queridos camaradas. Ambos autores exploraron las consignas precisas llegadas a España desde la élite ejecutiva de la IC, aunque partiendo de la consideración de que los «poumistas dista[ron] mucho de ser esos ángeles de la revolución que [han descrito] sus apologistas». A continuación repasaron críticamente el coste del revolucionarismo del POUM entre julio de 1936 y la primavera de 1937. A la durísima reacción inicial de Pierre Broué, erigido en explícito defensor de aquel partido, le siguió toda una cascada de desestimaciones contra el marco de interpretación de Elorza y Bizcarrondo por parte de otros historiadores o publicistas que les acusaron de falseamiento de la historia, criminalización del POUM y de reproducir los mismos argumentos de «los estalinistas» de finales de los años treinta.18
Durante la Transición no se procedió en el PCE a un análisis riguroso sobre la antigua filiación estalinista, el culto a la personalidad o respecto a las características y límites del proceso de desestalinización. No se analizaron tampoco la memoria o las experiencias del maquis y la guerrilla, ni se impulsaron iniciativas dirigidas al establecimiento de medidas de reparación simbólica frente a la represión franquista más allá de la exigencia de la amnistía.19 El discurso asumido por el PCE fue el de la catarsis, un argumento sustanciado en la tesis muchas veces repetida durante aquel período sobre la necesidad de superar los rescoldos de la guerra y evitar los riesgos de una regresión política. Son cuestiones que han acabado confluyendo en el llamado pacto de silencio, o amnesia pactada, que se habrían establecido en la Transición, asunto que, como es sabido, constituye un importante objeto de debate en la actualidad con ramificaciones políticas e historiográficas. Más allá de la discusión política en estricto tiempo presente que esta cuestión suscita, interesa destacar, traspasando la reflexión de Peter Burke, que los silencios que evidenció el discurso reivindicativo comunista en la segunda mitad de los años setenta también pueden ser aprehendidos como una peculiar forma de memoria. Burke ha destacado que las operaciones elusivas sobre el pasado nunca son casuales y que las prácticas de invisibilidad exigen que nos cuestionemos «la organización social del olvido, las normas de exclusión, supresión o represión, [o] la cuestión de quién quiere que alguien olvide qué y por qué».20
Todas estas dinámicas, ahora brevemente expuestas, nos aportan otra hipótesis más: la que apuntaría al sesgo dinámico y fluctuante de la memoria comunista. Lejos de constituir una categoría absoluta o unívoca, aquí se considerará que la memoria del PCE compuso un ámbito flexible, nutrido de lugares estables pero que podían ser abordados con notables inflexiones selectivas de sentido. La memoria se presentaría así como un espacio de afirmaciones, revisiones, intersecciones y choques donde cohabitaron diferentes perspectivas advertidas a partir de su capacidad instrumental presentista.
Diversos elementos nutrieron las visiones comunistas entre los años treinta y sesenta. Entre ellos resaltarían dos aspectos especialmente relevantes. De una parte, lo que podría tipificarse como memoria de la autopercepción. Este vasto territorio conformó una trama transversal con diversas modalidades de expresión. Ahí figuraron, por ejemplo, las visiones e imágenes idealizadas sobre la propia organización que se formularon periódicamente según se conmemoraban los aniversarios de la fundación del partido; o bien coincidiendo con efemérides de las figuras dirigentes que ejercían un liderazgo alegórico o efectivo. Pero tampoco deben obviarse, como destacó Marco Albetaro, los límites potenciales de la autorrepresentación comunista presentes en muchos materiales o reconstrucciones autobiográficas. Con frecuencia los testimonios personales presentaron un vasto imaginario emplazado en el terreno de la gran política y la legitimación partidaria, pero evitaron evocar otros aspectos cotidianos o privados, a pesar de que para el historiador forman parte medular del bagaje y las prácticas del ser comunista.21
Otro aspecto especialmente visible fue la memoria asociada a la Unión Soviética y a la fecha emblemática de 1917. En este otro caso se conjugaron tres ejes vertebrales. Su invocación fue reflejo, más o menos mimético, de una memoria hegemónica externa que, con frecuencia, adquirió forma dogmática o canónica: la memoria oficial soviética cristalizada entre el estalinismo y las políticas de recuerdo de la era Brézhnev. Pero la visión sobre la URSS se situó, además, en las coordenadas de un escenario de valores cosmopolitas donde figuró inserto el PCE: el propio del movimiento comunista internacional, con su universo de citas, marcas y rutinas. La transferencia e interiorización de esa memoria asociada a la URSS o al hito fundacional de la Revolución de Octubre en su versión española requirió de ciertos procesos de adaptación y reelaboración –o indigenización– que conllevaron una amplia fenomenología de importaciones y adecuaciones que afectaron a los contenidos mnemónicos manejados por el partido español.
Ya en 1936 la prensa comunista enfatizó la coincidencia del 7 de noviembre como hito de recuerdo compartido entre la revolución bolchevique y la defensa de Madrid, un acontecimiento que se estaba produciendo en ese mismo momento. Esa visión paralela fue muestra de un doble ejercicio de evocación, refleja e inmediata, que operó con una nítida ligazón entre el pasado y el presente por encima de las distancias geográficas o culturales. En cambio, en el verano de 1977 la perspectiva manejada en el best seller de Santiago Carrillo Eurocomunismo y Estado se fundamentó en todo lo contrario: en remarcar la distancia existente entre el partido soviético y el español. Si no inscribimos esta obra en el contexto histórico de la Transición, o a la vista de la polémica que suscitaron las críticas soviéticas al escrito del secretario general, el libro pierde todo sentido histórico. Este juego de paralelismos o disensiones es una muestra de lo que Yannis Sygkelos ha llamado la cadena de equivalencias, las correspondencias o rupturas que permiten vincular condicionantes de tiempo presente con el uso e instrumentalización de visiones explicativas sobre el pasado.22
En virtud de lo señalado cabría colegir que el presente ensayo no desea interesarse por las realidades factuales –o, al menos, que procurará hacerlo de forma limitada–, sino que se centrará en su semántica, en su (re)elaboración discursiva, en su traducción en forma de construcción y difusión narrativa y en los procesos de apropiación o subjetivación comunista. Ahí cabría localizar la última hipótesis central que guía a las siguientes páginas: la estimación de la memoria como un ejercicio que, empleando el término clásico de Berger y Luckmann, propicia determinadas construcciones sociales de la realidad. Este prisma sitúa a las memorias en relación con la presencia de marcos cognitivos compartidos, con su formulación desde la acción comunicativa y con su plasmación en prácticas performativas. Para que tal empeño fructifique resulta necesaria una eficaz movilización de claves de significación capaces de actuar en lógica de sentido común, que susciten y activen el reconocimiento y generen empatía. Dichos fenómenos, que se ubicarían en un plano cultural o sentimental de la acción política, serían cambiantes en el tiempo y estarían históricamente determinados.
Atendiendo al lapso temporal aquí abordado debe hablarse de un encuadre del PCE en los márgenes de lo que se ha llamado la cultura política de masas. Tanto su discurso como su articulación orgánica se inscribieron en esas coordenadas a partir de 1936. El franquismo representó, entre otros aspectos, un largo período para la recuperación de dicha dimensión, algo que acabó ratificándose al hilo de la conversión del partido en la gran fuerza de oposición al régimen. Como ha analizado Juan Antonio Andrade, la Transición supuso muchas cosas. Entre ellas, un escenario novedoso que puso a prueba la capacidad de reubicación del PCE en un espacio público de normalidad.23 Los problemas vinculados al tránsito desde la clandestinidad y los valores labrados y asumidos gracias a los ejercicios de oposición antifranquista a este otro terreno también ayudan a entender las particularidades del discurso de memoria comunista entre el ocaso de la dictadura e inicios de los años ochenta.
Las siguientes páginas están organizadas en dos bloques de contenido y ocho capítulos. Los tres primeros, incluidos en el apartado «Marcos de la memoria», abordan cuestiones sobre la conexión entre historia y memoria. Resaltan particularidades sobre la identidad comunista en relación con las generaciones de memoria, la memoria cosmopolita, las significaciones sobre el tiempo o los regímenes de subjetividad. Con frecuencia se aludirá a aspectos externos al caso español, dedicándose especial interés al análisis de la naturaleza y la interpretación histórica del fenómeno estalinista. Este asunto sigue siendo, en palabras de Sheila Fitzpatrick, central y misterioso, y sin el no pueden entenderse muchas de las estrategias de codificación de las narrativas de memoria del PCE durante un prolongado lapso de tiempo.24
Aunque el tiempo histórico tocado en este libro es amplio –de la Segunda República a la Transición– el núcleo de contenidos se sitúa en treinta años, de 1936 a mediados de los sesenta. La segunda parte (Prácticas simbólicas) aborda ese período. En esta sección se ejemplifican diferentes prácticas de memoria comunista atendiendo a su naturaleza, producción, mediación y proyección, o a la presencia de líneas de continuidad y ruptura. Los capítulos incluidos en este bloque abordan la Guerra Civil (capítulos 4 y 5) y el exilio y consolidación del régimen franquista, subdividiéndose en torno a la cesura de 1953-56 (capítulos 6 y 7). Finalmente, el capítulo 8, que actúa como epílogo, se emplaza en el período que va de la recta final del tardofranquismo a 1977.
El devenir de ese dilatado marco histórico ofrece notables redimensionamientos donde interactuaron las esferas interior y exterior. Ahí influyó desde la posición ocupada por el partido como fuerza sociopolítica decisiva en el campo republicano a los dramáticos efectos asociados a la derrota, el exilio y su compleja reconversión como espacio de oposición al franquismo. En 1947 el PCE era una formación pequeña y fragmentada geográficamente, inserta en los vaivenes estratégicos del movimiento comunista internacional que oscilaron entre el impulso a las alianzas antifascistas de posguerra y la beligerancia, los pulsos en la sovietización de Europa Oriental y el aislamiento propio de la Guerra Fría. Ese tránsito afectó a sus modalidades de rememoración, a las lecturas de coyuntura efectuadas sobre la Guerra Civil o a las fórmulas de identificación o apropiación del legado republicano. La ruptura de la solidaridad aliada entre mayo y septiembre de 1947 certificó la quiebra de la cooperación de posguerra. Entonces tuvo lugar la salida de los comunistas franceses e italianos de sus gobiernos y se oficializó la línea del Kominform sobre campos antagónicos, el socialista y el capitalista. Esta quiebra incidió en las narrativas de memoria comunista española que se ajustaron con celeridad a los dictados establecidos por la cosmovisión soviética sobre el enfrentamiento Este/Oeste, así como a la cuestión del culto a la personalidad tardoestalinista, donde se insertó la exaltación de una memoria orgánica privativa y radicalizada.
Los contenidos desarrollados en este libro no pretenden agotar las posibilidades que ofrece un objeto tan amplio y rico como el aquí escogido. Es necesario, pues, justificar algunas opciones y elusiones. El libro propone una visión macroscópica. Es decir, se interesa por una cuestión singular –la memoria– entendida como factor transversal que atraviesa un extenso periplo histórico con una amplia diversidad de manifestaciones. Como se dijo más arriba no se pretende hacer una historia de la guerra, la dictadura o la Transición, sino ubicar las formulaciones de memoria comunista en tales coordenadas y subrayar cómo esos entornos incidieron en el diseño y socialización de los perfiles adquiridos por tales narrativas. Por este motivo un aspecto esencial de atención será la memoria oficial o institucional del PCE. En menor medida se analizarán algunas particularidades de las evocaciones personales de dirigentes o militantes. Por cuestiones de espacio queda fuera el ingente corpus testimonial publicado tras 1978 que, en aspectos como la memoria sobre la guerrilla, es especialmente notable, si bien sus principales aportaciones serán referenciadas con vistas a que el lector pueda ampliar la información. Este libro se interesa por el caso estricto del PCE. Ello supone prescindir de los relatos generados o asumidos por otras organizaciones que –como el PSUC, el EPK, el PCG o el PCPV– actuaron como formaciones ligadas al grupo matriz. Pero que asimismo pueden ofrecer, como demostraron Pere Ysàs y Carme Molinero a propósito del PSUC entre 1956 y 1981, una entidad sustancial como objetos independientes de estudio.25
* * *
Este libro es deudor de múltiples apoyos. En particular, del buen hacer y ayuda de los que trabajan en los centros que han servido de base para esta obra: Archivo Histórico del Partido Comunista de España (AHPCE); Archivo Histórico Nacional (AHN); Biblioteca Nacional (BN); Fundación Pablo Iglesias (FPI); Archivo General de la Administración (AGA); Centre de Recursos per a l’Aprenentatge i la Investigació (Biblioteca Pavelló de la República, Universitat de Barcelona) (CRAI); Hemeroteca Municipal de Madrid (HMM); Centro Documental de la Memoria Histórica (CDMH); Centro 1.º de Mayo (C1M); Fundación Francisco Largo Caballero (FFLC); Filmoteca Nacional (FN) y Centro Documental de RTVE (CDRTVE). También se han consultado materiales del Arkhiv Sotsial’no-Politicheskoy Istorii (RGASPI); Fonds français de l’Internationale Communiste (FFIC); Ciné-Archives. Fonds Audiovisuel du PCF, Mouvement Ouvrier et Democrátique; Picture Archive, Das Bundesarchiv; Public Library of US Diplomacy (PLUSD); Declassified Documents (Venona, NSA); UC San Diego Library y de Freedom of Information Act Electronic Reading Room (CIA Library). Entre los repositorios en red españoles consultados figuran el Archivo Histórico del Partido del Trabajo de España-Joven Guardia Roja; Dipòsit Digital de Documents de la Universitat Autònoma de Barcelona, y Archivo de la Organización Revolucionaria de Trabajadores e Historia de la Liga Comunista Revolucionaria.
Asimismo, deseo agradecer el apoyo prestado por varios colegas a lo largo de la gestación, recopilación de material y escritura. En particular, la confianza de Ferran Archilés, Ismael Saz y Julián Sanz, así como la ayuda de Laia Quílez, Juan Francisco Fuentes, José Antonio Sánchez Román, Andrea Donofrio, Marie-Angèle Orobon, Marie Franco, Marie-Linda Ortega, Carlota Coronado y Asier Gil. Finalmente, cabría consignar que este libro se inscribe como resultado del proyecto I+D «Diccionario de símbolos políticos y sociales: claves iconográficas, lugares de memoria e hitos simbólicos en el imaginario español del siglo XX» (MINECO, Ref. HAR2016-77416-P).
1 G. Herrmann: Written in Red. The Communist Memoir in Spain, Chicago, University of Illinois Press, 2009.
2 F. Erice: «El orgullo de ser comunistas. Imagen, autopercepción, memoria e identidad colectiva de los comunistas españoles»; y X. Domènech: «Cenizas que ardían todavía: la identidad comunista en el tardofranquismo y la transición», en M. Bueno y S. Gálvez (eds.): Nosotros, los comunistas. Memoria, identidad e historia social, Madrid, Atrapasueños/FIM, 2009, pp. 138-184 y 93-138; F. Erice: «Memoria colectiva de los comunistas españoles bajo el franquismo. Alcance y mecanismos de construcción de una memoria clandestina», en Actas del XII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea, Madrid, AHC, 2014, pp. 3789-3814; D. Ginard: «La madre de todos los camaradas. Dolores Ibárruri como símbolo movilizador de la Guerra Civil a la transición postfranquista», Ayer, 90, 2, 2013, pp. 189-216.
3 F. Hernández Sánchez: Guerra o revolución. El Partido Comunista de España en la guerra civil, Barcelona, Crítica, 2010; y Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953), Barcelona, Crítica, 2015; y C. Molinero y P. Ysàs: De la hegemonía a la autodestrucción. El Partido Comunista de España (1956-1982), Barcelona, Crítica, 2017.
4 D. Ginard: «La investigación histórica sobre el PCE: desde sus inicios a la normalización historiográfica», en M. Bueno, J. Hinojosa y C. García (eds.): Historia del PCE. I Congreso, 1920-1977, Madrid, FIM, 2007, pp. 40-47. Otro estado de la cuestión en F. Erice: «Tras el derrumbe del Muro. Un balance de los estudios recientes sobre el comunismo en España», Ayer, 48, 2002, pp. 315-330; o M. Bueno y S. Gálvez: «Apuntes en torno a la bibliografía sobre la historia del PCE», Papeles de la FIM, 24, 2005, pp. 335-345.
5 J. Estruch: El PCE en la clandestinidad, 1939-1956, Madrid, Siglo XXI, 1982. Este estudio se apoyó solo en fuentes hemerográficas. La obra de G. Morán: Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, 1939-1985, Barcelona, Planeta, 1986, se basó, en cambio, en las fuentes de lo que sería el AHPCE, a las que Morán tuvo un acceso privilegiado. El libro ha sido reeditado recientemente (Madrid, Akal, 2017), aunque no se ha subsanado esa absoluta carencia de aparato crítico.
6 R. Cruz: El Partido Comunista de España en la Segunda República, Madrid, Alianza, 1987; C. Hernández: Madrid clandestino. La reestructuración del PCE, 1939-1945, Madrid, Fundación Domingo Malagón, 2002; E. Treglia: Fuera de las catacumbas. La política del PCE y el movimiento obrero, Madrid, Eneida, 2012; o J. Sánchez Rodríguez: Teoría y práctica democrática en el PCE (1956-1982), Madrid, FIM, 2004. Sobre la Transición, véase J. A. Andrade Blanco: El PCE y el PSOE en (la) transición. La evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Madrid, Siglo XXI, 2012. Otras visiones son las de F. Erice (coord.): Los comunistas en Asturias (1920-1982), Oviedo, Trea, 1996; D. Ruiz González (coord.): Historia de Comisiones Obreras (1958-1988), Siglo XXI, Madrid, 1994; y «Política de alianzas y estrategias unitarias en la historia del PCE», Papeles de la FIM, 24, 2006.
7 S. Serrano: Maquis: historia de la guerrilla antifranquista, Madrid, Debate, 2002; F. Romeu: El silencio roto: mujeres contra el franquismo, Madrid, El Viejo Topo, 2002; J. Sánchez Cervelló (ed.): Maquis: el puño que golpeó al franquismo, Madrid, Flor del Viento, 2003; J. Aróstegui y J. Marco: El último frente. La resistencia antifranquista en España, 1939-1952, Madrid, La Catarata de los Libros, 2008; M. Yusta: Madres Coraje contra Franco. La Unión de Mujeres Españolas en Francia, Madrid, Cátedra, 2009; G. Gómez Bravo: El exilio interior: cárcel y represión en la España franquista (1939-1950), Madrid, Taurus, 2009; y J. Marco: Guerrilleros and Neighbours in Arms: Identities and Cultures of Anti-Fascist Resistence in Spain, Sussex Academic Press, Sussex, 2016.
8 R. Cruz: Pasionaria. Dolores Ibárruri, historia y símbolo, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999; M. Martorell: Jesús Monzón, el líder olvidado por la historia, Pamplona, Pamiela, 2000; D. Ginard: Heriberto Quiñones y el movimiento comunista en España, 1931-1942, Palma de Mallorca, Documenta Balear, 2000, y del mismo autor: Matilde Landa. De la Institución Libre de Enseñanza a las prisiones franquistas, Barcelona, Flor del Viento, 2005. Cabe recordar también a F. Hernández Sánchez: Comunistas sin partido. Jesús Hernández. Ministro en la Guerra Civil, disidente en el exilio, Madrid, Raíces, 2007; S. Juliá: Camarada Javier Pradera, Madrid, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2012; A. Sánchez Moreno: José Díaz. Una vida en lucha, Sevilla, Almuzara, 2013; F. Nieto: La aventura comunista de Jorge Semprún. Exilio, clandestinidad y ruptura, Barcelona, Tusquets, 2014; P. Preston: El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo, Madrid, Debolsillo, 2014; o el monográfico editado por F. Hernández Sánchez: «La(s) vida(s) de Santiago Carrillo», Historia del Presente, 24, 2014.
9 R. Cruz: El arte que inflama. La creación de una literatura política bolchevique en España, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999; M. Gómez: El largo viaje. Política y cultura en la evolución del Partido Comunista de España, 1920-1936, Madrid, Ediciones de la Torre, 2005; L. Zaragoza: Radio Pirenaica. La voz de la esperanza antifranquista, Madrid, Marcial Pons, 2008; o A. Balsebre y R. Fontova: Las cartas de la Pirenaica, Madrid, Cátedra, 2014.
10 M. Lazar: Le communisme. Una passion française, París, Perrin, 2006.
11 M. Boarelli: La fabbrica del passato. Autobiografie di militante comunista (1945-1956), Roma, Faltrinelli, p. 20.
12 S. Aleksiévich: El fin del «homo sovieticus», Barcelona, Acantilado, 2015, p. 10.
13 El término, como propuesta de investigación, en M. David-Fox: Origins of the Stalinist Superiority Complex: Western Intellectuals inside the USSR, Washington, NCEEER, 2006.
14 P. Nora: «L’événement monstre», Communications, 18, 1, 1972, p. 168.
15 G. Vergnon: «¿Historizar el antifascismo? Retorno sobre una cuestión», en A. Bosch e I. Saz (eds.): Izquierdas y derechas ante el espejo. Culturas políticas en conflicto, Valencia, Tirant le Blanch, 2015, pp. 349-350.
16 V. Alba: El Partido Comunista en España. Ensayo de interpretación histórica, Barcelona, Planeta, 1979. Fue finalista del Premio Espejo de España. En esas fechas proliferaron las reediciones de textos de dirigentes del POUM, especialmente en los sellos editoriales Fontamara y Júcar.
17 «Entre gangsters caen los gangsters» y «En el aniversario de la firma del Pacto ger-mano-soviético», España Popular, 29 de agosto de 1940.
18 A. Elorza y M. Bizcarrondo: Queridos Camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939, Barcelona, Planeta, 1999, pp. 347 y ss.; P. Broué: «Acerca de Queridos Camaradas», Iniciativa Socialista, 58 (2000); P. Pagès: «El asesinato de Andreu Nin, más datos para la polémica», Ebre, 38, 4, 2010, pp. 57-76; o P. Gutiérrez Álvarez: «El retorno del POUM»», Viento Sur, diciembre de 2005.
19 Véanse, al respecto, F. Gallego: El mito de la Transición. La crisis del franquismo y los orígenes de la democracia (1973-1977), Barcelona, Crítica, 2008; C. Molinero: «La Transición y la renuncia a la memoria democrática», Journal of Spanish Cultural Studies, 11, 1, 2010; o E. Rodríguez: Por qué fracasó la democracia en España. La transición y el régimen del 78, Madrid, Traficantes de Sueños, 2014.
20 P. Burke: Formas de historia cultural, Madrid, Alianza, 2000, p. 82.
21 M. Albetaro: «Cultura política, estilos de vida y dimensión existencial. El caso de los comunistas italianos», en A. Bosch e I. Saz (eds.): Izquierdas y derechas…, p. 364.
22 Y. Sygkelos: «The national discourse of the Bulgarian Communist Party on national anniversaries and commemoration, 1944-1948», Nationalities Papers, 37, 4, 2009, pp. 425-442.
23 J. A. Andrade Blanco: El PCE y el PSOE…, pp. 310-322.
24 S. Fitzpatrick: «Introduction»», en S. Fitzpatrick (ed.): Stalinism. New Directions, Londres y Nueva York, Routledge, 2000, p. 2.
25 C. Molinero y P. Ysàs: Els anys del PSUC. El partit de l’antifranquisme (1956-1981), Barcelona, L’Avenç, 2010.
MARCOS DE LA MEMORIA
I. FABRICANDO HISTORIAS
1. VIEJAS MEMORIAS
El Moscú nevado de comienzos de 1977 sirvió de telón de fondo para algún pasaje puntual protagonizado por Dolores Ibárruri en el film documental La vieja memoria realizado por Jaime Camino, aunque sus palabras se registraron en el interior de la vivienda que Pasionaria tenía en la capital soviética. Ibárruri, junto con Federica Montseny y Josep Tarradellas, fue probablemente la voz más destacada en aquella película basada en una idea de Camino que contó con la colaboración de Román Gubern y Ricardo Muñoz Suay, intelectuales muy cercanos al PSUC o al PCE. La vieja memoria hacía acopio de una suma de testimonios formulados por protagonistas políticos de la Guerra Civil. Dicha marca de identidad resultó extensiva a todos los intervinientes con la excepción de un personaje de coyuntura –el escritor, actor y aristócrata José Luis de Vilallonga– cuya presencia quedó aparentemente justificada por su carácter de combatiente en las filas del ejército franquista.1
La película tampoco puede deslindarse del contexto de su producción y realización. Formó parte de un amplio ciclo documental centrado en recabar las voces que explicaban el momento presente –propuesto paradigmáticamente como objeto de disección en la obra de Pere Portabella Informe general sobre algunas de interés para su proyección pública (1976)– pero que, sobre todo, se interesó por explorar el pasado. Esa fue la justificación de La vieja memoria y de otros títulos coetáneos, como Entre la esperanza y el fraude: España 1931-1939 (Cooperativa de Cine Alternativo, 1976), España debe saber (Eduardo Manzanos, 1977) y ¿Por qué perdimos la guerra? (Diego Santillán, 1977). La filmación de La vieja memoria abarcó de octubre de 1976 a inicios de 1977, hasta registrar más de veinticinco horas de entrevistas.2 Como ha resaltado Vicente Sánchez-Biosca, ese material se grabó coincidiendo en el tiempo con la dinámica de cambio circunscrito entre la formación del gobierno Suárez, la aprobación de la Ley para la Reforma Política, los sangrientos sucesos de la última semana de enero de 1977, la legalización del PCE y la convocatoria electoral del 15 de junio.3
Ese mismo tiempo histórico demostró que ninguno de los testigos reunidos en La vieja memoria iba a jugar un papel político decisivo en términos de presente con la salvedad puntual de Tarradellas. Pasionaria era presidenta del PCE desde diciembre de 1959 y poco después de su participación en el film logró acta de diputada por Asturias, ocupando por unas horas la mesa de edad que presidió la apertura de la legislatura constituyente. En aquel momento, sin embargo, su rol distintivo era el de autoridad sentimental y referente simbólico del PCE. Enrique Líster, otro viejo dirigente que intervino en la película de Camino, tuvo menos éxito político. Encabezaba una pequeña formación heterodoxa –el PCOE– frontalmente enfrentada con la dirigida por Santiago Carrillo, de la que había sido expulsado en 1970. En junio de 1977 el PCOE continuaba a la espera de su legalización y Líster se encontraba aún en el exilio. No obtuvo su pasaporte español hasta el mes de septiembre.
Federica Montseny protagonizó un efímero canto de cisne en forma de multitudinaria capacidad de convocatoria apenas quince días después de la jornada electoral, al convertirse en plato fuerte de la concentración reunida en Montjuic el 2 de julio. Aquel acto fue un espejismo respecto al futuro que le esperaba a la CNT en la España democrática, en la que quedó reducida a una posición marginal. Junto a Montseny tomaron la palabra en aquel mitin el histórico dirigente José Peirats y el secretario del sindicato en Cataluña. Entonces fue mencionado en la prensa como Enric Marcos, pero ha pasado a la posteridad como Marco,4 es decir, como el futuro responsable de la Amical de Mauthausen, «campeón» o «rock star de la memoria histórica» a inicios del siglo XXI, y como el «gran impostor y el gran maldito» de esa misma memoria, tras hacerse público en mayo de 2005 la falsedad de sus testimonios acerca de su internamiento en el campo nazi de Flossenbürg.5
Otros intervinientes en La vieja memoria, de signo ideológico opuesto a Montseny, Líster o Ibárruri, acabaron igualmente certificándose como vestigios del pasado. Fue el caso de José María Gil Robles, uno de los inspiradores de la frustrada y frustrante operación por activar la vía democratacristiana. Igual que ocurrió con la mayoría de las organizaciones que proliferaron en la sopa de letras de los primeros meses de la Transición, su Federación Popular Democrática –subsumida, a su vez, por la Federación de la Democracia Cristiana, y esta en una coalición aún mayor, el Equipo de la Democracia Cristiana– obtuvo unos pésimos resultados electorales. Lo mismo pasó con Alianza Nacional 18 de Julio, la coalición de extrema derecha que sirvió de cobijo a Raimundo Fernández-Cuesta, otro de los entrevistados en La vieja memoria. Camisa vieja de Falange, se convirtió desde 1937 en figura omnipresente del entramado burocrático y de poder de la dictadura. A pesar de su voto en contra del Proyecto de Ley para la Reforma Política en las Cortes en noviembre de 1976, participó como candidato en los comicios de junio. Encabezaba una candidatura que reivindicaba el «Estado misional y totalitario» configurado en la «Cruzada», ya que «la idiosincrasia del pueblo español […] quiere la perpetuidad del régimen de Franco, en su más pura esencia».6 Alianza Nacional 18 de Julio solo logró en las elecciones algo más de 67.000 sufragios, apenas un 0,35% del porcentaje total de voto.
Gil Robles había sido desterrado en 1962 por su participación en la reunión celebrada por un centenar de opositores democráticos en Múnich, un encuentro que fue tildado de contubernio e injerencia por el régimen franquista. Uno de los más decisivos impulsores de aquella cita, si bien en zona de penumbra, fue otro de los testigos intervinientes en la película de Camino: Julián Gómez García-Ribera, más conocido como Julián Gorkin, un seudónimo compuesto mediante el cruce de los nombres de Gorki y Lenin que denotaba su antiguo pasado revolucionario. En 1936 Gorkin era uno de los dirigentes más representativos del POUM y director de su órgano de prensa, La Batalla. Detenido tras los enfrentamientos de mayo de 1937, fue procesado y condenado en el otoño del año siguiente en el contexto de uno de los conflictos más graves y controvertidos vividos en zona republicana.
En el exilio Gorkin agudizó su exacerbado antiestalinismo trastocándolo hasta un contundente anticomunismo. Infatigable publicista, fue fundador, director y animador desde 1953 de la revista Cuadernos, una publicación que actuó como think tank en lengua española dentro de las estructuras del cosmopolita Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC). Esta organización se había constituido en Berlín occidental en 1950 al socaire de los vientos cada vez más intensos de la Guerra Fría. En 1967 la prensa norteamericana advirtió de las conexiones entre el CLC y la CIA, un extremo que fue prontamente recogido en la prensa española del momento.7
Gorkin negó siempre su vinculación y la de Cuadernos con la agencia norteamericana. No ha sido hasta fecha reciente, al hilo de investigaciones encuadradas en lo que se ha venido en llamar la guerra fría cultural, cuando se ha abordado su papel en la sección en español del CLC y se han estudiado las redes existentes con sus patronos estadounidenses.8 Esta línea de trabajo no ha estado exenta de polémica, si bien no tanto en lo relativo a las derivas ideológicas que protagonizó el dirigente poumista hasta su reconversión en militante de base del PSOE. El asunto se ha centrado, sobre todo, en debatir los grados de autonomía cultural y política de los intelectuales encuadrados en Cuadernos. Y, en particular, en el papel del colectivo como grupo en una estrategia pionera de consenso hacia la transición democrática.9
Haciéndose eco de lo publicado en la prensa norteamericana en 1967 no faltaron las acusaciones en medios comunistas a las conexiones entre Gorkin, el CLC y la CIA.10 La denuncia volvió a activarse en 1979, en el marco de un agrio debate cruzado en El País entre Gorkin y Santiago Carrillo. El punto de partida fue una entrevista realizada por Juan Cruz donde Gorkin evocó sus sensaciones al ver a Stalin en el Moscú de finales de los años veinte («me dio la impresión de estar ante un domador de animales»). Después declaró que consideraba al eurocomunismo una mera táctica para la toma del poder y negaba sinceridad democrática a Carrillo «hasta que no se autocritique por la carta que le envío a su padre y a Largo Caballero por no haber comprendido al genial Stalin» (aunque Gorkin no aludió a la reconciliación entre Santiago y Wenceslao Carrillo a finales de los años cincuenta).11 La respuesta de Carrillo no se hizo esperar. Apareció en forma de corolario a unas declaraciones de actualidad. El secretario general minimizó el tono de la durísima carta enviada en mayo de 1939 a su padre. Negó sus alabanzas a Stalin y consideró que dicha misiva no fue más que un reproche a su progenitor por su colaboración en el golpe de Segismundo Casado. Sus declaraciones concluían retomando la añeja acusación de que Gorkin andaba metido «en numerosos negocios en que participa la CIA».12
La contrarréplica se publicó en el verano en otro artículo de opinión.13 En él Gorkin reiteró sus ataques al estalinismo presentando como un «proceso de Moscú en Barcelona» la represión vivida por el POUM y el asesinato de Andreu Nin. A renglón seguido hizo acopio de citas literales de antiguos desencantados comunistas, pero sin distinguir cuáles fueron las particularidades en que surgieron tales opiniones. Entremezcló el punto de vista de Manuel Tagüeña sobre Carrillo, expuesto en sus memorias escritas en los años sesenta, con frases entresacadas del virulento panfleto anticarrillista ¡Basta! de Enrique Líster, editado tras su expulsión del PCE en 1970. Y terminó relacionando tales ataques con fragmentos extraídos del libro de Jesús Hernández Yo fui ministro de Stalin, publicado casi veinte años antes que el de Líster, y en cuya concepción –o, más probablemente, difusión–habría participado el propio Gorkin.14
El traslado al presente de la obra de Hernández pretendía desdecir a Santiago Carrillo, sugerir la responsabilidad comunista en el estallido del golpe de Casado y desactivar la mítica de la resistencia republicana. Con ese fin Gorkin recogía las provocativas consideraciones de Hernández sobre cómo se evaluó en Moscú en la primavera de 1939 el final de la guerra española. En ese escenario Hernández situaba a Palmiro Togliatti, el dirigente comunista italiano delegado de la IC en España, como calculada espoleta de provocación. Según Hernández, Togliatti habría forzado el golpe de Casado con la aquiescencia de las autoridades soviéticas al sugerir a Negrín «el nombramiento de elementos comunistas para ocupar los principales mandos, sobre todo en la plaza de Cartagena».
Las desavenencias internas vividas en el bando republicano en febre-ro-marzo de 1939 o la cuestión del POUM no tuvieron, empero, casi eco en La vieja memoria, como tampoco se mencionaron en el film otros aspectos traumáticos con visible presencia en el espacio público español de 1976-1977. La película puede valorarse como notable ejercicio por lograr la transparencia documental en torno al valor del testimonio directo. Su relato solo estaba punteado por breves comentarios del narrador en off o con ráfagas de sonido original procedente de materiales cinematográficos de los años treinta.
Pero, a pesar de ese esfuerzo para presentarse como espejo directo del pasado, lo cierto es que La vieja memoria no pudo sustraerse ni a las operaciones de elusión ni a las de selección. Aunque las filmaciones fueron realizadas en momentos y lugares distantes, Camino optó por combinar planos de intervinientes en silencio mientras se escuchaban en off otros testimonios para crear una sensación de diálogo y suturar la continuidad entre las secuencias de la película. Esta presentaba, además, una clara asimetría de enfoque. Era, ante todo, la exposición de la memoria de los perdedores. La presencia de responsables políticos o combatientes de las filas franquistas era notablemente menor que el protagonismo de los republicanos. El resultado era un relato estructurado por acusados apartados temáticos que arrancaban del 14 de abril, exploraban las raíces del levantamiento militar y se terminaban focalizando en dos secciones dedicadas al debate guerra o revolución y a los sucesos de mayo de 1937. Era en esas coordenadas donde pivotaba el núcleo dramático de La vieja memoria: en recuperar y confrontar los antiguos puntos de vista comunista y anarcosindicalista sobre la naturaleza del conflicto y las transformaciones socioeconómicas vividas en zona republicana desde el 19 de julio de 1936.
En este marco cabe situar el protagonismo central de Dolores Ibárruri y Federica Montseny en La vieja memoria. Ambas pueden ser entendidas como «mujeres-memoria», es decir, como figuras simbólicas, instancias discursivas y marcas de reconocimiento con intenso potencial rememorativo que formarían parte del universo de sentido y significación de la Guerra Civil. La categoría de mujer u hombre-memoria fue formulada por el historiador francés Pierre Nora, siendo asimilable a su término clásico de lugar de memoria. Esta otra noción cabe ser interpretada no como mera referencia a un emplazamiento geográfico, sino a un amplio conjunto de espacios simbólicos: lugares materiales con carga conmemorativa, o conceptos, alegorías, personas o instituciones con capacidad para connotar potentes huellas de pasado.15
La vieja memoria recalaba, pues, en cuestiones clásicas sobre la guerra, sustanciándolas mediante visiones personales no exentas de justificación, afán polémico y contradicciones. Pasionaria insistió, vivificándolas, en las virtudes encarnadas en las añejas tesis comunistas sobre la épica bélica, el papel crucial del partido en la defensa de Madrid o el concurso de las Brigadas Internacionales. Defendió igualmente la bondad de la estrategia comunista enfatizando que «nosotros no nos planteamos nunca […] el problema del socialismo, sino el problema de la defensa de la República y de la democracia». Y arremetió, a renglón seguido, contra el revolucionarismo anarquista, el comunismo libertario y su ilusión colectivista. Montseny recuperó, por su parte, un viejo recurso del discurso anticomunista al afirmar que «los comunistas van a lo suyo y carecen de escrúpulos cuando sus intereses están en juego».
2. TESTIMONIOS Y HECHOS
En palabras de Jaime Camino, una de las intenciones esenciales de La vieja memoria era suscitar contradicciones entre testimonios frente a realidades y hechos. «En las entrevistas», afirmó en 1979, «se producía un fenómeno específico relativo a la memoria. Los personajes, ya no voluntaria, sino involuntariamente, han llegado a creer que su pasado fue de una manera determinada».16 Estas contradicciones adquirieron relieve en muchos pasajes, en particular en los momentos en que el montaje confrontaba opiniones contrapuestas sobre unos mismos sucesos. De nuevo fueron Pasionaria y Federica Montseny los rostros protagonistas de uno de estos momentos a través de una suerte de diálogo indirecto que permitía rejuvenecer las viejas distancias. Después de la crítica al PCE antes señalada, la dirigente cenetista apostillaba que no había tenido ningún choque con Ibárruri. «Me parecía una mujer simpática, sencilla». Tras esas palabras era Pasionaria quien ocupaba la pantalla insistiendo en que nunca vio la cara a Montseny. La secuencia concluía con la intervención de la dirigente anarcosindicalista donde desautorizaba el libro autobiográfico de Dolores Ibárruri sobre los años de guerra:
Yo nunca he dicho nada contra ella. No la he atacado, ni como figura, ni como ideología… ni en ningún sentido. Y me cuesta creer que en El único camino, esa especie de memorias que escribió, ataque tan descaradamente a los anarquistas, y diga las tonterías y las inexactitudes que dice sobre los anarquistas.
Algunos de los pasajes más contundentes que constataban la fricción entre testimonio y hecho no se incorporaron, sin embargo, al metraje de La vieja memoria. Jaime Camino publicó en 1977 la transcripción completa de sus conversaciones con Ibárruri. Aparecieron como libro coyuntural en un momento en que proliferaban las publicaciones de tono biográfico o con entrevistas a los dirigentes comunistas.17 En aquella larga charla el realizador preguntó a Pasionaria acerca de la dependencia del PCE a los delegados de la IC y a la política soviética. Sobre las relaciones con Togliatti, Ibárruri subrayó que
No era el hombre que se mezclaba en nuestra política, sino que decía: sois vosotros quienes tenéis que dirigir, nadie de fuera puede resolver los problemas. Es decir, él podía discutir con nosotros y darnos un consejo en una determinada dirección, pero de ninguna manera inmiscuirse en la política del partido, en el trabajo del partido.18
Respecto a la ayuda soviética, Pasionaria insistió en que no existieron presiones:
Ellos no se mezclaban. Posiblemente tenían órdenes muy severas. Ellos no se mezclaban en absoluto, ni en los problemas militares […], ni en las cosas políticas. Ni hablar […]. La política, la política del PCE y del Gobierno español, era Negrín quién la dictaba, y la del [Partido Socialista] y la del Gobierno. Y en la nuestra éramos nosotros, no la Unión Soviética, éramos nosotros.19
Finalmente, cuestionada sobre qué recuerdo guardaba de Stalin, Ibárruri contestó:
Yo puedo decir que para con nosotros era muy cariñoso, independientemente de cómo fuera para con los demás […]. Se interesaba mucho por los problemas de España. En general, yo, nosotros, no podemos decir nada de los problemas interiores de la Unión Soviética. Esos a nosotros no nos llegaban, esos los resolvían los comunistas soviéticos. Y [volviendo a Stalin] conmigo, yo puedo decir que me trataba como a una camarada, afectuosamente, y todo lo que yo vi con los demás camaradas, también. Ahora, en los problemas internos de la Unión Soviética nosotros no nos mezclábamos para nada. Nosotros éramos como un islote.20
Pasionaria siempre expresó un afecto y una admiración sinceros por la Unión Soviética, el lugar donde, salvo periodos puntuales, permaneció entre 1939 y 1977. En la segunda parte de sus memorias volvió a insistir en su respeto a Stalin. Pero las opiniones a Jaime Camino, que acaban de transcribirse, chocan frontalmente con alguna visión sobre la naturaleza de las relaciones entre el PCE y la IC durante la guerra. El balance formulado por Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo resulta, en este sentido, contundente. Para ambos autores la ubicación del PCE en el esquema de decisiones de la IC solo cabría enfocarla en términos de rígido control y subordinación. De este modo no sería posible «hablar en rigor de historia del Partido Comunista de España, sino de historia de la sección española de la Internacional Comunista».21 Según dicha visión, habría existido un vacío efectivo de competencias y capacidad de actuación por parte de la dirección española, sirviendo de correa de transmisión para una estrategia trazada y desarrollada a cada paso desde la URSS.
Muy diversos nombres estuvieron presentes en diferentes momentos de la Guerra Civil. En julio de 1936 era delegado el italoargentino Victorio Codovilla (o Vittorio Codovila, conocido como Luis o Medina). Con posterioridad arribó el húngaro Erno Gerö (Pedro), que fue además consejero de la IC en el PSUC de modo estable desde enero de 1937. Ese mismo mes llegó también el búlgaro Stoyán Mínev, conocido como Moreno o Stepanov, antiguo responsable del Secretariado de Países Latinos de la IC. Desde el verano de 1937 la figura esencial del Komintern fue un miembro prominente de su secretariado político, el italiano Palmiro Togliatti (Alfredo o Ercoli). A ellos se sumaron delegados sectoriales o relevantes representantes enviados de otros partidos hermanos, como el dirigente del PCF André Marty.
Otros actuaron como figuras mixtas que combinaron las actividades militares, políticas y formativas, como el búlgaro Ruben Avramov (Mikhailov, Ruben Levi, Miguel o Miguel Gómez). Avramov fue responsable de la Escuela de Cuadros del PCE –de hecho, procedía de la sección española de la Escuela Internacional Leninista–, se encargó de la formación de comisarios políticos en Madrid y se especializó además en la elaboración de materiales teóricos. Ya en Moscú, desde 1939 volvió a realizar tareas de educación política para la IC, ocupó notables cargos de responsabilidad política en Bulgaria y durante los años sesenta llegó a ser director del Instituto de Historia del partido. Esos nombres dependieron de la Secretaría del Comité Ejecutivo de la IC, formalmente entendida como organismo colegiado. En ella figuraron, además de Palmiro Togliatti o André Marty, el alemán Wilhem Pieck o el checo Klement Gottwald. En un estrato superior se situaba la Secretaría General en manos de Georgi Dimitrov y, de facto, de Dmitri Manuilski. Los engranajes de este entramado estarían conexos, a su vez, con diversas instancias del Gobierno soviético (agitación y propaganda, relaciones culturales, asuntos exteriores o policía política). Como culminación y punto nodal de toda esta estratificación se encontrarían los criterios del propio Stalin.
La lectura que subraya la jerarquización del PCE a los delegados de la IC, de estos a los órganos ejecutivos de la Internacional y de ese nivel a las instancias superiores de poder soviético hasta desembocar en Stalin resulta obviamente cierta. Pero así enunciada es también reduccionista, al soslayar el complejo sumatorio de factores que hicieron de los años treinta un campo de pruebas donde se pusieron en juego los mecanismos de articulación de las redes comunistas y la circulación de informaciones o decisiones. Brigitte Studer ha propuesto, al respecto, la imagen de un espacio transnacional entendido como «espacio social extendido sobre las culturas nacionales que lo configuraron», cruzado por los intereses de poder, sus jerarquías y grupos de presión, el diseño de acciones generales y su ajuste o revisión coyuntural, la existencia de focos de tensión y negociación, los acoplamientos entre las burocracias soviética, de la IC y de los partidos nacionales, el tráfico de personas o por la formación de una cultura fruto de la integración de la comunidad comunista internacional.22
Para enmarcar tales fenómenos ha de tenerse en cuenta un amplio abanico de variables. Ahí interaccionaron aspectos de índole sistémico, comenzando por la concepción emanada del proyecto bolchevique y de los criterios de adhesión establecidos en las 21 Condiciones dictadas en el congreso fundacional de la IC de 1919. Pero este no fue un entramado estático. Durante los años veinte se fueron engrasando los mecanismos de control según se iban definiendo los hábitos de trabajo o se asimilaban experiencias derivadas del funcionamiento, complejidad y burocratización de rutinas. Igualmente repercutieron las implicaciones asociadas a la cristalización del Estado estalinista como práctica de poder con proyección dentro y fuera de las fronteras soviéticas. El VI Congreso, celebrado en 1928, ratificó la imagen del organismo como estado mayor de un partido mundial compuesto por secciones nacionales y centro de emanación de decisiones de obligado cumplimiento. Pero tal principio de autoridad debía ajustarse a diversas realidades: a las lógicas de modulación que sufrían las líneas políticas, las tácticas y la estrategia global de la IC. También a la posición singular de los partidos nacionales en cada espacio local, a su capacidad de maniobra, grado de penetración, vertebración y movilización, o a las particularidades de sus cuadros, militantes y simpatizantes.
La reforma de la estructura de la IC, impulsada en el otoño de 1935 tras el VII Congreso, tuvo como objeto rebajar la hiperburocratización y establecer un esquema de trabajo fundamentado en el objetivo de que los partidos nacionales ganasen autonomía –«concentrar la dirección operativa de nuestro movimiento en las propias secciones», según Dimitrov–. Pero, al tiempo, se reforzó el crucial Departamento de Cuadros como nodo recolector de informaciones personales y mecanismo central en la promoción o fiscalización internas, y se impulsaron secciones homónimas en los partidos nacionales (cf. epígrafe 3.5).23
Los delegados de la IC, así como otros integrantes en el personal soviético enviado a España, generaron un importante corpus de informaciones que circularon entre España y la URSS. Combinaron diagnósticos, opiniones y orientaciones políticas con visiones sobre asuntos que afectaban a la vida republicana, las coyunturas militares o la organización del PCE. Este material permite una aproximación a las mecánicas de interacción entre el partido y la IC o sobre cómo se resolvieron ciertas demandas y expectativas desde uno y otro lado.24 Tales prácticas se encuadrarían en el culto al informe como hábito administrativo, pero también como flujo de información. De hecho, existían notables antecedentes en esta cultura obsesiva por el registro informativo. Como señaló Sheila Fitzpatrick, durante el primer Plan Quinquenal dirigentes como Mólotov, Kaganóvich o Mikoyán se movieron infatigables de una esquina a otra del país, redactando diariamente numerosos informes.25
Algunos documentos dan cumplida cuenta de las prácticas de trabajo en el seno de las instancias orgánicas de la IC. Un extenso memorándum de inicios de 1931, probablemente obra de Stepan Mínev, detalló las funciones, actividades y ritmos del Secretariado Romano en un tono de exaltada hiperactividad. Este organismo se definía por oposición. «No es una sociedad de estudios históricos, arqueológicos, sociológicos, filosóficos ni un círculo de auto-educación», sino el centro de actividad política encargado de asegurar un flujo de información y orientaciones entre la IC y varios partidos europeos, entre ellos el PCE. Asimismo, debía realizar labores de control garantizando el cumplimiento de las directivas cominternianas. Y, llegado el caso, «revelar a tiempo los errores, las faltas, desviaciones», planteando encuentros para tratar «cuestiones delicadas, litigios y su discusión». Su lógica era la del trabajo funcionarial con horarios muy marcados, reuniones regulares entre los miembros estables –un staff transnacional donde se situaban el propio Stepanov, Dmitri Manuilsky, André Ferrat o Kurt Müller– y otros colaboradores ocasionales. Además, desarrollaba actividades coyunturales con múltiples comisiones de trabajo. El secretariado también fijó las tareas de los representantes de los partidos nacionales. El delegado español León Gabriel Trilla, por ejemplo, estaba obligado a resolver en pocas jornadas la redacción de varias directivas para el PCE y participar en diversos grupos de trabajo.26
Pero una mirada que hable solo de comunicación unidireccional resulta, en este sentido, tan engañosa como otra que minusvalore o desprecie el decisivo contagio de los intereses soviéticos en las políticas comunistas españolas. En ocasiones, alguna decisión coyuntural fue fruto directo de la iniciativa española. El 22 de mayo de 1936 Jesús Hernández defendió ante la Presidencia del Comité Ejecutivo de la IC la necesidad de una «intervención económica del Estado» y alguna nacionalización estratégica. Era una propuesta en estricta clave proteccionista.27 Fue recogida una semana después entre las decisiones aprobadas por el Secretariado, donde se abogó por que el PCE se esforzará para que el Frente popular hiciese suya esa propuesta, contemplando incluso la «participación sindical en dicho control».28
En otras ocasiones la mecánica de las consultas conllevó al contacto directo entre Stalin y algún dirigente español. Eso ocurrió, por ejemplo, a inicios de septiembre de 1937, cuando Dimitrov envió por escrito a Stalin una solicitud de Codovilla y del secretario de organización del PCE Pedro Checa –a quien algunos autores han atribuido el rol de agente del NKVD–29 para clarificar «varias preguntas que nos piden que discutamos y para las que se solicitan adecuados consejos e instrucciones apropiadas».30 Aunque la emanación de criterios se insertó en un modelo de comunicación mucho más complejo y sofisticado que la pura unidireccionalidad del mandato de órdenes jerárquicas. Dicho modelo debería definirse, más bien, como diálogo asimétrico que requería de esa eficaz transmisión de información, pero donde intervinieron las decisiones colegiadas e, incluso, la discusión de directrices en una lógica no siempre de rapidez o eficacia respecto a la toma y resolución de decisiones (cf. epígrafes 4.5 o 5.6).
Tampoco debe obviarse el esquema de actuación condicionado por las necesidades estratégicas de la política exterior y de seguridad soviética. El vector soviético, en expresión de Ángel Viñas, conformó un aspecto clave, aunque sus perfiles concretos estuvieron condicionados por diversos factores.31 En lugar destacado, por la limitada capacidad de maniobra diplomática a que se vio sometida la política exterior republicana. Y, en paralelo, por las inestables tensiones europeas, sus derivas a lo largo del tiempo y por lo que Marcelino Pascua definió como la «alerta tensísima [soviética] a los peligros del exterior», en particular ante la posibilidad de un entendimiento entre Alemania, Francia y Gran Bretaña.32 La aventura española de Stalin ha sido valorada como ambiciosa operación sobre el papel, pero también como fracaso relativo en la práctica, plagado de notables claroscuros en lo relativo a la eficacia del personal militar y los asesores, un contingente que pudo sumar algo más de dos millares de integrantes.33 Sin embargo, junto a esta presencia se entretejieron otros elementos de conexión cultural en la apreciación española sobre la URSS, unas coordenadas donde debe situarse la eficaz socialización de un antifascismo de masas o la carga simbólica adquirida por la Unión Soviética –y no solo entre los comunistas españoles– como nación amiga y privilegiada vanguardia del socialismo (cf. epígrafes 5.3 y 5.4).
3. TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA TUTELA
Una muestra de disparidad relativa de pareceres entre los consejos emanados de Moscú y la lectura in situ de la situación en España se manifestó en la primavera de 1937 ante el escenario de la crisis del gobierno Largo Caballero. Las indicaciones enviadas desde Moscú a inicios de marzo de 1937, tras un informe de situación presentado por André Marty, insistió en que sería «un error dirigir nuestras críticas particularmente contra Largo Caballero» y acentuó la necesidad de influir, evitando levantar suspicacias, en el dirigente socialista.34
En la tarde del 14 de marzo tuvo lugar una reunión en el Kremlin con presencia de Stalin, Voroshílov, Mólotov, Kaganóvich, Dimitrov, Marty y Togliatti. El encuentro se producía semanas después de la caída de Málaga y en coincidencia con el inicio de la ofensiva franquista en el Norte. Allí se discutió sobre la continuidad de Largo Caballero, planteándose su renuncia como ministro de la Guerra y la designación de «otra persona como comandante en jefe». Además, si se producía una reorganización del gobierno, se contempló que los comunistas reclamasen mayor presencia. Pero también pareció claro que no era necesario «derribar a [Largo] Caballero», ya que «no existe nadie más adecuado para servir como jefe de Gobierno».35 Seis días después Stalin recibió a Rafael Alberti y María Teresa León e insistió en los mismos argumentos. Largo Caballero había demostrado un carácter firme y voluntad de lucha contra el fascismo. Por tanto debía ser «preservado» como jefe de Gobierno, si bien debería quedar excluido de las responsabilidades militares.36
La respuesta desde Madrid llegó unos días después en forma de rechazo a las directrices de la IC. En un informe de finales de marzo de Stepanov, que afirmaba reflejar el estado de ánimo y la opinión del BP, apuntaba que
Todos están de acuerdo aquí en que las directrices y consejos [de la IC] son absolutamente correctos en todas las cuestiones; solo hay una que ha sido superada por los acontecimientos y es la que atañe a la posibilidad de encontrar un acuerdo con Caballero. Aquí todos piensan que es imposible un acuerdo, que se han agotado todas las posibilidades, que hay que adoptar una posición dirigente y obligar[le] a abandonar el puesto de ministro de la Guerra, y si se hace necesario, también el puesto de presidente del Consejo de Ministros.37
El 14 de abril de 1937 la IC respondía a estas objeciones aconsejando de nuevo que Largo Caballero quedase como presidente.38 Finalmente, como es sabido, en el Consejo de Ministros celebrado el 13 de mayo los dos ministros comunistas, Vicente Uribe y Jesús Hernández, reclamaron exactamente eso: la salida de Largo Caballero del Ministerio de Guerra. En las jornadas inmediatamente posteriores se certificó el fracaso del proyecto caballerista en el contexto más general de la pugna por la hegemonía en la izquierda frente al PCE.39 El jefe de Gobierno se orientó, en última instancia, a lograr un fortalecimiento socialista mediante el control de las carteras clave. Ni la CNT, ni una parte notable de su partido ni, por supuesto, el PCE apoyaron esa opción, que tan solo contó con el respaldo de la UGT y las fuerzas republicanas.
La crisis del Gobierno cerró una experiencia política indeseada en sus orígenes. El 8 de septiembre de 1936 Dimitrov había expresado en una nota al comisario de Defensa Kliment Voroshílov que, «pese a nuestros esfuerzos, hemos sido incapaces de evitar un gobierno de [Largo] Caballero» y que no pudo evitarse la participación comunista en el gabinete.40 Esta constatación evidenciaba los notables reparos a desembocar en un gobierno excesivamente radicalizado u obrerista que fuese más allá de una estricta política de defensa de la República. Esa situación podía perjudicar tanto a los intereses diplomáticos españoles como a las expectativas soviéticas ante las potencias occidentales. De hecho, entre las recomendaciones de Dimitrov al PCE en aquellos días figuró la preferencia por un gabinete Giral como gobierno de defensa nacional, quizá ampliado con la presencia de Prieto y Largo Caballero y de dos comunistas. En todo caso, debía «ser un gobierno comprometido con la defensa de la República democrática que lo subordinará todo a la misión básica de sofocar la revuelta».41
Otro tema donde se suscitaron divergencias fue el relativo a la fusión del PCE y el PSOE en el llamado partido único del proletariado. Dicho objetivo había quedado definido desde la perspectiva comunista a mediados de 1935. En su intervención ante el Pleno del VII Congreso de la IC Jesús Hernández defendió la tesis del partido único como resultante de un entendimiento en pos de «derrocar la dominación burguesa e instaurar el Poder de los obreros y los campesinos en España».42 No obstante, como ha resaltado Josep Puigsech, el interés del PCE por la fusión prácticamente desapareció tras el 18 de julio. Esa actitud chocaba con la aparente idoneidad del momento –coronar la lógica de la confluencia antifascista con la confluencia orgánica–, evidenciando los reparos comunistas a que reprodujesen a escala nacional los problemas suscitados en Cataluña a raíz de la unificación en torno al PSUC a causa de la relativa dispersión ideológica existente en la nueva organización.43 En todo caso, el tema siguió abierto. Incluso el POUM intentó aproximarse a la Comisión Ejecutiva del PSOE en enero de 1937 con vistas a participar en el proceso, manifestando su extrañeza porque los contactos se limitasen solo a los socialistas y al PCE.44
En la reunión, antes mencionada, del 14 de marzo en el Kremlin volvió a impulsarse la cuestión de la unidad orgánica, pero desde un punto de vista flexible alejado del maximalismo expuesto por Hernández dos años antes. Esta vez se estimó que «si los socialistas insisten, el nuevo partido no se adherirá a la IC», pero añadiéndose a continuación que «tampoco lo hará a la Segunda Internacional». Poco después, ante Alberti y León, Stalin ratificó la idea de la fusión apelando a la idea de que «el partido comunista y el partido socialista deben unirse porque comparten los mismos objetivos básicos: la república democrática».45
En cambio, en junio, Pasionaria defendió con rigidez las condiciones de la fusión en relación con una lectura basada en el principio de preeminencia comunista. La unión era necesaria, afirmó Ibárruri, a pesar de que «nuestro Partido es fuerte» y juega un «papel decisivo para asegurar un triunfo rápido de la guerra y la revolución». Las bases para tal acuerdo no podían ser otras que las de un marxismo «enriquecido con la aportación doctrinaria de Lenin y Stalin», la aplicación del centralismo democrático y del «método leninista-estalinista de la autocrítica», la disciplina férrea, la unidad ideológica y la defensa de la Unión Soviética como «cuestión de honor proletario».46 En cambio, durante su estancia en Moscú en septiembre de 1937 Codovilla y Checa recibieron de nuevo indicaciones contemporizadoras que parecían matizar la visión de Pasionaria. Ante la cuestión de la integración en la Segunda o la Tercera Internacional se afirmó que la mejor opción era que el nuevo partido mantuviese relaciones con ambas.47
Cómo gestionar el creciente protagonismo adquirido por el PCE en el campo republicano fue otro elemento que suscitó posiciones encontradas, en este caso entre los delegados de la IC y la dirigencia española. «La autoridad y el crecimiento de la influencia del partido son enormes», se afirmó en el informe de Stepanov a Dimitrov y Voroshílov remitido desde Valencia el 30 de julio de 1937, considerándose que aumentaba «la convicción de que la guerra y la revolución popular no pueden concluir con éxito si el PCE no toma en sus manos el poder. Quién sabe, tal vez esa idea sea efectivamente correcta».48 Al hilo de la crisis del gobierno de Largo Caballero, Stepanov calculó a finales del mes de marzo que una hipotética victoria militar conllevaría al dominio definitivo del PCE en la zona leal. Ese horizonte concitaba una suma de temores y permitía aproximaciones de tinte anticomunista entre caballeristas, anarcosindicalistas, la «burguesía reaccionaria francesa» y Gran Bretaña, apuntando así una tesis sin consecuencias en el corto plazo, pero que fue recuperada y oficializada circunstancialmente en el otoño de 1939, en el contexto de las lecturas sobre el final de la Guerra Civil y el inicio de la guerra en Europa (cf. epígrafe 6.1)
Una España republicana, alzada sobre las ruinas del fascismo y dirigida por comunistas, una España libre, de un nuevo tipo republicano, organizada y con la ayuda de gente competente, sería una gran potencia económica y militar, que desarrollaría una política de solidaridad y estrechas conexiones con la Unión Soviética. Eso es lo que Inglaterra no quiere.49
Togliatti justificó las variables que explicaban el crecimiento vivido en el PCE entre el otoño de 1936 y la primavera de 1937. Subrayó la eficacia propagandística y el eco logrado entre la pequeña burguesía urbana, el campesinado o en las unidades militares. Defendió la necesidad de ganar posiciones en el ejército, la administración y el entramado burocrático y de seguridad. Sin embargo, ante la posibilidad de que la hegemonía comunista se tradujese en una toma del poder o en el monopolio del control político, fue extraordinariamente crítico. Llegar a ese punto constituía un soberano error de cálculo basado en una falaz sobrevaloración de las propias fuerzas que conllevaría dinamitar el Frente Popular. La caída de Largo Caballero había provocado en «algunos camaradas» un erróneo espejismo, con apreciaciones equivocadas acerca de «que el partido puede ya plantear la cuestión de su hegemonía en el Gobierno y en el país». En ese sentido, apostillaba en su informe del 30 de agosto de 1937 que
Cuando ha empezado a formarse el bloque anticomunista, aun partiendo de la acertada observación de que la lucha contra los comunistas es consecuencia de su crecimiento, [algunos] se han deslizado hacía la teoría que considera inevitable y fatal que todos los partidos no comunistas tengan que alinearse, uno tras otro, en contra nuestra. Basta hablar con nuestros camaradas y escuchar sus discusiones para darse cuenta de que aún hoy les falta suficiente claridad sobre la cuestión.50
En abril de 1938, Togliatti retomó el asunto incluyendo en sus críticas al grueso del partido y a los principales dirigentes españoles. El italiano apreciaba mucho sectarismo en las organizaciones locales, particularmente en Madrid. También fiscalizó la posición de Dolores Ibárruri en contradicción con la apreciación vertida por Pasionaria en La vieja memoria. Según Togliatti uno de los discursos pronunciados por Ibárruri en Barcelona «tuvo que ser corregido profundamente porque, en el fondo, estaba dirigido contra el Frente Popular (consideración de la pequeña burguesía en bloque como una masa de cobardes, desprecio de la Constitución)».
En este mismo informe apuntó incluso «alguna vacilación, rápidamente superada, […] en Pepe [Díaz], en forma de orientación hacia un gobierno obrero». En suma, «la tendencia contra la que en diversas ocasiones he tenido que tomar posición ha sido la de creer que la solución de todos los problemas será posible si el partido toma en sus manos todos los resortes del poder, y en cuanto lo haga».51 La tensión entre las posiciones maximalistas que superaban el marco frentepopulista y las actitudes pragmáticas volvieron a evidenciarse en febrero de 1939, en vísperas de la sublevación de Casado, cuando se opuso la posición de Stepanov, partidaria de una «dictadura revolucionaria-democrática» y la defendida por Togliatti.52
Finalmente, no debe olvidarse que los contenidos presentes en la información remitida a Moscú estuvieron sometidos a las particularidades, la calidad de los contactos y la capacidad analítica de cada delegado o asesor. Hubo visibles diferencias entre la visión más radical de Stepanov y la mayor flexibilidad y prudencia que demostró Togliatti. En los informes elaborados por los delegados de la IC o por el personal soviético los diagnósticos tampoco expresaron siempre una cerrada unanimidad de pareceres. Así, el secretario general José Díaz podía ser presentado a inicios de marzo de 1937 como capaz para elaborar informes con «revisiones serias, detalladas y con una visión sólida de la situación».53 En otro informe de André Marty ante el Secretariado del CEIC del 10 de octubre de 1936, fue dibujado como un «camarada absolutamente magnífico», bolchevique y trabajador pragmático.54
En cambio, en un documento fechado el 30 de septiembre del periodista y escritor Ilya Ehrenburg para el embajador soviético en España Marcel I. Rosenberg, se subrayó que, salvo Pasionaria, «la dirección del partido comunista consiste en gente que todavía no tiene autoridad a escala nacional». Aludiendo a Codovilla, Ehrenburg afirmó que era el auténtico secretario general y que manchaba la reputación del partido «ante toda la gente del Frente Popular», obstaculizando «la formación de cuadros dirigentes, de dirigentes políticos independientes».55 El 11 de octubre de 1936 Marty había denunciado la misma situación. Criticó que «la vida interior del partido» evitaba abordar las «cuestiones importantes» y se perdía en las puramente «prácticas, pero secundarias». «El camarada Codo declaraba: dado que no soy militar, no puedo darle una opinión», tildándole Marty de «cacique».56
Esa visión fue amplificada en los informes redactados por Togliatti entre el verano de 1937 e inicios de 1938. No faltaron reparos al autoritario papel ejercido por Codovilla o frente a otros delegados como el alemán Franz Dahlem, con un importante peso en las Brigadas Internacionales. Ambos desorientaban «a los camaradas [españoles], impulsándoles por un camino equivocado», considerándose «amos del partido, partiendo de la base de que los camaradas españoles no valen nada». Respecto a Codovilla, Togliatti insistió en que impedía a la dirección española «trabajar bien, destruyendo en los camaradas el sentido de la responsabilidad, el espíritu crítico».57 Sobre Stepanov, la crítica fue más moderada, aunque resaltó las limitaciones de sus métodos de trabajo y su incapacidad «para dirigir a los camaradas [españoles] hacia una autocrítica acertada».58
Togliatti concebía su labor de tutela sobre el PCE en términos próximos a lo evocado por Pasionaria en La vieja memoria. «Los camaradas españoles han crecido, es necesario entenderlo y dejar que anden por su propio pie, limitándonos nosotros realmente al papel de consejeros».59 Con esa afirmación seguía un dictamen del VII Congreso de la IC que abogaba por impulsar el trabajo autónomo de las secciones nacionales para profesionalizar y especializar tareas. Los balances de Togliatti combinaron observaciones sobre la capacidad de socialización y alusiones a fallas organizativas, de formación y estrategia desde un tono tutorial. «El partido ha cambiado profundamente. Se ha convertido en un gran partido. […] Su autoridad ha aumentado de modo extraordinario», escribió el 30 de agosto de 1937. Aunque después evaluaba de modo más desalentador algunos métodos de la dirección local: «hay mucho desorden e improvisación. […] Todos los camaradas dirigentes están cansados, abatidos por el exceso de trabajo, enfermos».60
A inicios de 1938 Togliatti se vanaglorió de haber logrado éxitos importantes. «El centro de la dirección operativa no está en manos de un consejero, sino en manos de camaradas españoles». Tales mejoras se reflejaban en el reparto de tareas o la eficacia propagandística. Se había logrado implementar un ritmo de encuentros y reuniones y los «españoles permitían ser aconsejados por cuadros cualificados».61 Stepanov también hizo un balance similar justificando su actuación como asesoría y no como labor orientada a suplir a la dirección española.62 En estas coordenadas se situó la importancia dada al trabajo en equipo. Togliatti valoró los avances en el Pleno de noviembre de 1937. El informe presentado por Díaz fue redactado por una comisión compuesta por el secretario general, Manuel Delicado y por el propio italiano. Después pasó a discusión en el BP teniéndose en cuenta «un amplio plan escrito preparado por esa comisión», posiblemente a partir de puntos consignados por Togliatti. La redacción definitiva del informe fue «igualmente colectiva» y contó «con la participación decisiva de camaradas españoles». En cambio, en el que debía pronunciar Pasionaria tuvo problemas. «No fue ayudada lo suficiente y la composición del informe le costó mucho esfuerzo».63
4. HISTORIA Y MEMORIA
Las páginas precedentes han pretendido poner de relieve varios aspectos esenciales cara al contenido de este libro. En primer término, la subsistencia del recuerdo de la Guerra Civil española durante los meses que conformaron la realización de La vieja memoria. Las manifestaciones de dicho recuerdo deben advertirse como muestras de una modulación selectiva. Fueron fruto de formulaciones y (re)construcciones previas que enraizaban con reflexiones y polémicas sobre la memoria de la guerra, pero se ajustaron también a las lecturas de situación efectuadas en la coyuntura abierta tras la muerte de Franco. Sus expresiones han de ser abordadas y analizadas, pues, como construcciones discursivas susceptibles de adecuarse a condicionantes plurales donde cupieron las afirmaciones, pero también las elusiones como formas indirectas de presencia.64
Los informes redactados durante la guerra remitidos a la dirección ejecutiva de la IC o a otros organismos soviéticos se definieron por su carácter informativo y descriptivo. Respondían a un formulismo basado en transmitir una cierta noción de verdad o en reflejar la aparente objetividad de los hechos. Representan ejemplos emblemáticos de fuentes históricas. Desde inicios de los años noventa, cuando pudo accederse a la documentación de la IC, se estimó que esta protagonizaría una revolución historiográfica. Ese aparente fetichismo archivístico se fundamentó en la idea de que se estaba en puertas de un definitivo esclarecimiento de las grandes cuestiones que dominaron las polémicas historiográficas (mecánicas de sujeción a Moscú, estrategias privadas o reservadas o actividades de violencia política). Sin embargo, como apuntó Tony Judt en una crítica bibliográfica sobre materiales procedentes del Kominform, el trabajo de archivo también permitió «comprobar lo mucho que ya sabíamos», evidenciando así que el asunto clave es «el uso que puede hacerse de los nuevos materiales para nuestra mejor comprensión».65
En la actualidad las categorías de historia y memoria han sido empleadas, con frecuencia, como si se tratasen de perfectos sinónimos. Es más, el lenguaje usual tiende con frecuencia a intercambiarlas y confundirlas, llegando al extremo de su conversión en oxímoron a través del popularizado concepto de memoria histórica.66 En paralelo, desde los últimos años se ha ido solidificando un ámbito de reflexión internacional agrupado bajo el epígrafe de estudios de memoria. Se ha caracterizado por un sesgo interdisciplinar donde han confluido perspectivas que abarcan desde la sociología –el eje matriz para muchos enfoques–, a la psicología, la antropología, los estudios culturales, los análisis sobre medios de comunicación o la historiografía. En tal escenario se han inscrito las reflexiones sobre las especificidades y deslindes entre historia y memoria. Con ese fin se situó la advertencia de Juan José Carreras sobre el riesgo que presentaba la reflexión historiográfica de sufrir una «hipóstasis de la memoria», una inflación y saturación hasta el punto de que las alusiones a la memoria se terminasen pareciendo a «la Virgen Santísima [que multiplica] su presencia en los más diversos lugares merced a sus diversas advocaciones».67 Con ello aludía a la canibalización de asuntos clásicos de la reflexión histórica al transferirse a la agenda de los estudios de memoria, incluso en «actividades tan usuales como la enseñanza de la historia, bautizada ahora como gestión de la memoria».68
Tal y como se ha señalado en la introducción, este libro desea enfocarse desde un prisma eminentemente aplicado. Pero es esencial subrayar criterios de delimitación e indicar algunas dificultades que comportan. Otro historiador español, Eduardo Manzano, ha demarcado los terrenos de la historia y la memoria a través de una consideración especialmente clarificadora: la historia (o si se quiere, el ideal de historia) puede ser definida como aquel pasado que no necesita del presente («todo aquel pasado que no tiene actualidad» afirmó literalmente Manzano), que se expresaría en forma de conocimiento explicativo con aspiraciones de objetividad y totalidad. En cambio, la noción de memoria evocaría no solo la dimensión del recuerdo personal. Implicaría también la remembranza compartida, los grandes imaginarios sobre lo pretérito o el relato sobre las raíces colectivas vinculadas al presente, sus necesidades y condicionantes.69 Desde esta perspectiva, cabría entender la memoria como la resultante de múltiples prácticas discursivas de actualización del pasado. Tal consideración permitiría contraponer la apreciación de una «Memoria [que] perpetúa el pasado en el presente, [mientras que] la Historia fijaría el pasado en un orden temporal cerrado, cumplido, organizado según criterios racionales, en las antípodas de la experiencia subjetiva de lo vivido».70
Dichos puntos de vista conllevan problemas. Tanto la entendida como crisis de la historia –la discusión del estatus de autoridad de la explicación historiográfica desde la consideración de quiebra de los metarrelatos omnicomprensivos– como el peso alcanzado por las narraciones históricas en el contexto de la cultura popular parecen rebatir la imagen de una historia objetiva, capaz de escapar del presentismo y carente de intencionalidades de legitimación o denigración.71 Por otro lado, el término memoria se presenta como un vocablo ambiguo por su ambivalencia, inconcreción semántica y aparente autoridad, en ocasiones basada en una sobrevaloración de la voz del testigo directo. Como mencionó con ironía el escritor Javier Cercas «no falla. Cada vez que, en una discusión sobre la historia reciente, se produce una discrepancia entre la versión del historiador y la versión del testigo, algún testigo esgrime el argumento imbatible: ¿Y usted qué sabe de aquello, si no estaba allí?».72
A pesar de estas dificultades, evidentemente es posible historiar la memoria, igual que se producen constantes procesos de memorialización de la historia. Contamos con abundantes estudios centrados en el análisis histórico sobre las modalidades de pervivencia de la memoria. Un trabajo esencial desde este enfoque fue el dedicado por Henri Rousso a lo que llamó el síndrome de Vichy: la presencia y, sobre todo, la ausencia intencional del recuerdo sobre la colaboración voluntaria francesa durante la Ocupación, así como respecto al carácter nacional francés del proyecto del Estado de Vichy.73 Este estudio se interesaba, además, por otra cuestión crucial al abordar cómo esa asimilación y discusión social sobre el periodo 1940-44 sirvió de elemento de solidificación para la identidad nacional francesa tras la Segunda Guerra Mundial. Para cualificarlo Rousso estableció una periodización de largo recorrido pautada por varias fases: la «liberación, depuración y reconstrucción» propias de la inmediata posguerra, la cristalización del mito aglutinante de la Resistencia gracias a la solidificación de la memoria gaullista, su fractura coincidiendo con la eclosión de la cuestión de Vichy en el espacio público desde los primeros años setenta, y, por fin, un momento dominado por la obsesión acerca de la memoria vivida en la década de los ochenta.
Tampoco ha existido un consenso unívoco en la historiografía o la sociología sobre el uso de otras categorizaciones que, con frecuencia, han resultado intercambiables.74 Así ha ocurrido con las expresiones memoria social, memoria cultural o memoria colectiva, si bien esta última suele explicarse de acuerdo con los parámetros seminales formulados por su principal inspirador, el sociólogo francés Maurice Halbwachs desde los años veinte.75 Halbawchs consideraba que ciertos condicionantes –la adscripción a un grupo, estamento profesional o clase social– permitían establecer unos encuadres para que se fijasen ciertas modalidades de recuerdo compartido entre los individuos integrados en tales agregados. Consideró, además, que la memoria colectiva actuaba no solo como opinión sobre determinados elementos de pasado, sino que se construía hasta devenir en factor capaz de incidir en la percepción sobre lo social o la articulación de la identidad.
Algunos análisis dedicados al estudio de la memoria comunista son directos deudores del influjo de las reflexiones de Maurice Halbwachs. Es el caso del dedicado por Marie-Claire Lavabre a la memoria comunista francesa.76 La categoría de memoria colectiva es entendida por Lavabre como sinónimo de memoria de grupo, o como conciencia colectiva, si bien contendría percepciones diferenciadas, sintetizando diversos aspectos: las experiencias individuales, entre las que figurarían los procesos de aprendizaje o los grados y formas de politización personal; las prácticas militantes de bases, cuadros y dirigentes, o la presencia e interacción de otros planos como la memoria nacional.
El eje mnemónico comunista estaría definido, en todo caso, por la centralidad de lo que Lavabre denominó como la memoria de partido. Con el concurso de estos mimbres se habrían entrelazado los marcos privativos que impulsaron y gestionaron la memoria comunista francesa. Dichos enmarques se caracterizarían por la presencia de determinados criterios culturales. En particular por la asimilación –muchas veces de forma vulgarizada– del marxismo-leninismo como ciencia y filosofía de la historia y, de ahí, por la interiorización de un determinado sentido de la historia en los discursos o las representaciones comunistas. Pero también por la presencia de condicionantes derivados del modelo orgánico. El cariz revolucionario otorgado al partido, su objetivo de erigirse en contrapoder político-cultural, la extensión de hábitos y comportamientos (como el secretismo o la autocrítica), o la persistencia de unas lógicas de vertebración fundadas en el principio del centralismo democrático, articularían las notas dominantes de tales componentes organizativos.
Un último espacio, o marco, para la memoria habría derivado según Lavabre de los marcos de la socialización. En ese epígrafe se incluirían aspectos como las estrategias pedagógicas, las fórmulas y mecánicas de adhesión, las actividades de proselitismo o los procesos de identificación y apropiación de valores del partido, en particular de carácter moral y actitudinal.77 Complementariamente, la memoria colectiva comunista debería percibirse como una sustancia potencialmente estratificada. En el ejemplo histórico del PCF existió una visible jerarquización vertical coincidente con una tendencia a la homogeneidad horizontal y sincrónica de visiones o representaciones, muchas de ellas emanadas de arriba, desde el relato oficial sancionado (o directamente generado) por la instancia dirigente. Tal modalidad discursiva constituiría un fenómeno no exclusivamente francés, sino extensible e intercambiable ante otras organizaciones comunistas. Su preeminencia estribaría en su capacidad de presencia e influencia en el marco orgánico dado su rango de explicación discursiva institucional. También por su frecuente traducción en forma de definiciones estereotipadas, o bien por su naturaleza como retóricas basadas en apelar a lugares comunes de evocación desde clichés reiterativos.
5. MEMORIA COMUNISTA
Las expresiones «uso público de la historia» y «políticas de memoria» constituyen otras categorías de empleo corriente que a veces han funcionado como sinónimos intercambiables. No obstante, es posible considerar algunas especificidades. Ambas expresiones subsumen aspectos comunes, al aludir a cómo enmarcar y tematizar el pasado con la intención de su difusión generalista incorporando claves de legitimación, pedagogía social o justificación moral. Pero también pueden ser observadas como dimensiones diferenciables.
La noción de uso público de la historia fue suscitada en 1986 en una reflexión de Jürgen Habermas al hilo de la llamada querella de los historiadores (Historikerstreit), un intenso debate vivido en la RFA a raíz de un artículo conmemorativo sobre el Día D, obra del historiador conservador Ernst Nolte.78 En él exponía una revisión del régimen nazi a partir de su hipotética relación vicaria con el bolchevismo.79 Esa posición suscitó una ácida discusión acerca de la naturaleza del III Reich y sus crímenes, cuestionándose si estos eran únicos y originales o bien una readaptación de la violencia soviética. La polémica transitaba, por tanto, por los márgenes trazados por la actualidad del Holocausto, la cuestión de la culpa alemana y la categorización del totalitarismo.
La participación de Habermas en la Historikerstreit resultó destacable porque llamó la atención acerca de la importancia de las operaciones de tránsito de lo historiográfico a lo político en virtud de su emplazamiento en el espacio público, cuestionándose sus implicaciones identitarias y generacionales. Su tesis era que la Historikerstreit no constituía una polémica restringida a la academia. Habermas reconocía que las ideas de Nolte podían resultar provocativas y eran discutibles, pero que «no eran un pecado» si se hubiesen quedado en el nivel de lo que denominó como la tercera persona, la objetivización propia del análisis historiográfico. Pero tales argumentos habían aparecido en un medio generalista, con lo cual trascendieron desde esa tercera a la primera persona, es decir al Nosotros colectivo, al plano del debate sobre las raíces identitarias nacionales y al campo del imperativo moral público.
La expresión política de memoria puede asimilarse a gestión pública del recuerdo derivada de acciones institucionales dotadas, habitualmente, con un tinte oficial (estatal o gubernamental), pero donde cabría situar otras prácticas como los relatos históricos manejados por partidos o formaciones políticas. Resulta evidente que tales relatos pueden incorporar ejercicios de uso público de la historia, si bien su cualidad esencial residiría en ese cariz de iniciativas políticas de rango más o menos coyuntural. Desde ahí cabría tipificar las políticas de memoria como aquellas estrategias que pretenden otorgar y fijar significación pública a determinadas tesis con un sentido explicativo explícitamente legitimador. En ellas la invocación al pasado se establecería en consonancia con ciertos diagnósticos sobre el presente y con intencionalidades de futuro a través de ese uso selectivo de aspectos rememorativos, mediante el juego de presencias y ausencias o gracias al empleo de criterios de evaluación moral.80
La diversidad de políticas de memoria puede derivar, en términos macro, en relaciones asimétricas entre visiones hegemónicas y subordinadas, y estas pueden interaccionar en el espacio público con diferentes capacidades de presencia efectiva. Por ello pueden ser advertidas desde la óptica del conflicto y la lucha de poder simbólico y, por tanto, como formas de capital cultural.81 O en lógica de una tensión donde intervendrían políticas de memoria contrapuestas. La dialéctica entre memoria y contra-memoria sería una expresión típica de dicho escenario, lo cual se traduciría en fenómenos de enfrentamiento, negociación o asimilación entre una diversidad de significaciones históricas.
La noción de contra-memoria presenta una clara inspiración foucaultiana. Ha de relacionarse con su discusión a las versiones normalizadoras y a las reglas normativas o epistemológicas que proveen de un orden regulador y sancionador al discurso como práctica de poder, le dotan de sentido y sensación de veracidad, y le capacitan para legitimar un sistema de dominación o una voluntad de exclusión. Frente a la potencialidad de la aparente objetividad del discurso dominante, Foucault esgrimió la necesidad de construir una contra-narrativa desde abajo que aboliese sus jerarquías de sentido y discutiese su ilusión teleológica.82 Desde este enfoque, las prácticas de contra-memoria pueden concebirse en lógica de conflicto entre recuerdo presente (es decir, el expresado desde una memoria institucional con capacidad hegemónica) y otro ausente (la memoria marginada o derivada de culturas de resistencia y desafío).
La contra-memoria se caracterizaría entonces por erigirse en espacio de afirmación y desestabilización capaz de reunir voces silenciadas y derivarlas en discusión política, actuando así como memoria de contestación con capacidad de lograr visibilidad pública y disputar la hegemonía.83 En todo caso, no debe obviarse el principal reparo efectuado a la perspectiva que acabamos de enunciar: el de la complejidad histórica de la dialéctica memoria y contra-memoria, así como por la pluralidad de las posibles interconexiones, no necesariamente conflictivas, en el seno de los relatos dominantes o en los producidos y/o asumidos por los sujetos subalternos.84
En tales coordenadas cabría situar la idea de la memoria comunista entendida como contra-memoria de clase (del proletariado, del pueblo) y reivindicación de un proyecto sistémico (el socialismo) frente a las expresiones de memoria hegemónica encarnada en la cultura sociopolítica dominante (la memoria burguesa). Esta percepción dual, por muy simplificada y esquemática que fuese, pobló durante décadas el imaginario de la autopercepción y la identidad orgánica comunista. Pero, simultáneamente, en el seno de la memoria institucionalizada de partido germinaron fracturas de todo tipo que pudieron ser producto –o bien que acabaron generando– diferentes modalidades contra-memorísticas que discutieron aspectos del relato matriz de donde procedían. Las inflexiones del discurso político orgánico, los intereses tácticos o de fondo por atraerse a otros colectivos, o la inserción de las organizaciones comunistas en esquemas de colaboración con otras fuerzas que encarnaban patrimonios mnemónicos propios fueron vectores que permiten matizar la visión dicotómica antes enunciada. Las mutaciones en las líneas oficiales y sus argumentarios, los efectos procedentes de las culturas nacionales y locales, la amplia casuística presente en la hibridación en las culturas políticas, o las fórmulas de actualización de visiones sobre el pasado, constituirían otros factores añadidos que complicarían las fronteras entre los territorios de la memoria y la contra-memoria.
Marie-Claire Lavabre ha destacado, asimismo, la necesidad de diferenciar entre memorias de los comunistas, memoria comunista y memorias sobre el comunismo (o sobre el Socialismo Real).85 Son planos que pueden, sin duda, solaparse y confundirse, pero han ofrecido una clara virtualidad para conjugarse a través del tiempo de forma autónoma. Las memorias de los comunistas estarían registradas a través de un amplísimo inventario de artefactos y objetos donde figuraría una multiplicidad de materiales orales, escritos o audiovisuales que sustanciaron el corpus testimonial de aquellos que se identificaron o se sintieron comunistas. En él se incorporaron también las contra-memorias obra de los excluidos y los disidentes, los apóstatas o los heterodoxos.
Frente al riesgo de la dispersión y la discusión, Lavabre ha estimado asimismo a la memoria comunista como un vector definido, ante todo, por intencionalidades aglutinantes en forma de «unidad de pensamiento y representaciones compartidas sobre un pasado» que, con frecuencia, acabó deviniendo en visiones idealizadas. La memoria comunista incorporó, como manifestaciones arquetípicas, modalidades selectivas e idealizadas que se encarnaron como claves referenciales en las biografías heroicas ejemplares de tono didáctico. Ahí se situarían lo que la historiadora francesa categorizó como ejercicios de voluntad de memoria definidos a través de las liturgias conmemorativas, las prácticas hagiográficas o los homenajes orgánicos.86 Dicha dualidad entre memorias de los comunistas y memoria comunista habría derivado en regímenes distintos de identificación y asimilación a través del tiempo, así como en cada contexto y situación nacional.
Durante las décadas centrales del siglo XX las historias oficiales de los partidos comunistas o las biografías ejemplares sirvieron de molde y guía para regular las experiencias individuales de militantes y simpatizantes, influyendo incluso en otros grupos o colectivos sociales situados extramuros a las formaciones comunistas. Sin embargo, tras la desestalinización se habría ido evidenciando una tendencia cada vez mayor hacia la limitación efectiva de las «técnicas de control político del pasado» en manos de los partidos comunistas, sobre todo de Europa Occidental, entre los propios militantes y, más aún, ante el conjunto de la opinión pública.87 Esta deriva se agudizó tras 1989-91, en el contexto de la crisis de legitimidad del proyecto comunista y la discusión de su historiografía más ortodoxa.
La diferenciación entre memorias de los comunistas y memoria comunista también puede hacerse extensiva al caso del PCE entre 1936 y 1978. A lo largo de ese periodo se multiplicaron los testimonios personales edificantes y existió una memoria orgánica de partido. Según se ha indicado en la introducción, uno de sus componentes aglutinadores fue la apelación antifascista, una marca de identidad que derivó en memorialización épica del antifranquismo. Dicho fenómeno se nutrió de la interiorización colectiva de visiones sobre la guerra, de su naturaleza de lucha nacional contra el fascismo y de la dilatada experiencia derivada de la oposición comunista frente a la dictadura. De hecho, esos elementos conformaron el sustrato medular presente en la entrevista a Pasionaria para La vieja memoria que hemos comentado en las secciones precedentes. Bien es cierto que las estrategias específicas de la política de memoria presente en el PCE fueron variando a lo largo del tiempo. Sin embargo, siempre se mantuvo ese elemento de evocación como línea de definición y eje de continuidad.
La sombra de la guerra –si bien con diferentes implicaciones, intensidades o silencios– estuvo presente en 1939. También en 1956, coincidiendo con la concreción del giro comunista de la política de reconciliación nacional. O ya en 1977, en el momento de la legalización y concurrencia a las primeras elecciones. En esas coyunturas la Guerra Civil constituyó, parafraseando el título del artículo de Ernst Nolte antes mencionado, una suerte de pasado que no cesaba. Y fue abordado desde prismas de invocación variables en virtud de su adecuación con las lecturas de presente efectuadas por la organización.
Dicha perspectiva nos traslada a la presencia de cánones estructurados que alimentaron la memoria institucional pública del partido español. En este trabajo estimaremos que esta incluyó numerosas pautas de interpretación, afirmación y reconocimiento, esencialmente codificadas y emanadas desde arriba, desde la dirigencia. Su intencionalidad hegemónica fue actuar como referente legitimador que aludía a un sujeto colectivo inclusivo (Nosotros) cualificado desde la identidad de clase o el vínculo militante, y, en oposición, a un sujeto alternativo (los Otros), definido desde rasgos opuestos o excluyentes. Aspectos como el centralismo democrático o el fuerte personalismo vinculado al liderazgo en términos de autoridad, carisma o culto simbólico reforzaron tal dicotomía. De ahí su notable presencia en el discurso patrimonial del partido, es decir en el compendio de valores y señas de identidad vertebradas a través de las narrativas que nutrieron los discursos mnemónicos.
El discurso patrimonial del PCE, ya fuese en 1936 o en 1978, se caracterizó por un amplio corpus de afirmaciones (¿qué somos?), percepciones (¿quiénes somos?), acciones colectivas y estrategias de coyuntura (¿qué queremos y cómo queremos lograrlo?), así como por expectativas de futuro (¿a dónde vamos?). En esa secuencia se insertó el recurso a enfatizar determinadas raíces y antecedentes necesarios (¿de dónde venimos?). La funcionalidad de la memoria colectiva fue, entonces, doble: actuó como filtro de apreciación histórica, pero también como mecanismo de vínculo y socialización en lógica con el diseño y la reproducción de la identidad en el seno de la comunidad orgánica comunista. La caracterización general de dicha identidad compondrá el eje del próximo capítulo.
1 El guion (transcripción de las entrevistas), en J. Camino: La vieja memoria, Castellón, Ellago, 2006.
2 R. R. Tranche: «Memoria y testimonio en el cine de Jaime Camino: de La vieja memoria (1977) a Los niños de Rusia (2001)», en Imagen y Guerra Civil. La imagen mecánica en la memoria de la Guerra Civil española, Valencia, Universitat, s.f.
3 V. Sánchez-Biosca: Cine y Guerra Civil española. Del mito a la memoria, Madrid, Alianza, 2006, p. 262.
4 «Primer mitin de la CNT en Barcelona desde 1939», El País, 2 de julio de 1977.
5 J. Cercas: El impostor, Barcelona, Random House, 2014, pp. 298 y 370.
6 «Coaliciones electorales. Alianza Nacional del 18 de Julio», Pueblo, 6 de mayo de 1977.
7 «Los estudiantes de la CIA. Breve informe sobre la política internacional de los estudiantes y la guerra fría con especial referencia a la NSA, CIA, &c.», Triunfo, 4 de marzo de 1967.
8 F. Stonor Saunders: La CIA y la guerra fría cultural, Madrid, Debate, 2001; G. Scott-Smith y H. Krabbendam (eds.): The Cultural Cold War in Western Europe, 1945-1960, Londres, Frank Cass, 2003.
9 O. Glondys: La guerra fría cultural y el exilio republicano español. Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1965), Madrid, CSIC, 2012; J. Gracia: «Guerra fría en caliente», El País, 16 de marzo de 2013, y Jordi Amat: La primavera de Múnich. Esperanza y fracaso de una transición democrática, Barcelona, Tusquets, 2016.
10 N. Plá (seudónimo de Teresa Pàmies): «La CIA: ni omnipotent ni negligible», Horitzons, 1.er trimestre de 1968, pp. 51-52.
11 J. Cruz: «Julián Gorkin, un libertario en las filas del PSOE», El País, 28 de enero de 1979.
12 «Los comunistas combatirán a CD y criticarán los errores de UCD», El País, 30 de enero de 1979.
13 J. Gorkin: «Santiago Carrillo y mis negocios con la CIA», El País, 17 de junio de 1979.
14 La tesis sobre la participación directa de Gorkin, en H. R. Southworth: «El gran camuflaje: Julián Gorkin, Burnett Bolloten y la Guerra Civil española», en P. Preston (ed.): La República asediada, Barcelona, Península, 2001, p. 460.
15 P. Nora: «La aventura de Les lieux de mémoire», Ayer, 32, 1998, p. 20.
16 «La vieja memoria pretende levantar acta testimonial de la Guerra Civil», El País, 13 de marzo de 1979.
17 J. Camino: Íntimas conversaciones con la Pasionaria, Barcelona, Dopesa, 1977. El material grabado y no montado en La vieja memoria fue depositado en el Archivo de la Filmoteca de Catalunya. Otros títulos son: T. Pàmies: Una española llamada Dolores Ibárruri, Barcelona, Martínez Roca, 1976; L. Haranburu y P. Erroteta: Dolores Ibárruri. Reportaje y entrevistas, San Sebastián, L. Haranburu, 1977; o M. E. Yagüe: Santiago Carrillo, Madrid, Cambio 16, 1977.
18 J. Camino: Íntimas conversaciones…, pp. 44-45.
19 Ibíd., pp. 108-109.
20 Ibíd., pp. 172-173.
21 A. Elorza y M. Bizcarrondo: Queridos Camaradas…, pp. 444 y ss.
22 B. Studer: The Transnational World of the Cominternians, Houndmills, Palgrave, 2015, pp. 5-9.
23 A. Elorza y M. Bizcarrondo: Queridos camaradas…, pp. 112-114. Sobre el organigrama de la IC, véase también Peter Huber: «Structure of the Moscow apparatus of the Comintern and decision-making», en T. Rees y A. Thorpe (eds.): International Communism and the Communist International, 1919-1943, Manchester, Manchester University Press, 1998, pp. 41-65.
24 La antología más notable, por volumen e importancia del material, sobre la información entre Moscú y España es la de R. Radosh, M. R. Habeck y G. Sevostianov (eds.): España traicionada. Stalin y la guerra civil, Barcelona, Planeta, 2002. Otros trabajos basados en los fondos de la IC son los de Elorza y Bizcarrondo, Volodarsky: El caso Orlov. Los servicios secretos soviéticos en la Guerra Civil española, Barcelona, Crítica, 2013; y J. Puigsech: Entre Franco y Stalin. El difícil itinerario de los comunistas en Cataluña, 1936-1949, Madrid, El Viejo Topo, 2009. Los documentos conservados en el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa han sido empleados, por su parte, en la tesis doctoral de M. Vázquez Liñán: Propaganda y política de la Unión Soviética en la Guerra Civil española, 1936-1939, Madrid, Universidad Complutense, 1998.
25 S. Fitzpatrick: El equipo de Stalin. Los años más peligrosos de la Rusia soviética, de Lenin a Jrushchov, Barcelona, Crítica, 2016, p. 75.
26 RGASPI, 495, 32, 86.
27 RGASPI, 495, 2, 245.
28 RGASPI, 495, 18, 1092.
29 Así lo sostiene Preston, quien afirma que Checa «estaba trabajando para el NKVD» en noviembre de 1936. Para ello se basa en argumentos de Morán, si bien este únicamente aludió –sin detallar ni fuente ni fecha de esta– a un informe confidencial de inicios de los años cuarenta remitido a la dirección del PCE donde se alertaba de que «el partido ha sido informado que la policía (mexicana) tiene un archivo en el que se registra detalladamente la actividad de los camaradas españoles. Sobre Checa está registrado que trabaja por encargo de la GPU, que tiene en sus manos todos los hilos de la conspiración (aludiendo al asesinato de Trotsky) y que vive con otro nombre». Volodarsky no alude a esta condición de Checa ni como agente ni como colaborador de la policía política o de los servicios secretos soviéticos durante la guerra. Como tales sí figurarían Ilya Ehrenburg o Georges Soria. El material desclasificado del Proyecto Venona sí aludió a los agentes residentes en México, Amor (Margarita Nelken) y Pedro, seudónimo de Jesús Hernández, en comunicaciones del 12 de mayo y el 13 de junio de 1945. Checa había muerto en agosto de 1942 en México DF. P. Preston: El zorro rojo…, p. 73; G. Morán: Miseria y grandeza…, p. 65, y B. Volodarsky: El caso Orlov…
30 RGVA, 33987, 3, 1033, pp. 123-133, reproducido en España traicionada…, pp. 446-453. Véase también A. Elorza y M. Bizcarrondo: Queridos camaradas…, p. 398.
31 Los estudios esenciales sobre las relaciones entre España y la URSS son los de Á. Viñas: La soledad de la República. El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética, Barcelona, Crítica, 2006; El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, Barcelona, Crítica, 2007; El honor de la República. Entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin, Barcelona, Crítica, 2009; y con F. Hernández Sánchez: El desplome de la República. La verdadera historia del fin de la guerra, Barcelona, Crítica, 2009. También Y. Ribalkin: Stalin y España. La ayuda militar soviética a la República, Madrid, Marcial Pons, 2007; y F. Schauff: La victoria frustrada. La Unión Soviética, la Internacional Comunista y la guerra, Madrid, Debate, 2004.
32 AHN/FMP, 1, 20.
33 Véase D. Kowalsky: La Unión Soviética y la Guerra Civil española. Una revisión crítica, Barcelona, Crítica, 2003.
34 RGASPI, 495, 12, 92.
35 I. Banac (intr. y ed.): The Diary of Georgi Dimitrov, 1933-1949, New Haven y Londres, Yale University Press, 2003, p. 58.
36 Ibíd., p. 60.
37 RGVA, 33987, 3, 991, pp. 150-188, citado en España traicionada…, p. 243.
38 A. Elorza y M. Bizcarrondo: Queridos camaradas…, p. 341.
39 J. Aróstegui: Largo Caballero. El tesón y la quimera, Madrid, Debate, 2013, pp. 595-596.
40 RGVA, 33987, 3, 852, p. 46, citado en España traicionada…, p. 53.
41 RGASPI, 495, 184, 15, 68.
42 J. Hernández: «Por el Frente Único Popular Antifascista en España. Informe de la delegación española sobre el punto del orden del día», La Internacional Comunista, 1 de diciembre de 1935, p. 105.
43 J. Puigsech: «La encrucijada del comunismo español durante la Guerra Civil: el PCE y las contradicciones de la creación del partido único del proletariado», Studia Historica. Historia Contemporánea, 24, 2006, pp. 25-28.
44 FPI/AH, 26, 16.
45 I. Banac (intr. y ed.): The Diary…, pp. 58 y 60.
46 «El partido único del proletariado. Extracto del informe presentado por la camarada Dolores Ibárruri al Pleno del CC celebrado en Valencia los días 18 al 21 de Junio», Nuestra Bandera, julio de 1937, pp. 17-26.
47 RGVA, 33987, 3, 1033, pp. 123-133, en España traicionada, pp. 449-450.
48 RGVA, 33987, 3, 1015, pp. 92-113, en ibíd., p. 289 y Queridos camaradas…, pp. 395-396.
49 RGVA, 33987, 3, 991, pp. 150-188, en España traicionada, p. 244.
50 «Informe del 30 de agosto de 1937», en P. Togliatti: Escritos sobre la guerra de España, Barcelona, Crítica, 1980, p. 136.
51 «Informe del 21-22 de abril de 1938», en ibíd., pp. 196-197.
52 F. Hernández Sánchez: Guerra o revolución…, pp. 423-424.
53 Informe de Iren sobre la Guerra Civil española, AHPCE/ACER, 1.
54 RGASPI, 495, 18, 1117.
55 RGVA, 33987, 3, 852.
56 RGASPI, 495, 12, 92.
57 Véase, en el mismo tono, el informe sobre Codovilla y Checa recogido en CRAI/AM, 4, 10, b.
58 «A los camaradas D(imitrov) y M(anuilsky). 15 de septiembre de 1937», en P. Togliatti: Escritos…, pp. 144 y 149-150.
59 «Informe del 30 de agosto de 1937», ibíd., p. 142.
60 «Informe del 30 de agosto de 1937», ibíd., pp. 135 y 140-141.
61 «Informe del 28 de enero de 1938», ibíd., p. 175.
62 AHPCE/TMM, 57 1.
63 «Sobre los problemas del Comité Central del PCE», en P. Togliatti: Escritos…, p. 150.
64 Véase P. Connerton: «Seven types of forgetting», Memory Studies, 1, 2008, pp. 59-71.
65 La reflexión de Judt, al hilo de la publicación de las actas de las conferencias de la Kominform (1947-49), en «¿Por qué fue útil la Guerra Fría?», Cuando los hechos cambian, Madrid, Taurus, 2015, pp. 80-86.
66 J. Rodrigo: «La guerra civil: memoria, olvido, recuperación e instrumentación», Hispania Nova, 6, 2006, p. 8.
67 J. J. Carreras: «¿Por qué hablamos de memoria cuando queremos decir historia?», en A. Sabio y C. Forcadell (coords.): Las escalas del pasado, Barbastro, UNED, 2005, p. 16.
68 Véase R. Robin: La memoire saturée, París, Stock, 2003.
69 E. Manzano: «La memoria, el olvido y la historia», en J. S. Pérez Garzón y E. Manzano: Memoria histórica, Madrid, CSIC, 2010, p. 92.
70 E. González Calleja: Memoria e Historia. Vademécum de conceptos y debates fundamentales, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2013, p. 94.
71 Véanse T. Morris Suzuki: The Past Within Us. Media, Memory, History, Londres, Verbo, 2005, o J. De Groot: Consuming History. Historians and Heritage in Contemporary Popular Culture, Londres, Routledge, 2009.
72 J. Cercas: «El chantaje del testigo», El País, 26 de diciembre de 2010.
73 H. Rousso: Le Syndrome de Vichy, de 1944 à nous jours, París, De Seuil, 1987.
74 P. Burke: «Historias y memorias: un enfoque comparativo», Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, 45, 2011, pp. 489-499.
75 M. Halbwachs: La memoria colectiva, Zaragoza, Prensas Universitarias, 2004.
76 M-C. Lavabre: Le fil rouge. Sociologie de la mémoire communiste, París, Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, 1994.
77 Ibíd., pp. 223-277.
78 J. Habermas: «Vom öffentlichen Gebrauch der Historie», Die Zeit, 7 de noviembre de 1986.
79 E. Nolte: «Vergangenheit, die nicht vergehen will», Frankfurter Allgemeine Zeitung, 6 de junio de 1986.
80 Véase P. Aguilar: Políticas de la memoria y memorias de la política, Madrid, Alianza, 2008. Su crítica, en V. Druliolle: «Memory as the return of the repressed for social research: a critical discussion of Paloma’s Aguilar work», Journal of Spanish Cultural Studies, 13, 2, 2012, pp. 113-127.
81 J. Kubik y M. Bernhard: «A theory of the politics of memory», en M. Bernhard y J. Kubik (eds.): Twenty Years after Communism. The Politics of Memory and Commemoration, Oxford, Oxford University Press, 2014, p. 10.
82 M. Foucault: Dits et écrits, II, París, Gallimard, 1994, pp. 152-154.
83 P. H. Hutton: History as an Art of Memory, Vermont, University Press of New England, 1993, pp. 110-116.
84 J. E. Bodnar: Remaking America. Public Memory, Commemoration, and Patriotism in the Twentieth Century, Princeton, Princeton University Press, 1992, pp. 13-20.
85 M-C. Lavabre: «Cadres de la mémoire communiste et mémoires du communisme», en C. Pennetier y B. Pudal (eds.): Autobiographies, autocritiques, aveux dans le monde communiste, París, Belin, 2002, pp. 293-310.
86 Ibíd., p. 298.
87 Ibíd., p. 306.
II. IDENTIDADES COMPARTIDAS
1. RASGOS DE UNA COMUNIDAD DE MEMORIA
Es casi un lugar común en los estudios sobre la Guerra Civil destacar el notable incremento cuantitativo de afiliados que presentó el PCE, particularmente entre julio de 1936 y marzo de 1937. Esta cuestión permite esbozar un asunto relevante y problemático: los perfiles y ritmos que pautaron el devenir del partido como comunidad de valores y permitieron la articulación de su identidad colectiva. En este sentido se ha apreciado en la primera mitad de 1936 el arranque de una mutación que trastocaría una pequeña organización en un partido de masas.1 De hecho, el PCE de inicios de los años treinta quizá no superó unos pocos centenares de inscritos que podrían haber llegado a alrededor de 13.000 en 1933.2 Esas cuantías contrastarían con el despegue cifrado en 1936. La publicística del partido destacó que se trató de un cambio estructural traducido en el paso de 25.000 afiliados a inicios de año a cerca de 100.000 en julio, si bien otros autores han rebajado tales datos.3 Las cifras oficiales hablaron de un imparable crecimiento tras el estallido de la guerra (alrededor de 200.000 miembros en enero de 1937, 245.000 en marzo y 300.000 en noviembre).4 Una tendencia similar presentó la sección madrileña, la más importante del partido, que evolucionó de poco más de 3.000 afiliados en marzo de 1936 a 10.000 en julio. Después del inicio del conflicto la pauta fue la misma que la descrita en la tendencia nacional: 21.000 en diciembre, 40.000 en marzo de 1937 y 85.000 en noviembre.
Más allá de la perfecta exactitud de las cifras cabe destacar varios aspectos. El grueso de militantes estuvo evidentemente integrado por una avalancha de nuevos efectivos que se superpuso a las promociones anteriores de afiliados: las trabajosamente gestadas en los años veinte e inicios de los treinta, y la que se fue conformando de 1931 a 1934.5 Esta expansión coincidió con otros procesos autónomos que sustanciaron la estrategia de apertura y colaboración propugnada desde la IC: la fusión del débil tejido sindical comunista (CGTU) en UGT, la unión juvenil en las JSU y la integración en Cataluña en torno al PSUC. A finales de 1937 se calculó que el volumen de afiliados con más de dos años sumaría 11.000 personas y los de una antigüedad menor a seis meses casi 100.000. La base militante incluía, según los datos hechos públicos en el Pleno del CC de marzo, un grueso de campesinos y obreros agrícolas (en torno a 140.000), seguidos de un contingente heterogéneo de obreros industriales (más de 87.000), un ambiguo grupo de intelectuales y clases medias (más de 22.000) y el colectivo de mujeres (casi 20.000).
La lectura realizada en agosto de 1937 por el partido en Madrid sobre el incremento en un centenar largo de localidades de la provincia afirmó que era consecuencia de la capacidad para atraer a «lo mejor del pueblo».6 El ingreso de afiliados, en su mayoría clasificados como obreros agrícolas procedentes de la UGT gracias al control comunista de la dirección provincial de la Federación de Trabajadores de la Tierra, se evaluó de forma triunfalista como fruto de «la justa línea del partido en el asunto campesino».7 Y en otro análisis más sobre el incremento de militantes en el ejército –calculados en más de 200.000 efectivos en noviembre de 1937– se consideró que era logro del buen trabajo de organización.8 Una dinámica de expansión similar se cifró en otras formaciones autónomas, pero encuadradas en el universo simbólico y referencial comunista. Así ocurrió con la AUS durante la primera mitad de 1937 (cf. epígrafes 5.3 y 5.4). O con el SRI, que sumó algo menos de 71.000 efectivos en junio de 1936 hasta llegar, según la estadística oficial de afiliados, a más de 353.000 en febrero de 1937 y a casi 566.000 en junio.9
La expansión cuantitativa del PCE durante la Guerra Civil ha sido valorada como expresión del refugio de ciertos colectivos sociales dentro de una estrategia mayor tildada de gran camuflaje. Campesinos temerosos de los experimentos colectivistas y una pequeña burguesía urbana atemorizada habrían acabado convergiendo en un partido que hacía gala de un tacticismo contrarrevolucionario para copar así las maquinarias estatal y militar, o para ocultar ante las opiniones públicas occidentales la situación existente en la zona republicana tras el 18 de julio. Ese es el eje interpretativo propuesto por el estudio de Burnett Bolloten. Su primera edición vio la luz en 1961 y tuvo rápida traducción en la España de Franco, en el marco de las iniciativas anticomunistas gubernamentales según se comentará en el epígrafe 7.6.10
No obstante, dicha visión no era nueva. Con anterioridad el relato de memoria franquista había destacado ya la tesis del camuflaje como instrumentalización comunista del régimen republicano y su presentación, a ojos de la opinión pública internacional, como sistema democrático. Esa idea constituyó la trama argumental del cortometraje de propaganda Vivan los hombres libres, realizado en 1939 por Edgar Neville. Aunque durante la guerra tampoco faltaron alusiones en algún informe comunista acerca de que el hipotético camuflaje no se estaba dando en el partido sino en secciones de la CNT que estarían incorporando a pequeños propietarios votantes de derecha o a «elementos reaccionarios» con «con ganas de poseer algún carnet».11
Tanto esa lectura como la visión sobre el gran camuflaje asimilada por el franquismo dejan de lado, empero, otro factor destacable: la capacidad del PCE para copar un espacio sociopolítico hasta la primera mitad de 1936 cubierto por el republicanismo de izquierdas. Como apuntó Rafael Cruz, el Partido Radical prácticamente había desaparecido de la escena política a comienzos de ese año.12 Y desde el verano fuerzas como Izquierda Republicana o Unión Republicana se vieron desbordadas por la situación de guerra y la movilización. Ese espacio sociopolítico fue, al menos en parte, cubierto por el PCE desde una estrategia donde se aunaron eficazmente, como se estudiará en el epígrafe 4.1, la invocación populista, la apelación a un frentepopulismo de amplio espectro, la defensa de la legalidad y su lógica parlamentaria, el nacionalismo, el rechazo frontal de cualquier exceso revolucionario o los llamamientos al esfuerzo de guerra. A lo indicado se añadió una operatoria flexible con una transferencia bidireccional: el PCE se apropió de algunas señas características del legado republicano, renovándolas y readecuándolas, mientras que el republicanismo de izquierdas también parecía hacer suyos valores como la defensa y exaltación de la URSS.
Sin esta mecánica simultánea a dos bandas no pueden entenderse ni los contenidos ni el alcance logrado por las prácticas de memoria comunista durante la Guerra Civil. Pero copar ese espacio sociológico no conllevó, sin embargo, la atracción automática de afiliados de otras formaciones. Muchos de los recién llegados venían sin experiencias militantes previas. Esa fue la matriz de origen de alrededor del 90% de los afiliados existentes en Madrid en agosto de 1937, frente al exiguo 6,1 que procedía de las JSU, el 1,7 del PSOE o el 1,3 de los partidos republicanos.13
La expansión cuantitativa vino también a problematizar la vertebración de la comunidad militante. Entre 1931 y 1935 fueron solidificándose diversos instrumentos de difusión y adoctrinamiento (reuniones periódicas en células y radios; expansión y perfeccionamiento del aparato editorial y de prensa). En estas actividades no faltaron las pretensiones proselitistas junto a la intención de mejorar la uniformidad ideológica, dar cohesión a la organización y optimizar la socialización del afiliado. Sin embargo, los resultados fueron modestos al menos hasta 1935.14 La dinámica de crecimiento ulterior coincidió con el reforzamiento de esos instrumentos proselitistas (cf. epígrafe 4.5). Pero la bolchevización –entendida como extensión de un ideal de disciplina, un modelo de cuadro o como la consolidación de una cultura internacional tendente a la homogeneidad– debe matizarse en virtud del crecimiento humano de aluvión, así como por los efectos derivados del discurso comunista con vistas a lograr una mejor penetración social. Como afirmó Fernando Claudín en 1970, el incremento humano fue fruto de una casuística múltiple donde pudo participar el temor, pero también el prestigio del partido, la percepción de sus virtudes militantes y el éxito de su discurso frentepopulista entreverado de patriotismo.15
La expansión del PCE generó otras dudas. Para empezar, se discutió la exactitud de las cifras oficiales. Palmiro Togliatti afirmó que hasta finales de 1937 las secciones de base no controlaban con «seriedad y espíritu crítico sus organizaciones y actividad», y que los datos incluían un volumen de no cotizantes a los que habría que sumar las bajas causadas por la guerra. En resumen, el italiano restaba en alrededor de 100.000 afiliados el monto real de efectivos del partido.16 Ser comunista exigía, antes y después del 18 de julio, la identificación con el partido, la concepción de que este componía el espacio central en la vida del afiliado o la interiorización de unas pautas y valores ligados con el compromiso (fe ideológica, aceptación de la línea política, disciplina, abnegación o sometimiento al principio de autoridad). En junio de 1936, al percibirse el incremento de afiliación, se multiplicaron las alertas por las dificultades que acarreaba la socialización de los recién llegados. Según algunas evaluaciones había que hacer «verdaderos derroches de habilidad para saber tratarlos» y parecía imposible acostumbrarles a «reuniones prolongadas y a horas intempestivas» o «hacerles cambiar de raíz sus antiguas normas de distracción o de vida».17
A ello se añadieron los problemas derivados de la falta de cuadros especializados.18 También se advirtió del peligro de una excesiva camaradería.19 Y aunque se insistió en la capacidad orgánica para lograr la asimilación, se destacó que había muchos afiliados con «resabios de diferentes ideologías», a pesar de ese escaso número de trasvases directos procedentes de otras organizaciones. En paralelo, se urgió a que en las unidades militares cada militante explicase a los «sin partido» el programa y la línea política convirtiéndose así en potenciales proselitistas. Ese objetivo cabía resumirlo en mayo de 1937 en dos consignas entendidas como ejes identitarios básicos: la defensa del Frente Popular y el desenmascaramiento de «la política criminal del fascismo y de sus aliados en nuestra retaguardia, los trotskistas».20 Los problemas asociados a la absorción y socialización fueron resaltados igualmente en las reflexiones de Pedro Checa en los Plenos del CC celebrados en marzo y noviembre de 1937, al subrayar que había comités de radio que no conocían a sus inscritos, que existían tensiones entre viejos y nuevos afiliados o dificultades para eliminar el «bagaje de concepciones, reminiscencias de origen (o) posición social» de algunos recién llegados.21
Marc Ferro habló de plebeyización al definir los efectos del ingreso en aluvión en las filas bolcheviques de una segunda generación de militantes en la Guerra Civil rusa y durante la década de los años veinte. Quizá esa misma etiqueta puede hacerse extensiva al PCE durante la Guerra Civil. Lo que sí resulta evidente es que la expansión cuantitativa coincidió con –y sin duda impulsó– el recurso a relatos asequibles como instrumentos de socialización masiva. Ahí cabe inscribir el peso de las alusiones popularnacionalistas en el discurso del PCE estudiadas por Xosé M. Núñez Seixas. En el marco de tales narrativas resaltaría el recurso a las evocaciones históricas de tono mítico como factor de reconocimiento y cohesión. En un nivel más especializado, como se verá en el epígrafe 5.2, el PCE impulsó igualmente el uso de la pedagogía histórica como mecánica de socialización de cuadros. Una tarea que fue justificada aludiendo a las palabras de Stalin de «cultivar cuidadosa y atentamente a los hombres, como un jardinero cultiva su planta favorita».22
La derrota de 1939 conllevó un complejo y lento trabajo de recomposición orgánica. Cabría hablar, en este sentido, de una cesura en la cultura militante. Tras el conflicto, las cifras oficiales que cuantificaban el peso del aparato comunista en libertad en la península resultaban desoladoras. En Madrid habría como mucho cuatrocientos militantes. En cambio, en otras provincias lo que existía era un absoluto páramo.23 Ya en 1951 Fernando Claudín reconoció en un informe confidencial para la dirección del PCUS que no se disponía de datos exactos, solo de estimaciones. Respecto al interior, y recuperando el censo oficioso calculado en París hacia 1947, cabría pensar en una base de 22.000 miembros, de los cuales en torno a 3.500 estarían en prisión. Los exiliados comunistas –incluyendo la militancia del PSUC– podrían rondar los 18.000.24
Al año siguiente, en otro cálculo transmitido a Stalin por Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo y Francisco Antón se manejaron cifras parecidas. Se calculó que la «fuerza organizada» del partido en España sumaría 20.000 efectivos principalmente localizados en los centros urbanos, aunque eran datos incompletos. A esa cifra se sumarían otros casi 16.000 militantes en el exterior, principalmente en Francia y África del Norte (poco más de 14.000) y la afiliación del PSUC (5.000).25 Otro informe de 1953 estimó en cerca de 4.000 los exiliados en la Unión Soviética, de los cuales casi 3.000 serían niños de la guerra y 900 refugiados políticos llegados a partir de 1939, en su mayoría cuadros del PCE y sus familiares.26 A partir de 1947-48 fueron sedimentándose también las comunidades de comunistas españoles en las democracias populares. Según una estadística parcial confeccionada en 1954, el partido tenía constancia de una comunidad de algo más de quinientas personas integrada por militantes y sus familias. El grueso de afiliados del PCE-PSUC más notable –un centenar– estaba en Checoslovaquia; existía un grupo algo menor en Polonia; otros sesenta en Budapest, y en torno al medio centenar en Dresde.27 En 1958 residiría en Berlín Oriental una pequeña sección de alrededor de veinte o treinta camaradas.28
El colectivo comunista español fue objeto de observación también desde el exterior. La CIA testó la fuerza del partido a finales de los años cuarenta. En un memorándum de diciembre de 1947 sobre el futuro político de España, tildó al PCE de grupo pequeño, pero enérgico y disciplinado, sometido al «poder magnético de la URSS». En caso de que prosperase algún tipo de insurrección interna no dudaría en intentar hacerse con el control de la situación instalando una «dictadura del proletariado bajo guía soviética». Aunque a continuación se aquilataban las opciones de esa hipótesis, pintándola como muy improbable por la extendida cultura anticomunista en España tanto a izquierda como derecha. Sí a ello se sumaba la posibilidad de que decreciese el peso del PCF y el PCI, entonces el riesgo de que España cayese bajo el dominio soviético «podría reducirse a cero».29
En otra evaluación de abril de 1949 la CIA estimó en 5.000 los militantes comunistas en la URSS.30 Tres años después redujo el total de efectivos del partido a entre 10.000 y 15.000 miembros (sin distinguir entre activistas en el interior y comunidad exiliada), considerando que, por sí solo, constituía un grupo «políticamente ineficaz». Sin embargo, representaría una «amenaza potencial» en el caso de que lograse capitalizar la «desmoralización» existente en otros sectores de la izquierda ante la progresiva normalización del régimen franquista en el ámbito diplomático.31 Otro indicador indirecto que ilustraría la dimensión de la comunidad comunista se deduciría de los volúmenes de propaganda enviados a España. El material remitido en abril de 1953 fue de casi 17.000 unidades integradas por cerca de 13.000 ejemplares de Mundo Obrero, 2.275 de Treball, mil folletos y algunos centenares más de otros materiales.32
Pero las estimaciones cuantitativas sobre el peso del partido en el interior soslayaron otras realidades dramáticas. La intensísima presión policial se cebó con la organización, trabajosamente rehecha una y otra vez desde 1939. Los golpes se sucedieron con notable crudeza, especialmente entre 1945 y 1948, muchas veces como consecuencia de la actividad de delación en las filas comunistas, como las de José Tomás Planás (El Peque) y Luis González Sánchez (El Rubio). En ese período se produjo la desarticulación de las JSU en la capital y se multiplicaron las detenciones de militantes –más de dos mil entre el otoño de 1946 e inicios de 1947–, de las que se derivaron al menos cuarenta y seis condenas a muerte. Otro recuento indicó que de 658 camaradas enviados al interior entre 1945 e inicios de 1948, 86 estaban presos, 21 habían sido fusilados y otros once murieron de forma violenta.33 La decapitación del partido en Madrid antecedió a otros golpes vividos en Asturias o contra las unidades guerrilleras que socavaron la comunidad clandestina comunista, sus redes y tramas orgánicas, multiplicando el efecto paralizante del miedo, la inacción y el profundo desánimo. Como ha indicado elocuentemente F. Hernández Sánchez, a finales de los años cuarenta «la organización del PCE se encontraba, en la práctica, reducida a las prisiones, dispersa en el exilio, aislada en los montes o sepultada en los cementerios».34
La identidad antifranquista conformó el factor aglutinante más intenso entre esta doliente comunidad militante y sus promociones ulteriores. Tuvo una presencia ininterrumpida desde 1939 hasta la Transición, enlazando con la identidad antifascista articulada desde mediados de los años treinta. En esos parámetros las evocaciones de memoria no pueden deslindarse de una intencionalidad de largo alcance subrayada por Francisco Erice: servir de fuente de enseñanzas para la lucha presente, así como de acicate para la resistencia, la movilización y las expectativas de triunfo final. La lucha contra Franco actuó de manto integrador donde situar las manifestaciones propias del modo de ser comunista y resaltar valores como la lucha por la libertad y contra las desigualdades, la conciencia social, la capacidad de sacrificio, la fortaleza, la fidelidad, el temple o la ejemplaridad moral, entendidos siempre como criterios normativos que debían moldear al individuo y definir al colectivo.35
La insistencia en este tipo de cualidades debe relacionarse con lo que Nanci Adler ha caracterizado como los fenómenos de «inflación identitaria». Ser comunista suponía asumir un sistema de ideas y creencias relativamente compacto, susceptible de articular y dar sentido a todas las dimensiones de la vida, ya se refiriesen a las esferas pública o privada.36 Pero a lo largo de la dictadura se dejaron sentir también las cesuras, explicables al menos en parte en virtud del proceso de renovación generacional (cf. epígrafe 2.2). En este sentido, Francisco Erice ha llamado la atención acerca de la asimilación relativamente no traumática de los efectos del XX Congreso del PCUS y la desestalinización entre la comunidad de memoria comunista española. Si bien existieron casos de estupor y rechazo ante la denuncia soviética y el desmontaje simbólico de Stalin pudo afectar a la consistencia identitaria de algunos militantes veteranos, el impacto de la denuncia parece que fue, en cambio, bastante débil entre las promociones jóvenes del interior, más distanciadas generacional y afectivamente de las prácticas del culto a la personalidad. Lo que sí parece evidente es que las condiciones dictadas por la represión y la capacidad inclusiva de la cultura antifranquista tendieron a amortiguar las repercusiones de la ruptura consagrada en Moscú en febrero de 1956.37
La clandestinidad y el exilio también pudieron impulsar la diversidad en otras direcciones. En los años sesenta y primeros setenta el PCE integraba ya un conglomerado de militantes del interior y la emigración, trabajadores con diversos niveles de formación, cuadros y bases vinculados fundamentalmente al sindicato CC. OO., así como grupos ligados a los movimientos estudiantiles, vecinales o incluso religiosos. El partido tuvo, además, sobre todo en el ocaso de la dictadura, un fuerte arraigo entre intelectuales y profesionales liberales. En 1967 se calculó que disponía de algo más de 7.500 militantes (5.655 en el interior y 1.874 en Europa), si bien era un conteo muy incompleto que excluía la afiliación en Francia y la existente en Cataluña, en casi toda Andalucía, parte de Castilla La Vieja o Vizcaya.38 En el otoño de 1976, Jaime Ballesteros apuntó como datos oficiosos unas cifras de 150.000 militantes con perspectivas de llegar a 200.000.39
El perfil de este colectivo ha sido contextualizado por Xavier Domènech en relación con las prácticas culturales establecidas desde las experiencias, los espacios, los valores, los símbolos y las percepciones compartidas. Durante la dictadura lo comunista siguió presentándose como un universo codificado fundado en la sensación de que al llegar se entraba en un modo de vida que disponía de un sólido legado que debía ser asumido como memoria y molde para regular las experiencias individuales. En segundo término, las condiciones de represión y clandestinidad amplificaron el rol de la militancia como compromiso de épica personal. El sesgo del PCE como partido por antonomasia del antifranquismo, y su imagen ligada a la debilitación y caída del régimen, apuntalaron ese tono heroico.40 Pero tales marcas pudieron actuar no solo como aglutinantes, sino también como bálsamos que rebajaron el riesgo de fricciones identitarias internas, aminorando otros aspectos que en el pasado habían jugado un papel cohesivo importante. Carme Molinero y Pere Ysàs han caracterizado a la comunidad militante de inicios de los años setenta como una base heterogénea, donde el antifranquismo y las perspectivas de lucha de presente y cambio de futuro actuaron como catalizadores. Pero esa misma heterogeneidad pudo servir de elemento disolvente de otras señas potenciadas entre las generaciones que vivieron la guerra.41
En la cultura colectiva comunista de los primeros años setenta siguieron resaltando valores como la mística del partido, el culto a determinadas figuras –particularmente Pasionaria– o la conciencia del sacrificio. También la percepción compartida de formar parte de una organización de vanguardia, los vínculos solidarios o la disciplina respecto a un esquema articulado desde el prisma del centralismo democrático, un principio de sujeción jerárquica además claramente justificado por criterios prácticos vinculados con la clandestinidad y la transterritorialidad. Pero durante aquel período, asimismo, se erosionaron referentes normativos clásicos como el mito revolucionario, la concepción radicalmente igualitaria, el obrerismo o el cerrado prosovietismo. Muchas disensiones vividas a la izquierda del PCE pivotaron obsesivamente sobre estas cuestiones. Paralelamente, como han destacado Jordi Boja, Carme Molinero y Pere Ysàs, la variable de la identidad democrática jugó un papel esencial en la caracterización de la comunidad militante. No obstante, ese etiquetaje encerraba notables contradicciones, dado que se concebía como llave maestra para propiciar una cascada de cambios finalistas que difícilmente podrían resolverse en los límites de la democracia representativa en un país como España, constreñido a la geoestrategia de la Guerra Fría.42
La historiografía ha propuesto diversas explicaciones ante las renuncias de memoria protagonizadas por el PCE en 1976-78. Estas han abarcado desde la consideración de que el partido traicionó sus esencias a que fue capaz de trascender la memoria partidista en aras de la reconciliación nacional para lograr una democratización que permitiese superar el franquismo. También se ha hablado de tacticismo o de moderantismo dirigido a desactivar la protesta social y la opción de una ruptura desde abajo.43
En todo caso, la estrategia electoral del PCE ante las elecciones del 15 de junio de 1977 se basó en intentar diluir los fantasmas del pasado y desactivar un anticomunismo sobre todo emocional que ligaba el recuerdo del partido con imágenes como la violencia o el trauma de la Guerra Civil. La campaña electoral comunista potenció la perspectiva de la moderación o el diálogo y pivotó en torno al vocablo nuclear de democracia. Esa noción se manejó como término de futuro –superar los rescoldos de la dictadura–, pero también en clave de legitimación de pasado. Sirvió de marco donde situar la tradición antifranquista entendida como intensa y sacrificada lucha por las libertades de todos. Esa actitud matizaría la visión de un PCE desmemoriado en la Transición. En torno a 1977 se relativizaron, sin duda, viejos referentes de memoria –la Guerra Civil o la Segunda República–, pero igualmente se potenció el valor simbólico y moral asociado con la oposición antifranquista como factor que legitimaba el rol del PCE como fuerza fuertemente implicada en la lucha democrática.
El abordaje de las políticas de memoria del PCE debe resaltar otras cuestiones. De una parte, la importancia de la visión comunista sobre la dictadura entendida como rescoldo de la Guerra Civil en cuanto praxis de violencia y anormalidad histórica. Este otro plano permite apuntar, a su vez, la multiplicidad de resonancias que podía concitar en el seno del partido el recuerdo del período 1936-39. La experiencia frentepopulista constituyó el ámbito de germinación, según la lectura oficial comunista mantenida desde los años sesenta, para el proyecto de democracia social avanzada que propugnaba el partido. Pero la naturaleza traumática de 1936-39, o su cariz como paradigma de división, enfrentamiento y excepcionalidad, fueron asignaciones de sentido estrictamente atribuidas a la dictadura. De ese modo, el franquismo no era más que la continuidad natural de la guerra por otros medios.
Existiría un factor más, en ocasiones soslayado, que debe resaltarse: el referido a los lazos reactivos presentes entre la memoria comunista y la franquista. Esta última se caracterizó por un exacerbado anticomunismo, aunque lo adecuó e instrumentalizó a lo largo del tiempo. En torno a 1956, el año en que se oficializó la tesis de la reconciliación nacional, la propaganda franquista comenzó a subrayar la variable de la paz en sus relatos sobre el pasado. Esa visión terminó de consolidarse en 1964 en el marco de la campaña de los XXV Años de Paz, prolongándose durante los diez años posteriores.
Dicha estrategia se correlacionó con otras prácticas de renovación de las marcas anticomunistas desde el Ministerio de Información y Turismo, aunque también debe conectarse con las campañas organizadas desde el PCE como respuesta a las acciones emprendidas desde la dictadura. En paralelo, el análisis de los medios de masas permite tomar el pulso a las inflexiones a que se sometió el relato generalista sobre la guerra durante el tardofranquismo. Muy en particular, al progresivo vaciamiento e invisibilidad relativa del conflicto en coincidencia con las políticas de socialización basadas en criterios de legitimación funcional propios de la cultura desarrollista. Como se verá en los epígrafes 7.6 y 8.3, esa modulación del recuerdo de la guerra tomó forma antes de 1975, lo cual permite sugerir la existencia de un peculiar pacto de olvido en traducción franquista.
2. GENERACIONES DE MEMORIA
La comunidad de memoria comunista que arribó a finales de los años setenta estuvo integrada por cohortes generacionales diferenciadas.44 En el PCE coexistían en ese momento tres grupos de edad con perfiles distintos. Uno estaba compuesto por la afiliación más joven, nacida en la posguerra. Otro, por los militantes y dirigentes de más edad. Y un segmento central conformado por la aportación procedente de las JSU, la matriz que, como resaltó Fernando Claudín, nutrió las promociones comunistas durante las dos o tres décadas posteriores a la guerra, reconstruyó el partido en la clandestinidad y aportó buena parte de los cuadros y la elite dirigente desde los años cuarenta.45 No debe obviarse, en este sentido, el peso abrumador compuesto por los colectivos más jóvenes en la avalancha de afiliaciones vividas tras el 18 de julio: según datos del CP de Madrid de 1938, del total de ingresados hasta entonces un 40% tenía entre 18 y 23 años, y un 41% entre 24 y 30.46 El colectivo comunista durante el franquismo estuvo, a su vez, cruzado por la variable geográfica. Desde esa óptica cabría mencionar la primera promoción de exiliados frente a la militancia en la emigración económica de los años sesenta, muy relevante en Francia o Bélgica. O a los nuevos militantes del interior que ingresaron entre mediados del decenio de los sesenta y la primera mitad de los setenta, un conglomerado donde el componente juvenil resultó notable.
Como se ha apuntado antes, algunos referentes actuaron de símbolos transversales que paliaron la posible heterogeneidad generacional. El más destacado estuvo encarnado por la figura de Dolores Ibárruri. Pasionaria se ratificó en los años cincuenta como emblema de historia viva del partido y símbolo de memoria compartida, pero también como nexo que fusionaba y aglutinaba a las viejas y a las nuevas generaciones llegadas al partido.47 En este sentido no fue extraño que encabezase las prácticas de codificación de la memoria oficial desplegadas entre finales de esa década y los años sesenta (cf. epígrafes 7.3 y 7.4).
En ese período tuvo lugar la publicación de una amplia secuencia de materiales de corte oficial como la Historia del Partido Comunista de España (1960) o los primeros volúmenes de Guerra y Revolución en España, 1936-39 (1966-67), obra de una Comisión de Historia presidida por Pasionaria. Los límites del arco de edad del equipo que colaboró en esos trabajos se situaron entre los cincuenta y setenta años. En la Comisión de Historia figuraron Antonio Cordón (nacido en 1895, el mismo año que Ibárruri), Irene Falcón (1908), Luis Balaguer (1911), José Sandoval (1913) y Manuel Azcárate (1916). En la Historia del partido colaboraron Fernando Claudín y Santiago Carrillo (ambos nacidos en 1915), y en los trabajos preliminares de Guerra y Revolución… lo hizo Enrique Líster (1907). Como consultantes de esa última obra se consignaron los nombres de Modesto (Juan Guilloto, 1906) o Manuel Márquez (1902), aunque la relación de participantes indirectos en Guerra y Revolución… fue más amplia. A esos nombres cabría sumar otros escritores o publicistas ubicados en la misma franja generacional, como Federico Melchor (1915), Eusebio Cimorra (1908) o Jesús Izcaray (1908), así como algunos de los trabajadores con mayor recorrido en REI, como Ramón Mendezona (1913) o Luis Galán (1916). Todos fueron figuras decisivas en la articulación discursiva de los referentes que sustentaron la memoria colectiva comunista. Compusieron un grupo compacto y ejercieron la función de productores del relato patrimonial del PCE.
Este rol de autoridad puede relacionarse con otros fenómenos de rearticulación vividos en entornos políticos próximos, como el PCP. Si bien el volumen numérico de ambas organizaciones y su evolución son diferentes, sí existieron lógicas compartidas. Tras la fuga del Forte de Peniche en enero de 1960, Álvaro Cunhal y otros responsables del partido portugués iniciaron un exilio de catorce años en la Unión Soviética, Checoslovaquia, Rumanía y Francia. No obstante, esa dispersión acabó relativizándose gracias a los mecanismos implicados en lo que Adelino Cunha ha denominado como la estrategia del exilio político funcional.48 Su fundamentación se apoyó en dos pilares: la consideración de la emigración como situación transitoria que debía respetar y reforzar la idea de que la lucha en el interior conformaba el epicentro de la acción del partido, y en la creencia de que Portugal constituía el lugar de memoria que legitimaba cualquier iniciativa presente y futura. Cunhal acabó alimentando y mitificando después esa perspectiva mediante su relato autobiográfico (Até Amanhã, Camaradas, publicado bajo el seudónimo de Manuel Tiago). El exilio no constituía, pues, un fin en sí mismo y su virtualidad no podía ser otra que actuar de apoyo auxiliar a esa centralidad del interior ante el objetivo del derrocamiento popular de la dictadura. El discurso del PCE operó con significaciones similares. Si bien sus instancias dirigentes estaban fuera de España, también se estableció una sólida imagen de la nación como lugar de memoria. La evocación de la República, la guerra o la dictadura compusieron los ejes de ese relato. Desde este punto de vista también cabe hablar de un exilio funcional.
Pero la ejecución efectiva de la toma de decisiones, la producción del discurso comunitario y la ubicación del liderazgo carismático –Álvaro Cunhal ascendió finalmente a la secretaría general del PCP en 1961 tras un período previo de dirección de facto– se localizaron en ese otro espacio externo establecido por los escenarios del exilio, al igual que había ocurrido desde 1939 con el PCE. Cunhal, como Carrillo, realizó sus diagnósticos sobre la realidad nacional desde la mirada del exterior y ambos dirigentes se esforzaron por evitar la peligrosa percepción de que existían dos partidos, el intramuros y el extramuros a las fronteras nacionales.49 Y del mismo modo que en el caso del exilio comunista español, en el ejemplo portugués también podría hablarse de la cristalización de una comunidad transterritorial fruto de la intersección entre las condiciones en que se movió su emigración, la necesidad de gestionar desde la distancia informaciones e iniciativas, la peculiar ligazón del partido con el canon soviético, y en virtud de los contactos entablados por los cuadros y colectivos familiares con las realidades emplazadas a un lado y otro del Telón de Acero.
La coyuntura esencial en la dinámica de renovación generacional en la dirección del PCE suele situarse en el período fijado entre la política de reconciliación nacional (primavera-verano de 1956) y el VI Congreso celebrado en Praga a finales de diciembre de 1959, donde Santiago Carrillo accedió a la secretaria general e Ibárruri fue designada presidenta. Coincidiendo con la reunión del CC celebrada en agosto de 1956 se produjo una visible renovación del BP saldada con la incorporación de una nueva hornada de dirigentes entre los que estaban Federico Sánchez (Jorge Semprún) y Juan Gómez (Tomás García), junto a los viejos nombres del partido (Sebastián Zapirain) o procedentes de la generación que combatió en la Guerra Civil (Santiago Álvarez, Francisco Romero Marín o Vicente Saiz / Simón Sánchez Montero). Casi todos pertenecían a una promoción vital posterior a Pasionaria, Uribe o Mije. Zapirain había nacido en 1903, un año después que Uribe y dos antes que Mije. En cambio, Álvarez, Romero Marín y Sánchez Montero eran diez años más jóvenes, igual que Carrillo y Claudín. Jorge Semprún (1923) encarnó la frontera vital con la promoción inmediatamente posterior.
A pesar de sus diferencias, este bloque coincidía generacionalmente con el grueso de cuadros y responsables que nutrieron el PCF en los que han sido considerados sus años dorados, la etapa 1944-70. Dicho colectivo ha sido analizado desde la perspectiva de la homogeneidad vital y las experiencias compartidas (la Segunda Guerra Mundial, la Liberación y la Guerra Fría), junto a la convivencia en un molde de organización que subsistió hasta los años sesenta: el partido thoreziano.50 Parte esencial de su cultura política estuvo compuesta por la identificación con la tradición soviética y con la memoria épica del antifascismo. Estos tres valores, tamizados por la particularidad española (la derrota de 1939 y la lucha antifranquista), formaron parte del acervo de la generación del PCE que fue dirigente en lo político y rectora en lo mnemónico entre los años cincuenta y setenta.
El giro de 1956 debe explicarse, por su parte, como cesura generacional con varios niveles de expresión (cf. epígrafe 7.1). La declaración de junio titulada Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español se hacía eco de las movilizaciones estudiantiles protagonizadas por las cohortes de posguerra donde podían convivir los hijos de los vencedores y los derrotados, unidos por una percepción relativamente compartida de escepticismo frente a los valores tópicos del franquismo.51 Por extensión, se dirigía a una realidad muy diferente a la de 1936. Sus alusiones a los colectivos intelectuales podían identificarse, igualmente, como llamada a una promoción vital renovada, aunque la declaración de junio citase a nombres señeros del pasado como Ridruejo, Laín o Marañón.
En los meses centrales de 1956 confluyeron diversos vectores: la sedimentación del giro impuesto desde 1948 (fin de la guerrilla, «entrismo» en las estructuras sindicales franquistas), el impacto del XX Congreso del PCUS y la denuncia del culto a la personalidad. Este hecho tuvo, además, inmediata traducción dentro del juego de tensiones y equilibrios internos en la dirección del PCE, en forma de agravamiento del enfrentamiento en París entre las figuras señeras de la generación procedente de las JSU (Carrillo y Claudín) y un viejo nombre del pasado (Uribe). Además, el giro táctico de aquel año también fue fruto de la percepción por parte de esa misma dirección de lo que, sin exageración, cabría tildar de «nacimiento de una generación antifranquista» en el entorno estudiantil e intelectual del interior. Ese grupo fue muñido, en gran parte, por Semprún desde 1953:52 se nutrió por nuevos activistas militantes o próximos al PCE (Javier Pradera, Julio Diamante, Ramón Tamames, Emilio Lledó, Domingo González Lucas / Dominguín, Agustín Larrea, Alberto Saoner, Javier Muguerza, Clemente Auger, José Luis Abellán, Eduardo Punset, Enrique Múgica, Julián Marcos y otros más), vertebrándose gracias a una serie de experiencias aglutinantes compartidas (proyecto de un congreso de escritores universitarios entre mayo y octubre de 1955, homenaje a Ortega y Gasset en ese último mes y protestas estudiantiles en febrero).
El principal referente de memoria sacrificado en la política de reconciliación nacional no fue la Guerra Civil sino el recuerdo de la lucha guerrillera, un aspecto que quedó paulatinamente neutralizado en el discurso público comunista del decenio de los cincuenta hasta invisibilizarse en los sesenta y setenta. De hecho, esa renuncia fue subrayada en los relatos alternativos derivados de las fracturas vividas a la izquierda del PCE. Negar la política de reconciliación nacional suponía reivindicar la vigencia de la lucha armada. Así lo destacó en 1974 en una intervención filmada el veterano dirigente socialista Julio Álvarez del Vayo, ya escorado hacia posiciones ultraizquierdistas, al llamar a la huelga general revolucionaria para hundir el régimen franquista. Una dictadura cuyo origen, afirmaba, había sido olvidado por muchos «en el correr de los años». «Fue instalada en el poder por Hitler y Mussolini» y su razón de ser era «seguir matando». «De ahí que resulte ir contra la realidad política el obstinarse en proponer, de una manera u otra, la reconciliación nacional». Del Vayo establecía una cadena de equivalencias simbólicas y legitimación entre la huella de la guerrilla y los planteamientos que cristalizaron en el FRAP, el brazo armado del PCE (m-l) organizado entre 1971 y 1973 (cf. epígrafe 8.2). Una cadena que incorporaba como nexo generacional al propio del Vayo como presidente y rostro visible, aunque su militancia estuvo nutrida principalmente por jóvenes nacidos en torno a 1950.
A finales de los años sesenta el PCE lanzó una campaña –la Promoción Lenin– dirigida a captar nuevos militantes. La iniciativa evidenció los rasgos y contradicciones de la compleja gestión de memoria en aquella coyuntura. Invocaba al símbolo más reconocible de la tradición comunista y reproducía la pervivencia alegórica del fundador del Estado soviético, pero coincidiendo con la tensión entre el PCE y el PCUS a propósito de los sucesos de Praga. La campaña tuvo lugar además en un marco donde se disipaba la memoria de la Guerra Civil en la publicística oficial. 1969 y el trigésimo aniversario de la derrota fue la última ocasión en que tuvo lugar una conmemoración relevante que hizo retrospección pública sobre el conflicto.
La narrativa orgánica también diluía las citas de recuerdo de la vieja dirigencia, como José Díaz, un nombre que sí fue reivindicado como referente legitimador desde la disidencia izquierdista encabezada por Líster o Eduardo García. En ese contexto la invocación a Lenin no pretendía ser un mero homenaje. «Para nosotros no se trata ni de fechas ni de mitos», se afirmó en un informe interno de 1970, sino «de extraer todo el significado» de tal invocación para el reforzamiento orgánico y la proyección pública del partido. En esta lógica, la campaña de afiliación sumó otras iniciativas: reuniones, jornadas de movilización, incrementar la difusión de Mundo Obrero o que los militantes aportasen un día de salario en la entendida como «jornada roja de contribución a la campaña».53 Aunque este tipo de prácticas no eran nuevas. Como se comentará en los epígrafes 6.2, 6.4 o 7.5, el PCE recurrió entre los años cuarenta y sesenta a las efemérides conmemorativas –al 14 de abril, los aniversarios del partido o al 1 de abril y el 18 de julio– para impulsar el fortalecimiento interno y multiplicar la acción propagandística o movilizadora.
Pero esta vez la campaña de afiliación ligada a la Promoción Lenin quiso evidenciar unas señas de identidad más abiertas y flexibles sobre el ser comunista –entre ellas, forzar la ya definida como «transición hacia la democracia»– ligándolas con el objetivo de hacer un partido de masas.54 Eso suponía para el partido intentar capitalizar, y no tanto controlar, dinámicas de movilización social diversas y formas múltiples de activismo donde se implicaban realidades generacionales diversas y dinámicas de socialización plurales en empresas o talleres, células universitarias o grupos de barriada. Tal heterogeneidad se articuló en función de una seña compartida –la antifranquista–, y en torno a la percepción de que la dictadura, que aunque parecía haber estado siempre ahí, no era impenetrable.55 El presente y el futuro se superponían así a las marcas de pasado. Ello tuvo lugar, además, coincidiendo con la maduración de CC. OO., la herramienta funcional que permitió sustanciar el ideal del PCE como partido hegemónico de la clase obrera, pero en relación con la atracción de unas cohortes generacionales renovadas, conformadas al socaire del desarrollismo.56
Por su parte, la tesis de la reconciliación nacional, entendida como capital simbólico y emblema en la definición del PCE hacia el eurocomunismo, acabó siendo instrumentalizada por Santiago Carrillo desde 1976 y durante la Transición.57 Tras la muerte de Franco los debates sobre el eurocomunismo, la fricción suscitada por el abandono del leninismo en el IX Congreso (1978) y la tensión vivida hasta la fractura de comienzos de los ochenta sirvieron de nuevos entornos. Que la llamada disensión prosoviética abierta desde el flanco de la izquierda estuviese encabezada por figuras de edad avanzada –Pere Ardiaca en el PSUC, Ignacio Gallego en el PCE– podría sugerir la imagen de un conflicto con visos de tensión generacional en el que referentes de memoria aparecían capitalizados por nombres señeros de la organización. Sin embargo, no fue esa la nota ni dominante ni generalizable.
La etiqueta de la renovación eurocomunista estuvo encarnada durante su eclosión pública entre 1976 y 1977 por nombres veteranos, como el propio Santiago Carrillo, junto a figuras del interior generacionalmente coetáneas (Marcelino Camacho o Simón Sánchez Montero) y otros dirigentes nacidos en los años treinta (Ramón Tamames, Jaime Ballesteros), o incluso en los cuarenta (Pilar Brabo, Enrique Curiel). La disensión prosoviética de 1969-70 estuvo, en cambio, encabezada por integrantes de la generación de la guerra (Enrique Líster, Eduardo García o Luis Balaguer). Sin embargo, las fracturas vividas en los años inmediatamente anteriores y que acabaron derivando en los grupos prochinos o «albaneses» estuvieron animadas y nutridas por una militancia mucho más joven, como ya se ha indicado respecto al ejemplo del FRAP. Por otra parte, dirigentes como Santiago Carrillo eran perfectamente conscientes de que el PCE en vísperas de la legalización se caracterizaba por la coexistencia de promociones generacionales distintas. Carrillo aludió a inicios de los años setenta a la presencia de diferentes hábitos, mentalidades u orígenes entre las cohortes del colectivo comunista, si bien en 1976 consideró que existía un acoplamiento armónico en la dirección, entre viejos y nuevos afiliados o entre los sectores del exilio y los del interior.58
Las modulaciones sufridas por el discurso sobre la Guerra Civil, la reconciliación nacional o el antifranquismo deben vincularse, por su parte, con las fluctuaciones desarrolladas por los discursos de memoria en la esfera pública y con otras mutaciones que afectaron a las señas de identidad del colectivo comunista. Ese fenómeno adquiere nitidez si lo trasladamos hasta el período posterior a la victoria electoral socialista de octubre de 1982. Las narrativas de modernidad ligadas a la adhesión de España a la CEE (1985) o a los fastos de 1992 terminaron de consagrar un cambio notable en el relato público donde parecían desfasadas las viejas políticas de memoria en disputa al final del franquismo. En esa coyuntura tomaron forma, además, las primeras muestras del discurso legitimador sobre la Transición concebida como proceso determinado por la acción providencial de las elites políticas, muy en particular por la Monarquía.
Cabe colegir que los modestos resultados electorales logrados por el PCE en los comicios de 1977 y 1979, así como la pluralidad de sensibilidades articuladas en su seno durante el tramo final de la dictadura, acabaron actuando como factores de dispersión según se diluía el elemento aglutinador antifranquista y quedaba claro que el partido no sería ni opción de gobierno ni fuerza mayoritaria en la izquierda. A ello habrían de sumarse el impacto de otras dinámicas estructurales que incidieron sobre los mimbres tradicionales de la identidad comunista. Al respecto se han mencionado los efectos provocados por la crisis económica de 1973 y la cronificación del desempleo masivo, las mutaciones sufridas en los centros de trabajo como ámbitos de socialización o la relevancia adquirida por el sector servicios frente al esquema relacional clásico establecido en el mundo de la fábrica. Estas transformaciones convivieron con la cascada de cambios en las relaciones familiares y en el ámbito de lo doméstico, por la eclosión de nuevas subculturas o la consolidación de hábitos de consumo.59
Las dinámicas indicadas depararon un complejo contexto de circunstancias que afectaron a la articulación identitaria del PCE durante el período de estabilización democrática. Incidieron en su potencialidad organizativa, en la capacidad y eficacia de socialización de su discurso y proyecto, en sus tácticas de movilización o en su presencia e imagen en la esfera pública y ante otras fuerzas políticas. De hecho, las políticas de recuperación de memoria no se interiorizaron oficialmente hasta finales de la década de los noventa, en unos parámetros bien distintos. Las señas de identidad republicanas se fueron recuperando entre el XIV y XV Congreso (1995 y 1998), coincidiendo con el objetivo del sorpasso al PSOE y con la creciente patrimonialización del recuerdo de la Transición por parte del PP.60 Algo más tarde la militancia se implicó en el movimiento memorialista, aspecto que terminó culminando en 2002 con el nacimiento de Foro por la Memoria, una iniciativa impulsada desde la Comisión de Memoria Histórica del partido. Ya en 2008, la Conferencia Política del PCE consideró roto el pacto constitucional, denunciándose que el referéndum de 1978 «fue lo menos parecido a la decisión soberana de un pueblo al que solo se le dieron dos opciones: monarquía parlamentaria o franquismo sin Franco», y abogándose por un proceso constituyente hacia una Tercera República.61
Estas trazas configuraron el escenario donde situar la cristalización de una nueva orientación de memoria generacional que podría ser tildada de tercera generación, de posmemoria o de memoria protésica. La categoría de posmemoria alude a fenómenos de transferencia familiar directa de huellas o posos presentes en la memoria personal que serían proyectados, apropiados y reelaborados por parte de los hijos o los nietos.62 Pero la noción de posmemoria puede entenderse también en relación con las dinámicas de tránsito de la cultura social entre distintas cohortes generacionales.
Desde esa perspectiva el prefijo post no haría alusión a un fenómeno de hegemonía diacrónica, sino que indicaría la existencia de procesos de encuentro, diálogo, apropiación, readaptación o reciclaje entre culturas generacionales diversas, por ejemplo, en forma de simbiosis donde convergerían lecturas respecto al valor moral y al balance de ciertos contextos históricos. La importancia del colectivo comunista en la movilización y proyección de las demandas vinculadas a la memoria histórica a inicios del siglo XXI se explicaría entonces, al menos en parte, como nuevo reflejo generacional. Sus demandas de reparación no pueden deslindarse del marco general definido por el boom de memoria vivido en España y en otros espacios en las dos últimas décadas.63 Aunque asimismo cabe sugerir que esa nueva generación de memoria sería la resultante de la interiorización de lecturas críticas sobre la naturaleza de la Transición o acerca del papel jugado por el PCE, en particular de su moderantismo o su implicación en las políticas de consenso. En paralelo, estos mismos colectivos se habrían erigido en víctimas híbridas al subjetivar el recuerdo del trauma ligado a la Guerra Civil y la represión, produciéndose así una suerte de transferencia emocional y de sutura entre distancia temporal de los hechos de pasado y presencia simbólica del trauma a ellos vinculado.64
3. MEMORIA COSMOPOLITA
La memoria colectiva comunista debe plantearse, pues, atendiendo a una trama densa, compleja y cambiante de factores históricos. En ella intervinieron múltiples dinámicas en las que se entrecruzaron percepciones, situaciones vitales, culturas militantes o imaginarios ligados al partido. Del mismo modo afectaron los influjos externos o las imágenes compartidas propias de una tradición internacional. Todos estos parámetros trazaron el tejido donde se emplazaron las estrategias de rememoración.
Pasionaria esgrimió en La vieja memoria, la película documental comentada en el epígrafe 1.2, un estándar explicativo sobre el papel del PCE durante la Guerra Civil. Su apelación a la defensa de la República democrática encajaba con el discurso patrimonial de mediados de los años setenta que hacía gala no tanto de la reivindicación republicana, pero sí del pedigrí democrático legitimado mediante el ejercicio de lucha antifranquista. Pero el largo período del exilio reprodujo la persistencia de otras contra-memo-rias críticas frente al PCE. La consideración vertida por Federica Montseny, en esa misma película, acerca de que los comunistas iniciaron «la contrarrevolución antes que Franco» enlazaba con la dilatada memoria oficial anarcosindicalista.65 En paralelo, la entrevista de Camino a Pasionaria y, con más claridad aún el film biográfico Dolores (José Luis García Sánchez y Andrés Linares, 1981), pusieron de manifiesto el afecto hacia la URSS y la subsistencia del mito soviético como tamiz en su visión del pasado y el presente. Esta percepción coincidió en el tiempo, no obstante, con la estrategia de reafirmación simbólica encarnada en el eurocomunismo como fórmula basada en marcar las distancias frente a la Unión Soviética.
A pesar del tono aparentemente iconoclasta y novedoso del eurocomunismo, este pronto fue explicado como deriva de momentos históricos anteriores. Fernando Claudín, en un ensayo editado en abril de 1977, destacó que era el último fruto en la tendencia hacia la autonomía del partido frente a la URSS que habría arrancado de la desestalinización oficializada desde 1956. Por su parte, Carrillo resaltó que las verdaderas raíces del eurocomunismo se podían retrotraer hasta la política de Frente Popular o los postulados de unión nacional. Ya a inicios de los años ochenta, otras reflexiones completaron esa genealogía mencionando otros antecedentes previos, si bien con la prudencia de excluir de ellos a viejos revisionistas del SPD. Así hizo Pilar Brabo al evocar a Rosa Luxemburg contraponiéndola al pensamiento de Bernstein y Lenin, o al reivindicar a Gramsci.66 Pero la crisis de inicios de los años ochenta desbarató este tipo de imaginarios, trastocando la apelación eurocomunista en ajuste de cuentas y crítica a los viejos principios. En esos márgenes se situó el ensayo Crisis del Eurocomunismo de Manuel Azcárate, donde rebatía no solo la idea de independencia efectiva del PCE frente a la URSS, sino que tildaba a esta de experiencia no socialista:
Mi opinión es que hace falta decir y demostrar –y uno de nuestros grandes errores, al menos desde 1968, es no haberlo hecho– que el Estado soviético no es el poder de la clase obrera. [Lo que sí existió al concluir] la represión estaliniana, fue una especie de compromiso entre el Estado y la clase obrera que garantiza a esta cierta estabilidad de trabajo y empleo, cierto nivel de seguridad social, medicina, educación; y cierta posibilidad de acceso a la casta gobernante que no se basa en la propiedad y no es en sí hereditaria; acceso importante para alimentar la ideología de legitimación del poder, fundada en la continuidad de la Revolución de Octubre.67
Crisis del Eurocomunismo se iniciaba con una dedicatoria a algunos nombres de confianza de Carrillo entre 1974 y 1978 –Jaime Ballesteros, Carlos Alonso Zaldívar, la propia Pilar Brabo– que acabaron por abandonar el partido. Azcárate fue expulsado de la dirección en 1981 y del PCE en 1982 tras una dilatada militancia. Se había incorporado al CE a mediados de los sesenta, y desde 1968 se hizo cargo de la política internacional convirtiéndose en pieza central en el esquema de relaciones con el PCUS. Ocupó importantes responsabilidades en el aparato de propaganda y a partir de 1976 fue director de Nuestra Bandera, la principal plataforma teórica del partido. Representaba, pues, el paradigma de intelectual orgánico. Desde ese rol se implicó en la producción de memoria pública. En 1978 actuó como voz oficial en la polémica sobre las críticas vertidas en la Autobiografía de Federico Sánchez de Jorge Semprún, otro ejercicio de contramemoria con eco notable en el espacio público.68 Una década antes había colaborado como coautor en una síntesis de tono canónico sobre la Guerra Civil, además de trabajar en la Comisión de Historia antes mencionada.69
Azcárate personificaba un modelo de biografía militante pautada por la cesura de la guerra, el exilio y la ilegalidad vivida entre 1936 y 1977. Tales experiencias determinaban las diferencias más notables entre el PCE y sus homólogos occidentales más importantes, el PCF y el PCI, así como frente a las formaciones comunistas convertidas en instancias de poder en Europa Central u Oriental desde 1947-48. Estos rasgos también resultan destacables si atendemos a la trayectoria descrita por otras formaciones mediterráneas como el PCP o el KKE, igualmente sometidas a escenarios parejos de represión y clandestinidad. Ya se han señalado antes algunas concomitancias entre los partidos español y portugués. Situados en el ecuador de los años setenta destacarían, en cambio, las distancias programáticas y de acción política a pesar de ciertas similitudes en lo relativo a las relaciones con los partidos socialistas o sobre el interés por asegurarse una potente influencia sindical.70
Otro tanto cabría indicar ante el KKE, a pesar de los contextos aparentemente paralelos compuestos por las guerras civiles en España y Grecia. El KKE y el PCE encarnaron dos partidos con derivas históricas muy diferentes. En la publicística oficial del partido español de la segunda mitad de los años cuarenta apenas sí figuraron llamadas de solidaridad ante la situación griega. El KKE se situó en unos complejos parámetros, protagonizando un conflicto en parte indeseado por la URSS y peligrosamente cerca de la disidencia yugoslava. Sin embargo, tras 1953 fue reacio a la desestalinización. Entre las reflexiones de mediados de los años setenta no faltaron las alusiones, con frecuencia críticas, al PCP. En cambio, el KKE –y, más en general, la Metapolítefsi griega– fue sencillamente soslayada.
En ese contexto temporal las afinidades internacionales del PCE se situaron en otras coordenadas. La estrategia eurocomunista, particularmente entre el PCI y el PCE, se tradujo en visibles correlaciones en lo relativo a cómo orientar su política internacional, en particular respecto al tono de los contactos con la dirigencia soviética.71 El PCI de los primeros setenta encarnó también para el PCE un paradigma orgánico, en coherencia con lo que Donald Saason denominó como la capacidad de la organización italiana para erigirse en «partido laico».72
Dicho proceso tuvo sus raíces desde el Giro de Salerno al Memorial de Yalta, y de ahí al eurocomunismo, si bien se trató de una dinámica que ofreció profundas discontinuidades. En términos básicos, fue fruto de la participación en la construcción institucional de la república, de las consecuencias de la desestalinización o de la experiencia de gestión del PCI en esferas de poder provincial o regional. También de la aspiración por convertirse en opción de gobierno en un contexto capitalista desarrollado y ante una percepción social cada vez más escéptica (cuando no crítica) frente a la URSS. De ahí la relevancia adquirida por el paulatino rechazo a las categorías dogmáticas o por la asimilación de las tesis gramscianas sobre generación de consensos o lucha en el campo de la hegemonía. Su potente base electoral y social convirtió al PCI en modelo de partido de masas. Los resultados del PCE del 15 de junio de 1977 quedaron muy lejos de los obtenidos por los comunistas italianos en junio de 1976. No obstante, resulta difícil no establecer paralelismos entre la estrategia de colaboración del PCE en las tareas constitucionales o los Pactos de la Moncloa, con las del PCI durante el período en que abogó por el compromiso histórico y el entendimiento con la Democracia Cristiana.
Toda esta trama de singularidades y similitudes debe emplazarse en un marco mayor: el de la memoria cosmopolita comunista entendida como resultante de los procesos de reterritorialización y adaptación local de referentes internacionalizados, incluyendo la articulación en el centro soviético de influjos procedentes de focos nacionales.73
La categoría de memoria cosmopolita ha sido planteada específicamente como una herramienta interpretativa ante el fenómeno de las memorias sobre el Holocausto, refiriendo la producción y circulación transnacional de prácticas de recuerdo. Desde ese supuesto se han analizado aspectos como las formas de confluencia, encuentro, comprensión y asimilación de referentes foráneos. O fenómenos de hibridación e intersección glocal, donde valores de corte general se adecuarían a parámetros de lo específico singular. Frente al sentido tópico y restrictivo habitualmente otorgado a la categoría de memoria nacional, la noción de memoria cosmopolita flexibilizaría así las escalas del recuerdo colectivo. Como destacaron David Levy y Natan Sznaider, el Holocausto puede expresarse mediante tópicos simplificadores ligados a imágenes nacionales (Alemania como perpetrador, Israel como víctima o Estados Unidos como liberador). Sin embargo, la evocación del genocidio judío también puede situarse en un marco de negociación cultural donde intervendrían la fragmentación y la globalidad, la reflexividad o cuestiones relacionadas con formas de representación y pedagogía histórica.74
La memoria cosmopolita comunista contó con un centro de articulación nítido (la URSS). Sin embargo, cabe considerar que la asimilación de pautas de memoria importadas convivió con otras variantes de memoria nacional o local. Karl Schlögel ha remarcado la paradoja existente entre la cultura del comunismo global centralizada en las estructuras moscovitas de la IC y los constreñidos espacios de vida cotidiana donde discurría el quehacer de sus funcionarios. En 1937 estos se ubicaban en una reducida nómina de viviendas –el Hotel Lux o algunas residencias colectivas–, sus círculos de sociabilidad rutinarios se limitaban a algunos clubes de debate (la Cooperativa de Trabajadores Extranjeros o las Casas de los Escritores, la de los Científicos o la de los Republicanos Austríacos) y a determinados centros de producción de mensajes políticos, como redacciones de prensa y sedes editoriales, la radio del Komintern, los institutos científicos y la Escuela Internacional Leninista.75
En los recuerdos del dirigente español Sebastián Zapirain, alumno de este último centro entre 1931 y 1932, se aludió también a los espacios de sociabilidad para extranjeros en Moscú. Según su testimonio, había en la escuela una treintena de españoles. Además de la asistencia a clases y conferencias o a alguna velada cultural, los alumnos estaban adscritos a fábricas donde trabajaban en los denominados sábados comunistas en jornadas de trabajo gratuito. Fuera de tales contactos «nuestra relación con los soviéticos no se miraba bien», aunque según Zapirain «teníamos nuestros amigos, novias, etc.».76
La memoria cosmopolita comunista se fundamentó, a su vez, en la tradición internacionalista del movimiento obrero. La IC compuso el jalón organizativo en una concepción transnacional con dilatada historia. Sin embargo, esta memoria transnacional concilió abundantes ejercicios de exaltación del pasado o de historias nacionales que rearticularon los discursos comunistas desde la segunda mitad de los años treinta. En dichas coordenadas se situó el PCE, en un proceso que se vio reforzado y amplificado desde julio de 1936 por el protagonismo del discurso nacional-patriótico.
Otro tanto puede decirse respecto al PCF de los años treinta, tras superar una fase inicial de tensión entre los mitos obreristas y republicanos procedentes de la tradición socialista y el impacto de la bolchevización como cultura que neutralizaba las marcas nacionales. Esta dualidad finalmente se resolvió a través de la conciliación en el marco de las significaciones frentepopulistas, donde se armonizó una explícita reclamación de la historia nacional con la asimilación de los mitos estalinianos. Desde 1935 la dirección comunista hizo hincapié en la necesidad de la enseñanza de la historia francesa para la formación de cuadros, en particular en cuestiones como la historia del movimiento obrero o del ciclo revolucionario circunscrito entre 1789-93 y la Comuna. También en torno a 1935 tomó forma una generación de historiadores que encarnaron un modelo renovado de intelectual de partido. El caso más notable fue el del estudiante Albert Soboul, que desde 1932 se encontraba próximo al PCF. La celebración del aniversario de la Revolución en 1939 supuso la culminación de este proceso. De hecho, fueron los comunistas franceses los que protagonizaron de modo más visible la conmemoración de la efeméride ese año, en una síntesis entre glorificación de los hitos revolucionarios nacionales y su instrumentalización en forma de historia militante.77
La culminación de esta tendencia hacia el visible peso de la nación se produjo en Francia tras la Segunda Guerra Mundial. Un ejemplo perfecto de memoria patriótica generalista capitalizada por el PCF figura en el mediometraje Nous continuons la France, un documental realizado en 1946 por Louis Daquin. El film recorría la historia francesa desde la Edad Media, arrancando del ensalzamiento de la tierra y del trabajo como materias primas constitutivas de la nación popular. E incluía llamativos paralelismos entre el presente y pasado, entendidos como citas de historia reconocible por el gran público a través de los mitos colectivos. En ese juego de espejos se situó, por ejemplo, Juana de Arco. Su muerte en la hoguera era asimilada a la traición de 1940 y sus ejecutores a las figuras de Laval o Petáin.
En esos mismos parámetros debe emplazarse la sustanciación de las narrativas del nacional-bolchevismo en la Unión Soviética que comenzaron a tomar forma en torno a 1933 o 1934, cristalizaron alrededor de 1936-37 y volvieron a retomarse, con mayor virulencia aún, a partir de la invasión nazi en 1941.78 Fue este, por tanto, un trazado con discontinuidades. Los repertorios a los que se acudió bebían del recurso al folklore y la cultura popular.79 En paralelo, la deriva de algunos mitos históricos en su traducción estalinista ilustró esa modulación con diferentes intensidades. Uno de los más notables estuvo encarnado en la memoria de Iván el Terrible, objeto de intensa producción cultural desde 1934.80 O por Aleksandr Nievsky, el protagonista del film homónimo de Sergei N. Eisenstein (1938), un film resuelto como drama histórico que sustanciaba el mito antifascista ensalzando los principios de unidad nacional y comunismo de masas. Tras el acuerdo de agosto de 1939 entre Berlín y Moscú, la película fue retirada de circulación, y se reestrenó tras 1941.81
Estas inflexiones de memoria coincidieron con la ofensiva propagandística contra conspiradores extranjeros presente en la retórica de las purgas políticas. Como se apuntará en el epígrafe 3.5, su impacto fue notable en la dirección ejecutiva de la IC y en las comunidades de emigrados residentes en la URSS, sobre todo entre 1937 e inicios de 1938. Un nuevo episodio de tensión acompañado de invocaciones nacionalistas tuvo lugar a finales de los años cuarenta cuando la etiqueta de cosmopolitismo se trastocó en acusación antisionista, tanto en la URSS como en democracias populares como Checoslovaquia o Rumanía.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno soviético vetó la publicación de The Black Book, un estudio pionero que documentaba las atrocidades nazis contra la población judía soviética. Y a finales de noviembre de 1948 disolvió el Comité Antifascista Judío, la asociación integrada por intelectuales y profesionales creada seis años antes con respaldo oficial para obtener fondos y apoyo internacional para el esfuerzo de guerra, sobre todo en Estados Unidos. Numerosos miembros del Comité fueron detenidos en 1949 y trece ejecutados en 1952 bajo la acusación de cosmopolitismo, nacionalismo burgués y conspiración para crear un Estado judío independiente en Crimea. Tras aquella decisión se entrelazaron factores como el cambio de percepción soviética hacia Israel en el contexto de la Guerra Fría, el temor a que el Comité se acabara trastocando en un grupo de presión interno, o el miedo de Stalin a que sus conexiones indirectas con miembros del Comité, a través de su hija Svetlana, hubiesen abierto las puertas de su vida privada al espionaje.
En paralelo a estos hechos, las memorias locales o nacionales se correlacionaron con las coordenadas de las estrategias de transnacionalización manejadas por los diferentes partidos comunistas europeos. Los relatos nacionales siguieron conviviendo tras 1945 con las manifestaciones propagandísticas que conjugaban el culto a Stalin y a los dirigentes locales con la mitificación del sueño colectivo de la construcción socialista entendido como empeño universal cuya plasmación se hacía realidad en la URSS.
Pero tales prácticas no deben advertirse como mero calco de la propaganda soviética, aunque con mucha frecuencia fuesen impulsadas y coordinadas por autoridades de aquel país. Tal mixtura no era nueva. Había ido adoptando distintas formas desde inicios de los años treinta. Así, por ejemplo, la exportación del imaginario soviético en la España de 1936 o 1937 integró la difusión de referentes idealizados soviéticos junto a la indigenización mediante su combinación con marcas locales. La representación de la URSS se construyó a través de un amplio compendio de relatos e imágenes de exaltación de su cariz como patria de los trabajadores, economía desarrollada y paradigma de democracia bajo el liderazgo de Stalin. Mientras, los relatos de viajeros e invitados españoles a aquel país remarcaron con frecuencia rasgos de reconocimiento que establecían afinidades entre la vida cotidiana soviética y la cultura popular española. Como manto integrador entre tales puntos de vista se resaltó la épica de la lucha antifascista y la idea de que el único sostén real que tenía la República española en el ámbito internacional era la Unión Soviética.
Como se verá en los epígrafes 5.6 y 6.1, desde agosto de 1939 el discurso oficial del PCE interiorizó la consideración de la Segunda Guerra Mundial como guerra entre potencias imperialistas en oposición a la perspectiva clásica empleada ante la guerra española (fascismo versus antifascismo). Tras la invasión nazi a la URSS esa visión volvió a trastocarse, al recuperarse de nuevo la semántica de la lucha antifascista. Estas inflexiones llevaron asociadas mutaciones en los relatos históricos. Desde 1947 se españolizaron otros leitmotivs de la narrativa de presente generada en la URSS. Así ocurrió con el rápido enmarque del franquismo bajo la égida norteamericana, o en tildar de titoístas no solo a escisiones que efectivamente acabaron aproximándose a Belgrado (como las de Jesús Hernández y José del Barrio), sino a otras tensiones cuyas raíces se retrotraían hasta la Guerra Civil y que se implicaban con la compleja gestión de las relaciones de jerarquía entre el PCE y el PSUC, como la que culminó con la expulsión de Joan Comorera en 1949.
Todos estos aspectos nos trasladan al escenario de los préstamos e hibridaciones. Cabría estimar que el lenguaje comunista español estuvo dominado en los años treinta o cuarenta por el trasplante y la saturación hegemónica de referentes alegóricos procedentes del vocabulario soviético. Pero ese hecho no debe obviar la existencia de una red con múltiples direcciones y denso tráfico. En ella se situaron dinámicas de exportación que pudieron dejar un poso destacado en las memorias individuales o colectivas, lo cual sugiere la complejidad de las tramas de conexión e intercambio simbólico comunista.82 Entre el alud de imágenes nostálgicas evocadas a Svetlana Aleksiévich en los años noventa figuraron, en un mismo testimonio, el recuerdo sobre las visitas al colegio de los veteranos de la guerra de España, el alborozo familiar por la victoria de la revolución cubana y la imagen de Pasionaria. «Yo tenía una foto de Dolores Ibárruri en mi escritorio…», confesó a la escritora ucraniana una antigua profesional soviética, «y sí, soñamos con Granada, como después soñamos con Cuba. Y décadas más tarde a otros niños les tocó enamorarse perdidamente de Afganistán».83
La solidaridad con la España republicana compuso, de hecho, el núcleo para cinco campañas de apoyo mediante la movilización social llevadas a cabo en la URSS entre 1936 y 1938. La primera se inició tres semanas después de la sublevación militar, cuando Pravda informó de que los trabajadores de varias fábricas moscovitas habían decidido donar espontáneamente parte de sus salarios. Tras ello se inició una amplia oleada de suscripciones que se amplió con otras actividades, como asambleas de fábrica y en granjas colectivas, actos en escuelas, exposiciones o conferencias en centros culturales. Una nueva campaña de donativos arrancó en septiembre, cuando los pioneros comunistas prometieron romper sus huchas para ayudar a la República española. Y otra más se inició en julio de 1937, apelando al primer aniversario de guerra, con manifestaciones en diversas ciudades.84
España se convirtió, por su parte, en nudo de confluencia de una red de transferencias simbólicas y participaciones en un marco tildable de guerra cosmopolita.85 Sus flujos y conexiones fueron multidireccionales, aunque el PCE acabó erigiéndose en nodo para el tráfico de valores e imágenes, en ocasiones utilizando sus siglas o bien a través de plataformas autónomas como la AUS o el SRI (cf. epígrafes 4.2 o 5.3).
Esta última red sirvió también de cauce para canalizar la ayuda económica hacia España desde el verano de 1936, en una trama donde se implicaron colectivos diversos. Por ejemplo, en el caso francés, incluyó comisiones de solidaridad encuadradas en el Frente Popular, comités de auxilio a la infancia, la CGT, sindicatos de ramo u oficio o instituciones departamentales.86 A su vez, en noviembre de 1936 la figura soviética del pionero comunista se había asimilado en el Madrid en guerra readaptándose como niño-combatiente de retaguardia. Esa etiqueta englobaba a muchachos de doce o catorce años encuadrados en radios comunistas que repartían propaganda, realizaban cuestaciones callejeras o mantenían el orden en las colas formadas ante los comercios.87 Las iniciativas, medios e instrumentos del PCE ayudaron asimismo a socializar el imaginario asociado a la solidaridad internacional. La épica moral de la lucha en España sirvió de potente catalizador sentimental en el acto protagonizado por Ibárruri en el parisino Vélodrome d’Hiver el 8 de septiembre de 1936 con el objetivo de impulsar su movilización. Muchos años después Eric J. Hobsbawm recordó sus sensaciones como espectador. No entendió una palabra de lo que allí se dijo, pero sí se dejó arrastrar por las emociones del ambiente y el personaje de Pasionaria, «ella vestida de negro, como una viuda, en medio del silencio cargado de tensa emoción».88
La memoria cosmopolita compartida por el comunismo de posguerra se fundamentó, por su parte, en el mantenimiento y la relativa renovación de símbolos, marcas de identidad, conmemoraciones y liturgias. Desde 1945, y hasta el colapso del Socialismo Real, convivieron varios vectores que sirvieron de aglutinantes para ese tipo de expresiones. El primero estuvo conformado por la prolongada mitificación de la Revolución soviética y, por extensión, de la figura de Lenin. 1917 se mantuvo como acontecimiento fundacional, matriz legitimadora del sistema y del movimiento comunista internacional y permanente apelación retórica.
Pero junto a la glorificación de Octubre se implementó un segundo vector compuesto por la exaltación de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial. En este plano de recuerdo se complementaron varias lecturas. El conflicto fue tipificado como Gran Guerra Patria, como lucha contra el invasor y episodio heroico en la defensa del socialismo. Estas consignas formaron parte de la propaganda soviética desde 1941. Tras 1945 la victoria se explicó subrayando el genio militar de Stalin. El ensalzamiento de la batalla de Stalingrado permitió conjugar el culto a la personalidad y glorificar aquel hecho como expresión de la superioridad moral y material del modelo socialista. Sobre esa base se exaltó como momento decisivo de la Segunda Guerra Mundial y punto de partida de la gran ofensiva contra el fascismo, en cuyo desarrollo se inscribiría el discurso proyectado en los países del Centro y el Este de Europa: considerar que el avance del Ejército Rojo permitió su liberación.
El proceso de sovietización incluyó numerosas consignas propagandísticas, entre ellas el lema intercambiable de «Stalin es el mejor amigo de…». En esos puntos suspensivos cabían por igual checoslovacos, alemanes, polacos, búlgaros o húngaros. Y también cupieron los comunistas españoles del interior o del exilio. Antonio Mije argumentó en 1950, desde Radio Moscú, los motivos que justificaban esa cualificación en su adaptación española: la solidaridad soviética durante la Guerra Civil o su política en Naciones Unidas contra el régimen franquista, además de la «derrota del padrino de Franco, Hitler», que constituía la «gran ayuda de la Unión Soviética a nuestro pueblo y a todos los pueblos del mundo».89 Se enfatizaba así una imagen de integración transnacional bajo el paternalista liderazgo soviético.
Entre 1954 y 1956 la apelación a Stalin fue desapareciendo de forma paulatina, transformándose en exaltación de la ayuda y solidaridad. Ahí estribó otro vector presente en los relatos oficiales de la memoria cosmopolita: la idea de amistad socialista. Dicha consigna actualizaba y reproducía no solo la visión idealizada de la URSS, sino ante todo la legitimación de su posición dominante en el espacio socialista. Al tiempo, se pretendió que sirviese de retórica para desactivar tensiones internas, como mecanismo apaciguador de antagonismos e incluso como amnesia frente a los extremos más dolorosos del recuerdo bélico. Insistir en la tesis de la amistad permitió un cierto bloqueo de las memorias traumáticas, al menos desde un punto de vista oficial, por ejemplo, en Polonia frente a la RDA.
El último vector presente en las estrategias de memoria del Socialismo Real se situó ante la codificación de la experiencia del nazismo. Esta cuestión ocupó un papel decisivo en el diseño de legitimación histórica de la RDA tras las campañas de desnazificación de 1945-47. Desde finales de aquella década terminó de cristalizar una argumentación que presentó al nazismo como modalidad exacerbada de dominio burgués. Sus víctimas, por tanto, habían sido el proletariado alemán y, por extensión, los trabajadores de los países ocupados.90 Dicha perspectiva dominó la lectura oficial germano-oriental sobre la naturaleza de los campos nazis de concentración y exterminio. Buchenwald se convirtió en memorial antifascista y su significación dominante estribó en que allí había sido asesinado el dirigente del KPD Ernst Thälmann. El recinto sirvió de escenario para concentraciones anuales de desagravio que oponían el cariz fascista de la Alemania de Hitler frente a la naturaleza antifascista de la RDA. Pero este tipo de expresiones no se constriñeron al recuerdo histórico, sino que sirvieron igualmente de instrumento presentista amoldable al clima de tensión con Occidente. La noción de imperialismo norteamericano fue explicada por la propaganda como forma actualizada de fascismo, de la misma forma que el Muro de Berlín (1961) se denominó oficialmente como Antifaschistischer Schutzwall (Muro de Contención Antifascista).
Pero, aunque el antifascismo actuó como fundamentación matriz y existencial para la RDA, la memoria oficial de aquel país también ensalzó otros elementos propios de la cultura comunista alemana que tuvieron visible difusión cosmopolita y que fueron reutilizados en la RDA en aras de crear una prehistoria estatal. Así ocurrió con el recuerdo sobre la revolución de noviembre de 1918 y, sobre todo, con la mitificación de su episodio epigonal representado por la revolución espartaquista y por las figuras de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.91 A partir de 1947 recabaron ese valor de erigirse en padres fundadores de la Alemania socialista, en un marco de continuidades entre la antigua cultura comunista fermentada durante la República de Weimar y la que eclosionó tras 1945.92 Liebknecht y Luxemburg eran, además, sólidos mitos de memoria y formaban parte del panteón comunista internacional con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial, si bien durante el período previo al VII Congreso de la IC no faltaron las críticas al «revisionismo luxemburguista» en contraposición a la ortodoxia leninista.93 En todo caso, ambas figuras acabaron siendo ensalzadas durante la Guerra Civil española tanto desde la prensa del PCE como desde la del POUM, aunque con significaciones contrapuestas, tal y como se analizará en el epígrafe 5.5.
Desde 1945 acabaron por hacerse fijas en la prensa comunista española del exilio las secciones que reflejaban cualquier iniciativa solidaria, por muy nimia que esta fuese. Las informaciones sobre los multitudinarios encuentros por la paz, una fórmula de interacción característica de la propaganda comunista de la Guerra Fría, tuvieron un intenso eco en las cabeceras del PCE. Ofrecían una impresión vívida del imaginario del comunismo global de finales de los años cuarenta, un espacio cosmopolita donde se reprodujo el recuerdo de la Guerra Civil. En este sentido, incluso llegaron a complementarse en un mismo número de Mundo Obrero referencias conmemorativas –las consignas del PCUS para el Primero de Mayo–, junto a noticias sobre la victoria comunista en China y el despliegue sobre el Congreso Mundial de los Partidarios de la Paz de París. En su reseña figuraron crónicas sobre el acto y su carácter multitudinario, sus resoluciones y un inventario de todas las alusiones a la guerra española y al franquismo allí vertidas.94
Formar parte de la comunidad internacional comunista era vital para el PCE en otros planos. Tras la Guerra Civil los cuadros comunistas españoles quedaron potencialmente a merced de la red cosmopolita vertebrada desde la IC. Un proyecto de su secretariado de mayo de 1939 estableció varias prioridades: que se vinculasen, siempre de modo legal, con organizaciones de ayuda a los refugiados, así como con sindicatos y otras formaciones democráticas, e, incluso, que procurasen integrarse en las fuerzas armadas en México, Chile o Colombia. A su vez, según un informe de mayo de 1939, los cuadros españoles quedaron asimismo disponibles para ser empleados como instructores de organización u orientación política de otros partidos comunistas.95
Otro mecanismo con implicaciones cosmopolitas fue el de la financiación. Las condiciones estructurales del partido explican la situación de dependencia de las contribuciones procedentes de partidos hermanos, muy especialmente venidas desde la URSS. Fernando Claudín aludió a este hecho durante los debates de 1956, recordando cómo tras la guerra y la disolución de la IC se siguió necesitando «la ayuda económica, técnica» de otros partidos comunistas, un auxilio del que «no nos hemos olvidado». En alguna ocasión este llegó de forma sorpresiva. Carrillo narró que, tras la entrevista mantenida en agosto de 1948 con Stalin, el partido recibió una maleta con medio millón de dólares.96 La CIA también se interesó a finales de los años cuarenta por las fuentes de financiación del PCE mencionando subsidios directos proporcionados por agentes soviéticos infiltrados en España. A ello se añadieron los donativos –según esa fuente en 1949 el PSUC habría recibido mensualmente 10.000 dólares de organizaciones cubanas y otros 10.000 procedentes de Chile, México y otros países–, o bien mediante cuotas salariales, suscripciones, ventas de material o a través de la explotación de algunas de las empresas instaladas en el sur de Francia que sirvieron de fuente de ingresos y tapadera para operaciones en España.97
Pero lo cierto es que la contabilidad mostraba a mediados de los años cincuenta cifras modestas y una peligrosa tendencia al déficit. Sumando los años 1953 y 1954 el PCE acumuló gastos por valor de 88 millones de francos de los cuales solo se habían logrado cubrir 32 millones. Las reservas existentes en América Latina se estaban agotando (los delegados al V Congreso no contaron con dinero y hubo que buscarlo con urgencia pocos días antes del viaje). Había militantes que no cotizaban regularmente, la edición francesa de Mundo Obrero arrastraba deudas y ciertas publicaciones, como las Obras Completas de Stalin, corrían el riesgo de ser deficitarias.
El resultado era que había cuadros con graves estrecheces económicas. Alguno dependía de ayudas familiares. Otro, según se apuntó en las actas de una reunión de la dirección del partido sobre la situación económica celebrada en abril de 1955, «siempre dice que se arregla, pero se le ve adelgazar».98 Ciertos datos parciales ilustran sobre los mecanismos de compensación de la contabilidad interna. En 1951 el monto de donativos al PCE sumó algo más de 2,6 millones de francos, mientras que en el primer semestre de aquel año recibió ingresos distribuidos en tres partidas –gastos generales, financiación de Mundo Obrero y compra de pesetas– por valor de 33,8 millones de francos. Esta ayuda procedía de la URSS y se canalizó a través del BCEN (Banque Commerciale de l’Europe du Nord), dependiente a su vez del banco nacional soviético (Gosbank). En el BCEN figuraron también las cuentas a nombre del PCF. A partir de los primeros años sesenta se puso en marcha otra red de financiación que canalizó los donativos de solidaridad, con cuotas fijas, recolectados en países de Europa del Este. Las ayudas eran convertidas en mercancías para la exportación. Aprovechando el establecimiento de relaciones comerciales, una empresa española (JGE, controlada por el militante comunista Joaquín González Estarriol) se encargó de su distribución. El fruto de las ventas, particularmente en Latinoamérica, y las comisiones se ingresaban en dólares en el BCEN en cuentas del PCE.99
Durante la dictadura el PCE fue, obviamente, una organización cuya operatividad se repartía dentro y fuera de España. El regreso de Santiago Carrillo a Madrid en enero de 1976 tuvo la carga simbólica de ratificar el traslado territorial de la cabeza ejecutiva del partido al interior, cerrando así un éxodo prolongado durante décadas. Tras 1939 se produjo una extensa diáspora por Francia, el norte de África, México y otros puntos de Latinoamérica o la Unión Soviética. Según la distribución territorial de la dirección en marzo de 1941, la mayor parte de los 65 miembros del CC se encontraban repartidos entre la URSS (21) y América Latina (23), mientras que otros 17 habían sido ejecutados en España, estaban encarcelados o se encontraban detenidos en campos de concentración.100 La base del partido presentó notables diferencias de condiciones de vida según las zonas. En uno de los primeros informes confeccionados tras la derrota se reconoció la carencia de estadísticas fiables sobre cuántos miembros habían logrado salir de España, cuyo grueso se encontraría en los campos franceses o en Argel.101 En otra comunicación de mayo de 1940 se resaltó su pésima situación: en el campo de Vernet d’Ariege se concentraban algo más de 800 españoles, en su mayoría comunistas, en condiciones durísimas (ahí se encontraban dirigentes como Antón o Larrañaga). En cambio, la emigración en Chile podría sumar alrededor de 2.000 personas, «todos colocados, trabajando en sus profesiones y habiendo organizado su vida».102
La disgregación territorial se hizo aún más nítida tras el verano de 1941 al producirse el ataque alemán a la URSS, y, sobre todo tras 1945. Al concluir la Segunda Guerra Mundial y hasta 1951 el partido fue legal en Francia. Ese centro de dirección convivió con el soviético y el mexicano, y estos a su vez con los aparatos trabajosamente configurados en la península. A partir de finales de los cuarenta, y sobre todo en los cincuenta, cuajaron, como se señaló ya, nuevos espacios con presencia en enclaves como Checoslovaquia, Polonia, Hungría o la RDA. También hubo éxodo comunista español en Bélgica, Italia o incluso en la RFA, nutrido por promociones generacionalmente heterogéneas integradas por exiliados de primera hora y, sobre todo, por emigración económica más reciente.
La dirección comunista también se sometió a estos pulsos de dispersión geográfica. Antonio Mije y Vicente Uribe murieron en París (1976) y Praga (1961) tras un largo periplo con escalas en Francia, México, de nuevo en Francia y Checoslovaquia. Un itinerario geográfico aún más complejo acompañó la biografía de Francisco Antón tras 1939: Francia –donde acabó internado en el campo de Vernet d’Ariège y tras diversas gestiones enviado a la URSS–, de ahí pasó a México, de nuevo a Francia al concluir la guerra, tras caer en desgracia recaló en Polonia y, ya rehabilitado, en Checoslovaquia. De hecho, Antón fue un privilegiado informante para la dirección española de los sucesos de Praga de 1968. Finalmente falleció en París a comienzos de 1976.
4. MATAR AL PADRE
El carácter del estalinismo como instancia decisiva de producción de estrategias políticas, ámbito de poder y maquinaria de referentes simbólicos ha sido apuntado en páginas anteriores. En números redondos veinte de los cuarenta años que cubren este libro (1936-56) transcurrieron bajo el directo influjo de Stalin como máxima autoridad soviética y líder del movimiento comunista internacional. Y los veinte restantes (1956-76) pueden valorarse en relación con los procesos de desestalinización y con la cuestión de cómo gestionar su legado y memoria. En este sentido no deben minusvalorarse –frente a otros aspectos de carácter político, territorial o geoestratégico– las polémicas doctrinales presentes, por ejemplo, en la tensión chino-soviética de inicios de los años sesenta que, en parte, pivotaron en torno a la figura de Stalin, su autoridad ideológica o sobre la cuestión de su liderazgo.
Algunas disidencias vividas en el PCE en aquel período, saldadas con la creación de nuevos grupos escindidos a su izquierda, recuperaron la memoria de Stalin o la asimilaron al imaginario contemporáneo sobre el maoísmo. Ese recuerdo se contrapuso a las críticas sobre lo que se valoró como deriva oportunista y revisionista encarnada en el carrillismo. Por su parte, el PCE actuó, al igual que el resto de partidos comunistas a uno y otro lado del Telón de Acero, como caja de resonancia que hizo suya la denuncia pública de Stalin –la muerte del padre– oficializada por la elite soviética en el XX Congreso del PCUS celebrado en febrero de 1956. Sin embargo, el PCE no afrontó un proceso de análisis en profundidad sobre las prácticas del culto a la personalidad asentadas dentro de la organización. Durante los años sesenta, y aún más en los setenta, no tuvo lugar una reflexión de calado sobre el fenómeno del estalinismo ni sobre sus implicaciones, tanto por sus efectos en los países socialistas como en la formación española. Tampoco existió una declaración política equiparable a la resolución del PCF del 12 de enero de 1977, cuando se reconoció oficialmente que la delegación francesa al XX Congreso del PCUS conoció de inmediato los contenidos del Informe Secreto presentado por Jrushchov.
Como se comentará en el epígrafe 7.2, antes de los debates de 1956-57 se produjo ya un progresivo borrado de la memoria de Stalin en el relato público del PCE. Y tras esa fecha su figura únicamente salió a relucir al hilo de la polémica entre las posiciones soviéticas y Pekín de 1961-63. Pero ese segundo brote de desestalinización no tuvo implicaciones prácticas respecto a la revisión histórica del relato oficial del partido. Después, posiciones públicas críticas, como la de Manuel Sacristán en 1978, no dejaron de ser voces en el desierto.103 Otras reflexiones sobre el culto o la violencia –formuladas de acuerdo con la ortodoxia del XX Congreso– se resolvieron de forma privada. Manuel Márquez envió en 1980 el ejemplar mecanografiado de sus memorias a Ibárruri y Carrillo. Afirmó que no era «un material para la publicidad», sino una meditación para «identificarme conmigo mismo y con el Partido, no a título de recuerdos, sino de contribuir a mi manera a la formación de la tradición del Partido». Evocaba su formación recién llegado a la URSS en 1939, donde descollaban materiales como las resoluciones del XVIII Congreso o La Historia del Partido Comunista (b) de la Unión Soviética (cf. epígrafe 3.3). Ambos textos parecían demostrar «el secreto del conocimiento humano». Al leer la historia del partido, Márquez se creyó «en posesión de la verdad absoluta». «No me hacían falta los ojos para ver, me bastaba la palabra para creer. Desde este momento estaba cogido en la red del culto a la personalidad».104
Hay constancia de la recepción en los círculos de la dirección comunista española de reflexiones historiográficas surgidas en el ámbito del PCI. Por ejemplo, llegó a transcribirse al castellano el debate protagonizado en 1973 por Giuseppe Boffa, Alessandro Natta, Agostino Novella, Giuliano Procacci y Giuseppe Vacca en el que se hacía balance con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de Stalin y que fue publicado en las páginas de Rinascitá, pero nada parecido tomó forma en la revista teórica del partido español Nuestra Bandera.105 Después, las escasas alusiones públicas sobre Stalin se sustanciaron en forma de distanciada lectura, como la realizada por Pasionaria en sus entrevistas de 1977 para La vieja memoria mencionadas en el epígrafe 1.2. En la misma línea se situó Santiago Carrillo en sus conversaciones de 1974 con Regis Debray y Max Gallo. Al ser preguntado cómo era posible «vivir en Moscú [en 1939], en el centro del aparato comunista, e ignorar las violaciones de la legalidad soviética de la que fueron víctimas […] tantos militantes comunistas», Carrillo contestó que «sabía por haberlo leído que se habían celebrado los procesos de 1937, pero, durante mi estancia en Moscú, nunca oí nada parecido».106
En el ecuador de los años setenta era evidente, no obstante, el sentido adquirido por el estalinismo como añeja arma arrojadiza. Constituía el ingrediente tópico dentro de cualquier acusación de totalitarismo comunista. Esta acusación sirvió, hasta abril de 1977, de pretexto jurídico heredado del franquismo para bloquear la legalización comunista, dado que el Código Penal impedía el reconocimiento de las fuerzas políticas «sometidas a disciplina internacional [que] se propongan implantar un régimen totalitario».
El PCE presentó alegaciones a mediados de marzo de ese año ante el Tribunal Supremo para justificar que el partido no podía ser categorizado bajo esa etiqueta, aunque no esgrimió en su alegato el sesgo dúctil que presentaba la dilatada genealogía semántica del concepto de totalitarismo. De hecho, y en aparente paradoja con sus significaciones dominantes, fue un término que formó parte del lenguaje político tradicional del comunismo italiano. El PCI lo empleó desde los años veinte a los ochenta para aludir no solo al período fascista –la principal raíz de origen de dónde provenía el vocablo–, sino también para etiquetar ocasionalmente desde 1947 a la Democracia Cristiana.107 Esta «anomalía italiana» convivió en el tiempo con otras asociaciones de significación que sufrieron los conceptos de totalitario o totalitarismo y que, en forma de peculiar genealogía del mal, tendieron a proyectarse hacia atrás enraizando con autores que podían ser estimados como heterodoxos frente a la tradición liberal (de Platón a Marx, pasando por Maquiavelo y Rousseau), como con una amplia diversidad de momentos históricos (del Imperio Bizantino al absolutismo de Luis XIV).108
El eje de estas visiones retroactivas estuvo más o menos implicado en el que fue el paradigma dominante sobre el totalitarismo surgido en el contexto de los primeros años de la Guerra Fría. En esas coordenadas se inscribieron diversas obras de politología, como las de Hannah Arendt o Carl J. Friedrich y Zbgniew K. Brzezinski, coherentes, en apariencia, con la valoración política que reducía a estricta categorización dictatorial, violenta y dogmática al modelo soviético.109 No obstante, la obra de Arendt resulta extraordinariamente disonante si se pretende ajustar de forma mecánica en los parámetros del anticomunismo de la Guerra Fría. Como ha señalado Enzo Traverso, el título de su ensayo confundió a la hora de su recepción y ayuda a entender el rechazo por parte de una izquierda que obvió la yuxtaposición que Arendt realizaba entre nazismo y estalinismo, o el fondo de su reflexión histórica –recalcar las ligazones directas entre civilización occidental y deriva totalitaria, una etiqueta dúctil donde situó al antisemitismo y al imperialismo, entendidos como estrictos frutos de los Estados-nación liberales–.110 Tampoco deberían olvidarse las ácidas críticas vertidas por la autora alemana a inicios de los años cincuenta, ya fuese contra los excomunistas convertidos en arietes del discurso propagandístico de la Guerra Fría, contra los riesgos de establecer identificaciones unívocas entre comunismo y religión secular o sobre la simplificación que comportaba confundir religión e ideología desde el enfoque funcionalista.111
En otras variantes europeas la conceptualización totalitaria, no ya del estalinismo sino del conjunto de la experiencia histórica comunista, superó la barrera de 1989-91. Así ocurrió con la pujante escuela anticomunista presente en la historiografía francesa, un ejemplo de articulación genealógica donde se fueron incorporando muchos militantes desengañados que terminaron emigrando hacia la derecha política. Sus pioneros, los historiadores Annie Kriegel y François Furet, lo hicieron tras 1956 a raíz de lo que percibieron como una limitada desestalinización. Furet había sido militante del PCF entre 1949 y 1956, y Kriegel llegó a ocupar cargos de responsabilidad entre 1948 y 1954 dentro del aparato intelectual del partido. Su actitud constituyó otra forma de matar al padre muy distinta a la asumida por la elite soviética en el XX Congreso durante su descarga de responsabilidades al personalizar las dimensiones del culto y la violencia en Stalin.
El período 1947-53, el epicentro de la seducción comunista de Kriegel y Furet, constituyó una fase donde se agudizó el culto a la personalidad. Pero la presencia de ambos historiadores en las filas del PCF y su identidad comunista fue también fruto de un proceso de socialización que problematiza la dimensión unívoca sobre el totalitarismo, dado que interactuaron variables diversas: la huella de la Segunda Guerra Mundial, la memoria inmediata sobre la épica de la Resistencia y el atractivo ligado a los ecos de la victoria soviética.
En paralelo, aquellos años pueden ser analizados en clave de tensión y complejo reacomodo entre las presiones para implantar una línea cultural homogénea en el PCF y las constantes muestras de transgresión, más o menos permitidas desde el propio partido, frente a esa línea.112 En el XI Congreso del PCF, celebrado en el verano de 1947 en Estrasburgo, Thorez fijó los parámetros culturales inspirados en los cánones del realismo socialista instaurados en 1934 y en los más recientes dictámenes sobre literatura y arte de Zhdánov. Se debían impulsar reflexiones optimistas y comprensibles que mirasen al futuro y exaltasen el esfuerzo y la cooperación, había que evitar caer en el falso problema del individualismo intelectual y debía prescindirse de representaciones formalistas y decadentes. Sin embargo, antes y después de 1947 existieron en el PCF muestras de disidencia estética o debates sobre cómo debía ser la producción cultural comunista. Ese fue también el momento en que se produjeron los procesos que enfrentaron a Les Lettres Françaises, dirigida por Louis Aragon, contra el disidente soviético Victor Kravchenko (1949) y el antiguo filotrotskista David Rousset (1950), uno de los primeros polemistas sobre el Gulag en Francia.
Tras su salida del PCF, Kriegel y Furet derivaron hacia posiciones conservadoras. Ya a mediados de los años ochenta una carta abierta de Furet serviría de epílogo para la obra de Ernst Nolte donde el historiador alemán desarrollaba su polémica posición en la Historikerstreit comentada en el epígrafe 1.4. Nolte explicaba la violencia nazi –y, por extensión, el Holocausto– como reacción ante la violencia bolchevique, que se erigía así en fuente primigenia de la barbarie del siglo XX.113 Por su parte Furet dio forma definitiva a su enmienda a la totalidad a la historia del Socialismo Real en 1995 en su ensayo Le passé d’une illusion. Su capítulo «El estalinismo, fase superior del comunismo» era deudor de los enfoques clásicos del anticomunismo estadounidense.114 Su fallecimiento en 1997 impidió que pudiese encargarse del prólogo al texto más radical de la visión historiográfica anticomunista francesa: Le libre noir du communisme. Finalmente fue el coordinador de la obra, Stéphane Courtois, el responsable del prefacio. En él fijó una visión unidimensional de las prácticas comunistas con alcance planetario haciéndolas pivotar exclusivamente en torno a su «naturaleza criminal». Esta lectura no era nueva. Pero, a juicio de Courtois, el hecho esencial era que la violencia no había sido nunca sometida a «una evaluación legítima y normal tanto desde el punto de vista histórico como desde el punto de vista moral».115
La dureza de aquel texto, donde Courtois reclamó un nuevo Núremberg por crímenes contra la humanidad y relativizó el coste de la represión nazi frente a la estimación global de la violencia comunista, provocó incluso la oposición al prefacio de dos colaboradores del volumen, Nicolas Werth y Jean Louis Margolin. El capítulo dedicado a España, obra de Courtois y Jean-Louis Panne, se centró en la Guerra Civil. Pivotaba casi de modo monográfico sobre la represión del POUM. Entre sus fuentes de autoridad –alrededor de una veintena de títulos de bibliografía secundaria– figuraban sin ningún tipo de crítica los viejos ensayos de Julián Gorkin, Burnett Bolloten, Jesús Hernández y Valentín González, El Campesino.116 Marc Lazar, un autor próximo a Kriegel y Furet y amigo de Courtois, también planteó objeciones al Libro negro por su carácter generalizador, su sobrecarga ideológica, las correlaciones que establecía con el nazismo o las limitadas posibilidades explicativas ante la complejidad de las experiencias históricas comunistas y sus singularidades nacionales.117
Este déficit explicativo se hacía visible al singularizar a los partidos comunistas de la Europa del Sur ante su decisiva implicación en las dinámicas de democratización. Lazar propuso como herramienta interpretativa ante el PCF la ambigua categoría de «síndrome totalitario», un concepto que Lazar desglosó en varios niveles. Por una parte, como pasión –o ideal– que hacía de la cultura comunista una religión secular y totalizadora. En ese ámbito situó algunos de los ejes de largo recorrido en la cultura militante: el afán revolucionario entendido como palanca de cambio radical, la confianza en el colapso del capitalismo, la emancipación como utopía global, la fe en el triunfo del igualitarismo mediante la redención de –y por– la clase obrera, o la creencia en el sujeto popular como factor transformador.
Otro nivel de este síndrome totalitario se emplazaría en el marco de lo orgánico. Según Lazar ese aspecto se tradujo en un modelo jerarquizado a través de las prácticas del centralismo democrático, en ocasiones dogmático y con componentes autoritarios en sus niveles de dirección. Se trataría de unas actitudes y hábitos de control que se habrían proyectado más allá de 1956, manteniéndose por tanto relativamente inmunes al proceso de desestalinización.118 Paul Preston ha definido a Carrillo como el último estalinista –ese fue el título en la edición inglesa de su biografía–, como dirigente que mantuvo, hasta el último momento, notables ribetes autoritarios. Tal lectura referiría, en gran medida, la adecuación en versión española de la tesis de Lazar.119
Estos rasgos habrían convivido, no obstante, con el decisivo papel del PCF, y también del PCI o el PCE, como actores determinantes en los procesos de democratización en la Europa mediterránea.120 Durante la segunda mitad de la década de los treinta los paralelismos entre el PCE y el PCF resultaron muy notorios a pesar de sus distintas escalas de presencia social. Ambas formaciones reprodujeron la mitificación del régimen soviético como paradigma de democracia avanzada. Pero la experiencia frentepopulista y la Guerra Civil sirvieron de campo de pruebas para la teorización paralela de la noción de democracia de nuevo tipo (cf. epígrafe 4.4).
Dicha terminología también se incorporó al vocabulario del PCF desde finales de 1936. Tanto el partido español como en el francés se insertaron en un esquema similar de conciliación (y también de tensión) entre la aceptación del marco imperante –el parlamentarismo consustancial a la democracia liberal– y la aspiración para dotarlo de nuevas dimensiones con vistas a avanzar en su superación. Tras 1939 la etiqueta de democracia de nuevo tipo sufrió inflexiones de contenido oscilando entre una visión de Estado del Bienestar avanzado con fuerte intervencionismo público a una asimilación próxima al modelo de democracia popular. En todo caso siempre pervivió en el PCE una lectura acerca de la debilidad de la revolución democráticoburguesa, la necesidad de que esta fuese culminada y la percepción del franquismo como conglomerado visceralmente antidemocrático integrado por un residuo feudal anacrónico, el reaccionarismo y el componente fascista.
La experiencia del antifascismo y la posición alcanzada por el PCI y el PCF en los escenarios de la inmediata postguerra ratificaron su rol protagonista en la edificación de los sistemas democráticos. Según subrayó Geoff Eley, la cultura democrática resultó indisociable de la percepción de que el conflicto había superado los límites del caduco parlamentarismo de entreguerras. No cabía la vuelta atrás. Las experiencias autoritariofascistas y la guerra forzaron fórmulas de futuro de nuevo cuño. A partir del nutriente antifascista, entendido como vertebración de un consenso de amplio calado, se edificaría un entramado que combinó el constitucionalismo y la democracia representativa junto al intervencionismo estatal en las relaciones de mercado.
Como arguye Eley, sin los partidos comunistas «la democracia no tenía la mínima posibilidad» de cristalizar y afianzarse, ni en Francia ni en Italia tras la Segunda Guerra Mundial. Paradójicamente incluso la disciplina estalinista imperante en el PCF y el PCI favoreció esa dirección hasta finales de 1947. Garantizó en los partidos comunistas el monolitismo y neutralizó las disidencias internas opuestas a la línea de moderación y cooperación con otras fuerzas. Y, por otro lado, ayudó a extender y legitimar la identidad patriótica en el PCI y el PCF. La activa presencia de ambas organizaciones en las filas de la Resistencia facilitó «una identificación sin igual de la izquierda con la nación».121 Ya durante los años de la Guerra Fría el PCI y el PCF retomaron un discurso maximalista y radicalizado, pero respetaron escrupulosamente el juego democrático representativo e institucional.
El período 1944-47 fue de confluencia relativa entre los sectores del exilio español en torno a un proyecto común. Entre 1946 y 1947 Santiago Carrillo se convirtió en ministro sin cartera en el gabinete encabezado por José Giral (cf. epígrafe 6.2). Aquel gobierno no fue capaz de concitar el apoyo de toda la oposición. Sin embargo, su existencia supuso, hasta la creación de la Junta Democrática en julio de 1974, la expresión más acabada de entendimiento con otros grupos en pos de alumbrar una salida democrática a la dictadura.
El programa del PCE reivindicado a inicios de 1948 reclamó, por su parte, la república democrática, la supresión de la propiedad latifundista, nacionalizaciones en el sector financiero, un modelo federal o la implementación de un amplio programa de medidas sociales.122 Según han resaltado Carme Molinero y Pere Ysàs, el ecuador del franquismo constituyó el momento en que terminó de cristalizar la centralidad de la cuestión de la democracia en el discurso y la estrategia del partido.123 Desde 1956, en relación con la desestalinización, con la paulatina concreción del policentrismo y con la sustanciación de la política de reconciliación nacional, el componente democrático pasó a ocupar una posición medular. En palabras de Molinero e Ysàs «el establecimiento de un régimen democrático se convirtió en el objetivo primero y fundamental de su acción política al que se subordinaron todos los demás».124
Dichos objetivos se entrelazaron con otro de los términos característicos de inicios de los años setenta en España: la apelación a la ruptura democrática. En términos genéricos esta expresión aludía a la liquidación de la dictadura, el establecimiento de un gobierno provisional que garantizase derechos y libertades políticas y la apertura de un proceso constituyente. En este marco ruptura reflejó un propósito transversal.125 La disparidad de intereses en la oposición, sus tensiones, reacomodos o ambigüedades, sugieren, no obstante, que, más que de una semántica unívoca haya que hablar de un concepto flexible. De ahí su carácter como significante maleable donde se ubicaron desde opciones moderadas a las familias socialistas o a grupos de izquierda radical. Por ejemplo, el PSOE aprobó en el Congreso de Suresnes en octubre de 1974 un programa que mencionaba el objetivo de la ruptura democrática. Sin embargo, la organización que capitalizó con más claridad ese concepto fue el PCE, inscribiéndolo en una retórica que apeló a la confluencia entre solidaridades y expectativas de un colectivo amplio y heterogéneo: el sujeto popular (trabajadores y masas ciudadanas), definible en oposición a un antipueblo compuesto por el régimen y sus oligarquías.126
El discurso y la estrategia democrática del PCE durante la Transición deben situarse en conexión con el proyecto eurocomunista, un planteamiento nacido de una compleja simbiosis de aspectos que permitió el alineamiento de tres de los cuatro principales partidos comunistas de la Europa del Sur según se ha indicado ya.127 El eurocomunismo remarcó sus distancias frente a los partidos socialistas mediterráneos. Uno de los episodios recurrentes en la memoria del PCE era el relativo a la legitimación de sus orígenes, siempre explicados como superación histórica de la socialdemocracia.
Una de las voces que reivindicó este punto de vista fue Amaro del Rosal, testigo directo e historiador de las raíces comunistas.128 Lo hizo en torno a 1980, en el contexto del sexagésimo aniversario del PCE, cuando además preparaba una historia del partido que quedó inacabada, pero cuyos capítulos más esbozados correspondían a los primeros años de la formación.129 Y lo había subrayado diez años antes, en su colaboración al homenaje por el medio siglo del PCE.130 En ese momento exaltó la fecha de 1917 como el nacimiento simbólico para romper con una socialdemocracia agotada. Por eso no resultaba extraño que fuese entre la juventud donde prendiese la génesis del partido. Ahí, consideraba Del Rosal, estaba la simiente ideológica, al ser el colectivo que mejor apreció la revolución soviética como detonante de futuro. Incluso los defectos del comunismo español de los primeros años, o las luchas personales y fraccionales, los justificó como derivadas directas del infantilismo y de la malsana y atrasada herencia socialista.
Otro aspecto del discurso eurocomunista fue la relativización del aura soviética. Ahí se situó la perspectiva de una transición al socialismo sin violencia, donde se neutralizó el referente de la dictadura del proletariado, sustituyéndose por la tesis del socialismo en libertad. Dicha expresión aludía a la posibilidad de la construcción socialista desde la regla de oro del juego parlamentario: el multipartidismo y la concurrencia electoral. De esa forma se formuló una visión de futuro que combinaba, en aparente armonía, el respeto a la democracia representativa con la expectativa de su superación, si bien la imagen del socialismo como estadio permanente de progreso quedaba implícitamente impugnada al incorporar la posibilidad regresiva de que el partido podía ganar unas elecciones y después perderlas. En todo caso, la semántica democracia no se limitó en el discurso del PCE al mecanismo representativo, sino que invocó el plano participativo y las dimensiones de la transformación social y económica en coherencia con una teorización que se retrotraía a mediados de los años sesenta. Esa visión se tradujo en la categoría de democracia económica y social conceptualizada y desarrollada por Santiago Carrillo, en parte readaptando ideas de sus antiguos correligionarios Fernando Claudín y Jorge Semprún tras su expulsión del partido.131
Un punto de llegada para estas reflexiones se produjo en vísperas de la muerte de Franco cuando se aprobó el Manifiesto Programa. Aquel documento fue consecuencia de un largo proceso de confección que abarcó del VIII Congreso (1972) a septiembre de 1975. El texto ensalzaba la matriz fundacional de 1917, mencionaba las debilidades de la revolución burguesa española, el proceso formativo del capitalismo monopolista tras 1898, el carácter épico de la guerra o las transformaciones sociales promovidas por el Frente Popular. El tardofranquismo era presentado como síntesis entre «integrismo medieval y fascista» e ideología neocapitalista. Como vía de salida propugnó la ruptura democrática concebida como revolución política sin riesgo de guerra civil.
Pero la difusión del Manifiesto Programa evidenció las contradicciones de la nueva etapa donde este se inscribía: la inminente Transición democrática. Algunos de sus puntos se incluyeron en un texto de urgencia, publicado en vísperas de las elecciones de junio de 1977, junto con el programa electoral aprobado tras la legalización. De este modo podían leerse sin solución de continuidad pasajes del Manifiesto Programa sobre «libre unión de todos los pueblos de España en una República Federal» o nacionalización de la banca y las grandes empresas, mientras que el mucho más moderado y ambiguo programa electoral de 1977 evitaba pronunciarse sobre la forma de Estado o solo aludía a un «control democrático […] de los recursos financieros» y al saneamiento del sector público.132
Que se mencionase en el Manifiesto Programa a la democracia de nuevo tipo, «no capitalista», ensayada en las coordenadas frentepopulistas como «materia de experiencia y reflexión valiosa para el futuro» no disipó las dudas acerca de las credenciales democráticas del PCE entre algunos círculos reformistas. Javier Tusell afirmó en diciembre de 1976 que ni un futuro Estado socialista podría ser tildado de democrático ni tampoco la experiencia del Frente Popular entre 1936 y 1939.133 La misma desestimación, aunque desde un análisis opuesto, la esgrimió años después Josep Fontana al hilo de una reflexión entreverada de memoria personal. Criticó duramente la estrategia del PCE durante la Transición, remarcando las contradicciones existentes, a su juicio, entre práctica entreguista y teoría carrillista: fue una aventura imposible en los parámetros de la Guerra Fría, adobada con la «utopía inverosímil» de aquella apelación a la democracia económica y social, cuya invocación al frentepopulismo estuvo dotada de «mucha imaginación y escaso acierto histórico».134
5. A VUELTAS CON EL ESTALINISMO
Nuevos trabajos reactualizaron, desde inicios del siglo XXI, las visiones sobre las dimensiones totalitarias de la experiencia soviética. Entre ellas destacaron dos obras de la historiadora estadounidense Anne Applebaum dedicadas a la infraestructura concentracionaria en la URSS y a la sovietización en Europa del Este.135 Applebaum recalaba en las interpretaciones que consideraron que la presencia del Ejército Rojo determinó el futuro de aquella región desde un primer momento, conduciendo inexorablemente a la implantación de regímenes dictatoriales que calcaban el modelo estalinista. De este modo, el período 1944-47 constituiría una fase de democratización imposible.
Esta perspectiva contrasta, no obstante, con otras visiones que han problematizado la tesis de una inexorable senda hacia la sovietización. Entre sus variables explicativas han resaltado el interés soviético por mantener el consenso con los Aliados, o las políticas de prudencia y colaboración aconsejadas por Stalin tanto a los partidos comunistas de Europa Central u Oriental como a las poderosas organizaciones presentes en Francia e Italia. La percepción asumida en Moscú en 1945 o 1946 acerca del espacio centroeuropeo no fue la de estar ante un todo homogéneo, sino ante un mosaico donde coexistían zonas de interés estratégico (Polonia), áreas sometidas a una notable capacidad de influencia (Bulgaria) o lugares de tradición democrática con sólida implantación de los comunistas locales (Checoslovaquia). Por otra parte, la gestión militar directa desembocó en realidades opuestas. Así ocurrió con las zonas de ocupación soviética en Alemania desde 1949 y la administrada en Austria tras 1955. En todo caso, y más allá de este debate, la obra de Applebaum atendía a cuestiones poco tratadas, como los mecanismos de socialización –desde su óptica serían estrictamente de adoctrinamiento– en Alemania, Hungría o Polonia, analizando estrategias de encuadramiento de la juventud o el uso de medios de comunicación como la radio.
La tesis manejada por Applebaum en El Telón de Acero confluía, además, con un plano de especial actualidad. Su interpretación legitimaba algunas orientaciones presentes en las políticas de memoria oficial en Europa Central u Oriental de inicios del siglo XXI. A la vieja dualidad manejada en los discursos públicos durante la etapa socialista (fascismo frente a antifascismo) desde la década de los noventa le habría sucedido una nueva confrontación de opuestos (democracia liberal frente a totalitarismo).
En esa última etiqueta se incorporaron, como un todo unívoco, el modelo nazi y el Socialismo Real. El resultado ha sido, especialmente en espacios como los Países Bálticos, Polonia o Hungría, la proyección pública de un relato basado en la tesis de la doble ocupación, o el doble totalitarismo, entendido como un continuum en el que 1945 habría supuesto un punto y seguido entre dos formas de dominio dictatorial. Dicho paralelismo quedó reafirmado en las resoluciones aprobadas en el Parlamento y el Consejo de Europa en 2005, 2006 y 2009. En ellas se condenó «la degradación social, política y económica de las naciones cautivas» situadas tras el Telón de Acero, se denunciaron las violaciones de derechos humanos y se fijó el 23 de agosto, la fecha del acuerdo Ribbentrop-Mólotov, como Día Europeo de la Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo.
En Riga, Sofía, Praga, Poznań o Budapest se han abierto museos que tienden a subrayar esa identificación. La denominación de uno de ellos como Terror Háza (‘Casa del Terror’) determina la intencionalidad de su dispositivo narrativo. Se inauguró en Budapest en 2002, durante el mandato del nacionalista conservador Viktor Orbán como presidente del gobierno. Ocupa un céntrico inmueble que primero sirvió de sede para el Partido de la Cruz Flechada, la organización filonazi húngara, y después para la policía política comunista. Terror Háza remarca el carácter represivo del período 1944-56 y muestra una destacada amnesia histórica. La etapa anterior a 1944 queda borrada eludiendo cualquier referencia al régimen colaboracionista de Miklós Horthy o al papel de Hungría como aliada del III Reich. Y al concluir su relato en 1956 deja fuera los últimos años de la etapa socialista, evitando aspectos como los relativos al consenso social y aperturismo logrados durante el mandato de János Kádár.
La adecuación de las tesis de la doble ocupación y doble totalitarismo a la memoria pública europea ha sido evaluada por diversos historiadores de modo crítico. Han sido entendidas como visiones que simplificarían la noción de trauma histórico desde ópticas conservadoras o neoliberales, equiparando Socialismo Real y estalinismo donde la parte devoraría al todo mediante una lectura sobrepolitizada. También se ha resaltado que estas interpretaciones operarían desde una óptica nacionalista presentista fundada en confrontar una visión simplificada de ocupados locales contra ocupantes extranjeros.136
Como ha subrayado Brigitte Studer, frente a la visión unidimensional del estalinismo entendido como un apabullante Leviatán policiaco y represivo, o como paradigma de poder omnímodo en exclusivas manos personales, cabe confrontar una producción historiográfica que ha revisado y problematizado tal perspectiva. Numerosos trabajos han explorado los mecanismos del poder y la represión, pero igualmente de la integración y la adhesión colectivas, bien en la Unión Soviética, en las democracias populares o en otras organizaciones comunistas, bien desde prismas propios de la historia comparada.
Tal punto de vista debe ponerse en relación con aspectos como la inserción de la violencia en las estrategias de generación y reproducción de consensos en la Europa de entreguerras o en el contexto de la Guerra Fría, unos entornos donde las liturgias colectivas y el culto a la personalidad habrían ocupado un papel esencial. Tales consideraciones afectan al análisis y cualificación de la concepción totalitaria estalinista. Frente a las perspectivas macro de los estudios tradicionales, que la percibieron como un sistema monolítico estrictamente emanado desde arriba y con exclusiva naturaleza coercitiva, se han planteado visiones microfísicas más preocupadas por atender a las formas singulares de producción, circulación, recepción, interiorización y apropiación de la cultura política, tanto en el espacio soviético como en las coordenadas globales del comunismo internacional.137 De ahí el rechazo a las visiones estructurales que concibieron la sociedad soviética como un todo homogéneo, como una esponja subalterna y pasiva ante las instancias del poder. Una visión dual que ha sido sustituida por la consideración, más compleja, del estalinismo como civilización, cultura o experiencia antropológica, un plano de interpretación que permitiría la aproximación a un mundo de valores, marcas y expectativas donde coparticiparon los partidos comunistas.138
Paralelamente, muchas reflexiones han desestimado la idea del terror por el terror como explicación satisfactoria del fenómeno estalinista, puesto que más que resolver problemas de comprensión histórica los estaría creando.139 La represión por la represión, como única variable explicativa, habría terminado por colapsar el régimen soviético así como los proyectos puestos en marcha a finales de los años cuarenta en las democracias populares. David Priestland ha indicado al respecto que en Europa del Este existieron mayores dosis de radicalismo que en la URSS y que el estalinismo fue aprehendido allí como receta ante el reto de configurar un modelo estatal radical de desarrollo. En esa estimación confluyó la elite de los partidos comunistas locales –sometida a intensos procesos de purga y renovación desde 1948–, junto a sectores del ámbito intelectual y funcionarial, cuadros técnicos o gestores en parte procedentes del viejo tejido de clases medias.140 Este asunto da luz sobre otras mecánicas que pudieron actuar de manera paralela a la violencia y la coacción política como refuerzo, complementación o herramientas orientadas a la generación de incentivos.
Las oleadas de represión coexistieron con las posibilidades de promoción a múltiples niveles, con la socialización de visiones sobre la modernización o con prácticas de participación proactiva, de interacción y performatividad asociadas con las liturgias del poder.141 Una muestra sería el empleo de recursos de proximidad en las narrativas estalinistas con la intención de generar lógicas inclusivas activas y eficaces, objeto de fácil comprensión a gran escala.142 Aunque el hecho de que existiese una propaganda con pretensiones totalizadoras en la URSS no conllevó tampoco a que esta se articulase y circulase siempre con una única voz y, menos aún, con un grado de eficacia absoluta. Se han detectado improvisaciones, errores o bloqueos burocráticos en las políticas de socialización y control. Las estrategias del discurso político se emplazaron, a su vez, en canales y códigos diversos, orientándose a lograr una orquestación de fines y medios.
Pero en tales operaciones tuvieron cabida las apelaciones a valores que redefinían el universo comunista como espacio ideológico abstracto y lo vulgarizaban, deparando así dinámicas de asimilación diferenciadas sobre públicos diversos y a través de mecánicas diversificadas de proyección social. Estas dinámicas discutirían la visión de un imaginario estalinista como un todo compacto y como constructo unívoco sobre todo el agregado social.143
Todas estas cuestiones se implican con los recientes estudios internacionales sobre comunismo, un ámbito que, como indicó Francisco Cobo, ha asumido una notable orientación de corte social y postsocial.144 En términos generales se han revisado los paradigmas heredados de la sovietología de la Guerra Fría. Algunas aportaciones esenciales han venido de la mano de Sheila Fitzpatrick.145 Sus interpretaciones se han ubicado en diversos terrenos, como el examen del acoplamiento, tensión y oposición social en la URSS de los años treinta, reconsiderando la variable del cambio cultural en el contexto del giro de la NEP a la planificación imperativa, evaluándola como honda fractura.146 El epicentro se situó en 1928-31, cuando se multiplicaron las críticas a sectores considerados elitistas o contrarrevolucionarios, un conglomerado que incluía kulaks, antiguos defensores de la NEP, burócratas, técnicos o intelectuales. Esta tensión facilitó dinámicas ascendentes para cuadros políticos, administrativos o de gestión en las esferas de la producción económica o la organización del partido. Las colisiones internas volvieron a repetirse durante las purgas de 1936-38. Más recientemente Fitzpatrick ha redefinido el rol de la elite dirigente desde el concepto de equipo, sus rutinas de trabajo, sus relaciones personales o su sometimiento a la fórmula de liderazgo de Stalin. Esta perspectiva no supone relativizar el poder decisivo del dirigente soviético, pero sí revisa la etiqueta típica que reduce el estalinismo a Stalin, destacando la importancia de las decisiones colegiadas e, incluso, de situaciones en las que este dream team fue capaz de imponerse.147
Frente a las tesis de que el estalinismo traicionó la revolución, fue una herencia natural del leninismo o constituyó una desviación del proyecto nacido en 1917, parte de la historiografía ha tendido a subrayar el período circunscrito entre los últimos años veinte y mediados de los treinta como coyuntura de fracturas y suturas. La conceptualización del estalinismo como revolución ha sido manejada por historiadores tan distintos como Robert Tucker o Robert Gellately, aludiendo a un proyecto de corte integral.148 La propia dialéctica entre lo viejo y lo nuevo ha sido suscitada de modo provocativo por Boris Groys en un ensayo sobre el realismo socialista.149 El establecimiento entre 1932 y 1934 de rígidos cánones oficiales en la literatura y el arte ha sido enjuiciado con frecuencia como una contrarrevolución o reacción estética de tono conservador e hiperformalista, como una marcha atrás frente a la experimentación más rupturista y avanzada propia de la vanguardia experimental de los tiempos de la Guerra Civil y la NEP.
De este modo se habrían acompasado los ritmos del poder político y los de la política cultural oficial, en clave de retroceso, incluso de traición. Groys ha estimado, en cambio, que el realismo socialista debe ser observado como una manifestación de exactamente todo lo contrario: como la culminación radical –total– de las propuestas manejadas por las vanguardias estéticas soviéticas. Ese radicalismo no se expresó como un fin en sí mismo. Lo hizo, ante todo, en los planos de la metodología y la conceptualización que justificaron la necesidad del empleo de nuevos esquemas. La imagen estética se concibió no como mera representación comprensible, sino en virtud de la funcionalidad social: que la imagen actuase como espejo diáfano de la realidad entendida como experiencia cotidiana popular. Esta tesis se basaba, a su vez, en reflexiones del propio Lenin vertidas en Materialismo y Empirocriticismo (1907) que discutían tanto el naturalismo como el símbolo arbitrario con carga alegórica. La teorización sobre el realismo socialista tendió a reforzar la idea de neutralización de la subjetividad entendida como creación o lectura individualista o romántica que eludiese la incorporación de la imagen y el texto en un proyecto mayor: el de las leyes científicas que dictaban el desarrollo social a través del determinismo histórico.150
Lo que distinguiría al realismo socialista, según Groys, estribó en «los métodos radicales» con que se llevó a cabo, hasta convertirse en fórmula del «arte estalinista de vivir». El realismo socialista generó la «integralidad de un estilo que abarcó todos los ámbitos de la vida social». El resultado fue materializar el viejo sueño de las vanguardias de «organizar toda la vida de la sociedad en formas artísticas únicas». En estas coordenadas, el recurso a las formas naturalistas no evidenció un reaccionarismo estético o una apuesta por restaurar el arte tradicional, sino que fue fruto de la aplicación de criterios derivados de la reflexión marxista-leninista en parte conexas con el espíritu (no con las formas) de la vanguardia. Como si de un gran contenedor de formas del pasado se tratase, el realismo socialista echó mano de lo que pudiese inscribirse como tradición en la genealogía del arte progresista que la nueva estética soviética venía a continuar y coronar. Sobre tal supuesto fundó su cariz como estilo históricamente superior.151
Este atributo de modernidad radical marcaba distancias frente a otras muestras de arte totalitario, como la estética nazi de espíritu más marcadamente reaccionario. Y este sesgo de superioridad se proyectó sobre la industria cultural soviética, muy particularmente en el cine de consumo. La activa producción de los años treinta y cuarenta rehuyó las fórmulas complejas o la experimentación intelectualista. Tales recursos estuvieron presentes en realizaciones como Oktyabr’, de Sergei N. Eisenstein (1927), o en obras autorreflexivas de rechazo a la narrativa clásica considerada burguesa que retrataban la sociedad urbana como dinámico sujeto colectivo, como Chelovek s kinoapparátom de Dziga Vértov (1929).
Se ha definido el estalinismo como una fábrica de sueños codificada desde el estilo heroico exaltado mediante del realismo socialista y como estética característica con traducción en películas, carteles o pinturas (cf. epígrafe 6.4).152 Su iconografía representaría no las dificultades de presente sino la capacidad para lograr metas futuras con un idealismo que glorificaba al nuevo hombre socialista y legitimaba el liderazgo del partido. El cine presentó la realidad soviética como empresa colectiva contraponiéndola a los atributos negativos asociables al capitalismo (individualismo egoísta, explotación, consumismo). Hollywood difundió un imaginario fundamentado en el modo de vida americano. La propaganda de Estado soviética basó su sueño en otro mensaje alternativo sobre la felicidad radical.
Un ejemplo en esa dirección fue Volga-Volga, un film de Grigori Aleksandrov estrenado en la primavera de 1938. Al parecer esta fue una de las películas favoritas de Stalin. Volga-Volga rehuía los alegatos declaradamente políticos. Era un producto comercial orientado al gran consumo resuelto a través del género musical y la comedia romántica. Su trama pivotaba en torno al viaje de un grupo de actores en un pequeño barco a lo largo del Volga para participar en un concurso en Moscú. El film ensalzaba, desde un código asequible, la cooperación y la felicidad de las personas sencillas, idealizando el paisaje ruso y su cultura popular. Supuso la respuesta de la industria cinematográfica soviética al modelo norteamericano de comedia de cooperación y sensibilidad social afín a la filosofía del New Deal, representado sobre todo en la producción de Frank Capra.
6. TAUMATURGIA
Otros estudios han explorado las manifestaciones asociables al estalinismo como un proyecto de modernidad radical, un aspecto que se contagió en la imagen hagiográfica exportada desde la URSS hacia la cultura cosmopolita comunista. Sheila Fitzpatrick ha hablado, al respecto, de una modernidad anómala. Esta incorporó un conjunto de metas alternativas a las del liberalismo de mercado, en profunda crisis de legitimidad entre importantes sectores –no solo trabajadores– a raíz de la Gran Depresión. Pero dichas metas podrían vincularse con algunas resonancias de la visión utópica del liberalismo radical de raíces ilustradas ante cuestiones como con la fe en fabricar y planificar el progreso como obra científica de ingeniería gracias al liderazgo de una elite de especialistas sociales. En este sentido, el discurso estalinista sobre modernización habría mantenido una compleja conexión con la tradición universalista de origen europeo.153 Tales estrategias de ingeniería social conformaron un vasto programa encaminado a la socialización de valores propios del nuevo hombre socialista.
El estalinismo adoptó una política que retomaba y amplificaba los principios de idealización de la pedagogía cívica presente en los afanes regeneradores de la intelectualidad rusa de finales del siglo XIX. Incluso cabría afirmar que asimiló la huella de los programas reformistas de tono paternalista nacidos en Europa Occidental en aquel período o a inicios del siglo XX. Los programas higienistas, las obras públicas, la insistencia en el orden y la disciplina, el culto a la eficiencia estajanovista o el impulso a la creación de nuevos hábitats entendidos como unidades especializadas de producción (granjas o ciudades industriales) fueron reflejos de tales empeños. Tanto en su forma y estética, como en su difusión, expresaron vívidamente los valores del ideal modernizador.154
Lo mismo ocurrió con otras iniciativas caracterizadas por su naturaleza proactiva y performativa. La sublimación de la cultura física o de las políticas reproductivas y natalistas se fundamentaron en una intensa propaganda que, sobre todo en los ámbitos urbanos, amplificó la imagen de un régimen volcado en el bienestar, la protección a la maternidad y la salud infantil o en fomentar el igualitarismo de género.155 Tales ítems, entendidos como marcas de identidad del régimen soviético, tuvieron notable presencia en la España de los años treinta de la mano de colectivos como la AUS, según se comentará en los epígrafes 4.2, 5.3 y 5.4.
Estas prácticas constataron la versión soviética de unas políticas de intervención implicadas en una idea de desarrollo como objetivo integral y finalista. Conformaron un tótum que incorporó, en aparente acoplamiento armónico, el paroxismo de la propaganda que justificó la violencia oficial. Ambos extremos compusieron las caras de una misma moneda que confluyeron en el año 1937, la coyuntura decisiva en la consolidación del régimen estalinista. En aquellos meses se concitaron algunos de los proyectos y realizaciones monumentales más relevantes del período. El sentido otorgado al socialismo como estadio palpable de modernización se materializó en grandes obras de ingeniería (metro de Moscú, canal del Volga y el Moscova), la publicidad internacional (pabellón soviético en la Exposición Universal de París), o en los programas de redefinición del espacio urbano (Plan General de Moscú). Pero también en la capacidad simbiótica de la capital soviética para incorporar lo más avanzado de la cultura de masas (salas de cine y jazz, o lugares para el ocio a gran escala como el Parque Cultural y Recreativo Gorki).156 Estas marcas trascendieron las fronteras soviéticas hasta constituirse, en publicaciones en castellano, en espacios donde fijar pautas de reconocimiento sobre el desarrollo socioeconómico (cf. epígrafe 5.4).157
Todo ello coincidió con la violencia a gran escala entendida como expresión derivada de la marcha colectiva hacia el progreso. La represión se acopló como una pieza más dentro de la retórica y la práctica modernizadora. Y lo hizo a través de justificaciones que incidían en la tesis de la modernidad total. Ahí se situaron los argumentos que justificaban la agudización de la lucha de clases, que hablaron de la urgencia de una eliminación de los enemigos del pueblo o que cargaron las tintas en la tesis de una conspiración internacional contra la URSS.
La Orden 00447 de la NKVD supuso, en este contexto, la expresión más contundente de traslación de racionalidad y eficiencia de la planificación económica a una aplicación represiva. Aquella directiva secreta, firmada por Nikolái Yezhov el 30 de julio de 1937, hacía inventario de las categorías sociales susceptibles de objetivar la represión (kulaks, residuos de partidos antisoviéticos, espías, emigrados, contrarrevolucionarios, guardias blancos, fascistas, terroristas, criminales peligrosos, especuladores, rateros), fijando las cuotas de los detenidos (en total cerca de 300.000 personas) y de los ejecutados (en torno a 80.000). No obstante, sus resultados superaron con creces las cifras orientativas. Hasta noviembre de 1938 se condenó a alrededor de 767.000 individuos, más de la mitad a muerte. A esa cuantía se sumaron los derivados de órdenes paralelas contra minorías nacionales o fruto de otras operaciones especiales. Aunque los datos globales siguen siendo objeto de controversia, cabría estimar en más de un millón y medio el total de arrestos, en 1,3 millones las condenas y en casi 700.000 las ejecuciones producidas entre 1937 y 1938.158
Entendido como articulación de sentido, el culto a la personalidad aparece como un fenómeno poliédrico. Fue paralelo al proceso de consolidación política del liderazgo de Stalin, pero además sirvió de instrumento que lo apuntaló, amplificó y retroalimentó a lo largo del tiempo. Su origen se situó entre 1929 y 1934, cuando se evidenciaron en la esfera pública las progresivas muestras de ensalzamiento e idealización de su figura. Complementariamente, tuvo capacidad para adecuarse a la multiplicidad de entornos donde se ubicó la cultura comunista transnacional.159 En esos espacios, el poliedro se trasladaba a una vasta sala de espejos donde los líderes comunistas locales podían reflejarse, asimilando modalidades específicas de exaltación, al tiempo que estas ayudaban a reproducir –mediante un ejercicio de reflejos condicionados– la imagen hagiográfica de Stalin. En tales operaciones la figura del dirigente soviético se ajustaba a determinadas necesidades o perfiles nacionales, mientras que la de los responsables nacionales o locales comunistas se estalinizaban. Esta interacción superó, por tanto, los márgenes de una comunicación simbólica definida por la estricta exportación unidireccional de consignas del centro a las periferias.
El culto trascendió los límites de la idealización de Iósif Vissariónovich Dzhugashvili hasta trastocarse en fórmula de apelación y consumo del personaje de Stalin como transustanciación que sintetizaba el poder. Dos anécdotas mencionadas por Jan Pampler ilustran al respecto. Una, narrada por el viejo bolchevique Sergei Kavtaradze, relató cómo en 1940 llegó a su apartamento acompañado de Stalin y Beria. Ahí convivía con otra mujer anciana que quedó paralizada de terror. Preguntada por su temor, la mujer afirmó que había creído ver al retrato de Stalin avanzando hacia ella. La segunda anécdota proviene de Artyom Sergeev, hijo adoptivo de Stalin. Según su testimonio en el curso de una riña doméstica entre Stalin y su hijo biológico Vasili, este replicó que podría hacer lo que le viniese en gana. «Yo también soy Stalin», llegó a gritar entonces. A lo que contestó tajante su padre: «no, tú no lo eres. Tú no eres Stalin. Ni yo tampoco soy Stalin. Stalin es el poder soviético. Stalin es lo que aparece en los periódicos y en los retratos, tú no. Ni siquiera lo soy yo».160
El fenómeno del culto a la personalidad ha sido objeto de un extenso interés bibliográfico. También sigue siendo hoy motivo de controversia sobre sus raíces culturales, sus conexiones con la tradición figurativa ortodoxa o con la fundamentación teológica de la iconolatría bizantina.161 Asimismo se han rastreado otras raíces, por ejemplo derivadas desde el imaginario político oficial de la autocracia zarista, o se han buscado antecedentes de contagio religioso en el marco del arte revolucionario o en la estética oficial comisionada por el poder bolchevique.162
Todas estas observaciones se han centrado en rastrear sus huellas genealógicas y, sobre todo, la producción cultural en serie a él asociada, concibiéndolo como una especificidad idiosincrásica primero de Rusia y después en la URSS. El problema que acarrea esta explicación estribaría en considerar que el culto a la personalidad reflejó un cierto carácter anómalo del bolchevismo frente a los parámetros europeos. Su hipotético cariz de objeto exótico enraizado con una tradición premoderna, contrastaría con otras expresiones propias de las culturas europeas de tradición ilustrada, democrática y laica. El riesgo de tal lectura se complica al emplazar el fenómeno del culto en unos ejes espaciales y culturales más amplios que trasciendan el espacio soviético. Desde esta escala de observación, la tesis sobre la singularidad rusa deviene en déficit interpretativo ante la exportación, asimilación e indigenización del culto en las democracias populares, o ante su introducción en los repertorios de los partidos comunistas desde inicios de los años treinta.
Otras explicaciones han resaltado consideraciones de corto plazo ligadas con la vertebración de los repertorios simbólicos de las llamadas religiones políticas del período de entreguerras. La irracionalidad ligada al impacto de la Primera Guerra Mundial, o la necesidad de cargar el énfasis discursivo en el ensalzamiento de la virtud del liderazgo, apuntarían a esos procesos con notable presencia en las culturas políticas occidentales. A tales orígenes cabría añadir la readecuación de técnicas nacidas en entornos democráticos pero que acabaron trasladándose al lenguaje radical del fascismo o del nazismo. Sería el caso de las técnicas de publicidad basadas en la personalización y el énfasis emotivo empleadas, por ejemplo, en la cartelería norteamericana o británica de la Gran Guerra. O el influjo procedente del cine, incluida la traslación de las lógicas del atractivo del star-system, el carisma actoral y su consumo de masas al ámbito de la semántica dictatorial.
Tal cuestión –la legitimidad mediante el carisma y su rutinización–nos traslada a Max Weber y a su categorización sobre las modalidades y expresiones del poder.163 No obstante, como ha señalado Balász Apor, la perspectiva weberiana arrastra igualmente problemas ante aspectos como la multiplicidad de formas que adquirieron los cultos políticos desde la década de los años veinte, la capacidad de traslación del carisma del líder a la justificación del régimen, o los fenómenos de legitimación basados en la desacralización como se produjo en la URSS en 1956. A ello cabría sumar las estrategias actitudinales que pudieron concitarse en torno a la sacralización del liderazgo en relación con actitudes reflejas derivadas de múltiples factores (miedo, coacción, cálculo de intereses individuales, rutinas o sincera admiración).164
La idealización en liturgias colectivas añade un problema más en ese plano de la recepción. Desde el punto de vista de la teoría de las respuestas se ha subrayado la relevancia de los factores psicológicos para explicar reacciones ante determinados repertorios icónicos principalmente religiosos. La iconoclastia sería así no la acción de destruir una representación sino un ejercicio encaminado a matar la imagen.165 La actitud inversa –la iconolatría extrema– nos trasladaría a la interiorización de la representación considerando que esta posee atributos mágicos, sobrenaturales o esotéricos.
Las prácticas del culto a la personalidad se situaron en un ecosistema amplio donde se incluyeron otros ingredientes contraicónicos como amplio y flexible inventario sobre la alteridad del enemigo. Su importancia se refuerza al tener en cuenta la trama de rituales, símbolos y alegorías destinados a robustecer la unión entre la base social y el régimen político que promovía tales prácticas y que se encarnaba en sus elites de poder. O, ya en el marco de los partidos comunistas europeos, entre la comunidad de militantes o simpatizantes y el grupo dirigente.
En relación con ello deben indicarse otros aspectos. Por ejemplo, las estructuras donde se situó la construcción y difusión del culto a la personalidad. Como destacaron Carol Strong y Matt Killingsworth, en el caso del estalinismo estaríamos ante una técnica de comunicación sofisticada, fluida y dinámica, con un lenguaje concreto y reconocible, pero abierto a la diversidad y los cambios. Graeme Gill ha resaltado incluso que la aparente estandarización y reiteración de mensajes resultan engañosos.166 Ampliando esta idea podría considerarse que los motivos manejados por las políticas del culto soviético compusieron un fenómeno con muchas aristas: entró en colisión teórica con valores de la cosmovisión comunista, por ejemplo, con la crítica a la deificación, pero tuvo evidente capacidad para desplegar una larga sacralización de la figura de Lenin. La mitificación de Stalin permitió conciliar el irracionalismo providencialista con las normativas de racionalidad científica que mostraban a la URSS como vanguardia histórica, presentando su figura como guía y faro de la historia nacional e internacional. La naturaleza alegórica de las expresiones del culto a la personalidad se localizó, a su vez, en correspondencia con el universo gráfico propio del realismo socialista, estableciendo una simbiosis entre la idealización hagiográfica y los códigos figurativos propios del naturalismo.
Tampoco debe obviarse que el culto se acompasó con una política de movilización y movilidad social. Su cristalización se produjo al socaire del segundo Plan Quinquenal, coincidiendo con la fase final de la deskulakización y sirvió de herramienta de agitación previa a los Procesos de Moscú de 1936-38. Como ha indicado David Priestland, su público objetivo se situaba entre los estratos populares. Ahí estaban los consumidores naturales de un imaginario sencillo dotado de referencias reconocibles. En este sentido, el culto a la personalidad se acopló con las dimensiones ya mencionadas del imaginario nacional-bolchevique y con las abundantes iniciativas en pos de la revitalización (o fabricación) de marcas folklóricas.
La glorificación de Stalin tuvo, además, capacidad para contagiarse verticalmente, reproduciéndose en las escalas de las jerarquías de mando, desde el gobierno al aparato del partido o las estructuras productivas.167 Una muestra pionera de ello la encontraríamos en el fotomontaje de Dologorukov para la revista Krasnaia Zvezda el 30 de julio de 1933, conmemorativo del trigésimo aniversario del Partido Bolchevique. Ubicados en una estructura triangular y a diferentes tamaños aparecían el rostro de Lenin en el vértice superior, Stalin en el centro de la imagen y bajo él diversos responsables del gobierno y del CC. Este estándar de representación fue exportado y reutilizado intensamente en la iconografía comunista internacional. El 7 de noviembre de 1936 Mundo Obrero reprodujo, por ejemplo, un fotomontaje con una estructura similar en cuyo centro geométrico se encontraba el rostro de perfil de Stalin, gemelo y solapado al de Lenin. Ambos servían de arranque de una espiral donde se situaron otros miembros de la elite soviética progresivamente más pequeños hasta convertirse en una muchedumbre de ciudadanos.
El culto a Stalin se agudizó en torno a 1937 coincidiendo con la purga política y la represión a gran escala. Volvió a hacerlo a partir de 1947-48, en paralelo a la sovietización de las democracias populares en un nuevo entorno de radicalización de la violencia política. Esta correspondencia pone de manifiesto otra de las utilidades prioritarias asignadas al culto a la personalidad: servir de herramienta cohesiva en las coyunturas de potencial agudización de las tensiones dentro de las estructuras del partido o, por extensión, en las organizaciones comunistas de Europa Central y del Este, las más claramente satelizadas. La correlación entre culto y violencia asimismo provocó consecuencias paradójicas. El impacto de la represión política se sintió con dureza en el entramado burocrático de la propaganda o entre importantes intelectuales orgánicos. Como resultado, a finales de los años treinta proliferaron los problemas de organización y coordinación propagandística en un marco de incesante acción censora dirigida a borrar figuras caídas en desgracia o reescribir pasajes históricos.168
Una singularidad notable del culto fue la conversión de Stalin en personaje de ficción en un amplio corpus de realizaciones cinematográficas. Tal traslación no fue un ejercicio novedoso. Lenin había figurado como personaje en el film Oktyabr’ de Eisenstein, si bien su fuerte tono documental permitía presentar la película como fidedigna reconstrucción histórica. Como intersección entre las miradas documentales propias de los años veinte y la cinematografía volcada en el culto a la personalidad se situó el film conmemorativo Tri pesni o Lenine (Dziga Vertov, 1934). Con posterioridad Stalin figuró junto a Lenin en otras ficciones que evocaron la fecha matriz de 1917, como Lenin v oktyabre (Mikhail Romm y Dmitriy Vasilev, 1937), donde Stalin intervino de modo activo en la elaboración del guion. En otras apariciones se tendió a exagerar la idealización hasta alcanzar extremos de fantasía taumatúrgica e intensa contaminación religiosa, como ocurrió en una de las escenas fabuladas en Kljatva (Mikheil Chiaureli, 1946). En ella Stalin aparecía meditabundo y en soledad mientras dibujaba en una hoja de papel rostros en perfil de Lenin. En un momento dado, el fundador del Estado soviético aparecía como un ser sobrenatural ante la conciencia de Stalin, a través de un sencillo montaje que combinaba al Stalin ficcional –encarnado por el actor georgiano Mikheil Gelovani– junto a un par de tomas documentales de Lenin.
Estos relatos de glorificación se emplazaron en las coordenadas de géneros de ficción de gran consumo (melodramas sociales, películas con pinceladas románticas, grandes producciones bélicas). Fueron notas de reconocimiento presentes en Kljatva o en el film posterior de Chiaureli Padeniye Berlina, una película de épica bélica ambientada en la Segunda Guerra Mundial producida a propósito de las celebraciones del septuagésimo aniversario de Stalin (cf. epígrafe 6.4). Dicha deriva ratificó una lógica de ubicuidad del personaje público de Stalin, que era capaz de encabezar cotidianamente la portada de Pravda, ser figura en una amplitud de obras pictóricas, carteles o eslóganes callejeros, o de poblar noticiarios o filmes de gran consumo.169 Esa aplastante visibilidad debe ser interpretada a la vista de su recreación a través de un lenguaje que enfatizaba la proximidad como herramienta en la articulación de la subjetividad comunista. A esa cuestión se dedicará el próximo capítulo.
1 Véase F. Hernández Sánchez: Guerra o revolución…, pp. 237-254 y 277-296.
2 R. Cruz: El Partido Comunista…, pp. 58-59.
3 Historia del Partido Comunista de España, Varsovia, Ediciones Polonia, 1960, p. 111. Cruz apuntó algo más de 11.000 militantes en septiembre de 1935, 14.000 en febrero y cerca de 80.000 en julio. Con anterioridad Jackson había rebajado esta última cifra a alrededor de 20.000. R. Cruz: El Partido Comunista…, pp. 58-62 y 305; G. Jackson: La República española y la Guerra Civil, Barcelona, Crítica, 1976, p. 316.
4 Los datos figuran en «Militantes del Partido en marzo, julio y diciembre de 1936», AHPCE/D, F. XVI (199), y en «Informe de organización. El Partido», AHPCE/D, F. XVI (197). Para las cifras de marzo de 1936, véase F. Hernández Sánchez: Guerra o Revolución…, p. 72.
5 R. Cruz: El Partido Comunista…, p. 78.
6 «Informe de organización. El Partido», AHPCE/D, F. XVI (197).
7 «Informe de organización de la provincia de Madrid», AHPCE/D, F. XVI (205).
8 «Informe sobre las actividades políticas en el sector centro durante el mes de mayo de 1937», AHPCE/D, F. XVI (199).
9 AHPCE/TMM, 28, 3.
10 B. Bolloten: The Grand Camouflage: The Communist conspiracy in the Spanish Civil War, Londres, Hollis & Carter, 1961.
11 «Informe de organización de la provincia de Madrid», AHPCE/D, F. XVI (205).
12 R. Cruz: En nombre del pueblo. República, rebelión y guerra en la España de 1936, Madrid, Siglo XXI, 2006, pp. 286-287.
13 F. Hernández Sánchez: Guerra o revolución…, pp. 284-285.
14 R. Cruz: El Partido Comunista…, pp. 65-83.
15 F. Claudín: La crisis del movimiento comunista, I. De la Komintern a la Kominform, París, Ruedo Ibérico, 1970, p. 186.
16 P. Togliatti: «Informe del 28 de enero de 1938», en Escritos…, p. 174.
17 Material de discusión para el Congreso Provincial del Partido Comunista que se celebrará en Madrid durante los días 20, 21 y 22 de junio de 1936, s. l., s. f. (pero 1936), p. 14.
18 «Estadísticas provinciales hasta diciembre de 1937», s. f., AHPCE/D, F. XVI (196).
19 G. Abad: Tareas de organización del Partido en Madrid, Madrid, Comisión de Agit-Prop del Comité Provincial, 1938, p. 18.
20 José Díaz, en el Pleno de marzo de 1937, recogido en Tres años de lucha, Barcelona, Laia, 1978, II, p. 205. Véase también el «Informe sobre las actividades políticas sector centro durante el mes de mayo de 1937», en AHPCE/D, F. XVI (199).
21 P. Checa: A un gran Partido, una gran organización, Madrid, Ediciones del Partido Comunista de España, 1937, p. 16; y Tareas de organización y trabajo práctico del Partido, Valencia, Ediciones del Partido Comunista de España, s. e., 1937, pp. 28-30.
22 X. M. Núñez Seixas: ¡Fuera el invasor! Nacionalismos y movilización bélica durante la guerra civil española (1936-1939), Madrid, Marcial Pons, 2006; J. Díaz: Tres años, II…, p. 192.
23 F. Hernández Sánchez: Los años de plomo…, p. 29.
24 AHPCE/D, 32.
25 AHPCE/D, 29.
26 AHPCE/EP, 98, 3.
27 AHPCE/DG, 23, 3, 3.
28 Sobre esta cuestión es esencial el reciente estudio de M. Eiroa: Españoles tras el Telón de Acero. El exilio republicano y comunista en la Europa socialista, Madrid, Marcial Pons, 2018.
29 CIA/FOIA, RDP78-01617A003000180002-7.
30 CIA/FOIA, RDP82-0045R002600490002-2.
31 CIA/FOIA, RDP79R01012A001000010004-4.
32 AHPCE/D, jacq. 248.
33 AHPCE/DG, 34, 22.
34 F. Hernández Sánchez: Los años de plomo…, pp. 215 y ss. (el entrecomillado, en p. 262).
35 F. Erice: «El orgullo de ser comunistas…», pp. 163-165. Como análisis detallado de la cultura y las prácticas militantes entre finales de los años cincuenta e inicios de los sesenta véase también, del mismo autor, Militancia clandestina y represión. La dictadura franquista contra la subversión comunista (1956-1963), Oviedo, Trea, 2017.
36 Véase N. Adler: Keeping Faith with the Party. Communists Believers Return from the Gulag, Bloomington e Indianápolis, Indiana University Press, 2012, pp. 45-125.
37 F. Erice: «El Partido Comunista de España, el giro de 1956 y la lectura selectiva del XX Congreso», Nuestra Historia. Revista de Historia de la FIM, 2, 2016, p. 74.
38 AHPCE/D, 48.
39 AHPCE/DG, 2, 1, 2, 2.
40 X. Domènech: «Cenizas que ardían…», en Nosotros los comunistas…, pp. 93-138, y «Comunismo y antifranquismo. Una aproximación», en M.ª E. Nicolás y C. González (coords.): Ayeres en discusión. Temas claves de Historia Contemporánea hoy, Murcia, AHC, 2008, pp. 126-145. Respecto al sentido balsámico e inclusivo, véase C. Molinero y P. Ysàs: «La izquierda en los años setenta», Historia y política, 20, 2008 (esp. pp. 37-41).
41 C. Molinero y P. Ysàs: De la hegemonía…, pp. 95-100.
42 J. Borja: «Los comunistas y la democracia, o los costes de no asumir las contradicciones», El Viejo Topo, 276, 2011, cit. en C. Molinero y P. Ysàs: «El PCE y la democracia», en C. Molinero y P. Ysàs (eds.): Las izquierdas en tiempos de transición, Valencia, PUV, 2016, p. 116.
43 J. C. Rueda: «El PCE y el uso público de la historia», Ayer, 101, 2016, pp. 242-243.
44 Ph. Buton: «Les générations communistes», Vingtième siècle, 22, 1989, pp. 81-91.
45 F. Claudín: Santiago Carrillo. Crónica de un secretario general, Barcelona, Planeta, 1983, p. 64.
46 RGASPI, 495, 12, 161.
47 Con motivo del 60 aniversario de la camarada Dolores Ibárruri, s. l., s. e., s. f. (pero 1955), pp. 5-6.
48 A. Cunha: Os filhos da clandestinidade. A história da disgregação das famílias comunistas no exílio, Lisboa, A Esfera dos Livros, 2016.
49 Ibíd., pp. 42-45.
50 Véase P. Boulland: Des vies en rouge. Militants, cadres et dirigeants du PCF (1944-1981), París, Les Éditions de l’Atelier, 2016.
51 X. Domènech: «Cenizas que ardían…», en Nosotros los comunistas…, pp. 110-112; y C. Molinero: «La política de reconciliación nacional. Su contenido durante el franquismo, su lectura en la Transición», Ayer, 66, 2, 2007, pp. 205-207.
52 Véase F. Nieto: La aventura…, pp. 224-248 y 281-287.
53 AHPCE/N-AR, Jacqs. 305 y 306.
54 El marco estratégico para la Promoción Lenin fue la resolución del CE de abril de 1967. «Por un Partido Comunista de masas para acelerar la transición a la democracia», Cuadernos Promoción Lenin. Cincuentenario del partido, centenario de Lenin, Organización Universitaria del PCE, en AHPCE/D, 48.
55 C. Molinero y P. Ysàs: El anys del PSUC…, pp. 108-117.
56 E. Treglia: Fuera de las catacumbas… (esp. pp. 204-239).
57 Véase la antología de textos e intervenciones recogidas en S. Carrillo: Escritos sobre eurocomunismo, Madrid, Forma, 1977. El volumen se iniciaba con un extracto de su discurso de clausura en el Pleno del CC del PCE de septiembre de 1957 y concluía con una intervención pronunciada en Sevilla en septiembre de 1977, donde pidió la formación de un gobierno de concentración.
58 F. Erice: «Memoria colectiva…», pp. 3807-3808.
59 X. Domènech: «Cenizas que ardían…»; y F. Erice: «El orgullo de ser comunistas…», Nosotros los comunistas…, pp. 133-138 y 176-181.
60 L. Ramiro: Cambio y adaptación en la izquierda. La evolución del Partido Comunista de España y de Izquierda Unida (1986-2000), Madrid, CIS, 2004, pp. 243-264.
61 PCE: Manifiesto de la Secretaria de Movimientos Sociales ante el 30 aniversario de la Constitución española, Madrid, s. e., 5 de diciembre de 2008.
62 M. Hirsch: Family Frames: Photography, Narrative and Postmemory, Cambridge, Harvard University Press, 1997.
63 Véase P. Aguilar y C. Ramírez-Barat: «Generational dynamics in Spain: Memory transmission of a turbulent past», Memory Studies, oct. de 2016.
64 Y. Loshitzky: «Hybrid victims: second generation Israelis screen the Holocaust», en B. Zelizer (ed.): Visual Culture and the Holocaust, Cambridge, Rutgers University Press, 2001, pp. 152-177.
65 Esta visión estuvo pautada por la literatura testimonial anarcosindicalista, desde D. Abad de Santillán: Por qué perdimos la guerra. Una contribución a la historia de la tragedia española, Buenos Aires, Imán, 1940; a J. García Oliver: El eco de los pasos, París, Ruedo Ibérico, 1978.
66 F. Claudín: Eurocomunismo y socialismo, Madrid, Siglo XXI, 1977; S. Carrillo: Eurocomunismo y Estado, Barcelona, Crítica, 1977; y P. Brabo: «Los orígenes del eurocomunismo», en Sesenta años en la historia del Partido Comunista de España, Madrid, FIM, 1980, pp. 199-211.
67 M. Azcárate: Crisis del Eurocomunismo. ¿Qué significa hoy ser comunista?, Barcelona, Argos Vergara, 1982, pp. 82-83.
68 M. Azcárate: «Comentarios personales sobre Autobiografía de Federico Sánchez», El País, 4 de enero de 1978; J. Semprún: «Contrarréplica a M. Azcárate, sobre la Autobiografía de Federico Sánchez», El País, 8 de enero de 1978; y M. M. Chicharro: «Azcárate-Semprún», El País, 28 de enero de 1978.
69 M. Azcárate y J. Sandoval: 986 días de lucha, Moscú, Progreso, 1965.
70 R. Varela: «Cunhal não foi Carrilo? Estratégia e Táctica do Partido Comunista Português durante a Crise Revolucionária de 1975», Hispania, 72, 242, 2015, pp. 669-698.
71 E. Treglia: «El PCE y el movimiento comunista internacional (1969-1977)», Cuadernos de Historia Contemporánea, 37, 2015, pp. 225-255; o G. Pala y T. Nencioni (eds.): El inicio del fin del mito soviético: los comunistas occidentales ante la Primavera de Praga, Madrid, El Viejo Topo, 2008.
72 D. Saason: Togliatti e il partito di massa. Il PCI dal 1944 al 1964, Roma, Castelvecchi, 2014, pp. 317-331.
73 K. Clark: Moscow, the Fourth Rome. Stalinism, Cosmopolitism, and the Evolution of Soviet Culture, 1931-1941, Cambridge, Harvard University, 2011.
74 D. Levy y N. Sznaider: The Holocaust and Memory in the Global Age, Temple University, Filadelfia, 2006, pp. 25-27, y «Memory unbound: The Holocaust and the formation of cosmopolitanism memory», European Journal of Social Theory, 5(1), 2002, pp. 87-106.
75 K. Schlögel: Terror y utopía. Moscú en 1937, Barcelona, Acantilado, 2014, pp. 618-620.
76 J. C. Jiménez de Aberasturi: «Protagonistas de la historia vasca: Sebastian Zapirain», Vasconia: Cuadernos de historia-geografía, 6, 1985, p. 132.
77 M-C. Boujou: «L’histoire dans la culture militante communiste en France 19211939», Cahiers du CRHQ, 3, 2012, pp. 1-27.
78 D. Brandenberger: National Bolshevism. Stalinist Mass Culture and the Formation of Modern Russia, 1931-1956, Cambridge, Havard University Press, 2002.
79 F. J. Miller: Folklore for Stalin. Russian Folklore and Pseudofolklore of the Stalin Era, Nueva York, M. E. Sharpe, 1990.
80 M. Perrie: The Cult of Ivan The Terrible in Stalin’s Russia, Houndmills, Palgrave, 2001.
81 D. Priestland: Bandera roja. Historia política y cultural del comunismo, Barcelona, Crítica, 2010, pp. 167-169.
82 J. Mcilroy, K. Morgan y A. Campbell (eds.): Party People, Communist Lives: Explorations in Biography, Londres, Lawrence & Wishart, 2001.
83 S. Aleksiévich: El fin del «homo sovieticus»…, pp. 134-135.
84 D. Kowalsky: La Unión Soviética…, pp. 78-88.
85 L. A. Kirschenbaum: International Communism and the Spanish Civil War. Solidarity and Suspicion, Cambridge, Cambridge University Press, 2015, pp. 2-4. El conflicto como «guerra cosmopolita», en R. Cruz: En el nombre del pueblo…, pp. 261 y ss., o K. Schlögel: Terror…, pp. 162-167.
86 AHPCE/TMM, 28, 3.
87 J. Romero: «Los pioneros», Mundo Gráfico, 18 de noviembre de 1937, p. 11.
88 E. Hobsbawm: Años interesantes. Una vida en el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 130-131.
89 AHPCE/D, 24, 3, 3, 3.
90 S. Barck: «Le discours antifasciste en RDA», en C. Fabre-Reanault, É. Goudin y C. Hähnel-Mesnard (eds.): La RDA au passé présent. Relectures critiques et réflexions pédagogiques, París, Université Sorbonne-Nouvelle, 2006, pp. 119-131. Sobre las políticas de memoria en la RDA, véase U. Neuhaubeer-Wespy: Die SED und die Historie. Die Etablierung der marxistisch leninistischen Geschichtswissenschaft der DDR in den fünfziger und sechziger Jahren, Bonn, Bouvier Verlag, 1996; y M. Sabrow (dir.): Verwaltete Vergangenheit. Geschichtskultur und Herrschaftslegitimation in der DDR, Leipzig, Akademie Verlagsanstalt, 1997.
91 P. Maurice: «Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, un mito paradoxal en RDA», Sens Public, 2, 2012, pp. 1-12.
92 Véase E. Weitz: Creating German Communism: From Popular Protests to Socialist State, Princeton, Princeton University Press, 1997.
93 «Los errores ideológicos en la aplicación de las decisiones del XI Pleno», La Internacional Comunista, mayo de 1932, pp. 30 y ss.
94 Mundo Obrero, 28 de abril de 1949, p. 3.
95 AHPCE/DG, 34, 6.
96 S. Carrillo: Memorias…, p. 419.
97 CIA/FOIA, RDP82, 00457R002200170006-7.
98 AHPCE/D, 36.
99 F. Hernández Sánchez: «Comerciando con el diablo. Las relaciones comerciales con el Telón de Acero y la financiación del PCE a comienzos de los años sesenta», VI Congreso de la Asociación de Historiadores del Presente, Madrid, Asociación de Historiadores del Presente, 2014, pp. 1-23.
100 AHPCE/EP, 99, 2, 1.
101 CRAI/AM, 3, 2, a.
102 AHPCE/AC, 93, 49, 0.
103 Sacristán participó en febrero de 1978 con Vázquez Montalbán y Solano en una mesa sobre el estalinismo. Parte de su intervención fue publicada en 1990. El guion y pasajes completos, en M. Sacristán: Seis conferencias. Sobre la tradición marxista y los nuevos problemas, Barcelona, El Viejo Topo, 2005.
104 AHPCE/TMM, 70.
105 AHPCE/MCI, 137, 13.
106 S. Carrillo: Mañana, España. Conversaciones con Regis Debray y Max Gallo, París, Ebro, 1975, p. 96.
107 A. Donofrio y J. F. Fuentes: «El concepto de totalitarismo en el debate político italiano: una historia particular (1923-1994)», Revista de Estudios Políticos, 1, 2016, pp. 13-40.
108 J. F. Fuentes: «How words reshape the past: The old, old story of Totalitarianism», Politics, Religion & Ideology, 2-3, 2015.
109 C. J. Friedrich y Z. K. Brzezinski: Totalitarian Dictatorship and Autocracy, Cambridge, Harvard University Press, 1956; H. Arendt: The Origins of Totalitarism, Nueva York, Harcourt, 1951.
110 E. Traverso: El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador, Valencia, Universitat, 2013, pp. 136-139.
111 H. Arendt: «Los ex comunistas» y «Religión y política» (1953), en Ensayos de comprensión, 1930-1954. Escritos no reunidos e inéditos de Hannah Arendt, Madrid, Caparrós, 2005, pp. 425-469. Ambos textos son de 1953. Sobre las derivaciones, transmutaciones y usos de las visiones sobre totalitarismo véase particularmente E. Traverso: El totalitarisme. Història d’un debat, Valencia, Universitat, 2002.
112 G. R. Utley: Picasso. The Communist Years, New Haven, Yale University Press, 2000, pp. 3-11 y 134-146.
113 E. Nolte: La guerra civil europea, 1917-1945: nacionalismo y bolchevismo, México, FCE, 2001 (la edición original en alemán es de 1989).
114 F. Furet: El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, FCE, 1995.
115 S. Courtois et al.: El libro negro del comunismo, Barcelona, Ediciones B, 2010 (la edición original es de 1997), y en esta misma obra, íd.: «Los crímenes del comunismo», pp. 15-51; R. Conquest: The Great Terror: Stalin’s Purge of the Thirties, Nueva York, Macmillan, 1968.
116 S. Courtois y J-L. Panné: «La sombra del Nkvd proyectada en España», en El libro negro…, pp. 437-460; R. Ceamanos: «El uso público de la historia en el espacio público francés. El debate sobre la historia del comunismo», en C. Forcadell et al. (ed.): Usos públicos de la Historia, Zaragoza, Asociación de Historia Contemporánea, 2002, p. 93.
117 M. Lazar: «Le Livre noir du communisme en débat», Communisme, 59-60, 1999, p. 9.
118 M. Lazar: Le communisme…, pp. 115-120.
119 P. Preston: The Last Stalinist. The Life of S. Carrillo, Londres, William Collins, 2014.
120 Véase L. Boswell: «L’historiographie du communisme français est-elle dans une impasse?», Revue Française de Science Politique, 5, 55, 2005, p. 19.
121 G. Eley: Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 287 y ss.
122 14 de Abril. Las soluciones que presenta el Partido Comunista, París, Mundo Obrero en el Sena, 1949.
123 C. Molinero y P. Ysàs: «El PCE y la democracia…», pp. 115-139.
124 Ibíd., p. 115.
125 S. Juliá: «Orígenes sociales de la democracia en España», Ayer, 15, 1994, p. 186.
126 R. Cruz: «Como Cristo sobre las aguas. La cultura política bolchevique en España», en A. Morales Moya (coords.): Ideologías y movimientos políticos, Madrid, Nuevo Milenio, pp. 190-191.
127 Véase A. Donofrio: El fracaso del eurocomunismo: razones y reflexiones sobre el giro del movimiento comunista en Occidente (1975-1982), Madrid, Universidad Complutense, 2012, pp. 54-89. Véase también M. Lazar: «El eurocomunismo, objeto de historia», Historia del presente, 2011, pp. 59-66; A. Botti: «El PCI y la izquierda en la Italia de los años setenta»; y S. Buj: «El ocaso del Partido Comunista Francés: los años setenta», en C. Molinero y P. Ysàs (eds.): Las izquierdas…pp. 15-31 y 33-58 (resp.).
128 Del Rosal formó parte del Grupo de los Cien Niños, escindido de las Juventudes Socialistas, que en abril de 1920 creó uno de los colectivos que dieron forma al PCE. Retomó su militancia socialista a inicios de los años treinta, se alineó con el ala caballerista hasta inicios de 1937 y acabó siendo expulsado del PSOE en 1946 junto a Juan Negrín y Julio Álvarez del Vayo. Decidió incorporarse al PCE dos años después, arrancando así una militancia que simultaneó con su presencia en la UGT y mantuvo hasta su muerte en 1991.
129 FPI/AADR, 346-2 y 346-3.
130 A. del Rosal: «Cincuentenario del PCE. Anécdotas y recuerdos», Nuestra Bandera, 4.º trimestre 1970 / 1.er trimestre 1971, pp. 41-50.
131 Véase Un futuro para España: la democracia económica y política, París, Ebro, 1967.
132 S. Carrillo y S. Sánchez Montero: PCE, Bilbao, Albia, 1977, pp. 39-40 y 49-51.
133 J. Tusell: «El PCE y la democracia», El País, 2 de diciembre de 1976, p. 9.
134 J. Fontana: «Los comunistas en el final de la dictadura», en Nosotros los comunistas…, pp. 412-413.
135 A. Applebaum: Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos, Debate, Barcelona, 2004; y El Telón de Acero. La destrucción de Europa del Este, 1944-1956, Barcelona, Debate, 2014.
136 K. Ghodsee: «Tale of two Totalitarianisms: the crisis of Capitalism and the historical memory of Communism», History of the Present, 4, 2, 2014, pp. 115-117; F. Erice: Guerras de la memoria y fantasmas del pasado. Usos y abusos de la memoria colectiva, Oviedo, Eikasia, 2009, pp. 221-222 y 233-238; T. Judt: Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, Madrid, Taurus, 2006, pp. 1173-1177.
137 B. Studer: «Penser le sujet stalinien», en Le sujet communiste…, pp. 36-37; e «Introduction», en B. Studer, Berthold Unfried e I. Herrmann (eds.): Parler de soi sous Staline. La construction identitaire dans le communisme des années trente, París, Maison des sciences de l’homme, 2002.
138 S. Kotkin: Magnetic Mountain: Stalinism as Civilization, Berkeley, University of California Press, 1995. Como visión general, véase J-M. Landry: «La formation du sujet stalinien: littérature et subjectivité en Russie soviétique», Anthropologie et Sociétés, 32, 1-2, 2008, p. 253.
139 Esta tesis ya fue expuesta en S. F. Cohen: Rethinking the Soviet Experience. Politics and History since 1917, Oxford, Oxford University Press, 1985. En la misma línea, véase J. Arch Getty y R. Thompson (eds.): Stalinist Terror: New Perspectives, Cambridge, Cambridge University Press, 1993.
140 D. Priestland: Bandera roja…, pp. 285 y ss.
141 Una muestra de este tipo de lecturas, en J. Fürst: Stalin’s Last Generation. Soviet Post-War Youth and the Emergence of Mature Socialism, Oxford, Oxford University Press, 2010.
142 I. Halfin: Intimate Enemies: Demonizing the Bolshevik Opposition, 1918-1928, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2007; y Stalinist Confessions: Messianism and Terror at the Leningrad Communist University, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2009. Véase también N. Skradol: «Funny enemies. The humorous Performative in the Stalinist master narrative», Journal of Political Ideologies, 17, 3, 2012, pp. 281-299.
143 S. Davies: Popular Opinion in Stalin’s Russia. Terror, Propaganda and Dissent, 1934-1941, Cambridge, Cambridge University Press, 1997.
144 F. Cobo: «Opinión popular y actitudes sociales en los regímenes fascistas y totalitarios de la Europa de entreguerras. Un balance historiográfico», texto inédito presentado en el seminario Actitudes Políticas y Opinión Popular durante el franquismo, Universidad Complutense de Madrid, 2012.
145 Sobre el impacto de esta historiadora, G. Alexopoulos et al. (eds.): Writing the Stalin Era: Sheila Fitzpatrick and Soviet Historiography, Nueva York, Palgrave, 2011.
146 S. Fitzpatrick: «Culture and politics under Stalin: a reappraisal», Slavic Review, 35, 2, 1976, p. 215. Véase también S. Fitzpatrick: The Cultural Front: Power and Culture in Revolutionary Russia, Ithaca y Londres, Cornell University Press, 1992; Stalin’s Peasants: Resistance and Survival in the Russian Village After Collectivization, Oxford, Oxford University Press, 1995; y Everyday Stalinism: Ordinary Life in Extraordinary Times: Soviet Russia in the 1930s, Oxford, Oxford University Press, 1999. Véase igualmente L. Viola: Peasant Rebels Under Stalin: Collectivization and the Culture of Peasant Resistence, Oxford, Oxford University Press, 1998; y Contending with Stalinism: Soviet Power and Popular Resistance in the 1930s, Ithaca y Londres, Ithaca University Press, 2002.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.