Kitabı oku: «Risainetes»

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RiSainetes

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jimenez

Primera edición: Septiembre, 2011

RiSainetes

© José Cedena

© éride ediciones, 2011

Collado Bajo, 13

28053 Madrid

éride ediciones

ISBN libro impreso: 978-84-15160-98-4

ISBN libro electrónico: 978-84-15425-01-4

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Todos los derechos reservados


José Cedena

RiSainetes


A mi padre,

uno de los hombres más buenos que he conocido

en este mundo:

¡Que se siembre todo el cielo de olivares!

¡y de trigo!… ¡y de cebada!… ¡y de centeno!

¡Que se llene de viñedos!… ¡melonares!...

porque acaba de llegar por esos lares

el labrador más genuino… ¡y el más bueno!

José Cedena

Desdedicatoria

A Guardiola:

Supongo que será la primera vez en la historia de la Literatura que un libro aparece con una «desdedicatoria». Pues bueno… alguna vez tenía que ser la primera. Como entiendo que me equivoqué al hacer una dedicatoria, utilizo esta palabreja en tono humorístico para desdecirme.

La dedicatoria en cuestión es la que le hice a Guardiola en uno de mis libros anteriores, «Saineterapia», donde le presentaba prácticamente como el paradigma de la deportividad y el fair play. Y, como ahora considero que lo hice exageradamente, intento con esto corregir mi error. Aunque la verdad es que no es más que una excusa para —aparte de intentar enmendar mi candidez— opinar sobre un tema que me preocupa muy mucho: esos enfrentamientos «Madrid-Barcelona» o «Barcelona-Madrid». Y, como no tengo ninguna columna en un diario deportivo… pues aprovecho esta «desdedicatoria» para hacerlo. Sé que no es el sitio más lógico, pero bueno, como al fin y al cabo no hago nada malo, sino que, por el contrario, intento aportar mi granito de arena para mejorar eso que me gusta tanto que es el fútbol… pues lo hago y ¡santas pascuas!, como dicen en mi pueblo. No me gusta quedarme cruzado de brazos mientras algo de mi entorno, algo tan bonito, se envilece cada vez más. El ambiente de crispación que han creado entre unos y otros es insostenible. Algún día puede llegar a pasar algo grave. De ahí que todos los granitos de arena que podamos aportar para evitarlo, desde cualquier parte, bienvenidos sean.

Estoy convencido de que si hay violencia en el fútbol, si hay fanatismo, es porque a todos los estamentos involucrados les interesa fomentar el «borreguismo» para mantener vivo el negocio a los niveles que se mantiene. Incluso a los políticos les interesa mantener ese «borreguismo» para esconder la realidad social, para desviar la atención, para mantener a la gente entretenida y evitar movimientos como el de los indignados del 15-M. Por eso, si nosotros, todos los que nos gusta el fútbol bien entendido, no nos involucramos e intentamos arreglarlo, cada uno dentro de sus posibilidades, no creo que lo vaya a hacer nadie.

Creo que mi romanticismo futbolístico, mis deseos de que pueda haber, en este mundillo tan insano, alguien que merezca la pena, alguien que venga a purificarlo… me llevó a idealizar a Guardiola precipitadamente. Pero, visto lo visto, entiendo que no deja de ser uno más. Quizá más cínico, quizá más hipócrita, quizá más listo o quizá un poco mejor que los otros… pero uno más en este circo pesetero, hipócrita y especulador que es el fútbol.

No cabe duda de que es un entrenador brillante, muy brillante, pero como paradigma de la deportividad, se ha descartado él solo con una serie de actuaciones:

-Se descarta él solo con lo que le hizo a Ronaldo, apartándole el balón, provocando con ello enfrentamientos entre compañeros de selección y no molestándose siquiera posteriormente en evitar esos enfrentamientos que había provocado. Incluso, lo que es peor, esa acción tan ridícula pudo generar violencia entre los aficionados.

-Se descarta él solo cuando consiente, no critica —y dudo que no promueva— el comportamiento teatral y antideportivo de algunos de sus jugadores (Alves, Busquets y Pedro), incluso hasta, en algún caso, racista (Busquets); cuando no condena el balonazo de Messi al público, etc., etc., etc. Comportamientos impropios de quienes pretenden abanderar el juego limpio y que, como proclama continuamente su presidente —que debe desayunar cada día cinismo con magdalenas— representan unos «valores».

-Se descarta con su cambio de actitud ante la prensa, mucho más prepotente y nada que ver con la humildad de la primera temporada. Y, sobre todo… con lo de «la Central Lechera». Yo detesto a la prensa partidista. Me parece que un profesional de la información debe ser, ante todo y sobre todo, objetivo. Y, efectivamente, en la prensa de Madrid hay varios periodistas que de objetivos tienen muy poco; pero, si hay una prensa deportiva generalizadamente partidista, ésa es…. la catalana. Por eso entiendo menos aún ese desafortunado ataque a la prensa madrileña.

-Se descarta cuando entra al trapo con su colega Mourinho, con lo del «puto amo», bajándose casi a la altura del otro.

-Se descarta cuando es el que inicia la «estampida» azulgrana en la entrada de Marcelo a Cesc, que degenera en la vergonzosa tangana final de la Supercopa. Aunque se da cuenta y se frena enseguida —quizá porque iban ganando— e intenta frenar a los demás, aunque ya era tarde.

-Etc., etc…

Ya me habían advertido: «Habrá que verle cuando pierda»…, «habrá que verle en la derrota». Y, efectivamente, no ha tardado en empezar a vérsele el plumero.

Decía en mi dedicatoria que él había conseguido que un madridista como yo fuera del Madrid… y del Barcelona; pues bien, con esos cuatro enfrentamientos, con esos seis enfrentamientos, después de la Supercopa, han conseguido, él, Mourinho y todos los jugadores del Madrid y del Barcelona, que me avergonzara de ser del Madrid… y del Barcelona.

Lo que más pena me da es que estos grandísimos jugadores, estas grandísimas personas, internacionales del Madrid y del Barcelona, han perdido una enorme oportunidad de engrandecer el fútbol. El mundo entero estaba pendiente de ellos y, en esos seis partidos, han dado, unos y otros, un espectáculo bochornoso. Nada edificante para millones y millones de niños. Compañeros de selección que habían sido un ejemplo para todos, tanto como futbolistas como personas, los vimos enfrentados entre ellos, pisoteándose y tirando por tierra todo lo que habían conseguido anteriormente como iconos del fair play. Me dio auténtica pena ver a Arbeloa y a Ramos pisoteando y levantando enseguida a su amigo, a su compañero de selección, Villa. Y me dio más pena aún ver a Casillas —quizá el máximo exponente de la deportividad, de la coherencia y de todos los buenos valores de este deporte— dejarse contaminar también por ese grandísimo entrenador pero impresentable como persona y como deportista llamado Mourinho, y adoptar actitudes que antes hubieran sido impensables en él, como en esas imágenes tocándose la cara frente a la cámara, en clara alusión a llamarles «jetas», cayendo también en el error de crear más discordia en vez de intentar cortar ese brote tan dañino que había surgido entre amigos, entre compañeros ejemplares de selección. Máxime cuando él era, es, el capitán de la selección. Me volvió a dar pena cuando al final de la Supercopa hizo esas declaraciones, tan poco fundamentadas como desafortunadas, en referencia a que Cesc se había tirado «como hacen siempre», cuando Marcelo le había hecho una entrada escalofriante. Y mejor no hablar del comportamiento de Pepe y Marcelo, absolutamente vergonzoso.

En fin, no quiero que esta «desdedicatoria» se entienda como algo despectivo hacia Guardiola. Solamente pretendo modificar lo que dije sobre él, porque creo sinceramente que lo sobrevaloré. Sigo pensando que es uno de los mejores —si no el mejor—, pero no es lo que yo creía que era. No es el ejemplo a seguir. Más bien creo que su buena actitud —la que a mí me confundió— no es más que una pose que perdió en cuando se empezaron a poner mal las cosas, y que perderá totalmente en cuanto lleguen las derrotas. A lo mejor estoy equivocado, ¡ojalá!; pero, a día de hoy, es lo que pienso.

¡Ah! Quiero que quede bien claro que, en esta vorágine de desatinos acaecidos durante estos seis famosos encuentros, entiendo que hay mucha más parte de culpabilidad por parte del Madrid —fundamentalmente por su entrenador— que por parte del Barcelona. Lo que pasa es que a Mourinho no es al que le había hecho la dedicatoria.

Autoescuela Fitipaldi (II)

Personajes

FITI

LEONCIA

PEPORRO

DOLORES

LISARDA

(Se abre el telón, mientras suena la canción «Amigo conductor», de Perlita de Huelva. La escena está vacía. Por el decorado se puede intuir fácilmente que se trata del aula de clases de una autoescuela, «Autoescuela Fitipaldi», según reza en un cartel que hay colgado en el centro del escenario. Las paredes están adornadas con pósters de señales de tráfico y motivos relacionados con la circulación. Una mesa de despacho a la izquierda y varias sillas —con el correspondiente accesorio para apoyarse al escribir— frente a ella, integran todo el mobiliario. Por la derecha llega Fiti. Es el dueño de la autoescuela. Hombre muy presumido y muy redicho. Lleva en la cabeza una aparatosa venda y anda, con cierta dificultad, apoyándose en una muleta. Se sienta junto a la mesa, abre la carpeta que hay encima y hojea unos papeles. Al momento, por la derecha también, entra Leoncia. Es una mujer gorda y grande, con los carrillos de la cara muy colorados y con aspecto de pueblerina y de tener pocas «luces»).

LEONCIA. Buenos días, seño.

FITI. Buenos días, Leoncia. Y no me llames «seeeeeño…».

LEONCIA. ¡Uy! Si es que se me escapa siempre. Es la costumbre de cuando iba a la escuela. Como desde entonces no he vuelto a estudiar… (Se sienta en una de las sillas, abre el manual de circulación y se pone a repasarlo).

(Llega Peporro, conocido por «Peporro el del porro». Viste la clásica indumentaria del muñeco jamaicano con el que se identifica al reggae y a la marihuana: camiseta amarilla, pantalón verde, gafas oscuras, gorro multicolor y unas enormes rastas. Por la risa insulsa con la que acompaña todos sus comentarios, se le presupone bastante «colocado»).

PEPORRO (Muy efusivo). ¿Qué paaaassssaaa…, troncos? Je, je, je…

FITI. Buenos días, Peporro.

LEONCIA. No pasa ná, Peporro… ¿Qué va a pasar?

PEPORRO. Je, je, je… Es un saludo, Leoncia, jodeeer… je, je, je…

LEONCIA (Con una inocencia que evidencia sus pocas luces). Aaaahhh… Como has dicho que qué pasaba…, pensaba que te creías que es que pasaba algo. Y como no pasa ná…, por eso te he dicho que no pasa ná. ¿Me entiendes lo que te quiero decir…?

PEPORRO. Je, je, je… Joer, Leoncia… Tú…, o te pasas más que yo todavía con los porros… o es que te patinan las neuronas más de la cuenta, tronca. ¡Pues claro que te entiendo, joder! Je, je, je… (Se sienta también y suelta el manual, pero sin abrirlo. Se reclina hacia atrás y pone la pierna encima del accesorio de escribir). Por cierto, Leoncia…, siempre llegas la primera, jodía.

LEONCIA. Porque la camioneta de mi pueblo llega mu pronto y me aburro por ahí.

FITI. Vete repasando los test, Peporro, mientras llega Dolores, que os voy a preguntar ahora.

PEPORRO. Yo passssso…, colega. Si a mí no me hace falta estudiar. Esto está chupao.

FITI. Me parece a mí que tú eres un poquito chulo. ¿Que no…, Peporro?

PEPORRO. Qué va, tronco. Pa chulo, chulo… ¡mi pirulo! Je, je, je… (Pequeña pausa). ¿No tendrás por ahí un porrito por casualidad?

FITI. Te he dicho mil veces que yo no fumo porros. Y además, aquí no se puede fumar. Y menos porros.

PEPORRO. ¡Joer!, tronco, qué mal rollo. Pues vámonos a conducir, joder…, que esto de estudiar es mu aburrío.

FITI. ¡Y dale…! Que ya te he dicho otras mil veces que cuando os vea preparados.

PEPORRO. Pero si yo estoy a tope, tronco.

FITI. Sííí… A tope de porros, es lo que estás tú.

(Entra Dolores. Es una joven muy extraña. Seria, de mirada siniestra, viste una especie de hábito morado, abrochado hasta el cuello, y se puede apreciar claramente que no se ha depilado en su vida, pues luce un poblado entrecejo y un no menos abundante bigote. Saluda de manera muy religiosa y va derecha a sentarse).

DOLORES. Ave María Purísima.

PEPORRO (Se pone de pie, levantando la palma de la mano a modo de saludo romano). ¡Ave, tronca! Los que van a examinarse te saludan, je, je, je…

DOLORES (Mirándole con rabia y desprecio). ¡Imbécil! ¡Porrero!

PEPORRO (Levantando la mano y haciendo con los dedos una uve, como hará siempre que diga esto a partir de ahora). Paz y amor, tronca, paz y amor, je, je, je…

(Dolores le ignora, suelta el manual de circulación y se dispone a rezar el rosario).

LEONCIA (Levantando la mano). Seño..., ¿puedo ir a cambiar el agua a los garbanzos?

FITI. Que no me llames seeeeeeño… Que me llames Fiti.

LEONCIA. Vale, seño. O digoooo… Fiti. ¿Puedo ir?

FITI (Extrañado). ¿A dónde…?

LEONCIA. A cambiar el agua a los garbanzos.

FITI (Más extrañado aún). ¿A los garbanzos…? ¿Dónde tienes los garbanzos?

LEONCIA. No, si no tengo garbanzos. Es como llamamos en mi pueblo a ir a mear, pero en fisno.

PEPORRO. Je, je, je… Qué jodía, la Leoncia.

FITI. ¡Aaaahhh…! Sí, claro. Ve, Leoncia, ve.

(Leoncia se levanta y se dispone a irse).

PEPORRO. Leoncia, tronca, si vas a mear, llévate la mía ya de paso, je, je, je…

DOLORES (Santiguándose, escandalizada). ¡Alabado sea el Santísimo!

LEONCIA. Ésa pa tu padre. Como se lo diga al Niceto…, se la va a llevar él… ¡pero en rodajas!

PEPORRO (Echándose mano enseguida, como queriéndose proteger la zona). ¡No jodas, tronca! No le digas ná. Que era una broma, joder, que era una broma, je, je, je…

DOLORES. Di que díselo, Leoncia, a ver si aprende el porrero éste (Sale Leoncia).

PEPORRO (A Dolores). Que a ti no te he dicho ná, tronca, que a ti no te he dicho ná… A ti no te digo que te la lleves, que tú te la quedas, je, je, je…

DOLORES (Apretando los dientes con rabia). ¡Desgraciao!

PEPORRO. Paz y amor, tronca, paz y amor, je, je, je…

FITI. Bueno, venga, dejad ya de insultaros y poneos a repasar.

PEPORRO. Pero si es aquí, Santa Rita, tronco, que tiene más mala hostia que un mico, je, je, je… (Dolores le fulmina con la mirada. Luego vuelve la cabeza y sigue rezando el rosario). Paz y amor, tronca, paz y amor, je, je, je… (A Fiti). ¿Has visto cómo mira, tronco…? ¿A que acojona? Ésta, cada vez que mira echa mal de ojos (Tocándose la cabeza). Yo creo que por eso me duele a mí de vez en cuando la chinostra, tronco (Dolores vuelve a girar la cabeza hacia él, fulminándole de nuevo, y enseguida vuelve a su rosario).

FITI. Eso es por tantos porros como te fumas.

PEPORRO. Que no, tronco, que no… Que me duele desde que vengo aquí con ella. Los días que no vengo, no me duele. Seguro que con las dos miradas que me ha echao…, hoy me va a doler todavía más.

DOLORES (Levantándose como un resorte y amenazando con coger la silla). ¡Y más todavía que te va a doler con el silletazo que te voy a pegar!

PEPORRO. Paz y amor, tronca, paz y amor…, je, je, je…

FITI. Venga, Peporro, estudia y calla.

PEPORRO. Que no, tronco, que yo no estudio… Que siempre que estudio me salen retevos.

FITI (Muy extrañado). ¿Qué son retevos…?

PEPORRO. ¡Ronchas en los güevos! (Estallando en carcajadas). Je, je, je, je, je…

(Dolores se santigua, mientras mueve ligeramente la cabeza y se muerde al labio inferior).

FITI (Visiblemente molesto). Ya me estás empezando a cabrear, Peporro.

PEPORRO. Je, je, je… No te cabrees, tronco, no te cabrees, que era una broma, joder… Además, que cuando te cabreas, me dijo un médico que, si te cabreas mucho, se te puede llegar a reventar el flete.

FITI. Y ¿qué es el flete?

PEPORRO. ¡El agujero el ojete! (Más exagerado aún en sus risas). Je, je, je, je…

(Dolores vuelve a santiguarse acentuando aún más sus muecas).

FITI. ¡Vete a la mierda, Peporro!

PEPORRO. Paz y amor, tronco, paz y amor… Je, je, je, je… No te mosquees, joder… Que ya sabes que es que me gusta mucho hacer rimas.

FITI (Adoptando un tono más imperativo). Bueno, vale ya. Ponte a repasar.

PEPORRO. Que yo paso de esto, tronco. Que lo mío es el volante, joder. Venga, Fiti, enróllate. Vamos a conducir.

LEONCIA (Entrando). Venga sí, seño, vamos a conducir, porfa.

FITI. Que no, Leoncia. Que no tengo ganas de morir tan joven. Y no me llames seeeeeeño…

DOLORES (Agarrándose un escapulario que lleva colgado del cuello). No te preocupes, Fiti, que nos protege la Santísima Virgen de los Remedios.

FITI. Que no, Dolores, que no…, que no tengo ganas de que me destrocéis más coches.

PEPORRO. Oye, tronco…, que nosotros no te hemos destrozao ningún coche.

LEONCIA. Es verdad, seño…

FITI. Que no me llames seeeeeño…

DOLORES. Aunque me cueste, por una vez le tengo que dar la razón al porrero éste. Nosotros todavía no hemos podido romperte ningún coche porque no hemos conducido.

FITI. Vosotros no, pero los del grupo que tuve hace tres meses me destrozaron tres o cuatro coches. Sobre todo una vieja de ochenta y cuatro años, que a toda costa quería conducir antes de tiempo, igual que vosotros…, se empeñó y me la lió parda por hacerle caso. Se cargó mi mejor coche, conmigo dentro.

LEONCIA. ¿Y te mató…?

FITI. Pero, ¿cómo me va a matar, Leoncia, si estoy aquí…?

LEONCIA. Ah, claro.

PEPORRO. Je, je, je… Esta Leoncia no atasca la jodía.

FITI. No me mató, pero después de tres meses, todavía me duran las secuelas (Señalando a la muleta y la cabeza vendada). Menos mal que no ha vuelto, que si sigue aquí… tengo que cerrar la autoescuela.

LISARDA (Entrando por la derecha). Mu buenas.

FITI (Dando un grito de terror al verla). ¡Lisarda!

LISARDA. Pero leche…, pues sí que te has puesto contento de verme…

PEPORRO (A Lisarda). ¿Qué pasa, colega…?

LISARDA. ¡Andaaa…! Pero si es Peporro el del porro. ¿Que te estás sacando tú también el carnet, hermoso?

PEPORRO. Aquí estamos, tronca, a ver si el menda éste nos deja conducir ya de una vez.

LISARDA (Observando a los demás. A Dolores). ¡Coño! ¿Que no eres tú la que te juntaste con Peporro y conmigo en la consulta del médico, que tenía alergia a los gatos…?

DOLORES (Muy seca). Sí, señora, soy yo.

LISARDA. Sufrimientos te llamabas, ¿verdad, hermosa?

DOLORES. No, señora, Dolores.

LISARDA. ¡Eso, Dolores! ¿Que sigues teniendo alergia a los gatos…?

DOLORES. Sí, señora, mucha.

LISARDA (Sigue inspeccionando. A Leoncia). A ti no te conozco, ¿verdad, hermosa?

LEONCIA. Ah, no sé… Usted sabrá. ¿Cómo voy a saber yo sus conocencias…?

LISARDA. ¡Anda, leche…! ¿Tú me conoces a míí…?

LEONCIA. Yo, no.

LISARDA. Pues entonces… ¿cómo te voy a conocer yo a ti?

LEONCIA. Pudiera ser que yo no la conociera a usted, pero usted a mí sí… Yo puedo saber lo que yo conozco, pero no puedo saber lo que conoce usted. ¿Me entiende lo que la quiero decir…?

LISARDA (Perpleja. Gira la cabeza lentamente hacia Peporro). ¿Ésta también fuma porros como tú, Peporro?

PEPORRO. Je, je, je… No sé, tronca. Yo pa mí que es que le patina un poco el embrague (Tocándose la cabeza).

LISARDA (Mirando a un lado y a otro, terminando su inspección). Bueno…, y los demás que estaban conmigo, ¿es que ya se han rendío…?

FITI. Sí, señora. Y es lo que tenía que hacer usted.

LISARDA. ¡Te vas a ver negro! ¡La Lisarda no se rinde nunca!

PEPORRO. ¡Ole tus güevos, tronca! Je, je, je… ¡Cómo mola!

FITI (A Lisarda). Pero…, ¿no había abandonado usted por fin…?

LISARDA (Sentándose). ¡Amos, no jodas! No tengo yo que hacer otra cosa. De aquí no me voy yo hasta que me saque el carnet. Bueno… los carnets, que después del de coche voy a por el de camión.

PEPORRO. ¡Ahí está, tronca! ¡Con dos cojones!

FITI (Abatido). Como lleva usted tres meses sin venir, pensé que ya había desistido.

LISARDA. De eso nada, hermoso. Lo que pasa es que he hecho un alto, pa sacarme el carnet de socorrista, pa este verano.

PEPORRO. Je, je, je… ¿Y te lo has sacao, tronca?

LISARDA. Qué va… No me le he sacao porque no me dejaban de meterme en el agua en viso, pa examinarme. Querían que me quedara medio empelete, los asquerosos.

PEPORRO. Je, je, je… Pero Lisarda, tronca, ¿cómo te ibas a meter en la piscina en viso…? Je, je, je…

LISARDA. En mi pueblo, de toa la vida, nos hemos bañao en el río en viso y nadie ha dicho ná. Así que…, que se metan el carnet por el ojete, pero a mí no me ven el culo esos asquerosos.

FITI. Pero Lisarda…, que tiene usted ochenta y cuatro años… Que a su edad no está ya usted para sacarse carnets…

LISARDA. Eso es porque tú lo dices, ¡hablador! Pues que sepas que ya me he sacao dos. Pa tus cuentas.

PEPORRO. No jodas, tronca… ¿Cuáles?

LISARDA. El de identidad y el de pensionista. Así que…, venga, vámonos a conducir en vez de estar aquí con las paponás estas de los libros.

FITI (Casi implorando). Pero, Lisarda, por Dios…, que la última vez por pocos nos matamos por su culpa.

LISARDA (Evidenciando no aceptar la acusación de Fiti). ¿Por mi culpa…?

FITI. ¡Hombre! No va a ser mía… A ver quién se saltó el Stop…

LISARDA. ¡Nos ha jodío! ¿A quién se le ocurre pintar un «stos» en el suelo en la época de los quintos…? (Mirando a los otros mientras les explica). Como en mi pueblo tenían tó el suelo lleno de pinturajos por esas fechas, pues yo pensé que los habían pintao los quintos. ¿Cómo iba yo a pensar que a algún idiota se le había ocurrío pintar el «stos» en el suelo, en vez de poner una señal como Dios manda…?

LEONCIA. Pues tiene razón la mujer.

PEPORRO (Riendo con gana). Je, je, je, je… Qué jodía la Lisarda…, je, je, je…

FITI. Lisarda, y ¿por qué no cambia usted de autoescuela, a ver? Mire, nada más salir a mano izquierda, dos manzanas más abajo, hay otra autoescuela que creo que es muy buena.

LISARDA. De eso nada, hermoso. Como decía mi pobre Venancio, que en gloria esté… «Más vale lo malo conocío que lo bueno por conocer».

FITI. O sea, que encima, yo soy malo…

LISARDA. ¡Hombre, claro! Si fueras bueno ya tenía yo el carnet hace más de seis meses.

PEPORRO. La verdad, Fiti, colega, es que te pasas con el rollo éste de los test. Menos teoría y más práctica, tronco. Venga, enróllate y vámonos a conducir, joder.

LEONCIA. Venga, sí, seño…

FITI. Que no me llames seeeeeeño…

DOLORES. Venga, sí, Fiti. Confía en el Santísimo.

FITI. No, si yo confío en el Santísimo. En quien no confío es en vosotros.

LISARDA. Venga, Fiti, hermoso. ¿Lo ves, como to el mundo te lo dice…?

FITI (Imponiendo el silencio muy autoritario). Bueno, ¡basta ya! Poneos a repasar que, hasta que no os vea bien preparados con la teoría, no empezaremos con la práctica. Y no hay más que hablar.

LISARDA. Pero qué marimandón…

FITI. ¡Chsssttt…! ¡Silencio!

(Breve pausa, con todos en silencio, aparentemente repasando el manual, excepto Peporro, que mira a un lado y a otro con síntomas de aburrimiento. Por fin se tapa la boca con disimulo y emite un, casi imperceptible, «miau» en el que nadie repara, excepto Dolores, que se sobresalta enseguida y mira a un lado y a otro, inquieta, para terminar clavando su mirada en Peporro, que se hace el despistado, disimulando. Cuando por fin retira su mirada de él, Peporro vuelve a emitir otro «miau», sobresaltando aún más a Dolores, que se mueve nerviosa intentando encontrar el gato).

LISARDA (Percatándose de la situación, esboza una leve risita cómplice). Je, je, je…

(Cuando de nuevo Dolores se tranquiliza, Peporro vuelve a la carga con el «miau». Dolores se levanta, nerviosa, buscando por todos lados más ostensiblemente y mirando de vez en cuando, mosqueada, a Peporro, que sigue disimulando).

LISARDA (Aparte a Peporro). Je, je, je… Qué mala leche tienes, Peporro, jodío…

FITI (Al ver a Dolores tan alterada). ¿Te pasa algo, Dolores?

DOLORES. ¿Tú tienes gatos aquí, Fiti?

FITI. No, no…, qué va.

DOLORES (Mirando, cada vez más mosqueada, a Peporro). Pues entonces, aquí hay gato encerrado.

FITI. Que no, que no, de verdad. Que aquí no hay ningún gato, ni encerrado ni suelto.

DOLORES (Mirando, fijamente ya, a Peporro). Quiero decir que si no hay ningún gato, es que hay algún desgraciao que está haciendo con que lo hay (Con rabia). Y como le pille haciéndolo, se va a acordar de mí para toda su vida.

PEPORRO. Di que sí, Dolores, que hay gente con mu mala leche (Mirando a un lado y a otro). No te preocupes, que si le pillo yo a quien sea, te lo chivo.

LISARDA. Je, je, je…, qué jodío, el porrero.

FITI (Cogiendo el manual y abriéndolo). En fin, vamos a dejarnos de gatos y vamos a ver si habéis estudiado o no habéis estudiado (Hojeando). A ver, a ver, a ver… Peporro, ¿qué indica un semáforo en rojo?

PEPORRO. ¡Buff! Chupao, tronco… ¿Qué va a indicar…? Que no se puede pasar.

FITI. ¡Vaya! Muy bien, Peporro, muy bien.

PEPORRO (Alardeando). Je, je, si ya te he dicho, tronco, que a mí no me hace falta ni estudiar.

FITI. Y si te encuentras un semáforo en rojo, pero hay un guardia de circulación indicándote que pases…, ¿qué tienes que hacer?

PEPORRO. Je, je…, pues mu fácil, tronco. Denunciar al guardia por no saberse las normas.

FITI. Buenooo… Si ya me extrañaba a mí. A ver, Lisarda, ¿qué haría usted?

LISARDA. Yo no, hermoso, yo no le denunciaba…, que este Peporro enseguida tira por la tremenda. Yo me bajaba del coche y, con muchos modales, le decía al señor guardia: «Oiga usted, buen hombre, ¿es que no ha visto usted que está el semáforo en rojo…? Pues, cuando está el semáforo en rojo, es que no se puede pasaaaar… Hay que aprenderse las normas, que es usted guaaardia…».

FITI (Mordiéndose el labio de abajo y echándose la mano a la cabeza en actitud de desesperación). A ver, tú, Leoncia, ¿qué harías tú…, lo que te dijese el semáforo o lo que te dijese el guardia?

LEONCIA. Yo, lo que me dijese el Niceto.

FITI (Resoplando). El Niceto no va contigo, Leoncia, el Niceto no va contigo…

LEONCIA. Pues entonces lo que me dijese mi madre.

FITI (Cada vez más desesperado). ¡Tampoco va tu madre, Leoncia, tampoco va tu madre!

LEONCIA. Que sí, que sí… Que yo no voy nunca sola a ningún sitio, ná más que aquí. Cuando no voy con el Niceto, voy con mi madre. Y como los dos mandan más que yo…

FITI (Desistiendo con Leoncia). A ver, tú, Dolores, ¿qué harías tú?

DOLORES (Tan seria como siempre y muy firme en su contestación). Yo me encomendaría al Altísimo y él me iluminaría.

FITI (Se queda callado, con la boca abierta. Aparte, hablando entre dientes). Pero, ¿qué he hecho yo, Dios mío…? ¿Pero por qué me tienen que tocar a mí todos…, habiendo otra autoescuela ahí al lado…? (A ellos, armándose de paciencia). A ver…, atendedme bien, por favor. En caso de contradicción entre dos señales, hay que tener en cuenta la prioridad. Y siempre prevalece la indicación del agente sobre las demás. ¿Os habéis enterado?

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