Kitabı oku: «Europa»
© José Enrique Ruiz-Domènec, 2010, 2019.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO639
ISBN: 9788491875321
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
INTRODUCCIÓN
1. CON LOS OJOS DESNUDOS (312-622)
2. UN LUGAR CREÍBLE (622-1071)
3. HORIZONTES ABIERTOS (1071-1337)
4. CIUDADES, PRÍNCIPES, REPÚBLICAS (1337-1526)
5. LA HECHURA DE LA EDAD MODERNA (1526-1648)
6. LA ARMONÍA UNIVERSAL (1648-1768)
7. AFINIDADES ELECTIVAS (1768-1848)
8. IDILIO DE LAS NACIONES (1848-1888)
9. EL TIEMPO PERDIDO (1888-1918)
10. ENTRE ACTOS (1918-1945)
11. LAS HERIDAS DE LA EXPERIENCIA (1945-1953)
12. PRINCIPIO Y FIN (1953-1989)
13. UNA UNIÓN PARA LOS EUROPEOS (1989-2019)
EPÍLOGO EUROPA Y LA UNIÓN EUROPEA
BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA
NOTAS
A RICARDO RODRIGO
Con el título Europa. Las claves de su historia, este libro se publicó por primera vez en marzo de 2010; una inesperada pero fructífera buena acogida del público exigió una inmediata reimpresión. Más tarde, a raíz de haber sido finalista del Grand Prix du livre Européen en la edición de 2010 se publicó en francés por la editorial Saint-Simon con el título Le grand roman de notre histoire con notable éxito de público y crítica en su presentación en Le Salon du livre d’histoire de Versailles. Nuevas reediciones vieron la luz. Por fin, en marzo de 2012 apareció la tercera edición con un largo epílogo donde se planteaba el efecto de la crisis económica de 2008-2009 en el devenir de Europa. A partir de entonces se fue convirtiendo en un libro de referencia y culto, citado a menudo en los medios de comunicación. Hoy, que se decide a publicar una nueva edición corregida y ampliada, el autor ha podido analizar en retrospectiva el período de treinta años que abarca desde la caída del Muro de Berlín, en el otoño de 1989, a la solución final al Brexit, en el otoño de 2019. El autor confía que esta nueva edición vuelva a representar para sus lectores la verdadera expresión del espíritu de la historia del siglo XXI a la hora de afrontar un tema tan complejo como es Europa.
Barcelona, 1 de octubre 2019
INTRODUCCIÓN
Desnudo al pie lo lleva recogido
Porque el agua del mar no se lo bañe
y con aire de miedo y desconsuelo,
llamar parece en vano a sus amigas
que, en medio del verdor y de las flores,
dolientes lloran todas a Europa.
«¡Europa!», oye la playa, «¡Europa, vuelve!»;
y el toro, mientras nada, el pie le besa.
ANGELO POLIZIANO
AHORA QUE TODO ES NUEVO
Todavía una historia más.
Y apenas hemos sido iniciados en ella; nos hemos juramentado, eso sí, en aprender de sus errores para no repetirlos; saber del pasado para construir el futuro. Se puede intentar desde el sentido común, de forma decorosa y honesta, en el convencimiento de que la concepción europea del mundo es una idea de orden moral de la sociedad, creada a través de un ajustado aprendizaje, llámese civilidad o cortesía, crucial en la integración de los individuos en un objetivo común; un gesto humano, demasiado humano para dejarlo en manos de unos dogmáticos capaces de llevarnos au bout de la nuit, como advirtió Céline. La educación es más necesaria que nunca ahora que todo es nuevo.
La historia de Europa es poderosa y tiene su propia gravedad. Quiero ofrecer aquí mi narración de lo sucedido; luego llegará el tiempo de enjuiciarlo, si le place al lector. El espíritu de indagación y la curiosidad fueron los detonantes de este libro hace ahora cuarenta años. De entonces son los primeros bocetos.
En marzo de 1968, cuando hice el equipaje para viajar a Europa, pocos creían en ella. Eran los tiempos en que aún se podían ver las huellas del cisma entre el este comunista y el oeste capitalista. Comentabas alguna cosa y al instante se hablaba de la Guerra Fría; en cambio el Tratado de Roma solo provocaba la sonrisa de los euroescépticos y la reprobación de los partidarios del socialismo real. Pensé que era un proyecto decidido, pero carecía de formación para defenderlo. En el ambiente flotaba el deseo de un cambio que pusiera fin a la división pactada en los tratados internacionales; pero no había consenso en la manera de hacerlo. En Varsovia y Budapest se apostaba por una vía, en Roma y Berlín por otra; en los extremos, París y Praga, preocupaban las proclamas juveniles que hablaban de llevar la imaginación al poder. No se encontraron argumentos sólidos para provocar un vuelco de la situación: muchas protestas, muchas teorías y escasas posibilidades. Europa siguió dividida veinte años más.
¡Cómo! Eso fue así, salvo que aceptemos el pensamiento débil donde la verdad de los hechos solo se demuestra por la reiteración aforística, en staccato, y escasamente objetiva, de la propaganda política. Luego, al instalarse la Comisión Europea en Bruselas, se vio que el porvenir se ligaba a una poderosa fuerza en auge: la administración comunitaria. Entonces fue habitual pensar Europa en contra de la opinión de los amateurs; al menos se hacía en algunos libros que no rehusaron la responsabilidad de afrontar los temas permanentes, pero litigiosos, para refugiarse en investigaciones sin valor. Se buscaron precedentes de esa actitud comprometida. La concepción de la unidad europea es ciertamente un elevado ideal, cuyo vigor radica tanto en las esperanzas de un futuro prometedor como en la ajustada interpretación del pasado.
En un pasaje del humanista Eneas Silvio Piccolomini, escrito hacia 1458, se puede leer: nunc vero in Europa, id est, in patria, in domo propria, in sede nostra, percussi caesique sumus, que traducido queda: «Ahora verdaderamente en Europa, vale decir, en nuestra patria, en nuestra casa, hemos sido atacados y muertos». Al escribir sobre un suceso relevante de su tiempo (la caída de Constantinopla en poder de los otomanos), Piccolomini halló lo que andaba buscando: el cosmos europeo. Había encontrado el buen camino. Muchos le siguieron: humanistas cuyos argumentos se juzgaron irrefutables.
El cosmos europeo constituye un ordenamiento complejo de la realidad con más de mil quinientos años de vigencia: se fraguó en la Edad Media. Históricamente marcó el devenir de un mosaico de pueblos con tradiciones, lenguas y puntos de vista diferentes, incluso opuestos, origen de confesiones, recuerdos y heridas. Es la patria de las ocasiones perdidas, de los sueños que convierten los molinos de viento en gigantes, de las utopías sociales imbuidas de un sentido de la rectitud a la par estético y moral, de la libertad, de los riesgos y oportunidades, de la ciencia.
En 1935, Edmund Husserl habló de que ese cosmos debía protegerse para que no fuera arrollado (como así fue) por unas ideas diabólicas que acabaron en un baño de sangre. Conviene no olvidarlo, ya que lo nuevo no está reñido con la capacidad de recordar lo sucedido, e incluso de denunciarlo. «Nunca esa inocencia otra vez», dijo Philip Larkin al referirse a la confusión previa a la Gran Guerra. No vaya a ser que volvamos a sentir la halagadora nostalgia por un pasado inventado, falso.
Ahora que todo es nuevo, la situación se ha vuelto crucial. Los viejos valores no convencen a la sociedad, pero no se han difundido los que deben sustituirlos. Ignoramos lo que sucederá mañana, pero podemos mejorarlo si aceptamos que el pasado tiene muchas cosas que enseñarnos; por ejemplo, la complejidad de cualquier cuestión, una crisis económica, un revés político, una guerra, un atentado terrorista, una catástrofe. Es la mejor vacuna contra el dogmatismo y la necedad con los que se acostumbra empedrar el camino del desastre. Y sin grandeza alguna. Porque, de repente, todo queda claro, cualquier necio puede tomar una decisión catastrófica por toda una serie de secuenciadas razones: la imposibilidad de prever un problema, de percibirlo una vez se ha producido, la incapacidad para disponerse a resolverlo una vez que se ha percibido y el fracaso en las tentativas de encontrar la solución.
Una duda se extiende entre los europeos, como ya pasó a comienzos de la Edad Moderna: ¿será Europa un museo que gestione sus antiguas glorias o por el contrario un laboratorio que permita seguir a la vanguardia de la modernización en el campo de la ciencia, la tecnología y el pensamiento? ¿O será ambas cosas a la vez? El futuro está condicionado por dos factores de primer orden, que han surgido en fechas recientes y que nadie pudo predecir antes de su repentina aparición. Uno de ellos es el avance de la globalización y el libre mercado, que exige competir con las potencias emergentes conocidas como Bric (Brasil, Rusia, India, China) y con el imperio irresistible de Estados Unidos. El segundo factor es que la Unión Europea requiere una historia que describa sus valores comunes y sus objetivos. De nada sirve avanzar hacia adelante sin conocer lo que se deja atrás. El peligro es deslizarse a la oscuridad de la desmemoria, perder la nitidez de lo que pasó y con ella la cordura.
La historia de Europa no es una cadena de acontecimientos, sino una serie de problemas: fundamentales e ineludibles problemas, dijo Geoffrey Barraclough en una de sus habituales charlas en la BBC. Todo aumento de conocimiento, en vez de simplificarlos, los complica; hace menos fácil conseguir una solución bien definida, tajante. Es precisamente esa problemática lo que ha cautivado a las figuras estelares de cada generación; y, al considerar una y otra vez los problemas centrales, la historia se ha renovado a sí misma, descubriendo nuevos impulsos y nuevas perspectivas. En tres ocasiones ha ocurrido así; en el siglo IV cuando tuvo que decidir la suerte del Imperio Romano; en el siglo XI cuando se enfrentó ante el hecho de la expansión turca en Anatolia, el bajo Danubio y el Mediterráneo oriental en medio de una profunda reforma de las instituciones eclesiásticas; y en el siglo XVIII que, gracias a la Ilustración, ofreció una salida a los problemas heredados del largo conflicto religioso que condujo a la destructiva (y absurda) Guerra de los Treinta Años.
Solo cuando hemos comprendido, en toda su amplitud, esas grandes crisis del espíritu, logramos una perspectiva real de la historia de Europa y podemos comenzar a valorar su herencia: esa maraña de contradicciones no resueltas. Algo completamente necesario ahora, a comienzos del siglo XXI, al haber entrado en un nuevo crisol que busca poner fin a siglos de callejones sin salida, de movimientos que no iban a ninguna parte, de soluciones precipitadas.
La historia de Europa no tiene que ser necesariamente eurocéntrica, pero sí un acto de vindicación de su herencia que busca compartir la imaginación y el apremio a los valores de la modernidad como única posibilidad de ser una comunidad propia en medio de la aldea global. El recorrido al que invito al lector descansa en este sueño.
Comenzaré el recorrido por el nombre.
NOMBRE
Se desconoce el significado exacto del nombre de Europa, pese a ser un nombre familiar, íntimo, entrañable, querido, aunque a veces también odiado. Se busca su etimología, sin suerte. Hace tres mil años, los antiguos asirios llamaron Ereb a las montañas, valles y llanuras del extremo occidental de la masa continental euroasiática. Siglos más tarde Hesíodo, un agricultor de Beocia que escribía poesía, asoció el adjetivo eurus, largo, al sustantivo ops, mirada. Se contó entonces la historia de la hija del rey Agenor de Tiro, en Fenicia, el actual Líbano, llamada Europa; su rapto por Zeus bajo la apariencia de un toro y su traslado forzoso a Creta. Este mito se asocia a un rito de fertilidad solar y a la importancia de la figura del Minotauro en los palacios de Cnossos. La cultura que difunde esas ideas se atribuye el poder sobre la denominación de las cosas que ve; lo que, en la Biblia, Dios le otorga a Adán en el Edén. La magia de poner un nombre a un territorio, una persona, un animal o una planta es una manera de imitar a la divinidad.
Nombrar Europa significa participar del mito, aceptarlo como la metáfora fundacional. Lo hizo Horacio en la oda A Galatea al transformar el rapto en el relato de una seducción; o Angelo Poliziano al recrear la escena para el círculo de Lorenzo de Médicis, el Magnífico. Por pequeño que fuera el trozo de tierra que esperaba a la hija de Agenor, la felicidad de saberse la elegida del dios tuvo la función de sostener el nacimiento de un mundo que en su honor se llamará Europa. Así, gracias al mito, la tierra de poniente dejaba de ser una frontera para convertirse en el hogar de la gran madre fenicia. Pero hubo que esperar todavía unos años, a la desaparición del Imperio Romano de Occidente, para que se perfilara definitivamente su realidad histórica.
Europa, tierra mestiza de encuentros entre romanos, germanos, eslavos, celtas y pueblos de la estepa, superó los obstáculos de unos tiempos convulsos y creó un espacio político y cultural. Con Beda, el Venerable, en el siglo VII, era mucho más que un nombre: era la tierra del padre con la que el monje se sintió espiritualmente identificado. Se comenzó a buscarle un color.
COLOR
Azul es el color de Europa. Lo ha sido siempre; salvo en los siglos donde perduraba el rechazo hacia él de la cultura romana, que lo consideró el color propio de los bárbaros, «tan fantasmal —escribió Julio César—, que asusta a sus adversarios». Era normal: el dios Wotan aparecía en los relatos como un caminante con sombrero flexible y capa azul. La reconstrucción de la historia del azul permite comprender su estatus de color favorito de más de la mitad de la población europea (le siguen, a distancia, el verde y el rojo), un hecho que tiene una significación profunda. El color es la expresión de una virtud oculta, anotó Marguerite Yourcenar en Los escritos en el jardín: la virtud de una repentina densidad de la vida.
Azul fue el color elegido por el emperador Enrique II para la capa de coronación el año 1002, hoy en el museo de Bamberg; el color de la bóveda celeste, cuyas constelaciones expresan la voluntad de convertir el universo en la garantía del orden en la Tierra; el azul está presente en las señales heráldicas con flores de lis de los reyes de Francia, en los rosetones de las catedrales, en los ornamenti que tanto agradaban a Guido Cavalcanti. Pero, en los frescos de la capilla Scrovegni, en Padua, el azul devino un color abstracto, cumpliendo la función del oro en los mosaicos, las miniaturas o las tablas góticas: la función de dirigir al espectador al orden profundo, oculto, inmaterial que fragua las historias sagradas. De ese modo Giotto convirtió el azul en el punto de partida de una exploración del papel del arte en la cultura europea. Para ello debió enfriarlo.
La pintura moderna prolongó la propuesta. Picasso situó el azul en el centro de una indagación sobre el desenganche de la sociedad europea de sus antiguas lacras, la miseria, la enfermedad y la guerra; Kandinski lo vinculó a la reflexión sobre lo espiritual en el arte y el significado de Der Blaue Reiter (El jinete azul). Después de 1948, el anhelo de paz se enlazó con el azul, pese a que por entonces el rojo era el color de la revolución y el negro el del expresionismo abstracto (baste ver a Rothko); y así se convirtió en el color del consenso, de la unión de lo diverso. Con el azul, Antonioni buscó el misterio de Oberwald; con el azul Kieslowski pensó la música que debía acompañar a Europa para superar sus heridas a través del testimonio de una mujer (excelente Juliette Binoche) que guarda en su memoria las notas que su marido había compuesto para celebrar la creación de la Unión Europea.
El azul fue adoptado por los organismos internacionales: ONU, Unesco, Consejo de Europa y, por supuesto y de modo relevante, la Unión Europea.
ESTRELLAS EN LA BANDERA
Los europeos sienten debilidad por la música. Su presencia les ha acompañado desde Gregorio Magno, el Papa que codificó el canto litúrgico que lleva su nombre, canto gregoriano. Aún hoy, la gente admira los rituales de presentación de un concierto, el silencio de la sala cuando el director levanta la batuta, la expectación por la forma de interpretar un pasaje que se ha escuchado muchas veces. Una metáfora de la armonía del universo, la convicción de que por ese camino se harán realidad las maravillas de la ciencia, el progreso social y el arte.
La música es el único arte realmente europeo. A nadie se le ocurre preguntar por la lengua natal de Couperin, Bach o Falla; no ocurre así con la novela, la poesía o el ensayo, donde resulta clave el idioma en que se escribe. La música, lenguaje universal, es el producto de una sociedad proclive al ordenamiento metódico. Algo a tener en cuenta en la época del iPod y las descargas de Internet.
Una curiosidad: la pieza musical elegida como himno oficial de la Unión Europea procede de la Oda a la alegría de Schiller que Beethoven incorporó a la Novena Sinfonía: «¡Alegría, hermosa centella de los dioses...!», adaptada por Herbert von Karajan. En la nueva versión la jubilosa esperanza del idealismo se sustituye por una paz perpetua sostenida por las estrellas doradas de la bandera. Quien escucha el himno no tarda en sentirse satisfecho por su mensaje optimista. Desde el solemne estreno, el 29 de mayo de 1985, los europeos se han convertido en unos atletas de la voluntad a través de su trabajo y de su diversión, a pesar de la atroz Guerra de los Balcanes. Persisten en su ancestral creencia de que, ante los desuellos del poder, las injurias del opresor y las afrentas del soberbio, solo cabe la solidaridad.
USOS DE LA HISTORIA
Desde 1989, Europa se acrisoló al distanciarse de la posguerra sintiendo alivio por el cierre de un largo y desgraciado capítulo de su historia. Esto es tan importante como la solidez del euro, el acomodo de la conducta a la democracia, la estandarización de los planes de estudio, la renovación de la vida familiar, la función del capitalismo, la fe en el Estado del bienestar, la emigración o la crisis económica. La cuestión es, entonces, ¿qué pueden hacer los europeos ante el reto del futuro? Antes que nada y sobre todo, deberían aprender a distinguir el pasado de las evocaciones presentes en las películas y en las novelas. Por definición, necesitarán recurrir al historiador, el más capacitado para que el pasado no pierda su carácter y se convierta en una silueta, una simplificación o una abstracción. El rostro del pasado solo se podrá recobrar fomentando un oficio seriamente amenazado por la burocracia.
El uso de la historia para pensar Europa fue visto con recelo por los intelectuales que habían vivido durante décadas en los países del Telón de Acero. Ellos identificaban el estudio de la historia con el materialismo dialéctico de inspiración marxista, y no era una exageración. Los manifestantes de la zona oriental ante el Muro de Berlín, derrumbado ante sus ojos, consideraban, al igual que sus compatriotas del otro lado, los occidentales educados en los principios de la sociedad abierta, que el materialismo dialéctico se había demostrado estéril en el estudio del pasado y engañoso en el esbozo del futuro. La exigencia de una única línea de trabajo impidió atender las versiones críticas, alternativas, imaginativas. En su estrecho sudario no cabía la compleja realidad de Europa, arte, literatura, música, ciencia, tecnología. Por si fuera poco, ese método legitimó un Estado autoritario, ineficaz y policial.
La pregunta «¿Ha muerto la historia?», que tanto ruido hizo veinte años atrás, se ha reemplazado por esta otra: «¿Qué puede hacer el historiador en la construcción de Europa?». La historia narrativa ha encontrado la respuesta: presentando el pasado por medio de un relato con vida propia que no es ficción, ya que se atiene a los hechos reales y a sus pruebas. Ese relato, incluso cuando narra sucesos del pasado más remoto, es en presente: el lector lo sigue, lo percibe, incluso lo escucha. Es como una llamada de atención. La nueva historia; la única que está a la altura de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo: el equilibrio entre iniciativa privada e interés publico, los límites entre libertad e igualdad, el valor compensatorio de la solidaridad y los objetivos de una política social, el sentido de la emigración y la fricción social en los suburbios, o los conflictos del primer mundo con los demás. Y así sucesivamente.
Una historia a la altura de esos problemas nunca será un gabinete de curiosidades, sino una herramienta de acción política y cultural.
PATRIMONIO
El pasado se cierne sobre el presente: museos, parques temáticos, monumentos, santuarios, celebraciones. El turismo cultural es la gran industria de esparcimiento del siglo XXI. El objetivo de esta recuperación de un ayer perdido se detecta en su mensaje: se avanza hacia una nueva era visitando los lugares de la memoria de la mano de guías entusiastas y se percibe que esas visitas son más gratificantes que los viejos manuales escolares.
La palabra patrimonio implica una historia partícipe de las preocupaciones cotidianas de la gente. Pero ¿cómo se puede valorar el patrimonio de Europa? En este punto hay dos obstáculos. Primero, el deseo de sentirse europeo conservando intacta la emoción de ser alemán, francés, italiano, holandés, checo, polaco o español. Toda emoción sobre un patrimonio cultural es una apuesta personal, que encierra una cierta subjetividad y, por qué no decirlo, prejuicios localistas. ¡Es mejor mi catedral que la tuya! El segundo obstáculo es sostener una vivencia europea en las experiencias nacionales. He aquí por qué se sigue preguntando si Carlomagno fue francés o alemán, o si se debe decir Aquisgrán, Aachen o Aix-la-Chapelle. ¿De qué nos informan esos hechos? De un único dato, repetido muchas veces de formas variadas: la historia se ha utilizado para mostrar el orgullo de un pueblo ante un entorno hostil. El efecto final proporciona una idea bastante ajustada del desafío del presente siglo, ya que, en toda circunstancia, en Europa son más importantes los pilares que los acontecimientos que alcanzan valor por las lealtades nacionales de quienes los defienden.
Los pilares de Europa han estado en permanente cambio; por eso hablaré de epigénesis, recurriendo a un concepto de la biología, que significa la capacidad de adaptación de un ser al entorno de una forma eficiente y creativa. Cada época interpreta el pasado a su modo. Hoy, los historiadores proponen una descripción densa basada en un renovado análisis de las fuentes. Así, han liberado la historia europea de una interpretación basada en la lucha del bien y del mal, y la entienden a la luz de una franqueza educada y de una tolerancia escéptica, la última hazaña de una cultura laica instruida que relativiza la verdad humana y prefiere comprender en lugar de juzgar. Cuanto más se profundiza en esa forma de hacer historia más se entiende lo que tienen en común una catedral gótica, una pintura de Rembrandt, un concierto de Mozart y un tren de alta velocidad. Esa mirada ilumina aspectos considerados irrelevantes hasta hace poco.
La torre Eiffel, por ejemplo. Si fuese solamente el reclamo de la Exposición Universal de 1889, nadie acudiría a visitarla, salvo algunos expertos en la industrialización francesa; pero al verse como un icono europeo, pese a ser rabiosamente parisina, es decir francesa, abandona su valor específico para despertar una emoción de orgullo compartida por millones de personas. Al seguir su construcción he encontrado el hilo narrativo necesario para comprender Europa.
EL IMPERATIVO MORAL
¿Cuáles son los motivos del orgullo europeo? Francis Bacon, en su Tratado sobre el valor y el progreso de las ciencias, escribió «nosotros, los europeos» al registrar una serie de logros culturales de los que se sentía personalmente implicado. Uno de ellos era el ansia de saber; otro era el progreso material: a finales del siglo XVI existían redes internacionales de comercio que llevaban las naves fondeadas en los puertos ingleses a los lugares más alejados del planeta, suntuosas ciudades que soportaban una República de las Letras y un flujo constante de dinero en metálico o en crédito que sustentaba un tono de vida sofisticado, sin ser ampuloso. Era evidente: las ciudades y la moneda construyeron la modernidad. Otra fuente de orgullo, aunque no se expresa con el mismo énfasis, era la incontestable hegemonía militar. Quedaba la política: en ella anidaron los problemas.
Bacon tuvo sobradas razones para deplorar y condenar las rencillas nacionales que ganaron fuerza conforme se radicalizaba la disensión entre la casa de Habsburgo y los reyes de Francia; pero no consiguió salvar los pilares comunes, ni siquiera un orden internacional regido por el derecho de gentes. Fracasó, dejando en suspenso la dignidad en Westfalia, una paz que solo tuvo en cuenta a una parte. Esta injusticia dio pábulo a una crisis de la conciencia europea en el último tercio del siglo XVII, sin que pudiera evitarlo la República de las Letras pese a contar con personajes de la talla de Bayle, Leibniz, Locke, Newton o Perrault. Se volvió a intentar en el Siglo de las Luces, hoy tan contestado por muchos porque desembocó en una guerra en Europa y en el polémico Congreso de Viena. Luego, en el transcurso del siglo XX, se percibió el peligro de perder la dignidad; o, como dijo Max Scheler en un famoso ensayo, de aceptar sin reparos la indignidad del ser.
Un ejemplo atroz: la Bildung desarrollada por el nazismo estigmatizó a los europeos judíos al afirmar que el atributo de la Sittlichkeit, dignidad, era un privilegio exclusivo de los europeos arios. Se desplazó a los demás individuos a la categoría de Untermenschen («infrahumanos»). Cuando una sociedad pone en movimiento una imagen así resulta difícil, por no decir imposible, evitar la caída en el abismo. ¡Qué monstruoso mundo nace de este tipo de ideas!
La pregunta al respecto es la siguiente: ¿se ha de mantener un trato racional con la razón en el futuro como ocurrió en algunos momentos del pasado europeo, aunque desde luego y por desgracia no en todos? Y en caso de que se hubiera de hacer, ¿se podría llevar a cabo sin el auxilio de la historia?
El futuro de Europa pasa por un análisis del pasado conforme al espíritu que vemos en la física, las matemáticas o la medicina, un espíritu de orgullo por los logros obtenidos que han convertido al siglo XXI en la época con mayor esperanza y nivel de vida de todos los tiempos. Reconozco que este planteamiento es el punto de partida de las batallas culturales de la década de 1990 que hoy regresa para enseñarnos la parte de pasado que hay en el futuro de Europa. En primer lugar, los medicamentos, la clínica hospitalaria, el tratamiento de graves epidemias (polio, cólera, tifus, malaria), la odontología o el estudio del dolor. Los esfuerzos por extirpar esas lacras comenzaron con una postura crítica de la sociedad abierta ante los errores de sus gobernantes. Después, el servicio a la comunidad sigue siendo uno de los valores más consolidados del espíritu europeo. Pese a sus diferencias de credo, ideas políticas o gustos artísticos, los europeos están convencidos de la necesidad de un imperativo moral como norma rectora de la conducta social.
PARADA EN EL LEGADO
¿Cuál es el legado de Europa? Vale la pena hacer esta pregunta ante el carácter desconcertantemente extraño que va adoptando el pasado, en parte resultado de la velocidad de los cambios durante los últimos años, en parte por la ausencia de una forma narrativa a la hora de presentarlo. Eso lo supo Stefan Zweig al escribir sobre das Europäisches Erbe («el legado europeo») en su libro El mundo de ayer cuyo subtítulo es toda una proclama: Memorias de un europeo.
El legado de Europa se acrisola en siete rasgos de larga duración.
1. Las raíces cristianas. Es uno de los temas estrella en el Parlamento de Estrasburgo y en las cadenas de televisión, sobre todo tras el animado debate entre Joseph Ratzinger y Marcello Pera. ¿De qué se trata? La cristianización de los nombres fue la prueba de la integración de los pueblos bárbaros en la sociedad. Cambiar de nombre es un emisor de significados. Así, las raíces cristianas vienen alentadas por un reconocimiento del santoral y sus implicaciones simbólicas. Por otro lado, la continuidad de la cultura clásica fue posible gracias a los scriptoria monásticos, donde se copiaron miles de textos que de otro modo se hubieran perdido, y también gracias a la creación de escuelas catedralicias, universidades y estudios generales, al estímulo de los gremios, los hospitales, las hosterías, los montes de piedad y, al cabo, al desarrollo del gótico, el primer arte europeo.
Ese mundo recibió un serio revés con la Reforma en el siglo XVI cuando la República de Letras, desde Erasmo, alegó que los modos de razonar, los gustos y los sentimientos eran un asunto de la cultura literaria y no de la religión. Hume, Voltaire y Kant hablaron del principio de la razón para superar la variedad de las costumbres europeas. También de la torre de Babel, decenas de lenguas en igualdad de condiciones. Esto es lo que Herder quiso decir cuando enalteció las diferencias nacionales basadas en la lengua y la tierra. La historia se convirtió en el estudio de las ofensas de unos pueblos sobre otros. Comenzó así un debate doctrinal que se dirimió en el campo de batalla: desde la Guerra Franco-prusiana de 1870-1871 hasta la Guerra de los Balcanes a finales del siglo XX, pasando por las guerras civiles en España, Grecia, Finlandia, sin olvidar las dos conflagraciones mundiales.
La memoria social exige difundir las imágenes heroicas de unos pueblos en defensa de su identidad que sin embargo colisionan con la sensibilidad de una Europa democrática, laica, partidaria de la libertad religiosa, de los derechos del hombre, de la libertad de pensamiento, de la igualdad de género. A ese respecto, conviene tener presente la coexistencia de seis credos religiosos: católicos, ortodoxos, protestantes, judíos, sunnitas y chiítas. Tras constatarlo, hagamos la pregunta de nuevo: ¿Europa tiene raíces cristianas? Estamos probablemente lejos de obtener una respuesta irrefutable a una pregunta que ha de interpretarse como el principio de legitimidad del estilo de vida europeo. Para unos, las raíces cristianas son una invención que sustenta la exclusión de judíos y musulmanes de la societas fidelium; para otros, se trata de una realidad histórica sustentada en el Credo de Nicea, la obligatoriedad de los sacramentos, la transubstanciación, el secreto de confesión, la disciplina clerical.
2. La cultura. No solo es literatura, música, arte; también es una disposición del espíritu; por ejemplo, la capacidad de establecer analogías entre una pieza de Mozart y la filosofía de Voltaire; entre una pintura de Leonardo y los ensayos de Montaigne; la física de Galileo y la escultura de Bernini. Una cultura sin una lengua común; sino con muchas.
Desde la Edad Media, la lengua es el principio de identidad de los pueblos hasta el punto de que algunos intelectuales de esa época convirtieron el latín en la lengua común europea sin percatarse de que eso no era posible sin provocar el cisma con las naciones cuyas matrices lingüísticas eran griegas, muchas a través del alfabeto cirílico (llamado así por el misionero Cirilo). El resultado fue el desarrollo de las lenguas nacionales y su literatura. La máxima diversidad en el mínimo espacio; en un estado actual pueden convivir tres o cuatro lenguas propias como ocurre en España, compartiendo la misma cultura pero formas de expresión y matices tan diferentes que estimulan el deseo a la escisión. Eso provoca polémicas que afectan a los grandes nombres de la literatura y a los pequeños. Kafka, que escribía en alemán aunque nacido en Praga y que por lo tanto (desde 1918) era checo, ¿a qué literatura pertenece, a la alemana o a la checa? Eso mismo puede decirse del poeta barcelonés del siglo XVI Joan Boscán, que escribió en castellano como su amigo Garcilaso, ¿a qué literatura pertenece, a la castellana o a la catalana?
¿Un autor es del país en el que vive o de la lengua en la que escribe? Pregunta pertinente en más de un sentido. Un europeo, cosmopolita o nacionalista, está determinado por la relación que mantiene con su país natal, que es como decir con su lengua y las costumbres de sus mayores. El hecho imprime una impronta de singularidad a Europa, donde coexisten grandes naciones forjadas por la historia con pequeñas naciones entre las cuales muchas han obtenido la independencia en los últimos doscientos años y otras aún porfían por conseguirla reclamando el derecho de autodeterminación, utilizado en la Conferencia de París de 1919 para diseñar el nuevo mapa europeo tras la Gran Guerra. Todas las naciones, grandes y pequeñas, quieren participar de la cultura común europea, pero cada una a su modo, a partir de sus propias experiencias y de su lengua.
El papel central que la cultura ha desempeñado en Europa es asumido por el experimento: la elaboración de la naturaleza por parte de los hombres. La expansión comercial y la Revolución científica de la Edad Moderna son sus fundamentos empíricos. La modernidad inventó un destino común para los europeos que condujo a mirar el pasado antiguo y medieval a través de la explicación humanística, ilustrada, romántica o modernista.
3. La geografía. Conocer Europa exige observar un mapa del Viejo Continente. La cartografía ha cambiado con la historia. De los mapas medievales en forma de T a las descripciones del siglo XVIII o a los modernos mapas de tres dimensiones, la oferta es rica pero tiene en común una misma preocupación: poner en valor el detalle. El cartógrafo no es un historiador ni un cronista: es un notario de la realidad. Delante de un mapa se comprende mejor el origen de los tópicos más usuales, el que contrapone los bárbaros del norte a los civilizados del sur, o el desarrollo de Occidente y el atraso de Oriente. Igualmente apreciamos mejor las expresiones culturales del pasado: iglesias ortodoxas con sus clásicas cúpulas en forma de cebolla dejan paso a iglesias barrocas, minaretes a ermitas, suntuosos palacios de estilo bizantino a austeras casas de inspiración protestante. Luego está el asunto de la creación de redes: las conexiones que permiten trasladar mercancías, pero también personas e ideas. El Camino de Santiago es un icono de la cultura europea.
El estudio de las redes de comunicación llevó a Jeno Szucs a señalar tres espacios europeos: Occidente es el bloque franco-alemán, en estrecha relación con las ciudades hanseáticas del Báltico y las islas Británicas; Oriente es Bizancio y sus herederos, Rusia, Bulgaria, Serbia, la memoria del zarismo, el alma eslava, la ortodoxia y el alfabeto cirílico, sin olvidar Polonia, una especie de isla de religión católica y cultura latina; el tercero es la Europa central, policéntrica, donde ciudades como Praga, Viena, Budapest o Zagreb crean núcleos de cultura volcados sobre Bohemia, Austria, Hungría, Eslovenia, el centro del continente y en más de un sentido: tierra de elección, foros críticos, tránsito de ideas y personajes. A esos tres espacios me gustaría añadir un cuarto, cada vez más visible entre nosotros, el espacio euromediterráneo, con su larga frontera al sur y al este, más allá de la cual habitan pueblos no europeos, una historia de encuentros y desencuentros múltiples. En esos cuatro espacios, Europa se ofrece al espectador como un hecho perpetuamente potencial, inconcluso: el reto actual es la unificación de esos espacios en la convicción de que una cultura común es posible como creadora de esa realidad nueva, sin precedentes históricos. La pugna por la superioridad de un espacio sobre otro ha sido superada en la práctica política de los últimos años. En la esfera de una conciencia común, se disuelven las dicotomías heredadas de siglos de luchas tan estériles como inútiles.
4. El espíritu científico. La clave aquí es la voluntad de elevarse por encima de la contingencia: labrar campos, desecar pantanos, roturar bosques, fijar límites entre superstición y conocimiento científico. Breve, la invención de la invención. La prueba de que antes de la gran apertura al mundo en el siglo XV todas las sociedades quedaron rezagadas con respecto a Europa. El porqué de este fenómeno es una cuestión histórica relevante, por supuesto polémica, ya que se aprende tanto del fracaso como del éxito. Víctimas de viejos prejuicios, algunos comentaristas modernos no se han molestado en valorar el alcance de esas ideas, y prefieren propagar el bulo que la tecnología europea no se puso al nivel de la de Asia hasta finales del siglo XVIII. No fue así. Ocurrió en la Edad Media con un denuedo como jamás habíamos visto antes.
¿A qué se debió ese cultivo de la invención de la invención? Fue el resultado de muchas cosas conjuntadas. El respeto por el trabajo manual, el concepto de persona vinculado a la vida social, el valor del tiempo lineal, la hegemonía del mercado y el espíritu de empresa, la sosegada frialdad ante las admoniciones de quienes enarbolaban las figuras de Ícaro y Prometeo para limitar la ambición humana.
El deseo de cambiar el mundo no es arrogancia, tampoco insolencia: es un principio de responsabilidad, la norma ética de la civilización tecnológica, que dijo Hans Jonas. Europa ha transformado ese principio en un valor intelectual y no creo que deba sentir vergüenza al respecto. Puede, eso sí, censurar sus excesos, sus errores; pero jamás sus aciertos, esos hallazgos que forjaron el actual estilo de vida. Como historiador, deseo llamar la atención sobre la capacidad de los campesinos medievales para transformar las herramientas de trabajo, la sutileza de los escolásticos para adaptar la ciencia helenística que conocieron por medio de los árabes y los bizantinos, el esfuerzo por investigar la naturaleza convertido en un objetivo de la vida con Galileo, Newton o Darwin; la inteligencia para buscar la materia que no se ve a simple vista, el mundo celular, microbiano, vírico, y desde allí transformar la farmacología hasta llegar al estudio de las células madre, nuestro objetivo prioritario para el futuro. Hasta tal punto estos procedimientos han cambiado el mundo que hoy nos preguntamos si hay que poner límites al conocimiento en la idea de que quizás algún territorio no sea moralmente aceptable.
La distinción entre saber y saber-hacer creó desde el siglo XII las condiciones necesarias para el desarrollo del espíritu científico, que permitieron la metamorfosis del artesano en el ingeniero, del maestro de obras en arquitecto, del alquimista en químico. La precisión es la condición necesaria para que filósofos, ingenieros, físicos, astrónomos sean los portadores de los inventos, cuyo significado no es un atributo de los dioses sino de los hombres.
5. La separación de lo secular y lo religioso. A diferencia de las sociedades teocráticas de su entorno, incluida la islámica, los europeos realizaron la distinción entre Dios y el César. A cada cual lo suyo, aunque no se erradicaron los conflictos ideológicos sobre la supremacía del Sacerdocium o del Imperium, más bien al contrario; pero sirvieron para estimular una forma de pensar que resultó positiva para el desarrollo del espíritu. Los debates sobre la supremacía de la Iglesia o el Estado fomentaron un vastísimo tejido intelectual: los laicos de formación humanística en el siglo XII, los escolásticos y maestros universitarios en plena Edad Media, los reformadores del siglo XV, los protestantes del siglo XVII, los philosophes de la Ilustración, los miembros de una República de las Letras organizados en clubes, logias, sociedades de amigos, ateneos, los abolicionistas del siglo XIX y los líderes de los movimientos de los derechos civiles del siglo XX.
Los europeos comprendieron que la lucha por mantener una actitud crítica, distante, entre los dos poderes, el eclesiástico y el civil, era el precio a pagar si querían avanzar en el principio de distinción. Las élites culturales se dieron a conocer y alcanzaron renombre, reputación, incluso fama: sus nombres se citaban con respeto en una especie de bazar mundial de ideas, de argumentos científicos y filosóficos. Su visión de Europa era la de un futuro asentado en la distinción entre lo secular y lo religioso. Hegel fue el paladín de esa propuesta, al final de la cual aparecen los valores que hoy nos parecen de obligado compromiso, y que por ello se califican como universales: la Europa actual es democrática, laica, partidaria de la libertad religiosa, de los derechos del hombre, de la libertad de pensamiento, de la libertad sexual, de la reducción de las desigualdades sociales, de la emancipación de las mujeres, del respeto a las minorías, del elogio a la razón.
6. Las formas de gobierno. Europa ideó tres formas de gobierno para articular la sociedad y desarrollar la economía.
Primera, el imperio territorial con Carlomagno y, mejor aún, con la construcción del Sacro Imperio Romano Germánico tras la victoria de Otón I sobre los magiares en el río Lech; un modelo político que se transformará en la monarquía universal de los Habsburgo y desde ahí en un ambicioso proyecto por articular la Europa central que dio lugar al Imperio austrohúngaro. A su estela, la República francesa se transformó en el Imperio napoleónico, los reyes de Prusia en el Imperio alemán y los zares de Rusia se legitimaron mediante la creación de un imperio con Siberia como tierra de promisión.
Segunda, el Estado-nación comenzó como una legitimación de poderosas dinastías de la Edad Media, capetos, plantagenets, duques de Borgoña, reyes de Navarra, Saboya, para convertirse en monarquías nacionales en la Edad Moderna y naciones-Estado en los siglos XVIII y XIX.
Tercera, la ciudad autónoma, il comune del que hablan los italianos. A partir del proverbio medieval Die Stadtluft macht frei, vale decir, «El aire de la ciudad nos hace libres», la búsqueda de un espacio político garante de la libertad se convirtió en el pilar de la sociedad abierta y el Estado de derecho.
La síntesis actual de estas tres formas de gobierno exige una ecología de las instituciones, que dijo Peter Drucker, es decir, que los logros sociales y políticos dependan del influjo y no de la fuerza. Vale la pena pensar en ello, como higiene ante el peligro que siempre supone la resistencia al cambio y a la hora de tomar decisiones sobre la seguridad física y la seguridad en el trabajo.
7. Los mitos. Europa creó sus propios mitos sin olvidar los procedentes de fuentes ancestrales, egipcias, griegas, judaicas, persas o romanas. Los mitos propiamente europeos se reducen a dos: el Grial y Fausto; son una especie de señas de identidad.
El mito del Grial se elaboró por medio de una serie de relatos sobre el rey Arturo y los nobles caballeros de la Tabla Redonda. Nació en Francia y Alemania a lo largo del siglo XII como un proyecto pedagógico para los jóvenes de las familias nobles, preocupados por el papel de las mujeres en la vida social. Se difundió luego por todas las literaturas nacionales y se convirtió en un icono político cuando en el siglo XV Thomas Malory, con La muerte del Rey Arturo, realizó la síntesis más difundida al ser la obra que influyó en Tennyson, Rossetti o Burne-Jones.
La educación europea se ha vinculado a la recuperación de esos mitos, expresión de un modo de ser que, con la llegada del modernismo, entró en contacto con la tradición oculta y los misterios del gran arquitecto del mundo. Estos mitos forjaron una estructura con cuatro personajes que recuerda los trabajos de Jung, y que mantendrán la commedia dell’arte y las óperas de Wagner, donde cuatro voces (tenor, bajo, soprano y contralto) debaten entre sí sobre un tema concreto. Vemos claramente ese esquema en el desarrollo del tema del amor en Tristán e Isolda, o la superstición (brujería) en Lohengrin o la presencia de lo sagrado en la vida humana en Parsifal.
La búsqueda del Grial es la razón de ser de la novela de caballerías: historias imposibles o increíbles, donde se da rienda suelta a las observaciones más inesperadas, a las situaciones más sorprendentes. Crearon dos contrafiguras, convertidas en referentes universales. Don Quijote, el hidalgo de la Mancha que se saturó de lecturas y enloqueció, lo que dio lugar a unas cómicas aventuras que conforman lo mejor del legado de Europa; y Don Juan, quien redujo los valores caballerescos a una desenfrenada táctica de conquista sexual de las mujeres, y que desde Tirso de Molina a Mozart, pasando por Molière, alecciona con su desazón a un mundo que se preguntaba por el papel del sexo en la vida.
El mito de Fausto, el doctor que vende el alma al diablo para lograr un poder sobrenatural y la juventud eterna, aparece ya en algunos relatos anónimos de la Edad Media, pero solo alcanzará su perfil definitivo con Marlowe, Lessing, Goethe y Mann. Leído o visto en el escenario (Fausto llegó a la ópera con Gounod y Berlioz), el mito ayudó a la construcción de la mentalidad europea.
CODA
El lector encontrará en este libro una descripción de los rasgos principales de Europa a lo largo de su historia. Para poder hacerlo me he tenido que calzar las botas de siete leguas del célebre cuento que tanto me impresionó de niño, ya que a cada paso he recorrido un período, una cultura o la vida de un personaje; y, gracias a esas botas, he recorrido los siglos sin dejarme vencer por las dificultades ni por el miedo a lo imprevisto.
¿Por qué Europa?, se preguntó la canciller alemana Angela Merkel en una sesión del Bundestag, en mayo de 2006. La raison d’être de la Unión Europea, dijo, debía ser redefinida conforme al triple reto del siglo XXI señalado por el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios Joaquín Almunia: el desafío económico, la explotación de su mercado interior y la reorientación de sus actividades hacia los sectores de crecimiento; el desafío intelectual, grandes inversiones en investigación e innovación, la materia gris del desarrollo; y el desafío de gobierno, un esfuerzo de pedagogía de cara a los ciudadanos.
¿Quería decir con esto que, para afrontar el futuro de Europa, debemos insistir en una descripción densa de su pasado? Exactamente eso es lo que yo deduzco de sus palabras. No tengo la menor duda de que el estudio de la historia deberá situarse en el centro de la educación del siglo XXI. Hay mucho en juego, pues, como dijo Henry Adams, «la educación tendría que intentar reducir los obstáculos, disminuir la fricción, fortalecer la energía, y debería enseñar a la inteligencia a reaccionar, no al azar sino por elección, ante las líneas de fuerza que contraen su mundo». ¿Es demasiado desear? La historia de Europa que propongo aquí está pensada desde el punto de vista de un cosmopolita no solo porque compararé culturas diferentes entre sí a lo largo de los siglos, sino porque valoraré positivamente el estilo de vida donde la democracia funciona mejor cuanto más distribuida está la propiedad entre los ciudadanos y cuanto más desarrollado está el intercambio de ideas y opiniones. Al cabo, este libro es un ensayo, en la línea de Montaigne, un boceto de cómo el pasado marca el presente y define el futuro. Por eso hago mías las confesiones del maestro: «Yo he leído en Tito Livio cien cosas que otros no han leído. Plutarco ha leído cien aparte de las que yo he sabido leer y aparte, acaso, de lo que el autor había registrado».
¿Por qué Europa? Mi respuesta es directa: por su historia. Al seguirla paso a paso, como quiero hacer a continuación, entenderemos mejor lo que quiso decir Hamlet en un momento de preocupación: «Hay algo más en el cielo y en la Tierra, Horacio, de lo que ha soñado tu filosofía».
1
CON LOS OJOS DESNUDOS
(312-622)
Un hombre justo y firme no teme el rostro amenazante del tirano, y no se alteraría aun si el universo entero se hundiera.
HORACIO, Odas
Europa es el resultado de un mestizaje de razas y culturas que tuvo lugar entre los siglos IV y VII. Este importante proceso comenzó con la división de la civilización panmediterránea conocida como Imperio Romano en dos partes: la occidental, que se esfumó el año 476 cuando Odoacro destronó al emperador Rómulo Augústulo, y la oriental, que tomó su propio camino con la llegada de Heraclio al trono de Bizancio; y siguió con la gran migración de pueblos germanos, eslavos y ugrofineses, las invasiones bárbaras.
El eje horizontal que unía las columnas de Hércules con las tierras de Oriente Próximo y el mar de Azov fue sustituido por un eje que comenzaba a la altura de Edimburgo y terminaba en Palermo, un eje noroeste-sudeste, que resultaría clave en la historia de los siglos siguientes. ¿Cómo observarlo? Sabemos que las estrellas se vigilan con el telescopio, los insectos con la lupa, una gota de agua con el microscopio, pero los hechos históricos deben verse con los ojos desnudos.
Una tarea laboriosa, artesanal, por cuanto, para decirlo al modo de Tucídides, «el testigo presencial de cada uno de los sucesos no siempre narra lo mismo acerca de idénticas acciones, sino conforme a las simpatías por unos o por otros, o conforme a su memoria».
CAMBIO DE DIRECCIÓN
La posibilidad de un cambio de dirección en la historia de Roma fue considerado una incorrección política para las élites dirigentes. Algunas profecías hablaban del fin de su civilización. Por ejemplo, la de las doce águilas, en la que cada una de ellas representaba un siglo de historia: Roma duraría doce siglos desde la fundación de la ciudad, ab urbe condita, que escribió Tito Livio. Esas habladurías sin embargo no convencían a una sociedad cuyo orgullo se expresó en los monumentos y en la ingeniería de sus ciudades. Nadie sospechó entonces que los monumentos y las obras públicas serían meras ruinas con el paso del tiempo.
Cuando, en pleno Renacimiento, comenzaron a descubrirse las ruinas romanas, la gente se preguntaba: ¿por qué ocurrió una cosa así? Llevamos siglos haciéndonos la pregunta con escaso éxito, a pesar de los esfuerzos del grabador veneciano Giovanni Battista Piranesi por catalogarlos. El hecho es incontestable, al menos desde que el Grand Tour en el siglo XVIII puso de moda el viaje a Italia como ritual de aprendizaje del europeo culto. Basta visitar el Foro de Roma para comprobarlo: ese lugar fue en un tiempo el centro del mundo civilizado y hoy es un paisaje lleno de ruinas, un objetivo turístico. Si nos detenemos un poco más veremos que en realidad es un espacio de experiencia, donde, para decirlo como el poeta romántico Novalis en sus Fragmentos, se observa la concatenación secreta entre lo antiguo y lo futuro y se aprende a componer la historia a partir de la esperanza y el recuerdo.
Fin de Roma, nacimiento de Europa: una ecuación que hay que verificar. Cada época ha reconstruido ese momento conforme a sus valores y prejuicios, pero siempre con la misma moraleja: el hundimiento de una civilización fue la aurora de otra. ¿Qué se ha dicho en los últimos doscientos cincuenta años, es decir, desde la Ilustración hasta hoy? Citaré dos testimonios.
En 1776, Edward Gibbon, tras un largo viaje por Italia, publicó el primer volumen de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. El libro despertó en Londres tanto interés como las noticias sobre la revuelta en las colonias de América del Norte y las campañas de George Washington. Para Gibbon la decadencia de Roma fue el efecto natural e inevitable de su propia grandeza. Una afirmación que expresa las certezas de un hombre educado en la Ilustración. Nada que objetar. ¿O acaso sí?
En 1971, la editorial Thames and Hudson publicó un libro, profusamente ilustrado según la costumbre de la casa. Su autor era Peter Brown. Este profesor de historia antigua de origen irlandés, educado en Inglaterra, abordó el fin de Roma con testimonios dispares que permitían múltiples lecturas, no una sola, universal y racialmente pura. Eligió un nuevo término para definir el período: Antigüedad Tardía; luego dotó a los eventos y a sus protagonistas de un espacio y un lenguaje que le permitieron bosquejar la moral del cristianismo primitivo.
Hasta aquí lo que estos dos grandes autores han dicho sobre el fin de Roma y el nacimiento de Europa. Abordaré los detalles.
SI LA HISTORIA TIENE UN SENTIDO
Si la historia de Europa tiene un sentido, las transformaciones de la Antigüedad Tardía se lo otorgaron: a partir del 28 de octubre de 312 (fecha de la batalla del Puente Milvio), desde dentro de la maquinaria burocrática del Imperio Romano, los líderes romanos dieron ese paso de más que, al cumplir sus objetivos políticos, provocó el fin de un mundo y el nacimiento de otro.
Europa fue el resultado de un encuentro de civilizaciones, la romana y la germánica. El primer paso fue la desaparición de los marcos imperiales a medida que los bárbaros se fueron integrando. Una nueva clase social accedió a los cargos en la administración central romana. La planificación senatorial cedió la iniciativa a las asambleas de guerreros, la red de amigos y clientes de la nobleza palatina a los conmilitones de los reyes y la propiedad de la tierra se heredó por vínculos de sangre. Aquí se origina su vulnerabilidad a la corrupción romana, la única forma de vida que podían adoptar.
El Imperio Romano estaba políticamente descentralizado pero unido por leyes de obligado cumplimiento: leyes sobre el trabajo agrícola, los impuestos, la propiedad, la herencia, las redes del comercio, el control de la tecnología, el ejército, la esclavitud. El mundo bárbaro, en cambio, estaba formado por unas comunidades de hombres donde la iniciativa colectiva garantizaba la revolución metalúrgica de unos herreros alquimistas. Sus instrumentos crearon las condiciones para el desarrollo económico. En efecto, hasta que los pueblos no dispusieron de las afiladas hachas de los francos, llamadas en su honor franciscas, jamás se hubieran talado los árboles milenarios para construir puentes, casas y fuertes. Hay que conocer los cambios de clima para comprender el esfuerzo de criar ganado sin necesidad de buscar pastos lejanos.
El fin del nomadismo es decisivo en la formación de Europa. En los pastos se crió una raza de caballos que daría paso a los caballos de guerra, que montaron los jinetes. Estos últimos se convirtieron en los caballeros vestidos con cotas de mallas y cascos, sostén de una poderosa nobleza. Hay entre nosotros una fuerte simpatía hacia los ritos, los arneses, las leyendas y la literatura de esos caballeros. Sus nombres forman parte del imaginario europeo.
EL CRISTIANISMO, RELIGIÓN DEL IMPERIO
Hasta que los bárbaros entraron en razón en lo que respecta al poder cultural de la religión, los senadores romanos mantuvieron el control en todos los órdenes de la vida, menos quizás en el militar. Todo lo que podría inspirarles o ennoblecerles fue corrompido por unos miopes e insensibles mentores que no merecen el nombre de «maestros» con el que a menudo se denominaban. El objetivo era la legitimación de una burocracia que sostuviera el colonato y la reforma agraria sin importarle el coste material y humano de esos procedimientos. Dado que el Estado tenía la hegemonía sobre la sociedad, acordó una alianza con los terratenientes provinciales; pero esa hegemonía era, ante todo, un hecho religioso. Plotino, un alejandrino del siglo III, pensó que Dios es Uno y el panteón romano una sarta de mentiras: el neoplatonismo fue la guía espiritual para unos tiempos de zozobra. Fue preciso un paso más. Para hacerlo se necesitó alguien decidido, un líder que supiera simplemente conectar con la gente. Ese hombre fue Constantino.
Constantino dio los primeros pasos para considerar el cristianismo como la religión oficial del Imperio; labor que culminó el emperador Teodosio años más tarde, siendo el acto más audaz jamás realizado por un autócrata, ya que desafió las creencias de la mayoría de sus súbditos y salió airoso. El reto de aquellos doce años (312-324), en los que se reescribió la historia de Roma, lo asumirá una sociedad enérgica y a la vez exhausta. ¿Triunfará la doctrina de Cristo o vencerá el paganismo? Asomado a ese dilema, Constantino difundió la noticia de que su victoria sobre Majencio en Puente Milvio se debió a la sustitución de los emblemas romanos por el crismón cristiano. Giulio Romano en el siglo XVI recreó el momento con inusitado sentido de la historia; luego los manuales hablaron del Edicto de Milán, aunque sabemos que no es un edicto y no es de Milán: solo un texto que permitió a los cristianos salir de la clandestinidad.
La leyenda habla de que los cristianos vivieron en catacumbas. Una imagen novelesca (difundida por el cardenal Wiseman en la novela Fabiola), estimulada por el cine de Hollywood; una imagen emotiva y cordial, pero falsa. La vida de los primeros cristianos fue bastante precaria y vulnerable de por sí, lo bastante para que le añadamos esa dimensión patética que la desnaturaliza. ¿Para qué encerrarse en un dédalo de galerías húmedas e insalubres en las afueras de Roma si existían escondites mucho mejores? La «iglesia de las catacumbas» es una metáfora; no una realidad histórica.
La legalización del cristianismo fue el resultado de una intriga política que comenzó el día que el emperador Diocleciano abdicó (1 de mayo de 305) y se marchó a vivir a un palacio que había ordenado construir en la actual ciudad de Split, en Croacia. Desde allí pudo seguir la sucesión de luchas entre sus herederos por el control del Estado. Fue como un juego de damas; solo podía quedar uno. El último enfrentamiento fue entre Constantino y Licinio: uno representaba el futuro, el otro el pasado; y con razón o sin ella, Constantino se quedó como único emperador.
En medio de esos doce años de guerras, intrigas y conflictos doctrinales, se pasó de una Roma a otra. De la vieja Roma de Catón, Mario, Cicerón y César ya no quedaba apenas nada, ya que había perdido a sus dioses protectores; de la nueva Roma, que adoraba a otro dios, el Cristo, el Mesías, todavía era pronto para saber cuál sería su destino. En todo caso, la ciudad eterna entró en otra eternidad, la que le vinculó para siempre a la herencia de san Pedro, el apóstol sobre cuya piedra Cristo edificó la Iglesia. Nada hay sorprendente en esto, salvo un detalle: sin Constantino, el cristianismo habría seguido siendo una secta de hombres ricos, sofisticados y audaces, en lugar de convertirse en fieles de una potencia mundial. Una vez legalizado, se hizo inevitable su empuje en la sociedad, ya que el dios cristiano servía de coartada a un plan grandioso para la salvación de la humanidad; sus mandamientos interfirieron en la vida diaria exigiendo una moral estricta. Este reclamo a un dios único, verdadero, que a partir de entonces será Dios con mayúscula, vincula a Constantino con la nueva era y con ello al nacimiento de Europa.
CAMINO DE ADRIANÓPOLIS
El hombre es un ser necesitado de consuelo; más en los tiempos en que se siente agraviado por la aparición del viejo horror vacui. Eso ocurrió a comienzos del siglo IV. El hombre romano corriente manifestó la necesidad de consuelo ante la irreparable pérdida de sus creencias y de sus costumbres ancestrales; una pérdida provocada por la presencia de los bárbaros, quienes marcaban el ritmo de la historia. ¿Cómo ofrecerle consuelo?
Constantino (fallecido en 337) recurrió al cristianismo, Juliano el Apóstata, treinta años más tarde, a la guerra patriótica contra el Imperio persa. Ambas propuestas tenían un mismo fin: el amparo a una sociedad en creciente turbación por la sucesión de acontecimientos que les había tocado vivir. Los teólogos fueron los encargados de ofrecer los argumentos necesarios. Uno de estos argumentos fue la idea de la inmortalidad del alma; otros tenían que ver con la educación del cuerpo; todos, en suma, adoptaron la forma argumental del «este mundo no es de ningún modo tan malo como parece ser». Juan Crisóstomo y Efrén el Sirio fueron los adalides de esas ideas. Se difundió la creencia de que existían suficientes signos en la tierra y en el cielo acreditativos de que la providencia divina estaba a favor del hombre. Con tal argumento, la religión cristiana se convirtió en una moral cívica.
Los emperadores reunieron a los hombres cultos en concilios ecuménicos para definir el camino, ya que, ante la sensación de declive, surgió la tentación de refugiarse en el retiro espiritual. El anacoretismo, el eremitismo o el monacato bosquejan una moral ascética para una época sin imperio. Aun así, la sociedad romana seguía confiando en las élites, pensando que los tiranos estaban controlados y que un gobierno autoritario traería la recuperación económica y la paz. Esa caída en la insoportable levedad del ser impidió que la sociedad romana comprendiera la decisión tomada por el emperador de la parte oriental del Imperio. Se comentaba en las calles de Constantinopla y otras ciudades que Valente acudía a un lugar de Tracia con las legiones. El objetivo era confuso. Se decía que iba a detener una invasión de visigodos, que habían acudido allí, espantados de los hunos, y probablemente de la viruela que llevaban consigo.
No sé si, al cabo, fue la respuesta de un emperador mesiánico, pero resulta difícil entender la decisión de Valente de conducir las tropas a las afueras de la ciudad de Adrianópolis (la actual Edirne), sin esperar a su sobrino Graciano, emperador de la parte occidental del Imperio, que acudía en su ayuda a marchas forzadas. El deseo fue más fuerte que la prudencia y el sentido de la responsabilidad política. Ese deseo es el arte de vivir romano, cuyo intérprete más honorable fue Séneca: un deseo que no tiene nada que ver con la moral militar de los aristócratas rusos retratados por Tolstói en Guerra y paz, sino con el pundonor senatorial, una nostalgia de los tiempos de César, Adriano o Marco Aurelio. La ironía de la historia es que un emperador cristiano combatiera a los godos arrianos enarbolando unos ideales paganos. El fetichismo por las insignias SPQR explica una decisión tan alocada como funesta. Al caer la tarde del 9 de agosto del 378, Valente yacía muerto en su tienda de campaña y las insignias del Senado y el Pueblo romano en poder de los godos.
La batalla de Adrianópolis cambió el curso de la historia; y ni siquiera fue necesaria. Los godos habían acudido allí no como invasores, sino como amigos y aliados, buscando una tierra donde asentarse. Los romanos vieron en esa acción un crimen de Estado y se sintieron aliviados cuando los reputados escritores Eunapio de Sardes y Amiano Marcelino (hoy solo conocidos por los especialistas) presentaron la jornada como una provocación de los bárbaros. El hecho cobró entonces una dimensión que de otro modo nunca habría tenido. Nadie en Roma quería decir lo que pensaba de un asunto acaecido a miles de kilómetros de distancia.
Las simpatías despertadas por los godos entre la población romana molestaron al poder imperial. En realidad, no tenían un verdadero interés por una emigración que socavase sus privilegios, solo esperaban que, con su llegada, se aliviaran las cargas fiscales, incluyendo las tasas para mantener el ejército de la frontera. Esa actitud no ruge en el foro, sino que vive en los hogares romanos, liberándoles del tedio. Los romanos protestaban por la presión fiscal ajenos a lo que ocurría en sus fronteras.
ESPERANDO A LOS BÁRBAROS
Las autoridades imperiales organizaron la vida en beneficio propio, en lugar de dejar libertad a los ciudadanos; cambiaron el debate político por el poder del edicto. Unieron utopía y retórica, que ya no eran una alternativa ética, sino el soporte de un Estado autoritario, rigurosamente burocratizado, corporativo. Así se explica la ceguera política de unos hombres con más de diez siglos de sofisticada civilización a sus espaldas; su ignorancia sobre los pueblos situados al otro lado de la frontera; su falta de tacto que transformó una sucesión de acontecimientos fortuitos en un suceso crucial de la historia de Roma.
El contraste entre romanos y bárbaros era grande, y aumentó a medida que los nuevos pueblos se acercaron a la frontera, con sus costumbres apenas reconocibles, con su cuerpo tatuado, propensos al griterío y a la bronca, sin interés por la escritura ni los modales, aunque sí por la práctica romana de la agricultura, única forma de abandonar la vida nómada. El éxito económico de esa agricultura se definía por la capacidad y el volumen de almacenamiento de grano, y cuanto más había más se disparaba la curva demográfica; entonces se necesitaron nuevas tierras para alimentar a las nuevas bocas al ser una agricultura de campo abierto, expansiva. Lo que las tribus del Lacio habían hecho al comienzo de su historia, ahora lo querían hacer una masa de emigrantes ansiosos de parecerse a los romanos, es decir, de tener una agricultura que les permitiera almacenar grano y vivir cómodamente. El fin de Roma se debe situar, pensó Maquiavelo, en el territorio de las necesidades espirituales, y no materiales.
La miseria no impulsa a un pueblo a emigrar lejos de su hogar, sino el deseo de imitar el mundo de los ricos. Poder comer cada día sin acudir al monte a cazar, al río a pescar, al huerto a extraer las hortalizas; solo con ir al mercado con unas cuantas monedas, o mejor aún, que lo hagan por él los sirvientes, los esclavos, las mujeres. De hecho, el proceso de adaptación a las formas de vida romanas fue tan satisfactorio que, en poco tiempo, los bárbaros dominaron los entresijos de la política imperial. El resultado fue una toma de conciencia de sus posibilidades futuras. Había llegado el momento de atravesar la frontera como pueblo. Los carromatos con las mujeres, los niños y los ancianos se acercaron a los puentes y los jefes de familia soñaron con conducirlos al otro lado del Rin o del Danubio, los dos ríos que separaban el mundo romano del mundo bárbaro. Era cuestión de esperar la oportunidad. Y llegó.
La noche de San Silvestre del año 406 el Rin se heló. Miles de hombres, mujeres y niños lanzaron los carromatos sobre el río, y el hielo aguantó. No necesitaron puentes para atravesarlo. Las tropas imperiales quedaron desbordadas por la avalancha; pero nunca sospecharon el papel que les reservaba la historia. Con ese gesto, comenzaron las invasiones bárbaras en Occidente. La muralla se agrietó. Nunca volvería a restaurarse. El nombre de los recién llegados hoy nos dice bastante poco: suevos, vándalos y alanos, y nos dice poco porque eran pueblos diferentes entre sí, a los que solo les unía el deseo de emigrar a las tierras del Imperio.
La invasiones bárbaras contaron con un excepcional cronista, Gregorio de Tours. Este elegante escritor de familia senatorial, que llegó a ser obispo de su ciudad natal, describió estos sucesos con el prejuicio del hombre de cultura latina poco proclive a percibir los signos germinales de un mundo nuevo. El expolio de los bienes eclesiásticos está detrás de esa visión catastrofista, que oculta intencionadamente el hecho de que la mayoría solo deseaba adoptar la forma de vida romana. Lo prueba que modificaron sus hábitos y se apoyaron en el toque cultural latino para crear sus propios signos de distinción. Tras los suevos, vándalos y alanos llegaron muchos más: sajones y anglos a Britania, francos salios y francos ripuarios a Galia, godos a Hispania, burgundios a Suiza, alamanes a Wittenberg, ávaros a Panonia, gépidos a Dacia (Rumanía), búlgaros a Tracia (Bulgaria), pechenegos a Transilvania, jázaros a Armenia, longobardos a Italia.
Antes de que todo eso ocurriera, en el 410, la ciudad de Roma había sido saqueada por Alarico, rey de los visigodos. No era el fin, pero parecía presagiarlo: el fin de la ciudad terrenal que da vida a la ciudad de Dios, según san Agustín, el hombre del momento. En vez de un esfuerzo por comprender lo que sucedía realmente, el obispo de Hipona se interrogó sobre los planes de Dios: «Y Tú, Señor, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo, Señor? ¿Siempre estarás enfadado?». Querer responsabilizar a Dios de los actos humanos es la condena de la historia. Su obra es una reflexión sobre la eterna movilidad del universo, donde los hombres tienen un papel insignificante. ¿Qué hacer?
La palabra gramática, clave de la paideia desde los tiempos de Platón, se convierte en labios de los bárbaros en glamour. Quien posee el glamur dispone del poder curativo de la palabra. Con esa convicción respondieron a la ardiente cuestión de saber si una ley era justa o injusta. Así, en una época tan lejana, la experiencia histórica de Europa se refería al presente que progresivamente se acumulaba en el pasado sin poder modificarse en lo fundamental. La expresión latina Nil novum sub sole, «Nada nuevo bajo el sol», valía por igual a los romanos como a los bárbaros, a los paganos como a los cristianos. Se fundaba en el hallazgo de una experiencia del presente que buscaba una respuesta moral a los dictados de las nuevas leyes. La idea permaneció viva durante siglos. Baste pensar en lo dicho por Martin Luther King desde la cárcel de Birmingham, Alabama, donde había sido conducido por su defensa de los derechos civiles: «Cualquier ley que exalte la personalidad humana es una ley justa. Cualquier ley que degrade la personalidad humana es injusta».
LUCES QUE SON ENIGMAS
Entre la difusión del cristianismo y las invasiones bárbaras, entre la guerra de Aecio contra Atila, que culmina en la batalla de los Campos Cataláunicos (451), dos figuras destacan sobre los demás en la construcción de Europa: san Patricio, patrón de Irlanda, y Childerico, el primer rey merovingio de Francia.
Patricio llegó al reino de Tara, la actual Irlanda, con una misión: convertir la isla a la verdadera fe. Lo pudo hacer gracias a la ayuda de Brígida, una mujer excepcional, pulcherrima, es decir, bellísima, que siguió los pasos de otras mujeres irlandesas de carácter como Medb de Connacht, fundadora de la iglesia del Roble en Kildare. ¿Por qué tenemos que construir un mundo nuevo cuando aún florecen las viejas culturas?, se preguntó esta mujer mientras, según la leyenda, claro, colgaba su capa de un rayo de sol. Y respondió: quizá para dar acomodo a un anmchara, el amigo del alma, alguien en quien se puede confiar durante toda la vida. Los druidas y los monjes se hicieron amigos del alma para construir Europa. Debemos aprender mucho de ese diálogo entre dos núcleos de saber bien distintos, pero no opuestos, que tuvo lugar en esa isla de brumas y jugosa fertilidad que es Irlanda.
Childerico creó una leyenda en torno al poder de las abejas: un símbolo con el que trataba de explicar lo inexplicable. De hecho se hizo enterrar con esas abejas, aunque se tardaron siglos en dar con su tumba. Fue el 27 de mayo de 1653, al realizar unas excavaciones en la iglesia de St. Brice de Tournai, en Bélgica: excavaciones que dieron lugar al detallado estudio de Jean-Jacques Chiflet, el primer libro de arqueología europeo. En vida, sedujo a Basina, la esposa de un rey turingio, con la que tuvo un hijo, Clovis o Clodoveo, que fundó Francia y dio nombre a dieciocho reyes franceses: Clovis y Luis son el mismo nombre.
El proyecto político de los merovingios fue un laboratorio de integración social y cultural centrado en las ciudades de Reims, Orleans, Soissons y París. La negociación del espacio fue un hecho político que creó un sistema económico, donde los latifundios de la clase senatorial romana se convirtieron en señoríos nobiliarios por medio de alianzas matrimoniales con el pueblo franco (cuyo nombre procede de la raíz germánica frank, es decir, libre); luego llegaron los ajustes de las instituciones y de las relaciones con los obispos que acrisolaron una original cultura política, hasta el punto de que puede decirse sin exageración que debemos buscar en la Galia merovingia las raíces de la civilización europea.
Eso está bien, pero la gente hoy quiere saber algo más, quiere saber quiénes eran esos reyes merovingios y qué querían. Los merovingios utilizaban el poder taumatúrgico para sanar el cuerpo enfermo, demostró Marc Bloch; pero el enigma de su linaje es un camino que conduce directamente a la historia oculta: en sus actos veo escalones para alcanzar la sabiduría. ¿Dónde está el Maestro? ¿Qué tienen que ver con el Grial y con los secretos que parecen regir la conducta de los poderosos de ayer y de hoy? Baste pensar por ejemplo en el gesto de Napoleón al hacerse coser las abejas de Childerico en la capa utilizada el 2 de diciembre de 1804, el día de su coronación como emperador de los franceses. Un gesto lleno de mensajes. Hay que insistir de nuevo, nunca será poco: hay que estudiar la memoria de los merovingios. Hay que creer en ella si queremos un futuro para Europa.
IDILIO SECRETO
Conocer los secretos del pasado no es solo interesarse porque vivan en nosotros, sino también sorprenderse porque no supongan un objetivo de la historia. Y sin embargo, los orígenes de Europa tienen que ver con una serie de sucesos ocurridos en Rávena y Constantinopla entre 518 y 548 que el historiador Procopio calificó precisamente de historia secreta.
La historia secreta (Anecdota) es un informe de la actitud de sus coetáneos ante las solicitaciones del caos. El libro vio la luz en el siglo XVII en Lyon, si bien el editor censuró algunos pasajes al considerarlos excesivamente obscenos y poco creíbles, como sospechó el propio autor: «Mis dientes castañetean y a veces me siento inclinado a retroceder en mi labor pues contemplo la posibilidad de que lo que estoy a punto de escribir parezca inaudito y nada convincente a las generaciones futuras». Al cabo, lo que describe no es ni más ni menos que la historia del paso de un mundo a otro, de un orden a otro, y del hundimiento de una civilización milenaria, pero visto desde el proceder de la alta sociedad que piensa más en la púrpura que en la solución de los problemas.
Suntuosidad y misterio: eso era Rávena a comienzos del siglo VI. ¿Cómo podía ser de otro modo la ciudad que, según la leyenda, había elegido Gala Placidia para descansar su cuerpo muerto? Los ostrogodos eran queridos en la ciudad, pese a ser arrianos. A su rey Teodorico se le erigió un mausoleo; era el vencedor de los odiados hérulos. ¿Cómo entender que hubieran decidido aplastar a las antiguas familias senatoriales, cuando debían estar celebrando el triunfo político en nombre de una restauración del orden imperial bajo la espada ostrogoda? ¿Cómo entenderlo?
László Passuth lo intentó en Rávena fue la tumba de Roma, una novela histórica sobre el desencuentro entre la sociedad y la clase política; una, atenta a su pasado esplendor; otra, en busca de una salida a la difícil situación. El año 518 representa el fin del idilio entre ostrogodos y romanos. ¿Qué pasó? En ese año se percibió el mal estado de las finanzas públicas y también la persistencia de la corrupción política. Tensión en la corte: el consejo de barones ostrogodo acusó de alta traición al senador Albino, un católico de buena familia. Asombro: ¿dónde estamos?, se pregunta Teodorico. ¿Por qué su viejo consejero se comporta con deslealtad hacia el trono, con insultos hacia la confianza que le había mostrado, si todo su esfuerzo residía en unir a los romanos y a los ostrogodos en una nueva sociedad? ¿Qué hacer? En ese momento de duda del rey, aparece el hombre de mayor peso intelectual de aquel tiempo, el primer europeo que quiere ligar su suerte personal a la política. Su nombre: Boecio.
Boecio, el filósofo, el último faro de la cultura de la Antigüedad, el hombre clave para una crisis. Aturdido por la noticia del apresamiento de su amigo, se dirige a palacio. El dilema ante el que se encuentra tiene más en común con los intelectuales europeos que le siguieron que con los filósofos grecorromanos, incluidos los estoicos a cuya secta al parecer pertenecía. En el salón del trono pronuncia las palabras comprometidas, en pleno arrebato por su ardiente amor a la justicia: «La acusación de Cipriano es falsa; y si Albino fuese culpable, lo sería yo también, y lo sería el Senado con quien hemos procedido de acuerdo». El sacrificio personal es un acto de conciencia, y eso aproximadamente mil años antes de que Lutero lo convirtiera en el argumento principal de su debate con la jerarquía católica. La tesis de Boecio en la sala del trono deja traslucir una conmovedora ingenuidad en relación con la actitud del intelectual ante el poder. Teodorico ordena la detención de su antiguo mentor, de su amigo.
Boecio escribe en la cárcel una obra memorable, De consolatione philosophie, que en siglo XVI el poeta Esteban Manuel de Villegas tradujo como De la consolación por la filosofía; un panfleto sobre la fatalidad, una suerte de «yo acuso», de los muchos que los europeos realizarán a lo largo de su historia. No difiere de Émile Zola ante el affaire Dreyfus. El talento contra la tiranía. Convierte el hundimiento político en una tragedia personal. Boecio traspone la injusticia en la lejana perspectiva del mundo, tan lejana como para convertir su queja en un juicio histórico.
Es la hora de las tinieblas, apunta Gregorio de Tours con su particular prosa de tono apocalíptico: «En estos tiempos en que declina, no, más bien fenece, la práctica de las letras en las ciudades de Galia, no se ha encontrado a ningún instruido en la adecuada disposición para presentar en prosa o en verso una descripción de las cosas que han acontecido». Las cosas parecen claras: es el fin de la cultura latina. En tales circunstancias resulta difícil que la religión no sea política, ya que la política proporciona la subestructura de la creencia y de la moralidad pública, además de perfilar al enemigo obstructor de un proyecto de futuro. En las cartas de Sidonio Apolinar, la desintegración de los valores romanos está dibujada de un modo ejemplar, lo que implica prolijidad en los detalles y una lacerante nostalgia por los orígenes; Redde mea principia, exclamó mientras le interrogaban sobre el porvenir de la civilización latina.
¿Dónde mirar? Estaba Constantinopla, la capital del imperio de Oriente. Allí la cuestión adquirió un tono de alta política, como no podía ser menos. ¿Civilización romana o barbarie? ¿Legalidad o violencia? ¿Gobierno imperial o gobiernos locales? Justiniano, incapaz de restaurar el territorio del antiguo Imperio Romano sobre bases sólidas, escogió la propaganda como el mal menor entre la dictadura militar y las invasiones bárbaras. Semejante decisión, después de todo, contaba con la bendición de los patriarcas de Éfeso, Alejandría o Antioquía. Sus ideas atravesaron el mar Mediterráneo y llegaron a Rávena. En la basílica octogonal de San Vital se realizó un bello mosaico, interesante por su verismo psicológico y por su valor artístico. Se trata de un diálogo entre dos realidades políticas, la que representa Justianiano con los oficiales, soldados y clérigos, y la que simboliza Teodora con las damas de honor. La imagen de ese diálogo es sinuosa y simultánea. Es, como toda gran obra de arte, una llamada de atención sobre lo que está a punto de ocurrir. De su lectura se pueden extraer los misterios de esta historia. En mi opinión, la principal virtud del mosaico es que ahí está Europa.
UNA VUELTA POR EL MUNDO (CONOCIDO)
Europa toma forma en la década de 540 cuando dos personajes sin conexión entre sí reflexionaron profusamente sobre la historia en los dos extremos de la cristiandad.
En Gales, el sabio Gildas escribió un sermón titulado Sobre la ruina de Britania, donde menciona el asedio al monte Badón, en el que un duque britano se opuso a los sajones. De ahí surge uno de los mitos fundacionales de la cultura europea, el del rey Arturo, Camelot y los nobles caballeros de la Tabla Redonda, aunque habrá que esperar a Chrétien de Troyes, a Malory y a Tennyson para encontrarle todo su sabor.
En Alejandría, el viajero Cosmas ultimó los detalles de su Topografía cristiana: una descripción en griego de la Tierra según los textos bíblicos. El epíteto de Indicopleustes («navegante en el Índico») que se le dio al autor hay que tomarlo en sentido literal. Era un momento de interés por el imperio creado por Chandragupta II un siglo atrás, que se extendía, en términos geográficos modernos, desde Kabul hasta Madrás y desde Karachi hasta Calcuta. Su base era la agricultura en las aldeas, el arroz en el valle del Ganges y otros cultivos, además de la ganadería, pero sobre todo el comercio. Así, la India entró a formar parte de eso que Adam Smith llamaba el progreso de la opulencia; lo facilitó la artesanía del marfil, el labrado y cincelado de la piedra, la metalurgia del cobre y el plomo, la pesca de perlas, el tallado y engarzado de piedras preciosas, la difusión de especias y de perfumes.
A un monje nostálgico y corto de imaginación se le ocurrió la idea de contar una historia de ese mundo que él había visitado de joven como si fueran las memorias de un hombre preocupado por el futuro de su civilización. Lo de menos es que sostuviera la tesis de que la Tierra era como una caja rectangular alargada semejante al altar del tabernáculo de Moisés, ya que la idea de la esfera sostenida por Ptolomeo era de origen pagano; lo importante son los informes de orden geográfico y mercantil realizados «por un testigo ocular». Ese improvisado escritor era un hombre de sesenta años, bien conocido en el mundo de los negocios y autor de un mar de escritos de todo tipo, a veces firmados y otras no (su bibliografía registra cuatro obras más: una cosmografía, un tratado de astronomía y comentarios sobre los Cánticos y los Salmos).
Cosmas, fundador de los libros de viaje europeos, nació y se formó lejos de la literatura cortesana que en Bizancio, Antioquía o Alejandría tenía entonces su supremo moderador en el zalamero Juan Malalas, y su poeta en el mediocre Dióscoro; lo hizo en el interior de una proliferante producción libresca con la que los círculos nestorianos querían convencer a un público aturdido por los cambios históricos. Aun cuidando de halagar a ese público que en Alejandría había mostrado sus excesos en ocasiones (por ejemplo, cuando se asesinó a Hipatia), tales libros tenían siempre un escrúpulo, quizá no del todo hipócrita, de hacer obras de educación moral, y Cosmas está lejos de ser indiferente a esta exigencia. No son las prédicas edificantes, por lo demás bastante vulgares, lo que hacen de la Topographia un libro robusto para unos tiempos de crisis, sino el modo directo y natural en que las costumbres, la relación del hombre con los negocios y las posibilidades del comercio se expresan en imágenes. Al respecto escribe sobre Ceilán: «La isla, como está en una situación central, es muy frecuentada por naves que proceden de todas las partes de la India, de Persia y de Etiopía». Y no se puede decir que un origen tan práctico, un libro planeado como guía para los negocios, vaya en desdoro de su calidad, más bien lo contrario: es el testimonio que abre los ojos a las posibilidades de un mundo de horizontes abiertos, que ni romanos ni persas supieron entender, y en cambio los árabes sí, pero un siglo después.
Gildas y Cosmas: extraño destino de estos dos escritores en el lindero de una más que probable victoria del lado sombrío de la vida. Europa nace en esas circunstancias. No podemos olvidarlo.
LA VICTORIA DEL LADO SOMBRÍO
«O tempora! O mores!», exclamó Gregorio Magno en los difíciles años que siguieron a la peste del 544 y que llegan hasta el 582: un período que se define por los saqueos del rey ostrogodo Totila, la presencia de los eslavos en los Balcanes y la llegada de los longobardos a Milán. Unos años que atisban una posible Europa como la victoria del lado sombrío, el que convierte la guerra en el pilar fundamental de la sociedad, el que la compone y recompone sin cesar, negando refugio alguno salvo el abrazo de los recién llegados, portadores de otros rostros, de otras figuras, definidos en las fuentes como exercitales o arimanni. Jamás ha sido más exacta una descripción de un pueblo-ejército.
En Milán, también en Spoleto o en Benevento, los longobardos crearon una civilización alternativa a la merovingia desligada asimismo de Bizancio, es decir, de la sofisticada teología ortodoxa, de las controversias monofisitas y de los debates sobre las imágenes, que darían lugar al movimiento iconoclasta. Desde Montecasino, en el siglo VIII, Pablo Diácono describe una posible Europa de matriz longobarda y la leyenda de los principales personajes que la hubieran hecho posible, Alboíno y Rosamunda. Lo malo es que su historia no se atenía a la realidad de los hechos, el proyecto longobardo apostó por el futuro a cambio de renunciar al pasado. Ese no sería el camino de Europa.
EL FUTURO ESTÁ CERCA
Europa fue inevitable cuando unos monjes afirmaron que el futuro exigía sostener el pasado. En 570, mientras los longobardos estaban a punto de tomar Pavía, Columcille se dirigió al monasterio de Iona, en Irlanda, para organizar el scriptorium. Ese «fin de siglo» consumó la paradoja. Mientras surgían gobiernos locales proclives a olvidar el pasado, en el borde celta de Europa florecía una cultura literaria soportada por el infatigable trabajo de los escribas monásticos. El modelo de Iona se extendió. Una cabaña para cada monje, un refectorio, una cocina, una herrería, un horno, un molino y unos graneros, una modesta iglesia y, coronándolo todo, el scriptorium y la biblioteca. Espacios donde trabajar durante las horas no dedicadas a la oración: Ora et labora.
Del más antiguo eremita irlandés hasta Juan Escoto Erígena, el porvenir de Europa descansó en su pasado. A partir del irónico Bernardo de Chartres, la actitud se convirtió en una metáfora del saber: «Somos como enanos subidos a hombros de gigantes». Sobre la lectura de los clásicos se construye el mundo intelectual europeo.
En Roma, mientras tanto, el papa Gregorio Magno reconocía que el futuro de Europa pasaba por crear un universo sonoro. La música expresa la armonía necesaria para afrontar las exigentes necesidades de una nueva civilización. Hacia 590 decidió recopilar los escritos de los himnos cristianos primitivos, conocidos como Antífonas o Salmos, cuyo origen se sitúa en la vieja liturgia de la época de las catacumbas o cantus planus, dando lugar al Antifonario de los cantos gregorianos, llamado así en su nombre. El Papa acertaba al encontrar elementos de forma musical en los principios educativos de los primeros europeos, y al establecer paralelos entre la estructura del canto gregoriano y las obras de teología, filosofía e historia que buscan comprender hacia dónde va Europa. Esa armonía resulta difícil de seguir por cuanto el Antifonario de Gregorio Magno se perdió. Una nueva recopilación de estas melodías fue realizada el 22 de noviembre de 1903 bajo el título Edición Vaticana del Canto Gregoriano. Desde Marciano Capella hasta el último cantante pop, la música es el elemento formativo de la memoria europea.
La música también es la vía de acceso a las vidas glamurosas y llenas de oropel de las heroínas del pasado, cuyas sagas heroicas ya apenas se leen. Nacidas en la oscuridad, impulsadas por un sueño, las grandes mujeres de esos remotos tiempos se abren camino hasta la fama y alcanzan su cita con el destino gracias a los libretistas de óperas románticas. Este paradigma histórico, mitad tragedia griega y mitad leyenda germánica, queda notablemente demostrado en la vida de Brunilda, la princesa visigoda que gobernó Borgoña en el siglo VI. Más por la música de Wagner que por la historia o por la literatura (pocos leen ya el Cantar de los nibelungos), conocemos el relato terrible, enrojecido por la sangre de los numerosos asesinatos y por la sospecha de las infinitas infidelidades que rodearon la vida de esta mujer. A partir de esta tragedia bajo el signo de Némesis, se definen el resto de los personajes, incluidos Sigfrido y Krimilda, todo ese universo que la convierte en una matrona de la adversidad y de la lucha incesante, costosísima, por el sentido de la vida.
La clave de la historia de Brunilda no está en la realidad, sino en esa parte de catarsis que siempre acompaña a la creación operística. Las mujeres capaces de comportarse así son una raza aparte. Europa les debe su sentido del honor y de la ética.
LA GUERRA DE LOS MUNDOS
Los mundos son el Imperio Romano de Oriente y el Imperio persa; y la guerra la que se produjo entre 592 y 622. De ese primer conflicto de los treinta años nació Europa.
La historia pasa por una de las experiencias más dolorosas: el asesinato del emperador Mauricio por Focas introduce una vez más un magnicidio en el umbral de un cambio y, como efecto, el fin de la civilización persa tras el fracaso de las expediciones de Cosroes. La naturaleza profética de esos dos hechos conjugados, su interés universal, consiste en lo que revelan del comportamiento humano en los grandes momentos de la historia.
Una característica de este período es que en una primera etapa, con el ataque de los persas a Siria y Palestina, todo el mundo llamaba las cosas por su nombre (la guerra como medio para controlar las redes comerciales en Oriente Próximo), mientras que en una segunda fase, cuando se produjo el contraataque bizantino, se insistió por parte de Jorge de Pisidia, autor de la Expeditio Persica, en el otro aspecto de la guerra, el conflicto insidioso, silente, entre los que creían que Cristo es el hijo de Dios y los monofisitas; entre los patriarcas de Éfeso, Alejandría o Antioquía y las comunidades nestorianas, entre los cristianos y los seguidores de Zaratustra. Y para complicarlo más, el emperador Heraclio decidió mezclar religión y política.
Este gesto altivo a la vez que imprudente alejó a Bizancio de Occidente y partió Europa en dos. Todavía hoy lo acusamos.
2
UN LUGAR CREÍBLE
(622-1071)
Para tal fundamento se toman piedras grandes y preciosas, pues los varones notables en obras y santidad se adhieren a su Creador en familiar santidad de mente, a fin de que, cuanto más esperan en él sean con mayor ánimo capaces de digerir la vida de otros, lo que significa soportar la carga.
BEDA, De Templo Salomonis Liber, 742-B
PUNTO DE PARTIDA
En el siglo VII, Europa se convirtió en un locus credibilis, dijo Beda el Venerable. ¿Un lugar creíble en plena edad oscura? Es hora de reconsiderar la imagen del Dark Ages, un viejo tópico sin base real ni razón de ser. Sin embargo, por absurdo que parezca, cualquiera en nuestros días exclama, ante un acto de violencia o una tropelía, «parece que volvamos a la oscura Edad Media». Reconozco que esa expresión responde a la idea que tenemos de la época, una idea adquirida por una pésima literatura y una burlesca filmografía.
¡Qué remedio! El mundo no ha hecho sino aceptar educada (o maliciosamente) la interpretación que se le ha ofrecido durante años, sin pararse a pensar si tiene algo que ver con lo realmente sucedido entre el 622, año de la hégira, y el 1071, año de la batalla de Manzikert. Creo necesario revisar algunos estereotipos para aproximarnos a lo que hoy en día una élite intelectual internacional considera necesario saber sobre la época. Dicho de otra manera: si la renovación historiográfica no existiera, la historia de Europa no sería más que un inmenso depósito de obras cuya presencia entre nosotros carecería de sentido. Y a la inversa: solo se podrá percibir en su justa medida el valor de la moderna cultura europea en el contexto de un legado que comenzó a acrisolarse en el siglo VII. Por eso, al afirmar que Dark Ages es un concepto que debe desterrarse, no emito un juicio de valor, sino una descripción.
La descripción del esfuerzo regenerativo de toda una civilización, en paralelo, aunque de forma diferente, al que se realizaba en el mundo islámico. Es la historia de un salto adelante basado en una fuerte imaginación creadora que posibilitó poemas como el Beowulf o trabajos de orfebrería como el ajuar funerario hallado en Sutton Hoo, Gran Bretaña. La ambición de sus protagonistas no es la de hacerlo mejor que sus predecesores de la época clásica, sino la de ver lo que ellos no habían visto, la de decir lo que no habían dicho. No se trataba de olvidar la herencia grecolatina, ni de juzgarla, sino de aprender con ella las vías de acceso al conocimiento.
La educación fue una apuesta personal, pero que no se encerró en la subjetividad sino que se abrió a otros juicios. Cuando eso ocurrió, Beda el Venerable, Alcuino de York, Rabano Mauro, Nennio, Duoda, Juan Escoto Erígena, Hroswitha de Gandersheim o Gerberto de Aurillac se volvieron visibles: fueron los primeros europeos con conciencia de tales. Sus obras fueron copiadas con esmero en unos códices en pergamino o en vitela para que durasen; un trabajo de ángeles, dijo Gerald de Gales, mientras contemplaba el Libro de Kells, un hermoso manuscrito elaborado por los monjes irlandeses hacia el año 800.
ORO, INCIENSO Y MIRRA
El icono que mejor refleja el paso del mundo clásico a Europa está en el baptisterio de Florencia, a escasos metros de la catedral construida por Giotto y culminada por Brunelleschi con su cúpula. Dante dijo que el baptisterio se levantó sobre el antiguo templo de Marte, el dios protector de la ciudad; la arqueología ha desmentido esa leyenda, al seguir la línea de una muralla. Probablemente fue una torre de defensa, la única intacta tras el ataque del ostrogodo Totila. De esa construcción octogonal, cuyas puertas son un bello ejemplo de escultura renacentista, me detengo en un mosaico del ábside, que representa a los Reyes Magos ante la Virgen y el Niño en el portal de Belén, con los regalos que le llevaron, oro, incienso y mirra: de Oriente llegó el reconocimiento de la divinidad de Jesús.
El gesto de los Reyes Magos construyó Europa. La costumbre de celebrar la Navidad el 25 de diciembre se instauró el año 353 bajo el papa Liberio, posiblemente para absorber el festival del nacimiento de Mitra de la roca madre, al comienzo del solsticio de invierno, y de ese modo Cristo podía ser reconocido como el sol naciente. El mejor complemento de esa idea es que unos sabios de Oriente se postraran ante el nuevo Rey del mundo. El mejor día para hacer la visita era el 6 de enero, ya que en Alejandría, la capital cultural de la época, era la fecha de la presentación del nuevo Aion a Core, la virgen, identificada con Isis, de quien la brillante estrella Sirius, elevándose en el horizonte, había sido durante milenios el signo esperado.
Entre el 25 de diciembre y el 6 de enero se detiene el tiempo lineal para regresar al tiempo cíclico, al eterno retorno de un hecho que fundamenta la razón de ser de Europa. Tiempo de paz, de reuniones familiares, de voluntad de mejora, de regeneración. La noche que antecede al 25 de diciembre, «nochebuena», marca el punto de partida de un ritual que, al cabo, celebra el encuentro entre Oriente y Occidente.
EN EL UMBRAL
Europa se descubre a sí misma en el siglo VII. El hecho decisivo para esa revelación fue la hégira del Profeta desde su tribu nómada en La Meca a la ciudad oasis de Yathrib, a la que más tarde se llamó Medina, el 16 de julio de 622, acontecimiento de alcance mundial, y no solo por lo que respecta al calendario de los musulmanes. El futuro, que comienza ahora, guarda una relación de discontinuidad con el pasado. Se hace así realidad la máxima coránica de que el islam cancela todo lo que hubo antes de él.
Estas últimas palabras me recuerdan la tesis de Henri Pirenne: sin Mahoma no hubiera existido Carlomagno. ¿Cómo podía un historiador tan grande proferir semejante provocadora teoría? ¿Un pecado de juventud? No es el motivo: lo hizo al final de su carrera, con setenta años. Además, ¿qué necesidad tenía de escribir eso cuando había alcanzado el máximo respeto que un historiador puede llegar a tener? Precisamente para hallar una explicación al sentido de la expansión árabe en la formación de Europa. La ruptura del Mediterráneo entre un norte cristiano y un sur musulmán, entre un Oriente bizantino y un Occidente latino, sacó al hombre de las ensoñaciones del mundo antiguo, una de las cuales era calificar al mar-de-en-medio como Mare nostrum.
La aparición del islam hizo inevitable el nacimiento de Europa, aunque esa no fuera por supuesto su intención. Aparecen aquí dos problemas simultáneos: 1) la comparación entre una edad oscura cristiana y una edad luminosa musulmana; y 2) la garantía de una estabilidad mundial por los emperadores carolingios y por los califas de Bagdad ante el riesgo de un vacío de poder.
UNA VENTANA INESPERADA
Europa. ¿Qué era exactamente en el siglo VII? Por suerte, se ha investigado el ritmo de su economía, el uso de la moneda de oro, el besante bizantino (el euro de la época) y el dinar árabe, como también hay excelentes investigaciones sobre el valor de la guerra, la diplomacia, las reformas sociales, el arte, la literatura o las leyendas. En pocas palabras, se ha construido el gran contexto que ha permitido interpretar las cartas depositadas en la geniza de El Cairo, un almacén en la sinagoga de Ben Ezra, protegido por la sequedad ambiental. En esas cartas, unos personajes expresan sus deseos de formar sociedades comerciales contratando a agentes para que los representasen en el extranjero. Se trata de las primeras evidencias sobre la importancia de la reputación, el arbitraje y la confianza en el desarrollo de la vida mercantil, unos rasgos que caracterizarán la vida europea durante siglos hasta alcanzar lo que Max Weber llamó espíritu capitalista.
Las comunidades hebreas que vemos en la documentación de la geniza pusieron la vida mercantil en el camino de la explotación de las materias primas y de la aplicación de nuevas habilidades en el mundo de los negocios. Conocemos el nombre de alguna de esas materias primas, que actuaron en esos años como el petróleo o el gas en el mundo actual, la seda, la pimienta, el oro, el alumbre, la lana merina, el pescado; también conocemos las habilidades utilizadas para afianzar las redes del sistema mundial de comercio que estaban a punto de una fractura de impredecibles consecuencias: el uso de la numeración arábiga y no romana en la contabilidad, la selección en función del mérito, la división del trabajo, punto de partida del sistema de putting-out, el valor de la productividad como objetivo principal, el respeto por el trabajo manual, el papel concedido al mercado y a la noción de empresa.
Se alcanza así el perfil de una cultura empresarial y de un modo de entender la vida económica que ponía fin a siglos de trabas para impedir el acceso de los emprendedores a la política, monopolio de los propietarios de tierras, una nobleza de estirpe que imitaba los modelos de la clase senatorial romana. Esa limitación desapareció y la burguesía, salida de lo profundo de la economía, venció los destinos sin salidas que le había presentado la historia. El ascenso social se separa de las obligaciones feudales y se regirá por los juegos del intercambio, por la importancia concedida al dinero.
LA ALARGADA SOMBRA DE BIZANCIO
De las muchas acepciones que tiene la palabra Bizancio, aquí elijo la de una cultura irrepetible y multiforme que se extendió más allá de las fronteras del imperio de Constantinopla. Su legado alcanza a Serbia, Bulgaria, Bielorrusia, Ucrania, Rusia, es decir, la llamada Europa del Este, que tiene su propio ritmo histórico, su propio rostro arquitectónico, su propia religión, su propio alfabeto (el cirílico que procede del griego). ¿Cómo se llegó a esa situación? Veamos unos cuantos motivos anclados en la Historia Universal.
Primer motivo, la política de Bizancio en Oriente Próximo que afectaba a las regiones del Cáucaso, a su situación en la frontera del Danubio y en los Balcanes. Tras sacar para siempre a los persas de la historia por medio de unas brillantes campañas militares, el emperador Heraclio tardó algún tiempo en percibir el sentido de la pérdida de la fortaleza de Bothra (Bosra), en la frontera del Jordán. Tengamos presente esa actitud dramática porque es una parte sustancial de la historia de Bizancio, y no olvidemos tampoco que, tras la batalla de Yarmuk (636), una nueva derrota, Heraclio tuvo que aceptar la pérdida de Palestina, Siria y Egipto, lo que facilitó el avance de los árabes por la costa occidental, los viejos graneros de Roma: nos encontramos no solo con una situación crítica sino con una defensa heroica, en la que el hecho de vivir en Constantinopla se contempló en términos proféticos.
Segundo motivo, las reflexiones de Máximo el Confesor sobre el ideal de taxis, el orden invariable, armonioso y jerárquico de todas las cosas. La taxiarchía redime a Bizancio al protegerle con una corte de ángeles. Esa realidad celestial, invisible, convierte al emperador en Kosmokrator, señor del mundo, en la garantía del futuro, como serán los zares, sus herederos naturales. El efecto en la sociedad es la concepción ortodoxa de la gracia divina. A diferencia de la visión religiosa de Occidente (católica, protestante o puritana), según la cual la gracia se concede a los virtuosos, la religión ortodoxa considera la gracia un estado natural de la creación, que se encuentra en cualquier ser humano creado por Dios. Al secularizarse esta idea en el siglo XX, originó la particular concepción del comunismo de Stalin y Brézhnev, que se quiso imponer a Europa por medio del Ejército Rojo.
Y el tercer motivo, la unión de política y religión permitió que Bizancio sobreviviera a cualquier ataque, y poder contarlo, lo que no pudieron hacer los habitantes de Damasco, Petra o Alejandría. La resistencia al islam es su legado y la razón de su identidad. Decir «bizantino» era decir ortodoxo. Constantino IV convirtió esa idea en una herramienta evangelizadora cuando supo que las tierras del Danubio se llenaban de eslavos o búlgaros. Con el tiempo, decir serbio o decir búlgaro era también decir ortodoxo. Basta con ver un mapa del continente para comprobar que un hecho así marcará la historia de Europa. Los Balcanes están en el centro y sus costas dan al Adriático: la frontera exterior se situó en el río Don, frente a los pueblos de la estepa, y todavía no era la frontera definitiva, ya que aún deberían llegar pechenegos, magiares, turcos, tártaros y mongoles desde Asia central.
Esto último nos obliga a plantear si Rusia es, o no, europea: «Rasca en un ruso y encontrarás un tártaro», dijo Napoleón con un sentido de la oportunidad política en abierto contraste con los mitos que Rusia quería darse a sí misma. La épica nacional rusa es la historia de la lucha entre los agricultores de las tierras boscosas del norte y los jinetes de la estepa asiática: los ávaros y los jázaros, los polovtsianos y los mongoles, los kazajos, los kalmukos y todas las otras tribus de arco y flecha que habían atacado Rusia. Ese mito nacional se volvió tan fundamental para la identidad europea de los rusos que la más mínima sugerencia de una influencia asiática en su cultura era considerada una traición. En todo caso, recuerda Gógol en Taras Bulba, ser ruso es ser ortodoxo.
EL PUEBLO FRANCO
La idea de la gracia de Bizancio contrasta con la cultura del éxito del pueblo franco en Poitiers, el 11 de octubre de 732. Allí se libró una batalla decisiva, aunque los modernos historiadores creen que es la recreación cronística de una escaramuza. Pero el camino de los hechos nunca es el mismo que el de los significados.
Europa vincula el éxito a la victoria en el campo de batalla. Es más profundo que el triunfo entre los romanos; aquí interviene la mano de Dios. En ningún otro lugar ni en ningún otro momento resulta más fácil entender ese principio cultural que en la llanura entre Tours y Poitiers el año 732, ya que fue allí y entonces donde Carlos Martel, el martillo (alusión al héroe bíblico Judas Macabeo), convirtió la victoria en un homenaje a la comunidad de hombres libres conocida en las leyendas épicas como la dulce Francia. Para conseguirlo, introdujo una nueva estrategia; valiente, osada, que le dio resultado. Desplegó a sus hombres a pie, unos junto a otros, «erguidos como un muro», dice el cronista, firmes frente a las cargas de los jinetes árabes y bereberes.
La estrategia funcionó, las bajas fueron escasas, y los francos del norte comenzaron a mirar con desdén a los invasores del sur, que, en vez de ser eficientes y mantener un riguroso orden de ataque, insistieron en la carga de la caballería. Entonces Carlos Martel «condujo valientemente su línea contra los sarracenos». Este comentario no ilumina solamente un oscuro hecho de armas, también es un diagnóstico sobre la cultura. ¿Acaso el éxito en la batalla no hizo que el escritor Beda el Venerable se reafirmara en su idea de las raíces cristianas de Europa? Entre el esplendor del islam y la identidad de Europa, Beda escogió lo segundo. Es la elección de un visionario.
QUÉ CLASE DE SOCIEDAD
En el siglo VII, Europa estaba limitada por su población y por su naturaleza: una población de seiscientos mil habitantes en lo que hoy día es Alemania, dos millones para la actual Francia (una densidad entre 2,4 y 5,5 habitantes por kilómetro cuadrado); una naturaleza dominada por un espeso bosque y las marismas, el reino del mosquito anófeles, uno de los grandes asesinos de la historia al propagar el paludismo. ¿Cómo superar tan adversas condiciones? Primero se buscó el arbitraje de dos figuras de aquel tiempo, el héroe y el santo (a veces mezclados el héroe-santo, patrón de un territorio), capaces de luchar contra los monstruos que anidaban en los pantanos y las tierras bajas, en especial el dragón, la representación del mal; luego las vidas de los eremitas y de los monjes se convirtieron en modelos a seguir y, finalmente, se articuló a los propietarios de tierras en unidades familiares como queda reflejado en las expresiones stirps, gens, sippe. La familia extensa fue el origen de la casa solariega.1
Los señores de la casa solariega vivían de la renta, pero también de la venta de productos agrícolas, aunque esto último les exigió contar con la iniciativa de los intermediarios que conocían las rutas comerciales y los mercados. La mejora de los campos de cultivo convirtió a los emporia en polos de desarrollo y en centros de distribución de mercancías, el vino en primer término. Esos factores contribuyeron al desarrollo de la economía que, en poco tiempo, convirtió a los propietarios de tierras en una nobleza de estirpe y de espada. Los más avezados se acercaron al trono y ligaron su suerte a la amistad del rey.
Europa se hizo fuerte gracias a estas medidas, ya que fue capaz de fijar un modelo de conducta que le permitió integrar a los nuevos pueblos nómadas, los escandinavos y los magiares.
MATRIZ CAROLINGIA
La llegada del omeya Abderramán I a Almuñécar, un pueblo de la costa granadina, en el 755, coincidió con una revolución política en la corte merovingia, de las muchas que iban a dinamizar la historia de Europa durante siglos. Allí se vio el apego del poder secular al eclesiástico. Fue inolvidable: la irrupción del espíritu belicoso de la vieja nobleza al servicio de una ambiciosa familia que de momento monopolizaba el cargo de mayordomo de palacio.
Esta revolución política comenzó el día en que Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel, el héroe de Poitiers, le preguntó al papa Zacarías: «¿Quién debe ser rey: quien reina o quien gobierna?». La respuesta fue toda una proclama política: Rege venit a regendo, que traducido quedaría: «A rey se llega reinando». Era una invitación al golpe de Estado. No hay revolución política que no esté teñida por los colores de la exclusión y el olvido, el deseo y la memoria. En este caso, el mayor damnificado fue Childerico III, el último rey merovingio. Se ganó su lugar en la historia cuando fue trasladado al monasterio de Saint-Omer donde fue tonsurado, perdiendo su trenza, el emblema de la dinastía.
La formación de una matriz carolingia requirió un cierto nivel de paz interna. No se conciliaba bien con la violencia arbitraria y no autorizada de los señores de la guerra o con la persistencia de lo «crudo sobre lo cocido» en muchas regiones. Europa era todavía un espacio salvaje según prueba el obispo Bourchard en una visita pastoral a la diócesis de Worms. Cuando seguimos con Eginardo las campañas de Carlomagno en Sajonia, Austria o España (conquista de Barcelona tras su fracaso en Zaragoza), podemos observar la intención de crear un imperio territorial en los mismos años que lo hacían los Nara en Japón, los Tang en China, los Abasíes en Bagdad, los Isaúricos en Bizancio.
La coronación imperial en la Navidad del 800 escenifica esa voluntad de poder inspirada en las ideas de Alcuino de York, el sabio más original surgido del think tank de Northumbria. El Imperio carolingio realizó una renovación política y cultural en su constante lucha por inventarse. Construyó una sociedad segura y ordenada donde los potentes, la nobleza palatina, se relacionaban con los pauperes, los hombres libres que formaban el ejército imperial. Ambos sectores se influyeron mutuamente y fijaron una agenda compartida. La recuperación espiritual y la artística iban de la mano.
La familia carolingia buscó una matriz estable, duradera, con la que se superara el mosaico étnico-político de Europa. Esa matriz reclamó, en primer lugar, la creación de un territorio delimitando sus fronteras (marcas); en segundo término, un gobierno imperial sostenido por una red de emisarios, missi dominici; y, terceramente, una conciencia de la relación entre el renacimiento cultural romano y la tradición germánica.
Primero, la creación de un territorio. Los principales trazos del territorio carolingio pueden resumirse de la siguiente manera según aparece descrito en la Capitular de Villis: la propiedad se organiza como un señorío con una tierra cultivada por siervos dependientes del propietario y unas parcelas arrendadas a campesinos libres que pagan un censo. Esa forma económica es un vasto programa de ocupación agrícola para veteranos de las campañas del emperador, situados en las marcas, fronteras militares. El territorio carolingio, así concebido y desarrollado durante siglos, es una magnífica obra de intrincada armonía, imbuida de un sentido de la rectitud a la par estético y moral. La idea adquirió muy pronto su propio rostro arquitectónico en la capilla Palatina (Pfalzkapelle) de Aquisgrán, de planta octogonal, un diagrama cósmico, siguiendo el modelo de San Vital de Rávena y el palacio imperial de Constantinopla, con el célebre chrystotriklinos, combinación de capilla y salón del trono.
Segundo, el gobierno imperial. El gobierno fue el resultado de una sociedad convencida de la necesidad de una organización burocrática y de la conversión de la vieja aristocracia en una nobleza palatina. Ambos hechos trajeron consigo un modelo de sociabilidad adaptada a los nuevos ideales educativos, expuestos de forma precisa por Duoda de Septimania en un excelente manual de educación para sus hijos. El ideal no es el jefe guerrero de la época de las migraciones, sino el barón que aconseja al emperador y le acompaña en las expediciones públicas.
Tercero, la renovación cultural y política. La idea clave de la Europa carolingia fue la renovatio romani imperii, es decir, la restauración del Imperio Romano, sin olvidar, sin embargo, las raíces germánicas. Difícil equilibrio entre el porvenir y la tradición. No hay futuro vivo con un pasado muerto, repetía Alcuino de York. La mejor prueba de ese equilibrio se percibe en los tres pilares del programa de la renovatio: 1) la recuperación del latín clásico, paso previo para el renacimiento de la literatura latina; 2) el desarrollo de una caligrafía revolucionaria basada en la minúscula carolina, la letra que con ligeros retoques se utiliza hoy día en nuestros ordenadores; y 3) la creación de un calendario litúrgico común. Esto último fue clave en una época en que aún se celebraban dos Pascuas en Britania, la católica y la celta. Carlomagno apoyó la reforma litúrgica, no solo porque procedía de Beda, el maestro de su amigo Alcuino, sino porque era una buena manera de crear un espacio cultural europeo. Para ello emitió un edicto sobre cómo debía medirse el tiempo. Se decidió comenzar por el año del nacimiento de Cristo, Anno Domini, y siguió con la organización de las fiestas litúrgicas y otros elementos de lo que Krzysztof Pomian denomina el noyau organisateur de Europa.
Imperio carolingio, ¿esbozo de Europa o partida equivocada? Llevamos años haciéndonos la pregunta. En el año 800, momento de su mayor expansión, el Imperio se mostraba etnocéntrico, seguro de su propia superioridad, ya que estaba a la vanguardia de la cultura y del desarrollo económico. Su poder abarcaba prácticamente toda la Europa católica con la excepción de Inglaterra, donde el rey de Mercia se resistía a formar parte de un contexto que no era el suyo. El futuro iría por senderos diferentes a los que él trazó. El debate sigue abierto.
LA TORRE DE BABEL
El Imperio carolingio proyectó hacia atrás, hasta los orígenes en Roma, la creencia de que el pasado prefiguraba el futuro; después Alcuino y Eginardo consideraron el apoyo del califa Harun al-Rashid como la prueba de que en Europa solo había un poder legítimo, el de Carlomagno y sus herederos. Ese orgullo es el mismo de Carlos V y Napoleón, según el cual el Imperio es el único marco político adecuado a Europa. Pero la historia a veces no piensa así. Y en poco tiempo se pudo comprobar.
En efecto, el Imperio carolingio fue afectado por dos factores transformadores. El primer factor fue la clásica crisis de la tercera generación: los nietos no son capaces de mantener la voluntad política del abuelo; una actitud psicológica, que sigue perpetuándose. Así, en el año 843, tres nietos de Carlomagno (hijos de Luis el Piadoso) firmaron el Tratado de Verdún, por el que dividían el Imperio carolingio en tres partes: Francia, los Países Bajos y Alemania con las dependencias italianas. La partición fue territorial, política y lingüística: el latín cedió ante el empuje de las lenguas románicas, del alemán y del neerlandés. La torre de Babel es la metáfora de este impulso irrefrenable a convertir la lengua en el principio de identidad de los pueblos. Todos querían escribir en la lengua que hablaban. Europa entonces se encontró con decenas de lenguas, sin apenas tiempo para darse cuenta de lo que un hecho así significaría para el futuro. Las dudas ante el futuro cuestionaron la universalidad del Imperio y acabaron por fragmentarlo.
El segundo factor fue la invasión de los pueblos escandinavos. La invasión afectó también a otros territorios de Europa, Irlanda, Inglaterra, el emirato de Córdoba, pero alteró más al Imperio por la lacerante sensación de desvanecimiento que provocó un hecho así. Recordaba demasiado al final del Imperio Romano de Occidente, el modelo político que los carolingios habían elegido. Un nuevo panteón descendió sobre el trono de Carlomagno y lo vaporizó en poco tiempo. Se trataba justamente de dar una pátina de legitimidad a la vieja costumbre del vencedor que visita al poder derrotado y le ofrece su amistad para sentirse seguro de que va a formar parte de la historia.
Después del Tratado de Verdún (843), en medio de miles de quejas por la debilidad del emperador, las fronteras del Imperio bullían de pueblos bárbaros, que no respondían a la idea de la civilización forjada por los carolingios. Carlos II el Calvo reclamó la autoridad de Juan Escoto Erígena para obtener una explicación. En las costas, se veían las velas de los nuevos invasores. Tensión. En Europa se abrió un nuevo y fascinante capítulo de su historia.
EXTREMOS DE ESCANDINAVIA
Los pueblos escandinavos protagonizaron uno de los hechos más singulares de la historia de Europa: la emigración de los valles de Noruega, Suecia y Dinamarca a las planicies de Groenlandia, Irlanda, Inglaterra, Normandía, Sicilia y Ucrania. El cronista Dudon de Saint-Quentin sostuvo la necesidad de comprender a los recién llegados, con todo su conflictivo equipaje cultural de mitos, ritos, deseos, lastres, poesía, drama y tópicos; y propuso seguir la vida del jarl, conde, de Möre, Gangu-Hrolf, Rollon el Caminante, soberano de las Orcadas que por entonces incluían las Hébridas, las Feroe y la región escocesa de Caithness: seguir su vida desde que desembarcó en Francia para afincarse allí con su gente.
El encuentro de Rollon con el Imperio carolingio es un hecho crucial para Europa. Enaltece la visión de una historia que se vuelve más compleja con la llegada de estos hombres del norte, más rica al estar alentada por el deseo de valorar el ver sacrum, la primavera sagrada, y el regalo como contrapeso al pillaje. No puedo imaginar una Europa sin un conocimiento de ese mundo; y no solo porque las runas son uno de los grandes legados de esta época. Lo primero es precisar el nombre vikingo, con el que se conoce a esos pueblos.
El vikingo pertenece a una liturgia especial donde la fantasía compite con una geografía de témpanos helados que, por supuesto, no se atiene a la realidad (entonces hacía más calor y los fiordos no tenían ese aspecto); pero el romanticismo le había convertido en la imagen del guerrero rubio que adoraba a Odín, tema de novelas y películas. Recuerdo la de Richard Fleischer con Kirk Douglas enamorado de una hermosa cautiva inglesa interpretada por Janet Leigh. De ese modo han mostrado la parte escondida del mundo vikingo, recuperando un pasado que parecía perdido. Como dijo y comprendió bien Saxo Grammaticus en la Gesta Danorum, escrita en el siglo XII, el pasado de los vikingos forma parte de Europa.
¿Qué significa la expresión vera, fara í vikingu («ser e ir en expedición de vikingo»)? Una respuesta la dio Adam de Bremen, obispo de Hamburgo: ipsi pyratae quod ille Wichingos appellant («aquellos piratas que de otro modo se llaman vikingos»). Respuesta vulnerable que se asimila a otra, paralela, aunque más ancha, la de Snorri Sturluson cuando escribió en la Heimskringla sobre un individuo que «durante mucho tiempo fue en expedición vikinga, pero a menudo en viajes de comercio y en consecuencia conocía muchos lugares». Búsqueda de la identidad de los vikingos, búsqueda de una historia que sepa situar las gestas en su exacta medida, ya que los vikingos, además de piratas, fueron ganaderos, comerciantes y exploradores. Muchos de ellos se fusionaron con las poblaciones locales y desempeñaron un papel decisivo en la formación de Rusia, Francia, Inglaterra o Sicilia. La colonia de Vinlandia fue la primera tentativa, fracasada, de unos europeos por colonizar América.
La prodigiosa historia vikinga adoptó tres formas diferentes que responden a su vez a tres pueblos con una identidad definida: los daneses volcados sobre Inglaterra, la Europa carolingia, el emirato de Córdoba y, finalmente, Sicilia, donde crearon un reino muy original; los noruegos que se dirigieron a Escocia, las Orcadas, Irlanda, Islandia, Groenlandia y Cánada; los suecos (varegos) que se encaminaron hacia el este por el Báltico hasta la región de los grandes lagos, y desde el Ladoga eligieron dos rutas: por la más oriental descendieron sobre Gnezdovo por el Dvina y por el Volga hasta llegar al mar Caspio en Itil, donde entraron en contacto con las caravanas en dirección a Bujara y Samarcanda, o, atravesando el Caspio, llegaron a Gurgan y desde allí a Bagdad; por la más occidental, desde Novgorod llegaba hasta Kiev para descender por el Dniéper al mar Negro en Odessa, desde donde los suecos alcanzaron Bizancio.
Podemos ver un efecto tardío de la aventura vikinga en las sagas escritas en Islandia en los siglos XIII y XIV, el primer tesoro de la literatura europea; también en algunas obras literarias actuales, ya que basta pensar en la confesión de la heroína de la novela Salka Valka de Halldór Laxness: «Cuando ya está todo dicho y hecho, la vida consiste primero y principalmente en pescado salado».
La memoria de los vikingos, una razón de ser ante la vida, que sigue renovándose en los sueños árticos, que dijo Barry Lopez: la historia de la exploración europea de cualquier parte del mundo supone la confrontación de la realidad con alguna visión de una distante riqueza. Oro, pieles, madera, ballenas, control de las rutas comerciales, todos eran tesoros que debían ser verificados, adquiridos, transformados, distribuidos y defendidos. Y, al cabo, en el centro de todo ello, un europeo de excepción, Leif Eriksson.
EL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO Y SUS ADVERSARIOS
El siglo X es el tiempo del otro, incluyendo al otro que solo lo es porque no desea pensar su pasado en términos de un mestizaje de pueblos y culturas. Es lo que le sucedió al duque de Sajonia Otón I con la llegada de los magiares, el azote de los tiempos, a los que la gente llamó «húngaros». Procedían al parecer de los Urales y habían sido conducidos a la llanura de Panonia por siete líderes, aunque eso parece más bien fruto de la leyenda que de la historia. El primogénito de uno de ellos se llamó Árpad y con él comenzó una dinastía que estaba destinada a construir Europa. Pero antes de que eso ocurriera tuvieron que enfrentarse en la ribera del río Lech, afluente del Danubio, con las tropas del duque de Sajonia, que los derrotó de forma inapelable en 955.
La batalla del río Lech permitió construir el Sacro Imperio Romano Germánico, del que, no obstante el interés por recuperar los valores romanos de la cortesía (urbanitas), al final solo se deseaba huir. Este hecho relativiza el alcance y la noción del Sacro Imperio, muestra su carácter vago, también aclara las relaciones diplomáticas con Bizancio que permitieron la llegada de la princesa Teófanes, madre del emperador Otón III, el hombre que soñó con un imperio universal, por influencia de su tutor el monje Gerberto de Aurillac, papa Silvestre II. Tras su misteriosa muerte y la subida al trono de Enrique II, que se hizo coronar con una capa de fondo azul con todas las constelaciones, la pregunta durante siglos fue: ¿resulta imposible una duradera comunidad europea?
Las naciones que comenzaron a surgir por entonces nunca tuvieron una noción de Europa, solo se interesaban por las fronteras para defenderlas o para atacarlas. Pocas veces se dejaron convencer por teóricos de la unidad, a los que veían como agentes del Papado. Las relaciones entre esas naciones no se debían a su voluntad, a una mutua simpatía, ni a la proximidad lingüística, sino a una necesidad común. El siglo XI hizo explotar los valores étnicos y lingüísticos de las poblaciones enmarcadas en el Sacro Imperio que se negaban a dejarse asimilar, es decir, germanizar. Aquí se abrió un problema que los siglos siguientes no hicieron más que agrandar. Afectó desde Austria, inclinada a intervenir en los Balcanes, a las comunidades judías askenazíes que quisieron vivir con su lengua propia, el yiddish. El edicto contra la poligamia, dictado por Rabbenu Gershom ben Judah, reafirmó la comunidad judía askuenazí, que se alejó de los sefardíes.
Después de la guerra del emperador bizantino Basilio II contra los búlgaros, muchos estados danubianos y balcánicos buscaron la forma de alcanzar una identidad en el barullo lingüístico y étnico de la Europa central; mientras, en la región de París, los obispos se levantaban contra el rey carolingio en nombre del conde Hugo Capeto. Esta sincronía de situaciones favoreció la formación de grandes redes de comunicación en el Atlántico y en Rusia.
ADMIRABLES DECISIONES
Los monjes de Optina Pustyn, el centro espiritual que en el siglo XIV creó la conciencia nacional y relacionó Rusia con Bizancio, no tuvieron mucha simpatía por la aportación de los varegos a la historia rusa. Semejante actitud tuvo Iván Kireyevski, el poeta romántico que peregrinó a Optina convencido de encontrar allí las respuestas a sus preguntas sobre el pasado ruso. Hay sensaciones adormecidas en la memoria de los siglos que, en el momento oportuno, acuden en ayuda de quienes buscan un motivo para creer en su patria. Gógol, Dostoievski, Tolstói, sondearon el alma rusa que era tanto como seguir las huellas de la llegada de los iconos a Rusia provenientes de Bizancio y elaborados en estilo griego. Todo eso ocurrió a finales del siglo X y siguió hasta los iconos de Andrei Rubliov, cuatro siglos después. Quizá los lectores recuerden la última escena de la película de Tarkovski sobre este pintor, en el que un grupo de campesinos forjan una campana, símbolo de la fuerza espiritual de un pueblo ante la adversidad.
La emergencia de Rusia al primer plano de la historia de Europa desenmascaró la mentira de una Rusia desinteresada por el desarrollo material, fuente de un espíritu universal que salvaría al mundo del progreso y que Gógol retrató en Almas muertas. La política de Vladimir el Grande y su hijo Yaroslav nos puede ayudar, y por razones que no tienen que ver con la literatura, pese a que en algunos momentos recuerdan a los personajes de Chéjov; son los detalles que permiten seguir la creación de unas redes comerciales entre el Báltico y el mar Negro al mismo tiempo que se implantaba la religión ortodoxa en los bazares de Novgorod y Kiev. La ejecución de esa política dependía de la alianza con el emperador Basilio II, una de cuyas hermanas partió para Rusia y, con ella la arquitectura de estilo bizantino, visible en Santa Sofía de Kiev, el culto religioso y, por supuesto, el arte de los iconos.
Igual de atrevida fue la iniciativa de los daneses en tiempos del rey Harald Blâtönn, «Diente Azul», de crear una talasocracia en el mar del Norte, con capital en Jelling, Jutlandia, convirtiendo los emporia en centros de intercambio comercial y polos de desarrollo. Sveinn Tjuguskegg (Suenón Barba Bifurcada), hijo de Harald, consiguió unir las dos tradiciones vikingas del Atlántico norte, la suya y la noruega, con sus grandes exploraciones más allá de Groenlandia, que sellaron la suerte de Erik el Rojo, el hombre que puso pie en la península del Labrador. El acercamiento entre daneses y noruegos le permite sumar sus fuerzas y su capacidad para llevar a cabo la acción. Olav Tryggvason prepara el terreno el año 991 al dirigir a los noruegos en la decisiva batalla de Maldon contra los ingleses, capitaneados por Byrhtnoth de Essex, objeto de un poema donde se relata su heroísmo. Maldon es el principio del sueño imperial danés. Canuto el Grande, hijo de Sveinn, termina la labor: divide la isla de forma cuadrangular antes de conquistarla, luego lleva a cabo la conquista, y en cierto momento una carta de la época le califica de rey de Inglaterra, Dinamarca, Noruega y parte de Suecia.
La validez de este imperio sobre el mar del Norte, que tan lejos nos parece (pese a haber sido un éxito en su momento), es lo de menos. Lo que cuenta es la superación de la terrible adversidad en la que se vivía en el año 1000 por los esfuerzos de unos hombres y su férrea voluntad. Siguiendo la estela de estos proyectos políticos se crearon las redes comerciales que conectaron los puertos del mar del Norte con Rusia a través del Báltico. En el futuro esa red de ciudades comerciales se llamará Hansa. Aquí están sus orígenes.
Los puertos del mar del Norte se llenaron de almacenes, casas de hombres honestos que cerraban acuerdos según el derecho internacional, residencias palaciegas de aristócratas que soñaban con costear su sentido de la prodigalidad mediante impuestos sobre la actividad comercial, en los huertos cercanos se comenzaban a plantar productos suntuarios: el orden mercantil asomaba la cabeza. Los viajes en busca de productos alimentarios aumentaron, y con ellos aparecieron nuevos barcos, más pesados, con más capacidad. Concibieron la vida como una carrera en función del mérito. Y se asentaron en los suburbios de las viejas ciudades. Allí no había restricciones comerciales, únicamente un conflicto moral, el decoro frente al desorden, el acceso restringido frente a la entrada libre, la riqueza antigua frente a la nueva. Todo parecía dispuesto para que el dinero cambiara de manos, pero no iba a ser fácil. La gente rica miraba por encima del hombro a los recién llegados, campesinos que aún olían a establo, incapaces de comprender los prejuicios sociales.
CULTIVAR LA TIERRA, CULTIVAR EL ESPÍRITU
Europa era en el año 1000 un continente de naturaleza rural a pesar de las conquistas militares y las aventuras comerciales. Cada año, la cosecha ponía en juego la fortuna de todos, desde los altivos emperadores de la casa de Sajonia hasta los más humildes campesinos, pasando por los nobles feudales enfundados de hierro para sus expediciones de primavera, por los artesanos y mercaderes de las incipientes ciudades, por los juristas, abogados, médicos y sacerdotes, que agrupados bajo el apelativo de cives formaban una especie de patriciado urbano.
El progreso de la agricultura contó con un aliado inesperado: un clima relativamente estable y cálido que llenó de buenas cosechas la tierra. También ayudó un cambio de actitud hacia el trabajo, que podría definirse como una nueva moral vinculada al desarrollo del cristianismo en las aldeas. Los arados con ruedas y reja disimétrica perforaban los campos con mayor profundidad y eficacia, y menor coste de energía humana, que los viejos arados de cama curva romanos; la unción de los caballos con una collera rígida aumentaba la potencia de tiro; la rotación trienal permitía dejar en barbecho un trozo de tierra sin menoscabo de la cosecha de cereales (centeno, trigo) en invierno y de leguminosas (guisantes, lentejas, habas) en primavera. Estas últimas fijaban el nitrógeno en el suelo y conservaban su fertilidad. Las habas fueron el aporte de proteínas vegetales más eficaz durante muchos siglos. Mejoró el soma de los campesinos y permitió que las mujeres tuvieran más hijos sin riesgo a morir de sobreparto; disminuyó la mortalidad infantil, a lo que contribuyó el final de las prácticas abortivas y de infanticidio.
La población creció notablemente, efecto sin duda de un baby boom. Surgieron nuevas aldeas en lo que antes eran zonas boscosas, pantanos o tierras sin cultivar. Miles de hectáreas de bosques desaparecieron ante las hachas de los granjeros, que talaban los árboles para incrementar la superficie cultivable. Los insectos asesinos como el anófeles, que propaga el paludismo, fueron desterrados. Se construyeron puentes con la madera de los árboles que permitieron atravesar ríos por entonces más anchos y caudalosos que en la actualidad; muchos de ellos fáciles de navegar, con lo cual los puentes servían de aduana o fortaleza defensiva para quienes buscaban internarse río arriba. Toda la vida material desbordaba energía, y ocurrió entonces que un manto de iglesias blancas se extendió por Europa, según la imagen que dejó para la posteridad el cronista Raúl Glaber.
Las tierras de la frontera se convirtieron en un objetivo. Si escarbamos en las fuentes de la época, descubriremos decenas de anécdotas que alimentan esa idea. Eran necesarias si tenemos en cuenta que, finalizadas las grandes migraciones, la conciencia de abandonar el hogar acarreaba en los campesinos europeos cierto sentimiento de pérdida, cuando no de nostalgia, por la casa paterna, que se trataba de contrarrestar con la ejemplar vida de algunos monjes pioneros. Al respecto escribió el incombustible Gerald de Gales: «Dad a esos monjes un páramo desnudo o un bosque silvestre, dejad pasar algunos años y veréis iglesias bellísimas y viviendas alrededor de los templos».
En el transcurso del siglo XI, la imagen de Europa como culminación de un proceso histórico y geográfico imparable suscitó un sentimiento de orgullo entre los escritores más influyentes ante el entusiasmo, coraje, heroísmo, altruismo y decencia mostrado por sus contemporáneos. La retórica empleada era diversa: en unos casos se destaca el esfuerzo campesino, la disposición personal hacia el trabajo agrícola; en otros, el papel de la religión subrayando el punto de vista espiritual que entiende Europa como cristiandad. En realidad, tuvo un poco de todo. Eso implica una visión amplia de la sociedad de esta época, en la cual todo cuenta, desde las trivialidades hasta los tesoros.
UN PERSISTENTE TABÚ
En la década de 1070 dos hechos convergieron con efectos trascendentales en el futuro de Europa. El avance turco por la península de Anatolia obligó al basileus Romano IV Diógenes a llevar el ejército a las llanura de Manzikert. Allí sufrió una derrota sin paliativos que provocó que las tierras donde había nacido la civilización griega pasaran a manos turcas para siempre. Y, segundo hecho, la toma de Bari por Roberto Guiscardo, el hombre de Roma en esta parte de Italia, con lo que Bizancio perdía el último bastión en la península Itálica y los normandos se convertían en los artífices de un modelo político que con el tiempo cautivó a media Europa. Ambos hechos responden a una misma situación: la herencia bizantina quedaría relegada a Oriente, mientras que Occidente se debatiría en otros principios políticos, culturales y religiosos.
Europa descubrió de este modo el que sería su interlocutor en los siguientes diez siglos, Turquía. Lo fue en el Mediterráneo, en los Balcanes, en el norte de África, en Oriente Próximo; lo fue en nombre de los jefes kurdos de Mosul y Alepo, lo fue en nombre de la Sublime Puerta, en la defensa de sus materias primas, el alumbre primero, el petróleo finalmente, en acciones de guerra y en acuerdos diplomáticos; lo fue en el mundo icónico: ¿quién no recuerda las batallas de Belgrado, Mohács o Lepanto, los avatares de la moderna Grecia, el muro chipriota, la identidad de Bosnia-Herzegovina y tantas cosas más? Todo eso aconteció porque ocurrió Manzikert; si allí hubiese vencido el basileus quizá nunca hubiera habido el mundo de los horizontes abiertos que hizo que Europa tomara conciencia de sí misma.
3
HORIZONTES ABIERTOS
(1071-1337)
Mis estudiantes pedían razones humanas y filosóficas; necesitaban explicaciones inteligibles más que afirmaciones; sostenían que es inútil hablar si no se da el sentido de lo que se dice, y que nadie puede creer sino aquello que ha comprendido previamente.
PEDRO ABELARDO
LA RIQUEZA CAMBIA DE MANOS
Europa creció en la tensión entre la guerra y el comercio. La guerra era la expresión de la nobleza feudal, de la caballería; el comercio, la de los mercaderes y hombres de negocios de las ciudades, donde los obispos fueron durante años sus consejeros morales hasta que esa función pasó a los frailes mendicantes: franciscanos y dominicos. La guerra que llamamos cruzadas era la forma de entender los horizontes abiertos por una sociedad pagada de sí misma, opulenta, altanera, que había encontrado en la recuperación de los Santos Lugares un pretexto para desarrollar la violencia fuera de sus fronteras.
El objetivo inicial fue la toma de Jerusalén, la ciudad santa de las tres religiones del libro: judaísmo, cristianismo, islam; luego la creación de un Reino Latino en Palestina, cuyo primer rey fue Balduino de Flandes, hermano de Godofredo de Bouillon, el héroe del asalto. Para alcanzar ambos fines, los cruzados entraron en contacto con los mercaderes que conocían las rutas de navegación, los puertos donde fondear las naves, las máquinas de asedio y la práctica de la intendencia. Y así tenemos en ese momento y en ese lugar en un lado, a la nobleza feudal y los caballeros cruzados, los milites Christi, los costosos arneses de hierro, los caballos y las espadas; en el otro, a los comerciantes, notarios y jueces; bolsas de oro y cartas de crédito, los registros de propiedad y las noticias sobre el precio de las mercancías. Hubo quien quiso pertenecer a ambos mundos a la vez; ser un caballero y actuar como un hombre de negocios. Se llamaba Hugo de Payns, un nombre mítico.
En 1118, Hugo viajó a Jerusalén con la misión de crear una orden militar que protegiera los caminos y sirviera de entidad crediticia a los nobles sin recursos monetarios, pero con propiedades agrícolas prestas a ser hipotecadas. Misión imposible. La Orden del Temple solo intervino en el mundo de los negocios la víspera de la derrota cristiana en la batalla de los Cuernos de Hattin (1187), y de ese modo la Orden consiguió no quedar fuera del reparto de tierras que años más tarde acordarán Ricardo Corazón de León y Saladino, el emir kurdo que controlaba Oriente Próximo.
La guerra y el comercio cambiaron el perfil de Europa. Dos hechos facilitaron la tarea. En primer lugar, la lucha por el poder en las sociedades europeas (aquí el plural es necesario) provocó el nacimiento de la ciudad autónoma, lo que en Italia se llamó il comune. La esencia del sistema urbano europeo radicó en la función política adoptada por los agentes económicos, que crearon un gobierno de los mercaderes, por los mercaderes y para los mercaderes; y en su función social, ya que eran espacios de libertad en medio de la servidumbre, de creatividad y abiertas a la riqueza del mundo. El segundo hecho es que la separación de lo secular y lo religioso convirtió el dinero en una forma de valor que dinamizó el mercado y la vida económica.
El dinero. No solo es un medio de pago que hace que las piezas de plata sean cada vez más necesarias, cada vez más escasas; también es el origen de muchos vicios capitales, comenzando por el de la cupiditas, la avaricia; por ejemplo, la razón de un dilema que en la Edad Media se hizo famoso, ¿la bolsa o la vida? Cada cual valora el dinero a partir de su propia experiencia: un uso regulado empuja a los pendencieros fuera del orden social y convierte el pillaje, ese valor de la vieja aristocracia, en un vulgar robo. Todavía en el siglo XII algunos jóvenes nobles vibraban ante las palabras del trovador Bertrán de Born, de la máxima incorrección política, invitando a todos sus compañeros de francachelas a saquear a los ricos sin el menor rubor.
Europa no supo prescindir del dinero. Ante todo porque el espíritu mercantil situó las acciones de los bandoleros fuera de la ley, ya que la generosidad se convierte en un atributo de clase. Luego porque sirvió para conducir la guerra de cruzada: para adquirir los arneses modernos y las máquinas de asedio, que cuestan cada vez más caras y al lado de las cuales la antiguas parecen ridículas, para reclutar mercenarios que exigen buenas pagas en metálico, en fin, para pagar el rescate de los cautivos, de los prisioneros. Todas estas circunstancias fútiles imprimen una impronta de inimitable singularidad a la historia de Europa: la función principal parece haber cambiado. Ahora se trata de hacer negotium. El negocio, que es trabajo (negación del ocio), medida de todas cosas. Y se hace por y para el dinero, función del interés social.
El capitalismo esperaba entre las sombras. Europa obtuvo dos siglos de gracia para aumentar la productividad de la tierra en buena parte debido al empuje de las minorías urbanas impulsoras de un cambio en el sistema de trabajo, en la selección de las semillas y en la sustitución de la fuerza humana por la energía de las máquinas. Los molinos de agua y de viento resultaron claves en el bombeo de agua de los pantanos y pólderes. El molino de viento construyó algunos países europeos, Holanda sin ir más lejos. Partiendo de estos cimientos, las potencias europeas primero detuvieron y después invirtieron el monopolio de los mercaderes musulmanes de El Cairo, Damasco o Alepo. La iniciativa pasó a las élites urbanas de Venecia, Génova, Pisa, Brujas o Gante a medida que el comercio se enredaba cada vez más con la guerra. Hacia el año 1250, era posible vislumbrar que la victoria, con toda probabilidad, sería suya. El genovés Benedetto Zaccaria es la prueba.
Para explicar el éxito de Zaccaria en el mundo de la guerra y de los negocios, se requiere un lienzo amplio y un pincel grande. Fue un empresario modélico, tanto por la escala de sus negocios, comenzando por el monopolio del alumbre (el petróleo de la Edad Media) como por su extensión geográfica: desde las islas del Egeo hasta Inglaterra, sin olvidar la creación de una marina de guerra para el rey de Castilla. El campo de su actuación era mundial en un sentido económico. Los mercaderes de la Hansa actuaron de modo similar a la hora de realizar una actividad, mitad guerrera, mitad comercial, que les condujo a controlar las tierras que bañan el mar Báltico, desde Lübeck hasta Riga. La lucha por ese territorio fue costosa y lenta. Las exigencias urbanísticas fueron extraordinarias. Movilizaron una tercera parte de los recursos humanos y dedicaron hasta dos tercios de la economía para satisfacer la necesidad de crear nuevas ciudades. Fue una urbanización a una escala que no volvería a darse hasta el siglo XIX, y cuya justificación se basaba en la desesperada cosmovisión que proponía la orden militar de los Caballeros Teutónicos. El nombre de algunas ciudades da buena prueba del alcance y profundidad de la expansión económica y territorial: Rostock, Gdansk (Danzig), Elbing, Königsberg, Torun (Thorn), Marienburg y muchas otras.
La colonización del Este dependió tanto de la movilización eficaz de los recursos económicos y morales de los comerciantes hanseáticos como de la guerra contra las comunidades eslavas. El proyecto recibió un revés cuando Alexander Nevski, príncipe de Novgorod, venció a los Caballeros Teutónicos en el río Neva. Ese suceso muestra los límites del choque de civilizaciones en Europa. Al final los dos mundos se vieron corroborados, aunque no sin que antes la región ardiera por los cuatro costados, miles de personas inocentes perdieran la vida y la destrucción de cosechas, aldeas, casas y puentes alcanzara una magnitud casi inimaginable en tiempos de Carlomagno. A partir de la guerra y del comercio se forjó un orden político y económico con eje en la Gran Moravia. ¿Por qué ganaron los eslavos? Es una pregunta que se hace con ánimo de encontrar una respuesta convincente que pueda ayudar a la Unión Europea en el siglo XXI.
MORAL DEL TRABAJO
Nada de lo dicho hasta ahora responde a la cuestión central de este período de la historia de Europa de cómo unas sociedades que fracasaron en la tarea de hacer la guerra triunfaron de forma tan espectacular en la construcción de un sistema económico: al cabo, escribió Roberto Sabatino Lopez, «la Ilíada de los barones fue precedida, apoyada y superada por la Odisea de los mercaderes».
En el último tercio del siglo XI, se produjo un cambio en los valores y en la concepción del estatus social. La actividad mercantil se adaptó a una nueva moral, porque gracias a ella se alcanzaron los primeros éxitos comerciales. No hubo milagro económico. Todo comenzó en el campo de las ideas y los sentimientos. Europa ganó la libertad y la prosperidad gracias a una nueva moral del trabajo. Esta afirmación puede sorprender a quienes estén al corriente de la tesis de Max Weber que vincula esa moral del trabajo a la Reforma protestante y por tanto sitúa su nacimiento en el siglo XVII, apoyada en Grocio y Locke. Una tesis ingeniosa que no se atiene a la realidad histórica.
La formulación más temprana de la nueva moral del trabajo se encuentra en las formas de vida urbanas de finales del siglo XI: imaginativa sustitución de la economía de pillaje y a la ostentosa distribución de regalos que la acompañó por una economía de beneficio. Esta nueva actitud ante la vida calculó si una actividad o transacción particular podía generar riqueza. Marcó la promoción del comercio y la industria desde su anterior estatus de actividades marginales hasta el nivel de elementos clave en la vida económica europea. Finalmente selló el uso del dinero como instrumento de intercambio en lugar de como tesoro, la puesta en circulación de nuevos tipos y de vastas cantidades de numerario, y la aparición de técnicas para el manejo expeditivo del dinero.
Las élites urbanas ordenaron la sociedad para una consecución racional del bien común, creando una entidad política basada en los derechos y obligaciones de unos individuos con otros, al margen del vínculo político, y cuyos objetivos eran la libertad, la seguridad jurídica y la felicidad. Fue el logro de unos individuos concretos, con nombres y apellidos, como el barcelonés Ricard Guillem, con la suficiente sangre fría para mantener una actitud crítica con respecto a las normas sociales de su época que les preparó para dar el salto a la modernidad, aunque eso implicara la ruptura con el pasado. Junto a la moral apareció una nueva concepción de la tecnología. La unión de ambas es uno de los principales rasgos de Europa.
LA INVENCIÓN DE LA INVENCIÓN
¿A qué obedece la joie de trouver, el cultivo de la invención? Se relaciona con el concepto judeocristiano de la sumisión de la naturaleza al hombre y con el espíritu de empresa. La innovación cuestionó los intereses creados y sacudió los cimientos del poder de la nobleza feudal y de los monjes. Los cambios se acumulaban; las novedades se difundían con rapidez. El progreso sustituyó a la veneración por la autoridad. Este sentido de la invención afectó a la idea de la técnica, transformada en un saber-hacer donde resultaba tan importante la parte del saber como la parte del hacer y, de ese modo, en pocos años, se pasó de lo aproximado al universo de la precisión. El camino de la ciencia moderna había comenzado. Nadie volvería a cerrarlo.
La iniciativa convirtió al artesano en ingeniero, al maestro de obras en arquitecto y revolucionó las formas artísticas: la escultura románica, el arte cisterciense, la arquitectura gótica. La innovación resultó rentable. El éxito fue la capa protectora de este vuelo del pensamiento y gracias a él se pudieron limitar las antiguas leyendas que advertían de los peligros de la arrogancia, como la expulsión del Paraíso por haber comido del árbol de la ciencia, el vuelo de Ícaro o el castigo a Prometeo, encadenado a un roca por haber dado el fuego a los hombres. La nómina de los inventos de esta época muestra la eficacia del nuevo espíritu de indagación: gafas, botones, pantalones, zapatos y tenedores. Inventos que mejoraron la calidad de vida y enseñaron que los modales son el síntoma del proceso de civilización, por utilizar la expresión de Norbert Elias, la parte placentera de la vida. Y por esa vía llegaron los relojes mecánicos. Con ellos se cerraba el círculo de esta revolucionaria invención de la invención.
MEDIDA DEL TIEMPO
Los primeros relojes mecánicos se construyeron a finales del siglo XIII y fueron el resultado de una larga búsqueda para situar el tiempo del mercader por encima del tiempo de la iglesia. Los repiques de campanas, que en principio respondían a las horas canónicas, prima, tercia, sexta y nona (nuestras seis, nueve, doce y quince), fijaron las horas activas de los trabajadores a partir del renacimiento municipal. La vida cambió. La necesidad de medir el tiempo trajo consigo el reloj mecánico que señoreó en las torres de las ciudades europeas, como un emblema del orgullo ciudadano. En el reloj mecánico se encontró, al fin, la conjunción perfecta de la imaginación moral y el estilo de vida que Europa andaba buscando. En el canto X del Paraíso, Dante compara el movimiento del reloj mecánico con la corona celestial al soñar con un mundo ajustado. El concepto es clave: ajustar el reloj para que marque bien las horas, incluso los minutos, cuando apareció la segunda aguja. Precisión de relojero: he aquí una norma que se convierte en una metáfora de la sociedad europea.
A la revelación del tiempo del mercader siguió la convicción de que solo se podía ser europeo asumiendo el ritmo pautado de la vida, sin importar la lengua, la raza, incluso (en los primeros años) la religión, de que solo tenía sentido una vida articulada organizada en horas de trabajo, horas de ocio, horas de sueño. El tiempo cronometrado marcó a los europeos con una intensidad tal, y tan íntimamente asociada a sus formas de vida, a sus creencias en el más allá, a sus fiestas patronales y a su pulso diario, que en esos siglos se tomaron tres importantes decisiones.
Primera, que el tiempo marcara el ritmo de la música. Pero ¿cómo reproducir con exactitud la complejidad del sonido a partir de un instrumento? Guido d’Arezzo fijó las notas en un pentagrama musical: cuatro líneas, los espacios, las letras-clave, los colores para indicar los semitonos, amarillo o verde para el Do, rojo para el Fa. El resultado final es que las notas perdieron cualquier sentido aproximativo y se convirtieron en un lenguaje preciso, universal. La música abolió las barreras de la comunicación entre naciones, enriqueció el hogar común europeo con todas las composiciones imaginables, desde las canciones trovadorescas a la polifonía de Perotinus, y fue hacia adelante con un sentimiento coral, basado en el perfecto equilibrio de las esferas.
Segunda, que el tiempo construyera un espacio del más allá; es el nacimiento del purgatorio, por decirlo con Jacques Le Goff. Desde finales del siglo XII, los europeos aceptaron la realidad del purgatorio porque solucionaba el problema de la condenación por los pecados cometidos (el infierno era demasiado terrorífico), por el consuelo de pensar que se podía influir en el juicio final con obras de caridad y misas. ¿Cómo representar ese espacio y sobre todo cómo concederle una dignidad literaria libre de sospecha? La tarea fue emprendida en el siglo XIII y culminó en un fresco de la ciudad italiana de Orvieto, donde se ve a san Lorenzo, santo patrón del purgatorio, eligiendo a las almas, y en la Divina Comedia de Dante, que le dedica una parte, entre el Paraíso y el Infierno.
Tercera, que el tiempo revelara el significado de la creación. Europa tiene una deuda permanente con el calabrés Joachim de Flore, cuya obra Las edades del mundo, escrita hacia el año 1200, representa una vía profética sobre el efecto del pasado en el futuro.
Resulta difícil escoger algún aspecto de esta obra brillante, aunque pueden ayudar en la elección las reflexiones de Stephen Dedalus, el personaje de James Joyce, sobre el sentido de las palabras de Joachim mientras «cavilaba en la empantanada bahía de la biblioteca de Marsh»: la humanidad pasaría por tres edades, la primera, la edad del Padre, de la ley mosaica e Israel; la segunda, la edad del Hijo, el Evangelio y la Iglesia; la tercera, la edad del Espíritu Santo, en que la autoridad de Roma desaparecería y el mundo se convertiría en un Paraíso terrenal de santos que se comunicaría directamente con Dios. San Francisco legitimó la fundación de una orden mendicante convencido de haber entrado en la tercera edad del espíritu, el tiempo de la felicidad mundana.
ÉPOCA DE CATEDRALES, ÉPOCA DE CRUZADAS
El imperativo estético que convirtió estos siglos en una época de catedrales, por decirlo como Georges Duby, entró en conflicto con el imperativo ético que, con igual firmeza, permite calificarlos de época de cruzadas. En efecto, el que Europa explore dos formas tan diferentes de ser, ¿no es señal de su incapacidad para desarrollar su lado positivo, y nada más que el positivo?, ¿no es señal de una carencia en sus convicciones que la hacía pasar sin traumas de la belleza de una iglesia románica, cisterciense o gótica al espanto de una guerra religiosa?
Europa reivindicó los conceptos de luz y racionalidad en la construcción de iglesias, monasterios, hospitales, palacios o lonjas. Cuando el abad Suger juzgó ese principio, al idear el transepto de Saint-Denis, la necrópolis de los reyes de Francia, no dudó en afirmar que «el espíritu ciego sale hacia la verdad a través de lo que es material y, al ver la luz, escapa de su confusión». Y aún más: el interés por los detalles respondió a la búsqueda de un equilibrio entre el centro y los márgenes, entre el espacio sagrado y los elementos constructivos, vidrieras, rosetones, arbotantes o gárgolas. El arte de las catedrales buscaba un orden perfecto (Fulcanelli lo creyó un misterio) para difundir el mensaje divino a una sociedad rural cuyas élites eran sin embargo urbanas, nobles o burguesas. La creación artística se encuentra por ello encerrada en el juego de una dialéctica compleja, entre la escolástica y el Estado dinástico, entre la pasión por la riqueza mundana y la aspiración a la pobreza como principal camino de salvación, entre la serenidad litúrgica y la efervescencia mística, entre la tolerancia y la persecución a los disidentes tildados de herejes.
Las cruzadas son una incomparable enciclopedia existencial de los siglos XII y XIII; cuando se abordan en su conjunto, el relato de los hechos avanza con lentitud, discretamente, sin querer llamar demasiado la atención sobre los verdaderos motivos; cada cruzada (de las ocho que el canon ha fijado) es de por sí un descubrimiento, una sorpresa. La presencia de la Iglesia de Roma no les quita su carácter político; más bien sirve para ampliar el territorio de lo que solo la doctrina puede descubrir.
La Primera Cruzada garantizó esos principios. Inicialmente fue una respuesta militar a la petición de ayuda del emperador de Bizancio tras la derrota en Manzikert ante los turcos; pero de inmediato, y gracias a la predicación del papa Urbano II, se convirtió en una guerra que buscó derrotar al islam no solo en el campo de batalla sino también en el mundo de las ideas estéticas y de los principios morales.
Propaganda, guerra de símbolos, choque de civilizaciones, es difícil elegir una expresión para este tipo de expediciones militares. La nobleza feudal acudió a los cantares de gesta para encontrar respuestas a sus muchos interrogantes sobre la guerra santa. Y se encontraron entre los versos octosílabos pareados una descripción pormenorizada de cómo debían actuar ante el enemigo, el mundo musulmán. Una absoluta trivialidad como la imprudente inventiva de los poetas y su obstinada palabrería a favor de los monasterios del Camino de Santiago dio lugar a una de las más persistentes creencias culturales de Europa. Solo los cantares de gesta supieron mostrar el inmenso y misterioso poder de un mundo dividido entre nosotros, los buenos, y los otros, los malos. Es evidente que esos anónimos escritores nunca hubieran podido influir en la sociedad si su línea de pensamiento no sintonizara con las creencias de la gente: miles de individuos, sumidos en la frustración por no haber alcanzado las expectativas de bienestar material que la época prometía; y otros que, aun habiendo adquirido cierto nivel de vida, no se sentían ciudadanos de ese mundo.
El sentimiento contra el otro tuvo un efecto demoledor. Se pudo comprobar en el ataque a Constantinopla de la primavera de 1204, con el pretexto del conflicto entre Venecia y Hungría por Dalmacia. Ese ataque es conocido como la Cuarta Cruzada.
El tiempo y el lugar de la Cuarta Cruzada son la historia de un litigio religioso y la Europa mediterránea. Entre lo que se llamó el Cisma de Oriente y las ambiciones comerciales venecianas, entre el resquemor al Imperio bizantino y los pactos con los turcos, la diplomacia de los papas adoptó posturas que consiguieron corroer los modelos de unidad del cristianismo. Esta cruzada revela con claridad meridiana las verdaderas intenciones de las potencias mercantiles europeas. Los sofismas de la Realpolitik convirtieron el ataque a Constantinopla en el síntoma de que Europa viraba hacia Occidente, recelando de Oriente. Una decisión crucial para el futuro del Mediterráneo. Aún hoy sentimos sus efectos.
La cruzada contra los cátaros del sur de Francia empezó con el mismo motivo de recelar de Oriente, a cuyo mundo se vinculaba la religión de los puros: una actualización del viejo maniqueísmo que llegó a través de los bogomilitas de Bulgaria y Bosnia-Herzegovina. Simón de Montfort, al frente de un copioso ejército de caballeros franceses, llegó hasta las llanuras de Muret. De nada sirvió que enfrente estuviera Pedro II de Aragón, un ferviente rey católico. Las palabras habían envenenado la situación y ya nadie era capaz de impedir que el conflicto entre Roma y la Iglesia cátara se resolviera en el campo de batalla; finalmente, entre los muertos figuró el propio rey, que dejaba a su hijo en manos de su enemigo. La verdad de todo ello es el interés de la dinastía de los Capetos en poner un pie en el Mediterráneo; como la guerra se prolongó cierto tiempo, los papas y los reyes de Francia invitaron a los inquisidores dominicos a tomar cartas en el asunto y de ese modo el futuro de los cátaros se decidió en los tribunales.
La imposibilidad psicológica de semejante situación clama al cielo. En efecto, lo que ocurrirá a partir de entonces no es un acto de justicia sino un demoledor registro inquisitorial. ¡Es el uso de la tortura para llegar al fondo del alma de unos pobres campesinos por el que, por supuesto, Europa se quedará al final sin dignidad! Solo que los inquisidores no lo cuentan como un conflicto de creencias; lo exponen extensamente, con todo detalle, explicando cada gesto, cada confesión, para que parezca psicológicamente creíble. Esos registros le ponen a la infamia la máscara de la ley, lo cual le otorga a sus testimonios (y a los centenares que luego les imitaron en la caza de brujas) un inimitable dejo perverso.
El orgullo fanático alcanzó niveles inquietantes, como un constreñimiento deliberado de la vida que significativamente no quedó limitada a este rincón del mundo. Los hombres de acción (mercaderes, escritores o caballeros) prestaron poca atención a esos lamentables acontecimientos: los horizontes abiertos exigían una cultura cosmopolita, integradora, contraria al fundamentalismo, que armonizara el lujo y la libertad, evocando las maravillas de un bazar mundial en el que se pudiesen saborear cocinas exóticas, vestir ropas caras, aprender ideas nuevas, sin compromisos.
EL SOL DEL MEDIODÍA
Unas décadas antes de escenificarse la Cuarta Cruzada, en Francia, donde el azar quiso que la literatura sondease en el corazón de los hombres, se definió el sentimiento que acompañaría el mundo de los horizontes abiertos: el sentimiento del amor. Los escritores de cualquier signo vivían por entonces bajo el influjo de la poesía trovadoresca que llevaba varias décadas a vueltas con el tema de la fin amor, el amor cortés: una vivencia que se alargaba en la búsqueda de la dama. De pronto, sin embargo, se hizo tema de conversación en el seno de una sociedad mundana profundamente marcado por la experiencia traumática de las cruzadas.
Otros asuntos pueden ser más significativos en la historia de Europa, pero este arranque discreto puede que sea la vía más segura para llegar al tema mayor de estos siglos: la defensa de la imaginación personal contra el absolutismo del dogma. Hay que pensar las cosas para entenderlas. Por eso propongo un periplo que siga el de los primeros poetas que hablaron del amor en un sentido nuevo, vale decir, moderno. Todos ellos han dejado para la posteridad un precioso testimonio sobre el sentimiento amoroso, y al mismo tiempo una poderosa indagación, a veces hermética, del lugar que ocupa la mujer en este asunto.
El culto a la dama de los trovadores fue una tentativa de transgredir los límites entre ambos géneros. Su objetivo: situar lo femenino al lado de lo masculino. Lo consiguió reuniendo todos los impulsos poéticos (y también musicales) con los que la sociedad rechazó lo cotidiano, lo perecedero, lo fugitivo. Y lo hizo mediante imágenes poéticas, signos, gestos, es decir, alimentando un imaginario social. Ese imaginario es un arte de la seducción, el amor cortés, un juego de asedio y conquista a la dama. Obsérvese: los términos proceden del lenguaje militar, perfectamente adaptado para los objetivos de un sofisticado grupo de poetas y novelistas. Un arte, una fiesta con sus ritos, sus emblemas, sus vestidos. La mujer acepta ese juego componiendo su auténtica silueta; se muestra, he aquí un valor de Europa frente a otras culturas que tienen como valor ocultar a las mujeres.
El amor es un riesgo; a veces está demasiado cerca de la muerte, como le dice Iseo a su enamorado Tristán en las numerosas versiones de la leyenda. Este tipo de pasión ardiente, ciega y absoluta, es la otra cara del amor, la que viene de Irlanda y de la cultura céltica a través de la leyenda tristaniana, la que vincula Eros a Thanatos: el binomio que, según Norman Brown, mejor define la civilización europea. De ahí la confusión, la amargura, la derrota de los héroes en brazos de esas mujeres solares (el sol es femenino para los celtas) y sobre todo ese desafío al dolor y la desgracia. Nadie supo decirlo mejor que Gottfried von Strassburg al comienzo de su versión en alemán de la leyenda de Tristán.
Europa ha vivido esa pasión a través de la ópera de Wagner o de los Gurre Lieder de Schönberg, o incluso de La montaña mágica de Thomas Mann. Todos conocen a algún hombre brillante que dejó la vida en una pasión que conducía al abismo, la imagen del ángel azul, la Lulú u otra figura de mujer fatal creada por las canciones populares como advertencia pero también como señuelo; desde luego es difícil entender ese camino que va del amor a la muerte en China, Japón o la Grecia clásica.
INTELECTUALES
París fue la ciudad más acabada de Europa en los siglos XII y XIII, la más consciente de su papel cultural, la ciudad más universitaria de todas, sobre todo si se la compara con las intrigas políticas de Palermo, la agitación portuaria de Génova, la pasión por el dinero de Brujas o de Venecia. La idea misma de una ciudad centro del mundo nos remite a una cosa que comparten todos los europeos: el gusto por el pensamiento.
En la orilla izquierda del Sena, al otro lado del Petit Pont, se arremolinaban los estudiantes. Llevaban décadas haciéndolo, y quizá veían a la élite intelectual del rey con desdén pero también con temor. Se organizaron para la defensa de sus intereses en una comunidad de estudiantes, una universitas scolarum, la universidad. Revelación del laico letrado, litteratus, el intelectual interesado en la enseñanza que se dispensaba en ese lugar, y cuyo principal icono fue Pedro Abelardo, al que recurrían a menudo como autoridad, como en nuestros días se recurre a Wittgenstein o Freud cuando se habla de pensamiento. De Abelardo se contaba una historia romántica, sus amoríos con una alumna, Eloísa, sus cartas cuando ella entró en el Paracleto, un monasterio cerca de París, y de sus alumnos, Juan de Salisbury, Arnaldo de Brescia o, el más misterioso, que se hacía llamar Archipoeta de Colonia; un goliardo, cuyas poesías llenaron de alegría el pesado ambiente escolar. Forman parte de la colección de los Carmina burana: los cantos de fiesta estudiantiles, algunos con anotaciones musicales que permiten una aproximación al canto de aquellos años. Hoy son célebres por la música que compuso sobre ellos Carl Orff.
¿Qué querían los intelectuales europeos? ¿Qué hay detrás de sus escritos, enseñanzas y debates en París, Oxford, Bolonia, Salerno o Salamanca? Saber es recuperar a Aristóteles y con él a Averroes, su intérprete. Comenzó entonces una verdadera guerra de las culturas. Los filósofos mendicantes polemizaron con los averroístas latinos: de un lado san Buenaventura, san Alberto Magno, santo Tomás; del otro Siger de Brabante y Juan de Jandún. Centraron sus agrios ataques en la lectura averroísta de Aristóteles, que consideraban una muestra de barbarismo dirigida a un público estudiantil sensible a los argumentos falaces aunque brillantes. En esa lectura no hay nada que pueda considerarse sublime, profundo, desde el plano filosófico: es mera palabrería dirigida a arruinar la imaginación de los jóvenes y a dificultarles una relación correcta con el pensamiento escolástico que era el fundamento del saber teológico. La concepción del estudio, tal y como se entendía en tiempos de Abelardo. Era lo que estaba realmente en juego.
Esos debates permiten comprender el factor humano que estaba detrás del vuelo del pensamiento: el conocimiento conduce al saber de uno mismo (la leyenda de Narciso en la fuente) y a valorar el papel del otro, el extranjero. Los intelectuales mostraron el camino para racionalizar los impulsos emotivos, de pasar de lo concreto a lo general, de enseñar los procedimientos de la confesión particular, un desahogo en una época de dudas. Ese día, Europa descubrió a Jean de Meung.
En la segunda parte del Roman de la Rose (la primera es de Guillaume de Lorris), desbordante de reflexiones como antaño las poesías de los trovadores, Jean de Meung habla abiertamente de su mundo abandonado por una moralina incapaz de comprender el alma humana, fraccionado por las ambiciones de políticos mediocres. Su testimonio es el último observatorio parisino desde donde podemos abarcar la sociedad de los horizontes abiertos como un todo. Unos años después de él, pero en Italia, el país al que se había trasladado la alta cultura, en medio de debates políticos interminables, Dante convirtió la conciencia de esta crisis en el punto de partida de una vida nueva, escribiendo una obra con ese preciso título, un homenaje a Beatriz, la mujer que mira. En una época en que los místicos elevaban el éxtasis al rango de primera manifestación del ser humano, él, por su lado, concedía a la comedia el privilegio de indagar en la existencia humana.
La Divina comedia ilumina en los lectores las posibilidades del mundo de los horizontes abiertos: vincula los ideales humanísticos con las realidades religiosas, políticas y económicas de la sociedad mercantil italiana. Es la seña de identidad de una lectura crítica del pasado: su viaje por el infierno lo deja claro, incluso cuando se encuentra a personajes tan confundidos como Francesca y Paolo, quienes sin «sospecha alguna» se dejaron poseer por la emoción de la lectura hasta el punto de trasladar a la realidad el deseo escrito en el libro. De repente, todo queda claro: el sentido de la vida no tiene nada que ver con una gran causa cualquiera; su razón de ser se reduce a actos apenas conscientes. En tal caso, ¿podemos hablar todavía de lo trágico? En modo alguno.
Europa destierra la fatalidad de la cultura clásica, y da entrada a algo menos grandioso pero más humano, la necia inclinación por dañarse por motivos banales. La política está detrás de esa actuación. Lo curioso es que se la tome tan en serio a lo largo de los siglos. Cuando pienso en la enorme importancia que ha tenido, y tiene, en la historia de Europa, me viene a la memoria el propio destino de Dante y su último viaje a Rávena, huyendo de todo el mundo, del conflicto político entre güelfos y gibelinos, pero también de la discordia civil.
POLÍTICA Y FORMAS DE GOBIERNO
En 1159, Juan de Salisbury describió la política como el modo de dirimir los conflictos sin necesidad de las armas. Lo hizo mientras ejercía de secretario del arzobispo de Canterbury Tomás Becket, antiguo canciller de Enrique II Plantagenet, célebre por el teatro de T. S. Eliot y Jean Anouilh o las películas de Hollywood. Podemos lograr esto, afirmó en el Policraticus, con el auxilio de los clásicos latinos, el estilo de los césares y el código de Justiniano; pues, al cabo, el objetivo de todo buen príncipe es aislar a «esos guerreros violentos que Cicerón llamaba bandoleros» que impiden la paz duradera en los reinos.
La política es el arte de gobernar. La idea proviene del mundo clásico (de Aristóteles sin más), pero madura en estos siglos y se convierte en la esencia de Europa. ¿Cuáles son las posibilidades del arte de gobernar ante el reto de los horizontes abiertos? Juan de Salisbury descubre tres: la posibilidad de un Estado dinástico, la posibilidad del Sacro Imperio Romano Germánico, la posibilidad de una república mercantil. Estas tres posibilidades de gobierno son el legado que Europa recibió de la Edad Media.
Posibilidad de un Estado dinástico. En el siglo XII se produjo una concentración de poder en manos de unas pocas familias nobles. El resultado fue la creación del Estado dinástico, donde el rey era un primus inter pares. Para consolidarlo, se creó un aparato administrativo y fiscal, origen de una mentalidad aritmética y objetivo principal de las baladas donde se burlan del recaudador de impuestos (el sheriff en Inglaterra) y elogian al héroe que roba a los ricos para dárselo a los pobres, el legendario Robin Hood. Pero el Estado no podía permitirse el lujo de relegar las tasas, aunque los reyes se mostraran generosos con los caballeros sin tierras que acudían junto al trono para obtener una recompensa por sus servicios. La corte, según Walter Mapp, era un universo burocratizado, no como un fenómeno social, sino como esencia del mundo. En eso estriba la semejanza de la clase de los ministeriales, funcionarios subalternos, en países con culturas diferentes. Al igual que la hacienda pública, el ejército se convierte en una institución burocratizada, un ejército de brabanzones, mercenarios a sueldo, en el cual la antigua virtud militar como la mostrada por Roldán en Roncesvalles ya no servía para nada.
Desde la instauración del fisco, la relación entre los reyes y la nobleza fue tensa, a veces turbulenta. El caso más llamativo de esa pugna tuvo lugar en los prados de Runnymede, cerca de Windsor, en junio de 1215, cuando unos barones ambiciosos arrancaron a un débil Juan sin Tierra una serie de privilegios. Como dato curioso señalaré que Guillermo el Mariscal, el mayor talento político del momento, se puso del lado del rey a pesar de que el jefe de los amotinados era su hijo. La ironía final de esta historia es que esa rebelión dio lugar a la Carta Magna, uno de los documentos clave para la libertad política en Europa.
El Estado dinástico, en su esfuerzo por atraer al mayor número de gente a su causa, se convirtió en un experto en organizar fiestas, torneos y justas, especialmente con ocasión de bodas reales o de jubileos, donde se daba rienda suelta a los bailes tradicionales, la música popular, los trajes típicos y cualquier parafernalia colorista. El fomento de las fiestas de alta participación popular estuvo inspirado en los relatos históricos. Los reyes fueron mecenas: pagaron para que los clérigos pensaran sobre el origen de su dinastía. Así comenzó una carrera para ver quién tenía antepasados más ilustres. Geoffrey de Monmouth y Robert Wace trabajaron para la familia Plantagenet buscándole remotos antepasados en los siglos heroicos que sirvieran de contrapeso a los pares de Francia que enarbolaban sus oponentes, la familia capeta. Para conseguir realizar cualquiera de los objetivos soñados hacía falta algo más; algo como convertir la teoría de los tres órdenes en el imaginario del Estado dinástico. Y así fue. Benoît de Sainte-Maure lo hizo y la idea de unos estados generales, el clero, la nobleza y el Tercer Estado, duró hasta la Revolución francesa de 1789.
Posibilidad de un Sacro Imperio Romano Germánico. Los valores provenientes de la época en que los duques de Sajonia dominaban enteramente los principados alemanes se habían quebrantado desde hacía largo tiempo, pero, para los clérigos que rodeaban a los Hohenstaufen, su contenido era todavía válido. No dudaban de lo que era su patria, sabían a qué debían ser fieles y quién era su emperador.
Con Otón de Frisinga, los valores del Imperio velan su rostro. Y así lo deja dicho en dos obras trascendentales de la vida política europea: De duabus civitatibus, una crónica mundial sobre por qué debe el hombre sacrificarse; y la Gesta Friederici imperatoris, una obra histórica sobre Federico I «Barbarroja». Probablemente, Federico I sea la figura más discutida de la historia alemana, tanto o más que su homónimo dieciochesco, Federico II el Grande de Prusia, o que el canciller Bismarck del siglo XIX, desde el instante mismo, el 18 de junio de 1155, que fue coronado emperador por Adriano IV, el único inglés que llegó a ser Papa. ¿Un reaccionario que quiso restaurar el pasado o un hombre de Estado moderno que se aprovechó de la dinámica de su siglo para perfilar Alemania?
Federico I escenifica el poder imperial. Puesto que todos los valores cortesanos se convierten en valores caballerescos, el arte de gobernar debe mostrarse en las fiestas de la caballería. La justicia, el orden, la organización del territorio, la promoción social de individuos como Markward von Annweiler los busca a veces en un torneo o una justa, otras en la religión, hoy en el poder de los ministeriales, mañana en la aventura de los Santos Lugares a donde sueña acudir algún día. Podría ser un estadista que mete en cintura a las ciudades italianas pero también un autócrata que impone su voluntad con arrogantes edictos o un cruzado dispuesto a sacrificar su vida: de hecho morirá al atravesar un río en Cilicia de camino a Jerusalén. Todas las pasiones que reinan en la historia del siglo XII están contenidas en su larga y venturosa vida de emperador.
Federico I está atento a su cronista Otón, discute con él, está entusiasmado ante la idea que le ha contado de que existe en algún lugar lejano de Asia un misterioso personaje llamado Preste Juan, un rey cristiano dispuesto a marchar sobre el islam para convertir todo el mundo en una Christianitas. El caso es que está dispuesto a firmar una alianza con él. ¿No es acaso su deber? ¿No les debe ese gesto a todos los caballeros que acuden a sus fiestas en la corte? Otón abrió las ventanas para mostrar una geografía fabulosa, fértil terreno para los intereses comerciales de las ciudades renanas. Este es uno de sus regalos. Más allá de los banquetes de amor y de los ritos de iniciación de la caballería, Otón otorgó a Europa el lugar protagonista que no tardaría en alcanzar.
Posibilidad de una república mercantil. En el mundo del comune, Caffaro, cronista de las hazañas genovesas en el Mediterráneo, se siente maravillosamente cómodo. La ausencia de reyes o emperadores en los órganos de gobierno de la ciudad es su libertad, su orgullo. Es significativo que sea él quien, sin el menor sentimiento de culpabilidad, describa la toma de Jerusalén en la Primera Cruzada al seguir los pasos de Guillermo Embriaco. Ya que el hombre que participa de una asociación de valores es capaz de entender el esfuerzo y el sacrificio del héroe apto para utilizarlos en beneficio de la República. En esa línea, unos años más tarde, Giovanni Villani, desde Florencia, confirmó que el objetivo de la política es el sostenimiento de la libertad ciudadana. La República permitía decidir sobre las propias costumbres y tradiciones, lengua y escritura, leyes y enlaces matrimoniales, todo ello, por supuesto, en un gobierno de las élites mercantiles. La cuestión pendiente en esta forma de gobierno fue el papel de los grupos minoritarios, especialmente los judíos: ¿acaso se veían en un futuro como curiosidades culturales, como retablos vivientes situados en los márgenes?
UNA GUERRA EN EL CAMINO
Buena parte de lo que creemos sobre la guerra en la Edad Media es ilusorio. Tenemos un ejemplo en la opinión sobre la gran guerra que tuvo lugar a comienzos del siglo XIII. Se suele decir, erróneamente, que fue un conflicto entre Francia e Inglaterra, pero en realidad intervinieron en él, el Imperio, los reinos de Castilla y Aragón, Génova, Venecia, las ciudades hanseáticas, el condado de Flandes, el ducado de Sajonia y otras potencias menores. La guerra sometió a casi toda Europa a pruebas excepcionales. Tras más de un siglo sin conflictos en su geografía, tuvieron que enfrentarse ante la realidad de la destrucción y el sacrificio de muchos pueblos, algo difícil de entender por una generación acostumbrada a la prosperidad y la seguridad. La guerra abrió un abismo. Aunque vista con la perspectiva actual la victoria capeta pudiera parecer inevitable, el resultado del conflicto pendió de un hilo.
La década de 1210 debe considerarse el más importante de los momentos críticos de la historia de Europa en la época de los horizontes abiertos.
El orden internacional establecido en Europa después de la Tercera Cruzada era diferente al tópico de los dos pilares, el Imperio y el Papado, que dotaban de estabilidad a la política. Lejos de ser una guerra emprendida por un rey feudal, Felipe Augusto de Francia, para meter en cintura a la dinastía de los Plantagenet, que daba síntomas de debilidad tras la muerte de Ricardo Corazón de León y la subida al trono de Juan sin Tierra, fue una guerra por el control de las materias primas, la lana merina, el oro africano, los esclavos y la pesca de los caladeros saharianos.
Las tres batallas campales que la jalonan tienen un nexo oculto entre ellas. En la primera, las Navas de Tolosa (1212), el rey de Castilla Alfonso VIII, casado con Leonor, hermana del rey de Inglaterra, con el apoyo de los reyes de Navarra y Aragón y de un contingente de caballeros cruzados, derrotó a los almohades, cuyo imperio controlaba en régimen de monopolio las materias primas citadas. Hoy se reconoce de forma generalizada que este teatro de operaciones no fue secundario. Cuesta ver cómo se hubiera construido un orden internacional ajustado a los horizontes abiertos sin el esfuerzo de los castellanos en su lucha por arrebatar al islam el control del estrecho de Gibraltar. La gran paradoja del momento es que Europa se hizo realidad con el esfuerzo de fijar la frontera meridional en el Atlántico sur. Eso condenó a las ciudades andalusíes de Córdoba, Sevilla, Cádiz y El Puerto de Santa María, que inexorablemente iban a formar parte del mundo europeo en los siguientes años.
Para explicar esta desagradable verdad, sobre todo para los que piensan que esas guerras solo obedecían a los impulsos agresivos de una nobleza montaraz, se suele señalar el destino siguiente de algunos de los participantes en la batalla, cuando acudieron a la llanura de Muret, apenas un año después, con la intención de salvar a los cátaros amenazados por el ejército francés. El rey de Aragón, aliado de los Plantagenet, intervino en este teatro de operaciones más por motivos familiares que religiosos. Pero el conflicto entre Francia e Inglaterra no se resolvió hasta que ambos países se encontraron en el campo de batalla. Eso ocurrió en Bouvines, el domingo 27 de julio de 1214, donde Felipe Augusto se enfrentó al rey de Inglaterra Juan sin Tierra, al que apoyaban el emperador alemán Otón IV de Brunswick y el conde de Flandes. La batalla se decantó del lado francés, como siglos más tarde, casi con los mismos contendientes, en Waterloo, lo fue del lado de los angloprusianos y no de los franceses de Bonaparte.
Este sorprendente resultado también nos dice algo sobre la capacidad organizativa del Estado dinástico de los Capetos frente al desorden imperante en los dominios de los Plantagenet. El éxito en la batalla no se debió solo al rearme francés y a la adopción de los valores de la caballería unos años antes (el personaje clave en este proceso fue Andrés, capellán de la corte capeta), sino también a que ingleses y alemanes fueron incapaces de sacar el máximo provecho del arte militar desarrollado en las últimas décadas en costosos torneos y justas bajo el espíritu del Minnesänger que dio aliento a la poesía de Walter von der Vogelweide. Parte de esta actitud pudiera atribuirse a la arrogancia, a no haber contado con los «mejores caballeros del mundo» que sin duda procedían de sus tierras. A estas circunstancias de orden político hay que añadir fallos en la concepción de la batalla. En Bouvines la incompetencia de Juan sin Tierra llegó a su máxima expresión y nunca supo cómo reaccionar ante los planteamientos de su oponente Felipe Augusto. Si hubieran tenido en cuenta estas debilidades, tal vez los aliados angloalemanes habrían sido una fuerza incontenible en 1214.
La derrota de Bouvines provocó una verdadera crisis moral en Inglaterra y Alemania. El ambiente en ambas cortes era de pesar y exasperación. Abundaban los rumores de que tal vez el emperador Otón IV no era el adecuado; y las miradas se dirigieron al niño de Apulia, el nieto de Federico Barbarroja, que se hizo coronar rey de Sicilia, el trono de su madre, con el nombre de Federico II. El cronista Mateo París captó en el clima de desesperación y de ansiedad una disposición franca de culpar del desastre a Juan sin Tierra; se quedó casi solo frente a los barones que le reclamaron la reforma en profundidad de las leyes. Tras el pacto, el rey de Inglaterra hizo de la necesidad virtud y utilizó la concesión de la Carta Magna como una oportunidad para cambiar la confianza ciega en el mosaico familiar Plantagenet por una inesperada defensa de la patria «inglesa» contra la amenaza de los franceses. A nadie se le escapaba que el nuevo lenguaje sugería una nación asediada. Fue el comienzo de un largo proceso de alejamiento de Inglaterra de los asuntos de Europa; todavía le quedaba mucho que decir. Desde entonces ya nunca fue igual. Bouvines marcó un antes y un después.
Había en el bando vencedor, en el de los Capetos de Francia, muchas personas que hubieran estado de acuerdo con ello. La guerra había sido bien acogida y la sociedad parisina se esforzó en comprender sus propósitos. La propaganda real fue eficaz gracias al obispo de Beauvais Guillaume le Breton al escribir una Philippide, donde transmitió a los franceses la esencia de la institución del Estado monárquico soñada por Felipe Augusto. Fue la culminación de muchas décadas de trabajo literario vinculado al poder.
LITERATURA CORTÉS
Europa no ha conseguido pensar su literatura como una unidad histórica, pero estuvo a punto de conseguirlo en el siglo XII con el desarrollo de la literatura cortés; no fue una Weltliteratur, como la propuesta por Goethe en su testamento, pero casi. Sin embargo, esa literatura siempre ha sido subestimada por los europeos, que han preferido (y de hecho prefieren) a los clásicos grecolatinos o, en su defecto, a los autores modernos y contemporáneos; ninguno de los que aquí se citan forman parte de un canon literario; son figuras marginales, conocidas por los expertos, y aun así resulta imposible comprender el imaginario de Europa sin una exploración a fondo del mito del rey Arturo, los caballeros de la Tabla Redonda y el Santo Grial. La literatura cortés lo desarrolló en el contexto de la novela, el único género capaz de hacer aflorar aspectos hasta entonces desconocidos del comportamiento humano.
El primer escritor consciente del valor estético del mito artúrico fue Chrétien de Troyes, que trabajó sucesivamente para la condesa María de Champaña y para el conde Felipe de Flandes. Es bastante verosímil que el mito sea originario de Gales e Irlanda, y plantea acontecimientos ocurridos en Britania durante las invasiones bárbaras de los siglos V y VI. Por encima de las historias de Lanzarote, Ginebra, Arturo, Perceval, Gauvain, Yvain, Galahad o Tristán pende un misterio. Ese misterio se ha intentado explicar por la mezcla de elementos paganos y cristianos o por la simple confusión en el paso de la tradición oral a la tradición escrita.
Chrétien de Troyes convirtió a unos personajes de leyenda en protagonistas de sus novelas, Erec y Enide, El Caballero de la Carreta, El Caballero del León y Perceval o El Cuento del Grial; pero, al hacerlo, enseñó a comprender el sentido de la búsqueda, la quête, inclusiva en la aventura caballeresca. La novela en prosa que le siguió, con el Perlesvaus o el Lanzarote, demuestra que no puede construirse una sociedad ignorando el pasado. Para hacerlo, el caballero que anda errante por las regiones del misterio hace uso de unos códigos de conducta, de una disciplina a la hora de preguntar para qué sirve aquello que ve, en suma, de un lenguaje del cuerpo y del espíritu, un lenguaje propiamente europeo. Al profundizar en este hecho, los escritores alemanes llevan a cabo un sistema descriptivo para acceder a diversas formas de conocimiento esotérico. Wolfram von Eschenbach, en Parzival, convirtió el espacio y el tiempo en el protagonista principal de su historia del Grial. Eso fue sin duda lo que sedujo a Wagner, ya que en su versión operística hace decir a Gurnemanz dirigiéndose al confundido Parsifal en medio de unos poderosos acordes: «Mira, hijo mío: aquí el espacio y el tiempo se confunden».
Europa ha tratado de abarcar, de dominar el espacio y el tiempo. De Wolfram a Broch han sido protagonistas de la novela, con el mismo derecho que personajes hoy universales, como Gargantúa, Don Quijote o Ana Karenina. Pero, con el mito del Grial, asalta una duda: su tiempo y su espacio, ¿no esconden un secreto? Para desvelarlo, Albrecht von Scharfenberg le dedica cuarenta y dos mil versos en su fascinante Der Junge Titurel. Esta obra recomienda una cierta audacia para captar la actitud de los caballeros ante el enigma de la existencia. Al insertar la vivencia de Titurel en el laberinto de los relatos artúricos, propone una reflexión sobre el sentido de una búsqueda eternamente renovada de aventuras y experiencias que nunca se cumplen plenamente. El escenario es por lo demás lúgubre, de pesadilla, ya que la realidad puede siempre con la voluntad del hombre elegido. ¿Juicio crítico sobre la sociedad o advertencia a jóvenes impetuosos?
Esta preocupación por el misterio de la vida y la moral de la caballería generó algunas historias brillantes al final del período considerado. En Inglaterra se escribió el Perceforest, una vigorosa novela río, que se echa a cuestas la totalidad del legado artúrico, con algo de la tradición clásica de Alejandro, a fin de demostrar el riesgo de un conflicto inminente entre las naciones europeas; un hecho que finalmente ocurrió, y que ha sido olvidado por la conciencia cultural moderna. Aun cuando el autor del Perceforest no se refiera a la guerra entre Inglaterra y Francia, en todo momento ofrece los materiales para comprender el error de esa medida. Ese caballero «que anda en medio del bosque» recuerda a los gentleman británicos retratados por E. M. Forster en Maurice, momentos antes de la Gran Guerra de 1914. La cavilación sobre la naturaleza humana presente en el Perceforest resulta ser así el fundamento espiritual europeo. Primero postula el problema y su solución. Enseguida, demuestra su imposibilidad.
Un ejemplo. En El cuento muy hermoso del emperador Ottas y de la infanta Florencia su hija, versión castellana hacia 1300 de una chanson d’aventure francesa escrita un siglo antes, coetánea de versiones en alemán, italiano, danés, sueco, holandés e inglés, se nos introduce en una historia total que contiene el fondo folclórico de lo que es y quiere ser Europa. «Drama universal», lo calificó Ludwig Tieck en el año 1804 cuando lo recreó en un famoso poema.
Esta historia de una mujer calumniada nos hace sentir, en primer lugar, que los europeos, por serlo y para serlo, están obligados a solventar el sometimiento de las mujeres a la sociedad patriarcal, la práctica del maltrato, el desprecio misógino; y, en segundo lugar, una recuperación de su memoria en el mito clásico o céltico: Helena y Melusina se apoyan mutuamente, las diosas, princesas y ninfas existen lado a lado con las hadas. La literatura europea es el lugar donde una mujer es todas las mujeres y todas las mujeres reconocen a las celebridades de antaño.
EL DESPERTAR DE ASIA
Marco Polo es uno de los europeos más famosos de todos los tiempos: el icono del aventurero. Le imitó Cristóbal Colón en su búsqueda de Cipango, es decir, Japón; solo que el genovés se equivocó de Océano y llegó a las Antillas, mientras que el veneciano reveló la inmensidad de Asia en su libro Il Milione, que significa «montañas de dinero». Al hacerlo, evocó con orgullo una de las aspiraciones más perdurables de cualquier ciudadano europeo: recorrer mundo.
En 1271, con diecisiete años, viajó a China donde, asombrado, descubrió un mundo diferente al suyo familiar, pero no adverso. En efecto, para los viajeros franciscanos como Guillermo de Rubruck adentrarse en aquellas tierras era como «penetrar en otro mundo». Aún pensaban que de Asia llegaban los jinetes de Gog y Mag, anunciando el fin del mundo. Se apresuró a comprobar lo equivocados que estaban, y que, privados de todo contacto con la realidad, no solo dieron rienda suelta a sus miedos sino que inventaron un mundo inexistente. Al regresar en 1295, veinticuatro años más tarde, con cuarenta y uno, entendió que debía comunicar sus experiencias. Y el mejor sitio para hacerlo era su ciudad natal, Venecia, bisagra de Europa que dijo William McNeill. Las personas que le rodeaban prestaban gran atención a las rutas comerciales, pese al escaso conocimiento geográfico: veían el Extremo Oriente exótico pero no más que las tierras alrededor de Samarcanda. Por otra parte, ¿no pertenecía el Gran Kan al mismo mundo de los tártaros? Polo explicaba que, si bien existían unas redes que comunicaban ambos mundos, no había una cultura común, ningún mundo tártaro: la historia de China, al igual que la del enigmático pueblo de Cipango, era simplemente oriental: sintoísmo, budismo, estrecho contacto con las ideas de Confucio; lucha contra los nómadas y un interés por la construcción de canales. Nada que ver con la Horda de Oro, que se encontraba a las puertas de la inmensa estepa. Los mongoles vivían en directa vecindad con sus parientes instalados al otro lado de la muralla china, aunque en ocasiones mantenían duros pleitos. Mostraba la paiza del poderoso Kan, el rosario budista, el cinturón de plata de los jinetes tártaros, el tocado femenino de oro y muchas piedras preciosas, y mientras lo hacía hablaba de ese Oriente que había dejado.
Polo se esforzó en vano: la idea de Asia como refugio de las tropas infernales seguía siendo un lugar común entre los europeos cultivados; de lo que pensaban los mercaderes que se aventuraban en esas tierras apenas sabemos nada: no les gustaba escribir sobre ello. El caso es que la unificación de Asia realizada por Gengis Kan había creado una interlocking of histories, por utilizar la expresión de Joseph Fletcher: afectó a la Ruta de la Seda y estuvo a punto de cambiar la historia de Europa tras la derrota de los húngaros en la batalla de Mohi, sobre el Danubio el 11 de abril de 1241.
En Rusia, los mongoles crearon la Horda de Oro, el futuro no tenía realidad sino como esperanza, y el pasado se perdía en la nostalgia. En otro orden de cosas, la destrucción de Bagdad por los mongoles en 1261 facilitó la llegada de los turcos otomanos al mar Negro y Anatolia, de donde nunca más se movieron; al contrario, avanzaron hacia el Bósforo y por los Balcanes llegaron al corazón de Europa. Estamos en el universo del gran juego, donde solo el dinero es real, pero los territorios, las tradiciones, las leyendas se deben inventar de nuevo. Resulta tranquilizador que un mercader veneciano se dirigiera a Samarcanda, luego a Bujara y se internara en la inmensa geografía de la estepa para ver cuáles eran las intenciones del Gran Kan, que tenía su sede en Pekín, tras haber superado la gran muralla con facilidad. Su viaje aumentó las posibilidades del mercado mundial europeo. El gran juego. ¿Bajo qué arenas ha quedado sepultado? ¿Cómo se dice gran juego en chino, kazajo, turcomano, uzbeko, uigur, persa, turco, urdu, pashtu, árabe, ruso, algunas de la lenguas que oyó Polo? Decididamente su viaje es la culminación del mundo de los horizontes abiertos. Y su punto final.
4
CIUDADES, PRÍNCIPES, REPÚBLICAS
(1337-1526)
No ha lugar la razón contra la fuerza de la pasión.
FRANCESCO PETRARCA
Mi nombre es Ozymandias, soy rey de reyes: ¡mirad mi obra, Vosotros seres poderosos, y desesperad! Nada queda a su lado. Más allá de las ruinas de este colosal naufragio, desnudas e infinitas, solitarias y llanas, se extienden las arenas.
PERCY B. SHELLEY
ASUMIR EL RIESGO
¿Cómo definir riesgo? Como la capacidad de (o el rechazo a) considerar el sistema económico de una forma dinámica capaz de empezar de nuevo: la palabra riesgo fue utilizada desde el siglo XIII en el vocabulario marítimo procedente del término árabe rizq. El inicio de la primera globalización fue un proceso doloroso, a veces brutal. Desaparecieron pueblos, lenguas y costumbres, al tiempo que un puñado de sociedades mercantiles, bajo formas de gobierno republicanas, monárquicas o imperiales, propagaba su poder y su cultura. Había que correr el riesgo de ir hacia adelante. Quedarse parado era un suicidio.
Eso es lo que pensó, a mediados del siglo XVI, el emigrante italiano John Florio cuando propuso introducir el concepto rischio en la sociedad londinense, llamando risk a la competitividad en el mundo de los negocios: lo consideró un toque de clase, un signo de modernidad, y sugirió fijar la mirada más allá de la frontera de la patria, unirse a los colegas en el territorio supranacional del movimiento de capitales, mercancías e ideas. Lo que para unos era un escándalo, para otros fue el consejo que podría salvarles la vida. Entre ellos estaba Thomas Wyatt, el introductor del soneto en Inglaterra.
Estas últimas observaciones nos retrotraen a la situación vivida en Europa en la década de 1330. Varios siglos de prácticas agrarias no sostenibles desembocaron en el deterioro medioambiental, origen de un drástico descenso de la producción y del final de un ciclo económico de expansión. La caída demográfica se intensificó con el cambio climático, el inicio de la pequeña edad del hielo, y la llegada de una pandemia, la peste negra, procedente de Asia. Entre las consecuencias para la sociedad se encontraban la escasez de alimentos, el hambre, los despoblados por la muerte o por la huida de los campesinos, las guerras locales entre demasiadas personas que luchaban por recursos demasiado escasos y el ataque a las élites gobernantes por parte de masas rurales desilusionadas, los jacques en Francia, que dieron lugar a la jacquerie, una revuelta social contra la miseria. Al final, la población decreció por el hambre, la enfermedad o la guerra, y la sociedad perdía la complejidad política, económica y cultural que había alcanzado solo unas décadas antes.
Europa se situó al borde del colapso; entendiendo por colapso, la forma extrema del declive económico, que dijo Jared Diamond; pero este no llegó a ocurrir: la sociedad no se vino abajo dejando tras de sí ruinas monumentales como las que Shelley imaginó en su poema Ozymandias. Pues, en medio de esa «tragedia de lo común», los pobres sintieron la posibilidad de escoger un nuevo señor o un nuevo empleo, decidir si querían quedarse en su tierra de origen o emigrar, cuánto tiempo permanecer en un lugar si decidían marcharse y cuándo construir un hogar y fundar una familia. La ironía estaba servida: como dijo un especialista en este asunto: «Si una revolución consiste en conquistar la libertad de elegir, prefiero apostar mi dinero por la peste negra». No hubo por tanto ecocidio; sino más bien un reajuste severo de la vida económica y política. ¡Debemos prestar más atención a los movimientos profundos que a la espuma de los días! Entonces podemos comparar las razones por las que unos europeos tomaron decisiones erróneas frente a otros que las tomaron acertadas.
Un ejemplo llamativo de esta diversidad de actuaciones para salir de la crisis viene dado en el contraste ostensible entre lo sucedido en Roma y Génova. Dos maneras de afrontar la crisis que por lo que sabemos era fundamentalmente atajar una sucesión de gobiernos corruptos de talante más o menos mercantil. A pesar de sus semejanzas, las diferencias que existen entre ambas ciudades resultan aún más sorprendentes si pensamos que Roma tenía más posibilidades de enriquecimiento que Génova. La explicación de la diferente manera de salir de la crisis está relacionada con la definición que hacen de su identidad y sus instituciones, así como el valor dado a sus líderes gubernamentales.
En Roma, Niccola di Rienzo habló de los motivos por los que la nación marchaba mal y llamó al pueblo romano a la revolución: en la ópera Rienzi, cuyo libreto se basaba en la novela de Edward Bulwer-Lytton, Wagner hizo de este gesto el icono del rebelde europeo de alma romántica que afrontó la crisis social reclamando el orgullo del pasado. La realidad es que favoreció la idea de una ciudad inestable, poco segura para las inversiones extranjeras, hostil a los peregrinos, plenamente corrompida.
En Génova, Simone Boccanegra, dux de la República, comenzó a desarrollar una economía de control de los mercados internacionales en los que la ciudad tenía presencia a través de una Commonwealth. Comprendió que el peligro mayor procedía de la inestabilidad política. Por eso orientó la acción de gobierno a favor de la nuova gente, una clase social de carácter popular, consciente de las dificultades que se les echaban encima. Su decisión no fue secundada por los patricios de la ciudad: tanto los güelfos Fieschi y Grimaldi, como los gibelinos Doria, Spinola. Pero en su tentativa de modernizar la República, desarrolló al mismo tiempo la economía, las infraestructuras y las redes comerciales gobernando la ciudad en gran medida como si se tratara de una empresa privada de su propiedad. Al final, él y su familia llegaron a controlar una parte de la economía genovesa. Ese rasgo de carácter le convirtió en un personaje polémico, difícil de clasificar: un perfil recreado en la ópera de Verdi, y en las glosas que sobre ella hizo Giuseppe Manzini.
Y algo más: el siglo XIV se ve diferente al bajar a los sótanos de la historia, allí donde el porvenir de Europa está decidiéndose, elaborándose, haciéndose, entre disputas, conflictos y temores; puesto que el deterioro de las viejas estructuras provocó, al cabo, una toma de conciencia que logró saber cuáles eran los valores por los que valía la pena luchar y cuáles habían dejado de tener sentido. Por encima de todo, se comenzó una regeneración a fondo de la sociedad: era el signo de lo nuevo.
Ars nova es la expresión que Philippe de Vitry empleó en 1320 para definir una forma de composición musical que adaptaba los viejos motetes a los gustos mundanos de la época. Guillaume de Machaut, el músico más relevante del siglo, lo consiguió mediante una mayor presencia de los instrumentos. El cambio era posible. La música así lo demostraba. Pero faltaba dejar de lado los miedos y las confusiones. La pasión por el cambio revela el sentido de la modernidad: no rechaza las dificultades, las supera; pero las supera por entero, poniendo una atención particular en la relación entre el dinero y la cultura mercantil.
DINERO Y CULTURA MERCANTIL
Ante el posible desplome de la economía, un grupo de hombres y de mujeres convirtieron algunas ciudades, Génova, Florencia, Milán, Venecia, Nápoles, Gante, Brujas, Londres, París, Lübeck o Cracovia, en centros asombrosamente creativos en relación con la técnica, el arte, la literatura. Eran conscientes de que la única posibilidad de salir adelante pasaba por mantener (y en lo posible fomentar) las redes internacionales del comercio: no veo nada tan admirable en la Europa de la segunda mitad del siglo XIV como esa cadena dorada de ciudades creadoras que durante décadas sostuvieron la confianza en el sistema mercantil y anunciaron un renacimiento, una vez se produjera el obligado ajuste en la vida económica. Y eso a pesar de la casuística religiosa sobre el dinero.
Los moralistas reunieron información sobre la riqueza y la pobreza de las naciones, el lujo y la caridad, la integración y el desarraigo para atajar el camino al capitalismo. Algunos, como un tal Richard que predicó en París, eran siniestros charlatanes que empleaban burdos recursos para amedrentar a los fieles; otros, en cambio, como Tomás de Kempis, propusieron el modelo de la imitación de Cristo para salvaguardar, pese y contra todos, la confianza en la vida. El sermón adoptó muchas caras: desde la condena del mundo al consuelo, desde la sugerencia al consejo.
Las élites urbanas optaron por vivir en palacios con torres de defensa. San Gimignano es un buen ejemplo. Se convirtieron en los compendios de una vida mundana basada en el intercambio de información por medio de una veloz correspondencia mercantil. El rico archivo de Francesco Datini, un mercader de Prato, permite seguir el curso de las letras de cambio, motor de la economía en esos años, punto de partida de una revisión de la pratica della mercatura, de la que habló Francesco Balducci Pegolotti, origen del capitalismo industrial.
La admisión en las élites del dinero no fue fácil, nunca hubo un ideal democrático en el origen del capitalismo; el acceso se hizo a través de la red familiar. Los sobrevenidos estaban consumidos por sueños de grandeza esperando que algún patrón los insertara en el juego de los intercambios y así poder aportar un talento presto a ser comercializado; un gesto comparable con el ritual del cortejo: lo practicaron todos los que tenían algo que decir en la nueva sociedad: arquitectos, pintores, escultores, orfebres, novelistas, poetas, navegantes, cartógrafos, matemáticos, médicos, ingenieros. Los hombres de poder, banqueros, príncipes, condotieros, se volvieron hacia ellos; incluso los citaron en sus libros de ricordanze, de memorias, donde anotaban los detalles de la vida diaria junto a sus impresiones de un suceso, un personaje o una obra de arte.
Las personas ambiciosas entendieron, pues, que la aceptación de una sociedad severamente jerarquizada era el precio a pagar para acceder al gran mundo de los negocios. Allí todos tenían un lugar y una función, desde los más humildes oficios, mozos de cuerda, marineros, carreteros, descargadores, hasta los cajeros, tenderos, agentes de aduanas, domésticos en el amplio sentido de la palabra, desde el pasante al abogado de fama, y a los hombres de negocios. Todos buscaron especializarse, menos estos últimos que gozaban del privilegio de saber de muchas cosas, sin las limitaciones gremiales que limitaban la iniciativa empresarial. Los que querían incorporarse a la sociedad del dinero debieron aceptar la jerarquía; única vía para acceder al glamur, la moda y la cultura del mercado mundial, elementos propios de la vita felice.
FILOSOFÍA, POLÍTICA, OCCAMISMO
Hacia 1330 dos hechos históricos convergieron con importantes efectos en la historia de Europa: el cisma de la Iglesia entre el Papa de Roma y el de Aviñón, y la aparición de la vía moderna en la filosofía que se enseñaba en las universidades de París, Oxford, Bolonia o Salamanca. Ambos hechos tuvieron en común el reclamo de una separación de lo sagrado y lo profano. El futuro pasaba por un triunfo del espíritu laico, que, al producirse, abarcó en solitario, durante más de dos siglos, todas las tendencias esenciales del arte, la música, la poesía, la novela, la filosofía.
El hombre clave fue Guillermo de Occam, fraile franciscano, profesor de Oxford, adversario del Papa, amigo del emperador, célebre por el argumento conocido como la navaja de Occam: «No debe presumirse la existencia de más cosas que las necesarias». Occam es un hombre sin temor a la claridad a la hora de descubrir el mundo por la observación directa, crítica, liberada del sistema escolástico. Propuso sacar a Aristóteles y al averroísmo latino de la enseñanza universitaria e invitó a presentar los fenómenos en su diversidad sustituyendo los signos por imágenes concretas. Era el camino al realismo, que invadió fructíferamente la arquitectura, la orfebrería, la pintura, creando al mismo tiempo un imperio de los objetos, libros, cajas o joyas. A través de una de sus obras, Dialogus, sabemos de la vida interior y de los gustos de los europeos. La modernidad reside en la atención que se presta a las cosas. Faltaba idear un lenguaje político que lo expresara a un público aturdido por la sucesión de desastres.
Marsilio de Padua tenía suficientes motivos para reclamar un lugar en el mundo: discípulo de Occam, rector de la Universidad de París, propagandista del príncipe, amigo de Juan de Jandún, con quien, antes se decía, escribe en latín El Defensor de la paz (1324), vicario del emperador, hombre polémico, carismático, adversario del Papa. Marsilio compartió la misma preocupación de su maestro y la reflejó en la pregunta: ¿Cuál es la fuente del poder? Y su respuesta fue toda una proclama a favor de la modernidad: «El poder procede de la mayoría de los ciudadanos que promulgan la ley». Era bastante osado hablar de pueblo, libertad, ciudadanos, ley, mayoría; se vio en la obligación de apoyarse en una autoridad y la encontró en Tito Livio. Los libros de este historiador romano son un compendio de reflexiones sobre el poder, que acompaña al estruendo de las armas como una garantía de la justicia del pueblo: son las armas de los lictores y de los legionarios, no la de los caballeros cruzados.
La vía moderna se miró en el espejo de la Antigüedad y profundizó en los clásicos, hecho clave en el ambiente intelectual: desde entonces cualquier reflexión política será cuidadosa de la intensidad de cada palabra, de cada frase; seducida por el legado de unos pensadores que en Grecia y Roma superaron las fronteras de lo privado; pero a la vez sensibles a la confesión personal, atentos al ornamento de la prosa convertida en pedagogía de los usos del poder. Aquí bebieron Maquiavelo, Jean Bodin, Hugo Grocio, Francis Bacon, Thomas Hobbes o John Locke; vamos, casi todos los pensadores que tuvieron algo que decir sobre la política. Solo Europa creó las condiciones intelectuales que permitieron revelar y preservar la herencia cultural del pasado.
PAISAJE, LA FUNCIÓN DE LA ESTÉTICA
El paisaje construyó Europa, pero, si recuerdo bien a T. S. Eliot, no debemos entender por paisaje los campos que rodean una ciudad, ni el río en cuanto frontera, vía comercial o problema para constructores de puentes, tampoco las montañas y las estepas de los pastores y las caravanas: el paisaje solo existe cuando el hombre se torna hacia la naturaleza sin una finalidad práctica, en una contemplación libre y gozosa. Así lo entendió Alexander von Humboldt, el último sabio, si exceptuamos a Darwin; también Hirschfeld, Rousseau, Schiller, Goethe y, entre los pintores, Turner y Friedrich. Pero ¿quién fue el primero en observar la naturaleza como un paisaje?
El concepto paisaje nació en Italia a mediados del siglo XIV y designó la necesidad de entender el mundo del primer humanismo. Francesco Petrarca, el poeta de Laura, al que Renan calificó de «primer hombre moderno», fue quien más se acercó a esa idea: según él, la apreciación del paisaje es un hito en la formación de la cultura de la individualidad; motivo por el cual en su Canzionere expuso la necesidad de preocuparse por el paisaje que rodea a un yo dañado. Para saber cómo llegó a esa conclusión conviene leer las Epístolas Familiares; me detengo en una de ellas (la remitida a Diogini da Borgo San Sepolcro), donde comenta su ascensión al monte Ventoux en Provenza el día 26 de abril de 1335, que hizo «para ver lo que podía ofrecerle tan gran elevación». Ridículo, genialidad, sentimiento, el caso es que tras la llegada a la cima, mientras se tomaba un respiro, señaló que estuvo a punto de haber perdido el alma «admirando las cosas terrenales que la vista contemplaba».
Viajar para cultivar el yo: una de las ideas que han construido Europa. La escisión entre el pasado y el futuro se determina en la subida al monte Ventoux. Luego todo fue más fácil. Refugiado en Vaucluse, empezó el poema con el que rivalizaría con Virgilio: una epopeya en latín, titulada África, sobre la liberación de Italia tras la victoria de Escipión sobre Aníbal. Luego recibió dos invitaciones, una del Senado romano, otra de la Universidad de París, para que aceptara la corona de laurel del poeta. Lo hizo. La inmortalidad. Petrarca no temió esa palabra. Esa fue su herencia.
La idea de la naturaleza como paisaje anida también en dos creaciones culturales realizadas en la misma época. Primera, en los frescos de Ambrogio Lorenzetti en la sala del Consejo Cívico de Siena, donde se representaron las alegorías del Bien y el Mal Gobierno, una figuración persuasiva sobre el poder de las ciudades europeas. Segunda, en los cuentos de Boccaccio que forman el Decamerón. Esos relatos, de un promedio de seis páginas, tienen en común una descripción de paisajes pocas veces superado en la literatura europea. Aunque las fuentes son diversas, cantares de gesta, fabliaux, folclore, constituyen un espejo de Europa pese a la caricatura y la exageración. Abrió el camino a los escritores que en el futuro buscaron el mapa de los sentimientos humanos, Chaucer, Rojas, Rabelais, Alemán, Shakespeare, Molière, La Fontaine, Sachs, Lessing; es decir, a quienes se abrazaron al viejo dicho de que lo único que no aguanta el diablo es la risa.
GUERRA Y NUEVO ORDEN MUNDIAL
Hay que entender Europa en tiempos de Petrarca y Boccaccio. Por un lado estaba más unida que nunca, debido a la globalización de la economía; el capital y la mano de obra atravesaban sin obstáculos unas fronteras políticas resueltamente porosas. La cultura popular seguía sus pasos, pues los carnavales eran una realidad internacional ligada al desarrollo de la liturgia de la Semana Santa. Pero, por otro lado, el estruendo de los combates aumentaba a medida que las armas de fuego entraron en los campos de batalla. En Occidente, la guerra fue la expresión de un enrevesado conflicto dinástico; en Oriente, un asunto estratégico teñido de religión.
En Occidente, las exigencias de Eduardo III de Inglaterra al trono de Francia condenaron a los europeos a una guerra sin salida en nombre de los derechos dinásticos. ¿Y los banqueros sieneses y florentinos que le prestaron el dinero? Ellos también se dejaron atrapar por la pulsión posesiva de un rey demasiado literario, que se creía la reencarnación del rey Arturo de Bretaña; no pensaron en los resultados, pero hicieron lo posible para satisfacer a su cliente.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.