Kitabı oku: «El puzle de la historia»
EL PUZLE DE LA HISTORIA
(ANTEQUERA COMO PARADIGMA)

JOSÉ ESCALANTE JIMÉNEZ
EL PUZLE DE LA HISTORIA
(ANTEQUERA COMO PARADIGMA)
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2014
EL PUZLE DE LA HISTORIA (ANTEQUERA COMO PARADIGMA)
© José Escalante Jiménez
Iª edición
© ExLibric, 2014.
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ISBN:978-84-16110-17-9
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
Índice
Portada
Título
Copyright
Índice
Prólogo
Proemio
EL ARCHIVO ANTEQUERANO
El archivo de los Marqueses de Fuente de la Piedra
Primer documento de la ciudad
El catastro del Marqués de la Ensenada
El Archivo Histórico Municipal de Antequera
El fondo de hermandades y cofradías del Archivo Histórico Municipal de Antequera
El fondo municipal del archivo de Antequera
El fondo parroquial del Archivo Histórico Municipal de Antequera
La hemeroteca del archivo antequerano
Las ordenanzas municipales de 1821
La colección de pergaminos del Archivo Histórico Municipal de Antequera
Los privilegios rodados de Antequera
PERSONAS Y PERSONAJES
Juan Perea
La captura de Boabdil
El regidor don Bernanbé Delgado y Lara
Francisco de Roa, de escribano a guerrillero
José Durán Frías, un fotógrafo antequerano en la Guerra de Marruecos
La historia del moro Manuel José María
Fray Francisco de Cabrera y su Historia de Antequera
El licenciado Juan de Aguilar
Juan de Mora y el Arco de los Gigantes
Pepe Illo. La tradición taurina en Antequera
RELIGIOSIDAD POPULAR
En torno al Santísimo Cristo de la Salud y de las Aguas
Corpus Christi y la arquitectura efímera
La puerta de Estepa y Nuestra Señora del Rosario
El convento de Nuestra Señora de los Remedios y los Hermanos de su Esclavitud
Santa Eufemia, Patrona Ganadora
La peste y la Virgen del Rosario
El silencio de Antequera: origenes de la Cofradía del Socorro
El trono antequerano
La Cofradía de la Humildad y Oración en el Huerto
Arriba y abajo: el origen de una discordia
Los orígenes de la Cofradía del Mayor Dolor
La mujer en la Semana Santa
Los estatutos de 1902
La Cofradía de Nuestra Señora de la Salud y la parroquia de Santiago. Notas históricas
El Corpus Christi y las cofradías sacramentales
Origen de las cofradías antequeranas
De los Santos Patrones de Antequera
El milagro de la Virgen de los Remedios
La Semana Santa de Antequera de 1908. Una reconstrucción a través de la prensa de la época
SOBRE LAS INSTITUCIONES
El mercado de abastos
La Academia de Nobles Artes de Antequera
La casa de comedias de Antequera
Una asociación columbina en el siglo xviii: los Palomeros de Antequera
La Real Maestranza de Caballería de Antequera
El pósito de Antequera
Los maestros de primeras letras
La Real Sociedad de Labradores y Criadores de Ganado de Antequera
El colegio de plateros de San Eloy de Antequera
Los escribanos
La Caja de Ahorros y Préstamos de Antequera (1904-2004)
El teatro cine Torcal
El colegio seminario
Un proyecto inconcluso: el Cuartel de Caballería
El Hospital General de Antequera
De la inquisición
El matadero municipal
El cementerio municipal
El Museo Arqueológico Municipal de Antequera. Antecedentes
DE LOS CONVENTOS
Las ermitas de Antequera
El Convento de la Encarnación
Las Escuelas de Cristo
La Real Colegiata
El desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Concepción de la Sierra
El Convento de San José de Carmelitas Descalzas: su fundación
La fábrica material de la iglesia de San Juan de Dios
La ley de 25 de octubre y la Orden Hospitalaria
El convento de San Agustín
RESEÑAS
Feria de mayo: de su origen. 1855
Antequera y el puerto de Málaga
El chapitel del papabellotas
La puerta de Granada
Un reglamento sobre prostitución
El arco de los Gigantes
Fuentes y abastecimiento de aguas
La historia de Antequera del padre cabrera
La catedral que nunca fue
Las ordenanzas de la ciudad
El barrio de San Isidoro y su parroquia
Las mutuas de socorros
La constitución cantonal
El Antequera foot-ball club
De los símbolos de la ciudad de Antequera
Los orígenes de la imprenta en Antequera
Aproximación a los orígenes de Jeva
La Cueva de las Maravillas
Menga
Los molinos de la ribera
La gran epidemia de 1679
El palacio del conde de Pinofiel
La colonia de Santa Ana
La pequeña Antequera: Sayalonga
A Lourdes y a Lourdes Cayetana, por su paciencia.
Prólogo
El puzle de la historia (Antequera como paradigma) es el resultado de una ardua tarea de investigación desarrollada por José Escalante durante más de veinte años. Se trata de la revisión y ampliación de dos obras publicadas hace un tiempo, Miscelánea histórica de Antequera y Fragmentos para la historia de Antequera. Lo hace con gran maestría, conjugando con solvencia sus dos facetas profesionales, la de archivero y la de historiador. Ello le permite abordar con maestría temas muy diversos y para un periodo cronológico muy amplio, desde los siglos XVI al XX, situándolos en un contexto más amplio. Estamos ante un enfoque de carácter humanista, que solo puede venir de un profesional fuera de lo común. Desgraciadamente, hoy en día apenas se publican libros de este tipo, ya que lo que predominan son los realizados desde alguna “parcela” de la historia (política, sociedad, economía, género, etc.) y relativos a periodos que pocas veces suelen superar algunas decenas de años.
El autor nos muestra aquí retazos de la historia de Antequera, basándose en los fondos documentales del Archivo Histórico Municipal, con sus personajes y sus gentes, la producción artística, las instituciones, las asociaciones, la religiosidad popular, etc. Fragmentos que, sumados, permiten conformar un puzle, gracias al cual el lector puede conocer en profundidad el devenir histórico de los temas analizados, e incluso ir más allá, y pensar e imaginar cómo vivían, sentían y qué veían nuestros antepasados al pasear por sus calles. Y esto lo consigue con un lenguaje sencillo y claro que le posibilita llegar al gran público y al especializado. Asimismo, abre nuevas líneas de investigación, que esperamos otros investigadores se animen a continuar. En definitiva, estamos ante una obra imprescindible para los amantes de la historia de Antequera.
Mercedes Fernández-Paradas
(Universidad de Málaga)
Proemio
Miscelánea histórica de Antequera y Fragmentos para una historia de Antequera nace de la recopilación de una serie de trabajos publicados en un semanario de tirada local como es Antequera Información. A través de ese periódico se planteó en el año 2002 realizar una serie de publicaciones sobre historia local, con un carácter plenamente divulgativo y dirigido a un público general y no especializado, impulsado por la iniciativa y entusiasmo del periodista y responsable de ese medio en aquellos años, don Antonio Arquillo.
En Antequera en concreto existe un especial regusto por la lectura y el conocimiento histórico. De hecho, nuestro planteamiento no es algo novedoso. Una simple mirada a la prensa antequerana desde principios del pasado siglo XX nos desvelará como algo habitual este tipo de secciones, que en su día desarrollaron autores como José María Fernández Rodríguez, Francisco Muñoz Burgos o, más recientemente, Antonio Parejo Barranco y Jesús Romero Benítez, en la década de los ochenta, o el profesor Juan M. Moreno en la década de los noventa y, ya en la actualidad, de la mano del historiador Juan Campos Rodríguez.
El hecho de ir dirigidos a un público en general justifica en cierta medida el modo de redacción blando y elemental. Se trata de que la información guste al lector y le enganche. No se pretende en ningún momento hacer grandes galas ni realizar concienzudos análisis de investigación, sino que se trata de ofrecer la historia en su estado puro, casi rayando el positivismo, y usando como componente común a todos los trabajos el documento, como elemento parlante que nos habla de un momento de un personaje. Se trata de recrear la pequeña historia, la que no aparece en los manuales.
Algo más de 120 artículos fue el resultado del trabajo, que en un momento determinado, en octubre de 2004, decidimos finalizar, tras casi tres años de publicaciones semanales. La mitad de estas pequeñas historias se agruparon en una obra que editó el Excmo. Ayuntamiento de Antequera, en 2004, con el título de Miscelánea histórica de Antequera, hoy día agotada en su totalidad. El resto, 60 artículos, son las que compusieron la segunda recopilación, Fragmentos para una historia de Antequera, y que en la actualidad ha corrido la misma suerte que su antecesora. Esta circunstancia nos ha hecho plantear la realización de esta tercera publicación, en la que agrupamos en seis grandes capítulos todos estos trabajos, de los que hemos desgajado la parte correspondiente a los trabajos realizados sobre el ámbito del arte de nuestra ciudad, dado que este grupo de trabajos, más una gran parte inédita que está pendiente de ver la luz, perfectamente pueden configurar un nuevo volumen que confiamos poder ofrecer antes de comienzo de verano.
En este primer volumen hemos agrupado los distintos trabajos de manera temática, como ya hicimos en Fragmentos para una historia de Antequera, creando, como hemos dicho, seis capítulos. En el primero, denominado “Del Archivo y sus documentos”, recogemos las publicaciones vinculadas de alguna manera con el Archivo Histórico de Antequera y con el análisis de determinados documentos o series documentales especificas, que además están en la base y origen de nuestros estudios. “De personas y Gentes” recoge algunas destacadas figuras del ámbito cultural de la ciudad. Con una significativa trascendencia, de alguna forma establecemos el inicio de un memorial, ya apuntado en la obra 20 antequeranos del siglo XX, y nunca realizado. El mundo cofrade también tiene un hueco en “De la religiosidad popular”, donde hacemos una aproximación necesaria al mundo de las mentalidades colectivas y su influencia en la sociedad de la Edad Moderna, principalmente. “Sobre las instituciones” recoge un recorrido por organismos y entidades que en muchos casos han pasado desapercibidas o de las que se ignora su verdadero origen y existencia y, por tanto, su influencia en nuestra sociedad. La Antequera conventual tampoco podía ser eludida: “De lo Secular” incluye referencias a más de 25 templos y a las diversas órdenes religiosas cuyos vestigios han llegado a nuestros días conformando un rico patrimonio artístico. Los templos forman parte indiscutible del paisaje antequerano.
Por último, en el capítulo “Reseñas” agrupamos una miscelánea de artículos de difícil inclusión en los bloques anteriores y que tocan temas tan dispares como las epidemias de peste que asolaron la ciudad, los orígenes de la imprenta o la colonización por antequeranos de una población de las Alpujarras, por destacar algunos.
Con El Puzle de la Historia pretendemos reunir estos trabajos en un libro que dé continuidad a la labor divulgativa que les dio origen, con la intención de sacar a la luz la información de que hemos podido disponer y las fuentes de donde procede, más como colofón de una labor archivística que con pretensión de historiador.
Nuestra única intención es divulgar el conocimiento histórico entre el gran público, dar a conocer la pequeña historia, la que todos y cada uno de nosotros hacemos a diario, porque al fin y al cabo la historia con letras grandes la hace el pueblo, el ciudadano de a pie. Los gobernantes, al fin y al cabo, son meros mandatarios de la voluntad del pueblo soberano, que los designa por un tiempo efímero.
EL ARCHIVO ANTEQUERANO

Portadilla expediente de organización del Archivo, 1894.
El archivo de los Marqueses de Fuente de la Piedra
El Fondo de Archivos Familiares está formado en la actualidad con los archivos Juan Fernández Burgos y el archivo Rojas Álvarez, este último con unas muy importantes series y documentos del siglo XVII, concretamente la fecha tope del documento más antiguo es 1651. A estos dos interesantes archivos, nuestra ciudad tiene la suerte de poder agregar una tercera colección: el Archivo de los Marqueses de Fuente Piedra.
Su documentación abarca desde el siglo XVII hasta principios del pasado siglo XX. Se trata de una importante contribución a los Fondos de nuestro Archivo Histórico, ya que sin duda aportará al investigador un significativo campo de trabajo, dada la vinculación que desde el siglo XV tienen los personajes relacionados con este título.
Hagamos un poco de Historia. El título de Marqués de Fuente de la Piedra, es un título de Castilla, relativamente moderno en el tiempo, ya que fue concedido por Fernando VII, en 1817, concretamente el 4 de junio, a don Diego Vicente Casasola Benjumea y Paniagua, para él, sus hijos y sucesores perpetuamente, en atención a los grandes servicios prestados a la corona. Don Diego Vicente de Casasola fue regidor de Antequera desde 1791, era quinto nieto de Diego González Casasola, descendiente de don Juan Vázquez de Casasola. Este último personaje acompañó al Infante don Fernando en la toma de Antequera. Bajo su responsabilidad se realizó una importante misión: la traída desde Sevilla de las bastidas para el asalto de la ciudad. A él se le atribuye la negociación con los regidos sevillanos, para derribar parte de las murallas de la ciudad hispalense y así poder sacar estos ingenios de los talleres, dado que su tamaño impedía su salida por las puertas de la ciudad. Juan Vázquez de Casasola consiguió lo que el tiempo y las guerras no lograron: abrir una brecha en las defensas de Sevilla.
El segundo marqués de Fuente Piedra fue don Francisco de Paula Casasola Cuellar, hijo primogénito de don Diego Vicente de Casasola Benjumea y de su esposa doña Dionisia de Cuellar Veladiez. El III fue don José María Casasola Cuellar, hijo también de don Diego, ya que su hermano falleció sin descendencia.
El IV marqués de Fuente de la Piedra fue don Diego Vicente Casasola Stoppani, el V fue doña Dolores Casasola García Camba, la VI su hermana doña Gertrudis Casasola García Camba, la VII doña Rosario Luque Casasola, y el VIII don Ramón Checa Luque.
Los antepasados del primer marqués, independientemente del caballeresco Juan Vázquez de Casasola, participaron activamente en la vida de la ciudad, siendo numerosos los que ostentaron el cargo de regidor, manteniendo una importante actividad y participación en la vida pública local. A esto hay que sumarle sus actividades económicas y sus relaciones con la salina de Fuente Piedra, sin olvidarnos de las constantes participaciones de los Casasola en hechos bélicos y la estrecha vinculación de algunos de sus miembros con el ejército.
Por ello, la información que puede aportar, para la historia de nuestra ciudad, la documentación adquirida es de una gran importancia.
Los archivos familiares están generados por las actividades de las personas, de los componentes de una familia a lo largo de su vida, generación tras generación. Debemos entender la palabra familia en este contexto en su acepción más amplia, la de conjunto de todas las personas unidas por parentesco de sangre o políticos, tanto vivos como muertos.
El origen y fin primordial en principio de cualquier archivo que podemos clasificar de familiar no es otro que la gestión y administración de unos bienes, es decir, tienen un marcado e indiscutible tinte utilitario y económico, que determinará su futura clasificación, cuando procedamos a ordenarlo. Pero, al mismo tiempo, la documentación de este tipo de archivos históricos es de un alto valor cultural, pues contiene testimonios e información que permiten reconstruir la historia de un linaje y descubrir o confirmar y dar a conocer su “lustre” y prestigio, al rememorar el poder y la autoridad que en otros tiempos disfrutó o que en la actualidad disfrutan.
Podemos encontrar una muy variada tipología documental, prácticamente de todo, desde Reales Provisiones o Reales Cédulas, hasta testamentos, particiones, escrituras de dote, contratos de compra-venta, libros contables, recibos, cartas, la correspondencia, que suele ser una serie documental muy abundante, privilegios, etc. El soporte también puede ser muy variado. No solo el papel está presente. Sin duda, los documentos más interesantes, por su vistosidad además de por su contenido, son los redactados en pergamino. La piel se reserva para asentar hechos extraordinarios, y generalmente van acompañados de unas interesantes decoraciones miniadas. Un sinfín de documentos atesorados durante generaciones que nos explican la aportación de una determinada familia en una sociedad.
No podemos olvidar que, además, en estos fondos suelen estar presentes importantes colecciones de impresos e incluso los más cuidados conservan documentos gráficos, que aportan sin duda su parte de información directa.
En España, uno de los primeros archivos familiares que pasaron a una institución pública fue el de la casa Ducal de Osuna, en 1927, que pasó al Archivo Histórico Nacional.
En nuestro caso, son ya tres los archivos con los que cuenta nuestra institución local, que sin duda confiamos que en un futuro breve se vea incrementado con nuevas aportaciones, al conservarse interesantes e importantes fondos relacionados con las más nobles familias antequeranas, que tienen su hueco en el Archivo Histórico Municipal.

Escudo de armas de los Cárdenas. Siglo XVIII.
Primer documento de la ciudad
El Archivo Histórico Municipal de Antequera custodia documentación de las más variadas instituciones y épocas, que son el soporte fundamental para el conocimiento de nuestra historia local. Como es sabido, conquistada la ciudad en septiembre de 1410, durante años fue lo que se denomina una villa de frontera, es decir, un enclave militarizado y en constante alerta. En el caso de Antequera, además, era una posición estratégica clave para los planes expansionistas de la corona castellana.
No obstante, la villa amurallada tras la conquista comienza un proceso de normalización ciudadana dentro de sus especiales circunstancias. Existen repartimientos de tierras a sus nuevos habitantes y se establece una incipiente organización administrativa, prueba de ello es el primer documento que se ha conservado de este periodo, el más antiguo cronológicamente existente en nuestro Archivo.
Se trata, en términos diplomáticos, de una carta real de merced, fechada el 15 de junio de 1411, en la ciudad de Valladolid, con la firma autógrafa de los regentes, el Infante don Fernando y la madre de Juan II, doña Catalina de Lancaster. Su texto es el siguiente:
Don Juan por la graçia de Dios rey de Castilla, León, de Toledo, de Galiçia, de Sevilla, de Cordoba, de Murçia, de Jahen, del Algarbe, de Algezira, e señor de Vizcaya e de Molina, al conçejo, e alcayde, alcaldes, alguazil, regidores, ofiçiales e omes buenos de la mi villa de Antequera, salud e graçia. Sepades que vi vuestra petiçión, que me enviastes por la qual entre las otras cosas me enbiastes dezir que pluguiese a mi merçed quelmí alcayde e alcaldes e alguazil mayor e reigdores desa dicha villa que agora son o fueren de aquí adelante que puedan dar e den a cada año las alcaldeas ordenarias de que yo provei luego de presente en esa dicha villa e que fuesen echadas por suertes a los vezinos desa dicha villa por que todos oviesedes e gosaredes de los ofiçios desa dicha villa e que los dichos alcaldes oviesen (ilegible por borrón de tinta) que con los dichos ofiçios de alcaldías la quitación de mi merced fuese e otrosí los derechos segund uso e costumbre de las otras villas de la frontera. Sabed que me plaze e mí merced es que los dichos dos alcaldes ordinarios que ayan los derechos que les pertenecen por razón de los dichos oficios segund han los otros mis alcaldes ordinarios en las otras dichas mis villas fronteras e non otra quitación ninguna. Porque vos mando que lo fagades e cumplades todo así en la manera que dicho es et mi merced e voluntad es que vos los dichos ofiçiales mandades dar e dedes las dichas dos alcaldías de cada un año segund dicho es et non fagades ende al por alguna manera so pena de la mi merced e de dies mill maravedíes a cada uno para la mi cámara. Dada en la villa de Valladolid quinze días de junio año del Nacimiento de Nuestro Señor JhesuChristo de mill e quatroçientos e honze años. Yo Diego Fernández de Valladolid la fis por mandado de los señores reyna e infante, tutores de Nuestro Señor el rey e regidores de los sus regnos.****1
La estructura político administrativa de los municipios de la España medieval no fue uniforme en todos ellos. Al frente del concejo local se encontraba un juez, como jefe político del municipio, que solía tener funciones gubernativas y judiciales, llamado en origen Justicia, Alcalde o Zalmedina (Sahib al-madina, señor de la ciudad).
A partir del siglo XIII, en Castilla el municipio era ya una entidad de derecho público, con jurisdicción y autonomía constituida por el concejo local y regida y administrada por sus propios magistrados y oficiales. Los alcaldes era elegidos por la villa o la ciudad, previamente el monarca debía haber autorizado esta circunstancia, es decir, les tenía que dar el fuero correspondiente para que el concejo pudiera elegir a sus alcaldes.
El documento que hemos visto, y que constituye el más antiguo conservado en nuestro Archivo, es una muestra de lo que estamos diciendo. En el mismo, el rey autoriza a la villa de Antequera, para que nombre a dos alcaldes de lo ordinario. Estos alcaldes locales debían ser elegidos entre los vecinos. El número de dos implicaba o hace referencia a la existencia de dos collaciones o parroquias ya constituidas en 1411: las de San Salvador y San Isidoro. Además, esta carta real de merced faculta a los vecinos de la villa a elegir o designar anualmente a estos cargos concejiles. Esta merced que permitía esta elección popular constituyó la característica esencial de la autonomía de las comunidades locales.
En los municipios castellanos, esta elección solía efectuarse a principios de octubre y se hacía por cada una de las collaciones o barrios, a partir de una lista o padrón de vecinos. Aunque teóricamente podía ser elegido cualquiera, desde un principio, sobre todo a partir del siglo XIII, se requería la posesión de un determinado patrimonio inmueble. Con el tiempo, las magistraturas concejiles llegaron a quedar reservadas solamente a los vecinos más acomodados, o sea, a los caballeros de las ciudades y villas que, dotados de algunos privilegios y exenciones, formaban la oligarquía.
En nuestra ciudad, durante prácticamente todo el siglo XV, fue la casa de Narváez quien llegó a controlar los cargos.
El documento que hoy referenciamos podemos considerarlo una auténtica joya, tanto por su antigüedad como por la información que ofrece sobre la ciudad, en un periodo del que carecemos prácticamente de fuentes documentales directas.
Para concluir diremos que esta carta real de merced está realizada en papel, con un tamaño de 310 por 145 milímetros. Escrita en gótica cortesana cursiva, en la parte inferior podemos apreciar restos de un sello de placa y, por supuesto, otro elemento importante a destacar son las firmas autógrafas de los dos regentes, que se ubican al pie del real documento.
Yo la reina - Yo el Infante
****1 A.H.M.A. Fondo Municipal. A.M.A. Sección: Gobierno. Subsección: Disposiciones y Autoridades Supramunicipales. Legajo nº 34-B.
El catastro del
Marqués de la Ensenada
En 1749, el rey Fernando VI, dio el visto bueno a Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, para que se efectuara en todo el reino de Castilla la evaluación de la propiedad, es decir, que confeccionará un catastro. El objetivo directo era la constitución de una contribución única, y ello llevaría aparejado que el estado asumiría la administración directa de las llamadas rentas provinciales, entre otras medidas.
Sus verdaderos efectos prácticos fueron totalmente nulos, la complejidad de la realidad castellana pudo con el intento de reforma. Sin embargo, el Catastro del marqués de la Ensenada fue, desde el punto de vista de recogida de datos, todo un éxito. Hoy día la información recogida en este catastro es un instrumento fundamental para el investigador y para el estudio económico y social de un periodo fundamental de nuestra historia.
La elaboración de este documento fue larga y laboriosa, se tardaron más de cinco años en recopilar todos los datos. Se recoge en el mismo la estimación de los bienes que posee cada individuo, tanto el valor de las propiedades inmuebles, como el de la producción de la tierra o de la industria.
El catastro se confeccionó de la siguiente manera, la base legal la establece una Real Cédula promulgada el 10 de octubre de 1749, por la que quedan abolidas las alcabalas, millones, censos, diezmos, foros, etc. y se instaura un impuesto único, que variaría su cuantía dependiendo de la capacidad económica de cada individuo.
Para la recogida de datos se creará en cada municipio una comisión, constituida por un religioso, un regidor y dos o más vecinos, dependiendo de los lugares. Por un lado, esta comisión deberá apoyar y ayudar a los medidores de tierras reales, en la recopilación y clasificación de las fincas tanto rústicas como urbanas, así como en colaborar en la recogida de los datos referentes a las industrias y comercios. Para ello, deberán atenerse a un Real Interrogatorio, compuesto por 40 preguntas. El resultado de esta encuesta se verificará de dos formas, por un lado tendremos lo que se conoce como Respuestas Generales y por otro las denominadas Respuestas Particulares.
El Real Interrogatorio contiene preguntas como qué especies de frutos se cogen en el término, cómo se llama la población, si existen minas, molinos, qué propios tiene el común, cuántas tabernas y mesones hay, si existen conventos, si hay hospitales, si ejercen oficio artistas, etc.
En Antequera, el catastro se elabora en 1753. Concretamente, la comisión constituida a tal efecto se reunió el 30 de abril, en las casas del juez particular privativo, nombrado para ello, cargo que recayó en don Eusebio de Uribe y Salazar, caballero de la orden de Santiago, Caballero 24 de la ciudad de Jaén, Corregidor y Capitán de Guerra, y Superintendente General de Renta Reales de la ciudad de Antequera, y actuando de secretario, el abogado don Sebastián de Molina. Se concluye la total recogida de datos el 29 de octubre de 1754.
Veamos algunas de las Respuestas Generales, por ejemplo la tercera:
Que ocupa su termino de levante a poniente 4 leguas y de norte a sur 6; y de circunferencia de 20 a 21 leguas que a caballo y paso regular se pueden andar en 30 horas; su figura la que queda puesta al principio; con frontera al levante con los términos de las Villas de Archidona e Iznajar, a Poniente con las de Estepa, Campillos, Teva y Ardales; al norte el de la ciudad de Lucena, villa de Benameji y Estepa, y al sur con los términos de Álora, Almogia y Casabermeja de la jurisdicción de Málaga****2.
A la pregunta 22, de cuántas casas habrá en el pueblo, qué número de habitantes, cuántas arruinadas; y, si es de Señorío, explicar si tiene cada una alguna carga que pague al dueño por el establecimiento del suelo y cuánto, se contesta:
Que hay en el pueblo 3.740 casas habitables, 10 inhabitables y 34 arruinadas, y en sus aldeas 723 casas habitables y 11 inhabitables y 23 arruinadas y que las aldeas de Cuevas Altas y Bajas, pagan un tributo perpetuo por ser el suelo de sus propios****3.
La pregunta 36 interroga sobre cuántos pobres de solemnidad hay en el pueblo, y la respuesta es 800.
En cuanto a las respuestas particulares, estas se clasifican en tres grupos. Por un lado, tenemos las referentes a las propiedades rústicas y urbanas, en las que se distinguen las seculares y las eclesiásticas; y por otro lado, se agrupan las respuestas referentes a industria.
En nuestro Archivo Histórico Municipal, se conservan estas Respuestas Particulares en 11 volúmenes, aportándonos unos riquísimos y detallados datos sobre nuestra ciudad y sus individuos. Gracias a ello podemos determinar, por ejemplo, los volúmenes de propiedades de la Iglesia, especificados por órdenes religiosas o cofradías, las cargas o la producción concreta de cada propiedad, el número exacto de industrias y de personas dedicadas a ellas, etc.
Veamos un ejemplo de la información que nos facilita este catastro:
Francisco Primo, maestro de tallista, posee una casa en el callejón de los curtidores parroquia de Santa Maria con doce varas de frente y veinte de fondo linda por una parte con las de don Jacinto de Alcántara y por otra con las de don Juan Caballero, propiedad en comunidad con José Gaitero, Manuel Escalona y José de Palma todos cuatro interesados por iguales partes, puede producir ciento setenta y seis reales de los que aquí corresponden cuarenta y cuatro reales por su parte.****4
En cuanto al seglar industrial, los datos que nos aportan son como este:
Pedro Gómez, fabricante de seda y tejedor de ella, de estado casado, adquiere de utilidad en treinta libras de seda que labra cuatrocientos y cincuenta reales de vellón al año y por tejedor se anota en su clase.****5
En 1754, el marqués de la Ensenada fue destituido de su cargo y encarcelado. Las intrigas palaciegas, su vinculación con la Compañía de Jesús y la oposición de una parte de la oligarquía castellana, que veía amenazada su posición por la reforma que suponía el catastro, son algunas de las causas que se han esgrimido para justificar su caída.
No obstante, las reformas que implicaban el catastro continuarán en los años siguientes, incluso una buena parte de la oligarquía, gracias al catastro, podrá legalizar una serie de propiedades, sobre todo rústicas, hasta ese momento complicadas de justificar y de muy variada procedencia, como por apropiación de tierras de propios.
****2 A.H.M.A. Fondo Municipal. A.M.A. Sección Secretaría. Subsección Padrones y Censos. Legajo s/n
****3 A.H.M.A. Fondo Municipal. A.M.A. Sección Secretaría. Subsección Padrones y Censos. Legajo s/n
****4 A.H.M.A. Fondo Municipal. A.M.A. Sección Secretaría. Subsección Padrones y Censos Libro nº 1.998
****5 A.H.M.A. Fondo Municipal. A.M.A. Sección Secretaría. Subsección Padrones y Censos Libro nº 1.997.
El Archivo Histórico
Municipal de Antequera****6
A lo largo de estas páginas, con frecuencia se ha hecho mención a los fondos documentales del Archivo Histórico Municipal de Antequera, ya que todos nuestros trabajos se basan en la información, patrimonio de todos los antequeranos, que se desprende de él. Es hora de profundizar en el conocimiento de este centro, del que prácticamente todo el mundo ha oído hablar, pero que es poco conocido en realidad.
Cuando nos referimos al Archivo Histórico Municipal de Antequera hablamos de una institución un tanto especial, que no se limita tan solo a conservar y servir documentación de carácter edilicio, como vamos a comprobar. Desde hace ya algo más de treinta años, se planteó la creación de un centro donde recuperar y conservar todo el patrimonio documental de las distintas instituciones de la ciudad. Hoy día, ese proyecto, casi idílico en los años 60, se está convirtiendo en una auténtica realidad.
En primer lugar, en cuanto a la ubicación de los fondos, estos se encuentran instalados en lo que fue el edificio del antiguo Real Pósito de la Ciudad. Comenzado a construir en 1733 por Tomás de Melgarejo, según traza de Andrés Burgueño, se desploma en 1765, y se reedifica de nueva planta. En 1773, el alarife Martín de Bogas realiza una ampliación, levantando la nave conocida como la panera. Independientemente de su función como granero, fue empleado como cárcel durante la Guerra Civil. La actual rehabilitación y adaptación del edificio, para ubicar en él el Archivo Histórico, se debe al proyecto realizado por los arquitectos Ricardo Alario López, Sebastián del Pino Cabello y Rafael Salgado Ordóñez. Se trata de una construcción ubicada al sur de la población, en la Cuesta de Barbacanas, con fachada también a calle Nájera.
Tiene planta en forma de “L”, con una superficie útil de 816,23 metros cuadrados divididos en cuatro grandes espacios perfectamente diferenciados: la gran nave, la panera, la casa del mayordomo y los antiguos semisótanos convertidos en espacio expositivo.
Todo el conjunto presenta una perfecta organización interna que facilita su funcionamiento y asegura la óptima conservación de los fondos, contando con un potente sistema de seguridad y climatización que lo convierten en uno de los “edificio-archivo” más logrados de Andalucía.
El Archivo Histórico de la ciudad de Antequera fue creado por una orden de 4 de febrero de 1970 del Ministerio de Educación y Ciencia. Está regulado por un reglamento de régimen interior, en el cual se define el Cabildo como órgano rector de esta institución. El Cabildo está formado por los siguientes miembros: el alcalde-presidente del Excmo. Ayuntamiento; el cronista oficial de la ciudad; el archivero municipal; el concejal de Cultura; el notario-archivero; un representante del Obispado, dos personas de reconocido prestigio en el ámbito de la cultura y la investigación locales y el secretario del Excmo. Ayuntamiento, que será su fedatario.
Está constituido por el conjunto orgánico de documentos de cualquier época y soporte, producidos, recibidos o reunidos por el Ayuntamiento, procedentes de su propia gestión o de personas físicas o jurídicas, públicas o privadas, con fines de gestión administrativa, información o investigación histórica.
Por extensión, también se entiende por tal el lugar o lugares físicos donde se encuentra reunida, conservada y custodiada la documentación que se ha mencionado, y que en la actualidad se encuentra organizada en los siguientes fondos: Fondo Municipal, Fondo de Protocolos Notariales, Fondo Parroquial, Fondo Judicial, Fondo de Hermandades y Cofradías, Fondo de Archivos Familiares, Fondo de la Real Colegiata, Fondo Hemeroteca, Fondo Videoteca, Fondo Fotográfico, Fondo Empresarial y Fondo Cámara Agraria. Estos doce fondos documentales están a su vez subdivididos en archivos individualizados, hasta un total de 30.
La documentación conservada en nuestra ciudad abarca un espacio temporal realmente importante: desde 1411, fecha del documento más antiguo –y al que en su día le dedicamos un trabajo–, hasta finales del siglo XX. Casi 600 años de los cuales la institución ejerce como testigo de la historia de la ciudad, salvaguardando el derecho a la información de los ciudadanos.
Prácticamente, la casi totalidad de la documentación se conserva en muy buenas condiciones, manteniéndose las series completas. Aunque circunstancialmente existen algunas lagunas, es más frecuentemente en la documentación moderna del siglo pasado que en la más antigua.
En la actualidad se está procediendo a la informatización de todos estos fondos para facilitar el acceso a los mismos, estando ya en máquina los inventarios de prácticamente todos ellos, los cuales pueden ser consultados a través de terminales ubicados en el centro.
Así mismo, y siguiendo un estudiado plan de conservación, se está realizando un proceso de reproducción de determinadas series documentales. Para ello, se han iniciado dos proyectos. Por un lado, en 1999 se firmó con la Sociedad Genealógica de Utah un convenio de cooperación para la microfilmación de alrededor de un millón de páginas de diversas series documentales, entre las que cabe señalar el Catastro del Marqués de la Ensenada, los libros de repartimientos, la sección de sisas o los padrones históricos de habitantes, por ejemplo. En un futuro, las imágenes contenidas en estos rollos podrían ser digitalizadas, con lo cual su acceso a través de ordenadores instalados en el edificio facilitaría tremendamente la labor de los muchos investigadores que en la actualidad acuden al centro.
Por otro lado, el Ayuntamiento inició, con cargo al presupuesto municipal, el proceso de microfilmación y digitalización de las actas capitulares, atendiendo a la importancia de estos documentos, tanto a nivel jurídico-administrativo como histórico, ya que en ellos se refleja fielmente la vida e historia de Antequera.
En el Archivo Histórico Municipal de Antequera, como vemos, se está tratando de rescatar y organizar el importante y rico patrimonio documental de esta ciudad. Ello no hubiera sido posible sin el constante apoyo y voluntad política con la que se ha contado a lo largo de su historia, especialmente en las últimas décadas.
De una forma u otra, hoy por hoy, podemos afirmar que nuestro centro puede pasar por uno de los archivos locales más importantes de Andalucía y, sin lugar a dudas, por uno de los más completos, tanto en instalaciones como en fondos documentales.

Panera. Archivo Histórico Municipal de Antequera
Los resultados y experiencias obtenidas nos hacen mirar con esperanza y con ambición al futuro, ante las posibilidades de rescatar nuevos fondos y de aplicar las modernas tecnologías como apoyo fundamental para su mantenimiento y servicio.
****6 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
El fondo de hermandades y cofradías del Archivo Histórico Municipal de Antequera****7
En el Archivo Histórico Municipal de Antequera, al margen de los dos grandes fondos que originan su fundación por el Ministerio de Educación y Ciencia en el año 1970 –el municipal y los protocolos del distrito notarial antequerano–, tiene cabida toda una variopinta colección procedente de las más diversas personalidades jurídicas y físicas de la ciudad. Así, por ejemplo, se cuenta con archivos de carácter mercantil, como el de la Sociedad Azucarera Antequerana, parroquiales o el importante fondo constituido con los archivos de cofradías locales, del que vamos a ocuparnos en las siguientes líneas.
El Fondo de Hermandades y Cofradías está configurado en la actualidad por un total de 20 archivos, correspondientes a otras tantas instituciones, constituyendo la sección más numerosa de este centro, aunque no por ello la más extensa cuantitativamente. Se trata de una muy importante colección documental que comenzó a formarse en 1990, con el ingreso de los Archivos de la Cofradía de la Sangre y Santa Vera Cruz y el Archivo de la Orden Tercera de Penitencia de San Francisco. Posteriormente, en años sucesivos, se sumaron el resto de las colecciones documentales, entre las que cabe destacar el archivo de la propia Agrupación de Cofradías, aportado en el año 2000.
La mayoría de las colecciones documentales están con carácter de depósito, siendo la titularidad de la entidad productora. Las fechas límites que enmarcan la cronología de este fondo son muy amplias: abarcan desde 1517, data del Libro de Reglas de la Cofradía Sacramental de Santa María, a 1997, fecha del último documento, que concretamente se encuentra en formato de cinta magnética de vídeo.
El mundo de las cofradías ofrece un amplio campo para la investigación, eludida en muchas ocasiones ante la dificultad que entrañaba el acceso a sus fuentes documentales, a pesar de la importancia y la influencia que tienen las cofradías en la sociedad española de la Edad Moderna.
No obstante, desde hace ya más de dos décadas, el estudio sistematizado de estas instituciones por diversos grupos de investigación ha obligado a replantear, en el ámbito archivístico, su secular abandono, realizándose propuestas de organización de sus fondos documentales, algunas de ellas realmente brillantes, como la realizada por Antonio J. López Gutiérrez y Joaquín Rodríguez Mateos. Tampoco podemos olvidar la importante aportación que realiza en este campo el profesor José Sánchez Herrero, desde el CEIRA, con sus trabajos referidos al mundo cofrade sevillano.
Volviendo a la colección documental de Antequera, esta planteó una serie de dificultades. La primera fue establecer un cuadro de clasificación, ya que nos enfrentamos a una masa documental compleja, con muy diversas tipologías y con frecuentes lagunas, a lo que se suma la escasa bibliografía de referencia existente.
No obstante, creemos haber logrado establecer un cuadro de clasificación que aglutina tanto las series de carácter histórico como las administrativas, según veremos a continuación, basando nuestros criterios para su elaboración en los aspectos orgánicos funcionales de estas instituciones.
Es obligado, aunque solo sea de pasada, hacer referencia a las instituciones productoras de las colecciones documentales. En este sentido, debemos indicar que en la ciudad de Antequera se desarrollaron, entre el siglo XVI y el XIX, 75 cofradías de distintas tipologías. Así, tenemos 7 sacramentales, 6 de ánimas, 38 gremiales y de gloria y unas 24 de penitencia. Como puede observarse, el panorama es rico y amplio. Por desgracia, no todos sus archivos se han conservado o, al menos, no se han recuperado todavía. Sin embargo, tenemos la suerte de haber conseguido rescatar ejemplos de todas las tipologías. Así, de las cofradías sacramentales se han conservado cuatro; de las penitenciales, siete; seis de gloria y una de ánimas. En total, se computan 161 libros y 43 legajos.
Entre las cofradías, la Sacramental de Santa María, constituida en 1514, es la más centenaria y de ella se conservan las primeras reglas aprobadas canónicamente en 1517, que constituyen el documento más antiguo. Sin duda, la serie documental más interesante que ha llegado hasta nosotros la constituyen las reglas y ordenanzas, así como los libros contables.
De los veinte archivos, la mitad corresponden a instituciones vigentes en la actualidad. Forman parte de estas colecciones registros sonoros y visuales, en soporte magnético (cintas magnéticas), etc.
El organigrama general de este fondo específico es el siguiente:
1 Archivo de la Cofradía de la Sangre y Santa Vera-Cruz.
2 Archivo de la Orden Tercera de San Francisco.
3 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora del Socorro.
4 Archivo de la Cofradía Sacramental de San Salvador.
5 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad.
6 Archivo de la Cofradía Sacramental de Santa María.
7 Archivo de la Cofradía Sacramental de San Sebastián.
8 Archivo de la Cofradía Sacramental de San Juan.
9 Archivo de la Cofradía de San Antonio de Padua.
10 Archivo de la Cofradía de Ánimas de Santa María.
11 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Salud.
12 Archivo de la Cofradía del Santo Cristo de la Humildad.
13 Archivo de la Cofradía del Santo Cristo de la Vía Sacra.
14 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Victoria.
15 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados.
16 Archivo de la Cofradía de San Eloy.
17 Archivo de la Cofradía del Santo Cristo de la Salud y de las Aguas.
18 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario.
19 Archivo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Paz.
20 Archivo de la Agrupación de Cofradías.
Estos veinte archivos forman un importante e interesante fondo, constituido como hemos visto por 43 legajos y 161 libros, lo cual puede considerarse una cifra relativamente modesta, habida cuenta de lo numeroso de las instituciones productoras, pero que sin duda aporta una información de primer orden.
En la actualidad, aún existe un importante número de cofradías que han optado por no depositar sus documentos en nuestro archivo. De ellas podemos señalar, por la antigüedad de sus fondos, por ejemplo, la Sacramental de San Pedro o la Cofradía de los Dolores. Otras, en cambio, posiblemente se han retraído de hacerlo al disponer por el contrario de una documentación muy moderna. No obstante, confiamos en que en los próximos años se vaya procediendo a su depósito para su conservación y custodia, pasando a engrosar este rico patrimonio documental de Antequera.
****7 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
El fondo municipal del
archivo de Antequera****8
El principal fondo de nuestro Archivo Histórico es el Fondo Municipal, un conjunto documental que, tanto por su volumen como por su valor, representa el núcleo central del mismo.
El Fondo Municipal está constituido en la actualidad por tres grandes archivos delimitados por el factor tiempo. Así, tenemos: la documentación de carácter histórico, que es toda aquella que tiene desde la fecha de conclusión de su trámite más de treinta años; el archivo intermedio, con los documentos que tienen entre diez y treinta años; y, por último, el denominado archivo de oficina, que está formado por todos los documentos que tienen más de cinco años y menos de diez.
Esta masa documental supone casi el 60 % del total del volumen del Archivo Histórico, con algo más de 16.000 unidades de instalación, entre libros y legajos, en formato tradicional, es decir, en papel. A ello habría que unir grabaciones magnetofónicas, sellos, fotografías, cartelería y vídeos; propios todos estos últimos materiales de este fondo municipal, al margen de las colecciones específicas que posee el archivo y que constituyen fondos independientes (filmoteca, videoteca, fototeca). Cuando hablamos de documento nos estamos refiriendo a “toda expresión en lenguaje oral o escrito, natural o codificado, recogida en cualquier tipo de soporte material, así como cualquier otra expresión gráfica, que constituya testimonio de funciones y actividades sociales del hombre y de los grupos humanos”, como viene definido en el artículo 1º párrafo 2º de la Ley 3/1984 de 9 de enero de Archivos de Andalucía.
Todo este conjunto se considera además patrimonio documental, su constitución viene regulada por la ley y, específicamente, por el reglamento de régimen interior de nuestro archivo, que en su artículo 6º, párrafos 1º al 4º dice:
Se considera Patrimonio Documental Municipal el conjunto de documentos producidos, recibidos o reunidos por los órganos de gobierno y administración del Ayuntamiento en cualquiera de sus dependencias y servicios, incluidos los organismos autónomos; las personas jurídicas dependientes del Ayuntamiento, así como aquellas otras en cuyo capital social participe mayoritariamente; las personas privadas, físicas o jurídicas, gestoras de servicios municipales, en todo lo relacionado con dichos servicios; las personas físicas al servicio del Ayuntamiento, así como las que desempeñen cargos públicos en cualquiera de los órganos anteriormente mencionados, en el cumplimiento de sus funciones y responsabilidades.
El arco temporal que cubre el Fondo Municipal en la actualidad está compuesto por la documentación conservada entre 1411, fecha del documento más antiguo –al que ya nos hemos referido en alguna ocasión–, y todos aquellos documentos concluidos definitivamente hasta 1998. Se han estructurado según un cuadro de clasificación que nos ha permitido su control e identificación. El organigrama resultante es el siguiente****9:
1 Gobierno.
2 Secretaría.
3 Justicia.
4 Beneficencia y Sanidad.
5 Obras y Urbanismo.
6 Patrimonio.
7 Educación.
8 Cultura.
9 Servicios.
10 Patronatos y Empresas Municipales.
11 Vivienda.
12 Fiscalización Municipal y Hacienda.
13 Elecciones.
14 Anejos y Colonias.
15 Paro Obrero.
Estas quince secciones, a su vez, se van dividiendo en subsecciones y estas, a su vez, en series documentales. Veamos, por ejemplo, la sección de Gobierno, formada por las siguientes subsecciones:
1.1. Ayuntamiento Pleno.
1.2. Comisión Municipal Permanente.
1.3. Comisiones Informativas y Especiales.
1.4. Comisión de Gobierno.
1.5. Secretaría Particular.
1.6. Protocolo.
1.7. Gabinete de Prensa.
1.8. Disposiciones y Autoridades Supramunicipales.
1.9. Acuerdos de Alcaldía.
1.10. Delegación Gubernativa.
En la subsección Ayuntamiento Pleno, las series documentales que podríamos encontrar serían los libros de actas de cabildo o los borradores de sesiones; en la subsección Disposiciones y Autoridades Supramunicipales, la serie de documentación real, sin duda la más llamativa y una de las más importantes de nuestro patrimonio documental, ya que en ella nos encontramos con los documentos reales: albalás, cartas misivas, reales cédulas, reales provisiones, cartas de merced, sobre cartas o privilegios rodados, que son las tipologías que se han llegado a conservar en nuestro archivo.
En la actualidad, la localización de la documentación se realiza a través de un instrumento de descripción, denominado inventario, que identifica la unidad de instalación. Se trata de una clásica herramienta de trabajo archivístico, que en nuestra legislación viene ya definida desde 1500 por una real pragmática de los Reyes Católicos, por la que se establecía la obligación a los ayuntamientos de elaborar inventarios para el control de los documentos. De esta época se conservan en nuestro archivo un par de libros copiadores, donde se transcribe, precisamente, la documentación de procedencia real. Uno de los instrumentos más interesantes es el inventario que se redacta a principios del siglo XVIII, siguiendo así mismo otra real provisión que ordena su redacción.
En nuestro caso, el Cabildo acordó la identificación de todos los legajos y libros conservados en las arcas del archivo. A partir de este momento, la colección de inventarios es muy significativa y nos proporciona una visión de conjunto única.
En la actualidad se está trabajando de manera sistemática en la actualización, en algunos casos, y en la elaboración desde cero, en otros, de los distintos fondos documentales. El inventario del Fondo Municipal, en un futuro próximo, estará concluido definitivamente y podrá accederse al mismo, bien en el propio archivo a la manera tradicional o a través de medios digitales, así como a una amplia cantidad de documentos de este y otros fondos que en la actualidad se están digitalizando.
Entre los documentos que podremos consultar se encontrarán actas capitulares, reales cédulas y provisiones, antecedentes del Registro Civil, Catastro del Marqués de la Ensenada o una importante colección fotográfica representativa de distintos aspectos de la ciudad de Antequera y de sus habitantes. Con ello procuraremos cumplir con el derecho de acceso e información que determina la ley y específicamente recoge el reglamento del archivo en su artículo 37:
Todos los ciudadanos tienen derecho a la consulta pública y libre del Patrimonio Documental depositado en el Archivo Histórico Municipal, dentro del acatamiento de las normas y sin más restricciones que las impuestas por la normativa vigente, y las derivadas del estado de conservación u organización de los fondos documentales.
****8 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
****9 Este cuadro de clasificación, no se corresponde con el actual vigente, fruto de una reestructuración para adaptarlo al resto de los cuadros usados en los Archivos Municipales de España, que en su mayoría presenta las siguientes secciones: 01. Gobierno; 02 Administración; 03 Servicios; 04 Fiscalización Municipal y Hacienda; 05 Patronatos y Empresas Municipales; 06. Anejos y Colonias; 07. Paro Obrero
El fondo parroquial
del Archivo Histórico Municipal de Antequera****10
Dentro de los fondos depositados en el Archivo Histórico Municipal de Antequera, tal vez uno de los más interesantes por sus características sea el Fondo Parroquial, con el que cuenta el archivo desde el año 1972. En este año, concretamente el 7 de abril, el Ayuntamiento de Antequera firmó un convenio con el Obispado de Málaga con este objeto.
Esta importante colección documental está constituida por ocho archivos, que se corresponden con otras tantas parroquias de la ciudad, y no cabe duda de que compone una parte importante del patrimonio archivístico antequerano y una fuente histórica de gran valor. Debemos tener presente que los registros parroquiales constituyen las únicas fuentes demográficas seguras desde el siglo XVI hasta casi el último cuarto del siglo XIX, en que fueron sustituidos por el Registro Civil, por lo que son fundamentales para conocer la población y vida social de una localidad, así como para los estudios genealógicos.
El estado de conservación de la documentación de estas instituciones podemos calificarlo, en términos generales, de bueno.
Prácticamente carece de lagunas –a excepción de las series de libros apuntadores de difuntos y testamentos de las parroquias de San Salvador y San Isidro, los cuales no han llegado a nuestros días–, contando todas las parroquias con series de libros índices perfectamente redactados y que se convierten en imprescindibles instrumentos a la hora de la consulta de los distintos registros.
En cuanto a las instituciones productoras de la documentación, hay que decir que la primera iglesia que se funda en la ciudad fue la de San Salvador, el 10 de octubre de 1410, en la mezquita de la Medina, siendo bendecida por don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago, quien celebró además la primera misa. No tardará mucho tiempo en convertirse en parroquia, ya que el 16 de febrero de 1411, D. Alfonso de Pastrana, administrador perpetuo de la santa iglesia de Sevilla, con consentimiento del deán y cabildo de dicha iglesia ordenó erigir tres parroquias en Antequera: una en el castillo en la iglesia de San Salvador y dos en la villa, en las iglesias que se habrían de construir bajo las advocaciones de San Isidoro y Santa María de la Esperanza, que posteriormente albergarán también institucionalmente a la Real Colegiata, una vez fundada esta en los inicios del siglo XVI. Cronológicamente, la siguiente parroquia que se funda en la ciudad fue la de San Juan Bautista, la cual existía ya a principios del siglo XVI en el arrabal del mismo nombre, donde se desarrollará plenamente a partir del último cuarto del siglo XVI. En este barrio se asentará un elevado número de jornaleros y trabajadores vinculados con los batanes y la molienda de grano.
En 1512 se tiene constancia ya de la existencia de la iglesia parroquial de San Sebastián, que se edificará aprovechando una vieja ermita en el arrabal del mismo nombre, coincidiendo con el importante crecimiento urbanístico y demográfico que experimentará Antequera en torno a estos años.
Poco después, el 20 de octubre de 1518, Bartolomé de Baena bendice la nueva iglesia y parroquia de San Pedro, edificada a expensas de los caballeros D. Esteban de Villalón y su hijo D. Cristóbal de Villalón. La collación de San Pedro se convertirá en la más poblada de la ciudad, acogiendo en torno al coso de San Francisco y sus aledaños, entre los siglos XVI y XVII, a un importante número de artesanos de lo suntuario, es decir, pintores, doradores, escultores y estuquistas. Vecinos de este barrio fueron Antonio Mohedano, Juan Bautista del Castillo, Fernando Farfán, Fernando de Morales, Andrés de Iriarte o José Hernández. Además, también se establecerá en él un clase media configurada por pequeños y medianos labradores y ganaderos, aprovechando la proximidad a la vega y la gran expansión que experimenta el barrio a mediados del siglo XVI propiciada por el emperador Carlos I.
En el año 1667 el obispo fray Alonso de Santo Tomás suprime las primitivas parroquias de San Salvador y San Isidoro. Esto fue debido al despoblamiento que sufrió la zona de su jurisdicción, sobre todo a raíz de la terrible epidemia de peste negra que asoló la ciudad en 1647 y que fue especialmente virulenta en estas dos ancestrales collaciones antequeranas. Independientemente de que su documentación y derechos pasasen a las parroquias de Santa María y de San Juan Bautista, sus respectivas cofradías sacramentales se ubicarán en las ermitas de San Miguel Arcángel y Santiago. Estos dos templos, dependientes el primero de la parroquia de San Sebastián y el segundo de la de San Pedro, vienen con el tiempo a realizar funciones de ayuda de parroquia, al estar ubicadas las ermitas en la zona de desarrollo o crecimiento natural de ambos barrios. Finalmente se convertirán en parroquias, concretamente en 1822, configurando la estructura que ha llegado hasta nuestros días.
En definitiva, el Fondo Parroquial del Archivo Histórico Municipal de Antequera está constituido en la actualidad por los siguientes archivos:
1 Archivo de la Parroquia de San Salvador.
2 Archivo de la Parroquia de San Isidro.
3 Archivo de la Parroquia de Santa María.
4 Archivo de la Parroquia de San Juan Bautista.
5 Archivo de la Parroquia de San Pedro.
6 Archivo de la Parroquia de San Sebastián.
7 Archivo de la Parroquia de Santiago.
8 Archivo de la Parroquia de San Miguel.
La colección la conforman 904 libros y tres legajos que abarcan el periodo temporal comprendido entre 1529 y 1901.
La documentación que se ha conservado en Antequera prácticamente se reduce a los registros de libros sacramentales, habiendo desaparecido todos los expedientes, correspondencia y libros de fábrica y fabriquilla; si bien se han llegado a preservar algunos de los de hacienda.
No obstante, el material disponible es de primer orden, ya que las series documentales de libros de registro sacramentales se mantienen íntegras, sin apenas lagunas. Tan solo se echan de menos un par de libros, lo que realmente supone un caso excepcional, sobre todo en la provincia de Málaga, donde este tipo de fuentes ha corrido en general peor suerte.
Las series, básicamente, están constituidas por libros registro de bautismos, registros de matrimonios y registros de entierros y testamentos; completándose con otra documentación aneja como son confirmaciones, padrones, capellanías, impresos, y, vinculados con la parroquia de San Sebastián, los registros sacramentales castrenses, desde inicios del siglo XIX. Como vemos, es una importante e imprescindible parte dentro del conjunto del patrimonio documental de Antequera.
****10 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
La hemeroteca del
archivo antequerano****11
De los doce fondos en que, como ya sabemos, se divide el Archivo Histórico de Antequera según su reglamento de régimen interior, posiblemente uno de los más desconocidos sea la hemeroteca, es decir, la colección de prensa y de publicaciones periódicas de que dispone el archivo. En ello ha podido influir, por un lado, el hecho de que se trata de un fondo que aún se está configurando y, por otro, que no se le ha dado la difusión adecuada.
Debe tenerse en cuenta que la prensa y otras publicaciones de similares características se suelen imprimir en un papel de baja calidad, que con el tiempo se vuelve muy frágil y quebradizo, por lo que es preciso extremar las precauciones durante su manipulación para poder conservarlo de una manera eficaz. Por ello, la consulta de estos fondos debería poder realizarse siempre a través de equipos informáticos, una vez digitalizados o microfilmados, evitando el contacto directo con el documento físico.
En cuanto a los fondos que componen en la actualidad la hemeroteca, cabe destacar la importante colección de la Gaceta de Madrid, con continuidad en su publicación desde 1827; el Boletín Oficial de la Provincia, a partir de 1833; diarios de sesiones de las Cortes y del Congreso de los Diputados que comienzan en 1810; la Gaceta Agrícola, que se inicia en 1876; así como toda una serie de boletines y publicaciones de carácter oficial (boletines de venta de bienes nacionales, boletines de Hacienda, etc.), todos del siglo XIX, que nos ofrecen una muy interesante aportación documental para la reconstrucción oficialista de la administración española decimonónica y, por supuesto, de su sociedad.
En lo que respecta a las revistas periódicas, su procedencia es mucho más moderna. De momento disponemos de la Revista de estudios antequeranos y la revista Jábega.
Los fondos de la hemeroteca se completan con la colección de prensa local y provincial, destacando la colección del semanario El Sol de Antequera, Antequera Información y Diario Sur, este último disponible desde la aparición de la página comarcal, donde se incluye diariamente información sobre la ciudad.
A estas publicaciones debemos añadir una importantísima aportación lograda a partir de una donación efectuada por el antequerano D. José Luis Vidaurreta Villarejo, quien generosamente ha cedido las ediciones de los periódicos: El Hombre de la Calle, que fue el órgano de la conjunción republicano-socialista; El Radical, vinculado al Partido Republicano Radical; El Porvenir, órgano de la Unión Monárquica Nacional; y, por último, una muy completa colección de La Razón, que era, como en el propio diario se declara, “órgano de la agrupación socialista y sociedades obreras, defensor de los intereses del pueblo”.
Estas publicaciones periódicas tienen en común, en primer lugar, el estar editadas todas ellas en Antequera (El Porvenir se imprimía en los talleres ubicados en calle Merecillas n.º 18 y salía a la calle los lunes; La Razón tenía la redacción en calle Infante 23 y se publicaba los jueves; El Radical aparecía los sábados y se imprimía en calle Mesones n.º 2; y, por último, El Hombre de la Calle también salía los sábados y se ubicaban su redacción y talleres en la calle Peñuelas n.º 25). En segundo lugar, comparten un marcado carácter político: “se alza como la voz que informa al ciudadano desde la perspectiva de los respectivos partidos”. Todas, por último, son publicaciones que aparecen en la Antequera de los años 30.
Sin duda, de todas estas publicaciones, la más importante fue La Razón, tanto por su longevidad como por la calidad de sus colaboraciones. Fue censurada e incluso durante meses fue prohibida su publicación, siendo tildada de radical por los sectores conservadores de la sociedad de la época. Curiosamente, en la actualidad, desde 1999 sale a la luz otra edición de La Razón, esta de ámbito nacional, con la polaridad totalmente invertida y cuyo fundador ha estado vinculado con nuestra ciudad.
Confiamos en que, en muy breve plazo, estas colecciones se vean incrementadas. En este sentido vamos a iniciar una campaña de captación de fondos hemerográficos, ya que no podemos olvidar el importante desarrollo que la actividad periodística ha tenido en Antequera y de la cual tenemos constancia desde 1808, con la aparición del semanario El Sol de Antequera. Solamente en el siglo XIX asistimos a la aparición de 19 periódicos, a los que habrá que sumar casi medio centenar más de publicaciones de prensa tan solo en la primera mitad del siglo XX.
Esta fuente documental, por su importancia, necesariamente debe formar parte de nuestro Archivo Histórico Municipal. Confiamos en que estas líneas estimulen nuevas donaciones que vengan a enriquecer y a incrementar nuestro patrimonio documental.
****11 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
Las ordenanzas
municipales de 1821****12
En 1821, el pleno ordinario celebrado por el Ayuntamiento de la ciudad el día 15 de marzo en las casas consistoriales del Coso de San Francisco, dio cuenta en su sesión de un pliego de bases remitido por la Diputación Provincial de Málaga, de fecha 13 del mismo mes y año, por el que se ordenaba la modificación de las ordenanzas municipales, adecuando las existentes a los nuevos tiempos y legislación, y estableciendo para ello un plazo de quince días.
El Ayuntamiento creó una comisión compuesta por el alcalde segundo, Gaspar Moreno, y por los regidores Juan de Gálvez, Juan Pardo, Gregorio de Uribe y Diego Carrasco; el contador de propios Miguel Ortega; y el escribano del Cabildo Nicolás María Rojas Salcedo, que actuaría como fedatario.
La necesidad de esta transformación en el ordenamiento municipal se debía a los nuevos aires liberales que se respiraban en la península tras la contundente victoria de Riego. Efectivamente, el 1 de enero de 1820, en Las Cabezas de San Juan, el teniente coronel Rafael del Riego efectuó un pronunciamiento y recorrió Andalucía proclamando la Constitución de 1812, iniciándose así el conocido en la historia de España como Trienio Liberal. En apenas dos meses, consiguió un triunfo realmente sorprendente.
Este proceso de carácter revolucionario volvió a poner en vigor la Constitución de 1812, y Fernando VII se vio obligado a jurar como rey constitucional. El primer gobierno constitucional, presidido por Evaristo Pérez de Castro, y, sobre todo, el de su sucesor Eusebio Bardají, trataron de modernizar la anquilosada administración local racionalizando los servicios.
La ciudad de Antequera, por ejemplo, contaba con unas ordenanzas, aprobadas en 1531 por el emperador Carlos, que aunque habían sido en múltiples ocasiones modificadas y ampliadas, adaptándolas a las distintas circunstancias y necesidades de cada momento, mantenían el carácter casi medieval del privilegio primitivo. Estas reformas habían quedado reflejadas en los acuerdos del Cabildo y se reunieron en un documento único, a mediados del siglo XVIII, que precisamente ha sido recuperado hace poco tiempo.
Antequera no era un caso aislado. Los cambios sociales que se estaban produciendo y las nuevas necesidades surgidas como consecuencia, tanto a nivel gubernamental como cívico, obligaban a establecer una normativa actualizada más acorde con las nuevas circunstancias.
De hecho, además, la Constitución dedicaba su título sexto al gobierno interior de las provincias y de los pueblos, y el capítulo primero, artículo 321, específicamente a los ayuntamientos, determinando las funciones y servicios que estos organismos debían ejercer. Así, el texto constitucional establecía que:
[...] estará a cargo de los ayuntamientos:
Primero. La policía de salubridad y comodidad.
Segundo. Auxiliar al alcalde en todo lo que pertenezca a la seguridad de las personas y bienes de los vecinos, y a la conservación del orden público.
Tercero. La administración e inversión de los caudales de propios y arbitrios conforme a las leyes y reglamentos, con el cargo de nombrar depositario bajo responsabilidad de los que le nombran.
Cuarto. Hacer el repartimiento y recaudación de las contribuciones, y remitirlas a la tesorería respectiva.
Quinto. Cuidar de todas las escuelas de primeras letras, y de los demás establecimientos que se paguen de los fondos del común.
Sexto. Cuidar de los hospitales, hospicios, casas de expósitos y demás establecimientos de beneficencia, bajo las reglas que se prescriban.
Séptimo. Cuidar de la construcción y reparación de los caminos, calzadas, puentes y cárceles, de los montes y plantíos del común, y de todas las obras públicas de necesidad, utilidad y ornato.
Octavo. Formar las ordenanzas municipales del pueblo, y presentarlas a las Cortes para su aprobación por medio de la diputación provincial, que las acompañará con su informe.
Noveno. Promover la agricultura, la industria y el comercio según la localidad y circunstancias de los pueblos, y cuanto les sea útil y beneficioso.
De estas reformas y de la aplicación de lo establecido en la Constitución de 1812, solo nos han llegado una serie de acuerdos plenarios aprobando el articulado de las nuevas ordenanzas municipales que se pretendían establecer y el borrador de las mismas.
Sin embargo, tenemos constancia de que se llegarían a aprobar definitivamente entonces, por lo que deberemos esperar a la primera década del siglo XX para que las ordenanzas se modifiquen drásticamente.
No obstante, el espíritu renovador y liberal de este fallido proyecto estará latente en nuestra administración local a partir de ese momento.
Este borrador estaba estructurado en un preámbulo –en el que se argumentaba la normativa y se establecía el número de individuos que compondrían el gobierno municipal, que quedaría configurado por un alcalde constitucional, dos tenientes de alcalde, 12 regidores y dos síndicos– y diez capítulos con sus respectivos artículos, que desarrollaban los siguientes enunciados:
Capítulo I. De la formación y renovación del Ayuntamiento.
Capítulo II. De las secciones en que deberá estar dividido el Ayuntamiento.
Capítulo III. De los empleados del Ayuntamiento.
Capítulo IV. De los asalariados del Ayuntamiento.
Capítulo V. De la administración de los caudales públicos.
Capítulo VI. Del ceremonial y modo de tener los cabildos y salidas en público.
Capítulo VII. De las funciones a que debe asistir el Ayuntamiento y libranzas que para ellas han de hacerse.
Capítulo VIII. De los gastos extraordinarios del Ayuntamiento.
Capítulo IX. Del Archivo del Ayuntamiento.
Capítulo X. De las aguas y riegos.
El texto está claramente incompleto. Se conservan además en el expediente las notas de las diversas correcciones que se van realizando a un esquema inicial.
Quedaron aprobados, en distintas sesiones plenarias a lo largo del segundo semestre de 1821, los nueve primeros capítulos.
Probablemente, el capítulo segundo sea uno de los más interesantes, al reflejar, a través de los distintos negociados o secciones, los servicios y funciones directas que desarrollan los ayuntamientos, dividiendo las distintas oficinas en 14 comisiones: policía y salubridad pública, repartimiento y recaudación de contribuciones, instrucción pública, beneficencia, obras públicas, fomento de agricultura, industria y comercio, seguridad y tranquilidad pública, festividades, guerra y milicia nacional, tasación general, caudal de propios, almotacén, registro de correspondencia y pósito. Con ello se adaptaba nuestro ayuntamiento al espíritu liberal emanado de la Constitución de 1812.
****12 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
La colección de pergaminos
del Archivo Histórico Municipal de Antequera****13
En los archivos en general, y en el nuestro en particular, coexisten un elevado y variado género de soportes documentales. No toda la documentación se encuentra disponible en papel, aunque este formato sea mayoritario. Junto a él podemos encontrar cintas magnéticas, CD, DVD, clichés fotográficos –que a la vez se presentan en distintos formatos y soportes–, cintas fílmicas y, por supuesto, pergaminos.
Los documentos más bellos de cualquier archivo están generalmente confeccionados en pergamino y constituyen auténticas joyas. El pergamino es una piel de animal tratada para poder escribir sobre ella. Hay un grupo limitado de pieles susceptibles de este uso: las de ternero, cabra, carnero y oveja, principalmente, y también, en menor medida, la del antílope, como es el caso de la empleada en el Codex Sinaítico. De las tres capas de la piel, epidermis, dermis e hipodermis, el pergamino se elabora a partir de la segunda. Es necesario conocer sus características en cuanto a calidad, color y espesor de la piel para poder datarlo geográficamente. El pergamino español o italiano se caracteriza por ser blanco y ligero; mientras que el francés o alemán tiene una textura gruesa y es de color más oscuro. En cuanto a las pieles, la de ternero se caracteriza por ser la de mejor calidad, y es de color blanco; la dermis de cabra también ofrece un pergamino de buena calidad, siendo su color más grisáceo; la piel de cabritilla nos dará un pergamino de textura muy fina y generalmente es producido en zonas deprimidas económicamente; la dermis de carnero es la más grasienta, tendrá una textura muy porosa si el animal es viejo y, si es un carnero joven, el color será amarillento.
El origen del pergamino, simultáneo al del papiro, se remonta a la IV dinastía egipcia (2700-2500 a.C.) y se le atribuye una invención mitológica o legendaria, por parte del rey Eumenes II de Pérgamo.
Su auge como material de escritura abarca desde el siglo IV d.C. hasta el siglo XVI. En los libros o códices de lujo grecolatinos se usó el pergamino teñido de color púrpura y en las miniaturas abundaban las letras en oro y plata. Entre estos códices destaca el Codex Argenteus, que se conserva en la Universidad de Upsala. En la época del Imperio Carolingio, y de nuevo durante el Humanismo, se vuelve a imponer el uso del pergamino teñido de púrpura. La industria del pergamino experimenta su culminación en Italia, en el siglo XVI, consiguiéndose una extremada calidad en su textura y color, similar a la del papel.
Generalmente, la costumbre en casi todos los archivos que cuentan con documentos en estos soportes es agruparlos en lo que se denomina una serie facticia, entresacándolos de su contexto lógico dentro del organigrama establecido a fin de destacarlos de una manera significativa de acuerdo con su caracter especialmente valioso.
Como bien sabemos, en nuestro Archivo Histórico Municipal se custodia un amplio abanico de fondos documentales de distintas instituciones y personas de nuestra ciudad, lo que nos ha proporcionado una rica y variada colección de pergaminos. Prácticamente, todos los fondos nos aportan algún documento de este tipo. Analicemos un poco el estado de esta cuestión en nuestro centro.
Los documentos presentan contenidos variados en función de sus diferentes productores. Son originales, salvo algunos traslados notariales, y su tipología diplomática varía: privilegios rodados, cartas plomadas, cartas de hermandad, reales provisiones, ejecutorias de hidalguía, etc. Son, como hemos indicado antes, muy valiosos, además de por su confección, por el contenido jurídico que encierran, pues se trata de documentos de gran valor histórico, piezas insustituibles del patrimonio documental antequerano.
Los fondos de nuestro archivo que reúnen un mayor número de estas piezas son el municipal y los distintos fondos de origen eclesiástico: el parroquial, el de la Real Colegiata y el fondo de hermandades y cofradías.
En cuanto al primero, los documentos en pergamino proceden mayoritariamente de dos instituciones. Por un lado, la Chancillería Real y secretarías adjuntas, que son las que aportan las reales cédulas, reales provisiones, privilegios rodados y cartas de privilegios. Los pergaminos más significativos de este fondo son, sin duda, dos privilegios rodados del siglo XV, a los que hay que sumar una delicada y bella sobrecarta de confirmación de privilegios expedida por el emperador don Carlos y su madre la reina doña Juana. Y, por otro lado, la Real Chancillería de Granada, que entendía en primera instancia de los pleitos referentes a mayorazgos, hidalguías y vasallos de señoría. En nuestro archivo histórico conservamos una magnífica colección de reales ejecutorias de hidalguía, destacando las expedidas a favor de los Trillo o la vinculada a los Díaz de Tejada.
El otro gran bloque lo constituye la documentación de procedencia eclesiástica. En este caso, simplificando, podemos agrupar los pergaminos en dos grupos. Por un lado, los producidos por las propias instituciones locales, como el caso de la Real Colegiata de Santa María y su colección de libros de canto, posiblemente los documentos en pergamino más llamativos y atractivos del archivo, con ejemplares datados en el último cuarto del siglo XVI, bella y artísticamente miniados. Por otro, los recibidos desde la Cancillería pontificia, que presentan una amplia gama de tipologías diplomáticas. La Cancillería apostólica tenía entre sus competencias la expedición de letras apostólicas sub plumbeo y las bulas de la Congregación Consistorial. La colección de bulas conservadas en nuestro centro es aceptable y la localizamos tanto en el fondo parroquial como en el archivo de la Colegiata. A ellas hay que sumar otros formatos diplomáticos expedidos por los obispos de Málaga, destacando los que afectan a los canónigos de la Real Colegiata.
Por último, contamos con los pergaminos de las distintas cofradías, la mayoría de ellos bulas y cartas de privilegios de los siglos XVI y XVII.
En total, el archivo reune medio centenar de estas piezas, que datan de un periodo cronológico que abarca desde el siglo XV, con los privilegios rodados de homicianos y título de ciudad, hasta finales del siglo XIX, con varias letras apostólicas.
En la actualidad se está llevando a cabo la digitalización de estas piezas y su catalogación, con el fin de facilitar su identificación y proceder a su publicación una vez concluido el trabajo.

Retrato de Felipe II. Real Ejecutoria de Hidalguía de los Trillo.
****13 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
Los privilegios rodados
de Antequera****14
Aunque toda la documentación contenida en los archivos sea importante como testimonio y salvaguarda de los derechos de los ciudadanos a la información, determinadas series documentales son objeto de especial interés, bien por su contenido temático o bien por sus características físicas. Si en todos los archivos siempre hay algunos documentos que destacan por su singularidad, en el caso de Antequera estos son muy abundantes, debido a que hemos tenido la enorme fortuna de conservar piezas realmente sobresalientes, tanto en el aspecto puramente diplomático y paleográfico como por la trascendencia de su contenido. Entre todos ellos, en nuestro archivo cabe destacar dos auténticas joyas desde el punto de vista histórico, jurídico y, sobre todo, diplomático. Se trata de los dos reales privilegios del siglo XV ya mencionados, redactados bajo la tipología de privilegios rodados.
Este tipo de documentos adquirió máxima importancia en la Cancillería de Castilla, donde eran decorados abundantemente con toda clase de detalles ornamentales que le prestaban una apariencia de gran solemnidad. Era frecuente, también en el caso de los de Antequera, el uso de letras mayúsculas, la ornamentación vegetal y, sobre todo, la rueda o signo real, dibujados y policromados vistosamente.
Su estructura interna, en cuanto a la redacción, no varía sin embargo con respecto a períodos cronológicos anteriores. Estos de Antequera son de una época ya tardía (siglo XV) para la tipología a la que pertenecen; pero a pesar de ello mantienen la misma esencia, constituyendo auténticas obras de arte en los campos de la diplomática, la caligrafía y la miniatura.
Ambos privilegios rodados fueron otorgados por el rey Juan II. Uno de ellos, de 1448, es conocido como el de homicianos, ya que en virtud de él se conmutaba la pena a aquellos homicidas y malhechores que se asentaran en la ciudad por periodo de un año sin cometer delito alguno en ese plazo. Este documento fue en su día ampliamente estudiado por el profesor Alijo Hidalgo, quien le dedicó un artículo en la revista universitaria Baetica.
Este tipo de privilegio fue otorgado de manera un tanto frecuente por la corona como medio para repoblar la frontera, cuestión fundamental para conservar los territorios conquistados. Con esta medida se obtenía un doble beneficio: por un lado, se conseguía que las nuevas tierras gozaran de una población más o menos estable que explotara sus riquezas agropecuarias y, por otro lado, se dotaba a la zona de un cuerpo de gente aguerrida, que en un determinado momento pudiera luchar y hacer frente al enemigo, ya que se trataba de individuos curtidos, que nada tenían que perder y sí mucho que ganar.
El otro documento que compone este dúo de privilegios rodados puede que nos afecte más directamente por su contenido.
Se trata de la prerrogativa de convertir en ciudad a la villa de Antequera. Este privilegio rodado, otorgado el 9 de noviembre de 1441 y confirmado dos años después en Cantalapiedra, el 8 de junio de 1443, de alguna forma marcará la evolución de Antequera a lo largo del siglo XVI. Reproducimos seguidamente la parte fundamental de este manuscrito de gran belleza:
[...] por hacer bien y merced a vos el Consejo, Alcalde, Alcaldes, Alguaciles, Regidores, Caballeros, Escuderos, Jurados, y hombres buenos de la mi villa de Antequera, por que de aquí adelante para siempre jamás, la dicha villa sea ciudad y se llame la villa de Antequera, Ciudad de Antequera, e haga e goce en cuanto a ciudad todas las prerrogativas e preeminencias, ornas y exenciones e privilegios que han de que gozan las otras ciudades de mis reinos. Y mando al príncipe don Enrique mi hijo primogénito, heredero, y a los infantes, duques, condes, ricos hombres, maestres de las ordenes, priores y a los de mi Consejo, oidores de la mi audiencia, alcaldes, alguaciles, y otras justicias de la mi Casa y Corte y Chancillería e a todos los Consejos, alcaldes, alguaciles, regidores, caballeros, escuderos y hombres buenos de todas las ciudades, villas y lugares de los mis reinos y señoríos y a todos los otros mis súbditos y naturales de cualquier estado, condición y preeminencia o dignidad que sean o cualquier o cuales quién que sean de ellos, que así lo guarden, cumplan e hagan guardar y cumplir en todo y por todo, y que no hayan ni pasen ni consientan ni pasar contra ello ni contra cualquiera cosa ni parte de ello ahora ni en ningún tiempo ni por alguna manera, sobre todo lo cual mando al Chanciller, notarios y a lo otros oficiales que están a la tabla de los mis sellos, que vos den, libren e pasen a sellar mi carta de privilegio, la mas firme, bastante que menester hubieredes en esta razón [...].
Los dos documentos de los que hemos hablado, finalmente, presentan una bella rueda policromada con el escudo de Juan II rodeado de las firmas de los escribanos y oficiales de la Chancillería. Además, ambos han conservado también unos interesantes sellos de plomo colgantes unidos al pergamino por hilos trenzados de seda.
****14 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
PERSONAS Y PERSONAJES

Fernando VII. Grabado coloreado a mano. Siglo XIX.
Juan Perea
Hace unos meses, el patrimonio municipal antequerano se vio enriquecido con la adquisición por parte del Ayuntamiento de nuestra ciudad, de una obra de arte realmente excepcional. Se trata de un retrato firmado y fechado por Antonio María de Esquivel.
Este pintor nació en Sevilla el 8 de marzo de 1806. Descendía de una noble familia andaluza. Hijo de militar, su padre murió en la batalla de Bailén, también lo fue Esquivel, hasta el punto de ser condecorado por sus servicios en el ejercicio de las armas. Antonio María dio muestras de su especial disposición para las artes plásticas en la Escuela de Dibujo de Sevilla, donde ingresó muy joven. Acabada su actividad castrense, se trasladó a Madrid, y a los 26 años ya fue designado académico de mérito en la Real Academia de San Fernando.
Esquivel pintó escenas andaluzas, retratos y una gran diversidad de asuntos, pues era un infatigable trabajador y realizó una obra considerable. Durante más de un año, en 1839, sufrió una enfermedad de la vista que le dejó prácticamente ciego, pero se repuso tras una operación y en 1840 pudo reanudar su tarea artística. Fue nombrado pintor de cámara en 1843, y cuatro años más tarde, académico de número de la de San Fernando. Pintó a las reinas María Cristina e Isabel II, a las infantas, a Espartero, a Prim, a Castelar. Falleció en Madrid, el 9 de abril de 1857.
La obra que ha venido a engrosar el patrimonio antequerano se encuentra depositada en el Archivo Histórico Municipal, y que reproducimos junto a estas líneas. Esta fechado al pie en 1839. El retrato representa a un personaje antequerano. En la parte superior derecha se inserta una cartela con el siguiente texto:
Juan Perea, natural y vecino de Antequera. Lo dedica a sus hijos exhortándoles a que sigan sus huellas de su constante laboriosidad y honradez.
¿Quién era este Juan Perea? Puestos a indagar, hemos podido llegar y reconstruir en parte la existencia de este personaje.
Su nombre completo era Juan Perea Vejar, nació en 1781, fue bautizado en la iglesia parroquial de San Pedro con los nombres de Juan Mateo José Isidoro y era hijo de Juan Perea y de Nicolaza de Bejar. Contrajo matrimonio dos veces, la primera con doña María Borrego en 1801. Tras el fallecimiento de esta, cinco años después, en 1806, contrae nuevas nupcias con Marina Romero en septiembre de 1808.
Del primer matrimonio tuvo tres hijos, de los que solo le sobrevivió uno, Maria Dolores, y del segundo, nueve. Juan Perea falleció en 1843.
Su actividad principal a lo largo de su vida fue la industrial. Era propietario de una tenería o fábrica de curtidos, ubicada en el cauce del Río Alto, que era conocida como Cauz Zimada. Se trataba de una industria que aparece clasificada en el Repartimiento del subsidio Industrial y del comercio, como de clase primera y sobre la que pagaba al año un impuesto de 700 reales. Los negocios le debieron marchar muy bien ya que adquiere otra tenería más, cuya dirección traspasa con el tiempo a su hijo José, aunque parece, por la documentación que hemos podido consultar, que la producción principal provenía de la primera. Además de estos establecimientos industriales, Juan Perea era poseedor de un huerto, que seguramente adquirió o mantuvo más como inversión que como forma de ingresos. Así mismo, tenía establecida una tienda o casa mercantil donde comercializaba sus productos, que a la vez le servía como vivienda principal. Hemos conseguido ubicar y localizar esta casa, que aún se conserva. Se trata de un edificio de grandes dimensiones en calle Encarnación, a la altura del Cozo Viejo, y que actualmente se encuentra cerrado. Entrar a describir las numerosas propiedades urbanas y rurales que llegó a acumular a lo largo de su vida sería un tanto tedioso.
En cuanto a su relación con el entorno y la sociedad de la época, sabemos que estuvo estrechamente relacionado con el denominado grupo de los franceses y al que nos referiremos en otra ocasión más ampliamente. Se trata de un grupo de comerciantes de origen francés que se instalan en nuestra ciudad a finales del siglo XVIII constituyendo una sociedad dedicada al comercio. Entre ellos estarían los Boudere, Laude, Serraller, etc. Juan Perea mantiene una especial relación comercial con uno de estos personajes, concretamente con Juan Auroux y Maibila, a quien incluso llega a designar en su testamento como albacea. Sin duda, Juan Perea fue un importante elemento dentro de la sociedad antequerana de la época, tanto desde el aspecto puramente económico, ya que mantuvo un saneado y rentable negocio y una importante producción industrial, como desde el aspecto cultural, la prueba más evidente es el hecho del cuadro que ha motivado este trabajo.
Esquivel no es un pintor cualquiera. El hecho de que Juan Perea le encargue su retrato tiene sus connotaciones. Implica un conocimiento de los círculos artísticos de la época y una serie de contactos sin duda con círculos de la oligarquía andaluza, lo que le permitía conocer perfectamente la trayectoria y la calidad del pintor, pero esto es un tema que los críticos del arte sabrán sin duda interpretar mejor.
Para concluir, reseñar que uno de sus nietos, Antonio Perea Muñoz, casó con doña Petra Arreses-Rojas Pareja-Obregón, marquesa de Cauche, hija de don Manuel Arreses-Rojas Yánez de Barnuevo. Vivió durante muchos años en Argentina, llegando incluso a fallecer en Córdoba, en 1909, y siendo enterrado en la iglesia del convento de la Encarnación de Antequera. Su mujer, doña Petra, tras su fallecimiento, queriendo honrar la memoria de su marido, adquirió unos terrenos en el lugar denominado el Campillo, a fin de edificar y dotar una guardería infantil. El dos de julio de 1919, la obra estaba ya prácticamente concluida, decidiendo ceder el edificio a las religiosas Terciarías Franciscanas de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que inmediatamente establecen en el edificio un colegio mixto con internado, continuando la comunidad la conclusión de las obras y la construcción de una iglesia aneja al edificio. Este centro se puso bajo la advocación de María Inmaculada.
La captura de Boabdil
Tras la conquista de la ciudad por el Infante don Fernando y futuro rey de Aragón, Antequera y su tierra se convierten en una zona de frontera, durante ochenta años.
Las escaramuzas con el reino de Granada son constantes a lo largo de este periodo, quedando constancia de ellas en las crónicas locales y en los numerosos privilegios obtenidos por la ciudad por su lealtad a la corona y por sus constantes servicios en la lucha contra el Islam.
Romances y leyendas surgen a la sombra de la guerra, que se reviste de caballeresca. Así surge la leyenda de la Peña de los Enamorados, y los numerosos relatos de heroicas acciones militares, como la victoria de la Torre de la Matanza en mayo de 1424. En esta batalla, librada por el alcaide de Estepa y don Rodrigo de Narváez, se consigue una importante victoria. Gracias al ingenio, por primera vez se hace uso de la química como arma estratégica. Efectivamente, Antequera se vio acosada por numerosas incursiones de los musulmanes contra la vega, que saqueaban constantemente. Rodrigo de Narváez decide poner fin a ello, saliendo al encuentro del enemigo con 150 caballeros y 300 peones, llegando a un chaparral que se encontraba en las proximidades de la Peña de los Enamorados. Ocultándose entre la arboleda, por la cercanía del enemigo, una parte de sus fuerzas las manda desplazar a los pies de la Peña, ordenándoles que hicieran grandes fogatas y arrojando a las mismas pieles y cueros y astas de ganados y otras cosas que pudieran causar mal olor. El humo de estas candelas se desplazó hacia los musulmanes, quienes no pudiendo resistir el tufo, rompieron sus filas y comenzaron a retirarse de manera desordenada. Esta circunstancia fue aprovechada por Rodrigo de Narváez, quien consiguió una sonada victoria, sobre la que un participante en ella, Juan Galindo, vecino de Antequera y soldado de caballería, escribió en versos su relato, que recoge Manuel Solana en la Historia de Antequera.
Pero los enfrentamientos no solo se producen con los musulmanes. Las tensiones lógicas del constante estado bélico produjeron enfrentamientos también entre los propios cristianos. Tal vez, el más importante fue la lucha por el control político de Antequera que mantienen la casa de Narváez y la casa de Aguilar. En 1469, el rey Enrique IV, con objeto de sosegar las inquietudes y enemistades que había a lo largo de toda la frontera castellana, en un tiempo de paréntesis y de relativa paz, salió de Córdoba, donde se encontraba, primero a Ecija y de aquí vino a Antequera, con animo de entrevistarse en nuestra ciudad con el emir de Málaga. Llegado ante los muros de Antequera, quiso lógicamente entrar en ella con toda su tropa y comitiva, pero el alcaide Hernando de Narváez, hijo de ya fallecido Rodrigo de Narváez, receloso de que el rey entregase la fortaleza a don Alonso de Aguilar, que lo acompañaba en la comitiva, como parece ser que lo había intentado en otras ocasiones, no quiso abrir las puertas de la ciudad, sino tan solo al monarca y a quince caballeros que lo acompañasen como su guardia personal. El rey accede y, una vez en el interior, es conducido a la iglesia de San Salvador, encontrándose en él a todas las mujeres de la ciudad arrodilladas llorando al pensar que iban a sustituir a su alcaide. Así, también habían sacado el embalsamado cadáver de Rodrigo de Narváez y lo expusieron al rey en el altar mayor con las llaves de la fortaleza en la mano. Él se dirigió al féretro y, tomando las llaves, se las entrego a Hernando, confirmándolo como alcaide de la ciudad.
Alonso de Aguilar, que se encontraba acampado a las afueras, en las cercanías de la ermita de Santa Catalina, se consideró ofendido y retó a Narváez y a los habitantes de Antequera, ocurriendo una escaramuza de armas en la que salió vencedor Hernando.
Tal vez sea menos conocido otro hecho de armas en el que se vieron involucradas gentes de nuestra ciudad. Se trata de la que se conoce como la batalla del arroyo de Martín González, en las proximidades de Lucena en el año de 1483, en la que Boabdil El Chico, último Rey Nazarí de Granada, cae prisionero.
Tras la toma de Alhama, un grupo de nobles andaluces, entre los que se encontraban Rodrigo Ponce de León, Pedro Enríquez, don Alonso de Córdoba, maestre de Santiago, don Juan de Silva, conde de Fuentes y Adelantado de Andalucía y el entonces ya alcaide de Antequera, don Alonso de Aguilar, que había logrado la renuncia de Hernando de Narváez, organizan una cabalgada en enero de 1482, introduciéndose en territorio enemigo, haciendo cautivos, apoderándose del ganado, talando y quemando los árboles, sin apenas encontrar resistencia, adentrándose hasta la misma Axarquía, cometiendo un grave error. Las tropas cristianas se introdujeron en una zona desconocida y muy abrupta, donde la caballería no podía operar y los peones apenas moverse, siendo atacados y sufriendo una grave derrota, lo que les obligó a replegarse. El resultado fue nefasto: 1.500 muertos, 800 caballos sacrificados y una gran pérdida de armas y pertrechos.
Además, el rey Chico de Granada, Boabdil, contraataca y pone cerco a Lucena. Los cristianos ven en este hecho la oportunidad de tomarse la revancha, y tropas procedentes de Antequera participan en lo que se conoce como la batalla de Martín González, donde fue hecho prisionero el rey de Granada, según la tradición, por Alonso Conejo, natural de Antequera, y según otros, por Martín Hurtado.
El caso es que este hecho es recogido en las diversas historias manuscristas locales, como la del padre Cabrera, Solana o la Barrero Baquerizo, en las que se indica que el hecho quedó acreditado “[...] como consta de la cedula firmada de don Luis Fernández de Córdoba, duque de Sesa y Baena, su fecha en 2 de septiembre de 1525 [...]”****15.
A Alonso Conejo le fue concedida una capilla de entierro en el Convento de San Francisco, para él y sus descendientes. Es la conocida como capilla de la Virgen de los Ángeles. Alonso Conejo participa posteriormente en la tercera fase de la guerra de Granada, falleciendo en 1492. En pago de sus servicios, entre los que se incluyen el haber hecho prisionero a Boabdil, los Reyes Católicos, por medio de una Real Cédula, firmada el 20 de febrero de 1492 en la Villa de Santa Fe, conceden a su mujer tres caballerías, es decir, unas 180 fanegas de tierra, lo que ratifica este curioso hecho, que además queda inmortalizado en el propio escudo de armas de Alonso y sus descendientes, en el que aparece un rey moro encadenado. Además, se conserva un delicado dibujo, junto a la ejecutoria de hidalguía, donde se reproduce la escena. Vemos ambos en esta página.

Real Ejecutoria de Hidalguía de Ruy Conejo. Siglo XVI.
****15 Solana, M. Historia de Antequera. Ms. Antequera, 1814.
El regidor don Bernanbé
Delgado y Lara
Cuando hace ya algunos años se ubicaron en el remodelado edificio del Real Posito de la ciudad los Fondos del Archivo Histórico Municipal, junto a las colecciones y fondos documentales, se comenzó a reunir una serie de bienes muebles que, independientemente de servir, bien como objeto de utilidad, bien como mera pieza decorativa para el deleite de la vista, se procuró que estos bienes muebles que de manera sistemática van formando parte del edificio, tuvieran algún tipo de vinculación histórica con nuestra ciudad.
En este sentido, una de las obras que primero se integraron en el conjunto fue un lienzo al óleo que reproducimos junto a estas líneas, y que representa a un joven, en una pose y un ambiente que recuerda de alguna manera la iconografía regia y de la alta nobleza de la época. La pieza procede del fondo pictórico de José María Fernández, ignorando cómo pudo llegar a formar parte de él.
El personaje representado podría llegar a ser el hijo de cualquier noble de hacia mediados del siglo XVII, si no fuera porque, al pie del lienzo, en el margen izquierdo, aparece inscrito el nombre del joven retratado en el óleo. Se trata de don Bernabé Delgado y Lara, y su nombre aparece precedido de un título: Regidor.
Intrigados por saber quién fue el Regidor Bernabé Delgado y Lara, nos pusimos a investigar y, de esta forma, descubrimos que era hijo de don Bernabé Delgado y de doña Catalina Manuela de Villamayor Lara y Padilla, que fue bautizado en la iglesia parroquial de San Sebastián el doce de enero de 1658 con los nombres de Bernabé Melchor, y fue padrino su tío materno el licenciado don Francisco de Lara Villamayor.
Contrae matrimonio en 1677 a la temprana edad de 19 años con doña Úrsula Josefa de Trujillo Mesa y Córdoba, natural de la ciudad de Montilla e hija de don Alonso de Trujillo Mesa y Altamirano y de doña Inés de Córdoba y Molina. De este matrimonio nacerán cuatro hijos: Bernabé, Antonia, Úrsula y Tomás.
Don Bernabé Delgado y Lara era hijo único, y su padre, al momento de contraer matrimonio, le otorgó escritura de capital, por la nada despreciable suma de 30.000 ducados, los cuales percibió en dinero contante y en especies. Entre los bienes recibidos como parte de este patrimonio, su padre le cedió un oficio de regidor del ayuntamiento de Antequera, valorado en la suma de 7.500 ducados, así como “[...] unas casas con doce ventanas para ver fiestas y regocijos de toros en la plaza y coso del señor San Francisco de esta ciudad en la Acera Alta [...]”.
El cargo de regidor durante el siglo XVI y XVII fue un oficio ejercido en su mayoría por la mediana nobleza. El regimiento se convirtió en el máximo órgano de gobierno municipal, y lo constituyó una asamblea reducida, en cuyo seno se realizaba la elección de oficios concejiles, la administración de los bienes y rentas del común, y la supervisión de las cuentas municipales. Aunque el salario de los regidores se pagaba con cargo a la renta de los bienes de propios de los municipios, eran ciertamente oficiales reales, ya que su nombramiento correspondía exclusivamente al rey. No obstante, una vez conseguido el oficio de regidor, los regidores idearon los mecanismos para que el cargo adquiriese carácter hereditario.
De hecho, ya desde el reinado de Juan II, introdujeron el sistema de renuncia de oficios para que el rey designase como titular del mismo a la persona propuesta por el regidor renunciante. El traspaso podía hacerse a favor del hijo o yerno del titular, en cuyo caso el oficio se convertía en hereditario. De esta manera, determinadas oligarquías eran las que controlaban la vida municipal de las ciudades, ya que su oficio había pasado a ser patrimonio familiar. Como vemos, este parece ser el sistema seguido por nuestro interesante personaje.
Don Bernabé Delgado y Lara falleció el 7 de noviembre de 1693, con tan solo 35 años de edad, y fue enterrado en la iglesia del Carmen.
Su hijo mayor, también llamado Bernabé, fue el que heredó el cargo de regidor, sobre el que nuestro personaje instituyó un vínculo. El mayorazgo protegía a los bienes de la nobleza de cualquier posibilidad de enajenación, lo cual aseguraba la unidad del conjunto patrimonial que englobaba los bienes raíces, obligaciones y privilegios, que tan solo podían llegar a ser vendidos o traspasados a terceros previa autorización real.
El otro bien, destacado anteriormente, que percibió como capital don Bernabé Delgado de manos de su padre, en el momento de contraer matrimonio, fue una casa en el coso de San Francisco. No lo hemos escogido por casualidad. La plaza de San Francisco va a cumplir una importante misión centralizadora del poder a lo largo de los siglos XVII y XVIII, será escenario para divertimentos y escaparate para la oligarquía local, cuyo elemento más característico será la Casa de Cabildos, conocida también por el nombre de Casa de los Miradores, al cumplir también la función de palco para ver y asistir a los diversos eventos que se celebraban a lo largo del año.
Indiscutiblemente, uno de los mayores símbolos de prestigio, dentro de la oligarquía local, que se podría tener en esos momentos sería el ser propietario de un edificio propio, con balcones y ventanas donde la unidad familiar y la red clientelar pudieran asistir a los espectáculos. Como vemos, este inmueble, esa casa con doce ventanas, sería un bien de una gran importancia social, máxime si pensamos además que estaría ubicado justo enfrente de la Casa de Cabildos.
Como vemos, don Bernabé Delgado y Lara viene a representar una parte de la sociedad antequerana de una época, de un grupo social, que jugó un importante papel.
Lo realmente interesante de nuestro noble personaje sería que, además de su retrato, pudiéramos contar con la documentación generada a lo largo de su existencia y por sus descendientes, que sin duda nos aportarían una importante e interesante información sobre aspectos concretos de nuestra ciudad, enriqueciendo nuestro Archivo Histórico Municipal.
Francisco de Roa,
de escribano a guerrillero
Uno de los momentos referentes más importantes de nuestra reciente historia contemporánea es la Guerra de la Independencia. Los historiadores marcan un antes y un después de este episodio. Este catastrófico acontecimiento sin duda afectará brutalmente a toda la sociedad española. Toda invasión militar lleva unida un ineludible factor traumático, que marca profundamente al grupo social y territorial que la sufre. Por otro lado, se desencadenan toda una serie de procesos que transformarán la vida cotidiana y las bases ideológicas y políticas, a veces de forma definitiva y en ocasiones de forma transitoria.
En nuestro caso, la invasión militar napoleónica y la subsiguiente guerra producirán toda una serie de profundas modificaciones que se desarrollarán a lo largo de tres décadas marcadas ineludiblemente por el enfrentamiento bélico.
El Antiguo Régimen se viene abajo. Tras el hundimiento y vacío de poder que se produce en mayo de 1808, los españoles se tienen que enfrentar a un dilema y elegir entre dos alternativas: adherirse a Napoleón y a su Manifiesto de 25 de Mayo y a la Constitución de Bayona; o bien, luchar unidos como nunca con un significado sentimiento nacionalista, reformador y renovador, dirigido por un improvisado nuevo poder, que desembocará en las Cortes de Cádiz y en la posterior proclamación en 1812 de una Constitución.
Al grito de libertad y bajo la fuerza que da la necesaria unión para desalojar al enemigo, se destapan nuevos sentimientos nacionalistas. Toda una serie de fenómenos se acelerarán a partir de 1808. Las costumbres y la sociedad cambiarán su rumbo de manera imparable.
El proceso es muy complejo y, por supuesto, no vamos a analizarlo en esta página. Aquí tan solo veremos hoy algunos aspectos del conflicto, y para ello nos fijaremos en la figura de un personaje, que bien podría haber servido para crear en la meca del cine uno de esos héroes de constante lucha por las libertades, ese estereotipo de bandolero bueno lleno de principios y de ideas revolucionarias.
Efectivamente, en Antequera es de sobra conocida la figura del capitán de infantería Vicente Moreno, que tras la batalla de Arquillos, desmantelado su regimiento, monta una partida que se dedica a realizar ataques esporádicos a las tropas regulares francesas, hasta caer prisionero el 2 de agosto de 1810, en la sierra del Torcal, siendo trasladado a Granada y posteriormente ejecutado. A principios del siglo XX, se conmemora su recuerdo dedicándole una calle y posteriormente un monumento.
Sin embargo, Vicente Moreno no fue el único héroe y guerrillero antequerano en la Guerra de la Independencia. Tenemos a un interesante personaje que ha pasado prácticamente desapercibido hasta casi nuestros días. Se trata de un hidalgo que fue escribano del número de nuestra ciudad. Don Francisco de Roa y Rodríguez de Tordecilla ejerce en su oficio entre 1804, fecha en toma posesión, y 1809. A partir de este año comienza una determinante actividad política antifrancesa, abandonando el ejercicio de su oficio como escribano. En 1810 se ve obligado a abandonar Antequera. Perseguido por las tropas imperiales, se refugia en principio en la sierra del Torcal, siguiendo los pasos de Vicente Moreno.
Tras la caída de este, decide montar una partida de guerrilleros, o de bandoleros, según los franceses, a su costa, dada su desahogada situación económica. Para ello, pertrecha en principio una fuerza compuesta por 200 hombres, a los que arma y uniforma. La suma aproximada que gasta en ello es de casi de 600.000 reales. Francisco Roa estuvo hostigando al ejército francés durante 32 meses. Su partida de guerrilleros llegó a configurar un pequeño ejército, al conseguir alcanzar en un momento determinado el número de 510 hombres a caballo y 600 de infantería. Este “cuerpo de ejercito” estaba acantonado en la sierra del Torcal. Al frente del mismo dispuso una serie de oficiales, con lo cual consiguió estructurar de forma castrense a sus variopintas filas, imponiendo disciplina y un complejo sistema de intendencia, que iba desde la adquisición y cría de caballos y yeguas hasta el almacenamiento de víveres, armamento y munición.
Todo este complejo entramado funcionó a la perfección, gracias al aporte económico de su caudal, lo que le permitió contar con la fidelidad de todos los miembros de su armada. A ello habría que añadir los incentivos que el inteligente Roa impuso para mantener la combatividad y competitividad de sus hombres. Así, llegó a establecer una serie de “premios por productividad”, algo que hoy día esta muy de moda. Francisco de Roa estableció que pagaría a los miembros de su partida, por cada soldado o cabo francés capturado o muerto, 40 reales; por cada sargento, 80 reales; por los alférez, 160 reales; tenientes, 320 reales; y capitanes, 480 reales. Por cada par de pistolas o carabina capturadas al enemigo, 30 reales; y por cada caballo o yegua, 600 reales. En un memorial conservado, se afirma que Roa tubo que abonar a sus hombres en un mes 36.000 reales.
De sus muchas hazañas y correrías, destacaremos el asalto a diversos convoyes con alimentos y munición para el ejército francés. Así mismo, efectuó numerosas acciones contra el ejército regular, como el ataque a la guarnición de Teba, el 14 de marzo de 1810, consiguiendo 44 prisioneros y causando un alto numero de bajas. También actuó en Tolox, Carratraca, Colmenar, Álora e incluso Málaga.
Una elevada proporción de ataques los centró Roa en torno a Antequera y a sus entonces anejos, así consiguió poner cerco a nuestra ciudad el 5 de agosto de 1811, asaltando la cárcel. Pero, sin duda, la acción más espectacular que hemos podido documentar hasta ahora fue la ocurrida un año después, en agosto de 1812, en los campos de Bobadilla, donde, al mando de una fuerza de caballería de 113 hombres, hizo frente y derrotó a una potente fuerza francesa que se desplegaba por la vega compuesta por un regimiento de infantería y una compañía de lanceros polacos.
Pocos días después, concretamente el 3 de septiembre, el ejército regular al mando del Capitán General de Andalucía don Francisco Ballesteros entra en Antequera, poniendo fin a la invasión francesa.
Francisco de Roa y Rodríguez jamás fue capturado por el enemigo, ni su campamento fue descubierto por el enemigo. Después de la contienda, llevó una azarosa vida, comprometido profundamente con las ideas liberales, lo que le causó más de un problema con la conservadora oligarquía antequerana. En 1829 volvió a ejercer su oficio de escribano hasta 1840.
Lo que los franceses no consiguieron, el tiempo lo ha logrado derrotando su recuerdo. Francisco Roa ha permanecido en el olvido. Hora es de rescatarlo y darle su justo premio.
José Durán Frías, un fotógrafo antequerano en la Guerra de Marruecos****16
Tras la pérdida de las provincias de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, España centra intensamente sus intereses sobre Marruecos, chocando por ello diplomáticamente con Francia. La primera cuestión con que se enfrentan los políticos españoles es negociar con los franceses a fin de delimitar las zonas de influencia de ambos países. En este sentido, se firmarán diversos acuerdos entre 1902 y 1904, claramente ventajosos para Francia, que logra así ampliar su presencia en territorio marroquí a costa de la debilidad española.
Finalmente, en 1912, se fijan por fin las fronteras, surgiendo la figura jurídica del Protectorado, que amparaba internacionalmente el derecho de las dos potencias sobre el territorio norteafricano. A partir de este momento, España debe afrontar diversas rebeliones que se producen en el Riff, hasta que en 1909 la población de la zona de Melilla desencadena la guerra que tendrá consecuencias inesperadas. El conflicto abre dos frentes: uno social, con epicentro en Barcelona, y cuyo desenlace dará lugar a la Semana Trágica; y otro militar, con la brutal sangría que sufrió el ejército español en la zona denominada Barranco del Lobo. Las siguientes campañas que se suceden resultan igualmente sangrientas, de dudosa utilidad y, por tanto, bastante antipopulares en el seno de la sociedad española.
En 1921, Abd-el-Krim lidera una rebelión de rifeños bereberes, que posteriormente culminará, en julio de 1927, con el conocido desastre de Annual. En el verano de 1921, por tanto, son llamados a filas numerosos jóvenes para defender los intereses españoles en Marruecos. Uno de ellos fue el antequerano José Durán Frías.
Nacido el 11 de noviembre de 1900, José era hijo del afamado fotógrafo Genaro Durán y Vigil de Quiñones y de D.ª Valvanera Frías Reina. A sus 21 años, era de estatura media, pelo castaño, barba poblada, ojos melados, aire marcial y nariz regular, como se nos describe en su filiación en el expediente personal de reclutamiento. En el mismo documento aparece como su oficio el de fotógrafo, igual que el de su padre, profesión que abandonará posteriormente una vez licenciado. Fue destinado al regimiento de infantería Álava n.º 56, ingresando en el servicio el 1 de julio de 1921.
El 23 de septiembre embarca con su compañía a bordo del vapor Vicente la Roda con rumbo a Melilla, a cuya plaza llega al día siguiente acampando en el barrio del Real. Su primera misión consistió en escoltar un convoy a Tirra, Corona y Sidi Almaran.
En días sucesivos participará en similares cometidos. El 4 de octubre, su batallón es trasladado a la ciudad de Nador. Entra por primera vez en campaña en un ataque a los rifeños en las mesetas de Ygun, el 6 de noviembre. A partir de este momento, José Durán participará con bastante frecuencia en combate, interviniendo en la ocupación de Tauria Amet y Cadul y, posteriormente, de Tauria-Zatg.
En 1922 su batallón formará parte de la columna que organiza el general José Sanjurjo, que ocupará Idar Buxada, Casas Quemadas e Idar Azugat, donde, aunque el enemigo opone una resistencia tenaz, la columna conquistará numerosas posiciones a lo largo de ese año.
El período más duro para nuestro personaje tendrá lugar en 1923. En ese año, José Durán se unirá, junto con su compañía, a una nueva columna, a cargo esta vez del coronel Félix de Vera, compuesta además por un batallón del Albuela 26, otro del África 68 y una compañía del grupo de regulares del Alhucema n.º 5. El objetivo era la toma de las lomas de Yebel Argot, donde las fuerzas españolas serán fuertemente hostigadas por los rifeños, resultando finalmente del enfrentamiento un gran número de muertos y heridos. Esto ocasiona la retirada de la columna a su campamento en Tafersit.
Tras esta acción bélica, su compañía quedó reservada en los siguientes meses para la escolta de convoys, aunque este tipo de servicio no estaba exento de peligro. Prueba de ello fue el asalto que sufrió por tropas marroquíes el 8 de octubre, en el que perdió la vida el teniente coronel Antonio Pastor Cano.
Tras ser relevada su compañía el 24 de noviembre por fuerzas del regimiento de infantería África n.º 68, José Durán se embarca de regreso a la península, donde permanecerá en un acuartelamiento de Málaga hasta ser licenciado el 30 de junio de 1924.
Esta es, grosso modo, la aventura vivida en la guerra de Marruecos por nuestro personaje, miembro de una de las más afamadas familias de fotógrafos antequeranos. La saga la inicia Genaro, con su laboratorio en calle Santa Clara, quien se anunciaba en la prensa local como especializado en fotografía artística. Aunque sabemos que nuestro personaje, su hijo José, ejercerá también la fotografía, el verdadero sucesor será su hermano Emilio, quien trabaja primero con su padre y posteriormente se instala de manera independiente en la calle Lucena, hasta que en 1950 se traslada a Motril. De Emilio Durán se conoce una extraordinaria producción artística, destacando una importante serie de fotografías urbanísticas que reflejan fielmente la Antequera de su época. Así mismo, sabemos que realiza un importante reportaje en el Archivo Histórico, donde su cámara capta los más significativos documentos de nuestra memoria histórica.
La tradición la continuaron un hijo suyo, Genaro Durán Pedraza, quien tenía su establecimiento en la plaza de San Sebastián, y el hijo de José –nuestro héroe de la guerra de Marruecos– Francisco Durán Gutiérrez, que tuvo su estudio y laboratorio en la calle Lucena.
Confiamos en que todo el material fotográfico producido por esta familia, que refleja más de un siglo de actividad, no se pierda y algún día pueda ser reunido en el lugar que le corresponde por derecho propio, el archivo de nuestra ciudad, donde, junto a privilegios rodados y reales cédulas, las viejas placas y las fotografías sirvan para conocer mejor la historia de Antequera y mantener viva su memoria.
****16 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
La historia del moro
Manuel José María****17
En la segunda mitad del siglo XVIII, concretamente en 1756, Antequera se vio conmocionada por un trágico suceso. La aparición del cadáver de un joven, encontrado por unos pastores en las cercanías del actual Cortijo del Romeral, con claros signos de violencia, dio lugar a la incoación de unos autos y a una investigación por parte de la justicia de la ciudad.
El examen del cadáver por parte del cirujano confirmó que el joven había muerto de forma violenta, ahogado, y presentaba además evidencias de haber sido violado. Por tanto, se presentaban en este caso dos graves delitos, asesinato, en concreto infanticidio, y violación, este especialmente perseguido en el ámbito cristiano y ya condenado desde el Concilio de Elvira, que en su canon 71 propone la pena de excomunión para “aquellos que cometieran actos nefandos, privándoles de la comunión a la hora de la muerte”. Iniciada la investigación, todo parece señalar a un guineano al servicio del marqués de la Peña, llamado Vergel y conocido como Almanzor. Este es detenido y conducido a las dependencias de la cárcel real de la ciudad, donde es interrogado por la justicia, confesando haber cometido el crimen.
Además, se daba la circunstancia de que meses atrás había sido encontrado en la portería del convento de Nuestra Señora de la Victoria, en la calle Fresca, el cadáver de otro joven que presentaba similares señales de violencia que el ahora descubierto, sin que en su momento se hubiera podido encontrar ningun sospechoso.
Probablemente presionado por los funcionarios –la tortura en esta época era un elemento común en los interrogatorios y especialmente cruel la practicada por la autoridad civil–, el reo confiesa no solo ser también el autor de este otro crimen, sino además de la violación y muerte de tres niños más; aunque estos jamás llegaron a ser localizados, a pesar de que el guineano Vergel explicara el lugar donde había ocultado sus cadáveres.
Tras celebrarse un sumarísimo juicio, se dictó sentencia en los siguientes términos:
[...] debo condenarle y le condeno a que sea sacado de la cárcel real de esta ciudad donde se halla atado a la cola de un caballo, el cual lo arrastre por las calles públicas hasta llegar a la Plaza Alta de esta ciudad donde sea puesto en una horca de tres palos hasta que naturalmente muera y ejecutado así le sea cortada la cabeza y la mano derecha, y el resto de su cuerpo sea arrojado en una hoguera de llamas de fuego, que a este fin este prevenida y en donde permanezca hasta que del todo se consuma y reduzca a cenizas las cuales se distribuyan en el aire, para que no quede de él aun esta leve memoria y después la expresada su cabeza clavada en una alfajía y puesta en el camino que de esta ciudad va al cortijo de la Peña y sitio más inminente al que se encontró el cadáver de Juan de Dios (uno de los niños), y la expresada mano derecha sea clavada en otra alfajía y puesta en la calle Fresca y sitio donde se encontró el cuerpo muerto de Juan Muñoz, de donde nadie la quite ni dicha cabeza pena de la vida [...].
Tras la correspondiente notificación, se señaló el día para su ejecución: el 29 de julio de 1757. Previamente se había dado traslado a la Hermandad de la Caridad de tal señalamiento, ya que esta cofradía era la encargada de asistir a los condenados a muerte.
El día del suplicio, la hermandad en pleno organizó una procesión desde su capilla en calle Estepa hasta la cárcel real. La comitiva estaba encabezada por el hermano mayor de la hermandad, D. José de Tejada, D. Francisco de Tejada y D. Juan Matías del Viso, portando el estandarte de la cofradía. Tras ellos, seguían el resto de los hermanos, portando cirios verdes y a continuación una imagen de un Cristo crucificado, con dos faroles a los lados portados por sendos eclesiásticos. La procesión discurrió por calle Estepa, plaza de San Sebastián y cuesta de Zapateros hasta alcanzar la plaza Alta, donde se disponía el cadalso frente a las casas capitulares. El espacio se encontraba circundado por doscientos soldados de la milicia de la ciudad con el objetivo de mantener el orden entre la multitud de curiosos llegados desde muchos puntos de la comarca para presenciar la ejecución. Así mismo, otro grupo importante de soldados cubría el tramo entre la casa consistorial y la cárcel.
Una vez llegada la hermandad, solicita al corregidor autorización para poder bautizar al reo, ya que este era musulmán, siéndole permitido hacerlo al pie del suplicio.
El condenado es sacado de la cárcel, vistiendo una túnica blanca, y es introducido por el verdugo dentro de un capacho. Una vez atado este a la cola de un caballo, es arrastrado hasta el pie de la horca, donde finalmente y, tras ser bautizado con el nombre de Manuel José María, es ajusticiado públicamente.
Posteriormente, al atardecer, el verdugo, ayudado por la justicia, baja el cadáver de la horca y procede a decapitarlo y cortarle la mano derecha para su pública exhibición, como ordenaba la sentencia.
No obstante, los miembros de la hermandad comunicaron al corregidor que habían solicitado a la Real Chancillería autorización para que anulara esta última exigencia de la sentencia, al considerarla anacrónica e innecesaria. De hecho, algunos días después llegaría la ejecutoria del tribunal superior concediendo el permiso a la Cofradía de la Caridad para que pudiera retirar los restos y darles cristiana sepultura.
Para ello, de acuerdo con los usos de la época, se montó toda una parafernalia barroca, con altar público y solemne procesión, para proceder a enterrar la cabeza y mano del ajusticiado en la iglesia parroquial de Santa María la Mayor. El lugar elegido fue el muro maestro de la capilla, entonces conocida como la de Nuestra Señora de los Dolores y antigua capilla de la Cofradía de Ánimas, en el lateral izquierdo, entre los accesos a las sacristías menor y mayor. En ese lugar se colocó una lápida con la siguiente inscripción:
Aquí yace la cabeza y mano derecha de Manuel José María Cristiano nuevo. Año de 1757.
Actualmente, aún puede contemplarse esta lápida, ya que se conserva en óptimas condiciones.
Toda esta información, que a nosotros nos ha servido para conocer de primera mano todo el ritual asociado en la época a la ejecución pública, aparece con todo detalle en un interesante manuscrito conservado en el Archivo Histórico, en la sección de beneficencia. Se trata de un memorial donde se recogen estos hechos, considerados extraordinarios, para que quedara constancia de los mismos y, sobre todo, de la acción caritativa de la cofradía, aportando una minuciosa contabilidad de los gastos y del coste económico que acarreó tan piadoso comportamiento.

Ilustración recogida en el procedimiento judicial contra Manuel José María. Plumilla.
****17 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
Fray Francisco de Cabrera y su Historia de Antequera****18
A lo largo de estas páginas nos hemos acercado frecuentemente al entorno cultural antequerano durante la Edad Moderna desde diversas perspectivas, intentando dar una visión aproximada de la vida cotidiana y la mentalidad colectiva de la ciudad en ese período tan decisivo para su configuración y desarrollo posterior. En este sentido, hemos aludido a la producción artística, a algunos oficios y su regulación por las ordenanzas, y a una actividad que en este capítulo abordaremos y que consideramos primordial como herramienta para el estudio y comprensión de los acontecimientos del pasado: nos referimos a la producción historiográfica, es decir, a las creaciones literarias que desarrollan la historia local.
En Antequera, este proceso se inicia tempranamente, pues ya en el siglo XVI existe una corriente encaminada en esta tarea, igual que ocurre en otras ciudades que disfrutan en la época de un alto nivel cultural. Se buscaba dejar constancia por escrito, acreditándolo además en la medida de lo posible, de la antigüedad del lugar, su nobleza y su indiscutible origen vinculado a Roma, haciendo hincapié, de una manera insistente y exhaustiva, en su desvinculación total del mundo islámico y de cualquier clase de relación con este, salvo el contacto forzoso impuesto temporalmente por las armas y siempre en contra de la voluntad del pueblo.
Este planteamiento es decisivo a la hora de comprender la producción historiográfica. En el caso de Antequera, el número de autores hasta ahora estudiados es realmente significativo y en la actualidad sobrepasa de manera abrumadora la relación que en su día ofreciera Tomás Muñoz y Romero en su Diccionario bibliográfico-histórico de los antiguos reinos, provincias, ciudades, villas, iglesias y santuarios de España, editado en 1858. En él proponía un total de 16 obras de distintos autores, aunque propiamente estas se reducían solo a seis, mientras que actualmente hemos podido documentar 27 obras, hasta ahora, relacionadas en un trabajo que se editará en la revista Baetica de la Universidad de Málaga.
En la relación de Tomás Muñoz nos encontramos con obras como Historia urbis antiquarensis, Las antigüedades de Antequera de Juan de Mora o La historia de Antequera de Agustín de Tejada. Todas ellas son del siglo XVI y representan la auténtica base sobre la que se desarrollará fundamentalmente a lo largo de la siguiente centuria la narración histórica, la cual recaerá principalmente en tres autores: Alonso García de Yegros, fray Francisco de Cabrera y el canónigo Luis de la Cuesta. Estos marcarán el patrón que posteriormente, hasta finales del siglo XIX, seguirán los demás autores a la hora de escribir historia sobre Antequera.
En el siglo XVII, entre estos autores citados, no cabe duda que el de mayor importancia es el padre Cabrera. Su obra, de cuidado estilo, denota un trasfondo cultural que nos revela la elevada formación académica de su autor. Su metodología de trabajo se evidencia tanto en la estructura del texto final como en la exhaustiva aportación de datos, de los que de manera sistemática trata de acreditar las fuentes, documentales o arqueológicas, transmitiendo credibilidad al incluir solamente hechos contrastados. Sin embargo, la novedad en su obra no radica tanto en su método, pues ya anteriormente aunque de manera muy básica es empleado por Agustín de Tejada en su obra, referida al período clásico, sino en la extensión, alcance y, por supuesto, resultado final del trabajo.
Como podemos apreciar, el agustino padre fray Francisco de Cabrera es una pieza vital en el desarrollo historiográfico local.
Sin embargo, ¿qué conocemos realmente de este personaje? La respuesta es: prácticamente nada. Sorprendentemente, salvo unas breves notas aportadas en su día por el padre Andrés Llordén, que a su vez se hace eco de algunas referencias que proporcionaba Narciso Díaz de Escobar en su obra Galería literaria malagueña, publicada en 1898, nadie más se ha preocupado de profundizar en este sobresaliente autor. Indagando un poco hemos conseguido saber que fue hijo de un escribano del número de nuestra ciudad llamado Francisco de Cabrera y Astorga, el cual ejerció en el oficio 12. Nació, nuestro autor, en 1584. Fue bautizado el día 14 de julio en la parroquia de San Sebastián, actuando como padrinos D. Hernando de Carrión y, el también escribano, Rodrigo Alonso de Mesa, el mozo. Ignoramos cómo fue su educación y en qué lugares vivió.
Existen solo un par de documentos reveladores en cuanto a su educación: los testamentos de su madre, Lucía Ruiz, y de su padre. Concretamente, en las mandas de su madre se nos detalla, en una de las cláusulas, el siguiente dato:
[...] yten declaro que el dicho mi marido y yo hemos pagado y gastado con el dicho fray Francisco nuestro hijo en las cosas necesarias para entrar en la religión y profesar en ella y en estudios y otros gastos que hizo antes de entrar en la religión quinientos ducados a demás de los que yo gasté sin que el dicho mi marido lo supiera, que serían cien ducados [...].
Seiscientos ducados de finales del siglo XVI es un suma realmente importante, lo que denota una apuesta firme por la formación del hijo. Igual de explícito es su padre en otra manda de su testamento, donde también se hace alusión a esta suma:
[...] declaro que la dicha doña Lucia mi mujer y yo entre ambos hemos entregado al dicho fray Francisco nuestro hijo en el convento del señor San Agustín de esta ciudad y en darle estudios en nuestra ciudad y en Córdoba y Sevilla y en los alimentos y ajuar y otras cosas que llevó al convento y en otros gastos que con el se hicieron en particular lo que se declara en la dicha partición [...].
El padre fray Francisco de Cabrera falleció en 1649, víctima de la epidemia de peste que asoló Antequera ese año. Su labor no se limitó tan solo a la historiografía, sino que, como se verá posteriormente, fue una pieza clave en su día en la transformación física del convento agustino antequerano.

Portada del Arco de los Gigantes. Dibujo a tinta. Historia de Antequera del padre Cabrera.
****18 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
El licenciado Juan de Aguilar****19
La cátedra de gramática o latinidad representaba, desde su origen en la época medieval, una especie de segunda enseñanza previa a los estudios superiores. Consistía básicamente en la lectura y comentario de obras clásicas siguiendo unas determinadas normas que, según parece, no se llegaban a cumplir habitualmente, ya que frecuentemente daba lugar a discusiones sobre cuestiones para nada relacionadas con el texto objeto del estudio.
Estas cátedras de gramática tenían un carácter eminentemente eclesiástico. A la Iglesia le correspondía la vigilancia y administración de los documentos. Se calcula sobre unas 4.000 el número de cátedras de gramática que llegaron a constituirse hasta el siglo XVII.
La cátedra de gramática de la iglesia colegial de Antequera se establece en 1504, fecha de la creación de la Colegiata por el obispo D. Diego Ramírez de Villaescusa. En la documentación de la Real Colegiata conservada en el Archivo Histórico Municipal se hace alusión al establecimiento en esta institución de dichos estudios.
Sin embargo, en el archivo existe una importante laguna documental. Por un lado, las actas capitulares no comienzan a ser conservadas sistemáticamente por los canónigos hasta 1526, fecha de inicio del primer libro de actas como tal. En cuanto a la administración, toma de posesión de los licenciados, expedientes de oposiciones, alumnos y demás temas administrativos, tan solo se conservan, o tenemos información para el estudio de este sistema de enseñanza en nuestra ciudad a través de esta serie de actas capitulares, como soporte con continuidad, a partir del segundo cuarto del siglo XVI.
Numerosos han sido los trabajos que se han realizado en torno al estudio e investigación de la cátedra de gramática. Destacamos, por lo significativo, el de José Quirós de los Ríos, Erección, fundación y dotación de la Santa Iglesia Insigne Colegial de la Ciudad de Antequera, en el siglo XIX, y el de Fermín Requena Escudero, en el siglo XX, Historia de la cátedra de gramática de la iglesia colegial de Antequera en los siglos XVI y XVII.
La importancia de la cátedra de gramática viene determinada por la calidad de los preceptores y por el peso específico que debieron tener en el entorno social antequerano. No olvidemos que la colegiata va a representar, más allá de su estricta función eclesiástica, un foco de influencia intelectual que marcará claramente determinados desarrollos culturales colectivos que se reflejarán en la población y en el concepto de Antequera como ciudad, en el sentido de ente urbano administrativo de una comarca y centro de producción de riqueza y creación artística.
Este grupo de intelectuales también será clave en la mentalización colectiva sobre los nobles orígenes clásicos de Antequera, es decir, vinculados a Roma, acreditados mediante una producción historiográfica de gran importancia, tanto por la calidad de los textos como por la cantidad de sus autores.
En la actualidad, por las circunstancias antes expuestas, tan solo tenemos constancia de los preceptores de gramática de la cátedra antequerana a partir de 1527, con el nombramiento del bachiller Diego López.
El conocimiento que poseemos sobre estos personajes es bastante desigual. Hay figuras muy estudiadas, como el caso de Juan de Vilchez, y otros no menos importantes que pasan casi inadvertidos. A pesar de ello, sus nombres al menos son conocidos, como es el caso de Juan de Mora o Juan de Aguilar. A lo largo de ese período dorado para la cátedra de gramática de la colegiata antequerana (siglos XVI y XVII), se tienen documentados un total de 25 preceptores entre titulares e interinos.
Queremos destacar en estas líneas la figura del licenciado Juan de Aguilar, por la importancia que llegó a tener. Sus orígenes no están ciertamente documentados. Sabemos que en 1593 era vecino de Rute. Fue muy elogiado en su época, destacando las referencias que sobre él hace Rodrigo de Carvajal y Robles en su Poema heroico del asalto y conquista de Antequera, donde en el Canto X, dice:
El doctor don Alonso de Sarzosa
mostrará por su espíritu elegante
que la elegancia de su zarza es rosa,
al mundo honesta como a Dios fragante;
y el celebrado Pedro de Espinosa,
y el maestro sin manos, importante
Juan de Aguilar, y el Mesa Juan Bautista,
de Apolo han de ilustrar la sacra lista.
Efectivamente Juan de Aguilar era manco de ambas manos, aunque ello no imposibilitó el desarrollo de su trabajo ni mermó la calidad de su producción literaria. Tal fue esta que incluso Lope de Vega, en su Laurel de Apolo, le dedica los siguientes versos:
Y en la misma ciudad Aguilar sea
su fama y su esperanza.
Y sin haberle visto nadie crea
que sin manos escribe.
Escribe, ingenio, y vive;
estorbos fueron vanos,
pues el ingenio te sirvió de manos.
También aparece mencionado Juan de Aguilar en la obra de Vicente Espinel Vida de Marcos de Obregón.
La aparición en la escena antequerana de Juan de Aguilar se produce en 1593, tras el fallecimiento de Juan de Mora. Al quedar vacante la cátedra de gramática, se convoca una oposición para cubrir la plaza, a la que concurren Juan de Aguilar y el bachiller Bartolomé Martínez, ganándola este último. Seis años después, en 1599, tras el fallecimiento de este, nuevamente opositará Aguilar, obteniendo la cátedra en esta ocasión y manteniéndola hasta su muerte en 1634.
El testamento de Juan de Aguilar aporta una información muy interesante. En primer lugar, nos indica que vivía en una casa propia, no arrendada, en la calle del Adarve de San Isidro, en la collación de Santa María, donde era vecino del presbítero don Baltasar de Zayas. Pero lo más importante de todo el documento es la información que nos revela acerca de su biblioteca. Si bien no hemos localizado todavía la partición en la que estaría el inventario de los libros, sabemos que debió de llegar a tener un número importante de volúmenes y de cierto valor, tanto por su contenido como por su edición, ya que hay dos datos en sus últimas voluntades que así lo demuestran: por un lado, pide que se vendan en pública almoneda o subasta, encomendando esta tarea al padre fray Francisco de Cabrera, que actuará, dados sus conocimientos, como perito tasador; mientras que, por otro lado, ordena que del precio obtenido se compre un censo, a fin de que con sus réditos pudiera vivir quien declara como única heredera, su hermana Juana.
****19 Anteriormente publicado en Fragmentos para una historia de Antequera por el Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2009 con ISBN 978-84-7785-827-0.
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