Kitabı oku: «Estudios transnacionales»

ESTUDIOS TRANSNACIONALES
CLAVES DESDE
LA ANTROPOLOGÍA
Colección Estudios Transnacionales

Rector General
Eduardo Peñalosa Castro
Secretario General
José Antonio de los Reyes Heredia
Coordinador General de Difusión
Francisco Mata Rosas
Director de Publicaciones y Promoción Editorial
Bernardo Ruiz López
Subdirectora de Publicaciones
Paola Castillo
Subdirector de Distribución y Promoción Editorial
Marco A. Moctezuma Zamarrón
UNIDAD IZTAPALAPA
Rector
Rodrigo Díaz Cruz
Secretario
Andrés Francisco Estrada Alexanders
Director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades
Juan Manuel Herrera
Jefa del Departamento de Antropología
Laura R. Valladares de la Cruz
Coordinador de la Colección Estudios Transnacionales
Federico Besserer
Responsable Editorial
Norma Jaramillo Puebla
Federico Besserer
ESTUDIOS TRANSNACIONALES
CLAVES DESDE LA ANTROPOLOGÍA

Universidad Autónoma Metropolitana
Unidad Iztapalapa/División de Ciencias Sociales y Humanidades
Departamento de Antropología
Juan Pablos Editor
México, 2020
Besserer, Federico
Estudios transnacionales : claves desde la antropología / Federico Besserer, autor. - - México : Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa : Juan Pablos Editor, 2020
1a. edición
293 p. : ilustraciones ; 14 x 21 cm
ISBN: 978-607-28-1922-1 UAM e-book
ISBN: 978-607-711-598-4 Juan Pablos e-book
T. 1. Estudios transnacionales T. 2. Antropología T. 3. Globalización
HT178 B47
ESTUDIOS TRANSNACIONALES. CLAVES DESDE LA ANTROPOLOGÍA de Federico Besserer
Primera edición, 2020
D.R. © 2020, Federico Besserer
D.R. © 2020, Universidad Autónoma Metropolitana
Prolongación Canal de Miramontes 3855
Ex Hacienda San Juan de Dios
Delegación Tlalpan, 14387, Ciudad de México
Unidad Iztapalapa/División de Ciencias Sociales y Humanidades
Departamento de Antropología
San Rafael Atlixco núm. 186, Col. Vicentina
Iztapalapa, 09340, Ciudad de México
tel. 5804-4763, 5804-4764
D.R. © 2020, Juan Pablos Editor, S.A.
2a. Cerrada de Belisario Domínguez 19
Col. del Carmen, Alcaldía de Coyoacán
04100 Ciudad de México
Portada: Bolivianas y bolivianos en Madrid,
de Renato Rosaldo (San Miguel de Allende, Guanajuato)
Contraportada: Transmigrantes, de Sandra Guillot (Zipolite, Oaxaca)
ISBN: 978-607-28-1922-1 UAM e-book
ISBN: 978-607-711-598-4 Juan Pablos e-book
La presente publicación pasó por un proceso de dos dictámenes (doble ciego) de pares académicos avalados por el Consejo Editorial del Departamento de Antropología, que garantizan su calidad y pertinencia académica y científica.
Juan Pablos Editor es miembro de la Alianza
de Editoriales Independientes Mexicanas (AEMI)
Distribución: TintaRoja <tintaroja.com.mx>
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN
1. Estudios transnacionales: una propuesta desde la antropología
2. Transnacionalismos y transfeminismos
3. Diásporas
4. Regímenes de sentimientos
5. El cuerpo de la nación
6. Transmigraciones
7. Topografías
8. Procesos transglobales
BIBLIOGRAFÍA
Con cariño para Renato Rosaldo, quien me enseñó la importancia de los sentimientos en la investigación antropológica; y a la memoria de Michael Kearney por el privilegio de haber contado con su amistad.
Para Lucía, Iván y Andrés, mi familia transnacional.
Agradecimientos
Mi inquietud por los límites que las ideologías nacionales imponen sobre el conocimiento surgió en la década de 1970 en una clase de Angel Palerm sobre la crisis de la antropología y el marxismo, y después en las prácticas de campo con Guillermo de la Peña y José Lameiras en la región sur de Jalisco. Pero fue en el trabajo de campo en los enclaves mineros en la década de 1980 con Victoria Novelo y Juan Luis Sariego donde aprendí en la investigación etnográfica cómo escapar al nacionalismo metodológico. John Borrego, durante su estancia en México, me compartió por primera vez herramientas para teorizar sobre la internacionalización del capital y el trabajo, y el agudo análisis de Moisés Cruz sobre su propia experiencia de vida, ayudaron a ampliar estas herramientas conceptuales. Fue al inicio de la década de 1990 cuando durante dos años trabajé con Michael Kearney en la Universidad de California en Riverside y con él leí por primera vez sobre el marco analítico de los estudios transnacionales. Los cuatro años que siguieron los pasé en la Universidad de Stanford donde con la guía de profesores como Renato Rosaldo, Akhil Gupta y George Collier tuve acceso a la reflexión desde los estudios culturales. Mi formación sobre estudios feministas de la ciencia fue bajo la tutela de Joan Fujimura y la docencia de Silvia Yanagisako. Con todas ellas y ellos estoy en deuda, y he tratado de saldar esa deuda compartiendo esos conocimientos con las y los estudiantes que han participado bajo mi asesoría en proyectos colectivos de investigación, y a partir de ello han elaborado trabajos de tesis en el marco del Seminario de Estudios Transnacionales.
El trabajo en el Seminario de Estudios Transnacionales se enriqueció especialmente por la presencia de profesores que condujeron junto conmigo el trabajo de investigación y de docencia. En particular debo agradecer a Margarita Zárate, Fernando Herrera, Raúl Nieto, Silvina Merenson, Hugo Valenzuela, Alfredo Nateras y Daniel Hiernaux que en distintos momentos discutieron las ideas que aquí expongo. La discusión sobre teoría y etnografía transnacional en México es abundante e increíblemente creativa. Algunos de los colegas que han discutido (a veces acaloradamente y por ello les agradezco doblemente) algunas de las ideas que aquí presento son Laura Velasco, Liliana Rivera, Marcela Ibarra, Patricia Zamudio, Miguel Moctezuma, Rafael Alarcón, José Manuel Valenzuela y Dahil Melgar. Angela Giglia, María Ana Portal, Néstor García Canclini y Gustavo Lins Ribeiro son colegas con quienes he reflexionado sobre los procesos de transglobalización y de esas conversaciones he aprendido enormemente. La discusión sobre fronteras, márgenes y orillas con Andrés Fábregas, Victoria Novelo, Severin Durin, Ella Fanny Quintal y María Elena Hope están plasmadas en estas páginas; gracias por permitirme participar en la Red, me siento por ello muy honrado. La investigación de procesos transnacionales requiere forzosamente de la conversación en un grupo epistémico transnacional. He sido afortunado de tener como interlocutores a colegas con quienes parti cipé en la investigación o amablemente me invitaron a discutir los textos que aquí se presentan. Entre ellos quisiera agradecer especialmente a Liliana Suárez, Nicholas de Genova, Luin Goldring, Bela Feldman, Ludger Pries, Gabriel de Santis Feltrán, Alejandra Ramírez, Mohtar El Harras, Alejandro Grimson, Menara Lube, Stephanie Schtütze, Sanjeev Khagram, Peggy Levitt y Nina Glick Schiller.
Este libro es resultado de la reflexión que surge del vínculo entre la experiencia propia de la investigación y el aprendizaje emanado del proceso de la enseñanza en el Seminario de Estudios Transnacionales, por lo que agradezco a mis colegas (que antes fueron alumnas y alumnos) cuyas tesis he dirigido, y otras y otros que participaron en los proyectos de investigación que he coordinado, por el privilegio de haber trabajado con ustedes.
En la primera fase del programa de investigación participaron con temerario entusiasmo en el primer proyecto Formación de Comunidades Transnacionales Mixtecas Erik Mercado, Atzimba Rodríguez, Ulises Revilla, Fredi García y Jorge González. En el proyecto que siguió sobre Gobiernos Municipales en el Contexto Transnacionales fueron investigadores Shinji Hirai, Julio Morales, Yuribi Ibarra, Ernesto Hernández, Ariana Estrada, Fabiola González, Esteffany Espinosa, Alma Reyes y René Ruiz.
En la segunda fase del programa participaron en el proyecto Transnationalism Social Exclusion and Citizenship Yerko Castro, Georgia Melville, Rocío Gil, Adriana Zárate, Maximino Matus y Adriana Ruiz. En el proyecto Dynamics of Transnational Communities Karina Pizarro, Paula Regueiro, Nancy Wence, Adriana Aguilar, Daniela Oliver, Christian Torres, Emmanuel Calderón y Lilia Pérez. El proyecto Toward the Construction of a Social Technology of Change fue el espacio donde trabajé con Amina El Mekaoui, Rogelio Córdova, Hugo Arriaga, Julio César Ibarra, Iveth Moreno, Andrei Ornelas, Emilia Ramírez, Alejandra Pérez, y Gabriela Montoya.
La tercera fase de la investigación arrancó con la iniciativa de construir un proyecto sobre La Formación de la Ciudad Transnacional de Daniela Reyes, Tatiana Lara, Ximena Alba, Sandra Tafolla y Rosario Mata. El segundo proyecto de esta fase, La Ciudad Transnacional Comparada, contó con la participación de Edith Herrera, Sandra Guillot, Leonardo Salas, Maribel Romero, Anahí Jiménez, Mónica Cinco y Lilia Solis. No fueron alumnas cuyas tesis yo dirigiera, pero la participación de Areli Veloz, Valentina Glockner y Lorenia Urbalejo en esta fase del seminario fue muy importante también para mi reflexión. El proyecto Convergencias Urbanas Transnacional/Global contó primero con la participación de Miriam Vivas, Susana Cruzalta, Anabel Robles, Fernanda González Pastor, María Álvarez, César Merlín; y en un segundo momento con Paul Cuapio, Alejandra Luna, Mayra González, Gerardo Pineda, Rafael Álvarez, Valeria Mesa, Samuel Otero y Alejandra Trejo Poo.
El grupo del seminario más reciente Teoría y Práctica Alternas merece un reconocimiento especial por su acompañamiento en la lectura y revisión de algunos de los capítulos de este libro. Por ello me siento muy agradecido con Mónica Cinco, Nancy Wence, Joselín Barja, Daniela Oliver, Andrea Santiago, Anabel Robles, Rachel Lim y Mao Fukuma.
Con algunas y algunos de los alumnos mencionados he tenido la oportunidad de continuar la conversación en su tránsito por distintos niveles de su formación profesional de licenciatura y posgrado, lo cual les hace doblemente acreedores a mi agradecimiento ya que estas conversaciones se han profundizado a lo largo de los años.
Gracias a Laura Valladares, Jefa del Departamento de Antropología quién apoyó entusiastamente la construcción de este libro. También agradezco a Adriana Aguayo y Pablo Castro en las coordinaciones de licenciatura y posgrado. En el trabajo editorial y de edición han sido generosos con su acompañamiento Héctor Tejera y Norma Jaramillo, y por ello les agradezco, así como al personal de Juan Pablos Editor.
Debo un agradecimiento especial a Robert Smith quien me dio un espacio universitario en la Universidad de CUNY en Nueva York durante mi año sabático, para redactar y afinar una parte sustantiva de las páginas que aquí se presentan.
Blanca Sánchez, directora de la editorial Juan Pablos Editor, me abrió primero el espacio para construir la Colección Estudios Transnacionales donde se publica ahora este libro. Con los años se ha sumado a mi reconocimiento por su trabajo, mi agradecimiento por su generosa amistad de la que me siento a la vez afortunado y agradecido.
Hace un poco menos de doscientos años llegó a nuestro naciente país, un grupo de hermanos suizos formado por jóvenes y niños, entre ellos el primer Federico Besserer quién se estableció en la Ciudad de México y con los años puso un negocio en la calle de Pila Seca, hoy República de Chile. Desde entonces, mi familia ha ido y venido cruzando el Atlántico, haciendo de nuestra vida cotidiana un espacio transoceánico. Pero el componente principal con el que se construyó este libro ha sido el cariño enorme que me regalan diariamente Lucia, Iván y Andrés, mi familia transnacional. Ellos son el motivo de que, agradecido, me levante cada día.
INTRODUCCIÓN
Hace veinte años, en 1999, el doctor Michael Kearney y yo empezamos un proyecto de colaboración entre el Departamento de Antropología de la Universidad de California en Riverside donde él trabajaba y el Departamento de Antropología en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa donde laboro. La idea era reunir un equipo de profesores, así como alumnos de grado y posgrado para realizar investigación etnográfica en colaboración con comunidades migrantes para identificar problemas sociales transnacionales y contribuir a su solución.
A partir de ese momento, establecimos en la UAM-I un proyecto permanente de investigación sobre estudios transnacionales, creamos la Línea de Estudios Transnacionales en el Programa de Posgrado en Ciencias Antropológicas, arrancamos el Seminario en Estudios Transnacionales que ha reunido a profesores y alumnos de posgrado y pregrado en torno a proyectos de investigación colectiva sobre estudios transnacionales, y establecimos la Colección Estudios Transnacionales donde se ha publicado una parte importante de los resultados de investigación que hemos obtenido. Al conjunto de estas actividades le hemos nombrado Programa de Estudios Transnacionales y su funcionamiento ha girado en torno a proyectos de investigación colectiva que se han sucedido en el tiempo.
El libro que la lectora y el lector tienen ahora entre sus manos es el resultado de un alto que he hecho en el camino para sintetizar algunas de las líneas de reflexión con las que desde mi punto de vista el Programa de Estudios Transnacionales ha contribuido a la construcción de una orientación teórica y analítica de los estudios transnacionales. En este sentido, el libro se propone como una síntesis del trabajo realizado en estos años, pero también como una guía para los nuevos interesados en esta corriente de pensamiento y acción social.
La polisemia de la palabra “clave” usada en el título de este libro, es útil para sugerir distintas formas en que puede ser leído este trabajo en torno a los estudios transnacionales, producto de la reflexión institucionalmente situada en un departamento de antropología.
La primera lectura posible de este texto es abordarlo selectivamente por “palabas clave”. En este sentido los títulos de los ca pítulos orientan para el acercamiento a lo que considero temas y problemas centrales de los estudios transnacionales en este momento.
La segunda aproximación posible emplea la palabra “clave” (como se usa en la música) para exponer las interpretaciones diferentes que pueden hacer cada una de las afinaciones o temples de las corrientes de pensamiento que dialogan en el campo de conocimiento que llamamos estudios transnacionales. Así pueden apreciase armonías y disonancias entre los estudios culturales y el transnacionalismo migrante; y puede también comprenderse la manera diferenciada en que distintas epistemologías feministas contribuyen a la interpretación de una misma problemática transnacional.
Un propósito central de este libro es precisamente contribuir a la construcción de mediaciones entre estas posturas en tensión que participan en la construcción de los estudios transnacionales. Es así que el texto contribuye también con claves o mapas para construir una posible articulación entre corrientes de trabajo distintas, como podrían ser por un lado los enfoques que han estudiado procesos sociales desde la perspectiva de la globalización, y por otro lado los estudios que han enfatizado en las dinámicas de transnacionalización de las sociedades contemporáneas.
Este libro también sostiene la idea de que en el momento actual nos encontramos ante un vertiginoso cambio en la lógica con la que está cifrado el mundo contemporáneo. En este sentido los capítulos del libro ofrecen claves para el análisis y desciframiento de los nuevos códigos con los que se construye la lógica cultural y afectiva actual.
El libro está dividido en ocho capítulos que pueden ser leídos por pares, generalmente uno de los capítulos presenta una síntesis de materiales en clave teórica, mientras que otro capítulo se enfoca en la presentación en clave etnográfica de ideas relevantes para los estudios transnacionales.
El primer capítulo introduce a la lectora y al lector a una revisión de distintas posturas teóricas cuyos aportes han contribuido a la construcción del campo de los estudios transnacionales. El recorrido teórico empieza por los primeros usos del concepto transnacional en la antropología y continúa rastreando los aportes desde la perspectiva transnacional en otras disciplinas. La propuesta de este capítulo es que los estudios transnacionales deben ser entendidos como un diálogo entre corrientes de pensamiento que atraviesan distintas disciplinas, que estudian procesos sociales comunes, pero que han mantenido una tensión que ha permitido resolver sesgos interpretativos y metodológicos en distintos momentos del desarrollo del pensamiento transnacional. Este capítulo se centra en el diálogo de dos corrientes de pensamiento, por un lado los trabajos que han sido reunidos bajo el concepto de “transnacionalismo migrante” y por el otro lado las corrientes de pensamiento que giran en torno a los “estudios culturales”. El capítulo propone la importancia de construir una mediación entre ambas posturas. Esta teoría de la mediación delinea por un lado puentes que facilitan la discusión teórica; por otro lado aboga por un diálogo en el plano metodológico para lo cual propongo un enfoque desde la simetría que he denominado “etnografía especular”; y finalmente invita a una discusión sobre los profundos cambios que vive la sociedad contemporánea que obligan a repensar la manera en que entendemos y nombramos aquello que en nuestras investigaciones hemos dado por un hecho como el cuerpo y los sentimientos.
El segundo capítulo revisa algunos de los aportes que ha hecho el feminismo al diálogo que conocemos como estudios transnacionales. El capítulo nos muestra cómo las reflexiones desde la teoría feminista de la ciencia y sus aportes sobre epistemología y método han sido de gran utilidad para explicar las distintas posturas de las corrientes de pensamiento transnacional identificando así un empirismo duro que dio como resultado la crítica al nacionalismo metodológico y por el otro lado, un transnacionalismo de ruptura que desde la experiencia diaspórica gestó una corriente de pensamiento que se distanció de las posturas disciplinarias clásicas sobre la migración. El capítulo recorre algunas de las reflexiones más significativas del feminismo en clave transnacional, como son el feminismo transnacional, el feminismo diaspórico y el transfeminismo. En este capítulo el método de exposición que elegí fue la revisión de la forma en que distintas posturas teóricas del feminismo permitieron a nuestro proyecto avanzar y complejizar nuestro conocimiento sobre la realidad transnacional que estudiamos. Así, la geografía feminista crítica nos permitió construir una fórmula para la comprensión del espacio y la geografía que habitan las comunidades transnacionales, la discusión desde la filosofía política feminista fue central para comprender los cambios en los sistemas de gobierno indígena transnacional, y la teoría feminista sobre el conocimiento llevó nuestra atención al estudio de la subjetividad y los sentimientos como una dimensión fundamental para comprender las contiendas de poder en el ámbito de la vida transnacional.
La ruptura epistémica que significó la conformación de los estudios culturales como una forma de entender el mundo desde la experiencia de los sujetos diaspórico abre el segundo bloque del capitulado con un trabajo dedicado a la revisión de un concepto clave que es el de la diáspora entendida como el entramado de la vida y el conocimiento transnacionales, pero también como una categoría en contienda política. Para empezar, el concepto de diáspora es tal vez el que mejor explica cómo es que los estudios transnacionales no son solamente estudios sobre la migración, ya que las diásporas pueden estar formadas por generaciones de descendientes de aquellos que alguna vez migraron, o pueden ser formas de identidad a las que las personas llegan en un momento de su vida, sin haber tenido una experiencia propia de movilidad importante. Desde esta perspectiva, los estudios transnacionales pueden incluir a la migración y a la movilidad pero también pueden no hacerlo. Este capítulo hace un breve recorrido de los estudios de la antropología mexicana, la importancia que esta ha tenido en la construcción de las formas en que entendemos a la nación mexicana, y el papel que el estudio de las diásporas y la migración han tenido para el cambio tanto de la antropología como de la nación mexicana en distintos momentos de la historia. Hoy en día, México aparece como un país cuyo Estado reconoce como propios a su diáspora formada por sujetos que frecuentemente detentan otra nacionalidad y otra ciudadanía. Sustentada en estudios que hemos hecho en el Seminario de Estudios Transnacionales, el capítulo describe la tensión entre las Diásporas (con mayúscula) como sujetos construidos desde la nueva hegemonía transnacional, y los sujetos cuya condición diaspórica (con minúscula) sigue siendo subalterna y cuyas vidas siguen estando en los márgenes en pleno siglo XXI.
El segundo concepto clave de este bloque es el de “regímenes de sentimientos”. Este trabajo inició como una reflexión sobre los cambios en una comunidad transnacional indígena, que nos permitió comprender cómo los cambios políticos están acompañados (y a veces son antecedidos) por cambios en el régimen sentimental que da sustento a dicha forma de gobierno. Propongo en esta sección que la relación entre gobierno y sentimientos es circular, un sistema de poder produce sentimientos, pero el sistema de poder está estructurado sobre un entramado de sentimientos. A esta circularidad es que le hemos llamado “regímenes”. El apartado distingue entre afectos (aquellos que tienen un efecto que crea subjetividad), sentimientos (que se constituyen en herramientas para darle sentido a la realidad aun cuando no pueda ponerse esta en palabras) y emociones (que son parte de las tecnologías del yo en una sociedad de control). El texto se aleja de las interpretaciones que ven una economía política de los afectos como inescapable, para explorar las tensiones entre los regímenes y las experiencias pre-performativas, así como la experiencia en la yuxtaposición de regímenes, para explicar las contiendas de sentimientos que encontramos en un momento dado, y la posibilidad de la subversión del orden afectivo. El capítulo recorre distintas contribuciones hechas desde el Seminario de Estudios Transnacionales para ejemplificar las contiendas de sentimientos en el contexto transnacional contemporáneo.
El siguiente par de capítulos gira en torno a la reflexión sobre el cuerpo en el contexto transnacional. El primero de estos capítulos se refiere al “cuerpo de la nación”. Este capítulo se sitúa en un momento en que el mundo es aquejado por el drama de la desaparición de cientos de miles de personas en el marco de la migración. Se trata de un fenómeno macabro que tiene lugar lo mismo en las rutas de tránsito que atraviesan por el Mar Mediterráneo, que en el Continente Americano, notablemente en eso que algunos autores han llamado la Zona Gris de la migración que incluye desde la frontera sur de los Estados Unidos hasta Centro América. En este contexto, se encuentran por un lado la demanda por la presentación con vida de los desaparecidos o la correcta identificación de quienes han fallecido; y por el otro lado, un nuevo sistema de control generalizado de la población que pasa por el registro de los datos biométricos de los cuerpos. En ambos casos se trata de la transformación de la manera dominante de concebir el cuerpo, ahora reducido a un sistema de signos y códigos. Así, mientras los estados desarrollan sistemas sofisticados de captura, sistematización, guardado y gestión de los códigos que se asocian con los cuerpos que configuran a la nación; los movimientos que pugnan por los derechos de los migrantes demandan el uso de nuevas tecnologías para la identificación del mar de cuerpos que se esparcen sin reconocimiento desde el territorio sur de los Estados Unidos y los países del así llamado Triángulo Norte Centroamericano. El capítulo invita a reflexionar desde los estudios transnacionales, sobre el lugar político que ocupa la ciencia en el momento actual, y sobre las implicaciones de las nuevas formas de construcción del cuerpo en el contexto transnacional entre la búsqueda del reconocimiento y la codificación de los cuerpos para la construcción de grandes bancos de datos que posibilitan el control de la sociedad contemporánea.
El sexto capítulo vuelve sobre la idea del cuerpo. Parte de la idea de que existen diversas formas de construcción de la corporalidad en un momento específico y explora la manera en que los migrantes atraviesan por distintas formas de construcción hegemó nica del cuerpo. El trabajo parte de una historia de vida migratoria para seguir los distintos tránsitos o transmigraciones de una per sona por distintas corporalidades. La narrativa nos lleva de las formas indígenas de construcción del cuerpo discontinuo en el espacio, y vinculado a fuerzas que le proporcionan protección; para continuar por la construcción del cuerpo unificado sometido a la disciplina de las instituciones de la modernidad. Este cuerpo disciplinado es primero el lugar donde la escuela deposita el conocimiento, pero después víctima de un secuestro, de ese mismo cuerpo se intenta con la tortura arrancar conocimiento. El capítulo continúa explorando el tránsito del narrador por las instituciones posmodernas de la agroindustria donde los frutos y los cuerpos son representados como sistemas de códigos plasma dos en mapas genéticos capaces de sufrir transformaciones, y sujetos a la exigencia de flexibilidad. Esta reflexión concluye con la imagen del narrador como un ciborg, cuyo cuerpo se expande transnacionalmente por las ondas electromagnéticas de la radio, y explicando en una entrevista la manera en que la solidaridad internacional logró rescatarle de sus captores. Se trata, en síntesis de un recorrido por las luchas culturales por el cuerpo en el capitalismo tardío.
Los dos últimos capítulos nos ofrecen claves para entender y estudiar la geografía de los sujetos transnacionales en el mundo actual. Contrario a lo que algunos críticos han sostenido, los estudios transnacionales lejos de abandonar el interés sobre el espacio, el lugar, y el territorio, han dado a la reflexión geográfica un lugar de central importancia. La idea de des-territorializar el método ha consistido en no asumir como dada la noción de que partiendo de una demarcación geográfica, encontraremos a una colectividad que comparte sistemas culturales y de poder (análoga a la forma en que se piensa a los estados-nación como un territorio, una nación y un sistema de poder que le gobierna). El proceso de los estudios transnacionales ha sido precisamente el inverso, estudiar a los sujetos para poder comprender su geografía. Es así como llegamos primero a la idea de las comunidades transnacionales como habitantes y constructoras de espacios formados por archipiélagos de localidades dispersas y no siempre contiguas. A la representación gráfica de estas nuevas geografías les llamamos topografías transnacionales. Este capítulo es un recorrido por algunas fórmulas que la antropología encontró desde finales del siglo XX para escapar al estudio de comunidades autocontenidas, para explorar distintas formas de construir las conexiones con la sociedad mayor, como fue el uso del concepto de “región”. El capítulo revisa aproximaciones geográficas vinculadas al estudio de la vida transnacional como son los conceptos de zona fronteriza, región migratoria y de región transnacional.
Esta última sección enfocada en temas espaciales, termina con la discusión sobre la tensión entre los estudios que enfatizan en los procesos de globalización, y las aproximaciones que exploran la realidad en clave transnacional. En la misma lógica de una teoría de la mediación con la que arranca el primer capítulo de este libro, este último texto propone buscar mecanismos de articulación entre los enfoques globales y los enfoques transnacionales para la construcción de un enfoque transglobal. Este último capítulo presenta como ejemplo de una posible convergencia entre los estudios en clave de globalización y estudios en clave transnacional, un proyecto en curso sobre capitalismo cognitivo en la Ciudad de México. En este texto se presentan distintos ejemplos etnográficos de cómo los saberes que se producen en el entramado que conocemos como la ciudad transnacional contribuyen a la construcción, sostenimiento y cuidado de la red de ciudades globales.
El propósito de este libro es sistematizar algunos de los conocimientos que hemos adquirido durante dos décadas de investigación colectiva en el marco del Seminario de Estudios Transnacionales y ofrecer una síntesis conceptual para contribuir a la construcción del campo de conocimiento de los estudios transnacionales.
En la portada de este libro el pintor sanmiguelense Renato Rivera plasma la lucha de la población transmigrante boliviana en España con una presencia activa y en busca de una vida digna. Con el trabajo etnográfico en México y otras regiones del mundo aprendimos de experiencias como la plasmada por don Renato, y espero que el contenido de este libro contribuya no solamente al conocimiento sobre la realidad transnacional contemporánea, sino también a su transformación.
1. ESTUDIOS TRANSNACIONALES: UNA PROPUESTA DESDE LA ANTROPOLOGÍA*
Este capítulo tiene por objetivo introducir al lector a la historia de los estudios transnacionales. En particular, me interesa explorar las relaciones entre los estudios sobre el transnacionalismo y los estudios culturales. Más adelante en este libro incorporaré otros enfoques teóricos como el feminismo y los estudios poscoloniales que han sido importantes en la construcción de este enfoque de estu dio. La bibliografía es vasta y las contribuciones vienen de distintas disciplinas. En este capítulo, como en el resto del libro, mi reflexión surge desde la práctica de la antropología. Sostendré que los estudios sobre el transnacionalismo y los estudios culturales han teni do momentos de confrontación y que en estas discusiones se han influido mutuamente de manera positiva. Expondré esta relación desde mi propia experiencia en el marco de la antropología. El capítulo concluye con una preocupación sobre la manera en que el surgimiento de actores transnacionales está formando parte de una nueva fórmula hegemónica de funcionamiento de la economía y de la política, y por ello propondré la importancia de que la discusión en los estudios del transnacionalismo y en los estudios culturales ayude a la construcción de una teoría crítica del momento actual, para lo que propongo cinco líneas de trabajo, que orien tan los trabajos que aparecerán a lo largo del libro, entre las que destacan una teoría transnacional de la mediación y una etno grafía especular.
LA CRISIS DISCIPLINARIA DE LA ANTROPOLOGÍA Y EL SURGIMIENTO DE LOS “ESTUDIOS TRANSNACIONALES”
Los primeros usos del concepto “transnacional” en la antropología los podemos ubicar en las primeras décadas del siglo XX cuando Edward Sapir usó el concepto “transnacional” para reflexionar sobre los procesos de carácter económico y político que enmarcaban los cambios culturales de la época. Sostenía Sapir que no era posible pensar en una “cultura” internacional generalizada, pero las culturas “nacionales” tampoco parecían tener posibilidades de establecerse como tales sin un empobrecimiento cultural. En el futuro, pensó, los individuos se vincularían más bien a “una serie de culturas autónomas”, ya que “Nueva York, Chicago y San Francisco tendrán cada una sus propias formas culturales” enmarcadas en este contexto transnacional (Sapir, 1924:428429).
Una de las líneas de la genealogía del concepto “transnacional”, como lo uso en este libro, se remonta a años más tarde y está relacionada con el pensamiento crítico de la antropología que, posterior a la Segunda Guerra Mundial, se preocupó por construir una mirada crítica capaz de pensar en fenómenos de escala mundial como el surgimiento del capitalismo y desde ahí repensar a la antropología misma en el marco de una crítica al colonialismo. En 1946, estudiantes de la Universidad de Columbia en Nueva York, con una perspectiva antropológica crítica, formaron la “Mundial Upheaval Society”. Entre los miembros del grupo se encontraban Sidney Mintz y Eric Wolf. Wolf dijo de su experiencia que “lo que le gustaba del grupo era la mirada de gran escala [...]” (Hakken y Lessinger, 1987:6). El pensamiento de estos y otros antropólogos, como Ángel Palerm, asociados a lo que en este periodo de la posguerra se llamó eufemísticamente “economía política” se acercó a la discusión de la teoría del “sistema mundo”, y siendo críticos de la misma hicieron propuestas alternas a su eurocentrismo. Así, Eric Wolf (2005) trabajó sobre “la gente sin historia”, Sidney Mintz (1996) analizó el papel del trabajo de las comunidades caribeñas en la construcción del capitalismo a escala mundial, y Ángel Palerm (2008a) propuso un modelo para comprender el papel central del campesinado en la conformación del primer sistema mundo.
En el marco de esta discusión crítica sobre los procesos de escala mundial, prologado por E. Wolf, Ángel Palerm (2008b) sostuvo en 1980 que tanto el marxismo como la antropología estaban en una crisis, sesgados por un velo ideológico asociado a la figura del Estadonación. Explicó que la antropología había tomado formas propias en Inglaterra, Francia y Estados Unidos, ligadas a su papel dentro del colonialismo. Concomitantemente, afirmó, el marxismo estaba atrapado en las ideologías de los países en el que el socialismo estaba dominado por una nueva clase asociada al aparato político y tecno administrativo del Estado.
Palerm propuso que el marxismo necesitaba de la antropología para comprender y escapar del nacionalismo, pero la antropología necesitaba del marxismo para construir un marco conceptual que se alejara del colonialismo. Desde mi punto de vista, Palerm describe un proceso que se estaba dando ya en ese momento. Un proceso de construcción de estudios “transnacionales” tanto en el plano de la escala de investigación como en el plano de la transformación de la disciplina misma.
En la antropología, el “nacionalismo disciplinario” estaba arraigado en distintos niveles. El primero de ellos se relacionaba con la estructura misma de la disciplina según se organizaba en cada país. La antropología social británica estaba conformada por tres subdisciplinas: la antropología económica, la antropología política y la antropología simbólica. La antropología se alineaba con otras disciplinas como la economía, la ciencia política y la sociología, pero estudiaba “otras sociedades”. Las subdisciplinas de la escuela culturalista estadounidense, en cambio, eran la arqueología, la antropología física, la antropología lingüística y el estudio de la cultura. La etnología francesa no compartía tampoco la misma estructura disciplinar.
Los cambios en la disciplina que anunciaba Palerm operaban ya en varios niveles. En el caso de la antropología británica, la vuelta de la mirada hacia la metrópoli como un campo de estudio de la cultura en parte impulsada por los historiadores marxistas, y en parte por el escrutinio de los sujetos coloniales sobre la sociedad británica, pusieron en entre dicho la distinción yootro, no sólo como campos de estudio, sino como una división tácita entre el sujeto cognoscente y las sociedades por conocer. Esta tensión cuestio nó las fronteras disciplinarias que dividían el campo del conocimiento entre la metrópoli y sus colonias, transformó la jerarquía del grupo epistémico cognoscente respecto a las sociedades “por conocer” y cambió el “objeto” de estudio de las disciplinas, dando como resultado el surgimiento de los “estudios culturales” como una propuesta crítica, confrontativa y transdisciplinaria en aquel país.
En el caso de la antropología estadounidense, se cuestionó el supuesto de que se podía pensar a las culturas como si estuviesen contenidas dentro de un territorio (como las naciones dentro de un territorio nacional), para demostrar que las culturas se extendían más allá de las fronteras y que, por lo mismo, debíamos entender a los “territorios” como “zonas fronterizas” de convergencia social, y yuxtaposición de culturas en condiciones de desigualdad de poder (Gupta y Ferguson, 1992). El estudio de las “zonas fronterizas” y las relaciones transculturales rompió con lo que años más tarde Andreas Wimmer y Nina Glick Schiller (2002) llamarían “nacionalismo metodológico”, y fue el espacio de trabajo de sujetos autoadscritos a identidades complejas, como los antropólogos chicanos, quienes introdujeron el herramental de la crítica literaria para el estudio de la cultura, reconfigurando la alianza subdisciplinaria e introduciendo a la literatura como un campo que atravesó el conocimiento en todas las subdisciplinas. Esta “antropología con literatura” fue una de los cambios que llevó a la formación de los “estudios culturales estadounidenses” (Rosaldo, 1985, 1994).
La ruptura del nacionalismo disciplinario de la antropología se dio en varios niveles: la reorganización subdisciplinaria, el cuestionamiento de las fronteras entre disciplinas, la aparición de un nuevo sujeto cognoscente y el reconocimiento de las diferencias de poder y el carácter político de la cultura.
CONFLICTOS E INTERPELACIONES
Transnacionalismo: paralelismos interdisciplinarios
El esfuerzo por romper con el “nacióncentrismo” no fue un proceso único de la antropología, sino que se realizó en distintas disciplinas, y por ello el proceso llevó a una conversación interdisciplinaria, donde el concepto “transnacional” tiene connotaciones diferentes según el contexto académico del que proviene.
Nye y Keohane (1971), por ejemplo, escribieron sobre el problema del “Estadocentrismo” de la ciencia política, que tomaba a los Estados como los actores de las relaciones internacionales. Estos autores usaron el concepto de “transnacional” para invitar al estudio de las relaciones interdomésticas, al estudio de las redes de organizaciones civiles que trascendían las fronteras nacionales y al estudio de geografías como las aguas internacionales y el espacio exterior. Con este concepto se ampliaba la investigación a los planos supranacionales y subnacionales.
Desde la historia se usó el concepto “transnacional” como una categoría que diera cuenta del cambio en la relación entre Estado y nación (Tyrrell, 2001). Así, el concepto “transnacional” se usó para referir desde los momentos prenacionales, hasta la época contemporánea en que los Estados crecientemente reconocían a sus diásporas y con ello se construía un cambio en la relación entre Estado y nación, como la conocíamos, para dar paso a un proceso que algunos llamaron posnacional (Feldman Bianco, 2015).
Desde la antropología se criticó el “nacionalismo metodológico” (Wimmer y Glick Schilller, 2002), se propuso el concepto de “transmigrante” (Glick Schiller et al., 1992) para enfatizar la continuidad de los vínculos construidos y mantenidos por los sujetos a lo largo del tiempo, y se realizó etnografía sobre comunidades transnacionales (Kearney y Nagengast, 1989; Georges, 1990; Besserer y Kearney, 2006) y circuitos transnacionales (Rouse, 1989), entre otros avances. Esta mirada antropológica se encontró con otros trabajos realizados también desde las ciencias sociales, como el trabajo sobre identidad y liderazgo de Laura Velasco (2015, 2002). Una vertiente de esta investigación centrada en la migración fue desarrollada como “trasnsnacionalismo migrante” (Vertovec, 2006).
“Transnacional” se volvió entonces un concepto polisémico que podría significar (para mencionar sólo algunos usos) “no estatal”, “transfronterizo” o “más allá del momento histórico del Estadonación como lo conocemos”. Éste fue el inicio de un proceso de tendencias disciplinarias paralelas que llevaron a una corriente de pensamiento que algunos llamaron “transnacionalismo” (Glick Schiller et al., 1992).
Estudios culturales: yuxtaposiciones transdisciplinarias
Si el transnacionalismo fue un proceso que describe los cambios en las disciplinas, otros cambios venían desde los márgenes de las mismas. Éste es el caso de los estudios culturales británicos que según lo explica Stuart Hall (1990b) surgen de distintas situaciones en los márgenes disciplinarios. La primera de ellas fue que se trataba de “profesores extramuros” cercanos al movimiento obrero de la época que venían de la práctica política a la academia. La segunda de ellas fue que algunos de estos académicos no provenían del centro del poder británico, sino de la vida rural (como Raymond Williams) o de las ex colonias (como el propio Stuart Hall). Finalmente no ingresaron a la estructura disciplinaria, sino a un centro formado por Richard Hoggart en Birmingham, donde uno de los temas centrales fue comprender cómo la cultura de masas estaba transformando lo que E.P. Thompson llamaba la “cultura de clase” de los trabajadores (1978).
El centro fue un lugar de convergencia de dos tipos de crisis disciplinarias. Por un lado, la crisis de las humanidades en un país “posimperial” que debía repensar la manera en que se construía a sí mismo. Esta reconceptualización sucedió principalmente a través y dentro de las estructuras disciplinarias de las humanidades en universidades como Cambridge, encargadas de velar por la “lengua inglesa”. Por el otro lado, las ciencias sociales como la sociología no comprendieron el lugar central que ocupaba el cambio cultural en la transformación del lugar político y económico de la sociedad inglesa de la época. Es así como la cultura aparece como un tema preponderante en el centro de dos crisis disciplinarias, y para su estudio se incorpora desde la historia hasta la antropología (creando un enfrentamiento con la división del trabajo que proponía que la antropología era para el estudio de “los otros”) y a los autores marxistas como Gramsci y la Escuela de Frankfurt. Había una teoría que construir, y esto, nos dice Hall, no se realizó en la encumbrada oficina de los profesores, sino en otra “orilla” del aparato disciplinario que es el aula, con los recién llegados a la formación universitaria. El caso de Birmingham ilustra la convergencia y yuxtaposición de dos crisis disciplinarias, la de las ciencias sociales y la de las humanidades que explican el carácter no “inter” sino “trans” disciplinario de los estudios culturales. Aquí tomo la idea de trans como en transculturalidad, en el sentido de dos procesos que se informan mutuamente y se transforman en un marco de desigualdades jerárquicas.
La ruptura epistémica
Una discusión que iniciaran Nina Glick Schiller y George Fouron (1990) en torno al concepto de “diáspora” me parece que puede ser útil para describir un “quiebre epistémico” (para usar el concepto de la epistemología feminista) que se da a inicios de los años 1990 entre las tendencias disciplinarias que usaron el concepto de “transnacionalismo” y aquella versión que incluye a las posturas transdiscipinarias que hemos denominado “estudios transnacionales”.
En este contexto surgen tres posturas transdisciplinarias en el escenario de la discusión sobre los procesos transnacionales asociadas con quienes podríamos referir como teóricos que escribían desde sus propias condiciones descentradas. Por un lado, los estudios culturales que pusieron en el centro el concepto de “diáspora” y el de “intelectual diaspórico”. Estas posturas proponen romper con los estudios “nacionales” y usan nuevos referentes geográficos o “formaciones transnacionales”, como El Atlántico Negro (Gilroy, 1993). Es una mirada que sostiene la posibilidad de construir conocimiento a partir de la “experiencia diaspórica” (Morley y Chen, 1996). Por otro lado, los estudios poscoloniales que cuestionaron las categorías que usamos para conocer la realidad, vengan éstas de la experiencia o de la abstracción académica, para proponer que había que iniciar por la crítica de la representación, como lo hizo Said en su trabajo sobre el “Orientalismo” (Said 1990). Este giro le permitió a los estudios poscoloniales criticar la figura del “nativismo” como una construcción de los intelectuales poscoloniales, que se representan a sí mismos y su país con las imágenes que el imperio construyó sobre la colonia (Spivak, 1989). Por su parte, me parece que el feminismo contribuyó a la construcción de una epistemología del transnacionalismo que permitió estudiar a profundidad los nacionalismos y su papel en la construcción de categorías científicas y propuso incluir el análisis del texto antropológico como parte de la ecuación crítica (Grewal y Kaplan, 1994; Brah, 1996).
Alejamiento entre transnacionalismo y estudios transdiscipinarios
La discusión entre el transnacionlismo y lo que hemos llamado las posturas transdisciplinarias tuvieron momentos de diálogo productivo. Un ejemplo de ello lo encontramos en la reunión que, auspiciada por la Fundación Wenner Green, se dio en Mijas, España, en 1994, con el título “Transnationalism, NationState Building, and Culture”, con la presencia de Bela Feldman Bianco, Partha Chatterjee, Nina Glick Schiller, Stuart Hall, Michael Kearney y Aihwa Ong, entre otros, que marcaba un momento en que se hacía posible la construcción de un acercamiento que produjera una mirada multifacética desde los estudios transnacionales.
Sin embargo, desde la perspectiva de la antropología este proceso se dio en un periodo de crisis al que se denominó el “momento experimental de la antropología” (Marcus y Fischer, 1986), en el que crecieron, al decir de Marcus (1995), las “ansiedades metodológicas”. Los cambios disciplinarios que provocó empujaron, en algunos casos, a la antropología a un punto de ruptura. Al menos éste fue el caso en el departamento donde yo estudié, donde se formaron dos departamentos de antropología: uno como “ciencia antropológica” y otro con una mirada crítica de las posiciones “objetivistas” de la disciplina (situación que perduró durante diez años). Esta tensión en la antropología se expresó en las posturas del transnacionalismo disciplinario en contra de las posturas transdiciplinarias, en particular la de los estudios culturales, y puede encontrarse en los argumentos de dos autores de gran relevancia para el pensamiento transnacional: Michael Kearney y Aihwa Ong.
La preocupación de Michael Kearney (2004a) tenía que ver con el papel de la disciplina antropológica para poder comprender lo humano de una manera “robusta”. Él trabajaba en el Departamento de Antropología de la Universidad de California en Riverside, organizado en los cuatro campos: arqueología, antropología física, antropología lingüística y antropología cultural. Su preocupación era que él identificaba fuerzas centrífugas dentro de la antropología que tendían a separarla por subdisciplinas. El advenimiento de los “estudios culturales” agregaba una tensión adicional entre una antropología humanística y una científica. Esta tendencia a la separación, pensaba él, era probablemente uno de los retos más significativos para la antropología, y fue la razón por la cual adoptó una opinión crítica de cara a los “estudios culturales”, los cuales percibía como una postura que subestimaba la importancia del sustrato biológico de los humanos y del entorno ecológico. Esta problemática ha sido un tema de discusión importante en la literatura estadounidense (Segal y Yanagisako, 2005). Kearney propugnaba por el enfoque de los cuatro campos en la antropología; al mismo tiempo, pensaba, se requiere mantener el enfoque que estudia las bases materiales de la existencia y los enfoques humanísticos que la interpretan como parte de un mismo cuerpo de pensamiento. Estos dos ejes de integración eran la premisa para una teoría integral que permitiese un análisis holístico de lo humano. Éste, según él, era un problema teórico, pero también un problema de la socio logía de la ciencia, pues la disciplina requiere de grupos epistémicos de investigadores que puedan interactuar para pensar en sintonía.
Aihwa Ong, otra prominente antropóloga estudiosa de la transnacionalidad, se expresó también de manera contundente en contra de los “estudios culturales”, los cuales, veía ella, se alejaban de las “grandes narrativas” y con ello de la capacidad de estudiar los aspectos materiales de la condición transnacional. Su argumento fue que el acercamiento de los antropólogos con las humanidades después de la Guerra Fría cedió terreno a posturas que tomaron el estudio de la cultura como texto, generando un discurso “poscolonial elitista que ignora las estructuras de poder en la construcción de la identidad y el cambio social” (Ong, 1999:241). El riesgo, sostenía Ong, era que el resultado de este diálogo interdisciplinario fuese una “antropología ‘lite’ que no fuera capaz de capturar el juego entre ‘cultura y formas materiales de vida’” (Ong, 1999:242). Desde sus primeros estudios, el trabajo de Ong se caracterizó por su interés en el papel de la cultura para comprender la dinámica entre subordinación y resistencia en contextos laborales. Recurrió al instrumental de Foucault para estudiar la relación entre cultura y capitalismo, destacando el papel de las “microtecnologías de poder” con las cuales los sujetos del capitalismo se regulan a sí mismos (Foucault, 1988a:83). Debido a que Foucault no analizó directamente las relaciones entre las prácticas discursivas y la reproducción sistémica del capitalismo, también recurrió Ong al trabajo de Frederic Jameson para explicar que la reproducción cultural tiene una base en la reproducción simbólica del capitalismo (Jameson, 1991:291).
Interpelaciones desde los estudios culturales
Es interesante observar que desde sus primeros trabajos, Ong comparte con autores de los irónicamente llamados “estudios culturales estadounidenses” el interés por la teoría de Foucault (v. Rosaldo, 1994) y por el trabajo de Frederic Jameson, cuya crítica sistemática a la “lógica cultural del capitalismo” ha sido asociada con los estudios culturales. En la práctica, me parece, los estudios culturales han hecho el mismo llamado que Ong al estudio de lo que algunos han denominado “las condiciones materiales”, y otros hacen este llamado a no dejar fuera la interacción entre el sujeto y la “estructrura”. Para ello voy a exponer brevemente dos posturas, la de Paul Gilroy y la de los así llamados “estudios culturales latinoamericanos”.
En los estudios culturales hay un uso reiterado del concepto “transnacional”. Por ejemplo, Paul Gilroy propone que El Atlántico Negro es una “formación transnacional e intercultural” (Gilroy, 1993:IX). El concepto “transnacional” ha sido usado tanto en oposición a los movimientos “nacionalistas” que reclaman que son una nación como en el caso del afronacionalismo; como por los “etnicistas” que proponen que son una “etnia”. Por eso, El Atlántico Negro es una propuesta metodológica explícitamente transnacional e intercultural que propone romper con el “nacionalismo” como ideología y como metodología analítica, y con el “etnicismo” por su mirada esencialista.
El transnacionalismo de la población que fue construida como “negra”, propone Gilroy, se facilitó irónicamente por el carácter transnacional de la venta de esclavos. Los esclavos venían de muchos países y de muchas religiones, lo que derivó en posiciones fragmentadas. Por esta razón, Gilroy propone que es mejor considerar la posibilidad de una unidad “intercultural y transnacional”, es decir que el reconocimiento no debe basarse por el lugar de origen, o porque unos sean más “étnicos” que otros. De ahí que “El Atlántico Negro” es un concepto que rompe con la nación y con el absolutismo étnico para constituirse como intercultural y transnacional.
Las “estructuras transnacionales” que crearon al “mundo negro” han sido sustituidas, propone él, por un entramado transnacional de sistemas de comunicación. El concepto de “diáspora” se vuelve central para el proyecto de Girloy, quien ve al concepto como una propuesta teórica que permite el contrapunteo (un concepto antes usado por el caribeño Fernando Ortiz) (Ortiz, 1983) entre sus especificidades particulares y la sensibilidad común derivada de su experiencia de la esclavitud racializada en el Nuevo Mundo.
Girloy llama a estudiar los procesos transnacionales en dos planos, como una dinámica que se produce en el contrapunteo intercultural que caracteriza a la diáspora y que explica su “doble conciencia”, y como una forma de caracterizar a las condiciones materiales (como el esclavismo y la industria cultural), que son el contexto estructural en que se producen las dinámicas culturales. El trabajo de Paul Gilroy se enfoca en el intelectual transnacional cuyas experiencias están en la base de las innovaciones teóricas del transnacionalismo. Entre estos intelectuales diaspóricos están aquellos que en el pasado vivieron una experiencia de esclavitud y aquellos que en el presente producen en las industrias de la comunicación y las industrias culturales.
La postura de Gilroy, desde los estudios culturales, es reconocer la importancia del contexto material que contribuye a la construcción de la condición transnacional. Sin embargo, no profundiza en el análisis de este contexto, lo que ha sido la prioridad de autores del enfoque transnacionalista como Ong. En cambio, Gilroy sí prioriza en su análisis, cómo la experiencia vivida en la condición transnacional ha hecho aportes desde los márgenes al conocimiento académico; aportes que resultan frecuentemente en confrontaciones con el aparato disciplinario.
Me parece que entre los aportes de Ong y de Gilroy podemos pensar en la importancia de construir una teoría de la mediación en el capitalismo contemporáneo, en la que converjan los aportes disciplinarios y transdisciplinarios. De esto nos ocuparemos un poco más adelante.
La incomodidad de los estudios culturales latinoamericanos
La forma en que se suele nombrar a los estudios culturales como “británicos” o “estadounidenses” nos obliga a reflexionar sobre el problema de las “nacionalidades” de los estudios culturales. Estas etiquetas juegan un papel ambiguo. Surgen como ecos del nacionalismo teórico, pero están íntimamente ligadas con el proceso de crítica transnacional al mismo. Por este motivo, me parece que se trata de nombres que operan como “elipsis”, y que conceptos como “Escuela Estadounidense” probablemente habría que leerlos como en el deconstruccionismo de Derrida con la segunda palabra tachada. Así, los “estudios culturales británicos” surgen criticando la manera en que se piensa la “literatura inglesa”, o la “historia social”, que no incluía a los afrodescendientes, sus experiencias y su forma de hablar el inglés. De la misma manera, los “estudios culturales estadounidenses” surgen reclamando una reformulación cultural de la ciudadanía de aquel país, basada en un nacionalismo excluyente.
Me parece que lo mismo sucedió con los “estudios culturales latinoamericanos” (Szurmuk e Irwin, 2009).
En primer lugar, esto ocurrió porque los estudios culturales no latinoamericanos se nutrieron en parte de pensadores cuyo contexto sociocultural fue el de América Latina y el Caribe. En particular podemos pensar en Franz Fanon y Stuart Hall, cuyas historias de vida (incluyendo su salida del Caribe) generaron un proceso transnacional que integró a la realidad caribeña con el pensamiento europeo. Esto es verdad para otros campos que han influido el pensamiento de los estudios culturales, como el dependentismo y su influencia en el pensamiento de Wallerstein, y de manera muy importante el trabajo del caribeño Fernando Ortiz (1983 [1963]).
Lo mismo podemos pensar para el caso de Renato Rosaldo, cuyo habitus es el de la población de origen mexicano y latinoamericano en Estados Unidos. No sólo en la vida cotidiana, sino en la discusión sobre la condición de la misma en la academia estadounidense. La pugna por identificar una “literatura chicana” abre estos espacios transformadores de los estudios culturales estadounidenses que surgen con esta condición “transnacional”. No es solamente una influencia automática entre condiciones materiales y pensamiento. Se trata de un esfuerzo por construir una condición de incorporación con diferencia.
En segundo lugar, también es verdad que la tradición crítica latinoamericana se nutrió de los escritos de los estudios no latinoamericanos en la construcción de su marco teórico bajo muy diversas situaciones. En particular las lecturas de Thompson (1978) y Williams (1977a) fueron de utilidad desde los años 1970. Podríamos añadir los casos de las personas que estudiaron o estudiamos en los departamentos en los que se desarrollaron estos marcos teóricos. Así que la construcción de los proyectos posteriores no pueden distanciarse de los estudios no latinoamericanos, entre otras cosas, por las redes de trabajo que se conservan y contribuyen a crear puentes entre las academias que operan en muchos niveles informándose mutuamente.
En tercer lugar, y esto me parece de especial relevancia, los estudios culturales latinoamericanos y no latinoamericanos trabajan con sujetos que son latinoamericanos en muchos lados. De tal manera que nosotros podemos separar la realidad analíticamente, pero los sujetos con los que trabajamos articulan nuestras realidades y nos fuerzan a poner nuestros marcos analíticos en diálogo. Por ejemplo, el trabajo de Gilroy sobre la emergencia de una intelectualidad diaspórica, en “El Atlántico Negro”, muestra que la “presencia negra” de finales de los años 1940 y en adelante, es un ejemplo de una teoría propia de la cultura con base en una realidad transoceánica que escapa a las denominaciones continentales y subcontinentales.
Algunos grupos de estudios culturales desde América Latina han criticado las posturas de la academia estadounidense y han preferido acercarse a los aportes de Birmingham precisamente por el carácter político y entreverado con el contexto económico que reconocen en la cultura. El argumento que trato de expresar aquí es que la cercanía que los estudios culturales latinoamericanos encuentran con el pensamiento de Birmingham se da porque coinciden en reconocer el carácter político y conflictivo de la cultura, así como el carácter culturalmente constituido de la política y la economía. Coinciden con el pensamiento de Birmingham en posicionarse como un proyecto inspirado en teorías marxistas y neomarxistas que incluyen a Stuart Hall y Raymond Williams, pero también a Antonio Gramsci, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, al mismo tiempo que reconocen la importancia de Fernando Ortiz, Carlos Mariátegui y Frantz Fannon, entre otros (Richard, 2010).
Parece claro que los estudios culturales latinoamericanos comparten con el Centro de Estudios Culturales de Birmingham la relevancia de incluir los desarrollos del marxismo y el estudio de la cultura como una mediación en un contexto de poder entre el mundo simbólico y el material del capitalismo. Un ejemplo lo tenemos en el libro más reciente compilado por José Manuel Valenzuela sobre culturas juveniles en el capitalismo contemporáneo (2015).
Es verdad, como dice Rosana Reguillo (2003), que los autores de los estudios culturales en América Latina han tenido sus propios escarceos con las estructuras disciplinarias que operan como tecnologías de poder donde los financiamientos, las políticas culturales y la especialización del trabajo sobre objetos disciplinarios han sido renuentes al papel disruptivo que tienen los estudios culturales. Sin embargo, también es cierto que en América Latina y el Caribe ha habido una institucionalización de los programas de estudios culturales que, desde mi punto de vista, hay que entender, a la manera de Gramsci, como estrategias en una “guerra de posiciones” desde donde los estudios culturales se presentan como instancias críticas.
Me parece que frente a las posturas críticas del transnacionalismo disciplinario, que reclaman como indispensable el estudio de las condiciones materiales de la producción de la cultura, los estudios culturales interpelados reconocen desde sus posturas transdisciplinarias esta necesidad, aunque sus herramientas analíticas no siempre profundizan en ello.
Los proyectos de convergencia
En los años recientes ha habido algunos esfuerzos por construir puentes entre los estudios disciplinarios de la transnacionalidad y los estudios transnacionales de ruptura. En las siguientes líneas revisaré dos textos que usan el concepto de “estudios transnacionales”, en un intento por vincular las distintas direcciones que han tomado los estudios sobre la transnacionalidad y el transnacionalismo.
El primer texto está escrito por Khagram Sanjeev y por Peggy Levitt (2008). La propuesta de Khagram y Levitt es que existen diferentes niveles de trabajo que pueden articularse en un nuevo paradigma al que podríamos referirnos como “estudios transnacionales”.
Se trata, en primera instancia, de un transnacionalismo empírico que ha descrito fenómenos y dinámicas transnacionales; su importancia radica en proporcionar conocimiento que permite conocer y categorizar estas realidades. En segundo lugar, el volumen refiere al transnacionalismo metodológico que fundamenta la posibilidad de construir un nuevo paradigma. Se propone superar el “nacionalismo metodológico” que podemos encontrar en la mayoría de los instrumentos de recolección de información como censos y etnografías que toman como base los territorios políticos y la denominación de los sujetos como se hacen en los aparatos de gobernanza de un Estadonación. La ciudad global de Saskia Sassen (1991), o El Atlántico Negro de Paul Gilroy entrarían en esta categoría de contribuciones que permiten investigación en varios niveles. El trabajo incluiría también la construcción de instrumentos analíticos históricos que pueden dar cuenta de procesos que anteceden a la configuración de los Estados nacionales y compararlos con los contemporáneos. El tercer tipo de contribuciones es categorizado como transnacionalismo teórico. En este plano se incluyen reflexiones que se han hecho desde las plataformas disciplinarias algunas de las cuales proponen que sistemas supranacionales están apareciendo y cambiando la importancia que tiene hasta ahora el sistema de Estadosnación. El cuarto fundamento para pensar en el campo de los estudios transnacionales como un nuevo paradigma es, sugieren los autores, la filosofía transnacional, que cuestiona la estabilidad de las categorías mismas con las que se ha pensado hasta ahora. En primera instancia, en este plano filosófico se propone cuestionar las categorías usadas por las teorías convencionales para pensar en éstas como “resultados de procesos sociales” y no como puntos de partida analíticos. Las categorías mismas, por ello, deben ser objeto de un escrutinio metateórico. Una nueva ontología y una nueva epistemología serían parte de esta empresa filosófica para pensar la naturaleza de los mundos sociales, y cómo los nuevos mundos pueden ser analizados y explicados. Finalmente, el transnacionalismo público es considerado un elemento relevante de este nuevo paradigma que permite explorar cómo pueden ser pensados otros mundos posibles, alternos a los procesos contemporáneos, donde la construcción de la ciudadanía, la seguridad y la gobernanza pueden ser imaginadas sin tener que recurrir para ello al modelo del nacionalismo.
El modelo de Khagram y Levitt es un buen punto de partida para pensar cómo integrar un campo de conocimiento como los “estudios transnacionales”. Aun cuando se preocupa por el plano epistémico y ontológico de la propuesta, e incorpora a autores de los estudios culturales y del transnacionalismo disciplinario en los distintos planos que propone, el problema mismo de las contradicciones entre éstos no es abordado y, por ello, me parece que queda en este modelo aún por reflexionar explícitamente sobre esta problemática.
Hemos dejado al final de esta sección la propuesta de Reiner Bauböck y Thomas Faist (2010), quienes realizan un ejercicio de acercamiento de las dos propuestas comúnmente asociadas al concepto de “comunidad transnacional” y los trabajos sobre “diáspora” respectivamente. El trabajo parte de categorías usadas por marcos analíticos diferentes para avanzar en una propuesta categórica, metodológica y teórica para buscar una convergencia entre los modelos de estudio en un tono similar al trabajo de Khagram y Levitt, bajo el concepto englobante de “estudios transnacionales”.
NUBARRONES EN LOS ESTUDIOS TRANSNACIONALES. LA IMPORTANCIA DE UNA TEORÍA CRÍTICA
Me parece importante mencionar el trabajo de Bauböck y Faist, pues en él se propone que más allá del plano académico (donde los conceptos se presentan en propuestas que aparecen en tensión), en el uso cotidiano, ambos conceptos se traslapan. De hecho (y esto es lo que me parece relevante), en los últimos años, cuando la migración aparece como un fenómeno numéricamente creciente, el concepto de “diáspora” ha sido utilizado por los Estados para referirse a las personas que reconoce como nacionales pero que se encuentran en el extranjero. Por otro lado, el concepto de “comunidad transnacional” se ha utilizado crecientemente en el lenguaje relacionado con el desarrollo y frecuentemente en el contexto del papel que las remesas de la población migrante juega como “herramienta para el desarrollo” de las economías domésticas.
Bauböck y Faist ilustran con claridad el surgimiento de una paradoja, y ésta es que el fortalecimiento de las comunidades transnacionales, así como las capacidades y la agencia de los sujetos transmigrantes, son también el contexto en que se dan nuevas formas de sujeción y desposesión en el plano transnacional. Diásporas y comunidades transnacionales son colectividades que absorben los costos de las crisis económicas y políticas, son sujetos emprendedores que con un tipo de agencia dócil (para usar el concepto de Foucault) cuidan de sí mismos en un mundo transnacionalizado que les mantiene frecuentemente en situaciones de exclusión múltiple, o exclusión transnacional. Cuando éste es el caso, el Estado ya no les produce como sujetos del bienestar, sino como agentes del desarrollo (Besserer, 2014a).
Estamos en un momento en el que la situación de las comunidades transnacionales y las diásporas ha cambiado, y el discurso dominante empieza a incorporar en su retórica “lo transnacional”.
En este momento parece especialmente importante trabajar en la construcción de un marco analítico crítico desde los estudios transnacionales, para lo que el diálogo productivo entre el transnacionalismo (como el conjunto de las propuestas disciplinarias) y los enfoques transdisciplinarios es indispensable para construir un aparato capaz de comprender la complejidad del momento actual y ofrecer los instrumentos conceptuales y las prácticas académicas que coadyuven a la transformación de la sociedad.
NUEVAS INTERSECCIONES EN LOS ESTUDIOS TRANSNACIONALES
En este momento paradójico de los estudios transnacionales, me parece que es importante potenciar aquellas agendas que nos ayuden a profundizar su potencial crítico.
Hacia una teoría de la mediación para los estudios transnacionales
El primer punto de esta agenda es de carácter general y consiste en construir una teoría transnacional de la mediación. Estoy convencido de que en el centro de la construcción del capitalismo contemporáneo y las formas concomitantes de gubernamentalidad está el surgimiento de una nueva lógica cultural (como lo menciona Jameson). El estudio de la base material de este proceso, así como de la dimensión cultural del mismo, requiere comprender la dinámica de mediación (para usar el concepto de Williams) que se da entre ambos (Williams, 1977a). Es decir, me parece que es importante construir una teoría transnacional que implicará necesariamente, como he tratado de demostrar más arriba, la concurrencia del transnacionalismo “objetivista” y los enfoques “de ruptura” como los estudios culturales.
Para pensar en una teoría como ésta, utilizo el concepto de mediación de dos formas. Primero, siguiendo a Raymond Williams, entiendo a los procesos sociales como una unidad que es al mismo tiempo una situación material y su representación. No podemos separar la “base” (que ya hemos señalado que es de especial interés para el transnacionalismo disciplinario) de la “superestructura” (que frecuentemente se percibe como el área de investigación de los estudios culturales) porque los procesos sociales son materiales y al mismo tiempo son producto de la representación. Por eso una teoría de la mediación debería estudiar cómo las representaciones y la vida material están articuladas y se constituyen mutuamente. En segundo lugar, uso el concepto de “mediación” para sostener que en nuestro esfuerzo por adquirir conocimiento sobre la realidad, ésta no aparece directamente frente a nuestros ojos. El conocimiento de la realidad social siempre está mediado por la cultura, por alguna red social particular y por prácticas específicas. Nuestras representaciones no son una “segunda naturaleza” sino una percepción mediada culturalmente de lo que nosotros llamamos la “realidad”. No me refiero solamente a los conocimientos vernáculos o de la vida cotidiana, mi propuesta es que debemos incluir, en esta construcción culturalmente mediada de nuestro sujeto de conocimiento, las representaciones producidas por las redes, las prácticas y el pensamiento científico. Las formas de conocimiento cotidiano y los conocimientos científicos frecuentemente comparten elementos de la lógica cultural hegemónica de un momento his tórico específico que operan como una doxa subyacente tanto a las percepciones ortodoxas como a las heterodoxas de la realidad (Bourdieu, 1977).
Algunas aproximaciones desde los estudios culturales sostienen la idea de que el conocimiento basado en la experiencia, es decir, el “conocimiento práctico”, cuando está situado estratégicamente puede generar una perspectiva crítica de las representaciones culturales hegemónicas. Tal es el caso de los intelectuales diaspóricos que pueden tener una mirada bifocal, o una doble conciencia, derivadas de su punto de vista subalterno en la sociedad. Esta teoría del “punto de vista” ha sido criticada por su falta de objetividad y profundidad científica.
Una teoría de la mediación para los estudios transnacionales debería empezar por introducir un principio de simetría (Hess, 2001). Para remontar al “nacionalismo metodológico”, la perspectiva transnacional aspira a corregir lo que se ha percibido como limitaciones del método científico en las ciencias sociales. Aunque hay un reconocimiento de que los errores se derivan del hecho de que las disciplinas crecieron en el habitus de la nación, se hicieron correcciones sólo en términos del propio método científico. El reco nocimiento de la movilidad y conectividad de las personas, la identificación de los espacios sociales transnacionales y la identificación de unidades analíticas supranacionales y subnacionales debían proporcionar resultados de investigación empíricamente verificables y replicables. Siguiendo las contribuciones de la filosofía feminista de la ciencia, ese transnacionalismo podría ser identificado como “empirismo transnacional duro”, donde los resultados pueden ser verificados en términos de las herramientas del propio método científico. El transnacionalismo criticó la aproximación del “punto de vista” que frecuentemente encontramos en los estudios culturales, porque introduce sesgos culturales. Tal sería el caso, como hemos explicado anteriormente, cuando los intelectuales transmigrantes usan el concepto de “diáspora”, ya que este término puede conllevar una carga semántica religiosa.
En esta tensión entre el transnacionalismo (empirismo duro) y los estudios culturales (teoría del punto de vista), el principio de simetría requeriría que se tratara a ambos lados de la ecuación de los estudios transnacionales de manera similar o simétrica. Esto es, si las aproximaciones transnacionalistas consideran que los estudios culturales están menos empíricamente cimentados de lo deseable, y demasiado anclados en la cultura; el transnacionalismo (empirismo duro) debería ser revisado no sólo en términos de su capacidad científica, sino también en términos de los presupuestos culturales que podría estar reproduciendo.
En este contexto, los estudios culturales de la ciencia tienen los instrumentos metodológicos para realizar esta tarea. El principio de simetría requiere no solamente que ambos extremos de los estudios transnacionales pasen el examen de su cientificidad, sino que también requiere que en ambas aproximaciones revisemos hasta qué grado están sujetos a la influencia de la cultura, y en particular a la lógica cultural hegemónica de la política y la economía dominantes.
Así, la teoría transnacional de la mediación debería incluir una perspectiva simétrica donde, por un lado, los estudios culturales ayuden a descubrir los elementos de la lógica cultural dominante imbricados en el transnacionalismo y, por el otro lado, el transnacionalismo pueda ser el medio para apoyar las herramientas analíticas que encontramos en los estudios culturales y otras teorías críticas. Una teoría transnacional de la mediación sería, como podemos inferir de las ideas anteriores, un ejemplo de doble reflexividad, ya que requeriría de aproximaciones e instrumentos tanto objetivistas como no objetivistas para poder tomar una postu ra crítica y autoreflexiva.
Una característica adicional de la teoría transnacional de la mediación debería ser como un vaso comunicante entre los temas de estudio desarrollados por el transnacionalismo y aquellos sobre los que trabajan los estudios culturales. Esto nos lleva a dos temas de investigación desarrollados por los estudios culturales que, desde mi punto de vista, son temas centrales para el desarrollo de los estudios transnacionales. Éstos son el estudio de la ciencia como un objeto de análisis, y el desarrollo de una economía política de los afectos. Estos dos temas los voy a desarrollar en los siguientes párrafos, ya que pienso que son fundamentales para la comprensión del capitalismo contemporáneo.
Etnografía especular
Para ser congruente con la teoría de la mediación para los estudios transnacionales que delineamos en párrafos anteriores, estoy interesado en desarrollar un trabajo etnográfico que tenga la capacidad de trabajar en el nivel empírico del trabajo de campo y que simultáneamente sea informado por una teoría crítica como los estudios culturales. Raymond Williams ha demostrado que el arte, la cultura y la ideología no son un “reflejo” de la “realidad”, o de la base material de la sociedad. Por esta razón, en su proyecto sustituyó la teoría del reflejo por una teoría de la mediación. Sin embargo, yo encuentro útil la metáfora del espejo y del reflejo para explicar una posible aproximación etnográfica para los estudios transnacionales. Hay varias formas de describir la etnografía especular.
La primera forma es una definición más bien empírica donde “etnografía especular” es el reconocimiento de que la realidad que vemos cuando usamos el lente metodológico del nacionalismo es parcial. La etnografía especular tiene la tarea de explorar los movimientos y conexiones de las personas más allá de las fronteras o de los campos locales de investigación (Besserer y Oliver, 2014). Quisiera proponer que la etnografía especular va más allá de lo que se ha denominado la etnografía multisituada (Marcus, 1995), porque explora el hecho de que esta realidad no es una extensión de la vida social como la encontramos en el nivel local. Más bien nos enfrentamos al hecho de que el campo extendido de la vida social ha sido “filtrado”, “reclasificado” e “invertido” por un dispositivo de poder, como puede ser el de la frontera internacional. Un campesino mexicano que ha cruzado la frontera es reclasificado y se transforma en un day-laborer (jornalero), un error de traducción que explica Michael Kearney en lo que yo considero su análisis especular de la tríada “fronterasórdenesidentidades” (Kearney, 2006). La etnografía especular puede incluir el estudio del “dispositivo” mismo que puede ser una frontera internacional, o una estación de radio (Robles, 2015).
Una segunda definición de “etnografía especular” se enfoca en la lógica cultural de la política y la economía actuales, dejando expuesta la construcción culturalmente mediada de la vida material y de la sociedad. Un ejemplo de ello es el estudio etnográfico de cómo las nuevas formas de la producción global tienen lugar en el marco de nociones fundamentales de la naturaleza y de cómo se constituyen las personas y sus cuerpos en el capitalismo contemporáneo.
Una tercera forma de pensar en la “etnografía especular” se relaciona con la discusión ontológica sobre el sujeto cognoscente en los estudios transnacionales. Siguiendo a Kearney nuevamente, podemos afirmar que los estudios transnacionales han identificado la reducción de la distancia critica entre el “Yo antropológico” y el “Otro etnográfico” (Kearney, 1991). Esto implica un creciente reconocimiento del hecho de que las personas (el yo y el otro) realizan actividades etnográficas, viven en resistencia y contienda, e intervienen en algún momento en la construcción de narrativas críticas y de análisis teórico. Esta etnografía se desarrolla desde los márgenes de la disciplina y frecuentemente se vuelve más que una forma de colaboración en el campo, para transformarse en una modalidad de “autoetnografía” y una forma de (por así decirlo) “autoteoría”. Los estudiantes que están en el proceso de entrenamiento como etnógrafos en los departamentos de antropología son un ejemplo de estos talentosos etnógrafos que en algún momento están aún en los márgenes de la disciplina, hablando desde sus propios “puntos de vista diaspóricos”, creando sus propias construcciones teóricas y poniendo la antropología en práctica (Cinco, 2017).
Así, la etnografía especular implica mucho más que una aproximación multisituada: en primer lugar requiere del reconocimiento de que las fronteras que fragmentan a la realidad que estudiamos frecuentemente producen realidades complementarias e invertidas a cada lado de dichas fronteras. En segundo lugar, implica la comprensión de que las categorías básicas que informan a la metodología son culturalmente construidas, por lo que esta etnografía especular debería entender así la relación circular entre la producción cultural y el carácter culturalmente situado de la realidad material. Finalmente, una característica de esta etnografía especular es que empieza en los “márgenes” de la disciplina, incorporando a los sujetos con los que trabajamos, así como a los estudiantes que inician su entrenamiento en la investigación, de manera que todos participamos como sujetos cognoscentes en un proceso de reflexión colectiva (Besserer, 2016).
Teoría crítica de la ciencia
La segunda línea de investigación es la teoría crítica de la ciencia donde se han construido nuevas formas de comprender la construcción del sujeto social, pues uno de los espacios donde se libra esta lucha cultural es en la práctica de la ciencia. Un ejemplo lo podemos encontrar en el número creciente de muertes en México que ha llevado a cambios en la noción dominante del cuerpo y del cuerpo social. Las desapariciones de migrantes han puesto en el centro del debate la noción del cuerpo como un mapa simbólico. La textualización del cuerpo se transforma en bancos de datos que son el nuevo “cuerpo social”. Por un lado, la seguridad de la población depende, en gran medida, del manejo de estos bancos informáticos; por el otro lado, prácticas como la antropología forense han demostrado el papel de la ciencia en el enfrentamiento con las políticas por parte del Estado de encubrimiento de la violencia generalizada que se ha desatado en el corredor migratorio entre Centroamérica y Estados Unidos. En este momento, la teoría derivada de la antropología feminista de la ciencia nos permite comprender mejor la construcción de un nuevo discurso no basado ya en “lo social”, sino en un complejo ensamblaje de signos y tecnologías que está en contienda entre las prácticas de la sociedad civil y los aparatos nacionales e internacionales de control y manejo de la información (Besserer, 2016).
Economía política de los afectos
En tercer lugar, me parece importante desarrollar los estudios sobre el poder que han incorporado el concepto de “gubernamentalidad transnacional” en trabajos que exploran las maneras en que se construye el poder en un momento en el que el Estado aparentemente se “retira” (Gupta y Ferguson, 2002). Un buen ejemplo de ello es el trabajo sobre las deportaciones que nos ha mostrado que no solamente es la acción de deportar, sino la construcción que los sujetos hacen de sí mismos como “deportables”, lo que ha tenido en los años recientes una consecuencia importante en los cambios demográficos entre los países receptores y los que tradicionalmente han sido emisores de trabajadores en el plano internacional (De Genova y Peutz, 2010). Esta línea de trabajo sobre el “poder” permite poner la mirada de la discusión sobre el sujeto y no sólo en el Estado, como lo hacían los estudios transnacionales de “la política” (Besserer y Nieto, 2015).
Relacionado con el trabajo sobre el poder, me interesa en particular contribuir al desarrollo de una economía política de los afectos que explique el plano subjetivo de la vida transnacional en un momento en el que debemos entender mejor los mercados y políticas de la nostalgia (Hirai, 2009), así como los regímenes de terror y la geografía del miedo en la así llamada “zona gris” de la migración internacional (Guillot, 2012). Esta aproximación nos facilita pensar en los transmigrantes como sujetos con agencia, y hace explícita la tensión entre una agencia dócil, como lo plantea Saba Mahmood (Mahmood, 2008), y las prácticas contrahegemónicas que se dan en la vida cotidiana, como sentimientos (in)apropiados (Besserer, 2014a).
Nota
* Este trabajo se realizó en el marco del proyecto Conacyt de ciencia básica 152521h “La ciudad transnacional”. Una versión anterior de este capítulo fue publicado en Etnográfica, Revista do Centro em Rede de Investigacao em Antropologia, vol.22, núm. 1, 2018, pp. 109130.
2. TRANSNACIONALISMOS Y TRANSFEMINISMOS*
El pensamiento feminista ha jugado un papel importante en la construcción de la perspectiva antropológica de los estudios transnacionales. Desde los años 1990 el análisis de género formó parte del estudio de la realidad transnacional (Mahler, 1999; Mahler y Pessar, 2001), y en este proceso, el pensamiento feminista ha hecho aportaciones significativas para la construcción del aparato epistemológico y metodológico de los estudios transnacionales como veremos en este capítulo.
En las páginas que siguen voy a presentar algunos ejemplos de esta relación entre feminismo y transnacionalismo, y lo voy a ejemplificar a través de la investigación que desarrollamos sobre comunidades transnacionales en el Seminario de Estudios Transnacionales del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana. De esta forma, intentaré mostrar que el feminismo es un componente indispensable en ese diálogo de posturas teóricas que hemos nombrado “estudios transnacionales”.
Como la nación moderna se construyó sobre la base de la inequidad de género, no debería sorprendernos que el análisis de género, y el feminismo como su forma más sistemática de reflexión crítica y acción transformadora, hayan aportado significativamente para la construcción de una crítica a los prejuicios y limitaciones que impone el modelo del Estadonación sobre el método y la teoría en las ciencias sociales. Por el otro lado, el feminismo encuentra en los contextos que solemos llamar transnacionales, espacios privilegiados para la reflexión analítica, la desnaturalización de las inequidades y para acción encaminada a la dessujeción.
La primera pregunta a la que atiende este capítulo es ¿qué hemos aprendido los estudios transnacionales del feminismo? Como ya mencioné, abordaré esta reflexión desde mi propia investigación y la del colectivo con el que he trabajado. El segundo objetivo de este capítulo es revisar desde nuevas perspectivas teóricas del feminismo algunos resultados etnográficos realizados con un enfoque transnacional. Finalmente, el capítulo tratará de exponer lo que desde mi punto de vista podrían ser aportes de la investigación transnacional a la reflexión feminista.
En este capítulo presento distintas situaciones en que el diálogo entre feminismo y estudios transnacionales puede ser productivo. En primer lugar, describiré la forma en que los estudios feministas de la ciencia pueden contribuir a la construcción de un método para los estudios transnacionales. Después describiré de qué manera las paradojas que surgen de la vida transnacional, en el marco de lo que se ha denominado “transnacionalismo contradictorio”, han sido un campo propicio para la reflexión del feminismo. A continuación veremos la contribución que el feminismo transnacional hizo a los estudios transnacionales con el enfoque teórico de la “hegemonía dispersa”. En el curso del capítulo contrapondré los avances obtenidos desde la perspectiva del feminismo transnacional, con la profundidad analítica que se logra cuando releemos los resultados de investigación de las últimas décadas de trabajo a la luz de la mirada y el herramental teórico del transfeminismo. Para finalizar, expondré cómo lo que hemos aprendido con la investigación de procesos transnacionales puede aportar nuevas herramientas y nuevos retos para la crítica feminista contemporánea.
En resumen, mi planteamiento es que para la construcción del campo de los estudios transnacionales, es indispensable que el feminismo forme parte central del mismo.
LAS COMUNIDADES TRANSNACIONALES Y EL GÉNERO
Este capítulo está basado en los resultados del proyecto de investigación “Poder, economía y cultura en comunidades transnacionales” en el que trabajamos en el plano académico, profesores y alumnos de los departamentos de Antropología de la Universidad de California en Riverside (UCR) y de la Universidad Autónoma MetropolitanaUnidad Iztapalapa (UAMI) en México. Participaron en el proyecto también las autoridades de las comunidades de San Juan Mixtepec y San Jerónimo del Progreso, así como las organizaciones indígenas binacionales Red Internacional Indígena Oaxaqueña y el Frente Indígena Oaxaqueño Binacional. A continuación presentaré algunos resultados parciales de dos etapas del proyecto y me concentraré (salvo un caso) en la investigación realizada en la comunidad transnacional de San Juan Mixtepec.
San Juan Mixtepec es un municipio con cerca de 60 localidades entre barrios, agencias municipales y agencias de policía, además de la población que para el momento de la investigación se encontraba dispersa en una gran cantidad de localidades entre México y Estados Unidos (Besserer y Kearney, 2006). El trabajo de campo aquí presentado se realizó en localidades de Oaxaca, Sinaloa, Baja California, California, Arizona, Florida, Carolina del Norte y Virginia.
El proyecto de investigación sobre comunidades transnacionales tuvo como antecedente los trabajos previamente realizados de manera independiente por Michael Kearney y Federico Besserer en las comunidades oaxaqueñas de San Jerónimo y Mixtepec respectivamente (Besserer, 1988; Kearney y Nagengast, 1989). La nueva investigación tuvo dos objetivos entre si complementarios. El primero de ellos fue construir un herramental teórico y metodológico para el estudio y comprensión de las comunidades de la región oaxaqueña con bajos niveles de bienestar y altos niveles de migración (Kearney, 1991; Besserer, 1993). En segundo lugar, aunque se trataba de un proyecto que se hacía preguntas relacionadas con lo que conocemos como “ciencia básica”, el método de trabajo incluía de manera explícita contribuir a contestar preguntas significativas para las comunidades referidas orientadas a resolver problemas concretos de la vida transnacional. De ahí que se diseñara un método de investigación que incorporó herramientas que las propias comunidades estaban desarrollando (como los censos comunitarios transnacionales); y por ello también, la organización y análisis de la información estuvo orientada no solamente a la construcción de un marco teórico y conceptual innovador, sino a la implementación de proyectos propuestos por la comunidad, como la construcción de un banco transnacional comunitario (Kearney, 2004a; Besserer, 1998).
El proyecto en cierta forma trabajó desde los márgenes de la disciplina constituyendo un grupo epistémico transnacional. Entre los participantes se encontraban en primer lugar las alumnas y los alumnos en proceso de formación que aportaron sus propios puntos de vista a la investigación. En este proceso se sumaron alumnas que iniciaban su formación antropológica, provenientes de las propias comunidades transnacionales, resultando entre ellas la primera tesis escrita en un idioma indígena de la UAMI (Pérez, 2006). En segundo lugar, el proyecto conjuntó dos academias, la del habitus académico de la UAMI y la desarrollada en el marco de la UCR como institución. La participación comunitaria hizo del proyecto un ejemplo de “antropología práctica” que involucró a los investigadores en la vida comunitaria, y a los miembros de la comunidad (entre ellos autoridades, líderes comunitarios y maestras y maestros del sistema escolar de las comunidades) como productores de teoría y análisis que se desprendía de la propia práctica de las comunidades. El trabajo se realizó con pequeños financiamientos de la UAMI y de la UCR que no estaban planeados para sustentar una investigación de estas proporciones, lo cual visto retrospectivamente benefició los resultados del proyecto, pues propició una mayor colaboración entre todos los participantes.
En este proyecto construimos herramientas que más tarde se transformarían en un instrumento estandarizado para el trabajo con comunidades transnacionales (Besserer, s/f). Se trata de herramientas etnográficas articuladas entre sí que permiten tener información básica para transformar el trabajo de campo en un proceso “transnacional”: aplicamos cuestionarios vitales en una muestra representativa de hogares en la comunidad. Estos cuestionarios contienen información con profundidad temporal y dividida por dimensiones de la vida de los entrevistados. Con ayuda de un programa de cómputo denominado Antropac, los cuestionarios sirvieron para elaborar una representación geográfica o “topografía” de la comunidad tansnacional. Al mismo tiempo, estos cuestionarios fueron el contexto a partir del cual se realizaron historias de vida a profundidad que se hicieron para crear una narrativa donde los propios entrevistados proporcionaron una descripción densa de momentos históricos diferentes y lugares distintos de la geografía comunitaria, lo cual los transformó en etnógrafos de sus propias comunidades. Los datos de los cuestionarios vitales se modelaron como redes y a través de un análisis estructural de estas redes, elegimos los lugares más pertinentes para realizar trabajo de campo que fueron los nodos que operaban como porteros o gatekeepers, así como localidades que en la red constituían nodos con mayor centralidad o excentricidad según fuera el interés de las preguntas que nos planteábamos contestar.
La investigación empírica la realizamos en dos periodos. En el primer periodo realizamos trabajo en la comunidad de origen y en el segundo periodo viajamos junto con miembros de las comunidades a otras localidades de la geografía comunitaria en México y en Estados Unidos. La idea central era poder investigar procesos translocales. Es decir, no reportar lo que sucedía en un “campo” acotado, o en una multiplicidad de localidades, sino en el espacio resultante del accionar transnacional. De ahí que le llamamos “trabajo de espacio” y no trabajo de campo o trabajo “multisituado”. En este caso, la aproximación era desde el punto de vista de la etnógrafa o etnógrafo, una observación participante transnacional. El trabajo fue, además, un trabajo colectivo. Una parte muy importante fue el trabajo de acopio y discusión colectiva constante de la información, así como la división del trabajo de análisis y redacción. Finalmente, como dijimos, la investigación se basaba en problemas identificados por las comunidades y por ello debía proponer instrumentos de investigación y trabajo que fuese útil para las comunidades mismas.
Como puede intuirse, en la construcción de una investigación etnográfica ambiciosa como la que realizamos, no era sencillo (ni tampoco conveniente) construir un marco teórico único para el trabajo en equipo. Desde un inicio hubo posturas convergentes, por ejemplo, en torno a la importancia del concepto de “comunidad transnacional” para definir el foco de nuestro trabajo, pero por el otro lado, había divergencias en cuanto a qué herramentales analíticos serían utilizados para la comprensión de la realidad que estudiábamos. Por un lado, como otros autores y autoras del transnacionalismo, Michael Kearney se distanciaba de los estudios culturales; mientras que el equipo de la UAMI, con tradiciones personales e institucionales de trabajo en los estudios culturales, los consideraba una parte central del herramental teórico. Así que el marco teórico de la investigación tuvo dos componentes centrales, por un lado los estudios del transnacionalismo migrante, y por el otro lado los estudios culturales. El diálogo entre estas posturas teóricas como he explicado en un capítulo anterior, no ha estado libre de tensiones.
Para ordenar esta discusión recurrimos a la reflexión feminista sobre epistemología, paralela a la distinción entre empirismo radical, feminismo del punto de vista y conocimiento situado (Harding, 1988), identificamos una tensión entre la aproximación transnacional “objetivista” y una postura de “ruptura epistémica”.
El transnacionalismo migrante, partía de un empirismo duro u objetivista, que proponía que en los hechos estábamos ante realidades que no habían sido estudiadas apropiadamente debido a los sesgos que se encontraban en las convenciones disciplinarias. Entre estas convenciones etnográficas estaba el definir inicialmente el territorio donde debía realizarse el trabajo de campo para estudiar después a sus habitantes. La crítica a este modelo la sistematizaron algunos años más tarde Nina Glick Schiller y Andreas Wimmer en un conocido artículo donde invitan a romper con los supuestos que sostienen a la construcción del Estadonación y que durante muchos años se impusieron sobre los méto dos de las ciencias sociales. En particular, cuestionaron el supuesto de que en un territorio vive un pueblo que responde a una forma de gobierno. Al hacerlo, sugerían que se daba un paso para superar el “nacionalismo metodológico (Glick Schiller y Wimmer, 2002).
Por otro lado, podíamos identificar en la literatura del transnacionalismo vinculado con los estudios culturales la advertencia sobre la importancia de hacer explícito el punto de vista del sujeto que conoce una realidad, no solamente para comprender los sesgos que este puede introducir a través de las convenciones de los modelos científicos, sino también para dimensionar la importancia de la experiencia y la reflexión de los sujetos transnacionales con que trabajamos para la construcción de otras formas de conocer y transformar la realidad.
Me parece que esta diferenciación aclaró tempranamente las diferencias que estaban en la base de las distintas aproximaciones de los estudios transnacionales, y en los hechos, de nuestra propia investigación (Besserer, 1999a). Así que la discusión sobre epistemología feminista fue fundamental para la construcción del diálogo entre aproximaciones teóricometodológicas, y por ello del campo que hemos llamado estudios transnacionales.
Geografías paradójicas: hacia una geografía transnacional mixteca
Decidimos entonces alejarnos del “territorialismo metodológico” de los estudios etnográficos, que reproduce el supuesto de “un territorio, una nación, un gobierno” con el que se construye el Estadonación moderno, lo que no da menos, sino más importancia a la pregunta sobre el territorio habitado por las comunidades transnacionales. Así que decidimos poner al centro de la construcción de la nueva metodología la pregunta sobre cuál es el territorio (o los territorios) que los sujetos transnacionales habitan, y no darlo por un hecho (Besserer, 2004).
Fue así como nos aproximamos a las teóricas feministas de la geografía, como Gillian Rose (Rose, 1993) para buscar nuevas fórmulas para el estudio del espacio y el territorio. Rose nos permitió constatar que las personas subalternas viven en el marco de representaciones geográficas hegemónicas (por ejemplo la idea de que el territorio de una comunidad está acotado por las fronteras locales o municipales que configura un espacio contiguo), pero que sus experiencias son diferentes y producen una geografía diferente y subalterna. De ahí que Rose propone que los sujetos subalternos se encuentran en un lugar paradójico, en la yuxtaposición de una geografía hegemónica y una subalterna. Esta reflexión, que había sido un aporte de lecturas previas a este proyecto, nos permitió conocer y entender que debíamos comprender a los y las transmigrantes de las comunidades estudiadas viviendo una doble geografía, la hegemónica territorializante, y otra que podríamos conocer y reconstruir a partir de sus experiencias. A esto se sumó la experiencia previa de un proyecto sobre redes comunitarias dirigido por Michael Kearney y David Runsten (Runsten y Kearney, 1994).
Para dar cuenta de la geografía vivida por los miembros de las comunidades transnacionales, fue que desarrollamos las “topografías transnacionales” (Besserer, 2004). Las topografías son una representación formal del espacio vivido por la comunidad que incluye localidades en México y en Estados Unidos, que fueron mencionadas en sus trayectorias de vida al menos por dos personas seleccionadas en una muestra en la comunidad de origen.
Los cúmulos en que se agrupan las localidades en las topografías transnacionales son “ámbitos” o regiones migratorias que cambian con el tiempo. Los ámbitos se grafican no por la cercanía en número de kilómetros lineales entre dos puntos, sino por su proximidad social medida según la frecuencia con que aparecen vinculadas en las trayectorias de vida de los entrevistados. Los distintos aspectos de la vida comunitaria, como el trabajo, la educación, pero también los rituales públicos, se realizan en una multiplicidad de localidades que al agruparse con fines analíticos constituyen “dominios”. Usamos el concepto de “dominios” para enfatizar que se trata de espacios de poder, cuyas dinámicas inciden sobre los sujetos, al tiempo que pueden tener injerencia en la estructura de la topografía comunitaria.
Finalmente, buscamos los ejes ordenadores de la topografía transnacional como si tuviéramos un mapa. En el caso de un mapamundi, estas dimensiones organizadoras son los ejes NorteSur, y EsteOeste. En el caso de la comunidad estudiada de San Juan Mixtepec, encontramos que se trataba de dos ejes organizadores de la topografía. El primer eje organiza la geografía de acuerdo con el traba jo y con la movilidad asociada al mismo. Así, de un lado hay un gran cúmulo de localidades donde las personas pasan poco tiempo pues se trata de lugares con trabajo estacional o eventual que su pone movilidad y desterritorialización; mientras que en el otro extremo encontramos localidades donde los trabajadores encuentran trabajo durante todo el año y por eso se asocian con una residencia más permanente y a procesos de reterritorialización. El segundo eje, es el de género. Hay localidades que sólo fueron men cionadas por mujeres (por ejemplo, donde han dejado a sus hijos durante los periodos de mayor movilidad en el trabajo), otras que solo fue ron mencionadas por hombres, y otras más fueron mencionadas por ambos.
Decíamos antes que las topografías transnacionales, son una forma de representación del espacio que escapa al territorialismo metodológico, y un instrumento que permite representar la complejidad de la geografía que habitan las comunidades transnacionales. Se trata de una metodología que nos permite identificar las dinámicas de movilidad y dispersión en el espacio, y al mismo tiempo reconocer los procesos de anclaje y de construcción del vínculo con el territorio.
En la práctica, esta manera de comprender la geografía transnacional difiere de la perspectiva con que se han construido los análisis sobre procesos de globalización. Las geógrafas críticas feministas Geraldine Pratt y Brenda Yeoh (2003) han cuestionado los marcos teóricos dominantes en el estudio de los procesos de globalización, que contraponen “lo global” a “lo local” usando metáforas que asocian la globalización con valores masculinos y los procesos locales con la condición de subordinación femenina. En la base de esta correspondencia entre los sistemas de desigualdad geográfica y de género, está el uso de un sistema de escalas para organizar metafóricamente la relación entre “global” y “local”. En este sistema de escalas, la globalización está “por encima” de los procesos locales que son “inferiores”; la globalización del capital se asocia con “movilidad” y los procesos locales con inmovilidad; la globalidad con poder y los procesos locales con fragilidad, subordinación y atadura.
Al final, el modelo que se basa exclusivamente en el eje vertical de las escalas (globallocal), reproduce el sistema hegemónico de contención donde lo local aparece como circunscrito y subordinado. El método de las topografías, al introducir un eje horizontal de dispersión o “alcances” (localtranslocal) nos permite visualizar y comprender la amplitud del espacio transnacional que construyen y habitan las comunidades transnacionales.
La teoría feminista entonces nos permite comprender ese lugar paradójico que ocupan los sujetos transnacionales en el vértice donde se yuxtaponen por un lado una geografía dominante (que da por dado un sistema de escalas que van de lo global a lo local y asociado a un sistema de metáforas, donde los sujetos aparecen acotados y subordinados a un territorio); y por el otro lado un amplio espacio en el que se encuentran dispersas un gran número de localidades.
El trabajo sobre topografías transnacionales se complementa con el trabajo de Michael Kearney, quien propone que las fronteras internacionales (y de otros tipos) separan “campos” de poder (Kearney, 2004b). El espacio que configuran las comunidades se extiende sobre campos de poder claramente diferenciados, como los campos agrícolas que se mantienen separados por vallas cuidadosamente vigiladas, o los territorios nacionales separados por fronteras internacionales. Conforme el paso de la población migrante va hilvanando estos campos con sus trayectorias laborales o educativas, los lazos comunitarios quedan atravesadas por fronteras que ejercen un poder filtrador y clasificador sobre las comunidades y sus miembros. Esta idea de campos de poder será útil más adelante cuando hablemos sobre transnacionalismo contradictorio y feminismo transnacional.
Transnacionalismo contradictorio y feminismo transnacional
Dos posturas del pensamiento transnacional comparten algunos elementos en común, los estudios del transncionalismo contradictorio y los del feminismo transnacional.
Transnacionalismo contradictorio es el concepto que se retomó del trabajo de Roger Rouse (Rouse, 1992) para hacer referencia a las situaciones paradójicas que surgen cuando la vida de una persona o familia se extiende más allá de una frontera internacional. Para ilustrar estas situaciones, podemos referirnos al trabajo de Víctor Espinoza, quién mostró que en el caso de una familia michoacana, la condición transnacional se mantenía precisamente por las diferentes apreciaciones de género. Mientras que la esposa prefería vivir en Estados Unidos donde percibía que gozaba de mayores libertades, el esposo prefería vivir en México donde gozaba de mayores privilegios. Este dilema sobre dónde vivir, es el motivo, nos dice Espinoza, de que la vida de las familias transcurra en ambos sitios creando una situación de continuidad espacial por largos periodos (Espinoza, 1998).
Para Rouse, el espacio transnacional puede ser un lugar de contradicciones entre, por ejemplo, lo que se espera de una “buena mujer” en Aguililla, Michoacán (donde se considera que el espacio de la mujeres es el espacio privado), y lo que se espera de una “buena mujer” en Estados Unidos (donde se aprecia que una mujer acceda al trabajo remunerado y por ello al espacio público para contribuir económicamente a los planes de la familia). La contradicción entre ambas expectativas puede ser una oportunidad para desnaturalizar la condición de género, al quedar al descubierto que, ser mujer no es una condición “natural”, sino producto de un orden hegemónico imperante, y que estos órdenes pueden variar e incluso ser contradictorios.
Victoria Malkin (Malkin, 1999), por su parte, propone que las mujeres en situación paradójica o contradictoria transnacional adoptan los patrones locales hegemónicos, por lo que alerta sobre los límites de una postura optimista del transnacionalismo contradictorio.
Desde el feminismo se construyó una aproximación que se llamó a sí misma “feminismo transnacional”. Dos de sus principales pensadoras son Inderpal Grewal y Caren Kaplan (Grewal y Kaplan, 1994) quienes propusieron el concepto de “hegemonías dispersas”, que le da título a su libro, para explicar que en el plano transnacional los sujetos transitan por diversos contextos hegemónicos (o campos como les llamaría Michael Kearney), y por ello las mujeres y hombres transmigrantes se ven enfrentados a una multiplicidad de posturas hegemónicas. Las autoras sugieren que la contraparte de estas hegemonías dispersas es que, en tensión con estas hegemonías, el feminismo desarrolla una diversidad de posturas diferenciadas entre sí. Por lo anterior, la solidaridad de género a partir de redes transnacionales debe ser cuidadosa en no imponer una postura feminista sobre otra en el archipiélago de movimientos y pensamientos feministas, sino crear las condiciones para la participación política en colaboración.
En esta misma lógica de empoderamiento, nuestra investigación nos fue mostrando que las comunidades transnacionales tienen una institucionalidad interna que se extiende por el espacio comunitario, y que constituye un sistema de poder y de ciudadanía comunitarias transnacional. Este sistema de gobierno transnacional que exploraremos con más detalle más adelante en este capítulo, contrasta y se yuxtapone con la diversidad de sistemas políticos de las hegemonías dispersas, y sus respectivas formas de subordinación y empoderamiento.
Fue la lectura de Iris Marion Young (Young, 1998) y su reflexión sobre ciudadanías diferenciadas, lo que nos proveyó de un instrumental conceptual para explorar cómo es que la multiplicidad de ciudadanías locales conviven con esta otra forma de ciudadanía, la ciudadanía transnacional comunitaria, que tiene una institucionalidad, una hegemonía, y un orden de género propios, así como sus propias contradicciones.
La reflexión sobre la hegemonía dispersa, y la construcción de sistemas de empoderamiento e incluso gobierno transnacional, son una muestra de la importancia del feminismo como herramienta para comprender los procesos que tienen lugar en el ámbito transnacional, la complejidad de los retos que presentan y las posibilidades para la acción que ofrece.
El transnacionalismo contradictorio y el feminismo transnacional son entonces aproximaciones teóricas con posturas complementarias. Nos permitieron conceptualizar la complejidad de las paradojas en la vida de los sujetos transnacionales que habitan más de un lugar; nos ayudaron también a estar alertas para buscar formas de resistencia múltiples en el amplio y fragmentado espacio transnacional; fueron de gran utilidad para iniciar el análisis de los sistemas políticos transnacionales comunitarios que aparecieron primero como espacios de ciudadanía comunitaria y de resistencia transnacional contrahegemónica, aunque después comprendimos que eran también espacios de reproducción de formas de desigualdad interna de la comunidad.
De las hegemonías dispersas al feminismo diaspórico
Un giro importante del pensamiento feminista, está relacionado con los aportes que han hecho feministas que se identifican, ellas mismas, como sujetos transnacionales. Éste es el caso de las feministas afrodescendientes, de la diáspora asiática o quienes contribuyeron en Estados Unidos a la construcción del feminismo chicana/chicano. Se trata de un enfoque al que podemos llamar “feminismo diaspórico” (aunque no todas las autoras que mencionaremos aquí se identifican explícitamente con esta categoría).
Una contribución importante del feminismo diaspórico al pensamiento transnacional podemos encontrarlo en el plano de la epistemología. Las teóricas y teóricos diaspóricos insistieron en que no hay un punto de vistas de género, ya que la experiencia vivida en la intersección entre el racismo y el sexismo produce una diversidad de formas de ser mujer y de ser hombre. Propusieron estas miradas críticas, que el esencialismo de género (es decir, el supuesto de que hay una condición básica que comparten todas las mujeres o los hombres) suele universalizar una forma específica de ser mujer o de ser hombre que frecuentemente corresponde al modelo hegemónico en una sociedad. De ahí la crítica, por ejemplo, al así llamado “feminismo blanco”, que en algunas sociedades impone un imaginario de qué es ser hombre y qué es ser mujer, coincidente con el modelo étnico dominante de un Estadonación específico. Reivindicar la idea de un punto de vista de género se traduce en un “nacionalismo feminista” (Herr, 2018) que no da un espacio a las formas diversas de ser hombre o mujer en la sociedad. La suposición de que la reivindicación de derechos desde la experiencia de género, como si esta fuese una, no solamente esencializa, sino naturaliza la condición de ser hombre o mujer, y éste es al final el fundamento del orden heteronormativo. Si la fórmula hegemónica que establece qué es ser hombre y qué es ser mujer está situada en el contexto del racismo y el sexismo, reconocer este carácter “situado” de las categorías hegemónicas (Haraway, 1998) sería el prerrequisito epistémico para la construcción de un feminismo transnacional. Por ello, para algunas feministas afrodescendientes como Bell Hooks (Hooks, 1984), en vez de buscar ocupar el centro de la categoría hegemónica como plataforma para la coordinación de la acción de género, debe reivindicarse los márgenes de dicha categoría como un “lugar de apertura radical”. Se trata, en términos de Lauretis de una “identidad descentrada” (Lauretis, 1990). Este lugar desde los márgenes, permitiría contravenir el racismo y el sexismo en el que está situado el concepto nacióncéntrico de género, para construir lo que la feminista chicana Chela Sandoval (Sandoval, 1995) llamó una “conciencia opositora” construida desde el Tercer Mundo enclavado en el Primer Mundo.
El feminismo diaspórico nos muestra que la condición transnacional no es privativa de los sujetos migrantes. Como nos muestra la feminista chicana Gloria Anzaldúa en su conocida obra Borderland/La frontera (1987), a veces no son las personas las que cruzan las fronteras, sino los contextos en torno a los sujetos los que se modifican, ya sea porque se mueven las fronteras, porque se resignifican las identidades nacionales, o porque la construcción social del género se transforma. Anzaldúa nos muestra que la realidad cotidiana contradice el imaginario de la nación (un territorio, una identidad, un gobierno), y los espacios de la estasis se entienden mejor, si los representamos como zonas fronterizas, lugares de convergencias de diferencias, de superposiciones de órdenes de género, y de yuxtaposición de sistemas de poder. El cambio epistémico del feminismo diaspórico, es decir, el cambio en la forma de comprender la realidad, nos lleva a una nueva ontología, es decir, a redefinir aquello que el feminismo estudia, en un giro que muestra el poder contrahegemónico del feminismo transnacional. Esta nueva ontología que propone comprender las realidades locales como zonas fronterizas, con sistemas yuxtapuestos de poder, e identidades que escapan a los esencialismos categóricos, es la puerta de entrada a una nueva forma de entender la condición de género en la sociedad contemporánea. No hay que ser migrante para vivir en una condición transnacional, pero de los estudios transnacionales de género podemos abrevar para la comprensión de la realidad contemporánea.
El feminismo diaspórico nos permitió también explorar nuevas dimensiones analíticas para explicar la construcción de la desigualdad y la subordinación en el plano transnacional. Aprendimos de autoras afrodescendientes como Toni Morrison (Morrison, 1995) y teóricas de la diáspora asiática como Lok Siu (Siu, 2005) la importancia del estudio de la memoria en las comunidades transnacionales. La reflexión feminista nos llevó también a pensar que en el estudio de procesos transnacionales debíamos poner atención en los sentimientos y las emociones para la comprensión de la vida en las comunidades transnacionales (Rosaldo, 1983; Lutz y White, 1986; Lutz y AbuLughod, 1990; Jaggar, 1989).
El feminismo diaspórico es, desde mi punto de vista, el trabajo más representativo del transnacionalismo de ruptura; aquel que más tensión encuentra frente al empirismo duro de los estudios transnacionales de la migración, y el que nos abrió el camino para explorar nuevas dimensiones analíticas.
COMUNIDADES TRANSNACIONALES Y TRANSFEMINISMO
La literatura feminista reseñada hasta aquí influyó de manera importante, directa o indirectamente, en nuestra investigación etnográfica y en la construcción de nuestra perspectiva sobre los estudios transnacionales. Pero ahora parece insuficiente para comprender la realidad que observamos, y los cambios que han continuado sucediendo. Por ese motivo, en esta segunda parte de este capítulo, haré un trabajo analítico retrospectivo sobre el material etnográfico producto del proyecto sobre comunidades transnacionales, usando herramientas conceptuales de una orientación del conocimiento feminista distinta a las revisadas hasta aquí; me refiero al marco conceptual del transfeminismo.
El transfeminismo pone en el centro de la reflexión el tránsito de una condición sexual y de género a otra. Comparte con los estudios transnacionales, la preocupación por comprender las desigualdades sociales y de poder en un mundo desigual y cambiante, así como también un lenguaje que refiere a la migración, la transición y la transgresión. Más aún, la literatura transfeminista mantiene un diálogo con los estudios transnacionales y abreva de los mismos para explorar la diversidad de prácticas “trans” en el marco de los órdenes de género dominantes en el modelo hegemónico del Estadonación. En este contexto, encontramos en la literatura transfeminista una diversidad de enfoques y de definiciones del concepto “transnacional”. Así por ejemplo, algunos autores aluden al carácter “transnacional” de las prácticas transgénero y transexuales cuando éstas subvierten o transgreden los órdenes de género según son categorizados por el Estadonación. Pero otros autores que estudian críticamente los Estados conservadores donde el cambio de sexo es permitido con base en la idea de que los sujetos alinearán la sexualidad con la que se identifican con su físico, llaman a este vínculo entre transexualidad y heteronormatividad “transnacionalismo”, es decir, una filosofía trans que refuerza los preceptos anclados en la lógica de genero del Estadonación (Tudor, 2017).
La riqueza de la literatura transfeminista radica también en el estudio de la interseccionalidad en los procesos “trans” que compara y articula analíticamente las dinámicas de “hacerse pasar por” o de “transitar entre” las categorías del color en un régimen de racismo, y las categorías de género en una sociedad heteronormativa y sexista (Brubaker, 2016; Halberstam, 2018; Fogg, 2017). Es menos frecuente, en cambio, la discusión sobre interseccionalidad desde el transfeminismo que incluya la condición de clase (Brewster, Velez, Mennicke y Tebbe, 2014; Raha, 2017), aspecto en el que aporta la etnografía transnacional que revisaré en esta sección y que discutiré al final de este capítulo.
En las páginas siguientes revisaré la etnografía de las comunidades transnacionales mixtecas a la luz de algunos de los conceptos clave del transfeminismo crítico (Phillips, 2014). Para ello, encuadraremos nuestro análisis en distintos dominios de la topografía tansnacional de estas comunidades.
Llegar a ser en el dominio político transnacional
Entre los investigadores que iniciaron el trabajo de campo para realizar su tesis de licenciatura en el marco del proyecto “Poder, economía y cultura en las comunidades transnacionales”, se encuentra el trabajo realizado por Erik Mercado (Mercado, 1999) que se concentró en el estudio del dominio político de la comunidad. Eric enfocó su trabajo en una de las poblaciones más importantes del municipio de San Juan Mixtepec, que es Santa Cruz Mixtepec. Una comunidad bilingüe con cerca de mil habitantes. El primer periodo de trabajo de campo lo realizó en la población en Oaxaca, y el segundo periodo continuó hacia Chandler, Arizona, una localidad importante para toda la comunidad transnacional, pues es la puerta de entrada a Estados Unidos que ofrece además posibilidades inmediatas de empleo en el campo.
Erik inició su trabajo describiendo el tradicional sistema de cargos que hace posible la estructuración del gobierno de la población. Los participantes ocupan un cargo durante un periodo de uno a tres años, y después “descansan” por el mismo tiempo.
Los “cargueros” son “ciudadanos de la comunidad” que pueden ser electos en ausencia y los cargos son obligatorios. Muchos de los nombrados radican en el extranjero y deben regresar a ocupar alguno de las decenas de posiciones en la población en Oaxaca.
El sistema contempla cargos en la agencia municipal y en una gran cantidad de comités conformados por al menos tres personas que se estructuran para atender las necesidades de la población. Existen “comité de escuela”, “comité de Diconsa”, “comité de Procampo”, “comité de auditorio”, etcétera.
Pero el sistema es aún más complejo, pues algunos de los comités están localizados en alguna localidad en Estados Unidos. Especialmente importantes son los situados en Chandler, Arizona, y en Santa María, California, donde, como en la comunidad de origen, existen asambleas comunitarias que convocan a la participación constante de todos los “ciudadanos de la comunidad” independientemente de su nacionalidad y localización.
Se trata entonces de un sistema de gobierno multilocalizado, transfronterizo, que configura así geográficamente el “dominio” político de la comunidad.
Entre las tareas que esta organización transnacional ha realizado está la construcción de un auditorio en la comunidad de origen, impactante por sus dimensiones, el revestimiento de un canal que proporciona agua al pueblo, y la sorprendente instalación de un banco binacional operado por el pueblo con el apoyo de organizaciones de la sociedad civil, fundaciones y universidades, y que ocupará una parte de las descripciones que haré más adelante.
Con base en los aportes de Iris Marion Young (Young, 1998) para comprender la importancia de reconocer la diversidad, y con ello la construcción de distintos tipos de ciudadanía, Erik elabora sobre el concepto de “ciudadanía transnacional”, como una forma propia y diferente de ciudadanía que podemos encontrar en la comunidad transnacional a la par de otras formas de ciudadanía que ejercen los santacruceños por así decir, fuera de la comunidad.
A partir de este caso de estudio podemos notar que se trata de una ciudadanía transnacional, al menos en tres sentidos:
En primer lugar, porque el sistema de cargos reconoce a los miembros en cualquier lugar donde estén, aún en Estados Unidos, y sin demérito de su nacionalidad. Se trata, por ello, de un sistema que se “adelantó” al modelo de “doble nacionalidad” a nivel nacional.
En segundo lugar, se trata de una estructura horizontal (locallocal) y no vertical (que va de la ciudadanía local a la universal pasando por la nacional). Se trata, digamos de una ciudadanía de primer nivel multilocalizada, que reconoce derechos y obligaciones de sus participantes sin importar el lugar donde están radicando y que opera sin pasar por las estructuras de los niveles estatal y nacional de gobierno.
En tercer lugar, porque construye a los sujetos de una manera diferente de cómo se construyen “las personas” en el marco de la ciudadanía nacional, por lo que las personas suelen vivir en el lugar paradójico no solamente de ejercer dos tipos de ciudadanía, sino de construirse de manera diferente para cada uno de ellos.
Para explicar esto último, habría que decir que hay aspectos específicos políticos y económicos que distinguen al sistema de ciudadanía transnacional comunitario.
Hay aspectos específicos políticos y económicos que distinguen al sistema de ciudadanía transnacional comunitario. Por ejemplo, solamente los hombres casados pueden ser llamados a ocupar cargos políticos (salvo algunas excepciones que veremos más adelante). Pero en las múltiples localidades que conforman la geografía comunitaria, la ciudadanía comunitaria (reservada para los hombres) se combina con otras ciudadanías que se ejercen a nivel local en el plano político, social y económico.
Por ejemplo, es frecuente que las madres de familia o los padres asistan a las reuniones en las escuelas donde estudian sus hijos en Estados Unidos, aunque no tengan papeles que les acrediten una legal estancia en el país. Así se puede dar la situación de que una mujer, que no puede hablar a nombre propio en una asamblea comunitaria y tiene que hacerlo a través de la voz y el voto de su esposo (como en las votaciones en las asambleas en Chandler, Arizona, para la construcción del auditorio en Santa Cruz, Oaxaca), ejerce su opinión, participa en la toma de decisiones y se hace cargo de responsabilidades a nombre propio o de su familia en una reunión de padres y profesores en la escuela de sus hijos en la misma localidad estadounidense.
Se trata de una geografía política dispersa en un gran número de campos de poder, es decir, de hegemonías dispersas, en cada uno de los cuales la fórmula local y la transnacional se yuxtaponen, de tal suerte que en una misma persona se construyen de dos maneras distintas la condición de género.
Hasta aquí, el caso de estudio nos ofrece dos elementos importantes en el marco del feminismo transnacional. Por un lado, la idea de una gran geografía, donde se da un sistema de “hegemonías dispersas” propios de cada “campos de poder” local. Los sujetos migrantes transitan de un campo de poder a otro por lo que viven frecuentemente situaciones contradictorias. Al mismo tiempo, estas situaciones dispersas son articuladas por la comunidad transnacional, que tiene un gran dominio político que se expande por la geografía comunitaria con una lógica interna propia.
Las y los ciudadanos transnacionales experimentan la situación de ser al mismo tiempo sujetos de un sistema ciudadano transnacional y de un archipiélago de situaciones que varían entre sí, de un lugar a otro y de un país a otro.
La yuxtaposición de ambos sistemas crea un complejo escenario de paradojas, pues cada localidad es una zona fronteriza o borderland donde se superponen fórmulas distintas de poder, con órdenes de género diferente. Esto implica más que una práctica de ciudadanía múltiple, se trata de un proceso continuo de transformación para llenar los requisitos de la ciudadanía, que son formas diferentes de ser hombre y de ser mujer, formas distintas de constituirse como “personas”. Visto desde la experiencia de los sujetos, se trata de un proceso constante de volverse, de constituirse. Para usar el concepto de la literatura transgénero, se trata de un continuo “llegar a ser” (Garner, 2014).
Vigilancia sobre la condición transgénero en el dominio económico transnacional
Tres años después al trabajo realizado por Erik Mercado, Yuribi Ibarra (Ibarra, 2003) hizo una primera temporada de trabajo de campo en Santa Cruz Mixtepec, Oaxaca, y en una segunda estancia se desplazó a la localidad agrícola de Santa María, California.
Cuando Yuribi llegó a Santa Cruz justamente estaban inaugurando el banco transnacional mixteco, denominado Xu’u Ñuu Ndavi “Dinero de la gente pobre”. Este transferiría dinero entre Santa María, California, y Santa Cruz Mixtepec, además, permitiría ahorro y préstamos. En Santa Cruz Mixtepec, el banco operaría con un comité formado sólo por hombres, encargado de tomar las principales decisiones sobre el banco; y con dos personas que trabajarían diariamente en sus oficinas.
Yuribi nos recuerda que hay dos fórmulas distintas en el sistema de cargos. Por un lado están los cargos políticos ocupados todos por hombres en esta comunidad. Ellos toman decisiones importantes. Por el otro lado, están los cargos en los así llamados “comités” que realizan tareas que no son políticas, sino sociales o económicas. Hay otros comités como el Comité de Agua, el Comité de Auditorio, que implican tareas de gran importancia para la comunidad que están ocupados por hombres. Pero cuando los hombres son electos para un cargo en un comité que implica como en el caso de los comités encargados de proveer los desayunos para los niños en las escuelas, que implican tareas que se consideran “de mujeres”, le piden a sus esposas que realicen el cargo. Más allá del hecho de que en estas comunidades indígenas estos cargos están en los “márgenes del Estado”, pues son realizados por personas que no reciben un pago mientras que en otras partes del país se trata de puestos pagados con recursos estatales (y por ello son realmente constituyen una transferencia de valor al aparato de gobierno); estos comités con cargos ocupados por mujeres constituyen también en el sistema de la comunidad una “situación de excepción” (Das y Poole, 2004).
La selección de las dos personas que trabajarían diariamente en las oficinas del banco se dio en una situación de excepción como ésta.
La maestra Agustina enviudó cuando era muy joven. Nunca se casó nuevamente. Hija de un profesor de la localidad, trabajó como maestra y fue seleccionada para un cargo público como “regidora de hacienda” en la presidencia municipal. Hay algunos pocos casos como éste en que las mujeres participan en cargos que no sean los de un comité. Se trata realmente de situaciones poco comunes, que parten de una situación de excepción como el de la maestra Agustina, que al mismo tiempo tiene un conocimiento que le ha ganado un espacio en la comunidad y no tiene un esposo o un padre que le represente. En estos casos, a las mujeres se les conside ra “ciudadanas”, aunque en las reuniones no pueden sentarse en el lado del salón donde se están tomando las decisiones que es la sección donde se sientan los hombres.
La maestra Agustina, viuda, con reconocimiento ganado por la comunidad por haber sido maestra durante muchos años hasta su jubilación, y con el “respeto” ganado como regidora a nivel municipal, fue llamada para que ocupara uno de los dos puestos en el manejo cotidiano del microbanco.
La segunda persona llamada para ocupar un lugar en el microbanco fue una joven mujer con formación escolar que es madre soltera. Como la maestra Agustina, ella también es hija de profesores de la comunidad. En su descripción del caso, Yuribi Ibarra nos dice que en la comunidad se le ve reprobatoriamente como una persona “coqueta”, y que constantemente está expuesta a la crítica de los “chismes” locales.
Una racionalidad adicional se cierne en torno a las mujeres que trabajan en el banco. En la comunidad se ha expandido la narrativa, en parte por la presencia de las organizaciones de la sociedad civil que han colaborado en la organización de esta iniciativa comunitaria, que “las mujeres son más confiables que los hombres”.
Así, desde el punto de vista de la comunidad local, las mujeres que están atendiendo en el banco se están ciudadanizando por el lugar de responsabilidad que ocupan. Por otro lado, se están ciudadanizando en el plano transnacional comunitario, pues sus acciones implican la interacción en el dominio económico de la comunidad en el que operan las trasnsacciones del microbanco. En tercer lugar están en un proceso de ciudadanización frente a las instancias externas de la comunidad que contribuyen a la operación técnica del microbanco.
Este lugar de reconocimiento que ocupan estas dos mujeres que trabajan en el banco es, al mismo tiempo, una posición de escrutinio múltiple de género. Por un lado, por el juicio moral que se expresa en el chisme local; por el otro lado, por el comité comunitario (todo masculino) que supervisa la operación del microbanco; y en tercer lugar por las instancias externas que vigilan su operación.
Nuevamente quisiera recurrir a dos categorías del transfeminismo para analizar la situación de este caso transnacional.
En cierta forma, todos los sujetos estamos en situaciones de “excepción” ya que difícilmente llenamos completamente las categorías hegemónicas de género que en un sistema de desigualdades, son inalcanzables en su forma “central”. En algunos casos, como en los contextos antes descritos, es más patente que se trata de situaciones donde una persona ocupa un lugar “inapropiado”, por estar en la situación excepcional de realizar tareas cuyas características corresponden a una persona de otro género.
Quisiera explorar la posibilidad de usar la categoría “transgénero” para estos casos donde dos mujeres en situaciones de “excepción” ocupan un espacio, o puesto, cuya descripción para empezar, implicaría la presencia de un hombre. Se trata de sujetos que no son por así decirlo “cisgénero”, pues no se conforman a la manera dominante de pensar qué es una “mujer”, ni tampoco que es un “hombre” en el pueblo.
Más aún, los casos descritos están en una situación trans, en tres sentidos. En el primer sentido me refiero al orden de género hegemónico local, donde están en una situación de tránsito, de volverse, de “llegar a ser”. En el segundo sentido, me refiero a la situación de tránsito entre el orden de género local en la población de origen y el orden en las otras localidades fuera de la región y del país donde interactúan con personas de la comunidad a quienes prestan el servicio de transferencia bancaria. La tercera situación es que ambas están en una situación de “trans” entre el régimen comunitario y las narrativas de las instancias extracomunitarias que participan en el proyecto.
Como casos en situación de “llegar a ser”, estas personas se encuentran también triplemente vigiladas: por un lado, en el marco hegemónico local, el aparato de la moral pública (con su dispositivo principal que son los así llamados “chismes”) ejerce una vigilancia comunitaria sobre ellas, su comportamiento y su sexualidad (como en el caso de quien es madre soltera). Por otro lado, hay un comité conformado por varones que les supervisa formalmente y que responde a la comunidad dispersa transnacionalmente. Finalmente, hay una vigilancia en una nueva esfera de poder donde se construye una nueva narrativa de qué es ser mujer y qué es ser una “buena mujer”. En esta tercera esfera, los dispositivos para el control están en el aparato contable, burocrático (si no se es comprometida, sistemática, confiable, no se es una buena mujer).
Estas personas “trans” están en un proceso constante de “llegar a ser”. Son personas cuyo tránsito está constantemente vigilado (Beauchamp, 2014) por otros que les custodian desde una perspectiva de género. En la comunidad están sujetas a una vigilancia para que no violen las normas androcéntricas de la moral pública local. En el plano transnacional son vigiladas por especialistas (como contadores y administradores), que se aseguran que ellas no contravengan las características que se adjudican a las mujeres en el manejo del dinero: ser cuidadosas y honestas. En el plano comunitario transnacional están vigiladas por un comité compuesto por ciudadanos que cuidan que ellas no se salgan de las expectativas transnacionales comunitarias y no comunitarias de su condición femenina.
Vivir en el cuerpo equivocado
Esta sección tratará de otra comunidad, alejada unas decenas de kilómetro lineales, pero muchas horas de camino de San Juan Mixtepec. Se trata de Ixpantepec Nieves, la cabecera de un municipio del mismo nombre que fue estudiada por Ariana Estrada (Estrada, 2003). La población se encuentra ubicada en uno de los puntos más altos de la Sierra Mixteca desde donde puede verse el Pico de Orizaba y el Popocatépetl. La comunidad se ha extendido especialmente hacia las inmediaciones de Tijuana en el lado mexicano de la frontera, y San Diego en el lado estadounidense.
La iglesia de Ixpantepec está situada en el lugar más alto del pueblo sobre lo que los habitantes dicen que fue una pirámide. Es un santuario donde se realizan dos celebraciones diferentes: la de la Virgen de las Nieves, cuando llegan peregrinaciones de lugares distantes; y la de la Natividad, que es cuando regresan paisanos radicados en otras localidades de México y de Estados Unidos.
La migración ha sido muy numerosa en este lugar, y ha llevado consigo a una parte importante de la población de hombres y mujeres jóvenes a otros estados de la República mexicana y de Estados Unidos que, sin embargo, mantienen una relación estrecha con esta la comunidad especialmente en el dominio ritual familiar y religioso.
Hacerse hombre (en el cuerpo equivocado)
En una de las fiestas descritas, un joven de 28 años proveniente de Estados Unidos, se acercó al jaripeo y montó un toro. Al caer fue proyectado en contra de uno de los tablones que formaban el cerco. Logró levantarse, pero por la tarde, con fuertes dolores de cabeza fue a que le dieran atención médica. Murió esa misma tarde.
El jaripeo es una forma ritual de construcción de la masculinidad. Los jóvenes demuestran su pericia, su fuerza, pero también su capacidad de ponerse en situaciones que implican un gran riesgo. Los jóvenes en Ixpantepec compiten entre ellos en el proceso de “hacerse hombres”, y el jaripeo es un espacio para ello.
El joven radicado en Estados Unidos no tenía las habilidades necesarias para subirse a un toro y sobrevivirlo. Tenía la valentía, pero tal vez ni la fuerza ni la pericia. Podemos decir, usando un concepto del transfeminismo, que vivía en el cuerpo incorrecto. Deseaba hacerse hombre bajo los preceptos de un modo hegemónico diferente de aquel en el que vivía y crecía en Estados Unidos.
La construcción del género es un proceso. Se ubica en el cuer po (la fuerza, las habilidades) pero no depende solamente de él, sino también del entorno social. Apoyándonos en un concepto del transfeminismo, podemos decir que este joven transmigrante habitaba “un cuerpo equivocado” (Engdahl, 2014) cuando quiso subirse a un toro para hacerse hombre en Ixpantepec Nieves. Se trató de un complejo proceso transnacional, de “llegar a ser” transgenérico, con un final trágico.
No es suficiente, como dicen los estudios transnacionales, tener una “doble mirada” capaz de comprender las múltiples realidades que conforman el espacio transnacional que se habita. Para sobrevivirlo, se requiere además una construcción más compleja que pasa, especialmente, por el cuerpo, y de manera importante por la construcción de la condición de género que es, como lo indican los estudios del transfeminismo, un proceso. En este caso, el proceso es tan material, tan corporal, que construir la masculinidad se transforma en un asunto de vida o muerte.
Hacerse mujer y construir competencias culturales
Hemos visto en casos anteriores como el de las encargadas del banco en Santa Cruz Mixtepec, que el proceso de “llegar a ser” puede verse como una situación deseable, positiva, empoderante. Pero en un contexto transnacional de las hegemonías dispersas, enfrentarse a las distintas hegemonías de género puede transformarse en un proceso complejo y potencialmente peligroso.
En la misma fiesta de los hechos que narramos arriba, una joven de 13 años de edad acudió a un baile comunitario. Cuando regresó, la familia la reprendió buscando imponer sobre ella el orden moral rígido que impera en la comunidad. Esta moral pública tiene muchos mecanismos para implementarse, en el caso que vimos en las oficinas del banco en Mixtepec se trataba del chisme como un aparato de control, en este caso se trata del control familiar.
Por la mañana, la joven amaneció sin vida. Se la había arrebatado a sí misma.
En muchos lugares de México y de Estados Unidos, los jóvenes mixtecos están expuestos a situaciones de racismo, de sexismo y a situaciones extremas de violencia pública. Las circunstancias demandan de las mujeres que se empoderen y que se protejan. Algunas por ello incluso encuentran espacios de socialización y de protección en agrupaciones juveniles como las pandillas (Ramírez, 2008; Reyes, 2008). Vivir en estos contextos de violencia conlleva formas puntuales de “hacerse mujer” u hombre que implican hacerse responsables de sí mismas, construir formas de cuidado propio y colectivo, construirse como una persona capaz de enfrentar situaciones potencialmente peligrosas, y ganarse el respeto de los demás.
Esta joven transmigrante también se encontraba en un lugar paradójico cuando acudió a una fiesta en la que se yuxtaponían el sistema hegemónico local que demanda de las más jóvenes el recato, y mantenerse en los lugares privados por la noche; con las exigencias de la vida transnacional en que fue formada donde debe a temprana edad debe construirse una figura pública que demuestre fortaleza y consiga el respeto.
Un acto de violencia cometido en contra de sí misma, difícilmente puede ser visto con optimismo como una forma de “empoderamiento”. Para decirlo en clave del feminismo transnacional, puede ser entendida como una salida a una situación en la que no pudo resolver la paradoja en la que se encontraba; o tal vez fue un acto de subversión en el proceso de “llegar a ser mujer” para dejar una huella en la comunidad.
Ciertamente, el acto fue un motivo de desconcierto para la comunidad, y tal vez, para continuar en la clave transfeminista, será parte de un proceso de construcción de “competencias cultuales” en la comunidad para comprender y actuar en los procesos transgenéricos de la condición transnacional. Se debería tratar de un proceso de cambio que no solamente esté orientado a “tolerar” las distintas formas de “ser hombre” o “ser mujer”, sino, de manera muy importante, de cambiar las relaciones de poder en las que se construye el proceso de “hacerse hombre” y “hacerse mujer” no son sólo como un proceso simbólico, sino como una práctica que involucra a los cuerpos y que al final del camino, pueden ser un asunto de vida o muerte.
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