Kitabı oku: «La Pandilla»
LA PANDILLA
Vianos, verano de 1970
[José Garrido Villanueva]
Primera edición: enero de 2020
© Copyright de la obra: José Garrido Villanueva
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
ISBN: 978-84-121212-3-0
Depósito Legal: B-25416-2019
Corrección: Teresa Ponce
Ilustración de portada: Adrián Garre García
Maquetación: Celia Valero
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions
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PRÓLOGO
Al final, el verano de 1970 nos dejó una de las peores experiencias que se puedan vivir, sobre todo siendo niños. No puedo borrarme de la cabeza la imagen de aquel cortejo fúnebre caminando hacia el cementerio aquella tarde soleada de septiembre.
Don Marcelino, el alcalde; don Arsenio, mi maestro; don Celestino, el cura… caminaban con cara de pesadumbre, como si sobre Vianos hubiera caído una maldición. Y es que, al ser un pueblo pequeño, las desgracias parecen más grandes, porque nos conocemos todos y llegan a toda la gente: grandes y pequeños, hombres y mujeres…
También acompañaban la comitiva Rufino el Pastor; el alguacil; Berto, sobrino del alcalde, y sus amigos; el Alicates, que decimos que es el tonto del pueblo, pero, en realidad, lo que le pasa es que le falta un tornillo; Felipe, el camionero; su padre, Venancio; Andrés, el del bar de la plaza Mayor; Bárbara, Lola, la Pili y la Mila, que eran las chicas con las que a veces jugábamos mi pandilla y yo; por supuesto, nuestras familias —las de mis amigos y la mía, quiero decir—, y mis amigos y yo, faltaría más. En fin, toda la gente del pueblo quiso acompañar en esa despedida a aquella familia destrozada. En nuestras caras tristes se veían los efectos de la terrible desgracia que sacudió el pueblo a últimos de aquel verano que, al final, marcó un antes y un después en nuestras vidas.
Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos tres meses atrás. Abrámosle las puertas a un verano que, como todos por aquella época, se presentaba genial.
1. EL REMANSO
No os podéis imaginar las ganas que teníamos de coger las vacaciones. ¡Qué hartura de Matemáticas, Lengua, Historia y, sobre todo, de don Arsenio! En aquella época en que los días ya eran largos y calurosos, oírle hablar de fórmulas, de apotemas, de predicados y sustantivos daba una desazón... Cuando mirábamos la ventana y veíamos aquel sol tan espléndido, que parecía llamarnos, volvíamos los ojos hacia la pizarra con una cara de asco que no podíamos con ella.
Menos mal que en aquella hermosa época del año, la primavera bien avanzada nos traía un entretenimiento al que nos entregábamos con ganas. No solo porque era la antesala del verano, al que llevábamos esperando durante meses, sino que, además, nos lo pasábamos en grande.
Se trataba de coger renacuajos, que durante esos días estaban viniendo al mundo. El lugar elegido por la mayor parte de los niños de Vianos para buscar estos pequeños bichos era el arroyo de las Moreras. Pero quiero aclarar que este es el nombre formal, porque todos en el pueblo lo conocíamos por el Royo, así sin más. Y es que, claro, como decía mi padre, «con el agua que lleva, ¿para qué quiere más nombre?». Pues eso digo yo.
Pero resultaba que aquel invierno había sido abundante en lluvias y el Royo rugía como si estuviera cabreado. Nosotros buscábamos los renacuajos en el mismo nacimiento del arroyo, en un sitio que, como no puede ser de otra forma, se llama el Nacimiento.
Para llegar hasta el Nacimiento basta con coger la carretera del Royo, que no está asfaltada y tiene piedras para dar y tomar. Al comienzo de esta carretera hay unas cuantas eras, que son como corrales grandes con las paredes de piedra muy bajas y el suelo también empedrado. Aunque entre piedra y piedra nace bastante hierba y esto hace que, sobre todo en primavera, presenten un color verde muy bonito.
En estas eras, que, por cierto, también las hay en otras partes del pueblo, era donde lo agricultores trabajaban el cereal segado para separar el grano de la paja. Esta labor, si se hacía al método tradicional, exigía un gran esfuerzo, aunque las cosechadoras ya funcionaban en esa época y el trabajo se hacía mucho más soportable. De todos modos, ya os hablaré sobre este asunto un poco más adelante.
Tengo que deciros que la carretera del Royo tiene un desnivel apreciable y algunas curvas son muy cerradas, como una que se encuentra a mitad de camino hasta el Nacimiento y da vista a todo el valle. En esa, si te pasas de frenada, caes por un terraplén lleno de rocas y, bueno, ya te puedes ir despidiendo de este mundo.
Más abajo, como a dos kilómetros del pueblo o algo más, en otra curva de aúpa, hay un puente de piedra que a mí me gusta mucho. Por debajo de él pasa el arroyo de las Moreras, o sea: el arroyo que da nombre a todo el valle y que está lleno de huertos, con algunos olivares más abajo; es decir, lo que se viene llamando el Royo de toda la vida. El Nacimiento está a menos de doscientos metros a la parte de arriba de ese puente. Es facilísimo llegar andando hasta él. Allí hay varias charcas donde abundan los renacuajos.
Cada uno de nosotros llevaba un frasco donde alojar a los animalillos que capturáramos, después de haber vertido en su interior un poco de agua para que pudieran vivir hasta que los lleváramos a casa y los instaláramos en recipientes mayores.
Pero antes de seguir, me gustaría aclarar algo. Los que no viváis en pueblos pequeños os preguntaréis por qué motivo atrapábamos a estos animales inocentes. También, por qué hacíamos tantas otras cosas que iréis conociendo a lo largo de estas páginas. Seguro que nuestras diversiones eran distintas a las vuestras en las grandes ciudades, pero, claro, cada uno se debe amoldar a lo que tiene. Y en el pueblo, si algo está de sobra es naturaleza y ganas de disfrutar de ella. Y eso es lo que hacíamos mis amigos y yo.
Veréis, en esas tardes de calor daba gusto llegar a una charca repleta de renacuajos, descalzarse, meter los pies en el agua fría y emprender una batalla campal contra los pobres bichos, que recorrían la charca a gran velocidad. Y hacíamos competiciones para ver quién era capaz de meter más bichos en su frasco.
Pero la diversión no terminaba ahí. Luego, en nuestra casa, los cuidábamos y los veíamos hacerse mayores, observando cómo perdían la cola y les crecían las patas, hasta convertirse en ranas diminutas que intentaban escapar del envase donde las teníamos guardadas. Y, por último, para que no penséis que éramos unos..., bueno, lo que podáis pensar que éramos, las llevábamos de nuevo al Nacimiento y las poníamos en libertad.
Quería aclarar esto para que no penséis que no teníamos escrúpulos. Es cierto que solíamos hacer algunas trastadas, bueno, lo dejaremos en muchas, pero eso no significa que lo destrozáramos todo a nuestro paso. Éramos niños, igual que los demás.
Debo decir que Pablo era el más hábil de la pandilla, y no solo en coger renacuajos, sino en todo lo demás. Ponía un pie a cada lado de la charca y con rápidos movimientos de manos causaba estragos en la población. Después, a gran distancia, me encontraba yo. Cogía alguno de vez en cuando, siempre entre una serie de manotazos inútiles que ponían a Pablo de los nervios.
—¡Eres el colmo, Blandengue! —me solía decir cuando fallaba.
Debéis saber que en los pueblos pequeños muchas personas, sean pequeñas o mayores, tienen un mote. Este puede hacer referencia a su forma de ser, a su apariencia física o al oficio que haya tenido.
Algunos motes son muy feos, porque representan lo peor que los demás ven en esa persona. Por eso se lo ponen, para resaltar sus defectos. Y no es raro que haya gente que le fastidie que no la llamen por su nombre, porque, claro, si uno tiene un mote tan feo, lo normal es que no le guste que lo llamen por él. Este era mi caso, porque desde siempre he sido bastante sensible y me cuidaba mucho de hacer ciertas gamberradas, y eso en un pueblo tan pequeño como Vianos tiene un precio. De cualquier forma, diré que mi nombre es Fernando, Nando para los amigos.
De todos modos, moleste o no, si tienes mote te lo dicen de todas formas. Así que ¿para qué enfadarse si va a dar igual? También debéis saber que existen motes que pasan de padres a hijos, como si se arrastraran de generación en generación.
Por lo que respectaba a Luis, bueno, ¡qué malo era!, no cogía un renacuajo ni por recomendación divina. Lo veíamos superconcentrado, preparando un golpe que parecía mortal de necesidad y, cuando conseguía asestarlo, el bicho se había metido en el último rincón. Como era natural, nosotros guardábamos las distancias para que no nos pusiera chorreando. Y también nos tronchábamos de risa, que todo hay que decirlo.
—No sé por qué os reís, si he estado a punto de pillarlo —se defendía él.
¡Era para matarlo a huevazos!
Pero, si había alguien que pudiera considerarse aliado de los renacuajos, ese era Javi. Y es que era muy poco habilidoso, pero no solo en eso, sino en todo lo que se ponía. Recuerdo una tarde que, cuando disparó la mano en busca de un renacuajo que creía a su alcance, se le resbaló un pie y cayó de culo en el arroyo. Tuvieron que pasar muchos minutos hasta que se nos pasara la risa contagiosa que nos atacó a los tres antes de que pudiéramos ayudarle a salir del bache que su enorme trasero ocasionó en el lecho del arroyo. Luego se miró los pantalones llenos de barro, con las lágrimas asomándole por el rabillo del ojo. Otras veces, al agacharse, la presión de los intestinos liberaba un poderoso trueno que nos hacía retorcernos de risa, al tiempo que poníamos tierra por medio, o sea, que salíamos pitando.
—¡Eres más guarro que una cloaca! —protestaba Pablo.
—Es que… yo… —mascullaba Javi.
Tirillas y yo nos tronchábamos. Incluso se nos quedaba esa risa floja, ya sabéis, la que hace que uno la emprenda a carcajadas ante cualquier tontería que pueda pasar después. Bueno, quiero deciros que Tirillas es el mote por el que todos conocíamos a Luis. Y es que era tan delgaducho que parecía que se iba a romper.
En fin, como quien no quiere la cosa, ya os he presentado a mis tres mejores amigos. Los cuatro formábamos una pandilla genial. Mi abuela nos llamaba los Cuatro Jinetes de la Pocalisis, que no sé muy bien lo que quería decir con eso, pero es que... como hablaba tan mal...
Pero vayamos a aquella tarde de primavera, con las vacaciones de verano metidas entre ceja y ceja, cuando estábamos en el lugar donde era seguro que cogeríamos un buen puñado de renacuajos. Así lo pensábamos nosotros.
Allí, en las charcas del Nacimiento, nos juntamos casi todos los chicos del pueblo, una docena más o menos. La mayoría solo llevábamos nuestro frasco para guardar las capturas, pero para cogerlos íbamos con las manos limpias; era más divertido atraparlos con las manos que con la red como hacían algunos. Debido a que sobraban pescadores se crearon algunas tensiones, que podrían haber acabado mal de no ser por la genial idea que se le ocurrió a Pablo.
—¿Por qué no nos vamos al Remanso? —nos dijo a los tres, con cuidado de no ser escuchado por los demás.
—¿Dónde está el Remanso? —preguntó Javi muy serio.
—¡Eres increíble! —le respondió Pablo con desprecio—. A ver cuándo le dices a tu madre que te destete. Pareces un crío pequeño.
Yo hice un gran esfuerzo por contener la risa, a pesar de que tampoco tenía ni idea de dónde estaba el puñetero Remanso.
—¿Y qué es un remanso? —Ahora era Luis quien pedía información.
Pablo le dirigió una mirada feroz y él se arrugó hasta convertirse en una pasa. Yo encontré el momento para aportar a la situación un toque culto y apuntarme un tanto delante de todos.
—Es una poza que se produce en el cauce de un río debido a una depresión del terreno...
—¿Ha terminado ya el profesor?
Esta pregunta de Pablo, llena de mala leche, no aclaró en absoluto si había acertado con mi intervención, pero sí me convenció de que era el momento de callarme. Sin añadir una palabra más, Pablo nos hizo un gesto y echó a andar hacia la carretera. Nosotros le seguimos con paso escurridizo, sin hablar.
—¿Es que os vais? —preguntó Eduardo, un chico que pertenecía a otra pandilla, que nosotros llamábamos los Pistoleros.
—Ya nos hemos cansado y nos vamos a Vianos —mintió Pablo ante las miradas de algunos otros niños que habían levantado la cabeza al escuchar la pregunta de Eduardo.
Si lo creyeron o no, no lo sé, pero siguieron capturando renacuajos y pasaron de nosotros.
Cuando llegamos a la carretera, en vez de girar a la derecha, por donde se iba al pueblo, caminamos en dirección contraria.
—Veréis como allí no nos molesta nadie —comentó Pablo unos metros más adelante, al pasar una curva que impedía que nos vieran el resto de los chicos.
—¿Crees que habrá renacuajos? —me atreví a preguntarle.
—Seguro que hay a montones.
Tengo que decir que Pablo era el único que se mostraba tranquilo mientras nos distanciábamos de los otros chicos. Los demás, que no estábamos acostumbrados a alejarnos tanto del pueblo, sentíamos un hormigueo en el estómago. Era el temor que nos inspiraba esa repentina expedición hacia un mundo desconocido, un mundo que podría estar poblado por extrañas criaturas. La palabra remanso, aunque se tenga una idea de lo que significa, suena un poco misteriosa, ¿verdad que sí?
—¡Y serán todos para nosotros! —continuaba Pablo, como hablando para sí mismo.
Se notaba la satisfacción que sentía por abandonar un lugar en donde la presencia de otros chicos podía dejarle en un segundo plano; y es que a él le gustaba que lo miraran y que todos pensaran que era el mejor. Quiero decir que cuando estaba con nosotros era él el que mandaba, pero, en presencia de otros, la cosa no estaba tan clara. Ya os iréis dando cuenta de eso.
Mientras andábamos carretera abajo, él nos ponía al tanto de sus múltiples andanzas y de la soltura que tenía en todos los lugares por donde se movía. Pero a pesar de la tranquilidad que él manifestaba, el temor se agrandaba dentro de mí con cada paso que daba. Aun así, en el grupo había dos chicos de los que siempre se esperaba que se asustaran antes que yo, y no podía mostrarme débil porque pondría mi imagen en entredicho. Por eso era mejor callarme, porque Luis y Javi ya se quejarían en mi lugar.
I
Seguíamos alejándonos del Nacimiento. La carretera descendía por la margen izquierda del arroyo, llena de curvas, y, por debajo de ella, grandes zarzales, espinos y otras malezas nos separaban de los huertos. A la parte de arriba de la carretera se veían algunas plantaciones abandonadas de almendros, mezcladas con encinas y otras plantas más pequeñas.
Pasamos la curva de donde sale el camino de Las Cabezas, que es una finca privada. A nuestra izquierda se alzaba una colina donde la vegetación era diferente a la que dejábamos atrás. Las retamas y los tomillos daban paso a lentiscos, jaras y cantuesos, los dos últimos en flor, que dotaban al terreno de una bella alternancia en el colorido, variando del blanco de las jaras al morado del cantueso, e impregnaban el ambiente de un profundo olor a esencias que parecía aislarnos de todo.
Y es que el campo, a veces, parece que te quiere para él solo, que no desea compartirte con nadie, por eso te regala esos aromas y esos colores, para que no eches nada de menos y solo quieras estar allí. Esta es la mejor forma que se me ocurre para explicar lo que se siente cuando se está en plena naturaleza.
De vez en cuando oíamos las carreras huidizas de los conejos entre la vegetación o el vuelo de las aves que se movían de rama en rama buscando su sustento y el de sus hijos. De pronto, asustada por nuestra presencia, una serpiente cruzó la carretera por delante de nosotros.
Yo sentí que se me erizaba el cabello de la nuca. Una ojeada rápida a los rostros de Luis y de Javi me mostró que ellos estaban tan asustados como yo. Pero bastó una mirada inquisitiva de Pablo para que no nos atreviéramos ninguno a rechistar.
Un poco más adelante, tras casi media hora de camino desde el Nacimiento, Pablo se salió de la carretera hacia la derecha y empezó a cruzar un olivar en dirección al arroyo. Nosotros le seguíamos expectantes, aunque un poco temerosos por lo que pudiéramos encontrarnos al llegar al Remanso, ese misterioso lugar que cada vez nos gustaba menos.
—Ya estamos llegando —anunció Pablo con voz triunfal. Aunque tengo que reconocer que yo no compartía su euforia.
Con mucha cautela, nos acercamos detrás de Pablo hasta la orilla del arroyo. El cauce estaba incrustado entre dos filones de tierra. A ambos lados se ceñían aglomeraciones de zarzas y un sinfín de plantas desconocidas para mí.
Por término medio no medía más de tres metros de ancho. Estaba sembrado de pozas de escasa profundidad y numerosos saltos de agua. Todo el conjunto componía una imagen preciosa, aunque sé muy bien que la inseguridad que sentíamos aquel día, tan lejos de las tierras conocidas, no nos permitía apreciarla como era debido.
—¿Es este el Remanso? —preguntó Luis con cierta ansiedad.
Él no lo decía, pero yo sabía muy bien que no le apetecía alejarse más del pueblo. El miedo se le notaba hasta por encima de la ropa.
—¡Claro que no! —respondió Pablo irritado—. Estos no son más que charcos. El Remanso está un poco más abajo. Os he traído aquí para ver si hay renacuajos.
Sí, había renacuajos, y muchos. También se veían plantas acuáticas que asomaban llenas de flores blancas sobre la superficie del agua.
—¿Qué os había dicho yo? —dijo Pablo lleno de orgullo.
Aunque nos disgustara tener que reconocerle algún mérito, porque él era el primero en darse bombo, en esa ocasión era justo darle la razón. Si había un lugar donde se podían capturar renacuajos en abundancia, sin duda alguna, era este tramo del arroyo, siempre y cuando no le dieran a uno miedo los bichos que pudieran estar escondidos entre las plantas o las rocas que se veían en el lecho.
Enseguida pensé que era el sitio idóneo para pasar el resto de la tarde. Pero, como era de esperar, una vez que estábamos allí, Pablo no se conformó con que nos quedáramos en ese lugar, y eso que Luis, Javi y yo no queríamos más emociones por aquel día. Pero eso a él le daba igual. Tenía metido en la cabeza que iríamos al Remanso, y a ver quién era el guapo que lo convencía de lo contrario.
Cuanto más hablaba del Remanso, más interés perdíamos nosotros en conocerlo. De buena gana habría dado allí mismo la vuelta y regresado a mi casa. Eso sí, llenando antes el frasco de renacuajos, que para eso habíamos ido.
—¿Por qué..., por qué no... nos quedamos aquí? —fueron las palabras atropelladas de Javi en un torpe intento de hacerle entrar en razón.
Pero Pablo no estaba dispuesto a perder la oportunidad de impresionarnos y postrarnos a sus pies más aún de lo que ya estábamos.
—¿Estamos al lado del Remanso y no vamos a llegar hasta él? —preguntó poniendo cara de incredulidad.
—A mí también me da igual —murmuró Luis.
El brillo de sus ojos le delataba. Este tenía más miedo que yo.
—¡Tú cállate, Tirillas! —fue la cortante respuesta de Pablo.
Después me miró a los ojos, con una mezcla de ira y desafío en la mirada. Yo bajé la vista, nervioso y asustado.
—¡Andando! —concluyó.
Una simple ojeada al Remanso y nos dieron ganas de volvernos. Era inmenso. Un enorme socavón del terreno que se extendía por la margen derecha de la corriente, justo enfrente de donde estábamos nosotros. En esa parte, la orilla se elevaba formando un cortado escabroso, lleno de maleza que se descolgaba sobre el agua y cubría una amplia zona de su superficie.
El fondo era un cenagal oscuro que no dejaba ver el lecho. Por la izquierda, junto a nosotros, corría el agua cruzándolo a lo largo, mientras que al otro lado se arremolinaba, portando ramas, hojas secas y pequeños cadáveres de animales ahogados, que giraban sin parar sobre un agua estancada. En la parte de abajo, donde el arroyo se estrechaba y recobraba su cauce normal, muchas plantas de todo tipo se elevaban desde el fondo buscando la luz, y también contribuían a engrandecer el misterio que encerraban esas profundidades.
Desprendía un olor raro, como a cieno y podredumbre, que resultaba bastante desagradable. Pero lo que más me chocaba era la calma que transmitían las aguas del Remanso. Parecía que el tiempo no pasaba por ellas, con su lento fluir día y noche y año tras año, siempre igual, sin permitir que nada ni nadie la alterara, consciente de su poder. Nosotros percibíamos ese poder y eso nos inquietaba.
Miramos el Remanso como si estuviéramos hipnotizados, sin darnos cuenta de que el sol estaba próximo a ponerse tras las lejanas laderas que teníamos a nuestras espaldas. Tengo que decir que yo estaba casi temblando, y Javi y Luis, tres cuartos de lo mismo. Seguro que en nuestros ojos se reflejaba el miedo que teníamos. Sin embargo, los ojos de Pablo se mostraban indescifrables, igual que las aguas oscuras del Remanso.
—Miremos si hay renacuajos —dijo Pablo aproximándose a la orilla.
Nosotros le seguimos rezagados, titubeantes, no teníamos ganas ningunas de acercarnos al agua. Desde arriba no se veían renacuajos, pero sí vimos algunos peces, y ranas que saltaban desde la orilla y nadaban veloces para esconderse entre las plantas, y después asomaban las cabezas y nos miraban con sus ojos saltones.
Pablo se situó al borde mismo del agua. Su audacia aumentó nuestro temor.
—Venga, acercaos más. No seáis cobardes —dijo.
Más que de una invitación se trataba de una orden. Los tres nos colocamos detrás de él, cagados de miedo. Un bicho parecido a una rata nadó por la misma orilla en que estábamos. Dimos un respingo y Pablo explotó a reír. Pero nosotros no nos reíamos. Hacía ya rato que no teníamos ganas de reírnos, porque aquella aventura no tenía nada de divertida. Os lo digo yo.
Con mucho disimulo, Pablo rodeó con su brazo la espalda de Javi y le dio un pequeño empujón, como si quisiera tirarlo al agua. Javi intentó escaparse mientras lanzaba un grito desesperado. La risa de Pablo era histérica. Luis y yo estábamos muy asustados. Javi redobló sus gritos viéndose encima mismo del agua.
—Tranquilo, hombre, que no te voy a tirar —dijo Pablo sin parar de reír.
Entonces vimos una imagen espeluznante: por la orilla de la maleza que se descolgaba sobre el Remanso, una serpiente grandísima avanzaba ondulándose sobre el agua. Ni siquiera nos miró, como si no le importara ni temiera nuestra presencia.
Nada más verla, Javi se revolvió con violencia, tratando de librarse del abrazo de Pablo. De pronto, resbaló y cayó al agua como un pesado fardo. Nos quedamos perplejos viéndole luchar por mantenerse a flote. Pero sus esfuerzos le desviaron de la corriente y en pocos segundos estaba allí donde el agua se arremolinaba y giraba sobre sí misma, muy cerca de donde habíamos visto la serpiente. Las zarzas y espinos que se descolgaban desde la orilla le rozaban la cabeza. Y él chapoteaba desesperado por no caer hacia el fondo.
—¡Tenemos que sacarlo! —gritó Pablo—. ¡No sabe nadar!
Estas palabras nos volvieron a la fría realidad y los nervios nos atenazaron. Era cierto que Javi no sabía nadar, pero es que nosotros, aunque nos defendíamos en el agua, no nos sentíamos capaces de sacar un cuerpo tan pesado como el suyo. Además, nos daba un miedo terrible tirarnos a esas aguas oscuras. Por eso no sabíamos qué hacer. Por eso estábamos paralizados.
Luis empezó a llorar. Pablo me cogió del brazo, tratando de evitar que la actitud de Luis me arrastrase a mí también.
—Tenemos que buscar un palo y tendérselo para que se agarre. Es la forma más fácil de sacarlo —me dijo.
Tan nervioso como estaba, tardé unos segundos en comprender sus palabras.
—¡Venga, rápido! No hay tiempo que perder —me gritó.
¡No encontrábamos nada!
Yo sabía que Pablo había sido el culpable de que Javi cayera al agua. Por eso, él tenía que haberse tirado para salvarle. Si no lo hizo era porque estaba tan asustado como nosotros. Pero a ver quién se atrevía a decírselo.
—Se está hundiendo —dijo Luis entre sollozos.
Pablo y yo regresamos a echar un vistazo. Javi ya no se veía. En su lugar había una zona de agua turbia. Algunas burbujas asomaban a la superficie. No quería ni imaginar lo que eso significaba.
—¡Vamos a buscar el palo! —urgió Pablo.
Noté que su voz estaba cambiada. Y no era solo por el miedo; su rostro desolado me mostró que no creía que se pudiera hacer ya nada por Javi. Seguro que lo intentaba, porque uno no puede estarse quieto viendo morir a un amigo por muy gordo y torpe que sea. Por mucho que a veces nos entraran ganas de alejarnos de él para siempre, era nuestro amigo y..., y dolía mucho saber que se estaba ahogando y no podíamos hacer nada para ayudarle.
Las lágrimas me corrían por la cara cuando eché a andar con intención de ayudar a Pablo a buscar el palo. Ambos sabíamos que no podríamos salvar a Javi. Como mucho, nuestros actos nos ayudarían a retrasar el momento de enfrentarnos a aquella terrible desgracia.
—¡Tú también vienes! —gritó Pablo dirigiéndose a Luis.
Este nos siguió con desgana, sin parar de llorar, limpiándose los mocos con el dorso de la mano. Era una imagen de lo más desoladora. Jamás me he sentido tan pequeño y vulnerable como en ese momento. Viendo a Luis llorar como un bebé, sintiéndome yo mismo insignificante y oyendo a Pablo dar órdenes atropelladas, sin más intención que mantenernos ocupados, comprendí que no es necesario hacerse mayor y madurar para descubrir lo terrible que a veces puede ser la vida.
Cuando volvimos con el palo, no había ni rastro de Javi. Las aguas del Remanso, las que bordeaban la zona de los zarzales y los espinos, se aclaraban y mostraban un vacío inquietante. Miramos su superficie durante unos minutos, afligidos y furiosos por su engañosa inocencia.
II
Las primeras sombras de la noche nos saludaron con humildad, como si quisieran pasar desapercibidas ante el duelo que nuestras miradas sostenían con el Remanso. Como era natural, perdimos el desafío. Así lo demostraron las palabras de Pablo.
—No podemos hacer nada —dijo—. Vámonos. Más abajo hay un vado por donde podremos cruzar. Por el otro lado, en dirección a la fuente de Gilobo, hay un atajo y será fácil subir hasta la carretera. Y ya estaremos cerca del pueblo.
Alzamos la mirada en la dirección que él nos indicaba con el brazo. Sabíamos dónde estaba la fuente de Gilobo, un poco más abajo de la curva que ya mencioné antes, esa que daba vista a todo el valle. Pero para llegar hasta ella tendríamos que recorrer más de un kilómetro, con un tramo final de rampas muy pronunciadas, repletas de arbustos, por donde apenas se distinguía camino alguno. Eso lo sabía porque lo había visto muchas veces desde lo alto cuando bajaba hacia el Nacimiento.
Sin saber qué explicación daríamos al llegar a casa, es más, incluso sin tomar conciencia de lo que hacíamos, echamos a caminar en busca de la carretera. Íbamos cabizbajos, sombríos y silenciosos. De vez en cuando, algún sollozo nos brotaba de la garganta para que no se nos olvidara lo que acabábamos de presenciar.
Poco más abajo del Remanso, el arroyo estaba cruzado por un camino. En él, el agua se extendía y, como había dicho Pablo, se veían varias piedras gruesas que servían de apoyo para los pies, lo que permitía pasar sin mojarse. Ya empezaba a oscurecer, pero nos resultó fácil cruzarlo saltando sobre las rocas.
El primer tramo lo seguimos sin dificultad. Se trataba de un camino ancho que nos adentraba entre olivares y bancales, algunos de los cuales estaban sembrados de hortalizas.
Me preguntaba qué pasaría por la cabeza de Pablo, si se sentiría culpable por causar el accidente que le había costado la vida a Javi. Ignoraba si él, que parecía saber siempre lo que tenía que hacer, asumiría su responsabilidad en el accidente o si, por el contrario, aprovecharía el poder que tenía sobre nosotros para darle a la situación el giro que más le conviniera. Y es que me aterraba que quisiera cargarnos a nosotros con las culpas. Desde luego, si lo hacía, yo no estaba dispuesto a callarme. ¡Esta vez no!
Si digo la verdad, no tenía ganas de volver a mi casa. ¿Con qué cara nos enfrentaríamos a nuestros padres? ¿Qué ocurriría cuando la madre de Javi nos preguntase por él? ¿Qué le contestaríamos? ¿Podríamos convencerla de que había sido un accidente? Porque por mucho que Pablo quisiera gastarle una broma, la verdad es que fue un accidente. ¡Cielo santo, éramos niños! Estábamos desesperados.
Nuestro caminar se volvió muy lento cuando dejamos atrás las tierras de labor y nos adentramos en las primeras rampas. Sorteábamos retamas, tomillos, matas de espliego... Y fue entonces cuando noté que, camufladas entre las sombras, había algunas aliagas espinosas que nos lastimaban las piernas.
Pablo iba pensativo encabezando el grupo. Yo andaba detrás de él a algunos pasos de distancia. Los pies me pesaban como si fueran de hormigón. Detrás de mí, Luis sollozaba sin parar, recordándonos la terrible tragedia que acabábamos de vivir. La noche se nos venía encima, más oscura que nunca. Nuestra situación no podía ser más horrible. Cuánto hubiéramos dado por habernos quedado en el Nacimiento. Claro que, si las cosas se supieran...
Un rato después llegamos a la fuente de Gilobo. Nos acercamos a ella y bebimos. En otras condiciones, beber un agua tan fresca tras la tremenda pendiente que dejábamos atrás habría sido un momento memorable. Pero aquel no era el caso. De modo que descansamos durante un buen rato. Aunque era tarde, le verdad es que no encontrábamos el momento de ir a nuestras casas. No nos apetecía. Aun así, seguimos caminando entre las sombras ya opresivas de la noche.
Llegábamos ya a la carretera. A nuestras espaldas, al fondo del valle, el arroyo era una cinta plateada que refulgía en la oscuridad. Las luces del vehículo relampaguearon en el cielo aun antes de que fuéramos capaces de oír el sonido del motor. Venía desde Vianos, pero las curvas y los desniveles de la carretera impedían ver el coche. De cualquier forma, sabíamos que en muy poco tiempo pasaría por nuestro lado.
En medio de un silencio intenso, el sentimiento de culpabilidad que nos atenazaba nos hacía sentir pequeños y vulnerables. Parecía que todos los ojos estuvieran puestos en nosotros y que los faros del coche peinaban la zona para encontrarnos. Nos quedamos contemplando como hipnotizados el vehículo que se aproximaba carretera abajo. Al final escuchamos la voz de Pablo.
—¡Agachaos, estúpidos, que os van a ver! —dijo con cara de mal genio, esa que siempre muestra cuando las cosas van mal o no van como a él le gusta que vayan.
Un pequeño grito de dolor se me escapó cuando un hierbajo me raspó la pierna al ponerme en cuclillas.
—¡Ya está otra vez el Blandengue! —La irritante voz de Pablo volvió a sonar casi encima de mí—. Como nos descubran por tu culpa te juro que te la cargas.
Me callé porque no quería enfadarlo. Ninguno de nosotros quería nunca enfadarlo porque tenía muy mal genio. Y más con la tensión que había en esos momentos.
Al fin, el coche pasó de largo. Estaba claro que no nos buscaba. Después del coche llegó el silencio, y también las dudas acerca de lo que haríamos porque..., porque no queríamos volver al pueblo. Después…, después fue Tirillas quien habló.
—¡Pablo! ¡Nando! ¿Qué es eso que viene por ahí?
Miramos hacia abajo y vimos que una figura ascendía a paso lento en dirección a nosotros. Nos quedamos petrificados. Helados.
—¡Es Javi! —dijo Pablo sorprendido.
Tenía razón, era Javi, y estaba diciendo algo. Pusimos la máxima atención.
—¡He muerto! —decía con voz cavernosa—. ¡He muerto!
—¡Venga, gordinflón, no seas imbécil! —dijo Pablo.
Javi se acercaba a nosotros.
—¡He muerto!
Un escalofrío nos recorrió la espalda cuando, a la luz de las estrellas, nos dimos cuenta de que los contornos de su imagen se mostraban irreconocibles.
—¡He muerto! —repetía con el mismo tono ronco y extraño de antes.
Totalmente asustado, contemplé los hierbajos que le colgaban por todas partes.
—¡He muerto! —volví a escuchar, y estuve a punto de desmayarme del miedo que tenía.
A continuación, una risa chillona me libró de todos mis temores.
—¡Os he engañado! —rio Javi con toda el alma.
—¡Eres un maldito imbécil! —le grité, lleno de rabia—. Nos has dado un susto de muerte.
—Eres un fantasma —gruñó Luis desconcertado—. Hemos visto como te hundías y te morías en el Remanso, porque no sabes nadar.
—No me he muerto —se defendía Javi—. Me he escondido entre la maleza, donde no podíais verme. Y después he salido agarrándome a la broza que cuelga desde la orilla.
—Es mentira. —Luis seguía con su manía de que era un aparecido—. Hemos visto las burbujas cuando te estabas ahogando. ¡Estás muerto! ¡Eres un fantasma!
Se notaba que Javi saboreaba su momento. Nos había engañado a todos y se sentía feliz. No podía culparle por eso. Siempre era el último mono, el hazmerreír de todos. Y ahora se divertía sabiendo que por una vez quedaba por encima de los demás.
—No me estaba ahogando —decía, recreándose con sus palabras—. ¿Te has tirado alguna vez un pedo debajo del agua? Pruébalo, hace milagros.
Cuando parecía que todo acabaría bien, cuando se me saltaban las lágrimas por la emoción de verle vivo, fue Pablo quien no pudo contener su rabia y corrió hacia él como una fiera.
—¡Eres un idiota, gordinflón! —gritó fuera de sí, y le dio un puñetazo en la cara.
Javi cayó al suelo como un fardo y rodó por la ladera. Pablo avanzó hacia él soltando maldiciones. Se agachó a su lado y le cogió por el cuello.
—Déjale. Le vas a hacer daño —dije sin mucha convicción.
—¡Cállate, Blandengue! —me gritó mientras zarandeaba a Javi con furia.
—¡Déjale en paz! —Yo mismo me sorprendí de la fuerza de mi voz—. ¿Acaso habrías preferido que hubiera muerto de verdad?
Pablo lo soltó y me miró durante unos instantes. Una oleada de miedo me puso un nudo en la garganta. Reflexionó por espacio de unos segundos, que a mí se me antojaron eternos.
—¡Por mí, podéis iros los dos al infierno! —gritó.
Después se puso de pie y avanzó hacia la carretera.
Yo respiré aliviado. Me acerqué a Javi y le ayudé a levantarse.
—Venga, Javi, vámonos. Es tarde —le dije.
Javi se sacudió los hierbajos con los que nos había gastado la broma. Estaba sollozando. Sus cinco minutos de gloria habían pasado y volvía a ser la persona insignificante que había sido siempre.
De repente me di cuenta de que no llevábamos los frascos donde íbamos a guardar los renacuajos que capturáramos. Debimos dejarlos en el suelo cuando Javi cayó al agua. Por mí se podían ir al infierno los frascos y los renacuajos. Ya no me quedaban ganas de repetir la experiencia.
Poco después alcanzamos la carretera y caminamos por ella. El sonido incansable y triste de los grillos que se escondían en las cunetas nos acompañaba. Sabía que en casa se enfadarían mucho conmigo por llegar tan tarde, pero no me importaba. Rodeé a Javi con el brazo y lo apreté contra mí, feliz de que después de todo estuviera a mi lado.
2. LA CUEVA DE LAS ESTALACTITAS
Según supimos al día siguiente de nuestra aventura en el Remanso, todos nos llevamos una buena bronca. Sobre todo Javi, que iba de porquería de los pies a la cabeza. Menos mal que se le ocurrió decirle a su madre que se había caído en el Nacimiento. Si le dice que habíamos ido más lejos, le arranca las orejas, que yo sé muy bien cómo se las gasta esa mujer. Pero, bueno, aquello había pasado hacía una semana.
El día del que quiero hablaros ahora, los miembros de la Pandilla estábamos bastante alborotados. Pero os aseguro que había un motivo muy importante para que así fuera. Y es que esa mañana nos enteramos de un rumor impresionante.
Juan el Hortelano, que vive cerca de mi casa, le había pasado a mi padre una noticia que cuando se la conté a mis amigos nos trajo de cabeza. Todo venía a raíz de la impresionante tormenta que cayó la tarde anterior, la segunda en siete días, y que acabó cuando ya estaba bien anochecido.
Según tengo entendido, los mayores miden las tormentas por los litros de agua que caen, o por los destrozos que causan cuando son de granizo. En cambio, los niños las medimos por el miedo que nos dan. Fue una tarde tremenda, durante varias horas estuvo cayendo agua a cántaros, como se suele decir en el pueblo. En el cielo se veían relámpagos y culebrinas, y parecía que los truenos nos iban a reventar los oídos.
Confieso que no salí en toda la tarde del susto que tenía. Y estoy seguro de que mis amigos hicieron lo mismo, por mucho que Pablo diga que llegó a empaparse con el agua de la tormenta. Yo pienso que se meó encima y luego trató de enfocar el asunto desde otro punto de vista. Ese a mí no me la cuela. De todos modos, Tirillas sí creyó todo lo que decía, pero viniendo de él no me extraña.
Pero vayamos al meollo de la cuestión. Por lo visto, un rayo de la tormenta rompió un árbol en la entrada de una de las cuevas que hay más allá del lavadero. Parecía ser que las entradas estaban tapadas por la maleza y por las piedras que habían caído a causa de..., bueno, que habían caído y ya está; qué más dará que sea por una cosa que por otra.
Por lo que se decía, una de estas cuevas era muy profunda y dentro había estalactitas, ya sabéis, esas columnas que forma el agua con el paso de los años. Pero no se podía acceder a la cueva a causa de la vegetación que tapaba la entrada. Imaginaba que las dichosas estalactitas no le importaban a nadie, de lo contrario, ¿de qué iban a pasar decenas de años sin que entrara la gente? Pero, bueno, si era así, pensaba que era algo de lo que deberíamos alegrarnos, porque, si no, seguro que las habrían estropeado.
Según pude saber, el árbol tronchado por el rayo estaba situado en la entrada de esa cueva, y sus ramas aguantaban la maleza que crecía junto a él, y que estaba regada por el agua que sale de la cueva, procedente de una pequeña fuente que nace en su interior.
Al caer el árbol, se llevó con él toda esa maleza y la entrada quedó libre. ¿Comprendéis ahora el motivo de nuestra impaciencia? ¡Por fin podríamos entrar y descubrir esos tesoros!
—Mamá —le dije cuando aún estaba masticando el último bocado del postre—, me voy a dar una vuelta con mis amigos.
—¿Es que no te puedes esperar a que terminemos todos de comer? No será tan importante lo que tendréis que hacer.
No entiendo cómo los mayores podían ser tan tiquismiquis. ¡Qué más daría que nos levantáramos de la mesa antes o después de que papá le quitara el rabo a la manzana! ¿Es que no eran capaces de descubrir que estábamos nerviosos? ¿O es que disfrutaban sujetándonos, cuando lo único que deseábamos era irnos a toda costa? ¿Cómo podían ser tan ciegos para no advertir que nosotros vivíamos a un ritmo diferente al de ellos?
Lo cierto era que no, no podíamos irnos hasta que papá pelara la manzana y se la comiera, hasta que se tomara el café y se fumara el puro, y hasta que mamá le pusiera al corriente de la interesante aventura que le había supuesto esa mañana ir a la tienda de la Pepi. Porque eso era lo que le estaba explicando: el fascinante encuentro que tuvo con nuestra vecina al salir de casa.
—Me he encontrado a la Manuela esta mañana, y no veas las pintas que llevaba. Iba con los rulos puestos. Y con esas gafas de armadura tan basta que lleva, junto al bigote que tiene, parecía salida de un cuento de terror.
Y explotó a reír a carcajadas.
Tengo que decir que la Manuela no se cansaba de ir a la peluquería. «Como todas las mujeres se emperifollaran como ella —solía decir mi madre—, la Maribel se hacía de oro».
Ya os habréis dado cuenta de que la Maribel era la peluquera. No me gusta hablar mal de nadie, pero cuando mi madre me llevaba para que me pelara, cuando se me echaba encima con ese olor a sobacos que llevaba, era peor que si me fuera a la guerra. Mi padre siempre decía que cobraba poco para los servicios que prestaba. «Además de pelarte, te anestesia para que no te duela, y todo por el mismo precio. Baratísimo».
Mi abuela escuchaba fascinada el relato, con unos ojos de felicidad que parecía que todas sus aspiraciones en lo que le quedaba de vida estuvieran puestas en ver lo ridícula que podía llegar a ir nuestra vecina. Mi padre, en cambio, sonreía de mala gana. Diría que no le prestaba mucha atención a mi madre. Y en cuanto a mí, pues eso, que me hacían muy poca ilusión esos chismorreos en un momento en que me desesperaba pensando que mis amigos estaban a punto de irse sin mí. Como si lo viera.
—¿Me puedo ir ya? —repetí con cara de cansancio.
—Este niño parece que está revolucionado. Lo hace todo corriendo —saltó la abuela.
Menos mal que tenía puesto el aparato de los dientes. Y es que unos días antes, mientras desayunábamos, soltó mi padre una broma de las suyas, y a ella le dio la risa cuando estaba tomando un vaso de leche de cabra de la que le vendía a mi madre la Reme, la mujer de Rufino el Pastor, que también era conocida en el pueblo como la Pastora. Como digo, a mi abuela le dio la risa de pronto y abrió una boca enorme. Pues bien, en toda la boca, la abuela solo tiene un diente en la parte de arriba, y de él colgaba una madeja de nata que le llegaba hasta debajo de la barbilla.
Cuando vi aquella cosa puntiaguda colgándole de la boca, me acordé de una película de Drácula que habían echado por la tele un par de años atrás. Me impresionaron aquellos colmillos que asomaban sobre el labio de abajo. Más que impresionarme, me dieron miedo. Pero, claro, no es lo mismo ver a un vampiro con dos colmillos enormes chorreando sangre que ver a la abuela con un solo colmillo de nata chorreando leche de cabra. Mi padre explotó a reír con ganas, que a mí se me contagiaron al instante, y detrás fue mi madre. Y allí estábamos todos llorando de risa. Era como un funeral, pero al revés.
—Desde luego, tienes una finura… —le dijo mi madre cuando se recompuso del ataque de risa.
—¿Y qué quieres que haga si tu marido me ha hecho reír? ¡Parece que lo hace aposta para dejarme en ridículo!
Y volvimos a reír todos.
Pero aquella tarde no me reía. Sabía que mis amigos estaban esperándome en el banco de la iglesia, en la placeta del Caño.
Quiero deciros que la placeta del Caño, que es como la llamamos cariñosamente, está llena de árboles y de bancos. Uno de ellos está casi enfrente de la puerta de la iglesia, y es donde mis amigos y yo nos solemos juntar, siempre y cuando no esté ocupado, porque hay veces en que también se sientan en él los viejos del barrio, o de cualquier otro barrio, porque Vianos es tan pequeño que desde cualquier punto se puede ir en un santiamén a la Placeta.
Y es que esta plaza, también llamada plaza Cervantes, es un sitio muy acogedor. En las trasnochadas de verano corre un aire muy agradable, y mucha gente sale a tomar el fresco y a hablar con sus amigos o con cualquiera que se encuentre, porque la gente es amable y desde siempre ha acogido muy bien a los forasteros.
Además, esta plaza sirve de paso entre la plaza Mayor y el jardín de las Escuelas, donde están las escuelas, claro. Pero, bueno, ya os hablaré de todo esto, que parece que me estoy liando demasiado.
Aquella tarde, viendo que me retrasaba, me estaba imaginando a Pablo hablando de mí con el sarcasmo que le caracterizaba: «Desde luego, el Blandengue siempre llega el último. A ver cuándo le dice a su madre que lo destete». Odiaba cuando hablaba así de mí, porque también me imaginaba a los demás tronchándose de risa.
Mi padre me miró y me guiñó un ojo. Enseguida pensé que trataba de decirme que me podía marchar, y sin más tardar me levanté, sin mirarle, por temor a haber interpretado mal su mirada y resultara que todavía no podía irme. Fui hacia la puerta y salí al pasillo, disimulando, pero sin cortarme ni un pelo. ¡Y dio resultado! Parecían estar más interesados en el encuentro de mi madre con la vecina que en mi ausencia. Pero podéis estar seguros de que no me mosqueé por eso.
El sol calentaba de lo lindo cuando asomé la nariz a la puerta de la calle, pero no me importaba. ¡Íbamos a descubrir la cueva de las estalactitas! No quiero decir con esto que nunca antes hubiera sido vista, pero después de llevar muchos años con la entrada taponada, para nosotros, que solo teníamos un leve conocimiento de su existencia, la verdad es que suponía todo un descubrimiento.
Como ya imaginaba, mis amigos estaban en el banco de la iglesia.
I
Cuando me vieron aparecer al doblar la esquina que da vista a la iglesia, oí la voz sarcástica de Pablo.
—Desde luego, Blandengue, siempre llegas el último. A ver si le dices a tu madre que…
—Te destete —terminé yo la frase por lo bajo, muy harto de las burlas de Pablo.
Tirillas empezó a reírse con la boca abierta, como es costumbre en él. Y Javi… Bueno, Javi estaba como atontado, como casi siempre, sobre todo cuando hacía calor. Lo veías colorado y bufando como un toro en una plaza. Casi nunca tenía ánimos para nada.
Del hombro de Pablo colgaba una especie de madeja que no llegaba a identificar.
—¿Qué es eso que llevas en el hombro? —pregunté antes de llegar.
No era tanta mi curiosidad como las ganas que tenía de desviar su atención y evitar una nueva reprimenda por mi tardanza.
—Una cuerda. ¿Es que no lo ves? —dijo él en tono despectivo.
—¿Y para qué queremos una cuerda?
—¡Este tío es tonto! ¡Por si acaso tenemos que escalar! —me respondió cabreado el muy idiota.
Yo no sabía ni cómo le aguantaba.
—Ahhhh.
—Bueno, ¿nos vamos ya o vamos a seguir con la cháchara?
Nos pusimos en camino los cuatro. Pablo iba delante, le seguía Tirillas pisándole los talones, después iba yo y Javi detrás de mí. Enfilamos por la calle Ramón y Cajal, esa que normalmente se llamaba calle Nueva, no tengo ni idea de por qué motivo. Y cuando llegamos a las Cuatro Esquinas, cruzamos la calle Mayor y anduvimos por la calle Cabrero. Enseguida llegamos a la plaza del mismo nombre y salimos por una bocacalle que nos sacaba del pueblo. Enfrente de nosotros estaba el hueco de los Quiñones, un barranco profundo por el que subía perezosamente la carretera que nos unía con Alcaraz y, desde ahí, con el resto del mundo. Desde allí se veía describir una curva muy cerrada al fondo, sobre el puente Manduca.
A izquierda y derecha, estaba la Peña, un acantilado largo con forma de herradura de unos diez metros de alto que enlaza la meseta donde está asentado Vianos con el hueco de los Quiñones. Tenéis que saber que por este barranco desciende el río de los Quiñones, que riega todos los huertos que hay en él.
Pues bien, al pie del acantilado, o sea, de la Peña, hay algunas cuevas que forman lo que nosotros llamamos el Cuvillete. Pero nuestro destino no eran las cuevas del Cuvillete, sino la de las estalactitas, y para eso debíamos traspasar el lavadero. De modo que cogimos el camino y empezamos a bajar. A nuestra derecha, en lo alto de la roca, las casas se asomaban al cantero como si quisieran empaparse de la belleza natural del hueco de los Quiñones.
Zarzas, espinos y otros arbustos se solapaban por las laderas que ascendían buscando el pueblo. Entre el follaje se escuchaban infinidad de pájaros que volaban de rama en rama o, simplemente, le cantaban a la tarde bochornosa de principios de verano.
Cuando llevábamos recorridos unos trescientos metros, a la derecha se separaba otro camino que nos guiaba justo al lavadero. Llegamos hasta él y en su interior sentimos el frescor que desprendía el agua que corría por sus pilas. Al fondo, por un tubo bastante grueso, parecía saludarnos un buen chorro de agua cristalina y fresca, del que bebimos hasta saciar nuestra sed.
De buena gana me hubiera quedado allí a disfrutar del frescor del lugar y del canto de las aves que revoloteaban entre las ramas de los árboles que se levantaban junto al lavadero. Pero, claro, la cueva de las estalactitas nos esperaba, y eso eran palabras mayores.
Salimos del lavadero y lo rodeamos. Entonces nos encontramos con que el camino se dividía en dos. Uno ancho a la izquierda, que avanzaba por la ladera describiendo una ruta bastante llana, llevaba hasta el depósito nuevo, que entonces estaba en construcción. Ya os hablaré de él cuando llegue el momento. Y el camino de la derecha, que era poco más que un tajo abierto entre la vegetación y con el piso lleno de piedras, ascendía formando una rampa importante. Ese era el que nos llevaría a nuestro destino.
Entramos por este último y empezamos a subir la pendiente. Detrás de mí, la pesada respiración de Javi sonaba como un gimoteo, parecía que solo vivía para quejarse, sobre todo cuando ascendíamos una rampa. Como ese tío no se pusiera a régimen e hiciera más deporte se pondría hecho una bola.
—Es posible que la cueva esté a oscuras —anunció Pablo con tono de superioridad—. A ver si os vais a asustar cuando entremos.
Desde luego, ese tío era tonto y chulo y creído. Estaba visto que no se podía mantener una conversación con él sin que quedara claro que era más competente que los demás.
—Y si está a oscuras, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Tirillas, sacando a la luz un tema que podía arruinarnos la expedición, porque ¿y si era verdad que estaba a oscuras?...
Pablo sacó una linterna del bolsillo y nos la mostró con una solvencia que daba asco.
—Para eso estoy yo, que por lo visto soy el único que piensa en todo.
—Desde luego, macho, si no fuera por ti…
Al parecer, Tirillas no podía dejar nunca de ser su más fiel admirador. Me daban ganas de vomitar.
Tras esta demostración de superioridad por parte de Pablo, continuamos el camino callados, envueltos en un pesado bochorno de mediodía de verano. Eché un vistazo hacia atrás y me di cuenta de que Javi había perdido algo de terreno. Me detuve y esperé a que me alcanzara.
—Venga, Javi, date prisa.
—Este tío es insoportable —me dijo con gesto de resignación.
—Todos sabemos que es un creído. Qué le vamos a hacer.
—No me refiero a Pablo, hablo de Tirillas. Siempre está tirándose a sus pies como si le olieran a rosas.
—Tienes razón. Si al menos se tirara a su hermana…
Me salió de pronto, sabía que era una tontería, pero pareció una bomba, porque Javi me miró de frente y explotó a reír con toda su alma. A mí se me contagió su risa y le hice un coro magistral.
Quiero deciros algo: Javi era tan gordo y tan torpe que siempre perdíamos los que jugábamos con él, y nos daban ganas de estrangularlo. Pero otras veces, como en ese momento, viéndole reír se podía captar un brillo especial en sus ojos, era como una tristeza que estuviera siempre ahí. Quizá fuera el desamparo que le producía la falta de fe que tenía en sí mismo y el poco apoyo que encontraba en los demás. Y entonces sentía una pena inmensa por él, porque era una buena persona y no se merecía todo lo que le pasaba. A veces me entraban ganas de abrazarlo y ofrecerle mi amistad más sincera. Pero ese sentimiento solía durar poco, solo hasta que en un nuevo juego me dejara en ridículo otra vez.
—A ver qué es lo que pasa ahí detrás —dijo Pablo, volviendo la cabeza y mirándonos con cara de estreñido, esa que ponía siempre que no se sentía el centro de la atención.
—Habrán visto algo muy gracioso —replicó en son de mofa Tirillas, el hombre de confianza de Superman.
Debéis saber que así, Superman, es como llamábamos Javi y yo a Pablo cada vez que se marcaba un tanto de los suyos. Pero he de reconocer que lo hacíamos por lo bajo, porque no nos atrevíamos a decírselo a la cara. Aunque así, a escondidas, tenía más morbo y sonaba mejor.
A pesar de la cara que puso Pablo, que parecía exigirnos una explicación, no pudimos parar de reírnos. Así que se giró hacia delante y nos dejó un recado.
—¡Vaya par de idiotas!
Y continuó andando. Tirillas le seguía como un perro faldero, y nosotros íbamos tras ellos con la sensación de haber quedado por encima. También con el recuerdo de la hermana de Pablo rondándonos por la cabeza como un bello sueño del que uno no quisiera despertar nunca. Lo digo porque ella era distinta a él. Además de guapísima, era muy dulce. Tenía unos ojos que más que mirarte parecía que te acariciaran. Tenía tres años más que yo, pero no me habría importado ser mayor para… Bueno, pienso que lo que menos me hubiera gustado de esa relación sería el cuñado que iba a tener.
Entramos en una zona especialmente rocosa, que convertía el camino en un trazado retorcido que a veces nos costaba identificar. Y es que era una zona muy poco visitada, y esto hacía que la vegetación se adueñara de todo.
Entre tanto, sufríamos el acoso implacable del sol, de un sol puro y violento que nos miraba con aires de grandeza desde un cielo azul sin una sola nube.
Estábamos dejando atrás la zona de las rocas cuando empezamos a escuchar el susurro del agua. Ya estábamos llegando. Esto, junto con las palabras triunfales de Pablo, pareció sacarnos de la modorra en que nos había sumergido la última etapa del viaje.
—¡Ya veo las entradas de las cuevas!
II
La noticia fue muy bien recibida por los cuatro, y sentimos que nos ponía alas en los pies mientras mirábamos la pared rocosa que se alza sobre las entradas de las cuevas. Desperdigadas entre un amasijo de zarzas, espinos y otros arbustos que no conocía, se veían estrechas y oscuras bocas que parecían esconder grandes misterios. El terreno allí es muy quebrado y nos resultaba difícil acercarnos a las cuevas.
—¿Cuál será la cueva de las estalactitas?
La pregunta era estúpida, tan estúpida como casi todo lo que preguntaba siempre Javi. Y lo digo porque se veía una frondosa hilera de juncos que se extendía desde la pared rocosa, mezclada con la maleza que se había desprendido del árbol roto a medida que descendía por el terraplén. Un chorro de agua escapaba ladera abajo.
—¡Parece que estás en la higuera! —bramó Pablo—. ¿Es que no ves por dónde sale el agua? ¡No sé qué hago con esta gente!
Sí, veíamos por dónde salía el agua y el amasijo de zarzas, espinos y demás matojos que tendríamos que apartar para poder entrar en la cueva. Y también vimos que el árbol no estaba arrancado de cuajo, sino tronchado a unos dos metros de altura, y estaba tan pegado a la entrada de la cueva que esta parecía apenas una grieta en la roca. Yo no sabía si podríamos entrar. Nosotros tres quizá sí, pero Javi lo iba a tener difícil.
—Qué mala pinta tiene esto —se quejó Luis.
—Creo que es hora de empezar con la faena —dijo Pablo ignorándolo mientras colocaba la linterna y la cuerda en el suelo, a un par de metros de distancia para que no sufrieran daños.
Ayudándonos de ramas secas que encontramos cerca, en menos de media hora limpiamos de broza la boca de la cueva. Pero el árbol roto seguía estando allí, dificultando la entrada.
—¿Quién entra primero?
¡Vaya ocurrencia que tuvo Tirillas! Antes de que terminara de formular la pregunta, ya estaba Pablo, linterna en mano y la cuerda colgada del hombro, acercándose al lugar.
Como la entrada era muy estrecha, Pablo se colocó de perfil, incluso así pasó apretándose entre el tronco y la pared de roca. Cuando instantes después se vio dentro, lanzó un grito de triunfo que era una invitación para nosotros.
Yo fui el segundo en entrar. Como soy más delgado que Pablo, no tuve dificultades para pasar. Solo me preocupé de no meter los pies en el agua que salía junto al tronco del árbol. Al otro lado, ya en el interior de la gruta, había una piedra que me permitió poner los pies fuera de la corriente.
El interior estaba muy fresco. Daba gusto estar allí si lo comparábamos con el calor que hacía fuera. Estábamos en un recinto del tamaño de una habitación normal, con el techo no mucho más alto que nuestras cabezas. De momento, no veíamos ni asomo de estalactitas. Enfrente de la entrada, en un plano más elevado, se extendía una estrecha galería hacia el interior, la única que veíamos. Era como un pasillo que se perdía en la penumbra. Por el escalón que salvaba la diferencia de altura entre este pasillo y el lugar donde estábamos, descendía el agua formando una pequeña catarata.
—¡Qué fresco se está aquí! —eran las palabras asombradas de Luis al entrar detrás de mí.
Con la linterna encendida, Pablo penetró en el pasillo que se abría ante nosotros. Era un suelo encharcado que se inclinaba hacia arriba a medida que avanzaba hacia el interior. Pablo miraba con atención dónde ponía los pies, porque resultaba casi milagroso no mojárselos.
Cuando yo me acercaba al túnel tras los pasos de Pablo, se oyó la voz estridente de Javi desde la misma entrada. Casi nos habíamos olvidado de él, de lo gordo que estaba y, claro, de los problemas que tendría para entrar en la cueva.
—¡Esperadme un momento! —decía con voz nerviosa.
Nos volvimos para verle y nos encontramos con una estampa que nos hizo retorcernos de risa. Estaba encajado entre el tronco del árbol y la pared de roca, con los pies metidos en el agua y la cara roja como un tomate por el esfuerzo que hacía al contener la respiración para esconder la barriga.
—Te estamos esperando, Javi. Date prisa —dijo Pablo con un tono de recochineo mientras volvía a la entrada del pasillo.
—¡Es que no puedo pasar! —se excusaba Javi con lágrimas en los ojos.
No cesaba de bregar y de bufar mientras chapoteaba en el agua. Parecía un cerdo en mitad de un charco.
—Desde luego, yendo con la Gorda, se pueden acabar las prisas.
Este nuevo comentario de Pablo nos renovó las ganas de abandonarnos a una risa ya de por sí bastante floja. Mientras, vimos como Javi se desesperaba atrapado en su prisión particular.
—Blandengue, Tirillas, id a sacarlo de ahí antes de que se cague en los pantalones, que de este se puede esperar cualquier cosa.
Luis y yo nos acercamos a Javi, le cogimos por el brazo y tiramos de él con todas nuestras fuerzas, pero solo conseguimos avanzar unos centímetros.
—¡Haz fuerza, Javi! —le gritó Luis—. No quieras que lo hagamos nosotros todo.
—Si estoy haciendo fuerza, pero no me muevo.
—¡Pues haz más!
Oímos a Javi bufar y…, y oímos algo más. Se trataba de un sonoro pedo que retumbó como un trueno en el interior de la cueva.
Luis y yo le soltamos el brazo y corrimos a refugiarnos en las inmediaciones de donde estaba Pablo.
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