Kitabı oku: «Momentos»

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MOMENTOS

Relatos y otros escritos


JOSÉ HERRERA PERAL

MOMENTOS

Relatos y otros escritos

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2020

MOMENTOS. Relatos y otros escritos

© José Herrera Peral

© de la imagen de cubiertas: Momentos, obra de Joaquín Peral (José Herrera Peral), acrílico sobre lienzo, 2008

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2020.

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ISBN: 978-84-18230-19-6

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

JOSÉ HERRERA PERAL

MOMENTOS

Relatos y otros escritos

Índice de contenido

Portada

Título

Copyright

Índice

Prólogo

Opiniones sobre Momentos

Insomnio

Ruidos

Los pasos de Zweig

Conmoción

Un banco en la Gran Vía

Colores

Mi abuelo y los sentimientos

Encuentro

Un adiós anticipado

El inesperado arte

Sin gafas

Pilar ya no volverá

Reunión

Usurpadores

Las moritas y Angelina

Ángel exterminador

Amor/desamor

Noche de cine

Los porqués de María

Viajando a Madrid

La Navidad de Jon

Mudanza en Nochevieja

Regalo inesperado

Realidad artificial

Despertar

Bioquímica

Un mal día para José

Gratitud

La escuelita encantada

Caja de bombones

Recuerdos de un hombre bueno

Obviedad

Llegamos, nos vamos

Respuestas falsas

El hombre menguante

Crispación

Goya en mis pesadillas

La segunda luna

Derrota

Los espejos y sus figuras

Ánimos en vaivén

Pinturas con enigmas (dreams)

Momentos, tiempo…

Memoria ágrafa (el silencio)

Trueno

La carta

La ausencia de Golfo y algo más

Impotencia

El incidente

Montaña rusa

La diputada avergonzada

Descubrimiento tardío. Insight

Miradas, sensaciones y dudas

Pensamientos a la deriva

Epílogo

A mis padres,

in memoriam.

Prólogo

Este pequeño libro que he escrito me ha servido para pensar, no olvidar, reflexionar y compartir historias y sentimientos con el lector. Dado que es una autoedición, está destinada fundamentalmente a los amigos, a las personas cercanas y también para cualquiera que desee conocer aspectos de la vida, de las dudas existenciales, de un humano que desde su último tercio de la vida mira y analiza sus vivencias y sentimientos enmarcados en la sociedad actual. En fin, en lo personal es el cierre de una etapa o de un periodo dentro del ciclo vital de un individuo que ha vivido y vive entre los siglos XX y XXI.

Lo he titulado Momentos porque los relatos y escritos diversos que están en estas páginas son eso: momentos en la vida de una persona que escribe algunas historias reales, otras de ficción, y además ideas y asociaciones libres que pasan desde el cerebro al papel sin un juicio crítico estricto. Hay también un afán de contar, de retener historias y, por supuesto, de que estas sean leídas. Algunos de estos relatos ya los compartí con mis amigos hace unos años; ahora he ampliado el texto con otras historias y quizás al haber transcurrido casi dos décadas desde las primeras se aprecie el efecto del tiempo en el pensamiento y la mirada de este modesto escritor.

Aunque no soy uno en el sentido habitual del término, sí soy un hombre que escribe y, por lo tanto, al igual que otros narradores me he planteado el porqué de la necesidad de escribir. Conozco muchas respuestas a esa pregunta, sin embargo, solo logran satisfacerme parcialmente. Pienso que se debe a una necesidad de comunicación que nos permite contar, conservar historias, entretener, ampliar nuestro horizonte cerebral, transmitir vivencias e incitar a veces a la reflexión sobre las dudas y la conducta del ser humano en el quehacer cotidiano de la realidad. Hace ya unos años hice leer a mi amigo Federico Soriguer un grupo de estos relatos y también le manifestaba entonces el interrogante de por qué escribimos. Me contestó con un texto que resumidamente os transcribo a continuación:

El escribir, autoeditarse y compartirlo con los amigos es un privilegio y un ejercicio democrático desconocido hasta ahora cuando, gracias a la técnica, desparece o está desapareciendo la línea, verdadera frontera alambrada que separaron al escritor del editor y sobre todo del lector. Hoy, afortunadamente, la escritura vuelve a sus orígenes que son los de la epístola entre amigos; eso es al menos lo que dice Sloterdijk de la cultura occidental: la historia de una gigantesco epistolario entre amigos. Primero, los griegos, que en aquellas cartas entre ellos sentaron las bases que luego copiarían los romanos, ávidos lectores de aquellos griegos a los que les había dado por contar en voz alta sus cuitas, sus costumbres, sus amores y desamores, y todo aquello que constituye la urdimbre de lo humano. Luego, siguieron los bárbaros, que leyeron a sus enemigos los romanos y con sus cartas se romanizaron, continuando con esa tradición de vampirismo antropológico que no ha cesado hasta nuestros días.

En fin, espero que vosotros mismos os deis una respuesta a los motivos por los que se escribe y tras la lectura de estas páginas sintáis que ha merecido la pena dedicarle vuestro tiempo.

JOSÉ HERRERA PERAL (PEPE HERRERA)

Opiniones sobre Momentos

Los momentos de Pepe Herrera aquí recopilados son un trozo de su vida, pero también de la vida de cada uno de nosotros. Son una apasionada, y además hermosa, reflexión, muy próxima a la filosofía, a la filosofía de todos los días. De esa que necesitamos para entender las cosas. Y son asimismo una catarsis. Y un homenaje. Y eso hay que agradecérselo a Pepe.

Hay momentos inquietantes, sobre todo. Los hay conmovedores hasta la lágrima. O cargados de un humor casi negro. Y, a veces, el desasosiego se mezcla con la emoción, con la ternura, con el humor. Porque a su autor, lejos de ser esclavo de una sola ciencia, le gusta vagar por caminos inexplorados. Creo que siempre ha tenido ese espíritu errático que lo enriquece.

Dentro de una aparente heterogeneidad y un falso desorden —que no es sino el caos de la propia vida—, desfilan en los momentos el cambio climático, la inmigración, la xenofobia, la enfermedad, el miedo, el fanatismo, la religión, el amor, el paso del tiempo, el envejecimiento,… En definitiva, la vida, y la muerte. «Solo bioquímica desde el principio al fin». Eso son los momentos de Pepe Herrera. Y los de todos nosotros. La vida, el «acortamiento de los telómeros» y la muerte.

¡Ah! Léanlos, si pueden, con Thelonious Monk de fondo. Y diviértanse. Sospecho que podrán contestar a Pepe su pregunta final: ¿por qué o para qué escribo?

Alberto Salamanca (Granada, España)

Escritor y médico

***

Uno se desliza suavemente por la prosa de Momentos sin necesidad de descansos. Recorre el cielo terrestre y el infierno terrestre, el amor y la intolerancia, el exilio y el abrazo de los otros, la soledad y la compañía de la nostalgia.

Pepe Herrera en estos relatos va por la vida como rindiendo cuentas y no queda más remedio que acompañarlo y, como amigo que vive en otro continente, aprobar sus valientes testimonios que sirven para unirnos en este mundo que se cree global y nos exilia a todos.

Juan Serra (Tucumán, Argentina)

Político. Periodismo

***

El libro de Pepe requiere de una autorización de nosotros, la de dejarse interpelar por cada una de las historias, que nunca pertenecen solamente al autor. Los relatos ocurren en algún lugar del pasado o del futuro en donde las marcas que va dejando Pepe, hace que muchas veces se prefiera que lo que cuenta no hubiera existido y que todo su recorrido sea ficción.

Nos hace guiños, de complicidad, logrando hacer humano lo que quisiéramos alejar de nosotros, nuestra propia extranjeridad.

Sin embargo, no nos deja escapar, atravesando los límites del lenguaje con la ternura, que es su singularidad, logrando como pocos de nosotros, no desvirtuarla en su escritura.

Los relatos a veces son experiencias que, en principio, se muestran simples, cotidianas, sin embargo, acaban mostrando toda la fuerza de una inusitada revelación.

Los lectores, quizás encuentren como yo, en las historias que nos va contando Pepe, seres de este mundo a quienes aún se puede amar.

Leyendo a Pepe, estaremos menos solos, acompañados por él, en su desafío de atrapar con el lenguaje el imposible de la comprensión humana.

Zully Flomenbaum (Jerusalén, Israel)

Psicoanalista, miembro de la Asociación

Mundial de Psicoanálisis, AMP

Insomnio

Miré hacia la mesita de noche y vi en el despertador que eran solo las tres de la madrugada. Desde hacía cierto tiempo a menudo tenía insomnio. Pensé lo malo que es el paso de los años. Al instante de tener ese pensamiento, tuve una sensación desagradable dentro de mí dado que no me gusta reconocer los achaques de la edad. El dormir mal había comenzado tras mi jubilación. Palpé en la oscuridad entre las sábanas y a mi lado estaba mi mujer que dormía profundamente. Le acaricié sus cabellos y me invadió una sensación tranquilizadora al saber que estaba cerca de mí; habíamos superado un periodo de crisis de esos que sobrevienen a la parejas cuando llevan muchos años conviviendo. Mantuve los ojos abiertos y al rato ya me había adaptado a la penumbra de la habitación. Hice un intento de dormirme. Cambié de posición, cerré los párpados y procuré no pensar en nada, sobre todo no quería pensar en lo que tenía que hacer a la mañana siguiente. Di muchas vueltas en la cama durante un largo rato y esto aumentaba mi desasosiego. Me fue imposible volver a conciliar el sueño. Aparecían en mi mente pensamientos relacionados con mi anterior trabajo y con la situación del mundo; recordé las absurdas noticias del telediario de la noche anterior que solo demostraban lo inmensas que pueden ser la estupidez y la maldad humanas.

Como no podía dormirme, me levanté sigilosamente. Caminé hasta el cuarto de baño y tuve mi lucha particular con las dificultades urinarias, situación que compartía con varios amigos de la misma edad. Luego, fui al salón y me puse unos cascos para oír música. Comencé con Thelonious Monk y el jazz me transportó en el tiempo y en el espacio. No sé por qué recordé a una novia de mi juventud si hacía más de cincuenta años que no sabía de ella. Me imaginé cómo sería su rostro y su silueta ahora, ya que por entonces era de un atractivo magnético y subyugante. Quizás ella, si es que aún vivía, estaría como yo, notando los efectos del paso del tiempo y probablemente, ya no cautivaría a nadie.

Quise olvidar ese tema y lo hice cambiando de música. En unos instantes, penetró en mi cerebro la interpretación de Glenn Gould de las Variaciones Goldberg de Bach. Esas notas de piano, además de deleitarme y trasladarme a otro lugar, despertaron en mi mente recuerdos de una novela que años atrás había leído: se titulaba Sábado. Había sido escrita por McEwan y en ella se hacía referencia a esa pieza musical, ya que uno de los personajes, que era neurocirujano, la ponía en quirófano mientras operaba. Disfrutando de Gould, comencé a hojear un manuscrito que tenía desde hace tiempo sobre la mesa del salón. Era otras de mis ocupaciones pendientes: había comenzado a escribir unas memorias de mi vida profesional como médico. No sé por qué, pero relataba bien y sin dificultad la rutina que había tenido durante más de cuarenta y cinco años. Sin embargo, cuando escribía sobre casos clínicos que marcaron mis vivencias de ginecólogo, recordaba a las personas como individuos únicos y no como pacientes en general; cada mujer y su núcleo familiar tenían una riqueza de matices que ahora y pasado los años los aprecio aún mejor. Lo cierto es que me detenía en cada historia particular de mis pacientes y sus circunstancias, lo que hacía que la proyectada memoria profesional fuera mutando a otra cosa: se transformaba en un relato de seres humanos que compartieron conmigo quizás los momentos más importantes de sus vidas donde la existencia, la enfermedad y la muerte hacen su impronta para siempre. La mayoría de ellas confiaron en mí y las experiencias compartidas pasaron a formar un territorio común en los recuerdos. Me daba la impresión de que nuestras vidas se habían entrecruzado en una telaraña que nos envolvía de forma placentera, aunque también ahora algo triste por la sensación de que había llegado a un final.

Al dejar el manuscrito sobre la mesa, golpeé accidentalmente unas fotos enmarcadas que mi mujer tenía en el salón. Aunque siempre estaban allí, esa madrugada las observaba de modo diferente. En ellas estábamos toda la familia: mis hijos, más pequeños, nosotros, más jóvenes; todos sonrientes y felices en aquel hotel de las playas gaditanas que era como nuestro hogar de adopción en los veranos de nuestra vida. En ese instante, me propuse que debía evitar la fuga del pensamiento a recuerdos que ya no volverían, pero de los que me sentía dichoso de haberlos tenido. Apagué la música y me quité los auriculares; siempre trato de ser muy racional ante los hechos de la vida, pero en esos instantes no lo estaba siendo. Miré el reloj y eran las seis y media de la mañana. Volví al dormitorio.

En ese momento, fui totalmente consciente de que mi insomnio sí tenía entonces motivos claros para haberme alterado la noche. No era como en otras ocasiones; me di cuenta de que no había querido pensar deliberadamente en lo que teníamos que hacer mi mujer y yo aquel día.

A las siete de esa mañana especial sonó el despertador. La luminosidad de un día radiante se filtraba por todos los ángulos de la habitación en el comienzo de ese lunes que hacía presagiar una jornada calurosa en nuestra querida ciudad. Aunque estaba totalmente despierto, permanecí sentado unos veinte minutos más en la cama. María seguía dormida a mi lado, inmóvil y demostraba poco interés en levantarse para realizar las actividades que teníamos previstas para ese día tan señalado; al menos, eso es lo que me pareció a mí. Mi mujer y compañera, siempre tan vital, había sufrido un cambio en su actitud desde que notó aquel bulto en el cuello. Llevábamos semanas de pruebas médicas a las que yo acudía como un acompañante más, lo que me había costado mucho dado que durante años estuve al otro lado de la mesa en una consulta. Tras acariciarle su rostro sin obtener respuesta, me levanté y me dirigí a la cocina; desde allí, observé el jardín en donde el verde césped y las preciosas flores producían un placer sensorial intenso solo alterado por el miedo que se había instalado en nuestras vidas desde que nos sentimos amenazados por la enfermedad y la muerte. Preparé el desayuno y en una bandeja lo llevé a nuestro dormitorio. Desperté a María y desayunamos casi sin hablar, pero, cuando ella salió de la ducha, se abrazó a mí sin pronunciar palabra: no hacía falta.

Unas horas después, ya estando en la sala de espera del hospital, fuimos llamados a la consulta de la médica. Nos recibió sin mirarnos mientras observaba unos informes que tenía sobre la mesa. Mientras los leía, nosotros estábamos tomados de la mano y sin quitarle la vista a las expresiones de su rostro. Unos instantes después, la doctora levantó la vista y nos dijo:

—No es nada importante, es solo un proceso inflamatorio antiguo. No hay que hacer ningún tratamiento. —Se puso de pie y se acercó a María. Le dio un beso en la mejilla y le dijo — Nos vemos el año que viene.

Salimos de la consulta y casi corrimos por los pasillos del hospital. Parecía que los dos hubiésemos rejuvenecido; con la fuerza de la alegría y del optimismo nos sentíamos lanzados al paraíso de una felicidad recuperada. Cuando llegamos a casa, estaban nuestros hijos esperándonos: nos fundimos en un abrazo todos juntos y nos dispusimos a preparar una comida familiar especial.

Esa noche ya no tuve insomnio, aunque soñé que terminaba de escribir mis memorias al tiempo que escuchaba a Thelonius y a Gould.

Ruidos

Estaba profundamente dormido cuando Marta me despertó:

—He oído ruidos —me dijo.

Tardé en despertarme, pero unos minutos después bajaba por las escaleras aguzando los sentidos para intentar confirmar lo que ella había oído. En ese momento, escuché una crepitación que provenía del salón; me detuve con brusquedad. Pensé que habían entrado ladrones en casa. Sentí en mi cuerpo al mismo tiempo una mezcla de miedo y rabia. Todos mis sentidos se pusieron en alerta máxima y esperé agazapado que algo ocurriera. Pasaron los minutos y solo reinó el silencio. Marta se reunió conmigo y esperamos juntos un largo rato.

Al constatar que no se repetían los ruidos, decidimos recorrer la casa y no observamos nada anormal: todo estaba en orden. Volvimos a la cama, aunque tardamos en dormirnos otra vez, ya que los dos, sin hablar entre nosotros, permanecimos bastante tiempo escrutando el silencio para interpretar qué nos había sobresaltado aquella noche.

Al día siguiente, retornamos a nuestros trabajos y no volvimos a hablar del asunto, pero por la noche, a las dos de la madrugada, volvió a ocurrir lo de la velada anterior. Esa vez oímos pequeños ruidos, crujidos de maderas y sonidos como si los muebles fuesen deslizados de un sitio a otro. Repetimos el periplo de la noche pasada: recorrimos temerosos y preocupados cada una de las habitaciones de la casa y no encontramos ninguna explicación a nuestras percepciones auditivas. A pesar de ello, no desapareció en nosotros la sensación de angustia intensa.

La semana siguiente estuve solo en casa. Marta me dijo que tenía que viajar por razones de trabajo y que estaría varios días fuera; más tarde, me di cuenta de que había sido solo un pretexto para no estar en casa, ya que ella tenía pánico de volver a pasar una noche como las que habíamos vivido llenas de ansiedad y desasosiego. Para mí, esos días de soledad fueron una repetición de los anteriores: cada noche que pasaba oía más ruidos inexplicables, pero comenzaba a acostumbrarme a ellos. Pasé del miedo que me inmovilizaba a necesitar oír esos ruidos que rompían la soledad que me embargaba desde hacía tanto tiempo. Marta no regresó nunca y tampoco la extrañé.

Con el paso de las semanas, noté que ese lenguaje de sonidos nocturnos comenzaban cada vez más temprano y eran también más nítidos e intensos: oía ruidos de sillas, puertas que se abrían o cerraban y hasta voces susurrantes.

Ayer, al anochecer, cuando regresaba del trabajo, al acercarme a mi casa vi luz en su interior. Me quedé paralizado e incluso dudé por un instante de si estaba en el sitio correcto. Unos segundos después, me repuse y, mientras introducía la llave en la cerradura, la puerta fue abierta por una mujer de mediana edad, muy afable, que me invitó a entrar en mi propio hogar. Me quedé estupefacto, pero sin hablar siquiera la seguí como un autómata hasta el salón. Allí había un hombre de sonrisa plácida que me invitó a sentarme en su mesa, ya que al parecer mi llegada había interrumpido la cena.

Como si fuese una situación ordinaria, cenamos los tres, conversando de cuestiones diversas, hasta que esos anfitriones en mi propia casa se despidieron de mí y se marcharon hacia los dormitorios. Me quedé solo, sentado en el sofá del salón, y, al cabo de un rato, comencé a oír los ruidos de siempre en las habitaciones contiguas. No sabía qué pensar y no supe qué hacer, por lo que opté por pasar la noche allí tumbado. Para distraerme, me dediqué a descifrar los sonidos que invadían la casa; me quedé dormido.

Los pasos de Zweig

—No, Stefan, no llevas razón —dijo Marcos mientras se pasaba la mano por sus cabellos en un gesto que denotaba cansancio y hastío. Una vez más, entablaba una discusión que de antemano sabía que terminaría en nada, ya que ninguno lograría convencer al otro.

Stefan Zweig, escritor judío no practicante, cosmopolita y amante apasionado de las artes, de la cultura y del conocimiento, no podía dar el brazo a torcer ante los argumentos de mi bisabuelo Marcos, sionista convencido, cuando abordaban el tema que ellos llamaban «de la cuestión judía». Mientras en Europa morían millones de personas victimas del odio y el fanatismo, mi bisabuelo y Stefan, sentados en un café de Buenos Aires, hablaban del futuro del mundo:

—Los males de la humanidad de los últimos siglos siempre han estado ocasionados por las religiones fanáticas e intolerantes, la codicia de los poderosos, los nacionalismos y los dogmatismos totalitarios —aseveró sin vehemencia Stefan, quizás porque ya se lo había dicho tantas veces a Marcos que este ni le contestó.

Zweig estaba de paso por Argentina, ya que tras presentar su libro Novela de ajedrez se marcharía a Brasil. A pesar de que rechazaba con firmeza y contundencia los argumentos de mi bisabuelo, Stefan transmitía a través de su mirada y de su rostro unos sentimientos de tristeza, desilusión y pesimismo. Charlotte, su esposa, permanecía callada a su lado cogiéndole de la mano y con su mirada parecía decirle que para qué discutir si mejor es el silencio. Stefan, que había frecuentado y participado en los acontecimientos artísticos y culturales más destacados de las primeras décadas del siglo XX, estaba ahora hundido en una silla y, al comprender la mirada de su mujer, guardó silencio y casi no volvió a hablar aquella noche, solo concretaron algunos nombres de personas que en Petrópolis los ayudarían a asentarse en la ciudad que acogería esa nueva etapa del exilio.

Al regresar al hotel, Zweig no pudo dormir ya que recordaba a muchos amigos que en la vieja Europa habían compartido con él la ilusión de un mundo creativo, tolerante, culto e innovador. Aunque se lo había preguntado muchísimas veces a sí mismo, seguía sin encontrar respuesta en su cerebro sensible y racional sobre el porqué de la barbarie y la sinrazón que asolaban las tierras en las que antes se había disfrutado del arte, la ciencia y la esperanza de una sociedad mejor. Después de mucho meditarlo, concluyó que quizás su tiempo había terminado y su mundo había muerto.

***

Cuando iba a releer lo escrito, oí tres golpes en la puerta de mi despacho: era la forma habitual en que Carmen, mi secretaria, anunciaba su entrada. Al verla acercarse, mi rostro adquirió una rigidez, una seriedad y una impenetrabilidad que yo había aprendido a adoptar para marcar las distancias con todas las personas que me rodeaban.

—Sr. Benzaquén, pronto se iniciarán los cortes de agua y energía. ¿Activo el generador? —me preguntó y sin mirarla le respondí que sí.

Desde hacía cinco años, solo disponíamos de agua y energía unas cuantas horas al día. El despilfarro, el cambio climático, las guerras y la prolongadísima sequía —más de ocho años sin llover— nos habían cambiado la vida. En realidad, ya casi no nos acordábamos de cómo vivíamos antes: los paseos por la playa, el ocio en la piscina, las duchas diarias, las calles y casas iluminadas habían pasado al terreno de los recuerdos brumosos e inciertos. Quizás a veces estos recuerdos estaban agigantados por comparación con las actuales carencias e idealizados también al ver películas de otras épocas que ya parecían pertenecer a un pasado muy lejano.

Mi fama en el ministerio de funcionario incorruptible, duro, distante e inflexible, producto de mi forma de actuar, me había transformado en otra persona: me sentía juez o supremo hacedor cuando decidía sobre la solicitud de visado de miles de personas que pretendían dirigirse fuera de Europa. Años atrás, las estrategias diseñadas por mí en la lucha sin cuartel contra la emigración ilegal me habían dotado de gran prestigio y ello facilitó mi ascenso en la institución gubernamental regional. Sin embargo, ahora me dedicaba a dos funciones primordiales: la primera consistía en conceder los cupos de racionamiento del agua tanto para uso familiar como industrial; la segunda, que era donde estribaba mi mayor responsabilidad, se debía a que yo era la autoridad incontestable e inapelable que disponía sobre la concesión de los pasaportes para poder viajar a Sudamérica. Ese sitio del mundo se había convertido en el único lugar del planeta donde aún se podía vivir de forma parecida al pasado, al menos, según los relatos de los que habían tenido la suerte de ir allí. Después de las confrontaciones fundamentalistas, de las guerras asiáticas y del holocausto de oriente, el mundo estaba acabado: llevábamos solo diez años sin petróleo y parecía que habíamos retrocedido siglos. Mi oficina, situada en esta pequeña ciudad del sur de Europa, recibía solicitudes de todo el continente.

En mi trabajo, todos los que habían intentado engañarme, sobornarme o convencerme para que torciese mi celo funcionarial en la concesión de los visados habían terminado en la cárcel o en el destierro. Tras la desaparición de los obsoletos estados nacionales, el único elemento común de las personas era el anhelo de supervivencia; aun así, mi seguridad y mi elevada autoestima basada en la inflexibilidad a la hora de tomar decisiones se desplomaron como un frágil castillo de naipes cuando conocí a Sara. Entonces, creí que nuestro primer encuentro había sido casual, aunque más tarde descubriría que no.

Aprovechando mi día libre quincenal, acudí a la única biblioteca pública que quedaba en la ciudad. En estos últimos años, estaba siempre vacía: parecía que la gente había perdido el gusto por la lectura o por el conocimiento. Tal vez muchos pensarían como mi madre: ella, con frecuencia, haciéndome mirar al entorno decadente, me decía: «Mira para lo que ha servido el conocimiento y la ciencia», y antes de que yo pudiera contestarle, cambiaba de tema para evitar una discusión que ella sabía que iniciaríamos y que no nos llevaría a ningún lado.

Los ordenadores de la biblioteca eran ahora muebles decorativos, ya que estaban todos fuera de servicio; por eso, fui por mi cuenta hacia la estantería donde sabía que estaban los libros de Zweig. Buscaba La tierra del futuro, que se había publicado en 1941; tenía mucho interés en leerla, ya que describía Brasil como un paraíso por descubrir. En mi mente y ensoñaciones personales ese era el sitio al que, en otra etapa de mi vida, había deseado emigrar. Ese sentimiento era para mí un secreto íntimo e inconfesable: de solo pensar que alguien lo supiese me producía temor, ya que sabía que eso me convertiría en un individuo frágil y corriente, imagen tan alejada de la que yo mostraba entonces a los demás.

Cuando me aproximé al sitio de la librería donde estaban las obras de Stefan, una mujer depositaba allí un libro de este autor, titulado La piedad peligrosa. Pasó a mi lado casi rozándome y lo que más me impactó fue percibir su olor limpio. Desde hacía años, debido a la falta extrema de agua, nuestros hábitos higiénicos habían cambiado radicalmente: no existía la ducha ni el baño, apenas nos aseábamos y nuestro cuerpo y ropa habían adquirido un olor desagradable, penetrante y constante que nos había llevado a acostumbrarnos y a convivir con él. Giré mi cabeza disimuladamente y seguí observándola hasta que ella salió de la biblioteca.

Le calculé unos treinta años, casi veinte menos que yo. Alta, hermosa, caminaba con firmeza, pero en silencio; su pelo castaño claro, suelto, limpio, se movía suavemente al compás de sus pasos. Llevaba un pantalón negro y una blusa azulada; mi mirada se dirigió instintivamente hacia sus nalgas: pensé si eso estaría codificado genéticamente, ya que muchas veces había elucubrado al respecto. Sus piernas largas, ágiles, y sus perfectos muslos me hicieron olvidar mi actitud de disimulo inicial. Visualicé unos pechos redondos, firmes, y un rostro que parecía ensimismado, ausente del entorno que le rodeaba, pero con un gesto de paz y serenidad que llegó a sobrecogerme dado el contrapunto con lo que yo sentía en mi vida cotidiana.

Durante las dos semanas siguientes no dejé de pensar en ella y visité a menudo los alrededores de la biblioteca deseando encontrarla, pero no tuve éxito hasta aquel sábado en que fui a devolver Castellio contra Calvino. Nos volvimos a encontrar en la estantería de los libros de Zweig. Me miró con unos ojos verdes, dulces, y en su boca se apreciaba una sonrisa encantadora.

—Parece que nos gusta el mismo autor —me dijo; la máscara pétrea e inhumana que yo sentía desde hacía tiempo en mi rostro se derrumbó, desapareció.

—Sí, me gusta mucho; además, mi bisabuelo fue amigo suyo —le contesté con voz entrecortada y nerviosa. Mi seguridad, aplomo y rigidez desaparecieron de forma instantánea.

Cuando salimos de la biblioteca y nos dirigimos al lugar donde habíamos dejado nuestras bicicletas, ya habíamos intercambiado nuestras opiniones sobre las mejores obras de Zweig; seguimos hablando más de una hora en un banco situado a las afueras de la biblioteca donde otrora había existido un jardín. Me volvió a impresionar su aspecto y olor a limpio, y sentí vergüenza de mi cuerpo. Debido a mi coherencia cerril respecto al uso del agua para baño que se imponía en aquellos años, ya casi se me había olvidado lo que era la sensación de frescor y limpieza; y estaba yo allí sentado muy cerca de ella gozando de la proximidad, pero temiendo al mismo tiempo que percibiese el mal olor de mi cuerpo y el de mis ropas.

Desde el primer instante en que conocí a Sara quedé subyugado por su voz, su mirada, su piel y sus movimientos. Mientras charlábamos de Zweig en ese primer encuentro, por momentos yo dejé de oírla y mi mente y mi mirada recorrieron con disimulo cada centímetro visible de su piel bronceada, suave, aterciopelada y joven. Me desplacé por sus pies, sus tobillos, su escote y sus manos, deseando en ese momento más que nada en el mundo poder acariciarla. En ese instante de divagación, pero que para mí era como una ensoñación inalcanzable, de repente se puso de pie y apoyó su mano derecha sobre mi hombro, ya que yo aún permanecía sentado.

—Bueno, espero que pronto nos volvamos a ver y que disfrutes de Leporella.

Me incorporé torpemente y, cuando ella se había alejado unos cuantos metros, le dije con timidez:

—Sí, espero que sea pronto. Volveré el sábado —agregué como intentando concretar una cita.

Me saludó con una sonrisa y, levantando su mano, se despidió de mí. La sensación que había dejado su mano al apoyarse en mi hombro persistió en mi cuerpo y en mi mente muchas horas.

Después de aquel encuentro, durante días estuve recordando cada uno de sus gestos, detalles de su cuerpo, su boca, sus labios, su piel y su ropa.

En aquel momento no pasaron por mi cabeza las sospechas que siempre me asaltaban cuando veía a alguien limpio o bien vestido. Con frecuencia, cuando me encontraba con una persona de esas características, consideraba que era sospechosa de incumplir el racionamiento del agua o de delitos peores; pero esa vez solo pensaba en Sara y sentía cómo había vivido una situación fantástica y afortunada que empezaba a cambiar mi vida.

No sabía si ella acudiría el siguiente sábado, pero los días que faltaban hasta entonces me parecieron meses. Para combatir las horas muertas producto del insomnio que me ocasionaban las fantasías derivadas de ese encuentro, decidí volver a los relatos que escribía sobre la vida de Stefan Zweig. Meses atrás había leído en una circular del departamento de cultura la posibilidad de participar en un taller literario para aprender a escribir: aunque era consciente de que mi capacidad narrativa era pésima, pronto me di cuenta de que aquello me entretenía bastante, me permitía conocer obras y ocupaba mi tiempo libre atenuando mi insoportable soledad.

Llevaba más de diez años sin saber nada de mi exmujer y de mi hijo; alguien me contó una vez que habían desaparecido en Israel. El sopor emocional que yo tenía entonces y la falta de cariño acrecentada por la tumultuosa separación hicieron que nunca intentara comprobar si aquello había ocurrido de verdad.

En la quinta noche de insomnio, volví a la escritura.

***

En Petrópolis, Lotte tomó la iniciativa para tratar de construir un nuevo hogar en ese cálido Brasil. Mientras ella colocaba algunas fotos que acababa de enmarcar sobre los muebles del salón, Stefan, sentado frente a su mesa con unos folios en blanco, intentaba escribir, pero sin conseguirlo, ya que sus recuerdos lo llevaban a sitios muy lejanos. En aquel momento recordaba las conversaciones que había tenido en Inglaterra con su amigo Freud sobre Hitler y la guerra; él, que siempre había tenido una idea optimista y positiva sobre el ser humano, comenzaba a coincidir con Sigmund. Recordaba que en aquellas charlas, Freud, enfermo desahuciado, pero con una inquietud intelectual insaciable, le había transmitido una visión muy pesimista sobre el comportamiento del homo sapiens en las relaciones con sus semejantes. En esos instantes, también se mezclaban de forma anárquica en su cabeza, por un lado, imágenes del entierro de Freud al que había acudido tiempo atrás con otros amigos, pero también, de forma simultánea y sin poderlo evitar, procuraba retener las noticias que en aquel momento leía en los titulares del periódico que estaba sobre su mesa; en estos se destacaban los avances del ejército nazi por toda Europa.

Su mente volaba a través del tiempo pasado y se preguntaba qué sería de su casa de Salzburgo, de sus amigos, de sus pinturas, de sus libros… En aquel momento también se cuestionaba Stefan por qué razón le entristecieron más los avatares que pasaron en Inglaterra para conseguir la nacionalidad británica que la decisión de los nazis de prohibir todas sus obras literarias. Tras una breve meditación, creyó que se debía al rechazo que él sentía por las patrias y nacionalidades. A pesar de ello, las circunstancias de la vida le habían tenido que llevar a aceptar y valerse de esos conceptos para poder sobrevivir en el absurdo mundo en el que le había tocado vivir.

***

Dos días antes del posible encuentro con Sara decidí romper con todas mis normas y principios de funcionario incorruptible. Yo mismo falsifiqué los vales de racionamiento de agua y de ese modo conseguí una cuantiosa cuota extra que me permitió bañarme, lavar mi pelo y mis ropas; deseaba ir limpio y lo más presentable posible con el objeto de agradar a esa mujer que comenzaba a ocupar todos mis pensamientos.

La decisión de falsificar los cupos de racionamiento de agua me produjo un cataclismo ético que acentuó mi insomnio dadas las profundas contradicciones en las que me adentraba; todo eso me ocasionó un estado de confusión e inseguridad a la hora de tomar decisiones en mi trabajo cotidiano. A pesar de ello, lograba sobreponerme con solo pensar que volvería a ver a Sara.

Aquella mañana antes de salir hacia la biblioteca, me miré al espejo y parecía otra persona: estaban limpios mi cuerpo y mi ropa, mi pelo parecía hasta diferente en su color y su tersura. Aunque a mis cincuenta años era imposible rejuvenecer con un baño, sí parecía haberse dado en mí un cambio no solo físico sino mental, ya que me sentía distinto y percibía que esa sensación también se la transmitía a los demás. Decidí ir andando y no en bicicleta para evitar sudar y que se estropearan los cambios conseguidos. Mientras me dirigía a la incierta cita con Sara y observaba los centenares de coches abandonados en las calles, recordaba ese pasado no muy lejano en el que los usábamos, quizás en demasía, para desplazarnos a cualquier sitio.

Cuando llegué a la biblioteca, la vi de pie en la puerta de entrada: estaba preciosa, radiante, aún más hermosa de lo que la recordaba. Llevaba una camiseta fucsia y una falda negra que le llegaba hasta las rodillas dejando entrever unas piernas blancas, pero con un ligero tinte color miel. En ese instante, me pregunté cómo lo lograría; entonces se veían muy pocas mujeres con faldas y menos aún con la piel bronceada, ya que esto parecía corresponder a otra época. Se dirigió hacia mí adelantándose unos pasos al verme llegar. Antes de que hablase, creí percibir en sus pupilas un brillo que denotaba alegría de verme; su sonrisa y su voz me envolvieron otra vez, provocando en mí una disminución en la capacidad de respuesta.

—Te estaba esperando para decirte que me tengo que marchar ahora, pero si quieres podemos quedar para otro día.

—¿No te puedes quedar? —pregunté turbado, casi sin saber qué responder— y agregué de inmediato: —Por supuesto, podemos vernos cuando quieras.

Pasó a mi lado y me apretó la mano con dulzura, delicadeza, y con una carga comunicativa que yo quise interpretar que me decía: «Necesito verte». El encuentro fue muy fugaz, pero acordamos una cita para el día siguiente por la noche: yo no lo podía creer; tenía el corazón acelerado, me pulsaban las sienes y me parecía que el prisma con que yo veía mi vida y a mi entorno cambiaba de forma radical y súbita. Al día siguiente, casi no pude trabajar: cometí errores en mis funciones, fui amable con mi secretaria, ventilé mi despacho y me fui a la hora en punto en que terminaba mi jornada laboral; habitualmente, casi todos los días, solía quedarme varias horas más fuera de mi horario oficial realizando tareas o simplemente llenando el vacío y la soledad de mi existencia.

Esa noche, al llegar a la cita con ansiedad y puntualidad, ella ya estaba allí. Al acercarme hacia Sara, me pregunté por qué una mujer bella, joven y enigmática podía perder el tiempo en verse conmigo, viejo y gris. Quise convencerme de que sería por el gusto común que teníamos por la literatura.

Nos sentamos en un bar casi desierto y bebimos el refresco oficial del estado: no había otra cosa para beber, pero no nos importaba. Le conté sobre mi afición por Stefan Zweig y la amistad que había tenido mi bisabuelo con él cuando estuvo en Argentina. Me contó que era una apasionada de la literatura, pero que su profesión era la biología y que trabajaba en los controles de calidad del agua de consumo. Al poco tiempo, ya tenía la sensación de que esa mujer podría ser mi compañera para siempre.

De repente, me tomó de la mano y me invitó a su apartamento. Comenzamos a caminar por calles en penumbras, dados los cortes de electricidad; me cogió del brazo y, apretándose contra mí, me sonrió. Los veinte minutos que tardamos en llegar a su casa fueron para mí de los mejores momentos que pasé en mi vida; pensé si eso sería la felicidad.

Su apartamento era como ella, cálido e interesante; estaba abarrotado de libros y pinturas que habían sido famosas en el siglo XX. Me quitó la chaqueta y me abrazó; iluminados por unas velas, ya que no había luz a esa hora, comenzamos a acariciarnos. Buscó con su boca la mía y mantuvimos un prolongado beso rozando nuestras lenguas con pasión y pegando nuestros cuerpos casi hasta tener la sensación de estar fundidos el uno con el otro. Nos desnudamos entre respiraciones jadeantes y miradas que hablaban más que mil palabras; nos tumbamos sobre una fina alfombra de jarapa que había en el suelo e hicimos el amor con frenesí y también con angustia, como si estuviésemos viviendo un tiempo fuera del presente real que los dos conocíamos. No dejamos ni un centímetro de piel sin besarnos, acariciarnos, lamernos; intercambiamos nuestros fluidos como buscando en esos contactos una unión tan firme que el entorno que nos rodeaba fuese incapaz de separarnos. Nuestros cuerpos desnudos, sudorosos, pegados uno al otro, parecían decir: «Huyamos juntos, salvémonos juntos».

A partir de aquella noche, comenzamos a vernos a diario. Apenas dormíamos, volvíamos exhaustos a nuestros trabajos, pero sentíamos que la felicidad nos alimentaba y nos protegía de esa horrible realidad que nos había tocado vivir. Hablábamos horas y horas de temas que sin saberlo previamente nos habían apasionado a ambos; todos los días hacíamos el amor, nos reíamos en silencio, nos recitábamos poesías y nos acariciábamos sin descanso; además, contraviniendo todas las ordenanzas de la época, nos bañábamos juntos. Nunca hacíamos planes ni hablábamos del futuro hasta que un día le pregunté cómo ella con su juventud y hermosura se había enamorado de mí, más viejo y tan poco agraciado físicamente. No me respondió: se lanzó encima de mí y me besó hasta que nos quedamos dormidos y abrazados tras hacer una vez más el amor con fogosidad y ternura.

Cuando nuestra relación llevaba unos tres meses, comenzamos a hablar de un plan de fuga a Sudamérica. Durante semanas elaboramos y contemplamos todos los detalles del plan: analizábamos los riesgos y los posibles contactos, aunque por supuesto dado mi trabajo, yo me encargaría de falsificar los salvoconductos para conseguir la autorización de poder ir a Brasil. Decidimos dejar de vernos unos días, ya que sospechábamos que podrían estar vigilándonos.

En esas noches de soledad, en mi casi abandonado apartamento y con la intención de llenar el tiempo libre, volví a la escritura relacionada con Zweig.

***

Stefan y Lotte fueron bien acogidos en la ciudad de Petrópolis, una nueva ciudad para su exilio. Allí, en poco tiempo, conocieron a varias personas que pronto pasaron a ser sus amigos y con los que compartían tertulias, libros, cenas y también la preocupación por lo que ocurriría en el mundo si la guerra la ganaban los nazis, como parecía entonces.

A mediados de febrero de 1942, Stefan sintió que no podía más: en sus sesenta años de vida había visto al mundo hundirse en las locuras genocidas de las dos grandes guerras que habían destruido Europa; sentía que su mundo, sus amigos, sus obras, sus ciudades, sus teatros y museos, su sensibilidad cosmopolita, creadora y solidaria ya no tenían cabida en el presente que le rodeaba. El desarraigo para él no tenía que ver con el entorno geográfico, sino con la devaluación de los valores que habían sustentado su vida produciéndole un gran impacto en su espíritu y en su cerebro en aquellos calurosos días del verano de Brasil.

Decidió junto a su mujer dejar este mundo y, como había sido siempre ordenado, meticuloso, detallista y respetuoso con los demás, organizó su muerte para el día veintidós. Se vistió con pulcritud, redactó cartas destinadas a las autoridades de la ciudad explicando que su muerte era un suicidio y dejó pagadas pequeñas deudas; ordenó libros sobre la mesa indicando el nombre a quien debían devolverse y, tras administrarse él y su mujer unas altas dosis de barbitúricos, se acostaron en la cama abrazados el uno al otro y se durmieron para siempre. Previamente, había escrito unas líneas explicando su determinación:

Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi mujer una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma.

Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin rumbo. De esta manera, considero lo mejor concluir a tiempo y con integridad una vida cuya mayor alegría fue el trabajo espiritual y cuyo más preciado bien en esta tierra fue la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

***

Al terminar de escribir esta última declaración de Zweig, seguí ensimismado releyendo algunas páginas del libro de Müller de donde había extraído esa cita. Al tomar conciencia del presente que yo vivía, pensé la frustración que sentiría Stefan si supiese que el amanecer del que nos hablaba aún no había llegado.

Aunque habíamos quedado en no vernos en una semana para evitar posibles seguimientos de seguridad interior, no pudimos aguantar y al cuarto día decidimos cambiar de táctica y volvimos a estar juntos. Fue como la primera vez: estuvimos abrazados mucho tiempo. No nos importaba comer ni beber, sino amarnos con pasión y concretar el plan de huida del infierno que nos rodeaba. Acordamos que ella, con la documentación falsa, tomaría el transporte para Sudamérica el viernes y yo lo haría dos días más tarde para evitar cualquier vinculación entre nosotros; nos reencontraríamos después en Brasil, la misma tierra que había albergado a Stefan.

Por fin llegó el día y una vez que me aseguré de que ella pudo embarcarse sin dificultad y abandonar Europa, respiré con tranquilidad. Para mí, ese fue un día de felicidad solo contaminado por la ansiedad que sentía esperando ese domingo en el que yo emprendería el mismo camino para reunirme definitivamente con Sara y poder disfrutar de nuestra felicidad en libertad. Pero ese domingo no llegó: alguien delató mis planes y fui detenido horas antes de embarcarme. Me torturaron, me humillaron y me vejaron: mi única resistencia fue el silencio; solo me derrumbé cuando me aseguraron que había sido Sara quien me denunció. Soy consciente, como ocurre muchas veces en la vida, de que jamás sabré la verdad.

Ahora con una certeza exenta de dudas sé que no pertenezco a este mundo. En las largas horas que paso en mi celda, recuerdo con agrado mi infancia y mi juventud, cuando amaba la paz, la literatura, la música, y soñaba con un hombre nuevo, racional y solidario. Pero también me invade la tristeza cuando tomo conciencia de la persona en que más tarde me convertí al servicio del estado totalitario. Al pasar los meses llegué a la conclusión que ya no merecía la pena vivir: mi mundo también había muerto. Intenté suicidarme, pero fracasé. Ahora estoy preso en un área de aislamiento e intento escribir esta historia que dudo que pueda llegar a algún lector, pero lo hago para sentir que sigo vivo en este nuevo periodo histórico oscuro, retrógrado e insensato que me ha tocado vivir.

A veces también acudo a otro mecanismo de defensa para mí muy eficaz: intento recordar de memoria algunas obras de mi autor admirado Stefan Zweig, sobre todo su autobiografía, El mundo de ayer. Al adentrarme en ella, me identifico profundamente con este hombre singular y sufro al reconocer la estupidez humana y constatar la incapacidad de las personas para aprender de los errores pasados que solo conducen a repetir los ciclos de sufrimientos una y otra vez. Solo aspiro a tener otra oportunidad para seguir los pasos de Stefan; espero que sea pronto.

Conmoción

En ocasiones uno cree estar en lo cierto, pero está equivocado. Desde una supuesta certidumbre a la realidad puede mediar un segundo o un fotograma de película como fue mi caso.

Llevaba yo más de un año jubilado y creía que tenía superada la nostalgia de mi trabajo realizado durante cuarenta años. Estaba la otra noche en el cine viendo una película algo intrascendente y en ella se reflejó durante unos minutos la actividad de un médico en su clínica.

Desde mi butaca observé a aquel personaje haciendo su trabajo y se despertó en mi mente un sentimiento inmenso de pérdida al ser consciente de que había algo ya irrecuperable para mí; ya no podría volver a ejercer la medicina en un hospital.

Casi me olvidé de dónde estaba: me quedé conmocionado. Solo mi mujer se dio cuenta de que algo muy importante me había ocurrido en aquella sala.

Un banco en la Gran Vía

Cuando aquel 11 de septiembre del 76 me despedía de mis amigos en el aeropuerto de Tucumán, no sabía entonces que a algunos de ellos no los volvería a ver nunca más; solo dos meses más tarde y después de terribles torturas pasarían a formar parte de las siniestras listas de desaparecidos en Argentina. Pero en esos momentos ellos me despedían emocionados y dudando de si yo, junto a mi mujer y mi pequeña hija, estábamos equivocándonos al dar ese salto al vacío, a lo incierto y a la soledad del exilio en un país desconocido. Aunque nosotros también a veces albergábamos algunas dudas, la situación de terror que nos rodeaba nos hizo tomar la decisión de marcharnos con firmeza; poco tiempo después, la realidad nos demostraría que no nos habíamos equivocado.

Desde Tucumán, fuimos a Buenos Aires y creo recordar que a mis veintiséis años, que era la edad que entonces tenía, nunca había subido a un avión para realizar un viaje de ese tipo. El día anterior a la salida hacia Madrid, estuvimos, gracias a la ayuda económica de mis suegros, en un hotel porteño, céntrico, confortable, limpio y decorado con gusto, propio de aquellos a los que solían acudir las clases medias acomodadas de entonces. Permanecimos todo el día en el hotel, ya que temíamos salir a la calle en esa ciudad sojuzgada por el terrorismo que encarnaba la dictadura de esos años.

La última noche en Argentina dormimos en una habitación placentera donde ilusamente deseábamos sentirnos protegidos y en paz. La habitación tenía una limpieza exquisita, estaba decorada en colores claros y la cama era cómoda y mullida, y sus sábanas, suaves, perfumadas y de un blanco deslumbrante. Nos acurrucamos los tres y mi hija, a pesar de tener solo ocho meses, parecía captar el cambio que se avecinaba. Mi mujer y yo, sin expresarlo y cada uno por su lado, nos preguntábamos una vez más por qué teníamos que marcharnos: éramos conscientes de que nuestra ideología no encajaba con el régimen imperante y que nuestros principios basados en una cosmovisión solidaria, librepensadora y de cambio iban contracorriente con lo que se estaba implantando en todo el cono sur americano; nos preguntábamos si eso eran motivos suficientes para tener que huir de un país abandonando nuestros orígenes, nuestros recuerdos, nuestras familias y partir hacia lo incierto. A pesar de todo, dormimos plácidamente en esa cama acogedora y cálida que invitaba a permanecer en ella, haciendo negación de todo lo que ocurría fuera de esa habitación y de lo que nos esperaba en el futuro inmediato.

A la mañana siguiente y tras el último desayuno opíparo, que posteriormente no se repetiría en muchísimo tiempo, dejamos el hotel y nos sentimos presos de una tristeza inmovilizante, aunque esta pronto fue sustituida por la ansiedad y el estrés que da el miedo. Ese día apenas comenzaba y no sabíamos si podríamos o no salir del país; temíamos que en los últimos instantes ocurriese algo que trastocase nuestros planes y que significase el inicio del horror y el final de nuestras vidas. Como consecuencia del azar, de la suerte y de las intensas gestiones realizadas por mi suegro, conseguimos por fin dejar ese país silenciado por el terror y la vileza.

Doce horas después, aterrizábamos en Madrid: al bajar por la escalerilla del avión y pisar el suelo de España, en mi cabeza bulleron recuerdos, historias y anécdotas vividas por mis abuelos emigrantes cuando a ellos, muchos años antes y por motivos diferentes, les tocó hacer este mismo viaje, pero en sentido opuesto. También en mi cabeza cobraba presencia, y de forma dominante, el miedo a lo desconocido, a la soledad y a la incertidumbre del nuevo presente imbuido de una ignorancia plena de la España real de aquellos años y de lo que allí ocurría entonces. Llevábamos nuestros bolsillos casi vacíos de dinero y éramos conscientes de que no teníamos a nadie a quien recurrir y debíamos, al menos, conseguir mantenernos durante veinte días hasta poder cobrar unas becas de estudiantes que habíamos conseguido por ser descendientes de españoles.

Cargando a nuestra hija en brazos, unos libros pesados de medicina y unas maletas deterioradas, nos dirigimos en autobús desde el aeropuerto hacia plaza Colón. Allí se nos acercó un hombre mal vestido, distante y poco confiable que nos ofertó sus servicios para orientarnos, según nuestras posibilidades económicas, hacia algún hotel de la ciudad; de ese modo, llegamos a uno situado en la calle Barbieri de Madrid. Al llegar al mismo, vimos que la fachada era lamentable, la recepción prácticamente no existía y los escasos clientes que veíamos en los pasillos parecían chulos y prostitutas; pero, para nuestra sorpresa, con lo que nosotros estábamos dispuestos a pagar tampoco podíamos acceder a las habitaciones normales del hotel, sino que nos condujeron a una buhardilla casi aislada del resto del local.

Al quedar ya solos en la habitación y recorrer la misma con nuestras miradas, se nos estrujó el corazón: tomamos conciencia de que en apenas unas cuantas horas nuestro presente y sobre todo el entorno de nuestra hija había sufrido un cambio radical. Esto contribuyó a que en nuestras mentes se instalase y, por mucho tiempo, un sentimiento de labilidad y desprotección. Sin embargo, es cierto también que entonces no podíamos saber que estábamos comenzando a construir una nueva vida más cimentada en la seguridad, la libertad y el progreso, dejando atrás, afortunadamente, la locura y el fanatismo reaccionario que imperaba en nuestro país de origen. Nos mantuvimos un largo rato de pie en el centro de la habitación: esta olía a humedad, tenía las paredes revestidas de un papel horrible y descascarado, no había ducha y el retrete producía náuseas al acercarte a él. Mi mujer abrazó a nuestra hija y dijo:

—Ella no dormirá sobre esas sábanas. —Eran amarillentas, viejas, sucias y la almohada, casi inexistente.

Revisamos con ansiedad si en los huecos que divisábamos en las esquinas o tras los rodapiés se escondían otros compañeros de cuarto. Sacamos las toallas que llevábamos en las maletas y algunas camisas, y la extendimos sobre la cama para poder acostar a nuestra hija Carina: ella, con sus ocho meses, nos sonreía y nos pedía un biberón. En el hotel no nos podían suministrar agua caliente, por lo que me dirigí a un bar aledaño y me llenaron dos biberones con el agua de la máquina de hacer café. Volví contento, ya que de ese modo podríamos darle algo de comer a nuestra hija y pasar así la primera noche en nuestro nuevo destino. Cuando Carina se durmió cobijada entre las toallas, nosotros nos miramos y nos sentamos en silencio al borde de la cama: el asco y la repugnancia que nos producía el sitio en el que estábamos y la colosal incertidumbre del futuro inmediato no nos impidió maldormir aquella noche.

Al día siguiente, deambulamos los tres por Madrid buscando algo mejor para poder alojarnos mientras nos íbamos adentrando en la nueva realidad que teníamos por delante. Para estar el menor tiempo posible en el hotel, usábamos para charlar, comer, dar los bibes a nuestra hija o cambiarle los pañales, que entonces no eran desechables, un banco que aún sigue situado en una acera de la Gran Vía, muy cercano a la entrada del metro de Callao; este banco era como nuestro hogar en aquellos días.

Transcurrido un tiempo, conseguimos una pensión a la que nos trasladamos y desde donde comenzamos a luchar para sobrevivir con dignidad, aunque con incertidumbre; eso sí, siempre estuvimos dispuestos, dado que no había otro camino, a intentar integrarnos y terminar siendo parte de este nuevo mundo que habíamos elegido y que nos acogería después tan solidariamente. El empuje y la decisión para sortear muchas de las adversidades sufridas entonces provenían de la fuerza que sacábamos del cariño que teníamos hacia nuestra hija Carina: ella, aunque de aspecto triste y frágil para los ojos de los extraños, era para nosotros el tónico de la vida. Sus hermosos ojos marrones, su mirada tierna y su dulce sonrisa nos daban la fortaleza y el optimismo necesario para sentir que todos los problemas que se nos iban presentando se podrían superar.

Hoy, cuando recuerdo aquellos días, saltan a mi mente como estampas representativas de esos momentos las camas de los dos hoteles en los que estuvimos al dejar el país de mi infancia y el del nuevo mundo que nos acogió. La tierra de mis abuelos significó al comienzo carencias, necesidades, pobreza y desasosiego, pero también fue la libertad, la esperanza y la desaparición del terror. El caminar por las calles, el coger un autobús o volver a casa se hicieron hechos normales y no situaciones impregnadas de desconfianza, ansiedad y miedo, que eran los sentimientos cotidianos en esa Argentina enmudecida y triste. Muchos años después y en repetidas ocasiones, aun viviendo ya lejos de Madrid, he pasado frente al banco de la Gran Vía, que todavía permanece en el mismo sitio. Aunque no soy fetichista, me detengo siempre allí y acaricio sus maderas negruzcas por el hollín y la contaminación; cuando lo hago, siento que me invaden unos recuerdos que invariablemente me conmocionan hasta hacerme llorar.

Colores

Según recuerdo, tenía yo cuatro años cuando me llevaron por primera vez a una peluquería: mi madre y mi padre luchaban conmigo para mantenerme quieto en aquella elevada silla mientras el peluquero se abalanzaba sobre mi cabeza armado de peine y tijeras. Cuando vi caer mi pelo negro sobre la blanca capa de corte, dejé de resistirme, me distraje e incluso quedé fascinado; el contraste de la nívea capa con mi pelo oscuro disparó mi imaginación, que entonces era grande.

Ayer, muchas décadas después de aquello, estaba en otro sillón de peluquería y recordé esa vivencia: la capa de corte que ahora cubría mis hombros era negra. Con cada trozo de pelo cano que veía caer, se emblanquecía el paño y en ese instante sentía que se dispersaban y desaparecían innumerables recuerdos de un tiempo que se agotaba y que más tarde serían barridos del suelo de la peluquería.

Mi abuelo y los sentimientos

Siempre aprendo cosas de mi abuelo Jorge; cada día lo veo más sabio, pero también más escéptico. Ahora está triste porque va a cumplir ochenta y cinco años y en el balance de su vida no cree haber hecho nada de peso por los demás: dice que en el transcurso de su existencia ha intentado no hacer daño a las personas, pero ni siquiera eso ha conseguido totalmente.

Para interrumpirle esa tendencia autocrítica, el otro día charlando con él en su ático le pregunté sobre la perfección y el amor. Se le iluminaron los ojos como le ocurría siempre que le pedía una opinión y se rió de la pregunta. Me dijo que la búsqueda o percepción de lo perfecto es solo una sensación subjetiva mediatizada por nuestros valores culturales y un estado de ánimo mediado por neurotransmisores: estos nos hacen sentir que estamos muy cerca de tener o apreciar las máximas cualidades que se atribuyen en ocasiones a personas, creencias u objetos. Según él, estas sensaciones llevan aparejadas la incapacidad de poder ver la imperfección y siempre tienen un tiempo perecedero. Hizo una pausa y continuó diciéndome:

—En las vivencias emocionales de las personas muchas veces creemos alcanzar estados perfectos que nos hacen sentir que rozamos la felicidad.

Me puso por ejemplo el enamoramiento apasionado y lo describió como una alteración cerebral transitoria, quizás necesaria para la evolución de la especie. Me relató con detalles las sensaciones sublimes que sintió al conocer a mi abuela o también el sentimiento de plenitud y gozo al coger en brazos, tras el parto, a su único hijo: ambas situaciones, para él, perfectas en lo que se refiere a las relaciones con esas personas.

Mientras hablaba, observé que se le humedecían los ojos. Fue en ese momento que sentimos un fuerte portazo en la entrada del ático y vimos a mi abuela avanzar hacia nosotros muy malgestada.

—¡Coño, Jorge! Ya es hora que apagues la luz y te duermas. Ha llamado nuestro hijo y ha dicho que tampoco podrá venir este año a vernos. —Luego, sin siquiera mirarnos, se marchó: ellos convivían en la misma casa, pero estaban separados.

Me despedí de mi abuelo; cerré la puerta y tras ella solo quedó la soledad, el silencio y la incomunicación. Me alejé reflexionando sobre la conversación mantenida: me noté más pesimista en relación a la perfección y su perdurabilidad. Por mi juventud, mis pensamientos se dirigieron al amor y me causó angustia el solo pensar en las fuerzas del desamor, donde con frecuencia se sustituyen los sentimientos eróticos por los tanáticos en el alma de los seres humanos; recordé los hechos de violencia de género y las rencillas y agresiones en los divorcios. Después de meditar un rato, traté de consolarme pensando en María, mi pareja, e intenté animarme creyendo que a nosotros nada de eso nos pasaría.

Unos días más tarde, volví a ver a mi abuelo y le conté mis reflexiones sobre la conversación que habíamos tenido. No me respondió: solo me miró esbozando una sonrisa forzada y permaneció en silencio.

Encuentro

Se vieron y se sonrieron. Se reencontraron en silencio, sin ruidos;

se acercaron el uno al otro con lentitud, irradiando luz.

El tiempo se detuvo: estaban solos en la multitud;

no hablaron: se abrazaron con dulzura formando un solo cuerpo;

se besaron:

besos suaves, pero imantados, sin tiempo; exploraron sus labios,

sus cuellos, su piel…

Noté que se elevaban en el espacio, pero ellos no.

Los miré embelesado y recordé, recordé, recordé…,

nostalgia de momentos también así vividos, efímeros e infinitos a la vez.

Cogí la mano de mi mujer: la apreté y sentí su calor y compañía;

gracias memoria por socorrerme.

Luego, seguí mi camino en aquella mañana otoñal en la bella Barcelona,

pero algo había cambiado en mí.

Un adiós anticipado

Mi hijo pequeño va a cumplir cuatro años y está en la etapa de los porqués: todo lo pregunta y ante las respuestas le surgen otros porqués. El otro día al oírme hablar de trombosis me inquirió sobre qué era eso: le expliqué lo del coágulo de sangre que obstruye una arteria y que una arteria es como una tubería que riega una zona rica e importante que sin sangre se moriría. Esto me llevó al tema de la muerte y, ante las dificultades de transmitirle lo que era, tuve que cambiar a otro tema.

Más tarde, esa anécdota tan corriente con mi hijo me hizo reflexionar sobre como pequeños cambios pueden producir una cascada tan tremenda de acontecimientos en la vida de las personas. Recordé cómo me sentí cuando mi madre tuvo su trombosis cerebral; como médico sé que estas lesiones se producen gestándose a lo largo de mucho tiempo, pero también sé que es en un periodo muy corto, quizás segundos o minutos, cuando viene la hecatombe definitiva. Se tapa una arteria y pueden morir nuestros recuerdos, nuestros conocimientos, nuestra expresión, nuestra creatividad, nuestra independencia…; dejamos de ser una persona para ser otra.

La noche anterior a la enfermedad de mi madre habíamos hablado: lo hicimos por teléfono dado que, por circunstancias complejas de la vida, vivíamos a más de diez mil kilómetros el uno del otro. Como siempre, sentí su cálida voz, su mesura, sus consejos, su afecto y su inteligencia: ella era muy intuitiva, detectaba con extraordinario acierto las personalidades de los demás y con frecuencia me advertía sutilmente, desde su punto de vista, sobre quienes podían hacerme daño. Era pesimista y desconfiada en general, excepto con los suyos; fiel con sus seres queridos, fuesen estos sus hijos, nietos o su propio esposo.

Los rasgos de la desconfianza o del pesimismo de su personalidad pienso que se lo transmitieron sus padres. Recuerdo que estos eran comunes a muchos inmigrantes que conocí de pequeño: o bien no se habían adaptado totalmente al nuevo país al que habían emigrado, o bien no habían visto cumplidas las expectativas que se plantearon cuando tomaron la difícil decisión de abandonar su tierra de origen; todo esto les imprimía en el carácter esas peculiaridades. Por ser mujer nacida en las primeras décadas del siglo XX, hija de emigrantes españoles pobres, no tuvo estudios, pero desbordaba sensibilidad e inteligencia. Siempre estaba cuando la necesitabas: cuando era niño y estaba cansado por la noche, me encantaba dormirme en sus brazos, alargar la despedida nocturna pidiéndole un vaso de leche o convencerla para que me hiciera algunas de mis comidas preferidas; todo me lo concedía. Era tan grato percibir siempre su afecto y cariño a través de su mirada, gestos o caricias no grandilocuentes… No se reía mucho, pero cuando lo hacía tenía una risa fuerte, estruendosa y contagiosa. Su vida transcurrió con estrecheces económicas e inseguridad en el futuro, pero siempre estaba brindándose a los suyos. En mi memoria y a través de fotos tengo presente su belleza, propia de la mujer de los años cuarenta, y ahora a finales del siglo XX el tiempo ha actuado y ha sido implacable. Anciana y con muchas enfermedades, pero, como era habitual en ella, su mente estaba preocupada por sus hijos, por sus nietos y quizás también por la proximidad de su propia muerte.

Aquella noche, como lo hacíamos siempre, hablamos: nos preguntamos por el resto de la familia, intercambiamos ideas y deseos, y, como suele ocurrir con los diálogos telefónicos internacionales, nos despedimos rápidamente quedando para hablar en los próximos días. Pero no hubo próximo día: un pequeño coágulo en una arteria cerebral nos lo impidió para siempre. A partir de entonces, cuando yo llamaba a Argentina, le acercaban el teléfono al oído de mi madre; yo hablaba, la saludaba, a veces no sabía qué decirle, cómo animarla, qué contarle dado que no había respuesta alguna. Ella no hablaba, no contestaba y no podía saber si me entendía, aunque por monosílabos que en ocasiones expresaba deseaba creer que sí. En realidad, se había interrumpido el diálogo y la comunicación para siempre.

La volví a ver dos años después. La encontré muy envejecida: estaba en una cama de la que no podía salir y que ya nunca más abandonó. Sus hermosos ojos habían perdido parte de su expresividad, su piel estaba ajada y seca, y las manchas de la vejez le salpicaban su cuerpo. Le hablaba y parecía, o yo quería que así fuese, que me comprendía; nunca más escuché su voz. Estaba ahora otra vez, postrada por unos coágulos en las arterias de sus piernas y por su diabetes, a las puertas de la muerte.

La noche en que me despedí de ella nos quedamos los dos a solas en la habitación sórdida y pobre de ese sanatorio propio de un país decadente y en crisis. Ella estaba semidormida y yo sentado a su lado: la observaba y percibía en mi corazón y en mi cerebro con gran nitidez la visión del final de su vida. Pensé en ella: ¿cómo había sido de niña? ¿Qué pensaba ella entonces? ¿Qué deseaba? ¿Qué proyectos había tenido? ¿Fue feliz? Su juventud; su matrimonio, la relación con nosotros, sus hijos…, ¿qué sentiría respecto a todo eso? ¿Se habían acercado algo sus deseos a la realidad que tuvo que vivir? Yo estaba seguro de que nunca más nos veríamos: unos minutos después la llevarían a quirófano y yo saldría hacia España en un largo viaje, que en cierto modo también era una huida provocada por el dolor y la impotencia.

Aquella noche junto a su cama del hospital pronuncié varias veces en voz alta y dirigiéndome a ella la palabra mamá. Yo sabía que nunca más lo haría: jamás podría dirigirme a alguien diciendo «¡mamá!». No obtuve respuesta. Acaricié su brazo desgastado por el tiempo y la besé despidiéndome para siempre; se me estrujó el corazón. Había nacido yo de ese cuerpo hacía cincuenta años y ahora nos decíamos un adiós anticipado, pero definitivo.

Dos meses más tarde, falleció en la misma cama que me trajo al mundo. Sus últimos meses de vida fueron horribles y quizás por eso, según me dijeron, al morir su rostro recuperó la belleza, la luminosidad, la serenidad y esa sonrisa que siempre nos regaló en vida. Aunque no puedo, me encantaría creer en el más allá y así poder pensar que algún día podría estar con ella otra vez y compartir, junto a toda mi familia, una vida más justa, tranquila y feliz que la que a ella le tocó vivir.

Hasta siempre, mamá. Te extraño mucho.

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