Kitabı oku: «El propósito del alma»
¿Para qué estamos aquí, en esta vida? ¿Qué es lo que vinimos a hacer? ¿Cuál es nuestra misión en esta vida? ¿Cuál es el sentido de esta vida?
Todos, absolutamente todos, tenemos un propósito a cumplir en esta vida. Este propósito forma parte del proceso de aprendizaje, de evolución y de crecimiento de nuestra alma y constituye la esencia y el sentido de nuestra vida en el cuerpo físico.
Estamos aquí, en este mundo, con un propósito claro y preciso que fue definido por nuestra alma antes de encarnar.
Completando la trilogía iniciada con El viaje del alma y El trabajo del alma, el doctor José Luis Cabouli, reconocido autor y maestro en terapia de vidas pasadas, nos sumerge en la aventura del alma desde el instante en el que se diagrama nuestro plan de vida hasta el momento de nuestra aparición en este mundo. Para qué estamos aquí, cómo se define el propósito del alma, cómo se determinan los seres que serán nuestros padres, son algunos de los interrogantes que son dilucidados a través del relato de personas que vivenciaron por medio de la regresión la experiencia de la preparación de su propósito para esta vida.
Graduado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1974 el Dr. José Luis Cabouli se formó como cirujano en la Escuela Quirúrgica "Enrique y Ricardo Finochietto" del Hospital Rawson especializándose más tarde en cirugía plástica en el Hospital Ramos Mejía. En 1988 abandona el ejercicio de la cirugía para dedicarse exclusivamente al desarrollo de la Terapia de Vidas Pasadas. Desde 1992 dirige el Curso de Formación en esta técnica y ha entrenado profesionales en Argentina, España, México y Venezuela. Entre 2012 y 2016 realiza el dictado del Curso Básico de Terapia de Vidas Pasadas en la Escuela de Graduados de la Asociación Médica Argentina. En la actualidad imparte talleres y cursos de formación en Argentina y España
Dr. José Luis Cabouli
El propósito del alma Cuál es nuestra misión en esta vida

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Dedicatoria
Introducción
Capítulo I. La aventura del alma
Capítulo II. Llegó el momento de bajar
Capítulo III. Tengo que enseñar que somos luz
Capítulo IV. He venido a ayudar a la gente asustada
Capítulo V. Tengo que ser mujer
Capítulo VI. Aprender a decir “No”
Capítulo VII. Aprender lo que es amar
Capítulo VIII. Esa mamá tiene que aprender a perder
Capítulo IX. Abrir los ojos al sufrimiento
Capítulo X. El enfado del alma
Capítulo XI. Felicidad, amor, bondad, humildad
Capítulo XII. Ejercicio del espacio entre vidas antes de encarnar
Capítulo XIII. Mi propósito de vida
Capítulo XIV. Reflexiones finales
Apéndice. Listado de propósitos
Créditos
Otros títulos de esta editorial
A Joana:
Gracias por recordarme nuestra cita previa.
Introducción
La necesidad de saber para qué estamos aquí, en esta vida, se ha revelado en los últimos años como uno de los interrogantes que con mayor frecuencia me plantean las personas que asisten a la consulta terapéutica. No importa cuál sea el motivo de consulta original, en algún momento surge la pregunta “¿para qué estoy aquí?” o “¿qué es lo que vine a hacer a esta vida?” o “¿cuál es mi misión en esta vida?”. A medida que vamos evolucionando y alcanzando logros materiales, comienza a surgir la necesidad de satisfacer anhelos espirituales. El desarrollo de la conciencia trae consigo el darse cuenta de que hay necesidades intangibles que son tan importantes o quizás más que las mundanas. Necesitamos satisfacer aspiraciones y deseos materiales, necesitamos asegurarnos un buen pasar, pero una vez conquistados estos logros nos damos cuenta de que no son suficientes para sentirnos plenos y satisfechos con nosotros mismos. Al fin y al cabo, ¿para qué hacemos todo esto? ¿Cuál es el sentido de todo esto?
En el inicio de mi trabajo con la Terapia de Vidas Pasadas (TVP), hace ya más de veinte años, mi objetivo terapéutico estaba centrado en sanar los miedos, las emociones y las situaciones conflictivas de la vida presente, reviviendo los traumas no resueltos de vidas anteriores. Pero bien pronto, las necesidades y las experiencias de los mismos pacientes me fueron llevando paulatinamente a desarrollar y a profundizar en las distintas etapas de la historia del alma. Fue así que se hizo necesario e ineludible trabajar terapéuticamente la experiencia de la muerte en vidas pasadas, el espacio entre vidas, la gestación, el nacimiento e incluso la primera infancia.
Ahora bien, resultó que, al entrar los pacientes en el espacio entre vidas inmediatamente antes de encarnar, se hizo evidente en forma natural y espontánea que cada uno de nosotros trae un propósito definido para estar encarnado en un cuerpo físico en la Tierra. El cumplimiento de este propósito es lo que nos lleva a vivir determinadas experiencias en la vida. Para cumplir con nuestro propósito tenemos que encarnar en un cuerpo físico y eso conlleva un sinnúmero de avatares.
Aquí veremos los incidentes que acompañan el descenso del alma desde la Luz y su encarnación en el cuerpo físico hasta el momento del nacimiento. No puede separarse la experiencia de la gestación y del nacimiento ya que son parte del proceso de encarnación del alma.
En primer lugar, asistiremos a las experiencias de diez personas que se desarrollaron durante sesiones terapéuticas de TVP para resolver o trabajar diversos conflictos emocionales. Por este motivo, en algunos casos encontrarán referencias a experiencias de existencias anteriores. Trabajar con vidas pasadas ayuda a comprender el propósito del alma ya que, en la mayoría de los casos, éste está ligado a eventos del pasado. Cabe aclarar que no es imprescindible explorar nuestras vidas pasadas para hacer consciente el propósito del alma, pero conocer los hechos del pasado nos ayuda a comprender las razones del propósito actual.
A fin de focalizar la atención en el tema que nos ocupa, y al mismo tiempo agilizar el relato, he simplificado y en algunos casos he suprimido gran parte del trabajo terapéutico. Por este motivo, quienes conocen la técnica que empleo observarán que faltan algunos pasos de la técnica conocida.
Luego de estas experiencias, nos centraremos más específicamente en la elaboración del anteproyecto de vida a través de un ejercicio dirigido y diseñado específicamente para tal fin.
Los trabajos presentados en este libro pertenecen a pacientes y terapeutas de Argentina, Chile y España. Por esta razón, al igual que en libros anteriores, he mantenido en los diálogos el lenguaje propio de cada persona de acuerdo a su lugar de origen.
Compartir con ustedes el contenido de este libro forma parte de mi propósito en esta vida. Escribir este libro me ha llevado más tiempo del que yo había imaginado en un principio y yo sentía que estaba en deuda con mi alma mientras no lo concluyera. Ahora que el libro está en sus manos mi alma está en paz y yo siento la satisfacción del propósito cumplido.
José Luis Cabouli
Buenos Aires, 15 de abril de 2011
Capítulo I
La aventura del alma
Venimos a esta vida a cumplir un propósito claro y preciso, definido y programado por nuestra alma mucho antes de nuestra aparición en el mundo físico. Nuestra alma sabe lo que viene a hacer en esta vida y, aun aquellos que no creen en la vida espiritual, incluso los más escépticos, tienen un propósito para estar aquí, en la Tierra. Seamos conscientes o no, todos tenemos un propósito a cumplir y, aun sin saberlo, mal o bien, de alguna manera llevamos a cabo la intención de nuestra alma o al menos lo intentamos. Que ignoremos la existencia de este propósito, que no cumplamos con el plan original o que nos desviemos de este plan, no significa que no haya un propósito para el alma. Todos, absolutamente todos, tenemos un propósito a cumplir en esta vida y este propósito forma parte del proceso de aprendizaje, de evolución y de crecimiento del alma, y constituye la esencia y el sentido de nuestra vida en el cuerpo físico.
Tomar conciencia de que estamos aquí, en esta vida, cumpliendo con un plan proyectado por nuestra alma antes de encarnar es trascendental, aun cuando no sepamos a ciencia cierta cuál es ese plan. El solo hecho de instalar en la conciencia la convicción de que nuestra alma tiene un propósito para estar aquí, en este mundo, hace que podamos transitar por la vida con una actitud serena, segura y confiada. Edward Bach1 decía que el conocimiento y la aceptación del propósito del alma representan el alivio de la miseria y de los sufrimientos terrenales y nos dejan libres para desarrollar nuestro camino evolutivo con alegría y felicidad.
La certeza de tener un propósito a realizar nos conduce a comprender y a valorar la importancia de esta vida y de nuestra presencia aquí, más allá de las dificultades de la vida cotidiana. Esta conciencia nos impulsa a aprovechar nuestra estadía aquí al máximo (Carpe Diem) y evita que malgastemos nuestra energía vital en cuestiones intrascendentes, concentrándonos en lo que hemos venido a hacer. Saber que nuestra alma tiene un objetivo preciso a lograr nos sostiene para persistir en nuestro camino en las instancias difíciles, comprendiendo que las circunstancias adversas son parte del escenario que hemos elegido para crecer.
La vida en el cuerpo físico es una aventura para el alma. Aunque nosotros no podamos verlo así, para el alma la vida es un gran desafío. Aun cuando en ocasiones tengamos que experimentar el dolor, la vida no deja de ser una gran aventura. Todas las dificultades que enfrentamos son parte del aprendizaje y de la experiencia del alma para crecer y evolucionar. De alguna manera hemos acordado ese plan antes de encarnar, aunque a veces, hay que decirlo, lo hayamos hecho bajo protesta.
Uno de los interrogantes que se suelen formular con mayor frecuencia es “¿cuál es mi misión en esta vida?”. Es natural desear o soñar con tener una gran misión, pero la verdad es que la primera misión que tenemos en esta vida es con nosotros mismos. Antes que nada, necesitamos sanarnos a nosotros mismos. Si no sanamos nuestra alma, no podremos cumplir con grandes misiones para la Humanidad. La Luz necesita guerreros sanos emocionalmente antes que héroes fuertes. ¿Cómo vamos a enfrentar, si no, las trampas, las tentaciones y la seducción que la vida material nos propone sutilmente y que nos apartan de nuestro verdadero objetivo?
La verdad es que el propósito del alma suele ser menos ambicioso, más preciso y personal, pero no por ello menos difícil. Desprenderse del egoísmo, de la soberbia, del odio, del miedo, de la ambición de poder, de la ira o de la culpa puede significar para el alma varias vidas de arduo trabajo. No basta una sola vida para que el alma pueda hacer su evolución, conquistar la materia, satisfacer sus necesidades de múltiples experiencias y desarrollar una conciencia capaz de manifestarse al unísono y en armonía tanto en el plano físico como en la dimensión espiritual. Por eso estamos aquí, trabajando paso a paso con nuestra alma, vida a vida, procurando desembarazarnos de los velos que impiden que nuestro verdadero ser se manifieste en el cuerpo físico tal como es: un reflejo de la Luz Primordial.
Cuando hablamos del propósito del alma, tenemos que saber que no hay propósitos más importantes que otros. Cada propósito vale una vida en sí mismo. Ser madre o padre y nutrir, cuidar y ayudar a sus hijos a cumplir con su propio propósito es tan importante como ser astro de cine, rey o presidente. Una anécdota budista nos servirá de ejemplo. Cuentan que luego de escuchar al Buda, un hombre rico repartió todos sus bienes entre familiares, amigos y gente necesitada, y se retiró a vivir a una cueva en la montaña con la intención de alcanzar la iluminación. Arregló también con un ex sirviente para que éste le proveyera de alimentos y de ropa limpia dos veces por semana. El hombre pasó así el resto de su existencia practicando el ayuno y la meditación en las enseñanzas de Buda. Al morir, gracias a su práctica consecuente y constante, el alma de este hombre entró directamente en el Nirvana2. Pero cuál no sería su sorpresa cuando hallándose allí, en el Nirvana, se encontró con su ex sirviente, quien había desencarnado inmediatamente después de él. Sumamente sorprendido, preguntó a los seres de luz:
—¿Cómo es posible? Yo me desprendí de todas mis posesiones materiales y pasé el resto de mi vida en ayuno y meditación para llegar aquí y resulta que mi sirviente, que continuó con su vida mundana, también está aquí. ¿Cómo es esto?
—Es que, justamente —le replicó un maestro—, gracias a que tu hermano te atendió y te proveyó de comida y de ropa limpia durante toda tu vida es que tú pudiste hacer tu trabajo de transmutación para alcanzar el Nirvana. Por lo tanto, con su trabajo y su dedicación hacia ti, él hizo tanto mérito como tú para estar aquí.
De modo que no hay propósitos que sean más importantes que otros. Hasta es posible que el propósito más insignificante a nuestros ojos pueda ser el más valioso para la Luz. Al final de este libro, en el apéndice, encontrarán un listado con algunos de los propósitos más frecuentes recopilados en mi experiencia clínica.
Ahora bien, venir a la vida, a un cuerpo físico, para cumplir con el propósito del alma, no es fácil. El solo hecho de encarnar, el proceso para pasar de la esencia espiritual a la sustancia física, puede llegar a ser hasta doloroso. Por más aventura que sea la experiencia en el cuerpo físico, para el alma que se encuentra en la Luz, iniciar el viaje hacia el mundo físico es como ir al exilio, al destierro, y no todos estamos ansiosos por venir aquí. Todo va bien durante la diagramación del anteproyecto de vida, pero cuando llega el momento de descender en la materia y separarse de la Luz, allí comienza la angustia del alma, la resistencia, la protesta, la rebelión y el deseo de volver atrás. Sabemos lo que tenemos que hacer, sabemos que tenemos que hacerlo, pero una cosa es diagramar un plan y otra cosa es ponerlo en ejecución. En los papeles, todo parece perfecto y todo cuadra, pero también sabemos que una vez que estemos en el escenario físico las cosas no serán tan fáciles. Entre otras cosas tendremos que superar obstáculos y dificultades, resolver cuestiones pendientes con viejos enemigos (se supone que tendremos que llegar a amarlos en algún momento), exponernos al dolor, aprender nuevas lecciones y, para complicar las cosas, perderemos nuestra conciencia espiritual y nuestra conexión con la Luz. El instante de la separación de la Luz, para iniciar el descenso al mundo físico, suele ser uno de los momentos más dolorosos y desgarradores para el alma de algunas personas. Esta es la razón por la cual algunas personas suelen experimentar una nostalgia esencial para la cual no hallan consuelo y que no está relacionada ni con esta vida ni con experiencias de vidas anteriores. Es la añoranza del mundo de la Luz. Esta nostalgia podría asemejarse con aquella que siente la persona que vive en el exilio y que no puede regresar a su tierra de origen.
Inevitablemente, al nacer o poco después, olvidamos nuestra identidad espiritual y nuestra pertenencia a la Luz. Perdemos nuestra conexión con el Cosmos y con el resto de la Creación. Olvidamos también por qué y para qué estamos aquí en un cuerpo físico. Como consecuencia de esta desconexión, olvidamos nuestro propósito original y lo que hemos venido a hacer en esta vida.
El olvido es parte del proceso de encarnación y es necesario para que el alma pueda desidentificarse de su personaje anterior y asumir su nuevo rol. Pero además, en el instante de nacer, nuestra alma se encuentra de improviso con un desafío básico: la sobrevivencia de su vehículo físico. Puede que todavía recordemos de dónde venimos, es posible que todavía mantengamos nuestra conexión espiritual. De hecho, cuando comienzan a expresarse verbalmente, algunos niños recuerdan episodios de su vida anterior, manifiestan venir de una estrella o de la Luz o insisten en que tenían otros padres. Pero para el momento en que comenzamos a comunicarnos mediante el habla, la gran mayoría de nosotros ya ha perdido la conexión con el mundo espiritual. Mientras estábamos en la Luz no teníamos necesidades físicas. Durante nuestro pasaje por el vientre materno éramos alimentados pasivamente, sin tener que preocuparnos de ello y ni siquiera necesitábamos respirar. Pero al nacer, este cuerpo físico recién salido al mundo nos exige a gritos su atención. Experimentamos sensaciones y necesidades que antes no teníamos. El alimento ya no viene solo y, cuando no llega el alimento, surge en nuestras entrañas un monstruo desconocido: el hambre. Lloramos, gritamos, pataleamos y entonces obtenemos lo que necesitamos. Para sobrevivir en el mundo físico, tenemos que ocuparnos del cuerpo, tenemos que aprender a reconocer las señales nuevas que recibimos y cuáles son los requerimientos de este mundo físico. Tenemos que aprender también cómo hacernos entender y cómo entender a quienes nos rodean. Una gran diversidad de estímulos comienza a captar nuestra atención y así, poco a poco, a medida que nos vamos conectando con el mundo físico, nos vamos desconectando del mundo espiritual y olvidamos quiénes somos, de dónde venimos y para qué hemos venido. El golpe de gracia lo recibimos al entrar en la escuela, porque allí comenzamos a desarrollar los procesos intelectuales que nos alejarán todavía más de nuestra esencia espiritual. A esto debemos agregarle los traumas que solemos atravesar en la infancia y que en ocasiones suelen ser extremadamente terribles, como el abuso y el maltrato físico y psíquico. Estos traumas de la infancia nos llevan a replegarnos y a cerrarnos para no sufrir y acentúan aún más la separación con la fuente de donde venimos y con nuestro propósito. En esta lucha por sobrevivir y en la confusión creada tanto por las dificultades como por los desafíos y tentaciones de la vida moderna, nos olvidamos de quiénes somos en realidad y para qué estamos aquí. Como dirá más adelante una de las protagonistas de las historias, estamos aprendiendo a ser espíritus dentro de un cuerpo.
Hay que sobrevivir y conquistar el mundo físico. Éste es un proceso natural e inevitable por el que todos hemos de pasar, pero llega un momento en el que podemos y debemos iniciar el camino de reconexión con nuestra esencia espiritual y con nuestro plan original, con el propósito que hemos venido a cumplir.
El plan del alma es de largo alcance y el cuerpo físico es el instrumento idóneo para lograrlo. El cuerpo físico es el vehículo del alma en este plano. Si maltratamos el cuerpo, si no lo cuidamos, tendremos que dejarlo antes de tiempo y no podremos cumplir en esta vida con el propósito original. Si nos apartamos del plan original, sea por lo que fuere, saldremos de esta vida sin haber cumplido con el propósito del alma y tendremos que volver una vez más para concretar en el plano físico la voluntad de nuestra alma.
El hecho de que hayamos elaborado un anteproyecto de vida antes de encarnar, no nos obliga a cumplirlo al ciento por ciento. No existe tal fatalismo. Un plan es un plan y podemos cambiarlo o modificarlo ejerciendo nuestro libre albedrío. Es posible que podamos mejorar nuestro plan original si trabajamos con nuestra alma y nos desprendemos de antiguas emociones y de mandatos negativos que no nos permiten manifestar todo nuestro potencial. Pero si al término de esta vida consideramos que no hemos cumplido con lo que teníamos que hacer, experimentaremos la sensación de algo inconcluso y necesitaremos volver otra vez para completar lo que quedó pendiente. El alma necesita cerrar la Gestalt3.
Muchos propósitos se frustran por enfado, por resentimiento, por confusión, por ignorancia, por creer que no hay un propósito, por priorizar las conquistas materiales, por ambición de poder o por privilegiar la satisfacción del ego.
El suicidio y las muertes súbitas o imprevistas también frustran o interrumpen el cumplimiento del propósito del alma. En el caso de las muertes violentas o por accidente, no podemos saber de antemano si esto estaba o no estaba previsto dentro del plan original. Hay situaciones que son inevitables, porque están directamente vinculadas con hechos de vidas anteriores. En estos casos, la probabilidad de que se produzca un desenlace violento siempre está latente, pero en última instancia dependerá de las decisiones que tomen los protagonistas en el momento decisivo. Los enemigos de vidas pasadas pueden encontrarse en esta vida para vengarse o cobrarse la deuda pendiente, pero puede ocurrir que, en el último instante, se haga la luz en el victimario y desista de concretar su venganza. Eso abrirá otra línea de acción y cambiará el curso de los acontecimientos.
En el caso de los accidentes, hay dos situaciones básicas. Una de ellas es que la muerte por accidente forme parte del plan original. Aunque ignoremos su sentido, aquí no hay interrupción del propósito del alma. Pero si una persona se accidenta mortalmente por despreciar la vida, por no cuidar su cuerpo, por inconciencia o por desafiar el destino, la muerte se produce en forma anticipada y aquí sí se frustra el plan del alma.
Pero en el Universo también hay margen para el error y es posible que haya accidentes que sean puramente imprevistos y que no estaban dentro del plan original.
De cualquier manera, sea por responsabilidad propia o debido a la acción de terceros en hechos violentos o accidentes, la consecuencia para el alma, en estos casos, es que se interrumpe la concreción de su propósito y eso la llevará a encarnar nuevamente para terminar lo que quedó inacabado.
Como regla general, todos venimos a realizar un trabajo particular que constituye el eje central alrededor del cual gira el propósito del alma. Hay otros aspectos a desarrollar que complementan y acompañan al tema central. Cabe señalar, además, que el propósito a cumplir está directamente vinculado a asignaturas pendientes, trabajos inconclusos o cuestiones a resolver de existencias previas. En ocasiones se trata del aprendizaje de algo puntual. Para la mayoría de nosotros esto funciona así. Es posible que haya algún elegido o algún avatar que venga exclusivamente a cumplir una misión para la Humanidad, pero no sucede así para el común de los mortales.
Hay que tener en cuenta que, a veces, el alma puede estar involucrada en un trabajo o en un propósito de largo aliento. Esto implica que puede necesitar de varias vidas de entrenamiento y preparación antes de llevar a cabo el propósito final en la vida en la que pondrá en acción todo su potencial y experiencia adquirida.
La elaboración del propósito del alma implica la consideración, la evaluación y la definición de una serie de aspectos en los cuales normalmente no nos detenemos a pensar. Diseñar un anteproyecto de vida requiere, como cualquier proyecto que se precie, una planificación previa lo más minuciosa posible. Todo proyecto se planea con las mejores intenciones, pero también sabemos que, a medida que ese proyecto se va desarrollando, aparecerán dificultades o contingencias que pueden complicar y retrasar su ejecución. En cualquier proyecto siempre hay margen para la improvisación, la creatividad y para que se presenten los imponderables con los que siempre hay que lidiar. Como dije antes, un plan es un plan y está siempre sujeto a revisión. El plan del alma es como una hoja de ruta que nos sirve de guía para identificar los mojones destacados del camino a recorrer, pero siempre tenemos en nuestras manos la posibilidad de modificar el recorrido original.
Para comenzar, la elaboración del propósito del alma supone que hay una serie de pasos a seguir. Hay cuestiones básicas que tienen que ser definidas antes que otras. Si bien no podemos asegurar que esto sea exactamente así, la mayoría de las personas que han vivenciado en regresión el momento en el que se prepara su anteproyecto de vida describen una secuencia similar. Claro está que, como el alma habita en la dimensión atemporal, es posible que estos pasos que pasaremos a describir ocurran en forma simultánea, pero para nosotros se manifiestan como una secuencia. Casi todas las personas coinciden en que lo hacen acompañadas por una luz o por seres de mayor sabiduría que les aconsejan o sugieren cómo armar su plan de vida. No siempre se puede elaborar el plan por uno mismo. Es frecuente observar que, en algunos casos, el plan ya viene diagramado de antemano y queda poco margen para cambiar algunos aspectos. Este tipo de situaciones son las que, con mayor frecuencia, dan origen al enfado y a la rebeldía del alma.
En la preparación del proyecto del alma, lo primero es la elección del propósito y el trabajo a realizar en el cuerpo físico. Como ya anticipamos, por lo general este trabajo está en relación con acciones de vidas pasadas. El alma necesita efectuar su trabajo de corrección sobre sus acciones pasadas, ya sea para iniciar o bien para progresar en nuevos emprendimientos. Los asuntos sin resolver de otras vidas y, en particular, los conflictos emocionales y vinculares no resueltos, son un lastre muy pesado que limitan y bloquean las potencialidades del alma y le impiden manifestarse en la vida física con todo su poder y su creatividad. Por esta razón, para poder desarrollar y cumplir con su propósito central, el alma tendrá que resolver y terminar las asignaturas pendientes que arrastra de vidas anteriores. Realizar este trabajo le insumirá al alma gran parte del tiempo físico del que dispondrá en esta vida. Esta es la razón por la cual muchas personas comienzan a ejecutar el verdadero propósito de su alma en la segunda mitad de su vida, cuando ya se han liberado de las ataduras que las sujetaban. Moisés tenía ochenta años cuando lideró el éxodo del pueblo hebreo de Egipto. Necesitó toda una vida de preparación para cumplir con su gran misión. De modo que no debemos desesperarnos si el propósito de nuestra alma se demora en bajar a nuestra conciencia física. Eso sí, mientras tanto, habrá que cuidar el cuerpo. Sin el cuerpo no podremos cumplir con nuestro plan de vida.
Una vez que se ha establecido el propósito básico del alma, como así también los aspectos secundarios que lo acompañan, a continuación habrá que definir la elección del país y de la familia en la cual se encarnará. Esto implica que se habrá tenido que definir también el planeta en el cual se desarrollará la experiencia del alma. Es obvio que nosotros sólo podemos hablar de la Tierra, pero eso no impide que hayamos tenido experiencias de vida física en otros planetas. Aunque no siempre es posible obtener este dato en el trabajo terapéutico, en el capítulo XII veremos que a veces es posible discernir para qué necesitamos encarnar en la Tierra.
Tanto el país como la familia en la cual vamos a encarnar están en relación con el propósito que se viene a realizar. Los países constituyen el marco de referencia básico para que se desarrolle la aventura del alma. Con su característica particular, cada país ofrece diferentes posibilidades para que el alma interactúe con el drama y la energía del país en el cual encarnará. Cada país tiene una energía propia que resuena con la energía del alma. La energía de un país determinado puede estimular o cobijar el desarrollo de ciertas capacidades del alma al mismo tiempo que puede limitar la manifestación de otras. La estructura e historia propias de cada país obligan al alma a enfrentarse con situaciones inevitables que son parte de su aprendizaje. Supongamos que en vidas pasadas fuimos o formamos parte de un pueblo dominante que esclavizó a otros pueblos. Ahora nos tocará pasar por la misma experiencia, pero del lado de los dominados, para aprender qué se siente cuando se es esclavizado. Los países son como grandes escenarios ya preparados para que se represente la obra de turno. Sólo tienen que ingresar los actores, en nuestro caso las almas, para que comience la función. Los escenarios, los países, quedan en su lugar, pero los actores, las almas, van rotando de país en país, según el drama o la comedia que tengan que representar. Por supuesto que nada impedirá al alma emigrar con su cuerpo a otro país, pero llevará consigo la carga de la energía original que recibió al momento de encarnar y de nacer. Por este motivo, el lugar de nacimiento de una persona es un dato fundamental a la hora de confeccionar una carta natal, ya que esto permanecerá inalterable a lo largo de la vida de una persona.
La familia elegida o designada en la cual se nacerá sirve al propósito del alma. Es el escenario principal donde se ponen en acción todos los conflictos afectivos y vinculares no resueltos. La familia funciona de distintas formas según la experiencia que el alma necesita vivir. Puede aglutinar o disgregar a sus miembros. Puede dar contención, apoyo y sostén como así también puede inducir al aislamiento, el desamparo o el abandono. Puede acompañar y estimular el desarrollo del propósito del alma tanto como obstaculizarlo o impedirlo. La elección de los seres que serán nuestros padres constituye en muchos casos el aspecto central del propósito del alma.
Existe la creencia generalizada de que elegimos a nuestros padres antes de encarnar, pero la verdad es que esto no siempre es posible para el alma. Según las circunstancias de cada alma, a veces podemos elegir y otras veces no es posible hacerlo. Si tenemos asuntos pendientes de resolución con algún alma en particular, eso nos impedirá elegir a los seres que queremos como padres. Primero, hay que resolver las cuentas pendientes que tenemos con otras almas. Si en la vida actual terminamos bien nuestro trabajo, eso hará que en la vida siguiente podamos tener a los padres que queremos tener.
Existe una ley básica en el Universo que es la ley del amor. Finalmente todo se resuelve mediante el amor. Es casi una regla que enemigos de vidas pasadas se encuentren en esta vida dentro del seno de una familia para resolver su enemistad. Inevitablemente, los antiguos enemigos se verán obligados a relacionarse por medio de los vínculos familiares. Por ejemplo, una mujer puede llevar en su vientre, sin saberlo, al asesino de una vida anterior. Ésta es otra de las razones para el olvido del alma, porque si no, ¿cómo sería posible para una madre amar y cuidar a su bebé sabiendo que ese ser es el mismo que la asesinó en una vida pasada? Ni los padres ni el hijo lo recuerdan, pero el conflicto y la enemistad estarán latentes a nivel inconsciente y, tarde o temprano, el enfrentamiento surgirá. Mal o bien, por medio de los lazos de sangre, se creará un vínculo afectivo y eso permitirá que al menos esas almas se acerquen un poco más. Lo que la Luz espera es que los enemigos del pasado puedan reconciliarse, perdonarse y amarse. A veces, este objetivo se consigue y otras veces no, y tal vez sea necesario más de una vida para que estas almas enemistadas puedan llegar a amarse. Puede suceder también que un alma haya quedado en deuda con otras. Ser padre y proveer a las necesidades de sus hijos puede ser la manera en que un alma pueda saldar con otras su deuda del pasado.
Como quiera que sea, los padres confrontan al alma que encarna como hijo con el trabajo que ésta debe realizar. El propósito funciona en ambos sentidos. El alma del hijo aprenderá y se servirá de la experiencia de tener a estos padres y, a su vez, los padres, harán lo propio con el alma que llega a su custodia como hijo.
Es claro que también hay familias en las cuales reina la armonía. Probablemente esto se deba a que se trate de un grupo de almas que ya han estado en relación anteriormente y han cumplido con su tarea de corrección. Ahora les toca recoger los frutos de su siembra y se encuentran para apoyarse y ayudarse mutuamente en su trabajo en esta vida.
En el espacio entre vidas antes de encarnar, es posible que también se produzca el encuentro preliminar con otras almas con las cuales hemos de interactuar en la vida física. Entre estas almas están quienes serán nuestros hermanos, ya que éstos forman parte del trabajo que el alma viene a realizar, ya sea para acompañarse o para resolver viejos entredichos. Pero también es posible que concertemos una cita previa con aquella alma que será nuestra compañera o compañero de ruta en esta vida. Bueno, quizás concertemos más de una cita.
Una vez que se ha diseñado el plan de vida y se ha establecido la familia en la cual se encarnará, llega el momento en el que el alma ha de iniciar su aproximación al plano físico. No podemos cuantificar o establecer en términos de tiempo físico cuál es el lapso que transcurre entre la preparación del plan del alma y la transición al plano físico. Para el alma el tiempo no existe, de modo que no podemos precisarlo con exactitud. No obstante, por el relato de algunas personas sabemos que el alma que ha de encarnar puede estar ya en el plano físico rondando a sus futuros padres con bastante antelación a su concepción física. Incluso, hasta es posible que de alguna manera influyan sobre sus padres para que éstos se encuentren en el plano físico. Más aún, hasta pueden estimularlos al acto sexual cuando llega el momento cósmico más apropiado para su concepción.
Lo cierto es que, cuando llega el momento de iniciar el viaje hacia el plano físico, algunas almas se resisten a hacerlo. Como ya veremos más adelante, desprenderse del mundo de la Luz suele ser muy duro y desgarrador para algunos. Es el momento de la verdad, el momento en el que se acaban la protección, el sostén y el amor incondicional de la Luz para entrar en el mundo de la dualidad, del conflicto de los opuestos. Y, sobre todo, se perderá la conexión con la Luz y se olvidarán los propósitos y la conciencia de la propia esencia.
Aquí conviene explicar un poco de qué se trata este viaje del alma hacia su exilio en la Tierra. Aunque lo experimentemos o lo describamos como un viaje, en realidad se trata de un pasaje o de una transición de la dimensión de la energía pura al plano de la materia. Como decía Apolonio de Tiana4, se trata del pasaje de la esencia a la sustancia. Esta transición o pasaje es vivenciada por algunas personas como si se deslizaran por un tobogán.
La aproximación al plano físico puede ser experimentada como el ingreso a una atmósfera de mayor densidad, más pesada, donde el alma ya no puede moverse con la libertad y la ligereza que tenía en su estado original. Es posible que, en este pasaje, el alma próxima a encarnar sea acompañada por una o más presencias espirituales que pueden ser sus guías o simplemente seres designados para el acompañamiento en este trance en particular.
El momento de la concepción marca definitivamente el punto de no retorno a la Luz, aunque algunas almas se las ingenian para cortar con el anclaje al cuerpo físico, lo que redundará en un aborto espontáneo. Ésta es otra forma de frustrar el plan original del alma. No obstante, la gran mayoría de las almas ya no puede zafar de su compromiso. Para algunas personas la concepción de su cuerpo físico es un momento grandioso que puede ser vivenciado como una explosión de Luz. Para otras, es un momento triste o dramático porque, definitivamente, ya no hay posibilidad de volver atrás.
Una vez que el alma se encuentra unida al cuerpo físico, comienza a experimentar sensaciones y emociones que no tenía hasta ese momento.
Durante la gestación, mientras se desarrolla lo que será su vehículo físico, el alma goza todavía de cierta libertad. Puede entrar y salir de su cuerpo físico a voluntad. Puede tener contacto con sus compañeros o guías espirituales, pero no le resulta posible alejarse mucho de su cuerpo físico porque está sujeta a éste por el llamado cordón de plata. Poco a poco, la libertad del alma se va limitando cada vez más hasta que, en el momento del nacimiento, no queda otra alternativa que habitar definitivamente el cuerpo que será su casa y su instrumento de trabajo durante el transcurso de la vida física.
En el momento del nacimiento, todavía tenemos conciencia de lo que venimos a hacer. Sabemos lo que nos espera y para qué estamos aquí. Pero, como dije anteriormente, pronto perdemos nuestra conexión con el mundo espiritual y olvidamos nuestro propósito original. Sin embargo, no todo está perdido. El propósito sigue estando ahí, en forma latente, a nivel subconsciente y, en algún momento, se manifestará por medio de la intuición, de la vocación, de la atracción por determinadas actividades o por la firme convicción para llevar adelante algún proyecto en particular. Más tarde, el encuentro con otras almas, seguramente previsto de antemano, activará a nivel subconsciente algún vago recuerdo que nos llevará a corregir nuestro rumbo o a despertar algún interés particular que nos pondrá en la dirección deseada por nuestra alma. Muchos encuentros casuales no lo son tal, sino que fueron dispuestos por nuestra alma para que funcionaran como recordatorios de lo que veníamos a hacer. Así fue como yo me encontré con la terapia de vidas pasadas. En 1986, yo aún era cirujano plástico y no tenía ni la menor idea de la existencia de la TVP. Fue entonces que mi maestra espiritual, Isabel Deibe, quien había recibido una invitación para asistir a un seminario de Terapia de Vidas Pasadas, me entregó el sobre con la invitación al tiempo que me decía: “José Luis, esto es para vos”. Así fue como conocí a la doctora María Julia Prieto Peres, quien me iniciaría en el mundo de la TVP. Un gesto espontáneo de mi maestra espiritual me puso sobre los rieles de mi verdadero destino en esta vida.
En los capítulos siguientes vamos a adentrarnos en la aventura del alma que va al encuentro con su propósito de vida. En la mayoría de los casos son historias donde las personas que me consultaron lo hicieron primariamente con el fin de resolver alguna situación conflictiva en particular y, durante el trabajo terapéutico con la TVP, se encontraron con el propósito de su alma y vivenciaron su proceso personal de encarnación. Lo que veremos aquí es tan sólo un breve muestrario que nos brinda una idea aproximada de cómo se gesta el propósito del alma y del drama que significa, en ocasiones, encarnar en este mundo. Demás está decir que no pretendo agotar aquí las infinitas variantes que pueden producirse. Cada alma es un universo en sí misma. Más adelante, veremos con mayor detalle la secuencia de los pasos que mencionamos anteriormente a través de un ejercicio diseñado a tal fin. No siempre aparece la secuencia en forma completa, tal como la hemos descripto, ya que cada persona vive la experiencia a su manera y dentro de los límites que su mente racional le permite expandirse. No obstante, los conceptos que he compartido aquí con ustedes fueron recogidos a lo largo de muchos años de práctica clínica —veintitrés hasta aquí—, y reflejan lo que aprendí de la experiencia de las personas que me consultaron.
1 Bach por Bach, obras completas, escritos florales, Dr. Edward Bach, Continente, 6ª ed., Buenos Aires, 2001.
2 Estado de conciencia alcanzado por el vaciamiento del ego en el cual se experimenta una beatitud inefable y la unidad con la Luz. (N. del A.)
3 En este caso, el término Gestalt (en alemán) indica nuestra tendencia natural a buscar la mejor forma o configuración que cierre un evento sin dejar nada pendiente. (N. del A.)
4 Filósofo griego de la escuela pitagórica, 3 a. c. - 97 d. c. (N. del A.)
Capítulo II
Llegó el momento de bajar
Encarna (43), alumna del curso de formación en España, inicia esta experiencia trabajando su intolerancia, su actitud crítica y la exigencia consigo misma y con los demás. Es necesario aclarar que, cuando una persona inicia su trabajo terapéutico a partir de sus emociones, lo más frecuente es que surja una situación significativa en su primera infancia, en su nacimiento o vida fetal o en una vida pasada. Sin embargo, aquí Encarna se encontró directamente en el espacio entre vidas antes de encarnar, algo que suele ocurrir ocasionalmente.
Domingo 18 de octubre de 2009
Terapeuta: ¿En qué momento sientes la intolerancia?
Encarna: Cuando no me parece bien lo que escucho alrededor de mí o cuando veo acciones que no me gustan. Me molesta mucho. Me giro y me voy.
T: Muy bien, cuento hasta tres e irás a la ocasión más fuerte en la que experimentaste la crítica y la intolerancia.
E: No veo nada. Estoy en ningún sitio.
T: Y si supieras, ¿dónde estás cuando no estás en ningún sitio?
E: Estoy rodeada de luces violetas. Son como circulitos de luz que van girando alrededor de mí. Hay mucha paz.
T: ¿Cómo eres tú cuando estás rodeada de luces?
E: No siento que yo tenga forma. Me siento como si yo fuese una luz más. Sé que todas esas energías están ahí, pero no las ves.
T: Y si supieras, ¿qué estás haciendo allí?
E: Yo creo que estoy esperando. Tengo que bajar al mundo otra vez.
T: Entonces, ¿qué es ese lugar donde estás esperando para bajar al mundo otra vez?
E: Estoy en lo que se llama “La Luz”.
T: Muy bien, entonces, ¿qué ocurre?
E: Aquí se repasa todo lo que se ha dejado sin hacer en otras vidas. Me están comentando lo que debería trabajar en mi próxima vida.
T: ¿Y quiénes son los que te comentan eso?
E: Son energías. Aquí no hay cuerpos.
T: ¿Cuántas energías son las que te acompañan allí?
E: No se pueden contar.
T: ¿Cómo describirías a estas energías?
E: Son vibraciones, no son cuerpos físicos.
T: ¿Y qué te transmiten estas vibraciones?
E: Que tengo que bajar y que llegó el momento. Tengo que aprender a dar amor desinteresadamente, a trabajar el mundo espiritual y a ayudar a los demás. Entre ello, está trabajar la intolerancia.
T: ¿Y de dónde te viene la intolerancia?
E: Creo que viene de exigirme a mí misma y, entonces, también exijo a los demás.
T: ¿Qué vas a hacer para trabajar la intolerancia? ¿Cómo vas a trabajar la intolerancia?
E: Pues, pasando situaciones donde se presente la intolerancia.
T: Muy bien, ¿cómo sigue eso?
E: Voy a bajar al mundo físico a recobrar un cuerpo para poder evolucionar y ayudar a los demás.
T: ¿Y cuál será el lugar escogido para bajar en el mundo físico?
E: Mi vida como Encarna. Me aconsejan y yo decido que está bien.
T: Muy bien, ¿cómo sigue ese proceso para bajar?
E: Una vez elegido el trabajo, elegimos los padres, la familia adonde vamos a ir.
T: ¿Y cómo se eligen los padres?
E: Los eligen entre todos los maestros, entre todas las energías. Son consejeros.
T: ¿Y qué te dicen esas energías con respecto a quienes serán tus padres?
E: Es la familia apropiada para poder trabajar. Me lo comentan y a mí me parece bien.
T: ¿Para qué te van a servir estos padres?
E: Me van a dar mucho amor y ahí también tengo que aprender a ser tolerante.
T: Y estos padres, ¿qué van a aprender contigo?
E: Pues quizás lo mismo, a ver las cosas de diferente manera.
T: Avanza un poquito más y cuéntame qué ocurre.
E: Pues ya es el momento de bajar.
T: ¿Cómo haces para bajar?
E: Yo soy como una bolita chiquitita de luz y voy mirando el entorno.
T: ¿Y cómo pasas del plano de la energía al plano físico? ¿Cómo se hace eso?
E: Ya estoy dentro de mi madre.
T: ¿Y cómo llegaste al vientre de tu madre?
E: Me colé.
T: Cuéntame cómo entras en el vientre de tu madre.
E: Entré por la barriga. Voy entrando y saliendo.
T: ¿Y en qué momento entras en la barriga de tu madre?
E: Cuando soy pequeñita, como un cacahuete.
T: ¿Y qué sientes al entrar allí?
E: Siento mucha paz. Hay mucho sitio y puedo nadar.
T: ¿Y qué siente tu mamá cuando estás ahí dentro?
E: Mi madre está contenta.
T: ¿Qué está pensando tu mamá?
E: Pues que ya tendrá dos; por allí hay otra niña.
T: ¿Y tú qué sientes cuando allí hay otra niña?
E: Bien, ella está jugando por allí.
T: ¿Y qué dice tu papá cuando sabe que tú estás ahí?
E: Él también está muy contento.
T: Muy bien, avanza un poco más dentro de la barriga de tu mamá. ¿Qué está pasando?
E: Estoy creciendo, esto se está haciendo más pequeño. Mi hermanita viene corriendo y se abraza a la barriga de mamá. Me dice que vamos a jugar.
T: Avanza un poco más.
E: Mamá está cansada; trabaja mucho, lleva la casa y le ayuda a mi papi.
T: ¿Y qué sientes tú cuando tu mamá trabaja mucho?
E: Pues que debería cuidarse más. Y yo la cuido también; le mando energía.
T: ¿Y cómo le mandas energía a tu mamá?
E: Con mi pensamiento, la lleno de luz.
T: Muy bien, avanza un poquito más y fíjate qué está pasando.
E: Me estoy colocando.
T: ¿Y cómo haces para colocarte?
E: Me doy la vuelta y me pongo boca abajo. Me coloco poco a poco; es como que te vas resbalando con la cabeza para abajo. Ya sólo cabe esperar el momento de salir.
T: Muy bien, ¿y qué está pasando con tu mamá mientras tú te vas colocando?
E: Ella sigue trabajando. Parece que le duele y yo me encojo porque le está doliendo. Cada vez le va doliendo más. Ya quiero salir.
T: Y entonces, ¿qué haces?
E: Pues meto más la cabeza y empujo para abajo. Veo un túnel… ¡Es muy pequeño! No sé si yo podré pasar. Mejor me espero a ver qué pasa.
T: Y entonces, ¿qué pasa?
E: A mamá le duele y quiere que yo salga ya. Hay más gente en la habitación. Hay dos mujeres. Una es la que le va a ayudar. Le pone las manos aquí —tocándose la barriga— ¡y me está empujando! ¡Voy saliendo! ¡Me están empujando! ¡Esa mujer me está empujando! ¡Esa mujer es una pesada!
T: ¿Y qué sientes cuando esa mujer te está empujando?
E: ¡Que se podría estar quieta! ¿Pero quién es ella para empujarme? Dice que siga un poco más y me sigue empujando.
T: ¿Qué pasa ahí dentro cuando comienzan a empujarte?
E: ¡Que yo no me quiero mover! ¡Si estoy bien! Yo sólo quiero esperar el momento en que yo quiera, no cuando quiera ella. Es que estoy mirando y se ve un túnel negro y no sé si voy a poder salir por ahí. Y esa mujer me sigue empujando y cada vez me resbalo más para abajo y voy saliendo.
T: Muy bien, ¿y qué pasa al entrar en ese túnel?
E: ¡Que me aprieta! ¡Ah! Voy a salir de prisa porque me aprieta.
T: Y mientras tanto, ¿qué hace tu mamá?
E: Mi mamá hace fuerza para que yo salga. Ella sí que me ayuda. Bueno… voy a salir pues estoy aquí y me voy a quedar aquí. La otra sigue empujando y no tengo más remedio que salir… Ya salí.
T: Muy bien, y ¿cuál es el momento más difícil de tu nacimiento?
E: Cuando meto la cabeza.
T: Y cuando metes la cabeza, ¿cuáles son tus reacciones físicas?
E: Estoy apretada.
T: ¿Y cuáles son tus reacciones emocionales cuando estás apretada?
E: Tengo que salir.
T: ¿Y cuáles son tus reacciones mentales cuando estás apretada y tienes que salir?
E: Voy a salir rápido y así tardaré poco.
T: Ahora fíjate de qué manera todas estas sensaciones están afectando tu vida como Encarna. Esto de que “estoy apretada, tengo que salir y voy a salir rápido así tardaré poco”, todo esto, ¿qué te hace hacer en tu vida como Encarna?
E: Me hace pensar mucho las cosas, analizarlo todo.
T: Y todo esto, ¿qué te impide hacer como Encarna?
E: Supongo que ser más libre y más decidida.
T: Muy bien, ahora, al contar hasta tres, cortaré el cordón umbilical y vas a completar tu nacimiento y terminarás de salir de allí. Uno… dos… tres. (Simulo el corte del cordón)Comienza a respirar tomando conciencia de que estás viva respirando en tu cuerpo como Encarna. Y recuerda, ¿qué es lo que tu alma viene a hacer como Encarna?
E: Trabajar por y para la Luz.
T: ¿Y qué más te dijeron en la Luz?
E: Me dijeron que no tenía que ser tan exigente. Que tenía que trabajar tanto conmigo como con los demás. Que tenía que ser más tolerante.
T: Muy bien, recuerda eso ahora y fíjate, ¿qué dice tu mamá cuando te recibe?
E: Que soy muy bonita.
T: ¿Y qué dice tu papá cuando te ve?
E: “¡Otra niña!”. Papá quería un niño.
T: ¿Y qué sientes tú cuando tu papá quería un niño?
E: Es lo que hay.
T: ¿Y qué dice tu hermanita cuando te ve?
E: Está contenta, me quiere coger.
T: Una cosa más. Háblale a esa mujer que te empujó y dile todo lo que necesites decirle.
E: ¡Pues que no hace falta dar esos empujones! Cuando llega el momento, llega el momento y tampoco tiene que ser tan fuerte. Seguramente es tu trabajo, pero tienes que ser más suave. Eres un poco bruta. ¡Y quiero que me devuelvas mi energía ahora mismo porque con esos empujones te la llevaste! ¡Devuélvemela! ¡Es mía!
T: ¿Hay algo más que quieras agregar?
E: No hay nada más.
***
Haciendo honor a su nombre, Encarna nos resume en unas pocas frases la secuencia básica del proceso de iniciar una nueva encarnación. Así, Encarna nos cuenta que se encuentra en lo que llamamos “la Luz” esperando para bajar al mundo físico otra vez. Allí, en la Luz, Encarna no tiene forma definida, repasa lo que ha dejado pendiente en vidas anteriores y se prepara para el trabajo de su alma en su vida actual.
Ya desde un principio Encarna sabe que tendrá que trabajar la intolerancia y la forma de hacerlo es atravesando, precisamente, situaciones donde se presente la intolerancia.
Prosiguiendo con la secuencia básica, Encarna nos confirma que primero se elige el trabajo a realizar por el alma y luego se elige la familia en la cual se nacerá. Pareciera ser que estos fueran los pasos habituales en el proceso de encarnar, ya que todas las personas con las cuales he trabajado terapéuticamente coinciden en lo mismo. Donde suele haber diferencias es en la forma mediante la cual los padres son elegidos. ¿Elegimos nuestros padres nosotros mismos o alguien más los elige por nosotros? En el caso de Encarna, les son elegidos por los maestros de luz y esto es lo que manifiesta la mayoría de las personas que han trabajado conmigo. No obstante, algunas personas o, mejor dicho, algunas almas, afirman que eligen a sus padres por sí mismas. En general, cuando no se puede elegir, es probable que las fuerzas kármicas entren en acción llevando al alma, inexorablemente, hacia los padres que tiene que tener porque esa es la experiencia que debe ser completada. Básicamente, el alma tiene que resolver cuentas pendientes de vidas previas con los seres que serán sus padres antes de poder elegir aquellos que le apetecen más. Con frecuencia, ambos padres, o al menos uno de ellos, han sido los victimarios en vidas pasadas y el alma a punto de encarnar necesita perdonarlos para poder seguir evolucionando. Otras veces, es al revés. Es el hijo quien ha sido el victimario en otra vida y ahora necesita corregir las consecuencias de su acción original con estos seres que ahora serán sus padres. Lo que está en juego, en todo momento, es la ley del amor. Pareciera que para que el Universo se encuentre en armonía total debemos llegar a perdonarnos y amarnos todos, sin excepción, los unos a los otros. Mediante el vínculo filial los antiguos enemigos no tienen otra alternativa que trabajar la relación hasta perdonarse y amarse mutuamente. Claro que eso puede llevar varias vidas hasta lograrlo.
Hay ocasiones en las cuales los maestros sugieren, sin imponer, los seres más apropiados como futuros padres. Hay múltiples razones para ello. Desde el aprendizaje de cuestiones puntuales, como en el caso de Encarna, hasta razones prácticas y obvias como recibir la mejor carga genética si se quiere descollar como atleta.
Finalmente, hay almas que simplemente confían en la sabiduría de los maestros de luz, en la certeza de que ellos elegirán siempre la mejor opción para cada caso en particular.
Veamos ahora qué tiene Encarna para decirnos acerca de su experiencia.
Hacer este trabajo fue reafirmar, esta vez de verdad, mi propósito de vida. La sensación de estar en el espacio entre vidas es maravillosa. Es vivenciar el no espacio, el no tiempo, es flotar en la luz y en la paz. Ese espacio es donde decidimos, ayudados por los seres de luz, nuestro propósito de vida, lo que realmente pensamos que nuestra alma necesita trabajar. Desgraciadamente, más tarde, con el paso de esta vida, rápidamente olvidamos nuestro propósito original.
A mí me sirvió muchísimo realizar este trabajo para decidirme, de una vez por todas, a seguir ese propósito sin temor a equivocarme. Para mí fue cambiar de vida. Fue pasar de estar nueve horas sentada en una fábrica a prepararme para trabajar por y para la Luz. Simplemente… es ser feliz.
Capítulo III
Tengo que enseñar que somos luz
Gabriela (32), estudiante de psicología, vivía con la sensación de no querer estar en la Tierra. Sabía que su nacimiento había sido complicado, ya que fue un parto de nalgas en el cual su mamá terminó muy lastimada. Gabriela estaba segura de que trabajar su nacimiento la ayudaría a sanarse, de modo que, al inicio de su sesión terapéutica, le pedí que fuera directamente al vientre de su madre.
Martes 25 de noviembre de 2008
Terapeuta: Muy bien, respirá profundamente y, al contar hasta tres, estarás allí, dentro del vientre de tu mamá, un poco antes de nacer. Uno, dos, tres. ¿Cómo es estar dentro de la panza de esta mamá?
Gabriela: Veo un feto, pero yo no siento nada.
T: ¿Y dónde estás vos cuando ves este feto?
G: Yo estoy dentro de la panza de mi mamá, pero no estoy dentro del feto.
T: ¿Y cómo es eso? ¿Dónde estás?
G: Estoy como apoyada en las paredes del útero.
T: ¿Y qué estás haciendo allí, apoyada en las paredes del útero?
G: No quiero entrar ahí.
T: ¿Y a qué se debe que no querés entrar ahí?
G: No sé pero... ¡¡no puedo volver!! ¡No puedo volver a la Luz! —con desesperación—. Tengo la Luz detrás de mí, pero no hay forma de volver. ¡No me dejan volver!
T: ¿Quiénes no te dejan volver?
G: Unos seres que me están mirando.
T: ¿Cómo son estos seres?
G: Son blancos, y me dicen que no puedo volver, que tengo que nacer —llorando—.
T: ¿Y para qué tenés que nacer?
G: No lo sé.
T: Cuento hasta tres y retrocederás un poco antes de estar dentro de la panza de tu mamá, cuando todavía estabas en la Luz. Uno, dos, tres. Fijate, ¿cómo es estar allí?
G: Es lindo. Todo es luminoso. Yo siento que me río; estoy feliz.
T: ¿Quién más está allí?
G: Hay chicos —con tono de sorpresa—, creo que son almas de niños. Yo les enseño cosas a esos niños; les hablo de la Tierra. Yo, desde ahí, quiero a la Tierra. Es como que, en ese momento, yo ignoro que voy a tener que volver. Me había olvidado de que tenía que volver. ¡Yo soy muy feliz ahí! —llorando—. ¡Pero ahí me vienen a buscar esos seres!
T: ¿Cómo son esos seres?
G: Son largos, tienen algo así como alas o túnicas.
T: ¿Y qué te dicen cuando te vienen a buscar?
G: Me miran y yo sé que tengo que ir. Es como si me dijeran: “sabés que tenés que volver”. ¡Y yo no quiero!
T: ¿A qué se debe que no querés volver?
G: ¡Es que yo estoy bien ahí! —llorando intensamente—. En la Tierra pierdo esa luz. ¡Pierdo mi luz!
T: Y si supieras, ¿para qué tenés que volver?
G: Tengo que enseñar que somos Luz, que esa es nuestra esencia, que no debemos olvidarnos de eso. Tenemos que aprender a ser espíritus dentro de un cuerpo. Yo sabía todo eso, no sé por qué no quiero volver.
T: Y si supieras, ¿a qué se debe que no querés volver?
G: Me da miedo olvidarme de este lugar… Ya me estoy yendo… Miro a esos seres y me despido.
T: ¿Cómo es que te vas?
G: ¡Resignada, totalmente obligada! —llorando desconsoladamente—. Miro a los chicos y ellos me despiden. Yo me voy con la cabeza gacha, me están llevando a otro lugar.
T: ¿Y adónde te llevan? ¿Cómo lo hacen?
G: Es como cuando te apoyan la mano y vos te dejás llevar. Ya no me resisto más, aunque la resistencia es adentro.
T: ¿Adónde te llevan?
G: Hay una mesa y hay tres seres que son más importantes que estos otros que me llevan. Ellos están contentos, no dan importancia al hecho de que yo no quiera venir.
T: ¿Y qué te dicen estos tres seres?
G: Me dicen que por fin llegó esta vida y que va a estar buena. Que esta es una vida linda, porque ya no vengo a sufrir.
T: Eso es. ¿Qué más?
G: Tengo que ayudar al dolor de los otros. Es como que me dicen: “¡Qué bueno! Llegó este momento”. Ahí me convencen un poco, es como que me siento especial. Me muestran escenas de mucho dolor y me dicen que eso ya terminó para mí y que ahora me voy a enfrentar al dolor de muchos. Como si todo ese dolor que yo ya pasé fuese mi escuela y mi sabiduría.
T: Seguí.
G: Como yo viví tanto dolor en otras experiencias, ahora entiendo todos los niveles del dolor y puedo ayudar a otros, porque ya no me identifico con el dolor de ninguno.
T: Muy bien, avanzá un poco más y fijate, ¿cómo sigue todo eso?
G: Me dicen que voy a ser mujer y que voy a tener mucha sensibilidad, y me advierten algo…
T: ¿Qué te advierten?
G: Que tengo que estar acá, en la Tierra. Que no tengo que querer estar allá cuando esté acá, porque ¡siempre hago lo mismo!
T: ¿Qué es lo que hacés siempre?
G: ¡Quiero estar allá cuando estoy acá! Entonces me dicen: “Te quedás allá (en la Tierra), porque si no, nunca te vas a quedar acá, definitivamente, como vos querés”.
T: Muy bien seguí, ¿qué más?
G: Ahí me muestran a mis padres. Veo una pareja joven… ¡No! ¡No quiero! ¡No quiero ese papá! —llorando—.
T: ¿Qué pasa con ese papá?
G: Me hizo daño cuando fue mi marido en otra vida, pero me dicen que yo tengo que ayudarlo, que yo ya superé eso y que ahora tengo que enseñarle a desarrollar el amor.
T: Seguí, ¿qué más?
G: Ahora lo veo más inocente… ¡ay! ¡Me están mostrando todo su dolor! Tuvo una infancia muy dura. Me muestran escenas de su infancia y ahí siento compasión. Él es como los niños que recién estaban conmigo, y me dicen que no me olvide de eso.
T: ¿Y qué hay con tu mamá?
G: Mi mamá, a ella la conozco.
T: ¿De dónde la conocés?
G: Ya fue mi mamá en otra vida. ¡Es tan linda…! Ella también sufrió mucho, pero es un alma evolucionada. Es un alma que pidió ese dolor, es diferente. Ella sabía que tenía que pasar por todo ese dolor. Y me espera con amor, ella me ama mucho. Yo la quiero mucho a esa mamá.
T: Seguí.
G: Ya me están despidiendo…
T: Muy bien, ¿qué te dicen cuando te despiden?
G: Que ellos, los seres, siempre estarán conmigo, que habrá mucha gente en mi vida que vendrá a verme y que ellos estarán siempre. Hay dos seres que son fundamentales, me parece que son ángeles. Tengo uno a la derecha y otro a la izquierda. Nos vamos los tres juntos. Vienen conmigo porque el trabajo es duro y me dicen que los necesitaré todo el tiempo. Así que eso me da tranquilidad, pero yo no los voy a ver.
T: Y entonces, ¿qué pasa?
G: Estoy haciendo el esfuerzo de acordarme de eso. ¿Cómo voy a hacer para acordarme de que siempre están ahí?
T: Ahora tomá conciencia de que ellos están siempre ahí. ¿Qué más?
G: Yo voy adelante y ellos me escoltan.
T: ¿Por dónde van?
G: Es como que nos perdemos así en la Luz. Avanzamos y ya veo mi casa. Ahí está mi mamá. Me parece que todavía no sabe que está embarazada, porque yo llego después.
T: ¿Después de qué?
G: Después de que se unieron las células.
T: ¿Y qué encontrás en la panza de tu mamá cuando llegás?
G: Hay un embrión.
T: Muy bien, ¿qué tiempo tiene ese embrión, más o menos?
G: No sé, dos semanas… Es muy chiquito, y yo pienso que voy a entrar en él cuando falte menos tiempo. Por ahora me quedo afuera.
T: ¿Afuera dónde?
G: Ahí, en la cocina, alrededor de mi mamá. Estoy como pegada a ella, pero sin entrar. Estoy a la altura de la panza, pero no entro porque ahí está muy apretado.
T: ¿Y cómo está tu mamá cuando vos estás ahí en la cocina? ¿Que está pensando tu mamá?
G: Mamá tiene síntomas y piensa que está embarazada. Parece que me buscaron, porque ella está esperando quedar embarazada. Así que ahí estoy; veo a mi hermana… ¡a ella también la conozco!
T: ¿De dónde la conocés?
G: Fue mi mamá y también fue mi hija. Veo imágenes de dos vidas anteriores. ¡Ella me quiere mucho! —llorando—. Ella también sufre y es como que en eso yo la voy a entender. La vida de ella es más dura que la mía y yo la tengo que ayudar. ¡La veo tan inocente…! La veo a ella y eso hace que me den ganas de quedarme.
T: Muy bien, seguí, ¿qué más?
G: Ahí llega mi papá; parece que ya saben que estoy.
T: ¿Y qué dicen tus padres cuando saben que estás?
G: Mi mamá está contentísima y él está pensando que la casa es chica. Piensa que llegó el momento de mudarse porque no vamos a entrar todos. Pero papá quiere un varón.
T: ¿Y qué sentís vos cuando sabés que tu papá quiere un varón?
G: Que de todas formas no me iba a querer… Nuestra historia es bastante problemática. Yo pienso en mi mamá y en mi hermana y, si él no me quiere, no me importa.
T: Muy bien, avanzá al momento en que entrás en ese cuerpo que se está gestando. Uno, dos, tres. ¿En qué momento entrás?
G: Parece que es en el octavo mes.Entré porque no había forma de volver, así que entré para ir acostumbrándome.
T: Muy bien, contame, ¿cómo entrás? ¿Cómo hacés para entrar?
G: Es como si me pegara así —uniendo las palmas de sus manos—.
T: ¿Y qué pasa cuando te pegás? ¿Cómo lo hacés?
G: Primero me achiqué, me miré y fui tomando la medida de ese cuerpo en mi mente para que no me doliera tanto. Entré justo. Es como que hice un molde exactamente igual y me pegué al cuerpo. Dolió, pero fue rápido.
T: Eso es, ¿qué sentís cuando estás ahí?
G: Es horrible estar ahí —suspirando con quejidos—. ¡Eso es muy chico y yo soy gigante! ¡Me cuesta achicarme tanto! ¡Duele! Entonces, es como que voy entrando de a poco a todos los órganos. Es un golpe fuerte y después lleva tiempo ir entrando.
T: ¿Cuánto tiempo te lleva entrar?
G: Varios días, porque descanso de a ratos.
T: Seguí, ¿qué más?
G: Yo sigo trabajando. Es como ir impregnando ese cuerpo con luz; esa es la palabra. Es como si ese cuerpo fuese un pedazo de carne sin vida y, a medida que yo lo voy impregnando, se lo ve luminoso. La luz va iluminando todos los órganos.
T: Seguí.
G: Una cosa; yo no pienso en nada, no quiero pensar en nada. Mis ángeles están ahí, pero yo ni los miro. ¡¡Los envidio!! —con tono de bronca—, porque ellos no tienen que nacer. ¡Me mandan a mí! Me acompañan todo lo que quieran pero, ¡soy yo la que tiene que estar ahí adentro! Total, ellos la pasan bien… Siempre les digo eso.
T: ¿Qué les decís?
G: ¡Que a la que le toca estar encarnada es a mí! ¡Que me dejen de aconsejar!
T: ¿Y qué pasa cuando te dejan de aconsejar?
G: Y... ¡me va re-mal! —riendo—. ¡Ahí es cuando me pongo triste y me quiero morir! Así que siempre vuelvo a ellos.
T: Avanzá un poquito más. ¿Qué está pasando?
G: Mi mamá tiene los dolores. Ya sabe que yo voy a nacer y adentro me están apretando. El cuerpo de ella se aprieta, se contrae.
T: Muy bien, colocaré un almohadón sobre tu cuerpo y, al contar hasta tres, sentirás cómo el cuerpo aprieta más. Uno, dos, tres. ¿Qué se siente ahí?
G: ¡Ay, tengo ganas de salir! ¡Quiero salir de acá!, pero mi mamá tiene mucho miedo y yo le digo que no tenga miedo, porque nos va a ir peor a las dos si ella tiene miedo. Lo va a hacer más complicado. ¡Es ella la que complicó todo! ¡No fui yo!
T: ¿Cómo es eso de que ella complica todo?
G: Tiene terror porque el médico de ella no está y le dijeron que a este médico le dicen el carnicero. Que siempre lastima a todas.
T: Y eso, ¿qué te hace a vos?
G: Me hace tener miedo, ¡si yo ya estaba tranquila! ¡Ya estaba resignada!
T: Seguí.
G: Ya estamos ahí, ya estamos en el quirófano. No sé por qué no me di vuelta. Yo traté, pero no pude.
T: ¿Qué pasa que no te podés dar vuelta?
G: Es como que apoyo los pies para impulsarme y dar una vuelta, pero no puedo, no tengo fuerza —riendo—. ¡Quiero dar la vuelta y no puedo! Y bueno, de alguna forma me van a sacar. Y me quedo ahí, ¡y me siento!
T: ¿Cómo es eso?
G: Y... me cansé tanto que me senté. Y pienso, “abrirán acá y me sacarán por arriba”. Van a abrir la panza por acá —señala por encima de su cabeza— y me van a sacar por acá. Pero no, ¡el pelotudo este no se da cuenta! Y me va a sacar por abajo. ¡Me va a lastimar! ¡Yo estoy totalmente sentada y el pelotudo me va a sacar por abajo! ¡No puedo creer lo que están haciendo!
T: Eso es.
G: Este tipo está en otra. ¡Está caliente con el que se fue porque ahora el que tiene que atender a las pacientes es él! ¡Pobrecita mi mamá! ¡Este es una bestia! ¡Hay cada bestia acá! Eso es lo que me da bronca de estar acá.Gente siendo médico que es un desastre… No quieren a nadie, ¡les falta amor! No hay amor ahí, en ese quirófano. ¡No veo amor en ninguno!
T: Eso es.
G: ¡Ahora estoy fuera del cuerpo otra vez!
T: ¿Afuera, dónde? ¿Dónde estás?
G: Estoy en la camilla, al lado de mi mamá.
T: ¿Qué estás haciendo ahí afuera?
G: Estoy esperando que decidan qué van a hacer. Quiero ver por dónde me van a sacar. Y, mientras los miro a todos, veo a una enfermera que es buena. Yo les puedo ver la luz; eso es lo que pierdo.
T: Eso es, seguí.
G: Ahí deciden; yo no sé lo que dicen, pero me van a sacar sentada. ¡Y mi pobre madre está ahí, luchando!
T: Y entonces, ¿qué ocurre?
G: Y, ahí tengo que entrar en el cuerpo, porque si no el bebé no hace nada de fuerza. Y es como que hago fuerza, pero hago fuerza así, sentada, y me empiezan a tironear y mi mamá grita mucho.
T: ¿De donde te agarran?
G: De la cola.
T: Eso es, seguí.
G: Salgo entera… ¡Ay! ¡A mi mamá la lastimaron! Hay mucha sangre, mucha, mucha sangre. Yo termino enojada porque la lastimaron a mí mamá. Ahí me sacaron… Es como que estoy ahogada… Me falta el aire….
T: ¿Qué está pasando que te falta el aire?
G: Tengo algo en la nariz… no sé qué es. ¡Tengo que respirar porque ya me cortaron el cordón!
T: Seguí.
G: La enfermera buena se da cuenta de que no respiro bien. Ahí me salí otra vez del cuerpo; como no podía respirar, me salí otra vez.
T: Eso es.
G: Estoy esperando que revivan al bebé. Pienso: ¡tanto lío y ahora ya veo que me muero!
T: Eso es, seguí.
G: ¡Lo miro al bebé ahí y espero que alguno se avive de que me tienen que destapar la nariz!
T: Seguí.
G: Ahí ponen algo en la nariz; sentí dolor así que debo de estar adentro del bebé. Entré porque si no el bebé no iba a respirar. Así que me metí dentro del bebé.
T: Seguí.
G: A mi pobre madre se la llevan para otro lado. Tiene hemorragias. Está casi inconsciente y tiene mucha gente alrededor.
T: ¿Y qué pensás cuando ves así a tu mamá?
G: No sé por qué pide esas cosas; ¡ella pide esas cosas!
T: ¿Cómo que ella pide esas cosas?
G: Ella cree que evolucionar es sufrir y no es así.
T: Muy bien, contaré hasta tres y retrocederás al momento en que comienzan las contracciones y te permitirás experimentar tu nacimiento más profundamente para terminar con todas estas sensaciones. Uno, dos, tres. ¿Qué está pasando?
G: Estoy apretada. ¡Ay, estoy atorada! Estoy esperando que me agarren. Yo hago fuerza, pero estoy trabada. Soy muy grande para pasar por ahí.
T: ¿Y qué pasa con tu mamá cuando vos estás atorada, trabada?
G: Mamá está sufriendo. Le dicen que aguante que ya salgo, que soy yo la que me trabé. Pero no, ¡es culpa de él! ¡Es culpa de él que no supo qué hacer! Yo quería salir, porque veo a mi mamá sufriendo.
T: Eso es.
G: Me empiezan a tironear acá, de la cola. ¡Ay! ¡No pasa el aire! ¡Ay! ¡Me duele! ¡Me sacan cosas! —comienza a toser—. Uno me puso una máscara y el otro me lava.
T: ¿Qué dicen cuando te lavan?
G: Que el médico es una bestia. Pero este médico es otro, no es el que me sacó. Y hay unas mujeres que se miran con cara de “¡este es un hijo de puta!”. Se dieron cuenta de que el médico se pasó, que casi me muero. Pobrecita, dicen, me acarician. Me duele todo y a mi mamá se la llevaron.
T: ¿Y en qué momento te encontrás con tu mamá?
G: Parece que es más adelante, no sé cuánto tiempo pasó, mamá tiene cara de cansada.
T: ¿Y qué dice tu mamá cuando te ve?
G: Está desesperada por verme. Está re-feliz. Dice: ¿por qué no querías venir? Pero lo dice con la mente, ella sabe quién soy yo. Y me besa, me acaricia, me quiere mucho.
T: ¿Y qué dice tu papá cuando te ve?
G: ¡Está contento! Tuvo mucho miedo de que me pasara algo. Papá me quiere.
T: Muy bien, ahora, a la cuenta de tres, yo voy a cortar el cordón umbilical y vas a completar tu nacimiento. Uno, dos, tres (simulo el corte del cordón). Ahora fijate una cosa más. En ese momento, cuando no podías respirar, ¿dónde está tu alma?
G: Cuando mi alma vio que el bebé se ponía violeta se metió dentro de él.
T: Muy bien, pero con tantas salidas y entradas que tuviste, fijate si hay alguna parte de tu alma que haya quedado afuera de tu cuerpo.
G: Sí, hay una parte que no está.
T: Muy bien. ¿Dónde está esa parte de tu alma?
G: ¡Esa parte ni siquiera bajó! ¡Está en la Luz!
T: ¿Y qué está haciendo allí, en la Luz?
G: Está mirando, está con bronca porque sabe que yo la voy a ir a buscar. Mi alma está mirando y los ángeles están detrás de vos.
T: ¿Cómo es eso?
G: Hay un ángel a cada lado de vos. Son mis ángeles, pero te están ayudando a vos. ¡Los ángeles estaban esperando que preguntaras eso! —riendo—. ¡Tenían miedo de que no lo preguntaras! Ahora están tranquilos.
T: Muy bien. Seguí.
G: Por allá viene la Luz, está bajando bien detrás de tu cabeza. Y mi alma está allá, mirando, y no quiere venir. ¡Me mira y no quiere venir!
T: Hablale a tu alma y decile: “hace treinta y dos años que estoy aquí. Yo hice el trabajo más duro. Ya es hora de que vuelvas conmigo. Necesito que regreses conmigo para estar completa y hacer lo que hemos venido a hacer. No nos podemos quedar en la Luz. Tenemos que estar en la Tierra y hacer lo que vinimos a hacer y, si hacemos todo bien, regresaremos a la Luz”.
G: “Vení, ya lo escuchaste. No estés tan triste. Esto no es tan malo; se puede ser feliz aquí. Yo voy a hacer todo lo que tenga que hacer para ser feliz y no vas a sufrir más. Vení. Yo te voy a cuidar. Yo te voy a proteger. Nadie va a lastimarte”. Ahí está, ya está, dicen mis ángeles. Ahora estoy completa.
T: Ahora hablale a ese médico y decile todo lo que necesites decirle.
G: “¿Por qué no te hiciste carnicero si te gusta tanto la sangre? ¡Y cortabas reses en vez de humanos! ¡Bestia! ¿Qué hacés siendo médico?”. ¡Ah! Pero este tipo está lleno de energías oscuras. ¡Eso le pasa! ¡Pobre tipo, está todo tomado! Esos son los que gozan, los que disfrutan con el dolor. Va a tener que pedir ayuda en algún momento.
T: Pedile que te devuelva la energía que te quitó.
G: “Sí, devolveme la energía que me quitaste cuando me lastimaste a mí y a mi mamá y la hiciste sufrir. ¡Ya vas a venir como mujer, vos! ¡Y te vas a arrepentir! Dame mi energía, ¡ahora!”.
T: Eso es.
G: Los ángeles me están diciendo más cosas que tienen que ver con esto. Me dicen que yo voy a ayudar a los que tienen esas energías oscuras. Esa es mi tarea principal. ¡Y eso es lo que estas energías no quieren que yo haga! ¡Estas energías sabían a qué venía yo!
T: Muy bien, ¿qué te gustaría decirle a tu mamá?
G: “Mamá, yo no compliqué las cosas, yo quería salir. Pero vos siempre sentís que si el cuerpo no te duele, tu espíritu no se purifica. Tenés que aprender que no es así. El cuerpo es para amar, no es para sufrir. El cuerpo es para poder tocar, acariciar, besar, abrazar. El cuerpo no es para que se enferme, ¡ese es nuestro desafío! No enfermar el cuerpo. ¡Amarlo! Cuidalo, mamá, no te enfermes más” —llorando—.
T: Eso es.
G: Mi mamá lo entiende, pero me dice que no conoce otra forma todavía.
T: ¿Hay algo que le quieras decir a tu papá?
G: A mi papá le falta mucho todavía. Él me quiere, pero todavía tiene mucho que sanar, en particular su soberbia. Él tuvo mucho poder y ahora no tiene poder, y yo le estoy enseñando que el amor no es obligar a que los demás sean como uno quiere que sean. Mi papá sufre porque yo no soy lo que él hubiese querido que yo fuese y ese es su aprendizaje.
T: Muy bien, recordá entonces lo que viniste a hacer, tu propósito como Gabriela. ¿Qué te dijeron en la Luz?
G: Tengo que ayudar a la gente a que recuerde que somos luz y que el cuerpo es para estar acá. ¡Pero después no lo quieren dejar! ¡No se acuerdan! Tengo que recordarles eso. Cuando estamos acá, estamos acá, pero a la hora de irse, ¡hay que irse! ¡No retrasar la partida ni quedarse dando vueltas sin cuerpo! Eso es fundamental.
T: Muy bien, ¿hay algo más que quieras agregar?
G: No. Ahora que estoy completa, con mi alma acá, yo voy a estar mejor.
***
Apenas comenzada su experiencia, Gabriela exhibe una actitud que se reitera en la mayoría de las personas cuando llega el momento de iniciar una nueva vida: la resistencia a dejar la Luz para encarnar en un cuerpo físico. Aun así, Gabriela sabe muy bien, desde un principio, cuál será su propósito en esta vida.
Gabriela nos brinda detalles valiosísimos sobre cómo se produce su encarnación. Si bien es cierto que cada persona lo vive a su manera y no todos coinciden en la misma descripción, es a través del relato de cada uno de los protagonistas como podemos hacernos una idea de cómo se efectúa esta transición del plano espiritual al plano físico.
Gabriela afirma que llega al vientre de su madre después de que se unieran las células iniciales, cuando el embrión tenía unas dos semanas de desarrollo. Claro que la valoración del tiempo del embrión es muy subjetiva y es una apreciación que se hace desde la mente racional.
En el proceso de encarnación que relata Gabriela hay un hecho trascendental. Gabriela dice que ella impregna su futuro cuerpo con luz, como si ese cuerpo fuese una carne sin vida. Este detalle es muy importante, a mi juicio, porque nos revela una realidad poco conocida. No basta una buena implantación y la provisión de elementos nutrientes a través de la sangre materna para que el embrión sea viable. Lo que asegura el desarrollo del embrión es la energía vital que el alma le provee. Sin esta energía vital el embrión no puede desarrollarse.
Para entrar en el cuerpo que se está formando, Gabriela dice que toma las medidas del cuerpo en su mente y tiene que hacer un molde exactamente igual para poder pegarse a él. Tal vez se refiera al cuerpo etérico o doble etérico, que es un doble exacto del cuerpo físico. No es esta la única vez que me he encontrado con esta afirmación. Esto nos revela una participación activa del alma durante la embriogénesis.
Parecería que este proceso de entrada del alma en el cuerpo físico lleva su tiempo, ya que Gabriela dice que tiene que entrar de a poco en todos los órganos. Vale la pena recordar este dato ya que, a la hora de la muerte, siguiendo el proceso inverso, el alma debe retirar su energía de cada órgano y de cada célula para poder desprenderse definitivamente del cuerpo que estaba habitando, y este proceso puede llevar entre una hora a tres días hasta completarse.
No parece haber un momento único y preciso para la entrada del alma en el cuerpo físico. Gabriela dice que lo hace en el octavo mes, pero hay personas o almas que lo hacen antes y otras después. De todos modos, la encarnación física recién se completa alrededor del séptimo año de vida. Además, según Gabriela, duele entrar en el cuerpo.
Otra constante común que menciona Gabriela es que puede entrar y salir del cuerpo mientras se está gestando e inclusive en el momento del nacimiento. En particular, Gabriela se sale del cuerpo antes de nacer cuando ve venir las complicaciones, vuelve al cuerpo para que el bebé haga fuerza y una vez más vuelve a salirse cuando el bebé no puede respirar. Esto significa que puede que haya muchas personas que no están completamente encarnadas en esta vida y, por lo tanto, no disponen de toda su energía y de todo su poder para llevar a cabo su propósito. Por lo general, la pérdida de una parte del alma ocurre en circunstancias traumáticas acaecidas en la infancia o incluso después, pero también puede ocurrir en el momento del nacimiento. Por este motivo le indiqué a Gabriela que llamara a la parte de su alma que se había salido para que regresara a su cuerpo. Fue curioso y sorprendente que Gabriela dijera que sus ángeles estaban esperando que yo le indicara precisamente eso.
Como sucede en la mayoría de los casos, Gabriela tenía vínculos previos y asignaturas pendientes con quienes serían sus padres en esta vida. Es lo habitual. Como ya lo hemos visto, la experiencia de aprendizaje, corrección y evolución es para todo el grupo familiar. En el caso de Gabriela, se da la particularidad de que ella ya había estado en relación tanto con su madre como con su padre y su hermana.
Pienso que Gabriela nos deja una enseñanza magnífica para todos. Más allá del propósito que cada uno de nosotros trae para esta vida, todos estamos aprendiendo a ser espíritus dentro de un cuerpo. Somos luz, y el cuerpo es para estar aquí, en este mundo. El problema es que, al encarnar en un cuerpo físico, nos olvidamos de nuestro verdadero origen, pero Gabriela nos recuerda que el cuerpo no es ni para sufrir ni para enfermarlo. El cuerpo es para amar.
Un año después de esta experiencia Gabriela me escribía lo siguiente:
Querido José Luis:
Después de leer la historia de Sandra en tu libro “El viaje del alma”, comprendí que allí, en el momento de mi nacimiento, estaba la raíz de todos mis malestares. Durante muchos años viví con la sensación de que yo no quería venir a esta vida como Gabriela. Desde que yo tenía unos diez años de edad, me acompañaba una sensación de vacío enorme en mi pecho, como si fuera un agujero que me provocaba una sensación de nostalgia y angustia sin saber el porqué. Después de hacer el trabajo con vos, José Luis, experimenté un cambio espontáneo. Dejar de sentir ese vacío de manera inmediata a la regresión fue realmente sorprendente. Recuerdo muy bien que las mañanas que siguieron al trabajo realizado contigo, apenas me despertaba, prestaba especial atención a mi pecho para ver qué era lo que sentía. Tenía temor de que el vacío volviera. Fue maravilloso comprobar a diario que esa sensación tan extraña que durante tantos años vivió conmigo se había ido para siempre.
A partir de allí se sucedieron otros cambios importantes en mi vida. Lo primero fue que dejé de quejarme por mi vida. Al contrario, hoy veo que mi vida es una bendición. Amo mi trabajo y en cada ser que me consulta veo a un maestro que me enseña algo nuevo cada día. Ahora estoy más cerca de terminar mi carrera, pero no corro; disfruto cada tramo y me interesa saber más y disfrutar lo que aprendo sin desesperarme, dando un paso a la vez. Un dato importante es que, al sentir que por fin estaba dentro de mi cuerpo, el peso de los kilos de más que tenía comenzó a hacerse insoportable. A medida que aumentaba mi conexión con mi cuerpo, esta sensación se hacía más intensa todavía. Así fue que decidí iniciar un tratamiento y reduje mi peso en doce kilos, lo que me aportó más salud y mayor flexibilidad. Por otro lado, al asentarme por completo en la Tierra y recordar el motivo que me trajo hasta aquí, cosa que logré al recuperar la parte de mi alma que me faltaba, comencé a llegar a mucha más gente. Como consecuencia de esto mi trabajo se duplicó y hoy tengo muchas personas haciendo regresiones en mi consultorio.
Con mi amigo Roberto, que también se entrenó con vos, hemos desarrollado una técnica que nos permite trabajar con la sanación del alma a distancia. Ya no sólo ayudamos a limpiar el campo energético de la persona de posibles entidades sino que también podemos llegar al origen de determinados síntomas accediendo a la vida en la cual se inició el problema, cerrando esa memoria como si la persona estuviese haciendo la regresión junto a nosotros.
En lo personal, he comenzado a trabajar con constelaciones familiares, lo que me ha permitido sumar, a la sanación de mi alma, la sanación del alma de mi grupo familiar y tengo proyectado formarme en esta técnica luego de dar el último examen de psicología.
Espero que la lectura de esta experiencia les sirva a otras personas tanto como me sirvió a mí, en su momento, leer tus libros anteriores.
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