Kitabı oku: «Terapia de la posesión espiritual»

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¿Alguna vez su pareja le dijo que hay momentos en los que usted parece otra persona? ¿O sintió que hay momentos en los que no es usted? ¿Alguna vez experimentó como si hubiese otra voluntad en su interior que lo impulsara a hacer cosas que no quería hacer? O, por el contrario, ¿sintió que algo inexplicable lo frena o lo obstaculiza cada vez que quiere emprender una tarea importante? ¿Ha tenido pensamientos extraños u obsesivos como si estos no le pertenecieran? ¿Es posible que en nuestro comportamiento y decisiones vitales seamos influenciados mental y emocionalmente por la acción de una energía pensante extraña? En el transcurso del trabajo terapéutico con la regresión es frecuente que el terapeuta descubra que los síntomas que presenta el paciente no se deben a un trauma padecido por este sino al accionar de una energía extraña que ha invadido el subconsciente de la persona. Esta invasión del subconsciente es lo que clásicamente se ha conocido como la posesión espiritual. Con valentía, claridad y con la sencillez que lo caracteriza, el Dr. José Luis Cabouli, maestro reconocido en Terapia de Vidas Pasadas, revela aquí mediante historias reales su experiencia clínica de dieciocho años en el trabajo terapéutico con el fenómeno de la posesión espiritual. Un libro apasionante, emotivo y revelador, que responde a estos interrogantes y abre un camino real para la resolución de muchos conflictos mentales y emocionales.

Graduado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1974 el Dr. José Luis Cabouli se formó como cirujano en la Escuela Quirúrgica "Enrique y Ricardo Finochietto" del Hospital Rawson especializándose más tarde en cirugía plástica en el Hospital Ramos Mejía. En 1988 abandona el ejercicio de la cirugía para dedicarse exclusivamente al desarrollo de la Terapia de Vidas Pasadas. Desde 1992 dirige el Curso de Formación en esta técnica y ha entrenado profesionales en Argentina, España, México y Venezuela. Entre 2012 y 2016 realiza el dictado del Curso Básico de Terapia de Vidas Pasadas en la Escuela de Graduados de la Asociación Médica Argentina. En la actualidad imparte talleres y cursos de formación en Argentina y España

Dr. José Luis Cabouli

Terapia de la posesión espiritual Técnica y práctica clínica


Índice

  Cubierta

  Contratapa

  Biografía del autor

  Portada

  Dedicatoria

  Introducción

  Capítulo I. Un bisabuelo vengativo

  Capítulo II. De almas perdidas, fragmentos y campos de energía ¿Qué es un alma perdida? Definición de conceptos El alma: un campo de energía consciente La muerte: el desacoplamiento del alma del cuerpo físico ¿Por qué un alma que ha desencarnado se convierte en un alma perdida? ¿De qué manera podemos ser vulnerables a la acción de un alma perdida? ¿Cómo ejercen su influencia las almas perdidas? Efectos y síntomas de la influencia de las almas perdidas sobre las personas vivas Tipos de almas perdidas

  Capítulo III. Almas perdidas familiares Un abuelo ucraniano Un abuelo machista Despedida de un marido y una ancianita pícara Una bisabuela y un amante del pasado Un bebé enojado Un padre arrepentido

  Capítulo IV. Almas perdidas oportunistas Alberto Pablo Un recolector de residuos Un boxeador y una víctima del 11-S Los miedos de un niño

  Capítulo V. Obsesores Luz Un padre olvidado y un desconocido abandonado Ajuste de cuentas Anorexia nerviosa El hermano que no fue

  Capítulo VI. Mistificadores Un científico luchador Ejecutores del sufrimiento

  Capítulo VII. Fuerzas adversas Azrael El ángel de la oscuridad

  Capítulo VIII. Ángeles perdidos Un ángel enamorado Un ángel esclavizado Un ángel travieso

  Capítulo IX. Dos compañeros de curso Loli Orfeo

  Capítulo X. Silvia

  Capítulo XI. Reflexiones finales

  Apéndice I. Recomendaciones para terapeutas Las plegarias Protecciones El trabajo con seres oscuros esclavizados Recapitulación de los pasos a seguir en el trabajo con almas perdidas

  Apéndice II. Hallazgos mediante la bioelectrografía

  Bibliografía

  Créditos

  Otros títulos de esta editorial

A la memoria de mi maestra espiritual, Isabel Deibe, a todas las almas que me enseñaron a desarrollar el amor y la compasión, y a esa fuerza luminosa que conocemos como el Arcángel Miguel.

Introducción

Este libro trata sobre lo que histórica y culturalmente se ha conocido como la posesión del cuerpo de una persona viva por un espíritu desencarnado. Sin embargo, desde esta misma introducción quiero dejar en claro que, aunque en apariencia una persona pueda parecer poseída, no existe una verdadera posesión del cuerpo. Lo que ocurre en realidad es que el psiquismo de una persona difunta o de una entidad espiritual no encarnada se mezcla parcial o totalmente con la mente subconsciente de una persona viva, ejerciendo un grado variable de influencia sobre ésta.

Un alma o espíritu desencarnado es una forma de energía que, bajo determinadas condiciones, puede adherirse y quedar atrapada en el campo vibratorio de una persona viva. Cuando esto sucede, el alma desencarnada actúa como un campo de energía interferente, provocando en la persona afectada una serie de efectos que clínicamente se manifiestan como alteraciones en los procesos mentales, las emociones, el comportamiento e incluso en el cuerpo físico. En particular, la voluntad y la energía vital de la persona pueden hallarse seriamente comprometidas ya que la entidad se convierte en un verdadero parásito en el campo energético de la persona. Lo que llamamos posesión, entonces, es el resultado de la acción de una energía intrusa sobre el campo de energía de una persona viva, hecho que puede objetivarse mediante una bioelectrografía de imágenes kirlian. De modo que, aunque todavía sigamos utilizando el término posesión porque el uso y la costumbre así lo han acuñado, es más propio hablar de influencia o interferencia espiritual. Algunos terapeutas de habla inglesa denominan a este fenómeno spirit attachment, adherencia de espíritus.

El segundo punto que quiero dejar en claro aquí es que tampoco existen los demonios tal como hemos creído que existían, aunque a veces algunas entidades se comporten como si lo fueran. El término demonio viene del griego daimon y significa genio o espíritu. Entre los antiguos griegos un daimon era una entidad espiritual que tanto podía ser buena o mala, según su accionar. El mismo Sócrates atribuía su inspiración a un daimon. La interpretación y redacción posterior del Nuevo Testamento circunscribió el uso del término daimon para designar sólo a los espíritus malignos. Desde entonces todos los daimons son malignos sin discriminación y la acción que ejercen sobre una persona determinada se conoce como posesión demoníaca. En la práctica clínica, los demonios no son otra cosa que almas desencarnadas —la mayoría familiares— que han extraviado su camino hacia la Luz y por eso las denominamos almas perdidas. Aunque casi siempre el accionar de estas entidades resulta perjudicial para la persona afectada, no dejan de ser almas sufrientes que necesitan de nuestra ayuda y comprensión y, sobre todo, de nuestra compasión.

Por mi parte, yo soy terapeuta; no soy un exorcista. Como médico y como terapeuta mi objetivo ha sido y es siempre el mismo: aliviar el dolor y asistir a la sanación del alma, sólo que en este caso la acción terapéutica se ejerce más allá de la persona que consulta. Para mí, el acompañante invisible de la persona, sea un familiar fallecido o una entidad oscura, es un paciente más que requiere de mi asistencia y como tal lo voy a tratar. Como todo paciente que se precie, algunas de estas entidades perdidas aceptarán mi ayuda de buen grado, otras se resistirán un poco y habrá aquellas que no querrán saber nada.

Me imagino que para algunas personas y, sobre todo, para muchos terapeutas, la sola lectura de esta introducción puede parecer insólita o impropia de un profesional que ha pasado por los claustros académicos. Sin embargo, en el transcurso del trabajo terapéutico con la regresión, es inevitable que en algún momento el terapeuta se encuentre con este fenómeno como el origen de algunos de los síntomas que presenta el paciente. Más aún, si yo, terapeuta, tan sólo admito este fenómeno como una posibilidad, tarde o temprano me voy a encontrar con esta experiencia, sin importar la técnica terapéutica que emplee. Si trabajo a conciencia, si estoy atento, si busco el origen del problema que presenta el paciente y si permito que el alma perdida se manifieste libremente, me voy a encontrar con esta realidad. El trabajo de muchos años con la Terapia de Vidas Pasadas (TVP) me ha enseñado a mantener mi mente abierta y permitir que suceda lo que tenga que suceder. Así aprendí que, sin importar cuán extraña o descabellada parezca una experiencia, si se permite que esa experiencia se produzca y se desarrolle completamente, el paciente estará haciendo su trabajo interior, el trabajo de su alma. Como consecuencia de este trabajo interior algo habrá cambiado en el subconsciente del paciente. Si como terapeuta trato la experiencia de posesión o influencia espiritual como si fuera exactamente lo que parece ser, invasión y alteración de la personalidad de una persona por el accionar de una entidad pensante extraña, la condición de esa persona puede resolverse casi siempre.

Las historias presentadas aquí provienen de las sesiones de trabajo de los pacientes y de los cursos de formación en TVP. Por esta razón la mayoría de los nombres y circunstancias han sido modificados a fin de proteger la identidad de las personas involucradas. No obstante, algunas personas figuran con su verdadero nombre por pedido expreso de ellas mismas. Un porcentaje significativo de las experiencias clínicas que aquí se exponen se llevaron a cabo dentro de los cursos de formación. Esto se debe a que la toma de consciencia que tiene lugar durante las clases y la confianza reinante en el grupo favorecen que se desarrollen este tipo de experiencias. A su vez, el seguimiento posterior se ve facilitado, cosa que no siempre he podido hacer con todas las personas que me consultaron. Por otro lado, consideré importante presentar las experiencias de los propios terapeutas en formación, ya que inicialmente muchos de ellos no creían que esto pudiera sucederles a ellos mismos. Como profesionales que son, no puede dudarse de su veracidad y autenticidad.

Otro detalle interesante es que los trabajos con los pacientes y los terapeutas se llevaron a cabo en Argentina, Chile, México y España. Esto constituye un valor agregado que le confiere a las experiencias un carácter universal. Asimismo, he conservado en los diálogos el lenguaje y el argot propio de cada persona de acuerdo a su lugar de origen, respetando también, por supuesto, el de las almas perdidas.

No me considero ningún pionero. La influencia de las entidades espirituales sobre los seres vivos es conocida desde la antigüedad y, en la literatura sajona, hay trabajos y observaciones clínicas que datan del siglo XIX. Pero sí estoy seguro de contribuir con este libro al esclarecimiento de esta realidad en el mundo de habla hispana. En este sentido, siento que he cumplido con el trabajo que mi alma esperaba que yo completara. Me siento en paz conmigo mismo y agradezco aquí a todas las personas que confiaron en mi propuesta terapéutica y me ayudaron así a culminar este trabajo.

José Luis Cabouli

Buenos Aires, 23 de Abril de 2006

Día de San Jorge

Capítulo I
Un bisabuelo vengativo

Ramiro tenía veintiocho años cuando me consultó por su obsesión por la seguridad. Esta obsesión lo había impelido a realizar todo tipo de cursos para resolver situaciones de emergencia: cursos de primeros auxilios, de guardavidas y de mecánica de emergencia, entre otras cosas. Confesaba una marcada agresividad; de niño, Ramiro se entretenía matando gatos y le fascinaban las catástrofes y las tormentas eléctricas. Tenía además adicción al cigarrillo, a los sedantes y a las bebidas cola. Pero el punto sobresaliente en su historia era el odio por su abuela materna. Entabló una guerra espiritual con su abuela que duró por espacio de tres años, hasta que finalmente logró internarla en un geriátrico. “Se la gané —me decía Ramiro en su primera entrevista—. La saqué del medio. Está pagando lo que hizo; que se pudra ahí”.

En su primera regresión Ramiro trabajó su obsesión por la seguridad. Esta obsesión se había originado en una vida anterior, al morir como piloto norteamericano en la guerra de Corea. Su avión se precipitó a tierra debido a una falla provocada por negligencia de sus mecánicos. Eso explicaba su desconfianza hacia los mecánicos y que se ocupara él mismo de las reparaciones de su automóvil. Allí se originó también su adicción a los sedantes. En esa regresión, Ramiro relató que antes de cada misión los pilotos eran inyectados con una sustancia para darles valor. Esa inyección les borraba la conciencia a los pilotos y éstos se sentían bien, tal como Ramiro lo experimentaba cuando tomaba sedantes.

Ramiro faltó a la siguiente sesión y, cuando volvió, dijo que estaba más agresivo. Se me ocurrió entonces preguntarle si tenía obstáculos para concurrir a la consulta y me contestó que, efectivamente, tenía miles de obstáculos. Me animé un poco más y directamente le pregunté:

—¿Creés que puede haber alguna fuerza extraña influyendo en tu vida?

—Estoy seguro que sí —contestó sin dudar.

—Si así fuera, voy a pedirte que permitas que esta fuerza pueda manifestarse a través de vos.

Procedí entonces a guiarlo en una relajación física progresiva y, al término de ésta, le pregunté si sentía la presencia de algo o alguien. Contestó que sí y con los dedos señaló que había tres entidades. Le pedí entonces que permitiera manifestarse a una de ellas.

Viernes 24 de noviembre de 1989

Terapeuta: Ramiro, voy a pedirte que permanezcas con tu mente en forma pasiva y que permitas que este ser hable por medio de tus cuerdas vocales, a través de tus labios, utilizando tu voz. Quienquiera que sea, quiero decirle que es bienvenido. Adelante, ¿qué estás haciendo aquí?

Ramiro: Este tipo es fuerte —hablando sin dilación y con un timbre de voz diferente al de Ramiro—. Tiene tendencia a destruir. Eso es lo que disfruto. Me encanta destruir.

T: ¿Cómo te llamás?

R: Lucifer —con tono intimidatorio—, ¿le gusta?

T: Muy bien, Lucifer —sin inmutarme—. Yo no estoy aquí ni para censurarte ni para juzgarte. Estoy aquí para ayudarte en lo que pueda. Podés contarme lo que vos desees.

Lucifer: Este tipo me da mucho trabajo —con fastidio—, porque tiene una propensión a hacer el daño, pero también tiene una conciencia que no le deja confundirse. Sabe lo que está bien y sabe lo que le conviene. Algunas veces lo logré, pero... ¡me cuesta! Es un tipo listo este Ramiro; él sabe que las cosas vuelven, por eso no hace daño. Y estoy acá con él porque le gusta vengarse, le gusta la venganza.

T: ¿Cuándo te uniste a él?

L: Me incorporé a él cuando estaba en el vientre de su madre, a los tres meses y medio.

T: ¿Te disgusta que Ramiro venga aquí?

L: ¡Sííí! Me va a desalojar y no quiero. (Observen que la entidad sabe lo que se viene.)

T: ¿Le ponés obstáculos para que no venga?

L: ¡Sííí! Hago que choque con el auto para que no se ocupe de mí. Hago que su madre tenga problemas para que él se ocupe de ella y no de mí. Hago que tenga problemas con su novia para que se ocupe de los problemas de su pareja y no de mí. Le provoco problemas en su trabajo para que no se ocupe de mí.

T: Muy bien, ahora yo te voy a proponer algo. Podés venir aquí, con Ramiro, cada vez que él venga y podrás hablar y decir todo lo que sientas.

L: ¿ Y por qué?

T: Bueno, porque yo deseo ayudarte.

L: ¿A mí? —con desconfianza—. Vos querés ayudar a Ramiro.

T: Y a vos también. ¿No te gustaría tener un amigo con quien hablar? Si permitís que Ramiro venga aquí, podrás hablar conmigo y decir todo lo que vos quieras decir.

L: Yo no tengo amigos. Ramiro me quiere expulsar de su cuerpo y usted lo está ayudando a él —enfatizando las últimas palabras.

T: Yo estoy ayudando a Ramiro a que pueda ver las cosas más claras y a que vos también puedas ver más claro.

L: El ver más claro me va a dar más problemas. Conozco a Ramiro mejor que vos.

T: ¿No te gustaría ver la Luz?

L: ¿Qué luz?

T: ¿Dónde vivís ahora?

L: Vivo en él. Disfruto cuando fuma, disfruto cuando toma coca-cola, disfruto cuando eyacula, disfruto cuando toma baños de agua caliente, disfruto cuando toma grandes cantidades de sedantes, disfruto cuando se venga. (¿Qué les parece?)

T: ¿Y dónde está tu cuerpo?

L: ¡Ja! Los espíritus no tenemos cuerpo y vos lo sabés.

T: Pero alguna vez tuviste un cuerpo. ¿No te gustaría volver a tener tu propio cuerpo en lugar de un cuerpo que no es tuyo?

L: No recuerdo haber tenido otro cuerpo, pero sería mejor tener el cuerpo de un tipo malo y que lo pudiera manejar con más facilidad que a Ramiro.

T: Bien; entonces te propongo hacer un ejercicio de memoria. Yo te voy a ayudar a que recuerdes el momento en que tenías tu propio cuerpo y a ver qué pasó con tu cuerpo.

L: ¿Y para qué?

T: Para que veas por vos mismo que alguna vez tuviste tu propio cuerpo y que podés volver a tenerlo.

L: ¿Cuándo?

T: Eso depende de vos. ¿Te parece que comencemos por el principio? ¿Cuál era el cuerpo que tenías antes de utilizar el de Ramiro?

L: Era Federico, el abuelo de la madre de Ramiro. (Ya no es Lucifer. Eso era para intimidarme. Ahora se manifiesta la verdadera personalidad de la entidad.)

T: Muy bien, Federico. Ahora andá a un momento importante de tu vida como Federico.

Federico: ¡Esa cualquiera que se casó con mi hijo! —visiblemente enojado—. Mujer mala, ¡la odio! ¡La detesto! Es una maldita. Veo cómo manipula a mi hijo, cómo lo explota, cómo trata de separarnos. Le pide alhajas y él trabaja y trabaja para comprarle todo eso.

T: ¿Cuándo ocurre todo eso?

F: En agosto de mil novecientos veintiuno murió mi esposa. En mil novecientos dieciocho lo había hecho yo. Cuando murió mi esposa aulló el perro de la casa. Mi hijo quiso levantarse para ver a su madre, pero esa maldita no lo dejó y mi esposa murió sola.

T: ¿Y qué sentiste en ese momento?

F: ¡Juré hacerla bosta!, a Teresa, que era la esposa de mi hijo y que después mató a mi hijo.

T: Teresa, ¿es la abuela de Ramiro?

F: ¡Sí! Por eso estoy en Ramiro, para seguir mi tarea y, finalmente, lo logré. (Recuerden que Ramiro internó a la abuela en un geriátrico.)

T: Ahora, Federico, avanzá al instante previo a tu muerte.

F: ¡Aaah! Fue una agonía, una hemiplejía. Me orinaba encima, estaba escarado, sufría mucho y, lo que más me fastidiaba, era que esa hija de perra deseaba mi muerte y lo estaba logrando.

T: ¿Cómo morís?

F: Creo que me rendí. Ya no soportaba más estar así.

T: ¿Qué decisión tomaste en el momento de morir?

F: Me quedé en la casa. Me prendí con cuatro garras sobre la espalda de Teresa y, desde entonces, me quedé allí.

T: Ahora, decíme una cosa. ¿No sabías que existe la Luz para los espíritus?

F: Muchas veces Teresa trató de hacerme ver la Luz en sesiones espiritistas, pero no pudo. Yo siempre me resistí.

T: ¿Creés en Dios?

F: No sé. Nunca me interesó el tema.

T: Dejame que te cuente algo. Dios es luz y emana esa luz para todos sus hijos, aun para los equivocados, para los que tienen sed de venganza. Dios tiene un lugar para todos, inclusive para vos y, lo que quiero explicarte, es que ese odio que le tenías a esa mujer, no te permitió ascender a la Luz. ¿No te gustaría ver la Luz?

F: Podría ser interesante.

T: Entonces, te propongo hacer una prueba. Le pediremos a Dios que te dé una muestra de su luz.

F: ¿Y qué me va a pasar?

T: Podrías ver que existe un mundo mejor que aquel en el que estás acostumbrado a vivir. Es necesario que veas la Luz para comprender y tener acceso a un cuerpo nuevo con el cual podrás hacer lo que vos quieras hacer sin necesidad de recurrir a un cuerpo intermediario. Si te desprendés del rencor podrás ver la Luz...

F: La verdad, no me interesa ver la luz porque ya no tengo rencor. Destruí a Teresa, se está pudriendo como yo me pudrí, pero en un lugar peor, en eso que ahora llaman geriátrico. Por lo menos yo tuve el honor de pudrirme en mi casa.

T: Pero, ¿no sabés que el mal que estás causando, tarde o temprano lo sufrirás vos mismo?

F: ¿Y qué sufrimiento estoy causando ahora?

T: Fijate en Ramiro, no puede realizar su vida en paz. ¿No sería mejor que en lugar de hacerle la vida difícil lo ayudaras? ¿No sería mejor que lo guiaras en lugar de inclinarlo hacia el mal? Podrías reparar el sufrimiento que le has causado y Dios te daría la luz y la oportunidad de tener un cuerpo nuevo.

F: ¿Cuándo?

T: Cuando vos lo decidas. Dios te dará entonces un cuerpo nuevo. Serás un bebé, en el vientre de una mamá que te querrá mucho y te cuidará y podrás desarrollarte con todo tu potencial positivo. ¿Te gustaría llegar a eso?

F: Mejor que esto sería. ¿Decís que Dios me va a mostrar la Luz ahora?

T: Si vos querés…

F: Sí, pero quiero ver la Luz, quiero ver a Dios, no me engañes.

T: No te voy a engañar, pero es necesario humildad ante el Padre.

F: De acuerdo.

T: Muy bien; vamos a rezar juntos y vamos a pedirle a Dios que te muestre la Luz. Recemos: “Padre Nuestro que estás en los cielos…”.

F: Padre Nuestro que estás en los cielos… (reza todo el Padre Nuestro)

T: “Humildemente, Señor, te pedimos que llegue tu luz a tu hijo Federico. Él se arrepiente de corazón, quiere apartarse del mal y quiere entrar en la senda del bien. Señor, te pedimos que llegue la luz a este espíritu que hoy vuelve a ti. Que se haga la luz y que pueda ver el mundo maravilloso al que puede acceder.” ¿Cómo te sientes ahora?

F: No alcanzo a estar empapado en esa Luz. Está ahí, siento el calor, pero es como si Dios no me quisiera.

T: No es así; nunca viste la Luz y, si la vieras de golpe, te cegaría.

F: ¡Aaah! Una luz muy blanca está sobre mi frente y creo que si me diera en los ojos me dejaría ciego. ¿Y esto es Dios?

T: No, ese es el camino que Dios te está mostrando para llegar a él. Dios te está abriendo la puerta, pero ese camino debés recorrerlo vos mismo con tu voluntad.

F: Hay una luz muy linda. Es como un tubo cuadrado y me siento bien, como si estuviera flotando en el aire. Es una luz muy blanca que tiene destellos azulados a los costados. Tengo miedo. (Observen ustedes el cambio de actitud.)

T: No tengas temor. Seres de buena voluntad te están esperando con su amor para acompañarte en tus primeros pasos en la Luz.

F: Hay gente a los costados de esa luz. Pero no sigo.

T: ¿Qué está sucediendo que no seguís?

F: Es como la salida de un túnel o algo así y yo sé que cuando salga de ese túnel no voy a poder volver nunca más. (Es exactamente así. Cuando llegan a este punto todas las almas lo saben.)

T: Bueno, esta es tu decisión. ¿Querés volver a las tinieblas, a la oscuridad? Ánimo, seguí adelante, yo te acompaño para que puedas atravesar ese túnel y llegar a la Luz.

F: Tengo ganas de llorar… —de pronto, irrumpe en un llanto incontenible—. ¡Está mi hijo allá!

T: Muy bien, corré hacia él.

F: ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Está mi hijo ahí! ¡Es increíble! ¡Y está joven, está bien! —llorando.

T: Viste que valía la pena hacer esto.

F: ¡Sí! Yo quiero estar con mi hijo. Tengo a mi hijo, además, acá es más lindo. ¡Tanto tiempo! ¡Hijito querido! Pero no me habla.

T: Porque no necesita hablar. Conectate con el pensamiento.

F: Dice que me quiere mucho. ¿Por qué no vine antes?

T: Porque estabas confundido. Ahora sabés que estando en la Luz podés estar con tu hijo y con tus seres queridos. Ahora podrás pedirle a Dios que ayude a Ramiro, ¿sí?

F: Pobre muchacho. Ahora me doy cuenta de lo egoísta que fui —llorando—. Si hubiera sabido que esto era tan bueno, que me iba a encontrar con mi hijo, no hubiera hecho lo que hice.

T: Bueno, todo eso ya pertenece al pasado. Ahora disfrutá este momento hermoso que estás viviendo. ¿Ayudarás a Ramiro?

F: Sí, pobre pibe, ¡cómo sufrió! Tengo una deuda con él. Si hubiera alguna forma de ayudarlo...

T: Ya lo estás ayudando. Ahora, yo voy a hacer una armonización positiva para Ramiro. Voy a pedirte, entonces, que permitas que Ramiro retorne a su conciencia física y, si querés, podés escuchar esta armonización junto con tu hijo. ¿De acuerdo?

F: Sí.

T: Muy bien. Entonces, yo te saludo y me despido de vos. Que Dios te bendiga.

Al abrir los ojos Ramiro me miró sonriente y me dijo: “Me siento más yo”. Inmediatamente recordó que su mamá le contó que cuando ella era chica Federico le envió un frasco de cianuro a Teresa, la abuela materna de Ramiro. Ya en la puerta del consultorio, Ramiro agregó: “Siento que mi abuela me quiso matar antes de nacer”.

Sinceramente, me sorprendió la facilidad con la que se manifestó Federico. Era como si hubiese estado todo el tiempo allí esperando que Ramiro le permitiese hablar. A mí no me quedaron dudas de que allí había otra persona. Lo que intento explicar aquí, aunque parezca inverosímil, es que mi sensación era la de estar hablando con otra persona completamente diferente a Ramiro. Si bien es cierto que Federico hablaba a través de Ramiro, para mí era evidente que no era Ramiro. Yo no tenía dudas de que estaba hablando con otra persona. El timbre, la entonación de la voz, y hasta la forma de expresarse eran diferentes. Incluso fue notable ver el cambio en las facciones de Ramiro y cómo, al terminar el trabajo, desapareció Federico y volvió a ser Ramiro. Otro hecho notable fue el cambio progresivo en la actitud del bisabuelo de Ramiro. En el inicio fue agresivo y trató de intimidarme diciendo que era Lucifer. Con el tiempo pude comprobar que este es un recurso que utilizan muchas entidades; intimidar al terapeuta o a quien sea para que las dejen tranquilas y puedan quedarse donde están. A medida que fue progresando el diálogo con Federico, éste fue pasando de la intimidación a la desconfianza, luego se mostró interesado cuando le hablé de la posibilidad de ir a la Luz y finalmente no pudo contener la emoción y estalló en llanto cuando se encontró con su hijo. Este fue un hecho totalmente espontáneo e inesperado. A mí ni siquiera se me había ocurrido la posibilidad de ese encuentro que fue totalmente definitorio para que Federico se fuese a la Luz. Toda la secuencia del trabajo con Federico es muy interesante porque, siendo una de mis primeras experiencias con almas perdidas, ya mostraba un patrón de desarrollo que más tarde se repetiría en los sucesivos trabajos terapéuticos de esta naturaleza.

¿Recuerdan que Ramiro indicó que había tres entidades? En la sesión siguiente se manifestó la segunda de ellas. Esa tarde Ramiro llegó con ganas de morirse. Apenas entró me dijo:

—Hay una fuerza espiritual que está dentro de mí y que se está oponiendo a todo lo que hago. Siento que hay algo que no es mío y que yo no quiero.

—Muy bien —le respondí—, entonces vamos a trabajar directamente con esta sensación.

Viernes 1° de diciembre de 1989

Terapeuta: Muy bien, Ramiro. Contaré hasta tres y dejarás que esta fuerza espiritual se manifieste libremente. Uno... dos... tres. Adelante. ¿Quién eres?

Ramiro: Soy el doctor Ramiro T. Soy el hijo de Federico y padre de Norma, la mamá de Ramiro —con voz firme y segura.

T: De modo que tú eres el abuelo de Ramiro.

Ramiro T.: Así es.

T: Muy bien. Ahora puedes decir todo lo que necesites decir. Quiero que sepas que yo también soy doctor, soy médico y sinceramente quiero ayudarte. ¿Cuáles son tus sufrimientos, tus dolores? ¿Qué es lo que te lleva a estar junto con Ramiro?

R: Son las doce y cinco de la noche del 9 de febrero de 1958. Me siento mal y agarro una botella de cognac que tomo cuando me siento mal. Tengo una afección avanzada en las coronarias. En noviembre del año pasado tuve un edema agudo de pulmón. Me levanto. Estamos en la casita de Mar del Plata que amo profundamente. Me siento muy bien allí. Teresa está dormida y no quiero despertarla. Me duele el pecho y veo luz en la pieza de Norma. Me asomo y veo que ella está leyendo. Me senté a los pies de la cama y me siento peor y me tomo el pulso. Perdí la consciencia absoluta. Caí muerto. (Me sorprendió que fuera directamente al momento de su muerte, como si supiera lo que tenía que hacer.)

T: ¿Qué ocurre cuando caes muerto?

R: Mi hija me dice: “¡Papá, papá! ¿Qué te pasa papá?”. Y enseguida se da cuenta de que estoy muerto.

T: ¿Qué sientes en ese momento, qué piensas?

R: No lo sé, yo sabía que podía pasar. El médico me había dicho que no fuera a Mar del Plata por causa del clima, pero mi esposa insistió tanto de ir que finalmente mi hija fue al consultorio del cardiólogo para que él le diera las instrucciones de las cosas que tenía que hacer y las que no podía hacer en Mar del Plata. Nada de salir afuera, mucho menos al viento, nada de tomar agua de allá. Así que llevó las damajuanas de agua de acá, de Buenos Aires. Esa noche no había cenado más que una pera.

T: Entonces, vuelve unos instantes antes de tu muerte para que veas bien qué es lo que pasa. Fijate qué ocurre, qué es lo que piensas y qué es lo que sientes en los momentos previos a la muerte. Vuelve a ese momento.

R: Me siento en la cama de mi hija, a los pies, y le comento que me duele el pecho. Ella estaba con un libro en la mano con la luz encendida todavía. El dolor era muy rápido. Comencé a tomarme el pulso y vi la hora. Eran las doce y cuarto y, de pronto, vi una enorme luz blanca que se abalanzó sobre mí o yo me abalancé hacia ella. Sin embargo, yo quería quedarme ahí porque me gustaba mucho.

T: ¿En dónde te querías quedar?

R: En la casita blanca de Mar del Plata. Yo la llamaba así. No quería irme de allí.

T: Y fíjate, ¿cuáles son tus últimos pensamientos en el momento de morir? ¿Qué decisión tomaste en esos momentos?

R: No quería irme de allí. Quería quedarme en el único lugar donde podía estar tranquilo. Ir al club y jugar a las damas con mis amigos del club en Mar del Plata. (Ese es uno de los motivos por los cuales no se fue a la Luz y se quedó en el plano físico.)

T: Y entonces, ¿qué hiciste?

R: Veo mi cuerpo tirado entre las dos camas. No sé por qué, pero la policía está tomando las impresiones digitales. Me duele ver cómo llora mi hija y no puedo olvidar las palabras de ella cuando corrió a mi habitación a llamar a mi esposa: “¡Papá está muerto!”. Ni yo lo podía creer ni entender. No sé cómo decírselo. Parecía mentira, pero me sentía muy bien después de ese dolor.

T: ¿Te sentías mejor después de dejar el cuerpo?

R: Mucho mejor. Entonces pensé: “Me quedo aquí para siempre, tranquilo, donde realmente me gusta estar y no voy a tener que soportar a Teresa (su esposa)”. (Allí está nuevamente la decisión que fija el alma al plano físico.) Lo que sucede, doctor, es que ocho años antes de morir mi cardiólogo me prohibió tener relaciones sexuales por una cuestión obvia, no podía realizar esfuerzos. Y mi esposa es una persona muy fogosa, usted me entiende, ¿no? Creo que me odiaba por eso. Siempre fue terrible, pero los últimos ocho años fueron terribles, un caos. Era febrero y mi hija se iba a casar en abril. Yo le decía a mi hija: “Cásense pronto y dénme nietos”. Nunca tuve nietos —llorando—. (Aquí hay otro motivo para quedarse.)

T: Deja salir todo lo que sientas. ¿Qué pasó entonces?

R: Trasladaron mi cuerpo a Buenos Aires y me velaron en lo que era mi consultorio. Hacía mucho calor. En determinado momento estaba mi futuro yerno observando mi cuerpo mientras me velaban y se acerca uno de los caballeros de la funeraria y sugiere cerrar el cajón. Mi cuerpo estaba hinchándose e incluso, cuando llegaron a Buenos Aires y abrieron el féretro, había salido mucha sangre por la boca. Limpiaron el cuerpo y me pusieron en exposición.

T: ¿Qué pasa cuando tu hija se casa y va a tener un hijo?

R: Siento pena de no poder estar con ella y llevarla al altar. Siento pena de no poder besar a un nieto mío. Me siento muy solo.

T: ¿Y cuándo es que decides incorporarte a Ramiro? ¿Qué es lo que te lleva a él?

R: Dos motivos: uno es egoísta, el otro, no es tan egoísta. A través de él puedo disfrutar de estar en Mar del Plata en esa casa y mirar por la ventana en la esquina que da al mar.

T: ¿Y el otro motivo?

R: El otro motivo es que desde hacía siete u ocho años que veía lo que mi esposa le estaba haciendo a mi hija y realmente no podía o no quería creer que ella pudiera hacer esas cosas contra mi hija. Desde aquí me doy cuenta de que mi esposa quería matar a mi hija. Está mi nieto que lleva mi nombre y pensé que al crecer él sería fuerte y, a través de él, crearía una muralla entre mi esposa y mi hija para que mi hija no recibiera más daño. (Parece que padre e hijo, bisabuelo y abuelo de Ramiro, tenían el mismo concepto sobre la abuela de éste.)

T: Ahora dime una cosa, ¿crees que has hecho bien? ¿Crees que has actuado de la manera correcta para hacer esto? Lo digo sin ánimo de censurarte.

R: Sí, doctor, entiendo. Con respecto al primer motivo quizás sea egoísta, pero a mi nieto siempre le gustó mucho Mar del Plata y esto no lo perjudica en absoluto. En cuanto al otro motivo, tengo que reconocer que lo usé como carne de cañón porque sólo a través del cuerpo de mi nieto podía yo oponerme al daño que mi esposa le estaba causando a mi hija. Tomé esa decisión porque mi nieto Ramiro es un joven fuerte y podía hacer todo lo necesario en esta situación. Hubiese sido peor si Teresa hubiese acabado con Norma.

T: Bien; ahora, yo te voy a explicar lo que ocurrió en esa muerte imprevista.

R: Era prevista.

T: Muy bien, era prevista.

R: No debía ir; sin embargo fui por la insistencia de Teresa.

T: Cuando ocurrió esa muerte te viste confundido, turbado, preocupado por tu familia.

R: No; solamente me vi preocupado y entristecido por mi hija. Sentí un poco de bronca por ver la insensibilidad de mi esposa y la de sus dos hermanas que la estaban acompañando ese verano y, en tercer lugar, sentí una sensación de liberación y tranquilidad muy grande porque sabía que podía quedarme ahí para siempre.

T: Ya lo creo, pero eso te impidió ir a otros lugares donde uno puede ir cuando deja el cuerpo. ¿No sabes que Dios tiene lugares donde sus hijos son atendidos por seres de luz que se ocupan de sus sufrimientos y de las heridas del alma?

R: Mire, doctor, yo soy creyente en Dios, pero a los curas y a las monjas no les tengo mucha simpatía. No soy un hombre que esté muy allegado a la Iglesia o a temas de teología. No sé qué hay más allá, a eso me refiero.

T: Yo te voy a explicar algo diferente. El espíritu vuelve muchas veces a la Tierra a tomar distintos cuerpos para seguir aprendiendo y para seguir evolucionando.

R: Cuando volvemos a la Tierra, ¿para qué volvemos, dijo?

T: Vuelves a ocupar otro cuerpo, un cuerpo nuevo.

R: ¿Quién me pone en este cuerpo, quién me manda?

T: Te aconsejan los guías espirituales. ¿Quieres conocerlos?

R: Sí, ¿por qué no?

T: Para conocerlos tienes que estar dispuesto a dejar este lugar y ascender hacia la Luz.

R: Mi pregunta se refería a por qué me mandan y quién me manda nuevamente a la Tierra.

T: Te mandan a aprender nuevas experiencias. Como médico, ¿qué especialidad tenías?

R: Odontólogo.

T: Tú sabes que existen tantas cosas para estudiar que una vida no alcanza. Seguramente tuviste otras vidas antes de ser odontólogo y probablemente ya estarías vinculado con la ciencia médica. Dios nos da la oportunidad de tener varias vidas para que en cada una de ellas uno vaya aprendiendo un poco más y…

R: ¿Es eterno?

T: Es eterno hasta el día en que vuelves a unirte a Dios.

R: Y entonces, ¿qué haces? (¡Qué pregunta!)

T: Imagino que el día en que llegas a unirte con Dios participas del orden creador. Ese es el motivo de tener que venir a la Tierra en vidas sucesivas para ir perfeccionándose, para poder llegar a ese momento sublime en el que te unes definitivamente a la Luz.

R: Pero si no estoy vivo y tampoco estoy en la Luz, ¿dónde estoy?

T: Estás en los planos inferiores. ¿Te gusta dónde estás?

R: Creo que si mi nieto viviera en Mar del Plata sería perfecto.

T: ¿Y si pudieras tener un cuerpo nuevo?

R: ¿Un cuerpo nuevo?

T: Claro, ¿no sabías que podías tener un cuerpo nuevo?

R: ¿Cuándo y cómo? —con tono de interés.

T: Cuando llegues a la Luz, podrás hablar con los guías y ellos te darán la oportunidad y el cuerpo que necesitas para las nuevas experiencias que quieras vivir. Podrás ir a Mar del Plata con tu propio cuerpo, sin necesidad de vivirlo a través del cuerpo de otro. ¿No sería mejor que tuvieras tu propio cuerpo para ir a Mar del Plata?

R: Sí, por supuesto, pero, ¿cuándo?

T: Cuando tú quieras, pero previamente tienes que dejar ese lugar donde estás, tienes que entrar en la luz y, entonces, los guías espirituales te van a preparar para tu nueva vida.

R: Es fantástico. Sería fabuloso tener un cuerpo, pero, ¿cómo sé yo que me van a mandar a Mar del Plata? ¿Podré ir a Mar del Plata?

T: Bueno, tú eliges. Si tú eliges encarnarte en la Argentina, en cualquier momento puedes ir a Mar del Plata.

R: Y eso, ¿lo decido yo? ¿Encarnarme en Argentina, en Brasil? Te digo Brasil porque estuve allí. (Ya entramos en confianza.)

T: Lo decides tú con el consejo de tus guías.

R: En base a ese consejo, yo, ¿puedo elegir?

T: Puedes elegir.

R: Si por ejemplo, voy a dar un ejemplo, si a mí me dicen que vaya a un país que está del otro lado de Mar del Plata, ¿puedo, pese al consejo de esos guías, decidir tomar un cuerpo para poder ir a Mar del Plata? (Parece que Mar del Plata es su obsesión.)

T: Los guías te aconsejarán sobre lo que ellos evalúan que es mejor para vos, pero la decisión final es tuya. Los guías te aconsejan, tú tomas la decisión.

R: ¿Y dice que yo puedo tomar el cuerpo que quiera?

T: El cuerpo que sea más adecuado para vos.

R: Bueno, obviamente voy a tratar de tener el cuerpo de un hombre atlético.

T: Entonces, si estás dispuesto, yo te propongo ayudarte a que llegues a la Luz. ¿Quieres hacer esta prueba? ¿Quieres ir a la Luz?

R: Sí.

T: Entonces vamos a pedirle a Dios que te otorgue la gracia de ver la Luz en este día. “Humildemente, Señor, te imploramos, en tu infinito amor, que nos otorgues la gracia que te pedimos. Te rogamos que permitas que el alma de Ramiro, tu hijo, pueda encontrar el camino de regreso a la Luz. Abre las puertas de tu Reino, Señor, para que Ramiro pueda regresar al seno de tu gloria”.

R: Siento una claridad a mis pies.

T: Muy bien, sigue avanzando, no tengas temor que yo estoy a tu lado.

R: No se vaya, Señor. ¡Por favor, que la Luz no se vaya! ¡Se corre! —con desesperación.

T: Tranquilo, te está marcando el camino. ¿Qué estás viendo?

R: Un fondo negro con una puerta rectangular de color blanco. De la puerta sale un haz de luz que ilumina partículas como si éstas estuvieran en suspenso.

T: Acercate a la puerta que te están ofreciendo.

R: Está lejos… ¡ahí está otra vez! Por favor, Señor, ¡ayúdame! ¡Ahí está! Siento un calor que me envuelve. Me duele la cabeza, estoy muy cerca de la puerta. ¡Hay gente!

T: Mirá a través de la puerta.

R: Es como un ángel, ¿puede ser?

T: Claro que sí. Es el ángel que te está enviando Dios.

R: Ya estoy muy cerca. Es como si ese ángel estuviera esperando para escoltarme. Tiene una espada que brilla mucho, como si fuera de fuego. Sí, es una espada de luz muy intensa. Todo es de color blanco y, ahora, se torna de color celeste.

T: No tengas temor. Dejá atrás la oscuridad y entrá al mundo nuevo que se abre ante ti.

R: ¡Aaah! —largo suspiro—. ¡Entré! Ese ángel tiene un aspecto muy imponente. Antes de entrar, parecía que podía destruir cualquier cosa. Ahora es como si colocara una mano sobre mi hombro y me acompañara como a un amigo. No sé adónde vamos.

T: Tranquilo, dejate llevar. ¿Comprendés ahora que todo eso era cierto?

R: Sí, hay mucha paz, mucha tranquilidad. Ahora me doy cuenta de una cosa.

T: ¿De qué te das cuenta?

R: Me doy cuenta de que Teresa me molestó mucho aun después de muerto porque siempre me invocaba en sesiones espiritistas. Ahora me siento lejos de ella, ya no puede hacerme nada. (¡Qué detalle!, ¿no es cierto?)

T: Perdonala porque no sabía lo que hacía, así como Jesús perdonó a quienes lo crucificaron. Es lo último que te queda por hacer, perdonarla completamente.

R: Sí, la perdono. Yo ya estoy bien, ¡qué me importa!

T: Entonces, agradecele a Dios que te ha permitido entrar en la Luz. De ahora en más tendrás un nuevo camino para seguir. ¿Comprendés ahora la verdad?

R: Comprendo que hay una luz como dijo usted. Ahora falta un cuerpo para ir a Mar del Plata. (Elemental, Watson.)

T: Lo vas a tener, pero antes de tomar el cuerpo para ir a Mar del Plata lo correcto es que planifiques tu vida y todo lo que vas a hacer en tu vida. No vas a venir sólo para ir a Mar del Plata, ¿no es cierto?

R: No, por supuesto. Ahora estoy muy tranquilo.

T: Y yo estoy muy contento porque has encontrado la Luz. Te propongo que te quedes ahí, en la Luz, y que dejes a Ramiro. Si querés podés escuchar la armonización que le haré a Ramiro.

R: No me interesa porque Ramiro es mi nieto y lo quiero, pero acá estoy muy bien.

T: Entonces, yo te saludo y me despido de vos. Que Dios te bendiga. Quedate entonces en la Luz, acompañado de tu ángel protector y permití ahora que Ramiro vuelva para hacer su armonización.

***

Como habrán podido percibir, aun sin escuchar su voz, una personalidad completamente diferente a Federico se manifestó en esta segunda oportunidad a través de Ramiro. A diferencia de la actitud agresiva e intimidatoria de Federico, el discurso y la forma de expresarse del abuelo de Ramiro eran completamente diferentes. Sereno y respetuoso todo el tiempo, se mostró muy interesado cuando comencé a hablarle de la Luz y de la posibilidad de volver a tener un cuerpo. Perfectamente podría haber sido el diálogo de dos colegas sentados a una mesa de café. Lo que quiero decir es que yo estaba convencido de que estaba hablando con otra persona y que en ningún momento se me ocurrió pensar que Ramiro pudiera estar delirando; en realidad, lo que estaba sucediendo me parecía lo más natural del mundo. Aun así, al finalizar la sesión de Ramiro yo me encontraba sorprendido y maravillado a la vez. Si bien yo había asistido a muchas experiencias de este tipo en el ámbito de una escuela kardeciana, no era lo mismo que esto estuviese sucediendo en mi consultorio con las personas que me consultaban por sus problemas emocionales. Durante muchos años yo había creído que este era un problema que sólo afectaba a los médiums. Fue sólo después de conocer a la Dra. Edith Fiore a fines de 1988 y que ésta explicara que algunos síntomas que presentaban sus pacientes se debían a la posesión por entidades desencarnadas, que hice consciente esta realidad. Nunca antes se me había ocurrido pensar que el alma de un difunto, y menos la de un familiar, podía afectar a cualquier persona provocando síntomas, perturbaciones emocionales y alteraciones de la conducta en la persona afectada y menos aún que esto pudiera tratarse en la consulta terapéutica.

Y sin embargo, allí estaba Ramiro, sentado frente a mí sonriendo, visiblemente aliviado. Ahora era él mismo, era Ramiro, de eso no cabía ninguna duda, pero hasta hacía apenas unos minutos era otra persona y la semana anterior había sido otra. ¿Cómo era posible que ocurriera esto? ¿Cómo era posible que su bisabuelo y su abuelo estuviesen allí, como si estuvieran vivos, hablando conmigo como si no hubiese pasado el tiempo? Porque a mí no me quedaba duda de que había hablado con dos seres que, si bien eran invisibles, conservaban una perfecta consciencia de sí mismos diferenciados y discriminados de Ramiro. ¿Cómo era posible que los dos conviviesen en Ramiro o donde fuese sin siquiera tener noticias uno del otro? ¿Cómo era vivir con esta carga? Cuando Ramiro se enojaba o cuando se peleaba con su abuela o cuando se entretenía matando gatos, ¿quién era el que lo hacía? ¿Era él, Ramiro, o eran los otros? ¿Y cómo era posible que Federico, el bisabuelo de Ramiro, se encontrara con su hijo en la Luz cuando éste todavía estaba aquí, junto a su nieto? ¿Sería como el fenómeno de la bilocación? Estas y decenas de preguntas me venían en tropel a mi mente casi al mismo tiempo. En los años por venir iría descubriendo más cosas todavía que, entonces, ni siquiera se me ocurría imaginar.

Ramiro se sentía mucho mejor después de este trabajo, pero todavía quedaba una entidad y, además, tenía que seguir trabajando con su agresividad. Sin embargo, canceló la siguiente sesión —algo típico cuando se trabaja con entidades— y no volví a saber de él hasta ocho años después. En ese lapso se había casado y divorciado. La obsesión por la mecánica preventiva había desaparecido y se había recibido de mecánico dental. De alguna manera la mecánica seguía presente. No recordaba nada de las experiencias con su bisabuelo y su abuelo, pero tenía siempre muy presente al papá de su mamá. Emocionalmente no se encontraba bien. Yo recordé que faltaba trabajar con una entidad, tal vez la más importante, y que tampoco habíamos podido abordar el tema de su agresividad, pero Ramiro declinó la posibilidad de volver a trabajar con todo eso.

Capítulo II
De almas perdidas, fragmentos y campos de energía

En la estación “Bulnes” de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires, hay un mural cerámico de Alfredo Guido (1892-1967) titulado “Santiago del Estero: canciones, costumbres, leyendas del país de la selva”. Uno de los motivos del mural se denomina “L’Alma Perdida” y retrata a un alma en pena en actitud de lamento o desesperanza. El mural data de 1938 y es un testimonio, en plena metrópoli moderna, de una realidad que siempre ha estado presente en el folklore de la mayoría de los pueblos.

El contacto con las almas de los difuntos y la permanencia de éstos en el territorio de los vivos es una de las tradiciones más antiguas en todas las razas y pueblos. Sólo por mencionar algunas digamos que, en el judaísmo, el equivalente del alma perdida es el dibuk y en la tradición céltica, en Bretaña, a las almas errantes se las conoce como anaon, seres ya muertos que prolongan su vida terrestre participando de dos mundos a la vez. Aunque no podamos percibirlo, vivimos rodeados de un mundo invisible con el cual compartimos nuestra vida cotidiana. El plano de la vida espiritual es una realidad natural y sus habitantes están en relación con los vivos mucho más íntimamente de lo que podamos imaginar. Miles o quizás millones de seres permanecen durante cierto tiempo en la esfera terrestre, con frecuencia en las cercanías del lugar en el cual vivieron, retenidos allí por diversos motivos. Esta presencia no es pasiva, ya que los difuntos errantes ejercen una influencia notable sobre los seres vivos. En el capítulo LX del Tao Te King, Lao Tsé nos advierte y aconseja sobre esta influencia:

“Si se gobierna el mundo conforme al SENTIDO,

Los difuntos no vagan errantes, como espíritus.

No es que los difuntos dejen de ser espíritus,

sino que dejan de causar daño a los hombres.”

Sobre este párrafo en particular Richard Wilhelm comenta lo siguiente:

“... Lao Tsé da por sentada la existencia de las fuerzas del más allá, las cuales dominarían y excitarían a los seres humanos. Un buen gobierno logra establecer la paz también en este terreno. Las almas de los muertos dejan de errar por ahí como fantasmas, sus energías dejan de ser nocivas para el hombre, no provocan cizañas ni escisiones, no dejan lugar a luchas —religiosas o de partidos— y las personas se relacionan entre sí sin reticencias.”

Esta influencia del más allá muchas veces se pone de manifiesto en la práctica clínica y resulta ser la causa o el origen del síntoma que presenta el consultante. Uno de los pioneros en explorar este campo de la clínica es el Dr. Carl Wickland, médico psiquiatra de la ciudad de Chicago, quien, en su libro Treinta años entre los muertos, publicado en 1924, dice lo siguiente:

“Muchas inteligencias desencarnadas, al faltarles el cuerpo que necesitaban para satisfacer sus inclinaciones terrenales, se ven atraídas por el aura magnética que emana de los seres encarnados y se pegan a algunas de estas auras magnéticas ejerciendo actos de influencia, de obsesión y de posesión en los seres humanos. De esta manera encuentran un vehículo de expresión a sus propios anhelos. Estos espíritus intrusos influyen con sus pensamientos en las naturalezas muy sensibles, les hacen partícipes de sus emociones, debilitan su fuerza de voluntad y se hacen, con frecuencia, verdaderos dueños de sus actos con lo que ocasionan grandes sufrimientos, perturbaciones mentales y dolores.”

En pocas líneas Wickland resume el modus operandi y las consecuencias del accionar de las almas perdidas y describe claramente tres tipos de efectos sobre los seres vivos: influencia, obsesión y posesión. En mi experiencia como terapeuta he hallado que lo más común es que las almas perdidas ejerzan actos de influencia sobre los seres vivos. La obsesión y posesión están reservadas a un grupo de almas o entidades que denominamos obsesores y que veremos a su tiempo.

¿Qué es un alma perdida?

Un alma perdida no es otra cosa que el alma de una persona que ha fallecido y que, por alguna razón, permanece en la esfera física en lugar de regresar a la dimensión espiritual. Cuando una persona muere, su alma, el ser real, se desprende del cuerpo físico y lo natural y esperado es que regrese a la Luz o a la Fuente de Luz. Pero dejar el cuerpo y regresar a la Luz implica todo un proceso y, en el transcurso de este proceso, es posible que el alma extravíe el camino o se resista a regresar a su fuente de origen, convirtiéndose así en lo que denominamos un alma perdida.

El alma desencarnada puede encontrarse imposibilitada de regresar a la dimensión original de donde provino o bien puede haber decidido por sí misma quedarse en la atmósfera terrestre. Suele ocurrir que el alma desencarnada no tiene consciencia de que su cuerpo se ha muerto y esto facilita su anclaje al plano físico. Cuando esto sucede, el alma desencarnada generalmente termina adhiriéndose a una persona viva en su aura magnética, la cual yo prefiero denominar campo vibratorio. Como este campo funciona también como un campo gravitatorio, con el tiempo, el alma perdida queda atrapada y le resulta difícil salir de allí, ya sea porque no tiene consciencia de dónde se encuentra o porque no dispone ni de la energía ni de la voluntad para hacerlo. La consecuencia de esto es que el alma perdida comienza a interferir con los procesos psíquicos de la persona a la cual se ha adherido, porque conserva su propio psiquismo con sus recuerdos, pensamientos, emociones, tendencias y creencias que se mezclan a nivel subconsciente con los de la persona afectada. De esta manera, sin buscarlo ni proponérselo, al menos inicialmente, el alma perdida comienza a influenciar a un individuo sin que éste tenga siquiera consciencia de lo que está sucediendo.

Hay muchos y variados motivos por los cuales el alma de un difunto se puede convertir en un alma perdida influenciando la psiquis de una persona viva. Sin embargo, antes de seguir adelante, quiero definir algunos conceptos sobre los que puede haber distintos criterios para que quede claro de qué estamos hablando cuando nos referimos a ellos.

Definición de conceptos

No es fácil definir universalmente algunos conceptos metafísicos, ya que esto depende de la fuente espiritual original, de las creencias, de la interpretación y de la visión personal de cada autor. Aquí voy a definir algunos conceptos tal como yo los entiendo, al menos para el marco de este libro.

En primer lugar, hay una tendencia generalizada a utilizar los términos “alma” y “espíritu” en forma indistinta. Esto es aceptable y está bien si decimos que las almas perdidas son espíritus. Sin embargo, no es lo mismo.

El concepto popular de alma conlleva la idea de forma o de sombra incorpórea. Esto se debe a que cuando el alma se desprende del cuerpo su apariencia es como si fuese un doble exacto del cuerpo físico. Así es como son vistos los fantasmas. Entretanto, el espíritu está asociado a la idea de soplo o aliento y es, por lo mismo, más intangible que el alma. Personalmente, considero al alma como la parte del espíritu que se encarna, ya que hay una parte de éste que nunca lo hace. El espíritu sería como el Sol que no necesita estar en la Tierra para actuar sino que le basta con irradiar su energía a través de sus rayos. Así, en cada encarnación, el espíritu envía un rayo de sí mismo vehiculizado en el alma. Si al morir el cuerpo físico, el alma, o un fragmento de ella, queda atrapada en la atmósfera física, falla en reintegrarse con su principio superior y se convierte en un alma perdida. El espíritu es entonces el principio consciente que evoluciona, yo superior o, simplemente, la conciencia pura. El espíritu utiliza el alma como un vehículo o un instrumento para la evolución de la conciencia y a su vez, el alma utiliza el cuerpo físico como vehículo para la experiencia de esta conciencia en el plano de la materia. Otra forma de verlo es considerar al espíritu superior como el director del libreto y al alma como el encargado de llevarlo a cabo. En cada encarnación, el espíritu superior envía al alma como una proyección de sí mismo con un nuevo libreto o papel a representar. El alma es así como el actor que representa el papel que le han adjudicado y, por lo tanto, es la persona, el personaje. A mi modo de ver, el alma es la personalidad que asumimos en cada vida. De hecho, como pronto lo comprobarán, cuando un alma perdida se manifiesta, lo hace con la personalidad que tenía en su última vida física.

Como el alma es el vehículo para la manifestación de la conciencia en el plano físico, cuando nos referimos al alma implícitamente, también estamos incluyendo a la conciencia. En este sentido, podemos decir que el alma es el campo de conciencia total que contiene el registro de la totalidad de las memorias de las experiencias de un ser. Cuando estamos encarnados en un cuerpo perdemos la conexión con esa conciencia total y quedamos limitados a la conciencia física. Sin embargo, la totalidad de nuestra conciencia sigue allí, a nuestro alcance, en lo que conocemos como “el inconsciente”.

Plutarco afirmaba que la memoria es una función del alma y la enciclopedia Sopena, en su edición de 1926, define a la conciencia como la propiedad que tiene el alma de reconocerse como sujeto de sus actos, ideas y sentimientos. Por este motivo, suelo utilizar alternativamente ambos términos, alma y conciencia, según a qué aspecto o experiencia del alma me esté refiriendo. En general, asociamos el alma con las emociones y sentimientos y a la conciencia con el proceso de ser consciente. Cabe agregar que, además de servir de vehículo a la manifestación de la conciencia, el alma es el principio que comunica la vida al cuerpo físico, ya que también porta la energía de vida, la energía vital. Si el alma se retira, el cuerpo se muere, sin importar lo que hagamos.

También es necesario distinguir entre conciencia y consciencia. Así como la conciencia es una propiedad del alma, la consciencia es una función de la conciencia: es la experiencia del darse cuenta de los pensamientos, actos y sentimientos. De modo que cada vez que hablamos del darse cuenta, estamos hablando de la consciencia. Ser consciente es darse cuenta de lo que está aconteciendo dentro y fuera de nuestro ser.

Otro concepto a definir es el de la “Luz”. Se supone que cuando el alma abandona el cuerpo, inmediatamente pasa a la dimensión espiritual, el ámbito natural en el que se mueven las almas desencarnadas. Sin embargo, la realidad del mundo espiritual tiene a su vez distintos niveles que dependen de su frecuencia vibratoria. La oscuridad también es parte del mundo espiritual; entrar en el mundo espiritual no es garantía de entrar en la Luz, pero, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de volver a la Luz?

Podemos entender la Luz como la fuente de nuestro origen divino, de nuestra esencia y sustancia original, de nuestra condición como entes espirituales. Podríamos considerar a la Luz como la manifestación tangible o visible del Todo, de la Energía Divina, del Supremo Hacedor o lo que llamamos Dios. Sin embargo, resulta más fácil comprender el concepto de la Luz a través de los testimonios de las personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte, de las personas que han vivenciado la Luz en el trabajo con la regresión y de las propias almas perdidas. Todas ellas coinciden en describir o vivenciar la Luz como un espacio o una dimensión en la cual se experimentan un amor, una paz, una plenitud, un gozo y una serenidad inefables. La Luz es intensamente blanca, radiante, brillante y luminosa. Si utilizo varios adjetivos es porque no hay uno solo que pueda describirla totalmente. No hay ninguna vivencia en el plano físico que pueda dar siquiera una idea de esta realidad. Es un estado de gracia y de gloria indescriptible. Cualquier dolor que se haya experimentado en la Tierra desaparece inmediatamente al entrar allí.

Las personas que han experimentado la Luz expresan la aspiración de permanecer allí y el deseo de no salir de ella. Allí, en la Luz, se producen encuentros con seres queridos que han partido antes que nosotros y también con seres o maestros que nos acogen y nos ayudan a prepararnos para nuestro próximo paso en la materia. De allí, de la Luz, nos desprendemos cada vez que iniciamos el viaje para encarnarnos en una nueva existencia física.

La Luz es también la manifestación de la realidad metafísica de nuestro Ser o la expresión de su verdadera naturaleza. En la forma más elevada que podamos concebirnos a nosotros mismos con nuestra conciencia actual, somos luz. Como un alma perdida es un fragmento de la totalidad a la cual pertenece, volver a la Luz también significa reintegrarse con esa totalidad, vale decir, con su espíritu superior. De tal manera que, cuando hablamos de volver a la Luz, nos estamos refiriendo a dos fenómenos que ocurren simultáneamente: volver a nuestro estado original y volver a la Fuente de donde hemos salido para realizar la experiencia en el cuerpo físico.

Es frecuente referirse a los espíritus desencarnados como entidades espirituales o simplemente como entidades. Hablar de entidades no significa que se trate de seres malignos. Una entidad es lo que constituye la esencia o la forma del ser y un ente es lo que es o puede ser, lo que existe o puede existir. De modo que cuando hablamos de entidades, estamos expresando la idea de vida o de una existencia individual.

Ahora sí, para comprender de qué manera se produce el fenómeno de la influencia espiritual comenzaremos por analizar dos aspectos básicos. El primero es el concepto del alma como un campo de energía; el segundo es considerar la muerte como el proceso de desacoplamiento del alma del cuerpo físico.

El alma: un campo de energía consciente

En términos físicos, el alma es un complejo de campos electromagnéticos y lumínicos que sirven de soporte a la experiencia y a la manifestación de la conciencia, la realidad fundamental de nuestro ser. Nuestra propia conciencia es un campo de energía. Los llamados cuerpos sutiles conocidos como doble etérico, cuerpo astral, cuerpo mental y causal son campos de energía que vibran en distintos niveles de frecuencia.

Los campos electromagnéticos forman parte de la organización de todos los sistemas materiales, desde los átomos hasta las galaxias. Hay campos microscópicos en cuyo interior las partículas de materia existen como cuantos de energía vibratoria. Estos campos constituyen la base del funcionamiento de nuestros cuerpos y de todos los cuerpos, animados e inanimados. A través del campo magnético se transmite la energía vibratoria de la luz. Asimismo, todo lo que llamamos energía electromagnética es energía gravitatoria. De modo que un campo electromagnético se comporta también como un campo gravitatorio. Los campos son también regiones no materiales de influencia y son el medio de acción a distancia. Esto significa que, a través de ellos, los objetos se afectan entre sí aun sin estar en contacto material.

En su teoría de la causación formativa, Rupert Sheldrake sostiene que la naturaleza de las cosas depende de unos campos denominados campos mórficos. Ya en 1922, Alexander Gurwitsch, biólogo, sostenía que el proceso formativo embrionario tiene lugar en un campo cuyos límites en general no coinciden con los del embrión, sino que lo sobrepasan. La embriogénesis se produce en el interior de estos campos. Lo que conocemos como sistema vivo estaría constituido por el embrión visible y un campo (léase alma). Así, un campo es aquella condición a la cual todo sistema vivo debe su organización típica y sus actividades específicas. Harold Burr y el ingeniero brasileño Hernani Guimaraes Andrade (citados por David Boadella) sostienen un concepto similar: hay un campo no físico de fuerzas que da forma y lleva a la formación de un cuerpo cohesivo. Andrade llamó a este campo modelo organizador biológico. David Boadella plantea una pregunta interesante: ¿el mundo de la materia genera campos invisibles o los campos invisibles generan el mundo de la materia? La conciencia es un campo organizador que está en las raíces de la existencia y actúa sobre las partículas que constituyen el mundo. A propósito de los campos mórficos, Rupert Sheldrake dice lo siguiente:

“Los campos mórficos son regiones no materiales de influencia que actúan a través del tiempo y del espacio. Los campos mórficos no desaparecen aunque muera la forma física. Son patrones organizativos de influencia potenciales y pueden volver a aparecer físicamente en otro tiempo y lugar en el momento en que las condiciones físicas sean las adecuadas.”

Ahora, ¿qué tal si aplicamos el concepto de campo mórfico al campo de energía del alma desencarnada? Veamos:

“El campo de energía de un alma desencarnada es una región no material de influencia que actúa a través del tiempo y del espacio. El campo de energía de un alma desencarnada no desaparece aunque muera la forma física. Es un patrón organizativo de influencia potencial y puede volver a aparecer (actuar o reencarnar) en otro tiempo y lugar en el momento en que las condiciones físicas sean las adecuadas.”

¿Qué les parece? Si recordamos que además el alma es un complejo de campos electromagnéticos, ya casi tenemos el panorama completo.

Dentro de este complejo de campos electromagnéticos se encuentra también lo que conocemos como aura magnética o simplemente aura. Todos los cuerpos animados e inanimados irradian un halo luminoso que algunas personas pueden ver naturalmente y que puede ser objetivado cuando el objeto de investigación es sometido a la acción de un campo eléctrico de alta frecuencia y elevada tensión, lo que se conoce como efecto Kirlian.

Los investigadores denominan al aura como campo bioeléctrico, ya que es el componente más físico del alma. Este campo bioeléctrico (aura) es un campo electromagnético y fotónico que se encuentra dentro y alrededor del cuerpo humano. Este campo bioeléctrico se encuentra en constante movimiento e interacción con lo que le rodea. Acepta materia e información del ambiente y refleja los procesos físicos, psicológicos y espirituales de una persona. Los pensamientos y emociones del individuo lo transforman continuamente. Se nutre de pensamientos y emociones positivos y se daña con emociones y pensamientos negativos. Cuando el campo bioeléctrico se encuentra alterado y el desequilibrio se prolonga en el tiempo, aparece la disfunción y luego la enfermedad en las zonas del cuerpo correspondientes a la alteración.

Se ha comprobado también que los campos bioeléctricos de las personas que se encuentran cerca físicamente están constantemente influyéndose e intercambiando energía, aun cuando no estén en contacto físico directo. El campo bioeléctrico de una persona se amplía cuando por detrás de ella se acerca alguien a quien ama. Esto prueba que sentimos la presencia y el tipo de energía de las personas que nos rodean aunque no seamos conscientes de ello. Con mi amigo Raúl Torres, máster en bioenergoterapia, hemos comprobado esta interacción de los campos bioeléctricos entre terapeuta y paciente.

Utilizando una cámara Kirlian tradicional, Raúl obtuvo bioelectrografías —impresión del campo vibratorio en una película fotográfica— de algunos pacientes y del terapeuta en el trabajo con la regresión. Las bioelectrografías se efectuaron antes de comenzar la regresión, durante y después de finalizada la sesión. Uno de los hallazgos fue comprobar que antes de iniciar la regresión tanto el paciente como el terapeuta ya se encontraban en un estado de conciencia modificado, hecho que no ocurría si el paciente sólo venía para un control. Más aún, el terapeuta presentaba esta modificación incluso antes de que llegara el paciente, lo que indica que a nivel inconsciente el terapeuta ya estaba dispuesto para el trabajo.

La otra sorpresa fue encontrar que, en ocasiones, la alteración energética que traía el paciente se evidenciaba también en el terapeuta y desaparecía de éste luego de finalizado el trabajo. Estos hallazgos prueban que hay un sustrato energético para el llamado rapport terapeuta-paciente, pero que además hay una conexión entre éstos antes de que se encuentren físicamente, lo que corrobora también que los campos se influencian y actúan a distancia.

Personalmente, prefiero referirme al aura o campo bioeléctrico como “campo vibratorio”, ya que éste no es algo fijo, sino que se encuentra en constante movimiento. Como ya lo hemos visto, el campo vibratorio funciona también como un campo gravitatorio y, además, es un campo protector. Para no caer en repeticiones, ocasionalmente utilizo como sinónimos los términos aura, campo bioeléctrico, energético, vibratorio o gravitatorio.

Ahora podemos considerar al alma perdida como un campo de energía que puede interactuar con el campo de energía de una persona viva, afectando sutilmente la mente subconsciente de ésta.

La muerte: el desacoplamiento del alma del cuerpo físico

El segundo aspecto a considerar es entender la muerte como el momento en que el alma comienza el proceso inverso a la concepción y posterior encarnación. Educados y acostumbrados como estamos a considerar y valorar el cuerpo físico como una unidad de vida y el asiento de una personalidad, nos resulta difícil entender y aceptar que la muerte es el mecanismo mediante el cual el alma inicia la desencarnación. Así, denominamos muerte a la cesación de la vida en un cuerpo físico, pero la muerte es algo más trascendental.

La muerte es un proceso que comienza antes de que se produzca la muerte efectiva y que continúa todavía después de que nosotros constatamos los signos físicos exteriores como ausencia de latidos, pulso y respiración. La muerte es el proceso mediante el cual el alma encarnada se separa y se desprende definitivamente del cuerpo físico que estaba habitando. Esto es importante para comprender lo que va a venir después. La muerte es un proceso constituido por una serie de acontecimientos que tienen lugar tanto a nivel físico como a nivel energético y espiritual.

Cuando constatamos la muerte en una persona mediante los signos físicos exteriores, sólo estamos viendo una parte de ese proceso. Los sabios tibetanos enseñan que, en una muerte natural, el proceso comienza siete años antes de que se produzca la muerte efectiva. Ya entonces comienzan los cambios que indican que esa persona va a morir: la piel pierde su humedad y comienza a secarse, la grasa subcutánea se consume lentamente y se marcan los tendones y los huesos, el brillo de los ojos se opaca y la persona comienza a estar cada vez más ausente. Lentamente, el desprendimiento del alma ya ha comenzado y una de las cosas evidentes es que a esa persona le falta energía vital. De modo que el proceso de la muerte comienza antes de que el corazón detenga su movimiento y continúa aún después de que el corazón deja de latir. Llegado a este punto, más allá de la dimensión física, todavía se siguen produciendo cambios y lo que nosotros no podemos ver es que la energía tiene que retirarse de cada célula. Aun en los casos en que la muerte parece instantánea, no lo es; lo que nosotros podemos constatar son los signos físicos exteriores, pero el desacoplamiento del alma de las células físicas puede llevar desde unas horas hasta tres días, dependiendo del estado de la conciencia en el momento de producirse la muerte y del desarrollo espiritual alcanzado en la vida que se deja.*

Hay un estudio interesante —citado por Fernando Sánchez Quintana— que es consistente con lo que acabamos de decir. Konstantin Korotkov —profesor de la Universidad Técnica Federal de San Petersburgo— realizó esta investigación junto a un equipo de médicos forenses. Utilizando una cámara Kirlian digital diseñada por Korotkov, durante tres años estudiaron el campo bioeléctrico de un grupo de personas inmediatamente después de fallecidas.

En este estudio se obtuvieron imágenes del campo de energía de los dedos de la mano izquierda de las personas fallecidas a cada hora, de día y de noche. Posteriormente, los niveles de energía obtenidos eran convertidos en gráficos y se construían las gráficas de cambio de intensidad en el brillo del aura durante tres a seis días luego del fallecimiento. Se encontró que la mayoría de las gráficas no desaparecían de forma monótona, sino que tendían a oscilar, a veces marcadamente. Por tanto, clasificaron estas gráficas en tres grupos y encontraron un dato muy interesante: cada uno de los grupos encontrados estaba definido por un tipo de muerte particular.

  Grupo I: Gráficas con oscilaciones relativamente débiles.Estas gráficas se correspondían en los casos de muerte natural, tranquila, causada por degeneración de los tejidos. Las gráficas variaban entre las 16 y 55 primeras horas antes de estabilizarse en un nivel basal.

 Grupo II: Gráficas con oscilaciones débiles, pero con un breve período de intensidad de energía pronunciado.Aquí encontraron que la muerte había sido causada por accidentes de tránsito con fracturas craneales. Las gráficas mostraban una intensidad de energía muy elevada en un período de 0 a 24 horas para después descender al nivel basal.

 Grupo III: Gráficas con oscilaciones fuertes de larga duración.En este grupo la muerte ocurrió en forma inesperada como resultado de circunstancias trágicas, por ejemplo suicidio y asesinato. Las gráficas mostraron una mayor amplitud y duración de las oscilaciones que iban descendiendo progresivamente. Existían momentos de gran intensidad durante la noche que caían al final del día.

En los tres grupos la intensidad descendió finalmente a un nivel fijo muy bajo, que podría esperarse de un objeto no vivo de las mismas características. Basándose en estos resultados, los investigadores concluyeron que la actividad energética de una persona no desciende a cero después de la muerte clínica. En algunos casos está presente hasta cuatro días después de la muerte, lo que significa que el alma todavía está allí. Es particularmente significativo que el proceso de desaparición de la energía depende de la causa y naturaleza de la muerte. Lo que el estudio parece indicar es que el alma entra y sale del cuerpo en los primeros días posteriores a la muerte. Esto significa que aunque el cuerpo esté muerto, el alma todavía está allí.

Estas diferencias en las gráficas de la energía coinciden con los hallazgos clínicos en el trabajo con almas perdidas. Las características de la muerte suelen ser determinantes en la evolución posterior del alma luego de dejar el cuerpo físico. De cómo se muere, de las condiciones en que se muere, del estado en el cual se encontraba la consciencia en el momento de morir, y de las creencias de la persona en ese instante depende en mucho que un alma siga su proceso de retorno a la Luz o permanezca ligada al plano físico.

Ahora que sabemos que la muerte es un proceso que lleva su tiempo e implica que el alma tiene que desprenderse del cuerpo físico para retirar su energía, podremos comprender mejor de qué manera el alma de una persona fallecida se convierte en un alma perdida o en un fantasma, que al fin y al cabo es lo mismo.

¿Por qué un alma que ha desencarnado se convierte en un alma perdida?

La primera razón por la cual el alma de una persona en trance de morir se convierte en un alma perdida es porque no hay consciencia del momento de la muerte. En este proceso de desprendimiento, que habitualmente comienza con la agonía y puede extenderse hasta varios días después de la muerte, puede ocurrir que el alma, la conciencia, no se dé cuenta de que el cuerpo se murió y permanezca entonces con la ilusión de que todavía posee el cuerpo físico. Esta ausencia de consciencia de la muerte impide que el alma complete su transición a la dimensión espiritual, porque sencillamente el difunto no se dio cuenta de que su cuerpo se murió. Hay dos situaciones básicas en las que puede ocurrir esto:

1 Obnubilación o pérdida de la consciencia antes de que se produzca la muerte.

2 Muertes imprevistas y violentas

a) Obnubilación o pérdida de la consciencia

Todo estado de confusión previo a la muerte impide que el alma que está desencarnando complete satisfactoriamente su proceso de ir hacia la luz. La obnubilación o pérdida de la consciencia antes de que se produzca la muerte puede ocurrir, entre otras cosas, por sobredosis de drogas, envenenamiento, alcohol, anestesia general, coma, muerte por congelamiento —la persona se queda dormida antes de morir—, agonía por hambre —se produce un estado ilusorio— e intoxicación y asfixia por gases. Todo aquello que implique la pérdida de la consciencia antes de que se produzca la muerte provoca confusión en el estado post mortem inmediato. Cuando la conciencia despierta en la realidad espiritual no sabe dónde está ni recuerda lo que pasó. Sólo se recuerda lo inmediatamente anterior a la pérdida de la consciencia. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando una persona muere durante el transcurso de una intervención quirúrgica bajo anestesia general. La persona es anestesiada antes de que comience la operación, lo que significa que, al momento de iniciarse la intervención, ya está dormida. Si la muerte se produce durante la operación, la persona se habrá muerto sin recuperarse del sueño anestésico. Cuando la conciencia despierta en el plano espiritual, el cuerpo ya está muerto, pero el individuo no sabe lo que sucedió; sólo recuerda lo inmediatamente anterior a que se le efectuara la anestesia Como además, al dejar el cuerpo, el alma tiene la apariencia exacta del cuerpo físico, esto mantiene la ilusión de que se está vivo. Como consecuencia de esto, el alma permanecerá aquí, en la atmósfera terrestre, confundida y desorientada, sin entender muy bien lo que está sucediendo, dado que ella puede ver y oír a los seres vivos, pero éstos no pueden verla ni escucharla.

b) Muertes imprevistas y violentas

Ya vimos en el estudio de Korotkov que, en las muertes imprevistas y violentas como suicidio y asesinato, había una gran actividad energética post mortem, lo que implica que el alma sigue unida al cuerpo todavía después de varios días de haberse producido la muerte. En este tipo de muertes no hay pérdida de la consciencia, pero por lo general tampoco hay consciencia del momento de la muerte. Esto puede ocurrir también en los accidentes fatales con muerte instantánea. Todo es tan rápido y sorpresivo que el alma no alcanza a reaccionar y comprender lo que está sucediendo. Es como que en un segundo yo estoy caminando dentro de este cuerpo y un cuarto de segundo después estoy fuera de éste. Aquí no hay transición como en la muerte natural, aquí no hay un desprendimiento progresivo. El cordón de energía que une el alma con el cuerpo ha sido cortado de improviso y violentamente. De pronto, yo estoy aquí, de pie, pero hay un tipo que es un doble de mí mismo y que está tirado en el suelo. ¿Qué está pasando acá? Yo me sigo moviendo en este otro cuerpo —el espiritual— que para mí es tan sólido y real como el cuerpo físico y no se entiende lo que está pasando. Ese que está ahí, tirado, es un doble de mí, ¿de dónde salió ese tipo? No hay consciencia del momento de la muerte. Todo es tan rápido, todo es tan veloz, que uno pasa de la vida en el cuerpo físico a la dimensión espiritual en forma repentina e inesperada, sin transición y esto es lo que provoca la confusión. El alma, en realidad la conciencia o el principio consciente, no entiende lo que está sucediendo; está desorientada y puede pasar mucho tiempo así. Las películas Ghost, Sexto sentido y Los otros están muy bien realizadas y son un buen ejemplo de las consecuencias para el alma de una muerte imprevista. Con el tiempo, el episodio traumático se borra o se olvida. El alma cree que sigue viva en su cuerpo y continúa realizando —ilusoriamente— sus tareas habituales sin darse cuenta de lo que ha sucedido. Es frecuente que cuando yo le explico al alma perdida que su cuerpo está muerto me conteste: Vos estás loco, si estoy hablando con vos no puedo estar muerto, estoy vivo.

La falta de una práctica espiritual durante la vida física es otra de las razones por las cuales el alma se puede extraviar luego de producida la muerte. Para la persona que no cree en la vida después de la muerte, que ignora la realidad de la vida espiritual, las muertes imprevistas y accidentales acrecientan la confusión. Es lo que puede ocurrirle al suicida. Éste se quita la vida en la creencia de que con la muerte se termina todo, pero resulta que luego de pegarse el tiro sigue vivo. A veces, el suicida se da cuenta de lo sucedido, pero también puede creer que falló en el intento. En este caso, procurará repetir el acto y es probable que se pegue a una persona con tendencia depresiva o suicida y la obsesione impulsándola a suicidarse.

Es posible que el alma perdida sepa perfectamente que se murió. Pero hay otras razones para permanecer en el plano físico y éstas son: miedos y creencias, preocupaciones, atrapamiento en el cuerpo físico, adicciones y apegos.

Las creencias durante la vida física pueden afectar al alma en su posterior evolución. Por ejemplo, si el sujeto cree que hay un castigo en el más allá y, en el instante de morir, siente remordimiento por sus errores y malas acciones o siente culpa por algún evento en particular, puede rehusar ir a la Luz por miedo a ser castigado. Es frecuente que el alma perdida se exprese en estos términos: “no me van a recibir porque fui muy malo”, “me van a retar” o “me van a castigar; mejor me quedo acá”. Por eso es muy importante la figura del sacerdote brindando la absolución en los instantes previos a la muerte, cuando el individuo todavía está consciente, ya que esto libera a la conciencia de ese temor.

Luego de dejar el cuerpo, el alma puede estar preocupada porque siente que dejó algo sin hacer, porque tiene que continuar con su misión o completar una obra que quedó inconclusa. Esto puede llevarla a procurarse un instrumento adecuado para cumplir con su tarea, adhiriéndose a una persona viva con características similares. Quizás tenga miedo de que sus hijos despilfarren la fortuna que les dejó. Otra razón muy poderosa para quedarse es porque tal vez ha dejado a sus hijos pequeñitos y quiere cuidarlos o porque quiere ver crecer a su nieto que no pudo ver o, ¿por qué no?, para vengarse de una persona en particular.

El atrapamiento en el cuerpo físico es otra causa de retención del alma en la atmósfera física. Sobre todo si la persona es joven y más aún si está aferrada al cuerpo o a la belleza del cuerpo físico. Los instantes previos a la muerte suelen ser decisivos en estos casos. Esto es algo que muy frecuentemente puede observarse en el trabajo con la experiencia de la muerte en TVP. Tal vez se trate de una joven hermosa que está muriendo y, mientras está en agonía, puede pensar: “no me quiero morir”, “soy demasiado joven y bella para morir” o “no me voy a ir, me voy a quedar aquí”. Mientras está luchando para no morir ocurre lo que ya hemos dicho; de pronto, el cuerpo se muere, pero como la conciencia sigue luchando por sobrevivir, no se da cuenta de que el cuerpo se ha muerto y, así, puede pasar una eternidad atrapada en ese instante.

Finalmente, las adicciones y los apegos también mantienen al alma en el plano terrenal por el simple deseo de seguir experimentando los placeres de la materia o por la frustración de no haber podido satisfacerlos. Ya sea por experimentar el placer del alcohol, drogas, sexo, tabaco o comida, un alma perdida puede adherirse a una persona viva porque a través del campo vibratorio de ésta puede satisfacer sus deseos. Más aún, un alma perdida puede estimular a una persona viva a continuar con el hábito adictivo para así poder satisfacer su propia adicción. El apego a un lugar en particular o el deseo de permanecer junto a la persona amada también pueden impedir que el alma ascienda a la Luz. Recuerden la enseñanza de Jesús: Donde está tu tesoro, está tu corazón. Si el tesoro está aquí, en la tierra, el alma permanecerá aquí.

Repasemos entonces las causas más frecuentes de retención del alma en el plano físico:

 Obnubilación o pérdida de la consciencia antes de que se produzca la muerte.

 Muertes imprevistas y violentas.

 Falta de práctica espiritual consciente durante la vida física.

 Miedos y creencias.

 Preocupaciones.

 Atrapamiento en el cuerpo físico.

 Adicciones y apegos.

¿De qué manera podemos ser vulnerables a la acción de un alma perdida?

Hemos visto que dentro del complejo de campos electromagnéticos que conforman el alma existe uno en particular que es el componente más físico del alma conocido como aura y que aquí denominamos campo vibratorio. La importancia de este campo vibratorio es que funciona como un escudo protector, protegiendo nuestra intimidad y nuestra integridad psíquica de energías foráneas. Sri Aurobindo llama a este campo el circumconsciente, porque podemos hacerlo consciente. Claro está que la mayoría de nosotros todavía no ha llegado a ese punto de consciencia. El circumconsciente, como lo veía Aurobindo, es una atmósfera individual y protectora donde podemos sentir y atrapar las vibraciones psíquicas que provienen del exterior antes de que entren en nosotros. La integridad de este campo vibratorio es vital para que funcione como escudo protector. Puede ser muy luminoso y fuerte o corromperse y disgregarse por completo, según nuestro estado interior. Para comprender de qué manera este campo vibratorio y protector puede perder su integridad y tornarse vulnerable es necesario que avancemos ahora con otros dos conceptos fundamentales. El primero de ellos es saber cómo se realiza la encarnación; el segundo es el concepto de la pérdida o fragmentación del alma.

La encarnación del alma en un cuerpo físico supone un descenso o una transferencia de energía desde el plano espiritual al plano de la materia y, así como la desencarnación es un proceso que lleva su tiempo, la encarnación requiere el suyo. Para encarnarse en un cuerpo el alma tiene que anclarse primero en la materia para luego transferir al cuerpo físico un volumen creciente de su energía. Esto no se realiza de una sola vez; el anclaje comienza en el momento de la concepción, pero la encarnación, es decir, el descenso total de la energía del alma, recién se completa alrededor del séptimo año de vida. Más aún, según la cabalá, el descenso del tercer nivel de la energía del alma, la neshamá, recién se completa a la edad de veinte años. Esto significa que, en el mejor de los casos, el campo de protección de un niño no estará completo por lo menos hasta el séptimo año de vida y, por lo tanto, el niño es potencialmente vulnerable a la acción de energías extrañas, incluidos los pensamientos y emociones de los padres y de otras personas. La forma como un niño es protegido es mediante el cuidado y la atención que le brindan los padres. Éstos no tienen que hacer nada en especial, simplemente tienen que prestarle atención; de esta manera le proveen al niño la energía necesaria para que éste pueda formar su campo de protección. Por eso un niño siempre está llamando la atención, porque así es como obtiene energía de sus padres.

Hay circunstancias por las cuales es posible que al llegar al séptimo año de vida no se haya completado el descenso de toda la energía del alma y, por consiguiente, el campo protector no se haya formado satisfactoriamente. Durante la gestación y el nacimiento pueden acontecer hechos que atenten contra el descenso de la energía. Si durante la gestación hubo un intento de aborto, es posible que, debido al pánico, el alma del feto se haya alejado del cuerpo, llevándose con ella gran parte de la energía vital. Tengan en cuenta que el alma recién está descendiendo en la materia, de modo que esto le resulta muy fácil de realizar. También puede suceder que el feto o la conciencia del feto se niegue a nacer. Si el bebé se niega a nacer, como el alma todavía no está encarnada, es posible que se resista a entrar en el cuerpo, permaneciendo fuera de él y puede ser que no regrese nunca. Trabajando con la TVP, varios pacientes han vivenciado la experiencia de su nacimiento desde fuera del cuerpo, justamente porque se salieron de él antes de nacer. De modo que ya desde la gestación o desde el nacimiento es posible que el campo vibratorio se encuentre debilitado y sea vulnerable a la invasión por energías de otra dimensión. Esto nos lleva a considerar el otro concepto importante aquí: la pérdida del alma.

Ya sabemos que el alma es energía pura, pero el alma es algo más que un campo de energía electromagnética. El alma es nuestra esencia vital, nuestra fuerza, nuestro poder personal. El alma es el principio de vida; sin alma no hay vida. En la perspectiva chamánica, parte de nuestra esencia vital esencial puede partir y perderse en una realidad no ordinaria. Los chamanes ven la enfermedad como una pérdida del alma o una disminución de la energía espiritual esencial. Un susto puede provocar la pérdida de una parte de la energía vital. El susto es un acontecimiento desagradable que provoca que una parte del alma de una persona se desprenda y se pierda.

Sandra Ingerman define la pérdida del alma como la pérdida de partes cruciales que proporcionan vida y dan vitalidad. Estas partes se pierden debido a traumas y quien ha sufrido el mayor trauma es el niño que vive en nuestro interior. Cuando experimentamos un trauma, sobre todo en la infancia, una parte de nuestra esencia vital puede separarse de nosotros para sobrevivir a la experiencia y para escapar del dolor y del impacto psíquico que implica una vivencia insoportable. La pérdida del alma o de una parte de ella puede ser originada por cualquier experiencia traumática. Desconozco cuál es el mecanismo intrínseco por el cual se produce este fenómeno; lo cierto es que una parte de la energía del alma se fragmenta, abandonando a la persona. Cuando esto sucede, la persona queda incompleta y la parte que se fue se pierde en otra realidad o no desea regresar. Al perder este fragmento de energía, la persona pierde su fuerza, su poder personal y esto significa que también pierde su protección natural. Su escudo vibratorio de protección ya no será tan efectivo como debiera ser. Desde el momento en que una parte del alma se ha ido, la persona se encontrará debilitada, desvitalizada, deprimida y será más vulnerable a las enfermedades y al accionar de energías intrusas, entre ellas almas perdidas y cualquier tipo de entidades espirituales.

Es importante entender aquí que la parte que se ha ido no se encuentra en lo que conocemos como subconsciente o inconsciente. No se trata simplemente de un yo escindido o disociado. El fragmento que se fue sencillamente no está aquí. En la concepción chamánica, las partes vitales del yo que se han disociado pueden quedar atrapadas en una realidad no ordinaria o pueden haber encontrado mundos más placenteros donde deseen estar o puede que se hayan perdido en otra dimensión y no sepan cómo regresar. Parte de la sanación consiste en recuperar esas partes en el mundo no ordinario y regresarlas al cuerpo del paciente. Este es el don básico de un verdadero chamán. En el trabajo con la TVP, hemos comprobado que, mediante la regresión, se pueden recuperar las partes fragmentadas luego de trabajar terapéuticamente la experiencia traumática.

La pérdida del alma es resultado de traumas tales como abuso sexual, maltrato y castigo corporal, pérdida de un ser querido, abandono o separación de los padres, divorcio, cirugía, accidentes, enfermedades importantes, tortura, secuestro, amenaza de muerte, aborto, experiencias de guerra, adicción y fracaso o frustración amorosa. El estado de coma es un ejemplo extremo de pérdida del alma y el abuso sexual, sobre todo si ocurre en la infancia, es uno de los traumas que, con mayor frecuencia, causa la pérdida del alma. Un niño no puede hacer nada para evitarlo, no puede defenderse, no puede pedir ayuda, no puede entender lo que está pasando y, la mayoría de las veces, no tiene a quién decírselo. El único recurso que le queda es salirse del cuerpo y no regresar a él por la sencilla razón de que es peligroso estar en ese cuerpo. Si una persona ha sido violada, aunque sólo haya ocurrido una vez, es casi seguro de que una parte de ella se ha ido y se ha perdido en otra dimensión. Cualquier situación que se asemeje a una violación, aunque no se trate de abuso sexual, implica el riesgo potencial de la pérdida de una parte del alma.

Como ya mencionamos, también puede haber pérdida del alma durante la gestación o en el momento del nacimiento. Algunas personas suelen expresar esta pérdida del alma sin saberlo. Es frecuente que ante el abandono o la muerte de la persona amada su pareja diga “cuando se fue me robó mi alma” o “se llevó una parte de mí”. Otras personas suelen decir “siento que no estoy del todo aquí” o “no estoy completa” o “me siento como un observador” o “es como si siempre estuviese ausente”. Sin saberlo, están expresando intuitivamente una realidad más verdadera de lo que creemos.

Al mismo tiempo, la pérdida del alma lleva al sentimiento de incompletud y vacío. Los chamanes sostienen que el universo no soporta el vacío y que ese espacio creado en el aura de una persona puede ser ocupado por la enfermedad o por otras energías. Foster Perry dice que los traumas producen algo así como agujeros negros en el campo vibratorio de la persona afectada. No es que sean verdaderos hoyos, sino que así es como los ve el vidente en el aura de la persona. Estos agujeros funcionan como si fueran una bomba de vacío, absorbiendo todo tipo de energías con el único fin de llenar el espacio creado por el trauma. La tendencia inconsciente es la de llenar ese espacio y el vacío puede ser llenado con entretenimientos, drogas, alcohol, sexo compulsivo y, por supuesto, con almas perdidas.

Ahora podemos comprender mejor de qué manera nuestro campo vibratorio puede ser afectado en su integridad tornándonos vulnerables al accionar de cualquier energía proveniente de otras dimensiones. Esto incluye no sólo almas perdidas, sino también pensamientos y energías psíquicas de personas vivas, lo que en el lenguaje popular se conoce como malas ondas o mala vibra.

Toda experiencia traumática no sanada es la causa universal de la pérdida de la integridad de nuestro campo vibratorio protector con la consecuente vulnerabilidad frente a la acción de energías intrusas. Esto puede ocurrir tanto en la infancia, en la adolescencia como en la edad adulta, pero cuando el trauma ocurre antes del séptimo año de vida conlleva, además, la posibilidad cierta de que el alma se salga del cuerpo para evitar el dolor. La salida y pérdida del alma puede ocurrir en cualquier momento de la vida, pero es más frecuente y más fácil que ocurra en la infancia porque la encarnación todavía no se ha completado. Como una parte de la energía se ha ido y no ha regresado, el campo de protección del niño queda debilitado, apto para la invasión por almas perdidas ú otras energías intrusas. Es como dejar la casa abandonada, una invitación para que la ocupe un habitante intruso.

Como ejemplo, imaginemos un caso extremo. La persona se ha negado a nacer; esto significa que parte de su energía no descendió en el cuerpo en el momento del nacimiento. Más tarde, a la edad de cuatro años, fue abusada sexualmente. Como consecuencia de este hecho, otra parte de su alma se salió para no volver y, a los ocho años, muere su abuelo que era su verdadero soporte afectivo en la vida. Al morir su abuelo el niño le pide: “abuelito, llévame contigo”, y allí se va otra parte del alma. Hoy, esa persona tiene cincuenta años, su campo vibratorio es un colador por donde entran todo tipo de energías y, a pesar de los años transcurridos, todavía no está completamente encarnada. No está aquí con toda su presencia y es más que seguro que, además de llevar almas perdidas consigo, también tiene dificultades para llevar adelante sus proyectos por la sencilla razón de que no tiene la energía necesaria para hacerlo.

Al hablar de traumas no debemos ignorar que las experiencias traumáticas no resueltas de vidas anteriores también dejan un área de debilidad en el campo vibratorio. Y, aun cuando el alma no se haya ido, un trauma no resuelto es como si uno tuviese una herida abierta sobre la cual se posan las moscas con las consecuencias que son fáciles de imaginar.

Las intervenciones quirúrgicas, especialmente si se realizan con anestesia general, son también una oportunidad propicia para que almas perdidas se adhieran e invadan el campo vibratorio de una persona.

Toda intervención quirúrgica de magnitud provoca lo que se conoce como estrés, shock o trauma quirúrgico. El cuerpo físico responde a este trauma con mecanismos fisiológicos de adaptación y compensación. Al poner en marcha esta respuesta el organismo consume gran cantidad de energía vital, lo que implica que la protección natural de la persona se encontrará indefectiblemente debilitada. A esto hay que agregarle que, como consecuencia de la anestesia general, el alma se exterioriza, es decir, se desprende del cuerpo, pero nunca podemos saber de antemano cuál será la magnitud de ese desprendimiento. Puede que sea leve y que el alma sólo se quede flotando un poco por encima del cuerpo mientras observa la operación para luego retornar a éste. Pero puede ocurrir que el desprendimiento sea mayor y que el alma pase a una realidad no ordinaria de la cual no puede regresar o tal vez no quiera regresar. Al abrir los ojos, la persona recupera la consciencia, pero hay una parte de su esencia que no está. Esto agrava todavía más la debilidad del campo vibratorio, lo que favorece la entrada de energías intrusas. Quizás, mientras estaban operando a la persona en cuestión, en el quirófano de al lado se murió otro que aprovecha la oportunidad para meterse en el campo vibratorio de alguien más joven.

Una operación requiere hospitalización y esto añade otro factor de riesgo, ya que un hospital es un gran reservorio de almas perdidas porque, inevitablemente, muchas personas fallecen allí. De modo que aquí tenemos una combinación de factores; por una parte, la debilidad en el campo de protección de una persona provocada por una intervención quirúrgica y, al mismo tiempo, la presencia de gran cantidad de almas perdidas que están en el mismo lugar de la acción. Es fácil imaginar que cualquier hospitalización, aun cuando no se practique una cirugía, significa estar expuesto a la posibilidad de que se adhieran almas perdidas. En particular, las enfermedades prolongadas crean vulnerabilidad en este sentido, ya que también provocan un debilitamiento del campo vibratorio por consumo de energía vital. Una enfermedad típica de esta situación es la hepatitis, dado que afecta al hígado que no sólo es fundamental en los procesos de desintoxicación del organismo, sino que también lo es a nivel energético. Cuando el hígado está enfermo, no sólo no puede realizar normalmente su trabajo en el cuerpo físico sino que tampoco puede hacerlo a nivel energético. Al no procesar las energías tóxicas, se produce una desvitalización que afecta el campo vibratorio protector. Toda condición que implique consumo de energía vital y, por consecuencia, disminución del campo vibratorio de protección, facilitará la entrada de almas perdidas.

Las condiciones propias de un hospital nos llevan a considerar otro factor predisponente que es el ambiente laboral. Trabajar en un hospital conlleva el riesgo implícito de que a uno se le adhieran almas perdidas. Un hospital es un lugar de dolor y sufrimiento y los profesionales de la salud en particular tienen un aura de luz que los distingue del resto de las personas. En ese ambiente de dolor, las almas perdidas se sienten atraídas por la luz que emana del aura de los médicos y enfermeras y se adhieren a su campo vibratorio en busca de protección y seguridad. Como generalmente no tenemos el mínimo conocimiento de esto, resulta que durante veinte o treinta años concurrimos al hospital sin ningún tipo de protección.

Le guste o no le guste, todo profesional que trabaja en un hospital tiene que asumir que de hecho tiene almas perdidas consigo hasta que se demuestre lo contrario. Yo lo aprendí tarde. Fue Edith Fiore quien me alertó de esto. Si has trabajado en un hospital tienes que dar por sentado que tienes almas perdidas contigo —me dijo cuando me encontré con ella—. Cuando tomé consciencia de esta situación ya habían pasado casi veinte años de práctica hospitalaria y no fue hasta que comencé a trabajar en este libro que me di cuenta de que llevaba conmigo varias almas perdidas adquiridas en esa etapa de mi vida profesional. Cualquiera que trabaje en un ambiente de dolor o sufrimiento y donde fallezcan personas con frecuencia está expuesto a este problema. A los hospitales hay que agregar psiquiátricos, cárceles, hospedajes de ancianos y morgue, sin olvidar las visitas frecuentes a los cementerios.

Hay otras condiciones que sin ser traumáticas facilitan la adherencia de almas perdidas. Tal vez lo más frecuente sea el vínculo afectivo entre el alma perdida y la persona viva. Es natural y lógico que así sea. El vínculo afectivo crea lazos energéticos entre las personas involucradas. En la tradición huna de la Polinesia, a estos lazos energéticos se los denomina cordones aka. A través de estos cordones, que se establecen en forma inconsciente, nos atamos en las relaciones tomando energía de otras personas y permitiendo que otros tomen energía de nosotros mismos. Como se trata de cordones de energía, no se disgregan con la muerte a menos que cortemos con ellos conscientemente por nuestra propia voluntad. Si nos aferramos a algún ser querido que ha partido, si extrañamos su presencia con intensidad, podemos atraerlo a nuestro campo vibratorio mediante estos cordones sin darnos cuenta. También puede ocurrir a la inversa; que el ser que partió permanezca aferrado a la persona viva. Una madre o un padre sobreprotector lo seguirá siendo aun después de haber dejado la materia. Se pegará con facilidad al campo vibratorio de su hijo por cuanto ya en vida ha invadido el aura de éste y así seguirá manejando su vida desde la otra dimensión.

Los hábitos de una persona son el siguiente aspecto a considerar. En particular la adicción al tabaco, alcohol y drogas estupefacientes facilitan la invasión y el accionar de energías intrusas. Este tipo de sustancias se volatiliza fácilmente y, además de impregnar nuestro campo vibratorio, terminan dañándolo y debilitándolo. Con sólo adherirse al aura magnética de una persona, las almas perdidas y otras entidades pueden percibir y experimentar los efluvios que emanan de la persona que está fumando o consumiendo alguna droga. Digamos que cada vez que un fumador enciende un cigarro no está solo, hay alguien más allí que aprovecha la ocasión. La verdad es que el fumador es fumado por las entidades que se han adherido a su aura por afinidad vibratoria. Este es uno de los motivos por los cuales es tan difícil dejar de fumar o de beber, ya que la entidad que se ha adherido incita a la persona a seguir haciéndolo porque al no tener el cuerpo físico sufre por la falta del tabaco o del alcohol. No se trata sólo de ejercer la voluntad, se está luchando contra otra voluntad.

Las relaciones sexuales sin amor son otra puerta de entrada para seres desencarnados. Así como una entidad puede fumar a través del campo vibratorio de una persona, de la misma manera puede experimentar el placer sexual. Toda relación sexual sin amor transcurre en un nivel de vibración muy bajo que permite que se adhieran todas las energías que vibran en consonancia. En los planos más bajos de vibración existen miles de seres que acuden en tropel allí donde tienen la oportunidad de experimentar sensaciones. Como este tipo de uniones sexuales se realiza a través de los chakras inferiores que son los de frecuencia vibratoria más baja, esto facilita que se adhieran este tipo de entidades. Esta es una de las metáforas de la concepción del centauro Quirón. Su madre, la ninfa Filira, se había convertido en yegua para escapar de Cronos. Pero éste se transformó en caballo y copuló con Filira en ese estado. El niño nació mitad hombre, mitad caballo, porque cuando fue concebido, Filira y Cronos estaban en sus impulsos animales en lugar de estar en su ser superior. En la unión sexual sin amor, estamos en nuestros instintos animales, en nuestra frecuencia vibratoria más baja y, por lo tanto, sin protección. Por el contrario, la energía vibratoria del amor funciona como un campo de protección ya que entonces las entidades de los planos bajos no pueden alcanzar esa frecuencia vibratoria. Si además la relación se lleva a cabo en un hotel por horas, esto agrava la situación, por cuanto así como los hospitales están llenos de seres sufrientes, así en los hoteles por hora pululan las almas perdidas que van a disfrutar de sus placeres.

La vulnerabilidad emocional es otra de las razones por la cual podemos ser invadidos por energías ajenas a nuestro campo vibratorio. Todo estado de dolor emocional implica una baja en nuestras defensas vibratorias; es como si nuestro campo vibratorio se abriera por la herida causada por el dolor. Por ejemplo, el trauma provocado por un divorcio o el abandono o la traición o la pérdida del ser amado, pueden dejar a una persona en un estado de dolor y depresión en el cual la energía vital se encuentra notablemente disminuida.

En esta relación de factores predisponentes tenemos que considerar también aquellos de origen kármico, más precisamente vínculos o relaciones que tienen su origen en vidas anteriores. Si dos o más personas han estado relacionadas en otra vida ya tienen familiaridad a nivel de sus campos vibratorios. Tal vez una de ellas juró vengarse de la otra. Resulta que hoy dicha alma no está encarnada, pero puede ejecutar su venganza invadiendo el aura de su enemigo, provocando un efecto que se conoce como obsesión. Quizás sea el amor los que los mantiene unidos. Imaginemos que dos personas se juraron amor eterno en otra vida, pero sólo una de ellas se encuentra encarnada actualmente. La otra, la que permanece en el plano espiritual, puede seguir aferrada al campo vibratorio de su amante encarnado sin que éste tenga noticias de ello, interfiriendo así con su vida amorosa.

Hay otro factor kármico para ser vulnerable al accionar de energías intrusas que es más grave que el anterior. Se trata de los pactos con la oscuridad. Esto es bastante frecuente que aparezca en el trabajo con la TVP. Algunas personas han hecho pactos de esta naturaleza en vidas anteriores y hoy las fuerzas con las cuales se hizo el pacto reclaman el cumplimiento de éste. Es probable que actualmente la persona se encuentre en el camino de la Luz, pero habrá entidades que la hostiguen por haberlas traicionado. Tengan presente que, en la dimensión del alma, no existe el tiempo. Cualquier pacto que se haya hecho hace mil o dos mil años atrás es como si se acabara de efectuar. A nivel de la energía, el pacto todavía sigue vigente y eso supone una puerta abierta para la invasión por parte de energías oscuras.

Finalmente, jugar con el tablero ouija o el juego de la copa es una forma de atraer entidades desconocidas a nuestro campo de energía. La consulta o la invocación de espíritus desencarnados puede parecer un juego inocente y atractivo, pero no lo es. Generalmente, las entidades que acceden a estos llamados no son seres de luz precisamente. Los maestros de luz tienen obras más importantes y trascendentes que hacer que satisfacer la curiosidad y la avidez de emociones de algunas personas. Es posible que se manifiesten almas familiares, en cuyo caso debemos suponer que no han ascendido a la Luz, pero lo más frecuente es que acudan seres burlones que sólo buscan divertirse a costa de los incautos. En todo caso, algunas historias de influencia espiritual comienzan así. Al invocar a los seres desencarnados, implícitamente abrimos las puertas para que entren en nuestro campo íntimo. El mismo riesgo corren aquellas personas que invocan maestros o entidades espirituales para canalizarlos sin un entrenamiento o conocimiento de la realidad espiritual. Esta es la vía más sencilla para ser invadidos por energías intrusas porque, ¿quién certifica que el ser canalizado es verdaderamente quien afirma ser? Tendremos ocasión de extendernos en este tema en el capítulo de mistificadores.

Recordemos ahora los factores que nos hacen vulnerables a la invasión por almas perdidas o entidades extrañas:

 Experiencias traumáticas en general

 Pérdida del alma

 Vínculo afectivo

 Intervenciones quirúrgicas

 Hospitalización prolongada

 Enfermedades desvitalizantes

 Ambiente laboral

 Hábitos y adicciones

 Relaciones sexuales sin amor

 Vulnerabilidad emocional

 Factores kármicos

 Pactos con la oscuridad

 Jugar con el tablero Ouija

 Canalización de entidades ignorando los riesgos implícitos

¿Cómo ejercen su influencia las almas perdidas?

Aunque hablemos de la posesión como uno de los efectos que las almas perdidas provocan en las personas vivas, debemos tener claro que no existe la posesión real del cuerpo físico. Nadie se mete en el cuerpo de otra persona aunque esta pueda ser la sensación aparente. Lo que puede llegar a ocurrir, en los casos más graves, es que el alma perdida controle la mente y la voluntad de una persona. Es entonces cuando puede parecer que el sujeto está poseído, pero lo que en realidad está sucediendo es que su conciencia ha quedado desplazada debido a la fuerza psíquica de la entidad invasora y, en lugar de la persona, se está manifestando otra conciencia. Cuando la persona vuelve a la consciencia de sí misma no tiene recuerdo de lo que ha acontecido. Para quien observa el fenómeno, la impresión es como si el individuo estuviese poseído realmente, pero una entidad espiritual no necesita meterse dentro del cuerpo de una persona para influenciarla. Le basta con adherirse al campo vibratorio de ésta. Pero además, el alma perdida tampoco necesita estar presente en su forma completa para ejercer su influencia. Es suficiente con que un fragmento de energía del alma perdida entre en el campo vibratorio de una persona para provocar trastornos en ésta. Esto explicaría por qué una misma alma perdida puede actuar sobre varias personas al mismo tiempo o por qué el bisabuelo de Ramiro se encontró con su hijo que estaba en la Luz, siendo que una parte de éste todavía estaba junto a su nieto.

Parece ser que luego de desprenderse del cuerpo hay una parte del alma que alcanza la Luz, al tiempo que pueden quedar fragmentos de su energía atrapados en el cuerpo físico o en la atmósfera terrestre. De alguna manera esto es lo que ocurre cuando tiene lugar la pérdida del alma. Una parte se separa mientras la persona sigue viva con el resto de su energía.

La cabalá enseña que al morir se desprenden tres niveles de energía diferentes del alma. El primero en partir es la Neshamá, el alma propiamente dicha. A los treinta días se va el Rúaj, espíritu o soplo y, al año aproximadamente, se retira el Nefesh, que es el nivel inferior de la energía o energía animal. De modo que una parte del alma puede estar aquí todavía, interactuando y sujeta al plano físico, mientras la parte superior se encuentra en otro plano de existencia o en otra realidad.

En su definición de fantasma, Joan Grant explica en forma insuperable este fenómeno:

“Un fantasma es un fragmento disociado de una personalidad que se ha separado del resto y permanece prisionera en un presente eterno mientras que los componentes integrados continúan su proceso normal de evolución.”

Según la definición de Joan Grant, un alma perdida es un fragmento de energía que se ha separado de su principio superior mientras éste sigue su evolución. Digamos de paso que un fantasma es un alma perdida, sólo que la tradición lo asocia restringido o anclado más a un sitio que a una persona.

De modo tal que es posible que una persona esté encarnada en su cuerpo físico mientras parte de la energía de su alma todavía está atrapada en otra realidad. De hecho, un aspecto importante del trabajo terapéutico con la TVP consiste en recuperar e integrar esos fragmentos de energía que han quedado atrapados en experiencias traumáticas de vidas pasadas.

Ahora bien, un fragmento de un alma conserva todas las propiedades y memoria de la personalidad de la cual se disoció, pues se comporta en forma análoga a un holograma donde un trozo contiene la totalidad de la información de la unidad original. Esto significa que ese fragmento disociado del alma conserva no sólo la memoria, sino también las emociones, temores, creencias e inclinaciones de la personalidad de la cual proviene, actuando y comportándose como si fuera ésta misma.

La bioelectrografía (Beg) nos ha ayudado mucho a comprender el accionar de las almas perdidas. En una Beg, lo que constituye la energía de un alma perdida puede identificarse como una partícula diferente del campo bioeléctrico de una persona por lo cual se las denomina partículas o energías intrusas o transdimensionales. Raúl Torres prefiere el término campo interferente, ya que estas partículas intrusas generan su propio campo de energía, lo que a su vez implica que tienen su propio campo gravitatorio. Por efecto gravitacional, estas partículas pueden atraer hacia su campo de influencia a otras partículas foráneas, lo que explicaría por qué, una vez que un alma perdida ha invadido el aura de una persona, facilita el ingreso de nuevas entidades.

Cuando estas partículas o energías intrusas están presentes en el aura de una persona, alteran visiblemente el registro de su campo bioeléctrico. No sólo eso, sino que, además, absorben energía vital como si se alimentaran directamente del campo vibratorio de la persona en la que habitan. Incluso pueden tomar energía de la persona aunque se encuentren fuera del campo vibratorio de ésta. De modo que toda energía intrusa, sea lo que sea, sea quien sea, es como un parásito que se alimenta de la energía que encuentra en el campo bioeléctrico de un ser vivo. Esto se manifiesta clínicamente como falta de energía y cansancio o fatiga crónica. Lisa y llanamente se trata de vampiros energéticos. Al mismo tiempo, la interferencia que provocan se traduce en un sinnúmero de síntomas físicos, mentales y emocionales en la persona afectada. Así es como son capaces de influir en los pensamientos y conductas de la persona en cuyo campo energético se han localizado. De modo entonces que, en lugar de un espíritu que posesiona, tenemos una partícula o un campo de energía intruso o interferente que provoca alteraciones energéticas en el campo vibratorio de la persona involucrada.

Raúl Torres diseñó un experimento básico y sencillo en el que se puede comprobar la alteración que se produce en un campo magnético al ser interferido por otro campo de propiedades similares. La prueba consiste en recortar una silueta humana en una lámina de material magnético y colocarla sobre un vidrio transparente. Luego se cubre la superficie de la figura con limadura de hierro la cual adoptará una disposición determinada. Acto seguido, debajo del vidrio, se coloca un trozo pequeño de metal imantado en un punto del contorno de la silueta. En forma inmediata se puede observar la alteración que se produce en la disposición original de la limadura de hierro en la zona afectada por este segundo campo magnético. Este segundo campo tiene la particularidad de modificar el campo magnético original, produciendo un nuevo campo que Raúl Torres denomina campo interferente. Como resultado final veremos que la silueta fue alterada en su contorno inicial por la acción de un agente externo.

Las almas perdidas y cualquier energía intrusa se comportan de forma similar al campo magnético interferente del experimento de Raúl Torres, alterando el patrón vibratorio original del campo bioeléctrico de la persona viva. Esta alteración en el campo vibratorio se manifiesta en la esfera física y psíquica en forma de síntomas y efectos que pasaremos a considerar inmediatamente.

Efectos y síntomas de la influencia de las almas perdidas sobre las personas vivas

Desde el instante mismo en que un alma perdida se ha adherido al campo vibratorio de una persona comienza a ejercer su influencia sobre ésta, sin olvidar que esta influencia puede experimentarse aun estando la entidad fuera del aura de la persona. Es probable que, inicialmente, el alma perdida se adhiera al aura de una persona viva y que el proceso de invasión lleve su tiempo. Los hallazgos con la bioelectrografía sugieren que cuanto más penetre una energía intrusa en el campo bioeléctrico de una persona, mayor será su influencia sobre ésta y, cuanto más se prolongue en el tiempo el accionar del alma perdida, mayor será su penetración en el campo vibratorio de la persona.

La mayoría de las almas perdidas no provoca esta influencia adrede, al menos inicialmente. Frecuentemente, la influencia y sus efectos se producen sin que el alma perdida tenga noción siquiera de lo que está ocurriendo, pero como la energía de la entidad se comporta como un campo interferente, inevitablemente provocará alteraciones en el campo energético de la persona. La sola presencia de un alma perdida en nuestro campo vibratorio producirá efectos indeseables en nosotros. Es como si provocara un corto circuito en nuestra dinámica energética.

Una vez que el alma perdida se ha instalado en el aura de una persona, ésta comienza a tener sensaciones, emociones, pensamientos y conductas o actitudes que no le pertenecen. Algunas personas se dan cuenta de que está sucediendo algo extraño, pero no lo dicen por temor a ser tomadas por locas. Así, es común que, al plantear su problema en la consulta, digan cosas por el estilo:

 A veces escucho como una voz dentro de mí que me dice cosas.

 Es como si algo dentro de mí me obligara a hacer cosas que no quiero hacer.

 A veces tengo pensamientos que no son míos.

 Hay momentos en que no soy yo.

 Hay momentos en que mi esposa me dice que parezco otra persona.

 Hay momentos en que mi marido me dice que parezco un hombre.

 Hay algo dentro (o fuera) de mí que me impide hacer todo lo que me propongo.

 A veces siento como si hubiera otra voluntad dentro mí.

Como frecuentemente la adherencia del alma perdida suele suceder en la infancia, la persona crece y se desarrolla con una forma de ser que cree que le es propia, pero en realidad no es totalmente de ella. Si la invasión del aura se produce en la vida adulta, la diferencia entre el antes y el después puede ser más clara. Cuando es así, generalmente puede identificarse algún hecho o momento preciso a partir del cual se produjo el cambio en el humor o en el comportamiento de la persona. Pudo haber sido un accidente, una intervención quirúrgica, una violación o un gran dolor emocional o apenas una visita de cortesía a algún conocido hospitalizado. Luego del incidente, repentinamente la persona comienza a actuar de una manera diferente, como si fuese otra persona o puede tener síntomas físicos que antes no tenía. Como ejemplo, es posible que tenga actitudes agresivas hacia una persona con la cual previamente no tenía problemas o puede que de improviso surja alguna adicción o incluso es posible que se alteren sus hábitos sexuales.

Lo que sucede es que el alma perdida conserva su psiquismo intacto y, por lo tanto, continúa con las mismas emociones, con las mismas sensaciones, con las mismas conductas y creencias que tenía cuando estaba en el cuerpo, las cuales se transfieren a la persona viva. Los traumas, las sensaciones, las emociones y las creencias no terminan ni se resuelven porque uno se muere; de hecho, esta es la razón de ser de la TVP. Cuando nos vamos de esta vida, nos llevamos nuestra historia a otro lado. Nadie se convierte en sabio o maestro por el solo hecho de morir. Más aún, al permanecer el alma perdida en el plano físico conserva también los dolores que tenía el cuerpo físico porque se ha quedado con esa impresión. Por eso es posible que una persona de pronto manifieste síntomas físicos que antes no tenía o se enferme sin tener signos orgánicos que lo justifiquen, porque está experimentando los dolores del alma perdida la cual sigue aferrada a la ilusión del cuerpo físico.

Básicamente, lo que ocurre entonces es que el psiquismo de la persona muerta se mezcla, a nivel subconsciente, con el psiquismo de la persona viva. De pronto, es como si hubiese dos o más voluntades en una misma persona y la verdad es que de esto se trata todo el asunto de las almas perdidas: la puja inconsciente entre dos o más voluntades. No hay demonios ni diablos ni posesión demoníaca, aunque a veces pueda parecerlo. En la mayoría de los casos, cuando se habla de posesión, lo más probable es que se trate del abuelo, del bisabuelo o de algún conocido fallecido de la persona afectada. Lo que tradicionalmente llamamos demonios es en realidad un tipo particular de entidades que tienen el propósito concreto de perjudicar a una persona y a las cuales veremos en acción más adelante.

Como habitualmente no hay consciencia de lo que está ocurriendo, el psiquismo del alma perdida se interpenetra en forma insensible con el de la persona viva de manera tal que es muy difícil poder discriminar a quién pertenecen realmente las sensaciones, emociones y pensamientos. En realidad, ni siquiera se sospecha lo que ha ocurrido. El desconocimiento de la realidad espiritual, el escepticismo, el cientificismo y las creencias culturales y religiosas facilitan el accionar de estas energías intrusas e impiden que una persona pueda tomar consciencia de la influencia de estos seres en su vida.

Al común de la gente ni siquiera se le ocurre pensar de que algunos de sus pensamientos y su forma de actuar o de reaccionar no le son propios. Una persona puede pasarse toda su vida así sin sospechar jamás que ha tenido conviviendo con ella un inquilino que probablemente le causó cientos de inconvenientes y que, además, nunca pagó el alquiler. Es posible que creamos que estamos haciendo lo que queremos hacer cuando en realidad estamos haciendo lo que quiere hacer otra voluntad. Tal vez esto se exprese como una ambivalencia o como una lucha interior entre que queremos hacer algo y, al mismo tiempo, sentimos un freno o un impedimento interior para llevarlo a cabo. A veces sentimos un bloqueo que nos impide concretar determinados proyectos o dilatamos el inicio de una tarea y, entonces, hablamos de sabotaje inconsciente o decimos que nos boicoteamos, cuando en realidad lo que está ocurriendo es que alguien más, dentro de nosotros, se encarga de frenarnos en nuestros impulsos vitales. También puede ocurrir lo contrario; una persona puede sentir una fuerza imperiosa y urgente que la impulsa a sobrecargarse de tareas y asumir responsabilidades que no le corresponden. Entonces hablamos de mandatos familiares, de exceso de responsabilidad o de temor a fallar cuando lo que puede estar sucediendo es que hay allí un alma perdida que no completó su tarea y procura realizarla a través de un instrumento idóneo.

En ocasiones es posible que alguien quiera relacionarse con nosotros, pero quien está en nuestra aura lo rechaza. Puede suceder entonces que cada vez que esa persona se nos aproxima nos sintamos mal, cuando en realidad el malestar, la molestia y el fastidio son del otro. Más de una vez, algún padre celoso de su hija le ha espantado, desde el más allá, a cada uno de sus pretendientes y una suegra entrometida, con su presencia invisible, ha provocado más de un conflicto en el matrimonio de una pareja. Porque cuando estamos a solas, en la intimidad de la pareja, ¿quién nos asegura de que estamos realmente solos? ¿Cómo es hacer el amor cuando hay dos o más presencias invisibles de cada lado? Pronto tendrán un par de ejemplos de lo que estamos hablando donde comprenderán mejor hasta dónde puede llegar esta influencia. Las almas perdidas pueden llegar a provocar tensión y distancia en las relaciones de pareja y a menudo son la causa de la confusión acerca de la identidad sexual. En su experiencia clínica, Edith Fiore encontró que una de las causas de la homosexualidad es la posesión por espíritus del sexo opuesto. Si la posesión tuvo lugar antes de la pubertad, el desarrollo sexual se veía desde entonces desorganizado y el poseído crecía creyendo que él deseaba parejas sexuales del mismo sexo cuando en realidad eran los entes los que estaban haciendo la elección.

La presencia de más de una voluntad en el subconsciente de una persona nos da pautas para entender mejor el caso de las personalidades múltiples. Un psicótico, ¿es verdaderamente un psicótico o hay alguien más allí que está interfiriendo con los procesos mentales de esa persona? No tengo experiencia en psiquiatría para poder profundizar más en este punto, pero si una persona con el diagnóstico de psicosis ha tenido un trauma severo en su infancia, es seguro de que ha perdido una parte de su alma o de su energía vital y eso significa que tiene una brecha en su campo vibratorio por la cual pueden entrar todo tipo de energías. Desde el momento en que en una misma sesión terapéutica pueden manifestarse en una persona varias entidades diferentes, cada una con su propia historia, modalidad de expresión, lenguaje, emociones y sensaciones, la posibilidad de perder la cordura está al alcance de cualquiera. Aquí conocerán algunas historias que los harán reflexionar sobre esta posibilidad.

Cuando hablamos de la presencia de más de una voluntad, ¿cuántas almas perdidas puede albergar el campo vibratorio de una persona? Seguramente se van a sorprender con la respuesta, pero la verdad es que puede haber cientos de ellas en la atmósfera energética de una persona. Al principio de mi práctica yo me sorprendía cuando, en una misma sesión, llegaban a manifestarse hasta cinco voluntades diferentes en un paciente y me hacía a mí mismo la pregunta que acabo de formular. Con el tiempo, me di cuenta de que, tal como lo afirmaba Edith Fiore, podía llegar a haber hasta decenas de entidades en una persona. Confieso que yo estaba bastante perplejo con esto. ¿Cómo era posible que esto sucediera? Resolví la incógnita cuando comprendí que el alma es un campo de energía que puede fragmentarse o disociarse y que un fragmento, por pequeño que sea, contiene toda la información del campo original. La pista final me la dio una entidad que habitaba junto con otras en el plexo solar de un paciente formando una colonia. Al manifestarse en la sesión terapéutica a través del paciente que parasitaba me dijo: Para nosotros, el plexo solar de una persona es como el sistema solar para ustedes. Aquí podemos caber miles sin siquiera tener relación unos con otros. La explicación me pareció coherente con los postulados de la física cuántica, con la evidencia clínica de los pacientes y el hallazgo de partículas intrusas por decenas en las bioelectrografías.

Los síntomas que puede presentar una persona sujeta a una influencia espiritual pueden ser tan variados como los motivos que llevan a un paciente a consultar con un terapeuta. Al fin y al cabo, muchas de las sensaciones que aquejan al consultante en estas condiciones pertenecen al alma perdida que las arrastra de su vida en el cuerpo físico. Veamos pues, sin pretender agotarla, una lista de las manifestaciones clínicas más comunes que una persona puede padecer cuando se encuentra bajo la influencia de almas perdidas o energías extrañas:

 Escuchar voces que hablan dentro de la cabeza o fuera de ella

 Pensamientos extraños y obsesivos

 Trastornos compulsivos

 Obsesiones de todo tipo

 Personalidad múltiple

 Cambios repentinos en la personalidad o en el humor

 Confusión mental

 Falta de voluntad

 Somnolencia fuera de los horarios habituales del sueño

 Cansancio o fatiga crónica

 Dolores o síntomas físicos en ausencia de patología orgánica

 Enfermedades psicosomáticas

 Fobias y miedos

 Ideas de suicidio

 Agresividad repentina

 Conflictos vinculares

 Conflictos afectivos

 Conflictos de pareja

 Trastornos o cambios en la esfera sexual

 Adicciones

 Depresión, angustia o ansiedad

 Obesidad

 Anorexia

 Dificultades que se presentan sistemáticamente al emprender ciertas tareas

Como pueden apreciar, estos son síntomas o trastornos que pueden deberse a otras causas y que no son específicos de la presencia de almas perdidas. No debe sorprendernos que así sea, ya que los síntomas pertenecen, después de todo, a una persona muerta que ahora es un alma perdida. Es el momento de la aparición del síntoma lo que lleva a sospechar que éste puede deberse a la presencia de un alma perdida. Si el síntoma comienza luego del fallecimiento de un familiar o después de una intervención quirúrgica o de un accidente grave o quizás después de la visita a un cementerio existe la posibilidad cierta de que la persona ha sido invadida por una energía intrusa. Si se tratara de una personalidad múltiple o de escuchar voces invisibles que acosan a la persona, yo no dudaría un segundo en sospechar que estoy frente a un caso de influencia o acoso espiritual.

La influencia espiritual se ejerce y se padece independientemente de nuestras creencias. Todos, absolutamente todos, podemos ser objeto y sufrir las consecuencias del accionar de energías intrusas. Recuerdo una anécdota que relata Albert de Rochas en su libro Las vidas sucesivas, allá por el año 1894. En sus investigaciones sobre la regresión de memoria, Rochas se encontró con la manifestación de una entidad espiritual llamada Vincent, en Mireille, uno de sus sujetos de investigación. Vincent manifiesta ser una personalidad diferente de Mireille y le relata a Rochas, entre otras cosas, su encarnación en otro sistema solar. Rochas descree de la existencia real de Vincent, ante lo cual éste le replica: Felizmente sus dudas no me impiden existir. Las almas perdidas son una realidad natural y tanto su existencia como su accionar sobre los seres vivos no dependen de nuestras creencias.

Tipos de almas perdidas

A lo largo de dieciocho años de trabajo terapéutico con la TVP me he encontrado con diversos tipos de entidades. He cotejado mi experiencia con la de otros autores y seguramente todavía hay mucho por descubrir y conocer en este ámbito de la clínica. Sin embargo, aunque la variedad de entidades intrusas que pueden actuar sea incontable existe un patrón de comportamiento común que puede ser reconocido fácilmente. Por su forma de accionar y teniendo en cuenta los efectos de influencia, obsesión y posesión, podemos agrupar a la mayoría de las entidades responsables de estos efectos en dos grandes grupos.

El primer gran grupo está constituido por las almas perdidas propiamente dichas y comprende la mayoría de las entidades que usualmente se encuentran influenciando a las personas vivas. En este grupo tenemos, en primer lugar, a las almas perdidas familiares. Como su nombre lo indica, se trata de miembros de la familia de la persona afectada. En mi casuística terapéutica, hasta aquí sólo se han manifestado hasta el grado de bisabuelo. También consideramos como almas familiares a los amigos y conocidos de la persona a la cual se han adherido.

Dentro de este primer grupo encontramos otras almas perdidas a las cuales yo llamo oportunistas porque aprovechan una circunstancia que les resulta favorable para invadir el aura de una persona con la cual no tienen un vínculo afectivo. Generalmente se trata de seres desconocidos para la persona objeto de su accionar, aunque a veces pueden tener algún grado de conocimiento previo. Incluyo también en este primer grupo a un tipo de seres que por su discurso y forma de accionar pueden ser considerados como ángeles perdidos.

El segundo gran grupo está constituido por entidades denominadas obsesores, llamadas así porque, justamente, son las que provocan los fenómenos de obsesión y posesión. Existen distintos tipos de obsesores; la mayoría son de origen kármico, esto es, tienen un vínculo de vidas anteriores con la persona a la cual están obsesando. Luego están los mistificadores que son impostores espirituales y, finalmente, hay un subgrupo compuesto por entidades oscuras, esclavos e incluso energías psíquicas proyectadas y que yo he agrupado como fuerzas adversas. Se trata de entidades o energías que son enviadas a propósito por una fuerza más poderosa para molestar o interferir a una persona. Por lo general, estas entidades no tienen una relación previa con la persona. Es común que se las considere como entidades oscuras o como los clásicos demonios, pero la verdad es que se trata de verdaderos esclavos. Hacen el trabajo sucio que el ideólogo no se digna hacer.

Los pensamientos y energías psíquicas proyectadas pueden manifestarse a veces como entidades mentales. No tienen una mente independiente; en realidad, son el producto de pensamientos concentrados. Su fuerza y poder son temporarios y dependen de cuánta energía se concentró en ellas por sus creadores.

Finalmente, hay otro grupo, minoritario, compuesto por duendes y gnomos y por personas vivas que, consciente o inconscientemente, pueden ejercer actos de obsesión sobre otras personas. Sé que esto último puede parecer aún más extraño que todo lo dicho anteriormente, pero la verdad es que todo es posible. Si una persona tiene a otra entre ceja y ceja y no cesa de pensar en ella deseándole el mal, pueden ocurrir dos cosas: o bien sus pensamientos pueden llegar como energía proyectada a la persona objeto de su rencor o bien es posible que se desdoble inconscientemente y acose al otro sin siquiera saberlo. Sin ánimo de ofender a nadie, también es posible que una persona que domine el arte de la proyección astral se desprenda de su cuerpo para perseguir, acosar o inclusive seducir a alguien en particular.

Por su parte, los duendes y gnomos, aunque en forma excepcional y más bien traviesa, también pueden ocasionar trastornos a algunas personas.

Si bien hemos establecido una diferencia entre almas perdidas propiamente dichas y obsesores, pronto descubrirán que a veces un alma perdida puede actuar como un obsesor y que al final resulta que también los obsesores están perdidos. Veamos entonces, en resumen, los tres grupos de entidades mencionados:

I) Almas perdidas

– Familiares

– Oportunistas

– Ángeles perdidos

II) Obsesores

– Kármicos

– Mistificadores

– Fuerzas adversas:

Entidades oscuras

Esclavos

Pensamientos y energías psíquicas proyectadas

III) Personas vivas y duendes

En los siguientes capítulos, veremos en acción a las entidades que más comúnmente suelen manifestarse. Antes de entrar en las historias, quiero aclarar que el trabajo de sanación de una persona no termina con el regreso del alma perdida a la Luz. La labor con las almas perdidas se enmarca dentro del trabajo terapéutico global de una persona. Aunque algunas condiciones clínicas pueden mejorar notablemente con la partida del alma perdida, casi siempre es necesario trabajar con las causas que facilitaron la invasión del campo vibratorio de la persona en cuestión, lo que implica trabajar con las experiencias traumáticas no resueltas. Claro que muchas veces existe la tentación de responsabilizar a la energía intrusa por todos los males que se padecen, evitando así asumir la propia responsabilidad.

Una cosa más antes de seguir adelante: si bien hemos hablado de las almas perdidas como un campo de energía para comprender su accionar, no debemos olvidar que se trata de seres que están sufriendo, ya que siguen con sus pesares, dolores, afectos y frustraciones. Cuando dialogamos con un alma perdida no estamos hablando con un campo electromagnético, estamos hablando con un ser viviente y consciente. La base de este trabajo es el amor, la compasión y la piedad. No importa cuánta técnica o conocimiento poseamos, sin estas cualidades, sin una genuina intención solidaria, no podremos ayudar a estos seres que, en la mayoría de los casos, han sido nuestros propios afectos.

* Para más detalles véase: “Cómo se desprende el alma del cuerpo”, en Cabouli, J. L., El viaje del alma, Continente, Buenos Aires, 2006.

Capítulo III
Almas perdidas familiares

La mayoría de las almas perdidas que suelen ejercer actos de influencia sobre las personas vivas son almas de familiares difuntos. Entre las almas perdidas familiares incluimos también a amigos y conocidos, como compañeros de trabajo o de estudio, con los cuales hemos tenido algún tipo de relación o afinidad. La familiaridad en el vínculo favorece que un alma perdida se adhiera primero y luego invada el campo vibratorio o el aura de una persona. Ya hemos dicho que donde hay un vínculo hay cordones energéticos que nos unen con otras personas y que estos cordones no se deshacen con la muerte. Además, es posible que la energía del alma perdida haya invadido el campo vibratorio de la persona incluso antes de morir. Esto es particularmente sencillo cuando se trata de niños que todavía no tienen formado su campo de protección. Consciente o inconscientemente, un adulto puede invadir el campo vibratorio de un niño con mucha facilidad; es suficiente con no respetar al niño en su integridad para hacerlo. Un niño no tiene forma de defenderse de esta invasión. De modo que al morir el adulto, sea quien sea, parte de su energía ya está en el aura del niño, lo cual facilita su adherencia y permanencia. Aquí no hay necesidad de un trauma previo, aunque la invasión psíquica ya es un trauma de por sí.

Un alma perdida familiar puede quedarse, entre otras cosas, porque necesita comunicar algo importante a la familia, porque quiere ver crecer al nieto que no conoció, porque se trata de una mamá que murió joven y quiere cuidar a sus hijos, porque quiere seguir manejando los asuntos o el negocio familiar, porque tiene miedo de que despilfarren su fortuna o por razones egoístas. En ocasiones, es la propia persona quien le pide al alma del difunto que no se vaya. Un niño, al morir su abuelo, puede decirle “abuelito, no te vayas, no me dejes” y una mujer, al morir su amante, puede implorarle “no me abandones ahora, no me dejes sola”. La fuerza psíquica de estos ruegos es tan poderosa que el alma se queda efectivamente acompañando a la persona viva retenida por esos lazos invisibles. Algunas personas saben positivamente que esto es así por cuanto sienten a su lado la presencia del ser querido que ya ha partido.

Una señal de que un alma perdida familiar se ha quedado aquí, en el plano físico, es cuando una persona se enferma o presenta los mismos síntomas que tenía el difunto luego de la muerte de éste. Si un niño, en perfecto estado de salud, desarrolla asma o espasmos bronquiales luego de la partida de su abuela asmática, es casi seguro de que ello se debe a la presencia efectiva de la abuela en el campo vibratorio del niño.

Recuerdo el caso de una mujer joven que me consultara inicialmente por su temor a rendir exámenes. En una de las sesiones, me comentó una fobia particular que tenía y que no estaba relacionada con el motivo de consulta original. Esta mujer no podía permanecer en un baño con la puerta cerrada. Apenas ingresaba al baño la acometía una profunda angustia, se sofocaba y tenía una sensación de muerte inminente. Cuando se encontraba en su casa, tomaba duchas rápidas y siempre dejaba la puerta abierta. Esta fobia se convertía en un trastorno serio cuando se encontraba en lugares públicos. En la universidad, lo solucionaba pidiéndole a alguna de sus amigas que custodiara la puerta abierta mientras ella ingresaba al baño. ¿Cuándo comenzó la fobia? Cinco años antes de consultarme, luego del fallecimiento de una tía. ¿Cómo falleció la tía? De un ataque cardíaco mientras se duchaba. La tía fallecida se quedó con su sobrina y ésta experimentaba la angustia, el sofoco y el ahogo que el alma de la tía revivía cada vez que la paciente ingresaba al baño. Luego de la sesión en la cual la tía se retiró para ir a la Luz, desapareció la fobia en la paciente.

Seguidamente, comenzaremos con las historias, donde veremos en acción a algunas almas perdidas. Presten atención al relato de estos seres porque aquí conocerán por sus propios dichos los motivos que tienen para quedarse, sabrán de las vicisitudes por las cuales suelen pasar, como así también tendrán una descripción detallada de la forma como influencian en la vida de las personas. Aprenderán, además, cómo es la vivencia íntima del proceso intrínseco de la muerte, algo que desde la posición de observador exterior es imposible imaginar o entrever.

Un abuelo ucraniano

Raquel (37), médica, era una de las participantes del segundo curso de formación en TVP en Buenos Aires. Una mañana, Raquel llegó a clase con una extraña sensación de angustia difícil de describir. Todavía no habíamos tocado el tema de las almas perdidas, de modo que, con mucha cautela, le pregunté cómo era esta angustia que experimentaba. Raquel definió esta angustia como una fuerza que la envolvía. Con la sospecha de que se trataba de la presencia de un alma perdida, procedí entonces a guiarla utilizando la técnica de los dedos que aprendiera de Edith Fiore.

Miércoles 21 de julio de 1993

Terapeuta: Muy bien, Raquel. Ahora, yo le preguntaré a tu inconsciente si hay alguna energía que esté influyendo en tu vida en este momento y tu inconsciente me contestará utilizando los dedos de tu mano derecha. Si hay alguien allí influyendo en tu vida se levantará el dedo pulgar de tu mano derecha, de lo contrario lo hará el dedo índice. Ahora, yo le pregunto a tu inconsciente, ¿hay allí alguna fuerza o energía que esté influyendo en tu vida? ¿Sí o no?

Raquel: (Levanta el dedo pulgar derecho).

T: Muy bien, ahora le preguntaré a tu inconsciente si hay una o más de una energía. Si es una sola energía se levantará el dedo pulgar derecho; si son más de una el dedo índice se levantará. ¿Es una o más de una?

R: (Levanta el dedo índice).

T: Muy bien. Tu inconsciente dice que hay más de una entidad o energía. Ahora, yo preguntaré si alguna de estas energías está dispuesta a hablar. Si es así, se levantará el dedo pulgar derecho. ¿Hay alguien allí que esté dispuesto a hablar?

R: (Contesta afirmativamente).

T: Muy bien; entonces, Raquel, le darás permiso a esta energía o a este ser para que pueda dialogar conmigo utilizando tus cuerdas vocales y tu voz y, mientras tanto, vos permanecerás en forma pasiva sin intervenir, permitiendo así que esta entidad se manifieste libremente por medio de tu voz. Yo quiero decirle a este ser, quienquiera que sea, que es bienvenido y que aquí no hay nada que temer. Yo no estoy aquí ni para criticar ni para censurar, estoy aquí para ayudar. Ahora Raquel te da permiso para que puedas manifestarte libremente. Adelante, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Qué te está pasando? (Esta es la forma como me dirijo habitualmente al iniciar el trabajo con almas perdidas.)

Alma perdida: La estoy cuidando, tengo miedo de hablar —con voz grave y con acento de inmigrante europeo oriental.

T: Mirá, aquí no hay nada que temer. Me imagino que hace mucho que no hablás con alguien.

AP: Sí, hace mucho que no hablo, como dieciocho años... Antes hablaba con ella.

T: ¿Cuándo hablaste con Raquel?

AP: Un día que tuve que gritar. Ella se arriesgaba. Era una marcha y había mucha gente. Raquel fue allí y, de pronto, la gente empezó a correr y tiraban tiros y entonces yo grité “¡Cuidado!” y ella se tiró al suelo y así la salvé.

T: Muy bien, ¿cuál es tu nombre?

AP: Samuel.

T: ¿Y qué pasó con vos, Samuel?

Samuel: Yo vivía en Santiago del Estero, en Icaño. ¡Cómo quería a ese pueblo! Es hermoso, vos tendrías que conocerlo.

T: ¿Y qué hacías en Icaño?

S: Yo vine acá cuando tenía cinco años, vine de Ucrania. Escapábamos porque éramos judíos y nos perseguían. Vinimos acá y, yo soy el hermano mayor, entonces acá pusimos un boliche y yo atiendo el boliche. Mi mamá no habla nada de castellano; aprendió quichua y entonces habla ruso y quichua. Y mi papá tampoco habla. (Se expresa alternativamente en modo pasado y en presente.)

T: Muy bien, adelante.

S: Allá teníamos una curtiembre; curtíamos pieles, pero acá nadie quiere hacer eso. Acá trabajamos en este boliche y después progresamos. Yo estudio solo y estudio mucho y después hay que mandar mis hermanos a estudiar y entonces yo no puedo ir porque alguno tiene que trabajar. Entonces después, ponemos fiambrería. Yo trabajo con mi hermano Rubén y mis otros dos hermanos son abogados. Rebeca estudió odontología. Entonces yo mando mis hijos a estudiar y yo trabajo acá, en la fiambrería. Yo estudio farmacia, pero estudio solo y estoy casado con Esther. (A medida que va transcurriendo el diálogo se hace más evidente su acento ucraniano mientras que, normalmente, Raquel habla con acento totalmente argentino.)

T: ¿Y cómo es que la conocés a Raquel?

S: Ella es hija de Uriel y Uriel es mi hijo. ¿Cómo no la voy a conocer? (Obvio, pero yo no tenía ni idea de quién se trataba y Raquel en ningún momento mencionó a su abuelo.)

T: ¿Y qué fue lo que pasó con vos?

S: Yo sufría del corazón; no podía caminar ni hacer cosas y, ¿cómo voy a dejar de caminar? Yo seguí caminando y seguí trabajando y entonces ponía la pastillita debajo de la lengua y entonces ya está. Y, entonces, voy caminando desde mi casa y voy a lo de Jacobo y entonces, cuando llego a la casa de Jacobo, siento dolor en el pecho otra vez. Me pongo la pastillita, pero no me puedo sostener...

T: ¿Y entonces? Fijáte qué pasó.

S: Me caigo, está Jacobo y la pastilla... ¡no sé qué le pasa!

T: ¿Y entonces? Fijate qué pasa con vos, qué pasa con tu cuerpo.

S: Y estoy ahí en el piso y estoy por arriba de todos. ¡Uy, Dios mío! Y digo “idiota, levantate, idiota” y no me levanto. Y estoy ahí... y todos lloran y gritan y yo digo “idiota, levantate”, pero no me puedo meter otra vez en el cuerpo. (Vean qué descripción precisa y sencilla que hace del desprendimiento de su alma. Todo ocurre en un instante.)

T: Y entonces, ¿qué hacés?

S: Entonces empiezo a correr y no puedo correr. Es como si volara y voy a ver a Esther, pero ella no me escucha. Yo le digo “¡Esther, Esthercita!”, pero ella no me escucha y no sé qué pasa ahí. Entonces vuelvo a la casa de Jacobo, pero no puedo hacer nada, nadie me escucha. Yo les digo que estoy acá, pero no puedo hacer nada. No puede ser, no puede ser.

T: Y entonces, ¿qué hacés ahí?

S: Y ahí estoy... doy vueltas y camino y... voy de acá para allá. Y me lavan el cuerpo y me peinan y yo la veo a Esther que elige un traje para ponérmelo. Es un traje negro que no uso desde hace mucho; es incómodo, no me va a andar bien. Me cortan las uñas y me ponen ese traje y después viene otro y me saca el traje y me pone como un camisón blanco y me meten en un cajón y estamos ahí. Después llevan el cajón a Colonia Dora porque aquí en Icaño no hay cementerio para judíos. Entonces, vamos a Colonia Dora y yo, ¿qué voy a hacer? Y no tengo dónde meterme. Entonces, Esther se va para Córdoba después, porque yo estoy aquí, pero no me escucha y yo no puedo hablar y nadie me escucha y, entonces, ella se va para Córdoba y yo me voy también. Y yo no sé qué tengo que hacer acá. Me parece que no sería mi tiempo, pero, ¿qué voy a hacer? ¿Me voy a quedar ahí, mirando el cajón?

T: Y entonces, ¿qué hacés?

S: Y entonces siento que ella me llama.

T: ¿Quién te llama?

S: Raquel me llama. Yo estaba como volando, así, y ella me llama y veo que ella llora y que me necesita. Ella dice “abuelo, te necesito” y me pregunta cosas y yo le contesto.

T: ¿Cómo le contestás?

S: Y, yo le contesto y ella me escucha. Es la única que me escucha, mirá vos, ¿quién iba a decir? ¿Quién iba a decir que ella me iba a escuchar?

T: ¿Y entonces?

S: Entonces, como ella dice que me necesita, yo me quedo con ella. (Así de simple) Algo tengo que encontrar para hacer... Entonces, estudiamos juntos y aprendí muchas cosas, estudiamos medicina y ella hace lo que a mí me gusta.

T: Muy bien. Ahora me gustaría explicarte algo, ¿sabés? Se trata de algo que tal vez nunca te dijeron, pero en la cabalá judía también se habla de esto. ¿Vos sabés hebreo?

S: Yo sé yídish.

T: Vos sabés que los maestros de la cabalá explican que el alma no muere nunca, sino que lo que muere es el cuerpo.

S: ¡Y miráme a mí!

T: Eso es, tu cuerpo se murió, pero tu alma sigue viviendo. Ahora, cuando el alma deja el cuerpo, tiene que entrar en el mundo de la luz, en el mundo de los espíritus.

S: ¡Eso es todo mentira!

T: Mirá, hay una palabra en hebreo, nilgul neshamot, que quiere decir “las ruedas del alma”. Eso significa que el alma va de vida en vida girando como una rueda. Luego de dejar un cuerpo el alma regresa al mundo de la Luz. El cuerpo es como un traje que, cuando se pone viejo, se tira y se compra otro. Al dejar el cuerpo, lo correcto es que el alma entre en el mundo de la Luz para que luego vuelva a nacer del vientre de una madre en un cuerpo nuevo. Lo que pasó es que, cuando te moriste, no te diste cuenta de lo que estaba pasando.

S: Yo sí me di cuenta, pero no podía volver, ¿qué querés?

T: No podías volver porque tu cuerpo estaba muerto y, en vez de ir hacia la Luz...

S: Si yo le decía: idiota, te vas a morir.

T: Claro y, en lugar de ir al mundo de las almas, te quedaste en la tierra y, al quedarte con Raquel, estás influyendo en su vida porque es como si estuvieran los dos en un mismo cuerpo. Cuando vos dejaste tu cuerpo, te estaban esperando seres luminosos para llevarte al mundo de la Luz. Lo que pasa es que, en el medio de la confusión, no los pudiste ver. Ahora, vamos a hacer un ejercicio de memoria. Quiero que vuelvas un instante antes del ataque al corazón y quiero que prestes atención cómo es que dejás ese cuerpo. Cuento hasta tres y volvé a ese momento. Uno... dos... tres. Fijáte, ¿cómo te viene el ataque?

S: Estoy muy apurado y entro en la casa de Jacobo y paso un zaguán y lo busco a Jacobo porque necesito gas. Entonces le digo “Jacobito, necesito gas” y, entonces, siento un dolor fuerte, acá, en el pecho. Busco la pastilla, ¡otra vez esta mierda! Y me caigo y no me puse la pastilla. Entonces viene Sara corriendo y grita y viene Jacobo y él me pone la pastilla.

T: Y entonces, ¿qué pasa?

S: La pastilla queda entera... y me empiezo a salir... y salí arriba... y me digo “idiota, idiota, te vas a morir”. A Sara, le digo que no llore y que no grite, pero ni me escucha. Agarro a Jacobo de los hombros y lo sacudo, pero no me siente.

T: Eso es, ahora, quiero que prestes atención y que mires a tu alrededor porque, al dejar el cuerpo, podés ver el mundo de las almas. Ahora, tu vista puede ver lo que no podías ver antes. Vas a ver una luz y, prestá atención porque, en ese momento, te estaban esperando.

S: Sí, hay una luz y hay unos tipos ahí. ¡Mirá vos! Yo creí que eso no era para judíos.

T: ¿Cómo es eso?

S: El tipo ese tiene una cosa en el cuello, parece un cura y entonces yo dije: no es para judíos. (¿Qué les parece?)

T: ¿Y qué te dice ese ser?

S: ¡Mirá vos! Ahí viene mi mamá también y me dice: “Vení, Samuelito.”. Ella está ahí y también está Rubén y hay un montón, otros. ¡Y yo creí que eso no era para judíos, mirá!

T: ¿Sabés por qué? Porque la religión es de los hombres, pero para Dios todos somos iguales; no existe la división en el mundo de Dios, por eso te están esperando ahí.

S: Y me da mucha pena dejarla a Esther. ¡Ahhh!

T: Yo te entiendo, ya te vas a encontrar con Esther.

S: ¿Vos creés?

T: Sí, señor. Cuando llegue el momento te vas a reunir con Esther y podrás ayudarla. Ahora fijate, ¿qué te dice tu mamá?

S: Que tengo que ir ahí.

T: ¿Y no estás contento de volver a ver a tu mamá?

S: Sí, la verdad que me da alegría volverla a ver.

T: ¿No tenés ganas de abrazarla?

S: Sí, pero si la abrazo no voy a poder volver. ¡Ay, qué cosa! (¿Vieron? El alma sabe perfectamente lo que va a pasar. Si el alma perdida se abraza al familiar que lo viene a buscar, el trabajo ya está logrado.)

T: Yo te voy a ayudar ahora porque es la evolución natural que vos vuelvas al reino de Dios.

S: ¡Pero acá hay tanta gente que me necesita! Yo ayudaba tanto a la gente del pueblo... Hay mucha gente pobre acá. Yo le decía siempre a Uriel “traéme ropa y libros usados” y yo seleccionaba la ropa y le daba a la gente. ¿Quién va a hacer eso ahora? ¡Y esa chica! ¿Quién va a cuidar ahora? ¡Pobre!

T: Ella está aprendiendo a cuidarse sola y es muy importante que cada uno haga su propia experiencia. Vos no podés estudiar por ella, no podés dar los exámenes por ella. Yo te aseguro que todo va a salir bien.

S: ¿Y ella también va a poder venir después?

T: Todos vamos a ir allí porque ese es nuestro verdadero hogar y nuestro verdadero mundo. Escuchala a tu mamá que seguramente tiene algo para decirte. ¿Qué te dice tu mamá?

S: Ella quiere que vaya. Me dice que viví bien y que me morí mal. La voy a ir a abrazar.

T: Eso es, no tengas temor. Abrazate con tu mamá que todo va a salir bien.

S: “Quedate tranquila, Raquelcita. Desde donde yo esté te voy a ayudar.”

T: Eso es, andá con tu mamá que hace mucho tiempo que te está esperando. En la Luz tu fuerza será mayor y podrás ayudar a Raquel con la asistencia de Dios.

S: Necesito descansar mucho.

T: Eso es y... Fijate una cosa, ¿hay alguien más allí que esté con Raquel?

S: ¿Ahí dentro? Sí.

T: Muy bien, peguntale si se quiere ir con vos.

S: No sé, no habla. El cura ese le da la mano.

T: Ayudalo para que se vaya con el cura.

S: Bueno, que se vaya con el cura, conmigo no. Ése, ni siquiera es pariente. Me parece que me vio a mí y entonces se vino y yo no lo escuché en todo el tiempo porque a mí no me gustan los borrachines. ¿Sabés que aquí mucha gente fue y vino varias veces? Es como si Raquel los llamara. Yo nunca estuve de acuerdo con eso.

T: Ajá, y fijate, ¿qué cosa facilita eso en Raquel?

S: Y, ella es muy buena y tiene lástima de todos y, entonces, ella siente algo y va y viene y otros se cuelgan de ella. Acá hubo varios que estuvieron y van y vienen y la Laura también va y viene. Pero la Laura, ¡pobre!, está tan mal ella... (Así de fácil, en forma inconsciente, es como muchas energías extrañas se pegan a una persona.)

T: ¿Quién es Laura?

S: La Laura es la mamá de Raquel. Ella está mal, ella no se puede hacer nada; nunca se pudo hacer nada con la Laura. (Hasta aquí yo no sabía nada de la mamá de Raquel.)

T: Quedate tranquilo que yo la voy a ayudar, ¿sí?

S: Bueno, encargate vos.

T: Yo me voy a encargar de eso. Vos hiciste un gran trabajo hoy. El mérito es doble porque ayudaste a ese otro ser que también estaba perdido...

S: Y también hay otra chica, es una nena chiquitita. Ésa, ni yo sé de dónde salió. Acá, nosotros la vamos a cuidar.

T: Muy bien, te felicito. Realmente has hecho un gran trabajo. Ahora, andá con tu mamá...

S: Y con Rubén. Mi papá ya no está, mirá vos. Dijo mi mamá que ya se fue. Lástima, me perdí de verlo.

T: Ya lo vas a volver a encontrar. ¿Estás listo para partir?

S: Sí.

T: Que Dios te bendiga y que encuentres toda la paz, el amor y la luz del Padre Creador.

S: A vos también. Gracias.

T: Chau.

***

Como podrán comprobar, dentro de las almas perdidas familiares los abuelos son mayoría. Tal como lo habíamos anticipado, aquí fue Raquel quien le pidió a su abuelo que se quedara con ella.

Me parece muy valiosa la descripción que Samuel hace del momento de su propia muerte. Sorprende la sencillez con la que se produce la salida del cuerpo como consecuencia de lo que parece haber sido un infarto y la inmediata imposibilidad de volver a aquél. Considero importante este punto porque el testimonio de las almas perdidas puede ayudarnos a terminar con el temor a la muerte. Es interesante también con qué detalle Samuel describe los pormenores de los sucesos inmediatos a su muerte; la preparación y el lavado de su cuerpo y la colocación de la mortaja. Es bueno tener en cuenta estos detalles porque no debemos olvidar que, aunque el cuerpo esté muerto, el alma del difunto todavía puede estar allí observando cómo se desarrollan los acontecimientos.

El otro aspecto a resaltar aquí es cómo Samuel describe la desorientación de los primeros momentos luego de su muerte, cuando se da cuenta de que él puede ver y escuchar a todos, pero nadie lo ve ni lo escucha ni lo siente, a pesar de sus esfuerzos. Esta situación es la que sorprende, desorienta y shockea a la mayoría de las almas perdidas: no entender lo que está sucediendo. Observen también de qué manera pueden afectarnos las creencias en el momento de la muerte. La sorpresa de Samuel cuando se da cuenta de que lo habían venido a buscar, pero como él creía que eso no era para judíos, entonces no quiso irse, sobre todo porque había un cura. Esta es una clara evidencia de que la Luz no hace diferencias.

Finalmente, Samuel nos advierte de la presencia de otros seres dentro del aura de Raquel y de qué manera ella misma facilitaba con su permisividad que la invadieran otras almas.

***

Laura, la mamá de Raquel, se manifestó un par de semanas más tarde. Samuel dijo que no se podía hacer nada con Laura, ¿recuerdan? No fue fácil convencer a Laura para que regresara a la Luz. La mamá de Raquel tuvo varias internaciones psiquiátricas y se suicidó después de que muriera Pablo, el hermano de Raquel. Después de que yo diera la clase sobre almas perdidas, Raquel reveló que sentía que su mamá estaba con ella y que también hablaba con ella. No sólo eso; Raquel conservaba una camiseta de su mamá. De vez en cuando, Raquel se ponía la camiseta de su mamá al tiempo que decía: Laura, vamos a pasear.

—El otro día —agregó Raquel—, cuando vos hablabas de todo esto (almas perdidas), escuché que ella me decía: Y vos te callás la boca y no decís que estoy acá.

El trabajo con la mamá de Raquel ocurrió inesperadamente mientras estábamos en clase y no quedó registrado. Durante la sesión, Laura dijo:

—Pablo quería que me fuera con él y yo me quería ir con él. Entonces me pegué el tiro, pero a Pablo no lo vi nunca más.

¿Cuántos suicidios pueden ocurrir de esta manera? No fue esta la única vez que asistí a algo así. Fue bastante trabajoso convencer a Laura para que regresara a la Luz; la verdad es que se resistía a hacerlo. Finalmente se fue luego de recitar el Shemá* Fue muy dramático el regreso de Raquel a su consciencia habitual.

—Tengo una sensación de vacío —dijo Raquel luego de la partida del alma de su mamá—. Se me hicieron claras tantas cosas... Me di cuenta de que me la cargué a mi mamá cuando la estaban velando; ahí se me pegó. Ella salió por el agujero del tiro y se me pegó. Ahora siento que ella ya no está.

De improviso, Raquel rompió a llorar desconsoladamente y, al preguntarle por qué lloraba, me contestó:

—Es que ahora sí se murió mi mamá.

Como corolario del trabajo con su abuelo, Raquel contó que ella sentía atracción por las mujeres. Después de que se fue su abuelo desapareció la angustia y la atracción por las mujeres, lo cual sugiere que esta atracción que Raquel sentía no era genuinamente de ella sino que eran las apetencias de su abuelo. Volveremos a encontrarnos con Raquel en el capítulo siguiente.

Un abuelo machista

Salvador (36) me consultó inicialmente por una gran tristeza que comenzó con la muerte de su madre, acaecida diez meses antes de la primera entrevista. “La tristeza me voltea —decía Salvador—. Estoy ido de mi cabeza. No quisiera vivir más”. Sentía que era el hijo, el padre y el esposo de su madre al mismo tiempo. Experimentaba además un gran odio hacia su padre. “Quisiera vengarme de lo que le hizo a mi madre. Quiero hacer justicia” —concluyó Salvador.

Trabajamos mucho con todo este material durante cuatro o cinco meses con la TVP, con una frecuencia al principio semanal y luego quincenal. Una tarde, Salvador entró al consultorio muy contrariado. “Estoy cargado de agresividad —me dijo—, le quiero pegar a mi señora. No tolero ni el chirrido de los frenos del auto. Le pego a la pared, no me puedo controlar. Es como si dentro de mí hubiera algo que va a estallar. Me tengo que tomar dos o tres Valium para que me dope. Es algo más fuerte que yo”.

Ya habíamos trabajado con almas perdidas con Salvador, así que no era extraño que todavía quedara alguna entidad. De modo que le pregunté:

— Esta agresividad que sentís, Salvador, ¿es algo tuyo o es algo prestado?

— No, yo creo que tengo otro espíritu. Para mí es como que ahora que se fueron los otros, éste se está agrandando. Es como que ahora tiene más campo de acción, tiene más control.

— Y si supieras, ¿quién creés que podría ser?

—Es el espíritu de mi abuelo —sin hesitar—, el padre de mi mamá. Era un loco, le pegaba a la esposa. Esto que siento ahora comenzó después de que escuché en la radio que un muchacho le pegó tres tiros a la novia porque ésta lo dejó debido a que él le pegaba.

Con esta aseveración di por sentado que el abuelo de Salvador estaba allí, de modo que sin más trámites comencé a trabajar con él.

Lunes 4 de octubre de 1993

Terapeuta: Bueno, ¿tenés ganas de hablar un poquito?

Abuelo: ¡No! —con voz seca y cortante.

T: Y... ¿cuánto hace que no tenés la oportunidad de hablar así con alguien que te escuche?

A: ¡Treinta y cuatro años! —con voz estentórea.

T: Entonces, podrías aprovechar esta oportunidad.

A: ¡Dejame tranquilo! —enojado—. Acá, con este chico, yo estoy bien. Es mi nieto, dejame tranquilo.

T: Decime una cosa, ¿vos te das cuenta de que estás perturbando la vida de tu nieto?

A: ¡Dejame tranquilo! Yo estoy con él y no lo voy a dejar dormir. Estoy dentro de la cabeza de él, estoy dentro de sus pensamientos, estoy dentro de todo. ¡Dejame tranquilo!

T: Bueno, yo te voy a dejar tranquilo, pero dejame que te haga una pregunta, ¿sos feliz así?

A: ¡No me interesa! —remarcando con énfasis cada sílaba.

T: Pero, che, ¡qué carácter! No parece que fueras abuelo de Salvador...

A: ¡Dejame tranquilo porque te saco a trompada limpia de acá dentro!

T: Bueno, disculpame, a mí me gustaría que pudiésemos charlar un rato. ¿Qué perderías con charlar un poco? Hace treinta y cuatro años que no hablás con nadie...

A: ¿Vos sos médico? —interrumpiéndome.

T: Sííí.

A: A mí me mató un médico, así que ¡callate la boca y mandate mudar de acá! (¡Justo cuando yo creía haber encontrado un punto para hacer buenas migas!)

T: Ahora entiendo, me imagino que debés de tenerles mucha bronca a los médicos. Contame un poco, ¿qué te hizo ese médico?

A: ¡Me mataron! ¡Basta! ¡Me mataron! ¡Me hicieron sufrir como a un perro!

T: ¿Qué fue lo que te hicieron?

A: Me abrieron todos los intestinos, el hígado... yo no sabía lo que tenía.

T: ¿Y qué era lo que tenías?

A: No sabían, no sé de qué me morí. En aquel entonces a cualquiera le decían que se moría del corazón. Al final me morí y no sé de qué me he muerto. ¡Ese médico me mató!

T: ¿Y si yo te ayudara a descubrir qué fue lo que te pasó, qué fue lo que tenías?

A: Dejame tranquilo porque a mí, los médicos, me volvieron loco.

T: Mirá, yo soy un médico diferente. Yo trabajo con el alma de las personas. Comprendo tu enojo y tus razones para tenerle bronca a los médicos, pero quizás, juntos podríamos ver qué fue lo que pasó en realidad. Yo te propongo hacer un ejercicio de memoria.

A: ¿Para qué me va a servir eso?

T: Para que abras los ojos a la luz. Cuando murió tu cuerpo, lo que se murió fue tu cuerpo, pero tu alma no murió porque el alma no muere nunca. El alma viene varias veces a la Tierra y encarna en un cuerpo diferente. Cada vez que un cuerpo de esos se moría, tu alma se elevaba al mundo de los espíritus donde descansaba por un tiempo y, después, volvía a nacer para iniciar una nueva experiencia. Esto es lo que hacen todas las almas...

A: La religión no dice lo mismo —interrumpiéndome.

T: Ya sé que la religión no dice lo mismo.

A: ¿Como los médicos? Engrupen.

T: No lo sé, pero yo te puedo asegurar que el mundo de los espíritus existe. La prueba está que tu cuerpo se murió y vos estás acá, pegado a tu nieto, sólo que eso no es lo normal. Lo normal es que vos entres en el mundo de la Luz y, allí, Dios te dará una nueva mamá y volverás a nacer con un cuerpo tuyo con el cual harás la experiencia que vos quieras hacer. Ahora, contaré hasta tres y retrocederás a tus últimos momentos en ese cuerpo que tenías antes de morir. Uno... dos... tres. Contame, ¿qué le está pasando a tu cuerpo?

A: Estoy en una cama... tengo puestas sondas por todos lados... ¿te das cuenta? Tengo mangueras y tubos plásticos por todo el cuerpo. Se me está reventando el hígado.

T: ¿Y qué está pasando que se está reventando el hígado? Fijate, ahora lo podés saber.

A: Tengo un cáncer del cerebro al hígado. Lo tengo dentro de la cabeza. Parece que me agarró como una embolia, como un derrame. ¡Este dolor me hace volver loco! Viene la enfermera para hacerme análisis. ¡Para qué mierda me quieren hacer análisis si yo ya me voy a morir! ¿Me querés decir? ¡Para sacarme plata, nada más! Para practicar con mi cuerpo, para hacerme sufrir. Para otra cosa no va a servir esto. ¡Se me revientan los sesos!

T: Dejá salir todo eso para terminar con esa energía. Seguí. Fijate qué pasa.

A: Estoy como tres días agonizando, eso pasa. Estoy respirando al pedo. ¿Para qué sirve? ¿Me querés decir? Se sufre como un caballo. Viene una enfermera, viene otra... Viene un tipo vestido de blanco, otro vestido de verde... Me llevan de un lado para otro, ¿para qué mierda? ¡Pfff! ¡Pfff! —resoplando.

T: Tenés razón, seguí.

A: ¡Ya me tienen podrido, estos tipos! ¡La puta que los parió! Ahora me van a sacar algo en la cabeza... una radiografía, ¡qué sé yo! ¿Para qué mierda sirve todo esto, me querés decir? Empiezo a vomitar, a toser, se me acaba el aire, me estalla la cabeza... Sí, se me acaba el aire... —en un hilo de voz.

T: Seguí.

A: Se me revienta el hígado... me sale sangre por la boca... Siento un estallido en la cabeza. (Cada vez le cuesta más hablar.) ¡Paf! Se me rompió una vena en la cabeza. No puedo hablar más... Ahora me quieren poner una goma en la nariz, ¿para qué mierda? ¡Si ya estoy muerto! ¿Para qué esta goma? Por esa goma me mandan un líquido, parece una manguera...

T: Eso es, seguí.

A: ¿Para qué mierda quiero esta manguera acá? ¡Pfff! Dicen que voy a vivir con esto... Es una pérdida de tiempo... Parece que me tocaron un nervio en la cabeza. No veo bien del ojo izquierdo. Sí, me tocaron un nervio en la cabeza, se me hizo oscuro... Me hacen como un lavaje con una jeringa en la nariz... Me sacan sangre...

T: Seguí.

A: Sí, me sacan sangre, ¿no ves? ¡Qué dolor! ¿Para qué sirve todo esto? ¡Qué hijo de puta el tipo este! ¡Tengo una sonda acá en el estómago! ¡Para qué mierda! ¡Yo estoy muerto ya! ¡Ahora traen un aparato más! Me lo ponen en la nariz, como una respiración... ¡Pfff! ¡No se puede vivir así!

T: Seguí avanzando y andá al momento en que se produce la muerte de tu cuerpo.

A: ¡Esto es muy lento! Más vale que me peguen un tiro y listo. ¡Que me peguen un tiro, si no, me lo pego yo! Dame un revólver que me lo pego yo el tiro. Ya no quiero vivir más, total, vivir así... ¿Para qué sirve?

T: Andá al momento en que dejás ese cuerpo.

A: Lo dejo muy despacio. Sí, se está por morir ya.

T: ¿Y dónde estás vos cuando se está por morir el cuerpo?

A: Mi alma es muy baja, está baja mi alma. Como yo no creo mucho en los curas, no creo mucho en la iglesia, mi alma está muy baja. (Vean qué definición.) Estoy acá, en una habitación.

T: ¿Qué pensás cuando ves tu cuerpo ahí?

A: ¿Para qué mierda lo hicieron sufrir tanto? ¡Hijo de mil puta! ¡Si lo agarro a ese tipo, lo mato! Están experimentando conmigo, probando qué cañito va mejor.

T: Tenés razón. Y fijate, tu cuerpo, ¿ya está muerto?

A: Ya está muerto.

T: ¿Y dónde estás cuando tu cuerpo está muerto?

A: Estoy en un rincón de la habitación. Me quedo quieto acá y ya no sufro porque ya me fui.

T: Eso es y entonces, ¿qué hacés?

A: Me quedo hasta que venga mi hija y me le pego a ella.

T: ¿Y qué cosa te lleva a hacer eso?

A: Y, que me quiero quedar acá, soy joven todavía. No me quiero ir.

T: ¿Y en qué momento te pegás a tu nieto?

A: Cuando mi hija lo tiene a upa y le está dando el pecho. Ahí me pasé a él. (¿Qué tal?)

T: ¿Y qué cosa te lleva a pasarte a él?

A: Y, que él era chiquito y entonces iba a durar mucho tiempo. Yo iba a vivir mucho estando con él, porque si me subía arriba de un viejo me iba a morir de nuevo. (Tiene su lógica, ¿no?) En cambio, él era nuevito y además es varón. Yo puedo indicarle lo que yo quiero que haga. Desde acá lo dirijo bastante.

T: ¿Cómo lo dirigís?

A: Le hablo a la mente de él, a su conciencia. Le digo todo lo que tiene que hacer, que no se tiene que dejar llevar por delante por nadie, que tenga sus propias leyes. (Así se interfiere a una persona. Como esto comenzó de muy niño, Salvador creció sin saber que tenía una conciencia paralela.)

T: Ahora quiero que vuelvas, sólo por un instante, al momento en que dejás tu cuerpo. Andá una vez más a ese momento. Prestá atención porque, en ese momento, había alguien allí que te estaba esperando y que te vino a buscar.

A: ¡Ah, sí! Pero yo, ¡ni loco me quiero morir!

T: Sí, ya sé, pero fijate bien, cuando estás ahí en el rincón de la habitación, debe de haber una luz suave que te viene a buscar. Contame, ¿quién te está esperando allí para ayudarte?

A: Sí, mi mamá, pero yo no quiero saber nada.

T: ¿Y qué pasa que no querés saber nada con tu mamá?

A: Ya te dije, me quiero seguir quedando acá.

T: Bueno, pero ya te quedaste treinta y cuatro años más...

A: ¡No! Yo me quiero quedar acá.

T: ¿Y qué te dice tu mamá?

A: Que me tengo que ir, pero que si me quiero quedar que haga lo que yo quiera.

T: Sí, pero mirá todas las dificultades que le provoca a tu nieto el hecho de que vos estés dentro de sus pensamientos: los problemas que tiene con sus hijos, esta agresividad que no puede controlar y que le dan ganas de pegarle a su mujer. ¿Cómo te sentirías si alguien hiciera con vos lo mismo que vos estás haciendo con tu nieto? Durante treinta y cuatro años has estado perturbando la vida de Salvador. ¿No te parece que ya es hora de que Salvador viva por sí mismo y tenga una vida plena y feliz? ¿No te parece que ya es hora de que vos entres en la Luz y que comiences una nueva vida?

A: Acá estoy fenómeno, pegado arriba de mi nieto. Estoy viviendo acá. ¡Estoy fenomenal! (Observen que dice pegado, adherido, y no dentro del cuerpo de su nieto.)

T: Sí, pero fijate todos los conflictos que esto ocasiona en la vida de Salvador...

A: ¡Ni se da cuenta! (Tal cual.)

T: Bueno, yo ya te expliqué todo lo que está pasando y cómo es la evolución del espíritu.

A: ¿Quién me garantiza todo eso?

T: Dios te lo garantiza. En el instante en que vos entres en la Luz, se terminarán para siempre todos tus sufrimientos porque eso pertenece al cuerpo. No quiero presionarte, simplemente te propongo hacer una prueba para que te asomes al reino de la luz y puedas decidir por vos mismo.

A: ¿Ahora la Luz?

T: Sí. A vos te corresponde estar en la Luz. A Dios no le interesa lo que hayas creído o pensado mientras estabas en la Tierra. Lo que Dios espera de sus hijos es que vuelvan a Él. Fijáte bien.

A: ¿Adónde tengo que mirar?

T: Mirá hacia el espacio que llegará una pequeña lucecita que poco a poco se irá haciendo cada vez más brillante. Esa luz te señalará un camino y, por ese camino, van a descender los ángeles guardianes que te protegerán.

A: ¿Estás seguro de que no me van a hacer sufrir como estos hijos de puta de acá, no? (Este es el temor presente en la mayoría de las almas perdidas.)

T: Jamás, al contrario, te cuidarán, te atenderán y sanarán todo ese sufrimiento que has padecido. Allí hay seres de luz que se ocupan de los seres sufrientes como vos y, en cuanto entres en la Luz, verás cómo estos seres te cuidarán con un amor que nunca antes has tenido. Tené confianza, hacé la prueba.

A: ¡Ajá! ¿Y si después yo quiero volver de nuevo al cuerpo de mi nieto? ¿Cómo hago? ¿Puedo volver de vuelta para atrás o no? (Alma perdida, sí; tonto, no.)

T: Eso depende de vos. Yo voy a pedir por vos. “Humildemente, Señor, te pido en este día que envíes a tus ángeles protectores para que vengan a buscar al abuelo de Salvador. Hazle llegar tu infinita luz para que pueda ver tu camino. Que tu amor se derrame sobre...”

A: Mirá que yo primero me mato antes de meterme ahí, ¿eh?

T: Tranquilo, no te podés matar si ya estás muerto.

A: Sí, pero si me hacen sufrir de vuelta prefiero volver y matarme, ¿eh?

T: Nooo, nada que ver.

A: ¿Cómo que no? Le digo a mi nieto que se mate y listo. (¿Qué les parece?)

T: Pero no, ¿cómo vas a hacer eso?

A: Sí, sí. Le digo a mi nieto que se mate y listo. Si se muere él, me muero yo. ¿Te das cuenta, viejo?

T: Ése es un gran error porque si tu nieto se muere vos vas a seguir igual.

A: ¿Por qué?

T: Porque vas a seguir en la misma situación, con el agravante de haber destruido una familia y tendrás que responder por eso.

A: Yo lo conduzco a él para que se mate y listo. (¿Cuántos suicidios sucederán de esta manera?)

T: ¿Pero a vos te parece bien eso? Fijate bien lo que estás diciendo. ¿Cómo podés decir esto? El tiene su mujer, sus hijos...

A: ¡Qué carajo me importa de la mujer y de los hijos!

T: No, no podés estar pensando eso. ¿Y el dolor que vas a causar en esa familia?

A: ¿Quién lo siente?

T: Claro, vos no lo sentís, pero esa madre y esos hijos que quedan abandonados y solos... No es justo.

A: Las mujeres siempre tienen que estar a disposición del hombre. A la mujer que se retoba le enchufás un palo en la cabeza. Así era en mi época, eran los machos los que mandaban. ¿Entendés? En la casa, el que mandaba era el macho. ¡Qué tanta vuelta ni tanta vuelta! ¿Me entendés o no me entendés? (Ahí está la causa de la agresividad que experimentaba Salvador con su esposa.)

T: Te entiendo perfectamente. (Ahora hay que dejarlo hablar, no importa lo que diga.)

A: Hombres eran los de antes, no los de ahora. Antes se peleaba con las manos, con la espada, con lo que venga.

T: Eso es.

A: ¡Cagón de mierda! ¡Son unos cagones de mierda, los hombres! Se dejan dominar por las mujeres. No tienen huevos, tanta vuelta que dan.

T: Tenés razón. Bueno, yo te voy a ayudar y vos decidirás. Quiero que veas con tus propios ojos y verás que en el mundo de la Luz se terminan todos los sufrimientos. Permití que te conduzcan y asomate a la puerta, al reino de Dios. Comprobalo por vos mismo.

A: ¿Hay algún escalón acá o no hay nada? (¿Vieron? Hay que esperar el cambio de humor.)

T: No, acá no hay escalones, es un camino de luz.

A: ¿Vos estás seguro de que no hay ninguna escalera, no?

T: ¿Querés una escalera?

A: Sí, porque estoy muy bajo.

T: Dios te hará ver una escalera de luz y podrás ascender lentamente. Ellos saben que vos estás muy bajo y te enviarán a los ángeles protectores para que te ayuden.

A: ¿De dónde me agarro?

T: Fijate que hay un pasamanos de luz. Agarráte de ahí.

A: Sí, siento frío, che.

T: Bueno, yo te voy a cubrir ahora con una manta y tranquilo, que yo estoy acá, a tu lado. Todo va a salir bien y vos y yo vamos a ser grandes amigos. (Esto es lo que no hay que decir, porque el alma perdida se puede pegar al terapeuta.)

A: En cuanto me hagan sufrir me vuelvo de vuelta. ¡Qué frío que hace!

T: Quedate tranquilo que no habrá nada de eso. Andá despacito. Fijate si no viene alguien para ayudarte. Yo le pedí a Dios que te mande un angelito protector.

A: Había un cordero.

T: Bueno, agarrate del cordero, él te va a guiar.

A: Sí. Escucho un zumbido...

T: Eso es, seguí lentamente. Pronto vas a ver la puerta.

A: Sí, estoy acá en un peldaño, una escalera, no sé qué pito es esto.

T: Seguí, lentamente vas a llegar.

A: Ahora veo una luz roja... unos árboles... un caño... un tubo... como un túnel ahí.

T: Eso es, seguí.

A: Sí, humm... Hay un ojo verde que me está mirando...

T: Eso es, pedile a Dios desde tu corazón que te ayude. Él conoce a todos sus hijos y te va a recibir con mucha alegría.

A: Humm... Ya llegamos... Antes de irme... cuidá mucho a ese chico porque yo lo estuve cuidando por mucho tiempo.

T: Quedate tranquilo que yo lo voy a cuidar. Lo estoy ayudando.

A: Escuchame, cuidalo mucho. Yo lo estuve defendiendo, mirá que tiene dos o tres enfermedades dando vueltas. Sacale un par de traumas que tiene encima. Vas a tener que hablar con el maestro de él. Él tiene un maestro que te va a hablar a vos. Tené cuidado porque este chico se quiere matar. Tené cuidado.

T: ¿Hay alguien más allí que esté interfiriendo con la vida de él?

A: No sé, pero tené cuidado porque él tiene una idea de que se quiere matar. Él no quiere vivir más. Está medio infeliz, este pibe. A este chico se le pierde la cabeza. Yo, si te tengo que decir, para mí, este chico no está encarnado. ¿Me entendés?

T: Te entiendo. Es muy valioso esto que me estás diciendo.

A: A este chico le falta encarnar nuevamente. Cuando él se operó, él falleció y volvió de vuelta a la Tierra, pero no se encarnó bien. Está mal encarnado. Vas a tener que meterlo de vuelta cuando él estaba recién operado. Y le vas a tener que buscar una relación cuando él nació. Parece que fue porque tuvo un golpe de chico. Me parece. (Ahora parece que él es el terapeuta.)

T: Yo te agradezco porque todo esto me será de utilidad para trabajar con él. Ya habíamos trabajado el problema de la operación, pero con este dato que vos me das volveremos a trabajar ese momento para agotar todos esos traumas que han quedado pendientes.

A: Hacelo llorar porque a él le hace falta llorar. Cuando él llore se va a mejorar bastante. Pero tené cuidado porque se quiere matar. Te digo la verdad, no sé si quedarme o irme, porque yo sé que si me quedo, yo lo freno. (¡Qué cambio! ¿No?)

T: Vos seguí tu camino, no desperdicies esta oportunidad y quedate tranquilo que él está trabajando conmigo desde hace un tiempo.

A: Sí, yo te escuché a vos varias veces. ¿Y cómo voy a estar seguro de que lo vas a cuidar?

T: Porque este es mi trabajo. Ya te dije que yo soy un médico del alma.

A: ¡No fallés! ¿Eh? Porque mirá que conmigo fallaron.

T: Quedate tranquilo que desde la Luz tendrás mayor fuerza que antes para ayudar a tu nieto.

A: Bueno, ¿tu nombre cómo es?

T: José Luis.

A: Bueno, José.

T: Bueno, querido.

A: Chau, negro.

T: Chau y te agradezco toda la información y el trabajo que has hecho aquí.

A: Protegelo, no fallés. Y ahora, ¿cómo hago para seguir?

T: Simplemente entrá en la Luz, pensá que estás en la Luz y así será.

A: Sí, chau.

T: Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

***

Así como el desprendimiento del alma de Samuel fue casi instantáneo, para el abuelo de Salvador el proceso de la agonía resultó toda una tortura. Sería bueno tomar nota del relato de su padecimiento para tomar conciencia de cuántos procedimientos inútiles se suelen hacer en el afán de retrasar un final que es inevitable y que ahora sabemos que no es un final sino la continuidad de la conciencia en otra dimensión.

Es obvio que el abuelo de Salvador se comportó más como un obsesor que como una simple alma perdida influenciando decididamente en el comportamiento de su nieto. El mismo abuelo nos explica cómo lo hace, hablándole directamente a la conciencia de Salvador en un modo que podríamos llamar subliminal. Como Salvador todavía era un bebé cuando su abuelo se unió a él, es fácil comprender que efectuó su desarrollo intelectual sin saber que tenía esta doble conciencia. Asumió como propios los procesos mentales de su abuelo. Con la ideología machista de su abuelo inmersa en su subconsciente no es de extrañar que Salvador tuviera conflictos y actitudes agresivas con su esposa.

Un detalle inquietante es el poder de convicción que una entidad, cualquiera que sea, puede ejercer para inducir a una persona a suicidarse. Desde la sombra, la voluntad de una entidad funciona como si fuera una programación inconsciente. En varias ocasiones yo me he encontrado con esta situación. Es imposible saberlo, pero, ¿cuántos suicidios podrían ocurrir de esta manera? ¿Y si en todos los suicidios hubiera alguien más incitando a cometer semejante atentado?

Otro dato a tener en cuenta es el momento en que el abuelo se pasa a Salvador cuando la mamá de éste le está dando el pecho. Se me ocurre que debe de ser muy difícil evitar esto, sino imposible, porque, ¿quién podría imaginar que un alma perdida aprovecharía una circunstancia así?

Quince días después de esta sesión, Salvador me dice: “José Luis, yo no estoy dentro de mi cuerpo. Para mí que yo no estoy encarnado”.

Recordé entonces que el abuelo había dicho que Salvador había fallecido en la operación. Esto ocurrió cuando Salvador tenía siete años y fue operado de una peritonitis apendicular, pero nadie de su familia le había dicho algo semejante. Trabajamos en regresión el episodio de la operación y, allí, Salvador relató lo siguiente:

—José Luis, yo me morí en la operación. Yo estoy fuera de mi cuerpo, estoy volando y estoy jugando con los angelitos. También me crecieron alitas. Yo no quiero volver al cuerpo. Tengo una mamá enferma que no me puede atender mucho, por eso yo me quedo con los angelitos, con ellos puedo jugar más. Los médicos me hacen volver a la fuerza; ellos tiran para acá y yo tiro para allá.

Al regresar, se da cuenta de que un viejo se había metido en su cuerpo, aprovechando que él estaba afuera. Finalmente, Salvador volvió a su cuerpo y me sorprendió una vez más diciéndome:

—Necesito que me vuelvan a bautizar. Tengo que tomar de vuelta la comunión. Me tienen que confirmar.

Esto que descubrimos fue muy importante, porque probablemente ésta haya sido la causa de la vulnerabilidad de Salvador ante las almas perdidas. Recuerden que la encarnación recién se completa al séptimo año de vida. Como además Salvador se salió de su cuerpo durante la operación y una parte de él no regresó, es seguro que esto dejó una debilidad o un agujero negro en el campo vibratorio de Salvador, lo que facilitó la entrada posterior de otras energías extrañas, además de su abuelo.

La relación de Salvador con su esposa cambió por completo luego de la partida de su abuelo. Desapareció la agresividad, recuperó la calma que había perdido y diez años después logró convencer a su papá para que hiciera un trabajo terapéutico conmigo.

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483 s. 6 illüstrasyon
ISBN:
9789507546808
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