Kitabı oku: «Víctimas del absolutismo»
José Luis Gómez Urdáñez
Víctimas del absolutismo
Paradojas del poder en la España del siglo XVIII
Prólogo de Carlos Martínez Shaw

Colección PUNTO DE VISTA HISTORIA, 16
© Del texto, José Luis Gómez Urdáñez, 2020
© Del prólogo, Carlos Martínez Shaw, 2020
© De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2020
Todos los derechos reservados.
Primera edición: agosto, 2020
Publicado por Punto de Vista Editores
C/ Mesón de paredes, 73
28012 (Madrid, España)
puntodevistaeditores.com
@puntodevistaed
Coordinación editorial: Miguel S. Salas
Corrección: Luis Porras
Diseño de cubierta: Joaquín Gallego
Fotografía de cubierta: El coloso, de Goya y Lucientes, Francisco de (Seguidor de). 1818 – 1825. Óleo sobre lienzo, 116 x 105 cm. Madrid, Museo del Prado. © Archivo Fotográfico Museo Nacional del Prado
ISBN: 978-84-18322-15-0
Thema: NHD, NHTB, 1DSE, 3ML, 3MNBA
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Sumario
Prólogo
1. Al lector de (buena) historia
2. Lo que vio Feijoo: la Política
La guerra de sucesión y los dos partidos políticos
Feijoo y Campomanes: el marco ideológico del siglo
Reformar… sin y con la nobleza
La utilidad, lo que Dios crio y lo que fabricaron los hombres
La monarquía, al lado de las reformas, y la oposición
Proteger y protegerse
El amigo Sarmiento y un brazo protector, los vizcaínos
Feijoo y Sarmiento toman partido
La francofobia de Feijoo y la reacción ensenadista
Silencio, pues ganó el bando contrario
El último tomo y la feliz revolución de Carlos III
3. La otra cara del «régimen que hay ahora»
El lado oscuro del despotismo ilustrado
Macanaz inaugura el siglo de la crueldad
La sociedad castigada
Reprimir motines, Granada y Caracas
La chusma y la esclavitud
El cruel antigitanismo hispano
El intento de extinción de los gitanos de 1749
4. El triunfo del despotismo ilustrado
Absolutismo y despotismo
La fábrica de la meritocracia, misión de Estado
De la gran abstracción política a la realidad
El giro político de 1759
El barullo: el conde de Aranda y el consejo de guerra contra el conde de Superunda
El ensenadista Superunda, fanático regalista
Un consejo de guerra más político que militar
Las tensiones políticas en la corte de los italianos
Su Excelencia, el presidente Aranda
La víctima, la pena y la deshonra
5. La Trinca en el poder, vencedores y vencidos
El motín contra Esquilache
El motín y los motines
Mandar es castigar
La víctima ejemplar, de nuevo Ensenada
El ensenadismo en la sombra
Gándara y Valdeflores, las penúltimas víctimas ensenadistas
6. Carlos III y el absolutismo ilustrado
Carlos III y sus ministros
La sangre real y el caso del infante don Luis
La familia, el cuarto del príncipe y la reacción
Los príncipes de Asturias y la conspiración de Aranda
El operista Niccolò Setaro, primera víctima de la reacción antilustrada
Setaro en Bilbao, sin la protección de Aranda
La integración de los gitanos
La difícil aplicación de la Pragmática de 1783 y las excepciones
7. Olavide, el castigo ejemplar que lo apruebe el rey
La Inquisición al servicio de la lucha política
El libertino ilustrado
Las Nuevas Poblaciones, la obra ilustrada del siglo
La fabricación política del hereje
La Inquisición, arma política de la venganza
La pena y el desengaño: Olavide católico
Olavide en Francia
El Evangelio en triunfo: ni desengaño, ni arrepentimiento
8. Vísperas del 2 de mayo
«La Trinidad en la tierra»
El último fracaso: Floridablanca encarcelado y Aranda desterrado
La irresistible ascensión de Godoy y la víctima universitaria, Ramón Salas
Las reformas ilustradas y la crisis económica
El Generalísimo
La última paradoja: la caída de la monarquía
Las últimas víctimas, Jovellanos, Cabarrús… y los «desventurados padres»
Bibliografía
Sobre el autor
Prólogo
No nos detendremos en presentar a José Luis Gómez Urdáñez, autor de varios libros y numerosos artículos imprescindibles para conocer la España del siglo XVIII. Solo diremos que, después de una serie tan extensa de incursiones en el mundo del Setecientos español, que le han dado un conocimiento realmente enciclopédico de la época y de sus protagonistas, individuales y colectivos, no podía extrañarnos que el catedrático de La Rioja ampliase aún más su campo de estudio, y nos ofreciese otra asombrosa muestra de su saber y de su penetración para explicarnos el complicado universo de aquella España absolutista e ilustrada.
El siglo XVIII había pasado de ser una época muy ignorada y muy denostada (recuérdense las descalificaciones de Marcelino Menéndez y Pelayo, y José Ortega y Gasset) a ganarse la gloria de una narrativa altamente elogiosa que la convertía en un momento cenital de la historia de España, bañado por las Luces de la modernización y el progreso.
Sin embargo, la incansable Clío quería dejar las cosas en su justo medio, ofreciendo no un frío eclecticismo, sino una imagen más rica, pero al mismo tiempo más matizada del siglo. Lo primero fue desvelar que el despotismo ilustrado tenía unas características muy especiales: era un absolutismo tardío, un proyecto reformista que pretendía la modernización de la economía, las relaciones sociales, la vida política y la actividad cultural. Pero, también pretendía dejar intactas las bases tradicionales: la figura del rey era intocable y estaba colocada en el vértice del plan de reforma, la aristocracia y el clero debían mantenerse en lo alto de la pirámide de la sociedad estamental, las intervenciones en la economía debían limitarse a la introducción de los avances técnicos sin poner en riesgo las estructuras fundamentales que sustentaban la prosperidad de los privilegiados, la cultura debía ser dirigida directa o indirectamente por el Estado, que controlaba las iniciativas surgidas de otros ámbitos mediante la censura o la condena. En otras palabras, el proceso de modernización tenía unos límites precisos que no podían franquearse, como demuestra el fracaso sucesivo de los proyectos más ambiciosos: la Única Contribución, las Nuevas Poblaciones, la Ley Agraria.
De cualquier forma, el balance resultaba positivo hacia 1790. Se había producido una racionalización administrativa, se podía constatar un crecimiento en todos los sectores de la economía, se advertía un aumento de la movilidad social, se había abierto paso entre un público relativamente amplio un interés generalizado por el progreso (sobre todo, en los Consulados y en las Sociedades Económicas de Amigos del País), se habían conseguido grandes logros en el campo de la cultura (las academias, los centros de investigación, las ciencias y las artes, la literatura y la música), donde se llegaría a contar con nombres muy ilustres, sobre todo a medida que se acababa el siglo: Alejandro Malaspina, Leandro Fernández de Moratín, Juan de Villanueva, Luigi Boccherini, Francisco de Goya, entre otros.
La narrativa optimista tenía su razón de ser y los éxitos en muchas de las acciones emprendidas la justificaban sobradamente. Sin embargo, José Luis Gómez Urdáñez había ido descubriendo que el régimen tenía también su lado oscuro (según una expresión hoy de actualidad y utilizada con fina ironía por el profesor Enrique Giménez en el título de su obra El lado oscuro de las Luces en tierras alicantinas) y, en este libro, ha dado cumplida prueba de ello, poniendo de relieve que el absolutismo, aun siendo ilustrado, había dejado en la España del siglo XVIII un reguero de víctimas.
Para ello, ha estudiado a fondo todos los entresijos de la lucha ideológica y todas las contradicciones del poder. Primero, por lo más sabido: los ilustrados fueron una minoría, que tuvo siempre en contra a una turba reaccionaria extraída esencialmente del sector de los privilegiados, la aristocracia y, sobre todo, la Iglesia, siempre campeona de la intolerancia y el oscurantismo. Luego, por un descubrimiento más reciente: la dualidad de los poderes, repartidos entre los grandes funcionarios (como los secretarios de Estado) y los grandes cortesanos (los que gozaban de la intimidad del rey dentro de la Corte, de la domus regia, con especial hincapié en el confesor real, sobre todo cuando se trataba de un fraile a la vez ignorante y fanático como Joaquín Eleta), cuando no había que añadir la secreta ebullición del cuarto del príncipe, convertido muchas veces en un centro conspirativo de primera entidad, y para acabar, el rey, último depositario de la autoridad, pero también zarandeado por filias y folias que alteraban el cuadro. Finalmente, por las rivalidades internas entre las facciones, entre los partidos, algunas ya muy conocidas (la conjura contra Ensenada, el motín contra Esquilache), pero otras oscuras o tergiversadas, justamente las que estaban esperando la palabra de un historiador cualificado
Por ello, las víctimas del absolutismo que desfilan por este libro pueden serlo por los ataques de la reacción aristocrática o clerical, por los intrigantes de la Corte o por sus propios colegas ilustrados, dispuestos a la zancadilla o a algo peor por motivos normalmente poco confesables, por aspirar al poder, por salvaguardar su posición, por ejercitar la venganza. Eso en cuanto a las víctimas individuales, pero el autor también nos habla de las colectivas, de aquellos que sufren la miseria, que están discriminados por motivos raciales o religiosos, que están atados al duro banco de una galera (y no turquesca), que yacen en las prisiones inquisitoriales o que, como en el caso de los gitanos, sufren una espantosa persecución y una amenaza de acción genocida por parte —no solo, pero también— de los absolutistas ilustrados.
Así, nos encontramos primero con un revelador capítulo dedicado a Benito Jerónimo Feijoo. Revelador porque al religioso benedictino lo hemos tenido siempre por un espíritu curioso, erudito y crítico moderado (según rezan los títulos de sus obras), pero resulta que era algo más: un pensador político, como se pone aquí incuestionablemente de manifiesto. Se salvó de ser víctima por la amenidad de sus artículos de variada materia, aunque requirió nada menos que la protección del rey contra sus enemigos. No ocurrió lo mismo con Melchor de Macanaz, servidor ejemplar de la monarquía, pero cuya radicalidad (auténticamente ilustrada, como subraya Teófanes Egido) le perdió, haciéndole, en las palabras de José Luis Goméz Urdáñez, inaugurar «el siglo de la crueldad», como califica al siglo XVIII en su totalidad. El laborioso funcionario no solo se atrevió a proponer una reforma del intocable Santo Oficio, sino que redactó la pieza maestra del regalismo español, el Pedimento de 1713, una obra a favor de los intereses de Felipe V frente a la Iglesia, pero que le valió, a sus 45 años, un destierro de otros 33 años, del que solo volvió para ser encerrado en el tenebroso castillo de San Antón de La Coruña (una especie de isla de If, según Alejandro Dumas), de la que salió a los 90 años para ser confinado en su pueblo de Hellín hasta su muerte.
El conde de Superunda, gobernador de Chile y virrey del Perú, recompensado con su ingreso en las filas de la nobleza de servicio por su enérgica actuación frente al famoso maremoto de 1746, y que abandonó Lima después de haber mantenido una agria disputa con el arzobispo de la diócesis por su actitud marcadamente regalista, es un caso especial por varias razones. Primero, porque su desgracia fue accidental, ya que le acaeció básicamente por aquello que los ingleses llaman to be at the wrong place at the wrong time; en este caso, por ser la máxima autoridad en La Habana en el momento de la ocupación inglesa de 1762, lo que le obligó a firmar la capitulación con el enemigo, comprometiéndose sin culpa en la más que dudosa defensa de la ciudad por parte de los verdaderos responsables. Segundo, porque resultó ser una víctima colateral del castigo ejemplar buscado con vehemencia por el colérico conde de Aranda en un consejo de guerra sin duda más político que militar, como acertadamente expone el autor del libro. La condena impuesta a un hombre largamente septuagenario (que había cumplido sobradamente con sus funciones como servidor del Estado) volvió a poner de relieve la crueldad de algunos de los más encumbrados personajes ilustrados: encarcelado preventivamente, sería desterrado a Priego de Córdoba y sus bienes, embargados para dejarle morir en la mayor indigencia.
El marqués de la Ensenada es una figura política de gran calibre y, además, ha sido muy bien estudiado por el autor del libro en dos obras ejemplares. Lo singular, en esta nueva entrega, es la atención dedicada al proyecto del ministro de extinguir a los gitanos, con medidas tan drásticas como la prisión de todos sus miembros (sin distinción de edad ni de sexo), y el intento de «solución final», mediante la separación de mujeres y hombres para evitar la propagación de la «malvada raza», es decir, con una voluntad claramente genocida. Después vendrá el detallado análisis de la conjura contra el marqués promovida por Ricardo Wall y el duque de Huéscar (luego de Alba) con la colaboración interesada del embajador inglés Benjamin Keene. Un capítulo conocido que terminó con el destierro de Ensenada a la ciudad de Granada. Finalmente, su presunta implicación en el motín de Esquilache, otro episodio de gran significación (también aquí estudiado pormenorizadamente), que supuso el exilio del ministro italiano, le valió a Ensenada un nuevo destierro en Medina del Campo, mientras en palacio se preparaba la expulsión de los jesuitas y la posterior extinción de la Compañía de Jesús. Un apartado más nos coloca ante otro aclamado personaje del despotismo ilustrado, el conde de Campomanes, presentado aquí en su vertiente más turbia como vengativo intrigante, perseguidor de los supervivientes del naufragio ensenadista: el marqués de Valdeflores (encarcelado en Alicante y el peñón de Alhucemas antes de su temprana muerte a los cincuenta años) y el abate Antonio Miguel de la Gándara, un hombre combativo que supo vender cara su piel, aunque finalmente hubiese de morir en otra siniestra prisión, la ciudadela de Pamplona.
El autor dedica otro capítulo a las desventuras del infante don Luis de Borbón, el hermano de Carlos III, que le sacrificó sin sentir el menor escrúpulo o remordimiento. Casado con una mujer de la baja nobleza del reino de Aragón (sin la asistencia del monarca a la ceremonia), mientras sus hijos perdían el apellido Borbón, fue exiliado de la Corte y obligado a vivir en Arenas de San Pedro, consolado con la bellísima música de Luigi Boccherini y retratado magistralmente por Francisco de Goya, pero sin conseguir ver nunca más al rey, que no le visitó ni en su lecho de muerte y que de su herencia desdeñó los libros y se quedó solo con las escopetas. Y, sin llegar a un espacio tan encumbrado como el de la familia real, al infante la acompaña en este capítulo un personaje de extracción menos aquilatada, el empresario musical Nicolo Setaro, acusado falsamente de sodomía (aunque el supuesto delito era en realidad de pederastia) y víctima de una conspiración urdida en las sacristías en el marco de una reacción antilustrada cada vez más descarada; acaudillada aquí por el clero bilbaíno, que bramaba contra la difusión del teatro y del drama musical, y que contó en las altas instancias madrileñas para conseguir la condena del perseguido con el apoyo incondicional del conde de Campomanes, otro de los máximos expertos, como ya hemos visto, en el ejercicio de una crueldad de manual.
La condena que causó mayor escándalo no solo en España, sino en toda Europa, fue la del gran ilustrado Pablo de Olavide (este sí un verdadero representante de las Luces en su acepción más elevada), cuyos avatares, tras las dos excelentes biografías de Marcelin Défourneaux y Luis Perdices de Blas, ha estudiado con detalle y en profundidad José Luis Gómez Urdáñez. Remitiendo al lector al excelente capítulo que se le dedica en el libro, señalemos aquí que don Pablo fue la víctima propiciatoria en un momento crucial en que las autoridades estuvieron convencidas de que era necesario un «escarmiento ejemplar» para frenar ciertos radicalismos. La conspiración fue dirigida contra el conde de Aranda, pero en la persona de un personaje de menor consideración, por una cábala constituida por el conde de Grimaldi y Ventura Figueroa, con el apoyo de Manuel de Roda y fray Joaquín de Eleta. Hay que señalar que el instrumento elegido fue nada menos que el Tribunal del Santo Oficio, la Inquisición. Y, por último, que Carlos III no fue solo un espectador pasivo que consintió el juicio y la sentencia, sino un agente activo y necesario para consumar la canallada. El calvario de Don Pablo, su encierro en las cárceles secretas de la Inquisición (que iniciaba así una actuación política que iría en aumento a medida que avanzaba el siglo), su supuesto escrito de retractación que aquí vuelve a demostrarse que no fue tal (El Evangelio en triunfo) y su retiro final en la bella ciudad de Baeza, a la que estaba unido por vínculos familiares, se detallan en unas páginas de lectura apasionante.
El capítulo final deja otro rosario de víctimas en uno de los más complejos periodos de la historia de España, justamente cuando el sistema del despotismo ilustrado se desmorona arrastrado por el oleaje de la Revolución francesa, dando lugar a un combate político e ideológico sin precedentes. Todos los personajes caídos en desgracia desfilan ahora uno tras otro: nada menos que el conde de Floridablanca, el conde de Aranda, el catedrático Ramón Salas, Mariano José de Urquijo, el conde de Cabarrús, Gaspar Melchor de Jovellanos. Y quizás los últimos damnificados, los propios reyes Carlos IV y María Luisa de Parma, acompañados en su melancólico deambular a través de la Europa posrevolucionaria por Manuel de Godoy, el valido vituperado, pero siempre fiel a sus señores.
En estos años de fin de siglo, la reacción se desata: todo el bloque antilustrado, con la clerigalla en primera línea (esgrimiendo la imbatible consigna de la «alianza del Altar y el Trono») levanta cabeza y toca a rebato contra las «peligrosas sectas» que destruyen el país. Era de esperar. Pero lo que quizás resulte más sorprendente y más digno de destacar es que las principales víctimas del absolutismo han sido aquellos que han tomado las iniciativas más progresistas y, por tanto, realmente más ilustradas: Macanaz con su Pedimento, Ensenada con su Única Contribución, Olavide con sus Nuevas Poblaciones, Jovellanos con su por otra parte muy moderado Informe sobre la Ley Agraria. Si además (todos) los reyes retiraban su favor (o incluso perseguían) a sus servidores más progresistas, nos encontramos enfrentados a los verdaderos límites del absolutismo ilustrado, los que justificaban las actitudes de los que se situaron en el extramuros liberal, congeniaron con la Revolución francesa, debatieron el establecimiento de un nuevo régimen en las Cortes de Cádiz, promulgaron la Constitución de 1812 y combatieron el neoabsolutismo del deseado pero indeseable Fernando VII.
Finalmente, hay que subrayar que el libro se beneficia de una de las mayores virtudes del autor, ya puesta de manifiesto en otras ocasiones. Sabemos que Maquiavelo, después de caer en desgracia, pasaba parte de sus días bebiendo algunos vasos de vino en la taberna, pero que después por las noches sacaba sus libros y entablaba un grato y profundo debate con los grandes hombres de la Antigüedad, que en la penumbra de su studiolo le libraban sus secretos, de los que el gran florentino sacaba muchas y jugosas enseñanzas. José Luis Gómez Urdáñez hace algo parecido, pues llega, después de leer infinidad de documentos y memorias, a entrar en intimidad con sus ilustrados, a los que trata como a asiduos compañeros, cuyas vidas y milagros conoce, por lo que, si bien siempre los saluda, no se fía de ellos la mayoría de las veces, a menos que sean víctimas del absolutismo y disfruten, por ello, de su simpatía y su solidaridad. Todo ello, como ya dije una vez, con una suave música de fondo (una sonata de Domenico Scarlatti, un villancico del padre Antonio Soler o un fandango de Luigi Boccherini), que en este caso el autor escucha como un órfico paliativo que atenúe su justo rigor con los villanos de esta historia.
Carlos Martínez Shaw
Real Academia de la Historia
1
Al lector de (buena) historia
En 1993, en un congreso en la Casa de Velázquez, tuve la fortuna de conocer a Didier Ozanam, el célebre hispanista francés experto en las relaciones diplomáticas de la España del siglo XVIII. En la conversación apareció pronto el marqués de la Ensenada, mi paisano, y el sabio me animó a que escribiera su biografía, pues desde el bosquejo de Antonio Rodríguez Villa, de 1878, nadie había intentado un estudio completo del gran ministro riojano. Mi primera reacción fue el rechazo, pues en esos momentos la biografía era un género abandonado entre los historiadores universitarios, refugio quizás de alguno de los catedráticos a los que llamábamos despectivamente positivistas. El caso es que el profesor al que yo consideraba mi maestro en la Universidad de Zaragoza, Rafael Olaechea Albistur, era uno de ellos y, sin embargo, me encantaba lo que escribía (y mucho más lo que decía). Hacía años había publicado una biografía del conde de Aranda, hoy un clásico del dieciochismo, y hasta su llorada muerte siguió trayendo a su chispeante conversación detalles humanos, a veces muy humanos, del conde y de los muchos personajes con los que se fue tropezando en la vida, entre ellos un inclasificable José Nicolás de Azara, o un intrépido escopetero real, el abate Miguel de la Gándara, agentes de preces que él había estudiado en su monumental tesis doctoral. ¡Cómo olvidar sus bromas cuando contaba la cencerrada que le dieron al conde de Aranda sus amigos cuando se casó en segundas nupcias con su sobrina nieta María Pilar, ella con 17 añitos, él… ¡con 65! El viejo y la niña…
Pocos años después me daría cuenta de que yo era un bruto, pues había tenido a mi lado a un verdadero sabio y, sin embargo, seguí contando difuntos y fanegas de trigo en La Riojita y dibujando gráficas con tinta china, tal y como hicimos todos los de nuestra generación, cautivos de aquella historia económico-social que derivó en un loco intento de cliometría en el peor de los casos. Como mi tesis doctoral la dediqué a los pobres de Aragón y a la beneficencia en el siglo XVIII —por imposición—, llegué a contar el contenido en proteínas de las raciones de comida que les daban en la Casa de Misericordia, lo que no le gustó nada ni a mi director ni al tribunal. Tan absorto estaba yo en la ilusión de la medida que ni siquiera reparé en la importancia de un hecho impresionante que me mostraban los documentos del Archivo de la Diputación de Aragón como era la llegada a la Casa de Misericordia de Zaragoza de más de 600 gitanas procedentes de Andalucía, apresadas la mayoría en Málaga a causa de la orden de extinción de los gitanos dictada por el marqués de la Ensenada en 1749 (retomé el asunto para escribir un artículo en el homenaje a Teófanes Egido veinte años después).
Pero llegó la oposición a cátedra y en aquel tiempo hacía falta un proyecto de investigación que, en la mayoría de los casos, acababa siendo un libro. Inmediatamente me acordé de Didier Ozanam y de Ensenada, aunque todavía dudaba del valor del género para la historiografía, como puede comprobarse en la introducción de El proyecto reformista de Ensenada, publicado en Lleida, en 1996, por editorial Milenio, gracias al apoyo de mi buen amigo Roberto Fernández. Insistía yo una y otra vez en que el libro no era una biografía de Ensenada, dándole mil vueltas al aspecto social que subyacía en estudios sobre personajes a través de los cuales se puede interpretar una época, apelaciones a la biografía como historia social, justificaciones que pronto se mostraron inútiles y seguramente pueriles, pues estábamos a muy poquitos años del boom de la biografía en España. Solo unos años después de mi primer Ensenada, aparecieron biografías, una tras otra, y algunas llegaron a ser verdaderos best sellers, lo que, dicho sea de paso, nos permitió al fin reencontrarnos con el lector de historia, amante de la buena historia, al que habíamos logrado espantar años atrás con nuestras gráficas y números.
En un par de años y varias estancias de algunos meses en los dos archivos nacionales, Simancas y el Nacional —cuando estaba en Madrid, alojado en la Casa de Velázquez, donde además de pernoctar usaba su magnífica biblioteca—, había escrito El proyecto reformista de Ensenada, tal como fue a la imprenta. Unos años después lo que no era una biografía se fue completando con otros estudios en los que me di cuenta de la importancia de conocer las relaciones entre personas para entender la política, siempre recordando al maestro Olaechea y, hasta hoy, en compañía gratísima de un amigo y un maestro al que tanto le debo, Carlos Martínez Shaw. En fin, de Ensenada eran tan importantes sus ideas y sus proyectos como la red de personajes que los iban a llevar a la práctica, la red ensenadista, que fue el tema de la brillante tesis doctoral de la profesora Cristina González Caizán, premiada por la Fundación Jorge Juan, un cenáculo madrileño que mantenía la Academia Amistosa Literaria fundada por el sabio de Novelda en 1755 en Cádiz, de la que sigo siendo miembro durmiente.
Tras Ensenada vino Fernando VI, ahora ya sin temores, una biografía en toda regla. Pero una biografía de un rey rodeado de ministros y cortesanos, de mujeres y artistas, de nobles aduladores y políticos astutos, de técnicos y escritores. Ya no podría escribir historia sin llenarla de hombres y mujeres y sin incorporar toda clase de fuentes, desde un pasquín a un balance de hacienda, o a un libro de matemáticas o de química, publicados en la época y quizás dedicados a un ministro o a un rey. Así me fui encontrando a los personajes que se pasean por este libro, desde Macanaz a Jovellanos, y fui sintiendo el vértigo de la política, las paradojas del poder, antes y ahora, pues a todos les unía la mudanza de la fortuna en un momento inesperado, quizás cuando pensaban que eran más poderosos. Ensenada sabía unos días antes de su caída el 20 de julio de 1754 que «la tempestad va a romper», pero no se imaginó que el rey le desterraría. Olavide se desmayó al oír la sentencia inquisitorial el 24 de noviembre de 1778, pues sabía que todos los condenados por herejes y «miembros podridos de la religión», como él, habían acabado ajusticiados. Melchor de Macanaz, que pudo intuir su primera desgracia en 1714, pues se quedó sin valedores y con la enemiga del inquisidor general, nunca pudo imaginar que, 34 años después, en 1748, sus amigos Carvajal y Ensenada le harían volver a España para llevarle preso al castillo de San Antón de La Coruña ¡a sus 78 años y después de haber pasado desterrado media vida! El fiscal Pedro Rodríguez Campomanes tuvo que ser muy listo para protegerse y evitar que le ocurriera lo mismo que a Macanaz, en su primera desgracia, la de 1715, cuando el también fiscal entonces tuvo que salir de España por criticar a la Inquisición y poner al rey por encima de la Iglesia, lo que como veremos hicieron todos los servidores del Estado en el XVIII. En fin, Jovellanos iba a Madrid, muy asustado, a tomar posesión del ministerio que le había ofrecido Godoy, pues sabía que su posición era «difícil, turbulenta y peligrosa», y todavía debió de asustarse más cuando su amigo Francisco Cabarrús, que le esperaba en Guadarrama, le contó lo que pasaba en la corte de la Trinidad en la tierra. Pero quizás nunca pensó que iban a intentar envenenarle y que acabaría pasando siete años preso en el castillo de Bellver.
Pues todo se hacía siempre «sin que lo sienta la tierra», a la manera de Ensenada, «en secreto y sin hacer ruido», como habían hecho el ministro Jerónimo Grimaldi y el gobernador del Consejo Manuel Ventura Figueroa, hechuras ensenadistas, causantes de la desgracia de Olavide ¡para vengarse del conde de Aranda! En este caso, blindando aún más su actuación, pues emplearon el «secreto de Inquisición», el más poderoso y atemorizador. Muchos personajes de primera fila, tantas veces ensalzados como grandes ministros, tuvieron buen cuidado de quemar todos los papeles que podían dejar rastro de sus actuaciones más perversas. Fueron verdaderas «cintas borradoras», como Campomanes, encargado tras los motines de orientar las pesquisas hacia los culpables que había previamente determinado, junto con Roda, y de hacer desaparecer cualquier prueba que permitiera conocer quiénes estuvieron tras el barullo, quizás porque podía encontrar alguna grandeza de España que no fuera adicta a los jesuitas. Goya, siempre certero en su crítica política, escribió en 1810 debajo de un dibujo suyo de un preso encadenado, en la penumbra de una mazmorra: «No lo saben todos».
A esta galería de víctimas del absolutismo, en lo alto, le faltarían piezas si no contáramos con los personajes ínfimos, la vil canalla, los que mantuvieron en marcha las bombas de achicar en los diques de los arsenales, los que remaron en las galeras, la chusma, los encadenados de por vida a la barra, pues una sociedad no la determinan solo las buenas acciones, los afanes ilustrados, sino también las últimas consecuencias del poder, del despotismo como era denominado en la época todo exceso, los imponderables del absolutismo ilustrado, que en el siglo XVIII fueron ante todo la limpieza del cuerpo social y la utilidad de todos los miembros, siempre bajo la autoridad, a la manera de Hobbes: toda autoridad debe ser acatada por el hecho de serlo. Nadie lo expresó como Campomanes, un hombre sabio, pero cruel. Veremos al célebre abogado adoptando medidas extremas con los más débiles, incapaz de la benevolencia, aunque nunca llegó a los extremos que veremos en la recta final del siglo ilustrado.
Como nos enseñó el maestro Franco Venturi en Settecento riformatore, la violencia social larvada y amenazante estuvo siempre presente al lado de los proyectos de reforma, necesarios antes de nada para mantener el régimen político, social y económico de los privilegios, el orden natural. El ilustrado Pedro Rodríguez Campomanes, que suele formar pareja con el conde de Aranda para personificar las reformas ilustradas carolinas, explicaba con suma sencillez en qué consistía ese orden a preservar. Previamente definió los «principios comunes a todos los individuos de la república: tales son los que respetan a la religión y al orden público». Si se respetan esos principios comunes, todo era natural y sencillo: «el orden público consiste en el respeto paterno, en la fidelidad de los matrimonios, en la educación y buen ejemplo a los hijos, y en que cada uno cumpla con sus obligaciones particulares», escribía el fiscal en 1775. Lo que no era natural era «el abuso de la libertad atribuida al hombre», que para Campomanes consistía en el «principio vicioso que aniquila el apoyo de las sociedades establecidas dejando al pueblo el arbitrio indefinido de destruir mañana lo que hoy se establece y así sucesivamente». No era muy diferente a lo que había escrito Feijoo cincuenta años antes, ni a lo que Jovellanos dirá ante la Junta Central Suprema, en septiembre de 1808, cuando negó el derecho de los pueblos a la insurrección, pues «sería destruir los cimientos de la obediencia a la autoridad suprema». También Campomanes, ya con el título de conde y ascendido a gobernador del Consejo de Castilla, se apartaba años antes del abismo de la revolución, lo que tanto temían todos, la consecuencia de «establecer el Gobierno democrático o popular, disminuyendo considerablemente el poder legítimo de la autoridad real». Como venían pensando desde 1766 que un motín era la disculpa para exhibir la ultima ratio regum, los cañones, y que esta solución era infalible —al marqués de la Mina le dio buen resultado en 1766 en Barcelona—, reaccionaron ante las primeras revueltas de lo que iba a ser la gran Revolución francesa pensando que tal vez las asonadas podrían servir «para restablecer el buen orden y el crédito en Francia, como había ocurrido en España con el motín contra Esquilache». Aunque parezca mentira, son palabras escritas por el conde de Floridablanca en una carta que envió al conde de Fernán Núñez, embajador de España en París entonces. Seguía en vigor entre los ilustrados españoles la teoría del cañonazo a tiempo, que en definitiva fue la última respuesta del régimen el 2 de mayo de 1808, aunque la mecha de los cañones la encendiera en este caso el ejército francés, que no hay que recordar que estaba en esos momentos a las órdenes del rey de España.
Y es que el siglo de la revolución fue, en realidad, el siglo de la autoridad, y bajo la invocación de la máxima autoridad —que fue sacralizada—, nuestros ilustrados pudieron aplicar universalmente la más refinada política represiva. Querían orden, limpieza, seguridad, obediencia, uniformidad de los súbditos en lengua y religión y… mantenimiento de sus privilegios. Todos han pasado a los manuales de historia de España, sin embargo, como próceres virtuosos, pero aquí les vamos a ver en su lado más oscuro. Ensenada, cruel con los gitanos y con cualquiera que perturbara la quietud necesaria; el duque de Alba, «hombre de tan buena fama como mal corazón»; el conde de Aranda, un militar ingenuo, pero duro y soberbio, capaz de dictar penas de muerte sin inmutarse; Floridablanca, un imitador de Ensenada, más refinado y con estudios, un buen abogado, pero que tenía claro que «los pobres son peligrosísimos», como le decía a Ventura Figueroa recordando el motín años después. Había empezado su carrera al servicio de Carlos III como alcalde honorario de casa y corte en 1763 y en mayo de 1776, fue enviado como corregidor interino a Cuenca, donde el motín de los días 6 y 7 de abril había sido muy violento. En los pocos días en que ejerció su cargo, mandó apresar a unos 60 amotinados; luego, en el proceso, se dictó una pena de muerte y varias de destierro y presidio.
La crueldad se aprendía en la práctica diaria y luego se empleaba con los enemigos políticos. Todos fueron crueles con sus oponentes, pero nadie quizás llegó a la perversidad del ministro José Antonio Caballero, el tipo más despreciable en un mundo en que aquellas intrigas que siempre habían existido entre los partidos políticos llegaron a la violencia, «a las manos», como llegó Caballero contra Godoy. Cuesta imaginar en la «España feliz borbónica» un navajazo a Floridablanca, o un intento de envenenamiento a Jovellanos y quizás también a Saavedra. Hasta el reinado de Carlos IV, al menos las canalladas se hacían con refinamiento.
Todos habían usado la dureza de la pena como escarmiento o advertencia. Todos fueron igualmente crueles con los pobres, o con los más pobres, los gitanos. Si Ensenada recomendaba quitar a los chiquillos de las madres a los doce años, el conde de Aranda pedía que se hiciera nada más ser destetados, pues según nuestro militar ilustrado aragonés, eran las madres las que les enseñaban a hablar el caló y a robar. Ya no había ni sombra de aquella caridad mal entendida. Ahora los pobres eran un peligro que exigía mano dura. Mi amigo y maestro Jacques Soubeyroux ha dedicado muchos de sus trabajos a esclarecer la situación de los pobres y los trabajadores en Madrid, allí donde eran más peligrosos para nuestros ilustrados y donde por primera vez se pusieron en marcha las ideas de la «gran reclusión» de Aranda y el utilitarismo de Campomanes.
El siglo de la Ilustración es también el siglo de la autoridad y nada lo expresaba mejor que la cuerda tirante, una metáfora que usaba Floridablanca para referirse a lo conveniente que resultaba para disuadir a pobres o presos tener siempre un ahorcado en una picota, o su cabeza en una jaula colgando de la puerta de una ciudad. La política de la cuerda tirante se empleó para que las levas de vagos tuvieran éxito, para que los gitanos tuvieran miedo y no intentaran huir de los arsenales, para que, en fin, los amotinados escarmentaran ante la horrorosa visión. La pena en la horca, o en el garrote, de tantos desgraciados convivió en toda Europa con las nuevas ideas ilustradas sobre la justicia y el castigo, siguiendo la estela de Beccaria, mientras la política real era prácticamente la misma que en la Edad Media. Así lo veremos cuando Aranda pida la pena de muerte contra los que habían perdido La Habana, recurriendo nada menos que a la Ley de las Partidas, o cuando la pida Campomanes para un inocente empresario de ópera, Niccolò Setaro, al que hundieron los curas de Bilbao valiéndose del corregidor, celebrando de paso que Aranda salía para París y ya no podría proteger a los artistas, como recordó luego con amargura Leandro Fernández de Moratín. Con Setaro en la cárcel, acusado falsamente de nefando, curas y frailes todavía se alegraron más de la marcha del impío conde. Hubieran querido también deshacerse de Campomanes, a quien los pasquines llamaban cruel, sanguinario, corrosivo, pero no lo conseguirían con él, sino con otra víctima, uno de sus amigos, don Pablo de Olavide y Jáuregui, que estaba más desprotegido y más lejos del rey. Cuando supieron que don Pablo estaba en la cárcel secreta de la Inquisición, lo celebraron con más euforia, lo mismo que hicieron cuando el catedrático de la Universidad de Salamanca, Ramón Salas, un segundo Olavide, fue reo de la Inquisición en 1795 y estuvo también encarcelado.
Y, sin embargo, mantenemos que hubo Ilustración en España y que los logros fueron muchos y en todas las esferas. En la actualidad, si nos atrae tanto el XVIII es porque hubo un proyecto político sólido, potenciado sin pausa a lo largo del siglo, que señaló los grandes problemas de una sociedad que quería y no podía, que se apocaba ante la represión y los grandes poderes, que no supo resolver el trampantojo de la monarquía absoluta y paternalista y los ministros despóticos, pero que lo intentó en todos los frentes. Comenzó con la práctica de muchas ideas que desgranó Feijoo, en apariencia con poquedad y distancia, pero que se vieron robustecidas cuando Campomanes las hizo suyas en la Noticia que escribió para poner prólogo a la edición de las obras del padre maestro tras su muerte, en 1764, cuando el fiscal asturiano comenzaba sus años plenamente reformistas. En ese proyecto político, con altibajos, hay una línea que separa los dos partidos políticos: por una parte, el de los constructores del Estado, ministros de baja extracción social, como mucho hidalguillos medrados; y el otro partido, el bando contrario que Teófanes Egido llamó partido español, o de los españoles. Los dos partidos se notan más cuando los grandes se ven más arrinconados: en tiempo de Felipe V, por los vizcaínos; con Fernando VI, por los ensenadistas y los colegiales; con Carlos III, por los golillas; con Carlos IV, por Urquijo, Jovellanos, Saavedra, incluso por un inclasificable Godoy.
Feijoo lo vio todo y se metió en política, como intentaremos demostrar: por eso, le hemos elegido para abrir este libro y que nos guíe en alguno de los puntos políticos del programa reformista durante la primera mitad del siglo. En la segunda mitad, el elegido es el golilla Campomanes, también nacido en cuna humilde, pero pagado de su hidalguía, pues fue el más representativo de una praxis política, despótica al principio, moderada luego, finalmente muy conservadora. Campomanes fue la inteligencia del siglo y dio prueba de que solo se podía llegar hasta donde las reformas tropezaran con los pilares del régimen, la Iglesia y la nobleza: era en definitiva lo que ya había dicho Feijoo y lo que acabará diciendo Jovellanos, que murió pensando que atacar los obstáculos de frente solo contribuía a reforzarlos.
Tener al rey al lado —a veces la firma del rey por las particulares condiciones de Felipe V y Fernando VI— era un objetivo político fundamental de cualquiera de los dos partidos. Afortunadamente, como vio Feijoo con claridad, con los Borbones del XVIII, todos adiestrados por Isabel Farnesio en el peligro que representaban los nobles, los ministros reformistas plebeyos tuvieron campo libre, aunque hubo momentos en que mudó la fortuna. No hay que decir que las víctimas que presentamos son el fruto del juego político de ambos partidos, que siempre miraron hacia el arcano regio, el que daba y quitaba. Al fin y al cabo, estamos en la plenitud del absolutismo y el rey es siempre el botón rojo. «Sin la firma del rey nada valdría», había dicho Ricardo Wall cuando esperaba la llegada de Carlos III junto al lecho del moribundo Fernando VI. La firma del rey es clave incluso cuando Carlos IV, en Bayona, permite con la suya el fin de su propia dinastía.
De todo esto hablo en este libro, uno más que doy al público amante de la historia hecha por historiadores. Ese público lleva años esperando más libros así —creo yo—, menos relatos de periodistas y novelas históricas de literatos, y más historia con responsabilidad y método, siempre fieles a la máxima crucial del historiador: el que afirma, prueba. A ese público no le hace falta un copioso aparato crítico lleno de citas bibliográficas y referencias de los archivos. Con todo, como casi todo lo que aparece en este libro es fruto de estudios previos que han sido publicados en revistas o expuestos en congresos a lo largo de más de treinta años, el lector interesado no tiene más que ir a mi página web, www.gomezurdanez.com, y buscar las publicaciones digitalizadas —casi todo lo que he publicado está ahí en formato PDF— donde encontrará las referencias necesarias. Puede hacerlo aún más fácil: buscar en Google la frase entrecomillada que le interese y seguramente le llevará directamente al párrafo o a la cita al pie de alguno de mis artículos. Y más aún, pues cuando este libro vea la luz crearé un grupo en Facebook para mantener debates y resolver dudas con los lectores, en público y sin restricciones. Este es un libro de la nueva época digital y, por eso, utilizamos la maravillosa herramienta que tanto va a cambiar la historia y ya ha cambiado nuestra vida.
Pero, cuidado, es tiempo de falsificaciones y nuevos «errores comunes», así que diremos bien alto con Marc Bloch: dilexit veritatem, el lema al que se aferraron nuestros ilustrados, víctimas y victimarios, desde Feijoo a Jovellanos, pasando por Goya que también pensó en «desterrar vulgaridades perjudiciales» y en dar «testimonio sólido de la verdad».
2
Lo que vio Feijoo: la Política
La guerra de sucesión y los dos partidos políticos
No se ha dicho lo suficiente, pero Feijoo reflejó nítidamente en su obra el proyecto político del reformismo ilustrado de la primera época. Precisamente, la fecha de su muerte, 1764, coincide con el reforzamiento de la concepción política probada durante décadas, en parte heredera del programa desgranado ampliamente por el padre maestro en su obra y que siempre reflejó la dialéctica de los dos partidos políticos en pugna, los dos que era posible observar en su tiempo y cuyo origen se remonta a la guerra de la sucesión. Por una parte el partido castizo, el que Teófanes Egido llamó partido español, o de los españoles, dominado por los grandes y sus valets, pacientes sufridores del desdén de Isabel Farnesio, que nunca confió en ellos, temerosa de su posible coaligación. Por otro, el que nació en las secretarías de despacho borbónicas ocupadas por ministros plebeyos, por el partido de los vizcaínos, el origen del ensenadismo —Ensenada llegó al ministerio en 1743 como un vizcaíno más—, o del partido ensenadista, una alternativa política sólida contra los grandes que continuaron luego los golillas Grimaldi y Floridablanca —que como veremos llegaron a confesarse hechuras de Ensenada—, basada en servir al rey y a lo que intuían ya que era el Estado, al que a veces, por incluir al pueblo, llamaban nación, un término muy utilizado por Campomanes para fundamentar la base jurídica de la política.
La oposición entre los dos partidos recorrió el siglo y se hizo más nítida con la caída de Ensenada por la conspiración urdida por el duque de Alba en julio de 1754; luego, ya muerto Feijoo, rebrotó en la trama montada por el conde de Aranda contra los golillas, primero contra Campomanes en 1771-1773, y luego contra Grimaldi en 1775-1776. El partido de estos aristócratas, cada vez más xenófobos, ocupaba los primeros puestos solo en ocasiones, pero era omnipresente al lado del rey, haciendo figura como mayordomos o caballerizos, y desde luego en el cuarto del príncipe, el lugar más favorable para su actividad conspiratoria, como demostró Aranda en su intento de utilizar al futuro Carlos IV para sus planes. Desde Feijoo, fueron duramente criticados por su vagancia y su falta de luces, pero a veces aparecía algún figurón que quería devolver a la nobleza su papel dirigente —en esto Aranda fue el líder indiscutible—, y adoptó diferentes manifestaciones: tras ocultarse contra Patiño en los pasquines y derribar a Ensenada, el partido se presentó abiertamente como el partido aragonés dirigido por el conde de Aranda, con la ayuda de su primo el conde de Ricla y de su íntimo amigo el marqués de Villahermosa. Finalmente, acabó reapareciendo en la conspiración de El Escorial y formando la camarilla de Fernando VII contra Godoy. Tuvo sus líderes, el ilustrado duque de Alba y el universitario Carvajal —que se jactaba de hablar solo en español—, luego el capitán general conde de Aranda, que despreciaba a los extranjeros que no sabían pronunciar ajo, cuerno y cebolla; finalmente el duque del infantado y los últimos restos de aquella nobleza más arcaica y militar, todavía caracoleando al frente de sus tropas.
El mariscal de Noailles, gran conocedor de España, había escrito al llegar Fernando VI al trono: «El orgullo de los grandes sufre al verse subordinado y sometido a unas personas cuyo nacimiento es inferior al suyo, y desearían ver la vuelta del antiguo gobierno tal como era bajo Carlos V y Felipe II y sus sucesores». En efecto, pasquines como El juego de pelota, o La botella de Alba, difundidos al llegar Carlos III a España, muestran hasta dónde llegaba su orgullo herido. Ya no se recordaba la defección de una buena parte de la nobleza castellana durante la guerra de sucesión, pero seguramente Felipe V no olvidó nunca, ni perdonó en su fuero interno —menos aún Isabel Farnesio—, las adhesiones austracistas que provocó la entrada de los aliados en Madrid en junio de 1706, un momento crucial de enorme transcendencia. El gobernador del Consejo de Castilla, Francisco Ronquillo, llenó de presos las cárceles de los alrededores de Madrid, sobre todo el viejo alcázar de Segovia, pero también La Alhambra de Granada o la ciudadela de Pamplona. El marqués de San Felipe silencia el nombre de los represaliados, pero se llegó a hacer una Memoria de los que aclamaron a Carlos, entre los que había, además de nobles, personal de palacio, consejeros de Castilla, cargos municipales, altos funcionarios que nada habían podido hacer para librarse de aparecer con el archiduque en las funciones protocolarias y que fueron tratados con tal saña que hasta el furibundo borbónico Melchor de Macanaz protestó.
Entre los nobles más encumbrados, además de Oropesa, Cifuentes y el almirante de Castilla, hay que citar al duque del infantado, preso unos meses en La Alhambra tras haberse encerrado en un convento en Pastrana sin saber qué partido tomar; a la duquesa de Alba, que acompañó al archiduque al exilio en Viena, donde dio a luz en octubre de 1714 a su hijo Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, el duque de Huéscar, luego de Alba, que será mayordomo con Fernando VI; a la duquesa de Nájera, que murió en prisión en el alcázar de Segovia, mientras su marido acompañaba al archiduque; al marqués de Miraflores; al de Leganés, preso en Pamplona y muerto en Vincennes; al conde de Corzana, que murió en el exilio, en Viena; al de Eril; al de Haro; al de Lemos, cuñado de Medinaceli; etcétera. Tras años de sospechas, el duque de Medinaceli fue también encarcelado, en 1710, y tras probar varias prisiones acabó muriendo en circunstancias extrañas en Pamplona. La represión de la grandeza castellana fue de tal envergadura que Henry Kamen llegó a afirmar que «este fue el fin de los grandes de Castilla». Aunque matizó luego, al referirse a las consecuencias de su marginación de la política, añadiendo: «La caída de los grandes, aunque de fundamental importancia política y administrativa, tiene escaso significado en la historia social de España. Como en reinados anteriores, la nobleza siguió atrincherada en sus privilegios y sus posesiones». Sí, pero en política, no llegó a tener en todo el siglo el favor de los reyes y, por eso, el papel del partido fue en general irrelevante.
El otro partido nació también en la guerra de sucesión, con radicales servidores borbónicos como Melchor de Macanaz, Francisco Ronquillo, Juan Bautista Orendain y Azpilicueta —en 1725, marqués de la Paz, por la paz de Viena—, o José de Grimaldo —también elevado al marquesado por Felipe V—, y se reforzó con los vizcaínos de Juan de Goyeneche, Carlos Arizaga y Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías; se prolongó hasta Floridablanca, pasando por José Patiño Rosales, José del Campillo y Cossío y Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, terminando con un plebeyo Manuel Godoy, tan astuto como para presentarse entre aragoneses (Aranda) y golillas (Floridablanca) como el hombre sin partido, o mejor: el hombre del partido único, al fin y al cabo, lo que había pretendido Ensenada, le gran maître de todos. Estos hidalguillos medrados fueron odiados por la nobleza, pero tuvieron que apoyarse en ella hasta que llegaron al poder: Ensenada le debió el puesto al duque de Alba y a José de Carvajal y Lancáster, de la familia de los duques de Abrantes; Campomanes, José Moñino o Manuel de Roda comenzaron sus carreras sirviendo a la casa de Alba; luego utilizaron al conde de Aranda. El partido de los ensinadas tuvo sus activos ilustrados, como Agustín Pablo de Ordeñana y Goxenechea, Miguel Antonio de la Gándara, Jorge Juan y Santacilia, Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, o algunos reformistas muy críticos a los que era difícil proteger al final como Juan Meléndez Valdés, o ya muy al final, Ramón Salas. Olavide fue lo que hoy llamamos un «verso suelto».
Aunque a algunos les parezca una exageración, también encontramos entre los engagés, en los tiempos en que el enfrentamiento no había adquirido los tintes dramáticos que tuvo tras el motín de 1766, a Benito Jerónimo Feijoo, Padre Nuestro que estás en Oviedo —como le llamó jocosamente el padre Isla—, un fraile que leyó de todo y escribió de todo, del que curiosamente lo que menos se ha dicho es que fue un hombre político. Sin embargo, toda su obra es una inquieta cavilación en torno al programa político del reformismo político, a veces con artículos directos, otras dando mil vueltas; siempre mostrándose partidario de las reformas y de los reformistas. Como veremos, no se equivocó más que un par de veces en el partido político a seguir, que fue siempre el de los servidores del Estado.
El padre, que vio el discurrir sereno de la política durante los reinados de Felipe V y Fernando VI, notó al final de sus días el vértigo de las facciones; lo atribuyó a la figura para él descomunal de Carlos III, que venía a hacer la «feliz revolución» pronosticada por el padre Isla; es natural, pero Feijoo también sabía que cuando llegó el rey a España, los nobles estaban marginados del juego político tras décadas de desidia y desprestigio, al que él mismo había contribuido con sus críticas. Siempre fue prudente, pero el padre había llegado a escribir en el primer tomo del Teatro crítico (TC en adelante), publicado en 1739: «¿Qué caso puedo yo hacer de unos nobles fantasmones que nada hacen toda la vida, sino pasear calles, abultar corrillos y comer la hacienda que les dejaron sus mayores?» (TC, VIII: 12).
A la marginación política que había sufrido la nobleza en los reinados de Felipe V y Fernando VI, se sumaba al comienzo del reinado de Carlos III, la que les provocaba la nube de italianos que rodeaba al rey. Hacía falta un golpe de timón, se decía entre ellos, la nobleza debía formar al lado del rey para dar un nuevo rumbo al país, pero no había nadie dispuesto, a no ser que el conde de Aranda tomara las riendas. Pero Aranda estaba en Valencia, de cuartel. Los motines de 1766 le traerían a Madrid, como al duque de Alba, al lado del rey en Aranjuez, y a la vez contribuirían a crear una nueva política, en parte más dura en la exhibición pública de las herramientas del poder, ahora más militar que nunca. Como una paradoja más, la plenitud de la autoridad monárquica y el ascenso de una nueva clase política provocó, entre 1767, tras la expulsión de los jesuitas, y 1773, cuando Aranda dejó Madrid para servir en la Embajada de París, un apogeo de las Luces, un tono inusitado de optimismo, que solo empezó a decaer cuando se produjo el «giro de los golillas», a partir de 1773 y sobre todo en 1775-1776, cuando la corte se inundó de pasquines —la reacción brutal de Aranda contra los perdedores de Argel, Grimaldi y el general O’Reilly— y el rey sufrió su particular annus horribilis. Durante esos años, entre 1773 y la caída de Grimaldi a finales de 1776, las víctimas del despotismo se multiplicaron y la Inquisición, aprovechando la conspiración de Grimaldi y Ventura Figueroa contra Olavide —la víctima propiciatoria—, siempre con la anuencia del rey, se reforzó y demostró al mundo que todavía tenía poder a costa de hundir a la hechura más perfecta de Aranda. Antes había caído Setaro y muchos otros del mundo del teatro, de la ópera y de las artes, como denunció años después Moratín hijo recordando el riesgo en que les dejó la salida de Aranda del poder. Como dice Concepción de Castro sobre los políticos de la talla de Campomanes, Floridablanca, Roda, Aranda, etcétera, «ellos fueron quienes, con el rey, hicieron posible el clima en el que seguirá publicando Mayans, por ejemplo, y en el que se desarrollarían los eruditos, intelectuales y literatos de las generaciones siguientes, desde Capmany, Clavijo o Cadalso, hasta Jovellanos, Meléndez Valdés, Iriarte o Moratín».
Feijoo y Campomanes: el marco ideológico del siglo
Que Gonzalo Pontón diga de Feijoo que fue poco menos que un pobre hombre que solo pretendió «llenar páginas y páginas de ocurrencias para, al final, colar su mercancía», no debe desanimarnos; al contrario, debemos tomarlo como una invitación a descubrir qué clase de mercancía es esa que llegó a despertar el interés de Campomanes —y de Olavide— y que, además, convirtió la obra del fraile en el best seller del siglo, en España y en América. Para empezar, el discípulo de Josep Fontana afirma en su Lucha por la desigualdad que «el fraile benedictino no tiene ninguna intención reformista seria», lo que de nuevo invita a reflexionar sobre el significado de las reformas en España en la primera mitad del siglo XVIII, que obviamente no obedecían a la pretensión de cambiar drásticamente el sistema (en ese caso no hubieran sido reformas). ¿Cómo descubrir, por otra parte, que la intención reformista de alguien es seria o no? Afirma también Pontón que «su escepticismo (el de Feijoo) no es, desde luego, el de Hume», sin que sepamos por qué debía haberlo sido. Y finalmente, concluye: «Leer su Teatro crítico universal es, hoy, tarea ímproba», en lo que le damos la razón; según la Real Academia, una tarea ímproba es un esfuerzo intenso y continuado.
Ya en su tiempo, Feijoo recibió invectivas como las del franciscano Francisco Soto y Marne, que inclinaron al mismísimo Fernando VI a tomar partido por el padre maestro y decretar que nadie osara criticarle; o las de Manuel Miguel Lanz de Casafonda y Ozcoidi en Diálogos de Chindulza, que despreció al fraile que escribía de medicina y desaconsejaba estudiar griego —«verdaderamente es grande el daño que puede causar la opinión de este padre, que es venerado por oráculo en toda España y en las Indias»—; en la misma línea, el catedrático de matemáticas Diego de Torres Villarroel, le llamaba «reverendo mortal o crítico, que todo es uno», casi cuarenta años antes, cuando ambos eran antinewtonianos, un defecto que Feijoo sí corrigió en adelante, pero no el inclasificable catedrático y torero, correveidile de la casa de Alba, con toda seguridad el peor catedrático de matemáticas de la historia de España.
Hay muchas visiones sesgadas sobre el siglo ilustrado en el libro de Pontón, pero no es ese el principal problema. Lo más desafortunado es que plantea una batalla —la batalla del siglo— que da por perdida de antemano al desechar como inservible todo lo que huela a reformismo. Seguramente, él hubiera querido que, no solo Feijoo, sino sus abuelos, hubieran deseado tomar la Bastilla para ahorrarnos trabajo, puesto que solo la revolución puede adelantar la liberación de las cadenas. Sin embargo, a nuestro juicio, entender a Feijoo es entender el siglo, que es nuestra obligación como historiadores. Tanto es así que en adelante nos serviremos de Feijoo como guía político, pues da el tono realista de una Ilustración serena y práctica, posible, por supuesto católica. ¡Como si pudiera ser de otra manera! Ciertamente, una Ilustración con fuertes resabios frailunos, que el padre no ocultó, aunque tampoco utilizó nunca la influencia que pudo darle su posición en las «prisiones cortesanas», de las que huyó.
Es cierto que Feijoo aceptó la pena capital con el torpe argumento de que así, tras pasar por el garrote, se evitaba que el reo volviera a delinquir, a pecar, para la mentalidad de Feijoo. Esto lo resalta Pontón para denigrarle, pero esa forma de pensar era habitual no solo entre la clerigalla medievalizante, sino en los salones ilustrados, como demostraremos al ver desfilar a nuestros venerados próceres por escenarios de infinita crueldad; y no solo contra los desgraciados, sino también cuando las víctimas eran de los suyos, como ocurrió en los casos de Macanaz, Gándara, Olavide o Jovellanos. Costó mucho que las nuevas ideas sobre las penas —Beccaria publicó su tratado diez años después de morir Feijoo— llegaran a los tribunales, igual en España que en otros países europeos. En realidad, deberíamos decir, en relación con la pena de muerte, que sigue costando mucho intentar su abolición, una contradicción en tiempos de respeto de los derechos humanos que arranca precisamente de la Ilustración, un tiempo de obligaciones más que de derechos, como puede verse en el mismísimo Kant cuando plantea el «qué debo hacer» como imperativo moral.
El ideólogo español más político de la segunda mitad del siglo, Pedro Rodríguez de Campomanes, es uno de los muchos ejemplos de la contradicción y la paradoja: por una parte, ilustrado, culto y dispuesto a combatir la superstición de la clerigalla que dominaba sobre la España inerte; por otra, cruel y despiadado cuando pensaba en el ordenamiento social y en su posible erosión, déspota, como veremos. Si lo traemos aquí es porque no solo vio en Feijoo al pensador de las ideas políticas originarias del «régimen que hay ahora» —palabras de Feijoo al ponderar la obra política de los ministros de Fernando VI—, sino porque Campomanes apoyó plenamente las ideas del padre al publicar sus obras y escribir como prólogo la Noticia, una biografía de Feijoo pro domo sua, completamente utilitaria, en la que el recién nombrado fiscal del Consejo de Castilla atraía a su terreno al escritor para hacerle nauta político de las grandes realizaciones del siglo hasta entonces. En 1765, Campomanes necesitaba todavía las ideas protectoras de Feijoo, pues ya había arriesgado como fiscal del Consejo de Castilla descubriéndose partidario de la desamortización, del trabajo honrado, de la educación de los artesanos, contra los errores arrastrados por «la sangre noble y su viciosa perpetuación», en fin, las ideas que el Estado –es decir, el despotismo ilustrado en acción— debía ser capaz de llevar a la práctica, aunque sabía perfectamente los riesgos que eso iba a producir (solo tenía que recordar las críticas que sufrió y seguía sufriendo el real protegido, el sabelotodo Feijoo).
Forzando la máquina, Campomanes hizo de Feijoo un precursor del entramado ideológico que propició el desarrollo del Estado, aún a sabiendas de que la visión política del padre llegaba como mucho hasta aceptar «un cuerpo de Estado donde debajo de un gobierno civil estamos unidos por la coyunda de unas mismas leyes» (Glorias de España, TC, IV: 13-14), rozando la visión más estatista del togado Campomanes, basada en la fundamentación legal de las instituciones y en su desarrollo al calor del Derecho, o sea, de la Razón. No hace falta insistir en que, para Feijoo, la política no podía quedarse solo ahí, pues en último término dependía de Dios que influía en el príncipe para que evitara la tiranía, igual que para Saavedra Fajardo, a quien citó a menudo. Para Campomanes, sin embargo, Dios era prescindible en la praxis política, como para Ensenada, que llegó a decir: «La religión, por las contingencias», aunque sobre esto había que callar y hasta fingir. Feijoo ponía el contrapunto: «Con más seguridad, y facilidad logran sus fines los políticos sanos, que van por el camino de la rectitud, y la verdad, que los que siguen la senda del artificio, y el dolo; que aquella es la política fina, y esta la falsa» (TC, I: 1). Pero ¿cuál era el camino para la «política fina»? Pues sencillamente lo que hemos llamado reformismo borbónico. Como los fundamentos del sistema eran inamovibles, solo era posible reformar lo que se pudiera, es decir lo que el rey, la Iglesia y la nobleza estuvieran dispuestos a permitir. La Razón debía ser el instrumento para que los dos pilares del Antiguo Régimen cedieran algo en sus privilegios, incluso para que llegaran a colaborar, y en efecto a veces fue posible. En vida del padre de Oviedo, por la imposición; después, por la fuerza de las leyes.
Reformar… sin y con la nobleza
Como han puesto de relieve todos los historiadores, Feijoo no se sujetó a un plan en nada, menos en sus ideas políticas, que están dispersas en todos sus escritos. Lo que acabaría siendo su Teatro crítico, iniciado cuando ya tenía 50 años, es el resultado de un vasto universo de ideas susceptibles de crítica, como si se enfrentara a un erial, producto del siglo de la decadencia en que había nacido, en fecha tan lejana como 1676, y de su triste final, el rey enfermo, la guerra de la sucesión, las dificultades de los ministros plebeyos —la caída de Macanaz, las críticas contra Patiño, las sátiras contra los vizcaínos—, de lo que él fue testigo y víctima. Daba igual por dónde empezar, pero había algo en lo que el consenso era general: el método a seguir en política debía ser la reforma. Así lo expresó Feijoo:
No hay duda en que el particular que violentamente pretende alterar la forma establecida de gobierno incurre la infamia de sedicioso. Pero asimismo el magistrado que cierra los oídos a cualquiera que con el respeto debido quiere representarle algunos inconvenientes que tiene la forma establecida, merece la nota de tirano. Mayormente cuando el que hace la representación no aspira a la abrogación de leyes, sí solo a la reforma de algunos abusos que no autoriza ley alguna y solo tienen a su favor la tolerancia. (TC, VII: 11).
«Reforma de algunos abusos que no autoriza ley alguna», ese era el camino. Primero, señalar los abusos que no justifica la ley y, luego, reformar; palabras casi idénticas a las de Campomanes, que añadía algo que iba de suyo: «El poder de los magistrados deriva de la autoridad soberana y legislativa del monarca». El agente no debía ser el vulgo, la «turba de necios» —al que Feijoo dedicó el primer discurso de Teatro crítico y del que espera poco: «Verá mejor al sol un águila sola que un ejército de lechuzos»—; tampoco el particular —es decir, el propio afectado—, sino el magistrado, toda vez que su poder emana del rey. La reforma se debía hacer desde dentro del sistema y por aquellos «que pueden mandar y proteger», la idea que dominó en el siglo, la auctoritas como acción no como represión. Campomanes, que en 1765, cuando escribió la Noticia, mantenía buenas relaciones con la casa de Alba y con quien luego sería presidente del Consejo de Castilla, el conde de Aranda, dejaba espacio aquí para el tipo de noble al que había que sumar a las reformas, aunque mantenía el tono crítico de Feijoo y de tantos otros. «La nobleza —escribió— se adquiere con las acciones ilustres a beneficio de la nación, y se conserva con la continuación de ellas en los descendientes; no con la ociosa posesión de las rentas adquiridas por la virtud de los antepasados».
La crítica contra la nobleza ociosa se abrió curso sin obstáculos desde que la nueva dinastía se rodeó de abogados —los cagatintas, como llamaba el conde de Aranda a los abogaduchos como Campomanes, o los sármatas como Grimaldi— y los elevó a los principales puestos ejecutivos al crear para ellos las secretarías y la vía reservada. El régimen de «ministros con el rey» se demostró útil para apartar a los grandes y dar paso a servidores del Estado como Macanaz, Grimaldo, Orendain, Patiño, Campillo, Cuadra (Villarías), Somodevilla (Ensenada), Campomanes, Moniño (Floridablanca), hidalguillos medrados, a los que, como mucho, se les vestía de marqueses o condes para adornar el cargo y para que el rey tuviera siempre al lado gente noble. No es que hubiera en la Corte un partido de mentalidad burguesa del que Feijoo fuera portavoz espontáneo, como mantiene Iris M. Zavala y aprueba Giovanni Stiffoni —para eso es muy pronto todavía—. Lo que había, y Feijoo y su amigo Sarmiento lo sabían, era un gran peligro en el partido de los grandes, que no dejó de moverse en torno al cuarto del príncipe Fernando desde que Felipe V volvió —ilegalmente— al trono otra vez, en 1724, y desde que comprobaron que Isabel Farnesio apoyaba un Gobierno de ministros plebeyos y les detestaba. La reacción en contra aumentó la potencia y cohesión del partido, como suele ocurrir todavía hoy: una mala oposición refuerza al poder.
Al criticar a la nobleza y elogiar el trabajo, Feijoo se ponía a la delantera de la política del siglo en los aspectos más temerarios, los que podemos rastrear en el mayor instrumento antifeudal del siglo XVIII, el catastro de Ensenada —el trabajo es la medida de la riqueza, iguala a todos, puro materialismo—; también en los fundamentos ideológicos de Campomanes sobre la desamortización y, desde luego, en las críticas de Jovellanos contra el mayorazgo en la reforma agraria, iniciada por Campomanes y Olavide, precisamente retomando alguna idea de Feijoo. Ahora bien, una empresa de esa envergadura tenía que producir contradicciones en un hombre como Feijoo, al fin y al cabo un benedictino y, por eso, el padre no olvida nunca citar las raíces nobles de todos aquellos a los que pide aprobación o dedica su obra. A veces incluso llega a ser empalagoso, como en la dedicatoria a Gaspar de Molina, obispo y gobernador del Consejo de Castilla, a quien le recuerda todos sus ancestros nobles: «Siendo tan excelso el origen de los Molinas, aún lo es más el de los Oviedos» (TC, VIII).
Feijoo debía saber que nadie que no fuera noble llegó a obispo en el siglo XVIII, así que al reflejar que el obispo también era conde seguramente se le escapó alguna sonrisa picarona. Y es que esta era la gran paradoja que quizás entendamos mejor con las propuestas teóricas de Pierre Bourdieu, que Jacques Soubeyroux ha aplicado a su construcción de un Goya que desprecia la nobleza, pero que no deja de pedir que le reconozcan, a él y a su familia, la condición de infanzón (hidalgo). A favor y en contra, avec et contre, así se fue modulando la política de los reformistas contra el viejo orden feudal, al que indefectiblemente pertenecían.
La utilidad, lo que Dios crio y lo que fabricaron los hombres
La segunda idea política del programa feijoniano es el utilitarismo como norma y finalidad del Estado. Estaba presente en las Cortes de toda Europa, pero Feijoo la tomó de su amigo el padre Sarmiento, a cuya tertulia acudió un joven Campomanes que siempre mantuvo con él una amigable relación. Sarmiento también era aficionado a la historia —como Campomanes que llegaría a ser director de la Real Academia de la Historia— y escribió algunos textos muy críticos contra la parálisis económica de España. También se nota en Feijoo la influencia de los escritores económicos, como Jerónimo de Ustáriz o Francisco Javier de Goyeneche, cuyos libros elogió.
Enunciada así, la idea del utilitarismo parece descargada de peligro, pero sus consecuencias eran entonces, para muchos —entre ellos, la mayoría de los eclesiásticos—, puro materialismo, efecto perverso de la política secularizada e impía. «Los pobres siempre los tendréis con vosotros», dice el mensaje evangélico, pero había escritores que no se daban por satisfechos e indagaban en las causas de la pobreza, por otra parte, la gran justificación de la caridad, lo que hacía frivolizar a Voltaire —un escritor que Feijoo citaría como fuente—, que veía en la caridad la justificación de las riquezas del clero. Nada podía satisfacer más a Campomanes que los discursos feijonianos sobre el trabajo honrado, el fomento de la agricultura y la lucha contra la ociosidad, la discriminación entre pobres y ociosos, el empleo cabal de la limosna, la construcción de hospicios, establecimientos útiles, en fin, la estatalización de la caridad, su tránsito hacia la beneficencia ilustrada. Estos eran los temas que ocupaban al fiscal cuando escribió la Noticia, pues el mismo año publicaba el Tratado de la regalía de amortización, aunque ya se anunciaban en su primera obra, el Bosquejo de política española (1750). Por eso, escribió en la Noticia, trayendo a su lado al propio papa: «Hicieron las razones del padre Feijoo tanto efecto, que el gran papa Benedicto XIV asintió a esta reformación (moderar los días festivos) con gran utilidad del Estado; y el mismo concepto formó de los Discursos de nuestro sabio sobre la reformación de la música de los templos». En efecto, el papa citaba expresamente a Feijoo en la encíclica Annus qui, publicada en febrero de 1749.
«Esta reformación con gran utilidad del Estado» incluía también la política de hospicios y concentración de rentas de fundaciones pías. Descrita por Feijoo admirablemente provocó, sin embargo, la oposición de muchos prelados, conscientes de que era el comienzo de la intervención estatal en su monopolio, el de la caridad bien entendida, que quedaría en manos del Estado leviatán y su instrumento, la Razón. Campomanes vio con claridad el riesgo al que se enfrentaba el Estado, la maquinaria ciega descrita por Hobbes —a quien Feijoo criticó expresamente—, pero el padre solo lo pudo intuir, sin ver todavía los peligros a que se exponía al apoyar la línea más dura de la política del despotismo contra los vagos:
Averigüen quiénes son y dónde moran los mendigos válidos, o capaces de trabajar, que acuden a ella: hecho esto, lo avisen a la Justicia, la cual encarcelándolos luego al punto, en cumpliéndose un número suficiente, con público pregón hará constar a todos, que hay tantos hombres y tantas mujeres ociosas para que los que necesitasen de su servicio, o ya en el cultivo de los campos, en los oficios domésticos, acudan para que se les entreguen, con pena de doscientos azotes o de galeras a los que desertasen. También se podrían sacar de estos todos los hábiles para la guerra, remitiéndolos a temporadas a esta o aquella guarnición, como se hace con los delincuentes que envían a galeras. (TC, VI: 1).
Qué más podía querer un Campomanes que solo un par de años después iba a poner en marcha, con Aranda y Olavide, en 1766, el plan de recoger mendigos, esos «seres peligrosísimos» de los que hablaba Floridablanca todavía diez años después, que, como veremos, ya solo eran considerados un peligro para el Estado. Mano dura y cuerda tirante.
La monarquía, al lado de las reformas, y la oposición
Como no podía ser de otra forma en el siglo, Feijoo comprendió el papel crucial de la monarquía, aunque tuvo que callar mucho sobre la vida cortesana a la que renunció. Resulta paradójico, pues el padre vivió bajo el reinado de tres reyes enfermizos y locos —no es extraño que Carlos III le pareciera un gigante— y, sin embargo, como veremos, la monarquía fue pieza angular en su ideario. No había otra opción; como decía un pasquín a la caída de Ensenada: «Los arcanos del rey no se indagan, se veneran». Nunca, por tanto, habrá en sus escritos una mínima crítica política coyuntural, por más que le llegaran pasquines, ejemplares de El Duende, rumores y toda clase de sátiras sobre la vida cortesana organizada en torno a un rey loco y una reina empeñada en gobernar, unos príncipes de Asturias relegados por la madrastra y un partido español suspirando por llevar al trono a la gran esperanza, Bárbara y Fernando, objetos de especial adulación.
Su estancia en Madrid —en 1726, cuando publicó el primer volumen del Teatro crítico, y un mes en 1728— fue suficiente para entrever la fermentación constante en que vivía la corte; «las prisiones cortesanas, donde al más astuto salen canas», en frase de su amigo el jocoso padre Isla (que la tomó de la «Epístola moral a Fabio», de principios del siglo XVII). Todavía recordaría el tema en las Cartas eruditas, expresamente en la que titula «Ingrata habitación la de la Corte» (CE, t. III: 25), donde lanza sus peores dicterios contra el mundo cortesano, «…donde hierven las pretensiones, hierven ciertas especies de vicios, con quienes tengo especial ojeriza: la hipocresía, la trampa, el embuste, la adulación, la alevosía, la perfidia. Aborrezco la hipocresía (...) las Cortes son los teatros donde la fortuna principalmente reparte sus favores o aflige con sus desdenes».
Feijoo vivió en la corte un tiempo de grandes alborotos. Felipe V había vuelto al trono, o más bien, Isabel Farnesio le había obligado, llegando incluso a mezclar al papa. Era la primera gran estrategia farnesiana, pues la casamentera de Europa tuvo que empeñarse a fondo para hacer volver a Felipe V al trono en agosto de 1724, ya que en otro caso hubiera sido proclamado Fernando, el hijo de la saboyana. Hasta hubo que cesar al padre jesuita Bermúdez, el primer español confesor regio, que intentaba convencer a Felipe V de que no podía volver a ceñir la corona, pues rompería su juramento. Farnesio montó en cólera contra este padre, al que llamó Judas, pérfido, traidor; hasta dijo que prefería morir sin auxilios espirituales que recibir la comunión de manos del padre Bermúdez. Pero también empleó la delicadeza y, con su proverbial mano izquierda, pidió al nuncio Aldobrandini que convenciera a Felipe V, a la vez que hacía nombrar a un nuevo confesor, el padre Clarke, al servicio entonces de los embajadores del imperio en Madrid, lo que podía contribuir a asegurar el matrimonio de su adorado hijo primogénito Carlet, el futuro Carlos III, que ya tenía concertado con una princesa austriaca (María Teresa, la que luego llegaría a emperatriz). No tenía mal olfato la parmesana —que no picó tan alto cuando concertó el matrimonio de su hijastro Fernando con una portuguesa—, pero tampoco lo tenía Feijoo, al que le tocó vivir en Madrid los fastos de la paz de Viena, el escandaloso final de Ripperdá y el ascenso de Orendain y los vizcaínos, Juan de Goyeneche, Ustáriz, etcétera. No es nada extraño que este primer periodo político culmine con la dedicatoria del tomo cuarto del Teatro al infante Carlos, el gran triunfador de la negociación con Inglaterra en el Congreso de Sevilla de 1729, del que salía hecho duque de Toscana y Parma gracias a los ingleses… y a su madre Isabel Farnesio, la parmesana. Con todo, como veremos, Feijoo buscó otros argumentos para justificar la dedicatoria.
Las Cortes eran un teatro, había dicho el padre, «donde hierven las pretensiones», es decir, los objetivos de los partidos, el que está en el poder y la oposición. Es preceptivo que un partido político necesite una oposición, pero, como ha resaltado Teófanes Egido, en el reinado de Felipe V, el otro partido apenas pudo organizarse de manera eficaz, aunque dejó rastro en todos los ámbitos, entre ellos, la sátira política; también contó con personajes activistas, como por ejemplo un inclasificable Diego de Torres Villarroel al que vamos a sorprender como conspirador en varias ocasiones, siempre al servicio de la casa de Alba. Este personaje, del que resaltaremos por ahora que era lo contrario de Feijoo, también había visto en el infante Carlos al astro emergente. Fue en El Escorial donde estuvo invitado para celebrar el 25 de octubre de 1726 el aniversario de Isabel Farnesio, en la fiesta ofrecida por el propio infante. Este imprimió en su imprenta, a los 9 años, el almanaque de Torres del año siguiente, el año en que también le iba a dedicar la primera parte de las Visiones y visitas… Por supuesto, el almanaque iba dedicado a Felipe V.
Comenzaba así Diego de Torres una vida apegada a los poderosos que le llevaría a ser un recadista de los grandes y a frecuentar a los ministros, más al noble Carvajal que a Ensenada. En el trozo quinto de su Vida, Torres confesó que cobraba en aquel entonces dos mil ducados de renta «en cinco posesiones felizmente seguras», que debía la primera a la duquesa de Alba; la segunda, a su hijo, el duque de Huéscar; la tercera, al cardenal de Molina; la cuarta, al conde de Miranda; y la quinta, al marqués de Coquilla.
Quizás Feijoo, que estaba en Madrid cuando Torres se jactaba de entrar en los mejores palacios, se hizo eco luego de las famosas tonterías del catedrático, del que dijo el padre Isla que era «un bello lienzo bien imprimado que no tiene entera pintura, sino tal cual chafarrinón de todas tintas». En una de las suyas, el que había sido hasta torero había alborotado Madrid al propalar cuando estaba hospedado en la casa de la condesa de Arcos, en 1723, que los duendes daban golpes en los pisos superiores por las noches. A Feijoo, estas habladurías le produjeron risa y saltó con su discurso sobre los duendes y los ruidos: «que pudo hacer (…) el viento, o un gato, o un ratón, o un doméstico que quiso hacerle aquella burla, para tener después de qué reírse»; para concluir que «las narraciones de espíritus familiares solo se hallan en el vulgo, o en algún autor nimiamente crédulo y fácil, que andaba recogiendo cuentos de viejas para llenar un libro de prodigios» (TC, III: 4).
Como es sabido, Torres fue uno de los críticos expresos de Feijoo. Catedrático de matemáticas —la «ciencia forastera», según Feijoo— y antinewtoniano, acabó desenmascarándose en el asunto de la censura de las Observaciones astronómicas, de Jorge Juan. Torres quiso nada menos que añadir a la obra del sabio alicantino —uno de los mejores amigos de Ensenada— unas «prevenciones que le parecen precisas a don Diego de Torres Villarroel antes de entrar a la narración de las observaciones con que se intenta persuadir que es elipsoide la figura de la tierra y dificultades que se le ofrecen para no consentir en negarle su demostrada redondez». Como ha apreciado Jacques Soubeyroux, esta respuesta revelaba el «espantoso retraso» de Torres, al que el padre Burriel, que había mediado con Gregorio Mayans ante el inquisidor Pérez Prado para evitar el escándalo, acabaría llamando «el más necio que vi en mi vida». Jorge Juan, muy enfadado, llegó a pensar en publicar el libro fuera de España antes de someterse al diktat de la ignorancia.
En adelante, veremos la deriva de Torres y su papel en el partido de la oposición. Como oía a los grandes atizar todos los fuegos contra los hidalguillos medrados, tendremos en Torres —figura política que necesita un estudio meditado— un buen contrapunto al padre maestro para guiarnos en los vericuetos de los intelectuales y la política.
Proteger y protegerse
Los peligros del siglo político obligaban a tener valedores, también si se trabajaba con la pluma en la mano. Todos los ministros plebeyos, en un momento de su carrera, tuvieron que salvar graves obstáculos; algunos fueron víctimas tempranas, como Macanaz, generalmente por sobrepasar los límites impuestos por el régimen que todos conocían. De Macanaz a Ensenada, la nómina de caídos es extensa (no hay que advertir que caían los plebeyos, nunca los grandes). A los que vivieron de la pluma les pasó algo parecido. Incluso Feijoo fue denunciado ante la Inquisición, como la mayoría de los críticos, esos que le causaban gracia, pues España se había llenado de ellos. «Desdichada la madre que no tiene algún hijo crítico» (CE, II: 18), escribió con socarronería.
Así que nuestro padre tuvo que aguzar el ingenio y pensar cada vez más políticamente en la medida en que aumentaban sus enemigos o él se adentraba más en terrenos delicados. Las primeras dedicatorias y aprobaciones son muy neutrales: son las del religioso y universitario que cumple con sus obligaciones. Por ello, dedica el primer tomo del Teatro crítico a su general, José Barnuevo, y es censurado por su maestro, Antonio Sarmiento de Sotomayor —los dos llegarían a obispos—; es aprobado por un franciscano, Domingo de Losada, y censurado también por un jesuita, Juan de Campo-Verde, que es el más influyente, pues es profesor del Colegio Imperial y tiene relación con los antiguos confesores jesuitas del rey, los padres Daubenton y Bermúdez, y con el nuevo, el padre Clarke, la opción de Isabel Farnesio, como ya hemos visto. Sin duda, Campo-Verde está bien informado de la caída de Bermúdez y de la nueva política que se llevaba en la Corte después de la paz con Viena, pues tenía línea directa con su embajada. La carta de Luis de Salazar y Castro que acompaña al primer tomo sigue en el tono del intelectual, pues se trata del cronista general de España e Indias, relacionado con la Biblioteca Real, escritor de genealogías en decenas de obras, perfecto conocedor de la nobleza. Él era un simple hidalgo de procedencia burgalesa (dejó la colección Salazar y Castro de la Biblioteca Nacional).
Los dos tomos siguientes, de 1728 y 1729, están en la misma línea. Frailes, universitarios, colegiales en las dedicatorias; incluso cuatro monjes de San Vicente, de Oviedo, que «gozan de su apreciable compañía». Ya han comenzado las críticas contra Feijoo, pero parece poder defenderse con sus propias fuerzas y los muchos amigos. Algunos detractores como Torres Villarroel dispararon contra él sin importar el tema en su polémica con Martín Martínez, gran amigo de Feijoo, al que reprochaba «las más vertidas cóleras de su ignorancia». Pero no todas las críticas venían del entorno erudito. Una se había producido muy arriba y el propio Feijoo la escuchó en persona: era la que el infante Carlos lanzó contra el papel que Feijoo reservó a España en el discurso 15 del tomo II de Teatro crítico. El joven Carlos —tenía 12 años— se había enojado al ver esa «tabla del cotejo de las naciones, compuesta por un religioso alemán y estampada en mi segundo tomo», y le había producido tal indignación que la juzgó digna de las llamas. «Yo mismo oí a Vuestra Alteza la sentencia», escribe Feijoo en la dedicatoria del tomo IV, mostrándose dispuesto a «desagraviar a la Nación», como había hecho ya en el discurso 10 del tomo III exaltando el amor a la patria.
Así, pues, la célebre dedicatoria al infante Carlos —«tributo forzoso»— en ningún caso puede tomarse como una disculpa para buscar el favor material del personaje encumbrado, como sí hacía Diego de Torres. Se trata, por el contrario, de un desagravio cargado de intención política, pensando seguramente más en Isabel Farnesio que en el hijo. El escritor no tenía más remedio que «desenojar a Vuestra Alteza y desagraviar la Nación», una rectificación en toda regla a la que dedicará los dos últimos discursos del tomo, nada menos que las «Glorias de España», que de consuno con su amigo Sarmiento tenían el propósito de asentar los fundamentos de una monarquía de origen histórico.
Sin embargo, Feijoo no se libró nunca de su célebre anglofilia y su no menos conocida aversión por los franceses, lo que le siguió acarreando disgustos. En el mismo discurso del tomo II, había escrito:
Si entre las naciones de Europa hubiese yo de dar preferencia a alguna en la sutileza, me arrimaría al dictamen de Heidegero, autor alemán que concede a los ingleses esta ventaja. Ciertamente la Gran Bretaña, desde que se introdujo en ella el cultivo de las letras, ha producido una gran copia de autores de primera nota» (TC, II: 15).
Decir esto en 1728, cuando hacía un año había comenzado la guerra contra Inglaterra, era, cuando menos, inoportuno. El Congreso de Soissons se estancaba, pues Felipe V, en medio de un fuerte episodio de locura, se negaba a aceptar el artículo 10 del Tratado de Utrecht, el que ratificaba la pérdida de Gibraltar, que estaba siendo atacado por primera vez desde la paz. Todo elogio del enemigo tenía que producir reticencias y tampoco Feijoo se había mostrado muy acertado al intentar racionalizar las causas de la «antipatía entre franceses y españoles», a lo que dedicó el discurso 9 de ese mismo tomo II. Por más que se esforzó, ni el argumento de que habían sido las guerras las que habían separado a las dos naciones, ni el poco afortunado «paralelo entre turcos y persas» —franceses y españoles, ¡asiáticos!—, podían arreglar lo que para muchos era un grave error político, cuando no un desvarío. España podía ser una monarquía de origen histórico, española desde Túbal, pero la dinastía Borbón estaba por encima de todo. Afortunadamente, los ingleses firmaron el Tratado de Sevilla el 9 de noviembre de 1729, en el cual, a cambio de quedarse con Gibraltar, reconocían a Carlos como duque de Parma y de Toscana, lo que Feijoo podía aprovechar para, justo un año después, escribir la dedicatoria y el desagravio al príncipe triunfador, celebrando así el primer éxito rotundo farnesiano. El padre pudo haber aprendido la lección y moderar su anglofilia y su francofobia, pero, como veremos, volverá a provocar otro embrollo cuando, en 1750, ponga por delante las virtudes de Pedro I el Grande y rebaje el mérito de Luis XIV.
En definitiva, la historia de España no iba por ahí, como demostraba la necesidad del pacto permanente con Francia que compartieron todos los ministros —con la sola excepción del entorno carvajalista— y que impulsó los planes de Isabel Farnesio, que llegó a enorgullecerse de pertenecer a la gran familia Borbón cuando vio en Nápoles a Carlos y en Parma a Felipe, casado este, además, con una fille de Francia, la Refrancesa, como la llamaba con desprecio Carvajal.
El amigo Sarmiento y un brazo protector, los vizcaínos
Entre su última estancia en Madrid y la dedicatoria a Carlos, Feijoo «hace patente la inserción explícita y programática de su labor en el contexto reformista de la corte», como señaló Giovanni Stiffoni. A pesar de que se aleje de los brillos cortesanos y de que renuncie a cualquier proposición, su influencia en los que pueden abrir camino a las reformas es cada vez más notoria; precisamente, por eso, la nómina de enemigos crece sin cesar. Sebastián Conde, en la aprobación del tomo IV, se lo toma a broma y se ríe de que los enemigos consiguieron lo contrario de lo que pretendían: «Contra sus primeros tomos se escribió muchísimo; ¿pero con qué provecho? Con el de haber vendido tantos que ha sido preciso reimprimirlos».
El propio Feijoo hubo de salir en su defensa en el prólogo del tomo siguiente, de 1733, y envió a sus detractores al padre Sarmiento, su gran amigo, mucho más que una autoridad intelectual, en realidad, el gran intermediario político, capaz de proponer a Feijoo como modelo al marqués de la Ensenada o al duque de Medina Sidonia, al padre Rávago o al marqués de Valdeflores o, en fin, al mismísimo Carvajal, en el que vieron al gran intelectual, universitario y erasmista. Feijoo enviaba a sus detractores a ver a su amigo, «el maestro Sarmiento (que) está en la Corte y rarísima vez sale de su Monasterio de San Martín, él te abrirá al punto los autores y te hará patente que no hay cita ni noticia suya, ni mía, que no sea verdadera» (TC, V).
Pero había otro sabio en ese tomo V y no era precisamente un hombre contemplativo como Sarmiento (o como Mayans, que era nombrado bibliotecario el año en que se publicó este tomo). Se trata de Juan de Goyeneche, un hombre de vasta cultura, con el que el padre mantuvo correspondencia desde que le conoció en Madrid. Goyeneche no era solo el gran emprendedor, tesorero de la reina, editor de la Gaceta de Madrid, el que había «felizmente logrado el proyecto de conducir de las intratables asperezas de los Pirineos, y aun del centro de esas mismas asperezas, árboles para las mayores Naves, la fundación de un lugar hermoso y populoso en terreno que parecía rebelde a todo cultivo (Nuevo Baztán)». Era también uno de los más descollantes miembros del partido de los vizcaínos, el formidable grupo de presión —gentes del norte, en realidad, hombres de Isabel Farnesio— que se mantendrá en el poder hasta la caída del encartado Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías, cuando al llegar Fernando VI al trono hubo de seguir el camino de la desterrada madrastra Isabel Farnesio. Escribe Feijoo que Felipe V le había dicho a su confesor que «si tuviese dos vasallos como Goyeneche, pondría muy brevemente a España en estado de no depender de los extranjeros para cosa alguna» (TC, V).
Los Goyeneche eran una saga, bajo cuya protección Feijoo podía continuar su labor política; además, eran amigos de otro personaje de primera línea al que Feijoo admiraba: Jerónimo de Ustáriz, secretario del rey, también baztanés, autor de Teoría y práctica del comercio y la marina —«excelente libro», según Feijoo (TC, III, 5, 24)— publicado en 1724 y reeditado por encargo real en 1742 cuando, como dice Stiffoni, las reformas económicas formaban parte ya, a la muerte de Patiño, de las señas de identidad de los reformadores triunfantes, el malogrado Campillo y el marqués de la Ensenada.
Con la aprobación de ese quinto tomo por el hermano de Juan de Goyeneche, Antonio, jesuita y profesor en el Colegio Imperial, Feijoo hacía explícito el apoyo al partido en medio de «esta guerra, que es pacífica por serlo de entendimientos». Conocedor del poder de la facción castiza, recomendaba la prudencia: «Más crédito se gana con la moderación, que con el ardimiento. Ordinariamente, en semejantes lides, aun los vencedores salen vencidos, porque pelean más con las armas del odio que del amor». Un año después, el padre publicaba el tomo VI, en medio de la ofensiva contra Patiño, el valet de la Farnesio, la bribona en los pasquines. Todos sabían que la embajada francesa estaba detrás de los pasquines aduladores del príncipe Fernando y que los grandes volvieron a hacerse ilusiones cuando murió Patiño y aumentaron sus dicterios contra sus sucesores, otros dos plebeyos vizcaínos, Cuadra y Campillo; pero de nuevo sin consecuencias. El cardenal Gaspar de Molina, gobernador del Consejo de Castilla, a quien Feijoo dedicara el tomo VIII, dijo ante la lluvia de pasquines, en 1738: «Con el motivo de la última mayor edad que cumplía por septiembre (Fernando), van entreteniendo algunos sus vanas esperanzas con suponer que hasta entonces y no más adelante llegará el gobierno que veneramos».
Feijoo volvió a la carga dos meses antes de morir Patiño y dio a la imprenta el volumen VII, que dedicó a otro Goyeneche, el hijo de «un gran padre» que hizo «lo mismo sobre este punto importantísimo» que no es otro que «enriquecer la monarquía (…) con la pluma». Pero no era la pluma al servicio de la erudición como venía siendo usual; todo lo contrario, se trataba de uno de los cultivadores de la nueva ciencia política, la economía, que hará eclosión cuatro años después con el libro de Bernardo de Ulloa, Restablecimiento de las fábricas… (y dos después, con la reedición del de Ustáriz), a los que Francisco de Goyeneche y de Balanza se había anticipado con la publicación de Comercio de Holanda, «una obra que, en orden a la utilidad pública, puede emular todas las de su gran padre», escribió Feijoo.
Feijoo volvía a ponerse al lado de los aborrecidos vizcaínos, «una tropa de salvajes, los que más han sido pajes», decían los pasquines contra el partido; pero en unos meses estos salvajes iban a elevar a la primera Secretaría de Estado a Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías, uno más de los que habían aprendido a la sombra de Patiño, como Campillo y Ensenada, este último admitido en la esfera de los vizcaínos por sus orígenes norteños, un Somodevilla y Bengoechea, de hidalguía vascongada admitida a sus abuelos en un pueblecito riojano. Con Cuadra y Campillo en el poder, Feijoo pudo continuar su actividad, pero cambió el formato del Teatro seguramente para presentar una mayor diversificación temática en las Cartas eruditas. Es como si reconociera, sin decirlo, que las luces en España ya habían dado frutos gracias a especialistas y él pudiera dedicarse a seguir tratando de todo lo que le interesara, como siempre, pero sin someterse a la exhaustividad, incluso sin llegar a la profundidad de sus discursos. Y por qué no aceptarlo: para conseguir «nuevos matices y efectos de humor jovial e irónico», como él mismo dijo. Francisco Sánchez-Blanco piensa que pretendió también «acortar distancias y asociar a los lectores con sus planteamientos y tarea crítica», en realidad, recurriendo a un formato muy usual en el siglo ilustrado.
Feijoo podía ver resultados en la acción del Gobierno, especialmente con José Campillo en Hacienda, el autor de Lo que hay de más y de menos en España para que sea lo que debe ser y no lo que es, la obra política más crítica de la primera mitad del siglo. Si Feijoo quería críticos, aquí tenía al más aventajado, tanto que el ministro se atrevía a proponer: «hay de menos, fábricas; hay de más, frailes; hay de menos, gobierno». Campillo coincidía con Feijoo en todo, siempre presente el utilitarismo: había menos hospicios y más hurtos; menos maestros y más mujeres públicas; menos obras públicas y más ociosos; etcétera.
Pero al año siguiente de salir el primer tomo de las Cartas eruditas, el 11 de abril de 1743, murió Campillo y la Corte quedó consternada. La Farnesio, bien asesorada por las damas, según dijeron los franceses, eligió al marqués de la Ensenada, al que hubo que traer de Chamberí, donde servía al almirante Felipe como secretario del almirantazgo, el cargo creado para lucir al novio; pero en realidad, buscó al hombre que había contribuido al éxito de sus hijos, Felipe y Carlos, y que, además, conocía el sistema de Patiño y Campillo, a cuya sombra había crecido; también era de la cuerda de Cuadra, otro vizcaíno, aunque fuera riojano. La camarera, marquesa de Torrecuso, parece que fue la encargada de comunicarlo al rey, o al menos eso se dijo en el partido de la oposición con el fin de frivolizar aún más el ascenso del marqués de la En sí nada, un Adán —al revés nada—, al que se le presentaba como un hidalguillo elevado al poder por las mujeres.
Pero Ensenada solo fue un hábil cortesano hasta la proclamación de Fernando VI. Antes, Feijoo había vuelto a mirar a la corte, al dedicar el tomo II de las Cartas eruditas, en 1745, a Francisco María Pico, duque de la Mirándola, mayordomo del viejo rey Felipe V. Luego, esperó cinco años hasta publicar el siguiente tomo, el que tanto revuelo iba a provocar, pues, por primera vez, el padre tomaba partido entre dos orientaciones políticas, cada vez más separadas hasta el punto de que, en un par de años, irrumpirán con toda su crudeza provocando el enfrentamiento de los grandes y Ensenada. Fue 1750 el año en que los proyectos de Ensenada comenzaron a dar resultados; este año representa la línea divisoria entre dos formas de hacer política, aunque sea el 20 de julio de 1754, al vencer la conspiración contra Ensenada, cuando se muestren con claridad. También es 1750 el gran año de Feijoo, un año antes citado por el papa en una encíclica, el año anterior elevado al cargo honorífico de consejero real y, en 1750, nombrado vicerrector de la Universidad de Oviedo.
Feijoo y Sarmiento toman partido
Los grandes no pudieron contra Patiño, que murió trabajando, pero sí contra el hidalguillo riojano. La llegada al poder en 1746 del ministro José de Carvajal y Lancáster, noble por los cuatro costados, relacionado con la casa de Alba, hermano de un general y de un obispo, despertó los sueños de los grandes, que por primera vez se veían en el Gobierno. Además, el duque de Huéscar —luego de Alba— hacía figura, primero, como embajador en París y, luego, como mayordomo del rey. Mientras, Ensenada iba desarrollando sus planes, cada vez más expuestos: la reforma de las casas reales, la reducción del ejército de tierra, el catastro, el concordato, el Real Giro, los arsenales; en todos había algo que molestaba a la nobleza. Y desde luego, a Carvajal, cada vez más distanciado de Ensenada, tanto que el terco don José le confesaba al duque de Huéscar (en 1755, duque de Alba): «Te aseguro que me desespera lo que hace».
No es este el lugar para tratar del proyecto ensenadista y su potencial reformista, pero sí hemos de tenerlo en cuenta, pues es imprescindible para entender el problema que tuvo Feijoo con su tomo III de las Cartas eruditas, el que dedicó a Fernando VI y en el que publicó unas líneas de agradecimiento a Carvajal por «haberme obtenido de la piedad del Rey nuestro Señor la permisión de dedicarle este libro». Los paratextos eran la culminación de la operación que se atribuyó Carvajal por haber favorecido el nombramiento de consejero de Feijoo y el decreto regio que impedía que se le criticara por «gozar del real agrado». Así se ponía fin a la disputa que encabezaba el padre Soto Marne y que podía incluso haber acabado en un proceso inquisitorial. Sin embargo, como confirman los estudiosos, no fue Carvajal el que motivó la protección del rey, sino el gran intermediario político de Feijoo, el padre Martín Sarmiento, a estas alturas un político muy reconocido, capaz de llegar al rey a través del duque de Medina Sidonia y su esposa, muy vinculados a la familia real y al marqués de la Ensenada y al confesor padre Rávago.
En realidad, la gratitud a Carvajal, que no es efusiva ni exagerada contra lo habitual en Feijoo, significa que el padre maestro conocía los dos partidos que actuaban en torno a Ensenada y Carvajal, con Huéscar por medio, aunque todavía las divergencias entre los dos ministros no se habían manifestado más que en el carácter, las formas, y todavía muy poco en los proyectos políticos. Es, precisamente, a partir de 1750 cuando comenzarán a hacerse más notorias, pues ese es el año de los tres tratados carvajalistas: el que suscribió con Inglaterra, el que acabaría dando lugar al de Aranjuez y el de Límites con Portugal. Ninguno de los tres satisfizo las aspiraciones políticas de Ensenada, mucho menos idealista que el intelectual Carvajal. El hispano-inglés, porque Ensenada no se fio nunca de Inglaterra, así que lo consideró papel mojado; el de Italia, porque sabía que a Carlos de Nápoles y a Felipe de Parma no les iba a gustar nada; y el de Límites, porque podría provocar tensiones innecesarias entre las dos cortes, España y Portugal, como así acabó por ocurrir y, además, con efectos muy negativos para él. Precisamente, el tratado más importante del reinado, el Concordato con la Santa Sede, no lo negoció Carvajal, al que le correspondía como ministro de Estado, sino Ensenada, ocultándoselo, «en secreto y sin hacer ruido», poniendo en práctica todas sus maquiaveladas y sobornando al mismísimo nepote del papa; pero también creándose grandes enemigos, él y el artífice de la negociación, el abate Miguel de la Gándara, al que veremos penar la canallada más cruel del siglo, más que la de Macanaz, pues Gándara acabó muriendo en la cárcel.
Ensenada, que no era un hombre de ideas —no tenía en su biblioteca el Teatro crítico, aunque sí la edición de las Cartas eruditas anterior a 1754 (sin duda, regaladas)—, sino de acción —«me he criado en la Marina», repetía—. Era ya el «secretario de todo», como le llamó su amigo el padre Isla, pero dejó hacer al círculo de Carvajal, en el que se encontraba también otro intelectual, el padre Sarmiento. Eran idealistas, no como él, que llegó a decir: «Busco dinero y fuerzas de mar y tierra y no teologías». Era lo opuesto a Carvajal y seguramente, su política despótica inspiraba temor a frailes como Sarmiento y Feijoo. Mejor acercarse al recto Carvajal, el «genio vinagre», incapaz de bromear, el austero erasmista que no aceptaba regalos ni condecoraciones, universitario, de aquilatada nobleza, al que desesperaban las maquiaveladas de Ensenada… y la ópera, a la que llamaba «pasto ordinario».
Sin embargo, en la dedicatoria a Fernando VI, todas las grandes obras que citaba Feijoo, «la gran maravilla del Reinado de Vuestra Majestad», eran las que estaba llevando a cabo Ensenada, quizás con la sola excepción de «promover más y más cada día las fábricas», asunto del que se ocupaba Carvajal, aunque siempre con Ensenada encima, pues las reales fábricas de Carvajal iban a la ruina. Feijoo se asombraba de que el «régimen que hay ahora es el que nunca hubo. Así se ven los efectos de él». Estos efectos eran «amontonar materiales para aumentar la Marina», más fábricas, «fortificar los puertos y fabricar, en El Ferrol, Cartagena y Cádiz, unos amplísimos arsenales», obras públicas, «romper montañas para hacer más tratables y compendiosos los caminos», canales como el de Castilla,
abrir acequias, engrosar el comercio con la formación de varias compañías, establecer escuelas para la náutica, para la artillería, y todo lo demás que deben saber los oficiales de Marina, formar una insigne de cirugía, debajo de la dirección del célebre maestro de ella don Pedro Virgilio, pagar exactamente los sueldos, satisfacer hasta el último maravedí los caudales anticipados por los recaudadores. Vemos consignados anualmente cien mil escudos de vellón para extinguir las deudas contraídas por el difunto padre de V. M., atraer con el cebo de gruesos estipendios varios insignes artífices extranjeros, ya de pintura, ya de estatuaria, ya de las tres arquitecturas, civil, militar y náutica, ya de otras artes.
Esos son los grandes proyectos de Ensenada, entre los que Feijoo cita también el más importante de todos, el catastro: «Trabajar en la grande y utilísima obra de reglar la contribución de los vasallos a proporción de sus respectivas haciendas».
El catastro, el proyecto más ilustrado del siglo por lo que tenía de fermento antifeudal, provocó de nuevo que Feijoo se arriesgara ante Ensenada, pues reflejó las dificultades técnicas, el coste de la operación, que era una de las críticas que ya empezaba a circular contra el vasto plan de catastrar las Castillas: «Lo que a mi entender no podrá perfeccionarse sin grandes gastos», añadía Feijoo. A Ensenada no le debió gustar nada que el fraile se metiera en estos asuntos, pues, cuando ya sabía que la operación del catastro iba a fracasar, le dijo a su querido amigo el cardenal Valenti Gonzaga: «No hay para mí cosa más dolorosa que mudar de concepto ya antiguo, porque lo que es efecto de la razón se suele atribuir a inconstancia del ánimo».
Así que ya en las primeras páginas del más polémico libro, este tomo III de las Cartas eruditas, el padre entraba de lleno en la política partidista. Sabía por Sarmiento todo lo que ocurría en la Corte, pero también se lo había insinuado el padre Flórez en su carta, que Feijoo había incluido en el tomo anterior, en la que le hablaba claramente del otro partido: «Obligando a envidiar el todo de su modo de probar y discurrir, aún a aquellos que son de otro partido, en lo que está sujeto a variedad».
Feijoo, en lo más alto de la estimación regia, podía estar tranquilo. Incluso los del otro partido «envidiaban su modo de probar y discurrir». Además, estaba Rávago, que impediría que las cosas fueran a mayores arriba, con el amo. Rávago empleaba toda su astucia con el rey: «Y para consolarle, añadí —le decía a Portocarrero en noviembre de 1749— y le gustó mucho, que yo no sabía cuál fuera peor para un Estado, si la unión o desunión de sus ministros, no siendo ellos muy santos; porque si están muy unidos se cubren unos a otros, y nunca llegan a saberse sus yerros». En realidad, el confesor le dijo a Fernando VI lo mismo que pensaba Felipe II.
La francofobia de Feijoo y la reacción ensenadista
Pero había un límite que no se podía rebasar, pues antes de nada estaba la estrategia político-militar —dos pactos de familia ya— y aún más, la construcción de la nueva monarquía fernandina, que obviamente estaba coronada por la casa de Borbón y que encarnaba el primer Borbón español, un rey español que, sin embargo, repetía a menudo «soy Borbón», pues nada le enojaba más que ser menos ante sus primos franceses. Como decía el marqués de Villarías: «Los estímulos de la sangre hacen su oficio». En definitiva, ni siquiera gozando del «real agrado» se podía criticar al gran Luis XIV, como hizo Feijoo en este tercer tomo. Aunque corrieran por Madrid todo tipo de críticas contra los franceses, lo políticamente correcto era hacer como Ensenada, que le decía a su confidente, la marquesa de Salas, en 1744, que le importaba «maldita la cosa ni el que escriba o no chismes a la corte (el embajador francés), cuando mis amos me conocen y tienen reiteradas pruebas de que yo procuro por todos los medios que franceses y españoles se unan como hermanos para dar la ley a Europa». En realidad, sin embargo, el zorro riojano pensaba que «con la Francia no urge otro paso que el de la disimulación (...) sin contraer más empeño que el de las buenas palabras». O también mostrar «una entereza prudente» y «conservar su amistad, bien que sin dependencia, para no exponernos al torrente de su poder, mientras no estuviese el de la monarquía (española) en la consistencia que debemos esperar». Toda una lección de astucia y disimulo.
Sin embargo, el iluso Carvajal llegó a decir, en 1753: «El rey ¿lo es nuestro por Borbón? Ya se ve que no». Concluía con un desvarío político: «El rey es rey nuestro porque es de Austria y nadie puede dudarlo». La francofobia de Carvajal aparecía ya en su Testamento político —que seguramente conoció Feijoo—, escrito antes de llegar al poder, en 1745, en el que decía de los franceses: «Tienen para nosotros una enemistad irreconciliable que nos asesinarán hasta el último exterminio siempre que puedan». Para el que iba a ser ministro de Estado, el Gobierno francés no había dejado de causar daño a España y a sus Indias, y auguraba: «Piensan ponernos en el último exterminio y en menos figura que la que hacen Génova y Lucca, y a fe que llevan mucho andado del camino». España, por tanto, debía elegir a Inglaterra, lo que seguramente agradó a nuestro fraile anglófilo. Todavía ocho años después, Carvajal se despachaba a gusto contra Francia y los franceses en Mis pensamientos: «Todo lo demás es repugnante, empezando por el carácter de los individuos».
Pero esas ideas, obviamente, no eran las que tenían los verdaderos dirigentes del «régimen que hay ahora» —palabas de Feijoo—, ni por supuesto era conveniente esgrimirlas ante la exhibición de poder de los ensenadistas, una red que había copado todas las esferas del poder, como demostró brillantemente Cristina González Caizán. El propio Carvajal acabó reconociendo que «hace falta un primer ministro, pero yo no lo soy». Por eso, Feijoo y Sarmiento se equivocaron al reconocer el favor del tozudo ministro de Estado cuando quizás este no había sido más que un intermediario o el último en firmar, como en el caso del Concordato.
El padre maestro empezó bien el tomo III de las Cartas, con una dedicatoria repleta de alabanzas a los reyes de Francia —un santo en Francia y otro en España—, incluyendo loas a Luis XIV, el Grande, y otros ilustres progenitores de Vuestra Majestad; pero cometió el error de anteponer las virtudes del rey de Rusia, Pedro I, a las del rey de Francia, Luis XIV, que salía muy mal parado en la comparación. En fin, esas ideas solo podían provenir del entorno de Carvajal, el duque de Alba, Ricardo Wall y… Benjamin Keene, el embajador inglés, que ya se reconocían como el bando contrario. Como le decía Wall a Carvajal desde Londres, donde era embajador: «Contribuye a ello mucho la manera en que escribe Mr. Keene, pues todas sus cartas son tan parciales hacia nosotros que cuasi se podría creer que V. E. le ha encantado». A esas alturas (1752), el astuto embajador Benjamin Keene había concebido ya el plan para acabar con Ensenada.
En ese contexto, el padre dio al impresor la carta 19, «Paralelo de Luis XIV, rey de Francia, y Pedro el Primero, zar, o emperador de la Rusia». Sin duda, aquella innegable anglofilia que ya dejó ver desde que se asomó a la imprenta (TC, II: 15) y la consiguiente francofobia también expresa en el mismo tomo (discurso 9) estaban en el fondo de este arriesgado pronunciamiento, que ahora hizo saltar a los ensenadistas, conocedores de las intenciones de Inglaterra y de su embajador… y de sus amigos en el Gobierno.
La jugosa correspondencia entre Ordeñana y Feijoo fue publicada por Cristina González Caizán como complemento a su excelente libro sobre la red política de Ensenada. También sabemos por esta profesora quién era el interlocutor de Feijoo, Pablo de Ordeñana, el brazo derecho de Ensenada, tan íntimo del marqués que el embajador en Parma, el marqués de la Bondad Real, le decía en julio de 1750: «Yo no escribo a S. E. (Ensenada) por ser V. M. lo mismo y no tener en qué diferenciar». El brazo ilustrado del ensenadismo, el bilbaíno Ordeñana, se vio obligado a intervenir para frenar las consecuencias que iba a tener el escrito de Feijoo y le pidió una rectificación inmediata, no sin recordarle al comienzo de la carta que el compromiso contraído al aceptar el regalo regio no era, «como no es, efecto de solicitud de V.», y que sería conveniente que le pidiese al rey «con eficaz ruego que levantase la prohibición cuando no a favor del padre Soto y Marne, al de los demás que no han incurrido en igual culpa, para que así quede libre el campo de los modestos investigadores de la verdad». La lógica era aplastante, pero Ordeñana aún empleará otro argumento: el propio Feijoo ya había tenido que rectificar sus ideas, por ejemplo, las que tuvo años atrás sobre las teorías newtonianas. Reciente el caso de Jorge Juan y los problemas para publicar su obra —que obviamente se logró por intermediación de Ensenada—, Ordeñana le decía a Feijoo: «Si ha leído las Observaciones de nuestros marineros don Jorge Juan y don Antonio de Ulloa, se habrá convencido de que no son subsistentes las razones con que intenta usted probar que el mundo es de figura ovalada».
No debió agradarle a Feijoo nada este reproche, pero debió gustarle menos la segunda carta de Ordeñana, del 12 de septiembre de 1750, que comenzaba por un agradecido acuse de recibo del tomo III, que Feijoo le había enviado, y continuaba directamente con el tema: la carta 19 era tan inadecuada que «ha ofendido a toda la nación francesa, que lleva muy mal se afee en él (Luis XIV) la memoria de un rey que es el objeto de su mayor veneración y aun el de toda Europa». Además, no había ningún motivo. Ordeñana era durísimo en el argumento, pues le espetaba que parecía que la única razón era «que traía considerado usted preciso destruir la opinión de este príncipe (Luis XIV) para fundar sobre su ruina la del zar Pedro imitando en esto a muchos de nuestros predicadores que creen no elogian bastante en su panegírico al santo del día si no bajan el valor de aquellos o aquel con quien le comparan». Ordeñana se reservaba lo más duro para el final. Según «he oído discutir a varios franceses» —le reprochaba—, habrían «hecho impresión» en Feijoo las especies malignas divulgadas por los calvinistas, «que ensangrentaron sus plumas contra Luis XIV» cuando fueron expulsados de Francia al revocar el rey el edicto de Nantes. Y casi como una amenaza, Ordeñana concluía: «Veremos cómo prorrumpe el sentimiento de la nación en París adonde me aseguran se ha remitido la traducción del Paralelo hecha con todo cuidado. Entre tanto, puede usted prepararse».
Feijoo contestó el 28 de octubre. Fue al grano tras dos líneas de cortesía: «El celo con que corrige mis yerros muestra el deseo que tiene de mis aciertos». Basó su argumento en repetir todos los pasajes en que había hablado bien de Luis XIV y, en efecto, lo había hecho, pero se mantenía firme en el elogio al zar. Incluso continuaba haciendo «paralelos», como por ejemplo: «Aun concediendo como de justicia que Luis XIV es llamado Luis el Grande, sobran muchos materiales al mundo para erigir al zar Pedro una estatua colosal, mucho más agigantada que la que merece Luis XIV». Si aceptaba que Luis era el Grande, hacía del zar Pedro el Máximo. Insistía en lo mismo en varios párrafos de la carta y, además, para enfurruñar más las cosas, citaba como autoridad a Fontenelle y a Voltaire.
La irritación en el primer círculo ensenadista debió ser colosal. Expresamente, Ensenada había reconocido como inspirador de su política a Luis XIV, en las Ordenanzas de la Marina, en la elaboración del mapa de España, en su plan de formación de técnicos en París. Sus espías le tenían perfectamente informado de lo que pasaba en la corte de Luis XV y no ocultaba su admiración por Francia. Por el contrario, Feijoo había llegado a afirmar en la primera respuesta a Ordeñana que «Luis entró en la corona de Francia hallando ya introducidas las artes y las ciencias en aquel reino, con que no pudo ya introducirlas, sino perfeccionarlas», mientras, en su despedida, todavía se refería a las relaciones de Luis XIV con la Maintenon y «a su comercio con la Montespan». Realmente inaudito. Para acabar, afirmaba: «En el paralelo de los dos monarcas escribí lo que realmente sentía».
La contestación de Ordeñana, el 12 de diciembre, fue durísima, como era previsible. También fue muy política, pues los ensenadistas necesitaban la apariencia de neutralidad mientras duraba el rearme de ocho años y la indulgencia de Inglaterra (así califica Carlos Martínez Shaw la actitud de mantener la neutralidad a pesar del enorme potencial bélico de que disponía mientras el rearme español estaba a medias). Ordeñana se escudó en la respuesta «lo que oí a varios franceses» y anticipó que observaba «la más exacta neutralidad, suspendiendo mi juicio sobre el Paralelo». Pero inmediatamente pasó al reproche. Para empezar, los autores franceses que había esgrimido Feijoo, Voltaire, Fontenelle y el diccionario histórico de Moreri, le parecían otro error gravísimo: «Ninguno mejor que usted puede conocer lo despreciable de estas autoridades». Luego, seguía con cada uno de ellos, especialmente con Voltaire, que «últimamente ha decaído tanto en Francia que ya no se hace caso de él, motivo sin duda que le ha precisado a buscar su fortuna fuera de aquel reino, habiéndose transferido a Berlín, en donde al presente se halla» (y donde editó, en 1751, El siglo de Luis XIV, que Ordeñana tuvo en su biblioteca). Luego, Ordeñana hacía un extenso panegírico de Luis XIV, incluyendo su protección al catolicismo (por la revocación del edicto de Nantes).
Antes de que Ordeñana escribiera su durísima respuesta, Feijoo había cumplido lo que le prometió y había escrito una segunda parte, el 23 de noviembre de 1750, que se apresuró a enviarle. Algo debía de haber oído el padre maestro, pues el tono de esta carta era muy diferente a la anterior. Seguramente, le informaron mejor de lo mucho que habían cambiado las cosas tras la muerte de Felipe V —y más desde la paz de Aquisgrán— y de que el nuevo rey, al que había ensalzado en su dedicatoria, se jactaba de hablar de igual a igual con sus primos franceses, creyendo —y en ello se empleaban los ministros— que en toda Europa se conocía que ya España no estaba subordinada a Francia. Por eso, importaba recalcar que Fernando VI era el bisnieto de Luis el Grande y que, como «no quería guerra con nadie», no había por qué hablarle de reyes a caballo caracoleando a la cabeza de sus tropas. Ordeñana y Ensenada sabían lo que había costado hacer firmar a Fernando VI la paz de Aquisgrán sin que se considerara humillado por los franceses (que es lo que pensaba Carvajal hasta que el tozudo se convenció de que no había nada que hacer). Así que Feijoo torció el brazo y acabó deshaciéndose en loas hacia Fernando VI, «un monarca a quien adoro», y hacia su antepasado Luis XIV, explicando su nueva actitud así: «Mucho más inclinado me siento a preconizar las glorias de un príncipe, sobre católico y vecino, ascendente de un monarca a quien adoro, y de otro, a quien venero, que las de otro heterodoxo, distante y que por ninguna parte puede inspirarme algún afecto apasionado».
Al fin nuestro erudito comprendía y colaboraba con los que fabricaban al rey pacífico: «Nunca les propondría (a Fernando y Bárbara) como modelo proporcionado a su imitación a algún príncipe guerrero, o famoso por sus expediciones militares». Feijoo lo había entendido: el modelo era el contrario, el de «aquellos que incesantemente se aplicaron a procurar el mayor bien para sus reinos: justos, pacíficos, padres de sus vasallos».
Son palabras que parecen salir de la boca de Ensenada. Con intención de terminar el diálogo una vez conseguido el objetivo, Ordeñana contestó a esta carta rápidamente, el 31 de diciembre, reparando que «en ella se explica usted en términos aún más indulgentes que en la primera hacia Luis XIV, declarándole no solamente grande, sino muy grande, que vale lo mismo que máximo». Y como coronación del éxito que significaba haber hecho rectificar nada menos que a Feijoo, Ordeñana escribía: «Nuestro monarca y su primo dos veces hermano Luis XV tienen ejemplos ilustres que seguir sin salirse de su familia en las dos líneas de España y Francia».
El 26 de enero contestó Feijoo con agradecimientos y algún reparo, a lo que Ordeñana, dando por finalizado el carteo, respondió el 28 de febrero de 1751, insistiendo en el panegírico de Luis XIV y refutando todavía cualquier punto negativo o argumento desfavorable de las cartas anteriores de Feijoo. También con un cierto hartazgo, pues del todo Feijoo no se desdecía, sino que empleaba otros circunloquios. Era inevitable: Feijoo era un intelectual, no un político; además, seguramente, no era ya consciente de las nuevas ideas que irrumpían en el Madrid de la neutralidad. Ignacio de Luzán, recién llegado de la embajada francesa, traía un nuevo gusto literario; sus Memorias de París —dedicadas al padre Rávago— eran una loa constante a Francia y a la cultura francesa, mientras, como hombre de moda, recibía de Carvajal el encargo del proyecto de creación de una Academia de Ciencias y Letras. En el borrador, de 1751, proponía a todos los intelectuales para académicos, incluidos Sarmiento, Mayans, Pingarrón, Burriel, entre otros, pero no a Feijoo.
La situación política se fue enrareciendo y, al final, todo se precipitó tras la muerte de Carvajal el 8 de abril de 1754. Un año antes, Feijoo había publicado todavía un tomo más de la Cartas eruditas, el cuarto, que dedicó a Bárbara de Braganza, una solución inteligente: uno al rey, otro a la reina. Pero ya no habrá otro hasta que llegue Carlos III y termine el Gobierno de Ricardo Wall, que ni a Sarmiento ni a Feijoo podía satisfacerles.
Silencio, pues ganó el bando contrario
Desterrado Ensenada el 20 de julio de 1754, víctima de los que habían estado cobijados con los «tres del conjuro» —Huéscar, Valparaíso y Wall— a la sombra de Carvajal, el ministro de Estado difunto, Feijoo puso fin al combate, mientras su amigo Sarmiento, que había salido de la corte «quitándose de en medio en aquellos momentos críticos», en acertada expresión de José Santos Puerto, se mostraba «escarmentado y desengañado de uno y otro mundo, literario y político», como les decía a los duques de Medina Sidonia un año después. Para salir de Madrid, dijo que había pedido permiso por escrito a Carvajal, pero en realidad partió varios días después de su muerte, «a últimos de abril cuando se me ofreció salir de Madrid, como de hecho salí a cinco de mayo del mismo año». Así, pues, Sarmiento sabía antes de partir que el duque de Huéscar, que se había hecho cargo interinamente de la Secretaría del difunto don José de Carvajal y que era mayordomo del rey, ya había decidido quién iba a ser el sucesor: el irlandés Ricardo Wall y Devreux (en realidad, un jacobita nacido en Nantes). Sabía también que el padre Rávago se escandalizó y que, en la embajada francesa, el duque de Duras dio por perdido a Ensenada, como otros de sus allegados, que hicieron las más negras conjeturas sobre su futuro. Jaime Masones de Lima, embajador en París, se encerró en la Embajada y escribió el 5 de agosto a Wall una sarta de sandeces en torno a la conspiración a favor de Carlos de Nápoles:
La voz general —decía Masones de Lima, el Cegato— se reduce a que se trataba por Ensenada y su partido (en que por consiguiente metían a mí juntamente con la reina viuda) la negociación de que nuestro amo abdicase la corona, entraba en ella el rey de Nápoles y pasase a aquella el infante duque de Parma, lo cual descubierto por la reina nuestra señora disuadió al rey que conoció los malos consejeros y prorrumpió en castigarlos.
El embajador Masones, que según Choiseul era «el mejor hombre del mundo, pero el más inepto ministro que haya habido nunca», solo acertaba al decirle al ministro que «Rouillé me soltó la especie de si los ingleses habrían contribuido a la caída del marqués», lo que obviamente para Wall no era ninguna novedad, pues él estaba al corriente de todo. Otro que también se asustó fue el abate Gándara, acérrimo ensenadista y partidario de los jesuitas, que vio en la caída del marqués el principio del fin de la Compañía. Años después, en 1770, le veremos recordar, preso en Pamplona, sus presentimientos a partir de aquel aciago 20 de julio de 1754.
Ricardo Wall, el hasta entonces embajador, había salido inmediatamente de Londres tras la muerte de Carvajal y se detuvo en Versalles para besar la mano a Luis XV el día 29 de abril. Uno de los ministros, el mariscal de Noailles, gran conocedor de España y amigo de Ensenada, presente en la ceremonia, transmitió al embajador Duras sus temores sobre la peligrosa situación: los grandes iban a volver al poder. También Isabel Farnesio, que aborrecía a Huéscar —el odio era mutuo—, estaba alarmada por la posibilidad, y desde luego lo estaba Sarmiento, que conocía bien el juego político, pues en carta al librero Mena, el 1 de mayo, preparando el viaje, le decía con sorna:
Recibí su carta lacrada de colorado en lugar de venir lacrimosa con oblea negra haciendo la dolorida por el funesto acaso que me ha sucedido el día de San Marcos. Si bien, según el ceremonial heráldico de obleas y de ser usted aposentador en jefe por el rey, con uniforme azul, de que le doy mil felicitaciones de moda, debía y debe usar de oblea, o de lacre, azul, que es el color característico de ojos irlandeses.
Lo que no sabemos es qué le ocurrió el día de San Marcos, que por cierto era el cumpleaños de Ensenada.
Otro que también salió de Madrid para quitarse de en medio fue Jorge Juan y Santacilia, el mejor amigo de Ensenada. Desde el día 17 de julio, el escenario de crisis era ya perfectamente conocido por el marqués y sus íntimos, pues sabía que había llegado de Londres la carta que le iba a perder, la que escribió Abreu dando cuenta de la queja diplomática de los ministros de Jorge II a raíz de lo que Keene les había transmitido sobre las órdenes de ataque en Honduras que habría dado Ensenada sin conocimiento del rey. No es nada sorprendente que el día 19 —un día antes del arresto de Ensenada— saliera Jorge Juan de Madrid con destino a Cartagena, quizás aconsejado por el marqués para que no estuviera en Madrid y corriera la suerte de los más directos colaboradores, que fueron desterrados como él.
Jorge Juan se enteró de la noticia el día 7 de agosto en Cartagena, en compañía del intendente Francisco Barredo, otro leal ensenadista. Un inglés asentado allí aseguró que a ambos les dio «un pánico tembloroso después de leer las cartas sobre la caída de Ensenada». Debió de ser por la dureza del castigo, el arresto y el destierro de un toisón, calatravo y sanjuanista, pues hasta entonces, un ministro caído era sencillamente retirado de los asuntos, no castigado como un delincuente. Eso era lo que había ocurrido con Villarías, por ejemplo. Por eso, como ocurrió en todas las embajadas, donde se disparó la imaginación temiendo graves represalias y, desde luego, el estallido de una nueva guerra, en Cartagena ese informante inglés también pudo apreciar que «el duque de Huéscar y el Sr. Wall están aquí vistos de una manera muy negativa por el partido francés, sin embargo, para el otro partido brillan como el sol». Había ocurrido lo que con tanto ahínco persiguieron los grandes: «Jorge y Ulloa no esperen / pues venció el bando contrario».
Cuando Jorge Juan llevaba ya unos meses en Cádiz, tras pasar por Granada y visitar al jefe, el «sujeto que más quería en España» —así lo calificó Ensenada—, le escribió, a través del fiel criado Rosellón, en marzo de 1755: «Se han trocado los bolos y hallo que no hay cosa como estarse en su rincón».
Llegaban tiempos de espera, y así lo entendieron el desengañado Sarmiento, el sabio Juan en su rincón y el atrabiliario Gándara, que logró astutamente mantenerse en el cargo en Roma. Debió de entenderlo también Feijoo, que no volvió a dar nada a la imprenta hasta que llegó Carlos III desde Nápoles, al que dedicó el último tomo de las Cartas eruditas, quizás suspirando también por esa feliz revolución que anunció el padre Isla, el amigo de Ensenada que celebró su vuelta a la corte con un alegre «todavía vive nuestro marqués». Pero ya todo serían desengaños.
El último tomo y la feliz revolución de Carlos III
Precisamente, la firma del Tercer Pacto de Familia por Carlos III en agosto de 1761 era la rotunda demostración de la equivocación de Feijoo en sus ideas anglófilas, carvajalistas, y suponía el fin de la neutralidad fernandina. El autor del giro hacia Francia, Jerónimo Grimaldi, hechura de Ensenada, había rectificado el rumbo marcado por Wall y Alba, volviendo a la unión de las dos coronas. Antes, Feijoo había dedicado a Carlos III su último tomo de las Cartas eruditas, recordando que había tenido el honor de hablar con Su Majestad… treinta y dos años antes, en 1728, «no más que el corto espacio de un cuarto de hora», un tiempo suficiente para «concebir las altas esperanzas». Feijoo sentenciaba: «El que en la edad adulta ha de ser gigante, desde la infancia descubre mayor estatura que la que corresponde a aquella edad» (CE, V).
Feijoo murió el 27 de septiembre de 1764 y no pudo ver el último tiempo de aquella lucha política a la que él había contribuido muchos años atrás con sus ideas, pero se hubiera sorprendido al comprobar la complejidad a la que había llegado la política, la inquina de aquellos grandes, ociosos y rencorosos y, sobre todo, la potencia imparable del Estado leviatán servido ahora por verdaderos déspotas. Se hubiera admirado también al ver que aquel catedrático necio, recadista del duque de Alba —que ahora presumía de volteriano—, Diego de Torres Villarroel, crítico con él hacía cuarenta años, volvía a hacer de las suyas en otro de los momentos críticos del siglo del despotismo (1766), el año en que las esperanzas del partido de los grandes habían vuelto a reverdecer, después de haber permanecido adormiladas tras comprobar que habían sido capaces de echar a Ensenada en 1754, pero no de forzar a Wall y al duque de Alba para que cambiaran el Gobierno.
En el Diálogo entre varios sujetos sobre el gobierno de España en este año de 1759, el duque de Alba aparece aterrado ante la llegada del nuevo rey, mientras Ensenada, en actitud desafiante, le ve «triste, absorto y casi en términos de desesperado» y le reprocha, a él y a todo el Gobierno de Wall, su inutilidad política. En otro pasquín, conservado como el anterior en la Biblioteca Nacional, Convite de los Grandes para un juego de pelota, cierto magnate convoca a toda la grandeza para hacer un equipo y jugar un partido de pelota contra otro de jugadores extranjeros, que se va a celebrar en Madrid «con motivo de venir de Nápoles a la sucesión de España el señor don Carlos Tercero». Repasa una a una las grandes casas nobles y no encuentra más que haraganes, frívolos, viciosos. Algunos se habían hecho ilusiones cuando murió Fernando VI, pero Carlos III se presentó con sus italianos, lo que de nuevo dio al traste con las expectativas de uno de los grandes que empezaba a hacer figura política, el conde de Aranda, alejado a servir la Embajada de Varsovia. Parecía que el nuevo rey tenía las ideas de su madre y todavía rechazó más a la gran nobleza. Según decía el embajador danés, «el rey continúa despreciando más que nunca a sus nuevos súbditos, y estimando y distinguiendo a los napolitanos, a los sicilianos y, en general, a los italianos, y no creo que sea excesivo aventurar que el Sr. Grimaldi debe, en gran parte, a esta actitud del Rey el brillante puesto que acaba de obtener». Caía Wall, Alba estaba en sus tierras, y ascendía Grimaldi, mientras Ensenada era llamado de nuevo a la Corte. El caso de Esquilache era todavía más irritante, a juzgar por el mismo embajador:
El Sr. Esquilache, siempre en posesión del favor y de la confianza del Rey, cerrado en sus principios, no actuando sino según sus estrechas miras y sus intereses particulares, continúa haciendo despóticamente lo que le viene en gana, llenando las arcas del Rey, enriqueciéndose él mismo, destruyendo el comercio y la industria, y precipitando al pueblo cada vez más a la miseria.
Tanto es así que el embajador se atrevía a profetizar, en 1764: «La miseria es ya tan grande, que a poco que se persista en seguir pisando al pueblo, y a nada que la cosecha de este año sea tan mala como fue la del año pasado, las consecuencias no podrán ser sino funestas y terribles».
No era un vaticinio —aunque los había y muy variados—, sino la reflexión de un observador que ya había podido ver el hambre, la falta de alojamientos, el paro de las clases bajas de Madrid, la llegada de pobres desesperados a la gran ciudad, una ciudad peligrosa, como nos la mostró Jacques Soubeyroux, donde ya habían estallado algunos disturbios graves, como por ejemplo, los de la boda de la infanta, celebrada por todo lo alto en El Retiro, en 1765, ante las protestas de miles de pobres. Hubo 24 muertos entre la plebe hambrienta que vociferaba contra el lujo de los cortesanos, a manos de la guardia valona, lo que el pueblo madrileño no olvidará durante el motín del Domingo de Ramos de 1766, la gran conmoción política del siglo.
Feijoo ya había muerto y no pudo ver el destierro de Ensenada y el de ensenadistas notorios como el abate Gándara y el marqués de Valdeflores, pero sí lo vio Torres Villarroel, su contrafigura política más perfecta, que hasta lo profetizó en el Almanaque para 1766. No solo adivinó la caída de Esquilache, al que era fácil colocar en el centro de la diana del malestar popular, sino también la de nuestro padre Adán —al revés nada, es decir, Ensenada—. Porque Adán es la respuesta al enigma que propuso Torres:
Quién es aquel que nació
Sin que naciese su padre
no tuvo madre
El viejo Torres, complacido en el palacio de Monterrey, oía constantemente al duque de Alba bramar contra los en sí nadas, así que no arriesgó mucho en el enigma. El padre Adán, Ensenada, era el gran enemigo de Alba y de Aranda, que al final se vengaban del hidalguillo que había vuelto a hacerse ilusiones de ser ministro. Campomanes, que no quería que nadie pensara en un motín político en el que los grandes se vieran involucrados, pues ya tenía la solución —la conjura jesuítica—, puso en las manos de Carlos III, en julio de 1767, el decreto que prohibía imprimir pronósticos y piscatores. No podían fiarse de un genio tan atolondrado como Torres.
Fernando VI había mandado callar a los críticos contra Feijoo; Carlos III prohibió las aparentes chifladuras de un recadista de Alba que descubría la conjura que había detrás de la fermentación. La política siguió discurriendo por los cauces abiertos por Feijoo, ya cada vez más desdibujados, pues los ministros de Carlos III, abogaduchos y sármatas, se mantuvieron firmes al timón del Estado: firmes y, cuando fueron obligados, crueles e insensibles, déspotas. En el otro lado, murió Alba, pero quedó un testigo de la vieja guerra librada por los grandes, el conde de Aranda, al que entre unos y otros lograron tenerle alejado en París. Mientras, Feijoo siguió siendo editado, citado por todos como fuente, recordado cuando todavía reaparecían errores comunes, como hizo Olavide al prohibir en las Nuevas Poblaciones que las campanas tocaran «a hielo», nada menos que voltear las campanas cuando había riesgo de heladas ¡en el Siglo de las Luces! Por el mismo motivo, quizás también lo recordó Jovellanos, testigo de la misma superstición al pasar por La Rioja y, desde luego, Goya, que escribió bajo el dibujo que dio origen a su grabado más conocido, El sueño de la razón, qué era lo que proponía con el autor soñando: «Su intento solo es desterrar vulgaridades perjudiciales y perpetuar con su obra de caprichos el testimonio sólido de la verdad». Se parecía mucho a los propósitos de Feijoo.
Pero hubo, hay y seguirá habiendo quienes digan que el padre maestro fue solo un divulgador de conocimientos superficiales… y Goya, un gran artista testigo de su época.
3
La otra cara del «régimen que hay ahora»
El lado oscuro del despotismo ilustrado
Ni Feijoo quiso entrar en los aspectos más perversos del régimen, ni Campomanes —ni ningún otro déspota— pudo permitirse confesar hasta dónde podía llegar el poder en el siglo de la autoridad. Uno no quiso ver, pero el otro lo vio todo, pues fue actor principal. El fiscal Campomanes tocó todos los resortes del poder y fue capaz, aun así, de salir indemne de los muchos que querían su desgracia, entre ellos sus víctimas. Su idea del Estado económico impregnó todos los ramos de la administración y orientó incluso la política represiva, hasta cuando tenía que buscar utilidad a los presos. La utilidad del pobre, denominado vago, y la idea de que el preso ha de ganarse el pan, le llevó a inmiscuirse en todas las secretarías más importantes (Guerra, Marina y Hacienda), desde su puesto privilegiado en el Consejo de Castilla, primero como fiscal, luego como gobernador. En los miles de expedientes que se conservan en la Secretaría de Marina en Simancas y en el Viso del Marqués aparecen con frecuencia los dictámenes de Campomanes, duros, economicistas. La eficacia de las operaciones de policía las medía en términos de rentabilidad, como dejó claro en 1776 en una junta con el general O’Reilly y el gobernador del Consejo Figueroa. El objetivo era explícito en su informe: se trata de «sacar el mejor partido de las diferentes clases de vagos a utilidad suya y de la causa pública de toda la nación». Lo peor para el fiscal es que «si se les desecha o pone en libertad es otro tanto dinero perdido y un oprobio del gobierno». La inflexibilidad era síntoma de autoridad y Campomanes, como antes Ensenada, fue uno de los mejores ejemplos.
Ni Feijoo ni Campomanes, pero tampoco la historiografía ha reparado en la otra cara de nuestros ilustrados. Antes, al contrario, hemos fabricado un siglo XVIII, empezando por Jean Sarrailh, con un tono intelectual exagerado, un siglo virtuoso poblado de grandes hombres, luchadores incansables en una cruzada que pretendía que todos los españoles fueran beneficiados por las Luces y salieran de su desgraciada condena histórica, abandonando las tinieblas en las que vivían y morían, como escribió Cadalso. Nada menos que de héroe ha tildado Francisco Precioso Izquierdo a Melchor de Macanaz en su reciente biografía del desgraciado, mientras El Censor se pretende erigir por Francisco Sánchez-Blanco en «un periódico contra el antiguo régimen», a pesar de que hasta se dijo que estaba inspirado por el mismísimo Carlos III. Todo suena a combate. Lleva razón Concepción de Castro cuando resalta, al hablar de Campomanes, que «lo impenetrable es que, a nivel humano y personal, son nuestros políticos del siglo XVIII una consecuencia de su cautela, condición sine qua non para mantenerse en el poder».
Pero también es cierto que muchos historiadores parecen militantes sucesores del ejército ilustrado vencido, que aún mantienen nostálgicos la España posible más que real, en la órbita de Julián Marías, o la España de «un soñador para un pueblo», de Antonio Buero Vallejo. La derrota de los sabios, virtuosos y benéficos varones al servicio de la causa —los españoles parece que somos más aficionados a las derrotas que a las victorias— obliga a que la Ilustración española solo pueda ser inacabada, imperfecta, vencida, traicionada, una Ilustración pendiente, como titula su reciente libro Luis Alfonso Iglesias Huelga. Y eso no es así.
Se sigue llegando al extremo de negar la Ilustración española, que fue el punto de partida de la historiografía más reaccionaria y que, sin embargo, rebrota contradictoriamente en obras como la de Gonzalo Pontón, La lucha por la desigualdad, en la que, según su maestro y prologuista, Josep Fontana, se rebaten los «mitos del Siglo de las Luces» sin que apreciemos cuáles son, pues todo el libro es una cruzada contra ilustrados, un «abajo el que suba», como decía Galdós. Pontón ha llegado al ajuste de cuentas, pero no ha descendido a la realidad del país y solo se ha interesado en lo que había que haber hecho para cambiarlo. Una vieja manía la de enseñar a nuestros antepasados cómo debían haberse comportado.
No es la manera de hacer del gremio de los «reflexivos del XVIII», en palabras del añorado maestro Rafael Olaechea. En ese gremio, que es el nuestro, el de los historiadores, Enrique Giménez López, uno de los grandes dieciochistas españoles, también ha buscado «el lado oscuro» en los muchos casos que ha estudiado en las tierras alicantinas, pero ha sabido trazar un perfil ponderado de la Ilustración española, nada lisonjero, pero real. Para el profesor alicantino, «el setecientos no fue un siglo de luces refulgentes, que si llegaron a brillar lo hicieron con un resplandor tenue. Sobresalieron en él más las sombras que los destellos de una Ilustración modesta, que solo logró tímidos avances en su combate desigual contra los prejuicios y el fanatismo». Sombras y tímidos avances, pero en definitiva avances, aunque para lo que vamos a tratar aquí conviene que recordemos los prejuicios y el fanatismo, que seguramente es lo que molestaba, igual en España que en la mismísima Francia de Voltaire y en toda la Europa de la autoridad absoluta degenerada hacia el despotismo. No hay que hacerse ilusiones, nuestros ilustrados son gente de ordeno y mando cuando llegan al poder, y son capaces de todo en circunstancias adversas.
Lejos de la ponderación, hay decenas de lamentaciones y de calificativos peyorativos en obras recientes sobre la «Ilustración como actitud», según concepción de Michel Foucault, un enfoque engagé que obviamente no puede satisfacer a los historiadores que pensamos, por lo general, que la Ilustración española es antes resultados que teorías, más práctica que elucubración, más aplicación de las novedades científicas —que se van abriendo camino con enormes dificultades y en contra incluso de la universidad— que ámbito del debate de los sabios en una inexistente libertad intelectual: aquí y en París. En suma, muchas veces —obra humana— un paso atrás y dos adelante.
De eso se quejaban los intelectuales en toda Europa, pero es tan atrasado el punto de partida en la España del siglo XVIII que todo lo realizado, por poco que sea, parece obra de gigantes, lo que quizás explica las visiones en exceso meliorativas, que lo son más aún si no se insiste en el contexto en que se produjeron, esto es: las estructuras políticas y sociales lastradas por leyes y privilegios inmutables, protegidas por instituciones biológicamente reproducidas, preservadas por la potencia de las clases privilegiadas, la Iglesia y los grandes, y por sus valets introducidos en la corte, el ejército, la universidad, la judicatura y en cualquier instancia donde se pudiera mandar, desde el corregidor de una pequeña demarcación al último procurador del común de un municipio.
Algo raro pasa para que a un lado encontremos a nuestros queridos ilustrados, siempre con sus buenas intenciones y su incesante lacrimeo por no poder «remover los obstáculos que se oponen a la felicidad pública», y al otro, los consejos de guerra, los procesos inquisitoriales, las levas de vagos, las penas de muerte o de galeras, los efectos de la autoridad, destinados a los que todos sin excepción llaman «vil canalla», populacho, gente despreciable. Como comprobó Jacques Soubeyroux, todos los escritores del siglo se refirieron a estos desgraciados con las peores expresiones, la canalla criminal, lo más bajo de la sociedad, el desecho, etcétera; aunque luego militaran en la redentora cruzada ilustrada. Fueron miles de gitanos, vagos —parados, sin trabajo—, malmorigerados, mujeres abandonadas o condenadas a cárceles inhumanas, esclavos y tantos otros desgraciados, muertos en las obras públicas y los arsenales, en las minas o en los barcos, sin olvidar los que penaron ante la Inquisición incluso en los años ilustrados de Aranda o de Godoy, o los que sufrieron torturas, o inhumanas prisiones, todavía amarrados con cadenas al remo de unas galeras que, a pesar de que ya no navegaban desde mediados de siglo, siguieron sirviendo en mazmorras infrahumanas en Cartagena.
Todo está, además, dominado por la ignorancia y la pobreza. «¿Cuántos pobres tenemos?», se preguntaba retóricamente Campomanes. Y él mismo se respondía: «Se podría decir que toda la nación lo es». ¡Cómo no iba a ser pobre toda la nación! Le hubiera gustado leer a Campomanes y a sus tertulianos madrileños la respuesta que dio el pueblo de Villardompardo (Jaén) a la pregunta 35 del interrogatorio del catastro de Ensenada, que dice así: «Dijeron hay en esta villa veintisiete jornaleros, cuyo jornal diario se paga a tres reales (…) comprendiéndose en esta clase todo el pueblo a excepción de don Alfonso José de Valdelomar, que se mantiene del salario de administrador del señor conde». Todo era del señor conde, que además nombraba alcalde, alguacil y hasta escribano, lo mismo que ocurría en miles y miles de pueblos españoles sometidos al régimen de señorío, incluidos aquí los que pertenecían a los muy volterianos duque de Alba y conde de Aranda, señores feudales en sus pueblos y modernos saloniers en Madrid o en París. Más de la mitad de la tierra en España estaba vinculada a la nobleza y la Iglesia, o amayorazgada para evitar su entrada en el mercado, pues las leyes del mayorazgo, que incluso Jovellanos no se atrevió a criticar en su Informe sobre la ley agraria, mantenían ante todo la inalienabilidad de la propiedad y su perpetuidad. ¡Las vueltas que tuvo que dar Campomanes para encontrar en el privilegio del rey, la regalía de amortización, una vía por la que romper esa coraza medieval! Para Campomanes, como para Ensenada, la autoridad absoluta del rey se justificaba también en el sentido clásico y positivo de la auctoritas, que, como ha señalado Edgar Straehle, enlaza con el verbo augere (hacer crecer, promover o expandir). El rey y la cadena de mando que de él emana, sus ministros, son actores (auctor); por tanto, el rey del absolutismo era una pieza clave de las reformas, algunas de profundo calado antifeudal como el catastro.
El catastro llamado de Ensenada descubrió realidades impresionantes en los pueblos de señorío, pero la nobleza se mantuvo intocable. Había sido desde el principio del siglo objeto de críticas acerbas, como se ve en los escritos de Ustáriz, Feijoo, o Campillo, pero no tuvo enfrente en la realidad más que instrumentos como el Concordato de 1753 o el catastro, cuyo potencial no ha sido resaltado lo suficiente. El nuevo régimen de los Borbones contó con grandes activos entre los del común, ministros e intelectuales involucrados en las reformas; muchos, como veremos, se estrellaron contra el gran artificio construido por los nobles con la monarquía —la domus regia—; algunos acabaron pagando su osadía incluso con la cárcel o el destierro, como les ocurrió a Macanaz, Ensenada, Gándara, Floridablanca, o el mismísimo Jovellanos. Con todo, no hay que sorprenderse de la contradicción al comprobar que algunos habían sido, en la cumbre del poder, crueles déspotas a los que tampoco les tembló la mano cuando mandaron ejecutar sentencias o propiciaron la caída incluso de sus amigos con métodos sofisticados.
La mano dura y la ausencia de sentimientos se aprendía en los círculos políticos, del rey abajo, donde la pérdida de la estimación regia ante cualquier fracaso o debilidad era lo que esperaba el rival político para actuar. El propio rey creía un deber mantener la firmeza, aunque a veces dejara asomar un calculado gesto de munificencia que todos a su alrededor aplaudían, pues recordaba el viejo pacto del rey padre de sus súbditos, un trampantojo más aceptable aquí que el del origen divino, en lo que no creía en España más que algún grande como el conde de Aranda, el contradictorio militar ilustrado.
No había nada más perjudicial que mudar de opinión, pues, como decía el marqués de la Ensenada, «podría parecer inconstancia de ánimo». Mantener las opiniones con una exagerada tozudez hacía que a Carvajal le llamaran el Tío no hay tal, por su forma rotunda de negar. El propio Carlos III jamás le levantó el castigo a su hermano don Luis, al que expulsó de la corte en 1776 tras casarlo con una desigual, ni tuvo el menor gesto de clemencia con Olavide, que se pudrió en la cárcel de la Inquisición dos años y en un par de conventos hasta su fuga. Tampoco se quiso enterar nadie del destino del pobre Macanaz, encarcelado en el castillo de san Antón unos meses y, luego —a sus 78 años—, en dependencias militares en La Coruña durante prácticamente todo el reinado de Fernando VI. No encontraron consuelo ni el profesor de Salamanca Ramón Salas, víctima de las cárceles secretas de la Inquisición como Olavide, ni Jovellanos, recluido en Bellver, ni el conde de Floridablanca, preso en la ciudadela de Pamplona, donde también penó sus culpas —y perdió la vida tras diecisiete años de reclusión— el abate Gándara, siempre recordando al causante de su desgracia, Campomanes, el mismo que mandó al marqués de Valdeflores preso a un castillo y lo dejó sufrir en la desgracia hasta su muerte. La mano dura del célebre fiscal de Castilla no suele ser un signo destacado en sus biografías, más atentas a destacar su rotunda imagen de ilustrado.
Tampoco dice mucho del afán reformador e ilustrado del que hacía gala Godoy, que podía blasonar de limitar el poder de la Inquisición, como antes había hecho el conde de Aranda, pero cuya intervención en realidad solo consistió en evitar los grandes espectáculos morbosos. Pondremos solo un ejemplo: en tiempo de Godoy, solo en el Tribunal de Logroño fueron encausados, según Marina Torres Arce, 316 reos por proposiciones heréticas, 31 por supersticiones, 9 por bigamia, 10 por practicar la religión protestante, 41 por tener libros y pinturas prohibidas, y 60 clérigos por el pecado del siglo, la solicitación. Y aun se castigó a un judaizante. Parecía que el siglo, aunque ya no hubiera piras, terminaba como empezó, por más que Feijoo, al hacer recapitulación sobre sus muchos años de vida, dijera que iba a dejar el mundo algo mejor de cómo lo encontró.
Macanaz inaugura el siglo de la crueldad
Todos sabían que, como había escrito Macanaz, el rey era el verdadero maître de l’Inquisition, y por eso todos callaban. «Ante el rey y la Inquisición, chitón». Intentar reformar el Tribunal aprovechando el poder real fue la causa de la primera desgracia del célebre fiscal de Hellín, Melchor de Macanaz Montesinos, estudiado para su tesis doctoral por la gran escritora Carmen Martín Gaite, que nos dio un precioso libro sobre el «paciente de la Inquisición». Macanaz había rozado los límites del régimen con su Pedimento de los 55 puntos, una obra escrita en 1713, en la plenitud de su poder, que justificaba la autoridad del rey frente a la Iglesia tras denunciar los seculares agravios de Roma. Pero fue otro de sus informes, el que escribió al año siguiente contra la atribución por la Inquisición de la censura de imprenta, y el célebre dictamen sobre la reestructuración de este instrumento regio, el Real Consejo de la Suprema, lo que despertó la furia del inquisidor general, el napolitano cardenal Francesco del Giudice. A lo que se entendió como un ataque furibundo contra el Tribunal —en realidad, había habido antes propuestas similares, como la de Chumacero y Pimentel, en 1633—, se unió el odio personal del cardenal hacia el fiscal después de que este le hubiera cortado el paso a la mitra de Toledo porque era extranjero.
Las ideas de Macanaz, en materia regalista, eran tan radicales que aun en el reinado de Carlos III se consideraban arriesgadas. Teófanes Egido ha dicho del Pedimento que es «el material básico y el punto de partida de la Ilustración». Pero, como tantas veces, manos interesadas manejaban políticamente el Tribunal. La conspiración contra Macanaz había llegado muy arriba, hasta Versalles, donde el cardenal Giudice había logrado el favor de Luis XIV para deshacerse del enemigo de la Inquisición. La aparición en la Corte francesa, el 31 de julio de 1714, del edicto de Santo Oficio en que se condenaba el Pedimento produjo el efecto esperado en un Felipe V abatido por la muerte en febrero de su primera mujer, María Luisa Gabriela de Saboya. El rey abandonaba a Macanaz a la voracidad inquisitorial, inaugurando así una línea de conducta clásica de los Borbones en su actuación como maîtres de la Inquisición: un arcano regio empleado por Felipe II contra el arzobispo Carranza, que rebrotará con más teatralidad aun con Carlos III y otra víctima parecida a Macanaz, Pablo de Olavide.
El fiscal aún aguantó en el poder hasta la llegada de Isabel Farnesio, la Parmesana, pero el dominio de la nueva reina sobre la situación política fue pronto total y, para él, sería decisivo. En pocos meses, Isabel Farnesio dejó claro que sus ideas no eran las del equipo reformista dirigido por Orry y Macanaz, al que vio acosado por los sectores más tradicionales de la sociedad castellana a causa de la profundidad de sus reformas. A las dos semanas de llegar la reina, el abad de Nájera escribía al procurador de su orden, el 9 de enero de 1715, quejándose de la situación: se refería a la «calamidad de los tiempos», «todo es embrollo», «todas las claves están turbadas». Pero el abad tenía esperanza en el cambio, pues se despedía diciendo: «Sin que nos quede otro recurso sino el que Dios mejore los tiempos como lo esperamos de la gran novedad acontecida en Jadraque». Lo de Jadraque era la expulsión fulminante, por orden de la joven reina, de la princesa de los Ursinos, la déspota de la corte de Felipe V al servicio de Luis XIV.
Paradójicamente, la nueva reina había sido elegida por la princesa de los Ursinos, influida por un abate astuto, también parmesano, Giulio Alberoni, que le había convencido con engaños de que Isabel era una mujer dulce y educada, entregada a sus oraciones y sus bordados —por cierto, pintaba bastante bien—, cuando en realidad era una mujer soberbia que pronto demostró «su ambición al mandar», como dice el marqués de San Felipe. La princesa comprendió su error en la primera entrevista —y última— que tuvo con Isabel en Jadraque el día 22 de diciembre de 1714, pues la altiva parmesana la envió a la frontera sin permitirle ni siquiera pasar por Madrid a recoger su ropa. La sorpresa de Jadraque produjo un revuelo inusitado en la corte, pues inmediatamente se supo que la reina, con su abate Alberoni, gobernaría al rey, como así fue. La primera demostración se produjo el 7 de febrero de 1715, el día en que salían de España Jean Orry, el confesor padre Robinet y el exonerado Macanaz.
Antes, Isabel Farnesio había pasado por la corte de Bayona para ver a su tía Mariana, desterrada por Felipe V en 1706 tras mostrar su adhesión a la casa de Austria cuando el archiduque entró en Toledo, donde se encontraba. Sin duda, Isabel Farnesio salió de la pequeña corte de Bayona bien aconsejada, corroborando las informaciones de Alberoni sobre el desgraciado rumbo de la monarquía, entregada a franceses y radicales, humillada la nobleza y suplantada por medradores sin escrúpulos como Macanaz. La propia reina viuda había sido vejada, obligada a salir de Toledo, según sus palabras en carta a Felipe V, «considerando se me trataba no como quien soy, ni como Reina que he sido de España, sino es como si fuera vasalla más inferior y delincuente». El duque de Osuna, encargado de su expulsión, se presentó en Toledo el 20 de agosto de 1706 con una compañía de guardias de corps que desplegó en el alcázar, residencia de la reina viuda, pensando que su corte opondría resistencia. Ni siquiera Osuna sabía el destino final de la viuda de Carlos II, que fue negociado directamente con Luis XIV. En principio, se le hizo creer que la llevaban a Burgos. Mariana intentó retrasar el viaje poniendo toda clase de excusas, incluyendo su estado de salud, mientras Osuna apresaba a la mayoría de sus criados y los enviaba a diferentes prisiones. La reina se negó a salir sin un séquito decente, que se había reducido a su mayordomo, conde de Alba de Liste, y a su camarera, la duquesa de Linares, y aún estos tuvieron que ser forzados por el duque de Osuna para acompañarla, pues todo el mundo intuía que el viaje significaba el exilio. La camarera hizo saber a Osuna «que ella no quería ir por jefa de cerveceras, que es el nombre que aquí dan a los desafectos».
La comitiva salió de Toledo el día 22 de agosto y avanzó penosamente, soportando la oposición de la reina que empleó todas las artimañas para impedir el viaje. Fingió que estaba enferma, se empeñó en desviarse a El Escorial a hacer la última visita a la tumba de su difunto marido —lo que se le negó—, protestó por todo y hasta amenazó a Osuna con «que si no la sacaban arrastrando y con grillos, y de ese modo la metían en la litera, no lo habían de lograr». Pero el viaje siguió. Pasaron por Miranda de Ebro y por Vitoria y llegaron a San Juan de Luz, donde Osuna recibió instrucciones —estas venían ya de Versalles— para llevar a Mariana a Bayona. La primera intención de Luis XIV fue que la reina pasara a Pau, pero al fin se decidió que siguiera en Bayona, donde disfrutó muchos años de un dorado exilio, rodeada de una curiosa corte de sirvientes, músicos y artistas, en la que se disfrutaba de la música y la lectura. En adelante, sería cumplimentada por toda clase de personajes, desde el duque de Orleans —se llegó a hablar de boda entre ellos—, a Luisa Isabel, esposa de Luis I, mientras al fin veía satisfechos sus deseos de recuperar su dinero y sus joyas, así como una renta anual de 100 000 ducados con cargo a la Corona española. Mariana vivió hasta 1740, pero pocos años antes de morir, acosada por las deudas, aceptó la magnanimidad de Felipe V, que le permitió volver a España. Murió en el palacio de los duques del infantado de Guadalajara.
Con Mariana estaba en Bayona cuando llegó la Farnesio nada menos que el cardenal Francesco del Giudice —que poco antes había sido destituido del cargo de inquisidor general—, el gran enemigo de Macanaz, que debía salir al exilio si no quería exponerse a la prisión inquisitorial. Del equipo reformista de los años 1713 y 1714 solo quedaría José Grimaldo, desde ahora encargado de la Secretaría de Estado y hombre de confianza del rey hasta el final, un burócrata que mantuvo el sistema de secretarías sobre el que iba a fundarse el régimen político de los Borbones y la vía ejecutiva o vía reservada que daba origen a la fórmula «ministros con el rey». José Grimaldo, como tantos que le siguieron en el cargo, era un hombre de modestos orígenes, nacido en el seno de una familia de vizcaínos que habían hecho carrera administrativa en las covachuelas.
El exiliado Macanaz tenía ya 45 años de edad y pasaría otros 33 fuera de España, hasta que la llegada de Fernando VI al trono le hizo concebir esperanzas. Se le nombró embajador para negociar los preliminares de lo que acabaría siendo la paz de Aquisgrán, en un rasgo de confianza de Ensenada, pero pronto su comportamiento comenzó a inquietar. Le llamaban ya el «viejón» y el «viejo chocho», su manera de hablar era disparatada, mezclaba todas las lenguas, y creyó que podía pensar por su cuenta y hacer la gran política al margen de sus amigos Carvajal y Ensenada, quienes, hartos de sus dislates —hacer la paz con Inglaterra por separado, uno de ellos—, le hicieron volver a España engañado, en mayo de 1748, para llevarle directamente desde Vitoria, donde le detuvieron los guardias, al castillo de La Coruña, de donde no saldría hasta sus 90 años, en 1760, el año en que murió. Hay que imaginar la dureza de la vida en el castillo de San Antón, el minúsculo recinto coruñés, entonces aislado de la costa —al que se accedía solo en barca—, el tétrico lugar donde tantos desgraciados sufrieron hasta el último aliento.
Nos detendremos un poco ante tan minúsculo símbolo del despotismo más atroz. El castillo hoy se enseña a los turistas, que no pueden ni imaginar el suplicio que padecieron en sus angostas dependencias algunos personajes de primera importancia en la historia de España. El más famoso fue, como hemos visto, Melchor de Macanaz, pero albergó, además, a todo tipo de presos; por ejemplo, a un disoluto mujeriego, Benito Alonso Enríquez y Sarmiento, marqués de Valladares, que dilapidó su hacienda persiguiendo mujeres, fue encarcelado en el castillo y, al final, acabó siendo asesinado en 1757 por su propio hijo Gabriel Enríquez y su mujer Isabel Sanjurjo Galloso y Montenegro. Madre e hijo probaron también las mazmorras de San Antón, donde se les dejó morir de hambre mientras se ahorcaba al matrimonio de caseros a los que se culpó del crimen y de haber emparedado el cadáver, según se recoge en un grueso memorial de la Real Audiencia del Reino de Galicia impreso y accesible en la red. Medio siglo después, San Antón albergó al general Juan Díez Porlier, que fue ajusticiado en 1815 en la plaza de la Leña, y unos años más tarde al mismísimo nieto de Macanaz, Pedro Macanaz y Macanaz, ministro de Fernando VII. Con todo, el caso más estremecedor fue el asesinato de los presos del pequeño barco Santo Cristo de los Afligidos (unos 50 militares encarcelados en San Antón, entre ellos el brigadier Escandón) como consecuencia de la represión tras la entrada del duque de Angulema en 1823, a los que se embarcó con la disculpa de que se les trasladaba a Vigo y, al pasar frente a la torre de Hércules, se les asesinó a machetazos. Durante días aparecieron cadáveres en las playas próximas. Tras el juicio correspondiente, 18 inculpados fueron ejecutados en la plaza de la Leña el 10 de noviembre de 1824.
La sociedad castigada
El rencor, la venganza, la perversidad y el odio no son características de un personaje o de una época determinadas; es obvio. Pero se deben incluir en el discurso de la explicación, pues solo así comprenderemos que ese mundo ilustrado y en apariencia pleno de virtudes cívicas es también el que mantuvo las fórmulas más tiránicas de recluta de marinos y trabajadores en los arsenales y las obras públicas, el que truncó vidas por los medios más crueles permitiendo subsistir al viejo tribunal del Santo Oficio, un verdadero muro ante el que unos y otros mostraron sus debilidades, muchas veces su hipocresía. El propio Carlos III dijo sobre el Santo Tribunal que «los españoles no se quejan y a mí no me molesta»; Aranda blasonó por Europa de haber «limado las uñas al monstruo», haciendo creer que había acabado con la Inquisición; Godoy actuó nombrando inquisidores benévolos y se lavó las manos, incluso se atribuyó el mérito de la vuelta de Olavide y de la protección de las nuevas víctimas que producía el contagio de las ideas revolucionarias, como Ramón Salas, por ejemplo. Ahora bien, ninguno se expuso ante lo que ya era un complejo artificio de poderes presidido por la Corona y destinado, una vez más, a mantener el control social y político. La Inquisición fue utilizada por muchos poderosos que en los salones pasaban por furibundos opositores, por frívolos y libertinos incluso, pero siempre cerca del Tribunal que tan eficazmente supo utilizar el poderoso secreto inquisitorial. Es cierto que solo unos pocos probaron el rigor de sus cárceles secretas, pero fue suficiente para mantener lo que, en definitiva, fue el gran éxito de la Inquisición: provocar el miedo, la autocensura, esa mentalidad inquisitorial de sospecha basada en que siempre podía haber un delator cerca, precisamente lo que luego ha servido de experiencia en todos los tribunales represivos hasta el tristemente célebre Tribunal de Orden Público franquista. Nuestros ilustrados del siglo XVIII se dieron cuenta de que, para lograr paralizar una sociedad por miedo, no hacían falta ya grandes exhibiciones públicas, ni muchos muertos —lo que es una pena que no entienda Elvira Roca Barea—, pues este es precisamente el triunfo de la Inquisición y, por eso, el tribunal fue utilizado políticamente por todos los reyes y, por supuesto, ¡por el mismísimo Carlos III!, como veremos en el caso Olavide.
Pero no era solo el temible tribunal el símbolo de los horrores, como denunciaron algunos ilustrados españoles y se difundió por toda Europa, aun a sabiendas de que, después de la década de 1720 —cuando rebrotó en España una furia rabiosa antijudía y se ejecutó a decenas de verdaderos o falsos judaizantes—, ya no fueron frecuentes los grandes procesos públicos, con autos de fe, hogueras y escenarios teatrales. Antes y después del siglo ilustrado, la nota de horror la siguieron poniendo las ejecuciones de la pena capital en las plazas públicas dictadas por los tribunales, lo que no producía tanto espanto a nuestros visitantes, pues era un espectáculo parecido al que se veía comúnmente en calles y plazas de sus países. Tampoco ocasionaba muchas preocupaciones la arbitrariedad con que procedían los jueces, la mayoría prevaricadores, algunos verdaderos maestros de la corrupción, como ese juez de Muchamiel desempolvado por Enrique Giménez como símbolo de las habilidades valencianas en la materia, Máximo Terol, que tras infinidad de sobornos, cohechos y malversaciones, vejaciones y percepciones indebidas durante cincuenta años en distintos destinos, se jubiló plácidamente en Cádiz, donde fue nombrado alcalde mayor, a los 77 años, en 1798, «sin mancha alguna en su expediente». El profesor Enrique Giménez ha sabido plasmar, en El lado oscuro de las luces en tierras alicantinas, los efectos de la «violencia estructural, que se expresó en banderías, actos criminales diversos, en la generalización de prevaricaciones y fraudes en las distintas administraciones, con choques frecuentes entre la jurisdicción civil y militar, y ambas con la que ejercían en el terreno espiritual obispos oriolanos que creyeron su deber enfrentarse a una inmoralidad que suponían generalizada». El conde de Aranda describió esa violencia estructural cuando fue capitán general de Valencia.
Muchos años después de que Cesare Beccaria fuera conocido en España y sus máximas sobre la correspondencia entre pena y delito fueran adoptadas por los ilustrados más avanzados (sin aplicarlas en la realidad), un hidalgo rico de Navarrete (La Rioja) denunciaba el estupro de su joven hija por otro vecino del Estado noble que había conseguido sus fines sin violencia contra la joven, quizás esperanzada —ella y su padre— por lograr un buen partido, pues aunque viejo, el abusador era muy rico. El denunciante, que se encontró con el muro de los muchos apoyos del denunciado, quería que, para lavar su honor y el de su hija, se aplicaran «las leyes de nuestros padres», que consistían a su juicio en «que al hombre honrado le impusieran pena de confiscación de la mitad de sus bienes, la vil pena de azotes y de destierro por cinco años a una isla, y al siervo o doméstico, pena de muerte”. Y estábamos ya en 1803. Eran ilustrados, sí, pero el mismísimo conde de Aranda invocó las Partidas, que además merecieron sus elogios como leyes sabias cuando, como presidente del consejo de guerra contra los que habían perdido La Habana, en 1764, pidió pena de muerte para el conde de Superunda, entre otros. ¡Todavía «las leyes de nuestros padres»!
Tan del gusto popular fue el horrible espectáculo de la horca o el garrote que los ciegos de Madrid obtuvieron del Consejo de Castilla, en 1748, el privilegio de vender en monopolio las «relaciones de los reos ajusticiados de esta corte». Para poner en verso las vidas de los ejecutados, recibían de los tribunales un extracto de las sentencias, «para que sirva de escarmiento, como ha sido uso y costumbre», aunque no era así a menudo, pues los reos solían ser presentados como héroes, valientes, listos y hasta buenas personas, inaugurando esa literatura de patíbulo que dio el tono de la España negra. Como ha hecho notar Juan Gomis, la última generación de ilustrados (Campomanes, Meléndez Valdés o Marchena) saltó ante «tales maldades, que aunque contadas groseramente y sin entusiasmo ni aliño, creídas cual suelen serlo del ignorante vulgo, encienden las imaginaciones débiles para quererlas imitar, y han llevado al suplicio a muchos infelices» (Meléndez).
Pero la costumbre se impuso y nadie hizo caso de la moralina de los elegantes ilustrados, por lo que el régimen liberal dio nuevos bríos a los verdugos. Todavía Mariano José de Larra describió una ejecución en Madrid como el gran espectáculo, mucho menos edificante que lo que decían pretender las autoridades y, más bien, lugar de reunión en torno al desgraciado de otros delincuentes y gente que hacía burlas y soltaba risotadas. Nada superaba el espectáculo de presenciar, no solo la ejecución, sino las caprichosas operaciones posteriores a la muerte del reo, pues habitualmente se arrastraba el cuerpo, se le encubaba —para echarlo a un río (el culleum romano)— o se descuartizaba, y se destinaba los «cuartos de ajusticiado», especialmente cabeza y manos, a las puertas de la ciudad o los cruces de caminos, donde eran expuestos durante mucho tiempo.
Teófanes Egido ha comprobado en Valladolid que, durante el siglo ilustrado, disminuyeron allí los autos de fe inquisitoriales, pero no las ejecuciones por sentencia del tribunal civil, «que ejecuta sin descanso (…) eso sí: diferenciando con nitidez la condición social del reo en el medio de la conducción, en el lugar (Plaza Mayor para privilegiados, Campillo de San Nicolás para comunes), en el modo e instrumento de ejecución (garrote vil, ordinario o noble, que se va imponiendo sobre la horca constante) y hasta en el cementerio en que se sepultaban los cadáveres». Obviamente, también en el destino de los cuerpos: «El encubamiento se hace más frecuente a medida que el siglo va progresando: solo aparece un caso de encubado hasta 1761 en los libros de defunciones de San Nicolás; 18 desde 1762 hasta 1797». La permanencia de los cuartos de los ajusticiados terminaba en Valladolid el día de San Lázaro (en Zaragoza, el día de la Virgen del Pilar). «Aquel de finales del Antiguo Régimen era un Valladolid salpicado de cuerpos humanos durante todo el año», concluye Teófanes Egido. Todas las ciudades lo eran. En algunas, como en Zaragoza, había una hermandad, la de la Sangre de Cristo, dedicada a retirar los restos de los ajusticiados de los cruces de caminos, las picotas y las puertas de la ciudad: una vez pidieron permiso «porque los perros y las fieras se los comen», otra porque «los restos están muy gastados». En 1823, el Ayuntamiento ordenó a la hermandad (antes del Pilar) «quitar las cabezas y las manos de varios reos por el terror y espanto que producían a los viajantes».
En otros lugares, además de los cuerpos, se exhibían las horcas, a menudo con la cabeza de un ejecutado colgado, como en las antiguas picotas. Era la cuerda tirante, que recordaba todavía Floridablanca y recomendaba para que los alcaldes durmieran tranquilos. En un recado a José Ventura Figueroa, gobernador del Consejo de Castilla, en 1778, le decía: «Acuérdese Vuestra Merced de los mendigos y diga una palabrita a los alcaldes, que por no tener la cuerda tirante todos los días, pierden lo trabajado y tienen después más fatiga».
Era el amenazante instrumento que se veía en plazas, pero también en las puertas de arsenales y cuarteles, el preferido por el cruel Ensenada. Si los cañones eran el último instrumento regio, la horca era el símbolo del poder del déspota, y no solo del déspota cortesano. Esta era una sociedad castigada, que convivía con el castigo, el correctivo y el escarmiento, con el mandar y obedecer, incluso en el último rincón del mundo, como puede ser una aldea riojana de montaña. Por ejemplo, Laguna de Cameros, en la que un simple alcalde había encarcelado a una pobre mujer, encadenándola en la cuadra de su casa, algo parecido a lo que hicieron los frailes del monasterio de San Prudencio con los alcaldes de Lagunilla de Jubera, a los que metieron en las mazmorras del monasterio cargados de cadenas.
Pero estos castigos terribles y públicos no son, por lo general, los destinados a los enemigos políticos. Si se traen aquí es porque los encumbrados convivieron con ellos y, aunque como decía Torres Villarroel, la justicia es como los alfileres, que prenden a los pobres y resbalan sobre los ricos, lo cierto es que el siglo de la Ilustración fue también el del castigo político de los poderosos, nunca seguros en el poder, pues el peligro del absolutismo regio era la real gana y, en esta, a veces, mandaban retorcidos y oscuros instintos. Nuestras víctimas sabían que, para que los alfileres resbalaran, no era solo necesario el dinero, sino también vigilar la coyuntura; no solo el peligro de los enemigos, sino quizás más aún el de los que se ofrecían bajo la capa de la amistad.
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