Kitabı oku: «El franquismo»
EL FRANQUISMO
José Luis Ibáñez Salas

ISBN: 978-84-15930-19-8
© José Luis Ibáñez Salas, 2013
© Punto de Vista Editores, 2013
http://puntodevistaeditores.com/
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Índice
El autor
Agradezco con orgullo…
Prólogo
Un prefacio
Capítulo primeroLa Guerra Civil. Francisco Franco Bahamonde, un militar español
1. El inicio del conflicto. Comienza la guerra de los mil días
2. Franco, jefe político y militar de los insurrectos. Comienza el franquismo
3. Franco, ese hombre
4. No ha llegado la paz, ha llegado la victoria: Franco domina toda España
Capítulo segundo Institucionalización del Nuevo Estado (1938-1959)
1. El primer Gobierno de Franco
2. Las consecuencias de la Guerra Civil
3. El nacionalcatolicismo: Iglesia y franquismo, unidos desde los primeros días
4. El franquismo durante la Segunda Guerra Mundial
5. Sociedad e institucionalización en la década de 1940
6. El largo camino hacia Occidente
7. Principios fundamentales y un cerco roto
Capítulo tercero El desarrollismo: un régimen viento en popa. El segundo franquismo
1. El Plan de Estabilización de 1959: hacia el “segundo franquismo”
2. Crecimiento económico de una monarquía tradicional
3. La década del aperturismo
4. Las contradicciones del éxito
Capítulo cuarto El tardofranquismo, agonía y muerte de una época y su dueño
1. El régimen no era la solución: el régimen era el problema
2. Los dos últimos gobiernos de la dictadura
3. Avances y retrocesos: a la deriva
4. XXXIX año triunfal… Y último
Un epílogo
Libros, los libros
El autor
José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.
Ricardo y Adelaida, mis padres, vivieron el franquismo, completo.
A ellos van dedicadas las palabras de este libro, porque sin sus vidas ninguna de las frases que en él se han escrito (me) habrían merecido la pena.
Agradezco con orgullo…
El ansia literaria de escribir es muy posible que se remonte en mi caso a aquella primera vez que leí una página de agradecimientos escrita por un autor para cerrar un libro que me entusiasmó. Sí creo que las inmensas ganas de escribir un libro me vienen desde que soy lector y las arrastro, a partir del momento en que quiera que aquello ocurriera, por el mero hecho de gozar con este ejercicio de estilo.
A ver qué tal se me da.
Comienzo plagiando (citando, mejor) a mi amigo el escritor Francisco Rodríguez Criado, quien en uno de sus libros (iba a calificarlos de excelentes, pero como le he calificado de amigo no me creerás aunque debieras) lo borda en su página de Agradecimientos:
“Uno cree que la escritura es una cruzada en solitario hasta que llega el instante de rellenar el apartado de agradecimientos. Es entonces cuando se da cuenta de la suerte que tiene de estar tan bien acompañado”.
Francisco lo estuvo, bien acompañado, en ese libro de cuentos y yo lo he estado en este ensayo histórico (¿demasiada palabra la palabra ensayo?).
Mi agradecimiento habría de comenzar por dos historiadores y profesores míos ya tristemente fallecidos, Antonio María Calero Amor y Marta Bizcarrondo, por Manuel Pérez Ledesma, que tuvo el valor de comenzar a dirigirme una tesis doctoral que nunca fue (dedicada al principio a la resistencia guerrillera antifranquista en Cantabria y luego a la Guerra Civil en esa región, la mía materna), y, por supuesto, a Miguel Artola, la única persona a la que siempre que me refiero a ella en público apelo de don, don Miguel Artola, de quien recibí entre otras muchas cosas no menos apreciables algo que me ha guiado siempre aunque no sé si le atendí bien, una frase legendaria que decía algo así como “un escritor [las comillas no son textuales, claro] ha de escribir bien y un historiador es un escritor”. Maestros, espero no defraudaros.
Las cuatro personas más influyentes y a quienes van dirigidas especialmente las palabras que siguen, sin contar a Ramiro Domínguez, amigo y editor de este libro que te dispones a leer, y a Cristina Pineda, amiga y editora también del mismo, son mi mujer, dos amigos historiadores y una auténtica eminencia en el asunto sobre el que esta síntesis trata.
Excuso decir nada de lo que ha significado mi esposa en el trayecto de lo que ha acabado por ser este libro para que su natural tendencia a pasar desapercibida no se vea menoscabada, pero quiero que conste que ella es el alma mater esencial, el motor de todas y cada una de las frases que en él han quedado escritas por mí.
Continúo con los dos amigos historiadores, y empiezo por Rafael Esteban de los Ángeles, una persona que si hubiera tenido que inventármela no podría haber dado en el personaje real que es Rafa, amigo entre los amigos como difícilmente se puede encontrar por más que uno buscara alguien así con ahínco, y lo que redunda todavía más en la poca o mucha calidad que pueda tener este libro, un historiador de formación concienzuda y certera que se leyó mi manuscrito y me dejó una estela de sugerencias y modificaciones de tal excelencia que nunca podré agradecer lo bastante. Aun así lo intento. Gracias, amigo Rafa.
Luis Enrique Íñigo Fernández también me regaló su tiempo y su talento y los puso a ambos a leer mi original, así que la satisfacción que me produjeron sus palabras cuando acabó de hacerlo fueron el aval perfecto para decirme a mí mismo “el libro merece la pena, porque le gusta a Luis”, y ya nunca he tenido duda de que si a Luis le merecía la pena a mi me debería de merecerla defenderlo a capa y espada. Luis, como seguiremos colaborando juntos en tantos otros proyectos, solo te puedo decir que te debo una.
A la eminencia ya la conoces porque el prólogo lo ha escrito ella, la eminencia. Ángel Viñas me ha demostrado una generosidad inusitada por la mucha atención que me prestó durante todo el proceso final del original, cuando ya lo había yo enviado a la editorial y a él le pedí, no sin cierto arrojo, que siendo él quien era le escribiera el prólogo al primer libro de historia de alguien a quien casi no conocía. Y no solo hizo eso, escribir la maravilla que podrás leer tras estas páginas (maravilla no porque hable bien del libro sino porque es pura literatura de la buena, escrita por un historiador de los de verdad), sino que además… se leyó completo el manuscrito (sí, c-o-m-p-l-e-t-o) y me envió un elenco de acertadas sugerencias para que puliera algunas frases inconvenientes, inexactas o sencillamente erróneas. Darle las gracias a Ángel Viñas es poca cosa pues hizo mucho más de lo que yo hubiera soñado que alguien con una carrera profesional como la suya hiciera jamás por mí. Pese a todo, qué menos que dárselas otra vez, eso sí, con mi reverencia, maestro.
Mis agradecimientos no son solo los que has dejado atrás, porque ahora y para finalizar he de agradecerte a ti que hayas elegido este libro.
Prólogo
En los últimos cinco años he impartido varios cursos en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense como catedrático invitado en el Departamento de Historia Contemporánea. Mis clases versaron sobre la Guerra Civil, la política exterior española de 1936 a 1986 y la historia política de España en el siglo XX. Todas ellas son materias a las que llevo prestando atención desde que comencé a hacer mis primeros pinitos en la investigación histórica sobre fuentes primarias allá por el año 1970.
Con independencia del contenido de los cursos aprendí dos cosas de los alumnos que a ellos acudieron. La primera, y muy reconfortante, fue su alto grado de interés, algo muy de agradecer en tiempos como los presentes en los que una licenciatura, un grado o un máster en historia no son garantía de empleo. La segunda, el despiste con que llegaban a las clases, fuesen alumnos de 2.º a 5.º de licenciatura, de 3.º de grado o de máster.
Según pude colegir de mis frecuentes conversaciones, individuales y colectivas, tres razones pueden explicar tal situación. En primer lugar, el escaso conocimiento fundado adquirido en la ESO y en el Bachillerato sobre los temas en cuestión. En segundo término, la influencia decisiva del entorno familiar que, naturalmente, no siempre presenta versiones científicamente fundadas del pasado, incluso del más próximo. Por último, el impacto de los medios de comunicación, con sus incesantes polémicas sobre la República, la Guerra Civil y la Dictadura.
De ello extraje la conclusión de que la labor del historiador español ha de situarse hoy en dos planos: el primero, el de la investigación. El segundo, y no menos importante, el de la divulgación.
Sobre el primero poco puedo decir que no haya dicho y escrito por activa y por pasiva en los últimos años. Los archivos españoles y extranjeros están, en gran medida, abiertos. Señalo lo de “en gran medida” porque quedan recodos, huecos y esquinillas en donde todavía no se han abierto las puertas a la investigación. Aun con estas limitaciones, en mi opinión lamentables, lo que ya es explorable permitirá trabajar a por lo menos una nueva generación de historiadores, quienes son, en realidad, nuestro futuro.
Sobre el segundo plano, las necesidades no son menos urgentes. Los historiadores, y en particular los de corte académico, hemos siempre tenido una cierta tendencia a escribir para “los del gremio”. El público en general no forma parte del colectivo que se pretende alcanzar y convencer. En cierta medida es lógico porque una carrera académica no se fundamenta en la aceptabilidad del autor por el público sino en el abrazo de los pares. Son estos los que van a evaluar su producción en las diversas etapas de la carrera académica, ya sea de forma directa en los Departamentos o en la ANECA: desde la del modesto principiante (todos hemos pasado por ese tramo) hasta la del catedrático.
De aquí que el historiador, en plena carrera o ya establecido, descuide con frecuencia la necesidad de divulgar. De aquí también la necesidad de libros como el presente.
José Luis Ibáñez Salas me ha pedido un prólogo para su libro sobre el franquismo. Es un tema sobre el cual ya existe una abundante literatura. Pero se trata también de una etapa cuyo conocimiento histórico empieza a difuminarse aun antes de que los historiadores hayamos penetrado profundamente en sus intersticios. A medida, en efecto, que se avanza en su análisis científico y documentado las dificultades de acceso a la evidencia primaria relevante de época van aumentando. O esta evidencia ha desaparecido.
El historiador que escribe una obra de divulgación tiene en cuenta tales circunstancias. También Ibáñez Salas. Las etapas republicana, de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial están ya bastante trabajadas, aunque la entrada en los archivos permite pensar en lo mucho que queda por descubrir o documentar. Incluso sobre los años cincuenta del pasado siglo se dispone de una literatura nada despreciable. El tardofranquismo está, por el contrario, menos estudiado con fuentes primarias. Todavía predomina el análisis politológico, sociológico o basado en los medios de comunicación. Ya cambiará, con el tiempo, el abanico de fuentes explotables.
En base a la literatura, especializada o de síntesis, Ibáñez Salas ofrece al público generalista esta breve obra como quintaesencia de sus muchas lecturas sobre la evolución política, económica y social española entre 1931, fecha de establecimiento de la Segunda República, y 1975, cuando muere el general Francisco Franco.
El libro gira en torno a la combinación entre la figura de Franco y el régimen de “democracia orgánica” que ya empezó a instalar antes de la Victoria copiándolo de ciertos sistemas políticos poco recomendables: los fascistas. El lector apreciará que la presente síntesis se exponga con sencillez, en un estilo asequible y directo en el que se llama al pan, pan y al vino, vino. Esta voluntad de llegar a la esencia de las cosas es encomiable. Ibáñez Salas ha leído mucho y el abanico de autores en que se basa es extenso. En él se reflejan cuando menos los esfuerzos de tres generaciones de historiadores, por lo general españoles. En tal sentido, esta obra muestra lo que siempre he dicho y repetido: desaparecida la censura y reestablecidas las libertades democráticas, los historiadores, sobre todo españoles, hemos acometido con ganas y con sonados ejemplos la dura tarea de explicar el pasado más reciente. En puridad, la historiografía sobre la historia contemporánea de España (República, Guerra Civil, franquismo y transición) constituye la demostración más vibrante de las aportaciones de los investigadores españoles a la forja de una auténtica historia nacional. Como es lo normal fuera y como fue durante muchos lustros lo más anormal en nuestro país, cuando teníamos que recurrir a extranjeros (los hispanistas) para que nos interpretaran un pasado escasamente conocido y sobre el cual pesaba, como una apisonadora, la losa del canon franquista. Un canon, por cierto, forjado por periodistas, militares, clérigos, policías y académicos complacientes. Un canon que va siendo barrido lenta, pero sistemáticamente, de la conciencia de los españoles, aunque todavía quede para muchos una memoria difusa del mismo.
La divulgación no tiene solo que ver con el conocimiento del pasado. Es un elemento de formación cívica, de espíritu crítico y de concienciación moral. Debemos saber de donde venimos para saber adonde vamos. Cuantos más sean los ciudadanos que estén informados sobre el pasado mejor estarán dispuestos a establecer continuidades y discontinuidades en la evolución de la política y de la sociedad. En este sentido, el libro de Ibáñez Salas muestra con lucidez las muchas sombras, y los pocos claros, de un régimen como el pasado sobre el cual siguen pesando las apisonadoras de la desmemoria y de la manipulación.
Ángel Viñas
Bruselas, noviembre de 2012
Un prefacio
“Haga como yo, no se meta nunca en política”.
Lo que acabas de leer es una frase lapidaria atribuida al general generalísimo Francisco Franco, al parecer dirigida a Rodrigo Royo, exdirector del diario Arriba. Todo apunta a que el periodista acudió a quejarse al dictador, luego de ser cesado en 1962 como director de dicha publicación a raíz de haber intentado publicar en ella un editorial crítico –más allá de lo admisible– con el Opus Dei, pretendidamente titulado «Por el dinero hacia Dios» y, finalmente, prohibido por la censura. Aunque es más que probable que en esa destitución aparecieran razones más complejas relativas al posicionamiento falangista ultraortodoxo de Royo, el caso es que en lo que a nosotros concierne en estos momentos la frase es simplemente perfecta. Perfecta porque define con pulcra exactitud la figura del social e historiográficamente polémico militar que ayudó a provocar una guerra civil que según algunos alargó premeditadamente, para literalmente acabar con la vida o al menos con las ansias de quienes tenía por enemigos de su personal forma de entender el poder, y que, tras ganarla con la ayuda directa cuando no con la desidia internacional, gobernó dictatorialmente el país donde nació, hasta instaurar un régimen político que llamamos franquismo.
En realidad usamos, y usaremos nosotros aquí, esa palabra –franquismo– para referirnos indistintamente al régimen político promovido, encabezado y personalizado por Franco como al periodo histórico durante el cual el militar autócrata ejerció el poder en España entre 1936 y 1975, desde el comienzo de su autoridad sobre la zona sublevada por él y los suyos hasta su defunción el 20 de noviembre del último año mencionado (aunque no es descabellado, más bien al contrario, considerar que el verdadero final del franquismo tiene lugar cuando en diciembre de 1976 se produce la aprobación en referéndum de la Ley para la Reforma Política). El periodo de dominio personalizado en un gobernante más largo de la historia de España ha sido el franquismo, superior incluso al del reinado de Felipe II.
Porque importa empezar diciendo que el origen del ejercicio del poder por parte de quien adoptaría y gustaría intitularse con los apelativos de Caudillo y Generalísimo fue haber vencido en una guerra civil, la Guerra Civil por antonomasia. Guerra provocada ante el fracaso del intento de golpe de Estado erigido sobre una sublevación militar pretendidamente respaldada por movilizados seguidores de una solución antidemocrática y contraria a las posibilidades abiertas por la segunda de las repúblicas brotadas en la historia de España. Sublevación que acabó por provocar en buena parte del país lo que había venido a subsanar, según sus voceros: la revolución.
Y si el régimen se erigió sobre los restos de un país enfrentado a muerte, el régimen y el periodo histórico se difuminaron al unísono de la noche a la mañana con la defunción del propio personaje que le dio nombre, con la extinción del militar que nunca se metió en política.
Capítulo primero La Guerra Civil. Francisco Franco Bahamonde, un militar español
“Franco no fue un caudillo militar salvador de la patria en dramáticas circunstancias, sino un hábil general de desmedida ambición política. Franco sabía lo que quería: el poder, y lo quería para siempre”.
Alberto Reig Tapia, Franco Caudillo: mito y realidad, 1995.
Aunque determinados escritores avalados únicamente por sus miles de lectores pretenden esparcir el infundio de que la causa de la guerra civil española está en la propia instauración de la Segunda República o, como muy cerca, en la llamada Revolución de Octubre de 1934, lo cierto es que tan brutal conflicto fue originado por el fracaso ante la toma del Estado de una sublevación militar iniciada a mediados del mes de julio del año 1936.
Es decir, que si el origen del franquismo está en la Guerra Civil y esta lo tiene a su vez en una rebelión llevada a cabo por militares, Franco entre ellos, que habían jurado fidelidad a una Constitución… el franquismo nació de una traición. Una traición justificada de inmediato por quienes la cometían como la única salida posible para evitar que una revolución acabara con los más elementales principios de una tradición, la suya, la de los rebeldes. Revolución que no se produciría, por cierto, hasta que los sublevados decidieron subvertir el orden constitucional, y que tuvo lugar solo cuando el golpe sedicioso fue incapaz de conquistar el poder de forma absoluta en toda la geografía española. Pues lo que hizo el autodenominado Alzamiento fue precisamente desmoronar la capacidad coercitiva del Estado en los territorios que no apoyaron la rebelión y, con ello, provocar el inmediato impulso necesario a la vocación revolucionaria de las fuerzas del movimiento obrero más concienciado que se vieron solas defendiendo lo poco que hasta entonces habían conseguido, o luchando por aprovechar la brecha para obtener la ansiada sociedad sin clases.
La guerra, civil, claro, no puede tacharse de tal hasta que los implicados no se concienciaron de que era eso, y no otra cosa, lo que había estallado a raíz del éxito demediado del pronunciamiento en el norte de África a la hora de arrastrar al resto del país. Al margen de eso, la propia expresión ya como nombre propio (Guerra Civil) no ha sido siempre la utilizada para denominar al periodo de enfrentamiento bélico entre los partidarios de acabar violentamente con el régimen republicano instaurado en 1931 y con los variopintos defensores de los principios básicos de la legitimidad constitucional o de los avances sociales acometidos o por acometer por la República amenazada.
Cruzada, guerra nacional, guerra revolucionaria y hasta Alzamiento fueron durante mucho tiempo formas de denominar al conflicto cainita español de la primera mitad del siglo XX. Dado que a estas alturas no se usa sino la expresión guerra civil española (Guerra Civil, sin más), no incidiré más en el tema.
Recurrir a Santos Juliá para fijar cuál fue la causa de que estallara una guerra civil en la España de mediados de la década de 1930 nos ha parecido una opción inmejorable, y por eso reproducimos aquí la página 78 de la edición de 2011 de su excelente Elogio de Historia en tiempo de Memoria:
“[…] la fragmentación interna de ambos bloques que, por la derecha, llevó a depositar todas las perspectivas de futuro en un golpe militar y, por la izquierda, liquidó de hecho al Frente Popular como instrumento de gobierno, un error estratégico que el PSOE y la República habrían de pagar, el primero al muy alto precio de su perdurable escisión en los años de guerra civil y de exilio y, la segunda, al no menor de su derrota”.
1. El inicio del conflicto. Comienza la guerra de los mil días
“El golpe de Estado y la Guerra Civil fueron las consecuencias directas del fracaso político de la derecha española en su asalto a la democracia: las fuerzas derechistas no consiguieron acabar con la experiencia republicana ni por la vía electoral de una CEDA que veía un buen ejemplo en el caso austriaco, ni por la vía de la conspiración reiteradamente intentada por monárquicos alfonsinos y tradicionalistas, ni por la vía de un ascenso irresistible de un partido fascista de masas”.
Ismael Saz Campos, “Política en zona nacionalista: la configuración de un régimen”, Ayer, n.º 50, 2003.
Durante la segunda mitad del mes de julio de 1936, España se inundó de zozobras, audacias, resignaciones y expectativas.
Todo comenzó en el protectorado español en Marruecos. En África. Después de que el levantamiento contra el Gobierno constitucional arrancara el 17 de julio en la ciudad norteafricana de Melilla y las unidades militares sublevadas se hicieran de inmediato asimismo con Tetuán y Ceuta, Franco partió al día siguiente desde Canarias hacia Marruecos en el tantas veces mencionado y ya tan cinematográfico Dragon Rapide. Ese día, el emblemático 18 de julio que sería la fiesta por antonomasia del franquismo, se sublevaron con mayor o menor éxito las regiones militares peninsulares.
Pero lo previsto por los sediciosos no funcionó y la sublevación fracasó en donde la confabulación esperaba triunfar, en las principales ciudades españolas. Y, además, especialmente para lo que a nosotros nos interesa, que es allanar explicativamente el camino hacia la larga trayectoria del franquismo, el día 20 de ese mes de julio, moría en su exilio portugués en un accidente de aviación el general José Sanjurjo, jefe de los sublevados, cuando se disponía a ponerse al frente de las operaciones. Franco estaba más cerca de encarnar la dictadura que inevitablemente nacería con el triunfo rebelde.
El plan previo de los conjurados venía tramándose casi desde el mismo día de la proclamación de la Segunda República, cinco años antes, pero no es hasta la primavera de este año 1936 cuando se aceleran los pasos para llevarlo a cabo. Coordinados por el general Emilio Mola, numerosos altos mandos militares se van uniendo a la sedición y se rodean de los promotores ideológicos de la misma, conspiradores ellos mismos, sobre todo monárquicos borbónicos o carlistas y también seguidores de los distintos grupos parafascistas surgidos a imitación de las corrientes en alza en la Europa del momento pero con el tinte castizo propio de la extrema derecha española, sin olvidar a numerosos simpatizantes y militantes de partidos menos comprometidos con las nuevas formas del autoritarismo occidental.
Detengámonos brevemente. Franco ha llegado desde Canarias al norte de África, al epicentro de los alzados. Pero, ¿por qué venía Franco desde Canarias hasta Marruecos? ¿Qué hacía allí el general ferrolano?
Retrocedamos un poco en el tiempo. Franco había sido destinado a la comandancia general de Canarias por el Gobierno presidido por Manuel Azaña, un mes después del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Allí, en las islas atlánticas, donde admitió sentirse confinado, se mantuvo indeciso respecto a los compañeros de armas que le animaban a unirse a la conspiración que pretendía derrocar al régimen republicano por medio de un golpe de Estado. Indeciso casi hasta última hora. De hecho, se sabe que Franco no había participado en ninguna de las primeras confabulaciones antirrepublicanas, ni siquiera en el intento de 1932, en el que fracasó su exjefe directo, el general José Sanjurjo, y al cual negó explícitamente su participación cuando se pidió su implicación en la sublevación. Pero indeciso no quiere decir contrario, sino más bien partidario mas no dispuesto a llevarlo a cabo de inmediato; de hecho se puede afirmar que tras varias reuniones mantenidas en Madrid antes de partir desde Cádiz hasta su destino tinerfeño, Franco se involucró en la preparación de un golpe militar para el momento en que fuera irremediable llevarlo a cabo, aunque eso sí, carente del optimismo de los más conspicuos sediciosos. Mola, Manuel Goded, Joaquín Fanjul, pero también otros generales como Alfredo Kindelán, Ángel Rodríguez del Barrio o Andrés Saliquet, José Enrique Varela y Luis Orgaz, se encontraban entre los confabulados.
Se puede decir que, pese a que el general Franco tuvo escasa incidencia en la preparación conspiratoria, su participación en la fase final de la confabulación acabó por ser sencillamente decisiva. Aunque por lo general se ha tenido la creencia de que, a raíz del asesinato del dirigente de extrema derecha y exministro primorriverista, José Calvo Sotelo, la misma mañana en que conoció el luctuoso acontecimiento, el 13 de julio del año 36, Franco se comprometió por completo con la revuelta e incluso pasó a proponer que se produjera cuanto antes; el historiador español Ángel Viñas ha demostrado que el general se había sumado ya a la conspiración activamente hacia mitad de junio de 1936 y desarrollado su propia participación en la misma, lo que implicaba hacerse con el control previo de Canarias y la eliminación del comandante militar de Las Palmas, el general Amado Balmes. En cualquier caso, el hispanista estadounidense Stanley G. Payne ha afirmado, en una de sus monografías dedicadas al franquismo, que Francisco Franco “se decidió a participar en la revuelta cuando llegó a la conclusión de que era más peligroso no hacerlo”.
En cualquier caso, el general llegó a Tetuán el 19 de julio con el objetivo cumplido de tomar el mando del Ejército de África, la más profesional fuerza de choque con que se podía contar en aquellos momentos.
A medida que pasaban los días, el país iba quedando fracturado en dos zonas bajo el control de cada uno de los dos bandos, pues de bandos podemos hablar ya propiamente. El éxito o el fracaso de la rebelión era lo que medía la asignación territorial a una o a otra zona. Se ha hecho notar en ocasiones que de alguna manera lo que resultaba en este primer mapa del conflicto era una cierta reproducción del dibujo salido tras las elecciones del mes de febrero. Salvo excepciones, como en el caso de lo que entonces era la provincia de Santander, donde tras nueve días de tira y afloja la región quedó en el lado prorrepublicano, las zonas en las que habían logrado la victoria las candidaturas del Frente Popular evitaron caer en manos de los rebeldes y, por el contario, aquellas otras donde las derechas se habían impuesto pasaron con armas y bagajes a incrementar el territorio de los golpistas.
En efecto, ni el Gobierno reconstituido a trompicones ni los sediciosos habían resultado vencedores en ese primer asalto. Nadie dominaba el país por completo. Se avecinaba una guerra de duración impredecible dada la situación de cada contendiente. Una guerra civil que desde los dos bandos se tacharía en ocasiones de lucha contra un invasor, según se refiriera cada uno a la ayuda exterior que el enemigo recibía de sus aliados internacionales.
Si seguimos la división territorial actual, el régimen provincial imperante y las comunidades autónomas salidas de la Constitución de 1978, las áreas de la España de aquellos días quedaron como sigue.
Además del territorio bajo soberanía española en el norte de África, los sublevados dominaban a finales de julio los municipios de lo que hoy son las comunidades autónomas de Galicia, Navarra, La Rioja e Islas Canarias y una buena parte de Castilla y León; en Euskadi, la provincia de Álava; el occidente de Aragón; Islas Baleares, a excepción de la isla de Menorca; en Extremadura, la provincia de Cáceres casi en su totalidad; Oviedo en Asturias; y, por último, algunas zonas de Andalucía, entre ellas la ciudad de Sevilla.
Antes de continuar, creo que es de rigor hacer una precisión. Terminológica.
Dado que los rebeldes y los historiadores favorables a sus actos llamaron nacional a su bando y a la zona conquistada por sus tropas, conviene dejar claro que en este libro semejante adjetivo no será usado por cuestiones en absoluto ideológicas, más bien profesionales. Nacionales eran los dos bandos. Y de hecho es curioso que quienes más ayuda internacional recibieran se adjudicasen, llevados por su ideario nacionalista, claro, ese apelativo. Prosigamos con nuestro relato, pues.
De su lado, el nuevo Gobierno constitucional presidido por José Giral o, mejor dicho, sus aliados frentepopulistas levantados en armas contra los sediciosos –que se valieron más bien de la impericia de estos últimos a la hora de llevar a cabo la sublevación en según qué zonas– habían logrado conservar las que habrían de ser su buque insignia, Madrid, Cataluña y la Comunidad Valenciana; casi todas las localidades de Andalucía; Euskadi, salvo la citada Álava; Asturias, a excepción de su asimismo mentada capital, Oviedo, Menorca en Islas Baleares; y todas las tierras de Cantabria, Castilla-La Mancha y Región de Murcia, así como parte de Cáceres y la provincia de Badajoz, en Extremadura.
Recapitulemos.
En medio de una profunda crisis social y política, y de una exacerbada polarización de la sociedad, tiene lugar, contra el deteriorado orden constitucional instituido durante la llamada Segunda República española, una sublevación militar en Melilla, plaza norteafricana perteneciente al protectorado español de Marruecos, donde se declara el estado de guerra. Es el 17 de julio del año 1936. El que se dará en llamar Alzamiento nacional se adelanta sobre lo previsto y su fracaso tendrá como resultado una guerra civil, la guerra civil española.
El día 18 de ese mes, la sublevación triunfa en todo el protectorado. Comienza a extenderse: así, llega a Canarias, donde se subleva el general Francisco Franco; Andalucía, con el general Gonzalo Queipo de Llano al frente de los rebeldes sevillanos; Valladolid; Burgos; Zaragoza… Dimite el jefe del Gobierno, Santiago Casares Quiroga. Intenta formar un nuevo ejecutivo el republicano Diego Martínez Barrio. Ante la situación, el sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) promueve la huelga general.
Un día más tarde, Barcelona se añade a la sublevación, también Vitoria, Oviedo (donde el coronel Antonio Aranda logrará hacer triunfar la rebelión desde la apariencia de fidelidad a la legalidad en medio de una Asturias fiel a la República), Cáceres… y la rebelión se generaliza por buena parte del país. Franco se pone al frente del principal cuerpo de Ejército, el del norte de África. El presidente de la República, Manuel Azaña, consigue por fin la formación de un nuevo Gobierno, encabezado por otro republicano, José Giral. El nuevo ejecutivo ordena la entrega de armas a las organizaciones sindicales y a los militantes de izquierda.
La sublevación fracasa en Madrid y en Barcelona el 20, pero triunfa en Galicia. Fallece ese mismo día en accidente de aviación el general José Sanjurjo, a quien los rebeldes habían designado jefe del llamado Alzamiento. Lo que comenzó como un pronunciamiento al uso se transforma, al no obtener su objetivo de inmediatez, en una auténtica guerra civil. Al mismo tiempo, el desplome del Estado a raíz de los acontecimientos se convierte, en la zona leal a las autoridades republicanas, en el comienzo de la revolución que los sublevados venían a impedir.
2. Franco, jefe político y militar de los insurrectos. Comienza el franquismo
“Ustedes no saben lo que han hecho porque no le conocen como yo, que lo tuve a mis órdenes en el ejército de África, como jefe de una de las unidades de la columna a mi mando; y si, como quieren va a dársele en estos momentos España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie le sustituya en la guerra, ni después de ella, hasta la muerte”.
Miguel Cabanellas a sus compañeros tras la elección de Franco como jefe de los sublevados en septiembre de 1936 (recogido en Guillermo Cabanellas, Cuatro generales).
Estallada la guerra tras el fracaso de lo que pretendía la conspiración, apoderarse del aparato del Estado, las operaciones militares atravesarían por las tres fases canónicas que casi todos los investigadores suelen convenir: asalto de los sublevados sin éxito a Madrid, campaña del Norte y la fase decisiva que tiene a la batalla del Ebro como combate señero y la debacle republicana como colofón.
La primera de esas etapas daría comienzo a principios de agosto de 1936, con el decisivo paso del estrecho de Gibraltar de las tropas del Ejército radicado en el protectorado marroquí y mandadas por Franco. Se puede decir que esta primigenia fase del conflicto en su vertiente militar estuvo protagonizada por la dedicación extrema de los rebeldes a obtener el centro neurálgico del Estado, la capital, la ciudad de Madrid. El asedio de Madrid a cargo de los insurrectos, la llamada batalla de Madrid, se pretendió llevar a término con un ataque por el norte y otro por el sur, acabados finalmente ambos en fracaso. Por los pelos.
La batalla de Madrid tuvo un mes muy especial, el de noviembre de 1936, y si bien duró hasta el final de la guerra, hasta abril de 1939, es en aquel mes del 36 cuando se produjeron las principales acciones de ataque y defensa de uno y otro bando.
Pero no obstante, debemos antes decir que los sublevados del norte y los del sur habían logrado enlazar ya en el mes de agosto. Y lo habían hecho a lo largo de la frontera con Portugal, luego del avance sobre Andalucía y la provincia extremeña de Badajoz de las tropas de Franco, las fuerzas de África, que contaban ya con las primeras ayudas alemanas e italianas. Por su parte, el ejército de Mola ocupaba la ciudad guipuzcoana de Irún a principios de septiembre y cortaba así la otra frontera, la francesa.
Y no nos olvidemos de la creación de uno de los mitos por excelencia de la Guerra Civil vista desde el lado alzado, el de la resistencia del alcázar. El propio Franco decidió renunciar al avance hacia Madrid y desviarse hacia la ciudad de Toledo para liberar del asedio que venían sufriendo desde el 22 de julio los hombres (y las familias atraídas por ellos, algunas en calidad de rehenes) del coronel José Moscardó, refugiados en el emblemático edificio de la academia de infantería, donde como veremos había estudiado el cadete Francisco Franco hacía algunas décadas. La fecha del 28 de septiembre de 1936, cuando se produjo la salida de los resguardados defensores y de los secuestrados por ellos, ingresará por derecho propio en el almanaque heroico tan caro al franquismo.
Ocho días antes, Franco se encontraba ya en la localidad toledana de Maqueda, a 40 km de la ciudad de Toledo, y en contra de lo que habría parecido más pertinente, que habría sido según le aconsejaban sus correligionarios castrenses seguir el avance hacia Madrid, decidió bajar en dirección sureste y recorrer esos pocos miles de metros para que se procediera a la liberación de los de Moscardó. Lo que consiguió fue enaltecer simbólicamente su figura de libertador y aumentar su popularidad entre los enemigos de la República, todo ello en el momento en el que los gerifaltes confabulados estaban prestos a resolver un asunto crucial: la unidad de mando.
Y dado que lo que a nosotros nos interesa ahora mismo es saber qué tiene que ver todo esto con el franquismo, cuál era el papel del protagonista central de nuestro relato, lo mejor que podemos hacer es retroceder unos meses.
Los insurrectos necesitaban institucionalizar su conglomerado de fuerzas militares y paramilitares y, cómo no, políticas. Muy pronto, el día 24 del mes de julio, se había creado en la ciudad de Burgos la Junta de Defensa Nacional. Resultó elegido presidente de la misma por sus compañeros de armas más significados el general Miguel Cabanellas. ¿Sus méritos? Ser el militar con una trayectoria más larga en el Ejército español. Franco, todavía destacado en el norte de África tratando de conseguir el traslado de sus tropas tan esenciales, no formaría parte de la Junta, compuesta asimismo en calidad de vocales por otros cuatro generales, Emilio Mola, Fidel Dávila, Andrés Saliquet y Miguel Ponte; e incluso por dos coroneles, Fernando Moreno y Federico Montaner.
Habrá que esperar a finales de septiembre de ese año, al día 29, uno después de la liberación del alcázar toledano, para que la Junta de Defensa Nacional haga pública la designación de Franco como jefe militar de las fuerzas sublevadas, con el título de generalísimo de los tres ejércitos −un nombre que, acortado a generalísimo sin más, habría de calar en el imaginario popular durante décadas−, y jefe político de un gobierno que aun no es técnicamente tal. El general ferrolano es elegido por los miembros de la Junta de Defensa Nacional, si bien con la contrariedad de Cabanellas, y sin que quede claro si el mandato se otorga solo para el tiempo que dure la guerra, pues no se ponía limitación específica alguna. Pero no es hasta el día 1 de octubre, fecha simbólica que se unirá al 18 de julio en los fastos franquistas, cuando Franco asumiría plenamente ambos cargos, a los cuáles él mismo se ocupó de añadir el de jefe del Estado. Su investidura en la que es la sede de los rebeldes, la ciudad de Burgos, se producirá en tanto que “jefe del Gobierno del Estado”.
Franco tiene todo el poder sobre el territorio arrebatado por los conjurados a los frentepopulistas que les combaten desde el otro bando, en medio de una guerra si no cruel sí causante de una retaguardia aterrorizada a ambos lados del límite de la lucha.
Ha comenzado el franquismo. Ese día 1 de octubre se puede decir sin temor a equivocarnos que se inicia la dictadura personal del general Francisco Franco Bahamonde y, con ella, el periodo al que llamamos franquismo y, por ende, el régimen político homónimo, surgido del “consenso mínimo” alcanzado por los sublevados: “la destrucción hasta su raíces de la tradición liberal”, tal y como el historiador español Ismael Saz Campos afirma cuando describe su configuración.
La figura de Franco logró de inmediato, si no contaba ya con él, un enorme grado de adulación retroalimentado hasta el paroxismo que ya no habría de abandonarle hasta finales del año 1975, cuando falleciera el todavía caudillo y con él se desmoronara el edificio construido tras casi cuatro décadas de lisonjas e hipérboles dedicadas a su capacidad de liderazgo.
Como dejó escrito el historiador español Alberto Reig Tapia:
“Prensa, radio y después televisión se pusieron al servicio de una de las hagiografías más alucinantes que ha conocido la historia contemporánea. Un hombre absolutamente corriente aunque habilísimo y tenaz para aprovechar con el mayor rendimiento sus circunstancias particulares fue revestido de unos loores completamente desorbitados y, sin embargo, para muchos de sus seguidores ha sido no ya un gobernante excepcional sino el más grande de los últimos siglos”.
El día 2 de aquel mes de octubre la Junta Técnica del Estado sustituye a la anterior Junta como forma de organización del Gobierno rebelde. El documento que da carta de naturaleza al nuevo organismo dice de él que es el “órgano asesor del mando único y de la Jefatura del Estado Mayor del Ejército, cuyas resoluciones necesitaban el refrendo del general Franco como jefe del Estado”. El general Fidel Dávila es nombrado su presidente. De alguna manera, Franco se convierte en el jefe del Estado y del Gobierno, aunque Dávila preside un peculiar consejo asesor que funcionará como poder ejecutivo presidido en realidad por el propio Franco. La Junta Técnica del Estado ya no está integrada solo por militares y canaliza las distintas fuerzas políticas del bando rebelde, al que ya se puede llamar bando franquista. Con su sede en Burgos “aunque la del jefe del Estado estará en la también ciudad castellanoleonesa de Salamanca”, en ella ya están representadas las fuerzas políticas que conforman dicho bando. Entre los civiles que integraron la nueva Junta, se encontraba José Cortés López, al frente de la Comisión de Justicia; Andrés Amado Reygondaud, en la de Hacienda; Joaquín Bau Nolla, presidente de la Comisión de Industria, Comercio y Abastecimientos; Eufemio Olmedo Ortega, en la de Agricultura y Trabajo Agrícola; Alejandro Gallo Artacho, encabezando la Comisión de Trabajo; el escritor José María Pemán, en la de Cultura y Hacienda; o Mauro Serret y Mirete, como presidente de la Comisión de Obras Públicas y Comunicaciones. Como se puede ver, técnicos sin ningún peso político.
Es en aquellos días cuando por primera vez se enuncia el carácter del Nuevo Estado encarnado en Franco que habrá de ampliar su territorio a medida que las conquistas de sus hombres vayan mermando la zona leal.
Tratemos de imaginarnos la noche del primer día de octubre de 1936, cuando Franco pronunciaba a través de las ondas de Radio Castilla de Burgos un discurso de enorme trascendencia política, de carácter programático, su primera alocución como lo que él y sus allegados habían decidido que habría de ser su principal título político: jefe del Estado.
“¡Españoles!: […] Españoles que, bajo la horda roja, sufrís la barbarie de Moscú y que esperáis la liberación de las tropas españolas. […] A vosotros me dirijo, no con arengas de soldado. Voy solamente a exponeros los fundamentos de nuestras razones, no con tópicos ni contumacias, sino con el propósito de hacer un breve examen del pretérito y de lo que nos proponemos en el porvenir.
No se trata, por tanto, de invocar una situación que justifique nuestra decisión. Lo que es nacional no precisa razonamiento. España, y al invocar este nombre lo hago con toda la emoción de mi alma, sufría la mediatización más nociva de algunos intelectuales equivocados, que tenían un concepto demoledor.
Permanecimos en silencio mientras se iba inoculando el virus que jamás debió atravesar las fronteras […] y así se iba perdiendo el concepto de la Bandera, del Honor, de la Patria y de los valores históricos.
Todo eso, y mucho más, acabó por añadir, a la falta de sentimiento patriótico, la pérdida del carácter tradicional de nuestro pueblo, olvidadas nuestras pasadas glorias y falto de conciencia para el porvenir, por ese concepto moderno de las cosas.
[…]
Entre tanto, nuestra balanza comercial era adversa y descendería nuestro propio nivel desoyendo nuestras voces de todos los días. Se creaban obstáculos a todos cuantos defendían la personalidad de España, se enrarecía el ambiente nacional, y, por medio de este comunismo, se destruía la economía, se fomentaba el odio y se sustentaba la anarquía en todas las provincias de España.
Por esto se da cuenta España y acomete su liberación con amplio espíritu de colaboración social para el restablecimiento en el porvenir de la instauración de su propia libertad, la cual, por ser suya, la reclamará dentro y fuera del solar patrio. España se organiza dentro de un amplio concepto totalitario de unidad y continuidad. La implantación que implica este movimiento, no tiene exclusivo carácter militar, sino que es la instauración de un régimen de autoridad y jerarquía de la Patria.
La personalidad de las regiones españolas será respetada en la peculiaridad que tuvieron en su momento álgido de esplendor, pero sin que ello suponga merma alguna para la unidad absoluta de la Patria.
Los Municipios españoles también se revestirán de todo su rigor como entidad pública. Fracasado el sufragio inorgánico, que se malversó por los caciques nacionales y locales, la voluntad nacional se manifestará oportunamente a través de aquellos organismos técnicos y Corporaciones que representen de manera auténtica sus intereses y la realidad española.
Dentro del aspecto social, el capitalismo se encauzará y no se regirá como clase apartada, pero tampoco se le consentirá una inactividad absoluta. El trabajo tendrá una garantía absoluta, evitando que sea servidumbre del capitalismo y que se organice como clase, adoptando actitudes combativas que le inhabiliten para colaboraciones conscientes. Se implantará la seguridad del salario hasta que se pueda llegar a la participación de los obreros, haciéndose beneficiarios en el aumento de producción.
Serán respetadas todas las conquistas alcanzadas legítimas y justamente, pero al lado de estos derechos estarán sus deberes y obligaciones, especialmente en cuanto afecta al rendimiento de su trabajo y leal colaboración. Todos los españoles estarán obligados a trabajar según sus facultades. No puede el Estado nuevo admitir parásitos.
El Estado nuevo, sin ser confesional respetará la religión de la mayoría del pueblo español, sin que esto suponga intromisión de ninguna potestad dentro del Estado.
[…]
En el orden internacional, comercial, viviremos en armonía con todos los demás pueblos, en especial con los de comunidad de raza, de lengua y de idearios comunes, y dentro de la más leal convivencia, siempre que no sean incompatibles con nuestro sentido ideológico. Exceptuamos de manera rotunda el contacto soviético.
Estoy seguro que en esta tierra de héroes y de mártires que vierte su sangre generosa para que el mundo encuentre en España la más clara de las visiones, cuando escriba sobre las páginas de su Historia, que no es Oriente ni Occidente, sino genuinamente española, marcará el ejemplo a seguir con este movimiento nacional. ¡Viva España!”
No perdamos de vista las cursivas. Salvo la referencia tan delgada a la religiosidad del nuevo orden institucional, poco después reconocida por el propio Franco como fruto de una reflexión no hecha, el resto será la esencia del franquismo inconmovible hasta su mismo final en el arranque del último cuarto del siglo XX.
¿Pero, cómo ha llegado hasta aquí Franco?
Aunque en este mismo capítulo, muy pronto, vamos a acercarnos más a la figura de Franco antes del estallido de la guerra, adelantaremos aquí que era un personaje muy popular en la escena pública española desde que en la década de los años 20 se había convertido en un joven general afamado por sus hazañas en el norte de África y por su vertiginoso ascenso en la carrera castrense. Un militar además de reconocido prestigio conservador, nacionalista y contrario a los principios esenciales que encarnaban el régimen republicano, contra el que dudó en rebelarse más por cuestiones logísticas y tácticas que de convencimiento moral o ideológico. Un militar recordado y hasta añorado por los soldados y oficiales en suelo africano, algo que será esencial en los decisivos y acelerados días del verano de 1936, cuando sepa aprovechar su desbordante ascendente sobre las tropas españolas en el protectorado marroquí para ponerse al frente de ellas tras aceptar el mando que la conspiración le había reservado.
Asesinado antes de que comenzara la sublevación –de hecho acelerándola precipitadamente– el líder de la extrema derecha menos parafascista, José Calvo Sotelo; y con el fundador y máximo dirigente de los esos sí parafascistas de Falange –el hijo del exdictador, José Antonio Primo de Rivera– en la cárcel desde la primavera de ese año de 1936; el panorama ya se había despejado para Franco con el accidente aéreo que le había costado la vida a Sanjurjo, el máximo dirigente in pectore de los sublevados, y con la suerte que corrió otro de los jefes previsibles de la sedición, el general Goded, uno de los cabecillas de primera hora de la conspiración, ajusticiado en agosto tras fracasar al intentar llevar a la ciudad de Barcelona hacia su causa. El fusilamiento en noviembre de José Antonio y otro accidente de aviación, el que acabará con la vida de Mola en junio de 1937, dejarán al general ferrolano sin competidores posibles en el camino más elemental hacia el futuro político buscado por los sediciosos: una dictadura militar de mayor o menor duración, con o sin un rey.
Pero el espaldarazo definitivo en el liderazgo del bando sublevado por parte de Franco llegará cuando, a finales de julio y principios de agosto del fatídico año 1936, el jefe de las fuerzas armadas norteafricanas consiga hacerlas cruzar el estrecho de Gibraltar tras lograr que la Alemania nazi y la Italia fascista vendan a los rebeldes los aviones necesarios para su traslado a Andalucía y llevar así a cabo subrepticiamente, para no romper la llamada no intervención internacional, el primer puente aéreo militar de la historia. El financiero Juan March, varias veces elegido diputado y miembro que fuera del Partido Radical de Alejandro Lerroux, además de exconvicto por presuntas irregularidades en sus actividades económicas, fue el principal rico hombre aportador capitalista a la causa no ya rebelde sino particularmente franquista.
Ajeno aún a las maneras políticas de los autócratas que iban a poner boca abajo el planeta, Franco no dudó en solicitar a las potencias que unos meses más tarde crearían el Eje Roma-Berlín su ayuda interesada, algo que hizo presentándose a sí mismo como el líder de los sublevados, una jefatura autoasumida y de la que el general no tuvo dudas desde el momento en que supo del fallecimiento de Sanjurjo, como recoge el historiador británico Paul Preston en el que es considerado por la mayoría de los expertos el mejor libro escrito sobre el dictador. El 7 de agosto de ese año, Franco estaba en Sevilla. Y a finales de ese mes, en Cáceres. Hacia la jefatura de los alzados.
3. Franco, ese hombre
“Es posible que el supuesto coraje de Franco fuera auténtico, ya que tenía fama de no conocer el miedo. De ser cierto, indicaría un hombre totalmente carente de imaginación y humanidad. El valor temerario de aquella época, que tanto contrasta con la cautela del resto de su vida, también pudo ser consecuencia de su ambición. Habiéndose propuesto llegar cuanto antes a general, y para tener ascensos por méritos de guerra, necesitaba exponerse a las balas del enemigo y lo hacía sin miramientos”.
Paul Preston, “Franco”, en Ángel Viñas (editor y coordinador), En el combate por la historia. La República, la Guerra Civil, el Franquismo, 2012.
Supongo que a los más jóvenes les podrá chocar el título de este epígrafe. Pues bien, Franco, ese hombre es el título de un documental realizado en 1964 por el director José Luis Sáenz de Heredia. No es un documental cualquiera, pues además de ser un encargo personal del entonces autócrata admitido ya en la comunidad internacional, es una obra enmarcada en las fastuosas celebraciones de los “veinticinco años de paz” transcurridos tras el final de la Guerra Civil, en realidad “veinticinco años de Victoria”. Una hagiografía, vaya. Literalmente, una hagiografía.
Dicho esto, es importante saber que lo que ahora pretendemos es una cesura en medio del abigarrado escenario de la guerra para acercarnos a la vida de Francisco Franco. Pero no una cesura para presentarte una hagiografía del dictador, ni para hacer lo contrario, se trata de situar al protagonista principal del franquismo hasta el mismo momento en que aterrizaba en el norte de África para ponerse al frente de las principales unidades de los sublevados en el verano del año 1936.
El 4 de diciembre de 1892 nacía Francisco Franco Bahamonde en la localidad portuaria coruñesa de El Ferrol. Bautizado Francisco (aunque también Paulino Hermenegildo Teódulo) días después en consideración hacia su abuelo paterno, había venido al mundo en ese municipio costero porque era donde se encontraba su familia al ser su padre (Nicolás Franco y Salgado-Araújo) capitán de la Armada allí destinado, y su madre (María del Pilar Baamonde y Pardo de Andrade) hija a su vez de militar que había ejercido algunos de sus empleos en dicha villa marinera.
Habrás notado, lector, que el apellido heredado de la familia paterna de su madre, Baamonde, se transcribe habitualmente en el caso de nuestro protagonista con una hache entre las dos aes: pues así lo usó habitualmente el propio Franco. La explicación de tal asunto nos haría desviarnos del objeto de esta obra, y es que no hay ni visos de acuerdo entre los investigadores, razón por la que nos limitamos a aclarar que no hay errata que valga en lo que acabas de leer.
Es el momento de hacer asimismo otra precisión, esta en lo referente al nombre de la ciudad donde nació Franco.
Ferrol es la denominación oficial actual de un municipio gallego llamado tradicionalmente El Ferrol hasta 1982 que, en 1938, por razones obvias, recibiría el reverencial topónimo de El Ferrol del Caudillo.
El caso es que Franco emprendió la carrera militar, mas no en la Armada sino en el Ejército de Tierra y, así, en 1907, ingresaba en la Academia de Infantería de Toledo para, tres años después, convertirse en segundo teniente de Infantería, aunque sin haber destacado especialmente, más bien de una manera que podríamos calificar de mediocre. Muy mediocre. Pero el norte de África era ya escenario habitual de las correrías exteriores españolas y caldo de cultivo del meritoriaje castrense de un país gobernado por una monarquía constitucional, que no parlamentaria, encabezada por el muy militarista rey Alfonso XIII. Y es así que a sus 20 años de edad el hijo del capitán de la Armada Nicolás Franco comenzaba su peculiar cursus honorum en el Ejército de África, enfrascado en la conocida como guerra de Marruecos, en la que habría de intervenir en numerosas operaciones bélicas. Teniente en 1912 (el único ascenso que no será por méritos de guerra), capitán tres años después, comandante en 1917… Solo su localidad natal y la ciudad de la que será su esposa, Oviedo “entre 1910 y 1912 en el primer caso y de mayo de 1917 a septiembre de 1920, así como unos pocos meses del año 1923, en el segundo” son las plazas de sus primeros catorce años de destino castrense distintas del norte de África, donde labra su fulgurante carrera a fuerza de su arrojo personal y del uso de una extrema dureza con sus soldados. Arrojo que le costará en 1916 ser herido de extrema gravedad en el abdomen en el transcurso de un combate en El Biutz, un poblado a ocho kilómetros de Ceuta, que motivó su traslado al Hospital Militar de esta ciudad y supuso que ese mismo año se le concediera la segunda Cruz de primera clase de María Cristina.
El mismo año en que se casa en Asturias con una mujer de una familia rica, Carmen Polo, 1923, el año del pretoriano golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, Franco regresa al protectorado de Marruecos para ponerse al frente de la primera bandera del Tercio Extranjero, de la Legión, vaya. Suceden para Franco tres vertiginosos años de ascenso militar (teniente coronel en ese 1923 y coronel en 1925) hasta convertirse en 1926 en el segundo general más joven de Europa, pues es general de brigada con solo 33 años a raíz de sus valientes participaciones en distintos combates contra los aguerridos norteafricanos contrarios a las actividades españolas en sus territorios. Franco es, ya lo hemos dicho, un militar popular y repleto de prestigio. Un militar africanista, todo hay que decirlo. Son los tiempos de la dictadura primorriverista, el letal paréntesis de la Restauración cuyo fracaso dará al traste con la legitimidad y la popularidad de las opciones monárquicas. Franco es en 1928 director general de la Academia General Militar de Zaragoza, dos años antes del final del proyecto de Primo de Rivera y tres por delante de la proclamación de la Segunda República.
Precisamente es una de las tempranas medidas adoptadas por la principal figura del nuevo régimen, Manuel Azaña, por aquel entonces ministro de la Guerra del Gobierno provisional republicano, la que hizo que, si Franco no había recibido especialmente entusiasmado la nueva situación política, comenzara muy probablemente a tenerle una inquina muy del tenor de la que muchos de sus compañeros de armas mantendrían desde la primera hora de su proclamación: el cierre de la Academia zaragozana y con él el cese de su director, en junio de 1931, dos meses después de la proclamación de la Segunda República. El propio Franco afirmará muchos años después:
“Yo jamás di un viva a la República”.
Y ya el 14 de julio de 1931, en su discurso de despedida de la Academia General Militar de Zaragoza, tachó la decisión gubernamental de arbitraria, algo que le valdría una reprimenda del ejecutivo y que quedara en situación de disponible.
Comandante militar de La Coruña en 1932 y de Baleares en los dos años siguientes fueron sus dos primeros cargos durante el régimen republicano.
Pero es tal vez ahora el momento de reflexionar si bien brevemente sobre la ideología, sería mejor decir sobre las convicciones, no vayamos más allá, de este militar africanista tan orgulloso de serlo. Seguiré para ello lo que dejó escrito en un magnífico y breve estudio sobre Franco el historiador Juan Pablo Fusi. Y son esas convicciones, fundamentadas en la caracterización esencial de Francisco Franco como guerrero, y como guerrero en las colonias, las siguientes: considerar al Ejército el garante de la unidad nacional; estimar que su actividad en el norte de África volvería a colocar al Ejército en su prestigioso lugar de guardián de las esencias de lo español; y dotar a aquél de la vitola insoslayable de ser la salvaguarda permanente de la supervivencia de la patria, ya que el intervencionismo militar para mantener el orden nacional es algo históricamente recurrente y admitido. Digamos que la base de su pensamiento político era algo a lo que podemos llamar nacional-militarismo.
Ahora bien, algunas de las ideas de Franco respecto de la política que le tocó vivir o sobre el pasado de España quedaron lo suficientemente claras para los investigadores que se han acercado a su personalidad como para que yo pueda ahora recogerlas aquí y, con ello, acabar de perfilar el pensamiento de la persona que habría de gobernar con mano de hierro su país durante varias décadas.
Para empezar, su marcado antiliberalismo, sustentado en su creencia de que el siglo XIX, y sobre todo lo que le había tocado a él vivir, subvertía los logros de la España anterior a la aplicación de los principios de la Ilustración, tan antiespañoles. Su antiliberalismo tenía el corolario del anticomunismo y se acentuaba en su acendrado catolicismo, al que veía como el fundamento moral y político de la nación española. Un catolicismo, una religiosidad, en suma, sobrevenida, pues en su etapa de joven y bravo soldado y oficial en suelo marroquí había sido legendaria su fama de hombre “sin miedo y sin misa” (en realidad se le llegó a reconocer, según cuentan algunos de quienes en aquellos años le conocieron, como “el hombre de las tres emes, sin miedo, sin mujeres, sin misa”).
Influido por el conservadurismo de Juan Vázquez de Mella, a quien veremos más adelante como uno de los principales inspiradores del nacionalcatolicismo, el multidisciplinar ideólogo tradicionalista Víctor Pradera Larumbe, que moriría asesinado dos meses después de estallar la Guerra Civil, es a menudo reconocido como la única referencia intelectual directa de Franco, a quien honró con su amistad. Pradera había publicado en 1935 un libro titulado El Estado Nuevo, una recopilación de sus exitosos artículos escritos para la ultracatólica y muy monárquica Acción Española, vivero de inclementes personalidades contrarias a las políticas del primer bienio republicano y núcleo en torno al cual acabaría por nacer la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), así como la ultramonárquica Renovación Española y por tanto el Bloque Nacional. En dicho libro, Pradera fundamenta los principios políticos precisamente del Bloque Nacional de Calvo Sotelo y pergeña un Estado Nuevo inspirado en la historia española, en la tradición monárquica, en el que el hombre renuncia a la razón para depender, en una adoración perpetua, de los designios de Dios, pero dentro de una “unión social” gobernada por una monarquía social favorecida por la Iglesia católica, fuente del necesario sentimiento nacional que crea la obligación de acatar a un Estado orgánico, como la nación. No sabemos, no sé, cómo llegó hasta Franco una teoría tan elaborada pero el asunto es que cuando, en 1945, el Instituto de Estudios Políticos publique la Obra completa de Pradera, el autócrata se encargará de escribir el prólogo a petición de la viuda.
Y no me resisto a poner a tu disposición algunos de los párrafos de ese prólogo:
“Las obras, oraciones y escritos de Pradera –salidos a la luz en tiempos liberales, de desastres y traiciones, moviéndose en un clima político materialista y desintegrador, y teniendo que buscar la eficacia en lo posible, sin perder por ello la posición firme de la doctrina– encierran para los españoles un tesoro inagotable de enseñanzas, deducidas con la lógica irrebatible de la Historia fecunda: de España en sus días luminosos del Imperio, o de las sentencias y vidas de sus grandes santos, o de sus gloriosos capitanes.
[…]
Me unieron a Víctor Pradera una viva simpatía y una sincera amistad, nacidas en una comunión de inquietudes por la suerte de nuestra Patria. Se condolía en nuestra última entrevista, en vísperas de mi salida para Canarias, de la ceguera de los grupos políticos ante la tragedia espantosa que sobre España se cernía; y cuando yo le exteriorizaba mi fe en las altas virtudes de nuestro Ejército y en la generosidad de nuestras juventudes para la salvación de España, pero significándole la inutilidad e ineficacia de todo esfuerzo si había de ser para retornar, como a la caída de la Dictadura, a los egoísmos de los partidos que arrastraron a España a esta situación, Pradera me cogía con vehemencia del brazo, repitiendo: No, no, mi general. Hay que imponerles la unidad.
¡La unidad, sobre todo! […]
Este espíritu unitario de Pradera, este españolismo que llena su vida, sus esfuerzos por incrementar la dimensión y el contenido filosófico del Tradicionalismo, triunfaron en su Navarra, tan querida, en vísperas del Alzamiento; dividida España en grupos y grupitos por la atomización a que el sistema liberal la arrastró, no podía forjarse la unidad, por todos anhelada, si ésta se había de construir sobre los principios que separaban y no sobre aquellos comunes que nos unían. En este sentido se había resuelto el problema, cuando se reconoció la necesidad y la urgencia del Movimiento, al exigirnos el general Mola, para tomar parte en él, que éste no tuviese la etiqueta de monárquico, que algún sector político, sirviendo su ideario, pretendía; se ventilaban problemas mucho más altos, como el de Dios y el de la Patria, para que nos perdiésemos en una pugna de incomprensiones. Sin dejar, por mi indicación, cerrado el camino a la Monarquía para el día que así conviniese al servicio de la Patria, se acordó de manera solemne llevar a cabo el Alzamiento únicamente por Dios y por España; mas preparado éste y en trance de desencadenarse, cuando ya no era posible retroceder, aquel espíritu partidista que parecía superado estuvo a punto de dar al traste con lo que estaba llamado a ser Glorioso Movimiento Nacional: el jefe a la sazón del sector tradicionalista manifestó exigente a los generales Sanjurjo y Mola que condicionaba su participación en el Movimiento a la aceptación íntegra y formal de su programa. La situación no podía ser más grave. Faltaban solo horas para desencadenarse el Movimiento, podía en aquellos momentos estarse ya realizando, y la pretensión caía sobre el glorioso general como una losa de plomo; sin embargo, Mola, consciente de su responsabilidad, rechazó con entereza la exigencia, resuelto, según propia confesión, a pegarse un tiro si el pueblo no le secundaba; mas en estos momentos críticos triunfó el verdadero espíritu tradicionalista, el espíritu de unidad por el que Pradera había batallado tanto, y los carlistas, por boca de sus principales jefes, ofrecieron a Mola su concurso al Movimiento solamente por Dios y por España. Noble actitud, mantenida días después en patriótica proclama a los requetés por su Augusto Abanderado Don Alfonso Carlos”.
Sí, antes que monarquía, unidad, y unidad en torno a Dios y a España. Ya sabemos a qué España.
Sigamos ahora con ese breve recorrido por la biografía del general. Durante el que ha sido dado en llamar bienio rectificador o injustamente bienio negro (el radical-cedista, para que nos entendamos), el general Franco ascenderá a general de división y, aun más, completará su breve carrera política en la Segunda República. Cuando en octubre de 1934 estalle la insurrección revolucionaria que tendrá su paisaje por antonomasia en suelo asturiano, el ministro de la Guerra, Diego Hidalgo Durán, del Partido Radical, en uno de los numerosos gabinetes presididos por su correligionario Lerroux, nombrará a Franco su asesor para luchar contra aquélla.
La denominada Revolución de Octubre tuvo lugar a raíz de que el día 4 de ese mes del año 1934 Lerroux nombrara ministros a tres miembros de la CEDA: Rafael Aizpún, en el Ministerio de Justicia; José Oriol Anguera de Sojo, en el de Trabajo, Sanidad y Previsión Social; y Manuel Giménez Fernández, en Agricultura. Tachada la CEDA de fascista por la izquierda, esta creyó ver en su acceso al gabinete el principio del fin de las libertades y el comienzo indudable de una dictadura. Ello provocó que se convocara en distintos puntos de la geografía española una huelga general que tuvo especial incidencia en Cataluña y Asturias, región esta última en la que adoptó auténticas maneras revolucionarias hasta el punto de instituir la Alianza Obrera, compuesta por socialistas, comunistas y anarquistas. Expandida desde las zonas mineras de Mieres, Sama y La Felguera, incluso llegaría a dominar casi toda Oviedo.
Aunque el Gobierno mandó al general Eduardo López Ochoa, Franco, en su calidad de asesor ministerial, propuso el envío asimismo de la Legión comandada por el teniente coronel Juan Yagüe, con órdenes estrictas de actuar con cuanta violencia fuese necesaria. López Ochoa obtuvo el día 19 la rendición de los revolucionarios.
La revolución y la consiguiente represión son una de las causas que algunos seudohistoriadores poco de fiar han considerado que llevarían a la Guerra Civil, e incluso varios de ellos se atreven temerariamente a adelantar el inicio de ésta a aquellos infortunados días de octubre. Pero, lo que en cualquier caso está fuera de dudas es que los propios actos de revolucionarios y fuerzas del orden durante la insurrección y durante su sofocamiento están, como un componente nada despreciable, en el origen de la represión en las dos retaguardias en la cainita guerra de 1936-1939. Asimismo, la experiencia de aquellos acontecimientos ahondó en Franco las convicciones sobre las que reflexionábamos poco más arriba, y, de otro lado, le convirtió en algo así como en el militar favorito de cuantos consideraban al Ejército el valedor de los principios conservadores: la propiedad y el orden por encima de cualesquiera otros. Y, también, en una especie de bestia negra de la izquierda.
Un año después, en mayo de 1935, culminará la experiencia política de Franco anterior a su larguísimo ejercicio del poder absoluto, al asumir nada más y nada menos que la jefatura del Estado Mayor Central tras ser designado para tal función por el ministro de la Guerra, el líder cedista José María Gil-Robles, en otro Gobierno Lerroux. Si un poco antes, en febrero de ese año, había sido nombrado comandante en jefe del Ejército en el protectorado de Marruecos, hubo de abandonar ese cargo para regresar a la Península. Como jefe del Estado Mayor se ocupó de avanzar en la modernización del Ejército tanto en los aspectos técnicos como formativos, y volvió a desoír, como ya hiciera en 1932, a sus compañeros, esta vez en el mismo Ministerio de la Guerra, a la hora de unírseles a una posible sublevación contra el régimen republicano. Compañeros que eran nada más y nada menos que los generales Mola, Goded y Fanjul, conspiradores que serían los más destacados del golpe de julio del 36.
Cuando en ese año 1936 triunfaron electoralmente las fuerzas políticas que habían creado el Frente Popular para evitar que el régimen republicano cayera definitivamente en manos de quienes precisamente querían acabar con sus principios esenciales, ya vimos que el destino de Franco fue casi un exilio, insular, en las islas Canarias, razón por la que ceso aquí este breve flash-back biográfico del protagonista y dueño del franquismo.
Pero antes no dejaré escapar la ocasión de apuntar tres asuntos.
El primero de ellos es que, en aquel mes de febrero de 1936 en el que ganaron las elecciones las candidaturas frentepopulistas, Franco sugirió infructuosamente al presidente del Gobierno, el fundador del efímero Partido del Centro, Manuel Portela Valladares, que declarara el estado de guerra y anulara los resultados electorales, al tiempo que volvía a negarse a participar en la confabulación orquestada de nuevo por Goded y Fanjul, entre otros.
El segundo tiene que ver asimismo con aquellos comicios que, en Cuenca y Granada habían sido declarados nulos por fraudes por falsificación de votos atribuidos a las candidaturas derechistas. Cuando se convocaran de nuevo las elecciones en aquellas provincias para principios de mayo, la CEDA le ofreció a Franco la posibilidad de ser elegido si se presentaba en las listas conquenses del bloque reaccionario: el general aceptó el 20 de abril, y no faltan autores que consideren que lo hizo para acceder a la inmunidad parlamentaria más que por una vocación política de confrontación parlamentaria de la cual a todas luces carecía. Siete días más tarde se veía obligado a renunciar a su inclusión en esa candidatura cuando se le comunicó que José Antonio Primo de Rivera le había vetado. (Por cierto, en la provincia de Cuenca quien finalmente triunfó fue el Frente Popular.)
Y el tercero de esos asuntos que anuncié poco más arriba es la existencia de una carta escrita a finales de junio de ese año 1936 por Franco, en cuanto que comandante general de Canarias, dirigida nada más y nada menos que al entonces presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, el azañista Santiago Casares Quiroga. La misiva, enviada a Casares en tanto que ministro de la Guerra (conocedor como era Franco del cauce más conveniente al escalafón) puede dejar perplejo al más pintado por lo inhabitual de que un confabulado avise de alguna manera al poder que pretende asaltar. Su ambigüedad es manifiesta, y el doble juego del general ahora nos parece a todos tan evidente que… mejor leámosla.
“Respetado ministro:
Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tienen la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los cuerpos de oficiales y suboficiales.
Las recientes disposiciones que reintegran al Ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, y la más moderna de destinos antes de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de junio del 17 no se habían alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría del Ejército. Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de ofuscación, que interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolor y sentimiento en la colectividad militar. Todo esto, excelentísimo señor, pone aparentemente de manifiesto la información deficiente que, acaso, en este aspecto debe llegar a V.E., o el desconocimiento que los elementos colaboradores militares pueden tener de los problemas íntimos y morales de la colectividad militar. No desearía que esta carta pudiese menoscabar el buen nombre que posean quienes en el orden militar le informen o aconsejen, que pueden pecar por ignorancia; pero sí me permito asegurar, con la responsabilidad de mi empleo y la seriedad de mi historia, que las disposiciones publicadas permiten apreciar que los informes que las motivaron se apartan de la realidad y son algunas veces contrarias a los intereses patrios, presentando al Ejército bajo vuestra vista con unas características y vicios alejados de la realidad. Han sido recientemente apartados de sus mandos y destinos jefes, en su mayoría, de historial brillante y elevado concepto en el Ejército, otorgándose sus puestos, así como aquellos de más distinción y confianza, a quienes, en general, están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes. No sienten ni son más leales a las instituciones los que se acercan a adularlas y a cobrar la cuenta de serviles colaboraciones, pues los mismos se destacaron en los años pasados con Dictadura y Monarquía. Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la patria quienes disfracen la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto. De la falta de ecuanimidad y justicia de los poderes públicos en la administración del Ejército en el año 1917, surgieron las Juntas Militares de Defensa. Hoy pudiera decirse virtualmente, en un plano anímico, que las Juntas Militares están hechas.
Los escritos que clandestinamente aparecen con las iniciales de UME y UMRA son síntomas fehacientes de su existencia y heraldo de futuras luchas civiles si no se atiende a evitarlo, cosa que considero fácil con medidas de consideración, ecuanimidad y justicia. Aquel movimiento de indisciplina colectivo de 1917, motivado, en gran parte, por el favoritismo y arbitrariedad en la cuestión de destinos, fue producido en condiciones semejantes, aunque en peor grado, que las que hoy se sienten en los cuerpos del Ejército. No le oculto a V.E. el peligro que encierra este estado de conciencia colectivo en los momentos presentes, en que se unen las inquietudes profesionales con aquellas otras de todo buen español ante los graves problemas de la patria.
Apartado muchas millas de la península, no dejan de llegar hasta aquí noticias, por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se aprecia, existe igualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares e incluso entre todas las fuerzas militares de orden público.
Conocedor de la disciplina, a cuyo estudio me he dedicado muchos años, puedo asegurarle que es tal el espíritu de justicia que impera en los cuadros militares, que cualquiera medida de violencia no justificada produce efectos contraproducentes en la masa general de las colectividades al sentirse a merced de actuaciones anónimas y de calumniosas delaciones.
Considero un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar, que V.E. puede fácilmente comprobar si personalmente se informa de aquellos generales y jefes de cuerpo que, exentos de pasiones políticas, vivan en contacto y se preocupen de los problemas íntimos y del sentir de sus subordinados.
Muy atentamente le saluda su affmo. y subordinado, Francisco Franco”.
El general Franco escribía una carta al ministro y presidente del Gobierno Casares Quiroga que podríamos tachar de amenaza conciliadora, o de conciliadora amenaza. Solo un mes después los sublevados, según sus propias palabras, se levantarían en Melilla “en nombre de Franco”.
4. No ha llegado la paz, ha llegado la victoria: Franco domina toda España
“Del lado ‘nacional’ se inventó la funesta fórmula […] rendición sin condiciones, lo cual quería decir ‘victoria sin vencidos’, sin conservarlos como sujeto del otro lado del desenlace de la guerra”.
Julián Marías, La Guerra Civil, ¿cómo pudo ocurrir, 1980.
En 1977, el escritor, actor y director español nacido en Perú, Fernando Fernán Gómez, publicaba el texto de una obra de teatro que habría de tener una excelente acogida ocho años más tarde e incluso llegaría a ser adaptada con excelente gusto al cine por Jaime Chávarri: Las bicicletas son para el verano. La obra transcurre en el Madrid asediado por los franquistas durante la larga Guerra Civil y la frase que abre el título de este epígrafe la pronuncia al final de la misma uno de sus derrotados protagonistas. Atendida la primera de las fases en que he dividido el desarrollo militar de la Guerra Civil, hablaremos en este epígrafe de las otras dos, ya adelantadas en su momento: la que tiene su epicentro en la campaña del Norte y la decisiva, que lleva al triunfo del bando franquista.
Evidentemente, aunque fue en la primera etapa de la guerra cuando el avance sobre Madrid protagonizó la estrategia rebelde, dicha fijación en conquistar la capital del Estado no desapareció en todo el conflicto, si bien dejó de ser el objetivo esencial de los movimientos y las decisiones franquistas.
Si en junio de 1937 Vizcaya pasaba a poder de los ejércitos de Franco y con ella lo que quedaba de Euskadi, en agosto Cantabria hacía lo propio y en octubre dichas tropas tomaban los territorios que les faltaban en Asturias y cerraban así la llamada campaña del Norte, donde nuevamente se demostraban dos cosas: que la unidad de mando y la mayor profesionalización militar de los sublevados, así como la capacidad de estos de atraerse a sus aliados naturales, la Italia fascista mussoliniana y la Alemania nazi hitleriana, y de mantener la aberración de la neutralista no intervención de las demás potencias estaban resultando decisivas a la hora de imponerse en una guerra en la que el otro bando a penas contaba con ayuda exterior, más cara política que económicamente (la soviética), y era asimismo incapaz de estructurar debidamente por más que lo había intentado una organización castrense profesional en todos sus rangos.
Conquistado el norte peninsular por la España dominada desde la autoridad depositada en Franco, el curso de la guerra civil española se dirige hacia su ecuador dibujando una situación cada vez más favorable a los enemigos de lo que queda del régimen republicano. La otra España, la gobernada desde mayo de 1937 por el socialista Juan Negrín, parece que ha encauzado demasiado tarde el objetivo del conflicto hacia la obtención de la derrota bélica de los rebeldes más que hacia la posibilidad de lograr la sociedad perfecta ideada por los obreros conscientes de que, aunque han intentado evitarlo, siguen desorganizados y disgregados en al menos tres grupos, como poco (comunistas, socialistas y anarquistas).
Acerquémonos a la situación de la política interna en la zona sublevada dominada unipersonalmente por Franco, donde el 19 de abril de 1937 había tenido lugar en Salamanca –de alguna manera capital franquista por aquel entonces– uno de los pasos encaminados a facilitar al militar gallego ese desempeño autocrático: la promulgación, por su parte, del llamado Decreto de Unificación que llevaba implícita la creación del partido único que todo régimen autoritario porta como santo y seña de su política de participación pública. Ese partido recibía el inacabable nombre de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET y de las JONS), amalgama coriácea de todas las formaciones políticas que habían participado en las labores de acoso y derribo al régimen republicano o se habían unido finalmente a los sublevados que ahora se encontraban bajo el poder de Franco. Si bien su nombre hace referencia solo a tres de ellas (falangistas, jonsistas y carlistas) amasaba asimismo al disolverlas al resto de ellas: alfonsistas (monárquicos defensores del regreso del exiliado rey Alfonso XIII), cedistas y, en general, partidarios de todas las fuerzas de derechas no republicanas que participaron en las elecciones de febrero de 1936 en las candidaturas opuestas al Frente Popular.
La norma en cuestión fue publicada en el Boletín Oficial del Estado al día siguiente bajo el epígrafe siguiente: Decreto núm. 255 Disponiendo que Falange Española y Requetés se integren, bajo la Jefatura de S. E. el jefe del Estado, en una sola entidad política, de carácter nacional, que se denominará “Falange Española Tradicionalista de las JONS”, quedando disueltas las demás organizaciones y partidos políticos.
Dejemos a Saz Campos que nos puntualice qué significó la unificación:
“Ideológicamente, el nuevo partido […] se presentaba como una continuación de la tradición, de la del siglo XVI y de la tradicionalista del siglo XX, en la que lo falangista parecía reducirse a la técnica, la novedad, la propaganda, etc. Políticamente, era el gobierno y no el partido el eje central de la vida política”.
Si el franquismo ya tenía su Alzamiento Nacional desde julio del 36, con FET y de las JONS añadía su propio Movimiento Nacional pues esta fue la denominación más habitual que se usó para referirse al partido único del que por supuesto Franco será jefe máximo desde primera hora. Las divergencias internas de las fuerzas políticas ciertamente variopintas que conformaban la base no militarista del régimen que se iba creando (que iban creando Franco y el paso del tiempo a través del crisol de la guerra) llegaron a su fin con el Decreto de Unificación, mal recibido por los más altos dirigentes carlistas y falangistas, pero en general atendido con disciplina por la casi totalidad de los militantes antirrepublicanos. La victoria en la guerra era ya el único objetivo, común, de todos los grupos que luchaban contra los restos de la autoridad republicana.
Es hora de una nueva recapitulación o, más bien, de que a modo de revista de prensa visitemos los acontecimientos más importantes de la Guerra Civil desde finales de julio del año 36 hasta el mes de octubre de 1937.
Estamos en 1936, concretamente en el día 23 de julio, cuando se reúne en Burgos por vez primera la que al día siguiente se denominará Junta de Defensa Nacional, presidida por el general Miguel Cabanellas, de alguna manera esbozo del primer Gobierno de los sublevados. El 30 de ese mes, la Junta dicta un bando de guerra que extiende el estado de guerra a todo el país.
Si el 24 de julio comienza la ayuda francesa al Gobierno republicano, al día siguiente es la Alemania nazi la que decide dar la suya a los sublevados y el día 27 la Italia fascista envía aviones para echar mucho más que una mano a los rebeldes, quienes el 28 reciben los primeros aviones alemanes. Pero, eso sí, el 1 de agosto el Gobierno francés, aunque afín al del Frente Popular que gobierna la República española, da marcha atrás y propone la no intervención. En efecto, el 4 de agosto Reino Unido y Francia deciden no intervenir en la guerra civil española, con lo que se da paso al conocido como Comité de No Intervención.
Los sublevados logran el 5 de agosto superar el bloqueo republicano del estrecho de Gibraltar para transportar tropas y material desde el norte de África hasta la península ibérica. Aun así, el control del paso del estrecho permanecería del lado fiel a la República unas semanas más. Nueve días después, Badajoz es tomada por las fuerzas sediciosas al mando del teniente coronel Juan Yagüe. Los territorios rebeldes del sur quedan unidos a los que, en el centro y en el norte, están ya bajo dominio sublevado.
En dos días infaustos, el 22 y el 23 de ese mes de agosto, milicianos contrarios a los rebeldes asesinan, en la cárcel Modelo de Madrid, a unos 30 presos, militares y políticos, entre ellos al prestigioso dirigente conservador Melquíades Álvarez. Desde el mismísimo comienzo del conflicto, la represión en la zona republicana tiene su correlato en el territorio rebelde, donde había dado comienzo el mismo día 17 de julio.
El 4 de septiembre dimite Giral al frente del Gobierno republicano, y el 9 el dirigente socialista y sindicalista Francisco Largo Caballero forma un nuevo ejecutivo que cuenta con presencia ya no solo de republicanos, sino también de socialistas y comunistas.
Ese último día tiene lugar la primera reunión del Comité de No Intervención, en Londres, en la cual participan 25 países. El mero hecho de que Alemania e Italia, ambos miembros del organismo, desoyeran sus acuerdos dejaba a los rebeldes con una magnífica ventaja combativa.
Unos días antes, el 5, la conquista rebelde de la ciudad guipuzcoana de Irún por parte de las tropas del general Emilio Mola supone el aislamiento del llamado Frente Norte.
Aunque no se hará público hasta dieciséis días más tarde, Franco es designado generalísimo de los tres ejércitos el 12 de septiembre por la Junta de Defensa Nacional.
El 13 de ese mes, San Sebastián pasa a poder de los sublevados, tras su toma a cargo de las tropas de Mola.
La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) comienza a ayudar al bando republicano el día 25 de septiembre de ese año 1936.
Es el 28 cuando el general José Enrique Varela libera a los resistentes rebeldes del simbólico alcázar de Toledo. Franco había preferido retrasar el hasta entonces decisivo avance hacia Madrid para llevar a cabo esta emblemática acción. Un día más tarde, tras su derrota en la batalla del cabo Espartel, los republicanos pierden el control del estrecho de Gibraltar.
En la zona republicana, las Cortes aprueban el Estatuto de autonomía del País Vasco el día 1 de octubre, la misma fecha en la que Franco es investido en Burgos “jefe de Gobierno del Estado”. El 2 la Junta Técnica del Estado sustituye a la anterior Junta como forma de organización del Gobierno rebelde (“órgano asesor del mando único y de la Jefatura del Estado Mayor del Ejército, cuyas resoluciones necesitaban el refrendo del general Franco como jefe del Estado”). El general Fidel Dávila es nombrado su presidente. De alguna manera, Franco se convierte en el jefe del Estado y del Gobierno, aunque Dávila preside un peculiar consejo asesor que funciona como poder ejecutivo presidido en realidad por el propio Franco. La Junta Técnica del Estado ya no está integrada solo por militares y canaliza las distintas fuerzas políticas del bando rebelde (al que ya se puede llamar bando franquista).
El nacionalista vasco José Antonio Aguirre es elegido primer presidente del Gobierno (autonómico) vasco el 7 de octubre. También en la zona prorrepublicana, pero cinco días más tarde, los primeros voluntarios de las llamadas Brigadas Internacionales, llegados a España por motivos ideológicos para combatir a los rebeldes franquistas, arriban al puerto de Alicante. Y el día 16, el Gobierno de Largo Caballero institucionaliza la centralización y uniformidad de las fuerzas militares republicanas: se instituye el Ejército Popular Regular, se militarizan de forma oficial las milicias creadas tras el pronunciamiento fallido rebelde y se crea el Comisariado de Guerra para controlar la insuficiente vinculación de algunos militares profesionales con los fines gubernamentales. No ha acabado el mes, cuando el 28 zarpan desde el puerto de Cartagena, en dirección al puerto ucranio de Odessa, los cuatro cargueros soviéticos que transportan el oro ya evacuado el 14 de septiembre del Banco de España. Es el llamado Oro de Moscú, u Oro de la República, el controvertido pago del Gobierno republicano al principal país que, saltándose las prescripciones del Comité de No Intervención, ayudaba con armas y bagajes a los que luchaban contra las fuerzas franquistas: la URSS.
Llegamos al mes de noviembre: el día 4, ante el avance sobre las cercanías de Madrid, el Gobierno de Largo Caballero se refuerza haciendo entrar en él a cuatro militantes de la CNT. Y el 6 dicho gabinete abandona Madrid y se dirige a Valencia, donde ya se encontraba días antes el presidente de la República, Manuel Azaña. El general José Miaja, al frente de la Junta de Defensa de Madrid, se hace cargo de la defensa de la hasta entonces capital republicana, y le encarga al teniente coronel Vicente Rojo la organización y planificación de la misma.
El 7 de noviembre de 1936 se puede dar por comenzada la denominada batalla de Madrid. Valencia pasa a ser la capital de la República por cuanto en ella reside el Gobierno. Se inician las llamadas matanzas de Paracuellos, los asesinatos masivos llevados a cabo cuando se producían los apresurados traslados de presos desde diversas cárceles madrileñas, durante el asedio rebelde de la ciudad. Los municipios madrileños de Paracuellos de Jarama y Torrejón de Ardoz fueron el escenario de estas matanzas perpetradas ante el descontrol de los responsables de la Junta de Defensa de Madrid, las más sanguinarias de cuantas acontezcan en territorio progubernamental.
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