Kitabı oku: «El Ártico»

El Ártico
José Luis López de Lizaga
El Ártico
Viaje a Svalbard y Groenlandia en el verano de 2018

Primera edición: septiembre 2020
© José Luis López de Lizaga
© de esta edición:
Laertes S.L. de Ediciones, 2020
www.laertes.es
Fotografías de José Luis López de Lizaga
Maquetación: JSM
ISBN: 978-84-18292-22-4
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual, con las excepciones previstas por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
A Mónica, que me regaló el cuaderno.
Prólogo
Viajé al Ártico en el verano de 2018. Compré un pasaje en un crucero que escogí cuidadosamente, tras descartar los barcos grandes que arrojan diariamente a centenares de turistas en las playas. Mi barco era el Rembrandt van Rijn, una goleta holandesa de tres mástiles provista de un motor, construida en 1924, con una tripulación de diez personas y camarotes para solo una treintena de pasajeros. El Rembrandt zarpó de Longyearbyen, en el archipiélago de Svalbard, navegó durante unos días por el noroeste de la isla de Spitsbergen, y después cruzó el mar de Groenlandia y se internó en los fiordos de la remota costa oriental groenlandesa.
Llevaba conmigo algunos libros, y en el Rembrandt había también una pequeña biblioteca sobre la naturaleza y la historia del Ártico. Llevaba también un hermoso cuaderno artesanal, de papel grueso y tapas de cuero. Escribí mucho durante las largas horas de navegación, hasta que se me acabó el cuaderno y tuve que comprar otro (por suerte era posible adquirirlos en el barco). Estas páginas recogen todo lo que escribí, aunque muchas de las anotaciones que hice durante el viaje las corregí y amplié más tarde, especialmente en lo que se refiere al viaje de William Scoresby y a la teoría filosófica de lo sublime.
El viaje fue inolvidable, pero narrarlo me permitirá de verdad no olvidarlo nunca.
Mapas de la travesía del Rembrandt van Rijn

Islas Svalbard
Groenlandia (mapa de William Scoresby, 1823)
Ruta del Rembrandt van Rijn en Spitsbergen (Svalbard)
Travesía del mar de Groenlandia
Ruta del Rembrandt van Rijn en Scoresby Sund (Groenlandia)
Fuentes de los mapas:
Islas Svalbard: Wikimedia Commons.
Groenlandia: W. Scoresby, Journal of a Voyage to the Northern Whale-fishery (1823).
Travesía del Rembrandt van Rijn en Svalbard, el mar de Groenlandia y Scoresby Sund: Jordi Plana y Laurence Dyke (Oceanwide Expeditions).
¡A las naves, filósofos!
F. Nietzsche
[I] Svalbard
Longyearbyen, Spitsbergen (Noruega), 28 de julio
Los hombres han comenzado a preservar la naturaleza cuando han llegado a dominarla por completo. Esto explica por qué la conciencia ecológica es tan difícil de inculcar en comunidades todavía algo atrasadas, cuya relación básica con la naturaleza es aún, en alguna medida, de lucha a vida o muerte. Es verdad que existe un ecologismo primitivo, como también un comunismo primitivo, en sociedades que cuidan y protegen su entorno con el temor reverencial de quien no quiere enojar a una fiera mucho más poderosa que él mismo. Pero este respeto temeroso —que la religión transfigura en una relación interpersonal entre el hombre y sus dioses— no tiene nada que ver con la acuciante certeza moderna de hasta qué punto somos capaces de destruir literalmente nuestro entorno natural. El Ártico simboliza muchas cosas, y también esto.
Desde el siglo xvi los marinos, científicos y aventureros europeos arriesgaron la vida internándose en estos mares de frías aguas en busca de pesca o con el objetivo de cartografiar regiones desconocidas, y también, algo más tarde, intentando alcanzar el Polo Norte. No hace tanto tiempo que se logró este último objetivo, pero en cierto modo se logró haciendo trampas, jugando con ventaja. Los primeros hombres que vieron el Polo Norte lo hicieron desde un dirigible, en una conflictiva expedición liderada por el noruego Amundsen y el italiano Nobile en 1926. Dos décadas después, los integrantes de una expedición soviética al mando de Alexey Tryoshnikov fueron los primeros hombres que pisaron el Polo Norte, pero llegaron hasta allí en un avión que aterrizó sobre la banquisa. Y en 1969, el británico Wally Herbert, el primer hombre que de verdad alcanzó ese remotísimo punto geográfico sirviéndose de la técnica ancestral del trineo de perros —tan diferente, como todas las técnicas premodernas, de los artefactos inventados a partir de la revolución industrial— recibió ayuda y avituallamiento desde el aire durante su travesía de la banquisa ártica. Cabe afirmar, pues, que el ser humano no alcanzó nunca el Polo Norte por sus propios medios. Fracasó en el intento. No pudo con ello. Ni siquiera lo logró el gran Fridtjof Nansen, que es, de entre los que sobrevivieron para contarlo, quien más cerca estuvo de alcanzarlo valiéndose solo de sus propias fuerzas, las de su compañero Hjalmar Johansen, y las de sus perros. Ahora, por fin, los hombres han conquistado el Polo. Es verdad que lo han hecho con poderosos medios tecnológicos: motores, aviones, helicópteros, sofisticados sistemas de comunicación. Pero lo han logrado. Hasta tal punto es así, que incluso yo mismo estoy ahora relativamente cerca del Polo, tomando un café y un bollo de canela en una agradable cafetería abarrotada de turistas árticos. Pero este triunfo de la civilización es al mismo tiempo un gran fracaso: hemos conquistado el Polo Norte, y el Polo Norte literalmente se esfuma, se nos escapa de las manos. No desaparece el punto geográfico situado a 90º de latitud norte, pero sí el entorno, el escenario al que ese punto estuvo siempre asociado en la imaginación de los hombres. Llegamos al Polo y el Polo responde derritiéndose, como desaparece el espejismo de agua en un paisaje desértico a medida que nos acercamos. Así, la naturaleza que hoy queremos preservar es al mismo tiempo la naturaleza dominada, conquistada, y ya potencialmente destruida.
A diferencia de lo que sucede en otras regiones del Ártico, en las islas Svalbard nunca ha habido poblaciones humanas autóctonas. Aquí no hay vestigios de la presencia de inuit, ni tampoco de vikingos. Todos los asentamientos son recientes, de los últimos tres o cuatro siglos, y están vinculados a la caza de ballenas, a la minería o a la investigación científica. Longyearbyen, la población más grande del archipiélago y en la que se encuentra el aeropuerto, fue fundada en 1906 por el empresario minero norteamericano John Munro Longyear. Durante años este pueblo se llamó Longyear City, en inglés, y la provisionalidad, la funcionalidad y el prosaísmo de esa primera denominación empapan todavía hoy una localidad en la que residen más de dos mil personas durante la temporada alta, y en cuya economía el turismo ha ido ganando terreno a la minería, que ya solo se mantiene para abastecer de electricidad a la población local. En Longyearbyen se publica incluso un periódico semanal, el Svalbard Posten, que tiene una versión digital en inglés. Me pregunto qué clase de noticias se publicarán en un lugar como este. ¿Habrá secciones en ese periódico? ¿Política, cultura, «ecos de sociedad» de una comunidad tan exigua? En una de las mesas de la cafetería en la que me encuentro, alguien ha dejado un periódico noruego. Le echo un vistazo y me pregunto si será este el semanario de Svalbard. Se lo pregunto a un hombre que, en la mesa de al lado, abriga a un niño de dos o tres años, a punto de salir al frío de la calle.
—No, no es este —me aclara—. Pero por aquí debe de haber ejemplares, si tienes curiosidad.
Y añade, señalando a un hombre que está sentado en otra mesa cerca de nosotros, dándonos la espalda y atento a la pantalla de un ordenador portátil:
—Mira, ese es el periodista que redacta la versión en inglés del periódico de Svalbard. Suele venir a esta cafetería a trabajar.
No debe de ser difícil encontrarse con las celebridades de Longyearbyen, porque no hay muchos lugares públicos a los que acudir. De hecho, yo solo he visto dos cafeterías. En un sitio como este la vida de un periodista puede ser interesante, pero no creo que sea muy agitada, porque no sé qué otras cosas pueden suceder aparte de los ataques de osos polares. Tan poca historia tiene este rincón del mundo, que en el museo local se exhiben, junto a animales disecados y antiguos aparejos de caza o de pesca, varios paneles con fotografías y breves semblanzas biográficas de algunos de los actuales habitantes de la ciudad. Yo nunca había visto un museo que elevase a la dignidad de objeto de exposición a los ciudadanos anónimos de la población en la que se encuentra. Quizás con esto se persigue derribar las fronteras entre la Cultura y la Vida de una forma especialmente avanzada e innovadora, pero más bien da la impresión de que en Longyearbyen no hay mucho que exhibir y sobra espacio en el museo.
No obstante, esta ciudad y estas islas han participado a su manera en los grandes acontecimientos de la historia reciente. Como el resto de los asentamientos de las islas Svalbard, Longyearbyen fue evacuada y destruida en 1941 para evitar su aprovechamiento por las tropas alemanas que habían ocupado Noruega en 1940. Desde 1942, noruegos y británicos intentaron retomar el control del archipiélago y se produjeron esporádicos combates con los alemanes hasta el final de la guerra. En lugares tan remotos como este las guerras parecen todavía más absurdas de lo que ya parecen normalmente. Me intrigan los detalles de aquel periodo. ¿Qué objetivos estratégicos podía cumplir para la Alemania nazi la ocupación o la destrucción de un pequeño asentamiento minero perdido en el Ártico? La respuesta, al parecer, es esta: Svalbard se convirtió en un lugar estratégico cuando Alemania entró en guerra con la Unión Soviética y el mar de Barents pasó a ser una importante vía de comunicación entre los rusos y sus aliados occidentales. Por eso el ejército alemán, tras tomar el archipiélago, construyó varias estaciones meteorológicas secretas, cuyos datos resultaban imprescindibles para controlar la navegación en esa región.
De acuerdo, pero ¿no es incomprensible una guerra en mitad del hielo, una batalla en la larga noche polar? Y sin embargo, irónicamente fue Svalbard el lugar del mundo en el que la Segunda Guerra Mundial se prolongó por más tiempo. Los soldados alemanes destinados en una de esas perdidas estaciones meteorológicas, concretamente en la isla de Nordauslandet, fueron los últimos en rendirse, y lo hicieron ya en septiembre de 1945, tras la derrota de Japón y varios meses después de la capitulación de Alemania. Pero las cosas no sucedieron así ni por heroísmo castrense ni por fanatismo nazi. Aquellos soldados se enteraron por radio del final de la guerra, pero estaban en un lugar tan remoto y aislado que pasaron varios meses hasta que alguien pudo ir a recogerlos, o más bien a rescatarlos. Por fin llegó hasta ellos un barco noruego de cazadores de focas. Los alemanes recibieron a sus rescatadores con comprensible alegría, y les prepararon incluso algo así como un banquete. Solo un buen rato después, entre licores y tabaco, el capitán del barco noruego cayó en la cuenta de que los alemanes no se habían rendido, y de que por tanto continuaban formalmente en guerra. Me lo imagino poniéndose serio de pronto, acodándose sobre la mesa y exponiendo el problema con la mirada fija en los alemanes, aunque sin tomarse el asunto con tanta gravedad como para depositar en el cenicero su cigarro, que seguiría consumiéndose tranquilamente entre sus dedos. Imagino que todos se quedarían en silencio. Ninguno de los presentes tenía muy claro cómo se hacía eso de capitular, así que Wilhelm Dege, el geólogo militar al mando de la estación meteorológica alemana, se limitó a entregar al noruego su pistola. Así terminó la Segunda Guerra Mundial.
Tras la guerra, Longyearbyen fue reconstruida y se reanudó la actividad minera. En 1975 se construyó el aeropuerto, y en la década siguiente la población fue convirtiéndose en un destino turístico. Hoy combina algo de la fealdad minera con algo de la fealdad del turismo moderno. En las oscuras laderas de los montes que rodean el pueblo se ven las antiguas entradas de las minas de carbón abandonadas. Y en la calle principal, y casi única, hay un par de mustios centros comerciales en los que uno puede adquirir baratijas para turistas y todo tipo de prendas de ropa invernal. La minería seguramente ha estropeado el paisaje de este hosco valle ártico, pero sus vestigios no desentonan del todo con el entorno. En cambio, los convencionales souvenirs de las tiendas para turistas chirrían totalmente en un lugar como este. A su modo, también estos souvenirs son pequeños trofeos, como banderas clavadas sobre la naturaleza vencida.


Cuando viajo, procuro mantenerme desconectado. Esto ya no lo hace casi nadie, pero a mí me gusta hacer voluntariamente lo que antes hacíamos todos a la fuerza, en los tiempos de las cartas escritas en papel de avión y de las llamadas a cobro revertido. Me resulta imposible sentir que estoy de viaje, viajar de verdad, si puedo conectarme al instante desde cualquier lugar. Además de la tierra, hemos dominado el espacio y el tiempo. Y al igual que sucede con el hielo de la banquisa ártica, este dominio de la distancia implica también su destrucción. Esta vez, sin embargo, mi desconexión no será voluntaria: salvo en caso de extrema emergencia, perderé la posibilidad de contactar con el mundo tan pronto como embarque en el puerto de Longyearbyen, dentro de poco rato. Se producirá entonces una situación que hoy resulta insólita: treinta o cuarenta personas viviendo durante tres semanas sin Internet, sin conexión wifi, sin mensajes de móvil, sin la posibilidad de hablar siquiera por teléfono. Nada. Todos de viaje. En silencio, por fin. Para mí esa desconexión es una ventaja y uno de los atractivos de este viaje. ¿Y tiene algún inconveniente? Quizás el tener que despedirse de verdad, como se hacía antes. A mí me costó un poco despedirme, sabiendo que me marchaba tan lejos y que no iba a poder escribir ni llamar a nadie durante tres semanas. No puedo imaginarme cómo sería para esos navegantes de la época de las exploraciones heroicas despedirse de sus mujeres, de sus familias. En «la era del mundo finito», como la llamó Paul Valéry, quizás ya solo los astronautas que alguna vez emprendan travesías interplanetarias volverán a saber lo que durante milenios significó la despedida al iniciar un viaje.
Al escribir esto, me doy cuenta de que adopto el punto de vista que adoptan hoy, en general, tanto los libros de viajes como las reflexiones sobre la sociedad. Es el punto de vista que contrapone «lo de antes» a «lo de ahora». «Antes» todo era así o asá; ahora es todo lo contrario. Antes todo era lento y ahora todo es rápido, antes serio y ahora frívolo, antes auténtico y ahora mendaz, etc. Personalmente me aburre un poco este tono un tanto admonitorio, como si los escritores de libros sobre la sociedad actual se creyesen autorizados a regañar a los lectores, sus contemporáneos, por no ser como a ellos les gustaría que fuesen y como, al parecer, los hombres solían ser «antes». El problema que tiene este punto de vista es que resulta muy previsible. Pero hay en él, por otro lado, un momento verdadero e irrenunciable. Es este: vivimos en un mundo que está cambiando mucho y muy deprisa. Tanto, y tan deprisa, que incluso personas aún relativamente jóvenes, como yo mismo, podemos recordar cosas, costumbres, aspectos de la vida cotidiana, que hoy han desaparecido completamente. Quizás el «tema de nuestro tiempo», como lo llamaría Ortega y Gasset, es esta enorme y acelerada transformación del mundo. No está en nuestras manos decidir lo que resulta importante en una época determinada. Por eso cuando hablamos y escribimos de las cosas que nos pasan a todos, nos repetimos todos un poco. Y por una especie de metábasis entre coordenadas, este mismo punto de vista determina hoy, casi inevitablemente, la mirada del viajero tanto como la del sociólogo, de manera que al viajar no solo contrastamos lo propio con lo ajeno, sino también lo presente con lo pasado. Viajar hoy es, muy a menudo, viajar para llegar a ver, quizás ya por los pelos, todo lo que se está acabando.
Pero sería interesante mantener viva la conciencia de lo que se acaba y sin embargo renunciar al tono moralista. Esto podría lograrse mirando no solo hacia atrás sino también hacia delante, hacia el futuro. Preguntémonos, por ejemplo, cómo será la humanidad dentro de cien o doscientos años. Imaginemos qué pensarán de nosotros esos hombres futuros, cuando «lo de ahora» se haya convertido en «lo de antes», y cuando haya quedado irremediablemente anticuado incluso lo que hoy nos parece más moderno. Viendo así las cosas, relativizamos la importancia de estos cambios que ahora percibimos. Y sobre todo: podemos omitir el tono apocalíptico que parece casi obligatorio para cualquiera que diga o escriba algo acerca de la época en la que vivimos.

El embarque en el Rembrandt se había fijado a las cuatro de la tarde. Llegué con algunos minutos de retraso porque el muelle está algo alejado del centro del pueblo, y ya casi todos los otros pasajeros estaban allí. También mis dos compañeros de camarote, que ya habían ejercido su legítimo derecho de «primeros ocupantes» y se habían apropiado de las dos literas que parecían más agradables o más cómodas. No me importó. Tras las presentaciones y la bienvenida de la tripulación nos explicaron las medidas de seguridad y los protocolos en caso de emergencia, que yo escuché con una mezcla de pavor y humor negro. Especialmente interesante me pareció la manera en que debíamos enfundarnos unos recios trajes de neopreno antes de saltar al agua, en el caso de que el barco se hundiera. Había que extender el traje en el suelo —es decir, en alguno de los estrechos pasillos del barco—, y después descalzarse y acordarse de meter los pies en unas bolsas de plástico antes de deslizarse dentro del traje, pues de lo contrario era imposible no quedarse atascado. Ahuyenté enseguida de mi mente la imagen de una treintena de personas aterrorizadas intentando meter las piernas de cualquier modo (y casi seguro que sin las preceptivas bolsas de plástico en los pies) en aquellos trajes de goma, con el barco escorándose en alta mar. Pensé que, si el barco se hundía, lo más probable era que nos ahogásemos, y también pensé que era mejor no pensarlo mucho. Por lo demás, las indicaciones de seguridad fueron tan escuetas que me dio la impresión de que todos, incluida la tripulación, pensábamos lo mismo.
Zarpamos de Longyearbyen a media tarde. Navegamos rumbo oeste, para doblar hacia el norte el cabo Daudmann y entrar en el Forlandsundet, el estrecho que separa Spitsbergen de la Prins Karl Forland, la isla más occidental del archipiélago. Tan pronto como el barco se puso en marcha comenzó a hacer mucho frío en la cubierta, pero aún así los pasajeros permanecimos allí durante largo rato, animados y felices por el comienzo de la travesía e impresionados también por la severidad y el silencio del fiordo. Después bajamos a los camarotes, nos desprendimos de la ropa de abrigo e iniciamos la rutina del viaje con la primera cena a bordo. Ahora el comedor del Rembrandt se ha quedado vacío. Todo el pasaje se ha retirado a los camarotes, aunque solo son las diez menos cuarto y afuera el sol de medianoche compone una especie de tarde invernal permanente, inmóvil. Ahora no se alcanza a ver la orilla del fiordo a través de las claraboyas ni desde la cubierta. No sé si se ven gaviotas cuando se navega lejos de la costa, pero hace un rato, cuando aún navegábamos frente a montes oscuros cubiertos de tundra y manchados de neveros en las cumbres, he visto cómo estas aves seguían al barco, cómo volaban en círculo sobre la cubierta y lo rondaban intencionadamente, como buscando algo, como con curiosidad.


Svalbard, 29 de julio
Al principio me desanimó un poco la compañía de los otros viajeros. Como los cruceros como este son en general bastante caros, la media de edad de los pasajeros es alta. Con cuarenta y dos años, yo soy uno de los pasajeros más jóvenes. Y si la media de edad es alta, se caminará menos de lo que a mí me gustaría. Una pena. Yo había imaginado largas caminatas por valles silenciosos, alguna ascensión agotadora a algún monte. Pero este crucero me pareció el único modo de venir a Svalbard y recorrer estas islas sin tener que acampar y exponerme a un peligroso encuentro con osos polares (y todo aquí confirma que este es un riesgo que hay que tomarse en serio).
Desde el momento de embarcar, el velero construido en la década de 1920, la internacionalidad de los pasajeros —entre los que se cuenta, incluso, un doctor taiwanés—, y el inglés como lingua franca me hicieron pensar en una novela de Agatha Christie. Asesinato en el Ártico, podría llamarse esa novela, que transcurriría en un crucero como este, y en la que todos los pasajeros pareceríamos sospechosos por un motivo u otro. Es verdad que los viajeros de este crucero no tenemos ese aire elegante y aristocrático que suelen tener los personajes de Agatha Christie, pero en un velero de principios del siglo xx en el que viajan personas maduras y ociosas que hablan en inglés solo puede esperarse que, antes o después, alguien cometa un asesinato. Es más: sospecho que Agatha Christie convirtió en asesinos literarios a los tipos humanos de su entorno social porque se aburría en las cenas, como me pasa a mí ahora. Pero si en la literatura las personas maduras y ociosas que hablan inglés y viajan en velero terminan por cometer un crimen, en la vida real simplemente se aburren unas con otras.
Sin embargo, esa primera impresión algo decepcionante quedó compensada con el primer día de excursiones. Tras la primera noche de travesía desembarcamos para visitar el glaciar Murraybreen, al noreste de la isla Prins Karls Forland. Aproximándonos en silencio y cautelosamente a una playa, contemplamos durante largo rato a un grupo de focas que nos miraban perplejas, pero tranquilas.

Y por la tarde, de nuevo con el sigilo de una partida de cazadores, pudimos observar muy de cerca a una manada de morsas que descansaban en Sarstangen, una estrecha lengua de tierra en medio de la nada, unida a la isla de Spitsbergen al norte del estrecho que la separa de Prins Karl Forland. El paisaje de estas islas es exactamente como lo había imaginado. Es elemental y muy duro, pero es bellísimo. Esa lengua de tierra sobre la que descansaban las morsas me ha impresionado especialmente. A mi alrededor veía un mar metálico, un cielo gris cubierto de nubes, el velero anclado a cierta distancia, la lengua de tierra cubierta de algas, las morsas, y al fondo no menos de siete desaforados frentes glaciares en las montañas oscuras de Prins Karl Forland y de Spitsbergen, situados aparentemente a la misma distancia de mí. Siete frentes glaciares, siete descomunales torrentes petrificados al alcance de mi vista desde un único punto, separados de mí por las aguas del estrecho. Cuando caí en la cuenta de la belleza extraordinaria de este lugar, quise grabar una panorámica con mi cámara digital. Pero era tarde: se agotó la batería de la cámara, y ya llegaba la lancha enviada desde el barco para recoger a los últimos viajeros que esperábamos en la playa. En realidad me alegro de no haber podido grabar esas imágenes: no perdí el tiempo rebuscando en mi mochila y cargando en la cámara otra batería, y me limité a contemplar, absorto y agradecido, ese paisaje inolvidable.
No era la primera vez que veía glaciares, pero nunca había visto tantos glaciares juntos. Con todo, la visión más impresionante de estos enigmáticos ríos de hielo se obtiene cuando se observan de cerca. Los glaciares vistos de cerca tienen algo irreal, hasta el punto de que se diría que son imágenes fijas, de dos dimensiones, proyectadas sobre una pantalla situada en algún punto indefinido ante el observador. La indefinición es, de hecho, la principal característica de estas extrañas masas de hielo. Si nos situamos en un punto elevado y miramos el glaciar de frente, tenemos la impresión de asomarnos a una profundidad tremenda, como si lo que está enfrente estuviera en realidad debajo, en un enorme pozo. Esto produce una sensación casi de vértigo. ¿Cómo es posible esa mezcla de sensaciones tan contradictorias, esa confusión de lo plano y lo profundo, de lo que está delante y lo que está debajo? Creo que la clave está en la fusión de lo estático y lo dinámico que encontramos en los glaciares. Lo que vemos es una extensión aparentemente inerte, pero su inmovilidad no es la de la roca, ni la que ofrece a la vista la pasiva presencia de un monte, porque el glaciar tiene al mismo tiempo todos los rasgos de un ser dinámico, hasta el punto de que casi esperamos que de un momento a otro la fiera despierte e inicie un movimiento que lo arrasará todo, como un río de lava. Exactamente esto tan paradójico es un glaciar: un río de lava completamente vivo, pero a la vez quieto y frío. La impresión es, entonces, la de una potencia enorme, pero paralizada. Como la fotografía de una explosión, de un huracán, o de un torrente desbordado a punto de anegarlo todo.

En el Museo de las Exploraciones Polares de Longyearbyen —mucho más interesante, por cierto, que el museo municipal con sus fotos de vecinos tan respetables como irrelevantes— trabajaba una chica italiana con la que conversé durante un rato. Vive en Longyearbyen con su pareja, un guía noruego, y me dijo que, para saber de verdad lo que es el Ártico, hay que venir a Svalbard en invierno. Seguramente tiene razón. Pero lo que yo he visto hoy es ya el cumplimiento de lo que anticipaban y prometían los paisajes que conocí en mi viaje anterior al sur de Groenlandia, donde el Ártico aún mostraba un rostro relativamente familiar. Allí, todavía al sur del círculo polar, Groenlandia es realmente lo que dice su nombre: una tierra verde, conectada de algún modo con el mundo lluvioso del norte atlántico, con lugares como las islas Feroe o Escocia, y por tanto finalmente con Europa. Es verdad que los pastos y las ovejas son quizás lo único que tiene en común esa región del sur de Groenlandia con esas otras latitudes, pero al menos estaba eso. En cambio, Svalbard no hace concesiones. Aquí no parece haber nada más que roca, mar y hielo, y a veces la fría arena de playas envueltas en la bruma. La tundra parece escasa en muchas laderas. Los elementos se reducen, la realidad se estiliza. Y todavía más al norte desaparece incluso la tierra, y ya solo queda un misterioso océano helado, un paisaje que probablemente se parecerá más al que imaginamos en las gélidas lunas de Saturno que a cualquier otro lugar de nuestro planeta, como si el Ártico fuese una ventana que mira ya a los astros, un puente hacia ellos, una embajada sublunar de ese cosmos supralunar que la cosmología mediterránea de Aristóteles imaginó completamente separado del nuestro. En el Ártico esa cosmología aristotélica queda refutada. Lo inhóspito de estos parajes los hace inaccesibles a los hombres y refractarios a la historia, pero eso mismo los vuelve eternos, como lo son los astros. E incluso los procesos naturales suceden a un ritmo que ya casi rebasa lo terrestre y linda con lo astronómico. Es larguísimo el tiempo que tarda un glaciar en formarse, y es lentísimo el curso con el que arrastra una roca en su corriente imperceptible hasta depositarla en un fiordo. Y sobre todo, es ya supralunar la suspensión de la más fundamental de las leyes naturales, aquella que, más que ninguna otra, asienta los pilares de la condición humana: la ley que fija la sucesión del Día y la Noche, y que queda abolida a partir de los 66º de latitud norte.
Así, todo en el Ártico rebasa las medidas de la Tierra y nos sitúa en el umbral de lo cósmico. Por eso no es extraño que incluso los nombres que se asocian a esta región —Polo, Círculo Polar, Estrella Polar, o la propia palabra Ártico, que proviene del griego árktos, que significa «oso», aunque curiosamente el origen de esta denominación no tiene nada que ver con los osos polares, sino con la constelación de la Osa Mayor— tengan una resonancia abstracta, como si hubieran sido extraídos del léxico de alguna metafísica pitagórica. Y es que la imaginación y el mito tienen con frecuencia un poder adivinatorio. Lo que los hombres no han visto todavía, son capaces de imaginarlo y acertar. Esto ha sucedido muchas veces. La mentalidad mítica de la Antigüedad dio a los planetas los nombres de sus dioses, y después hemos sabido, gracias a telescopios cada vez más potentes, que la apariencia majestuosa y distante de estos cuerpos celestes tiene, en efecto, algo de divino. Lo mismo sucede con el Ártico. Sabemos por los historiadores antiguos que, en el siglo iv a.C., el navegante griego Piteas de Massalia cruzó las Columnas de Hércules, surcó el Atlántico hacia el norte y, tras dejar atrás Britania y Yerne (Irlanda), alcanzó una misteriosa región de mar helado en la que el Sol nunca se ponía durante el verano y apenas se alzaba sobre el horizonte durante el invierno. Allí se hallaba la legendaria isla de Tule, quizás Islandia. Durante siglos, los historiadores y geógrafos disputaron acerca de la veracidad de los relatos de Piteas, a quien muchos consideraban simplemente un embustero. Y no es extraño que no le creyeran, porque lo que contaba aquel navegante era increíble.
Estrabón, geógrafo griego del siglo i a.C. que consideraba a Piteas como «un gran mentiroso», analiza algunos de sus descubrimientos. Estrabón admite los datos del navegante por lo que respecta al sol de medianoche:
(...) Durante la totalidad de las noches estivales, la luz del Sol, que se desplaza en movimiento circular desde Poniente a Levante, ilumina lateralmente el cielo y (...) en el solsticio invernal el Sol se alza como máximo a una altura de unos nueve codos. (...) En territorios que distan seis mil trescientos estadios de Massalia (...) esto ocurre en medida aún mayor; en los días invernales el Sol se alza a una altura de seis codos, de cuatro en los lugares que distan de Masalia nueve mil cien estadios, y de menos de tres en los territorios situados aún más allá, los cuales serían —según nuestro razonamiento— mucho más septentrionales que Yerne.1
Pero la cosa cambia cuando se trata de juzgar las informaciones de Piteas sobre Tule y los mares del más lejano Norte:
Piteas (...) afirma que ha recorrido toda la Britania que es accesible (...), y cuenta las historias de Tule y de aquellos lugares en los que no hay ni tierra propiamente dicha ni mar ni aire, sino una cierta mezcla de estos elementos parecida a la medusa, en la que afirma que la tierra, el mar y todo está suspendido y es como si aprisionase a todas las cosas y sobre la que no es posible ni caminar ni navegar. Dice que ha visto personalmente esa cosa parecida a la medusa, pero del resto habla de oídas. (...) Piteas dice que ha llegado hasta los límites del Universo y que ha examinado todo el norte de Europa, lo que no podría creerse ni aunque lo dijera Hermes.2
Como otros geógrafos de la Antigüedad, Estrabón sabía del Sol de medianoche, y de la noche interminable que se abate sobre el Norte durante el invierno. Pero no creería ni al mismísimo Hermes si este le dijera que existen lugares aún más remotos en los que el mar y el hielo se mezclan y confunden, dando lugar a un elemento nuevo y gelatinoso «como la medusa», ni sólido ni líquido, por el que no es posible navegar pero tampoco caminar. No obstante, lo que atisbaron o imaginaron esos primeros navegantes como Piteas hizo posible que durante siglos la humanidad soñara con una extraña región elemental situada al norte. Y esos prodigios imaginados desde antiguo han terminado por confirmarse.
En las islas Svalbard también hay tundra, y durante el verano crecen incluso pequeñas flores amarillas y azules. Y en Longyearbyen, pese a su feo aspecto de pueblo minero, vi macizos de algodón ártico creciendo en cualquier sitio, y yo diría que con melenas más frondosas que las que encontré, en mi viaje anterior, cerca de alguna playa del sur de Groenlandia. Pero la vegetación de Svalbard es más austera y más frágil que la de la gran isla hermana. El musgo es menos mullido, las flores más escasas, y al ascender por los montes o descender hasta el mar, bien pronto la roca adquiere un protagonismo absoluto, sobre todo en esas cumbres de alta montaña que se alzan inconcebiblemente en la orilla misma de los fiordos. Lo ignoro todo sobre los minerales, pero esos picos me parecen compuestos de una roca más oscura que aquella a la que estoy acostumbrado, aunque quizás este color se deba simplemente a la humedad que empapa permanentemente la piedra desnuda, porque cuando llueve son también negros, y solo veteados de nieve, los picos de tres mil metros que conozco en el Pirineo.
El aspecto de alta montaña domina el paisaje de Svalbard. Cuando la superficie del mar no toca directamente el cielo, fundiéndose ambos en una gradación de grises, es porque se interpone un glaciar o una cumbre abrupta. Todo lo que en el resto del planeta media entre la elementalidad del mar y la pureza de las altas cimas ha sido suprimido aquí. Y tampoco está claro si este es el paisaje del origen del mundo o el de su final, porque podría ser ambas cosas: o bien la imagen remotísima de lo que había en el mundo cuando aún no había nada, o bien la anticipación de lo que habrá cuando, tras el Gran Año platónico, el mundo vuelva a contener tan solo lo que una vez hubo: cielo, mar, roca y hielo.


[II] Travesía del mar de Groenlandia
Mar de Groenlandia, 31 de julio
A última hora de la tarde el Rembrandt salió a mar abierto en el norte de Spitsbergen, rumbo al oeste, hacia Groenlandia. Tardaremos varios días en llegar allí. Contemplado desde la cubierta, el mar perdió la tersura de los fiordos y se agitó con miles de olas minúsculas que privaron al agua de sus reflejos. Y justo entonces el barco empezó a mecerse como se mecen, al parecer, los barcos, desde la época de Homero hasta la nuestra. Confiaba en no marearme, pero no las tenía todas conmigo. Y enseguida comprobé, ay, que los barcos cabecean mucho en el mar. Esto me preocupa, porque si llego a marearme no podré seguir escribiendo, y no quiero pasarme cuatro o cinco días tumbado en mi camarote, que es digno pero ciertamente no muy cómodo, puesto que lo comparto con otros dos hombres, como en una novela de balleneros. Pero de momento, afortunadamente, no me he mareado.
Viajar por el Ártico es estar constantemente rodeado de belleza, pero viajar por el Ártico en un velero es contemplar constantemente un cuadro de Caspar David Friedrich, o más bien estar metido dentro de un cuadro de Friedrich. No hace falta que suceda nada para que el viaje valga la pena. No obstante, en este viaje también suceden cosas, y el acontecimiento más notable de la jornada de ayer, todavía en Spitsbergen, fue el avistamiento de dos osos polares. Eran las once de la noche, aunque el sol lucía como si fueran las diez de la mañana de un día claro. Como siempre que nos encontramos con algo extraordinario, la tripulación nos avisó de la presencia de los osos a través de la megafonía del barco. Todo el pasaje corrió a los camarotes a por ropa de abrigo, cámaras y prismáticos, y poco después nos apiñábamos en la cubierta junto a una de las bordas. Durante un rato, el barco siguió a un oso que se alejaba nadando con la cabeza fuera del agua. Y después, cambiando de rumbo, navegamos muy despacio, y durante más de una hora, al paso de otro oso. Era un ejemplar bastante grande que caminaba justo a la orilla del fiordo. Pude observar a este animal muy de cerca con mis prismáticos. Avanzaba tranquilo, husmeaba siguiendo algún rastro, y usaba los dientes para arrancar hierbas o mordisquear quién sabe qué despojos encontrados aquí y allá. Más de una vez se volvió hacia nosotros, aunque no parecía que le preocupásemos mucho. Después supimos que esa despreocupación era solo aparente. A primer hora de la tarde de hoy, antes de poner rumbo a Groenlandia, avistamos otro oso y nos acercamos en lancha hasta una playa para observarlo desde el agua, pero resultó que este otro ejemplar era, muy probablemente, el mismo de ayer. En cuanto nos vio, ascendió tranquilamente hasta la mitad de la ladera que rodeaba la playa y se ocultó detrás de una roca, permaneciendo totalmente inmóvil. Al rato, creyendo que el oso estaría durmiendo, nos cansamos de esperar a que sucediera algo más y decidimos regresar al Rembrandt. Pero en cuanto pusimos en marcha el motor de las lanchas y viramos en dirección al barco, el oso salió de su escondite e inició de nuevo el descenso a la playa, con toda calma, para continuar con lo que estuviera haciendo antes de que llegásemos nosotros. Quizás se había escondido para ver si, con suerte, desembarcábamos en la playa y podía atrapar a alguno de los viajeros. Pero más bien creo que se escondió a esperar si, con suerte, nos marchábamos por donde habíamos venido y le dejábamos en paz, que fue justamente lo que hicimos.
Mis prismáticos me permitieron hacer algunas observaciones interesantes acerca de estos animales. Una de ellas, muy obvia, es que el color de los osos polares no es ese blanco níveo que damos a sus representaciones de peluche. Son más bien de color crema, quizás porque el pelaje está sucio, o quizás —como nos explicó uno de los guías— porque la piel del oso, bajo el pelaje blanco, es oscura y produce un efecto amarillento. Mucho más interesante, sin embargo, es esta otra observación: los osos polares tienen cierta expresión estúpida. Sobre todo los machos, cuyos ojos —como nos explican los guías— están más juntos que los de las hembras. Estos animales tienen una mirada feroz, pero no inteligente. (Mucho más inteligente me pareció la expresión de las focas, aunque en este tipo de apreciaciones es probable que nos dejemos engañar por el antropomorfismo). Tienen unos ojos pequeños y opacos, verdaderamente salvajes, y unas fauces horribles, aterradoras si se las ve de cerca, pero la paradoja de los osos polares está en la combinación de esos rasgos feroces con otros mucho más amables, incluso cómicos: unas orejillas entrañables, unas zarpas peludas como zapatillas de andar por casa en invierno, unas patas anchas y lanudas que parecen formar parte de un disfraz. Depredadores con aire de animales inofensivos e infantiles, bestias salvajes que parecen mascotas, no en vano los osos polares están más emparentados en el imaginario occidental con las ovejas que con los leones o los cocodrilos.
Esta paradoja de los osos polares invita a las especulaciones teológicas, por ejemplo a esta: el oso polar es quizás una forma de existencia que expía los pecados cometidos en alguna vida anterior. Quien en otra vida fue un asesino orgulloso de su aspecto aterrador, se reencarna en esta vida en otro asesino, solo que esta vez con un aspecto cómico. Sea como fuere, la falsa apariencia bonachona de estos animales debe de ejercer un influjo inconsciente en las mentes de todos esos turistas que cada año se exponen irresponsablemente a los ataques de esta bestia atroz. No creo que el turismo ártico tuviese tanto éxito si en lugar de osos polares merodeasen en Svalbard otros animales salvajes como las serpientes, las panteras o los cocodrilos, que no confunden a nadie porque son tan temibles por su aspecto como por su naturaleza.

Hace rato izaron las velas del Rembradt. Algunos pasajeros también participamos en la tarea, dando brincos agarrados a las maromas para hacerlas descender, al tiempo que se elevaban en los mástiles los enormes lienzos. Y he descubierto algo que no sabía, aunque es obvio: los veleros, cuando navegan como tales —es decir: cuando se apagan los motores y ya solo se confía la travesía al empuje del viento— son muy silenciosos. Lo único que ahora se escucha es el murmullo del mar y los crujidos del barco que se balancea, porque los barcos crujen, aunque no sean de madera. En realidad, todo en este barco recuerda a siglos anteriores, a la época de los grandes navegantes, los piratas, los balleneros. La tripulación tiene esa condición cosmopolita que siempre ha tenido la gente del mar. El capitán es alemán: un tipo fornido, viril, con la cabeza rapada, dos aros en cada oreja y aspecto de marino holandés del siglo xvii. También hay dos marineros rasos que proceden de Filipinas. Está también la oficial responsable de la seguridad en el barco, que creo que es alemana. Y otro oficial que procede de las islas Shetland. Y un cocinero serbio, un mecánico lituano (creo), y un barman austriaco. Y por último, un guía británico y otro español. El velero y la tripulación parecen, pues, sacados de una novela de aventuras, pero todo esto no es simplemente atrezo para turistas: después de la cena, el capitán viene al comedor y nos advierte, aunque sea con buen humor, de que a partir de ahora estaremos solos. A pesar de ser una región muy remota, las islas Svalbard son territorio noruego y pertenecen todavía al mundo totalmente civilizado de la Europa escandinava. Eso implica, entre otras cosas, que un helicóptero de rescate podría acudir en pocas horas a cualquier punto del archipiélago si se produjese un accidente o alguien cayese gravemente enfermo. Ahora ya no será así.
—Ahora salimos a mar abierto—nos avisa el capitán—, y no sabemos con exactitud cuántos días tardaremos en llegar a Groenlandia, porque eso depende de factores como el viento y el hielo. Así que no podemos caer enfermos, ni arriesgarnos a sufrir un accidente.
Salvo si uno practica alguno de los cada vez más numerosos e inverosímiles «deportes de riesgo», en el mundo actual no queda mucho espacio para la aventura, y no creo que este crucero sea algo más que una aventura turística. No obstante, escuchando al capitán tengo la impresión de encontrarme en una situación un poco premoderna que todavía podemos experimentar los hombres de principios del siglo xxi, aunque sea por el procedimiento algo prosaico de pagar por ello una considerable suma de dinero. Es la situación de desconexión, de encontrarnos aislados y casi incomunicados en medio del mar. Esto es posible gracias a que todavía quedan lugares remotos, como Svalbard o Groenlandia, en los que nadie espera a los viajeros, ni todo está previsto, ni la aventura se acaba en el momento en que el cliente así lo desea o cuando llega la hora de regresar al hotel. Este velero tiene casi cien años, pero hoy todavía podemos emplearlo para viajar de verdad: surcar a vela el mar de Groenlandia, buscar un paso a través del hielo que bloquea permanentemente la costa oriental groenlandesa, recorrer fiordos en los que no podrían adentrarse barcos de mayor calado. La seguridad del barco y la comunicación por satélite nos tranquilizan, convenciéndonos de que no participamos en una verdadera exploración, pero el lugar al que nos dirigimos es lo bastante remoto, imprevisible e indómito como para que el viaje sea algo más que un paseo en un medio de transporte pintoresco y arcaico que pudiera ser sustituido en cualquier momento por alternativas más modernas, seguras y rápidas. Quizás dentro de otros cien años, en un Ártico ya enteramente domesticado, un viaje como este será imposible, o será un anacronismo tan extravagante como lo es hoy el Tren de la Fresa, esa línea de ferrocarril que une Madrid y Aranjuez en vagones del siglo xix; o como recorrer a pie el norte de España hasta Santiago de Compostela, como si no hubiera otra forma más rápida y cómoda de llegar allí.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.