Kitabı oku: «Un sueño dentro de otro.»
UN SUEÑO DENTRO DE OTRO
LA POESÍA EN ARABESCO DE EDGAR ALLAN POE
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
http://www.uv.es/bibjcoy
Directora
Carme Manuel
UN SUEÑO DENTRO DE OTRO
LA POESÍA EN ARABESCO DE EDGAR ALLAN POE
José Manuel Benítez Ariza
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Un sueño dentro de otro: la poesía en arabesco de Edgar Allan Poe
© José Manuel Benítez Ariza
1ª edición de 2015
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-165-9
Imágenes de cubierta e interiores: Manuel Martín Morgado
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
A Mª Ángeles y Carmen,
in our kingdom by the sea
ÍNDICE
Agradecimientos
Prólogo: Soltando lastre, por Antonio Rivero Taravillo
Prefacio: Un contemporáneo
Presentación
Capítulo I:
“Un fracaso heroico”: Poe y sus poemas “románticos” de 1827 y 1829
Capítulo II:
Hachas que afilar: Poe y la crítica
Capítulo III:
La “autobiografía confusa”: Tamerlane and Other Poems
Capítulo IV:
“Al Aaraaf” y Eureka: de la visión romántica a la cosmogonía
Epílogo/Conclusión. Después de “Al Aaraaf”: hacia una poética “simbolista”
Apéndice: Traducción de algunos poemas de Edgar Allan Poe en verso castellano
Bibliografía
AGRADECIMIENTOS
En primer lugar, al profesor Rafael Galán Moya, de la Universidad de Cádiz, que dirigió la tesis doctoral de la que procede este libro, y sin cuya disponibilidad, atención y estímulo, así como su palpable amistad, dicho trabajo se hubiera quedado en mero proyecto inconcluso.
A los doctores Dídac Lloréns Cubedo (UNED), Rafael Vélez Núñez (Universidad de Cádiz) y Juan Ignacio Guijarro González (Universidad de Sevilla), por cuya extrema receptividad hacia este trabajo todavía me felicito, y cuyos consejos han beneficiado notablemente el texto que el lector tiene ahora en sus manos.
A todas aquellas personas que me han facilitado el acceso a determinados textos y fuentes, y muy destacadamente al poeta y profesor José María Moreno Carrascal, de Villanova University, FA, fidelísimo corresponsal que nunca ha dejado una petición desatendida.
Por supuesto, a Carme Manuel, directora de la Biblioteca Javier Coy d’Estudis Nord-Americans, por su calurosa acogida a este proyecto.
Al escritor y traductor —también de Poe— Antonio Rivero Taravillo, que ha aceptado prologarlo.
Y al pintor Manuel Martín Morgado, por sus arrebatadas ilustraciones.
A todos ellos, mi más sincero agradecimiento, desde la convicción de que sólo desde una soledad bien pertrechada de afectos es posible concentrar las modestas fuerzas de uno en empeños como éste.
J.M.B.A.
PRÓLOGO
SOLTANDO LASTRE
Edgar Allan Poe (1809-1849) se alza en la historia de la literatura como una de esas figuras que, siendo mucho, son más de lo que son porque en ellas no apreciamos sólo los logros individualmente alcanzados sino la fecundidad en autores y movimientos posteriores cuya trayectoria ya no podemos distinguir de su estímulo. Su huella es doble y enorme, y lo rescata de una única novela y de los ensayos con los que se ganó el sustento en el periodismo. Como narrador, Poe es el precursor de los relatos de terror, de tema científico y policíacos que en la segunda mitad de su siglo se desarrollaron, creando modelos e incluso géneros; como poeta tuvo una enorme influencia en otros tres de otra lengua, el francés, que lo auparon a antecedente de ese segundo Romanticismo: el Simbolismo. Haber suscitado ese interés y admiración en Mallarmé, Baudelaire y Valéry ya dice mucho de su carácter excéntrico en la tradición angloamericana. Por más que William Carlos Williams, Hart Crane o el primer T. S. Eliot vieran puntos de interés en este poeta que ya se definía a sí mismo como “americano” (de los EEUU) en ese siglo de la gran poesía de Inglaterra (que no llega a abarcar cien años, pues va de 1798, fecha de publicación de Baladas líricas a 1892, año en que muere Tennyson), la alargada sombra de Poe llega sobre todo a Europa (también Fernando Pessoa lo tradujo) y al Río de la Plata (no sólo en Borges, sino en sus traductores Cortázar y Obligado y en Lugones y otros antes).
Como escribió Juan Eduardo Cirlot, Poe “nos habló tan larga y tristemente de la muerte, dándole a la vez tantos rodeos, y mostrándola en tan dolientes e inauditos aspectos (metamorfosis, resurrecciones totales o parciales)” que ocupa un lugar único. Sólo Nerval se le acerca en esto. Él mismo cultivó como nadie el que consideraba el tema supremo: la muerte de una mujer hermosa. Y compuso algunos poemas de añoranza y pérdida (pienso en “El cuervo” o “Annabel Lee”) que forman ya parte del repertorio vivo y memorable de infinidad de lectores, y no únicamente de los textos originales sino también de sus traducciones a prácticamente todas las lenguas. Las adaptaciones al cómic y al cine no han escaseado. También ha habido recreaciones en verso, como el poema “El cuervo” que Luis Alberto de Cuenca incluyó en su libro de 2010 El reino blanco. Y es que como el propio Luis Alberto ha afirmado en su siguiente entrega, Cuaderno de vacaciones (2014), nada importa el posible solipsismo, el alcoholismo, el cúmulo de defectos de Poe. “Sí importa, en cambio —por citar tres casos / de directos discípulos de Poe—, / que Melville inventara Moby Dick / a partir de la extraña criatura blanquísima / que clausura el relato de Arturo Gordon Pym, / o que las pesadillas de Lovecraft se forjaran / sobre las de Edgar, o que Baudelaire / tradujera al francés su prosa en cinco entregas / que lo harían famoso en toda Europa. / ¡Larga vida al psicópata de Boston!”.
Pero vamos ya a este libro, escrito por un poeta de una generación posterior a Luis Alberto: José Manuel Benítez Ariza. Y me interesa destacar de este su estatus de poeta, su estatura poética, pues este trabajo con el que Benítez Ariza ha alcanzado el arduo título de doctor se beneficia no solo del rigor filológico del profesor gaditano, sino de la intuición de un fino poeta que es asimismo traductor excelente, como demuestra al trasladar en verso castellano un puñado de composiciones exentas y fragmentos de los poemas extensos de Poe: “Tamerlán” (1827) y “Al Aaraaf” (1829), que como se ve por sus fechas fueron obras de juventud. Dos fracasos que Benítez Ariza disecciona y muestra también en sus triunfos, aportando las claves de las fuentes que Poe enseguida hace manantiales propios. Muy atinadamente habla aquí de Byron y de ese amigo suyo hoy poco conocido fuera de Irlanda: el Thomas Moore autor, además de la impagable colección de melodías irlandesas a las que puso la letra del romanticismo, de una obra de inspiración arábiga que tuvo peso en “Al Aaraaf” y que, me pregunto ahora y lo sugiero a vuelapluma, quizá estuviera también revoloteando en el ánimo de Yeats al componer su poema, también relativamente extenso, sobre Harum Al-Rashid en La torre (1928).
Sobre el carácter fallido de estos dos poemas tempranos cabe asumir el juicio de Auden sobre la poesía de Poe, que es la falta de tiempo que la persigue: tiempo libre para componer versos desatendiendo tareas más apremiantes y necesarias para la supervivencia, pero también falta de tiempo como falta de sazón, de madurez, pues a pesar de la superchería que difundió el propio Poe sobre la datación de sus ejercicios poéticos, no son poemas precozmente infantiles sino juveniles, pero faltos aún de experiencia y decantación. En esa página de Auden, que sabía lo que es escribir reseñas por encargo, leemos: “La mayor dificultad de Poe como poeta estriba en el contraste entre los muchos problemas y experimentos poéticos que le interesaban y el tiempo que podía dedicarle a cada uno. Para que el resultado responda a la intención (…), el escritor tiene que ejercitar la mano en una continua práctica. El prosista que ha de ganarse la vida con su oficio posee una ventaja: que en el constante aprendizaje de su oficio, incluso el trabajo puramente alimenticio le resulta útil; por desgracia, no hay un ejercicio parecido a disposición de los poetas sin dinero.”
Ha hecho bien Benítez Ariza, porque conviene a un autor como Poe y fomenta el estímulo de nuestra curiosidad, en fundamentar su libro en una búsqueda o quest, pesquisa que se dirige a establecer “en qué punto o tramo de la obra del poeta, narrador, ensayista (…) puede documentarse ese matiz diferencial respecto al Romanticismo propiamente dicho que lo convierte en precursor de los movimientos estéticos subsiguientes”. Y ahonda en ese aspecto de tanta enjundia como es la falta de fiabilidad del narrador (tan caro a James) y las mistificaciones de Poe, sus hoaxes (que Benítez Ariza como buen escritor no duda en traducir con voces sabrosas y rotundas como “embeleco” y, sobre todo, “camelo”, más las “amplias tragaderas” del público), con páginas plenas de interés acerca de Eureka y las travesías en globo, que relaciona con “Al Aaraaf”. Algunas de las páginas más hermosas que se hayan escrito sobre globos en nuestra lengua, por cierto, las firmó Álvaro Cunqueiro a propósito del aerostato que para la festividad de san Roque alza su gozoso milagro en Betanzos (el lector interesado puede homenajearse a sí mismo buscando esas páginas de El pasajero en Galicia).
Benítez Ariza narra con plasticidad el episodio de la lectura calamitosa del 16 de octubre de 1845 en Boston, y hurga, sin ser eso lo que más le importe, en los recovecos de la compleja mentalidad de Poe, en los motivos que éste pudo haber tenido para “reventar” el acto. Y desempolva materiales poco conocidos como una reseña de T. S. Eliot en la que el de Missouri declaraba esto que sigue pareciendo hoy válido: “Poe es tanto la reductio ad absurdum como la culminación del movimiento [romántico].” Al superar el Romanticismo, Poe suelta un lastre que permite elevarse al globo de su poesía.
Como quedó expuesto arriba, en Benítez Ariza Poe gana a uno de sus más dotados traductores. Lo demuestra el apéndice con, entre otros, los versos 198-213 de “Al Aaraaf” o los logradísimos “Romance” o “Soneto: Silencio”. En ellos el verso discurre como verso: rítmico, elaborado, en tensión.
Y acabo ya. Me doy cuenta de que este apresurado prólogo se acerca más a una reseña entusiasta que a una introducción o prefacio. Sirva de disculpa el ansia, aguzada por la satisfacción de haberlo leído en galeradas, de ver ya publicado este libro; la ilusión (y si el lector lo está leyendo es porque se ha cumplido) de que ya pueden disfrutarlo otros.
Antonio Rivero Taravillo
Dublín, 16 de octubre de 2014

Sonnet—To Science Manuel Martín Morgado, 2014
PREFACIO
UN CONTEMPORÁNEO
En la “Presentación” que sigue a este Prefacio el lector encontrará una exposición detallada de los pasos que pretende seguir el libro que tiene entre sus manos; aquí me limitaré a explicar por qué he querido hacer este viaje; y no porque me parezca importante poner al lector al tanto de las motivaciones más o menos personales del autor —que lo es, además, de otros libros donde las preocupaciones de índole personal se exponen sin el menor recato, y donde, por tanto, sobran las explicaciones de este tipo—, sino porque la ocasión parece apropiada para exponer otras cuestiones que quizá atañan también al lector en ese nivel profundo en el que las inclinaciones intelectuales y literarias de cada cual se confunden con… otra cosa. Ha tenido uno la ilusión, mientras redactaba este trabajo de índole —digamoslo ya— académica, de no haber renunciado del todo a las convenciones de otro género acaso más agradecido: el ensayo literario. Ha tenido uno la coquetería, incluso, de pensar que el asunto del que aquí se trata, y que le ha llevado años desarrollar, tenía que ver, no sólo con esa impenetrable nebulosa de las cuestiones eruditas aún por dilucidar, sino también con algunas preocupaciones de índole más subjetiva —si es que la objetividad de lo otro está fuera de toda sospecha, claro. Si hubiera emprendido esta investigación, pongo por caso, a mis veinticinco años, qué duda cabe de que no me hubiera planteado la segunda parte de esa dicotomía: el pensamiento abstracto, decía Jaime Gil de Biedma, es reino de juventud. A mi edad, sin embargo, sería incluso temerario ocuparse de asuntos que no le conciernan a uno en lo más íntimo, o que no impliquen un sincero examen de algunas de sus creencias más profundas. Hablar de poesía, a estas alturas, parece coherente con la trayectoria —por pobre o modesta que ésta haya podido ser— que ha llevado uno. Y de poesía, de pensamiento poético, hablan los centenares de páginas que siguen, y de la imbricación del modo poético de pensar con la vida.
Pero empecemos por lo primero; es decir, por las generalizaciones y abstracciones de las que se ocupa este trabajo. En su papel de bisagra entre el espléndido ciclo de la cultura occidental que culmina con el Romanticismo —que, en el caso de la literatura anglosajona, recuérdese, supone una mirada retrospectiva sobre el grandioso pasado que representan Shakespeare y Milton, entre otros— y la precaria e inestable edad en la que triunfa la revolución industrial, Edgar Allan Poe es uno de los primeros observadores lúcidos del tiempo que todavía habitamos. Y ese temblor de saberse ante “uno de los nuestros” —permítaseme la formulación conradiana— lo percibe igual el adolescente que se recrea con las algo inconsistentes fantasías científicas protomodernas que tanto deleitaban al autor, que el lector formado que intuye que lo que se dirime en las distintas facetas de la obra de Poe es algo mucho más serio. Todo esto, por sabido, casi no merece la pena decirlo. A un lector español, quizá, cabe llamarle la atención también sobre el hecho, sorprendente sin duda desde nuestro particular punto de vista de rezagados de la Modernidad, de que el camino que la obra de Edgar Allan Poe recorrió en poco más de dos decenios supuso un cambio en la concepción misma de la literatura que las letras españolas tardaron más de cien años en experimentar: los que van, pongamos, de las fechas de publicación de El estudiante de Salamanca (1840) y El diablo mundo (1841) de Espronceda —dos poemas que conceptual y estilísticamente podrían parangonarse con “Tamerlane” (1827) y “Al Aaraaf” (1829) de Poe— a la de Espacio (1954) de Juan Ramón Jiménez —síntesis cosmogónica equiparable, salvando todas las distancias que se quiera, al “poema en prosa” Eureka, que el norteamericano dio a la imprenta en 1848.
Por supuesto, no pretendo afirmar la superioridad de una literatura sobre la otra. Más que de comparar, se trata de constatar; y, sobre todo, de entender y entenderse. Admiramos a Galdós, por ejemplo, pero experimentamos la imposibilidad de escribir como Galdós. Y en esa misma tesitura —la de querer ser Byron o Shelley o Moore y no poder asumir el impulso y el pensamiento sobre los que se alzaban esas cumbres de la literatura precedente— sorprendemos a Poe. De eso habla este libro. De cómo un autor a quien su trabajo literario y periodístico apenas proporcionaba los recursos necesarios para sobrevivir encarnó, en su actitud hacia su tiempo y hacia la obra de sus predecesores inmediatos, y en el asumido influjo que esas actitudes ejercieron sobre su propia obra, un cambio de sensibilidad que fue inmediatamente reconocido como tal por el otro gran espíritu-bisagra del momento, el francés Charles Baudelaire, y abrió el vertiginoso periodo de incesantes revoluciones estéticas que va del Simbolismo a la actualidad, pasando por el bullir de las vanguardias. Todo esto, que hoy día forma parte del argumentario general que puede encontrarse en cualquier manual de literatura, tuvo su origen en momentos muy concretos de la obra de Poe: identificar algunos de ellos e indagar en su significación es el propósito de este libro. Que es también —no podemos obviarlo— un intento de explicar la fascinación que el norteamericano y su obra han ejercido sobre quien ha dedicado algunos años de su vida a escribirlo.
Empecé a leer a Poe muy a finales de mi adolescencia, o casi al comienzo de mi vida adulta: me libré, pues, de ese peligroso momento en la biografía de cualquier lector en el que la lectura prematura de un texto deja una impresión tan indeleble que difícilmente podremos volver sobre ese texto en el futuro y descubrir en él nuevos valores o matices. Tuve la suerte de leer a Poe una vez superada esa primera fase de voracidad en la que lo leído se convierte inevitablemente en irrecuperable tierra quemada; lo leí ya, digamos, con cierta autoconciencia de lector; es decir, desde esa actitud desconfiada de quien pone entre paréntesis sus primeras impresiones y aplaza el juicio sobre lo leído hasta un momento posterior de reconsideración crítica, original o auxiliada por el útil testimonio de otros lectores previos. Julio Cortázar, brillante traductor de la narrativa breve de Poe y de algunos de sus ensayos, fue uno de esos oportunos lectores-guía: sus inevitables reticencias de traductor —nadie alcanza un conocimiento tan íntimo de un texto ajeno— sembraron no pocos fructíferos interrogantes en el aprendiz de lector desconfiado que yo era.
Nunca terminaré de agradecer suficientemente estos azares; tanto más oportunos por cuanto el autor al que conciernen goza, como he dicho ya, de ese extraño y poco frecuente privilegio de poder ser leído con entera satisfacción por lectores de muy distintas edades y exigencias igualmente diversas. Posiblemente a este hecho se deban las reticencias hacia Poe expresadas por lectores tan perspicaces como Henry James, T. S. Eliot, Aldous Huxley o Harold Bloom: coinciden todos ellos en detectar una cierta inmadurez o bisoñez en la literatura poeana, y en atribuir a esa característica la especial sintonía que con él alcanzan otros lectores igualmente inmaduros o bisoños: Poe como una especie de eterno adolescente que, por su afición a las situaciones truculentas, la divulgación científica sensacionalista y los enigmas intrincados, encandila a otros adolescentes.
Es un juicio injusto. Existe en Poe, por supuesto, ese nivel de lectura. Y yo mismo he constatado su eficacia cuando he leído con niños de once o doce años historias como “Hop-Frog”, por ejemplo. Está claro el origen primario del estremecimiento de placer que recorre la espina dorsal de estos lectores al asistir a la espeluznante venganza que el bufón enano que protagoniza el relato lleva a cabo contra el rey y los cortesanos que lo han maltratado y humillado previamente. Pero incluso estos lectores primarios encuentran en relatos como éste un elemento que les resulta extraño e incómodo de asimilar. No estamos ante uno más de los muchos cuentos de justificada, aunque cruel, venganza que prodigaron autores como Kipling o Maupassant, y en los que el lector se ve absuelto de su tácita simpatía hacia la crueldad vengativa por la prevalencia en el texto de un bárbaro principio de justicia elemental cuyos excesos, en el ámbito de la ficción intrascendente, bien pueden ser excusados… No, con “Hop-Frog” entramos en otras regiones. El bufón no ha perpetrado un acto de reparación justiciera, sino que ha perdido literalmente la cordura en su intento de oponer un designio cruento de su invención a la crueldad de sus maltratadores. Una vez perpetrada la venganza, el bufón y su cómplice, la grácil Tripetta, huyen, sí, pero ¿hacia dónde? Como el poeta y crítico Richard Wilbur nos hace ver, la cuerda por la que trepan para escapar del salón regio en el que ha tenido lugar su crimen conduce… no al tejado del palacio, sino a esos desolados ámbitos ideales a los que, en los cuentos de Poe, se reintegran las conciencias deshechas. Es la versión poeana de ese estado de conciencia mejorada —la Imaginación, con mayúsculas— al que aspiraron los mejores poetas del Romanticismo, y en el que el norteamericano no terminó de creer. Para Poe, el sueño del Romanticismo acaba en muerte y sinrazón, pero también en una aspiración a encontrar un principio de armonía en ese universo deshecho. A ese intento de distinguir un orden en lo intrincado y caótico lo hemos denominado, siguiendo algunas intuiciones de Poe, lo arabesco.
Poe, lo hemos dicho ya, quiso ser romántico a la manera de Byron, de Shelley, de Thomas Moore… y no lo consiguió. Pero no perdió de vista nunca el programa de éstos y durante toda su vida intentó adecuar su propia percepción del acto creativo al alto ideal que la poesía romántica se impuso a sí misma. Y esa lucha también nos concierne, porque a partir de Poe, los grandes cuestionamientos de la sensibilidad precedente no tendrán lugar cada doscientos años, sino serán asunto de cada generación. La pugna de Poe por ser alguien digno de sus modelos en un mundo en el que los modelos caducan vertiginosamente es también la nuestra.
No sé si las palabras que preceden justifican mis afanes y el esfuerzo que cautelosamente demando del lector que esté a punto de asomarse a las páginas que siguen. Yo mismo siento que he traicionado en parte al autor objeto de todos estos desvelos. Después de haber aspirado a comprender la íntima discrepancia de Poe con los románticos, me veo más de parte de los románticos que del propio Poe: como ellos, creo más en la Imaginación, esa especie de mirada creadora y vivificadora que consideraban atributo del hombre emancipado —incluso políticamente: la Revolución era también un acto de la Imaginación—, que en el Arabesco, esa dolorosa ilusión de ver claro en lo confuso. Poe elaboró una compleja poética del Arabesco, con la que pretendió trascender las limitaciones que constató en sus tentativas juveniles de emular a sus maestros. Fue un combate desigual y meritorio, que seguramente sirvió de ejemplo a toda la literatura posterior, hecha por hombres que creaban su obra desde una precariedad vital e ideológica similar en muchos aspectos a la que experimentó el romántico desplazado que fue Poe.
Aspirar a entender esa lucha puede que sea una tentativa no menos desesperada, y a la postre pueril, de conjurar ese sino del hombre contemporáneo. Pero en eso —en la evidencia de que ciertas luchas no pueden eludirse, sobre todo si conciernen al afán del hombre por entenderse en su tiempo y circunstancia— también el autor de Eureka marcó el camino.
Cádiz-Benaocaz, septiembre de 2014
PRESENTACIÓN
El libro que el lector tiene en sus manos no es una introducción general a la vida y obra del escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Tampoco es, en sentido estricto, una guía de su obra poética, aunque en ella se centren preferentemente las cuestiones aquí discutidas. El propósito de este ensayo es documentar y argumentar lo que en otra parte1 hemos denominado “la fractura de la visión romántica” en la obra de un autor a quien las historias de la literatura y de las ideas estéticas en general consideran el precursor del Simbolismo y otras escuelas literarias posteriores al Romanticismo. Se trata, por tanto, de abordar lo que podemos considerar uno de los momentos fundacionales de la literatura que entendemos como contemporánea. Este papel de bisagra entre dos movimientos estéticos al menos parcialmente contrapuestos le fue reconocido ya a Poe en Axel’s Castle (El castillo de Axel, 1931), el estudio pionero de Edmund Wilson sobre “ciertas tendencias de la literatura contemporánea” (Wilson 1931, 1), en el que el Simbolismo se considera en principio “no solamente una degeneración o elaboración del Romanticismo, sino más bien una contrapartida, una segunda oleada de la misma marea”, para terminar siendo “un movimiento completamente diferenciado, que ha surgido de condiciones distintas y debe ser tratado en términos diferentes” (1-2).
También T. S. Eliot, en su ensayo de 1949 “From Poe to Valéry”, considera la reconocida deuda que tres poetas franceses, que “representan el comienzo, la mitad y el final de una particular tradición de la poesía” (Eliot 1949, 328), y que no son otros que Baudelaire, Mallarmé y Valéry, tienen con Poe. En su lugar consideraremos detalladamente estos diagnósticos. Lo que aquí nos concierne es la cuestión de en qué punto o tramo de la obra del poeta, narrador, ensayista, crítico literario y periodista norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849) puede documentarse ese matiz diferencial respecto al Romanticismo propiamente dicho, que lo convierte en precursor de los movimientos estéticos subsiguientes —y, como veremos, no sólo del Simbolismo: también de lo que en el ámbito literario anglosajón se denomina “Modernismo”, es decir, el conjunto de los movimientos de vanguardia.
Dicho punto de inflexión ha de ser situado en los inicios mismos de la obra literaria de Poe. En sus dos tentativas declaradas de emular a los poetas mayores del Romanticismo inglés, los poemas extensos “Tamerlane” (1827) y “Al Aaraaf” (1829), puede advertirse la temprana renuncia —o renuencia— de Poe a asumir la pretensión central del movimiento estético en el que se inscribía la obra de sus modelos más o menos explícitos, Byron y Thomas Moore respectivamente. Esa pretensión no era otra —en palabras del crítico Harold Bloom— que la “internalización” (Bloom 1971, 7) de un esquema narrativo característico de los logros mayores de la poesía inglesa precedente: la búsqueda o quest; sólo que el objetivo de esta búsqueda, ahora, es “la aprensión del Personaje Poético dentro de uno”, de la inmortalidad de la que es acreedor el poeta en cuanto que sujeto del atributo divino de la Imaginación, que es el “hombre verdadero… que vive eternamente”.2
En el capítulo I de nuestro ensayo intentaremos definir la actitud de Poe hacia esos dos poemas suyos de juventud. Y partiremos, para ello, de un significativo episodio en la biografía del poeta: la controvertida conferencia-recital que dio en Boston el 16 de octubre de 1845. En ese acto, en el que los asistentes daban por sentado que el poeta recitaría su aclamada balada “The Raven” y expondría, con la elocuencia que se le supone a un orador a quien precedía su fama, sus ideas sobre la creación literaria, Poe hizo justo lo contrario de lo que se esperaba de él: recitó “Al Aaraaf”, su fallido poema —así podemos conceptuarlo ya— de 1829; un texto que, por su extensión, argumento elusivo y lenguaje oscuro, resultaba absolutamente inapropiado para el recitado público. Una parte de los asistentes abandonó la sala; y aunque, al parecer, el poeta pudo enderezar la situación y finalmente leyó los textos que el público demandaba, no pudo evitar que el desastroso comienzo del acto trascendiera a la prensa y diera lugar a una larga e intensa polémica.
El análisis de este incidente y sus consecuencias nos permitirá fijar la consideración que, a esas alturas de su carrera, Poe tenía de aquella lejana tentativa romántica. El hecho de que convirtiera su poema juvenil en pretexto de una burla similar a las intentadas en algunas de las mistificaciones periodísticas por las que ya era famoso, y que, al mismo tiempo, su uso del mismo reprodujera el característico modo contraproducente de obrar por el que se caracterizan sus personajes “perversos”, serán indicios claros de la actitud de rechazo del autor hacia ese tramo de su obra. Extenderemos estas conclusiones al poema previo, “Tamerlane”, que también será objeto de matizados repudios en diversas cartas del autor; y consideraremos algunos de los factores que pudieron influir, tanto en la juvenil inclinación de Poe hacia este tipo de poemas —que, no hay que olvidar, se insertan en un género relativamente popular entonces, y capaz de asegurar el éxito de quien lo cultivara—, como en la inmediata decepción que experimentó hacia lo efectivamente logrado. Aportaremos testimonios de esta decepción y esbozaremos las líneas principales de las estrategias literarias con las que Poe intentó reencauzar su trabajo posterior. Estrategias en las que, como veremos, la crítica implícita o explícita a los postulados románticos está siempre presente; y a través de las cuales Poe irá desarrollando una poética alternativa en la que la adhesión romántica al mito de la Imaginación será reformulada para dar lugar a una acuñación mixta en la que tendrán cabida elementos explícitamente desterrados del ideario romántico puro: la ciencia positiva, por ejemplo.
En el capítulo II trazaremos una breve historia del tratamiento que las cuestiones apuntadas han recibido por parte de algunos de los más significativos estudiosos y comentaristas de la obra de Poe, desde la brillante generación de eruditos que, en torno a los años veinte del siglo pasado, logró encauzar definitivamente los estudios poeanos por caminos alejados de la consideración moralista o clínica de su objeto, hasta las últimas tendencias críticas. En este apartado consideraremos la inicial discrepancia entre la revalorización alcanzada por la obra de Poe en la mencionada generación de estudiosos y la displicencia que diversos escritores relevantes del momento mostraron hacia su predecesor. A los “Poe scholars” surgidos en torno a estos años debemos, por tanto, los primeros estudios serios sobre “Al Aaraaf” —la atención crítica dedicada a “Tamerlane” será mucho más parca—, así como los primeros pronunciamientos críticos sobre cuestiones tales como la presencia en estos poemas iniciales de elementos relevantes en la obra de Poe considerada en su conjunto, o la relación y coherencia de estos poemas con obras como The Narrative of Arthur Gordon Pym o Eureka, que sintetizan el pensamiento estético, filosófico e incluso cosmogónico de Poe.
A algunos literatos en activo en ese periodo —que coincide con la eclosión del Modernismo— en el ámbito de la lengua inglesa debemos, en cambio, la reivindicación del papel de Poe en la definición y diferenciación de una literatura genuinamente norteamericana (William Carlos Williams, D. H. Lawrence), o la consideración crítica del impacto de su predecesor en literaturas como la francesa (Eliot, Huxley), así como la asunción de Poe como lejano predecesor (Bret Harte) y modelo del intelectual norteamericano en conflicto con una América en proceso de expansión industrial y urbana.
Más sintético será el enfoque de la segunda generación de estudiosos y críticos que hemos considerado en este capítulo. En la estela de Edmund Wilson, ensayistas como Edward H. Davidson o el poeta y crítico literario Richard Wilbur intentarán una aproximación “filosófica” (Davidson 1957, v) a la obra de Poe; destacando el primero por la atención, hasta entonces desusada, prestada a los años juveniles en los que Poe publicó exclusivamente poemas, repartidos en sus tres entregas de 1827, 1829 y 1831. Davidson explora la relación de de estos tres volúmenes de poesía con sus precedentes románticos y apunta certeramente a la insuficiencia de los logros de Poe y al irresoluble solipsismo de su poética como fuentes de la eventual renuncia de su autor a una dedicación más intensa y exclusiva a este género. Menos imaginativo y más mecánico es el intento de Wilbur de explicar el funcionamiento de la alegoría en Poe, que a nosotros nos concierne en la medida en la que este estudioso también apunta al ámbito diseñado en “Al Aaraaf” como meta de la huida imaginativa que intentan muchos de los atormentados personajes de los relatos poeanos. A estas alturas del discurso crítico, la afirmación de la coherencia global de la obra de Poe es ya un lugar común, y los estudiosos establecen con naturalidad las correspondencias apreciables entre las intuiciones contenidas en “Al Aaraaf”, por ejemplo, y el pensamiento que sustenta obras consideradas entre las “mayores” de Poe, tales como las ya mencionadas Pym y Eureka o relatos como “The Fall of the House of Usher”.
La aprensión de esa esencial unidad de la obra poeana invita, a estas alturas de nuestro relato, a considerar a un crítico que, si bien se ha ocupado sólo episódicamente de Poe y no lo incluye en su nómina de autores canónicos, ha dedicado lo mejor de su obra al Romanticismo y diseñado una teoría del mismo que puede aplicarse fructíferamente al poeta norteamericano. Nos referimos a Harold Bloom, cuya enunciación del mito romántico de la Imaginación, y su caracterización del poema romántico como una “interiorización del romance de búsqueda” (“internalization of quest-romance”; Bloom 1971, cap. II) nos proporcionarán un modelo teórico singularmente útil para enjuiciar las tentativas poeanas.
En esta misma tradición “sintética” consideraremos también la brillante monografía de Daniel Hoffman Poe Poe Poe Poe Poe Poe Poe, de 1972. En la estela de Davidson, Hoffman otorgará un papel central a los poemas juveniles de Poe en la determinación de su universo ideológico y poético. Hoffman, además, por su humor y desparpajo característicos, su lenguaje accesible y su tono desmitificador, nos introducirá en un nuevo clima intelectual, resultante de los acontecimientos sociales y políticos que conmocionan el mundo occidental, y muy particularmente el entorno universitario, en torno a 1968. Creemos significativo que a partir de esta fecha se dé una eclosión de estudios literarios dedicados a géneros y asuntos hasta entonces considerados “menores”, tales como la novela popular en sus distintas modalidades; entre ellas, la policíaca y la de anticipación científica o cienciaficción. Como precursor reconocido de ambos géneros, Poe se beneficiará de esta ampliación de miras; que, en lo concerniente a las cuestiones que nos ocupan, supondrá la consideración de “Al Aaraaf” y Eureka, así como de un buen número de relatos, como textos emparentados en mayor o menor grado con el ahora revalorizado género de anticipación científica.
En relación también con este nuevo clima intelectual, consideraremos, por último, dentro de este capítulo, los enfoques que la obra de Poe ha recibido por parte de críticos y estudiosos encuadrados en distintas escuelas post-estructuralistas; que, en el caso de Poe, se centrarán en la cuestión de la inestabilidad o falta de fiabilidad de sus narradores, no sólo de los intradiegéticos —es decir, de los personajes que cuentan la historia en primera persona y desde su exclusivo punto de vista—, sino también de las voces narrativas que parecen hablar en nombre del propio autor; lo que, como veremos, será una cuestión relevante para la interpretación de Eureka, cuya validez como enunciación de una teoría cosmogónica “seria” depende, en gran medida, del grado de “fiabilidad” que otorguemos a su narrador. Igualmente, consideraremos algún acercamiento a la obra de Poe desde el punto de vista de los llamados “estudios culturales”, por concernir a cuestiones como el fondo “orientalista” de “Tamerlane” y “Al Aaraaf” y su posible significación en una época —el siglo XIX norteamericano— de expansión colonial y conflicto racial. Comentaremos también algunos enfoques de la obra de Poe desde la perspectiva de los estudios de género, relevantes a la hora de situar algunas cuestiones pertinentes a nuestra exposición, tales como la “deconstru[cción] de la Mujer” (Pedraza 2004, 147) y su reducción a “hipertexto” (Person en Kennedy 2001, 145) o haz de rasgos abstractos, cuya formulación más acabada es la afirmación de que “la muerte de una mujer bella es el asunto más poético del mundo” (Poe 1902, XIV, 193), hecha en el contexto de la poética específicamente antirromántica desarrollada en el ensayo “The Philosophy of Composition”.
Los capítulos siguientes —III y IV— analizarán con detalle la forma y el fondo de los dos poemas “largos”. Analizaremos la impronta byroniana sobre el primero, y el peso de ésta en el tratamiento que Poe dará a los elementos autobiográficos presentes en el mismo. Discutiremos también la estructura dialógica del poema, concebido en primer término como una “confesión” que el pagano Tamerlán dirige a un inexplicable fraile de procedencia también netamente byroniana; lo que, como veremos, nos permitirá relacionar la problemática posición del narrador del poema con el estatus de otros narradores intradiegéticos en posteriores relatos del autor, y plantear la cuestión esencial de la fiabilidad de esos narradores, aspecto crucial que afecta, como ya hemos anticipado, no sólo a los relatos propiamente dichos, sino incluso a algunos ensayos en los que aparentemente Poe habla en nombre propio. En un breve excurso, analizaremos también la posición del interlocutor secundario del monólogo de Tamerlán: la amada a la que el protagonista/narrador del poema interpela esporádicamente, y cuyo carácter elusivo —que pondremos en relación con el de las destinatarias de otros poemas “con nombre” dirigidos a diversas figuras femeninas— nos permitirá pormenorizar la estrategia de despersonalización a la que Poe somete a sus interlocutoras en general. Veremos también cómo incluso el nombre e identidad del propio narrador/protagonista es puesto en cuestión, y con él el estatus del contenido autobiográfico del poema; cuyo desarrollo, como estableceremos en las conclusiones parciales de este capítulo, no alcanzará la fase “apocalíptica” —por lo que tiene de reconocimiento de una revelación— en la que el poeta maduro en trance de reflexión autobiográfica reconoce la diferencia nítida entre la capacidad imaginativa del niño que fue y su ambigua situación presente, en la que la conciencia de haber poseído esa capacidad convive con la lúcida aceptación de su pérdida, tal como sucede en los poemas autobiográficos de Wordsworth.
“Al Aaraaf” responde en parte al propósito declarado de Poe de resolver esas aporías. Intentado y fracasado el poema autobiográfico de estirpe byroniana, el poeta probará la fantasía visionaria, más en la estela exótica y orientalista de Thomas Moore —un poeta muy popular entonces en los Estados Unidos— que en la ambiciosa aspiración imaginativa de Shelley, por ejemplo. Pero lo verdaderamente interesante de “Al Aaraaf”, de cara a nuestro enfoque, no será que Poe constate de inmediato el lastre que supone para este poema de inspiración astronómica su sujeción a referentes científicos concretos —lo que motivará incluso la redacción de un autoapologético “Sonnet—To Science”, que servirá de pórtico o introducción al poema largo—, sino cómo, al delinear su fantasía estelar, el poeta esbozará un completo mapa de asuntos y procedimientos que desarrollará en obras ulteriores. El hecho de que “Al Aaraaf” sea, en efecto, un poema-cantera denota, también, una cierta fragmentación de la visión. Pero, paradójicamente, el fracaso que constituye no haber sabido articular una visión unitaria, digna de esa Imaginación divina de la que el poeta es encarnación, va aparejado, en este caso, al logro que supone el desarrollo ulterior, en otros poemas, relatos e incluso ensayos, de muchos de los temas esbozados en el mismo, para confluir finalmente en ese gran ensayo o poema en prosa que será Eureka (1848), en el que el peso de la visión no recae ya sobre la Imaginación del poeta romántico, sino sobre el intelecto del poeta analítico que hace uso de la intuición, ya desafiantemente concebida como “la convicción que surge de aquellas inducciones o deducciones cuyos procesos son tan borrosos que escapan a nuestra conciencia, eluden nuestra razón o desafían nuestra capacidad de expresión” (Poe 1902, XVI, 197); y que, por tanto, desdiciéndose de la queja todavía romántica expresada en su “Sonnet—To Science”, incorpora con naturalidad los datos de la ciencia positiva al logro de la visión poética.
En el capítulo dedicado a las conclusiones incluiremos, además del resumen de lo ya comentado, un análisis de “Romance”, el poema-prólogo que Poe antepuso a la colección de piezas breves con la que completó su volumen de 1829, y que luego utilizaría con la misma función introductoria en su tercer libro, Poems, de 1831. En “Romance” atisbaremos las consecuencias inmediatas que el propio Poe extrajo de su decepción ante los parcos logros de sus poemas “largos” y la conversión de la aspiración imaginativa en una mucho más modesta y manejable visión en arabesco; entendiendo por tal la clase de imagen resultante de mirar fijamente un motivo repetitivo —y, por tanto, sugerente de la infinitud, como los arabescos de las artes decorativas— hasta lograr un cierto “desenfoque” de la visión, conducente a una imagen ulterior. El hecho de que, a partir de 1831, Poe sólo escriba poesía esporádicamente y consagre sus esfuerzos a la narrativa, el periodismo y la crítica literaria, le impedirán extraer todas las consecuencias de esa decisiva inflexión en el campo que le hubiera sido propio: es decir, el de la creación poética. Pero sus intuiciones y reflexiones al respecto iluminarán, o al menos harán pensar, a varias generaciones de poetas posteriores.
CAPÍTULO I
“UN FRACASO HEROICO”:
POE Y SUS POEMAS “ ROMÁNTICOS” DE 1827 Y 1829
EL DEMONIO DE LA PERVERSIDAD:
EL INCIDENTE DE BOSTON
El 16 de octubre de 1845 Edgar Allan Poe pronunció ante un público reunido en el Boston Lyceum una conferencia-recital cuyas consecuencias todavía hoy son objeto de la atención de los críticos y biógrafos del autor. Venía éste precedido por una bien ganada fama como conferenciante ameno y brillante, a lo que contribuía su voz modulada, su reconocida buena presencia e incluso, como señala Jeffrey Meyers (1993, 190), su ligero acento sureño. A esas alturas de su vida Poe era consciente ya de la importancia de respaldar su obra con esas apariciones públicas no exentas de teatralidad. Así, cuando se le solicitaba la lectura de su popular poema “The Raven”, el autor —señala Meyers— no dudaba en atenuar las luces hasta dejar la habitación casi a oscuras. Y entonces el poeta —dice un testigo presencial citado por el mencionado crítico—, “situándose en el centro de la estancia, procedía a recitar estos asombrosos versos con la más melodiosa de las voces… [y] tan maravilloso era su poder como lector, que el oyente temía tomar aire por temor a romper el hechizo”. Sarah Elmira Royster, la mujer a la que Poe pretendió inútilmente en su juventud y luego en sus años maduros, añadía que el calor que el poeta ponía en su interpretación a veces la asustaba (íbid.).
Sustentado en esas cualidades personales y en su creciente fama como polemista, Poe había actuado ya como conferenciante en diversas ciudades, siempre con éxito. A finales de 1842, por ejemplo, pronunció en Filadelfia, a instancias del William Hirst Institute y ante una nutrida audiencia congregada en una iglesia, su conferencia sobre “The Poetic Principle”. Como explica J. Gerald Kennedy (2001, 49), el movimiento liceístico norteamericano estaba entonces en su apogeo y era el instrumento a través del cual las nuevas ideas intelectuales eran transmitidas a un público de clase media que acudía al reclamo de conferenciantes prestigiosos. Emerson, señala Kennedy, había alcanzado ya fama en esos circuitos; que eran también, entre otras cosas, cauces para la transmisión de ideas reformistas.
La conferencia de Poe se repitió durante los dos meses siguientes en ciudades cercanas y su éxito animó al autor a menudear sus reseñas críticas en Graham’s Magazine. Kennedy menciona otras sonadas conferencias de Poe, algunas posteriores ya a 1845: la que impartió en febrero de 1848 sobre “El Universo” en The New York Society Library, que sería impresa como libro con el título Eureka, y con la que el autor esperaba recaudar fondos para la puesta en marcha de una revista literaria de su propiedad (íbid., 55); o la que pronunció en Providence, también sobre “el principio poético”, ante un público de dos mil personas (57).3
Está claro, pues, que el personaje que compareció ante el público de Boston el 16 de octubre de 1845 era, e iba a seguir siendo, un reputado conferenciante, y que eso justificaba la expectación creada. Su poema “The Raven”, publicado ese mismo año, había alcanzado una enorme difusión e incluso conocido parodias. Por otra parte, la fama de polemista de su autor venía de antiguo y estaba más que justificada. Todo ello hace más asombroso aún lo ocurrido en esa conferencia. Poe comenzó enunciando algunas de sus más conocidas afirmaciones en torno al arte poético: en concreto, su idea —especialmente provocativa para un público bostoniano— de que el didacticismo estaba reñido con la verdadera naturaleza de la poesía; y continuó con el recitado, no del poema que todos esperaban, y que no era otro que el ya famoso “The Raven”, sino de “Al Aaraaf”, un viejo, largo y difícil poema de 1829. Según algunos testimonios, durante el recitado parte del público abandonó la sala; y sólo por petición expresa de los que aún permanecían en sus asientos Poe se avino a recitar “The Raven” a continuación.4
No es nuestro objeto pormenorizar la larga polémica que siguió a este incidente, y que ha sido ampliamente estudiada, por ser uno de los episodios más conspicuos de las diversas “batallas literarias” en las que el autor se vio envuelto a lo largo de su vida. En ese contexto, esta conferencia debe insertarse en la prolongada lucha que el autor mantuvo contra lo que intelectualmente encarnaba la ciudad de Boston: los planteamientos moralistas y didácticos del Trascendentalismo. Y para perpetrar su calculada ofensa al público de la ciudad que era centro y foco de emanación de ese movimiento, Poe eligió un poema que él mismo, por lo que aduciremos a continuación, sabía fallido, y que además era una pieza inacabada y un texto que no respondía a los principios —la “unidad de efecto”, sobre todo; y la inadecuación del “poema largo” a ese requisito unitario fundamental— que él mismo venía defendiendo para la creación poética.
Que Poe, más de tres lustros después de la publicación de ese poema fallido, recurriera a él como elemento de su estrategia de provocación o de autoafirmación no deja de ser un enigma, y no faltan autores que relacionan este hecho con algunos rasgos más o menos patológicos de la personalidad del autor. No es nuestro propósito adentrarnos por esos senderos; pero sí podemos considerar, exclusivamente por el valor que tienen como motivos literarios que se reiteran en la obra de Poe, y sobre los que éste incluso teorizó, dos de esos rasgos: lo que el autor llamó, en el título de un conocido relato suyo, “el demonio de la perversidad”5; y su afición a la perpetración de camelos o engaños literarios (hoaxes)6 con los que ponía a prueba la credulidad de los lectores o hacía exhibición de su propia capacidad intelectual para embaucarlos.
En su propia versión de los hechos de Boston, publicada el 1 de noviembre en The Broadway Journal, Poe incluyó este significativo párrafo:
Cuando aceptamos, por tanto, una invitación para ‘pronunciar’ un poema en Boston, la aceptamos única y sencillamente porque teníamos curiosidad por saber cómo sienta ser abucheado públicamente, y porque deseábamos ver qué efecto podríamos causar al responder con un sucinto discurso improvisado. Con todo, es posible que sobrevalorásemos nuestra importancia, o la carencia de cortesía de los bostonianos, que no es tan patente como uno o dos de sus directores [de periódicos] quisieran hacer creer al público,7
que describe un modo de actuar que parece responder punto por punto a la definición del “impulso perverso” que el propio autor da en los preliminares de su relato “The Imp of the Perverse”:
En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin sentido comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte.8
El que las razones aducidas a posteriori por Poe para su desafortunada intervención ante el público del Boston Lyceum parezcan basarse en el mismo impulso psicológico descrito en el citado cuento no debería conducirnos mucho más allá, a riesgo de incurrir en la misma clase de abusivas extrapolaciones psicológicas en las que tanto abundan los estudios sobre nuestro autor. En su biografía de Poe, Arthur Hobson Quinn (1941, 485) aduce alguna prueba de la posible “perturbación mental” que podría haber inducido a Poe a lo que, a todas luces, parece una actuación extravagante. Menciona Quinn, en concreto, la carta que el poeta escribió a Evert A. Duyckink el 13 de noviembre, casi un mes después de la aciaga conferencia. En esa carta, Poe comunica a su corresponsal que, a pesar de encontrarse aún “terriblemente enfermo y deprimido” (“dreadfully sick and depressed”), cree haber vuelto a recuperar la cordura después de un trastorno transitorio de dos meses; y añade que “[l]e parece haber despertado de un horrible sueño en el que todo era confusión y sufrimiento” (“I seem to have just awakened from some horrible dream, in which all was confusion, and suffering”; íbid., 492). La carta, de todos modos, no resulta del todo concluyente al respecto; quizá porque, como puede leerse en la línea siguiente a la citada, ese penoso preámbulo parece obedecer a un declarado propósito de captatio benevolentiae en relación a un corresponsal de quien, al fin y al cabo, lo que se esperaba era un préstamo dinerario, cuyo destino se especificaría detalladamente en el resto de la carta.
Lo aducido hasta ahora sólo pretende mostrar la dificultad de opinar, y mucho más de concluir, respecto a los estados mentales de Poe o sus motivaciones psicológicas. Si nos hemos detenido en este ejemplo particular, es por señalar que lo verdaderamente significativo de este comportamiento, en caso de que obedeciera a alguna anomalía psicológica relevante para nuestros propósitos, es que Poe recurriera, en esta comprometida circunstancia, a su poema fallido de 1829. Si cedemos a la tentación de explicar las decisiones literarias de Poe en términos de psicología clínica, aquí sí parecería pertinente citar el comportamiento psicológico que Lacan, en su conocido seminario sobre Poe y su cuento “The Purloined Letter” (“La carta robada”), llamó “automatismo de repetición” (Muller & Richardson 1988, 43 y ss.), por el que la repetición de ciertos “significantes” determina la conciencia simbólica y constituye así al “sujeto”. El poema “Al Aaraaf” ocuparía, en este esquema, el papel que la carta robada y sus sustitutos (por ejemplo, el documento de burla que el proto-detective Dupin, una vez descubierta la carta, coloca en el lugar conspicuo en el que el ladrón había dejado aquélla) desempeñan en el cuento objeto del seminario de Lacan. Como en éste, lo que está teniendo lugar es un combate singular entre dos poetas (en el cuento, el propio Dupin y el ministro que ha robado la carta); y el vencedor es el poeta imaginativo —aunque fallido— que Poe quiso ser cuando compuso “Al Aaraaf”, el difícil poema que ahora intenta endosar a su público de Boston; mientras que el derrotado es el poeta consciente en que quiso convertirse cuando, negados o rectificados sus iniciales postulados románticos en “The Philosophy of Composition”, la poética expresamente compuesta para explicar a posteriori el proceso de creación de “The Raven”, Poe asume una equívoca e incluso cínica9 posición respecto a su poesía en general.
No hay que olvidar que, cuando suceden los hechos que venimos refiriendo, Poe sólo escribe poesía esporádicamente, y que su periodo de dedicación continua y casi exclusiva al género puede darse por terminado con la publicación de su volumen Poems de 1831. Como señala Daniel Hoffman (1998,174), la muy exigente poética desarrollada por Poe hasta ese momento —y cuya expresión más detallada y ambiciosa se encuentra, como veremos, precisamente en “Al Aaraaf”— no era sino “un hermoso método para expresar casi nada”; que conducía, por tanto, “al suicidio del poema” y al consiguiente nacimiento del Poe narrador y, sobre todo, crítico (íbid., 175). O, como señala Edward H. Davidson (1957, 76): los poemas ocasionales que Poe escribió entre 1831 y 1845, año de la publicación de “The Raven”, son “estudios de la imaginación poética en desintegración”. Y es esta imaginación poética en desintegración la que perpetra, ante el público de Boston, lo que para unos es un acto de “perversidad” característico de Poe y, para otros, puede que más justificadamente, una simple mistificación.
EL POETA ES UN FINGIDOR
Como afirmaba Edmund Wilson, “la psicología del fingidor es algo que siempre hay que tener en cuenta en Poe” (cit. en Leary 1972, 3). El origen del interés de Poe en el hoaxing o mistificación literaria puede rastrearse, como tantas otras prácticas literarias del autor, en las teorías de Coleridge (Burgoyne 2001) e incluso en la plasmación práctica de éstas en obras como “The Rime of the Ancient Mariner”, cuya influencia en cuentos de Poe tales como “MS. Found in a Bottle” (“Manuscrito hallado en una botella”) o “A Descent into the Maelström” (“Un descenso al Maelström”) es clara.
En su teorización de la presencia de lo sobrenatural en literatura y la suspensión temporal de incredulidad que esto plantea en el lector, Coleridge no intenta tanto dilucidar la naturaleza del elemento fantástico o sobrenatural como elaborar una teoría de la psicología de la lectura. El lector estaría primariamente interesado, no ya en la verdad de los hechos que se le cuentan, sino en la de los sentimientos que estos hechos le producirían si fueran tomados como verdaderos. Filosóficamente, el interés de Coleridge hacia estos fenómenos se centra en lo que éstos revelan en cuanto a cómo la mente del lector fundamenta la realidad. En Poe, esa constatación desciende de las cumbres de la teoría kantiana del conocimiento, en la que se apoya Coleridge, al propósito más mundano de desenmascarar las creencias de sus lectores y jugar a engatusarlos y halagarlos conforme los somete al doble movimiento de endosarles relatos minuciosamente apoyados en observaciones científicas —como es el caso, por ejemplo, del viaje a la luna narrado en “The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall”— y, al mismo tiempo —aunque no siempre—, proporcionarles las claves necesarias para que reconozcan el carácter de embeleco o mistificación del texto en cuestión.
Decimos “no siempre”, no obstante, porque Poe efectivamente jugó al engaño directo y sin paliativos de sus lectores en textos como el ya mencionado “The Balloon Hoax”; y se sabe que su novela The Narrative of Arthur Gordon Pym, amputada por su editor inglés de su final simbólico, tuvo cierto éxito en Inglaterra como relato de viajes verdaderos (Kaplan 1960, 145). Igualmente, el relato “The Facts in the Case of M. Valdemar” (1845), presentado como una relación de hechos reales en torno a una experiencia de mesmerismo llevada a cabo con un sujeto en trance de muerte, fue tomado en serio incluso por expertos en estas prácticas.10 Por otra parte, en el ensayo que dedicó a Richard Adams Locke en la serie de semblanzas de escritores que llamó The Literati of New York City, Poe elogió el camelo que éste perpetró en el periódico The New York Sun, consistente en una serie de artículos publicados en agosto de 1835 bajo el título “Great Astronomical Discoveries / Lately Made / By Sir John Herschel, L.L., D.F.R.S., &c At the Cape of Good Hope”11 y presentados como tomados de un inexistente suplemento de The Edinburgh Journal of Science. En esos artículos Locke daba cuenta de las presuntas observaciones lunares llevadas a cabo por el astrónomo John Herschel a través de un potente telescopio, y del descubrimiento de vida en el satélite. El éxito del camelo de Locke se basaba, como constataba Poe en su semblanza de ese autor, en el intento de “crear plausibilidad mediante la minuciosidad de los detalles”.12 Igualmente, aseveraba Poe que el éxito de este tipo de textos dependía de la disposición del lector a conceder crédito a esos detalles; y reivindicaba la superioridad y precedencia del ya mencionado ”The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall”, en el que el propio Poe narraba un viaje en globo a la luna; siendo la diferencia entre los dos hoaxes, el perpetrado por Locke en 1835 y el relato de Poe, publicado con anterioridad, el tono de chanza (“banter”) que éste desde el primer momento quiso infundir a su narración.
Que Poe no olvidó la potencialidad de este tipo de bromas periodísticas queda demostrado por la publicación, años después, de otra mistificación, esta vez sin clave tonal que permitiera su desenmascaramiento por parte de los lectores avezados: el ya mencionado “Camelo del globo” del 13 de abril de 1844. La similitud existente entre estos “camelos” sin paliativos, destinados directamente a engañar al lector, y los textos claramente reconocibles como ficciones, pero puestos en boca de narradores que se postulan como testigos fidedignos de los hechos que narran (Hans Pfaall, Pym, etc.), así como el hecho de que lo que fundamenta la plausibilidad de los primeros y la verosimilitud literaria de los segundos sea la utilización de abundantes datos científicos, han inducido a algunos estudiosos de Poe a considerar como hoaxes todos los textos en los que el autor se apoya en esa clase de datos y los ofrece en abundancia como prueba de sus argumentos. De ahí, por ejemplo, que incluso un texto como Eureka, el ensayo cosmogónico que Poe publicó en 1848 —y que, como veremos en nuestra discusión de “Al Aaraaf”, supone la culminación de muchas de las intuiciones planteadas en el poema de 1829— haya sido considerado, a pesar de las afirmaciones del autor sobre la absoluta seriedad de sus especulaciones y su defensa de la verdad “poética” de las mismas, como una simple mistificación destinada a engatusar a los lectores. Tal es la opinión, por ejemplo, de G. S. J. Stott, que en un artículo de 2009 subraya el parentesco entre Eureka y los “relatos de mesmerismo” que lo precedieron —“A Tale of the Ragged Mountains” (“Un cuento de las montañas escabrosas”), “Mesmeric Revelation” (“Revelación mesmérica”, “The Facts in the Case of M. Valdemar” (“La verdad sobre el caso del señor Valdemar”)—, siendo evidente para el mencionado crítico que ninguno de estos relatos va más allá, en sus pretensiones de verdad, que lo que puede esperarse de simples “piezas de ficción para revistas” (56).
Eureka era, además, la versión escrita de la ya mencionada conferencia sobre “La cosmografía del Universo” que Poe pronunció en Nueva York el 3 de febrero de 1848: y que, según Stotts (59), era una imitación y parodia de las que impartía, con notable éxito, John Bovee Dods, que en 1843 había cautivado a un público de dos mil bostonianos con sus elucubraciones sobre el Cosmos. Que Poe era propenso a desenmascarar ciertos fenómenos que cautivaban la atención de las masas era evidente desde que, valiéndose de la mera deducción, expuso el fraude que constituía el llamado “Jugador de ajedrez de Maelzel” (el artículo de Poe así llamado —“Maelzel’s Chess Player”— se había publicado en 1836), un presunto autómata ganador de partidas de ajedrez que, al final, resultó esconder a un experto ajedrecista enano. Por ello, no es del todo inverosímil que Poe quisiera dejar en evidencia a ese otro embaucador de multitudes; que, además, había vendido en un solo mes tres mil ejemplares de su conferencia. Otro objetivo de la posible parodia que Poe quiso hacer de esta clase de oradores populares pudo ser Andrew Jackson Davis, el “vidente de Poughkeepsie”, que había dictado sus conferencias, se decía, en estado de trance. Como veremos más adelante, el hecho de que Poe tuviera esta clara tendencia a la mistificación no debe significar que cuanto afirma en sus obras haya de ser puesto en entredicho. Lo que nos interesa de todo esto, al hilo de nuestra argumentación, es que una conferencia podía ser para Poe un medio tan bueno como cualquier otro para poner en evidencia la credulidad del público; y que, si su opinión sobre el gusto literario de éste no era mejor que la que le merecía su cultura científica, tan verosímil resulta que Poe intentara burlarse de esa insuficiencia en una conferencia sobre principios poéticos como la pronunciada en el Boston Lyceum, que lo hiciera sobre las amplias tragaderas de ese mismo público en cuestiones científicas, como presuntamente hizo en la conferencia neoyorquina y —según algunos, a quienes no necesariamente secundaremos a este respecto—en el ensayo cosmológico publicado poco después.
La idea de que todas las obras significativas de Poe pudieran ser mistificaciones, ha ejercido una gran fascinación sobre la crítica desde que James W. Gargano, en un ensayo de 1963, invitara a los lectores a tener en cuenta que “los narradores de Poe poseen una personalidad y una conciencia de sí mismos distintas a la de su creador” (Regan 1967, 165). Esta consideración —obvia, por otra parte— parecía necesaria en cuanto que permitía descargar a Poe de alguno de los defectos de estilo que comúnmente se le atribuyen: sus excesos retóricos quedaban explicados, y eventualmente justificados, por una posible intención paródica, o eran directamente imputables al estado mental de sus narradores interpuestos. Este descargo supone, además, un valor añadido: Poe se erigiría en precursor de toda una tendencia de la narrativa contemporánea, de Henry James en adelante, que exige tener en cuenta la premisa de que el narrador interpuesto no es necesariamente fiable. Como explica Roy P. Basler en un ensayo sobre “Ligeia” (íbid., 55): el “efecto psicológico” del relato “es similar al de posteriores indagadores en la complejidad psicológica como Henry James, cuyas historias contadas por un narrador se mueven en dos planos. Está la historia que el narrador se propone contar, y la historia que cuenta sin proponérselo, mientras inconscientemente se revela a sí mismo”. Aunque también hay quienes advierten contra un uso abusivo de esta tesis de la desconfianza generalizada hacia lo que, prima facie, parecen querer decir los escritos de Poe. Lo importante en muchos de éstos no es que estén contados de modo tal que parezcan claramente una mistificación, sino que el estilo y el tono (Elder 2005, 24 y ss.) empleados en dar los detalles que hacen verosímil el engaño delatan la fascinación del autor por la cuestión expuesta en esos detalles. En tales casos —y bien pudo ser esto lo que sucedió tanto en la conferencia de Boston como en la neoyorquina y el ensayo resultante—, la mistificación, el hoaxing, no es más que una estrategia para abordar lo que verdaderamente interesa al autor; es decir, más que desacreditar ante los ojos del lector las cuestiones así abordadas, lo que trata de hacer es encontrar una manera aceptable de abordarlas en el contexto de una narración. Y el registro utilizado para ello es lo que Brett Zimmerman (1999) ha llamado “estilo plausible y verosímil” (“plausible and verisimilar style”), típico de los hoaxes, pero no tanto destinado a engatusar a los lectores como a imbuir en ellos el interés, e incluso la veneración, que el autor sentía hacia los temas tratados.
Que toda la conferencia de Boston pudiera ser una mistificación, y que “Al Aaraaf” fuera el objeto concreto que el autor intentaba hacer pasar por lo que no era para poner así de manifiesto la credulidad de sus lectores, no deja de ser una hipótesis atractiva. Que incluye, desde luego, un elemento que no deja lugar a dudas respecto al “engaño” que Poe quiso perpetrar. Así, en el ya mencionado artículo exculpatorio del 1 de noviembre, éste afirmó lo siguiente:
Difícilmente podría suponerse que nos tomaríamos la molestia de componer para los bostonianos algo parecido a un poema original. No lo hicimos. Teníamos un poema —de unos 500 versos— ante nosotros… que podría pasar por nuevo… y que juzgamos que respondería a las expectativas de un público de trascendentalistas. Eso fue lo que le dimos: era lo mejor que teníamos… a ese precio; y cumplió las expectativas razonablemente bien. No se llamaba “La estrella mensajera” —¿a quién sino a la señorita Walters se le ocurriría una invención tan deliciosa como esa?—. No le habíamos puesto nombre alguno. El poema es lo que suele llamarse “un poema juvenil”: pero la verdad es que ahora es cualquier cosa menos juvenil, puesto que lo escribimos, imprimimos y publicamos en forma de libro antes de que yo hubiese cumplido los diez años.13
La mistificación es doble, puesto que, al engaño que suponía haber hecho pasar un poema de 1829 por uno escrito expresamente para la ocasión, se añadía ahora la falsedad de que ese poema hubiese sido escrito a una edad inverosímil. De nuevo, la ocurrencia poeana nos predispone a todo tipo de especulaciones. El nuevo engaño podía obedecer al reconocible intento de añadir insulto sobre insulto hacia el público de la conferencia y los comentaristas que escribieron sobre lo allí sucedido: ninguno de ellos, insinuaba Poe, había sabido reconocer un poema escrito por un niño de diez años. Pero también parece claro que el autor está descargándose de su responsabilidad en la composición de un poema que sabía fallido; tanto, que no podía aceptar la responsabilidad de haberlo escrito en su edad adulta.
EN BUSCA DEL ÉXITO: LOS POEMAS “LARGOS”
Tales son las circunstancias y posibles interpretaciones de lo ocurrido en el Boston Lyceum en aquel fatídico recital-conferencia del 16 de octubre de 1845. Nos sirven para situar el segundo de los dos poemas “largos” del autor —el primero fue “Tamerlane”, publicado en el volumen Tamerlane and Other Poems de 1827— en la problemática consideración que el escritor podría haber tenido hacia él cuando habían transcurrido más de tres lustros desde su primera publicación, y cuando los intereses literarios de Poe, su posición autoral y su relevancia como crítico literario, escritor en revistas e incluso poeta de éxito tras la publicación de “The Raven”, lo situaban en circunstancias bien distintas a las que concurrían en él cuando publicó su segundo libro, dieciséis años antes.
No era la primera ocasión en la que Poe manifestaba su incomodidad hacia su poema fallido, al mismo tiempo que revelaba que aquella tentativa juvenil —aunque no tan juvenil como había querido hacer creer a sus oyentes de Boston— seguía estando presente en sus reflexiones sobre su propia trayectoria poética, por lo mismo que algunas de las intuiciones plasmadas en el poema de 1829 seguían fructificando en otros textos suyos.
Como decíamos, dos años antes de la aparición de Al Aaraaf, Tamerlane and Minor Poems, el libro de 1829 en el que vio la luz el poema en el que basó su mistificación de Boston, Poe inauguró su carrera literaria con la publicación de Tamerlane and Other Poems, un librito de cuarenta páginas que aparecía firmado “por un bostoniano” y encabezado por el poema épico mencionado en el título. “Tamerlane” y “Al Aaraaf” fueron las dos únicas tentativas de esta clase de poemas que su autor llevó a cabo en toda su trayectoria, sus dos únicos intentos de medir sus fuerzas en el género más característico de la poesía romántica, el mismo al que pertenecían piezas tan disímiles, pero a la vez tan inconfundiblemente marcadas por las inquietudes y querencias estéticas de su tiempo, como Cain o Manfred de Byron, The Eve of Saint Agnes de Keats o Prometheus Unbound de Shelley. Todos estos poemas, como los dos de Poe, eran epics, textos de largo aliento en los que, a la manera de los poemas épicos de la Antigüedad clásica o, en el caso específicamente inglés, los ejemplos que ofrecían obras como The Faerie Queen de Edmund Spenser o Paradise Lost de Milton, se enunciaba un mito o se desarrollaba la historia de ascensión y caída de un héroe trágico; o ambas cosas a un mismo tiempo, como sucede en Milton, en quien el mito de salvación aparece inextricablemente unido a la historia trágica de la rebelión y caída de Satanás, cuya afinidad con el espíritu romántico no dejaron de advertir los poetas de las dos generaciones anteriores a la de Poe: la de Blake, primero, tan determinado a ofrecer su propia réplica al mito miltoniano, y la de Byron, Shelley y Keats.
Sobre si esos “poemas épicos” gozaron de un verdadero éxito de masas y aseguraban la fama y supervivencia económica de sus autores hay opiniones contrapuestas. En cualquier caso, la idea generalizada de que así fue queda seriamente en entredicho si atendemos a las conclusiones de quienes han investigado con detalle la producción editorial del periodo. Frederick E. Pierce (1918, 113), por ejemplo, señala cómo el aparente éxito “popular” de poemas como las baladas de ambiente medieval de Walter Scott pudo hacer pensar a los historiadores que la primera década del siglo XIX conoció una desacostumbrada abundancia de lectores de poesía; lo que queda contradicho por los testimonios de los propios autores que dependían en primera instancia de los ingresos generados por ese presunto florecimiento.
Uno de esos testimonios es la carta, citada por Pierce, que Robert Southey escribió al también poeta Ebenezer Elliott en 1808, y en la que afirma: “La poesía es el peor artículo del mercado; de cincuenta volúmenes que pueden publicarse en el curso de un año, ni cinco cubren los gastos de publicación; constatación que les cuesta bien cara a los autores, pues en la mayoría de los casos esos volúmenes se imprimen a su cargo” (íbid.). Lo que no obsta para que el propio Scott, que publicó su popular poema Lay of the Last Minstrel en enero de 1805, viera como éste alcanzaba el número de veintisiete mil ejemplares impresos en siete años y llegaba a rozar un total de cuarenta y cuatro mil en 1830, por lo que Pierce llama al periodo que va de 1805 a 1812 el de “la supremacía popular de Scott” (íbid., 112); periodo que terminó con la ascensión de Byron, de cuyo poema The Corsair se vendieron diez mil ejemplares inmediatamente después de su publicación en 1814; la misma cifra —añade Pierce— que alcanzaron las ventas de The Excursion de Wordsworth en todo un siglo.
Que un jovencísimo Poe, en el trance de lograr la emancipación económica tras comprobar que no contaba con el apoyo de su padrastro, el hacendado John Allan —que nunca reconoció legalmente a su protegido como hijo de adopción—, fuera sensible a la posibilidad de un éxito mundano a través de la poesía es un hecho que no se puede descartar a la hora de considerar sus tentativas fallidas en el género que parecía asegurar el reconocimiento y el sustento de los poetas más conocidos de la época. De hecho, la preocupación económica será una de las constantes en la biografía de Poe y determinará gran parte de sus actuaciones como escritor: desde su decisión de concurrir, en 1833, a un doble certamen literario, en el que resultó premiado su cuento “MS. Found in a Bottle” y quedó finalista su poema “The Coliseum” (Quinn 1941, 202); hasta la de aplazar el proyecto de publicación de sus Tales of the Folio Club, que hubiera sido su primera compilación de relatos, para abordar, por sugerencia de los posibles editores,14 la redacción de la novela larga —y también, a juicio de muchos críticos, parcialmente fallida— que conocemos como The Narrative of Arthur Gordon Pym.
Es también este empeño por lograr la independencia económica lo que determinará buena parte de sus esfuerzos como magazinist, es decir, como escritor en revistas literarias y, eventualmente, editor y promotor de las mismas, en una época en la que éstas empezaban también a ajustarse a un modelo industrial de producción en masa, que exigía que sus redactores, como hizo el propio Poe en numerosas ocasiones, no dudaran en plagiar o refundir el trabajo de otros u ocuparse de asuntos sensacionalistas (Tresch 1997, 277). Y es este afán de éxito económico lo que, como parecen demostrar los últimos intentos de evaluar los elementos racistas presentes en la obra de Poe, determina que éste, como editor de revistas, adoptara la postura que Terence Whalen ha llamado “racismo medio” (“average racism”),15 es decir, una posición equidistante entre la de algunos defensores sureños del esclavismo, como el extremista Nathaniel Beverley Tucker, y la de, en el otro extremo, los partidarios de la aventura colonial liberiana y del experimento de estado de negros emancipados que allí se estaba gestando. Esa equidistancia respondería, según Whalen, al intento de Poe de dirigirse a un público lo más amplio posible y asegurar así la viabilidad de su proyecto editorial, especialmente en el periodo, coincidente con estas polémicas raciales, en el que fue redactor-jefe o director literario del Southern Literary Messenger, entre octubre de 1835 y enero de 1837. En relación con otras decisiones estrictamente “poéticas” del autor, más relevante parece el hecho de que una de las obras que más influyeron en las dos tentativas de poemas épicos del primer Poe fuera Lalla Rookh, la fantasía orientalizante de Thomas Moore, que gozó de un considerable éxito en los Estados Unidos en el momento de su publicación en 1817 (Almansour 2005, 2). Y ya hemos mencionado los comentarios cínicos16 de Poe respecto a sus intenciones cuando escribió “The Raven”.
En cualquier caso, si el joven poeta, en fechas tan tempranas como 1827 y 1829, abrigaba alguna esperanza de que el éxito de sus dos primeros libros de poemas, escritos en los moldes del Romanticismo inglés, pudiera suponer su consagración como escritor, ésta quedó bien pronto defraudada. Más que la escasa repercusión —cuyos pormenores no vamos a desglosar aquí— de ambos libros, lo que parece determinante en el sentimiento de fracaso y decepción que Poe experimentó hacia estos poemas fueron algunos factores de índole principalmente estética —aunque no exentos de algunas consideraciones de estrategia literaria— a los que Poe aludió en su correspondencia, en sus textos críticos e incluso en algunas obras de creación en los años siguientes.
LA CONCIENCIA DEL FRACASO: POE CONTRA EL ROMANTICISMO
Esta insatisfacción se manifiesta ya desde el momento mismo de la publicación de “Tamerlane”, poema que conoció dos versiones principales a lo largo de la vida del autor: una “larga” —406 versos en la edición de 1827— y una “corta” —243 versos en la edición incluida en el volumen de 1829—; aunque, en su edición de los Complete Poems de Poe, Thomas Ollive Mabbott (2000, 24-26) distingue hasta diez estadios textuales del mismo, el más significativo de los cuales sería el que representa la edición publicada en el volumen Poems de 1831, en el que Poe incorpora al cuerpo del poema otras composiciones menores, ampliaciones que serán abandonadas en la edición definitiva de 1845.
Hay discrepancias respecto a cuál es la mejor de las dos versiones principales. Para Mabbott, que prologó en 1941 una edición facsímil del volumen de 1827, la versión breve, que fue la que Poe finalmente adoptó en su compilación de 1845, “está más pulida, pero como narración no es tan clara ni tan buena como la original” (lvi). En la versión acortada, Poe eliminó lo que, en opinión del citado crítico, “eran los versos mejores del libro, el final de la sección séptima” (íbid.):
The hallow’d mem’ry of those years
Comes o’er me in these lonely hours,
And, with sweet lovliness, appears
As perfume of strange summer flow’res;
Of flow’rs which we have known before
In infancy, which seen, recall
To mind —not flow’rs alone— but more
Our earthly life, and love, and all.17
Mabbott se refiere también a la opinión general de que Poe modificó su texto original “para disminuir su cualidad byroniana”; y, en efecto, reconoce los importantes débitos del poema respecto a algunos textos de Byron, incluyendo una cita literal —no indicada por el uso de comillas— de una acuñación procedente de Childe Harold: “sound of revelry by night” (“ruido de festejos en las noche”) (lviii); lo que hace suponer a otro crítico posterior, Jay B. Hubbell, que estos débitos podrían haber pesado sobre la precoz autoconciencia literaria de Poe como una clara imputación de plagio. Fue la influencia de Byron, dice este crítico (1969, 99), lo que “llevó [a Poe] a importar al Asia central a un improbable monje que oye la confesión de Tamerlán en el lecho de muerte”; como sucede, en un contexto más verosímil, en el Manfred de Byron. Para Hubbell esta temprana conciencia de plagio —o quizá un clarísimo ejemplo de esa “ansiedad de la influencia” (“anxiety of influence”) que Bloom señalaría, en su ensayo del mismo título de 1973, como uno de los motores de la evolución histórica de la poesía— es el factor desencadenante de algunas de las estrategias literarias más conspicuas de Poe: por ejemplo, el registro paródico (100), que, como ya hemos visto, algunos estudiosos creen apreciar incluso en obras que, en apariencia, no ofrecen indicación alguna de querer ser entendidas como parodias o bromas literarias.
El efecto más inmediato, en Poe, de esta estrategia de atenuación de las influencias recibidas sería el paso de la escritura de poesía a la de relatos en clave grotesca —término que, como otros que definen actitudes o estrategias literarias de Poe, exige una cierta clarificación, que intentaremos más adelante. Y es significativo que uno de los más tempranos ejemplos de esos relatos grotescos —es decir, referido a un mundo inarmónico de meras apariencias— sea “The Assignation” (“La cita”), de 1834 —y titulado entonces “The Visionary” (“El visionario”)—, de cuyo protagonista afirma Mabbott (1978, 148) que “está obviamente modelado a partir de Lord Byron” y que así debieron entenderlo los lectores de entonces. La historia está basada en los amores italianos del autor de Don Juan. El protagonista es un noble inglés que vive en un ambiente de exaltado refinamiento artístico y urde, ante los ojos asombrados de un testigo incauto, un suicidio concertado con su amante, después de un extraño episodio que parece implicar el intento de asesinato, por parte del marido de aquella, del hijo nacido de esas relaciones adúlteras.
“The Assignation” —un texto cuyo influjo, como prefiguración del recurrente personaje del esteta expatriado, se extiende de Henry James a Eliot— marca el patrón con el que Poe va a referirse, a veces de manera puramente alusiva, al Romanticismo inglés. Parece claro el temprano distanciamiento de Poe hacia quien había sido su modelo en su primer libro y en su primer poema extenso. En el capítulo siguiente nos extenderemos sobre otras relaciones de mayor calado entre “Tamerlane” y sus antecedentes. Baste adelantar ahora que, como señala el siempre perspicaz Edward H. Davidson, “Tamerlane” quería inscribirse en un género característico del Romanticismo, el de “los poemas que rastrean la conciencia en expansión de una inteligencia poética altamente sensible” (1957, 5), al modo de los poemas sobre la maduración de la sensibilidad que escribiera Wordsworth, por ejemplo. Pero, por mor del asunto elegido, que supone la adopción de una máscara muy alejada de la realidad vital del sujeto de esa conciencia, el poema de Poe no pasa de ser “autobiografía confusa”, es decir, mera trasposición de hechos autobiográficos en un medio incongruente. El intento de autoanálisis fracasa, por tanto, por no lograr cubrir el amplio recorrido que se observa en la mejor poesía romántica: el que se inicia con el descubrimiento de la dualidad entre mente y naturaleza, en la infancia, al que sigue el desbordamiento de esa dualidad en el momento en que el sujeto pretende erigirse, por encima de la propia naturaleza, en medida y clave del universo; para concluir en la etapa en que la conciencia se repliega a un nuevo entendimiento —Davidson lo denomina “alguna clase de ajuste psíquico” (8)— de la relación entre esos dos polos de realidad. Poe, señala el citado crítico, se queda en la segunda fase; es decir, su poema autobiográfico de 1827 no llega a atisbar siquiera ese “ajuste psíquico”, equivalente a una síntesis conciliatoria entre realidad e imaginación, que es característico, por ejemplo, de la poesía madura de Wordsworth.18
Es a este Poe insatisfecho con su primer logro —y, sin embargo, todavía en pugna por corregirlo y mejorarlo— al que vemos, apenas dos años después, publicar un poema que, aparentemente, se apoya en el otro extremo de la sensibilidad romántica: la visión imaginativa de una realidad trascendida, en oposición a la mera exaltación del yo a la que parecía apuntar el modelo byroniano. El nuevo modelo no será, pues, el autor de Manfred y Don Juan, sino el de la ya aludida fantasía orientalizante que, como hemos mencionado, había alcanzado un notable éxito de ventas en América durante la infancia de Poe: nos referimos a Lalla Rookh y a su autor, Thomas Moore (1779-1852).
Nos ocuparemos de algunos aspectos específicos de esta influencia en el capítulo que dedicaremos a comentar detalladamente “Al Aaraaf”. Significativamente, la carta en la que Poe pidió a su padrastro dinero para sufragar la edición del nuevo libro contiene una declaración explícita de que el joven poeta no era ya seguidor de Byron.19 La carta trata de convencer a John Allan de la viabilidad comercial del nuevo proyecto —preocupación que, como hemos indicado, nunca ha de ser desechada del todo al considerar los cambios de estrategia literaria de Poe—: “Es más que probable” —dice el autor— “que la obra sea rentable, y que yo salga ganando y no perdiendo, incluso en un sentido pecuniario”. Sobre los detalles concretos del proyecto en cuestión se extenderá el autor en otra carta, esta vez dirigida al editor Isaac Lea, de mayo de 1829. La visión de la que trata el poema se ubica, explica Poe, “en la celebrada estrella descubierta por Tycho Brahe, que apareció y desapareció de repente. […] Una de las peculiaridades de Al Aaraaf es que, incluso después de la muerte… aquellos que eligen la estrella como residencia no disfrutan de la inmortalidad, sino que, después de una segunda vida de exaltación, se sumen en el olvido y la muerte […]. He imaginado a algunos conocidos personajes de la época en que apareció la estrella transportados a Al Aaraaf; por ejemplo, Miguel Ángel y otros; de los cuales sólo Miguel Ángel aparece…”.20
Más adelante, la carta indica que Poe habría escrito un poema en cuatro partes, pero que no deseaba dar a la imprenta la cuarta —de hecho, lo publicado sólo tiene dos partes, aunque la segunda, mucho más extensa que la primera, podría incluir la tercera de las originalmente anunciadas (Mabbott 2000, 97). De esa cuarta parte no se conserva el menor indicio, y ni siquiera se puede asegurar que hubiera sido efectivamente escrita. De nuevo estamos ante un poema de límites inciertos, que podría haberse expandido —aunque Poe renuncia explícitamente a esta posibilidad— por la mera adición de episodios sobre personajes “de la época en que apareció la estrella” —es decir, entre 1572 y 1574, años en los que, respectivamente, Tycho Brahe descubrió su supernova y registró su desaparición. Parece claro que la conclusión de lo que conocemos del poema es, también, su momento más memorable, y concuerda admirablemente con el sentido general de la obra literaria de Poe en su conjunto: los protagonistas del poema, recuérdese, mueren porque “el latido de sus corazones” (es decir, la atención prestada a sus propias pasiones humanas) les ha impedido oír el llamado de Nésace, el espíritu rector de Al Aaraaf, que podría haberlos conducido a un estadio de conciencia superior, al precio de renunciar a su individualidad; o, lo que es lo mismo, de desaparecer en la totalidad, que es el destino al que parecen abocados los protagonistas de las obras más significativas de nuestro autor. Pero aunque este final, decíamos, cierra brillantemente el desarrollo de lo efectivamente publicado, no deja de parecer abrupto, y obliga a una relectura de las evanescentes premisas expuestas en el cuerpo del poema para poder reinterpretar lo más ajustadamente posible, y en función de ese final, el significado del conjunto. Nada más lejos, en fin, de la exigencia de precisión y unidad de la que Poe se convertiría pronto en abanderado.
Tampoco “Al Aaraaf” fue, por tanto, el gran poema romántico que Poe hubiera querido escribir. Y es esa insatisfacción la que dicta el tono y las ideas de la cartaprólogo que el autor antepone a su tercer libro de poemas, titulado simplemente Poems by Edgar Allan Poe y publicado en Nueva York en 1831. Significativamente, la nueva colección no se presenta ya como una mera recopilación de poemas breves que complementan una composición más extensa. Y aunque el libro incluye los poemas “largos” que presidieron las entregas de 1827 y 1829, éstos no encabezan ya la colección. El que Poe no abjurara de esos poemas “largos”, y los revisara para cada nueva entrega de su poesía, incluyendo la definitiva de 1845, indica que su autor nunca dio por zanjada su dura pugna con las propuestas “románticas” que éstos encarnaban, ni renunció a la esperanza de que esos poemas fueran entendidos y apreciados por lo que eran, aunque él mismo fuera consciente de sus limitaciones e insuficiencias. Pero lo cierto es que, como veremos a continuación, ya en fecha tan temprana como este 1831 el joven poeta era consciente de iniciar un camino literario nítidamente distinto al que representaban sus modelos románticos.
En la mencionada carta-prólogo, titulada “Letter to B—”, que encabezaba esta tercera colección, Poe se reafirma por primera vez en su condición de “escritor americano”21; lo que, como veremos, algunos críticos e intérpretes posteriores de la obra de Poe —significativamente, William Carlos Williams en su ensayo de 192522— considerarán un elemento crucial para determinar la originalidad de Poe respecto a sus inmediatos precedentes europeos. En esa línea, el autor ironiza sobre los libros que “mejoran al viajar” y “alcanzan una gran distinción por haber cruzado el mar”.23 Esta “distinción” sobrevenida se aplica, por supuesto, a los modelos visibles de “Tamerlane” y “Al Aaraaf”, y muy significativamente al celebrado libro de Thomas Moore a cuya popularidad Poe no supo sustraerse. En esta vena, Poe lanza una sorprendente afirmación: a la gente (a los lectores) no le gustan los poemas largos (“men do not like epics”)24; lo que también se aplica al maestro indiscutido del género, con el que cualquier escritor en lengua inglesa, incluso en la época de Poe, aspiraba a medirse: el propio Milton. En esa misma línea de abierta ironía —dirigida en parte, como vemos, hacia sus propias tentativas poéticas—, el joven autor se atreve a atacar a los poetas “lakistas”, en quienes aprecia la contradicción implícita en sus “teorías poéticas tan prosaicamente ejemplificadas”25; lo que llama la atención por cuanto, en esta misma carta-prólogo, Poe aventura una definición de poesía que es casi una trasposición literal de la del “lakista” Coleridge: “un poema” —dice Poe hacia el final de su carta— “se opone a una obra científica por tener, como su objeto inmediato, el placer, no la verdad”26; lo que es casi una copia literal de lo que afirmaba su modelo inglés: “Un poema es ese tipo de composición que se opone a las obras de la ciencia por no proponerse, como objeto inmediato, la verdad”.27 La contraposición entre verdad científica y visión poética está implícita en el planteamiento mismo de “Al Aaraaf” y es, como veremos, la idea central del poema que le sirvió de prólogo, el muy comentado “Sonnet—To Science”. Dos años después de la publicación de ambos, Poe asume esta intuición como ingrediente fundamental de su definición de poesía; como si lo meramente intuido en 1829 fuera, a la altura de 1831, una verdad duramente constatada por el fracaso de su poema más ambicioso hasta la fecha.
Aunque más significativo, incluso, que las ideas afirmadas en esta cartaprólogo, resulta el modo en el que están enunciadas; en concreto, el tono de burla hacia aquellos de quienes las había tomado: Coleridge, por supuesto, pero también Wordsworth, de quien se mofa abiertamente —aunque algunas afinidades con este autor, como sugiere Stovall,28 pueden rastrearse incluso en textos ya muy alejados de estas tentativas juveniles, como “The Fall of the House of Usher”, de 1839.
También resulta significativo, en esta carta-prólogo de 1831, que Poe distinguiera nítidamente la poesía del romance,29 siendo la característica esencial de esta modalidad de escritura el ofrecer “imágenes perceptibles” mediante “sensaciones definidas”, mientras que la poesía efectuaría la operación equivalente mediante imágenes “indefinidas”; lo que ofrece una clave para interpretar el hecho de que el poema que abre esta colección se titule precisamente “Romance” y presente una detallada exposición de la pérdida de la capacidad juvenil de afrontar la experiencia imaginativa. Lo que Poe parece querer decir es que da por agotados esos intentos, y que su literatura, a partir de ese instante, se adentrará por caminos en los que estas primeras intuiciones inspiradas por los maestros del Romanticismo forzosamente habrán de adulterarse o combinarse con otros elementos para alcanzar una síntesis propia, quizá dictada por las condiciones específicas de un autor situado en un entorno nítidamente distinto al británico o europeo.
Un efecto inmediato de este distanciamiento es la argucia, frecuente a partir de entonces, de presentar sus poemas largos como escritos a una edad excesivamente temprana. Hemos visto ya que esta estrategia fue parte fundamental de la burla que el autor intentó infligir a su auditorio de Boston en 1845. De la complejidad del proceso puede dar una idea lo aportado por Thomas Ollive Mabbott en su introducción a la edición facsímil de The Raven and Other Poems, el definitivo volumen de poesía que Poe publicó en el mismo año en el que tuvo lugar la controvertida conferencia. En su estudio preliminar, Mabbott establece que el ejemplar de sus poemas de 1829 que Poe utilizó en la lectura de Boston es posiblemente uno que se ha conservado con una dedicatoria a Elizabeth Herring, prima del poeta, y cuya fecha de impresión —1829— ha sido raspada con una navaja y cambiada a 1820; lo que, teniendo en cuenta que Poe en esta época afirmaba haber nacido en 1811 —dos años después de su fecha real de nacimiento—, tenía como imposible corolario que Poe había escrito su poema más ambicioso… antes de cumplir los diez años. Que es justo lo que él mismo afirmó en el artículo exculpatorio publicado en The Broadway Journal y también citado por Mabbott (1942, xxiii): “El poema” — afirma Poe— “es… un poema juvenil (…). Lo escribimos, imprimimos y publicamos en forma de libro antes de haber cumplido los diez años”.
Como vemos, pues, la estrategia de alejamiento del Romanticismo que Poe explicita en su carta-prólogo de 1831 culmina, en 1845, el año de publicación de “The Raven” y de la célebre controversia de Boston, con la conversión de su poema romántico más característico en objeto de una calculada mistificación que opera tanto en la esfera pública —el citado recital bostoniano— como privada —el ejemplar con fecha falsificada regalado a Elizabeth Herring. En el intervalo se desarrolla, en parte como resultado de ese asumido rechazo del Romanticismo, el tramo principal y más original de la obra de Poe, en el que estrategias como la mistificación —ya insinuada en el tono burlón y paródico de la carta-prólogo de 1831— se postulan eficazmente como posibles alternativas a la tentativa visionaria romántica; a la que, sin embargo, nunca se renuncia por completo. Llama la atención, por ejemplo, que el protagonista de “The Assignation” describa sus estancias, característicamente dotadas de todos los elementos que convierten los espacios de Poe en lugares apropiados para la ensoñación y la huida de la realidad, como “a bower of dreams” —“una glorieta (o enramada, o claro entre árboles) de sueños”—, actualizando una de las formulaciones más características del espacio de la experiencia imaginativa en toda la poesía inglesa, desde Spenser hasta casi la actualidad; y que en el mismo párrafo afirme que “las convenciones de lugar y, sobre todo, de tiempo, son las pesadillas que aterrorizan a la humanidad hasta impedirle la contemplación de la magnificencia”.30 El protagonista de “The Assignation” parece haberse propuesto diseñar una estancia en la que esas “convenciones” —que en otro lugar del cuento se equiparan con la mera armonía o coherencia (“keeping”) entre los elementos arquitectónicos del conjunto— dejen de ejercer ese papel restrictivo.
Esta clase de decorados, frecuentes en muchos cuentos de Poe —y también en algunos poemas—, no tiene otra función, según especula Richard Wilbur en su ensayo “The House of Poe”, que crear un espacio propicio a la ensoñación. Pero hay cuentos en los que, característicamente, es el propio Poe quien diagnostica el fracaso de esa experiencia imaginativa inducida. El banquete de los locos en “The System of Dr. Tarr and Prof. Fether” —relato en que, recuérdese, los internos de un manicomio suplantan a su guardianes— es “el menos espiritual de los retratos del estado de sueño debidos a Poe” (Wilbur en Regan 1967, 118). En esa escena, la liberación de esas “convenciones” de lugar y tiempo aludidas en “The Assignation” no dan lugar a la fluidez visual del llamado “estado hipnagógico” (“hypnagogic state”), por el que la mente se libera de sus ataduras sensoriales y asciende libremente en la escala de la visión imaginativa; sino que, por el contrario, lo que desatan es el abandono a los apetitos inferiores del hombre y el consiguiente caos. Similar es la conclusión a la que se llega en “The Masque of the Red Death”: el espacio imaginativo ideado por el príncipe Próspero para aislarse de la epidemia de peste que azota su país es finalmente vulnerado por la enfermedad, y el resultado es que, en vez de la anhelada ascensión hacia la visión imaginativa, los invitados a la interminable fiesta pensada por el príncipe-artista sucumben al caos y a la muerte.
EL REPUDIO DEFINITIVO:
“THE RAVEN” Y “THE PHILOSOPHY OF COMPOSITION”
Parece claro, pues, que Poe dedicó no pocos esfuerzos a exponer o ilustrar las conclusiones extraídas de su fracaso como poeta de la Imaginación romántica, y que los más significativos y conocidos de estos esfuerzos se plasmaron en su obra narrativa. Con su libro de 1831, Poe virtualmente se despidió de la poesía para convertirse en crítico —ya lo anunciaba la carta-prólogo antepuesta a ese libro— y, eventualmente, en narrador. La poesía de Poe a partir de entonces iba a ser ocasional y esporádica, y sólo conocerá un rebrote con la composición de “The Raven” y, en su estela, algunas de las conocidas baladas que le siguieron, tales como “Ulalume” o “The Bells”. Pero tampoco el célebre poema de 1845, así como el ensayo que lo acompañó, “The Philosophy of Composition”, parecen ajenos a la actitud de Poe hacia el Romanticismo en general, marcada por la conciencia de fracaso que conservaba hacia sus poemas largos de 1827 y 1829.
Mucho se ha escrito sobre el carácter antirromántico de “The Philosophy of Composition”, el ensayo en el que Poe explicó que la composición de “The Raven” obedecía a un meditado cálculo del efecto que se quería causar en el lector y de los medios adecuados para lograr ese efecto. La tesis, que impresionó al poeta francés Paul Valéry y que, por refracción de éste sobre sus admiradores anglosajones, forzó la reconsideración de la valía de Poe que habrían de realizar algunos destacados poetas de la generación modernista o vanguardista, tales como Eliot, no ha quedado tampoco exenta de la sospecha de que pudiera ser una mistificación. La seguridad del tono, característica de los embaucadores, locos o cuerdos, que hacen de narradores en muchos cuentos de Poe, y el detallismo con el que el poeta desmenuza, como si se trataran de mero utillaje teatral (“stage props”; Doyle 1987, 543), los mecanismos conducentes a esos efectos prefijados, pertenecen, efectivamente, al repertorio estilístico propio de otros embelecos poeanos. Como dijo Henry James en 1876 en su reseña de Les fleurs du mal (íbid.), Poe podía, en efecto, superar a Baudelaire no solamente en genio, sino también en charlatanería. Pero esta posible intención paródica o mistificadora del ensayo de 1845 no empaña la evidencia de que lo que en él se afirma contradice explícitamente algunos de los supuestos en los que se basaba la poesía romántica a la que Poe pagó su tributo en sus poemas largos de 1827 y 1829; por ejemplo, la afirmación de Wordsworth de que “toda buena poesía es la espontánea efusión de sentimientos poderosos”,31 de la que Poe se burla al poner en la picota a aquellos poetas “que dan a entender que componen bajo una especie de puro frenesí”. Para críticos como John Tresch (1997, 289), este ensayo cumple la misma función de desenmascaramiento que el ya citado artículo que Poe escribió años antes sobre el funcionamiento de un presunto autómata que jugaba al ajedrez, y en el que Poe intuyó —acertadamente— la presencia de un jugador humano oculto.32
Más explícitas son, sin embargo, ciertas observaciones en las que Poe parece aludir a su propia experiencia como autor de poemas largos de aliento romántico. “Lo que llamamos poema largo es, en realidad, una mera sucesión de poemas breves”33; y ello se debe, explica, a la necesidad de preservar la unidad de efecto, que quedaría destruida si el poema en cuestión hubiera de ser leído en más de una sentada. Idea que Poe, según críticos como Joseph Wood Krutch (Regan 1967, 27), pudo haber tomado de Schlegel, lo que no es óbice para que —rozando de nuevo la peligrosa tentación de interpretar el pensamiento literario poeano en función de arriesgadas extrapolaciones psicológicas— se relacione también con la incapacidad para cualquier “esfuerzo sostenido” (íbid.) que comúnmente se atribuye a nuestro autor. El caso es que éste tiene muy claro cuál era el objeto de su rechazo. Como afirmaría luego en su reseña de Twice-Told Tales de Hawthorne (1842): “Un poema largo es una paradoja. Y, sin unidad de impresión, no pueden llevarse a cabo los efectos de más calado. Los poemas épicos son el producto de un imperfecto sentido del arte y su reinado acabó”.34 También en una reseña anterior, la dedicada a la antología American Poetry, de Rufus W. Griswold, Poe aludió con cierta amargura a una posible incapacidad norteamericana para la composición de poemas largos: “Nuestras necesidades han sido confundidas con nuestras inclinaciones. Habiéndonos visto obligados a construir ferrocarriles, se ha juzgado imposible que hagamos versos; y como nos convino construir un motor en primer lugar, se ha negado que podamos construir un poema épico a continuación. Como no todos somos Homeros desde el principio, de algún modo se ha dado temerariamente por sentado que hemos de ser unos Jeremy Bentham hasta el final”.35
En todos los documentos aducidos Poe parece respirar por la herida. ¿Es también él, como los poetas de segundo orden antologados por Griswold, uno de esos autores norteamericanos imposibilitados para la elevación imaginativa que requiere el poema épico romántico? ¿O es precisamente esta condición de poeta norteamericano lo que, como afirmará William Carlos Williams en su ensayo sobre Poe incluido en In the American Grain, constituye el motor principal de su esfuerzo por crear una literatura nacional nítidamente diferenciada de la inglesa?
En cualquier caso, es imposible desligar del todo a Poe de las ideas centrales del Romanticismo inglés, que incluyen lo que Harold Bloom (1971, 132) describirá como una cierta incomodidad (“discomfort”) de sus actores principales en relación a sus predecesores. También resulta útil, para la caracterización de la situación de Poe respecto al Romanticismo, el diagnóstico que el crítico aludido hace de la posición de Tennyson hacia los poetas de la generación anterior. Tennyson, dice Bloom, era un auténtico poeta romántico, y no el prototipo de un posible antirromanticismo victoriano; aunque, por la época que le tocó vivir, experimentó —como Poe, diríamos nosotros, añadiendo al condicionante temporal el geográfico y cultural— el conflicto entre la aspiración romántica a la elevación imaginativa y un “emergente censor social” (147) que actuaba desde dentro del propio poeta, cortando las alas de esa aspiración imaginativa, hasta el punto de que, como afirma el crítico, el poeta más popular de la era victoriana “es el ejemplo más extremo… de la imaginación yendo por un lado y la voluntad por otro”. En su brillante estudio de la “tradición romántica inglesa”, Bloom aduce otros posibles motivos de ese divorcio entre el impulso imaginativo romántico, aún actuante en muchos poetas victorianos —y en el propio Poe, como veremos— y la ausencia o atenuación del mismo en las obras concretas que esos autores escribieron: por ejemplo, el peso del nuevo cientifismo, determinante de un tipo de alegoría anclada en la ciencia experimental, en la que la capacidad de elevación imaginativa del poeta quedaba seriamente comprometida: justo lo que ocurre —aunque esto no lo afirma Bloom, sino nosotros— en “Al Aaraaf”.
Es conocida la actitud de Bloom hacia el “inevitable Poe” (1984), a quien no incluye en el canon de las figuras mayores del Romanticismo —movimiento que este crítico considera que extiende su influencia hasta la actualidad y abarca la obra de poetas como W. B. Yeats o Wallace Stevens—, lo que no exime de afrontar los hechos incontrovertibles de su permanencia e influjo. Como veremos en el capítulo siguiente, las formulaciones de Bloom sobre el Romanticismo serán instrumentos de gran utilidad para entender —a pesar del crítico— la posición de Poe respecto a ese movimiento. Será en los breves párrafos dedicados a Poe en The Ringers in the Tower donde Bloom acierte a proporcionarnos la clave de lo que hemos pretendido exponer en este capítulo inicial: la idea de que la posición de Poe en el Romanticismo va indisolublemente unida a la evidencia de que los poetas americanos adscritos a ese movimiento tuvieron una clara conciencia de estar experimentando el fracaso de las aspiraciones mayores del mismo: un “heroico fracaso imaginativo” (“heroic imaginative failure”; 1971, 305). De ahí que el mejor poema romántico de Poe sea, a entender de Bloom, “Israfel”, del volumen de 1831: un texto profundamente emparentado con “Al Aaraaf” —escrito en la misma clave orientalizante, en sintonía con la poesía de Thomas Moore, apoyado en elementos del Corán y protagonizado por una criatura angélica similar a las que habitan la estrella errante del poema de 1829—, en el que Poe constata la infranqueable línea divisoria entre este trasunto ideal del poeta y su correlato humano.36
Tenemos, pues, que Poe es romántico precisamente en su manera de encarnar el fracaso de las aspiraciones del Romanticismo,37 y que esto lo emparenta con el Romanticismo tentativo de Tennyson y lo sitúa, según Bloom, en una posición vicaria, pero reconocible, dentro de la tradición romántica propiamente dicha. La realidad es que, en la dialéctica de los estilos, la aguda sensación de discontinuidad que experimentó Poe respecto a sus inmediatos predecesores fue entendida por Baudelaire y los simbolistas —volveremos sobre esta cuestión al tratar “From Poe to Valéry”, el ensayo liminar que T. S. Eliot dedicó a la influencia de Poe en la poesía francesa— como la posición propia de un precursor. También lo reconoció como tal Edmund Wilson en su decisivo Axel’s Castle (1931), su ensayo sobre la “literatura imaginativa” —así reza el subtítulo del libro— del periodo que va desde 1870 hasta 1930. Wilson incluye a Poe en una lista de “profeta(s) del Simbolismo” (12), en la que figura también Gérard de Nerval, aunque el americano ocupe en la misma un lugar más destacado que el precursor francés; siendo ambos, en palabras del crítico, “románticos que llevaron el Romanticismo más lejos que Chateaubriand o Musset, o que Wordsworth o Byron” (11). La esencial filiación romántica de estos precursores es, pues, un rasgo esencial del razonamiento de Wilson; que, a continuación, aclara en qué consiste, en el caso de Poe, este “ir más lejos” o más allá del Romanticismo propiamente dicho. Poe, explica Wilson, “había formulado (…) un nuevo programa que corregía la lasitud romántica y podaba las extravagancias románticas, a la vez que apuntaba a efectos no naturalistas, sino ultrarrománticos” (12). Entre esos efectos figuran la aproximación de la poesía a la indefinición propia de la música, o la confusión sinestésica de percepciones debidas a distintos sentidos.
Pero lo más destacado de la influencia de Poe en el Simbolismo es, insiste el autor de Axel’s Castle, “su interés por la teoría estética” (17); una teoría que no recibió demasiada atención hasta que no encontró a sus receptores más entusiastas entre los simbolistas franceses, de Baudelaire en adelante. La batalla del Simbolismo, concluye Wilson, se libró en territorio ajeno al idioma inglés, y ése es el motivo, aduce el crítico, por el que el Simbolismo todavía no había sido apreciado o entendido por la crítica inglesa o americana del momento. Con ello Wilson diagnostica otro de los elementos que caracterizarán la apreciación de Poe en el ámbito anglosajón: su condición de autor exótico o virtualmente “extranjero”. Con lo que el combate singular que Poe mantuvo con sus antecesores románticos propiamente dichos no sólo lo llevó “más allá del Romanticismo” inglés, sino, literalmente, fuera de su ámbito idiomático.
Todo esto sitúa a Poe en una complicada posición respecto a la dinámica histórica de los estilos. Porque, si atendemos a Bloom y a su idea de que el Romanticismo propiamente dicho no ha terminado aún, Poe se convierte en un autor excéntrico y fuera de la corriente principal de la literatura de los últimos doscientos años; pero si, igualmente, consideramos que el episodio anómalo en ese devenir es el presunto resurgir de los ideales neorrománticos tras la crisis de las vanguardias, Poe vuelve a alzarse como un ineludible punto de referencia que señala el designio fundamentalmente antirromántico de esa “modernidad” triunfante en los años veinte y puesta en entredicho por la crisis ideológica de la posguerra. Citándose a sí mismo en un artículo de 1974, Maurice Beebe nos recuerda los cuatro caracteres esenciales de esa modernidad contra la que vendría a alzarse un presunto Romanticismo renacido: el formalismo, la “ironía” —en el sentido que el término adquiere en el New Criticism: la incorporación al discurso del poema de la autoconciencia del autor—, el uso del mito “como un medio arbitrario de ordenar el arte”, y la preeminencia “impresionista” concedida al espectador sobre el asunto, conducente a un universo solipsista de “mundos dentro de mundos” (1073). Por lo dicho, y por lo que se verá, estos cuatro elementos están presentes en la obra de Poe, y son los que prestan a la misma esa reconocible cualidad “moderna” que han sabido reconocer en ella tanto sus partidarios como sus detractores. Y están en ella, precisamente, como resultado de la batalla desigual que el autor mantuvo con sus modelos románticos y su asumido “fracaso” en el intento de emularlos o igualar las logradas síntesis imaginativas que se suceden en la poesía inglesa desde Blake a Byron, pasando por Coleridge, Wordsworth, Shelley y Keats. En esa batalla perdida está el origen de la poesía moderna y contemporánea.

Israfel Manuel Martín Morgado, 2014
CAPÍTULO II
HACHAS QUE AFILAR: POE Y LA CRÍTICA
ACADÉMICOS Y NO ACADÉMICOS
¿En qué medida la crítica ha otorgado a estos poemas “largos” de Poe un papel crucial en la determinación de la actitud de éste hacia el Romanticismo y en su posterior búsqueda de una poética de signo antirromántico (o “ultrarromántico”, si atendemos a la terminología de Edmund Wilson) en la que simbolistas y modernistas encontrasen un claro precedente de sus respectivas estéticas? La cuestión va más allá de la mera constatación —tal como hizo Eliot en su ensayo “From Poe to Valéry”, de 1949— del indudable influjo de Poe en el Simbolismo y movimientos posteriores. De lo que se trata es de situar esa crisis de lo romántico en una fase concreta de la trayectoria poeana y rastrear a continuación sus efectos en la obra restante del autor, concebida como desarrollo o materialización de esos elementos de crisis.
Forzosamente, la somera evaluación que nos proponemos de la literatura crítica sobre Poe referida a estas cuestiones habrá de insertarse en una consideración más amplia del desarrollo de los estudios poeanos en general. Y es aquí donde nos encontramos con una primera evidencia sorprendente: junto a la constatación de la abundancia y variedad de esos estudios, hallamos también frecuentes protestas de que, como afirmaba J. Albert Robbins en el artículo que inauguraba el primer número de la ineludible revista Poe Newsletter en abril de 1968, “la investigación y la crítica memorables sobre Poe es insignificante” en comparación con la dedicada a los otros siete “grandes” de la literatura norteamericana del siglo XIX: Emerson, Hawthorne, Thoreau, Melville, Whitman, Twain y James (1). Esta afirmación admite matices, por supuesto, pero apunta a una percepción todavía vigente del valor total de la erudición en torno a Poe: la idea de que ésta se resiente aún de la consideración despectiva que muchos críticos e historiadores de la literatura tienen de la obra de este autor en general; unida a la evidencia de que todavía quedan aspectos cruciales de la misma por investigar.
Unos años antes que Robbins, el brillante Floyd Stovall —acaso, junto con Thomas Olive Mabbott, el más lúcido de los investigadores surgidos del Poe revival38 de los años veinte— aludía ya a una dicotomía que habremos de tener siempre en cuenta a la hora de considerar las opiniones y diagnósticos críticos y/o eruditos en torno a Poe: la distinción entre “críticos académicos” y “no académicos” (Regan 1967, 173). Para Stovall, como para Robbins en la misma década, Poe seguía siendo “el más absolutamente incomprendido de todos los escritores americanos” (172), y ello a pesar de que había transcurrido ya todo un siglo de esclarecimiento de verdades (“a century of truth telling”) en torno al controvertido autor; todo un siglo que, sin embargo, no había conseguido disipar del todo las falsedades vertidas sobre él por su primer biógrafo, el reverendo Rufus W. Griswold.
Como nuestro estudio no es de naturaleza biográfica, no vamos a detenernos demasiado en estas cuestiones. Lo más significativo de la caracterización que intenta Stovall de la tradición crítica en torno a Poe es su percepción de que muchas de las opiniones procedentes de la vertiente “no académica” de los estudios poeanos han oscurecido, cuando no distorsionado o tergiversado, los hallazgos de la línea que representa el propio Stovall. Menciona éste, entre esos críticos “no académicos”, a Eliot, Edith Sitwell, D. H. Lawrence o Yvor Winters (172-173). Y aunque no todas las opiniones debidas a estos autores son negativas o reticentes respecto a la valía total de la obra poeana, lo que las hace discutibles o endebles, desde la rigurosa perspectiva filológica y académica de Stovall, es el hecho de que todas ellas vienen dictadas por una mera simpatía de lector hacia la obra de Poe (“a liking for Poe’s work”, 172), a veces reñida con el posicionamiento estético de esos autores; de ahí que Stovall, finalmente, prefiera “la actitud de muchos lectores inteligentes que no tienen ningún hacha crítica que afilar” (174).
En contrapartida, ya en fecha tan temprana como 1930, Aldous Huxley, en el demoledor capítulo que dedicó a Poe en su libro Vulgarity in Literature, aludía despectivamente a los “English scholars” que, haciendo coro con los autoproclamados discípulos franceses de Poe, encomiaban a tan dudoso maestro; y los contraponía al simple sentido común de los hablantes nativos de la lengua inglesa (“English speakers”; Regan 1967, 31), capaces, según él, de percibir en primera instancia los rasgos de “vulgaridad” presentes en la obra de Poe, y muy llamativamente en su poesía, de la que Huxley citará a continuación, y parodiará, un fragmento de “Ulalume” (32-34).
También Eliot (1949) centrará en este poema sus objeciones al discurso poético poeano, e igualmente lo hará desde su conciencia de hablante nativo del inglés. Para él, por ejemplo, el uso que Poe hace del adjetivo “immemorial” en las líneas 4-5 del poema (“It was night in the lonesome October / Of my most immemorial year”), no se corresponde con el significado que el diccionario de Oxford asigna a este término: “extremadamente antiguo, más allá de lo recordado” (332). Poe elige esta palabra en parte por su sonoridad y en parte porque se está haciendo eco de una acuñación de Tennyson, que en su poema “Come Down, O Maid” habla —en este caso con propiedad, según Eliot— de unos “olmos inmemoriales” (“immemorial elms”). Y lo mismo sucede con el término “stately” (“majestuoso”), usado en “The Raven” para describir al mismo cuervo que unas líneas antes había sido caracterizado con el adjetivo opuesto, “ungainly” (“desgarbado”) (333). La explicación es que Poe utiliza esas palabras por su poder hipnótico o hechizante (“incantatory”), y no por su significado preciso. Afirmación que no dejará de tener respuesta por parte de los “scholars”: así, en una nota al citado verso de “Ulalume”, Mabbott, en su edición de The Complete Poems (Poe 2000b, 420) rechaza el posible eco de Tennyson y dice que Poe, en contraposición a lo afirmado por un “célebre crítico” —en alusión a Eliot—, emplea correctamente el adjetivo en su acepción usual de “algo que no puede ser recordado”.
Lo curioso de esta polémica es que Eliot, como se encargó de recordarle el scholar McElderry en 1969, había tenido varias ocasiones de referirse a Poe antes de su decisivo ensayo de 1949; y en esas ocasiones anteriores se había mostrado mucho más comedido, cuando no francamente elogioso de la obra y valía de su compatriota. Algunos de esos artículos, señala McElderry (32), eran reseñas de hitos significativos del Poe revival de los años 20; entre ellos, Israfel: The Life and Times of Edgar Allan Poe, la reputada biografía del poeta que publicó Hervey Allen en 1926. Y si, en su controvertido ensayo de 1949, Eliot afirmaba que en la escritura de Poe no se encontraba otra cosa que “escritura negligente, pensamiento pueril no sustentado en amplias lecturas o erudición profunda [y] experimentos desordenados en diversos tipos de escritura, casi siempre bajo el apremio de la necesidad financiera, sin perfección en ningún detalle” (Eliot 1949, 327), en sus escritos anteriores, como le reprocha McElderry, había defendido la excelencia de, al menos “una docena de poemas y más de una docena de relatos” de Poe y afirmado que “su visión de la vida, aunque limitada, era peculiar y coherente, y su expresión inconfundible” (33).39 No hay necesariamente contradicción entre el juicio demoledor de 1949 y el veredicto algo más matizado de unos años antes; ni tampoco ha de sorprender que puedan constatarse diferencias entre pronunciamientos críticos entre los que median treinta años; pero lo cierto es que, como ladinamente subraya McElderry, “es notable que en ningún ensayo posterior se refiera Eliot a sus opiniones anteriores” sobre Poe (33, n.10).
Lo importante, de cara a la cuestión general que nos ocupa, es que incluso en lo que no parecen más que fintas polémicas entre distintos actores del mundo intelectual con intereses profesionales diversos, destacan por su trascendencia determinadas afirmaciones de unos o subrayados de otros respecto a la posición de Poe frente al Romanticismo. Así, destaca McElderry el parecer eliotiano —anterior a su pronunciamiento definitivo de 1949— de que “tras la muerte de Byron, sólo Poe y Heine heredaron el espíritu del Romanticismo inglés”, para añadir que éstos, “junto con Baudelaire —a su vez influido por Poe—, parecen más ‘modernos’ que sus contemporáneos” (32). En una poco conocida reseña de 1919, que Eliot nunca quiso reimprimir, del segundo volumen de The Cambridge History of American Literature, lamenta éste que, en su contribución a dicha obra, el profesor Killis Campbell “no llegue a analizar la peculiar originalidad de Poe como poeta”. Y añade: “Percibe la relación de Poe con Byron, Moore y el movimiento romántico en general, pero olvida señalar que Poe es tanto la reductio ad absurdum como la culminación del movimiento” (íbid.).40 Es decir, antes incluso de caracterizar a Poe, en su ensayo de 1949, como una curiosa anomalía que había ejercido su influencia en ámbitos ajenos a la lengua inglesa, Eliot había reparado en la posición excéntrica de su compatriota respecto al Romanticismo propiamente dicho, a la vez que lo situaba en la línea de salida de este movimiento hacia la modernidad.
Volveremos sobre la posición de Eliot sobre Poe en el contexto de la consideración que éste alcanzó entre algunos autores relevantes de la vanguardia literaria anglosajona de entreguerras. Pero antes habremos de ocuparnos, por orden, de las aportaciones concretas de esos estudiosos de Poe a las cuestiones que nos ocupan; algunos de los cuales, como acabamos de ver, fueron reseñados por el propio Eliot.
LA HORA DE LOS ERUDITOS: EL “POE REVIVAL”
No fue casual que las opiniones de Killis Campbell o la biografía de Poe debida a los desvelos de Hervey Allen fueran objeto de la curiosidad de Eliot en su etapa más activa como reseñista de libros, que coincide con el fenómeno que algún estudioso de nuestro autor llama Poe revival o renacimiento de los estudios poeanos en torno a la segunda década del pasado siglo.
Es por esas fechas cuando un jovencísimo Thomas Ollive Mabbott, que acababa de iniciar una carrera de casi cincuenta años de dedicación a la obra del autor de “The Raven”, señala que “el interés en la cuestión de la biografía y bibliografía de Poe ha sido especialmente fuerte en los últimos años” (1920, 372), convirtiendo en diagnóstico optimista lo que quizá no era más que la constatación de un cambio de tendencia. Porque lo cierto es que, visto con la debida perspectiva, el panorama de los estudios poeanos hasta la fecha no podía ser más desolador, y responde plenamente al diagnóstico que emitiría Allen Tate en una conferencia de 1949: “El alegato americano contra Poe, hasta la primera guerra mundial, se basaba en su indiferencia moral, o su limitado alcance moral” (Regan 1967, 42); agravado, además, por la repercusión que tuvo el artículo necrológico que el albacea de Poe, el reverendo Rufus W. Griswold, publicó a la muerte del autor, y que es el punto de partida del descrédito de Poe como “drogadicto y borracho”, o “individuo completamente irracional que se casó con una niña con la que vivió al filo de la muerte por inanición” (Robbins 1977, s/p). Quedan fuera de nuestro estudio tales consideraciones, que sólo mencionamos por lo que pudieron entorpecer el inicio de investigaciones serias sobre las cuestiones que nos ocupan.
En lo que respecta a “Al Aaraaf”, el primer estudio importante, y todavía relevante, del poema lo debemos a William E. Cairns, en 1915. Al comienzo del mismo constata Cairns que “los dos primeros poemas largos de Poe, ‘Tamerlane’ y ‘Al Aaraaf’, han recibido hasta ahora escasa atención en relación a la concedida a la mayor parte de [su] obra” (35); y considera a continuación que “si bien ‘Al Aaraaf’ no es un poema de gran mérito intrínseco, es la producción más importante de un periodo que es significativo en la historia del desarrollo literario de Poe” (íbid.). Cairns traza la historia textual del poema, desentraña su oscuro argumento, rectificando los errores e inexactitudes de estudiosos anteriores, y aventura una ambiciosa interpretación: este temprano poema sería una primera formulación de la teoría estética que el autor desarrollaría a lo largo de toda su vida, y que no encontraría su plasmación definitiva hasta trece años más tarde, en textos como “The Philosophy of Composition” y “The Poetic Principle”. En “Al Aaraaf”, señala Cairns, está el germen de las ideas estéticas principales de Poe. Si la labor encomendada a Nésace, la criatura angélica que rige el curso de la estrella errante, es difundir la idea de belleza por el universo, está claro que el obstáculo principal que encuentra en su cometido al acercarse a la tierra es la vigencia en ésta de las pasiones humanas, como el amor que siente el humano Angelo —trasunto del pintor Miguel Ángel—por Ianthe, que le impide atender a la llamada de Nésace y, por tanto, lo recluye en la esfera mortal, privado de la posibilidad de elevación del alma hacia la contemplación de la belleza. O, como señalará Poe años más tarde en “The Poetic Principle”: “Sólo en la contemplación de la Belleza nos resulta posible alcanzar esa placentera elevación, o excitación, del alma, que reconocemos como Sentimiento Poético, y que tan fácilmente se distingue de la Verdad, que es la satisfacción de la Razón, o de la Pasión, que es la excitación del corazón”.41
La mención a la Razón es también decisiva, y apunta al tema central de “Al Aaraaf”: un exceso de “verdad” (“Truth”) o conocimiento es también fatal para la vía de elevación hacia la contemplación de la belleza, tal como el propio poeta explicita en su “Sonnet—To Science”, antepuesto a su poema largo de 1829.
Constata también Cairns las influencias que pesan sobre el poema, desde Milton a Moore y Shelley, poniendo así de manifiesto su relación con la línea principal del Romanticismo inglés, la que enraíza el movimiento con los grandes poemas “imaginativos” o visionarios en esa lengua. Por todo ello, se puede decir que este temprano crítico apunta ya a una interpretación de la obra de Poe como un todo en evolución desde unos presupuestos inicialmente románticos —entendiendo por Romanticismo la revivificación que la aludida tradición visionaria experimentó a finales del siglo XVIII— hasta las intuiciones estéticas absolutamente originales que pueden constatarse en la obra madura del norteamericano. Llama la atención que Cairns no mencione Eureka como la síntesis final de esa maduración cuyas semillas estaban ya presentes en el poema juvenil; pero, en cualquier caso, su consideración de la obra total de Poe como un conjunto coherente con las premisas expresadas en “Al Aaraaf” sigue siendo relevante para nuestros propósitos.
A esa unidad de fondo apuntaba también el artículo juvenil de Mabbott antes mencionado. Siguiendo una sugerencia de J. H. Whitty, responsable de la edición de The Complete Poems of Edgar Allan Poe de 1911, según el cual el poema “The City in the Sea”, de 1831, expande un pasaje de “Al Aaraaf”, concluye Mabbott que este poema encierra una alusión a la historia bíblica de Gomorra, ciudad cuyas ruinas, según una leyenda aducida por el joven crítico, eran visibles desde la superficie de las aguas del Mar Muerto; lo que enlaza, no sólo con la mención explícita a Gomorra en los versos 37 y 38 de la segunda parte del poema (“the stilly, clear abyss / Of beautiful Gomorrah!”), sino con el motivo general, sobre el que volveremos más adelante, de la ascensión y la vista desde las alturas, que tendrá diversas expresiones en la obra posterior de Poe.
Más tajante al respecto es el fundamental artículo de Floyd Stovall “An Interpretation of Poe’s ‘Al Aaraaf’” de 1929, tan ineludible como decisivo. Discrepa Stovall de Cairns en algunos detalles; y, sobre todo, en el alcance que querrá dar a sus afirmaciones: por ejemplo, Stovall considera plenamente maduro el elemento “religioso-astronómico” (107-108) presente en el poema, germen de una cosmogonía que Poe no explicitará hasta Eureka. Quizá, a nuestro entender, fuera prematuro decir que el poema de 1829 era ya “una representación, principalmente pictórica, de la relación de Dios con todo el universo, pero en particular con los habitantes de la tierra y Al Aaraaf, expresada en términos de poder y belleza” (107). Esa visión totalizadora, en términos tan precisos, no se hará explícita hasta Eureka. Obvia así Stovall, frente a Cairns, el carácter gradual de un proceso que, cuando Poe compone “Al Aaraaf”, está sólo en fase de germinación.
Por otra parte, también Stovall es consciente de las deficiencias del poema, en las que insiste quizá con más vehemencia que su predecesor: así, esta obra no sólo es “oscura”, sino que también presenta “imperfecciones de estilo” y “defectos de estructura”; siendo el resultado “un potpourri de materiales indigeridos y propósitos que no convergen en ningún foco” (106); lo que se debe, entre otras cosas, a la coexistencia en el poema de tres “hilos” temáticos separados (107) y posiblemente mal avenidos, entre ellos los ya mencionados —y creemos que extrapolados— elementos religiosos y astronómicos, a los que hay que unir, como ya constatara Cairns, el anticipo de una teoría estética.
La caracterización que ofrece Stovall es, como vemos, combativa y polémica. Y, a la vista de otras concreciones, anteriores o posteriores, ofrece algunos elementos problemáticos: ¿es el poema, en efecto, como afirma este crítico, una “profecía” (112) dirigida al futuro, a pesar de estar datada en 1572, año en el que la supernova que descubrió Tycho Brahe, y con la que Poe explícitamente identifica su “estrella errante”, fue visible desde la tierra? Por otra parte, no se entiende muy bien que Stovall identifique a Angelo como griego (“a Greek”; íbid.), contra la ya citada aclaración del propio Poe en su carta a Isaac Lea.42 Algunos de estos puntos oscuros serán contestados por Richard C. Pettigrew y Marie Morgan Pettigrew en un artículo de 1937, significativamente titulado “A Reply to Floyd Stovall’s Interpretation of ‘Al Aaraaf’”, en el que, entre otros detalles, refutan la afirmación de éste de que el poema de Poe da a entender que la tierra es literalmente destruida por la cercanía del planeta errante —como sí ocurrirá en el relato “apocalíptico” “The Conversation of Eiros and Charmion” (“La conversación de Eiros y Charmion”, 1839), en el que el paso de un cometa cerca de la tierra arrastra consigo el nitrógeno de la atmósfera terrestre y provoca la ignición del planeta.43
Pero quizá lo más interesante y permanente de la interpretación de Stovall sea lo que deja entrever respecto al fracaso estético del poema. Stovall intenta adscribir a Poe a una teoría típicamente romántica de la Imaginación, concebida como una capacidad de visión no contaminada por la ciencia. Pero lo esencial en la obra de Poe es su condición de ser escenario de un conflicto dinámico entre ambos factores, imaginación y ciencia (verdad, conocimiento), por un lado, así como entre imaginación y pasión por otro; y, lejos de permanecer inmutables a través de toda la evolución de la obra de Poe, dichas oposiciones evolucionaron desde la situación de conflicto que presentan en “Al Aaraaf” hasta la síntesis que ofrece Eureka.
Es importante señalar que en 1963 Stovall todavía se reafirma en lo dicho sobre “Al Aaraaf” en 1929, pero aprecia también las diferencias existentes entre los primeros y últimos poemas (Regan 1967, 175), aunque sin especificarlas. Sorprende también, en este estudioso, la curiosa inversión de términos que sugiere en ese mismo artículo de 1963: “Dupin” —señala, mencionando al protagonista del famoso relato “The Murders in the Rue Morgue”— “trae la imaginación poética en ayuda del razonamiento lógico matemático” (176); aunque la dualidad cienciaimaginación en Poe, y su resolución en Eureka, más bien indican que el carácter ancilar es asignado siempre a la primera, y no a la segunda. Como el propio Stovall afirma a continuación, “las facultades imaginativa y analítica funcionan mejor cuando operan juntas” (177). Y a esa comprensión difícilmente podría llegarse sin haber considerado la relación entre “Al Aaraaf” y el resto de la obra de su autor; es decir, entre una tentativa puramente imaginativa y una serie de estrategias en las que imaginación y raciocinio lógico-matemático se combinan en diverso grado, antes de alcanzar una síntesis satisfactoria.
A estos efectos, hay que señalar la insistencia de otros Poe scholars de este periodo en el carácter gradual que tiene el desarrollo de las ideas sólo germinalmente presentes en el poema de 1829. En 1926 ya Joseph Wood Krutch definía la maduración de tales ideas como “un proceso” (Regan 1967, 16), insistiendo incluso en lo mucho que éste debe al mero azar de los avatares editoriales del autor. Krutch sitúa la fase principal de la maduración de esas ideas estéticas en el primer año en el que Poe trabajó para el Southern Literary Messenger,44 y menciona las reseñas de ese periodo en las que tales ideas estéticas hallaron concreción; entre ellas el largo artículo que Poe dedicó a The Culprit Fay de Joseph Rodman Drake, en el que, además de atacar ferozmente el provincianismo literario norteamericano, ahonda en la distinción coleridgeana entre fantasía e imaginación (Regan 1967, 16). En la subsiguiente exposición del “cuerpo doctrinal” contenido en ésa y otras reseñas, Krutch no olvida mencionar la importante afirmación de que la poesía no debe “referirse… a la pasión” (íbid., 24), lo que nos devuelve —aunque Krutch no lo señala— a las ideas centrales de “Al Aaraaf”.
De lo expuesto, parece deducirse también que, así como “Al Aaraaf” resulta central en la determinación del origen de algunas de las intuiciones que luego madurarían en el “cuerpo de doctrina” que constituye la teoría estética de Poe —y también, correlativamente, en su visión del mundo en general—, el otro poema objeto de nuestro estudio, “Tamerlane” no ha merecido tanta atención ni ha sido objeto de especulaciones de tanto calado. Como excepciones, y todavía dentro de este Poe revival al que venimos aludiendo, hemos de señalar al biógrafo Arthur Hobson Quinn, que, como decíamos de Mabbott en el capítulo anterior, supo apreciar las correspondencias existentes entre el asunto autobiográfico de ese poema —trasposición a un ámbito fantasioso de los amores de Poe hacia Sarah Elmira Royster— y otras referencias al mismo asunto en el tardío “Annabel Lee” (1941, 123). Por lo mismo, Quinn detecta la relación entre el poema “Evening Star”, incluido en el volumen de 1827 y nunca más reimpreso, y el tardío “Ulalume”, ambos referentes a una especie particular de visión imaginativa por la que el visionario es objeto de una dolorosa regresión; y ambos situados en similares circunstancias astronómicas y nocturnas. La idea de que, hacia el final de su vida, y una vez completado el circuito que lleva de “Al Aaraaf” a Eureka, Poe pudiera estar cerrando un círculo más amplio, el que uniría “Tamerlane” con los poemas de asunto autobiográfico que el poeta escribió en sus últimos años, es sugerente y apunta también a un más amplio movimiento de reconsideración o regreso a los temas centrales de aquellos lejanos poemas fallidos. De ello nos ocuparemos más específicamente en el capítulo dedicado a “Tamerlane”.
LA HORA DE LOS LITERATOS: POE EN EL MODERNISMO
La aludida resurrección de la estima de Poe entre los estudiosos y del interés por su vida y obra en general coincide con un doble movimiento en el ámbito de las letras norteamericanas: una primera oleada de pesimismo en la reconsideración del pasado, una de cuyas más significativas expresiones puede encontrarse en la obra del ensayista Van Wyck Brooks, y otra de recuperación activa de valores de ese pasado, de la que veremos elocuentes ejemplos en Eliot, William Carlos Williams y otros autores. En ambas fases, la figura de Poe adquiere una significación especial, como ejemplo de “una especie de fracaso característica e inevitablemente americana” (Doyle 1986, 14), que el mencionado Brooks definió de este modo: “La carrera marchita, la carrera obstaculizada, la carrera desviada son entre nosotros la norma. El estado crónico de nuestra literatura es el de una promesa juvenil que nunca llega a lograrse”.45 La consecuencia lógica de esta situación, en el caso de Poe, es que éste, “no teniendo nada en común con el mundo que lo produjo, construyó un pequeño mundo paralelo propio, estéril en su centro, un comentario mudo”.46 Resulta tentador identificar ese “mundo paralelo propio” con el mundo ideal prefigurado en “Al Aaraaf” y sus corolarios, y más cuando el propio Brooks alude a un “centro estéril”, que podemos fácilmente equiparar con la inmóvil partícula inicial o corazón divino (“heart divine”)47 a partir de la cual se origina el universo en expansión preconizado en Eureka, y a la que ese universo se reintegrará cuando esa expansión revierta en contracción. Pero hemos de precavernos contra lo que parece un fácil atajo interpretativo. No pocas veces una mera metáfora significativa en el conjunto de la obra de un autor ha sugerido a la crítica un modelo de interpretación que obliga a forzar todos los elementos del conjunto para lograr el feliz encaje de los mismos en la figura arbitrariamente elegida.
Contra la consideración de Poe como problemático ejemplo de ese pasado cuestionado se alza, como veíamos, la animosa generación de críticos de la que nos ocupábamos en el apartado anterior. Hemos visto también cómo ese esfuerzo no pasó desapercibido a los literatos más activos del momento: el joven Eliot, por ejemplo, fue un atento testigo, así como puntual reseñista, de algunos de los jalones más significativos en la revalorización de la obra de Poe. En ese mismo contexto hay que situar Axel’s Castle, el ensayo de Edmund Wilson sobre la “literatura imaginativa” entre 1870 y 1930, del que ya nos hemos ocupado en el capítulo anterior, y del que aquí sólo mencionaremos una aportación más: el énfasis de Wilson en que Poe, “al insistir en, y sobre todo al cultivar, ciertos aspectos del Romanticismo, ayudó a transformarlo en algo distinto” (Wilson 1931, 13). Uno de esos elementos es la indefinición (“indefiniteness”), que parece un elemento esencial del universo sinestésico de “Al Aaraaf”, y que Poe cultivará con mayor eficacia en poemas más breves. Aproximarse a la indefinición de la música será, señala Wilson, uno de los objetivos del Simbolismo. Pero ya Poe se había adelantado al formular “que la indefinición es un elemento de la verdadera música [de la poesía]… quiero decir, de la verdadera expresión musical… Una sugestiva indefinición de efecto vago —y, por tanto, espiritual—”.48 Aunque es el propio Wilson quien, en un artículo anterior, aludía al elemento de exactitud matemática que convivía en Poe con esa indefinición de la música, para preguntarse. “¿No es a eso [a la combinación de ambos elementos] a lo que tiende la literatura moderna?”.49 Intuitivamente, Wilson detecta la irrupción de un elemento extraño en el designio ultrarromántico de Poe: la exactitud “matemática”, que no hemos de entender solamente como pertinente a la métrica o a la expresión, sino también a la manera de articular y organizar las ideas, en contraposición a la visión no mediada debida a la pura Imaginación; así como el corolario de que este elemento es lo que vincula la obra de Poe con la de sus sucesores.
El ensayismo interpretativo de Van Wyck Brooks, Wilson y otros constituye el puente entre lo que ocurría en el mundo académico y el contexto cultural del que se nutrían los literatos en activo. Ya nos hemos referido al interés con el que el primer Eliot sigue el movimiento de rehabilitación de Poe en la esfera de la crítica académica. Con característico entusiasmo juvenil, llega a afirmar, en el ya mencionado artículo50 de The Athenaeum de 1919, que “Ulalume” —el mismo poema que pondría como ejemplo de las debilidades de Poe treinta años después— es superior, por su originalidad, a “The Witch of Atlas” de Shelley. Ese entusiasmo juvenil por Poe tendría efectos duraderos en Eliot. Así, en el encuentro fantasmal en el Londres bombardeado que se narra en “Little Gidding” (1942), uno de los poemas que componen Four Quartets, Eliot evoca la clase de visión urbana que turba a los protagonistas de cuentos como “William Wilson” o “The Man of the Crowd” de Poe. También el tema del esteta anglosajón desplazado a los escenarios de la gran cultura europea, tal como se presenta en tempranos poemas eliotianos como “Burbank with a Baedeker; Bleistein with a Cigar” (de Poems, 1920), tiene como lejano precedente el relato “The Assignation”, con su protagonista inspirado en Byron. Tampoco es ajeno al espíritu de Poe el frecuente recurso eliotiano a personajes autoparódicos, equivalentes a las voces impostadas a las que su paisano confía la narración de algunos de sus relatos, o a la que cabe adivinar tras los falsos reportajes periodísticos —e incluso, en opinión de algunos estudiosos, algunos ensayos, así como determinados poemas aparentemente “serios”— que han de ser entendidos como mistificaciones.
Que el espíritu que Eliot encuentra durante la ronda nocturna evocada en “Little Gidding” sea un “fantasma compuesto y familiar” (“a compound familiar ghost”; Eliot 1963, 217) permite postular, a la luz de lo que sabemos sobre el interés eliotiano por su compatriota, que una de las voces de ese fantasma múltiple sea precisamente la de Poe. Eliot, recuérdese, acudió al procedimiento de evocar directamente a autores de su trasfondo literario norteamericano en “The Dry Salvages”, otro de los poemas que componen Four Quartets, donde “hace calculadas alusiones a Whitman… [en] la imaginería, la sintaxis laxa, el fraseo repetitivo y paratáctico [y] los largos versos coloquiales” (Gelpi 1990, 149); y también a la escenografía marinera de Melville, e incluso a la simbología del viaje fluvial en Mark Twain —en lo que parece un caso de influencia inversa, pues fueron las intuiciones desarrolladas en el poema de 1941 las que iluminaron las lecturas “tardías” que Eliot hizo de Twain (a quien, al parecer, no había leído antes) en 1951 y 1953 (Donoghue 2008, 236).
La presencia de Poe en “Little Gidding” no es tan explícita, pero no parece del todo injustificable a la luz de los intereses de Eliot: representa, por un lado, el peso que la tradición nativa tiene aún en el expatriado en trance de asimilarse por completo a la cultura y tradición inglesas; pero también la voz de un precedente cuya ambigua relación con esa cultura y esa tradición no podía dejar de fascinar al autor de Four Quartets. Tampoco podía escapar a la consideración de éste el papel determinante que la ambivalente relación de Poe con el Romanticismo juega en la maduración de una nueva estética en la que encontrarán su inspiración autores pertenecientes a una de las tradiciones foráneas —la poesía francesa simbolista y postsimbolista— que ayudarán a Eliot a encontrar su voz propia. Una voz, no hay que olvidarlo, empeñada en superar la “disociación de sensibilidad”51 (Eliot 1932, 247) que, en su opinión, la poesía inglesa experimentó en torno a finales del siglo XVII, cuando los poetas “intelectuales” de la generación de Donne, que “poseían un mecanismo de sensibilidad que podía devorar cualquier clase de experiencia” (íbid.), fueron sustituidos por los de la generación de Milton, Dryden y sus sucesores, que “se rebelaron contra lo descriptivo y razonado” y “pensaban y sentían a rachas, sin equilibrio” (248). De ese cambio crucial la poesía inglesa no se habría recuperado aún, mientras que “Jules Laforgue y Tristan Corbière, en muchos de sus poemas, están más cerca de ‘la escuela de Donne’ que cualquier poeta inglés moderno” (249). Y es curioso que Eliot no advirtiera —o, al menos, no mencionara— que la tentativa de Poe de armonizar la ciencia con la Imaginación iba por esos derroteros, o era una toma de conciencia precoz del mismo problema al que el autor de Four Quartets dedicó sus desvelos críticos un siglo después.
En “From Poe to Valéry”, el decisivo ensayo de 1949, Eliot dirimirá por fin la ambigua actitud de fascinación y rechazo que mantiene hacia su paisano. Ya hemos visto la reacción de los estudiosos de Poe ante este ajuste de cuentas. Que conviene leer con detenimiento, no obstante, antes de atenernos al mero valor de cambio que el documento pudo tener en el debate contemporáneo sobre la valía del autor de “Al Aaraaf”.
Llama la atención, por ejemplo, que, nada más comenzar su ensayo, Eliot sugiera que la obra de su paisano requiere “una visión a distancia del conjunto” (Eliot 1949, 327), en lo que parece un deliberado eco de la clase de mirada que Poe preconiza para sus visiones hipnagógicas, en beneficio de ese efecto de indefinición consustancial a la verdadera belleza. Sólo así, explica Eliot, se evita reparar en los engorrosos defectos que Poe presenta a los ojos del lector contemporáneo; a pesar de los cuales, declara, incluso un escritor tan consciente de sí mismo como quien suscribe esas líneas “no puede estar seguro de que su propia escritura no haya sido influida por Poe” (íbid.).
Pero lo que verdaderamente llama la atención del reticente Eliot es la reconocida influencia que su paisano ha tenido en “tres poetas franceses [que] representan el comienzo, la mitad y el final de una tradición poética particular” (íbid.), y que no son otros que Baudelaire, Mallarmé y Valéry. La influencia que el norteamericano ha ejercido sobre estos poetas se refiere a “una particular teoría de la naturaleza de la poesía” de cuyo desarrollo cada uno de ellos representa una fase, y que toma su origen “en la teoría, más que en la práctica, de Edgar Poe” (íbid.). Es característico este énfasis eliotiano en la irrelevancia del ejemplo que representan las obras poéticas concretas de Poe. Si los defectos de éstas no desautorizan al precursor norteamericano ante los ojos de sus seguidores franceses, es porque “debemos tener en cuenta el hecho de que ninguno de estos poetas conocía muy bien la lengua inglesa” (336). Poe, dice Eliot, no era más que “un seguidor menor, o secundario, del Movimiento Romántico: un sucesor de los llamados ‘novelistas góticos’ en su narrativa y un seguidor de Byron y Shelley en su verso” (329). Ya hemos visto que, en una fase anterior, Eliot ponderaba precisamente la originalidad de Poe sobre la de Shelley. Que ahora se retracte tiene posiblemente su explicación en la propia estrategia literaria a la que en ese momento concreto se atiene el autor de Four Quartets, cuya poesía de alcance religioso y moral constituía el polo opuesto de la “poesía pura” que, en la estela de Poe, practicaba y preconizaba Valéry, el verdadero oponente tácito de Eliot en esta polémica. A Eliot, además, su antaño admirado autor le parece ahora “una especie de europeo desplazado” (íbid.), fascinado a distancia con la grandeza y el prestigio de la cultura europea.
A lo largo de todo este razonamiento —que, como se ve, apenas hace referencia a los logros concretos de Poe— encontramos, no obstante, algunas notas que atañen a nuestros intereses. En primer lugar, el romántico “menor” Poe es también alguien que lleva el Romanticismo a un punto extremo: el que supone la “poesía pura” tal como la entiende Valéry; un tipo de poesía en la que el asunto no es el “propósito del poema”, sino que “se convierte simplemente en un medio para la realización del poema” (339), en consonancia con el valor puramente instrumental que, recuérdese, Poe atribuía al tema de la mujer joven muerta, al que, como explica en “The Philosophy of Composition”, es conveniente recurrir si se pretende lograr un tono de melancolía, “el más legítimo de los tonos poéticos”52 porque es el más afín a la clase de emoción que suscita la belleza.
Pero, además, Eliot constata que la lectura que hacen de Poe sus admiradores franceses, y en concreto Valéry, presupone que “encontraron, o creyeron que encontraron, una unidad esencial” (332) en su obra. Característicamente, el reticente Eliot insinúa que él no percibe esa unidad; pero, ¿acaso no sugería, al comienzo de su ensayo, la conveniencia de contemplar la obra de Poe “a distancia”, como para abarcar las líneas del conjunto, antes que los engorrosos detalles? Y esa unidad, hemos de recordarlo, nace de la estrategia que adopta Poe para administrar el mundo poético aflorado en sus fallidas tentativas de poemas largos.
Que Eliot, reputado autor de poemas “largos” (The Waste Land, Four Quartets) no aceptara las prevenciones contra ellos de un autor que había fracasado en el intento parece lógico. Eliot invierte el argumento de su paisano: no es que la longitud vaya en contra del deseable “efecto único” que preconiza su paisano; sino que, por el contrario, “sólo en un poema de cierta longitud puede expresarse una variedad de estados de ánimo; puesto que una variedad de estados de ánimo requiere un número de temas o asuntos diversos, relacionados ya por sí mismos o en la mente del poeta” (334). Lo que, como veremos, no es tan contrario como pueda parecer al proceder poeano en algunos textos muy significativos.
Por último, es también relevante para nuestra discusión la mención que hace Eliot de la gran influencia que tuvieron los relatos de Poe en varios tipos de narrativa popular (330), que hacia el final de este capítulo contrastaremos con la visión más amplia que algunos estudiosos de estos géneros populares tienen de este influjo, fundado no sólo en los cuentos, sino también, como será el caso de la ficción científica, en los poemas y ensayos de contenido cosmogónico, tales como “Al Aaraaf” o Eureka.
Eliot, hay que recordarlo, habla desde su posición de autor que reinventa su tradición y que, después de haber seguido estrechamente a los postsimbolistas franceses —Laforgue, Corbiére— y haber encontrado lejanos antecedentes de su propio designio en autores como Dante, halla en la asunción de la gran tradición inglesa el destino final de su trayectoria de voluntario desarraigo, y desde esa posición ajusta cuentas con un lejano antecesor del que ya ha renegado. Por ello, no es extraño que autores que siguieron trayectorias diametralmente opuestas tuvieran pareceres muy distintos al respecto. Es el caso de William Carlos Williams, que en su libro de 1925 significativamente titulado In the American Grain (que se ha traducido al castellano como En la raíz de América53) incluyó un ensayo sobre Poe que, como señala Horace Gregory en el prólogo a la reedición del libro en 1956, pudo tener un influjo directo en otros testimonios contemporáneos del renacido influjo del autor de Eureka, tales como el poema The Bridge de Hart Crane, en el que aparece el propio Poe y en el que el prologuista de Williams detecta una cita literal tomada del citado ensayo (Williams 1956, xiii).
La tesis de Williams es el reverso exacto de la de Eliot: si para éste, recordemos, Poe era una especie de europeo desplazado o fuera de lugar (“displaced”), para Williams es “un genio íntimamente conformado por su entorno y época” (216). Es precisamente ese sentido del lugar (“locality”) lo que conforma esa originalidad suya que los franceses fueron los primeros en apreciar, y lo que determina su relación con la literatura inglesa: Poe “evita el gesto bufonesco de intentar unirse, en contra de todo impulso razonable, a una literatura, la inglesa, con la que no tenía conexión real, y de la que podía suponerse, desde hacía tiempo, que había dejado ya atrás ese comienzo que era requisito de la nueva situación” (217). Ya hemos mencionado el aserto de Poe, citado por Williams, respecto a la presunta incompatibilidad del genio americano con la poesía en general y con la poesía “épica” en particular, que nos pareció alusivo a su propia experiencia con los poemas largos. El entorno parecía exigir otros géneros y estilos, lo que lleva a Williams a concluir que son precisamente los cuentos en prosa de Poe —y no los más conocidos: Williams prefiere los satíricos o humorísticos, tales como “The Business Man” (“El hombre de negocios”), “The Man that was Used Up” (“El hombre que se gastó”), “Loss of Breath” (“El aliento perdido”), “BonBon”, “Diddling” (“El timo”) o “The Angel of the Odd” (“El Ángel de lo Singular”) (229)— los que más bellamente compendian a una población “henchida de fanfarronería” (“puffed with braggadocio”) (220). En el casi completo abandono de la poesía, por tanto, a favor de la prosa, síntoma esencial de la decepción o incomodidad de Poe respecto a sus primeros modelos románticos, Williams reconoce la influencia de un entorno radicalmente nuevo y distinto.
También Williams parece anticiparse —recuérdese que In the American Grain es de 1925— a la imputación de imprecisión terminológica que Eliot hace a Poe y de la que pone ejemplos concretos —el uso que éste hace de términos como “immemorial” o “stately” en “Ulalume” y “The Raven”, respectivamente— en su ensayo de 1949. Williams, por el contrario, invierte la imputación con el curioso argumento de que, para Poe, “las palabras no venían recargadas de asociaciones debidas al uso” (221). Y aunque a veces “usaba las palabras tan juguetonamente que sus frases parecen rehuir el sentido” (íbid.), esto no parece ser un defecto para el comentarista; para quien, por el contrario, ese “sentido” puesto en cuestión por la laxitud lingüística de Poe es el verdadero “destructor” (“the destructive”), y la huida del mismo anuncia “el abandono protector” (“the preserving abandon”) de una Gertrude Stein (íbid.), es decir, de una escritora caracterizada por su afición al paladeo verbal, a los juegos fónicos, al uso de la palabra desligada de su significado propio.
Todo esto es obvio si pensamos, por una parte, en la práctica poética de Poe tal como ésta se manifiesta en textos como “The Bells”, con sus estribillos obsesivos y casi carentes de sentido; y si, igual que ocurría con Eliot, tenemos en cuenta que el parecer de Williams venía también dictado por razones de estrategia literaria, ya que el autor, en torno a esas fechas, acababa de publicar su libro más audaz y característico, Spring and All (1923), un conglomerado de poesía y prosa en el que pone en práctica su particular versión de la Imaginación visionaria, aplicada a objetos y situaciones cotidianas singularizadas, al modo de los objetos creados por los cubistas, por la evocación que de ellos hace el poeta mediante una fraseología escueta y ajustada a la dicción coloquial norteamericana. En este libro Williams define su posición respecto a la tradición literaria local y sus contemporáneos, tanto norteamericanos como extranjeros —y no sólo poetas: también se menciona a artistas plásticos—; y uno de los autores citados, significativamente, es Poe, a quien llama “el primer poeta americano” (Williams 1986, 198).
Curiosamente, para Williams lo mejor de este lejano predecesor en su búsqueda de una expresión poética genuinamente norteamericana y no lastrada por tradiciones foráneas no está en su poesía. En toda ella, “no hay sino cinco poemas, posiblemente tres” (Williams 1956, 232). Que Poe fracase precisamente en el género que suponía “la acumulación de todo lo que ha expresado, en la crítica [y] en los relatos en prosa” se debe, llamativamente, a que el autor de “The Raven”, según su comentarista de 1925, ha hecho todo eso “estremecido de deseo” (“shaken with desire”), y en ello “su método se le ha escapado” (“his method has escaped him”;
íbid.); es decir, el poeta que ha dejado que su poesía “se convierta en sí mismo” (“become… himself”) ha sucumbido al mismo mal —aunque Williams no menciona este detalle— al que sucumben los protagonistas de “Al Aaraaf”, que han atendido a los latidos de sus corazones antes que a la llamada de Nésace a la ascensión imaginativa; con lo que Williams, indirectamente, parece diagnosticar, respecto a la poesía de Poe en general, y respecto a la vertiente más convencionalmente romántica de la misma, el mismo mal que llevó al propio autor a considerar fracasadas sus tentativas poéticas en ese sentido. El designio de Poe —escribir desde dentro de una tradición que siente como ajena, a la vez que intenta establecer los fundamentos de una literatura (y de una poesía) genuinamente americana, es el mismo que el de Williams: de ahí que el autor de “The Raven” sea el héroe —es decir, el personaje sobre el que Williams escribe con más entusiasmo, y en el que centra un mayor número de cuestiones cruciales referentes a esa “americanidad”— del libro de ensayos en el que amplifica y explicita el sustrato de su innovador libro de poemas de 1923.
El “mejor poema” de Poe, concluye crípticamente Williams, sin dar mayores explicaciones, es “To One in Paradise”, cuyo texto merece una relectura a la luz de los factores que venimos considerando. Copiamos aquí la primera estrofa54:
THOU wast all that to me, love,
For which my soul did pine —
A green isle in the sea, love,
A fountain and a shrine,
All wreathed with fairy fruits and flowers,
And all the flowers were mine.
El poema se publicó por primera vez en 1834 (Mabbott en Poe 2000b, 213-14) dentro del ya mencionado relato “The Assignation” —entonces titulado “The Visionary”—, donde figura como composición del protagonista, de quien ya sabemos que fue concebido, por una parte, como trasunto de Lord Byron, pero también como prefiguración del personaje del esteta anglosajón desplazado a los escenarios de la gran cultura europea, en lo que puede interpretarse como una escenificación de la propia relación problemática de Poe con esa cultura, por un lado, y con el propio Romanticismo byroniano por otro. No sería legítimo extrapolar aquí que Williams tuviera en mente todas esas asociaciones al expresar su preferencia por este poema. Pero, a la luz de su propia práctica poética en la época en que publicó In the American Grain, podemos suponer que uno de los aspectos que debieron de agradarle del mismo pudo ser su uso de diversas secuencias de imágenes en rápida yuxtaposición, casi en el estilo que preconizaban los “imaginistas” a los que tan próximo estaba entonces el poeta de Hartford. Una de esas secuencias: “A green isle in the sea (…) / A fountain and a shrine” (“isla verde en el mar, altar y fuente”) evoca un paisaje edénico no del todo ajeno al prefigurado en “Al Aaraaf”, que incluye una alusión a las “islas verdes” en las que, según la mitología celta, residían las almas benditas (Mabbott en Poe 2000b, 215-16), un elemento arquitectónico (“shrine”, altar o templo) también reminiscente de los prototipos de arquitecturas terrenales presentes en la estrella errante de 1829 (por ejemplo, la construcción ciclópea evocada en II, 11-13: “[A] pile / Of gorgeous columns on th’unburthened air, / Flashing from Parian marble that twin smile…”55), y un elemento naturalista —la fuente— que, junto con el espacio circundado de guirnaldas de flores y frutos, remite a otro componente reconocible de los mundos ideales de Poe, el procedente de la tradición bucólica renacentista, representada en la poesía inglesa por el bower of dreams o glorieta de ensueño de los poemas de Spenser, espacio propicio a la visión que, como veíamos en el capítulo anterior, el protagonista de “The Assignation” pretende recrear mediante la acumulación de una mezcla desordenada de elementos ornamentales, ajena a toda convención de lugar y tiempo, al modo caótico con el que se mezclan construcciones y estatuas en el espacio imaginativo de Al Aaraaf.
Una segunda secuencia de imágenes, la que da cuenta de la mezcla de “fairy fruits and flowers”, seguida de la queja, por parte de la voz que se expresa en el poema, de que a él —a quien identificamos ahora con el protagonista del relato aludido— correspondieron “sólo las flores” —es decir, las meras promesas—, encierra una diáfana alusión a la convención poética que convierte a éstas en emblemas del amor platónico y a los frutos en los del amor carnal (Mabbott en Poe 2000b, 216); lo que enlaza el poema, en su queja de amor insatisfecho, con el elemento pasional que impide a Angelo y Ianthe, los protagonistas de la segunda parte de “Al Aaraaf”, acudir al llamamiento de Nésace a las criaturas emancipadas de sus querencias terrenales. Como sucedía en el ya mencionado “Israfel”, Poe vuelve sobre las ruinas de sus poemas largos de 1827-1829 para acuñar nuevas formulaciones de su mito incompleto. Pero, en esta segunda fase de su obra, posterior a la publicación de su tercera entrega poética, Poems by Edgar A. Poe, de 1831, Poe ya sólo escribe poesía esporádicamente y centra sus esfuerzos en su labor como escritor en revistas, para las que concibe la mayor parte de sus reseñas, cuentos, parodias, hoaxes y demás. Y asombra que, en esta aparente dispersión, el autor no pierda nunca de vista los elementos principales del incompleto y fallido universo imaginativo que diseñó en su poema largo de 1829; sólo que ahora esos elementos admiten ser presentados en poemas breves, concisos, de extremada musicalidad —recuérdese el comentario de Williams a propósito del empleo por parte de Poe de una fraseología que “escapa al sentido”— y depurados casi de cualquier referencia a experiencias o circunstancias concretas.
Un último elemento que pudo interesar a Williams de este poema es el difícil ritmo del mismo, en trímetros yámbicos con algunas variantes: un lejano precedente del “pie variable” y trifásico que Williams emplearía en sus poemas maduros.
Poe fue también una figura relevante para otros modernistas. Hart Crane insertó una fugaz pero intensa visión de su compatriota en la sección VII, “The Tunnel”, de su poema extenso The Bridge, publicado en 1930, aunque la sección que nos ocupa está fechada en 1927. Crane era, en opinión de Allen Tate y otros, un poeta de genuina estirpe romántica. Según Tate, Crane fue uno de los últimos poetas que escribieron “en la corriente principal del Romanticismo”,56 opinión que suscribiría el propio poeta en una carta al mencionado crítico en la que, de todos modos, matiza que no cree que esa tradición esté agotada: “Una gran parte del Romanticismo es posible que persista”.57 La cuestión de la persistencia o no del Romanticismo del siglo XX será pertinente, como veremos, en algunos de los marcos teóricos en los que habremos de considerar la aportación de Poe: en concreto, el propuesto por Harold Bloom. También éste crítico, por cierto, encuadra a Crane en una corriente de la lírica moderna que comenzaría en Wordsworth (Bloom 1971, 19), y que se caracterizaría por haber “internalizado” el viejo motivo poético de la búsqueda (“quest”): “El héroe de la búsqueda internalizada es el propio poeta, los antagonistas de la búsqueda son todo lo que, en el ego de éste, bloquea la labor imaginativa, y el logro no es nunca el poema en sí, sino el poema ulterior hecho posible por el apocalipsis de la imaginación” (íbid.). The Bridge es un poema que típicamente responde a ese esquema de pesquisa imaginativa. Su tema, explica Thomas A. Vogler en el prólogo que le antepuso en 1970, “puede describirse en general como una búsqueda de una visión mítica” (Crane 1970, x). Y dentro de esa visión mítica, con su característico movimiento desde la revelación inicial —que Bloom (1971, 3) sitúa en la última parte del poema, “Atlantis”, que fue la primera en escribirse— hasta el desenlace imaginativo —que Bloom en este caso ubica en la “desesperada pero heroica histeria de ‘Cape Hatteras’”, la parte IV—, la aparición de Poe se sitúa en el crucial momento de descenso o caída, simbólicamente representado en el poema por el regreso del poeta a su casa a través del “túnel” o línea de metro, al final del día. En esta inmersión en las profundidades —una situación típicamente poeana—, el poeta vislumbra un rostro conocido y se pregunta:
And why do I often meet your visage here,
Your eyes like agate lanterns —on and on
Below the toothpaste and the dandruff ads?58
A continuación, la voz poemática remeda la poesía del aparecido al evocar, primero, la presencia de la Muerte que, desde lo alto, desde una perspectiva de gigante (“gigantically down”; 68, v. 1097) observa a ambos, en lo que constituye una cita literal del poema “The City in the Sea”, incluido en la colección de 1831; para, a continuación, concluir el verso con un característico “O evermore” (íbid., v. 1098), reminiscente del famoso estribillo de “The Raven”. Tras lo cual, en cuatro versos que aúnan lo narrativo con una interpelación directa al objeto de su visión, Crane evoca la confusa muerte de Poe en la noche de Baltimore en 1849.
La aparición de Poe en el largo poema de Crane viene precedida por la de otras figuras significativas de la historia y la cultura norteamericanas, desde Cristóbal Colón —voz poemática en la primera parte— hasta una curiosa mezcla de personajes literarios o de leyenda (Rip Van Winkle) e históricos (la nativa Pocahontas, o los escritores Melville y Whitman). Poe representa un momento peculiar en la caleidoscópica y alucinante visión de la historia norteamericana que escenifica el poema: un momento de autoconciencia frente a un mundo en proceso de cambio por la acción del avance científico-técnico y la industrialización, del que la visión urbana que ofrece The Bridge es una clara consecuencia. Esa idea apocalíptica de la civilización estaba presente, por supuesto, en el poema explícitamente citado por Crane, “The City in the Sea”, pero se remonta a la visión del mundo esbozada en “Al Aaraaf”, donde también se alude a la bíblica Gomorra,59 según algunas leyendas sumergida en las aguas del Mar Muerto. La visión apocalíptica de Crane, por tanto, remite al universo imaginativo precariamente diseñado por Poe en su poema de 1829; aunque también, característicamente, el poeta moderno accede a él a través de los vestigios que la poesía posterior de Poe conserva de esa visión. Más específicamente, la visión de Poe como profeta de un mundo degradado por el desarrollo industrial remite a otro producto colateral de la fragmentación y dispersión de esa primera tentativa imaginativa: los llamados “relatos apocalípticos” de Poe, en los que éste pone voz a criaturas sobrenaturales o sometidas a condiciones de percepción ajenas a las que rigen en la vida normal, que ofrecen detalladas descripciones del futuro de la Tierra, de la estructura del Universo e incluso de la vida del Más Allá. Más adelante nos ocuparemos de algunos de estos relatos. El que nos concierne ahora, por estar claramente relacionado con el papel asignado a Poe en la economía interna de The Bridge, es “The Colloquy of Monos and Una”, en el que Poe expone su visión de la tierra degradada por el desarrollo industrial y urbano. También es significativo que Crane, a lo largo de su poema, acuda reiteradamente a imágenes características de la simbología poeana: no sólo el tema del descenso o caída, al que ya hemos aludido, sino también el del remolino o vórtice, representado en varias imágenes del poema —así, la alusión al torniquete del metro o a las puertas giratorias de cristal o al movimiento de los discos en el fonógrafo.60 Imaginería que culmina, como decíamos, en la alusión explícita al frágil mundo de la ciudad sumergida y preservada en las profundidades, hasta que un imperceptible gesto las precipita en la disolución, que en Poe —como se verá en Eureka, pero se prefigura ya en “Al Aaraaf”— es también un movimiento de reintegración a la unidad primigenia.
Es significativo, por último, que el poeta de clara estirpe romántica que quiso ser Crane sea también, en cuanto a logro imaginativo, un poeta fracasado: ya hemos visto cómo Bloom, para poder interpretar The Bridge como una “búsqueda internalizada” —otro nombre del designio imaginativo—, procede a reordenarlo. El propio Waldo Frank, prologuista de la primera edición del poema, apunta a su principal carencia, que reside “en la debilidad de la cristalización personal sobre la que descansa la visión (…). Esa carencia afecta al lenguaje y a la textura. A veces la imagen es borrosa, la ilación se rompe, la plétora de palabras es cegadora. Hay incluso, en el desarrollo de ciertas figuras, una tendencia hacia la inflación que uno se siente tentado a relacionar con la efervescencia febril y falsa del periodo americano (1924-1929) en que está escrito el poema” (Crane 1970, xxxv). El suicidio de Crane en 1932, pudorosamente narrado por Frank, es tan significativo a estos efectos como la prematura muerte de Poe evocada en “The Bridge”. O como explica Frank: “[C]omo el núcleo de su persona no estaba disciplinado para distanciarse de sus nervios y pasiones, vivió exacerbado en una constante oscilación entre el éxtasis y el agotamiento” (xxiii).
Junto a estas interpretaciones de Poe por tres relevantes poetas de la vanguardia norteamericana, hemos de considerar alguna otra proveniente del otro lado del Atlántico, en una época en la que empieza a observarse una notable convergencia entre las literaturas norteamericana e inglesa, a la vez que significativas confluencias de talentos individuales de uno y otro país en movimientos tan decisivos como el Vorticismo o el Imaginismo.
Uno de estos autores transatlánticos que intentarán interpretar el signo y la valía de la aportación literaria norteamericana en su conjunto es el novelista, poeta y ensayista D. H. Lawrence. En su libro Studies in Classic American Literature, cuya versión definitiva se publicó en 1923, Lawrence se propuso examinar la literatura norteamericana como “eslabón perdido” (1979, 11) hacia la “nueva era”. En un característico estilo elíptico, desarrollado en breves párrafos aforísticos no muy distintos de los que Williams utilizará en su libro de 1925, Lawrence no especifica cuál es el eslabón anterior de esa cadena, pero cabe suponer que no puede ser otro que el Romanticismo. Superando o llevando al límite las intuiciones de este movimiento, los “delgados tomitos de Hawthorne, Poe, Dana, Melville [y] Whitman” han alcanzado un extremo (“verge”) en ese camino indagatorio que se le presupone a la literatura moderna, mientras que “los más voluminosos Tolstoi, Dostoievsky, Chejov [y] Artzibashev alcanzaron un límite por el otro lado”. “Los posteriores frenesíes del modernismo o futurismo franceses” —añade— “no han llegado todavía al punto de extrema conciencia que Poe, Melville [y] Whitman alcanzaron” (12). Siendo el rasgo distintivo de los norteamericanos, en comparación con los rusos, que los primeros “rehúsan todo lo explícito y siempre proponen una especie de doble significado” (íbid.).
En este marco general inserta D.H. Lawrence su ensayo —o más bien divagación— sobre Edgar Allan Poe. Que, a despecho de su estilo elíptico y alusivo, y su manera de eludir las convenciones del lenguaje expositivo habitual en los ensayos críticos y/o académicos, contiene no pocas ideas perspicaces, que veremos luego desarrolladas con amplitud en estudios más convencionales. Si la literatura norteamericana, en general, responde a un “ritmo dual” (66), el primero de cuyos pasos es la “desintegración y desprendimiento de la antigua conciencia” y el segundo “la formación de una nueva conciencia subyacente”, la obra de Poe se caracterizará por incluir sólo el primero de estos dos movimientos, “la vibración desintegradora”. Más abajo veremos que, para críticos como Edward H. Davidson, la identificación de Poe con una sola de las dos fases que pueden distinguirse en el proceso dialéctico de apropiación de la realidad efectuado por la Imaginación romántica es parte esencial del diagnóstico de su peculiar posición respecto al Romanticismo; o, como ya hemos señalado repetidas veces a lo largo de nuestra exposición, un rasgo del peculiar —y fructífero— “fracaso” imaginativo que hemos situado en el origen mismo de su trayectoria literaria. “Lo viejo necesita morir y desintegrarse” (íbid.), explica Lawrence, aludiendo a la razón de ser de los “mórbidos” cuentos de Poe. El objeto de ese proceso de desintegración sabemos ya, por Williams y otros, que es la inasimilable experiencia romántica europea, que habrá de ser reinterpretada y reinventada por el escritor norteamericano. Pero es también el propio universo, convertido en mero instrumento de la voluntad divina, y también la individualidad cuando, en el proceso de unión o fusión amorosa —tema predilecto, como sabemos, de la literatura del propio Lawrence—, conducente a un “enaltecimiento de la vida” que tiene en quienes lo experimentan el efecto de una droga fuertemente adictiva, cede a la voluntad del amante empeñado en “conocer” a la persona amada, y que para ello la cosifica o la mata, como un fisiólogo ha de matar a las criaturas que disecciona en nombre de ese mismo afán de conocimiento.
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