Kitabı oku: «Principios de una psicoterapia de la psicosis»

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Colección + Otra

Dirigida por José María Álvarez,

Juan de la Peña y Kepa Matilla

PRINCIPIOS DE UNA

PSICOTERAPIA DE LA PSICOSIS

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Prólogo de Juan de la Peña

Epílogo de Chus Gómez


Colección + Otra

Créditos

Colección + Otra

Dirigida por José María Álvarez, Juan de la Peña y Kepa Matilla

Título original:

Principios de una psicoterapia de la psicosis

© José María Álvarez, 2020

© Del Prólogo: Juan de la Peña, 2020

© Del Epílogo: Chus Gómez, 2020

© De esta edición: Pensódromo SL, 2020

Diseño de cubierta: Lalo Quintana

Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.

Editor: Henry Odell

p21@pensodromo.com

ISBN print: 978-84-121166-6-3

ISBN ebook: 978-84-121166-7-0

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Índice

1  Prólogo – La posibilidad de una relación

2  Palabras previas

3 Primera parte. ExordioPsicoterapia: las palabras y la transferenciaPsicoterapia y locuraPunto de partidaSituación actual y posibles mejoras

4  Segunda parte. Diez principios de psicoterapia de la psicosis 1. La psicosis es una defensa 2. La psicosis comprende un amplio y variado conjunto de experiencias 3. Necesidad de la psicopatología para la psicoterapia, y viceversa 4. Transferencia y soledad 5. Soledad y locura 6. La transferencia neurótica y la psicótica son diferentes, pero no son lo contrario 7. El poder de la transferencia 8. Transferencias psicóticas 9. No interpretar al loco 10. Mejor no perturbar la defensa

5 Tercera parte. ConclusionesSirve igual para un roto que para un descosidoEquilibrios y desequilibriosTransferenciasPosiciones habituales que el loco asigna al terapeutaPosiciones en las que el terapeuta puede tratar de situarseBuen uso del delirioPresencia, actitudes y tratoTener curiosidad, mostrarse en falta, consentir al sinsentido y al exceso de sentido, prescindir del sentido común y dejarse usarHistoria de un sujeto y mirada al futuroHomenaje a Freud

6  Epílogo

7  Obras citadas

8  Sobre el autor

Dedicado a mis amigos y compañeros del Servicio de Psiquiatría y Psicología clínica del Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid. Y de todos ellos, con especial cariño y admiración, al Dr. Kepa Matilla.

«Cuesta más interpretar las interpretaciones que interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre otro tema: no hacemos más que entreglosarnos. Todo está lleno de comentarios; de autores, hay una gran carencia».

Michel de Montaigne,

Ensayos

«La reserva necesaria para contener la pluma no es una virtud menor que la habilidad y el cuidado de escribir bien; y no hay más mérito en explicar lo que uno sabe que en callar bien lo que se ignora».

Abate Dinouart,

Arte de callar

«El manejo de la transferencia supuso todo un trabajo de rectificación dado que las errancias eran inevitables; nada de lo aprendido me servía ahora de guía y tenía que inventarme el manejo a cada paso [...]».

Chus Gómez,

«Del hablacción a la ablación»

«Algún día espero poder ayudarte a ver este mundo de otra forma que como un infierno».

Hanna Green,

Nunca te prometí un jardín de rosas

Prólogo La posibilidad de una relación

La locura es una defensa que, en ocasiones, conduce al retiro e impone una distancia. A veces la defensa es tan radical que la distancia se convierte en abismo. Un abismo defensivo, pero también un abismo de soledad y exilio. Cuando esto ocurre, cuando la locura nos arrastra hacia los sumideros de la vida, entonces es posible que sólo una mano tendida que agarre bien fuerte y tire en dirección contraria pueda conducir la locura hacia un lugar más habitable, quizá hacia un encuentro o un lugar en el que la soledad pueda ser compartida. El encuentro, el buen encuentro, tiene mucho de bálsamo. Aunque parezca una exageración, a veces el encuentro es la única sustancia a la que la locura puede agarrarse cuando los fantasmas que la oprimen amenazan con dejarla tirada en la cuneta, desamparada, humillada, indigna, condenada, perseguida, rota, mancillada.

No se trata de una ocurrencia mía. Es algo que la locura nos enseña a diario, siempre y cuando uno esté preparado y dispuesto a seguir recibiendo lecciones. No obstante, en parte, también es algo que el autor de este libro me ha ido trasmitiendo a lo largo de los años. Son cosas que le he escuchado decir a José María Álvarez en multitud de oportunidades, desde que realicé parte de mi formación como psiquiatra entre los muros del antiguo Villacián. Por eso tengo la impresión de que Principios de una psicoterapia de la psicosis es una síntesis de todas las conversaciones que vengo manteniendo con él y su obra desde hace más de tres lustros. Una síntesis elegantemente desarrollada donde la posibilidad de establecer una relación adecuada con la locura emerge como la fuerza motriz fundamental para el buen progreso de su terapia.

Los encuentros, los buenos encuentros, siempre tienen algo de imprevisto. Ni avisan ni están programados. No se anuncian en ningún letrero. No tienen fecha ni un espacio fijado. Sin embargo, cuando se dan, se hacen notar y tienen efectos. Son aquellos a los que uno siempre quiere volver después de haberlos probado; donde la soledad se alivia y las palabras no se pierden en el espacio infinito; aquellos que consiguen fijar, dando cuerpo y abrigo, lo que antes flotaba en el vacío. Los buenos encuentros son aquellos en los que las palabras son escuchadas, pero también los silencios, sin sollozos ni objeciones, sin pedir nada a cambio. Para la locura, lo esencial de esos encuentros es que sirven como remedio frente a la soledad más devastadora que impone la certeza, el mutismo y el infatigable parloteo del lenguaje interior que nos empuja a perdernos en nosotros mismos. Lo esencial de esos encuentros no ha de buscarse en el dicho, sino en el hecho de que algo pueda ser escuchado. En el hecho de que la locura llegue a sentir que ahí puede estar, expresarse, incluirse, participar, incluso mantenerse callada. Que puede venir, saludar y marcharse. Que puede estar segura de que, más adelante, cuando sea preciso, allí estaremos, allí volveremos a encontrarnos. En definitiva, lo esencial de esos encuentros reside en la oportunidad que la locura tiene de hallar en ellos la posibilidad de una relación, y nosotros de facilitársela. Aunque ésta no sea el fin de ningún tratamiento, al menos es el fundamento en el que ha de afirmarse toda aspiración terapéutica.

Permítanme que insista, el tema bien lo merece. Que la locura busque y encuentre un alivio a través de la relación no es algo banal, ni mucho menos. A veces lo es todo. A veces ese pequeño paso supone un gran avance, una primera conquista. En ocasiones, incluso, un modesto éxito. No es ninguna exageración. Es algo que ocurre con relativa frecuencia. No sólo en los consultorios. También fuera de ellos. En la amistad y en el amor. En la pluralidad de los grupos y en la intimidad de la pareja. En el anonimato de las masas y en la fascinación por ciertos mitos. Cuántas veces habremos sido testigos de la paz y el equilibrio que la locura encuentra en todas esas posibilidades de relación tan diversas. Que la locura descubra que puede tener un lugar en el Otro —un Otro que acoge su certeza sin cuestionarla, un Otro que le agarra cuando más abajo pretende tirarse, un Otro que está disponible, aunque no la entienda— a que la locura llegue a descubrir eso no es algo banal, ni mucho menos. Eso tiene una trascendencia descomunal, pues no sólo reconforta y supone un alivio, sino que a veces encierra el germen de una pequeña sociedad donde lo que antes estaba en desorden puede empezar a encontrar un mejor acomodo más allá de uno mismo, más allá de la soledad, en un trabajo compartido, entre tú y yo, entre nosotros, entre todos nosotros. Quien no entienda que ese pequeño paso para la locura ya supone un éxito, mejor que abandone el barco antes de zarpar. Porque la soledad sólo se trata en compañía, aunque ésta sea muda, hable otro idioma o no tenga nada que decir.

¡Qué valor tiene todo esto! Piensen en la práctica clínica. Escuchen bien lo que les voy a decir. José María Álvarez lo suele repetir con cierta insistencia: lo prioritario para el tratamiento de la psicosis es saber establecer una buena relación con ella. Después ya vendrán las palabras y las intervenciones. Después ya vendrán los inventos. Pero lo primero es saber ocupar el lugar que la locura nos da en la relación que establece con nosotros. Eso es primordial. Después ya llegará el momento de lo que se dice y se calla, de lo que se rescata y se desecha, de lo que hay que limitar y también de lo que conviene fomentar. Pero siempre sin perder de vista esa posición y ese lugar que la locura nos ha asignado para su tratamiento.

Cuando lo parco abunda, saber hacer con poco es mejor que no hacer nada. Los que trabajamos en las instituciones sabemos que buena parte de nuestra práctica cotidiana con la locura se desarrolla en circunstancias muy difíciles, con sujetos que vienen de mala gana, incluso forzados; con sujetos que no dicen nada, porque ya está todo dicho; con sujetos que no desean nada, que no aceptan nada y que no están dispuestos a nada. Pues bien, en ocasiones con ellos es posible abrir un pequeño resquicio que permita que esa nada no lo abarque todo. Hay pacientes que no están dispuestos a nada, salvo a venir a consulta para vernos. Lograr ese poco es nuestro primer cometido. Ese poco, entre tanta nada, es una auténtica joya que hay que cuidar y sostener algún tiempo, en ocasiones durante toda una vida. ¿Que por qué? Pues porque a esa menudencia, aunque no lo parezca, algunos se agarran con todas sus fuerzas para no caerse de nuevo. Porque en ese encuentro, por ridículo y absurdo que parezca, con frecuencia se fragua una relación privilegiada que más adelante, cuando las cartas vengan mal dadas a lo largo del tratamiento, nos servirá para mucho más de lo que uno puede imaginar.

En el trato con la locura conviene aceptar esos mínimos sin rebasar los límites que generalmente los rodean. Cuando la locura nos muestra poco es señal de que sus defensas tienen mucho que guardar. Eso supone aceptar que en ocasiones la locura nos concede un lugar marginal, aunque no irrelevante; implica que la locura a veces no tiene nada de genial y demasiado de miseria; que en ocasiones prefiere un saludo sin palabras o un estribillo monótono y repetitivo, que un encuentro formal y elaborado en el que se le inquiete demasiado; conviene aceptarlo y no dejarse llevar por la desidia o la imprudencia de querer ir más allá de lo que se nos autoriza.

Detengámonos un momento a pensar en todos esos pacientes que viene a consulta para no decir nada, o casi nada. Pero vienen y la cosa funciona. Me atrevo a decir que funciona mientras respetemos sus condiciones y los límites detrás de los que se parapetan. Funciona mientras nos conformemos con los pequeños pedacitos que nos quieren mostrar, sin decir mucho, o casi nada; sin insistir con demasiadas preguntas ni aclaraciones; sin perturbar su silencio ni la distancia que imponen. Sabemos que funciona porque hemos comprobado las consecuencias que tiene no hacerlo. Muchos hemos sido testigos de que, en algunas ocasiones, después haber rebasado la raya que ellos establecen, las cosas comienzan a cambiar de signo. Y lo que antes parecía marchar, aunque fuera a paso lento, ahora comienzan a manifestar un sinfín de problemas, desde el portazo y el «ahí te dejo», hasta el «no me persiga usted más» o el denso eros del «usted dio el primer paso». Al fin y al cabo, de lo que se tratar es de entender que en el tratamiento de la locura es más importante saber trabajar con los escombros para armar un edificio modesto, que pretender levantar grandes andamios soñando con los palacios y rascacielos a los que el ideal y la teoría nos propulsan. Aceptar que no todos los pacientes nos regalarán la genialidad de Schreber o el virtuosismo de Joyce es mucho más terapéutico que empeñarse en hacer de cada caso un caso ejemplar y grandioso.

Llegar a comprender todo esto no ha sido inmediato. Las cosas más elementales llevan su tiempo y requieren una gran dosis de esfuerzo. En mi caso, ese proceso se ha visto favorecido por la inestimable enseñanza de José María Álvarez, a quien algunos consideramos algo más que un maestro. Durante años él nos ha iluminado el oscuro camino que discurre por ese vasto territorio al que llamamos locura. Y lo sigue haciendo. Echando mano a sus tres famosas lámparas del saber (la de la historia, la psicopatología y el psicoanálisis) José María nos ha enseñado que no conviene subirse a las alturas cuando el terreno todavía no está bien asentado. Que lo sencillo y más accesible siempre son la mejor puerta de acceso al conocimiento. Que los libros encierran grandes magisterios y, sin embargo, de ciertas experiencias ningún libro nos podrá aleccionar. Como él bien dice, una de esas experiencias es la que supone el encuentro «cuerpo a cuerpo» con la clínica de la locura. Un «cuerpo a cuerpo» descarnado, perturbador y descocado. Un encuentro imprevisible que nos asoma a lo más penoso del ser humano, pero también a sus prodigios.

Sin embargo, tengo la impresión de que Principios de una psicoterapia de la psicosis es una pequeña excepción a esa regla sobre la imposibilidad de los libros para instruir sobre ciertas experiencias que el propio autor suele entonar, y a la que antes hacía referencia. Porque, sin lugar a dudas, el libro que tenemos entre manos constituye una suerte de muletilla para saltar a la arena del encuentro con la locura con un poco más de aplomo y firmeza, pero sin abandonar nunca la humildad y las nociones más esenciales. En él el autor ha recogido todos aquellos principios que considera fundamentales para el tratamiento de la locura, haciéndolos girar de manera lúcida y cabal en torno al particular fenómeno de la relación de transferencia en la psicosis. Pues la locura a veces nos permite establecer con ella una relación. Una relación que no se formula en los términos de una terapia y, sin embargo, el tratamiento en ella acontece de manera espontánea. Ahora bien, como José María señala en el libro, este tratamiento sólo se conducirá en la dirección adecuada si uno ha sabido ocupar el lugar más conveniente en la relación, lo que requiere haber asumido que uno está ahí para ser usado por la locura en su singular búsqueda del mejor equilibrio.

En definitiva, Principios de una psicoterapia de la psicosis es una magnífica obra sobre el buen uso de la transferencia en el tratamiento de la locura. Escrita con un estilo sencillo pero elegante, directo pero riguroso, sus contenidos serán acogidos por los lectores como agua de mayo, tanto por los más jóvenes como por los experimentados. En ella encontrarán un sinfín de tesoros en forma de indicaciones, advertencias y recomendaciones clínicas que harán las delicias de cualquier clínico. Finalmente, no nos queda más que felicitar y agradecer a mi querido colega y amigo José María Álvarez el brillante y generoso trabajo que ha realizado para conseguir trasmitir una enseñanza tan hermosa y reveladora, como la que a continuación descubrirán.

Juan de la Peña,

Madrid, enero de 2020

Palabras previas

No hace falta visitar un manicomio en Alepo para darse cuenta de que la locura es una defensa. Sí, una defensa necesaria para sobrevivir cuando alguien se ve sobrepasado por experiencias inhumanas. Posiblemente la locura se convierta ahí en uno de los últimos y más desesperados agarraderos, en el postrero y deshilachado cabo que le mantiene, de alguna manera, en un exánime contacto con los otros. La locura es humana, demasiado humana, pero los humanos no estamos preparados para sobrevivir a cualquier circunstancia ni situación. Y menos aún aquellos que, por distintas razones, se quedaron a medio hacer y subsisten a la intemperie, más expuestos y vulnerables.

Como en otros lugares del mundo, en Alepo la locura estalla en un instante y a ella se agarran algunos sujetos frágiles, de los que llevan demasiado tiempo soportando lo insoportable y de pronto rebosan. A partir de ahí ya no hay vuelta atrás. Una configuración psíquica quebradiza propulsa de pronto al sujeto a otra dimensión, la de la locura. Eso sucede cuando el parapeto del lenguaje blandea y esa persona ya no es capaz de representar o poner palabras a sus vivencias traumáticas. Basta un instante para que una madre enloquezca cuando su bebé, al que tenía en brazos, se desangre reventado por la metralla de una bomba que acaba de explotar. Basta un instante para que un joven se trastorne cuando ve volar por los aires a los miembros de su familia, con los que estaba comiendo. Estas y otras escenas nos acercan con crudeza a la realidad del infierno, una realidad presente y cotidiana, más cercana de lo que queremos creer.

Mucho más, porque no hace falta visitar un manicomio en Alepo para contemplar otros infiernos menores, sin bombas ni tanques, sin el olor de la reconcomida desesperación. Y en estos otros avernos silenciosos y próximos, también hay personas que se rompen después de haber aguantado las embestidas de la vida. Aquí, en este primer mundo sigiloso, seguro, lleno de comodidades, con hogares calientes, despensas llenas y familias más o menos estables, hay personas que tienen dentro de sí su pequeño infierno y un buen día comienzan a crepitar hasta que saltan, como las castañas sobre una plancha ardiendo. Después de esa experiencia entran en otra dimensión vital en la que las relaciones consigo mismo y con los otros se transforman, como también se transfiguran las relaciones con el lenguaje y con el cuerpo. A partir de ahí la locura se ha adueñado de esa persona. O mejor dicho: esa persona se ha agarrado a la locura como último recurso.

ΩΩΩΩΩ

Esta obra parte de la consideración de la locura como una defensa y deriva en que el trato con el psicótico y el tratamiento de la psicosis dependen directamente de esa visión. Más de tres décadas después de dedicarme profesionalmente a atender a este tipo de personas, me propuse evidenciar el poderío preeminente de la transferencia en la psicoterapia de la psicosis. Si tuviera que sintetizar esas tres décadas, lo primero que destacaría es que el fármaco más potente para la locura es la transferencia, es decir, la relación entre el paciente y el terapeuta. Tal es la hipótesis de la que partí y me propuse argumentar.

Cuando revisé la literatura especializada tocante a esta cuestión, a esta primera conjetura, surgida de mi trabajo diario, sumé otra proveniente del estudio de la literatura especializada. Me llamó la atención que los psicoanalistas y psicoterapeutas que se habían dedicado al tratamiento de este tipo de pacientes, informaban de buenos resultados pese a orientarse con teorías y desarrollar prácticas bastante heterogéneas. Al entrar en detalles de qué y cómo hacían con sus pacientes, consideré que la relación transferencial era mucho más resolutiva que las técnicas empleadas, la mayoría basadas en interpretaciones a bocajarro y otras un poco más prudentes. Como se ve, estos dos supuestos, el clínico y el bibliográfico, confluyen nuevamente y ensalzan el poder de la transferencia.

Muchos discípulos de Freud, siguiendo sus recomendaciones, consideraron que la transferencia no podía darse con este tipo de pacientes. Por fortuna, algunos desoyeron sus comentarios y se aventuraron a sentarse y hablar con los psicóticos, con vistas a procurarles ayuda en una época en la que el resto de tratamientos eran francamente inútiles. Ahora bien, es cierto que la relación con el loco es diferente de la que establecemos con un sujeto corriente, es decir, un neurótico. Pero eso no quiere decir que el loco sea incapaz de establecer una relación. Al contrario, cuando se tiene un poco de experiencia con estas personas, uno sabe que el espesor que adquiere la transferencia es rocoso, como lamentablemente prueba la transferencia delirante.

En cierta medida, la sugerencia de Freud contraria a la transferencia en la locura se apoyaba en el grado superlativo de encierro autístico y de narcisismo exorbitante de este tipo de sujetos. Desde esa realidad exclusiva y alejada de los otros, estas personas no desarrollan el mismo tipo de relación con su terapeuta que la desplegada por un sujeto normal. En éste, el amor, el deseo y la atribución de un saber al clínico constituyen la base necesaria para poner en marcha un análisis.

Surge en este punto la pregunta sobre qué motiva al loco a visitarnos y hablar con nosotros. La respuesta que doy en este libro se basa en mi experiencia clínica. La llamo la soledad por excelencia. Creo que si un loco viene a vernos y se sienta a hablar es por la soledad esencial que lo aplasta. Ahora bien, alguien puede contradecir este parecer y argumentar que si está tan solo, ¿cómo es capaz de relacionarse con nosotros? Toda la cuestión de la transferencia en la psicosis deriva de esta pregunta. A mi manera de ver, la soledad por excelencia del loco es un refugio buscado y a la vez una cárcel insufrible. El loco está limitado para la relaciones, sin duda. El milagro que el terapeuta obra ahí es conseguir que ese ser solitario agarre su mano y establezca un contacto, a veces el único que tiene en la vida. Si eso se logra, podremos intervenir en ese exceso abrasador y adictivo que es la locura, sobre todo limitándolo.

ΩΩΩΩΩ

Sobre la psicosis se publican hoy día muchos artículos y algunas monografías. En ellos, la tendencia general consiste en comentar, glosar y ordenar lo que las autoridades del saber proponen. Entre tanta publicación, me hubiera gustado encontrar un breviario o un manual que explicara cómo tratar con los locos y de qué forma dirigir sus tratamientos. Salvo contadas excepciones, lo que encontré al respecto me pareció, en el mejor de los casos, repetitivo, anecdótico, deshilachado y torpe; en el peor, rancio e hilvanado con teorías obsoletas que daban pie a intervenciones clínicas sobrecogedoras. Con respecto a la psicoterapia de la locura hubiera preferido, la verdad, menos teorías de la psicosis y más claves prácticas para aplicarlas en el trabajo diario. Por eso en esta obra he elegido como referencias casi exclusivas a los clínicos que han tratado con locos y tratado la locura en el marco institucional, es decir, los que han convivido de continuo con la patología mental grave. Además, también en esta ocasión me separo algunos palmos de esos maravillosos ensayos profesorales y eruditos —al estilo de David Pujante y su incomparable Eros y Tánatos en la cultura occidental— y me acerco a otros un poquito menos sometidos al rigor de las fuentes, quizás por ello más creativos, como La orgía perpetua de Mario Vargas Llosa.

La idea de escribir un libro de este tipo surgió a consecuencia de la asunción de nuevos cometidos en el trabajo hospitalario. A ello se añaden las continuas peticiones de residentes y de compañeros, ávidos de algunos principios con que orientarse en el quehacer diario en las trincheras de la locura. Sus preguntas suelen ser sencillas y prácticas, acordes a las preocupaciones que les asaltan cotidianamente. Sin embargo, se escribe muy poco sobre eso. Es llamativa la sobreabundancia de textos sobre teoría de la psicosis y la parvedad de los que se centran en cómo hablar con los locos, qué decir y qué callar, cómo realizar una psicoterapia con estos pacientes, tan trastornados que no se sabe muy bien cómo entrarles y conversar con ellos. Al final, como me ha sucedido en otras ocasiones, me senté y escribí este libro, otro más de los que me hubiera gustado leer cuando comencé mi carrera profesional. Espero que mi esfuerzo le sirva a alguien para algo.

La obra consta de tres partes: exordio, principios y conclusión. La he escrito con toda la sencillez de la que soy capaz. He evitado en lo posible prodigarme en disquisiciones teóricas. Sobre eso ya publiqué bastante y ahora no me llama la atención. Principios de una psicoterapia de la psicosis es una obra práctica en la que abundan las viñetas clínicas, tanto propias como de otros autores. Como el título indica, no se trata de los principios de la psicoterapia de la psicosis, sino de una psicoterapia. De una psicoterapia entre muchas, aunque dudo mucho de que sea la más coherente y eficaz de todas. Lo que sí puedo asegurar es que esta psicoterapia se basa en una amplia experiencia con pacientes gravemente perturbados.

Principios de una psicoterapia de la psicosis se abre con una introducción que da cuenta de qué es la psicoterapia de la psicosis y expone su aplicación en el contexto de nuestro trabajo hospitalario. En la segunda parte, le siguen diez capítulos que desarrollan sendos principios, los que me sirven hoy de guía: la locura como defensa; su variada expresión clínica; la necesidad de la psicopatología para la psicoterapia, y viceversa; la relación de la transferencia y la soledad, y de ésta y la locura; las diferencias entre la transferencia neurótica y la psicótica; el poderío de la transferencia; las características de las relaciones transferenciales con arreglo a los distintos polos de la psicosis; la sugerencia de no interpretar al loco; y, por último, cerrando el círculo, la recomendación de no perturbar la defensa, menos aún con esas interpretaciones que pretenden sacar a la luz las entretelas de la historia de un sujeto que apostó por rechazarlas como si jamás hubieran existido. Todos estos aspectos se extractan en las conclusiones, tituladas «Sirve igual para un roto que para un descosido». Ahí especifico, antes de rendir un breve homenaje a Freud, algunas de las posiciones y actitudes que puede adoptar el terapeuta en el tratamiento de la locura.

Ningún libro soluciona el cuerpo a cuerpo de la clínica. Confío, no obstante, en que éste aporte algunas claves. Y me gustaría que allanara el camino a muchos principiantes para aligerarles los sinsabores que hemos pasado otros. Kafka escribió en «El cazador Gracchus» (La muralla china):

La idea de querer ayudar es una enfermedad, y debe ser curada en la cama.

Esta cita se usa a veces para exhortar a desconfiar de las almas caritativas. Cualquiera que lea este libro verá que tratar con un loco y tratarle su locura tiene poco de compasión. Nietzsche decía que compadecer es despreciar, y tenía razón. Lo que aquí propongo, al contrario, es una tarea noble y respetuosa. Y puesto que trabajamos con personas, más vale que estemos bien dispuestos y tengamos cierta preparación.

José María Álvarez

Valladolid, enero de 2020

Primera parte Exordio

Psicoterapia: las palabras y la transferencia

El antiguo término psicoterapia quiere decir tratamiento anímico o terapéutica psíquica. Según recuerda el estudioso Pedro Laín Entralgo, Platón fue el «inventor de la psicoterapia verbal». En Cármides, le dio forma paulatinamente mediante el empleo del vigoroso y sutil empeño racionalizador. La antigua epôdê (encantación recitada o cantada) racionalizadora adquiere en el texto platónico una nueva consistencia, el llamado lógos kalós (bello discurso), a partir del cual la terapéutica anímica incorpora ciertos rudimentos técnicos1.

Los historiadores del mundo antiguo suelen considerar a Antifonte, contemporáneo de Sócrates, el primer psicoterapeuta profesional. Según recoge Pseudo-Plutarco, fue este filósofo ateniense quien creó un arte para curar los pesares del alma, una especie de terapia equivalente a la que prescriben los médicos a los enfermos del cuerpo. En Corinto,

[…] donde tenía dispuesta una consulta junto al ágora, anunció que podía curar mediante palabras a los deprimidos (yous lypouménous) y, tras indagar las causas, consolaba a los enfermos2.

Este tipo de terapias anímicas alcanzó su máximo esplendor durante el periodo helenístico, sobre todo gracias a los epicúreos y los estoicos, y en menor medida también a los escépticos. Pese a sus llamativos contrastes, a buen seguro que todos ellos podrían haber suscrito la conocida máxima de Epicuro según la cual:

Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre. Porque así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, así tampoco la filosofía si no suprime las enfermedades del alma3.

Y una de las formas principales de aliviar al afligido mediante la palabra confortadora fue la consolatio, género literario en el que destacó sobre todo Séneca:

[El lenguaje sencillo] Penetra y arraiga con más facilidad [en el alma], ya que no precisa de palabras copiosas, sino eficaces4.

Palabras hermosas, enfáticas, prohibitorias, paradójicas, admonitorias o de otro tipo, pero palabras, en definitiva, con las que el filósofo moral trataba de aliviar a los afligidos. De forma general, todas las escuelas clásicas atribuyeron un papel esencial a la palabra en la sanación de las enfermedades anímicas. Sin embargo, conviene destacar que los ideólogos de estas corrientes o sectas, además de a la palabra, asignaron a la relación entre el doliente y el filósofo terapeuta una función decisiva. Sin la relación con el afligido, las palabras y otras influencias se deprecian y las expectativas de cambio se tornan quimeras. Está claro que el filósofo terapeuta debe ocupar el papel de mediador. Y desde esa posición, el sufriente puede dar el paso de la stultitia a la sapientia:

Proclama [el filósofo] —observó Michel Foucault— que es el único capaz de lograr que el individuo pueda quererse a sí mismo y finalmente alcanzarse, ejercer su soberanía sobre sí y encontrar en esa relación la plenitud de su felicidad. Ese operador que se presenta es, por supuesto, el filósofo. [...] Y ésta es una idea que encontramos en todas las corrientes filosóficas, sean cuales fueren5.

Más de veinte siglos después, esos dos elementos, la palabra y la transferencia, se convertirían con Freud en los dos grandes pilares del tratamiento psíquico.

Con el título de «Sobre psicoterapia», en 1905 Freud publicó un breve texto que le había servido como guía para la conferencia pronunciada en el Colegio de Médicos de Viena un año antes. En él señalaba que la psicoterapia aporta diversos procedimientos y que cualquiera de ellos que conduzca al fin propuesto, a la curación del enfermo, puede considerarse bueno. Es verdad que Freud no buscaba la curación a cualquier precio ni hacía de ella el objetivo primero del psicoanálisis, como dejó dicho en numerosos comentarios. Ahora bien, del mismo modo que se mostraba receloso de curar de cualquier forma, también esperaba —como destaca en el último párrafo de este artículo— que el psicoanálisis contribuyera con resultados positivos al tratamiento de casos graves de psiconeurosis. En cambio, con la psicosis se mostraba apocado, al menos de momento. Creía que había que reservar las fuerzas para aquellos pacientes en los que el psicoanálisis pueda desplegarse en todo su poderío:

Las psicosis, los estados de confusión y de desazón profunda (diría: tóxica), son, pues, inapropiados para el psicoanálisis, al menos tal como hoy lo practicamos. No descarto totalmente que una modificación apropiada del procedimiento nos permita superar esa contraindicación y abordar así una psicoterapia de las psicosis6.

Algunos años después, cuando el psicoanálisis alcanzó ciertas resonancias sociales, Freud consideró que su práctica no podía limitarse a los consultorios privados y centrarse en los grandes burgueses. Es cierto que para traspasar ese perímetro, según advirtió, era necesaria una modificación del método. Conforme a este parecer, en 1918 señaló que cuando el Estado favorezca la creación de instituciones, sanatorios o lugares de consulta con psicoanalistas, se nos planteará la tarea de adecuar nuestra técnica a las nuevas condiciones, cosa que obligará a expresar de forma más simple e intuitiva las doctrinas teóricas. Y añadió:

Es posible que en muchos casos sólo consigamos resultados positivos si podemos aunar la terapia anímica con un apoyo material, al modo del emperador José. Y también es muy probable que en la aplicación de nuestra terapia a las masas nos veamos precisados a alear el oro puro del análisis con el cobre de la sugestión directa, y quizás el influjo hipnótico vuelva a hallar cabida, como ha ocurrido en el tratamiento de los neuróticos de guerra. Pero cualquiera que sea la forma futura de esta psicoterapia para el pueblo, y no importa qué elementos la constituyan finalmente, no cabe ninguna duda de que sus ingredientes más eficaces e importantes seguirán siendo los que ella tome del psicoanálisis riguroso, ajeno a todo partidismo7.

Inventado inicialmente para el tratamiento de pacientes adultos neuróticos de la burguesía en el marco del consultorio privado, el psicoanálisis fue gradualmente prolongando su espectro a la locura, la infancia y la gente de a pie. Esta ampliación de miras se acompañó de importantes variaciones del método clásico. Y tocante a la locura, el oro puro del análisis habría de mezclarse necesariamente con otros elementos, como detallaré más adelante.

Sea en el ámbito de la infancia, de la locura o cualquier otro, después de Freud cualquier psicoterapia que se muestre respetuosa con el sujeto y favorezca el entendimiento de sus desdichas cuenta con dos aliados principales: las palabras y la transferencia. Ahora bien, es evidente que sin la transferencia esas palabras o píldoras de la medicina del alma, en el mejor de los casos, se las puede llevar el viento; y, en el peor, esas mismas palabras pierden sus propiedades farmacológicas beneficiosas y se degradan en venenos. En el caso de la locura, el principal poderío de la psicoterapia reside sobre todo en la transferencia. Esta es la tesis que intentaré demostrar aquí mediante múltiples argumentos.

Psicoterapia y locura

En el vocabulario de un psicoanalista, los términos psicoterapia y locura no son hoy día muy habituales. Así que comenzaré por justificar su uso frecuente en esta obra. El sólo hecho de hablar de psicoterapia en nuestro medio es como mencionar la soga en casa del ahorcado. En más de una ocasión, durante los últimos años, algunos colegas, después de alguna conferencia, se me han acercado para recordarme algunas referencias de Lacan acerca de susodicha psicoterapia. En una de ellas, la recogida en «Televisión», dice que la psicoterapia, cualquiera que sea, «nos retrotrae a lo peor»8. Pues bien, a lo largo de estas páginas espero mostrar que hablar de psicoterapia cuando aludimos al tratamiento de la psicosis o locura es algo pertinente; como también es pertinente, me parece, hacerlo del psicoanálisis en caso de aplicarlo a la cura de la neurosis.

Lo creo así porque el modelo tradicional del análisis empleado con un sujeto corriente o neurótico, si se traslada a la locura debe modificarse hasta extremos insospechados: por una parte, se desecha la célebre fórmula freudiana de «hacer consciente lo inconsciente»; por otra, en la transferencia tienden a distorsionarse los referentes del amor y el saber; por último, el uso de la asociación libre, la interpretación y otros medios destinados a perturbar la defensa, pueden volverse muy peligrosos en el tratamiento de la psicosis. Como digo, eso en el caso de la terapéutica de la psicosis. Pero si además se trata de locos bastante trastornados, el psicoanálisis más puro se mezcla necesariamente con muchos elementos poco refinados.

Con respecto al uso del término locura como sinónimo de psicosis, ya me he prodigado en diversas explicaciones en otros lugares9. Aquí, tan sólo diré, para acallar a algunos entusiastas, que Lacan también mostraba esa querencia, como queda probado en el siguiente comentario:

Las psicosis son, si quieren —no hay razón para no darse el lujo de utilizar esta palabra— lo que corresponde a lo que siempre se llamó, y legítimamente se continúa llamando así, las locuras10.

Punto de partida

Dicho esto y con vistas a desplegar los primeros argumentos, considero oportuno situar de dónde parto. Como todo el mundo sabe, la perspectiva que nos hacemos de la clínica está en gran medida determinada por nuestro puesto de trabajo. El mío, en la asistencia pública, se desarrolla en la Unidad de Psicoterapia Especializada, en el marco de un Servicio de Psiquiatría y Psicología clínica, dentro de un hospital general. En ella atendemos a personas con patología mental grave, a menudo diagnosticadas de alguna forma de psicosis, aunque posiblemente recuperables. El ámbito de nuestra acción tiene, como hoy día es habitual, al menos aquí, un soporte comunitario, con un equipo asistencial que se ocupa personalmente de cada uno de los pacientes y los asiste allí donde sea preciso. Una parte del trabajo consiste en que todo eso funcione, sobre todo que esté perfectamente coordinado con el resto de la red y que se intervenga al instante, como corresponde a las situaciones críticas de las personas a las que atendemos. Con algunas de ellas, cuando es oportuno, se inicia una psicoterapia individual —a veces intensiva—, con vistas a darles el último empujón en su proceso de reequilibrio.

En este ámbito resulta imprescindible ir al grano y resolver problemas minuto a minuto. Con el paso del tiempo, es cierto, se adquieren algunas destrezas en cuanto a saber hacer y saber estar. Además, en mi caso, el paso del tiempo ha contribuido a aminorar cierta tendencia especulativa para acrecentar la vertiente práctica y eficiente. Se trata de un desplazamiento que corre paralelo a la asunción de las tareas clínicas que asumo en el hospital, donde los pacientes a los que atiendo actualmente están bastante enfermos.

También en este marco es necesario saber detrás de lo que se anda. Porque ir a tientas acarrea muchos peligros, sobre todo desestabilizaciones y cronificación. De ahí surgió la necesidad de poner en claro algunos principios de nuestra acción. De cara a escribirlos, comencé a revisar la literatura especializada, a releer buena parte de ella, la más conocida, y a acercarme a otra que sólo conocía de oídas. Comoquiera que las publicaciones son numerosísimas, me centré en las que están escritas por psicoanalistas y terapeutas de distintas orientaciones, pero todos ellos clínicos de trinchera, de los que han estado o están en el trato diario con la locura11. Porque seguro que esos especialistas, aunque sus teorías sean a veces peregrinas, tienen algo valioso que decir de su experiencia cotidiana.

Así fue como, al cabo de unos meses de continuas lecturas, caí en la cuenta de que me estaba metiendo en la espiral de las opiniones ajenas y me alejaba de mis puntos de vista que, aunque fueran insustanciales, se iban desdibujando poco a poco. Corté por lo sano y me puse a escribir lo que pensaba sobre esta materia. Un tiempo después recuperé las lecturas, sin dejar ya de anotar algunas viñetas clínicas y momentos cumbre de algunos tratamientos que me habían enseñado cosas valiosas a lo largo de tres décadas.

De resultas de esta forma de indagar, se agrandaba día a día mi impresión inicial de que la psicoterapia de la locura es un campo esencialmente heterogéneo, mucho más que el de la neurosis. Esta variedad se refería tanto a cuestiones de estilo y formas de hacer, como a los referentes teóricos que servían de inspiración a los clínicos y también al tipo de intervenciones que éstos realizaban con sus pacientes. Quizás esta pluralidad sea el resultado inevitable del trabajo en equipo, del que suelen derivar opiniones distintas acerca de un mismo paciente.

El caso es que en medio de tanta diversidad, lo que me llamó la atención fue que unos y otros obtuvieran resultados terapéuticos importantes. Al principio este hecho me pareció misterioso, en la medida en que a través de caminos tan alejados se podía confluir en resultados similares, sea desguazando las defensas y torpedeándolas con interpretaciones o procurando mantenerlas en pie. La respuesta que encontré a esta cuestión planteada por la literatura especializada coincide totalmente con lo que he aprendido de la clínica diaria. Tanto las publicaciones como el quehacer profesional me llevan a creer lo mismo: en el tratamiento de la locura, la transferencia es muchísimo más potente que cualquiera de las técnicas empleadas, más aún que cuanto se les dice a los enfermos a lo largo de los tratamientos. Lo creo así después de leer con atención lo que los analistas dicen y han dicho a sus pacientes. Pues muchas de esas intervenciones —a veces meros disparates que, en el mejor de los casos no tienen ni pies ni cabeza y en el peor, depende de cómo se considere, constituyen auténticas ofensas que podrían motivar una denuncia en el juzgado—, cuando son francamente desafortunadas e inducen desequilibrio, resultan inmediatamente corregidas por la fortaleza y el poderío de la transferencia. Los pacientes son en eso bastante generosos y hacen honor a la paciencia que el propio término les supone, sobre todo porque les somos muy necesarios en muchos momentos cruciales de su vida. Eso es lo que creo.

Con vistas a ilustrar cuanto vengo diciendo, sacaré a colación una sonora metedura de pata del psicoanalista y psiquiatra finlandés Yrjö A. Alanen:

En una oportunidad llegué hasta el punto de sugerir a Eric [uno de sus primeros pacientes] que en sus fantasías sobre las escapadas de su mujer, parecía que se imaginaba a sí mismo en su posición: posiblemente era capaz de imaginar en su mujer sus propios sentimientos hacia estos hombres. Eric soltó una carcajada, por lo cual para beneficio de nuestro proceso terapéutico pareció descartar este intento de interpretación erróneo, o al menos inoportuno12.

Esta interpretación a bocajarro de un supuesto deseo homosexual, proyectado en el delirio de celos conyugal, constituye en sí misma un disparate, tanto por no venir a cuento como por estar afianzada en una teoría errónea. Por fortuna para el paciente, su lazo transferencial con el terapeuta, adecuadamente tejido, salvó la situación y el tratamiento prosiguió.

Mi punto de partida, por tanto, propone la hipótesis de que el verdadero poder de la psicoterapia de la locura radica en la transferencia y que los efectos de la palabra están supeditados a ella. Con esto no sugiero que se pueda decir cualquier cosa ni en cualquier momento ni de cualquier modo. Al contrario, es más importante saber lo que no hay que decir que lo que se podría decir, con lo cual, aunque a veces hablemos con el psicótico a tontas y a locas o à bâtons rompus, estamos obligados a conocer con precisión las cotas que no conviene sobrepasar y los territorios en los que no hay que entrar.

Evidentemente, la transferencia en la neurosis y en la psicosis es bastante distinta. Aunque después me extenderé sobre ello, sirva de aproximación, en el caso de la neurosis, un célebre pasaje en el que el propio Freud comenta las cosas del saber y del amor transferencial. En Presentación autobiográfica, escribe:

Me encontraba con una de mis pacientes más dóciles, en quien la hipnosis había posibilitado notabilísimos artilugios; acababa de liberarla de su padecer reconduciendo un ataque de dolor a su ocasionamiento, y hete aquí que al despertar me echó los brazos al cuello. El inesperado ingreso de una persona de servicio nos eximió de una penosa explicación, pero a partir de entonces, en tácito acuerdo, renunciamos a proseguir el tratamiento hipnótico. Me mantuve lo bastante sereno como para no atribuir este accidente a mi irresistible atractivo personal, y creí haber aprehendido la naturaleza del elemento místico que operaba tras la hipnosis. Para eliminarlo o, al menos, aislarlo, debía abandonar esta última13.

En el caso de la locura, la cosa es muy distinta. Al inicio de mi práctica profesional privada me sucedió algo que jamás olvidaré. En cierta ocasión, me retrasé unos minutos a la cita con una mujer paranoica, Iris, a la que atendía desde hacía unos años y seguiría tratando durante una década más. Como sabía que iba con un poquito de retraso, subí las escaleras a toda velocidad y, cuando llegué al rellano de la consulta, me la encontré allí, hierática, con su llamativa delgadez estoica. Me saludó, como era habitual, pero sin añadir comentario alguno. Abrí la puerta y le cedí el paso, como corresponde a un caballero. Entonces sucedió algo imprevisto: la alfombra sobre la que se disponían la mesa del despacho y algunas sillas estaba, para mi sorpresa, apelotonada en uno de los extremos (un descuido de la persona que limpiaba la consulta). Salí del paso al instante echando mano del sentido común, poco recomendable en nuestro oficio. Así es que me agaché y estiré la alfombra hasta que se colocó en la posición habitual. Después, ella pasó y se sentó, como siempre hacía. Lo que no calculé fue el factor sujeto, esto es, que me había arrodillado ante aquella mujer de un rigor extremo y gesto pétreo, sólo alguna vez distorsionado por una sonrisa, un discreto llanto o unas palabras atropelladas. Al cabo de unos días, cuando se presentó puntual a la nueva cita, la mujer traía en su mano derecha un maleta. Entonces caí en la cuenta, de repente, de eso que llamábamos la erotomanía de transferencia. Al verme un tanto azorado, levantó la cabeza, me miró y dijo: «Cuando un hombre se arrodilla ante una mujer, todo está dicho». Salvé la situación como pude y logramos continuar nuestro trabajo durante unos cuantos años más. Aquel baño de realidad me enseñó algo esencial, algo que, por lo demás, ya conocía por los libros: en la clínica bajo transferencia, nosotros formamos parte del cuadro; en lugar de meros observadores, somos protagonistas principales14.

Quizás con esta viñeta haya conseguido transmitir algo de la especificidad de la transferencia en la locura. Como después mostraré, su materia prima está hecha de extrema soledad, a la que nosotros respondemos con nuestra presencia y buena disposición. Sin embargo, el ejemplo más preciso para ilustrar la transferencia en la locura es el de aquella otra mujer que, durante unos años, me llamaba sistemáticamente por teléfono cada semana. A mis ¿Sí?; ¿Diga?; ¿Dígame?, etc., no contestaba nada. Aunque no había palabras, sí había alguien al otro extremo de la línea del teléfono. Yo no sabía quién era mi interlocutor, pero si insistía tanto en llamarme y en no decir nada, seguro que era por algo importante. Al cabo de un tiempo, cuando aquella antigua paciente, Luisa, volvió a consulta, me dijo que me había estado telefoneando todos esos años sólo para saber si yo seguía vivo. Añadió que con saber eso le bastaba, porque sin mí qué iba a ser de ella. También me dijo que si no había venido durante esa larga temporada era para no perjudicarme (cosas de su delirio).

De conformidad con lo que acabo de apuntar, en el tratamiento de la locura la presencia cuenta más que en el de la neurosis, aunque esta presencia se manifieste apenas en unas palabras dichas por teléfono o en un OK a los WhatsApp que recibimos cada cierto tiempo de alguien al que vemos de ciento en viento. También se ha destacado, tocante al tratamiento de la psicosis, la personalidad del terapeuta. Esta opinión se puede leer en muchos de los que han dedicado su vida a este singular oficio. En esos términos se han expresado autores como Yrjö Alanen, Vamik Volkan y otros terapeutas, cuando señalaban que «la personalidad del terapeuta es más importante en la psicoterapia de pacientes psicóticos que en las terapias más técnicas de las neurosis»15. Resulta llamativo que muchos terapeutas de psicóticos suelen manifestar una gran firmeza en sus creencias e ideales con respecto a la teoría que profesan y a la práctica que realizan. Esta entrega apasionada se materializa, como no puede ser de otro modo, en el énfasis con que hablan con los pacientes y en la seguridad de lo que les transmiten. Sobre este particular, Lacan, en 1978, con ocasión de las jornadas de estudio sobre el pase, observó:

Es preciso decir que para constituirse como analista hay que estar tremendamente chiflado; chiflado por Freud, principalmente, es decir, creer en esta cosa absolutamente loca que se llama el inconsciente y que he tratado de traducir como «sujeto supuesto saber»16.

Si estas palabras de Lacan se trasladan a los terapeutas de la locura, esa chifladura se magnifica y en algunos casos llega hasta el extremo de la locura stricto sensu.

Situación actual y posibles mejoras

Hoy día conviene dar un paso más y renovar algunos principios de la psicoterapia de la locura. Y seguramente para darlo, tendremos que echar mano de una amplia experiencia clínica y de la guía de los más sólidos y actuales referentes teóricos en esta materia. De estos dos aspectos trataré brevemente.

Es evidente que la experiencia clínica con la locura se gana en la primera línea del frente, esto es, en los CSM, las Unidades de hospitalización, rehabilitación, comunitarias, las instituciones de media o de larga estancia o manicomios, etc. Ahora bien, desde la retaguardia también hay formas de tratar con la locura. Desde esa posición, hay quienes la observan en las presentaciones de enfermos y de ahí extraen algunos detalles llamativos; también los hay que atienden a algunos pacientes moderadamente trastornados —en algunos casos, quién sabe si psicóticos— en las consultas privadas. Si estos dos miradores se comparan con el trato con la locura que ofrece la institución, las diferencias son abismales. El trato diario con la pequeña y la gran psicosis aporta una perspectiva amplísima, tanto del loco como de la locura. El resto de tratos revelan aspectos parciales, aislados y livianos. Son perspectivas bastante diferentes sobre hechos parecidos. De ellas derivan experiencias y puntos de vista desiguales.

Con respecto a los referentes teóricos, vale la pena dar un buen repaso al conjunto de la literatura psicoanalítica y valorar su fortaleza. Como decía, estas contribuciones son sumamente variadas, de ahí la dificultad de agruparlas. Aun así, se podrían distinguir dos grandes grupos. En el primero se pueden reunir los estudios más clásicos, por lo general de inspiración freudiana y kleiniana. Son estudios que se realizaron hace más de medio siglo, cuando la psicofarmacología moderna no existía o estaba aún en ciernes. Entre los autores principales cabe evocar a Paul Federn, Harry Stack Sullivan, Frieda Fromm-Reichmann, Herbert Rosenfeld, Wilfred Bion, Harold Searles y Sivano Arieti, algunos de ellos vinculados a dos clínicas señeras: la Chestnut Lodge (Maryland) y la Tavistok (Londres). Pese a su heterogeneidad, todas estas aportaciones tienen en común que sus autores trabajaron a pie de obra con pacientes psicóticos. Mas esta virtud desmerece de inspirarse en teorías que parecen sacadas de una época lejana y emplean un lenguaje rancio, de los que echa para atrás.

El segundo grupo, la orientación lacaniana, tiene a gala su fortaleza teórica y su querencia por la actualidad. En esta orientación, el estudio de la psicosis se ha convertido en uno de los quehaceres principales y efectúa la exhortación de Lacan a no retroceder ante la psicosis17. Sin embargo, pese a su homogeneidad teórica resulta llamativa la escasa experiencia clínica institucional de muchos de sus principales teorizadores. Este hecho repercute en que la perspectiva ofrecida es a veces parcial y propende a especulaciones teóricas alejadas de la clínica diaria. La paranoia y la actual psicosis ordinaria condensan todo el panorama de la locura, con lo cual la esquizofrenia y la psicosis maniaco-depresiva están prácticamente ausentes. Por lo que se refiere a esta cuestión, viene al pelo aquel comentario de Charcot ante las palabras de Freud:

La teoría es buena, pero eso no impide que las cosas sean como son18.

Lo queramos o no, la locura tiene su hábitat principal en la institución sanitaria, y hoy día también en los servicios sociales y en las fundaciones. La principal razón quizás sea económica, pues se necesitan muchos profesionales, dispositivos, espacios y medios asistenciales para atender a estas personas, cuyos ingresos, por lo demás, suelen ser muy escasos. Por eso, es en ese entorno donde se trata de continuo con locos, sea en los pasillos, las consultas, las salas, en los talleres o a pie de cama. Y se está con ellos en momentos diversos, a veces ante la adversidad de la muerte de un familiar, en una crisis, en instantes de desesperación y en la convalecencia. De ellos nos vamos formando una idea a través de nuestras conversaciones, pero también de las opiniones de los compañeros y de las informaciones que nos aportan sus familiares. Asimismo se los conoce a medida que pasan los años, desde la juventud a la vejez, poseídos por la bravura de la locura juvenil y, décadas después, acomodados a su lunática existencia. De ahí que las miradas instantáneas a la locura, como sucede en una presentación de enfermos, aunque pueden mostrar algunos relieves del pathos, no dicen gran cosa de la vida de esas personas.

Esa red asistencial de la que hablaba, cuando se trata de la locura, es del todo necesaria. Red referencial que limita el extravío del lunático hasta el infinito; red protectora que, en caso de que pierda pie, le garantice caer en lugar seguro; red relacional —sin duda sui generis— destinada a atenuar la soledad esencial que le posee. En esa retícula asistencial es donde la psicoterapia de la psicosis encuentra mejor acomodo, de manera que esta terapia se articula con otras y forma parte esencial de los programas de un Servicio de Psiquiatría y Psicología clínica. Porque está claro, como señala Adolfo Santamaría, que la dimensión asistencial del trabajo con los sujetos psicóticos pasa por hacerse cargo de la dimensión clínica, es decir, la que escucha la particularidad de cada caso19.

En nuestro caso, como señalé antes, la Unidad de Psicoterapia Especializada atiende un grupo de pacientes con una patología grave aunque posiblemente recuperable. Muchos de ellos necesitan un soporte de intervención comunitaria. Desarrollada por un equipo de élite, esa intervención es la base sobre la que se asienta la psicoterapia individual. Y lo es, puesto que muchos de nuestros pacientes, si no recibieran atención diaria por parte del equipo, no estarían en condiciones de sentarse ante un especialista y hablar de sus cosas. De manera que el trato con pacientes trastornados y el tratamiento psíquico con ellos supone la conjunción de una intervención comunitaria y una psicoterapia, algo colectivo y algo singular. Conforme a este modelo, la base comunitaria culmina con un tratamiento psíquico individual20. Por tanto, no se trata sólo de mejorar el vínculo del paciente con los otros y con las ocupaciones, sino de reequilibrar su relación con la vida.

Los terapeutas de psicosis han observado, aun usando otros términos, la necesidad de complementar y sumar esfuerzos con vistas a la convergencia del ámbito social y relacional, el acompañamiento y el psicoterapéutico. Está claro que Paul Federn, John Rosen, Marguerite Sechehaye y otros muchos no limitaban los tratamientos psíquicos a las sesiones. Uno de ellos, Silvano Arieti, destacado alumno de Frieda Fromm-Reichmann, señaló en múltiples ocasiones que el tratamiento de esquizofrénicos no consiste sólo en las sesiones. En su obra Interpretación de la esquizofrenia, anotó la siguiente reflexión, extraída de sus años de trabajo en Pilgrim State Hospital:

En aquel tiempo noté que la proporción de altas de pacientes esquizofrénicos era mucho mayor en ciertas salas que en otras. Ocurría en los llamados «edificios traseros» para los pacientes crónicos, donde los enfermos no eran sometidos a ningún tratamiento físico ni psicoterapéutico. Pronto me di cuenta de que la elevada proporción de altas se debía a la forma en que ciertas enfermeras trataban con los pacientes. Tales enfermeras ofrecían a los enfermos, con su actitud, la imagen de una madre buena, aparentando ternura, fortaleza y amabilidad. Los pacientes respondían a ello haciéndose más activos. La enfermera o su ayudante daban al paciente tareas que el enfermo era capaz de hacer, y alababan a aquellos que sentían un incentivo por hacer más. El paciente notaba que deseaba la alabanza de la enfermera, y de esta manera se incrementaba su propia estimación. Puesto que en tiempo de guerra había escasez de empleados, las enfermeras tendían naturalmente a mostrar afecto a los pacientes dispuestos a ayudar21.

Conviene tener estos elementos en cuenta. No obstante, es un hecho que la psicoterapia de la psicosis puede desarrollarse asimismo en el ámbito privado, siempre que se seleccione adecuadamente a los pacientes y su situación clínica lo permita. En cualquier caso, sea privada o pública, la psicoterapia de la locura tiene una esencia común y se apuntala en unos principios elementales.

De eso me ocuparé ahora. Lo que sigue son diez principios provisionales de psicoterapia de la locura. Los he escrito pensando en lo que hago en mi trabajo más que en lo que dicen los libros. De hecho, como advertí antes, primero los escribí y después continué releyendo la literatura sobre esta materia. En lo que expondré a continuación trataré de la locura como defensa radical, de sus síntomas como intentos de estabilización, del valor esencial de la transferencia en el trato con el loco y en el tratamiento de la psicosis. Por último, me ocuparé de la orientación general que conviene imprimir al tratamiento. Ahora bien, esta orientación está determinada por la concepción teórica que tengamos de la locura, por el medio en el que cada uno desempeña su trabajo y por el tipo de pacientes con los que trata. En mi caso, al cargar tanto las tintas en que la locura es una defensa radical, toda la cuestión girará en torno a si conviene o no perturbar la defensa, y de hacerlo, cuándo, cómo y en qué ocasiones.

Segunda parte Diez principios de psicoterapia de la psicosis

1. La psicosis es una defensa

El tratamiento de la psicosis mantiene una relación directa con lo que entendamos por locura. Si la psicosis se concibe principalmente como una alteración de la relación con la realidad, la tendencia del clínico consistirá en intentar restablecer el orden de la realidad y devolver al paciente a ese marco referencial desvirtuado por la locura. Si, por el contrario, la locura se comprende esencialmente como una defensa necesaria y los síntomas como muletas imprescindibles, el tratamiento se orientará hacia un reequilibrio, se adapte o no a la realidad imperante y se amolde o no a los ideales de cada momento. En ese sentido se puede decir que, en mi opinión, no importa tanto si la mesa se sostiene y guarda una apariencia coherente con el mobiliario; lo que importa es que se mantenga en equilibrio porque el calzador está anclado con firmeza. Sin duda, este punto de vista eminentemente práctico deriva del trabajo diario con personas por lo general descompensadas.

Con vistas a abreviar estos comentarios, haré un breve apunte sobre el campo semántico del término freudiano Abwehr (defensa) e ilustraré mi parecer con un caso de Silvano Arieti, extraído de su monografía Interpretación de la esquizofrenia.

De cara a hacerse una idea precisa de lo que Freud quiso transmitir, conviene tener en cuenta el sabor genuino del término en su lengua vernácula y en el contexto que lo empleó. Defensa (Abwehr) proviene del verbo abwehren, compuesto de la preposición ab y del verbo wehren: «colocar una barrera», «bloquear». El verbo abwehren significa «rechazar», «rehusar», «hacer retroceder», «mantener a distancia», «protegerse de» (algo). En alemán, este verbo tiene algunas connotaciones un poco diferentes a las que expresa en castellano el verbo «rechazar». Se usa para decir, por ejemplo, «rechazar a un enemigo» (den Feind abwehren). En concreto, en este tipo de connotaciones queda implícito que a los enemigos sólo se los hizo retroceder, que no se los destruyó y que, por tanto, podrían regresar. El verbo abwehren evoca el estado de estar listo para reaccionar22. Representaciones intolerables, sexualidad, pulsión o castración serán algunas de las referencias que motivarán la defensa, los topes que indican lo que un sujeto puede y no puede soportar.

Estos aspectos semánticos se aprecian en las experiencias de la paciente de Arieti, cuyo caso puede parecer oscuro e incomprensible si no se analiza desde la perspectiva de la defensa que aquí se propone. En realidad, la opacidad que atribuimos a nuestros pacientes habla más de nuestra ignorancia que de su borrosidad intrínseca. Cuando nos adentramos en la bruma, vale la pena sacar el candil de las buenas preguntas y reanudar el diálogo en cuanto sea posible. Sally, la paciente de Arieti, es una mujer casada, judía, de 23 años, que vive en una pequeña ciudad cercana a Nueva York.

Sally me hizo una minuciosa descripción de sus síntomas. [...] Cuando no se hallaba en estado catatónico, tenía la impresión de que su cuerpo se desmenuzaba en pequeños pedazos o corpúsculos, que caían dentro o fuera de su cuerpo. Prefería no moverse, por miedo a que esto provocase la caída de estos pedacitos. Debía convencerse ella misma en todo momento de la integridad de su cuerpo, para lo cual se vigilaba constantemente de manera obsesiva. Cuando se movía, por pequeño que fuese el movimiento, se preocupaba de cómo debía hacerlo, dividiéndolo en pequeñas etapas, para asegurarse de que en ninguna de ellas se habían producido caídas de trocitos. Esta tarea era terrible; cualquier movimiento le inspiraba un miedo mortal y la obligaba a obsesionarse con pensamientos de los que no podía zafarse. Con frecuencia pedía a sus allegados que la ayudasen a examinar su cuerpo, para convencerla de que no se le había caído ningún pedazo23.

Al enfocarla desde esta perspectiva, la locura se nos presenta como una defensa necesaria en la que poco cuentan las rarezas, disparates irracionales y desajustes con respecto a la realidad. El propio Arieti, en otro pasaje de su monografía, vuelve a enfatizar esta tesis:

La psicosis puede considerarse como el último intento por parte del paciente para resolver sus dificultades24.

Y Donald Winnicott subraya que la «rotura de las defensas» se observa con claridad en algunas psicosis clínicas, lo que da lugar a lo que él llamó «colapso mental»25. En esos momentos de colapso, mientras el sujeto organiza nuevas defensas, es cuando más cuidados necesita. En un añadido de 1964 al mencionado texto, Winnicott precisó más este punto de vista, enfatizando:

La enfermedad del paciente consiste en un sistema de defensas organizadas en relación con el colapso. El colapso es un fallo de las defensas que termina en el momento en que se organizan las nuevas defensas, las cuales pasan a constituir el cuadro clínico del paciente26.

Cuando se valora esta función protectora, tiene uno la impresión de entenderla y de estar en condiciones de hacer algo con ella. Saber y hacer, en lo tocante al tratamiento de la locura, son términos inseparables y nos instan a orientar a su protagonista hacia el reequilibrio, aunque éste no sea ni el más razonable ni el mejor adaptado a nuestra realidad. Aunque tampoco sea lo que podría esperarse de un especialista que trabaja en un medio sanitario público, donde parecería que estamos ahí como mínimo para silenciar los síntomas. En lo referente al inexcusable respeto por la función del síntoma, sí puede afirmarse que hay un denominador común entre todos terapeutas inspirados por el psicoanálisis. Uno de ellos, Otto Fenichel, bastante alejado de nuestros puntos de vista, mostraba esa coincidencia, al proponer acerca del delirio:

Cuando el paciente necesita su delirio para fines de defensa, el analista debe respetar este hecho27.

Por otra parte, es necesario tener en cuenta que los locos, aunque muy frágiles, no son de mantequilla. Un psicótico se equilibra de múltiples maneras y lo hace continuamente. En el diálogo con el clínico, cuando éste comenta algo desafortunado o propone una interpretación potencialmente desequilibrante, el paciente la contrapesa a menudo con la consistencia que aporta la transferencia. Si no fuera así, viviríamos en un mundo de locos.

2. La psicosis comprende un amplio y variado conjunto de experiencias

La locura se expresa mediante una extensa gama de experiencias y manifestaciones clínicas, unas más normalizadas y otras más enloquecidas. Compendiarlas es una tarea muy compleja, sin duda. Pero quizás no sea necesaria si se sigue una metodología bien fundamentada. Si en esa pluralidad de manifestaciones se introduce el factor sujeto, la distinción entre lo propio y lo impropio de la locura se vuelve más sencilla. Como he señalado en otros lugares, cuando a la objetividad de la semiología clínica se le añade el plano subjetivo mediante el análisis de las experiencias y la función del síntoma, la discriminación estructural se aclara casi en su totalidad. De ahí la necesidad del conocimiento de la psicopatología para el terapeuta de la psicosis.

La locura se puede mostrar de múltiples formas. Unas veces la hallamos tal cual, sin disfraces ni ocultaciones, en su configuración genuina. Otras se nos antoja silenciosa y suponemos que se revela por medio de síntomas más propios de otros tipos clínicos, sobre todo a través de obsesiones y fobias. También hay otras, más peliagudas, en las que mediante un semblante de normalidad se oculta una locura silenciosa; y de esa locura en ocasiones tenemos noticias sólo por la displicencia con la que el paciente se dirige a nosotros o por la tiranía con la que trata a sus próximos, hasta que en contadas ocasiones cae el trampantojo y la fiera empieza a rugir. En cambio, cuando su expresión es pura y ostensible, uno puede observar con claridad los polos paranoide, melancólico-maniaco y esquizofrénico. Sin embargo, a veces las manifestaciones son discretas, están diluidas y apenas se exterioriza un pequeño signo melancólico, maniaco, paranoide o esquizofrénico, signo tenue y persistente que sólo en algunos momentos críticos se acentúa fugazmente. En otras ocasiones, en esa locura discreta se da una mezcla de fenómenos propios de la psicosis, junto con fobias y obsesiones cuyo patrón resulta incoherente (desde el punto de vista de la neurosis). Quizás sean las presentaciones clínicas intervenidas por medicamentos y otras drogas las que más diluyan la pureza de las experiencias de la locura y contribuyan a la confusión diagnóstica.

Estas formas de presentación son hoy día más frecuentes que antaño y es necesario estar al corriente. Paul Federn informó de un caso que comenzó con neurastenia, fobias y obsesiones, y prosiguió con toxicomanía y estados maniacos-depresivos. A lo largo del tratamiento psicoanalítico de este hombre, llevado a cabo hace casi un siglo, Federn observó que las fobias no desaparecían, así que decidió enviarlo a Freud.

Después de dos años de tratamiento —señala Federn—, no se obtuvo éxito terapéutico. Freud me confesó que sospechaba que la causa de la resistencia era una paranoia y que por más que no se lograra éxito con la neurosis, tal vez debíamos proteger al paciente del estallido de la paranoia. Este punto de vista me resultó muy sugestivo»28.

Y lo es, puesto que llama la atención sobre dos aspectos esenciales. En primer lugar, enfatiza que las manifestaciones de la psicosis pueden incluir síntomas de apariencia neurótica (predominantes y casi exclusivos en el periodo inicial) y el uso de sustancias tóxicas. En segundo lugar, estos síntomas y la neurosis en general son probablemente las mejores defensas frente a la locura29.

Además de todas estas presentaciones, la locura está sujeta a momentos personales diversos que deben observarse en el tratamiento: estabilizaciones por distintos procedimientos, compensaciones farmacológicas, crisis, reagudizaciones por consumo de drogas, malos encuentros, pérdidas, psicotización de la transferencia, etc.

Si se quiere llevar a cabo un tratamiento, el terapeuta debe estar atento a toda esta amplitud de experiencias y manifestaciones clínicas. Además, comoquiera que la psicoterapia de la que aquí se habla es una clínica bajo transferencia, la expresión de la locura estará mediatizada por la relación del paciente con el clínico. Esta relación da pie a un muestrario amplísimo de experiencias en las que el terapeuta forma parte del cuadro clínico del paciente y desempeña los más variados papeles, desde la persecución hasta la contención. Como se sabe, el loco es alguien en potencia muy frágil, uno de esos seres a medio hacer que en un instante pueden perder pie y despeñarse. Para contrarrestar esa posibilidad, el clínico tiene que estar advertido de esa flaqueza y permanecer al quite para echarle una mano en el momento oportuno.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
221 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412116670
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