Kitabı oku: «Cuentos y Narraciones en tiempos de Pandemia»

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JOSÉ MARÍA MANSILLA RÉ

Cuentos y narraciones en tiempos de Pandemia


Mansilla Ré, José María

Cuentos y narraciones en tiempos de Pandemia / José María Mansilla Ré. - 1a ed. -Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.

150 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-87-1257-4

1. Narrativa Argentina. 2. Relatos. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Imagen de portada: José María Mansilla Ré

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mis seres queridos.

Cuentos y narraciones en tiempos de Pandemia

5 Cuentos cortos

8 Cuentos medianos

2 Cuentos largos como novelitas resumidas

La miraba como una diosa

La nave marchaba sin que nada al parecer se moviera, solo se oía el leve murmullo de sus turbinas. La noche era profunda a esa hora en que navegábamos en aguas del llamado Triángulo de las Bermudas, de Bahamas rumbo a Miami. Ya nos estábamos acomodando en nuestra mesa y el camarero muy solícito se nos acercó con la lista de la comida. Elegimos carne de res con unas verduras hervidas. Por uno de los ventanales del crucero se distinguían a lo lejos las luces de otras naves. Parecían estrellas flotando en el mar. De pronto, hizo su aparición ella. La rubia alta, delgada, vestida con un pantalón negro no necesariamente ajustado y una blusa con mangas largas y de una textura hecha de seda y un chal sobre los hombros. Venía sola y llamaba discretamente la atención mientras se balanceaba garbosamente hasta llegar a la mesa delante de la nuestra, distante a unos cuatro metros. Aun así, percibimos el aroma de su perfume que se mezclaba con el de mi mujer. Su aparición atraía tanto miradas masculinas como femeninas. Mi mujer me deslizó con mucho criterio: “Debe ser modelo, tiene todo el tipo”. Después de verla acomodarse en la silla, poner su chal y un diminuto sobre plateado en la otra silla y sentarse finalmente, revisó su móvil buscando tal vez algún mensaje. Desvié la mirada hacia mi derecha y vi a otro personaje que también me llamó la atención. Sería para mí el primer protagonista de esa noche.

Era un muchacho alto, muy delgado, de tez cetrina y una pequeña barba ensortijada y renegrida que hacía terminar su rostro en punta. Era un tripulante del enorme crucero al servicio del comedor. Es muy probable que su origen fuera de la India o de Pakistán. Estaba dentro de la distribución de los platos o fuentes de comida que venían de la cocina y de allí los derivaban a los camareros y estos a su vez los llevaban a las mesas de los turistas.

Lo vi como embobado observando con atrapante atención desde su aparición a esa figura de negro con atractiva cabellera dorada que caía adornando su espalda. Lo vi apoyado en ese mostrador circular esperando las órdenes de sus compañeros. Lucía una camisa blanca y un pantalón azul casi cubierto por un delantal gris con pechera y sin llegar a las rodillas. Sus labios casi oscuros dibujaban una leve sonrisa, pero el brillo de sus ojos reflejaba una supuesta historia elaborada en segundos al ver a la dama. Creo que soñó con enamorarse, en poseerla como si fuera un amor que al fin llegó a su vida. Se deleitaba mirándola arrobado en un paraíso de espacios limitados. Su sonrisa era de adoración, ensoñación… como una cobra hipnotizada por el “pungui” de su poseedor. Él no la veía como un objeto sexual; la veía como algo difícil de conseguir, inalcanzable, utópico. Como si una vez pensara que fuese el dueño del Taj Mahal y anduviese por sus salones y sus jardines viendo su figura reflejada en las aguas del estanque con toda la fisonomía y vestimenta de maharajá. Eso pensaba yo que supuestamente tenía en mente el muchacho. Algo así como “¿Cómo puedo pretender algo semejante, un simple mesero indio de cocina al servicio de los señores…? ¿Y por qué no?... Estamos en el mismo mundo, pero en escalones distintos, ¡pero con la imaginación se llega hasta donde uno quiere!”. Supongo que habrá pensado eso utilizando la sapiente filosofía de la India, y yo inmiscuyéndome en su pensamiento.

A los dos minutos apareció la pareja de ella. Alto, cabello oscuro, serio y espigado. Caminando como si nada hubiera a su alrededor, pero acompañado también de miradas indiscretas de ambos sexos. Parecían dos modelos de alta costura o de un producto sofisticado al que estaban publicitando haciendo una pasada por los salones. Vestía un pantalón claro, un saco azul oscuro y un pañuelo en el cuello que luego se quitó. Un clásico. El peinado impecable y lustroso como si le hubieran desparramado una gelatina brillante. Le sonrió cuando llegó a la mesa y ella se la devolvió con sutileza, pero sin estridencias. Suave y tenue como se veía ella. El único al que la sonrisa le iba disminuyendo de a poco era al amigo supuestamente de la India o de Pakistán, porque fue despertando casi ipso facto de ese sueño tan breve pero dorado como los cabellos de la dama, y más aún cuando un compañero de servicio le trajo una fuente con platos para distribuir, y al ver que aquel seguía estático, con los ojos puestos en la mesa veintidós, le gritó: “Eyy… despierta, que aquí tienes para las mesas nueve, quince y veinte… ¡¡Ey, que se enfrían!!”.

Los abuelos

Eran dos abuelos que se alojaban en un hogar mixto de ancianos, una residencia para mayores en un barrio de la ciudad. Estaban en los momentos de esparcimiento donde veían la TV, o leían o recibían visitas, separados por unos metros unos de otros. Prácticamente muy pocos ancianos se conocían entre ellos, excepto los más antiguos que entre charla y charla hacían más llevadera su estancia en el lugar. Las relaciones eran contadas y casi siempre del mismo género. Los hombres veían algún partido de fútbol por televisión cuando no eran nocturnos o se entretenían con algún otro programa por la tarde. Otros permanecían silenciosos con los ánimos perdidos en otros tiempos, y algunos releían por infinita vez viejas y queridas cartas o veían fotos de épocas pasadas. Las mujeres, de acuerdo a sus estados de ánimos, se relacionaban más entre ellas.

Estos dos abuelos eran extranjeros, hacía mucho tiempo que habían llegado al país y se sentían tan ciudadanos como los nacionales por el simple hecho de haber vivido la mayor parte de su vida aquí, formado una familia, tenido amigos y finalmente terminar sus historias en estos lares.

Él era italiano de la zona de viñedos de Frascati, una antigua y bonita ciudad con edificios del Medioevo en la provincia de Roma, a veinte kilómetros de la ciudad. Ella, española de Valladolid, llegó al país con sus padres cuando era una niña de cinco años, justo para inscribirse en la escuela primaria. Ambos no se conocían ni de nombre, apenas se habían visto a la ligera cuando almorzaban separados en alguna mesa del salón. Él era residente desde hacía dos años y ella casi año y medio. La señora se llamaba Verónica y solo los fines de semana recibía la visita amorosa de su nieta que siempre le traía alguna ropa o cosas que podía comer admitidas por el médico del hogar. De vez en cuando venía con su marido y el pequeño bisnieto a llevarla a pasear o bien a que se quedara a dormir con ellos cuando había algún festejo familiar.

El abuelo, de nombre Pablo, no tenía tanta suerte porque el único visitante que venía a verlo a la ligera cuando se acercaba a pagar generosamente la renta en la residencia era su sobrino mayor, hijo de un hermano. Pablo tenía un hijo que por razones de trabajo se había trasladado a Italia, a Milán, para ser más precisos, con su mujer y sus dos hijas, y una vez al año volvían y entonces lo iban a ver al hogar. Eso había sucedido una sola vez y el abuelo contaba los días para volver a abrazar a su único hijo. Más de una vez pensaba “qué extraño es el destino”. Él se vino de allá para aquí a trabajar por una vida mejor, y ahora era el hijo el que se había ido a Italia a forjar su porvenir. El abuelo hacía tres años que era viudo después de casi sesenta años de haber compartido su vida con Carmela.

Pero un día, comenzaron a acercarse el uno al otro aun sin proponérselo. Quizás una ayudante colaboró con la magia de lo que no imaginamos y los acercó. Algo fortuito. Y de a poco se empezaron a conocer, a reconocer sus rostros y sus voces y de sus tímidos saludos de “buenos días”. Pablo supo que ella se llamaba Verónica y a Verónica le quedó el Pablo sin tener que memorizarlo; y de a poco las palabras elaboraban pequeñas charlas, y se fueron despojando de vergüenzas, a intimar más asiduamente en sus soledades y a extrañarse en las separaciones de cada noche cuando iban a acostarse en habitaciones distintas, y a buscar estar juntos al otro día para tomar el desayuno y en la hora de la comida y a veces dejaban de lado la hora de la siesta simplemente porque no querían dejar espacio sin cubrir con sus cercanías. Esa sublime compañía que servía para apañarse uno con otro. Y tal vez, desde algún rincón la ayudante que sin querer los acercó ahora sonreía porque veía a dos abuelos diferentes a los demás.

¡Y se enamoraron! Se enamoraron sin tiempos ni futuro, solo el hoy… Y dicen que alguien escuchó en cierto momento que Pablo le decía: “Sabes, creo que el amor nos rejuvenece… porque desde que te conocí, desde que empecé a hablar contigo, he vuelto a sentir ganas de seguir viviendo… de volver a importarme la vida… ¿Y tú, no?”. Y la sonrisa de ella borró las marcas del tiempo en su rostro, y tomándole la mano que él tenía apoyada en el respaldo del sillón y fijándose que nadie los observara, con el brillo de sus ojos y la mano apretando la de él, estaba diciendo toda su respuesta.

Los golpes de la vida

Todas las tardes, cuando el sol ya caía hacia el oeste veía pasar a un personaje de los que llamamos “cartoneros”, esa especie de persona trabajadora, sin una labor específica en una oficina, en un taller o ni siquiera como peón de albañilería, sino el de tener una labor diaria recorriendo las calles en busca del factor que le permita vivir. Simplemente una persona más en este mundo tratando de solventarse honestamente con lo que la calle le pueda ofrecer, como los limpiavidrios o los que hacen malabares en los semáforos de las esquinas de la ciudad. Lo observaba empujar su carrito a “tracción sangre humana”, haciendo más fuerza a esa hora de la tarde porque ya venía cargado, y si tenía suerte, pues hasta el tope. Yo los llamaba “los hombre hormiga”, no despectivamente, no, en absoluto, sino por su laboriosidad caminando a cualquier temperatura recorriendo kilómetros en calles nada fáciles porque se mezclaban con vehículos de cualquier tamaño. Una tarde lo detuve cuando ya iba a entregar lo que había acumulado en su carro, para entregarle unas cajas de cartón que tenía en casa de unas resmas que había vaciado y me pidió en esa pausa, con cierto grado de educación, si podía alcanzarle un vaso de agua. Claro, la tarde era calurosa y con semejante trajín el hombre estaba necesitando apagar su sed. Le alcancé un vaso grande de soda fresca y la bebió hasta la mitad de un solo trago, sin hesitar. A todo esto, mi vecino Rodolfo que estaba hablando en la puerta conmigo, le dijo que tenía unas cajas desarmadas de unas compras que había hecho en su oportunidad y que se las alcanzaba, que para él iban a ser unos pesos más. Hizo una pausa el cartonero antes de vaciar el contenido del vaso y lo examiné con discreción. Vestía ropas de acuerdo a su trabajo, gastadas y de tipo deportivo, una barba sin ningún tipo de cuidado, claro, era viernes y tal vez la tenía acumulada desde el domingo pasado, tal vez… Lo vi macilento, aunque en sus brazos todavía la nervadura sobresalía en una musculatura ya no tan firme. No podía precisar su edad, quizás cincuenta o cincuenta y cinco años. Tenía un reloj, pero no anillos, y colgaba de su cuello una cadena con una medallita, al parecer de plata. Sus labios algo hinchados brillaban como hálito de vida mojados por la humedad de la soda y sus ojos se veían como dos luceros apagados, casi opacos, eclipsados por los párpados vencidos que apenas mostraban la mitad del globo ocular. El pelo, desprolijo como la barba, caía sobre la frente como una retama desmadrada de un balcón. Lo que más me llamó la atención fue su nariz achatada y no al parecer de nacimiento. Ver esa fisonomía me puso ante la evidencia palpable de que este hombre habría sido un camorrero de mil peleas, o un luchador de octágono o quizás un boxeador. Mi vecino Rodolfo trajo la caja ya desarmada y le sirvió otro vaso de soda una vez concluido el primero, que aceptó gustoso haciendo un movimiento con la cabeza.

—Te hago una pregunta tonta y sin querer molestarte —le dije—. ¿Vos fuiste boxeador o tuviste muchas trenzadas callejeras…? Digo, ¡por las “medallas” que se nota llevas! —le dije en alusión a tan golpeado rostro. Me contestó haciendo una mueca desganada y apenas sonriente.

—Piñas… piñas en la calle y en el ring.

—Ahh… ¿fuiste boxeador? Me lo imaginaba por tu nariz ñata. —Le señalé haciendo un gesto con mi cara en dirección a la suya. Seguí escudriñando su semblante, ya que me resultaba parecido a alguien, alguno conocido en ese deporte o profesión. Mi amigo Rodolfo también lo observaba a ver si descubría si era alguien famoso o un ignoto luchador. Entonces le pregunté para despejar la incógnita si había peleado en el Luna Park alguna vez—. ¡Perdoná mi ignorancia! —me disculpé.

Me miró, calibró mi desconocimiento y le habrá dolido no haber sido reconocido, pero no se ofuscó y se dio cuenta de que yo no conocía mucho de su historia y sus laureles, y no lo tomó mal porque quizás ya el tiempo habría calmado sus ambiciones y su egolatría. Me devolvió el vaso, se recostó contra el lateral del carro y nos explicó a mí y a mi vecino, que también permanecía atento al desarrollo en cuestión mientras su mujer lo llamaba para que la ayudara en algo y él se negaba con un “pará, Liliana, ¡ya voy!

—Sí, peleé en el Luna, ¡y varias veces! Nací en Tucumán, pero hace treinta años que estoy por acá. Mi viejo trabajaba en la cosecha de la caña de azúcar, en la zafra, vio, y yo después de la primaria también estuve en los cañaverales ayudando a la familia. Y me trencé con algunos peones no por camorrero, sino por otras cosas. Alguien me vio que era bueno con los puños y empezó a enseñarme a boxear, y como tenía calidad, me llevó a la ciudad y me hice profesional y cuando tenía veinte me llamaron de Buenos Aires, ¿se imagina?... Solo era campeón provincial. —Fue entonces cuando Rodolfo interrumpió:

—¡Vos sos Méndez!

—Sí, soy Méndez. —Y se ufanó de que lo hubieran reconocido y prosiguió—. En el Luna y en los buenos estadios del país… y en Uruguay, Brasil, México… En España y en Francia, bueno, ahí gané el título mundial… en la propia casa se lo gané al francés.

—Sííí —le respondí porque me había venido a la memoria y añadí—. ¡Fue al francés Pigard!... allá por el… —Pero él me dio la fecha justa y al toque:

—¡El 18 de abril del 98!... ¡Como para no acordarme! —Bajó su rostro mirando las baldosas reviviendo esos momentos en segundos—. Soy Ceferino Méndez, el tucumano campeón de los welters, el mismo que peleó en el Madison con un negrito que me ganó por puntos… Me robaron el título esa noche, en mi tercera defensa… me afanaron y nunca más me dieron otra posibilidad.

Mi amigo Rodolfo por tercera vez se negaba al reclamo de su mujer y miraba boquiabierto al campeón que en su breve relato estaba comenzando a revivir su gloria, aunque sea por un momento.

—¡Hiciste un montón de peleas, Ceferino! —dijo mi amigo y yo asentía.

—Sí —dijo aquel—. ¡Hasta en Australia!... ¡En ese lugar me hicieron ver los canguros de tantas piñas que me dieron! —Y lanzó una carcajada como expulsando el recuerdo de una vieja noche de dolor.

—¿Y ahora qué? —pregunté tontamente.

—¿Ahora qué? —me respondió con otra pregunta demostrando que ahora todo lo que tenía estaba ahí, a su lado, a la vista.

—Pero habrás hecho mucha plata, con tantas peleas tenés que haberte ganado unos cuantos pesos.

—Muchas peleas. Mucha plata, todo en dólares… también muchas mujeres y un montón de amigos —me contestó con una resignación valerosa—. ¿Sabe? Yo no sé si tenía minas porque era pintón o porque era rico, pero tenía un montón… hasta gente del espectáculo. Sí, ¡así como me ve con la ñata aplanada! —No dijimos nada para no enturbiar más sus recuerdos.

—Así que ahora…– —arriesgó Rodolfo.

—Y ahora tengo un carro y cicatrices en todas partes, pero el recuerdo grande de sentir los aplausos como cada vez que me acuesto antes de dormirme, de los que me vitoreaban, las palmadas de los amigos ¡que cada vez que ganaba una pelea y más plata más tenía!

—Disculpame, ¿ahora cuántos te quedan?

—¿De ese tiempo?, ¡ninguno! Salvo dos o tres crotos como yo. Los otros se piantaron cuando el bolsillo se vació, porque un día… me quedé sin un mango. Ustedes no saben —dijo mirándonos a los dos—. Qué tristeza haber tenido todo ¡y un día quedarse sin nada! Ninguno de esos quedó ni para pedirle una chirola para un café con leche. El boxeo me dio mucho, pero más me dio la vida enseñándome… gran maestra es la vida, jefe. —Se estaba poniendo entre las barras del carro para reiniciar su labor—. Lástima, amigos, que tardé demasiado tiempo en darme cuenta, ¡en no haber guardado un poco de inteligencia para después de los golpes! —Su voz dejaba entrever una filosofía modelada por la carencia de muchas cosas, principalmente la del sentimiento, el despojo, las pérdidas…

Nos volvió a dar las gracias por la soda con la que le habíamos quitado un poco de sed y se iba apurado porque los camiones que compraban su mercancía ya lo estaban esperando en el punto de encuentro y se fue. Lo vi empujando su carro de la vida, ese que ahora le daba de comer sin escuchar las aclamaciones, sin ver su nombre en los afiches y marquesinas anunciando sus grandes peleas, sin sentir las voces de sus amigos arengándolo a despilfarrar en fiestas lo que en una noche había ganado a los golpes. Ahora iba gastando el resto de sus fuerzas empujando un carro de madera con ruedas de bicicleta y cargando cientos de kilos a puro pulmón. Ya se iba perdiendo, apurado entre un bosque de cemento y vehículos que lo sorteaban y yo pensaba “Cuántas mañanas habrá madrugado para correr y poner su físico a punto, privarse de comida para dar el peso y de tantas cosas que nos ofrece la vida y dejar parte de su juventud sin tener una voz digna, honesta, patriarcal en un rincón de su vida, no solamente en el ring, que le hubiera enseñado también esa lección que no supo entender. Y pensé, que, quien más, quien menos, todos tenemos un carro para empujar y una vida para aprender.

Aquella noche en París

El hombre llegó hasta la 6 Rue Cimarosa de París y constató que estaba frente a la embajada argentina, el lugar al que tenía decidido arribar ese día. Ingresó y tras presentar documento preguntó en la oficina de Informes en qué lugar podía ubicar al secretario del funcionario de Asuntos Latinoamericanos de aquel país. La empleada, que era francesa, pero hablaba en español casi perfectamente, le manifestó que a esa hora ya estaba cerrada y que precisamente, señalando a una mujer de mediana edad, si es que a los cincuenta y algo se considera de mediana edad en tiempos actuales, le dijo que ella era la secretaria de esa oficina. Miró a la rubia que caminaba seria y apurada, con pasos nerviosos y firmes llevando unas carpetas en un brazo recogido y un bolso marrón en la otra mano. El hombre saludó y agradeció a la empleada de Informes y se fue tras aquella con ánimo de hablarle.

—Pardon, bonjour, madame… Je ne parle pas français. —La mujer lo miró sin mucho detenimiento y le preguntó si hablaba español—. Oui —respondió.

—Bien, entonces no se esfuerce en hablar en francés al menos que quiera practicarlo, pero no conmigo que estoy apurada y hoy no tengo ánimo para nada —contestó tajante y sin diplomacia.

—Quería preguntarle por el señor Ballester, un artista plástico amigo de él me pidió que lo venga a ver por una exposición que quiere presentar en la embajada y que…

—El señor Ballester, mi esposo, ¡ya no existe más! —dijo la dama cortando la explicación del otro y sin perder la velocidad de sus pasos.

—Oh, perdón… no me dijo nada este amigo artista que el funcionario… su marido, había fallecido… ¡Cuánto lo lamento!

Ella, que iba mirando las baldosas rumbo a Pyramides, lo miró de soslayo, casi con el rabillo del ojo izquierdo y le contestó con un tono más fuerte de acuerdo a la mesura de las palabras que presentaba hasta esos momentos.

—No falleció, sigue en la tierra… simplemente se fue a mejor vida. —Él la miró extrañado, sin comprender. Le parecía raro ese juego de palabras—. Sí, a mejor vida, disfrutando el calor de Haití… con la mujer del cónsul de esa isla, de ese país tropical… —De pronto se detuvo y tuteándolo le preguntó—. ¿A dónde vas?... Yo voy para la Rue Scribe, aquí cerca… a descansar a mi casa y con muchas ganas, pues hoy tuve un día muy fastidioso atendiendo a un empleado que vino con síntomas de haber ingerido anfetaminas… ¿Tú te drogas? —Oscar sonrió por la ocurrencia y lo negó. Él era un tipo formal y a ella le pareció bien. Después de esto ella aflojó un poco el paso. Daba a entender que no tenía muchas ganas de un presunto coloquio, pero equilibró su ánimo y le hizo otra pregunta—: ¿Conoces París o es la primera vez que vienes?

—Es mi tercera vez… la primera fue en 2000, cuando se pagaba con francos, pero comenzaba el euro. Luego en 2014. Y ahora con el bus turístico estoy volviendo a reconocerla, me encanta… tiene algo muy distinto a otras ciudades. ¿Te molesto si te acompaño?

—No, Monsieur… para nada —replicó tal vez mintiendo. Oscar creyó comprender que ella le daba la oportunidad para seguir preguntando.

—¿Y qué pasó con Haití?... Si quieres contar, digo. —Se detuvieron en una esquina esperando que el semáforo diera lugar para cruzar.

—Bueno… en una reunión de embajadas festejando no sé qué aniversario conoció a la brunette… más bien una brune claire. —Lo miró—. Él estaba atento, pero con la mirada en el piso—. La invitó a bailar mientras yo hablaba con otras señoras y no sé qué elixir sensual le habrá dado a Honorio, mi exmarido, que ya no se la pudo quitar de encima… o no quiso… Ah, espera —le dijo al pasar por una tienda de frutas y verduras. Compró un paquete de cerezas y retornó al diálogo—. El marido de ella, un robusto moreno, bebía sin parar, como si le importara un rábano. Ella era muy bonita, no era para el cónsul.

—¡Era para tu marido!—La rubia llamada Annette le lanzó una mirada con algunos megatones. Oscar trató de ponerle crema a la salsa picante—. Digo… que haría buena pareja con tu marido… ¡pero yo me hubiese quedado con lo que tenía en casa! —piropeó. La rubia sonrió y le contestó:

—Veinte años menos que yo, el sol en su piel y una cabellera color caoba y sin motas porque era una haitiana mezclada con europeo blanco y con deseos que son muy contundentes en ese Caribe, ¿me entiendes?... Y él se fue, no pudo resistirse a ese almíbar moreno. Mal no me dejó, pero se fue… quién sabe dónde merde están ahora, si en tu Argentina o tocando los tambores en una isla caliente en medio del océano. —Annette despachó su furia y siguió caminando con tranquila resignación. Oscar lanzó su ofensiva viendo que la oportunidad se presentaba. No tenía nada que hacer ni con nadie que encontrarse. Estaba en París por una semana porque su misión era Roma. Como periodista de un matutino tenía que hacer la nota de un encuentro entre dos políticos gubernamentales por un arreglo comercial.

—Te invito a un café, ¿quieres? —Ella seguía caminando, ahora cruzando el Boulevard des Capucines. Respondió mecánicamente.

—¿Un café?... pero si ni siquiera nos conocemos… —Oscar hizo un gesto demostrando que no importaba si se conocían o no, pero que podrían conocerse, ¿por qué no?—. ¿Y dónde? —preguntó la dama.

—Me gusta el salón del Café de la Paix…fui alguna vez y me gustó…no estamos lejos de aquí, te gusta, te parece bien?

—Oui, sí que me gusta… sobre todo su mobiliario ¡y el café tiene otro sabor!... pero hay tantos en París ¿y eliges justamente este?

—Digo, porque nos queda de paso… ¿O es que te trae algún mal recuerdo?... quizás hay un motivo… —Ella negó con la cabeza e hizo una inflexión con los labios—. ¿Aceptas?

—Sí, acepto… me trajo buenos recuerdos, pero nada extravagantes. Juste des simples souvenirs, pero antes voy a mi piso a cambiarme y dejar esta carpeta… Tu aguárdame allí si quieres… puedo demorar treinta o cuarenta minutos. —Oscar la vio sonreír por primera vez y ese rostro serio y rígido se transformó en una belleza cálida que sin ser excepcional era atractiva. Quizás esa sonrisa superó momentos nada felices que estaban encerrados en el arcón de su memoria.

—Te espero dentro del salón, pero… ¡mira que te espero! —Le señaló apuntándole con su índice y regodeándose en su confianza. Ella asintió y apuró el paso, estaba a tres cuadras de su vivienda. Oscar tomó por la Rue Vendôme y se sumergió minutos más tarde en las vísceras mismas del gran salón. Pensaba si ella vendría. Ella razonaba si Oscar iba a esperarla o si todo era una parafernalia del momento.

Y ella volvió. Se había cambiado y ahora traía una camisa de mangas largas color blanca con pequeñas rayas celestes perpendiculares y una pollera oscura y estrecha. Cartera oscura haciendo juego con sus zapatos del mismo tono. Ahora parecía más alta y un poco más juvenil con su cabello estratégicamente suelto. Le gustó a Oscar esta nueva aparición. El perfume no era importado. ¡Era directamente francés! Él, para hacer tiempo y justificar su lugar en la mesa, ya había bebido un café y un vaso de agua. Se levantó y ayudó a sentarse acomodando la silla y comenzaron a hablar y hablar sin horarios ni preocupaciones. Oscar, como buen psicólogo de la vida, había notado que los ojos de ella iban cambiando a medida que pasaba el tiempo. Los creía ver más vivos, más alegres con una cierta felicidad acompañada de una sonrisa amable y verídica. El rigor que ella había mostrado en un principio cuando intercambiaron las primeras palabras iba desapareciendo. Él le contó lo que hacía, de su trabajo como periodista, de sus viajes, de sus anhelos. Ella le narraba de su labor en la embajada, de sus amistades, de algunos viajes y especificó que adoraba Brujas, una pequeña ciudad de Bélgica y que de vez en cuando, por lo menos dos veces al año, se tomaba el tren de París a Bruselas y de allí a Brujas a pasar un fin de semana para su regocijo. Oscar tuvo ganas de preguntarle si iba acompañada, pero prefirió callarse. En un momento sus manos se encontraron. Las sonrisas fueron un poco más notorias. El ritmo del corazón parecía tener otro sentido. Ella vio que la hora había pasado más de lo que suponía y aunque estaba en agradable compañía le murmuró:

—Oh, mon chéri… se me hace tarde… mañana trabajo y tú estás de vacaciones. —Él no le soltó la mano y ella se dejó asir.

—¿Quieres que te acompañe…? O más bien, te invito a cenar.

—No, hoy mi cena es yogur y fruta. Duraznos, cerezas, avena y yogur… tengo que bajar un kilo que tengo de más. —La miró y descreyó que tuviese un kilo de más, la veía perfecta.

—¡La mía también!... ¡qué casualidad! —contestó Oscar con picardía, y agregó—: ¡Vamos que te acompaño a la calle donde tú vives! —Ella lanzó una carcajada. Él la miró curioso y ella especificó:

—Me hiciste recordar el título de una canción que me gusta mucho, “La rue où tu habites”, vamos. —Ahora era ella quien invitaba a caminar. Oscar pagó y al salir del café el calor del verano los acarició en esa noche de julio vestida de magia. Al llegar a la puerta se miraron fijamente, con rictus de alegría, de satisfacción por el momento que esas casi tres horas de la tarde a la noche les habían dado. Parecía que uno esperaba del otro qué palabra decir. Annette rompió la tregua.

—Bueno… eso es tod… —No la dejó seguir. Aproximó sus labios a la boca de ella y la besó. Ella echó la cabeza hacia atrás, sorprendida. Lo miró extrañada, pero de a poco le fue gustando… La sorpresa le había agradado. El segundo beso fue más prolongado y sin asombro, con un montón de sentimientos desparramados entre los labios. Tal vez la rubia volvía a sentir una sensación de cariño que ya creía sepultado. Su alma reflotó de un mar de años de soledad. Y quiso más. Y se abrazaron más fuerte ignorando a los peatones y volvieron a despertar emociones adormecidas. Oscar le susurró:

—Tengo apetito de frutas con yogur… ¿me invitas? —Ella sonrió, no parecía dispuesta a invitarlo a subir. Pero después del tercer beso relajó su resistencia y subieron al primer piso de la rue Scribe 168. Afuera una nube ocultó la luna y en la recámara de ese piso parisino una luz se encendía.

A la madrugada, cuando el día se desperezaba en un amanecer que presagiaba extender los espacios de esa noche, volvía Oscar en un taxi rumbo al hotel, pletórico de situaciones vividas en tan poco tiempo, sin buscarlas, sin haberlas concebido antes, simplemente envuelto en esa magia que la vida de vez en cuando nos descubre. Y ya casi para el desayuno percibió que París… ¡era otro París!

La casa de la puerta verde

Alberto volvía conduciendo por una ruta del sudoeste de la provincia pensando en dónde pernoctaría esa noche. La tarde de primavera languidecía sin mucho apuro y hacía cálculos de que a 100 kilómetros había una pequeña ciudad que estaba seguro de que contaba con dos o tres hoteles de no muchas estrellas, pero suficientes para pasar la noche. Había hecho en una semana mil cuatrocientos kilómetros visitando pueblos y ciudades de la zona para levantar pedido para su empresa de productos de electricidad. Le faltaban cuatrocientos para llegar a su casa de la Capital y reencontrarse con su mujer y su hija, pero no le gustaba viajar de noche, más aun yendo solo con la compañía de la radio, entretenido con la música y las informaciones que lo ponían al tanto de lo que estaba pasando en el mundo. Por eso pensaba descansar en algún poblado más adelante y seguir al otro día.

Estaba haciendo cuentas de lo que había vendido y de todos los pedidos levantados para el próximo viaje y pensaba que la camioneta ya estaba siendo pequeña para transportar. Muchas veces los mandaba por flete, pero otras veces llevaba un stock para presentarlos y venderlos en el momento.

A veces las cosas fluctuaban y había viajes en los cuales apenas había salvado los gastos. “Pero hay que tener constancia”, decía. “Esta vuelta estuvo satisfactoria, así que no bien llegue a casa, a comprar mercadería antes que la inflación me gane”. Porque así se vivía desde hacía un largo tiempo.

Cinco años atrás Alberto trabajaba como empleado de una firma agrícola ganadera en la provincia de Buenos Aires. Su trabajo le agradaba, era estable, sabía todos los movimientos de la empresa y ganaba bien, pero nunca había podido avanzar más que de empleado porque siempre había un conocido de los dueños al que ubicaban en lugar preferencial y lo seguían postergando. Estaba casado hacía doce años y tenían una niña de siete. Así que, para desazón de sus empleadores, pidió la renuncia y se largó a trabajar por su cuenta influenciado por un tío, hermano de su madre. Este tío Eduardo se había jubilado de esa actividad hacía cinco años y desde ese momento la retomó su sobrino. Alberto y su mujer, antes de dejar el anterior trabajo, lo pensaron bien, razonaron los pros y contras que pudiera tener, pero al ver que al tío mal nunca le había ido si se contabilizaran un par de viajes a Europa, otros tantos a Estados Unidos, siempre con coches de la época y el buen vivir, “pues entonces mal no vamos a vivir”, se decían los esposos. La esperanza y la audacia unidas a la juventud los apoyaban con las mismas ansias de progresar, y Alberto tomó el camino del tío que a la sazón fue su mejor maestro para que pudiera encontrarle la vuelta a su destino. Tenía todo servido en bandeja, todos sus clientes, lugares para ir a ofrecer, rutas, etc. Le dejaba el pariente una carpeta lista para trabajar sin sobresaltos, salvo algún imponderable.

De regreso pensaba descansar una semana o diez días con la familia antes de lanzarse a la parte sur que le convenía más que el norte, porque muchos pagaban en efectivo y no tenía que trabajar con cheques.

A medida que iban avanzando los minutos y el tiempo, vio que en el horizonte el sol ya se había recostado en su descanso nocturno y el foco del vehículo iluminó un par de perdices que prestas alzaron vuelo desde la ruta a dos metros del bólido que iba a una velocidad de 120 kilómetros. Al principio se sobresaltó y reaccionando pensó: “Un casalito”. Y deseó que esas infelices criaturas no terminaran siendo uno de los platos favoritos de los furtivos cazadores. “Pero”, razonó. “Es la vida; con las vacas pasa lo mismo y no decimos nada”. Vio lucecitas allá a lo lejos. Era una pequeña población por la cual nunca había pasado, ya que estaba haciendo zonas nuevas y de pronto sus focos señalaban el fin del camino. Se había encontrado con una curva muy cerrada y atinó a frenar y maniobrar la dirección hacia la izquierda, pero el peso y la velocidad del automóvil fueron ingobernables, y derrapando en el pastizal que bordeaba la ruta, hizo un trompo de 360 grados y volcó dando una vuelta entera y quedando en posición sobre sus cuatro ruedas. Las lucecitas que ahora estarían a dos kilómetros fueron lo único que recordó. Ya en estado inconsciente soñaba que una gran mano apretaba su cuello hasta quitarle la respiración. La opresión era angustiante, trataba de zafarse de esa tenaza que lo ahorcaba. Luchaba para sobrevivir y se estaba resignando al destino cuando comenzó a aliviarse. Volvió de a poco a recuperar el sentido a medida que sus bronquios se normalizaban y respiraba mejor. Vio la penumbra del anochecer apenas abrió los ojos y luego un rostro angelical de una joven mujer que lo miraba fijamente, sin pestañear, pero de un modo que se acercaba a la dulzura.

—¿Qué pasó?... ¿dónde estoy? —preguntó. Y la hermosa niña que estaba a cuarenta centímetros de él, con la puerta abierta le contestó con voz fina y acústica.

—En su auto… veo que todavía sigue mareado, pero lo importante es que… ¡está vivo!... —La niña se acercó un poco más y observó que no había heridas cortantes—. No hay sangre, señor, ¡la cabeza quedó sin golpes!... Tuvo mucha suerte, esta curva se ha llevado mucha gente, ¿no la conocía?… es muy peligrosa.

—Sí… la vi de golpe, no me dio tiempo a nada.

Y ella prosiguió:

—También tuvo mucha fortuna que pasaba por aquí y pude aflojarle el cinturón de seguridad, había quedado de tal manera que lo estaba ahorcando… ¡fue un milagro!

—Lo suyo fue el milagro, señorita. Ni que Dios la hubiese mandado en el momento justo y el lugar justo. No exagero en pensar que me ha salvado, ¡me ha prolongado la vida!

Ella giró la cabeza hacia un costado y Alberto observó que bajó la mirada como no aceptando ese reconocimiento.

—Todavía estoy un poco mareado, pero creo que estoy bien —contestó Alberto poniéndose de pie y tocando todos los huesos de su cuerpo. No sé por qué Vialidad no señaliza esa curva —protestó, y luego dirigiéndose a su salvadora—. Gracias a usted puedo contar el cuento… ¿señorita? —preguntó inquiriendo su nombre y ella respondió dándoselo, pero en tono más bajo.

—¿Vive por aquí cerca? —Ella miró hacia las luces más próximas y le dijo que allí, en ese pequeño pueblo llamado Las Hortensias.

—… Tiene tantas personas vivas como muertas en el cementerio… “Seremos” trescientos entre vivos y muertos. Mi casa es la anteúltima de la ruta yendo al norte, la casa de paredes blanca y puerta verde. —Vio mecer sus cabellos cuando giró su rostro.

Alberto la iluminaba con la luz del celular. Era una preciosa criatura, pero muy blanca de cara, sin pintura en los labios ni rubor en las mejillas. Sus ojos no mostraban un color definido y había un sino de tristeza en ellos. Llevaba una camisa blanca con mangas abotonadas en los puños y una prenda también blanca como pantalón o pollera pantalón. Alberto no pudo distinguir bien ese tipo de vestimenta, ya que la luz solo iluminaba el rostro.

—Si no fuera porque el auto quedó inutilizado, la llevaba a su casa, está muy oscuro para ir por el camino, yo me llamo Alberto y soy viajante de comercio.

—No se preocupe, señor. Yo tengo un camino, es un atajo por el que me gusta vagar para llegar a mi casita… gracias —contestó sin gracia. Ahora él la veía diferente al primer momento, cuando con decisión y una fuerza que parecía imposible que pudiera tener, le había quitado el cinturón. La notaba distante, como si hubiera cumplido la misión de salvarlo como un mandato divino. Dentro de su atolondramiento le pareció extraña.

El coche había quedado en la banquina, a un metro del asfalto, no estorbaría el paso de otros vehículos pero siendo de noche le pareció conveniente buscar las balizas de quedó en el primero que más cercano estaba.

Una vez ubicado llamó a su productor de Seguros y le manifestó lo ocurrido y el otro contestó que al mediodía del siguiente día ya iba a estar el remolque para traerlo a Buenos Aires. Cuando se acostó, con algunos dolores por los magullones que se encontró mientras se duchaba, empezó a circular por su cabeza un pensamiento enigmático. ¿La joven que lo socorrió era verdadera o todo había sido una ilusión provocada por el golpe? Si estaba conmigo y de repente desapareció... ¿Realmente fue producto de una confusión por el vuelco?... Lo que sea, pero al fin y al cabo ella deshizo el cinturón que me estaba ahorcando, no fui yo. ¿Y si el chofer del camión tuviera razón?... ¿que el fantasma de la joven que había muerto hacía unos meses se hubiera corporizado para salvarlo? Yo no creo en eso pero…

Al mediodía del siguiente día, que era sábado, y tal como le había expresado el productor, por la ventana del barcito del hotel vio llegar el remolque. Se montó al lado del chofer y cuando habían hecho tres cuadras se acordó de algo y al ver una florería le pidió al conductor que detuviera la marcha.

—Voy a comprar unas flores para una persona muy especial, dos minutos nomás. —Volvió al vehículo con un ramo dividido en rosas rojas y jazmines. El chofer miró las flores y luego lo observó esperando que le contara algo al respecto. Como Alberto no decía nada, curioso se atrevió a preguntar.

—¿Para su esposa?... ¿novia?… ¿amante? —Se sonrió el aludido por la pregunta y le dijo que eran para la persona que ayer le había salvado la vida. Y le contó brevemente los pormenores del caso. Entrando por la ruta donde comenzaba Las Hortensias, yendo para buscar el automóvil deteriorado, Alberto vio la casita blanca de puertas verdes tal como lo había señalado la niña el día anterior. Se alegró de que fuese verdad.

—Ahí es donde vive mi “salvadora” —señaló y luego pensó: “Que sea verdadera, no una aparición… por Dios”.

—¿Quiere que lo deje aquí?, levanto el auto y luego lo paso a buscar, dígame dónde está.

.—No, hombre, no, vayamos por el coche… espero que siga allí… bueno, muy lejos no puede ir con una “fractura de pierna derecha”, refiriéndose a la rueda imposibilitada—. A la vuelta le llevo estas flores que es lo menos que le puedo ofrecer a la flaquita.

—Mire, ¿usted me dice que le salvó la vida?... ¡se merece un monumento! —Alberto lo miró y razonó que eso sería lo más justo para alguien que por decisión propia logra salvar una vida. Miró las flores y le pareció absurdo. Pensó que en otra oportunidad le podría llevar algo más consistente… por el momento saludarla y unas lindas flores como tácito reconocimiento a su actitud.

Al regreso, llevando el automóvil de remolque, el chofer se detuvo en la casa de la dama. Frente a la misma ruta por medio vio bajarse a Alberto con su fragante ramo de flores.

—No va a tardar mucho, ¿no, señor? —le preguntó no bien había dado un paso y atisbando a ambos lados de la carretera.

—No, fúmese un cigarrillo que en cinco minutos vuelvo —le respondió y se dirigió a la casita blanca de puertas verdes. En esos ocho o diez pasos del remolque a la vivienda, súbitamente su mente se confundió, si todo había sido verdad o se estaba introduciendo en una dimensión que en un momento del ayer al hoy se hubiera incorporando a su inquietud. No había timbre, pero sí una manito de bronce como llamador. Mientras la accionaba se preguntó cómo era el nombre de la muchacha. “Caray… ¿Me dijo Delia?... ¿Celia?... Delia, creo que sí.

Dentro de la casa escuchó un “Ya voy” y seis segundos más tarde apareció un hombre alto, delgado, de tez cenicienta y cabellos entrecanos. Vestía una camisa a cuadros tipo leñadora y un pantalón oscuro. Llevaba lentes y en su mano izquierda suspendía un periódico. Se quedó mirando al desconocido. Bajó la vista hacia el ramo de flores y serio y desconfiado, le preguntó:

—¿Qué se le ofrece? —Del interior de la vivienda se olía un aroma de comida, de una rica salsa.

—Ayer tuve un percance y la señorita Delia (dijo arriesgando un nombre, creyendo que podría ser el oído de la boca de la muchacha).

—No, aquí no vive ninguna Delia. —En ese momento Alberto sintió que el piso se movía. En milésimas de segundos se atiborraron en el cerebro todas las circunstancias sucedidas de la tarde noche de ayer al siguiente día. La casa existía, no la había soñado…p ero la dama de blanco, muy pálida, delgada, un poco ojerosa y desaparecida en un santiamén... ¿qué era?

En segundos apareció la esposa del señor secándose las manos en un delantal que llevaba suspendido del cuello. Su marido, dirigiéndose a ella, le manifestó que no entendía qué decía ese señor preguntando por alguien que no vivía allí y trayendo un ramo de flores.

—Sí… la descripción de la casa es esta, pero…

—Mire —quiso aclarar la confusión—. Venía por la ruta yendo para M. Belgrano donde iba a pernoctar y antes de llegar a este paraje no vi una curva muy cerrada y mi coche volcó.

—La curva de la muerte —interrumpió el señor de la casa imaginando que de esa se trataba.

—Me estaba asfixiando con el cinturón de seguridad que se había desplazado por los tumbos dados por el coche y la señorita que, según ella, vive aquí, me pudo hacer zafar de una muerte segura.>

Fue en ese momento en que se escuchó alguien más que preguntaba:

—¿Quién es? —Era la “aparecida” que vivita y coleando se acercó a la puerta y tras unos segundos reconoció a Alberto.

—Ahh, sí… es el señor del accidente que no les conté anoche porque llegué tarde y ustedes dormían, me había quedado viendo un programa con Alicia… ¿Cómo está, señor?

—Preguntó por una señorita Delia… —dijo el padre.

—No… Stella… mi nombre es Stella. —¡A Alberto le vino el alma al cuerpo! Todo estaba normal, ¡no había nada que fuese un misterio del más allá!

—Gracias, Stella, por su ayuda, le traje unas flores como agradecimiento, sé que es poca cosa, pero… se fue tan silenciosa anoche que…

—Yo lo saludé, usted estaba buscando las balizas y monté mi bicicleta y me fui a la casa de una amiga que me estaba esperando ¡y se me hacía tarde…!

—Bueno, ya me tengo que ir —dijo Alberto dando por finalizado el trámite—, porque me espera el remolque—. Y señaló el vehículo del seguro—. ¡Gracias y muchas felicidades!

—Y la próxima vez que pase por aquí, recuerde esa curva, no la olvide que por algo la llaman…

—Sííí… La curva de la muerte. ¡Gracias y adiós!

El sol estaba a pleno en ese mediodía de una primavera con distintos matices en la vida del comerciante de productos eléctricos.

Charla con un genio del jazz

Recuerdo una fresca tarde de octubre, en pleno otoño de Nueva York, caminando por el Central Park antes de visitar el Lincoln Center donde iba a entrevistar al famoso trompetista Wynton Marsalis, una audiencia esta que me había concedido generosamente para charlar un rato y transmitir alguna parte de ella vía grabación, para el programa Los grandes del jazz que en ese momento tenía por una FM en Buenos Aires. Caminaba y a su vez paseaba por ese enorme parque, corazón y pulmón de la hermosa Nueva York, y ese jueves de grisácea apatía que generaba la falta de sol, y contagiaba mi ánimo por momento, pero que se revertía ante la posibilidad de estar momentos más tarde con un grande del jazz… Más que desánimo era preocupación para que las cosas me salieran bien. Era una oportunidad que no se iba a repetir nunca más, por lo menos con esta persona, y dejé que la sonrisa volviera a mi alma y confiaba en lo que tenía en la cabeza para preguntarle lo que me viniera al momento. Y más que nada porque no me parecía bien ir con un cuestionario para preguntarle por su historia. Más bien quería que todo fluyera como una conversación íntima para transmitírsela a mis buenos oyentes aficionados al jazz como una novedad de méritos reales. Entiéndase que no por mi esfuerzo, que no era tanto, sino por la voz grabada del trompetista. Y al caminar por el sendero que había conocido años atrás, me surgieron recuerdos de años atrás en ese aciago septiembre de 2001 cuando fueron derribadas las Torres Gemelas. Yo las había visto en agosto de ese mismo año cuando junto con mi mujer se nos ocurrió regalarnos una semana en la Gran Manzana. Ahora, doce años más tarde volvía con el mismo deseo viajero de siempre y de paso conectarme personalmente con el genial músico que al mediodía me había dado su conformidad por vía telefónica. Mi mujer se quedó en el hotel porque no quería interferir en la interviú rápida y amistosa que iba a tener, aunque le hubiese gustado estar presente. Pensó que no estaba bien, que podría ser un estorbo, o que me pondría nervioso tenerla al lado como improvisada espectadora. De pronto escuché unos sonidos que provenían de algún lugar. Atisbé por aquí y por allá, pero no se veía a nadie, seguí caminando orientándome por los arpegios de una melodía que a medida que me acercaba se iba identificando con un conocido tema de jazz. Y allí, unos metros más adelante encontré a quien efectuaba esa melodía. Era un solitario saxofonista que estaba improvisando “Otoño en Nueva York”. Era un moreno de Harlem serio, circunspecto en su metier, con un sombrero bombín de color gris que tenía una cinta negra bordeando su circunferencia, protegiendo su cabeza de la humedad y porque también, ¡le quedaba bien! Delgado, con un fino bigote que como línea meridional dividía sus labios de su nariz cuyos orificios se ensanchaban al aspirar el aire y darles fuerza a sus pulmones y luego exhalar en cada nota de su instrumento. De su delgada figura se distinguía un particular chaleco de terciopelo bastante usado, pero de buena hechura, con dos bolsillitos a los costados y uno más en la parte del corazón de color rosa apagado. Sus zapatos eran grises como el saco que llevaba puesto y rematados en la punta con un negro charol. Sus pantalones oscuros y no tan gastados. Sus dedos finos terminaban en uñas bien cuidadas y en cada mano tenía un anillo. Uno de plata y otro, un chevalier dorado en el meñique de la derecha, con los que movía los resortes de su instrumento. Todo un personaje simpático y parecido a los que habíamos visto en las películas de corte musical. Éramos él y yo… ah, y cinco ardillas inquietas que movían sus cuerpos como manejados por electricidad en esa desapacible tarde de otoño. Y me gustó su forma de tocar, suave como el tono del saxo tenor, nada estridente… especial para esa tarde… notas melodiosas donde uno involucra los sentimientos en cada una de ellas. Cuando terminó el tema, su mirada hacia mí fue como para preguntarme si me había gustado. Encimé los labios en señal de que me había gustado. Me atreví a preguntarle si sabía “Misty” de Erroll Garner. Levantó las cejas y la cabeza al mismo tiempo y sonrió. Ya había una pareja de novios, un señor mayor llevando a su perro del cordel y yo, y sin titubeos luego de limpiar la boquilla, empezó con los acordes de tan sublime tema. Cuando concluyó no pude menos que darle un pequeño aplauso que también contagió a la parejita. Le pagué por su favor, más bien por su lindo trabajo de ganar unos dólares, dejando que sus notas se desparramasen placenteramente por la densidad arbórea de ese parque. Le puse en una canasta forrada de tela tres dólares y lo miré preguntándole si estaba bien. Él me levantó un pulgar agradeciendo, y yo feliz por escuchar su lindo trabajo que me animó un poco más. Di una vuelta más al parque, crucé un puente, bordeé el lago, vi a niños jugando, algunos solos y otros acompañados de sus mayores tal vez volviendo de sus colegios, y desemboqué en la avenida donde se distingue el enorme edificio de la Trump Tower donde a la izquierda de este se encontraba el lugar donde iba a ser la interviú. Casi cruzando la avenida dos conductores de blancas carrozas me ofrecían su servicio para un paseo por las adyacencias del parque, disputando espacios con autobuses y automóviles. Crucé la av. Columbus y me dirigí hasta Manhattan Park 70 donde tendría media hora más tarde la entrevista con el famoso trompetista. Un secretario me atendió y me sugirió que bajara al bar, y que lo esperara que enseguida iba a estar conmigo. Pensaba qué podía ofrecerle, una copa de vino, una gaseosa o un café. En menos de cinco minutos nos localizamos, yo levantando las manos y él moviendo un brazo reconociendo a la persona que lo buscaba. Me preguntó de dónde venía, en qué trabajaba, si era periodista de la parte latina de Nueva York, etc. Me dijo que no disponía de mucho tiempo porque tenía una sesión de grabación. Le contesté que sería breve y conciso, Wynton. “Okey, Jousé”, me respondió con amabilidad. Le ofrecí café, pero prefirió un agua sin gas. Me contó que había nacido en Nueva Orleans en octubre del 61 y que venía de una familia de músicos; su padre Ellis había sido pianista, y su madre Dolores, cantante de jazz y profesora de piano, sus otros hermanos también músicos. A los doce años influenciado por una grabación de un trompetista comenzó con ese instrumento, luego a los catorce fue solista en la Orquesta Filarmónica de Nueva Orleans y más tarde ¡en la de Brooklyn!

Lo miraba y no podía creer que estaba grabando una conversación con un genio, para algunos el mejor trompetista de todos los tiempos. Lo vi impecable en su vestimenta, en el movimiento de sus manos y en la forma de expresarse. Estaba frente a alguien que comenzó en los suburbios, desde los blues hasta la exaltación barroca, que llegó más tarde a ser director de jazz del fascinante Lincoln Center y que había acumulado 8 premios Grammy por su destacada labor, en fin, una carrera impecable.

Le dije que alguna vez había leído de algunos críticos que lo consideraban demasiado técnico, elitista, innovador en esa música. Asintió y me respondió que cada uno tiene su estilo, que la vida va modificando hasta la misma vida… ¿Por qué no hacerlo también con lo que nos gusta y personalizarlo? Mencioné a Astor Piazzolla, a quien lo recordamos por haberle dado al tango un toque distinto resistido al principio y admitido con el tiempo. Él como Wynton supieron darle un empuje de frescura y personalidad a la música con sus estilos diferentes. Se iba terminando la charla y cuando le pregunté a quién consideraba como el mejor trompetista de jazz me respondió: “Mira, te voy a explicar algo del gran Louis Armstrong, quien dijo que no hay uno, sino cientos o miles de buenos trompetistas que no conocemos”, y se sonrió coincidiendo con la respuesta de su ídolo. Finalmente mi última pregunta fue saber qué tema era su preferido. Sin vacilar y poniéndose de pie mientras me daba su mano en señal de despedida dijo: “Think of One”, ¡porque con ese conseguí mi primer Grammy! “Sorry, Jousé”. Se disculpó y se fue hacia la puerta de entrada saludando con la mano al cantinero que no quiso cobrar lo consumido cuando fui al mostrador con ese propósito. “Why?”, y contestó: “It’s all right!”, fue toda su contestación.

Ese día terminó muy bien, porque el gris se desvaneció con las primeras luces de la Gran City y con el fuego encendido que me había proporcionado esa amable charla con este virtuoso músico. Yo atesorando en mi pequeña grabadora las voces del genio, caminando ligero porque el fresco de la nochecita se hacía sentir. Marta me estaba esperando para ir a cenar, donde quisiera, ¡porque la satisfacción me impedía negar cualquier sugerencia!

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
20 eylül 2024
Hacim:
161 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789878716374
Telif hakkı:
Bookwire
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