Kitabı oku: «Ignacio de Loyola, nunca solo»

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Ignacio de Loyola, nunca solo

José Mª. Rodríguez Olaizola


Carta-presentación

Querido Josemari:

No sé quién es más atrevido, si tú escribiendo hoy una biografía de Ignacio de Loyola, o yo presentándola. Sin duda tú. Gustoso sumo mi atrevimiento al tuyo.

Confesarte que, cuando me enviaste el primer original de este libro, mi primera reacción fue: «Pero, ¿dónde se ha metido este muchacho?». Luego me fui metiendo yo. Hasta el final. Me metiste tú, tu manera de narrar. Lo que contabas, detalle más, detalle menos, me lo sabía. Pero lo nuevo de este libro no es la erudición, sino el arte de contar la historia recreándola, filmándola contigo dentro, como de hoy mismo.

Con lo cual me has probado que la historia es inagotable, si uno se mete en ella y la recrea. Has entendido muy bien lo del «como si presente me hallase» de Ignacio de Loyola (Ejercicios espirituales, 114). La que tú cuentas no es la historia de Pedro de Ribadeneira o la de Diego Laínez, que estuvieron físicamente presentes en muchas cosas, ni tampoco la de García Villoslada hoy, ni la de Dalmases, o la de André Ravier o la de Tellechea... Y curiosamente no excluye a ninguna ni estorba a ninguna.

Es simplemente tuya. Y esto la hace auténtica desde el título, que es el punto de mira escogido por ti para contemplar a Ignacio. Efectivamente, Ignacio nunca vivió solo. Ni cuando soñaba otros mundos ni, mucho menos, cuando Dios le abrió al suyo.

Y, como soñada o vivida por ti, o las dos cosas juntas, me gusta que confieses que esta historia te ha hecho bien. Como te volverá a hacer bien si un día, por ejemplo a los 80 años, la reescribes, porque te lo pide el cuerpo, de tanto como en esos años seguirás conociendo a Ignacio.

Y otra conclusión a la que me has llevado: Ignacio de Loyola es de hoy, precisamente leyéndolo desde hoy. Anda por nuestras calles, en nuestros medios de comunicación social, en nuestra Iglesia, en nuestra política, en nuestro arte, en nuestra ciencia, en nuestro deporte... Es todo, menos un santo para una hornacina y unas velas. Se le entiende mejor metiéndolo en nuestro mundo, como tú haces.

Total, que me has enseñado muchas cosas sobre alguien a quien creía conocer. No es la tuya una biografía científica. Tampoco fue eso lo que te pidieron. Pero, contando la historia de ayer y de otro, como de hoy y tuya, te ha salido una historia verdadera. ¡Enhorabuena!

Ignacio Iglesias, S.J.

Prólogo

¿Un nuevo libro sobre Ignacio de Loyola? ¿Otra semblanza? ¿Pero no está ya todo dicho sobre el fundador de los jesuitas? ¿Otra vuelta de tuerca, machacona y reiterativa, sobre las andanzas del «peregrino»? ¿La enésima relectura de las cavilaciones del autor de los Ejercicios espirituales en el confuso y apasionante siglo XVI? He de confesar que estas, y otras preguntas del mismo cariz se convierten en una muralla sólida que parece clavarse en tierra ante mí al pensar en acometer este empeño. «¿Para qué?», me susurra, sensato y lúcido, mi yo más pragmático. «Sugiere otro nombre, otro autor, algún especialista que lo escriba», me aconseja, certero, mi sentido común. «Lánzate», me dice, atolondrado, mi yo más impulsivo, el que a veces me conduce en la dirección más acertada y otras me precipita de cabeza al abismo. «Discierne», me dice, bienintencionado, mi yo más jesuítico, aun sabiendo que no conviene abusar de esos términos. Y así me encuentro, reflexivo y dubitativo, especulando sobre la conveniencia o inconveniencia de adentrarme en una nueva aproximación a Ignacio.

Si estás leyendo estas páginas es señal de que me he lanzado, y tal vez a este prólogo siga un libro, de mejor o peor calidad (tú lo tendrás que juzgar), sobre san Ignacio de Loyola. Por ahora, comparte conmigo las reticencias, las abundantes objeciones que me provocan fatiga sólo de pensar en escribirlo.

La cuestión principal es esta: ¿No está ya todo dicho? Desde todas las perspectivas y puntos de vista imaginables, la vida, obra y pensamiento de Ignacio han sido objeto de innumerables estudios. Desde la ferviente alabanza y desde el odio febril. Desde su autobiografía y la inmediatez de las décadas posteriores a su muerte hasta estos inicios del siglo XXI, que siguen viendo aproximaciones al peregrino de Loyola. Una y otra vez se ha vuelto sobre su figura desde las inquietudes de distintas épocas (y ello comprende enfoques tan peculiares como el análisis de su liderazgo para ejecutivos agresivos de nuestros tiempos). Hay sesudos estudios históricos, ensayos sobre su psicología, tesis innumerables que profundizan en la relación de Ignacio con su época, congresos para estudiar sus escritos, monografías sobre aspectos de su personalidad y su obra, artículos de prestigiosos pensadores que analizan pormenorizadamente la significación del peregrino. Y si se trata de intentar sintetizar todo esto en una obra sugerente que permita aproximarse con fluidez y hondura a la persona, creo que esa síntesis, abundante y literaria, ya la hizo Ignacio Tellechea, bajo el encabezado de Ignacio de Loyola, solo y a pie, con tal sensibilidad y rigor a partes iguales que durante décadas seguirá siendo una obra de referencia.

Ante tal abundancia documental uno ha de preguntarse, con honestidad, para qué (o cómo) volver sobre la figura de Ignacio. Evidentemente no se trata ahora de hacer un trabajo enciclopédico de erudición ignaciana, dedicando arduos esfuerzos a releer «todo» lo escrito y entresacar párrafos en un orden que pretenda ser original. O uno es un verdadero sabio –no es el caso–, o se corre el peligro de terminar haciendo un impecable trabajo de cortar y pegar, en el que lo más digno sería la bibliografía consultada (y, en consecuencia, recomendada). Tampoco puedo pretender un planteamiento muy especializado. Esto por dos razones. En primer lugar, no creo ser especialista en ninguna de las áreas que permitirían dicho enfoque (historia, psicología, filología, espiritualidad ignaciana...). En segundo lugar, una semblanza –que es de lo que aquí se trata– tiene que evitar el excesivo énfasis en una dimensión si quiere contribuir a un acercamiento comprehensivo a la persona presentada.

Hasta aquí todo me conduce, irrevocablemente, al «no». Solucionaría la papeleta con una amable carta a la editorial, la sugerencia de algunos nombres alternativos y la tranquilidad de no tener que afrontar este reto. Sin embargo, hay también motivos para intentarlo.

Evidentemente, como cualquier jesuita, me siento heredero de Ignacio de Loyola, y creo que hoy sigue siendo significativo para nuestro mundo. No soy un apologeta del santo, del que valoro muchas cosas, pero también puedo criticar algunas otras. De hecho, irme encariñando con él ha sido un proceso gradual y sobrio, y conozco gente que manifiesta por Ignacio una devoción mucho más filial y emotiva que la que yo puedo expresar. Honradamente soy de los que en el noviciado me sentía muy conmovido al conocer a una figura como san Francisco de Asís, libre, radical, pobre y sencillo; o san Francisco Javier, apasionado, misionero, afectivo e infatigable. En cambio, no me emocionaba tanto imaginarme a san Ignacio redactando cartas y constituciones desde su cuarto en el centro de Roma, por más que el maestro de novicios tratase de hacerme descubrir la hondura del hombre detrás de los datos. Sólo durante mis años de formación como jesuita he podido ir descubriendo a un personaje complejo, carismático, sugerente a ratos y exasperante en otros, pero en todo caso fascinante. Un hombre cuya historia es toda una escuela. Una figura que es interesante por lo que transmite, que desborda con mucho su vida. Y un hombre que hoy tiene una sorprendente actualidad.

Me seduce, entonces, la idea de presentar a Ignacio desde una mirada contemporánea. Me parece posible tratar de desplegar su vida desde la sensibilidad de alguien que se pregunta de qué manera la figura del santo puede iluminar las vidas de quienes nos acercamos a él. Resulta un reto intentar presentar a Ignacio a la gente de hoy; a personas inquietas, deseosas de compartir un tiempo con este peregrino, cuyos pasos resuenan aún en los caminos de medio mundo, en los pasos de tantos hombres y mujeres herederos de su espiritualidad, es decir, su forma de descubrir a Dios y su proyecto aquí y ahora. Porque al final de esto se trata con Ignacio. Es, siempre, un personaje que remite al Dios a quien toda su vida está orientada. Y un personaje que nos enseña una forma inquieta y fecunda de estar en el mundo hoy.

Así que decido intentarlo. Por delante se extiende un camino complejo, al tiempo emocionante y aterrador. Hay tantas posibilidades de no llegar a buen puerto que me encomiendo al propio Ignacio antes de zambullirme en este mar. Y, si algún día, en forma de libro, estas páginas llegan a tus manos, entonces lee con benevolencia, sabiendo que sólo quiere ser un medio para acercarte al peregrino (y con él a Dios en este mundo).

1 La herida

Por el camino avanza, despacio, un grupo de hombres. Dos de ellos sujetan con dificultad una camilla. La fatiga se hace sentir. La lluvia es compañera intermitente, y el barro hace pesada la marcha. En la camilla, tumbado y mal envuelto en una manta yace un hombre. Murmura palabras inconexas que parecen situarle de nuevo en las murallas de Pamplona. «¡Vamos! ¡Muramos con dignidad! ¡Demostremos a los franceses cómo lucha un verdadero soldado!». Por unos instantes parece volver al fragor de la batalla, a la pasión del enfrentamiento, hasta que una sombra cruza su rostro mientras se ve caer por enésima vez. Luego se sume en un silencio febril, mientras sus labios parecen recitar una plegaria, tal vez pidiéndole a Dios que acabe con todo de una vez.

En las ocasiones en que el dolor remite y puede pensar con más sentido, le asaltan sucesivamente la ira, el dolor, el orgullo y la sensación de humillación. No era esta la forma en que se imaginó que regresaría al caserío de Loyola. ¿Qué ha sido de sus esperanzas de volver triunfante? ¿Dónde quedan sus sueños de gloria? ¿Es este el caballero en que había de convertirse? ¿Qué le queda, al fin? Un sollozo pugna por abrirse camino en su interior, pero su orgullo es lo único que le queda, y antes prefiere tragarse las lágrimas que dejar que alguno de los que le llevan en este triste regreso vea cómo se hunde definitivamente. Aprieta las mandíbulas, y se concentra en el dolor de su pierna destrozada.

Así avanza Íñigo de Loyola, camino del hogar familiar, de la casa torre que, en el valle de Azpeitia, le vio nacer hace casi 30 años. Nos encontramos en 1521. El hombre que vuelve a casa ha fracasado. No es mejor ni peor que otros muchos. Tal vez en esta época, como todas las épocas, no basta la mejor de las voluntades si no acompaña la suerte, si eres hijo segundón, si tu protector cae en desgracia, si luchas en el bando perdedor, si los sueños son demasiado altos para la realidad que te ha tocado... Todo esto le ha ocurrido a Íñigo en los quince años transcurridos desde que saliera de Loyola.

El hijo pequeño de la casa de Loyola

Íñigo creció en un hogar donde la madre estaba ausente –doña Marina de Licona murió poco después de nacer él, en 1491– y donde seguramente el padre, don Beltrán Yáñez de Loyola, hombre de su época, excitaría a sus hijos con sueños de gloria y triunfo. Era esa voz paterna, ruda y masculina, poderosa y enérgica, la que se escuchaba en la casa torre, en ese hogar huérfano de madre, contando historias de sus antepasados, de conquistas y hazañas, de caídas y nuevos surgimientos.

De su infancia, ¿qué podemos imaginar? Sabemos que a la muerte de doña Marina habrá que llevar al niño a la cercana casa del herrero, para que sea la mujer de este, María Garín, la que lo críe en los primeros años de vida. ¿Y después? ¿Cómo serán esos primeros años de vida? Un tiempo para los juegos y las primeras lecciones; un constante aprendizaje, en contacto con la naturaleza, en ese valle enmarcado por el poderoso monte Itzarraitz y el río Urola; un hogar ruidoso, poblado con las voces, gritos, risas y peleas de unos hermanos mayores igualmente llenos de optimismo y sueños. La progresiva adquisición del orgullo de un nombre, de una tradición, de unos ancestros heroicos y de una historia compartida.

¿Qué podía esperar el hijo pequeño de una familia noble, pero no exageradamente rica? Ciertamente no podía Íñigo pensar en el señorío de Loyola, que iría sin duda a parar a uno de sus hermanos mayores. De los nueve hijos legítimos del matrimonio (por no hablar de los hijos ilegítimos de don Beltrán), sólo el heredero del señorío tenía el futuro asegurado. Cuando el mayor, Juan, murió luchando contra los franceses por el reino de Nápoles en 1596, el siguiente, Martín García, se convirtió en heredero. Efectivamente, a la muerte de don Beltrán, en 1507, será Martín el nuevo señor de Loyola. Para las tres hijas había que concertar casamientos convenientes. Los varones restantes, Beltrán, Ochoa, Pero e Íñigo, tendrían que labrarse un porvenir en el mundo eclesiástico, en el militar o en el cortesano. Esos tres caminos los emprenderá Íñigo. Y en los tres fracasará antes de retornar a Loyola, herido y fatigado, en 1521.

El camino eclesiástico

En realidad no podemos decir que Íñigo emprendiese este camino. En todo caso otros lo emprendieron por él. Ni siquiera sabríamos que, desde su infancia Íñigo era –al menos en teoría– eclesiástico si no fuese por sus andanzas menos virtuosas. Parece que a los hermanos menores de la casa de Loyola, Pero e Íñigo, se les encaminó a la vida clerical. No es extraño. Era una opción bastante frecuente para los hijos menores de las casas nobles. Ello suponía el acceso a algún puesto más o menos estable y una vida asegurada. Era costumbre en estos siglos encaminar desde la más tierna infancia a los muchachos por esta vía. De hecho, Pero siguió este camino y terminó siendo rector de la iglesia de Azpeitia en 1518. Sin embargo pocos pasos (o ninguno) debió dar Íñigo en esta dirección. La única fuente por la que conocemos el dato son las actas de un juicio de 1515 en el que ambos hermanos, Pero e Íñigo, apelan a su condición clerical para salir bien parados por alguna ofensa en la que, parece, tenían todas las de perder. De Íñigo se dice entonces que nadie le ha visto nunca vestir ni vivir como clérigo, y que ni siquiera estaba tonsurado. Sin embargo su apelación le servirá para lograr una absolución. Parece que el balance de su itinerario clerical antes de 1521 se reduce al uso a conveniencia del título para solucionar un problema. Ciertamente, no parece esa primera incursión en el mundo eclesiástico un indicio de vocación personal y honda.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no fuese desde joven un hombre religioso y piadoso. Lo sería, seguramente, como tantos en su época. Con una fe apasionada y una piedad tradicional. Con una devoción perfectamente compatible con el espíritu guerrero y galante de la época. Con un cristianismo que bebía de imágenes y cuadros, de Cristos y Vírgenes, de misales ricamente ornamentados, de bulas y títulos, de misas y novenas, en una Iglesia omnipresente, dinámica y contradictoria, necesitada de una reforma urgente y una hondura distinta. Pero esto no preocupa, en esa etapa juvenil, al muchacho, interesado en otros campos de batalla.

El camino cortesano

Parece, en cambio, que se adentró con paso firme en los otros dos caminos, el militar y el cortesano. No es sorprendente. En una familia noble, con un apellido que hacer valer, el acceso a las cortes castellanas y el trato con los personajes más encumbrados eran considerados un derecho y una oportunidad a partes iguales. Y es precisamente ese acceso lo que se le posibilita a Íñigo cuando don Juan Velázquez de Cuéllar, un poderoso castellano emparentado con los Licona –la familia de la madre de Ignacio– ofrece a don Beltrán educar a uno de sus hijos en su castillo de Arévalo como si fuese un hijo propio. Íñigo será el escogido. En un hogar donde ya había doce hijos (seis varones y seis mujeres), el vástago de Loyola sería tratado como uno más de la familia.

No tenía mucho que perder al dejar por primera vez el hogar, en 1506. Siendo su hermano Martín el heredero del título y la fortuna familiar, Íñigo tenía que trazar su propio camino. Entonces se iba cargado de ilusiones, de energía, con sueños de grandeza bullendo en su cabeza. Se veía triunfando en las cortes, conquistando damas y títulos; se veía ganando honra y riquezas que harían palidecer de envidia a señores y vasallos; se soñaba al lado de reyes, al mando de ejércitos, y escuchaba su nombre cantado en poemas y gestas. Sin duda son sueños naturales en un adolescente que siente que tiene todo al alcance de la mano: el vigor y apostura de la juventud, la nobleza del nombre, la seguridad de quien nunca se ha estrellado...

El mundo cortesano era, sin duda, mucho más atractivo que la vía clerical. En el nuevo Estado que va surgiendo bajo la mano firme de Fernando el Católico un muchacho puede soñar con llegar alto si juega bien sus cartas. Juan Velázquez de Cuéllar, mayordomo de la reina Isabel y Contador mayor de Castilla era un hombre poderoso y rico, y gozaba de la confianza del rey. Su esposa, María de Velasco, fue durante un tiempo gran amiga de doña Germana de Foix, la segunda mujer del rey. Su casa se convierte para Ignacio en la puerta por la que sale del cerrado valle de Loyola y entra en el ancho mundo, vertiginoso y vibrante, de la Europa renacentista.

El refinamiento y el lujo de un palacio real son muy superiores a la comodidad de la casa familiar en Loyola. Se acostumbra el joven Íñigo a vivir entre tapices y alhajas, imágenes y joyas, vajillas de plata, sábanas de Holanda, etiqueta cortesana y sirvientes siempre prestos a atender a los señores.

Allí se forma como cortesano y como soldado. Con otros compañeros, como los hijos de Velázquez de Cuéllar, o Alonso de Montalvo, paje como él y amigo querido en estos años de descubrimientos y maduración, aprende las artes militares y se prepara para ocupar puestos administrativos. Se acostumbra al lenguaje cortés y diplomático. Se forma en retórica, poética y música. Adquiere una delicada caligrafía que le servirá siempre, también cuando, décadas después, escriba, infatigable, cartas que habrán de llegar a cada rincón del mundo. Aprende en estos años a cabalgar y a manejar armas para la caza y para la lucha.

En Arévalo transcurren su adolescencia y primera juventud. Poco sabemos de él en esta etapa. Posiblemente Ignacio habló con cierto detalle de ella al narrar su autobiografía, muchos años después, al Padre Cámara. Pero todo lo referente al período anterior a su conversión ha quedado reducido a una línea, dicen las crónicas que por mandato de san Francisco de Borja, tercer General de los jesuitas, que no estaba muy conforme con que el mundo conociese la parte menos piadosa de la vida del fundador. Esa solitaria línea («Hasta los veintiséis años de edad fue un hombre dado a las vanidades del mundo») abre la puerta a las especulaciones... ¿Qué podemos imaginar? Pues amoríos primeros, sueños de gloria y poder, episodios violentos, competencia entre iguales para alcanzar visibilidad y aprecio. De hecho, es en 1515 cuando tanto Íñigo como su hermano Pero son juzgados, en Azpeitia, por un delito serio que no conocemos, y se libran alegando la inmunidad clerical. Se va perfilando ante nosotros un joven impulsivo, vital, enérgico y dispuesto a jugar bien sus bazas, una y otra vez.

¿Qué ideales llenarían su corazón y su cabeza? ¿Los de la caballería, con su exaltado orgullo y su mundo de hazañas y honores? ¿Los discursos humanistas que comienzan a provocar a los pensadores de la época? ¿Los relatos aventureros, con noticias, aún vagas, de tierras lejanas recién descubiertas y lugares exóticos colmados de riquezas? Es muy posible que una mezcla de todo esto vaya llenando la cabeza del joven al tiempo que crece, vive, ama, lucha, ríe y sueña.

Allá transcurren los años, entre torneos y banquetes, entre lecciones y acontecimientos. De vez en cuando la corte viene a Arévalo. Otras veces es la familia la que se desplaza a Burgos o a Sevilla, a Valladolid o a Toledo, siguiendo al rey. Tal vez de lejos ve Ignacio a personajes encumbrados en su época: al rey Fernando «el Católico», a su segunda mujer, doña Germana de Foix, a Juana, la reina loca, encerrada en Tordesillas o a su hija, la hermosa infanta Catalina; todas ellas son presencias que hacen que el muchacho se sienta importante, poderoso, fuerte, ambicioso y capaz...

Sin embargo este período cortesano terminará peor de lo esperado. Nada hacía presagiar, en los primeros años felices de Íñigo en Arévalo, que su protector, el poderoso Velázquez de Cuéllar, caería en desgracia. Y, a pesar de todo, así fue. En los primeros años de reinado de Carlos I, el joven monarca, ignorante de las tradiciones castellanas, quiso imponer algunas medidas chocantes. Entre ellas convertir a Germana de Foix, la viuda de su abuelo, en señora de Arévalo. La oposición de Velázquez de Cuéllar a la medida, contraria a los antiguos privilegios reales de la villa, que no se debía desvincular de la corona, le lleva a perder, en 1516, el favor del monarca y su posición en la corte. Morirá en agosto de 1517, gastado y fracasado.

El camino cortesano parece, de momento, complicarse para Ignacio. Y si es un camino tan fugaz, tan efímero y volátil, donde hoy eres señor y mañana no eres nadie, tal vez no merezca la pena seguir labrándose un futuro en él. Si un hombre honrado y noble, como don Juan, puede perder el favor de los reyes por permanecer fiel a lo que cree justo y legítimo frente a decisiones caprichosas de los monarcas, y con ello se desmorona lo que ha construido en toda una vida, ¿no es este un camino demasiado arbitrario? ¿Merece la pena seguir peleando por un puesto, un nombramiento, un lugar en la corte? Algo semejante debe impulsar a Íñigo para inclinarse, en este momento, por la vía militar. O tal vez no le quedó otro remedio. Sin valedor, sin influencias suficientes, sin haber tenido aún tiempo para demostrar su capacidad, veía cerrarse ante sí las puertas de la administración del Reino.

Sin embargo el tropiezo no resulta tan trágico. Entre las últimas disposiciones de su protector está recomendar a Íñigo al duque de Nájera para que lo acoja como parte de su Casa. No parece mal arreglo para el joven, que con veinticinco años de edad, y pasado el tiempo de preparación, necesita ejercitar lo aprendido y avanzar, con paso firme, en el mundo.

El camino militar

En 1517 Íñigo se aleja definitivamente de Arévalo y se dirige a Pamplona para encontrar a don Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera y virrey de Navarra. Allí pasa a formar parte de la casa del duque, lo que le permitirá irse adentrando en el camino militar, en un tiempo de agitación y luchas que va a exigir, sin duda, buenos soldados y hombres bien preparados.

Navarra es en este momento un reino por el que los monarcas franceses y los españoles llevan años luchando, en pleno proceso de consolidación de sus nuevos estados. Y un reino además dividido por luchas intestinas entre clanes adictos a la corona castellana (beamonteses), y clanes opuestos a ella (agramonteses). En 1517 Navarra es parte del reino de Castilla, pero una parte no consolidada y constantemente amenazada con revueltas internas o con invasiones externas. Se trata sin duda, como Nápoles o Milán, de una pieza importante en el gran tablero de juego en que se va perfilando la política europea al inicio del siglo XVI. A su capital, Pamplona, llega Íñigo a finales de 1517, dispuesto a participar en la apasionante partida diplomática y militar que está teniendo lugar.

Dos episodios particulares conocemos de esta etapa, y nos permiten vislumbrar en qué se iba convirtiendo el joven Íñigo, que llega a la casa del duque ávido de gloria, de mundo y de vivir con intensidad. Esos episodios nos hablan de un joven orgulloso y pasional.

Descubrimos al joven orgulloso cuando, poco después de su llegada, es atacado por un grupo de hombres en las calles de Pamplona. ¿Por qué le atacaron? ¿Tal vez los agresores pertenecían a un bando rival en las luchas de clanes que enemistaban a las familias más poderosas de Navarra? ¿Tal vez estaban molestos con algún rasgo o actitud del recién llegado? El caso es que tratan de avasallarlo. La reacción de Íñigo no es pusilánime. Saca la espada y los pone en fuga. Ciertamente no es este un hombre dispuesto a dejarse amedrentar. Está antes preparado para la lucha que para la rendición.

Lo pasional asoma en su solicitud de permiso de armas, presentada al rey en 1518. El motivo era que sentía su vida amenazada. Y la causa de dicha amenaza no era otra que un lío de faldas. La enemistad de un criado, un cierto Francisco de Oya, desde los tiempos de Arévalo y presumiblemente por causa de una mujer, termina llevando a Íñigo a solicitar del rey el permiso de portar armas para defenderse, temiendo que el tal Francisco decida zanjar el asunto a la brava. El permiso le será concedido en 1519 y prorrogado al año siguiente. En este episodio percibimos al joven galante, en cierto grado mujeriego y de nuevo preparado para la pendencia.

¿Arrogante o simple hijo de su época? ¿Bravo o pendenciero? ¿Digno o vanidoso? ¿Orgulloso o insensato? Tal vez todas esas semillas están puestas en el hombre, esperando a ver qué germina y qué se lleva el viento.

La vida militar pasa, por fin, del ejercicio a la realidad. En el contexto conflictivo de la llegada de Carlos I al trono de España surgen focos de resistencia e incomodidad por la influencia excesiva de los flamencos llegados con el nuevo rey. La más conocida de estas revueltas será la de los comuneros, en Castilla, aplastada el 23 de abril de 1521 en Villalar, en las cercanías de Valladolid. A su sombra, y aprovechando el alboroto, surgen otros muchos focos de descontento y violencia. También el rey Francisco I de Francia decide plantar cara al monarca español, y para ello encuentra en Navarra el escenario perfecto, secundando al príncipe Enrique Albret, aspirante al trono de este reino.

Se habla de una guerra inminente. No cesan los movimientos de soldados. Parece llegar al fin la hora soñada por Íñigo. Hasta ahora todo lo que ha hecho es ejercitarse. Cazando o participando en torneos ha aprendido a utilizar las armas, pero siempre en escenarios ociosos, fáciles, inútiles. Si ha peleado ha sido en tugurios o reyertas puntuales, con maleantes o nobles tan aburridos como él. Siempre por motivos fútiles, desvanecidos ya. Es ahora el tiempo de luchar de verdad. Con el virrey. Por el rey. Contra Francia. Es ahora el momento de mostrar verdadero valor, de dar nuevo brillo al nombre de Loyola. Es la guerra la que hace héroes y labra futuros. Íñigo ve llegar su momento. Se desvela. Se agita mientras las noticias van llegando.

Se multiplican los focos de conflicto. Los campesinos de varias villas riojanas, contagiados de la inquietud comunera que había prendido en Castilla en ese verano, se han alzado contra sus señores. Entre ellos los habitantes de Nájera se han levantado contra el duque. Este avanza hasta la villa con dos mil hombres, entre ellos Íñigo. Combaten con arrojo y recuperan la ciudad, que saquean sin piedad, aunque Íñigo no toma parte en el saqueo. Parece considerar que el guerrero sólo combate por la nobleza, por la causa que defiende, y no por el botín. Este enfrentamiento, el 18 de septiembre de 1520, le pone por primera vez frente a la guerra, la violencia, la muerte y el triunfo. Y alimenta su heroísmo, su hambre de lucha y victoria, su impaciencia.

Tiene lugar entonces un episodio en el que no llega la sangre al río. También a la sombra de la rebelión comunera, parece inminente un conflicto bélico entre las villas guipuzcoanas. De enero a abril de 1521, durante meses frenéticos, y ante la perspectiva de una guerra civil destructiva, el virrey busca la paz, negociando con la ayuda de sus más fieles hombres, entre ellos Íñigo. Finalmente, el 12 de abril consiguen una resolución pacífica del conflicto entre las villas guipuzcoanas. ¿Se descubrió aquí Íñigo como un diplomático, negociador y hábil? Ciertamente en el futuro lo será. Probablemente su formación cortesana le ha preparado para dialogar, convencer, con firmeza o con seducción, a interlocutores poco dispuestos. Esta prueba parece superada, y un nuevo incendio apagado.

Sin embargo, la chispa está prendida. Sólo está por ver cuándo estallará el verdadero conflicto, el de Navarra. Llegan rumores de la frontera. Se habla de un ejército de franceses, de alemanes, de una invasión inminente que finalmente se produce el 12 de mayo de 1521. Los invasores avanzan ocupando sin resistencia las localidades importantes que encuentran en el camino. En pocos días llegan a los alrededores de Pamplona. Es un ejército que reúne a franceses y alemanes, navarros y vascos fieles a Enrique. La ciudad no está preparada para una resistencia larga. El duque se marcha a Segovia y envía a Íñigo a Guipúzcoa a buscar ayuda. En la ciudad quedan milicianos y pocos soldados. Cuando Íñigo regresa, junto con su hermano Martín y las tropas de refuerzo, se encuentran una ciudad asustada, poco dispuesta a luchar, y mucho más proclive a entregarse que a oponer resistencia. Martín se indigna ante ese derrotismo y se va. Íñigo se niega. Entra en la ciudad, y con sus tropas se une a los pocos defensores atrincherados en la ciudadela, un fortín en el interior de Pamplona.

Podemos imaginar las razones de su persistencia. Era fácil para Martín marchar. Volver a su casa, a su señorío, a su esposa, a su vida. Después de todo, tiene mucho que perder como para arriesgarlo si la causa se ve muy difícil. Pero para Íñigo esto es su vida. No tiene tanto que perder, y en todo caso la huida sería la verdadera pérdida para él. ¿Va a escapar, renunciando a la lucha, después de tantos años de preparación? ¿Es esta la antesala de un nuevo fracaso? ¿Qué le queda, si se aleja ahora de Pamplona? ¿Va a naufragar también en el campo militar? El orgullo y el honor hablan más alto en sus oídos que el sentido común y la prudencia. El cálculo se rinde ante el empuje de la pasión. «Habrá otras ocasiones para luchar», repiten los ciudadanos. «Es necedad el pelear ante tal desproporción», insiste Herrera, el comandante de las tropas de la ciudadela. Íñigo no puede aceptarlo. No quiere. Tal vez no sabe.

La ciudad se entrega sin pelear. Sólo permanecen firmes, por el momento, los soldados de la ciudadela. Parlamentan con el enemigo. Los franceses quieren la rendición. Herrera está dispuesto a negociar una capitulación honrosa. Sólo Íñigo argumenta en contra. Es tan persuasivo, tan convincente, tan apasionado en su discurso que los oficiales y el propio gobernador, antes decididos a entregarse, se ven espoleados a luchar y a continuar resistiendo, encerrados en la ciudadela, por orgullo, por fidelidad a su causa y lealtad a su rey.

Se encomiendan a Dios, cada quien con las palabras que le brotan del alma. La lucha comienza. Es el 20 de mayo de 1521. Pese a la evidencia, la lógica y el número, la defensa resiste. Unos pocos hombres, en una fortaleza no excesivamente sólida, aguantan el tipo ante el empuje de 12.000 soldados, bajo un persistente fuego de bombardas. Íñigo lucha. Le va la vida en ello. Grita, anima, ataca, se detiene para tomar impulso, vuelve a la carga...

Entonces siente un golpe brutal. Al principio ni siquiera se da cuenta del dolor. Sólo mira hacia abajo y ve sangre, y siente que las piernas no le sostienen, y mientras pierde pie y se precipita hacia el suelo, rodeado de humo y alaridos, piensa que al menos le queda esta muerte, esta despedida, este final glorioso digno de su casa y de su nombre.

Una bala de cañón, pasando a través de la almena, ha destrozado su rodilla y le ha causado también daño en la otra pierna. Para él la batalla ha acabado. La fortaleza aún resistirá, pero poco, hasta que la artillería pesada de los franceses termine derribando los muros. La derrota es absoluta. Dentro se amontonan cadáveres y heridos en un horrendo cuadro, como siempre ocurre cuando vence la sangre, cuando el hombre lucha con el hombre, cuando la guerra se convierte en el grito salvaje que sirve a unos pocos para alcanzar sus fines.

Tras la rendición vienen las negociaciones. La celebración de los triunfadores, ebrios de victoria. La entrega de los vencidos que se mantienen en pie. Las primeras curas para los que aún tienen esperanza. Las oraciones para el resto.

Íñigo no ha muerto. Mal que le pese, son las piernas lo que se le ha quebrado. Tal vez han muerto sus sueños y su orgullo. Yace en el suelo de la fortaleza, herido el cuerpo y perdido el ánimo. Ni muerte ni gloria. Sólo derrota. Es un mal balance para el soñador y una dura lección para el hombre.

Sí ha ganado el respeto de sus enemigos, que reconocen en él a un rival digno, a un luchador que ha demostrado valor y energía. Durante unos días le atienden, le tratan los médicos, le visitan amigos y rivales. El herido mantiene el tipo. Sufre en silencio, y únicamente cuando se queda solo una nube de desesperanza y tristeza parece abatirse sobre él. ¿Qué ha hecho en la vida? Nada. ¿Qué ha conseguido? Nada. ¿Qué le queda, tras largos años queriendo labrarse una vida en este mundo? Tan sólo buenas palabras y palmadas en la espalda. Tan sólo elogios compasivos, que son tan hirientes como puñales para quien aspira a ser admirado, no compadecido. ¿Qué ha hecho mal? Nada. A ratos reza, pero mecánicamente. Dios está demasiado lejos de sus inquietudes y los espacios en que su vida se desenvuelve.

Cuando el dolor remite y parece fuera de peligro se decide que vuelva a Loyola. Allá, en su tierra, con su familia, podrá restablecerse despacio. Íñigo duda, pero es la suya una duda vencida de antemano. En realidad no tiene otro sitio adonde ir. Dos hombres preparan una camilla con palos y telas. En ella recogen a Íñigo. Abandonan Pamplona, y el menor de los Loyola siente, al dejar atrás la ciudad, que no le queda nada.

2 El «mejor» santo del mundo

Es de noche. Hace frío en Montserrat. Hace ya tiempo que casi todos los peregrinos se han ido a acostar. Un caballero, noblemente vestido, se acerca a la Iglesia. Lleva en la mano derecha una espada envainada. Una daga cuelga de su cinto, y su mano izquierda sostiene con dificultad un trozo de tela arrugada y un largo bastón con una calabaza. Su andar es lento, casi solemne, y se advierte en su modo de caminar una leve cojera. Algo llama su atención y distrae su camino. Se aleja del pórtico de la Iglesia para acercarse a una pared desde la que ha creído oír una voz. Al aproximarse, distingue, entre las sombras, a un hombre sentado. Se trata, sin duda, de un pordiosero. Uno de tantos, que malviven en las cercanías del monasterio, recitando su letanía mecánicamente, hasta en la quietud de la noche: «Una limosna para este hombre, por caridad cristiana». El caballero se detiene ante el mendigo. Se hace silencio. El pobre espera. El gentilhombre piensa. Esta es, sin duda, una señal de Dios que bendice sus propósitos.

Deja en el suelo las armas y objetos que porta. Lentamente comienza a desvestirse. El mendigo le mira, con una mezcla de temor, sorpresa e incredulidad. Despojado de sus vestiduras, en la noche gélida, el hombre queda, por un momento, desnudo. Entonces se inclina y recoge la tela. Es un traje burdo, un hábito de arpillera que se pone con calma, y que se ciñe con un cinturón de cáñamo. Recoge las hermosas ropas de gentilhombre y se acerca al indigente, que permanece mudo. Las deposita con cuidado, casi con reverencia, ante él. La mirada suspicaz que percibe le incita a hablar, casi en un susurro: «Tómalas. Son tuyas». El pobre hombre parece vacilar, acostumbrado a limosnas bastante más escasas. Entonces el caballero agarra de nuevo los ropajes y los deposita en los brazos del pordiosero. Este aprieta contra su pecho un regalo tan inesperado, murmura apresuradamente: «Dios te bendiga», y se escabulle entre las sombras.

Con su nuevo hábito de peregrino, el hombre recoge las armas y el bastón y se encamina hacia el templo. Entra en la Iglesia. Está vacía a estas horas de la noche. Sólo el altar mayor y la imagen de la Virgen morena permanecen iluminados por lámparas.

El peregrino se detiene frente a la imagen. Su mirada se clava en ella. Se arrodilla y permanece de hinojos, con los brazos caídos a los lados del tronco... De vez en cuando suspira. Pasa largos ratos sumido en una meditación profunda, inmóvil, como una estatua de carne que hiciese compañía a la pequeña virgen negra. En ocasiones se agita, se levanta y camina de un lado a otro, cojeando ligeramente, para retornar pronto a su posición inicial. En algún momento rompe a llorar. Es el suyo un llanto silencioso y conmocionado. Si alguien le viese en este momento no sabría si esas lágrimas hablan de dolor o de alegría, de culpa o de gratitud. Tal vez tienen un poco de todo.

Muy de noche le saca de su recogimiento el canto de maitines de los monjes benedictinos. Durante largos minutos se deja envolver por la música de los salmos que llenan la basílica en oración litúrgica, rompiendo la noche. Después, de nuevo el silencio.

Han pasado varias horas. El hombre se agacha y toma del suelo la espada y la daga. Se acerca despacio a la reja de la capilla de la Virgen, y cuelga de sus barrotes las dos armas. Su paso tiene algo de ceremonial, de danza, de liturgia. Allá quedan, junto con velas y exvotos, con recuerdos y símbolos que tantos creyentes van depositando, día a día, a los pies de la madre, para rezar por los suyos, para implorar favores o agradecer bendiciones. Da dos pasos hacia atrás y de nuevo se arrodilla. Con estas armas está dejando atrás su pasado. En su lugar queda sólo el bastón de caminante, sobre el que posa su mano derecha mientras agacha la cabeza. Le parece un gesto expresivo, un símbolo pleno, una silenciosa declaración de intenciones y una promesa.

La noche va muriendo y comienza el movimiento en el monasterio. La iglesia se llena de monjes y gente que comienza la jornada con misa temprana. Al fin el peregrino se levanta, musita una última oración y con la primera luz del amanecer emprende la marcha. Íñigo de Loyola, convertido en peregrino, siente su corazón cantar cuando avanza, pletórico, hacia Barcelona, hacia Jerusalén, hacia una vida y un futuro que hoy le parecen majestuosos.

Estamos en la mañana del 25 de marzo de 1522. ¿Qué ha pasado en el transcurso de estos diez meses? ¿Qué ha llevado al hombre al que dejábamos camino de Loyola, moribundo y abatido, a convertirse en un peregrino lleno de fervor religioso? ¿Qué extraño proceso ha transformado al caballero vencido en caminante devoto? ¿Adónde va? ¿Qué busca? ¿Por qué?

La cura

La llegada de Íñigo a la casa solariega debió de ser muy triste. Allá estaban su hermano Martín y su esposa, doña Magdalena de Araoz, dispuestos a cuidarle, a atenderle, a consolarle. Pero, ¿cómo animar a quien se ha estrellado? ¿Qué perspectivas u horizontes pueden ilusionar a quien se ha visto derrotado en lo que, hasta el momento, eran sus metas?

La herida de la rodilla es terrible, y las primeras curas recibidas en Pamplona no dejan de ser una solución provisional. Los huesos de la pierna no están bien soldados, ya sea porque no se han tratado bien, o por la precariedad del transporte en camilla. Martín llama a los mejores médicos y cirujanos que puede encontrar. Se decide descoyuntarle los huesos para dejarlos soldarse en la posición correcta. A Íñigo sólo le queda su orgullo, y a él se aferra para pasar esta prueba. No grita. No llora. No se lamenta. Se agarra con fiereza a su hombría, a su valor, a su imagen. Cualquier cosa con tal de no desmoronarse.

Sin embargo su salud está quebrada. El dolor físico le tiene destrozado. No puede comer y va debilitándose. Hasta tal punto es así, que los médicos, visto que no pueden mantenerle en este mundo, recomiendan que se prepare para el otro. Íñigo se confiesa y comulga. Pero no está derrotado todavía. No quiere morir. Aún tiene mucho que hacer, mucho que conseguir, mucho que luchar. Se resiste a rendirse. Los médicos señalan que la situación es crítica. Íñigo reza. Como siempre lo ha hecho. Rezar, encomendarse a Dios, es parte de su vida. En la víspera de san Pedro, se dirige a este santo, a quien siempre ha tenido una devoción particular. Pide, ofrece, promete. En la estancia vecina hacen otro tanto sus parientes, se ora también en los caseríos cercanos y en las iglesias próximas se dicen misas por la salud del hermano menor de don Martín.

El enfermo parece superar la etapa crítica. La fiebre cede. Vuelve el apetito y comienza un lento restablecimiento. Esta mejora devuelve el optimismo y la esperanza al joven. Aún no está vencido. Si ha tenido sueños antes, ¿por qué no seguir teniéndolos ahora? Después de todo, no ha perdido tanto. Simplemente las primeras batallas, las primeras escaramuzas. De esto tendrá que aprender. Se empieza a sentir fuerte, brillante, enérgico de nuevo. Ya habla con Martín sobre el futuro, sobre volver a ver al duque, que ha de estarle muy agradecido, sobre la corte... Ya sueña con mujeres, con damas de alta alcurnia que han de caer rendidas ante el héroe de guerra. ¿Qué más da la derrota? Se ha enfrentado, con otros pocos, a un ejército enorme. ¿No pesa más la fidelidad que el fracaso? El corazón del joven Loyola vuelve a latir con fuerza, al menos a ratos. Porque en otros momentos la zozobra y la amargura parecen tener más peso y le dejan sumido en pensamientos sombríos y tristes.

Entonces llega el golpe. Al ir cicatrizando la pierna y al quitar los vendajes que la cubren, se percatan de que por debajo de la rodilla ha quedado un bulto, un hueso levantado que sobresale, como una protuberancia fuera de lugar. El cortesano se siente incapaz de aguantar la deformidad. Se ve grotesco. Se siente deformado y no consigue apartar de su mente esa pierna herida. Todos sus pensamientos van a parar, una y otra vez, a la fealdad de ese bulto incómodo y maldito. ¿Cómo va a luchar, a danzar, a cortejar o a pavonearse en las cortes el caballero? ¿Quién va a querer a un hombre así? Íñigo habla con los médicos. Exige que arreglen el desaguisado. «La única posibilidad es cortar ese trozo de hueso, y es una operación atroz», le dicen, tratando de desanimarlo. «Pues cortadlo ahora mismo», responde impávido. De nada sirven los ruegos de su hermano y su cuñada, espantados ante la carnicería que se dispone a sufrir. De nada sirven los consejos de los médicos, que le sugieren que, tal vez, con el tiempo, el bulto vaya cediendo. Íñigo es obstinado. Insiste. Amenaza. Suplica. Finalmente convence a médicos y familiares de que es su voluntad la que ha de cumplirse, pues se trata de su pierna y de su vida. La operación es extremadamente dolorosa. Íñigo se somete voluntariamente. Aprieta los dientes y muerde un palo, mientras sus manos agarran con desesperación las sábanas. Magdalena sostiene su cabeza. Martín no es capaz de asistir, y pasea, nervioso, por la habitación vecina.

De nuevo asoma el hombre fuerte y terco, el guerrero orgulloso que prefiere aguantar sin proferir un grito, sin quejarse. El caballero cuya vanidad le hace resistir el dolor más agudo. Cuando termina la cirugía reposa en su lecho, exhausto.

Pasarán meses antes de que pueda levantarse y apoyarse en la pierna. Durante esos meses tendrá que someterse a tratamientos diversos para que la pierna no le quede encogida y más corta que la otra. Pesados armazones metálicos tiran de su extremidad y extraños ungüentos sirven para calmar el dolor...

Al cabo de unos días el joven se siente mejor. Sin embargo la convalecencia promete ser larga. Las horas en el cuarto alto de la casa torre pasan despacio. Fuera de las visitas de los suyos, cada vez más espaciadas, poco puede hacer. La inactividad le exaspera. Pide libros a su cuñada. Un poco de lectura le ayudará a matar las horas. Quiere novelas de caballerías; relatos que le permitan mantener vivos los deseos que, en esta hora de enfermedad, le dan fuerzas para seguir luchando. Doña Magdalena no tiene ese tipo de libros en la casa. Los libros son un lujo escaso en el medio rural, también en las casas de los nobles. La mujer, cristiana fervorosa, sólo dispone de la Vita Christi, un libro de meditación sobre la vida de Jesucristo de Ludolph de Sajonia, y el Flos Sanctorum, un libro de devoción con relatos de las vidas de los santos. Ante la falta de alternativas, Íñigo recibe ambas obras con una mezcla de displicencia y resignación.

Tiene 30 años, una larga recuperación por delante; todos sus proyectos –hasta el momento– se han venido abajo; ha tenido que volver a casa, como si fuese un muchacho; depende de sus parientes; no puede moverse y aunque pudiese, no tiene adónde ir; no hay nada digno de leer, más allá de unos libros religiosos que, honradamente, no le interesan demasiado. Hasta en el siglo XVI el panorama es desolador.

La convalecencia

Aunque las primeras páginas las recorre con desgana, poco a poco le va capturando el contenido de lo que lee. Al principio las palabras le dicen poco. Pero al paso de los días algo cambia. Descubre un Jesús, un Cristo, que le parece más heroico que sus héroes anteriores, más honrado que todo lo que hasta ahora ha valorado; un Dios que, como hombre, le parece valiente, generoso, fuerte..., y, como Dios, le parece más cercano de lo que antes había intuido.

Nunca la religión ha sido para Íñigo algo que le entusiasmara. No es que no le diese importancia. Es, más bien, una dimensión de la vida que tiene asumida, que siempre le ha acompañado. Es, como para todos sus coetáneos, algo tan inmediato y natural como alimentarse, como crecer, como vivir. En su mundo se lucha y se corteja, se ama y se reza, se pelea, se peca, se reconoce el pecado, se admira a los hombres valientes, se idealiza a las mujeres hermosas y se venera a Dios. Todo es parte de una misma dinámica con la que uno se familiariza prácticamente desde la cuna. Sin embargo, ahora Íñigo siente una mezcla de curiosidad, sorpresa y fascinación ante una aproximación a lo religioso que le supone un descubrimiento. A medida que pasan los días, se adentra con avidez en la vida de santo Domingo, de san Francisco... Nunca hasta este momento había pensado en la santidad como una posibilidad.

El carácter inquieto de Íñigo no le permite pasar por la vida a medias. Allá donde toca la realidad lo hace zambulléndose de cabeza, dejándose inundar de imágenes, de palabras, de ideas. Es como una esponja que absorbe lo que ve. En la corte se empapó de ceremonial y educación, de ligereza y vanidad; en aquellos tiempos de Arévalo y en el contacto con los poderosos comprendió muy bien el significado de la autoridad y el poder. Del mundo militar asimiló la disciplina, el arrojo, el afán de conquista, el orgullo, la agresividad y la fidelidad que eran requisito indispensable para poder combatir. Ahora, casi sin darse cuenta, se ve sumergido en un universo nuevo que le cautiva, de alguna manera le posee y le lleva lejos. Ese Cristo recién descubierto tiene algo que le atrae... Pero son sobre todo los santos los que cautivan al soñador, que vibra con sus vidas; héroes con un proyecto increíble, personajes geniales que combinan, en la mente de Íñigo, la bravura y la bondad, el heroísmo y la capacidad de sacrificio, la grandeza y la humildad. ¡Qué admiración suscitan en las gentes! ¡Qué ecos! Se imagina a sí mismo emulando a los más grandes hijos de la Iglesia. Se siente capaz. Se representa santo. Y ese ensueño le llena de alegría.

No pensemos que el joven que convalece ha olvidado todos sus proyectos anteriores. Los días del enfermo son largos. Tiene tiempo para leer y abstraerse en ideales piadosos, pero también tiene múltiples ocasiones para volver los ojos a la vida que conoce y que anhela recuperar cuanto antes. A veces, olvidando su dolor, su pierna herida, su situación actual, se ve en un futuro resplandeciente. Se siente soldado al mando de ejércitos, victorioso en la corte. Se imagina cautivando a la más alta, la más encumbrada dama del reino, por cuyo favor se ve capaz de atravesar mares. La rinde en sus brazos, la colma de atenciones. Se vislumbra envidiado, adulado, aplaudido, triunfante al fin. Y ese ensueño también le llena de alegría.

¿A quién no le ha ocurrido algo semejante? Llenamos nuestra cabeza de proyectos. Empezamos a hacer planes. A menudo ocurre de noche, cuando uno deja vagar la imaginación. Te sientes capaz de vencer las dificultades. Te imaginas manteniendo conversaciones imposibles. Pronuncias cada palabra e intuyes las respuestas. Te percibes lleno de energía, solucionas los problemas, haces propósitos geniales para mañana. Todo va a estar bien, te dices. Y te duermes satisfecho, pletórico, optimista. Con la luz del día la realidad se impone. Te parece ridículo lo que la noche anterior veías sublime. Ves las lagunas y carencias de planes que la víspera juzgabas perfectos. Comprendes que las palabras que ayer creías fáciles hoy te resultan imposibles. Y te queda un regusto amargo o tristón por todo lo que no podrá ser.

Eso le empieza a ocurrir a Íñigo con estos ideales de grandeza en la corte y el mundo. Cuando los piensa se entretiene, divaga, fantasea, ríe. Los comparte con Martín, que se alegra viéndole tan entusiasmado. Los grita en voz alta. Dibuja en su mente escenarios grandiosos y se reserva el papel principal. Él es el galán, gallardo, gentil, exitoso, que una y otra vez conquista a la dama, el poder, la riqueza y el aplauso. Pero cuando cae el telón, o cuando Martín se marcha, o cuando advierte de nuevo su estado de postración y se impone la evidencia de lo que ha sido su vida hasta el momento, entonces todo aparece grisáceo y triste. La ilusión se esfuma y el brillo de sus ojos se apaga mientras se sume en la indolencia.

La emoción religiosa, en cambio, no se desvanece tan rápidamente. También en esos casos Íñigo piensa en voz alta, reza con palabras llenas de respeto y devoción, dirigiéndose a Dios, a María, a esos santos que parecen convertirse en referencia para su camino. Habla de todo eso con Martín y con Magdalena, que, viéndole tan dichoso se dan por satisfechos. Se ve ermitaño, apóstol, predicador, monje. Se adivina consolando a hombres tristes, pacificando lugares divididos y sanando cuerpos heridos. Se imagina caminando a Jerusalén, alimentándose pobremente. Un peregrino austero, viviendo a la intemperie, confiado en manos de Dios. La alegría que le producen estos pensamientos no se disipa tan fácilmente. No le sucede, con estas imágenes, que pase de la euforia al desánimo. Tampoco ve imposibles los proyectos cuando los examina más despacio. Le dejan contento. Los empieza a creer posibles. Le producen paz.

Íñigo siempre ha vivido rápido. De un lado a otro, buscando fuera lo que diese sentido a su vida. La necesidad de hacerse un nombre y de labrarse un destino le ha tenido en constante movimiento, atento a las posibilidades, esperando que se diesen las condiciones para alcanzar una posición, una oportunidad, un reconocimiento, un título... Es ahora, cuando tiene todo el tiempo del mundo y ninguna posibilidad de acelerar su sanación cuando, quizá por primera vez, mira hacia dentro. Se da cuenta de que no es sólo el mundo exterior un escenario donde acontecen drama y tragedia, triunfos y derrotas. También dentro de sí hay vida, humores cambiantes, ideas que le vienen sin saber muy bien de dónde, emociones que le transforman... Íñigo se vuelve hacia dentro. Y comienza a intuir que Dios no habla sólo con las cosas que pasan fuera, sino también con las que acontecen en el interior de cada uno. A veces se siente confundido por sus estados de ánimo cambiantes. Se da cuenta de que sus aspiraciones de triunfo en el mundo y sus ideales de santidad son contradictorios. Y se pregunta, perplejo, cómo puede ser que esté tan confuso, que desee con tanta pasión alcanzar dos metas tan diferentes. Se desespera al no encontrar la respuesta. Y así se le van las semanas, recobrando lentamente las fuerzas, sacudido por esos deseos opuestos que se suceden tercamente.

Una tarde, cuando está sentado meditando sobre estos humores volubles, desesperado por no entender qué le ocurre, todo parece encajar de golpe. ¿Por qué unos sueños le dejan contento por largo tiempo, mientras otros se convierten, de la noche a la mañana, en pesadilla? «Dios me está hablando», se dice. Al principio se asusta de su temeridad. Tiene miedo de decirlo en voz alta. Pero lo siente con absoluta certeza. Es Dios el que pone en su corazón el propósito de seguirle, de hacer el bien... y en cambio no es de Dios toda esa otra vanidad que al final le deja vacío. Las cosas de Dios duran de otro modo, permanecen, te llenan de consuelo. El resto es artificio, una quimera engañosa, un espejismo, un mal espíritu burlón y tramposo. Esta comprensión le deja extrañamente sereno. Contento. Tranquilo. Mira a lo lejos, por la ventana. Y se recoge en una oración silenciosa, con el sentimiento de quien ha descubierto un mundo.

A partir de este momento le gana la alegría; parece triunfar, en los sueños de Íñigo, el deseo de imitar a los santos. A la luz de esos nuevos ideales revisa cómo ha transcurrido su existencia hasta ahora y siente vergüenza y pesar. La vida cortesana con sus intrigas y engreimientos le resulta ahora fugaz y vana. El servicio de las armas le parece de pronto grosero y excesivo.

Íñigo es un hombre de extremos. Ahora que ha intuido un nuevo horizonte aparta todo lo demás. Ya tiene un cometido, una meta. Y se entrega absolutamente a ello. Poco a poco va tomando forma un proyecto que se convierte en certeza: irá a Jerusalén haciendo penitencia por su vida anterior. Nada hay ahora más importante para él. Se ve ya caminante en tierras lejanas. Su mente viaja. Su corazón canta.

La transformación que se ha obrado en él tiene desorientados a sus familiares. Cuando, al caer la tarde, Martín se sienta en la habitación de Íñigo a conversar, las palabras del enfermo le parecen delirios. Pero, ¿por qué sale con estas locuras precisamente ahora que parece que va recuperando la salud? «Temo que esté enloqueciendo», le ha confesado, nervioso, a Magdalena. No sería de extrañar. Después de todo, su hermano menor ha sufrido varapalos considerables en su corta vida. Se ha sometido a operaciones muy dolorosas. Ni siquiera hay certeza de que vuelva a caminar bien. ¿No estará divagando para evitar afrontar un presente sombrío? Martín piensa en esto e intenta ilusionar a Íñigo hablándole de una pronta recuperación y su vuelta al servicio del duque de Nájera. El paciente escucha y calla. Pero, ciertamente, no otorga.

Los meses transcurren despacio. El verano da paso al otoño. Íñigo recobra las fuerzas y la salud lentamente. Comienza a sostenerse sobre su pierna herida, primero con la ayuda de un bastón, y pronto sin necesidad de nada. Como secuela del daño sufrido le queda una leve cojera que le acompañará siempre. Esto, que hubiera sido una tragedia cuando llegara a la casa meses atrás le resulta ahora un inconveniente tolerable que acepta con paz. A veces se atreve a dar un paseo, acompañado por Magdalena. Entonces sale de la casa y se acerca hasta el río o hasta el caserío del herrero. Le gusta ver a la gente trabajando, oír los ruidos del valle, oler la hierba mojada y sentir el aire frío sobre su rostro. Pero esas excursiones le fatigan y su rodilla dolorida protesta, de modo que la mayor parte del tiempo sigue recluido en su habitación.

Pasa las horas leyendo, orando y conversando con los de casa. Con la convicción del converso quiere que sus gentes experimenten la misma hondura a la que él se asoma. A veces les emociona. Otras les satura. Pide papel y pluma y escribe, con delicada caligrafía cortesana, copiando párrafos y plasmando sobre el pliego reflexiones que le suscita la lectura. Esa posibilidad de escribir se convierte para él en una nueva forma de oración; subraya palabras, alterna colores, enmarca párrafos que repite, lentamente, saboreando cada palabra. Así, repasa los libros hasta extraer de ellos cuanto pueden darle. En la noche, cuando se ven las estrellas, pasa largos ratos en silenciosa contemplación.

No cabe duda de que Íñigo es muy radical en su forma de afrontar lo que le trae la vida. No acoge lo novedoso con timidez o a medias. No se enreda en negociaciones consigo mismo. Cuando ha visto claro salta al vacío. Sin seguridades. Sin red. Su nuevo horizonte religioso llena sus pensamientos. Ya no hay futuro fuera de ello. Sólo espera a estar restablecido para echarse al camino. Dos ideas le dominan: purgar su pasado y caminar en las manos de Dios. Desprecia al viejo Íñigo. Su vida anterior le parece ahora miserable y es inmisericorde consigo mismo. Es especialmente duro cuando piensa en sus juegos amorosos, en las mujeres a las que ha utilizado, en la frivolidad de algunas relaciones que ha vivido. Una noche, rezando, se queda absorto. Durante un rato se figura a la virgen María con el niño en brazos. Una alegría honda le asalta. Es una mezcla de devoción y de promesa. Desde aquella hora –dirá muchos años más tarde– «nunca más tuvo ni un mínimo consentimiento en cosas de carne».

¿Qué castidad es esta a la que alude? ¿Una evaporación del deseo? ¿Un extraño silencio de la naturaleza en el hombre? Una lectura rápida de las palabras del viejo Ignacio puede inducir a pensar que desde el momento de la conversión nunca más se sintió tentado por la concupiscencia, por la sensualidad o por el deseo. Pero no es eso lo que cuenta cuando narra su historia, ya en las postrimerías de la vida. Lo que señala es que desde esa noche no cedió a los impulsos carnales. Basta un poco de sentido común y realismo para barruntar que tentaciones, fueran muchas o pocas, alguna vez las habría. No se ha convertido Íñigo en un espíritu puro, alejado de su humanidad. Es un hombre joven. Y, como tal, desea, imagina, siente, vibra. Pero también es un hombre fuerte, y una vez convencido de que ha de mantenerse célibe, vivirá su compromiso con absoluta fidelidad. Algo admirable, sin duda, pero que sobre todo nos descubre su carácter y su voluntad indomables. Toda su vida, desde esta larga convalecencia, va a estar consagrada a la persecución de una meta: vivir en las manos de Dios y cumplir su voluntad. No siempre sabrá cuál es esa voluntad. Le quedan, sin duda, muchos pasos que dar. Todavía tiene que dejar que sea Dios el que tome las riendas. Por ahora, es el propio Íñigo el que parece estar al mando de un nuevo proyecto, el que parece decirle a Dios: «Ya verás lo que voy a hacer por ti». Se trata de un hombre que subordina todo a un ideal. Desde esa consagración total se comprende su fuerza de voluntad para no ceder a las tentaciones que conoce bien.

Jerusalén se convierte en destino. Irá allá, penitente, humilde, desconocido. Hasta empieza a pensar qué hará a la vuelta. A un criado que va a Burgos le manda a informarse sobre la Cartuja, sopesando la posibilidad de llevar vida monacal al retornar de Tierra Santa. En ocasiones sondea a Martín acerca de barcos, de caminos, de los viajes antes emprendidos por sus hermanos mayores. Mantiene silencio sobre su verdadero propósito, sospechando que el hermano mayor, sintiéndose responsable de la familia, tratará de disuadirlo. Sin embargo es imposible ocultar que está planeando algo. Su emoción es palpable. Su alegría tan impenetrable como evidente.

El invierno avanza. Por fin se siente fuerte. Sus piernas le sostienen cuando pasa largas horas caminando por los alrededores. Sólo un pulcro vendaje es indicio de su lesión. Ha adelgazado mucho, pero se ve saludable. Ríe a menudo. Juega con sus sobrinos. Come poco, pese a la insistencia de Magdalena, que en estos meses ha sido para él madre y hermana, amiga y enfermera. Le conmueve la ternura de la buena mujer.

Una noche, sentados a la mesa, Íñigo anuncia a sus familiares que la partida es inminente. En unos días se irá. Nadie quiere preguntar: «¿Adónde?». Se hace un silencio expectante. Íñigo no tiene intención de compartir sus planes, pues teme que tratarán de disuadirle, lo que sólo puede conducir a interminables –e inútiles– discusiones. Su decisión está tomada. Le parece prudente hablar con una media verdad: «Será bueno que vaya a Navarrete, a encontrarme con el duque». Martín respira con alivio, aunque, sagaz como es, intuye que falta algo en el lacónico anuncio. La conversación languidece. Tras la cena Magdalena borda, Íñigo lee. Martín contempla el fuego, huraño. Nadie dice más esa noche.

A la mañana siguiente, Íñigo se sorprende al ver entrar temprano a su hermano en la habitación. «Acompáñame, Íñigo». La voz es autoritaria y cordial a la vez. El joven se deja conducir. Juntos recorren la casa torre. Habitación por habitación, el señor de Loyola va desgranando la historia de la familia. Repite relatos que ambos escucharon, cuando eran pequeños, de labios de su padre. En aquellos años de infancia Íñigo habría abierto unos ojos grandes y extasiados. Ahora se da cuenta, con una punzada de nostalgia, de que todo eso pertenece a un pasado que se ha ido. «Mira que esperamos mucho de ti», está diciendo Martín. Le señala que tiene por delante un futuro brillante, que su actuación en Pamplona le granjea la admiración de todos los hombres, y en especial del duque de Nájera, que todos en la familia confían en él. Íñigo calla. Ese futuro que hace unos meses le hubiese parecido extraordinario le deja ahora indiferente. Su cabeza está, hace semanas, recorriendo nuevas tierras. El hombre que ha salido de la enfermedad es muy distinto al que llegara a Loyola, diez meses atrás, casi agonizando.

Los primeros pasos

En febrero de 1522 abandona su casa –y su vida anterior–. La despedida es extraña. Flota en el aire un silencio forzado. Demasiadas explicaciones que unos no se atreven a pedir y otro no está dispuesto a dar. La apariencia de normalidad no engaña a nadie. El semblante de Martín cuando se despide es serio, uno no sabría decir si expresando más tristeza o reproche. Parece querer repetirle a Íñigo los mil consejos de estos últimos días, y al tiempo percibe la inutilidad de más palabras. «Íñigo...», murmura. Finalmente opta por el silencio. Doña Magdalena, cuñada, amiga y a veces madre para Íñigo durante los últimos meses, a duras penas contiene el llanto cuando le abraza. Por última vez ven alejarse al noble hidalgo, al joven gallardo que, con sus vestiduras elegantes parece partir de nuevo, como hiciera dieciséis años atrás, a conquistar el mundo. Con él va su hermano Pero, a visitar a otra hermana, también llamada Magdalena, que vive en Oñate. Dos criados les acompañan. De camino se detienen en el santuario de Aránzazu. Allí, ante la Virgen, Íñigo reza toda la noche. Sus propósitos, sinceros, le resultan también arriesgados. Es osado, pero no ingenuo. Duda de sus fuerzas, teme que su pasado le capture, sabe que dentro de sí permanecen agazapados el cortesano y el militar, el mujeriego y el guerrero. Pide a María que bendiga su camino. Promete ser casto. Se ata con voto a este compromiso. De alguna manera quiere ir jalonando con pasos concretos este camino que comienza.

En Oñate se queda Pero. Tampoco con este hermano, compañero de correrías años atrás, quiere Íñigo compartir sus proyectos. No ha de extrañarnos este silencio ante el que, siendo clérigo y canónigo de una iglesia azpeitiana, podría parecernos un confidente adecuado para sus inquietudes religiosas. Es un sacerdote que participa de las ambigüedades de su época. Es padre evidente de varios hijos ilegítimos, y su vocación religiosa es resultado de la elección de otros, no fruto de una opción personal. De ahí que Íñigo no vea en él a alguien especialmente capaz de comprenderle.

Se dirige hacia Navarrete con la compañía de los dos muchachos que le escoltan desde Loyola. Va soltando cabos, despidiéndose de su vida vieja, saldando deudas para echarse a andar libre en las manos de Dios. Por eso se dirige al tesorero del duque para reclamar unos ducados que se le adeudan. El duque, que ya no es virrey, no goza de una situación boyante, pero insiste en que se le pague a Íñigo cuando comprueba que este no está interesado en aceptar un puesto fijo en su casa. Íñigo dispone que parte de ese dinero se emplee en restaurar una imagen de la Virgen, y manda repartir el resto entre gente con la que se siente en deuda. Despide a los dos criados. Parte de Navarrete. Ahora sí, solo.

El camino hacia Montserrat nos permite comprender lo lejos que está Íñigo de haber dado un giro radical. De algún modo ha cambiado su objetivo, pero no ha soltado las riendas. En su mente todo sigue dependiendo de sí mismo. Antes buscaba brillar en las cortes humanas, y ahora se ha propuesto refulgir en la corte celestial. Pero sigue siendo un hombre que se fía de sí, que quiere vencer. Si va a ser santo, será el más notable, el mejor santo del mundo –parece pensar–. Su lógica no admite medianías. Lejos de casa Íñigo ya no mira mucho a su interior. Cree estar convertido cuando en realidad está en el comienzo de un largo recorrido. Tiene en estos momentos algo de insensato, un poco de irreflexivo y bastante de adolescente. Piensa en hacer penitencias enormes, terribles, dolorosas... para imitar a los santos. Para superarlos. Para agradar a Dios. Es la suya una extraña competición. Un nuevo reto, para demostrar su grandeza, su valía, su talla. Ahora quiere triunfar ante Dios. Es un caballero cristiano. Si Cervantes hubiese visto, décadas después, al joven hidalgo marchando de Navarrete hacia Montserrat, tal vez hubiese reconocido en él algunos de los rasgos de su Quijote, tan loco y tan cuerdo, tan absurdo y tan lógico a un tiempo.

Todavía le queda mucho recorrido a este Íñigo peregrino para comprender el evangelio, para descubrir en Jesús un Señor y en su Reino un proyecto. Lejos está aún de asimilar la mansedumbre del Cristo pobre y humilde. Las jornadas de marcha transcurren entre devociones y penitencias. Íñigo comparte días de viaje con diversos compañeros. Oculta su nombre. Calla su historia. Está decidido a construir una nueva vida. Le gusta conversar de cosas espirituales cuando coincide con algún caminante bien dispuesto.

Un día tiene lugar un episodio extraño, que ya anciano Ignacio seguirá recordando. Íñigo va en mula. Escucha pasos tras él y mira atrás. A lo lejos se acerca otra cabalgadura. Aminora la marcha, espera hasta que están a la par. El hombre que le alcanza no es cristiano, sino un moro. Al joven Íñigo le gusta conversar y le encanta la oportunidad de discutir con un pagano. Después de todo, ¿no va él a tierra de infieles, ansioso por predicar el evangelio? Tal vez sea esta una prueba de su capacidad. Se enzarzan en una discusión sobre asuntos de fe. Sin embargo Íñigo sale escaldado. Cuando llegan a la cuestión de la Virgen su interlocutor se muestra intratable al hablar de la virginidad de María. «Pase que hubiera una concepción virginal –llega a decir– pero eso no podría haberse mantenido en el parto». Íñigo razona, insiste, pero sus argumentos no parecen convencer al moro, que poco menos que se burla de él. El joven caballero queda en silencio, humillado y frustrado. La conversación acaba abruptamente. El moro continúa a buen paso, dejando atrás a un Íñigo entristecido. Al poco rato la congoja da paso a la ira. Íñigo se enfada. La rabia le puede. En ese momento no razona. Una violencia sorda le domina. Siente deseos de perseguir al moro y coserlo a puñaladas. El caballero, el hombre de honor que vive en él ha despertado. Hay que vengar una ofensa, infligida nada menos que a la Virgen Santísima. Hay que lavar esa osadía en sangre. ¿Brama también el orgullo herido del joven bruscamente enfrentado con su incapacidad para vencer en la batalla dialéctica? Es posible. Un año antes Íñigo se hubiese lanzado sin dilación en persecución del moro, y es bastante probable que lo hubiese matado. Sin embargo ahora la duda le detiene. ¿Es esa violencia algo propio de los santos? ¿Puede Dios querer esto? En ningún momento se ha imaginado como un peregrino vengador y violento. ¿Qué hacer? Ignacio llegará en el futuro a ser un maestro espiritual, pero el joven Íñigo aún está muy verde en las cuestiones del espíritu. Se debate, sin saber a cuál de sus impulsos hacer caso. ¿Venganza o silencio? ¿Persigue al moro o lo deja ir? ¿Le corta el cuello o lo ignora? Está tan indeciso que toma una decisión salomónica. Que resuelva la mula. Delante hay un cruce. Por el camino más ancho se llega a la villa en la que está el moro. Si el animal toma esa dirección Íñigo matará al ofensor. Por el camino real, más estrecho, se sigue hacia Montserrat sin pasar por la villa. Si es esta la elección del asno será señal de que Dios no bendice esa venganza. Finalmente la mula, o Dios, o la Providencia o la suerte, o de todo un poco, deciden por él. La elección, afortunadamente, es el camino real. Es curioso, y a la vez da vértigo comprender cómo se escribe la historia. No podemos saber qué hubiese pasado si la elección hubiese sido la otra. Con el pasado de poco sirve hacer hipótesis alternativas. En todo caso, podemos afirmar, con humor, casi quinientos años después: «Gracias a Dios que la mula tiró por el camino estrecho»

Montserrat se va acercando. Poco antes de llegar, Íñigo se detiene en una población grande. Desde que dejó Navarrete ha ido pensando en Montserrat como el punto de partida verdadero de su aventura. La puerta a su nueva vida de peregrino. Lo que hasta este momento han sido proyectos se convertirá al fin en ejecución. Habiendo dejado atrás familia y amigos, dinero y posición, quiere ahora completar su transformación abandonando su ropa de caballero, convirtiéndose en un peregrino anónimo. Utiliza parte del dinero que le queda para hacerse con tela de saco, basta y áspera en comparación con los delicados tejidos a que está acostumbrado. Encarga a una mujer que convierta el paño en una túnica que cubra todo su cuerpo. Compra también un largo bastón que ha de ayudarle en su cojera, y una pequeña calabaza que le servirá para beber. Para completar el atuendo se hace con un par de alpargatas, aunque por el momento sólo calza con una la pierna sana. Carga la montura con sus adquisiciones. Ya está preparado para dar los últimos pasos. Respira despacio. Abandona el poblado. Es consciente de la trascendencia de estos días en su vida. Está convencido, decidido. No hay marcha atrás. El joven Íñigo va a desaparecer para siempre. Está naciendo el peregrino.

Considera imprescindible darle relevancia al mo-mento. El joven educado en un ambiente cortesano, en el que cada gesto se mide y se carga de significado, necesita expresar la hondura de la encrucijada vital que atraviesa. ¿Cómo hacerlo? En este momento le ayudan las imágenes caballerescas. Después de todo, ¿no se está convirtiendo en un caballero distinto, al servicio de Dios? ¿No es Su causa la que quiere defender y servir? Pues bien, ¿por qué no velar estas nuevas armas, el bastón y la calabaza? Al imaginar la escena no puede evitar sonreír, emocionado y lleno de entusiasmo. Llega, al fin, a Montserrat.

Aparece el peregrino. Montserrat

Es el 21 de marzo de 1522. El día en que comienza la primavera. El día en que Íñigo cruza las puertas del monasterio de Montserrat. Este ha de ser el escenario de su transformación, piensa. No deja de ser ingenuo al creer que le han de bastar unos días para salir de aquí trasmutado en el gran santo que sueña. Supone que esta etapa es el final de la metamorfosis que comenzara, meses atrás, con sus lecturas de enfermo. Lejos está de intuir que su gran cambio no ha hecho más que comenzar. Pero, por el momento, Dios le deja hacer. Tiempo habrá para un encuentro distinto.

Su estancia en Montserrat tiene dos objetivos. El primero tiene que ver con su vida pasada: Íñigo ve llegado el momento de confesarse por todo el mal que descubre en su existencia anterior. El segundo mira al futuro: ha llegado la hora de convertirse en peregrino.

El monasterio es un lugar de incesante actividad. La devoción por la Virgen morena está extendida por toda la geografía hispana. Sin cesar acuden a este santuario siervos y señores, hombres y mujeres que buscan consuelo, cumplen promesas, agradecen favores o imploran la protección maternal de la Virgen... Íñigo busca un confesor. Se acerca a un monje que pareciera estar esperándole en una de las capillas laterales de la Basílica, se arrodilla y habla. Lleva tanto tiempo callando sus planes, ocultando sus verdaderos propósitos y expresándose con medias verdades que cuando comienza a hablar las palabras brotan a borbotones, sin control. Llora, se exalta. Describe con dolor las miserias de su vida pasada. Expone con ilusión sus proyectos. Juan Chanón, un monje benedictino que a diario escucha tantas voces distintas y comparte tantas historias ajenas comprende que no es esta una confesión habitual. Intuye el vendaval que agita al joven noble que se arrodilla ante él. Le deja desahogarse durante largo rato. Después le propone caminar un poco. Íñigo está sorprendido por el estallido de sus emociones. Está tan acostumbrado a tener el control de las situaciones que experimenta cierta liberación al poder dejarse guiar, al confiarse a otra persona, al compartir sus zozobras y sus deseos, al pedir ayuda, al llorar sin vergüenza por todo lo que no domina.

Chanón le propone que se tome un tiempo tranquilo. «¿Por qué no escribes y pones en orden todo esto que me has dicho? No hay prisa. Toma unos días. Haz una confesión general. Ponte en las manos de Dios». El sensato consejo suena acertado en los oídos de Íñigo. Después de todo no tiene prisa. Tiene todo el tiempo del mundo.

Durante tres días alterna la oración, la escritura y las conversaciones con Chanón. Ese encuentro es mucho más que una confesión. Hablar de sus proyectos, de sus planes, de su futuro con otra persona le aquieta, le calma, le ilumina. No se parece a ninguna conversación que haya tenido antes. No es el tipo de confidencia compartida con los amigos en los lejanos días de Arévalo, ni la despreocupada conversación de compañeros de camino. Su interlocutor tiene, a sus ojos, algo de maestro, de testigo, de autoridad y de hermano. Comprende, en ese contacto inesperado, que necesita la ayuda de alguien que le guíe. Que está confuso. Aún no se da cuenta de hasta qué punto está embrollado en su corazón lo afectivo, lo religioso, lo que le suscita Dios y lo que él mismo decide insensatamente, pero tiene la lucidez suficiente para reconocer que necesita consejo. Con Chanón empieza a intuir que la vida interior que apenas barrunta es como un campo de batalla en el que también hace falta aprender estrategias y formas. Que a veces se confunde con respuesta a Dios lo que es soberbia, y otras veces uno deja escapar intuiciones que sólo Dios puede poner en su corazón. El monje le corrige, le propone, se convierte en un espejo humano en el que Íñigo se ve reflejado con la ayuda de otros ojos. Siente la certeza de ser como un niño, necesitado de ayuda y guía. Ingenuamente, Íñigo cree que estos consejos son todo lo que necesita. Lejos está de imaginar que muy pronto será su interior el escenario de una lucha encarnizada que le va a llevar al borde de un abismo. Por ahora escucha con una mezcla de respeto, admiración y curiosidad.

Desde este momento siempre buscará Íñigo el consejo de otros. Intuye, al conversar con Chanón, que la vida interior también crece, también se cuida. Que es importante discernir lo que pasa dentro, poner nombre a lo que te sucede, reconocer la voluntad de Dios y las tentaciones del mundo en las emociones y los disgustos. El futuro maestro espiritual es, por el momento, alumno que está descubriendo lo mucho que ignora.

Íñigo habla de Jerusalén, de sus propósitos, de su vida. Chanón le alienta y le matiza, le calma y le asesora. El monje está sorprendido con la pasión de este penitente, distinto de la mayoría de quienes pasan por Montserrat. En esos tres días Íñigo hace planes, con ayuda del benedictino, para dar el último paso. En el monasterio quedará la mula. En la verja del altar las armas, como muda ofrenda a la Virgen. También ha de dejar aquí sus viejas ropas nobles. De Montserrat ha de salir un peregrino anónimo, sin nombre, sin historia. Acuerdan que se detenga en algún punto del camino, no tardando, para pasar unos días tranquilos de reflexión y oración, tratando de poner un poco de orden y serenidad en su espíritu. La tarde del 24 de marzo el monje absuelve a Íñigo por los pecados de su vida pasada mientras este llora en silencio. Al anochecer se despiden. Íñigo recoge de la mula las prendas nuevas y su bastón, y avanza, solitario, hacia la Iglesia donde piensa pasar la noche en oración velando sus nuevas armas. Antes de entrar entrega sus ropas a un mendigo y viste, por primera vez, el hábito de peregrino. En la Iglesia entra el caballero sin corte, el soldado herido, el pequeño Loyola. Al amanecer sale del templo el peregrino. Su destino, Jerusalén.

El santo, el dedo, la luna y Dios

¿Nos puede parecer extraño? ¿Tal vez nos resulta chocante esta conversión de un Íñigo que se decide a imitar a los grandes santos de la historia? En realidad no es algo tan trasnochado. Todas las épocas tienen sus figuras, sus referencias. Desde los mitológicos héroes griegos a los ídolos de masas actuales, cada sociedad y cada época ha tenido sus referentes.

Quizás hoy hay modelos mucho más variados, y muchos desaparecen rápido. Tanto que ni siquiera da tiempo a memorizar sus nombres antes de que las estrellas más rutilantes de los firmamentos mediáticos se apaguen. Pero están ahí. Jóvenes y adultos los admiran y los aplauden. Se conocen sus historias y sus acciones, sus gustos y sus vicios, sus amores y sus flaquezas...

Ese mirar –y admirar– a otros es humano. Es cierto que no todo es lo mismo. Quizás la grandeza de una época reside –también– en saber admirar a quien merezca la pena. Y es esa humanidad ávida de sentido la que vemos plasmada en Íñigo de Loyola. Cuando se ve capturado por los relatos de la vida de los santos, cuando decide imitarlos, no está haciendo algo sorprendente ni extravagante. Es un hombre de su época. Y en esa época la piedad ensalza a los santos de una forma tan central que hoy nos resulta difícil de imaginar. En retablos y trípticos, en las iglesias y en los libros...

Pero todavía tiene que aprender una lección este Íñigo que se echa al camino queriendo imitar a santo Domingo o a san Francisco. Cuando en la Iglesia hablamos de santos, entonces y ahora, no decimos, sin más, que fueron buena gente, o que sus historias fueron dignas, admirables o modélicas. Sobre todo afirmamos que sus vidas son una ventana hacia algo más. Mirándolos a ellos, a lo que hicieron, dijeron y vivieron, a cómo amaron y curaron, a cómo el evangelio ardió en sus vidas, podemos intuir al único que es realmente santo, a Dios. La verdadera santidad no es una virtud de cumplimiento. No es la perfección personal. No es una rareza imposible. Es la capacidad de, en la fragilidad e imperfección propias, ser reflejo del Dios que sí es perfecto. Es ser capaz de enamorarse de tal modo del Dios de Jesús que ese amor se convierte en pasión que arrebata la propia vida.

Esa es la diferencia entre el icono y el ídolo. El icono refleja algo que está más allá. Al ídolo lo admiramos en sí mismo. Se agota en sí. Tiene algo de vacío. El santo es, para nosotros, un icono, una ventana abierta a la divinidad. El Íñigo de Loyola que sale al camino deseando emular a los santos aún tiene que comprender esa lección. Obnubilado con lo que ha descubierto en san Francisco de Asís o en santo Domingo, quiere ser como ellos. Aún le queda comprender que la gran hondura de estos personajes no es lo que dicen de sí mismos, sino lo que demuestran de Dios. Dice un aforismo que cuando el dedo señala a la luna el necio mira al dedo. De alguna manera eso es una buena descripción de lo que ocurre aquí. Puede uno quedar preso del dedo, del fruto, del santo, sin atreverse a mirar a la luna, la raíz, al Dios al que sus vidas apuntan.

Y, de paso, así seguimos hoy en día. Vamos descubriendo personas a quienes admiramos. Pero, ¿de dónde sacan las fuerzas, la inspiración, el coraje o la compasión para vivir como lo hacen? ¿Queremos «imitar» a Teresa de Calcuta o a Alberto Hurtado? ¿Aplaudimos la entereza y la pasión de Óscar Romero o de Pedro Arrupe? Quizás debamos preguntarles a sus vidas, a sus palabras y a sus obras qué Dios late detrás.

3 Cuando habla Dios

No falta mucho para que anochezca. El hombre que entra por la puerta de la muralla de Barcelona parece cansado. Los pómulos afilados por el hambre resaltan bajo unos ojos de mirada intensa que mantiene bajos, con modestia pero sin turbación ni inseguridad. Pese a la fatiga sonríe tímidamente a la gente que se cruza en su camino y que le escudriña con curiosidad, tratando siempre de descubrir en el forastero a un viejo conocido, un hijo pródigo de vuelta al hogar o una amenaza de la que protegerse. Un largo báculo le ayuda a caminar. Miradas curiosas, alertadas por su renqueo, buscan furtivas en sus piernas una explicación, pero el largo sayal frustra el indiscreto fisgoneo. Bajo el brazo porta un atado, dentro del que guarda sus pocas pertenencias: un libro, muchos papeles, una imagen de la Virgen y unos trozos de pan. Pregunta por una dirección. «¿Sabría decirme cómo puedo llegar a la calle Cotoners?». Al principio las respuestas son vagas y le confunden más que le guían. Al fin una mujer gruesa y parlanchina que lleva de la mano una niña pequeña le conmina a seguirla. Aunque el parloteo de la mujer no se detiene ni un instante tampoco le incomoda con preguntas, y eso le gusta. Tras un rato de vivaz callejeo, la robusta matrona le deja en una esquina, bien encaminado. Al llegar a su destino respira con calma. Preferiría un lugar más pobre, pero no quiere demorarse más de lo necesario en la ciudad, así que ha aceptado la hospitalidad de buenos amigos. Sólo se detendrá el tiempo necesario para conseguir plaza en un barco que le lleve lejos.

Antes de entrar en la casa se detiene; por un momento parece dudar, y entonces cambia de dirección y camina hacia la costa. Con los últimos rayos de luz contempla con emoción el paisaje que se despliega ante sus ojos. Su corazón late rápido. Dice, en silencio, una breve plegaria antes de volver a la casa. Al fin ha llegado al mar. Ahora sí, está en marcha.

Estamos a mediados de febrero de 1523. La corta distancia que separa Montserrat de Barcelona, apenas 40 kilómetros, le ha tomado a Íñigo casi un año, desde que saliera del monasterio tras velar sus nuevas armas de caminante ante la Virgen morena. En este corto trayecto el viaje ha sido enorme. No imaginaba aquel 25 de marzo de 1522 que los días que pensaba dedicar a la reflexión, antes de continuar viaje, se iban a convertir en semanas, y estas en largos meses. No sospechaba entonces que, en tan corto trayecto, su vida iba a dar un vuelco interior mucho más audaz, profundo y definitivo de lo que había supuesto su convalecencia en la casa torre. Y ciertamente no esperaba encontrar a Dios de una forma que jamás antes hubiese creído posible.

Al salir de Montserrat Íñigo tiene la intención de detenerse, por unos días, en algún lugar tranquilo. La intensidad de su confesión y las palabras de Chanón así lo aconsejan. Al alejarse del monasterio, cumplida la primera etapa de su proyectado viaje, se siente feliz. El benedictino le ha sugerido la localidad de Manresa, aunque esto suponga apartarse de la ruta principal hacia Barcelona. Aunque le provocan ciertas reticencias el desvío y la demora, ansioso como está por embarcar, también es consciente de la conveniencia de un tiempo tranquilo en el que poder recoger por escrito lo que va aprendiendo. Además le parece prudente avanzar por rutas secundarias donde hay menos probabilidad de ser reconocido. Tanto como antes deseaba un nombre ahora valora el no tenerlo. Todas esas razones le inclinan a seguir el consejo del monje.

Se siente extraño y exultante. Ya no es el joven caballero de Loyola, sino un pobre peregrino, caminante, dispuesto a vivir de limosna, a purgar sus pecados, a consagrar su vida a proclamar la grandeza de Dios.

Todavía no nota el cansancio por la noche pasada en vela. La emoción de la última jornada es más fuerte que la fatiga. Tras él se aproxima corriendo un hombre que le pide a gritos que espere. Al llegar junto a él, el hombre, sudoroso y enrojecido le pregunta si ha dado él unas ropas finas a un pordiosero. Evidentemente espera una respuesta negativa, pensando, tal vez, que tan mendicante parece este como aquel. Por eso su sorpresa y su recelo son simultáneos cuando Íñigo confirma el hecho. Pero Íñigo no es persona que se deje cuestionar. Su forma de expresarse es la de un hombre educado. Y su autoridad la de alguien acostumbrado a mandar. Por eso, aunque se niega a revelar su nombre, el emisario del convento pronto se convence de la veracidad del relato de este peregrino que confirma la insólita donación.

A través del hombre, un criado del monasterio, descubre Íñigo que a punto están de castigar al mendigo, acusado de robo. Su alegría entonces se cambia en pena. Por un instante le asalta la comprensión de que en el mundo en que está entrando las reglas son distintas. Se siente culpable. Por su ingenuidad, por su ignorancia de cómo son las cosas y por su ceguera que le ha impedido ver más allá de sus propias intenciones. Ni por un momento se había parado a pensar que el mundo, que no tolera un pordiosero vestido de señor, rápidamente pone las cosas en su lugar. Al continuar su camino las lágrimas corren por las mejillas de Íñigo. Llora por un pobre falsamente acusado y seguramente vejado. Llora también por su propia arrogancia de caballero, que en su teatralidad ha ignorado que el mundo trata distinto a señores y siervos, a ricos y desheredados, a encumbrados y caídos.

Aunque no ha revelado su nombre este episodio supondrá un inconveniente para su deseo de anonimato. El criado, volviendo al monasterio para aclarar la confusión, se lo dirá a otros criados. Estos se lo contarán a viajeros, penitentes, señores, que a su vez lo difundirán en posadas y postas, magnificando la historia, inventando circunstancias extraordinarias, añadiendo brillos y sombras. En poco tiempo el rumor de un gran señor convertido en mendigo se esparce por la región. Cuando el cuento llegue a Manresa no será difícil que algunos de sus habitantes quieran ver en su apuesto penitente vestido de saco a un conde, un duque o un príncipe poseedor de turbios secretos.

La vida en Manresa

Íñigo pregunta, al llegar a Manresa, por un Hospital de peregrinos. Unas mujeres a quienes encuentra en el camino le dirigen al Hospital de Santa Lucía. Entre ellas está Inés Pascual, una viuda de carácter decidido que se va a convertir en estos meses en amiga y protectora de este ermitaño que, de algún modo, trastoca la vida de la ciudad.

Vamos a asistir, en este tiempo, a un doble itinerario de Íñigo. En lo exterior se dibuja el peregrino, el penitente, el hombre de oración que, ahora que está pasando de los deseos a las obras, tiene que aprender a aterrizar los sueños. Y no será un aprendizaje fácil. De entrada va a entregarse a expiaciones atroces, excesos que hoy (y tal vez entonces) nos resultan insensatos y casi trágicos. Tendrá que ir encontrando su propia forma de vivir. Y mientras hace esto en lo exterior, será sobre todo su interior el que irá cambiando, en un sorprendente e irrepetible diálogo con Dios que, ahora sí, tomará las riendas de la vida de Íñigo.

¿Qué hizo durante estos meses de estadía? Si se le pregunta a algún testigo es posible que diga que el peregrino, el «hombre del saco», como lo llegaron a llamar los niños, es un hombre atormentado tratando de encontrar la paz. ¿Tratando, tal vez, de purgar un delito? ¿Cumpliendo alguna promesa? ¿Qué habrá hecho para tener que torturarse como lo hace? ¿Qué infamia le persigue? ¿Qué crimen le atormenta? ¿Es un santo o un demente?

Posiblemente estos y otros comentarios circularon durante aquellos meses, cuando la figura de Íñigo comenzó a hacerse familiar por las calles de la ciudad. Hablan de él los vecinos, lo imitan en sus juegos los niños. Hay quien le busca y quien le evita. A nadie deja indiferente este personaje insólito que ha venido a romper la monotonía de la vida manresana.

En cuanto a lo exterior, ciertamente ha abrazado la pobreza. Lo que soñara entre las comodidades de su cuarto de enfermo puede ahora llevarlo a la práctica, y se entrega a ello con absoluta fidelidad. Vive sólo de las limosnas que le dan, pidiendo de puerta en puerta; no acepta que le den más de lo que estrictamente necesita, y en verdad necesita poco. Come mal. No prueba la carne ni el vino, salvo a veces los domingos. Acude a los hospitales para limpiar a los enfermos y acompañar a los moribundos; esa cercanía con los más atravesados y excluidos será ya constante durante toda su vida.

Descuida su aspecto físico. Intencionadamente. Él, que ha dedicado tantas energías y cuidados a su figura, a sus manos, a su cabello. Él, que ha sido, como tantos de sus compañeros, figurín sediento de halagos sobre su apostura o su donaire decide ahora no cuidar en absoluto su fachada. Deja largo su pelo, que se enmaraña y se ensucia. Deja también crecer sus uñas, que adquieren por ello un aspecto negruzco y desigual. ¿Es un ermitaño loco? ¿Un asceta trastornado? Podría parecer, pero al mismo tiempo lleva una vida relativamente ordenada, y en el trato con él se advierte, sin duda, a un hombre cortés, humilde, bueno. La gente está sorprendida y expectante.

Sobre todo dedica la mayor parte de su tiempo a la oración y el culto divino. Su horario lo enmarcan las celebraciones litúrgicas. Misa mayor por la mañana, oración de vísperas por la tarde y completas por la noche. Todos los días lee, durante la misa, el relato de la Pasión en la Vita Christi que es una de sus escasas pertenencias. Los cantos litúrgicos que acompañan las celebraciones le conmueven y le transportan –sobre todo durante las primeras semanas, antes de que la tormenta estalle en su interior–. Además, la soledad de su aposento –cuando lo tenga–, las ermitas dispersas por los alrededores, una cueva junto al río Cardoner, cualquier lugar un poco retirado es espacio para sus largas horas de oración. Medita, contempla. En el silencio y a veces a voz en grito, escribiendo o imaginando, hablando o escuchando Íñigo reza. Se confiesa regularmente, y cada domingo sin falta comulga.

No es un ritmo fácil. La dinámica es exigente. Una cosa es imaginar, sentado en el lecho de enfermo, en una casa caldeada, cuidado por los tuyos, lo que ha de hacerse por gloria de Dios. Bien distinto es ponerlo en práctica cuando el hambre, la fatiga, la incomodidad o la resistencia interior asoman. Algo así percibe bien pronto Íñigo, que se descubre un día preguntándose, con incertidumbre, si se ve capaz de aguantar esta vida. La solución que encuentra es decirse que no sabe si «esta vida» va a durar décadas, años o minutos y, por tanto, le toca vivir día a día. Curiosa solución, que no deja de ser provisional, pero que en ese momento le permite seguir adelante con paz.

Habla de cosas espirituales con quien se quiere acercar. Y ciertamente hay gente que le busca, intrigada y conmovida por la piedad extrema y austera de este hombre joven, que a medida que transcurre el tiempo va perdiendo el aspecto recio que traía al llegar. Con esas gentes, con frecuencia mujeres inquietas en cuestiones de fe, conversa a ratos; acerca de su amor por Dios, la necesidad de conversión, la vida de santidad, el pecado, la gracia, la penitencia... aunque pronto se le irá viendo más reservado, más recogido. Los que ven esa fachada seria y esa expresión de intensa concentración probablemente ignoran la agonía en que se va sumiendo.

Hasta la «santa» local, una mujer anciana famosa en todo el reino, de la que se dice que ha compartido visiones con el rey Fernando, se ve interpelada por este hombre sobrio y extraño. A veces conversan. En una ocasión, en las primeras semanas de su estancia en Manresa, la mujer le dice a Íñigo: «¡Quiera mi Señor Jesucristo aparecerse a ti un día!». El joven se espanta. Esas palabras le suenan a chifladura o a herejía. Lejos está de sospechar que, en cierta manera ese auspicio se va a cumplir.

Al principio vive en el hospital de Santa Lucía, y después en una celda que le dejan en el convento de los dominicos. Sólo en algunas ocasiones, cuando la mala salud (provocada en buena medida por lo excesivo de sus penitencias) exija cuidados extremos se hospedará en las casas de benefactores como el señor Ferrer o el señor Amigant.

La noche oscura de Íñigo

Mientras todo esto ocurre en lo exterior nadie podría adivinar la increíble lucha que tiene lugar en su interior. Es este, sin duda, el período crucial, el que marca un antes y un después en su vida y su fe. En su autobiografía hablará extensamente de lo ocurrido en esos meses de zozobra y clarificación, de dolor y dicha, de encuentro con Dios.

Algo le condujo a alargar esos pocos días que pensaba quedarse. ¿Qué le ocurrió? ¿Por qué su paso por Manresa, que en principio era un breve alto en el camino, se convierte en una estancia de casi un año? ¿Fue la imposibilidad de llegar a Roma antes de la Pascua de 1522, a tiempo para recibir el permiso pontificio para ir a Tierra Santa? ¿Sería inviable el viaje desde Barcelona, en cuarentena por la peste? ¿Acaso fue su salud? No sabemos cuál sería el primer motivo para permanecer en Manresa un tiempo más largo del inicialmente previsto. Pero, sea cual sea esa razón inmediata, la verdad es que hoy diríamos que se acabó su ímpetu inicial y se encontró desfondado. Es decir, a Íñigo se le apagó la alegría, y con ella la posibilidad de seguir adelante.

Desde el momento, en su cuarto de enfermo de la casa torre en Loyola, en que comprendiera que los planes de Dios eran los que le daban una consolación duradera, ha estado en un estado de constante efervescencia y consuelo. Es cierto que ha sentido remordimiento, pena, vergüenza por su vida pasada. Pero eso no le ha hecho perder la devoción grande, el júbilo profundo al proyectar su nueva vida de peregrino. Durante meses se ha sentido embriagado e ilusionado. Ni la desaprobación de Martín, ni la despedida de los suyos, ni el abandono de su pasado han hecho mella en esa alegría.

Sin embargo en Manresa se encuentra, de golpe, sumido en una tiniebla y una desazón que le deja, a ratos, abatido y desconsolado. A veces toca el cielo y otras está en el fondo de un pozo. Va a atravesar una crisis tan profunda, tan existencial y tan radical que todo su mundo de convicciones y seguridades se irá desmoronando. Todo lo exterior es lo mismo. No hay motivos para tales cambios, se dice. Se extraña. «¿Qué nueva vida es esta que ahora comenzamos?». Se pregunta con incertidumbre qué le pasa por dentro para estar sometido a esos embates.

¿Qué le está consumiendo? Su pecado, que antes le producía vergüenza, ahora le provoca escrúpulo. Cada vez es mayor el dolor y menor el consuelo, hasta que se siente incapaz de mirar hacia Dios. Sólo ve, enorme, brutal, todo el mal que ha hecho antes. De nada le sirve haberse confesado en Montserrat y volver a hacerlo aquí una y otra vez. Ante él se alza, acusadora, la imagen sucia –y posiblemente exagerada– de sus egoísmos, sus afanes de riqueza y gloria, sus noches de lujuria, los años perdidos entre pompas y vanidades. Con implacable precisión revive cada episodio en que ha actuado mal, en que ha utilizado a otros, en que ha insultado o ignorado a un semejante. Tiene la sensación de no haber confesado del todo, de tener algo más que decir. No puede creer que Dios le perdone –y ciertamente él no se perdona tampoco–.

A medida que avanza el verano se va sumiendo más y más en esta espiral de culpa. Llega un momento en que su confesor, tras una nueva confesión escrita, le ordena que pase página, que no se confiese más por todo lo que ya ha dicho. Es algo que el mismo Íñigo ha estado deseando, consciente de que si la orden viene de alguien con autoridad moral sobre él, como es este doctor de la Seo a quien ahora acude, tal vez entonces consiga salir del cenagal en que se está ahogando. Sin embargo, al instruirle, el confesor deja caer una frase que arruina todo. Le dice que no vuelva a hablar de esos episodios, que no hace falta que los mencione más a no ser que sea algo muy claro. ¿Algo claro? Para Íñigo, perfeccionista y obsesionado, todo es diáfano. Su vida anterior le resulta nítidamente pecaminosa. Se desprecia por lo que ha hecho.

Quiere mortificarse, pagar sus culpas, compensar a Dios con sacrificios. Funciona en él la imagen de un Dios ofendido, un Dios medieval que está muy lejos del Dios Padre al que todavía tiene que descubrir. Reza siete horas diarias en su camarilla, en el convento de los dominicos. Pero son largas horas de sequedad y sed insatisfecha. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué no viene? ¿Qué tiene que hacer para ganar su favor? Aún no ha descubierto Íñigo que ahí, precisamente, está su trampa. Mientras siga pretendiendo que alcanzar a Dios depende de sus propios esfuerzos seguirá estrellándose contra el muro de su incapacidad.

El dominico que duerme en la celda de al lado se despierta una noche oyendo a Íñigo dar grandes voces de desesperación y súplica. «Socórreme, Señor –le oye gritar–. Dime qué tengo que hacer. Sea lo que sea, lo haré. Si me mandas correr detrás de un perrillo, iré. ¡Pero háblame!». Con esas y palabras similares expresa su angustia el peregrino. Pero no hay respuesta. Oyendo los sollozos desconsolados de su vecino el monje se estremece, incapaz de conciliar el sueño esa noche.

Pasan las semanas. El calor ya no aprieta tanto. La vida exterior de Íñigo sigue sus rutinas: misa, hospital, limosnas y austeridades. Cada vez habla menos con otras personas, siempre cordial, pero ahora sumido en la tristeza. Los amigos y bienhechores que se interesan por él observan con preocupación cómo va perdiendo el peso y el color. Está demacrado y a veces parece perdido.

La batalla interior continúa. Hastiado de no encontrar respuestas, llega a pensar en el suicidio. En su cámara hay un boquete en el suelo, normalmente cubierto con un tablón. Cada noche piensa Íñigo en acabar con todo. Saltar, dejarse deslizar por ese agujero negro, desprenderse, hasta que la dureza de las piedras en el suelo lejano ponga fin a esta agonía que le consume. Si no lo hace es por miedo a una condenación eterna y por el deseo de no aumentar aún más la lista de sus pecados.

Siente como si Dios le estuviese poniendo a prueba. ¿Quieres ver de qué soy capaz? ¿Quieres que te pruebe mi absoluto amor, devoción, arrepentimiento? –parece pensar–. Esa perspectiva le lleva a una nueva locura que se le ocurre un domingo al final de la misa. Dejará de comer. Si se trata de sufrir, no tiene miedo ni medida. Todo, con tal de volver a ganar el favor de ese Dios que parece haberle dado la espalda. No probará bocado. No sólo carne. Nada. Durante una semana entera permanece firme en su propósito. Continúa con su ritmo de oración, oficios divinos... Nadie advierte su debilidad creciente ni su insano propósito. El domingo siguiente, como de costumbre, va a confesar antes de la misa. Transparente con su confesor, le habla de su ayuno. El buen viejo se espanta. Ordena a Íñigo desistir de esa abstinencia, que de ninguna manera puede ser algo querido por Dios. De nuevo Íñigo, fiándose de una palabra autorizada, obedece. Al salir del templo pide limosna y come lo que le dan. No es que esté en el cielo, pero al menos parece hallar un poco de sosiego.

Dos días le dura esta vez la tranquilidad. El martes siguiente en su oración nocturna se ve azotado una vez más por los escrúpulos. De nuevo le asaltan las imágenes de su vida pasada y se inicia su letanía de recriminaciones a sí mismo. Con desesperación percibe cómo la familiar sombra de la culpa va dominándole. Pero esta vez ha llegado al límite. Después de meses de lucha no le quedan fuerzas ni siquiera para martirizarse. No sabe qué más puede hacer. Ha tocado fondo.

Se rinde. En ese momento, y tal vez por primera vez en su vida, brota de él una oración distinta. Siente que él solo, frágil y limitado, nada puede. Comprende que nada va a conseguir por sus propios medios. Por primera vez intuye que seguir a Dios no es cuestión de la propia perfección, sino de dejarse acompañar, sanar, conducir. En esta rendición se está haciendo, por vez primera, absolutamente pobre. En su corazón deja de mirar hacia sí mismo y se vuelve a Dios. Y descubre que Dios está ahí. Que nunca ha dejado de estar. Sólo que él ha estado tan equivocado, buscándolo en otros lugares, persiguiéndolo donde no podía encontrarlo... Vuelve el consuelo, la alegría, más serena que antes, la paz. Siente como que despierta de un mal sueño. La losa que durante largos meses le ha estado oprimiendo parece desvanecerse. Las lágrimas que ahora lavan su rostro hablan de alivio y de humildad, de encuentro, de esperanza y comprensión. Sonríe. Esa noche duerme, por unas horas, como no había dormido en mucho tiempo.

Hay que dejar hacer a Dios

¿Cómo interpretar este episodio? Podría uno pensar, al acompañar a Íñigo en su noche oscura, que Dios ha sido muy duro con él. ¿No hubiese bastado con que mantuviese su corazón cantando y calentito, lleno de fervor y devoción camino de Jerusalén? ¿Era necesaria esta agonía?

De entrada esas preguntas parten de una comprensión equívoca de las cosas. Dios no ha «hecho sufrir» a Íñigo. Cuando, tiempo después, escriba acerca de cómo se desarrolla en nosotros la lucha de diversos espíritus, en sus reglas de discernimiento, el mismo Ignacio afirmará que el desconsuelo es obra del mal espíritu en nosotros, nunca de Dios. Como mucho, Dios lo permite, pero no lo provoca. ¿Qué padre haría algo así con hijos a quienes adora?

Cambiemos entonces la pregunta: ¿Por qué Dios ha permitido esto? ¿Por qué, si Íñigo estaba tan desgarrado, no lo levantó antes, no le llenó de consuelo, de luz, de paz? ¿Por qué no le invadió? (y, tal vez, de paso, ¿por qué a veces nosotros le buscamos y no terminamos de encontrarle?)

Una imagen puede ser ilustrativa para entender el proceso espiritual de Íñigo hasta este momento. En Loyola Íñigo descubre un nuevo camino. Es Dios quien le ilusiona con ello. Y, sin embargo, el joven, aventurero e impulsivo, sintiéndose convertido y curado, cree que ahora ya todo depende de sí. Es como si Dios le hubiese invitado a subir a un carro para llevarle a un lugar soñado, y en vez de montarse en el carro dispuesto para él, Íñigo se empeñara en empujar, incapaz de comprender que se tiene que dejar llevar. Durante las primeras etapas todo marcha bien. Íñigo y Dios empujan el carro en la misma dirección. El peregrino está exultante. Hasta aquí (Montserrat) todo va como la seda.

Sin embargo llega un punto en que el camino se bifurca. Y esta encrucijada es tan compleja que define tu vida, porque lo que hay que elegir es cómo vivir, en qué Dios creer, y si uno está dispuesto (de veras) a ponerse en sus manos. Íñigo se empeña en tirar por el camino equivocado. En el fondo ahí se estrella su espejismo de ser «el mejor santo del mundo». Ahí se estrella su ideal de perfección. Ahí va de cabeza su orgullo. Hasta este momento todavía Íñigo no ha caído en la cuenta de que lo que Dios le pide no es que sea un Íñigo irreal, puro y magnífico; lo único que Dios quiere es que Íñigo, con sus fuerzas y flaquezas, se deje enamorar, seducir por el Cristo pobre y humilde que le está esperando, y que se convierta en testigo y transmisor de ese amor.

¿No es algo familiar, y tristemente frecuente? Ese empeño por tirar del carro, por cumplir, por hacer, por ser... que sólo lleva a clavar la mirada en un espejo en lugar de mirar a Dios. A cargar –heroica e inútilmente– con las limitaciones, empeñándose en corregirlas en lugar de dejar que sea Dios el que sane las heridas y abrace las miserias. Ese empeño por hacerse fuertes en la fortaleza, en lugar de escuchar esa palabra que promete que la fuerza –de Dios– se realiza en la debilidad –la nuestra–.

Ese es el otro camino. El carro no puede avanzar más en la dirección en la que empuja Íñigo. O al menos si avanza es para alejarse de Dios; e Íñigo es, eso sí, suficientemente sensible para darse cuenta de ese alejamiento, aunque no sepa ponerle nombre. Y por eso está clavado en un punto, sin avanzar, sin poder moverse. Dios señala hacia otro lado. Y cuanto más empeño pone el hombre en empujar, más se agota inútilmente. De nada sirven sus sacrificios o sus sufrimientos, porque lo que Dios quiere no tiene que ver con eso.

Sólo cuando finalmente, rendido, haga la pregunta: «¿Adónde quieres que vaya?», sólo cuando mire dónde está Dios, se percatará de que lo único que tenía que hacer era dejarse llevar. Sólo ahora se quita la venda de los ojos. Sólo ahora es capaz de continuar camino, llevado por Dios, adentrándose, por fin, en nuevas profundidades que jamás intuyó.

Como un maestro de escuela con un niño

A partir de este momento se inicia una época en la que Íñigo comienza a avanzar, interiormente, por lugares que hasta el momento le habían sido esquivos. Ahora que, sintiéndose nada, se ha hecho verdaderamente pobre, empieza a comprender mucho más de sí mismo y de su diálogo con Dios.

Es aquí donde empieza a crecer el hombre capaz de analizar el interior con sorprendente finura. Al repasar su recorrido de los pasados meses advierte con precisión cómo ha estado entrampado en un espejismo, un engaño, una quimera. Empieza a reconocer con lucidez cómo actúan en su interior, además de sus propias inquietudes, el espíritu de Dios, que a veces empuja y otras calla; y ese espíritu burlón y engañoso, que a veces te golpea y otras jalea tus insensateces, de modo que por su medio el mal se nos cuela dentro.

Hoy siguen citándose, tanto por parte de creyentes como no creyentes, algunas de las intuiciones de Ignacio de Loyola. Mucho antes de que hubiese psicología y conceptos bien diferenciados para explicar el mundo interior, este peregrino se sumerge en las profundidades de su alma y aprende a distinguir afectos y resistencias, trampas e impulsos, engaños y llamadas, espíritus varios que le llevan en direcciones insospechadas.

Ha comprendido, dejándose la salud en el camino, que sus excesos, sus mortificaciones y ayunos terribles no eran sino trampas, absurdos propósitos que sólo han conseguido mantenerle enroscado dando vueltas en torno a sí mismo. Decide volver a comer carne con tranquilidad, sintiendo en ello que es claramente de Dios el que abandone su anterior privación. Tal es su certeza que ni las reticencias de su confesor –tal vez asustado por un cambio tan tajante– le hacen dudar. Modera sus extremismos. Comprendiendo que tan excesiva es la obsesión por la imagen como su absoluto abandono, vuelve a cortarse uñas y cabellos. Ya no parece el eremita desquiciado, sino, ahora sí, un hombre de Dios, pobre, sencillo, ponderado y reflexivo.

Un episodio es especialmente revelador de cómo Íñigo va adquiriendo una perspectiva distinta, un control interior nuevo, una capacidad de desmenuzar e interpretar lo que le pasa por dentro. Durante varias noches se queda desvelado, con grandes consolaciones y alegrías espirituales que le mantienen radiante. Sin embargo reflexiona y, con una sensatez recién adquirida se dice que, pasando como pasa todo el día en cosas del espíritu, oraciones y conversaciones, ¿no es la noche el tiempo para dormir? ¿No será en el fondo este consuelo una ilusión que sólo le va a conducir a agotarse en unos cuantos días? Decide –con muy buen criterio– utilizar la noche para descansar, consciente ahora de que Dios no juega con uno, y sospechando que esas consolaciones nocturnas no son otra cosa que una falsedad. Es así como descubre que a veces el mal espíritu se te cuela bajo capa de bien, proponiéndote cosas aparentemente irrechazables, que sin embargo resultan tramposas.

Habrá quien diga en el futuro que Ignacio es frío, calculador, metódico, racional... Pero por el recorrido que hemos hecho hasta el momento podemos comprender que lo que hay quien toma por frialdad o cálculo es más bien una sabia moderación aprendida desde los propios excesos. Que si a algo ha tendido el corazón de Ignacio es a dejarse abrasar por emociones e impulsos. Y si termina siendo un maestro en la delicadeza de las emociones, en la sutileza de los afectos o en el discernimiento de los espíritus que nos agitan, es porque ha comprendido que el alma humana es compleja, nuestros sentimientos no son fáciles de interpretar, y el lenguaje de Dios es en ocasiones voz estruendosa, pero otras muchas un susurro sólo perceptible en el silencio.

La expresión palmaria de la experiencia mística de Ignacio en Manresa es lo plasmado en los ejercicios, que se irán completando durante los siguientes años, pero cuyo corazón ya está perfilado en Manresa. En esa escuela vital de oración que es el librito de los Ejercicios Espirituales el peregrino trata de encaminar a otros para que puedan aproximarse a lo que él mismo va descubriendo en sus ratos de oración, en esta segunda etapa de su aprendizaje manresano.

Dios le trata en este tiempo «como un maestro de escuela con un niño». Ahora que se ha puesto en sus manos el peregrino es de nuevo tierra sedienta, preparada para recibir el agua y dejar que la semilla plantada germine. A medida que avanzan los días irá sintiendo, con absoluta confianza y certeza, cómo Dios le ilumina y le hace comprender el evangelio y la fe de una forma personal y nueva. Sus palabras autobiográficas al describir la manera en que Dios va tocando su corazón y su alma nos resultan extrañas, posiblemente porque describen una experiencia tan particular, tan única, que el lenguaje no la sabe capturar. Ignacio hablará, cuando recuerde esta etapa, de visiones interiores, noticias espirituales que Dios imprime en su alma, ver con los ojos del entendimiento, imágenes que se le aparecen en tal o cual figura... ¿Cuánto es aquí imaginación y cuánto sensibilidad? ¿Cuánto es físico y cuánto espiritual? De poco sirve enredarnos en análisis varios de algo que se nos escapa. El caso es que en el tiempo que sigue Íñigo en Manresa se ve constantemente iluminado por Dios, aprendiendo, creciendo y sintiendo. Cuando ya al final de su vida recuerde este tiempo su memoria conservará las lecciones de esta última etapa manresana como claves de su vida.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
11 mart 2025
Hacim:
300 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788428563673
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