Kitabı oku: «Cara y cruz»
Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Claves de las abreviaturas y referencias
Antes de comenzar
I. La forja (1902-1915)
II. La llamada y la decisión (1915-1919)
III. Providenciales injusticias (1920-1924)
IV. Una muerte repentina. Ordenación sacerdotal y estancia en Perdiguera. Tiempo de espera...
V. Llegada a Madrid (abril de 1927)
VI. «Madrid fue mi Damasco» (2 de octubre de 1928)
VII. Primeros pasos (1929)
VIII. De agosto a agosto (1930-1931)
IX. En el Patronato de Santa Isabel (21 de septiembre de 1931)
X. Somoano y Luis Gordon (1932)
XI. Tres, trescientos, trescientos mil... (21 de enero de 1933)
XII. Una aventura. La Residencia DYA (1934-1936)
XIII. Guerra entre hermanos. Buscando un refugio (julio-octubre de 1936)
XIV. En el sanatorio del Dr. Suils (7 de octubre de 1936) y la legación de Honduras...
XV. Travesía de los Pirineos (noviembre de 1937)
XVI. Burgos (8 de enero de 1938-29 de marzo de 1939)
XVII. Fantasmas de posguerra (abril de 1939-junio de 1946)
XVIII. Encarnación Ortega y las primeras mujeres (marzo de 1941)
XIX. Los sacerdotes (14 de febrero de 1943)
XX. En Roma y desde Roma (1946-1962)
XXI. ¡Caben! (1948). Un martilleo interior (1950)
XXII. Cooperadores cristianos y no cristianos (1950). Loreto (1951)
XXIII. Curación de la diabetes (27 de abril de 1954). Por todo el mundo
XXIV. El Concilio (1962-1965)
XXV. La tempestad
XXVI. Últimas locuras y viajes por América (1970-1975)
XXVII. Hágase, cúmplase (1 de enero de 1975)
A modo de epílogo
ANEXO I. Hitos de la historia del Opus Dei tras el fallecimiento de Josemaría Escrivá
ANEXO II. Algunos escritos de san Josemaría Escrivá
ANEXO III. La Prelatura del Opus Dei
Notas

3.ª edición revisada
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Claves de las abreviaturas y referencias
| AD | Amigos de Dios, Rialp, Madrid 1977. |
| AGP | Archivo General de la Prelatura del Opus Dei. |
| AP | ÁLVARO DEL PORTILLO, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993. |
| ADP | JAVIER MEDINA BAYO, Álvaro del Portillo. Un hombre fiel, Rialp, Madrid 2012. |
| Apínt. | «Apuntes íntimos». Estos apuntes son anotaciones breves que fue realizando Escrivá en diversos momentos de su vida, sobre todo durante su juventud, para considerarlos posteriormente en su oración personal. Tratan de temas variados. |
| AVF | Autógrafos varios del Fundador. |
| AVP | ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA, El fundador del Opus Dei, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), 3 vols., Rialp, Madrid 1997 2002. |
| C | Camino, Gráficas Turia, Valencia 1939. |
| Carta | Cartas dirigidas por Josemaría Escrivá a las mujeres y hombres del Opus Dei. |
| CECH | Camino: edición crítico-histórica, preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 2002. |
| CCEDJ | Cuadernos del Centro de Documentación y Estudios Josemaría Escrivá de Balaguer, Pamplona 1997-2003. |
| CONV | Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1968. |
| DA | JULIÁN HERRANZ, Dios y audacia. Mi juventud junto a san Josemaría, Rialp, Madrid 2011. |
| DSJE | Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Monte Carmelo, Burgos 2013. |
| ECP | Es Cristo que pasa, Madrid, Rialp, Madrid 1973. |
| EDCONV | Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer. Edición crítica-histórica preparada bajo la dirección de José Luis Illanes, Instituto Histórico San Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 2012. |
| F | Forja, Rialp, Madrid 1987. |
| FH | FEDERICO M. REQUENA-JAVIER SESÉ, Fuentes para la historia del Opus Dei, Ariel, Madrid 2002. |
| GG | JOSÉ LUIS GONZÁLEZ GULLÓN, El clero en la Segunda República. Madrid 1931-1936, Monte Carmelo, Burgos 2011. |
| GR | GONZALO REDONDO, Historia de la Iglesia en España, 1931-1939. Tomo II: La Guerra civil (1936-1939), Rialp, Madrid 1993. |
| IJ | AMADEO DE FUENMAYOR-VALENTÍN GÓMEZ IGLESIASJOSÉ LUIS ILLANES, Itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989. |
| IZ | JOSÉ MIGUEL PERO-SANZ, Isidoro Zorzano Ledesma, Biografías MC, Palabra, Madrid 1996. |
| JA | JOHN L. ALLEN, Opus Dei. Una visión objetiva de la realidad y los mitos de la fuerza más polémica dentro de la Iglesia católica, Planeta, Barcelona 2006. |
| JE | JAVIER ECHEVARRÍA, Memoria del beato Josemaría Escrivá. Entrevista con Salvador Bernal, Rialp, Madrid 2000. |
| JC | JOHN F. C OVERDALE, La Fundación del Opus Dei, Ariel, Barcelona 2002. |
| JCG | JAVIER CERVERA GIL, Madrid en guerra. La ciudad clandestina 1936-1939, Alianza editorial, Madrid 1998. |
| JH | JULIÁN HERRANZ, En las afueras de Jericó. Recuerdos de los años con san Josemaría y Juan Pablo II, Rialp, Madrid 2007. |
| JMC | JOSÉ MIGUEL CEJAS, San Josemaría Escrivá. Un sem brador de paz, Monte Carmelo, Burgos 2002. |
| JMS | JOSÉ MIGUEL CEJAS, José María Somoano en los comienzos del Opus Dei, Rialp, Madrid 1995. |
| JO | JOSÉ ORLANDIS, Mis recuerdos, Rialp, Madrid 1995. |
| JP | JORDI PIFERRER, El pas dels Pirineus. Les rutes de evasió cap a Andorra i l´aventura de sant Josepmaria Escrivà de Balaguer a la tardor de 1937, Pagès, Lérida 2012. |
| LP | JOSÉ MIGUEL CEJAS, La paz y la alegría, María Ignacia García Escobar 1896-1933, Rialp, Madrid 2001. |
| PB | PETER BERGLAR, Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1987. |
| P01, P02, etc. | Colección de documentos impresos (secciones dentro del AGP). |
| PU | PILAR URBANO, El hombre de Villa Tevere, Plaza & Janés, 1ª ed., Barcelona 1995. |
| RE | LUIS CANO, Reinaré en España. La mentalidad católica a la llegada de la Segunda República, Encuentro, Madrid 2009. |
| RGP | RAFAEL GÓMEZ PÉREZ, Trabajando junto al beato Josemaría, Rialp, Madrid 1994. |
| S | Surco, Rialp, Madrid 1986. |
| SB | SALVADOR BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Apuntes sobre el Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1976. |
| SetD | Studia et Documenta, Revista del Instituto Histórico San Josemaría Escrivá, Roma. |
| SGP | STANLEY G. PAYNE, La Guerra civil española, Rialp, Madrid, 2014. |
| T | Testimonial. |
| TC | ANA SASTRE, Tiempo de Caminar. Semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 1989. |
| UFS | ESTHER, GLORIA Y LOURDES TORANZO, Una familia del Somontano, Rialp, Madrid 2004. |
| VBJ | JOSÉ MIGUEL CEJAS, Vida del beato Josemaría, Rialp, Madrid 1993. |
| VC | Vía Crucis, Rialp, Madrid 1981. |
Antes de comenzar
En un basurero de Guatemala
La idea de este libro nació hace más de veinte años, en julio de 1994. Me encontraba en uno de los lugares más pobres del mundo: el basurero de Ciudad de Guatemala. Acababa de entrevistarme con varias indígenas kakchiqueles en Junkabal, un centro promovido por mujeres del Opus Dei, construido en un extremo de ese basurero, y me dirigía hacia Kinal, un centro técnico laboral, que habían puesto en marcha años atrás miembros y cooperadores de la Obra, situado en el otro extremo de aquel mundo de miseria.
Allí, entre toneladas de basura que se iban despeñando lentamente hacia el barranco, malvivían, hacinadas en chabolas, decenas de familias: los guajeros. Un puñado de patojos renegridos, envueltos en plásticos, hurgaban con palos entre las montañas de desperdicios malolientes, con el peligro constante de ser tragados por ellas. Muchos habían muerto así, rebuscando entre la basura el tesoro de un bote de comida o un reloj extraviado. A nuestro alrededor gruñían los zopilotes y otras aves carroñeras.
Mientras recorría aquel universo de pobreza, pensaba en el inspirador de aquellos dos centros, Josemaría Escrivá, que había sido declarado beato dos años antes, en 1992. Yo dirigía entonces una ONG, Solidaridad Universitaria Internacional, de la que era miembro fundador. Atendíamos, gracias a la ayuda de cientos de jóvenes voluntarios, a miles de niños marginados de los barrios de chabolas de Madrid y de las villas miseria de algunas zonas centroamericanas, donde también luchaban contra la pobreza algunas personas del Opus Dei; y pensé que algún día tendría que investigar el pensamiento y el periplo vital de Escrivá desde esa perspectiva que suele denominarse social.
No puede decirse, parafraseando el título de una novela, que Escrivá no tenga quien le escriba. Se han publicado numerosos estudios y biografías sobre su figura y por diversas causas –entre ellas, una película dirigida por Roland Joffé1su nombre y su mensaje resultan cada vez más conocidos dentro y fuera de la Iglesia católica2. El analista de la CNN, John L. Allen, le considera «una figura histórica fascinante» y «uno de los santos más estudiados y que más debates ha generado en todos los tiempos»3.
Esta segunda afirmación requiere matizaciones, porque hay numerosos santos cuya vida y escritos han sido estudiados ampliamente (basta pensar en Agustín de Hipona o en Teresa de Jesús, entre otros muchos) y la historia del catolicismo es rica en hombres y mujeres que generaron debates en su época4. Algunos, como Tomás Moro, murieron a causa de ellos.
Aunque durante las últimas décadas se hayan publicado diversos perfiles, semblanzas y biografías sobre Escrivá, como la de Vázquez de Prada5, considero que estamos demasiado próximos en el tiempo, como señalaba el cardenal Baggio6, para valorar el alcance de su proyección en la Iglesia y el impacto de su mensaje entre los hombres del tercer milenio.
Escrivá continúa siendo, en muchos aspectos, nuestro contemporáneo. No contamos todavía con sus Obras completas, aunque se hayan editado las primeras ediciones críticas de sus libros más conocidos, como Camino, Santo Rosario, Es Cristo que pasa y Conversaciones7. Se ha publicado un Diccionario con ciento cincuenta y ocho voces de carácter teológico-espiritual, y otras ciento treinta histórico-biográficas8; pero faltan décadas –si los plazos de apertura siguen siendo los mismos que en la actualidad– para que los investigadores puedan acceder a los archivos vaticanos sobre los pontificados de Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, que se corresponden con periodos decisivos de la existencia de Escrivá.
Y se adolece aún, en determinados ámbitos de la investigación histórica general, del distanciamiento afectivo y vivencial necesario para abordar algunas cuestiones que afectaron a su vida de un modo u otro, como la Guerra civil española, la II Guerra mundial o el concilio Vaticano II. Por lo que se refiere a las contiendas, hay demasiados relatos escritos por los vencedores o por los perdedores, y pocos todavía realizados por analistas e historiadores imparciales y rigurosos. No resulta fácil, como afirmaba mi profesor Gonzalo Redondo, «escribir desapasionadamente sobre la pasión»9; y la existencia de Escrivá se desarrolló en medio de escenarios históricos tan apasionantes como apasionados.
He conversado durante estas últimas décadas con más de medio centenar de personas que le trataron directamente en diversas etapas de su existencia. Muchos convivieron con él durante muchos años. Ofrezco sus impresiones y testimonios, junto con mi visión particular sobre esta figura de la Iglesia. Eso hace que estas páginas no se ciñan del todo a las características propias del género «relato histórico» ya que, junto con la exposición de los hechos, pongo de relieve las impresiones de primera mano que me transmitieron esas personas, y en algunos casos, también las mías.
En cierto sentido, el lector se encuentra ante un libro de testimonios, recuerdos, fuentes directas y experiencias personales tanto de otras personas como mías. Conocí a Josemaría Escrivá en 1967 y tuve la oportunidad de escucharle en una decena de ocasiones durante los años siguientes, en diversas ciudades de España: la última fue en mayo de 1975, en Madrid, un mes antes de su fallecimiento10.
No me detengo demasiado en aquellos aspectos de su trayectoria vital que han sido ampliamente analizados en diversos estudios y biografías, como sus mociones espirituales interiores; sus esfuerzos por llevar a cabo la configuración jurídico-canónica del Opus Dei o su modo de dirigir la Obra. He puesto especial atención en aquellas áreas que me interesan personalmente: su sentido de la justicia social, su desvelo por los pobres y necesitados, y la influencia de sus enseñanzas sobre este aspecto en las mujeres y hombres que le siguieron11.
La mayoría de los biógrafos de Escrivá subrayan su trato con Dios y analizan rasgos de su personalidad que pertenecen a los ámbitos de la teología, de la ascética, de la mística, de la historia de la Iglesia o del derecho canónico; por decirlo de algún modo, se ocupan especialmente del Escrivá santo.
Aunque estas distinciones acaban siendo solo de razón, porque esos dos aspectos –santo, hombre–, forman en la vida real una unidad indisoluble, este retrato de Escrivá se centra en una perspectiva propia; en aquellas facetas de su personalidad que suelen denominarse, en el habla coloquial, más humanas. Deseo mostrar la cara y la cruz íntima de este sacerdote: sus virtudes y defectos; sus alegrías y penas; sus éxitos y sus fracasos.
Dedico esta semblanza a mis padres, contemporáneos de Escrivá, que se esforzaron por sembrar, con corazón hondamente cristiano, la concordia y el perdón en un mundo zarandeado por las guerras y el odio.
Agradezco vivamente la ayuda que me ha prestado Constantino Anchel, experto en la figura histórica de Escrivá, en este y otros escritos.
Unas palabras del propio Escrivá y del Papa Francisco han inspirado estas páginas: «No nos engañemos –decía Josemaría Escrivá–: en la vida nuestra, si contamos con brío y con victorias, deberemos contar con decaimientos y con derrotas. Esa ha sido siempre la peregrinación terrena del cristiano, también la de los que veneramos en los altares. ¿Os acordáis de Pedro, de Agustín, de Francisco? Nunca me han gustado esas biografías de santos en las que, con ingenuidad, pero también con falta de doctrina, nos presentan las hazañas de esos hombres como si estuviesen confirmados en gracia desde el seno materno. No. Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha»12.
«Los santos no son superhombres –recordaba Francisco–, ni nacieron perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo vivieron una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Pero, ¿qué es lo que cambió su vida? Cuando conocieron el amor de Dios, le siguieron con todo el corazón, sin condiciones e hipocresías; gastaron su vida al servicio de los demás, soportaron sufrimientos y adversidades sin odiar y respondiendo al mal con el bien, difundiendo alegría y paz. Esta es la vida de los santos: personas que por amor a Dios no le pusieron condiciones a Él en su vida»13.
Madrid, Pinar de Chamartín,
10 de octubre de 2015
I
La forja (1902-1915)
1902, Barbastro
El arte cinematográfico tiene tal capacidad de seducción que miles de personas imaginan en la actualidad el Barbastro de comienzos del siglo XX –una antigua ciudad aragonesa de siete mil habitantes, cabeza de partido, sede episcopal y núcleo comercial relativamente importante– tal y como lo representó Roland Joffé en su película Encontrarás Dragones.
Pero el Barbastro real, donde nació Josemaría Escrivá1, a las diez de la noche del 9 de enero de 1902, no debía gozar, según los estudios y documentos gráficos que poseemos de aquel tiempo –comienzos del reinado del jovencísimo rey Alfonso XIII–, de la brillantez escenográfica y la fantástica prestancia de «pintoresco pueblo español» con que lo imagina y adorna el cineasta inglés.
El historiador alemán Peter Berglar hace unas consideraciones más realistas y certeras, a mi juicio, sobre lo que debía ser la vida cotidiana en aquel enclave del Somontano a comienzos del siglo pasado2, durante la llamada Belle Époque3: una ciudad modesta, partida en dos por el río Vero, con viejas tradiciones rurales y algunos centros de vida cultural. Contaba con una estación de ferrocarril, una industria escasa y un comercio que dependía estrechamente de la producción agrícola de la zona. Su economía era la propia de uno de los países más atrasados de Europa occidental4.
Desde el punto de vista social había una cierta predominancia liberal5 y se puede decir que era relativamente igualitaria en el contexto de la época; al menos, no eran tan patentes en ella las enormes diferencias entre los sectores sociales que se daban en otras partes de España, que contaba en esa época con poco más de dieciocho millones seiscientos mil habitantes, de los cuales un setenta por ciento vivía en las zonas rurales. Un cuarto de la población española se encontraba sumida en la pobreza, y eso llevó a más de millón y medio de españoles a emigrar, especialmente a América. Las tasas de analfabetismo –superadas únicamente, dentro del contexto europeo, por Portugal, Rusia y los estados balcánicos– afectaba a un sesenta y tres por ciento de la población (el 55% de los hombres y el 71% de las mujeres)6.
En la primera década del siglo, señala Mora-Figueroa, no existía entre los barbastrinos la denominada «burguesía alta». «Lo demuestra la ausencia de caciquismo y el hecho de que las familias aristocráticas se enlazaran matrimonialmente con las de clase media sin que se diferenciaran de esta ni en gustos, ni en costumbres, ni en la educación que daban a sus hijos»7.
El padre de Josemaría, José Escrivá Corzán (Fonz, 1867)8, era copropietario, junto con otros dos socios, de la sociedad Sucesores de Cirilo Latorre, dedicada al comercio de tejidos. Tenía diez años más que su esposa, Dolores Albás Blanc, con la que se había casado en Barbastro el 19 de septiembre de 1898.
La infancia y primera adolescencia de Escrivá9 –que coincide sustancialmente con los años del pontificado de Pío X– no ofrece sucesos excepcionales, salvo la epidemia que se desató en la ciudad en 1904, cuando tenía dos años. «Algunos testimonios de la época –indica Ibarra– hablan genéricamente de meningitis, aunque las autoridades municipales se refieren a un brote de sarampión. Tuvo su momento álgido en los meses de noviembre y diciembre. Fallecieron unos cincuenta niños»10.
Esa epidemia puso al pequeño Escrivá al borde de la muerte. «De esta noche no pasa», dijo Ignacio Camps, el médico de cabecera y amigo de la familia que lo atendió, junto con el homeópata Santiago López Lafarga. Lola y Pepe Escrivá –como eran conocidos por familiares y amigos–, acudieron a la Virgen. Lola hizo una novena a Nuestra Señora del Sagrado Corazón y prometió que, si se curaba, haría, junto con su esposo y su hijo, una peregrinación en acción de gracias a la antigua ermita de Torreciudad.
«¿A qué hora ha muerto el niño?», preguntó Ignacio Camps a su amigo Pepe, cuando se presentó en su casa a primeras horas de la mañana del día siguiente, posiblemente para evitarle el mal trago de que el propio padre de la criatura tuviera que darle la mala noticia. Ante su sorpresa, José Escrivá le comentó que se encontraba mucho mejor11. Y cuando se recuperó –como recordaban bien muchos miembros y conocidos de la familia12– Pepe y Lola cumplieron su promesa y peregrinaron hasta la ermita.
Lola llevó a su hijo en brazos, y cabalgó hasta la ermita sentada en la silla, como se acostumbraba entonces. Se ignora si fueron desde Barbastro –veinte kilómetros en carro o diligencia y cuatro kilómetros a caballo– o desde Fonz; y se desconoce también el año exacto, que pudo ser 1904, o 1905, como sostiene Anchel13. En Torreciudad pusieron al pequeño bajo la protección de la Virgen.
Esto es lo único destacable de los primeros años de la vida de Josemaría. Su infancia transcurrió entre las incidencias habituales de una familia cada vez más numerosa, en la primera planta de una casa de la calle Argensola que hacía esquina con la plaza del Mercado.
Tenía una hermana mayor, Carmen, que había nacido en el último año del siglo XIX. En la primera década del nuevo siglo nacieron tres hermanas más: Asunción, «Chon» (1905); Lolita (1907) y Rosario (1909).
«Nuestro Señor fue preparando las cosas –recordaba Escrivá– para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo. Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome una libertad muy grande desde chico, y vigilándome al mismo tiempo con atención».
«Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a un colegio de religiosas14, y desde los siete a uno de religiosos», los escolapios15. «Nunca me imponían su voluntad»16, cuenta; y le tenían «corto de dinero, cortísimo, pero libre»17.
El 23 de abril de 1912 hizo la Primera Comunión18. Tenía diez años –edad temprana para lo que se acostumbraba entonces–, y recibió el sacramento de manos de Manuel Laborda19, el escolapio que le había dado la catequesis previa. A los dos meses, el 11 de junio, se examinó del ingreso de Bachillerato en el instituto de Huesca.
Dos años antes, en 1910, cuando cursaba el bachiller en el colegio20, habían comenzado las desgracias familiares en su vida.
La primera de ellas fue la muerte de su hermana Rosario, con solo nueve meses, en julio de 1910. Dos años más tarde, en julio de 1912, falleció Lolita, con cinco. Y un año después, en octubre de 1913, Asunción –Chon–, con ocho.
Carmen Otal presenció el momento en el que Dolores Albás le comunicó a su hijo el fallecimiento de su hermana Asunción. El pequeño Escrivá estaba jugando en la calle y al entrar en casa su madre «le dijo que Chon estaba muy bien, porque ya se había marchado al Cielo. Era la tercera hija –cuenta Otal– que se les moría en poco tiempo». Josemaría comenzó a llorar, abrazado a su madre, que intentaba consolarle con el corazón roto21.
Puede sorprender, al considerar estos fallecimientos, mi afirmación anterior, en la que decía que la infancia y la primera adolescencia de Escrivá no ofrecen sucesos excepcionales. Desgraciadamente, estas muertes prematuras no eran excepcionales; al contrario, eran bastante comunes en aquel tiempo, a causa del escaso desarrollo de la pediatría. En el entorno familiar de los Escrivá se dieron casos semejantes. Josemaría, como tantas personas de su generación, fue testigo durante su niñez de un trasiego incesante de nacimientos y entierros con ataúdes blancos.
Eso no significa que esos fallecimientos afectaran menos que ahora a los padres y hermanos que los padecían: Dolores Albás tuvo siempre presente el recuerdo doloroso de aquellas tres hijas muertas en plena infancia22.
Un chico normal
¿Cómo era Josemaría? Sus contemporáneos le retratan como un niño sociable, poco aficionado a los juegos violentos, de carácter firme, enérgico y sereno. A medida que fue creciendo se perfilaron sus virtudes y sus defectos: era espontáneo, inteligente, observador e intuitivo, y gozaba de un incipiente don de gentes. Junto con eso, algunas explosiones puntuales de mal genio revelaban un modo de ser impulsivo, temperamental y algo impaciente, tres rasgos que luchó por moderar durante su vida.
Años más tarde, sus padres y su hermana Carmen recordaban, divertidos, sus rabietas infantiles: en una ocasión se enfadó porque no quería tomar la comida que le habían puesto y acabó estampándola –junto con el plato– en la pared del comedor.
Muchos de sus enfados tenían la misma raíz psicológica: no soportaba la injusticia. En otra ocasión una maestra le riñó por haberle pegado a una niña del colegio (algo que no era cierto) y se irritó muchísimo; más que por la reprimenda, porque le habían culpado sin averiguar primero si aquello era verdad o no.
Tuvo la misma reacción durante el Bachillerato, cuando uno de sus profesores le llamó a la pizarra para examinarle. Fue contestando correctamente hasta que el religioso le hizo una pregunta que no supo contestar. Escrivá le dijo que aquello no lo había explicado en clase (y era verdad), pero el maestro no le hizo caso. Como respuesta, tomó el borrador, lo arrojó enfadado contra la pizarra y se volvió protestando a su pupitre23.
«Días después –recordaba Escrivá– iba yo con mi padre, por la calle, y vino a nuestro encuentro ese mismo fraile. Pensé: “¡adiós!, ahora se lo cuenta a mi padre...”. Efectivamente, se detuvo, le comentó una cosa amable... y se despidió sin decir nada»24. El pequeño Josemaría agradeció mucho aquel silencio.
No hay que exagerar, sin embargo, el alcance de esas rabietas, comunes en tantos niños, que suponían, además, una excepción en su comportamiento: solía ser obediente, en casa y en el colegio, donde le dieron un premio por su buena conducta. Adriana, una amiga de la familia25, lo recuerda como «un chico normal en el pleno sentido de la palabra».
* * *
Aunque sus padres no dieran mayor importancia a estas pataletas infantiles, debieron preocuparse (no sabemos hasta qué punto, porque solo contamos sobre este particular con un relato de su hermana Carmen y una breve alusión del propio Escrivá), cuando el carácter de su hijo fue acusando el golpe de las muertes de sus hermanas y se fue convirtiendo en un adolescente reservado que se rebelaba en su interior –y en ocasiones, externamente– contra aquella sucesión de hechos dolorosos que no entendía.
Un día, cuando tenía once años y ya habían muerto dos de sus hermanas, vio que Carmen y unas amigas estaban levantando un castillo de naipes. Se acercó y lo tiró al suelo de un manotazo:
—Eso es lo que hace Dios con las personas –dijo, con tono amargo–, construyes un castillo y cuando casi está terminado, te lo tira26.
Para Aardweg27 esta reacción pone de manifiesto que aquel Josemaría preadolescente pensaba que su familia estaba siendo víctima de un destino inmerecido e injusto; algo que, para este autor, resultaba psicológicamente insoportable para él.
1914. La crisis económica
Además, desde 1912 –el año del naufragio del Titanic– la situación económica familiar se había vuelto cada vez más preocupante. En 1914 quebró la sociedad de la que era copropietario su padre, y esa fue, en cierto sentido, «la gota que colmó el vaso» para el pequeño Escrivá.
La bancarrota tuvo diversas causas. Aquella zona de Aragón había sufrido durante los dos últimos años una racha de malas cosechas, que habían generado un fuerte descenso del consumo. A esto se unió el comportamiento de uno de los tres socios fundadores de la sociedad mercantil Sucesores de Cirilo Latorre.
Cuando Latorre se jubiló, hacia 1894, le sucedieron tres socios al cargo del negocio: Juan Juncosa, Jerónimo Mur y José Escrivá, que pudo participar en ese proyecto gracias a la herencia que había recibido de su padre, fallecido recientemente.
En 1902 José y su amigo Juan fundaron Juncosa y Escrivá. Mur no quiso participar en el nuevo proyecto y concertaron con él que no pondría otro comercio textil en la ciudad que les hiciera la competencia. Llegaron a un acuerdo: le compensarían por ello con cuarenta mil pesetas, abonables en sesenta y ocho pagarés, cosa que cumplieron entre los años 1902 y 1908.
Pero Mur incumplió lo pactado y a partir de 1911 la empresa empezó a tener pérdidas; en parte, por la crisis económica y, en parte, por la competencia comercial.
Escrivá comenzó, junto con Juncosa, un larguísimo proceso judicial, primero en la Audiencia de Zaragoza y más tarde en el Tribunal Supremo. La sentencia les dio la razón, en cuanto que reconocía que el otro socio debía compensarles por los perjuicios causados; pero no se la dio en cuanto al modo de realizar esa compensación.
El problema estribaba en que Juncosa y Escrivá pretendían que Mur devolviera la cantidad de ciertos pagarés, pero la sentencia estableció que no había suficiente base para afirmar que aquella cantidad fuera el montante de lo que Mur les debía abonar. Debían buscar otro modo de calcular los daños causados.
Los costes de aquel largo juicio, unidos al daño económico que sufrieron, les llevaron a liquidar el negocio en 191528.
Al verse en aquella situación, los Escrivá –al igual que hizo Juncosa– actuaron de forma coherente con su conciencia. Contaban con unos ahorros que habían quedado fuera de la bancarrota y decidieron pagar con sus propios bienes las deudas generadas por la quiebra. Ciertamente no estaban obligados a pagar desde un punto de vista estrictamente jurídico y moral más que con los bienes de su empresa; y lo sabían. Pero lo hicieron porque no querían que aquel descalabro afectara a terceras personas.
José y Dolores sabían también que ese gesto les llevaría a la ruina, como sucedió; pero lo que no esperaban, posiblemente, es que la incomprensión familiar llegara a los extremos a los que llegó.
Esa incomprensión fue, sin duda, la consecuencia más dura de la quiebra; porque los que entendieron menos su modo de actuar fueron, paradójicamente, los hermanos sacerdotes de José y de Dolores: y de modo singular, Carlos Albás, hermano mayor de Lola, que gozaba de particular influencia dentro del entorno familiar por su condición de canónigo arcediano del Cabildo de Zaragoza.
Esa actitud no era nueva: «el tío Carlos» mantenía desde hacía tiempo una actitud distante hacia su cuñado Pepe. Las críticas que hizo en aquellas circunstancias influyeron en la familia y los conocidos, que comenzaron a decir, como recordaba años después Dolores Albás: «Pepe ha sido un tonto, porque ha podido quedarse con una fortuna y lo ha perdido todo».
En estas circunstancias, según Aardweg, el sentido de la justicia del adolescente Escrivá se sintió aún más herido; Dios –pensaba–, además de robarle tres hermanas, había permitido que sus padres quedaran en la ruina y sufrieran una especie de desahucio familiar, junto con el rechazo general.
Escribió años después: «Yo no era un hijo ejemplar: me rebelaba ante la situación de entonces. Me sentía humillado»29.
José Escrivá y Dolores Albás
Para entender el cambio que se produjo en el alma de Josemaría desde los ocho años, cuando falleció la primera de sus hermanas, hasta que cumplió los quince, necesitamos conocer algo más de su entorno: una familia de nivel medio, de corte liberal, fiel a las raíces cristianas, sin clericalismos ni anticlericalismos exacerbados.
Los testigos de aquel tiempo recuerdan al «chico de los Escrivá» como un joven compenetrado con su padre, al que se parecía mucho, tanto desde el punto de vista físico como en el modo de ser. Resulta lógico que le influyera profundamente, porque fue su único hijo varón durante diecisiete años. «Tengo un recuerdo encantador de mi padre –diría tiempo después– que se hizo amigo mío»30.
¿Cómo era José Escrivá?31. En 1976 estuve conversando en Logroño con un testigo de excepción de su vida, Manuel Ceniceros, ahijado de Garrigosa, dueño del comercio La Gran Ciudad de Londres. Ceniceros, que trabajó durante años junto al padre de Josemaría, le recordaba como un hombre de fe recia, «simpático, sonriente y muy enamorado de su mujer»32.
Escrivá destacaba también ese rasgo al evocar a su padre: «Tenía una sonrisa en los labios y una simpatía particular»33. No perdió jamás esa alegría, aunque había sufrido en su propia carne las mismas desgracias familiares que su hijo: dos de sus cinco hermanos habían muerto durante la infancia y el tercero, Jorge, en plena juventud. En aquel tiempo solo le quedaban dos: Teodoro, sacerdote en Fonz; y Josefa, la mayor. Además de su hermano, uno de sus tíos, ya fallecido, había sido sacerdote: Joaquín Escrivá Zaydín (1833-1906).
Los que conocieron a José Escrivá le recuerdan como un hombre educado, amable, extrovertido y particularmente sensible hacia lo que entonces se llamaba «la cuestión obrera», de la que había hablado León XIII en 1891 en su encíclica Rerum Novarum.
Había participado, junto con su socio Juan Juncosa y su cuñado Mauricio Albás, en la creación del Centro Católico Barbastrense, que se propuso mejorar las condiciones materiales de vida de los obreros, mediante un monte de piedad y otras entidades de socorro mutuo34. Y gozaba de un sentido del humor, natural y espontáneo, que heredó su hijo mayor.
* * *
La madre de Escrivá, Dolores Albás35, fue la decimocuarta hija de los quince hijos de Pascual Albás y su existencia guardó similitudes sorprendentes con la vida de su madre, Florencia Blanc. También con la de su esposo, que era pariente lejano suyo (su madre y la de su marido eran primas segundas), algo habitual en muchos pueblos de aquella época.
Una de sus hermanas mayores falleció durante la infancia, dos años antes de que ella naciera; y su hermana gemela, Concepción, murió dos días después del parto. Otra de sus hermanas falleció en plena juventud, con diecinueve años, cuando ella solo tenía cinco. Es decir: tanto la madre como la abuela de Escrivá vieron morir a tres de sus hijas en plena infancia o al comienzo de su juventud36.
Lola tenía un carácter algo más reservado que el de su marido y se comportaba, en palabras de una de sus cuñadas37, con la seriedad «propia de todos los Albás». Era una mujer de ojos vivos, peinada habitualmente con un moño alto, de gran temperamento, dotada de una fortaleza psíquica y espiritual que le ayudó a afrontar, sin derrumbarse, los numerosos padecimientos que tuvo que sufrir durante su vida.
Aunque se había criado en un ambiente relativamente acomodado y contaba con la ayuda de varias personas de servicio durante su infancia, su juventud y los primeros años de su matrimonio, cuando vino la ruina económica pasó a ocuparse directamente de las tareas del hogar, junto con su hija Carmen, sin quejas ni lamentos; «sin que se le cayeran los anillos».
Lola y Pepe eran conocidos por su preocupación por los más necesitados. En la memoria de Josemaría quedó la imagen de su madre charlando en una habitación de la casa con Teresa, una mujer de etnia gitana que venía a verla con frecuencia; y recordaba que su padre hacia muchas obras de caridad –«era muy limosnero»– y formaba parte de iniciativas de asistencia social.
González Simancas ha analizado varias coincidencias históricas que permiten plantear esta hipótesis: quizá esa mujer, Teresa, pudo ser la esposa de Ceferino Giménez Malla, «El Pelé», el primer santo gitano de la historia, que sufrió martirio en Barbastro. Y el propio José Escrivá –estima este autor– pudo haberle dado a Pelé la catequesis previa al matrimonio.
A falta de nuevos datos e independientemente de que algún día pueda confirmarse o no esa hipótesis –que cuenta con indicios razonables–, lo que queda claro tras la lectura del estudio de González Simancas es que el matrimonio Escrivá compartía una honda sensibilidad social y un gran sentido de la misericordia38.
II
La llamada y la decisión (1915-1919)
Septiembre de 1915. Logroño. Fin de una crisis interior
La crisis interior del joven Escrivá –originada por la muerte injusta de sus hermanas y por su rechazo ante la situación económica en la que se encontraba su familia– llegó a su punto culminante en 1915, cuando tenía trece años. Europa se desangraba durante aquel periodo en los diversos frentes de la Gran Guerra; y España, aunque era oficialmente neutral, estaba dividida, de hecho, en germanófilos y aliadófilos.
José Escrivá se había quedado literalmente en la calle cuando le faltaban pocos años para cumplir los cincuenta, una edad en la que no resultaba fácil, ni entonces ni ahora, rehacer la vida profesional. Logró encontrar un empleo a comienzos de 1915 en Logroño, como dependiente del comercio de telas La Gran Ciudad de Londres, propiedad de Antonio Garrigosa1. Dejó de ser un propietario acomodado para convertirse en un empleado: muy estimado por el dueño, ciertamente; pero asalariado.
Como tantos padres de familia que se ven forzados a emigrar para encontrar un nuevo trabajo, José Escrivá tuvo que vivir solo en aquella ciudad durante casi medio año, alojado en una pensión, mientras los suyos permanecían en Barbastro, a la espera de que Carmen –de dieciséis años– y Josemaría –de trece– terminaran el curso.
«En casa continuaron mi educación –contaba Escrivá–, para darme una carrera universitaria, a pesar de la ruina familiar, cuando muy bien pudieron, en justicia, haberme puesto a trabajar en cualquier cosa»2.
Forzados por las circunstancias vendieron su espaciosa casa de la calle Mayor; y a falta de otro lugar para vivir, Dolores y sus hijos pasaron el verano en Fonz, en el caserón familiar de los Escrivá. En septiembre de 1915 se trasladaron a Logroño en diligencia. Ninguno de sus numerosos parientes de Barbastro acudió a despedirlos.
Al llegar a la capital de La Rioja se instalaron en el cuarto piso de la calle Sagasta, nº 18, que José Escrivá había alquilado poco antes. Estaba situado a poca distancia del comercio de telas donde trabajaba; tenía ochenta metros cuadrados y era muy caluroso en verano y bastante frío en invierno, lo que agravó la enfermedad reumática de Dolores.
Una vez instalados, después de un año de preparación con una profesora, Carmen comenzó a estudiar Magisterio en la Escuela Normal y Josemaría continuó el Bachillerato en el Instituto3, donde obtuvo buenas calificaciones4. Hubo un sacerdote que dejó profunda huella en él: Calixto Terés, catedrático de Filosofía, antiguo profesor del Seminario y alma del periódico El Diario de la Rioja5.
Durante tres años, uno de sus compañeros de clase fue Isidoro Zorzano6, un chico nacido en Buenos Aires. Se hicieron muy amigos a pesar de sus diferencias de carácter, porque Zorzano era más bien reservado y algo tímido. Otro de sus amigos era Ángel Suils, hijo del médico que atendía a su madre.
Mientras tanto, Josemaría –un adolescente corpulento para sus quince años, que vestía, siguiendo la moda de la época, boina, pantalón corto y calcetines negros hasta la rodilla– iba experimentando una profunda evolución interior.
Contamos con pocos datos sobre ese proceso. Para Aardweg fue un tiempo de purificación, en el que Josemaría acabó venciendo y venciéndose a sí mismo. Fue su primera batalla espiritual y, sin duda, una de las más decisivas de su existencia.
Y poco más sabemos del adolescente Escrivá, al igual que de aquellos miles de soldados que murieron durante aquel tiempo en la contienda europea, en cuyas tumbas se lee únicamente: Un soldado de la gran guerra, solo conocido por Dios.
Las desgracias acumuladas en los años anteriores supusieron una doble prueba para él: de confianza en Dios, por una parte; y de maduración humana, por otra. La conducta de sus padres, resuelta y firme7 –aunque tardara tiempo en entenderla– le indicó el camino a seguir. «Los vi siempre sonrientes» –decía Escrivá–8.
Conviene subrayar este punto, que influirá profundamente en su vida: Josemaría nació y creció en un hogar feliz, en el que no faltaron las dificultades; y fue madurando en un ambiente familiar confiado y entrañable. A pesar de las desgracias, los Escrivá no se convirtieron en personas amargadas; al contrario, aquellas penalidades reforzaron los lazos de cariño y alegría entre ellos; una alegría siempre presente, lo mismo con el sentido del humor. Josemaría tenía una tendencia innata hacia la broma y la desdramatización de los sucesos, heredada de su padre.
Dolores y José no se dejaron llevar por el rencor ante el causante de su ruina. No criticaron a los parientes que les hicieron el vacío, ni mostraron signos de desconfianza ante los que no les comprendían. Si hubiesen obrado de ese modo, es probable, apunta Aardweg, que Josemaría hubiese caído en esa actitud de autocompasión que se da en algunos adolescentes.
Aquella ruina les había sobrevenido a causa de la conciencia cristiana –y social, por decirlo con términos actuales– de José y Dolores, que no deseaban que el desastre económico que habían sufrido afectara a terceras personas. Aunque al principio el adolescente Josemaría no entendiera del todo el sentido de lo que estaba sucediendo, aquella profunda sensibilidad social acabaría marcando su personalidad.
He dedicado cierto tiempo a hablar de la personalidad de sus padres porque entre los suyos encontramos algunas claves decisivas para analizar su futuro comportamiento: su sentido de la justicia y de la misericordia, su concepto del perdón y de la confianza, y su preocupación por los más necesitados.
Años después enseñaría que la condición de hijo de Dios empuja al cristiano «a dirigir todo al Señor y, al mismo tiempo, a dar también al prójimo todo lo que en justicia le corresponde»9, situándose, al igual que su padre, en un ámbito superior, más allá de lo que establece la «letra de la ley»10.
Esta sensibilidad social se entrelazaba con las convicciones religiosas de los Escrivá, que vivían su fe sin estridencias. Acudían a la iglesia con asiduidad, para participar en la Misa o en otros actos litúrgicos y cada miembro de la familia cultivaba sus propias devociones en un ambiente distendido, muy alejado de esas atmósferas religiosas asfixiantes, de raíz puritana, que reflejaron en sus películas algunos cineastas del siglo XX, como Bergman11.
El ejemplo paterno –en el carácter, en la vida espiritual, en las relaciones con los demás y en su preocupación por los necesitados– influyó en el modo de ser y en la vida de Josemaría de forma discreta pero intensa. Habló en público en pocas ocasiones de las virtudes de su padre, por entender que pertenecía al ámbito de su intimidad familiar; pero a lo largo de su vida tuvo gestos muy elocuentes de agradecimiento hacia él. Esto corrobora la afirmación de Van Thuan: «Cuando conocemos nuestras raíces familiares nos damos cuenta de que pertenecemos a una historia que supera nuestra biografía concreta. Y captamos con mayor verdad el sentido de nuestra propia historia»12.
Siguiendo a Aardweg, todo hace suponer que aquella transformación interior –desde la rebeldía hasta el pleno abandono en Dios– debió costarle sangre, por su modo de ser, apasionado y sensible. Con razón le decía su madre: «Hijo mío: vas a sufrir mucho en la vida, porque pones todo el corazón en lo que haces»13.
El historiador alemán Peter Berglar compara su reacción con la de Lenin:
De Lenin sabemos que a la edad de diecisiete años y bajo la impresión del fusilamiento de su hermano mayor, que había participado en un complot para asesinar al Zar Alejandro III, perdió la fe cristiana. «Al caer en la cuenta de que Dios no existía –escribe su amigo Lepeschinski–, se arrancó la cruz del cuello, la escupió con desprecio y la arrojó lejos de sí».
Estamos ante un profundo misterio. Un hombre, al ver en la muerte de su hermano la adversidad del destino, empieza a recorrer el camino del odio, un camino que acarreará terribles consecuencias: para sí mismo y para miles de hombres. Otro hombre, ante la dureza de una tragedia familiar, se fortalece en su amor a Dios y a los hombres, y los frutos serán, en este caso, frutos admirables y magníficos para la humanidad. Ignoramos el sentido profundo de estos hechos: es el misterio de la libertad, para el bien y para el mal14.
Aunque sabemos poco sobre esta crisis interior, parece evidente que la actitud serena de sus padres le ayudó a superarla. Siempre admiró que su padre supiera «llevar toda la humillación que supone quedarse en la calle, de una manera tan digna, tan maravillosa, tan cristiana»15.
«Y fuimos adelante –recordaría Escrivá tiempo después–. Mi padre, de un modo heroico, después de haber enfermado del clásico mal –ahora me doy cuenta–, que según los médicos se produce cuando se pasa por grandes disgustos y preocupaciones, le habían quedado dos hijos y mi madre; y se hizo fuerte, y no se perdonó humillación para sacarnos adelante decorosamente. [...] Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque después he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venía el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro»16.
El ejemplo paterno –señala Aardweg– fue decisivo en la consolidación del carácter de Escrivá en cuanto varón. Explica este psicólogo holandés que cuando un hombre joven se siente querido por su padre y se reconoce como hijo –porque también su padre le reconoce como tal–, se vuelve más capaz de tratar de forma paternal a sus hijos en el futuro. «Ese fuerte sentido de la filiación, que constituye el fundamento natural de la paternidad, tiene especial interés a la hora de estudiar la personalidad de Escrivá, que habló con tanta frecuencia de la alegría de saberse hijos de Dios»17.
Este es un rasgo común de los Escrivá, padre e hijo: a pesar de las numerosas penalidades que padecieron, supieron mantener una actitud alegre, abierta y cariñosa.
La alegría mezclada con el dolor constituyó la cara y la cruz de su vida, fruto de la paradoja cristiana de la que hablaba Chesterton. Esa paradoja supone uno de los mayores retos narrativos a la hora de mostrar la vida de esos hombres y mujeres que los cristianos denominan santos. Algunos hagiógrafos del pasado tendieron a convertirlos en cariátides impasibles con extraños poderes. En una colección de «Vidas de santos» muy popular se representaba a Antonio de Padua predicando a una muchedumbre de peces con la boca fuera del agua. «Todos escucharon muy atentos el discurso –asegura el hagiógrafo– y no se fueron hasta que el santo les dio su bendición»18.
Ese gusto por lo maravilloso y lo extraordinario ha ido componiendo con el paso de los siglos otra «leyenda dorada», tan sugestiva como falsa; y ha dejado hasta nuestros días la falsa impresión de que el santo es una especie de «superhombre».
Esos hagiógrafos, además de escamotear y deformar la realidad, eluden el reto narrativo que plantean las existencias de estos hombres y mujeres: porque no resulta fácil explicar cómo pudieron mantener la sonrisa y la serenidad en medio de las intensas penalidades que marcaron sus vidas. Conviene tener presente que el hecho de que el hombre santo sepa que el dolor le ayuda a conformarse con Cristo, no hace que deje de sufrir.
A los que niegan la acción de la gracia en el alma y a los que consideran que la alegría es incompatible con el sufrimiento (porque este –piensan– conduce, inevitablemente, a la tristeza y la desesperación), la respuesta de los llamados santos19 ante el dolor corporal o espiritual les parece con frecuencia, además de incomprensible, deshumanizada y artificiosa. Y algunos la reducen a un mero fenómeno psicológico.
La actitud de san Josemaría, de san Juan Pablo II o de santa Teresa de Calcuta –por citar tres ejemplos entre los numerosos santos de nuestro tiempo20– solo se entiende con plenitud desde una perspectiva cristiana. Es bien sabido que Karol Wojtyla perdió a toda su familia –madre, padre y hermano– antes de cumplir veintiún años; y que Agnes Gonxha Bojaxhiu sufrió durante décadas una aridez espiritual, una noche oscura del alma que la hizo padecer profundamente.
Esa perspectiva proporciona la clave última de comprensión de esta realidad: la mujer o el hombre que sigue los pasos de Jesucristo, sufre; pero su corazón se esfuerza por identificarse con el del Crucificado, que no lanza gritos de desesperación desde el madero en el que le torturan, sino palabras de perdón y de esperanza.
Cuando se sufre unido al dolor y al amor de Cristo, el fruto no es nunca el rencor o la tristeza. El dolor, en sí mismo, no purifica: lo que eleva el alma, lo que la santifica, es el modo con el que se acoge ese dolor, sabiendo que tiene un sentido redentor, aunque desconocido en tantas ocasiones.
El rostro suele ser un delator formidable. Las fotografías de Escrivá adolescente le muestran sonriente y divertido, sin un asomo de amargura en la mirada, ni un rictus de desasosiego.
Lo mismo sucede con las fotografías de su padre: aunque su vida no fue precisamente un camino de rosas, no se advierte nada sombrío en ellas. Ceniceros –que me regaló una fotografía en la que José Escrivá, entre un grupo de amigos, mira hacia la cámara con un gesto entre guasón y divertidome insistía en esto: «era un hombre alegre, con gran sentido del humor y de muy buen carácter». Le apasionaba la caza y le gustaba tanto bailar, que era capaz de hacerlo, en frase hiperbólica de su esposa, «sobre la punta de un espadín»21.
«No le fue nada bien en los negocios –comentaba Josemaría, al evocar la figura de su padre– y doy gracias a Dios, porque así sé yo lo que es la pobreza; si no, no lo hubiera sabido [...], supo tener serenidad inmensa y llevar la contradicción con paz cristiana»22.
«El Señor iba preparando las cosas –continuaba diciendo–, me iba dando una gracia tras otra, pasando por alto mis defectos, mis errores de niño, mis errores de adolescente...»23.
El joven Escrivá fue superando poco a poco sus errores de adolescente –su rebeldía interior ante la situación familiar– y esforzándose por dominar su carácter natural impulsivo y vehemente. A medida que fue creciendo, como es normal a medida que se consolida el carácter, la impetuosidad de su temperamento cobró mayor fuerza y en ocasiones daba «muestras de impaciencia, de nerviosismo y de brusquedad»24.
Era aficionado a la literatura y pronto pasó de las novelas de Julio Verne y Salgari a la lectura del Quijote. Y fue familiarizándose con los clásicos españoles, desde Lope a Quevedo. Esas lecturas dejaron huella en su estilo literario y en su sensibilidad, particularmente interesada en algunas dimensiones del arte, como la literatura o la arquitectura.
Su modo de ser no cambió demasiado a lo largo de su vida: conservó desde su adolescencia hasta su muerte la franqueza propia de las gentes de Aragón y un espíritu bromista, junto con la «profunda sensatez» de la que hablaba uno de sus compañeros de clase, Eloy Alonso25.
Hacia 1916 empezó a seguir apasionadamente el desarrollo de la Gran Guerra. Estaba al tanto de lo que sucedía en Irlanda y rezaba por las personas de aquel país que sufrían a causa de su fe26.
A los quince años sucedió en su vida un hecho externamente irrelevante que acabó marcando su existencia. Se ignora la fecha concreta, aunque no el periodo de tiempo en que ocurrió: entre las últimas fechas de diciembre de 1917 y las primeras jornadas de enero de 1918; es decir, pocos días antes de que cumpliera dieciséis años.
Navidades de 1917-1918. El impacto de unas huellas
Una noche de invierno cayó una fuerte nevada sobre la ciudad y durante la mañana siguiente27 Escrivá vio en la calle Mayor, en la zona que llamaban popularmente la costanilla, la impronta de unos pies sobre la nieve. Eran las huellas de algunos de los carmelitas descalzos que acababan de llegar a la ciudad dos semanas antes y cuyo convento quedaba cerca de allí28.
Esas pisadas conmovieron al joven Josemaría, y no solo por lo que significaban de sacrificio personal por parte de aquellos frailes. «Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios –pensó–, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?»29. Le transmitieron un mensaje de perfiles confusos y dieron origen a un decisivo giro existencial.
«El Señor –escribía tiempo después– arrojó una semilla encendida en amor. Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección»30.
«Llama la atención –me comentaba Flavio Capucci31 en Roma a finales de los setenta–, que un chico de quince o dieciséis años, se conmueva hasta ese punto y decida entregar su vida a Dios tras contemplar unas pisadas sobre la nieve, fruto del amor a Dios de una persona».
Independientemente de lo que se podría denominar «fenomenología de la gracia y de la acción de Dios en cada alma», para Capucci esta reacción pone de relieve que Josemaría había madurado en su vida espiritual de un modo llamativo para su edad, con disposiciones de entrega generosa hacia el Señor.
Aquella mañana de invierno, mientras triunfaba en el extremo del continente europeo una revolución que tendría terribles consecuencias a lo largo de aquel siglo, tuvo lugar en su alma una de esas experiencias trascendentales que llevan a los jóvenes –según Aardweg– a tomar decisiones que comprometen decisivamente su futuro. Fue, en cierto sentido, lo que Víctor Frankl denomina «un descubrimiento del sentido existencial de la propia vida».
Josemaría comentó en diversas ocasiones, de palabra y por escrito, que aquellas huellas fueron una «llamada de Dios»; pero, una llamada... ¿a qué? A una entrega plena en su servicio, de eso estaba seguro. Mejor dicho: era lo único de lo que estaba seguro.
¿Dónde y cómo? Lo ignoraba32.
El cambio ocurrió sin más: de repente y sin preámbulos, del mismo modo que lo experimentaron tantos conversos de la historia; entendiendo en este caso la palabra conversión en su sentido más amplio.
Escrivá no se había planteado hasta entonces una posible entrega a Dios. Como dibujaba con soltura y entendía los planos con cierta facilidad, pensaba ser arquitecto33. Su padre, sin embargo, prefería que fuese abogado; entre otras razones, porque los estudios de Derecho eran más baratos que los de Arquitectura.
«Yo nunca pensé en hacerme sacerdote, ni en dedicarme a Dios –decía–. No se me había presentado ese problema porque no era para mí. Más aún: me molestaba el pensamiento de poder llegar al sacerdocio algún día, de tal manera que me sentía anticlerical. Amaba mucho a los sacerdotes, porque la formación que recibí en mi casa era profundamente religiosa; me habían ayudado a respetar, a venerar el sacerdocio. Pero no para mí: para otros»34.
Podía haberse limitado a esperar una nueva luz de Dios; pero tomó una de esas «pequeñas decisiones» que adquieren una dimensión insospechada y trascendental con el paso del tiempo. Decidió ir a la iglesia del convento de los carmelitas recién refundado para confesarse con José Miguel de la Virgen del Carmen35, que fue posiblemente uno de los religiosos que dejaron aquellas huellas en la nieve36.
Aquel carmelita de treinta y tres años era un hombre de aspecto fornido y cordial. Las fotografías de aquel periodo le muestran sonriente, con una mirada penetrante tras unas lentes circulares. Habló con Josemaría y le animó a intensificar su vida cristiana. El joven Escrivá comenzó a ir a Misa a diario y a rezar con mayor piedad. Eso hizo que al cabo de tres meses, el religioso, al ver sus buenas disposiciones, le planteara la posibilidad de ingresar en la Orden del Carmen37.
Escrivá consideró la propuesta con seriedad. Pensó incluso el nombre que podía elegir en el caso de que se decidiera38. Pero pronto se dio cuenta de que Dios no le llamaba a la vida religiosa y conventual.
¿Qué podía hacer? ¿Ser sacerdote secular? «Vi con claridad que Dios quería algo pero no sabía qué era»39. El tiempo pasaba. Era ya la primavera de 1918 y, como recordaba años después, «aquello no era lo que Dios me pedía y yo me daba cuenta: no quería ser sacerdote para ser sacerdote, “el cura” que dicen en España. Yo tenía veneración al sacerdote, pero no quería para mí un sacerdocio así. En aquella época –y no ofendo a nadie– ser sacerdote era una especie de función administrativa. Las diócesis iban adelante como una máquina vieja, chirriando de vez en cuando, pero funcionaban». Explicaba a continuación que los Seminarios estaban llenos y los sacerdotes salían de allí para hacer su carrera. «Se comportaban bien y procuraban ir de una parroquia a otra mejor. El que estaba preparado hacía oposiciones a una canonjía; cuando pasaba el tiempo entraba en el Cabildo [...]. Y a mí todo eso no me interesaba»40.
Aunque no deseaba hacer carrera como cura, decidió iniciar los estudios eclesiásticos porque concluyó que era el mejor modo para «estar disponible» y llevar a cabo aquella misión, aún desconocida, que –estaba íntimamente convencido– el Señor le encomendaba.
Paradójicamente, y en contra de lo que suele suceder, no esperó a «ver más» para decidirse; tomó la iniciativa y decidió hacerse sacerdote, con la confianza de que Dios le mostraría su voluntad en el futuro.
No fue una decisión rápida, ni sencilla. Un breve comentario suyo pone de relieve hasta qué punto debió costarle: «Me resistí»41. «Yo distingo dos llamadas de Dios –escribía–: una, al principio, sin saber a qué, y yo me resistía. Después..., después ya no me resistí, cuando supe para qué»42.
* * *
Su padre se quedó perplejo cuando le comunicó sus planes:
—Pero, hijo mío, ¿te das cuenta de que no vas a tener un cariño en la tierra, un cariño humano? –le preguntó.
Fue explicándole lo que dejaba atrás si se hacía sacerdote, hasta que le dijo, mientras se le saltaban las lágrimas:
—Pero yo no me opondré.
«Fue la única vez –recordaba Josemaría– que le vi llorar»43.
Al transcribir este pasaje algunos biógrafos destacan la actitud abierta, de raíz cristiana, de este hombre que deja que su hijo tome sus propias decisiones –yo no me opondré–, tras mostrarle las dificultades humanas con las que se va a encontrar.
Pero la afirmación –fue la única vez que le vi llorar– dice mucho también del temple de este aragonés de cincuenta y dos años, prematuramente envejecido, que llevaba soportando desde hacía tanto tiempo una sucesión de penalidades. Y confirma que había hecho todo lo que estaba en su mano para que aquel conjunto de desgracias afectara lo menos posible a sus hijos.
La determinación de su único hijo varón significaba para él, entre otras cosas, que después de perder a tres de sus cuatro hijas y toda su hacienda, iba a carecer «de la continuidad de su apellido»; algo que para una persona nacida en el siglo XIX tenía una relevancia mayor que la que solemos imaginar en nuestros días.
Tras aquella conversación, lejos de «poner pruebas» o esperar a que se enfriara aquel «ardor juvenil», José Escrivá le puso en contacto con un sacerdote amigo suyo, Antolín Oñate, Abad de la Colegiata de la Redonda, para que le ayudara a discernir su camino vocacional.
Oñate le confirmó que la decisión de su hijo no era fruto de una emoción pasajera; y junto con otro sacerdote, Ciriaco Garrido44 –que fue, en palabras de Escrivá, uno de los primeros que «dieron calor» a su «incipiente vocación»45–, acordaron un plan: después de terminar el bachillerato en junio, Josemaría estudiaría durante el verano algunas asignaturas de Filosofía y Latín; y en octubre de aquel mismo año –1918– entraría en el Seminario de Logroño para hacer el primer curso de Teología como alumno externo.
Es decir: aunque aquella decisión contrariaba sus planes personales, José Escrivá –contento, por otra parte, al ver la generosidad de su hijo con Dios– puso todos los medios para ayudarle. Se entienden las palabras de Josemaría: «A él le debo la vocación»46.
Con la elección que había hecho el hijo mayor –en un tiempo en el que las madres de familia tenían un acceso muy limitado al mercado laboral–, los Escrivá ya no podrían contar con él para sacar la familia adelante. Solo quedaría en casa Carmen, que estudiaba el último curso de Magisterio.
Josemaría, consciente de esta situación, rogó al Señor que concediera a sus padres un nuevo hijo. Lo hizo una sola vez. Aparentemente, era una petición un tanto ingenua, porque habían pasado diez años desde el último parto de su madre.
Al cabo de poco tiempo su madre le dijo que estaba embarazada. Y el 28 de febrero de 1919, diez meses después de aquella oración al Señor, nació su hermano menor, Santiago47. «Con aquello –recordaba Escrivá– toqué con las manos la gracia de Dios [...]. No lo esperaba»48.
Noviembre de 1918. En el Seminario de Logroño
—¿Sacerdote? ¿Quieres ser sacerdote?
Sus conocidos se asombraban al oírselo decir, porque Josemaría no había hablado nunca de esa posibilidad; y desde entonces algunos compañeros de instituto –que soñaban con ser médicos o ingenieros– comenzaron a «mirarle por encima del hombro»49.
¡Si al menos hubiese decidido formar parte de «una Orden de prestigio»! Pero, ¿cura? ¿Simple cura? Aquello no tenía brillo social. Además, la mayoría de los que deseaban ingresar en el Seminario no habían hecho siquiera el bachiller y se contaban con los dedos de las manos los que aspiraban a cursar una carrera universitaria. La mayoría procedían de modestas familias campesinas.
El 29 de noviembre de 1918, a los dieciséis años, ingresó en el Seminario Diocesano de Logroño. Lo hizo en calidad de alumno externo, posiblemente por razones económicas50. Por otra parte, ser externo era lo habitual para los chicos que residían en la ciudad51. Aquel año el comienzo de curso se retrasó hasta el 29 de noviembre, a causa de la epidemia de gripe que afectó a gran parte de Europa.
El Seminario estaba cerca de su casa, en la calle Sagasta, y ocupaba un caserón destartalado que había albergado en la planta baja, hasta el año anterior, una sección de Artillería con las caballerizas correspondientes. Allí estudió Escrivá durante dos años. Su confesor fue, muy probablemente, el Director de Disciplina, Gregorio Fernández Anguiano, al que denominaría, años después, aquel sacerdote santo52.
Los profesores le describieron como un chico «comunicativo», «de temperamento fuerte», que influía positivamente en los demás53. Uno de sus compañeros recordaba su modo de ser, franco y directo. Tenía un carácter vivo y despierto, que –genio y figura– conservaría hasta su muerte: «iba enseguida al grano»54.
III
Providenciales injusticias (1920-1924)
Septiembre de 1920. En el Seminario de Zaragoza
En septiembre de 1920 Escrivá –que había concluido los estudios de Humanidades, Filosofía y primero de Teología en el Seminario de Logroño– se trasladó al Seminario de San Francisco de Paula de Zaragoza1 y se matriculó en la Universidad Pontificia de la Archidiócesis2.
Varios motivos aconsejaban ese traslado: en Zaragoza podría estudiar Derecho, como deseaba y le había aconsejado su padre; y allí esperaba contar con la ayuda de los tíos maternos que residían en la ciudad, especialmente de los dos sacerdotes3.
El plan inicial era seguir estudiando en el Seminario como alumno externo, al tiempo que comenzaba Derecho. Pero hubo un cambio de última hora4 y dejó la carrera civil para más adelante.
La ciudad contaba con unos ciento cincuenta mil habitantes, entre los que había un alto número de emigrantes. Era el segundo núcleo anarcosindicalista del país, después de Barcelona, y se había convertido en un hervidero de conflictos laborales, huelgas y revueltas políticas. La propaganda marxista había calado con fuerza entre las masas obreras de los barrios periféricos y la violencia callejera había llegado hasta el punto de que nueve meses antes de la llegada de Escrivá, en enero de 1920, se había declarado el estado de guerra en la ciudad. En agosto continuaban los disturbios por las calles, los alborotos y asesinatos a manos de pistoleros a sueldo5.
Para el cardenal Soldevila –comenta Crovetto– aquello era fruto de la «creciente secularización de la sociedad, que se manifestaba en un descenso de la práctica religiosa y en la extensión del indiferentismo. Los obispos, y entre ellos Soldevila, señalaron como causas directas de esa nueva situación la influencia de la educación laica, de la tolerancia de cultos y, sobre todo, de la mala prensa»6.
Desde la perspectiva que proporciona casi un siglo, se descubren más causas y más complejas. Entre ellas, la falta de compromiso cristiano de tantos laicos, que –salvo excepciones7–, no se propusieron llevar a la práctica las enseñanzas de los diversos pontífices sobre las cuestiones sociales; y la ausencia de atención espiritual de las personas que vivían en los barrios marginales.
A estos factores había que sumar muchos otros, de diversa índole. Por ejemplo, las autoridades eclesiásticas –como escribe Crovetto– pensaban que la formación del clero era el único camino posible para llegar hasta el último bautizado, y esa concepción estrecha –que reservaba y reducía el anuncio del Evangelio exclusivamente a la acción de los sacerdotes– contribuyó a que el reto de la creciente secularización no se afrontara de forma adecuada8.
Aquel primer año de Escrivá en Zaragoza fue tan agitado que acabó siendo conocido como «el año del terrorismo». Tres años antes había triunfado en la lejana Rusia la Revolución bolchevique y España seguía siendo, en su conjunto, un país atrasado, aunque entre 1910 y 1930, como apunta Coverdale, se había duplicado el empleo, había bajado la tasa de analfabetismo un nueve por ciento y se había duplicado el número de estudiantes universitarios.
«En términos de educación cívica, de niveles de analfabetismo y de desarrollo económico –afirma este historiador norteamericano– se encontraba al nivel de Inglaterra en las décadas de 1850 o 1860, o de Francia en las de 1870 o 1880»9.
«Había fuertes tensiones sociales –continúa Coverdale–. En el campo, muchas familias apenas podían ganarse la vida. En el sur, unos pocos terratenientes poseían enormes extensiones de tierra improductiva, cultivadas por huestes de asalariados que podían considerarse afortunados si conseguían trabajar medio año. En algunas regiones del norte los pequeños propietarios intentaban ganarse la vida con parcelas diminutas, insuficientes para mantenerlos»10.
* * *
El Seminario de San Francisco de Paula, donde residía Escrivá, tenía su sede en el Seminario Conciliar de San Valero y San Braulio, y estaba situado muy cerca de la Basílica del Pilar11. Durante su estancia gozó de media beca gracias a las gestiones de su tío Carlos. Esto no era demasiado excepcional, ya que solo seis seminaristas pagaban la pensión completa.
El Seminario tenía su sede en un edificio antiguo que contaba con agua corriente. Durante los años veinte esa expresión quería decir, en concreto, que había un grifo en cada planta en el que los internos podían llenar de agua sus jofainas. No podían entrar mujeres y unos cuantos encargados se ocupaban de la limpieza, que nunca alcanzó niveles demasiado elevados.
No había luz eléctrica, que se reservaba para el oratorio y las zonas comunes. Eran treinta y siete seminaristas en total, entre internos y externos. Los internos disponían de un cuarto minúsculo con un jarro con agua y una palangana para asearse. Guardaban su ropa en la maleta o el baúl que habían traído, y cada cual se las apañaba con el lavado de las sábanas. Los que querían leer por las noches recurrían a las velas. No entraba –ni se leía– ningún tipo de periódico.
Estas instalaciones y condiciones de vida, que pueden parecernos elementales, eran las propias de muchos seminarios españoles de las primeras décadas de los años veinte. Y algunas costumbres que ahora sorprenden formaban parte del paisaje cotidiano. Por ejemplo, los zaragozanos estaban acostumbrados a contemplar, por las calles paralelas al Coso, una larga fila de seminaristas con sotana –desde los mayores hasta los más jóvenes–, con un ropón negro sin mangas y una beca roja con el escudo del seminario en metal: un sol reluciente y la palabra charitas12.
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«¡Hijo mío, que tú no has estado en un Seminario! –escuché cómo se lo decía Escrivá el 8 de octubre de 1967, medio en broma, medio en serio, a un joven profesional que se quejaba de la situación de los seminarios diocesanos durante los años sesenta–. Y yo sí...»13.
Aquellos puntos suspensivos guardaban un cúmulo de recuerdos agridulces, porque junto con la alegría de «estar en camino», haciendo lo que Dios le pedía, durante aquel curso en el que estudió segundo de Teología, Escrivá sufrió lo que ahora denominaríamos un choque cultural.
Se encontró, a sus dieciocho años, con un grupo de aspirantes al sacerdocio, más o menos de su edad, que procedían del mundo rural, mientras que él había crecido en un entorno urbano; y hablaba y vestía con la corrección que le habían enseñado en su casa14.
Algunos choques culturales se manifiestan en cuestiones «menores» como el cuidado de la higiene o las normas de compostura y educación. Por ejemplo, la mayoría de sus compañeros –chicos con un deseo claro de entrega a Diospensaban (porque lo habían aprendido en sus hogares y era lo habitual en los pueblos y aldeas de las que procedían), que con mojarse la cara por la mañana y atusarse el pelo era suficiente; a pesar de que las autoridades del Seminario recordaban la necesidad de lavarse, porque dos años antes algunos alumnos habían padecido sarna.
Comenzaron a burlarse de él. Les sorprendía que se lavara ¡todos los días! de pies a cabeza y el mote no se hizo esperar: «el señorito»15.
Además, se acercaba con frecuencia a la Basílica para rezar, sin conformarse con los ejercicios de piedad «reglamentarios». Esa mezcla inusitada de espiritualidad y aseo llamó la atención en aquel micromundo presidido por un estereotipo social que dictaba que el verdadero hombre debía oler; y en concreto, oler mal. Alguno confundía la masculinidad con la mugre, y un día se le acercó un compañero que se secó el sudor del brazo en su cara, diciéndole:
—¡Hay que oler a hombre!
—¡No se es más hombre por ser más sucio!16 –le espetó Escrivá.
La perspectiva del tiempo puede llevar a exagerar la aparente rudeza de la vida en aquel Seminario, que se correspondía con muchos usos y costumbres vigentes. Por esa razón conviene tomar con cierta prevención estas afirmaciones de Mainar, seminarista en aquel tiempo, que evocaba el ambiente de aquel centro eclesiástico con tintas sombrías:
Yo conocí bien lo que era en aquella época –no sé lo que habrá sido en otras– porque viví en él durante siete años. Era mediocre, sin inquietudes, y contrastaba fuertemente con el nivel medio que reflejaban los alumnos procedentes de otros Seminarios y desplazados a Zaragoza por grados u otros motivos: era corriente la falta de aseo, el poco cuidado en el vestir, los escasos modales en comidas y juegos, que a veces eran hasta groseros [...].
El nivel cultural humanístico era también muy poco elevado, parecía que los seminaristas no se interesaban por el cultivo del espíritu humano: la literatura, la música, el arte. Todo esto no iba con ellos; se preocupaban especialmente por lo que era medio inmediato de hacer una carrera en el mundo clerical. Todo esto puede explicarse fácilmente, pues la mayoría de los seminaristas de aquella época en Zaragoza procedían del campo, y en aquellos tiempos, el medio rural estaba muy descuidado.
[...] Sentiría mucho que alguien interpretase mal estas líneas: yo solo me remito a unos hechos, muy justificables y razonables dada la época, que no impedían que de aquel Seminario pudieran salir –y salieron de hecho– hombres muy santos17.
Herrando, que ha realizado varios estudios específicos sobre este Seminario, proporciona una visión documentada que ayuda a contrastar y poner en su punto las valoraciones quizá demasiado subjetivas de algunos seminaristas de aquel tiempo, como Mainar, o Val Olona, un compañero de Josemaría, que llega a afirmar: «Desde luego puede decirse también que las virtudes que pudiese tener entonces (Escrivá) –o que haya desarrollado luego– no las aprendió en aquel Seminario, porque allí no se aprendía nada. Recuerdo a un compañero que decía, años más tarde: “nosotros nos autoformamos”»18.
Había carencias; era innegable; pero eran relativamente comunes en los seminarios de los años veinte: Zaragoza no era la excepción. Y a pesar de esas limitaciones, se cultivaban allí muchas virtudes, entre ciertas tosquedades que el paso del tiempo puede exagerar de forma injusta. El hecho de que salieran «hombres muy santos» no se corresponde con una visión negativa de aquel centro. Ciertamente, no contaba todavía con la figura del director espiritual y se tendían a descuidar los elementos formativos para centrarse en los disciplinarios. El Rector de Zaragoza, José López Sierra, se dedicaba a sus múltiples ocupaciones sacerdotales y pasaba poco tiempo con los alumnos, a los que solo veía cuando tenía que hacerles advertencias con castigos19. Pero esa situación pronto mejoró.
El Rector se basaba, a la hora de juzgar la conducta de algún seminarista, en las valoraciones de los inspectores, que solían ser sacerdotes recién ordenados o seminaristas. Ellos eran los encargados de mantener el reglamento. Había dos inspectores: uno para los más jóvenes y otro para los alumnos de los últimos cursos.
El joven inspector que tuvo Escrivá durante sus dos primeros años en Zaragoza20 mantuvo hacia él desde el principio, como atestiguaron varios condiscípulos, «una actitud inexplicable de rechazo y animadversión». Eso explica que el Rector se dejase llevar por el clima negativo que se creó en torno al recién llegado, y que, siguiendo la visión unilateral de este inspector, anotase a fin de curso: «caprichoso y orgulloso»; «trabajador: moderado»; «piedad: buena». En el apartado «vocación» escribió: «parece que la tiene».
No avalaba el Rector estas impresiones con hechos concretos, ya que en lo que se refiere al comportamiento, Escrivá fue uno de los pocos alumnos del Seminario que no recibió ningún aviso o corrección durante aquel curso21.
Ese clima de piedad, y también de pullas, dimes y diretes, ayudó a Escrivá a ir forjando su carácter. Durante gran parte de su existencia tendría que avanzar a contracorriente, y con frecuencia, en medio de incomprensiones mucho más enconadas, por lo que aquellas experiencias –cara y cruzconstituyeron un buen entrenamiento para el futuro.
Fue un año de estudio intenso. A las cinco asignaturas de segundo de Teología se sumaron otras cuatro, ya que el plan de estudios de Zaragoza no coincidía con el de Logroño. Eso hizo que Escrivá comentara, años después, que a la hora de examinarse, tranquilo, «lo que se dice tranquilo, no iba nunca»22, aunque los resultados fueran buenos.
De todas formas, lo que inquietaba a Josemaría no era la cuestión académica, sino los consejos del Rector que, sin conocerle –y basado únicamente en las opiniones del joven inspector–, llegó a decirle que no lo veía como sacerdote, y le aconsejó en varias ocasiones que se marchara. Escrivá no deja dudas sobre este punto, cuando afirma que –con la mejor de las intenciones, desde luego– el Rector puso «todos los medios» para que abandonara el Seminario.
«¿Para qué quiero hacerme sacerdote? –se preguntó–. ¿Qué hago yo aquí?». El origen de aquella crisis no radicaba en una falta de generosidad o de disposiciones de entrega por su parte, como señala Herrando; todos los estudios sobre este periodo «aportan una documentación que pone de manifiesto una actitud interior de fe inquebrantable y de firmeza en su respuesta a la vocación»23.
No se trataba de una «crisis de vocación sacerdotal», tal como se entiende habitualmente esa expresión. Sus preguntas interiores se debían –por decirlo de algún modo– a la falta de un «modelo de sacerdote» al que imitar.
Su punto de referencia más cercano –su tío Carlos, el arcediano, tan distante afectivamente de sus padres– era la cara opuesta de sus aspiraciones íntimas. Escrivá no deseaba ser un sacerdote así, a pesar de que ese tipo de sacerdote fuera bastante habitual.
Cuando trato de recordar el contraste entre tío y sobrino –recuerda Antonio Moreno, uno de los mejores amigos de Escrivá en aquel tiempo– me doy cuenta de que eran no solo dos maneras de ser muy diferentes, sino que incluso representaban dos formas diversas de concebir la vida del sacerdote. El tío era un eclesiástico cuyo horizonte era la carrera eclesiástica y que –al ser arcediano– tenía la sensación de haber llegado a la cumbre. Josemaría, en cambio, con ser de inteligencia despierta y de brillante personalidad, no tenía el menor interés en hacer carrera con el sacerdocio y se notaba que buscaba solamente en el Seminario la correspondencia a algo que Dios le pedía24.
Recordando esos padecimientos interiores, anotaba Escrivá años después, dirigiéndose al Señor: «Quizá –si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino– estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están..., y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!»25.
Al igual que ocurre con la crisis que sufrió durante su adolescencia, no contamos con demasiados datos sobre este proceso íntimo, que tuvo lugar al final de su primer año en Zaragoza. Escrivá no habló demasiado de estas cuestiones. Solo comentó, años después, que «sucedieron muchas cosas duras, tremendas, que no os digo porque a mí no me causan pena, pero a vosotros sí que os la darían»26. Y recordaba: «Dios escribe derecho con renglones torcidos»27.
«Parece que acabó el curso en Zaragoza –escribe Toldrácon intención de no volver: de hecho el Rector no envió ese año a don Hilario Loza, el párroco de Santiago, el oficio en el que le rogaba que informase sobre la conducta del seminarista durante el periodo estival»28.
Durante el mes de junio se produjo en África el llamado desastre de Annual: los rebeldes rifeños liderados por Abd El-Krim masacraron a unos ocho mil soldados y oficiales del ejército español en Marruecos, que quedaron sin enterrar, torturados o abiertos en canal, durante cuatro años. Aquella derrota conmovió al país y generó una fuerte crisis política.
Durante ese verano Josemaría estuvo charlando con Gregorio Fernández Anguiano, que había pasado a ser Vicerrector del Seminario de Logroño y le conocía bien. Este le tranquilizó y le reafirmó en su vocación. Hubo un cruce de cartas entre el Rector de Zaragoza y el Vicerrector de Logroño sobre la idoneidad de Escrivá para el sacerdocio. Para Fernández no había duda, ya que, como había puesto anteriormente por escrito, Josemaría había dado «pruebas claras de su idoneidad al estado eclesiástico»29 durante su estancia en el Seminario de Logroño.
Eso explica la sorpresa del Rector de Zaragoza cuando le vio regresar a comienzos del curso siguiente, en septiembre de 1921, «pues parece –escribe Toldrá– que ya no contaba con su presencia»30.
Durante aquel segundo curso en el Seminario, al conocerle mejor, se produjo en López Sierra un cambio radical de actitud y comenzó a darle ánimos. «Después de poner realmente todos los medios para que yo abandonara mi vocación (con intención rectísima hizo eso), fue mi único defensor contra todos»31.
López Sierra fue uno de los sacerdotes que más le influyeron durante ese periodo, junto con Antonio Moreno, Vicepresidente del Seminario de San Carlos. «Demostraba mucho espíritu sacerdotal, mucha experiencia pastoral y era muy humano –contaba Escrivá hablando de Moreno, tío de un condiscípulo y amigo suyo con ese mismo nombre–. Me contaba anécdotas muy gráficas, con gran sentido sobrenatural y pedagógico, que me hacían un bien enorme»32.
Durante el largo periodo académico Escrivá residía, al igual que sus compañeros, de forma ininterrumpida en el Seminario, sin vacaciones de ningún tipo, como se acostumbraba entonces. Tuvo ocasión de profundizar con calma en la llamada «cuestión social», y estudiar las enseñanzas de la Iglesia sobre estas materias, ante las que estaba especialmente sensibilizado, al igual que su padre. Entre ellas estaban las cartas del cardenal Soldevila sobre los problemas de los trabajadores.
El 22 de enero de 1922, mientras cursaba el segundo trimestre del tercer curso de Teología, falleció Benedicto XV. El 6 de febrero fue elegido Pío XI33.
Septiembre de 1922. Inspector del Seminario
En septiembre de 1922 se produjo un giro radical en la actitud de sus superiores.
Como hemos visto, durante el curso académico 1920-1921, el primero que pasó Escrivá en el Seminario de Zaragoza para estudiar segundo de Teología, el Rector le aconsejó vivamente que se marchara.
Durante su segundo año en el Seminario, en el curso académico 1921-1922, en que estudió tercero de Teología, el Rector pasó a animarle decididamente en su vocación y a defenderle «contra todos».
Y a comienzos del curso 1922-1923 –cuando se disponía a vivir su tercer año en aquel Seminario, para estudiar cuarto de Teología– le nombraron inspector del Seminario. Tenía veinte años y no había recibido siquiera las órdenes menores.
El mismo día que fue nombrado para el cargo, el 28 de septiembre, recibió la tonsura en la capilla del Palacio Arzobispal, mediante la cual entraba en el estado clerical, requisito necesario para ocupar cualquier cargo34.
El Rector llegó a confiar tanto en su criterio que un compañero del Seminario asegura que llegó un momento en que lo dejó prácticamente en sus manos. «Me parece que puede decirse que, en los últimos años de estancia en el San Francisco, era Josemaría la única autoridad»35. Y el mismo cardenal Soldevila no tenía reparo, cuando le veía junto con otros seminaristas, en dirigirse directamente a él. Es más, en ocasiones le llamaba para charlar a solas36, algo realmente excepcional37.
Aquel cargo supuso una prueba de fuego para Escrivá, que seguía esforzándose por cultivar virtudes y pulir defectos, como su impulsividad, fruto de su carácter fuerte.
Esa impulsividad le jugó una mala pasada pocas semanas después de su nombramiento como inspector. El 19 de octubre, Julio Cortés, un seminarista de cuarenta y cinco años, hombre de carácter difícil, comenzó a insultarle por la mañana cuando se encontraban en la catedral de la Seo, en presencia del Rector. Al día siguiente, ya en el Seminario, siguió agrediéndole verbalmente. La conversación fue subiendo de tono hasta que le dio una bofetada. Josemaría no dudó en contestarle con otra.
Tiempo después se lamentaría, más que por el castigo que les impuso el Rector, por el hecho de haberse dejado llevar por sus impulsos, aunque el responsable de la trifulca no había sido él, sino aquel seminarista que, años después, siendo sacerdote, pocos meses antes de fallecer, le escribió una carta pidiéndole perdón: «Arrepentido y de la forma más sumisa e incondicional. Mea culpa»38.
Aquel suceso le afectó especialmente por el mal ejemplo que podía haber dado a los seminaristas jóvenes. Pero en aquel tiempo tanto don Gregorio, al que se lo contó por carta, como el Rector de Zaragoza, testigo de los hechos, le conocían bien. Es más, el rector valoró positivamente su actitud ante el castigo que no tuvo más remedio que ponerle: «fue una gloria para él, por haber sido a mi juicio su adversario quien primero y más le pegó, y profirió contra él palabras groseras e impropias de un clérigo, y a mi presencia le insultó en la catedral de la Seo»39.
Uno de sus profesores, Elías Ger –conocedor de estos percances– explicó, mientras daba clase, de forma indirecta, el fruto que podía sacar de aquellas «malas experiencias»:
Había una vez un comerciante que compraba canela en rama, y luego la pasaba por un molino de bolas muy bueno, que la convertía en polvo finísimo. Tenía un inconveniente, y es que cada vez que se estropeaba una de las bolas tenía que pedir ex professo el recambio a una fábrica de Alemania.
Hasta que un día se le gastaron todas las bolas y, cansado de tener que esperar a que llegaran de aquel país, se fue al lecho de un río, y tomó tres cantos rodados, duros como el pedernal, de tamaño más o menos parecido a las bolas originales. Los metió en el molino, y empezó a darles vueltas y vueltas... Al cabo de quince días, estaban pulidos y redondos como las bolas alemanas, y molían la canela perfectamente [...].
De esta misma manera hace Dios nuestro Señor con las almas a las que quiere. ¿Me entiendes, Escrivá? –concluyó don Elías.
De todas formas, este suceso –excepcional y aislado– no caracteriza su comportamiento durante aquellos años, presididos por el estudio, la alegría, el esfuerzo por moderar su genio y adaptarse al modo de ser de los demás.
En los ratos libres –recordaba su amigo Moreno– «bajaba a la iglesia de San Carlos. Se ponía muy cerca de la Sacristía, arrodillado. Desde luego, era el único seminarista que yo conocía que bajara a la iglesia en horas libres»40.
Pasaba mucho tiempo rezando por las noches en la iglesia del Seminario y «ya desde joven –comentaba el dominico Ambrosio Eszer, relator general de la Congregación para las Causas de los Santos– el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían “sentir”, en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético»41. De esto dan testimonio sus apuntes personales.
Al principio, como era previsible, sus compañeros le pusieron a prueba. Salió airoso y se ganó su respeto y confianza42, entre otras razones, porque «nunca tuvo formas autoritarias». Apunta Val Olona que «usaba de su autoridad con afabilidad, sin intemperancias»43.
Sus informes reflejan una actitud comprensiva ante los fallos de sus compañeros: faltan –escribía– sin darse cuenta de que faltan. Esa comprensión –que sería un rasgo de su tarea formativa a lo largo de su vida– le llevó a reducir los castigos a lo imprescindible, y a no magnificar los problemas, resolviéndolos con su buen humor característico, que, en palabras de su amigo Moreno, acababa convirtiendo «los dramas en comedias»44.
Sus años como inspector supusieron una experiencia positiva para el Seminario y fueron la primera forja de Escrivá en las tareas de dirección45. Se mantuvo unido al Rector y se esforzó por mejorar la urbanidad y la educación de los alumnos, al tiempo que reforzó la dimensión formativa de su encargo. «Quería aprender a hacer todo por amor y enseñarlo con el ejemplo a los seminaristas», recordaba años después46.
Era «muy piadoso», escribe Arsenio Górriz, uno de sus compañeros: «se le notaba la vida de piedad más que por lo que hacía, por cómo lo hacía»47.
«El sentido de amistad con todos era tan fuerte –añade Agustín Callejas, otro compañero– como el de su responsabilidad en el cumplimiento del encargo: nunca dejó en mal lugar a un seminarista ante los superiores [...]. Le estoy viendo ahora en la sala de estudio, avisando a alguno que enredaba con delicadeza y, si no le hacía caso enseguida, decía como pidiendo un favor: “¿no ves que me comprometes ante el Rector?”».
Escribe Val Olona48: «No recuerdo haberle visto nunca enfadado. Creo que lo puedo señalar como una buena cualidad porque motivos –aunque fuesen pequeñas cosas– los había. Podía estar justificado el enfado de un inspector, de cuando en cuando. Nunca lo vi enfadado. Posiblemente le costaría este dominio de su temperamento. Tampoco le oí murmurar»49.
«Yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos –comentaba Escrivá, años más tarde–, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo [...] que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma... tantas veces»50.
Su cargo de inspector le proporcionaba acceso directo a la biblioteca del Seminario, que contaba con numerosas obras clásicas y de espiritualidad. Esos años fueron posiblemente –como apunta Baltar– los más intensos y fructíferos en lecturas de su vida51.
Al terminar la jornada leía algunas de esas obras en su cuarto y pasaba largo rato rezando, pidiendo por aquella misión cuyo contenido específico ignoraba: «¡Que sea! ¡Que sea!, ¡Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla!»52.
Septiembre de 1923. En la Facultad de Derecho
El 4 de junio de 1923, a finales del curso académico, dos anarquistas asesinaron al cardenal Soldevila. Escrivá, muy afectado por el hecho, veló su cadáver junto con otros seminaristas. Aquel suceso produjo gran consternación en el país.
Durante aquel verano Escrivá concluyó cuarto de Teología con buenas calificaciones y el curso siguiente, cumpliendo el deseo de su padre y de acuerdo con su tío Carlos –que tenía sus propios planes para «la carrera eclesiástica» de su sobrino y deseaba «dirigirla» personalmente–, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza y comenzó a asistir a clases como oyente53.
Hizo amistad con varios profesores como Miguel Sancho Izquierdo, Carlos Sánchez del Río, Juan Moneva (que le llamaba afectuosamente «el curilla») y, sobre todo, con José Pou de Foxá, sacerdote y catedrático de Derecho Romano, al que consideraría con el paso del tiempo, además de un maestro, «un amigo leal, noble y bueno»54.
Esa formación universitaria en la Facultad de Derecho tuvo gran trascendencia en su vida: le proporcionó una mentalidad jurídica55 y le facilitó un contacto directo con los afanes de la vida académica y civil. Muchos de sus profesores, como apunta Martin Schlag, eran «representantes de la que se ha denominado como Escuela Social de Zaragoza, uno de los núcleos más significativos del pensamiento cristiano-social de la época»56. Esa formación dejó una profunda huella en su pensamiento, que ya estaba sensibilizado en este aspecto por la educación familiar que había recibido.
* * *
Poco antes de comenzar primero de Derecho, el 13 de septiembre de 1923, el general Primo de Rivera, entonces capitán general de Cataluña, había exigido al rey que le concediera plenos poderes; y Alfonso XIII, ante el temor a un golpe de Estado, había aceptado el establecimiento de una dictadura, pensando que respondía a los deseos de un gran sector de la opinión pública.
Suárez y Comellas retratan a Primo de Rivera como un militar enérgico, simpático y no demasiado inteligente, pero «con intuiciones», que implantó el Directorio Militar como una situación transitoria, creyendo que todo se arreglaría con «diez o quince medidas bien tomadas», en un plazo de «cuatro o cinco meses».
«Las cosas no eran tan fáciles. Tomó medidas eficaces, desa parecieron los desórdenes y el terrorismo, mejoró la economía, aumentó el empleo y la gente aplaudía cuando detenían a un político corrupto o multaban a un cacique. Pero la idea de que, arregladas las cosas, era posible volver “a lo de antes” se vio cada vez más complicada». No bastaba con sustituir a unas personas por otras: para que el país funcionara era necesario cambiar todo el sistema57. Además, era necesario un cambio de mentalidad, también entre los católicos.
Luis Cano ha estudiado algunos rasgos de la mentalidad católica que dominaba en ese periodo, en el que se dieron algunos hitos históricos, como la consagración de España al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles, el 30 de mayo de 1919; el comienzo del pontificado de Pío XI, el 6 de febrero de 1922 y el llamamiento a la paz que hizo este Papa en su primera encíclica Ubi arcano, en unos momentos en los que el país «se encontraba atribulado por el terrorismo, la inestabilidad social y la guerra de Marruecos»58.
«Los obispos –escribe Cano–, como la mayoría de los españoles, acogieron positivamente a Primo de Rivera. La difícil situación social y económica, el desgaste de la clase política, la interminable guerra de Marruecos, pedían aquel “cirujano de hierro” por el que había clamado Joaquín Costa y la “revolución desde arriba” que había pregonado Maura. Primo de Rivera se prestó a desempeñar ambos papeles».
Esa acogida por parte de la Jerarquía no estaba exenta de reservas, como señala este autor; pero, en general, muchos eclesiásticos vieron en este militar al hombre que podría poner en marcha los ideales regeneracionistas con los que soñaban.
Volvió a brotar con fuerza, tanto en los círculos eclesiásticos como en los intelectuales, una interpretación religiosa y patriótica de la historia de España, que enlazaba con la creencia común en el siglo de Oro de que la prosperidad del Imperio dependía de la religiosidad y moralidad de sus habitantes.
Cano recoge los consejos cargados de ironía que le dio el cardenal Gasparri al nuevo nuncio Tedeschini. Sus palabras reflejan el momento emocional en el que vivían muchos españoles de aquel tiempo, con una tendencia a las confusiones político-patrióticas. «Quizá no haya pueblo que guarde de los felices tiempos un recuerdo tan vivo como el pueblo español –comentaba el Cardenal–, el cual habla de Carlos V, de Felipe II, de Hernán Cortés o de Juan de Austria como si fuesen héroes de su tiempo y los hubiese visto el día anterior entrar triunfalmente en la ciudad»59.
«La idea de que el catolicismo propiciaría la vuelta a esos tiempos gloriosos –afirma Cano– no era un postulado ideológico, sino una simplificación gratuita de la historia y un ensueño. Pero esta convicción tan arraigada formaba parte del deseo de colaborar activamente en la regeneración del país que tenían los obispos españoles»60.
Esa mentalidad, que este autor denomina «cato-patriótica», informaba profundamente aquel periodo, en el que muchos católicos suspiraban por una vuelta nostálgica a la «España “de siempre”, la auténtica, la que amaban y no querían separar del catolicismo, so pena de destruirla»61.
En medio de aquel clima social tenso y crispado, en el que se iba larvando una revolución, Escrivá concluyó su quinto y último año de Teología62.
IV
Una muerte repentina
Ordenación sacerdotal y estancia en Perdiguera. Tiempo de espera
(1924-1927)
27 de noviembre de 1924. Una muerte repentina
El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado de manos de Díaz Gómara, el obispo auxiliar; y pocos meses después su vida dio otro giro inesperado: cuando faltaban pocas semanas para su ordenación como diácono, falleció su padre, el jueves 27 de noviembre de 1924, con cincuenta y siete años.
Era la fiesta de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. José Escrivá había estado rezando por la mañana, antes de marchar al trabajo, ante una imagen peregrina con esa advocación que albergaban en su hogar durante aquellos días. Se entretuvo un rato con Santiago, su hijo pequeño, y a la hora acostumbrada se dirigió hacia la puerta. Antes de alcanzarla, se desplomó en el suelo. Su esposa y su hija le pidieron que se acostase, pero él les dijo que prefería ir a trabajar. Dolores fue corriendo a hacerle una manzanilla, pensando en que podría haberle sentado mal algo del desayuno. Cuando se la llevó estaba tan desfallecido que tuvieron que ayudarle para que se acostara.
Dolores llamó al médico, que le aplicó unas rudimentarias sanguijuelas, en el cuello para que le bajara la tensión sanguínea, y a Daniel Alfaro, un sacerdote amigo, que le administró los últimos sacramentos. Murió dos horas después, sin volver en sí.
Mientras tanto vino a la casa Manuel Ceniceros, para preguntar qué sucedía, porque solía ser extremadamente puntual y siempre estaba a las nueve en su puesto de trabajo, hora en que se abría. Dolores le pidió que pusiera a Josemaría un telegrama urgente pidiéndole que viniera.
«En ese telegrama –me contaba Ceniceros– solo le decía que su padre estaba gravemente enfermo».
Ceniceros fue a recoger a Escrivá a la estación de tren y solo cuando se encontraban cerca de la casa, antes de que pudiera ver la mesa con las firmas de condolencia que había en la entrada, se atrevió a decirle que su padre había fallecido1.
Fue un nuevo mazazo para los Escrivá, que no se habían repuesto aún de los anteriores. Ninguno de sus parientes de Zaragoza y Barbastro acudió al velatorio ni al entierro, a pesar de la cercanía geográfica.
Tras el funeral, que se celebró al día siguiente del fallecimiento, Josemaría caminó hasta el cementerio acompañado por unos conocidos –su madre, su hermana y el pequeño Santiago, siguiendo la costumbre, no formaron parte de la comitiva fúnebre– y contempló cómo daban sepultura a su padre2.
A partir de aquel momento cayó sobre sus hombros –cuando era solo un subdiácono de veintidós años– la responsabilidad de sacar adelante a su madre y a sus hermanos. Estaban tan mal económicamente que tuvo que pedirle dinero prestado a Daniel Alfaro para poder pagar los gastos funerarios.
Marzo de 1925. Ordenación sacerdotal y primera Misa
Pocos días después regresó al Seminario y siguió preparándose para el diaconado, que recibió el 20 de diciembre de 1924. Debido a las circunstancias, ni su madre ni sus hermanos pudieron estar presentes.
En las primeras semanas de 1925 Dolores se instaló en Zaragoza con Carmen y Santiago, con la idea de que Josemaría fuera a vivir con ellos en cuanto se ordenara. Alquilaron un tercer piso en un callejón oscuro, corto y estrecho del barrio de Tenerías. Era una vivienda modesta y abuhardillada, cercana al Seminario. «En el cementerio de Barbastro dejaron a tres hijas enterradas. En el de Logroño, al cabeza de familia»3.
La mudanza de Logroño a Zaragoza –explica Herrando– trajo nuevos disgustos y mayor soledad en esas horas dolorosas. Esta decisión contrarió profundamente al arcediano, don Carlos Albás que, aunque no había asistido siquiera a los funerales de su cuñado, consideró un grave error ese traslado. En su enfado tuvo unos gestos de gran desconsideración para con Josemaría, su hermana y su madre, negándoles su ayuda y distanciándose de ellos desde ese momento. Por otra parte, desde hacía algún tiempo, se había enfriado su relación con Josemaría; de una parte, quizá, por influencia de una sobrina, y de otra, además, al descubrir los proyectos de Josemaría, que seguía una línea que no coincidía con los planes que él se había forjado para la carrera sacerdotal de su sobrino4.
Cuenta Ángel Camo, primo de Escrivá: «Tengo entendido que mis tíos Carlos –canónigo en Zaragoza–, Mariano –también sacerdote, que fue fusilado en Barbastro durante la guerra–, Vicente –beneficiado en Burgos– y Florencio Albás pensaron en pasarles una cantidad si se quedaban en Logroño; no sé por qué –a mi modo de ver hay que saber respetar la intimidad de la vida de cada familia– los tíos se molestaron cuando decidieron venirse a Zaragoza, y no les ayudaron nada»5. «Algunos de los tíos se distanciaron a fin de no tener que ayudarles», explica otro pariente, Pascual Albás6.
La situación económica familiar se volvió particularmente apurada. Hasta aquel momento los Escrivá habían vivido al día con el sueldo del cabeza de familia. Al faltarles, Josemaría tuvo que comenzar a dar clases particulares7 cuando quedaban pocos meses para su ordenación. Era el único trabajo compatible con su situación en aquellos momentos.
Pocas semanas después los Escrivá se mudaron a otro piso, pequeño y modesto, en el nº 11 de la calle Rufas.
El sábado 28 de marzo de 1925 –Año Santo en la Iglesia–, Josemaría recibió la ordenación sacerdotal8 en la iglesia del Seminario de San Carlos, de manos de Miguel Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza, junto con otros nueve presbíteros9, cuatro diáconos y catorce subdiáconos. Tenía veintitrés años10.
El domingo abandonó el Seminario, y al día siguiente, 30 de marzo, Lunes de Pasión, consiguió celebrar su primera Misa en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar –no le resultó fácil que le concediesen hacerlo allí–, que ofreció por el alma de su padre.
No fue una Misa solemne, sino simplemente rezada, con ornamentos morados. Comenzó a las diez y media de la mañana y solo estuvieron presentes su madre, vestida de luto, al igual que Carmen y Santiago; el Rector del Seminario; dos sacerdotes conocidos; Juan Moneva, su profesor de Derecho, junto con su mujer y su hija; su prima Sixta Cermeño y su esposo; dos chicas de Barbastro, «las de Cortés», que eran amigas de su hermana Carmen, y un primo de su madre, junto con su esposa. En total, unas quince personas.
A Josemaría le ilusionaba que su madre –que ese día se encontraba enferma– fuera la primera en recibir la comunión de sus manos; pero una señora se arrodilló antes que ella en el reclinatorio y no quiso hacerle un desaire.
Dolores Albás estaba feliz por tener un hijo sacerdote, pero debió ser especialmente doloroso para ella que no quisieran asistir a esa primera Misa ninguno de sus hermanos y cuñados de Barbastro y Fonz; y que ni siquiera su hermano Carlos, canónigo arcediano de aquella misma catedral, la tercera dignidad eclesiástica de la archidiócesis, hubiese estado presente; ni su otro hermano sacerdote, Vicente. Lo habitual es que ellos hubieran sido «los padrinos de altar».
Por no tener, Josemaría no disponía siquiera de la cinta con la que ataban las manos del nuevo presbítero durante la ceremonia y la tuvo que pedir prestada. Se entiende que, al terminar la Misa, el joven sacerdote se apartara a un lado, y tras cubrirse con su manteo, comenzara a llorar11.
Del 31 de marzo al 17 de mayo de 1925. Perdiguera
Un día después, el 31 de marzo, Dolores Albás se quedó otra vez sola con su hija Carmen y el pequeño Santiago. En la misma jornada en la que celebró su primera Misa, poco después de la comida –un buen plato de arroz para los invitados más cercanos en la casa de la calle Rufas– le indicaron a Josemaría que se trasladase a Perdiguera, un pueblo de los Monegros, con ochocientos setenta y un habitantes, para sustituir temporalmente a Jesús Martínez, el párroco, que había caído enfermo hacía un tiempo12.
No protestó, aunque debió resultarle especialmente duro alejarse de los suyos en aquellas circunstancias13. Lo mismo le sucedió a los suyos. No era habitual dar un destino pastoral de aquel modo precipitado14.
Afortunadamente Perdiguera, un pueblo de secano, quedaba a pocos kilómetros de la ciudad. Escrivá sabía, además, que anteriormente habían contemplado la posibilidad de enviarle a uno de los pueblos más a desmano de la provincia.
Subió al coche de línea tirado por mulas y, tras recorrer cuatro leguas y media, arribó a la plaza de Perdiguera, donde le esperaba un muchacho, Teodoro Murillo, hijo del sacristán15.
Se hospedó en la modesta vivienda de un campesino del pueblo, Saturnino Arruga. Su hijo pequeño, de unos diez o doce años, se dedicaba únicamente, como era habitual entonces, a cuidar de las cabras, sin acudir a la escuela:
Me daba pena –recordaba Escrivá– ver que pasaba todo el día por ahí, con el rebaño. Quise darle un poco de catecismo, para que pudiera hacer la Primera Comunión. Poco a poco, le fui enseñando algunas cosas.
Un día se me ocurrió preguntarle, para ver cómo iba asimilando las lecciones:
—Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?
—¿Qué es ser rico?, me contestó.
—Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco...
—Y... ¿qué es un banco?
Se lo expliqué de un modo simple y continué:
—Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día... ¿Qué harías si fueras rico?
Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:
—Me comería ¡cada plato de sopas con vino!
Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo.
Esto lo hizo la sabiduría de Dios, para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa16.
Adecentó la iglesia de la Asunción –el altar y el sagrario se encontraban en un estado lamentable– y se dispuso a conocer a las familias de la parroquia. Eran unas doscientas y se dedicaban, por lo general, a las faenas del campo: gente franca y sencilla, con una formación humana y religiosa elemental, como en la mayoría de los pueblos del país. Los hombres aparecían por la iglesia de Pascuas a Ramos, con motivo de un bautizo, una boda o un funeral.
No solía haber una actitud negativa hacia los sacerdotes –de hecho varios vecinos intentaron que les dijera la dirección de su familia en Zaragoza para enviarles algunos alimentos–, pero pervivía, al igual que en muchos otros pueblos, una antigua tradición de burlas al cura, y más cuando se trataba de un sacerdote recién ordenado. Hasta allí llegó alguno de los motes que le habían puesto en el Seminario: un día oyó que un vecino le llamaba «el místico»17.
Comenzó a dar clases de catecismo a los niños y adultos, visitó a todas las familias del lugar y atendió de modo especial a los enfermos. Dejó un buen recuerdo18, aunque estuvo allí poco más de mes y medio. Aquella breve experiencia le sirvió para conocer la realidad del mundo rural, con sus luces y sombras; y las precarias condiciones de vida de los sacerdotes que atendían esas parroquias en circunstancias materiales difíciles, sufriendo con frecuencia el zarpazo de la soledad.
Del 18 de mayo de 1925 al 8 de abril de 1927. Tiempo de espera
El 18 de mayo regresó a Zaragoza. Para su sorpresa, en la curia no le dieron ningún encargo pastoral. Todo daba a entender que su tío Carlos pretendía forzar su marcha de la ciudad. Dijo que estaba dispuesto a ir donde le indicaran, pero no obtuvo respuesta.
Su madre fue a hablar con su hermano Carlos, acompañada por el pequeño Santiago. Quería pedirle que no destinaran a Josemaría fuera de Zaragoza. El arcediano –recuerda Santiago– la recibió con hosquedad y acabó echándolos a empujones y de mala manera de su casa19.
Para Domingo Fumanal, un compañero suyo, «debió de ser muy duro para él –sobre todo por el gran corazón que tenía– encontrarse con que sus tíos no le ayudaron, ni acompañaron a su madre en los momentos tan difíciles y dolorosos por los que tuvieron que pasar. Sin embargo nunca murmuró de nadie»20.
Consiguió, tras muchas dificultades, ser capellán, adjunto y eventual, en la iglesia de San Pedro Nolasco, regida por los jesuitas. Y siguió dando clases particulares, porque con lo que obtenía por ese trabajo pastoral no podía mantener a su familia. Años después denominaría ese periodo como un tiempo de «providenciales injusticias»21, al considerarlas parte del plan de Dios para purificarle, fortalecerle y prepararle para una misión que aún desconocía.
Con lo que Josemaría obtenía por las clases particulares y la pequeña pensión que abonaban dos sobrinos, los Camo Albás, a los que hospedaban en casa, los Escrivá no lograban mantenerse económicamente, hasta que llegó un momento en el que la situación se volvió insostenible. Josemaría intentaba acabar lo antes posible sus estudios de Derecho para poder remediar aquellas penurias, pero las necesidades económicas le obligaban a dar más clases particulares, con lo que le quedaba menos tiempo para estudiar y asistir a la Facultad.
Eso hizo que un catedrático le suspendiera en Historia de España, por no haber asistido a sus clases, aunque Escrivá no estaba obligado a ello por ser alumno libre. Le escribió una carta pidiéndole que le diese garantías de que podía aprobar en la convocatoria siguiente. Al ver lo sucedido, el catedrático reconoció su error y le dijo que ya estaba aprobado: bastaba con que se presentara al examen.
Hizo amistad con muchos compañeros: Manuel Romeo, los hermanos Jiménez Arnau, David Mainar, Juan Antonio Iranzo, Domingo Fumanal, Arturo Landa, Luis Palos... Entre ellos había creyentes y no creyentes, como Pascual Galbe. Todos subrayan su simpatía y «extraordinario don de gentes»22 y le recuerdan ayudándoles espiritualmente y «haciendo además que entre nosotros nos conociésemos más y nos tratáramos y nos ayudáramos en lo que podíamos: estudios, apuntes, etc.»23.
Era de esperar que un joven sacerdote recién ordenado al que no dan ningún encargo pastoral en su diócesis, tras pedirlo reiteradamente –las cosas hubieran sucedido de otro modo si viviera el cardenal Soldevila– se encontrara irritado, frustrado o, al menos, entristecido por las circunstancias. De las contradicciones puede obtenerse el fruto envenenado de la mala experiencia, el resentimiento y la amargura, o la experiencia liberadora que sabe sacar la mejor lección de cada suceso y aprende a relativizar los hechos, dándole a cada contrariedad la importancia que tiene.
Los testimonios de los que le conocieron confirman que a Escrivá le sucedió lo segundo y se comportó de igual manera que su padre en los momentos de dificultad. «Era muy alegre –escribe Iranzo– y tenía un gran sentido del humor. Aguantaba con sencillez las intemperancias –palabras malsonantes, chistes subidos de tono– de los compañeros, y sabía salir airoso de situaciones que para otros habrían sido comprometidas»24. Luis Palos subraya su afán por «ayudar a todos en todos los aspectos, también por supuesto en el espiritual»25.
Arturo Landa recuerda que logró hacerse amigo de los universitarios más alejados de la fe, porque sabía «respetar las ideas que los demás pudiesen tener y abría su amistad a todos»26. Y a pesar de su falta de tiempo, los domingos por la tarde acompañaba a un grupo de estudiantes que daban catequesis a los niños de los arrabales de Zaragoza.
A partir de octubre de 1926 comenzó a dar dos o tres clases por semana, de siete a ocho de la tarde, de Derecho Canónico, Derecho Romano y otras disciplinas en un centro académico –el Instituto Amado27– que acababa de abrir en la ciudad el capitán Santiago Amado Lóriga. Se ignora por medio de quién estableció contacto con el capitán Amado; quizá gracias al comandante Manuel Romeo Aparicio, padre de Manuel y José Romeo Rivera, con los que tenía amistad.
En aquella Academia se podían estudiar numerosas materias de bachillerato y preparar el ingreso en las escuelas de ingenieros o en las academias militares, así como los cursos preparatorios de algunas facultades28. Cuando terminaban las clases, al igual que hacía en la Facultad de Derecho, Escrivá «solía quedarse un rato con los alumnos de tertulia. En esas conversaciones se veía su deseo de ayudar a todos, tanto en cuestiones académicas como en el terreno espiritual»29.
Sorteando dificultades, más mal que bien, logró mantener a su familia, hasta que en enero de 1927 terminó la carrera y obtuvo la licenciatura en Derecho.
Seguía buscando una salida para remediar aquella situación de penuria permanente: «No sé cómo podremos vivir... –escribía–. Realmente –ya lo contaré a su tiempo– vivimos así, desde que yo tenía catorce años, aunque se agudizó la situación a raíz de morir papá»30.
A comienzos de marzo un amigo claretiano, Prudencio Cáncer, le comentó que los redentoristas que atendían la iglesia de San Miguel de Madrid buscaban con urgencia un sacerdote que pudiese celebrar la Misa de seis menos diez de la mañana31. Escrivá empezó a considerar la posibilidad de trasladarse a la capital, porque llevaba dos años ordenado y en la diócesis seguían sin darle un encargo pastoral. Lo habló con su amigo y maestro Pou de Foxá, que le aconsejó ese traslado. Tal como estaban las cosas –le dijo– en Zaragoza no tenía nada que hacer32.
Escribió al Rector de San Miguel. Un día se encontró por la calle con Domingo Fumanal, un compañero de clase, que le preguntó:
—¿Y qué harás en Madrid?
—Me colocaré de preceptor o trabajaré dando clases33.
Seguía planteándose la necesidad de llevar a cabo lo que Dios quería de él; algo por lo que se había hecho sacerdote y todavía ignoraba. ¿Qué era eso que, con expresión aragonesa, barruntaba (presentía) dentro del alma? Aún no lo sabía.
«¡Señor, que vea! –seguía rezando–. ¡Que sea! ¡Que sea! ¡Que sea eso que Tú quieres, y que yo ignoro!».
V
Llegada a Madrid (abril de 1927)
19 de abril de 1927. Madrid
«Si pudiera venir pronto –le urgía a Escrivá por carta el Rector de la iglesia de San Miguel, contestándole a vuelta de correo– se lo agradecería, por ser este tiempo en el que más necesitamos de sacerdotes». El 17 de marzo el arzobispo de Zaragoza le concedió el permiso para trasladarse a Madrid y, tras dos años de silencio por parte de la curia, tres días después, cuando ya lo tenía todo dispuesto y preparado para hacer el viaje, le notificaron que debía atender durante la Semana de Pasión y la Semana Santa la parroquia de un pueblecito, Fombuena –que cuenta en la actualidad con cincuenta y cuatro habitantes–, desde el 2 al 18 de abril.
Aquel encargo retrasaba un mes su llegada a Madrid y corría el peligro de que en la iglesia de San Miguel no quisieran esperarle y buscaran a otro. Sin embargo, siguiendo el consejo de su madre, escribió al Rector diciéndole que se incorporaría en cuanto terminara la Pascua1, y el 2 de abril, a falta de otro lugar para alojarse, su familia partió para Fonz y él para Fombuena.
Diecisiete días después, el 19 de abril, llegó a la madrileña estación de Atocha y se dirigió inmediatamente a la iglesia de San Miguel, un hermoso templo barroco que sería convertido, tres años después, en Basílica Menor. El estipendio por las Misas era de 5,50 pesetas, una cantidad que no le permitía traer a los suyos a la capital.
Según la Guía de la Ciudad de Madrid, era «creencia general que la población efectiva se acerca a un millón de almas». La capital estaba dejando de ser una urbe administrativa, con un ritmo de vida sosegado, para convertirse en una metrópoli moderna. Contaba con algunos barrios en los que convivían personas de diversos ámbitos sociales. Las llamadas clases bajas se instalaban en los sótanos y las buhardillas; las altas, en el llamado piso principal, y el resto reproducía casi la escala social.
«El barrio de Salamanca –señalan Montero y Cervera–, buena parte del de Chamberí, los Bulevares, Princesa, etc., son ejemplos típicos de ese Madrid socialmente mezclado tan propio de la ciudad castiza»2.
La ciudad contaba con los servicios de cualquier capital europea moderna (en 1927, por ejemplo, había ya cincuenta y seis discos distintos de tranvías) y al mismo tiempo se acrecentaba el número de chabolas que surgían, fruto de la emigración, en los descampados de la periferia.
Estas infraviviendas «llegaron a constituir un auténtico cinturón rojo de la capital: Guindalera, Cuatro Caminos, Tetuán, Puente de Vallecas, Peñuelas, etc. Los empeños oficiales para construir viviendas baratas y asequibles a esta población eran incapaces de atender las necesidades que planteaba una ciudad en constante crecimiento demográfico, por el empuje conjunto de la emigración y la natalidad»3.
Según las estadísticas de 1929, 104.244 de los 809.400 madrileños eran obreros o personas de condición económica muy modesta.
En esas zonas deprimidas, en las corralas que popularizarían las zarzuelas y en las barriadas pobres del extrarradio, sobrevivían miles de gentes al borde de la miseria:
Mal alimentadas –que pasan hambre–, dominadas por la incultura, que apenas leen la prensa y que alimentan sus opiniones de conversaciones durante el trabajo, en las que la voz de los sindicalistas fluye autorizada desde las casas del pueblo y los locales anarquistas de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo).
Allí los enfoques socialistas y anarquistas configuran una opinión pública en la que la conciencia de clase se transforma en algo más inmediato y visceral: el odio a los ricos y al clero, que se percibe como cómplice de aquellos.
La experiencia de la miseria habitual, de la ignorancia, de la falta de atención médica y de capacidad económica para llegar a los remedios farmacéuticos, parecen reclamar una revancha que las diversas soluciones revolucionarias presentan como próxima4.
30 de abril de 1927. En La Casa sacerdotal
Escrivá residió durante sus diez primeros días madrileños en una pensión modesta, situada en el nº 2 de la calle Farmacia5. El 30 de abril, tres días después de matricularse para el doctorado en la Universidad Central, se fue a vivir a una Casa sacerdotal que se había inaugurado pocos meses antes en el nº 3 de la calle Larra, en la zona universitaria.
Esa Casa sacerdotal tenía capacidad para treinta y un residentes y convivían en ella sacerdotes mayores con otros más jóvenes, como Justo Villamariel, Avelino Gómez Ledo, Antonio Pensado y Fidel Gómez Colomo. Este último recuerda a Josemaría como «una persona cordial, diáfana, leal».
La residencia estaba situada casi enfrente de la sede del diario El Sol, con el que colaboraban destacados intelectuales del país. Algunos de ellos eran conocidos por su pensamiento anticristiano6.
Aquel periódico se había convertido en un lugar de encuentro de tres generaciones de escritores y pensadores: los que conformaron la llamada Edad de Plata; algunos miembros de la generación de 1898; la generación de 1914, en plena etapa creativa; y la de 1927, que supuso «un fuerte empuje literario y una decidida opción por el compromiso político y la acción cultural en su vertiente de militancia social»7.
Gómez Colomo recordó siempre la conversación que sostuvo con Escrivá sobre la misión de los intelectuales: «Estábamos comentando algún acontecimiento que ahora no recuerdo, y me habló de la necesidad de hacer apostolado también con los intelectuales, porque, añadía, son como las cumbres con nieve: cuando esta se deshace, baja el agua que hace fructificar los valles. No he olvidado nunca esta imagen, que tan bien refleja ese ideal suyo de llevar a Cristo a la cumbre de todas las actividades humanas»8.
En aquel tiempo el proyecto prioritario de Escrivá era cursar las asignaturas del doctorado en Derecho y encontrar lo antes posible una «colocación» que le permitiera traer a su familia, que permanecía en Fonz. Su maestro y amigo Pou de Foxá le aconsejaba por carta –o se lo decía de palabra, durante sus estancias en Madrid– que, si no conseguía pronto una tarea eclesiástica, empezara a desarrollar un trabajo civil: podía opositar a una cátedra, entrar en un bufete de abogados o en alguna oficina del cuerpo consular... Escrivá agradecía sus consejos, pero no estaba dispuesto a dedicarse a tareas tan alejadas de su ministerio.
1 de julio de 1927. En el Patronato de enfermos
La Residencia sacerdotal estaba regentada por las Damas Apostólicas, una fundación que se encontraba en sus comienzos y acababa de ser aprobada por el obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay.
Aunque en aquellos momentos solo contaba con diez Damas Apostólicas, estas religiosas llevaban a cabo un amplísimo trabajo espiritual y asistencial, gracias a la colaboración de numerosas señoras de la ciudad9. Dirigían diversos empeños apostólicos y caritativos, como la Obra de la Preservación de la Fe, la Obra de la Sagrada Familia, los Comedores de la Caridad o los Roperos de San José.
En 1927, según el boletín trimestral que informaba de esas actividades, se visitaron a unos cinco mil enfermos, se celebraron unos setecientos matrimonios y se administraron más de cien bautismos. En 1928 la Congregación llegó a contar con cincuenta y ocho escuelitas, enclavadas en diversos barrios madrileños, a las que acudían unos catorce mil alumnos. Distribuían diariamente trescientas comidas. Además, habían puesto en marcha el Patronato de enfermos (que contaba con una clínica de veinte camas) y habían levantado seis capillas en las afueras de Madrid, donde los inmigrantes malvivían en chabolas miserables.
Cuando Escrivá conoció a la Fundadora, Luz Rodríguez-Casanova, se planteó la posibilidad de trabajar como capellán en el Patronato de enfermos. Doña Luz era una mujer de cincuenta y cuatro años –relata González-Simancas–, con un «aspecto sumamente venerable. Se reflejaba en ella una gran dignidad, decisión y energía. [...] Debió de intuir que había encontrado al sacerdote que necesitaba, a la medida del apostolado que se hacía en y desde el Patronato. Y don Josemaría debió comprender también que aquella mujer, cuatro años mayor que su madre, muy de Dios y llena de celo apostólico, le abría las puertas de una labor sacerdotal amplia y eficaz»10.
Rodríguez-Casanova mantenía una relación excelente con el obispo de Madrid, y ella misma hizo las gestiones para que aquel joven sacerdote pudiera celebrar la Eucaristía, predicar y oír confesiones fuera de la iglesia de San Miguel11. Su misión como capellán del Patronato de enfermos consistía en cuidar de los actos de culto de la Casa del Patronato, celebrar la Misa, hacer la Exposición del Santísimo y dirigir el rezo del Rosario.
Gracias a ese conjunto de aparentes coincidencias, Escrivá dejó de celebrar Misa en la iglesia de San Miguel a comienzos de junio, y el 1 de julio de 1927 comenzó a trabajar como capellán en el Patronato, cuyo edificio se alza, con su fachada de ladrillo visto y azulejos, en la calle de Santa Engracia.
Cuando tomó posesión de su cargo –explica González-Simancas–, José María Rubio12, que era el director espiritual de la nueva Congregación, acababa de predicar unos ejercicios espirituales para ayudar a Luz Rodríguez-Casanova en la formación de las primeras candidatas. «Y, finalmente, la víspera de la fiesta del Sagrado Corazón, el 23 de junio, unos días después de que don Josemaría comenzara a trabajar como capellán, el obispo [...] comunicó a Luz Rodríguez-Casanova que al día siguiente quedaría erigida la Congregación de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. Aunque don Josemaría no intervino para nada, ni entonces ni después, en la vida interna de la Congregación, era consciente de la riqueza de aquel fenómeno eclesial»13.
En el Patronato de enfermos conoció Escrivá a un sacerdote astorgano, Norberto Rodríguez, que llevaba tres años trabajando como capellán segundo. Tenía cuarenta y siete años y era un hombre bueno y piadoso que se había ocupado, al comienzo de su ministerio, de los enfermos del Hospital General. Había contraído años antes, en 1914, una enfermedad de origen neuronal, y cuando se repuso continuó trabajando en Peñagrande junto con José María Rubio. Pero había vuelto a recaer, quedando inhabilitado para tareas que requiriesen cierto esfuerzo.
Aunque la atención de los enfermos no formaba parte de su cometido como capellán, el sentido de la caridad y de la misericordia pudo más en el alma de Escrivá. Muy pronto comenzó a cuidar sacerdotalmente de los numerosos enfermos que las Damas Apostólicas visitaban en sus domicilios. Una de ellas, Asunción Muñoz, le recordaba hablando con los niños y los pobres que acudían al comedor de caridad, ocupándose de sus problemas materiales y procurando acercarlos al Señor.
Su afán sacerdotal le impulsaba hacia un trabajo como el que ahora podría emprender –explica González-Simancas–. Ya en otras ocasiones había procurado acercarse a los más necesitados, pero nunca se le había presentado una oportunidad como aquella para poder tocar de cerca tanta y tan abundante pobreza, enfermedad y dolor como se escondía en los barrios populares de Madrid.
Desde 1917-1918 presentía que el Señor le pedía algo que aún desconocía y pensó que colaborar ministerialmente en el apostolado con enfermos que realizaban aquellas mujeres desde el Patronato de enfermos, lejos de desviarle de ese querer de Dios, haría madurar su corazón sacerdotal. Y así sucedió, como él mismo dejaría constancia escrita en mayo de 1932, al recordar esa etapa de su vida: «En el Patronato de enfermos quiso el Señor que yo encontrara mi corazón de sacerdote»14.
* * *
«Corazón de sacerdote». Esta expresión proporciona la clave para entender aquel desvivirse cotidiano de Escrivá por los pobres, y los que ahora se denominan «los últimos». No le movía solo el ejemplo paterno, el afán por la justicia y la preocupación por los más necesitados que había visto en sus padres; ni su experiencia personal de la pobreza y de las carencias materiales. Tampoco era fruto únicamente de la fuerte «concienciación social» (usando términos actuales) que había recibido en la Universidad, gracias a las enseñanzas de algunos de sus profesores en la Facultad de Derecho15.
«No resultaba fácil –señalaba Pilar Sagüés– que las parroquias fueran a atender a aquellos numerosos enfermos que las religiosas iban visitando y a las que ayudábamos las personas de fuera. En cambio, don Josemaría aceptaba con mucho gusto aquella hoja, o sea la lista de enfermos, y nunca ponía dificultades para realizar aquel trabajo. Iba visitando a todos aquellos enfermos a los que confesaba y atendía dándoles consuelo y ánimos y ayudándoles a llevar sus dolores con espíritu sobrenatural. También les llevaba la Sagrada Comunión»16.
La expresión de Sagüés «no resultaba fácil que las parroquias fueran a atender a aquellos numerosos enfermos» pone de manifiesto una paradoja de aquella sociedad. Los enfermos de los hospitales y los que vivían en las barriadas más pobres no estaban suficientemente atendidos desde el punto de vista pastoral, a pesar de que Madrid contaba con un alto número de sacerdotes y una de las grandes preocupaciones del obispo era que regresaran a sus diócesis de origen los numerosos clérigos extradiocesanos que residían en la ciudad.
Las cifras son elocuentes. En 1930 Madrid contaba con mil trescientos treinta y tres sacerdotes seculares y cinco mil doscientos setenta y siete religiosos y religiosas, con la presencia de veintiséis órdenes religiosas y un total de seiscientos sacerdotes religiosos17. Sin embargo solo veintiocho sacerdotes se ocupaban espiritual y humanamente de las ciento cuarenta mil personas que malvivían en los suburbios.
La atención pastoral de esas zonas necesitadas –como señala González Gullón– era muy deficitaria; en parte, por razones estructurales: no se construyeron los templos y edificios necesarios para llevarla a cabo. Si se hubiera seguido una distribución lógica de acuerdo con el número de habitantes, en 1931 se habrían erigido noventa y cinco parroquias, en vez de las veintinueve que había. Desde 1923 a 1930 solo se construyeron dos templos al sur del extrarradio: el de Parla, en 1927, y el de San Miguel, en 1930.
A esas carencias materiales se unían las personales:
El Prelado tenía –le sobraban– solicitudes de sacerdotes que deseaban trabajar en Madrid, pero ni estos deseaban ir a los suburbios, ni el obispo los consideraba idóneos para tal trabajo. El extrarradio exigía sacerdotes que renunciaran a ingresos económicos consistentes –la feligresía era en su mayoría obrera–, hombres dispuestos a buscar a los feligreses en sus casas, que aportaran ideas de progreso social en barrios influenciados por partidos políticos y sindicatos de orientación anticatólica. Elementos, en definitiva, que requerían ser afrontados por un clero especializado y de gran celo18.
También se dieron dificultades prácticas, como el miedo a vivir en zonas anticlericales [...]. La evangelización del extrarradio quedó para aquellos sacerdotes jóvenes que, movidos por un gran celo pastoral, estaban dispuestos a dedicar sus energías a una tarea difícil19.
Un sacerdote de la época, Félix Verdasco, traza en sus memorias un cuadro desalentador:
En aquel Madrid que todavía no había podido desprenderse del polvo retardado del siglo XIX –escribe–, aún era frecuente el tipo galdosiano de clérigo, ocioso y paseante en la Corte, frecuentador de tertulias, amigo del buen vino y de la buena mesa. Una vueltecita por la Puerta del Sol, y al momento topábase uno con bastantes de estos sacerdotes que, en honor a la verdad, eran casi todos extradiocesanos.
Unos, dejando por unos días a sus lejanas ovejas, venían a la Corte a echar una cana al aire. Otros, rebotados de sus diócesis, aquí traían sus vidas rotas, resentidos y amargados. [...] El liberalismo no recluyó a los curas al fondo de las sacristías, porque estos llevaban dentro de ellas hacía muchos, muchísimos años, por su propia voluntad. Confiados en la fe del pueblo español, dejaron este «vivir de las rentas» y apenas si se dieron a un apostolado externo, contentándose con el rutinarismo del culto y el estudio y el cultivo de las letras por parte de una minoría. Las cosas como son...20.
Y se echaba en falta en la mayoría de los laicos un comportamiento coherente con su fe en lo que se refiere a la justicia social, la atención a los más necesitados, etc.21. Comentaba Escrivá:
Es frecuente, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que solo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos. No se trata de egoísmo: es sencillamente falta de formación, porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad –parte de la virtud cardinal de la justicia– y el sentido de la solidaridad se concretan también en ese estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad22.
Por otra parte, pocos intelectuales creyentes estaban preparados para enfrentarse a los nuevos retos. Aunque algunos católicos habían creado medios de comunicación que contaban con las últimas técnicas, su contenido –en opinión de Montero y Cervera– «no difería demasiado –en lo cultural y social especialmente– de lo que venía siendo la prensa católica tradicional, por no decir tradicionalista en sentido lato»23.
Además, muchos sacerdotes y laicos de aquel tiempo eran deudores de «una herencia cultural católica de carácter marcadamente tradicionalista y empeñada en una oposición a las nuevas ideas, que, en general, se perciben como enemigas y ante las que no cabe el diálogo propiamente; solo el argumentar para combatirlas. Esta actitud defensiva se transmitía, en general, al clero en su formación»24. Esto explica en parte que numerosos laicos desconociesen las enseñanzas sociales del magisterio de la Iglesia o sus implicaciones prácticas. Y entre los que las conocían, fueron pocos en Madrid los que se preocuparon por llevarlas a la práctica.
Se concluye que parte de aquella comunidad eclesial «se había olvidado de los pobres». Se daban, naturalmente, honrosas excepciones, como el trabajo abnegado que llevaban a cabo religiosos y religiosas dedicados a la enseñanza, la catequesis y la beneficencia. Y entre los laicos había actuaciones sobresalientes, como las señoras que colaboraban con las Damas Apostólicas, o los jóvenes y mayores que participaban en las conferencias de San Vicente de Paúl y otros apostolados similares. Pero en total fueron muy pocos los sacerdotes, religiosos y laicos que se ocuparon de estas tareas de misericordia y de justicia, en un momento decisivo de transformación social.
Las causas de esa falta de atención fueron diversas y complejas. González Gullón las analiza con detalle en su estudio El clero en la Segunda República. Solo deseo destacar este hecho: los medios que se pusieron para llevar el Evangelio a las personas que vivían en las zonas más pobres de la ciudad fueron notoriamente insuficientes.
Esta realidad sirve para encuadrar el comportamiento de Escrivá durante ese periodo y puede servir para que los lectores menos familiarizados con esa época de la historia de España entiendan mejor qué sucedió pocos años después.
Josefina Santos guardaba grabada en su memoria la imagen de Escrivá, un joven sacerdote de veinticinco años, llevando la Comunión a los enfermos de Vallecas, Lavapiés, San Millán, Lucero o la Ribera del Manzanares. Otra testigo de aquel tiempo, Margarita Alvarado, le recuerda visitando y confesando a pobres, moribundos y personas necesitadas: «Iba en tranvía o andando, como pudiera».
Recorría muchos kilómetros al día –hasta diez, con frecuencia–, caminando o en medios públicos, para atender a esas personas, desahuciadas por los médicos en su mayoría25. Escrivá no los olvidó nunca. Años más tarde recordaba a aquel tuberculoso de dieciséis años que agonizaba en un cuchitril miserable, en el nº 11 de la calle Canarias. «Le administré los sacramentos y, cuando acabé, el chico no quería que me marchara. Me quedé a su lado hasta que murió»26.
Las reacciones de los enfermos ante la presencia de un sacerdote eran diversas y oscilaban entre el agradecimiento y el rechazo:
Un enfermo gravísimo –contaba Escrivá– vivía en la Almenara (Tetuán de las Victorias). Doña Pilar Romanillos me habló de él con pena, porque se negaba a recibir al sacerdote y estaba grave. Me habló también del mismo pobre Dª Isabel Urdangarín. Les dije: encomendémoslo al Señor, por mediación de Merceditas, esta tarde durante la bendición [...]. Llegué a casa del enfermo. Con mi santa y apostólica desvergüenza, envié fuera a la mujer y me quedé a solas con el pobre hombre. «Padre, esas señoras del Patronato son unas latosas, impertinentes. Sobre todo una de ellas»... (lo decía por Pilar, ¡que es canonizable!). «Tiene Vd. razón», le dije. Y callé, para que siguiera hablando el enfermo. «Me ha dicho que me confiese... porque me muero: ¡me moriré, pero no me confieso!». Entonces yo: «hasta ahora no le he hablado de confesión, pero, dígame: ¿por qué no quiere confesarse?». «A los diecisiete años hice juramento de no confesarme y lo he cumplido». Así dijo. Y me dijo también que ni al casarse se había confesado. Al cuarto de hora escaso de hablar todo esto, lloraba confesándose27.
Octubre de 1927. En la Academia Cicuéndez
Estas actividades, que González-Simancas ha analizado con detalle28, le impidieron avanzar en el estudio de las asignaturas del doctorado. Su profundo sentido de la misericordia se acabó imponiendo. Se había propuesto sacar dos asignaturas al año, pero no lo logró, porque además del tiempo que dedicaba al Patronato por las mañanas, había conseguido –posiblemente por medio de Ángel Ayllón, al que conocía de la Casa sacerdotal– un trabajo como profesor de Derecho Canónico y Derecho Romano en la Academia Cicuéndez, donde empezó a dar clases por la tarde desde octubre de 192729.
Desde el verano de aquel año disponía de un cuarto en el Patronato, gracias a su trabajo como capellán; y al cabo de unas semanas, los ingresos que obtenía en el Patronato, en la Academia Cicuéndez y dando clases particulares le permitieron alquilar unas habitaciones para su familia en un ático del nº 56 de la calle Fernando el Católico. En noviembre de 1927 su madre y sus hermanos se reunieron de nuevo con él en Madrid.
Muy pronto sus jóvenes alumnos de la Academia Cicuéndez le tomaron afecto. Algunos de ellos, como Mariano Trueba, José María Sanchís, Manuel Gómez Alonso y Julián Cortés Cabanillas evocan en sus testimonios su simpatía, su «alegre desenfado juvenil», su cercanía, su buen humor y su afán por ayudarles. Una prueba de su amistad es que a los que se habían matriculado como alumnos libres de la Facultad de Derecho de Zaragoza (matricularse por libre en una facultad de otra ciudad del país era algo relativamente frecuente en aquel tiempo) les acompañaba hasta aquella ciudad para ayudarles en los exámenes30.
Cortés Cabanillas recordaba los paseos que daban, una vez terminadas las clases, hasta El Sotanillo, una chocolatería cercana a la Puerta de Alcalá. «Era fácil trabar amistad con él», comentaba Gómez Alonso. Escrivá siguió cultivando la amistad y se carteó con muchos de ellos hasta el final de su vida.
Uno de sus alumnos en la Academia era un hombre mayor, padre de familia, que se había propuesto obtener el título de abogado para mejorar la situación económica de su familia. Llegaba agotado tras un largo día de trabajo, y Escrivá, aunque no iba sobrado ni de tiempo ni de dinero, le daba gratuitamente clases extraordinarias para ayudarle.
Según los testimonios que han dejado sus alumnos, sus lecciones se desarrollaban en un ambiente distendido y los estudiantes agradecían que, además de hacerlas amenas, se preocupara por sus problemas personales31.
Un día se enteraron, por medio de otro sacerdote que trabajaba en la Academia, de que su joven profesor atendía, después de dar clase, a los niños y enfermos de los barrios de chabolas. No podían creérselo: en aquella época resultaba insólito que un sacerdote culto como Escrivá atendiese a personas de la periferia. Para confirmarlo, le siguieron por las calles sin que se diera cuenta. Tras esa «investigación» comprobaron que iba a los arrabales para confortar espiritualmente a los pobres abandonados y ayudarles en sus necesidades32.
En las barriadas más pobres de Madrid
La sorpresa de estos estudiantes pone de manifiesto otra paradoja de aquel tiempo. Madrid ofrecía una imagen de aparente prosperidad, fruto de la bonanza económica y social de los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera.
Se comenzó –escriben Suárez y Comellas– la electrificación de los ferrocarriles y se construyeron grandes embalses para impulsar la producción de energía eléctrica. Apareció la Telefónica y muchos españoles de clase media o alta pudieron permitirse el lujo de tener un teléfono, un aparato de radio o comprarse un automóvil. [...] Evidentemente, la gente vivía mejor, y luego se recordaría aquella época como los felices años veinte. Se generalizaron espectáculos como las salas de cine, se empezó a practicar el turismo (y también llegaba turismo de fuera), se puso de moda el fútbol, y en 1927 comenzó a jugarse el Campeonato de Liga. Los españoles tendían a una vida alegre y despreocupada33.
Pero esa bonanza no alcanzó a una gran masa de población, que subsistía en condiciones penosas. Se daba un contraste lamentable entre el tono de vida de un sector acomodado de la ciudad –que proclamaba su fe de forma «oficial» en novenas, procesiones, etc.– y el de un gran sector social sumido en la miseria, que se iba descristianizando día tras día entre el desinterés y la desidia de muchos católicos.
Pocos años después, en una carta dirigida al Papa, los obispos españoles emplearían la palabra «espejismo» para describir la situación religiosa de aquel tiempo:
El oficialismo de la religión favorecía ciertamente la apariencia externa de la España católica [...]. La tradición social del catolicismo deslumbraba en las solemnidades y procesiones típicas, pero el sentimiento religioso no era profundo y vital, las organizaciones militantes escasas, el espíritu católico no informaba de verdad y con constancia la vida pública34.
Y añade Luis Cano:
No se reconocía la parte de responsabilidad que cabía al discurso cato-patriótico que con tanta profusión se había predicado a los fieles. Se había reducido el reinado de Cristo, tantas veces, a un recurso retórico que no representaba un estímulo para desarrollar las nuevas formas de apostolado católico que estaban triunfando en otros países. No se había comprendido –salvo pocas excepciones– que representaba una llamada a la evangelización, al dinamismo apostólico, a emprender obras concretas y prácticas, a buscar la propia santidad35.
Explicaba Escrivá: «El apostolado se concebía como una acción diferente –distinguida– de las acciones normales de la vida corriente: métodos, organizaciones, propagandas, que se incrustaban en las obligaciones familiares y profesionales del cristiano –en ocasiones, impidiéndole cumplirlas con perfección– y que constituían un mundo aparte, sin fundirse ni entretejerse con el resto de su existencia»36.
Ese abandono de décadas de los sectores menos favorecidos de la sociedad por parte de tantos pastores, sacerdotes y laicos, unido a la propaganda marxista, propiciaba en ellos un clima cada más hostil hacia lo religioso. Margarita Alvarado, una chica joven que colaboraba con las Damas Apostólicas, recordaba que «el apostolado era muy penoso y difícil: había que ir por los barrios extremos de Madrid, donde no sabíamos si nos iban a recibir bien o mal. Se necesitaba mucho espíritu de sacrificio, sobre todo en aquella época anterior a la República».
Tiempo después, en el barrio de Tetuán, arrastraron por la calle a varias de aquellas mujeres, «mientras les clavaban una lanceta de zapatero en la cabeza. Una de ellas, Amparo de Miguel, trató de defender heroicamente a las demás y le arrancaron el cuero cabelludo y la maltrataron hasta dejarla desfigurada»37.
En una ocasión –probablemente en los días anteriores a las Navidades de 1927– le pidieron a Escrivá que atendiera a un enfermo en estado muy grave, alojado, según los vecinos, en una casa de mala vida. No era exactamente así: el enfermo estaba atendido por una hermana casada que vivía honradamente; pero residía con ellos otra hermana que ejercía la prostitución en su cuarto.
Escrivá se aseguró de estos hechos, consultó el asunto con el Vicario de la Diócesis, y pidió a la hermana casada que impidiera que se ofendiera a Dios en aquella casa durante aquel tiempo; y prudentemente, para evitar habladurías, acudió al domicilio acompañado por Alejandro Guzmán, un hombre mayor y respetable, buen amigo suyo. Al día siguiente se presentó de nuevo en la casa con las medicinas que necesitaba el enfermo, ya agonizante, junto con los óleos sacramentales y le estuvo confortando y asistiendo hasta que falleció38.
De sus apuntes personales y las notas de algunas señoras del Patronato se deduce que recorría, jornada tras jornada, la ciudad entera a pie, de un extremo al otro, después de haber estudiado previamente el itinerario para no malgastar el poco tiempo que tenía. «Estaba siempre disponible para todo, jamás nos ponía dificultades», comentaba una de las religiosas que trabajaban en el Patronato de enfermos39.
«Yo tengo sobre mi conciencia [...] –evocaba años después– el haber dedicado muchos, muchos millares de horas a confesar niños en las barriadas pobres de Madrid. Hubiera querido irles a confesar en todas las grandes barriadas más tristes y desamparadas del mundo. Venían con los moquitos hasta la boca. Había que comenzar limpiándoles la nariz, antes de limpiarles un poco aquellas pobres almas»40.
Ya en esa época –señala Martin Schlag– Escrivá vivía y enseñaba a vivir lo que años después se denominó «una opción preferencial, pero no exclusiva, por los pobres»41.
Brian Kolodiychule, Postulador de la Causa de la Madre Teresa, recordaba que el encuentro de Cristo en los pobres –carisma específico de Teresa de Calcuta–, se puso de manifiesto «muy en particular en los primeros años de la historia del Opus Dei [...]. En ambos casos, tanto para el fundador del Opus Dei como para la Madre Teresa, en la raíz de este compromiso se advertía la fe que les hacía descubrir a Cristo en cada hombre»42.
Su trabajo sacerdotal no se reducía a los aspectos de beneficencia y solidaridad: nacía de su unión con Cristo, de su afán por llevar su mensaje a todos, sin ningún tipo de discriminación social, ni «por arriba» ni «por abajo». Urgía a todos los cristianos a «conocer a Jesucristo, hacerlo conocer, llevarlo a todos los sitios»43, y les sugería que se preguntasen a diario: «¿Cunde a tu alrededor la vida cristiana?»44.
En su pensamiento, en su modo de obrar y en sus enseñanzas, el amor a los pobres estaba profundamente unido con la responsabilidad y el ejercicio de la justicia en el propio trabajo profesional; y también con el desprendimiento y la virtud de la pobreza cristiana, que solía escribir en ocasiones con mayúsculas: la Santa Pobreza. «Ambas virtudes –escribe Schlag–, el amor a los pobres y la pobreza, nacen de la misma fuente: el deseo del cristiano de imitar a Cristo, nuestro Señor, hasta hacerse uno con Jesús, el modelo»45.
Ese afán sacerdotal le llevó a atender, desde 1927 hasta 1931, a centenares de enfermos y personas que malvivían en el cordón de suburbios que rodeaba Madrid46. Los llamados barrios bajos, en los que se arracimaban desordenadamente las chabolas, fueron el escenario habitual de aquellos años de su juventud. Es importante retener esta idea para comprender plenamente su personalidad.
Con frecuencia lo único que tomaba durante el día era un bocadillo, salvo que encontrara un mendigo por el camino y se lo diera47.
VI
«Madrid fue mi Damasco»
(2 de octubre de 1928)
2 de octubre de 1928
Aunque el interior del edificio se haya transformado en un hospital, aún son visibles los muros exteriores de la Casa Central de los Paúles, junto a la Basílica de la Milagrosa, donde se encontraba Escrivá a comienzos de octubre de 1928, participando en unos ejercicios espirituales para sacerdotes de la diócesis de Madrid.
La Casa Central estaba situada en el nº 45 de la calle García de Paredes. Era una edificación grande, de cuatro pisos, con fachada de ladrillo visto y ventanas dispuestas en hilera. Las habitaciones, sencillas y austeras, daban a unos largos corredores en torno a un patio central. Durante el tiempo libre que dejaban las pláticas y los ejercicios de piedad, los ejercitantes podían pasear por la huerta contigua que tenía una arboleda.
En la mañana del 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, tras celebrar la Eucaristía, Escrivá se dirigió a su cuarto y comenzó a releer las anotaciones que había ido escribiendo durante los últimos años. Y en un determinado momento –anotó más tarde– «vio», por fin, lo que Dios quería de él: aquello por lo que había estado rezando desde los dieciséis años.
«Recibí la iluminación sobre toda la Obra –recordaba en sus notas personales– mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé –estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática–, di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles»1.
Había tenido algunas mociones interiores en el pasado, pero solo habían sido «ideas sueltas», «intuiciones», «sugerencias»...2; nunca «una idea clara general»3, como la experimentó aquel día. Aquella luz cambió profundamente su existencia, hasta el punto de establecer un antes y un después. Siempre consideró que aquel 2 de octubre había nacido la Obra, aún sin nombre.
No se trató –apunta Illanes– del resultado de una suma de ideas. Tampoco fue el fruto de un conjunto de intuiciones y decisiones personales: «lo que ocurrió en esa fecha implica una verdadera novedad, un auténtico comienzo que cambió el rumbo de su vida»4.
Escrivá utilizó siempre el verbo ver para describir aquella moción interior. ¿Qué vio? ¿Rostros concretos, facciones singulares? No. ¿Una estructura jurídico-canónica determinada? Tampoco. De la lectura de sus notas solo se deduce que vio que Dios llamaba a los hombres5 para que se santificaran en su trabajo cotidiano; y que le pedía –a él– que abriera un camino de santidad en el seno de la Iglesia para difundir ese mensaje.
Sí; él –que tan consciente era de sus limitaciones– debía promover ese fuerte impulso de renovación cristiana en los cinco continentes6.
«Madrid fue mi Damasco», decía desde entonces, porque en esa ciudad, al igual que a Pablo de Tarso, se le cayeron las escamas de los ojos que le impedían ver lo que Dios esperaba de él7.
* * *
Desde una perspectiva sin fe, estos hechos resultan inexplicables. Anteriormente, al hablar del efecto que tuvieron en Escrivá las huellas en la nieve, me referí a André Frossard, un francés de veinte años, no bautizado, ateo, hijo del Secretario General del Partido Comunista que se convirtió de repente al entrar en una iglesia parisina. Su conversión, justamente famosa, muestra cómo se desarrollan este tipo de sucesos.
Frossard entró a las cinco y diez de la tarde en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo. Salió a las cinco y cuarto completamente transformado.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar [...] volví a salir, algunos minutos más tarde, «católico, apostólico, romano», llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable8.
Lo que había visto –explicó Escrivá años después– no fue una ocurrencia personal; ni un ya lo encontré; ni la conclusión de un proceso intelectual propio. Desde luego, aquello no era un fruto de su tiempo, porque los movimientos teológicos y espirituales marchaban en otra dirección. Y nunca había sospechado que Dios quisiera que fundase algo9.
Eso explica que en un primer momento pensara que el hecho de que hubiera visto aquello no significaba, forzosamente, que él debiera fundarlo. Quizá existiera ya en el seno de la Iglesia, y lo único que debía hacer, por su parte, era incorporarse a ese camino. «Me dio la aparente humildad de pensar –contaba Escrivá– que podría haber en el mundo cosas que no se diferenciaran de lo que Él me pedía. Era una cobardía poco razonable; era la cobardía de la comodidad, y la prueba de que a mí no me interesaba ser fundador de nada...»10.
Comenzó a indagar y a preguntar si aquello existía ya. Habían surgido diversas realidades eclesiales en Italia, Alemania, Suiza, Francia, Hungría y Polonia, donde el Padre Honorato había creado varias instituciones11. Quizá...
Solicitó información, por ejemplo, a la Compañía de San Pablo, que había sido fundada en Milán por un sacerdote, Giovanni Rossi, con la aprobación del cardenal Ferrari. Pero al enterarse, entre otras cuestiones, de que admitían a mujeres, la descartó12.
Cuando, tras muchas cartas y gestiones, comprobó que no existía nada parecido, se resignó a la idea de abrir un camino nuevo. Sí; aquello era por lo que venía rezando desde los quince años. «Yo quería y no quería», afirmaba13.
Comentaba tiempo después: «Sabéis qué aversión he tenido siempre a ese empeño de algunos –cuando no está basado en razones muy sobrenaturales, que la Iglesia juzga– por hacer nuevas fundaciones. Me parecía –y me sigue pareciendo– que sobraban fundaciones y fundadores: veía el peligro de una especie de psicosis de fundación, que llevaba a crear cosas innecesarias por motivos que consideraba ridículos. Pensaba, quizá con falta de caridad, que en alguna ocasión el motivo era lo de menos: lo esencial era crear algo nuevo y llamarse fundador»14.
No eligió su misión: Dios se la hizo ver –decía–; y en medio de circunstancias poco favorables, podemos añadir, porque no estaba incardinado en Madrid15; no contaba con un encargo pastoral que le permitiera mantener de forma estable a los suyos, y no disponía de recursos económicos ni materiales. Por no tener, aquello no tenía nombre siquiera. «Solo tenía yo veintiséis años, gracia de Dios y buen humor. La Obra nació pequeña: no era más que el afán de un joven sacerdote, que se esforzaba en hacer lo que Dios le pedía»16.
«Veintiséis años, gracia de Dios y buen humor». Vale la pena reflexionar sobre este autorretrato que nos deja Escrivá centrándonos en aquellos últimos meses de 1928 en los que la historia todavía no estaba escrita, porque nunca lo está: depende siempre de la libertad humana.
Para situar al joven Escrivá dentro de aquel contexto conviene despojarse mentalmente de lo que sabemos que ocurrió después; no solo porque los hechos podían haber sucedido de otro modo, sino porque –quizá– podían no haber ocurrido.
Escrivá, como todo hombre, no tenía «un sino inexorable»: recibió una propuesta y respondió positiva y libremente a un querer de Dios. Ese querer fue haciéndose realidad y encarnándose –también como fruto de respuestas libres a la gracia– en millares de vidas concretas... lo mismo que podía no haberse hecho realidad por falta de fidelidad, ya sea por parte de Escrivá o de esas personas.
Josemaría conocía bien lo que se cuenta que Cristo dijo a Teresa de Ávila: «Teresa, yo quise... Pero los hombres no han querido»17.
Un mensaje novedoso
El 2 de octubre de 1928 terminó el periodo de los presentimientos y las intuiciones –«barruntos», en palabras de Escrivá– y comenzó el tiempo fundacional. A partir de entonces sintió sobre sus hombros la responsabilidad de una misión que debía llevar a cabo sin que le apeteciera –nunca quiso ser fundador–; y con solo veintiséis años, cuando humanamente era un donnadie, tanto en el contexto de la Iglesia como en el de la sociedad civil.
Se abrían en su vida dos posibilidades, dos caminos: un «camino de la Cruz, cumpliendo la Voluntad de Dios en la fundación de la Obra que me llevará a la santidad» y otro camino, «ancho –¡y corto!–, de perdición, cumpliendo mi voluntad»18.
Experimentó por primera vez el temor de que aquella misión no se hiciera realidad por falta de generosidad por su parte. Era consciente de sus virtudes y defectos; de sus cualidades y limitaciones; y sabía que aquella tarea, a todas luces, le sobrepasaba. «No es la natural modestia –explicaba–. Es el constante convencimiento, la claridad meridiana de mi propia indignidad. Jamás me había pasado por la cabeza [...] que debería llevar adelante una misión entre los hombres»19.
Al fenómeno interior del 2 de octubre se unió otro, desconcertante: no volvió a tener nuevas «iluminaciones» interiores durante más de un año. Por fin, en noviembre de 1929 anotó: «Empieza otra vez, la ayuda especial, muy concreta, del Señor»20.
Había recibido un mensaje revolucionario y no le resultaría fácil a aquel sacerdote joven e inexperto empezar a romper la malla de prejuicios y estructuras mentales que constituían el bagaje intelectual de muchos católicos desde hacía siglos –«el que quiera ser santo, que se meta a monje», solía decirse–, a pesar de que sus palabras entroncaban directamente con las enseñanzas de Jesucristo sobre la llamada universal a la santidad y la vida de los primeros cristianos21.
¿Vivir con plenitud la vocación bautismal en medio del mundo? ¿Santificarse por medio del –no a pesar del– trabajo profesional como carpintero, ama de casa, médico, electricista o conductor de tranvía? A finales de los años veinte esas afirmaciones sonaban demasiado modernas y atrevidas; aunque ese mensaje –recordaba Escrivá– era «viejo como el Evangelio»22. «Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!»23.
Para Escrivá, comenta Allen:
La espiritualidad y la oración, de acuerdo con su manera de ver las cosas, no están reservadas exclusivamente al ámbito de la Iglesia, no son una serie de prácticas piadosas sin relación con el resto de la vida. El centro real de la vida espiritual es el trabajo habitual de cada uno y las relaciones entre las personas. La vida cotidiana, vista desde el punto de vista de la eternidad, adquiere un significado trascendental. Nos encontramos frente a un concepto explosivo capaz de desatar la energía creativa cristiana en muchas tareas de la humanidad. Su ambición es nada menos que atravesar siglos de historia de la Iglesia para revitalizar el planteamiento de los primeros cristianos, hombres y mujeres laicos, indistinguibles de sus colegas y vecinos, que se ocupan de sus tareas cotidianas y que, no obstante, prenden fuego con ayuda del Evangelio y cambian el mundo24.
Su propuesta parecía demasiado explosiva, aunque no era el primero en recordar la llamada universal a la santidad en la historia de la Iglesia; basta pensar en el impacto que produjo en su tiempo la Introducción a la vida devota de Francisco de Sales; pero, recuerda Illanes, «aunque a lo largo de los siglos no faltaron maestros que predicaron la apertura de la santidad a todos los cristianos, en la práctica pastoral y en la reflexión teológica se tendía a acentuar las dificultades que podía representar la vida en el mundo para alcanzar una verdadera santidad»25. La gran mayoría del pueblo fiel consideraba la búsqueda de la santidad en la vida corriente como algo «de segunda categoría».
Pocos habrían negado –escribe Coverdale– que era teóricamente posible para los laicos alcanzar la santidad, pero menos aún propondrían la santidad en medio del mundo como un ideal alcanzable. Que un joven o una joven tuviera una vida espiritual más intensa, o incluso el deseo de servir a Dios seriamente, se solía considerar como señal inequívoca de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. La mayoría de los sacerdotes nunca animaban a los laicos a esforzarse seriamente por alcanzar la santidad en sus vidas de trabajo ordinario, como reflejo del convencimiento práctico de que lo más que se podía esperar de los laicos era el cumplimiento de sus deberes religiosos básicos. La santidad en medio del mundo podría ser un tema interesante para la especulación teológica, pero raramente era predicado ni propuesto como una meta alcanzable26.
¿Por qué entonces? ¿Por qué precisamente en 1928? Entre otros estudiosos, el historiador Gonzalo Redondo y el teólogo José Luis Illanes han reflexionado y han expuesto sus hipótesis sobre este particular27.
Algunos parecían entenderle, pero de hecho no lo conseguían: imaginaban que lo que proponía aquel joven sacerdote era una versión «en laico» de las instituciones religiosas. (Algo comprensible, porque en las categorías mentales de aquella época –que persisten en cierta medida en la nuestra– la entrega a Dios estaba ligada de forma exclusiva a la vida propia de los monjes y los religiosos; y a unos determinados fines, como la creación de centros de enseñanza de carácter católico). Escrivá –pensaban– les hablaba de lo mismo, «pero sin llevar hábito».
Le costó mucho que le entendieran, y les explicaba que se trataba de vivir como los primeros cristianos, encontrando a Dios en el propio trabajo (cualquier trabajo honrado); en la vida corriente, sin signos externos, sin distintivos...28.
Entre otras muchas consecuencias, Escrivá consideraba el trabajo profesional como un medio para concretar el amor a los más desfavorecidos (que algunos reducían a la llamada beneficencia). Enseñaba que el trabajo –cuando se desarrolla con honradez y ejemplaridad; con calidad profesional, sentido de servicio y solidaridad– constituye una fuente de progreso, de avance social y de superación de muchas injusticias.
Esas realidades y esos hechos le interesaban más que las etiquetas, al ver cómo algunas personas, que se autodenominaban católicas, se comportaban desde el punto de vista profesional de forma opuesta a la fe que profesaban.
Escribiría tiempo después:
En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano. La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás. Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios29.
Algunos le dijeron abiertamente: «Josemaría: eres un soñador» (por no decirle quizá, de forma cruda, lo que pensaban en su interior: eres un ingenuo). Otros, cuando le oían hablar de aquello, esperaban que unos cuantos años más de experiencia vital le pusieran los pies en el suelo y le devolvieran a la realidad. Ignoro qué proyectos han llevado a cabo esos realistas en el ámbito de la Iglesia o de las realizaciones humanas. Posiblemente les faltaba fe y sufrían lo que el Papa Francisco denominaría, un siglo después, cierto «exceso de diagnóstico»30.
Aquel «soñador» tuvo que enfrentarse con una mentalidad inmovilista y exageradamente tradicionalista, que llevaba a muchos sacerdotes, en opinión de Redondo, al integrismo. Muchos pensaban que no era necesario cambiar nada, ni en lo social, ni en lo espiritual.
Se entendía que a partir de la fe única e invariable las soluciones culturales –las soluciones temporales de cualquier tipo– eran igualmente únicas e invariables, no parecía urgente intentar conocer otras cosas, pues se entendía que ya se conocía todo: solo era necesario escribir libros piadosos, lo cual, desde la visión tradicionalista, era la actividad espiritual que exclusivamente se necesitaba31.
Para hacerse comprender, Escrivá fue buscando, con el paso de los años, explicaciones adecuadas a la mentalidad de sus oyentes. Se trataba de seguir los pasos de los primeros discípulos de Jesús –les decía–, que vivían y trabajaban en las profesiones más dispares y anunciaron a Cristo en los ambientes más diversos; era cuestión de «ser contemplativos en medio del mundo»; de «hacer el trabajo de Marta con el espíritu de María»32; de seguir los pasos de Jesús, María y José en la vida cotidiana...
Un amigo suyo, José Romeo, al que conocía de sus años de Zaragoza, le presentó a Pedro Rocamora, que recordaba las conversaciones que tuvo con Josemaría sentados junto a un quiosco de la Castellana. Era un sacerdote joven –escribió años después– «de una simpatía arrolladora que se sumaba a algo más profundo: era imposible conocerle y no sentirse atraído por el influjo de su espíritu»33.
Durante aquellos paseos por la Castellana, Escrivá le iba leyendo, en un clima de confidencia, algunos de los pensamientos que había anotado en su cuaderno. A Rocamora le parecían solo hermosas quimeras.
Su reacción refleja la actitud de muchas personas con las que Escrivá conversó durante aquel tiempo:
Reconozco que a mí me parecieron ideas demasiado ambiciosas. El Padre las formulaba con una sencillez y una seguridad que asombraban. [...] Me parecía casi imposible que las ideas de aquel sacerdote aragonés, a pesar de su bondad y de su virtud, pudieran un día realizarse. [...] Había asumido tal empresa como el que sabe que tiene que cumplir una especie de sino determinado en su vida. Y el Padre –todos lo veíamos– no tenía ningún apoyo humano, ni ningún poder. [...]
—Pero, ¿tú crees que eso es posible? –le decía yo.
Y él me contestaba:
—Mira, esto no es una invención mía: es una voz de Dios.
Y, fiel a esa voz, aquel sacerdote, pobre, humilde, sencillo y desconocido se entregaba con su alma y con su vida a un empeño gigantesco, alentado solo por una fuerza sobrenatural que le impulsaba poderosamente34.
A esta falta de comprensión se unía –junto con la precariedad de su situación en Madrid y los agobiantes problemas económicos– otra dificultad: Escrivá no tenía nadie que le acompañara espiritualmente, nadie a quien abrir el alma y comunicar, en un ámbito de intimidad y confianza sacerdotal35, lo que Dios le había pedido.
VII
Primeros pasos (1929)
23 de enero de 1929. Mercedes
Entre las Damas Apostólicas que trató Escrivá durante sus primeros años en Madrid hubo una –Mercedes Reyna1que falleció santamente el 23 de enero de 1929, dejándole una profunda huella espiritual.
Una religiosa, Amparo Muñoz, recuerda que Escrivá asistió:
Con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante [...]. Tuvo siempre conciencia de la santidad de esta mujer y la ayudó intensamente en su búsqueda de Dios. La entendió en el profundo silencio de su entrega, en la mortificación constante, en la humildad, en la unión con su amor crucificado. La entendió a pesar de lo original de su forma; a pesar de que el ánimo de don Josemaría barruntaba una entrega a Dios por caminos diferentes. La entendió con la apertura de los que saben distinguir la Presencia de Dios en un alma por encima de todos los matices2.
Anotó Escrivá en sus apuntes personales: «Recuerdo, a veces con cierto temor por si fue tentar a Dios u orgullo, que, estando moribunda Mercedes Reyna [...], sin haberlo pensado de antemano, se me ocurrió pedirle, como lo hice, lo siguiente: Mercedes, pida al Señor, desde el cielo, que si no he de ser un sacerdote, no bueno, ¡santo!, se me lleve joven, cuanto antes»3.
«Durante algún tiempo –sigue contando Muñoz–, don Josemaría tuvo en su poder el libro de Mercedes Reyna, aquel pequeño cuaderno en el que anotaba sus intuiciones de Dios, su silencio y su entrega. Posteriormente me lo dio a mí, por considerar justo que estas notas de un alma elegida quedaran dentro de nuestra Comunidad»4.
Una muestra de la devoción privada de Escrivá hacia esta religiosa es que, además de conservar su cinturón como reliquia –que a veces mostraba a los enfermos–, desde el 31 de julio al 8 de agosto de aquel año, acudió al cementerio para rezar el Rosario, de rodillas, ante su tumba, y pedirle que intercediera ante Dios por sus intenciones.
* * *
Durante aquel año su vida transcurrió como de costumbre, volcado en la atención de personas pobres y enfermas. Solo hubo un cambio exterior: el 4 de septiembre los Escrivá se trasladaron desde el piso de Fernando el Católico a una vivienda destinada al capellán del Patronato, en la calle José Marañón. La casa estaba pensada para que residiera una sola persona y pasaron bastantes estrechuras, pero se compensaban con el desahogo económico de no tener que pagar un alquiler.
14 de febrero de 1930. Las mujeres
El mensaje que Escrivá había recibido el 2 de octubre de 1928 iba dirigido a todos los cristianos (y, en general, a todas las personas de buena voluntad, sean cuales sean sus creencias) y requería que hubiese personas que se entregaran plenamente al servicio de Dios, santificando su trabajo profesional y sus circunstancias personales, para difundirlo por el mundo.
Durante un breve periodo inicial –dieciséis meses y dos semanas, en concreto– Escrivá pensaba únicamente en varones. Vendrían muchos –cientos, miles– con el paso de los siglos, estaba convencido; aunque en aquellos momentos aquel empeño evangelizador contaba solo con uno: él.
* * *
Luz Rodríguez-Casanova le había pedido que, además del trabajo que desempeñaba como capellán del Patronato, atendiera espiritualmente a su madre, una mujer anciana que se estaba quedando ciega. Residía en el nº 1 de la calle Alcalá Galiano y su casa disponía de oratorio5.
El viernes 14 de febrero de 1930, en una mañana fría de invierno, se encontraba celebrando Misa en ese oratorio, cuando, inmediatamente después de la Comunión, mientras daba gracias6, comprendió –en palabras suyas–: «¡toda la Obra femenina!»7.
Fue una nueva moción espiritual, cuyo contenido –como explica María Isabel Montero– «fue, sustancialmente, no solo que también las mujeres eran destinatarias del mensaje de santificación en la vida ordinaria, sino que podían formar parte del Opus Dei»8.
No se trataba, por tanto, de una nueva fundación, ni de crear una institución diferente. La luz del 2 de octubre de 1928 se dirigía a mujeres y hombres; y los difusores de ese mensaje debían ser también mujeres y hombres, aunque Josemaría Escrivá, deslumbrado por el fogonazo de esa luz, no hubiese percibido con nitidez hasta entonces todos los perfiles y matices de aquel querer de Dios.
Aquella mañana de febrero comprendió que Dios deseaba que hubiera en la Iglesia hombres y mujeres con una misma llamada; con una misma misión –la santificación de las realidades humanas–; con un mismo carisma, idénticos medios ascéticos y modos apostólicos.
La iniciativa no partió, de nuevo, del propio Escrivá: «Vinisteis –recordaba años después– a la vida de la Iglesia en un momento en que no os esperaba, y yo agradezco a Dios Padre, a Dios Hijo, y a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen este vuestro nacer; agradezco el teneros»9.
Unidos en la cabeza –Josemaría Escrivá y sus sucesores–, con separación de apostolados pero no de espíritu, esas mujeres y esos hombres deberían llevar a cabo en medio del mundo, en palabras de Escrivá, una «gran movilización de cristianos para la paz, para el bienestar, para la comprensión, para la fraternidad»10.
Un panorama de futuro
¿Qué fin específico tenía esa movilización? ¿Poner en marcha obras asistenciales y solidarias? ¿Atender a los pobres más pobres? ¿Crear universidades, colegios y centros de enseñanza? ¿Luchar por grandes causas sociales, como la igualdad o la dignidad de la mujer?
No. Escrivá puso por escrito que no se pondría el acento en «comités, asambleas, encuentros, etc.»11. El fin era la entrega a Dios, el servicio a la Iglesia, la búsqueda de la santidad, no poner obstáculos al trabajo de Dios en cada alma; y eso exigía una atención personalizada en la formación cristiana de cada mujer, de cada hombre.
¿Y los problemas sociales, ante los que Escrivá era particularmente sensible? En su mente cada mujer, cada hombre debía dar su respuesta personal ante los problemas de la sociedad; y de modo particular ante los retos de la injusticia y la pobreza: pobreza material, moral y espiritual.
La respuesta de cada persona sería tan variada como las circunstancias familiares, sociales y profesionales en las que viviera. Como fruto de la gracia y de esas respuestas personales –consideraba Escrivá– surgirían en el futuro cientos de iniciativas en los ambientes sociales y profesionales más variados. Y Dios le daba una fe tan singular que parecía que las veía, que las tocaba.
Esos empeños apostólicos irían variando con el paso del tiempo, respondiendo a necesidades sociales y humanas que entonces ni siquiera se planteaban. Nacerían universidades, hospitales, ambulatorios, centros geriátricos, comedores sociales para personas en situación de crisis, iniciativas de enseñanza, proyectos asistenciales para los «últimos», ONG para la consecución de la paz o la lucha contra el paro, escuelas para la formación de empresarios, de obreros, de personas del medio rural; y un largo etcétera12.
Esa era la vivificación cristiana que debían llevar a cabo los bautizados en una sociedad en la que Cristo debía estar en la cumbre de las actividades humanas; es decir, en la cumbre del mundo de la cultura, del arte en sus expresiones más variadas, de la moda, del entretenimiento, del espectáculo, de la vida política, de las relaciones económicas, del deporte, de las comunicaciones, etc.
En su mente las actividades para la promoción de la justicia y la lucha contra la pobreza debía ser expresión del afán por identificarse con Cristo de cada persona que viviera ese espíritu13. Esa lucha, ese esfuerzo, no exigía que los cristianos «salieran de su sitio»: allí, en su hogar, en su trabajo, en su ambiente social, debían actuar con sentido de justicia y solidaridad, construyendo junto con las demás personas de buena voluntad –creyentes o no– una sociedad más humana.
Aquello, aún sin nombre, debía ser un camino para el encuentro personal con el Señor sin intimismos reductores y sin esa indiferencia ante la suerte material y espiritual de los demás que no es propia de un corazón unido a Jesucristo. Había que «darle la vuelta al mundo como un calcetín», decía, con frase gráfica.
A los que les mostraba este panorama –cuya formulación concreta fue precisando con el paso del tiempo– les sorprendía la seguridad –sin ser un visionario– con la que hablaba. Cuenta un amigo suyo, Castán Lacoma: «En alguna de aquellas ocasiones, entre los años 1929 y 1932, dimos varios paseos, a solas, conversando largamente [...]. Me habló de la fundación que el Señor le pedía [...]. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con la que –ayudado por la gracia de Dios– la veía proyectada en el futuro»14.
¿Cómo va la tesis?
A partir del 2 de octubre de 1928, sus trabajos para conseguir el doctorado, motivo por el que se había trasladado a Madrid, fueron quedando en un segundo plano. En marzo de 1930 comenzó a trabajar en la Biblioteca Nacional en una tesis sobre «La ordenación de mestizos y cuarterones en la América española durante la época colonial»15.
Pou de Foxá le seguía preguntando por la marcha de la tesis y le urgía para que se doctorase cuanto antes, aceptando mientras tanto cualquier trabajo, en un bufete, por ejemplo. Su pariente, el obispo de Cuenca, y Francisco Morán, el Vicario General, le aconsejaban lo mismo: «tienes que concentrarte en el doctorado».
Pero Escrivá no estaba dispuesto a ejercer un trabajo que le apartara de su misión o que retrasara el querer de Dios que había visto aquel 2 de octubre. Ese querer y esa misión se habían convertido en lo primero y fundamental de su vida.
Razonaba así: «No tengo dinero. Esto lleva consigo una doble consecuencia: a) que, como he de trabajar –a veces excesivamente– para sostener mi casa, no me queda ni tiempo ni humor para los trabajos inmediatos de estos doctorados; y b) que aunque tuviera tiempo, no teniendo dinero, es imposible pasar a esos ejercicios académicos»16.
La situación se volvía cada vez más difícil. En junio de 1930 expiraba el plazo que le había dado su Arzobispo para residir fuera de la diócesis de Zaragoza, y el obispo de Madrid estaba adoptando medidas para que los sacerdotes extradiocesanos regresaran a sus diócesis de origen.
Eso explica que cada vez que visitaba al Vicario para renovar las licencias ministeriales, acudiera con el alma en vilo. Entraba primero en la cercana iglesia de Las Carboneras17 y le pedía al Señor que se las renovaran a pesar de su condición de extradiocesano. Al terminar, regresaba a la iglesia para dar gracias.
Pero no podía permanecer indefinidamente así. Su situación se volvió tan inestable que contempló la posibilidad de aceptar la canonjía que le había ofrecido su pariente, el obispo de Cuenca. Pero después de hacer varias gestiones, acabó descartando la idea. Lo prioritario –concluyó– era sacar adelante la Obra; y ese empeño tenía, en aquellos comienzos, un ámbito específico de crecimiento: Madrid.
Debo proporcionarme una colocación eclesiástica modesta que me dé estabilidad canónica en Madrid hasta que la Obra se desarrolle lo suficiente: escondido tras el carguito de sacerdote secular, ¡cuánto puedo hacer, con la ayuda de Dios, para su Obra!18.
Otro problema que le acuciaba y no sabía resolver era el de su familia. Pensaba que no había llegado el tiempo para explicarle aquello a su madre y a sus hermanos (además, ¿qué les podía explicar?: era solo una moción interior dentro de su alma). Lógicamente, su madre y sus hermanos no comprendían su modo de actuar: ¿Por qué se quedaban en Madrid, pasando apuros, cuando podían vivir en Cuenca con cierto desahogo?
Josemaría sufría al verles padecer por su causa. «Estoy con una tribulación y desamparo grandes. ¿Motivos? Realmente, los de siempre. Pero, es algo personalísimo que, sin quitarme la confianza en mi Dios, me hace sufrir, porque no veo salida humana posible a mi situación»19.
Si esa contradicción le afectara únicamente a él –pensaba– le resultaría más soportable, pero de hecho acababa recayendo sobre los hombros de su madre y su hermana, que le recordaban a Simón de Cirene, al que los soldados romanos ordenaron que ayudase a Cristo a llevar la Cruz. Eso hizo que durante aquel tiempo le pidiera a Dios «una cruz sin cirineos».
Seguía conociendo a personas de diversos ambientes sociales: el 13 y 14 de junio, por ejemplo, predicó en la Capilla del Obispo –un hermoso templo situado en la Plaza de la Paja– ante un numeroso auditorio compuesto por obreros y trabajadores. Les habló con su estilo directo, sencillo y asequible –algo poco habitual en aquella época, propensa a las retóricas ampulosas– y se conmovió al ver la sed de Dios de aquellas gentes. Para vencer su emoción se aferró con fuerza al pasamanos de hierro de la barandilla20.
Para entender las causas de esa emoción conviene tener presente, entre otros factores, las penosas condiciones de vida de la llamada entonces «masa obrera», que empeorarían aún más a causa de la Gran Depresión de 1929.
Aunque durante ese periodo se mantenía lo que se denominaba entonces la «paz social», seguían sin resolverse los graves problemas económicos y políticos que afectaban particularmente a los obreros y a los trabajadores que le escuchaban, hombres que malvivían con sus familias en aquellos suburbios miserables que Escrivá conocía bien.
Se entiende que, olvidadas de todos, y manipuladas por diversas ideologías, esas masas sociales fueran radicalizándose, y que aquellas barriadas se convirtieran en un polvorín.
* * *
Mientras tanto, Escrivá sufría un proceso íntimo de purificación:
Quiere el Señor humillarme de una buena temporada a esta parte –anotaba en sus apuntes–, para que no me crea un superhombre, para que no crea que las ideas que Él me inspira son de mi cosecha, para que no piense que merezco de Él la predilección de ser su instrumento... Y me ha hecho clarísimamente ver que soy un miserable, capaz de lo peor, de lo más vil [...], jamás pude prever que, de anotar las inspiraciones, hubiera de resultar una Obra así [...]. Nadie puede saber mejor que yo, cómo todo lo que va resultando (jamás pensado por mí) es cosa de Dios21.
* * *
A primeros de julio de 1930 acudió a la residencia de los jesuitas de la calle de la Flor y le pidió a un sacerdote, Valentín Sánchez Ruiz22, del que le habían hablado en el Patronato, que le orientase espiritualmente23.
Durante esa primera conversación, aquel jesuita maduro y experimentado se encontró con un sacerdote desconocido y joven –Escrivá no había cumplido los treinta años– que le abrió de par en par las puertas de su alma.
Entonces, despacio –recordaba Josemaría–, comuniqué la Obra y mi alma. Los dos vimos en todo la mano de Dios. Quedamos en que yo le llevara unas cuartillas –un paquete de octavillas, era–, en las que tenía anotados los detalles de toda la labor. Se las llevé. El P. Sánchez se fue a Chamartín un par de semanas. Al volver, me dijo que la obra era de Dios y que no tenía inconveniente en ser mi confesor24.
Conversaron de nuevo el 21 de julio, y a partir de aquella fecha Escrivá comenzó a charlar de forma periódica con Sánchez Ruiz sobre aspectos relativos a su vida interior y a su trato con Dios.
Todo lo relativo a aquello, como es lógico, era de la exclusiva incumbencia de Escrivá. Sánchez Ruiz no entraba en esas cuestiones25. «Nada tuvo que ver ese venerable religioso con la Obra –explicaba Escrivá–, pero sí con mi alma, que no se puede separar del Opus Dei».
* * *
«Un día –anotaba Escrivá– fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales [...], y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?”. Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!”. Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei»26.
En ese momento recordó que ya había usado esa expresión anteriormente en los apuntes que iba haciendo en cuadernos y cuartillas. En una de esas cuartillas había escrito tiempo atrás:
No se trata de una obra mía, sino de la Obra de Dios27. [...] Entonces –y solo entonces– me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios28.
Ya estaba acuñado el nombre: Opus Dei29.
¿Los medios? Orar y expiar
En las notas personales que escribió durante este periodo, Escrivá dejó constancia de sus dudas, tanteos e incertidumbres iniciales. A la hora de explicar el Opus Dei –lo que sería en el futuro el Opus Dei– se encontraba con las limitaciones del lenguaje humano, incapaz de transmitir y de expresar, con toda su hondura y riqueza de matices, las mociones interiores que iba experimentando en su corazón.
Recurría con frecuencia al símil de la mujer embarazada para hablar del Opus Dei. La Obra iba creciendo y adquiriendo rostro propio en su alma como un embrión en el seno materno. Esa es la impresión que producen los apuntes íntimos de este periodo, en los que faltan aún, como es lógico, los matices, términos y expresiones que irían viniendo con el paso del tiempo, fruto de las luces de Dios en la oración, de la reflexión personal y de la experiencia apostólica.
Su misión consistía en poner los medios y dejar que Dios hiciese su obra –Opus Dei: obra de Dios– a su manera. Esos medios –la oración y el desagravio a Dios– debían constituir la base sólida de aquel edificio.
Vengo considerando –y lo pongo aquí, porque luego, leyéndolo, se graba más en mí y me hace bien– que los edificios materiales, en su construcción, tienen gran semejanza con los espirituales.
Y así como aquella veleta dorada del gran edificio, por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra, mientras, por el contrario, un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie lo ve, es de importancia capital para que no se derrumbe la casa..., aunque no brille como el pobre latón dorado allá arriba... Así, en ese gran edificio, que se llama «la Obra de Dios» y que llenará todo el mundo, no hay que dar importancia a la veleta brillante. ¡Eso ya vendrá! Los cimientos: de ellos depende la solidez toda del conjunto.
Cimientos hondos, muy hondos y fuertes: los sillares de ese cimiento son la oración; la argamasa que unirá estos sillares tiene un nombre solamente: expiación. Orar y sufrir, con alegría. Ahondar mucho; pues, para un edificio gigante, se precisa una base gigante también30.
¿Y los medios? «Los medios seguros de llevar a cabo la Voluntad de Jesús –decía–, antes que actuar y moverse, son: orar, orar y orar: expiar, expiar y expiar»31.
Este modo de proceder pone de relieve la naturaleza singular de lo que Dios le pedía. Escrivá no hizo «un plan», al igual que los promotores de empeños humanos de cualquier tipo, que escriben manifiestos, elaboran programas o diseñan estrategias de futuro.
Tan convencido estaba de que aquel «plan» no era suyo, sino de Dios, que no redactó ningún reglamento previo: «Lo primero –escribía– es la vida, el fenómeno pastoral vivido. Después, la norma, que suele nacer de la costumbre. Finalmente, la teoría teológica, que se desarrolla con el fenómeno vivido. Y, desde el primer momento, siempre la vigilancia de la doctrina y de las costumbres: para que ni la vida, ni la norma, ni la teoría se aparten de la fe y de la moral de Jesucristo»32.
Una lógica desconcertante
El 11 de agosto de 1929, mientras daba la bendición con el Santísimo en la iglesia del Patronato de enfermos, se le ocurrió la posibilidad de pedirle al Señor «una enfermedad fuerte, dura, para expiación»33, que le ayudara a desagraviar y co-redimir; es decir, padecer con Cristo para redimir a los hombres.
Si el cimiento de la Obra debía ser la oración, tanto la del alma como «la oración del cuerpo» (la mortificación), ¿qué mejor cosa podía hacer él –pensó– que padecer en su alma y en su cuerpo por Dios?34.
Cuando Escrivá le comentó a Valentín Sánchez su deseo de pedir a Dios esa enfermedad, este le desaconsejó que lo hiciera. Siguió su consejo, aunque –como diría tiempo después– presentía que Dios le concedería en el futuro una enfermedad fuerte y purificadora para sacar adelante la Obra35. «Me pide el Señor indudablemente –puso por escrito– que arrecie en la penitencia. Cuando le soy fiel en este punto, parece que la Obra toma nuevos impulsos»36.
* * *
Comenzó a pedir a numerosas personas, especialmente a los enfermos y pobres de los barrios marginales, que ofrecieran a Dios sus oraciones y sufrimientos «por una intención suya».
«Fueron unos años –recordaba– en los que el Opus Dei crecía para dentro sin darnos cuenta. La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas»37.
Atendía a centenares de enfermos en los hospitales y corralas madrileñas donde se hacinaban las familias en condiciones miserables. Iba a visitarles en tranvía, a pie, entre el barro y los charcos, sorteando las inmundicias, con los zapatos rotos, protegiéndose las suelas agujereadas con cartones –no había para más–, haciendo oídos sordos a los insultos –cucaracha era el más refinado–, entre el hedor y la mugre, adentrándose en lugares que muchas buenas gentes de Madrid no se atrevían a pisar.
En este ambiente –recuerda una religiosa, Asunción Muñoz–:
Se nos hizo imprescindible nuestro Capellán [...]. Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche [...].
Nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. [...] ¡Cuántas veces he dialogado con él acerca de un alma que habíamos de salvar, de un paciente que necesitábamos convencer! Yo le pedía consejo acerca de lo que habíamos de decir o hacer. Y él iba todas las tardes a ver a alguno de ellos, puesto que los enfermos para él eran un tesoro: los llevaba en el corazón38.
VIII
De agosto a agosto
(1930-1931)
24 de agosto de 1930. Isidoro. Un encuentro «casual»
Comenzaron a secundarle algunas personas, como José Romeo Rivera, Pepe1, un joven estudiante de Arquitectura a cuya familia conocía desde sus años en Zaragoza; Norberto Rodríguez2, el sacerdote al que Escrivá le había hablado de la Obra en las Navidades de 1929 (y que se autovinculó el 14 de febrero de 1930, antes de que se lo propusiera el joven fundador)3; y su viejo amigo de Logroño, Isidoro Zorzano, que era entonces un ingeniero de veintiocho años que ejercía su profesión en Andalucía.
El 24 de agosto de 1930, cuando Zorzano se dirigía hacia Cameros, en La Rioja, para estar con su familia, hizo una breve parada en la capital con la intención de pasar unas horas con su amigo Josemaría, que le había escrito poco antes en una postal: «cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas»4.
Al llegar, como no le había avisado previamente de su hora de llegada, no le encontró en casa. Decidió dar un paseo hasta la Puerta del Sol y luego tomar el tren en dirección a Logroño. Don Josemaría estaba en esos momentos acompañando a un chico enfermo. «De pronto –recordabasentí el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía adónde iba; ya en la calle, sin saber adónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y casualmente pasaba también por allí»5.
Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Zorzano. «Nada más saludarme –recordaba Escrivá– me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde»6. Fueron a casa de Josemaría. Isidoro le contó sus inquietudes y, al oírle, su amigo le habló extensamente del Opus Dei. Desde aquel momento este joven ingeniero se unió a la Obra.
Durante aquel periodo «unirse a la Obra» significaba, en lo humano, unirse a los afanes de un sacerdote joven y dos personas más.
El 25 de agosto, al día siguiente de que se incorporara Isidoro, escribió en sus notas: «Desde hace mucho tiempo, además de llevar revistas religiosas (El Mensajero, El Iris de Paz, revistas de misiones y otras de diversas congregaciones) a los enfermos, las he repartido, tranquila y frescamente, por las calles: en los barrios bajos, hubo una temporada en que no podía pasar por algunas calles sin que me pidieran revistas»7.
Durante aquel verano se organizó desde el Patronato una misión para obreros y empleados. Fue haciendo amistad con ellos y algunos decidieron secundarle en la tarea de «hacer la Obra de Dios»8.
Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos... Así me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo...9.
Algunos le seguían, y al poco tiempo –semanas, mesesse iban, como «las anguilas en el agua»10.
Procuraba ir conociendo a algunas mujeres que pudieran entenderle, pero –como escribiría tiempo después– «no encontraba gente que me pareciera dispuesta»11.
* * *
Un día, cuando se dirigía a la iglesia para celebrar Misa, se encontró con una mendiga a la que conocía, porque estaba siempre en el mismo sitio, en la calle, pidiendo limosna.
Me acerqué a ella y le dije:
—Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!
Al poco tiempo, uno de los días que pasé a celebrar la santa Misa, no estaba, tampoco al otro... Como en esa época íbamos a visitar los hospitales, en uno de ellos me encontré con esta mendiga en una de las salas.
—Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?
Me miró y me sonrió. Estaba gravemente enferma. Le indiqué:
—Mañana celebraré la Misa pidiéndole al Señor que te ponga buena.
La mendiga me contestó:
—Padre, ¿cómo se entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida.
Solo le dije:
—Haz lo que quieras, pero le pediré al Señor por ti, y si te vas, cumple muy bien este encargo.
«Yo os digo –comentaba Josemaría Escrivá– que, desde que aquella pobre mendiga se fue al Cielo, es cuando la Obra comenzó a caminar deprisa».
A partir de entonces consideró a aquella mendiga, desde un punto de vista simbólico y espiritual, como la primera mujer del Opus Dei.
«Este suceso –apunta Toranzo– pone de manifiesto uno de los rasgos más característicos de la personalidad del fundador del Opus Dei: su confianza en la oración. El inicio del apostolado en orden a la expansión del mensaje del Opus Dei entre mujeres se presentaba además especialmente difícil»12.
Iba conociendo sacerdotes jóvenes, como Sebastián Cirac, con el que estuvo hablando en el Patronato de enfermos a finales de aquel año. Cirac vivía en Cuenca, de donde era canónigo, y cuando venía a Madrid se alojaba en la Casa sacerdotal de las Damas Apostólicas. Pronto trabaron amistad y en sus sucesivos viajes a la capital Escrivá le fue explicando la Obra. También estableció contacto con un sacerdote de Carrión de los Condes, Pedro Cantero Cuadrado.
Tras muchos afanes, pocos días antes de que se proclamase la II República, Escrivá contaba solo con tres personas en el Opus Dei: «5 de abril de 1931: ayer, domingo de Resurrección, D. Norberto, Isidoro, Pepe y yo rezamos las preces de la Obra de Dios»13.
Eran tres perfiles distintos: un joven estudiante de diecinueve años; un ingeniero de veintiocho y un sacerdote maduro y enfermo, de cincuenta y uno14. Solo dos vivían en Madrid. Zorzano viajaba a la capital de vez en cuando desde Málaga para hablar con Escrivá, con el que se carteaba con frecuencia.
Su respuesta ante las dificultades fue la confianza en Dios y la oración. Escribía en sus Apuntes:
Que, desde ahora, sea otro: que no sea yo, sino aquel que Tú deseas. Que no te niegue nada de lo que me pidas. Que sepa orar. Que sepa sufrir. Que nada me preocupe, fuera de Tu gloria. Que sienta tu presencia de continuo. Que ame al Padre. Que Te desee a Ti, mi Jesús, en una continuada Comunión. Que el Espíritu Santo me encienda15.
14 de abril de 1931. La II República
El 14 de abril se proclamó la República en España. La celebración tuvo un tono anticlerical: gritos, insultos, puyas a los sacerdotes... Entre la muchedumbre que se congregó en la Puerta del Sol había un grupo que llevaba en andas a un hombre que ridiculizaba al Cristo de Medinaceli. Pero no hubo agresiones físicas.
El único intento se dio por la noche, en la colonia de los Pinos de Chamartín, cuando varios desconocidos intentaron entrar en el convento de las Hermanas de la Cruz. El capellán llamó a la Guardia Civil y los asaltantes se disolvieron16.
Escrivá se mantuvo, como tantos españoles católicos, a la expectativa; y experimentó un disgusto similar al de ellos cuando empezaron a promulgarse decretos-leyes de carácter anticristiano.
Al día siguiente de la proclamación, se promulgó por decreto un estatuto jurídico que fijaba los principios directivos mediante los cuales se iba a regir España hasta que las Cortes aprobasen una nueva Constitución.
El tercer principio establecía la separación Iglesia-Estado, de forma que España dejaba de ser oficialmente católica y se establecía la libertad de práctica de cualquier creencia.
Pocos días más tarde, el gobierno adoptó otras medidas unilaterales que anulaban en la práctica el Concordato vigente; el 17 de abril prohibió a los Gobernadores Civiles que acudieran oficialmente a las ceremonias religiosas; y el 19 de abril eliminó los actos religiosos en los establecimientos militares.
Muchos católicos le concedieron al nuevo régimen el beneficio de la duda. Los obispos habían alentado a la participación ciudadana y a la construcción de la paz, y la mayoría de los fieles estaban dispuestos a secundarlos.
Pero las disposiciones sobre las relaciones Iglesia-Estado seguían con celeridad inaudita: el 23 de abril se suprimió de un plumazo el culto obligatorio en los lugares penitenciarios; y el 6 de mayo la instrucción religiosa dejó de ser obligatoria en las escuelas primarias17.
Ese modo de actuar provocó que muchos católicos acabaran concluyendo que el sistema de gobierno republicano era contrario a la Iglesia por naturaleza, a pesar de la actitud prudente que mantuvo la Jerarquía, fiel a las indicaciones de la Santa Sede. El mismo cardenal Segura había llegado a decir –siguiendo esas indicaciones– que «la Iglesia no siente predilección hacia una forma particular de Gobierno»18.
Aunque seguía habiendo católicos que propugnaban la unión entre el trono y el altar, y concebían la monarquía liberal, encarnada en Alfonso XIII, como el ideal del «régimen político católico»; otro gran número de creyentes deseaba un cambio político, un nuevo régimen donde pudieran convivir en paz creyentes y no creyentes.
Pero las nuevas normas que se iban aprobando, casi a contrarreloj, no facilitaban esa convivencia: se disolvió el cuerpo de capellanes del Ejército y la Armada, se sustituyó el tradicional juramento de un cargo por una simple promesa, se privó a la Iglesia de representación en el Consejo Nacional de Educación y se prohibió a los funcionarios la asistencia a actos religiosos públicos19.
Para valorar el impacto de estas medidas conviene situarlas en su contexto histórico, atendiendo a la mentalidad de los españoles de aquel tiempo.
Algunas de estas medidas –explica Coverdale– se habrían considerado aceptables en una sociedad tolerante y religiosamente plural, pero la mayoría de los católicos españoles había crecido en una sociedad en la que prácticamente todo el mundo era, al menos de nombre, católico y en la que durante siglos la norma había sido la de una estrecha colaboración entre la Iglesia y el Estado. Así, se consideraron estos actos como hostiles a la Iglesia. Esta sensación se acentuó porque el gobierno no quiso negociar ni consultar a los representantes de la Iglesia sobre los cambios en política religiosa20.
El domingo 10 de mayo, pocas semanas después de la proclamación de la República, se produjeron los primeros incidentes graves. Por la mañana algunos republicanos se enfrentaron contra los militantes del centro monárquico, que escuchaban los compases de la Marcha Real por un gramófono en su centro de reuniones, con las ventanas abiertas. A continuación, varios individuos se dirigieron a la sede del periódico monárquico ABC, en la calle Serrano y rociaron la fachada con gasolina. La fuerza pública se refugió en el interior y disparó desde dentro contra los agresores, alcanzando a un hombre y a un chico de trece años que fallecieron horas después.
Las algaradas continuaron y hacia las once de la mañana del día siguiente, un grupo de jóvenes comenzó a apedrear los cristales de la iglesia del Sagrado Corazón, situada junto a la residencia de los jesuitas en la Gran Vía, que hacía esquina con la calle de la Flor.
El número de agresores fue aumentando, hasta llegar a unas ciento cincuenta personas, que comenzaron a prender fuego al templo, ante la pasividad de los viandantes y las fuerzas del orden. Me contaba en 1993 Vicente Elvira, que fue testigo de los hechos:
Yo era un sacerdote joven y, siguiendo las indicaciones, fui de paisano, en bicicleta, a visitar a unos tíos míos que vivían en la calle de la Flor. Al llegar, me extrañó ver a un grupo de gente arremolinada frente a la iglesia de los jesuitas. Me dirigí hacía allí, y observé, asombrado, cómo varios hombres sacaban de entre la chusma un bidón de gasolina y empezaban a rociar la puerta de la iglesia para incendiarla. Y todo esto, ¡frente a unos miembros de la Guardia Civil que contemplaban aquello sin hacer nada!
No pude más. Me encaré con los guardias y les dije que mi padre era Guardia Civil, y que yo, como hijo del Cuerpo, sabía lo que significaba el honor para ellos. ¿Cómo podían permitir aquel abuso?
—¡No comprendo –les grité– que se queden parados ahí, mientras queman la iglesia!
—Es que tenemos órdenes de no actuar –me respondieron.
—¿Órdenes? ¿Órdenes de quién?
—Del Ministerio de la Gobernación21.
El plan de acción de la llamada «quema de conventos» se repitió, idéntico, en diversos puntos de Madrid. Se trataba, claramente, de una acción previamente organizada22. Unas cincuenta o sesenta personas (en su mayoría jóvenes) se congregaban ante la fachada de un edificio de signo religioso, rociaban las puertas con gasolina y, rodeadas por un público que las miraba entre admirado y divertido, en cuanto surgían las llamas, empezaban a celebrarlo. A continuación se iban a otro lugar.
Así sucedió en el convento de los carmelitas de la Plaza de España, en la iglesia de Santa Teresa, en la residencia y colegio de los Sagrados Corazones, y en otros lugares, hasta alcanzar las siguientes cifras: cinco conventos de religiosos con sus iglesias y oratorios; cuatro conventos de religiosas (dos de ellos de clausura); cinco colegios (dos masculinos y tres femeninos) y un anejo parroquial, incendiados. Cuatro de los cinco colegios incendiados, señala González Gullón, «eran de niños con padres obreros o de modestos recursos económicos»23.
Se propalaron patrañas en los barrios extremos, como que los curas y los frailes habían envenenado el agua de las fuentes públicas. Y en el resto del país ardió un centenar de conventos más.
La indiferencia del gobierno republicano ante los incendios (que siguió una política concreta: «dejar hacer y no permitir excesos»24), junto con las versiones distorsionadas que la prensa republicana de Madrid ofreció de ellos (El Liberal llegó a afirmar que los frailes habían quemado sus propios conventos para desprestigiar al gobierno), acabaron envenenando el ambiente político; y, en opinión de Montero y Cervera, a partir de aquel momento el enfrentamiento se hizo radical25.
Ante el temor de que las masas incendiaran la iglesia y el edificio del Patronato, Escrivá (que iba de paisano, siguiendo las normas del obispo, que había indicado que los sacerdotes vistieran así hasta que se calmaran los ánimos) retiró el día 11 la Eucaristía de la iglesia del Patronato y la trasladó al domicilio de su amigo Manuel Romeo, que quedaba algo distante de allí, casi en Cuatro Caminos26.
Como persistían los rumores de una posible quema, dos días después, el 13, se trasladó, junto con su madre y sus hermanos, a una vivienda situada en el segundo piso del nº 22 de la calle Viriato, que estaba relativamente cerca. Era un piso pequeño y sombrío, de aspecto tristón y desagradable. Su cuarto era tan reducido que no cabía siquiera una silla, lo que le obligaba a escribir de rodillas, utilizando la cama como mesa27. Allí, en aquel espacio minúsculo que daba a un estrecho pozo de ventilación, Escrivá seguía soñando con la difusión del mensaje del Opus Dei en los cinco continentes.
No sabían cuánto tiempo deberían permanecer en aquella vivienda estrecha, oscura e incómoda: unas cuantas semanas, o meses quizá, hasta que se pacificara la situación.
Ante los ataques, su consejo siempre fue el mismo: «rezar, perdonar, comprender, disculpar». Seguía tratando apostólicamente a personas de perfiles políticos distintos, porque como sacerdote –explicaba– debía tener los brazos abiertos a todos.
Intentaba tender, en la medida de sus fuerzas, puentes de amistad y compresión en medio de una sociedad que se fracturaba, envenenada por ideologías radicales de diverso signo.
* * *
Muchas personas de buena voluntad –y entre ellos numerosos católicos– deseaban un cambio económico y social; pero rechazaban la violencia y la lucha de clases, que era, para otros, el único camino para alcanzarlo.
Tanto unos como otros coincidían en que la justicia social no podía reducirse a la puesta en práctica de las llamadas «obras de beneficencia», que –además de ser insuficientes para remediar los grandes problemas sociales– no iban siempre unidas con la caridad y la comprensión cristiana.
Santiago, el hermano menor de Escrivá, recuerda un suceso menor, anecdótico, que pone de manifiesto la mentalidad de algunas personas que ejercían ese tipo de beneficencia: un día, durante un reparto de comidas para personas necesitadas, una señora, al ver lo sucia que estaba una niña de seis o siete años que había acudido para tomar su ración, hizo un comentario peyorativo en su presencia. «Josemaría excusó a la niña –cuenta Santiago– diciendo que en su casa no tenían agua caliente; que esa suciedad estaría mal en mí, que estaba presente, pero no en la niña»28.
«La caridad cristiana –escribiría Josemaría Escrivá tiempo después– no se limita a socorrer al necesitado de bienes económicos; se dirige, antes que nada, a respetar y comprender al individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador»29. No concebía una caridad «oficial», «seca», que consideraba «una aberración»30.
Para Escrivá –recuerda Illanes– «el cristiano no es alguien que, además de ser cristiano, tiene una responsabilidad social, sino alguien que, al saberse cristiano, se reconoce situado en el mundo para desarrollar allí todas sus implicaciones, también sociales, de la fe. La responsabilidad social es, en suma, elemento integrante, dimensión constitutiva de la vocación cristiana»31.
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El odio a la religión era cada vez más patente y los sacerdotes empezaron a padecer de forma generalizada un acoso callejero que solo conocían por los libros de historia del siglo XIX. Con frecuencia, cuando Escrivá salía a la calle, los niños de las barriadas extremas, los obreros que iban en un transporte público o los albañiles que trabajaban en una construcción y le veían pasar, comenzaban a insultarle: «¡Una cucaracha! ¡Hay que pisarla!», «¡La España negra!».
Escribía en sus apuntes el 26 de julio de 1931:
Como es costumbre desde la República, esa multitud envenenada por periódicos, folletos y hojas pornográfico-anticlericales, también me insultó a gusto en mis idas y venidas al cementerio.
Anotaré un par de casos curiosos: uno de esos días había, junto a una de las dos fuentes que hay en el camino que va desde la carretera de Aragón al Este, un grupo de chiquillos y mujeres haciendo cola, para llenar de agua sus cántaros, botijos, latas... Del grupo de chiquillos salió una voz: «¡Un cura! Vamos a apedrearlo». [...] Otros días, al pasar yo al lado de la cola hidrófila acostumbraba uno u otro de ellos o de ellas a cantar, en alto, aquello de «si los curas y frailes supieran...»32.
Esa canción, entonada con los compases del Himno de Riego, se había popularizado en los ambientes anticlericales: Si los curas y frailes supieran / la paliza que les vamos a dar / subirían al coro cantando: / libertad, libertad, libertad.
Escrivá se esforzaba por mantener la serenidad cuando le insultaban, le abucheaban por la calle o le tiraban piedras, como a tantos otros sacerdotes de la ciudad, y procuraba contestar en su interior «apedreando con avemarías»33 a sus atacantes, sin decirles nada. No siempre lo conseguía y en ocasiones se dejaba llevar por su temperamento fogoso y les hacía ver con firmeza la injusticia y gratuidad con la que actuaban.
En una ocasión, al pasar cerca de la iglesia de Jesús de Medinaceli, vio a unos niños jugando con una cesta de mimbre vieja, llena de paja y vuelta hacia abajo. Prendieron fuego, y cuando la paja comenzó a arder, palmotearon divertidos: «¡un convento, un convento!».
«¡Dios les perdone a todos!», anotó en sus apuntes34, considerando que muy posiblemente aquellos niños habían aprendido esas actitudes en sus casas.
7 de agosto de 1931. Una nueva luz
Durante aquel verano –el 7 de agosto, casi un año después de su encuentro con Isidoro– recibió una nueva iluminación interior durante la Misa: entendió «que serán los hombres y mujeres de Dios quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo hacia Sí todas las cosas»35. Comprendió la necesidad de que en todos los lugares del mundo hubiera «cristianos, con una dedicación personal y libérrima, que sean otros Cristos»36.
Aquella moción le hizo ver con especial claridad que el trabajo que cada persona desempeña debía ser lugar de encuentro y unión con Dios.
* * *
En 1931 Escrivá se encontraba al límite de sus fuerzas: además de cumplir con las obligaciones de su ministerio, y de preparar e impartir las clases en la academia, cuidaba de numerosos enfermos, atendía a moribundos y hacía obras de misericordia con todo tipo de personas: «Estuve, durante una temporada –escribía en sus notas– dedicado a enseñar a leer y a escribir a un morito37 de unos veinte años que quería hacerse cristiano» 38.
Este conjunto de tareas, además de llevarle hasta el borde del agotamiento físico, no le dejaban el tiempo necesario para dedicarse con intensidad al Opus Dei, y empezó a considerar la posibilidad de dejar el Patronato. Durante el verano encontró una posible solución: la atención de la capellanía del Convento de Santa Isabel, dependiente del Real Patronato de ese mismo nombre39. Ese trabajo, además de darle el tiempo que necesitaba para impulsar la Obra, le proporcionaba una casa para su madre y sus hermanos. Las Damas aceptaron su cese, aunque siguió atendiendo varios meses más a los enfermos hasta que encontraron un sustituto.
No olvidó nunca aquellos años entre las personas más necesitadas de Madrid:
Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios. ¡Qué indignación siente mi alma de sacerdote, cuando dicen ahora que los niños no deben confesarse mientras son pequeños! ¡No es verdad! Tienen que hacer su confesión personal, auricular y secreta, como los demás. ¡Y qué bien, qué alegría! Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más40.
Anotaba con sentimiento agridulce, cuando se trasladó a Santa Isabel:
Voy a dejar el Patronato. Lo dejo con pena y con alegría. Con pena, porque después de cuatro años largos de trabajo en la Obra Apostólica, poniendo el alma en ella cada día, bien puedo asegurar que tengo metido en esa casa Apostólica una buena parte de mi corazón... Y el corazón no es una piltrafa despreciable para tirarlo por ahí de cualquier manera. Con pena también, porque otro sacerdote, en mi caso, durante estos años, se habría hecho santo. Y yo, en cambio... Con alegría, porque ¡no puedo más! Estoy convencido de que Dios ya no me quiere en esa Obra: allí me aniquilo, me anulo. Esto fisiológicamente: a ese paso, llegaría a enfermar y, desde luego, a ser incapaz de trabajo intelectual41.
IX
En el Patronato de Santa Isabel
(21 de septiembre de 1931)
Nuevas luces, nuevos cambios
El 8 de septiembre de 1931 experimentó otra moción íntima mientras oraba ante el Santísimo en la iglesia del Patronato de enfermos. Dios le hizo entender –anotó– que la Obra de Dios estaría con Él en todas partes, afirmando el reinado de Cristo para siempre1.
Estas luces interiores iban acompañadas de gracias que le acercaban a Dios y le ayudaban a mantenerse sereno, por ejemplo, ante los insultos y burlas que recibía por el hecho de ser sacerdote:
Acordé encomendarles, con un avemaría, a la Stma. Virgen, cuando oyera groserías o indecencias. Lo hice. Me costó. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me enternecen las entrañas, por regla general, considerando la desgracia de esa pobre gente, que, si obra así, cree hacer una cosa honrada, porque, abusando de su ignorancia y de sus pasiones, le han hecho creer que el sacerdote, además de ser un vago parásito, es su enemigo, cómplice del burgués que los explota»2.
González Gullón completa el panorama:
Muchos obreros se alejaron de la Iglesia porque pensaban que era injusta la discriminación social de que eran objeto por parte de otros católicos y, sobre todo, porque los sacerdotes no estaban a su lado.
Escribía el dominico Gafo en abril de 1931:
Tan grande como fue y es el abandono, más aún, la hostilidad o el desdén, con que las clases altas y burguesas trataron a sus obreros y dependientes, no cuidándose de que el patrimonio sagrado del trabajador, del empleado o del carente de trabajo, se mantuviese suficiente y bien organizado para evitar la miseria, la desesperación y el revolucionarismo consecuente...; no menor fue el abandono espiritual y religioso [...] en que se dejó crecer la gran masa de pueblo que ahora se ha visto totalmente ausente de nosotros, y por nosotros, de Jesucristo y de la Iglesia3.
21 de septiembre de 1931. Capellán de Santa Isabel
Como había concertado con las Damas Apostólicas, Escrivá dejó el Patronato de enfermos y, a partir del 21 de septiembre, comenzó a ejercer como capellán interino de las Agustinas Recoletas del monasterio de Santa Isabel.
Semanas después, el 14 de octubre de 1931, los representantes del país aprobaron, por ciento setenta y ocho votos contra cincuenta y nueve, el artículo 26 de la Constitución, que prohibía al gobierno central y a los gobiernos regionales y locales favorecer o apoyar a la Iglesia y a cualquier asociación religiosa.
Casi un siglo antes –explica Coverdale–, el Estado había confiscado los bienes de la Iglesia. Desde entonces, el Estado pagaba al clero diocesano. El artículo 26 eliminaba estos subsidios en el plazo de dos años.
Las medidas más importantes del artículo 26 afectaban a las órdenes religiosas. El primer borrador preveía la disolución de todas. Lo que se aprobó no fue tan lejos, pero sirvió para la expulsión de los jesuitas y la confiscación de sus bienes. Otras órdenes quedaron bajo la misma amenaza si el gobierno entendía que sus actividades podían constituir un peligro para la seguridad del Estado [...]. Lo peor del artículo 26 fue la prohibición a los religiosos de dedicarse a la educación. Esta medida sectaria da cuenta de que la mayoría anticlerical de la cámara quería minar a la Iglesia a cualquier precio. España adolecía desesperadamente de falta de escuelas; y, a pesar de que los diputados consideraban que la educación era una de sus principales prioridades, trataban de forzar el cierre de las escuelas que educaban a cerca del 30% de los alumnos de secundaria y al 20% de primaria4.
Consignó Escrivá en sus notas el 15 de octubre: «Ayer, al conocer la expulsión de la Compañía y los demás acuerdos anticatólicos del Parlamento, sufrí. Me dolió la cabeza. Anduve mal hasta la tarde. Por la tarde, vestido de seglar, subí a Chamartín5 con Adolfo6: el padre Sánchez, y todos los demás jesuitas, estaban ¡encantados! de sufrir persecución por su voto de obediencia al Santo Padre. ¡Qué cosas más serenamente hermosas nos dijo!»7.
* * *
Al día siguiente, 16 de octubre, en el transcurso de un viaje en tranvía, experimentó «la profunda certeza, la alegría y la paz de ser en Cristo, como Cristo, hijo de Dios»8. Y comprendió que la filiación divina, el saberse y obrar como un hijo amado por Dios, debía ser el fundamento del espíritu del Opus Dei9: «Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba!10. Pater!»11.
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Durante los últimos meses de 1931 se fueron uniendo nuevas personas a la Obra; y siempre, en la fiesta de algún apóstol. «Hasta ahora, dato curioso –anotaba Escrivá el 26 de octubre–, todas las vocaciones a la Obra de Dios han sido repentinas. Como la de los Apóstoles: conocer a Cristo y seguir el llamamiento. El primero no dudó. Vino conmigo, tras de Jesús, a la ventura. [...] El día de san Bartolomé, Isidoro [Zorzano]; por san Felipe, Pepe M. A. [Muñoz Aycuéns]; por san Juan, Adolfo [Gómez Ruiz]12; después, Sebastián Cirac: así todos»13.
Norberto Rodríguez invitó a un sacerdote amigo suyo, Lino Vea-Murguía, para que formase parte de la Obra. Vea-Murguía aceptó y a continuación Rodríguez le dio cuenta de los hechos a Escrivá.
Se lo presentó y congeniaron enseguida. Escrivá le tomó gran aprecio, porque –me contaba José Ramón Herrero–: «Lino era, más o menos, de su misma edad: era un sacerdote joven, activo, dinámico, muy apostólico, con un gran carácter, y al mismo tiempo con un gran corazón y con mucha simpatía»14.
Herrero acompañó en ocasiones a Lino –hombre de aspecto vigoroso y atlético– por los barrios extremos, cuando iban a atender a personas necesitadas y eran recibidos con insultos, blasfemias y burlas. «Recuerdo que una vez, yendo con don Lino, un hombrachón de aquellos le gritó a otro: “Oye, ¿no eras tú el que te comías a los curas crudos? ¡Cómete a ese!”»15.
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