Kitabı oku: «Historia breve del cristianismo»
JOSÉ ORLANDIS
HISTORIA BREVE DEL CRISTIANISMO
Octava edición
EDICIONES RIALP
MADRID
© 1983 by JOSÉ ORI.ANDIS
© 2021 de la presente edición,
by EDICIONES RIALP, S. A.
Manuel Uribe 13-15, 28033 MADRID
(www.rialp.com)
Primera edición: junio de 1983
Octava edición: septiembre de 2021
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-5420-1
ISBN (edición digital): 978-84-321-5421-8
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ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
INTRODUCCIÓN
I. LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO
II. LA SINAGOGA Y LA IGLESIA UNIVERSAL
III. EL IMPERIO PAGANO Y EL CRISTIANISMO
IV. LA VIDA DE LA PRIMITIVA CRISTIANDAD
V. LA PRIMERA LITERATURA CRISTIANA
VI. LA IGLESIA EN EL IMPERIO ROMANO-CRISTIANO
VII. LA CRISTIANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD
VIII. LA FORMULACIÓN DOGMÁTICA DE LA FE CRISTIANA
IX. LOS PADRES DE LA IGLESIA
X. EL CRISTIANISMO Y LOS PUEBLOS BÁRBAROS
XI. LA VIDA ASCÉTICA Y EL MONACATO
XII. EL CRISTIANISMO EN LA EUROPA FEUDAL
XIII. LA LENTA GESTACIÓN DEL CISMA DE ORIENTE
XIV. PONTIFICADO E IMPERIO EN LA EDAD MEDIA
XV. EL APOGEO DE LA CRISTIANDAD
XVI. ESTRUCTURAS DE UNA SOCIEDAD CRISTIANA
XVII. LA HEREJÍA MEDIEVAL
XVIII. LA CRISIS DE LA CRISTIANDAD
XIX. EL CISMA DE OCCIDENTEY EL CONCILIARISMO
XX. ENTRE EL MEDIEVO Y LA MODERNIDAD
XXI. LA REFORMA EN ALEMANIA: LUTERO Y EL LUTERANISMO
XXII. LA REFORMA PROTESTANTE EN EUROPA
XXIII. LA REFORMA CATÓLICA
XXIV. DE LAS GUERRAS DE RELIGIÓN A LADEFINITIVA ESCISIÓN CRISTIANA
XXV. EL GRAN SIGLO FRANCÉS
XXVI. EL REGALISMO MONÁRQUICO FRENTE AL PONTIFICADO
XXVII. LA ILUSTRACIÓN ANTICRISTIANA
XXVIII. DE LA REVOLUCIÓN A LA RESTAURACIÓN
XXIX. CATOLICISMO Y LIBERALISMO
XXX. LA ÉPOCA DE PÍO IX
XXXI. LOS CRISTIANOS ANTE LAS NUEVAS REALIDADES SOCIALES
XXXII. SAN PÍO X Y LA CRISIS MODERNISTA
XXXIII. LA ERA DE LOS TOTALITARISMOS
XXXIV. LAS CONSECUENCIAS POLITICO-RELIGIOSAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
XXXV. EL CRISTIANISMO EN LAS POSTRIMERÍAS DEL SIGLO XX
CRONOLOGÍA
ÍNDICE DE NOMBRES
AUTOR
INTRODUCCIÓN
LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO interesa al lector católico porque viene a ser como su historia de familia; pero ha de interesar también a cualquier persona culta, porque constituye una parte esencial de la historia de la humanidad en los dos últimos milenios, aquellos, precisamente, que han configurado de modo más decisivo nuestra civilización y forman la era que llamamos cristiana. Pensando en todos esos lectores se ha escrito este libro, que por su extensión merece el modesto apelativo de breve, que matiza el título. Pero brevedad no significa, en este caso, parcialidad o ligereza. Esta Historia del cristianismo es breve, para que su lectura resulte asequible a un público amplio, que difícilmente podría acceder a otro tipo de obra más extensa. Ha hecho falta no poco esfuerzo para intentar conjugar la sencillez y la profundidad, de tal suerte que —dejando de lado un sinfín de cuestiones y acontecimientos— la exposición se ciña a seguir fielmente aquello que cabría denominar sin impropiedad el hilo conductor de la historia cristiana. Tal ha sido, al menos, nuestro deseo.
El libro se divide en 35 capítulos, y a la cabeza de cada uno de ellos un corto sumario puede servir para orientar al lector sobre las principales cuestiones que allí van a examinarse. Esta Historia breve del cristianismo, por razón de su temática, es primordialmente un libro de historia religiosa; pero se ha tratado siempre de encuadrar esa historia en un contexto general y tener bien presente el momento social, cultural y político en que vivieron los cristianos de cada época: aquellos que, desde los orígenes hasta hoy, han integrado la Iglesia, el Pueblo de Dios que peregrina en la tierra a través de los tiempos. La cronología que figura al final del volumen podrá ayudar a situar los acontecimientos en el marco que les corresponde.
Todo libro se escribe con un determinado propósito: también este. El propósito que ha tenido el autor —y que se ha esforzado por alcanzar— es simple, pero no deja de ser ambicioso: que cualquier persona con el nivel cultural común a los hombres de hoy, al terminar la lectura de estas páginas, haya podido formarse una idea clara de cómo han sido y de lo que han representado veinte siglos de historia del cristianismo.
JOSÉ ORLANDIS
I.
LOS ORÍGENES DEL CRISTIANISMO
El cristianismo es la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Los cristianos —discípulos de Cristo— se incorporan por el bautismo a la comunidad visible de salvación, que recibe el nombre de Iglesia.
Entendemos por cristianismo la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. La persona y las enseñanzas de Jesús son las bases sobre las que se asienta la religión cristiana. Los cristianos consideran a Jesucristo su Redentor y su Maestro: le reconocen como su Dios y Señor y se adhieren a su doctrina.
En una hora precisa del tiempo y en un lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios se hizo hombre e irrumpió en la historia humana. El lugar de nacimiento de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del emperador de Roma, César Augusto (cfr. Mt II, 1; Lc II, 1-2). La vida de Cristo entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia, bien preciso también: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo tuvieron lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del año 30 de la era cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de sumo sacerdote, gobernaba Judea el «procurador» Poncio Pilato y reinaba en Roma el emperador Tiberio.
Jesucristo se presentó a sí mismo como el Cristo, el Mesías anunciado por los profetas y esperado ansiosamente por el Pueblo de Israel. En Cesárea de Filipo, ante la diversidad de opiniones que corrían sobre su persona, el Señor preguntó a los apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». La respuesta de Pedro fue rotunda: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús no solo no enmendó en un ápice estas palabras, sino que las confirmó de modo inequívoco: «No te han revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» (cfr. Mt XVI, 13-17). En la noche de la Pasión, ante los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín, Jesús declararía abiertamente que era el Hijo de Dios, el Mesías. A la solemne pregunta del sumo sacerdote, la suprema autoridad religiosa de Israel: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?», Jesús respondió: «Yo soy» (Mc XIV, 61-62).
«Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (Io I, 10). Estas palabras del capítulo primero del Evangelio de san Juan anuncian el drama del rechazo del Salvador por parte del Pueblo elegido. Dominaba en este por aquel tiempo una concepción político-nacional acerca del esperado Mesías, al que se consideraba como un caudillo terrenal que habría de libertar la nación del yugo de los opresores romanos y restaurar en todo su esplendor el Reino de Israel. Jesús no respondía a esta imagen, porque su Reino no era de este mundo (cfr. Io XVIII, 36). Por eso no fue reconocido, sino rechazado por los jefes del pueblo y condenado a morir en la Cruz.
Los milagros obrados por Jesús durante los años de su vida pública constituyen el refrendo de su Mesianidad y confirmaron la doctrina que anunciaba. Esas razones, unidas a la personalidad incomparable del Señor, motivaron decisivamente la adhesión de sus discípulos, y en primer término de los doce apóstoles. Una adhesión todavía defectuosa al principio, por parte de hombres que compartían muchos de los prejuicios de sus contemporáneos; unos hombres cuya mentalidad les hacía difícil comprender la verdadera naturaleza de la misión redentora de Jesús, lo que explica el tremendo desconcierto que les causó la Pasión y Muerte de su Maestro.
La Resurrección de Jesucristo es el dogma central del cristianismo y constituye la prueba decisiva de la verdad de su doctrina. «Si Cristo no resucitó —escribió san Pablo—, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe» (I Cor XV, 14). La realidad de la Resurrección —tan lejos de las expectativas de los apóstoles y los discípulos— se les impuso a estos con el argumento irrebatible de la evidencia: «Pero Cristo ha resucitado y ha venido a ser como las primicias de los difuntos» (I Cor XV, 20; cfr. Lc XXIV, 27-44; Io XX, 24-28). Desde entonces los apóstoles se presentarían a sí mismos como «testigos» de Jesucristo resucitado (cfr. Act II, 22; III, 15), lo anunciarían por el mundo entero y resellarían su testimonio con la propia sangre. Los discípulos de Jesucristo reconocieron su divinidad, creyeron en la eficacia redentora de su Muerte y recibieron la plenitud de la Revelación, transmitida por el Maestro y recogida por la Escritura y la Tradición.
Pero Jesucristo no solo fundó una religión —el cristianismo—, sino también una Iglesia. La Iglesia —el nuevo Pueblo de Dios— fue constituida bajo la forma de una comunidad visible de salvación, a la que se incorporan los hombres por el bautismo. La Iglesia está cimentada sobre el apóstol Pedro, a quien Cristo prometió el Primado —«y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt XVI, 18)— y se lo confirmó y confirió después de la Resurrección: «Apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» (cfr. lo XXI, 15-17). La Iglesia de Jesucristo existirá hasta el fin de los tiempos, mientras perdure el mundo y haya hombres sobre la tierra: «Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt XVI, 18). La constitución de la Iglesia se consumó el día de Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia.
II.
LA SINAGOGA Y LA IGLESIA UNIVERSAL
Los cristianos perseguidos por el Sanedrín se desvincularon muy pronto de la Sinagoga. El cristianismo, desde sus orígenes, fue universal, abierto a los gentiles, y estos fueron declarados libres de las prescripciones de la Ley mosaica.
«No es el discípulo más que el Maestro» (Mt X, 24), había advertido Jesús a los suyos, cuando aún permanecía con ellos en la tierra. El Sanedrín declaró a Jesús reo de muerte por proclamar que Él era el Mesías, el Hijo de Dios. La hostilidad de las autoridades de Israel, que habían condenado a Cristo, debía dirigirse luego contra los apóstoles, que anunciaban a Jesucristo Resucitado y continuaban su predicación con milagros obrados ante todo el pueblo. El Sanedrín intentó silenciar a los apóstoles, pero Pedro respondería al sumo sacerdote que «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act V, 29). Los apóstoles fueron azotados, pero ni las amenazas ni la violencia lograron acallarles, y salieron gozosos «por haber sido hallados dignos de sufrir oprobio» por el nombre de Jesús. La muerte del diácono san Esteban, lapidado por los judíos, señaló el principio de una gran persecución contra los discípulos de Jesús. La separación entre cristianismo y judaísmo se hizo cada vez más profunda y patente.
El universalismo cristiano se puso pronto de manifiesto, en contraste con el carácter nacional de la religión judía. A Antioquía de Siria, una de las grandes metrópolis de Oriente, llegaron discípulos de Jesús fugitivos de Jerusalén. Algunos de ellos eran helenistas, con mentalidad más abierta que la de los judíos palestinos, y comenzaron a anunciar el Evangelio a los gentiles. En la cosmopolita Antioquía, el universalismo de la Iglesia se hizo realidad y allí fue, precisamente, donde los seguidores de Cristo comenzaron a llamarse cristianos.
La universalidad de la Redención y de la Iglesia de Jesucristo fue confirmada de modo solemne por una milagrosa acción divina, que tuvo al apóstol Pedro por protagonista y testigo. A Pedro —como una prueba más de su Primado— le fue reservada la suerte de abrir a los gentiles las puertas de la Iglesia. Los signos extraordinarios que acompañaron a la conversión en Cesárea del centurión Cornelio y su familia tuvieron para Pedro valor decisivo. «Ahora reconozco —fueron sus palabras— que no hay para Dios acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia es acepto a Él» (Act X, 34-35). En Jerusalén, la noticia de que Pedro había otorgado el bautismo a gentiles incircuncisos produjo estupor. Fue preciso que el apóstol relatara puntualmente lo ocurrido para que los judeocristianos de la Ciudad Santa mudaran de mente y superasen inveterados prejuicios. Comenzaban a comprender que la Redención de Cristo era universal y que la Iglesia estaba abierta a todos: «Al oír estas cosas callaron y glorificaron a Dios diciendo: luego Dios ha concedido también a los gentiles la penitencia para la vida» (Act XI, 18).
Pero la definitiva victoria del universalismo cristiano necesitaba todavía superar un último obstáculo. La admisión de los gentiles en la Iglesia había sido una novedad difícil de comprender para muchos judeocristianos, aferrados a sus viejas tradiciones. Estos cristianos de origen judío consideraban que los conversos gentiles, para poder ser salvos, necesitaban cuando menos circuncidarse y observar las prescripciones de la Ley de Moisés. Esas pretensiones, que conturbaron vivamente a los cristianos procedentes de la gentilidad, tuvieron sin embargo la virtud de obligar a plantear abiertamente la cuestión de las relaciones entre la Vieja y la Nueva Ley y sentar de modo inequívoco la independencia de la Iglesia con respecto a la Sinagoga.
Para tratar de problemas tan fundamentales se reunió en el año 49 el denominado «concilio» de Jerusalén. En la asamblea, Pablo y Bernabé llevaron la voz de las iglesias de la gentilidad y dieron testimonio de las maravillas que Dios había obrado en ellas. El apóstol Pedro, una vez más, habló con autoridad en defensa de la libertad de los cristianos, en relación con las observancias legales de los judíos. El «concilio», a propuesta de Santiago, obispo de Jerusalén, acordó no imponer cargas superfluas a los conversos gentiles; bastaría que estos se atuvieran a unos sencillos preceptos: guardarse de la fornicación y, por respeto a la Vieja Ley, abstenerse de comer carnes no sangradas o sacrificadas a los ídolos (Act XV, 1-33). De este modo quedó resuelto de modo definitivo el problema de las relaciones entre cristianismo y Ley mosaica. Los judeocristianos siguieron existiendo todavía durante cierto tiempo en Palestina, pero como un fenómeno minoritario y residual, dentro de una Iglesia cristiana, cada vez más extendida por el mundo gentil.
Los grandes propulsores de la expansión del cristianismo fueron los apóstoles, obedientes al mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones. No es fácil —por falta de fuentes históricas— conocer la actividad misional de la mayoría de los apóstoles. Nos consta que el apóstol Pedro, al marchar de Palestina, se estableció en Antioquía, donde existía una importante comunidad cristiana. Es posible que luego residiera algún tiempo en Corinto, pero su destino definitivo sería Roma, capital del Imperio, de cuya Iglesia fue primer obispo. En Roma, Pedro sufrió martirio en la persecución desencadenada por el emperador Nerón (a. 64). El apóstol Juan, tras una larga permanencia en Palestina, se trasladó a Éfeso, donde vivió muchos años más, circunstancia esta por la cual las iglesias de Asia le consideraron como su propio apóstol. Viejas tradiciones hablan de las actividades apostólicas de Santiago el Mayor en España, del apóstol Tomás en la India, del evangelista Marcos en Alejandría, etc.
Las noticias sobre la acción apostólica de san Pablo son sin duda las más abundantes, gracias a las informaciones contenidas en los Hechos de los Apóstoles y en el importante corpus de las Epístolas paulinas. San Pablo fue, por excelencia, el apóstol de las Gentes, y sus viajes misionales llevaron el Evangelio por Asia Menor y Grecia, donde fundó y dirigió numerosas iglesias. Preso en Jerusalén, su largo cautiverio le dio ocasión de dar testimonio de Cristo ante el Sanedrín, los gobernadores romanos y el rey Agripa II. Conducido a Roma, fue puesto en libertad por el tribunal del César y es probable que entonces realizara un viaje misional a España, proyectado desde hacía tiempo. Preso por segunda vez, Pablo sufrió otro juicio, fue condenado y murió mártir en la Urbe imperial.
La obra de los apóstoles no agota con todo el cuadro de la expansión cristiana en el mundo antiguo. Es indudable que las más de las veces serían hombres humildes y desconocidos —funcionarios, comerciantes, soldados, esclavos— los portadores de las primicias del Evangelio. Con algunas salvedades, es lícito afirmar que la penetración cristiana fue durante estos siglos un fenómeno que afectó a las poblaciones urbanas mucho más que a las rurales. Al sonar la hora de la libertad de la Iglesia, en el siglo IV, el cristianismo había arraigado con fuerza en diversas regiones del Oriente próximo, como Siria, Asia Menor y Armenia; y en Occidente, en Roma y su comarca y en el África latina. La presencia del Evangelio fue también considerable en el valle del Nilo y varias regiones de Italia, España y las Galias.
III.
EL IMPERIO PAGANO Y EL CRISTIANISMO
El cristianismo nació y se desarrolló dentro del marco político-cultural del Imperio romano. Durante tres siglos, el Imperio pagano persiguió a los cristianos, porque su religión representaba otro universalismo y prohibía a los fieles rendir culto religioso al soberano.
El nacimiento y primer desarrollo del cristianismo tuvo lugar dentro del marco cultural y político del Imperio romano. Es cierto que durante tres siglos la Roma pagana persiguió a los cristianos; pero sería equivocado pensar que el Imperio constituyó tan solo un factor negativo para la difusión del Evangelio. La unidad del mundo grecolatino conseguida por Roma había creado un amplísimo espacio geográfico, dominado por una misma autoridad suprema, donde reinaba la paz y el orden. La tranquilidad existente hasta bien entrado el siglo III y la facilidad de comunicaciones entre las diversas tierras del Imperio favorecían la circulación de las ideas. Cabe afirmar que las calzadas romanas y las rutas del mar latino fueron cauces para la Buena Nueva evangélica, a todo lo ancho de la cuenca del Mediterráneo.
La afinidad lingüística —sobre la base del griego, primero, y del griego y el latín, después— facilitaba la comunicación y el entendimiento entre los hombres. El clima espiritual, dominado por la crisis del paganismo ancestral y la extensión de un anhelo de genuina religiosidad entre las gentes espiritualmente selectas, predisponía también a dar acogida al Evangelio. Todos estos factores favorecían, sin duda, la extensión del cristianismo.
Pero la adhesión a la fe cristiana implicaba también dificultades que, sin exageración, cabe calificar de formidables. Los cristianos procedentes del judaísmo debían romper con la comunidad de origen, que en adelante les miraría como tránsfugas y traidores. No eran menores los obstáculos que necesitaban superar los conversos venidos de la gentilidad, sobre todo los pertenecientes a las clases sociales elevadas. La fe cristiana les obligaba a apartarse de una serie de prácticas tradicionales de culto a Roma y al emperador, que tenían un sentido religioso-pagano, pero que eran a la vez consideradas como exponente de la inserción del ciudadano en la vida pública y testimonio de fidelidad hacia el Imperio. De ahí la acusación de ateísmo lanzada tantas veces contra los cristianos; de ahí la amenaza de persecución y martirio que se cernió sobre ellos durante siglos y que hacía de la conversión cristiana una decisión arriesgada y valerosa, incluso desde un punto de vista meramente humano.
¿Cuáles fueron las razones que determinaron el gran enfrentamiento entre Imperio pagano y cristianismo? La religión cristiana fomentaba entre las gentes el respeto y la obediencia hacia la legítima autoridad. «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (cfr. Mt XX, 15-21) fue el principio formulado por el propio Cristo. Los apóstoles desarrollaron esta doctrina: «Toda persona esté sujeta a las potestades superiores, porque no hay potestad que no provenga de Dios» (Rom XIII, 1), escribió san Pablo a los fíeles de Roma; «temed a Dios, honrad al rey» (I Pet II, 17), exhortaba san Pedro a los discípulos. El Imperio, por su parte, era religiosamente liberal y toleraba con facilidad nuevos cultos y divinidades extranjeras. El choque y la ruptura llegaron porque Roma pretendió exigir de sus súbditos cristianos algo que ellos no podían dan el homenaje religioso de la adoración, que solo a Dios les era lícito rendir.
Las circunstancias que rodearon a la primera persecución —la neroniana— fueron pródigas en consecuencias, pese a que esa persecución no parece haberse extendido más allá de la Urbe romana. La acusación oficial hecha a los cristianos de ser los autores de un crimen horrendo —el incendio de Roma— contribuyó de modo decisivo a la creación de un estado generalizado de opinión pública profundamente hostil para con ellos. El cristianismo era considerado por el historiador Tácito «superstición detestable»; «nueva y peligrosa», según Suetonio; «perversa y extravagante», para Plinio el Joven. El mismo Tácito calificaba a los cristianos de «enemigos del género humano», y no puede, por tanto, sorprender que el vulgo atribuyese a los discípulos de Cristo los más monstruosos desórdenes: infanticidios, antropofagia y toda suerte de nefandas maldades. «¡Los cristianos a las fieras!» —dirá Tertuliano— se convirtió en el grito obligado en toda suerte de motines y algaradas populares.
El cristianismo, desde el siglo I, fue considerado como «superstición ilícita», y esta calificación hizo que la mera profesión de la fe cristiana —el «nombre cristiano»—constituyera delito. Ello explica que muchas violencias anticristianas del siglo II tuvieran su origen, más que en la iniciativa de los emperadores o magistrados, en agitaciones o denuncias populares. Por esta razón, la persecución en esta época no fue general ni continua y los cristianos gozaron en ocasiones de largos períodos de paz, sin lograr por ello ninguna seguridad jurídica ni quedar a salvo de ulteriores agresiones, que podían surgir en cualquier momento. La ambigua actitud de ciertos emperadores del siglo II está reflejada en la célebre respuesta de Trajano a la consulta elevada por Plinio, gobernador de Bitinia, acerca de la conducta que debía seguir con los cristianos. Trajano declara que las autoridades no habrían de perseguirles por su propia iniciativa, ni hacer caso de denuncias anónimas; pero debían actuar cuando recibiesen denuncias en regla, llegando hasta la condena y muerte de los cristianos que no apostataran y rehusaran sacrificar a los dioses. Tertuliano —apologista cristiano y buen jurista— pondría luego de relieve el absurdo que encerraba la respuesta trajánica: «Si son criminales —dice, refiriéndose a los cristianos—, ¿por qué no les persigues?; y si son inocentes, ¿por qué les castigas?».
En el siglo III, las persecuciones tomaron un nuevo cariz. En los intentos de renovación del Imperio que siguieron a la «anarquía militar» —un período de peligrosa desintegración política—, uno de los capítulos principales fue la restauración del culto a los dioses y al emperador, en cuanto expresión de la fidelidad de los súbditos hacia Roma y su soberano. La Iglesia cristiana, que prohibía a los fieles participar en el culto imperial, apareció entonces como un poder enemigo. Esta fue la razón de una nueva oleada de persecuciones, promovidas ahora por la propia autoridad imperial y que tuvieron un alcance mucho más amplio que las precedentes.
La primera de estas grandes persecuciones siguió a un edicto dado por Decio (a. 250), ordenando a todos los habitantes del Imperio que participaran personalmente en un sacrificio general, en honor de los dioses patrios. El edicto de Decio sorprendió a una masa cristiana, bastante numerosa ya, y cuyo temple se había reblandecido, tras una larga época de paz. El resultado fue que, aun cuando los mártires fueron numerosos, hubo también muchos cristianos claudicantes que sacrificaron públicamente o al menos recibieron el «libelo» de haber sacrificado, y cuya reintegración a la comunión cristiana suscitó luego controversias en el seno de la Iglesia. La experiencia sufrida sirvió en todo caso para templar los espíritus y cuando, pocos años después, el emperador Valeriano (253-260) promovió una nueva persecución, la resistencia cristiana fue mucho más firme: los mártires fueron muchos, y los cristianos infieles —los lapsi—, muy pocos.
La mayor persecución fue sin duda la última, que tuvo lugar a comienzos del siglo IV, dentro del marco de la gran reforma de las estructuras de Roma realizada por el emperador Diocleciano. El nuevo régimen instituido por el fundador del Bajo Imperio fue la «Tetrarquía», es decir, el gobierno por un «colegio imperial» de cuatro miembros, que se distribuían la administración de los inmensos territorios romanos. El régimen tetrárquico atribuía a la religión tradicional un destacado papel en la regeneración del Imperio, pese a lo cual Diocleciano no persiguió a los cristianos durante los primeros dieciocho años de su reinado. Diversos factores —entre ellos sin duda la influencia del césar Galerio— fueron determinantes del comienzo de esta tardía pero durísima persecución. Cuatro edictos contra los cristianos fueron promulgados entre febrero del año 303 y marzo del 304, con el designio de terminar de una vez para siempre con el cristianismo y la Iglesia. La persecución fue muy violenta e hizo muchos mártires en la mayoría de las provincias del Imperio. Tan solo las Galias y Britania —gobernadas por el césar Constancio Cloro, simpatizante con el cristianismo y padre del futuro emperador Constantino— quedaron prácticamente inmunes de los rigores persecutorios. El balance final de esta última y gran persecución constituyó un absoluto fracaso. Diocleciano, tras renunciar al trono imperial, vivió todavía lo suficiente en su Dalmacia natal para presenciar, desde su retiro de Spalato, el epílogo de la era de las persecuciones y los comienzos de una época de libertad para la Iglesia y los cristianos.
IV.
LA VIDA DE LA PRIMITIVA CRISTIANDAD
Los cristianos formaron comunidades locales —iglesias— bajo la autoridad pastoral de un obispo. El obispo de Roma —sucesor del apóstol Pedro— ejercía el Primado sobre todas las iglesias. La Eucaristía era centro de la vida cristiana. El rechazo del Gnosticismo fue la gran victoria doctrinal de la Iglesia primitiva.
La expansión del cristianismo en el mundo antiguo se acomodó a las estructuras y modos de vida propios de la sociedad romana. Examinadas ya la progresiva realización del principio de universalidad cristiana y las relaciones entre la Iglesia y el Imperio pagano, procede ahora exponer los principales aspectos de la vida interna de las cristiandades: su composición social y jerárquica, el gobierno pastoral, la doctrina, la disciplina, el culto litúrgico, etc.
La Roma clásica promovió por doquier, con deliberado propósito, la difusión de la vida urbana: municipios y colonias surgieron en gran número por todas las provincias de un Imperio para el cual urbanización era sinónimo de romanización. El cristianismo nació en este contexto histórico y las ciudades fueron sede de las primeras comunidades, que constituyeron en ellas iglesias locales. Las comunidades cristianas estaban rodeadas de un entorno pagano hostil, que favorecía su cohesión interna y la solidaridad entre sus miembros. Pero esas iglesias no fueron núcleos perdidos y aislados: la comunión y la comunicación entre ellas era real y todas tenían un vivo sentido de hallarse integradas en una misma Iglesia universal, la única Iglesia fundada por Jesucristo.
Muchas iglesias del siglo I fueron fundadas por los apóstoles y, mientras estos vivieron, permanecieron bajo su autoridad superior, dirigidas por un colegio de presbíteros que ordenaba su vida litúrgica y disciplinar. Este régimen puede atestiguarse especialmente en las iglesias paulinas, fundadas por el apóstol de las Gentes. Pero a medida que los apóstoles desaparecieron, se generalizó en todas partes el episcopado local monárquico, que ya se había introducido desde un primer momento en otras iglesias particulares. El obispo era el jefe de la iglesia, pastor de los fieles y, en cuanto sucesor de los apóstoles, poseía la plenitud del sacerdocio y la potestad necesaria para el gobierno de la comunidad.
La clave de la unidad de las iglesias dispersas por el orbe, que las integraba en una sola Iglesia universal, fue la institución del Primado romano. Cristo, Fundador de la Iglesia —tal como se recordó en otro lugar—, escogió al apóstol Pedro como la roca firme sobre la que habría de asentarse la Iglesia. Pero el Primado conferido por Cristo a Pedro no era, de ningún modo, una institución efímera y circunstancial, destinada a extinguirse con la vida del apóstol. Era una institución permanente, prenda de la perennidad de la Iglesia y válida hasta el fin de los tiempos. Pedro fue el primer obispo de Roma, y sus sucesores en la Cátedra romana fueron también sucesores en la prerrogativa del Primado, que confirió a la Iglesia la constitución jerárquica, querida para siempre por Jesucristo. La Iglesia romana fue, por tanto —y para todos los tiempos—, centro de unidad de la Iglesia universal.
El ejercicio del Primado romano ha estado lógicamente condicionado, a lo largo de los siglos, por las circunstancias históricas. En épocas de persecución o de difíciles comunicaciones entre los pueblos, aquel ejercicio fue menos fácil e intenso que en otros momentos más propicios. Pero la historia permite documentar, desde la primera hora, tanto el reconocimiento por las demás iglesias de la preeminencia que correspondía a la Iglesia romana como la conciencia que los obispos de Roma tenían de su Primacía sobre la Iglesia universal.
A principios del siglo II, san Ignacio, obispo de Antioquía, escribía que la Iglesia romana es la Iglesia «puesta a la cabeza de la caridad», atribuyéndole así un derecho de supremacía eclesiástica universal. Para san Ireneo de Lyon, en su tratado Contra las herejías (a. 185), la Iglesia de Roma gozaba de una singular preeminencia y era criterio seguro para el conocimiento de la verdadera doctrina de la fe. De la conciencia que tenían los obispos de Roma de poseer el Primado sobre la Iglesia universal ha quedado un testimonio insigne, que se remonta al siglo I. A raíz de un grave problema interno, surgido en el seno de la comunidad cristiana de Corinto, el papa Clemente I intervino de modo autoritario. La carta escrita por el papa, prescribiendo aquello que procedía hacer y exigiendo obediencia a sus mandatos, constituye una clara prueba de la conciencia que tenía de su potestad primacial; y no es menos significativa la respetuosa y dócil acogida dispensada por la iglesia de Corinto a la intervención pontificia.
«Los cristianos no nacen, se hacen», escribió Tertuliano a finales del siglo II. Estas palabras pudieron significar, entre otras cosas, que, en su tiempo, la gran mayoría de los fieles no eran —como serían a partir del siglo IV— hijos de padres cristianos, sino personas nacidas en la gentilidad, venidas a la Iglesia en virtud de una conversión a la fe de Jesucristo. El bautismo —sacramento de incorporación a la Iglesia— constituía entonces el coronamiento de un dilatado proceso de iniciación cristiana. Este proceso, comenzado por la conversión, proseguía a lo largo del «catecumenado», un tiempo de prueba y de instrucción catequética, instituido de modo regular desde finales del siglo II. La vida litúrgica de los cristianos tenía su centro en el Sacrificio Eucarístico, que se ofrecía por lo menos el día del domingo, bien en una vivienda cristiana —sede de alguna «iglesia doméstica»—, o bien en los lugares destinados al culto, que comenzaron a existir desde el siglo III.
Las antiguas comunidades cristianas estaban constituidas por toda suerte de personas, sin distinción de clase o condición. Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia estuvo abierta a judíos y gentiles, pobres y ricos, libres y esclavos. Es cierto que la mayoría de los cristianos de los primeros siglos fueron gentes de humilde condición, y un intelectual pagano hostil al cristianismo, Celso, se mofaba con desprecio de los tejedores, zapateros, lavanderas y otras gentes sin cultura, propagadores del Evangelio en todos los ambientes. Pero es un hecho indudable que desde el siglo I, personalidades de la aristocracia romana abrazaron el cristianismo. Este hecho, dos siglos más tarde, revestía tal amplitud que uno de los edictos persecutorios del emperador Valeriano estuvo dirigido especialmente contra los senadores, caballeros y funcionarios imperiales que fueran cristianos.
La estructura interna de las comunidades cristianas era jerárquica. El obispo —jefe de la iglesia local— estaba asistido por el clero, cuyos grados superiores —las órdenes de los presbíteros y los diáconos— eran, como el episcopado, de institución divina. Clérigos menores, asignados a determinadas funciones eclesiásticas, aparecieron en el curso de estos siglos. Los fieles que integraban el Pueblo de Dios eran en su inmensa mayoría cristianos corrientes, pero los había también que se distinguían por una u otra razón. En la edad apostólica hubo numerosos carismáticos, cristianos que para servicio de la Iglesia recibieron dones extraordinarios del Espíritu Santo. Los carismáticos cumplieron una importante función en la Iglesia primitiva, pero constituían un fenómeno transitorio que se extinguió prácticamente en el primer siglo de la era cristiana. Mientras duró la época de las persecuciones, gozaron de un especial prestigio los «confesores de la fe», llamados así porque habían «confesado» su fe como los mártires, aunque sobrevivieran a sus prisiones y tormentos. Todavía procede señalar otros fíeles cristianos, cuya vida o ministerios les conferían una particular condición en el seno de las iglesias: las viudas, que desde los tiempos apostólicos formaban un «orden» y atendían a ministerios con mujeres; y los ascetas y las vírgenes, que abrazaban el celibato «por amor del Reino de los Cielos» y constituían —en palabras de san Cipriano— «la porción más gloriosa del rebaño de Cristo».
Los primeros cristianos sufrieron la dura prueba externa de las persecuciones; internamente, la Iglesia hubo de afrontar otra prueba no menos importante: la defensa de la verdad frente a corrientes ideológicas que trataron de desvirtuar los dogmas fundamentales de la fe cristiana. Las antiguas herejías —que así se llamó a esas corrientes de ideas— pueden dividirse en tres distintos grupos. De una parte, existió un judeocristianismo herético, negador de la divinidad de Jesucristo y de la eficacia redentora de su Muerte, para el cual la misión mesiánica de Jesús habría sido la de llevar el judaísmo a su perfección, por la plena observancia de la Ley. Un segundo grupo de herejías —de más tardía aparición— se caracterizó por su fanático rigorismo moral, estimulado por la creencia en un inminente fin de los tiempos. En el siglo II, la más conocida de estas herejías fue el Montañismo, aunque en el África latina, de principios del siglo IV, el extremismo rigorista sería todavía uno de los componentes del Donatismo.
Pero la mayor amenaza interna que hubo de afrontar la Iglesia cristiana durante la edad de los mártires fue, sin duda, la herejía gnóstica. El Gnosticismo era una gran corriente ideológica tendente al sincretismo religioso, muy de moda en los siglos finales de la Antigüedad. El Gnosticismo —que constituía una verdadera escuela intelectual— se presentaba como una sabiduría superior, al alcance tan solo de unas élites minoritarias de «iniciados». Ante el cristianismo, su propósito fue desvirtuar las verdades de la fe, presentando las doctrinas gnósticas como la genuina expresión de la tradición cristiana más sublime, aquella que Cristo habría anunciado tan solo a sus discípulos más íntimos, «capaces de comprender» lo que permanecía oculto para el común de los fíeles. El representante más notable del Gnosticismo cristiano fue Marción, que fundó una pseudoiglesia que trataba de imitar en su organización y liturgia a la Iglesia cristiana. La Iglesia reaccionó con entereza frente a las infiltraciones gnósticas en las comunidades cristianas, mientras los teólogos demostraron la incompatibilidad doctrinal existente entre cristianismo y gnosticismo. Antes de finalizar el siglo II, los cristianos habían superado definitivamente la gran tentación de disolver la fe en el magma de las fantasías sincretistas de la Gnosis. La fe cristiana había salido victoriosa en su lucha con la sabiduría helenística.
V.
LA PRIMERA LITERATURA CRISTIANA
Las letras cristianas tuvieron su origen en los Padres Apostólicos, cuyos escritos reflejan la vida de la cristiandad más antigua. La Apologética fue una literatura de defensa de la fe, mientras que el siglo III presenció ya el nacimiento de una ciencia teológica.
El Nuevo Testamento está compuesto de veintisiete libros, todos ellos escritos en la segunda mitad del siglo I. Cuatro Evangelios contienen la historia y las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo; los Hechos de los Apóstoles —obra de san Lucas— son también un libro histórico que da a conocer la vida de la primitiva Iglesia de Jerusalén y sigue luego los avatares del apóstol san Pablo, hasta su llegada a Roma para comparecer ante el tribunal del César. Un segundo grupo de libros —los didácticos— está formado por las catorce cartas de san Pablo y las siete epístolas «católicas» —dos de san Pedro, tres de san Juan, una de Santiago y otra de san Judas—. Un libro profético —el Apocalipsis de san Juan— viene a cerrar la serie de los libros inspirados que contienen la Revelación divina neotestamentaria. A la Escritura revelada le sigue la primitiva literatura cristiana.
La literatura de la Antigüedad cristiana surgió al hilo de la vida y refleja la existencia de la primera Iglesia. Esta, con el paso del tiempo, creció internamente, hubo de afrontar peligros de dentro y persecuciones de fuera; y, llegada a un determinado grado de madurez, sintió la necesidad de proceder a una elaboración sistemática de la doctrina de la fe. Todo este desarrollo tuvo cabida dentro de los tres primeros siglos de nuestra era, anteriores a la concesión de la libertad religiosa por el emperador Constantino. Los textos literarios que se conservan permiten conocer puntualmente este itinerario histórico.
La más venerable literatura cristiana está integrada por un grupo de escritores en lengua griega, de los siglos I y II, a los que se conoce con el nombre de Padres Apostólicos. Este título expresa sus características peculiares: la antigüedad —algunas obras son, probablemente, anteriores al Evangelio de san Juan— y la estrecha vinculación de estos escritores a los apóstoles, de los cuales pueden considerarse discípulos. Los escritos de los Padres Apostólicos son de índole pastoral y están dirigidos a un público cristiano. Los textos más notables de este primer núcleo de la literatura cristiana fueron la Didaché —el más viejo tratado de disciplina eclesiástica—, la carta ya mencionada de san Clemente a los Corintios, las siete escritas por san Ignacio de Antioquía a otras tantas iglesias, durante su viaje hacia Roma, donde había de sufrir martirio, y otra epístola, todavía, de san Policarpo de Esmirna. El «Pastor» de Hermas, importante para la historia de la penitencia, pertenece también a este grupo de obras.
La Iglesia primitiva fue la Iglesia de los mártires. Los fíeles deseaban conocer con detalle la gesta heroica de los cristianos que daban su vida por la fe de Jesucristo. Es cierto que esta curiosidad dio lugar a la aparición de relatos legendarios, de escaso valor histórico. Pero la literatura martirial cuenta con no pocos documentos con todas las garantías de la más estricta veracidad. Muchos martirios fueron precedidos por un proceso judicial, en el cual los notarios levantaban acta de los interrogatorios de los magistrados, las respuestas de los mártires y la sentencia que les condenaba a morir. Los cristianos conseguían a veces copias literales de estas actas, como ocurrió con el proceso de san Justino, celebrado en Roma (c. a. 165), o el de san Cipriano en Cartago (a. 258). Un valor documental semejante a las «actas» tienen las «pasiones», relatos escritos por cristianos contemporáneos testigos de los hechos: unas páginas conmovedoras, que acostumbraban leerse en las iglesias en el día aniversario del martirio.
En el siglo II apareció un nuevo género literario, exponente de las luchas que hubieron de sostener los cristianos con enemigos de dentro y de fuera. La defensa de la fe contra la herejía dio lugar a la composición de buen número de escritos antiheréticos, entre los cuales destaca el tratado Contra las herejías, de san Ireneo de Lyon, al que ya se hizo referencia, y que es una refutación de las doctrinas gnósticas. Ireneo atribuye decisiva importancia a la tradición conservada por los obispos, sucesores de los apóstoles, y en especial por la Iglesia romana, maestra de la fe, adornada por una nota de singular primacía sobre todas las demás iglesias.
La literatura apologética tenía como objetivo primordial la vindicación de la verdad cristiana y estaba dirigida a lectores ajenos a la Iglesia. Hubo obras de apologética antijudía, y en ellas la argumentación se fundaba sobre todo en el Antiguo Testamento, para demostrar, partiendo de él, que Jesús era el Mesías anunciado por los Profetas, que la Iglesia es el nuevo Israel y que el cristianismo realiza la plenitud de la Ley. Un ejemplo notable de la apologética antijudía es el Diálogo con Trifón, escrito por el mártir san Justino hacia el año 150. Pero los destinatarios de la literatura apologética fueron sobre todo los paganos, que constituían el entorno social hostil al cristianismo.
La Apologética cristiana fue obra de los «Apologistas», grupo de escritores que asumieron la defensa del cristianismo frente al mundo gentil. De acuerdo con este propósito, sus escritos se dirigían a los representantes de la autoridad pública —emperadores, magistrados— o al pueblo romano en general. El contenido de esos escritos venía determinado por la naturaleza misma de las acusaciones contra los cristianos que estaban más en boga entre sus contemporáneos. Frente a las calumniosas especies que circulaban entre el vulgo atribuyéndoles toda suerte de crímenes, los apologistas respondieron con el testimonio de la existencia real de los discípulos de Cristo. La Epístola a Diogneto —que quizá sea la apología presentada por Cuadrato al emperador Adriano— aduce aquel testimonio como la prueba más patente de la falsedad de tales calumnias. Más aún —agrega el autor—, la conducta de los cristianos era tan admirable, que solo podía explicarse por la grandeza de sus ideales: «Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes; aman a todos, y por todos son perseguidos; se les desconoce y se les condena; se les mata, y con ello se les da vida; son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo; son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados».
Se acusaba a los cristianos de enemigos de la humanidad y malos ciudadanos del Imperio. Los apologistas reaccionaron también vivamente frente a estas insidias: los cristianos —escribían— ejercen un influjo benéfico en la sociedad: «Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo», decía todavía la carta a Diogneto; y Orígenes, en respuesta a Celso, reafirmaba que «los hombres de Dios —los cristianos— son la sal que mantiene unidas las sociedades de la tierra». Por lo que hacía al Imperio, los apologistas del siglo II afirmaban la plena lealtad de los cristianos, que cumplían puntualmente sus deberes ciudadanos y ofrecían por los emperadores el mejor de sus bienes, la oración: «Oramos en todo momento por los emperadores —escribía Tertuliano en su Apologeticum— para que vivan largos años, y pedimos un gobierno pacífico, la seguridad de su casa, un ejército valeroso, un Senado fiel, un pueblo honrado, la paz del mundo y cuanto emperadores y súbditos puedan desear».
Los cristianos hubieron de afrontar todavía la oposición de los círculos ilustrados, que menospreciaban el valor intelectual del cristianismo. La réplica de los apologistas fue que la doctrina cristiana constituía una sabiduría infinitamente superior a la filosofía griega, porque encerraba la plenitud de la verdad. En torno al año 200, algunos escritores que habían defendido el cristianismo en el terreno intelectual comenzaron a producir una literatura no polémica, de un nuevo género demandado ya por el grado de madurez alcanzado por la Iglesia: exposiciones de conjunto de la doctrina de la fe, que sirvieran para la formación de los numerosos conversos que llegaban ahora procedentes de las clases más cultas de la sociedad. Tal fue el comienzo de la ciencia teológica.
Si hubiera que asignar una patria de origen a esa ciencia, habría que decidirse sin vacilar por Alejandría. En esta ciudad cosmopolita, foco de la cultura helenística, surgió la célebre escuela teológica que, a principios del siglo III, consiguió un extraordinario auge bajo la dirección de Clemente, un converso cuya amplísima cultura le permitió dar una sólida contextura científica a la exposición de la doctrina de la fe. El ambiente intelectual de la metrópoli egipcia imprimió sus rasgos a esta escuela cristiana: preferencia por la filosofía platónica y empleo del método alegórico en la exégesis bíblica, en busca del sentido espiritual más profundo de la Sagrada Escritura. Estas notas distinguieron en todo momento a los teólogos alejandrinos.
Orígenes, sucesor de Clemente de Alejandría en la dirección de la escuela, la elevó a un altísimo grado de esplendor. Orígenes fue una personalidad extraordinaria: confesor de la fe, escritor fecundísimo, la fama de su sabiduría se extendió por todo el Imperio y la propia madre del emperador Alejandro Severo quiso escuchar sus enseñanzas. En Alejandría primero, y en Cesárea de Palestina después, desarrolló una actividad asombrosa. Por san Jerónimo conocemos los títulos de ochocientas de las dos mil obras que compuso. Su empresa más ambiciosa, realizada a lo largo de toda la vida, fueron las Hexaplas, versión séxtuple de la Sagrada Escritura dirigida a establecer un texto crítico del Antiguo Testamento.
Frente a la escuela alejandrina, Luciano de Samosata fundó, a principios del siglo IV, la escuela de Antioquía, que tuvo su sede en esta otra gran urbe del Oriente. Los teólogos antioquenos rechazaban, sobre todo, el método alegórico, propio de los alejandrinos, que a su juicio desvirtuaba el recto sentido de los textos bíblicos, con riesgo de convertirlos en pura mitología. La escuela de Antioquía cultivaba la interpretación literal de la Escritura y se inspiraba en el realismo de la Filosofía aristotélica. Las dos escuelas —alejandrina y antioquena— estaban destinadas a imprimir su huella característica en las grandes cuestiones teológicas que iban a plantearse a partir del momento en que lograron vivir en libertad el cristianismo y la Iglesia.
VI.
LA IGLESIA EN EL IMPERIO ROMANO-CRISTIANO
En el transcurso del siglo IV, el cristianismo comenzó a ser tolerado por el Imperio, para alcanzar luego un estatuto de libertad y convertirse finalmente —en tiempo de Teodosio— en religión oficial. El emperador romano-cristiano convocó las grandes asambleas de obispos —los concilios— y la Iglesia pudo organizar sus estructuras territoriales de gobierno pastoral.
La libertad le llegó al cristianismo y a la Iglesia cuando apenas se habían extinguido los ecos de la última gran persecución. Fue justamente Galerio, principal instigador de aquella postrer embestida persecutoria, el primero en sacar consecuencias prácticas de su rotundo fracaso. Llegado como sucesor de Diocleciano a la suprema dignidad imperial, el augusto Galerio, próximo a la muerte, promulgó en Sárdica un edicto que marcaba nuevas pautas a la política romana frente al cristianismo. El edicto otorgaba a los cristianos un estatuto de tolerancia: «Existan de nuevo los cristianos —decía— y celebren sus asambleas y cultos, con tal de que no hagan nada contra el orden público».
El edicto de Galerio, dado en el año 311, no concedía a los cristianos plena libertad religiosa, sino tan solo una cautelosa tolerancia. Mas, a pesar de ello, su importancia era grande. Por vez primera, el cristianismo dejaba de ser una «superstición ilícita» y adquiría carta de ciudadanía. Esto representaba una conquista trascendental, no conseguida hasta entonces. La Iglesia había conocido durante el siglo III épocas de tranquilidad, y hubo incluso emperadores romanos, como Filipo el Árabe (244-249), de evidentes simpatías filocristianas. Mas estos intervalos de bonanza no aportaban seguridad jurídica a la Iglesia, siempre expuesta a nuevas oleadas persecutorias. El estatuto de tolerancia de Galerio encerraba por tanto singular valor.
El tránsito de la tolerancia a la libertad religiosa se produjo con suma rapidez y su autor principal fue el emperador Constantino. A principios del año 313, los emperadores Constantino y Licinio otorgaron el llamado Edicto de Milán, que, más que una norma legal concreta, parece haber sido una nueva directriz política fundada en el pleno respeto a las opciones religiosas de todos los súbditos del Imperio, incluidos los cristianos. La legislación discriminatoria en contra de estos quedaba abolida, y la Iglesia, reconocida por el poder civil, recuperaba los lugares de culto y propiedades de que hubiera sido despojada. El emperador Constantino se convertía así en el instaurador de la libertad religiosa en el mundo antiguo.
Dentro de ese estatuto legal de libertad religiosa, la actitud de Constantino fue decantándose gradualmente en favor del cristianismo. Resulta significativo que, antes incluso del llamado Edicto de Milán, cuando la suerte de la Urbe romana y del Imperio se dilucidaban por las armas entre aquel príncipe y su rival Majencio, el ejército constantiniano llevara en la batalla del Puente Milvio, como emblema propio, el lábaro con el monograma de Cristo. Constantino consideró siempre su victoria como una señal celestial, aunque su «conversión» definitiva —es decir, la recepción del bautismo— la demorase muchos años, hasta vísperas de su muerte (337). A lo largo de ese tiempo, la orientación procristiana de Constantino se hizo cada vez más patente. Fueron desautorizadas las prácticas paganas cruentas o inmorales y se prohibió a los magistrados participar en los tradicionales sacrificios de culto. El emperador, por otra parte, favorecía a la Iglesia de muy diversos modos: construcción de templos, concesión de privilegios al clero, ayuda para el restablecimiento de la unidad de la fe, perturbada en África por el cisma donatista y en Oriente por las doctrinas de Arrio. Los principios morales del Evangelio inspiraron de modo progresivo la legislación civil, dando así origen al llamado Derecho romano-cristiano.
El avance del cristianismo no se interrumpió tras la muerte de Constantino, si se exceptúa el frustrado intento de restauración pagana por Juliano el Apóstata. Los demás emperadores —incluso aquellos que simpatizaron con la herejía arriana— fueron resueltamente contrarios al paganismo. Graciano, al asumir en 375 el poder imperial, rechazó el tradicional título de Pontífice Máximo, que sus predecesores cristianos habían consentido conservar. Un enfrentamiento particularmente significativo entre cristianismo ascendente y paganismo en decadencia se produjo en el escenario más venerable de la Roma antigua: el Senado. El altar de la Victoria que presidía el aula, como símbolo de la tradición gentil, fue removido por voluntad de los senadores cristianos, que eran ya mayoría, frente al grupo de los viejos romanos, encabezados por el senador Símaco. La evolución religiosa se cerró antes de que terminara el siglo IV, por obra del emperador Teodosio. La constitución Cunctos Populos, promulgada en Tesalónica el 28 de febrero de 380, ordenó a todos los pueblos la adhesión al cristianismo católico, a partir de ahora única religión del Imperio.
Obtenida la libertad, la Iglesia tuvo necesidad de organizar sus estructuras territoriales, con vista a la acción pastoral en un mundo que se cristianizaba con rapidez. En virtud de lo que se ha llamado «principio de acomodación», la Iglesia tomó las estructuras administrativas del Imperio como norma de su propia organización. La circunscripción civil más clásica —la provincia— sirvió de modelo a la provincia eclesiástica. El Imperio llegó a contar en el siglo V con más de 120 provincias. Sobre este cuadro territorial fue implantándose gradualmente la división provincial de la Iglesia. El obispo de la capital de la provincia civil fue adquiriendo cierta preponderancia sobre sus colegas comprovinciales: fue el «metropolitano», obispo de la metrópoli, y los demás, sus sufragáneos. En el orden judicial, el metropolitano era la instancia superior de los demás tribunales diocesanos y le correspondía la consagración de los nuevos obispos de su provincia. Él debía, además, presidir el concilio provincial —asamblea de los obispos de esa demarcación— que, según la disciplina nunca bien observada del Concilio I de Nicea, debía reunirse dos veces al año.
La división del Imperio en dos «partes» —Oriente y Occidente—, consumada a finales del siglo IV y que terminaría por provocar la cristalización de dos Imperios, tuvo honda repercusión en la vida de la Iglesia. La «parte» occidental —que coincidía aproximadamente con las regiones de lengua y cultura latinas— tenía como única sede apostólica la de Roma, y por ello el Pontífice romano fue también Patriarca de Occidente. En la «parte» oriental, de cultura griega, siria y copta, sobresalieron varias grandes sedes de fundación apostólica —Alejandría, Antioquía y Jerusalén—, que fueron cabezas de los Patriarcados, amplísimas circunscripciones eclesiásticas. El Concilio I de Constantinopla elevó la sede de esta ciudad al rango patriarcal y atribuyó a sus obispos la primacía de honor dentro de la Iglesia después del obispo de Roma, «en razón —dijo— de que la ciudad es la nueva Roma». Sobre este fundamento de índole no eclesiástica, sino política —la capitalidad imperial—, se instituyó un nuevo Patriarcado —el de Constantinopla—, destinado a alcanzar una indiscutible preeminencia entre todos los Patriarcados orientales, a partir, sobre todo, del Concilio de Calcedonia.
La libertad de la Iglesia permitió una más clara estructuración y un ejercicio más efectivo del Primado de los papas sobre la Iglesia universal. Los grandes pontífices de los siglos IV y V —Dámaso, León Magno, Gelasio— se esforzaron por definir con precisión el fundamento dogmático del Primado romano: la primacía concedida por Cristo a Pedro, de quien los papas eran los legítimos y exclusivos sucesores. A partir del siglo IV, el ejercicio del Primado romano sobre las iglesias de Occidente fue muy intenso: los papas intervinieron en multitud de ocasiones mediante epístolas decretales o por intermedio de legados y vicarios. En Oriente, un gran concilio —el de Sárdica (343-344)— sancionó el derecho de cualquier obispo del orbe a recurrir, como instancia suprema, al Pontífice romano. Pero prevaleció, en definitiva, una tendencia favorable a la autonomía jurisdiccional, favorecida por el desarrollo de los Patriarcados, especialmente el de Constantinopla. La postura del Oriente cristiano ante Roma, después del Concilio de Calcedonia, puede resumirse así: atribución al obispo de Roma de la primacía de honor en toda la Iglesia; reconocimiento de su autoridad en el terreno doctrinal; pero desconocimiento de cualquier potestad disciplinar y jurisdiccional de los papas sobre las iglesias orientales.
Bajo el Imperio romano-cristiano pudieron reunirse grandes asambleas eclesiásticas, manifestación genuina de la catolicidad de la Iglesia, que reciben el nombre de concilios «ecuménicos» o universales. Ocho sínodos ecuménicos tuvieron lugar entre los siglos IV y IX. Particular importancia se reconoció siempre a los cuatro primeros: los de Nicea I (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451). Todos estos concilios se celebraron en el Oriente cristiano, y orientales fueron en su gran mayoría los obispos asistentes. Su convocatoria procedió de ordinario del emperador, única autoridad capaz de arbitrar los medios indispensables para la celebración de tan grandes asambleas; en varios de ellos, la convocatoria imperial fue promovida por una iniciativa pontificia y los legados papales ocupaban un lugar de honor en el aula conciliar. El reconocimiento del carácter ecuménico de un gran concilio se fundó en su recepción por la Iglesia universal, expresada sobre todo a través de la confirmación papal de sus cánones y decretos.
La libertad de la Iglesia y la conversión del mundo antiguo trajo consigo, finalmente, la entrada en escena de un nuevo factor de notable importancia para los tiempos futuros: el emperador cristiano. Este personaje —un simple laico en el orden de la jerarquía— tenía conciencia, sin embargo, de que le correspondía una misión de defensor de la Iglesia y promotor del orden cristiano en la sociedad: era la función que se atribuía ya Constantino cuando tomaba para sí el significativo título de obispo del exterior. Los emperadores cristianos prestaron indudables servicios a la Iglesia, pero sus injerencias en la vida eclesiástica produjeron también numerosos abusos, cuya máxima expresión fue el llamado cesaropapismo. Estos abusos fueron particularmente graves en las iglesias de Oriente. En Occidente, la autoridad del Papado, la debilidad de los emperadores occidentales o la lejanía geográfica de los orientales contribuyeron a la salvaguardia de la independencia eclesiástica. Las relaciones entre poder espiritual y temporal, su armónica conjunción y la misión del emperador cristiano fueron tratados por diversos Padres de la Iglesia y en especial por el papa Gelasio, en una carta al emperador Anastasio. Pero el papel del emperador cristiano como protector de la Iglesia se juzgaba tan indispensable en los siglos de tránsito de la Antigüedad al Medievo que, cuando los emperadores bizantinos dejaron de cumplir esa misión cerca del Pontificado romano, los papas buscaron en el rey de los francos el auxilio del poder secular que ya no podían esperar del emperador oriental.
VII.
LA CRISTIANIZACIÓN DE LA SOCIEDAD
Desde el punto de vista social, el siglo IV presenció también una profunda transformación religiosa: la sociedad cristiana sucedió a las comunidades cristianas del periodo anterior. El cristianismo dejó de ser, en el mundo mediterráneo, una religión de minorías para convertirse en religión de muchedumbres. La evangelización desbordó su anterior marco urbano y llegó a la mayoritaria población campesina. Las iglesias rurales proliferaron y surgió una geografía eclesiástica.
La libertad religiosa y tras ella la conversión cristiana del Imperio romano tuvieron hondas repercusiones, desde el punto de vista histórico-social: las puertas de la Iglesia se abrieron a las muchedumbres. A principios del siglo IV, los cristianos constituían todavía una reducida minoría dentro del Orbe romano, que, aun cuando hubiera ciertas regiones más densamente cristianizadas, en conjunto no alcanzaría, seguramente, el diez por ciento de la población. Bajo el Imperio pagano perseguidor, tan solo hombres de gran temple espiritual tenían la altura moral necesaria para arrostrar los riesgos y desventajas humanas que llevaba consigo la conversión cristiana. Fue solamente a partir de Constantino cuando las multitudes de personas vulgares, que son siempre mayoría en las sociedades terrenas, encontraron expedito el acceso a la Iglesia.
El tránsito de un régimen de comunidades cristianas a la sociedad cristiana constituye otro de los aspectos de la gran transformación religiosa experimentada a lo largo del siglo IV. Antes, los discípulos de Cristo formaban pequeñas comunidades, en medio de una sociedad pagana. Ahora, en el transcurso de un par de generaciones, en el mundo mediterráneo, solar principal del Imperio romano, se operó la cristianización de la sociedad. Usando el símil de las parábolas evangélicas del grano de mostaza o la levadura y la masa, el paso de una Iglesia de comunidades cristianas a la sociedad cristianizada podría entenderse como el resultado de la silenciosa y eficaz acción de lo que fue en sus comienzos el fermento o la más pequeña de las simientes. El fenómeno de la cristianización de la sociedad fue pródigo en consecuencias.
Primer resultado de la nueva realidad cristiana fue un distinto planteamiento de la forma de incorporación a la Iglesia. Durante los siglos precedentes, la conversión en edad de discernimiento fue el cauce ordinario de acceso a las comunidades cristianas. Fiunt, non nascuntur christiani —los cristianos no nacen, se hacen— es una sentencia de Tertuliano, cuyo sentido más obvio parece ser que, en su tiempo —a caballo entre los siglos II y III—, la gran mayoría de los fieles nacían paganos y «se hacían cristianos» después. La Iglesia, con la mira puesta en la admisión de personas adultas, instituyó el catecumenado, largo período de preparación ascética y doctrinal, que disponía al neófito para la recepción del bautismo, conferido de ordinario en las grandes solemnidades litúrgicas de Pascua y Pentecostés. El catecumenado tuvo su momento álgido en el siglo IV, cuando, desde el reinado de Constantino, las muchedumbres paganas llamaban en masa a las puertas de la Iglesia y pedían ser bautizadas.
Nacer cristianos —de padres bautizados— se hizo en cambio frecuente durante el siglo IV, y en el siglo V llegó a ser habitual a todo lo ancho de la cuenca del Mediterráneo. La incorporación a la Iglesia desde la primera infancia fue desde ahora lo normal, con la consecuencia de que la disciplina bautismal se alterara sensiblemente. Se generalizó el bautismo de infantes, administrado a hijos de padres cristianos inmediatamente después del nacimiento, a lo largo, por tanto, de todo el año, sin esperar a las grandes solemnidades litúrgicas. El catecumenado entró en rápida decadencia al faltar, cada vez más, los conversos adultos y terminó por desaparecer.
La difusión del cristianismo había comenzado por las ciudades, verdaderos puntales de la vida romana en su época clásica. De ahí el carácter urbano que tuvieron de ordinario en sus orígenes las comunidades cristianas. Cuando llegó la libertad de la Iglesia, las ciudades se cristianizaron con rapidez y hubo un tiempo en que existía un contraste entre la población de la ciudad —cristiana— y la de los campos, todavía gentil. En este período fue cuando el término paganus —aldeano del pagus— adquirió un sentido religioso y designó —en oposición a cristiano— a los rústicos que permanecían aún fuera de la Iglesia, aferrados a sus ancestrales tradiciones idolátricas.
La libertad de la Iglesia hizo más fácil la propagación del cristianismo por campos y aldeas. Una intensa acción pastoral se desarrolló en los medios rurales, de la que fueron protagonistas grandes obispos misioneros, como san Martín de Tours (371-397). En la catequesis destinada a estas poblaciones de pobre nivel cultural se siguieron unas directrices que, en siglos posteriores, fueron también válidas para la conversión de las naciones bárbaras. La Iglesia tuvo buen cuidado en no limitarse a destruir los ídolos y procuró que no se crearan vacíos religiosos en aquellas gentes de ruda mentalidad. Por ello se esforzó en cristianizar sus hábitos sociales más arraigados y sus tradicionales fiestas religiosas, integrando a unos y otras en la disciplina sacramental o en el ciclo litúrgico anual del Misterio de Cristo y las solemnidades en honor de la Virgen y de los santos. Muchos templos cristianos se erigieron también sobre el solar de antiguos santuarios paganos, es decir, en el lugar donde las poblaciones de la comarca tenían, desde tiempo inmemorial, la costumbre de venir a adorar. El culto de los mártires, de los santos y de las reliquias —prueba tangible de su humanidad—, que impresionaba vivamente a los «rústicos» de los campos, constituyó un gran instrumento de catequesis. Pese a todo, la obra evangelizadora de los campesinos, subsiguiente a su bautismo, fue larga; hizo falta mucho tiempo y un esfuerzo perseverante para ir desarraigando las supersticiones y residuos idolátricos que, entremezclados con auténtica religiosidad, proliferaron entre las masas rurales.
Durante los primeros siglos de nuestra era, el obispo había sido el jefe de la iglesia local, pastor de la comunidad cristiana radicada en una determinada urbe. A partir del siglo IV, el quehacer del obispo se extendió a los espacios rurales y sus poblaciones campesinas. Entonces se abrió camino la noción de diócesis —distrito territorial sobre el que se extendía la autoridad de un determinado obispo— y nació una geografía eclesiástica. La división diocesana cubrió toda la superficie de los territorios cristianizados y se hizo preciso establecer con exactitud el perímetro de cada diócesis y fijar sus respectivos límites. La idea de competencia territorial fue abriéndose camino y la disciplina eclesiástica urgió a los obispos a que ejercieran sus poderes jurisdiccionales dentro de los confines diocesanos y tan solo sobre las personas que residían en ellos, sin invadir esferas propias de otros obispos. La cristianización de los campos exigió la construcción de numerosas iglesias y oratorios para la atención espiritual de los campesinos: tal fue el punto de partida de la organización parroquial y el origen de un clero destinado a la cura pastoral de las poblaciones rurales.
Un último rasgo que hace falta destacar es el extraordinario realce que alcanzó la figura del obispo con la eclosión de la sociedad cristiana. Los pueblos veían en el obispo a su pastor religioso, pero también, cada vez más, a su jefe natural y protector en todos los órdenes de la vida. En el siglo V, la crisis del Imperio provocó un gran vacío de autoridad. En los dramáticos tiempos finales de la Antigüedad, a medida que la administración civil se desintegraba, los obispos, asumiendo una forzosa función de suplencia, se vieron obligados a intervenir cada vez más en la vida de los pueblos. De modo particular correspondió a los obispos la protección de las personas socialmente débiles, incapaces de defenderse por sí mismas. En lo que se refiere al acceso al episcopado, el nuevo estado de cosas hizo cada vez más difícil la elección del obispo «por el clero y el pueblo», como había sido habitual mientras fuera el pastor de una pequeña comunidad urbana. Ahora, aunque las viejas fórmulas seguían repitiéndose en los textos canónicos, los nombramientos episcopales fueron incumbencia, en la práctica, del clero diocesano y los obispos comprovinciales, con frecuentes intromisiones de emperadores y príncipes. Personajes ilustres por sus cargos civiles o su origen familiar ocuparon a menudo las sedes episcopales en el período romano-cristiano y contribuyeron a realzar el prestigio social del obispo. Baste citar a título de ejemplo a san Ambrosio, que pasó de gobernador de la Alta Italia a obispo de Milán; a san Paulino de Nola, cónsul en su juventud; o a Sidonio Apolinar, gran señor del sur de las Galias y yerno del emperador Avito, que fue obispo de Clermont-Ferrand.
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