Kitabı oku: «Isis modernista»


A través de nuestras publicaciones se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual se completa cuando se comparten sus resultados con la colectividad, al contribuir a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad madura, mediante una discusión informada.
Con la colección Pública ensayo presentamos una serie de estudios y reflexiones de investigadores y académicos en torno a escritores fundamentales para la cultura hispanoamericana, con los cuales se actualizan las obras de dichos autores y se ofrecen ideas inteligentes y novedosas para su interpretación y lectura.
Títulos de Pùblica ensayo
Los hijos de los dioses. El Grupo filosófico Hiperión y la filosofía de lo mexicano
Ana Santos
Los dioses llegaron tarde a Filadelfia. Una dimensión mitohistórica de la soberanía
Ignacio Díaz de la Serna
Nada mexicano me es ajeno. Papeles sobre Carlos Monsiváis
Adolfo Castañón
La memoria olvidada. Estudios de poesía popular infantil
Pedro C. Cerrillo
Edenes subvertidos. La obra en prosa de Homero Aridjis
Laurence Pagacz
Edgar Allan Poe y la literatura fantástica mexicana (1859-1922)
Sergio Armando Hernández Roura
Praxis de la poesía
Jean-Clarence Lambert / Prólogo, traducción y notas de Adolfo Castañón
Augusto Monterroso, en busca del dinosaurio
Alejandro Lámbarry
Sombras en el campus [Notas sobre literatura, crítica y academia]
Malva Flores
Enfoques sobre literatura infantil y juvenil
Irene Fegnolio Limón, Lucille Herrasti y Cordero, Zazilha Cruz García (coords.)


Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.
Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.
Primera edición impresa, diciembre de 2020
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Edición digital, marzo 2021
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ISBN digital: 978-607-30-4029-7 (UNAM)
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Isis levanta un extremo de su velo tenue; el investigador pretende descorrerlo todo y el velo se torna pesado como el plomo; es inútil el esfuerzo; contentaos con un poco de la carne radiosa que habéis visto, y esperad. […] Isis descorrerá otra fracción del velo… Isis no se precipita porque es eterna.
Amado Nervo, Obras completas I, 910.
Los filósofos contemporáneos alzan el velo de Isis porque Isis es el símbolo de la naturaleza, pero solo ven formas físicas y el alma interna escapa a su penetración. La Divina Madre no les responde. […] Para descubrir la gloriosa verdad, cifrada en las escrituras hieráticas de los papiros antiguos, es preciso poseer la facultad de la intuición, la vista del alma.
H. P. Blavatsky, Isis sin velo I, 78.
No es posible determinar al cabo de cuánto tiempo revela la Naturaleza sus secretos. Ciertos elegidos los obtienen y conocen cuando son aún jóvenes; otros, solo a una edad avanzada. El investigador verdadero jamás envejece; toda pasión eterna se halla fuera de los límites de la vida y, cuanto más se aja y se seca la envoltura externa, tanto más claro, resplandeciente y poderoso se torna el núcleo.
Novalis, Los discípulos en Sais, 66.
Dedico este trabajo de memoria cultural a los traductores teósofos españoles de las primeras generaciones, de antes de la Guerra Civil, cuya temprana y significativa labor modificó en parte el ambiente intelectual panhispánico, en especial a José Xifré Hamel y a Francisco Montoliú y Togores, seguidos en su labor por José Roviralta Borrell, Federico Climent Terrer, el egiptólogo Manuel Treviño (fusilado en 1939 por las huestes franquistas), Rafael Urbano, traductor pionero de Buda y Nietzsche al español y quien puso de nuevo a circular la Guía espiritual de Miguel de Molinos, publicada primero en la revista teosófica Sophia y luego como libro, tras siglos de silencio en España; a Ramón Maynadé por su “Biblioteca Orientalista” y a Mario Roso de Luna, por su “Biblioteca Teosófica de las Maravillas”. De México, este trabajo se dedica al inmigrante español José Antonio Garro (padre de la notable escritora Elena Garro), quien cargó el féretro de su amigo y colega de ideas Francisco I. Madero tras su asesinato, así como a sus cofrades teósofos José Romano Muñoz, Agustín Garza Galindo, a los traductores Consuelo Aldag, Adolfo de la Peña Gil y José Ramón Sordo; al solitario traductor del alemán y del inglés en San Luis Potosí, A.F. Gerling, y al pintor Daniel del Valle, todos ellos unidos en su ideal teosófico. De Costa Rica se dedica a los inmigrantes españoles Tomás Povedano de Arcos y José Monturiol, organizadores de la primera logia teosófica en ese país, así como a María Fernández de Tinoco, Roberto Brenes Mesén, José Basileo Acuña, Esther de Mezerville, Pilar Madrigal Nieto, Jorge Fonseca Tortós y Felicia Corrales Montero. Lastly, but not least, de Argentina se dedica a Juan Viñas y a Xul Solar, notable artista y traductor de La voz del silencio, el famoso breviario espiritual de H. P. Blavatsky, en un gesto parecido al de Fernando Pessoa cuando lo tradujo al portugués.
Contenido
Estudio preliminar
Esotérico y esoterismo. ¿Qué significan?
Esoterología y “estudios de esoterismo occidental”
Corrientes esotéricas en el mundo panhispánico
Misterios modernos: cuatro puntos de partida históricos
El desarrollo espiritista
La llegada de la teosofía
Estructura de la antología
Isis: del secreto natural al misterio metafísico
I Contextos (historia y testimonios)
Rubén Darío. Nicaragua (1867-1916)
“Siempre el misterio”
Enrique Gómez Carrillo. Guatemala (1873-1927)
“Las religiones de París”
Emilio Carrere. España (1881-1947)
“Un doctor en ciencia oculta”
“¿Se vive más de una vez?”
Pedro Castera. México (1846-1906)
“El progreso”
“Un viaje celeste”
Amado Nervo. México (1870-1919)
“La cuestión religiosa”
“Noches macabras”
“Fotografía espírita”
“Los muertos”
Joaquín Valadez Zamudio. México
Historia de la Sociedad Teosófica en México [fragmentos]
Arnold Krumm-Heller. México/Alemania (1876-1949)
Prólogo de Conferencias esotéricas
Arturo Capdevila. Argentina (1889-1967)
“Orientalismo”
Rogelio Sotela. Costa Rica (1894-1943)
“A propósito de Vivekananda”
II Doctrina y polémicas
Juan Valera. España (1824-1905)
Teosofía [artículo del Diccionario enciclopédico hispanoamericano]
Mario Roso de Luna. España (1872-1931)
Introducción a Una Mártir del siglo XIX. Helena Petrovna Blavatsky
Francisco I. Madero México (1873-1913)
Primer Congreso Nacional Espírita, del 31 de marzo al 15 de abril de 1906
Rogelio Fernández Güell. México/Costa Rica (1883-1918)
Estudio sobre espiritismo y teosofía [fragmentos]
José Basileo Acuña. Costa Rica (1897-1992)
“La Sociedad Teosófica y el movimiento teosófico”
Roberto Arlt. Argentina (1900-1942)
“Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires”
José Martí. Cuba (1853-1895)
“La oradora humanitaria, Annie Besant”
III Influjos e inseminaciones
Leopoldo Lugones. Argentina (1874-1938)
“Nuestras ideas estéticas”
Roberto Brenes Mesén. Costa Rica (1874-1947)
El misticismo como instrumento de investigación de la verdad
Ramón del Valle-Inclán. España (1866-1936)
La lámpara maravillosa [fragmentos]
“Psiquismo”
José Juan Tablada (1871-1945) y Amado Nervo (1870-1919). México
José Juan Tablada “Nueva York de día y de noche”
Amado Nervo “La cuarta dimensión”
IV El caso Krishnamurti
Recepción del primer Krishnamurti en América Latina
Krishnamurti, ¿un teósofo accidental?
José Juan Tablada. México (1871-1945)
“El que se fue y el que llega”
Krishnamurti en Nueva York
Miguel Ángel Asturias. Guatemala (1899-1974)
Krishnamurti y sus alucinados devotos
César Vallejo. Perú (1892-1938)
“Sensacional entrevista con el nuevo mesías”
“Oyendo a Krishnamurti”
Sidney Field Povedano. Costa Rica (1905-1988)
El cantor y la canción (memorias de una amistad) [fragmento]
José Basileo Acuña. Costa Rica (1897-1992)
“Reflexiones”
Alberto Masferrer. El Salvador (1868-1932)
“La Verdad de Krishnamurti”
Mario Sancho. Costa Rica (1889-1948)
“Krishnamurti”
Bibliografía
Sobre el autor
Estudio preliminar
Durante mucho tiempo el esoterismo y sus términos afines (ocultismo, hermetismo, magia, entre otros) fueron algo así como un cuarto olvidado en el palacio de la investigación histórica de la cultura y de la religión modernas en Occidente (las Europas y las Américas), en el que se guardaban cosas viejas, inútiles y disímbolas, cual ático polvoso y cubierto de telarañas, términos aquellos a los que se les señalaba como algo casi vergonzante, indigno de ser tomado en cuenta por la reflexión seria, ya fuera independiente o académica. El tiempo fue mostrando lo equivocado de esta actitud, pues sus prejuicios dañaban nuestra comprensión histórica y se dejaba de lado la dimensión conformadora que el elemento esotérico ha jugado (y que sigue jugando) en la cultura occidental, a la que, como luego se verá, restrinjo la aplicación de dicho concepto, esotérico. A contrapelo de usos populares actuales, en que esoterismo funciona como una categoría amplia y transcultural, que habría existido en el pasado remoto, en el presente, y que también lo estará a futuro, yo la restrinjo a Europa a partir del Renacimiento y a América después de la llegada europea. Más allá de esos límites, de ese medio milenio euroamericano, la aplicación del concepto esotérico se torna problemática, por lo que habría que generar reflexión, conceptos y diálogo al respecto, y no extender de manera imperialista una categoría (esoterismo) a cualquier universo simbólico.
En esta restricción histórica y geográfica del término me sumo a lo expuesto por Antoine Faivre, fundador de los “estudios sobre esoterismo occidental”, pero también a Frances Yates (de metodología similar, quizá más empírica y menos abarcadora), a la hora de estudiar el hermetismo renacentista y su herencia no bien reconocida en la historia, no solo de la filosofía y la religión, sino también de la ciencia. Magia y ciencia son dos ramas del árbol del conocimiento en Occidente, bifurcadas a fines del siglo XVII por Descartes y después por la Ilustración. En el siglo XIX el romanticismo, por medio de “filosofías de la Naturaleza” tipo Schelling, intentó restaurar los vínculos entre magia y religión de un lado, y ciencia y filosofía del otro. Corrientes esotéricas como el espiritismo y la teosofía también quisieron seguir esta vía conciliatoria. El primero se presentó como “una religión científica” y la segunda como “una síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía”.
El impacto cultural de lo esotérico también afectó los ámbitos literarios y artísticos, sobre todo por vía del romanticismo, que dio acogida a buena parte de su visión del mundo: cósmica, analógica, panteísta. El concepto de correspondencias –esto es, analogías, similitudes, metáforas– entre elementos de órdenes distintos, funcionó tanto en Swedenborg y Éliphas Lévi, como en Fourier y Baudelaire. Mística, utopía social y poesía vibraban al unísono analógico. En lengua española, cuyo romanticismo había dirigido sus baterías más hacia el campo político y secular, hubo que esperar más bien al modernismo de fin de siglo XIX y principios del XX para que este influjo esotérico en las letras comenzara a notarse. Es a partir de los autores de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo los que surgen en la última década, como Rubén Darío, Amado Nervo y Leopoldo Lugones, con los que muchos tópicos esotéricos adquieren expresión literaria en poemas y narraciones. Pero también en ensayos, artículos y crónicas como los reunidos en este libro, que, entre otras cosas, busca dar a conocer esta faceta, no tanto no tratada, sino casi siempre mal tratada por lecturas prejuiciosas, descalificadoras y burlonas, sin mayor comprensión del asunto de fondo, o bien, abordada sin un adecuado equipo teórico y metodológico sobre lo que es el esoterismo y su significación cultural.
Cuando se pasa del nivel individual al colectivo, se torna evidente que tales intereses por “lo misterioso” en nuestros autores no eran peculiaridades ni extravagancias personales, sino un patrón cultural de época que vale la pena recorrer, pues brinda nuevas pistas hermenéuticas a la hora de leerlos y estudiarlos. Así, se han buscado textos de escritores reconocidos que aborden asuntos esotéricos con perspectiva literaria, con cierta elaboración lingüística, estética o narrativa, no meramente algo descriptivo o informativo, salvo dos o tres excepciones que luego se mencionarán. Se busca satisfacer así tanto un interés académico o intelectual como un gusto literario por el texto, captando no solo la idea o el tema sino también catando la particular modulación de lo expresado, su arte pues.
Esotérico y esoterismo. ¿Qué significan?
Empecemos por definir esotérico y esoterismo, adjetivo y sustantivo. En su desarrollo lingüístico e histórico, primero fue el adjetivo y tiempo después vino el nombre, primero la cualidad y luego el objeto. De acuerdo con Pierre Riffard, durante mucho tiempo se atribuyó a Aristóteles el haber inventado dicho adjetivo, pero en realidad el que usó fue su antónimo, exotérico. En su caso, lo opuesto a exotérico era lo acromático, lo que se transmitía oralmente, de boca a oído, que es una de las características de lo esotérico, aunque el término como tal no aparezca en él (cf. Riffard, 1990, 65-69). Quien utilizó el epíteto por vez primera fue Clemente de Alejandría, asociado con lo secreto, y en él sí como algo opuesto a lo exotérico, usando ambos términos en oposición complementaria; luego siguieron otros autores como el teúrgo neoplatónico Jámblico, que refiere lo esotérico a Pitágoras y su escuela, y el cristiano Orígenes, que lo concibe en tanto enseñanzas secretas reservadas para una élite.
En lengua inglesa, esoteric aparece en 1655, en la obra de Thomas Stanley para referirse a la escuela de Pitágoras; esotery en 1763, poco más de un siglo después; esoterism en 1835 y esotericism en 1846. En francés, el término esotérisme cristaliza hasta el siglo XIX, primero con Jacques Matter en 1828 y después con Pierre Leroux en 1840. No obstante estos usos pioneros, quien logró popularizar el término e incluso introducirlo como neologismo en otras lenguas fue el ocultista francés Alphonse Louis Constant, mejor conocido como Éliphas Lévi, quien publicó en la década de los 50 del siglo XIX sus tres principales libros: Dogme et rituel de la Haute Magie (1854) e Histoire de la magie y La clef des grands mystères, estos dos de 1859. En lengua española el término esotérico también precedió a esoterismo y fue recogido por primera vez en 1853, en el Diccionario nacional, de Ramón Joaquín Domínguez, aunque tardará más de un siglo para que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua lo recoja, en 1956. Después de Éliphas Lévi, otros ocultistas que contribuyeron mucho a popularizarlo fueron los teósofos H. P. Blavatsky y A. P. Sinnett, quienes impulsaron por un tiempo la expresión “budismo esotérico” para referirse a la teosofía, su particular propuesta doctrinal. Dado el auge de estos autores y sus traducciones al español, no es raro que los términos esoterismo y ocultismo tuvieran buena recepción.
Debe notarse que las palabras esotérico y esoterismo no surgieron, ni en los tiempos antiguos ni en los modernos, de los discursos de los autores y practicantes aludidos por ellas, no fue una “autodesignación”, sino que más bien se dio en el nivel de sus estudiosos y críticos, diríase que en un plano externo, crítico, como bien lo señala Hanegraaff, “aplicado a posteriori a ciertos desarrollos religiosos en el contexto del cristianismo temprano. En la investigación académica actual el término todavía es empleado como un constructo académico” (2006, 337). En cierto sentido podría decirse que fueron los esoterólogos (aunque no se llamaran así), sus pioneros cuando menos, los que inventaron el esoterismo como término lingüístico para aludir a un incipiente campo de estudios y de polémica, y luego estuvieron los esoteristas (los practicantes) para popularizarlo.
Aquí podría uno pensar en una distinción equivalente entre los estudiosos del gnosticismo antiguo y un escritor de literatura fantástica contemporánea, Jorge Luis Borges, cuando distinguía entre los “heresiarcas” (los autores de obra herética) y los heresiólogos, sus comentaristas. En su cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges habla de los “heresiarcas de Uqbar”, uno de los cuales “había declarado que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres” (1974, 431), mientras que en el último párrafo de “Tres versiones de Judas”, escribe, a propósito de las tesis del ficticio teólogo sueco Nils Runeberg: “Los heresiólogos tal vez lo recordarán; agregó al concepto del Hijo, que parecía agotado, las complejidades del mal y del infortunio” (1974, 518). En un caso, el heresiarca declara directamente su herejía; en el otro, el heresiólogo la comenta sin compartirla.
Por su parte, desde el inicio, los propios esoteristas del siglo XIX se interesaron, además de escribir sus textos doctrinales, en los de tipo “histórico”, que buscaban recuperar el desarrollo cronológico de su propio linaje, todo esto con un aura romántica. Así lo hicieron Éliphas Lévi con su Histoire de la magie y Blavatsky en The Secret Doctrine (1888), aunque con esta última obra tal objetivo solo fue parcialmente logrado, pues no completó el volumen planeado para ello, sino que apenas dejó algunos textos sueltos, integrados póstumamente en un polémico tercer volumen por Annie Besant y G. R. S. Mead en 1897. Evidentemente, libros como esos carecen de los méritos críticos necesarios de tipo lingüístico e histórico aceptados hoy por la academia, pero tienen el valor de testimoniar una incipiente “conciencia histórica” entre los propios esoteristas, que se muestran así bajo el influjo historicista romántico de la época, al conformar un nuevo tipo de esoterismo en tiempos de ciencia, democracia y modernidad.
Esoterología y “estudios de esoterismo occidental”
Primero fue lo esotérico, después el esoterismo, luego aparecería la esoterología, ya en la segunda mitad del siglo XX, en su última década. Viene precedida por las disciplinas de estudios de las religiones, o de historia de las religiones, o de religiones comparadas (las diferencias entre estas denominaciones no siempre son claras), centradas sobre todo en la figura de Mircea Eliade, quien, junto con Carl Jung, son los representantes máximos del enfoque arquetípico de lo religioso, lo simbólico y lo psicológico, que en ellos van juntos. Conforman, junto con otras figuras como la del islamista Henry Corbin y la del estudioso de la cábala Gershom Scholem, lo que Hanegraaff ha denominado el “paradigma de Eranos”, en referencia al lugar suizo donde anualmente se reunieron múltiples conferencistas a lo largo de más de medio siglo, desde principios de los 30 hasta finales de los 80, para exponer y discutir asuntos religiosos y filosóficos.
Vista con cierta distancia, la influencia de esta tendencia fue sobre todo teórica y metodológica, con el uso de categorías como mito, símbolo, arquetipo o inconsciente colectivo. Por supuesto, supuso también una revisión enciclopédica del fenómeno religioso, que, sin embargo, se mostró algo desdeñosa del análisis del esoterismo contemporáneo (de los siglos XIX y XX), como se muestra por ejemplo en el libro de Eliade titulado significativamente Ocultismo, brujería y modas culturales, donde aparece su ensayo “Lo oculto y el mundo moderno”, en el que la capacidad analítica y erudita de Eliade se muestra algo disminuida, quizá por su falta de interés en esos desarrollos religiosos tardíos (con excepción del trabajo de René Guénon). Esto explica en parte las afinidades del paradigma de Eranos con el tradicionalismo de Guénon y sus continuadores, sobre todo en el ámbito francófono, corriente en la que el esoterismo moderno (contradicción en sus términos para los guenonianos, para quienes todo esoterismo sería exclusivamente “tradicional”) era fuertemente impugnado como una degeneración más de la modernidad. Tanto los de Eranos (Eliade en especial) como el tradicionalismo hacen énfasis en los aspectos hermenéuticos más que en los historicistas. Temeroso Eliade de que el historicismo en los estudios de las religiones pudiera devenir en reduccionismo, escribe en su diario al respecto:
I have never affirmed the insignificance of historical situations, their usefulness for understanding religious creations. If I haven’t emphasized this problem, it is precisely because it has been emphasized too much, and because what seems to me essential is thus neglected: the hermeneutic of religious creations [Nunca he afirmado la insignificancia de las situaciones históricas, su inutilidad para comprender las creaciones religiosas. Si no he enfatizado este problema, es precisamente porque éste ha sido enfatizado demasiado, y porque lo que me parece esencial es entonces descuidado: la hermenéutica de las creaciones religiosas] (citado por Versluis, 6, www.esoteric.msu.edu/VolumeIV/Methods.htm).
En mi opinión, más importante para la futura esoterología que el paradigma de Eranos (y su soterrado aliado tradicionalista), fue el trabajo de la historiadora inglesa Frances Yates, en especial a partir de su obra Giordano Bruno y la tradición hermética (1964), que planteaba la existencia del hermetismo como una corriente importante pero desdeñada en la historia intelectual moderna, sobre todo en el campo de la filosofía de la ciencia, pues la autora establecía una fuerte relación entre hermetismo y revolución científica (cf. Hanegraaff, 2012, 323-334). Con ella queda más claro el campo de acción de los inminentes estudios esoterológicos, a partir del Renacimiento y de la confluencia que ahí se dio entre neoplatonismo, cábala (cristianizada) y hermetismo, que se constituyen en las corrientes básicas (aunque no exclusivas) del esoterismo subsiguiente. Con el “paradigma Yates” el esoterismo (representado en su caso por el hermetismo) deja de ser un término volátil e incierto, o una degeneración irracional o moderna, para ir adquiriendo un perfil histórico más preciso, susceptible de ser mapeado en sus metamorfosis históricas en los últimos siglos en Occidente, y que se expresa, entre otras formas, en un corpus textual que conlleva escritos, imágenes y diversas artes como pintura y música.
Es en la última década del siglo pasado cuando se afianza en buen grado el campo de los estudios de lo esotérico en el mundo académico, gracias en buena medida a Antoine Faivre. Su paradigma del esoterismo como una “forma de conocer”, identificable por la presencia de 6 rasgos, 4 básicos y 2 relativos, ha tenido una gran aceptación académica, vista no necesariamente como una propuesta esencialista sino más bien como un modelo heurístico, esto es, de creatividad en la lectura y la investigación.
Los cuatro rasgos básicos de lo esotérico son: a) un trasfondo de correspondencias mueve el universo, en el que se establecen relaciones entre elementos que pertenecen a órdenes distintos, con lo que se fundamenta a la analogía como forma de pensar; b) la naturaleza se concibe como un organismo viviente y jerarquizado, con dimensiones visibles e invisibles, por lo que no se trata de la máquina impersonal y unidimensional de los ilustrados materialistas; c) la imaginación, y no la razón, se concibe como la facultad humana por excelencia, vinculada con la intuición y a veces con el acceso a los arquetipos. En palabras de Faivre, “es una herramienta de conocimiento del yo, del mundo, del mito” (1994, 13), y no ha de confundírsela con la fantasía, arbitraria y completamente subjetiva. La razón no se rechaza, tan solo se acota su ámbito de aplicación, por lo que no cabe la aplicación del término irracional o antirracional, tal vez pararracional o metarracional; d) la vivencia esotérica supone una experiencia de transmutación, con un claro sentido alquímico de una metamorfosis interna del sujeto.
Los dos rasgos secundarios de lo esotérico son: e) la práctica de la búsqueda de concordancias entre las diversas tradiciones religiosas a partir de similitudes estructurales, un hálito ecuménico sobre lo diverso, que suele desesperar al especialista crítico, defensor de cotos de investigación cerrados; f) está el asunto de la transmisión de la enseñanza de una generación a la siguiente por medio de la relación maestro-discípulo a lo largo del tiempo, esto es, la autoridad del linaje y la continuidad y control de calidad de la enseñanza.
A diferencia de la perspectiva tipológica o estructural de Eranos, que trabaja lo esotérico en un contexto de estudios de religiones, en su vínculo con lo secreto, con un acceso restringido al conocimiento último e iluminador, sólo para iniciados, en otra dirección va la perspectiva más historicista de Faivre, que “restringe” la aplicación histórica y cultural del término esoterismo, que ya no puede aplicarse así nomás a diversos contextos religiosos, a lo largo de la historia y de las culturas, sino que se refiere sobre todo a un constructo intelectual europeo aplicable a partir del Renacimiento, que ve el esoterismo no como una dimensión estructural de toda religión, sino como un asunto de ciertas corrientes europeas, similares entre sí en ciertos aspectos y vinculadas por la historia. Por eso se acuña el término esoterismo occidental. Alude no solo a su origen sino también a su principal campo de aplicación. A partir de la confluencia, en contexto cristiano, de antiguas fuentes (neoplatónicas, herméticas, cabalistas, alquímicas) en el esoterismo renacentista, Faivre brinda un intento de periodización: una etapa formativa antigua y medieval; otra de síntesis y acercamiento, la renacentista; luego un desarrollo barroco en el siglo XVII, después un esoterismo ilustrado, seguido por uno romántico y luego otro más secular en el siglo XX. A estas alturas, ya hasta podría agregarse un esoterismo posmoderno.
Habría que complementar el constructo histórico de Faivre con el aporte americano, sobre todo a partir del siglo XIX, cuando la dinámica esotérica occidental abarque a ambos continentes, y evitar así un sesgo eurocéntrico en el modelo. Además, dicho componente americano debe abarcar no solo la parte norte (Estados Unidos y Canadá), sino también a la América del centro y del sur, incluidos, por supuesto, México y el Caribe.
La propuesta heurística de Faivre no brinda solo esa útil caracterización estructural de seis rasgos de lo esotérico en tanto forma de pensamiento sino que además aporta una cronología de lo esotérico que favorece nuevas lecturas e interpretaciones al respecto, un conocimiento de conjunto por periodos del entramado esotérico, un seguimiento de influjos y corrientes. Esto permite entender su aceptación entre muchos investigadores. El esoterismo dejó de ser una idea ambigua y misteriosa para tornarse un concepto historiográfico susceptible de descripción, análisis y seguimiento cronológico, con un corpus textual específico, todo esto sobre una base histórico-empírica y filológica, en especial para los textos más antiguos.
De igual forma, se le han hecho muchas objeciones a este paradigma, como la ya indicada exclusión de lo americano, importante sobre todo a partir del siglo XIX; que calza mejor para ciertas corrientes o periodos que para otros; que es más aplicable a los períodos moderno y contemporáneo y no tanto para los medievales y antiguos; o bien objeciones que opinan lo contrario: que el esquema esoterológico de Faivre es tan general que hasta podría aplicarse a “esoterismos” no europeos tan distantes como el budismo tibetano, con lo que, de paso, el epíteto occidental de la etiqueta esoterismo occidental tiende así a verse disminuido. O bien, que le faltan rasgos esenciales a su caracterización, como la necesidad de una gnosis (Versluis), objeción más bien endeble pues la gnosis está contenida en el rasgo faivriano de transmutación y metamorfosis; o bien, que le sobran rasgos, o que no siempre se cumplen todos, como el lugar de la facultad de la imaginación, ausente en ciertos esoterismos como el de Gurdjieff, o en propuestas como la de Krishnamurti, asumiendo que este último pertenezca al ámbito esotérico no solo por lo histórico –sus orígenes neoteosóficos– sino por la doctrina, algo que estaría por debatirse, pues el propio Krishnamurti negó el carácter esotérico a su enseñanza de madurez.
Por el tiempo en que Faivre presentaba su propuesta académica de “estudios de esoterismo occidental”, también lo hacía Pierre Riffard, quien en su libro L’ésotérisme establecía su propio planteamiento respecto a cómo definir el término y cómo estudiarlo, apelando a la categoría de esoterología, a la que define como “un conocimiento sintético y teórico que puede comparar e interpretar, buscar leyes y tipos, encontrar estructuras y funciones, determinar la naturaleza y la vivencia del esoterismo en general” (1990, 54), y entre sus objetivos están “la historia del esoterismo en general, el estudio de la idea de esoterismo, el análisis de su objeto, de su método, de su producción, de su influencia, de sus condiciones, de su lenguaje. La esoterología puede estudiarse a ella misma, estableciendo su propia historia, su metodología, su ámbito” (1990, 54).
Nótese que Riffard habla de un “esoterismo en general”, más que de esoterismo occidental a la Faivre, y en esto se nota su carácter más “estructuralista”, de aplicación universal, por oposición a Faivre, en quien predomina una propuesta más empírica e historicista, que se va a acentuar después en el campo de estudios con Wouter J. Hanegraaff. A la cautela histórica de Faivre cuando revisa la dinámica esotérica en la cultura occidental, Riffard antepone su propuesta esoterológica con una perspectiva aplicable a toda cultura, con una vocación universalista. Prueba de esto es su posterior volumen Esotérismes d’ailleurs (1997), en que aborda los “esoterismos no occidentales” con su metodología general. A partir de esto, podría uno pensar que el término esoterología es entonces distinto al de estudios de esoterismo occidental, y esto es cierto en cuanto a asuntos metodológicos o de aplicabilidad histórica, pero no lo es tanto si lo vemos en cuanto a estudio y crítica de lo esotérico en sociedad. Después de todo, en diferente grado, en ambas perspectivas hay atención a lo empírico e histórico, lo que, como Hannegraaff ha precisado, supone del estudioso un acercamiento neutral, informado, abierto, con una dialéctica equilibrada entre lo émico y lo ético, entre lo interno y lo exterior, entre lo subjetivo y lo objetivo. El autor holandés habla incluso de una suerte de escepticismo metodológico en el investigador. Otro autor, Versluis, sin despreciar el análisis crítico, propone un empirismo empático, que no descuide los elementos hermenéuticos. En 2005, Kocku von Stuckard hizo una propuesta más desconstructivista, aplicando el concepto de campo discursivo y hablando más de lo esotérico que del esoterismo, para no sustancializar el fenómeno y verlo en interacción con otros ámbitos sociales.
Creo que ambas expresiones, esoterología y estudios de esoterismo occidental, pueden usarse en un nivel general como equivalentes, aunque a niveles más específicos haya diferencias. En términos prácticos, y no por diferencias de contenido, creo que esoterología es más útil porque es más corto, más directo, y desde el principio señala su rango académico, sin todos los supuestos implícitos de la expresión esoterismo occidental. Ambos términos implican un campo de estudios interdisciplinarios y multidisciplinarios, sin un enfoque teórico único, aunque predomine lo empírico e histórico, evitando eso sí el peligro reduccionista, con una visión amplia de las diversas corrientes y subcorrientes del esoterismo en Europa y América a partir del Renacimiento, aisladas o en interacción entre ellas o con otros ámbitos culturales: la literatura, la música, la política, etc.; todo esto tratado con empatía hermenéutica de parte del estudioso, sobre una base de escepticismo metodológico.
Si el paradigma de Eranos hacía un énfasis en lo hermenéutico, y el paradigma de Yates mostraba más bien un perfil historicista, entonces, desde una visión comparada, podría verse el paradigma de Faivre como una suerte de síntesis entre ellos dos, una especie de andrógino teórico que combina los mejores rasgos de uno y otro.
Otro punto que convendría revisar se refiere a la progresiva institucionalización académica de la esoterología, pese a sus disputas teóricas o históricas. Ya en 1965 se estableció en La Sorbona la cátedra de Historia del Esoterismo Occidental, y quien la inauguró fue François Secret, un especialista en cábala cristiana. Después surgieron dos cátedras más, una en la Universidad de Ámsterdam y otra en la Universidad de Exeter, Gran Bretaña, con posgrados. Las asociaciones de investigadores, las publicaciones, las revistas, los congresos, se han multiplicado en las últimas dos décadas. En cuanto a las asociaciones de estudiosos, en 2002 se creó la Association for the Study of Esotericism (ASE), y tres años después la European Society for the Study of Western Esotericism (ESSWE). Más recientemente, en 2011, se creó el Centro de Estudios sobre el Esoterismo Occidental de la Unión de Naciones Suramericanas (CEEO-UNASUR), centrado en la Universidad de Buenos Aires, con investigadores de diversos países latinoamericanos, en lenguas castellana y portuguesa (discriminadas en sus publicaciones académicas por los colegas europeos y norteamericanos). Como puede verse por los nombres de las asociaciones, es llamativo que la categoría que terminó imponiéndose académicamente es estudios de esoterismo occidental y no esoterología, que funciona más en el área francófona.
Corrientes esotéricas en el mundo panhispánico
Limitándonos al esoterismo del siglo XIX, conformado en América Latina sobre todo por la masonería, el espiritismo, y ya a fines de la centuria, por la teosofía, es de notar su presencia casi inmediata en estos países de impronta católica respecto de los centros metropolitanos (Nueva York, París, Londres, Barcelona, Madrid). La masonería dirigió sus intereses sobre todo hacia las áreas política y social, al establecer vínculos con el liberalismo, tanto durante la independencia como durante la conformación republicana de los nuevos países, por lo que mucho de su carácter filosófico e iniciático tendió a debilitarse en el contexto americano en sus afanes políticos. Su impronta ilustrada, propia del siglo en que se consolidó institucionalmente, fue seguida en la siguiente centuria por su alianza de facto con el positivismo.
Por otra parte, hay una franja masónica vinculada con lo esotérico, pero tampoco puede considerarse a la totalidad de la institución como tal per se. De hecho, buena parte de los masones actuales buscan deslindar su institución del campo esotérico y darle un perfil más filosófico y secular. Hay aquí, claro, una asimilación del prejuicio antiesotérico de sectores de la sociedad moderna (esoterismo como irracionalismo, superstición, “misticismo”, magia, etc.) y un lamentable desconocimiento del sentido profundo de lo esotérico en su propia tradición.1 En todo caso, dado que la masonería es la corriente que ha recibido más atención de parte de los historiadores,2 en este libro se la deja de lado para tratar mejor a las otras dos, más descuidadas por la crítica pero también más influyentes en términos literarios.
A mediados del siglo XIX el espiritismo comenzó a causar furor en mucha gente, de diversas clases sociales, con el atractivo de presentarse como una suerte de unión entre ciencia y religión, al tiempo que reestablecía la idea del trato con los difuntos en un contexto secular. Como buena parte del ocultismo decimonono, el espiritismo no renunciaba a la intención de estudiar y transformar el mundo, a la manera de la ciencia, pero lo hacía sin abandonar los fundamentos sagrados del cosmos, que se aceptaban, aunque expresados en nuevas formas, acorde con los tiempos modernos. Sobre todo fue la doctrina espírita del francés Allan Kardec (1804-1869), publicada en las décadas de los cincuenta y los sesenta, la que atrajo la atención de un público cada vez más secularizado aunque siempre con inquietudes religiosas, y en este sentido tampoco puede considerarse al espiritismo como algo monolítico, sino que estuvo sujeto a diversas interpretaciones desde su surgimiento a fines de la década de los cuarenta en Estados Unidos, en un ámbito inicial protestante y empírico. El espiritismo moderno, surgido en área anglófona, muy pronto cruzó la mar y aprendió otra lengua, el francés, que se hallaba en la cúspide de su prestigio y difusión, y desde este idioma se reorganizó doctrinalmente (por ejemplo, con Kardec se anexó la teoría de la reencarnación) y se extendió a otras zonas lingüísticas, vía traducciones sobre todo, por lectura directa de parte de burgueses y letrados, como pasó en la zona hispanohablante.
A diferencia del carácter tímido de la religión cristiana de entonces en asuntos científicos, los espiritistas no temieron ir al debate con liberales y positivistas sobre sus propias creencias y métodos, como en México, en el Liceo Hidalgo, en 1875, aparte de las polémicas que se dieron en periódicos, revistas y otros medios. El espiritismo vino a renovar la perspectiva espiritual, pues mantenía la idea de la trascendencia humana sin una estructura dogmática e institucional mayor que quisiera regir la vida privada, esto es, generó una cuota más amplia de individualismo religioso. Y, a nivel de género, se constituyó en un espacio propicio para las mujeres, en un siglo bastante misógino. Ya fuera por su participación directa como médiums, o como clientas de una sesión espiritista, o como lectoras de su particular literatura, muchas mujeres dieron su apoyo al nuevo movimiento religioso. El caso más notable en el mundo hispánico fue el de Amalia Domingo Soler (1835-1909), que se volvió una figura de peso en los círculos espiritistas internacionales, y que escribió una amplia obra al respecto, sobre todo de tipo doctrinal, aunque también literaria. Muy pronto se establecieron vínculos informales entre el espiritismo y el feminismo, y en general con otros movimientos reformistas en educación, en sexualidad, en control natal, en defensa de los animales, entre otros temas. Esto ha sido algo muy bien estudiado para Estados Unidos e Inglaterra (cf. Kerr, 1972; Dixon, 2001), pero también se dieron alianzas parecidas en América Latina (para la región centroamericana, sobre todo en Guatemala y El Salvador, cf. Casaús, 2002), aunque menos fructíferas. En México, en el cambio de siglo, está el caso de Laureana Wright, espiritista, masona y feminista, y en Costa Rica hay varios casos de notables teósofas feministas, como Esther de Mezerville y Ana Rosa Chacón, ya entrado el siglo XX.
Después de dos décadas de gran actividad y crecimiento espiritistas en Panhispania (años 70 y 80 del siglo XIX), apareció en el mapa esotérico de la época la teosofía moderna. Emanacionista y jerárquica, como todas las teosofías anteriores (neoplatónica, cabalista o pietista –la de Jakob Böhme–), aunque ahora con los elementos cientificistas de la modernidad, enseñada en esa ocasión desde la Sociedad Teosófica, organización fundada en Nueva York en 1875 por varias personas, siendo la más destacada Helena P. Blavatsky. La publicación de su libro Isis Unveiled dos años después catapultó su fama como expositora de una nueva síntesis religiosa, que iba más allá de lo presentado hasta entonces por el espiritismo, pues apuntaba a una concepción mucho más intelectual y elaborada, que dejaba en un plano más periférico todo lo relacionado con el espectáculo espiritista de mesas flotantes, ectoplasmas y aportes; había así una tendencia más intelectual que se robusteció con la publicación una década después de The Secret Doctrine (1888), en que las primicias doctrinales dadas por la obra de Nueva York fructificaron en esta propuesta más madura y metafísicamente más poderosa de Londres, que incluía muchos elementos provenientes del budismo y del hinduismo, eso sí, resemantizados, lo que, dado el orientalismo imperante, contribuyó a su mayor atractivo entre el público lector. Al tiempo que se favorecían el estudio metafísico y la ética compasiva, se desalentaban las sesiones espiritistas y el desarrollo de poderes psíquicos.
Blavatsky, más que romper con los procedimientos espiritistas que tan sospechosos resultaban para los escépticos (y también para creyentes desconfiados), lo que hizo fue modificarlos, refinarlos (por ejemplo, con todo su discurso y praxis sobre los mahatmas o maestros espirituales y su correspondencia paranormal), y agregarles una ambiciosa (aunque, hay que reconocerlo, a veces desordenada) erudición, que fomentó el interés por su obra entre un público más intelectual y artístico, aparte del diletante usual en esos medios esotéricos. Habló por primera vez de manera amplia en Occidente –sin las restricciones de logias y grupúsculos– de karma y reencarnación, de chakras y cuerpos sutiles, de yoga, meditación y vegetarianismo, de civilizaciones antiguas desaparecidas, como Lemuria y la Atlántida, de iniciaciones y poderes ocultos, mucho de lo cual sería retomado un siglo después por la religiosidad New Age de la segunda mitad del siglo XX, con un nuevo ímpetu más simplificado, hasta hacerlo formar parte de una cultura popular globalizada.
Esto no significa, como algunos equivocadamente afirman, que la propuesta teosófica de Blavatsky sea igual que la de New Age, pues, para empezar, cien años de secularidad y dos guerras mundiales las separan, y esto no es un detalle menor en el panorama religioso occidental. En todo caso, el Zeitgeist teosófico tiene más que ver con el romanticismo de inicios del XIX (al que de alguna manera continúa) que con el hippismo de la segunda mitad del XX. Esos dos libros mencionados (Isis sin velo y La Doctrina Secreta) y otros más, como La clave de la teosofía y La voz del silencio, muy pronto estuvieron traducidos al español, desde finales del XIX e inicios del siglo XX, por teósofos ibéricos, así como muchos de los libros de la segunda generación teosófica,3 la de Annie Besant y C. W. Leadbeater, con lo que se facilitó su expansión en España y América Latina.
Si bien Blavatsky estuvo traducida al español muy pronto, los libros que dominaron en el área no fueron tanto los suyos como los de la segunda generación, o neoteosofía, en los que se dio una cristianización del discurso teosófico de la rusa (que dejó de lado las propuestas no teístas originales para alojar una divinidad antropomórfica y personal). Además, con esta nueva ola posblavatsky de Besant y Leadbeater se impuso en el área teosófica el proyecto Krishnamurti, de tipo mesiánico, por el cual dicho personaje fue propuesto como futuro vehículo para la encarnación de un nuevo avatar divino, equivalente al retorno del Cristo en Occidente o al del Buda Maitreya en Oriente. Dicho proyecto dominó la mayor parte del mundo teosófico en las tres primeras décadas del siglo XX, incluso con una organización paralela, la Order of the Star in the East, que funcionó por varias décadas en la zona hispanohablante como la Orden de la Estrella de Oriente.
En mi libro México heterodoxo di cuenta de este proceso de influjo de las ideas y prácticas espiritistas y teosóficas en los medios artísticos y literarios de España y América Latina en el siglo XIX y en las primeras décadas del XX, sobre todo, para el caso de las letras, por medio del modernismo, que vino a modificar en buena medida el paradigma positivista y/o católico imperante en la sociedad. Remito al lector interesado en abundar en el asunto a los dos primeros capítulos de ese libro, para no repetir aquí dicho material.
Lo que en aquél quedó como argumento y citación, en este nuevo libro quiero que quede como antología, como lectura directa y contextualizada, como abanico de textos de poco más de una veintena de autores “literarios” representativos del área panhispánica (en especial de cuatro países: España, México, Costa Rica y Argentina), que permita al lector del siglo xxi acceder directamente a una muestra de escritos de época, de 1890 a 1930 aproximadamente, los cuales testimonian sus intereses teosóficos y espiritistas, a veces con un enfoque periodístico informativo, pero en otras ocasiones con uno de tipo espiritual e intelectual que afectaba la propia obra literaria, como ocurrió en los casos de Rubén Darío, de Leopoldo Lugones o de Amado Nervo, para citar tan solo a tres de los más famosos. Con respecto al periodo señalado, hay algunas excepciones temporales, como los textos del escritor mexicano Pedro Castera, que son del primer quinquenio de los setenta, incluidos dada la importancia del autor como representante espiritista, y para después de 1930 se consideran algunas rememoraciones autobiográficas (Sidney Field, Joaquín Valadés, Arturo Capdevila), que iluminan sobre las condiciones del periodo considerado.
Ahora bien, aunque es posible establecer ciertas líneas generales en la difusión del espiritismo y de la teosofía en el área panhispánica (por ejemplo, precedencia cronológica del espiritismo sobre la teosofía; vínculo con reformas políticas, estéticas y culturales; diferente perfil de clase y educación de cada corriente –más alto para la teosofía, más popular para el espiritismo–), también es cierto que es necesario seguir el proceso específico de introducción y enraizamiento en cada país. Esto es algo a lo que poco a poco algunos historiadores de países hispanoamericanos se han abocado en los últimos años, aunque todavía falte mucho por trabajar, no solo en los países cuya historia esotérica sigue sin hacerse, sino también porque, en los que ya se ha iniciado, queda mucho trabajo pendiente, como identificación y mapeo ideológico, la consulta de archivos (cuando se puede), la revisión de periódicos y revistas espiritistas y teosóficas, su muy deseable digitalización, etc., acompañado todo esto por un esclarecimiento teórico y metodológico del nuevo campo de investigación. En la siguiente sección se intentará presentar los arranques históricos del espiritismo y de la teosofía en los cuatro países seleccionados (uno de la península ibérica y los otros tres del norte, centro y sur de América Latina respectivamente).
Es importante tener en cuenta que el impacto de estos movimientos esotéricos llegó a casi todos los países latinoamericanos, a los grandes, como México, Brasil o Argentina, a los pequeños, como Costa Rica, El Salvador o Uruguay. Sobre una base urbana como campo privilegiado de la acción esotérica, lo que importó no fue tanto el tamaño de la ciudad sino las conexiones que tuviera con los centros metropolitanos de Europa y Estados Unidos que facilitaran la difusión doctrinal en los nuevos lares, y en este sentido hubo actividad espiritista y teosófica en una ciudad grande, México durante el porfirismo, lo mismo que en una pequeña, San José de Costa Rica en las tres primeras décadas del siglo XX. Sometidas previamente a las reformas liberales en las últimos decenios del XIX, en ambas ciudades por entonces contaban con un paradigma europeízante y con una inmigración renovada desde el Viejo Continente, que a veces traía esas nuevas ideas y prácticas espirituales.
También contribuyeron a la difusión esotérica las visitas y estancias de miembros de las burguesías latinoamericanas en Europa y Estados Unidos, donde tenían oportunidad de conocer de primera mano dichos medios ocultistas, que luego replicaban en sus países. Por supuesto, los obstáculos a la divulgación esotérica podían ser mayores en una ciudad pequeña que en una grande, provenientes sobre todo del ámbito católico, con sus ramificaciones en otros sectores, como la prensa, que veía afectados sus privilegios en su particular coto, el religioso, por herejías neopaganas, según su entender. También por el lado positivista y científico hubo debate y rechazo de lo esotérico, aduciendo superstición y charlatanismo.
Un ramillete textual como el reunido en este libro permite reconocer que los intereses ocultistas de artistas y escritores de entre los siglos XIX y XX en América Latina y España no fueron un hecho cultural anecdótico y secundario, exotismos intelectuales pasajeros, sino que en varios casos formaron parte de una inquietud existencial permanente, expresada literariamente. Desde una perspectiva esoterológica, se trata de la expresión poética y cultural de nuevas inquietudes religiosas más allá del cristianismo y del escepticismo racionalista, escritas casi siempre desde una distancia reflexiva, y que abarcan diversos campos: lo literario, lo estético, lo filosófico, lo religioso, lo político, lo sexual.
El modernismo literario se manifestó también como modernismo religioso (que, sin desechar el cristianismo, incluía nuevas modalidades de creencia, o bien, ausencia de creencias numinosas). Esto se tradujo en secularidad y en diversidad religiosa, algo muy afín a la política democrática que comenzaba a ser discutida en el continente, sobre todo con el arielismo y, después, ya con las corrientes de orientación más socialista, sobre una tradición liberal previa. Piénsese en los casos de Alberto Masferrer en El Salvador, Joaquín García Monge y Roberto Brenes Mesén en Costa Rica, o Francisco I. Madero, en México, quienes desde plataformas filoteosóficas, o claramente espiritistas, como en el caso de Madero (y de Sandino, en Nicaragua), intentaron introducir cambios políticos, educativos y culturales en sus países. Ahora bien, igual que en las metrópolis, en las antiguas colonias el esoterismo no solo alimentó a la cultura de fin de siglo (esteticismo, decadencia), sino también a las nacientes vanguardias en la nueva centuria, con un cierto distanciamiento irónico, como lo muestra de manera elocuente en la literatura el caso de José Juan Tablada en México, o en las artes plásticas el ejemplo de Xul Solar en Argentina.
Misterios modernos: cuatro puntos de partida históricos
Como ya se mencionó anteriormente, la aparición del espiritismo, primero, y de la teosofía, después, en los medios españoles y latinoamericanos, se dio sobre un trasfondo esotérico con antecedentes masónicos que venían operando previamente a lo largo del siglo XIX, sobre idearios políticos republicanos y liberales. Esto por el lado de lo que podría verse como un esoterismo culto, pues también había prácticas de adivinación y curanderismo locales, asociadas a medios más populares. Una diferencia entre los esoteristas cultos y las prácticas populares afines fue que los primeros acudían a la lectura erudita de textos esotéricos de procedencia europea y norteamericana, que se buscaba poner a disposición de nuevos lectores por medio de traducciones y ediciones, y que la alfabetización propuesta por la premisa democrática favorecía. Esto es, había una mayor “participación de la cultura letrada y un mayor nivel económico, tanto de sus agentes culturales como de sus clientes” (Bubello, 2010, 85). Ello al mismo tiempo facilitó “su activa participación en la vida política e intelectual de la época”, pues “desde el punto de vista ideológico y político, espiritistas y teósofos compartían visiones liberales, anticlericales y cientificistas, y concebían, en líneas generales, un esquema evolucionista del desarrollo de las sociedades sobre la base positivista –muy en boga entre las elites de fin del siglo XIX– de la idea de progreso indefinido” (2010, 87). Veamos un poco más en detalle este proceso de surgimiento del espiritismo y de la teosofía para los cuatro principales países seleccionados (España, México, Costa Rica y Argentina), antes de presentar los textos literarios.
El desarrollo espiritista
Los libros de Allan Kardec de la década de los cincuenta y sesenta fueron rápidamente traducidos y comenzaron a circular con éxito en la zona hispanohablante, lo que generó los primeros intentos de organización y difusión espiritista, algo que para fines de los años sesenta se manifestó en grupos de estudio y práctica, a veces con revistas y ediciones propias. En España hay antecedentes prekardecianos desde 1854, con la publicación en Cádiz de Las mesas danzantes y modos de usarlas. Ese mismo año se hizo pública una Carta Pastoral en Toledo por el arzobispo Juan José Bonel y Orbe, en la que se exhortaba a los diocesanos para que se abstuvieran “de las diversiones y experiencia de las mesas llamadas giratorias y parlantes” (cf. García Rodríguez, 2006). En octubre de 1861 se realizó un auto de fe en Barcelona, en el que se quemaron 300 libros y folletos espiritistas incautados por las autoridades aduaneras. La primera revista espírita se fundó en 1868 en Madrid por Alverico Perón, El Criterio Espiritista, que fue el órgano de difusión de la Sociedad Espiritista Española (fundada en el mismo 1868) y más adelante también del Centro General del Espiritismo en España (de 1873); siguieron en 1869 tres publicaciones: El Espiritismo, establecida por Francisco Martí en Sevilla; La Revista Espiritista. Periódico de Estudios Psicológicos, fundada por José María Fernández en Barcelona; y El Alma, en Madrid. Para mediados de la década de los setenta se contaba con 200 centros espiritistas en el país, y en la década siguiente, en 1888, en Barcelona, donde se había dado el famoso auto de fe contrakardeciano, se realizó el Primer Congreso Internacional Espiritista, en una suerte de pequeña compensación histórica. Nuevas publicaciones fueron añadiéndose a las señaladas en diversas ciudades de la nación española, en una expansión que llegará al siguiente siglo.
En México se dio un proceso similar de primeros indicios de espiritismo en los años sesenta (o quizá un poco antes), de una creciente organización sobre todo en Guadalajara y en la Ciudad de México durante la siguiente década, con la aparición de la revista La Ilustración Espírita (1872-1893), capitaneada por Refugio I. González, para la exposición y defensa de los principios espiritistas, “un reto formal a la superstición católica y al escepticismo científico”, según su lema, y publicada primero en Guadalajara y luego en la Ciudad de México. Es la década del famoso debate público (1875) en el Liceo Hidalgo sobre verdad y falsedad del espiritismo, en polémica contra los positivistas. Se dio el surgimiento de diversos centros de estudio y práctica, de compradores de literatura espiritista, nacional y extranjera, con lugares de venta establecidos. Con el cambio de siglo y la aparición de la teosofía en la geografía nacional en la última década del XIX, el espiritismo encontró competencia en su propio campo esotérico. Aparecieron nuevas publicaciones como El Siglo Espírita y Helios, revistas a las que concurrieron Rogelio Fernández Güell y Francisco I. Madero. En 1906 se realizó el Primer Congreso Nacional Espiritista y en 1908 el segundo. Sin duda era un paisaje de creciente presencia del espiritismo en la sociedad mexicana.
En Argentina la gran figura del espiritismo en su primer medio siglo fue Cosme Mariño (1847-1927), llamado el “Kardec argentino”, tal su atractivo; incluso escribió su propio recuento El Espiritismo en la Argentina (redactado en 1924 y publicado en 1932), en el que ubica el arribo del espiritismo a Argentina por medio del español Justo de Espada, entre 1869 y 1870, organizador de los primeros grupos de “investigación psíquica”. En 1877 se fundó la primera sociedad espiritista, Constancia. Cosme Mariño ingresó en ella en 1879 y en 1881 se convirtió en el director de la revista del mismo nombre, pionera de las diversas publicaciones espiritistas que surgieron después. Para 1888 se formó una Federación Espiritista Argentina, bajo la presión de Antonio Ugarte, y en 1900, con la unión de los quince grupos existentes, se logró conformar la Confederación Espiritista Argentina. El espiritismo argentino no se quedó en una mímesis kardeciana sino que muy pronto generó sus propias variantes locales, con repercusión más allá de sus fronteras y con proyección internacional, como sucedió con la Escuela Magnético Espiritual de la Comuna Universal (EMECU), fundada en 1911, bajo la tutela de Joaquín Trincado (1866-1935), español argentinizado, que publicó la revista La Balanza; así como la Escuela Científica Basilio, bajo la dirección de la médium Blanca Lambert y el escribano Eugenio Basilio Portal.
En el caso de Trincado, su mensaje llegó al rebelde nicaragüense Augusto César Sandino (1895-1934), quien, desde una posición masónica adoptada durante su exilio en Yucatán, México, retomó la versión espiritista argentina que hasta Yucatán había llegado. Trincado incluso publicó cartas y proclamas de Sandino en su quincenario. Es interesante que la fusión masónica-espiritista de Sandino se dé en Yucatán, una región en la que poco tiempo atrás se había dado la experiencia sociopolítica de Felipe Carrillo Puerto (1874-1924), con perfil revolucionario e intereses esotéricos, quien llegó a ser gobernador del estado por poco tiempo, menos de dos años, cuando fue derrocado y luego fusilado. En su discurso figuró una reivindicación indígena, en su caso maya, con un fuerte ingrediente teosófico (cf. Urías Horcasitas, 2008). Pareciera que parte del legado esotérico-político de Carrillo Puerto hubiese reencarnado, no sin cambios, en Sandino, sobre una base común de masonería, teosofía y espiritismo, con perspectiva americanista y socialista.
En Costa Rica, por lo menos desde mediados de la década de los setenta se tienen referencias de la presencia espiritista en el país, pues en 1874, en un debate entre el padre Francisco Calvo, fundador de la francmasonería en el país, y el vicario católico Domingo Rivas, este último recuerda la condena existente sobre la masonería y advierte además contra la proliferación de centros espiritistas, así como sobre la circulación de los libros de Allan Kardec (cf. Martínez Esquivel, 2013). Asocia así masonería y espiritismo. Tal nivel de presencia supone que desde la década anterior se venía trabajando en su divulgación. Sin embargo, no fue sino hasta la última década del siglo XIX cuando se fundó el primer grupo espiritista formal en San José, la Sociedad Benefactora de Estudios Psicológicos (1896), nucleada alrededor de un periódico, El Grano de Arena (1896-1899), que se quería tanto racionalista como espiritista, combinación nada rara en aquella época (cf. Urbina, 2011; Molina, 2012). Ya antes, en 1892, se había fundado la Sociedad de Estudios Psíquicos, conformada por 23 miembros, cuatro de ellos masones, dedicada al estudio de ese tipo de fenómenos que tanto llamaban la atención del público, en el país y en el resto del mundo occidental. Durante esa década no faltaron las polémicas en la prensa, sobre todo en la católica, contra masones y espiritistas, en una dirección contraria a ellos y a las reformas liberales que se habían comenzado a implementar desde la década anterior, y con las cuales los católicos vinculaban a esas corrientes heréticas.
El Grano de Arena fue una publicación importante que sirvió para darles forma por escrito a las hasta entonces dispersas iniciativas espiritistas en el país. De breve vida, tuvo tres editores sucesivos: Domingo Núñez, barbero de Alajuela (la otra provincia liberal, junto con San José, donde se movían masones y espiritistas, entre un público de empresarios, comerciantes y profesionales, por oposición a las provincias conservadoras de Cartago y Heredia), así como dos artistas imagineros, Agustín Ramos, pintor, y Pedro Pérez Molina, escultor, laureado en Guatemala en la Exposición Centroamericana en 1897, con su propio taller de escultura de imágenes para templos, que tuvo que cerrar por falta de encargos, pese a su alta calidad, por el boicot católico. ¡Cómo iba un espiritista declarado a tallar las imágenes santas! Había sido fundador del centro Esperanza y del mencionado periódico.
Es interesante la semblanza que hizo de él la revista espiritista barcelonesa dirigida por Amalia Domingo Soler, Luz y Unión (julio de 1909), cuando dice de Pérez Molina que “es nuestro corresponsal en San José de Costa Rica, uno de los más fervientes espiritistas de aquella hermosa República” (1909, 193), y amplía:
Como fue el que primero empuñó el estandarte del Espiritismo en aquella República, tuvo que combatir de un lado el fanatismo religioso y del otro el fanatismo materialista, lo que originó el verse perseguido por el gobierno clerical y despótico del dictador D. Rafael Iglesias [sic], quien trató de ahogar el naciente movimiento espiritista encarcelando al médium de que se servía nuestro corresponsal y amenazando personalmente a éste si no desistía de sus ideas espíritas, a lo que éste le contestó con estas sublimes palabras dignas de ser escritas con letras de oro en los anales del Espiritismo: Estoy dispuesto al sacrificio antes que apartarme de mis ideas (1909, 194).
Una década después, en 1906, se conformó el círculo espiritista Franklin, en honor al científico e inventor norteamericano, que tuvo como figura central a la joven médium Ofelia Corrales, quien alcanzó renombre internacional poco tiempo después, entre 1909 y 1911, con fotos suyas y artículos sobre los fenómenos por ella generados, en publicaciones de México, España, Estados Unidos y Francia. De alguna manera es la época de oro del espiritismo costarricense. Incluso después del dictamen “científico” parcialmente negativo sobre las hazañas mediumnísticas de Corrales, ella se mantuvo fuerte en el mundillo esotérico local, y se convirtió en la médium personal del presidente Federico Tinoco, llegado al poder por un golpe de estado en 1917, y obligado a abandonarlo dos años después debido al descontento popular y a la presión norteamericana. Cuando el dictador se exilió en París con su familia y algunos allegados en 1919, Ofelia se fue con él.
Al trabajo práctico de Ofelia Corrales en el campo espiritista, hay que añadir en esos años el trabajo intelectual, literario y editorial de Rogelio Fernández Güell, a quien ya se ha mencionado antes por su vínculo con el presidente Madero, durante sus años en México. Fernández Güell había salido por presiones políticas en Costa Rica a España en 1904, y tras unos pocos años ahí, donde se casó, se trasladó a México, donde fortaleció su contacto con masones y espiritistas, como Ignacio Mariscal y Francisco I. Madero. Por influencia del primero, fue nombrado cónsul de México en Baltimore (E.U.A.), donde aprovechó para escribir su magna obra Psiquis sin velo. Tratado de filosofía esotérica (1911), dedicada a Madero. Con la caída de este último, volvió a Costa Rica, donde retomó su participación en los medios espiritistas locales, así como en la política, en el gobierno de Alfredo González Flores por un tiempo. Fue asesinado durante la dictadura tinoquista en 1918. Pues bien, Fernández Güell podría ser visto no solo como esoterista, como practicante y devoto espírita, sino además como incipiente esoterólogo, como estudioso de la historia de su propia corriente ideológica. Su espiritismo le venía de familia, pues su padre Federico Fernández había participado en la última década del XIX en la ya mencionada Sociedad Benefactora de Estudios Psíquicos. Otros miembros de su familia aparecen vinculados con el mundo espiritista. Durante su exilio en España, continuó con sus gustos de ultratumba, como se aprecia en su novela Lux et Umbra (1911), de tema espiritista y ambientada en Europa. Sus vínculos en México con Madero reforzaron más sus inclinaciones filosóficas. Fue alguien que entretejió los nexos espiritistas entre Costa Rica, México y España. Parte del éxito internacional de la médium Ofelia Corrales se debió a la presentación que de ella hizo Fernández Güell desde su revista espiritista en México, con sus conexiones españolas, como garante de sus habilidades metapsíquicas.
La llegada de la teosofía
Fue en la última década del XIX cuando la teosofía se tornó visible en el mundo hispanohablante (ya llevaba un decenio dando de qué hablar en el mundo anglófono), logrando diferenciarse mejor del espiritismo, y cuando se comenzó a hablar de ella en los periódicos y revistas. En 1891 murió su principal promulgadora, Helena Blavatsky, y esto ayudó a relanzar su trabajo, ahora sin su incómoda presencia carismática. Apenas tres años antes, en 1888, había publicado su principal obra, La Doctrina Secreta, con la que revolucionó el panorama esotérico, con un discurso que aunaba el ya conocido esoterismo occidental (neoplatonismo, cábala, hermetismo, gnosticismo) con elementos provenientes del budismo (Mahayana y Vajrayana) y del hinduismo (Samkhya y Vedanta). Lograba así Blavatsky superarse a sí misma en términos de novedad y de logros doctrinales, pues una década antes, en 1877, había publicado con mucho éxito su primer título, Isis sin velo (según su traducción al español, que podría haber sido, más cercano al original, “Isis develada”), en donde falta buena parte de su posterior elaboración “indotibetana”, limitándose en su obra neoyorkina a la órbita occidental de paganismo, hermetismo, magia y, claro, el ingrediente moderno, el espiritismo. Son los desarrollos hechos en la obra tardía de Blavatsky (escrita en Europa, sobre todo en Londres) los que le dieron un perfil distinto a su propuesta esotérica, ya alejada del espiritismo y con un fuerte matiz orientalista. Y es justamente en esa última década del XIX cuando los temas y conceptos reensamblados por ella en una nueva síntesis moderna comenzaron a ser más conocidos en Occidente: reencarnación, karma, cuerpos sutiles, elaborada cosmogonía, civilizaciones antiguas, poderes psíquicos, proyección astral, meditación, entre otros asuntos.
En la revista Lucifer, fundada por Blavatsky y por ella conducida, en el número de julio de 1890, hay un artículo titulado “Theosophy in Spain”, que es revelador del estado de novedad que esa doctrina representaba en la península ibérica:
It is true that no one have ever head of Theosophy in Spain until a year or so ago; and indeed one does not mention it, except to those who one supposes have already heard of this great movement […]. To speak of Theosophy in Madrid, seems to every Madrilene, admitting that he knows what it means, something inconceivable, impossible. Theosophy is so strange, so new, and, in addition, comes to us from foreigners; and for most people the strange even if not actually unknown, is suspected; especially in religious matters, and among the so-called “bien pensants” (403). […] Theosophy is in the air, in Spain and elsewhere, possibly even more so in Spain, though in a nascent and as yet indefinite form (p. 404). [Es verdad que nadie había oído hablar de teosofía en España hasta hace alrededor de un año; y por supuesto no se la mencionaba excepto a aquellos que uno suponía que ya habían oído hablar de este gran movimiento […]. Hablar de teosofía en Madrid parece a cada madrileño, suponiendo que conoce lo que significa, algo inconcebible, imposible. La teosofía es tan extraña, tan nueva, y, además, nos llega procedente de extranjeros, y para la mayoría de la gente lo extraño (incluso si no totalmente desconocido) es sospechoso, especialmente en asuntos religiosos, entre los así llamados “bien pensants” [bien pensantes] […]. La teosofía está en el aire, en España y en todos lados, posiblemente aún más en España, aunque en una forma incipiente y todavía indefinida].
El artículo se atribuye al corresponsal de la revista en España, pero no se da su nombre, aunque es muy probable que se trate de Francisco Montoliu (1861-1892), una de las figuras básicas, junto con José Xifré (1856-1920), para el desarrollo de la teosofía en España. Ambos personajes estuvieron en contacto con la propia Blavatsky, Montoliu por carta, Xifré en vivo, durante sus visitas a Inglaterra. El primero, encantado por lo leído en una revista teosófica francesa, le escribió a Blavatsky declarándole su admiración y su buena disposición para trabajar por la nueva causa, para espanto de su aristócrata y católica familia, que terminó desheredándolo. Por su parte, en sus estancias en Londres, Xifré había conocido los círculos teosóficos, leído La Doctrina Secreta, que acababa de salir (1888), y había conversado con Blavatsky, con lo que se convirtió en el primer contacto directo español con ella. Comenzó así el interés hispano por la teosofía en los dos últimos años de la década de los ochenta (de ahí la mención en el artículo de 1890 de Lucifer de que hacía apenas un año antes nadie en España había oído hablar de teosofía). Xifré y Montoliu, que no se conocían, entraron en contacto en 1889, por intervención de Blavatsky, e iniciaron la empresa teosófica a nivel de organización, difusión, traducción y publicación. En el caso de Xifré, que poseía una gran fortuna heredada, se tornó el gran mecenas de dicha empresa, por la que la teosofía echó raíces en el país, pero también allende el mar, en América Latina, por medio de traducciones, libros, conferencias, y en especial por la revista Sophia (1893-1914). Montoliu murió muy joven, a los 31 años, no sin antes dejar traducida Isis sin velo, entre otras cosas. Xifré mantuvo viva la antorcha teosófica, con tiempo, dinero y vida, con un vínculo fuerte con la propia Blavatsky. Ambos, Montoliu y Xifré, formaron parte de la Escuela Esotérica de Teosofía –círculo íntimo dentro de la Sociedad Teosófica– e introdujeron ambos círculos (interno y externo) a España. En 1892 Xifré sacó una traducción de La clave de la teosofía, de Blavatsky, y en 1895 el primer tomo de La doctrina secreta, siendo la primera edición de dicha obra en lengua no inglesa, y en 1898 el segundo tomo.4
El trabajo de Montoliu en Barcelona fue seguido, a su muerte, por José Roviralta y Borell, otro renombrado traductor de obras literarias y teosóficas; José Melián, canario que dirigió la revista Sophia, antes de su emigración a Sudamérica y su muerte en Perú; Federico Climent Terrer, otro traductor fecundo; Ramón Maynadé, editor y fundador de la Biblioteca Orientalista; Manuel Treviño, egiptólogo, gran maestre comasónico, fusilado años después por agentes de Franco. Suele mencionarse a María Mariátegui, duquesa de Pomar, o Lady Caithness, como el tercer vínculo directo de España con Blavatsky (los otros dos fueron Montoliu y Xifré), y en cierta forma lo es, aunque el impacto teosófico de la duquesa fue sobre todo en el ámbito francés, no tanto español. Ya más entrado el siglo XX nuevos teósofos entraron a escena, como Rafael Urbano, traductor inicial de Nietzsche y de Buda al español, así como rescatista y difusor de la Guía espiritual de Miguel de Molinos; está también Mario Roso de Luna (abogado, astrónomo, escritor, polígrafo), que dirigió la revista Hesperia y publicó toda una colección de obras de tipo teosófico y literario, bajo el nombre de “Biblioteca de las Maravillas”, que los estudiosos Labrador y Sánchez consideran “la aportación española más importante al movimiento teosófico mundial” (2002, 489). Su prestigio fue grande y no solo en España, pues viajó a Sudamérica, donde dio una serie de conferencias en Brasil, Argentina y Chile, publicadas luego en dos tomos como Conferencias teosóficas en América del Sur (1911). Fue un escritor productivísimo, cuyos textos solían aparecer en revistas latinoamericanas, y él mismo estaba atento de lo que se publicaba en las revistas teosóficas del otro lado del Atlántico, como lo muestra esta referencia que hace de la escritora costarricense María Fernández de Tinoco (esposa del ya mencionado presidente golpista Federico Tinoco):
Una distinguida dama costarricense, bajo el seudónimo de “Apaikán”, ha publicado en los números 4 al 7 de Virya, revista teosófica de San José de Costa Rica, la leyenda de Zulai relativa a los aborígenes centroamericanos, presentándonos a la raza indígena bajo la tutela de los mayas del Yucatán y relatando simbólicamente la llegada de tribus mogoles e hindúes a las feraces tierras aquellas muchos siglos después de consumado el hundimiento de la Atlántida, porque no hay que olvidar, enseña H. P. B.[Helena Petrovna Blavatsky], que todos los pueblos que juegan en la protohistoria mexicana eran ya arios, o sea, post-atlantes (1973, 96).
La historia de Zulai contada por Apaikán en la revista Virya5 gustó tanto, que en 1909 se publicó en forma de libro, con ilustraciones del connotado pintor y cofrade teósofo Tomás Povedano, con una segunda edición diez años después, y una tercera en 1945, con prólogo del escritor y director de la revista Repertorio Americano don Joaquín García Monge. En el ínterin, Zulai había calado en la onomástica costarricense, pues dio nombre a diversas niñas, incluida una hija de quien llegó a ser presidente del país, el teósofo Julio Acosta, a inicios de los años veinte tras la derrota de Tinoco.
El pujante desarrollo teosófico en España se vio truncado con el arribo de Francisco Franco, quien, católico ferviente, se dedicó a perseguir no solo a comunistas y anarquistas, sino también a masones y teósofos, fusilando a algunos de ellos, como ocurrió con el mencionado Manuel Treviño, dirigente teosófico de entonces y maestre de la masonería mixta de Le Droit Humain, así como a la incautación de sus bienes. Pero antes de ese momento nefasto, sin duda España fue el centro de la actividad teosófica en el área hispanohablante, con una competencia fraternal entre Barcelona y Madrid por el liderazgo. Con el franquismo, la actividad teosófica, sobre todo a nivel editorial, se desplazó a Argentina y a México.
Algunos de esos teósofos españoles emigraron a América Latina por diversas razones y llevaron con ellos sus inquietudes religiosas y filosóficas. Están el italiano Alberto de Sarak y su esposa Antonia Martínez Royo, vinculados polémicamente (sobre todo él) a la primera logia teosófica en Argentina, la rama Luz, de 1893; aunque hay que distinguir la fundación legal, con su acta constitutiva, del movimiento real que la antecede, por lo que ya había teosofía en Argentina desde antes de 1893. La primera revista teosófica ahí fue Philadelphia, iniciada en 1898 y extinta en 1903, con Alejandro Sorondo como editor. Soledad Quereilhac añade que
hacia 1899 se fundan otras dos ramas teosóficas en el país: ‘Ananda’ en Buenos Aires, y ‘Casa Rosario’ en la provincia de Santa Fe. Dos años más tarde, en 1901, la Sociedad Teosófica cobra notable presencia en los medios de prensa cuando el presidente en ese momento de la Sociedad internacional, el Coronel Henry S. Olcott, visita las ciudades de Buenos Aires y La Plata para dar algunas conferencias y revisar el funcionamiento de las ramas locales (2008, 75).
En México estuvieron en esas primeras décadas de consolidación teosófica españolas como Belén de Sárraga (1873-1951), feminista, librepensadora. Hija de masón, ella misma masona de la masonería mixta de Le Droit Humain, cercana al espiritismo y a la teosofía, gusto que respondía no solo a su anticlericalismo militante, sino también porque veía ahí libertad de pensamiento, tolerancia, libertad religiosa, como un complemento de las libertades y derechos sociales y políticos (cf. Ramos, 2006). También está el español José Antonio Garro, que vino al país en parte para apoyar el trabajo de espiritistas como Madero y sobre todo el de la Sociedad Teosófica, que en 1906 había fundado su primera logia, “Aura”, que todavía existe. Cuando matan a Madero, Garro es de los pocos que asisten a su entierro e incluso carga su ataúd, asumiendo el riesgo que tal acción conllevaba en ese momento. Una de sus hijas fue la escritora Elena Garro (1916-1998), cuya infancia mágica puede deber algo a la teosofía de su padre. En su novela Testimonios sobre Mariana hay alguna referencia interesante al respecto.
También en Costa Rica la emigración española tuvo un papel importante en la fundación de la Sociedad Teosófica en el país en 1904. Como se señaló, ya desde la década anterior la teosofía había llegado al país por vía de costarricenses que se iban a estudiar a Europa, donde conocían de esos asuntos esotéricos, y volvían a su patria con tales inquietudes activas. Fue el caso de Jorge Castro Fernández, joven abogado formado en Bélgica. En Europa conoció la teosofía y algunas de sus figuras, como A. P. Sinnett, un temprano colaborador de Blavatsky, quien luego se separó de ella, aunque no de su ideología; así como al gran ocultista francés de la Belle Époque, Gérard Encausse, mejor conocido como Papus. También conoció a la baronesa Adelma von Bay (1840-1925), nacida en la actual Ucrania, aunque muy pronto se moviera a Austria y Prusia, e iniciadora del espiritismo en Eslovenia y Hungría. De esto y otras cosas parecidas conversaba con su amigo Rubén Darío, mientras Castro trabajaba como diplomático en Guatemala. Fue una de las primeras referencias teosóficas del poeta nicaragüense, que sabía de masonería, de espiritismo y de folclor macabro, pero no de teosofía. Castro Fernández murió joven en Panamá, de forma repentina, y esto llevó a su amigo Darío a escribir una semblanza necrológica suya, en la que señala que “era un alma del más bello oriente. Apasionado y soñador, tenía algo de apóstol y de poeta” (1927, 154). Y advierte sobre sus gustos espirituales:
Partidario de esas poderosas doctrinas que hoy sostienen la mayor parte de la juventud europea –el consorcio íntimo de la ciencia y la religión, el estudio de la naturaleza, la perfectibidad progresiva del ser humano–, Jorge tuvo a veces que sufrir los prejuicios duros o burlones de los que, apoyados en su ignorancia o en el escepticismo, combatían sus teorías y principios. La afición de Jorge a los estudios filosóficos y teosóficos fue fomentada en Europa por sus tres ilustres amigos que he nombrado arriba [Sinnett, Papus y Von Vay] (154-155).
Si bien es cierto que Jorge Castro supo de teosofía en Europa, ya sabía de masonería desde Costa Rica, pues era hijo de José María Castro Madriz, uno de los primeros presidentes masones de ese país y su patrocinador, no solo ahí, sino también en el resto de Centroamérica.
También está el caso de la dama escritora mencionada antes por Roso de Luna, María Fernández de Tinoco, hija del reformador educativo Mauro Fernández, casado con inglesa. Ella vivió parte de su juventud en Inglaterra, y pudo haber conocido ahí mismo sobre teosofía, en especial dado el perfil progresista de su familia materna en el área de la educación femenina. Así, no es raro que, de vuelta al país, participara en la primera logia teosófica, “Virya”, fundada en 1904, aunque desde antes ya funcionaba un grupo de estudio informal alrededor de la figura del pintor español Tomás Povedano.
Cuando se leen los nombres de algunos de los primeros miembros de la teosofía costarricense, ciertos apellidos se repiten: Field, Povedano, Fernández [Guardia] [Le Capellain], Brenes [Mesén], Bertheau, Odio… Había un componente extranjero fuerte, sobre todo anglófono (Field) y español, llegados estos últimos directamente desde Iberia (Povedano) o indirectamente desde Cuba (Odio, Bertheau). La teosofía aparece vinculada a sectores de alta burguesía (políticos, financieros, sociales, artísticos), pero también de clase media (comerciantes, profesionales, educadores). Esto llevó a tensiones políticas notables, entre lo más renovador (el gobierno de González Flores) y lo más conservador (el gobierno de Tinoco). Estéticamente formó parte de la renovación modernista.
Fue sobre todo en las dos primeras décadas del siglo XX cuando se fundaron las primeras logias teosóficas en los países del orden panhispánico, con excepción de España y Argentina, que son de 1893, aunque en el primer caso ya funcionaba desde 1889 un grupo encabezado por Xifré y Montoliu, según vimos. De allí salió justamente Juan José Jiménez y Serrano, quien estableció la primera logia en Cuba en 1901. Algunas fechas de fundación institucional de primeras logias son: Chile, tanto en Valparaíso como en Santiago, en 1902; Costa Rica en 1904, acompañada de la publicación de la notable revista ya mencionada Virya. Estudios de Teosofía, Hermetismo, Orientalismo y Psicología (1908-1916 en una primera gran etapa; continuó hasta principios de los años treinta); Uruguay en 1905; México y Puerto Rico en 1906; Venezuela en 1908; El Salvador en 1910; Paraguay en 1912, en este caso con el apoyo de otro teósofo español en el exilio, Viriato Díaz Pérez (1875-1958); Bolivia en 1914, y de forma más bien tardía, Colombia en 1921 y Perú en 1924.
Por el tiempo en que la teosofía se expandía por el mundo hispanohablante ya Blavatsky había muerto, y la versión que se propagó en el nuevo siglo fue la de la segunda generación teosófica, encabezada por Annie Besant y C. W. Leadbeater, de rasgos distintos de la primera. En la medida en que Besant y Leadbeater impulsaron el proyecto mesiánico de Krishnamurti, éste también corrió paralelo al empeño de la Sociedad Teosófica de la época, con su propia organización, la Orden de la Estrella de Oriente (Order of the Star of the East), de aquí que uno de los temas dominantes en esta teosofía naciente en Iberoamérica fuera Krishnamurti. Otras organizaciones impulsadas por Besant fueron la Comasonería (un tipo de masonería mixta denominada Le Droit Humain) y la Iglesia Católica Liberal (capitaneada por J. I. Wedgwood y C. W. Leadbeater), que también tuvieron sus grupos correspondientes en países como Costa Rica (desde donde irradió al resto de Centroamérica, parte del Caribe e incluso a Colombia) y Argentina.
Estructura de la antología
Dados los antecedentes de las dos corrientes esotéricas abordadas en este libro, podemos ahora presentar los lineamientos seguidos para ordenar los materiales recogidos. He dividido el conjunto en cuatro partes relacionadas. En cada una de éstas se presentan textos completos de escritores, y no fragmentos, excepto en casos en los que el escrito era demasiado extenso y repetitivo (como en Arlt o Fernández Güell), cada uno con su respectiva y breve presentación. El objetivo es que el lector tenga oportunidad de apreciar el texto, y quizá disfrutarlo, en su totalidad literaria y no solo en su aspecto pragmático de transmisión temática. Se ha realizado una actualización ortográfica, respetando sin embargo los modismos de estilo de cada quien; por ejemplo en algunos casos el uso de iniciales para referirse a personajes e instituciones, previa aclaración de mi parte la primera vez que aparecen (v.g: HPB para Helena Petrovna Blavatsky, K para Krishnamurti, ST para Sociedad Teosófica). Se ha respetado también el tipo de puntuación, así como mayúsculas que hoy ya no se utilizan. Algunas palabras nuevas muestran variaciones según el autor pues, dado su incipiente ingreso en la lengua española, todavía no se había generado criterio común (v.g.: Buda, Budha, Buddha; Thibet, Tíbet). Términos procedentes de lenguas asiáticas se han dejado con sus grafías originales, con sus variaciones y errores (v.g.:“kamaloka”, “camaloka”). El criterio fue respetar lo más posible el texto original, pese a sus inexactitudes dados los criterios actuales. Las citas de libros y publicaciones en inglés y francés (cuyos títulos aparecen en estas lenguas en la bibliografía) han sido traducidas por mí para facilitar su acceso a los lectores.
Los escritores pertenecen sobre todo a cuatro países del orbe panhispánico sobre los que pongo énfasis, por su representatividad geográfica y mi conocimiento personal: España (la lengua raíz), en Europa, y, de América: México (el norte), Costa Rica (el centro) y Argentina (el sur), países en los que el fenómeno esotérico fue notable. Como complemento, se ha reforzado la antología con autores de cinco naciones (Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Cuba y Perú). Los seleccionados son escritores reconocidos por su talento literario, representativos del canon de época de su país y/o de la región hispanohablante, aunque también en esto hay excepciones, pues se incluyeron tres autores anómalos: un cronista teósofo, un presidente espiritista y un ocultista alemán, esto para el caso de México, quienes, aunque no posean los talentos de la musa, brindan información esotérica local que vale la pena recuperar.
La primera parte, “Contextos (historia y testimonios)”, busca presentar al lector escritos que le permitan ubicar las nuevas tendencias esotéricas y religiosas de las dos últimas décadas del XIX, con una creciente secularización, como ya lo anunciaba el escritor guatemalteco avecindado en Francia Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) en “Las religiones de París”, donde comentaba la diversidad religiosa de la capital francesa, algo que, dado el especial lugar de París en el imaginario literario y artístico de la época, tendería luego a reflejarse también en la zona hispanoamericana, debido a la francofilia modernista imperante, aparte de la movilidad internacional del esoterismo. Por eso se presenta también y de entrada el texto de otro latinoamericano viviendo en París, “Siempre el Misterio”, de Rubén Darío, maravillado por las “manifestaciones extraordinarias” que ahí encuentra, por su amistad con el famoso mago Papus, así como por la fama creciente de una médium costarricense, Ofelia Corrales, cuyas supuestas dotes psíquicas serían conocidas por fotos y escritos en Costa Rica, México, España y Francia a fines de la primera década del XX. En la crónica no se da el nombre de esa “señorita de la mejor sociedad que se ha revelado médium extraordinaria”, quizá por proteger a la joven damita que hablaba con fantasmas, a la que compara con Eusapia Paladino, la más famosa médium europea de entonces, pero para muchos lectores de época no resultaba difícil saber de quién se trataba, dada la celebridad que por su tiempo alcanzó Corrales.
Inmediatamente después de los textos sobre el caso parisino de Darío y Gómez Carrillo, vienen dos crónicas sobre España (la Madre Patria de la mayoría latinoamericana y fuente de irradiación permanente) por mano de Emilio Carrere (1881-1947), uno de sus escritores activos de entonces, hoy poco recordado, aunque bastante conocido en su tiempo, vinculado con el medio esotérico de forma tangencial, muy amigo del teósofo Mario Roso de Luna (1872-1931), quien incluso aparece como personaje en algunos de sus cuentos (“La conversión de Florestán”) y crónicas (“Roso de Luna el inquietante”, de su libro Almas, brujas y espectros grotescos. Interrogaciones al misterio), a quien también habrá oportunidad de leer más adelante en esta selección.
Tras haber visto los casos europeos (París y Madrid), vienen después cuatro autores para nuestro primer caso americano, México. Uno de ellos es Amado Nervo (1870-1919), quien en estas crónicas seleccionadas muestra algo del acontecer espiritista en el país, así como la búsqueda de otras opciones religiosas en un ambiente cada vez más secularizado; están también dos escritos pioneros del narrador Pedro Castera (1846-1906), muy involucrado por un tiempo en el ambiente espírita, incluido su papel de médium escribiente; hay un texto autobiográfico del alemán-mexicano Arnold Krumm-Heller (1876-1949), un ocultista que sirvió como puente entre el esoterismo del primer mundo y el que comenzaba a conformarse institucionalmente en América Latina. Krumm-Heller tuvo un impacto no solo en México sino también en otros países latinoamericanos, como Chile, Perú, Brasil y Venezuela, y de su linaje provendrá uno de los primeros esoterismos latinoamericanos exitosos, ya en la segunda mitad del siglo pasado: el movimiento neognóstico de Samael Aun Weor (1917-1977). El texto de Krumm-Heller es una introducción al libro Conferencias esotéricas (1909), que reúne una serie de pláticas que dio en la Sociedad Teosófica de México. En dicha introducción, describe su involucramiento en el medio esotérico de la época, no solo en Europa sino también en México. En su caso tenemos el testimonio de un activo participante en este ambiente, quien alcanzó gran renombre internacional, con lo que resulta muy revelador de las conexiones entre lo nacional latinoamericano y lo europeo. Se presenta finalmente para México en esta primera parte un extracto del testimonio del teósofo mexicano Joaquín Valadez Zamudio, quien en su libro La historia de la Sociedad Teosófica en México hace una crónica de las actividades de dicha organización en el país, hasta los años ochenta del siglo pasado. El suyo es un recuento testimonial, para nada historiográfico o literario, que sin embargo permite identificar parte de la actividad teosófica por boca de uno de sus participantes. Vale la pena leerlo.
Los últimos dos textos de la primera parte ejemplifican, tras haber visto el norte, los otros dos casos americanos de este libro: Costa Rica y Argentina, el centro y el sur. Uno es del poeta costarricense Rogelio Sotela (1894-1943), cuyo escrito nos permite darnos cuenta del papel renovador que en las primeras décadas del siglo jugó la Sociedad Teosófica en la cultura local, reconocido en este caso por uno de los artistas emblemáticos de la época, algo que, si bien ahí queda ejemplificado para el caso de Costa Rica, también ocurría en otros países centroamericanos, como El Salvador y Guatemala. Esto bien lo ha mostrado el trabajo de investigación de Marta Elena Casaús (2002) y, para la propia Costa Rica, desde una perspectiva más histórica que sociológica, los trabajos de Ricardo Martínez Esquivel (2010, 2013), Esteban Rodriguez Dobles (2010-2011, 2018), Chester Urbina Gaytán (2000, 2015) e Iván Molina Jiménez (2011). El último texto de esta sección es del escritor argentino Arturo Capdevila (1889-1967), quien, en este capítulo seleccionado de su biografía sobre Lugones, retrata parte del ambiente teosófico de Buenos Aires y de su atractivo orientalista para alguna gente. Es un buen complemento del texto de Roberto Arlt, “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires” (también incluido aquí en la siguiente sección), pues, si bien no está exento de ironía, no cae en la parodia descalificadora de Arlt. Sirve para equilibrar el paisaje crítico y darse cuenta de que, lo que para unos es ambrosía, para otros es veneno.
La segunda parte del libro se titula “Doctrina y polémicas”, y deja un poco de lado lo histórico para revisar más bien las ideas, lo conceptual del esoterismo según sus actores, el debate externo (por ejemplo entre espiritistas y positivistas en México) y el interno (entre teósofos y espiritistas, que se dio iniciando el nuevo siglo). Presenta tanto textos afines a las doctrinas ocultas como uno completamente antagónico (el de Arlt).
Los dos escritos españoles cubren tanto la ortodoxia literaria de Juan Valera (1824-1905) como la heterodoxia teosófica de Mario Roso de Luna (1872-1931), sin duda el escritor de filiación ocultista más sobresaliente del mundo hispanohablante. Esto es, lo oficial y lo marginal de la institución literaria. Así como Juan Valera combinó sus oficios literarios con los diplomáticos, de parecida forma Roso de Luna lo hizo con los astronómicos, incluso descubrió un cometa que lleva su nombre. De Valera se ha retomado su artículo “Teosofía” que escribió para el Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano, donde hace su particular lectura de esa corriente ocultista y de su principal exponente, Blavatsky. En su última novela, Morsamor (1899), Valera rompió con su trayectoria más realista o psicológica (que tanto prestigio le había brindado) para abordar lo histórico y lo fantástico, y en ella se nota también el ingrediente teosófico en la trama. Por su parte, de Roso de Luna seleccioné su introducción a la biografía que escribió sobre Blavatsky, si no la única, la mejor que se ha escrito en español hasta la fecha, con mucho estilo literario, no obstante su visión casi hagiográfica.
Pasando a América, al caso de México concretamente, seleccioné el estudio que Francisco I. Madero (1873-1913) presentó al Primer Congreso Espiritista de 1906, en el que buscó sintetizar las principales propuestas de dicha corriente. Se buscó así una buena y breve exposición doctrinal salida de la boca de uno de sus adeptos. Después se incluyen algunos segmentos del libro de Rogelio Fernández Güell (1883-1918), Estudio sobre espiritismo y teosofía (1907), que presenta parte de la discusión interna entre una y otra corrientes, él ubicado del lado espírita. De hecho, este autor era amigo y cofrade de Madero en el ámbito espiritista y masónico, tal como se aprecia en la común labor editorial de revistas y folletos.
Para el caso de Costa Rica, he tomado el ensayo de José Basileo Acuña (1897-1992) La Sociedad teosófica y el Movimiento Teosófico (1926), que muestra muy bien el organigrama de la ST bajo la presidencia de Annie Besant: la propia ST, la Iglesia Católica Liberal, la Comasonería, la Orden del Servicio, la Orden de la Estrella de Oriente (para acoger a Krishnamurti), entre las más importantes. Permite una valoración del asunto no solo doctrinal sino además organizativa y literariamente, como corresponde a un poeta que llegó a ser el escritor hispanoamericano más y mejor vinculado al movimiento teosófico, no solo por una compartida manera de pensar o una cierta producción textual al respecto, sino sobre todo por su activa militancia institucional que lo llevó a ocupar altos puestos en la organización teosófica mundial, junto a los grandes nombres de su momento, como Annie Besant, C. W. Leadbeater y C. Jinarajadasa, así como en sus organizaciones afines, sobre todo la Comasonería (o masonería mixta) y la Iglesia Católica Liberal, como ningún otro escritor de lengua española. La reunión de buena parte de sus escritos teosóficos en el quinto y último tomo de sus Obras completas fue un gran acierto, pues reveló un corpus esotérico notable, escrito desde dentro del coto mágico, pero al mismo tiempo con cierto sentido crítico y mucha mano poética.
El siguiente texto recopilado es argentino. Se trata de la primicia literaria/periodística de Roberto Godofredo Arlt (1900-1942), conocido después sencillamente como Roberto Arlt, titulada “Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires”, en la que reseña su temprana participación en una logia teosófica y su posterior desilusión, debido a la “corrupción interna” y a, según su juicio, la mala calidad intelectual de la doctrina, ecléctica y mágica. Su visión negativa del asunto debe contrastarse con el texto anterior de Capdevila, quien también conoció, y quizá mejor, más de cerca, dichos ambientes bonaerenses de misterio teosófico.
Por último, y aunque Cuba no sea uno de los países seleccionados en esta antología, no puedo evitar la inclusión de un artículo de José Martí (1853-1895), escrito en Nueva York, sobre la visita de Annie Besant a esa ciudad, de la que admira su capacidad librepensadora y su “oratoria sensata y mística” a la vez, así como su compromiso social y político, algo que viene a poner en aprietos lo dicho por Arlt al respecto. De hecho, Cuba fue un importante centro de recepción y difusión de la teosofía y el espiritismo, no solo a nivel local, sino también latinoamericano, y seguramente un estudio detallado de su historia esotérica daría mucho material interesante, por ejemplo, los vínculos masónicos de José Martí o los inicios teosóficos de Severo Sarduy, décadas después. Si aquí no se la ha incluido es por otras limitaciones, no porque no se reconozca su valioso lugar en la dinámica ocultista hispanoamericana. Los logros en términos de historia masónica en Cuba deberían de extenderse a los ámbitos espiritista y teosófico.
La tercera parte de este libro se llama “Influjos e inseminaciones”, y reúne algunos trabajos que muestran la irradiación esotérica en otros ámbitos de la sociedad: la reflexión estética, el misticismo, la creación literaria, o los temas que la nueva época científica imponía, sobre todo el de la cuarta dimensión. Justamente el primer texto es “Nuestras ideas estéticas”, del argentino Leopoldo Lugones (1874-1938), y se trata de un temprano trabajo suyo publicado en una revista teosófica de Buenos Aires y luego reproducido en la española Sophia, de mucha fama en su época. Se trata de una exposición que se remonta teosóficamente al neoplatonismo para explicar la belleza, ligada siempre a la verdad y al bien, y cómo el artista la descubre por medio de la experiencia intelectual y emocional de atisbar la unidad oculta de la naturaleza, expresión material de la divinidad. Buena parte de su discurso podría utilizarse en una exposición de la estética del modernismo literario de entonces.
Siguiendo en esta línea neoplatónica, totalmente afín a la teosofía,6 el siguiente texto es del modernista costarricense Roberto Brenes Mesén (1874-1947). Se trata de su ensayo El misticismo como instrumento de investigación de la verdad (1921), que había sido precedido por otro ensayo polémico, también de inspiración teosófica, Metafísica de la materia (1917). De ellos, seleccioné el segundo cronológicamente hablando, pues aparte de cubrir asuntos afines al anterior ensayo de Lugones, relata en su introducción la propia experiencia mística del autor, lo que introduce de algún modo una veta testimonial en lo que busca ser una exposición filosófica.
De España se presentan dos textos de Ramón del Valle-Inclán (1866-1936): el primero es una breve selección del libro La lámpara maravillosa (1916), que es su reinterpretación, para fines estéticos y espirituales, de tesis neoplatónicas como las expuestas por Lugones y Brenes Mesén, más otras lecturas provenientes del ámbito esotérico: teosofía, gnosticismo, cábala y, sobre todo, de la mística quietista de Miguel de Molinos. Este fue resucitado por los teósofos poco tiempo antes, quienes publicaron, por medio de Rafael Urbano, su Guía espiritual en la revista Sophia y luego en forma de libro en 1911 en Barcelona, en la Biblioteca Orientalista de Ramón Maynadé. Añado, además, un texto aparecido en México en 1892, durante su primer viaje, titulado “Psiquismo”, que muestra a Valle-Inclán interesado en el psiquismo y en el espiritismo, corrientes afines según él, solo que mientras una explica la producción de ciertos fenómenos paranormales por la intervención de los difuntos, la otra lo hace por la existencia de una cierta energía psíquica común que puede activarse por la acción colectiva.
Los aportes últimos de esta tercera parte del libro corresponden a México. Se trata de un escrito de José Juan Tablada (1871-1945) y otro de Amado Nervo, ambos con un tema común que a tantos atraía por entonces: el de la cuarta dimensión, tópico en el que se anudaban asuntos científicos de las nuevas teorías físicas y astronómicas, con tesis vinculadas a la pluralidad de mundos y de dimensiones, provenientes de los discursos esotéricos. Dado el gusto de teósofos y espíritas por los asuntos científicos, buscaron incorporar algunas de sus teorías a sus propios esquemas, reinterpretándolas desde sus parámetros particulares, como había pasado con la teoría de la evolución de Darwin. La cuarta dimensión fue uno de esos temas extendidos en el gusto de los lectores y, en su caso, Tablada lo continuó estudiando, ya no solo desde la teosofía, sino que además encontró el trabajo del ruso Ouspenski, que había empezado como teósofo y terminó como exponente principal de Gurdjieff, un maestro greco-armenio-ruso. Ouspenski publicó su libro La cuarta dimensión en 1909 y su Tertium organum en 1912, y ambos fueron leídos y disfrutados por Tablada. Al segundo texto incluso lo tradujo parcialmente. También Nervo se sintió atraído por el asunto y escribió el texto que aquí se presenta.
La cuarta y última parte de esta antología no estaba contemplada, pero dada la abundancia de escritos sobre Krishnamurti encontrados, de parte de connotadas plumas latinoamericanas, decidí abrir dicha sección que ilustra muy bien la recepción de una figura originalmente teosófica que generó mucha controversia, para bien, porque llevó a la Sociedad Teosófica a su cúspide en términos de membresía, y para mal, en términos de desfiguración de la propuesta blavatskiana original, así como del descrédito institucional cuando se dio la capitulación del Mesías, y la posterior pérdida de miembros de la institución. Me refiero al proyecto Krishnamurti que dominó en la mayoría del mundo teosófico, incluido el hispanoamericano, en las tres primeras décadas del siglo XX, pues coincidió con el tiempo en que la Sociedad Teosófica se afianzaba en el área hispánica. La teosofía que dominó en España y América Latina es la llamada neoteosofía, o teosofía de la segunda generación, la de Besant y Leadbeater, no la original de Blavatsky, sino otra por ellos modificada, neocristiana y krishnamurtiana. Es llamativo que el escritor teosófico más importante de habla hispana, Mario Roso de Luna, se separe de esa neoteosofía hegemónica en su país y en el área y busque fortalecer, no a la institución (cooptada por Besant y su proyecto K), sino a la figura de la fundadora, Blavatsky, así como su obra, por lo que la traduce y escribe su biografía. Podría pensarse en Roso de Luna como un peculiar representante hispánico del movimiento “Back to Blavatsky” [Vuelta a Blavatsky], que acontecía en el ámbito teosófico anglófono, llevado a cabo por figuras como Alice Leighton Cleather, Basil Crump o B. P. Wadia, quienes querían deslindar el movimiento teosófico de raigambre blavatskiana del fenómeno mesiánico propiciado por Besant y Leadbeater en el nuevo siglo.
El proceso de Krishnamurti, desde su figura como inminente avatar de un Cristo teosófico, hasta su puesto como posterior maestro secular, pasando por el mediodía de su renuncia pública en Holanda a su puesto mesiánico, acto que hundió en perplejidad a sus devotos y llenó de alegría a sus enemigos, todo este proceso tuvo su impacto en España y América Latina. A esta región Krishnamurti hizo una gira de varios meses en 1935, que incluyó a Brasil, Argentina, Uruguay y Chile, con rápidas e improvisadas paradas en Perú y Costa Rica, antes de arribar a México, donde retomó un programa organizado, y que lejos de brindar certezas y seguridad a sus oyentes, generó dudas y desconfianza, tanto a tirios como a troyanos, tanto a católicos como a teósofos.7
Los textos seleccionados de esta cuarta parte dedicada al impacto del primer Krishnamurti, todavía funcionando dentro del universo teosófico, se muestran cronológicamente, antes y después de la renuncia de K (como algunos lo denominaban, solo por su inicial) a su puesto cósmico, en 1929, para convertirse en un librepensador espiritual más bien iconoclasta. Los dos primeros textos son de Tablada, uno en son de comentario (cuando todavía no conocía a Krishnamurti en persona), donde lo compara mundanamente con el actor Valentino, y el otro más testimonial, tras haber asistido a una de sus pláticas en Nueva York, con un año de diferencia entre uno y otro, y ambos de antes de su claudicación mesiánica. Ahí Tablada lo describe “tan moreno como nuestros indios”, con “cabello de negrura corvina”. Se trata de un maestro espiritual en su cúspide, y también de una celebridad de la prensa, tanto como para ser comparado con el famoso astro de cine, también de fisonomía exótica, recientemente fallecido en el momento de la comparación.
A diferencia de la cercanía devocional de Tablada a K, presento luego un texto de 1926 del guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), futuro premio Nobel, donde se nota su desconocimiento del personaje y la caricaturización del medio que lo rodeaba (un poco como lo que hizo Arlt), para efecto de escribir un texto periodísticamente atractivo por su humor, aunque fácticamente falso; así como dos crónicas del peruano César Vallejo (1892-1938), la primera todavía sin conocer mucho al personaje, y la segunda, cuando ya escucha directamente a Krishnamurti en París y se produce un cambio de juicio, hacia una mayor reflexión. Mantiene su distancia, aunque ahora respeta al personaje. Es interesante este cambio de tono en la apreciación de Vallejo por Krishnamurti, un poco lo que le había pasado a Tablada, cuando se compara lo escrito antes y después de que conociera personalmente a K.
Se acaba esta última parte del libro con un texto de El Salvador y cuatro de Costa Rica, quizá uno de los países hispanoamericanos donde la teosofía y Krishnamurti alcanzaron una de las más altas cuotas de poder social y político, por su incrustación en un segmento heterodoxo de la élite gobernante que tuvo su momento más alto durante el gobierno de Federico Tinoco (1917-1919), obtenido por un golpe de Estado al presidente reformista Alfredo González Flores. En ambos gobiernos, el reformista y el golpista, participaron importantes figuras teosóficas, como Roberto Brenes Mesén, Rogelio Fernández Güell y Walter Field, quien fue el primer presidente de la junta directiva del polémico primer banco estatal fundado por González Flores. Por entonces apareció la imagen de Field en uno de los nuevos billetes acuñados, con su broche de la Estrella de Oriente en la solapa, lo que generó puyas y quejas en la prensa por el lado católico, muy beligerante contra teósofos, espiritistas y masones. También en el gobierno de Tinoco hubo participación teosófica al inicio de su gestión, pero después se dio un distanciamiento, dado el creciente tinte dictatorial del nuevo régimen.
Para captar ese medio, se seleccionó un testimonio de primera mano, un fragmento del libro de memorias de Sidney Field Povedano (1906-1988), hijo y nieto de teósofos de Costa Rica. Esto es, se trata de un niño surgido de la mera entraña teosófica del país, en donde se entrecruzan lo español, lo cubano, lo estadounidense y lo costarricense. Me interesa recuperar esa vivencia de Sidney Field, el ambiente teosófico de una época en que dominaba la figura de aquel primer Krishnamurti que todavía se movía en la órbita teosófica, pintado en un óleo por su abuelo artista; no el pensador independiente posterior.
El siguiente texto sobre K es de José Basileo Acuña, de quien ya conocemos un ensayo sobre teosofía en la segunda parte de este libro, y de quien señalamos su alta y gran nombradía obtenida en la organización teosófica nacional e internacional, de la que formó parte como conferencista y funcionario. Su texto busca dar, no información, sino más bien una suerte de testimonio personal de lo que significó la lectura de Krishnamurti para él. Todavía no lo conocía directamente, como tendrá oportunidad de hacerlo años después en la India, con consecuencias importantes en su vida: el alejamiento institucional de Acuña del medio teosófico, comasónico y católico-liberal, así como la acogida de la propuesta del Krishnamurti maduro e independiente en su propia casa en San José, donde funcionó un grupo afín de estudio y meditación por muchos años.
Después de estos dos textos “internos” sobre el tema K, de gente convencida de la validez de su propuesta, se presentan las contribuciones del escritor salvadoreño Alberto Masferrer (1868-1932) publicadas en El Repertorio Americano, célebre publicación costarricense de proyección hispanoamericana, dirigida por Joaquín García Monge, y en las que Masferrer evalúa elogiosamente –aunque con cierta distancia– la figura de Krishnamurti, una vez que éste renunciara a su papel mesiánico como supremo dirigente de la Orden de la Estrella de Oriente. Se cierra el libro con un texto del escritor Mario Sancho (1889-1948), quien en su libro de 1933, Viajes y lecturas, cuenta de su asistencia a una conferencia de Krishnamurti, en Estados Unidos, de la que no sale muy convencido.
En esta sección sobre Krishnamurti me hubiera gustado incluir también los textos de dos escritoras, una española, Ángeles Vicente, y la otra chilena, Gabriela Mistral. La primera publicó el artículo “Los que esperan a Cristo” en Excelsior, de Madrid, el 20 de septiembre de 1912, en plena etapa de crecimiento de la figura de Krishnamurti, mientras que la segunda escribió “Algo más sobre el caso Krishnamurti”, en La Nación de Buenos Aires, el 31 de agosto de 1930, ya producida su dimisión del proyecto mesiánico. En especial el artículo de Mistral resulta valioso, por sus ideas, reflexiones y por su cuidado estilo literario. Lamentablemente tuve conocimiento de ellos cuando este libro estaba prácticamente listo, por lo que, por razones de tiempo y extensión, ya no podía incluirlos, aunque me hubiera gustado hacerlo, no solo por su valor intrínseco sino además por tratarse de textos escritos por mujeres, que brillan por su ausencia en esta antología que huele tanto a testosterona, no por discriminación de sexo sino por escasez literaria sobre el tema, en este género particular del ensayo o el artículo, no en otros como relatos (la espiritista española Amalia Domingo Soler o la teósofa costarricense María Fernández de Tinoco) o literatura de viaje (la teósofa guatemalteca María Cruz), géneros que no se abordan en este libro. No obstante, el texto de Ángeles Vicente puede leerse en la tesis doctoral Viaje al mundo de las almas: la narrativa breve de Ángeles Vicente, escrita por Sara Toro Ballesteros, accesible en Internet, mientras que el texto de Mistral ha sido recogido en la antología Prosa religiosa de Gabriela Mistral, elaborada por Luis Vargas Saavedra y publicada por la editorial Andrés Bello en 1978.
Isis: del secreto natural al misterio metafísico
Con lo dicho hasta ahora, creo que el subtítulo del libro queda claro, no así la primera parte, sobre todo en su referencia a la diosa Isis. Desde el Renacimiento, con la recuperación del Corpus Hermeticum y su traducción al latín por parte de Marsilio Ficino, la filosofía religiosa del hermetismo se expandió por Europa como una señal de renovación ideológica y pasó a ser parte muy importante del corpus esotérico occidental que comenzó a fraguarse desde entonces. Figuras míticas como el supuesto Hermes Trismegisto o la diosa Isis se tornaron referentes de sabiduría arcana o, mejor, fortalecieron este aspecto que ya arrastraban desde la Antigüedad (por ejemplo, en el caso de Isis, con Las metamorfosis o El asno de oro, de Apuleyo), ahora con un nuevo conjunto de textos que apuntalaba dicho prestigio.
Para el siglo XVII, el sabio jesuita Athanasius Kircher, personaje de proyección internacional, cuyos libros y grabados llegaron incluso a la Nueva España, como puede apreciarse en sor Juana Inés de la Cruz y en Carlos de Sigüenza y Góngora, retoma de los clásicos, sobre todo de Plutarco, la metáfora del “velo de Isis” como símbolo de los secretos de la Naturaleza, esto en su libro Oedipus Aegyptiacus (1652-1654). En su tratado Isis y Osiris, Plutarco se refiere a la inscripción que había en el pedestal de Isis, en la ciudad egipcia de Sais: “Soy todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será y jamás mortal alguno ha levantado todavía mi velo” (1986, 13).
El siglo XVIII, el de la Ilustración y el de la Revolución, no abandona a la diosa con velo sino que la seculariza. Ella, la naturaleza, posee secretos que la razón humana se encargará de develar. En palabras de Pierre Hadot:
Muchos grabados representarán el desvelamiento de la Naturaleza como el triunfo de la filosofía de las Luces sobre el oscurantismo. Será uno de los temas preferidos de la Revolución […]. De una manera general, el motivo del desvelamiento de Isis desempeñó un papel capital en la ilustración de los libros científicos en los siglos XVII y XVIII. Pero ha sido también un tema literario y filosófico muy importante a finales del siglo XVIII y a principios del siglo XIX, que deja entrever una transformación significativa de la actitud de los filósofos y de los poetas con respecto a la naturaleza (2015, 310-311).
Con el surgimiento del romanticismo a finales del XVIII y principios del XIX, Isis velada sufre nuevas metamorfosis, empezando con Goethe, quien considera que no es Isis quien está velada, sino los ojos de quienes buscan contemplarla, los que requieren, para traspasarlo, una percepción estética de la naturaleza (cf. Hadot, 313-330). Otros autores germanos retomarán la figura de la diosa, como Schiller, quien escribió su famoso poema “La imagen velada de Sais” (1795), en el que la contemplación directa de la diosa acarrea la muerte, o Novalis, quien acudirá a la diosa y su inscripción plutarquiana en su texto Los discípulos en Sais (1802) y, en oposición a Schiller, acepta el reto de mirarla: “si, de acuerdo con la inscripción del templo, ningún mortal descorre el velo, tendremos que tratar de convertirnos en inmortales: el que no quiere descorrerlo, o no tiene suficiente voluntad como para levantar el velo, ese no es un verdadero discípulo, ni es digno de permanecer en Sais” (1988, 32). En otros autores alemanes se aprecia esta referencia isiaca, y algo parecido ocurre en el ámbito francés, de manera ejemplar en Gérard de Nerval, en quien la figura de Isis es recurrente y se manifiesta como el centro de una red imaginaria que combina misterio, sabiduría y feminidad (cf. Aubaude, 1997 y Spiquel, 1999), pero la lista es larga y abundante, e incluye entre otros a Victor Hugo, Flaubert, Gautier y Villiers de l’Isle Adam.
Podemos ver entonces que la Isis hermética del Renacimiento y del Barroco se seculariza en una Isis ilustrada y neoclásica que representa tan solo los secretos de la naturaleza que la razón humana se apresta a descubrir. Con el romanticismo, Isis recupera su carga numinosa, pasa del plano natural al metafísico, y “el sentimiento fundamental ya no será la curiosidad, el deseo de conocer, de resolver un problema, sino la admiración, la veneración, quizá también la angustia, ante el misterio insondable de la existencia (Hadot, 2015, 330). La naturaleza se torna inaccesible, y ante ella, más que una reacción intelectual, lo que se experimenta es un estremecimiento sagrado. La categoría romántica de lo sublime (recuperada de la tradición neoplatónica) ayuda a recomponer esta visión de la naturaleza, con su aspiración a una experiencia del todo, a un infinito que, al tiempo que atrae, también genera temor por su capacidad de disolución del yo. En palabras de Hadot:
Bajo la influencia de las representaciones de la Isis romántica y del cosmoteísmo que desarrollaron, la relación con la naturaleza se vuelve mucho más afectiva, mucho más emocional y, sobre todo, es ambivalente, hecha de terror y de maravilla, de angustia y de voluptuosidad. El desvelamiento de la estatua de Isis tiende cada vez más a perder su significación de descubrimiento de los secretos de la naturaleza para dar lugar a la estupefacción ante el misterio (2015, 357).
Si pasamos del ámbito literario al esotérico, también podemos ver esta revitalización de Isis en la masonería de los siglos XVIII y XIX, tanto en la “ortodoxa” e ilustrada (Assmann 2003), que incluso produjo una obra maestra como La flauta mágica de Mozart (titulada significativamente en su adaptación al francés Los misterios de Isis), como en la masonería “irregular” (sobre todo de Francia), que desde Cagliostro generó una tendencia marginal de tipo “egipcio” y que siguió en el siglo XIX con nuevas formulaciones (cf. Dachez 2012). Esta Isis masónica “se niega a decir su nombre y a ser desvelada, se esconde, no para disimular la causa de tal o cual fenómeno natural, sino para convertirse ella misma en el misterio o enigma absoluto, que no podemos penetrar, la divinidad sin nombre, ya sea ser o esté más allá del ser” (Hadot, 2015, 338).
En el siglo XIX, la corriente teosófica inaugurada por Blavatsky también reivindicará la figura de Isis, como queda explícito en su primera obra Isis Unveiled (1877), aparte de otros textos más breves en que la autora rusa se aboca a exponer la sabiduría de los antiguos egipcios. Blavatsky está al tanto de la incipiente erudición egiptológica de su siglo, y no duda en usarla en sus escritos, lo mismo que las primeras traducciones de antiguos textos como El libro egipcio de los muertos. Por otra parte, como lectora voraz que fue, estaba al tanto de parte de la literatura romántica de su siglo y de sus menciones a Isis, por lo que alude a Novalis y al famoso poema de Schiller sobre la diosa en Sais. Con su habitual estilo irónico y polémico, escribe en La Doctrina Secreta: “Schiller, en su magnífico poema sobre el Velo de Isis, hace al joven mortal que se atrevió a levantar el velo impenetrable, caer muerto al contemplar la verdad desnuda en la faz de la severa Diosa. ¿Han contemplado también algunos de nuestros darwinistas, tan tiernamente unidos en la selección natural y afinidad, a la Madre Saítica desprovista de sus velos?” (IV, 1991, 216). Repito además el epígrafe inicial de esta antología, sacado de Isis sin velo: “Los filósofos contemporáneos alzan el velo de Isis porque Isis es el símbolo de la naturaleza, pero solo ven formas físicas y el alma interna escapa a su penetración. La Divina Madre no les responde. […]. Para descubrir la gloriosa verdad, cifrada en las escrituras hieráticas de los papiros antiguos, es preciso poseer la facultad de la intuición, la vista del alma” (I, 2014, 78).
Tenemos entonces que, para el fin de siglo XIX, esta doble herencia literaria y esotérica está al alcance de los escritores modernistas,8 quienes activan la problemática religiosa romántica en clave finisecular, con lo que el misterio, la intuición y la angustia (todo esto sintetizado en la figura de Isis, sin referirse a ella necesariamente de manera explícita) están vigentes en sus vidas y en su obra. No en balde Darío tituló uno de sus escritos “Siempre el misterio”, aquí recopilado, pues es este sentimiento de temor y atracción lo que define su relación con lo esotérico. Con dicho escrito abrimos esta antología.
Notas del Estudio preliminar
1] Por supuesto, no todas las obediencias han caído en estas trampas seculares, e incluso hay ritos masónicos de fuerte contenido esotérico, como el de Menfis-Misraim (la llamada masonería “egipcia”, diferente de la “escocesa”), activo en España desde fines del siglo XIX y en América Latina desde principios del XX. El asunto de fondo es que lo esotérico está en toda masonería, lo sepan o no sus adeptos de cualquier rito, lo admitan o lo rechacen, aunque en ciertos ritos y linajes específicos se torna más explícito.
2] Un buen ejemplo de esta recuperación crítica y académica de la masonería en los últimos años en el ámbito panhispánico es la Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y del Caribe (REHMLAC), de gran calidad y que puede consultarse en línea.
3] Para esta forma de clasificar a los autores teosóficos por generaciones, cf. Godwin y Wessinger en Hammer y Rothstein, 2013.
4] Sobre Xifré escribió Boris de Zirkoff, el último descendiente de Blavatsky y el editor de los 14 tomos de Collected Writings de su antecesora: “Perhaps the greatest and most lasting result of Jose Xifre’s indefatigable work, in close collaboration with a few trusted friends and co-workers, was the publication of a superb Spanish translation of The Secret Doctrine, the first volume of which appeared in 1895 (Madrid: Establecimiento Tipolitografico de Julian Palacios, 27, Calle del Arsenal), and the second one in 1898. It has been stated by Col. Olcott (The Theos., XVII, Feb. 1896, p. 313.) that the chief translator was Jose Xifre himself, “upon whom the heaviest share of the labour fell,” and who supplied the large sum of money necessary to bring out the first volume, in fine typography, an excellent paper, and in a rich binding. The translation is in pure classical Spanish. The other translators were Jose Melian and Manuel Trevino” (1962) [Quizás el más grande y duradero resultado del infatigable trabajo de José Xifré, en estrecha colaboración con algunos pocos amigos y colaboradores de confianza, fue la publicación de una espléndida traducción española de La Doctrina Secreta, el primer volumen de la cual apareció en 1895 (Madrid: Establecimiento Tipolitográfico de Julián Palacios, 27, Calle del Arsenal), y el segundo en 1898. El coronel Olcott afirmó (The Theos., XVII, Feb. 1896, p. 313) que el principal traductor fue el propio José Xifré, “sobre quien recayó el mayor peso del trabajo”, y quien dio la mayor cantidad del dinero necesario para sacar el primer volumen en fina tipografía, un excelente papel y un rico encuadernado. La traducción está en un español clásico puro. Los otros traductores fueron José Melián y Manuel Treviño].
5] De cuyo comité editorial formó parte en sus primeros años Roso de Luna a distancia, pues nunca pisó suelo costarricense, aunque sí visitó Sudamérica en sustitución de Annie Besant en 1909.
6] Sobre esta afinidad estructural e histórica entre neoplatonismo y teosofía blavatskiana, cf. Chaves, 2018b.
7] Al respecto, cf. mi ensayo “La pérdida de la Estrella. La gira de Krishnamurti por América Latina en 1935”, en el libro Estudios sobre la historia del esoterismo occidental en América Latina: enfoques, aportes, problemas y debates, UNAM/UBA, 2018.
8] Dos ejemplos concretos de la influencia del primer libro de Blavatsky en la literatura española son el poemario El velo de Isis (1913), de Francisco Villaespesa, y El velo de Isis. Las mil y una noches ocultistas, de Mario Roso de Luna. En ambos las referencias a Blavatsky son explícitas.
I
Contextos
(historia y testimonios)
Rubén Darío
Nicaragua
(1867-1916)
Desde temprana edad Darío se sintió atraído por los asuntos “sobrenaturales”, a partir de las consejas populares que corrían en su medio todavía muy rural y propicio a todo tipo de ultramundanerías, tal como señala el personaje de uno de sus relatos fantásticos, “La larva”, cuando dice: “Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo invisible”, y añade: “En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes” (1982, 67). Justamente en ese relato de fuerte tono autobiográfico se narra su encuentro, en total sobriedad, con una criatura de este tipo.
Más crecido, entró en contacto con doctrinas esotéricas cultas, como la masonería y el espiritismo. En el caso de la primera, trató en León al masón polaco José Leonard Bertholet, e hizo algunas lecturas al respecto, según señala en su Autobiografía: “cayó en mis manos un libro de masonería, y me dio por ser masón, y llegaron a serme familiares: Hiram, el Templo, los caballeros Kadosh, el mandil, la escuadra, el compás, las baterías y toda la endiablada y simbólica liturgia de esos terribles ingenuos” (1966, 28). No obstante esta supuesta ingenuidad masónica, Darío se incorporó a la Orden el 24 de enero de 1908, específicamente a la Logia Progreso núm. 1 del Oriente de Managua (Arellano, 2010).
Un foco de interés seguro fue el espiritismo, tanto en libros como en sesiones, algo que continuó a lo largo de su vida, en diferentes lugares. Darío declara a su amigo el periodista Francisco Huezo, pocos días antes de morir, ser “feligrés en las capillas de Allan Kardec y Annie Besant” (esto es, representantes del espiritismo y la teosofía, respectivamente):
Yo he sido eso; yo he creído. He estudiado, he visto mucho, en París, en Italia. Suceden cosas sorprendentes, inexplicables. Son hechos extraordinarios, como cábalas de misterio. Ahí está la Eusapia Paladino, italiana, una médium prodigiosa. Cuando trabaja, en su cámara, a media luz, se observan fenómenos maravillosos alrededor de su cabeza, como un nimbo extraño. Se ven perfiles de personas que surgen y desaparecen, caras animadas, manos que los asistentes quisieran oprimir entre las suyas. En fin, manifestaciones especiales, fuertes. Y la Eusapia es una ignorante, casi ruda. Habla muy mal su idioma, el italiano, según he tenido oportunidad de apreciar, pues algunas veces la visité y comí en su compañía (Torres, 1982, 402).
Darío oscila entre el interés por los asuntos ocultos y el miedo a ellos, a los desórdenes nerviosos que puedan generarle. A principios de la última década del siglo XIX Darío conoce en Guatemala a Jorge Castro Fernández, a quien hemos mencionado anteriormente como un pionero de la teosofía en Costa Rica, tras haber estudiado en Europa. Castro, por entonces diplomático, introduce a Darío a la literatura teosófica, por entonces toda una novedad en el mundo hispánico. Se vuelven muy amigos y, entusiasmados por sus lecturas sobre la vida después de la muerte, hacen un pacto de que el primero que muera se le aparecerá al otro de manera irrefutable. Pasan algunos años, no muchos, y en 1901 Jorge Castro muere en Panamá de manera imprevista. Darío no lo sabe y, sin embargo, lo ve y oye sonidos del piano sin que haya nadie para tocarlo. Luego se entera de su muerte. El escalofrío lo alcanza cual relámpago y la piel se le pone de gallina. La combinación de los fenómenos paranormales vividos y la noticia de la muerte de su amigo impresionan tanto a Darío, que no solo lo convencerán para el resto de su vida de la existencia post mortem, sino que lo llevará a escribir unas bellas páginas necrológicas por él, bajo el título de “Jorge Castro Fernández”,1 su iniciador teosófico.
Ya en Argentina, Darío continúa con sus intereses esotéricos, ahora en compañía de Leopoldo Lugones, tal como manifiesta en su Autobiografía: “Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba mucho sobre ciencias ocultas. Me había dado desde hacía largo tiempo a esta clase de estudios […] había tenido ocasión, desde muy joven, si bien raras veces, de observar la presencia y la acción de las fuerzas misteriosas y extrañas, que aún no han llegado al conocimiento y dominio de la ciencia oficial” (1966, 118). Es en Argentina donde Darío comienza la elaboración de sus primeros cuentos fantásticos, en los que incorpora temáticas y nomenclatura procedentes de la teosofía y el espiritismo. Es decir, su interés continuo por lo misterioso no se queda en lo anecdótico y personal sino que tiene consecuencias literarias, favoreciendo su incursión en la incipiente producción fantástica latinoamericana.
En Europa, pese a sus reticencias, sigue cultivando sus intereses ocultistas, como vimos en el caso de sus visitas a Eusapia Paladino y, en Francia, al célebre ocultista Gérard Encausse, mejor conocido por su seudónimo Papus, autor de una vasta obra publicada y traducida a múltiples lenguas, incluido el español, y una figura importante para el esoterismo latinoamericano, pues extendió a estos rumbos algunas de las organizaciones en las que participaba, como el martinismo, entre otras, por medio de delegados como el ocultista germano-mexicano Arnold Krumm-Heller. Pues bien, señala Darío que “en París, con Leopoldo Lugones, hemos observado en el doctor Encausse, esto es, el célebre ‘Papus’, cosas interesantísimas” (1966, 118).
En varias ocasiones Darío menciona a Papus, siempre en tono elogioso, como ocurre en el texto aquí seleccionado, “Siempre el misterio”, en que lo describe como “un buzo de lo desconocido, un pensador y un explorador del más allá”, como una garantía de la veracidad de los fenómenos parapsicológicos, que en ese tiempo se denominaban “metapsíquicos”, siguiendo la nomenclatura de Charles Richet (1850-1935), un médico galardonado con el Premio Nobel en 1913 por sus investigaciones sobre la anafilaxia, y que también fue un pionero de la parapsicología. Precisamente Richet es mencionado en la última parte del texto a propósito de otro caso notable de prodigios “metapsíquicos”, el de la médium costarricense Ofelia Corrales, aludida ahí pero sin decir su nombre, aunque con todas las claves para que el lector de su época pudiese saber de quién se trataba, dada la notoriedad que alcanzó su caso, a fines de la primera década e inicios de la segunda, en el ámbito de la investigación paranormal.
Los fenómenos generados por Corrales (incluidas fotografías ectoplásmicas) fueron conocidos por revistas y periódicos en Costa Rica, México, España, Estados Unidos, Francia y Alemania, y algunos llegaron incluso a compararla con Eusapia Paladino, en versión tropical. En su caso, la investigación por parte de los investigadores científicos fue llevada a cabo, no por Richet, como indica Darío, sino por Willy Reichel, quien viajó a Costa Rica para ello, y quien terminó negando la validez de dichos fenómenos, no sin la oposición de otros investigadores como César de Vesme, colaborador de Annales des Sciences Psychiques, de Francia, en donde se tradujo del alemán y se publicó la investigación de Reichel, con los comentarios de De Vesme, contrarios al germano por sus irregularidades metodológicas y por sus prejuicios hacia la médium y su familia. En este sentido, pese a que Reichel acusó de fraude a Corrales (si bien le reconoce, pese a todo, algunas dotes mediúmnicas), De Vesme la defendió con fuerza (y con éste, muchos otros en Costa Rica2). En este pleito de parapsicólogos, la versión negativa de Reichel fue la que, a la larga, terminó imponiéndose, al ser recuperada por el Premio Nobel Richet en su libro Traité de Metapsychique (1922), y llamar a los fenómenos de Corrales como “supercherie grossière”, sin tomar en cuenta la detallada crítica de De Vesme. En cualquier caso, pese a la descalificación extranjera, Ofelia Corrales continuó con su trabajo mediúmnico (como se indicó antes, fue la médium oficial del gobernante Federico Tinoco, y cuando este abandonó el país por la rebelión popular, rumbo a Francia, en 1919, se la llevó con él, donde ella vivió unos pocos años, antes de retornar a Costa Rica), y llegó a convertirse en la figura más importante de la historia del espiritismo práctico en su país.
Muchos son los escritos de Rubén Darío donde aborda sus inquietudes sobre lo oculto, incluyendo crónicas, relatos e incluso poemas, por ejemplo en su crónica sobre Onofroff, el mesmerista de escena, titulada “La esfinge”. Ahí llega a preguntarse si “llegaremos a creer en la teosofía de madame Blavatsky, a hablar de “la ciencia oriental” y de “la ciencia de los mahatmas”, y a definir al ocultismo de forma totalmente blavatskiana: “¿qué es el ocultismo? El ocultismo o ciencia oculta, se dice la filosofía por excelencia, madre de todas las ciencias; posee un método especial, la analogía; enseña desde hace siglos la evolución y algo más: la involución, da la clave de todas las ciencias, y las reúne todas en una síntesis general. Estudia las ciencias oficiales y las ciencias ocultas, propiamente dichas, y las concilia perfectamente” (en Schmigalle, 2015). ¿No se subitula la principal obra de Blavatsky La Doctrina Secreta como “síntesis de la religión, la filosofía y la ciencia”? ¿No era este también el objetivo de la filosofía de la naturaleza del idealismo alemán, con Schelling a la cabeza?
De los autores hispanoamericanos, quizás sea Darío el mejor estudiado en estos vínculos con lo misterioso.
“Siempre el misterio” 3
El hombre de los ojos profundos que piensa y que sueña en medio de las corrientes tumultuosas del vibrante París, me presenta un periódico y me dice señalándome una columna: “Lea”.
Leo: “En vista de las nuevas manifestaciones espiritistas que han de pasar en diferentes puntos del mundo, manifestaciones “sensacionales” que sobrepasarán con mucho los fenómenos producidos hasta el día, el grupo de los nuevos cristianos cumple con el deber de informar al público que las prácticas espiritistas ofrecen grandes inconvenientes y algunas veces, grandes peligros. No se debe entregar a ellas sino con las intenciones más nobles y el corazón más anhelante. Lo subconsciente, el desdoblamiento de la personalidad, la telepatía, la alucinación y, sobre todo, el “fraude innumerable”, son otros tantos engaños que rodean las entradas del espiritismo; en fin, los espíritus engañadores pululan. Que sean entidades formadas por los fluidos pensamientos que se escapan constantemente de los individuos, o que tengan otro origen, ellos “existen”. Solamente la plegaria y la limpieza del alma pueden preservarnos de ellos. Hay el mal espiritismo y el buen espiritismo, como hay la buena y la mala iglesia, la buena y la mala república, la buena y la mala monarquía, etc. El espiritismo está llamado a prestar a la Humanidad servicios considerables. Guardémosle puro. Él es el que unirá la ciencia a la religión, el que nos permitirá probar científicamente la revelación y el milagro. No vayáis a los espíritus sino por medio de la plegaria, y recordad que el bien atrae el bien y el mal atrae el mal. Es la ley de atracción y de repulsión que rige el mundo moral como el mundo físico”.
—Perfectamente — dije.
— ¿Y usted qué piensa de esto?
— Que apartando los inconvenientes de los grupos, entre los cuales Bouvard y Pecuchet4 tienen casi siempre digna representación, algo se percata de lo desconocido, de un modo especial en estos momentos, por los estudiosos de lo oculto. Y en cuanto a las manifestaciones extraordinarias, sé de dos que impresionarían a cualquiera.
Y se las conté.
Son las siguientes:
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Hace algunos años llegó a mi morada parisiense un joven uruguayo que me presentó una carta de recomendación de Leopoldo Lugones. Es la única persona que me haya sido recomendada por el gran poeta, y, en verdad, eran merecidos los elogios que me hiciera de la inteligencia y cortesía de aquel amigo. Tuvimos buenas relaciones desde entonces. Pude apreciar su cultura, su dedicación a variadas disciplinas, su gusto por el Arte, por las Letras, y su facilidad de asimilación, al par que su modesta discreción. Cuando llegamos a tener cierta confianza, mostróme sus ensayos literarios, y ellos denotaban tanto el ingenio como los buenos estudios. Recuerdo, entre otras cosas, que el joven M... –pondré, por razones claras, tan sólo la inicial de su apellido– me leyó unos cuantos sonetos en francés, de los mejores que haya conocido escritos en esa lengua por autores hispanoamericanos. Luego pasamos juntos un verano en las costas de Bretaña, en la casi isla de Roscanvel, no lejos de Camaret-sur-Mer, en la misma finca de campo en donde estuviera por unos días Ricardo Rojas,5 el cual habla de ella en uno de sus libros.
El Sr. M... era casado, tenía dos niños y recibía unas pequeñas rentas de América, que le bastaban para llenar las necesidades de su hogar y sus aficiones de hombre de letras. Hacía, así mismo, de cuando en cuando operaciones de comercio de obras de arte, en las que no creo haya obtenido mucho provecho. A causa de esto partió para Buenos Aires y dejamos de comunicarnos por algún tiempo. Retornó a París. Su salud estaba minada. Un desenlace fatal se precipitó, durante el tiempo en que yo me encontrara recientemente en tierras aztecas y cubanas. Cuando retorné, su viuda me narró las angustias de una enfermedad terrible y los últimos momentos de su marido, que me llamaba antes de expirar.
He aquí que se presenta lo misterioso. No voy a buscar la causa, sino a señalar los hechos.
Unos diez días después del embalsamamiento del cuerpo y de su depósito en una cripta, la señora de M... fue en compañía de sus dos niños a colocar unas flores en la tumba.
Al día siguiente, en compañía siempre de sus niños y de un caballero español, llegó a almorzar a un restaurante del boulevard Saint-Michel.
La concurrencia era grande. Las mesas estaban casi todas ocupadas. Solamente había dos disponibles. Se sentaron a ellas. No habían concluido el primer plato, cuando entró al establecimiento el Sr. M..., difunto. Ocupó la mesa que estaba frente de la viuda. Aquel hombre llamó la atención de todos los clientes del restaurante que lo notaron.
“II a l’air d’un mort!”, decían unos. “II est près que mourant!”, decían otros. La viuda, al verle, calcúlese la impresión que sentiría. Por lo bajo dijo a su acompañante: “¡Mi marido!”
Los niños, por su parte, dijeron a la señora: “Mamá, mamá; ahí está papá. ¿Cómo nos dijiste que se había ido al cielo, que se lo habían llevado los angelitos?” La señora reconoció toda la indumentaria, desde el calzado hasta los lentes, unos lentes obscuros que ella misma le comprara. No se trataba, pues, de un sosie, sino de un caso extraordinario. El reencarnado, o lo que fuese, no habló. Señaló al mozo algo en el menú. Los platos que trajeron y que, por otra parte, no probó, eran los mismos que él prefiriera y acostumbrara en su casa. Sonreía a los niños. No miraba a la señora ni al caballero que la acompañaba. A poco, pagó, se levantó con la misma dificultad con que se le viera andar cuando entrara y salió a la calle. Llamado el patrón de la casa, dijo que no conocía al extraño personaje y los mozos afirmaron que era aquélla la primera vez que le habían visto.
Al día siguiente llegué a París, de vuelta de Madrid y al serme narrado lo sucedido y al preguntarme la señora si yo conocía a alguna persona que pudiera darle una explicación de aquel fenómeno misterioso, le contesté afirmativamente. Esa misma tarde la conduje a casa de un amigo, eminente sabio en ciencias ocultas, el doctor Encausse, conocido en el mundo de las letras y del ocultismo con el seudónimo de “Papus”. Es uno de los “escritores iniciados en quienes se encuentran los principios de la antigua ciencia mágica”, según las palabras de Marc Saunier. Su tratado de ciencias ocultas, su admirable libro Le Tarot des Bohémiens, “libro que revela enteramente el sentido filosófico y científico del Tarot” y tantas otras producciones, le han conquistado una gran autoridad. Sin reclame, sin farsas, es todo lo contrario de más de un sonoro charlatán. Sus relaciones se extienden a todo el mundo. Es un buzo de lo desconocido, un pensador y un explorador del más allá. No voy a pintar la escena de la consulta. Sólo, sí, diré que el Dr. Encausse dijo cosas muy raras por lo que contenían de la adivinación; que asombró a la dama hablándole de asuntos tan íntimos que sólo eran conocidos por ella y su finado esposo. Díjole de la visita que hiciera al cementerio y de la clase de flores que llevara. Aseguróle ser, en efecto, su marido quien se le presentara en el restaurante en pleno día y a la vista de todo el mundo. Hablóle de cierto pliego cerrado y lacrado cuya existencia ignorara la viuda y que después encontró. Y salimos de la morada sibilina, los que presenciamos la entrevista, admirados y confundidos por lo curioso y peregrino del caso.
No puede suponerse que haya habido alucinación en el restaurante, porque habría que convenir entonces en que la alucinación había sido colectiva, no sólo de la señora y de los dos niños, sino del patrón, de los mozos y de las gentes que comentaron la llegada del tipo espectral, que comparaban con un muerto o con un moribundo. Luego, los conocimientos e intuiciones especiales del sabio ocultista explican el hecho, claro que no para los escépticos, sino para quienes tengan algún conocimiento o nociones de ciencias secretas. El esoterismo, diremos perogrúllicamente, no es para todo el mundo.
Hace poco, en una reunión en que se tratase del suceso anterior, un distinguido centroamericano que ha ocupado un alto puesto en el Gobierno de Costa Rica, nos dijo:
“Lo que podré asegurar – yo que no tengo el espíritu muy abierto a lo que la ciencia no puede verificar– es que en la capital de mi país existe una señorita de la mejor sociedad6 que se ha revelado médium extraordinaria, y por la cual se producen fenómenos psicofísicos que dejan muy atrás los de la famosa Eusapia Paladino. Por ello, varios hombres de ciencia europeos están muy interesados y se ha embarcado ya, o está para embarcarse para la América Central, el Dr. Richet”.
Y nos contó entonces lo que él había presenciado, en compañía de algunas otras personas, entre las cuales el viajero francés conde de Perigny, después de diversas demostraciones de lo oculto, lo siguiente: La señorita se sentó al piano. Entabló conversación con gentes invisibles, pero cuyas palabras se oían en el mismo salón. Luego acompañó el canto de diez o doce voces, un coro admirablemente concertado que atronó la sala y que dejó grandemente asombrados a cuantos lo escucharon. Las manifestaciones espíritas en casa de dicha señorita son tan raras y extranaturales, que una de las principales sociedades especialistas de Inglaterra, la Royal Psychical Society, ha ofrecido costear el viaje a la médium y a toda su familia a Londres, con el fin de estudiar detenidamente los hechos.
Enrique Gómez Carrillo Guatemala (1873-1927)
Hijo de inmigrantes españoles, Enrique Gómez Tible (su nombre completo verdadero) emigró muy joven a Europa, cambió su segundo apellido (no quería que los bromistas lo llamaran “Enrique Comestible”, a él, un aristócrata del espíritu) y aunque se asentó en Francia a los 18 años, vivió por temporadas en España, donde publicó profusamente, tanto en los diarios y revistas, como en forma de libros, que normalmente estaban constituidos por recolecciones y recombinaciones de sus trabajos parciales, exceptuando sus novelas. Su proyección fue enorme, tanto en España como en la América Hispana. También publicaba en Francia, en la famosa editorial Garnier, meca de muchos escritores latinoamericanos. Se convirtió en un referente importante del modernismo literario de la época, sobre todo como ensayista literario y como cronista de viajes. Instalado en París, era el punto de enlace de buena parte de los poetas latinoamericanos con los franceses, como Rubén Darío y Amado Nervo, pues Gómez Carrillo se jactaba de tratar a Verlaine, Moréas y hasta a Oscar Wilde.
De tantos modernistas que idealizaron el viaje, pocos viajaron tanto como Gómez Carrillo, y no solo por Europa y América, sino también por África y Asia. Algunos de sus títulos son: De Marsella a Tokio. Sensaciones de Egipto, la India, la China y el Japón (1906), El Japón heroico y galante (1912), La sonrisa de la Esfinge (1913), Jerusalén y la Tierra Santa (1914) y El encanto de Buenos Aires (1921). También escribió crónicas de Europa en tiempos de guerra, como En el corazón de la tragedia (1917). Fue el gran cronista de viajes del modernismo, “el Pierre Loti en español”, como le gustaba llamarse, y curiosamente, a casi cien años de su muerte, pareciera que es lo que lo mantiene vivo como escritor: su condición de cronista viajero, cuando menos si uno toma como indicador las recientes reediciones de algunas de sus obras, tras un periodo de algo semejante al olvido. Otra parte de su trabajo literario es de tipo novelesco, en el que destacan Tres novelas inmorales, que reúne Del amor, del dolor y del vicio, Bohemia sentimental y Maravillas o pobre clown, que suceden en ese medio bohemio y literario que tanta fama le dio. También está la novela El evangelio del amor (1922), de exotismo histórico (Bizancio) con las marcas eróticas del fin de siglo XIX.
El texto seleccionado, “Las religiones de París”, forma parte del libro de 1895 Literatura extranjera, una defensa ideológica del modernismo (también publicó en 1893 Sensaciones del arte7), en el que dedicó ensayos a diversos escritores admirados por él y propuestos como lecturas para los jóvenes escritores latinoamericanos, un poco a la manera de lo que hará Rubén Darío en Los raros (1896), un año después. Entre los autores abordados por Gómez Carrillo están Charles Swinburne, Walt Whitman, María Bashkirtseff, Alejandro Pushkin, Villiers de l’Isle Adam, Henrik Ibsen y Gabriel D’Annunzio, es decir, un repertorio muy parecido al de Darío. Resulta curioso que en esa recopilación de textos sobre la nueva literatura del momento, el autor incluya tres artículos que tratan el asunto religioso: “Dos evangelistas”, “El neomisticismo” y el aquí seleccionado, “Las religiones de París”.
Por su oficio de periodista y cronista, Gómez Carrillo estaba muy al tanto de la actualidad literaria de Francia, pero también del cambiante panorama religioso que comenzaba a afectarla, sobre todo por el lado de la irrupción esotérica. En el texto, menciona a cuatro autores que se habían referido a dicho fenómeno de diversidad religiosa en Francia (la otra parte de la secularización): a J.-K.Huysmans, que con su novela Là-bas (1891) había abordado de forma entremezclada el mundo de la magia y el ocultismo, tanto en el pasado (con la historia de Gilles de Rais) como en el París del XIX; a Jules Bois, que había escrito Les petites religions de Paris (1894); a los escritos sobre esos tópicos de Gilbert-Augustin Thierry en la Revue de Deux Mondes; al medievalismo católico-rosacruz de Joséphin Péladan. El tema siguió atrayendo la atención del medio, pues todavía en 1937 se publicaron Les religions nouvelles de Paris, de Pierre Geyraud, y Les compagnons de la hiérophanie, de Victor-Émile Michelet, este último libro sin duda una excelente galería del ocultismo francés del fin de siglo, escrito por uno de sus participantes, con buen estilo y conocimiento de cerca y desde dentro.
Por supuesto que el texto de Gómez Carrillo es periodístico, de tipo más literario, no académico (aunque mencione algunas fuentes de este tipo, como Labor y Burnouf), y de ahí la fragilidad de parte de su información, aunque al final el estilo literario lo salve. Dada su postura mundana y secular, presenta (con mucha ironía) a algunas de las nuevas corrientes que muy pronto comenzarían a correr también por España y América Latina, como el budismo (presentado casi como una forma cristiana, incluido un Dios que en Buda sobra) y la teosofía, de la que se nota que casi nada conoce, por lo que recurre a la polémica figura de Blavatsky, “fundadora del culto parisiense de las Siete Tierras y sacerdotisa suprema del templo de los Espíritus” para, según él, fundamentar su escrito. Dado el lugar privilegiado de París en el imaginario de la época, sobre todo entre los modernistas, no es raro que éstos hubieran dirigido sus miradas a aquellos misterios que fascinaban a la “capital del siglo XIX”, en opinión de Walter Benjamin, el notable crítico judeoalemán.
“Las religiones de París” 8
Uno de los puntos históricos que más han de preocupar a los futuros cronistas parisienses es el infinito número de religiones misteriosas que hoy existen en la capital de Francia.
Cuando Huysmans, Thierry y Péladan comenzaron a decir, en 1891, que los modernos hijos de Lutecia no se contentaban con rendir culto a Jesús, sino que también solían inclinarse ante las imágenes de Lucifer, de Isis y de Hermes, los librepensadores se echaron a reír y los católicos se asustaron. “Cuatro religiones para una sola ciudad –decían los primeros– son demasiadas religiones”. Y los segundos exclamaban: “¡Verdaderamente París es la capital del vicio, de la blasfemia, de la idolatría… Desconocer al verdadero Dios y adorar a un ídolo, es un verdadero pecado; mas creer en varias divinidades sacrílegas conociendo al único Todopoderoso, es más que un pecado, es un crimen…!”.
Los politeístas franceses, no obstante, continuaron buscando dioses en los países de las antiguas teogonías, y lograron por fin convertir a la ciudad del rey san Luis en un verdadero panorama de ceremonias exóticas.
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Doce son, actualmente, las sectas religiosas de París; a saber: pagana, swedenborgiana, budista, teosófica, lumínica, satánica, humanitaria, luciferiana, eseniana, gnóstica, ísica y mágica. Para darse cuenta de la importancia que cada una de estas cofradías misteriosas tiene en la Ciudad-Luz, es necesario leer el libro que acaba de publicarse con el título Les Petites religions de Paris. Por mi parte sólo quiero decir lo que, gracias a Jules Bois, he podido averiguar acerca de la religión de la Humanidad, del culto de Buda, de la Sociedad Teosófica y del templo de Isis.
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El pontífice máximo de la religión de la Humanidad es un compatriota nuestro [9]. Se llama M. Lagarrigue; nació en Chile, estudió en los Estados Unidos o en Alemania, y a la edad de treinta años, sintiéndose atraído por el brillo de la escuela positivista francesa, vino a establecerse en París. Desde entonces vive en una casa muy vieja de la calle más histórica de la gran ciudad, rodeado de muebles antiquísimos, de cuadros primitivos y de incunables intensos. Al entrar en su habitación se siente un perfume penetrante de flores muertas y de cabelleras encanecidas, que atrae a la memoria el recuerdo de aquellas páginas asombrosas en que Théophile Gautier dejó encerrada el alma del Escorial. La palabra del maestro acentúa y completa esta impresión de tranquilidad religiosa y de agonía poética.
Lagarrigue, en efecto, habla del amor, de la vida, de la familia y de la caridad con entusiasmo fanático; pero en sus discursos hay algo que suena como una catilinaria contra la verdadera vida y contra el verdadero amor. “Nuestro patriarca Augusto Comte –dice– creía que, en una época futura, las bajezas del Amor iban a ser abolidas para que la mujer pudiese llegar a ser madre sin comercio carnal, fecundando con el pensamiento el huevo humano que lleva en sí…”. ¿No es verdad que estas palabras se prestan a los más curiosos comentarios, no sólo por decir lo que dicen, sino también por venir de quien vienen…? Está bien que un “quietista” ascético funde su ideal humanitario en la multiplicación casta, porque siendo la “concepción inmaculada” el estado de la Virgen María, a ella debe tender la utopía mística. Pero los positivistas que no creen en el pecado carnal ¿qué fin pueden proponerse al hacer el elogio de la castidad? Para ellos, al contrario, el comercio de los sexos debiera ser un acto digno de alabanza, puesto que gracias a él la especie humana se perfecciona y aumenta en medio del goce. Aun suponiendo que la idea fecundante no pudiese brotar sino de la unión intelectual de un hombre y una mujer, siempre el perfeccionismo absoluto resultaría estéril dentro de la escuela cuyo fin consiste en hacer la dicha “positiva” de la humanidad. Suprimir al macho y a la hembra para no dejar sino el “ser masculino” y el “ser femenino”, equivale a dar muerte a la gran armonía vital. El espectáculo de un universo regido únicamente por fluidos ideológicos sería poco simpático.
Otras utopías de Lagarrigue me parecen más ingeniosas y más dignas de un heredero de Comte, sobre todo por lo que éste tuvo, en sus últimos años, de místico y de fantástico.
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Para formar parte de la religión de la Humanidad es necesario no sólo amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, sino también a los “muertos de los demás” como a nuestros propios muertos. El dios de los humanitaristas es el conjunto de los que han dejado de existir. “El rezo –dice Lagarrigue– es la exaltación de nuestras mejores facultades por medio del recuerdo de los difuntos. Yo, por ejemplo, que nunca tuve esposa, ruego cada día a los manes de mi madre, y su existencia suprema es, en mi ser, un talismán contra la desgracia. Nuestra vida es subjetiva. Nosotros no creemos en la inmortalidad de las almas sino por el recuerdo que de ellos guardamos… Nuestros muertos no tienen, como los muertos de los católicos, una segunda vida espiritual; mas a pesar de eso saben gobernarnos de una manera perfecta con sólo el prestigio de la Nada y el Sepulcro”. Lo que más admiración me ha causado siempre en los discursos de nuestro ilustre compatriota, es esa mezcla de principios materialistas y de creencias espirituales que concierten el positivismo frío de la escuela francesa en una religión triste y discreta.
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El dulce Sakia-Muni que hace algunos años sólo recibía de la capital de Francia las alabanzas de las embajadas asiáticas, tiene hoy más de diez mil adoradores parisienses. Los pesimistas schopenhauerianos buscan en él un consuelo filosófico y los diletantes desengañados queman inconscientemente ante su imagen la mirra sagrada y el incienso místico.
Sin embargo la adoración budista de los europeos modernos me parece poco litúrgica. Lo que nuestros contemporáneos buscan en la gran religión de los tibetanos no es un manantial de ritos misteriosos sino una regla de conducta sencilla.
Practicar los ritos primitivos del Nepal es muy cómodo, muy agradable y muy útil. Siddartha fue el más austero de los soñadores y el más tolerante de los filósofos. Su cerebro divino lo comprendió todo. Su alma piadosa supo amar y perdonar. Como apóstol pesimista, no tuvo nunca rival. Mi querido maestro Anatole France, que oyó en sueños una “palabra dulce”, ha estado varias veces a punto de renunciar a las incertidumbres del escepticismo renaniano para convertirse a la fe budista. Los hombres de buena voluntad que leen la historia del mesías asiático exclaman, lo mismo que Marco Polo: “¡Ese indio fue un santo!”.
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En efecto, fue un santo y aun fue el mejor de los santos. Nació hacia el año 500 de la era antigua, en una ciudad de Magadá [10]. Su padre, que era el vástago más poderoso de la dinastía Lunaria, quiso hacer de él un príncipe dichoso y le encerró en un dominio magnífico desde el cual sólo podía verse el lado bueno de la vida. “En esa vivienda –dijeron los cortesanos– ninguna miseria logrará envenenar la vida de nuestro futuro monarca. El hijo del rey llegará a la madurez desconociendo por completo la tristeza”. La providencia, entretanto habló de otro modo, e hizo que el genio de la vida se pusiera de acuerdo con el genio de la Muerte para probar al mundo antiguo que los cortesanos no eran nunca buenos adivinos. Un día Sakia-Muni encontró en el fondo de sus jardines floridos, a un hombre viejo, fatigado y enfermo, cuyo aspecto le llamó la atención.
— ¿Quién es ese hombre? — preguntó a su cochero.
El cochero repuso:
— Ese hombre, señor, es la enfermedad. Sus amigos le han visto inútil para el trabajo y han venido a abandonarle aquí.
El príncipe se quedó un momento pensativo. Luego preguntó de nuevo:
— ¿Es la ley del país la que ordena que se haga eso?
— No — contestó el cochero— es la ley de la humanidad. En todas las criaturas la juventud llega a ser vencida por la vejez. Vuestro padre, vuestra madre y vuestros hermanos acabarán siendo viejos…
En otra ocasión Sakia-Muni encontró, junto a las puertas de su palacio, a un religioso mendigo; después de interrogarle sobre su estado, le dijo:
— Tú has abandonado las alegrías y los deseos para abrazar la gravedad del silencio. Tú vives sólo con tu pensamiento. Tú eres un cuerdo; quiero imitarte para tratar de ser dichoso; quiero ser pobre; quiero seguirte…
Y abandonando sus riquezas, se fue por el camino de la miseria en busca de un rincón obscuro para meditar sobre la enfermedad y sobre la muerte.
La primera persona que trató de darle consejos fue un bracmán filósofo y erudito; pero él no quiso oírle y siguió andando hacia la soledad. Al fin llegó a un desierto del Nepal, en donde pudo vivir solo durante algunos días y en donde luego encontró, lo mismo que Jesús, algunos discípulos sencillos.
Sin embargo el aislamiento llegó a parecerle infecundo y fastidioso, por lo cual volvió a las villas, pero ya no vestido de príncipe y con objeto de gozar, sino envuelto en una túnica asceta y decidido a convertir a los infieles.
Al encontrarse de nuevo entre los hombres, dijo: “He venido a dar de beber al sediento. Mi ley es una ley de gracia para todos los mortales, porque el verdadero bracmán no nace, sino que se hace… Obrad como habláis, sin renunciar nunca a los buenos esfuerzos. No tengáis ni orgullo ni arrogancia, sed dulces… y si queréis salvaros de la red de las faltas, emplead el rayo de la sabiduría [11]. Dad muerte a las malas pasiones para no conocer el remordimiento. El agua del mar no apaga la sed; la posesión de los objetos no mata el deseo. Lo que mata la sed y el deseo es la Cordura, reina del mundo. Las penitencias y las obras no son nada, porque ni las penitencias ni las obras purifican el alma... Lo que purifica el alma es la Virtud. La Virtud es todo: es la limosna y el imperio de sí mismo; es el castigo de los sentidos, es el amor de los seres, es el corcel que suprime las distancias… sed cuerdos y sed virtuosos. No tengáis ni odios, ni orgullos, ni hipocresías. Conoced a la Tolerancia; y sed tolerantes con los intolerantes, y sed dulces con los violentos y sed desinteresados con los desinteresados, y sed nobles con los innobles… Haced siempre lo que queráis que hagan los demás… No causéis nunca daño a vuestros hermanos. Tratad de ayudar a los que desean salvarse. Disminuid las pasiones que son hijas de la miseria, y las miserias que nacen de las pasiones. Vivid sin odiar a los que os odian y tened el amor de la Verdad, para acercaros a Dios, dad algo de lo poco que tenéis. La mansedumbre es dulce, y dulce es también la benevolencia. Dulce es la victoria contra el pecado, y el triunfo del orgullo y la derrota del egoísmo. Todo lo bueno es dulce. Sed buenos, pues, para no ser desgraciados. Seguidme para llegar a la cordura”.
…Y después de predicar durante muchos años esas doctrinas llenas de altruismo melancólico, el noble Siddartha murió rodeado de discípulos que lo llamaron el Iluminado (Buda) y que recogieron con amor y con piedad sus divinas enseñanzas.
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Dos son las grandes iglesias que en París se disputan hoy la verdadera herencia espiritual de Buda. La primera se llama “el templo de los ortodoxos”; la segunda “el templo de los eclécticos”. Ambos suelen, de vez en cuando, tirarse chinitas eclesiásticas; pero en el fondo ambas son tolerantes y ambas predican el mismo Evangelio.
Monsieur de Rosny, que es al mismo tiempo un sabio y un apóstol, tiene por costumbre aconsejar a los devotos de su parroquia que no traten nunca de gastar dinero en construir capillas en París. Según él, los buenos budistas están obligados a burlarse de las exterioridades de la vida y sólo deben pensar en la salvación espiritual. “Cada uno – dice– tiene que encontrar en sí su doctrina; cada uno tiene que ser su propio sacerdote. Nosotros poseemos dos instrumentos de sabiduría: el estremecimiento y la razón. Cuando esos dos instrumentos están de acuerdo, nos acercamos a la Verdad”. El rival de Rosny, o sea Millone, también es enemigo del aparato; y aunque a veces llega a entusiasmarse ante los “cuatrocientos gestos esotéricos” del ministro Horiou-Toki, siempre sabe ser discreto en sus predicaciones y sencillo en su trato.
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Tan poco sé de la religión teosófica de Francia, que para hablar hoy de ella sin exponerme a cometer grandes errores, tendré que concretarme a resumir en pocas líneas las conferencias de Jean Mattheus, Bernard Lazare, Jules Bois y H. Olcott. Este último, sobre todo, merece verdadera fe en lo referente a la historia de la Teosofía, por haber sido el “amigo de confianza” de la célebre Blavatsky, fundadora del culto parisiense de las Siete Tierras y sacerdotisa suprema del templo de los Espíritus.
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Según parece, Blavatsky fue una mujer excepcional, cuya palabra seducía y cuya mirada fascinaba. Hablar con ella y no convertirse en sectario apasionado de las ideas teosóficas, era completamente imposible. Sus demostraciones resultaban tan claras como simpáticas.
Un sabio del Instituto fue a visitarla en cierta ocasión, atraído quizá por esa curiosidad malsana que nos conduce siempre hacia lo misterioso. Ella comprendió, desde luego, que el visitante no era lo que se llama “un iniciado” y se propuso convertirle a su fe con algunas pruebas visibles.
— ¿Cree usted en mis milagros? — le preguntó, después de algunos instantes de charla profana.
— No — respondió el sabio.
— Pues vea usted y crea usted — concluyó ella, haciendo al mismo tiempo que de su cabeza delicada brotase una nubecilla que fue extendiéndose por la estancia en espirales cabalísticas.
El doctor Pike de Nueva York también consiguió ser testigo de un acontecimiento maravilloso. Estando en casa de la Blavatsky, hizo como que dudaba de las ciencias ocultas y hasta llegó a sonreír de una manera impertinente oyendo la relación de cierta historia al parecer increíble. Entonces la gran sacerdotisa se pasó la mano por la frente y quedó al instante convertida en una niña de quince años.
Al contemplar tal metamorfosis, el doctor exclamó:
— ¡En verdad este caso de sugestión es algo nunca visto!
Una de las bromas esotéricas que más gustaba a la Blavatsky dar a sus amigos incrédulos, consistía en cortarse ante ellos un rizo de la nuca y entregárselos diciéndoles:
— Esta “mecha” probará a ustedes la verdad de nuestra doctrina.
— ¿Este rizo?
—Sí, esa “mecha”.
—Pero ¿y cómo?
— De un modo muy fácil: tóquenlo ustedes y verán que deja de ser lo que es, para convertirse en otra cosa.
Los incrédulos obedecían, naturalmente, y el rizo se trocaba por arte cabalística en una mariposa alada o en un gusano de luz.
[…]
El Nirvana no es, como se cree generalmente, la Nada y el Vacío, sino un reino de la dicha sin límites en donde nuestra individualidad ha de ser conservada por los siglos de los siglos. De esta teoría ideal y poética, los teósofos deducen, como es natural, una regla de moral práctica. Según ellos, el nivel absoluto es una prueba de la absoluta justicia que suprime el arrepentimiento estéril y obliga a los hombres a castigarse a sí mismos en las metamorfosis substanciales.
Una frase de Spinoza me servirá para rematar estas notas teosóficas: “Ninguna sana razón –dice el gran sacerdote del panteísmo– nos permite atribuir a la Naturaleza una virtud y un poder limitados…” Guardémonos, pues, de sonreír maliciosamente…
*
* *
El primer artista francés que pensó seriamente en restaurar el culto de la Buena Diosa, fue Villiers de l’Isle-Adam. “Isis –decía hace veinte años el autor de Axel– merece un templo ideal porque es la imagen de la Castidad y de la Belleza. Yo querría que todos los hombres adorasen en ella la idea del amor y de la muerte”. Los herederos intelectuales de l’Isle-Adam, han ido más lejos que él, pues no contentos con ver en la esposa de Osiris un símbolo poético, empiezan ya a construir, junto a la colina de Montmartre, capillas misteriosas en donde los iniciados podrán ver, dentro de poco, ceremonias parecidas a la gran fiesta nocturna del gran Serapis, descrita por Apuleyo en las últimas páginas del Asno de Oro.
Gilbert Augustin Thierry, lampadario de algunos ritos ocultos de París, acaba justamente de publicar un libro “isiaco” cuyo éxito asombroso es presagio de apoteosis para la Buena Diosa, y el mismo Jules Bois, que hasta hoy sólo era conocido como sacerdote de la magia blanca, ha compuesto ya una oración espiritual que termina así: “…Bendita seas, santa Isis, madre divina, tú que sabes amar y perdonar, tú que eres la única divinidad capaz de salvar al mundo; tú que fuiste la aurora del Mesías de amor, tú que anunciaste al Paracleto antes de que naciese Jesús; tú que, siendo la mujer ardiente de las experiencias de la vida sin dejar de ser la mujer pura, obscureces a la María de la Iglesia Dolorosa; tú, pacificadora de los pueblos, diosa de la universal redención, reina de la vida y de la muerte; tú, la mejor y la más bella, creadora de certezas invencibles; tú que estás por encima de las inteligencias y que eres el Corazón, bendita seas”. A los que se asusten de la magnitud de esta blasfemia, les aconsejo que lean la historia de un adorador de Isis llamado Mazaroz, para que se convenzan de que Jules Bois no es, en París, el más loco y el más fanático de los que creen en la divinidad de la Virgen Egipcia.
*
* *
He aquí una anécdota dedicada a los hombres graves.
A raíz de la guerra francoprusiana, el Times de Londres envió a París, como corresponsal político, a Mr. Oliphant, escritor distinguido y diplomático hábil. Durante los primeros meses de su estancia en la capital de Francia, el gran cronista británico se mostró más boulevardier que ninguno de sus camaradas de la prensa inglesa. Por la tarde, antes de las siete, se le encontraba invariablemente en el Tortoni, y por la noche, después de las doce, todos los desvelados elegantes le veían entrar en el gran salón del Café Americano. De pronto nadie volvió a verle. Sus amigos dijeron:
— Oliphant debe estar enamorado… de alguna pecadora celosa.
En efecto, estaba enamorado, pero no de una pecadora celosa, sino de una virgen austera que le dijo desde luego:
—Yo pertenezco a la religión de Isis, y antes de responder a vuestras palabras de amor, tengo que pedir consejos a mi gran sacerdote. ¿Queréis venir conmigo para que él nos examine y nos guíe?
—Sí —respondió el inglés.
Y juntos, el boulevardier sonriente y la niña fanática, se encaminaron hacia la única capilla egipcia que entonces existía en París.
El sacerdote les hizo mil preguntas, los sometió a mil pruebas, los obligó a ayunar durante varios días, y los condenó a no verse en tres meses. Luego les dijo:
— Puesto que aún os amáis, es porque os amáis de veras, y puesto que os amáis de veras, es porque sois seres antiguos encarnados en cuerpos nuevos que se adoraron ya en otros mundos con vida anterior. Vuestro estado, pues, es el estado perfecto para la unión carnal… Os permito, en nombre de la santa Trinidad de Osiris-Isis-Horus, que os llaméis esposos; pero antes es indispensable que sufráis la última prueba del alejamiento. Tú, hija de la Buena Diosa, debes pasar seis meses en Italia, y tú, esclavo del Gran Dios, has de vivir seis meses en Rusia. Luego volveréis para juntaros en la Vida y en la Muerte.
Ambos obedecieron. Mr. Oliphant abandonó el cargo de cronista del Times y tomó la ruta del Norte, mientras su novia se encaminaba hacia el Mediodía.
Al cabo de cuatro meses de destierro, ella murió. Él ha vuelto a Francia y vive encerrado en un hotel misterioso, rogando a Isis que le permita pasar a ese nuevo mundo en donde deben, por fin, celebrarse sus nupcias carnales.
Emilio Carrere 12 España (1881-1947)
Fue un autor prolífico en variado género, reconocido como crítico literario, periodista, narrador de cuentos largos y de novelas cortas, sobre todo una de tipo fantástico titulada La torre de los siete jorobados (1920), llevada luego al cine con buenos resultados, la primera película de tipo fantástico del cine español. Bohemio profesional, cronista de Madrid. Como algo habitual, solía reutilizar sus textos, usar los mismos o parecidos con distinto título para diversos propósitos o publicaciones, juntarlos en nuevos conjuntos, claro, todo esto, en buena medida, por la presión económica, pues eran autores que vivían de lo que escribían y publicaban, un poco a la manera de Gómez Carrillo, quien tiene por ejemplo tres libros de crónica de viaje al Japón con material más o menos parecido y título variable.
Tanto Gómez Carrillo como Carrere cultivaron el arquetipo del bohemio literario, solo que mientras el primero se quedó en el ámbito mundano, Carrere sí se sintió interpelado en parte por lo que él y su generación llamaban “el Misterio” (recuérdese el texto recién visto de Darío), y, sin sumergirse en sus aguas pero sí tomando algunos sorbos, lo expresó en narraciones, ensayos y crónicas, sobre todo en su libro Almas, brujas y espectros grotescos (interrogaciones al Misterio), que permite apreciar “las veleidades esotéricas de Carrere”, según afirmaba su contemporáneo Rafael Cansinos Assens (cf. Labrador y Sánchez, 2002, 491). De este libro he seleccionado dos textos, “Un doctor en ciencia oculta”, con sus referencias a la magia de su tiempo, la de los franceses Lévi y Papus (este último conocido de Darío, como vimos antes), la astrología, el magnetismo y la cartomancia. El segundo escrito es “¿Se vive más de una vez?”, donde se aborda el asunto de la reencarnación.
La estrategia de Carrere suele ser la presentación de los asuntos esotéricos con distancia, con ironía, pero dejando un espacio posible para su factibilidad. De hecho la introducción de elementos y personalidades del mundo del ocultismo, el espiritismo y la magia es una de las características de las narraciones de misterio escritas por Carrere, junto con sus novelas de bohemia o amorosas y galantes (cf. Gutiérrez Barajas, 2009). Como bien señalan Labrador y Sánchez “Carrere conoce y usa sin reparo planteamientos esotéricos y ocultistas en La torre… y en otras de sus novelas; por ejemplo, en La conversión de Florestán, se celebra un rito satánico y una misa negra; su protagonista posee a una mujer que entre sus brazos a la mañana siguiente se deshace, como el señor Valdemar, en una masa putrefacta” (2002, 492).
Tenemos aquí a un autor que, sin haberse vinculado de forma orgánica a la causa espiritista o teosófica, sí pasó por sus aulas y salones y aprovechó lo ahí visto y vivido para escribir crónicas y narraciones en las que lo sobrenatural se naturaliza, se vuelve realidad. No lo hace de forma doctrinal o militante, sino, todo lo contrario, apelando al humor y a la ironía. Su gran amistad con el teósofo Mario Roso de Luna fortaleció su atracción por lo misterioso. A él dedicó una semblanza en el libro señalado de Almas, brujas y espectros…, “Roso de Luna el inquietante”. Otras referencias de este libro son Edgar Allan Poe, Mesmer, Cazotte, Cagliostro y la brujería.
“Un doctor en ciencia oculta” 13
Estamos en la torre litúrgica de un astrólogo. ¿No os parece un episodio medieval? Nuestro astrólogo no lleva una túnica cuajada de estrellas ni una larga caperuza. Es un hombre moderno, que tiene un título universal, aunque él se enorgullece principalmente con el de doctor en ciencia oculta. Don Isidro Cruzado es astrólogo cartomántico, magnetista y mago.
Es hombre de biblioteca. Papus, el doctor Encausse, y el autor del Dogma y ritual de la alta magia, el inquietador personaje que se llamó Eliphas Levi, son los mejores amigos del doctor Cruzado. Nosotros nos sorprendemos de la existencia de un astrólogo en este siglo tan ramplón, que tiene los ojos cerrados a lo maravilloso.
—La senda de la iniciación no se borra nunca. Días vendrán en que esta ciencia tendrá numerosos adeptos, y tornará a ser lo que fue en la antigüedad.
—¿Usted está convencido de la realidad de la astrología?
—Indudablemente, la posición de los astros en el momento de la natividad influye, aún más, determina el destino de las personas. La astrología es de las más elevadas y abstrusas manifestaciones de la ciencia oculta.
—¿Es difícil hacer un horóscopo?
—Después de estar iniciado es sencillo. Se necesitan ciertos datos de la persona interesada, especialmente la hora justa del nacimiento. Los resultados son sorprendentemente exactos. Las estrellas no se equivocan, y para quien sabe leer, el cielo es un gran libro maravilloso. Se pueden hacer comprobaciones por el procedimiento inverso. Entre los muchos horóscopos que he hecho, figura el del torero Florentino Ballesteros, que fatalmente tenía que morir así. Respecto al procedimiento inverso, fíjese en la situación del cielo en el instante de la catástrofe de Cuatro Vientos el día 18 de enero del pasado año, a las diez y media de la mañana.
El astrólogo me enseña el horóscopo, y yo le confieso que no entiendo una palabra.
—Vea usted. Mercurio, culminante en el cénit, es herido violentamente por la cuadratura de Marte. Estas dos son las notas típicas causantes de la catástrofe.
Mercurio, el genio alado del estudio, la ciencia, la inspección, era fatal a esa hora a todo ejercicio de enseñanza o instrucción militar por la violenta cuadratura de Marte, el dios de la guerra. La Luna, significadora también de las masas, reuniones de gente, etc., señala la catástrofe sobre el pelotón de reclutas. Marte es signo aéreo —la Balanza—, significa por la cuadratura de Mercurio, rápido, ligero, aéreo, el aparato causante del accidente. ¿No cree usted que sería conveniente que el estudio de la Astrología se vulgarizase, como asimismo el de la ciencia oculta, en general? Las gentes le darían crédito, como ocurre en otros países y en épocas de malas configuraciones planetarias se podrían evitar accidentes o tragedias que no dependieran de un Karma fatal o ineludible.
El astrólogo me habla de las cosas celestes, de la oposición y de la cuadratura de los astros... Yo le escucho encantado. Me parece que he dado un salto atrás en el tiempo, y que me encuentro en la corte de un príncipe supersticioso, que consulta a los astros antes de emprender una cruzada contra la morisma.
—¿También hace usted prácticas de magnetismo?
—Sí, señor. Mi médium posee la doble vista, esto es, ve los objetos perdidos, las personas distantes, los países donde ella no ha estado jamás. Además se relaciona con los espíritus, y ve a los habitantes del plano astral, esos seres fluídicos que se llaman larvas, vampiros, egregores...
—¿Cree usted que el fluido magnético existe? Todas las Academias de Medicina lo han negado. Recordará usted la guerra que se le hizo a Mesmer.
—Todos los sensitivos afirman la existencia del fluido magnético animal, como le llamó el médico austríaco a quien acaba de citar. Es, en el fondo, la misma teoría del fluido universal del mago Paracelso, y astrológicamente, la ligadura o relación que hay entre los astros y las criaturas humanas. Lea usted a Zoesner, el astrónomo alemán. Muchos confunden el magnetismo y el hipnotismo...
—¿Hay gran diferencia?
—Sí; el magnetismo es más espiritual en el sentido psicológico trascendente. Es la hipnosis maravillosa.
—También es usted cartomántico. ¿Cree usted en la veracidad de estas caprichosas combinaciones de naipes?
—Es una ciencia misteriosa y antigua. ¿Quién conoce su origen? Es un aspecto de la Cábala, completamente serio. Claro que hay muchos ignorantes embaucadores. El doctor Cruzado me enseña su baraja mágica. Los naipes son largos y estrechos, y tienen figuras alegóricas: la Fortuna, sobre su rueda; la Lujuria, mirándose al espejo; la Muerte, una osamenta grotesca y espantosa, que baila como en los abecedarios del siglo XIII y en los dibujos de Durero.
—Y de la magia, ¿qué me dice usted? Le confieso que esto traspasa los límites de mi comprensión.
—Pues, sin embargo, es una realidad. No es la magia negra de las brujas de portería. Es una admirable manifestación del poder oculto. Los magos, o sabios iniciados en el ocultismo, han existido verdaderamente. La Inquisición los persiguió cruelmente, porque eran una realidad anticatólica. Yo creo en la posibilidad del hechizo, del maleficio a distancia, del embrujamiento del muñequillo de cera y en el círculo mágico. Es difícil explicarle en poco tiempo el ritual de la magia. Sólo le diré que consiste principalmente en el poder del mago sobre las fuerzas de lo invisible...
Era casi de noche cuando salí de la torre del astrólogo, teósofo, cartomántico y mago. En la escalera me topé con un enorme gato negro, que me miró fijamente con sus ojos dorados y fosfóricos.
Dicen que los gatos negros son hechiceros disfrazados. Yo le saludé con la mayor consideración. No es que yo crea completamente en estos personajes fabulosos; pero no está de más estar bien con ellos..., porque no sabemos lo que puede pasar después...
“¿Se vive más de una vez?” 14
En El espiritismo y la anarquía, de M. Bouvier, se refiere un caso de reencarnación verdaderamente trascendental para la minoría espiritualista que rechaza el seco y vacío ateísmo del siglo XIX:
«Mister Isaac G. Jostez tuvo una hija llamada María, que murió a los diez años de edad, en el condado de Effingham. Algunos años más tarde tuvo una segunda niña, que nació en Nakota, ciudad donde vino a vivir después de la muerte de María. A esta segunda niña se la puso de nombre Nellié; mas ella persistía obstinadamente en que se llamaba María, diciendo que era su verdadero nombre, con el cual se le llamaba otras veces.
»En un viaje que realizó en compañía de su padre, reconoció la antigua casa y a muchas personas a quienes jamás había visto, pero que la primera niña conocía muy bien. “A un cuarto de hora de nuestra antigua morada —dice Mr. Jostez— está la escuela donde iba María; Nellié, que jamás la había visto, hizo de aquel local una exacta descripción, y me expresó su deseo de volver a verlo. La llevé allí, y una vez que estuvo en la sala de estudio se fue directamente al pupitre que había ocupado su hermana, diciendo: ‘Este es el mío’. Se diría que hablaba un muerto resucitado”».
Comprendo el estupor que este extraordinario relato producirá entre los lectores, ocupados en los negocios terrenos. La lucha tremenda de la vida, la conquista del oro, del laurel y del amor, nobles ambiciones humanas, produce una especie de inconsciencia con relación al problema de la muerte y de la probable existencia más allá de la muerte. De tiempo en tiempo, surge el espanto de una guerra, donde perecen millares de hombres, lanzados unos contra otros, en nombre de unos cuantos tópicos sonoros y ancestrales, mal comprendidos generalmente. Como consecuencia de la carnaza, llegan las fúnebres legiones de la Peste, atravesando las fronteras. Acaso en estas horas terribles pensamos, con sorpresa, en la posibilidad de que nosotros también tenemos que morir. Al decirnos estas palabras cartujas y escalofriantes, volvemos los ojos a los altares de las ingenuas religiones y vemos que nosotros mismos, por un ateísmo ramplón, hemos arrojado las imágenes y hemos dejado apagarse las luminarias del templo.
Faltos de la Fe —la lúcida doncella teologal—, sólo tenemos una sensación ciega de espanto ante las sábanas de tierra. Es la labor demoledora y terrible de la seudofilosofía de los revolucionarios del último siglo.
A la fe ingenua, la que se siente y no se razona, sustituye en los cataclismos espirituales, ante las tremendas interrogaciones de la Esfinge, una fe inteligente, mitad intuición y mitad conocimiento. Y el alma se hunde en el laberinto de mágicos cristales del ocultismo.
Entonces nos preguntamos: “¿Se vive más de una vez?”.
Según Bouvier, en el caso de la niña Nellié, que recuerda una encarnación anterior, no cabe duda. No es esta la única vez que se ofrecen estos extraños testimonios. Lamartine, el dulce poeta francés, tiene, en su viaje a Tierra Santa, recuerdos e impresiones de que conocía completamente aquellos lugares, donde no había estado nunca..., al menos en aquella existencia. Ved lo que dice en su Voyage en Orient: “Yo no tenía en Judea ni Biblia ni guía alguna para darme el nombre de los lugares, ni el nombre antiguo de los valles y montañas, y, sin embargo, reconocí en el instante el valle de Terebinto y el campo de batalla de Saal. Al llegar al convento, los Padres me confirmaron la exactitud de mis previsiones, hallándose tan asombrados mis compañeros, que no querían creerlo. Del mismo modo, en Sáfora había designado con el dedo e indicado con su propio nombre una colina coronada por un castillo en ruinas, citándola como el sitio probable del nacimiento de la Virgen. Al día siguiente reconocí, al pie de una montaña árida, la tumba de los Macabeos. Excepción hecha de los valles del Líbano, apenas encontré en Judea un lugar o una cosa que no fuese para mí un recuerdo. ¿Hemos vivido dos veces o mil? Nuestra memoria ¿no es más que una imagen obscura que el soplo de Dios reanima?” Delaune, en Les vies sucesives, recoge y comenta estas palabras de Lamartine.
El mismo Gabriel Delaune da una explicación de por qué no conservamos el recuerdo de las vidas anteriores. “Existen —dice— series de memorias que coexisten en el mismo sujeto y que se ignoran completa y absolutamente. En estas condiciones, fácil es comprender que si es exacta la hipótesis de las vidas sucesivas, es por lo mismo, generalmente, difícil recordar los acontecimientos de una vida anterior, pues el movimiento vibratorio de la envoltura periespiritual, unida a la materia que le es propia en esta encarnación, difiere sensiblemente del que poseía en una vida anterior, no consiguiéndose la renovación de recuerdos porque falta el mínimo de intensidad y de duración características de las vibraciones de aquella época”.
Ante la maravilla de que vivimos esta vez, no hay motivo para no creer que hayamos vivido otras varias. Desde el misterio del protoplasma hasta el enigma de la desintegración de la tumba, todo es desconocido para nosotros. Por otra parte, hay serios indicios para creer en la pluralidad de existencias, aparte de la razón filosófica, que no comprende lo absurdo de nacer, vivir y morir definitivamente, sin razón ni explicaciones de este éxodo, sólo como un accidente sensual de una naturaleza arbitraria y loca. Desde hace millones de años tal vez, el hombre está buscando el origen divino y la alta misión de su alma, y no se resigna a ser una floración casual de la materia ciega.
Muchos filósofos afirman diversas rondas de existencias. Y, además, surgen casos extraordinarios, como el referido por Bouvier, que les dan la razón y que no hay modo de explicar de manera natural, o sea con sujeción a la seudofilosofía materialista, que niega incluso la existencia del alma, con el argumento de que ningún médico la ha encontrado al operar con su bisturí.
El caso de Mozart componiendo una misa a los seis años, el conocidísimo de Víctor Hugo, y aun la misma pasmosa precocidad de nuestro Pepito Arriola, entre otros muchos, indican que el espíritu trae facultades desarrolladas en vidas anteriores que fructifican antes de que el nuevo organismo esté perfectamente granado.
Es esta una pregunta que abre consoladores horizontes espirituales. ¿Se vive más de una vez? Ante la hecatombe de la guerra, con la muerte que nos acecha y se nos muestra por doquiera, en estos gráficos instantes, el alma de la Humanidad reacciona contra los ramplones materialismos, hueros y desconsoladores, y busca asideros para su fe y esperanzas para el devenir de lo más puro de su esencia, la conciencia del yo y la inmortalidad del pensamiento, el Manas eterno de la Teosofía.
Y pensamos que acaso hemos de renacer dentro de cientos de años, en la plena apoteosis de la Ciencia, del Amor y de la Belleza, cuando ya se consideren las guerras como monstruosidades inconcebibles, propias de una edad bárbara y obscura.
Pedro Castera México (1846-1906)
En la historia literaria mexicana se le recuerda sobre todo como el autor de la novela Carmen (1882), de tipo romántico-sentimental, con la salvedad de que, pese a su título femenino, buena parte de su novedad consiste en el análisis de los sentimientos masculinos, en busca de un sujeto viril, sí, pero sensible, que de alguna manera justifique la aparición del “artista” en el medio latinoamericano, y específicamente mexicano (cf. Chouciño, 2003). También se le suele recordar por sus narraciones de tema minero, aunque buena parte de la perspectiva crítica y sociológica que suele acompañar este tipo de escritos (la reivindicación social), no tenga en ellas un lugar dominante. A veces, la mina, el pozo, la oscuridad, parecen ser más bien símbolos metafísicos de una angustia vital tan grande, que se torna cósmica, casi mística, no importa si el escenario es realista.
Castera, de formación científica, pasó por diversos oficios que ampliaron su perspectiva mundana. Al mismo tiempo, conoció el espiritismo y se enganchó con él, sobre todo en la década de los setenta, incluso al nivel de actuar como médium. Su nivel de compromiso con la nueva corriente no fue solo intelectual o ideológica, sino además práctica. Aparte de su escritura literaria, tuvo otra de tipo mediumnístico. En esta antología se presenta uno de estos textos, publicado en la revista La Ilustración Espírita y salido de mano de Castera, aunque atribuido a “un espíritu”, en que se exponen algunas ideas de dicha doctrina (teísmo, reencarnacionismo, perfectibilidad humana).
El siguiente texto, “Un viaje celeste”, es algo más conocido por antologías, y fue recopilado en 1882 en Impresiones y recuerdos, y se le ha visto como un “cuento fantástico”, expresión cuyos dos términos habría que cuestionar. En el caso de cuento, aunque así lo queramos leer hoy y nos resulte cómodo hacerlo, en su origen el texto apuntó más bien al registro autobiográfico, testimonial; incluso aparece en escena su amigo escritor Francisco de Olaguíbel, también espiritista, y como si fuera poco, parece profetizarse la posterior estadía de Castera en el manicomio. En el caso de fantástico, se entra en la discusión teórica de géneros (literarios), a si el relato testimonial de un creyente de sus visiones (sin importar de dónde provengan) entra en la categoría de fantástico, visionario, alegórico o alguna otra.
Más allá de la querella teórica sobre este asunto, lo cierto es que Castera destaca porque en su variada obra, rescatable desde varios puntos de vista, uno de los segmentos más llamativos corresponde a sus incursiones por lo fantástico y misterioso, no solo por textos cortos como los aquí presentados, sino sobre todo por su novela Querens (1890), en la que retoma el asunto del mesmerismo, vinculado con el trance y el hipnotismo para fines curativos, aunque en este caso el objetivo sea más bien ampliar el conocimiento del mundo, que es otra de sus facetas, por medio del vuelo sideral del alma de la persona magnetizada, la que, en muchas de esas historias, solía ser mujer, puesto que se la consideraba un sujeto más emocional que el hombre y más susceptible de ser hipnotizada para que entrara en trance cósmico (algo que venía a fortalecer la visión misógina del siglo XIX). La novela de Castera es de las primeras en América Latina en abordar tales tópicos, en aclimatarlos a nuevos mundos, temas que en otras literaturas ya habían tenido sus representantes (Alexandre Dumas, Edgar Allan Poe, E. T. A. Hoffmann, Théophile Gautier, George du Maurier, entre varios), por lo que Castera enriqueció la labor literaria que se estaba realizando en el país y en la lengua a gran escala, más dirigida al realismo, a las costumbres nacionales, al patriotismo romántico.
Si las almas sabias vuelan por el cielo aprendiendo la mecánica trascendental del universo, las atormentadas quedan atrapadas en las minas, en la oscuridad, en la casa aislada rodeada por bestias feroces, como ocurre en algunos de sus relatos. Castera sabía tanto del rapto celeste como del infernal, conocía de sus signos y lenguajes. Para despedirse del mundo letrado, tras su noche oscura en el manicomio de San Hipólito, escribió Querens; luego vinieron quince años de silencio. Al final, de nuevo el vuelo y la muerte.
“El progreso” 15
No son, por cierto, las huríes de Mahoma las que ofrece la doctrina espírita; tampoco esa contemplación muda, iniciativa de los católicos, esa ociosidad perpetua que ocupa la eternidad en cantar alabanzas; no, lo que nosotros enseñamos es enteramente diverso; es la vida laboriosa, infinita, la vida eterna, pero ocupada en continua actividad, en trabajo, en progreso; la vida hasta lo infinito, pero toda ella llena del goce que proporciona el crecimiento, el desarrollo de facultades desconocidas hoy para vosotros; el perfeccionamiento de todos los sentidos hasta un grado ilimitado, y el nacimiento de otros nuevos; el desarrollo continuo, incesante, eterno; el engrandecimiento, el progreso sin término, sin restricción, sin ningún límite posible.
El alma lleva en sí el germen de los atributos del Creador, capaces de desarrollarse hasta su plenitud, con sólo el deseo, con sólo el empleo de esa fuerza suprema que se llama voluntad. Cuando ella llega a la casi perfección en un sentido, es decir, en uno de esos atributos, o cuando llega a poseer, para mejor explicarlo, uno de esos infinitos, pero de un modo relativo, su deseo continúa, su aspiración no cesa y entonces quiere adquirir el mismo grado de perfección en los otros, lucha, asciende, progresa, va desarrollándose como lo ha hecho con el anterior y, cuando llega a poseerlos, se encuentra que el grado de perfección no es completo y crece de nuevo su deseo.
¿Y cuál podrá ser el número de los atributos del Creador? ¿Acaso se atrevería a creer alguno que sólo posee los tres, de Poder, Inteligencia y Amor, que la humanidad conoce o cree conocer hasta hoy? No, Dios tiene un número infinito de atributos y estos también son infinitos en sí mismos. Él es el infinito, Absoluto, sin límite ninguno, y cada uno de los atributos que de él emanan debe tener la misma infinitud. Pues bien, cuando el alma llega a poseer uno de esos atributos infinitos, pero siempre de un modo relativo, encontrará por conquistar otros nuevos, diversos, distintos en todo de los anteriores; y siempre tendrá ante sí la misma irradiación, la misma nueva y eterna forma diversificada, ascendente, progresiva, no bastando ni pudiendo bastar una Eternidad de Eternidades para llegar al grado de la Suma Perfección y por lo mismo, su deseo se renueva, su aspiración crece, su voluntad se esfuerza y cada vez siente, comprende, ama y admira más a la Omnipotencia Soberana, la Sabiduría Infinita y el Amor sin límites de Dios, así como sigue progresando en los otros atributos que en Él resplandecen y de cuya idea carece hoy la humanidad, por el rango o lugar que ocupa en la creación.
Y esto es siempre incesante, eterno, esto no puede tener límite alguno, porque el progreso es una ley infinita, sin restricciones, porque desde el momento en que la limitásemos, la Divinidad se vería restringida, careciendo con sólo ese hecho, de lo que la constituye como el Infinito Absoluto.
El Espíritu al avanzar, va adquiriendo diversos grados de perfección, y según la escala en que se encuentra colocado, así es el mundo que tiene que habitar; ya sabéis que hay mundos inferiores y superiores al vuestro, que existen de pruebas, de expiación y también de felicidad; pues bien, el que va ocupando el alma es siempre proporcionado al grado de progreso, que con su voluntad y empleando su libre albedrío, ha sabido conquistar. De un mundo de prueba puede pasar a otro de expiación o de dicha, según el uso que hizo en él de su vida, y puede volver al mismo reencarnado, cuantas veces sea necesario, para que llegue a adquirir el grado de perfección que tiene aquella esfera. Pero progresando así indefinidamente, pasará de uno a otro mundo y después, de un sistema solar a otro diverso, y seguirá así por siempre, adquiriendo cada vez más facultades, más sentidos, mayor perfección. ¿Cuál es el límite del Universo Infinito? Ninguno, ¿no es verdad? Pues así el desarrollo y progreso del Espíritu no pueden conocer ningún límite, porque está también sujeto a la misma ley del Progreso Infinito.
Y ante esta perspectiva, ante este porvenir, ante esta idea que sólo puede llenar la Eternidad, ¿cabe acaso comparación con ninguno de los sueños que hasta hoy ha forjado la humanidad? ¿Ha visto alguna vez desarrollarse una expectativa más brillante, un porvenir más risueño, una idea más feliz respecto a los misterios de la Eternidad?
Sólo la insensatez humana puede escuchar tranquila una revelación que satisface a la aspiración más inmensa que pudiera concebirse, sólo ella por su orgullo, no ve que es la manifestación más clara de la misericordia, de la bondad y del amor infinito de nuestro Dios.
Un Espíritu, 1 de marzo de 1873
“Un viaje celeste” 16
El hombre es el ciudadano del cielo.
Flammarion
Mis ojos no podían desprenderse de esta línea, cuyos caracteres brillaban con mágica luz. Recordaba que Sócrates dijo “El hombre es ciudadano del mundo”, pero como esta raquítica esfera es impotente para calmar nuestras aspiraciones, el ilustre astrónomo ha procurado con su frase sublime nuestra legítima ambición. Es cierto que no basta el cielo para llenar el alma; pero el infinito es el velo con el que se cubre Dios y tarde o temprano el supremo ideal habrá satisfecho el anhelo constante de nuestro espíritu.
Mi absorción era completa; poco a poco iba olvidándolo todo; mis ojos fueron perdiendo la percepción; caí lentamente en una especie de sonambulismo espontáneo. Mis sentidos se entorpecieron, pero mi inteligencia no estaba embotada; con los ojos del alma lo veía todo, comprendía lo que me estaba pasando; pero aquel éxtasis compuesto de no sé qué voluptuosidades extrañas, era tan dulce, había en él una mezcla tan indefinible de ideas, de delirios, de fruiciones desconocidas, que en lugar de resistirme, me dejaba arrastrar por aquella languidez llena de encanto y también de vida. ¡Oh! ¡Yo quisiera estar siempre así!
Mi alma se fue desprendiendo de mi cuerpo como si fuese vapor, éter, un perfume; la veía, es decir, me veía a mí mismo, como si estuviese formado de grasa o de crespón aparente y sin embargo real, pero con todas aquellas ondulaciones, ligerezas y flexibilidades que tiene lo intangible.
Aquello era maravilloso; la sorpresa que me causaba mi nuevo estado no me dejaba ya lugar a la reflexión; mi pobre cuerpo yacía exánime, sin movimiento, en una postración absoluta. Comencé a creer que había muerto, pero de una manera tan dulce, tan bella, que no me arrepentía; antes bien estaba resuelto a participar nuevamente. Algunos momentos después me hallaba convencido hasta la opresión de mi nuevo estado y con una gratitud inmensa al creador que había cortado con tanta dulzura el hilo de mi triste vida.
¡Cosa rara! Mi vista adquirió una penetración y un alcance admirables; las paredes de la habitación las veía transparentes como si fuesen de cristal; la materia toda, diáfana, límpida, incolora y clara como el agua pura; veía infinidad de animalículos pequeñísimos habitándolo todo; los átomos flotantes del aire estaban poblados de seres; las moléculas más imperceptibles palpitaban bajo el soplo omnipotente de la vida y el amor… Mis demás sentidos se habían desarrollado en la misma proporción y me sentía feliz, os lo aseguro, inmensamente feliz.
Al verme dotado con tan bellas facultades, mi vacilación fue muy corta; levanté la mirada… y caí anonadado al contemplar la magnificencia de los cielos.
Oré un instante y con la rapidez del pensamiento me lancé a vagar por el bellísimo jardín de la creación. En mi estado normal veo a las estrellas como melancólicas pupilas fijas sobre la tierra; rubíes, brillantes, topacios, esmeraldas y amatistas, incrustadas en un esplendido zafiro, pero entonces… ¡Oh...! Entonces voy a referiros con más calma lo que vi.
Es preciso que ordene algo mis ideas.
Comenzaré, pues, por deciros que me bastaba pensar para que siguiese al pensamiento la más rápida ejecución, y por lo mismo, la idea que había tenido de ascender por los espacios, me alejó de la tierra a una distancia inmensa.
A lo lejos veía una esfera colosal (un millón quinientas mil veces mayor que la Tierra), incandescente, como el ojo sangriento de una fiera, roja como el fuego; volaba con velocidad, arrastrando en aquella carrera una multitud de esferas, entre las cuales había algunas algo aplanadas por dos puntos, pero todas de mucho menores dimensiones, pues si hubieran podido reunirse no igualarían con su volumen al hermosísimo disco de fuego. A pesar de que se encontraban algo lejanas, las percibía con claridad extraordinaria, capaz de permitirme examinar hasta sus menores detalles.
Figuraos mi asombro: aquella antorcha encendida en medio de los ciclos era nuestro sol, y sus acompañantes, su familia de planetas.
Pero no era esto todo, no: lo que me dejaba mudo, absorto, enajenado, era que todas aquellas masas enormes eran: ¡mundos!, más o menos semejantes al nuestro, pero todos ellos, sin excepción, mundos habitados.
Sí, sí, yo veía las manchas blancas de las nieves polares, las nubes cruzando sus atmosferas, las unas densas, cargadas de brumas, las otras purísimas y tenues, los mares brillaban como líquida plata y los continentes parecían inmensas aves que se recostaban cansadas de volar.
Allí hay seres, me decía yo, seres humanos, habitantes, hombres tal vez y ángeles como los que habitan en la Tierra con nombres de mujeres, porque si no fuera así, esos mundos serían horribles: allí hay humanidades como la nuestra, semejantes o más perfectas; allí estarán mis hermanas, mis padres, mi familia…
¡Oh! ¡Dios mío, cómo a la vista de esos mundos se despliega tu soberana omnipotencia!
Entonces busqué a Júpiter, que de los planetas de nuestro sistema es el mayor y el más bello: la tierra la veía como la 126ª parte del brillante astro, que me deslumbró por su hermosura, esto en cuanto a superficies.
Sus montañas tienen una inclinación muy suave, sus llanuras son perfectamente planas, los mares tranquilos, nada de nieve; la eterna primavera bordando sus campos, flores divinas embriagando con sus deliciosos aromas a esos felices habitantes, aves de pintados colores cruzando en todas direcciones, y cuatro magníficas lunas que deben producir en sus serenas y apacibles noches unos juegos de luz admirables.
Multitud de ciudades diseminadas sobre su superficie, pero por más que lo procuré, no pude distinguir los habitantes; tal vez serán de una belleza deslumbradora, que después me hubiera hecho despreciar los de la Tierra y por eso la providencia me evitó verlos. Júpiter es un mundo en el cual el dolor no es conocido, es un verdadero Edén.
Mercurio y Venus no llamaban mi atención, la Tierra me daba cólera por orgullosa, Marte tiene tantos cataclismos y cambios que tampoco me agradaba, los asteroides me parecían muy pequeños, olvidé a Saturno, a Urano y después de mi hermoso Júpiter, mi futura patria, pensé en Neptuno, que según la mitología representa al dios de las aguas.
Aquello fue un salto peligroso; en menos de un segundo atravesé centenares de millones de leguas y me encontré a una distancia regular del astro que por hoy limita nuestro sistema. Entonces no comprendí muy bien lo que me pasaba, el sol lo veía del tamaño de una lenteja, Saturno enorme, como de un volumen setecientas treinta y cuatro veces mayor que la Tierra y yo me hallaba en una penumbra indefinible.
La naturaleza, como la obra de Dios, es admirable; apenas pude distinguir que aquel mundo, como los otros, estaba habitado; pero previniendo la lejanía del sol, los seres que allí viven tiene la facultad de desprender luz, están rodeados de una aureola luminosa, tan bella que, fascinado, no podía apartar de ellos mi vista embelesada con su contemplación.
Me fue imposible fijarme en más detalles, porque en un momento me sentí arrastrado por una fuerza extraña; observé lo que era, la cauda de un cometa me envolvía, me encontraba en una línea de atracción del astro errante, que sacudía su magnífica cabellera en la inmensidad.
El vehículo celeste era cómodo y bello; me dejé llevar sin oponer resistencia. La velocidad de mi tren expreso iba aumentando cada vez más, cruzábamos los abismos dejando a nuestros pies infinitas miríadas de mundos.
Repentinamente observé que una estrella doble, púrpura y oro, crecía a mi vista de una manera espantosa; en algunos segundos adquirió proporciones gigantescas, como de unas diez veces más que nuestro sol; sentí una atmósfera de fuego y abandonado mi solitario compañero, me lancé en dirección opuesta.
Os he dicho ya que volaba por los cielos con la velocidad del pensamiento; los soles de colores se multiplicaban a mi vista, ya rojos o violados, amarillos o verdes, blancos o azules y alrededor de cada uno de ellos flotaban una infinidad de mundos en los cuales palpitaba también la vida y el amor.
Yo seguía corriendo; volando con una rapidez vertiginosa, atravesaba las inmensas llanuras celestes bordadas de flores, me sentía arrastrado por lo invisible y trémulo y palpitante, yo balbucía una oración.
Aquello no terminaba nunca, nunca… La alfombra de soles que Dios tiene a sus pies se prolongaba hasta lo infinito… Si pasaron instantes o siglos, no lo sé; yo seguía con mayor velocidad que la luz, que la chispa eléctrica, que el pensamiento y aquella magnífica contemplación sideral seguía también… soles inmensos de todos los colores, mundos colosos girando a su derredor y todo… todo lleno de vida, de seres, de almas que bendecían a Dios. Los soles cantando con su voz luminosa y los mundos elevando sus himnos formaban el concierto sublime, grandioso, divino, de la armonía universal.
Atravesaba los desiertos del espacio, cruzando de una nebulosa a otra; la extensión seguía; atravesaba multitud de Vías Lácteas en todas direcciones, y volaba… seguía… y la inmensidad seguía también.
Estaba jadeante, rendido, abrumado; oraba con fervor y me sentía arrastrar por una fuerza irresistible: los abismos, los espacios, las nebulosas, los soles y los mundos se sucedían sin interrupción, se mezclaban, se agitaban en turbiones armónicos sobre mi frente humillada, abatida ante tanta magnificencia, ante tan deslumbrante esplendidez. Yo estaba ciego, loco, casi no existía ya; pequeño átomo perdido en aquella inmensidad, apenas me atrevía a murmurar conmovido, temblando, admirado, ante la manifestación divina de la omnipotente causa creadora ¡Dios mío! ¡Dios mío!
De pronto mi carrera cesó… Dios escuchaba al átomo.
Tardé algún tiempo en reponerme; perdido en la extensión sideral, busqué en vano la Tierra; nada, no se veía; quise encontrar nuestro sol, pero imposible; tampoco lo veía.
Apenas allá a lo lejos, a una distancia incalculable, perdida en los abismos sin límite de la eternidad, pude ver nuestra Vía Láctea, que parecía una pequeña cinta de plata formando un círculo de dimensiones como el de una oblea, que volaba con una velocidad inapreciable en la profundidad divina de las regiones infinitas. Ligero y veloz me lancé hacía ella; pronto llegué, sin saber cómo; pero entre sus setenta millones de soles no podía encontrar el nuestro; pensé entonces que con la velocidad de la luz tardaría quince mil años en dar una vuelta a nuestra pequeña Vía Láctea y abrumado por aquel cálculo, sin poder comprenderlo, oprimido por semejante idea, me detuve lleno de terror. ¿Qué hacer? ¿Cómo hallar la miserable chispa que llamamos sol? ¿Cómo encontrar la Tierra, átomo mezquino, molécula despreciable, excrecencia diminuta de aquel sol que no podía hallar por su pequeñez? ¡Oh! Entonces mi alma desfallecida, ansiosa, anhelante, se dirigió a Dios.
¡Oh, tú, espléndido sol de los soles, supremo ideal de las almas, espíritu de luz y de vida, amor infinito de la inmensidad de la creación, del universo…!
¡Oh, tú, mi Dios, vuélveme a mi átomo y perdona mi loco orgullo; vuélveme a la tierra, Dios mío, porque allí está todo lo que lloro perdido hoy aquí, allí está todo lo que yo amo!
Mi carrera comenzó de nuevo terrible, frenética, espantosa; sentía vértigo, un ansia atroz, algo como el frío de la muerte; corría, volaba y… en ese momento Manuel de Olaguíbel me sacudió fuertemente por el brazo. Yo me encontraba sentado en mi escritorio, con el pelo algo quemado, las manos convulsas, multitud de papeles en desorden y escritas las anteriores líneas.
—¿Qué tienes? —me dijo mi amigo.
—Nada —le contesté algo turbado todavía— es que el cielo…
—Sí, el cielo —me dijo riéndose— hace largo rato que te observo; tenías un verdadero delirio, gesticulabas, escribías; yo iba leyendo, pero me pareció prudente suspender esa carrera fantástica por temor de que la terminases en un hospital de dementes.
—El cielo, el cielo —repetía yo maquinalmente.
—Sí —continuó— el cielo es lo más bello que hay, supuesto que es lo que nos manifiesta y enseña la omnipotencia suprema de Dios; tú en esas líneas dices poco de Él; pero, sin embargo, todas son verdades científicas, axiomáticas, irreductibles, que forman el patrimonio que el siglo impío deja al porvenir.
Salimos, el viento fresco de la noche calmó mi exaltación; pero por más que lo procuro, no puedo dejar de pensar que el universo es la patria de la humanidad y el hombre el ciudadano del cielo.
Amado Nervo México (1870-1919)
Sin duda fue el más popular representante del modernismo mexicano, con gran repercusión internacional. A juicio de José Joaquín Blanco, dentro de la jardinería poética del porfiriato, Nervo fue destacada “flor del bien”, junto a otras del mismo ramillete (como Gutiérrez Nájera y González Martínez), separadas de las “flores del mal”, Tablada y Rebolledo, con su intensidad erótica y decadentista. Separación cuestionable pero útil en una primera incursión en tan lírico jardín…
Como parte de su perfil modernista atemperado, retomaba tópicos románticos y los actualizaba con una nueva perspectiva, con otra sensibilidad más refinada, sin rasgar las buenas costumbres. Como lector enterado, Nervo llevaba a sus destinatarios en periódicos y revistas (incluidas muchas mujeres) la actualidad ideológica y literaria de la época, con lo que se convirtió en un gran divulgador cultural. Esto también lo hizo desde su llegada a la Ciudad de México procedente de provincia, cuando se interesó de manera más sistemática por la teosofía, el espiritismo y el orientalismo, al principio de una manera más bien distante e irónica, como ocurre con dos de sus textos aquí presentados (“Noches macabras” y “Fotografía espírita”), que son de la última década del XIX, antes de conocer Europa personalmente; después se refirió al asunto de forma más cercana y reflexiva, ya con mayor conocimiento de causa, como ocurre en “Los muertos”, escrito en 1917, dos años antes de morir.
El primer texto de Nervo aquí recogido, “La cuestión religiosa”, también pertenece a la última década del XIX, la de su arribo a la capital y la de su consolidación como escritor. Parte de su fama inicial vino dada por el pequeño escándalo que produjo la publicación de su novela corta El bachiller (1895), con su incursión en asuntos de deseo, celibato y castración, y que fue traducida poco tiempo después al francés, en 1901, con el título de Origène, en referencia al teólogo y Padre de la Iglesia, Orígenes, famoso por su rigidez sexual, que incluso lo llevó a la autoemasculación. Esta narración fue complementada en poco tiempo con la aparición de El donador de almas (1899), parodia sorjuanina de vuelo de alma y hermafrodisia, y quizá también de la novela Querens de Castera, con parecido triángulo dramático. En el ámbito de la poesía, aparecieron Perlas negras y Místicas en 1898, que redondearon su perfil modernista. De este exitoso quinquenio finisecular de Nervo proceden los tres primeros textos suyos aquí reunidos.
“La cuestión religiosa” nos muestra a un Nervo interesado en tópicos privilegiados de la época: secularización y crisis religiosa, un poco en la línea del texto de Gómez Carrillo ya visto, que hablaba de la diversidad religiosa de Francia. Nervo señala la insatisfacción tanto por el cristianismo tradicional como por el materialismo científico, por lo que muchos buscaron otras opciones de creencia “en el dédalo de las religiones prehistóricas” y preguntaron a “la esfinge india” por “el misterio de la vida”. De nuevo encontramos la palabra reincidente en boca de muchos de los artistas de entonces: “Misterio”. Y “Oriente” era un lugar asociado a ello. Nervo menciona explícitamente entre las nuevas corrientes al espiritismo, más adecuada para los “espíritus medianos”, esto es, no muy cultos, no muy profundos; y la teosofía, que es para los “espíritus superiores”, más estudiosos, más filosóficos, doctrina con la que eventualmente tendrá más afinidad, en parte por su ingrediente orientalista, que tanto le interesaba a él, y del que carecía el espiritismo, que tenía más bien una visión cercana al cristianismo. No es que Nervo fuera anticristiano, todo lo contrario, como su primera juventud lo atestigua, pero lo nuevo lo atraía, y esto era el orientalismo hinduista y budista pasado por el colador teosófico.
Los siguientes dos textos, “Noches macabras” y “Fotografía espírita”, nos introducen dentro del mundo de los practicantes, en un caso en una sesión espiritista, y en otro en el tema de la fotografía especializada en retratar espectros, que tanto auge había cobrado en el fin de siglo y que seguiría después por pocos años más. En diversos países se generó toda una práctica fotográfica relativa a fenómenos paranormales (cf. Chéroux et al., 2004), y México no fue la excepción.
El último texto, “Los muertos”, revela a un Nervo ya no tan fascinado por el “espectáculo” sobrenatural (sesiones, fotografías, aportes, etc.), sino más bien a alguien que vinculaba el interés renovado de la sociedad de la segunda década del XX por el contacto con los muertos, con la situación de la Primera Guerra Mundial, en una suerte de búsqueda por reconectarse con los seres amados y perdidos en los campos de batalla. Es un Nervo que lee a autores de extracción científica o humanista vinculados con búsquedas paranormales como Oliver Lodge y Frederic W. H. Myers, al tiempo que maneja algunas fuentes provenientes de la India: Ramakrishna y la filosofía Vedanta. Y, sin embargo, todo esto no esclarece completamente el asunto de la muerte y al final lo que prevalece es “el silencio de la esfinge”. Nervo quiere creer, y lo intenta, pero, como dice en uno de sus poemas, “¡quién sabe!, ¡quién sabe!”
“La cuestión religiosa” 17
Casi no abro una revista europea sin encontrarme en la sección bibliográfica dos o más notas que se refieren a otros tantos libros que estudian la cuestión religiosa, y casi casi voy creyendo con mi grande y buen amigo don Juan A. Mateos, que este siglo, que nació convencional, va a acabar en la húmeda celda de un claustro, diciendo mea culpa.
El diablo se metió a fraile, etcétera.
En efecto, adviértese en los espíritus una avidez inmensa de reconstruir el ideal que ya se creía bien muerto.
Nadie se conforma con la caserita filosofía del materialismo, y así como hace cuarenta años los jóvenes sentían la crisis del descreimiento, hoy sienten la crisis religiosa.
Estamos en plena etapa de jacobinismo espiritualista, y como ya no queremos contentarnos con la salvadora doctrina de Cristo, porque nos parece que esto significaría una retrogradación a ese pasado que los enciclopedistas dizque arrasaron en las conciencias, nos aventuramos a la buena de Dios por el dédalo de las religiones prehistóricas, valga la frase, y vamos a preguntar a la esfinge india el misterio de la vida.
Los espíritus medianos consultan las mesas de pino.
Los espíritus superiores se emboscan en la teosofía.
Sabios hay que se queman las pestañas intentando sorprender el secreto de la Kabbala, en la cual está la solución de esta gran ecuación de tercer grado de la vida…
Y hay también quien, investigando jeroglíficos y torciendo su sentido, juzgue que ha entrado en plena posesión de la verdad.
La ciencia no ha hecho más que dar una voltereta muy curiosa. Al hacerse positiva, al basarse en hechos, todo el mundo creyó que las antiguas “supersticiones” caerían minadas por su base; pero sucedió todo lo contrario. Ahora tenemos, entre las verdades científicas, la antes llamada hechicería, por ejemplo…
No hemos hecho más que llamar a las cosas con distintos nombres: a lo que ayer se llamaba milagro, hoy le llamamos fenómeno telepático, pongo por caso, y nos quedamos muy satisfechos con nuestra denominación.
En los centros más civilizados del globo, el satanismo torna a estar de moda. El espiritismo hace de diario más prosélitos; los que no quieren dar su brazo a torcer, ante los nuevos fenómenos, exclaman: “¡Quién sabe!”.
Y el siglo en montón emprende a todo correr la marcha hacia el indefinido ideal que se impone a todas las conciencias…
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