Kitabı oku: «El hechizo de la misericordia»
El hechizo de la misericordia
© Fundación José Rivera (www.jose-rivera.org)
© Ediciones Trébedes, 2018. Rda. Buenavista 24, bloque 6, 3º D. 45005, Toledo.
Portada: Ediciones Trébedes
Nihil obstat. Censor: Alfonso Fernández Benito.
Imprimatur. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, Primado de España. Toledo, 25 de marzo de 2018.
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ISBN: 978-84-945948-6-1
ISBN del libro impreso: 978-84-945948-5-4
Edita: Ediciones Trébedes
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José Rivera Ramírez
El Hechizo de la misericordia
Predicaciones sobre la misericordia
Ediciones Trébedes

Introducción
“¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Rm 11,33)
La ocasión vino con el año santo de la misericordia. Extraer y poner al alcance de todos algún filón del rico tesoro de don José Rivera sobre la misericordia. El objetivo de estas palabras es sencillamente el de ayudarnos a entrar en la vivencia que tuvo don José de la misericordia como participación en la misericordia de Dios Padre1; ciñéndonos particularmente a su predicación. Lo que hemos hecho ha sido escuchar las grabaciones que se conservan de sus predicaciones, dedicadas a la misericordia, ya sea en alguna meditación de retiros, ejercicios u homilías, tanto a religiosas como a seglares o sacerdotes, y transcribirlas, aportando una sencilla subdivisión de cada meditación en una serie de apartados que faciliten su lectura y añadiendo una breve nota al inicio como presentación2.
Hay una frase de la Escritura, del apóstol san Pablo, que nos sitúa en la perspectiva adecuada, que nos centra la mirada al tratar este tema: “¡Qué abismo de generosidad (misericordia3), de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Rm 11,33). Efectivamente, don José, nos da testimonio de vivir a partir de la fuente que es la misericordia divina, un verdadero abismo, que le hechizaba, pues vivía inmerso en ese inmenso derroche de amor del Padre. En verdad, la vida es cuestión de amor y el amor es cuestión de fuente. No se domina el amor con métodos, con ensayos o entrenamientos, como si se tratara de un deporte; porque es experiencia de participación (“como el Padre”, Jn 15,9).
Al leer y escuchar a Rivera uno se va dando cuenta de que hay al menos dos claves que siempre, o casi siempre, están presentes en sus charlas, a modo de sencilla estructura sobre las que se apoyan la mayor parte de sus consideraciones. En primer lugar, gracias a la centralidad de la Encarnación, las realidades sobrenaturales son al mismo tiempo misterios y dones; esto es, algo que nos excede y desborda por todos lados, pero que nos es ofrecido como un don. Inabarcable, pero a la vez concreto, palpable y desafiante, tanto en la vida ordinaria como en las enseñanzas de don José. En segundo lugar, de una u otra forma siempre aparecen las notas específicas de la revelación neotestamentaria: novedad- radicalidad-totalidad-alegría. ¡Cuántas veces le oímos hablar de ellas!
Lo propio de Jesucristo en su vida y enseñanza está marcado por la novedad: respetando una cierta continuidad con lo creado, en la historia, irrumpe con algo absolutamente nuevo. De hecho, hay dos realidades en las que se pone de manifiesto esta novedad: «que Cristo es el Hijo de Dios (por eso se rasga las vestiduras el sumo sacerdote), ¡eso es muy fuerte!; y que Dios es misericordioso, que el modo de amar Dios –misericordiosamente– como lo expresa Jesucristo, nadie se lo podía imaginar», ni los ángeles podían soñar un amor tan grande. Y esto desde una raíz –la radicalidad– que es nuestro arraigo o injerto en Cristo y por Él en la Trinidad; como un amor que tiende a la totalidad: lo llena todo, lo invade todo, lo transforma todo, lo vence todo (omnia vincit amor); que tiene como fruto, la alegría, profunda y serena de este don y misterio.
Más aún, uno se va dando cuenta de que las grandes verdades reveladas en la Biblia, transmitidas en la Tradición viva de la Iglesia y en su Magisterio sobre la misericordia, ciertamente están presentes en don José, pero asumidas en una profunda síntesis personal y acogidas con tal fortaleza que las vive y predica como sometidas al ímpetu de un huracán que apunta siempre “hasta el extremo” (Jn 13,1). Es verdadera y creativa fidelidad.
De hecho, quienes mejor nos pueden enseñar en qué consiste la realidad de esta participación en la misericordia de Dios Padre son los que la han vivido, los santos; al tiempo que interceden por nosotros para ayudarnos a vivirla. ¿Quieres saber en qué consiste la misericordia? Mira a un santo. Cualquiera de ellos (desde María Magdalena o Dimas hasta Teresa de Calcuta o Maximiliano Mª Kolbe, etc., etc.) nos muestra con su vida en qué consiste la misericordia en cuanto participación en la misericordia de Dios Padre. Y en este contexto podríamos preguntarnos si acaso no será también el Venerable José Rivera parte de este «lugar teológico» donde seguir recibiendo los modos divinos de amar misericordiosamente.
Ahora bien, ¿cómo es este «ser misericordioso como el Padre» según don José Rivera? Unos ejes para orientarnos en estas charlas: primero, la misericordia divina que «hechiza» a don José (se refiere a la novedad y radicalidad); segundo, la esencia de la entrañable misericordia de nuestro Dios (la totalidad); tercero, felicidad y misericordia (la alegría). Como muchas de estas charlas fueron pronunciadas en Cuaresma, también podemos relacionar con la oración, con el ayuno y con la limosna.
La misericordia del Padre no es para él una teoría, ni una idea hermosa, ni siquiera una expresión atractiva sin más, sino la vivencia que experimenta del Amor del Padre, del amor en su fuente: «Mi debilidad no me asusta porque me hechiza su misericordia»; «el estilo de Dios es permitir miserias para manifestar misericordias». Así me lo imagino, sumergido en este abismo de generosidad, es decir, de misericordia; y al mismo tiempo de sabiduría y de conocimiento, ¡el de Dios! (cf. Rm 11,33): sobrecogido, encandilado y hechizado por esta realidad «enorme» (fuera de toda norma), recibiendo y participando de ella. Vive clavado, envuelto y transformado en este abismo infinito de la misericordia divina.
En contraste con un mundo que se «des-vive» porque se «endurece» de corazón (la esclerocardía a la que se refiere Cristo en Mt 19,8), tanto por escasez de misericordia, como por confusión de lo que es verdadera misericordia (capaz de perdonar el pecado, pero no de hacer compatible lo que de suyo es incompatible). De hecho, es muy llamativa la contradicción que en este punto solemos vivir: por un lado, nuestro mundo es refractario a todo lo que parezca una presentación enérgica, fuerte y, en ese sentido, aparentemente «dura» de lo cristiano; pero, por otra, parece que cada vez estuviéramos más «endurecidos» de corazón y no sólo de cerviz. Don José, más bien, dada la conciencia del mal del mundo, se coloca “en la brecha” (Sal 106,23): ante Dios, por todos (en lugar de, a favor de); y, comparando el abismo que contempla –el de la misericordia de Dios– con las expresiones deformes de lo que se suele entender por misericordia, esto le mueve a estudiar y profundizar particularmente en esta realidad. “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios!” (Rm 11,33), es decir, en lo que se refiere a Dios, cuanta más generosidad y misericordia, más sabiduría y conocimiento; no hay que poner entre paréntesis el conocimiento para ser más generosos o para tener más misericordia. En don José, precisamente su conocimiento de Dios, por contemplación y estudio muy serio, le hizo abismal en su misericordia, «como» el Padre.
El Evangelio rezuma sabiduría en forma de paradoja4: Que Dios sea más humano de lo que creemos, ya es asombroso; pero que nosotros seamos más divinos de lo que pensamos, es algo que nos parece demasiado bonito para ser verdad, ¿cómo nos iba a amar Dios tanto como para querer hacernos partícipes de su misma naturaleza (cf. 2Pe 1,4)? ¡Qué abismo de generosidad! La novedad de Cristo siempre nos rompe esquemas; y así, cuanto más nos dejamos mover por el Espíritu de Dios, que es un “espíritu de energía y de fortaleza” (2Tim 1,7) más profundo y sorprendentemente «tierno» se vuelve nuestro corazón; o, de otro modo, cuánto más blandengue parece nuestro mundo, más se globaliza la indiferencia y sufre sus consecuencias. Decía él que «si un médico pincha a alguien en el pie lo hace para ver si tiene sensibilidad, si no se ha esclerotizado». Lo mismo que para la salud del cuerpo vale para el espíritu, y para la Iglesia en cuanto Cuerpo Místico: ¿Cómo revitalizar miembros anquilosados por falta de la verdadera misericordia? Conocer y dar a conocer, recibir y transmitir esta “entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1,78), ciertamente, le tenía hechizado.
Misericordia, dice Rivera, «es una manera de amar, la propia de un corazón (cor) que carga con o se hace cargo de la miseria (miser) de aquel a quien ama». Como Dios ama a todos, carga con la miseria de todos y cada uno; y, por tanto, se inclina, se vuelca, con firmeza viril y entrañas maternas, sobre toda miseria. «¡Y se complace en ello!» Dios no tiene que hacer una especie de esfuerzo para cargarse de nuestras miserias, o para perdonar. Nosotros, en cambio, solemos decir: “¡cómo me lo vuelvas a hacer, te vas a enterar!”, mientras que Cristo lo que nos dice es: “vete y no peque más” (Jn 8,11); es decir, derrocha misericordia complaciéndose en ello.
San Bernardo decía que “causa diligendi Deum, Deus est; modo, sine modo diligere”5 (la causa de amar a Dios, Dios mismo es; el modo, sin medida). Por eso, no hay manera de dominar o domesticar a Dios, ya que es semper maior; y por eso, siempre nuevo y sorprendente. El pueblo de Israel tendía a hacerse una imagen de Dios, un dios domesticable, llegó a fabricar –con la generosidad de todos– un becerro de oro, pero Moisés lo hizo polvo y se lo hizo tragar al pueblo disuelto en agua (cf. Éx 32,20). De alguna manera, fue ya un primer cáliz, el de beberse la idolatría, porque en sus moldes no cabe el Dios vivo y verdadero, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Porque deformaba la verdad de la misericordia de Dios.
Don José vive en la misericordia de Dios, vive realmente de ella, y la recibe en actitud contemplativa. Sí, sin contemplación no hay participación. Como de la misericordia va a tratar en muchas charlas de Cuaresma, el nexo misericordia-oración, así como misericordia-ayuno/limosna, lo va a encontrar servido en la Liturgia, desde donde afrontará la predicación, el trato personal propio de la actividad pastoral.
Una imagen tomada del Nuevo Testamento, en concreto del Benedictus, nos ayuda a entenderlo mejor: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78). Contemplar el sol es ya dejarse iluminar y tostar por él; contemplar a Dios es dejarse comunicar su amor. ¿Cómo si no entender lo que nos dice Cristo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos (…) Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,44-45.48)? Nosotros, si pudiéramos controlar el sol, seleccionaríamos a quiénes darles calor y a quiénes no. Por el pecado original tendemos a estrechar el amor (a este sí, a estos no…): «¿cómo voy a querer a esta gente, con lo que me han hecho? Estoy justificado porque llevo razón, es que…». Es que no les miro aún desde Dios. Pues la razón de la razón es el amor, sin medida. El logos y el ágape. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no dejan de darse, devolverse y recibirse el uno al otro eternamente. Ése es el abismo de generosidad. Don José no lo deja de contemplar, vive ahí. Lo dice muchas veces: «vivo en la generación eterna del Verbo», de donde arrancan todas las virtudes. Es más, la virtud que no arranca de aquí no puede pretender esta universalidad e intensidad sin excepciones, propias de Dios. Porque le faltaría fuerza. Depende de la fuerza del principio, que es la generación eterna del Verbo. Si quieres alcanzar tu fin has de vivir conforme a tu principio.
Si nos deja boquiabiertos ver cómo una madre quiere a su bebé, ¿cómo nos dejaría ver cómo el Padre está eternamente amando a su Hijo, dándose a Él, y el Hijo al Padre, en el Espíritu Santo? ¡Un abismo de generosidad! Nuestras reacciones carnales suelen ser: «es que no puedo perdonar», «setenta veces siete, me parece injusto», «es muy difícil, es imposible», etc. Claro, sin la Trinidad es imposible. Así es Dios con nosotros. Y cuánta falta nos hace contemplarlo. Cómo admiraba lo que había experimentado Santa Teresa de Jesús: “Con regalos castigabais mis delitos”6. Solo por participación en la misericordia del Padre somos capacitados para esta irradiación perfecta del amor: universal en cuanto a la extensión, extrema en cuanto a la intensidad. Ahí nos jugamos nuestro ser y vivir como hijos de Dios. Aunque sea un poco largo, merece la pena que leamos este texto de sus diarios:
“La fórmula de la absolución actual: Dios todopoderoso…: acción del Padre: todopoderoso, creador, misericordioso: su amor se vuelca sobre los inferiores, en cuanto creaturas, en cuanto pecadores. Con todo el interés –el amor– que se ha manifestado en la entrega de su Hijo al mundo. Y a mí me alcanza de lleno ese amor por hijo concreto, personal, individual, y por apóstol, por hombre, de cuya correspondencia, de cuya fidelidad a la gracia depende, de hecho, la salvación y santificación de muchísimos otros. Innegable la alteza a que me llama. No pone deseos que no quiera satisfacer. (…) Buena experiencia tengo acumulada de que el soplo del Espíritu arrebata de mi horizonte cualquier nube de deseos y pensamientos, sin esfuerzo ni dolor por mi parte, siempre que quiere hacerlo. Confianza. Porque lo que me ofrece este Padre omnipotente es su vida, su propia vida divina como perdón, es decir, como don reiterado. Los pecados pretéritos han ido construyendo en mí un vacío de energías, que debería haber recibido al acoger sucesivamente durante años y años las comunicaciones vitales ofrecidas; y han ido levantando hábitos, maneras naturales pecaminosas, que obstaculizan el ejercicio de la vida, que de todas maneras poseo. Pues bien, el perdón del Padre creador, omnipotente, consiste en crear ahora la gracia antes brindada y no admitida. Y a la par, en destruir esas edificaciones de apegos, levantadas trabajosamente por mí en tantos años. Cuanto más dispuesto acuda al confesionario, más pronto realizará el Padre su amorosa tarea. Notar que este perdón, por venir de Dios, «rico en misericordia», es decir, infinitamente misericordioso, se abate sobre «todos mis pecados», que no hay rincón de mi espíritu, de mi cuerpo, donde pueda quedar construcción alguna perniciosa; que no hay vacío que no alcance su obra plenificadora. Sí, muy enfermo, pero ante un médico omnisciente y todopoderoso.
Y la intervención de Cristo, del Esposo. Notar en mí mismo esta facilidad no ya para perdonar, sino para no pensar que perdono si alguien me ha dañado en algo. Notar mi estupefacción cuando ciertas personas me han pedido perdón algunas veces. Pues en realidad, yo no me siento ni siquiera devolviendo, puesto que mi amor ha quedado ofrecido, ellas no lo han acogido, ciertamente, pero yo no lo he retirado de su contorno. Permanece junto a ellas, como ofrenda que las penetrará en cuanto levanten la actitud obstructora… Y Él, el que me ama hasta la muerte, ¿cómo habría retirado su amor de mí?”7.
Que Dios “ve porque ama y ama a pesar de lo que ve”8, es una realidad sublime, fuente de verdadera vitalidad para el ser humano; y esto, a don José le venía al pelo. Cuanto peor fueran las circunstancias, como no deja de contemplar la intención y poder de la Trinidad, más ama, a pesar de lo que ve. Por tanto, no se trata de ser misericordiosos como a nosotros nos gusta, o como al mundo le gusta, o como al destinatario le gusta, sino como la fuente de misericordia es; y entonces, de lo que se trata es de arrimarse. ¡Arrímate! ¡Júntate a la fuente!, que te irá llenando, te contagiará. ¡Ponte bajo el sol! No cuesta tanto. ¿Cómo va a ser tan complicado esto de ser cristiano? ¡Es un gozo recibir! El gozo de dejarte envolver, inundar y transformar por la misericordia de Dios. Quienes así lo han vivido nos muestran que el sujeto agente de la santidad es la misericordia: «Si llego a santo, ¡qué ejemplo de la misericordia de Dios!».
Esta misericordia divina, y no una caricatura de ella, contemplada así, nutre la esperanza. De hecho, el que ora crece en esperanza, ve toda situación como realmente superable, “contra toda esperanza” (Rm 4,18); y “quien ora no pierde nunca la esperanza”9. Sin esperanza uno dice «¿para qué voy a rezar?». Es la única condición para recibir las maravillas de Dios:
“Las maravillas divinas no solamente no se desvanecen, sino que se multiplican. Mas la condición única, real, es la esperanza. La contemplación incesante, (…) nos arrebata hacia el Salvador que las realiza, y nutre la esperanza, (…) Pero apenas las contemplamos… Las empresas suyas… (…) La esperanza es ya maravilla en sí misma. (…) Cada persona es apenas lo bastante para fundamentar esperanza. Y por ello, resplandece de la hermosura misma de la esperanza, del amor divino que obra ya secretamente. Y que a nosotros nos ha sido dado adivinar, vislumbrar, y por ello gozar”10.
Es muy significativo lo que dice en uno de sus poemas: “Sálvalos tú solo, Señor, yo soy malo y los condeno”:
Señor, que los amas tanto
que has muerto en la cruz por ellos.
Sálvalos, Señor, Tú solo,
¡yo soy malo y los condeno!
No me pidas que te ayude,
que están mis brazos enfermos,
que está ronca mi garganta
y mis ojos están ciegos.
Que asfixian el alma mía
los ardores del infierno
de los hombres que podía
y no quise alzar al cielo.
Sálvalos entre tus brazos
fuertes de amoroso celo;
no cargues sobre mis hombros
de su dicha eterna el peso.
Sálvalos solo, que yo,
soy débil y me doblego11.
Desde esta luz enfoca la experiencia del propio límite, de la finitud, e incluso del pecado, que la solemos gestionar no desde un enfoque verdaderamente cristiano; pues si “Dios elige lo que no cuenta”12 (1Co 1,28), «¿por qué nos extrañamos de que nos haya elegido a nosotros? ¿por qué nos molesta que realmente no contemos?», decía él con frecuencia. Y en otras ocasiones: «Que a uno le moleste ser indigente es absurdo. El niño cuando no se deja ayudar es precisamente cuando va a hacer una travesura»13.
Frente a tantas críticas y prejuicios, qué bien vivía la expresión del Salmo: “pero yo confío en el Señor; tu misericordia sea mi gozo y mi alegría” (Sal 30,7-8). Y decía: «Que no me quieren, pues me da pena; pero no por mí, sino porque deberían quererme y, sobre todo, porque pudieran estar ofendiendo a Dios. A mí, el amor de Cristo me basta y me sobra, para dar y regalar». Tener prejuicios es como tener piojos, luego hay que «desprejuiciarse»… y ¡con la de cosas que hay que hacer!… Lo nuestro es “ser testigo, no más, de la ternura de Cristo”14, ser misericordioso como el Padre15.
Alejandro Holgado
1. Misericordia: Oración, limosna y ayuno
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Se trata de una meditación de un retiro de Cuaresma a sacerdotes, en marzo de 1988 [32-B]16. En esta charla, Rivera, nos ofrece unas claves y pautas de examen para ayudar a los sacerdotes a prepararse para vivir bien la Cuaresma, pues ellos son “cuaresmeros”, han de servir a los fieles el acceso a la intensificación de gracia propia de ese tiempo santo. La misericordia aparece como realidad fundamental en la vida cristiana (cf. 1Jn 4,16), a partir de la Bienaventuranza de los misericordiosos (cf. Mt 5,7), que se comunica y vive en las grandes actitudes a cuidar especialmente en la Cuaresma: la oración, la limosna y el ayuno, como se muestra en el Evangelio del mismo Miércoles de Ceniza (cf. Mt 6,1-18) y en la vida de los santos.
Concretando brevemente las actitudes de humildad y de esperanza, y contando con la contrición, contemplemos estas tres expresiones, que vamos a predicar esta Cuaresma abundantemente. Nos puede llevar a hacer un poco de examen: Examen del amor de Dios a nosotros y del amor nuestro a Dios.
Estas expresiones son: la oración, la limosna y el ayuno. Naturalmente, de lo que se trata es de recibir la misericordia de Dios. La recibimos no sólo cuando nosotros nos damos cuenta, cuando estamos en oración refleja, explícita, sino siempre que estamos en oración, aunque ni siquiera nos demos cuenta de que lo estamos, pero estamos atentos, conscientes de esta misericordia del Señor que viene sobre nosotros.
Recibir misericordia en la administración de Sacramentos
Estoy pensando, por ejemplo, en la administración de Sacramentos; sobre todo, en la administración del sacramento de la Penitencia. El que seamos conscientes de cómo actúa la misericordia de Cristo, que actúa para perdonar pecados; por tanto, es imposible que no esté perdonando los nuestros, si nosotros tenemos la actitud suficiente para recibirlo. Daos cuenta de que siempre que hay un acto sacerdotal, ministerial, el primero –primero no es cuestión cronológica ni siquiera es cuestión de abundancia– el primero que recibe el fruto, el que ciertamente lo recibe, el que no puede no recibirlo, si no se opone abiertamente, es cabalmente el ministro.
Más o menos habréis estudiado en el tratado de Eucaristía que la Misa tiene:
Un fruto general, por cada una de las personas de este mundo que estén bien dispuestas;
Un fruto especial, por las personas por quienes se aplica;
Un fruto particular, por las personas que están presentes que, en igualdad de circunstancias y de disposición, recibirán más;
Un fruto especialísimo (se llama especialísimo porque ya no quedan otras palabras), por el que celebra.
Y es normal que si Dios me concede la gracia de celebrar es evidente que, en igualdad de disposición, recibiré más fruto que nadie. Por eso, si hay una persona que es más santa que yo y que está simplemente participando de la Misa, aunque sea cuidando sus hijos, pero sabiendo y queriendo participar en la Misa que se celebra, recibirá más fruto que yo. Pero yo, ciertamente, debo recibir un fruto.
Lo mismo sucede, cuando administro otro Sacramento cualquiera. Cuando estoy administrando un Bautismo, evidentemente yo recibo la gracia del Bautismo no porque me bauticen otra vez, claro está, sino porque revive la gracia de mi Bautismo; es decir, porque todo lo que el pacto que el Señor ha hecho conmigo en el Bautismo se renueva, se intensifica, se vigoriza, y eso es causa de una serie de gracias actuales que voy a recibir después, aparte de que en aquel momento estoy creciendo en gracia.
Y lo mismo digo cuando estamos administrando la Palabra de Dios, como yo ahora mismo. Si estamos actualizados –y no hace falta que sea una actualización refleja cada vez–, entonces, muchas veces esto es muy útil. Si estamos actualizados en esta misericordia de Jesucristo que se derrama sobre nosotros, en el «nosotros» está el que predica; y si está actualizando la misericordia, simplemente crece él en misericordia. No estoy diciendo más que el enunciado de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Si yo estoy ejercitando la misericordia predicando, yo alcanzo misericordia en aquel momento mismo y voy creciendo en misericordia. Lo mismo que aquello que dice san Pablo: “¡Bendito sea Dios, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra, hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!” (2Co 1,3-4) –esto parece aquello de la razón de la sinrazón del Quijote–. La cosa está bastante clara: Yo estoy atribulado y recibo consuelo para que con ese consuelo consuele a los demás y, al consolar a los demás, aumenta mi consuelo también. Bueno, pues igual pasa con la misericordia.
Misericordia y oración
Démonos cuenta de que, desde el punto de vista de la oración, nuestra disposición es siempre disposición a recibir la misericordia; por lo menos, en su grado más alto, cuando estamos realizando las tareas sacerdotales, que deben ser todas las que realicemos. Caer en la cuenta y vivir estas tareas con una actitud de oración; es decir, con un contacto con Jesucristo misericordioso, que está derramando su misericordia sobre mí. Derramar su misericordia no quiere decir más que una cosa: que está influyendo sobre mí, gratuita y misericordiosamente. Por consiguiente, está actuando en mí porque yo soy indigente y no puedo actuar solo. Ese ser indigente y no poder actuar solo contiene el aspecto de que yo no soy nada.
Él me está creando en cuanto Verbo y me está vivificando. Él está manteniendo en mí, ya como hombre también, la vida de Sacramentos que me ha dado –por supuesto el Sacramento del Orden– y está moviéndome a mí para que pueda actuar esa misericordia, y está actuando ahora en mí. Caigamos en la cuenta de que todo esto es una obra de misericordia. Y si estoy hablando del perdón del pecado y estoy excitando a la gente a la contrición, si tengo el mínimo de preparación, me estoy excitando a mí también a la contrición; como la Palabra de Dios es eficaz quiere decir que yo estoy creciendo en contrición.
Éste es el primer aspecto, el de la oración. Vosotros veréis lo que os conviene, pero lo primero, es admirarse de esta vocación a la oración continua. Cualquier cristiano tiene que llegar a vivir en una oración ininterrumpida, pero el sacerdote es que realmente tiene que tener una oración, si no ininterrumpida por lo menos muy continuada desde el principio; porque es que, como está haciendo actos que son ministeriales, para que puedan estar bien hechos, necesariamente tienen que tener este ingrediente de actitud de oración, de oración actual. Vuelvo a repetir, no refleja, pero sí una conciencia de que es Cristo quien vive en mí. Esto es lo que es oración: la conciencia de la presencia amorosa, personal, activa, santificante y misericordiosa de Jesucristo.
Después de contemplar un poco esta llamada y contemplar vuestra vida de sacerdotes –porque la mía no la voy a contar ahora– desde este punto de vista pensad, por ejemplo, la cantidad de oración que llevaréis hecha. A pesar de las deficiencias considerad la cantidad de ratos, de minutos, que habéis pasado en vuestra vida en una intimidad actual con Jesucristo. Que esta intimidad podría haber sido mayor, seguramente. Y que tiene que crecer mucho más, ciertamente. Pero esto no quita que hayáis vivido ya todos estos años en esta intimidad con Jesucristo.
Admiraos del amor de Jesucristo. Y es admirarse de esto: Jesucristo ¿por qué quiere estar conmigo? Porque si no se tratara de Jesucristo, diría uno «pues es de tontos, porque es que no vale la pena, la verdad». De manera que Jesucristo tiene ese “mal gusto”, ¿verdad? Y esto se va prolongando: Si contempláis vuestros defectos y pecados a la luz de esto, admiraréis más el amor de Cristo, el que precisamente siga manteniendo esa intimidad, a pesar de todos estos fallos que yo he tenido tantas veces. Y pensadlo muchas veces, porque el inicio de todo es la adoración, la admiración, la alabanza, desde donde salen las demás cosas, de la contemplación de Jesucristo.
Jesucristo actúa en mí en la medida que yo le contemplo. La contemplación, por supuesto, es el fruto de que Él se me manifiesta; si no, no le podría yo contemplar; pero yo puedo hacerme el desentendido, puedo no atender o puedo atender. Admirar el que Jesucristo quiera manifestárseme de esta manera, el que tenga esta perseverancia, esta fidelidad a la promesa que me hizo el día del Bautismo, en primer lugar; y, sobre todo, el día de la Ordenación. Contemplar nuestra vida desde ese punto de vista para sentir, por lo menos, para experimentar todo el amor que Jesucristo me tiene. Y esto, como punto de partida.
Por una parte, he de examinar mis fallos, pero si el punto de partida es esta pertinacia de Cristo en amarme, pues ya la visión de mis pecados aparece mucho más grave, porque rechazar a quien tanto me ama… ¿Os acordáis de aquello de Navidad: sic nos amantem, quis nos redamaret? (¿quién no va a devolver amor al que tanto nos ama?). Que nos ama así, de esta manera, que es nacer por nosotros. Si tenemos en cuenta que no solo ha nacido por nosotros, sino que ha vivido en la Tierra por nosotros y ha muerto por nosotros y, en resumidas cuentas, que ha resucitado también por nosotros, no solo por mí, pero también por mí, realmente por mí, pues entonces admiraré mucho más el que me tenga este amor.
Yo creo que, si os ponéis a pensar un poco veréis que, automáticamente, la contrición por el pecado brota, me da pena, porque es imposible que no me la dé, porque es imposible que Jesucristo, que me ama tanto, no produzca en mí la pena de no haber recibido su amor. Todos somos capaces de sentir esas penas, ¡hombre! Si tenéis cualquiera de vosotros un disgusto con vuestra madre, o con cualquier persona que se porte bien, pues ¡se siente!; y ahí no hay ningún pecado, ahí está muy bien que lo sintáis. Yo me acuerdo de mi madre –no es que me perturbe mucho– y digo «¡cuántas veces no me habría costado nada darle gusto!»; si en resumidas cuentas llevaba razón ella muchas veces, y si no, pues daba lo mismo. Pues «¿para qué no le habré dado gusto?». Claro, no me paro en ello porque ya es inútil, y porque no se trata de pecado, pero me da pena no haber agradado a una persona cuando se le hubiera podido agradar. Como da pena dar una mala contestación a una persona, cuando se podía haber evitado, sobre todo, si a esa persona la queremos también sensiblemente. Entonces, quiere decir que somos perfectamente capaces de sentir esta pena; y, por consiguiente, Jesucristo nos la quiere comunicar, hasta que la sintamos incluso sensiblemente.
Ahora bien, supuesta esta contrición por nuestros pecados desde el punto de vista de la contrición estrictísima, que es por puro amor de Dios, me da pena no amar a quien me ama tanto. Luego, se pueden añadir estos otros aspectos: no colaborar con su amor para realizar su obra salvífica, es decir, que tantas personas estarían mejor si yo hubiera respondido mejor. Y después de todo eso, no viene más que una confianza mucho mayor, porque todo esto que yo puedo descubrir –si Él me ilumina– y el recordarlo, por ejemplo, mis pecados –aunque sea los de esta tarde– Jesucristo ya se lo sabía todo.
Meditad, con motivo de que empieza la Cuaresma, la escena de Jesucristo con san Pedro. Es una escena realmente conmovedora, cuando Jesucristo a san Pedro le pregunta tres veces: “¿Me amas más que estos?” (Jn 21,15). Todos ven, y además parece obvio, que haya una referencia a las tres negaciones. Jesucristo no se manifiesta enfadado, ni le ha retirado su confianza, ni nada. Esto es enternecedor: la visión del amor de Cristo me hace más vivos mis pecados, me hace darme cuenta de que son más graves, pero la visión de mis pecados me hace mucho más vivo el amor de Cristo, porque me doy mucha más cuenta. Lo dice san Pablo: “Apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,7-8). Daos cuenta de que, a lo largo de todos estos años, no sois grandes criminales, pero, si hubierais hecho los pecados más gordos que pudierais haber hecho, diríamos exactamente igual. ¿Por qué? Porque Jesucristo es fiel de todas maneras. Mientras estamos en la Tierra quiere decir que ha sido fiel, mientras perseveramos en el sacerdocio y perseveramos en el deseo de ser santos; y si no, no estaríamos aquí. Esto quiere decir que Jesucristo sigue con este amor y, por consiguiente, no tengo motivo ninguno para desconfiar.
Si habiendo llevado una vida con muchos pecados (estoy pensando sobre todo en vuestros casos, no en pecados así muy mortales, sino en pecados veniales como falta de atención, temporadas de tibieza, épocas de mediocridad largas…) si, a pesar de eso, Jesucristo no me ha retirado su confianza, si me sigue manteniendo el deseo de ser santo, pues entonces pensad esto, que me parece evidente: Dios no infunde deseos que no quiera, que no vaya a cumplir. Por eso he dicho siempre que «yo, que voy a morir santo, ¡vamos!». Si me canonizan o no, pues no lo sé. Me da exactamente lo mismo, aunque estaré tan «mono», si ponen unas cuantas fotografías en una biografía, pero no me ilusiona mucho porque en ese momento a mí ya no me va a divertir especialmente. Tampoco me molesta, porque no voy a tener que publicar yo el libro, así que me da igual.
Lo que sí pienso es que «es imposible que no muera santo», por dos razones (lo digo para que las hagáis vuestras): Primera, porque si no, Dios va a quedar muy mal. No sería así si yo me hartara de decir: «Tenéis que hacer un esfuerzo y daos cuenta cómo yo me esfuerzo para ser mejor»; pero lo que estoy diciendo siempre es que «es Él que tiene que santificarme». Por eso, si no me santifica quiere decir una cosa, que no le ha dado la gana, lo cual no puede ser. ¿Habéis pensado cómo en la Biblia aparece como un motivo de esperanza siempre el que a Dios no le gusta quedar mal? (¡Qué le vamos a hacer, la virtud de la humildad, pues no la tiene! ¡Paciencia!). Es que lo dice bien claro: “por el honor de mi Nombre” (Is 48,9); «si no fuera por mi nombre, te entregaba en manos de los enemigos, pero van a decir: pues ¿qué Dios es ése?». Y para convencer a Yahvé se usa ese argumento: «¿Qué van a decir los gentiles?, ¿que nos has sacado de Egipto engañados, para perdernos?». Y Dios, enseguida: «No, no, esto no puede ser, ¿cómo voy a permitir que los gentiles digan eso?» (cf. Éx 33,15). Y, ¡hala!, a intervenir milagrosamente para que los israelitas salgan del atolladero.
Pensad esto: por una parte, es imposible que si me doy cuenta de que es Él quien me santifica, aunque sienta lo que sienta, no pueda llegar a santo; y por otra, es absolutamente imposible que Dios me mantenga durante años un deseo de santidad –y voy a decir más– que me mantenga un deseo de santidad, teniendo la sensación de que no lo cumplo, para luego no cumplirlo Él, ¡eso es imposible! No es que voy a llegar yo, sino que me va a llevar Él.
Entonces, meditemos esta actitud de oración, con una visión del amor de Cristo, con una visión, por tanto, de mis pecados, que vuelven a invitarme a contemplar el amor de Jesucristo y con una fe en el amor que me tiene Dios. Recordemos la frase que me parece más radical de todo el Evangelio: “Nosotros somos los que hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4,16), y que se manifiesta en Jesucristo, a quien conocemos por la comunicación del Espíritu Santo.
Después de eso, antes de entrar en Cuaresma, examinad un poco los modos de oración: ¿Cómo hago la oración mental?, ¿Cómo rezo el Breviario? Y ved: ¿hay algunos aspectos en que podría mejorar?, ¿hay algunos aspectos que me doy cuenta de que tengo energías y capacidad para mejorar? Esto sería el primer aspecto. Procurad ver: ¿cómo predicamos esto de la oración a la gente? Revisad un poco vuestra predicación; porque, por una parte, lo principal es que se trata del encargo que tenemos, y, por otra, de que, si lo predicamos bien, nuestra esperanza individual también va creciendo. Si estoy incitando a la gente a que tenga una experiencia verdadera de intimidad con Jesucristo en la oración, naturalmente, me estoy predicando a mí mismo. No es una cosa psicológica, sino de la fuerza de la Palabra de Dios que me está convirtiendo.
Misericordia y limosna
El segundo aspecto, la limosna. Esto no hay que explicarlo mucho, porque la limosna es lo mismo que la misericordia, ni más ni menos. Lo único que tengo que darme cuenta es de que esta misericordia no se reduce al aspecto de la oración, aunque si es misericordia muy ejercitada, la incluye por lo que he estado diciendo antes; sino que además se extiende al amor a todo ser indigente, a ciertas personas, quiero decir. Y entonces se extiende a todas aquellas personas que veo que necesitan del amor. Naturalmente, cuanto más creamos en la eficacia del amor de Cristo y en la eficacia del amor de Cristo que vive en mí, más fácil me será ejercitar la misericordia, porque es que me trae un gozo, el gozo de la fecundidad.
Daos cuenta, por ejemplo, que hay mucha gente que no se siente respetable, como todos los pobres. Los pobres no se sienten respetables, generalmente se sienten degradados. Cuando yo estoy actuando el respeto a un pobre le estoy produciendo respetabilidad, aunque él no se dé cuenta. Cuando el individuo se encuentra respetado durante una temporada empieza a sentir que es digno de respeto, cosa que ahora no tiene, esa sensación. Es que mi palabra produce; lo mismo que, al revés, mi palabra destruye las apariencias que tiene una persona. Hay quien cree que simplemente porque tiene una posición social tengo que respetarle, pero cuando yo me comporto con él no respetándole de esa manera especial estoy destruyendo unas apariencias, porque mi palabra se me ha dado como lo que es, Palabra de Dios, que construye y que destruye (cf. Jr 1,10). Destruye el mal, destruye la mera apariencia, destruye lo que es nada y así hace que se manifieste «lo que es».
La limosna quiere decir todo lo que es misericordia. Darme cuenta cómo yo soy objeto de la misericordia de Dios. Es contemplar el mundo entero bajo la misericordia de Dios y creer cada vez más en el misterio de la misericordia y del pecado. Pensad cómo “Dios nos encerró a todos en el pecado para tener misericordia de todos” (Rm 11,32); cómo “donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia” (Rm 5,20). Y daos cuenta de que nuestra tendencia, muy general por lo menos, es que cuando vemos algo estropeado, pensamos esto: «ya se ha estropeado todo». Supongo que habéis oído una cosa que dice la gente –y es que además no tiene sentido común–: «es que me había propuesto tener paciencia y he estado cinco días como una malva, pero al sexto día lo he echado a rodar, todo…». Al sexto día no ha echado usted a rodar nada, al sexto día se ha enfadado usted una vez. Es como si usted me dice que ha estado edificando una casa durante los seis días de la semana y el domingo no ha hecho nada, pues no ha echado a rodar nada, el edificio ahí está, lo que pasa es que no ha trabajado más, pero no ha destruido usted nada. Esta conciencia o esta actitud es la que tenemos muchas veces respecto del pecado: «como hay pecado, todo está estropeado». El pecado estropea lo que estropea, pero no estropea todo, ni muchísimo menos; lo que procede del amor de Dios ahí sigue, es eterno. Como no sea un pecado mortal que destruye esto en concreto.
La misericordia nos lleva a esta actitud general de amar a las personas, precisamente, porque son indigentes; es decir, porque necesitan amor, en una palabra. Claro, porque nos amamos a nosotros mismos también así. Cuanto más degradada esté una persona, más nos manifiesta la necesidad humana de amor para salir de la degradación. Pero la degradación quiere decir que está degenerado, que está rebajado del grado que le corresponde. Naturalmente, sabemos que no siempre lo que llamamos señales de degradación humana coincide con la degradación real. Imaginaos cuánta gente está degradada en la apariencia humana, que da pena verla y, sin embargo, resulta que está bautizada y, como es subnormal, no ha hecho un solo pecado mortal en toda su vida; por eso esa persona está en un grado muchísimo más alto que montones de personas que están viviendo en pecado mortal. Pero bueno, yo ahora me refiero a que Jesucristo tiene una apariencia de degradación ahí, tiene un signo de degradación y entonces la misericordia se ejercita con Él, en esa medida, se ejercita sobre todo con los pecadores, pero se ejercita con cualquier degradación.
Y contemplemos ahí esta cualidad del amor de Cristo, que como es omnipotente, no le importa la degradación, sino que, al revés, se complace en elevar al que está degradado y darme cuenta de lo que supone este amor de Cristo, que me usa a mí, me emplea como colaborador para esta tarea. De manera que un montón de gente que está degradada puede recobrar su dignidad, precisamente porque intervengo yo; y a una serie de personas les puede pasar esto, aún en las consecuencias terrenas, porque en la substancia última, para eso estamos precisamente, para salvar a la gente, de manera que el restituir a la grandeza cristiana a la gente y elevarla a la perfección es la tarea que nos ha encomendado el Señor, para que la hagamos con Él. Nos emplea de colaboradores explícitamente para eso. Pero es que, como consecuencia, la misericordia, mientras estamos en la Tierra, también se ejercita en todos estos niveles. No hay más que coger el Evangelio para ver que Jesucristo, en cuanto empieza a predicar, empieza a manifestar la misericordia, curando enfermos y curándolos a montones. Y fijaos que se manifiesta la misericordia, además, porque es pura misericordia. Yo no digo que no debamos obrar la misericordia de una manera inteligente que vaya a solventar lo más posible los casos, pero sí que digo que Jesucristo ahí no intenta solventar nada, es simplemente que este señor está lisiado y le cura; que tiene lepra y le limpia; y así sucesivamente. He hecho esta consideración muchas veces: cuando se dice, y se nos reprocha, y se nos reprocha, además, realmente: «Hombre, pues es que, claro, dan el dinero y no saben a quién lo dan, y luego lo tiran…» y yo contesto: «usted se imagina a Jesucristo, cuando le llevaban a un enfermo, preguntando: bueno ¿y qué vas a hacer con la salud?». La suegra de san Pedro tenía fiebre, y la pregunta Jesucristo: «Bueno, vamos a ver, yo la puedo curar ahora, pero qué va a hacer usted cuando se ponga a andar, ¿nos va a servir?, ¡ah!, entonces la curo, pero la curó para que sirviera». Y al otro, se presenta leproso: «¿y qué vas a hacer cuando te quite la lepra? ¿Vas a usarlo todo para la gloria de Yahvé?». Casi iba a decir que está claro, que es que hace lo contrario, se desentiende, porque cura diez leprosos y no viene más que uno a dar gloria a Dios y le reprocha, pero no se le ha ocurrido no curar, y Él lo sabía que no iban a dar gracias a Dios, pero los cura a los nueve también. Daos cuenta de que esto no es hablar por hablar, que es que es lo mismo: Me piden una limosna, «¿y qué va a hacer usted con el dinero?». Hace muchos años, porque es que ahora ya no tiene ni sentido –bueno entonces tampoco– era un chiste de que había un pobre pidiendo limosna y le da una señora una peseta, y le dice: «bueno, y ¿qué va a hacer usted con esta peseta que le doy?», y la contesta el pobre: «pues ya ve usted, señora, dar un rumbo nuevo a mi vida, con este capital». Pero ¿qué puede hacer con una peseta?, «pues emborracharme, si no me va a dar para más, verá usted, pues emborracharme, que por lo menos pasaré un buen rato». Fijaos que, aunque esto es tan manifiesto, la cuestión del dinero, porque lo habréis oído todos muchas veces, pero daos cuenta de que nos pasa, muchas veces igual en la misericordia, por ejemplo, de la predicación: «¿para qué vas a hablar a esta gente, si no te hace ningún caso?». En la visita al enfermo: «si este hombre, total, es muy bueno, pues voy un día cuando esté ya muy grave, le visito, le digo algo y ya está, total ¿qué vas a esperar de él?». Es decir, no creemos en la misericordia de Dios, y, por tanto, no tenemos el gozo de la esperanza, porque la esperanza produce gozo. La esperanza de lo que esperamos, la esperanza cristiana produce alegría. Me estoy sintiendo, lo que cuento muchas veces de la guerra, entusiasmado y voy hasta el fin del mundo o donde sea, porque sé que el fruto que voy a producir es plenamente satisfactorio, aunque yo no lo vea.
Después de esto, lo mismo que he dicho de la oración, procurad hacer un examencito de la misericordia (limosna), porque la cumbre de la perfección del sacerdote es la caridad pastoral y, claro, la caridad pastoral es misericordia pastoral. Entonces examinad: ¿Cómo empleáis los bienes materiales, ¿cómo empleáis los bienes humanos que tenéis (el entendimiento, la voluntad, los mismos sentidos)?, ¿cómo empleamos las capacidades espirituales?, ¿cómo empleamos la salud?, ¿cómo empleamos el pensamiento?, ¿qué pensamos de los demás?, ¿tenemos un pensamiento creador (de manera que donde hay pecado, edifico, devuelvo la vida, si es pecado mortal, que donde no hay salud devuelvo la salud)?
Está la gente llena de pecados veniales, si la miro con un amor suficiente, los pecados veniales desaparecen, produzco contrición, la produce Jesucristo, claro, pero lo puede Jesucristo, con mi colaboración, y ahí la misericordia. No estoy hablando ni siquiera de que haya nada que hacer, nada más que el simple mirar, el simple pensar con amor en una persona. Naturalmente, recorrer un poco las necesidades del mundo, y bueno, me parece difícil, mejor dicho, me parece imposible, que no se nos ocurra a cualquiera de los que estamos aquí, y a cualquiera que se pare, una serie de aspectos en que podemos mejorar. Si nos detenemos de vez en cuando, habrá siempre aspectos que veremos que realizamos deficientemente. Y habrá aspectos, como la humildad –pues comprenderéis que es buena– que me constituye en objeto de la misericordia de Cristo y me hace sentirme partícipe, hasta que salgamos todos de la maldad de los demás, lo cual me hace sentirme comprensivo y, además, me da esa actitud, otra vez, de esperanza. Me voy dando cuenta de que yo tengo deficiencias, pero espero que Dios me las enjugue, acabe con ellas, y es casi imposible que no se nos ocurran algunas mejoras, pues todos podemos vivir un poco más austeros, todos podemos dar un poco más dinero, podemos dárselo porque tenemos más de lo que damos, o podemos dárselo porque pedimos más de lo que pedimos; podemos administrarlo, en fin, mejor, más inteligentemente, porque lo que he dicho antes no está en contra de que uno emplee su inteligencia para administrar las cosas de una manera que produzcan mejor efecto, aún a modo terreno.
Cuando Jesucristo dice aquello de San Mateo: “Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer”, no dice, venid benditos porque tuve hambre y os hubiera gustado darme de comer, dice “me disteis de comer”. Quiere decir que hay que tender a la eficacia, pero hay que tender a la eficacia que salga de la misericordia, no a la eficacia que sale del egoísmo, ni a la eficacia que sale del puro gusto material humano de una buena administración, sino que la buena administración consiste en ejercitar la misericordia; pero la misericordia se ejercita intentando llegar hasta las consecuencias, como cuando predico. Pues bien, si no veo ningún fruto, pues me quedo tranquilo, pero claro, a lo que tiendo ciertamente es a producir fruto, ése es el dinamismo normal de la predicación. El dinamismo normal de la misericordia es producir fruto. Ahora, como se trata de una misericordia que está ejercida en las condiciones terrenas, pues, sobre todo, cuando se trata de manifestaciones de la tierra, de signos, como la curación de enfermos, todas estas cosas que aparecen en el Evangelio, el dinamismo tiende al logro, y si no lo consigue se quedará tranquilo: «bueno, pues aquí no me lo ha concedido Dios», pero vamos, el dinamismo tiende a eso.
Bueno, pues ver luego, el tiempo: ¿cómo gastamos el tiempo?, si lo gastamos en misericordia o si lo gastamos de cualquier modo. Y con la humildad siempre de saber que no vamos a llegar de aquí a Pentecostés a las últimas realizaciones, pero una cosa es que no lleguemos a las últimas y otra cosa es que no progresemos.
Misericordia y ayuno
Y finalmente, examinar un poco el ayuno. Daos cuenta de lo que es actualizar el criterio. Yo aquí no me voy a detener ya, porque ya vale con lo que he dicho. Me parece que no hay más que aplicarlo, porque ya lo sabéis. Claro, que el ayuno no es sólo el prescindir de alimentos, pero ya lo he advertido muchas veces, tened cuidado cuando se dice: «no es sólo una cosa», que no se entienda: «no es esa cosa». Porque de decir: «el ayuno no consiste sólo en no comer», pasamos a decir: «el ayuno no consiste en no comer»; de decir: «la pobreza no es sólo el individuo que no tiene dinero, hay otras formas de pobreza», se pasa a decir: «el no tener dinero no importa, ni que la gente se muera de hambre, vamos a atender a las viejas ricas si están un poco abandonadas de sus familiares que las tienen en casa porque esperan la herencia, pero maldito el caso que les hacen». ¡No, no!, eso será también una pobreza, pero la otra pobreza es mucho más dura todavía, porque los duelos con pan son menos, ¡hombre!, y entonces resulta que hay muchísimas personas en esa misma situación y, además, con otra serie de agravantes, claro está. Fijaos que puede ser que realmente lo sientan menos, porque están tan embotados ya de sufrir que pueden sentirlo menos, pero eso no les hace menos indigentes, les hace más. A este respecto hay una degradación humana, porque no es que como ellos están llenos de paciencia y de deseo de sufrir no sienten siquiera el sufrimiento, ¡no, no! Simplemente es que están embotados, están hartos de sufrir, han sufrido tanto que ya ni lo sienten. Y entonces, naturalmente, pues es una degradación; y de ahí hay que sacarlos.
Lo mismo digo del ayuno. El ayuno no consiste sólo en no comer, ¡pero el ayuno consiste en no comer!, claro, y esto es lo que dice la Liturgia, cuarenta veces. Os recomiendo que repaséis antes de que empiece la Cuaresma, así un poco por encima, las oraciones y las lecturas, y veréis la cantidad de veces que aparece el ayuno material, vamos, el no comer, sencillamente. Pero bueno, no sólo eso, y entonces me refiero a todas estas cosas que ya sabéis: ayuno de curiosidades, ayuno de gustos, ayuno de comodidades, ayuno de estarse a gusto con la televisión y todas estas cosas. Aquí me parece además que, por una parte, el ayuno tiene su valor mortificante: puede suceder que no sienta ninguna molestia, pero no deja de ser una mortificación de la tendencia de la carne que, aunque no me la registre no dejo de tenerla, claro, de alguna manera. Me privo de algún gusto, aunque no lo sienta como una aflicción, no hay ninguna pena, ninguna tristeza, ni sienta grandes ansias de tener aquello, pero, de hecho, no lo tengo, me quito un gusto que podía tener.
Ayuno-oración-limosna
Después, claro, el ayuno está íntimamente relacionado con la oración. Cuanto más ayune de cosas, pues más abierto estoy a la oración. Yo no digo que la expresión que voy a usar ahora mismo sea perfectamente exacta, pero a mí muchas veces se me ocurre. Se me ocurre, porque lo he leído en una serie de santos que decían estas cosas: «Si tuviéramos menos deseo de comida material, tendríamos más hambre del Pan Eucarístico». Cuando estamos suficientemente saciados de las satisfacciones naturales, parece normal que no sintamos el deleite del Espíritu de la Eucaristía y, cuando un individuo, va prescindiendo de los gustos que puede encontrar en el mundo, siempre encontrará cosas agradables, porque las hay, pero vamos, él prescinde de lo que puede, pues me parece normal que sienta el gusto, el sabor, sensible también, de la Comunión, de la Eucaristía. El ayuno, en este sentido, es fruto de la oración. Simplemente, si me dedico a hacer oración, me quito un montón de gustos, eso está claro.
Y el ayuno, tiene un sentido de la misericordia respecto de los demás, porque es evidente, que cuanto menos coma yo, más puedo dar de comer a los demás. Y esto no sólo porque se puede materializar con cierta facilidad, pues tengo la comida. La historia de san Pío X en esta faena, se cuenta muchas veces. Lo que pasa es que entonces algunas personas, como mi hermana, dicen: «Pero la santa era su hermana que se lo consentía». Cuentan, por lo menos cuando estaba de párroco, que iba un pobre y le daba lo que había para comer y llegaba la hermana, tranquila de que tenía la comida hecha, y ahí no había comida, ni hecha, ni sin hacer, es que había desaparecido todo. Claro, san Pío X se la había dado al primer pobre que se había encontrado. Bueno, y mi hermana dice: «La santa era su hermana que aguantaba semejante rollo continuamente», y bueno, pues puede que los santos fueran los dos.
Entonces, no es sólo por esta materialización, es que, naturalmente el ayuno me lleva a un género de vida, en el que podemos en primer lugar vivir pobres, con lo cual podemos dar más, eso es evidente; y, en segundo lugar, podemos dar un testimonio que hace que los demás se pongan a dar también. Y, lo mismo sucede en las demás cosas, claro está. Si yo estoy haciendo por gusto, viendo un rato la televisión por gusto, recalco lo del gusto, porque si estoy viendo en la televisión una cosa que me parece que necesito verla, para ayudar al prójimo, entonces no hay ayuno que valga, pero si estoy dejando de ver aquello, quiere decir que tengo un rato más, o para rezar pidiendo por el prójimo, o para atenderle, la cosa está clara. Es decir, el ayuno tiene una relación inmediata con la oración y con la limosna.
Revisad un poco, cuando sea, pero antes de que empiece la Cuaresma: ¿de qué cosas podría yo ayunar? Y otra vez, con los mismos dos aspectos: ¿de qué cosas podría, veo ya que podría, prescindir?; y segundo, ¿de qué cosas puedo? Y entonces Dios nos irá iluminando para que ejercitemos lo que podemos, que quizás de momento sea muy poco, y estemos abiertos y vayamos recibiendo mucho más. Esto es lo que aparece en todos los santos.
El santo vive al borde del milagro
Ahora, para terminar, no es más que recordar lo que he dicho ya que, durante estos días, en la Cuaresma, procuremos leer biografías de santos, escritos de santos. Y nos demos cuenta de que han ido por un camino que es el normal, porque recuerdo muchas veces, es curioso porque la gente te dice: «no hay que pedir a Dios milagros», y yo digo: «y ¿por qué no hay que pedir a Dios milagros?»; porque en el Evangelio, desde luego, estoy viendo pedir milagros continuamente. Porque ¿a qué se acercaba la gente a Jesucristo? A que le hiciera un milagro. Bueno, pues ¡no sé por qué rayos no lo voy a pedir yo!, ni por qué rayos voy a pensar yo que no los hago, o que no los puedo hacer; otra cosa es si los hago o no.
El otro día, el Papa, como lo habréis leído más o menos, ha estado teniendo unas catequesis sobre los milagros, sobre Jesucristo y sobre los milagros. Van con toda naturalidad los apóstoles y hacían milagros; y por eso, en cierto sentido, se convertía la gente. Y que en la Iglesia siempre hay milagros, y no hay más milagros porque hay muy poca fe, si no, habría muchos más. No quiere decir que cada cristiano tenga que hacer milagros, quiere decir que no es ninguna cosa extraordinaria que hay que hacer milagros. Las llamamos cosas extraordinarias porque no las hacemos, pero también llamamos extraordinaria a una actitud de un poco más de caridad, porque no la tenemos; pero que nos demos cuenta de que el desorden es que en una Iglesia tan grande haya tan pocos milagros, y el desorden, por supuesto, mucho más importante es que en un Iglesia tan grande brille tan poco la caridad. Hombre, algo sí de caridad, pues es implícita, porque está el Espíritu Santo actuando, están los Sacramentos, etc., pero vamos, ¿en cuanto participada por nosotros?
Que nos demos cuenta de que el Señor quiere concedernos esto en unos grados muy altos, y que lo que ha hecho con los santos lo quiere hacer con nosotros. Porque, evidentemente, así como una realización práctica que pongamos de antemano nos llevaría a hacer una serie de obras –objetivamente duras, quizá admirables a los ojos de los hombres–, pero no movidas por el Espíritu Santo; así la mediocridad en que vivimos –que puede pesar mucho sobre nosotros– nos impide el abrirnos a los prodigios de Pentecostés. Esto que san Ignacio dice tantas veces: «señalarse, querer hacer grandes cosas»; y «quería hacer mucho por Dios y lo que hicieran los santos, lo quería hacer él». Ciertamente en el principio de su vida, está muy marcado por su temperamento, pero es lo que le permite, en cuanto que también está movido por el Espíritu Santo, le permite estar abierto a lo que Dios le diga.
Examinad si no tenemos ya el prejuicio de que en cuanto se nos ocurra algo que valga la pena, digamos enseguida –como justificándonos– que «no hay que hacer extravagancias». Si hay que hacerlas o no hay que hacerlas ya lo veremos cuando se nos presente la iluminación, pero desde luego, si partimos de que todo lo que es un poco fuera de lo corriente es una extravagancia (en el mal sentido de la palabra, porque extravagancia sí que es, es vagar fuera, que es extra vagar), pero ¿vagar fuera de qué? Si andamos fuera del modo de andar la gente de alrededor, pues cabalmente, los extravagantes son ellos, porque es que andamos por el camino, que es Cristo, que es por donde todos tenemos que andar. Para eso hace falta la «carota», que yo la tengo hace muchos años. Ya lo he contado muchas veces: «Es que es usted un despistado», y contesto: «No, perdón, el despistado es usted, porque está pendiente de dónde están los comercios y no sabe usted dónde está Nuestro Señor Jesucristo que vive dentro de usted». Claro, la gente se queda… Cuando te dicen: «¿por qué no te cepillas esto?», y digo: «¿y por qué no hace usted examen de conciencia?».
Bueno, total, es ir contestando a la gente si tenéis suficiente cara –yo os recomiendo que la tengáis–, pues hombre, se puede contestar sin agredir, un poco en broma, ¿no?, diciendo a la gente que estamos en otro mundo. Estamos viviendo en el seno del Padre, no estamos viviendo en el conjunto de una humanidad que está medio, bueno medio no, mucho más que medio idiotizada.
Entonces, ver: en el punto de partida de mi esperanza, ¿está la eliminación voluntaria, deliberada, no necesariamente sentida, ni luego espontanea en cada caso, de hacer tabla rasa de los gustos del mundo? Porque por lo demás, sencillamente, es que nos engulle el mundo. Y tened en cuenta que el ambiente, en general, que tenemos los sacerdotes mismos y las administraciones diocesanas es un ambiente mundano. Y sencillamente, pues «que no hay que exagerar» y aquí lo único exagerado es el amor propio que tenemos todos, rebosantes de comodidad o lo que sea.
No sé si lo recordaré esta tarde, y con esto termino, pero yo me admiro muchas veces. Acabo de leer, pero no he acabado del todo, porque estoy subrayando el texto catalán, porque lo he leído en castellano y luego lo he leído en catalán, una figura que no conoceréis probablemente, que es el padre Tarrés. El padre Tarrés era un médico catalán, barcelonés, que estaba en la zona roja, estuvo de médico en el Ejército Rojo, y quería ser sacerdote ya entonces, y se va preparando. Es conmovedor, porque claro, como tiene un diario, no todos los días, pero escribe muchos días; sí, es conmovedor cómo dice: “Hoy he estudiado tres cuartos de hora de Filosofía. Esto de la esencia no acabo de entenderlo, a ver si el doctor ‘nosécuantos’ me lo explica. Le he escrito para que me mande una explicación», «Hace tres días que no estudio Filosofía». Claro está, lo embarcan para la batalla del Ebro, por ejemplo, comprenderéis que el ambiente… Cuando uno oye a los seminaristas: «Hoy no he podido estudiar porque es que –qué sé yo– no me funcionaba el brasero…».
Sobre este padre –yo he pensado muchas veces–, aparte de la santidad personal (está iniciado el proceso de canonización, o de beatificación), pienso: Bueno, durante tres años, el Ejército Rojo en la zona Roja, y el Ejército Nacional en la zona de Franco tuvo arrestos para mantenerse en la guerra, en el frente, naturalmente porque eso ya me lo sabía, pero bueno, leyendo es como se actualiza, la cantinela esa de “no hay comida”. No hay comida, sencillamente, porque no me llega, no me surten en el frente, y no se come, no se lavan, no se afeitan, y no pueden lavar la ropa. El día que pueden lavar la ropa se ponen tan contentos. Tres años. Y se tienen arrestos, porque no es que sea él, es que es en todo el Ejército Rojo que está haciendo lo mismo, y perdiendo la guerra, y viendo que se están reduciendo continuamente, y ahí siguen, tan termes. Y en la zona Nacional, pues igual, solo que ganando, y exponiendo la vida continuamente, como es natural, y perdiéndola continuamente, todos los días había bajas, claro. Y el Espíritu Santo ¿no tiene capacidad para movernos a nosotros a una vida semejante a esa? ¿Es natural que los hombres para matarse se pongan en situaciones durísimas, en todos los sentidos, de hambre, de frio? ¡Hombre!, yo creo que ya habréis oído alguna vez por lo menos, que en el frente de Teruel se moría la gente de frío, literalmente hablando, se quedaban helados, vamos, o perdían los miembros, para mantener el frente en Teruel, cuando era Nacional o cuando entraron los Rojos. Hicieron el cuartel en el Seminario, luego lo perdieron, en fin, allí se establecieron durante una temporada, se quedaban helados, literalmente. Y nosotros por Jesucristo, ¿no podemos esperar que nosotros mismos y la gente, vibre? Eso quiere decir que no creemos en Jesucristo. Fijaos que ésta es la actitud, por ejemplo, de san Ignacio, tantas veces, aquello del perverso caballero17.
Recuerdo la actitud de san Vicente de Paul, cuando mandan los primeros Paules. Unos cuantos van a Madagascar y se mueren todos y, en fin, los Paules, el Consejo, deciden que no se puede mandar más gente, que se mueren; entonces san Vicente de Paul da esta luminosa contestación: «Cuando en una batalla mueren unos cuantos soldados, se mandan más, ¿no?». Lo que se suele decir es: «Hombre, como ahí resulta que disparan, pues no vamos», pues claro, porque disparan es por lo que hay que ir. A la batalla del Ebro iba más gente y más gente y más gente, porque era una ensalada de disparos impresionante y morían unos y otros, pues los dos mandaban más gente todavía. Ahora bien, llegó un momento en que se retiraron, naturalmente. Y, si en las batallas se manda más gente cuando mueren unos, «nosotros, por Cristo ¿vamos a hacer menos?». Y, automáticamente, claro, votaron por la ida de unos cuantos y se ofreció, me parece, todo el grupo que había allí.
Entremos en la Cuaresma, con este sentido práctico, pero con estas actitudes fundamentales que son naturalmente espirituales, sobrenaturales; pero que son totalmente prácticas, porque son las que fundan las realizaciones prácticas después. Y que, con esta actitud, veamos qué es lo que nos quiere conceder Dios y cómo hay que ser humilde, para que nos lo conceda. A lo mejor no nos concede casi nada de realizaciones concretas, pero a lo mejor nos concede mucho. Lo que importa mucho es que no perdamos nunca la esperanza de la acción de Dios. Lo que he dicho antes: Sigo deseándolo… Yo tenía en un cuaderno antes de irme al Seminario –o sea que tendría 15 años o, por ahí, 16–, «Un santo es un hombre que vive siempre esperando el milagro», es decir, esperando la obra de Cristo, el “quiero, queda limpio” (Mc 1,14). Está esperándolo siempre, hasta que llega el momento y, al menos, llegará antes de morirse, pero lo que es inconcebible es que no muramos siendo santos, y lo que es inconcebible es que no santifiquemos a la gente alrededor.
2. Misericordia y fruto pastoral
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Se trata de una meditación de retiro a sacerdotes, en febrero de 1988 [76-A]. El contexto de esta charla está marcado por la preparación de los sacerdotes para vivir la Cuaresma, en clave de santificación personal del mismo pastor. Solo así podrá dar fruto. La obra de la misericordia en este tiempo santo pasa por la tarea absolutamente necesaria de la abnegación. Para ello, hay que fijarse en lo que Dios ha obrado en los santos, así será fecunda nuestra esperanza.
Sería cosa de aplicar toda esta esperanza que venimos contemplando para ver con qué ánimos y con qué ganas tratamos de aprovechar la Cuaresma para santificarnos nosotros. No hago más que un poco de esquema.
Proporcionalidad entre santidad y fruto pastoral
En primer lugar, repasar un poco y actualizar la conciencia de esta proporcionalidad –que aludo siempre que hablo– entre mi santidad (mi vida espiritual) y mi fruto pastoral. La conciencia de la llamada a la santidad como única realidad y que, por tanto, no puedo ser fecundo más que en proporción a la santidad que tengo. Es cierto y seguro –y caso por caso– que, además, mi fecundidad solo anormalmente –por obra extraordinaria– será suplida por otras personas. Quiero decir aquella frase de S. Agustín que recuerdo muchas veces: “Si el pastor no es buen pastor y las ovejas son alimentadas por otro pastor, pues las ovejas no morirán claro, porque las alimentan, pero yo soy homicida”. Aquellas ovejas que Dios me ha encomendado, realmente –con todo el misterio que queramos– dependen de mí. Entonces, no solo no es que yo soy infecundo, sino es que yo «infecundizo» a los demás, es decir, que aquí no hay término medio: o estoy en una directriz adulta y fervorosa o estoy infectando. Y esto, darnos cada vez más cuenta, porque los principios son válidos desde el comienzo hasta ahora, pues ciertamente hay circunstancias que están en el plan de Dios, sea produciéndolas, sea permitiéndolas, en que ciertos aspectos toman más agudeza. La gente hoy evidentemente es más crítica, y se da más cuenta de las cosas, es más difícil engañarlas, y estamos escandalizando en el sentido negativo y en el sentido positivo. Como he recordado muchas veces, nuestros defectos (me refiero a defectos espirituales, claro) invalidan nuestras virtudes como valor de testimonio, porque la gente toma pretexto de los defectos que tenemos para no admitir los impulsos de virtud que podamos dar con una vida mediocre; y toma pretexto de las virtudes que tenemos para justificar los propios defectos nuestros: «D. Fulano no es tan obediente y mira qué bien trabaja, será que no hace falta ser tan obediente»; o «D. Fulano no trabaja, pero como es tan obediente será que no hace falta trabajar»; y «Entonces, no hay que tomarse las cosas tan en serio». Yo creo que tenéis todos experiencia abundante, que esto lo dicen.
Por otra parte, cuando el ambiente en general está no solo mediocre, sino mucho peor que mediocre, entonces las solicitaciones y la fuerza de las solicitaciones del mundo, del demonio y de la carne tienen una fuerza particular que es evidente; hay un déficit de gracia sencillamente por la falta de colaboración de las personas. Antes, no hace muchos años, a pesar de que digo que las cosas iban hacia abajo y, por tanto, estaban mal, sin embargo, todavía se podían encontrar ciertas compensaciones espirituales, quiero decir, y cierta energía menor del mal que actualmente. Ese muchacho podía ser en un pueblo más o menos despistado, pero tenía siempre una cobertura de un ambiente relativamente religioso, con cierta facilidad, por lo menos un grupo y además no tenía especiales solicitaciones al mal. Es que actualmente no pasa eso, claro: se está solicitando al mal descaradamente por todas partes y le están llegado los criterios de una solicitación al pecado mortal continua, una situación de pecado mortal continua. Lo que se podrá dudar es si hay culpa interior, pero vamos, de que efectivamente ve el mal, eso está claro.
Entonces, esta conciencia de la llamada a la santidad y, como recuerdo siempre, la llamada inmediata, porque el mal está funcionando ya y está creciendo ya. También aquí hay que señalar lo mismo. No podemos decir: «A ver si nos mantenemos por lo menos». Aquí no se mantiene nada, las cosas o crecen o se hunden. Podrá haber alguna persona que, más o menos, de manera un poco misteriosa, se mantenga en un crecimiento muy lento y muy mediocre, pero, en fin, por lo menos crezca. Pero es que lo general es que el conjunto del pueblo cristiano va hacia abajo con una velocidad tremenda y una fuerza del mal tremenda también aquí, en estas regiones nuestras. Y, por consiguiente, yo estoy allí metido. Que nosotros somos vulnerables, no creo que nos haga falta tener una humildad heroica para reconocerlo, y que somos vulnerables en cuanto a las tentaciones últimas está bastante claro, y que somos vulnerables en cuanto a las tentaciones no últimas, quiero decir no de situación de pecado mortal, pero sí de meternos en la pura mediocridad y en la tibieza, pues eso es tan evidente que no hace falta comentarlo, pues ya lo vemos.
Cuando hace relativamente pocos años decías cosas de éstas, te contestaban: «Hombre, pues no hay que exagerar y éste es buen sacerdote»; y estos buenos sacerdotes, que eran tan buenos, ahora están secularizados un cincuenta por ciento. Y algunos están sin fe; por lo menos eso dicen ellos. Bueno, nosotros no somos de mejor madera. Cuando estaba yo en el seminario o los primeros años de cura parecía una especie de amenaza bíblica: «Podemos caer»; al fin y al cabo, sabías una historia así de un sacerdote, de otro, un caso escandaloso, pero vamos, el exterior era mediocre, pero nada más; en cambio, a esta gente, no hace falta más que verlo cómo está el ambiente, estamos rodeados de sacerdotes mismos caídos.
Por tanto, esta conciencia de urgencia de respuesta a la santidad personal, por nosotros y por los otros que tenemos que responder, por un montón de personas y porque, aunque no tuviéramos que responder, supongo que tenemos todos suficiente sensibilidad para espantarnos de pensar que un montón de gente se condene o por lo menos lleve una vida de pecado, aunque puede que in extremis se salve.
La abnegación
Me refería antes a la contrición. Todo el aspecto de abnegación, que me he dado cuenta cada vez más que lo sabéis de sobra, pero vamos, os recomiendo que lo repaséis y que lo repaséis detenida y profundamente ahora, con ocasión del comienzo de la Cuaresma, los días antes, y que le pidáis a Dios luz para daros cuenta de la necesidad de la abnegación. Y lo que quiero recalcar un poco es esto, que también podéis tener presente facilísimamente: En la abnegación entra la tarea de negar unas series de formas nuestras, que resulta que en sí mismas no son pecado, pero que no son buenas conductoras de la caridad, no son expresivas de la caridad, que no vamos a llegar nunca a encajar del todo. Porque no está en el plan de Dios que los hombres seamos ya perfectos (la expresión “perfecto”, eso se queda para nuestro Señor Jesucristo), pero que sí está en el plan de Dios que estemos en una actitud continua de negación que, en parte, se manifiesta en humildad sencillamente, en reconocimiento de una deficiencia, en reconocimiento de una falta de dominio y, en parte, se manifiesta porque realmente vamos dominando las cosas, vamos dejando de hacer las cosas que están mal, vamos cambiando maneras de expresión nuestras, precisamente para poder comunicar mejor la caridad.
Claro está que la gente va a entender según lo que Dios le ilumine, pero claro está que Dios la ilumina con nuestra colaboración y en nuestra colaboración entra que estemos por expresarnos bien, expresarnos de una manera que sea gráfica, que sea expresiva de la caridad. Y claro, cada vez nos podemos dar más cuenta, por lo menos cada temporadita, de que como hay tanta gente en este mundo, muchas maneras de ser nuestras no le expresan la caridad y entonces tenemos que estar atentos continuamente (con toda la paz que podamos, por supuesto, y con toda la paz que no podamos, sino que nos dé Dios, porque se la pedimos humildemente), pero estar siempre dispuestos a negar, al menos, la actitud nuestra. Esto ya me doy cuenta de que está mal, sencillamente, no expresa la caridad que debía tener.
Yo cada vez le doy más importancia a esto, porque veo que muchas veces (lo digo por mí mismo), veo muchas veces que, teniendo buena intención, pero no suficiente buena voluntad (porque la voluntad no está suficientemente santa todavía, no está suficientemente movida por el Espíritu Santo), resulta que decimos cosas o hacemos cosas que producen daño, producen escándalo, pero escándalos que debilitan el testimonio, la fuerza del testimonio. Por eso uno no puede acusarse: «esto lo he hecho aposta, esto lo he hecho mal, esto es una falta de caridad». Y no vale decir: «yo soy así», porque si soy así, por lo menos, no tengo que apoyarme en que soy así y posiblemente tengo que cambiar de manera de ser, mi manera de expresarme. Me estoy refiriendo a lo de siempre, a los condicionamientos que tenemos, a la impulsividad que tenemos (a la impulsividad que puede ser el refrenarnos demasiado, por ejemplo), un temperamento demasiado reflexivo, o al revés, un temperamento poco reflexivo, en fin, todas estas maneras de ser nuestras.
Es bueno darse cuenta de que todo esto es lo que expresa S. Juan de la Cruz a todas horas, diciendo que aquí no hay modos ni maneras, que aquí no hay más que actúe el Espíritu Santo, y esto es un objeto de la esperanza. Esta acción del Espíritu Santo nos tiene que ir inspirando de tal manera que creamos y esperemos que, cuando lo inspira Él, va a producir el fruto que quiera. Pero aquí hay una zona nuestra siempre, que tenemos que tener mucho cuidado –que no es estar nerviosos precisamente, porque eso no nos dejaría atentos al Espíritu Santo–, porque nos agarramos a ella, nos apegamos a ella sin querer; siempre hay un apego que se ha pegado, pero que de hecho está mal, en cuanto que no queremos cambiarlo. Yo voy a recordar un ejemplo que os habré contado a todos probablemente: yo pienso muchas veces que tiene que llegar un momento, por supuesto cuando me jubile, en que una cierta manera de ser por la cual yo veo las cosas muy claras –con lo cual intelectualmente me quedo agustísimo– y estoy muy a gusto, se quite, porque es que hay, indudablemente, un apoyo que es una manera de ser mía, un encuadramiento lógico de las cosas, por lo cual lo veo todo tan clarito que, claro, eso es muy satisfactorio, pero la claridad que tengo yo, no es Dios, precisamente. Yo tengo que estar unido con Dios, no con mis claridades personales o algún día tendré que oscurecerme. Y tengo que darme cuenta de que lo que estoy hablando, está todo clarísimo y yo pienso la luz que yo tengo, pero es que esto no es Dios precisamente, y entonces, seguro que ha salido con cloro como digo siempre, el cloro de un apego a una manera de ser mía, un apego que ni siquiera es totalmente voluntario, pero que al menos para que no dañe, hace falta que yo lo niegue, con la voluntad, aunque no me lo pueda quitar, que eso es distinto; hay muchas cosas que no nos podemos quitar.
Llevemos esta actitud de abnegación hasta el extremo, hasta el extremo el deseo, hasta el extremo de la esperanza; no digo hasta el extremo de un análisis, porque eso es imposible, y además nos perturbaría demasiado. Pero al menos, que no me agarre, no me apoye –como queráis decirlo–, a ninguna manera de estas de ser mías, que prácticamente, en cuanto que son objeto de mi apoyo, están estorbando el plan de Dios. Aunque en cuanto humildemente quiero desprenderme de todo ello, ya no están estorbando el plan de Dios. Simplemente es un proceso y cada vez seré más fructuoso, cada vez seré más apto, para que Dios me pueda emplear. La docilidad es el elemento único absolutamente necesario, para producir el fruto que Dios quiera.
Pedir a Dios la contrición
Ahora después, estas cosas, que están pendientes de la contrición y, claro, lo que haya de apego en nosotros, no meramente de un proceso de maduración, se debe a la edad que tenemos cualquiera de los que estamos aquí, a los vicios que tenemos, es decir, a que el pecado reiterado ha constituido unas costumbres, unos hábitos. Los hábitos determinan nuestras maneras de ser, nuestras capacidades, nuestras potencias a un objeto determinado, y el objeto determinado, en último término, soy yo con mis complacencias, mis gustos.
Y ahí, no digo más que procuréis pedirle mucho a Dios, que es lo primero, y Él os iluminará. Pedirle mucho a Dios la contrición. Pensad la cantidad de tiempo perdido –quiere decir también gracia perdida–; pero como el tiempo se emplea en algo, todo el tiempo que no he empleado en mi vida en atender al Espíritu Santo lo he empleado, sin querer, en atender a mis propias sugestiones. Mis propias sugestiones son carne y mundo, desde luego, y a última hora también diabólicas. Y entonces, ahí hay una red fuerte que está impidiendo el paso de la acción sobrenatural, el paso de la acción del Espíritu Santo, de la luz, que en lugar de ser lo luminoso que tenía que ser, tengo manchas y como tengo manchas no alumbro y ya está. Y como no alumbro, la gente no queda iluminada.
Ahora explico, desde mi punto de vista, en cuanto que éste es un mal mío. Viene el deseo de romper todo eso y el odio, el odio al pecado, teniendo en cuenta siempre que el odio al pecado es eficaz, o sea que nuestra palabra (no nuestra palabra exterior, sino nuestra palabra interior) es eficaz y, por tanto, nuestro amor (en cuanto que es caridad, que es participación del amor divino, que tiene la cualidad de la omnipotencia) es eficaz siempre. Y que nuestra unión es eficaz, que estamos llamados para plantar y para arrancar, para edificar y para destruir, y en nosotros mismos tenemos que edificar el cuerpo de Cristo y tenemos que destruir el pecado. Siempre que amamos, edificamos y siempre que odiamos, destruimos. En la medida que esto es la caridad, el odio al pecado, claro está, destruimos el pecado. Y que como, más o menos funcionamos bien, pues el peligro está en que no odiemos bastante nuestro pasado, nuestro pasado en cuanto pecaminoso, claro, en cuanto nuestro, no de Cristo.
Naturalmente, la Cuaresma nos va a dar motivaciones continuas, porque está hablando de esto a todas horas y está invitándonos continuamente al arrepentimiento, a la penitencia. El peligro está en que seamos muy soberbios y nos creamos que somos buenos y no nos demos suficiente cuenta de hasta qué punto somos malos, hasta qué punto tenemos muchas cosas pecaminosas todavía en nosotros.
Por una parte, por la meditación de los gestos de la liturgia sin más, o bien cogiendo un poco los textos de las semanas de Cuaresma y mirarlos un poco, antes de empezar la Cuaresma, para entrar con esta disponibilidad a recibir toda esa Palabra. Y meditar mucho cómo las palabras de Cristo son las palabras de la Iglesia, pues son fructuosas y, por tanto, van a producir toda esa contrición a que nos llaman; y que esta contrición no va a ser la total en esta Cuaresma, pero va a significar un avance notable. Y que incluso puede ser total –por lo que he comentado antes–, que si en la Cuaresma pedimos la restitución (en la Iglesia, en la oración de la Iglesia, pedimos que se nos restituya la inocencia), no estamos pidiendo nada más que lo que la Iglesia nos sugiere y será que Dios nos lo quiere dar. No podemos decir de antemano: «No voy a llegar a Pentecostés, como si no hubiera pecado nunca». ¿Por qué no? Pues no lo sé. Dios me puede conceder la contrición absoluta, desde luego, no puedo decir que no, y sí que puedo desear que sí. Lo desearé incondicionalmente. Dios por lo que sea, me va a dejar un poco menos limpio, pues paciencia, pero vamos, esto lo puedo pedir.
Las motivaciones son siempre: la pena, cada vez mayor, de haber defraudado, de haber desagradado a Jesucristo, la pena de ser yo imperfecto (podía ser mucho más perfecto y, por tanto, mucho más persona, mucho más espiritual, mucho más fructuoso) y la pena de lo que produzco en los demás. Estas son tres líneas que no me detengo yo a exponer porque ya las sabéis de sobra, pero vamos, son tres motivaciones que podemos pensar, porque para la confesión me parece que serían muy provechosas.
Sería útil que le dierais un repaso, además, porque lo vais a tener que predicar durante la Cuaresma muchas veces, para ver si el sacramento de la Confesión, si los actos de contrición de la Liturgia, de la Misa, por ejemplo, que son tan frecuentes, si lo estamos diciendo realmente como necesitados. Si cuando decimos “tú que quitas el pecado del mundo” o “Señor, ten piedad”, lo estamos diciendo con una expresión de verdad del que está derrumbado, viéndose atado, viéndose inutilizado y sintiendo el odio del pecado. Porque, ¡hombre!, que me moleste que la gente peque y pecar nosotros, eso es evidente; pero una cosa es que nos moleste y otra es que nos dé tanta pena y que tengamos tal odio al pecado y sintamos tal odio a nuestra suciedad, que entonces esta actitud sea eficaz y el pecado desaparezca de nosotros. Con ello tendremos además muchísimo más sentido pastoral, porque veremos el pecado en general.
El haber pecado nosotros mucho, ser infieles a la gracia de Dios tantas veces, y ver que no pasa nada, o no ver lo que pasa (mejor dicho), el ver que la gente peca tanto que acaba por embotarnos, es un círculo vicioso. Porque si el individuo es muy espiritual, entonces lejos de embotarle el ambiente de pecado lo que hace es encenderle más el celo (eso le pasa a todo el mundo cuando llega al 5º nivel espiritual).
Pero cuando el individuo se ha metido ya en la tarea de redención explícitamente, pero no tiene todavía suficiente visión, pues hay una época muy peligrosa de embotamiento, porque por un lado vemos el pecado y por otro ya comprendemos que es que no nos vamos a morir de pena hoy, porque tengo que levantarme mañana a lo que sea, pues no sé, a celebrar a las ocho…, y entonces, nos vamos acostumbrando. El peligro que tiene cualquier médico, que puede darse cuenta de que, si siente demasiado las enfermedades, entonces no es capaz de curar. No le sucede que sepa asimilar ese dolor, de manera que le impulse a curar más, a ejercitar más su profesión y, sin embargo, estar tranquilo, sino que lo que parece es que acaba por darle un poco igual o exactamente lo mismo que la gente sufra o no sufra con tal que no sufra yo. A nosotros nos pasa un poco igual, estamos manejando continuamente el pecado nuestro y el pecado ajeno, la materia pecaminosa, la materia infectada, y acabamos por perder la sensibilidad. Y es una cosa que me inquieta mucho, no quiero poner ejemplos concretos, pero las formas de hablar que nos acostumbramos, que son tan correctas y tan bonitas, tan exactas y luego después las reacciones que tenemos frente al pecado de hecho, desdicen ese planteamiento.
Yo pienso, por ejemplo, cuando hablamos de un crimen: ¿Nos hacemos cargo de lo que es el pecado del crimen? Incluso de las consecuencias tan brutales de nivel natural mismo de sufrimiento que trae eso. Cuando hablamos por ejemplo y decimos que se mueren de hambre no sé cuántos miles de personas, ¿nos hacemos cargo de lo que es eso? Nosotros no nos hacemos cargo de nada, porque si no, no podríamos vivir cómo vivimos, me parece evidente. No se trata de que haya un movimiento de la sensibilidad, pero sí se trata de que nos conmovamos, o sea, que esto sea algo que me está impulsando continuamente el odio al pecado que produce estas cosas. La cantidad de muertes de hambre, por ejemplo, que hay en el mundo nos puede dar un deseo de que se arreglen las cosas naturalmente, pero, sobre todo, me tiene que acrecentar el odio al pecado, que es la causa de que se muera toda esta gente de hambre. Un acto en el que piense, que si hubiera más caridad no tendría por qué morir nadie de hambre; moriría algún despistado por ahí que no supiera aprovecharse de los medios, pero, vamos, hay medios de sobra para poder vivir. Entonces, tenemos el peligro, –y no sólo el peligro, sino que nos hallamos en él, me parece bastante evidente por mí y por todos vosotros–, de irnos embotando; podemos embotarnos cada vez más, en lugar de arder cada vez más.
Tomando los textos de la Cuaresma, hemos de ejercitar mucho la contrición, porque si no odiamos el pecado que hemos cometido, mal podemos odiar, aunque nos creamos lo contrario, el pecado que se está cometiendo. El individuo que tiene un odio autentico al pecado que ha hecho, es prácticamente, psicológicamente hablando (hombre, si Dios no le retirara su gracia, pero que no se la va a retirar así porque sí) es prácticamente imposible que no odie el pecado futuro. Si yo odio de verdad el desorden que tengo es imposible que lo vuelva a cometer, psicológicamente hablando, de manera que aquí lo milagroso no es que no peque, sino lo milagroso sería que peque. No tenemos más que ver una cosa: cada uno de nosotros tiene por temperamento manía espontanea a cierta clase de pecado, no los cometemos nunca, y si lo cometemos será en un grado mínimo y rarísima vez, y en cambio hay otros que psicológicamente no son tan repugnantes y entonces caemos en ellos más o menos. Es bueno recordar cuáles son los medios de eliminar el pecado: la oración, la Palabra de Dios, la limosna, el acto explícito de contrición y la penitencia.
Después tenemos el aspecto positivo, pero no me voy a extender. Nada más que lo que he dicho antes respecto de la predicación de la Cuaresma, que sea audaz, que también el planteamiento respecto de nosotros sea audaz, en el sentido de una esperanza audaz, es decir, que esperemos grandes cosas de Dios.
Dándole el tono, lógicamente de esperanza y no un poco voluntarista y humano, que tenía en San Ignacio de temperamental: “Santo Domingo hizo esto, pues yo podía hacer más; San Francisco de Asís hizo esto, pues yo podía hacer más”, de manera que, al cabo de la herida aquella que tuvo, hasta que se curó, planteó en organizarse una serie de hazañas que iba a hacer, pero es que de hecho las hizo, no las que pensaba entonces, y no con la actitud que la pensaba. ¡Que estamos frenados continuamente por el ambiente y realmente estamos llamados a hacer grandes cosas! La insistencia en repetir es escandalosa: «¡Si la santidad no consiste en hacer cosas grandes!», y estamos tan contentos en la mediocridad más absoluta, ¡hombre!
El peligro de que nos muramos en un ayuno profundo y que no comamos nada me parece que lo podemos dar por excluido, porque si ayunamos un día, al día siguiente tenemos tanta hambre que encontramos enseguida pretexto para comer, por caridad siempre, ¡no faltaba más!, pero siempre lo encontraremos.
El peligro de que nos deshagamos el cuerpo con disciplinas está totalmente excluido, ¡vamos, eso es evidente!, porque tenemos que cuidar el cuerpo para servir a Dios y llevamos una vida austera, ¡hombre!, en comparación con lo que es la vida que llevan otros, somos austerísimos, y así sucesivamente. A mí me parece que tenemos que empezar la Cuaresma dándonos cuenta de que estamos en mediocridad ¡y ya está!, que los santos han hecho de otra manera, y que cuando todos los santos han hecho esas cosas es que por ahí por donde hay que ir.
Porque he dicho muchas veces que yo cojo la vida de un santo y digo: «Si no es cuestión de grado, es cuestión de calidad, es que vivía de otra manera, es que vivía del Espíritu Santo y yo no», y ya está. Por lo menos en muchísimas ocasiones, tenemos un planteamiento radical bien, pero yo voy pensando después. Y es que las actitudes corrientes que voy llevando no son de otra calidad.
De manera que no hay santo que coja, –lo digo cuando no era santo todavía, pues, a veces, cuando era santo, llevaba una vida más cómoda que yo, porque le metían en un sillón al pobrecito y ¡hala!, a cuidarle, en los últimos años de su vida algunos santos han llevado una vida mucho más cómoda que la nuestra, la incomodidad habrá sido de otra forma, pero estoy pensando cabalmente cuando no eran santos, sino cuando caminaban hacia la santidad–. No hay uno solo que coja que no haya llevado una vida más bestia que la mía.
Cuando el otro día, más o menos, D. Marcelo hablaba allí de aquellos casos y esas cosas, después dijo más o menos esta frase «¿Por qué no hemos de ser santos en el seminario?» Pues eso digo yo: «¿Por qué no hemos de ser santos?». Pero si es que en cuanto planteamos algo, enseguida empieza a parecernos a nosotros mismos que es muy raro. Nosotros le parecemos bastante raros a mucha gente, eso es verdad, y se dividen las opiniones: somos un poco rarillos, estamos completamente locos o estamos ya en el colmo de la santidad. Y claro, resulta que no dan una los pobres, porque resulta que también están bastante perturbados. Simplemente ni estamos locos, ni somos santos, ni somos demasiado raros. Estamos en una vida que es muy buena para pasar por ella, pero muy mala para quedarse, pero con mucho peligro de quedarnos, de la que dice Sta. Teresa en las Terceras Moradas.
Porque estamos bastante alejados de la forma de vivir la gente del mundo, del mundo, sin más; pero estamos mucho más alejados todavía de la forma de vivir de los santos. Vamos, que quizá estamos en esa época de la adolescencia que tiene su gracia, pero es un poco antipática, la llaman la edad desgraciada por menos de nada, está uno creciendo ahí, en fin, un poco desgarbado, se ve bastante raro, es una persona sin serlo todavía del todo, vamos psicológicamente, en fin, una cosa que está muy bien para pasar por ella, pero vamos ya uno siente que a los 16 años aquello era un desastre. Es por lo que por más o menos me da la impresión, que andamos nosotros, digo nosotros, sobre todo, me veo a mí ¡claro!, que es el que mejor me conozco, como podéis comprender.
Entonces pidamos a Dios que demos el paso serio, siempre esperando. Aquí hay que dar un paso, que no sé cómo rayos tengo que darle, pero en fin que yo noto que hace falta, y vuelvo a repetir, pronto, y eso ya lo sé, no porque podemos vivir muchos años, sobre todo yo, sino por la urgencia, por la urgencia de los demás.
El ejemplo de los santos
Que entremos con este ánimo en la Cuaresma, excitando a la esperanza y procurando evitar que nos influyan estos criterios que tenemos que, como están un poco por encima de lo corriente del mundo en que vivimos, pues quizá nos tranquilicen más. Y coger la vida de los santos, no sé si es salirse de la Liturgia. En la Liturgia es normal que aparezcan escritos de santos; además, antes aparecía una biografía en cada Nocturno. Entonces debemos vivir así la liturgia, y leer la vida de los santos, biografías que sean fidedignas, simplemente.
¿Y ellos que hacían?, ¡Si yo tenía que hacer lo mismo! Que, por supuesto, no tengo que hacer lo mismo materialmente, estamos todos de acuerdo; pero que estas actitudes que a todos les llevaban a unas realizaciones que eran descaradamente raras y que eran descaradamente testimonio de que allí había algo especial, ¡eso sí! Deseemos y esperemos que nosotros hemos de hacer lo mismo. Y que como no acabamos de romper tenemos que pedirle a Dios que no pase este Pentecostés sin que nos ilumine. Lo que he dicho antes hablando de la Diócesis en general, para que se pueda notar que aquí ha pasado algo. ¿Qué ha pasado? Ha pasado el Espíritu Santo, en una presencia especial, con unas gracias especiales, que nos dejan situados en un planteamiento muy superior al que teníamos hasta ahora. Que, si nos ponemos ahora a reformarnos algo, apenas encontraremos casi nada que reformar, por eso pongo la esperanza en la Cuaresma. Y ahora me pongo a pensar y la verdad las cosas que se me ocurren que pueda arreglar, son tan pequeñas que no van a dar testimonio ninguno especial, pero, sin embargo, las transformaciones de los santos que van de claridad en claridad creciendo, y de claridad en claridad iluminando, no veo que se nos ocurran, no digo en mí, sino que en vosotros tampoco (con perdón).
Pues esto es lo que me parece que tenemos que examinar, o sea, ver la Cuaresma como esta acción gratuita de Dios especialmente intensa para mí y pensando en mí individualmente; verla con mucha esperanza; ver que la urgencia del mundo, que ya hemos pensado un poco antes, me está indicando que debo tener esperanza de frutos inmediatos y superabundantes; ver que esto influye a la contrición; darme cuenta de por donde tengo que orientar los motivos y los pensamientos sobre la contrición a la luz de los textos de la época litúrgica y ver que los aspectos son no solo de pecado, sino también de maneras de ser y demás que deberé cambiar, pero ver que hay algo aquí que falta todavía, que no hemos dado con ello, que es una calidad distinta y que es la que hace que los santos puedan producir lo que producen.
Yo no pienso que tenemos que tener menos esperanza que lo que hicieron los apóstoles en los prodigios en Pentecostés y que lo que hizo, por ejemplo, S. Ignacio, en su vida. S. Ignacio está unos cuantos años, pero pocos, menos de los que llevamos nosotros conociéndonos, y al cabo de una temporada, distribuye a los Jesuitas, y los Jesuitas no estaban todavía en la cumbre de la santidad, pero eran espirituales. Organizan, donde quiera que van, unas tempestades tremebundas. Y vamos, eran menos de seis sacerdotes. Entonces se alzaría Lutero con su reforma y todo lo que queramos, pero no había comparación con el mal que hay ahora.
Pues entonces no se trata de que seamos S. Ignacio de Loyola, que ya está en el cielo, pero sí se trata de por qué no tenemos que recibir las mismas gracias, de otra manera por supuesto, pero vamos quiero decir simplemente, que vamos a ver si por lo menos alcanzamos de Dios que nos dé la capacidad, de que con ese mismo Espíritu y de otra manera, por supuesto, pues ¡señores que funcione la Diócesis!
Y aunque vuelvo a lo que he dicho antes, para terminar, es que a mí me parece que el testimonio más fuerte en la Iglesia de hoy es precisamente que unas cuantas Diócesis funcionen. Es lo que manifestaría, lo que manifestará, porque eso tiene que pasar, manifestará de verdad que los cristianos en cuanto tales pueden ser santos por la distribución normal de la Iglesia, que resulta que es normal, es corriente, incluso. Es corriente, pero que tiene que estar vivificada por el Espíritu Santo y no que pensemos que siempre que yo quiero dar un paso a la santidad tiene que ser sustraído lo más posible al ambiente de los sacerdotes. Es al revés, que los sacerdotes y alrededores, el presbiterio quiero decir, y el Obispo mismo tendrá defectos, claro está, como encuentro en mí. Como también S. Ignacio tendría sus defectos, si no a ver de qué se confesaba; S. Francisco Javier le pasa que era otro nivel, otro nivel de santidad y otro nivel de defectos. Y otro odio al pecado que ellos mismos caían. No sé por qué no vamos a esperar esto. Pero como esto somos nosotros quienes tenemos que hacerlo, somos nosotros los que tenemos que esperar que Dios lo haga en nosotros.
3. Cristo, amante no amado
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Se trata de una homilía en Ejercicios espirituales a sacerdotes, en Julio de 1986. [308-A]. En esta homilía a sacerdotes, Rivera, desde la fuente del Corazón de Cristo, Amante no amado, articula el doble movimiento de la misericordia: venid a Mí y buscar la oveja perdida.
Con todo el sentido que tiene la devoción al Corazón de Jesús, basándome simplemente en las Encíclicas sobre el tema, vamos a darnos cuenta de tres líneas:
Amante y no amado
La primera, cómo es precisamente esta devoción –según León XIII, y luego lo repiten los dos papas, que han escrito encíclicas sobre el asunto: Pío XI y Pío XII– la sustancia de la vida cristiana. Y la sustancia de la vida cristiana, precisamente expresándolo con una frase de un hombre –el Padre García Nieto– que estaba continuamente hablando de esto, la devoción al Corazón de Jesús es la devoción simplemente a Jesucristo, que nos ama y que no es correspondido: «Amante y no amado» decía él siempre, continuamente.
Bien, son los dos aspectos: el primero, esta contemplación que estamos haciendo de la misericordia de Dios, de la misericordia de Cristo, de la misericordia del Espíritu Santo. Es decir, de este amor que se inclina sobre nuestra indigencia, con este sentido particular precisamente, de que es porque somos indigentes por lo que Dios nos ama de esta manera concreta. Las Personas divinas ya se aman entre Sí, por eso ahí no hay misericordia. En segundo lugar, que esta devoción nos lleva a la consideración de la falta de correspondencia de muchísima gente; bueno, de todos, mientras estamos en la tierra. Quitando a la Virgen María, nadie corresponde perfectamente. No corresponder quiere decir que ninguno nos dejamos amar totalmente; ninguno recibimos totalmente la misericordia que Jesucristo nos quiere conceder, que nos quiere derramar –como acabamos de escuchar– con el Espíritu Santo que nos comunica. Derramarla en nuestro corazón, como recibida para que, actuando en nosotros, sea también misericordia hacia los demás.
Y, por consiguiente, este deseo de reparación con todos los aspectos que tiene (que no voy a hablar ahora de eso, porque entre otras cosas lo haremos mañana, al hablar de la expiación). Pero la reparación, en fin, ahí es donde viene el consuelo a Jesucristo, y otra serie de frases que tienen su realidad, tienen sus matices –algunos discutibles– pero vamos, la sustancia es ciertísima.
El primer aspecto de la reparación es simplemente el recibir la misericordia mejor, y, en adelante, que nos queme realmente la conciencia de que la gente no recibe la misericordia de Jesucristo, y que seamos conscientes de que precisamente, porque es misericordia, la puede recibir en cualquier momento. Es decir, que el que la gente esté muy mal, en el sentido precisamente de rechazar esta misericordia, no quiere decir que no la pueda recibir; sino que quiere decir que tenemos que pedirla más. Ahí está todo el valor de la intercesión –del que también hablaremos después–, pero que tenemos que tener presente ya, claro está; y más ahora mismo que estamos celebrando la Eucaristía. Entonces, está el deseo de expresar esta conciencia de la misericordia recibida y el deseo del celo pastoral. Sencillamente, que los demás conozcan más el amor que Cristo nos tiene. Y que nos demos cuenta del mal que acarrea la deficiencia de este celo, de este deseo, actualmente.
Por una parte, tenemos esta mediocridad, de la que estamos hablando tantas veces, por la cual consideramos que la gente se va a salvar de todas maneras, y qué más da que sea de una manera que de otra ¿no? Que Dios es muy bueno, viene a ser algo así como que es muy bonachón y que se aguanta con lo que sea, y ya está; y ¿qué más da?, que seamos como seamos, le da lo mismo ¿no? Pero debemos darnos cuenta de que decir que “Dios es amor” (1Jn 4,8) es decir que quiere llevarnos a la perfección, que es prácticamente lo contrario de lo anterior. Y, por consiguiente, que no es igual el que la gente incluso llegue a la plena santidad sin conocer a Cristo que conociéndole. Que es muy curioso que para las cosas de este mundo tengamos tantas urgencias y que, para las cosas eternas, que son de este mundo también lo que pasa es que no son exclusivamente de este mundo –porque el amor de Dios se vive ya en la tierra, vamos–, nos veamos tan lentos. El asunto es que nos debía quemar el pensar que hay gente que va a vivir 80 años sin enterarse de que Dios le ama. Y que las consecuencias psicológicas no son las mismas y que, normalmente, tampoco serán igual las consecuencias eternas.
Aun suponiendo que haya dos personas: una, conociendo a Cristo en la tierra y, otra, sin conocerle, que van a llegar a la misma santidad, no es indiferente, precisamente. Recuerdo hace muchos años hablando con una muchacha que estaba muy metida, muy comprometida por el prójimo ¿no? y me decía (era maestra, y estaba dedicada a la enseñanza de niños pobres y cosas por el estilo): «bueno, y si no se bautizan, pues ¿qué más da? A última hora se pueden salvar». Y yo le dije: «Y sin saber leer se pueden salvar mejor todavía, entonces no sé para qué diablos se dedica usted a enseñar a leer a los niños». Si nos ponemos en ese plan…
Cuando ese plan produce esos efectos, es que está mal planteado el plan. El plan de Dios no es: «como hay felicidad en el cielo, qué más da cómo lo pasemos en la tierra». El plan de Dios es que como hay felicidad en el cielo, tiene que redundar la felicidad del cielo en la tierra también ya (aunque en la tierra supone sufrimientos también). Es decir, que empecemos a vivir ya la vida eterna. Vivir la vida eterna, es decir, la complacencia de que la gente conozca a Dios, evidentemente. Y que conozca, por tanto, a Dios por el camino que se manifiesta, por el modo que se manifiesta, que es el conocimiento de Jesucristo.
“Venid a Mí”
Por otro lado, otro aspecto a comentar un momento nada más, es esta frase que hemos dicho –me parece que en el Aleluya–: “Venid a mí los que estáis agobiados y cansados, que Yo os aliviaré; sed discípulos míos que soy manso y humilde de corazón y encontraréis el descanso para vuestras almas” (Mt 11, 28-29). Consideren esta conciencia de la alegría, en la tierra, por supuesto relativa, que es el seguir a Jesucristo. Estrictamente hablando, según muchos exegetas –y me parece que tienen que llevar razón, no porque yo sepa mucha exégesis ni muchos idiomas, sino simplemente porque es lo más coherente con todo el Evangelio, con toda la buena noticia– no es que al ser nosotros más buenos imitamos a Jesucristo y así aprendemos de él la humildad. Lo cual es verdad, pero es una consecuencia, es uno de los muchos aspectos a contemplar. Que, simplemente, “sed discípulos míos” es igual que convivir conmigo, que era lo que hacían los discípulos, a los que nos está llamando es a vivir con él. Y “encontraremos descanso”, pues porque Jesucristo es manso y humilde de corazón. Y ser manso y humilde de corazón quiere decir que es bueno, y una persona buena es agradable, ni más ni menos.
Entonces, que nos demos cuenta de que ya en la tierra Jesucristo nos ofrece –y esto está estrictamente relacionado con lo anterior ¿no?– que si vivimos ya también a nivel psicológico con Jesucristo, aunque pueda haber dificultades, aunque pueda haber incluso sensaciones totalmente trágicas –como una persona que vive toda su vida deprimida, vivirá con sensación trágica–, pero aunque ella no se dé cuenta, en el corazón –y el corazón es el núcleo de la personalidad, no la viscerita ésta que es la que siente, y le recitamos sentimientos y cambia, y todas esas cosas– sino el núcleo de la personalidad está alegre. Que la afectividad donde está la alegría y la tristeza no es sólo física, no es sólo emocional. Entonces las almas separadas no tendrían alegría ni tristeza. El gozo de los bienaventurados, como los que están canonizados –quitando la canonización de otra forma de la Virgen María– y que son personas que están con el alma nada más, por consiguiente, todo el gozo que tienen es en una afectividad puramente espiritual, en el sentido de puramente anímica, psicológica. Y lo mismo digo de las almas del purgatorio, el sufrimiento que tienen y el gozo que tienen es puramente anímico. Bueno, que nos demos cuenta de que esto existe en la tierra y además que es capital, y que una persona que tiene mucha alegría espiritual, mucha alegría por consiguiente anímica puede estar perfectamente –debido a una enfermedad, claro está– registrando unas emociones, lo que solemos llamar sentimientos, sentimientos emocionales muy trágicos. Esto puede ser.
Pero, además, generalmente hablando, esto no es así; de manera que esto no deja de ser una excepción. Normalmente el individuo que está unido con Jesucristo tiene el gozo de esa convivencia que, ciertamente, es no solo compatible, sino que es fuente de una serie de sufrimientos concretos particulares, pero que siempre es alegría, porque Cristo nos da su gozo que nadie nos lo puede quitar. No me lo puede quitar más que yo pecando. Y este gozo, que es totalmente real y se caracteriza precisamente por esto, por su estabilidad, porque es espiritual, es compatible con los sufrimientos, y me da una cosa que, experimentalmente, no se puede explicar demasiado que digamos. Y no se puede entender, más que habiéndolo experimentado, en resumidas cuentas. Pero vamos, que uno se puede dar cuenta por analogía de que no es ninguna cosa que no se pueda entender, aunque no se pueda explicar bien. Y entonces esta alegría es la que me da también esta energía, precisamente para gozarme en predicar a los demás, en hacer apostolado. Pensar, por ejemplo, en la carta de S. Juan –según el texto más aceptado– lo que dice al final del primer parrafito es que “nuestro gozo que tenemos en predicaros a vosotros” (1Jn 1,4). El predicar es una alegría. Cuando el predicar nos suponga una especie de trabajo, en el sentido de un esfuerzo, de un sufrimiento, en cuanto a la pura predicación, esto simplemente quiere decir que no estamos disfrutando todavía, que no conocemos a Cristo, porque la boca habla de lo que está lleno el corazón. Y, por consiguiente, cuando el corazón está lleno de Cristo –vuelvo a repetir que el corazón no es necesariamente el sentimiento emocional, sino que es lo personal, lo estrictamente personal– entonces la predicación nos es espontánea, porque no puede callar el que ha contemplado al Verbo.
Porque el hombre tiene una tendencia a la comunicación, y esta tendencia a la comunicación –que es muy buena y natural– es el reflejo, es el fruto de ser imagen de Dios. Entonces nos brota espontánea y, al brotar espontánea, resulta agradable porque lo que brota espontaneo es siempre agradable, en el nivel que sea. Y como esto es en el nivel de la propia personalidad, pues es personalmente agradable, hace feliz a la persona. Y al hacerla feliz, la desarrolla también. Nos hace cada vez más personales, personaliza. Nos hace más santos, en resumidas cuentas, porque es fruto de la acción del Espíritu Santo.
Buscar la oveja perdida
Y, en tercer lugar, tenemos la parábola que acabamos de escuchar. Y no digo más que recordar algo que digo muchas veces: ¿Realmente hacemos caso a esta parábola? ¿Normalmente los pastores dejamos a las ovejas perdidas –digo, perdón, al revés– a las ovejas que, más o menos, parece que están encontradas, para buscar a las que consideramos perdidas?
Decía antes que no tenemos más remedio que obrar. La obra, que es también material, tiene que estar guiada por signos, que también son materiales. Y, por consiguiente, a última hora podemos estar equivocados. Podemos dejar a una oveja perdida, que resulta que es la menos perdida de todas, que es la que está más en contacto con Dios; y nos encontramos con que es el santo más santo de los que había en todo el pueblo, en la parroquia o en el mundo… Pero vamos, los signos que tenemos son de la otra manera. Pues tendremos que obrar según esos signos, movidos por el Espíritu Santo. ¿Es lo que solemos hacer? Porque a mí, sinceramente, me parece que, en cuanto a realizaciones, eso es lo que más falta, esta búsqueda de la oveja perdida. No lo digo por mí –que estoy siempre con gente perdidísima–, en fin, vosotros lo veréis. Cuando estáis en la parroquia, realmente lo más corriente es que estéis atendiendo a un grupito que ya está hecho, y que vienen a Misa el Domingo, y les decís que tienen que venir a Misa… Porque caemos, más o menos todos, en reñir a la gente por lo que hacen otros ¿no?, que además no se lo van a contar. Pero tenemos la obsesión, precisamente, de decir «esta persona está en pecado» –porque objetivamente hablando está en pecado–, no sé cómo está, pero objetivamente está en pecado: ¿Por qué no la busco? Porque esto lo dice la parábola, vamos.
Y llegamos así a una conclusión muy importante, para examinarlo: ¿Cómo tomamos las palabras del Evangelio? Porque lo que cada vez le choca más a uno, que no sale de su asombro es: ¿Cómo podemos hacer tan poco caso a unas cosas que están tan claras? Porque yo creo que, como tantas otras cosas, la idea de que hay que buscar a los pecadores, que hay que buscarlos, que hay que cargárselos sobre el hombro, que hay que estar detrás de ellos, que hay que ir donde estén las ovejas perdidas… Y, por consiguiente, la oveja perdida; es decir, donde hay una. Una persona, todo lo que hemos hablado, porque la misericordia es personal, tengo misericordia de esta persona y voy a buscarla a ella, voy a buscarla precisamente donde la pueda encontrar como persona.
Daos cuenta de que, muy generalmente, la búsqueda de las ovejas perdidas se hace de dos maneras: o poniendo anuncios, al llegar la Cuaresma se ponen anuncios luminosos: «La oveja perdida que quiera, puede entrar; que esta temporada tenemos la puerta abierta». Lo cual no es buscar la oveja perdida; es decir, la oveja perdida que se moleste ella, que ya le hemos puesto anuncios. Eso no es buscarla. Y, si no, la otra, pues es irse a los bares; vamos, hablando claro, y a los sitios más raros, a ver, porque allí es donde están las ovejas perdidas, allí es donde las encontramos. ¡No!, allí no encontrareis las ovejas, allí encontrareis a las cabras. Quiero decir que en aquel momento la gente no está como persona, en aquel momento la gente está como individuo, está cada uno soltando su individualidad a toda orquesta, mezclándose unas con otras, y formando un ambiente de mediocridad que no es el que tenemos que evangelizar.
Se diga lo que se quiera –y se puede decir bien dicho, con tal que se quiera decir algo que es verdad– no es el ambiente lo que tenemos que evangelizar, son las personas. Son las personas las que forman el ambiente, no al revés. Y esto me parece muy importante, porque creo que ya he aludido a ello, es lo que acaba llevándonos, a fuerza de hablar de ambientes, a hablar de los pecados sociales. Y aquí nadie tiene culpa de nada. Son cosas, pues del ambiente. Los ambientes los formamos nosotros y cabalmente lo que tenemos que hacer, y está bastante claro en el Evangelio, es saber que podemos formar –ya me entendéis cómo, dejando que el Espíritu Santo nos mueva a colaborar con Cristo–, tenemos que formar personas que cambien los ambientes. Y entonces se trata de buscar a las ovejas una por una. Y cuando tenemos suficientes ovejas, pues hemos creado un ambiente. Entonces, ciertamente ellas, por el mismo modo de ser personal, se ponen en relación también significada unas con otras. Y se forman las organizaciones, que son algo orgánico, y no un a priori que yo coloco encima a la gente. Y entonces esto cambia el ambiente, hace un ambiente cristiano. Suficientemente cristiano y suficientemente ambiente, para que ciertamente entonces esto ayude en el modo normal que tiene el Señor de santificar a la gente. Pero no queramos santificar los ambientes, porque los ambientes no existen, sencillamente. El ambiente que tenemos que tener es toda la corte celestial que está interviniendo en esta celebración Eucarística; y ante la cual estamos presentes, sencillamente, porque estamos celebrando la Eucaristía.
Bueno, pues que veamos estas tres cosas y, como siempre, que demos gracias a Dios porque nos ha concedido a Jesucristo. Que demos gracias a Dios, y a Jesucristo mismo, porque nos concede conocerle a nosotros ya de antemano; porque nos concede un cierto nivel, al menos, de amor a Él, de gozo mismo, de celo pastoral, y hasta de participación de su misericordia. Que le pidamos perdón por lo que no hemos querido recibir todavía de su misericordia; sobre todo, pues, por lo que hay de soberbia, de autosuficiencia, en las diversas materias que caigamos cada uno. Pero, en fin, la sustancia siempre será esta resistencia, esta autosuficiencia. Bien, pues que le pidamos, pero con toda esperanza, actualizando mucho la gracia; digo, la esperanza, que ciertamente nos mueve a ello claro. Por eso digo que la actualicemos en este deseo confiado de la conversión nuestra y de la conversión de tantas ovejas perdidas. En cierto sentido de todos. Pero sobre todo estoy pensando en los que están perdidos de verdad, los que están literalmente llenos de pecado, los que son pecadores en el sentido más estricto de la palabra.
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