Kitabı oku: «Noli me tángere»
José Rizal
Noli me tángere

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664130471
Índice
José Rizal y Mercado
Mi último pensamiento
A mi patria
I
Una reunión
II
Crisóstomo Ibarra.
III
La cena
IV
Hereje y filibustero
V
Una estrella en noche obscura
VI
Capitán Tiago
VII
Idilio en una azotea
VIII
Recuerdos
IX
Cosas del pais
X
El pueblo
XI
Los soberanos
XII
Todos los Santos
XIII
Presagios de tempestad
XIV
Tasio el loco ó el filósofo
XV
Los sacristanes
XVI
Sisa
XVII
Basilio
XVIII
Almas en pena
XIX
Aventuras de un maestro de escuela
XX
La junta en el Tribunal
XXI
Historia de una madre
XXII
Luces y sombras
XXIII
La pesca
XXIV
En el bosque
XXV
En casa del filósofo
XXVI
La víspera de la fiesta
XXVII
Al anochecer
XXVIII
Correspondencias
XXIX
La mañana
XXX
En la iglesia
XXXI
El sermón
XXXII
La cabria
XXXIII
Libre Pensamiento
XXXIV
La comida
XXXV
Comentarios
XXXVI
La primera nube
XXXVII
Su Excelencia
XXXVIII
La procesión
XXXIX
Doña Consolación
XL
El derecho y la fuerza
XLI
Dos visitas
XLII
Los esposos de Espadaña
XLIII
Proyectos
XLIV
Examen de conciencia
XLV
Los perseguidos
XLVI
La gallera
XLVII
Las dos señoras
XLVIII
El enigma
XLIX
La voz de los perseguidos
L
La familia de Elías
LI
Cambios
LII
La carta de los muertos y las sombras
LIII
Il buon dí si conosce da mattina
LIV
LV
La catástrofe
LVI
Lo que se dice y lo que se cree
LVII
¡ Væ Victis!
LVIII
El maldito
LIX
Patria é intereses
LX
María Clara se casa
LXI
La caza en el lago
LXII
El padre Dámaso se explica
LXIII
La Nochebuena
Epílogo
José Rizal y Mercado
Índice
Nació en Calamba é hizo sus primeros estudios en Manila, donde publicó sus poesías juveniles. Tenía sólo trece años cuando dió al teatro un melodrama en verso que llevaba por título: Junto al Pásig, y después de esta producción, favorablemente acogida por el público y la prensa, escribió una oda A la Juventud filipina y una loa denominada El Consejo de los Dioses, dedicada á conmemorar el centenario de Cervantes.
Discípulo de los jesuítas, recibió de éstos educación esmerada, con que se acrecentó su natural ingenio. En 1882, siendo aún muy joven, pasó á España y cursó la carrera de médico y la de Filosofía y Letras.
Poco después, visitó las principales poblaciones de Europa y se entregó con ardor al estudio de la filología. Conocedor de algunas lenguas clásicas, quiso aprender los principales idiomas europeos, y merced á su aplicación, su claro entendimiento y sus viajes, salió airoso de su intento. Poseyó, además del tagalo, su lengua materna, el español y el ilocano, aunque este último no le fué nunca familiar como el primero.
No conoció la pereza. En las horas que su profesión de médico le dejaba libres, pintaba y esculpía. Su habilidad de escultor era muy notable, y, según Blumentritt, revelaba verdadera vocación de artista, encariñado con la improductiva y hermosa labor.
Vivió sucesivamente en París, Bruselas, Berlín, Londres, Gante y las principales ciudades del Rhin, flores abiertas al lado de las fecundas aguas. También se detuvo en Italia y cruzó los lagos de Suiza, que parecen reflejar en sus ondas la alegría y la pureza del cielo del Mediodía.
En 1890, después de su viaje al Japón, volvió á Madrid y con Marcelo del Pilar y otros filipinos publicó La Solidaridad, periódico consagrado á la defensa de los intereses del Archipiélago. Su vigorosa campaña, sólo secundada por algunos liberales, no mereció la aprobación de los políticos en general, y, desalentado, se marchó á Bélgica, fijando otra vez su residencia en la ciudad de Gante, donde publicó un libro titulado El Filibusterismo.
Desde Gante envió á La Solidaridad algunos bien escritos artículos que le acreditaban de audaz polemista y distinguido literato, y allí corrigió las notas destinadas á la nueva edición del curioso libro de Morga, Sucesos de las Islas Filipinas, reimpreso en París.
Pero el dulce recuerdo del país natal no le abandonaba un solo instante: en Filipinas vivía su amada, allí tenía sus parientes y amigos que le llamaban sin cesar, deseosos de abrazarle, y por su desgracia partió, en el punto en que estallaba la sangrienta revuelta de Calamba, suceso inesperado que le obligó á detenerse en Hong-Kong.
Meses después, desoyendo los consejos de sus paisanos y los requerimientos de la prudencia, fiado en la decantada lealtad española, nada menos que partió á Manila y fué detenido al llegar, no obstante el salvoconducto que llevaba, refrendado por el Capitán general del Archipiélago.
Se le envió desterrado á Dapitán (Mindanao) y se le prohibió toda comunicación con sus partidarios, á la vez que la autoridad local le sometía á la más escrupulosa vigilancia. Esta incomunicación no impidió que, cuatro años más tarde, al declararse la insurrección por él prevista, se le procesase militarmente y se le condujese á Manila.
En Septiembre de 1896 vino á Barcelona, recomendado á la benevolencia de las autoridades militares por el general Blanco, que noblemente quería arrancarle al poder de sus enemigos. Pero éstos, que eran los más fuertes y se obstinaban en perderle, resueltos á lograr la muerte del patriota filipino, pidieron nuevo Consejo de guerra y Rizal no tuvo más remedio que volver á Manila.
El tribunal militar, en vista de los datos aportados al juicio, desestimó las pruebas aducidas por el defensor, y no reconoció, ó no pudo reconocer la inocencia del procesado, que desde hacía muchos años estaba materialmente imposibilitado para conspirar ó preparar una revuelta, y que, en sus libros ó de palabra, había demostrado el inmenso amor que sentía por España.
El día 30 de Diciembre, al despuntar el alba, ofreció su vida á la patria, en aquel campo de Bagumbayan donde Burgos y sus compañeros derramaran con placer su sangre rebelde, que tan cara hemos pagado con la sangre de nuestros soldados y el dinero de nuestros mercaderes.
Noli me tángere es un libro imperfecto, muy agradable, ingenuo, romántico, notable por su valentía, en el que están retratados de cuerpo entero los hombres á quienes debemos la pérdida de todas las colonias.
Escrito para los indios que debían leerle en tagalo, ilocano y visayo, tiene la sencillez de un relato más sentimental que artístico; y su mérito consiste en haber sido publicado oportunamente, cuando era necesario que al combate precediese la advertencia, inspirada en nobles deseos y dirigida á un adversario más corajudo y más obcecado que leal.
No sabemos si la sinceridad patriótica que resplandece en la obra de Rizal desarmará á sus detractores. En todo caso conviene advertir que este libro no es para leído ante un Consejo de guerra. Contiene afirmaciones que deben ser meditadas y alusiones que no pueden ser comprendidas por la justicia militar. Acaso el españolismo de los españoles esté reñido con el de Rizal. Eso consiste en que los poetas no piensan ni sienten como los demás hombres. Si Rizal no fué español al uso, sus razones tendría para ello. ¿Acaso nosotros hemos sido filipinos más que para devastar y ensangrentar el Archipiélago?
Geógrafos eminentes creen que la dominación española ha sido más tolerable que un protectorado holandés ó inglés.
En efecto, somos demasiado perezosos para ser crueles, y no sacamos la espada más que en los casos de apuro, cuando ya fuera mejor dejarla quieta al cinto. Esta indolencia es la causa de las desgracias que nos afligen. Hemos descuidado siempre el lado utilitario de una conquista para aceptar tan sólo las místicas ventajas que ésta nos ofrecía. Somos los conquistadores que, en nombre del Señor, toman posesión de una tierra inculta y no se dignan mejorarla.
Nuestra candidez nos valdrá los elogios que, por pura fórmula, se consignan en una Geografía. Y se dirá de nosotros que tenemos el mejor método de colonización, el cual consiste en no colonizar, y que podíamos haber conservado todas las posesiones con sólo prescindir por un instante del Altísimo, ó lo que es igual, de sus frailes.
Sin contar con que, en lo concerniente á la lisonjera afirmación de nuestra bondad, podría hacerse más de un distingo, pues no hay que olvidar que los últimos gobernadores de las colonias se han mostrado tan severos como Simón de Anda, sin imitarle en las cosas buenas que supo hacer.
Mi último pensamiento
Índice
Poesía escrita por Rizal la víspera de su muerte.
¡Adiós, patria adorada, región del sol querida!
Perla del mar de Oriente, nuestro perdido edén;
á darte voy alegre la triste, mustia vida.
Si fuera más brillante, más fresca, más florida,
también por tí la diera, la diera por tu bien.
En campos de batalla, luchando con delirio,
otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar;
el sitio nada importa: ciprés, laurel ó lirio,
cadalso ó campo abierto, combate ó cruel martirio,
lo mismo es, si la piden la patria y el hogar.
Yo muero cuando veo que el cielo se colora
y al fin anuncia el día tras lóbrego capuz;
si grana necesitas para teñir tu aurora,
vierte la sangre mía, derrámala en buen hora,
y dórela un reflejo de tu naciente luz.
Mis sueños cuando apenas muchacho adolescente;
mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor,
fueron el verte un día, joya del mar de Oriente,
secos los negros ojos, alta la tersa frente,
sin ceños, sin arrugas ni manchas de rubor.
¡Ensueño de mi vida, mi ardiente y vivo anhelo!
¡Salud! te grita el alma que pronto va á partir.
¡Salud!... ¡Oh! ¡que es hermoso caer por darte vuelo,
morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
y en tu encantada tierra la eternidad dormir!
Si sobre mi sepulcro vieses brotar un día,
entre la espesa hierba, sencilla, humilde flor,
acércala á tus labios, que es flor del alma mía,
y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fría,
de tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.
Deja á la luna verme con luz tranquila y suave,
deja que el alba envíe su resplandor fugaz;
deja gemir al viento con su murmullo grave,
y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
deja que el ave entone un cántico de paz.
Deja que el sol ardiente las lluvias evapore
y al cielo tornen puras con mi clamor en pos;
deja que un ser amigo mi fin temprano llore;
y en las serenas tardes, cuando por mí alguien ore,
ora también ¡oh patria! por mi descanso á Dios.
¡Ora por todos cuantos murieron sin ventura;
por cuantos padecieron tormentos sin igual,
por nuestras pobres madres, que lloran su amargura;
por huérfanos y viudas, por presos en tortura,
y porque pronto veas tu redención final!
Y cuando en noche oscura se envuelva el cementerio,
y sólo restos yertos queden velando allí,
no turbes el reposo, no turbes el misterio;
pero si acordes oyes de cítara ó salterio,
soy yo, querida patria, yo que te canto á tí.
Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,
no tenga cruz, ni piedra que marquen su lugar,
deja que la are el hombre, que la esparza la azada,
que todas mis cenizas se vuelvan á la nada,
y en polvo de tu alfombra se vayan á formar.
¡Entonces nada importa me pongas en olvido!
Tu atmósfera, tus campos, tus valles cruzaré;
vibrante y limpia nota seré para tu oído;
aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
constante repitiendo la esencia de mi fe!
¡Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores;
querida Filipinas, oye el postrer adiós!
Ahí te dejo todo: ¡mis padres, mis amores!
¡voy á do no hay esclavos, verdugos ni opresores,
donde la fe no mata, donde el que reina es Dios!
¡Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,
amigos de la infancia en el perdido hogar!
Dad gracias; ya descanso del fatigoso día.
¡Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría!
¡Adiós, queridos seres!... ¡Morir es descansar!
Hoy, 30 de Diciembre de 1901, hace cinco años que cayó en Manila bajo el plomo de los soldados de España, víctima del encono de sus enemigos, el apóstol de la libertad de Filipinas, verdadero mártir de la causa de su patria.
Hé aquí como describe un periodista español aquel tristísimo suceso:
«Todavía se cometió otro delito más grave de lesa humanidad. Al caer el infeliz reo, atravesado el corazón por la espalda, en medio de aquel tenebroso cuadro formado por miles de españoles, entre los que se destacaban elegantes mujeres, cual impúdicas damas de la bárbara Roma en una fiesta del Coliseo, al sonar la mortífera descarga y dar en tierra aquel endeble cuerpo sobre el paseo de la Luneta, una exclamación general de vivas y bravos fué la única y piadosa oración cristiana, que elevaron al cielo tantos espectadores.»
El Dr. Rizal fué asistido en la capilla por sus antiguos profesores los P. P. Faura, Villaclara y Viza, y el misionero P. Balaguer, á quien había conocido durante su destierro en Dapitán. A la mañana siguiente despidióse de su septuagenaria y desconsolada madre y de su hermana, casóse con su fiel compañera la irlandesa Josefina Brocken, escribió á su hermano, compuso una poesía y preparóse para ir al fusilamiento.
Entre un piquete de artilleros, y asistido por los padres March y Villaclara, salió de la fortaleza de Santiago á las siete de la mañana; al entrar en el cuadro despidióse de su defensor con un apretón de manos, y puesto de frente á los soldados indígenas encargados de la ejecución, pretendió morir cara á cara, mas seguro de que habían de herirle por la espalda, recomendó lo hicieran al corazón, y exclamando «Consummatum est», recibió la descarga, dió media vuelta, vaciló un poco, y cayó sobre el costado derecho en un escalón de la Luneta, y junto á un grupo de arbustos. Un tiro de gracia le remató en seguida, quedando ilesa su cabeza y con los ojos abiertos.
(De La Correspondencia, de Puerto Rico).
A mi patria
Índice
Regístrase en la historia de los padecimientos humanos un cáncer de un carácter tan maligno, que el menor contacto le irrita y despierta en él agudísimos dolores. Pues bien, cuantas veces en medio de las civilizaciones modernas he querido evocarte, ya para acompañarme de tus recuerdos, ya para compararte con otros países, siempre se me presentó tu querida imagen con un cáncer social parecido.
Deseando tu salud que es la nuestra, y buscando el mejor tratamiento, haré contigo lo que con sus enfermos los antiguos: exponíanlos en las gradas del templo, para que cada persona que viniese á invocar á la Divinidad les propusiese un remedio.
Y á este fin, trataré de reproducir fielmente tu estado sin contemplaciones; levantaré parte del velo que encubre el mal, sacrificando á la verdad todo, hasta el mismo amor propio, pues, como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas.
Europa 1886.
El Autor
Noli me tángere
I
Una reunión
Índice
A fines de Octubre, don Santiago de los Santos, conocido popularmente con el nombre de «Capitán Tiago», daba una cena, que, sin embargo de haberla anunciado aquella tarde tan sólo, contra su costumbre, era ya el tema de todas las conversaciones en Binondo, en otros arrabales y hasta en Intramuros. Capitán Tiago pasaba entonces por el hombre más rumboso, y sabíase que su casa, como su país, no cerraba las puertas á nadie, como no fuese al comercio ó á toda idea nueva ó atrevida.
Como una sacudida eléctrica corrió la noticia en el mundo de los parásitos, moscas ó colados que Dios crió en su infinita bondad, y tan cariñosamente multiplica en Manila. Unos buscaron betún para sus botas; otros, botones y corbatas, pero todos preocupados del modo como habían de saludar más familiarmente al dueño de la casa, para hacer creer en antiguas amistades, ó excusarse, si á mano viniese, de no haber podido acudir más temprano.
Dábase esta cena en una casa de la calle de Anloague, y ya que no recordamos su número, la describiremos de manera que se la reconozca aún, si es que los temblores no la han arruinado. No creemos que su dueño la haga derribar, porque de este trabajo ordinariamente se encarga allí Dios ó la Naturaleza, que también tiene de nuestro Gobierno muchas obras contratadas.—Es ello un edificio bastante grande, á estilo de los muchos del país, situado hacia la parte que da á un brazo del Pásig, llamado por algunos ría de Binondo, y que desempeña, como todos los ríos de Manila, el múltiple papel de baño, alcantarilla, lavadero, pesquería, medio de transporte y comunicación y hasta agua potable, si lo tiene por conveniente el chino aguador. Es de notar que esta poderosa arteria del arrabal en donde más el tráfico bulle y aturde el vaivén, en una distancia de casi un kilómetro, apenas cuenta con un puente de madera, descompuesto por un lado durante seis meses é intransitable por el otro el resto del año, de tal suerte, que los caballos en la temporada del calor aprovechan este permanente stato quo para desde allí saltar al agua, con gran sorpresa del distraído mortal, que en el interior del coche dormita ó filosofa sobre los progresos del siglo.
La casa á que aludimos es algo baja y de líneas no muy correctas: que el arquitecto que la haya construído no viera bien, ó que esto fuera efecto de los terremotos y huracanes, nadie puede decirlo con seguridad. Una ancha escalera de verdes balaustres y alfombrada á trechos conduce desde el zaguán ó portal, enlosado de azulejos, al piso principal, entre macetas y tiestos de flores sobre pedestales de losa china de abigarrados colores y fantásticos dibujos.
Pues que no hay porteros ni criados que pidan ó pregunten por el billete de invitación, subiremos, ¡oh tú que me lees, amigo ó enemigo! si es que te atraen los acordes de la orquesta, la luz ó el significativo clin clan de la vajilla y de los cubiertos, y quieres ver cómo son las reuniones allá en la Perla del Oriente. Con gusto y por comodidad mía te ahorraría á tí de la descripción de la casa, pero esto es muy importante, pues nosotros los mortales en general somos como las tortugas: valemos y nos clasifican por nuestras conchas; por esto y otras cualidades más como tortugas son también los mortales de Filipinas.—Si subimos, nos encontraremos de golpe en una espaciosa estancia, llamada allí caída, no sé por qué, que esta noche sirve de comedor al mismo tiempo que de salón de la orquesta. En medio, una larga mesa, adornada profusa y lujosamente, parece guiñar al colado con dulces promesas, y amenazar á la tímida joven, á la sencilla dalaga, con dos horas mortales en compañía de extraños, cuyo lenguaje y conversación suelen tener un carácter muy particular. Contrastando con estos terrenales preparativos están los abigarrados cuadros de las paredes, representando asuntos religiosos como El Purgatorio, El Infierno, El Juicio final, La muerte del Justo, La del Pecador, y en el fondo, aprisionado en un espléndido y elegante marco estilo Renacimiento que Arévalo tallara, un curioso lienzo de grandes dimensiones en que se ven dos viejas... La inscripción dice: Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que se venera en Antipolo, bajo el aspecto de una mendiga, visita en su enfermedad á la piadosa y célebre capitana Inés.1 La composición, si no revela mucho gusto ni arte, tiene en cambio sobrado realismo: la enferma parece ya un cadáver en putrefacción por los tintes amarillos y azules de su rostro; los vasos y demás objetos, ese cortejo de las largas enfermedades, están reproducidos tan minuciosamente que se ven hasta sus contenidos. Al contemplar estos cuadros que excitan el apetito é inspiran ideas bucólicas, acaso piense alguno que el maligno dueño de la casa conocía muy bien el carácter de la mayor parte de los que se han de sentar á la mesa, y para velar un poco su pensamiento ha colgado del plafón preciosas lámparas de China, jaulas sin pájaros, esferas de cristal azogado, rojas verdes y azules, plantas aéreas marchitas, pescados desecados é inflados, que llaman botetes, etc., cerrando el todo por el lado que mira al río con caprichosos arcos de madera, medio chinescos medio europeos, y dejando ver en una azotea emparrados y glorietas alumbrados escasamente por farolitos de papel de todos colores.
Allá en la sala están los que han de comer, entre colosales espejos y brillantes arañas: allá, sobre una tarima de pino, está el magnífico piano de cola de un precio exorbitante, y más precioso aún esta noche, porque nadie lo toca. Allá hay un grande retrato al óleo de un hombre bonito, de frac, tieso, recto, simétrico como el bastón de borlas que lleva entre sus rígidos dedos cubiertos de anillos: el retrato parece decir:
—¡Ejem! !mirad cuánto llevo puesto y qué serio estoy!
Los muebles son elegantes, acaso incómodos y malsanos: el dueño de la casa no pensaría en la higiene de sus convidados, sino en el propio lujo.—¡Es cosa terrible la disentería, pero os sentáis en sillones de Europa y eso no se tiene siempre! les diría él.
La sala está casi llena de gente: los hombres separados de las mujeres, como en las iglesias católicas y en las sinagogas. Ellas son unas cuantas jóvenes entre filipinas y españolas: abren la boca para contener un bostezo, pero la tapan al instante con sus abanicos; apenas murmuran algunas palabras; cualquiera conversación que se aventura muere entre monosílabos, como esos ruidos que se oyen de noche en una casa, ruidos causados por ratones y lagartijas. ¿Son acaso las imágenes de diferentes Nuestras Señoras que cuelgan de las paredes las que las obligan á guardar el silencio y la compostura religiosa, ó es que aquí las mujeres forman una excepción?
La única que recibía á las señoras era la vieja, prima de Cpn. Tiago, de facciones bondadosas y que hablaba bastante mal el castellano. Toda su política y urbanidad consistía en ofrecer á las españolas una bandeja de cigarros y buyos2, y en dar á besar la mano á las filipinas, exactamente como los frailes. La pobre anciana acabó por aburrirse y, aprovechando el ruido de un plato que se rompía, salió precipitadamente, murmurando:
—¡Jesús! ¡Esperad, indignos!
Y no volvió á parecer.
En cuanto á los hombres, éstos ya hacían más ruido. Algunos cadetes hablaban con animación, pero en voz baja, en uno de los rincones, mirando de cuando en cuando y señalando á veces con el dedo á varias personas de la sala; y se reían entre ellos más ó menos disimuladamente; en cambio, dos extranjeros, vestidos de blanco, cruzadas las manos detrás y sin decir palabra, paseábanse de un extremo á otro de la sala á grandes pasos, como hacen los aburridos pasajeros sobre la cubierta de un buque. Todo el interés y la mayor animación partían de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un militar alrededor de una mesita en que se veían botellas de vino y bizcochos ingleses.
El militar era un viejo teniente, alto, de fisonomía adusta; parecía un duque de Alba rezagado en el escalafón de la Guardia Civil; hablaba poco, pero duro y breve.—Uno de los frailes, un joven dominico, hermoso, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, tenía una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y fué en años anteriores catedrático en San Juan de Letrán. Tenía fama de consumado dialéctico, tanto, que en los tiempos en que los hijos de Guzmán se atrevían aún á luchar en sutilezas como los seglares, el hábil argumentador B. de Luna no había podido jamás embrollarle ni cogerle: los distingos de fray Sibyla le dejaban como al pescador que quiere coger anguilas con lazos. El dominico hablaba poco y parecía pesar sus palabras.
Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho y gesticulaba más. Sin embargo de que sus cabellos empezaban á encanecer, parecía conservarse bien su robusta naturaleza. Sus correctas facciones, su mirada poco tranquilizadora, sus anchas quijadas y hercúleas formas le daban el aspecto de un patricio romano disfrazado, y, sin quererlo, os acordaréis de uno de aquellos tres monjes de que habla Heine en sus Dioses en el destierro, que por el Equinoccio de Septiembre, allá en el Tirol, pasaban á media noche en barca un lago, y cada vez depositaban en la mano del pobre barquero una moneda de plata, como el hielo fría, que le dejaba lleno de espanto. Sin embargo, fray Dámaso no era misterioso como aquellos; era alegre, y si el timbre de su voz era brusco como el de un hombre que jamás se ha mordido la lengua, que cree santo é inmejorable cuanto dice, su risa alegre y franca borraba esta desagradable impresión, y hasta se veía uno obligado á perdonarle el enseñar en la sala unos pies sin calcetines y unas piernas velludas, que harían la fortuna de un Mendieta en las ferias de Quiapo3.
Uno de los paisanos, un hombre pequeñito, de barba negra, sólo tenía de notable la nariz que, á juzgar por sus dimensiones, no debía ser suya; el otro, un joven rubio, parecía recién llegado al país: con éste sostenía el franciscano una viva discusión.
—Ya lo verá,—decía el fraile;—como cuente en el país algunos meses, se va á convencer de lo que le digo: una cosa es gobernar en Madrid y otra estar en Filipinas.
—Pero...
—Yo, por ejemplo,—continuó fray Dámaso levantando más la voz para no dejarle al otro la palabra,—yo que cuento ya veintitres años de plátano y morisqueta4, yo puedo hablar con autoridad sobre ello. No me salga usted con teorías ni retóricas; conozco al indio. Haga cuenta que desde que llegué al país, fuí destinado á un pueblo, pequeño, es verdad, pero muy dedicado á la agricultura. Todavía no sabía yo muy bien el tagalo, pero ya confesaba á las mujeres, y nos entendíamos, y tanto me llegaron á querer que, tres años después, cuando me pasaron á otro pueblo mayor, vacante por la muerte del cura indio, todas se pusieron á llorar, me colmaron de regalos, me acompañaron con música...
—Pero eso sólo demuestra...
—¡Espere, espere usted! ¡no sea tan vivo! El que me sucedió permaneció menos tiempo, y cuando salió tuvo más acompañamiento, más lágrimas y más música, y eso que pegaba más y había subido los derechos de la parroquia casi el doble.
—Pero usted me permitirá...
—Aun más; en el pueblo de san Diego he estado veinte años y sólo hace algunos meses que lo he... dejado (aquí pareció disgustarse). Veinte años, no me lo podrá negar nadie, son más que suficientes para conocer un pueblo. San Diego tenía seis mil almas, y yo conocía á cada habitante como si yo lo hubiese parido y amamantado: sabía de qué pie cojeaba éste, dónde le apretaba el zapato á aquél, quién le hacía el amor á aquella dalaga, qué deslices había tenido ésta y con quién, cuál era el verdadero padre del chico, etcétera, como que confesaba á todo bicho; se guardaban bien de faltar á su deber. Dígalo, si miento, Santiago, el dueño de la casa; allí tiene muchas tierras y allí fué donde hicimos nuestras amistades. Pues bien, verá usted lo que es el indio; cuando salí, apenas me acompañaron unas viejas y algunos hermanos terceros, ¡y eso que he estado veinte años!
—Pero no hallo que eso tenga que ver con el desestanco del tabaco,—contestó el rubio aprovechando una pausa, mientras el franciscano tomaba una copita de Jerez.
Fray Dámaso, lleno de sorpresa, por poco deja caer la copa. Quedóse un momento mirando de hito en hito al joven.
—¿Cómo? ¿cómo?—exclamó después, con la mayor extrañeza.—Pero ¿es posible que no vea usted eso que es claro como la luz? No ve usted, hijo de Dios, que todo esto prueba palpablemente que las reformas de los ministros son irracionales?
Esta vez fué el rubio el que se quedó perplejo; el teniente arrugó más las cejas; el hombre pequeñito movía la cabeza como para dar la razón á fray Dámaso ó para negársela. El dominico se contentó con volverles casi las espaldas á todos.
—¿Cree usted?...—pudo al fin preguntar muy serio el joven y mirando lleno de curiosidad al fraile.
—¿Que si creo? ¡Como en el Evangelio! ¡El indio es tan indolente!
—¡Ah! perdone usted que le interrumpa,—dijo el joven bajando la voz y acercando un poco su silla;—ha pronunciado una palabra que llama todo mi interés: ¿existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en los naturales, ó sucede, según un viajero extranjero, que nosotros excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y nuestro sistema colonial? Hablaba de otras colonias cuyos habitantes son de la misma raza...
—¡Ca! ¡Envidias! Pregúnteselo al señor Laruja, que también conoce el país; ¡pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio tienen igual!
—En efecto,—contestó el hombre pequeñito, que era el aludido,—en ninguna parte del mundo puede usted ver otro más indolente que el indio, ¡en ninguna parte del mundo!
—¡Ni otro más vicioso, ni más ingrato!
—¡Ni más mal educado!
El joven rubio principió á mirar con inquietud á todas partes.
—Señores, dijo en voz baja, creo que estamos en casa de un indio; esas señoritas...
—¡Bah! ¡no sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera indio, y además, no está presente y... ¡aunque estuviera! Esas son tonterías de los recién venidos. Deje que pasen algunos meses; cambiará de opinión cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailujan5, dormido en los catres y comido mucha tinola.
—¿Es acaso eso que usted llama tinola una fruta de la especie del loto que vuelve á los hombres... así... como olvidadizos?
—¡Qué loto ni qué lotería!—contestó riendo el padre Dámaso;—está usted tocando el bombo. Tinola es un gulaí6 de gallina y calabaza. ¿Cuánto tiempo hace que ha llegado usted?
—Cuatro días,—profirió el joven algo picado.
—¿Viene como empleado?
—No, señor: vengo por cuenta propia para conocer el país.
—¡Hombre, qué pájaro más raro!—exclamó fray Dámaso mirándole con curiosidad.—¡Venir por cuenta propia y por tonterías! ¡Qué fenómeno! Habiendo tantos libros... con tener dos dedos de frente... muchos han escrito así grandes libros! Con tener dos dedos de frente...
—Decía vuestra reverencia, padre Dámaso,—interrumpió bruscamente el dominico cortando la conversación,—que ha estado vuestra reverencia veinte años en el pueblo de San Diego y lo ha dejado... ¿No estaba vuestra reverencia contento del pueblo?
Fray Dámaso, á esta pregunta, hecha con un tono tan natural y casi negligente, perdió repentinamente la alegría y dejó de reir.
—¡No!—gruñó secamente, y se dejó caer con violencia contra el respaldo del sillón.
El dominico prosiguió en tono más indiferente aún:
—Doloroso debe ser dejar un pueblo donde se ha estado veinte años, y que se conoce como el hábito que se lleva. Yo, al menos, sentí dejar Camiling, y eso que estuve pocos meses... pero los superiores lo hacían para bien de la Comunidad... para bien mío.
Fray Dámaso por primera vez en aquella noche parecía muy preocupado. De repente dió un puñetazo sobre el brazo de su sillón y, respirando con fuerza, exclamó:
—¡O hay religión ó no la hay, esto es, ó los curas son libres ó no! ¡El país se pierde, está perdido!
Y volvió á dar otro puñetazo.
Toda la sala, sorprendida, se volvió hacia el grupo: el dominico levantó la cabeza para mirarle por debajo de sus gafas. Los dos extranjeros que se paseaban paráronse un momento, se miraron, enseñáronse un poco sus dientes incisivos, y continuaron acto seguido su paseo.
—¡Está de mal humor porque usted me lo ha tratado de reverencia!—murmuró al oído del joven rubio el señor Laruja.
—¿Qué quiere vuestra reverencia decir? ¿qué le pasa?—preguntaron el dominico y el teniente en diferentes tonos de voz.
—¡Por eso vienen tantas calamidades! ¡Los gobernantes sostienen á los herejes contra los ministros de Dios!—continuó el franciscano levantando sus robustos puños.
—¿Qué quiere usted decir?—volvió á preguntar el cejijunto teniente, medio levantándose.
—¿Qué quiero decir?—repitió fray Dámaso alzando más la voz y encarándose con el teniente.—¡Yo digo lo que yo quiero decir! Yo, yo quiero decir que cuando el cura arroja de su cementerio el cadáver de un hereje, nadie, ni el mismo rey tiene derecho á mezclarse y menos á imponer castigos. Conque un generalito, un generalito Calamidad7...
—¡Padre, su excelencia es Vice Real Patrono!—gritó el militar levantándose.
—¡Qué excelencia ni qué Vice Real Patrono!—contestó el franciscano levantándose también.—En otro tiempo se le hubiera arrastrado escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos sí que eran tiempos de fe!
—Le advierto que yo no permito... ¡Su Excelencia representa á S. M. el rey!
—¡Qué rey ni qué Roque! para nosotros no hay más rey que el legítimo...
—¡Alto!—gritó el teniente amenazador y como si se dirigiera á sus soldados;—ó retira usted cuanto ha dicho ó mañana mismo doy parte á Su Excelencia...
—¡Ande usted ahora mismo, ande usted!—contestó con sarcasmo fray Dámaso, acercándosele con los puños cerrados.—¿Cree usted que porque yo llevo hábito, me faltan?... ¡Ande usted que todavía le presto mi coche!
La cuestión tomaba un giro cómico, pero afortunadamente intervino el dominico.
—¡Señores!—dijo en tono de autoridad y con esa voz nasal que sienta tan bien á los frailes,—no hay que confundir las cosas ni buscar ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray Dámaso las del hombre de las del sacerdote. Las de éste, como tal, per se, jamás pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En las del hombre hay que hacer una subdistinción: las que dice ab irato, las que dice ex ore pero no in corde y las que dice in corde. Estas últimas son las que únicamente pueden ofender y eso según, si ya in mente preexistían por un motivo, ó solamente vienen per accidens en el calor de la conversación, si hay...
—¡Pues yo por accidens y por mí sé los motivos, padre Sibyla!—interrumpió el militar que se embrollaba en tantas distinciones y temía que si éstas seguían no saliese él todavía culpable.—Yo sé los motivos y los va V. R. á distinguir. Durante la ausencia del padre Dámaso en San Diego, enterró el coadjutor el cadáver de una persona dignísima... sí, señor, dignísima; yo le he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jamás se haya confesado, ¿eso qué? yo tampoco me confieso; pero decir que se ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como él, que tiene un hijo en quien cifra su cariño y sus esperanzas, un hombre que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad, un hombre honrado y justo no se suicida. Esto lo digo yo, y callo aquí lo demás que pienso y agradézcamelo V. R.
Y volviéndole las espaldas al franciscano, continuó:
—Pues bien, este cura, á su vuelta al pueblo, después de maltratar al pobre coadjutor, ha hecho desenterrar el cadáver y sacarlo fuera del cementerio para enterrarlo no sé dónde. El pueblo de San Diego ha tenido la cobardía de no protestar; verdad es que muy pocos lo supieron: el muerto no tenía ningún pariente, y su único hijo está en Europa; pero S. E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazón, ha pedido el castigo... y el padre Dámaso fué trasladado á otro pueblo mejor. He ahí todo. Ahora haga V. R. sus distinciones.
Y dicho esto, se alejó del grupo.
—Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestión tan delicada,—dijo el padre Sibyla con pesar.—Pero, al fin, si se ha ganado en el cambio de pueblo...
—¡Qué se ha de ganar! Y ¿lo que se pierde en los traslados... y los papeles... y las... y todo lo que se extravía?—interrumpió balbuciente, sin poder contener su ira, fray Dámaso.
Poco á poco volvió la reunión á su antigua tranquilidad.
Habían llegado otras personas, entre ellas un viejo español, cojo, de fisonomía dulce é inofensiva, apoyado en el brazo de una vieja filipina, llena de rizos y pinturas y vestida á la europea.
El grupo les saludó amistosamente; el doctor de Espadaña y su señora, la doctora doña Victorina, se sentaron entre nuestros conocidos. Veíase á algunos periodistas y almaceneros saludarse, discurrir de un lado á otro sin saber qué hacer.
—Pero ¿me puede usted decir, señor Laruja, qué tal es el dueño de la casa?—preguntó el joven rubio.—Yo todavía no he sido presentado.
—Dicen que ha salido: yo tampoco le he visto.
—¡Aquí no hay necesidad de presentaciones!—intervino fray Dámaso.—Santiago es un hombre de buena pasta.
—Un hombre que no ha inventado la pólvora,—añadió Laruja.
—¡También usted, señor de Laruja!—exclamó con meloso reproche doña Victorina, abanicándose.—¿Cómo podía el pobre inventar la pólvora, si, según dicen, la habían ya inventado los chinos siglos hace?
—¿Los chinos? ¿Está usted loca?—exclamó fray Dámaso.—¡Quite usted! ¡La ha inventado un franciscano, uno de mi orden, fray no sé cuántos Savalls8 en el siglo... siete!
—¡Un franciscano!—Bueno; ése habrá estado de misionero en China, ese padre Savalls,—replicó la señora, que no dejaba así sus ideas.
—Schwartz querrá usted decir, señora,—repuso fray Sibyla sin mirarla.
—No lo sé; fray Dámaso ha dicho Savalls: ¡yo no hago más que repetir!
—¡Bien! Savalls ó Chevás, ¿qué más da? ¡Por una letra no se queda chino!—replicó malhumorado el franciscano.
—Y en el siglo catorce, no en el siete,—añadió el dominico en tono de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro.
—¡Bueno, un siglo más ó un siglo menos tampoco le hace dominico!
—¡Hombre, no se enfade V. R.!—dijo el padre Sibyla sonriendo.—Tanto mejor que lo haya inventado él; así les ha ahorrado ese trabajo á sus hermanos.
—Y ¿dice usted, padre Sibyla, que fué eso en el siglo catorce?—preguntó con gran interés doña Victorina;—¿antes ó después de Cristo?
Felizmente para el preguntado, dos personajes entraron en la sala.
1 Un cuadro parecido existe en el convento de Antipolo (Nota de la edición de Berlín).↑
2 Hojas de betel (Piper Betle L.), cubiertas de cal hidratada y arrolladas á un pedazo de nuez de bonga (Areca Catechu L.) En lengua tagala buñga, quiere decir: «El fruto por excelencia.»↑
3 Mendieta, personaje muy conocido en Manila, portero de la Alcaldía, empresario de teatros infantiles, director de un Tío Vivo, etcétera.—Quiapo, pueblecillo situado en los alrededores de Manila.↑
4 Arroz cocido con agua y que forma la base de la alimentación de los indígenas.↑
5 Bailes populares.↑
6 Guisado.↑
7 Alude al general Terreros, que ya ha muerto.↑
8 Inocente juego de palabras. Savalls es un famoso cabecilla carlista.↑
II
Crisóstomo Ibarra.
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No eran hermosas y bien ataviadas jóvenes que llamasen la atención de todos, hasta la de fray Sibyla; no era S. E. el Capitán general con sus ayudantes para que el teniente saliera de su ensimismamiento, avanzara algunos pasos, y fray Dámaso se quedase como petrificado: era sencillamente el original del retrato de frac, conduciendo de la mano á un joven vestido de riguroso luto.
—¡Buenas noches, señores! ¡buenas noches, padre!—fué lo primero que dijo Cpn. Tiago besando las manos á los sacerdotes que se olvidaron de dar la bendición: el dominico se había quitado las gafas para mirar al joven recién llegado, y fray Dámaso quedó pálido y con los ojos desmesuradamente abiertos.
—¡Tengo el honor de presentar á ustedes á don Crisóstomo Ibarra, hijo de mi difunto amigo!—continuó Cpn. Tiago;—este señor acaba de llegar de Europa y he ido á recibirle.
A este nombre, se oyeron algunas exclamaciones; el teniente se olvidó de saludar al dueño de la casa; acercóse al joven y le examinó de pies á cabeza. Este, entonces, cambiaba las frases de costumbre con todo el grupo, y no parecía presentar otra cosa de particular que su traje negro en medio de aquella sala. Su aventajada estatura, sus facciones, sus movimientos respiraban, no obstante, ese perfume de una sana juventud en que tanto el cuerpo como el alma se han cultivado á la par. Veíanse en su rostro, franco y alegre, algunas ligeras huellas de la sangre española al través de un hermoso color moreno, algo rosado en las mejillas, efecto tal vez de su permanencia en los países fríos.
—¡Calla!—exclamó con alegre sorpresa;—¡el cura de mi pueblo! ¡el padre Dámaso, el íntimo amigo de mi padre!
Todas las miradas se dirigieron al franciscano: éste no se movió.
—¡Usted dispense, me había equivocado!—añadió Ibarra confuso.
—¡No te has equivocado!—pudo al fin contestar aquél con voz alterada.—Pero tu padre jamás fué íntimo amigo mío.
Ibarra retiró lentamente la mano que había tendido, mirándole lleno de sorpresa, se volvió y se encontró con la adusta figura del teniente que le seguía observando.
—Joven, ¿es usted el hijo de don Rafael Ibarra?
El joven se inclinó.
Fray Dámaso se incorporó en su sillón y miró de hito en hito al teniente.
—¡Bienvenido á su país y que en él sea más feliz que su padre!—exclamó el militar con voz temblorosa.—Yo le he conocido y tratado, y puedo decir que era uno de los hombres más dignos y más honrados de Filipinas.
—¡Señor!—contestó Ibarra conmovido;—el elogio que usted hace de mi padre, disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro aún.
Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas, dió media vuelta y se alejó precipitadamente.
Vióse el joven solo en medio de la sala: el dueño de la casa había desaparecido, y no encontraba quién le presentase á las señoritas, muchas de las cuales le miraban con interés. Después de vacilar algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigió á ellas:
—Permítanme ustedes,—dijo,—que salte por encima de las reglas de una rigorosa etiqueta. Hace siete años que falto en mi país, y al volver á él, no puedo contener mi admiración y dejar de saludar á su más precioso adorno, á sus mujeres.
Como ninguna se atrevió á contestar, se vió el joven obligado á alejarse. Dirigióse al grupo de algunos caballeros, que, al verle venir, formaron un semicírculo.
—¡Señores!—dijo;—hay en Alemania la costumbre de que cuando un desconocido viene á una reunión y no halla quién le presente á los demás, él mismo dice su nombre y se presenta, á lo que contestan los otros de igual manera. Permítanme ustedes este uso, no por introducir costumbres extranjeras, que las nuestras son muy bellas también, sino porque me veo obligado á ello. He saludado ya al cielo y á las mujeres de mi patria: ahora quiero saludar á los ciudadanos, á mis compatriotas. ¡Señores, yo me llamo Juan Crisóstomo Ibarra y Magsalin!
Los otros dieron sus nombres más ó menos insignificantes, más ó menos desconocidos.
—¡Yo me llamo A... a!—dijo un joven secamente é inclinándose apenas.
—¿Tendré acaso el honor de hablar con el poeta, cuyas obras han mantenido mi entusiasmo por mi patria? Me han dicho que ya no escribe usted, pero no han sabido darme el por qué...
—¿El por qué? Porque no se invoca á la inspiración para que se arrastre y mienta. A uno le han formado causa por haber puesto en verso una verdad de Pero Grullo. A mí me han llamado poeta, pero no me llamarán loco.
—Y ¿se puede saber qué verdad era esa?
—Dijo que el hijo del león era también león; por poco no va desterrado.
Y el extraño joven se alejó del grupo.
Casi corriendo llegó un hombre de fisonomía risueña, vestido como los naturales del país, con botones de brillantes en la pechera; acercóse á Ibarra, le dió la mano diciendo:
—Señor Ibarra, yo deseaba conocerle á usted; Cpn. Tiago es muy amigo mío, yo conocí á su señor padre... yo me llamo Cpn. Tinong, vivo en Tondo, donde usted tiene su casa; espero que me honrará con su visita; venga usted á comer mañana con nosotros.
Ibarra estaba encantado de tanta amabilidad; Cpn. Tinong sonreía y se frotaba las manos.
—¡Gracias!—contestó afectuosamente:—pero parto mañana mismo para San Diego...
—¡Lástima! ¡Entonces, será para cuando usted vuelva!
—¡La mesa está servida!—anunció un mozo de café de la Campana. La gente empezó á desfilar, no sin que se hicieran de rogar mucho las mujeres, especialmente las filipinas.
III
La cena
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Jele Jele bago quiere1
Fray Sibyla parecía muy satisfecho: andaba tranquilamente y en sus contraídos y finos labios no se reflejaba ya el desdén; hasta se dignaba hablar con el cojo doctor de Espadaña, que respondía por monosílabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba de un humor espantoso, pegaba puntapiés á las sillas que le obstruían el camino y hasta dió un codazo á un cadete. El teniente, serio; los otros hablaban con mucha animación y alababan la magnificencia de la mesa. Doña Victorina, sin embargo, arrugó con desprecio la nariz, pero inmediatamente se volvió furiosa como una serpiente pisoteada: en efecto, el teniente le había puesto el pie sobre la cola del vestido.
—Pero ¿es que no tiene usted ojos?—dijo.
—Sí, señora, y dos mejores que los de usted; pero estaba mirando esos rizos,—contestó el poco galante militar, y se alejó.
Instintivamente los dos religiosos se dirigieron á la cabecera de la mesa, quizás por costumbre, y como era de esperar, sucedió lo que con los opositores á una cátedra: ponderan con palabras los méritos y la superioridad de los adversarios, pero luego dan á entender todo lo contrario, y gruñen y murmuran cuando no la obtienen.
—¡Para usted, fray Dámaso!
—¡Para usted, fray Sibyla!
—Más antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad, dignidad y gobierno...
—¡Muy viejo que digamos, no! en cambio, ¡es usted el cura del arrabal!—contestó en tono desabrido fray Dámaso, sin soltar la silla.
—¡Como usted lo manda, obedezco!—concluyó el padre Sibyla disponiéndose á sentarse.
—¡Yo no lo mando!—protestó el franciscano;—¡yo no lo mando!
Iba ya á sentarse fray Sibyla sin hacer caso de las protestas, cuando sus miradas se encontraron con las del teniente. El más alto oficial es, según la opinión religiosa en Filipinas, muy inferior al lego cocinero. Cedant arma togæ, decía Cicerón en el Senado; cedant arma cottæ dicen los frailes en Filipinas. Pero fray Sibyla era persona fina y repuso:
—Señor teniente, aquí estamos en el mundo y no en la iglesia; el asiento le corresponde.
Pero, á juzgar por el tono de su voz, aun en el mundo le correspondía á él. El teniente, bien sea por no molestarse, ó por no sentarse entre dos frailes, rehusó brevemente.
Ninguno de los candidatos se había acordado del dueño de la casa. Ibarra le vió contemplando la escena con satisfacción y sonriendo.
—¡Cómo, don Santiago! ¿no se sienta usted entre nosotros?
Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lúculo no comía en casa de Lúculo.
—¡Quieto! ¡no se levante usted!—dijo Cpn. Tiago poniendo la mano sobre el hombro del joven.—Precisamente esta fiesta es para dar gracias á la Virgen por su llegada de usted. ¡Oy! que traigan la tinola. Mandé hacer tinola por usted, que hace tiempo que no la habrá probado.
Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, después de murmurar el Benedícite al que casi nadie supo contestar, principió á repartir el contenido. Pero sea por descuido ú otra cosa, al padre Dámaso le tocó el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello desnudo y una ala dura de gallina, mientras los otros comían piernas y pechugas, principalmente Ibarra á quien le cupieron en suerte los menudillos. El franciscano lo vió todo, machacó los calabacines, tomó un poco de caldo, dejó caer la cuchara con ruido, y empujó bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distraído hablando con el joven rubio.
—¿Cuánto tiempo hace que falta usted en el país?—preguntó Laruja á Ibarra.
—Casi unos siete años.
—¡Vamos, ya se habrá usted olvidado de él!
—Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado, siempre he pensado en él.
—¿Qué quiere usted decir?—preguntó el rubio.
—Quería decir que hace un año he dejado de recibir noticias de aquí, de tal manera, que me encuentro como un extraño, que ni aun sabe cuándo ni cómo murió su padre.
—¡Ah!—exclamó el teniente.
—Y ¿dónde estaba usted que no ha telegrafiado?—preguntó doña Victorina.—Cuando nos casamos, telegrafiamos á la Peñínsula2.
—Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en Alemania y en la Polonia rusa.
El doctor de Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido á hablar, creyó conveniente decir algo.
—Co... conocí en España á un polaco de Va... Varsovia, llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto usted por ventura?—preguntó tímidamente, y casi ruborizándose.
—Es muy posible,—contestó con amabilidad Ibarra;—pero en este momento no lo recuerdo.
—¡Pues, no se le podía co... confundir con otro!—añadió el doctor que cobró ánimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el español.
—Buenas señas son, pero desgraciadamente allá no he hablado una palabra de español más que en algunos consulados.
—Y ¿cómo se arreglaba usted?—preguntó admirada doña Victorina.
—Me servía del idioma del país, señora.
—¿Habla usted también inglés?—preguntó el dominico que había estado en Hong Kong y hablaba bien el Pidgin-English3, esa adulteración del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste.
—He estado un año en Inglaterra entre gentes que sólo hablaban el inglés.
—Y ¿cuál es el país que más le gusta á usted en Europa?—preguntó el joven rubio.
—Después de España, mi segunda patria, cualquier país de Europa libre.
—Y usted que parece haber viajado tanto..... vamos, ¿qué es lo más notable que ha visto usted?—preguntó Laruja.
Ibarra pareció reflexionar.
—Notable ¿en qué sentido?
—Por ejemplo..... en cuanto á la vida de los pueblos..... vida social, política, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto...
Ibarra se puso á meditar largo rato.
—Con franqueza, me gusta todo en esos pueblos, quitando el orgullo nacional de cada uno... Antes de visitar un país, procuraba estudiar su historia, su Éxodo, si puedo decirlo, y después todo lo hallaba natural; he visto siempre que la prosperidad ó miseria de los pueblos están en razón directa de sus libertades ó preocupaciones, y por consiguiente, de los sacrificios ó egoísmo de sus antepasados.
—Y ¿no has visto más que eso?—preguntó con risa burlona el franciscano, que desde el principio de la cena no había dicho una sola palabra, distraído tal vez por la comida;—no valía la pena de malgastar tu fortuna para saber tan poca cosa: ¡cualquier bata4 de la escuela lo sabe!
Ibarra se quedó sin saber qué decir: los demás, sorprendidos, miraban al uno y al otro, y temían un escándalo.—«La cena toca á su fin y S. R. está ya harto», iba á decir el joven, pero se contuvo, y sólo dijo lo siguiente:
—Señores, no extrañen ustedes la familiaridad con que me trata nuestro antiguo cura: así me trataba cuando niño, pues para S. R. en vano pasan los años; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo aquellos días, en que S. R. visitaba frecuentemente nuestra casa y honraba la mesa de mi padre.
El dominico miró furtivamente al franciscano, que se había puesto tembloroso. Ibarra, continuó, levantándose:
—Ustedes me permitirán que me retire, porque, acabado de llegar y teniendo que partir mañana mismo, quédanme muchos negocios por evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y apenas pruebo licores. ¡Señores, todo sea por España y Filipinas!
Y apuró una copita, que hasta entonces no había tocado. El viejo teniente le imitó, pero sin decir palabra.
—¡No se vaya usted!—decíale Capitán Tiago en voz baja.—Ya llegará María Clara: ha ido á sacarla Isabel. Vendrá el nuevo cura de su pueblo, que es un santo.
—¡Vendré mañana antes de partir! Hoy tengo que hacer una importantísima visita.
Y partió. Entretanto el franciscano se desahogaba.
—¿Usted lo ha visto?—decía al joven rubio, gesticulando con el cuchillo de postres.—¡Eso es por orgullo! ¡No pueden tolerar que el cura los reprenda! ¡Ya se creen personas decentes! Es la mala consecuencia de enviar los jóvenes á Europa. El gobierno debía prohibirlo.
—Y ¿el teniente?—decía doña Victorina haciéndole coro al franciscano;—en toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha hecho bien en dejarnos. ¡Tan viejo y aún es teniente!
La señora no podía olvidar la alusión á sus rizos y el pisoteado encañonado de sus enaguas.
Aquella noche escribía el joven rubio, entre otras cosas, el capítulo siguiente de sus Estudios Coloniales: «De cómo un cuello y un ala de pollo en el plato de tinola de un fraile pueden turbar la alegría de un festín.» Y entre sus observaciones había éstas: «En Filipinas la persona más inútil en una cena ó fiesta es la que la da: al dueño de la casa pueden empezar por echarle á la calle y todo seguirá tranquilamente. En el estado actual de las cosas casi es hacerles un bien el no dejar á los filipinos salir de su país, ni enseñarles á leer...»
1 Dice que no lo quiere y eso es precisamente lo que quiere. Frase del llamado español de tiendas que se habla en Manila y Cavite.↑
2 Los filipinos ignorantes suelen cambiar la n en ñ.↑
3 Para que se vea cómo pronuncia el chino las lenguas europeas, diremos que Pidgin es corrupción de la voz inglesa business; y así, Pidgin-English significa inglés comercial.↑
4 Muchacho.↑
IV
Hereje y filibustero
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Ibarra estaba indeciso. El viento de la noche, que por esos meses suele ser ya bastante fresco en Manila, pareció borrar de su frente la ligera nube que la había obscurecido: descubrióse y respiró.
Pasaban coches como relámpagos, calesas de alquiler á paso moribundo, transeuntes de diferentes nacionalidades. Con ese andar desigual, que da á conocer al distraído ó al desocupado, dirigióse el joven hacia la plaza de Binondo1, mirando á todas partes como si quisiera reconocer algo. Eran las mismas calles con las mismas casas de pinturas blancas y azules y paredes blanqueadas ó pintadas al fresco imitando mal el granito; la torre de la iglesia seguía ostentando su reloj con la traslúcida carátula; eran las mismas tiendas de chinos con sus cortinas sucias y sus varillas de hierro, una de las cuales había él torcido una noche, imitando á los chicos mal educados de Manila: nadie la había enderezado.
—¡Se va despacio!—murmuró, y siguió la calle de la Sacristía.
Los vendedores de sorbetes seguían gritando: ¡Sórbeteee! los huepes ó lamparillas alumbraban aún los mismos puestos de chinos y de mujeres, que vendían comestibles y frutas.
—¡Es maravilloso!—exclamó;—es el mismo chino de hace siete años, y la vieja ... ¡la misma! ¡Diríase que esta noche he soñado en siete años de viaje por Europa!... y ¡Santo Dios! continúa aún desarreglada la piedra como cuando la dejé.
En efecto, estaba aún desprendida la piedra de la acera, que forma la esquina de la calle de San Jacinto con la de la Sacristía.
Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el país de lo inestable, una mano se posó suavemente sobre su hombro: levantó la cara y se encontró con el viejo teniente que le contemplaba casi sonriendo: el militar no tenía ya aquella expresión dura ni aquellas cejas fruncidas que tanto le caracterizaban.
—¡Joven, tenga usted cuidado! ¡Aprenda usted de su padre!—le dijo.
—Usted perdone, pero me parece que ha querido usted mucho á mi padre. ¿Podría usted decirme cuál ha sido su suerte?—preguntó Ibarra mirándole.
—Qué, ¿no la sabe usted?—preguntó el militar.
—Se lo he preguntado á don Santiago, pero no me prometió referirlo sino hasta mañana. ¿Lo sabe usted por ventura?
—¡Ya lo creo, como todo el mundo! Murió en la cárcel.
El joven retrocedió un paso y miró al teniente de hito en hito.
—¿En la cárcel? ¿quién murió en la cárcel?—preguntó.
—¡Hombre, su padre de usted, que estaba preso!—contestó el militar algo sorprendido.
—¿Mi padre ... en la cárcel ... preso en la cárcel? ¿Qué dice usted? ¿Sabe usted quién era mi padre? ¿Está usted?...—preguntó el joven cogiéndole del brazo al militar.
—Me parece que no me engaño; era don Rafael Ibarra.
—¡Sí, don Rafael Ibarra!—repitió el joven débilmente.
—¡Pues yo creía que usted lo sabía!—murmuró el militar con acento lleno de compasión, al leer lo que pasaba en el alma de Ibarra;—yo suponía que usted ... pero ¡tenga usted valor! ¡aquí no se puede ser honrado sin haber ido á la cárcel!
—Debo creer que no juega usted conmigo,—repuso Ibarra con voz débil, después de algunos instantes de silencio.—¿Podría usted decirme por qué estaba en la cárcel?
El anciano pareció reflexionar.
—A mí me extraña mucho que no le hayan enterado á usted de los negocios de su familia.
—Su última carta de hace un año me decía que no me inquietase si no me escribía, pues estaría muy ocupado: me recomendaba siguiese estudiando... ¡me bendecía!
—Pues entonces esa carta se la escribió á usted antes de morir: pronto hará un año que le enterramos en su pueblo.
—¿Por qué motivo estaba preso mi padre?
—Por un motivo muy honroso. Pero sígame usted, que tengo que ir al cuartel; se lo contaré andando. Apóyese usted en mi brazo.
Anduvieron por algún tiempo en silencio: el anciano parecía reflexionar y pedir inspiración á su perilla que acariciaba.
—Como usted sabe muy bien,—comenzó diciendo,—su padre era el más rico de la provincia, y aunque era amado y respetado de muchos, otros en cambio le odiaban ó envidiaban. Los españoles que venimos á Filipinas no somos desgraciadamente lo que debíamos: digo esto tanto por uno de sus abuelos de usted, como por los enemigos de su padre. Los cambios continuos, la desmoralización de las altas esferas, el favoritismo, lo barato y lo corto del viaje tienen la culpa de todo: aquí viene lo más perdido de la Península, y si llega uno bueno, pronto le corrompe el país. Pues bien, su padre de usted tenía entre los curas y los españoles muchísimos enemigos.
Aquí hizo una breve pausa.
—Meses después de su salida de usted, comenzaron los disgustos con el padre Dámaso, sin que yo pueda explicarme el verdadero motivo. Fray Dámaso le acusaba de no confesarse: antes tampoco se confesaba, y sin embargo eran muy amigos, como usted recordará aún. Además, don Rafael era un hombre muy honrado y más justo que muchos que confiesan y se confiesan: tenía para sí una moral muy rígida, y solía decirme cuando me hablaba de estos disgustos: «Señor Guevara, ¿cree usted que Dios perdona un crimen, un asesinato, por ejemplo, sólo con decirlo á un sacerdote, hombre al fin que tiene el deber de callarlo, y temer tostarse en el infierno, que es el acto de atrición? ¿con ser cobarde, desvergonzado sobre seguro? Yo tengo otra idea de Dios, decía; para mí, ni se corrige un mal con otro mal, ni se perdona con vanos lloriqueos, ni con limosnas á la Iglesia. Y me ponía este ejemplo: si yo he asesinado á un padre de familia, si he hecho de una mujer una viuda infeliz, y de unos alegres niños huérfanos desvalidos, ¿habré satisfecho á la eterna Justicia con dejarme ahorcar, confiar el secreto á uno que me lo ha de guardar, dar limosnas á los curas, que menos las necesitan, comprar la bula de composición ó lloriquear noche y día? ¿Y la viuda y los huérfanos? Mi conciencia me dice que debo sustituir en lo posible á la persona que he asesinado, consagrarme todo y por toda mi vida al bien de esta familia cuya desgracia hice, y aun así, ¿quién sustituye el amor del esposo y del padre?» Así razonaba su padre de usted, y con esta moral severa obraba siempre, y se puede decir que jamás ha ofendido á nadie; por el contrario, procuraba borrar con buenas obras ciertas injusticias que él decía habían cometido sus abuelos. Pero volviendo á sus disgustos con el cura, éstos tomaban mal carácter; el padre Dámaso le aludía desde el púlpito, y si no le nombraba claramente era un milagro, pues de su carácter todo se podía esperar. Yo preveía que tarde ó temprano la cosa iba á terminar mal.
El viejo teniente volvió á hacer otra breve pausa.
—Recorría entonces su provincia un exartillero, arrojado de las filas por demasiado bruto é ignorante... Como el hombre tenía que vivir, y no le era permitido dedicarse á trabajos corporales que podrían dañar á nuestro prestigio, obtuvo de no sé quién el empleo de recaudar impuestos sobre vehículos. El infeliz no había recibido educación ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos es un fenómeno un español que no sabe leer ni escribir. Todo era burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que cobraba, y conocía que era objeto de burla, lo cual agriaba más su carácter, rudo y malo ya de antemano. Dábanle intencionadamente lo escrito al revés; él hacía ademán de leerlo y firmaba en donde veía blanco con unos garabatos que le representaban con propiedad. Los indios pagaban, pero se burlaban; él tragaba saliva, pero cobraba, y en esta disposición de ánimo no respetaba á nadie, y con su padre de usted había llegado á cambiar muy duras palabras.
Sucedió que un día, mientras daba vueltas á un papel, que en una tienda le habían entregado, deseando ponerlo al derecho, un chico de la escuela empezó á hacer señas á sus compañeros, á reirse y señalarle con el dedo. El hombre oía las risas, y veía la burla retozar en los serios semblantes de los presentes; perdió la paciencia, volvióse rápidamente, y empezó á perseguir á los muchachos que corrieron gritando: ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles alcance, les arroja su bastón que hiere á uno en la cabeza y le derriba; corre entonces á él, le patea, y ninguno de los presentes que se burlaban tuvo el valor de intervenir. Por desgracia pasaba por allí su padre; indignado, corre hacia el cobrador, le coge del brazo y le increpa duramente. Este que, sin duda, veía todo rojo, levanta la mano, pero su padre no le dió tiempo, y con esa fuerza que delata al nieto de los vascongados... unos dicen que le pegó, otros que se contentó con empujarle; el caso es que el hombre vaciló, cayó á algunos pasos dando de cabeza contra una piedra. Don Rafael levanta tranquilamente al niño herido y lo lleva al tribunal. El exartillero arrojaba sangre por la boca y ya no volvió en sí, muriendo algunos minutos después. Como era natural, intervino la justicia, su padre de usted fué preso y todos los enemigos ocultos se levantaron entonces. Llovieron las calumnias, se le acusó de filibustero y hereje: ser hereje es en todas partes una gran desgracia, sobre todo en aquella época, cuando la provincia tenía por alcalde á un hombre que hacía gala de devoción, que con sus criados rezaba en la iglesia en voz alta el rosario, quizás para que le oyesen todos y rezasen con él; pero ser filibustero es peor que ser hereje y matar tres cobradores de impuestos que saben leer, escribir y hacer distinciones. Todos le abandonaron; sus papeles y libros fueron recogidos. Se le acusó por suscribirse á El Correo de Ultramar y á periódicos de Madrid, por haberle á usted enviado á la Suiza alemana, por habérsele encontrado cartas y el retrato de un ajusticiado sacerdote y ¿qué sé yo más? De todo se deducían acusaciones, hasta del uso de la camisa, siendo él descendiente de peninsulares. A haber sido otro, su padre de usted acaso hubiera salido pronto libre, pues hubo un médico que atribuyó la muerte del desgraciado cobrador á una congestión; pero su fortuna, su confianza en la justicia, y su odio á todo lo que no era legal ni justo, le perdieron. Yo mismo, á pesar de mi repugnancia á implorar la merced de nadie, me presenté al Capitán General, al antecesor del que tenemos: le hice presente que no podía ser filibustero quien acoge á todo español, pobre ó emigrado, dándoles techo y mesa, y en cuyas venas hierve aún la generosa sangre española; en vano respondí con mi cabeza, juré por mi pobreza y mi honor militar, y sólo conseguí ser mal recibido, peor despedido y el apodo de chiflado.
El viejo se detuvo para tomar aliento, y viendo el silencio de su compañero que escuchaba sin mirarle, prosiguió:
—Hice las diligencias del pleito por encargo de su padre. Acudí al célebre abogado filipino, el joven A,—pero rehusó encargarse de la causa—«Yo la perdería», me dijo. «Mi defensa sería un motivo de nueva acusación para él y quizás para mí. Acuda usted al señor M, que es un orador vehemente, de fácil palabra, peninsular y que goza de muchísimo prestigio.» Así lo hice, y el célebre abogado se encargó de la causa, que defendió con maestría y brillantez. Pero los enemigos eran muchos y algunos ocultos y desconocidos. Los falsos testigos abundaban, y sus calumnias, que en otra parte se hubieran disipado á una frase irónica ó sarcástica del defensor, aquí tomaban cuerpo y consistencia. Si el abogado conseguía anularlos poniéndolos en contradicción entre sí y consigo mismos, pronto renacían otras acusaciones. Le acusaron de haberse apoderado injustamente de muchos terrenos, le pidieron indemnización de daños y perjuicios; dijeron que mantenía relaciones con los tulisanes para que sus sembrados y animales fueran respetados. Al fin, embrollóse el asunto de tal manera, que al cabo de un año ya nadie se entendía. El alcalde tuvo que dejar su puesto; vino otro que tenía fama de recto, pero éste, por desgracia, apenas estuvo meses; y el que le sucedió amaba demasiado los buenos caballos.
Los sufrimientos, los disgustos, las incomodidades de la prisión, ó el dolor de ver á tantos ingratos, alteraron su salud de hierro, y enfermó de ese mal que sólo la tumba cura. Y cuando todo iba á terminarse, cuando iba á salir absuelto de la acusación de enemigo de la Patria y de la muerte del cobrador, murió en la cárcel sin tener á su lado á nadie. Yo llegué para verle expirar.
El viejo se calló; Ibarra no dijo una sola palabra. Entre tanto habían llegado á la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendiéndole la mano, le dijo:
—Joven, los pormenores pídaselos usted á capitán Tiago. Ahora, ¡buenas noches! es menester que vea si ocurre algo nuevo.
Ibarra estrechó con efusión, en silencio, aquella mano descarnada, y en silencio le siguió con los ojos hasta que desapareció.
Volvióse lentamente y vió un coche que pasaba; hizo una seña al cochero.
—¡Fonda de Lala!—dijo con acento apenas inteligible.
—Este debe venir del calabozo,—pensó el cochero dando un latigazo á sus caballos.
1 Binondo, arrabal de Manila.↑
V
Una estrella en noche obscura
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Ibarra subió á su cuarto que da al río, y dejóse caer sobre un sillón, mirando al espacio que se ensanchaba delante de él, gracias á la abierta ventana.
La casa de enfrente, á la otra orilla, estaba profusamente iluminada y llegaban hasta él alegres acordes de instrumentos, de cuerda en su mayor parte.—Si el joven hubiera estado menos preocupado, si, más curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba en aquella atmósfera de luz, habría admirado una de esas fantásticas visiones, una de esas apariciones mágicas que á veces se ven en los grandes teatros de Europa, en que á las apagadas melodías de una orquesta se veía aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada de diamantes y oro, en una decoración oriental, envuelta en vaporosa gasa, una deidad, una sílfide que avanza sin tocar casi el suelo, rodeada y acompañada de un luminoso nimbo: á su presencia brotan las flores, retoza la danza, se despiertan armonías, y coros de diablos, ninfas, sátiros, genios, zagalas, ángeles y pastores bailan, agitan panderetas, hacen evoluciones y depositan á los pies de la diosa cada cual un tributo. Ibarra habría visto una joven hermosísima, esbelta, vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro de un semicírculo formado de toda clase de personas, gesticulando y moviéndose con animación: allí había chinos, españoles, filipinos, militares, curas, viejas, jóvenes, etc. El padre Dámaso estaba al lado de aquella beldad; el padre Dámaso sonreía como un bienaventurado; fray Sibyla, el mismo fray Sibyla le dirigía la palabra, y doña Victorina arreglaba en la magnífica cabellera de la joven una sarta de perlas y brillantes que reflejaban los hermosísimos colores del prisma. Ella era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre los tenía bajos, enseñaban un alma purísima cuando los levantaba, y cuando ella sonreía y descubría sus blancos y pequeños dientes, podía decirse que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil, un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la piña1 y alrededor de su blanco y torneado cuello pestañeaban, como dicen los tagalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo hombre no parecía sentir su influencia luminosa, si se puede decir: era éste un joven franciscano, delgado, demacrado, pálido, que la contemplaba inmóvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar.
Pero Ibarra no veía nada de esto: sus ojos veían otra cosa. Cuatro desnudos y sucios muros encerraban un pequeño espacio; en uno de aquéllos, allá arriba, había una reja; sobre el sucio y asqueroso suelo, una estera, y sobre la estera un anciano agonizando: el anciano, que respiraba con dificultad, volvía á todas partes la vista y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oía de cuando en cuando el ruido de una cadena ó un gemido al través de la pared... y luego allá á lo lejos un alegre festín, casi una bacanal, un joven ríe, grita, derrama el vino sobre las flores á los aplausos y á la embriagada risa de los demás. ¡Y el anciano tenía las facciones de su padre, el joven se le parecía á él, y el nombre que aquél pronunciaba llorando era el suyo!
Esto era lo que veía el desgraciado delante de sí. Se apagaron las luces en la casa de enfrente, cesó la música y el ruido, pero Ibarra oía aún el angustiado grito de su padre, buscando un hijo en su última hora.
El silencio había soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo parecía dormir en los brazos de la nada; oíase el canto del gallo alternar con los relojes de las torres y con el melancólico grito de alerta del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba á asomarse; todo parecía descansar; sí, el mismo Ibarra dormía ya también, cansado quizás de sus tristes pensamientos ó del viaje.
Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmóvil y silencioso en medio de la animación de la sala, no dormía, velaba. Con el codo sobre el antepecho de la ventana de su celda, el pálido y enflaquecido rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso á lo lejos una estrella que brillaba en el obscuro cielo. La estrella palideció y se eclipsó, la luna perdió sus pocos fulgores de luna menguante; pero el fraile no se movió de su sitio: miraba al lejano horizonte que se perdía en la bruma de la mañana, hacia el campo de Bagumbayan, hacia el mar que dormía aún.
1 Tela fabricada con la fibra de la piña de América (Bromelia Ananas).↑
VI
Capitán Tiago
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¡Hágase tu voluntad en la tierra!
Mientras nuestros personajes duermen ó se desayunan, vamos á ocuparnos de capitán Tiago. No hemos sido jamás convidado suyo; no tenemos, pues, el derecho ni el deber de despreciarle haciendo caso omiso de él, aun en circunstancias importantes.
Bajo de estatura, claro de color, redondo de cuerpo y de cara gracias á una abundancia de grasa, que, según sus admiradores, le venía del cielo, de la sangre de los pobres según sus enemigos, capitán Tiago aparecía más joven de lo que realmente era: le hubieran creido de treinta á treinta y cinco años de edad. La espresión de su rostro era constantemente beatífica en la época á que se refiere nuestra narración. Su cráneo, redondo, pequeñito y cubierto de un pelo negro como el ébano, largo por delante y muy corto por detrás, contenía muchas cosas, según dicen, dentro de su cavidad; sus ojos pequeños, pero no achinados, no cambiaban jamás de espresión; su nariz era fina y no chata, y si su boca no hubiese estado desfigurada por el abuso del tabaco y del buyo, cuyo sapá1 reuniéndose en un carrillo alteraba la simetría de sus facciones, diríamos que hacía muy bien en creerse y venderse por un hombre bonito. Sin embargo de aquel abuso, conservaba siempre blancos sus propios dientes y los dos que le prestó el dentista, á razón de doce duros pieza.
Se le consideraba como uno de los más ricos propietarios de Binondo y uno de los más importantes hacenderos por sus terrenos en la Pampanga y en la Laguna de Bay, principalmente en el pueblo de san Diego, cuyo canon ó arriendo cada año subía. San Diego era el pueblo favorito suyo por sus agradables baños, famosa gallera2 y los recuerdos que de él conserva: allí pasaba cuando menos dos meses del año.
Capitán Tiago tenía muchas fincas en Santo Cristo, en la calle de Anloague y en la del Rosario; la contrata del opio la explotaban él y un chino, y ocioso es decir que sacaban grandísimos beneficios. Daba de comer á los presos de Bilibid, y zacate3 á muchas casas principales de Manila, mediante contratas, se entiende. En bien con todas las autoridades, hábil, flexible y hasta audaz tratándose de especular con las necesidades de los demás, era el único y temible rival de un tal Pérez en cuanto á arriendos y subastas de cargos ó empleos, que el Gobierno de Filipinas confía siempre á manos particulares. Así que en la época de estos acontecimientos, capitán Tiago era un hombre feliz en cuanto puede ser feliz un hombre de pequeño cráneo en aquellas tierras; era rico, estaba en paz con Dios, con el Gobierno y con los hombres.
Que estaba en paz con Dios, era indudable, casi dogmático: motivos no había para estar mal con el buen Dios cuando se está bien en la tierra, cuando no se ha comunicado con Él jamás, ni se Le ha prestado dinero. Nunca se había dirigido á Él en sus oraciones, ni aún en sus más grandes apuros: era rico y su oro oraba por él: para misas y rogativas Dios había criado poderosos y altivos sacerdotes; para novenas y rosarios, Dios en su infinita bondad había criado pobres para bien de los ricos, pobres que por un peso son capaces de rezar dieciséis misterios y leer todos los libros santos, hasta la Biblia hebraica si aumentan el pago; y si alguna vez en un grande apuro necesitaba auxilios celestiales y no encontraba á mano ni una vela roja de chino, dirigíase á los santos y santas de su devoción, prometiéndoles muchas cosas para obligarlos y acabarlos de convencer de la bondad de sus deseos. Pero á quien más prometía y cumplía su promesa, era á la Virgen de Antipolo, Nuestra Señora de la Paz y de Buenviaje, pues con ciertos santos pequeños no andaba el hombre ni muy puntual ni decente: á veces, conseguido lo que deseaba, no volvía á acordarse de ellos, verdad es que tampoco los volvía á molestar, si se le presentaba ocasión: capitán Tiago sabía que en el calendario había muchos santos desocupados, que acaso no tienen qué hacer allá en el cielo. A la Virgen de Antipolo, además, atribuía mayor poder y eficacia que á todas las otras Vírgenes, ya lleven bastones de plata, ya Niños Jesús desnudos ó vestidos, ya escapularios, rosarios ó correas; quizás se debe esto á la fama de ser aquélla una señora muy severa, muy cuidadosa de su nombre, enemiga de la fotografía, según el Sacristán mayor de Antipolo, y que, cuando se enfada, se pone negra como el ébano, y á que las otras Vírgenes son más blandas de corazón, más indulgentes: sabido es que ciertas almas aman más á un rey absoluto que á uno constitucional; díganlo Luis XIV y Luis XVI, Felipe II y Amadeo I. Por esta razón acaso se debe el verse también, en el famoso santuario andar de rodillas á moros infieles y hasta españoles; sólo que no se explica el por qué se escapan los curas con el dinero de la terrible Imagen, se van á América y allá se casan.
Aquella puerta de la sala, oculta por una cortina de seda, conduce á una pequeña capilla ú oratorio, que no debe faltar en ninguna casa filipina: allí están los dioses lares de capitán Tiago, y decimos dioses lares, porque este señor más bien estaba por el politeismo que por el monoteismo, que jamás había comprendido. Allí se ven imágenes de la Sagrada Familia con el busto y las extremidades de marfil, ojos de cristal, largas pestañas y cabellera rubia rizada, primores de la escultura de Santa Cruz. Cuadros pintados al óleo por los artistas de Paco y Hermita, representan martirios de santos, milagros de la Virgen, etc.; Santa Lucía mirando al cielo y llevando en un plato otros dos ojos con pestañas y cejas, como los que se ven pintados en el triángulo de la Trinidad ó en los sarcófagos egipcios; san Pascual Bailón, san Antonio de Padua con hábito de guingón4, contemplando lloroso á un Niño Jesús vestido de Capitán general, tricornio, sable y botas como en el baile de niños de Madrid: esto para el capitán Tiago significaba que aunque Dios añadiese á su poder el de un Capitán general de Filipinas, siempre jugarían con él los franciscanos como con una muñeca. Vénse también un san Antonio Abad con un cerdo al lado, cerdo que para el digno capitán era tan milagroso como el santo mismo, por cuya razón no se atrevía á llamarle cerdo, sino criatura del santo señor san Antonio; un san Francisco de Asís con siete alas y el hábito color de café colocado encima de un san Vicente que no tiene más que dos, pero en cambio lleva un cornetín, un san Pedro Mártir con la cabeza partida con un talibón5 de malhechor, empuñado por un infiel puesto de rodillas, al lado de un san Pedro que corta la oreja á un moro, Malco sin duda, que se muerde los labios y hace contorsiones de dolor, mientras un gallo sasabungin6 canta y bate las alas sobre una columna dórica, de lo cual deducía capitán Tiago que para ser santo lo mismo era partir que ser partido. ¿Quién puede enumerar aquel ejército de imágenes y decir las cualidades y perfecciones que allí se atesoran? ¡No tendríamos bastante con un capítulo! Sin embargo, no pasaremos en silencio un hermoso san Miguel de madera dorada y pintada, casi de un metro de altura: el arcángel, mordiéndose el labio inferior, tiene los ojos encendidos, la frente arrugada y las mejillas de rosa; embraza un escudo griego y blande en la diestra un kris joloano, dispuesto á herir al devoto ó al que se acerque (según se deduce de su actitud y mirada) más bien que al demonio rabudo y con cuernos que hinca los colmillos en su pierna de doncella. Capitán Tiago no se le acercaba jamás temiendo un milagro. ¿Cuántas y cuántas veces no se ha animado más de una imagen, por peor tallada que fuese como las que salen de las carpinterías de Paete7, para confusión y castigo de los pescadores descreidos? Es fama que tal Cristo de España, invocado como testigo de promesas de amor, asintió con movimiento de cabeza delante del juez, que otro Cristo se desclavó el brazo derecho para abrazar á santa Lutgarda ¿y qué? ¿no había él leido un librito, publicado recientemente sobre un sermón mímico, predicado por una imagen de santo Domingo en Soriano? El santo no dijo una sola palabra, pero de sus gestos se dedujo ó dedujo el autor del librito que anunciaba el fin del mundo8 No se decía también que la Virgen de Luta del pueblo de Lipa tenía una mejilla más hinchada que la otra, y enlodados los bordes del vestido? ¿No es esto probar matemáticamente que las sagradas imágenes también se dan paseos sin levantar el vestido y hasta padecen dolores de muelas, acaso por causa nuestra? No había él visto por sus propios ojitos á los Cristos todos en el sermón de las Siete Palabras mover y doblar la cabeza á compás de tres veces, provocando el llanto y los gritos de todas las mujeres y almas sensibles destinadas al cielo? ¿Más? Nosotros mismos hemos visto al predicador enseñar al público, en el momento del descenso de la cruz, un pañuelo manchado de sangre, é íbamos ya á llorar piadosamente, cuando, para desgracia de nuestra alma, nos aseguró un sacristán que aquello era broma: era la sangre de una gallina, asada y comida incontinenti á pesar de ser Viernes santo... y el sacristán estaba grueso. Capitán Tiago, pues, á fuer de hombre prudente y religioso, evita aproximarse al kris de san Miguel;—¡Huyamos de las ocasiones! decía para sí; ya sé que es un arcángel, pero ¡no, no me fío, no me fío!
No pasaba un año sin concurrir con una orquesta á la opulenta romería de Antipolo: entonces costeaba dos misas de gracia de las muchas que forman los tres novenarios y los otros días en que no hay novenarios, y se bañaba después en el renombrado batis ó fuente, donde la misma sagrada Imagen se bañara. Las personas devotas ven aún la huella de los pies y el rastro de los cabellos en la dura peña, al enjugarlos, precisamente como una mujer cualquiera que gasta aceite de coco, y como si sus cabellos fuesen de acero ó de diamante, y pesase mil toneladas. Nosotros desearíamos que la terrible Imagen sacudiese una vez su sagrada cabellera á los ojos de estas personas devotas, y les pusiese el pie sobre la lengua ó la cabeza.—Allí, junto á esa misma fuente, capitán Tiago debe comer lechón asado, sinigang de dalag con hojas de alibambang9 y otros guisos más ó menos apetitosos. Las dos misas le venían á costar algo más de cuatrocientos pesos, pero resultaban baratas si se ha de considerar la gloria que la Madre de Dios adquiere con las ruedas de fuego, cohetes, bombas y morteretes ó bersos como allí se llaman, si se han de calcular las grandes ganancias, que, merced á estas misas, había de conseguir en el resto del año.
Pero Antipolo no era el único teatro de su ruidosa devoción. En Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de san Diego, cuando tenía que jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro para misas propiciatorias, y, como los romanos que consultaban sus augures antes de una batalla dando de comer á los pollos sagrados, capitán Tiago consultaba también los suyos con las modificaciones propias de los tiempos y de las nuevas verdades. Él observaba la llama de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote etc., y del tono procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que capitán Tiago pierde pocas apuestas, y éstas se deberían á que el oficiante estaba ronco, había pocas luces, los cirios tenían mucho sebo, ó que se había deslizado entre las monedas una falsa, etc., etc.: el celador de una cofradía le aseguraba que aquellos desengaños eran pruebas, á que le sometía el cielo para asegurarse más de su fe y devoción. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado por los chinos cereros y los pirotécnicos ó castilleros el hombre era feliz en la religión de esta tierra, y personas de carácter y gran piedad le atribuyen también gran influencia en la Corte celestial.
Que estaba en paz con el Gobierno, no hay que dudarlo, por difícil que la cosa pareciese. Incapaz de imaginarse un pensamiento nuevo, y contento con su modus vivendi, siempre estaba dispuesto á obedecer al último oficial quinto de todas las oficinas, á regalar piernas de jamón, capones, pavos, frutas de China en cualquiera estación del año. Si oía hablar mal de los naturales, él, que no se consideraba como tal, hacía coro y hablaba peor; si se criticaba á los mestizos sangleyes10 ó españoles, criticaba él también acaso porque se creyese ya ibero puro. Era el primero en aplaudir toda imposición ó contribución, máxime cuando olía una contrata ó un arriendo detrás. Siempre tenía orquestas á mano para felicitar y dar enfrentadas11 á toda clase de gobernadores, alcaldes, fiscales, etc., etc., en sus días, cumpleaños, nacimiento ó muerte de un pariente, en cualquiera alteración, en fin, de la monotonía habitual. Encargaba para esto versos laudatorios, himnos en que se celebraba al suave y cariñoso gobernador, valiente y esforzado alcalde que le espera en el cielo la palma de los justos (ó palmeta) y otras cosas más.
Fué gobernadorcillo del rico gremio de mestizos, á pesar de la protesta de muchos que no le tenían por tal. En los dos años de su mando estropeó diez fracs, otros tantos sombreros de copa y media docena de bastones: el frac y el sombrero de copa en el Ayuntamiento, en Malacañang y en el cuartel; el sombrero de copa y el frac en la gallera, en el mercado, en las procesiones, en las tiendas de los chinos, y debajo del sombrero y dentro del frac, capitán Tiago sudando con la esgrima del bastón de borlas, disponiendo, arreglando y descomponiéndolo todo con una actividad pasmosa y una seriedad más pasmosa todavía. Así que las Autoridades veían en él un hombre, dotado de la mejor voluntad, pacífico, sumiso, obediente, agasajador, que no leía ningún libro ni periódico de España, aunque hablaba bien el español; le miraban con el sentimiento con que un pobre estudiante contempla el gastado tacón de su zapato viejo, torcido gracias á su modo de andar.—Para él resultaban verdaderas ambas frases cristiana y profana de beati pauperes spiritu y beati possidentes y muy bien se le podía aplicar aquella, según algunos, equivocada traducción del griego: ¡‘Gloria á Dios en las alturas y paz á los hombres de buena voluntad en la tierra’! pues, como veremos más adelante, no basta que los hombres tengan buena voluntad para vivir en paz. Los impíos le tomaban por tonto, los pobres por despiadado, cruel explotador de la miseria, y sus inferiores por déspota y tirano. ¿Y las mujeres? ¡Ah, las mujeres! Rumores calumniosos zumban en las miserables casas de nipa12 y se asegura oirse lamentos, sollozos, mezclados á veces con los vagidos de un infante. Más de una joven es señalada por el dedo malicioso de los vecinos: tiene la mirada indiferente y el seno marchito. Pero estas cosas no le quitan el sueño; ninguna joven turba su paz; una vieja es la que le hace sufrir, una vieja que le hace la competencia en devoción, y que ha merecido de muchos curas más entusiastas alabanzas y encomios que él en sus mejores días consiguiera. Entre capitán Tiago y esta viuda, heredera de hermanos y sobrinos, existe una santa emulación, que redunda en bien de la Iglesia, como la competencia de los vapores de la Pampanga redundaba entonces en bien del público. ¿Regala capitán Tiago un bastón de plata con esmeraldas y topacios á una Virgen cualquiera? pues ya está doña Patrocinio encargando otro de oro y con brillantes al platero Gadáunez; que en la procesión de la Naval capitán Tiago levantó un arco con dos fachadas, de tela abollonada, con espejos, globos de cristal, lámparas y arañas, pues doña Patrocinio tendrá otro con cuatro fachadas, dos varas más alto, más colgajos y pelendengues. Pero entonces él acude á su fuerte, á su especialidad, á las misas con bombas y fuegos artificiales, y doña Patrocinio tiene que morderse con sus encías los labios, pues, excesivamente nerviosa, no puede soportar el repiqueteo de las campanas y menos las detonaciones. Mientras él sonríe, ella piensa en su revancha y paga con el dinero de los otros á los mejores oradores de las cinco Corporaciones de Manila, á los más famosos canónigos de la Catedral y hasta á los Paulistas para predicar en los días solemnes sobre temas teológicos y profundísimos á los pecadores que sólo comprenden lengua de tienda. Los partidarios de capitán Tiago han observado que ella se duerme durante el sermón, pero los partidarios de ella contestan que el sermón está ya pagado, y por ella, y en todas las cosas pagar es lo primordial. Ultimamente le anonadó regalando á una iglesia tres andas de plata con dorados, cada uno de los cuales le costará más de tres mil pesos. Capitán Tiago espera que esta anciana acabe de respirar el mejor día ó que pierda cinco ó seis de sus pleitos, para servir solo á Dios; desgraciadamente los defienden los mejores abogados de la Real Audiencia, y en cuanto á su salud, no tiene por donde cogerla la enfermedad: parece un alambre de acero, sin duda para edificación de las almas, y se agarra á este valle de lágrimas con la tenacidad de una erupción de la piel. Sus partidarios tienen la confianza segura de que á su muerte será canonizada, y de que capitán Tiago mismo la ha de venerar aún en los altares, lo que él acepta y promete con tal de que muera pronto.
Así era capitán Tiago en aquel entonces. En cuanto á su pasado era el hijo único de un azucarero de Malabón, bastante acaudalado, pero tan avaro que no quiso gastar un cuarto para educar á su hijo, por cuyo motivo fué Santiaguillo criado de un buen dominico, hombre muy virtuoso, que procuraba enseñarle todo lo bueno que podía y sabía. Cuando iba á tener la felicidad de que sus conocidos le llamasen lógico, esto es, cuando iba á estudiar lógica, la muerte de su protector, seguida de la de su padre, dió fin á sus estudios, y entonces tuvo que dedicarse á los negocios. Casóse con una hermosa joven de Santa Cruz que le ayudó á hacer su fortuna y le dió su posición social. Doña Pía Alba no se contentó con comprar azúcar, café y añil: quiso sembrar, y compró el nuevo matrimonio terreno en San Diego, datando de ahí sus amistades con el P. Dámaso y D. Rafael Ibarra, el más rico capitalista del pueblo.
La falta de heredero en los seis primeros años de matrimonio hacía de aquel afán por acumular riquezas casi una censurable ambición, y, sin embargo, doña Pía era esbelta, robusta y bien formada. En vano hizo novenarios; visitó por consejo de las devotas de san Diego á la Virgen de Caysasay en Taal; dió limosnas; bailó en la procesión en medio del sol de Mayo delante de la Virgen de Turumba en Pakil: todo fué en vano, hasta que fray Dámaso le aconsejó se fuera á Obando, y allí bailó en la fiesta de san Pascual Bailón, y pidió un hijo. Sabido es que en Obando hay una Trinidad que concede hijos é hijas á elección: Nuestra Señora de Salambau, santa Clara y san Pascual. Gracias á este sabio consejo, doña Pía se sintió madre... ¡Ay! como el pescador de que habla Shakespeare en Macbeth, el cual cesó de cantar cuando encontró un tesoro, ella perdió la alegría, se puso muy triste y no se la vió ya más sonreír.—¡Cosas de antojadizas! decían todos, hasta capitán Tiago. Una fiebre puerperal concluyó con sus tristezas, dejando huérfana una hermosa niña que llevó á la pila el mismo fray Dámaso; y como san Pascual no dió el niño que se le pedía, le pusieron los nombres de María-Clara en honor de la Virgen de Salambau y de santa Clara, castigando con el silencio al honrado san Pascual Bailón. La niña creció á los cuidados de la tía Isabel, aquella anciana de urbanidad frailuna que vimos al principio: vivía la mayor parte del año en san Diego por su saludable clima y allí fray Dámaso le hacía fiestas.
María Clara no tenía los pequeños ojos de su padre: como su madre, los tenía grandes, negros, sombreados por largas pestañas, alegres y risueños cuando jugaba, tristes, profundos y pensativos cuando no sonreía. De niña su rizada cabellera tenía un color casi rubio; su nariz, de un correcto perfil, ni era muy afilada ni chata; la boca recordaba la pequeña y graciosa de su madre con los alegres hoyuelos de las mejillas; su piel tenía la finura de una capa de cebolla y la blancura del algodón al decir de sus enloquecidos parientes, que encontraban el rasgo de paternidad de capitán Tiago en las pequeñas y bien modeladas orejas de María-Clara.
Tía Isabel atribuía aquellas facciones semieuropeas á antojos de doña Pía; recordaba haberla visto muchas veces en los primeros meses de la gestación llorar delante de San Antonio; otra prima de capitán Tiago era del mismo parecer, sólo que difería en la elección del santo; para ella ó era la Virgen ó San Miguel. Un famoso filósofo, primo de capitán Tinong y que sabía el Amat13 de memoria, buscaba la explicación en influencias planetarias.
María Clara, ídolo de todos, creció entre sonrisas y amores. Los mismos frailes la festejaban cuando en las procesiones la vestían de blanco, la abundante y rizada cabellera entretejida de sampagas14 y azucenas, con dos alitas de plata y oro pegadas á la espalda del traje, y dos palomas blancas en la mano, atadas con cintas azules. Y luego, era tan alegre, tenía una charla tan cándidamente infantil, que capitán Tiago, loco de amor, no hacía más que bendecir á los Santos de Obando y aconsejar á todos la adquisición de hermosas esculturas.
En los países meridionales, la niña á los trece ó catorce años se hace mujer, como el capullo de la noche, flor á la siguiente mañana. En ese periodo de transición, lleno de misterios y romanticismo, entró María Clara por consejos del cura de Binondo en el Beaterio de Santa Catalina para recibir de las monjas la severa educación religiosa. Con lágrimas se despidió del padre Dámaso y del único amigo con quien había jugado en su niñez, de Crisóstomo Ibarra, que después partió también para Europa. Allí, en aquel convento que se comunica con el mundo al través de una doble reja, y todavía bajo la vigilancia de la Madre Escucha, vivió ella siete años.—Cada uno con sus miras particulares y comprendiendo la mutua inclinación de los jóvenes, don Rafael y capitán Tiago concertaron la unión de sus hijos y formaron una razón social. Este acontecimiento, que tuvo lugar algunos años después de la partida del joven Ibarra, fué celebrado con igual júbilo por dos corazones cada uno en un extremo del mundo y en muy diferentes circunstancias.
1 Buyo mascado.↑
2 Lugar en que se verifican las riñas de gallos. Véase el capítulo XLVI.↑
3 Hierba llamada también talango; forraje de diversas gramíneas y en especial de la Russelia junceum.↑
4 Tela de algodón fabricada en la India.↑
5 Sable de los moros joloanos.↑
6 Gallo con espolón.↑
7 Pueblo de la Laguna (Luzón.)↑
8 Dios quiera que se cumpla pronto esta profecía para el autor del librito y todos los que le creemos. Amén. (N. de la edición de Berlín).↑
9 Sinigang, sopa de pescado cocido con agua y sazonado con algunas frutas ácidas. Dalag (Ophiocephalus), abundante en los ríos, los lagos y pantanos, que en la estación de las lluvias se encuentra en los arrozales y también en los campos inundados. Alibambang, Bauhinia malabárica Roxb.↑
10 Sangley ó buhonero chino.↑
11 Serenatas.↑
12 Nipa fruticans, Burm. En Filipinas, se da el nombre de casas de nipa á las que tienen el techo formado con las anchas hojas de ese árbol.↑
13 La Biblia de Torres Amat, arzobispo de Tarragona.↑
14 Sampaga ó sampaca (magnoliáceas).↑
VII
Idilio en una azotea
Índice
El Cantar de los Cantares.
Temprano habían ido aquella mañana á misa tía Isabel y María Clara: ésta vestida elegantemente, con un rosario de cuentas azules que medio le servía de brazalete, y aquélla con sus anteojos para leer el «Ancora de Salvación», durante el Santo Sacrificio.
Apenas desapareció el sacerdote del altar, la joven manifestó deseos de retirarse, con gran sorpresa y disgusto de la buena tía que creía á su sobrina piadosa y amiga del rezo, como una monja cuando menos. Refunfuñando y haciéndose cruces se levantó la buena anciana. «¡Bah! ya me perdonará el buen Dios, que debe conocer el corazón de las muchachas mejor que usted, tía Isabel», le hubiera dicho para cortar sus severos, pero al fin maternales sermones.
Ahora se han desmayado ya, y María Clara distrae su impaciencia tejiendo un bolsillo de seda, mientras la tía quiere borrar los rastros de la fiesta anterior, empezando á manejar el plumero. Capitán Tiago examina y repasa unos papeles.
Cada ruido en la calle, cada coche que pasaba hacían palpitar el seno de la virgen y la estremecían. ¡Ah, ahora desea estar otra vez en su tranquilo beaterio, entre sus amigas! ¡Allí le podría ver sin temblar, sin turbarse! Pero ¿no era él tu amigo de la infancia, no jugabais tantos juegos y hasta reñíais á veces? El por qué de estas cosas no lo he de decir; si tú que me lees has amado, lo comprenderás, y si no, es inútil que te lo diga: los profanos no comprenden estos misterios.
—Yo creo, María, que el médico tiene razón,—dice capitán Tiago.—Debes ir á provincias, estás muy pálida, necesitas buenos aires. ¿Qué te parece, Malabón... ó San Diego?
A este último nombre, María Clara, se puso roja como una amapola y no pudo contestar.
—Ahora iréis Isabel y tú al beaterio para sacar tus ropas y despedirte de tus amigas,—continuó capitán Tiago sin levantar la cabeza;—ya no volverás á entrar en él.
María Clara sintió esa vaga melancolía que se apodera del alma cuando se deja para siempre un lugar en donde fuimos felices, pero otro pensamiento amortiguó este dolor.
—Y dentro de cuatro ó cinco días, cuando tengas ropa nueva, nos iremos á Malabón... Tu padrino ya no está en San Diego; el cura que viste aquí anoche, aquel padre joven, es el nuevo cura que tenemos allá, es un santo.
—¡Le prueba San Diego mejor, primo!—observó la tía Isabel;—además, la casa que allá tenemos es mejor; y se acerca la fiesta.
María Clara quería dar un abrazo á su tía, pero oyó pararse un coche y se puso pálida.
—¡Ah, es verdad!—contestó capitán Tiago, y cambiando de tono, añadió:
—¡Don Crisóstomo!
María Clara dejó caer la labor que tenía entre las manos; quiso moverse, pero no pudo: un estremecimiento nervioso recorría su cuerpo. Se oyeron pasos en las escaleras, y después, una voz fresca, varonil. Como si esta voz hubiese tenido un poder mágico, la joven se sustrajo á su emoción y echóse á correr, escondiéndose en el oratorio donde estaban los santos. Los dos primos se echaron á reir, é Ibarra oyó aún el ruido de una puerta que se cerraba.
Pálida, respirando aceleradamente, la joven se comprimió el palpitante seno y quiso escuchar. Oyó la voz, aquella voz tan querida, que hacía tiempo sólo oía en sueños; él preguntaba por ella. Loca de alegría besó al santo que encontró más cerca, á San Antonio Abad ¡santo feliz, en vida y en madera, siempre con hermosas tentaciones! Después buscó un agujero, el de la cerradura, para verle y examinarle: y sonreía, y cuando su tía la sacó de su contemplación, sin saber lo que se hacía, se colgó del cuello de la anciana y la llenó de repetidos besos.
—Pero, tonta, ¿qué te pasa?—pudo al fin decir la anciana enjugándose una lágrima de sus marchitos ojos.
María Clara se avergonzó y se tapó los ojos con el redondo brazo.
—¡Vamos, arréglate, ven!—añadió la anciana en tono cariñoso.—Mientras él habla con tu padre de ti... ven, y no te hagas esperar.
La joven se dejó llevar como una niña, y allá se encerraron en su aposento.
Capitán Tiago é Ibarra hablaban animadamente cuando apareció la tía Isabel, medio arrastrando á su sobrina, que dirigía la vista á todas partes, menos á las personas...
¿Qué se dijeron aquellas dos almas, qué se comunicaron en ese lenguaje de los ojos, más perfecto que el de los labios, lenguaje dado al alma para que el sonido no turbe el éxtasis del sentimiento? En esos instantes, cuando los pensamientos de los felices seres se compenetran al través de las pupilas, la palabra es lenta, grosera, débil, es como el ruido bronco y torpe del trueno á la deslumbradora luz y la rapidez de la centella: expresa un sentimiento ya conocido, una idea ya comprendida, y si se usa de ella es porque la ambición del corazón, que domina todo el sér, y que rebosa de felicidad, quiere que todo el organismo humano con todas sus facultades físicas y psíquicas manifieste el poema de alegrías que entona el espíritu. A la pregunta de amor de una mirada que brilla ó se vela, no tiene respuestas el idioma: responden la sonrisa, el beso ó el suspiro.
Y después, cuando la enamorada pareja, huyendo del plumero de la tía Isabel que levanta el polvo, se fueron á la azotea para departir en libertad entre los pequeños emparrados, ¿qué se contaron entre murmullos, que os estremecíais, florecitas rojas del cabello-de-ángel? ¡Contadlo vosotras, que tenéis aromas en vuestro aliento y colores en vuestros labios; tú, céfiro, que aprendiste raras armonías en el secreto de la noche obscura y en el misterio de nuestros vírgenes bosques; contadlo, rayos del sol, manifestación brillante del Eterno en la tierra, único inmaterial en el mundo de la materia, contadlo, vosotros, que yo sólo sé referir prosaicas locuras!
Pero ya que no lo queréis hacer, lo voy á intentar yo mismo.
El cielo era azul: una fresca brisa, que no olía á rosa, agitaba las hojas y las flores de las enredaderas,—por esto se estremecían los cabellos-de-ángel,—las plantas aéreas, los pescados secos y las lámparas de China. El ruido del saguan1, que removía las turbias aguas del río, el paso de los coches y carros por el puente de Binondo llegaban distintamente hasta ellos, pero no lo que murmuraba la tía.
—Mejor, allí estaréis vigilados por todo el vecindario,—decía ésta.
Al principio no se dijeron más que tonterías, esas dulces tonterías que se parecen mucho á las jactancias de las naciones en Europa: gustan y saben á miel para los nacionales, pero hacen reir ó fruncir las cejas á los extranjeros.
Ella, como hermana de Caín, es celosa y por esto pregunta á su novio:
—¿Has pensado siempre en mí? ¿no me has olvidado en tantos viajes? ¡Tantas grandes ciudades con tantas mujeres hermosas!...
El también, otro hermano de Caín, sabe eludir las preguntas y es un poco mentiroso, y por eso:
—¿Podría yo olvidarte?—contesta mirando embelesado en las negras pupilas de ella:—¿podría yo faltar á un juramento sagrado? ¿Te acuerdas de aquella noche tempestuosa en que tú, viéndome solitario llorar junto al cadáver de mi madre, te acercaste á mí, me pusiste la mano sobre el hombro, tu mano que hacía tiempo ya no me dejabas que cogiese, y me dijiste: «Has perdido á tu madre, yo nunca la tuve...» y lloraste conmigo? Tú la querías y ella te quería como á una hija. Fuera llovía y relampagueaba, pero me parecía oir música, ver sonreir el pálido rostro del cadáver... ¡oh, si mis padres vivieran y te contemplaran! yo entonces cogí tu mano y la de mi madre, juré amarte, hacerte feliz, sea cualquiera la suerte que el cielo me deparase, y como este juramento no me ha pesado nunca, ahora te lo renuevo. ¿Podía yo olvidarte? Tu recuerdo me ha acompañado siempre, me ha salvado de los peligros del camino, ha sido mi consuelo en la soledad de mi alma en los países extranjeros; tu recuerdo ha neutralizado el efecto del loto de Europa, que borra de la memoria de muchos las esperanzas y la desgracia de la Patria. En sueños te veía de pie en la playa de Manila, mirando al lejano horizonte, envuelta en la tibia luz de la temprana aurora; oía un lánguido y melancólico canto, que despertaba en mí adormecidos sentimientos y evocaba en la memoria de mi corazón los primeros años de mi niñez, nuestras alegrías, nuestros juegos, todo el pasado feliz que animaste mientras estabas en el pueblo. Me parecía que eras el hada, el espíritu, la encarnación poética de mi Patria, hermosa, sencilla, amable, candorosa, hija de Filipinas, de ese hermoso país que une á las grandes virtudes de la Madre España las bellas cualidades de un pueblo joven, como se reune en tu sér todo lo hermoso y bello, patrimonio de ambas razas2; y por esto tu amor y el que profeso á mi Patria se funden en uno solo... ¿Podía olvidarte? Varias veces creía escuchar los sonidos de tu piano y los acentos de tu voz, y siempre que en Alemania, á la caída de la tarde, cuando vagaba por los bosques, poblados por las fantásticas creaciones de sus poetas y las misteriosas leyendas de sus pasadas generaciones, evocaba tu nombre, creía verte en la bruma que se levanta del fondo del valle, creía oir tu voz en los susurros de las hojas; y cuando los aldeanos, volviendo del trabajo, dejaban oir desde lejos sus populares cantos, se me figuraba que armonizaban con mis voces interiores, que cantaban para tí, y daban realidad á mis ilusiones y ensueños. A veces me perdía en los senderos de las montañas, y la noche, que allí desciende poco á poco, me encontraba aún vagando, buscando mi camino entre pinos, hayas y encinas; entonces, si algunos rayos de luna se deslizaban por entre los claros del ramaje, me parecía verte en el seno del bosque como una vaga, enamorada sombra oscilar entre la luz y las tinieblas de la espesura; y si acaso el ruiseñor dejaba oir sus variados trinos, creía que era porque te veía y tú le inspirabas. ¡Si he pensado en tí! ¡La fiebre de tu amor no solamente animaba á mi vista la niebla, sino que además coloreaba el hielo! En Italia, el hermoso cielo de Italia por su limpidez y profundidad me hablaba de tus ojos; su risueño paisaje me hablaba de tu sonrisa, como las campiñas de Andalucía con su aire saturado de aromas, poblado de recuerdos orientales, llenos de poesía y colorido, me hablaban de tu amor. En las noches de luna, de aquella soñolienta luna, bogando en una barca en el Rhin, me preguntaba si acaso no podría engañar á mi fantasía para verte entre los álamos de la orilla, en la roca de la Lorelay ó en medio de las ondas, cantando en el silencio de la noche, como la joven hada de los consuelos, para alegrar la soledad y la tristeza de aquellos arruinados castillos!
—Yo no he viajado como tú; no conozco más que tu pueblo, Manila y Antipolo,—contesta ella sonriendo, pues cree todo cuanto él le cuenta,—pero desde que te dije adiós, y entré en el beaterio, me he acordado siempre de tí, y no te he olvidado por más que me lo ha mandado el confesor, imponiéndome muchas penitencias. Me acordaba de nuestros juegos, de nuestras riñas cuando éramos niños. Escogías los más hermosos sigüeyes3 para jugar al siklot4; buscabas en el río las más redondas y finas piedrecitas de diferentes colores para que jugásemos al sintak; tú eras muy torpe, perdías siempre y por castigo te daba el bantil5 con la palma de mi mano, pero procuraba no pegarte fuerte, pues te tenía compasión. En el juego de la chonka6 eras muy tramposo, más aún que yo, y solíamos acabar á arrebatiña. ¿Te acuerdas de aquella vez cuando te enfadaste de veras? Entonces me hiciste sufrir, pero después, cuando me acordaba de ello en el beaterio, sonreía, te echaba de menos para reñir otra vez ... y hacer las paces en seguida. Eramos aún niños: fuimos con tu madre á bañarnos en aquel arroyo bajo la sombra de los cañaverales. En las orillas crecían muchas flores y plantas cuyos extraños nombres me decías en latín y en castellano, pues entonces ya estudiabas en el Ateneo. Yo no te hacía caso; me entretenía en ir detrás de las mariposas y libélulas, que tienen en su cuerpo fino como un alfiler todos los colores del arco iris y todos los reflejos del nácar, que pululan y se persiguen unas á otras entre las flores; á veces con las manos quería sorprender, coger los pececillos, que se deslizan rápidos entre el musgo y las pedrezuelas de la orilla. De pronto desapareciste, y cuando volviste traías una corona de hojas y flores de naranjo que colocaste sobre mi cabeza, llamándome Cloe; para tí hiciste otra de enredaderas. Pero tu madre cogió mi corona, la machacó con una piedra mezclándola con el gogo7 con que nos iba á lavar la cabeza; se te saltaron las lágrimas de los ojos y dijiste que ella no entendía de mitología:—«¡Tonto!—contestó tu madre,—verás qué bien olerán después vuestros cabellos.»—Yo me reí, te ofendiste, no me quisiste hablar, y el resto del día te mostraste tan serio, que á mi vez tuve ganas de llorar. De vuelta al pueblo, y ardiendo mucho el sol, cogí hojas de salvia que crecía á orillas del camino, te las di para que las pusieses dentro de tu sombrero y no tuvieses dolor de cabeza. Sonreiste, entonces te cogí de la mano é hicimos las paces.
Ibarra se sonrió de felicidad, abrió su cartera y sacó un papel, dentro del cual había envueltas unas hojas negruzcas, secas y aromáticas.
—¡Tus hojas de salvia!—contestó él á su mirada;—esto es todo lo que me has dado.
Ella á su vez sacó rápidamente de su seno una bolsita de raso blanco.
—¡Psh!—dijo ella dándole una palmada en la mano;—no se permite tocar; es una carta de despedida.
—¿Es la que te escribí antes de partir?
—¿Me ha escrito usted otra, señor mío?
—Y ¿qué te decía yo entonces?
—¡Muchos embustes, excusas de mal pagador!—contestó ella sonriendo, dando á entender cuán agradables eran aquellas mentiras.—¡Quieto! te la leeré, pero suprimiré tus galanterías para no martirizarte.
Y levantando el papel á la altura de sus ojos para que el joven no le viera la cara, comenzó:
«Mi... no te leo lo que sigue, pues es un embuste,—y recorrió algunas líneas con los ojos.—«Mi padre quiere que parta á pesar de mis súplicas.—Tú eres hombre, me ha dicho, debes pensar en el porvenir y en tus deberes. Debes aprender la ciencia de la vida, lo que tu patria no puede darte, para serle útil un día. Si permaneces á mi lado, á mi sombra, en esta atmósfera de preocupaciones, no aprenderás á mirar á lo lejos; y el día en que te falte te encontrarás como la planta de que habla nuestro poeta Baltasar: «Crecida en el agua, se le marchitan las hojas á poco que no se la riegue; la seca un momento de calor.» ¿Ves? eres ya casi un joven ¡y lloras aún!—Me hirió este reproche y le confesé que te amaba. Mi padre se calló, reflexionó, y poniéndome la mano sobre el hombro me dijo con temblorosa voz:—¿Crees que tú solo sabes amar, que tu padre no te ama ni siente separarse de tí? Hace poco perdimos á tu madre; voy caminando ya á la vejez, á esa edad en que se busca el apoyo y el consuelo de la juventud, y sin embargo, acepto mi soledad, y no sé si te volveré á ver. Pero debo pensar en otras cosas más grandes... El porvenir se abre para tí, para mí se cierra; tus amores nacen, los míos van muriendo; el fuego hierve en tu sangre, el frío se insinúa en la mía, y sin embargo lloras y no sabes sacrificar el ahora á un mañana útil para ti y tu país!—Los ojos de mi padre se llenaron de lágrimas, caí de rodillas á sus pies, le abracé, le pedí perdón y le dije que estaba dispuesto á partir...»
La agitación de Ibarra suspendió la lectura: el joven estaba pálido y andaba de un extremo á otro de la azotea.
—¿Qué tienes? ¿qué te pasa?—le preguntó ella.
—¡Tú me has hecho olvidar que tengo mis deberes, que debo partir ahora mismo para el pueblo! Mañana es la fiesta de los muertos.
María Clara se calló, fijó en él algunos instantes sus grandes y soñadores ojos, y cogiendo unas flores, le dijo conmovida:
—¡Vé, yo no te detengo más; dentro de algunos días nos volveremos á ver! ¡Coloca esta flor sobre la tumba de tus padres!
Algunos minutos después, el joven descendía las escaleras acompañado de capitán Tiago y de la tía Isabel, mientras María Clara se encerraba en el oratorio.
—¡Haga usted el favor de decir á Andeng que prepare la casa, que van á llegar María é Isabel! ¡Buen viaje!—decía capitán Tiago, mientras Ibarra subía en el coche, que partió en dirección á la plaza de San Gabriel.
Y después, por vía de consuelo, decía á María Clara, que lloraba al lado de una imagen de la Virgen:
—Anda, enciende dos velas de á dos reales, una al señor San Roque, y otra al señor San Rafael, ¡patrón de los caminantes! Enciende la lámpara de Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que hay muchos tulisanes8. ¡Más vale gastarse cuatro reales en cera y seis cuartos en aceite que no tener después que pagar un rescate gordo!
1 Remo de madera, de una sola pieza.↑
2 ¡Y pensar que al autor de este libro se le fusiló como filibustero!↑
3 Conchas (Cypræa moneta) que sirven de moneda como los cauríes. Se exportan en gran número á Siam.↑
4 Sintak y siklot, juegos infantiles.↑
5 Prenda entregada por el perdidoso, que recibe unos golpes en el brazo.↑
6 Juego filipino parecido al boliche. Consiste en echar pedrezuelas á los agujeros de una tabla de madera colocada á cierta distancia de los jugadores. Estos son dos, y sale ganando el que introduce mayor número de piedras.↑
7 Jabón fabricado con la raiz triturada de la Entada scandens, Benth, ó de la Entada purseta (mimosas).↑
8 Tulisán, bandido, partidario.↑
VIII
Recuerdos
Índice
El coche de Ibarra recorría parte del más animado arrabal de Manila; lo que la noche anterior le ponía triste, á la luz del día le hacía sonreir á pesar suyo.
La animación que bullía por todas partes, tantos coches que iban y venían á escape, las carromatas, las calesas, los europeos, los chinos, los naturales, cada cual con su traje, las vendedoras de fruta, los corredores, el desnudo cargador, los puestos de comestibles, las fondas, restaurants, tiendas, hasta los carros tirados por el impasible é indiferente carabao, que parece entretenerse en arrastrar bultos mientras filosofa, todo, el ruido, el traqueteo, hasta el sol mismo, cierto olor particular, los abigarrados colores, despertaban en su memoria un mundo de recuerdos adormecidos.
Aquellas calles no tenían aún adoquinado. Brillaba el sol dos días seguidos y se convertía en polvo, que todo lo cubría, hacía toser y cegaba á los transeuntes: llovía un día, y se formaba un pantano, que á la noche reflejaba los faroles de los coches, salpicando desde cinco metros de distancia á los peatones en las angostas aceras. ¡Cuántas mujeres no habían dejado en aquellas olas de lodo sus chinelas bordadas! Entonces veíanse apisonando las calles presidiarios en fila, la cabeza rapada, vistiendo una camisa de mangas cortas y un calzón hasta las rodillas con números y letras azules; en las piernas cadenas medio envueltas entre trapos sucios para moderar el roce ó quizás el frío del hierro; unidos de dos en dos, tostados por el sol, rendidos por el calor y el cansancio, hostigados y azotados con una vara por otro presidiario, que se consolaba acaso con poder á su vez maltratar á otros. Eran hombres altos, de sombrías fisonomías, que él no había visto jamás serenarse con la luz de una sonrisa; sus pupilas, sin embargo, brillaban, cuando la vara, silbando, caía sobre los hombros, ó cuando un transeunte les arrojaba la colilla de un cigarro, medio mojado y deshecho: lo cogía el que estaba más cerca y lo escondía en su salakot1; los demás se quedaban mirando con una expresión rara á los otros transeuntes. Le parecía oir aún el ruido que hacían desmenuzando la piedra para cubrir los baches, y el sonido alegre de los pesados grillos en sus tobillos hinchados. Ibarra recordaba estremeciéndose aún una escena que había herido su imaginación de niño: era una siesta y el sol dejaba caer á plomo sus más calurosos rayos. A la sombra de un carretón de madera yacía uno de aquellos hombres, exánime, los ojos entreabiertos; otros dos, silenciosos, arreglaban una camilla de caña, sin ira, sin dolor, sin impaciencia, lo que era propio del carácter atribuído á los naturales.—Hoy tú, mañana nosotros, dirían entre sí. La gente circulaba sin cuidarse de ello, aprisa; las mujeres pasaban, lo miraban, y continuaban su camino; el espectáculo era común, había encallecido los corazones; los coches corrían reflejando en su barnizado cuerpo los rayos de aquel sol brillante en un cielo sin nubes; á él solo, niño de once años, acabado de llegar del pueblo, le conmovía, á él sólo le dió una pesadilla la noche siguiente.
Ya no estaba el bueno y honrado Puente de Barcas, aquel puente buen filipino, que hacía todo lo posible por servir á pesar de sus naturales imperfecciones, que se elevaba y se deprimía según el capricho del Pásig y que éste más de una vez había maltratado y destrozado.
Los almendros de la plaza de San Gabriel no habían crecido, continuaban raquíticos.
La Escolta2 le pareció menos hermosa, sin embargo de que un gran edificio con cariátides ocupaba el sitio de los antiguos camarines. El nuevo Puente de España llamó su atención; las casas de la orilla derecha del río entre cañaverales y árboles, allá donde la Escolta termina y la Isla del Romero empieza, le recordaron las frescas mañanas, cuando en banca3 pasaban por allí para ir á los baños de Ulî Ujî.
Encontraba muchos coches tirados por magníficos troncos de caballos enanos: dentro de los coches, empleados, que medio dormidos aún, se dirigían acaso á sus oficinas, militares, chinos en una postura fatua y ridícula, frailes graves, canónigos, etc. En una elegante victoria creyó reconocer al padre Dámaso, serio y con las cejas fruncidas, pero éste ya había pasado y ahora le saluda alegremente desde su carretela Cpn. Tinong, que va con su señora y sus dos hijas.
A la bajaba de puente los caballos tomaron el trote, dirigiéndose hacia el paseo de la Sabana. A la izquierda, la fábrica de Tabacos de Arroceros dejaba oir el estruendo que hacen las cigarreras golpeando las hojas. Ibarra no pudo menos de sonreir, acordándose de aquel fuerte olor que á las cinco de la tarde saturaba el Puente de Bargas y le mareaba cuando niño. Las animadas conversaciones, los chistes llevaron maquinalmente su imaginación al barrio de Lavapiés en Madrid con sus motines de cigarreras, tan fatales para los desgraciados guindillas, etc.
El jardín botánico ahuyentó sus risueños recuerdos: el demonio de las comparaciones le puso delante de los jardines botánicos de Europa, en los países donde se necesitan mucha voluntad y mucho oro para que brote una hoja y abra su cáliz una flor; recordó los de las colonias, ricos y bien cuidados y abiertos todos al público. Ibarra apartó la vista, miró á su derecha y allí vió á la antigua Manila, rodeada aún de sus murallas y fosos, como una joven anémica envuelta en un vestido de los buenos tiempos de su abuela.
¡La vista del mar que se pierde á lo lejos!.....
—¡A la otra ribera está Europa!—pensaba el joven. ¡Europa con sus hermosas naciones agitándose continuamente, buscando la felicidad, soñando todas las mañanas y desengañándose al ocultar el sol ... feliz en medio de sus catástrofes! ¡Sí, á la otra orilla del infinito mar están las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la materia, más espirituales aún que las que se precian de adorar el espíritu!...
Pero estos pensamientos huyen de su imaginación á la vista de la pequeña colina en el campo de Bagumbayan4. El montecillo, aislado, al lado del paseo de la Luneta, llamaba ahora su atención y le ponía meditabundo.
Pensaba en el hombre que le había abierto los ojos de su inteligencia, hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le había infundido eran pocas, sí, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones que no palidecieron á la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le había dicho al despedirse de él, resonaban aún en sus oídos. «No olvides que si el saber es patrimonio de la humanidad, sólo lo heredan los que tienen corazón», le había recordado. «He procurado transmitirte lo que de mis maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo que he podido y lo transmito á la generación que viene: tú harás lo mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas á muy ricos países.» Y añadía sonriendo: «Ellos vienen buscando oro, id también vosotros á su país á buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda, sin embargo, que no es oro todo lo que reluce.» Aquel hombre había muerto allí.
A estos recuerdos contestaba él profiriendo en voz baja:
—¡No, á pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija de España, primero la patria española! ¡No, eso que es fatalidad no empaña á la patria, no!
No llama su atención la Ermita, fénix de nipa, que se levanta de sus cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el cuartel de caballería con sus árboles enfrente, ni los habitantes, ni las casitas de nipa de techo más ó menos piramidal ó prismático, ocultas entre plátanos y bongas, construídas como los nidos, por cada padre de familia.
El coche seguía rodando: se encontraba con una carromata tirada por uno ó dos caballos, cuyos arneses de abaká5 delataban su origen provinciano. El carromatero procuraba ver al viajero del brillante coche y pasaba sin cambiar palabra, sin un solo saludo. A veces un carretón, tirado por un carabao de paso lento é indiferente, animaba las anchas y polvorosas calzadas, bañadas por el brillante sol de los trópicos. Al melancólico y monótono canto del guía, montado sobre el búfalo, acompaña el estridente rechinar de la seca rueda con el descomunal eje del pesado vehículo; á veces es el sonido sordo de los gastados patines ó plantas de un paragos, ese trineo de Filipinas, que se arrastra penosamente sobre el polvo ó los charcos del camino. En los campos, en las tendidas eras pasta el ganado, mezclado con las blancas garzas, tranquilamente posadas sobre el lomo del buey, que rumía y saborea medio cerrando los ojos la hierba de la pradera; á lo lejos yeguadas triscan, saltan y corren, perseguidas por un potro de genio vivo, cola larga y abundantes crines: el potro relincha, y salta la tierra á los golpes de sus poderosos cascos.
Dejemos al joven viajar meditando ó dormitando: la poesía melancólica ó animada del campo no llama su atención; aquel sol que hace relucir las copas de los árboles y correr á los campesinos, cuyos pies quema el candente suelo á pesar de su calzado de callos, aquel sol que detiene á la aldeana bajo la sombra de un almendro ó cañaveral y le hace pensar en cosas vagas é inexplicables, aquel sol no tiene encantos para nuestro joven.
Volvamos á Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caña, sube elevada cuesta ó baja rápida pendiente.
1 Sombrero hecho con cañas y fibras de anajao (Corypha minor).↑
2 Es una de las mejores calles y la más comercial de Manila; hace algunos años se llamaba camarines á los vetustos edificios de un solo piso, en los cuales se hallaban establecidos tenderos chinos.↑
3 Embarcación pequeña y estrecha, de uso común en Filipinas.↑
4 Allí, como es sabido, murió Rizal.↑
5 O abacá, cáñamo de Manila, elaborado con el tronco de una de las numerosas variedades de bananos, cuya corteza contiene filamentos parecidos á los del áloes. Este banano (Musa textilis) es objeto de un gran comercio en el archipiélago.↑
IX
Cosas del pais
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Ibarra no se había equivocado: en aquella victoria iba en efecto el padre Dámaso y se dirigía á la casa de donde él acababa de salir.
—¿A dónde os vais?—preguntó el fraile á María Clara y á tía Isabel que se disponían á subir en un coche con adornos de plata: padre Dámaso en medio de su preocupación daba ligeros golpecitos en las mejillas de la joven.
—Al Beaterio á sacar mis cosas,—contestó ella.
—¡Ahaaá! ¡ajá! vamos á ver quién puede más, vamos á ver...—murmuraba distraído, dejando á las dos mujeres no poco sorprendidas. Con la cabeza baja y andar lento ganó las escaleras y subió.
—¡Debe tener sermón, y lo estará estudiando de memoria!—dijo tía Isabel;—sube, María, que llegaremos tarde.
Si el padre Dámaso tenía sermón ó no, no lo podemos decir; pero cosas muy importantes debían absorber su atención, pues no tendió la mano á Cpn. Tiago, que tuvo que hacer una semigenuflexión para besársela.
—¡Santiago!—fué lo primero que dijo,—tenemos que hablar de cosas muy importantes; vamos á tu despacho.
Cpn. Tiago se puso inquieto, perdió el uso de la palabra, pero obedeció y siguió detrás del colosal sacerdote, que cerró detrás de sí la puerta.
Mientras conferencian en secreto, averigüemos qué se ha hecho de fray Sibyla.
El sabio dominico no está en la casa parroquial: muy temprano, después de decir misa, se fué al convento de su orden, situado á la entrada de la puerta de Isabel II ó de Magallanes, según qué familia reina en Madrid.
Sin hacer caso ni del rico olor á chocolate, ni del ruido de cajones y monedas, que venía de la procuración, y contestando apenas al respetuoso y deferente saludo del hermano procurador, fray Sibyla subió, atravesó algunos corredores y llamó á una puerta con los nudillos de los dedos.
—¡Adelante!—suspiró una voz.
—¡Dios devuelva á vuestra reverencia la salud!—fué el saludo del joven dominico al entrar.
Sentado en un gran sillón se veía á un viejo sacerdote, demacrado, algo amarillento, como esos santos que pintó Rivera. Sus ojos se hundían en las ahuecadas órbitas, coronadas de pobladísimas cejas, que, por estar contraídas casi siempre, aumentaban el intenso brillo de aquellos.
El padre Sibyla le contempló conmovido, cruzados los brazos debajo del venerable escapulario de Santo Domingo. Después dobló la cabeza sin decir una palabra y pareció aguardar.
—¡Ah!—suspiró el enfermo—me aconsejan la operación. Hernando, ¡la operación á mi edad! ¡El país, este terrible país! ¡Escarmienta en mí, Hernando!
Fray Sibyla levantó lentamente los ojos y los fijó en la fisonomía del enfermo:
—Y ¿qué ha decidido vuestra reverencia?—preguntó.
—¡Morir! ¡Ay! ¿quédame otra cosa acaso? Sufro demasiado pero ... he hecho sufrir á muchos ... ¡saldo mi deuda! Y tú ¿cómo estás? ¿qué traes?
—Venía á hablarle del encargo que me ha dado.
—¡Ah! y ¿qué es de ello?
—¡Psh!—contestó con disgusto el joven sentándose y volviendo con desprecio la cara á otra parte; nos han contado fábulas; el joven Ibarra es un chico prudente, no parece tonto, pero le creo un buen chico.
—¿Lo crees?
—Anoche comenzaron las hostilidades.
—¿Ya? y ¿cómo?
Fray Sibyla refirió brevemente lo que pasó entre el padre Dámaso y Crisóstomo Ibarra.
—Además,—añadió concluyendo,—el joven se casa con la hija de Cpn. Tiago, educada en el colegio de nuestras hermanas, es rico, y no querrá hacerse de enemigos para perder felicidad y fortuna.
El enfermo movía la cabeza en señal de asentimiento.
—Sí, pienso como tú... Con una mujer tal y un suegro parecido, le tendremos en cuerpo y alma. Y si no, ¡tanto mejor si se declarase enemigo nuestro!
Fray Sibyla miró sorprendido al anciano.
—Para bien de nuestra Santa Corporación, se entiende,—añadió, respirando con dificultad.—Prefiero los ataques á las tontas alabanzas y adulaciones de los amigos... Verdad es que están pagados.
—¿Piensa vuestra reverencia?...
El anciano le miró con tristeza.
—¡Tenlo bien presente!—contestó respirando con fatiga. Nuestro poder durará mientras se crea en él. Si nos atacan, el Gobierno dice: Los atacan porque ven ellos un obstáculo á su libertad, pues conservémoslos.
—Y ¿si les da oídos? El Gobierno á veces...
—¡No les dará!
—Sin embargo, si, atraído por la codicia, llegase á querer para sí lo que nosotros recogemos ... si hubiese un atrevido y temerario...
—Entonces ¡ay de él!
Ambos guardaron silencio.
—Además,—continuó el enfermo,—nosotros necesitamos que nos ataquen, que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las exageradas alabanzas nos engañan, nos adormecen, pero fuera nos ponen en ridículo, y el día en que estemos en ridículo, caeremos como caímos en Europa. El dinero ya no entrará en nuestras iglesias, nadie comprará escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de ser ricos, no podremos ya convencer á las conciencias
—¡Psh! siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...
—¡Todas se perderán como las perdimos en Europa! Y lo peor es que trabajamos para nuestra misma ruina. Por ejemplo: ese afán desmedido de subir cada año, y á nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos, ese afán que en vano he combatido en todos los Capítulos, ¡ese afán nos pierde! El indio se ve obligado á comprar en otra parte tierras que resultan tan buenas ó mejores que las nuestras. Temo que empezamos á bajar: Quos vult perdere Júpiter dementat prius. Por eso no aumentemos nuestro peso; el pueblo murmura ya. Has pensado bien: dejemos á los demás que arreglen allá sus cuentas, conservemos el prestigio que nos queda, y puesto que pronto apareceremos ante Dios, limpiémonos las moscas... ¡Que el Dios de las misericordias tenga piedad de nuestra flaqueza!
—¿De manera que vuestra reverencia cree que el canon ó tributo?...
—¡No hablemos ya más de dinero!—interrumpió con cierto disgusto el enfermo.—Decías que el teniente había prometido al padre Dámaso...
—¡Sí, padre!—contestó Fray Sibyla medio sonriendo. Pero esta mañana le vi y me dijo que sentía cuanto había pasado anoche, que el Jerez le había subido á la cabeza, y que consideraba que el padre Dámaso estaba en igual situación que él.—Y ¿la promesa? le pregunté en broma.—Padre cura, me contestó: yo sé cumplir mi palabra cuando con ella no mancho mi honor: no soy, ni he sido nunca delator; por eso no tengo más que dos estrellas.
Después de hablar de otras cosas insignificantes, fray Sibyla se despidió.
El teniente no había ido en efecto á Malacañan1, pero el Capitán General supo lo ocurrido.
Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los periódicos de Manila le hacían bajo el nombre de cometas y apariciones celestes, uno de aquellos le refirió la cuestión del padre Dámaso con colores algo más intencionados aunque en forma más correcta.
—¿De quién lo supo usted?—preguntó Su Excelencia sonriendo.
—De Laruja, que lo contaba esta mañana en la redacción.
El Capitán General volvió á sonreirse y añadió:
—¡Mujer y fraile no hacen agravio! Pienso vivir en paz el tiempo que me queda de país y no quiero más cuestiones con hombres que usan faldas. Es más; he sabido también que el provincial se ha burlado de mis órdenes; yo pedí como castigo el traslado de ese fraile; y bien, le trasladaron llevándole á otro pueblo mucho mejor: ¡frailadas, como decimos en España!
Pero cuando Su Excelencia se encontró solo, dejó de reir.
—¡Ah! ¡si el pueblo este no fuera tan estúpido, les metería en cintura á sus reverencias!—suspiró.—Pero cada pueblo merece su suerte, y hagamos lo que todo el mundo.
Capitán Tiago entretanto concluyó de conferenciar con el padre Dámaso, ó mejor dicho éste con aquél.
—¡Conque ya estás advertido!—decía el franciscano al despedirse.—Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. ¡Procura no cometer más tonterías y fíate en su padrino!
Capitán Tiago dió dos ó tres vueltas por la sala, meditabundo y suspirando de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen pensamiento, corrió al oratorio y apagó aprisa las velas y la lámpara que había hecho encender para salvaguardia de Ibarra.
—¡Todavía hay tiempo y el camino es muy largo!—murmuró.
1 Palacio del Gobernador General de Filipinas.↑
X
El pueblo
Índice
Casi á orillas del lago está el pueblo de San Diego1 en medio de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas ó los vende malbaratados al chino, que explota la candidez ó los vicios de los labradores.
Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan, entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la hermosura del panorama que se ofrece á su vista. En medio de aquel cúmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro2, separados por huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora ó la Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga, una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de roca, esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre dos elevadas orillas á que se agarran haciendo contorsiones árboles de raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha y remansa. Allá, más á lo lejos, una casita, construída al borde, desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues ó puntales, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para acometerle. Troncos de palmeras ó árboles con corteza aún, movedizos y vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que no es de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan, con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza, ó del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.
Pero lo que siempre llama la atención, es una que diríamos península de bosque en aquel mar de terrenos cultivados. Allí hay árboles seculares, de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves siembran semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente: matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas á otras, pasan de un árbol á otro, se cuelgan de las ramas, se agarran á las raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas, y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las hojas del árbol hospitalario.
Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas, pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece ser la siguiente.
Cuando el pueblo era todavía un montón miserable de chozas, y en las mal llamadas calles crecía aún abundante la hierba, en aquellos tiempos en que durante la noche venían venados y jabalíes, llegó un día un viejo español de ojos profundos y que hablaba bastante bien el tagalo. Después de visitar y recorrer los terrenos en varios sentidos, preguntó por los propietarios del bosque en donde corrían aguas termales. Presentáronse algunos que pretendían serlo, y el viejo lo adquirió en cambio de ropas, alhajas y algún dinero. Después, sin saberse cómo, desapareció. La gente le creía ya encantado, cuando un olor fétido, que partía del vecino bosque, llamó la atención de unos pastores; rastreáronlo y encontraron al viejo en estado de putrefacción, colgado de la rama de un balitî3. En vida ya daba miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y aquella risa sin sonido; pero ahora, habiéndose suicidado, turbaba el sueño de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al río y quemaron la ropa, y desde que el cadáver fué enterrado al pie mismo del balitî, ya no hubo persona que por allí se quisiese aventurar. Un pastor, que buscaba á sus animales, contó haber visto luces; fueron los mancebos, y éstos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado, que para llamar la atención de la desdeñosa prometió pasar la noche debajo del árbol arrollando á su tronco un largo junco, murió de una fiebre rápida, que le cogió al día siguiente de la noche de su apuesta. Corrían aún sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.
Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo ser el hijo del difunto, y se estableció en aquel rincón dedicándose á la agricultura, sobre todo, á la siembra del añil. Don Saturnino era un joven taciturno y de un carácter violento, á veces cruel, pero era muy activo y laborioso: cercó con un muro la tumba de su padre, que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una joven de Manila, de quien tuvo á don Rafael, el padre de Crisóstomo.
Don Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos: la agricultura, traída y fomentada por su padre, se desarrolló rápidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos, el villorio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; después la aldea se convirtió en pueblo, murió el cura y vino Fr. Dámaso, pero el sepulcro y el territorio anejo fueron respetados. Los chicos se atreven á veces, armados de palos y piedras, á vagar por los alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi4, etcétera, y ocurría que en lo mejor de la ocupación, ó cuando contemplaban silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caía una ó dos piedras, venidas sin saberse de dónde; entonces al grito de ¡el viejo! ¡el viejo! arrojaban frutas y palos, saltaban de los árboles, corrían entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque, pálidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.
1 No hemos podido encontrar ningún pueblo de este nombre, pero sí muchos de estas condiciones (Nota de la edición de Berlín).↑
2 Arbol clasificado entre las palmeras. Su filamento sirve para hacer cuerdas.↑
3 Baniano de las Indias, árbol á veces gigantesco.↑
4 Frutos del guayabo y del papayo; lomboi (Eugenia Jambolana, Lam.).↑
XI
Los soberanos
Índice
Dividíos é imperad.
(Nuevo Maquiavelo.)
¿Quiénes eran los caciques del pueblo?
No lo fué don Rafael cuando vivía, aunque era el más rico, tenía más tierras, y casi todos le debían favores. Como era modesto y procuraba quitar el valor á cuanto hacía, en el pueblo no formó nunca su partido, y ya vimos como se le levantaron en contra cuando le vieron vacilar.—¿Sería Cpn. Tiago?—Cuando llegaba, era en verdad recibido de sus deudores con orquesta, le daban banquete y le colmaban de regalos: las mejores frutas cubrían su mesa; si se cazaba un venado ó jabalí, él tenía un cuarto; si encontraba hermoso el caballo de un deudor, media hora después lo veía en su cuadra: todo esto es verdad, pero se reían de él y le llamaban en secreto Sacristán Tiago.
¿Acaso el gobernadorcillo?
Este era un infeliz que no mandaba, obedecía; no reñía á nadie, era reñido; no disponía, disponían de él; en cambio, tenía que responder al Alcalde Mayor de cuanto le habían mandado, ordenado y dispuesto como si todo hubiese salido de su cráneo, pero, sea dicho en su honor, él do ha robado ni usurpado esta dignidad: le ha costado cinco mil pesos y muchas humillaciones, y por lo que le renta, le parece muy barata.
¡Vamos! ¡entonces será Dios!
¡Ah! el buen Dios no turbaba las conciencias ni el sueño de sus habitantes: por lo menos no les hacía temblar, y si les hubiesen hablado de El por casualidad en algún sermón, de seguro que habrían pensado suspirando: ¡Si sólo hubiese un Dios!... Del buen Señor se ocupaban poco: bastante que hacer daban los santos y las santas. Dios para aquella gente había pasado á ser como esos pobres reyes que se rodean de favoritos y favoritas: el pueblo sólo hace la corte á estos últimos.
San Diego era una especie de Roma, pero no Roma cuando el tuno de Rómulo trazaba con el arado sus murallas, ni cuando después, bañándose en sangre propia y ajena, dictaba leyes al mundo, no: era como la Roma contemporánea con la diferencia de que en vez de monumentos de mármol y coliseos, tenía monumentos de saualî1 y gallera de nipa. El cura era el Papa en el Vaticano; el alférez de la guardia civil el Rey de Italia en el Quirinal, se entiende, todo en proporción con el saualî y la gallera de nipa. Y aquí como allá resultaban continuos disgustos, pues cada cual, queriendo ser el señor, hallaba sobrante al otro. Expliquémonos y describamos las cualidades de ambos.
Fray Bernardo Salví era aquel joven y silencioso franciscano de que ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguíase mucho de sus hermanos y más aún de su predecesor, el violento P. Dámaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo, estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso de su buen nombre. Un mes después de su llegada, casi todos se hicieron hermanos de la V. O. T.2, con gran tristeza de su rival, la Cofradía del Santísimo Rosario. El alma saltaba de alegría al ver en cada cuello cuatro ó cinco escapularios y en cada cintura un cordón con nudos, y aquellas procesiones de cadáveres ó fantasmas con hábitos de guingón. El sacristán mayor se hizo un capitalito vendiendo ó dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que este espíritu, que antes se atrevía á contradecirle á Dios mismo cara á cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de Job; que llevó por los aires á N. S. Jesucristo, como después en la Edad Media con las brujas, y continúa, dicen, haciéndolo aún con los asuang3 de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso, que no puede resistir la vista de un paño en que hay pintados dos brazos y teme los nudos de un cordón; pero esto no prueba otra cosa sino que se progresa también por este lado, y el diablo es retrógrado ó al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince años.
Como decíamos, el P. Salví era muy asiduo en cumplir con sus deberes; según el alférez, demasiado asiduo. Mientras predicaba—era muy amigo de predicar—se cerraban las puertas de la iglesia; en esto se parecía á Nerón que no dejaba salir á nadie mientras cantaba en el teatro; pero aquél lo hacía para el bien y éste para el mal de las almas.—Toda falta de sus subordinados la solía castigar con multas, pues pegaba muy raras veces: en lo que se diferenciaba también mucho del P. Dámaso, el cual todo lo arreglaba á puñetazos y bastonazos, que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le podía querer mal; estaba convencido de que sólo a palos se le trata al indio; así lo había dicho un fraile que sabía escribir libros y él lo creía pues no discutía nunca lo impreso: de esta modestia se podían quejar muchas personas.
Fr. Salví pegaba rarísimas veces pero como decía un viejo filósofo del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba en cualidad, pero tampoco por esto se le podía querer mal. Los ayunos y abstinencias, empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como decía la gente, se le subía el viento á la cabeza. De esto venía á resultar que las espaldas de los sacristanes no distinguían bien cuando un cura ayunaba mucho ó comía mucho.
El único enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal, era, como ya dijimos, el alférez. El único, pues cuentan las mujeres que el diablo anda huyendo de él, porque un día, habiéndose atrevido á tentarle, fué cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordón, y sólo fué puesto en libertad después de nueve días.
Como es consiguiente, el que después de esto se haga todavía enemigo de un hombre como tal, llega á tener peor fama que los mismos pobres é incautos diablos, y el alférez merecía su suerte. Su señora, una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llamábase doña Consolación; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El alférez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona emborrachándose como una cuba, mandando á sus soldados hacer ejercicios al sol, quedándose él en la sombra, ó más á menudo, sacudiendo á su señora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de nadie, en cambio servía para ahorrarle muchas penas del Purgatorio, si acaso iba allá, lo que ponen en duda las devotas. El y ella, como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectáculos gratis á los vecinos: concierto vocal é instrumental, á cuatro manos, piano, fuerte, con pedal y todo.
Cada vez que estos escándalos llegaban á oídos del P. Salví, éste se sonreía y se persignaba, rezando después un padrenuestro; llamábanle carca, hipócrita, carlistón, avaro; el P. Salví se sonreía también y rezaba más. El alférez siempre contaba á los pocos españoles que le visitaban, la anécdota siguiente:
—¿Va usted al convento á visitar al curita Moscamuerta? ¡Ojo! Si le ofrece chocolate, ¡lo cual dudo!... pero en fin si le ofrece, ponga atención. ¿Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jícara de chocolate, ¿eh? entonces quédese, sin temor, pero si dice: Fulanito, haz una jícara de chocolate ¿ah? entonces coja usted el sombrero y márchese corriendo.
—¿Qué? preguntaba el otro espantado ¿da jicarazo? ¡Caramba!
—¡Hombre tanto, no!
—¿Entonces?
—Chocolate ¿eh? significa espeso, y chocolate ¿ah? aguado.
Pero creemos que esto sea calumnia del alférez, pues la misma anécdota se atribuye también á muchos curas. A menos que sea cosa de la Corporación...
Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora, que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doña Consolación pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y salakot de nitô4, pasearse á altas horas de la noche. Fr. Salví se vengaba santamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se subía al púlpito y empezaba á predicar hasta que los santos cerraban los ojos, y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos los impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto como podía pillar á un sacristán ó un criado del cura, le detenía, le zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa, que entonces se ponía decente. El sacristán, al ir á pagar la multa, que el cura le imponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba á sus cabras y carneros para que fuesen á pacer en el jardín del alférez, mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno, para que, si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.
Cuando el marido dormía el vino ó roncaba la siesta y doña Consolación no podía reñir con él, entonces acomodábase en la ventana con su puro en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar á la juventud, dardea desde allí con sus ojos á las muchachas y las moteja. Estas la temen, desfilan confusas sin poder levantar sus ojos, apresurando el paso y conteniendo la respiración. Doña Consolación tenía una gran virtud: parecía no haber mirado nunca un espejo.
Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.
1 Es una especie de enrejado de cañas.↑
2 Venerable Orden de san Francisco.↑
3 Brujos.↑
4 Filamento de un helecho que abunda en Filipinas.↑
XII
Todos los Santos
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Lo único que sin disputa distingue al hombre de los animales, es el culto que rinden á los que dejaron de ser. Y ¡cosa extraña! esta costumbre aparece tanto más profundamente arraigada cuanto menos civilizados son los pueblos.
Escriben los historiadores que los antiguos habitantes de Filipinas veneraban y deificaban á sus antepasados; ahora sucede lo contrario: los muertos tienen que encomendarse á los vivos. Cuentan también que los de Nueva Guinea guardan en cajas los huesos de sus muertos y mantienen con ellos conversación; la mayor parte de los pueblos de Asia, Africa y América les ofrecen los platos más exquisitos de sus cocinas ó los que fueron en vida su comida favorita, y dan banquetes á que suponen que asisten. Los egipcios les levantaban palacios, los musulmanes capillitas, etc., pero el pueblo maestro en esta materia y que ha conocido mejor el corazón humano es el de Dahomey. Estos negros saben que el hombre es vengativo; así, pues, dicen, para contentar al muerto no hay mejor que sacrificarle sobre la tumba á todos sus enemigos; y como el hombre es curioso y no sabrá cómo distraerse en la otra vida, le envían cada año un correo bajo la piel de un esclavo decapitado.
Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese á las inscripciones de las tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en paz. El más optimista se imagina á sus bisabuelos tostándose aún en el Purgatorio, y, si no sale condenado, todavía podrá acompañarlos por muchos años. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias y los cementerios del país durante este día, observe y verá. Pero ya que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.
Hacia el oeste, en medio de los arrozales, está, no la ciudad, sino el barrio de los muertos: conduce á él una estrecha vereda, polvorosa en días de calor y navegable en días de lluvia. Una puerta de madera y un cerco mitad de piedra y mitad de caña y estacas, parecen separarle del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones en las tumbas ó alegrar con su presencia aquella soledad.
En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten y laven aquellas frías desnudeces.—En los alrededores recientes excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî1: el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que, como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador: la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.
A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales; sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca, levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:
—No lo comas todo; déjame algo ¿eh?
Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse: el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.
—¡Oye!—dice el que fuma, en tagalo.—¿No sería mejor que cavásemos en otro sitio? Esto es muy reciente.
—Son tan recientes unas fosas como otras.
—¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y esos cabellos?
—Pero ¡qué delicado eres!—le reprocha el otro.—¡Ni que fueras tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras, lloviendo... Se apagó mi linterna.
El otro se estremeció.
—El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...
—¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?
El sepulturero le miró con extrañeza.
—¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!
—¿Quién te lo mandó?
El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su compañero.
—¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro: me lo mandó el cura grande.
—¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?—continuó preguntando el delicado.
—¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos está lejos...
—¡No, no! ¡yo no cavo más!—interrumpió el otro, lleno de horror, soltando la pala y saltando de la fosa;—he partido un cráneo y temo que no me deje dormir esta noche.
El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se alejaba haciéndose cruces.
El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar; oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.
Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas, movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente se levantó y se dirigió al sepulturero.
—¡Oye!—le dijo.
Este levantó la cabeza.
—¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la cruz, debajo de aquellas hojas?
El sepulturero se encogió de hombros.
—¡Mira!—añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;—no tengo más que esto, pero te la daré si me la encuentras.
El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario y dijo:
—¿No está allá? ¿No? Pues entonces no lo sé.
—¿Sabes? Cuando me paguen los que me deben te daré más,—continuó el viejo.—Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras...
—¿No está allá? ¡Pues no lo sé! Pero si queréis, os puedo dar otro.
—¡Eres como la tumba que cavas!—le apostrofó el viejo nerviosamente;—no sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es la fosa?
—¿Lo sé yo acaso? ¡Para un muerto!—contestó malhumorado el otro.
—¡Como la tumba, como la tumba!—repitió el viejo riendo secamente;—ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. ¡Cava, cava!
Y se volvió dirigiéndose á la puerta.
El sepulturero entretanto había concluído con su tarea; dos montículos de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sacó de su salakot buyo, y púsose á mascarlo, mirando con aire estúpido cuanto en su derredor pasaba.
1 Solanum sanctum, L. y Tabernaemontana Pandacaqui Poir. género este último perteneciente á las apocináceas.↑
XIII
Presagios de tempestad
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En el momento en que el viejo salía, parábase á la entrada del sendero un coche que parecía haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de polvo y los caballos sudaban.
Ibarra descendió seguido de un viejo criado; despidió el coche de un gesto y se dirigió al cementerio, silencioso y grave.
—¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!—decía el anciano tímidamente;—capitán Tiago dijo que se cuidaría de hacer levantar un nicho; pero yo planté flores y una cruz labrada por mí.
Ibarra no contestó.
—¡Allí detrás de esa cruz grande, señor!—continuó el criado, señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.
Ibarra iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le siguieron con la vista llenas de curiosidad.
El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas que se conocían fácilmente por un hundimiento del terreno. En otro tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yacía en iguales condiciones. Detúvose al llegar al otro lado de la cruz y miró á todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado; buscaba huellas en el suelo y en ninguna parte se veía cruz alguna.
—¿Es aquí?—murmuraba entre dientes:—no, es allá, pero ¡la tierra está removida!
Ibarra le miraba angustiado.
—¡Sí!—continuó,—recuerdo que había una piedra al lado; la fosa era un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un aparcero, pero preguntaremos á ése qué se ha hecho de la cruz.
Dirigiéronse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.
Este les saludó quitándose el salakot.
—¿Podéis decirnos cuál es la fosa que allá tenía una cruz?—preguntó el criado.
El interpelado miró hacia el sitio y reflexionó.
—¿Una cruz grande?
—Sí, grande,—afirmó con alegría el viejo, mirando significativamente á Ibarra, cuya fisonomía se animó.
—¿Una cruz con labores, y atada con bejucos?—volvió á preguntar el sepulturero.
—¡Eso es, eso es, así, así!—y el criado trazó en la tierra un dibujo en forma de cruz bizantina.
—Y ¿en la tumba había flores sembradas?
—¡Adelfas, sampagas y pensamientos! ¡eso es!—añadió el criado lleno de alegría, y le ofreció un tabaco.
—Decidnos cuál es la fosa y dónde está la cruz.
El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando:
—Pues la cruz... ¡yo la he quemado!
—¿Quemado? y ¿por qué la habéis quemado?
—Porque así lo mandó el cura grande.
—¿Quién es el cura grande?—preguntó Ibarra.
—¿Quién? El que pega, el padre Garrote.
Ibarra se pasó la mano por la frente.
—Pero, á lo menos, ¿podéis decirnos dónde está la fosa? la debéis recordar.
El sepulturero se sonrió.
—¡El muerto ya no está allí!—repuso tranquilamente.
—¿Qué decís?
—¡Ya!—añadió el hombre en tono de broma;—en su lugar enterré hace una semana una mujer.
—¿Estáis loco?—le preguntó el criado;—si todavía no hace un año que le hemos enterrado.
—¡Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterré. El cura grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero como era pesado y aquella noche llovía...
El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y sacudiéndole.
—Y ¿lo has hecho?—preguntó el joven con acento indescriptible.
—No os enfadéis, señor,—contestó palideciendo y temblando;—no le enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos, dije para mí, y arrojé el muerto al agua!
Ibarra le puso ambos puños sobre los hombros y le miró largo tiempo con una expresión que no se puede definir.
—¡Tú no eres más que un desgraciado!—dijo, y salió precipitadamente, pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.
El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:
—¡Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me pegó de bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste á poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. ¡Lo que son estos españoles! Todavía voy á perder mi oficio.
Ibarra andaba aprisa con la mirada á lo lejos; el viejo criado le seguía llorando.
El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y hacía gemir á los cañaverales.
Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas se abrían: el ilang-ilang1 se balanceaba agitando alegremente sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.
Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote, que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego, aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán2 con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.
Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito; fray Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.
Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente, le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz apenas inteligible.
—¿Qué has hecho de mi padre?—preguntó.
Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como paralizado.
—¿Qué has hecho de mi padre?—le volvió á preguntar con voz ahogada.
El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía, hizo un esfuerzo y contestó:
—¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!
—¿Que no?—continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de rodillas.
—¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...
—¡Ah!—exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente hacia su casa.
El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.
1 Cananga odorata ó Uvaria aromática, anonácea.↑
2 Cálamus máximus, notable por su dureza.↑
XIV
Tasio el loco ó el filósofo
Índice
El extraño viejo vagaba distraído por las calles.
Era un antiguo estudiante de filosofía, que dejó la carrera por obedecer á su anciana madre, y no fué ni por falta de medios ni de capacidad: fué precisamente porque su madre era rica, y se decía que él tenía talento. La buena mujer temía que su hijo llegase á ser un sabio y se olvidase de Dios, por lo que le dió á escoger entre ser sacerdote ó dejar el colegio de San José. El, que estaba enamorado, optó por lo último, y se casó. Viudo y huérfano en menos de un año, buscó un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la gallera y de la ociosidad. Pero se aficionó de tal modo á los estudios y á la compra de libros, que descuidó completamente su fortuna y se arruinó poco á poco.
Llamábanle las personas bien educadas don Anastasio ó el filósofo Tasio, y las de mala educación, que eran la mayoría, Tasio el loco, por sus raros pensamientos y extraña manera de tratar á los hombres.
Como decíamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relámpagos iluminaban con pálida luz el cielo plomizo; la atmósfera era pesada y el aire sumamente bochornoso.
El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera: ahora sonríe mirando las obscuras nubes.
Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón de borlas, insignia de la autoridad.
—¿Parece que estáis alegre?—preguntóle éste en tagalo.
—En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.
—¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?
—¡La tempestad!
—¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?—preguntó el gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.
—Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una basura,—contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo, mirando en la cara á su interlocutor;—pero espero otra cosa mejor.
—¿Qué, pues?
—¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!—contestó seriamente el filósofo.
—¡Pedid de una vez el diluvio!
—¡Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, señor gobernadorcillo, tenéis allí una arroba de velas que vienen de la tienda del chino; yo hace más de diez años que voy proponiendo á cada nuevo capitán la compra de pararrayos, y todos se me ríen, y compran bombas y cohetes, y pagan repiques de campanas. Aun más, vos mismo, al siguiente día de mi proposición, encargasteis á los fundidores chinos una esquila para Santa Bárbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso tocar las campanas en días de tempestad. Y decidme, ¿por qué el año 70 cuando cayó un rayo en Biñan, cayó precisamente en la torre y destrozó reloj y un altar? ¿Qué hacía la esquila de Santa Bárbara?
En aquel momento brilló un relámpago.
—¡Jesús, María y José! ¡Santa Bárbara bendita!—murmuró el gobernadorcillo palideciendo y santiguándose.
Tasio soltó una carcajada.
—¡Sois dignos del nombre de vuestra patrona!—dijo en castellano dándole las espaldas, y se dirigió hacia la iglesia.
Los sacristanes levantaban dentro un túmulo rodeado de cirios en candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aquí y allá se veían calaveras pintadas.
—¿Es por las almas ó por las velas?—preguntó.
Y viendo á dos muchachos de diez años el uno y siete el otro aproximadamente, se dirigió á éstos sin esperar la contestación de los sacristanes.
—¿Venís conmigo, muchachos?—les preguntó.—Vuestra madre os tiene preparada una cena de curas.
—¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho, señor!—contestó el mayorcito.—Espero cobrar mi sueldo para dárselo á nuestra madre.
—¡Ah! y ¿á dónde vais?
—A la torre, señor, para doblar por las almas.
—¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas durante la tempestad.
Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras para dirigirse al coro.
Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:
—Ahora sentiría que cayesen rayos.
Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la población.
—¡Pase usted antes!—le dijo en español una voz desde una ventana.
El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta y cinco años que le sonreía.
—¿Qué lee usted ahí?—preguntó Tasio señalando hacia un libro que el hombre tenía en la mano.
—Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas del Purgatorio!—contestó el otro sonriendo.
—¡Hombre, hombre, hombre!—exclamó el viejo en diferentes tonos de voz entrando en la casa;—el autor debe ser muy listo.
Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que haya partidos en los pueblos de Filipinas.
—¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael, que acaba de llegar de Europa?
—Sí, le ví cuando bajaba del coche.
—Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió haber sido terrible.
El filósofo se encogió de hombros.
—¿No se interesa usted por esa desgracia?—preguntó la joven señora.
—Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver; fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación, y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle en su muerte.
—¿Entonces?
—Ya sabe usted, señora, que no soy partidario de la monarquía hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado, pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio ó el castigo por sus obras, pero no por las de los otros.
—¿Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo aconsejaba ayer?—preguntó la mujer cambiando de conversación.
—¡No!—contestó el viejo sonriendo.
—¡Lástima!—exclamó ella con verdadero pesar;—dicen que hasta mañana, á las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios de los vivos; que una misa en estos días equivale á cinco en otros días del año, ó á seis, como dijo el cura esta mañana.
—¡Hola! ¿es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que aprovechar?
—¡Pero, Doray!—intervino don Filipo;—ya sabes que don Anastasio no cree en el purgatorio.
—¿Que no creo en el purgatorio?—protestó el viejo medio levantándose de su asiento.—¡Hasta sé algo de su historia!
—¡La historia del purgatorio!—exclamaron llenos de sorpresa ambos consortes.—¡A ver! ¡Cuéntenosla usted!
—¿No la saben ustedes y mandan allá misas y hablan de sus penas? ¡Bueno! ya que empieza á llover y parece que va á durar, tendremos tiempo de no aburrirnos,—contestó Tasio poniéndose un momento á meditar.
Don Filipo cerró el libro que tenía en la mano, y Doray se sentó á su lado, dispuesta á no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba á decir. Este comenzó de la siguiente manera:
—El purgatorio existía mucho antes de que viniera al mundo N. S. Jesucristo, y debía estar en el centro de la tierra según el P. Astete, ó en las cercanías de Cluny, según el monje de que nos habla el P. Girard. El sitio aquí es lo de menos. Ahora bien; ¿quiénes se tostaban en aquellos fuegos que ardían desde el principio del mundo? Su existencia antiquísima la prueba la Filosofía cristiana, que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descansó.
—Podría haber existido in potentia, pero no in actu,—objetó el teniente mayor.
—¡Muy bien! Sin embargo, os contestaré que algunos lo conocieron como existente in actu, y uno de ellos fué Zarathustra ó Zoroastro, que escribió parte del Avesta y fundó una religión, que tenía ciertos puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, según los sabios, existió ochocientos años lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos, pues Gaffarel, después de examinar los testimonios de Platón, Xanto de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil quinientos años á nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba los medios para librarse de él. Los vivos pueden redimir las almas de los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas obras, pero con la condición de que el que ha de orar sea un pariente hasta la cuarta generación. El tiempo para esto tenía lugar cada año y duraba cinco días. Más tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en el pueblo, los sacerdotes de aquella religión vieron en ella un gran negocio y explotaron aquellas «cárceles profundamente oscuras en donde reinan los remordimientos,» como dice Zarathustra. Establecieron, pues, que por el precio de un derem, una moneda de poco valor según dicen, se le puede ahorrar al alma un año de torturas; pero como para aquella religión había pecados que costaban de 300 á 1000 años de sufrimiento, como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc., resultaba que los pícaros se embolsaban millones de derems. Aquí verán ustedes algo que se parece ya á nuestro purgatorio, si bien con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.
Un relámpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse á Doray, quien dijo santiguándose:
—¡Jesús, María y José! Los dejo á ustedes; voy á quemar palma bendita y encender candelas de perdón.
La lluvia empezó á caer á torrentes. El filósofo Tasio prosiguió, mientras miraba alejarse á la joven:
—Ahora que no está, podemos hablar de la materia más razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena católica, y no me gusta arrancar la fe del corazón: una fe pura y sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como una música de una algarabía: los imbéciles como los sordos los confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio es buena, santa y razonable; continúa la unión entre los que fueron y los que son, y obliga á una mayor pureza de vida. El mal está en el abuso que de él se hace.
Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de Virgilio de Aliæ panduntur inanes1, que diera ocasión á S. Gregorio el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos, si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del mediodía.—Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo, quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso2 parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio, pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible, suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que en ésta recibimos por nuestros pecados.
—¡Diantre con San Agustín!—exclamó don Filipo;—¡no estaba satisfecho con lo que aquí sufrimos y quería la continuación!
—Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis esse ante judicium purgatorius ignis credendus est,3 nada hubo sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza: Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc.4, en donde dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas, si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque ligaberis in terra...5 no quiere decir usque ad purgatorium, etc.6; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la piedad de los cristianos permite el robo,—ustedes, las autoridades, lo dejan,—y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos, los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar, es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.
—Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?—preguntó sonriendo Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma que despedían humo fastidioso y agradable perfume.
—¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!—respondió el viejo Tasio pensativo.—Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor; haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.
—Y ¿qué pensamiento es ese?
—Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse condenado millares de millares de hombres durante los innumerables siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo, después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo conseguiría salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible, creerlo es blasfemar, no, no!
—¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...
—¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de la creación!—contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.—La creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres, ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.
Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.
Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las manos al cielo, gritaba:
—¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte El Bueno!
Los relámpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...
1 Los demás están suspendidos en el vacío.↑
2 Hoy estarás conmigo en el Paraíso. (No creemos ofender la ilustración de los lectores, al poner en castellano estas conocidas frases. Nuestro propósito es dar la explicación completa del texto, y hacerle inteligible para todos. Además, en la edición alemana el propio autor explica por medio de notas algunas de las citas latinas que puso en boca de sus personajes.)↑
3 Es preciso creer que el Purgatorio es anterior al juicio de faltas leves.↑
4 Con la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo.↑
5 Lo que hubieres atado en la tierra...↑
6 Hasta el Purgatorio, etc.↑
XV
Los sacristanes
Índice
Los truenos retumbaban á cortos intervalos, cruzándose unos con otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo: habríase dicho que Dios escribía con un incendio su nombre y que la bóveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caía á torrentes y, azotada por el viento, que silbaba lúgubremente, cambiaba atontada á cada momento de dirección. Las campanas entonaban con voz llena de miedo su melancólica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste tañido, queja al parecer, gemía plañidero.
En el segundo cuerpo de la torre hallábanse los dos muchachos, que vimos de paso hablando con el filósofo. El menor, que tenía grandes ojos negros y tímido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de su hermano, que se le parecía mucho en las facciones, sólo que la mirada era más profunda y la fisonomía más decidida. Ambos vestían pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un trozo de madera, cada uno tenía en la mano una cuerda, cuya extremidad se perdía en el tercer piso, allá arriba entre sombras. La lluvia, empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de vela, que ardía sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar el trueno en Viernes Santo haciéndola rodar por el coro.
—¡Tira de tu cuerda, Crispín!—dijo el mayor á su hermanito.
Este se colgó de ella, y arriba se oyó un débil lamento, que apagó al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.
—¡Ah! si estuviéramos ahora en casa, con madre!—suspiró el pequeño mirando á su hermano; allí no tendría miedo.
El mayor no contestó; estaba mirando cómo se derramaba la cera y parecía preocupado.
—¡Allá nadie me dice que robo!—añadió Crispín; ¡madre no lo permitiría! Si supiese que me pegan...
El mayor separó su vista de la llama, levantó la cabeza mordiendo con fuerza la gruesa cuerda de la que tiró violentamente, dejando oir una sonora vibración.
—¿Vamos á vivir siempre así, hermano?—continuó hablando Crispín.—¡Quisiera enfermar mañana en casa, quisiera tener una larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al convento! Así no me llamarían ladrón, ni me pegarían! Y tú también, hermano, debías enfermar conmigo.
—¡No!—contestó el mayor;—nos moriríamos todos: madre de pena, y nosotros de hambre.
Crispín no replicó.
—¿Cuánto ganas tú este mes?—preguntó al cabo de un momento.
—Dos pesos: me han impuesto tres multas.
—Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones; ¡págalo, hermano!
—¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.
El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.
—¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,—murmuró después pensativo.—Y cada peso... ¿cuántos cuartos?
—Ciento sesenta.
—¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y ¿cuántos son ciento sesenta?
—Treinta y dos manos,—contestó el mayor.
Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.
—¡Treinta y dos manos!—repetía;—seis manos y dos dedos, y cada dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y madre y...
Crispín se puso pensativo.
—¡Ahora, siento no haber robado!
—¡Crispín!—le reprendió su hermano,
—¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!
El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:
—¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!
—¿Lo crees tú?—preguntó el pequeño sorprendido.—Tú dirás que á mí ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre no lo va á creer, no lo creerá!
—Si el cura lo dice...
Crispín empezó á llorar, murmurando entre sollozos:
—Entonces retírate solo, no quiero retirarme; dí á madre que estoy enfermo; no quiero retirarme.
—¡Crispín, no llores!—dijo el mayor.—Madre no lo creerá; no llores; el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...
Crispín levantó la cabeza y miró á su hermano:
—¡Una buena cena! Yo todavía no he comido; no me quieren dar de comer hasta que parezcan las dos onzas... Pero ¿si madre lo cree? Tú le dirás que el sacristán mayor miente, y el cura que le cree, también, que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro padre es un vicioso que...
Pero una cabeza apareció saliendo del fondo de la escalerilla que conducía al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, heló la palabra en los labios del niño. Era una cabeza prolongada, flaca, con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo tuerto. Era el sacristán mayor que así solía aparecer, sin ruido, sin prevenir.
Los dos hermanos se quedaron fríos.
—¡A tí, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar á compás!—dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.—Y tú, Crispín, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.
Crispín miró á su hermano como pidiéndole amparo.
—Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,—murmuró tímidamente Basilio.
—¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!
—Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.
—Y ¿me querrás tú mandar á mí?—le preguntó irritado aquel hombre. Y cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.
—¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.
El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía á su hermano:
—¡No me dejes, me van á matar!
Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo, desapareciendo entre las sombras.
Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla, un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos acentos desgarradores.
El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente abiertos, y los puños cerrados.
—¿Cuándo podré arar un campo!—murmuró entre dientes, y bajó precipitadamente.
Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando, detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían rejas.
De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban y no por las lágrimas.
La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco á poco.
Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla, y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la obscuridad.
Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra vez en silencio.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.