Kitabı oku: «Recuerdos Del Tiempo Viejo»
José Zorrilla
Recuerdos Del Tiempo Viejo

Publicado por Good Press, 2019
EAN 4057664186034
Índice
I. EL POETA ZORRILLA.
II. AL JÓVEN POETA D. JOSÉ VELARDE.
III.
IV.
V.
VI.
VII.
VIII.
IX.
X.
XI.
XII. EL PUÑAL DEL GODO.
I.
XIII. EL PUÑAL DEL GODO.
II.
XIV. INTERRUPCION.
Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial
XV. EL PUÑAL DEL GODO.
III.
XVI. LOS DOS VIREYES.
XVII.
XVIII. CUATRO PALABRAS SOBRE MI «DON JUAN TENORIO».
XIX. (PARÉNTESIS.)
I.
II.
III.
XX. DE CÓMO SE ESCRIBIÓ Y SE REPRESENTÓ Traidor, inconfeso y mártir.
XXI.
XXII.
XXIII.
XXIV.
APÉNDICE A ESTE TOMO.
BARCELONA Y VALENCIA. LECTURA HECHA POR EL AUTOR EN BARCELONA.
I.
II.
III.
IV.
V.
VI.
VII.
VIII.
NOTAS
I.
EL POETA ZORRILLA.
Índice
Era la tarde del 15 de Febrero de 1837. En el cementerio de la puerta de Fuencarral, un numeroso concurso se apiñaba en derredor de un jóven desconocido, delgado, pálido, de larga cabellera y expresivos ojos, que, acongojado y convulso, leia, ante un féretro adornado con una corona de laurel, una sentida poesía.
El concurso lo formaba todo el Madrid artístico; el féretro encerraba el cadáver de Larra; el poeta era Zorrilla.
Aquella tarde fria y nebulosa fué solemne; vió la conjuncion de dos crepúsculos. Un sol se alzaba en el oriente de la literatura al hundirse otro sol en el ocaso.
A los desgarradores acentos de «La noche buena del poeta», de Fígaro, último canto del cisne moribundo, cuyos ecos aún extremecian el aire, se unieron los acordes del arpa de Zorrilla, primeros cantos de la alondra al alba.
España, al perder al más grande de sus críticos, encontró al más popular de sus poetas.
Desde aquel dia, la Fama fatigada va dando á todos los vientos el nombre del vate inmortal. Desde aquel dia, sus estrofas sublimes palpitan en todos los labios, y, como la voz divina, despiertan la inspiracion en el alma de la juventud y la lanzan á la vida del arte.
Poeta formado de las entrañas de su pueblo, sus ideas, sus sentimientos, aunque universales por lo que tienen de humanos, son ante todo españoles; tánto que al vibrar su lira nos parece escuchar el acento de la patria.
Vário y múltiple en sus concepciones y en la manera de expresarlas, ora arrebatado, elocuente y profundo, ora tierno, sencillo y vulgar, siempre ameno, siempre inesperado, siempre poeta, pulsa todas las cuerdas y se reviste como Protéo de todas las formas para llegar á todos los corazones.
Tiene su poesía algo de la ola que se hace espuma, de la luz que se quiebra en colores, de la flor que se disuelve en aroma, algo, en fin, de lo bello, inmaterializándose para confundirse en lo infinito; y es, que así como la larva ha de trocarse en mariposa para volar, la poesía ha de espiritualizarse para subir al cielo, que es su patria verdadera.
Hay una poesía que jamás envejece, que no puede morir, que halla eco en todas las almas y hace latir al unísono todos los corazones; lenguaje universal que entienden el niño y el viejo, el ignorante y el sabio, y es la poesía de la naturaleza.
Y la naturaleza es la musa de Zorrilla, le da sus colores, le presta sus armonías y encarna en sus versos que nos repiten los gemidos del lago, las endechas del ruiseñor, los extremecimientos del trueno, y nos pintan la nube que se tornasola, la espuma que bulle y el árbol que florece.
Zorrilla ha sido anatematizado por los retóricos que jamás han previsto á los poetas ni los han comprendido, preciándose de las medianías que siguen sus reglas y odiando al génio que las deshace. Siguió cantando el poeta y cayeron en el olvido las odas ampulosas, frias y limadas, y surgió la poesía del sentimiento y se ensancharon los horizontes del arte.
¡Siempre la misma lucha entre el sabio y el poeta, y siempre el poeta vencedor!
Las murallas que guardan lo desconocido son de cristal para el génio que penetra en el fondo de lo insondable. La obra del sabio es perfectible, la del génio perfecta; aquel aprecia los pormenores, éste abarca el conjunto; el uno halla, el otro crea; el sabio, para meditar, se inclina hácia la tierra; el poeta, cuando canta, mira al cielo; y es que el uno no va más allá de lo humano, y el otro se remonta á lo divino.
Zorrilla venció. Hoy todos le respetan. Ni la envidia le muerde, pues ni arrastrándose puede escalar la montaña de laureles que le sirve de pedestal.
¿Y cómo no respetarle, si las doradas ilusiones, los dulces recuerdos y los sueños juveniles de nuestras dos últimas generaciones están iluminados por el fuego de la inspiracion del gran poeta? Sí; sus versos fueron lo primero que balbucearon despues de las plegarias maternales; y aquellas impresiones, como el troquel en el metal, han dejado un sello imborrable en las almas.
Poeta de la tradicion, á su mágico acento, los héroes castellanos se alzan de sus sepulcros de piedra apercibidos al combate; desfila la comunidad por el cláustro sombrío de la gótica abadía, salmodiando sus preces al rayo misterioso de la luna; aparece el castillo feudal entre los riscos y breñas de la montaña; se coronan de arqueros las almenas, suspira la hermosa castellana al escuchar la enamorada trova; baja rechinando el puente levadizo para dar hospitalidad al peregrino, y el terrible señor de horca y cuchillo apresta su mesnada ó se lanza venablo en mano, azuzando la jauría por el bosque enmarañado persiguiendo al colmilludo jabalí. Ahora surgen la tapada, el rodrigon ceñudo, la dueña mediadora y el doncel galanteador; ahora se acuchillan en la tortuosa callejuela dos rondadores de una misma dama, á la luz mortecina de un retablo, ó bien se puebla de cármenes y harenes la vega granadina, y resuenan en el Generalife los ecos de la zambra, y el sarraceno corre la pólvora, y, como sol entre nubes, asoma al calado ajimez la hermosísima sultana exclareciendo el dia con la luz de sus ojos.
¡Qué poder el del génio! En vano curiosos eruditos é historiadores concienzudos se afanan en dar á conocer el verdadero carácter de D. Pedro de Castilla, en probar la muerte del rey D. Sebastian en el inhospitalario suelo de Africa, y en negar la vida borrascosa de Mañara, ó sea de D. Juan Tenorio.
¿Quiénes les han de creer? Para el pueblo, para todo el mundo, no hay más D. Pedro de Castilla que el del Zapatero y el Rey, ni otro D. Sebastian que el de Traidor, inconfeso y mártir, y D. Juan Tenorio fué sevillano y mató al Comendador, y amó á D.ª Inés, y cenó con los muertos y se fué á la gloria; porque no ha habido, ni hay, ni habrá jamás verdades más creidas, más amadas y más libres del olvido que las creaciones del génio.
Las obras de Zorrilla vivirán siempre. El fuego de la inspiracion, que algunos creen fuego fátuo, es como la lava que se endurece y adquiere la consistencia del bronce para resistir al tiempo. A más, que la mano del «Cristo de la Vega», al desclavarse para jurar, decretó la inmortalidad de nuestro poeta.
¿Cómo premia la patria los merecimientos de su exclarecido hijo?
Hoy que la edad le agobia y el trabajo le fatiga, le ha retirado la modesta asignacion con que vivia y lo ha abandonado á la miseria, sin duda para que ciña á un tiempo á sus sienes la corona de laurel de la poesía y la de espinas del martirio.
José VELARDE.
II.
AL JÓVEN POETA
D. JOSÉ VELARDE.
Índice
Llegó á mis manos con retraso, porque vivo en el retiro de mi hogar, por donde acaba de pasar la muerte, el artículo que me dedicó V. en el número de El Imparcial, del lunes 29 de Setiembre; y he andado dos dias perplejo y caviloso, sin poder hallar cómo darme por entendido de lo que de mí dice V. en él. Corriendo empero, el tiempo, temiendo por una parte que mi silencio le parezca descortesía, y no queriendo por otra dar motivo á que el público crea que, hinchado de vanidad, acepto, como buena y corriente moneda, todas las extremadas excelencias que á mis versos atribuye, me resuelvo á dar á V. simplemente las gracias en cuatro palabras; que cuanto más le parezcan vulgares, más han de parecerle sinceras.
Yo soy, Sr. Velarde, lo único que he podido ser: lo único que Dios ha querido que sea: un poeta español, hijo ignorante y desatalentado de la naturaleza, que ha cantado á su patria, como ha podido; como los pájaros cantan en la selva, como susurran las abejas al elaborar sus panales; yo no me he jactado nunca de haber hecho mas, y á mi presentacion en el Ateneo el año pasado, lo dije en esta quintilla de mi Canto del Fénix:
Lo que hice, lo que dije, todo ese laberinto
de versos que concentran la esencia de mi sér,
de Dios son obra: un estro no pude haber distinto:
yo obré y hablé sintiendo y hablando por instinto:
ni supe hacer más que eso, ni pude más hacer.
Esta mi poesía del Canto del Fénix es una respuesta anticipada que yo dí á los primores con que V. en su artículo tan cariñosamente me obsequia; y como sé que V. la sabe de memoria, no necesito añadir una palabra más; V. que va hoy á la cabeza de aquella á quien yo llamé
estirpe generosa de la progénie nueva,
creyéndome ya en el caso en que yo me ponia en la penúltima estrofa de mi Canto del Fénix, que dice:
Y si las tempestades que el porvenir amasa
en mi país me obligan á mendigar mi pan,
no dejes que en él nadie las puertas de su casa
empedernido cierre, ó esquivo diga—«¡Pasa!»—
al que mató á D. Pedro, al que salvó á D. Juan,
saltó V. el primero á la arena á romper la primera lanza en pró del viejo, en quien V. ve un gigante á través del prisma del entusiasmo con que le mira. Gracias, mil gracias, Sr. Velarde: ya sabia yo que la juventud literaria de la generacion que á la mia sigue, no habia de abandonar nunca al poeta que no ha inculcado más que amor á la patria, y respeto á las creencias y á las tradiciones de sus padres.
No puedo, sin embargo, permitir á su entusiasmo juvenil, que atribuya á la patria el abandono en que deja mi vejez la supresion de un sueldo, que á cargo de los Lugares Píos Españoles de Roma se me concedió, para llevar á cabo mi legendario del Cid y de otras obras que me ha oido V. leer en el salon del Ateneo. No, Sr. Velarde, no: la patria no tiene nada que ver en esto; y nadie ménos que yo tendria razon para quejarse de su patria, porque las economías necesarias en el presupuesto del Ministerio de Estado hayan alcanzado hasta mi ya mermada pension; la cual, si sola no podria sacar de ningun apuro á la administracion de los Lugares Píos Españoles de Roma, tal vez unida á las demás economías hechas en Julio último pueda contribuir á alguna obra perentoriamente necesaria para el decoro nacional. Suum cuique, y dejemos á la patria en el buen lugar que en este caso la corresponde.
¿Qué es la patria? La tierra; la nacion, el lugar en que se nace. Y como la nacion la forman los habitantes de la tierra, la patria vive y se expresa por la vida y las acciones de los ciudadanos de cada nacion. ¿Y cómo ha tratado su patria al poeta Zorrilla? Como no ha tratado nunca á ningun poeta, incluso al fénix de los ingenios Lope de Vega; quien tal vez debió parte de la gloria y los obsequios que su época le tributó á su favor en la corte y al carácter que le imprimia su dignidad sacerdotal. Yo no pertenezco á ninguna clase de la sociedad, porque los poetas no estamos clasificados en ninguna categoría social; no he pertenecido jamás á ningun partido político, á ninguna Academia, ni á ningun Instituto que haya podido alcanzarme favor con poder alguno, y por consiguiente, nadie ha tenido interés en aplaudirme ni en adularme.
Yo me ausenté de mi patria en 1847 por razones que á nadie importan: me fuí el 55 á América por pesares y desventuras, que nadie sabrá hasta despues de mi muerte, con la esperanza de que la fiebre amarilla, la viruela negra ó cualquiera otra enfermedad de cualquier color acabaran oscuramente conmigo en aquellas remotas regiones. No quiso Dios que allá muriera. Su proteccion visible me salvó de los naufragios, de las pestes y de las guerras civiles; y cuando volví en 1866 á mi patria, ¿cómo me recibió España? Como su padre amoroso al hijo pródigo, como su santa familia á Lázaro el resucitado, como Roma á los triunfadores, á quienes coronaba en el Capitolio. Barcelona y Tarragona me obsequiaron con regatas y fiestas de noche y dia; la Universidad de Zaragoza renovó por mí una solemnidad que sólo habia dedicado á los reyes de Aragon; Búrgos y Valladolid me alfombraron de flores mi camino, y un altar de la parroquia en que fuí bautizado está desde entónces cubierto con cien coronas, para las cuales no concebí mejor depósito. Valencia, despues de haberse vuelto loca por mí, como una muchacha atolondrada que se enamora de un viejo, me hizo su hijo adoptivo, y yo la escribiré un libro con el cual espero probarla mi gratitud. Granada se desbordó en entusiasmo en honor mio en 1832 á la sola promesa de escribirla mi aún no concluido poema; y aún se recuerda allí una representacion de Don Juan Tenorio, al fin de la cual el beneficiado Pepe Calvo, padre de Rafael, la empresa y yo, convidando al público á la mesa á que habia venido la estátua del Comendador, hicimos al capitan general, al gobernador de la Alhambra y á las hermosas granadinas comer todos los dulces y beber todo el Champagne que habia en la ciudad. Amanecia ya, y ni autoridades ni pueblo se daban cuenta de que nadie estaba en su juicio ni en su lugar.
Madrid, declarado en estado de sitio, y prohibida en él la reunion pública de más de cinco personas, reunió cuatro mil, para acompañarme á mi casa desde la estacion, una mañana de Octubre de 1866. No pasa un mes de Noviembre en que no haga en mi favor alguna ruidosa demostracion en alguna representacion de mi Don Juan: y el Ateneo, en fin, tomándome bajo su amparo, ha abierto conmigo á la poesía sus salones, en los cuales no habian penetrado aún más que las ciencias. En resúmen, mi patria, representada por la sociedad, no ha podido hacer más en España por un poeta, á quien indudablemente estima en más de lo que vale, sólo porque su poesía es la expresion del carácter nacional y de las pátrias tradiciones.
Cuando en 1859 la muerte le privó en la Habana de un compañero, y destruyendo su fortuna con la de Cipriano de las Cagigas, el Capitan general de la Isla, D. José de la Concha, le colmó de atenciones y de consuelos, y el banquero D. Manuel Calvo le alojó espléndidamente en su tranquilo y salubre cafetal; procurándole en él la soledad necesaria para el trabajo, y salvándole la vida y el honor con los cuidados de su amistad.
El poeta Zorrilla, que es el que más debe á su patria, representada por la sociedad de su época, es el que ménos puede quejarse de ella, si la considera representada por su Gobierno.
Cuando en 1871 le pidió su proteccion para emprender su Leyenda del Cid, obra de largo aliento, con la cual queria corresponder á la excesiva reputacion que por sus poco importantes trabajos se le habia acordado, el Sr. D. Cristino Martos, Ministro de Estado entónces, le dió una comision de archivos y bibliotecas en Italia; pretexto tan visible como honroso para acordarle una pension, que no podia tener nombre y carácter absoluto de tal, por no haber antecedentes de que se hubiera pensionado en España á ningun poeta; y acompañada de una gentilísima carta autógrafa, le envió la credencial de la Gran Cruz de Cárlos III, que constituia su persona en una alta dignidad, y de cuya Excelencia nadie se ha acordado nunca; porque á nadie se le ocurre en España que el poeta Zorrilla sea más ni ménos que el poeta Zorrilla, cuya larga intimidad con el público autoriza ya á todo el mundo para tutearle y llamarle Pepe.
Hoy, que las perentorias economías de los Lugares Píos de Roma me obligaron á pedir amparo al señor Ministro de Fomento, escudándose con una carta del Capitan general Jovellar, que honra á Zorrilla con su amistad desde que se conocieron, ¿cómo ha recibido á Zorrilla el Sr. Conde de Toreno? Hijo de aquel ilustrado repúblico, que fué gloria del Parlamento y honra de las letras, dió al poeta cuanto tenia facultades de dar, miéntras discurria medio mejor de asegurar su porvenir; y el Sr. Cárdenas allanó ante sus pasos todos los difíciles que hay que dar en las oficinas del Ministerio de Hacienda para el cobro de su interina subvencion.
Los editores de Barcelona, Montaner y Simon, se apresuraron á ofrecer los servicios de su amistad; un ilustre prelado partió con él la limosna de los pobres de su diócesis, y V. mismo, Sr. Velarde, á la cabeza de la juventud literaria de Madrid, inició algo que le agradece en el alma y que no olvidará jamás el viejo poeta desheredado.
Empieza V. su artículo por un recuerdo de la tarde del 15 de Febrero de 1837: un lunes le diré á V. de aquel dia lo que nadie sabe: y entre tanto, conste que cree que seria un loco y un ingrato si se quejara ni exigiera más de su patria; pero que no teme que España deje morir sin pan al viejo matador del rey D. Pedro, al loco salvador de D. Juan Tenorio, su agradecido autor el poeta,
José ZORRILLA.
III.
Índice
Sr. D. José Velarde:
Ofrecí á V., mi cariñoso amigo y generoso encomiador, decirle algo del 15 de Febrero de 1837, y no se me cuece el pan por cumplirle á V. mi oferta; no sólo para que V. sepa á qué atenerse sobre lo acontecido en aquel dia y especialmente en aquella tarde, al viejo y asendereado poeta, á quien V. hoy tánto encomia, sino para disipar la neblina de cuentos y de pormenores absurdos en que los narradores vulgares, los chistosos de oficio y los amigos indiscretos ó pretenciosos han rodeado despues la verdad de lo que en aquel dia sucedió. La gente meridional, y sobre todo los españoles, tenemos la pretension de ser todos buenos narradores; y cuando algo se nos cuenta, no lo repetimos jamás sin añadir cada cual algo de su cosecha: con cuya manía resulta que el hecho más sencillo, al pasar por unas cuantas bocas, queda tan desfigurado, que pueden contárselo como nuevo al primero que lo relató, sin que éste reconozca ya lo relatado por él, en la décima relacion del hecho, que en vez del suyo, corre de boca en boca.
Y hay otra circunstancia peor en este modo de narrar, inherente tambien á nuestro país; y es, que la mayor parte de los que, añadiendo pormenores á la narracion de los hechos, convierten al fin las más sencillas verdades en absurdas y fantásticas mentiras, llegan á creerse estas de buena fé; y pueden jurar que han sido de ellas parte ó testigos, alucinados por su fantasía meridional, que les hace preferir á la deseada verdad la fábula más fantástica é inverosímil.
Hé aquí por qué, mi buen amigo Sr. Velarde, quisiera yo contar á V. algunas cosas de aquel buen tiempo viejo, que no está aún tan léjos de nosotros que de él no vivan presenciales testigos, pero á quiénes el afan de ponderar, ó de darse personal importancia, ha hecho desfigurar de tal manera las cosas que en él pasaron, que hay quien hoy me cuenta á mí de mí mismo lo que jamás pasó, ni pudo pasar por mí; y yo callo y escucho, convencido de lo inútil que seria intentar convencerle de que yo, y no él, soy quien debe saber la verdad; pero vamos al 15 de Febrero de 1837.
Permítame V. que le recuerde á vuela pluma los ensayos por que pasé, ántes de representar mi papel en la escena del cementerio.
Metióme mi padre á los nueve años en el Real Seminario de Nobles, establecido por los jesuitas en el edificio que es hoy, en la calle del Duque de Alba, cuartel de la Guardia civil, y trasladado en 1828 al que hoy es hospital militar, en la calle de la Princesa. Tengo para mí que la idea de los buenos padres de la Compañía de Jesús, al establecer un colegio tan lujoso y tan privilegiado, para entrar en el cual era preciso hacer pruebas de nobleza, fué la de tener más tarde por discípulos á los hijos de todas las familias nobles, importantes ó influyentes de España; como quiera que fuese, halléme yo allí condiscípulo de los primeros títulos de Castilla, y recibí una educacion muy superior á la que hasta entónces solian recibir los jóvenes de la clase media; mi padre era el primero de mi familia que, saliendo de nuestro modesto solar de Torquemada, habia por sus estudios llegado á un honroso puesto en la alta magistratura.
En aquel colegio comencé yo á tomar la mala costumbre de descuidar lo principal por cuidarme de lo accesorio: y negligente en los estudios sérios de la filosofía y las ciencias exactas, me apliqué al dibujo, á la esgrima y á las bellas letras, leyendo á escondidas á Walter Scott, á Fenimore Cooper y á Chateaubriand, y cometiendo en fin á los doce años mi primer delito de escribir versos. Celebráronmelos los jesuitas y fomentaron mi inclinacion; díme yo á recitarlos, imitando á los actores á quienes veia en el teatro, cuando alguna vez iba al del Príncipe, que presidian entónces los alcaldes de casa y corte, cuya toga vestia mi padre; híceme célebre en los exámenes y actos públicos del Seminario, y llegué á ser galan en el teatro en que se celebraban estos, y se ejecutaban unas comedias del teatro antiguo, refundidas por los jesuitas; en las cuales, atendiendo á la moral, los amantes se transformaban en hermanos, y con cuyo sistema resultaba un galimatías de moralidad que hacia sonreir al malicioso Fernando VII y fruncir el entrecejo á su hermano el infante D. Cárlos, que asistian alguna vez á nuestras funciones de Navidad. Don Cárlos enviaba á sus hijos á nuestras aulas y á cumplir con la iglesia en nuestra capilla; á la cual habia enviado Su Santidad Gregorio XVI su bendicion y los cuerpos de cera de dos santos jóvenes mártires, degollados en Roma en tiempos de no recuerdo qué mónstruo imperial, cuyas figuras degolladas me daban á mí tal miedo, que no pasé jamás de noche por delante de la capilla en cuyos altares laterales yacian.
Salió mi padre desterrado de Madrid y Sitios Reales el 1832, y yo del Seminario el 33. Murió á poco el Rey Don Fernando VII. Sopló la revolucion; encendióse la guerra civil, envióme mi padre desde su destierro de Lerma á estudiar leyes á la Universidad de Toledo, donde siguiendo mi mismo sistema del Seminario, en vez de asistir asíduamente á la Universidad, me dí á dibujar los peñascos de la Vírgen del Valle, el castillo de San Servando y los puentes del Tajo; y vagando dia y noche como encantado por aquellas calles moriscas, aquellas sinagogas y aquellas mezquitas convertidas en templos, en vez de llenarme la cabeza de definiciones de Heinecio y de Vinnio, incrusté en mi imaginacion los góticos rosetones y las preciosas cresterías de la Catedral y de San Juan de los Reyes, entre las leyendas de la torre de D. Rodrigo, de los palacios de Galiana y del Cristo de la Vega, á quien debo hoy mi reputacion de poeta legendario.
Mi tio, el prebendado á cuya casa me habia enviado mi padre, que habia creido recibir en ella á un pajecillo que le ayudara á misa y le acompañara al coro llevándole el paraguas y el breviario, se escandalizó de que yo leyera á Víctor Hugo; á quien él confundia, sin que lograra yo sacárselo de la cabeza, con Hugo de San Víctor, expositor de Sagrada teología, de quien él suponia que los franceses habrian encontrado algunos versos inéditos; tomó muy á mal mi amistad con algunos estudiantes de la alta sociedad de Madrid, que como Pedro Madrazo eran condiscípulos mios de colegio, y concluyó por escribir á mi padre que yo no era más que un botarate, que más iba para pinta-monas que para abogado, segun los papelotes que llenaba de piedras, de torres y de inscripciones ya en posesion de los buhos y cubiertas de telarañas.
No pluguieron mucho á mi padre los informes del prebendado toledano; y al año siguiente me envió á continuar mis estudios á Valladolid, bajo la inspeccion de un procurador de aquella Chancillería, y la proteccion del Rector de la Universidad, el ilustrado D. Manuel Tarancon, Obispo despues de Córdoba y muerto Arzobispo de Sevilla. Hícelo yo allí mucho peor que en Toledo; y evocando mis recuerdos de niño en la ciudad donde habia nacido, y encontrándome otra vez á Pedro Madrazo en aquella Universidad, continué dándome á estudiar piedras, ruinas y tradiciones, ayudado por los periódicos y publicaciones literarias que recibia de Madrid Pedro Madrazo; cuya casa era entónces emporio del arte, donde brillaban ya los cuadros de su hermano Federico, y donde Ochoa tenia la redaccion de El Artista, el primer periódico literario é ilustrado de España.
Atraquéme, pues, de Casimire de la Vigne, de Víctor Hugo, de Espronceda y de Alejandro Dumas, de Chateaubriand y de Juan de Mena, y del Romancero y de Jorge Manrique, y no pude digerir cuatro páginas del Heinecio, ni de las Pandectas: en vista de lo cual, el procurador á quien por él estaba encargado, escribió á mi padre punto más de lo escrito por el prebendado: esto es, que yo no era más que un holgazan vagabundo, que me andaba por los cementerios á media noche como un vampiro, que me dejaba crecer el pelo como un cosaco, y que era, en fin, amigo de los hijos de los que no lo habian sido nunca de mi padre, como Miguel de los Santos Alvarez. Parece que su padre y el mio, ambos abogados relatores en otro tiempo de la Chancillería, realista mi padre y liberal el de Alvarez, no se habian mirado nunca de buen ojo. Los hijos, inconscientes y ajenos de las divisiones de los padres, nos amamos de mozos, y aún somos amigos en la vejez: cuestion de los tiempos y de los caractéres.
Enojóse mi padre, y con razon, con las noticias del bilioso procurador; gané yo curso por favor del Sr. Tarancon, y díjome mi padre, al enviarme por tercera vez á la Universidad de Valladolid: «tú tienes traza de ser un tonto toda tu vida, y si no te gradúas este año de bachiller á cláustro pleno, te pongo unas polainas y te envio á cavar tus viñas de Torquemada.» Era mi padre muy hombre para hacer tal con su hijo; pero ya era yo hombre perdido para los estudios sérios: odiaba á Justiniano y se me daba una higa de todos los doctores in utroque de todas las Universidades de España: adoraba en sueños á García Gutierrez, á Hartzenbusch y á Espronceda; y ver una obra mia impresa, y apretar la mano de amigo á estos ilustres poetas, me parecia destino de más prez que el de llegar á ser un Floridablanca; el demonio de la poesía estaba ya posesionado de todo mi sér; y con disgusto de Tarancon y estupefaccion del procurador, anuncié redondamente que así me graduaria yo á cláustro pleno aquel año, como que volaran bueyes. Metiéronme, pues, en una galera, que iba para Lerma, á cargo del mayoral: pensé yo en el camino que mi vida en mi casa no iba á serme muy agradable; y sin pensar ¡insensato! en la amargura y desesperacion en que iba á sumir á mi desterrada familia, en un descuido del conductor, eché á lomos de una yegua, que no era mia y que por aquellos campos pastaba, y me volví á Valladolid por el valle de Esgueba, que era otro camino del que la galera habia traido.
Sirvióme mucho la equitacion que en el colegio me enseñaron, porque la yegua era reacia y antojadiza; mas no me convenia en modo alguno dejarla volverse á la querencia de su establo, y entré sobre ella en Valladolid al anochecer, donde la vendí: y acomodándome en otra galera que para Madrid al amanecer salia, me desembanasté á los tres dias en la calle de Alcalá, y me perdí á la ventura por las de esta coronada villa, huyendo de mis santos deberes y en pos de mis locas esperanzas, ahogando la voz de mi conciencia, y escuchando y siguiendo la de mi desatinada locura.
Mi familia, no creyéndome capaz de la resolucion de abandonar para siempre mi casa paterna, me buscó por las de mis parientes de las provincias de Búrgos y de Palencia, donde suponia que me habria guarecido; y habiendo yo hecho mi fuga dándome por hijo de un artista italiano, gracias á mis principios de dibujo y á la lengua italiana que me era familiar, tardó mucho en dar con mi rastro. Presentéme yo á mis amigos y condiscípulos de Madrid; pero pronto tuve que esquivarme de los duques de Villahermosa y de los Madrazo, que recibieron cartas de mi padre, y que en vista de mi tenaz resistencia á volver á mi hogar, no creyeron prudente insistir con quien tan obstinadamente rechazaba sus amistosas amonestaciones.
Entónces.... ¡ay de mí! busqué y contraje otras amistades; unas de las que no quiero volver á acordarme, otras de las que jamás me olvidaré; como la de Manuel Assas, con quien gané algunos pocos reales enviando mis dibujos de la torre de Fuensaldaña y otros, con artículos arqueológicos escritos por Assas en francés, al Museo de las familias de París, y la de Jacinto Salas y Quiroga: poeta ya casi olvidado, que contó con mi pluma en donde quiera que llegó á meter los puntos de la suya. Entónces prediqué en las mesas del café Nuevo una política de locos, que hizo reir sin hacer afortunadamente prosélitos; y entónces escribí en un periódico que solo duró dos meses, al cabo de los cuales dió la policía tras de sus redactores, con el objeto de encargarles de hacer un viaje á Filipinas por cuenta del ministerio de la Gobernacion. Ví yo la justicia, por el balcon, entrar por la puerta principal que bajo él estaba; y montando en la baranda de otro que se abria sobre un patio de una vecina casa, por la parte posterior de la de la redaccion, caí diestra y silenciosamente á cuatro piés sobre sus enyerbadas losas; emboqué un callejon oscuro que ante mí se abria, y justificando mi apellido, me escurrí por él hasta la calle opuesta de la manzana; enfilé tranquilamente la de Peregrinos, subí la de Postas, mirando atentamente las tiendas como si tuviera letras que cobrar en alguna de ellas; y de recodo en recodo, y de callejon en pasadizo, dí conmigo en la de la Esgrima, y en ella de manos á boca con un gitano á quien habia salvado de ser fusilado dos años hacia en la tierra de Aranda. Víle y conocióme; preguntóme y respondíle; comprendióme á media palabra, y llevándome á un cuarto del núm. 30 y... tantos, trenzóme la melena, coloróme el semblante, y endosándome unas calzoneras y una chaqueta de pana, con un sombrero con más falda que una dolorosa de procesion, y una faja más ancha que la del Zodíaco, me sacó entre los de su cuadrilla por la puerta y puente de Toledo; sirviéndome de infalible seña gitanesca mi trenzada melena, que, riza y suelta, servia de seña personal á los que me buscaban, de parte de mi familia, para volverme á mi casa, y de órden del gobernador de las tres ppp, D. Pio Pita Pizarro, á los que pretendian enviarme á saber lo que en Filipinas ocurria. Pasó una revolucion á los pocos dias con la desastrosa muerte del general Quesada en Hortaleza; pasó... lo que pasa en las revoluciones, un juicio final en cuarenta y ocho horas; y al cabo de diez dias torné yo á pasar destrenzado y desteñido por la Puerta de Toledo, y volví á vivir á salto de mata, y á dormir en casa de un cestero, que de portero habíamos tenido en la redaccion de marras... y así me cogió en Madrid el dia 12 de febrero de 1837, anterior con tres al del entierro de Larra, cuyos pormenores quedarán para una siguiente carta, á la cual sirve de preliminar esta de su afectísimo y agradecido amigo.
IV.
Índice
Comienzo á apercibirme, mi buen amigo Sr. Velarde, de que es más difícil de lo que creí la tarea que me he impuesto ahora, y de que hemos andado poco acertados en dar publicidad á estas mis cartas. Agloméranse en mi memoria, segun las voy escribiendo, tántos pormenores, imposibles de suprimir si he de hacerme comprender; pasábanme tántas y táles cosas, y pasaba yo por tales y tan estrechos pasos y pasadizos en los dias de la muerte y del entierro de Larra, que me temo que ni la benevolencia del director y de la redaccion de El Imparcial para conmigo, ni la paciencia de sus lectores quieran pasarme el importuno relato de tan íntimos y personales recuerdos. Mas como quiera que ya es tarde para volverme atrás, voy á pasar á la carrera por sobre todos estos tan resbaladizos pasos; é imponiéndome esta tarea como una penitencia pública, seré claro y sincero en mi narracion, para que mi claridad y sinceridad prueben á lo ménos lealtad y modestia: probando que en la altura á que me ha elevado el favor público, no he perdido nunca de vista ni la nada en que yo nací, ni el polvo de que aquel me levantó.
Sigo, pues, adelante con mis recuerdos.
Habíase venido á Madrid, siguiendo mi mal ejemplo, mi grande amigo Miguel de los Santos Alvarez, en cuya casa pasé la noche que en Valladolid me detuve en mi fuga de la mia paterna, y único confidente de los secretos de mi corazon. Llevaba yo en éste dos afanes y dos esperanzas, que en un solo afan y en una esperanza sola se confundian: mi primer amor á una mujer, y la esperanza de conseguirla, y el amor á mi padre y la esperanza de sepultar su enojo bajo una montaña de laureles. Soñaba yo con una fama y una gloria táles, que obligaran á aquella mujer y á mi padre á tenderme sus brazos á un tiempo, asombrados y deslumbrados por el resplandor de mi nombradía. ¿Quién no delira á los diez y nueve años?
Alvarez estaba en Madrid con consentimiento de su familia hacia muy pocos dias, y yo pasaba las noches en la bohardilla de mi pobre cestero, las mañanas en el hospedaje de Alvarez, el centro de los dias en la Biblioteca Nacional, y las tardes y primeras horas de la noche vagando con Alvarez por las calles de la corte, como golondrinas nuevas que buscan por vez primera sitio en que colgar su nido en una tierra desconocida.
Y aconteció que entre las personas con quienes un dia tropezamos en la Biblioteca, acertó á ser una la de un italiano al servicio del infante D. Sebastian, llamado Joaquin Massard, quien con un su hermano Federico andaba bien admitido por las tertulias y reuniones, que con su canto y alegre carácter amenizaban: el Joaquin y el Federico poseian dos deliciosas voces, de tenor el uno y de barítono el otro. Abordónos Joaquin Massard, que por Pedro Madrazo nos conocia, y nos dió de repente la noticia de que Larra se habia suicidado al anochecer del dia anterior. Dejónos estupefactos semejante noticia, y asombróle á él que ignorásemos lo que todo Madrid sabia, é invitónos á ir con él á ver el cadáver de Larra depositado en la bóveda de Santiago. Aceptamos y fuimos. Massard conocia á todo el mundo y tenia entrada en todas partes. Bajamos á la bóveda, contemplamos al muerto, á quien yo veia por primera vez, á todo nuestro despacio, admirándonos la casi imperceptible huella que habia dejado junto á su oreja derecha la bala que le dió muerte; cortóle Alvarez un mechon de cabellos y volvímonos á la Biblioteca, bajo la impresion indefinible que dejaban en nosotros la vista de tal cadáver y el relato de tal suceso.
Aquí tengo que advertir á V., mi querido Velarde, que no volvíamos á la Biblioteca por nuestro afan de estudiar, sinó porque siendo el hospedaje de Alvarez y la bohardilla de mi cestero estancias muy poco agradables para pasar el dia, y estando la Biblioteca muy bien esterada y caldeada, pasábamos en ella todas las horas que estaba abierta, como hidalgos poco acomodados, en el abrigado alcázar de un opulento amigo que generosamente á los suyos lo franqueara.
A nuestra vuelta halléme allí con un condiscípulo del colegio, quien enterado de mi posicion, me dió una carta para su hermano D. Antonio María Segovia, propietario y director de El Mundo; uno de los periódicos mejor escritos que en Madrid se han publicado, rebosando de ingenio y de oportunísima vis cómica. En aquella carta pedia para mí á su hermano, mi condiscípulo, la plaza de un empleado que acababa de despedirse, diciéndole quién yo era, la educacion que habia recibido, y lo útil que yo podia ser, atendida la módica retribucion del empleo que para mí solicitaba. Mi ambicion era llegar á ser periodista, llegar á firmar el folletin de un periódico que llegase á manos de mi padre: tomé, pues, la carta de mi condiscípulo, y metiéndola en la cartera del capitan Antonio Madera (otro condiscípulo nuestro), la cual no sé ya por qué llevaba yo en el bolsillo, creí meter en ella mi fortuna.
Joaquin Massard, que en todo pensaba y de todo sacaba partido, me dijo al salir:
—Sé por Pedro Madrazo que V. hace versos.
—Sí, señor, le respondí.
—¿Querria V. hacer unos á Larra? repuso entablando su cuestion sin rodeos; y viéndome vacilar, añadió: «yo los haria insertar en un periódico, y tal vez pudieran valer algo.» Ocurrióme á mí lo poco que me valdrian con mi padre, desterrado y realista, unos versos hechos á un hombre tan de progreso y de tal manera muerto; y dije á Massard que yo haria los versos, pero que él los firmaria. Avínose él, y convíneme yo; prometíselos para la mañana siguiente á las doce en la Biblioteca; y despidiéndonos á sus puertas, echó Massard hácia la plazuela del Cordon donde moraba, y Alvarez y yo por la cuesta de Santo Domingo á vagar como de costumbre. Pensé yo al anochecer en los prometidos versos y fuíme temprano al zaquizamí, donde mi cestero me albergaba con su mujer y dos chicos, que eran tres harpías de tres distintas edades. No me acuerdo si cenamos: pero despues de acostados, metíme yo en mi mechinal, con una vela que á propósito habia comprado.
En aquella casa no se sabia lo que era papel, pluma ni tinta; pero habia mimbres puestos en tinte azul, y tenia yo en mi bolsillo la cartera del capitan con su libro de memorias. Hice un kalam de un mimbre como lo hacen los árabes de un carrizo y tomando por tinta el tinte azul en que los mimbres se teñian.....
Hé aquí, Sr. Velarde, cómo se hicieron aquellos versos, cuya copia trasladé á un papel en casa de Miguel Alvarez á la mañana siguiente, y partí á entregar mi carta al director de El Mundo.
Salió á recibirme á una antecámara: presentéle la carta, y miéntras la leia, penetraron mis ojos indiscretos en el aposento inmediato, cuya puerta habia dejado él abierta. Parecióme á mí la de un paraiso: una mujer pequeña y fina, esbelta y ondulosa como una garza, con una cabellera como los arcángeles de Guido Reni y con dos ojos límpidos y serenos como los de las gacelas, esperaba reclinada en un mueble á que su marido concluyera con el importuno que habia venido á separarle de ella. Cuando aquel me dijo, con los más atentos modales, que sentia no necesitarme porque acababa de dar á otro la plaza que su hermano le pedia, me marché cabizbajo y cariacontecido, pero convencido perfectamente de que un hombre que tenia aquella mujer no debia necesitar de mí ni de nadie, y dí conmigo en la Biblioteca. No estaba ya en ella Joaquin Massard, pero me habia dejado una tarjeta, en la que me decia: «¿Puede V. traerme los versos á casa, á las tres? Comerá V. con nosotros.»
A los tres cuartos para las tres eché hácia la plaza del Cordon; los Massard habian comido á las dos: la hora del entierro, que era la de las cinco, se habia adelantado á la de las cuatro. Los Massard me dieron café; Joaquin recogió mis versos y salimos para Santiago. La iglesia estaba llena de gente; hallábanse en ella todos los escritores de Madrid, ménos Espronceda que estaba enfermo. Massard me presentó á García Gutierrez, que me dió la mano y me recibió como se recibe en tales casos á los desconocidos. Yo me quedé con su mano entre las mias, embelesado ante el autor de El Trovador, y creo que iba á arrodillarme para adorarle, miéntras él miraba con asombro mi larga melena y el más largo leviton, en que llevaba yo enfundada mi pálida y exígua personalidad.
El repentino y general movimiento de la gente nos separó, avanzó el féretro hácia la puerta; ordenóse la comitiva; ingirióme Joaquin Massard en la fila derecha, y en dos larguísimas de innumerables enlutados nos dirigimos por la calle Mayor y la de la Montera al cementerio de la Puerta de Fuencarral.
Mohino y desalentado caminaba yo, poniendo entre los dias nefastos aquel aciago en que me habian negado una plaza en El Mundo, habia llegado tarde á la mesa, y en que iba, por fin, ayuno, á enterrar á un hombre, cuyo talento reconocia, pero que no entraba en la trinidad que yo adoraba, y que componian Espronceda, García Gutierrez y Hartzembusch. Parecíame que con aquel muerto iba á enterrarse mi esperanza, y que nunca iba yo á tener un papel en que enviar impresos mis delirios á la mujer á quien habia pedido un año de plazo para pasar de crisálida á mariposa, ni mis versos laureados al padre á quien con ellos habia esperado glorificar. Así, el más triste de los que íbamos en aquel entierro, marchaba yo en él, envuelto en un sur tout de Jacinto Salas, llevando bajo él un pantalon de Fernando de la Vera, un chaleco de abrigo de su primo Pepe Mateos, una gran corbata de un fachendoso primo mio, y un sombrero y unas botas de no recuerdo quiénes; llevando únicamente propios conmigo mis negros pensamientos, mis negras pesadumbres y mi negra y larguísima cabellera.
Llevaba yo, y venianme, sin embargo, todas aquellas ajenas prendas como si para mí hubieran sido hechas; y traidas, pero no maltratadas, no revelaban que su portador salia con ellas bien cepilladas del alto zaquizamí de mi hospitalario cestero.
Llegamos al cementerio: pusieron en tierra el féretro y á la vista el cadáver; y como se trataba del primer suicida, á quien la revolucion abria las puertas del campo santo, tratábase de dar á la ceremonia fúnebre la mayor pompa mundana que fuera capaz de prestarla el elemento láico, como primera protesta contra las viejas preocupaciones que venia á desenrocar la revolucion. D. Mariano Roca de Togores, que aún no era el marqués de Molins, y que ya figuraba entre la juventud ilustrada, levantó el primero la voz en pró del narrador ameno del Doncel de D. Enrique, del dramático creador del enamorado Macías, del hablista correcto, del inexorable crítico y del desventurado amador. El concurso inmenso que llenaba el cementerio quedó profundamente conmovido con las palabras del Sr. Roca de Togores, y dejó aquel funeral escenario ante un público preparado para la escena imprevista que iba en él á representarse. Tengo una idea confusa de que hablaron, leyeron y dijeron versos algunos otros: confundo en este recuerdo al conde de las Navas, á Pepe Diaz..... no sé..... pero era cuestion de prolongar y dar importancia al acto, que no fué breve. Ibase ya, por fin, á cerrar la caja, para dar tierra al cadáver, cuando Joaquin Massard, que siempre estaba en todo y no era hombre de perder jamás una ocasion, no atreviéndose, sin embargo, á leer mis escritos con su acento italiano, metióse entre los que presidian la ceremonia, advirtióles de que aún habia otros versos que leer, y como me habia llevado por delante, hízome audazmente llegar hasta la primera fila, púsome entre las manos la desde entónces famosa cartera del capitan, y halléme yo repentina á inconscientemente á la vera del muerto, y cara á cara con los vivos.
El silencio era absoluto: el público, el más á propósito y el mejor preparado; la escena solemne y la ocasion sin par. Tenia yo entónces una voz juvenil, fresca y argentinamente timbrada, y una manera nunca oida de recitar, y rompí á leer..... pero segun iba leyendo aquellos mis tan mal hilvanados versos, iba leyendo en los semblantes de los que absortos me rodeaban, el asombro que mi aparicion y mi voz les causaba. Imaginéme que Dios me deparaba aquel extraño escenario, aquel auditorio tan unísono con mi palabra, y aquella ocasion tan propicia y excepcional, para que ántes del año realizase yo mis dos irrealizables delirios: creí ya imposible que mi padre y mi amada no oyesen la voz de mi fama, cuyas alas veia yo levantarse desde aquel cementerio, y ví el porvenir luminoso y el cielo abierto..... y se me embargó la voz y se arrasaron mis ojos en lágrimas..... y Roca de Togores, junto á quien me hallaba, concluyó de leer mis versos; y miéntras él leia..... ¡ay de mí! perdónenme el muerto y los vivos que de aquel auditorio queden, yo ya no los veia; miéntras mi pañuelo cubria mis ojos, mi espíritu habia ido á llamar á las puertas de una casa de Lerma, donde ya no estaban mis perseguidos padres, y á los cristales de la ventana de una blanca alquería escondida entre verdes olmos, en donde ya no estaba tampoco la que ya me habia vendido.
¡Feliz aquel cuyo primer amor se malogra! ¡Desventurado aquel cuyo primer delito es una rebelion contra la autoridad paterna! Al primero le abre Dios el paraiso terrenal: del segundo no deja que repose la conciencia.
Cuando volviendo de aquel éxtasis, aparté el pañuelo de mis ojos, el polvo de Larra habia ya entrado en el seno de la madre tierra: y la multitud de amigos y conocidos que me abrazaban no tuvieron gran dificultad en explicar quién era el hijo de un magistrado tan conocido en Madrid como mi padre.
Pero, ¿sabe V., mi buen Velarde, quién era entónces, lo que valia y cómo y por quién llegó á ser famoso su agradecido amigo?
V.
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La importuna pregunta con que concluí mi artículo-carta del lunes 20 de Octubre, me obliga á dirigirle á usted esta, mi estimado Sr. Velarde.
Tal vez enoja á V. ya, mi querido poeta, el verse tomado en pluma, que no puede aquí, á mi ver, decirse en boca, por un viejo impertinente que se empeña en contarle sus necedades de muchacho; pero disimule usted tal impertinencia, porque tiene sólo por móvil mi gratitud á V. por su artículo del lunes 29 de Setiembre, con el cual motivó V. la publicacion de estas mis cartas. Usted pertenece al porvenir, y mira naturalmente hácia adelante; al mirar yo hácia atrás, porque pertenezco al tiempo viejo, al relatar á V. lo que en él fuí, tenga V. presente que no pretendo servirle á V. de ejemplo, sino de escarmiento; puesto que viviendo yo hoy persuadido de que el porvenir le guarda á V. un muy elevado lugar en la república de las letras, quisiera yo por la mucha estima en que le tengo, que las suyas le dieran tanta fama como á mí las mias, pero que le fueran de más utilidad y provecho. Por eso no más voy á decir á V. lo más sucintamente posible quién era, lo que valia y cómo y por quién llegué yo á ser tan famoso en aquel viejo tiempo, cuyos recuerdos me complazco ahora en evocar, no quiera Dios que con hastío ó impaciencia de V. y de los suscritores de El Imparcial.
No teman estos, y sea esto advertido de paso, que llene yo sus columnas con los insignificantes y poco trascendentales sucesos de mi vida. A mí, que no he ocupado jamás ningun cargo público, que no he sido ni embajador, ni ministro, ni siquiera individuo de corporacion ni academia alguna, jamás me ha sucedido nada que sea digno de ser sabido, ni ménos contado: ni me acosa tampoco vanidad tal ni tal comezon de bombo, que intente no dejar pasar un lunes sin hablar de mí mismo, para que no me olviden mis contemporáneos, ni se den los venideros de calabazadas por mis estupendas fechorías. Para que mis contemporáneos no me olviden, basta ese bravucon inocente y desvergonzado perdonavidas llamado D. Juan Tenorio, que está encargado contra mi voluntad y por la del pueblo español, de no dejarme olvidar en España; y con decir de este drama mio y del Zapatero y el Rey cómo y por qué fueron escritos y cómo y por quién fueron y son hoy representados, pienso dar fin á estos mis recuerdos del tiempo viejo; y siquiera sea con pesadumbre de algunos, y desengaño de muchos, será tambien con honrado cumplimiento del deber mio y descargo de mi conciencia.
Continúo, pues, mi relato, tomándolo en el mismo cementerio de Fuencarral, donde lo dejé.
Rompiendo por entre los amigos que me abrazaban, los entusiastas que me felicitaban y los curiosos que absortos me contemplaban, enfundado en mi gran surtout de Jacinto Salas y circundado por mi flotante melena, un mancebo pálido y aguileño, de resueltos modales y de atrevida y casi insolente mirada, me asió cariñosamente de las manos, diciéndome: «Tenga V. la bondad de venirse conmigo, para presentarle á dos personas que desean conocerle.» Seguíle, y sacándome de aquella confusion, me hizo subir á una cómoda y elegante carretela, cuyos dos asientos, uno del fondo y otro de adelante, estaban ocupados por dos individuos del sexo feo, cuya fisonomía no podia yo ver ya bien, porque ya era casi de noche. Saludáronme y correspondiles; colocáronme en el asiento de honor; colocóse mi presentador en frente de mí; cerró el lacayo la portezuela, y á la voz del de mi izquierda, que dijo: «Calle de la Reina,» salieron á un resueltísimo trote las dos poderosas yeguas que nos arrastraban: y, como dicen los mejicanos, «de las vidas arrastradas, la mejor es la del coche,» y aquella carretela inglesa estaba maestramente montada sobre sus muelles. Hablábanme dos, de los tres con quienes en ella iba, y contestábales yo, sin recordar ya de lo que hablamos, y sin saber entónces con quiénes, en la semi-oscuridad crepuscular.
La direccion dada á la calle de la Reina era á la fonda de Genyes, que era entónces lo que hoy Fornos y Lhardy; de donde yo deduje que mis nuevos amigos moraban ó comian en ella habitualmente, puesto que el nombre de la calle habia bastado al cochero para sentar en firme sus yeguas á la puerta de la fonda. En un gabinete estaba preparada una mesa con tres cubiertos; añadieron el cuarto para mí; desembarazáronse ellos de sus abrigos exteriores, quedándome yo con el mio por razones que no son del caso; sentámonos á la mesa y presentóme mi presentador á mis comensales. El de mi derecha era Buchental, llegado á Madrid hacia pocos meses; nuestro anfitrion era un rubio como de cuarenta años, de amenísima conversacion, con la cual demostraba que habia viajado mucho, de cuyo nombre no me he podido volver á acordar, á quien no he vuelto á ver más, y por quien no tuve despues ocasion de preguntar á mi resuelto y aguileño presentador: que era ni más ni ménos que Luis Gonzalez Brabo, ántes de ser diputado, embajador y ministro. Desde aquella tarde fué para mí Luis, como yo para él fuí Pepe; la suya fué la primera mano en que me apoyé para poner mi pié derecho en el primer escalon del efímero alcázar de mi fama: y desde entónces no he tenido un más bravo amigo que Gonzalez Brabo. No era por entónces más que tijera en no recuerdo qué periódico; pero segun fué ascendiendo por la escala de la fortuna, se volvió á mí desde cada peldaño que subia, á tenderme aquella misma mano con que me sacó del cementerio; pero mi objetivo, como hoy se dice, no era la política, y con tanta pena suya como desden mio, le dejé subir solo. Ignoro lo que fué Luis Brabo social ó políticamente considerado, porque he vivido veinte años fuera de España y once en América, sin correspondencia con Europa; cuando volví á Madrid en 1866 era presidente del Consejo de ministros y decian que tenia la nacion en sus manos; pero para mí fué el mismo Luis Brabo, que me la tendió como en 1837; el primer amigo del poeta Zorrilla.
Aquí dirá V., mi querido poeta Velarde: ¿cómo el primero? ¿Pues y los Villa-Hermosa y los Madrazo, y Assas y Miguel Alvarez y Fernando de la Vera, sus condiscípulos de Universidad y del Seminario? ¿Y Joaquin Massard y Roca de Togores cuyas manos tomaron de las de V. los versos que le abrieron las puertas de la sociedad y le dieron la nombradía?—Los Villa-Hermosa, los Madrazo, Alvarez y de la Vera, eran los amigos de mi niñez: los del estudiante y del condiscípulo; los amigos cariñosos, casi los hermanos, del mancebo que iba á ser hombre; la casualidad llevó á Massard á la biblioteca y me puso al lado de Roca de Togores en el cementerio: pero Luis Brabo buscó el primero al poeta y no abandonó jamás al amigo. La primera obligacion del narrador es ser verídico: la del hombre bien nacido la de ser justo: la del hombre noble ser agradecido. Desde la fonda me llevó Luis Brabo, orgulloso de llevarme, al café del Príncipe, donde hallé á Breton, á Ventura, á Gil y Zárate, á García Gutierrez, que me reconoció y con quien trabé pronto amistad; al buen Hartzenbusch, á quien quise desde aquella noche como á un hermano mayor, y que fué parte y testigo de sucesos íntimos y posteriores de mi vida, y en fin, á la mayor parte de los que por entónces figuraban en las letras y en las artes.
No sé quién me llevó á las diez á casa de Donoso Cortés, que aún no era el marqués de Valdegamas: allí encontré á Nicomedes Pastor Diaz y á D. Joaquin Francisco Pacheco, quienes con el conocido jurisconsulto Perez Hernandez, estaban tratando de publicar su periódico El Porvenir.—Preguntáronme mil cosas: examináronme, sin que de ello me apercibiera, de lo que habia aprendido en el colegio; indagaron lo que habia leido, lo que me habia propuesto. Yo era un chico, no cumplí veinte años hasta cuatro dias despues del de la muerte de Larra: estaba animado por el éxito de aquella tarde y por los plácemes y aplausos que acababa de recibir en el café del Príncipe; recitéles mi destartalada composicion «A Venecia», el romancillo de unos Gomeles que corrian por la vega de Granada, y unas redondillas á una dueña de negra toca y mongil morado, que sea dicho de paso y con perdon de mis admiradores, pero en Dios y en mi ánima creo que no sabia yo entónces lo que era mongil, segun el color morado episcopal de que le teñí. Donoso y sus amigos debieron apercibirse de mi poco saber; pero se fascinaron con las circunstancias fantásticas de mi aparicion, y con la excentricidad de mi nuevo género de poesía y de mi nueva manera de leer, y me ofrecieron el folletin de El Porvenir con 600 reales mensuales; único sueldo que en este periódico se debia de pagar, porque iban á escribirle sin interés de lucro, en pró de su política comunion.—Diéronme á traducir para el periódico uno de los infantiles cuentos de Hoffmann, y á las doce me llevó Pastor Diaz consigo á su casa.—Pastor Diaz, cuya alma de niño simpatizó con la ignara candidez de la mia, me entretuvo hasta muy avanzada hora, desde la cual hasta la de su muerte, me tuvo el más fraternal cariño.
No era ya aquella la de volver á recogerme á la bohardilla del cestero, y... á pesar del frio, vagué por las calles hasta el nuevo dia, abrigado interiormente con el champagne y el café de mi generoso y desconocido anfitrion, y exteriormente sostenido con la esperanza y las ilusiones de mis aún no cumplidos veinte años.
No recuerdo ya donde me amaneció; pero á las ocho estaba ya á la cabecera de la cama de Alvarez, contándole mis venturas del dia anterior; de las cuales nada sabia, no habiéndole yo podido buscar desde que hacia veinte horas me habia separado de él, para ir á llevar mi carta á El Mundo y mis versos á Massard.—Asombróle primero lo sucedido; alegróle despues; lloramos, reimos, ayudéle á vestir, y saltamos y cantamos al rededor del chocolate como los indios de Fenimore Cooper al rededor del postre de la guerra; la patrona creyó que nos habia caido la lotería.
Como si tal nos hubiera acontecido, nos echamos á la calle y comenzamos á dar fin á los pocos duros que le quedaban á Alvarez; declarámonos los dos modernos Pílades y Orestes; presentéle yo á cuantos me presentaron; presentóme él á la que despues fué mi mujer, y cuando llegaron á nuestras manos mis primeros treinta duros de «El Porvenir», de Donoso, nos creimos dueños del Universo.
VI.
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Como el relato de las muchachadas de ambos no entra por nada en la explicacion de mis preguntas finales en el artículo del lunes último, voy adelante con mis desatinos personales. Escribí muchos en El Porvenir: á Cervantes y á Calderon, cuantos pudieron ocurrírseme, y á la luna de enero, donde dije que el cielo era ojo de la eternidad y la luna su pupila; escribí, en fin, los suficientes para impacientar á cuantos tenian sentido comun y estudios, y gusto en las bellas letras; pero Nicomedes y Donoso seguian sosteniéndome y animándome, y yo seguí asombrando al público con la multitud de mis poéticos engendros.
Una noche me encontré al volver á mi casa de pupilaje, una carta de D. José García Villalta que decia: «Muy señor mio: he tomado la direccion de El Español, periódico cuyas columnas surtía Larra con sus artículos: pues la muerte se llevó al crítico dejándonos al poeta, entiendo que éste debe de suceder á aquel en la redaccion de El Español. Sírvase V., pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina, esquina á la de las Torres, para acordar las bases de un contrato. Suyo, afectísimo, J. G. de Villalta.»
Era este el autor de El golpe en vago, la novela mejor escrita de las de la coleccion primera del editor Delgado. Teníale yo en mucho desde que la habia leido, y las relaciones entabladas con el hombre acrecentaron mi respeto y mi estimacion hácia el escritor. Villalta era un hombre de mucho mundo y de un profundo conocimiento del corazon humano: de una constitucion vigorosa, con una cabeza perfectamente colocada sobre sus hombros; de una fisonomía atractiva y simpática, con una boca fresca, cuya sonrisa dejaba ver la dentadura más igual y limpia del mundo. Su cabellera escasa era rubia y rizada, y no he podido nunca esplicarme el por qué su busto abultado de contornos me recordaba el olímpico busto de Neron, pero del Neron poeta y gladiador en su viaje á Grecia: el Neron que ponia fuego á dos viejos barrios de Roma para obligar al municipio republicano á construir otro nuevo, tan suntuoso como la mansion palatina que él junto á lo incendiado habitaba. Yo tengo á Neron por un emperador muy calumniado; y desde que he vivido en Roma, estoy convencido de que hizo bien en quemar lo que quemó, para que se construyera lo que se construyó; y á este Neron que yo me figuro, es el Neron á quien me figuraba yo que se parecia Villalta.
El hecho es que Villalta era todo un hombre: sóbrio y diligente, pero gracioso y amabilísimo; como andaluz de la buena raza, su trato era fascinador; y en cinco minutos hizo de mí lo que le convino en nuestra primera entrevista; el cuarto en que esta pasó influyó sin duda en mi aceptacion. Era una sala grande cuadrada, en cuyas blancas paredes no tenia Villalta más adornos que dos espadas de combate, dos sables de academia de armas y un magnífico par de pistolas. Una grandísima mesa de despacho cargada de papeles estaba entre él y yo, y por una puerta entreabierta se veia en el inmediato aposento el baño del que acababa de salir.
Vió Villalta que no era yo hombre de abandonar á Donoso y á Pastor Diaz, sin una grave razon, y me dió una carta para ellos, en la que les decia las proposiciones que me habia hecho y las razones que yo le daba. El Porvenir tenia apenas suscricion, y El Español la tenia numerosa. Si me querian bien, debian dejarle dar á mis versos la más lata publicidad, etc.
Ofrecíame un sueldo con que no habia yo contado nunca, y que entónces creo que no sabia contar en moneda efectiva: pagarme aparte las poesías del número de los domingos, que era una revista de mayor tamaño; la colaboracion en el folletin con Espronceda convaleciente ya de una larga enfermedad, y mi presentacion inmediata en su casa por él en persona. Espronceda era el ídolo de mis creencias literarias. Donoso y Pastor Diaz me autorizaron abrazándome para abandonarles, y me pasé al campo de Villalta sin traicion ni villanía.
Continué en él publicando centenares de versos, entre los cuales habia algunos chispazos de ingenio que hacian, por efecto de la moda, no parar mientes en mis infinitos y excéntricos disparates. Es verdad que contribuian á darlos boga las lecturas que de ellos hacia en los salones del Liceo, en el palacio de los duques de Villahermosa, quienes, ausentes de Madrid á la sazon, se los habian cedido á aquella sociedad literaria y artística. Era el Liceo... Pero ya ha dicho lo que era en La Ilustracion el ameno Curioso parlante D. Ramon de Mesonero Romanos; y ante él arría bandera quien en su juventud supo aprovecharse de su picante y donosa crítica, y hoy se complace en hallar una ocasion de darle una prueba pública de consideracion y respeto. Allí, en el Liceo, reñí yo y gané grandes batallas, y cobré fama de gran lector; allí ayudé á subir á la tribuna y entrar en la palestra literaria á Rodriguez Rubí, con su precioso romance de la venta del jaco; allí coroné una noche á Carolina Conrado y presenté una mañana á Gertrudis Avellaneda; allí... pero lo que sucedió allí lo sabe todo el mundo, y lo que no sepa se lo dirá mejor que yo el Curioso Parlante.
Ya se lo ha dicho en La Ilustracion del 22 de Octubre: «de allí salieron los que allí figuraron despues como ministros, embajadores, consejeros, senadores, diputados y publicistas, alternando en diversos bandos y épocas, segun la marcha de los sucesos: y sólo Zorrilla y el que esto escribe se obstinaron en conservar su independencia y su nombre exclusivamente literario, sin aspirar á su engrandecimiento por otros caminos; con la circunstancia en pró de Zorrilla de que á mí sólo me faltaba la ambicion, y á Zorrilla le faltaban la ambicion y la fortuna.» Esto dice D. Ramon de Mesonero Romanos, y Dios le bendiga como yo le agradezco que lo haya dicho.
Lo que no dice y le voy á decir yo á V., mi querido Velarde, es cómo éste á quien llama ilustre, corriendo quijotescamente trás de ideales fantásticos, no era en la vida social ni en la literaria más que un tonto y un ingrato.
VII.
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Lenta y perezosa carrera lleva mi correspondencia epistolar con V., mi querido poeta, interrumpida dos veces por versos que no pudieron ménos de ser en su lugar publicados: atañendo ambas á asuntos tan perentorios y tan de actualidad como es el de las inundaciones y el de mi escaso beneficio[1]. Concluyo, pues, con las noticias que de mí me propuse dar á V. y Dios haga que la gente de hoy vea bajo su verdadero punto de vista, y tome en su sentido verdadero, lo que de mí me resta que decirle.
Una tarde me dijo Villalta: «esta noche iremos á casa de Espronceda, que ya desea ver á V.» Figúrese usted que un creyente hubiera enviado por escrito su confesion al Papa, y que S. S. le hubiera contestado: «venga V. esta noche por la absolucion ó la penitencia» esta fué mi situacion desde las cuatro de la tarde, hora en que Villalta me anunció tal visita, hasta las nueve de la noche, hora en que se verificó. Yo creia, yo idolatraba en Espronceda. Si aquel oráculo divino á quien yo iba á consultar desaprobaba mis versos, si aquel ídolo á cuyos piés iba yo á postrarme desdeñaba mi homenaje, no tenia más remedio que irme á buscar á mi padre á la corte de Oñate, y suplicarle contrito que me matriculase en la Universidad de Vergara.
Villalta leyó sonriendo en mi fisonomía lo que pasaba en mi interior, y me condujo en silencio á la calle de San Miguel, núm. 4. Espronceda estaba ya convaleciente, pero aún tenia que acostarse al anochecer. Introdújome Villalta en su alcoba, y diciendo sencillamente «aquí tiene V. á Zorrilla», me empujó paternalmente hácia el lecho en que estaba incorporado Espronceda. Yo, no encontrando una palabra que decir, sentí brotar las lágrimas de mis ojos, los brazos de Espronceda en mi cuello, sus labios en mi frente, y su voz que decia á Villalta, «es un niño».
Hubo un minuto de silencio, del cual no he sabido nunca hacer un poema: Villalta se despidió y nos dejó solos; de la conversacion que siguió... no me acuerdo ya: al cabo de media hora nos tuteábamos Espronceda y yo, como si hiciera veinte años que nos conociéramos; pero la luz que estaba en el gabinete no iluminaba la alcoba, en cuya penumbra no habia yo todavía visto á Espronceda; «no te veo», le dije; «pues trae la luz», me respondió; y trayendo yo la bujía, le contemplé por primera vez, como á la primera querida que me hubiera dado un beso á oscuras.
La cabeza de Espronceda rebosaba carácter y originalidad. Su cara, pálida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra, riza y sedosa, dividida por una raya casi en el medio de la cabeza y ahuecada por ambos lados sobre dos orejas pequeñas y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban entre los rizos. Sus cejas negras, finas y rectas, doselaban sus ojos límpidos é inquietos, resguardados como los del leon por riquísimas pestañas: el perfil de su nariz no era muy correcto, y su boca desdeñosa, cuyo labio inferior era algo aborbonado, estaba medio oculta en un fino bigote y una perilla unida á la barba, que se rizaba por ambos lados de la mandíbula inferior. Su frente era espaciosa y sin más rayas que la que de arriba abajo marcaba el fruncimiento de las cejas; su mirada era franca, y su risa pronta y frecuente, no rompia jamás en descompuesta carcajada. Su cuello era vigoroso y sus manos finas, nerviosas y bien cuidadas. A mí me pareció una encarnacion de Píndaro en Atinoo: de tal modo me fascinó su belleza varonil, su conversacion animada y la alta inspiracion de su poesía. Espronceda sabia más que la mayor parte de los que despues de él hemos alcanzado reputacion: discípulo de Lista como Ventura de la Vega y Escosura, era buen latino y erudito humanista; pero empapado en la poesía inglesa de Shakespeare, Milton y Pope, era la personificacion del clasicismo apóstata del Olimpo, y lanzado, Luzbel-poeta, en el infierno insondable y nuevamente abierto del romanticismo.
Espronceda era leal, generoso y bueno: la política y los amigos le dieron un carácter y una reputacion ficticia, que jamás le pertenecieron; y las medianías vulgares le han calumniado despues de su muerte, hasta atribuirle versos y libros infames, que jamás pensó en producir.
A la tercera visita que le hice de dia, me cansé de la sociedad de sus amigos: no porque su conversacion me espantara, sinó por que no la comprendia; vivia yo dado á mi trabajo, y no conocia á nadie de los ni de las de quiénes allí se hablaba. Una noche entré en su alcoba despues de las doce: dolores articulares y escasez necesaria de nutricion teníanle á él desvelado, y á mí con pocas ganas de recogerme temprano la estrechez de mi pupilaje.
—Vengo á esta hora—le dije—porque es en la que no tienes amigos en tu casa.
—¿No te gustan mis amigos?
—No.
—Pues hablemos de otra cosa; y me alegro de que tengas libres estas horas, que son para mí las más insoportables; ¡tardo tánto en conciliar el sueño!..
Hacia poco que le habia abandonado Teresa: yo ni la conocia, ni aun tenia por entónces conocimiento de que existiese: yo no conocia de la vida de Espronceda más que sus escritos; yo adoraba al poeta, y aun no conocia del hombre ni siquiera la persona, puesto que no le veia más que en el lecho donde le retenia su enfermedad.
Seguí pues yendo á visitarle despues de media noche.
Y de aquellas conversaciones á solas con Espronceda sí que podria yo hacer un libro; pero hay libros que no deben ser leidos hasta cuarenta años despues de escritos.
Espronceda y yo nos quisimos y nos estimamos siempre; pero nuestras diversas costumbres, áunque no las entibiaron, hicieron ménos frecuentes nuestras relaciones. Yo deserté el primero del cafetin del teatro del Príncipe, en donde nos juntábamos, y me pasé al de Sólito, con los Gil y Zárate, G. Gutierrez y otros, á quienes comenzó á importunar el elemento militar y político que se incrustó allí en el literario; y con motivo de mi primer matrimonio, del cual Espronceda no se atrevió á hablarme más que una vez, comprendió que el niño era ya hombre; y habiendo ya escrito El Cristo de la Vega y Margarita la Tornera, estimó al hombre como un hermano y al poeta como ingenio privilegiado que él era, y que no tenia nada que envidiar al mozo atrevido que osaba trepar á tientas al Parnaso.
Encerréme yo en mi casa y seguí produciendo libros: García Gutierrez me dió la mano para presentarme en la escena, ó más bien me sacó á ella en brazos, en un drama que escribimos juntos, y comencé la vida aislada y poco social que he llevado siempre. La gimnasia, que necesitaba mi sietemesina naturaleza, el tiro de pistola, que en tiempos tan revueltos no era inútil estudio, y los paseos á caballo por fuera de puertas, eran mis perennes entretenimientos; en medio de los cuales escribí once tomos de versos, de los cuales no he sabido jamás cuatro de memoria.
El Liceo concluyó entre tanto, saliendo sus sócios más notables para las embajadas, los ministerios y los destinos más importantes de la nacion: Mesonero Romanos se fué á su casa, cargado de memorias, y yo á la mia de coronas de papel recogidas en una funcion de obsequio que se me dió, y con un álbum en cuya primera hoja escribió S. M. la Reina D.ª Isabel. Tal fué el fin y el fruto que yo saqué del Liceo.
Salustiano Olózaga, á quien habia hecho emigrar mi padre cuando era superintendente general de policía, y que fué uno de mis mejores amigos, me ofreció la entrega de mis bienes paternos, que habian sido secuestrados; pero yo rehusé incautarme de ellos, creyendo que «pues habia abandonado mi casa, habia renunciado á mis derechos de hijo...» Olózaga vió que yo era un tonto: mi padre me lo dijo cuando volvió de su emigracion, y yo lo creo ahora que lo escribo. Mi quijotesco modo de ver las cosas y mi caballeresco desprendimiento no fué apreciado por nadie: mi padre me dijo que habia hecho mal en no aprovechar mi favor en el partido liberal, sacrificio que yo creia muy agradable á su intransigencia realista; mi extrañamiento de la sociedad y mi vida oscura de diario trabajo, no me procuró más amigos que el público; y como todos no son nadie, no tuve más amigo que mi trabajo; y como corriendo los tiempos cambian las aficiones y las predilecciones sociales, yo gané mucha fama con dos ó tres afortunadas obras, y llegué á la vejez como la cigarra de la fábula. Pero en mis famosas obras se revela la insensatez del muchacho falto de mundo y de ciencia, exento de todo sentido práctico, y jamás apoyado en principio alguno fijo.
Yo debia mi fama á mis inspiraciones románticas de Toledo.
Aquella gótica catedral, cuyas esculturas se habian levantado de sus sepulcros para venir á cruzar por mis romances y mis quintillas; aquel órgano y aquellas campanas que en ellos habian sonado; aquellos rosetones, capiteles y doseletes; aquellos cláustros católicos, aquellas mezquitas moriscas, aquellas sinagogas judías, aquel rio y aquellos puentes y aquellos alcázares que habian dado á mis repiqueteados y desiguales versos la vistosa apariencia de sus festonadas labores de imaginería y de crestería, no me habian merecido más que el desprecio de su antigüedad y la mofa de su perdida grandeza; y aquel pueblo, á cuyas costumbres, á cuyas tradiciones y á cuyas consejas debia yo todo el valor de mi poesía lírica y legendaria, no me mereció más que el epíteto de imbécil, en aquella estrofa, padron de mi infamia:
Hoy sólo tiene el gigantesco nombre,
parodia con que cubre su vergüenza:
parodia vil en que adivina el hombre
lo que Toledo la opulenta fué.
Tiene un templo sumido en una hondura,
dos puentes y entre ruinas y blasones
un alcázar sentado en una altura
y un pueblo imbécil que vegeta al pié.
¿Concibe V. poeta más necio y más ingrato, mi querido Velarde? ¿Por qué llamé yo imbécil al pueblo de Toledo? ¿Por que era religioso y legendario, y pretendia yo echármelas de incrédulo y de volteriano? Pues entónces, ¿por qué seguia buscando fama y favor con mi poema de María y con el carácter religioso y creyente de todas mis obras? Porque el imbécil era yo: y gracias á Dios que me ha dado tiempo, juicio y valor civil para reconocer y confesar públicamente en mi vejez mi juvenil imbecilidad.
En cuanto á mi ingratitud... por más que me avergüence y me humille tal confesion, no quiero morir sin hacerla. La muerte de Larra fué el orígen de mis versos leidos en el cementerio. Su cadáver llevó allí aquel público, dispuesto á ver en mí un génio salido del otro mundo á éste por el hoyo de su sepultura; sin las extrañas circunstancias de su muerte y de su entierro, hubiera yo quedado probablemente en la oscuridad, y tal vez muerto en la más abyecta miseria; y apenas me ví famoso, me descolgué diciendo un dia:
Nací como una planta corrompida
al borde de la tumba de un malvado, etc.
Hé aquí un insensato que insulta á un muerto, á quien debe la vida; que intenta deshonrar la memoria del muerto á quien debe el vivir honrado y aplaudido. ¿Concibe V., Sr. Velarde, un ente más ingrato ni más imbécil? Pues ese era yo en 1840; mezcla de incredulidad y supersticion, ejemplar inconcebible de progresista retrógrado, que ignoraba, por lo visto, hasta la acepcion de las palabras que escribia.
Han transcurrido treinta y nueve años: nadie ha venido jamás á pedirme cuenta de mis palabras, y aprovecho la primera, aunque tardía, ocasion que á la pluma se me viene, para dar á quien corresponde una satisfaccion espontánea y jamás por nadie exigida; quiero decir: á los toledanos de hoy y á los hijos de Larra.
Y en estas últimas líneas, con las que con V. corto mi correspondencia, fundo yo más vanidad, mi querido Velarde, y espero que halle V. más motivo de estimacion que en los cuarenta tomos de versos que lleva escritos el autor de D. Juan Tenorio.
VIII.
Índice
Abreviemos este relato, sobre el cual deseo pasar como sobre áscuas. Mis memorias son demasiado personales para inspirar interés, y demasiado íntimas para ser reveladas en vida: temo además que parezcan comezon de hablar de mí mismo, cuando siento un profundísimo anhelo y tengo perentoria necesidad de desaparecer de la escena literaria
á vivir en el olvido
y á morir en paz con Dios.
Corramos, pues, cuatro años en cuatro líneas. Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, despues de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara, emigró mi padre á Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí á mi editor D. Manuel Delgado, quien á vueltas de larguísimas é inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedia; es decir, jamás me lo dió en su casa, sinó que me lo envió siempre á la mia á la mañana siguiente del dia en que se lo pedí: parecia que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, ó que no queria dejarme ver que lo tenia en su casa, ó que no era dueño de emplearle sin consulta ó permiso prévio de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó á pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte á mi padre; pero era preciso trabajar mucho; y tan falto de ciencia como de tiempo, continué produciendo tántas líneas diarias cuantos reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las vanalidades que en ellas decia. Comprendiendo al fin que no era posible repicar y andar en la procesion, suprimí las amistades del café y las visitas de cumplimiento; y encerrándome en mi casa cerré su puerta á los ociosos y á los gorristas; quedándome reducido á la cariñosa amistad de Pastor Diaz, á la proteccion incondicional de Donoso Cortés, y á la sociedad de G. Gutierrez, á quien quise y quiero como á un hermano mayor, y á la de Fernando de la Vera, el corazon más leal y más constante de cuantos me han acordado su afecto y pasado cariñosamente por las desigualdades de mi carácter.
Años hemos pasado juntos y años sin vernos ni escribirnos; al volvernos á encontrar, Gutierrez desplega la misma sonrisa semi-séria con que nos despedimos hace treinta años, y Fernando de la Vera, de prodigiosa memoria, toma la conversacion donde la dejamos hace veinte. Yo admiro y saboreo aún los versos de G. Gutierrez, aunque ya él no me los lee, y Fernando de la Vera se admira de haber escrito los suyos, sin haber tenido jamás necesidad de escribirlos. Los Villa-Hermosa habian desaparecido de Madrid; y cuando yo leia mis versos en las sesiones del Liceo, en los salones de su palacio, esperaba siempre ver aparecer por detrás de algun tapiz la severa figura del viejo duque, que me perdonaba las muchachadas que le enojaron, ó la pálida hermosura de la duquesa, que tengo aún en las pupilas como la imágen de la duquesa de quien habla Cervantes, ó la faz, en fin, semi-burlona del actual duque, que venia á decirme: «Mira cómo te regocijas en mi casa, como si estuvieras en la tuya.» Los Madrazos se habian dividido en muchas familias, y Espronceda entre sus ruidosos amigos me llamaba el viejo de veinticuatro años.
Pero era preciso vivir, y para vivir era forzoso trabajar. La casualidad, que es la providencia de los españoles, y la debilidad de García Gutierrez para conmigo, me abrieron campo más ancho, franqueándome la escena, cuando más necesitaba variar y acrecentar mis medios de accion y de subsistencia.
No recuerdo por qué ni cómo, porque aún no conocia el teatro por dentro, habia quedado Madrid aquel verano sin compañía dramática alguna, ni por qué ni cómo andaban por las provincias Matilde, los Romeas y los empresarios habituales de sus coliseos: el hecho era que desde fines de Mayo actuaba en el del Príncipe una sociedad improvisada, bajo un programa tan modesto que no anunciaba más pretensiones que la de no dejar al público de Madrid sin ningun espectáculo. Componíanla García Luna, Juan Lombía, Pedro Lopez, Alverá, Bárbara y Teodora Lamadrid, la Llorente, la Puerta como graciosa, Azcona, Monreal y media docena de bailarinas. Luna y la Bárbara eran ya actores de reputacion; Azcona y la Llorente eran resto de las buenas compañías de Grimaldi: Breton no habia aún escrito para Lombía El pelo de la dehesa, y no habia tenido aún tiempo Teodora de abordar los grandes papeles. Una mañana de Junio, miércoles ántes de un Corpus Christi, pasaba yo por la calle Mayor, de vuelta de casa de Delgado, á quien no habia podido ver; acordéme de que hacia más de un mes que no veia á G. Gutierrez, que habitaba en un piso principal de los soportales, y me ocurrió verle y ver si él me procuraba el dinero que de Delgado no habia obtenido. Colocaban los operarios del municipio el toldo para la procesion del dia siguiente; y como yo anduviese por entónces muy dado á la gimnasia, para fortalecer el brazo izquierdo que me habia roto de muchacho, y como dos cuerdas del toldo colgasen hasta la calle, aseguradas en el balcon de G. Gutierrez, trepé á su aposento por tan inusitado camino, encontrándole todavía acostado, á pesar de ser cerca de medio dia. Nuestra conversacion no fué muy larga.
—¿Qué tienes? ¿Por qué estás aún en la cama?
—Porque me aburro: y tú, ¿qué traes?
—Mohina por no haber encontrado á Delgado en casa.
—¿Necesitas dinero?
—¿Cuándo no?
—Pues dos dias hace que estoy yo aquí discurriendo de dónde sacar dos mil reales.
—¡Pero, hombre, tú, con ofrecer una obra al teatro!..
—No tengo más que medio acto de un drama.
—Pues yo te ayudaré; y haciendo en tres dias tres actos cortos, yo me encargo de sacarle á Delgado el precio del derecho de impresion, y tú puedes tomar los de representacion de la compañía del Príncipe, que verá el cielo abierto de tener en Junio un drama del autor del Trovador.
Hice á Gutierrez oferta tal, sin pesar más que mi buen deseo, y aceptóla él sin pensar en mi inexperiencia del arte dramático, ni la distancia que entre él y yo mediaba. Convinimos en que él me escribiria el plan de su obra y vendria á las cuatro á comer con mi familia, para repartirnos el trabajo. Hízolo así Gutierrez; leyóme las dos primeras escenas que tenia escritas: tocóme á mí escribir el acto segundo, y nos despedimos al anochecer para juntarnos el jueves á las cuatro, á examinar el trabajo por ambos hecho en la noche. El jueves me trajo dos escenas más, y leíle yo todo el acto segundo. Asombróle mi trabajo y esclamó:—¡Demonio! ¿Cómo has hecho eso?—Pues poniéndome á trabajar ayer en cuanto te fuiste, y no habiéndolo dejado ni para dormir, ni para almorzar.
Fuése picado, y concluyó su primer acto en aquella noche: el viernes concluimos cada cual la mitad del tercero que le tocó: el sábado lo copié yo, el domingo lo presentó él al teatro y cobró tres mil reales, y el lunes cobré yo otros tres mil de Delgado... y no siguió aburriéndose García Gutierrez, y envié yo á mi padre dos mensualidades, y ganosos los actores de complacer al público, y éste de recompensarles su buena voluntad, se representó y se aplaudió el drama Juan Dándolo; en cuyo apellido esdrújulo veneciano cargamos nosotros el acento en su segunda sílaba, por razones que no hay necesidad de aducir: y cátenme ya autor dramático por gracia de García Gutierrez, que me aceptó en él por su colaborador.
Mi innata é inconsciente audacia me arrastró á escribir inmediatamente mi Cada cual con su razon, en cuya comedia atropellé la historia, clavándole á Felipe IV un hijo como una banderilla; pero la limpia y armoniosa diccion de Bárbara Lamadrid, la intencionada representacion de García Luna, el empeño de Lombía, el esmero de Alverá en ensayar como profesor de esgrima el duelo á cuatro con espada y daga del primer acto, el discreteo galan de algunas escenas, y mi insolente fortuna sobre todo, hicieron parecer un éxito la benevolencia del público con el atrevido mozalvete, autor de aquel afiligranado desatino.
«A mí que las vendo,» me dije: y á los dos meses presenté mis Aventuras de una noche, comedia en la cual levanté un chichon histórico á don Pedro de Peralta y otro al príncipe de Viana. Al infantil enredo de esta mi segunda comedia dieron un alto relieve la Bárbara y la Llorente: y á fin de año dí mi primera parte de El Zapatero y el Rey, en cuyo drama hizo Luna maravillas, y yo una conjuracion de muchachos de colegio, que no hay narices con que admirar; pero en cuyo argumento hay realmente el gérmen de un drama.
Desde aquella noche quedé, como un mal médico con título y facultades para matar, por el dramaturgo más flamante de la romántica escuela, capaz de asesinar y de volver locos en la escena á cuantos reyes cayeran al alcance de mi pluma. Dios me lo perdone: pero así comencé yo el primer año de mi carrera dramática, con asombro de la crítica, atropello del buen gusto y comienzo de la descabellada escuela de los espectros y asesinatos históricos, bautizados con el nombre de dramas románticos.
Si entónces hubiera vuelto mi padre de la emigracion, y él con su jubilacion de consejero de Castilla (que más tarde le concedió S. M. la Reina doña Isabel) y yo con el producto de mis leyendas, hubiéramos cuidado de nuestro solar y de nuestras viñas, habríamos ambos vivido en paz; habria él muerto tranquilo y sin deudas, y hubiérame yo ahorrado tántos tumbos por el mar y tántos tropezones por la tierra, acosado por la envidia y por las calumnias de los que codician una gloria que no es más que ruido y unas coronas de papel, bajo cuyas hojas sin sávia vienen siempre millones de espinas, que bajan atravesando el cerebro á clavarse en el corazon de los que en España llegan á la celebridad literaria.
Pero mi padre, tenaz en sus opiniones, se obstinó en no acogerse á amnistía alguna; mi infeliz madre siguió oculta por las montañas, no queriendo ver ni aprovechar la tolerancia del progreso; y Lombía, al hacerse empresario del teatro de la Cruz, me ofreció un sueldo mensual por no escribir para el del Príncipe, á donde volvieron Matilde y Julian, y ajustó á Cárlos Latorre con la condicion de que estrenara mi segunda parte de El Zapatero y el Rey, de la cual habia yo hablado, como consecuencia del ensayo hecho en la primera.
Lombía, actor de ambicion, empresario activo y espíritu tan malicioso como previsor, habiendo crecido en reputacion con la ayuda de las obras de Breton y de Hartzenbusch, sus amigos casi de infancia, no desaprovechó la doble ocasion, que á la mano se le vino, de interesar pecuniariamente en su empresa á Fagoaga, director entónces del Banco, y de ajustar en su compañía á Cárlos Latorre; á quien Julian Romea, su discípulo, habia desdeñado, dejándole sin ajuste en la suya del Príncipe. Latorre era el único actor trágico heredero de las tradiciones de Maiquez y educado en la buena escuela francesa de Talma. Su padre habia sido alto empleado en Hacienda, intendente de una provincia, en tiempos anteriores; y Cárlos, buen ginete, diestro en las armas y de gallarda y aventajada estatura, habia sido paje del Rey José, y adquirido en Francia una educacion y unos modales que le hacian modelo sobre la escena. Grimaldi, el director más inteligente que han tenido nuestros teatros, habia amoldado sus formas clásicas y su mímica greco-francesa á las exigencias del teatro moderno, haciéndole representar el capitan Buridan de Margarita de Borgoña de una manera tan intachable como asombrosa y desacostumbrada en nuestro viejo teatro. Cárlos Latorre no era ya jóven, pero no era aún de desdeñar, sobre todo si se le procuraba un repertorio nuevo, en cuyos nuevos papeles, obligándole á concluir de perder sus resabios de amaneramiento francés, se le abriese un nuevo campo en que desplegar sus inmensas facultades.
Lombía se apresuró á ajustarle en su compañía del teatro de la Cruz, en la renovacion de cuyo escenario y decoracion de cuya sala gastó cerca de cuarenta mil duros; y agregándose al erudito y estudioso galan Pedro Mate, á la Antera y á la Joaquina Baus, heredera ésta de los papeles del teatro antiguo de la Rita Luna, y hermosísima dama de Lo cierto por lo dudoso, y á las dos Lamadrid, Bárbara, ya acreditada, y Teodora, esperanza justa del porvenir, juntó una numerosa aunque algo heterogénea compañía, de la cual no supo sacar partido por dejarse llevar de su vanidad personal y de las miserables rencillas de bastidores, dividiéndola en dos y sacrificando una mitad en provecho de la otra.
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