Kitabı oku: «Cardiff junto al mar»
CARDIFF JUNTO AL MAR
ÍNDICE
Sobre este libro
Sobre la autora
Otros títulos de Fiordo
Cardiff junto al mar
Miao Dao
Fantasmagórica: 1972
El niño que sobrevivió
SOBRE ESTE LIBRO
¿Cómo contar la violencia, y en especial la de los hombres sobre las mujeres? ¿Cómo representar las mil caras de la dominación, y algunas posibles formas de la resistencia? La obra de Joyce Carol Oates pareciera estar continuamente respondiendo, repensando estas preguntas, ensayando formas siempre resonantes de narrar lo inenarrable, ese núcleo de absoluto salvajismo que acecha, segundo a segundo, todas nuestras relaciones.
Cardiff junto al mar reúne cuatro novelas que regresan a personajes y conflictos clásicos del universo de Oates y superan con maestría, y con su estilo inconfundible, el desafío de insuflarles vida nueva: la joven que se choca de frente contra un trauma de la infancia sepultado en la memoria; la adolescente que busca cómo vengarse de sus acosadores; profesores que explotan la asimetría respecto de sus alumnas; maridos que asfixian a sus esposas, y esposas que conciben la más terrible de las represalias. Oates es implacable, imparable, tremenda; juega con nuestros nervios, nuestros estómagos, nuestra conciencia, y en la mejor tradición del suspense nunca da tregua.
SOBRE LA AUTORA
Joyce Carol Oates nació en Lockport, Estados Unidos, en 1938. Estudió letras en la Universidad de Syracuse y en la Universidad de Wisconsin-Madison. Entre 1978 y 2014 dio clases de escritura creativa en la Universidad de Princeton. Ha publicado más de cincuenta novelas, además de conjuntos de cuentos, colecciones de poesía, ensayos y obras de teatro. Recibió el National Book Award por su novela Them, así como otras distinciones y premios, entre ellos la National Humanities Medal, el Prix Femina y el Norman Mailer Prize. Oates es reconocida como una de las autoras más prolíficas e impactantes de la literatura estadounidense contemporánea, y sus obras han sido traducidas a numerosas lenguas. Actualmente vive en Princeton, Nueva Jersey.
OTROS TÍTULOS DE FIORDO
Ficción
El diván victoriano, Marghanita Laski
Hermano ciervo, Juan Pablo Roncone
Una confesión póstuma, Marcellus Emants
Desperdicios, Eugene Marten
La pelusa, Martín Arocena
El incendiario, Egon Hostovský
La portadora del cielo, Riikka Pelo
Hombres del ocaso, Anthony Powell
Unas pocas palabras, un pequeño refugio, Kenneth Bernard
Stoner, John Williams
Leñador, Mike Wilson
Pantalones azules, Sara Gallardo
Contemplar el océano, Dominique Ané
Ártico, Mike Wilson
El lugar donde mueren los pájaros, Tomás Downey
El reloj de sol, Shirley Jackson
Once tipos de soledad, Richard Yates
El río en la noche, Joan Didion
Tan cerca en todo momento siempre, Joyce Carol Oates
Enero, Sara Gallardo
Mentirosos enamorados, Richard Yates
Fludd, Hilary Mantel
La sequía, J. G. Ballard
Ciencias ocultas, Mike Wilson
No se turbe vuestro corazón, Eduardo Belgrano Rawson
Sin paz, Richard Yates
Solo la noche, John Williams
El libro de los días, Michael Cunningham
La rosa en el viento, Sara Gallardo
Persecución, Joyce Carol Oates
Primera luz, Charles Baxter
Flores que se abren de noche, Tomás Downey
Jaulagrande, Guadalupe Faraj
Todo lo que hay dentro, Edwidge Danticat
Sobre mi hija, Kim Hye-jin
No ficción
Visión y diferencia. Feminismo,
feminidad e historias del arte, Griselda Pollock
Diario nocturno. Cuadernos 1946-1956, Ennio Flaiano
Páginas críticas. Formas de leer y
de narrar de Proust a Mad Men, Martín Schifino
Destruir la pintura, Louis Marin
Eros el dulce-amargo, Anne Carson
Los ríos perdidos de Londres y El sublime topográfico, Iain Sinclair
La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder, Andrés Barba
La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, Al Alvarez
Los hombres me explican cosas, Rebecca Solnit
Una guía sobre el arte de perderse, Rebecca Solnit
Nuestro universo. Una guía de astronomía, Jo Dunkley
El Dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio, Al Alvarez
Legua
Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate, Carmen M. Cáceres
ELOGIO DE JOYCE CAROL OATES
«Es una escritora extraordinaria no porque escriba tanto, sino porque lo que escribe es consistentemente bueno. (…) Oates captura a la perfección la atmósfera del miedo y los malentendidos provocados por las buenas intenciones».
The Times
«Oates es una maestra de la tensión y de la forma, su escritura se estrella contra las páginas y las lleva casi siempre a un final devastador».
USA Today
«¿Hay alguna otra escritora o escritor que trabaje el terror de un modo tan literario como Joyce Carol Oates?».
St. Louis Post-Dispatch
«Lo que nos hace volver una y otra vez al país de Oates es su ominoso talento para convertir cada página en una ventana, hacer que veamos lo que pasa ahí dentro como algo que juraríamos es la vida misma».
New York Times Book Review
«Hay pocos escritores que puedan hacer tanto con tan pocas palabras como la económica, enigmática Oates».
Kirkus Reviews
«Qué bendición contar con una novelista así en estos tiempos confusos, caóticos».
Star Tribune
«Proteica y prodigiosa son, sin duda, las palabras que definen a Oates».
Richard Ford
COPYRIGHT
Título original en inglés: Cardiff, by the Sea
“Cardiff, by the Sea” apareció por primera vez en Ellery Queen; “Miao Dao” fue un lanzamiento original de Amazon; “Phantomwise: 1972” apareció en Ellery Queen y luego en The Best American Mystery Stories 2019; “The Surviving Child” en Echoes: The Saga Anthology of Ghost Stories, y luego en The Best Fantasy and Horror 2020
© 2020 por The Ontario Review, Inc.
Published by arrangement with The Mysterious Press, an imprint of Grove Atlantic, Inc.,
New York, NY, USA/Publicado por acuerdo con The Mysterious Press, un sello de
Grove Atlantic, Inc.
© de la traducción, Ariadna Molinari Tato, 2021
© de esta edición, Fiordo, 2022
Tacuarí 628 (C1071AAN), Ciudad de Buenos Aires, Argentina
correo@fiordoeditorial.com.ar
www.fiordoeditorial.com.ar
Dirección editorial: Julia Ariza y Salvador Cristofaro
Diseño de cubierta: Pablo Font
ISBN 978-987-4178-55-8 (libro impreso)
ISBN 978-987-4178-60-2 (libro electrónico)
Hecho el depósito que establece la ley 11.723
Hecho en Argentina.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin permiso escrito de la editorial.
Oates, Joyce Carol
Cardiff junto al mar: cuatro novelas de suspenso / Joyce Carol Oates. - 1a ed. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fiordo, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
Traducción de: Ariadna Molinari Tato.
ISBN 978-987-4178-60-2
1. Literatura Estadounidense. 2. Novelas. 3. Novelas de Suspenso. I. Molinari Tato, Ariadna, trad. II. Título.
CDD 813
Para Ernie Lepore
CARDIFF JUNTO AL MAR
PARTE I
1
En el rincón oscuro y maloliente bajo la pileta. Detrás de la cañería de desagüe. Se ha hecho lo suficientemente pequeña como para poder esconderse ahí.
Filamentos de telaraña rota adheridos a su piel. Los ojos llenos de lágrimas. La espalda arqueada, como un monito. Los brazos que sujetan las rodillas contra el pechito plano.
Es una niñita, lo suficientemente pequeña como para salvarse. Lo suficientemente pequeña como para caber en la telaraña. Lo suficientemente inteligente como para saber que no debe llorar.
No debe respirar. Para que nadie la escuche.
Para que él no la escuche.
La puerta del escondite se abre; ve las piernas de un hombre, sus pies. Ve y no ve el destello de algo oscuro y húmedo en los pantalones. Escucha y no escucha sus jadeos rápidos y excitados. Con una carcajada salvaje, el hombre se asoma. La descubre. Las lágrimas hacen que ella le vea la cara borrosa. Mueve la boca y le dice algo, pero ella no escucha nada. Luego, la puerta se cierra de nuevo y se queda sola.
De ese modo se decide. En la telaraña tendrá permitido vivir.
2
Suena el teléfono. Inesperadamente.
No el celular, que Clare contestaría (casi seguro) sin pensarlo, sino el otro, el de línea, el que suena rara vez.
Segundos para decidir. ¿Debería contestar?
No reconoce el número en el identificador. Calcula que debe ser una de esas llamadas grabadas.
Aun así, en esa lluviosa mañana de abril —por curiosidad, soledad o necedad—, contesta.
—¿Sí? ¿Quién habla?
Un sobresalto en la vida de Clare.
Porque el desconocido, alguien que se presenta como abogado de un estudio de Cardiff, Maine, la ha llamado a ella. Le informa que es la heredera de una persona de quien nunca ha oído hablar.
—Maude Donegal, de Cardiff, Maine. Su abuela.
—¿Perdón? ¿Quién?
—Maude Donegal… la madre de su padre. Falleció a la edad de ochenta y siete…
No entiende lo que escucha. Supone que debe tratarse de una broma, su primer instinto es soltar una carcajada.
—No tengo una abuela que se llame así. No conozco a nadie que se llame así. ¿Dijo que era Douglas?
—Donegal. —Una pausa, y la voz incorpórea al otro lado de la línea va al grano, como si fuera una voz en un sueño—. Donegal es su apellido de nacimiento. ¿No lo sabía?
—¡De nacimiento! Pero ¿de dónde dice que llama?
—Cardiff, Maine.
Clare nunca ha oído hablar de Cardiff, Maine. Está segura.
Ha pasado casi toda su vida en Minnesota; primero en St. Paul, luego en Minneapolis. Muy lejos de Maine.
En años recientes, Clare ha vivido en Chicago, Brooklyn, Filadelfia, Bryn Mawr (donde reside en la actualidad). Sigue estando bastante lejos de Maine.
—¿…alguna duda?
—N… no…
—Espero no haberla molestado, señorita Seidel.
¡Para nada! Solo acaba de hacer un agujero en la trama de mi vida.
Clare le da las gracias al abogado. Y la conversación llega a su fin. La noticia la dejó tan perturbada que olvidó preguntarle a Lucius Fischer en qué consiste la herencia de Maude Donegal; cuánto dinero, qué propiedades, lo que sea. Pero ahora le da vergüenza volver a llamarlo.
El abogado le pidió su dirección. Le enviará un documento por UPS que debe llegar al día siguiente, a la tarde.
Además, por solicitud de los parientes Donegal en Cardiff, incluirá sus números telefónicos en el documento. La familia ha expresado su deseo de que, si Clare visita Cardiff, se hospede con ellos.
¡Parientes! Pero si son desconocidos, y Clare no concibe hospedarse con desconocidos.
Clare valora su soledad, su privacidad. Su frialdad se confunde con timidez; su reticencia, con hermetismo. Por naturaleza no es una persona suspicaz, pero (sin duda) no es ingenua, así que se pregunta si aquellas «buenas noticias» repentinas son confiables.
Si es algún tipo de fraude, no tardará en salir a la luz: alguien le pedirá dinero.
Clare no está familiarizada con los testamentos, las herencias… los «tribunales sucesorios». Nunca en la vida ha sido la beneficiaria de alguien; ni siquiera se le había ocurrido que sus padres adoptivos fueran a (quizá, seguramente) mencionarla en sus respectivos testamentos, dado que es hija única y la heredera más probable…
Ante la sorpresa de la llamada, ni siquiera expresó pesar por la muerte de Maude Donegal. Teme haber olvidado el nombre… pero no, ya lo anotó: Maude Donegal.
Lucius Fischer debe pensar que es una desalmada incapaz de conmoverse por la muerte de una abuela.
¡Pero si no es mi… abuela! No tengo abuela.
Los abuelos (adoptivos) de Clare ya no están vivos. Y, cuando vivían, no figuraban mucho en su vida.
A Clare le resulta muy extraña esa sintaxis: ya no están vivos. Como si no estar vivo fuera algo que los abuelos estuvieran haciendo en el presente.
Clare llegó a envidiar que sus compañeros de clase pudieran mencionar de forma casual a sus abuelos. Como si los dieran por sentados: Abue, Abu. ¿Qué significaban esas expresiones de afecto? Tanto los padres de su madre como los de su padre eran muy mayores cuando la adoptaron, y al parecer nunca se encariñaron mucho con su nieta.
Clare casi no los recordaba. Meros desconocidos que miraban a la niñita adoptada y callada desde el otro lado de un abismo.
(Oh, ¿Clare había sido callada? Claro que no. Al menos no la mayor parte del tiempo. Apenas si recuerda… algo…).
(Una especie de red, o de tela, sobre la boca. Hilos pegajosos sobre los labios, enredados en las pestañas. Inhalar entre sollozos temblorosos; la telaraña que se mete horriblemente en las fosas nasales).
Clare casi no recuerda nada. Es un hecho.
Era demasiado pequeña entonces como para darse cuenta de que, si sus padres hubieran podido tener hijos, probablemente —o más bien, seguramente— no la habrían adoptado. El amor que le profesaban, el interés intenso que les despertaba, jamás habría existido si hubieran tenido hijos propios.
En la clase de biología de la escuela secundaria, Clare aprendió que el ADN es todo. Los individuos cuidan a los suyos, a los descendientes que llevan su ADN. Los machos de muchas especies son propensos a destruir a las crías de otros machos para reproducirse con la madre y así replicar su propio ADN. La madre desesperada puede intentar ocultar a sus pequeños del macho depredador, pero, cuando empieza su celo, se siente compelida a aparearse con el macho empeñado en asesinar a sus bebés y engendrar descendientes propios.
Compelida a aparearse. ¿Por qué?
Quizá los padres de sus padres no se habían encariñado con la nieta (adoptada) por ese motivo. Clare no era de los suyos.
Pero qué antinatural, entonces, que los padres biológicos desecharan a sus crías…
Ese es el misterio. Clare ha preferido no pensar en ello.
Y ahora que ha cumplido treinta, se siente demasiado vieja —es decir, no demasiado joven, no tan ingenua y esperanzada— como para prestarle atención a sus padres biológicos; su ascendencia.
¿Por qué arriesgarse a que la lastimen (de nuevo)? De hecho, nunca ha reconocido del todo que está herida.
Busca el poblado de Cardiff, Maine, en un libro de mapas. Muy cerca del océano Atlántico. La cercanía de los poblados de Belfast y Fife indica que esta parte (este) de Maine en algún momento fue un asentamiento escocés. Clare se pregunta si sus ancestros (paternos) eran de ascendencia escocesa o irlandesa. Hasta ese día en la mañana, nunca había pensado mucho en su ascendencia.
(No obstante, siempre ha sentido una atracción innegable hacia la historia celta… el arte, la música. Cuando por casualidad escuchó una balada irlandesa en NPR mientras conducía de camino a algún lugar, la invadió una sensación de pérdida, de anhelo tan profunda que casi tuvo que detenerse en la autopista… Y, si detecta un acento escocés o irlandés, sin importar qué tan sutil sea, de inmediato queda fascinada).
Pero ¿por qué habrían de importar los orígenes? Cualquiera que sea adoptado sabe que lo único que importa es el aquí y el ahora.
Clare se da cuenta de que Cardiff no es una de las ciudades más grandes de Maine. Tiene apenas diecinueve mil habitantes. Está a veintisiete kilómetros al norte de Eddington, en una costa que se ve dentada, como un cuchillo.
Qué raro suponer que podría ser oriunda de ahí… de un puntito en el mapa.
Pero bueno, todos tenemos que ser oriundos de algún lugar.
Clare se reprende; no debe albergar esperanzas. No debe ceder a sus expectativas. La esperanza es esa cosa con plumas, advertía la poeta. Vulnerable, y por lo tanto fácil de lastimar.
Nunca ha deseado creer en el determinismo genético… el «destino». Es una persona culta, hija de educadores profesionales, sabe que, en esencia, lo que configura el ser es el entorno.
Los lugares, la gente. La calidad de vida, la educación. El aire que respiramos… ¿está limpio o contaminado? Lo que de verdad importa es el entorno inmediato que nos rodea.
En ese aspecto, Clare ha sido afortunada. La convención dice que los niños adoptados son afortunados. Se los saca de la oscuridad, se los elige, lo que significa que se los aprecia. Ha recibido una buena educación y nunca ha pasado hambre ni ha temido por su vida. (¿O sí? Al menos no que ella recuerde). Ahora alquila un departamento bastante agradable, de una habitación, al que puede llegar caminando desde el hermoso edificio cubierto de hiedra del prestigioso Instituto de Investigaciones en Humanidades de Bryn Mawr, donde realiza su investigación posdoctoral sobre fotografía del siglo xix.
Su trabajo, que requiere visitar los extraordinarios archivos de fotografía del Museo de Arte de Filadelfia, es por completo autodirigido. El Instituto tiene la política de permitirles a sus investigadores trabajar en soledad y en privado durante años, sin que tengan que rendirle cuentas a nadie.
A Clare la desconcierta pensar que podría morirse y el Instituto tardaría meses en enterarse. Vivir tan libre de todo escrutinio es emocionante, pero también un poco perturbador. Una podría morir de soledad, ha pensado Clare.
Hoy está demasiado inquieta para trabajar. Demasiado distraída para mirar diapositivas en la espaciosa sala de lectura del archivo del museo mientras redacta notas al pie en su laptop. En cambio, se pasa horas en casa navegando en internet, averiguando todo lo posible sobre Maine al este, la costa rocosa del Atlántico. Y sobre la historia del asentamiento de Cardiff en el siglo xviii.
Hay algunos artistas distinguidos (todos hombres) vinculados con Maine: Winslow Homer, Rockwell Kent, George Bellows, Frederic Church… Seguramente hay mujeres artistas talentosas cuya obra ha sido ignorada o infravalorada.
Las artistas mujeres rara vez sobreviven a su generación, sin importar cuán talentosas u originales sean. No importa cuántos premios hayan recibido ni con qué artistas hombres se hayan relacionado. Apenas mueren, su arte empieza a desvanecerse y perecer. Clare ha razonado esta injusticia y está decidida a ayudar a combatirla.
En Maine emprenderá un nuevo proyecto. Quizá.
Heredera. Testamento. Abuela… Donegal. La voz de barítono del abogado de Cardiff resuena de forma seductora en los oídos de Clare.
Desearía poder compartir las buenas nuevas con alguien. Pero en Bryn Mawr no tiene amistades ideales. Siempre ha tenido la cautela de no ser demasiado franca con la gente, ni siquiera con sus amantes. Mucho menos con sus amantes.
La intimidad con alguien nos incita a revelar… demasiado. Al desvestirnos nos volvemos vulnerables. Una vez que el secreto se comparte, no hay vuelta atrás.
Además: Clare no le ha contado a nadie que es adoptada. Es su mayor secreto. Así que ahora tampoco puede compartir la felicidad que le da ser heredera.
Es la prueba de que a alguien le importó. A una abuela.
Pero ¿por qué esperó tanto… esta abuela… para salir a la luz, Clare?
¿Qué hay de tus padres (biológicos)? ¿Viven? ¿Intentarás contactarlos?
Clare no quiere escuchar esas preguntas. Ni tiene idea de cómo contestarlas.
Intenta concentrarse en la pantalla. Revisa un sitio web dedicado a Winslow Homer en Maine. La distraen demasiado los pensamientos intrusivos aleatorios…
En uno o dos días podrías conocerlos… o lo que sea que te esté esperando en Cardiff.
Clare intenta no pensar en ellos: la madre, el padre. Ni siquiera de niña se lo permitió. Dio por sentado que ninguno de los dos seguía con vida, si no ¿por qué alguien le entregaría su hija de dos años y nueve meses a unos desconocidos?
Nadie haría algo así por elección. Es posible que una chica soltera renuncie a su bebé si está desesperada, pero la cosa es bien distinta si se trata de un niño de cierta edad.
Sí, pero quizá te vendieron. No solo no te querían, sino que quisieron lucrar contigo.
Imposible. ¡Qué absurdo! Clare jamás podría creer algo así.
Pero ahora que sabe que la madre de su padre le ha dejado una herencia, que la familia Donegal no era de bajos recursos…
De niña, Clare conoció otras chicas adoptadas. En la escuela primaria, en la secundaria. Le sorprendía que compartieran con otros ese detalle tan íntimo, tan vergonzoso. Una de sus compañeras de cuarto en la universidad se obsesionó (de forma exasperante) con encontrar a su madre biológica. (Clare nunca la alentó a que la buscara ni se mostró muy empática cuando la misteriosa madre biológica resultó decepcionante). Ni siquiera a ellas les compartió Clare su secreto. Ni hizo el esfuerzo de averiguar cuál era el procedimiento legal para encontrar a sus padres biológicos.
Cuando eres adoptada, no te conviene preguntar por qué.
Saber que eres adoptada es la respuesta a cualquier pregunta que podrías hacer sobre tu adopción.
¡Suena el teléfono! Clare examina el identificador de llamadas mientras controla el impulso de contestar de inmediato.
Algo desanimada ve que es alguien conocido —un amigo (hombre), no un amante (todavía), pero sí (al parecer) con potencial romántico— con quien quedó para cenar esa noche en Filadelfia. Su amigo es otro investigador posdoctoral del Instituto que frecuenta la Biblioteca Pública de Filadelfia para hacer su trabajo de investigación. Ayer Clare estaba muy entusiasmada por aquel encuentro y se habría desilusionado si su amigo le hubiera cancelado; ahora, en cambio, lo había olvidado por completo y tendrá que inventar una excusa creíble para no ir con él al restaurante.
¡Lo siento mucho, Joshua! Pensé que tendría tiempo de avisarte antes, pero es que… hubo una emergencia familiar. Tengo que irme unos días, y no lo puedo postergar.
3
Su identidad personal siempre ha sido algo muy simple: adoptada.
Hoja en blanco. Borrón y cuenta nueva. Sin memoria.
Era muy pequeña aún; no tenía ni tres años cuando la adoptó una pareja de St. Paul (mayor, sin hijos) de apellido Seidel.
Era lo único que había necesitado saber sobre esa fase de su vida: la habían adoptado de niña. Lo único que deseaba saber.
Eso es la adopción. Una tabula rasa.
Sus padres (adoptivos) le dijeron que su nombre de nacimiento era Clare; es decir, se llamaba Clare Ellen cuando llegó a sus vidas, y era un nombre «muy encantador» que no tenían motivos para cambiar, aunque, como ya era su hijita, sí le cambiarían el apellido (de forma oficial, como era de esperarse).
Era una cuestión de propiedad, de posesión. Un niño llega a las manos de un adulto o adultos, ya sea por medio de un parto o por medio de una agencia.
Tal vez haya visto ese apellido en su acta de nacimiento… Donegal. Ha pasado tanto tiempo que no le quedó en la memoria, y (de hecho) lo había olvidado.
Toda adopción es un misterio. ¿Por qué?
¿Por qué renunciaron a mí? ¿Por qué me regalaron? ¿Por qué no me quisieron?
¿Quién no me quiso?
Pero Clare Seidel era/es la hija (adoptiva) perfecta. Clare no hace/hacía preguntas.
Los niños agradecidos no preguntan por qué.
Los Seidel eran mayores. Bien podrían haber sido los abuelos de su hija adoptiva. Ambos eran profesores comprometidos; educadores. En los diecisiete años que llevaban de casados no habían tenido hijos, aunque lo habían intentado (según lo que Clare logró dilucidar). Poco antes de que adoptaran a Clare, el amado perro de los Seidel había fallecido. Al ver fotos de ese elegante Airedale esponjoso, flanqueado por sus orgullosos amos, Clare sintió una punzada de celos, de temor. (Si el Airedale no hubiera fallecido a los doce años, en el momento preciso en el que falleció, ¿existiría acaso la persona conocida como Clare Seidel?). Los Seidel no querían pensar que la vida los había engañado. Tenían dos ingresos, dos autos y una casa con una hipoteca decente. Cada año, en agosto, alquilaban durante dos semanas una cabaña en el Lago Superior. Agradecieron la llegada de la huerfanita Clare, tanto como Clare agradecería después que ellos la hubieran adoptado.
¡No hieras los sentimientos de Papá! ¡Nunca le hagas pensar que no es tu papá, porque claro que lo es!
Porque no tienes otro Papá, ni otra Mamá. Solo nos tienes… a nosotros.
Clare lo sabía a nivel instintivo. Lo entendía. Era su hijita (adoptada), la que nunca preguntaría por qué.
Por ejemplo, un niño (adoptado) jamás pregunta: ¿Por qué me quisieron a mí?
¿No pudieron tener hijos propios? ¿Por eso me adoptaron?
¡Nunca se pregunta! ¡Jamás! Es impensable.
Un niño (adoptado) nunca pregunta: ¿De dónde salí? ¿A quién le pertenecía antes de que me entregaran?
Después, en la escuela, Clare sentía que se le llenaba el pecho de orgullo cuando la maestra sonriente pronunciaba aquel apellido especial que la nombraba: Sei-del.
Sintió un inmenso placer cuando al fin aprendió a escribir y escribió
Clare Seidel
Clare Seidel
Clare Seidel
en su cuaderno.
Pero todo eso, esa parte de su vida, de su vida muy temprana, se ha vuelto casi completamente ajeno.
4
Al día siguiente llega el envío de Lucius Fischer. Clare descubre que heredó cinco hectáreas, una casa y edificaciones anexas en el 2558 de Post Road, en el condado de Ashford, en Maine.
¡Propiedades! Mejor que dinero a secas, sin valor histórico. Una propiedad es algo que Clare puede poseer.
Examina varias veces la carta del abogado, pero no encuentra información nueva. No hay ninguna posdata personalizada, escrita a mano: ¡Felicidades, señorita Seidel!
En vez de eso, una carta formal, impresa en grueso papel membretado cuyo encabezado dice: Abrams, Fischer, Mittelman & Trotter.
La firma de Fischer es prácticamente ilegible. Había sentido cierta afinidad con él el día anterior…
Y así nos conocimos. Por teléfono.
Hablando sobre el testamento de mi abuela.
Sonríe al pensar en cómo podría contarlo en el futuro. Cómo se interseca una vida (al azar) con otra vida, y ambas cambian para siempre.
…fue pura casualidad. Sonó el teléfono, tomé el auricular y escuché a Lucius al otro lado: ¿Hola? ¿Hablo con Clare Seidel?
Mi vida cambió por completo. Y la de él también.
Clare imagina una casa de verano en la costa del Atlántico. Ventanales vidriados que dan al océano. Abetos inmensos, un sinuoso sendero rural. Playas llenas de rocas. Olas que rompen en el mar azul grisáceo, demasiado frío para nadar hasta en verano. Viento incesante.
Se ve a sí misma vestida de blanco, como uno de los hermosos personajes de ensueño de las acuarelas de Winslow Homer. Baja unos escalones de piedra hacia la playa. Detrás de ella, una figura misteriosa…
Clare casi logra distinguir el rostro del hombre. Sin embargo, entre más lo observa, más se desintegra. Se vuelve borroso, como si lo estuviera viendo a través de un mar de lágrimas.
No: venderá la propiedad. De ser posible.
Jamás vivirá en la zona rural del condado de Ashford, Maine. Su profesión requiere que viva en grandes zonas urbanas, cerca de los centros de investigación.
Fischer le ha informado a Clare que tiene treinta días para entregar su solicitud en el tribunal sucesorio del condado de Ashford. Se pregunta cuánto valdrá la propiedad. ¿Vale la pena tomarse la molestia?
A Clare le vendría bien el dinero. Tiene treinta años y nunca ha tenido trabajos fijos; solo trabajos temporarios y tareas académicas. Tiene un pequeño ahorro en el banco. Le gusta concebirse como una persona inmune a las cosas materiales. Y, aunque siente cierta debilidad por la belleza, no necesita poseerla.
Paisajes, arte. Música. Se pueden disfrutar sin poseerlos.
También se puede disfrutar a la gente, a los amantes… sin que ellos te posean.
Jamás ha querido casarse, ni mucho menos tener hijos. El llanto de los bebés la llena de desasosiego. Los gritos infantiles le causan pánico. Un (ex) amante se quejó de que Clare tendía a «distanciarse» cuando estaban juntos; nunca supo adónde iba a parar la mente de Clare, pero sabía que no estaba con él.
Clare frunce el ceño al recordarlo. Se arrepiente de haber lastimado a alguien.
En tu red. En tu capullo. Ten cuidado de a quién dejas entrar.
En cada uno de los lugares donde ha vivido Clare desde que se fue de la casa de sus padres ha acumulado unas cuantas amistades que no se conocen entre sí. Para Clare eso es fundamental: que sus amistades no se conozcan entre sí. Cada vez que se muda a una nueva ciudad, no se esfuerza por seguir en contacto con esas amistades.
No obstante, si una de sus amistades deja de hacer el esfuerzo de seguir en contacto con ella, se siente herida y ansiosa.
Sus sentimientos hacia los demás son transitorios, pero potentes. Es como una fogata que arde con fuerza, pero se apaga pronto.
¿Otras personas también se sienten así? Ha habido hombres —y ha habido mujeres— que parecían apreciar a Clare, y de quienes ella rápidamente se retrajo.
A lo largo de su vida adulta, ha tenido una sucesión de amantes. Así como de amistades. Muchas más amistades que amantes, pero muchos más amantes que parientes. Hasta ahora.
—Mierda. ¿En serio me importan?
Cede al impulso de abrir una botella de vino. Chardonnay, adquirido hace unas semanas cuando pensó en invitar a cenar a unos amigos, aunque luego surgieron otros planes. Para celebrar, piensa Clare.
Para fortalecer los nervios. Solo por hoy.
Hasta la fecha, Clare nunca ha bebido sola. Es un acto demasiado autoconsciente, el de beber sola. Un poco triste. Con gesto desafiante, vacía la copa de un trago.
Hora de llamar a casa, en St. Paul. Su estrategia es llamar por lo general a una hora en la que sea improbable que esté su padre, pero sí que esté su madre.
No es que Clare no quiera a Walter. Pero, a veces, hablar con su padre (adoptivo) es incómodo. Clare siempre ha podido hablar más abiertamente con Hannah que con Walter, aunque no pueda afirmarse (supone Clare) que cuando habla con Hannah no haya cierta sensación de… ¿es desazón…?
Clare tiene suerte: Walter no está en casa. Hannah contesta al primer timbrazo, y suena ansiosa, solitaria.
Pero el saludo de Hannah viene envuelto en un sutil aire de reproche. Clare hace memoria: ¿había quedado en comunicarse? ¿Se olvidó de llamarla después de recibir un mensaje suyo? Sin darse cuenta, Clare acostumbra borrar los mensajes de Hannah de su buzón de voz.
Clare llama a Hannah con la intención de compartirle las buenas noticias, pero por alguna razón no se presenta la oportunidad. Adivina qué, mamá. ¡Buenas noticias! Las palabras de entusiasmo simplemente no le salen.
Clare pasa por alto las noticias de su propia vida (privada). Agradece que Hannah tenga una dosis de quejas frescas sobre la colega/némesis que ha satanizado a Hannah Seidel durante lo que Clare siente que han sido décadas. No le importa, a diferencia de otras veces, que Hannah no parezca recordar haberle contado estas cosas a Clare otras veces. En familia, las viejas noticias son buenas noticias, piensa, tratando de ser ingeniosa.
Luego se escucha a sí misma preguntar algo extraordinario: ¿Hannah sabe si los padres biológicos de Clare están vivos? La pregunta corta abruptamente la conversación.
Padres biológicos. Un término clínico y poco sutil, pero (piensa Clare con algo de culpa) preferible a padres verdaderos.
—Pero ¿de dónde viene esa pregunta, Clare? ¿Por qué ahora? —La voz hiperacelerada de Hannah ha bajado la velocidad. Sus ojos, casi perceptibles desde la lejanía de St. Paul, Minnesota, están entrecerrados, y sus labios se han convertido en una delgada herida furiosa. Clare dice que tenía curiosidad de preguntarlo… desde hacía mucho tiempo—. Pero ¿por qué?
¿Por qué, si nos tienes a nosotros? ¿Por qué te interesan ellos?
—¿Por qué? Creo que es una pregunta natural… Ya tengo treinta años.
—¡Treinta años! ¿Y eso qué tiene que ver? —Hannah suena genuinamente molesta y desconcertada.
—O sea… ya no soy una niña.
—Pero si te lo explicamos todo, Clare. Hace años. ¿No te acuerdas?
—Eh… no. Creo que no recuerdo…
Clare intenta hacer memoria, aunque no sabe bien qué está buscando.
—Nos dieron muy poca información, Clare. Y fue hace mucho tiempo. Llegaste a nuestra vida de la nada hace más de un cuarto de siglo. —La voz de Hannah transmite reproche, como si fuera la culpa de Clare. De la nada. Es una afirmación hiriente—. A tu padre y a mí nos dijeron muy poco sobre ti, y nada ha cambiado desde entonces. Lo único que sabemos es lo que te compartimos hace años.
Como si la estuvieran reprendiendo, Clare escucha. No se atreve a decirle: Pero no me acuerdo. Necesito que me lo cuentes de nuevo. ¡Por favor!
—Solo me preguntaba si sabías… si están vivos. O si…
Al otro lado de la línea, Hannah alza la voz y habla con más vehemencia.
—Nunca supimos si había dos padres… o si solo era una madre. Se nos dijo que había habido un accidente, pero nunca supimos los detalles. No teníamos idea de qué edad tenían tus padres biológicos. Tienes que entender, Clare, que fue hace mucho y que en ese entonces las cosas se hacían de otra manera. Dar a un niño en adopción era algo así como vergonzoso, y adoptar también traía consigo cierta sensación… no de vergüenza, pero como de complicidad en la vergüenza. De aprovecharse de la infelicidad de alguien más. Tuvimos que colaborar con una agencia católica a través de una oficina de Planned Parenthood en Minneapolis. Insistieron en garantizar el anonimato si alguna de las partes lo solicitaba, ya fueran los padres que adoptaban o la otra… —Clare se queda boquiabierta ante la andanada de Hannah. Nunca había oído a su madre hablar con tanta franqueza. Entonces empieza a recordar. Anonimato. Expediente sellado. No preguntes. Es inútil—. No había nada más que pudiéramos hacer, Clare. No podíamos exigir que nos dieran información que no podíamos obtener de forma legal. En realidad no teníamos idea de lo que estábamos haciendo; para nosotros adoptar un bebé era algo absolutamente nuevo. Fue una época de muchas emociones. Supusimos que adoptaríamos un bebé, pero claro que estuvimos muy agradecidos de adoptarte a ti… —La voz de Hannah se quiebra cuando se da cuenta de lo que está diciendo—. ¿Clare? Solo queríamos lo mejor para ti.
Qué frase más rara. ¿Qué es lo mejor para… quién?
Entumecida, Clare le dice a su madre que sí, que entiende. Claro.
Todo el mundo quiere lo mejor para una huerfanita que no ha visto nunca.
Clare entiende que es hora de ponerle fin a esa conversación. Hannah suena alterada. Pero no logra hacerlo. Su curiosidad es como una sed insaciable que le acartona la boca.
—¿Sabes en qué parte del país vivían? Mis padres.
Mis padres. Clare reconoce de inmediato su error, es un desliz.
Hannah contesta con voz cortante que no sabe. Que si alguna vez lo supo, ya lo olvidó. Luego cede.
—Bueno, quizá… tengo la impresión de que vivían en Nueva Inglaterra.
—¿No en el Medio Oeste?
—¿Por qué te interesa saber de dónde eran? ¿Alguien intentó contactarte?
—¡No! —contesta Clare de inmediato—. Pero ¿crees que podrías enviarme una copia de mi acta de nacimiento, mamá? Te lo agradecería mucho.
A la edad que tiene Clare, usar el término mamá le suena extraño. Incluso de niña se le dificultaba pronunciarlo bien.
A su padre le dice papá, pero suena menos raro.
Desde temprana edad, impulsada por los (sonrientes) padres (adoptivos), Clare se ha sentido incómoda con esos genéricos apelativos cariñosos.
Tampoco ha usado apelativos afectuosos con sus amantes. Cariño, amor. Querido.
—¿No tienes una copia entre tus documentos? Qué raro.
Los documentos legales de los Seidel están guardados en el archivero del padre de Clare, en el escritorio que tiene en la casa, en carpetas identificadas de forma escrupulosa. Clare heredó de su padre (adoptivo) cierta obsesión por la pulcritud, la claridad, los límites. Ante la duda, archiva. Archiva y a otra cosa.
Clare siente una punzada de vergüenza. Nunca ha terminado de sacar sus cosas de la casa de sus padres ni se ha llevado sus documentos personales; nunca ha armado un hogar propio, dada su vida desarraigada.
La vida de su mente es vagabunda. Una vida indefinida, como una Polaroid que solo se ha revelado de forma parcial.
—¡Muchas gracias, mamá! La necesito por un tema del… seguro médico…
No es una mentira descarada, piensa Clare. Es imposible que Hannah sospeche algo cercano a la verdad: que Clare presentará esa acta de nacimiento en el tribunal sucesorio de Cardiff, Maine.
A través de la ventana, ha estado observando la enorme telaraña que está afuera. Es una obra de arte compleja que conecta con absoluta precisión filamentos de distintas longitudes. Está húmeda por el clima reciente, se estremece y espera con calma la llegada de su presa: un insecto. En el centro hay una araña negra y gorda, inmóvil, como exhausta de haber volcado sus entrañas con tal esplendor.
Al fin se termina la conversación. Hannah se despide de forma abrupta.
—¡Bien! Te quiero —suspira.
Y Clare contesta, como si alguien le hubiera dado un picotazo en el pecho para hacerla reaccionar:
—Yo a ti.
Madre e hija son incapaces de decirse tranquilamente que se quieren.
Clare está exhausta cuando cuelga. Necesita otro trago.
El problema con ser adoptada es que siempre eres provisional. No importa la edad que tengas; siempre corres el riesgo de que te devuelvan.
Acto seguido, Clare se prepara para una tarea más ardua: llamar a los «parientes» de Cardiff cuyo número le ha proporcionado Fischer.
Elspeth, Morag: son las hermanas que han sobrevivido a Maude Donegal, la abuela fantasma. Fischer las describió como «las hermanas menores», pero seguro deben ser mujeres de cierta edad, por lo menos de ochenta años.
Para hacer esto es necesario servirse media copa de vino más.
Hasta hace un día, Clare no tenía idea de que hubiera parientes biológicos. Ahora tiene tías abuelas.
Al primer timbrazo, contestan.
Es como si la tía abuela, vigilante, hubiera estado conteniendo el aliento a la espera de esa llamada. ¡Mi nueva vida!, piensa Clare.
La interlocutora se llama… ¿Elspeth? Al principio, a Clare le cuesta entenderle: la mujer habla con un acento de Maine muy pronunciado y enfatiza las palabras con curiosas interjecciones monosilábicas: ¿eh?, um. Se expresa con formalidad y (al parecer) tiene dificultades para oír bien, pero para alguien originario de Maine es inesperadamente amistosa, piensa Clare; muy interesada en saber más sobre Clare, aunque al parecer no escucha bien lo que ella le contesta, porque le pregunta más de una vez cuándo irá a verlas y termina la conversación de forma abrupta, como si alguien la estuviera llamando.
—Bien, ¡listo! Ya es un hecho. Te hospedarás con nosotras, Clare. Todo el tiempo que quieras. Verás, cariño, hay muchísimo espacio en la hermosa casona antigua de tu abuela Donegal.
5
Tres días después, Clare llega a Cardiff, Maine.
Toca el timbre de una antigua casa de piedra, descuidada pero con cierta dignidad, que se ubica en el número 59 de la avenida Acton y se ve poco iluminada por dentro.
Es como una casa salida de un cuento. Un artefacto de la época victoriana, en una calle con otras casas particulares igual de grandes, imperturbables y carentes de elegancia, alejadas de la calle y enmarcadas por abetos enormes y cercos de ligustros sin podar.
Los Donegal deben ser bastante pudientes, piensa Clare. O al menos lo fueron en algún momento.
Cardiff, Maine, es un pueblo fabril decimonónico en decadencia que aún no se ha integrado del todo a la industria turística como otras ciudades de esa parte de Maine. Sigue teniendo una costa pintoresca, como ocurre con los lugares en decadencia, gracias a las fábricas y los talleres clausurados hace tiempo, un puñado de tiendas de ofertas y de «antigüedades», boutiques que venden artesanías.
La avenida Acton es, sin lugar a dudas, una de las calles prestigiosas de Cardiff, o al menos lo fue alguna vez, aunque cerca del centro las casas como la de las hermanas Donegal han sido reconvertidas con fines comerciales y divididas en departamentos y oficinas. Una elegante mansión de ladrillos rojos ha sido transformada en el Museo Histórico de Ashford; otra inmensa construcción victoriana exhibe un anuncio ostentoso: Servicios de Planificación Familiar del Condado de Cardiff.
Clare toca el timbre de nuevo. Recuerda una tarde de Halloween en St. Paul, durante su niñez; estaba entusiasmada y angustiada a la vez; junto con otros niños enmascarados y disfrazados se habían atrevido a tocar timbres de casas como esa mientras sus padres los esperaban estacionados junto al cordón; recuerda el alivio cuando nadie abría la puerta. Aunque hay luces en el interior, se pregunta si hay alguien. Las ramas de unos árboles perennes se amontonan contra las paredes de la casa y oscurecen las ventanas de la planta baja. Sobre el tejado de pizarra hay parches de musgo, y en las canaletas de lluvia crecen arbolitos en miniatura. Clare percibe el olor a moho de las hojas viejas y la tierra oscura y húmeda, el sutil aroma de la podredumbre orgánica bajo la galería en la que espera. No obstante, con la suavidad de una caricia íntima, le viene a la mente un pensamiento repentino. ¿Este es mi hogar? ¿Estoy en el lugar indicado?
Ser huérfana significa no estar nunca en el lugar indicado. Aunque nadie querría reconocerlo.
El corazón de Clare late rápidamente a la expectativa. Piensa para sus adentros que debería ser más sensata; ya no es una niña ingenua, sabe apaciguar sus esperanzas como alguien apaciguaría a un perrito demasiado entusiasta.
¡No! Definitivamente no es tu hogar.
Hay casi 700 kilómetros entre Bryn Mawr, Pensilvania, y Cardiff, Maine. Son aproximadamente seis horas por la interestatal; un viaje demasiado largo para un solo día, pero demasiado corto como para dividirlo en dos. Si hubiera ido acompañada…
Pero Clare no tiene quien la acompañe. Lo más sensato era dividir el viaje en dos, tal como hizo, y conducir con precaución. Ha sido bendecida con una herencia, la primera de su vida, de modo que asumió el rol de conductora insoportable, de esas que se casan con el carril derecho de la interestatal y permiten que una fila interminable de vehículos la sobrepase.
Desde la llamada de Lucius Fischer, le ha dado vueltas en la cabeza de forma obsesiva: abuela, testamento. Herencia. Y ahora está aquí.
Dentro de la casa de piedra, voces. Incrustada en la gruesa puerta de roble hay una mirilla, a través de la cual Clare alcanza a percibir un tenue destello de luz, como si alguien hubiera encendido una lámpara adentro. La pesada puerta de roble se abre con pomposidad, y dos ancianas de vestimenta extraña saludan a Clare con la efusión de dos urracas emocionadas.
—¡Llegaste! Ay, eres igualita a…
—…a él. Tu papi…
—…nuestro Conor…
—Ay, ¡idéntica!
Voces trémulas. Ojos llenos de lágrimas. La más alta se pone una mano sobre el pecho plano, casi sin aliento.
—¡Bendito sea Dios! Bueno… ¡Estás aquí!…
—…a salvo… aquí…
—Bienvenida, Clare…
—Pasa, querida. Debes estar…
—…¡exhausta!
—…¡famélica! Eso es lo que iba a decir, querida, cuando esta persona tan grosera me interrumpió…
—Ella me interrumpe a mí todo el tiempo, Clare. Nadie es más grosero que ella.
—…famélica después de un viaje tan largo…
—…y exhausta…
—…adelante, querida…
—…es Clare, ¿verdad?…
—…te hemos estado…
—…esperando. Desde hace…
—…años.
La oleada de agasajos marea a Clare. Las urracas le dan picotazos entusiastas. La abrazan una y otra vez. Y luego de nuevo, con brazos delgados pero sorprendentemente fuertes que le sacan el aire.
—¡…igual a él! Tu papi…
—…tu pobrecito papi…
Se limpian los ojos. Se limpian las mejillas, donde resplandecen las lágrimas. La más alta exuda una fragancia a talco dulce y rancio, la más petisa tiene ese olor medicinal a jengibre propio de las pieles avejentadas.
—Querida, yo soy Elspeth…
—Yo soy Morag…
—…la hermana menor de Maude…
—…la hermana menor menor de Maude…
—Hablamos por teléfono, querida…
—Porque ella tomó el auricular antes que yo, y luego…
—¿Quieres que suba tu valija, querida…?
—…ni siquiera me dio oportunidad de saludarte. —Morag, la más petisa de las dos, es particularmente vehemente y recriminatoria—. Nunca me deja.
Clare se deja llevar al interior de la casa de la mano de las tías abuelas, Elspeth y Morag, quienes la conducen a un recibidor con piso de mármol percudido. El olor a moho de las hojas y la tierra húmeda se mezcla con la penetrante fragancia de las ancianas y el aire estancado de la vieja propiedad. Como aves de plumaje suave, las mujeres —las tías abuelas— giran en torno a Clare. Nunca habría adivinado cuál era Elspeth y cuál Morag (¡qué increíbles nombres escoceses!). Una tira de la valija hasta quitársela de las manos, pero cae de inmediato al suelo y le pega a Clare en el pie; es demasiado pesada para la anciana.
—¡Ay, no! ¿Qué hiciste?
—¡No hice nada! Solo intentaba…
—Siempre te entrometes y arruinas todo. La pobrecita no lleva ni cinco minutos aquí y ya le tiraste la valija en el pie. Déjamela a mí, Clare. A mí no se me caerá, te lo prometo.
—¿Qué dices? Soy perfectamente capaz de cargar la valija…
—¡No! Ya demostraste que no lo eres…
Clare tartamudea mientras explica que ella puede subir su propia valija. Que no pesa, que no hay problema…
—¿Cómo? Ni pensarlo, querida Clare…
—Vienes de tan lejos, y eres nuestra invitada…
—Si tan solo Maude estuviera aquí…
—…pero, si Maude estuviera aquí, no habría… testamento… Ni habría Clare.
—¡Ay! No es muy cortés de tu parte decirle eso a nuestra invitada. Debería darte vergüenza.
—A ti debería darte vergüenza… pensarlo en esos términos.
Clare esboza una sonrisa incómoda. No tiene mucha experiencia en ser el centro de atención de «parientes» que (en realidad) son desconocidos pero que no se comportan con la contención convencional de los desconocidos.
Trata de no pensar que fue un error, haber accedido a hospedarse con estas tías abuelas.
De hecho, ¿por qué aceptó su invitación? Habría sido mucho más sencillo hospedarse en un hotel cercano.
Le atrae la idea de familia. Esas ancianas son la única familia consanguínea que Clare ha tenido desde su adopción, aunque no recuerda la adopción.
¿Es Elspeth la más alta y entusiasta de las dos, la que se acerca a Clare con afecto? ¿O será Morag?
Ambas tías abuelas la miran con avidez. Con ansias.
Ambas son más bajas que Clare, quien con su metro setenta es de estatura promedio; la más petisa es muy petisa y parece tener la columna torcida. La más alta, y al parecer más joven, tiene la piel apenas arrugada, de color marfil pálido, y maquillada de manera «glamorosa»: delineador, polvo, lápiz labial que crean cejas arqueadas, mejillas rosadas y una boca en forma de corazón; el cabello voluminoso y de un color mandarina artificial tiene la textura aireada del algodón de azúcar. La más petisa, que al parecer es la mayor, además de la columna retorcida tiene la cara achatada como un pug, la frente baja, la piel pálida y pastosa, pocas cejas y una absoluta falta de pestañas. Y sus labios son delgados, pero bastante largos.
Elspeth, la más alta, lleva un vestido festivo de satén azul eléctrico y un chal negro de encaje sobre los hombros huesudos; Morag, de un cuerpo compacto como boca de incendio, trae puesto lo que podría ser ropa de hombre: pantalones cuadrados oscuros de una tela suave, no muy limpios, y un suéter grueso de cuello alto. No tiene el cabello teñido, a diferencia de su hermana, sino que es de un color entre grisáceo y calizo, un poco crespo, pero lo suficientemente delgado como para que Clare alcance a verle el vulnerable cuero cabelludo. Elspeth, la más alta y sofisticada, usa anteojos de armazón plateado; las de Morag, en cambio, son de armazón de plástico negro.
Clare tiene la sensación vaga e inquietante de que en el fondo, o en su visión periférica, hay alguien más que las observa. ¿Otra tía abuela?
No obstante, cuando se da media vuelta no hay nadie. Un pasillo poco iluminado sale del recibidor y se adentra en las profundidades sombrías de la casa.
Las tías abuelas se paran muy cerca de Clare, como si fueran sus guardianas. Insisten en que tome un té con ellas.
—Te devolverá el alma al cuerpo. Estás pálida como un fantasma.
—Como si tú supieras de fantasmas —dice la otra hermana entre risas burlonas.
—Es un decir. Tú qué vas a saber.
—Lo que sí sé es que eres la única idiota que ha visto un fantasma y se jacta de eso.
—¡No me… jacto!
—Bueno, si Clare ve un fantasma, será por tu culpa, por andarle metiendo ideas en la cabeza.
—No entiendes nada.
Clare no sabe si es mejor reírse de la disputa entre hermanas o ignorarla. Entiende que ella es la causa del brusco tironeo, pero no quiere meter la pata ni ofender a nadie al reírse con una tía abuela a expensas de la otra.
Elspeth es la más astuta, y la más cruel; Morag no es tan sagaz, pero cuando se enfurece ataca como un bulldog. A primera vista, Elspeth parece más fuerte que Morag, porque da la impresión de tener más movilidad, aunque en el fondo Morag es más resistente y se planta con firmeza en el piso.
Pero ambas se comportan con suma amabilidad con la invitada y se muestran genuinamente preocupadas por ella.
—Pasa por aquí, Clare, por favor, y toma asiento. Has hecho un viaje muy largo. Tenemos el té listo desde hace rato…
—¡No es apropiado decirle eso a un invitado! ¿«Listo desde hace rato»? Qué grosería.
—Quería decir que…
—Ignórala, Clare; mi hermana ve a tan poca gente que ya se le olvidaron los buenos modales.
—…solo quería decir que el té se está enfriando.
—Entonces lo recalentaremos…
Las tías abuelas compiten por la atención de Clare como niñas pequeñas o perritos ansiosos por recibir afecto, y esto la avergüenza. Tiene la vaga idea de que hay una persona más, quizás una tercera tía abuela, una figura espectral que anda cerca, a punto de traer el té.
En un salón repleto de muebles, alfombras y tapices, insisten en que Clare tome asiento en un sofá de terciopelo que emite un leve crujido bajo su peso. La habitación huele mucho a humedad, y a algo terroso y arenoso que Clare sospecha que es excremento de ratones, algo que ha olido antes en lugares no tan limpios.
—Sabemos que estás cansada, querida Clare, y que seguro solo quieres algo de privacidad en tu habitación, pero… ¡hay mucho de que hablar!
—¿Cómo sabes que la muchacha quiere privacidad? Mírala, ¡está famélica! Lo que quiere es tomar el té.
—…té al estilo inglés…
—…salvo que solo tenemos galletas Pepperidge Farm, y no scones con manteca ni crema batida, ni todas esas mermeladas y jaleas que sirven en el Ritz, pero…
—¡Uy, el Ritz! Lo dice para que le preguntes: «¿Cuál Ritz?», y ella pueda contestarte: «El Ritz, en Piccadilly… Londres, ya sabes». —Elspeth no disimula su rencor. Cuando Morag protesta, Elspeth contraataca con el plato fuerte—. Y no hablo de Londres, Connecticut.
—Nueva Londres, Connecticut…
—¡Basta ya! ¡Siempre es lo mismo! Nuestro padre nos llevó una vez cuando éramos niñas a tomar el té con bocaditos en el Ritz, y mi hermana es incapaz de superarlo…
—…ella es la que no lo supera…
—…y ¿sabes qué, Clare? El té que nos sirvieron era un simple té negro, y ni siquiera en hebras, sino en simples saquitos de té.
Clare se ríe, aunque no está segura de si era un chiste y se esperaba que riera. Le parece atroz que la hermana más alta, más atractiva y de apariencia más juvenil se exprese con tanto desdén e intente rebajar a su hermana encorvada que habla con mucha franqueza; además, a Morag le falta algo, quizá una mano. Clare está segura de haber visto un muñón de piel lisa… Pero, cuando se anima a mirarla con más detenimiento, nota que Morag tiene dos manos más grandes de lo habitual, manos varoniles con las uñas rotas, como de obrero o jardinero.
—…¡mucho de que hablar, querida! Hemos esperado tanto. Desde que la semana pasada falleció nuestra querida hermana y nos informaron la sorpresa del testamento…
—…no que fuera una mala sorpresa, para nada…
—…no. No fue en absoluto una mala sorpresa. Sabíamos que…
—…nuestra querida Maude tenía muchos «intereses»…
—…donaciones…
—…la iglesia de St. Cuthbert…
—…parientes por toda Nueva Inglaterra…
—…una sorpresa, sin duda, pero no una mala sorpresa…
—…la querida Maude nos legó esta casa…
—…a la familia, a nosotras y a su hijo, Gerard…
—…ah, sí: Gerard, tu tío soltero…
—…Maude se ocupó de nosotras… y de otros miembros de la familia…
—…nuestro querido sobrino Gerard, ya lo conocerás…
—…nosotras no nos casamos, a diferencia de Maude; era tan valiente…
—…lloró tanto por tu padre, tanto que no podía…
—…no soportaba…
—…pensar siquiera en…
—…durante años, no soportó pensar en ti.
—Pero estaba al tanto de tu existencia…
—¡Sí! Todas lo estábamos, salvo que…
—…los años pasaron volando…
—…volando…
En medio del parloteo agotador, traen una rimbombante bandeja de plata manchada que apoyan con gran ceremonia en la mesa ratona frente a Clare. Tintineo de tazas, de cucharas. Frágil porcelana Wedgwood, cascada pero hermosa, y cucharas de plata de diseño elaborado, ligeramente deslustradas. Quien ha llevado la bandeja no queda a la vista de Clare; su rostro (¿de hombre? ¿o mujer?) queda opacado por el vapor que sale de la tetera.
—…te sirvo. Toma, Clare…
—…tu taza, Clare…
—…tu taza, que seleccionamos con detenimiento…
—…pimpollos de rosa, los favoritos de la querida Maude…
—…¡y la cuchara! De hecho, es una cuchara de bebé…
—…tu cuchara…
Clare se frota los ojos, agotada por el largo viaje en auto, y ve que la tía que revuelve el té es Elspeth, a menos que sea Morag… Y, ¿quién es la otra persona en el salón? Clare mira con nerviosismo a su alrededor, pero sus ojos cansados no detectan ninguna otra presencia.
Después viene un interludio de cháchara implacable. Son como aves de picos afilados que la picotean y picotean y picotean. Clare piensa que es evidente que sus tías abuelas no quieren hacerle daño; tienen las mejores intenciones; quizá se sienten solas y añoran la compañía; están emocionadas de conocerla, tan emocionadas como Clare.
Clare, que ha sido siempre quisquillosa con la comida y que vive por debajo de su peso ideal, tiene más ganas de las que había imaginado de tomar ese té tibio diluido con crema de olor rancio. Y las galletas de jengibre tampoco son frescas, pero crujen entre sus dedos y le hacen agua la boca, son tan deliciosas…
—…(Está demasiado flaca, ¿verdad?)…
—…(¡Haremos algo al respecto!)…
Qué curioso, las tías abuelas hablan de Clare como si no estuviera presente.
Los párpados se le cierran con pesadez. De pronto siente un agotamiento profundo. Con los ojos radiantes detrás de las gafas bifocales, las tías abuelas la observan de cerca.
—…¿hora de dormir, querida? Tu habitación está lista…
—…la ventilamos y pusimos sábanas nuevas solo para ti…
—…(¡Oh! Quítale la taza, antes de que se caiga)…
—…(¡Quítasela tú, que estás más cerca!)…
No son ni siquiera las nueve de la noche. Es demasiado temprano para irse a la cama, pero Clare siente como si fuera tardísimo. Medianoche.
Está tan cansada que apenas si puede mantener los ojos abiertos. Qué grosería cabecear así frente a sus tías abuelas… Apenas si logra levantarse del sofá de terciopelo. Apenas si puede articular una disculpa.
(¿Qué le está pasando? Me envenenaron, piensa Clare, pero el pensamiento atraviesa su conciencia y se va como un hilo que entra y sale por el ojo de una aguja).
Hay un instante, una encrucijada temporal —como el momento antes de que Clare contestara el teléfono en Bryn Mawr, cuando no alzar el auricular era una posibilidad— en la que Clare podría escapar de las tías abuelas, podría encontrar la salida del salón, atravesar el pasillo lúgubre dando tumbos y salir a la galería, donde la habría recibido una bocanada de aire fresco que le habría permitido llegar a su auto estacionado en la calle. Pero no lo hace, porque ni siquiera le viene a la mente esa posibilidad. Está muy adormilada. El adormecimiento y la pasividad del adormecimiento la reconfortan como si fuera una niña. Y las tías abuelas son tan amables.
No está segura de qué es lo que ocurre, pero obedece: ¡arriba! La habitación lleva días esperándola (¿años?).
Con torpeza, Clare alza la valija para subirla por las escaleras. Pero aunque antes no le había parecido pesada, ahora le pesa una inmensidad. (Solo trajo consigo algo de ropa, varios libros, otro par de zapatos, productos de higiene personal en un estuche de plástico… nada muy pesado). La petisa y encorvada Morag se ríe con ternura… a menos que sea una risa burlona.
—Permíteme. —Con un mero muñón, aprieta la valija contra el muslo y la sube triunfalmente por las escaleras.
Clare se frota los ojos y la mira fijo. ¿A Morag sí le falta parte del brazo? No logra distinguirlo bien.
—…adentro, querida Clare. Por aquí…
—…te espera.
Elspeth, la tía abuela de cabello fuego pálido, se escurre por delante para guiar a Clare hacia la habitación de huéspedes. Clare tiene la impresión de que la glamorosa tía abuela levanta una antorcha, pero por supuesto no hay ninguna antorcha.
La desconcierta que la habitación de huéspedes de esta casa tan extraña le resulte familiar. Es uno de esos lugares donde detalles como las paredes, el cielorraso, las alfombras no están bien definidos, sino que parecen bocetos borrosos. He llegado antes de lo esperado. El sueño todavía no está listo. ¿Habrá suficiente oxígeno para sobrevivir? Pero no tiene miedo. Por el contrario, siente que llegó a un lugar familiar, un lugar que la estaba esperando.
—¡Fuera zapatos!
—¡Fuera medias!
—Quítate esto.
—Quítate esto otro.
—Y esto…
Como éter, el tirante cubrecama de satén decolorado sobre la cama con dosel emana un aletargamiento que le da la bienvenida a Clare. El colchón es muy duro… pelo de caballo. (¿Cómo puede saber eso Clare? Pero lo sabe). Sobre la almohada de plumas, su cabeza rueda como si se la hubieran desenroscado del cuerpo. Sus extremidades, lánguidas, no oponen resistencia. Los pensamientos llegan fragmentados, abruptos. Y luego se vuelven vaporosos, como nubes. Nubes altas que barren el cielo gracias a las brisas del Atlántico.
Alegremente y sin darle tregua, las tías abuelas le quitan y le ponen prendas y la acurrucan como si fuera una bebé enorme e indefensa. A lo lejos, alcanza a oír el (vergonzoso) comentario de que «no es una gran belleza», pero al menos «salió a él, no a ella. Esa mujer era tan sosa».
6
Desde la planta baja suben voces lejanas y entusiastas.
No se acuerda.
¡Tiene que acordarse!
No, creo que no se…
Finge que no se acuerda.
No creo. Me parece que de verdad no se acuerda.
Hay una pausa. No estás segura de si estás del todo despierta o si sigues cautiva en esta cama extraña, con su colchón duro e inflexible, bajo la sábana delgada y raída que huele a moho, en un sueño que sigue y sigue y sigue, como si al avanzar por aguas turbias te tiraran hacia abajo de los pies, así que cierras los ojos con fuerza tal como haría una niña, aterrada de lo que podrías llegar a escuchar después.
Ni siquiera se acuerda de nosotras… que la encontramos.
Una risa repentina. Chispeante, como un vasito de cristal que se rompe en mil pedazos.
7
—¿Clare? ¿Querida? Hora de desayunar.
—…hora de desayunar, ¡querida Clare!
La despiertan unas voces provenientes de las escaleras.
Son voces animadas con un toque regañón: Clare se ha quedado dormida, son más de las nueve.
Observa el reloj con incredulidad. ¡Nueve y cuarto de la mañana! Clare acostumbra despertarse antes de que amanezca, para las siete de la mañana ya está levantada. La asombra haber dormido doce letárgicas horas en la cama con dosel de la habitación de huéspedes de sus tías abuelas. Y aun así siente pesada la cabeza y no logra enfocar, como si, en vez de dormir profundamente, se hubiera pasado la noche entera intentando leer un texto muy de cerca.
Las voces entusiastas, desenfadadamente íntimas, están del otro lado de la puerta.
—¿Tienes hambre, querida?
—Te preparamos un desayuno especial, cariño…
Agitan el picaporte en señal de advertencia, pero (¡al menos!) la puerta no se abre de golpe.
Clare mira fijamente el picaporte. Los pelos de la nuca se le erizan con terror infantil.
De inmediato contesta a las tías abuelas que bajará cuanto antes. Lamenta mucho haber dormido hasta tarde…
—¡No hay apuro! ¡No hay apuro!
—…nuestra dormilona.
Risas como cristales que se estrellan. Clare se estremece.
Desorientada y aturdida por el sueño, intenta lavarse la cara en el baño contiguo a la habitación de huéspedes. Todo brilla demasiado: las paredes blancas de azulejo, el piso. En el techo, un resplandor blanco. En un rincón del techo, los restos de una telaraña destruida que apenas si se mueven…
Clare se estremece. Más tarde se deshará de la telaraña.
En un espejo vetusto que está sobre el vetusto lavamanos, ve el rostro pálido, el cabello enredado. Los hombros desnudos, los pechos que se ven vulnerables, como avergonzados; los pezones duros como semillas, alertas y cautelosos.
¡Las axilas! Clare se las limpia ferozmente con una toalla de manos.
No tiene la menor idea de cómo usar la vieja ducha que está dentro de la gigantesca bañadera blanca. Los grifos se niegan a girar y hacen que las cañerías ancestrales gruñan. La ducha parece un girasol con lepra.
Tendrá que preguntarles a las tías abuelas cómo es que se opera la maldita instalación. Ahora no tiene tiempo de darse un baño, de llenar la bañadera con agua caliente, meterse con cautela y deslizarse en su interior como si fuera un sarcófago romano.
(Además, la bañadera no está del todo limpia. Tiene manchas que parecen telarañas y unos pelos sueltos).
¡Qué noche de sueños agotadores! Menea la cabeza para sacárselos de encima.
¿Por qué vino? ¿Dónde está exactamente?
Al volver a la habitación, se viste con una premura infantil. Teme que la sorprendan medio desvestida. ¡Descalza! Es imposible correr con los pies descalzos.
Clare mueve los dedos con dificultad. Hay una extraña desconexión entre su cerebro y sus dedos, sus extremidades. Lo que sintió alguna vez al tomar fármacos para dormir; no barbitúricos potentes, sino solo un relajante muscular, pero con un efecto desagradable al día siguiente. Claro: sabes que te envenenaron. Anoche.
Respira por la boca, trata de guardar la compostura. De su valija (que pareciera haber sido sacudida, revuelta por dentro) logra sacar ropa interior y prendas limpias. ¡Las tías abuelas! Quieren sacarme del testamento de su hermana ante el tribunal sucesorio; quieren quitarme mi herencia. Para emprender el viaje en auto hacia Cardiff, el día anterior, Clare se puso un suéter, unos jeans y sus zapatillas habituales. Pero ha traído también ropa formal para reunirse con Lucius Fischer esa mañana.
—Lucius… él será mi aliado.
Clare tiene los dedos tan entumecidos que tarda varios minutos en vestirse como se debe. Y aún le falta el cabello; mira su reflejo en el espejo de un aparador: una Medusa aturdida.
¡Qué vergüenza! En circunstancias normales se habría dado una ducha, se habría lavado el pelo o al menos se lo habría humedecido y peinado. Pero ya es demasiado tarde.
Como un garabato salvaje, así tiene el pelo. Los ojos dilatados registran su perplejidad.
No hay escapatoria más que por las escaleras. Se dirige hacia las voces en apariencia amistosas. Llega a la habitación donde se sirve el desayuno, y se protege los ojos de la luz solar que entra por los ventanales que van del piso al techo. Tiene la boca muy seca. Siente los ojos agigantados, expuestos. Las tías abuelas se giran para ver a su invitada, sonríen con entusiasmo. El ridículo cabello flamígero de Elspeth se alza por encima de su rostro pálido y empolvado; el cuerpo morrudo y compacto de Morag la planta con firmeza en el suelo. Al parecer han estado hablando con alguien sobre Clare, pero la identidad de esa tercera persona, sentada al fondo de la mesa del desayuno, a Clare le resulta imposible de determinar. Los ojos de las viejas ancianas centellean de una forma que incomoda a Clare.
—Para desayunar hay avena…
—…preparada al más puro estilo escocés, con el grano partido, no arrollado.
—…un chorrito de leche…
—…azúcar morena…
—…pasas. ¡Apúrate!
Instan a Clare a sentarse en el lado más cercano de una mesa alargada cubierta con un mantel de plástico color mostaza.
¡Avena! Hace muchos años que Clare no come avena. Recuerda que le gustaba cuando era chica; últimamente, ya no tanto. Las tías abuelas han preparado un menjunje especialmente espeso y pegajoso que empieza a cuajar en las orillas del tazón. Clare toma la cuchara; es la misma «cuchara de bebé», manchada y de plata, del día anterior.
Clare está decidida a comer el desayuno que le prepararon sus tías abuelas, como para demostrar a las ancianas que agradece su hospitalidad, su generosidad. No le desagradan ni tampoco les teme; eso sería absurdo.
No obstante, alcanza a ver que, en el menjunje grisáceo del tazón, las pasas parecen moverse.
—¡No le gusta nuestra avena, Morag! —exclama la tía abuela de cabello color mandarina.
—¡No le gusta tu avena, Elspeth! —exclama la tía abuela con la columna torcida.
Avergonzada, Clare aprieta con más fuerza la cuchara de bebé. Claro que las pasas no se mueven. Su desayuno favorito es la avena con un chorrito de leche caliente.
—Has avergonzado a nuestra querida sobrina; ahora siente que debe comérsela.
—Bueno, tiene que comer. Está creciendo… y las chicas en edad de crecimiento deben comer.
Mientras Clare se esfuerza por llevarse a la boca la cucharita percudida, por masticar, por tragar el coágulo de avena glutinoso, por evitar las pasas, las tías abuelas gravitan a su alrededor, aleteando inquietas. ¿Tienen algo siniestro, o es nada más que se preocupan por Clare, fascinadas como a cualquiera le fascinaría (quizá) una desconocida que ha llegado diciendo que es pariente… y heredera?
Clare tiene preparada una pregunta crucial que quiere hacerles a las tías abuelas: ¿por qué la dieron en adopción si es obvio que la familia Donegal tiene dinero? ¿Acaso nadie en la familia la quería?
Pero… ¿cómo se atreverá a plantearla? Se le quiebra la voz apenas empieza a hablar. Se le cierra la garganta.
¡La maldita avena es más espesa que melaza! Verterle leche caliente no sirve de mucho.
—¿Está demasiado caliente, querida? O…
—¿No lo suficiente?
La diligencia de las tías parece genuina. Clare se pregunta si alguna vez han recibido huéspedes.
Elspeth lleva una bata de seda marrón cerrada con un cinturón ancho. Podría ser un vestido de fiesta anticuado o un atuendo apropiado para ocasiones festivas; lo más extraño es que el escote se abre cuando hace movimientos bruscos y revela su pecho huesudo. Además, se ha empolvado tanto la cara que parece un payaso fantasmal; las cejas arqueadas, que tan glamorosas le parecieron a Clare la noche anterior, han sido pintadas con mano temblorosa esa mañana, al igual que los labios rojizo-anaranjados. Morag, la de la cara de pug y cuerpo compacto, con el cabello alborotado y sin peinar, lleva al parecer un práctico pijama de franela debajo de una bata de dormir hecha de una tela áspera, como lona. Tiene los ojos regocijados, clavados en Clare.
—A nosotras no nos gusta nuestra avena —comenta Morag con malicia—. Dista mucho de la avena que sirven en el Ritz.
—Bueno, a nuestra invitada seguro le resultaría más agradable si estuviera caliente, por lo menos. Alguien dejó que se enfriara y se cuajara…
—Alguien apagó la hornalla…
—Alguien tiene que ser más cuidadosa, o terminarán viniendo los bomberos… ¡de nuevo!
Clare esboza una sonrisa incierta. Se ha dado por vencida con la avena, pero no suelta la cucharita para que las ancianas no sospechen que no le gusta la comida.
Se toma un tiempo para observar a la cuarta presencia dentro de la habitación: un hombre, de edad indeterminada, que no se ve viejo ni joven, que no sonríe ni frunce el ceño, que se muestra indiferente a Clare, pero también ante las tías abuelas parlanchinas, y que inclinado sobre la mesa, apoyado en los codos, blande una cuchara en la mano izquierda mientras la derecha se posa en la superficie, con los dedos tensos como garras.
Es sorprendente. Esa persona, un desconocido, por alguna razón le resulta familiar a Clare; sus facciones se parecen a las de ella, aunque de forma indirecta: algo en los ojos, en la nariz…
Tiene un pico de viuda pronunciado, cabello oscuro con hebras de plata, rostro afilado, de pómulos salientes. No es muy amistoso. Sin embargo, mira a Clare con los ojos entrecerrados, de reojo. Junto a su tazón de avena, un periódico doblado a lo largo.
Es desconcertante para Clare que esa persona se parezca a ella lo suficiente como para decir que son parientes; aunque, cuanto más lo observa, menos segura está de que eso sea cierto.
Tiene la piel áspera, picada incluso, de color plomizo. La de ella es clara y tersa.
Él tiene una expresión amarga, poco generosa. Ella siempre sonríe, trata de agradar.
Daría la impresión de que a esta persona comer le resulta un desafío, pues sostiene la cuchara de forma extraña entre los dedos de la mano izquierda, pero las tías abuelas no le ofrecen ayuda ni lo molestan, se da cuenta Clare.
Una atrofia muscular, piensa Clare con un dejo de compasión. Quizá también algún daño neurológico. Su mirada es pétrea, distante.
—¡Gerard, cariño! Ella es tu sobrina… Clare…
—…una nueva sobrina, cariño. Es nueva para todos, una sorpresa…
Gerard frunce el ceño en dirección a Clare, aunque no parece registrar su existencia. Representa una intrusión, al parecer; una interrupción del desayuno y de la lectura del periódico. A regañadientes asiente, masculla algo que podría ser un «hola».
A menos que sea un murmullo enigmático, ho.
—Clare, cariño, nuestro sobrino Gerard, que vive en esta casa, con nosotras, desde que su madre falleció…
—El hermano menor de tu padre, Clare…
—No, Gerard era mayor…
—Claro que no. Era menor…
—Menor que Conor en ese entonces. Pero ahora Gerard es mayor.
—Bueno, claro que es mayor. Cada año es más mayor.
—¡Es justo lo que dije! Cada año es más mayor.
Gerard es un hombre delgado, de aspecto lobuno y pómulos pronunciados, suspicaz, a quien le incomoda que hablen de él como si no estuviera ahí. Su expresión recuerda la angustia tormentosa del mártir San Bartomoleo tal como aparece en el óleo de Casolani del siglo xvii. Clare sospecha que, de forma deliberada, las ancianas tías abuelas ponen a prueba la paciencia del sobrino con tanto parloteo que disimulan bajo un velo de protección amistosa.
—Aun así, como puedes ver… Gerard no es muy mayor. Gerard es…
—…para nosotras, sigue siendo un muchachito.
Clare percibe en Gerard cierta deformidad. Sus ojos, que tienen un parecido desconcertante con los de ella, están hundidos en las cuencas, rodeados de sombras. De la barbilla le salen vellos hirsutos, y tiene ligeras cortaditas sanguinolentas en las mejillas, como si se hubiera afeitado deprisa o sin mucho cuidado. Pareciera tener la oreja izquierda mutilada, y ambas orejas están enrojecidas. Las prendas de ropa que lleva no combinan: un saco de tweed que le queda holgado, una remera negra, pantalones de corderoy. El saco de tweed es viejo y tiene los codos desgastados, pero al parecer es de una lana de muy buena calidad; la remera negra le infunde un aire desaliñado pero sacerdotal.
—¡Hola! Qué gusto conocerte… Gerard.
El nombre suena demasiado íntimo… Gerard. Clare se pregunta si lo esperable era que lo llamara Tío Gerard.
Aunque está muy incómoda, Clare logra transmitir cierto optimismo, un cálido entusiasmo. Ante la duda, lo más sensato es que una joven atractiva finja ingenuidad. Quiere caer bien… sin duda. ¿No es Clare una pariente perdida de Gerard que por error fue dada en adopción al quedar huérfana? ¿No debería Gerard darle la bienvenida con una sonrisa de asombro?
¿No debería Gerard levantarse, correr hacia ella, abrazarla? ¿Amenazar con quebrarle una costilla con la fuerza de su abrazo?
¿No debería Gerard darle un beso en la mejilla, reírse alegremente ante ella, con ella?
Pero Gerard, con el ceño fruncido, no hace más que encogerse de hombros bajo el saco de tweed. Clare escucha que masculla algo como sí o eh. No cabe duda de que le molesta que lo distraigan del periódico doblado junto a su tazón de avena.
—Soy Clare. Tu… ¿sobrina? O sea, una de tus sobrinas…
¡Qué absurdo! Clare siente que le arde la cara de vergüenza. Cuando eres niña, te sientes vulnerable ante individuos como Gerard, chicos un poco más mayores que te intimidan con su comportamiento aparentemente hostil, inescrutable; se nota que sienten desdén o desprecio por ti, aunque sea imposible imaginar el motivo, porque no has hecho nada para perjudicarlos. Sin saber por qué, insistes, sonríes hasta que te duele la cara, con la esperanza de despertar una sonrisa fría en el otro, aunque sepas que es inútil intentarlo.
Pero Clare ya no es una niña. Clare Seidel tiene treinta años. Además, es mucho más atractiva que el tal Gerard Donegal de piel plomiza, a quien en otro contexto ni siquiera se habría detenido a mirar. Clare debería haber superado hace mucho esa zona de riesgo infantil de la que no puedes escapar porque tus agresores son tus compañeros de escuela y no tienes más remedio que compartir el espacio con ellos, como en un círculo del infierno especialmente congestionado, producto de las maquinaciones de adultos con buenas intenciones.
Las tías abuelas insisten, provocadoras.
—Clare es tu sobrina, Gerard. Te hablamos de ella ayer. ¿No te acuerdas? Es hija de…
—…sí que te acuerdas. De Conor.
Gerard frunce el ceño y hace una mueca. Niega con la cabeza, no.
Clare no sabe bien cómo interpretarlo. ¿Gerard no recuerda a su difunto hermano, Conor, o prefiere no recordarlo? O quizá no está convencido de que la joven a la que acaban de presentarle, que no deja de sonreírle con gesto esperanzado, es en verdad su sobrina.
—Clare es la hija menor de Conor, Gerard…
—Sí te acuerdas, no tengo dudas.
Clare se distrae al escuchar el nombre de Conor mencionado con tanta frecuencia y de forma tan casual.
Es la primera vez que escucha el nombre «Conor» en voz alta, o eso cree. A menos que Lucius Fischer lo haya mencionado por teléfono. Pero Clare no se acuerda.
El nombre suena mágico, la hace querer llorar y sonreír de felicidad. Mi padre.
Así como su madre era una mujer llamada Kathryn. Mi madre.
A Clare la abruma el misterio que no tiene idea de cómo resolver, la realidad de que los tres desconocidos que están con ella en esa habitación no solo son sus parientes consanguíneos, sino que alguna vez conocieron a su padre y pueden hablar de él de forma casual si lo desean… Conor.
Y es que, durante toda su vida consciente, Clare ha aceptado sus circunstancias: es huérfana. No tiene parientes. Y ahora…
Clare ha estado examinando el acta de nacimiento que su madre Hannah le envió por correo prioritario. Un documento oficial que seguramente había visto antes, pero al que le dio tan poca importancia que lo olvidó por completo.
¿Por qué habría de importarme quién fui? Me dieron en adopción; no les importaba nada.
A Clare no le había parecido que los nombres de sus progenitores (biológicos) fueran de personas reales, tal como los nombres de lugares remotos no parecen del todo reales. Se acostumbró a pensar que esos desconocidos habían fallecido cuando ella nació, como si el nacimiento de Clare hubiera desencadenado la(s) muerte(s) de ellos; aunque no había tenido motivos reales para pensar algo tan extraño. Siempre supo, o debió saber, que la habían dado en adopción a los dos años, casi tres. No recién nacida.
—¡Clare es nuestra huésped, Gerard! También la tuya.
—Clare vino a visitar al señor Fischer, Gerard. Nuestro abogado.
—Que también es tu abogado.
—Vino en auto desde Filadelfia, ¿no es increíble? En su auto, sola.
—Por lo del testamento… el testamento de tu querida madre. Te acuerdas…
—Ella también es heredera. Clare, tu sobrina.
—De la antigua granja en Post Road, cariño. Me temo que… sí…
—¿Sabes qué? Deberías llevar a Clare cuanto antes a que conozca la propiedad que acaba de heredar…
—…una oportunidad para que Clare y tú se conozcan…
—…a menos que…
—…a menos que, claro…
—…prefieras no hacerlo.
Las palabras permanecen un momento en el aire, provocadoras. Prefieras no hacerlo.
En ese momento, Gerard se levanta de golpe de la mesa. Arrastra la silla por el piso de madera.
Emite un gruñido, como de desdén, de escarnio. Muestra los dientes amarillentos, con una mueca irritada. Los ojos le bailan en las cuencas, pero no mira a Clare; no la ha mirado ni una sola vez. Con la mano izquierda, la buena, agarra su gorra y el periódico doblado, y sale de la habitación de forma aparatosa, por la puerta trasera.
A su paso deja un olor a ceniza, a cuerpo y cabello de hombre sin lavar. Ni siquiera una mirada por encima del hombro.
Las tías abuelas quedan desconcertadas; abren los ojos como platos, con algo de avestruces alarmadas. Chasquean la lengua. Clare se pregunta si no estarán complacidas de que su parloteo inquisitivo haya logrado correr al ceñudo sobrino de su vista.
—¡Ay, querida! Lo lamentamos mucho, muchísimo, Clare…
—Nuestro sobrino Gerard no suele ser tan…
—…grosero…
—…tímido. No se siente cómodo con gente que no conoce…
—…ni aunque sean sus parientes…
—…retraído, poco sociable…
—…obstinado, testarudo…
—…una conmoción muy fuerte, el trauma…
—…era brillante…
—…tan brillante como Conor…
—…¡no! No tanto…
—…es cierto. Cuando entró al seminario…
—…no tan brillante como Conor, no…
—…más diligente que Conor, a decir verdad…
—…devoto. Obediente.
—Bueno, Dios lo guarde…
—…¡Debería! Después de lo que hizo Dios…
—…¡shhhh! ¿Crees que Dios no nos escucha?
Las tías abuelas le confiesan a Clare que el «tío soltero», Gerard Donegal, alguna vez tuvo la intención de ser jesuita. Fue seminarista en el Seminario de Saint Joseph, en Portland, Maine, hasta que tuvo que dejarlo por «razones personales, familiares», y volver a casa, a Cardiff, a vivir con sus padres.
Desde la muerte de su padre, quedó encargado de llevar en auto a su madre viuda adonde ella necesitara ir; en el último tiempo principalmente a sus turnos médicos y a misa en la iglesia de St. Cuthbert. Todo el mundo estaba de acuerdo: Gerard había sido un hijo devoto. Contribuía con el mantenimiento de la casa y el terreno, y ahora se ganaba la vida haciendo trabajos ocasionales en el barrio.
No obstante, hasta la fecha seguía en una especie de peregrinaje religioso propio.
¿En serio? Clare no lo podía creer. La mueca dolida, la dentadura amarillenta, la mirada distante no le habían dado indicios de lo que llamamos vocación religiosa.
—¡Oh, claro que sí! Gerard no es un alma muy sociable, ¡como habrás visto! Pero es un trabajador muy confiable. Corta el césped, poda árboles, barre las hojas secas con un rastrillo de verdad y no con uno de esos malditos sopladores de hojas… esos rastrillos grandes, enormes, que ya no se consiguen en ningún lado. Es capaz de cavar, y cavar, y cavar, donde sea que se lo pidas. Limpia la nieve de las cocheras. Trabaja bajo la lluvia, bajo la nieve. Quita la maleza. Sabe reparar techos, chimeneas. Y también ventanas rotas. Sabe pintar, tan bien como cualquier profesional, pero por menos dinero. Claro que sabe usar armas, rifles, revólveres. Se lo puede contratar para que mate a las marmotas, los mapaches, cualquier peste que destruya jardines. (Gerard jamás mataría a un venado, aunque Cardiff está repleto de venados de cola blanca. Es ilegal cazar venados dentro de los límites de la ciudad, pero Gerard los ahuyenta cuando se lo piden). Hay montones de damas en toda la avenida Acton que dependen de él: «¿Qué haríamos sin Gerard Donegal?», dicen. Entró al seminario a los diecinueve porque quería servir a Dios y ser sacerdote, y durante una temporada fue feliz ahí. Su mamá estaba orgullosísima de él, todos estábamos orgullosos, pero luego…
—Bueno, te puedes imaginar que a los diecinueve era muy joven…
—A los diecinueve ya no eres tan joven. Sobre todo para un seminarista de primer año…
—A los diecinueve, Gerard era un muchachito muy joven. Hasta ingenuo, según algunas personas. Demasiado devoto.
—El esfuerzo de trabajar tanto, de aprender latín, la presión de ser digno del sacerdocio…
—…de ser tan bueno…
—…un mediador de Dios…
—…de Jesús…
—…fue demasiado para el pobre Gerard, creemos…
—Y luego, la tragedia de nuestra familia…
—¡Pobre Gerard! Todo terminó de forma tan… abrupta…
—¿Qué dices? ¿No sería más bien pobre Conor?
—Conor, Gerard… ¡nuestros queridos sobrinos! Que Dios se compadezca de nosotros.
Clare ha estado prestando mucha atención. Se siente como una niña en presencia de adultos maliciosos que hablan rápido y con un código secreto. No logra absorber el significado de lo que dicen. Tiene que atender con todos los átomos de su ser. ¿Qué están insinuando las tías abuelas?
Clare se escucha decir con timidez:
—Supongo… que… entonces… no… no están… ¿vivos? Mis padres, digo.
Sobresalto y silencio. Elspeth y Morag intercambian la mirada más breve posible, pero no contestan, como si su pariente joven e ingenua hubiera enunciado una obscenidad.
Claro que tus padres están muertos. Nadie se atreve a hablar de ellos.
¿Qué pensaste, que habían estado vivos todos estos años… a la espera de que llegaras?
Clare no quiere mirar a las tías abuelas y descubrir cómo la miran ellas a su vez: ¿con compasión?, ¿empatía?, ¿indignación?
Les agradece el desayuno y se ofrece a recoger la larga mesa cubierta por el mantel de plástico color mostaza, pero Elspeth la frena con un siseo.
—¡Por favor! De ninguna manera, Clare. Eres una invitada en la casa de Maude Donegal.
Morag la secunda con fervor.
—Exacto, sí. Yo me encargo de la mesa. Creo que me toca a mí. —Se levanta con esfuerzo sobre las piernas morrudas y larga una risa nasal, como si hubiera recordado un chiste privado.
Al parecer, las tías abuelas se turnan las tareas del hogar. Le dicen a Clare que, hasta que llegue el día del juicio sucesorio y se defina la voluntad de su hermana, no tienen más remedio que prescindir del personal doméstico.
—¿Turnos? ¡Mírala nada más! Yo hago casi todas las tareas de la casa.
Morag se ríe de forma cordial.
—¡Claro que no! ¡Calumnias!
—¿Calumnias? ¿En serio?
—Yo me encargo de las finanzas y del trabajo mental, que es mucho más pesado…
Mientras las hermanas discuten, Clare se acerca a una ventana para echar un vistazo al exterior. ¿Adónde habrá ido Gerard? Solo alcanza a ver un cerco de ligustro descuidado que se extiende bajo la lluvia por un sendero de adoquines rotos. Gerard se fue en esa dirección, pero no se lo ve por ningún lado.
—¿Gerard vive en esta casa con ustedes? —pregunta Clare.
—Gerard vive en la casa de su madre, al igual que nosotras —contesta Elspeth.
—Nosotras no somos Donegal, Morag y yo, ¿sabes? El apellido de nuestra familia es Lacey.
Elspeth se expresa con orgullo, como si el apellido Lacey fuera a impresionar a Clare. Morag aclara el asunto.
—Es nuestro apellido de solteras: Lacey.
—¡No seas ridícula! Lacey es el apellido de nuestra familia, no nuestro apellido de solteras… porque no estamos casadas.
—¡Pero claro que no estamos casadas! Yo al menos no lo estoy —contesta Morag entre risas enérgicas.
—Entonces no podemos tener un apellido «de solteras», si no estamos casadas. Solo tenemos el apellido que tenemos. A veces siento que hablo con una bruta obstinada que no entiende ni las cosas más básicas.
Elspeth suelta una risa amarga y pone los ojos en blanco.
Pero Morag está decidida a atraer la atención de su sobrina.
—Maude fue la hermana Lacey que se atrevió a casarse. Tuvo la valentía que no tuvieron otras… de «reproducir la especie». Para algunas personas, es un desafío insuperable.
—Y se casó muy bien. Un caballero maduro…
—…Le-land…
—Pero jamás nos dio la espalda… no por mucho tiempo.
—¿De qué hablas? ¿Cómo que no por mucho tiempo? Maude fue siempre generosa con su familia.
—…casi siempre…
—…y cuando la tragedia le arruinó la vida, necesitó que sus hermanas estuviéramos a su lado…
¿Tragedia? Deben referirse al accidente automovilístico, piensa Clare. Pero no se atreve a indagar más sobre ese tema tan sensible.
Las tías abuelas le cuentan a Clare que Gerard tuvo que abandonar el seminario pocos meses antes de que lo ordenaran. Una tragedia terrible para el joven, que llevaba esforzándose mucho unos cinco, seis años.
—El tiempo que se requiera para volverse jesuita. Es mucho tiempo. Y él había sido tan devoto, tan espiritual, nada que ver con quien es ahora. De hecho, Gerard fue quien descubrió… el accidente.
Clare se queda muy quieta, muy atenta. ¿El accidente?
—La escena fue muy traumática para Gerard. Nunca se recuperó. Tuvo lo que se conoce como una «crisis nerviosa». Y nunca se recuperó.
—¡Y qué tragedia terrible para la Iglesia perder un sacerdote tan devoto! Todos los que lo conocían decían que el destino de Gerard era ser sacerdote… se le veía la santidad en el rostro cuando era un jovencito.
—Cantaba en el coro… el soprano más puro…
—No como Conor. Él no era de los que podía renunciar al mundo por Dios, como Gerard…
—¡Ay, Conor! Y pagó un precio altísimo también… por amar al mundo demasiado.
—Por amarla a ella demasiado.
—¡Ay! Que Dios bendiga su alma.
—Que Dios bendiga las almas de todos.
Clare escucha con ansias, agradecida. ¿Amarla? ¿Hablaban de su madre, Kathryn? Clare cree que, de una forma enloquecedoramente indirecta, las tías abuelas le están revelando información crucial.
—El accidente… —dice Clare—, ¿es el accidente en el que murieron mis padres? ¿Un accidente automovilístico? —Elspeth mira de reojo a Morag con gesto amenazante: No digas una sola palabra. Pero lo hace muy abiertamente. Clare supone que se espera que ella lo note y que siga indagando—. Dijeron que Gerard «descubrió» el accidente. O sea, ¿en la calle? ¿En una autopista? ¿Fue a buscarlos en su auto? ¿A eso se refieren?
Clare siente que está dando manotazos, como una nadadora exhausta a punto de ahogarse. Pero las tías abuelas solo la miran como espectadoras en la costa, con curiosidad, sin una pizca de bondad.
Elspeth suspira de nuevo, fastidiada. Morag aprieta los labios cuasi inexistentes, en un intento por contener la risa.
—¿Quién dijo que Gerard descubrió a alguien en una autopista? Para nada. Gerard fue quien… (nunca hemos sabido los detalles, porque nunca nos los contaron)… fue quien descubrió los…
—…los cuerpos…
—…los restos, iba a decir. Creo que el término preciso es «restos».
—¡Restos es una palabra horrible! Ya cállate.
—Cállate tú. Eres una ridícula.
Clare se siente mareada, desorientada. Le cuesta seguir sonriéndoles con dulzura a las viejitas que se miran la una a la otra y la ignoran, como si no fuera la persona con quien hablan.
Han disparado una ráfaga de flechitas directo a su corazón. No tiene idea de cuán malherida está, por el momento.
—¡Lo siento! No puedo más —dice antes de retirarse a su habitación, en el piso de arriba. Una vez ahí, en el baño vetusto, sucumbe a un ataque de arcadas, asomada por encima del inodoro ancestral, sudorosa y abatida; logra al fin vomitar un liquidito rancio. Pero lo que la tiene mal ya formó una bolita pegajosa y dura en el estómago que parece imposible de expulsar.
¿Me odian por ser una de las herederas de su hermana?
¿Creen que no tengo derecho a estar aquí porque no soy una de ellas?
Y ¿han vuelto a envenenarme?
8
Con gran tenacidad, a lo largo de toda su vida se ha negado a pensar en ellos: sus padres (biológicos).
Ahora piensa en ellos todo el tiempo, es una obsesión. Los pensamientos son como garrapatas que se le han adherido a la piel.
Insectos diminutos, despreciables, que no te atreves a arrancar con pinzas por temor a que sus cuerpos oscuros se fragmenten y sea imposible retirarlos por completo.
Está desesperada por saber si sus padres están vivos o muertos. Si murieron, ¿cómo fue? ¿Por qué? ¿Y por qué la dieron en adopción si los Donegal eran una familia acomodada?
Clare preguntará dónde están enterrados sus padres. (Si es que están enterrados. En algún lugar). Visitará el cementerio de Cardiff. Como en una evocativa fotografía de Julia Margaret Cameron, será en un día grisáceo, espectral, encapotado, lluvioso.
Con la tenacidad y la resistencia de una niña, no se permitirá pensar. Pero quizás uno de los dos vive, al menos. Es una posibilidad.
Clare siente un gran alivio al salir de la encumbrada casa revestida en piedra de la avenida Acton.
Afuera, el aire está mucho más fresco. Puede incluso respirar más profundo. El cielo encapotado pareciera ir despejando capa tras capa de nubes traslúcidas. Mira a su alrededor, por si se encuentra a… ¿quién? Una figura que renguea…
Pero no hay nadie. Nadie.
Conduce a la oficina de Lucius Fischer en el centro de Cardiff. La cita es a las once de la mañana, y Clare teme llegar tarde. Tiene la cabeza desorganizada, distraída. No sabe qué pensar de las tías abuelas… si están o no de su lado.
Se dice que es absurdo. Claro que las viejitas tienen buenas intenciones. Son molestas, fastidiosas, pero en el fondo, son sus aliadas.
Aun así, por momentos Clare ha tenido la impresión de que se burlan. Que se ríen a expensas de ella, con maldad.
Cuando intenta recordar lo que le han ido revelando sobre sus padres, cae en la cuenta de que no es capaz de hacer memoria. Es como si tuviera una especie de malla sobre la cara que le impide ver, le impide escuchar.
¿Están vivos o no? Por favor, díganmelo.
Sigue temblorosa tras el ataque de arcadas. Ya casi no tiene náuseas, pero la pelota de avena sigue atorada en sus entrañas.
Toma la decisión de mudarse de la casa de las Donegal esa misma tarde. Después de la reunión con Fischer. No puede arriesgarse a comer nada más ahí. Aun si no están intentando envenenarla, la comida que le han dado podría estar rancia, en mal estado.
Dependiendo de lo que le diga Lucius Fischer, quizá decida volver a Bryn Mawr a la mañana siguiente.
Renunciar a la herencia, quizá. Sí.
Una decisión repentina. Como arrebatarle a alguien una navaja para cortarse el cuello de tajo.
Así como le dijo a un amante, una vez, de forma abrupta: Ya está. Basta. Creo que se acabó.
Su única herencia. Su único vínculo con sus parientes de sangre. Su vínculo con sus (difuntos) padres.
Con todo, quizá renuncie a la herencia. No necesita que los Donegal figuren en su vida. Ha pasado la mayor parte de la vida sin ellos, así que ¿por qué habrían de afectarla ahora?
El gesto de Gerard Donegal al echar la silla hacia atrás, ponerse de pie, darle la espalda, salir. El hermano de mi padre. No hay vínculo entre nosotros. ¿Por qué habría de haberlo? Nada.
Aunque Clare salió de la casa en la avenida Acton con tiempo de sobra para conducir los poco más de tres kilómetros de distancia, al final llega tarde a la reunión. Para su sorpresa, son casi las once cuando por fin encuentra la calle State, la vía principal de Cardiff. Luego se pierde en un laberinto de callecitas de una sola mano, en un río de autos que avanzan con la lentitud y la gravedad de una procesión fúnebre desviada por un único carril frente a un interminable terreno en construcción. Luego, tras haber estacionado el auto, una vez a pie, es incapaz de encontrar la dirección que le proporcionaron y corre con desesperación por la vereda de un barrio lleno de edificios demolidos, rodeados de escombros…
¡Llegará tarde! Después de todo, llegará tarde.
Maldita sea. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué contestaste la llamada de un desconocido?
Ese fue el error original.
9
—¡Señorita Seidel! Tome asiento, por favor.
Lucius Fischer le estruja la mano a Clare de forma vigorosa; se la suelta casi de inmediato. Cuando la mira fríamente a los ojos, inexpresivo, Clare entiende al instante que no puede haber química entre ella y ese abogado de mediana edad, ningún vínculo especial. Algo que tenía acumulado y que le tensaba el pecho se le hunde, se desmorona como una montaña de arena.
¡Qué tonta! Al teléfono, la voz de barítono de Lucius Fischer la había hechizado, de alguna manera. Como si en Cardiff, un lugar lejano del que no había oído hablar sino hasta hacía poco, hubiera esperado encontrar una especie de romance (improbable), una intriga sexual.
Un amigo, al menos. Alguien a quien importarle.
Al teléfono, Fischer le había hablado como un confidente. No había sido pura imaginación suya, ¿o sí?
Había parecido prometerle algo: Te guiaré en este proceso, Clare. Confía en mí.
Con detenimiento, Fischer le explica que es el albacea del testamento de Maude Donegal, además de ser el abogado que redactó ese testamento. Le explica que es un testamento inusualmente complicado, porque se lo reescribió varias veces en las últimas dos décadas.
—Hubo un testamento original que esbozó un antiguo socio del estudio —dice Fischer y menciona un nombre que a ella no le dice nada—. Pero el testamento original cambió, claro. Y después de la muerte de Leland Donegal cambió de nuevo.
Clare se pregunta por qué le da esa información. ¿Hay algún misterio en el testamento de su abuela? ¿Alguna irregularidad en términos legales? Le intriga que Fischer hable de las hermanas Lacey, Elspeth y Morag, «sus extraordinarias tías abuelas, solteronas de otra época». Tanto Elspeth como Morag estudiaron en la Universidad de Maine en los años sesenta. Ambas se graduaron como pedagogas y trabajaron en escuelas públicas. Elspeth fue directora de un secundario, muy admirada (y temida). Morag dio clases de matemáticas y entrenaba al equipo de arquería de la escuela. Ambas participaban en las actividades parroquiales de la iglesia de St. Cuthbert. Gerard, su sobrino (el hijo menor de Maude Donegal), fue seminarista jesuita en Portland cuando tenía poco más de veinte años.
—Se dice que Gerard era una joven promesa. Claro que entonces yo no lo conocía; solo supe de su existencia después.
¿Después? Clare toma nota.
Fischer le cuenta que entró en contacto con los Donegal por medio de Leland Donegal, a quien tomó como cliente luego de que un antiguo socio del estudio se jubilara. Leland había heredado el negocio maderero de la familia Donegal, «una de esas familias de antaño que hizo su fortuna talando los bosques de Maine», y era muy pudiente, para los estándares de Cardiff.
Pero resultó que Leland no tenía interés en los negocios. Quería ser un filántropo famoso, como los Carnegie y los Rockefeller. Había donado lo que debían haber sido millones de dólares a toda clase de causas —becas para estudiantes de bachillerato, museos y universidades, hospitales, iglesias—, hasta que al fin el dinero empezó a escasear.
—Fue un poco embarazoso, está claro. Leland había prometido donar un millón de dólares al seminario jesuita donde estudiaba Gerard, pero tuvo que romper su promesa, lo cual fue humillante para la familia. Y no fue la única promesa que rompió.
Clare habría querido saber más sobre el joven Gerard: ¿habría sido en ese entonces así de antisocial? ¿Tendría ya alguna malformación o algún tipo de discapacidad? ¿O le pasó algo? Pero no quiere que Lucius Fischer se quede con la impresión de que es una chismosa.
—Y… mis padres… ¿están…?
Clare titubea. Pero ya sabe la respuesta.
Si a Fischer lo desconcierta la pregunta, es demasiado cortés, demasiado profesional, como para que se note.
—¿Sus padres, señorita Seidel? Supongo que ya lo sabe… Me temo que ya no viven. —Ya no viven. Qué forma tan rara de decirlo—. Fallecieron… están muertos desde el 6 de enero de 1989.
—Ya veo. —Clare esboza una sonrisa inane. Se limpia los ojos. No está segura de haber escuchado bien—. Quiere decir… ¿los dos? O sea… ¿ambos?
—Me temo que sí. Los dos.
—¿El mismo día? ¿Los dos… al mismo tiempo?
—¿Nadie le ha contado los detalles, señorita Seidel?
—Creo… creo que sí, pero…
Claro que lo sabe. Siempre lo ha sabido. Tiene que haberlo sabido desde siempre. Los Seidel se lo contaron (¿o no?). Pero eso fue hace años. Está segura de que fue hace muchos años.
Qué fantasía tan patética, que uno de sus dos padres siguiera vivo y que pudiera «reencontrarse» con alguno de los dos en Cardiff, Maine. De pronto siente el impulso de reírse con amargura.
Ayúdeme, por favor. Estoy muy sola. Por favor.
Clare sacude la cabeza para despejarse. ¿Cómo diablos se le ocurrió algo así? Se le sube el rubor a la cara, y teme que el abogado (avergonzado, desconcertado) le esté leyendo la mente.
Con cierta rigidez y como disculpándose, el abogado dice:
—Lamento perturbarla, señorita Seidel. Si puedo ayudarla en…
—Sí. ¿Puede contarme cómo murieron mis padres?
—¿Cómo murieron? Bueno, creo que nunca se confirmó exactamente cómo ocurrió. No estoy al tanto de los detalles, porque en ese entonces no vivía en Cardiff… —Fischer habla con recelo y cierta reticencia—. El mejor consejo que puedo darle es que busque los obituarios, señorita Seidel. Y otros archivos públicos. Probablemente no los encuentre en internet, pero sí en el Cardiff Journal, en la sección de microfilms de la biblioteca del condado. Sería lo más práctico.
—¿Murieron en un accidente automovilístico? ¿En un choque?
—Quizá fue un accidente de alguna índole. Es posible. Pero creo que debe leer más al respecto. Ese es mi consejo.
—¿Qué tipo de accidente fue?
Clare imagina una explosión en la autopista interestatal. Un camión con doble remolque, un automóvil hecho polvo. En ese instante se pregunta por qué no estaba ahí con sus padres. ¿Dónde estaría ella?
—Como ya le dije, señorita Seidel, en ese entonces no vivía en Cardiff ni tenía ningún vínculo profesional con su abuelo, Leland Donegal.
Hay una pausa. Es demasiada información en muy poco tiempo. Difícil de procesar. Clare se siente como atrapada en un vehículo que desciende en picada por una curva, incapaz de tomar el volante, incapaz de pisar el freno.
En un intento por cambiar de tema, Fischer le pregunta a Clare si quiere tomar café.
—La recepcionista puede traerle uno, si usted quiere.
Clare le agradece, pero rechaza el ofrecimiento. Se siente tan frágil que aprecia mucho el gesto de amabilidad.
Pero Fischer está decidido a desviar el tema de la muerte de los padres de Clare y le pregunta, con un exceso de gentileza, qué le ha parecido Cardiff. ¿Cómo se lleva con sus tías abuelas? ¿Qué tal estuvo el viaje por la costa desde Bryn Mawr?
Clare escucha sus propias respuestas titubeantes. Dedica una parte del cerebro a lo que se conoce como charla casual.
—¿Sabía que Cardiff originalmente se llamaba Cardiff junto al Mar? Pero ya nadie le dice así, y la mayoría de sus residentes lo ha olvidado.
Luego le hace unas preguntas personales, amistosas. Fischer la está preparando, piensa Clare. Tiene cuidado de no alterarla demasiado mientras se encuentren en aquella oficinita.
Clare le cuenta a Fischer que hizo una licenciatura en la Universidad de Minnesota, y luego un doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Chicago, pero que casi no se ha dedicado a la docencia. En cambio, se ha dedicado a solicitar financiamientos para continuar con su trabajo de investigación: recibió una primera beca de la Fundación Guggenheim que le dio la libertad para escribir una monografía sobre la vida y obra de Gertrude Käsebier, que luego publicó una editorial especializada en libros de arte y recibió buenas reseñas en revistas académicas. Ahora tiene una segunda beca del Instituto de Investigaciones en Humanidades de Bryn Mawr. Al ponerla en esos términos, la vida de Clare —que a ella le parece sobria, mínima y hasta monástica— adquiere un significado más amplio. Fischer le sonríe, impresionado. Sin duda, una vida expresada en términos tan oblicuos posee cierto grado de romanticismo.
—La envidio, señorita Seidel. Se ha rodeado de belleza… y no de leyes. —Clare asiente en silencio. Sí—. En el arte, hasta en la fealdad hay cierta belleza, ¿sí? —Clare coincide en que sí. Ella misma lo ha pensado varias veces. Entre más desafiante y misteriosa sea la fealdad, mayor es su belleza. Sí—. Pero creo que hoy ha venido a verme para que hablemos de los términos de su herencia, ¿sí?
Al parecer, Clare es una de los múltiples beneficiarios del testamento de Maude Donegal. La situación es más complicada de lo habitual, según el propio Lucius Fischer, porque la señora Donegal tenía en su poder varios testamentos, dos de los cuales fueron redactados en Portland, no en Cardiff. A medida que los beneficiarios, entre ellos Elspeth y Morag, caían o no en desgracia, la señora Donegal eliminó sus nombres y volvió a agregarlos varias veces, en ocasiones con su propia caligrafía pequeña y temblorosa. Muchas de esas veces no hubo testigos de esos cambios. El testamento más reciente, ejecutado por el propio Fischer en noviembre de 2017, donde se lo nombra albacea, prevalece por encima de los anteriores, como lo marca la ley, pero los individuos mencionados en testamentos anteriores podrían presentar un amparo y posiblemente recibir una compensación si sus exigencias son razonables.
La situación se complica aún más, le explica Fischer a Clare, porque su nombre no figuró en los testamentos previos a 2015. Se contemplaba un legado para la «hija sobreviviente de Conor Donegal». Pero el nombre de Clare Ellen Seidel se incluyó solo en el testamento más reciente de Maude Donegal.
Qué extraño todo esto, piensa Clare. Hija sobreviviente de Conor Donegal: como si Clare no hubiera tenido madre…
Además, hija sobreviviente parecería indicar que quizá hubo otra hija, o hijas, que no sobrevivieron.
No obstante, Fischer le asegura a Clare que no hay ambigüedad alguna con respecto a su herencia: cinco hectáreas de tierras de cultivo, terrenos boscosos, una casa de campo y construcciones anexas al norte del condado de Ashford, en un camino llamado Post Road.
Así es: propiedades. A Clare la inunda la alegría de solo pensarlo.
—Por desgracia, no tengo fotos de la propiedad como para mostrársela. De hecho, no la conozco en persona. El norte del condado de Ashford está casi desierto, me parece. Son paisajes hermosos, llenos de colinas, que bordean la costa. Me han dicho que la propiedad está muy descuidada. Se deben impuestos, que tendrá que pagar usted, me temo. Es lo que dicta la ley.
Parece contento cuando dice esa frase: Es lo que dicta la ley.
Además, Clare tendrá que esperar al menos tres meses antes de tomar posesión de la propiedad. Si tiene alguna noción de las complejidades de los juicios sucesorios lo entenderá…
Clare niega con la cabeza, no sabe casi nada sobre juicios sucesorios. Casi nada sobre testamentos. Está mareada, desorientada.
Ya no viven. Hija sobreviviente.
No obstante, Fischer le explica que la ley le permite solicitar un préstamo a cuenta de la herencia, si así lo desea.
—¿La gente hace eso? ¿Pedir préstamos a cuenta de su herencia? —Clare está sorprendida.
—Sí, con frecuencia.
—¿En serio? Yo jamás me atrevería.
Alguien sí me quiso. Después de tantos años.
Es un hecho: la abuela de Clare hizo un esfuerzo por averiguar su nombre y localizarla. Y, después de tantos años, agregó su nombre al testamento.
—La gente hace cosas inesperadas —dice Fischer, como si pudiera leerle la mente a Clare— cuando se acerca el final de su vida. A veces es la conciencia la que interviene, como una deidad semienterrada que despierta.
¡Qué comentario tan curioso!, piensa Clare. No tiene más remedio que reconocer que Lucius Fischer no es tan convencional como aparenta.
—La señora Donegal no era una persona especialmente excéntrica, hasta donde yo sé, pero el testamento ha resultado ser un documento bastante excéntrico, sí.
Fischer tiene preparada una copia de la sección del testamento que alude a Clare para que se la lleve consigo. Aunque el testamento entero tiene más de treinta páginas escritas en una jerga legal indescifrable, la mayor parte no tiene que ver con ella.
—¡Gracias! Esto es… bueno, es asombroso…
Clare siente una euforia tal que desearía tener a alguien con quien compartirla.
A mi edad. De la nada. Alguien se preocupó por mí.
Fischer está de pie. Es hora de que Clare se retire. Si ya no tiene más dudas…
Clare se da cuenta de que ha olvidado algo… Pero ¿qué fue lo que olvidó?
Detrás del escritorio de Lucius Fischer, en la pared, hay un diploma dentro de un marco de caoba resplandeciente: Lucius M. Fischer, Facultad de Derecho, Universidad de Maine.
Por un instante de absoluta desorientación, Clare se pregunta si el título universitario es real. Si algo de todo eso es… real.
Como si su personalidad se estuviera evaporando. Como el rocío cuando lo amedrenta el sol de la mañana.
Quiere preguntarle con la voz suplicante de una niña: ¿Mis padres están vivos o muertos?
También: ¿cómo murieron? Y, ¿por qué la dieron en adopción? ¿Nadie en la familia Donegal la quiso? Quizá también podría preguntar dónde están enterrados sus padres. Si es que están enterrados.
En su vida profesional, Clare es una persona sumamente elocuente, que casi nunca se queda sin palabras o se siente intimidada; sin embargo, en presencia de Lucius Fischer, la sobrecoge el pavor de lo que podría averiguar si hace preguntas cruciales.
Ya basta, piensa Clare. Tuvo su oportunidad, pero la desaprovechó.
Al despedirla, el abogado le estrecha la mano con menos brusquedad que a su llegada. Se ha encariñado con Clare hasta cierto punto; se ha vuelto paternal.
Le recuerda que, si quiere saber más sobre la muerte de sus padres, consulte el diario de Cardiff en la biblioteca «que está en la otra cuadra». De hecho, llamará a una bibliotecaria amiga suya para que tenga listo el microfilm cuando llegue Clare.
—Siempre es preferible consultar los archivos públicos, señorita Seidel, que confiar en lo que diga un individuo. Deposite su confianza en la objetividad.
10
Fallecieron. Ya no viven. Están muertos. Desde el 6 de enero de 1989.
Clare se arma de valor para lo que sea que haya que descubrir en la Biblioteca Pública de Cardiff.
Aun así, la cortesía con que la recibe una de las bibliotecarias la reconforta.
—¿Señorita Seidel? El señor Fischer nos avisó que vendría.
—¡Sí! Gracias.
Acompaña a Clare a un cuartito al fondo del edificio. Ahí le entregan unos rollos de microfilm y un proyector con una manivela. La bibliotecaria, amistosa, le muestra cómo girarla, con cuidado.
—Recuerde que estos rollos son antiguos. —Clare Seidel, historiadora del arte acostumbrada a consultar microfilms aún más antiguos que esos, agradece el gesto.
Cajas de microfilms que conservan todos los números del Cardiff Journal de 1989. Se pregunta si aún existirán los ejemplares en papel o si han dejado que se pudrieran y pulverizaran.
Aunque cree que lo que busca es un obituario, le sorprende descubrir de inmediato en la primera plana del Cardiff Journal del 8 de enero de 1989 un titular enorme:
Presunto homicidio/suicidio cobra cuatro vidas
Dos adultos y dos niños en el condado de Ashford
Familia muerta a tiros
Clare queda paralizada del horror. Le echa un vistazo rápido al artículo. ¿Mi padre mató a su familia y se suicidó?
Los ojos se le llenan de lágrimas. Siente que algo ardiente le retumba en la cabeza.
Lo que acaba de descubrir es demasiado aterrador para ser cierto. Las palabras impresas se borronean ante sus ojos. Un hombre de apellido Donegal, presuntamente su padre, mató de un tiro a su esposa, su hija y su hijo. En su casa, en la zona rural del condado de Ashford, en una calle llamada Post Road.
Clare tardará unos minutos en leer y releer. Le tomará tiempo entender. Los dedos se le agarrotan, apenas si puede girar la manivela en busca del resto del artículo, tras columnas de noticias borrosas. Noticias nacionales, internacionales, estatales, locales… La horripilante historia va cobrando sentido poco a poco, pero en el fondo se reduce a la simple —tremenda— revelación de que el 6 de enero de 1989, después del mediodía, un hombre llamado Conor Donegal, de 34 años, mató a tiros a su esposa, Kathryn, de 31 años; a su hija Emma, de seis; a su hijo Laird, de nueve, en su casa en Post Road, y luego se llevó el arma, una pistola, a la sien.
Clare se obliga a leer y releer cada vez con más detenimiento. Se limpia los ojos para ver con mayor claridad. ¿Qué falta en esa historia? ¿Quién falta?
Demasiado tarde, se da cuenta. Mi padre mató a su familia y se suicidó… ¿verdad? Pero ¿y yo?
Que Clare siga viva implica que se le perdonó la vida. Una masacre espeluznante: esposa, dos hijos, marido asesino… todos muertos, salvo por la menor, una niña de dos años y nueve meses, a quien (milagrosamente) al parecer se le perdonó la vida.
Se le perdonó la vida. ¿Por qué?
Finalmente, Clare descubre que Clare Ellen Donegal, la menor de los hijos, fue hallada ilesa, pero no por los oficiales de policía que examinaron la escena del crimen, sino por unos parientes de los difuntos que fueron a la casa a buscar a la menor faltante después de que se llevaran los cuerpos.
(«Ilesa», salvo porque estaba muy deshidratada y en shock. La niñita había gateado hasta esconderse debajo de la pileta de la cocina, al parecer durante el tiroteo).
Clare hace avanzar el rollo para buscar en el Cardiff Journal más artículos sobre el homicidio/suicidio de los Donegal. Atraviesa un alud de titulares, noticias, fotografías: crisis internacionales, estragos bélicos en Medio Oriente, tormentas de nieve en la costa del Atlántico, trabas en el Congreso… Qué triviales se vuelven los sucesos del inmenso mundo. Y es que, más allá del yo, si el yo enferma y padece un ataque, ¿algo más importa? Después de un rato, Clare logra armar una línea de tiempo de los sucesos del 6 de enero de 1989.
En la tarde del 6 de enero, a la presunta hora de los tiroteos, vecinos de los Donegal que vivían en Post Road escucharon disparos provenientes de la propiedad de Conor Donegal y supusieron que eran de cazadores, pues la cacería era habitual en la zona rural del condado de Ashford. Como al día siguiente la familia no se presentó en una reunión en casa de los abuelos Donegal en Cardiff y no contestaron las llamadas, Gerard Donegal, el hermano menor de Conor, fue en su auto a investigar y encontró los cuerpos. Gerard llamó a la policía, que se dirigió al lugar de inmediato. En la confusión de la sangrienta escena del crimen, que abarcaba varios de los ambientes de la planta baja de la casa, los oficiales pasaron por alto la presencia de la menor de dos años que había gateado hasta esconderse bajo la pileta de la cocina para salvarse de la masacre, a menos de dos metros de los cuerpos caídos de su madre y de su hermana.
Las autoridades forenses se llevaron los cuerpos a la morgue del condado y recién entonces se les permitió a los familiares entrar a la casa para buscar a la pequeña Clare Ellen. La menor permaneció oculta incluso después de que llegaran, quizá porque estaba demasiado débil o traumatizada como para contestar los llamados de sus parientes; no fue sino hasta después, cuando estaban a punto de darse por vencidos, que escucharon a la menor gimotear «como un animal herido» y la encontraron encorvada bajo la pileta, detrás de un tacho de basura, en un espacio «tan pequeño que cualquiera creería que ni un gato habría cabido ahí».
Para entonces, Clare Ellen llevaba alrededor de dieciocho horas escondida.
Medio inconsciente, sumamente deshidratada, conmocionada y exhausta, la menor fue trasladada en una ambulancia al hospital de Cardiff, donde se encontraba al momento de la publicación, y su estado de salud era reservado…
Pero… ¿yo? ¿Puedo haber sido yo? No recuerdo nada de esto.
Entre el horror y la fascinación, Clare no puede parar de leer. Sigue revisando columna tras columna. ¿Encontraron una nota suicida? (Al parecer sí: pero por lo pronto la policía no ha revelado su contenido). ¿Hubo algún motivo detrás de la masacre? (Al parecer sí: pero, de nuevo, los medios no tuvieron acceso a esa información). Conforme el relato vuelve sobre sí mismo como una siniestra montaña rusa, se repiten datos cruciales y se acumulan datos periféricos, Clare siente que se desintegra en un miasma de desasosiego.
¡Qué conmoción! ¿Por qué nadie se lo advirtió? Es obvio que Lucius Fischer sabía que su padre había asesinado a su familia, pero no tuvo el valor para contárselo.
En medio de aquel trance horroroso, examina las fotos de sus padres que aparecen reproducidas en varias ocasiones en el Cardiff Journal.
Conor Donegal. Kathryn Donegal. ¡Tan jóvenes! De hecho, tenían la edad que tiene ahora Clare.
Ambos son atractivos y sonríen a la cámara. Conor entrecierra los ojos al sonreír, se le hace un hoyuelo en la mejilla izquierda, como un guiño. Es juvenil, confiado, y tiene un brillo travieso en la mirada. Cabello negro ondulado, espeso y peinado hacia atrás, con un pico de viuda en la frente. (Clare lo mira asombrada; ella también tiene un pico de viuda, pero no exactamente a la mitad de la frente ni tan prominente como el de Conor Donegal). Kathryn tiene una belleza más sutil y una sonrisa más reservada. Una chica posiblemente popular en el bachillerato. Como el tipo de chica que Clare solo habría observado de lejos, intrigada por su aparente aplomo y autonomía.
(Clare se enfurece en nombre de su madre. ¿Por qué describieron las tías abuelas a Kathryn como sosa?).
Al menos Clare ya sabe cómo eran. Mi padre. Mi madre.
Es un alivio que no haya fotos de la hermana ni del hermano en el periódico. Emma, Laird… solo son nombres. Nombres desgarradores. Clare no tiene ningún recuerdo de esos niños.
No tiene recuerdo de nadie: de la familia perdida.
Y aquí, en la edición del 10 de enero de 1989 del Cardiff Journal se revela de forma un tanto casual que las «rescatistas» de la pequeña Clare Ellen Donegal fueron Elspeth y Morag Lacey, quienes se identificaron como tías del difunto Conor.
Clare lee el breve párrafo varias veces.
Entonces, ¿les debo la vida a ellas? ¿A las tías abuelas?
Se limpia los ojos. Se estremece.
Recuerda que esa mañana, aún sobre el rígido colchón, escuchó a las hermanas hablar al pie de la escalera, como figuras fantasmales en un sueño. Regodeándose, maravilladas: Ni siquiera se acuerda de nosotras… que la encontramos.
PARTE II
11
Bajo el sol cegador, pierde el rumbo. Pierde también el equilibrio. Y luego parece estar en el suelo. Pesadez en las extremidades, un dolor agudo de un lado de la cabeza.
Alguien preocupado se cierne sobre ella.
—¿Señorita? ¿Está bien? ¿Necesita…? —El aire fresco la revive. Lo único que su rostro afiebrado necesita es aire fresco—. ¿…ayuda? ¿Llamo una ambulancia?
Incapaz de contestar. Vuelve el rugido dentro de su mente; es ensordecedor.
Han pasado noventa minutos desde que Clare llegó a la biblioteca. Noventa minutos desde que (según recuerda, aturdida) subió corriendo las escaleras de piedra, ansiosa por descubrir lo peor.
El agotamiento. Girar la manivela, observar el microfilm. Tensar el cuello, los hombros. Sentir como si la hubieran agarrado del pelo y arrastrado por un pedregal.
A sus pies, el sendero de cemento se desliza. Ha caído como peso muerto. La vereda, el pasto que crece a un costado. El olor a tierra húmeda. La persona desconocida se cierne sobre ella, no sabe si tocarla, si intentar levantarla.
¡Se siente tan pesada! Clare pesa menos de cincuenta kilos, pero las rodillas, las piernas no tienen la fuerza suficiente para sostenerla.
Pero luego está sentada sobre algo hecho de piedra, un escalón, e intenta respirar. Un armazón de hierro alrededor del pecho.
Alguien le habla, alguien desconocido. Está preocupado por ella y le pregunta si tiene algún contacto a quien deba llamar, pero Clare insiste en que no, que no hay nadie…
—¡No! En serio, estoy bien. Estoy bien.
—¿Segura de que no quiere que llame una ambulancia? Está muy pálida…
—Gracias, pero no. ¡No!
Clare no lo mira a los ojos. No le importa quién pueda ser. La mejor estrategia es no mirar a los ojos a los desconocidos. Y menos si está sensible, distraída. Un desconocido que podría percibir lo mucho que le hace falta que alguien la ayude.
¡No, no! Lo último que quiere Clare es que la lleven a un hospital en una ciudad donde no conoce a nadie. Qué pesadilla que la hospitalicen en contra de su voluntad. En la confusión del momento, habría sido incapaz de decir el nombre del lugar donde está: Cardiff, Maine. No habría podido explicar de dónde viene ni adónde va.
Por lo pronto, se ha recuperado lo suficiente del desmayo. Se obliga a recuperarse. Se aleja, con paso firme, de modo que el desconocido no insista.
Pero ¿por qué te alejas? ¿No es este un encuentro con otra persona? Con otra vida, en cuya red caíste.
Pero no, no hay tiempo. Hay que seguir avanzando.
Al fin localiza su auto, un sedán compacto, gris metálico, que se ve más maltratado de lo que recuerda. En ese instante, Clare observa con detenimiento la chapa del vehículo, como si no la hubiera visto nunca antes. ¿Alguien alteró los números? ¿O será que no es su auto?
(Sí lo es. Revisa el interior, el asiento trasero donde dejó algo de ropa. Claro que es su auto).
No está segura de si debería conducir, aún le flaquean las rodillas y está mareada. Pero se reprende. Qué ridícula. Murieron hace mucho. Has vivido tanto tiempo sin ellos. Y ni siquiera los recuerdas.
El maleficio se evapora. O algo por el estilo: la sangre vuelve a fluir por el cerebro de Clare y le lleva oxígeno y claridad mental.
Ya está lo suficientemente bien como para abrir el auto, salir del estacionamiento.
Lo suficientemente bien como para volver… ¿adónde?
Necesita escapar en este instante. Beber, emborracharse. Hacerse un ovillo. Desaparecer.
¡Qué soledad! Tan devastador.
El plan es volver a la casa en el número 59 de la avenida Acton, guardar las cosas de inmediato, irse de ahí. Si las tías abuelas te reclaman o reprochan algo, sorprendidas o molestas, les dirás lo siguiente: Gracias por su hospitalidad, pero tengo que irme. ¡Adiós! No te detendrás; no te quedarás parada al pie de las escaleras como una niña lastimada. Si te insisten en que les des una explicación, no romperás en llanto. Al llegar a la puerta, les dirás con voz cordial: No quiero nada de este lugar. Venir fue un error. Quédense con la «herencia»; es suya.
¡Será un alivio conducir hacia el sur! Alejarse de las rocas de Maine, donde la neblina flota a la deriva sobre las carreteras como espectros.
Quieres la propiedad de Post Road. Esa casa.
En el viaje hacia el norte, hacia Cardiff, te sentiste extasiada. No quisiste escuchar ni música ni un audiolibro que pudieran distraerte de la euforia abrumadora. La posibilidad de recibir una herencia, cualquier herencia, te cautivó. La posibilidad de tener parientes, parientes vivos, te cautivó. Ni por un instante te detuviste a considerar lo que podría implicar algo así.
En la avenida Acton (que no es fácil de encontrar: calles desconocidas, casas desconocidas, varias veces se queda con la mente en blanco, sin tener idea de dónde diablos está ni qué es eso tan urgente que la impulsa a comportarse así), Clare estaciona el auto frente a la casa de piedra. En ese fresco día de abril, la casa y el terreno se ven descoloridos, como una fotografía desleída. Clare alcanza casi a distinguir las grietas en la fotografía, la mancha de una huella digital en una esquina.
Se pregunta si las tías abuelas la espían desde las ventanas del piso superior. Arañas gordas, de patas torcidas, que acechan en su telaraña, a la espera de que caiga el insecto esmirriado que quieren de presa.
Le lleva mucho tiempo bajar del auto, caminar (con cuidado) por el sendero de la entrada, poner un pie (tembloroso) en el primer escalón de la galería. Se siente desafiante, y unos segundos después el pánico se apodera de ella. Pero ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué volví? Un sueño en donde Clare es ella misma, pero también una observadora distante, estupefacta.
Entre el primer y el segundo escalón, se desmaya.
Entre una respiración y la siguiente, siente que se extingue.
…Y luego despierta, mareada, aterrada, sobre el colchón rígido del cuarto de arriba, adonde la llevaron. Clare tiene el vago recuerdo de que alguien la levantó de las escaleras, un hombre de rostro enrojecido, mirada distante.
Gruñía mientras la cargaba. Abrió la puerta de un puntapié.
A unos pasos, las tías abuelas rondan, murmuran, ululan como aves sobresaltadas. Quien haya cargado a Clare, quien la subió y la dejó en la cama, ya no está. Solo queda un aroma a ceniza y el dolor sordo de los dedos que la apretaron.
12
—¿Por qué nadie me contó? —Clare quiere ser contundente, pero suena suplicante, herida.
Han pasado horas. El día ha empezado a menguar.
En la planta baja, en el salón de las tías abuelas. Empapelado color borravino, aterciopelado, que se ve raído bajo la luz de la lámpara de pie. Olor a polvo, telarañas, cera para muebles. Sobre una mesa ratona con tapa de mármol, frente al sofá victoriano en el que está paralizada Clare, alguien ha puesto una bandeja de plata manchada con platos cascados de porcelana Wedgwood, sobre los cuales hay sándwiches abiertos de pepino y queso crema, hechos con pan blanco al que se le ha quitado la corteza, además de galletas de avena Pepperidge Farm y rábanos tan rojos y alargados como ojos de vaca. Un brazo con mangas de encaje beige, dedos largos y esbeltos, uñas «glaseadas», vapor que asciende y distorsiona ligeramente los rasgos de Elspeth Lacey, que con gesto ceremonioso sirve el té en tres delicadas tacitas.
Clare observa los pequeños sándwiches. Reprime un escalofrío. ¡Como si fuera a comer otra vez la comida envenenada de las tías abuelas!
—Pero claro que lo hicimos, querida Clare… lo hicimos.
—Sin duda, Clare. Se te contó.
Clare protesta. No. Nadie le contó; tuvo que descubrirlo por su cuenta en la biblioteca. Por medio de microfilms.
—En serio, querida. Morag te lo contó, sin duda…
—…bueno, lo insinué. No queríamos asustarte.
—…no queríamos que huyeras cuando acababas de llegar.
—No queríamos ser tan directas. Tan brutales. Yo no hubiera querido…
—El otro día, cuando llamaste…
—Una llamada inesperada…
—Una llamada bienvenida. En ese momento, cuando te identificaste, cuando dijiste que eras la nieta de Maude Donegal…
—La nieta de Maude Donegal, como si supieras que eras la única, la restante…
—Bueno, estoy segura de que te preparé…
—¡Para lo peor! Elspeth es experta en eso.
—No propiamente para lo peor, Morag, basta, ¿sí? Estás quedando como una tonta y confundiendo a nuestra querida sobrina, que está muy conmocionada…
—…porque Elspeth elige sus palabras con muchísimo cuidado, como un verdugo que elige el instrumento más incisivo, podría decirse… de modo que… si no estás atenta…
—…¡basta, Morag! No eres graciosa.
—…podrías malinterpretarla.
—Yo no soy así. Claro que no. En cualquier caso, para eso está Luke Fischer. Él debería haberle explicado la situación a la pobre chica.
—Y si no lo hizo, es vergonzoso. Como albacea del testamento de Maude, a Fischer se le paga lo suficiente como para que sea más responsable.
—Se le paga demasiado, en mi opinión. ¡Estos abogados! —exclama Elspeth, fastidiada.
Las intervenciones veloces de las tías abuelas abruman a Clare. Como picos de aves que le picotean y picotean el cerebro.
De algún modo, logra protestar. Nadie la preparó. Nadie le advirtió. Ni siquiera Lucius Fischer esa mañana, que no tuvo el valor de contarle en qué circunstancias habían muerto sus padres, y en cambio la envió a la biblioteca de la otra cuadra para que descubriera que su familia había sido asesinada, que su padre era… había sido… el asesino…
—Ay, querida. No es necesario que menciones…
—Exacto. Después de… un cuarto de siglo…
—Algunas cosas no se deben decir en voz alta.
Elspeth hace una mueca de dolor mientras agita los dedos esqueléticos con un gesto de aversión. Morag sonríe y se encoge de hombros; uno de sus hombros se ve ligeramente caído. Se inclina hacia delante para ofrecerle a Clare una taza de té, y ella duda antes de aceptarla.
—¿Azúcar, querida? ¿Leche? —Morag se le acerca tanto que la incomoda y sonríe tan forzadamente que Clare alcanza a ver diminutos trilobites hechos de arrugas en sus mejillas.
—Gracias. No.
—No intimides a la pobre chica, Morag. Te encanta… embestir a la gente.
—Y a ti… a ti te encanta… meterte donde no te llaman.
Elspeth se ríe de forma burlona; es obvio que ganó el concurso de comentarios ingeniosos.
Clare querría apoyar la taza de té en un lugar discreto. Se siente mareada, poco firme. Tiene la vaga idea de que hace horas que no come, y desde el desayuno se ha sentido asqueada.
—Solo que… me habría gustado que me advirtieran. Antes de… leerlo en el periódico.
—¡Claro! Sin duda. ¡Tiene que haber sido un shock!
—…una diría que se habría podido evitar. —Morag menea la cabeza con vehemencia, como lo haría un bulldog.
Qué extraño, Clare parece perder su individualidad en presencia de las ancianas tías abuelas. Como si las moléculas mismas que componen sus neuronas empezaran a estremecerse y agitarse, y quedaran al borde de la desintegración.
¿Esta soy yo? ¿Qué me pasó? Tengo que concentrarme…
En un rincón del salón hay un gran reloj de pie cuya cara resplandeciente empieza a repicar a la hora en punto… una, dos, tres, cuatro, cinco… Hay algo decisivo en el tiempo, piensa Clare. ¿No era su intención haberse ido de la casa para entonces? Aunque se concentra en las campanadas, casi al instante pierde la cuenta y no logra descifrar qué hora es.
—¡Bebe el té, querida! Antes de que se enfríe.
—Antes de que se te caiga, querida. Te tiembla la mano.
Con las dos manos, Clare se lleva la delicada tacita cascada a los labios. Un vapor fragante, como una caricia.
¡Té amargo! Clare traga con dificultad.
—Es Darjeeling. Puede llegar a ser un poco fuerte. Seguramente Morag lo dejó infusionar demasiado tiempo.
¿Le ofrece algún consuelo que las tías abuelas también estén bebiendo el té? Clare quiere creer que sí.
Como siempre, lo más fácil es tratar de complacer. Clare recuerda que, de chica, sabiéndose huérfana, deseaba complacer a la gente más que cualquier otra cosa.
Sin duda alguna, las tías abuelas parecen complacidas. Elspeth entrelaza los dedos llenos de anillos como para simular el tipo de aplauso que uno le haría a un niñito.
—¡Ay, querida! Espero que entiendas que no tiene caso darle muchas vueltas. Hace veinticinco años, los Donegal pasaron demasiado tiempo tratando de comprender la… la tragedia, y algunos nunca se recuperaron.
—Pero resistieron…
—¡Sí, por Dios! ¡Resistieron!
—Creo que deberías incluirnos.
—Bueno, pero no era nuestro hijo, ¿sabes? Era hijo de Maude.
—Era nuestro sobrino. Y sus hijos eran…
—¡Da igual! ¿Por qué seguimos hablando de esto? Basta ya, Morag. Te lo suplico.
—Solo quería señalar que…
—¡Basta! Ten la mínima decencia de dejar de hurgar en viejas heridas, ¿sí? ¿O eres tan obtusa, tan brutalmente ignorante, que no eres consciente de que nuestra querida invitada, Clare, es… era… es uno de esos hijos?
Morag mira fijamente a Clare, estupefacta. Ciertamente, parece haberlo olvidado. Clare es la pequeña sobreviviente.
Una masacre familiar, la madre y dos de sus hijos, el padre. Y la tercera hija oculta entre telarañas bajo la pileta de la cocina.
Clare no estaba ahí, pero aun así lo recuerda.
No, no: Clare no lo recuerda. Pero Clare estuvo ahí.
—¡Tú ya basta! —dice Morag, ofuscada—. Eres una hostigadora. Toda la vida me has hostigado. Me niego a que sigas censurando y reprimiendo mi forma de hablar como lo has hecho durante toda mi patética y truncada vida. Solo dije que…
—Y yo dije que la tragedia Donegal ya es cosa del pasado. De un pasado muy antiguo.
Elspeth se ha empolvado el rostro artificialmente juvenil y terso de un blanco más pálido de lo habitual. Tiene las cejas, pintadas con delineador, arqueadas de indignación, pero (piensa Clare) no por ser teatral el gesto es menos genuino. Frunce también los labios pintados de rosa. Y Morag, que mira fijo el suelo, con la boca delgada hecha un mohín, también se ve genuinamente afectada.
Desde que la vio en el desayuno, Elspeth se ha cambiado de ropa y se ha puesto unos pantalones negros de seda, una túnica de encaje color beige y zapatos de cuero negro y taco alto. Las gafas de marco plateado se le aferran a la punta de la estrecha nariz empolvada. Morag pareciera haberse vestido sin ningún cuidado: pantalones deportivos grises, sin forma, de cintura elástica prominente, un suéter a rombos con cuello en V y los codos gastados, botines deportivos. Las gafas de armazón de plástico negro y grueso están replegadas contra el puente de su nariz de pug, y se nota que las lentes están sucias.
El cabello color mandarina de Elspeth es esponjoso, ligero, y resplandece bajo la luz; Clare se pregunta si se le veía así cuando era directora de la escuela. El cabello gris metálico de Morag, que más que cortado parece esquilado, le roza las mandíbulas cuando agita la cabeza con vehemencia y tenacidad.
—Lo que digo, y por favor no me interrumpas, Elspeth, es que el pasado nunca ha pasado del todo. Simplemente no podemos verlo.
—Ay, ya basta, por favor. Estás alterando a nuestra querida sobrina y no nos hace ninguna gracia.
—Tú basta. Estoy segura de que a Clare le interesa lo que estoy diciendo.
—No, no le interesa. ¿No quieres un sándwich de pepino, querida? —Elspeth le acerca la bandeja a Clare, que se pone tensa y niega bruscamente con la cabeza, no, no, gracias. Siente un dolor sordo en la sien izquierda, donde debió golpearse contra el sendero de cemento—. ¡Necesitas energía, querida! Te ves muy pálida, ¿verdad, Morag?
—Mejor no la hostigues, Elspeth.
—No la estoy hostigando. Me preocupo por ella. Tú porque no ves más allá de tu propia cortísima nariz.
Elspeth suelta una risa desafiante. Morag la fulmina con la mirada.
Desconcertada, Clare se ríe. ¡Es un episodio tan familiar! Esta es la naturaleza implacable de la intimidad.
Si hubiera crecido en Cardiff, las tías abuelas Elspeth y Morag habrían sido su familia. Habría conocido a su abuela Maude Donegal. Habría visitado esa casa con frecuencia.
Y habría conocido a otras personas, a otros parientes cercanos… Se queda con la mente en blanco, como si se hubiera acercado demasiado a un panal lleno de abejas que no paran de zumbar.
Elspeth vuelve a ofrecerle la bandeja de sándwiches, y esta vez Clare acepta y le da las gracias entre dientes.
Lo hace por cortesía. Por educación. Por no parecer grosera. Las tías abuelas se han tomado la molestia de preparar la bandeja para ella.
Clare titubea y da un pequeño bocado. El pepino está blando y pasado, y el queso crema tiene un regusto a pimienta. El pan blanco está tan rancio que tiene textura de galleta.
Clare cae entonces en la cuenta, con estupor: Bueno, ellas fueron quienes me encontraron. La niñita bajo la pileta.
Y: sin ellas, la niñita habría muerto.
Pero ¿quién era esa niñita? ¿Cuándo ocurrió eso?
Una revelación profunda. Clare quisiera darle vueltas entre los dedos como una piedra preciosa.
Y es que ahora sabe que esa tarde las hermanas fueron en auto a la casa en Post Road para buscar a la niña perdida. Dios nos guio, declararon ante los medios.
Clare siente una oleada de gratitud. Tan poderosa que podría ahogarse en ella.
—Tía Elspeth, tía Morag… hoy descubrí que les debo la vida. Ustedes dos… —De forma impulsiva, tartamudea—. ¡Gracias! —Quiere decir más, mucho más, pero su mente parece haberse quedado en blanco.
Las tías abuelas están sorprendidas. Su desconcierto es palpable. Elspeth se lleva una mano al pecho cubierto de encaje; Morag parpadea y mira fijamente a Clare. Ambas relucen de satisfacción, como papel aluminio arrugado. Es evidente que las palabras inesperadas de Clare las complacen. Pero luego Elspeth se acerca para tocarle la muñeca con suavidad.
—Bueno, es muy amable de tu parte agradecérnoslo, querida, pero…
—…seguramente alguien más habría…
—…alguien más habría pensado en…
—…con el tiempo…
—…pero sí, si no hubiéramos ido…
—¡Porque eso hicimos! ¡Lo hicimos porque esa era la voluntad de Dios!
—…si no hubiéramos ido cuando fuimos, quizás alguien más habría ido, pero…
—¡Pero, pero, pero!
—…quizá demasiado tarde.
Clare se estremece. ¿Cómo demasiado tarde?
Se pregunta qué tan cerca de la muerte estuvo la pequeña Clare Ellen. Agotamiento, deshidratación, terror. Qué vida frágil, la de la pequeña sobreviviente: como la llama de una velita que podría haberse apagado con una ráfaga de viento.
No obstante, la voluntad de Dios había sido otra. Estas mujeres que son sus tías abuelas, de cuya existencia no estaba enterada sino hasta hace apenas unos días, son responsables de su presencia en el mundo.
Le viene a la mente un pensamiento: Tal vez no quieren envenenarme. Tal vez me quieren.
Vagamente recuerda que tenía la intención de irse de la casa de los Donegal. De hecho, según sus planes, ya debería estar en la autopista interestatal, yendo hacia el sur.
No es capaz de recordar por qué. Una decisión demasiado drástica. La tarde da paso a la noche, y pronto se ocultará el sol. Aunque sea primavera, el frío es invernal; en Cardiff, aún hay franjas de nieve sucia y vieja en las orillas de las paredes externas de los edificios, en los rincones sombríos. Remanentes de estalactitas que han tardado en derretirse.
Es demasiado tarde para irse, ¿quizás mañana?
Pero ¿por qué mañana? Las tías abuelas han dejado en claro que Clare puede quedarse con ellas, en esa casa, durante el tiempo que desee. Tiene que presentar su legajo en el tribunal sucesorio, según le explicó el abogado. Y quizá tenga que hacer otra cita con Fischer.
Además, querrá visitar el cementerio donde está enterrada su familia. Sin duda, querrá visitar el cementerio y sacar fotos.
También querrá averiguar más sobre su madre (Kathryn), su padre (Conor), su hermana (Emma), su hermano (Laird). Querrá ver fotos de la familia perdida; querrá sacar copias de esas fotos. No querrá preguntar (todavía), ¿por qué mi padre hizo una cosa tan terrible?; es una pregunta demasiado reluciente y enceguecedora, como si miraras directo hacia el sol.
Clare tiene los ojos borrosos de lágrimas. Siente una oleada de algo cálido, reconfortante… Gratitud.
Se cayó en la entrada de la casa. Esa sensación repentina de impotencia, de pánico… de caer. Sentir de pronto que las rodillas te flaquean, que las piernas no soportan tu peso, que golpeas el suelo como un árbol que cae.
Por segunda vez en una hora, Clare se desmayó. Y, antes de su visita a Cardiff, Clare Seidel jamás se había desmayado.
Luego hubo gritos, gritos de las tías abuelas. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ven a ayudarla! ¡Ayúdala! Y alguien que se inclinó sobre ella, que la alzó, que la subió por los escalones de la entrada y la metió a la casa, como si fuera una niñita… sin oponer resistencia, con absoluta confianza, con estupor.
Los brazos fuertes de un hombre, un aroma a ceniza. No obstante, por más que lo intenta, Clare es incapaz de ver su rostro.
—Fue… ¿Gerard? —Clare duda antes de mencionar el nombre del tío por primera vez.
Elspeth se ríe, sorprendida; derrama un poco de té sobre su encaje beige y, molesta, lo limpia con una servilleta. Morag mira a Clare a los ojos, con rostro inexpresivo.
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