Kitabı oku: «La guerra de Sir John Moore»

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La guerra de sir John Moore.

Historia de la campaña del ejército británico en el noroeste peninsular durante la guerra de la Independencia (1808-1809)

Juan Granados


ISBN: 978-84-15930-94-5

© Juan Granados, 2016

© Punto de Vista Editores, 2016

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ÍNDICE

Biografía del autor

Presentación

I - Sir John Moore: algunas notas biográficas

II - Un viaje al caos

III - Aquel Dunkerque avant la lettre. Un largo camino hacia el mar

IV - La batalla de A Coruña

V - Epílogo: Sir John Moore entre nosotros

Bibliografía

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Juan Antonio Granados Loureda (A Coruña, 1961) se licenció en Historia Moderna en la Universidad Compostelana en 1984, ampliando luego estudios de doctorado en Madrid y obteniendo la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia). Su labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII.

Paralelamente, es catedrático de Historia e inspector de Educación, trabajo que compatibiliza con una constante tarea publicística que desenvuelve en diferentes frentes, tanto en sus frecuentes colaboraciones en obras individuales y colectivas de índole histórica, donde podemos destacar los libros Historia de Ferrol (1998), Historia contemporánea de España o Historia de Galicia (1999) como en colaboraciones en la prensa escrita, en El Correo Gallego (2002-2009) y, desde 2010, en la sección de Galicia del diario ABC, también en la revista digital Anatomía de la Historia (anatomiadelahistoria.com), de la que es miembro de su consejo asesor.

Desde que en 2003 publicara en la editorial EDHASA la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, centra sus miras en la literatura. En 2006, apareció en la misma editorial El Gran Capitán, su segunda novela. De 2010 es Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, asimismo editada por EDHASA, y de ese año es también Breve historia de los Borbones españoles, publicada por Nowtilus. En 2013 salió a la luz su Breve historia de Napoleón, nuevamente con la editorial Nowtilus.

Y con Punto de Vista, también en 2013, ha publicado España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX. De 2014 es el libro de narrativa breve Entre brumas(Espacio Cultura Editores). Y, de 2016, su reflexión sobre la teocracia jesuítica del Paraguay incluida en la obra colectiva Utopía y poder en Europa y América (Tecnos).

Desde julio de 2011 es también director de la Revista Galega do Ensino (EDUGA).

PRESENTACIÓN

Slowly and sadly we laid him down,

From the field his fame, fresh and gory;

we carved not a line, we raised not a stone,

But we left him alone with his glory!

Cuando en el cada vez más distante verano de 1986, ejercí junto a otros compañeros, por entonces recién licenciados en Historia Moderna, el trabajo de cicerone de algunos de los profesores ponentes en el primer Congreso de Jóvenes Investigadores en Historia, recuerdo cómo caímos al final de una tarde plomiza de domingo en el coruñés jardín de San Carlos que, naturalmente, formaba parte obligada de una visita a los lugares relevantes de la ciudad. Entre los sufridos turistas se encontraba Anthony Thompson, profesor en la inglesa Universidad de Keele, quien desde primera hora de la mañana y hasta entonces había soportado con estoicismo de gentleman, pero no sin cierto cansancio en el rostro, la desordenada sarta de explicaciones y contraexplicaciones, dudas teóricas y apoyos bibliográficos con las que la troupe de neófitos que tenía por acompañantes tratábamos de ilustrarle sobre cada palmo de las venerables piedras, reflejo de la historia coruñesa, que le hacíamos contemplar a cada paso. Hasta entonces sólo había encontrado algún consuelo en el intercambio de miradas de mutuo apoyo con el profesor genovés Gianni Revora, a quien su carácter latino le impedía mantener el hieratismo de su colega británico, y hacía tiempo que preguntaba con insistencia si sería posible abandonar la visita por un instante, antes de perecer de sed al menos. Thompson estaba ya a punto de olvidar todas las normas de cortesía que le habían sido inculcadas tras muchos años de paciente educación, para pasar a suscribir airadamente las más que razonables peticiones de su colega, cuando, para general sorpresa, se detuvo en seco, fijó la mirada en un punto indefinido del horizonte y comenzó a recitar con ojos húmedos por la emoción, en voz alta y como de memoria, la última estrofa del célebre poema que el frágil clérigo irlandés Charles Wolfe dedicara a sir John Moore, la misma que antecede e ilustra este párrafo, y que se podría traducir de esta manera:

“Despacio y tristemente lo depositamos / En tierra, con su sangre aún fresca y roja; / No alzamos ni una piedra, ni una línea grabamos, / Pero allí lo dejamos a solas con su gloria.”

A todos nos sorprendió bastante aquella repentina actitud, tan rara de ver en un sesudo especialista en historia de la guerra. Luego nos explicó que siempre había respetado profundamente la figura del teniente general Moore, a quien consideraba en muchos aspectos arquetipo del militar juicioso, de rostro humano, que resultó imprescindible para la salvación de una Inglaterra acosada por Napoleón. Sin embargo, no era solamente el haberse encontrado sin esperarlo ante el monumento consagrado en el Jardín de San Carlos a la memoria de su ilustre compatriota lo que le había emocionado de aquel modo. El motivo era bastante más sencillo, le había sorprendido extraordinariamente encontrar, grabados sobre una placa de mármol y en un lugar preferente de una ciudad española, los versos de Wolfe que había tenido que memorizar una y otra vez en su época de escolar. Por lo que pudimos entender entonces, el poema de Wolfe era para los ingleses lo que la canción del pirata de Espronceda para nosotros, un texto de referencia para los estudios de primeras letras. Circunstancia que un par de años mas tarde, confirmó John Elliott, premio Príncipe de Asturias, célebre autor de la España imperial, y entre otras obras de trascendencia, de la biografía más autorizada del conde-duque de Olivares, quien vivió una experiencia parecida cuando visitó la ciudad con motivo de los actos conmemorativos del centenario de la Gran Armada de Felipe II contra el inglés, la tristemente famosa Armada Invencible.

No sabía entonces que el azar me conduciría con el andar del tiempo, y por casualidad a ocuparme, aunque sea de forma sucinta y con afán casi meramente compilador, de la figura de sir John en su período hispano y especialmente de lo acaecido en sus últimos días, vividos como es sabido librando una cruenta batalla en las cercanías de la ciudad de A Coruña, antes de pasar a formar parte por su mérito del panteón de ilustres que Inglaterra recuerda con respeto en la londinense Catedral de San Pablo y, más importante aún, de la memoria colectiva de todo un pueblo, gracias a las virtudes didácticas de unos serventesios afortunados, los únicos de trascendencia que el irlandés Wolfe, escritor de salmos píos, compuso en su vida. Es por eso que ahora recuerdo con alguna melancolía aquellas amables escenas y deseo dedicar este trabajo a nuestros recordados y sufridos visitantes.

Además de un breve estudio biográfico y del análisis de la campaña británica en España (1808-1809) dirigida por sir John Moore y su peculiar retirada a través del Noroeste peninsular, exponemos aquí las circunstancias que rodearon los comienzos de la guerra de la Independencia en Galicia y especialmente lo sucedido en A Coruña en aquellos difíciles momentos. Nos pareció importante hacerlo así, pues muy a menudo la utilización, casi en exclusividad, de las fuentes estrictamente británicas por parte de la historiografía más difundida, a la hora de analizar este período presidido por la figura de sir John, desvirtúa un tanto, en nuestra opinión, la realidad de las cosas. Y, desde luego, si algo queda claro tras juzgar el proceder de Sir John Moore es que siempre, desde el principio hasta el final de la campaña, mantuvo firme su opinión de que la estrategia de aquella guerra en España estaba mal planteada desde el principio y que, mientras la situación continuara así, resultaba imposible obtener un éxito reseñable. Por ello centró todo su esfuerzo en salvar a su ejército, cosa que finalmente logró, aún a costa de su vida, planteando una batalla defensiva de excepcional nivel táctico. Por cierto que la reflexión metódica, la duda y la cautela eran elementos muy característicos de su forma de conducir un contingente militar, al menos cuando sir John ostentaba la máxima responsabilidad como oficial superior al mando, de hecho ya había mostrado una actitud similar en la campaña de Suecia. Muy distinta era su forma de proceder cuando cumplía órdenes de otros, por lo general bastante más decidida, como veremos en otros muchos casos, como en el de la campaña de Egipto o el de la guerra de la Independencia estadounidense.

Finalmente, quisiera agradecer el apoyo y las acertadas indicaciones que me proporcionaron muchas personas que trabajan día a día por preservar e ilustrar la memoria histórica de esta ciudad. En especial agradezco vivamente a la Directora y al personal del Archivo Municipal de A Coruña, a Javier López Vallo y al personal del Archivo del Reino de Galicia y a la asociación histórica The Royal Green Jackets que tan dignamente preside Manuel Arenas, las muchas y buenas sugerencias y orientaciones que generosamente me han aportado para la elaboración de este libro.

I

Sir John Moore: algunas notas biográficas

Con su habitualmente eficaz economía de medios, en el brevísimo artículo que la Enciclopedia Británica dedica a sir John Moore, se desentraña con verdadera lucidez y en pocas frases la esencia vital del General. Así, sobre cualquier consideración especial relativa a sus hechos de armas en Córcega, en las Indias Orientales, Irlanda, Holanda, Egipto y Suecia, o sobre su controvertida actuación en la campaña de España que concluyó, como es sabido, con la retirada hacia Galicia y el embarque de la mayor parte de su ejército en el puerto de A Coruña, que, aún reconociendo su mérito táctico, narra de forma telegráfica, prefiere subrayar la oscura tarea de instructor de infantería ligera, llevada a cabo por sir John en el recoleto campo de entrenamiento de Shorncliffe (Kent) entre 1803 y 1806. Aquí el autor no tiene empacho alguno en mostrarlo como “Uno de los más grandes instructores de infantes de la historia militar”. Todo ello, señala, en virtud a “su flexible sistema de tácticas y a su eficiente y humanitaria disciplina”. Curiosamente, sus principales biógrafos como Carola Oman, D. W. Davies o, sobre todo, su propio hermano, James Carrick Moore, empeñados en la tarea de analizar y, en su caso, justificar la conducta aparentemente en exceso dubitativa del teniente general Moore en su campaña peninsular, olvidaron analizar suficientemente la trascendencia de sus aportaciones tácticas para el futuro del Ejército británico. De hecho, Moore mostró ser dueño de una gran agudeza y amplitud de miras al caer en la cuenta de que las estrategias y métodos convencionales del Ejército británico debían ser revisados. El continente se encontraba bajo el arbitrio de un genio militar de primer orden, Napoleón, cuya principal ventaja residía en liderar ejércitos formados por ciudadanos, herederos de la revolución, diametralmente distintos a las tropas de mercenarios y forzados de sus oponentes, anclados aún en las honduras ideológicas del Antiguo Régimen. De hecho, Bonaparte contaba para sus fines con un capital humano excelente, con mariscales aguerridos, hijos del pueblo llenos de ambición personal y con tropas conscientes de su función exportadora de ideas y, en muchos sentidos, de su superioridad moral sobre sus adversarios al ser parte integrante de aquel viento de libertad con que a menudo sus jefes los arengaban antes de cada batalla. Por si esto no fuera suficiente, de todos es conocido que Napoleón, pese a sus exóticos usos políticos, no tenía rival en cuanto a capacidad militar. Sus ideas revolucionarias sobre el arte de la guerra, curiosamente coincidentes con las del prusiano Von Clausewitz, que consagró su vida a luchar contra él, asombraron a los estados mayores europeos. Hasta entonces, la guerra del siglo XVIII había sido una guerra esencialmente estática, de posición o de sitio. Sin embargo, Napoleón mostró ya en sus primeras campañas que el objetivo fundamental de la guerra debía ser neutralizar y derrotar al ejército enemigo allí donde se encontrara, lo que hacía inútil mantener cualquier posición y cualquier plaza fuerte, puesto que una vez derrotado el oponente se podrían ocupar todas. Pero además impuso una forma de presentar batalla muy eficaz, al preferir la rapidez de movimientos y la sorpresa antes que cualquier planteamiento teórico por eficaz que pudiera parecer. Así, solía obtener la victoria simplemente provocando la concentración de sus fuerzas en un punto fundamental de la línea enemiga, tal como llevó a cabo en 1805 de forma magistral en Austerlitz, para abrir brecha y romper el equilibrio que los generales oponentes gustaban de mantener, atendiendo erróneamente y con la idea de envolver al ejército enemigo, a demasiados puntos del combate a la vez. Gustaba el Corso de mover a sus tropas en la oscuridad de la noche, algo que también hizo a menudo Moore en su célebre retirada, a fin de sorprender al enemigo al amanecer. Pero además de estos movimientos arrojados e intuitivos, Napoleón demostró en muchas ocasiones una sesuda planificación de sus iniciativas, tanto en la distribución de sus fuerzas como en las tácticas de ataque empleadas.

Por lo que respecta al primero de estos aspectos, Bonaparte solía dividir a su ejército en campaña en tres partes: el ejército activo, destinado a atacar, el pasivo, cuya misión principal era resistir cualquier contraataque enemigo y la valiosísima reserva, siempre atenta al refuerzo de cualquiera de los anteriores cuando éste fuese necesario. Para dirigir cada uno de estos cuerpos, seleccionaba a generales distintos en función de sus cualidades personales. Así, para el ataque frontal elegía a mariscales y generales que no dudaban un momento en arrojarse contra el enemigo, como Murat, Ney o el joven general de caballería Lefebvre-Desnouettes, el mismo al que su impaciencia por atacar siempre le haría caer prisionero de Moore en Astorga. Sin embargo, a la hora de organizar campañas y dominar territorios conquistados, confiaba más en hombres menos vehementes, como Davout, Berthier o el mismo Soult. En cuanto a las tácticas de combate utilizadas por los ejércitos imperiales, Napoleón, frente a la guerra de posiciones imperante, desarrolló maniobras altamente eficaces, como la táctica de líneas envolventes, según la cual disponía el ejército pasivo en un emplazamiento frontal al enemigo para maniobrar con el activo por la noche, cercando al oponente antes del amanecer. En otras ocasiones utilizaba su célebre táctica de líneas interiores, una variante del movimiento de concentración de fuerzas en un punto, usada para neutralizar los intentos envolventes del enemigo. Así, concentraba tropas en un núcleo central desde el que atacaba a la vez diferentes puntos de la línea adversaria, rompiendo de esta manera su línea y sus comunicaciones. En suma, la formidable máquina de guerra que había dispuesto Napoleón era imposible de neutralizar por métodos convencionales, de ahí el inmenso valor de la renovación táctica de la infantería propuesta por Moore, con tiradores a los que se les había otorgado dignidad de trato por parte de sus jefes, movilidad en la batalla y capacidad de decisión propia, hombres que serían germen de un Ejército británico renovado del que hizo buen uso el futuro duque de Wellington en su campaña española. Hablaremos cumplidamente más adelante de los pormenores de esta necesaria transformación, propiciada por un hombre caracterizado por una inquebrantable rectitud y por vivir siempre acorde con sus principios morales aún en los momentos más difíciles y oscuros de su carrera.

Nació John Moore en Glasgow el 13 de noviembre de 1761, en el seno de una acomodada familia de la alta burguesía escocesa. Era el tercero de los seis hijos que tendría el doctor Moore, médico de prestigio y también reputado hombre de letras que llegó a publicar algunas novelas de éxito, como la que llevó por nombre Zelucco, muy popular en su época. De hecho, la fama de su padre como hombre de vasta cultura le llevó a ser designado hacia 1772 mentor del joven duque de Hamilton en un dilatado viaje de estudios que éste habría de realizar por Europa, viaje en el que les acompañaría su hijo John y de cuyas vicisitudes, y de la profunda amistad surgida entre ambos adolescentes, dio cumplida cuenta su hermano y biógrafo James Carrick Moore. Su madre procedía también de una cultivada familia de científicos, los Simpson, de larga tradición docente en la Universidad de Glasgow, donde su padre había sido profesor. Su tío, el matemático Robert Simpson, autor de un célebre Tratado de las secciones cónicas, fue tal vez el más conocido de todos ellos. Al igual que James, que tuvo una carrera de éxito, primero como cirujano de los Horse Guards y más adelante pensionado del gobierno como heredero masculino de su hermano y director del novedoso establecimiento nacional para la vacuna, los hermanos de John ocuparon puestos relevantes en la sociedad de su tiempo. Graham fue un brillante marino que alcanzó el cargo de almirante en la Royal Navy y Frank ingresó en el servicio diplomático y fue secretario de lord Cornwallis en los tiempos en que éste negociaba en 1802 la pronto fracasada Paz de Amiens con el Consulado francés, ya dominado por Napoleón, donde se trató de poner fin a la guerra. Tan sólo su otro hermano varón, Charles, vivió alejado del ejército y la política debido a su frágil salud.

Como decíamos, James Carrick Moore dedicó no poco esfuerzo literario a preservar la memoria y la fama de su hermano John. En 1809 publicó su conocida obra, en realidad una extensa recopilación de fuentes epistolares del máximo interés sobre la última campaña de Sir John Moore: A Narrative of the campaing of the British Army in Spain commanded by his Excellency Liutenant General Sir John Moore (existe una excelente traducción comentada, de nombre homólogo, realizada por Ana Urgorri en 1987, vid. bibliografía). Este tratado resulta ser un notable esfuerzo por justificar las decisiones de su hermano a lo largo de la campaña, muy contestadas desde el mismo momento en que se tuvo conocimiento en la isla del reembarque del ejército inglés. De hecho, en 1834 se vio obligado a escribir su Life of Sir John Moore, basada también en sus cartas, en un intento de refutar las agrias opiniones que sobre él y su actitud pretendidamente dubitativa habían vertido, entre otros, Southey (1823) y Lord Londonderry (1828) al escribir sobre esta campaña describe a su hermano en su primera adolescencia como un chico alto de aspecto agradable y excelente figura, dotado de buen sentido aunque “atrevido, osado, intrépido, un tanto indómito, de temple irascible y fácilmente iracundo”. Añade además que era diestro en el arte del boxeo, que ponía en práctica siempre que lo necesitaba en sus disputas juveniles, como en cierta ocasión en que actuó en defensa de su amigo Hamilton en el parisino jardín de las Tullerías. Mientras realizó aquel largo viaje junto a su padre, no se descuidó su educación, propia de un miembro de la élite social de su época. Así, ingreso en un colegio de Ginebra donde, además de sobresalir especialmente en los estudios técnicos, como la geometría y la aritmética, fue instruido en las habilidades afines a un caballero; danza, esgrima y equitación. Por aquella época, y a juzgar por una carta de 1774 dirigida por su padre a lady Moore, el joven John cumplía sobradamente las expectativas que su familia se había creado respecto a él: “Johnny es, realmente, un muchacho hermoso. Su rostro acusa viril belleza; su constitución fuerte y su figura elegantísima. Su inteligencia comienza a desarrollarse, demostrando gran vivacidad templada por un buen sentido y benevolencia. Es de temple atrevido y valiente, y de atractivo singular”.

Partieron los viajeros de Ginebra en el otoño de 1774 para realizar un largo periplo por los principados alemanes, circunstancia que permitió a John Moore familiarizarse con el alemán y tomar contacto con la nobleza de aquellos estados. Parece que de esta época data el creciente interés mostrado por Moore por los asuntos militares. Significativamente, recibió junto a Hamilton valiosa instrucción en Brunswick sobre las depuradas técnicas de la infantería prusiana, de marcialidad mítica desde los tiempos de Federico Guillermo I, el rey sargento. Entre otras cosas, aprendió la eficacia que podía proporcionar un fusil bien manejado. En una carta a su hermano escrita en aquella época, se mostraba muy orgulloso de poder cargar y disparar un fusil cinco veces por minuto. Una verdadera proeza si consideramos los engorrosos fusiles de avancarga de la época. De hecho, si un soldado podía disparar tres veces por minuto, era considerado un tirador de primera. Sin duda, la contemplación de las evoluciones de la infantería más ordenada de Europa debió proporcionarle más de una idea de las que luego aplicaría con tanto éxito muchos años después con sus fusileros de Shorncliffe. De Brunswick se trasladaron a Berlín, donde fueron recibidos por el mismo rey, Federico II el Grande, ejemplo arquetípico de monarca ilustrado, amigo de Voltaire y responsable del fortalecimiento de la hegemonía prusiana en Centroeuropa. Al parecer, fue allí, en contacto con el ejército más disciplinado y brillante que había visto nunca, donde se consolidó definitivamente su vocación militar, que recibió oportunamente la aprobación de su padre. Dejaron Berlín los viajeros para dirigirse a Viena, donde se establecieron en agosto de 1775. Allí fueron recibidos también por el emperador, José II, quien llegó a ofrecer al doctor Moore, con quien trabó una buena amistad, tomar a su hijo a su servicio y cuidar de su formación. Oferta que no fue aceptada. Dice el erudito coruñés Francisco Tettamancy, autor de Britanos y galos, que desde Austria escribió John a su hermano James, quien por entonces manifestaba deseos de ser marino: “Espero que dentro de algunos años tú y yo zurraremos a los Monsieurs por mar y por tierra”, confirmando de esta manera su decisión de tomar la carrera de las armas. En la misma carta señaló, casi premonitoriamente, su destino español: “Mas, espero que no haremos la guerra a los españoles, porque el embajador español (en Viena) es el hombre mejor y más bueno que he visto y conocido en mis viajes”.

Finalmente, continuaron su largo periplo dirigiéndose a Italia. En Nápoles recibió John Moore la noticia de que el duque de Argyle había obtenido para él un nombramiento de alférez en el ejército, noticia que le llenó de alegría, aunque hubo de esperar aún algunos meses en Italia para incorporarse a su regimiento, el 51 de Infantería, dado que no tenía la edad suficiente para la milicia. Tras volver a París, pasó Moore dos meses junto a su madre en Glasgow hasta que recibió la orden de incorporarse a su primer destino en la isla de Menorca, por entonces aún en poder de los británicos como una de las consecuencias más onerosas del Tratado de Utrecht. De esta manera, comenzó su carrera militar en diciembre de 1777, con tan solo dieciséis años recién cumplidos. Desde aquí, solicitó y obtuvo un cambio de destino hacia un lugar con más acción, América, donde las colonias rebeldes mantenían con éxito su lucha por la independencia. Ingresó como teniente y pagador mayor en el regimiento formado por su amigo el duque de Hamilton, embarcando hacia la base naval de Halifax (Nueva Escocia) en el verano de 1779. En la guerra americana, la que finalmente supuso la independencia de Estados Unidos, dio muestras de sus cualidades personales y militares, apuntando madera de jefe al frente de sus hombres. En especial manifestó señales evidentes de la que luego sería una de sus principales, y arriesgadas costumbres, colocarse siempre al frente de la tropa, cerca de la acción, sin prestar atención alguna al peligro que aquello representaba. Algo que, al final, fue la causa principal de que cayese mortalmente herido en el trascurso de la batalla de A Coruña. Pero también se observó un rasgo de su carácter no menos evidente, su intensa humanidad y su desprecio por la crueldad innecesaria. Así, sorprendió mucho que en cierta ocasión, teniendo encañonado con su fusil a un oficial enemigo que blandía su sable al frente de su tropa, volvió a bajar el arma por juzgar una cobardía aprovecharse de semejante circunstancia. Su experiencia americana debió resultar capital para la formación de sus ideas tácticas sobre lo que debería ser la infantería en el futuro. Allí tuvo la oportunidad de luchar contra los temidos rangers norteamericanos, quienes, móviles y escurridizos, estaban perfectamente adaptados a la lucha en los bosques, todo lo contrario que la pesada infantería convencional. Años antes, durante la guerra con los franceses por la supremacía en Norteamérica, algunos oficiales expertos como el coronel Bosquet y lord Howe habían ya reparado en las bondades del combate autónomo y sin reglas que practicaban los colonos, instruyendo a sus hombres, como veremos más adelante, en este esquema de guerra. Cuando en 1783 el Tratado de París dio fin a la guerra americana, confirmando la independencia de las Trece Colonias, John Moore fue promovido por sus méritos al empleo de capitán, pasando luego a la reserva al ser disuelto su regimiento.

Volvió de esta manera, y contra su voluntad, a la plácida vida civil, en la que permanecería cinco largos años. Durante este tiempo, y aunque nunca fue estrictamente un político, llevado por su afinidad al duque de Hamilton y a su partido, participó en la política activa defendiendo, como buen escocés, las ideas protoliberales de los whigs. Por entonces, este partido luchaba por los intereses burgueses frente a los grandes propietarios agrupados en el partido rival tory, conservador y partidario de la supremacía anglicana incluso en la católica Irlanda. Por contra, los wghgs defendían la abolición de la esclavitud, la equiparación política de los católicos y una solución pacífica del problema irlandés. Así, con veintitrés años se presentó al Parlamento por el pequeño distrito escocés de Lanaok, resultando electo. Pese a que, según expresión de Cristopher Hibber, el historiador británico que más se ocupó de la campaña de Moore en el noroeste peninsular, nunca tomó la palabra en el Parlamento, cumplió con conciencia y seriedad sus deberes, tanto, que se ganó el respeto y la amistad de muchos, entre ellos personajes tan sobresalientes de la vida pública como el duque de York, hijo del desdichado rey Jorge y comandante en jefe del ejército, y nada menos que del propio William Pitt el Joven, la figura más brillante de la política inglesa en el último tramo del siglo XVIII, quien le haría caballero de la Orden del Baño. Amistades de tanto peso serian de importancia capital para su carrera y su vida personal. De hecho, la vinculación de Moore a Pitt estaba vivamente reforzada por la intensa relación que mantuvo hasta el fin de sus días con la sobrina de éste, la enigmática lady Hester Stanhope, de la que hablaremos cumplidamente más adelante, así como con sus hermanos Charles Stanhope, mayor del 50º Regimiento, muerto heroicamente en la batalla de A Coruña, y James, quien le acompañó en su mismo lecho de muerte. Se dice que William Pitt solía mortificar a los generales con los que acostumbraba a cenar en Walmer Castle leyéndoles las cartas que en esmerada prosa le remitía sir John Moore, su oficial favorito, elogiando su estilo cuidado y su sensibilidad, poniéndolo como ejemplo del que deberían tomar buena nota para el futuro. Más aún, en la obra reivindicativa de la figura de su hermano que James Carrick Moore publicó en el mismo año de su fallecimiento, en plena conmoción entre los partidarios y los detractores de Moore, y en velada alusión a la actitud del ministro de Asuntos Exteriores Canning, que calificó la dirección de campaña llevada a cabo por Moore de rotundo fracaso, se ocupa de señalar detenidamente el sincero aprecio que el estadista sentía por sir John, con comentarios tan inequívocos y elocuentes como los siguientes, recogidos en la obra de James C. Moore:

“A mister Pitt le llamó la atención su modo de ser y quiso conocerlo mejor. La estimación que sintió por él fue mayor de lo previsto, porque iba aumentando a medida que iba creciendo su amistad con él. Le consultaba en los temas militares y en muchas ocasiones se rendía ante sus razonamientos. Este intercambio de opiniones continuó hasta la muerte de este estadista. Si él hubiera vivido y todavía continuara asistiendo a los consejos de ministros, nunca hubiera existido razón alguna para escribir este libro, porque su actitud con los jefes del ejército de tierra y de la marina, que él mismo había elegido, siempre había sido noble”.

Por lo que respecta al duque de York, es un hecho que favoreció notablemente la carrera militar de Moore, primero propiciando su rápido ascenso en el ejército, luego encomendándole la instrucción de los regimientos de élite de Shorncliffe, ya que tenía un punto de vista similar al del general en cuanto a la urgente necesidad de reformar el ejército, y más adelante influyendo decisivamente sobre el secretario de Guerra del Gobierno, el tory Castlereagh, para que confiase a Moore, pese a sus conocidas opiniones de tono liberal, el mando del cuerpo expedicionario británico en España y Portugal. Como prueba última de su sincero afecto por sir John Moore, tras el fallecimiento del general en acto de servicio en plena acción de A Coruña, el duque de York hizo publicar una emotiva orden general desde su cuartel de la Horse Guard en la que realizó un detallado repaso de sus muchos méritos humanos y militares. Orden que fue recogida con afecto por James Carrick Moore e incluida al final de su relato de la campaña española de su hermano al que venimos haciendo mención. En el escrito del duque se encuentran opiniones tan decididamente favorables como las que siguen, en las que, por cierto, se subraya la callada pero eficaz labor de instructor de tropas en la que destacó especialmente Sir John:

“Los beneficios que se derivan para el ejército del ejemplo de un general tan destacado no terminan con su muerte; sus virtudes perviven en la memoria de las gentes que lo trataron y su fama queda como el mayor incentivo para realizar grandes y gloriosas hazañas [...]. Desde su juventud, Sir John Moore abrazó esta profesión con el sentimiento y el espíritu de un soldado; sabía que un buen conocimiento y una actuación correcta de los humildes, pero importantes, deberes de un oficial subalterno, son los mejores cimientos en los que se puede basar una futura gloria militar; su ardor, puede citarse como mejor ejemplo de cumplimiento del deber [...]. Sir John Moore pasó su vida entre las tropas. Durante la época de descanso, se dedicaba a la instrucción y al adiestramiento de oficiales y soldados; en guerra prestó servicio en el mundo entero. Sin tener en cuenta su propio interés, pensaba que su país lo reclamaba para ocupar un puesto de honor y, con valeroso espíritu e inalcanzable perseverancia, marcó el camino hacia la victoria”.

También hace mención James C. Moore a la intensa relación de sir John con el prestigioso líder del partido wigh, y antagonista principal de William Pitt en el Parlamento, Charles James Fox. Luchador vehemente y empedernido −se decía que no había entonces más que dos opiniones de peso en Inglaterra, la de Fox y la de Pitt−, apoyó desde la oposición la causa irlandesa y sostuvo duros debates parlamentarios en contra de la intervención militar británica en el continente, firmemente propugnada por Pitt, pues admiraba y defendía las libertades cívicas propuestas por la Revolución Fancesa, al menos hasta la ejecución de Luis XVI y la invasión de Bélgica por los franceses. A la muerte de Pitt en 1806, ocupó, antes de fallecer él mismo poco después, el cargo de secretario de Exteriores. Sobre su amistad con Moore escribe su hermano:

“Durante el corto período en que mister Fox fue ministro, expresó, de una forma muy enérgica, el gran aprecio que sentía hacia este general. Cuando se barajaba la posibilidad de nombrar a Sir John Moore general en jefe en la India, mister Fox mandó ir a buscarlo y, con su característica franqueza, le dijo que no podía dar su aprobación, que era imposible para él -en la situación que estaba Europa- mandar tan lejos a un general en quien tenía plena confianza. Mister Fox no vivió mucho más, pero los miembros del Parlamento que pertenecieron a su administración y estaban unidos políticamente a este ministro, hicieron las más elocuentes defensas para que la memoria del general favorito de mister Pitt, recibiera los honores que le correspondían”.

Curiosamente, como le ocurrió más tarde con lady Hester, sobrina de Pitt, Moore sostuvo también vínculos sentimentales con la familia Fox, pues estuvo a punto de casarse con la joven Carolina Fox, sobrina del líder wigh e hija del general H. E. Fox, bajo cuyas órdenes sirvió Moore en el Mediterráneo. Sir John la conoció cuando sólo contaba diecisiete años de edad y, según reconoció en cierta ocasión a su viejo amigo el coronel Anderson, el mismo que escribió el conocido y emotivo relato de sus últimas horas, Carolina Fox fue la única mujer que le hizo pensar en casarse, aunque luego él mismo rechazó la idea al considerar la diferencia de edad y las posibles consecuencias que esta circunstancia podría acarrear para ambos en el futuro. De hecho, Moore, pese a morir con 49 años cumplidos, no se llegó a casar nunca, aunque lady Hester Stanhope, que sentía verdadera admiración por él siempre estuvo dispuesta a ello. Se describe a la sobrina de Pitt, antigua amante del poderoso Canning, como una mujer mucho más adecuada para sir John que miss Fox, pues era mayor que ésta, estaba ya cercana a la treintena, y poseía una vivísima inteligencia que demostraba con la ingeniosa locuacidad que la hizo célebre en los salones londinenses. Pese a tener unos rasgos un tanto masculinos, resultaba una mujer muy atractiva por su alegría y por la brillantez de su intelecto. Aún así, Moore sólo le concedió que se sepa una profunda y fiel amistad que duraría toda su vida. Desde luego, lady Hester tenía poderosas razones para admirar a Moore, pues abundan los testimonios que describen al general como un hombre poseedor de las mejores cualidades físicas y morales. Tal vez una de las semblanzas más gráficas y emotivas de las muchas escritas sobre sir John sea la que su amigo William Napier realizó como colofón a su relato sobre la campaña Peninsular, de la que entresacamos, por su interés, algunos fragmentos:

“Su persona alta y grácil, sus penetrantes ojos oscuros, su frente recia y su boca singularmente expresiva, indicaban una noble disposición y una inteligencia cultivada. Los elevados sentimientos de honor, habituales en su pensamiento, estaban adornados por un sutil y humorístico ingenio, que le daba en la conversación una ascendencia que estaba siempre en consonancia con el vigor decisivo de sus actos. Mantenía siempre el derecho y la razón con una vehemencia que bordeaba la rudeza; y toda cuanta acción importante en la que se viera metido, acrecentaba su reputación de hombre de talento y confirmaba su carácter de firme enemigo del vicio, de seguro enemigo del mérito, y de justo y fiel servidor de su patria. Las personas honradas le estimaban, los pícaros le temían. Pero mientras vivió no pudo evitar lo bajo y lo mezquino, pero lo desdeñó y despreció”.

Aún a pesar de sus nuevas e influyentes amistades, resultaba claro que Moore no poseía en absoluto veleidades políticas y deseaba volver lo antes posible a la milicia. Así, en 1787 consiguió reincorporarse al ejército al ser nombrado mayor en el Regimiento 60º de infantería, que abandonó al poco tiempo para integrarse en el 51º acuartelado en Cork. Compró más tarde un cargo de teniente coronel que había salido a la venta y, en 1790, ya ascendido a coronel con sólo veintinueve años, fue enviado, por la intervención de lord Cornwallis, con su regimiento a Irlanda, un destino siempre difícil para un oficial británico. Permaneció en la isla con su regimiento hasta principios de 1792, cuando recibió órdenes de embarcar hacia la base de Gibraltar. Durante un corto período se vio sometido a la monótona vida de guarnición, tuvo tiempo hasta de realizar un viaje vacacional por España, participando además tangencialmente en el tedioso y poco fructífero bloqueo británico a la base francesa de Tolón. Finalmente, consiguió por medio de su amigo el general Dundas, ser nombrado para una difícil misión en Córcega. Debía desembarcar en la isla en compañía del mayor Kochlek para valorar las posibilidades de éxito de un ataque en la misma puerta trasera de Francia. Estaba a la sazón la isla controlada por el gobierno de Pascual Paoli, patriota de errática trayectoria, nombrado por Francia comandante general de Córcega tras haber luchado contra ella. Ahora Paoli se había indispuesto con la Convención y estaba en disposición de luchar al lado de Inglaterra contra los franceses. Una vez que Moore informó de la situación, se le mandó de nuevo a la isla al mando de una corta tropa formada por seiscientos cincuenta soldados, diecinueve marineros y dos piezas de artillería, con la orden de unirse a los hombres de Paoli y expulsar de Córcega a la guarnición francesa compuesta por entonces por unos setecientos hombres que se habían hecho fuertes en la protegida ciudadela de Calvi. El entonces coronel Moore, con su habitual eficacia, dirigió con éxito el asalto a la fortificación consiguiendo de esta manera el control sobre la isla, aunque se vio obligado a continuar las operaciones contra los últimos focos de resistencia franceses. Una vez dominada la isla, fue nombrado virrey por el Gobierno británico sir Gilbert Elliot, a quien no gustó nada la familiaridad que mantenía Moore con los isleños. Tanto es así que llegó a tachar su conducta de desleal con Gran Bretaña por fomentar el autogobierno en Córcega. Por estas graves acusaciones fue llamado por el gabinete de Pitt a Inglaterra. Su comparecencia tuvo sin embargo tanto éxito, que no sólo no fue condenado, sino que se le premió con el nombramiento de general de brigada y se le destinó a las Indias Occidentales, hacia donde habría de partir para intervenir en algunas islas antillanas que estaban disputándose a Francia. Tras concentrarse con sus tropas en la isla de Wight, se embarcó con ellas en la flota del almirante Cornwallis en febrero de 1796, llegando a su destino en Barbados el 15 de abril. Allí se puso a las órdenes del que sería su superior, y amigo, en Irlanda, en el Mediterráneo y en la campaña de Egipto, sir Ralph Abercrombie. Con él participó en la toma de la isla de Santa Lucía, en las Pequeñas Antillas, que consiguieron arrebatar a Francia, una victoria estratégicamente importante por ser esta isla la puerta natural de Martinica, desbaratando de este modo la pretensión francesa de crear un, pomposamente llamado, “Reino de la Antillas” en la región insular. Tras la conquista, sir John fue nombrado gobernador de Santa Lucía, hasta que al año siguiente se vio obligado a regresar a Inglaterra debido a que el clima tropical le había quebrantado gravemente la salud. Ni aún así permaneció inactivo, pues se le encomendó reconocer la costa occidental inglesa junto al mayor de ingenieros Hay, con el fin de prever y estudiar la defensa de los posibles lugares propicios para el desembarco de una invasión francesa, una peligrosa posibilidad que nadie desdeñaba entonces, tal como evolucionaba el curso de la guerra, con la derrota de Austria, obligada a firmar la paz con el Directorio francés en Campo Formio el 17 de octubre de 1797 ante un victorioso general llamado Napoleón Bonaparte.

En 1798 se complicaron aún más las cosas para los ingleses, al producirse en Irlanda la rebelión general liderada por Wolf Tone contra el poder represivo que el Gobierno británico ejercía sobre la isla, inflamada por el éxito de la Revolución Francesa. Con la misión de sofocar lo antes posible la revuelta, sir Ralph Abercrombie fue nombrado jefe superior del ejército de Irlanda. Muy satisfecho con su actuación junto a él en las Antillas, Abercrombie reclamó de nuevo al brigadier Moore como su segundo, propuesta que fue rápidamente aprobada por Pitt. Así, el 2 de diciembre de 1798, partió Moore para Dublín, incorporándose con celeridad al cuerpo de ejército de su amigo. En Irlanda demostró una vez más sir John Moore su pericia como mando, venciendo en la batalla de Wexford contra los rebeldes irlandeses, hecho que resultó fundamental para sofocar el intento independentista, cortado de raíz por Pitt al proclamar en 1800 la Union Act, por la que se integraba definitivamente a la isla en el Reino Unido. Por su éxito en la campaña irlandesa, fue ascendido Moore a mayor general. Tras una breve estancia en Inglaterra, regresó en 1799 a Irlanda, desde donde partió junto a Abercrombie con un ejército expedicionario a la holandesa Alkmaark, en un fracasado intento anglo-ruso de expulsar de las costas del mar del Norte, tan cercanas a Inglaterra, a los franceses. Lo mismo que a las repúblicas italianas y a la República Helvética, el Directorio había exigido a Holanda una constitución que la convertiría en estado satélite de Francia. Aunque en el referéndum popular a la que había sidosometida, esta constitución filofrancesa fue rechazada por una mayoría de 108.000 votos frente a 28.000, terminó por ser impuesta por la fuerza, proclamándose en 1795 la República Bátava: realmente, pese a las ilusiones de los republicanos holandeses, la república era poco más que un estado vasallo de Francia, que en 1806 Napoleón, en una muestra más de su extraña política familiar, entregaría como reino a su hermano Luis. La expedición británica a Holanda no pudo, como es sabido, expulsar a los franceses de los Países Bajos. En ella resultó además herido por tres veces sir John Moore y estuvo a punto de perder la vida, evidenciando de esta manera su costumbre de permanecer junto a sus hombres en primera línea de fuego. Los disparos enemigos le produjeron una herida en una mano, otra en un muslo y la tercera, causada por una bala que penetró por su mejilla derecha y salió por detrás de la oreja del mismo lado, resultó ser muy peligrosa, circunstancia que obligó a su evacuación a Inglaterra.

Lejos de tomar prevención por el combate, el mayor general Moore se recuperó pronto, justo a tiempo para participar, una vez más junto a Abercrombie, en la campaña de Egipto. Incluso antes, en la primavera de 1800, se llegó a considerar la posibilidad de enviar una expedición, con Moore al frente, a Italia en apoyo de Austria, pero la idea fue pronto abandonada. De esta manera, y tras prestar servicio en el Mediterráneo, destinado en la base de Menorca, Moore fue llamado a participar en la campaña egipcia. La expedición tenía la finalidad de completar por tierra, en colaboración con tropas británicas y cipayos que venían a toda prisa de la India, el éxito naval obtenido por Nelson en la batalla de la bahía de Abukir (agosto de 1798), que había desbaratado en un alto grado los planes de Napoleón de bloquear el productivo comercio británico con Oriente, y con él el camino de la India, como inicio de su propia expansión hacia Siria y Constantinopla. Incluso había obtenido Francia promesas de alianza contra Inglaterra del Nabab de Maisur, Tippoo Sahib, en caso de que se decidiera a expulsar de la India a los británicos, que ya la controlaban comercialmente mediante la poderosa Compañía de las Indias Orientales, punta de lanza de su posterior expansión colonial por Oriente. Mientras Richard Wellesley, gobernador británico en la India desde 1796, restablecía el control frente a Tippo Sahib, el ejército expedicionario inglés desembarcaba cerca de Alejandría en marzo de 1801, obligando a capitular al ejército francés poco después. Sir John Moore, al mando de la reserva, resultó nuevamente herido de gravedad en el trascurso de la batalla de Alejandría, esta vez, la quinta herida de su carrera, en un muslo, en el que una bala alcanzó a penetrar tres pulgadas, por lo que hubo de ser nuevamente evacuado. Algún tiempo después de su regreso a Inglaterra, le fue concedida por sus servicios y el valor demostrado la distinguida Orden del Baño a la que ya hicimos referencia. A propósito de sus muchas heridas en combate, y según recogen varios de sus biógrafos, el mismo Moore reconoció ante su ayudante, el capitán George Napier, que algunos le consideraban un general que atraía la mala suerte, por las veces que cayó herido. En realidad, nada extraño si tenemos en cuenta su forma de dirigir el combate en primera línea, al estilo de su jefe Abercrombie, quien por cierto había perecido, por razones parecidas, al frente de sus tropas en la misma batalla de Alejandría donde resultó herido Moore. Mientras el general regresaba a su patria, se firmaba en Amiens (marzo de 1802) la efímera paz entre Napoleón, ya primer cónsul de Francia y las potencias que conformaban la coalición antifrancesa. Una de sus consecuencias principales fue, precisamente, la devolución de Egipto al Imperio Otomano.

En el breve ínterin que para las hostilidades supuso la Paz de Amiens, propiciada por la breve estancia del wigh Charles J. Fox en el poder, sir John Moore se aplicará con celo a una de las mayores glorias de su carrera, su pericia para formar tropas de combate eficaces. Nunca como ahora era tan necesaria esta labor de entrenamiento y formación, porque, como ya hemos apuntado más arriba, los nuevos y revolucionarios métodos del ejército francés habían modificado de tal manera, y a su favor, las estrategias de guerra, que los militares europeos parecían incapaces de obtener una victoria frontal contra ellos. Y esto era así porque la naturaleza de ambos contingentes era muy diferente, tanto por su origen como por su modo de combatir. En primer lugar, el poderoso desarrollo del sentimiento nacional tras la Revolución Francesa permitió realizar en aquel país alistamientos generales apoyados en el servicio militar obligatorio que propiciaron el empleo masivo de soldados, baste decir que sólo entre 1806 y 1812 se reclutaron para la Armée casi un millón y medio de soldados en Francia, el 41% de los varones sujetos al servicio militar, frente a los débiles ejércitos coaligados, tropas para las guerras “de gabinete” del Antiguo Régimen, formadas generalmente por mercenarios y forzados sin fortuna. Este nuevo ejército francés apoyado en el número y en el entusiasmo ideológico, primaba el concepto de la nación en armas porque la patria estaba en peligro, se mostró ideal para llevar a buen término las innovadoras tácticas de guerra ofensiva planteadas por Napoleón. Así, frente a las pesadas formaciones cerradas del enemigo, pensadas entre otras consideraciones para evitar las esperables y habituales deserciones en masa, los franceses opusieron una enorme movilidad en sus operaciones, estableciendo líneas elásticas que tan pronto concentraban sus fuerzas en un punto, como las abrían en un decisivo ataque en líneas interiores o se dividían para actuar de forma envolvente, todo ello buscando siempre la rapidez y la sorpresa como factores fundamentales para el triunfo. Además de esta renovación táctica, debida en gran parte al genio de Bonaparte, quien sobre cualquier otra consideración era ante todo, y hasta la misma médula, un militar −“he nacido para eso”, aseguraba cuando era ya primer cónsul de Francia−, los ejércitos napoleónicos tenían a su favor otros factores esenciales, como el hecho de mantener su aprovisionamiento mediante las requisas sobre el terreno, evitando así obligar a establecer costosos almacenes de suministro a los sufridos comisarios de intendencia según se avanzaba en una campaña. Otro aspecto determinante fue sin duda otorgar los ascensos por méritos de guerra, independientemente del linaje o condición social del soldado, de forma que se fomentaba considerablemente el arrojo y el valor personal de los hijos del pueblo, como demostraron en muchas ocasiones los célebres mariscales de Francia, líderes junto a Napoleón del ejército nacional. Era en suma una formidable máquina de guerra la que Inglaterra y los demás aliados tenían enfrente a finales de 1802, cuando sir John Moore era el principal candidato para dirigir el campamento de instrucción de fusileros de Shorncliffe. Derrotar a la triunfante Francia costaría a la población británica muchas vidas y un enorme esfuerzo económico, cuantificable en varias centenas de millones de libras.

De entre las muchas innovaciones visibles en el modo de actuar del ejército francés, una de las más efectivas era precisamente la utilización de líneas móviles formadas por tropas ligeras de tiradores (tiralleurs) y cazadores (voltigeurs), que se movían a placer y con enorme eficacia destructiva frente a las densas filas de la infantería pesada enemiga. Algo que no había pasado desapercibido para el mando británico, especialmente para su comandante en jefe y administrador de la Horse Guard, el duque de York. Quien pese a no estar dotado de excesivo talento para la estrategia, era muy consciente de que la infantería de Su Majestad demandaba nuevos métodos de adiestramiento para poder combatir al menos en igualdad de condiciones con los tiradores franceses. Más aún, la experiencia de la guerra de la Independencia mantenida con éxito por las Trece Colonias había mostrado las bondades de la flexibilidad en el combate, de la que habían dado cumplida muestra los herederos de sus rangers americanos, que luchaban sin reglas fijas y según aconsejara la situación. Este ejemplo doloroso para los británicos no había pasado en balde. Ya veinte años antes, en la década de los años cincuenta del siglo XVIII, durante los conflictos coloniales mantenidos entre Inglaterra y Francia en Norteamérica con motivo de la guerra de los Siete Años, James Wolfe, el héroe de la batalla de la llanura de Abraham (1759), puerta de entrada de los británicos en el Canadá, y lord Amherst consideraron que el pesado equipo y los vistosos y acartonados uniformes de casaca roja y pantalones blancos que portaba la infantería no eran lo más adecuado para la guerra en los bosques. Tampoco lo eran sus cerradas formaciones de combate cuando se tenía enfrente a indios y a colonos franceses, prácticamente invisibles en la tupida floresta, embutidos en sus ropas de tramperos. Por ello, decidieron formar en 1755 un pequeño cuerpo de tropas ligeras, reclutadas entre la población local de colonos. Seleccionaron y entrenaron hombres que destacasen por su firmeza e inteligencia, útiles para la exploración y para realizar escaramuzas por sorpresa frente al enemigo, capaces de concentrarse y dispersarse con sigilo y rapidez. Tanto su ropa, de color verde para mimetizarse con el paisaje, como su equipo, mucho más ligero, se adaptaron a esta nueva táctica de combate, cambiando hasta el tambor, habitual medio de comunicación entre las tropas, por el largo cuerno que sería luego tomado como emblema de las compañías ligeras. Así concebidas, estas tropas alcanzaron tanto éxito que fueron aumentando sus efectivos, creándose regimientos formados por “light Companies”, de entre los que destacaron especialmente por su operatividad el 60º del coronel suizo Bosquet y el 55º de lord Howe, regimientos casi míticos por estar formados por hombres selectos, capaces de actuar por propia iniciativa, desarrollando sobre el terreno y según las circunstancias cambiantes las líneas maestras de un plan general trazado por sus superiores. Por tanto, la conveniencia de fomentar la creación de tropas ligeras estaba en mente de muchos, y sobre todo, en la del propio duque de York.

De esta manera y, según parece, por sugerencia del coronel Coote Manningham y del teniente coronel William Steward, el comandante en jefe del ejército dispuso en 1779 que 14 regimientos de infantería de Su Majestad enviasen cada uno de ellos una treintena de hombres y algunos suboficiales y mandos al campamento experimental del cuerpo de rifles (fusileros) de Horsam para ponerse a las órdenes del propio coronel Manningham. Fruto de este entrenamiento fue la formación de los cuerpos de fusileros que en julio de 1800 participaron bajo el mando del teniente coronel Steward en la fallida expedición de la flota del contralmirante John Warren contra Ferrol. A partir de esta fecha era usual utilizar algunas compañías de fusileros para tareas especiales en el ejército británico. Así, en 1801, un destacamento del cuerpo, germen del 95º regimiento y de todos los green-jackets que vinieron después, sirvió como infantería de marina en la flota de Nelson que bombardeó Copenhague como castigo a Dinamarca por coaligarse con Rusia, Suecia y Prusia en defensa del comercio neutral. Sin embargo, el verdadero espíritu del cuerpo de fusileros terminaría de fraguarse cuando se concentraron con urgencia en el campo de entrenamiento de Shorncliffe bajo las órdenes de sir John Moore, en un momento, julio de 1803, en que la invasión de Reino Unido por Napoleón parecía más que una vaga probabilidad.

Sir John, en aquel período lector apasionado de sesudos tratados militares como los de Tielke, Sontang y Rottemburg, se encontraba ya en Shorncliffe desde finales de 1802 preparándolo todo. Allí se incorporaron el 52º y el 43º regimientos, para formar junto al 95º el núcleo de la infantería ligera británica, que iba a ser instruida bajo presupuestos bien diferentes a los habitualmente utilizados en el ejército convencional. Firmemente convencido de que debería luchar por conseguir un ejército más moderno y eficaz, Moore desterró de su rutina durante sus tres años de permanencia en el campamento el uso del látigo de nueve colas y los brutales métodos de castigo vigentes en el ejército y en la marina británicos. No por eso renunció a la disciplina que era absoluta en Shorncliffe, pero conseguida fomentando en sus hombres respeto por sí mismos y por los demás, estimulándolos con el ejemplo y con el entusiasmo, que él mismo sentía, por la tarea a la que estaban llamados. Junto a ello, su principal objetivo fue desarrollar el concepto de “thinking soldier”, del soldado con ideas e iniciativa propia, capaz de actuar de la mejor manera posible en cada situación, independientemente, si era el caso, de los presupuestos de partida indicados por sus superiores. Para conseguirlo, no dudó en fomentar la autoestima de sus hombres, haciéndoles comprender la necesidad de no realizar de rutina su instrucción, ya que ésta tenía unos objetivos racionales que ellos debían entender para poder aplicarla con eficacia cuando llegase el momento. Moore instruía a sus soldados utilizando la persuasión, no la fría imposición. Les habló repetidamente de la importancia de mantenerse sanos y fuertes, de las virtudes de la limpieza, de lo fundamental que era saber disparar con precisión y moverse con rapidez en el campo de batalla, cuidando de que su fusil estuviese siempre en condiciones óptimas. Fomentó en ellos el espíritu de competición, recompensando la buena conducta y premiando con distintivos a los mejores tiradores. Como resultado de su concienzudo trabajo en Shorncliffe a lo largo de aquellos tres años, consiguió convertir a sus soldados en la indiscutible élite del ejército británico. Por ello fue y es considerado como “The greatest trainer of troops that the British Army has ever Know” y “The father of the Light Infantry”. Más aún, en las emotivas palabras que le dedicó el conocido historiador sir Arthur Bryant podemos apreciar donde reside con exactitud la grandeza de las concepciones castrenses de Sir John Moore:

"La contribución de Moore al ejército británico no ha sido sólo la formación de una infantería ligera inigualable, sino también instaurar la creencia de que el soldado perfecto sólo puede hacerse evocando todo lo mejor del ser humano −física, mental y espiritualmente−".

De carácter más práctico, pero igual de elocuentes fueron las reflexiones que lord Arthur Wellesley, luego afamado como duque de Wellington, nada proclive al halago fácil, dirigió ya abandonando la península Ibérica tras su triunfo definitivo en la batalla de Vitoria, a su ayudante, el futuro lord Raglan, héroe de Crimea, a propósito de la valiosa labor realizada por sir John Moore con las tropas ligeras británicas:

”Usted sabe, FitzRoy, que nosotros no hubiéramos vencido, creo yo, sin él, porque los regimientos que Moore ha entrenado tan cuidadosamente, fueron la espina dorsal de nuestro ejército”.

Pese a los buenos augurios que estas tropas habían despertado en los ánimos de sus superiores, lo cierto es que sus primeras acciones en combate no fueron nada exitosas, pues se vieron implicadas en el estrepitoso fracaso británico ante Montevideo y Buenos Aires. Así, el 95º Regimiento de fusileros, núcleo esencial de los green-jackets, fue enviado como parte del contingente expedicionario que al mando del general John Whitelocke debía reforzar a la escuadra de Popham, que se mantenía a la espera en el Río de la Plata, tras la derrota y capitulación de las tropas de Beresford que habían desembarcado en Buenos Aires el 25 de junio de 1806, en un intento de obtener para Reino Unido el control de una zona de incalculable importancia estratégica, ahora que España era aliada de Napoleón. Aunque había obtenido un éxito inicial poniendo en fuga al timorato virrey Sobremonte, y tomado la ciudad de Buenos Aires, Beresford había sido finalmente derrotado por el marino Santiago Liniers y Bremond, al mando de sus voluntarios criollos de Montevideo. Con el apoyo de la población bonaerense, enardecida por el alcalde Alzaga, consiguieron obtener del general inglés la firma de una total capitulación. Ahora, las tropas de Whithelocke pretendían recuperar lo que los ingleses habían perdido en el Río de la Plata. Atacaron de nuevo Buenos Aires en 1807, pero la milicia urbana y los restos de las tropas de Liniers consiguieron mantenerse y batir el 6 de julio a los invasores, imponiéndole una capitulación en condiciones aún más tristes que las que se habían ofrecido a Beresford, lo que provocó la fulminante degradación del infortunado general John Whitelocke a su regreso a Inglaterra, dictada por un consejo de guerra del que formó parte el propio sir John Moore.

Más éxito obtuvo algunos meses después la recién organizada infantería ligera británica al participar junto al teniente general Cathcart en el bombardeo a Copenhague, lugar a donde fueron enviados el 95º al completo, y dos batallones pertenecientes a los regimientos 43º y 52º. La acción que Adolphe Thiers, el gran historiador del Consulado y el Imperio napoleónicos, calificó de atentado contra la humanidad y de criminal empresa, resultó ser una consecuencia directa del encuentro que había tenido lugar en junio de 1807 entre el zar Alejandro I de Rusia y Napoleón sobre una curiosa balsa-templete anclada en el medio del río Niemen. En aquellas conversaciones se habían fraguado los acuerdos de Tilsit, inaugurándose de esta manera el sistema continental napoleónico, destinado a aislar a Reino Unido y a su comercio del concierto europeo. Canning y Castlereagh, en el poder desde marzo de aquel año, planearon entonces obtener de Dinamarca una alianza marítima frente al bloqueo de los puertos europeos, solicitando por medio de su delegado M. Jackson, y como prueba de buena voluntad, la cesión a Inglaterra de la fortaleza de Kronenberg, el puerto de Copenhague y la misma escuadra de guerra danesa. Algo a lo que se negó categóricamente el príncipe heredero de Dinamarca por considerar altamente ofensiva tal propuesta. Así las cosas, el general Cathcart dispuso el primero de septiembre de 1807 el bombardeo de Copenhague, que estaba firmemente defendida por el general danés Peymann al mando de unos ocho mil hombres. Para evitar bajas en sus tropas y reducir la resistencia danesa, utilizaron los británicos la fuerza artillera de sesenta y ocho bocas de fuego, incluyendo los mortíferos cohetes incendiarios inventados por el coronel Congreve, hasta conseguir la rendición de Peymann, que no se produjo hasta el día 5 por la mañana, cuando Copenhague ardía ya por los cuatro costados y las bajas entre la población eran numerosas, el mismo Peimann resultó gravemente herido. Como consecuencia, la notable escuadra danesa, 28 navíos de línea y 16 fragatas entre otros muchos buques menores, pasó a manos del almirante británico Gambier, quien tomó los barcos y todos los pertrechos de los que pudo hacer acopio en el arsenal y los trasladó a Reino Unido, junto a las tropas de tierra. El saqueo y las vejaciones sobre la población que realizaron entretanto los marineros y soldados atacantes resultaron ser uno de los capítulos más amargos y oscuros de las Guerras Napoleónicas.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
181 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788415930945
Yayıncı:
Telif hakkı:
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