Kitabı oku: «Neopatriarcado»

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JUAN BALISARIO

Neopatriarcado:
Niñas y niños rehenes del siglo XXI


Juan Balisario

Neopatriarcado : niñas y niños rehenes del siglo XXI / Juan Balisario. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1669-5

1. Ensayo. I. Título.

CDD 306.01

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

juanbalisario@gmail.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Índice de contenido

PORTADA

CRÉDITOS

ÍNDICE

PRÓLOGO

La familia disgregada

El patriarcado real

Contexto externo del neopatriarcado

Corsianismo, las nuevas violencias degénero

Violencia de los patriarcados a las mujeres

Violencia de degénero

Justicia y neopatriarcado

Las niñas y niños son los más perjudicados

Niñas y niños culpables

Suicidios en niñas, niños y adolescentes

Psicoanálisis y su teoría de la sexualidad humana

Cómo opera el psicoanálisis corsiano

Neuropsicología en la problemática de género

Ángeles de la Universidad

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

SINOPSIS

A mis tres hermosas hijas, a sus mamás

y a los que me asistieron generosamente

cuando pensamientos suicidas habitaron en mí.

PRÓLOGO

Me opongo a la violencia porque aún cuando aparenta hacer el bien, ese bien es solo temporal; El mal que crea es permanente.

MAHATMA GANDHI

En la última movilización por el día internacional de los derechos del niño en Buenos Aires, el 20 de noviembre del 2020, había entre los pamás y familiares del mar de marchantes ignorados por los medios, una mujer que desolada rompía en llanto constantemente.

Al final de la movilización habló, y homologó en sus palabras lo que a la mayoría de los manifestantes les sucedían. Estaba impedida de tener el más mínimo contacto con sus hijas, de conversar con ellas, de cuidarlas y protegerlas, de escuchar el sonido de su voz, el canto de sus sonrisas, siquiera tenía la posibilidad de mirarlas a los ojos para decirles cuanto deseaba estar con ellas, cuanto las amaba y extrañaba.

Tengo la sensación de que todo ser humano que la viese marchar, sería capaz de empatizar con la desesperación y el dolor de esa mamá, y hacer carne su sufrimiento, aunque ninguno de nosotros pueda siquiera acercarse a la real dimensión de su desconsuelo.

Lo que le sucede a esta, y a numerosas mujeres, les pasa también a miles de papás paternales, aunque la empatía que puede sentirse por una mamá es considerablemente diferente a la empatía que pueda sentirse hacia un papá, aún cuando fueran las mismas condiciones.

Tal vez exista la idea patriarcal que el deseo de paternidad del hombre es superfluo, que no lo constituye, que su función paternal es menor a la maternal, o tiene el destino de ser un colaborador, un asistente, o tal vez un simple reemplazo para cuando algo falle y ese niño o niña lo necesite como relevo transitorio.

Esta construcción patriarcal en el inconsciente colectivo de todos nosotros nos moldea en nuestra capacidad de pensar y sentir, y por este motivo, de establecer una empatía necesaria para poder acercarse al drama de estos papás que, en casos graves, mueren por enfermedades desarrolladas producto del estrés o, en algunos casos, se suicidan.

Tal vez sea por esta construcción del patriarcado la poca empatía general hacia los papás impedidos, produciendo una dificultad para afrontar al drama social que nos convoca, sobre todo en sectores radicalizados del feminismo que los cosifican para poder aplicar sus políticas restrictivas, aduciendo “prevención” ante la peligrosidad inherente del varón que denuncian.

El flagelo de las obstrucciones acá planteadas, que se dan a nivel mundial en este momento histórico, surge del ideario que se le impone a un sector importante de la población para el cual, el patriarcado es la representación del mal que debe llegar a su fin, y la “perspectiva de género”, en su forma discriminante y no inclusiva, representa los ideales del bien que bajo ningún aspecto puede ser cuestionada.

Las violencias actuales dadas por la obstrucción innecesaria de vínculos son inexplicables si no se las entienden en el contexto de esta guerra del bien contra el mal que, en un espiral de violencia creciente, salió por completo de su cauce.

Se definen así teorizaciones que se autoenaltecen en el bien que los incluye, señalando y persiguiendo al mal producidos por objetivados “victimarios”, que son colocados en el lugar de la otredad.

Muy distinto al feminismo que busca la igualdad y la integración de todas y todos en una perspectiva de género inclusiva, la impostura radicalizada y extrema ha abandonado hace tiempo la búsqueda de la igualdad en la diferencia, y ve en el diferente la representación del mal que se debe combatir.

La propuesta de este ensayo es entonces explorar estos conceptos fuertemente establecidos de la actualidad que, velados en su origen, motivación y función, modelan el actuar de comunicadores sociales, psicólogos, agentes sociales, letrados, periodistas, políticos y de un sector de la sociedad, y producen la rotura innecesarias de lazos esenciales, afectando a miles de niños y niñas con sus pamás.

Por entender que las desgarradoras obstrucciones a las mamás que en el principio del prologo se describen, surgen, como se verá en este ensayo, por defecto técnico–legal del interés real por la obstrucción paternal, es que trataré en este trabajo únicamente la obstrucción a los papás, con el anhelo de acabar con el patriarcado real, y en línea con los movimientos feministas que tan bien hacen a la humanidad.

No trata este estudio entonces sobre las violencias comunes del machismo, tema del que se encuentra abundante y excelente bibliografía que explica los privilegios de varones que, ejerciendo con despotismo violencias sobre las familias, victimizan a mujeres, niños y niñas.

Este ensayo habla precisa y excluyentemente sobre las violencias que se dan como consecuencia de obstrucciones innecesarias del vínculo entre los papás y sus hijos e hijas, de los factores psicológicos que se despliegan en los procesos, de las consecuencias nefastas en los niños y niñas de tales medidas judicializadas, surgidas ante denuncias realizadas a papás paternales que resultan ser falsas, falseadas, o provenientes de separaciones conflictivas y también sobre las globalizadas motivaciones del Neopatriarcado que dan origen a semejante pandemia.

Esta globalizada construcción de una tajante división entre víctimas y victimarios posibilita una grieta que beneficia al movimiento dándole a la vez impulso y aceptación, ya que el pensamiento dicotómico que implementa: absolutista, global, no dimensional, invariable e irreversible, es evolutivamente anterior al pensamiento complejo (Beck, 1983).

Siendo el pensamiento primitivo más fácil de incorporar, ya que se manejan con generalidades taxativas irrefutables, se genera adherencia pasional al movimiento, por la perturbación emocional que se produce al generalizar una problemática acotada.

Estas generalizaciones sesgan la información conforme a creencias, implementándose como certezas a la hora de juzgar singularidades.

Si bien las certezas son necesarias para vivir, ya que dan estructura a nuestro ser, la duda nos brinda la humanidad al posibilitar la reflexión, y con ello la posibilidad de cambio.

O somos espejo de ideologías cerradas, repitiendo globalizados sinsentidos disfrazados de verdades que nos moldean, o tomamos el reflejo de esa misma manipulación para deconstruirla y reconstruirla para tener mirada propia, distinta a la imposición cultural de sectores dominantes.

Un pensamiento basado en certezas es lo que caracteriza para Lacán a un pensamiento psicótico. En la otra postura, la posibilidad de la duda, la posibilidad de que algo pueda llegar a ser diferente. (Lacan J., 1984)

En las elaboraciones pasionales como las del fem Radical, las intelecciones y elaboraciones teóricas brotan a partir de lo emocional siendo el conocer, como bien dice Maturana (2008), un suceder biológico que no siempre se ajusta a la verdad. Más bien la verdad construida se ajusta a las motivaciones pasionales.

En estas producciones pasionales que se presentan bajo la forma de una ideología con tanta emocionalidad en su construcción, el saber que se produce no admite reflexión, ya que sus postulados son los fusiles y las espadas que creen dirigir contra la opresión, contra los femicidios, contra las violaciones a niñas y niños, contra todo lo aberrante que denuncian.

Guerra contra el macho matador, violador, abusivo y violento adjetivado como “el varón”, constructo no inocente que resulta de generalizar a un enemigo peligroso y culpable comúnmente indispensable a toda guerra de expropiación.

La guerra que emprende el feminismo radical (fem radical) contra el “varón” culpable del patriarcado está tan bien justificada como mal dirigida, ya que el sesgo que se produce por una generalización sin matices, condena a hombres paternales por su peligrosidad inherente y patriarcal, desvinculando a sus hijos que son privados del amor paterno.

Guerra ejercida por el neopatriarcado con niñas y niños tomados de rehenes que destruye lazos afectivos entrañables, imprescindibles, estructurantes.

En sus resultados negativos están familias disgregadas, papás paternales amputados, niñas y niños víctimas con parte de su infancia robada.

Esta guerra “de género” del fem radical parte como se verá de un gravísimo error. En su perspectiva “de género” sectaria, excluye al hombre como víctima también del patriarcado, y lo coloca como “el culpable”, aunque de vez en cuando se anoticien de papás que se suicidan por estar viviendo el drama de ser acusados falsamente por delitos gravísimos contra sus hijos e hijas (violencia simbólica) y de ser excluidos de su paternidad (violencia simbólica, psicológica, social e institucional).

En Argentina más de 10 hombres se suicidan por cada femicidio que se produce.

Las cifras exactas son 255 víctimas directas de femicidios realizados (O.M., 2018, p. 8) y 2698 hombres que se suicidan al año (Secretaría de Acceso a la Salud, 2018, p. 86), muchas veces impulsados por el tormento de ser desvinculados de sus hijas e hijos mediante denuncias falsas, falseadas o tomando como motivo situaciones derivadas de separaciones conflictivas.

En esta guerra mal direccionada, los femicidios siguen en aumento como también el indicador más siniestro de sufrimiento social. En Argentina el suicidio llega a ser la segunda causa de muerte en niñes de 10 a 19 años. (Unisef 2019).

Es posible que estos índices no se detengan, y que las atrocidades que cometen al incidir falazmente en los litigios dados en las relaciones vinculares de las familias, restringiendo vínculos mediante la justicia, tengan en el futuro, una peor respuesta. Litigios en los cuales, actuando con profesionalismo, podrían resolverse con facilidad y en poco tiempo, evitando femicidios y suicidios, actuando en favor de la salud psíquica de adultos y menores.

Negar estas cuestiones o justificarlas anteponiendo un pacto de sororidad implica actuar fuera de la más mínima ética.

Tomar a la ideología del fem radical (victima–victimario) como certeza o verdad irrefutable, abre un camino peligroso al totalitarismo, condenando de diferentes modos a quienes sean acusados aún sin presentar pruebas, o a quien se atreva a disentir como lo hace este ensayo.

Imposible será evitar entonces, con esta postura no revisionista, violencias que van desde suicidios de papás paternales inocentes hasta los abusos sexuales a niñas y niños por parte de este “sector radicalizado” que se denuncia en este ensayo.

Este trabajo está asentado en una perspectiva de género inclusiva, ya que considera al hombre heterosexual como víctima también del patriarcado.

Al posicionar al hombre como sufriente, es posible entonces abordar la problemática de género de manera integral, de forma que se pueda proteger la relación vincular familiar, dando lugar a tratamientos psicológicos bien direccionados que posibiliten la protección de niñas y niños, adolescentes y adultos, con un accionar más evolucionado que el actual sistema restrictivo medieval.

La libertad solo es libertad cuando lo es en su totalidad. Estar exiliados de nuestros afectos más entrañables es una forma de condena hacia el niño o niña y su papá que cuesta entender en toda su implicancia.

Lo que propongo en este ensayo es reemplazar esta guerra jurídica ideológicamente dirigida (lawfare) por la construcción de un modelo contracultural benefactor, capaz de ser desarrollado sin violencias, suscitando un camino direccionado hacia la igualdad de género integral, basado en la psicología, la educación y la inclusión social, acordando y sin contradecir a otros aspectos producidos hasta la actualidad por el feminismo no radicalizado, y también a no pocos aspectos del fem radical.

La cultura matrística, con valores centrados en la solidaridad, la inclusión, y el colaborativismo, tiene como eje rector el cuidado hacia niños y niñas. Se opondrá a los valores del patriarcado, centrados en el hedonismo, el posicionamiento social, la dominación del diferente y la competencia, siendo su regente la violencia y la exclusión.

Para evitar cuestionamientos que pretendan ensuciar lo que este estudio viene a desarrollar aclaro, de una vez y para siempre, que el objeto de estudio va a ser la violencia realizadas a niñas y niños, como así también a sus papás paternales, ocupándome exclusivamente del accionar de universitarios recibidos de distintas especialidades ante denuncias falsas realizadas por un progenitor a la justicia, por lo general derivadas por conflictos inherentes a una separación belicosa, llevando a despojar a niñas y niños del amor, el cuidado, la protección y la identidad de la parte de la familia paterna durante años, quedando estos a resguardo del victimario denunciante, y produciendo violencias y hasta abusos sexuales a niños, niñas y a sus papás.

A los profesionales que trabajan en esta temática y no a la mujer denunciante va dirigido este ensayo.

Este ensayo hacer referencia solamente a casos de desvinculación de papás con sus hijos/as, y deja como deuda al flagelo producido por gran cantidad de casos de niñas y niños desvinculados de la parte materna al ser pensadas, por estos sectores radicalizados, como “mujeres patriarcales”

Otros casos de desvinculaciones innecesarias de madres con sus hijas/os surgen de un sistema democrático que tiene basamento en la igualdad y no puede esquivar maniobras jurídicas que, utilizando los mismos argumentos para desvincular al papá, son empleados para desagregar a mamás, forzando a la burocracia jurídica a actuar también en contra de ellas y de sus hijos e hijas. Si bien difieren estos casos en sus motivaciones a lo específico de este estudio y poseen otras complejidades a pensar, son, en lo que atañe a este siglo XXI, consecuencia también del accionar del neopatriarcado.

El fin último propuesto por el feminismo radicalizado, que es el de deconstruir a la familia tradicional por ser producto del patriarcado, también es logrado para beneficio del neopatriarcado mediante la disgregación familiar por la obstrucción materna.

El recorte necesario para esta problemática, insisto nuevamente, no incluye a aquellos casos ciertos de violencia física a los niños y niñas y a sus mamás, ni pretende que el Estado deje de intervenir en estos casos, para que nunca más ocurran casos de femicídios como los de Micaela García, Verónica Ramirez , Valentina Escalante, Úrsula Bahillo y tantas otras víctimas de femicidio.

En caso de violencia física o de amenazas reales es necesaria y única alternativa la denuncia a los centros especializados, los cuales serán los responsables de evaluar sin ideologismos y, en caso de ser imperioso, de obstruir temporalmente para dar tratamiento al insano vínculo, protegiendo de esta manera no solo a la mujer o al hombre víctima de violencia, sino además a las niñas y niños, pudiéndose actuar en la relación de éstos con sus pamás ya cortada la cadena de violencia de forma efectiva, para que pueda establecerse lo más pronto posible un sano vínculo filial siempre que ello fuera viable.

Las frases textuales que en este libro se presentan no corresponden, en gran parte de los casos, a la intención de sus autores, por estar algunos de ellos dirigidos a otras cuestiones, e incluso dando un sentido inverso a la problemática acá planteada, quedando fuera de la intencionalidad de esos textos el tratamiento que se les darán a sus palabras en este ensayo.

Declaro que este libro está concebido desde una posición subjetiva, la mía, y por lo tanto deja de ser imparcial. Se aconseja a usted contrastarlo y de ahí sacar su propia conclusión.

La familia disgregada

La ira es un veneno que tomas tú esperando que muera el otro.

SHAKESPEARE

En las separaciones destructivas la ira es el veneno que le damos a nuestros niños y niñas con la intención de que muera su pamá. (Neologismo que refiere al papá o a la mamá sin hacer diferencia de género.)

Antes de introducirnos desnudos en el fangoso riachuelo urbano de las separaciones judicializadas con niñas y niños usados de rehenes, es necesario exponer acerca de lo que se sabe hoy sobre lo que posibilita que una pareja sea satisfactoria, para así poder contraponer las construcciones que se hacen en la actualidad para promover a las separaciones violentas, afectando y llenando de violencia a los vínculos y perjudicando especialmente a niñas y niños.

Me dedicaré exclusivamente a las relaciones de pareja con hijos y o hijas.

Dado que el tema es de extrema gravedad buscaré, en lo posible y en mis limitaciones, sustentarme en lo científico, aún sabiendo que ninguna teoría relacional es acabada, ni expuesta a críticas, ni huye al sesgo, ni a intereses.

Para el tema de las relaciones de pareja en particular, me centraré mayormente en John Gottman (1999) por ser el que investigó esta problemática de manera científica en un extenso e innovador estudio, tomando registro durante dieciséis años a centenares de parejas que concurrieron al que se denominó “el laboratorio del amor”, una estancia donde las parejas convivían durante un día, recreando un ambiente dominical.

Este estudio encuentra que las parejas felices, aquellas que son funcionales en el tiempo, basan su relación en una profunda amistad, y descubre que el cariño y la admiración son dos elementos casi indispensables para una relación duradera y gratificante. Incluso el romance, la pasión y el sexo, están relacionaos y en función de estos elementos y no a la inversa.

Amistad, contención, soporte emocional y cuidados mutuos parecen estar relacionados con una dependencia recíproca, tan malinterpretada en este mundo individualista.

Los seres humanos adultos para vivir ciertamente dependemos, ya que esto fue fundamental para nuestra subsistencia durante una evolución de millones de años.

El falso mandato de ser independientes muchas veces se confunde con la libertad que tenemos de elegir de quien depender y a quién cuidar, y la diferencia no es sutil ni menor. Mientras que uno intenta en vano deshumanizarse en el individualismo, la competencia y la lucha por el poder, otro busca con quien compartir la existencia, se dispone a tomar y a dar, a comprometerse y a confiar. Cuando una pareja asiste a una terapia, o a una consulta por dificultades conyugales son estas cuestiones de la amistad a las que se intentan favorecer, respetando las diferencias personales.

Una de las verdades sobre la pareja que producen sus estudios es que, aún en las que existe altos niveles de satisfacción, la mayoría de las diferencias entre ambos están basadas en incompatibilidades esenciales de personalidad, valores y estilos de vida, y por tanto no tienen solución.

Resulta entonces improbable que la verdad de una pareja feliz se encuentre en resolver los problemas y desencuentros, ya que algo que no tiene solución no se podrá solucionar, y la relación se perderá cuando intente alguno de los miembros cambiar a la pareja a su medida.

Si es cierto que somos diferentes es lógico entender que aceptar al otro con su personalidad e idiosincrasia constituye en sí el estamento para que una pareja funcione. Amor empático sería el sinónimo del amor adulto. En el otro lado el amor por conveniencia, como objeto de consumo y satisfacción hedonista.

Lejos de tener intereses comunes o modos de ver la realidad en forma idéntica cada uno de los miembros de la pareja conserva su personalidad y la forma personal de entender la vida, tanto que en las parejas que perduran, el 69 % de los problemas, no son solucionables (Gottman, 1999).

Interpretar las diferencias de la pareja como agravios o afrentas personales es entonces, para Gottman, un veneno mortal. Interpretarlas como diferencias o dificultades en cambio puede abrir espacios de aceptación y tolerancia que no licúen la amistad, el cariño, la admiración y el amor.

Saca así Gottman la atención de lo que hasta entonces basaban mayormente la asistencia en las terapias de pareja, puesta en los problemas de comunicación para resolver los conflictos .

Los problemas sin solución por supuesto que no son solucionados a lo largo de la relación. Será entonces convivir con las diferencias, y no la resolución de los conflictos, el modo de tener una relación satisfactoria.

Tal parece que la forma en la que elegimos vivir y los roles que adoptamos son elecciones que provienen de nuestra personalidad, de la cultura y de nuestro contexto social. Después de todo ¿Cuál de estas posturas es la correcta?, ¿la de quién desea quedarse en el hogar o la de quien prefiere disfrutar de una salida? ¿La de quien desea ahorrar para asegurar el futuro o la de quien prefiere disfrutar el presente?

Estos son problemas sin solución. No está el éxito de una pareja perdurable en la solución de los problemas sino en la capacidad de, sin compartir un interés, respetar y hasta colaborar a satisfacer gustos y aspiraciones importantes para el otro, sabiendo interpretar lo que el otro hace por la relación como signo de amorosidad.

En base a sus investigaciones (1999), escuchando a la pareja durante solo cinco minutos, pudo predecir, con un 91 % de precisión, si la pareja seguiría felizmente unida o si se separarían.

No son las diferencias o las dificultades, o la forma de ser de la pareja a lo que Gottman presta atención, ni tampoco los modos de comunicación de la pareja, ya que entre las parejas con altos niveles de satisfacción, están las que discuten apasionadamente las diferencias y las que eluden los temas en los que no convergen.

A lo que Gottman apunta escuchar para sus certeros diagnósticos es al desprecio, tales como el sarcasmo y el escepticismo, a las críticas realizadas a la personalidad o al carácter de la persona, el poner en el otro el o los motivos de los problemas y al no reconocer al otro en su mensaje o postura, hasta el punto del desprecio o la indiferencia.

Las disputas así dirigidas son de contenidos en extremo violentos por estar dirigidas al self, y crueles al negar al rival en su condición de ser, llevando a la pareja a una sensación de distanciamiento insalvable.

Si bien Gottman no trata la problemática de género, se puede inducir de sus estudios científicos de 14 años y del seguimiento de 650 parejas (1999), que objetivar al hombre como violento y culpable del patriarcado como lo hace el fem radical, no ayuda en nada para revertir situaciones que llevan al malestar familiar.

Al atribuírsele intencionalidad maliciosa a las diferencias del contrincante se anula toda posibilidad de comprensión del hecho, imposibilitando resolver de forma constructiva y tolerante el problema, y dando el sentido a la acción o postura del litigio, de una afrenta intencionadamente malvada a su persona.

Al interpelado, por estar las críticas dirigidas hacia su persona, lo llenará de violenta culpa o lo condicionará a actuar a la defensiva, cristalizando aún más su rol, anulando la posibilidad de construir la relación en base al respeto por las diferencias.

De lo expuesto se puede concluir en que si el hombre es culpable por ser productor y beneficiario del patriarcado (fem radical), difícilmente pueda sentirse la mujer más que usada y abusada, y tal vez no pueda ver un motivo en el hombre más que la intención de reproducir al patriarcado para su beneficio.

Estos nuevos bastimentos del neopatriarcado que anteponen una postura individualista que prima por sobre la pareja, en si traen consigo un defecto para la negociación de aspectos solucionables, y un defecto para aquellos aspectos que no tienen solución porque pertenecen a lo constituyente a cada miembro.

La mujer radicalizada actuará sin percatarse de su acción violenta, a la misma manera del machista, que no puede más que atribuir a la feminidad las “deficiencias” de su mujer y actuar en consecuencia, intentando reproducir ambos el modelo que lo instituyó.

La palabra será usada en uno u otro caso con violencia y crueldad, definiendo a la persona violentada y no habilitando las posibilidades de cambio.

En si el fem radical estaría operando de manera similar al machismo. Uno opina que el hombre es violento, insensible, dominante y usa a la mujer a su antojo y beneficio. Otro opina que la mujer es débil, sentimental, no racional, dramática y que se aprovecha de la billetera de los hombres. Cuando se expresan estas definiciones se edifican estereotipos discriminantes.

Posicionarse en posturas inflexibles imposibilita ver las necesidades y sentimientos del ahora contrincante y se lo especifica como enemigo, imposibilitando la empatía necesaria a toda convivencia.

Si es cierto que los roles que se establecen son una construcción, los ladrillos con los que se edifican son las palabras que los definen. Se toman los unos a los otros como seres inferiores, tal vez como animales domésticos como muchos de sus chistes lo conciben, logrando a través de despreciar al otro, una exaltación de roles impuestos expresados en individualismos desamorados, que desintegran a la familia dejando sólo escombros.

Cuando se objetiva a la persona se la construye, y es esta edificación una forma violenta de erigirla muy en contra de su esencia e interés. Esta manipulación antiética es un maltrato violento que no puede más que traer consigo violencia de ambos lados, que se expresará exteriorizándose en caso de no ser reprimida, o interiorizándose cuando la represión se hace efectiva. La construcción de este error representa un causal de conflicto insalvable, productor de violencia intrafamiliar.

Esta violencia intrafamiliar se contrapone a la felicidad hedonista de una pareja sin contrariedades y feliz, presentada comúnmente por los medios como estilo idílico de vida alcanzable, quedando como resultado en esta relación el ascetismo, estilo de vida que, según el modelo de la meritocracia, es elegido por quienes no se esfuerzan ni hacen méritos suficientes para cambiar y lograr ese estado hedonista.

Emparentándose al modelo consumista la pareja es desechada como un objeto de consumo cuando no cumple con los estándares así impuestos externamente.

El conflicto puede tomar la escena, y si alguno de los dos no acepta salir de la crítica personalizada que de por si no tienen solución, la pareja difícilmente pueda sobrellevarse y se cargará de negatividad.

Con seguridad el desprecio y las palabras ofensivas comenzarán a tener lugar, dañando la relación aún más en una escalada de violencia que va creciendo en intensidad con el tiempo, afectando a niños y niñas.

En un estudio que realizó como complemento el mismo Gottman (1999) con niños en edad preescolar, llegó a la conclusión de que aquellos que vivían en sus hogares gran hostilidad marital sufrían elevados niveles de estrés, en comparación con niños de parejas funcionales.

Tras un seguimiento de estos niños hasta la edad de quince años, se supo que entre ellos existía un mayor índice de ausentismo escolar, depresión, rechazo a los compañeros, problemas de comportamiento (sobre todo agresión), malas calificaciones e incluso fracaso escolar. El motivo es que los niños sufren tanto como los padres de una pareja mal llevada.

Como conclusión es fácil arribar a que no es sensato aguantar una mala pareja por el bien de los hijos e hijas, y que la separación sería la gran solución. La separación es frecuentemente bien recomendada por psicólogos y panelistas de tv, ya que una buena separación es mejor que una mala pareja, pero la verdad es que nada es tan sencillo.

Por desgracia, las separaciones raras veces son bien llevadas. “La mutua hostilidad entre los padres suele mantenerse después de la ruptura. Por esta razón, los hijos de divorciados arrojan resultados tan malos como los que viven bajo el fuego cruzado de una mala pareja” (Gottman, 1999).

Esto no es tenido en cuenta por quienes recomiendan semejante medida, sin contemplar o recomendar, previo a tal decisión, la posibilidad de realizar una terapia de parejas. Incluso hasta serían capaces de recomendar acciones jurídicas hostiles ante eventos menores o inherentes a toda separación, a sabiendas de que hay niñas y niños implicados que serán sometidos a sufrimientos intensos e innecesarios.

Muy poco se hace para que las parejas se mantengan en el tiempo, y hasta me atrevo a decir que muchos psicólogos hasta alientan a separarse cuando ven en las parejas problemas sin solución, como si fuera esto muestra de fortaleza personal, de independencia y de fortalecimiento de la autoestima del paciente que enfrenta este proceso, cuando en realidad una terapia que transforme una mala pareja en una relación plena y satisfactoria va a dar a ambos cónyuges: independencia social al dejar de estar vulnerable en el afuera por tener contención y resguardo en la pareja, autoestima al saberse aceptado y querido mas allá de las diferencias, y fortalezas por encontrar en el hogar respaldo y seguridad.

El resultado de terapias patriarcales o neopatriarcales basadas en prejuicios que exaltan las diferencias, la incomprensión y el individualismo dará como resultado una convivencia tortuosa o una separación destructiva. En la otra posibilidad, al dejar de lado la crítica personalizada a la otra parte y al acordar responsablemente en las diferencias que no tienen solución, darán convivencias o separaciones constructivas.

Hoy no se contempla con profesionalismo y ética la posibilidad de hacer terapia de pareja para reanimar el vínculo que alguna vez funcionó y, ya naturalizadas las separaciones como inevitables siempre que el amor se acabe, se descarta a la persona alguna vez amada, casi como un objeto.

Por supuesto que las personas no son objetos, por tanto los adultos, niños, niñas y adolescentes involucrados en estos procesos sufren de diferentes formas, ya que estos momentos de separaciones implican momentos de desilusión y enojo, y difícilmente este proceso pueda atravesarse sin intensas emociones negativas.

Las discusiones cargadas de resentimiento debido a procesos de desgaste, que se van incrementando con el tiempo, muchas veces no finalizan con la separación, y despiertan sentimientos de desprecio y deseos de venganza hacia quien, en otro momento, se eligió como madre o padre de sus hijos/as.

En estos procesos de separaciones las niñas y niños pueden llegar a experimentar un sufrimiento psíquico, aún mayor que una pareja mal llevada, cuando se los involucra en la disputa marital tomándolos como confidentes, mensajeros, armas, o peor aún, como rehenes.

Hacerse de la tenencia exclusiva de los hijos/as pareciera ser la estrategia con más poder de daño hacia el progenitor rival, al degradarlo como padre o madre y al privarlo del amor que existe en el vínculo.

El captor hará ver a sus hijes y a los demás su abnegada acción, creando ante la sociedad un espejismo al aparecer como una madre o un padre protector y ejemplar.

Se presenta entonces un combo difícil de resistir, sobre todo por lo fácil de llevarse a cabo. Una denuncia falsa o falseada, o simplemente mencionar alguna violencia menor fruto de la separación misma, puede bastar para lograr una restricción judicial hacia niños y niñas, sin recabar en el daño irreparable permanente que se les estarán haciendo.

Al niño o niña no le será posible procesar la violentada ausencia del progenitor impedido de manera compleja. En acuerdo con su pensamiento concreto si es menor, o en consonancia con su desarrollo madurativo, quedará entonces mayormente atrapado en el discurso de su captor.

Tanto la imagen materna como la paterna son fundamentales para el desarrollo del niño o niña. Cuando ese papá o esa mamá está pero no se hace presente o desaparece, quedará una confusión. ¿Acaso no me quiere? ¿No soy importante? ¿Es por mí que no viene?

Le supondrá a la niña o niño, por la violencia recibida, un sentimiento de culpa difícil de erradicar, atribuyéndose a sí mismo la responsabilidad de la situación traumática, a la vez de culpar al pamá ausente como victimario, en un sentimiento contradictorio que perdurará por el resto de su vida.

El niño o niña perderá así figuras importantes de apego para su vida.

La privación de las relaciones de apego fue estudiada por John Bowlby quien fue despojado también de su figura de apego a los 4 años de edad, como era también costumbre en su época. Esta pérdida afectiva fue muy sentida por quien, en el futuro, estudiará las relaciones de apego tras la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, observando en numerosas niñas y niños huérfanos institucionalizados, el efecto de la amputación del vínculo. (Castillero Mimenza, 2018)

El apego es el vínculo emocional que desarrolla el niño o niña con sus cuidadores.

La tesis fundamental es que la seguridad emocional indispensable para un buen desarrollo cognoscitivo, social y de la personalidad, es proporcionada en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de su figura de apego.

La figura de apego no es concluyente ni excluyente a algún progenitor, “así un niño puede tener una relación segura con la madre pero no con el padre, un segundo puede tenerla con el padre pero no con la madre” (Bowlby, 1989)

Una característica central del concepto de crianza por parte de este autor se enfoca, como en este ensayo, en “la provisión por parte de ambos progenitores de una base segura” (Bowlby, 1989).

Una base segura se establece en el mejor de los grados mediante el contacto directo de ambos padres con sus hijas e hijos, cuando comparten de manera coherente su vínculo de necesidad y cuidado, experimentando así conexión interpersonal e integración interna, logrando equilibrar, estados corporales, emocionales y mentales, haciéndolos capaces de explorar e interactuar con el mundo en sus presentes y en sus futuros.

Jefrey Young y Janet Klosko (2001), desde el cognitivismo, son los que más saber aportan en este último período en el tratamiento de problemas persistentes de personalidad difíciles de tratar. Tomando a W. Winicott nos proponen tener en cuenta una serie de necesidades básicas de un niño o niña, advirtiendo sobre los perjuicios que pueden ocasionar la no satisfacción de estas necesidades.

Entre otras cosas, el alejamiento de personas entrañables, aquellas que nos quieren, nos cuidan y protegen, será interpretado por una niña o niño como un verdadero abandono ya que, según estos autores:

… un niño necesita la seguridad de un ambiente familiar estable, un hogar seguro en donde los padres estén presentes de manera previsible, tanto física como emocionalmente. Nadie es despreciado, las discusiones se establecen dentro de los límites razonables, y nadie muere o deja solo al niño durante mucho tiempo. (Young & Klosko, 2001)

La relación con los demás, la autonomía, la autoestima, la autoexpresión e incluso el poder incorporar límites realistas serán afectados de romperse el vínculo a través de una restricción innecesaria. Esta seguridad básica es una necesidad innata y esencial, base para que se desplieguen otros procesos del desarrollo del niño o niña.

El daño efectuado a la niña o niño, por la separación innecesaria y arbitraria con un progenitor, en complicidad con el Estado Nacional a través del Poder Judicial y otros organismos estatales, será proporcional al tiempo que dure dicha restricción, de acuerdo al ciclo vital de su desarrollo, afectando en diferentes maneras y grados, a su seguridad básica.

Tal vez por la ausencia mal explicada o inexplicada en el mejor de los casos de la medida privativa, llenarán de angustia e ira contra el papá ausente, como bien lo expone Bowlby en el trabajo que se está citando, afectando profundamente al vínculo filial en el futuro.

El niño o niña podrá remendarse con una revinculación exitosa, luego de sufrir años de ausencia de una de sus figuras de apego. Se deberá hablar entonces de apego reparado, diferente al apego seguro, ya que en casos habrá sido dañado en su vínculo primario para siempre, reflejándose, como se mencionó con anterioridad, en problemas persistentes de la personalidad difíciles de tratar y de superar.

Hasta ahora se describieron situaciones que perjudican a las niñas y niños en convivencias y separaciones mal llevadas por incompatibilidades en la convivencia. La situación se complica aún más cuando se producen infidelidades.

Qué es o no infidelidad depende de la subjetividad (Glass S. , 2002) y hasta de la estabilidad psicológica del que sufre ese sentimiento –que no justifica ningún acto de violencia–, pero que tampoco debiera de justificar desatención por parte de los profesionales dedicados al alma.

Con infidelidad o sin ella, la totalidad de los especialistas de pareja que toma este ensayo como referencia coinciden en que, habiendo violencia física, no es aconsejable el tratamiento para restablecer el vínculo. Es aconsejable en cambio el tratamiento de la parte agresora.

Si bien este ensayo no toma como objeto de estudio a las restricciones justificadas, no eludo de considerar que tampoco se está actuando en estos casos de manera apropiada, al quedar el agresor en la mayoría de los casos sin tratamiento, contribuyendo a que se produzcan femicidios evitables.

El patriarcado real

“Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”

MAHATMA GHANDI

El sistema patriarcal que funcionó históricamente por milenios en occidente, conoció a partir de la Ilustración, un retroceso decisivo y constante a favor de la igualdad de género que perduró hasta finales del siglo XX.

Durante la mayor parte de la historia fue inconcebible que las personas eligieran a sus compañeros basándose en algo tan frágil e irracional como el amor y que luego concentraran todos sus deseos sexuales, íntimos y altruistas en el matrimonio (Coontz, 2006)

Hacia el final del siglo XX, gracias al advenimiento de las democracias y, entre otros factores, a la lucha llevada a cabo por personas con espíritu igualitario, las uniones matrimoniales pactadas que funcionaron históricamente por milenios en occidente, se fueron desdibujando al motivarse las uniones basadas en el amor.

Con el cambio los hombres se fueron involucrando más en el cuidado y crianza de niñas y niños, y las mujeres fueron volcándose al mercado laboral, conquistando en avance significativo nuevos puestos de poder, los cuales fueron ejercidos de manera brillante derribando mitos, que no son más que fórmulas de manipulación o de construcción de la realidad por fuera de los estándares científicos.

Los nuevos métodos de control de la natalidad dieron a la vez mayor posibilidad de planificación y decisión sobre la maternidad, y del disfrute de la sexualidad por fuera de lo estrictamente reproductivo tanto a hombres como a mujeres, ya sea dentro del ámbito de la pareja tradicional, como también la posibilidad de elección de parejas transitorias con vínculos emocionales eróticos.

El desenlace del matrimonio por amor produjo también, a final del siglo pasado, nuevos cambios en las conformaciones familiares, con familias ensambladas funcionales que hace poco tiempo hubieran sido impensadas o socialmente mal juzgadas, como así también transformaciones en la cultura y en la organización social en general.

A mi entender a nivel psicológico las ganancias fueron conjuntas. En lo referente a lo sexual y afectivo se pudo dar el encuentro íntimo en la igualdad… y eso fue ganancia para ambos.

Los logros para los hombres fueron enormes… desde lo intrafamiliar pudo encontrarse un lugar de participación emocional desde lo afectivo, antes dado desde un lugar de poder y de control. Por mi profesión le doy a estas ganancias especial valor y es de mi interés que se sigan profundizando los cambios.

Las ganancias para las mujeres no fueron menores. La inclusión en el ámbito laboral permitió que pudieran desarrollarse por fuera de lo estrictamente familiar y ejercer una autonomía económica.

Su alta inclusión en el consumo, responsables directas o indirectas del 80 % de las decisiones de compra en los hogares según algunas fuentes (Carioso, 2008), le confirió además una preeminencia en los medios de comunicación comercial, y su lucha política desde el feminismo en los medios no comerciales y de gestión política.

Sobre todo desde su inserción en los procesos electorales, les otorgaron lugares de poder en un proceso en el que faltan sin duda avances, pero que recorrió el camino firme hacia la justa igualdad.

Sin embargo las sociedades no cambian de forma instantánea, y el patriarcado va más allá de estos progresos en los roles sociales, conviviendo e incluso alimentándose y creciendo con las diversas modalidades de género.

La unión en la igualdad desde la comprensión y el amor que se dieron en muchísimos hogares, fueron funcionales y viables en la intimidad familiar, y a veces en pequeñas y medianas comunidades y emprendimientos, dentro de una sociedad que siguió operando fuertemente bajo el patriarcado Real. Éste ordenó siempre desde la ley, la violencia, la represión, la restricción de derechos y la cárcel. El término patriarcado Real que se usará debe ser asociado a Realeza, a Rey, a Reinado y, por tanto, asociado a lo mitológico, a lo mítico, a la mentira.

El patriarcado Real desde su transformación hace miles de años fue imposición mediante la violencia en sus diferentes aspectos, por tanto quien ganó la batalla fue quien concentró el poder.

Las amazonas, personajes mitológicos en que se ven representadas muchas feministas pudieron haber existido.

Independizadas de sus hombres se vieron capaces de tomar el poder y ejercer su autonomía, no solo para defenderse de invasores que las encontraban desprotegidas, sino además para invadir territorios y saquear. En la inversión de la polaridad varón hembra, considerándose aptas para el ejercicio de la guerra, a mi entender no escaparían al modelo patriarcal, puesto que no es el sexo biológico lo que caracteriza a este modelo sino la violencia, la competitividad, y por sobre todas las cosas la cultura en el desamor, la instrucción fundamentada a través de la violencia, que puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres.

El término patriarcado es correcto, ya que por milenios fueron hombres los que ocuparon las comisiones legislativas y de justicia.

Una mujer entonces, que se maneja con despotismo en un puesto de poder se encontraría siendo un funcionario más del modelo patriarcal, por más femenina que se vea y huela, y por más ultrajes y mutilaciones que les propenda a hombres, sean estos varones o no.

Despotismo aclaro, no es mostrar supremacía ni cualidades para el mando, sino ser arbitrario y deshumanizado en su accionar.

Patriarcado entonces no es igual a hombre o a varón. Tampoco es la maternidad atributo excluyente de las mujeres.

Respecto a la maternidad el biólogo Humberto Maturana advierte que “…el cuidado que los machos humanos modernos muestran para con los niños es expresión de su biología, aunque nuestra cultura a veces niega esto al declarar que el cuidado de los niños es una actividad femenina” (Maturana h. , 1991). La expresión machos humanos la utiliza en términos biológicos para expresar al hombre como perteneciente al género mamífero, altamente dependiente de cuidados en la infancia y por lo tanto sensual, condición última a la cual la cultura patriarcal, y agrego yo la neopatriarcal, se encargan de negar.

“Biológicamente, los machos que se ocupan de sus crías son madres no procreadoras. El padre como lo entendemos en Occidente es una entidad cultural patriarcal” (Maturana h. , 1991). Hombres maternos al que este ensayo nombra como papás. Papás que difieren sustancialmente en la función procreadora a las mujeres, y se igualan sustancialmente en su función y sensualidad maternal. Papás iguales a mamás que durante millones de años vivieron juntos coordinando acciones en el cuidado mutuo, en el de la comunidad y esencialmente en el de sus crías, en un ambiente de amorosidad íntima con ambientes externos muchas veces hostiles. Amorosidad que trae aparejado el advenimiento del lenguaje distintivo del homo sapiens, que es la esencia primaria de nuestro desarrollo y de nuestra distinción como especie.

Sin embargo ni el patriarcado ni el neopatriarcado relata el inicio de la historia humana de esta manera.

Stephanie Coontz en el libro “Historia del matrimonio” describe distintas teorías con sustento ideológico del origen del matrimonio que van desde la teoría del macho proveedor hasta la teoría de la mujer oprimida.

Nos explican la teoría del macho proveedor como una suerte de dependencia de la mujer hacia el hombre ya que:

[…] las mujeres de las primeras sociedades humanas no podían sobrevivir si los hombres no les procuraban la carne de los lanudos mamuts o las protegían de los tigres con dientes de sable merodeadores o de otros hombres que intentaran raptarlas (Coontz, 2006).

La mujer de la prehistoria, débil e incapaz de sobrevivir en ese ambiente adverso, le ofrecía a un compañero fuerte y agresivo “relaciones sexuales exclusivas y frecuentes a cambio de comida y protección”. (Coontz, 2006)

El antropólogo anglo–estadounidense Robin Fox, es autor en gran medida de esta teorización a través de la cual llego a especular que “las mujeres pudieron negociar fácilmente”… [Con sexo]... “a causa de la propensión del hombre a querer monopolizar (o creer que puede monopolizar) a la mujer con propósitos de apareamiento y pudieron decir “muy bien, tú obtienes tu monopolio”…[la cría]… “y nosotras la carne” (Fox, 1980)

Esta teoría llegó a ser muy bien aceptada porque daba sustento al modelo nuclear de familia que se impuso después de la Segunda Guerra Mundial, aunque poco a poco fue descartándose por ser inverosímil con otros estudios los cuales arribaban a que “En el mundo prehistórico nadie podría haber sobrevivido mucho tiempo si cada familia nuclear individual hubiese tenido que hacerse responsable de la producción de alimentos, la defensa, la crianza de los niños y el cuidado de los ancianos” (Coontz, 2006)

La otra teoría del comienzo de la humanidad, totalmente opuesta, tiene relación con la fábula de los originarios pies negros, en la cual los hombres apenas sobrevivían, y las mujeres:

Curtían las pieles de búfalo y con ellas confeccionaban sus vestidos. Cortaban la carne en tajadas. En verano recogían frutas silvestres y en invierno las consumían. Sus chozas eran bonitas por dentro y tenían muchas cosas bonitas en su interior (Coontz, 2006).

En este relato los hombres son el género frágil, y son rescatados del frio y la hambruna, y acogidos en matrimonio.

Como en esta fábula, en la teoría de la mujer oprimida fueron las mujeres autoras exclusivas de la invención de la agricultura, la conservación de alimentos, del cuidado de la descendencia y también de la procreación, y el matrimonio fue, por lo tanto, el resultado “del afán de los hombres por controlar los poderes productores y reproductores de las mujeres en su propio beneficio”. A diferencia de la fábula de los pies negros los hombres entonces “obligaron a las mujeres a casarse, a menudo apelando al rapto, la violación y la violencia física para doblegar su voluntad” (Coontz, 2006).

Teorías que hasta parecen graciosas no son ingenuas ya que contienen el germen del odio necesario para que luego se expresen en violencias.

Reproducen así, a través de mitos, sistemas de dominación y de opresión que conducen al desmembramiento familiar y social.

En su trabajo sobre “El branding mitológico”, Fabián Bautista define al mito como “…una construcción narrativa simbólica que posee un arraigado poder psicológico y moral en la conciencia de los seres humanos. Su fortaleza se construye a través de relatos que apelan a la fuerza ancestral de los arquetipos o imágenes primordiales…” (Bautista, 2009)

Los mitos no siempre estuvieron asociados al branding, sino que en un principio fue una forma de entender al mundo, y es por ello que Campbell le da la connotación humana al decir que: “Los mitos son metáforas de la potencialidad espiritual del ser humano, y los mismos poderes que animan nuestra vida animan la vida del mundo.” (Campbell & Moyers, 1991)

Esta potencial espiritualidad humana es usada por cierta “antropología”, cuando tiene la intención de influir a grupos o sociedades.

La forma en que opera para imponer mitos es a través del etnocentrismo, que el diccionario de Oxford (2020) lo define como la “Actitud del grupo, raza o sociedad que presupone su superioridad sobre los demás y hace de la cultura propia el criterio exclusivo para interpretar y valorar la cultura y los comportamientos de esos otros grupos, razas o sociedades”, de acuerdo a una cosmovisión propia, (agrego), que es a la vez la forma de desarraigar culturas para implantarla conforme a la ideología.

Lo que hace el etnocentrismo entonces es “Considerar las prácticas de la propia cultura como el parámetro de lo que es correcto o incorrecto, juzgando las costumbres de otros como negativas o inconcebibles” (Campo, 2008).

Por eso, “Al constituirse en categoría comparativa, el etnocentrismo ordena la realidad social de forma jerárquica y establece criterios de superioridad e inferioridad respecto a los estilos de vida propios y de los demás”. (Giner, 1998)

Lo peligroso de aplicarlo radica en que “El etnocentrismo puede engendrar intolerancia –adhesión ciega y exclusiva a sus propios valores–, tomar formas extremas cuando no extremistas […] llegando hasta la negación y la destrucción de otras culturas” (Bonte P., 1996)

Los extremos, que ratifican míticas teorías de extremo, son cuestionados por otros antropólogos que nos dicen que, durante 2,5 de millones de años, los humanos vivieron en comunidad, en la coordinación y la colaboración, y todas las posibilidades reales de existencia revelan que fue este tipo de vínculo y no otro el que posibilitó su subsistencia.

Inclusive, en el período neolítico de las sociedades agrarias, existió una sociedad igualitaria pacífica y altamente desarrollada, distinta a la circunstancia de la teorización de la mujer oprimida y del macho protector, del cual tenemos prueba gracias en gran parte al trabajo de la arqueóloga y antropóloga Marija Gimbutas. En su obra basada en el estudio especulativo de miles de figuras de mujer recogidas en la llamada Antigua Europa y datadas del 6500 al 3500 a.c. que concuerdan con otros estudios realizados después de la Segunda Guerra Mundial, y coinciden en señalar que éstas sociedades tenían “una cultura matrifocal y probablemente matrilineal, agrícola y sedentaria, igualitaria y pacífica”. (Gimbutas, 1974)

Gracias a este monumental trabajo uno puede llegar a tener una idea, lo más acabada posible dentro de la posibilidad de trabajar con la interpretación de figuras y grabados de hasta 8500 años atrás, de la función de la mujer en ese período y lugar, aunque es muy difícil encontrar, por estar casi ausente en la obra de Gimbutas, la función del hombre.

El punto es que sigue siendo el eje rector de estos estudios acerca de la función de los papás la concepción patriarcal del hombre desvinculado de lo paternal, y por sobre todo desvinculado a lo sensual.

Que se valore a la fecundidad, en una sociedad igualitaria, indica que hombres y mujeres valoran la vida, y en ese valorar la vida la maravilla de la procreación no debió tener propietarios.

Entendió Casilda Rodrigañez que lo que expresaban las producciones artísticas de este período hablaban de la díada madre–criatura, y debió de ser así. “Desde la díada madre–criatura, se vertebrarían todas las demás relaciones, no en contra, sino a favor de las pulsiones sexuales humanas; puesto que el sistema libidinal tiene la función de organizar las relaciones humanas” (Rodrigañez Bustos, 2010)

El enfoque cultural puesto en la procreación y en la vida debió de derivar también en la díada hombre criatura, y en la alianza por la veneración de la procreación y la vida, además de lo estrictamente biológico sexual, debió llevar a la unión también sensual y empática del hombre y la mujer.

Si bien debieron de existir estos vínculos de pareja, hubieron de expresarse naturalmente sin los condicionantes de propiedad actuales.

Estas sociedades matrísticas coinciden en muchos aspectos con sociedades precolombinas. “Ustedes los franceses sólo aman a sus propios hijos, pero nosotros queremos por igual a los niños de toda la tribu” (Leacock, 1980) replicaba un indio Naskapi de América al consejo del misionero jesuita de controlar las actividades de su mujer para así saber cual descendencia le correspondía. (Coontz, 2006)

En las comunidades matrísticas desarrolladas a las que Gimbutas refiere, los hombres jóvenes cambiaban de vivienda para el encuentro de mujeres distintas a las de sus familias, evitando así lo que las especies superiores tienden a evitar, que son los apareamientos incestuosos.

Si tenemos en cuenta lo que dice el biólogo Humberto Maturana que el hombre es, en términos culturales patriarcales “maternal”, sería necesario que estos estudios empiecen a adquirir la idea de incluir en sus estudios de culturas originarias al macho mamífero en su sensualidad, por ser como dicen la matrística una cultura igualitaria, en donde las funciones por tanto deberían estar fundidas.

No hay posibilidad de entender a una sociedad matrifocal y a la vez igualitaria, si no se entiende al hombre en su espíritu matrístico.

Así como Gimbutas entendían a estas culturas matrilineales como distintas al matriarcado, muchas de las culturas patrilineales tampoco son originariamente expresión del patriarcado, sino que fueron constructos culturales en los que se evitó la reproducción de la especie humana en el mismo grupo, procurando la exogamia.

En pueblos cazadores y recolectores de áfrica que aún se conservan, en donde la distancia entre los grupos es mayor, la familia generalmente relaciona a sus hijas con otros linajes evitando así la endogamia, distribuyendo así los genes entre los distintos clanes y creando lazos familiares entre comunidades.

En la historia de la humanidad, el “…emplear el matrimonio para crear nuevos vínculos de parentesco era una manera especialmente poderosa de unir a los grupos porque los niños nacidos de esas uniones tenían parientes en ambos campamentos.” (Coontz, 2006)

Por su modo de distribuir la descendencia ésta se daba, por lo común pero no siempre, por línea patrilineal.

Si bien en ese período hubo división en las tareas que realizaban uno y otro sexo, no eran taxativas y si eran mayormente compartidas (salvo en pocos lugares donde la naturaleza era en extremo hostil, y los hombres debían recorrer grandes extensiones para encontrar alimento).

Se adquirieron así formas tan diversas como grupo existió, en el que hombres y mujeres eran copartícipes de la existencia y donde los roles no fueron diferenciales.

Estos primeros modos patrilineales o matrilineales no fueron herramientas de dominación sino modos de organización, no fueron formas de comercio sexual sino formas de distribución genética no incestuosa, no estaban basados en lo especulativo sino en la cooperación.

En la exogamia y las alianzas cooperativas de los distintos grupos pareció estar centrado el comienzo de la humanidad desde millones de años atrás.

Las uniones para la procreación y el cuidado de la descendencia, basados en la coordinación y la cooperación, y no en el sometimiento, fueron la base integradora para relaciones familiares duraderas y fructíferas, tal como sucede en numerosas parejas actuales en las que, según Gottman, la sexualidad son expresión del encuentro para la vida y el cuidado y no a la inversa.

Solo ahora pueden llamarse patriarcados o matriarcados, porque está nuestra forma de concebir al mundo estructurada por leyes especulativas de la propiedad, el comercio y el derecho de castas (que en la actualidad se da por el tener o no dinero).

Ya que las primeras culturas matrilineales y patrilineales no eran matriarcados o patriarcados, es un error del radicalismo decir que las uniones para la concepción de las familias humanas surgieron para la opresión de la mujer. Las familias no comienzan con el matrimonio regulado por la cultura esclavista sino muy anteriormente.

El patriarcado se dio con regularidad en culturas que, por el uso de la violencia, dominaron y se impusieron a las formas culturales igualitarias que Gimbutas describe.

El patriarcado Real, centrado en las relaciones de dominación y sometimiento está presente así desde hace miles de años cuando fueron invadidos estos poblados igualitarios de miles de habitantes por culturas esclavistas.

Cuando la cultura patriarcal englobó a la cultura matrística, mataron a los hombres [matrísticos] y los guerreros patriarcales se apropiaron de sus mujeres, quedando lo matrístico retenido en la relación materno infantil, y lo patriarcal como la imagen externa pública. (Maturana H. , 1994).

Cómo se generaron estas culturas esclavistas invasoras, también se supone fue en un proceso fruto de la contingencia.

Según Maturana algunas comunidades se encontraron con la necesidad de confrontarse a la escasez de alimentos en algunos casos, motivó que, por mociones de supervivencia, se produjeran cambios en el seno de las familias.

Estas realidades de la escasez de alimentos, según Maturana, produjeron una tensión y una pérdida de confianza en la contingencia del mundo natural trayendo consigo un cambio psíquico en el humano, dando forma a un cambio en las formas de relación (Dávila Yáñez & Maturana, 2008).

Ratificaría esta teoría si tomamos al posterior trabajo de Isabel Behncke sobre las dos especies de simios con las que compartimos el 98 % de carga genética, y que quedaron separadas e incomunicadas por el río Congo. Los bonobos quedaron situados en una región cercana al trópico, bondadosa en fruta durante todo el año, lo que sirvió para que se desarrolle una sociedad horizontal, (si se quiere con tendencia a lo matrístico). Del otro lado los chimpancés situados en una región más árida, determinó una sociedad agresiva, (si se quiere con tendencia patriarcal), donde la pelea entre machos por el dominio de la propiedad hasta llegan a ser letales para los oponentes en algunos casos, y en otros ocasionan la amputación de sus genitales (Behncke, 2012).

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
161 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789878716695
Telif hakkı:
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