Kitabı oku: «Celebración del poema»




Suárez Roldán, Juan Camilo
Celebración del poema: exploración de la dimensión festiva del texto lírico y el acto poético/ Juan Camilo Suárez Roldán. – Medellín: Editorial EAFIT, 2021.
186 p.; 24 cm. -- (Académica).
ISBN: 978-958-720-712-5
ISBN: 978-958-720-713-2 (versión EPUB)
1. Poesía - Crítica e interpretación. I.Tít. II. Serie
809.1 cd 23 ed.
S939
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría
Celebración del poema
Exploración de la dimensión festiva del texto lírico y el acto poético
Primera edición: julio de 2021
© Juan Camilo Suárez Roldán
https://orcid.org/0000-0002-0258-2492
© Editorial EAFIT
Carrera 49 No. 7 sur - 50
Tel.: 261 95 23, Medellín
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Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-712-5
ISBN: 978-958-720-713-2 (versión EPUB)
DOI: https://doi.org/10.17230/9789587207125lr0
Coordinación editorial: Carmiña Cadavid Cano
Corrección de textos: Juan Fernando Saldarriaga y Juana Manuela Montoya
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imagen de carátula: Thoughts, 1907. Mikalojus Konstantinas Ciurlionis
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
A la memoria de Saúl Sánchez y Hernán Sepúlveda, maestros de la lectura como celebración
Contenido
Introducción
1. La fiesta del lenguaje
Lenguaje, discurso y lírica
Enunciado metafórico y discurso simbólico
Celebración, poesía y religión
2. El destinatario del poema
Acto y sujeto del poema
Género y reconocimiento
Recepción y competencias subjetivas
3. Linaje romántico de la celebración poética
Lírica y Romanticismo
Derivas del Romanticismo
4. Juego y fiesta en el poema
Lírica y lúdica
Fiesta, juego y tiempo
5. Celebración y secularización
Celebrantes del poema
Lo sagrado y lo profano
6. El poema como liturgia secular
Secularización
Rito y poesía
Celebración poética
Conclusiones
Referencias
Notas al pie
Introducción
El poema es arte con palabras, que invita al destinatario a realizar su sentido. La materialización generalmente escrita de este objeto de la cultura determina la expectativa del mismo como un género literario de alta riqueza semántica, en el que las posibilidades expresivas y formales del lenguaje pueden ser llevadas al límite, mediante una singular economía de medios. La historia de este tipo literario es enorme; de la lírica griega arcaica al poema contemporáneo hay un dilatado recorrido, en el que varían la definición de su naturaleza, los recursos compositivos, los usos, y los modos de recepción y valoración. Asimismo, numerosos enfoques, escuelas y campos de conocimiento han dirigido su interés hacia el poema, para ofrecer rendimientos contundentes que dan cuenta del mérito con el cual este expresa y revela aspectos esenciales del ser humano y el mundo por él referidos.
El escrito que ahora se presenta es el resultado de una investigación sobre el poema.1 Tal declaración, como se puede anticipar, escasamente logra fijar con claridad un objeto o un espacio temático, esto porque tanto los orígenes como las vías de estudio de la obra poética se confunden con los del lenguaje mismo y con las iniciativas que buscan establecer su papel en diversos campos. El camino hacia el poema en su versión occidental debe entonces considerar trayectos allanados en diferentes épocas y por varias disciplinas.
Este trabajo tiene como punto de partida una afirmación de Paul Ricœur, en la cual sostiene que, en el poema, “el lenguaje está de fiesta” (2006b, p. 89). El autor francés alude al modo como se genera una apertura máxima de sentido en este tipo de realización discursiva; se trata de una caracterización que, además, surge como consecuencia del estudio en el que se ocupa de la relación entre la estructura textual, la palabra y el acontecimiento (2006b, p. 75). En principio, tal inscripción temática, originalmente referida a los textos y discursos en general, estimuló el interés por hacerla extensiva a una concepción del poema como enunciado, y dio origen a una idea de la creación lírica que permitiera unir los desarrollos de la iniciativa formal, estructural, positivista –si se quiere– sobre el texto, pero superando esta clausura mediante el tránsito hacia el mundo, gracias a la articulación con la palabra, con el decir.
En el nivel personal, conviene agregar que el trato con la poesía comenzó como un juego con palabras y sentidos, la contemplación gozosa de las posibilidades del artificio que conjugaba música y lenguaje. Luego, esta experiencia admirada se hizo morosa observación, tendiente a potenciar al mayor grado sus efectos, y más tarde el interés por los poemas desembocó en estudio, en la pregunta concernida por su entendimiento, por el o los sujetos del mismo, y por el aura que lo precede como una obra continente de especial significación. Todo esto, sin perder –claro está– la disposición emotiva, buscando incluso su articulación.
Atendiendo, por tanto, a la relación entre estructura textual y acontecimiento mediante la palabra, a la posibilidad de una concepción del poema que concilie facultades de recepción y modos de concebirlo, cabe preguntarse lo siguiente: ¿el concepto de fiesta asociado a una posibilidad del lenguaje es un recurso apropiado para definir el poema actual? La interrogación, rectora de este libro, activa igualmente otros cuestionamientos para desarrollar: ¿es posible considerar la fiesta del lenguaje bajo los rendimientos de campos especializados de estudio, como la retórica, la poética, la teoría literaria, los estudios de la comunicación y del lenguaje simbólico? Y, a la par: ¿acaso la valoración cultural de la fiesta en la religión, las artes, la antropología y el papel vinculante de construcciones como el Romanticismo y la Modernidad, además de procesos como el de la secularización, establecen afinidades con la concepción festiva del lenguaje y potencian su rendimiento?
Esta propuesta, en consecuencia, profundiza en los elementos que permiten identificar la dimensión celebrativa del poema para, de igual modo, proyectar tal concepción hacia la valoración del mismo como acto, como evento significativo y de repercusiones litúrgicas, pero al interior de una comunidad fundamentalmente moderna y secular, como la que se da en el final del siglo XX y enfrenta el comienzo del XXI.
El paradójico rasgo de buena parte de la lírica reciente, que consiste en instaurar, en la intimidad del sujeto, asuntos que renuevan el lenguaje, el de la tribu y el del ser mismo, además de un cuidado formal que deviene rito, permite asumir la ocasión poética como un evento que, por su trascendencia y comunión, resulta notablemente cercano a la experiencia religiosa. Y, por tal motivo, surge la pretensión de hacer equivalente la oración, el rezo, la liturgia, el sacramento y la eucaristía a la celebración profana del lenguaje en la poesía. De allí, pues, el interés de adelantar la exploración que ahora se introduce sobre la base de esta hipótesis: el poema, tanto en su condición de texto como en la de acto, propicia una fiesta del lenguaje, que es celebrada por medio de un acto cualificado de participación. La poesía es una liturgia secular, que guarda relación con la religión, tanto por el modo discursivo empleado como por el aspecto histórico, ritual y funcional compartido, y que propicia un fértil vínculo con otras manifestaciones artísticas que proveen sentido.
Asumir la vía académica para apreciar el poema genera recelo, una reserva que alcanza la forma de prejuicio, y que está basada en la idea de una pérdida esencial: el poder de la emoción, el arrebato que debería suscitar en el destinatario el verdadero lirismo. Según tal concepción, el rapto espontáneo que provoca la obra poética desaparecería frente al proceder analítico del hombre racional. Pues bien, años de lectura atenta y recepción lógica desmienten tal sospecha: frente al poema, la dilación potencia el gozo y la lectura reflexiva se convierte en labor apasionada. Además, la atención minuciosa que se presta a cada una de las partes de la obra poética no extingue su fruición o el compromiso vital suscitado por la emotividad; tampoco agota su significado ni, mucho menos, fija definitivamente las posibilidades de sentido del mismo.
Es necesario reconocer que el poema resulta tan natural e inmediato como el lenguaje; por ello, su universalidad material hace odiosa la especialización del saber que lo tiene por objeto y, en cuanto a su materia, como el decir mismo, este puede ocuparse tanto de un asunto banal como de uno sublime. De allí que la propuesta del poema como fiesta del lenguaje dé lugar a un enfoque que articula reflexión y experiencia, texto y acto, forma y uso; un enfoque que, además, sugiere un ámbito conceptual de partida, tanto por el origen de la idea –el ensayo de Ricœur arriba mencionado– como por la efectividad de estas concepciones para el tratamiento de un tipo de realización discursiva que requiere interpretación.
La hermenéutica, en su versión regional, instrumental o literaria, se presenta como aquella disciplina que congrega los resultados de las reflexiones sobre el modo como se comprende e interpreta un texto. Asimismo, en su más reciente modalidad filosófica, es igualmente la encargada de proporcionar las herramientas conceptuales y despejar una vía de conocimiento para establecer la relación entre los textos, aquello que dicen y el mundo del cual se ocupan. Así, resulta posible hacer el tránsito de la reflexión sobre las obras hacia el ser y la cultura, hacia los acontecimientos. Gracias al campo de reflexión que ha establecido esta disciplina, se consigue trasladar el problema del decir poético al contexto más amplio de las humanidades.
Gracias también a la hermenéutica, resultará comprensible, primero, el paso –sugerido igualmente por Ricœur en La metáfora viva (2001)– de nivel de estudio de la metáfora: del examen retórico de la palabra, a la observación de la oración lingüística, a la predicación, al discurso. Y, segundo, el uso del patrón metafórico como modelo apropiado para entender la extensión de sentido que se da en el discurso simbólico empleado tanto por la poesía como por la religión. En otras palabras, se atenderá a la vía hermenéutica como adecuada para el tratamiento del simbolismo discursivo, en razón de la dirección de síntesis de la manifestación que lo vincula con la realidad, con el mundo y la experiencia. Aceptando, asimismo, que la equivocidad se da en el discurso y que el problema del sentido múltiple es interdisciplinar. “La razón de ser del simbolismo es abrir la multiplicidad del sentido sobre la equivocidad del ser” (Ricœur, 2006, p. 65). La anterior afirmación de Ricœur condensa las ventajas que ofrece este recurso para relacionar, funcional y discursivamente, instancias que interesan de forma capital a esta empresa. Lo anterior, claro está, sin renunciar a la dirección analítica de los estudios estructurales.
La hermenéutica será, pues, un espacio conveniente para inscribir la pregunta por la naturaleza del poema y su comprensión. El interés por el sentido de los discursos permite concretar, en la poesía, la inquietud por la interpretación y, además, advertir la proximidad de este propósito con aquel que se despliega frente a otros escritos eminentes, como el jurídico y, especialmente, el sagrado. Tanto el poema como el enunciado religioso presentan, a los grupos humanos que los juzgan valiosos, el reto de esclarecer un sentido que trasciende su lectura inmediata. Se trata, en ambos casos, de textos que requieren una elucidación o una mediación interpretativa para resolver su equivocidad, adoptar un sentido confuso o enmarañado entre otros, y aplicarlo como posibilidad vital. En ambos casos, se trata de discursos cuyos enunciados son de naturaleza simbólica, justamente aquello que la festividad arriba señalada familiariza en su apertura de sentido.
Los estudios literarios experimentaron, gracias a la aparición de la lingüística, un notable avance en el análisis riguroso de las estructuras y los mecanismos internos del texto poético: la ciencia de la lengua suministró potentes herramientas de observación a quien de tal modo procedió al análisis y a la explicación del poema. Pues bien, aspectos como la descripción textual y su funcionamiento, la búsqueda de su especificidad discursiva, los modos interpretativos adecuados para el poema y la validación de los juicios críticos sobre la lírica han sido, entre otros, asuntos que han gozado de especial atención en las investigaciones literarias recientes, y que también son tenidos en cuenta en este trabajo. Aunque la afirmación de Ricœur surge al interior de una reflexión sobre el discurso, ella estimula, justamente por cuanto evoca, la conciencia de la lengua en un nivel que excede lo puramente sistemático y lo proyecta hacia el mundo como decir que supera la clausura inmanente del texto.
La producción lírica ha acompañado, a lo largo de la historia de Occidente, diferentes celebraciones afines a bienes y valores sociales, por ejemplo, el dolor por la partida de un ser querido (trenos, elegías, endechas), el regocijo por la unión de una pareja (epitalamios), la expresión de la admiración que despierta una persona (encomio), el festejo de un triunfo (epinicio), así como diversos asuntos que merecen ser cantados (odas). Por equivalencia, el poeta ha sido visto como ser privilegiado, como protagonista de un entusiasmo o enajenación transitoria que lo pone en contacto con la palabra primigenia, como ser inspirado por las musas para realizar sentido a través de la palabra: un hacedor que, mediante su obra, libera el leguaje a su potencia más prístina. Con el paso del tiempo, estos postulados han contribuido a crear la imagen del decir extraordinario que encarna la poesía. Ejecutantes públicos del poema, como melopoios,2 juglares, trovadores y recitadores, sirven de intérpretes a la potencia ceremonial y espectacular de la lírica, una dimensión que en nuestro medio se manifiesta en autores y eventos en los que igualmente se celebra la poesía. De este modo, una concepción ritual del poema como la que se insinúa encuentra en tal dirección una posibilidad de exploración a la luz del concepto de reocupación de la liturgia por los actos de apropiación y recepción de la lírica.
Uno de los tópicos que integra el horizonte de expectativas en el que se recibe socialmente la obra lírica está dado por el valor solemne atribuido a la palabra poética. La lectura del poema es precedida por gestos de dicción ceremonial –titubeante o grandilocuente, por lo mismo–, que obedecen al recogimiento y a la intensificación de la atención en razón de su particular valor simbólico y la consecuente expectativa frente a la predicación. Estamos ante un caso en el que se abandona la univocidad ordinaria imperante en la enunciación discursiva, para dar paso a un decir de amplias posibilidades en la atribución de sentido. El poema genera una apertura de sentido, a la que se suma la explotación de recursos expresivos de la lengua, como la forma y el sonido, que, en este caso, adquieren un singular valor significativo. El poema altera los modos ordinarios y automáticos de percepción, y propone al destinatario una predicación inusual o, cuando menos, un reto interpretativo del sentido que entraña.
Pero, hay que recordarlo, el poema no es solamente un acto, también es texto –discurso fijado por la escritura, en palabras de Ricœur (2006a, p. 127)– y, en esa medida, susceptible de análisis como realización de lengua. Obra de arte literaria que puede ser estudiada en su inmanencia. Palabra, signo, significado y semiótica representan una de tantas cadenas de explicación posibles para la naturaleza de la estructura del texto lírico. Naturaleza que debe ser abordada con el ánimo de encontrar además, en este nivel, los rasgos celebrativos del poema. En suma, tenemos dos dimensiones del poema, como texto y como acto, que dan lugar a sendas exploraciones en busca del carácter celebrativo del mismo.
La filiación hermenéutica del asunto presentado promueve la búsqueda de referencias al poema como fiesta del lenguaje en otros autores de esta disciplina. En el trabajo de Hans-Georg Gadamer, por ejemplo, desempeña un papel destacado la poesía como escrito eminente; no obstante, en su libro Poema y diálogo (1999a) no encontramos específicamente un desarrollo relativo a la celebración en este sentido. La noción de fiesta es importante para Gadamer y surge en diversos pasajes de su obra; la emplea –relacionada con el juego– para la presentación de la experiencia estética y también aporta reflexiones valiosas sobre la misma para la actual inquietud; sin embargo, se trata de aspectos que aún deben ser referidos específicamente a la obra poética.
Asimismo, en este orden de ideas, conviene señalar que en la obra de Martin Heidegger no existe un tratamiento específico del poema en los términos de la idea enunciada; pero, sin duda, hay allí un filón importante para respaldar el desarrollo de la búsqueda propuesta. Por su parte, autores como Jean Bollack, José Manuel Cuesta Abad, Ángel Luis Luján Atienza, Richard Palmer, Fernando Romo Feito y Péter Szondi han publicado obras que tienen por objeto el texto literario o el poema, en una perspectiva que incluye asuntos como la definición del género literario, la caracterización o la interpretación del mismo, entre otros temas fundamentales, pero no bajo la influencia del régimen festivo.
Algo similar ocurre en el campo de los estudios literarios, donde es preciso reconocer la existencia de una amplia bibliografía dedicada a la definición del género lírico, a la determinación de su naturaleza, objeto, modos enunciativos y valores miméticos. Si bien en estos textos el poema es caracterizado como obra literaria y se revisan las vicisitudes de su constitución genérica, la concepción del mismo como fiesta no pasa de ser, en el mejor de los casos, una alusión. Teorías sobre la lírica como la coordinada por Fernando Cabo Aseguinolaza (1999), elaboraciones de corte histórico como la de Gustavo Guerrero (1998), estudios sobre los rasgos de la lírica moderna como los de Hugo Friedrich (1959) o el de Robert Langbaum (1996) aparecen al lado de revisiones críticas sobre el análisis de textos literarios, como la de José Domínguez Caparrós (2001), o, del mismo modo, reflexiones didácticas más recientes, como la de Terry Eagleton (2010) y Ángel Luis Luján Atienza (2007), en las cuales se busca responder a la pregunta ¿cómo se lee un poema? Son todos ellos escritos que si bien aportan a este libro, no se pueden presentar como esfuerzos basados en una concepción del poema desde el concepto de celebración.
Ahora, para el caso del poema como acto comunicativo, se destaca la publicación de monografías importantes firmadas por José María Paz Gago (1999) y, nuevamente, Luján Atienza (2005). Allí se diseña un elaborado esquema pragmático para el estudio de la poesía, pero la naturaleza celebrativa es un aspecto que aún espera desarrollo o realce. Desde esta perspectiva, cabe mencionar la vertiente que ofrecen los estudios sobe la comunicación, pues allí se obtienen herramientas que aumentan los rendimientos de esta y otras vías de estudio anteriormente reseñadas. Es similar el caso de la estética, cuyos aportes despejan un componente lúdico de la experiencia de la obra de arte, que es aprovechado para el caso del poema.
En un contexto más cercano, la investigación Oficios del goce (2000), realizada por Enrique Yepes, aporta una aproximación a la poética y la política del goce en la América hispana durante la segunda mitad del siglo XX, un referente del beneficio que puede obtenerse al estudiar el campo cultural y literario de la acción poética. En este texto, además de revelar estimulantes instancias del concepto central de su propuesta: “Tal es la demanda del goce: develar lo excluido” (Yepes, 2000, p. 38), el autor activa un nivel oficiante de la poesía, que resulta afín a la perspectiva de esta investigación, aunque en una dirección de aplicación específica. Yepes puntualiza su propuesta con el análisis de obras como las de Alejandra Pizarnik, Cristina Peri Rossi, Renée Ferré y Gioconda Belli, además de movimientos poéticos como el nadaísmo y situaciones de marginalidad en la ciudad de Medellín.
A su vez, el poema, visto como experiencia, da lugar a una perspectiva que permite articular varios de los enfoques hasta el momento referidos, para proyectarlos a la concepción del mismo como celebración. La propuesta de Robert Langbaum (La poesía de la experiencia, 1996) se ocupa del papel que ha cumplido, para la concepción de la lírica moderna, el concepto de Erlebnis (experiencia) y también, en términos generales, el papel del Romanticismo en la constitución del género. Dichos abordajes son revisados en este texto, atendiendo reformulaciones y desarrollos más recientes, de los que resulta en principio claro que esta vía constituye una posibilidad vigente e ineludible para el estudio de la producción poética contemporánea.
Por último, es preciso señalar el camino sugerido por el profesor José Luis Villacañas, quien, en el seminario doctoral impartido en la Universidad EAFIT, partió de la obra de Max Weber para indicar una relación importante con el trabajo de Hans Blumenberg en el rastreo del valor celebrativo en la Modernidad. Celebración, liturgia, secularización y sociedad son nociones tratadas en dichas obras que, si bien no están referidas de manera específica al poema, enriquecen indudablemente el recorrido y la respectiva aplicación contextual del mismo en el ámbito hispanoamericano, a través de aportes como los de Octavio Paz y Rafael Gutiérrez Girardot. La puerta que se abre en esta dirección no solo revela un vínculo fértil entre estética y teología; también obliga a hacer un sondeo para dar mayor profundidad y peso al concepto de liturgia. La obra de Blumenberg (La legitimación de la Edad Moderna, 2008), y otras como las de José Manuel Bernal Llorente (Celebrar, un reto apasionante. Bases para una comprensión de la liturgia, 2000) o Cesáreo Bandera (El juego sagrado. Lo sagrado y el origen de la literatura moderna de ficción, 1997), constituyen las fuentes para el desarrollo de este aspecto.
El panorama cognitivo anteriormente descrito permite ubicar la presente labor en el espacio teórico de las humanidades. El desarrollo de la visión celebrativa del poema en este ámbito propicia el trazo de vínculos de pertinencia con diversas disciplinas para las que la obra lírica constituye un caso insigne de realización estética, un modelo en el que puede observarse el complejo entramado de las operaciones desplegadas para obtener sentido por medio del lenguaje y las implicaciones generadas para actividades de valor simbólico al interior de las actuales comunidades.
Las investigaciones sobre el texto han permitido iluminar la estructura y el funcionamiento interno de objetos que desempeñan un papel central en la cultura de Occidente. Esta tradición es, sin duda, fundamentalmente textual, y el estudio inmanente de los discursos fijados por la escritura ha consolidado una vía expedita para dotar de peso los rendimientos cognitivos de las humanidades. La transmisión de saber a través de este medio y la manera como se permite tal sucesión encuentran en la literatura un tipo de realización central para la tradición occidental. Frente a esta circunstancia, tanto la interpretación como la apropiación del sentido que entraña el poema se definen como operaciones importantes en la experiencia de los sujetos que participan de un proceso de altos rendimientos semánticos, simbólicos, artísticos y existenciales. En este marco, el caso particular del poema y su proposición como ocasión celebrativa, permite obtener conclusiones sobre el modo como este tipo de creaciones incrementan las posibilidades del lenguaje y cumplen un papel específico en la vida de las sociedades.
Este trabajo atiende igualmente a un panorama teórico al interior del cual se renueva la pregunta por el estatuto de la lírica actual, entendiendo por tal un escenario en el que el estructuralismo y la semiótica se reconocen como aproximaciones que han ocupado un lugar en la historia reciente del estudio del poema, pero que aquí atenderán, de la mano de otros acercamientos, a aspectos de la obra poética que refuerzan el papel de los sujetos que intervienen en el acto y las experiencias que este supone al interior de una comunidad. En Palabras en el cuerpo. Literatura y experiencia (2007), Laura Scarano no duda en llamar a este momento “la segunda revolución del lenguaje poético”, y advierte algunas de sus características así:
En un repaso del giro efectuado por la teoría literaria –y especialmente en las discusiones en torno al género–, podemos advertir que ya no se trata de leer poesía sólo para identificar inventarios de tropos o estructuras de relaciones diferenciales, sino de atender al hecho retórico, más allá del dicho, con una atención especial por los discursos que lo cruzan, producen y despliegan. No nos alcanza hoy con contemplar el texto sólo como “artefacto” o “monumento”, o bien entenderlo como “permutación constante” de otros textos en la serie, consagrado a un juego endogámico e incesante de signos lingüísticos, sino que necesitamos advertir las torsiones que sujetos históricos en culturas específicas le imprimen (2007, p. 73).
El estudio del discurso poético, la pregunta por el decir del poema como discurso, se aborda tanto en las reflexiones sobre la interpretación como en los avances de la filosofía del lenguaje y los estudios de la comunicación. Los resultados obtenidos en estos campos amplían las posibilidades de aproximación a una teoría de la lírica y, al mismo tiempo, estimulan la visión del poema como acto cualificado de transmisión y provocación de experiencias. Tal vez sea este modo vicario de relacionarse con el mundo el que mayores utilidades ofrece al advertir la relación entre celebración y liturgia. El poema como acto festivo permite, además, abordajes en los que se constata un espacio de sacralidad reocupado por la poesía en las condiciones históricas de la Modernidad y su proceso de secularización. Es esta una respuesta que, en cualquier caso, encuentra un lugar de pertinencia en los estudios sociales, históricos y de recepción de los textos líricos.
Al referir el ámbito cognitivo y las herramientas teóricas empleadas en la tarea propuesta, es necesario recordar la importancia aglutinante de los esfuerzos y recursos que aportan las humanidades. En esta tradición, la Poética (1974) de Aristóteles funda las posibilidades de un estudio que identifica materia, partes, funcionamiento y relación con los destinatarios del arte con palabras. Pero, igualmente, establece un modelo de autorreflexión para la creación, en un tratado que aspira a describir el quehacer poético y alcanza efectos modélicos, prescriptivos, que, por extensión, han dado lugar a esfuerzos equivalentes para la lírica. Este tipo de aproximación nutre la actual tarea y la pone en condición de obtener beneficios adicionales, si se recuerda que el poema es algo más que un artefacto lingüístico.
Conviene anotar que recientes concepciones del estado y del rumbo próximo de la literatura señalan la importancia de abrir el canon tradicional, de modificar el paradigma de estudio vigente hasta el momento, con el propósito de recuperar pertinencia y funcionalidad en el ámbito humanístico. Además, dicha apertura busca abarcar objetos de creación verbal que escapan a los postulados actuales del canon literario y que constituyen ocasiones de experiencia poética (baste mencionar, como ejemplo de este giro, el reciente otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a la obra de Bob Dylan). Para Jean-Marie Schaeffer, es posible constatar que “a menudo se oyen quejas de que la poesía ha perdido público. Sin embargo, a mi entender, ningún estudio cuantitativo viene a corroborar esta afirmación, e incluso todo hace pensar lo contrario” (2013, p. 14). Esto lo afirma asistido por los resultados de investigaciones que incluyen la reflexión estética y admiten la posibilidad de una crisis en los estudios literarios, pero no en las prácticas literarias, propendiendo, igualmente, por esfuerzos de recepción y valoración más amplios.
La hermenéutica moderna –vale decir, filosófica y de corte fenomenológico–, que tiene en Gadamer y Ricœur a dos de sus más notables teóricos, aporta pues las bases de la construcción interpretativa que presenta al poema como celebración. Tal elaboración articula acciones descriptivas, analíticas y formales con esfuerzos de comprensión, aplicación y proyección del poema tanto al individuo que participa de este como al mundo que refiere y al grupo humano en el cual se encuentra. Se articulan, por tanto, estos desarrollos con las propuestas de otros autores que se han ocupado de la interpretación de la obra literaria, del poema o de la categoría fiesta, para discernir aspectos relativos al papel del sujeto que participa del acontecimiento literario, explicando, comprendiendo, interpretando o aplicando sentido. En suma, participando.
El recorrido descrito se cumple de acuerdo con el siguiente orden: el capítulo 1 del libro está destinado a la presentación del concepto de fiesta y su aplicación al lenguaje. Allí se expone el contexto en el que surge la calificación del poema como un caso de apertura máxima de sentido que, en razón de tal particularidad, debe articularse a la celebración. La obra de Ricœur es la base de una construcción que busca desarrollar las implicaciones hermenéuticas de la expresión referida y su relación con el discurso. La noción primaria de fiesta y sus implicaciones inmediatas son expuestas en esta primera sección. Además, el estudio de la relación entre metáfora y símbolo permite identificar la particularidad de los discursos simbólicos, entre los cuales la celebración tiende un puente: poesía y religión. Esto ayuda a entender por qué la acción interpretativa adquiere aquí relevancia, al propiciar la promoción de sentido. En esta cadena reflexiva se incluye a la función poética del lenguaje y a las facultades de percepción del destinatario del poema, para derivar hacia el planteamiento del vínculo entre lo sagrado y lo poético.
Tales facultades y comportamiento del destinatario del poema dan lugar al segundo momento de este escrito. La relación entre el texto y el lector, entre el acto y el partícipe, entre la fiesta del lenguaje y el celebrante es el tema inicial del capítulo 2, en el que se presenta el problema de la constitución genérica de la lírica para establecer el horizonte de recepción que prefigura el comportamiento del destinatario. Su competencia lingüística, orientada al mundo, se estudia en la tradicional división entre razón y emoción, logos y pathos, y el consecuente esquema de clasificación del rendimiento cognitivo que, en este caso, presenta separadamente tipos de pensamiento. Los conceptos de sacro y de fiesta permitirán establecer un modo de valoración de la experiencia estética, y por extensión, de la experiencia poética, para, finalmente, articular los aportes de los estudios de la comunicación al esfuerzo por entender la celebración desde el destinatario del poema.
En el capítulo 3 se atiende a la advertencia sobre el papel que desempeña el Romanticismo en la definición de la lírica moderna. Este linaje romántico, expuesto en la reconstrucción del género que se adelantó en el capítulo 2, se explora en los postulados generales de su formulación alemana y en los aportes específicos de algunos de los autores vinculados a dicho movimiento. La relación entre arte y religión propuesta por esta poética y su radical desembocadura en una equiparación surgen, consecuentemente, como recurso apropiado para atender a la celebración identificada en el poema. La versión anglosajona del movimiento también se estudia en este capítulo, con un doble propósito: primero, lograr la incorporación, a la pregunta central, del tratamiento de la experiencia y el valor del monólogo dramático como categorías líricas; y segundo, concebir la modulación cultural del Romanticismo a otros contextos. Esto último se lleva a cabo al cierre del capítulo, con el análisis del modo como se recibe dicho influjo en Hispanoamérica y la manera como el modernismo adquiere valores similares para la poesía escrita en este campo.
Tanto el estudio de las competencias y la acción del destinatario del poema como los aportes del Romanticismo que contribuyen a perfilar la naturaleza de la lírica moderna confluyen en elaboraciones y reflexiones como las provocadas por el impulso del juego. El capítulo 4 se ocupa de los aportes teóricos de una tradición y de un autor como Friedrich Schiller, para abrir un espacio en el que resulta posible conciliar rendimientos cognitivos respecto de la obra de arte y del poema, y, además, para establecer el valor de la función lúdica. En este horizonte conceptual, el pensamiento romántico fija una base comprensiva a la reflexión que la hermenéutica de Gadamer aporta sobre el papel del juego, tanto para las ciencias del espíritu como para las artes y la poesía. Su trabajo hace un enlace efectivo con la fiesta y sugiere una exploración de la función lúdica a la que este escrito no es indiferente. De este modo, se hacen más claros el vestigio religioso del poema, el ritual de cada fiesta y la forma propia de su realización: la celebración.
Identificar la relación entre religión, fiesta, juego y poesía permite ampliar el concepto de celebración como modo apropiado para la recepción del poema; por ello, el capítulo 5 aborda el origen sagrado de la lírica y explora la continuidad de este rasgo en la tradición occidental. Esta parte del libro se ubica en la coordenada cultural referida al cambio que implica la desacralización o mundanización provocada por la emergencia de la racionalidad. Los planteamientos de Friedrich Nietzsche resultan útiles para ilustrar este cambio y también para concebir el origen míticoreligioso de la creación poética. De igual modo, se amplía el contraste entre la actitud religiosa y la irreligiosa, para extender el provecho de tal oposición a la lírica y sugerir el rasgo festivo de la misma como vestigio secularizado de un valor inicialmente religioso.
El último capítulo presenta al poema como liturgia laica. Para ello se retoma el concepto de secularización, entendiendo su destacado papel en la definición de la Edad Moderna; se presenta el valor del paso del ámbito sagrado al laico en la comprensión de acontecimientos históricos y se precisa su carácter funcional. Además, centrando la atención en los polos del proceso que interesa a este libro, la ubicación de la religión en la cultura permite caracterizarla como sistema de símbolos y compararla con el poema en el contexto de la Modernidad. Así, la relación entre mito, rito y lenguaje adquiere, en este capítulo, el relieve necesario para articular a la concepción del valor litúrgico del poema los aportes de la pragmática. De este modo, se despliegan tres pasos necesarios para lograr el propósito del capítulo y del libro: la secularización adquiere el carácter de cuestión hermenéutica, la teoría de la liturgia es revisada para extender sus rendimientos a la poesía y se amplía el vínculo entre creación y lenguaje simbólico.
La celebración del poema, la propuesta del modo festivo como acción adecuada al mismo, constituye la ampliación atenta de una atribución que incluye el aspecto textual y factual de su objeto, las actividades y la energía desplegadas por los partícipes, y los elementos constitutivos del poema que se han ido decantando en la tradición occidental. Pero esta perspectiva no constituye una vía cerrada frente a la poesía; tampoco se trata de un modelo interpretativo o de lectura con propósitos prescriptivos. El poema, como acontecimiento en el que el lenguaje está de fiesta, el desarrollo de esta concepción, es, sí, una invitación a precisar la vigencia de la lírica, a promover la reflexión sobre el tema y la lectura de obras que propician una experiencia que no resulta exagerado asumir como litúrgica.
1. La fiesta del lenguaje
Lenguaje, discurso y lírica
En el poema, el lenguaje se emplea de modo inusitado. Un modo que difiere de las demás ocasiones en las que el sujeto hace uso de las posibilidades que le ofrecen las palabras para expresar sus pensamientos o emociones. Dicha peculiaridad ha sido caracterizada de muchas maneras y, casi siempre, por oposición a una generalidad que, a su vez, ha dado lugar a observaciones sobre las condiciones del uso ordinario. Aquello que resulta frecuente establece un patrón de empleo que no solo permite el entendimiento entre quienes hacen parte de una misma comunidad, sino que también determina el horizonte de recepción en el cual se identifica lo inusual o extravagante de la lírica.
La creación artística con palabras, para emplear una de tantas definiciones de la poesía, es emprendida por una subjetividad que extrema la naturaleza misma del material con el que obra, en un contexto para el que dicho acto resulta, cuando menos, original. Tal realización, como posibilidad lingüística actualizada por un individuo que pretende expresar o expresarse, debe ser tenida por manifestación discursiva, fruto de un modo especial que caracterizaremos como “festivo” o “celebrativo”.
En el ensayo “La estructura, la palabra, el acontecimiento”, Paul Ricœur (2006b, p. 75) aborda la discusión sobre el papel del estructuralismo, con la intención de llevarla al campo de la lingüística, para apreciar la validez y la vigencia de este tipo de análisis. Para comenzar, presenta las condiciones bajo las cuales tiene fortuna el enfoque estructural (cuando trabaja sobre un corpus cerrado, establece inventarios de elementos, crea relaciones de oposición entre esos elementos y fija una combinatoria entre ellos). Luego, señala cómo el éxito de esta empresa deja por fuera la “comprensión de actos, operaciones y procesos constitutivos del discurso” (Ricœur, 2006b, p. 75). Así, el enfoque estructural llega a oponer lengua a discurso. A continuación, Ricœur hace un bosquejo de las investigaciones que, gracias a la mediación de la palabra, pretenden superar la antinomia estructura/acontecimiento (sistema/acto). Su interés, por supuesto, apunta a esta antinomia, pues allí se encuentra el núcleo de la propuesta dialéctica que tanto le importa desarrollar: la cuestión de la apertura de sentido del texto y la comprensión del mismo.
El título del artículo anuncia la polaridad que el autor francés está interesado en reducir y el concepto sugerido como puente para realizarlo (entre la estructura y el acontecimiento, la palabra). El enfoque estructural consolida la pretensión cientificista del estudio de la lengua, pero al hacerlo se cierra sobre sí y deja por fuera la ejecución individual del habla, el decir, la libre combinación y la exterioridad vinculada mediante la enunciación. En esta dirección, Ricœur recuerda que el lenguaje, al fin y al cabo, dice algo y dice algo sobre algo a alguien, y que no es objeto, sino mediación. De allí que el sujeto, en el decir, supere los límites del signo, para expresarse y expresar las cosas (Ricœur, 2006b, p. 80). Surge la invitación a pensar el lenguaje como la relación entre lo que el estructuralismo separó: lengua (como estructura) y habla (como acontecimiento). Este vínculo o intercambio ocurrirá cuando se pase de la lengua a la unidad que constituye el enunciado y que establece propiamente una función: el decir.
A propósito de los ámbitos sobre los cuales Ricœur tiende este puente dialéctico, cabe anotar que el presente escrito incluye tanto al texto como al acto poético, con el fin de abarcar en su desarrollo el discurso fijado por la escritura, objetivado como estructura textual, y el acto poético, como acontecimiento enunciativo.
La dupla conceptual sentido y referencia también hace parte de la secuencia expositiva que se desprende de la oposición que estamos siguiendo. Dichas nociones se presentan como propias del nivel discursivo, características del enunciado, y se relacionan así: “Este avance del sentido (ideal) hacia la referencia (real) es el alma misma del lenguaje” (Ricœur, 2006b, p. 82). Conviene hacer esta mención ahora, porque tales planteamientos soportan la explicación que Ricœur ofrece en “Acerca de la interpretación” (incluido en Del texto a la acción, 2006a), al ocuparse del funcionamiento del texto literario y su referencia indirecta, e igualmente sirve de base a varias de las proposiciones que se formularán en el siguiente apartado (“Enunciado metafórico y discurso simbólico”).
En el segmento final de su ensayo “La estructura, la palabra, el acontecimiento”, Ricœur trata el paso de la estructura al acontecimiento (2006b, p. 83). Comenta, además, lo inevitable de la antinomia entre estos dos conceptos, como un primer momento para la activación de un pensamiento constitutivo de mayor provecho: una concepción gracias a la cual puedan relacionarse los dos puntos de vista, una perspectiva que permita superar la visión de estas vías como procesos excluyentes, de cara a una articulación complementaria de las mismas. Así resume la tarea y presenta la mediación:
Se trata, entonces, de hallar instrumentos de pensamiento capaces de dominar el fenómeno del lenguaje, que no es ni la estructura, ni el acontecimiento, sino la incesante conversión del uno en el otro por medio del discurso (Ricœur, 2006b, p. 84).3
Es viable, entonces, ubicar el punto en el que la palabra, entendida como realización subjetiva de la potencialidad del sistema, con sus posibilidades de enriquecimiento semántico, aparece en el discurso y, adicionalmente, la manera como el contexto será el encargado de estimular o restringir la polisemia. Este aspecto genera, en consecuencia, discursos de vocación unívoca, en los que se limita o reduce dicha riqueza, o también discursos con apertura y pluralidad de sentido. En este segundo grupo encontramos las realizaciones de tipo simbólico, pero en particular la más radical de ellas, aquella que, al interior de la literatura, explota decididamente dicha posibilidad: el poema. Ricœur completa su exposición valiéndose del ejemplo del texto lírico que, por ser tal, resulta más ilustrativo. De este modo,
el poema permite que se refuercen mutuamente todos los valores semánticos; más de una interpretación estará, entonces, justificada por la estructura de un discurso que autoriza la realización simultánea de las múltiples dimensiones del sentido. En síntesis el lenguaje está de fiesta (Ricœur, 2006b, p. 89).
Ricœur apela a la naturaleza de la fiesta para caracterizar y diferenciar el modo como opera el sentido en el poema. Cabe recordar que este mismo autor ha tratado la polisemia del lenguaje, explicando el tránsito de la semiología a la semántica, del signo al uso. Así, una palabra, en un momento dado, en un estado del sistema, tiene más de una significación. Pero, aclara Ricœur, “hay un proceso de nominación, una historia del uso, que tiene su proyección en la sincronía, bajo la forma de polisemia” (2006b, p. 88). Lo anterior supone, para la palabra, la capacidad de ganar nuevos sentidos sin perder los anteriores, y es este proceso el que se proyecta sobre el sistema como pluralidad de significados. Pero tal acumulación de valores de uso encuentra regulación en la mutua limitación de los signos, una ley que Ricœur reconoce para el lenguaje en general y que denomina “polisemia regulada”: “Las palabras tienen más de un sentido, pero no tienen un sentido infinito” (2006b, p. 88).
En el texto original, Ricœur emplea una vez más la expresión “Bref le langage est en fête” (1967, p. 819) (en síntesis, el lenguaje está de fiesta),4 y lo hace en el último párrafo del artículo, cuando presenta el surgimiento del decir en nuestro hablar como una peculiaridad que ocurre en dirección opuesta a la del sistema, a la del signo y sus unidades, una dirección que lleva a superar la clausura del lenguaje. Este autor advierte la importancia de ocuparse de aquello que está más allá del límite de los signos. Allí, afirma, se encuentra “lo esencial del lenguaje” (2006b, p. 90). Y se trata de una vía de estudio en el plano del discurso, donde palabra y oración se cruzan, donde surge el decir en el hablar. Ricœur identifica este fenómeno como una apertura del lenguaje y señala como la mayor muestra aquella que se da cuando el “langage est en fête” (1967, p. 819), en el poema.
Ricœur es consciente del peso ontológico de otras búsquedas relativas al habla y al lenguaje; en el texto, previamente ha mencionado trabajos como los de Martin Heidegger y Mikel Dufrenne (2006b, p. 90). Teniendo en cuenta esto, señala, primero, las acciones del pensador, del poeta y del profeta, que realizan el lenguaje para decir el ser; y segundo, el proceso de nominación, por el cual las palabras “operan la captura de algún aspecto del ser, por una suerte de violencia que delimita aquello mismo que la palabra abre y descubre” (Ricœur, 2006b, p. 90). Se trata de palabras como las del poeta y el pensador, recalca, que “muestran y dejan ser lo que encierran en su cerco” (Ricœur, 2006b, p. 90). Dos matices que se deben sumar a la acción de apertura del leguaje y a la calificación de la misma como festiva. La tradición aporta referencias que ayudarán a definir el tipo de fiesta al que social e históricamente aparecen vinculados sujetos como el poeta y el profeta.
Alejandrina Falcón, traductora del texto de Ricœur al español en la edición del Fondo de Cultura Económica, evitó repetir la expresión “langage est en fête”, que el autor emplea para concluir la versión francesa del artículo, y prefirió introducir, en su remplazo, “lenguaje celebrativo” (2006b, p. 91). La fiesta, o estar de fiesta, supone una excepcionalidad en el modo de concebir el tiempo y la experiencia, según las actividades ejecutadas por el sujeto individualmente y en sociedad. Son actividades que determinan un patrón o una regularidad, y que fijan, consecuentemente, esta naturaleza también para el tipo de comunicación empleado en tales situaciones. Esta modificación de lo ordinario es el rasgo inicial que permite la comparación con el poema, pues en él, como en la fiesta, el uso o el funcionamiento habitual del lenguaje encuentra una extrañeza provocada por la excepcionalidad de la actuación.
Pero hablar de lenguaje celebrativo comporta matices adicionales que, además, evocan solemnidad. Esta expresión ha sido acogida en escritos anteriores y es utilizada en el desarrollo de la presente exploración; por tal motivo, es necesario hacer algunas precisiones sobre ella. La primera tiene que ver con la vigencia del término en el ámbito religioso, su uso admitido y frecuente para referir actos cuya configuración apunta a la búsqueda de un sentido que trasciende nuestra condición rutinaria y mundana. Para el rito católico, por ejemplo, el “lenguaje celebrativo” alude a las diferentes formas litúrgicas empleadas en las ceremonias que constituyen simbólicamente una expresión de fe. Atendiendo al sentido histórico de la celebración lírica, tenemos un matiz litúrgico en la experiencia poética que no resulta ajeno a la tradición occidental judeocristiana en el ritual de la Iglesia católica. En tal contexto, la oración, la conmemoración, los sacramentos requieren de la participación celebrativa de los fieles. El lenguaje celebrativo se encuentra presente en los modos o procedimientos que suponen todos los actos formalizados por medio de los cuales los miembros de la Iglesia se ponen en contacto con Dios. En el rito, el lenguaje también es celebrativo. Su institucionalización en los sacramentos es la forma que permite la participación religiosa de un individuo que aspira a trascender, mediante la celebración, su condición particular e individual.
José Manuel Bernal Llorente, al ocuparse de la morfología de la celebración –en desarrollo de una fenomenología de la celebración litúrgica–, hace un rastreo filológico del término, para luego cargarlo con sentido religioso. Veamos: “La palabra latina celebrare proviene de la raíz celeber y del griego kellw’ que significa empujar, impulsar” (Bernal, 2000, p. 14); y más adelante afirma: “Sin embargo, vinculada la expresión al lenguaje sagrado, evoca la idea de algo público y frecuente; algo sagrado, solemne, venerable, festivo” (Bernal, 2000, p. 14). La influencia de estos modelos en la configuración y la realización de otros actos solemnes no eclesiásticos (sociales, jurídicos o políticos) se tiene ahora en cuenta para el caso del poema, como un esfuerzo por tratar y revelar aspectos de la vida que difícilmente se traducen al lenguaje.
Si, además, se revisan los significados de esta palabra para orientar el alcance de la expresión comentada, cabe anotar que la primera acepción registrada para fête (fiesta) en un diccionario como Le Robert, atento también al uso coloquial de los vocablos, es “Solennité religieuse célébrée certains jours de l’année” (solemnidad religiosa que se celebra en ciertos días del año) (Le Robert Micro, 1998, p. 552). Mientras que, en nuestro ámbito lingüístico, el Diccionario de la lengua española contempla, como segunda acepción, para la palabra fiesta, lo siguiente: “Día que una religión celebra con especial solemnidad dedicándolo a Dios o conmemorando un hecho o figura religiosos” (Real Academia Española, 2014). Tenemos, así, un matiz litúrgico en los significados del término, que de manera inevitable se hace presente en la alusión al poema como lenguaje celebrativo.
Asimismo, es bueno precisar que, en Colombia, al hablar de fiesta, inevitablemente su carácter es vinculado a los contenidos de la acción festiva. En este caso, es pertinente recordar que, en este contexto cultural, la diversión (jolgorio o regocijo) aparece como temática fuertemente asociada al ambiente festivo, pero este es apenas uno de los matices de la celebración. Tanto el motivo laudatorio como el luctuoso son materia celebrativa. Aquello que constituye el contenido de una festividad puede tener origen en diversas situaciones o hechos que, gracias a un proceso colectivo de valoración, se convierten en asuntos dignos de ser actualizados, mediante el lenguaje celebrativo en general; de ahí la ventaja de utilizar esta expresión para cubrir el espectro de posibilidades.
La relación entre los términos utilizados para referirse a esta particularidad del discurso poético (fiesta o celebración) también puede aclararse vinculándolos como conceptos con una dependencia funcional. De este modo, se puede proponer la correlación de un sustantivo que alude a un acto y de un verbo que designa la acción por medio de la cual se realiza esa posibilidad; esto permite afirmar, de la fiesta, que ella se celebra.
Una subordinación como esta hace evidentes, además, la presencia y la necesidad de sujetos que efectúen la acción celebrativa. La fiesta no es algo dado, requiere de celebrantes que la practiquen. Recordemos que, en el caso del poema, el lenguaje adquiere esta condición gracias, justamente, a la presencia de una subjetividad en función discursiva hacia otros.
Para insistir en este punto y ampliar el análisis del rasgo celebrativo del poema, conviene reparar en que Ricœur afirma que, en este género literario (Ricœur, 2006b, p. 89), es el lenguaje el que está de fiesta. El autor evita el término lengua, que estaría del lado de la estructura, del sistema, del objeto de estudio y descripción positivista, y, en su lugar, prefiere utilizar la palabra lenguaje, que incluye la expresión del sujeto como partícipe. Ya ha sido claro este autor al señalar que el enunciado, el discurso, el surgimiento del decir en dirección hacia el mundo (Ricœur, 2006b, p. 91), es la orientación conveniente para entender la apertura de la que se ha venido hablando. De este modo, la poesía asume la vocación del lenguaje como decir y lo ubica en el nivel del discurso, discurso poético, que permite relacionar el texto y el acto poéticos.
Es importante tener en cuenta que la fiesta del lenguaje se ha predicado de un tipo de discurso opuesto a otros más bien didácticos, cuya vocación no es la polisemia, ni la apertura, ni la revelación de algún aspecto del ser. Así pues, el resultado de este contraste nos permite hablar de dos tipos discursivos: discursos para los que la univocidad es aspiración distintiva y discursos simbólicos que constituyen casos de apertura del lenguaje.
En el ensayo “La metáfora y el símbolo”, incluido en Teoría de la interpretación (2011, p. 58), Ricœur ofrece apreciaciones valiosas para comprender mejor las modalidades discursivas, sus características y las relaciones existentes entre el discurso poético y otros discursos de vocación simbólica. La pluralidad de sentidos es, como se vio, una particularidad de los discursos simbólicos, y Ricœur la aborda nuevamente al ocuparse de la relación entre dos categorías productoras de tal condición: la metáfora y el símbolo.
Para el caso de la metáfora, este autor retoma la explicación tradicional que identifica en ella la existencia de un sentido literal y un sentido figurado en tensión con el primero. La metáfora establece una interacción de significaciones que, como recurso esencial, permite definir la obra literaria así: “Obra del discurso que se distingue de cualquier otra obra del discurso, especialmente del científico, en cuanto a que vincula un sentido explícito con uno implícito” (Ricœur, 2011, p. 59). Aquí se encuentra la riqueza semántica como rasgo diferenciador de la obra literaria que, además, reclama para sí una acción de recepción interpretativa.
Se tiene, de este modo, al poema por muestra ejemplar de la obra literaria y a los discursos simbólicos en general como enunciados que resultan de un modo subjetivo de enunciación, opuestos en su proceso de significación a discursos como el científico. Ello da lugar, en consecuencia, a dos maneras de utilizar el lenguaje para referir la realidad. Tal división es ubicada históricamente por Ricœur así: “Dentro de la tradición del positivismo lógico esta distinción entre el sentido explícito y el implícito fue tratada como la distinción entre el lenguaje cognoscitivo y el lenguaje emotivo” (2011, p. 59). Bajo la influencia de esta distinción, nos recuerda Ricœur, se considera al lenguaje cognoscitivo –y los discursos que lo emplean– como el adecuado para dar cuenta del mundo y su experiencia, en razón de la verificación que puede hacerse mediante los sentidos del contenido de sus enunciados; mientras que al lenguaje emotivo –y los discursos simbólicos, en particular la poesía– se atribuye un contenido ambiguo, indemostrable y, por estar arraigado en las emociones de un sujeto, en oposición al mundo externo.
La identificación de la razón y la emotividad como facultades perceptivas y su primacía e idoneidad para dar cuenta de hechos, ideas y sentimientos mediante el lenguaje constituye un recurso frecuentemente empleado para determinar la naturaleza de lo expresado y su valor cognitivo. Ricœur (2011, p. 59) utiliza este camino para proponer a la metáfora como fuente de significación cognitiva posible, y extiende tal exploración al símbolo. La investigación del poema como lenguaje celebrativo encuentra en este factor una categoría relevante para su desarrollo, al enfrentarse, por ejemplo, al análisis de la conducta que debemos adoptar ante el poema: conocer, analizar, describir y explicar, o experimentar, sentir y abandonarse a su sentido. Las humanidades y los estudios literarios también han sufrido el influjo positivista, que pide de sus resultados valores equivalentes a los de las ciencias naturales y exactas, aportes sometidos al dualismo excluyente ahora citado. Se insistirá en dicha disyuntiva en los capítulos 2 y 3.
Enunciado metafórico y discurso simbólico
Los desarrollos teóricos sobre la metáfora se fundan, inicialmente, en la retórica tradicional, para la cual esta es un tropo que traslada el sentido literal o recto de una palabra a otro figurado, gracias a una comparación subyacente. Uno de los logros de Ricœur ha consistido en reubicar el estudio de la metáfora, al proponer un cambio de nivel respecto de la concepción clásica de la misma; se trata del paso del plano de las palabras al de la oración como unidad lingüística, y lo formula en los siguientes términos:
La metáfora atañe a la semántica de la oración antes de que se relacione con la semántica de la palabra. Y ya que la metáfora sólo tiene sentido en una expresión, es un fenómeno predicativo, no denominativo (Ricœur, 2011, p. 63).
Esta dinámica predicativa, que le permitirá a Ricœur hablar de “metáforas vivas” –que dan lugar a una innovación semántica– y “metáforas muertas” –o establecidas y naturalizadas como expresiones hechas–, opera nuevamente en el cruce entre palabra y oración, en el decir discursivo que abre la festividad del lenguaje. Porque, más que estar frente a la tensión entre dos sentidos propuestos por el enunciado metafórico, estamos, como partícipes, en el conflicto de dos interpretaciones: la de primer nivel –literal y acaso extravagante– y la de apertura, del que surge una atribución predicativa innovadora.
Tal concepción aporta una dirección al enunciado metafórico, esencial por demás para la creación poética, que pone de manifiesto un destino libre al decir, más allá de la coerción sistemática de la lengua. El poema es discurso simbólico marcado por la subjetividad, y en dirección opuesta al confinamiento del sistema de signos, es abierto y con vocación de alteridad. Así describe Ricœur la acción interpretativa que da lugar a una innovación semántica para enriquecer lo ordinario, al decir algo nuevo sobre la realidad:
La interpretación metafórica presupone una interpretación literal que se autodestruye en una contradicción significativa. Es este proceso de autodestrucción o transformación el que impone una especie de giro a las palabras, una extensión del significado, gracias a la cual podemos comprender cuando una interpretación literal sería literalmente disparatada. De ahí que una metáfora aparezca como un tipo de réplica aguda a una cierta inconsistencia en la expresión metafórica literalmente interpretada (Ricœur, 2011, p. 63).
Así, cuando Jorge Gaitán Durán escribe “el alba / me cae entre las manos como una naranja roja” (2004, p. 46), predica del comienzo del día, y de tal experiencia, algo que no resiste una interpretación literal –la inexistente condición táctil del alba sobre la cual se erige una similitud con la fruta–, pero que en la apertura a otro tipo de interpretación sí proyecta una nueva extensión de sentido –sobre los efectos del tiempo, el cromatismo, la forma solar, la fruición y los atributos relativos a dicho suceso– hacia una descripción inusual y valoración novedosa del amanecer.
El cambio de ubicación en el nivel de estudio de la metáfora permite reafirmar su familiaridad con el símbolo y, en consecuencia, con otras manifestaciones discursivas de carácter simbólico. Ante tal proximidad, Ricœur (2011, p. 66) señala dos circunstancias que dificultan su estudio: primero, los símbolos pertenecen a muchos y muy diversos campos de interés (entre sus ejemplos cita a la poética y a la religión); y segundo, reúnen, en su naturaleza, dos dimensiones: una dimensión lingüística y una no lingüística. Para la primera dimensión, es posible identificar una estructura de significación que vincula un sentido de orden primario a uno de orden secundario. Para el segundo espacio, el no lingüístico, el símbolo dirige su sentido lingüístico a algo de naturaleza mundana y diversa; he ahí la dificultad que Ricœur aborda por la vía metafórica. Esta dirección equipara las manifestaciones del discurso simbólico, en particular dos que esta investigación sabrá resaltar: la poesía y la religión. Manifestaciones que resultan similares, inicialmente, en una vocación: entrañan una invitación dinámica a sus partícipes, para buscar sentido a través del lenguaje simbólico.
El patrón metafórico del enunciado en tensión interpretativa “puede tomarse como el modelo para la extensión del sentido operativo en cada símbolo” (Ricœur, 2011, p. 68), y es allí donde se presenta el excedente de significación, que da lugar al carácter festivo o celebrativo del lenguaje. El reconocimiento de un sentido literal, como ocurre en la metáfora, permite ver el aspecto de los símbolos que tiene cabida en la semántica del lenguaje. La certidumbre de una interpretación literal nos muestra que
para aquel que participa del sentido simbólico, realmente no hay dos sentidos, uno literal y el otro simbólico, sino más bien un solo movimiento, que lo transfiere de un nivel a otro y lo asimila a la segunda significación por medio del literal (Ricœur, 2011, p. 68).
Esta participación interpretativa coteja el significado novedoso con lo conocido y lo hace como innovación predicativa. La extravagancia lírica, que inicialmente surge de manera ruidosa en la literalidad, adquiere pertinencia en el proceso discursivo, en el discurrir poético, mediante el modo celebrativo.
En el poema de Gaitán Durán, el alba referida sirve de articulación a una concepción fatal del tiempo, en la que la sucesión diaria exceptúa su condición agónica para conceder al sujeto la palabra, el decir poético. Allí, las características del rutinario transcurso vital, del día, de la noche y de aquello que experimenta el yo lírico se presentan de un modo que si bien parte de referencias conocidas por todos, requiere del intérprete una disposición significativa que trascienda del nivel literal (en el que no es posible que el alba caiga en las manos como una naranja) al simbólico, para que el enunciado metafórico obre como celebración en el horizonte que le es propio.
Así pues, la fiesta del lenguaje requiere una acción participativa que históricamente resulta equivalente para actos discursivos como el poético y el religioso, casos de lenguaje simbólico cuyos aportes, en un primer nivel, pueden ser literalmente comprendidos, pero que mediante la enunciación proponen, en una apertura proyectada sobre la novedad, una significación inusual que se revela en la interpretación. Esta proyección del símbolo se da sobre aspectos del mundo y nuestra experiencia, que interesan a diferentes métodos y proyectos que, también de manera diversa, aspiran a dar una forma comunicable a sus apreciaciones o hallazgos.
En el nivel no semántico, pues, la función simbólica está atada a actividades no simbólicas o, incluso, prelingüísticas. Afirma Ricœur que
lo que pide ser llevado en símbolos al lenguaje, pero que nunca pasa a ser lenguaje completamente, es siempre algo poderoso, eficaz, enérgico. Parece ser que el hombre está aquí proyectado como un poder que ha de existir, y que ha de ser discernido indirectamente (2011, p. 76).
El símbolo relaciona el discurso con el mundo y con la vida, mientras que la metáfora ha construido su historia a partir del logos; la relación entre la forma y ese algo poderoso que pide ser llevado al lenguaje determina la dirección propia de la celebración y establece la vía ritual. Por oposición al discurso ordinario, en el poema se crean nuevas configuraciones de lenguaje y, por tanto, “nuevas formas de ser en el mundo, de vivir en él y de proyectarle nuestras posibilidades más profundamente íntimas” (Ricœur, 2011, p. 73). El discurso poético encuentra en la metáfora, en el enunciado metafórico, un instrumento idóneo para revelar, en él, aspectos significativos del mundo; el discurso religioso hace lo propio mediante el lenguaje celebrativo vuelto liturgia. Ambos siguen la dirección abarcadora del símbolo, ambos disponen una interpretación que proporciona lo que el lenguaje rescata en la tensión entre forma y poder.
En otro de sus textos, “Acerca de la interpretación” (2006a, p. 15), Ricœur explica la manera como el mundo del texto interviene en el mundo de la acción, para darle nuevas formas y, así, transfigurarlo. Es posible estudiar el modo como las obras discursivas, en particular las que hemos presentado, configuran un “horizonte de realidad nueva” (Ricœur, 2006, p. 26). Y tal conocimiento se obtiene a través de la metáfora, pues en ella se puede apreciar “la conjunción de los dos momentos constitutivos de la referencia poética” (Ricœur, 2006, p. 26). Para asimilar la manera como se configura este horizonte de realidad, es preciso detenerse en el estudio de las relaciones entre las expresiones lingüísticas y aquello que aluden, puntualmente en la referencia poética, para indicar los momentos que se conjugan en ella, y ampliar así la comprensión del talante celebrativo.
Es constitutivo de la referencia poética el momento que está dado por la función referencial disimulada o “referencia indirecta”, fruto de la suspensión del valor descriptivo de los enunciados. La manera habitual de aludir al mundo y decir su verdad mediante la descripción se modifica en la poesía gracias al “juego complejo del enunciado metafórico y de la transgresión regulada de los significados usuales de nuestras palabras” (Ricœur, 2006, p. 26). Este aspecto ya fue mencionado al tratar la polisemia, señalada como potencia del lenguaje celebrativo, y es la que ahora permite hablar de realidad o verdad, referidas por el enunciado poético en términos que no obedecen a la coherencia lógica ni a la comprobación empírica de enunciados pertenecientes a otras manifestaciones discursivas.
Ricœur sitúa, en esta propiedad, el prestigio de la poesía, pues demuestra su capacidad de llevar al lenguaje “aspectos de lo que Husserl llamaba Lebenswelt [Mundo de la vida] y Heidegger In-der-Welt-Sein [Estar-en-el-mundo]” (Ricœur, 2006, p. 27). Y, de paso, ayuda a entender la amplitud del concepto de experiencia, que en este caso va más allá de la experiencia empírica y de su representación a través del lenguaje mediante información concreta y verificable. Se dan, así, importantes posibilidades cognitivas que, en razón de la apertura de sentido que fue caracterizada como festiva, son obtenidas por una vía diferente a la constatación práctica del positivismo lógico, que opone lenguaje cognitivo a lenguaje emotivo y reserva para el primero la posibilidad de alcanzar valores de verdad.
El otro momento constitutivo de la referencia poética se presenta en lo que Roman Jakobson denominó función poética del lenguaje. A esta noción se llega gracias al análisis de los factores que intervienen en un acto de comunicación: destinador, destinatario, código, mensaje, contexto y contacto. Jakobson propone, según el predominio práctico de alguno de estos elementos en los enunciados que realizan la comunicación, las siguientes funciones correspondientes: emotiva, conativa, metalingüística, poética, referencial y fática (Jakobson, 1981, p. 358).
La función poética supone un tipo de enunciado que hace énfasis en el mensaje. Así, para el tipo de comunicación en el que ella predomina, opera un desplazamiento de la atención habitualmente prestada al contexto referencial y se dirige en este caso al mensaje mismo. La función referencial prima en usos del lenguaje como el descriptivo y, por tanto, la suspensión de la relación entre discurso y realidad ordinaria, en favor del énfasis descrito para la función poética, completa la especial conjunción de los momentos constitutivos de la referencia en el discurso poético. Ricœur lo caracteriza así: “Podríamos decir que un movimiento centrípeto del lenguaje hacia sí mismo sustituye al movimiento centrífugo de la función referencial. El lenguaje se celebra a sí mismo en el juego del sonido y del sentido” (2006a, p. 26). Tenemos, pues, una nueva mención a la celebración, caracterizada tanto formalmente como funcionalmente con respecto a la referencia poética y que, además, amplía el sentido de la predicación festiva para el poema.
En otro escrito suyo, La metáfora viva (2001), Ricœur adelanta una reflexión sobre la metáfora y la referencia, con argumentos que permiten hilar con mayor provecho la explicación de la condición del enunciado poético, su referencialidad y la utilidad de la noción de función poética en la concepción celebrativa del poema. El autor francés reconoce la importancia del aporte de Jakobson al valorar la función del lenguaje correspondiente al énfasis en el mensaje por sí mismo. Enfatiza, además, que el predominio de esta no hace el poema, no define el poema. El análisis de la función poética es apenas “un momento preparatorio de la determinación del poema en cuanto obra” (Ricœur, 2001, p. 295) y, otra advertencia importante, su prevalencia no excluye la presencia de las demás funciones. Así, en los diferentes géneros poéticos es posible identificar la función comentada como predominante, pero en interferencia con otras funciones en jerarquías variables. Jakobson aporta los ejemplos de la poesía épica, que implica la función referencial; la poesía lírica, vinculada con la función emotiva; y la poesía de segunda persona, en la que cumple un papel importante la función conativa (Jakobson, 1981, p. 359).
Los aportes lingüísticos de Jakobson también le sirven a Ricœur para señalar, en la función poética, el modo como se relacionan los dos órdenes fundamentales de construcción del enunciado: la selección y la combinación. Según este principio, el lenguaje opera mediante dos acciones básicas que dan lugar a sendos planos generadores de la secuencia lingüística. Así, para elaborar un mensaje, se ponen en juego dos ejes de actuación: de un conjunto de términos que guardan entre sí una relación de semejanza paradigmática, se selecciona uno para combinarlo con otros con los que se establece, por contigüidad, el sintagma. Pero este proceso constante en la comunicación es modificado por la función poética del lenguaje, pues ella “proyecta el principio de la equivalencia del eje de selección al eje de combinación. La equivalencia pasa a ser un recurso constitutivo de la secuencia” (Jakobson, 1981, p. 360). De este modo, los elementos que componen la secuencia (sílabas, acentos, sonidos, rimas, repeticiones) se tornan equivalentes y, al hacerlo, llaman la atención sobre sí, sobre el mensaje mismo.
El efecto de la función poética sobre la referencia poética se produce, según Jakobson, gracias a que “la equivalencia de sonido, proyectado en la secuencia como su principio constitutivo, envuelve inevitablemente una equivalencia semántica” (Jakobson, 1981, p. 379) y provoca un sentimiento de comparación para establecer igualdad o desigualdad entre estas instancias. Surge, por tanto, ya en palabras de Ricœur, una referencia desdoblada. Así la describe:
La equivalencia semántica inducida por la equivalencia fónica entraña una ambigüedad que afecta a todas las funciones de la comunicación; el emisor se desdobla (el yo del héroe lírico o del narrador de ficción); igualmente, el destinatario (el vosotros del destinatario supuesto en los monólogos dramáticos, en las súplicas, en las epístolas). De aquí la consecuencia más importante: lo que sucede en poesía, no es la supresión de la función referencial, sino su alteración profunda por el juego de la ambigüedad (2001, p. 296).
En virtud de esta condición, se da igualmente un desdoblamiento de los sujetos, que resulta característico del poema y que permite sugerir una pluralidad lúdica afín a la festividad. El yo del poema se libera de su enunciación autoral y biográfica, para abrir posibilidades de reocupación, que han dado lugar a nociones como ficción lírica, sujeto poético o reflexiones sobre las personas del poema. Pero esta condición también invita a considerar, como se hará hacia el final de este libro, el estatuto pragmático del poema y la participación del lector. Es bueno aclarar, por ahora, que en esta reduplicación de factores en la lírica, hay una marca relacional y de participación del lenguaje celebrativo.
Se puede añadir que tal manera de presentar la fusión de la significación poética con su vehículo retoma, además, el tópico caracterizador del género que resalta en este tipo de textos la relación entre sonido y sentido como rasgo del poema; la idea del mismo como creación de lenguaje, en la que el sonido se vincula con el sentido o, igualmente, del poema como obra oscilante entre estos dos factores.
La prolongación del sentido en el sonido instaura, a su vez, la recurrencia, la vuelta sobre sí, el versus que, como dinámica lírica, da lugar a una recepción expectante que, además de seguir la secuencia horizontal del enunciado, activa la atención sobre la verticalidad del mismo (para confirmar o defraudar lo esperado). El ciclo garantiza una mayor atención sobre el enunciado en sí y provoca un tiempo de vuelta, de permanencia y contemplación, para una acción celebrante que despliega una temporalidad autónoma y retornante similar a la del juego.
Pero la relación semántico-sonora5 también da lugar a concepciones que presentan al poema como creación autorreferencial, que encuentra su fin en sí misma y cuya dinámica centrípeta reduce el impulso de remisión hacia el mundo. En este orden de ideas, la poesía se autoproclama, no tiene remisión exterior y depende por completo de las relaciones entre sus unidades internas. El énfasis en esta dirección confinaría al poema a la condición exclusiva de artefacto lingüístico, concebiría únicamente su potencia sígnica y renunciaría a la vocación enunciativa, que reconocemos en él como un tipo de creación verbal que dice algo a alguien acerca de algo. Se ha fijado la idea (Ricœur, 2006b, p. 89) del poema como lenguaje simbólico cuya apertura significativa modifica, como ocurre en la fiesta, el hábito discursivo del comportamiento habitual. Y es en esta medida en la que se puede calificar tal dirección como sintética, por oposición a la dirección analítica, que tiende hacia el sistema. En aquella dirección, el poema llama formalmente la atención sobre sí, pero se refiere al mundo, lo dice y revela más allá de la descripción.
Pues bien, conviene insistir, de nuevo con Ricœur, que la equivalencia entre sonido y sentido surgida de la función poética produce una duplicación de las instancias del poema que no anula la referencia, sino que la desdobla, la hace ambigua. Uno de los principales alegatos contra la referencia poética se basa en la imposibilidad de verificación empírica de la misma, pero tal postulado proviene del positivismo lógico, que resulta incompatible con la naturaleza de la poesía. En principio, es necesario establecer la literalidad del enunciado para trascender la referencia tradicional y emprender la apertura hacia el decir propio del poema. Así, para Ricœur, “la suspensión de la referencia, en el sentido definido por las normas del discurso descriptivo, es la condición negativa para extraer un modo más fundamental de referencia, que la interpretación tiene que explicitar” (2001, p. 302). El lenguaje está de fiesta cuando se suspende la referencia descriptiva que rige el discurso ordinario y se libera este otro tipo de referencia poética.
Sucede aquí algo similar a aquello que acontece a Gadamer cuando se pregunta por el modelo de conocimiento propio de las ciencias de espíritu y advierte la inconveniencia de aplicar a ellas el método de las ciencias naturales. Al comienzo de Verdad y método (Gadamer, 1999b, p. 143), en la elucidación de la cuestión de la verdad desde la experiencia del arte, Gadamer hace que el juego le sirva de vehículo para abordar el saber humanístico, su especial condición, posibilidad, proceso y rendimiento. Para el caso del enunciado metafórico, los conceptos de verdad y realidad, que rigen desde el punto de vista positivo la comprensión de la referencia, no resultan suficientes al momento de explicar el caso del lenguaje poético. De allí la importancia de acompañar la reflexión de Ricœur en este sentido.
Ya se había anotado la tensión interpretativa presente en el enunciado metafórico entre, primero, un sentido literal, que resulta ser, en ese nivel, una predicación inconsistente (que inicialmente se debe establecer como tal) y, segundo, la referencia desdoblada, que surge como incremento de sentido y supone una innovación respecto del modo de presentación habitual de la experiencia. Ahora se aprecia que el estudio de la metáfora revela la necesidad de una acción interpretativa que explicite la referencia desde la identificación de la ambigüedad y lleve a cabo el despliegue de la visión novedosa del mundo. El análisis del enunciado metafórico permite ampliar la concepción de la referencia y facilita la proposición de una universalidad para ella que, en palabras de Ricœur, le “viene asegurada [la universalidad] del poder organizativo del lenguaje y, más generalmente, de los sistemas simbólicos” (2001, p. 305).
Por esta vía, se erige una propuesta de la denotación generalizada, que establece similitudes para las artes en general y para un lenguaje celebrativo tan arraigado como el de la liturgia, sobre el que este recorrido plantea una relación histórica. Northrop Frye, citado por Ricœur en La metáfora viva, dice del poema que no es un enunciado ni verdadero ni falso, sino hipotético (Ricœur, 2001, p. 302). Ricœur, por su parte, señala que tal hipótesis poética, a diferencia de la matemática, es la proposición de un mundo sobre el modo imaginativo. Y se hace estas preguntas:
¿Puede haber una vida virtual sin un mundo virtual en el que sea posible vivir? ¿No es función de la poesía suscitar otro mundo, un mundo distinto con otras posibilidades distintas de existir, que sean nuestros posibles más apropiados? (Ricœur, 2001, p. 303).
Tal promoción de sentido, posibilidades y mundo, que ha sido calificada como festiva o celebrativa, es similar y es algo prefigurado, secularizado y emulado del rito religioso. Cuando el lenguaje está de fiesta, como en toda fiesta, se abren las posibilidades mundanas al curioso, al necesitado, al fiel y al invitado. La fiesta llama la atención sobre su ocurrencia y exhibe sus formas, proclamando la excepcionalidad de su naturaleza, para luego proyectar a los celebrantes hacia ganancias de sentido sobre el mundo, que no han sido cubiertas por un procedimiento como la descripción.
En la ruta discursiva del enunciado, que ha servido tanto para validar el estudio de la metáfora y de lo simbólico como para establecer una relación entre la expresión y a lo que esta alude, se establece ahora la pertinencia de la hermenéutica como campo de reflexión para abordar este problema. De conformidad con dicho esfuerzo y con el recorrido efectuado, Ricœur afirma lo siguiente:
En el discurso metafórico de la poesía, el poder referencial va unido al eclipse de la referencia ordinaria; la creación de la ficción heurística es el camino de la redescripción; la realidad llevada al lenguaje une manifestación y creación (2001, p. 316).
Este es el resultado del paso del análisis estructural y sistemático de unidades sígnicas al acontecimiento enunciativo, al discurso en dirección sintética, que une las partes al todo, que identifica redes metafóricas y proyecta el decir hacia el mundo para redescubrirlo. El poema y su celebración desarrollan una experiencia de la realidad, en la cual inventar y descubrir dejan de oponerse, en donde crear y revelar coinciden.
El estudio de la referencia poética, de la acción interpretativa suscitada y de su papel en la comprensión de la fiesta del lenguaje pone de manifiesto la configuración y la elaboración de la que es objeto el discurso en tanto creación verbal. Con el poema, se está frente a un tipo discursivo que ha sido producido como obra, un trabajo específico de composición le ha dado origen y lo presenta como unidad acabada de sentido. Igualmente, esta elaboración se ajusta o subvierte, según sea el caso, a los códigos que definen el género en el cual se inscribe dicha producción y que establecen principios de composición y recepción. Finalmente, tal producción, adscrita a un género, deviene una obra singular, un estilo. Estas categorías permiten aclarar el valor de la acción interpretativa aplicada al poema y Ricœur lo presenta de esta manera:
La hermenéutica no es otra cosa que la teoría que regula la transición de la estructura de la obra al mundo de la obra. Interpretar una obra es desplegar el mundo de su referencia en virtud de su “disposición”, de su “género” y de su “estilo” (2001, p. 292).
Así, entenderemos que la situación en la que el lenguaje está de fiesta se da en un discurso hecho obra –aquello que Ricœur también llama “texto” de manera amplia–, y reconociendo que ella no es necesariamente escrita. De este modo, es posible afirmar que cuando el lenguaje está de fiesta, tal condición se presenta en una obra compuesta, de género poético y con una impronta particular.
Ahora que ha sido establecido el modo como Ricœur predica del poema una dimensión celebrativa o festiva, se retoma la dirección simbólica que le ha servido para clasificar el campo enunciativo de referencia y apertura de sentido al que este tipo discursivo pertenece. Por tanto, resulta comprensible y pertinente señalar la proximidad de esta configuración del lenguaje con otras manifestaciones simbólicas, las expresiones religiosas y las artes en general.
En La metáfora viva, Ricœur (2001) se vale de los desarrollos de Nelson Goodman para superar la oposición entre denotación y connotación, e inscribir la referencia metafórica en una teoría que generaliza la denotación para los lenguajes simbólicos. Bajo el título de Los lenguajes del arte. Una aproximación a la teoría de los símbolos (2010), Goodman se ocupa de los sistemas simbólicos para establecer la manera como, por medio de ellos, los hombres hacen y rehacen el mundo. La relación entre el mundo y las obras es fundamental en su propuesta y se ajusta a la dirección de enunciación, apertura, desdoblamiento y revelación que hemos seguido con Ricœur para entender al poema como lenguaje celebrativo.
Al igual que Ricœur, en este libro se resalta de Goodman la negativa a distinguir entre lo cognoscitivo y lo emotivo como modos absolutos y excluyentes de apropiación de las obras y de la valoración de su rendimiento cognitivo. Goodman aclara que esta arraigada dicotomía ha generado múltiples problemas y formula su postulado sobre la experiencia estética así:
En un lado situamos la sensación, la percepción, la inferencia, la conjetura, la inspección e investigación sensible, los hechos y las verdades; en el otro lado situamos el placer, el dolor, el interés, la satisfacción, la desilusión, todas las respuestas afectivas no cerebrales, el gusto, el desagrado. Esto es una manera muy efectiva de evitar que caigamos en la cuenta de que en la experiencia estética las emociones funcionan cognitivamente. La obra de arte se aprehende a través de los sentimientos y a través de los sentidos (2010, p. 224).
Este enfoque permite “dotar de emociones al entendimiento” (Goodman, 2010, p. 224) y aplicarlo a las manifestaciones simbólicas, en particular al poema. Igualmente, la dicotomía razón/emoción, su proposición y desarrollo histórico, se convierte en un punto importante de estudio para la determinación ontológica del poema y de su acción de recepción.
Desde la mención inicial al lenguaje celebrativo se señalaron las afinidades entre el poema y otras manifestaciones de carácter simbólico: fiesta, juego y sacralidad surgen como categorías que encuentran afinidades en la capacidad con la que buscan y ofrecen sentido. Aspectos como la forma con la que subvierten o modifican la relación de los sujetos con sus experiencias, tiempos y atribuciones significativas; la recepción y la participación en los procesos de realización de las ocasiones festivas; o la identificación de valores históricos y culturales de estas afinidades, que gracias a procesos como la secularización llegan hasta nuestros días, son algunos de los puntos que en los siguientes capítulos este libro aborda para consolidar una visión del poema como celebración.
Antes de continuar el recorrido, es necesario mostrar otras posibilidades de estudio. La relación entre poesía y sacralidad es antigua y aunque no es reconstruida en su totalidad ahora, sí se aprovechan algunos de sus aportes para referirlos al proceso de configuración de la lírica en el sentido propuesto.
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