Kitabı oku: «Tiempo y acontecimiento en la antropología de Ireneo de Lyon»
Juan Carlos Alby
TIEMPO Y ACONTECIMIENTO EN LA ANTROPOLOGÍA DE IRENEO DE LYON
Segunda edición corregida y aumentada

Alby, Juan Carlos
Tiempo y acontecimiento en la antropología de Ireneo de Lyon / Juan Carlos Alby. - 1a ed . - Santa Fe : Universidad Católica de Santa Fe, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-950-844-197-3
1. Patrística. I. Título.
CDD 189.2
© Alby, Juan Carlos, 2016
© Universidad Católica de Santa Fe, 2016, 2021
Echagüe 7151, Santa Fe (s3004jbs),
República Argentina.
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Dirección editorial: María Graciela Mancini
Diseño editorial: Carlos Federico Borra, Matías Ariel Libonati
Edición en formato digital: agosto de 2021
ISBN 978-950-844-197-3
Conversión a formato digital: Libresque

Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Prólogo a la segunda edición
Prefacio a la primera edición
Prólogo a la primera edición Hipótesis de trabajo Estado de la cuestión Límites y método del presente trabajo Versiones y traducciones Plan de la obra
Introducción. La antropología vigente en el siglo II 1. Los Padres Apologetas 1.1 Justino Mártir 1.2 Taciano de Siria 1.3 Atenágoras 1.3 Teófilo de Antioquía 2. Conceptos generales de la antropología gnóstica 3. La singularidad del hombre según San Ireneo
Primera parte. El acontecimiento en la demiurgía divina: creación y alianza Capítulo I. De la materia amorfa al hombre 1. Ejemplarismo y creación en los gnósticos a. La Sombra del Primogénito b. El desbordamiento de lo inteligible c. La cruz y el velo d. El «grano de mostaza» de los basilidianos 2. Ireneo: la dimensión cósmica del acontecimiento 2.1. El recurso a la Escritura 2.2. Per temporalia ad aeterna Capítulo II. Deus quidem facit, homo autem fit 1. La equivocidad del término Ánthropos entre los gnósticos 2. La negatividad de la antropología valentiniana 3. Ireneo: acción y pasión en la relación entre Dios y el hombre Capítulo III. Alianza: la novedad como carne y sangre 1. El «Demiurgo indigente» 2. La epístola de Tolomeo a Flora 3. De la Antigua a la Nueva Alianza 3.1. La Eucaristía de los marcionitas 3.2. La Eucaristía de los valentinianos 3.3. La concepción eucarística de Ireneo
Segunda parte. El acontecimiento en en el centro de la historia: encarnación y pasión Capítulo IV. Encarnación: el acontecimiento como presencia 1. Con «arte inefable» 1.1. Valentinianos itálicos a. La noticia de Hipólito, Ref. VI, 35, 5-7 b. La noticia de Clemente, ET 59, 3/60 c. La noticia de Ireneo, Adv. haer. I, 6, 1 1.2. Valentinianos orientales 2. Encarnación y «novedad» 2.1. La «novedad» según Marción 2.2. La «demora» de Dios 2.3. Vino nuevo en odres nuevos 3. Presencia, experiencia y alteridad Capítulo V. La pasión: universalidad del acontecimiento 1. El testimonio de Ignacio de Antioquía 2. El problema en torno al cuerpo de Jesús 2.1. Solución marcionítica 2.2. Solución gnóstica a. Basílides b. Valentinianos 3. Ireneo: crucifixión y cohesión
Tercera parte. El acontecimiento en la divinización del hombre Capítulo VI. Experiencia de la libertad 1. La concepción de libertad anterior a Ireneo 2. Las concepciones de libertad vigentes en el siglo II 2.1 La libertad según Marción 2.2 La libertad según los gnósticos 2.2.1. Simón el Mago 2.2.2. Valentinianos: gnosis y libertad 3. Ireneo: acontecimiento y libertad 3.1. Libertad y creación 3.2. Libertad y racionalidad 3.3. Universalidad de la libertad 3.4. Los dos sentidos de la libertad 3.5. Libertad y semejanza Capítulo VII. «Donde el hombre se hizo viejo...» 1. El καιρός en la tradición bíblica 1.1. En el Antiguo Testamento 1.2 En el Nuevo Testamento 2. Las concepciones helénica y gnóstica del tiempo 2.1. «Eso que llamamos tiempo...» 2.2. El tiempo como «línea quebrada» 3. Ireneo: el tiempo como principium incorruptelae 3.1. La dimensión escatológica del acontecimiento 3.2. Maduración y recapitulación 3.3. «Un grano de trigo producirá diez mil espigas...»
Conclusiones
Bibliografía
Abreviaturas de los libros de la biblia
Sobre este libro
Sobre el autor
A mi madre, in memoriam
PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
Casi al mismo tiempo en que se publicaba la primera edición de esta obra en octubre de 2006, se daba a conocer al mundo un importante descubrimiento que en 1978 había tenido lugar en el Egipto Medio, precisamente en Mughaga, sesenta kilómetros al norte de Al–Mynia. Dentro de una tumba ubicada en el interior de una cueva, una caja de piedra caliza contenía un ejemplar en papiro del siglo III de un escrito en copto sahídico de El Evangelio de Judas (peuaggelion nïoudas), cuya primera mención en la Patrística acerca de su existencia se debe a San Ireneo. Esta versión en copto había sido traducida de otra que le precedió en griego y su título figura al final del manuscrito. En junio de 2007 se publicó la primera edición del Códice Tchacos, llamado así en reconocimiento a la anticuaria egipcio–suiza Frida Tchacos–Nussberger, quien intervino en la compra definitiva del documento que había atravesado numerosos avatares hasta llegar a sus manos. Este códice contiene los facsímiles de El Evangelio de Judas (33, I–58, 28) e incluye las interpretaciones que acompañan a las versiones inglesa de M. Meyer y F. Gaudard y francesa de R. Kasser.
El Códice Tchacos se inicia con la Carta de Pedro a Felipe (pp. I, I–9, 12) de la escuela valentiniana, es seguido por un escrito denominado Santiago (pp. 10, I–30, 26) y culmina con El Evangelio de Judas.
El Obispo de Lyon en su Adversus haereses concluido en torno al año 180 nos brinda la noticia sobre la existencia de este evangelio en los siguientes términos:
Pero, por el contrario, otros dicen que Caín procede de una potencia superior, y reconocen que Esaú, Coré, los sodomitas y todos estos son sus parientes; y a causa de que fueron atacados por el Creador, ninguno de ellos recibió mal porque Sophía les arrebató para sí misma esta [cosa] que le era propia. Y dicen que este Judas el traidor conocía muy cuidadosamente y era el único conocedor de la verdad entre estos [discípulos], perfeccionado el misterio de la traición por el cual dicen que todas [las cosas] terrenas y celestes fueron disueltas. Y anuncian una ficción de este modo, llamándola Evangelio de Judas.1
La noticia de San Ireneo sobre este Evangelio es la primera que se registra en la literatura de la Patrística. Luego de la descripción de grupos heréticos a los que les adscribe su origen en los seguidores de Simón el mago,2 Ireneo sigue en I, 29 una fuente que consiste en una redacción temprana del Apocryphon Johannis (ApocJn), probablemente de carácter setiano. A continuación, para su descripción de los ophitas en I, 30 utiliza una fuente hoy perdida para nosotros, pero indudablemente común a ciertos documentos setianos, como el Evangelio de los egipcios y Sobre el origen del mundo. Pero a partir de I, 31, abandona el sumario de su enigmática fuente y señala por primera vez las que consultó acerca de los cainitas. Ireneo describe un grupo que tiene como personaje principal al bíblico Caín, seguido por sus «parientes», es decir, los que son de su linaje, y cuyos nombres corresponden a los que tradicionalmente han sido considerado villanos en el Antiguo Testamento: Esaú,3 Coré4 y los sodomitas,5 a quienes el Demiurgo quiso destruir pero fueron salvados por la intervención de Sophía.
La procedencia de Caín de una potencia superior se encuentra ampliamente atestiguada en la tradición judía que hace de Caín el hijo engendrado por Eva con el dios de Israel o con su ángel principal, Sammael.6 Teniendo en cuenta que El Evangelio de Judas pertenece al grupo de los setianos, para quienes Caín es hijo de Sammael, un arconte malvado, no parece correcta la atribución que Ireneo hace de este Evangelio a los cainitas para los que Caín era hijo del Dios superior, motivo por el cual el Demiurgo quiso atacarlo.7 La presencia en El Evangelio de Judas de elementos setianos se deja ver claramente en una de sus expresiones: «Hizo aparecer la generación incorruptible de Set».8 La mención corresponde a la generación depositaria de la tradición adámica ininterrumpida que transmite las enseñanzas gnósticas impartidas por la Serpiente a Adán y a Eva antes de su caída.9
La segunda parte de la noticia de Ireneo contiene un testimonio personal acerca de los materiales con que trabajó y adelanta el contenido del libro denunciado:
Yo reuní también sus redacciones,10 en las cuales exhortan a disolver las obras de Hystera.11 Llaman Hystera al creador del cielo de la tierra, y ciertamente no se salvarán si no pasan por todas [las obras], del mismo modo que dijo Carpócrates. Y un ángel [los] asiste en cada uno de sus pecados y acciones vergonzosas, y el obrante siente [su] audacia y carga en el nombre de un ángel la inmundicia que está en su obra: ´oh, tú ángel, uso tu obra; oh, tú Potencia, realizo tu operación´. Y esto es el conocimiento perfecto: sin temor desviarse en tales obras, las cuales no es lícito mencionarlas.12
No nos es posible saber qué tipo de documentos reunió Ireneo, sea que se trate de un tratado gnóstico o de notas que hacían circular los integrantes de ese grupo cuya conducta libertina relaciona con los gnósticos de Carpócrates mencionados antes en su obra.13 Esta noticia de Ireneo sobre su contenido no concuerda con el texto conocido por nosotros, lo cual ha llevado a G. Wurst a suponer que en la antigüedad existió más de un Evangelio de Judas, porque en el recientemente descubierto no se hace mención a Caín ni a ninguno de los otros antihéroes de la Biblia señalados aquí por Ireneo.14 No obstante, del relato de Ireneo puede quedar en claro que los cainitas leían un Evangelio de Judas y se referían a él para fundamentar el acto de traición de Judas como un misterio, lo que condujo a que éste fuera presentado en tal Evangelio como el discípulo de Jesús «al tanto de la verdad» como ningún otro y que su traición se inscribiera en la visión gnóstica de la historia de la salvación como un momento necesario de «la extinción de todas las cosas, terrenas y celestiales». Ambas ideas están presentes en todo El Evangelio de Judas copto.
A partir de la difusión de la llamada «Operación Judas» conducida por la National Geographic Society, la figura de Ireneo comenzó a ser denostada por la crítica. Entre las acusaciones de sensor del pensamiento disidente del «ortodoxo», sobresalen las de Andrew Cockburn: «El iracundo obispo Ireneo de Lyon atacaba ferozmente todos los puntos de vista […] que diferían de aquellos del pensamiento tradicional de la Iglesia»15 y la de Bart D. Ehrman, quien afirma que las doctrinas gnósticas no corresponden del todo a «las descripciones infamatorias de Ireneo».16
Si bien Ireneo es responsable de la elaboración de una doctrina del Evangelio bajo cuatro formas con un criterio de exclusión de libros que circulaban entre los cristianos dando cuenta de la diversidad del cristianismo primitivo, hay que reconocer que la tradición del Evangelio tetramorfo se remonta más atrás del Obispo de Lyon, tal como lo atestiguan los «Recuerdos de los Evangelios» mencionados por Justino, las «Memorias» de Hegesipo que nos trae Eusebio de Cesarea y el Diatessaron de Taciano de Siria, una armonía de los cuatro evangelios. Además de los sinópticos y el de Juan admitidos por Ireneo, se conocían otros que diferían del género biográfico–narrativo propio de los mencionados y que, en cambio, revestían un carácter dialogado y comunes a ciertas corrientes judeocristianas y gnósticas, tales como el Evangelio de los hebreos, Evangelio de los egipcios, Carta esotérica de Santiago y Diálogo del Salvador. Por otra parte, dentro del género «Evangelio» se incluían escritos más antiguos que los anteriores y que se caracterizaban por contener una serie de palabras de Jesús sin explicaciones biográficas, entre los que cabe mencionar el Evangelio de Tomás y el famoso Documento Q que se encuentra en la base redaccional de los evangelios de Mateo y de Lucas.17
El proyecto antiherético de Ireneo encuentra su base en Justino, quien en su obra perdida Sýntagma había desarrollado un extenso estudio contra las formas de interpretar la enseñanza cristiana que discrepaban de la que él consideraba como la única autorizada. Convocado a Roma por el obispo Higinio (138–142) para estudiar las distintas corrientes que se difundían en la orbe, Justino estableció una suerte de ortodoxia que en realidad respondía a una ortocracia basada en las aspiraciones de episcopado monárquico por parte de Higinio, quien se alejaba así del gobierno colegiado presbiterial de la Iglesia que se había sostenido hasta su antecesor Telésforo (125–136) con el que, no obstante, la tendencia al obispado unipersonal había comenzado a insinuarse.
A Justino debemos la transformación semántica del término háiresis, «herejía», que hasta entonces revestía el carácter moralmente neutro de «elección» por el significado peyorativo de «elección perversa», el cual habría de sostenerse en toda la historia posterior de la Iglesia. Justino también utiliza el término hairesis en el sentido neutro y general, como puede apreciarse en el siguiente texto: «Porque no puedo yo tener por verdadero lo que dogmatiza la que entre vosotros se llama herejía […]».18 Pero como iniciador de la ortodoxia romana emplea la palabra en el sentido técnico que adquirirá a partir de entonces en la historia del cristianismo: «Por lo demás, nosotros mismos hemos escrito una obra contra todas las herejías hasta el presente habidas, la que, si queréis leerla, pondremos en vuestras manos».19 Esta postura filosófica de Justino expresada en su Apología se proyectará más tarde en su Diálogo con Trifón:
Hay pues, amigos, y los ha habido, muchos que han enseñado doctrinas y moral atea y blasfema, no obstante presentarse en nombre de Jesús, y son por nosotros llamados del nombre de quien dio origen a cada doctrina y opinión. Y, efectivamente, unos de un modo y otros de otro, enseñan a blasfemar del Hacedor del universo y del Cristo que por Él fue profetizado que había de venir, lo mismo que del Dios de Abrahán, Isaac y Jacob. Nosotros no tenemos comunión ninguna con ellos, pues sabemos que son ateos, impíos, injustos e inicuos, y que, en lugar de dar culto a Jesús, sólo de nombre le confiesan. Y se llaman a sí mismos cristianos, a la manera en que los gentiles atribuyen el nombre de Dios a la obra de sus manos, y toman parte en inicuas y sacrílegas iniciaciones. De ellos unos se llaman marcionitas, otros valentinianos, otros basilidianos, otros saturnilianos y otros por otros nombres, llevando cada uno el nombre del fundador de la secta, al modo como los que pretenden profesar una filosofía, como al principio advertí, creen deber suyo llevar el nombre del padre de la doctrina que su filosofía profesa.20
De esta lectura se desprende que una gran diversidad de maestros y de enseñanzas precedieron en el tiempo a la concepción considerada como la única verdadera y que pretende basarse sobre la predicación pública de los Apóstoles. De ahí que el criterio ampliamente difundido de que la ortodoxia precede a la herejía resulta anacrónico y erróneo. Por el contrario, el cristianismo surgió como una diversidad que encontraba su unidad en la experiencia comunitaria que se expresaba en diferentes liturgias de tipo iniciático. Desde este punto de vista estamos en condiciones de afirmar que la diversidad fue anterior a la unidad.
En los comienzos del cristianismo, la polémica atmósfera doctrinal estaba conformada principalmente por tres corrientes que, entre otras tantas, se presentaron como diferentes modalidades de la fe en Jesús como Mesías. Por un lado los protocatólicos conducidos por Pedro, a quienes se identifica con el nombre de «los Doce». Por otra parte, los judeocristianos conducidos por Santiago «el hermano del Señor» y, finalmente, los gnósticos, cuya presencia en la Iglesia puede detectarse ya desde la primavera del año 55, fecha en que se escribió la primera Carta a los Corintios, cuyo significativo capítulo 15 denuncia a ciertos cristianos «que no creían en la resurrección de los muertos», mención que constituye una clara referencia a la postura gnostizante de algunos miembros de la Iglesia.21 La carta a los Gálatas menciona a los que hasta ese momento eran considerados «columnas de la Iglesia», a los que Pablo pretende igualarse dividiendo la misión evangelizadora, por un lado, hacia los judíos por parte de Pedro y, por su parte, a los gentiles:
Antes, al contrario, viendo que me había sido encomendada la evangelización a los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, -pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles- y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé para que fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos.22
Santiago, hermano mayor de Jesús, ejecutado por el Sumo Sacerdote Anán según lo testifican Orígenes23 y Eusebio de Cesarea,24 fue sucedido en la conducción del grupo de los judeocristianos por otros que mantenían un vínculo sanguíneo con Jesús, a saber, su primo Simeón Bar Cleophas y Hegesipo, sucesivamente.25
Pedro, por su parte, manifestaba una conducta oscilante entre los judeocristianos de Santiago y Pablo de Tarso, lo que le merece la reprensión de este último mencionada en Ga 2, 10.
Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el menor, tenía en Efeso el centro de su comunidad en la cual se daba una pacífica convivencia con los cristianos gnósticos prerrogativamente personalizados en Judas Tomás, otro de los hermanos mayores de Jesús y autor del Evangelio de Tomás,26 hasta la ruptura que se menciona en las cartas joánicas, especialmente en la primera.27
Hacia el tiempo de la Carta Primera del obispo–secretario Clemente I en la que exhorta a los corintios a guardar obediencia a los presbíteros y diáconos como ministros autorizados para guardar el orden de la comunidad de acuerdo a las enseñanzas paulinas, el reconocimiento de «columnas de la Iglesia» queda reducido a Pedro y a Pablo, lo que va insinuando una tendencia al ya mencionado episcopado monárquico de Roma que se concretaría más tarde en el obispo Higinio:
Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia y sostuvieron combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Apóstoles. A Pedro, quien por inicua emulación hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos […]. Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia.28
Hacia la primera mitad del siglo II, con la actividad apologética de Justino se reforzará esta orientación y el camino quedaría así preparado para la aparición de la obra de Ireneo.
Con las precauciones históricas mencionadas, es preciso que el lector del Obispo de Lyon no se atenga exclusivamente al punto de vista heresiológico y que, lejos de subestimar a los gnósticos como si se tratase de teólogos delirantes influidos por la filosofía pagana y por los antiguos mitos, cobre conciencia de la grandeza y autenticidad metafísica de esta forma de pensamiento que constituye sin duda el primer intento de una filosofía cristiana. De esta manera procedió Clemente de Alejandría algunos años después de Ireneo, cuando con clara perspectiva del valor metodológico y hermenéutico de la exégesis gnóstica de la Escritura se apropió de la palabra gnosis para calificar a la doctrina que se enseñaba en la escuela catequética de Alejandría como la «verdadera gnosis», a diferencia de la «falsa gnosis» denunciada por Ireneo. A pesar del tono antitético del adjetivo «verdadera», el empleo de una palabra tan denostada en el ámbito intelectual cristiano del siglo III implica cierto respeto por sus adversarios.
Al momento de presentar esta segunda edición de Tiempo y acontecimiento en la antropología de Ireneo de Lyon, quiero expresar mi profundo agradecimiento al Dr. Francisco García Bazán por su constante e inspiradora presencia en su enseñanza sobre estos temas, la que nos permite estar constantemente actualizados y atentos a los avances filológicos y literarios acerca del cristianismo primitivo.
Vaya también mi gratitud al Profesor Jaime Moreno Garrido, Profesor Asociado en el Centro de Estudios Judaicos de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, por la aguda y meticulosa reseña a la primera edición de este libro en DIADOJÉ. Revista de estudios de filosofía platónica y cristiana, Vol. 9, Nº 1–2 (2006), pp. 109–114. Recibimos con agradecida admiración sus observaciones y correcciones a punto tal que consideramos indispensable incorporarlas a todas en esta segunda edición.
Finalmente, a las autoridades de la Universidad Católica de Santa Fe en las personas de su Rector, Mg. Arq. Ricardo Rocchetti y de la Secretaria General, Abog. Graciela Mancini, quienes hicieron posible esta publicación.
Juan Carlos Alby
Santa Fe, enero de 2016
1 IRENEO, Adv. haer. I, 31, 1.
2 Cfr. IRENEO, Adv. haer. I, 29, 1.
3 Hijo de Isaac y hermano de Jacob, es rechazado tanto en la tradición veterotestamentaria (Ml 1, 2–4) como en la recepción de la misma en la anónima Carta a los Hebreos (Hb 12, 16–17), por su carnalidad y desprecio por las cosas superiores, puestos en evidencia al vender a su hermano su derecho de primogenitura. Cfr. Gn 25, 27–34.
4 Encabezó una rebelión contra Moisés (Nm 16, 1–40).
5 Su pecado y destrucción se describen con tremenda crudeza. Corrompidos desde el «menor hasta el más viejo», intentaron abusar sexualmente de los ángeles que habían visitado la casa de Lot, por lo cual Yahvé destruyó la ciudad enviando desde el cielo fuego y azufre. Cf. Gn 19, 1–29.
6 Gn 4, 1: «Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín (Qayin), y dijo: ´He adquirido (qanah) un varón con el favor (et) de Yahvé´». Las diversas interpretaciones parten de los posibles significados del lexema et, «cerca de», «con». Según el Targum Palestinense del Pentateuco, documento del siglo I, Adán conoció a Eva que estaba embarazada de Sammael, el ángel más poderoso de la creación, según la exégesis del judaísmo tardo–antiguo. El Génesis Rabbá, comentario palestinense al Génesis redactado en la primera mitad del siglo V, es un midrás exegético de los primeros once capítulos del Génesis y afirma que lo que Adán «conoció» es lo que había hecho la serpiente, ya que sobre aquella vino cabalgando Sammael, quien sedujo a Eva y concibió así a Caín (Cap. XXII). También resulta significativo el capítulo XXI de los Pirké de Rabí Eliezer, documento que afirma lo mismo que los anteriormente citados. Para una traducción de estos textos y un mayor desarrollo de este tema, véase GARCÍA BAZÁN, Francisco, El gnosticismo: esencia, origen y trayectoria, Buenos Aires, Guadalquivir, 2009, pp. 115–123. Sammael es el tercero de los nombres dados al Demiurgo por los gnósticos de ApocJn. II, 11, 19 en la versión larga (Cfr. PIÑERO, Antonio, MONTSERRAT TORRENTS, José, GARCÍA BAZÁN, Francisco, Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi I: Tratados filosóficos y cosmológicos, Madrid, Trotta, 20002, p. 243), Hipóstasis de los Arcontes (HipA.) 87, 2 (Cfr. PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., Textos gnósticos I, p. 377).
7 Esta es la tesis sostenida por April DeConick en The Thirteenth Apostle, London, Continuum, 2007, p. 174. Para una consideración de las distintas opiniones sobre esta cuestión, véase el muy completo estudio de SANTOS, M. Diego, UBIERNA, Pablo, El Evangelio de Judas y otros textos gnósticos. Tradiciones culturales en el monacato primitivo egipcio del siglo IV, Byzantina & Orientalia–Studia I, Buenos Aires, Bergerac, 2009, cap. I. «Las noticias sobre el Evangelio de Judas y su recepción», pp. 17–30.
8 El Evangelio de Judas 49, 5, en GARCÍA BAZÁN, F., El Evangelio de Judas. Edición y comentario, Madrid, Trotta, 2006, p. 56.
9 Cfr. Las tres estelas de Set (NHC VII 5), en PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., Textos gnósticos I, pp. 261–274.
10 Falta el texto griego de la traducción latina que dice eorum conscriptiones: el verbo conscribo significa «escribir juntamente en», «alistar», «enrolar», «reclutar», «escribir», de donde conscriptio se traduce por »redacción», «registro», «libro», «obra», mientras que su plural, «redacción», «texto». Cfr. SEGURA MUNGUÍA, Santiago, Diccionario por raíces del Latín y de las voces derivadas, Bilbao, Universidad de Deusto, 2006, p. 672; MACCHI, Luis, Diccionario de la lengua latina latino–español, español–latino, Buenos Aires, Don Bosco, 1966, p. 115.
11 «Útero», «vientre». Se refiere al Demiurgo.
12 IRENEO, Adv. haer. I, 32, 2.
13 Cfr. IRENEO, Adv. haer. I, 28, 2.
14 Cfr. WURST, Gregor, «Ireneo de Lyon y El Evangelio de Judas», en KASSER, Rodolphe, MEYER, Marvin y WURST, Gregor (eds.), El Evangelio de Judas, Barcelona, National Geographic Society, 2006, 117–118. Sólo en un pasaje del tratado Sobre el origen del Mundo (NHC II, 5 y XIII, 2) 113, 34–114, 5, es posible encontrar un referencia positiva a Caín, al que se lo llama «la Bestia», nombre que se le daba a la Serpiente, la más sabia de las bestias y la que otorgó la gnosis a los hombres. Cfr. PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J. GARCÍA BAZÁN, F., op. cit. I, p. 407; SANTOS, M. D., UBIERNA, P., El Evangelio de Judas y otros textos gnósticos, p. 26.
15 Cfr. National Geographic en español, mayo de 2006, p. 11.
16 Cfr. El Evangelio de Judas, National Geographic en español, edición especial s/f. p. 63.
17 Cfr. GARCÍA BAZÁN, F., El gnosticismo: esencia, origen y trayectoria, p. 159s. y La biblioteca gnóstica de Nag Hammadi y los orígenes cristianos, Buenos Aires, El Hilo de Ariadna, 2013, p. 138.
18 JUSTINO, Diálogo con Trifón (en adelante: Diál.) 62, 3, en: Padres Apologetas griegos (s. II), edición bilingüe completa con versión, introducción y notas de Daniel Ruíz Bueno, Madrid, BAC, 19963, p. 412. En adelante, la paginación remitirá a esa versión española.
19 JUSTINO, 1 Apología 26, 8 (1 Apol.), p. 210. Cfr. Diál. 35, 3; 51, 2 y 80, 4.
20 JUSTINO, Diál. 35, 4–6, pp. 359–360.
21 Cfr. 1 Co 15, 12.
22 Ga 2, 7–9.
23 Cfr, Comentario a Mateo X, 17.
24 Cfr. EUSEBIO de CESAREA, Historia eclesiástica (en adelante: HE) V, 7, 1. Utilizamos el texto bilingüe con versión española, traducción y notas de Argimiro Velasco–Delgado, Madrid, BAC, 19972, HE II, 23, 19–22, T. I, p. 111s.
25 Cfr. las Memorias de Hegesipo en EUSEBIO de CESAREA, HE IV, 22, 4–5,vol. I, pp. 245–246.
26 Papiros de Oxirrinco y NHC II, 1.
27 Cfr. I Jn 2, 19; 4, 2–3.
28 Carta Primera de San Clemente a los Corintios (en adelante: I Clem.) V, 2–3, en RUÍZ BUENO, D., Padres Apostólicos, edición bilingüe completa, Madrid, BAC, 19936, p. 182.
PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN
El pensamiento de los Padres de la Iglesia arraiga en una experiencia vital del misterio cristiano. De ahí la perenne vigencia de sus escritos, que aún en nuestros días concitan la atención de filósofos y teólogos y constituyen el centro de no pocos debates en destacados ámbitos intelectuales.
En tal sentido, analizar la obra de San Ireneo no implica exhumar una pieza literaria proveniente de un pasado obsoleto, como si se tratara de un mero capricho de erudición historiográfica; por el contrario, el contacto con el vigoroso pensamiento de este Padre del siglo II nos hace estar atentos a los signos de una de las preocupaciones religiosas más originarias del cristianismo primitivo. Su lucha contra el gnosticismo constituye un episodio célebre de la historia de las ideas, y revela la importancia que la cuestión de Dios tenía para el hombre de su tiempo.
El momento de la antigüedad tardía en el que Ireneo escribió su monumental tratado anti-gnóstico, constituye un período privilegiado para el investigador, tanto de la historia como de la fenomenología de la religión.
Las páginas que siguen son el resultado de una larga investigación que culminó en nuestra tesis de Doctorado en Filosofía, presentada en la ciudad de Santa Fe en diciembre del año 2005. Esa fatigosa pero apasionante aventura intelectual y espiritual fue posible gracias a un convenio entre la Universidad Católica de Santa Fe y la Universidad de Bari (Italia) que me abrió generosamente las puertas de su Biblioteca de Estudios Clásicos y Cristianos «Santa Teresa dei Maschi», facilitándome así el acceso a las más valoradas fuentes del cristianismo. Por lo tanto, expreso aquí mi más profunda gratitud a los profesores que confiaron en mi para llevar adelante tal empresa, especialmente al Dr. Aníbal Fornari de la Universidad Católica de Santa Fe y a los profesores Costantino Espósito y Paolo Ponzio de la Universidad de Bari. Un párrafo especial para los bibliotecarios Massimiliano Stefanelli, Biaggio Quacquarelli y Maria Pia, quienes no sólo me asistieron permanentemente con su experto asesoramiento, sino que además y con la calidez típica de los italianos del Sur, me brindaron el afecto y compañía que permitieron mitigar mis nostalgias de extranjero. Vaya también mi emocionado agradecimiento a mi directora de tesis, la Dra. Silvana Filippi, por el denodado esfuerzo, rigurosidad y dedicación que puso en la lectura y corrección de mi trabajo; a mi distinguido maestro el Pbro. Dr. Carlos María Aguirre, y al Pbro. Lic. Marcelo Mateo, quienes hace más de un lustro me facilitaron los primeros libros sobre San Ireneo que llegaron a mis manos.
Quiero expresar también mi más elevado reconocimiento a los ilustres profesores que integraron el Jurado de Tesis, a saber, el Dr. Héctor Jorge Padrón, el Dr. Francisco García Bazán y el Dr. Rubén Peretó Rivas, por sus atinadas observaciones que contribuyeron a enriquecer esta obra y por haber recomendado unánimemente su publicación. Hago extensivo este sincero agradecimiento a la institución a la que debo mi formación filosófica, la Universidad Católica de Santa Fe, no sólo por la ayuda económica brindada para esta investigación en la ciudad de Bari, sino también por su generosidad en haber admitido el escrito para su publicación.
Por último, quiero destacar el constante apoyo de mi familia que soportó pacientemente las inevitables ausencias que generaron estas prolongadas vigilias de investigación. No obstante, es preciso aclarar que el tiempo y esfuerzo dedicados resultaron insuficientes ante la profundidad insondable del pensamiento de Ireneo, por lo cual considero necesario advertir al lector que esta obra se encuentra muy lejos de agotarlo. En consecuencia, es oportuno recordar aquí lo dicho por uno de los más sobresalientes estudiosos del Santo, el P. Antonio Orbe: «Ireneo merece un trato delicadísimo, y quizá no llegó aún el día de abordarlo con plena garantía de éxito».
Juan Carlos Alby
Santa Fe, julio de 2006
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
Las nociones de «tiempo» y «acontecimiento» han sido abundantemente tratadas en la historia de la filosofía. La aparición del cristianismo trajo aparejada una comprensión particular de estos términos, abriendo un horizonte de significación que involucra de manera decisiva al hombre, especialmente a partir de lo que conocemos como la Encarnación del Verbo. Esto explica el hecho de que, durante muchos siglos, la antropología se fuera configurando desde la cristología. Por lo tanto, para acceder a la concepción de hombre que está en la base de nuestra tradición cristiana occidental, resulta indispensable indagar en las raíces de ese pensamiento.
Respecto de lo anterior, y para comprender la gravitación que las concepciones de «tiempo» y acontecimiento» tienen sobre la antropología, nos hemos decidido por el estudio de un Padre de la Iglesia, Ireneo de Lyon, quien además de ser considerado el autor de la primera gran síntesis teológica de la historia del cristianismo, es también pionero en la revitalización de una tradición bíblica que, comportando una concepción particular de hombre, había quedado eclipsada en el sincretismo propio del siglo segundo de nuestra era. Ireneo recoge y transmite una tradición remota que lo liga a Juan y a Policarpo de Esmirna, la de los «presbíteros» u «hombres felices» —como los llama Clemente—,1 que estuvieron en contacto con los Apóstoles, y cuya enseñanza el Lugdunense pone por escrito en su monumental obra teológica. Como ninguno de sus predecesores y sucesores, Ireneo recoge el magisterio de Pablo y Juan, quienes al relacionar a Cristo con Adán, colocan al hombre en el epicentro de la historia, introduciendo de manera decisiva la carne y su temporalidad en el ámbito de la salvación. Ireneo vivió en un ambiente filosófico ecléctico que presentaba rasgos similares al de nuestro tiempo. El platonismo, estoicismo y gnosticismo del siglo II presentaban opiniones distintas sobre el tiempo, el hombre y la historia. La metafísica griega, particularmente la platónica, nos había habituado a un pensamiento del acontecimiento tanto más excelso cuanto más distante de lo histórico y lo temporal. Presencia y acontecimiento se excluyen mutuamente como el arquetipo inteligible, el auténtico ser, eterno e inmutable, se distancia de lo particular, contingente y, por ello, apariencial, con lo que resulta inconciliable. Esto conduce a una dualidad antropológica en la que el alma y el cuerpo pertenecen a dimensiones no sólo distintas, sino antagónicas.
El pensamiento actual y especialmente la llamada posmodernidad que se ha mostrado como radicalmente antiplatónica, ha intentado con frecuencia rescatar el acontecimiento, lo histórico temporal y evanescente, no como copia del modelo inteligible inmutable, sino como simulacro, como copia tergiversada y sin original, a fin de liberar lo contingente del yugo de lo inteligible atemporal. Pero entonces, el hombre mismo ha perdido todo sustento, disolviéndose en el fluir contingente de los fenómenos.
Esta crítica que apunta hacia toda forma de trascendencia, hacia la presencia que funda y sustenta, parece pasar por alto que la reflexión precedente no se reduce sumariamente al platonismo y sus variantes. Entretanto el cristianismo introdujo una peculiarísima concepción, irreductible al horizonte griego, donde tiempo, acontecimiento y presencia humana no se excluyen, sino que se implican entre sí. Dios se hace presente en la historia y el acontecimiento central de la misma es el Dios hecho hombre: el misterio de la Encarnación donde lo eterno y lo temporal, el espíritu y la carne, lo trascendente y lo histórico se amalgaman en una plenitud de sentido. El hombre es una unidad, carne espiritualizada, carne atravesada por el espíritu, ser histórico, temporal, contingencia, acontecimiento anclado en una presencia encarnada que excede por doquier la carnalidad perecedera y anónima, pero la requiere y la presupone volviéndola verdaderamente singular. Lejos de anularla, la eleva; sin yuxtaponerse a ella, la impregna, la vivifica en el tiempo aspirando a la permanencia. Ni presencia disociada de la historia, ni acontecimiento desprovisto de fundamento.
Hipótesis de trabajo
La noción de acontecimiento o καιρός está atravesada por las ideas de tiempo y realización. Se trata de un hecho acaecido en el tiempo histórico, humano, que involucra simultáneamente una acción gratuita de Dios en favor del hombre, y una acción libre de este en orden a su plenificación. Es lo que Ireneo resume en su magnífica expresión: Gloria Dei vivens homo. Nuestro trabajo tratará de demostrar que las nociones de creación, alianza, encarnación, salvación, resurrección y consumación que aporta Ireneo, constituyen los καιροί momentos significativos en el tiempo que tienen el carácter único e irrepetible del acontecimiento y, al par, la plenitud fontanal de una presencia encarnada. A la vez, nos proponemos exponer el modo en que este entrecruzamiento unificador es defendido tenazmente por Ireneo de Lyon a través de otras nociones tan importantes como las de «libertad» y «Recapitulación». Por estar referidas al hombre, al que tiene como centro, las enmarcamos dentro de su antropología.
Estado de la cuestión
Acerca de la antropología de San Ireneo se han escrito numerosas páginas, aventajando a todas en el tiempo y en densidad de contenido, las del P. Antonio Orbe.2 La mayoría de ellas enfatizan temas tales como la creación del cuerpo, la imagen y semejanza, la libertad, el pecado y la redención. No obstante, y hasta donde tenemos conocimiento, ninguna de estas obras ha considerado específicamente el tema del tiempo y del acontecimiento, relacionándolos con los tópicos preferenciales de la antropología ireneana.3 Al respecto, hemos realizado algún estudio precedente,4 sin haber agotado el tema. Por consiguiente, en las obras producidas hasta el momento, el desarrollo de los aspectos involucrados en la hipótesis del presente trabajo, ha sido fragmentario y principalmente orientado a propósitos teológicos, no habiéndose destacado suficientemente el valor filosófico que las nociones de tiempo y acontecimiento encierran en el tratamiento del hombre hecho por el Lugdunense.
Límites y método del presente trabajo
Antonio Orbe advierte a los estudiosos de la Patrística acerca de las dificultades que conlleva un abordaje del pensamiento de Ireneo, aduciendo diferentes razones.5 La primera de ellas, es la ausencia de los originales griegos, que no han perdurado ni siquiera en alguna copia completa. Las constantes referencias a esta obra por parte de los heresiólogos de los primeros siglos, han permitido reconstruir el setenta y cuatro por ciento del libro I, que describe la doctrina de los gnósticos, mientras que del libro II —que trae la refutación de las mismas—, sólo se ha recuperado un tres por ciento. Gracias a ciertas cadenas, florilegios y otras citas patrísticas,6 se ha logrado recuperar el once por ciento del libro III, el siete por ciento del libro IV y el diecisiete por ciento del libro V.7 Para fijar el texto de base de los libros IV y V, se utilizó la versión armenia de los mismos, descubierta en 1904 junto a la Demostración de la predicación apostólica, en manuscrito de 1270–1289. Esta versión es más completa, según Orbe,8 que la clásica latina, elaborada durante la segunda mitad del siglo IV.9 Algunos fragmentos hallados en lengua siríaca han contribuido a la retroversión griega de los libros IV y V. A pesar de que estos esfuerzos filológicos han permitido el acceso a un texto que se aproxime lo más posible al original, somos conscientes del límite que esta situación impone a un análisis lexicográfico.
Otra dificultad radica en que la tradición asiática a la que Ireneo pertenece, juntamente con algunos Padres Apostólicos, Melitón de Sardis y Teófilo antioqueno, entre otros, es la más profunda de las corrientes patrísticas y, a su vez, la más cercana a las genuinas intuiciones joánicas y paulinas; pero, al mismo tiempo, es la más ignorada y difícil.10
Otro factor a tener en cuenta es el marco de la polémica antignóstica en el cual se desarrolla el pensamiento de Ireneo, tal como lo sugiere el título de su obra principal: Desenmascaramiento y refutación de la falsamente llamada gnosis,11 conocida como Contra los herejes (Adversus haereses). En efecto, los frentes contra los que principalmente luchó Ireneo están representados por la escuela valentiniana de Tolomeo y los discípulos de Marción. De modo que, para comprender algunas de las más importantes concepciones del Obispo de Lyon, resulta imprescindible tener en cuenta el contexto gnóstico en el cual escribió. Precisamente en esta línea argumentativa, Orbe sostiene que los vacíos dejados por Ireneo en el desarrollo de su pensamiento, hay que llenarlos recurriendo al estudio de sus adversarios.12 Esta situación impone un nuevo límite a nuestro trabajo, al mismo tiempo que permite delinear un método, ya que en cada caso en que se expongan las tesis del Lugdunense, estas serán contrastadas con las posturas gnósticas, de acuerdo a como él las comprendió, sin entrar en valoraciones acerca de la corrección de su juicio con respecto al conocimiento de sus adversarios. Esta apreciación resulta de capital importancia, teniendo en cuenta que la primera teología cristiana fue la resultante de la exégesis gnóstica de la Escritura, y gran parte del pensamiento de los Padres se forjó en la imposición apologética de dar respuestas a los principales exponentes de esta corriente.13
Entre otras características propias de nuestro autor, hay que destacar la originalidad y rareza de su exégesis, tanto en su aplicación a pasajes del Antiguo como del Nuevo Testamento.14 En numerosas ocasiones, la confrontación de Ireneo con sus adversarios toma la forma de un duelo exegético. Por lo tanto, para comprender mejor su pensamiento nos veremos obligados en más de una oportunidad en el curso de nuestra labor a explicitar la interpretación que el Lugdunense hace de ciertos textos bíblicos. No obstante, es preciso aclarar que este trabajo no es un estudio del método hermenéutico utilizado por Ireneo,15 sino de sus concepciones de tiempo y acontecimiento incardinadas en su antropología.
Además, es necesario destacar que todo el pensamiento del Lugdunense se despliega en el horizonte de las economías divinas, es decir, el conjunto de disposiciones por medio de las cuales Dios realiza su plan de salvación.16 Las concepciones principales de Ireneo, tales como «creación», «encarnación», «redención» y «consumación», están investidas de un carácter profundamente histórico y realista, vinculándose unas a otras en el marco de esta cosmovisión económica. Por lo tanto, resulta necesario que nuestro trabajo revele ese carácter del pensamiento ireneano.
Versiones y traducciones
Para el estudio del texto del Adversus haereses nos basamos en la última edición crítica de los libros I a V publicada por Sources Chrétiennes.17 Las referencias a esta obra se harán siempre desde allí, excepto que se indique lo contrario, y se consignarán de acuerdo a su nomenclatura, a saber: libro, capítulo, parágrafo y línea. Disponemos además de la valiosa edición de Harvey, a la que haremos alguna mención en el curso del trabajo.18 En cuanto a las versiones en castellano, trabajamos con la traducción y edición preparada por Carlos Ignacio González,19 teniendo en cuenta, además, las traducciones realizadas por el P. Antonio Orbe para los libros IV y V.20 Contamos también con una versión italiana a cargo de Enzo Bellini.21 Para las citas en castellano, nos referiremos a la versión de C. I. González, salvo en las ocasiones en que se quiera destacar algún término que no aparezca en la citada edición, para lo cual recurriremos a traducciones propias, un poco más literales.
Para la Demostración utilizamos la versión latina de la última edición de Sources Chrétiennes.22 Para las citas en castellano de esta obra, nos referiremos siempre —salvo indicación contraria—, a la traducción española de Eugenio Romero Pose.23
Resultan también de gran utilidad como instrumentos de trabajo, el léxico de Reynders,24 la Patrologia orientalis25 y otros materiales que aparecen en la bibliografía.
Con respecto a las fuentes gnósticas, nos apoyamos en la versión española de los textos gnósticos que componen la Biblioteca de Nag–Hammadi26 y en la selección de textos preparada por Francisco García Bazán.27
Plan de la obra
Nuestro trabajo se organiza en una introducción y tres partes, a saber:
I Parte: El acontecimiento en la demiurgía divina: Creación y Alianza
II Parte: El acontecimiento en el centro de la Historia: Encarnación y Pasión
III Parte: El acontecimiento en la divinización del hombre: Libertad y Consumación
En la introducción se analizan los supuestos fundamentales de la antropología de San Ireneo, ubicándola en el contexto histórico del siglo II. Esto permite destacar la originalidad de su concepción de hombre y, sobre todo, el contraste de la misma con la antropología valentiniana. En la primera parte analizamos el acontecimiento de la creación, tanto de la materia como del hombre, y las cuestiones relativas a la carne y la identidad antropológica que esta confiere. En la segunda, consideramos el acontecimiento que está en el centro de la economía salvífica, es decir, la encarnación de Dios, tratando de ilustrar la manera en que temporalidad y realización se resumen y culminan en una presencia encarnada. Finalmente, orientamos nuestro estudio hacia nociones de capital importancia en la antropología de Ireneo, tales como la de libertad y Recapitulación, en las cuales se destaca la gravitación fundamental del tiempo como locus proprium del acontecimiento. En esta última parte se analiza lo que Ireneo entiende por consumación escatológica, introduciéndonos en su concepción milenarista.
En cuanto a la organización de la obra es preciso aclarar dos aspectos importantes:
1 La división en partes obedece a fines estrictamente didácticos y de ninguna manera intenta reflejar algún tipo de discontinuidad en el pensamiento del Lugdunense, para quien creación y encarnación son dos momentos de un único proceso de manifestación y visibilización de Dios. Sugerir algún tipo de fragmentación en su concepción de la economía divina, sería traicionar su pensamiento.
2 La agrupación en pares temáticos en cada una de las partes responde a la estrecha relación encontrada entre esos hitos de la economía salvífica, en los cuales se aprecia de manera privilegiada la potencia del acontecimiento.
1 Cfr. CLEMENTE de ALEJANDRÍA, Strómata (en adelante: Stróm.) I, I, 11, 1, en MERINO RODRÍGUEZ, Marcelo, Clemente de Alejandría. Strómata I: Cultura y religión, edición bilingüe griego–español, Fuentes patrísticas 7, Madrid, Ciudad Nueva, 1996, p. 89.
2 ORBE, Antonio, Antropología de San Ireneo, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos (en adelante: BAC), 1969. Entre otros trabajos de distintos autores orientados hacia la cuestión antropológica en nuestro autor, podemos destacar: FANTINO, Jacques, L'homme image de Dieu chez saint Irénée de Lyon, Faculté dominicaine de théologie de Saulchoir, 1984; GALLINARI, Luigi, Filologia e pedagogia in Ireneo di Lione, Roma, Liber, s/f; TREMBLAY, Real, Irénée de Lyon. «L'empreinte des doigts de Dieu», Roma, Academiae Alfonsianae, 1979.
3 Algunas referencias a la cuestión del tiempo en Ireneo pueden encontrarse en: POLANCO FERMANDOIS, Rodrigo, El concepto de profecía en la teología de San Ireneo, Madrid, BAC, 1999, p. 349, nota 332.
4 ALBY, Juan Carlos, «La realidad reconciliada: la concepción del tiempo en Ireneo de Lyon», en: Logos. Revista de Filosofía, nro. 93 (2003), México, D. F., Universidad La Salle, pp. 39–70.
5 ORBE, Antonio, Teología de San Ireneo I. Comentario al Libro V del «Adversus haereses», Madrid, BAC, 1985, p. 23; «La Patrística y el progreso de la teología», en: Gregorianum 50/3–4 (1969), pp. 543–570.
6 Principalmente de Eusebio, Juan Damasceno y Andrés de Cesarea.
7 ROUSSEAU, Adelin, DOUTRELEAU, Louis, Irénée de Lyon. Contre les Hérésies. Livre I, Paris, Sources Chrétiennes (SC) 263–264, 2 vol., 1979. Ver nota en la Introducción al libro I, SC 263/1, p. 61.
8 ORBE, A., Teología de San Ireneo I, p. 23.
9 Existen numerosas copias de esta versión latina, sobre cuya base se ha reconstruido el texto crítico de Sources Chrétiennes. La antigua versión latina (abreviada Ir1 o Ir. lat.) es muy literal y fue utilizada por Agustín en el 421 en Contra Iulianum haeresis Pelagianae defensorem, I, 3, 5, pasaje en que cita Adversus haereses (en adelante abreviaremos: Adv. haer.) IV, 2, 7 y V, 19. Los principales manuscritos latinos del Adversus haereses están divididos en dos familias, a las que los editores de Sources Chrétiennes denominan: irlandesa (CVH) lionesa (AOPQRS). Los manuscritos que componen la familia irlandesa son: C (Claromontanus), que según Mabillon, data del siglo IX; culmina en el libro V 26, 1, 6 («...Et decem cornua qua vidisti»); V (Vossianus), de 1494; H (Holmiensis), fechado en 1510; por tratarse de una copia de V, se omite en el aparato crítico de los últimos editores. En los manuscritos de esta familia, faltan los textos del libro V 13, 4, 98 y 14, 11, 1 («potest vita manifestari... ab initio vocalis est»). Por su parte, la familia lionesa se compone de: A (Arundelianus), de 1116; Q (Vaticanus lat. 187), fechado en 1429; O (Ottobonianus lat. 852), de 1429 a 1440; R (Vaticanus lat. 188), de 1447 a 1455; P (Ottobonianus lat. 1154), de alrededor de 1530; S (Salmanticencis lat. 202), anterior a 1457, no contiene el libro V. Los manuscritos O y R descienden de Q, del cual también P es una copia indirecta; por tal motivo, son omitidos en la mencionada edición crítica, quedando reducida la familia lionesa a los manuscritos A, Q y S. esta familia omite los últimos cinco capítulos de la obra (V, 32–36), correspondientes a la escatología. Hay unas ediciones preparada por Erasmo (ε1 de 1526 y ε2 de 1534) sobre manuscritos hoy perdidos, las cuales suelen utilizarse en sustitución de los anteriormente mencionados.
10 Cfr. ORBE, A., «La patrística y el progreso de la teología»..., p. 545.
11 Ἒλεγκος καὶ ἀνατροπὴ τῆς ψευδωνύμου γνώσεως. Así lo llama Eusebio en su HE V, 7, 1, vol. I, p. 295.
12 Cfr. ORBE, A., «La Patrística y el progreso de la teología»..., p. 552.
13 Cfr. ORBE, A., «Sobre los inicios de la teología. Notas sin importancia», en: Estudios Eclesiásticos 56/2 (1981), pp. 689–704, y «Biblia y teología entre los valentinianos: ejemplos de interferencia entre exégesis y teología», en: Augustinianum 36/1 (1996), pp. 5–12.
14 Sirvan como ejemplos sus peculiares interpretaciones del texto Génesis 2, 17 en Adv. haer. V, 23, 1–2, del relato bíblico de Lot en Adv. haer. IV, 31, 1, 15/3, 71, y la de Mateo 11,27 en Adv. haer. IV, 6.
15 Para este tema recomendamos: SIMONETTI, Manlio, «Per typica ad vera. Note sull'esegesi di Ireneo», en: Vetera Christianorum 18 (1981), pp. 357–382.
16 También entre los valentinianos aparece la noción de οἰκονομία, tal como lo atestiguan los textos de Adv. haer. I, 6, 1; 15, 3; III, 16, 1. Si bien en el pensamiento gnóstico se habla de una economía superior, de naturaleza arcóntica o demiúrgica, no obstante ello el término presenta un significado unívoco, designando la dispensación gratuita de Dios en todo el despliegue de su tarea salvífica, desde la generación del Unigénito hasta la consumación escatológica. El mundo, para los gnósticos, no es el fruto de la economía, sino su producto residual. Ireneo se opone tenazmente a esta desvalorización de la creación. La respuesta de Ireneo, así como también un estudio muy detallado de este tema, puede encontrarse en: FANTINO, J. La théologie d'Irénée. Lecture des Écritures en reponses à l'exégèse gnostique. Une approche trinitaire, Paris, Les Éditions du Cerf, 1994, pp. 85–413. A lo largo de esas páginas, este autor señala que el uso del término οἰκονομία en las obras de Ireneo se registra en 142 ocasiones.
17 En esta edición, los cinco libros se identifican de acuerdo a la siguiente numeración: Libro I: SC 263–264; Libro II: SC 293–294; Libro III: SC 210–211; Libro IV: SC 100; Libro V: SC 152–153.
18 HARVEY, W. Wigan, Sancti Irenaei episcopi Lugdunensis libros quinque adversus haereses, 2 vols., Cantabrigiae, Typis academicis, 1857.
19 GONZÁLEZ, Carlos I., Ireneo de Lión. Contra los herejes, México, Conferencia del Episcopado mexicano, 2000.
20 ORBE, A., Teología de San Ireneo. Comentario al libro V del “Adversus haereses”, vols. I–III, Madrid, BAC, 1985–1988, y Teología de San Ireneo. Comentario al libro IV del “Adversus haereses”, vol. IV, Madrid, BAC, 1996.
21 BELLINI, Enzo, Contro le eresie e gli altri scritti, Milano, Jaca Book, 1981.
22 ROUSSEAU, A., Démonstration de la prédication apostolique, Paris, SC 406, 1995.
23 ROMERO POSE, Eugenio, S. Ireneo de Lión. Demostración de la predicación apostólica, Madrid, Ciudad Nueva, 1992.
24 REYNDERS, Bruno, Léxique comparé du text grec et de versions latine, arméniens et syriaques de l'Adversus haereses» de Saint Irénée (CSCO 141–142), Subsidia 5/6, Louvain, 1963; ID., Vocabulaire de la «Démonstration» et des fragments de Saint Irénée, Chevetogne, 1958.
25 GRAFFIN, F., Irénée de Lyon. Nouveaux fragments arméniens de l'Adversus haereses» et de l' «Epideixis», Patrologia orientalis XXXIX, Fascicule 1, n. 178. Introducción, traducción latina y notas por Charles Renoux, Turnhout/Belgique, Brepols, 1978.
26 PIÑERO, A.; MONTSERRAT TORRENTS, J.; GARCÍA BAZÁN, F., Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, 3 vols.: vol. I: Tratados filosóficos y cosmológicos; vol. II: Evangelios, hechos, cartas; vol. III: Apocalipsis y otros escritos; Madrid, Trotta, 1997–2000.
27 GARCÍA BAZÁN, F., La gnosis eterna. Antología de textos gnósticos griegos, latinos y coptos, vol. I, Madrid, Trotta – Edicions de la Universitat de Barcelona, 2003.
TIEMPO Y ACONTECIMIENTO EN LA ANTROPOLOGÍA DE IRENEO DE LYON
INTRODUCCIÓN La antropología vigente en el siglo II
La concepción del hombre en los momentos originarios del cristianismo se forjó en el encuentro entre la cosmovisión semítico-cristiana y la griega. De este modo, la formulación antropológica de gran parte de la iglesia primitiva adoptó los contenidos bíblicos que proporcionaban una intelección pre-filosófica del hombre y los expresó según las estructuras del pensamiento helénico, aunque sin asumir sus fundamentos últimos. Para el helenismo, el hombre es un alma que, en virtud de una culpa, está ligada a un cuerpo al que carga como un lastre y del cual debe desprenderse en un proceso de ascesis que lo conduzca a la contemplación de lo inmutable y eterno. Los cristianos primitivos, en cambio, adoptaron las nociones antiguotestamentarias que presentan al hombre como una realidad inescindible y unitaria que puede vivir en dos órdenes actitudinales: el de la carne o del pecado y el del espíritu o de la salvación.
El siglo II fue particularmente rico en la confluencia de corrientes antropológicas de los más diversos orígenes, las cuales conformaron el pensamiento helénico de tradición indoeuropea que culminó en la monumental escuela de Alejandría.1 Su encuentro con el cristianismo se produjo en forma de choque, particularmente en lo que respecta a la antropología, lo cual suscitó en respuesta las originales formulaciones de los llamados Padres Apologistas, cuya influencia fue decisiva en la configuración del pensamiento medieval. Una poderosa tradición conocida con el nombre de gnosticismo, de matriz cristiana y misteriosófica con raíces en el esoterismo judío, presentó batalla a la llamada Magna Iglesia en todos los frentes teológicos, pero sobre todo en el terreno de la antropología, por su manera peculiar de entender al hombre. Con respecto a este tema, resultó fundamental el modo de interpretar la antropología tridimensional paulina de 1Ts 5, 23, que describe al ser del hombre como cuerpo, alma y espíritu. Así, para entender la importancia asignada al hombre en el siglo II, resulta conveniente estudiar las principales posturas que se debatieron en torno a la cuestión, y que configuraron la identidad antropológica vigente en esa época: la de los apologistas cristianos y la de la gnosis, con especial atención a la escuela valentiniana. De este modo, intentamos presentar el contexto en el que se desplegó la antropología del Obispo de Lyon.
1. Los Padres Apologetas
Los apologistas cristianos compusieron sus obras entre el 120 y el 180 d.C. Estos escritos son de un inapreciable valor histórico, ya que constituyen los únicos documentos que nos ilustran de manera privilegiada sobre el enfrentamiento entre la cosmovisión cristiana y la helénica. Esas «apologías» o defensas del cristianismo fueron dirigidas a los emperadores de turno y pretendían demostrar, con el instrumental lógico propio de la cultura helénica, la coherencia y racionalidad del cristianismo frente a las acusaciones que se le hacían. Este enfrentamiento que, desde el punto de vista argumentativo alcanzó dimensiones colosales, comenzó con la demolición paulatina del fundamento ético-mítico de la cultura greco-romana y fue culminando en una progresiva tematización en clave cristiana de los aspectos que, entre otros, fueron de mayor relevancia en la reflexión filosófica griega: Dios, el universo y el hombre.
Nos ocupa el tema del hombre y, particularmente, la gravitación asignada al cuerpo en la formulación antropológica de estos primeros pensadores cristianos, ya que la inclusión del mismo en la definición de hombre, constituye lo novedoso y revolucionario de su concepción.
1.1 Justino Mártir
Justino, el filósofo de Palestina que fue el primero en elaborar una antropología cristiana utilizando el lenguaje y las categorías de los griegos, tiene una comprensión unitaria del hombre, la cual se deja ver en la defensa de la doctrina hebrea de la resurrección y en su oposición a la inmortalidad del alma.
... como el hombre no subsiste siempre, ni está siempre el alma unida con el cuerpo, sino que, como venido el momento de deshacerse esta armonía, el alma abandona el cuerpo y deja el hombre de existir; de modo semejante, venido el momento en que el alma tenga que dejar de existir, se aparta de ella el espíritu vivificante, y el alma ya no existe, sino que va nuevamente allí de donde fue tomada.2
Al afirmar la resurrección del hombre total, se aparta del dualismo platónico de alma y cuerpo:
Y si vosotros habéis tropezado con algunos que se llaman cristianos y no confiesan esto, sino que se atreven a blasfemar del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir son sus almas recibidas en el cielo, no los tengáis por cristianos.3
Justino entiende la relación del alma con el cuerpo como una armonía. Por lo tanto, el alma no es una sustancia subsistente, ni inmortal, ni increada.
—Tampoco, por cierto, hay que decir que sea inmortal, pues si es inmortal, claro es que tiene que ser increada.
—Sin embargo —le dije yo—, por increada e inmortal la tienen algunos, los llamados platónicos.4
Se resiste a conceder a Platón que el alma sea inmortal por naturaleza,5 pues, para los pensadores cristianos si el alma es vida, como lo es para Platón, entonces el alma es Dios; por lo tanto, el alma no puede ser inmortal sino porque Dios lo quiere y le ha otorgado la vida, pero no porque exista en su naturaleza una nota propia que la haga inmortal.
El alma o es vida o tiene vida. Ahora bien, si es vida, tendrá que hacer vivir a otra cosa, no a sí misma, al modo que el movimiento mueve a otra cosa, más bien que a sí mismo. Mas que el alma viva, nadie habrá que lo contradiga. Luego si vive, no vive por ser vida, sino porque participa de la vida. Ahora bien, una cosa es lo que participa y otra aquello de que participa; y si el alma participa de la vida es porque Dios quiere que viva. Luego de la misma manera dejará de participar un día, cuando Dios quiera que no viva. Porque no es el vivir propio de ella como lo es de Dios...6
La vida inmortal de los justos es en cuerpo y alma, y Justino le aplica el término incorrupción (ἀφθαρσία), contrastándolo con sentimiento, conciencia o sensación, vocablos utilizados para la descripción del destino escatológico de los réprobos, a quienes beneficiaría un estadio definitivo de inconsciencia, del que no gozarán:
Mirad, en efecto, el fin que han tenido los emperadores que os han precedido: de la muerte común murieron todos. Y si la muerte terminara en la inconciencia, ella sería buena suerte para todos los malvados.7
En consecuencia, afirma el santo que la muerte no termina en la «anestesia» (εἰς ἀναισθησίαν), expresión característica de Justino que denota la continuidad del compuesto humano después de la muerte.8 Para él, la única muerte es la muerte del compuesto inescindible, cuerpo y alma. Con esto toma distancia de Filón —quien consideraba a la muerte física como separación del alma respecto del cuerpo—,9 y da un paso fundamental hacia una intelección más integral del hombre.
A juzgar por un pasaje del Diálogo, Justino conocía la definición de hombre como «animal racional sometido a sus mismas pasiones»:
... y prójimo del hombre no es otro que el animal racional, sometido a sus mismas pasiones, que es el hombre (τὸ ὁμοιοπαθές καὶ λογικὸν ζῶον, ὁ ἄνθρωπος).10
No obstante, considera que para definir al hombre hay que avanzar más allá de aquella formulación, tal como lo sugiere otro célebre fragmento de la misma obra, que conviene reproducir completo por la riqueza que presenta:
¿Luego —me dijo—, es que tiene nuestra inteligencia una fuerza tal y tan grande, o comprende más bien por medio de la sensación? ¿O es que la inteligencia humana será jamás capaz de ver a Dios, sin estar adornada por el Espíritu Santo?
—Platón, en efecto —contesté yo—, afirma que tal es el ojo de la inteligencia y que justamente nos ha sido dada para contemplar con él, por ser ojo puro y sencillo, aquello mismo que es, y que es causa de todo lo inteligible, sin color, sin figura, sin tamaño, sin nada de cuanto el ojo ve, sino que es el ser mismo, más allá de toda esencia, ni decible ni explicable: lo solo bello y bueno que de pronto aparece en las almas de excelente naturaleza, por lo que con El tienen de parentesco y por su deseo de contemplarlo.11
—¿Cuál es, pues —me dijo—, nuestro parentesco (συγγένεια) con Dios? ¿Es que el alma es también divina e inmortal y una partícula de aquella soberana inteligencia, y como aquella ve a Dios, también ha de serle hacedero a la nuestra comprender la divinidad y gozar la felicidad que de ahí se deriva?
—Absolutamente, le dije.
—¿Y todas las almas de los vivientes —preguntó— tienen la misma capacidad o es diferente el alma de los hombres del alma de un caballo o de un asno?
—No hay diferencia alguna —respondí—, sino que son en todos las mismas.
—Luego también —concluyó verán a Dios los caballos y los asnos, o le habrán ya visto alguna vez.
—No —le dije, pues ni siquiera le ve el vulgo de los hombres, a no ser que se viva con rectitud, después de haberse purificado con la justicia y todas las demás virtudes.
—Luego —me dijo— no ve el hombre a Dios por su parentesco con Él, ni porque tiene inteligencia, sino porque es templado y justo.
—Así es —le contesté, y porque tiene la potencia con que entender a Dios.
—¡Muy bien! ¿Es que las cabras y las ovejas cometen injusticia contra alguien?
—Contra nadie en absoluto —le contesté
—Entonces —replicó—, según tu razonamiento, también estos animales verán a Dios.
—No, porque su cuerpo, dada su naturaleza, les es impedimento.
—Si estos animales —me interrumpió— tomaran voz, sabe que tal vez con más razón se desatarían en injurias contra nuestro cuerpo. Mas, en fin, dejemos ahora esto, y concedido como tú dices. Dime sólo una cosa: ¿Ve el alma a Dios mientras está en el cuerpo, o separada de él?12
En estas audaces expresiones, el apologista va más allá de la concepción antropológica habitual, y apunta tres peculiaridades del hombre. La primera, se refiere a la posesión de un cuerpo que no representa impedimento alguno para ver a Dios. Los animales no están capacitados para tal fin, no por la materialidad del cuerpo, ya que el hombre comparte esta condición, sino por la disposición de sus miembros. Por lo tanto, la diferencia entre el hombre y las bestias no radica en la inteligencia, sino en el cuerpo. Sólo el hombre fue plasmado por Dios, quien dispuso sus miembros de manera privilegiada con respecto a los animales. La segunda característica propia del hombre, es la posesión de templanza y justicia (σώφρων καὶ δίκαιος). Si bien el animal es incapaz de cometer injusticia, no es consciente de la misma. Una vez más, el privilegio del hombre radica en el cuerpo, ya que éste le permite realizar las virtudes que lo acercan a Dios. El impedimento corpóreo que tienen los animales para ver a Dios, se extiende a la concreción de las virtudes propias del alma. Por lo tanto, la diferencia entre el hombre y los animales no afinca en el alma, sino en el cuerpo. Finalmente, sólo en el hombre el Espíritu Santo es ornato de la inteligencia (ἁγίω πνεύματι κεκοσμημένος.). El fragmento de Justino no permite afirmar que esa ornamentación se extienda también al cuerpo, pues de la lectura parece inferirse que sólo afecta al intelecto. No obstante, el contexto sugiere que el intelecto es ayudado externamente por las acciones del cuerpo, pues si las bestias lograran ejercer su inteligencia de modo tal que pudieran llevar una vida recta, también ellos verían a Dios.
Algo más aclaran algunos pasajes del De resurrectione, tradicionalmente atribuido a Justino.13
¿Acaso no dice la sentencia: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»? ¿A cuál hombre? Es claro que alude al carnal. Pues dice la sentencia (Gn 2, 7): «Y tomó Dios barro de la tierra y modeló al hombre». Evidentemente, el hombre en cuanto plasmado a imagen de Dios era carnal. Además es absurdo decir que la carne modelada por Dios a su propia imagen es vil y de ningún valor. Porque a la vista está que ante Dios la carne es algo precioso; primero (lo demuestra el) haber sido plasmada por Él, como imagen que nace grata a quien la modela y pinta; y (segundo) así lo da a entender la restante obra. Pues aquello por cuya causa han sido hechas las otras cosas, es más precioso para el creador que todas ellas... (Dios) llamó la carne a la resurrección, y le promete la vida eterna. Porque al evangelizar la salud del hombre, evangeliza la de la carne. Pues ¿qué es el hombre sino el animal racional compuesto de alma y cuerpo (τὸ ἐκ ψυχῆς καὶ σώματος ζῶον λογικόν)? ¿Acaso el alma por sí sola es hombre? No. Sino alma del hombre. ¿Vamos a llamar hombre al cuerpo? Tampoco, sino cuerpo del hombre. Pues si ninguno de los dos es por su cuenta el hombre, sino que se dice hombre al que resulta de la composición de ambos, y Dios llamó al hombre a la vida y resurrección, no llamó la parte sino el todo, a saber, el alma y el cuerpo.14
Para el autor de este tratado, la imagen de Dios en el hombre radica en la carne, no en el alma. El hecho de ser carne modelada según la imagen divina es lo que hace al hombre un ser singular y superior a los demás órdenes de la creación, incluyendo a los animales, con quienes, según Justino, comparte incluso un alma racional y un cuerpo material.
El creador ha honrado con sus propias manos un cuerpo material, ya que es este y no el alma lo que modeló. En consecuencia, tanto en el Diálogo como en el De resurrectione, se aprecia que la singularidad de la noción cristiana de hombre se afirma en la carne y no en el alma.
En una antropología en la que el alma es sólo algo del compuesto humano y no puede vencer por sí misma a la muerte en la resurrección, queda afirmada la unidad indisoluble del hombre y se le asigna al cuerpo un lugar de dignidad que no poseía en el contexto platónico dominante. El camino hacia la doctrina de Ireneo y a la afirmación de una identidad antropológica más completa quedaba así inaugurado.
1.2. Taciano de Siria
Taciano de Siria, discípulo de Justino, es otro de los apologistas en los cuales la noción de cuerpo alcanza un relieve significativo en la constitución de la identidad antropológica. De este autor sólo se conserva íntegramente y en original griego una obra escrita hacia el 170, conocida como Discurso a los griegos (Pros Héllenas). En este libro Taciano hace una distinción binaria del término pneûma, en torno al cual gira su sistema de pensamiento. La primera distinción se refiere a Dios:
Dios es espíritu (πνεῦμα),15 pero no el que penetra por la materia, sino el organizador de los espíritus materiales (πνευμάτων δὲ ὑλικῶν) y de las formas de ella misma (la materia)... porque no se debe honrar por igual al Dios perfecto y al espíritu que penetra por la materia, ya que (éste) es inferior al espíritu más divino, en cuanto está asimilado a la materia.16
La novedad de Taciano con respecto a Dios es que, si bien el cosmos que describe presenta las características del monismo estoico en cuanto a que toda la materia pasiva es organizada por un principio activo que la penetra, el Dios creador de ese cosmos es muy distinto del que presenta la literatura del Pórtico, pues, el Dios de Taciano es incorpóreo, espíritu puro y actividad pura.
Una segunda distinción se deja ver en la antropología, entre Espíritu divino y espíritu psíquico:
Se dan dos clases de espíritu que conocemos, uno que se llama alma (ψυχή) y otro que es superior al alma (τὸ μείξον τῆς ψυχῆς) por ser imagen y semejanza de Dios. Uno y otro se daban en los primeros hombres, para que por una parte fueran materiales y por otra superiores a la materia.17
Se reflejan aquí los dos niveles de la antropología neotestamentaria de San Pablo: uno, el del hombre material o psíquico, semejante aún al nivel de los animales; es el orden de la nefesh (soplo vital) hebrea; otro, el del hombre espiritual a imagen y semejanza de Dios; es el orden hebreo del ruaj (espíritu). El alma, correspondiente al primer nivel, tiene una caracterización hýlica o material, pues nace y muere con el cuerpo:
No es, oh griegos, nuestra alma inmortal por sí misma, sino mortal, pero capaz es también de no morir. Muere, en efecto, y se disuelve con el cuerpo, pero resucita nuevamente con el cuerpo en la consumación del tiempo, para recibir, por castigo, la muerte en la inmortalidad. Y a la vez, no muere, por más que con el cuerpo se disuelva si adquirió el conocimiento de Dios... No es en efecto el alma (ψυχή) la que salva al espíritu (πνεῦμα), sino que es salvada por él, y la luz aprehendió a las tinieblas en el sentido que el Verbo es la luz de Dios, y el alma ignorante, tinieblas. Por eso, cuando vive sola, se inclina hacia abajo, hacia la materia, muriendo juntamente con la carne (σάρξ); mas obrando juntamente con el espíritu de Dios, ya no carece de ayuda y se levanta a las regiones donde el Espíritu le guía.18
Conviene notar que al usar el término sárx en lugar de sôma, Taciano no se refiere a la muerte del cuerpo, sino a la de todo el orden corruptible. Para Taciano el hombre es carne,19 es decir, un compuesto sôma-psyjé, con lo cual afirma a la manera bíblica su pertenencia tanto a la vida como a la muerte, encontrándose en virtud de su libertad, ante la opción de dirigirse hacia uno de los polos del ser: hacia «arriba» o hacia «abajo», ambivalencia que difiere del dualismo griego y supone la composición humana de espíritu-materia como principios correlativos y no como realidades separables. La reconstitución de la relación original armónica del πνεῦμα divino, la ψυχή humana y su σῶμα material, tendrá lugar en el último episodio de la creación, que es la resurrección de los muertos para el juicio final, la cual ocurrirá una sola vez.20
Una vez afirmada la necesidad del connubio entre el alma y el Espíritu Santo, Taciano se vuelve críticamente hacia la definición clásica de hombre proclamada, según él, por los dogmáticos de la «voz de cuervo», es decir, los filósofos paganos:
Es preciso, pues, que en adelante busquemos nuevamente aquello que ya tuvimos, pero lo perdimos: unir nuestra alma con el Espíritu Santo y ocuparnos en que forme una pareja con Dios. Ahora bien, el alma de los hombres se compone de muchas partes y no de una sola; porque es compuesta, de modo que se manifiesta por medio del cuerpo. Porque ni el alma podría por sí misma aparecer jamás sin el cuerpo, ni resucita tampoco la carne sin el alma. Porque no es el hombre, como dogmatizan los de la voz de grajos (κορακόφωνος), animal racional, capaz de inteligencia y ciencia (ζῶον λογικὸν νοῦ καὶ ἐπιστήμη δεκτικόν), pues según ellos se demostrará que también los irracionales son capaces de inteligencia y ciencia. Sobre este punto hemos tratado nosotros mismos más detenidamente en nuestro Sobre los animales;21 lo que ahora nos interesa decir es de qué naturaleza es la imagen y semejanza de Dios... Pues bien, el Dios perfecto está exento de carne; el hombre, empero, es carne; el vínculo de la carne es el alma y lo que al alma retiene es la carne. Y si semejante especie de constitución es a manera de templo, Dios quiere habitar en él por medio del Espíritu, que es su legado; mas si no es tal santuario, el hombre no se aventaja a las bestias más que por su voz articulada; en lo demás, no siendo imagen de Dios, su vida no se diferencia de la de ellas.22
Taciano rechaza la definición pagana atribuida a Crisipo,23 porque no se aviene al texto de Gn 1, 26, según el cual el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Fuera de este dato que es propio del hombre, los animales también son capaces de intelecto y ciencia, según lo afirman «los de la voz de grajos». Por un lado, el apologista acepta la primera parte de la definición clásica: «animal racional», pero, por otro, impugna la segunda, es decir, «capaz de intelecto y ciencia», y la sustituye por «hecho a imagen y semejanza de Dios». No es por ser capaz de intelecto y ciencia que el hombre se distingue de los animales, sino por un proprium: el haber sido hecho en carne a imagen y semejanza de Dios. El aspecto carnal sustituye al mortal (θνήτον) de la definición de Sexto Empírico.24 No obstante, fuera del rasgo bíblico de la imagen y semejanza divina, la única diferencia entre el hombre y las bestias radica en su capacidad para articular la voz, es decir, en un organismo apropiado para la fonación. Con esto, Taciano afirma su antiplatonismo y prescinde del valor de la racionalidad, rehusándose a considerarla como un plus antropológico que pudiera distinguir al hombre de las demás especies; la voz articulada no es, según él, una peculiaridad que se derive de la racionalidad, sino una propiedad del organismo humano. Por lo tanto, se aprecia cómo —siguiendo a su maestro Justino—, Taciano sostiene que lo propio del hombre está en el cuerpo.
Justino y Taciano se complementan. El primero, no aclara por qué el cuerpo de los animales es un impedimento para ver a Dios, pero Taciano aporta la explicación que se sugiere en la obra de su maestro: sólo el cuerpo del hombre ha sido «plasmado» a imagen y semejanza divina. A pesar de compartir con el hombre la materialidad corporal y la capacidad de intelecto y ciencia, los animales no podrán ver a Dios en la carne porque la disposición de sus miembros lo impide. Taciano define mejor al hombre histórico recurriendo a Gn 1, 26. El alma racional no especifica al hombre, sino principalmente el cuerpo, y secundariamente el espíritu. Porque es el cuerpo y no el alma el que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios y, porque aquel, al anticipar la imagen del cuerpo de Jesús, es capaz de poseer el Espíritu como principio de deificación.
No obstante, habrá que esperar hasta Ireneo para un desarrollo más completo de la doctrina de la imagen y semejanza.
1.3. Atenágoras
Aunque la antropología de este autor no presenta un contraste significativo con respecto al platonismo dominante de la época, pueden descubrirse algunas nociones interesantes que surgen de su obra Sobre la resurrección de los muertos. No obstante, como bien lo advierte Orbe,25 llama la atención la falta de referencia a las ideas de Justino, precisamente en un tratado dedicado a la resurrección de la carne, así como a los textos de Gn 1, 26 y 2, 7. Esto promueve sospechas acerca de que la insistencia de Atenágoras en el destino del hombre más que en su origen, obedece a una ignorancia de la cristología que sus predecesores asociaron con la plasmación de Adán, lo cual confina la antropología del apologista ateniense a la definición clásica y pagana de hombre como «animal racional capaz de intelecto y ciencia», sin que pueda avanzar más allá de ella. Incluso, algunos pasajes de su tratado nos orientan hacia esa definición:
Porque, sí, a los reptiles, a las aves..., a todos los irracionales Dios les repartió vida semejante; mas a quienes llevan consigo la imagen de su Hacedor y están dotados de inteligencia y tienen en parte el juicio racional, a éstos destinó el Creador una permanencia para siempre, a fin de que, conociendo a su Hacedor y el poder y la sabiduría de Él, siguiendo la ley y la justicia, vivan eternamente sin trabajo en aquellas cosas con que afirmaron su vida anterior, no obstante estar en cuerpos corruptibles y terrenos.26
En estas líneas, Atenágoras se refiere al hombre con una serie de calificaciones. Primeramente, lo designa como «el (los) que lleva(n) consigo la imagen de su Hacedor (τοῖς δὲ αυτὸν ἐν ἑαυτοῖς ἀγαλματοφοροῦσι τὸν ποιητὴν)». Llama la atención la palabra ἀγαλματοφοροῦσι, derivada del verbo ἀγαλματοφορεῖν portar la estatua o imagen. El término ya se leía en Platón27 y en Filón,28 y siguiendo la corriente alejandrina, reaparecerá en Clemente, quien lo identifica con el alma del hombre justo.29 Entre los Padres, el término presenta distintos significados, tales como alma y hombre.30
Luego, sostiene Atenágoras en el mismo pasaje que los hombres son aquellos que «están dotados de inteligencia y tienen parte en el juicio racional» (νοῦν τε συνεπιφερομένοις καὶ λογικῆς κρίσεως), con lo cual se acerca a la definición clásica. En otras partes de su obra sostiene además lo siguiente:
Confiando en estas cosas, no menos que en las ya sucedidas, y considerando nuestra propia naturaleza, no sólo aceptamos con amor la vida de necesidades y corrupción como conviene al tiempo presente, sino que esperamos también la permanencia en incorrupción. Y ésta no nos la fantaseamos de los hombres vanamente, ilusionándonos a nosotros mismos con mentirosas esperanzas, sino que creemos a quien nos la garantiza de modo absolutamente infalible, al designio de nuestro Creador, según el cual hizo al hombre de alma inmortal y de cuerpo, le dotó de inteligencia y de ley ingénita para su salvación y para la guarda de los preceptos que Él le diera, convenientes con una vida templada y razonable.31
El hombre aparece aquí como formado de «alma inmortal y cuerpo» (ἐκ ψυχῆς ἀθανάτου καὶ σώματος), y «dotado de inteligencia y ley ingénita» (νοῦν τε συγκατεσκεύασεν αὐτῷ καὶ νόμον ἒμφυτον). La inteligencia y la razón le fueron dadas para discernimiento de lo inteligible, y no sólo de las sustancias, sino también de la bondad, sabiduría y justicia del Dador:
Ahora, pues, como universalmente toda naturaleza humana consta de alma inmortal y de cuerpo que se le adaptó a esta alma en el momento de la creación; como no fue al alma por sí sola, ni separadamente al cuerpo, a quienes destinó Dios tal creación, tal vida y toda la existencia entera, sino a los hombres compuestos de alma y cuerpo, a fin de que por los mismos elementos que se engendran y viven, lleguen, acabada su vida, a un solo y común término; es necesario de todo punto que, pues de cuerpo y alma se forma un solo animal que padece cuanto alma y cuerpo padecen, y obra y acaba tanto lo referente a la vida sensible como al juicio racional, todo este conjunto se refiera a un solo fin, y de este modo todo concurra a una misma armonía... Ahora bien, quien recibe la inteligencia y la razón es el hombre, no el alma por sí sola. Luego el hombre, que consta de alma y cuerpo, tiene que permanecer para siempre.32
Se aprecia el sentido de la unidad que Atenágoras le da al hombre, pero su insistencia en el alma inmortal y en el cuerpo que se le adapta a aquella en la creación, y no viceversa, hace pensar que el apologista se aleja de las líneas de Justino y Taciano, y pone lo singular del hombre en el alma, manteniendo las premisas antropológicas paganas que ven al hombre como «animal racional capaz de intelecto y ciencia».
1.3. Teófilo de Antioquía
Al igual que Justino,33 Teófilo de Antioquía considera al hombre como centro de la creación sensible:
Nada fue coetáneo con Dios. Antes, siendo Él mismo su propio lugar y no teniendo necesidad ninguna y existiendo ante todas las cosas, quiso hacer al hombre, de quien fuera conocido. Para éste, pues, dispuso de antemano el mundo. El creado es también necesitado, mientras el increado de nada necesita.34
Con la sobriedad literaria propia de la escuela antioquena, este autor considera al hombre como material, hecho del polvo de la tierra e imperfecto, tomando distancia del Adán de Filón, concebido como el «primer hombre» perfecto u «hombre celeste».
Este hombre imperfecto, no obstante, recibió de Dios las posibilidades de su ulterior desarrollo:
Y Dios lo trasladó de la tierra, de que había sido creado, al jardín, dándole ocasión de adelantamiento, para que creciendo y llegando a ser perfecto y hasta declarado dios, subiera así al cielo poseyendo la inmortalidad, porque el hombre fue creado ser intermedio (μέσος), ni del todo mortal ni absolutamente inmortal, sino capaz de lo uno y lo otro; así como su lugar, el Paraíso, que si se mira su hermosura, es intermedio entre el mundo y el cielo.35
Se advierte aquí lo que ya fue adelantado por Justino: el alma no es inmortal por naturaleza, sino que la inmortalidad puede ser ganada o perdida. Teófilo dice que el hombre no fue creado mortal ni inmortal, sino capaz de una u otra condición, y sólo la libertad define su destino:
Pero se nos dirá: «¿No fue el hombre creado mortal por naturaleza?» De ninguna manera. «¿Luego fue creado inmortal?» Tampoco decimos eso. Pero se nos dirá: «¿Luego no fue nada?» Tampoco decimos eso. Lo que afirmamos, pues es que por naturaleza no fue hecho mortal ni inmortal. Porque si desde el principio le hubiera creado inmortal, le hubiera hecho dios; y, a la vez, si le hubiera creado mortal, hubiera parecido ser Dios la causa de su muerte. Luego no le hizo ni mortal ni inmortal, sino como anteriormente dijimos, capaz de lo uno y de lo otro. Y así, si el hombre se inclinaba a la inmortalidad guardando el mandamiento de Dios, recibiría de Dios como galardón la inmortalidad y llegaría a ser dios; mas si se volvía a las cosas de la muerte, desobedeciendo a Dios, él sería para sí mismo la causa de su muerte. Porque Dios hizo al hombre libre y señor de sus actos.36
Al afirmar que el hombre no fue creado mortal, se opone a la antropología de Sexto Empírico que incluye esa condición (θνητόν) en la definición de hombre. Con esto, Teófilo sigue una línea que se remonta hasta Justino y aún más atrás, a la tradición hebrea.37 Por otra parte, admitir una naturaleza inmortal en el hombre, implicaría conceder a la gnosis valentiniana la atribución de una sustancia divina a los hombres pneumáticos, declarándolos inmortales por naturaleza:
No obstante, Valentín escribe en una homilía textualmente: «Desde el principio38 sois inmortales,39 sois hijos naturales de la vida eterna;40 habéis querido compartir la muerte entre vosotros, para aniquilarla y consumarla, para que la muerte sea absorbida entre vosotros y por vosotros. Efectivamente, cuando disolváis el mundo, pero sin que seáis vosotros disueltos, dominaréis sobre la creación y sobre toda la destrucción».41 En efecto, también éste, como Basílides,42 supone una raza que se salva por naturaleza; pero que esa raza superior vendría hasta nosotros aquí desde arriba para destruir la muerte, mientras que el origen de la muerte sería obra del creador del mundo.43
Esta es la paradoja que debían resolver Teófilo y otros escritores eclesiásticos, tales como Justino e Ireneo, en quienes se aprecia un marcado tnetopsiquismo por cuanto no parecía apropiado, en virtud de su condición creatural, atribuirle al alma la inmortalidad (ἀθανασία) propia de Dios. Pero, por otro lado, fundados en la doctrina de la resurrección de la carne y en la participación escatológica del hombre en la vida divina, se hacía necesario reconocer en él una capacidad para la inmortalidad. Estos grandes autores consideraron que, ínsita en la misma trama ontológica de la carne, en virtud de la plásis a imagen y semejanza divinas, anida la disposición humana hacia la inmortalidad. En consecuencia, la promoción del compuesto humano hacia la misma vida de Dios, relegaba la importancia de la inmortalidad del alma a un segundo plano. Estimaban que para definir al hombre, no había que hacerlo desde la mortalidad o inmortalidad naturales, sino a través de la muerte y vida eternas, únicos registros divinos considerados válidos para la economía histórica de la salvación. De ahí que para los eclesiásticos, cuerpo y alma son capaces de la inmortalidad, alejándose así de las tesis valentinianas que le negaban al cuerpo toda disposición a la ἀθανασία. El hombre recién salido de las manos de Dios, está lejos aún de ser perfecto; está en una situación intermedia, así como el Paraíso, pero recibió de Dios el impulso para incrementar en virtud. La muerte introducida en el orden humano por el pecado, incluye tanto al cuerpo como al alma, y el mismo criterio rige para la inmortalidad. Esto afirma la indivisibilidad del hombre a la vez que se distancia del alma inmortal de Platón.
Sin las estridencias propias de los lenguajes escatológicos, Teófilo tiene el mérito de haber introducido en la historia del pensamiento cristiano la idea de un hombre libre dotado de la disposición para una progresiva educación (παυδευθεῖς), con lo cual se inaugura un régimen de libertad, carnalidad e historicidad, que será luego formulado de modo más explícito y completo por Ireneo con su concepto de maduración y, muy especialmente, con su célebre teología del acostumbramiento.
En los apologistas se aprecia como rasgo común la positividad del cuerpo y la unidad del ser humano, a la par que se va aceptando de manera casi definitiva la tricotomía paulina de cuerpo-alma-espíritu. A partir de ahí, sin embargo, se va oscureciendo paulatinamente el significado del basar hebreo y del σάρξ griego, que va mutando hacia el σῶμα. Esta transformación semántica encontrará su más acabada formulación en el siglo IV, en el docetismo44 de Apolinar de Laodicea.
Simultáneamente, se va transformando la comprensión del alma humana, aceptándose primero la inmortalidad de la misma como una gratuidad otorgada por Dios independientemente de su naturaleza, hasta considerarla finalmente como inmortal en virtud de una condición específica radicada en ella. No obstante, al afirmarse que el hombre fue creado tal como es íntegramente en su origen,45 queda excluida toda posibilidad de preexistencia, autonomía, re-incorporación, transmigración o inmortalidad definitiva de un alma separada, resguardándose de este modo a la antropología cristiana de la amenaza del dualismo.
2. Conceptos generales de la antropología gnóstica
Presentamos a continuación algunas nociones generales tocantes al hombre entre los gnósticos, que serán tratadas con mayor detalle a lo largo de este escrito.
Las doctrinas gnósticas se abocan a la descripción de la creación del hombre según el relato de Gn 2, 7 según el cual, Dios plasmó al hombre a partir del barro. Sin excepción, están alineados en la tradición órfico-dionisíaca que afirma la presencia de dos elementos en el hombre: uno, corporal o «titánico» y otro incorpóreo, llámese «alma», «espíritu» o «centella». El esquema de la antropología gnóstica, al igual que su cosmología, se levanta sobre la soteriología. Según el mismo, el Demiurgo creó una serie de ángeles que lo asistirán en la creación y los puso a cargo del mundo planetario. Estos ángeles son precisamente quienes lo ayudarán en la formación del hombre, la cual, en la mayoría de los sistemas gnósticos, tiene lugar porque uno de los eones superiores conocido como «el Trascendente», envía a los ángeles ayudantes o al Demiurgo mismo, la «forma» o «imagen» del Hombre Celeste o primordial, la que al reflejarse en las aguas inferiores desencadena el proceso de creación. Según los gnósticos de Nag Hammadi, en el hombre se distinguen tres principios antropológicos: el espiritual, el psíquico y el material o terreno, los cuales darán lugar a tres clases de hombres: el pneumático, el psíquico y el hýlico, respectivamente.46 Tolomeo, quien junto a Heracleón fue uno de los gnósticos más representativos de la escuela valentiniana occidental, aplica la denominación de las tres naturalezas no sólo a las partes de un mismo individuo, sino a las diversas clases de hombres:
Establecen tres clases de hombres: espiritual, psíquico y terreno, correspondientes a Caín, Abel y Set, y a partir de éstos establecen las tres naturalezas, no en cada uno de los individuos, sino en el conjunto del género humano.47
Los gnósticos recurren a tradiciones judías y esotéricas, poniéndolas al servicio de una exégesis literal de la antropogonía bíblica para explicar la generación de los tres principios mencionados. En el texto conocido como Hipóstasis de los Arcontes,48 se parte de la formación del hombre terrenal, seguido sucesivamente por el psíquico y el espiritual:
Los arcontes se reunieron en asamblea y dijeron: «Vamos, tomemos tierra y creemos un hombre de barro». Y modelaron su creatura haciéndola completamente de tierra. Ahora bien, el cuerpo que tienen los arcontes es (también) de mujer, es un (aborto) de rostro de animal. Así pues, tomaron (barro) de la tierra y modelaron (a su hombre) de acuerdo con el cuerpo de ellos mismos y (de acuerdo con la imagen) de Dios que se les había aparecido en las aguas. Entonces dijeron: «Vamos, apoderémonos (de esta semejanza) por medio de nuestra hechura, de manera que ésta vea a su viva semejanza... Y sopló en su rostro: entonces el hombre pasó a ser psíquico sobre la tierra por muchos días, y ellos no pudieron ponerlo de pie a causa de su impotencia... Después de estos sucesos, el Espíritu vio al hombre psíquico sobre la tierra. El Espíritu partió de la tierra adamantina, descendió y habitó en él. Aquel hombre pasó a ser un alma viviente.49 Y le puso de nombre Adán, puesto que fue hallado arrastrándose sobre la tierra.50
Muchos aspectos interesantes relacionados con el cuerpo se encuentran en este pasaje. El hombre primordial es andrógino porque los arcontes son andróginos.51 El aspecto de mujer del primer hombre viene de los arcontes, mientras que el aspecto de varón procede de la imagen de la Incorruptibilidad reflejada en las aguas. La semejanza, por su parte, se trataría de la «imagen viva», en el sentido de la teúrgia y no de una mera copia, atribuido a las estatuas paganas. Como los arcontes eran malos teúrgos, no lograron imprimir en este hombre la imagen de Dios. Luego se pasa al hombre psíquico, y el plural referido a los arcontes se cambia en el texto por el singular, dando a entender que ahora se trata de una entidad individual la que «sopló» sobre el rostro del hombre el aliento de vida, el que curiosamente es omitido en el texto. Ireneo nos ayuda a comprender ese cambio en el número de las potencias intervinientes.52 La cuestión del «hombre-gusano» con su cuerpo arrastrándose sobre la tierra, aparece también en la crítica de Ireneo a Satornilo.53
En el tratado Sobre el origen del mundo, la secuencia de generación de los tres principios se invierte, comenzando por el hombre espiritual hasta llegar al terrenal, lo que ocurre dentro de un esquema genesíaco de ocho días, según el siguiente ordenamiento:
Día primero: manifestación del Hombre de Luz
Día segundo: Instalación de su consorte Prónoia en el cielo.
Día tercero: regreso del Hombre de Luz.
Día cuarto (y quinto): creación de las luminarias.
Día sexto: creación del hombre psíquico y de Eva psíquica.
Día séptimo: reposo.
Día octavo: manifestación del hombre terreno y de Eva terrena.
Lo que interesa para el estudio del cuerpo a partir de esta fuente, ocurre en el día octavo, con la manifestación de Adán en el paraíso:
Ahora bien, el primer Adán de luz es espiritual, y se manifestó en el primer día. El segundo Adán es psíquico, y se manifestó en el (sexto) día, denominado de Afrodita. El tercer Adán es terrenal, el de la Ley, y se manifestó en el octavo día, ... el reposo de la indigencia, llamado día del sol.54
El hombre psíquico, que tiene en su interior el principio espiritual, es introducido por los arcontes en un cuerpo terrenal o una «vasija», como dice el texto (115, 17), aludiendo al «polvo de la tierra» de Gn 2, 7. El Adán terrenal no podía ponerse en pie ya que carecía de alma, hasta que Eva, al ver al que era su semejanza postrado en la tierra, sintió pena por él y lo ayudó a erguirse. Es notable la coincidencia entre varios autores gnósticos que expresan la fragilidad del cuerpo del hombre a través de la imagen de Adán arrastrándose. El principio femenino siempre aparece como ayuda, pero debe tenerse en cuenta que la Eva que actúa en este relato auxiliando a Adán, es el hombre andrógino descrito en un pasaje anterior del mismo tratado:
Nació un hombre andrógino, al que los griegos llaman hermafrodita. A su madre los hebreos la llaman Eva de Zoé, esto es, la instructora de la vida. Después, las potestades lo llamaron «bestia» (theríon), de modo que pudiera engañar a las creaturas de ellos.55
La introducción del hombre psíquico dotado del pneûma en un cuerpo terrenal es atestiguada también por el Apócrifo de Juan:
Entonces (los arcontes) arrastraron a Adán hacia la sombra de la muerte a fin de modelarlo otra vez con (aquella mezcla de) tierra, agua y fuego y con el espíritu que procede de la materia —que es la ignorancia de la oscuridad y del deseo— y con su espíritu contrahecho.56
La aparición del hombre psíquico en cuerpos terrenales, supone para Adán y Eva el olvido del elemento espiritual, hasta que por sugestión de la serpiente, lograron contrarrestar el olvido haciendo que brillara en ellos «la luz del conocimiento», con lo cual se opusieron a la voluntad de los arcontes que los expulsaron del paraíso.57
La escuela valentiniana merece ser estudiada aparte por la cuidadosa elaboración de su doctrina y por la similitud de su exégesis bíblica con la de la Magna Iglesia.
Sostenían —apoyándose probablemente en Sabiduría 11, 18: «... que creó el mundo de una materia invisible» (quae creavit orbem terrae ex materia invisa )—, que el cuerpo originario de Adán, modelado en el día sexto de la creación, no podía ser visible ni carnal ya que provenía de un polvo (χοῦς) de naturaleza especial, de materia animada e invisible. Al igual que sus maestros los ofitas, los valentinianos consideraban el plasma del primer hombre como una sustancia etérea y clara, de índole espiritual,58 que no era propiamente psyché pero tampoco sôma sin alma. Los arcontes o el demiurgo lo habían plasmado a partir de un sustrato invisible y sutil que, como consecuencia de la formación «a imagen», adquirió el carácter de sôma psychikón. Para fundamentar esto, recurrían al texto de 1 Co 15, 44, en que el Apóstol utiliza la misma expresión. El cuerpo carnal y visible apareció más tarde, en el día octavo, y fue consecuencia de la culpa. La carne visible se aleja notablemente del cuerpo modelado en el día sexto, pues, este último es hombre, si bien de naturaleza humilde, mientras que aquella no es propiamente hombre, sino su vestido y cárcel, lo que el Gn 3, 21 —según ellos—, llama «túnicas de piel».
Una vez fabricado el mundo, también hizo al hombre, «sacado de la tierra»59 (Gn 2, 7; 1 Co 15, 47). No lo hizo de tierra seca, sino tomando algo de la sustancia invisible, de materia difusa y fluida, en la cual sopló el elemento psíquico. Este es el hombre hecho «a imagen y semejanza» (Gn 1, 26). Ante todo según la imagen es el hombre hýlico: cercano, pero no consustancial a Dios.60 Según la semejanza es el hombre psíquico, a cuya sustancia se le llama «espíritu de vida» (Gn 2, 7), porque surge de un fluido espiritual. Y, dicen ellos, en tercer lugar la «túnica de piel» (Gn 3, 21): ésta sería la carne sensible.61
En este rico pasaje se perfila también la diferencia sustancial entre dos de las tres clases de hombre en que los valentinianos fragmentaban su antropología: el hýlico o material, en el que predominaba el elemento carnal, predestinado a la condenación en virtud de su naturaleza material alejada de toda posibilidad de adquirir la Gnosis salvífica, y el psíquico o racional, pudiendo acceder a la Gnosis por tratarse de una categoría intermedia de hombre, equidistante entre la oscuridad de la materia y la luminosidad del espíritu. El hombre pneumático o espiritual, por su parte, corona la jerarquía antropológica, siendo aquel que está destinado a recibir la Gnosis vivificante por el predominio del pneûma en su ser.
Clemente de Alejandría recoge un testimonio de la escuela valentiniana semejante al citado por Ireneo:
Habiendo (el creador) tomado polvo de la tierra, no de la seca (οὐ τῆς ξηρᾶς), sino una parte de la materia múltiple y compleja, fabricó un alma terrena y material, irracional y consustancial con la de las bestias. Tal es el hombre «a imagen».62
Resulta curioso que los atributos con que los valentinianos de los Excerpta caracterizan a la materia, «múltiple y compleja» (τῆς πολυμεροῦς καὶ ποικίλης) sean los mismos que Ireneo señala para el páthos de Sophía alejada del Pléroma, quien sucumbió a todo tipo de sufrimientos «múltiples y variados».63 Según Orbe, esto induce a pensar que el epíteto paulino de Efesios 3, 10: «para que la multiforme (πολυποίκιλος) sabiduría de Dios sea dada a conocer...», pasó a significar para los valentinianos el páthos de la Sabiduría mundana, que se reflejó en la materia cualificada de Adán. Pero, al mismo tiempo e inversamente, la «materia compleja y múltiple» de donde provino Adán, representaba los elementos múltiples y complejos de los que procede el Hombre celeste.64 También utilizaban el texto paulino de 1 Co. 15, 50: «la carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios», para aplicarlo al individuo carnal y visible procedente de la tierra árida, pero no al hombre hýlico simple, invisible, surgido de la tierra fluida. De este modo encontraban una justificación bíblica a sus prejuicios contra el cuerpo de carne.
Según los valentinianos, las tres especies se hallaban comprendidas en Adán, por tratarse del origen del género humano, y simbolizadas —como hemos visto—, en sus tres hijos: Caín, Abel y Set. Como resulta inadecuado atribuir la salvación propia del πνεῦμα a la ψυχή, y más aún, al σῶμα, los valentinianos consideraron hombre perfecto sólo al espiritual o pneumático. El alma no está incluida en la constitución del ἂνθρωπος τέλειος, y mucho menos aún el cuerpo. A pesar de convivir en el mundo y en un mismo individuo, estas tres especies operan en planos metafísicamente tan distantes como los que separan al Dios Bueno del Demiurgo, y a éste de la tierra. Los hombres hýlicos participan de la naturaleza irracional de los animales, de los cuales sólo se diferencian por tener cuerpo de hombre; los psíquicos participan de la sustancia de los arcontes del Demiurgo, distinguiéndose de ellos por su forma humana. En estas dos especies, la diferencia es externa, pero en el caso de los hombres pneumáticos, participantes de la naturaleza de los ángeles satélites del Salvador, la diferencia es de cualidad, pues, mientras estos ángeles poseen una esencia masculina no preparada para progresar en virtud, los hombres espirituales están dotados de una esencia femenina proveniente de Sophía, que los hace aptos para el progreso cualitativo.
Por lo tanto, el elemento común a estas tres especies de hombre es lo específicamente humano, es decir, la configuración externa o interna por la cual un hombre difiere de un animal, de un arconte o de un ángel. Recurriendo a la Escritura, se advierte que según Gen. 2, 7, el hombre hýlico fue el primero en aparecer y su forma humana es debida a la plásis del Demiurgo. A esta clase de hombre le sobrevino el psíquico, y a éste, a su vez, el pneumático. Por lo tanto, la condición humana de estos dos últimos linajes no está dada por su origen, sino por la forma adquirida en el plasma.
De este modo, según la antropología valentiniana, lo específicamente humano y determinante como tal, es la forma del organismo plasmado por el Demiurgo, la cual pertenece propiamente al hombre hýlico, por cuyo medio se pasa al psíquico y, de éste, al pneumático. Este pasaje de una sustancia a la otra está concebido de acuerdo a las pautas de la filosofía estoica, según la cual, la semejanza de los hijos con los padres y abuelos se debe a que las simientes proceden del cuerpo entero y del alma, y que los tipos y caracteres se configuran en virtud de los mismos orígenes, como si un pintor dibujara la imagen del ejemplar con los mismos colores.65 Todo hombre posee un σῶμα que lo circunscribe y delimita, y en la armonía y disposición de sus miembros hay algo que los hace aptos para el ejercicio del alma racional y de la gnosis. Precisamente, la única ventaja de un hombre hýlico sobre un animal radica en su organismo, ya que para un valentiniano, no hay diferencia entre el alma de esta clase de hombre y la de una bestia. Este hombre hýlico fue modelado a imagen del Demiurgo. A continuación, sobrevino la formación del hombre psíquico por inseminación del germen psíquico del Demiurgo en el hombre hýlico. Esta segunda clase de hombre, si bien imperfecto aún, era el verdadero hijo del Creador, quien le infundió la vida racional, es decir, el alma. Este es el hombre hecho a semejanza del Demiurgo, no a su imagen. Finalmente, se arriba al hombre pneumático, formado a semejanza de Sophía e inspirado por ésta en el hombre psíquico, previamente «sembrado» en el hombre hýlico.
En base a lo expuesto, se pueden adelantar algunas conclusiones. Primeramente, en oposición a Platón, que define al hombre por su alma, los valentinianos lo hacen por el σῶμα. En segundo lugar, lo que específicamente constituye al hombre como tal no está en la esencia ni en la cualidad, ya que tanto la ὕλη como la ψυχή y el πνεῦμα, son sustancias diferentes y, como tales, producen cualidades distintas. Las tres especies humanas difieren en su esencia y convienen en el cuerpo modelado por el Demiurgo. En tercer lugar, esta valoración del cuerpo por parte de los valentinianos obedece a dos razones: la primera, sostenida en la autoridad de la Escritura según la cual Dios plasmó a Adán; la segunda es de orden doctrinal, ya que consideran que Dios lo modeló de esa manera, porque tal distribución de sus miembros era la única que lo hacía apto para el ejercicio de la vida humana, es decir, el Creador configuró el plasma de acuerdo a su finalidad. El Demiurgo, consciente o no de su tarea, modeló al hombre conforme a la imagen del Ánthropos, Hijo de Dios o Forma Dei, que le fue impuesta por el Dios Bueno. Por lo tanto, el organismo humano no fue hecho a imagen y semejanza del Demiurgo o de sus arcontes, sino del Ánthropos, Hijo Unigénito, paradigma del hombre. Como tal, compendia en sí mismo la variedad y disposición armónica de sus miembros. Precisamente, las perfecciones orgánicas del hombre terrenal y carnal, responden al modelo de las perfecciones divinas o «miembros de luz» del Unigénito. Este Ánthropos de luz, además de ser Forma Dei, Imagen o «forma externa», posee una virtud divina a la que los valentinianos llaman Semejanza, es decir, la «forma interna» o principio de vida interior, por el cual actúa como Dios. Por ambas formas, externa e interna, el Ánthropos es paradigma del hombre en las tres especies en que lo conciben los valentinianos. El hombre hýlico imitará, de acuerdo a las leyes de la materia, la forma externa o Imagen mediante la figura corporal externa, y la Semejanza o forma interna, de acuerdo a la vida corporal interna, conforme a la figura humana que lo diferencia de las bestias y la particular disposición de sus miembros. El hombre psíquico despliega la imitación en un plano superior al primero, pero manteniendo ambos aspectos, el externo corporal y el interno psíquico. El hombre pneumático, por su parte, conservando los dos aspectos anteriores, realizará su imitación dinamizando la vida del pneûma.
Cada una de estas especies de hombre son, dentro de sus respectivos planos, auténticamente hombres, por estar hechos los tres a imagen y semejanza del Ánthropos. La forma externa o imagen y la forma interna o semejanza, interactúan entre sí, pues ambas reflejan en el plano psíquico al Unigénito, cuyas dimensiones antropológicas imita el individuo humano en el hecho de ser hombre. De ahí que el plasma de Gen. 2, 7 no representa para los valentinianos un cuerpo inerte, sino más bien un organismo apto para actuar como hombre. La insuficiencia del plasma, recreada por los gnósticos en el mito del «hombre gusano» que mencionamos anteriormente, radica en su incapacidad para alcanzar la vida divina, no la humana que le corresponde per se, ya que si para levantarse y caminar como hombre fuera necesaria la intervención de Sophía, ningún hombre hýlico ni psíquico podría vivir como humano.
La vida interior fluye por imperio de la forma exterior, es decir, la imagen predomina sobre la semejanza, y no viceversa. Actuando desde el exterior hacia el interior, es el organismo el que determina y actúa la humanidad del hombre.
En este sentido, la antropología valentiniana se ajusta rigurosamente a las Escrituras, pues, uniendo las dos noticias de la creación del hombre según Gen. 1, 26 y 2, 7, sostiene que lo propiamente humano es el plasma hecho a imagen y semejanza del Ánthropos. A su vez, el ejemplarismo valentiniano sostiene que lo específicamente humano del plasma se encuentra en la disposición de sus miembros, la cual imita las perfecciones o «miembros de luz» del Ánthropos. Por lo tanto, en esta antropología no se advierte un dualismo entre la forma exterior y la vida interior del hombre, como tampoco lo hay entre la imagen o Forma Dei del Ánthropos y su semejanza con Dios.
El hombre psíquico adquiere su organismo psíquico en contacto con el plasma u hombre hýlico, y el hombre pneumático, a su vez, adquiere su naturaleza espiritual por convivencia con el psíquico. Pero los tres linajes humanos, como imágenes y semejanzas del Ánthropos único, son completos en sus respectivos organismos y vidas propias.
En consecuencia, se puede apreciar de qué manera la antropología valentiniana exalta la dignidad del cuerpo, en función de su plásis a imagen y semejanza del Ánthropos, a la vez que rechaza todo dualismo cuerpo/alma y, más aún, la tricotomía cuerpo/alma/espíritu. Para estos gnósticos el hombre es simple, de esencia hýlica, psíquica o pneumática, aun cuando en este mundo convivan los tres dentro del mismo individuo.
En cuanto al destino particular de cada una de estas tres especies de hombres, los valentinianos sostienen que, a pesar de su origen divino a imagen y semejanza del Unigénito, el hombre hýlico es incapaz de la salvación y está inexorablemente destinado a la corrupción. El fatum del hombre hýlico está determinado por su carácter material y no por su condición de hombre, pues, la materia es incapaz de ser tocada por la Gnosis divina, la cual sólo llega al hombre espiritual. El hombre intermedio, caracterizado por la esencia psíquica, tampoco es alcanzado por la Gnosis, sino por un don menor, la Pistis, una suerte de «gracia psíquica» que proporciona una salvación inferior; este don sólo es impartido al alma recta como compensación por sus obras. En este determinismo, la misma voluntad de Dios queda sujeta a las leyes naturales de la materia. Ireneo lo cuestiona diciendo:
También dicen que todas las cosas retornan a los elementos de que fueron hechas, y que aun Dios está sujeto a este destino, de modo que lo mortal no puede recibir la inmortalidad ni lo corruptible la incorrupción; sino que cada ser ha de volver a la sustancia de su naturaleza: es lo mismo que afirman los poetas y escritores estoicos, llamados así por provenir del Pórtico, los cuales ignoran a Dios. Estos, tan incrédulos como aquellos, asignaron la región que está dentro del Pléroma a los seres pneumáticos, la región intermedia a los psíquicos, y la tierra a los materiales. Contra este orden, dicen ellos, nada puede hacer Dios, porque cada uno de los seres antedichos tiene que volver al lugar que corresponde a su sustancia.66
La crítica de Ireneo no se detiene aquí, pues, si las almas fuesen a un lugar de reposo en la «región intermedia», neutra respecto de la salvación o la condenación, como sostienen los gnósticos, entonces no habría juicio, con lo cual la cualidad de las obras sería indistinta; mientras que si los cuerpos que participaron junto a las almas en las obras de justicia, obtuviesen con ellas este lugar de reposo —puesto que la justicia es capaz de conducir al descanso a quienes de ella participaron—, entonces resultaría cierta la doctrina sobre la resurrección de los cuerpos.67
Considerando los respectivos destinos de los hombres pneumáticos y hýlicos, el determinismo valentiniano genera una antropología de élite y exclusión al mismo tiempo.68
3. La singularidad del hombre según San Ireneo
A la antropología fragmentada de los valentinianos, el Obispo de Lyon opone una concepción unitaria de hombre, sosteniendo que cuerpo, alma y espíritu no determinan tres tipos distintos de hombres, sino tres aspectos o dimensiones diferentes del ser humano.
Su concepción unitaria de hombre parte desde su misma lectura de la plásis de Adán, pues la única clase de hombre que el Lugdunense reconoce es aquella que proviene de la creación relatada en el Génesis, que también es única. La antropología del Obispo de Lyon mantiene la profunda unidad que se advierte en la tradición hebreo-cristiana en su concepción del hombre, no obstante lo cual se aprecian elementos helénicos en algunos de sus textos, como lo muestra el siguiente:
Dios será glorificado en su creatura que por su bondad ha hecho semejante a él, y conforme a la imagen de su Hijo. Pues el hombre, y no sólo una parte del hombre se hace semejante (similitudo), por medio de las manos de Dios, esto es, por el Hijo y el Espíritu. Pues el alma y el Espíritu pueden ser partes del hombre, pero no todo el hombre; sino que el hombre perfecto es la mezcla (conmixtio) y unión (adunatio) del alma que recibe al Espíritu del Padre, y mezclada con ella la carne, que había sido creada (plasmata) según la imagen de Dios (secundum imaginem Dei)... Pues si alguien prescindiera de la sustancia de la carne, esto es, de la creatura, entonces no se podría hablar de que el hombre en cuanto tal es espiritual, sino sólo del espíritu del hombre y del Espíritu de Dios (1 Co 2,11). Mas este Espíritu se une a la creatura al mezclarse con el alma; y así, por la efusión del Espíritu, el hombre se hace perfecto y espiritual; y éste es el que ha sido hecho según la imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26). Si le faltase el Espíritu al alma, entonces seguiría como tal, siendo animado; pero quedaría carnal, en cuanto se le dejaría siendo imperfecto: tendría la imagen en cuanto creatura, pero no recibiría la semejanza por el Espíritu. Pues así como éste sería imperfecto, así también si alguien suprimiera la imagen y despreciara la creatura, ya no podría hablar de todo el hombre, sino de una parte del hombre o de algo distinto del hombre. No es que la sola carne creada sea de por sí el hombre perfecto, sino que es sólo el cuerpo del hombre y una parte suya.69
Este es uno de los textos en que mejor se aprecia la formulación antropológica de Ireneo. Como puede advertirse, hay una tenaz defensa de la unidad del hombre, al mismo tiempo que incurre en la confusión entre carne y cuerpo. Si bien mantiene la dialéctica hebrea entre basar (carne) y ruaj (Espíritu), cae en el esquema helénico que separa el alma del cuerpo, separación que resulta ajena al pensamiento judeocristiano primitivo para el cual basar incluye, a la vez, el cuerpo y el alma.
En oposición a los valentinianos, quienes afirman que el hombre se salva cuando abandona el cuerpo y el alma en el reingreso de su pneûma al Pléroma, el Lugdunense sostiene que ni el alma sola ni el Espíritu son el hombre, no pudiendo ser ni uno ni el otro el «hombre perfecto». Para la perfección se requiere el cuerpo.
En el texto que reproducimos más arriba, se diferencian por primera vez imagen y semejanza en el sentido técnico que luego se le dará en la Patrística. Con esta afirmación toma distancia de Filón, quien distinguió imagen de Dios de a imagen de Dios. Según el judío alejandrino, sólo el Verbo es imagen de Dios, mientras que a imagen de Dios fue hecho el hombre; de modo que éste, al ser imagen del Verbo, es imagen de la imagen divina,70 pero era impensable que el cuerpo del hombre fuera imagen de Dios, pues sólo su alma podía serlo, y de ésta, su parte más noble:
La facultad que emana de la fuente racional es el hálito. No se trata de aire movido, sino de una impronta o de una marca de la virtud divina, que Moisés llama con nombre propio imagen, dando a entender que Dios es el arquetipo de la naturaleza racional, mientras el hombre es sólo una copia o réplica de ella. El hombre (esto es), no el viviente de dos naturalezas (compuesto de cuerpo y alma), sino la especie más noble del alma, que se llama intelecto y razón.71
Ireneo sostiene que el hombre es una totalidad inseparable, a tal punto que si alguno suprimiera la realidad de la carne y considerara sólo el espíritu, lo que resta no es un hombre espiritual, sino el espíritu del hombre o el Espíritu de Dios. En otra página célebre de Ireneo se afirma notoriamente la unidad del hombre:
El hombre está equilibradamente compuesto (temperatio) de alma y carne, la cual fue formada a semejanza de Dios y plasmada por sus manos.72
El hombre cuerpo-alma es la imagen natural de Dios, «animal con lógos»73 formado según una justa proporción de carne y razón, mientras que el hombre espiritual es semejanza gratuita con Dios. La distancia que media entre el hombre compuesto de cuerpo y alma y el hombre espiritual, dotado del Espíritu de Dios, es la misma que existe entre el primer Adán y el segundo, es decir, entre el hombre destinado a ser imagen y semejanza de Dios y el que realiza en sí ese destino. Frente a la definición clásica de hombre, que lo concibe como «capaz de intelecto y ciencia», Ireneo utiliza otros tres epítetos totalmente impensables para la filosofía pagana: «capaz de entender al Padre Perfecto»,74 «capaz según la carne de una Vida divina».75 y «receptáculo de las operaciones del Dios verdadero, de toda su Sabiduría y Poder».76 Y todo esto en su mera condición de hombre carnal, pues la deificación del elemento más ínfimo atestigua el poder, virtud y sabiduría divinas. En lo más humilde del hombre, en su plásis desde el barro, se inscribe una capacidad infinita: el llamado a la perfección de la Vida divina. El pecado que afectó la espiritualidad comprometió seriamente la semejanza divina, pero ésta fue restituida y superada con creces en la encarnación del Verbo, acontecimiento sobre el que pivota toda la teología del Lugdunense:
Que todo esto sea verdadero quedó probado cuando el Verbo de Dios se hizo hombre, haciéndose él mismo semejante al hombre y haciendo al hombre semejante a él a fin de que, por esa semejanza con el Hijo, el hombre se haga precioso para el Padre. En los tiempos antiguos, en efecto, se decía que el hombre había sido hecho según la imagen de Dios; pero no se mostraba, pues aún era invisible el Verbo, a cuya imagen el hombre había sido hecho. Por tal motivo éste fácilmente perdió la semejanza. Mas cuando el Verbo de Dios se hizo carne (Jn 1,14), confirmó ambas cosas: mostró la imagen verdadera, haciéndose él mismo lo que era su imagen, y nos devolvió la semejanza y le dio firmeza, para hacer al hombre semejante al Padre invisible por medio del Verbo visible.77
De este modo, antropología, cristología y soteriología se vinculan íntimamente. La condición de hombre «espiritual» no se tiene por naturaleza, por el determinismo de la sustancia, como afirma el mito gnóstico que fundamenta la antropología valentiniana, sino que se va alcanzando en un tránsito progresivo que comienza en el polvo de la tierra, continúa por el barro primordial, luego por la carne plasmada, y culminará en la alteridad del Verbo. Para hacerse «dios», primero hay que hacerse «hombre»:
¿Cómo podrías hacerte dios si primero no te haces hombre?78
En este proceso de «hominización» es preciso el ejercicio de la libertad, de las acciones responsables del hombre que fue creado libre por naturaleza.79 En este punto Ireneo se opone al destino trágico de los gnósticos, en que las diversas especies de hombre están llamadas a la salvación o a la condenación por una suerte de tiranía metafísica que rige su origen. El hombre «espiritual» —para Ireneo—, es el único hombre compuesto de cuerpo y alma que ha recibido el Espíritu de Dios:
En efecto, los espíritus incorpóreos no pueden ser hombres espirituales, sino que es nuestra sustancia, esto es, la unión de alma y carne la que asume al Espíritu de Dios, y hace al hombre espiritual y perfecto.80
Otro texto que ilustra muy bien su antropología es el siguiente:
No ven (los herejes) que son tres los elementos de los cuales, como hemos dicho, se compone el hombre: carne, alma y Espíritu. El tercero es el que da la forma y nos salva, esto es, el Espíritu; otro es el elemento que recibe la unión y la forma, es decir, la carne, y el tercero (el alma) media entre los dos, y es el que, cuando consiente a la carne, cae en las pasiones terrenas. Si algunos seres humanos carecen de aquello que da la salvación, unidad y forma, con razón se les llama «carne y sangre», porque no tienen en sí el Espíritu de Dios. Por eso también el Señor los llama «muertos». «Dejad que los muertos sepulten a sus muertos» (Lc 9, 60), porque no tienen el Espíritu que da vida al hombre.81
Como puede apreciarse, Ireneo no asume la constitución tripartita natural del hombre según la antropología gnóstica, pues cuando dice que el hombre es «carne, alma y Espíritu», se refiere al Espíritu Santo, tal como lo demuestra el resto del párrafo al afirmar que «es el que da la forma y nos salva». Así, mientras en la antropología gnóstica el espíritu es un elemento constituyente natural que ya está salvado por naturaleza, para Ireneo, sin el Espíritu el hombre sigue siendo «humano» como tal, «animado», pero no perfecto, es decir, no llamado a la salvación, ya que ésta supone la unión del hombre con el Espíritu de Dios.
Hacia esa perfección debe crecer el hombre en un proceso madurativo en el que libremente se somete a la pedagogía divina. El proceso de maduración por el cual el hombre «se va haciendo más hombre», encuentra su más acabada expresión en la teología del acostumbramiento, que puede sintetizarse en dos de sus expresiones más preclaras: «el lento acostumbrarse del Espíritu a morar en la carne»82 para «comprender y portar a Dios».83 Esta educación progresiva se da en la única sustancia humana, corporal y carnal, a diferencia de la fragmentación gnóstica en los tres linajes, donde en lugar de la libertad impera el destino trágico.
Libertad y educación progresiva son dos temas centrales en la antropología de Ireneo, según la cual el hombre va «trabajando» la semejanza divina en el corazón mismo de la temporalidad, y no en una especie de fuga mundi como en el caso del hombre gnóstico.
La libertad posibilita al hombre el discernimiento del bien y del mal por experiencia y, para afirmar lo sensitivo y corporal de esa experiencia, el Obispo de Lyon utiliza metáforas relacionadas con los sentidos, como para que no queden dudas de que esa educación y maduración se dan no en lo conceptual, sino en la carne:
Y para que por experiencia aprenda lo que es malo y le arrebata la vida, y de esta manera no se vea jamás tentado a desobedecer a Dios. En cambio, puede guardar con empeño y por su propia decisión la obediencia a Dios, siendo que en ello consiste su bien... La percepción de las cosas que tocamos es más firme y segura que la que proviene de suposición o conjetura. Así como la lengua experimenta mediante el gusto lo dulce y lo amargo, el ojo por experiencia distingue lo negro de lo blanco y la oreja por medio del oído descubre la diferencia de los sonidos, así también la mente, habiendo experimentado una y otra cosa, puede discernir sobre el bien y hacerse más firme en mantener la obediencia a Dios...84
La elocuencia de estas metáforas sensoriales nos indica que para Ireneo, la experiencia es siempre de los sentidos, carnal, corporal y temporal. El hombre ha transmitido su experiencia a través del tiempo, posibilitando la tradición y la historia, y esa transmisión se ha realizado por el único medio que tiene el hombre de proyectarse hacia otros: la corporeidad.
Como conclusión general de todo lo expuesto, podemos decir que la comprensión del hombre en el siglo II depende del sentido del ser en general y se inscribe dentro de una determinada cosmovisión. Para los griegos, el ser del hombre lo constituye su alma, como lo afirmara Platón en el Alcibíades, pues en el alma encontraban el sentido de su permanencia. Esta es la raíz de su dualismo, en el que el cuerpo ocupaba un lugar inferior en la jerarquía ontológica. Para el hebreo y el cristiano, la unidad del hombre se sustenta en la radicalidad de su contingencia, ya que la finitud humana no admite nada permanente en ella y remite a un creador. La conciencia de la corporeidad como lugar por excelencia donde acontece la finitud, nos coloca directamente en un horizonte creacionista común tanto al judío como al cristiano, entre cuyas concepciones de hombre no encontramos diferencia en el plano metafísico. En cambio, las discrepancias surgen a partir de la antropología, a raíz de la reflexión de los pensadores cristianos en torno a la encarnación del Verbo, que indudablemente impactó de modo decisivo en la noción de hombre durante los primeros siglos de la era cristiana.
El cosmos creado es el orden de la temporalidad, de la finitud que se recorta en su límite, el de la corporeidad. Mientras los Padres entendieron ese límite y contingencia que representa el cuerpo como positividad y afirmación, los gnósticos, y entre estos especialmente los valentinianos, lo consideraron como la expresión de lo negativo, corruptible y generador de culpa, condenado al destino trágico de la materia contra la que abrigaban fuertes prejuicios platónicos. Consideraban imposible la salvación de la carne, mientras que los eclesiásticos no concebían otra. No obstante esto, ambas tesis coincidían en que lo específicamente humano se halla en el cuerpo, la forma humana, plasmada por el Demiurgo del Génesis a imagen y semejanza del paradigma divino, es decir, el Unigénito o Ánthropos —según los gnósticos—, o en función del Verbo encarnado, según los eclesiásticos.
La reacción del Obispo de Lyon resultó proverbial a la hora de la reafirmación de la identidad del único linaje humano creado por Dios y llamado a perfeccionarse en la historia, en la afirmación de la radical positividad del cuerpo. Es el hombre de carne el que ha de madurar hacia la teleíosis o perfección divina. Son las experiencias humanas vividas en la patencia de los sentidos las que han de construir la historia, la única historia que conocemos, pues «una y la misma es la fe de Abraham y la nuestra».85
La historia según los gnósticos, devenida en los particularismos resultantes de clasificar a los hombres en tres linajes: «espirituales», «psíquicos» y «materiales», incomunicables en origen, dignidad y destino, impedía una comprensión unitaria del hombre como humanidad. Ireneo advirtió con gran perspicacia que, en el paso del judaísmo al cristianismo se abrió un horizonte de universalidad en el cual la intersubjetividad cristiana se despliega. La experiencia de lo sublime no queda ya circunscripta a los límites de la sinagoga:
Cristo descendió no sólo en favor de aquellos que creyeron en tiempos de Tiberio César... sino en todos los hombres...86
La unicidad del hombre en el orden metafísico posibilitó la afirmación de una identidad no escindida, al mismo tiempo que fundamentó también una comprensión unitaria de la historia. De este modo, carne, tiempo y libertad convergen en la configuración de una antropología que sobresale entre las muchas que se formularon en el siglo II, y que hace justicia a la visión judía por la cual todos los hombres fueron creados por Dios de la misma manera, como afirma la madre de los Macabeos: «Yo te conjuro, hijo mío, mira el cielo y la tierra y observa todo lo que está en ellos, y comprende que Dios lo ha creado todo del no ente, y que la raza de los hombres ha sido creada de la misma manera».87
1 Para un estudio de las influencias de raíces indoeuropeas que se conjugaron en la formación del pensamiento helénico, puede verse: DUSSEL, Enrique, El dualismo en la antropología de la cristiandad. Desde el origen del cristianismo hasta antes de la conquista de América, Buenos Aires, Guadalupe, 1974, pp. 101–110.
2 JUSTINO, Diál. 6, 2, p. 313.
3 JUSTINO, Diál. 80, 4, p. 446.
4 JUSTINO, Diál. 5, 1, p. 310.
5 Cfr. PLATÓN, Fedón 81a, en GARCÍA GUAL, C. (Introducción, traducción y notas), Platón. Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro, Madrid, Gredos, 2007, p. 71.
6 JUSTINO, Diál. 6, 1, p. 313.
7 JUSTINO, 1 Apol. 18, 1–2, p. 201.
8 Cfr. JUSTINO, 1 Apol. 52, 7–8: «Y en qué sentido y tormento han de hallarse los injustos, escuchad lo que sobre esto fue dicho: ; “Su gusano no descansará y su fuego no se extinguirá” (Is 66, 24)», p. 239; cfr. 20, 4: «Y es así que cuando nosotros decimos que todo fue ordenado y hecho por Dios, no parecerá sino que enunciamos un dogma de Platón; al afirmar la conflagración, otro de los estoicos; al decir que son castigadas las almas de los inicuos que aun después de la muerte conservarán su conciencia, y que las de los buenos, libres de todo castigo, serán felices parecerá que hablamos como vuestros poetas y filósofos», p. 204. Precisamente, Justino distingue dos aspectos en el estadio final de los condenados, al que jamás llama «inmortal» ni «inmortalidad»: a) el de la conciencia eterna (αἰσθήσις αἰωνία) que culmina en el «gusano de la conciencia»; b) el del castigo sin fin (κάλασις αἰώνια) mediante el fuego eterno. Cfr. JUSTINO, 1 Apol. LVII, 3: «Pero si creen que nada hay después de la muerte, sino que afirman que los que mueren van a parar a una absoluta inconciencia, en ese caso nos hacen un beneficio al librarnos de los sufrimientos y necesidades de acá», p. 246. Para un estudio de la muerte en San Justino, puede consultarse ORBE, A., Antropología de San Ireneo, pp. 407–408.
9 Cfr. FILÓN de ALEJANDRÍA, Alegoría de las leyes (Legum allegoriae; en adelante: Leg. alleg.) I, XXXIII, 105–107, trad. y notas de Marta Alesso, en MARTÍN, José Pablo (editor), Filón de Alejandría. Obras completas, vol. I, Madrid, Trotta, 2009, p. 197.
10 JUSTINO, Diál 93, 3, p. 469.
11 Justino se refiere a Fedón 65 e, 66 a, República VI, 509 b y Carta VII 341 d 1.
12 JUSTINO, Diál. 4, pp. 307–309.
13 Así lo hace Juan Damasceno en los Sacra Parallela. Orbe comparte esta tradición. Cfr. ORBE, A., «La definición del hombre en la teología del siglo II», en: Gregorianum 48/3 (1967), p. 537.
14 De resurrectione 7– 8; en: ORBE, A., op. cit., pp. 538–539.
15 Esta expresión puede entenderse de dos maneras, dada la ambivalencia del término pneûma: a) Dios es material; b) Dios es no material. En un contexto bíblico, la expresión aparece en Jn 4, 24 y los intérpretes del Evangelio le han atribuido distintos significados, adelantándose a todos el gnóstico Heracleón, quien utiliza el texto para definir la simplicidad de la naturaleza divina (Orígenes lo cita en el comentario In Johannis 13, 21). Tertuliano lo interpreta en favor de la corporeidad de Dios (Adversus Praxean 7, 8; El Apologético 21, 11; Adversus Hermogenen 32, 3). Para la exégesis de este pasaje en los primeros siglos del cristianismo, véase ORBE, A., La teología del Espíritu Santo. Estudios Valentinianos, vol. IV, Roma, Analecta Gregoriana, 1966, pp. 26–33.
En un contexto estoico, el pneûma era uno de los nombres del principio activo y corporal de la naturaleza que, junto a otro principio pasivo, también corporal, se mezclaban en toda la materia existente. Sobre la causalidad de ambos principios en la filosofía del Portal, véase ELORDUY, Eleuterio, El estoicismo, Vol. I, Madrid, Gredos, 1972, pp. 244–253. Taciano piensa en ambos contextos. Cfr. MARTÍN, José Pablo, «Taciano de Siria y el origen de la oposición de materia y espíritu», en: Strómata, nro. 1 / 2, año XLIII, enero–junio 1987, pp.71–107.
16 TACIANO, Pros Héllenas 4, en RUIZ BUENO, D., Los Padres Apologetas griegos (s. II), p. 577.
17 TACIANO, op. cit. 12, p. 588.
18 TACIANO, ibidem 13, p. 590.
19 Cfr. TACIANO, idem 15, p. 593.
20 Con esto Taciano se aparta de cualquier compromiso con la idea pitagórica o estoica de los ciclos cósmicos.
21 Se refiere al tratado perdido: περὶ ζῶον.
22 TACIANO, Idem 15, p. 593.
23 Cfr. PLUTARCO, Diálogos píticos, 450 D, en Obras morales y de costumbres, trad. José Antonio Fernández Delgado, Madrid, Gredos, 1995, p. 435; Cfr. también SEXTO EMPÍRICO, Adversus mathematicos (en adelante: Adv. math.) VII, 269: ἄνθρωπος ἐστι ζῶον λογικὸν νοῦ καὶ ἐπιστήμη δεκτικόν («el hombre es animal racional, mortal, capaz de intelecto y ciencia») en MUTSCHMANN, H. (ed.), Sextus Empiricus, Opera, vol. II: Adversus Dogmaticos ( = Adversus Mathematicos VII–XI), Leipzig, Teubner, 1914, p. 63. Cfr. la clásica definición aristotélica de hombre en Tópica Ε 130 b 8. 132 a 19, como ζῳον ἐπιστήμης δεκτικόν.
24 Ver nota anterior.
25 ORBE, A., «La definición de hombre en la teología del siglo II», p. 542.
26 ATENÁGORAS, De resurrectione mortuorum (en adelante: De res. mort.) 12, en RUIZ BUENO, D., op. cit., p. 728.
27 En Timeo 37c, donde la palabra ἄγαλμα surge en el siguiente contexto: «A su vez, cuando concierne a lo racional, y el círculo de lo mismo, torneándose bien, lo revela, se producen necesariamente intelecto y ciencia. Y si alguien llamara de otro modo que “alma” a aquello en que estas dos cosas se generan, dirá cualquier cosa menos la verdad. Pues bien, cuando el padre generador lo percibió en movimiento y vivo, ícono (ἄγαλμα) nacido de los dioses eternos, se regocijó, y, complacido, se propuso hacerlo más semejante al modelo». Utilizamos aquí la traducción de Conrado Eggers Lan, Platón. Timeo, Buenos Aires, Colihue, 1995–1997, pp. 120–121. Resulta asimismo iluminadora la nota n. 68 al pie de la página 121, en referencia a la citada palabra. Por su importancia, la transcribimos completa: «Cornford traduce “un altar <o ‘relicario’, shrine> producido para los dioses inmortales”, y critica la traducción de ágalma como “imagen”; pero dicha acepción no parece poder leerse en Platón, y menos en las obras seguramente más vecinas al Timeo, como Filebo 38d10, Critias 119b5 y Leyes XI 931a6 (este último pasaje citado por Brisson, Timée p. 236 n. 184), en donde la idea de «figurilla» o «estatua» conlleva la de imagen. Cfr. W. Burkert, Griechische Religión der archaischen und klassischen Epoche, Stuttgart–Berlin–Köln–Mainz, 1977, p. 153 y 157. Ahora, el problema de si Platón está aquí llamando «dioses» a las Ideas, como ya lo hemos señalado, no es exclusivo de este pasaje, ya que se presenta también en Fedón, Parménides y Leyes IV, además de Timeo 92c (cfr. C. Eggers Lan, «Dios en la ontología del Parménides», en: Platón: Los diálogos tardíos, pp. 50–51).»
28 Cfr. FILÓN de ALEJANDRÍA, De opificio mundi (en adelante: Opif.) 137; «En efecto, se fabricó una especie de casa o de templo santo del alma racional que iba a llevar la imagen de la más semejante a Dios de las imágenes», en MARTÍN, J. P (ed.), op. cit., trad. y notas de Francisco Lisi, p. 147.
29 Cfr. CLEMENTE de ALEJANDRÍA, Stróm. VII, III, 16, 5: «Sin duda, el alma del hombre justo es principalmente imagen divina y está emparentada con Dios; en ella se edifica y levanta, por medio de la obediencia a los mandamientos, el que es guía de todos, mortales e inmortales, el soberano y progenitor de los buenos, el que es verdaderamente ley, oráculo y Logos eterno», en MERINO RODRÍGUEZ, M., Clemente de Alejandría. Strómata VI–VIII: Vida intelectual y religiosa del cristiano, Fuentes Patrísticas 17, Madrid, Ciudad Nueva, 2005, p. 363.
30 Cfr. ORBE, A., «La definición de hombre en la teología del siglo II», p. 542, n. 54.
31 ATENÁGORAS, De res.mort. 13, p. 729.
32 ATENÁGORAS, op. cit. 15, pp. 734–735.
33 Cfr. JUSTINO, 2 Apol. 4, 2; 5, 2, pp. 265 y 266.
34 TEÓFILO de ANTIOQUÍA, Ad Autolycum (en adelante: Ad Autol.) II, 10, en RUIZ BUENO, D., ibidem, p. 796.
35 TEÓFILO de ANTIOQUÍA, op. cit. II, 24, p. 815.
36 TEÓFILO de ANTIOQUÍA, ibidem II, 27, p. 818.
37 Cfr. NEMESIO de ÉMESIS, De natura hominis (en adelante: De nat. hom.) I, 46, en MORANI, Moreno (ed.), Nemesii Emeseni De natura hominis, Leipzig, Teubner, 1987, p. 6. En lo sucesivo, el número de página corresponderá al de la presente edición.
38 Esta expresión (ἀπ' ἀρχῆς) se refiere a la existencia antes de la creación del mundo. Cfr. ORBE, A., La teología del Espíritu Santo, p. 172.
39 Cfr. Oráculos caldeos, frs. 96–97: «Porque el alma, que es como un fuego brillante por la potencia del Padre, permanece inmortal, es señora de vida y contiene las plenitudes de los múltiples senos (del mundo). El alma de los hombres (arrebatada) guardará a Dios en sí, (y) sin tener de mortal está totalmente embriagada (desde lo divino). Alaba, pues, la armonía, bajo la que reside el cuerpo mortal», en: GARCÍA BAZÁN, F., Oráculos caldeos con una selección de testimonios de Proclo, Pselo y M. Itálico. Numenio de Apamea. Fragmentos y testimonios, Madrid, Gredos, 1991, p. 80.
40 Cfr. I Jn 3, 10.
41 VALENTÍN, Fragmento 4; posiblemente, la misma Homilía Sobre los amigos, mencionada en Stóm. IV, 6, 52. Cfr. ORBE, A., «Los hombres y el creador según una homilía de Valentín (Clem., Strom.IV, 13, 89, 1–91, 3)» I, en: Gregorianum 55/1 (1974), p. 6, n.5.
42 Basílides considera que hay que remitir el origen de la muerte al Demiurgo, y no al pecado humano.
43 CLEMENTE de ALEJANDRÍA, Stróm. IV, 13, 89, 1–4, en MERINO RODIRIGUEZ, M., Clemente de Alejandría. Strómata IV–V: Martirio cristiano e investigación sobre Dios, Fuentes Patrísticas 15, Madrid, Trotta, Ciudad Nueva, 2003, p. 177.
44 El docetismo (del griego dokeîn, «parecer») afirmaba que la humanidad de Jesús era sólo aparente. Según esta doctrina, Jesús es Dios con apariencia humana. En el siglo IV, Apolinar de Laodicea confundió sarx (carne) con sôma (cuerpo), y sostuvo que en Jesús el Verbo se unió al cuerpo, con lo cual quedó negada la existencia de su alma humana. Esto implicaba una recaída en el antiguo docetismo enseñado por algunos gnósticos del siglo II.
45 Se rechaza la tesis filoniana de raíz platónica, por la cual el «primer hombre» es un hombre ideal, que nada tiene que ver con el corporal e histórico: «Moisés dice a continuación: “Dios formó al hombre tomando un poco de tierra y sopló sobre su cara un soplo de vida” (Gn 2, 7). Muestra con esto que claramente distingue entre la existencia del hombre que acaba de ser formado con aquella que había sido engendrada previamente a la imagen de Dios. Aquella, la que ha sido formada, es sensible; participa entonces de la cualidad, está compuesta de cuerpo y alma, es hombre y mujer, es mortal por naturaleza. Esta, que ha sido hecha a imagen de Dios, es una idea, un género o una matriz inteligible, incorporal, ni macho ni hembra, incorruptible por naturaleza» (Opif. 134) Contra esta antropología, Pablo afirma que el «primer hombre» es el Adán histórico, mientras que el «segundo hombre» es el que acepta libremente la salvación que viene del Verbo encarnado.
46 Resulta preciso aclarar que entre los textos de Nag Hammadi, algunos parecen inclinarse más hacia una dualidad que hacia una tripartición antropológica. Trataremos el tema con más detalle en el capítulo II.
47 IRENEO, Adv. haer. I, 7, 5, 1–6. El orden respectivo de correspondencia es: Caín el hombre material, Abel el psíquico y Set el espiritual.
48 Tratado 4 del Códice II de Nag Hammadi (NHC II 4). Se trata de una exégesis esotérica del Génesis interpretado literalmente, que contiene una antropogonía y una teogonía, estratos que pueden derivar de fuentes comunes al Apócrifo de Juan y al tratado Sobre el origen del mundo. Ver: PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., op. cit. I, pp. 373–374.
49 «Viviente» es aquí sinónimo de «espiritual».
50 HipA. 87, 29s; en: PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., Ibidem I, pp.378–379.
51 Cfr. idem I, 94, 18.
52 «Entonces Jaldabaoth para llamarles la atención y atraerlos hacia sí, les dijo: “Venid, hagamos al hombre según la imagen (Gn 1,26). Seis potencias que lo oyeron, habiéndoles la Madre inspirado la imagen del hombre para liberarlas de la Potencia suprema, se reunieron para formar al hombre dotado de una inmensa longitud y anchura. Pero como éste sólo podía arrastrase, ellas lo llevaron a su Padre.» (Adv. haer. I, 30, 6, 9–15).
53 Adv. haer. I, 24, 1.
54 Sobre el origen del mundo (en adelante: OgM) (NHC II 5), 117, 28–118, 1; en: PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., idem I, p. 73.
55 113, 30, idem I, p.407.
56 21, 4 – 9, idem I, p.76. Este tratado llamado Apócrifo de Juan mezcla la constitución de los tres principios antropológicos con el ciclo paradisíaco, que pretende introducir al hombre en la historia. La Hipóstasis de los arcontes hace lo propio. PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., idem I, pp.76–77.
57 OgM. 119, 13–15, idem I, p.77.
58 «En un principio Adán y Eva tuvieron cuerpos ligeros, luminosos y espirituales, tal como fueron plasmados...», Adv. haer. I, 30, 9, 1–3.
59 χοικός »el terreno» . Es la misma etimología de los nombres dados al hombre en hebreo: Adam (
), «terreno», de Adamá (
) «tierra»; del mismo modo en el latín: homo, de humus. En el griego, χοῦς es «polvo» o «barro», mientras que χοικὸς; significa «hecho de barro».
60 Por «Dios» debe entenderse aquí el Demiurgo, ser psíquico a cuya imagen fueron hechos los seres psíquicos.
61 Adv. haer. I, 5, 5, 1–12.
62 CLEMENTE de ALEJANDRÍA, Excerpta ex Theodoto (en adelante: ET) 50, 1, en GARCÍA BAZÁN, F., La gnosis eterna I, p. 238s.
63 Adv. haer. I, 4, 1.
64 ORBE, A. La teología del Espíritu Santo, p.362.
65 Cfr. ORBE, A., En los albores de la exégesis iohannea. Estudios valentinianos II, Roma, Analecta Gregoriana, 1955, p. 358.
66 IRENEO, Adv. haer. II, 14, 4, 1–17.
67 Cfr. IRENEO, Adv. haer. II, 29, 2. Sobre este tema puede consultarse: LÖHR, Winrich A., «Gnostic Determinism Reconsidered», en: Vigiliae Christianae 46 (1992), Leiden, pp. 381–383.
68 Cfr. nuestro trabajo: «El “hombre que viene de lo alto”. Elitismo y marginación en la antropología valentiniana», en: Tópicos 11 (2003), Santa Fe, pp. 23–44.
69 IRENEO, Adv. haer. V, 6, 1, 1–9, 20–32.
70 FILÓN de ALEJANDRÍA, Leg. alleg. III, XXXI, 96, p. 268.
71 FILÓN de ALEJANDRÍA, Las insidias de lo peor contra lo mejor (Quod deterius potiori insidiari soleat) 83, introducción, traducción y notas de Marcela Coria, en MARTÍN, J. P. (ed.), op.cit. vol. II, 2010, p. 151s.
72 IRENEO, Adv. haer. IV, Pr. 4, 62.
73 IRENEO, Adv. haer. V, I, 3.
74 «capientem perfectum Patrem», Adv. haer. V, 1, 3, 21.
75 «capacem carnem illius Vitae quae a Deo datur», Adv. haer. V, 3, 3, 5.
76 «Gloria enim hominis Deus; operationis vero Dei et omnis Sapientiae eius et Virtutis receptaculum homo», Adv. haer. III, 20, 2, 13–15.
77 IRENEO, Adv. haer. V, 16, 2, 1–14.
78 IRENEO, Adv. haer. IV, 39, 2, 1.
79 IRENEO, Epid. 11.
80 IRENEO, Adv. haer. V, 8, 2, 5–8.
81 IRENEO, Adv. haer. V, 9, 1, 5–18.
82 Cfr. IRENEO, Adv. haer. III, 17, 1.
83 Cfr. IRENEO, Adv. haer. V, 8, 1.
84 IRENEO, Adv. haer. IV, 39, 1, 7–12, 18–27.
85 Cfr. IRENEO, Adv. haer. IV, 21, 1.
86 IRENEO, Adv. haer. IV, 22, 2, 1–4.
87 2 M 7, 28.
PRIMERA PARTE
El acontecimiento en la demiurgía divina: creación y alianza
CAPÍTULO I De la materia amorfa al hombre
Los gnósticos consideraban que la Creación y la Alianza eran la obra de un Demiurgo creador y legislador, inferior al Dios Supremo, sujeto a las leyes de la materia y opresor del hombre a través de la Ley entregada a Moisés. Por su parte, Ireneo ve en estos momentos sobresalientes de la historia una manifestación de la acción gratuita de Dios en beneficio del hombre.
La aparición de la materia primordial o sustrato de la creación, fue objeto de numerosas especulaciones en el siglo II. Entre las diversas teorías, se destacan las afirmaciones de los gnósticos, quienes construían sofisticados mitos para justificar la aparición de la materia amorfa o substantia materiae como el producto de una ignorancia y defección acaecida en el seno del Pléroma. Estas tesis estaban animadas por los característicos prejuicios platónicos contra la materia. En la concepción gnóstica, el surgimiento al ser de la primera materia está necesariamente vinculado al origen del mal.
El Obispo de Lyon enfrenta la problemática en cuestión, más por la imposición del contexto que por considerarla importante, pues lo que realmente reviste interés para él es la creación sensible, sosteniendo que fue hecha por Dios en beneficio del hombre. En referencia a esta convicción, desautoriza a los gnósticos en sus concepciones peyorativas acerca de la materia, desvinculando la génesis de la misma del origen del mal. Sostiene que unde materia? y unde malum? no constituyen interrogantes necesariamente relacionados entre sí. Consideraremos en primer lugar, las principales argumentaciones gnósticas que se elaboraron entre los valentinianos y los discípulos de Basílides, para tratar finalmentela respuesta de Ireneo.
1 . Ejemplarismo y creación en los gnósticos
Las principales escuelas gnósticas, tales como las de los valentinianos, ofitas, barbelognósticos y basilidianos, concordaban en que la aparición de la materia amorfa obedecía a una degradación de la sustancia divina como consecuencia de un páthos ocurrido en el Pléroma, que devino en la expulsión de esa substantia materiae a«extramuros» de la plenitud divina. Esa pasión fue suscitada por la ignorancia de Sophía, la hipóstasis divina concebida como agente o ayudante de Dios en la creación del mundo, quien queriendo conocer al Padre Desconocido desencadenó una tragedia cósmica. Esta materia amorfa contenía de modo caótico todas las sustancias del cosmos, y al surgir de un desorden producido en el más alto rango ontológico, se la consideró causa de todos los males inherentes a lo sensible. Al mismo tiempo, por provenir de una pasión, constituía el origen de las pasiones humanas.
De las escuelas gnósticas mencionadas, nos abocaremos al estudio de la valentiniana y basilidiana, por la complejidad y originalidad que presentan sus respectivas soluciones al problema de la materia.1
1.1. Valentinianos
Entre sus argumentaciones destinadas a explicar el origen de la materia, se destacan tres mitos: el de la «Sombra del primogénito», el del «desbordamiento de lo inteligible», propio de los valentinianos de la escuela itálica y, finalmente, el mito de «la cruz y el velo», reductible a los dos anteriores. Los analizaremos sucesivamente.
a. La Sombra del Primogénito
En un significativo pasaje de Ireneo, encontramos elementos que permiten dilucidar esta especulación de carácter mítico que el Santo atribuye a Valentín, y que aparece aquí por primera vez entre los cristianos:
El Cristo no habría sido emitido por los Eones del Pléroma; sino que la Madre, una vez que se halló fuera del Pléroma, lo engendró según la memoria de los mejores,2 y por eso lo dio a luz en una cierta sombra. Este, como nació masculino, se libró de la sombra y volvió al Pléroma. Entonces la Madre, abandonada en la sombra y privada de la sustancia espiritual (pneumática), emitió otro Hijo. Este es el Demiurgo, a quien (Valentín) llama el Soberano universal (Pantokrátor) de todos los seres que le están sometidos3. 4
En líneas semejantes, ya se había adelantado Filón:
Besaleel se traduce «a la sombra de Dios» (ἐν σκιᾷ θεοῦ). Sombra de Dios es su Lógos, del que se sirve de instrumento para crear el mundo. Esta sombra y especie de reproducción es el arquetipo de las demás cosas. Pues como Dios es el paradigma de la imagen, que al presente ha llamado sombra, así la imagen viene a ser paradigma de otros...5
La escuela oriental, representada por Teódoto, coincide en la descripción de este mito, si bien con pequeñas variantes. Según la noticia de Ireneo, Sophía, en su situación extrapleromática a la que descendió por su excesivo deseo despertado por la ignorancia, sintetiza todo lo que no es eterno. Como principio femenino y pasivo ha de ser fecundada, pero en su destierro y vaciada del pneûma, no tiene quien la fecunde.6 Por ser Sabiduría, Sophía engendrará pensando en algo. Según Valentín, este eón desterrado recordó el Pléroma del que había salido para, de acuerdo a él, fabricar el mundo sensible. Esta memoria de los mejores es la que la hizo fecunda. Se advierten aquí las diferencias entre Teódoto y Valentín. El primero, omite la expresión secundum memoriam meliorum, guardando silencio sobre el objeto del pensamiento de Sophía; tampoco la llama Achamot, como en el mito de Valentín. Será éste quien llene esa laguna en el argumento de Teódoto, diciendo que fue la «memoria de los eones del Pléroma» la que hizo fecunda a Sophía.7 Pero ambos relatos convienen en que Cristo fue engendrado por el pensamiento (ἔννοια) o la memoria (μνήμη) que Sophía tuvo del Lógos intramuros del Pléroma. La positividad de este aspecto del mito radica en que Sophía, aun en su condición infrapleromática, no se rindió al domino de las pasiones y experimentó una tensión hacia lo divino, a partir de la cual engendró todo lo espiritual que anidaba en su seno. Es decir, su drama representa el objeto de los designios positivos de Dios sobre el hombre. Lamentablemente, los gnósticos no explican cómo la memoria puede engendrar. Lo más cercano a esta concepción, lo podemos hallar en la definición estoica de la memoria como «una impresión perseverante y tenaz», intermedia entre la fantasía y la experiencia.8 Pero la explicación del Pórtico resulta insuficiente para iluminar el fenómeno de Sophía, ya que su memoria requiere la visión inmediata del Noûs o Hijo de Dios, el Lógos interno con el que tomó contacto por su recuerdo.
Pero este mito comporta al mismo tiempo un aspecto negativo, que debe ser considerado simultáneamente a la generación secundum memoriam meliorum del Hijo de Dios, Cristo o Luz; se trata precisamente de la aparición de su contrapartida, la Sombra, origen de todo lo creado. Al nacer de su madre Sophía, Cristo arrastró una sombra (σκία), a la cual los valentinianos suelen llamar «aborto», hystérema o kénoma, punto de partida del universo material.9 Con la antítesis luz–sombra, los valentinianos intentan explicar la simultaneidad de la aparición del Hijo de Dios y de la materia, de la cual el primero hace las veces de paradigma, pues, lo que la sombra es al cuerpo, fue la carne de Cristo a su Espíritu que la engendró. Así lo entiende Ireneo, quien citando el famoso texto de Lm. 4, 20 —que diera lugar a uno de los más antiguos testimonia—10 escribe:
Dice en otra parte Jeremías: «El Espíritu de nuestro rostro es el Señor Cristo; cómo fue apresado en sus redes, aquel de quien hemos dicho: a su sombra viviremos entre las naciones». La Escritura dice que Cristo, aun siendo Espíritu de Dios,11 debía hacerse hombre sometido al sufrimiento, y revela en cierto modo sorpresa y sobresalto ante la Pasión que debía sufrir Aquel a cuya sombra habíamos dicho que íbamos a vivir. Sombra significa su cuerpo,12 pues así como la sombra viene producida por un cuerpo, así el cuerpo de Cristo fue producido por su Espíritu. Mas la voz sombra significa asimismo la humillación de su cuerpo y la facilidad de ser humillado. En efecto, como la sombra de los cuerpos erguidos se proyecta al suelo y es hollada bajo los pies, así el cuerpo de Cristo echado a tierra en la Pasión, fue, por así decirlo, hollado bajo los pies. Llama sombra al cuerpo de Cristo por haber venido a ser sombra de la gloria del Espíritu que velaba. Con frecuencia, al paso del Señor, venían colocadas a lo largo de su camino personas afectadas de enfermedades varias; y todos aquellos a quienes alcanzaba su sombra eran salvos.13
También Clemente Alejandrino, en un texto que resulta paradójico, afirma:
La sombra de la luz no son tinieblas, sino iluminación.14
En el mito valentiniano, la aparición simultánea de la sustancia divina representada en el Hijo y de la sustancia creada representada en la sombra, constituye la respuesta al problema del origen de la materia. Resultan evidentes las connotaciones pitagóricas y platónicas, ya que esas escuelas sostenían que el alma pura «no hace sombra», mientras que la impura «arrastra una sombra».15
También en la teogonía y cosmogonía de los tratados gnósticos de Nag–Hammadi pueden encontrarse alusiones a la materia como sombra, de modo similar a lo expresado en la escuela de Valentín:
(Es de saber que) hay un velo entre las realidades superiores y los eones de la parte inferior, y que una sombra vino a existir más abajo del velo, y esta sombra pasó a ser materia, y esta sombra fue arrojada a un lugar particular.16
Se advierte claramente aquí la identificación de la materia con la sombra, además de su carácter de «arrojada» a una región inferior.
En otro escrito gnóstico alineado en la corriente de exposiciones esotéricas de carácter adámico–setianas, se plantea una situación cósmica primordial en la que las tres primeras potencias, a saber, Luz, Espíritu y Oscuridad, se encuentran en equilibrio pasivo. La Luz advierte que existe el desorden y vileza de la materia, a la cual se la identifica con la Oscuridad y se la considera ignorante y carente de percepción, de modo tal que siente sin percibir, creyendo que no existe nada sobre ella. Se trata de una masaque contiene en estado de confusión los elementos del cosmos, tales como viento (tierra más aire), agua y fuego, provenientes de la caída y pasiones que han acompañado al descenso del intelecto (noûs) y lo tienen prisionero:
Había Luz, Oscuridad y Espíritu en medio de ellas. Puesto que tu raíz cayó en el olvido (y) éste era el (estado del) Espíritu inengendrado, estoy mostrándote lo preciso sobre los poderes. La Luz fue pensada plena en el escuchar y la palabra. Estaban unidos en una idea única. Y la Oscuridad era viento en las aguas, (bien que) poseyendo el intelecto envuelto con un fuego agitado. Y el Espíritu, que está en medio de ellos, era una luz tranquila y humilde. Son estas las tres raíces. Reinaban cada una en sí mismas solas y se cubrían entre sí, cada una con su poder. La Luz, sin embargo, puesto que poseía un gran poder, conoció la ruindad de la Oscuridad y su desorden, pues la raíz no era recta. La irregularidad de la Oscuridad, sin embargo, carecía de facultad perceptiva, o sea (cree que) ninguno hay sobre ella.17
En uno de los más extensos escritos de Nag–Hammadi, de inspiración valentiniana oriental, la materia es el resultado de una ruptura en la cadena emanativa, generando un mundo ilusorio destinado a desaparecer. Utiliza el recurso de la sombra como una analogía de la proyección de la imagen:
... de modo que es como una sombra que se proyecta, para que fuera como los que están apartados de las Totalidades...18
El mito de Valentín, al mismo tiempo que explica el pasaje desde las realidades superiores a la materia, destaca el carácter amorfo de la misma a través de la figura de la sombra, que es llamada a la iluminación así como la materia lo es a la demiurgía del Hijo de Dios. Esto último se deja ver en un mito de Tolomeo que trae Ireneo19 acerca de los ángeles acompañantes de Cristo, cuyo número era correlativo al de los hombres pneumáticos a quienes aquellos habrían de iluminar,20 y de los cuales eran paradigmas. Persiste de este modo la correlación característica del mito de Valentín entre la luz y la sombra, paradigma divino y sustancia creada, generación divina y creación de sustancia amorfa, pares que en este relato de Tolomeo se encuentran impostados bajo la figuras de los ángeles del Salvador y los gérmenes humano–divinos de Sophía u hombres pneumáticos. Por iniciativa del Θέλημα y la Δύναμις divinos, las cosas pasan de su existencia ideal en el Lógos a su presencia real en la creación. Este Lógos que actúa como paradigma o typos que se refleja en su propia sombra, es la causa ejemplar de la materia. En una etapa posterior, este paradigma pasará a ser el Demiurgo que, separando las esencias mezcladas en la sombra,procederá a la creación del mundo.
b. El desbordamiento de lo inteligible
Este mito es propio de la escuela itálica y encuentra su base de sustentación en la cosmogonía de los ofitas, descripta por Ireneo de la siguiente manera:
Entonces el Padre y el Hijo se copularon con la Mujer, a la que por ello llaman Madre de los vivientes (Gn 3,20), y dicen que ella fue incapaz de soportar y contener la grandeza de la Luz, la cual se derramó (superrepletam) a borbotones (superbullientem) por el lado izquierdo... La Potencia que brotó (superebullit) de la Mujer tenía la exhalación de la Luz.21 Abandonando él a sus Padres se lanzó a las regiones de abajo, por su propia voluntad, llevándose la exhalación de la Luz. Se le llama la Izquierda o Prúnico, la Sabiduría o el Masculino–Femenino. Descendió a las aguas inmóviles y las puso en movimiento, sumergiéndose vanidosamente hasta lo más hondo, y de las aguas tomó un cuerpo.22
La materia aparece aquí como el fruto de una emisión defectuosa o abortiva por parte de una tríada superior, integrada por el Padre (Ánthropos, Primer Ánthropos), el Hijo (Hijo del Ánthropos, Segundo Ánthropos ) y el Espíritu Santo (Prima Femina).23 De la unión de las partes de esta tríada, fue engendrado un hombre andrógino que se escindió en Cristo superior (Tercer Ánthropos) y en Sophía, a la que llaman Prúnicos o Segunda Mujer. El Cristo es una proyección del Hijo del Ánthropos y se erige en el padre del mundo que será creado a continuación, mientras que Sophía es una proyección de la Primera Mujer y se convierte en la Madre de la futura creación. El Cristo, Varón perfecto, es el paradigma o causa ejemplar de los hombres futuros, mientras que Prúnicos es la Hembra imperfecta que contiene en sí misma la substantia materiae, sustrato del mundo sensible, y todos los elementos de la futura creación en un estado de confusión o caos primordial, del cual se escindirán luego para configurar las tres sustancias del universo creado, a saber: espiritual, psíquica y material. La colorida descripción de los elementos que hace Ireneo, mencionando el agua, las tinieblas, el abismo y el caos, revela elocuentemente el estado de confusión primigenio:
Otros más cuentan la prodigiosa narración de que en la potencia del Abismo hubo una Luz primera, dichosa, incorruptible e infinita, que fue el padre de todas las cosas, al que llaman Primer Ánthropos. De él nació el Pensamiento como hijo suyo: éste es el Hijo del Hombre, es decir el Segundo Ánthropos. Sobre éstos está el Espíritu Santo, y sobre este Espíritu de lo alto se hallan separados los elementos agua, tinieblas, abismo y caos. Y dicen que el Espíritu vuela sobre éstos (Gn 1, 2), al que llaman Prima Femina. En seguida, según dicen, el primer Hombre se regocijó con su Hijo al ver la hermosura del Espíritu, es decir, de la Mujer, y habiéndola iluminado, de ella engendró la Luz incorruptible, y al tercer Hombre, al que llaman Cristo, hijo del Primero y del Segundo Hombre, unidos al Espíritu Santo que es la Primera Mujer.24
Para apreciar el status ontológico que estos gnósticos le asignan a la materia amorfa, conviene prestar atención a la dignidad otorgada al «parto» originario: mientras el Cristo fue engendrado a través de un parto «perfecto», Prúnicos devino de una emisión abortiva y residual, pero no por defecto, sino por desbordamiento o sobreabundancia del primero. Así lo da a entender el uso de los términos superrepletam y superebullit que utiliza Ireneo.
Al igual que en el mito de Valentín, se aprecia la aparición simultánea del Paradigma de la creación y de la materia llamada a la demiurgía, la cual, apenas surgida es arrojada a la región de la sombra, si bien llega a la existencia como una superabundancia de las realidades superiores, es decir, del Tercer Ánthropos. La concepción simultánea de la causa ejemplar de la creación y de los elementos caóticos que han de conformar el universo creado, no constituye un dualismo, sino una dualidad que da cuenta al mismo tiempo de los aspectos positivos y negativos del origen del mundo sensible. No obstante, la materia primordial siempre aparece en la sombra, la confusión y el caos, lo cual ilustra la manera negativa en que los gnósticos la valoraban.
c. La cruz y el velo
Este mito, que puede reducirse a los dos anteriores, concitó la atención especial de Tolomeo y quedó consignado en la siguiente noticia de Ireneo:
Emergió el último y más joven de los doce Eones, el Eón nacido de Hombre e Iglesia, es decir Sabiduría, y experimentó una pasión fuera del abrazo de su esposo Deseado... La pasión consistía en la búsqueda del Padre; pues, como dicen, quería comprender su grandeza; mas, como no era capaz porque emprendía una tarea imposible, se halló de pronto en una inmensa agonía por la grandeza del Abismo de lo inescrutable del Padre, y por su amor hacia él; y como siempre se lanzaba más hacia delante, al final habría quedado diluida en la dulzura del Padre y disuelta en la Sustancia universal, si no le hubiera salido al paso la Potencia que consolida y conserva todas las cosas fuera de la inefable grandeza. Llaman Límite (Hóros) a esta Potencia. Esta, pues, sostuvo y reafirmó la Sabiduría, la cual, apenas vuelta sobre sí misma, se convenció de que el Padre es incomprensible, depuso su primer Deseo con la pasión que se había producido, nacida de la admiración llena de estupor... Después de hundirse en estos sufrimientos, ella (la Sabiduría) experimentó un regreso y trató de volver al Padre; pero después de animarse un breve tiempo, se desalentó y suplicó al Padre, y a su ruego se unieron los otros Eones, sobre todo la Mente. Aquí es donde, según ellos, tuvo su primer inicio la sustancia de la materia (substantiam materiae),25 nacida de la ignorancia, la tristeza, el temor y el estupor.26
En cuanto al Límite, al que llaman con muchos nombres, afirman que tiene dos funciones; la de consolidar y dividir: en cuanto consolida y confirma se llama Cruz (σταυρός): en cuanto divide y demarca se llama Límite (ὅρος).27
Se destaca en estos textos la presencia de un límite entre el Pléroma o región del Unigénito y el Kénoma u orden creatural. Esa frontera recibe el nombre de «cruz», y es el ejemplar dela cruz de madera en la que se produjo la pasión del Jesús histórico. Con su doble operación de consolidar y dividir, el ὅρος delimita las perfecciones del Hijo, al mismo tiempo que separa el páthos del Pléroma, relegándolo al reino de las sombras en el cual fue levantada la cruz sensible sobre la que padeció el Jesús histórico. El σταυρός, por su parte, lejos de separar, confirma e inmoviliza evitando la dispersión. Según el mito, Sophía se hubiera vaciado diluyéndose en el Kénoma, de no haber sido por la Cruz que la mantuvo fija. Hipólito expone claramente el contraste entre las funciones de ὅρος y σταυρός:
Dícese Horos, porque aparta (ἀφορίζει) del Pléroma y expulsa (ἔξω) al hystérema... Llámase también Staurós porque está fijo, sin poder moverse ni cambiarse a otro lugar (ὅτι πέπηγεν ἀκλινῶς καὶ ἀμετακινήτος).28
En La hipóstasis de los arcontes, la separación entre el Pléroma y el mundo creado toma la forma de un velo (καταπέτασμα) que separa la región superior del engendro de Sophia, según continúa diciendo el texto ya citado:29
Pues bien, la hechura (de la Sabiduría) fue una obra realizada en la materia, una especie de aborto. Recibió figura a partir de la sombra. Era una bestia arrogante parecida a un león. Era andrógino, pues, como ya dije, provino de la materia.
Se conjuga aquí el mito del velo con el de la sombra, propio de Valentín. El sentido es idéntico: la sombra se convierte en materia amorfa, sustrato de la futura creación, que en la región del Kénoma da consistencia y realidad concreta a lo que en el reino de la Luz actúa como ejemplar y paradigma. De ahí el origen simultáneo del Unigénito y de la susbstantia materiae.
d. El «grano de mostaza» de los basilidianos
Según una tradición recogida por Hipólito, Basílides e Isidoro, su hijo y discípulo, habrían recibido por parte de Matías —quien había reemplazado a Judas Iscariote—, una enseñanza secreta del Salvador acerca del origen de la materia. Según esta doctrina privada, Dios habría emitido a la existencia una semilla pluripotencial y multicolor que concentra en sí misma de manera abigarrada, todos los futuros elementos del cosmos. Se trataría de una simiente o καταβολή que compendia un elemento divino y perfecto —el Hijo—, y otro imperfecto representado por una caótica mezcla de sustancias, que gradualmente irán constituyendo el orden creatural.
... por otra parte, me refiero a este «cosmos» no como el que ha llegado a la existencia después y proporcionado según latitud y dimensión, sino a la simiente del cosmos. Esta simiente del cosmos lo encerraba todo en ella, como el grano de mostaza encierra en su diminuta dimensión todo lo que esparce conjuntamente: las raíces, el tallo, las ramas, las hojas y la innumerable multitud de los granos que han nacido del retoño... Así por lo tanto, el Dios que no es hizo un cosmos que no es, a partir de lo que no es, habiéndose dejado caer y establecido como una semilla única que no es que encerraba en sí la mezcla total de todas las semillas del cosmos.30
A través del complejo lenguaje antinómico de Basílides, se advierte la multiesencialidad de esta semilla que contiene en sí lo que luego se ha de desplegar en la economía de lo sensible. Se trata de una πανσπερμία que expresa míticamente la multiforme Sabiduría divina señalada por la Escritura en Ef. 3, 10, cuya exégesis era habitual entre los gnósticos. Basílides unifica en una sola simiente lo que Valentín escinde en dos emisiones: la perfecta y luminosa del Cristo, y la abortiva y umbrátil de Sophía.
A pesar de la triple negación de la sentencia basilidiana en cuanto a Dios, el cosmos y la materia de éste, no se debe caer en el error de pensar que el gnóstico sostiene una creación ex nihilo a la manera de Taciano —primer filósofo cristiano en defender la idea de una demiurgía divina sin materia preexistente—31, ya que el heresiarca considera como «no ser» al mismo autor del universo.
Por consiguiente todas las cosas —dice (Basílides)—, estaban atesoradas en la simiente, cuantas se pueden declarar y las que se pueden omitir porque todavía no se han encontrado y cuantas pueden venir a la existencia desde la simiente del mundo futuro que estaban destinadas a adaptarse a él que crece según necesidad, por agregación, en los tiempos convenientes (καιροί), por influencia de tan grande y óptimo Dios, al que la creación no pudiendo expresar ni tampoco comprender, está separado y llegaa ser echado ante sí como lo que no es, del mismo modo como vemos que al niño recién nacido se añaden posteriormente los dientes, la sustancia progenitora, la capacidad de juicio y todo lo que antes no existía y que, agregándose progresivamente, permite al niño llegar a ser un hombre... ¿de qué tipo, pues, de emanación —dice—, hizo uso Dios o de qué materia como sustrato para hacer el cosmos?, ¿(hizo) como la araña hace sus telas o como el hombre para fabricar toma bronce, madera o cualquier otro material? Por el contrario —dice—, «habló y se hizo», y esto significa, según sostienen los basilidianos, lo dicho por Moisés: «Hágase la luz y la luz se hizo» (Gn 1, 3). ¿De dónde —dice—, tiene existencia la luz? Desde ninguna parte, porque —dice—, no está escrito a partir de dónde, sino sólo de lo nacido desde la voz del que habla; pero el que habla —dice—, no existía, ni tampoco lo dicho.32
A pesar de su marcado aristotelismo,33 el maestro gnóstico sostiene una cosmogonía en la que todo deviene de un origen sobre el que nada puede decirse y, al mismo tiempo, inicia el despliegue poiético a partir de la palabra y la voluntad; en consecuencia, toma distancia del Peripato al excluir de su esquema los ámbitos privilegiados del hylemorfismo, a saber, la biología y la artesanía.
En todas las soluciones gnósticas al problema del origen de la materia amorfa, se advierte la presencia constante de dos elementos: la causa ejemplar, divina, asociada a la Luz o al Unigénito que hace las veces de paradigma, y la emisión deficiente, abortiva, vinculada a la región de las sombras, propia de la sustancia material sobre la cual el Demiurgo ha de configurar la creación del mundo. Esta concepción evoca la distinción platónica de dos clases de entes: inteligibles y materiales,34 así como la dualidad Ideas–mundo que supone una acción demiúrgica dirigida a ordenar el caos.
2. Ireneo: la dimensión cósmica del acontecimiento
El Lugdunense elabora su argumentación teniendo a la vista el valor indiscutido de la creación sensible, y como ésta se hizo en base a la demiurgía de la materia amorfa primordial, la importancia que esta última reviste para Ireneo radica sólo en su carácter preliminar. No obstante, combate a sus adversarios con una lógica impecable, estableciendo homologaciones tales como las de la inenarrabilidad del origen de la materia y de la generación del Verbo divino, transfiriendo la cuestión al terreno del misterio. Por otra parte, pone en evidencia la falibilidad de la sustancia espiritual o angélica, que también registró una caída, liberando a la materia sensible de la culpa que le impusieran los gnósticos. Recurriendo a la Escritura y a la literatura teológica más conspicua de su tiempo, introduce el problema en una dimensión trinitaria que aumenta la eficacia de la antigua tríada platónica sobre el mundo. Al declarar la racionalidad de la creación así como la decidida intención divina de beneficiar al hombre con la aparición de la materia primordial, Ireneo nos revela la dimensión cósmica del acontecimiento.
2.1. El recurso a la Escritura
Además de Gn 1, 1–2s. y del ya citado versículo de 2M 7, 2835 en que se indica la aparición de los entes desde el no–ser, otros dos textos de un mismo libro deuterocanónico hacen referencia a distintos aspectos de la creación: uno de ellos menciona la materia amorfa, mientras que el otro consigna el advenimiento de las cosas a la existencia:
Ya que tu mano omnipotente, aquella que creó el mundo de una materia informe...36
El ha creado todas las cosas para que subsistan...37
Pero no cabe duda de que lo que ha influido en Ireneo de una manera particular, es una sentencia de Hermas en El Pastor, obra a la que el Lugdunense consideraba canónica e inspirada como Escritura.38
Bien dice la Escritura: «Ante todo cree que hay un solo Dios que creó, hizo y consumó todas las cosas a partir de la inada para que existiesen, El contiene todo y nada puede contenerlo»39 (Mand. I, 1).40
En la Epideixis, Ireneo retoma la expresión de El Pastor para enriquecerla introduciendo en ella al Lógos —que no había sido tenido en cuenta por Hermas—, y concordar así con lo afirmado en la Regla de la Verdad, acerca de que «Dios creó todas las cosas per Verbum suum».41
... que el Eterno e Indefectible es Dios, por encima de todas las creaturas, y que cada cosa, sea de la especie que sea, está sometida a Él, y cuanto a Él fue sometido fue por Él creado. Dios, por lo tanto, no ejerce su poder y soberanía sobre lo que pertenece a otros, sino sobre lo que le es propio. Y todo es de Dios. En efecto, Dios es omnipotente y todo proviene de Él. Porque es necesario que las cosas creadas tengan por principio alguna causa grande, y el principio de todo es Dios. Él no tiene origen en otro, antes por el contrario, todo fue creado por Él. Es, pues, necesario creer primeramente que hay un Dios, el Padre, el cual creó y organizó el conjunto de los seres e hizo existir lo que no existía, y conteniendo el conjunto de los seres es el único incontenible.42 Ahora bien, en tal conjunto se halla igualmente este mundo nuestro, y en el mundo, el hombre.43
A partir de la simple sentencia de Hermas: «(El) Dios es uno» (εἴς ἐστιν ὁ θεός), Ireneo va construyendo por medio de sutiles interpolaciones y cambios de sujeto, una verdadera doctrina trinitaria de la creación. Por ejemplo, en un primer paso, a losverbos constituit, consummavit y fecit, atribuidos por Hermas a Dios, el Lugdunense los remite al Padre, como puede apreciarse en el texto. En la conclusión de este extraordinario pasaje, Ireneo se aproxima gradualmente hacia lo que constituye el foco de su preocupación; partiendo desde Dios quien contiene el conjunto de los seres, afirma que dentro de este conjunto está nuestro mundo y, dentro del mundo, el hombre. Como si se tratara de círculos concéntricos, cada uno conteniendo al otro, el hombre está situado en el centro de la obra divina y es el objeto de todos los beneficios de la creación. Para el Lugdunense, la cosmología encuentra su justificación en la antropología; Dios creó la materia, y con ella el universo, para bien del hombre. En una formulación seguida a la anterior, Ireneo presenta al Verbo como causa instrumental de la creación:
He aquí la demostración (de esta doctrina): que hay un solo Dios, Padre, increado, invisible, creador del universo; ni por encima de Él ni después de Él existe otro Dios; que Dios es racional (λογικός) y por esto todos los seres fueron creados por medio del Verbo (λόγος); y Dios es Espíritu, y con el Espíritu lo dispuso todo, según dice el profeta: «Por la palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y por obra de su Espíritu todas sus potencias» (Sal 32, 6). Ahora bien, ya que el Verbo establece, es decir, crea y otorga la consistencia a cuanto es, allí donde el Espíritu pone en orden y en forma la múltiple variedad de las potencias, justa y convenientemente el Verbo es denominado Hijo, y el Espíritu, Sabiduría de Dios».44
En tercer lugar, afirma la racionalidad de Dios y su condición de Espíritu, es decir, mediante el Verbo y el Espíritu fundó y organizó todas las cosas. De este modo, queda introducido el Espíritu, junto al Verbo, como el otro intermediario de Dios en la creación. El hecho de fundar (κτίσις) tal como aparece en el texto, es una acción personal del Verbo cuyo efecto se verá en las creaturas. Por su parte, la expresión crear, constituir otorgada al Verbo, en Ireneo equivale a hacer subsistir, dar cuerpo o realizar las obras del cuerpo.45 Por su parte, ordenar e informar son acciones propias del Espíritu, quien dispone y perfecciona en el orden dinámico lo que ya ha sido creado y establecido. De este modo, al mismo tiempo que quedan distinguidas las funciones del Verbo y del Espíritu en sus respectivas intervenciones durante la creación, Ireneo permite descubrir tres etapas en la constitución de los seres: una primera indiferenciada, propia de la materia amorfa o creatio prima;46 una segunda, diferenciada y configurada, caracterizada por la forma: se trata de la creatio secunda; la tercera etapa, es la consumación cualitativa de la creatio secunda, en la que las sustancias reciben una configuración ulterior de orden dinámico. El Lugdunense atribuye la primera etapa al Padre, la segunda al Verbo, y la tercera al Espíritu Santo.47
La creación es una obra racional, porque proviene de un Dios dotado de Razón y de Espíritu y todas las cosas fueron hechas por medio del Lógos. Esto implica que en la materia creada hay una inteligibilidad que se ordena en favor del hombre y, por lo tanto, la racionalidad de la sustancia debe ser accesible al lógos humano, para que el hombre sea capaz de comprender los designios divinos inscriptos en la rigurosa materialidad de sus obras con vistas a su plenificación y realización.
En cuanto al origen de la materia amorfa previa a la demiurgía del Hexamerón, resulta curioso que Ireneo no le preste la atención que el tema demandaría según el contexto pagano de la época. Por el contrario, sólo se refiere a ella por imposición del «ambiente» intelectual de su tiempo, pero restándole la importancia que le asignaban los gnósticos y considerándola sólo como un paso preliminar a la creación verdaderamente relevante, en la que tendrá lugar la plásis del hombre. Por ello, en su recurso a las Escrituras, nunca cita por cuenta propia los oscuros pasajes de Gn 1, 1–2, en los que se aprecia el uso del vocablo «tierra» en ambos versículos, a la vez que la presencia de ciertos elementos ya diferenciados en el v. 2, tales como la «tierra desordenada y oscura», el «abismo» y las «aguas» sobre las cuales «aleteaba» el Espíritu de Dios. Al mostrarse remiso a citar un pasaje bíblico en el que se vería comprometido a justificar los elementos contenidos en él, Ireneo se muestra más cuidadoso aún que otros apologetas, como por ejemplo Teófilo de Antioquía, quien aborda ese texto indirectamente, a través de una mención a Moisés.48 Por el contrario, el Lugdunense apela al silencio de las Escrituras acerca del origen de la substantia materiae:
Si hablando sobre la naturaleza de la materia decimos que Dios la ha producido, en nada erramos: pues de la Escritura hemos aprendido que Dios tiene el primado sobre todas las cosas. Pero ni la Escritura nos ha explicado de dónde o cómo la produjo, ni nosotros debemos inventarlo haciendo infinitas conjeturas sobre Dios a partir de nuestras opiniones, sino que hemos de reservar este conocimiento a Dios.49
Este texto debe leerse conjuntamente con otro:
Porque Dios no tenía necesidad de ningún otro, para hacer todo lo que Él había decidido que fuese hecho, como si Él mismo no tuviese sus manos. Pues siempre le están presentes el Verbo y la sabiduría, el Hijo y el Espíritu, por medio de los cuales y en los cuales libre y espontáneamente hace todas las cosas, a los cuales habla diciendo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26): toma de sí mismo la sustancia de las creaturas, el modelo de las cosas hechas y la forma del ornamento del mundo.50
Comparando ambos pasajes pareciera que Ireneo incurrió en una contradicción, pues, por un lado, sostiene que hay dos incógnitas tocantes al origen de la materia sobre las cuales habría que guardar silencio, a saber, de dónde y cómo fue emitida por Dios a la existencia: «Unde autem vel quemadmodum emissit (Deus) eam (substantia materiae)». Por otra parte, afirma que Dios tomó de sí mismo la sustancia de las creaturas: «ipse a semetipso substantiam creaturarum... accipiens»; con esta aseveración parece avanzar sobre uno de los aspectos respecto de los cuales la Revelación impone la censura de toda especulación.
Para resolver esta cuestión, viene en ayuda un tercer fragmento:
Dicen (los valentinianos de Tolomeo) que éste fue el origen y la esencia de la materia de la cual está compuesto el mundo. Del desarrollo del mundo y del Demiurgo toda alma sacó su origen, y todo lo demás fue formado del temor y la tristeza. Porque de sus lágrimas (las de Achamot) provienen todas las sustancias húmedas, de su risa las brillantes, y de la tristeza y el temor los elementos materiales del mundo.51
Para comprender a Ireneo es preciso recurrir muchas veces a la doctrina de sus adversarios. Frente a esta solución valentiniana a la cuestión del origen de la materia, Ireneo expresa su rechazo, pero sin dejar de reconocer el problema. El Lugdunense afirma en más de una ocasión que, a diferencia de los seres humanos que requieren materia preexistente para fabricar algo, Dios es poderoso para hacer la propia sustancia de la materia.
¿Acaso no es vergonzoso y ridículo decir que de las lágrimas de la Madre (Achamot) brotó la sustancia húmeda, de su risa la brillante, de su tristeza la sólida, de su temor la movible, y luego elevarse e hincharse de orgullo por su saber? Se resisten a creer en el Dios poderoso e infinitamente rico que creó la materia, ignoran el poder del ser espiritual y divino y, sin embargo, creen que su Madre, a la que llaman «mujer nacida de mujer» emitió, movida por las mencionadas pasiones, la creación de una materia tan abundante. Luego se preguntan de dónde el Demiurgo sacó la sustancia de la creación, pero no se preguntan de dónde su Madre, a la que llaman el Deseo del Eón extraviado, sacó tal cantidad de lágrimas, sudores, tristeza y todo lo demás que necesitó para emitir la creación.
Atribuir la sustancia de las creaturas al poder y voluntad del Dios universal, es creíble, aceptable y lógico. Por eso se ha dicho con justicia: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18, 27); porque los seres humanos no son capaces de hacer algo de la nada, si no cuentan con materia ya existente. En cambio Dios es superior al hombre, ante todo porque Él mismo proveyó para su obra la materia que antes no existía.52
Estos pasajes de la obra de Ireneo complementan el de IV, 20, 1, pues, por ser el autor de la sustancia amorfa, el Padre es también quien sostiene por su poder y voluntad a todas las cosas en su primum esse.
Su oposición a las tesis gnósticas sobre la creación de la materia no puede ser más contundente. En un texto inmediatamente anterior al citado, los acusa de dos transgresiones: en primer lugar, de falta de fe en el poder y voluntad del Creador —a quien ellos llaman Demiurgo—, pues lo consideran capaz de configurar la materia informe, pero no de darle existencia; en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, sostiene que la soberbia y contradicción propias de su cosmogonía los conduce a exponer el origen de la materia excluyendo al Creador del Génesis, al cual desprecian en su vana ilusión de creer explicar el surgimiento al ser del sustrato del cosmos.
Ellos, pretendiendo explicar las escrituras y las parábolas, introducen una cuestión de más envergadura e impía, acerca de si existe otro Dios sobre el Dios Creador del mundo. ¿A dónde lleva esto? No a resolver las cuestiones, sino a introducir en las preguntas menores una mayor, atándola con nudos insolubles. Por ejemplo, a fin de aparentar saber que saben (sin haberlo aprendido)... no creen que por libre voluntad Dios creó las cosas materiales de la nada, y que hizo lo que no era para que fuese (2M 7, 28) usando su voluntad y el poder de su esencia; pero tratan de aparentar que son capaces de explicar de dónde procede la sustancia material, y para ello fabrican teorías sin fundamento, en las cuales descubren su incredulidad: de esa manera, no creyendo en lo que es, han caído en las redes de lo que no es.53
La voluntad y poder divinos señalados aquí, son las potencias en virtud de las cuales Dios otorgó a la materia su existencia. No significa que las cosas tengan en sí la sustancia divina, como si la materia fuera un desprendimiento de la misma y las creaturas tuvieran su sustento en ella, a la manera de un panteísmo. Por el contrario, el querer y poder de Dios les han dado gratuitamente a las cosas aquello por lo cual estas se fundamentan. La sustancia o primer sustrato de las cosas creadas corresponde a la voluntad y poder divinos, así como la forma o especie de las creaturas corresponde al Verbo en tanto ejemplaridad o paradigma de todas ellas.
Otros dos textos importantes iluminan el pensamiento ireneano en cuanto a la creación de la materia por la libre voluntad de Dios, en contraste con la acción del demiurgo gnóstico cuya obra estaba condicionada por las leyes del sustrato que debía configurar. Al enfatizar el querer y poder divinos, Ireneo va aclarando qué es lo que significa el hecho de que Dios haya producido a semetipso la substantia materiae, alejando toda sospecha de panteísmo. Precisamente, el primero de los textos mencionados vincula las expresiones a semetipso, ex sua potestate, substantia omnium voluntas deus y Virtutis suae:
... Él por sí mismo creó libremente (ipse a semetipso fecit libere), con su propio poder dispuso y llevó a cabo todas las cosas (ex sua potestate et disposuit et perfecit omnia), y la sustancia de todo lo que existe ha recibido el ser de su voluntad (et est substantia omnium voluntas eius): sólo a Él lo descubrimos como Dios que hizo todas las cosas, como el único Soberano universal y el único Padre, que creó y realizó todas las cosas, visibles e invisibles, racionales e irracionales, terrenas y celestiales, mediante el Verbo de su Poder (Verbo Virtutis suae) (Hb 1, 3), que compuso y ordenó todas las cosas con su Sabiduría; el único que contiene todo y en cambio nada puede contenerlo.54
En otro pasaje, Ireneo enfatiza una vez más la soberanía de Dios en la creación; la libertad de acción del único Dios creador no se ve coaccionada por la materia, como sí ocurre en el caso del demiurgo gnóstico.
Así como el cielo sobre nosotros, el firmamento, el sol, la luna, las demás estrellas y todo su esplendor (Gn 2, 1) antes no existían, pero una vez creadas han durado por tanto tiempo según la voluntad de Dios, de modo semejante no se engañará quien se fije en las almas, los espíritus y todas las demás cosas, y vea que, habiendo sido hechas —y por eso tienen un comienzo—, duran mientras Dios lo quiera (perseverant autem quoadusque ea Deus et esse et perseverare voluerit)... Es, pues, Dios quien otorga la vida y la duración perpetua; le es posible conceder esa vida perpetua a almas que antes no existían, si Dios quiere que existan y que sigan viviendo (quum eas Deus et esse et subsistere voluerit).55
Al mismo tiempo que acentúa la plena soberanía de Dios en la aparición de las cosas creadas, Ireneo introduce la Sabiduría —según vimos en II, 30, 9—, como otro elemento para esclarecer el origen divino a semetipso de la sustancia.56 Lo reafirma en un pasaje de la Epideixis:
Ahora bien, ¿de dónde proviene la esencia de la primera creatura? De la Voluntad y de la Sabiduría de Dios, y de la tierra virgen.57 58
En otra ocasión, al referirse al universo creado sustituye la expresión Voluntate et Sapientia por Sapientia et Virtute e incluso Virtute et arte et Sapientia, precedidas en cada caso por la partícula ex. Implica que Dios se sirve de su Poder, arte y Sabiduría como si fuera de su propia sustancia, para sostener a las creaturas en su existencia. Se trata de una bella manera de afirmar el indeclinable compromiso asumido por Dios en el sostén del mundo sensible, en el cual se dispuso la Salvación del hombre.
Tan elevada Economía no se realizó a través de creaturas ajenas, sino propias; ni fueron plasmadas por ignorancia o penuria, sino que recibieron su ser de la Sabiduría y el Poder del Padre. Porque éste no era tan injusto, como para desear lo ajeno, ni tan indigente como para no poder producir la vida por sus propios medios; sino que dirigió la propia acción creadora a la salvación del hombre. Ni la creatura hubiese podido llevarlo, si hubiese sido producto de la ignorancia y la penuria. Pues, que el Verbo de Dios hecho carne haya sido colgado del madero (Hch 5, 30), de muchos modos lo hemos expuesto, y aun los mismos herejes confiesan que fue crucificado. Mas un producto de la ignorancia y la penuria, ¿cómo podía cargar sobre sí al que es perfecto y conoce la verdad de todas las cosas? ¿Y cómo una creación separada y tan alejada del Padre pudo portar su Verbo?59
Se aprecia aquí el acento anti–gnóstico de Ireneo, pues, mientras aquellos sostienen que la materia procede de la ignorancia y defección de Sophía, el Lugdunense pone su origen en la Sabiduría y Virtud divinas. El carácter antitético del argumento ireneano es presentado así con notable claridad. Además de invocar la virtud, poder, arte y Sabiduría divinas, el Lugdunense recurre a otra cualidad de Dios —la bondad—, para ampliar su argumento acerca del origen divino a semetipso de la materia:
Platón, en comparación con éstos (los marcionitas), es más religioso... Pone la bondad de Dios (bonitatem Dei) como principio y origen de la creación del mundo, no la ignorancia ni los lamentos ni los clamores de la Madre, ni otro Dios Padre.60
En efecto, la bondad de Dios como causa del origen del mundo es un tema probablemente inspirado en Platón, quien asegura que el demiurgo es bueno y sin envidia.61
No obstante, ni el recurso a la bondad, el poder, la virtud y la Sabiduría divina, ni siquiera el giro ex sapientia, resuelve el problema del origen inmediato de la materia amorfa, ya que en otros pasajes Ireneo se refiere a la Sabiduría en su obrar demiúrgico, conjuntamente con el Verbo, sobre el primer sustrato, y no en relación a la aparición inicial de la substantia materiae.
No es posible enumerar todos los elementos de los miembros humanos, que no provienen de otra fuente sino de la gran sabiduría de Dios (ex magna sapientia Dei). Pues todo aquel que participa de la sabiduría de Dios, también tiene parte en su poder.62
A. Rousseau63 advierte en este pasaje una referencia al Sal. 103, 24 en su expresión: «Todas las cosas las hiciste en la Sabiduría (Omnia in sapientia fecisti)», cuya mención por primera vez en la Patrística se atribuye a Orígenes.64 Según Orbe,65 en cambio, ni la versión latina ni el texto griego66 consignan esa información, y la reticencia de Ireneo en utilizar un texto tan conveniente para su argumentación, radicaría en el abuso en que sus adversarios incurrían al hablar de una doble Sophía, a saber, el eón u origen intencional de la materia (χώρα ἰδεῶν) y su aborto u origen real de la misma (τόπος σπερμάτων). Los gnósticos, sin mencionar explícitamente el texto,67 sostienen, no obstante, dos estadios de los seres en Sophía: una existencia ideal, noética, vinculada al páthos originario acaecido entre los eones del Pléroma, y una existencia real ligada al páthos o desorden a «extramuros» de la plenitud divina, a partir del cual aparece la materia informe. Ireneo recusa el énfasis que pone Tolomeo tanto en el estadio intencional de los seres68 como en su existencia real.69 También rechaza el mito de Sophía —admitido entre los distintos grupos gnósticos con muy pocas variaciones—70 y sólo acepta el origen de la materia ex sapientia Dei, pero no a la manera de sus adversarios, sino referido directamente a Dios como causalidad única y principal:
En efecto, en Él todo es coherente: la fe es completa en el único Dios omnipotente, del que todo proviene (ex quo omnia) (ἐξ οὖ τὰ πάντα), y en el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas (per quem omnia) (δι' οὖ τὰ πὰντα), y en su Economía salvífica por la cual el Hijo de Dios se hizo hombre...71
Ireneo no duda de que todas las cosas proceden de Dios, pero se detiene ante el misterio acerca del modo en que el primer sustrato proviene a Deo Patre como materia ex qua; según el Lugdunense, la inteligencia humana no puede dilucidar la manera en que Dios sacó de sí la substantia materiae. En tal sentido, impugna una vez más a los gnósticos recurriendo a un pasaje de la Escritura que declara el carácter inefable de la generación del Verbo, considerada por aquellos como simultánea a la aparición de la materia amorfa:
Sin embargo, de él (el Verbo) dice el profeta: «¿Quién podrá declarar su origen?» (Is 53, 8). Vosotros, en cambio, os ponéis a adivinar acerca de su origen a partir del Padre, y transferís el proceso de la palabra humana que la lengua emite a la emisión del Verbo de Dios: con esto sólo probáis que no conocéis las cosas humanas ni las divinas... Así pues, si alguien nos pregunta: «¿Cómo el padre emitió al Hijo?», le respondemos que esta producción, o generación, o pronunciación, o parto, o cualquier otro nombre con el que quiera llamarse este origen, es inefable.»72
En el argumento que Ireneo comienza a desarrollar a partir de II, 28, 4, se descubre que el punto débil de los gnósticos consiste en atribuir a Dios el proceso de intelección humana por el cual se gesta la palabra a partir del pensamiento. La Escritura habla de un Verbo de Dios, a semejanza, es decir, por analogía con la palabra humana, y no por igualdad con la misma. Por tratarse de un ser compuesto, el hombre piensa la palabra con su mente y la emite con su voz, resultando ese verbo un producto distinto del hombre. Pero como Dios es un ser absolutamente simple, su Verbo no es otro ser ni Dios lo profiere con su boca, sino que todo él resulta concebido y pronunciado en la Mente divina. Se trata de una concepción espiritual análoga, no idéntica, al proceso humano de emisión de la palabra; de ahí que sólo podamos entenderla en parte, resultándonos inefable. Los gnósticos, al confundir analogía con identidad, se consideran autorizados —según Ireneo— a elaborar las más ingeniosas especulaciones orientadas a dilucidar tanto el origen del Verbo como el de la materia. Pero en realidad, la intención de los gnósticos consiste en aislar al Dios inefable de todo compromiso con el mal y con la materia, para lo cual transfieren este problema al Demiurgo justo pero ignorante.
Los valentinianos establecían una relación entre el misterio de la procesión del Verbo y la emisión de la materia amorfa. Así como el Lógos fue engendrado por el Padre a partir de su misma sustancia, también la materia informe proviene del mismo origen. Ireneo entiende que la Escritura desautoriza a los gnósticos a discurrir acerca de dónde y cómo la sacó Dios de sí mismo. Si la materia surgiera desde la misma sustancia de Dios, sería tan espiritual y divina como el Verbo. Pero el Doctor de las Galias no habla de una materia «espiritual» y «celeste», sino que su vocabulario expresa de modo cabal que lo que tiene en mente es el sustrato primero de la creación, al cual se refiere como substantia materiae,73 materia subiacente,74 materia fabricationis,75 ipsa materia.76 Según el Santo, sólo entre esta materia y la generación del Verbo, así como su modo de procedencia desde el Padre, es posible trazar una analogía. No obstante, insiste en que sobre ese inenarrable origen, la Revelación arrojó un velo de silencio que nadie está autorizado a descorrer.
Ireneo establece una distinción entre las preposiciones ἀπὸ; y ἐκ de acuerdo a sus usos comunes, según los cuales se indica el origen de las creaturas. Según los textos precedentes, parece más probable que ἀπὸ; sea la preposición más conveniente para indicar el origen de las creaturas en cuanto a sus elementos constitutivos, tales como materia, forma y disposiciones. Según Ireneo, Dios crea la materia directamente, oponiéndose claramente al esquema gnóstico según el cual ésta proviene de manera indirecta desde el Dios Bueno, a través del Verbo y la Sabiduría.
Además, resulta inadmisible para Ireneo que el sustrato de la futura creación del mundo provenga de la ignorancia, la defección y el aborto. La voluntad, el Poder, el arte y la bondad divinas son cualidades que, si bien resultan insuficientes para responder al enigma acerca de cómo y de dónde Dios sacó la primera sustancia, son invocadas a contrario de la pesimista cosmogonía gnóstica, que introduce en la trama ontológica de la creación una pasión desordenada, lágrimas y penurias, a partir de lo cual no resulta sorprendente que los sectarios asocien el origen de la materia con el del mal. Ireneo demostrará que la materia lleva ínsita en su realidad, una positividad propia que impregnará a toda la creación futura en su alcance universal.
2.2. Per temporalia ad aeterna
El platonismo que configuraba la mayor parte del ambiente intelectual de la época, consideraba a la materia como la alteridad en sí misma, «no–ser», «no–belleza», «no vida». Los platónicos no cristianos admitían dos posturas con respecto a la materia, ya sea concibiéndola como lo que ocultaba la potencia inicial, de la cual aquella constituía el primer reflejo, o como una fuerza extraña a ese principio, del cual se alejó en algún momento original, obstaculizando su manifestación.77 No obstante sus diferencias, ambas tesis coinciden en un aspecto fundamental: la materia es inseparable del mal.
Ireneo enfrenta la cuestión recurriendo a la angeleología para impugnar a sus adversarios, a quienes —si bien no los combatió en el terreno filosófico—, vulneró en la coherencia de su pensamiento. Sostiene así, que el origen de la materia no puede estar asociado al origen del mal, porque los ángeles, a pesar de ser creaturas inmateriales, también incurrieron en transgresión.
Lo mismo se diga acerca del motivo por el cual, habiendo hecho Dios todas las cosas, muchas creaturas se negaron a someterse a Dios y se separaron de él; en cambio otras, las más, perseveraron y aún perseveran sujetas al Dios que las hizo. Cuál sea la naturaleza de las que pecaron, y cuál la de aquellas que perseveran, lo dejamos a la ciencia de Dios y de su Verbo...78
Junto a la inefabilidad de la procesión del Verbo y del origen de la materia informe, hay un tercer misterio —según el Santo—, que conviene reservar a la ciencia de Dios: la naturaleza de las creaturas que pecaron y la de las que perseveraron en los propósitos divinos. Las líneas siguientes nos dan la certeza de que se refiere a los ángeles:
El Señor dijo claramente que el fuego está preparado para los transgresores, y lo enseña el resto de las Escrituras, así como también enseñan que Dios lo sabe todo de antemano, y por eso desde el principio preparó este fuego eterno para quienes habrían de hacerse transgresores. Pero ni la Escritura ni el Apóstol ni el Señor enseñaron el motivo preciso por el cual esos seres fueron transgresores. Por eso debemos dejar a la ciencia de Dios muchas de estas cuestiones, como el Señor le dejó el día y la hora (Mt 24, 36).
Correríamos el más grande peligro si a Dios nada le dejamos, aunque hemos recibido de Él sólo en parte esta gracia, cuando investigamos las cosas que nos superan y que por ahora no nos es posible descubrir. Pero caer en tan grande osadía que disequemos (pandamus)79 a Dios, que presumamos de haber descubierto lo que no hemos descubierto, proclamando con palabras vacías la emisión del Dios Demiurgo, diciendo que su sustancia proviene de la ignorancia y la penuria, no es sino inventar con mentira un impío argumento contra Dios.80
Ireneo corta de este modo el «nudo gordiano» que liga la aparición de la materia al origen del mal y a la procesión del Verbo. Si los ángeles en su naturaleza inmaterial incurrieron en el mal, implica que es incorrecto el necesarismo metafísico que vincula las preguntas unde malum? y unde materia?
Si bien Ireneo no demuestra compromiso alguno con el platonismo, coincide con el gran filósofo griego al menos en dos aspectos. Uno de ellos consiste en la prudencia que exhibe al expresar la necesidad de guardar silencio sobre el origen de la naturaleza angélica. Platón se refería a los daémones en términos semejantes:
Pero sea esto suficiente para nosotros y pongamos fin a lo que hemos dicho acerca de la naturaleza de los dioses visibles y engendrados. En cuanto a hablar de las demás divinidades y conocer su generación, es más de lo que podemos(καὶ γνῶσαι τὴν γένεσιν μείζον ἣ καθ' ἡμᾶς).81
El otro aspecto a tener en cuenta en la comparación entre Ireneo y Platón, radica en que el Lugdunense acepta, según se deduce de sus textos, la realidad de un orden superior, paradigma de lo sensible. No fundaba esta concepción en la doctrina de Platón, sino en lo que creía entender de acuerdo a su exégesis de dos textos de la Escritura, a saber, Gn 1, 1 y Ex 25, 40. De acuerdo al primero, Dios habría producido una primera creación que luego, según los versículos sucesivos, estaría sujeta a un ordenamiento consistente en la separación de los elementos sumergidos en el caos primordial, distinguiéndose lo visible de lo invisible, lo terreno de lo celestial:
Sino que por Él mismo hizo todas las cosas de modo inefable que nosotros no alcanzamos a comprender, según su predestinación (praedestinans)82y voluntad. Hizo todos los seres armoniosamente, cada uno según su orden y principio: los seres espirituales, en su orden espiritual e invisible; los que están sobre los cielos, en el celeste; los ángeles en el angélico, los animales en el animal; los que nadan, en el acuático; los terrestres, en la tierra: a cada uno le dio su naturaleza adecuada; porque hizo todas las cosas con su Verbo infatigable.83
Ireneo reconoce que la sustancia inicial, «tierra invisible y aún no preparada», en cuyos límites se desenvolverá la Economía de la Salud humana, no es única; además de ella, deben tenerse en cuenta las sustancias de los seres inmateriales, tales como ángeles y astros, las cuales fueron apareciendo de acuerdo a un ordenamiento superior, tal como lo sugiere la expresión que aparece en el texto que analizamos: «Hizo todos los seres armoniosamente, cada uno según su orden y principio».
La segunda similitud de Ireneo con Platón, la encontramos en que el Lugdunense está dispuesto a admitir —en función de su exégesis de Ex 25, 40—, una realidad superior que actúa como paradigma de las cosas sensibles:
... educaba a un pueblo inclinado a retornar a los ídolos, poniéndoles en la mano muchas herramientas para perseverar en el servicio divino, por medio de lo que era secundario para llegar a lo primario, es decir por medio de los tipos los guiaba hacia la verdad (per typica ad vera), por lo temporal a lo eterno (per temporalia ad aeterna), por lo carnal a lo espiritual (per carnalia ad spiritalia) y por lo terreno a lo celestial (per terrena ad caelestia), como dijo a Moisés: «Harás todo conforme al modelo que viste en el monte» (Ex 25, 40). Durante cuarenta días (Moisés) aprendió a retener las palabras de Dios, los caracteres celestes, las imágenes espirituales y las figuras de lo que había de venir...84
Aceptada la realidad de ambos planos, uno superior, ejemplar, y otro inferior, configurado de acuerdo al paradigma del primero, Ireneo se distancia del Ateniense dando un giro extraordinario a la cuestión: el orden celestial, espiritual y eterno, está subordinado al terrenal, carnal y temporal; lo angélico se subordina a lo humano. El Santo no se aventura a decir si la creación del mundo angélico siguió el mismo proceso de la materia, según el cual, apareció primero una sustancia informe y, a partir de ésta, las formas espirituales individualizadas por obra de la demiurgía divina. Según una tesis platónica en la línea de Calcidio85 y recogida más tarde por San Agustín,86 del mismo modo que sucedió con la materia, podría haber surgido primero una sustancia espiritual informe y, desde ésta, los espíritus individuados. Pero Ireneo, en su profundo respeto por el misterio, no lo expresa, a pesar de que sus líneas podrían sugerir una interpretación semejante. Simplemente, se limita a recordar que la caída se produjo tanto en la sustancia de la cual está hecho el hombre como en la naturaleza espiritual del mundo invisible, con lo cual desconectó el problema del mal del origen de la materia, impugnando las posturas filosóficas devenidas de los mitos gnósticos.
El silencio de Ireneo tocante al origen de la substantia materiae en su relación con la procesión del Verbo y la aparición del mal, tres misterios que los gnósticos encadenaban en un mito único, resulta tan elocuente como sus líneas apologéticas.
Lo novedoso de su pensamiento, frente al platonismo dominante de la época, consiste en que entre lo temporal y lo eterno no hay abismo que superar, sino mera continuidad, ya que la divinización del hombre es su humanización. La Salvación humana ha de jugarse en los rigurosos límites de la materia, en la temporalidad y carnalidad. De ahí que aquella sea la condición de posibilidad del acontecimiento, pues ha venido al ser en virtud del querer y poder divinos, coordenadas propias de la metafísica cristiana de la creación que resultan impensables en la cosmogonía griega, regida por la autosuficiencia impersonal de la phýsis.
En el pensamiento ireneano, la materia es el plano en el que la eternidad y el tiempo se intersectan,87 en que Dios y el hombre se unen en un encuentro que alcanza su punto culminante en la Encarnación del Verbo. En la finitud de la materia es modelada la creación del universo y su renovación constante, como testimonio de los propósitos de Dios para con el hombre. Ella es el medio en el cual se despliega la Historia de la Salvación, siendo capaz por su propia naturaleza de proveer la carne del Hijo de Dios hecho hombre.
La cosmogonía gnóstica relegaba la materia a la condición de sombra o, en el mejor de los casos, de sobreabundancia de lo divino, pero aun en esta última concepción, aquello que sobreabunda de lo inteligible para dar lugar a la materia es precisamente lo que no afecta a la dimensión divina del Verbo, proyectando a extramuros de Dios lo que resulta extraño a su persona. El mismo impulso que a raíz de su procesión, lleva al Verbo a unirse con Dios Padre en contemplación, lo empuja fuera de sí para crear el universo. De modo que filiación divina y creación son dos vertientes antagónicas de un mismo misterio.
La cosmogonía ireneana, en cambio, está en función de la antropología, ya que la materia fue lanzada a la existencia para hacer visible la manifestación del amor y poder divinos, ejercidos en favor del hombre. Lejos de ser un «residuo» de lo divino, se trata de la novedad sobre la cual Dios ejercerá su Arte. De ahí que para el Santo, las tesis gnósticas por las cuales la materia es el fruto de la pasión y la penuria, resultan inaceptables a tal punto que las descalifica con epítetos muy fuertes:
Entonces, afirmar que del Deseo de un Eón extraviado fue emitida la materia, y que dicho Eón se separó yéndose lejos de la Enthymésis (Deseo), y que, como consecuencia de ésta, brotó la pasión y el dolor del cual surgió la materia, es increíble (incredibile), estúpido (fatuum), imposible (impossibile) y absurdo (inconstans).88
Considerar la materia como proveniente de la defección y el error, atenta contra la misma positividad y racionalidad de la creación hecha por medio del Lógos. Ireneo no abunda en detalles sobre esta creatio prima para no conceder a los gnósticos sus osadas intromisiones en el misterio; no obstante, el severo tono con que impugna sus mitos, habla de una valoración de la materia por parte del Lugdunense, perfectamente coherente con el resto de su pensamiento, que exalta en todo momento el sustrato humilde a partir del cual tuvo lugar el acontecimiento de la plásis del hombre.
Retomando lo dicho hasta aquí, podemos concluir que en el siglo II se destacan dos posturas con respecto a la creación ex nihilo. Una de ellas pone énfasis en la creación como origen de los seres en Dios, considerando que tanto sus respectivas existencias como sus constituciones y disposiciones, provienen solamente de Dios. Otra, pone el acento en la demiurgía de los seres creados, es decir, en la producción y disposición de los mismos por Dios. En un caso, la creación ex nihilo significa que Dios ha creado todo desde la nada por medio de su Verbo y la Sabiduría. En otro, se sostiene que lo que merece propiamente el nombre de creatio ex nihilo es anterior a la demiurgía, y corresponde al lanzamiento al ser de la materia informe, a partir de la cual se producen luego los seres. Estas dos maneras de presentar la creación pueden considerarse como dos aspectos diferentes pero indisociables de un mismo accionar divino, tal como lo comprende Ireneo. Pero también pueden ser entendidos como dos momentos distintos de ese accionar; así lo expresa Teófilo de Antioquía.89
Algunos estudiosos contemporáneos de Ireneo, también han comprendido la creación ex nihilo de modo diferente. Según Fantino,90 Orbe la concibe únicamente como la creación de la materia amorfa, mientras que Lassiat91 la considera como la creación de todos los seres tal cual son. Para Fantino, la lectura de los textos de Ireneo parecería sugerir esta segunda alternativa, ya que la creación de la materia informe y la demiurgía de las creaturas son dos aspectos indisociables de una misma acción divina, debida al Padre y, al mismo tiempo, a las tres personas, tal como lo señala Ireneo. En efecto, el Lugdunense a veces atribuye la creación sólo al Padre, mientras que en otras ocasiones se refiere al surgimiento de las creaturas como una obra de carácter trinitario. Esto está muy de acuerdo con el pensamiento de Ireneo, caracterizado por la unidad y la armonía.
1 Para un estudio de los barbelognósticos y ofitas, puede consultarse Adv. haer. I, 29 y I, 30, respectivamente.
2 Aquí nos hemos apartado de la versión española que traduce la expresión latina secundum memoriam meliorum por«de acuerdo a la memoria que conservaba de las realidades superiores», y hemos adoptado una traducción más literal para conservar la resonancia que tiene esta conocida expresión en los estudios del contexto gnóstico.
3 Preferimos la traducción que de este párrafo hace ORBE, A. en su estudio: «San Ireneo y la creación de la materia», en: Gregorianum 59/1 (1978), p. 103: «todopoderoso de las cosas subyacentes» (omnipotentem... eorum quae ei subiacent), ya que esta expresión nos hace pensar mejor en la materia informe.
4 Adv. haer. I, 11, 1, 20–28.
5 FILÓN de ALEJANDRÍA, Leg. alleg. III, XXXI, 95–96, pp. 267–268.
6 Los gnósticos consideran que las cosas generadas «por matrimonio» se denominan «pléromas», mientras que las generadas ex uno, como en la condición de Sophía, son «imágenes» (εἰκόνες). Cfr. CLEMENTE de ALEJANDRÍA, ET32, 1–33, 3, en GARCÍA BAZÁN, F., La gnosis eterna I, p. 234. Para el mismo tema entre los valentinianos, Stróm. IV, XIII, 90, 2, en MERINO RODRÍGUEZ, M., op. cit., p.179.
7 Clemente asocia la «memoria de los mejores» con una «filtración de espíritus», como si Sophía hubiera separado y eliminado el espíritu del mal por el recuerdo de los mejores (El Pedagogo I, 32). Orbe cuestiona esta interpretación del alejandrino, sosteniendo que los gnósticos no le otorgaban a este mito una aplicación ascética, sino secundariamente. En cambio, lo que el mito expresa en un sentido más directo, es que Sophía, en pleno destierro y presa de las pasiones, recordó los eones del Pléroma y con ese pensamiento concibió y engendró al Cristo, «filtrando el espíritu puro» que había arrastrado consigo fuera del mundo superior. Cfr. ORBE, A., La teología del Espíritu Santo, p. 627, n. 2.
8 Cfr. ORBE, A., op. cit., p. 628 ss., donde se ofrece una detallada exposición del tema.
9 El uso de esos términos exige una aclaración histórica. En la etapa arcaica del valentinianismo, representada por el anónimo de Hipólito en Refutatio (en adelante abreviamos: Ref.) VI, 31, 6 en MONTSERRAT TORRENTS, J., Los gnósticos. Textos II, Madrid, Gredos, 2002, p. 147 y Marcos el mago en Adv. haer. I, 17, 2; 9, 1; II Pr. 1; II, 1, 1, se utilizaba únicamente la antítesis Pléroma–hystérema para significar el contraste entre la región del Espíritu caracterizada por la unidad (ἐνότης) y plenitud (πλήρωμα), y la región infra–divina caracterizada por la imagen (εἰκών) y deficiencia (ὑστέρημα). Esta tajante distinción parece estar sugerida por la parábola del hijo pródigo, en la que se opone la abundancia de la casa del padre (Lc. 15, 17) a la región de la penuria en la que deambulaba el hijo (Lc. 15, 14). Los marcosianos llamaban hystérema a la región en que se perdió la oveja de la parábola de Lc. 15, y se referían al Demiurgo como «fruto de hystérema». El término puede haber sido tomado por los gnósticos de algunos textos de la Escritura, tales como Sal. 33, 10, Lc. 21, 4, II Cor. 8, 4, 11,9 (ὑστερηθείς), I Tes. 4, 10. También aparece en los LXX y en el Corpus hermeticum 13, 1. Tanto Ireneo (Adv. haer. I, 31, 2) como Hipólito (Ref. VI, 14, 7) hacen referencia a la palabra ὑστέρα relacionada con el vocablo que nos ocupa. Tan es así que el autor de las Refutatio describe una elaborada metáfora ginecológica utilizada por los simonianos de la Apóphasis Megalé, en la que se pone en juego el término. Para una comparación entre el mito de Sophía y las enfermedades femeninas descritas con el término ὑστέρα por parte de Galeno y Sorano, recomendamos el interesante trabajo de FREDRIKSEN, Paula, «Hysteria and the Gnostic Myths of Creation», en: Vigiliae Christianae 33 (1979), pp. 288–289. Por su parte, la expresión κένωμα, «vacío», es utilizada como contraste con Pléroma a partir de la generación de Tolomeo. Cfr. ORBE, A., Cristología gnóstica. Introducción a la soteriología de los siglos II y III, vol. I, Madrid, BAC, pp. 394–395.
10 Cfr. JUSTINO, 1 Apol. 55, 5, e IRENEO, Adv. haer. III, 10, 3.
11 Esta expresión significa aquí spiritus divinus, naturaleza de Dios; cfr. ORBE, A., Teología de San Ireneo I, pp. 84 y 107.
12 «umbram dicit corpus ejus».
13 IRENEO, Epid. 71, 1–20.
14 CLEMENTE de ALEJANDRÍA, ET. 18, 2, en MERINO RODRÍGUEZ, M., Clemente de Alejandría. Extractos de Teódoto. Éclogas proféticas. ¿Qué rico se salva?.Fragmentos,Fuentes Patrísticas 24, edición bilingüe griego–español, Madrid, Ciudad Nueva, 2010, p. 99. Para el tema de Cristo como luz, véase ORBE, A., Estudios sobre la teología cristiana primitiva, Fuentes patrísticas, estudios 1, Madrid–Roma, Ciudad Nueva, 1994, pp. 123–124.
15 Cfr. ORBE, A., «San Ireneo y la creación de la materia», p. 194.
16 HipA. 94, 6–10; en: PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., idem I, p. 384.
17 Paráfrasis de Sem (en adelante: ParSm) (NHC VII 1) 1, 25–2,14; en: PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., idem III: Apocalipsis y otros escritos, pp. 139–140. Cfr. GARCÍA BAZÁN, F., «La complejidad antropológica del cristianismo primitivo», en: Epiméleia. Revista de estudios sobre la tradición, nn. 19–20 (2001), pp. 19–22.
18 Tractatus Tripartitus (en adelante: TrTrip.) (NHC I 5) 104, 23–24; en: PIÑERO, A., MONTSERRAT TORRENTS, J., GARCÍA BAZÁN, F., idem I, p. 193.
19 Adv. haer. I, 4, 5 ss.
20 Es notable el parecido con Timeo 41 D, en que el Demiurgo asigna un alma a cada estrella: «Una vez constituido el conjunto, lo dividió en un número de almas igual al de las estrellas y distribuyó un alma en cada estrella».
21 «humectationem luminis»; la versión española de Carlos I. González traduce «el jugo de la Luz», y puede hacer alusión al origen de la vida. Preferimos el término «exhalación», según la traducción de Francisco García Bazán, en: La gnosis eterna I, p. 88.
22 IRENEO, Adv. haer. I, 30, 2, 1–4; I, 30, 3, 1–8.
23 De igual manera discurren los Naasenos de Hipólito (Ref. V, 6, 4), abundando un poco más en detalles con respecto al Hijo de Ánthropos. Cfr. ORBE, A., Cristología gnóstica I, p. 17 ss.
24 IRENEO, Adv. haer. I, 30, 1, 1–15.
25 τὴν οὐσίαν τῆς ὕλης.
26 IRENEO, Adv.haer.I, 2, 2; I, 2, 3, 10–16.
27 IRENEO, Adv. haer. I, 3, 5, 1–5.
28 HIPÓLITO, Ref. VI, 31, 6, en MONTSERRAT TORRENTS, J., op. cit., p. 147.
29 Ver nota 17.
30 HIPÓLITO, Ref. VII, 21, 2–4, en GARCÍA BAZÁN, F., la gnosis eterna I, pp. 129–130.
31 Antes de Taciano, escritos tales como 2M 7, 28, Pastor de Hermas I, 6 y algunos textos de Filón, afirman que «Dios hizo el ser del no ser», no obstante, estos textos permanecen dentro de la comprensión platónica. Por su parte Justino,afirma en la primera mitad del siglo II que la creación se hizo a partir de un sustrato material amorfo: «Se nos ha enseñado que Él, siendo bueno, fabricó al principio todas las cosas de materia amorfa», en: JUSTINO, 1 Apol. 10, 2, p. 190. Sostiene también que Platón tomó de Moisés la idea de que Dios «hizo el mundo transformando una materia amorfa», en: 1 Apol. 59, 1, p. 248
32 HIPÓLITO, Ref. VII, 22, 1–3, en GARCÍA BAZÁN, F., La gnosis eterna I, p. 130.
33 Véase al respecto GARCÍA BAZÁN, F., La gnosis eterna I, especialmente la introducción al capítulo III: «Basílides y los basilidianos», p. 127; también: BOS, Abraham, «Basilides as an Aristotelianizing Gnostic», en: Vigiliae Christianae 54 (2000), pp. 44–60.
34 Timeo 49a;allí Platón establece una diferencia entre εἴδος νοητόν y μίμημα γένεσιν ἔχον, con lo cual reafirma la distinción hecha en 27d–28a, entre «lo que siempre es y no tiene génesis» y «lo que siempre deviene y jamás es», agregando ahora que, en lo expresado anteriormente, dos géneros eran suficientes: uno entendido como modelo, inteligible y siempre existente del mismo modo, y el otro como copia, imitación del modelo y poseyendo génesis. La dualidad que se instala en 29d entre «modelo» y «copia», identifica al primero con las Ideas y al segundo con el mundo. Cfr. EGGERS LAN, C., op. cit., p. 148, n. 127.
35 Ver nota 87 de la Introducción y nota 32 del presente capítulo. Es posible que Ireneo conociera este texto (ver: Adv. haer. I, 22, 1) que evoca la arenga de la heroica madre de los Macabeos, tal como parece sugerirlo la noticia de Eusebio tocante a la carta de las iglesias de Viena y Lyon a los cristianos de Asia y de Frigia, informándolos sobre los mártires de aquellas congregaciones: «Pero la bienaventurada Blandina, la última de todos, como una noble madre que ha alentado a sus hijos y los ha enviado triunfantes a su rey, recorriendo también ella las luchas de sus hijos, se apresuraba a ir a ellos satisfecha y gozosa por la partida, como si fuera llamada a un banquete nupcial y no lanzada a las fieras.» (EUSEBIO de CESAREA, HE. V, 1, 55, en VELASCO–DELGADO, A., op. cit., .vol. I, p. 282).
36 Sb11, 17.
37 Sb. 1, 14.
38 Al igual que Orígenes en: De principiis I, 3, 3; II, 1, 5; In Romanos commentarii, X, 31; in Ioannem commentarii I, 193; XXXI, 187.
39 HERMAS, El Pastor. La estructura de la obra está dividida en tres partes: Visiones, Mandatos y Similitudes. El texto transcripto corresponde a la II parte de la obra: Primer Mandato (abreviamos: Mand. I) «Primo omnium crede quoniam unus est Deus, qui omnia constituit et consummavit et fecit ex eo quod non erat ut essent omnia, omnium capax et qui a nemine capiatur». El texto griego dice: «ὁ τὰ πάντα κτίσας καὶ καταρτίσας καὶ πιήσας ἐκ τοῦμὴ ὄντος εἰς τὸ εἶναι τὰ πάντα». Ireneo cita en más de una oportunidad este pasaje, unas veces parcialmente y otras de manera implícita, como por ejemplo, en: Adv. haer. I, 15, 5; II, 10, 2; 30, 9, y muy especialmente I, 22, 1, donde la conocida expresión reaparece ligeramente modificada, en el contexto de la Regla de la Verdad: «Hay un solo Dios Soberano universal que creó (condidit) todas las cosas por medio de su Verbo, que organizó (aptavit) e hizo (fecit) de la nada todas las cosas para que existan». Llaman la atención los verbos que aparecen en la sentencia original: constituit, consummavit y fecit. Carlos I. González traduce: «... ha creado, hizo y llevó a término todas las cosas...», mientras que la edición crítica de A. Rousseau, SC 100, vierte al francés como: «... creó y dispuso todas las cosas». En este trabajo hemos optado por una traducción más literal (consummavit por consumó).
40 IRENEO, Adv. haer. IV, 20, 2, 1–4.
41 Cfr. IRENEO, Adv. haer. I, 22, 1.
42 Cfr. HERMAS, El Pastor, Mand. I, 1, en RUIZ BUENO, D., Los Padres Apostólicos, p. 971.
43 IRENEO, Epid.3, 24–29, 4, 1–9.
44 IRENEO, Epid. 5, 1–13.
45 Según ROMERO POSE, E., op. cit., p. 61, n.7.
46 Conviene aclarar que la expresión no pertenece a Ireneo.
47 Cfr. ORBE, A., Hacia la primera teología de la procesión del Verbo. Estudios Valentinianos I/1, Roma, Analecta Gregoriana, 1956, pp. 136–137.
48 «Así, pues, para que el verdadero Dios fuera conocido por sus obras y que por su Verbo hizo Dios el cielo y la tierra y cuanto en ellos hay, dijo: “En el principio hizo Dios el cielo y la tierra”. Luego, habiendo mencionado su creación, nos manifiesta: “Y la tierra era invisible (ἀόρατος) e informe (ἀκατασκεύαστος), y tinieblas por sobre el abismo, y el espíritu de Dios era llevado sobre el agua”. Esto es lo primero que enseña la divina Escritura: de qué modo fue creada la materia, hecha por Dios, de la que Dios hizo (πεποίηκεν) y fabricó (δεδημιούργηκεν ) el mundo» (TEÓFILO de ANTIOQUÍA, Ad. Autol. II, 10 in fine, p. 707).
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