Kitabı oku: «Mesamorfosis»

Yazı tipi:


Juan Carlos Mesa

Mesamorfosis

Memorias de un artesano

del humor



Mesa, Juan CarlosMesamorfosis : memorias de un artesano del humor / Juan Carlos Mesa; prólogo de Carlos Ulanovsky. - 1a ed. . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2015.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-599-444-71. Memorias. 2. Memoria Autobiográfica. I. Ulanovsky, Carlos, prolog. II. Título.CDD 920

Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere

© Libros del Zorzal, 2015

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de

este libro, escríbanos a: <info@delzorzal.com.ar>

También puede visitar nuestra página web:

<www.delzorzal.com>

Índice

Un, dos, tres, ¡sketch! | 5

Travesuras de ayer y hoy | 11

Con los grandes protagonistas | 74

Mesamorfosis | 125

Anexo fotográfico | 158

A Edith,

mi novia, mi esposa, mi amiga,

la madre de mis hijos, la mujer de mi vida.

Un, dos, tres, ¡sketch!

He aquí el libro de alguien que durante sesenta años (o tal vez más) les dio letra brillante, vivaz, oportuna a voces ajenas y que hoy retoma y reordena palabras y recuerdos para referirse a sí mismo.

El autor de este libro encantador fue flaco y lungo. A los 84 años, cosas de la involución de las especies, algún que otro centímetro debe haber dejado en el camino, pero sigue grandote y es gordo. Fue el Flaco Mesa, así como en un determinado momento (nada de discriminación, estricta justicia visual) pasó a ser el Gordo Mesa. Y él, que tuvo hijos y plantó árboles, escribió un libro que lo representa y explica.

Criado en el argentino concepto de que las cosas hay que hacerlas aunque sea mal, hizo de todo y, desafiando el aserto, las hizo casi todas bien, en especial porque de cada una, aun de las fallidas, aprendió un poco. La prueba está en esta memoria de su tan extensa trayectoria. Se hizo de abajo, a chiste por minuto, convirtiendo en pan familiar los chascarrillos de cada día, a mil gags por hora. Laburante y remador, artesano y rimador, se formó humanamente en la vida provincial de mitad del siglo pasado y se moldeó profesionalmente en la radio inolvidable y única de los años cincuenta. Juan Carlos saca diez en esta prueba escrita singular, en la que revela que nada de lo vital y sensible le resulta ajeno, que fue capaz de ilustrar cada uno de sus pasos, privados y públicos, con una confesión, con una anécdota, con una broma.

El hijo de don Diego, dueño del almacén Casa Currito, heredó de él su prosapia refranera. El hijo de doña Deidamia incorporó a sus genes su función de “entretenedora”. Y de los que lo trajeron al mundo, que mezclaban con sabiduría sus respectivas estirpes campesinas e inmigrantes, obtuvo un mundo gigantesco en gracias y práctico en recursos. Es lo que hoy lo lleva a decir: “Yo todo lo aprendí mirando”.

El Loto (así lo llamaban de chico) exhibió su chapa de diferente cuando los de su edad recitaban de memoria la formación de sus equipos de fútbol preferidos, y él, en cambio, recitaba a Rubén Darío y Almafuerte: “Era tan bueno escribiendo, que los sonetos me salían de doce versos”, ironiza. La primera vez que viajó de Córdoba a Buenos Aires era un preadolescente, y fue para recibir un galardón. En el concurso radial El Gauchito Mejoral había salido primero escribiendo un acróstico para su mamá, que leyó, en vivo, en el auditorio de lr3 Radio Belgrano. Antes de convertirse, micrófono mediante, en el despertador de los cordobeses, ganó otros concursos de poesía, escribió glosas y continuidades para numerosos programas, fue presentador de la orquesta típica del maestro Lorenzo Barbero y, en especial, afectuoso cómplice de su hermano nacido Edgardo pero apodado el Gringo. Junto a él o solo, allá en Córdoba cumplió con todos los escalafones del guionista y conductor radial, de la propaladora a la gala en algún estudio de la época de oro.

Y, como era natural y previsible, un día partió a Buenos Aires. En relación con este punto y con su trayectoria, sería desaconsejable y absolutamente imposible hacer una descripción en un prólogo. Fundamentalmente porque todo se cuenta en el libro. Pero, en síntesis, quien desde joven había sido compositor de letras de tango y de folclore escribió memorables ciclos de televisión y de radio; fue el autor de obras de teatro y guiones de cine y, como si fuera poco, también brilló como intérprete. ¿Con quién le habrá faltado trabajar a Mesa? Un día, alguien le dijo, como chanza: “A vos sólo te falta escribirle a Diego de la Vega, El Zorro, y al sargento García”. Y hasta eso se le dio, porque él fue el autor cuando un canal los contrató para hacer temporada en Argentina.

Persona con inclinaciones de alumno permanente, confiesa haber aprendido de Pepe Biondi y de Don Pelele, de Héctor Gagliardi y de Toto Maselli, de Luis Sandrini y de Luis Arata. Testigo de épocas nada sencillas aunque, en ciertos aspectos, más cándidas y previsibles, el libro es también una puesta al día de registros afectivos, de oportunos reconocimientos y de observaciones para quienes fueron y son sus amigos y referencias, los de la vida y los del trabajo. Ahora puede contar con gusto que dos de sus hijos y un nieto continúan su actividad. Y hablando de cercanías y lejanías, el Flaco Mesa fracasó en un intento comercial (un supermercadito en Córdoba con un socio), pero el Gordo Mesa triunfó en el amor. El libro se lo dedica a Edith, socia en afecto continuo.

Una advertencia. En toda su larga parte final, Mesa nos depara una sorpresa mayúscula, pone en nuestro camino un artefacto explosivo que, como no nos mata, nos hace crecer. Es una ficción que le da título al libro, un imperdible alegato de actualidad que permite comprender ciertas cosas que nos pasan (e incluso que no nos pasan) y que, en ocasiones, nos hacen sentir muy solos. Un texto enjundioso que de imaginario no tiene nada.

Juan Carlos se vale de La metamorfosis, el cautivante y durísimo libro de Franz Kafka, que utiliza la metáfora de la espantosa transformación de un hombre en un escarabajo para condenar aspectos de la vida actual (el libro fue escrito y publicado entre 1912 y 1915). ¿Quién no se sintió un insecto ante alguna grave incomprensión fuerte e injusta? Desconozco —y tampoco se advierte con claridad en el libro— si Mesa sufrió alguna clase de degradación profesional, un ninguneo que lo hizo padecer. No sería algo extraño conociendo a los bueyes que aran su ambiente.

En su Mesamorfosis, cuenta lo que le sucede al autor de una tira televisiva llamada La familia unida. Por sugerencias de quienes lo atienden (sin ponerle atención alguna, en realidad) y para sobrevivir a las nuevas exigencias de la época, debe modificarle el título por La familia biodegradable, cambiar la naturaleza de sus personajes y disimular su identidad bajo el nombre de Gregorio Samsa, el mismo del desdichado protagonista del libro de Kafka.

En este caso, el infortunio es que nada de lo que el autor había conocido queda en pie. Poderosas productoras privadas deciden lo que antaño se resolvía en los canales; la figura del director artístico fue remplazada por la del gerente de contenidos y ya no queda un propietario al que se podía llegar con el solo filtro de una secretaria; ahora es atendido por un ceo desconocido e infranqueable. Mesa lo resuelve con gracia, y con ironía desafía la hostilidad generacional y la decisión de ignorar las jerarquías no arbitrarias, sino ganadas con justicia y con trayectoria. Debe ser por eso que, mientras lo leía, el libro también me hizo rodar alguna que otra lágrima.

Pero más que nada me arrancó muchas sonrisas. Y por eso pensé que, cuando el libro apareciera, debería estar acompañado por un Juan Carlos Mesa para llevarse a la mesita de luz, que tenga la función de despertarnos, cada mañana, con un chiste distinto, de los miles que escribió en su vida. Yo lo compraría.

Carlos Ulanovsky

Hubo un día que quise ser otro. Y aquí lo cuento. Pero entre tanta, pero tanta gente que me ayudó a contarlo, están los que creyeron en mis ganas de ser siempre yo mismo. A ellos, mi profundo agradecimiento: Leopoldo Kulesz, Daniel Divinsky, Federico Juega Sicardi, Carlos Ulanovsky, José Narosky, Gustavo Yankelevich, Félix Garzón Maceda, Daniel Rodríguez, Pablo Rodríguez de la Torre, Arq. Gonzalo Vivián, Jorge Ignacio Vaillant, Fernando Marín, Carlos Montero, Héctor Maselli.

Travesuras de ayer y hoy

Lo único que me faltaba...

Tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro. He aquí un punto de partida. Escribir mi libro, el de la vida propia, es lo que me faltaba después de haber escrito, durante más de medio siglo, libros para vidas prestadas. Porque al hijo lo tuve cuatro veces, pero fue siempre uno distinto, claro; de haber sido el mismo, no creo que se hubiese animado a reincidir. El libro en cuestión no podía quedar como una asignatura pendiente, porque se iba a tratar de mis memorias y todavía quedaba tiempo para buscarle otro final. De todos modos, conocía de antemano su prólogo, con una dedicatoria a Edith —la mujer que amo— como una retribución, puesto que ella fue quien me dedicó en su momento los cuatro hijos con palabras mucho menos elegantes, pues los estaba pariendo. Con respecto al árbol, planté cierta vez una palmera en un patiecito de dos por dos y al fondo de un chalecito que teníamos en Mar del Plata. El del vivero me dijo que si bien algunas especies de las monocotiledóneas podían alcanzar hasta veinte metros de altura, la que me vendía era pigmea y no iba a sobrepasar los noventa centímetros. También recuerdo que me recomendó no comprar tierra negra, ya que por su característica tropical lo mejor era rodearla con un poco de granza que podía conseguir en cualquier corralón o cantera de la costa. Mi experiencia de plantar un árbol pudo haber sido causa de divorcio. Primero porque el tipo del corralón me preguntó por teléfono cuántos metros de granza quería, y yo, sin tener la menor idea, le dije: “Y qué sé yo..., serán tres metros, tres metros y medio...”. A la mañana siguiente mi mujer me despertó para urgirme que me quejara a la Municipalidad porque un camión volcador había tapado el porche y la vereda con piedras. Hasta ese momento, yo ignoraba que con tres metros y medio de granza se podían alfombrar los canteros de la plaza Colón. Paso por alto el descalabro que fue reducir las proporciones para rodear la palmera. Lo que no pude pasar por alto, ni yo ni nadie, fue la palmera pigmea que, sin dar ni palmitos, ni dátiles, ni cocos, creció hasta casi diez metros asomando por sobre todos los tejados de la manzana. Cuando alguien preguntaba por dónde se iba a Playa Grande, o a Mogotes, la referencia era: “De la palmera aquella, para acá o para allá”. Mi primer árbol fue referencial como el obelisco, y los guías de turismo lo habían incluido en el circuito anunciando en los buses: “Esto que ven a la izquierda es el famoso chalet Los Troncos, y aquella palmera que asoma a la distancia es de la casa del Gordo Mesa”.

No obstante, el apotegma, aforismo o como se llame estaba cumplido a medias; esto es, planté el árbol, tuve el hijo, pero me faltaba el libro. Aquí está. Te lo presento, querido lector, porque mucho antes te conté mis ficciones; primero, como a un oyente, y luego, como a un televidente. Ahora pretendo atraparte como lector, pero ya no de ficciones, porque eso pertenece a la gloria de Borges. Para poder encontrarle un sentido a este correlato, voy a echar mano a uno de los tantos neologismos que le da entidad a una historia cuando no tiene pies ni cabeza: el flashback. Cualquier guionista que se precie justificará ir de atrás para adelante y de adelante para atrás con su relato a través del flashback. Y esto me permitirá encontrar el final, el de mi vuelta al trabajo cuando ya era tiempo de retirarme. No es mala idea: el flashback es una técnica que ya usaba mi abuela malagueña cuando mi abuelo se iba al cortijo para la cosecha de aceitunas, y ella, que se había enterado de lo de Penélope, le tejía de día una bufanda de lana y se la destejía a la noche para tornar a tejerla a la mañana siguiente.

Esto del tejido viene a cuento porque me lleva a los primeros años de la televisión en Córdoba. Hasta ese entonces, mi vieja tejía crochet mientras escuchaba por radio el teatro Palmolive del aire. Pero con la tele, que en un principio era experimental, mi madre tejía mirando la señal de ajuste. Para mi vieja era como seguir un molde de la revista Labores. En mi casa, el centro de mesa, la carpeta de la cómoda y los visillos de las ventanas estaban simétricamente tejidos al crochet con la figura de la señal de ajuste. Esa marca fue como un signo, un anticipo de lo que significaría para mí años después trabajar en esa fábrica de ilusiones.

La radio había dominado aquella década con las novelas y los distintos programas que nos llegaban “en cadena” desde Buenos Aires. Del aparato Berna con seis válvulas, mi padre había pasado a una rca Víctor onda corta y larga que venía con ojo eléctrico. Aquello era todo un acontecimiento, no sólo para mi familia, sino también para algunos vecinos que solían decir: “Esta noche, cuando entre la cadena, vamos a ir a la casa de don Diego, que tiene radio con ojo eléctrico”.

Uno de aquellos programas elegidos era El Gauchito Mejoral, que conducía el periodista y escritor uruguayo Juan José de Soiza Reilly, aquel que se presentaba con su “arriba los corazones” y se despedía con su “pasó mi cuarto de hora”. Esto sucedía en 1948, cuando yo era un bisoño aprendiz de poeta y me sabía de memoria “Víctor Hugo y la tumba”, la oda de Rubén Darío, que recitaba en el gallinero de casa debajo de una higuera. Como la oda era larguísima, las gallinas se habían acostumbrado a acostarse tarde. Un anciano escritor, César Burell, se tomó el trabajo de leer y corregir mis primeros intentos; renegaba del ripio, amaba las formas, y me regaló una preceptiva literaria que leí cuidadosamente y, a poco de hacerlo, aprendí a distinguir silvas, liras, estancias, redondillas, espinelas, a la vez que declamaba los sonetos medicinales de Almafuerte hasta que mamá me prohibió hacerlo en el fondo de casa porque las gallinas habían dejado de poner. Pero ese despertar mío a la poesía me dio coraje para intervenir en un concurso literario de aquel programa de Mejoral, denominado “Carta a mi madre”, cuyo premio era tentador: un viaje a Buenos Aires para el premiado y su madre. Ni yo ni mi vieja conocíamos Buenos Aires. Escribí un acróstico con la secreta esperanza de ganarme el viaje. Y se me dio. Al enviar mis datos y las referencias de mi reducida familia, la compañía Sidney Ross, promotora comercial del ciclo, extendió la invitación para que también viajaran mi papá y mi hermano. Nos embarcamos los cuatro en el Rayo de Sol y, para que nos reconocieran, al revés de lo que habitualmente sucede (cuando uno llega a otro país, en general lo están esperando con un cartel que dice “familia tal”, o “señor tal”), tuvimos que pasearnos por Retiro con unos almanaques de Mejoral; supongo que muchos deben haber pensado que vendíamos analgésicos en el andén. Nos identificó Carlitos Renna, quien por entonces era el productor de la firma y nos llevó al hotel Mundial de la Avenida de Mayo. Fue una semana inolvidable. Nos hicieron conocer los lugares emblemáticos de la ciudad, el Obelisco, el Puerto, el Congreso, la calle Corrientes, donde presenciamos en el Presidente Alvear una pieza teatral que era el éxito del momento: El otro yo de Marcela, con Delia Garcés, Mariano Mores, Blackie y un formidable elenco. Qué lejos estaba de imaginar ese flaco, que estaba sentado debajo de un jopo, que muchos años después iba a conocer personalmente a Blackie y hasta producir un programa con ella (No hay más localidades), y que iba a escribirle una comedia a Juan Carlos Thorry, singulares coprotagonistas de aquella luminosa noche.

Finalmente llegó el momento de leer mi acróstico premiado. Me presentó De Soiza Reilly en el salón teatro auditórium de lr3 radio Belgrano, Ayacucho y Posadas. Se me doblaban las rodillas, recitaría mis versos en un programa que “salía en cadena” por todo el país. Soiza le permitió saludar a mi vieja (“las madres sólo sabemos llorar de alegría”, dijo), y yo subrayaba sus palabras con unos pocos versos: “Córdoba mía, cuánto te quiero, / le pido al cielo tu bendición… / de aquí, de lejos, desde muy lejos, / te tira un beso mi corazón”. Pero cuando todo terminó, la frutilla de la torta la puso mi vieja. Nos sirvieron un cóctel, y un directivo de Mejoral le preguntó: “¿Y usted, señora, cómo se siente?”. A lo que mi vieja respondió: “Ay, yo he tenido tantos nervios...”, y volviéndose a mi padre le dijo: “Diego, ¿no tenés un Geniol?”. Fue como pedir una Pepsi en la fiesta de Coca Cola, de modo que me escurrí entre la gente y, de no haber sido tan lungo, me hubiera metido debajo del piano de cola.

A juventud ociosa, vejez trabajosa

Nací en Alta Córdoba. Mi barrio por adopción fue mucho después Barrio Observatorio; mi inolvidable barrio del Alto, donde el viejo construyó su casa (Pasaje Rector 866; hoy, Achával Rodríguez), el barrio de mis primeros sueños, de mis primeros versos, de mi primera novia. El barrio del Centro de Fomento, de la panadería Vílchez donde trabajé. El barrio donde sentí mi primera inclinación por escribir. Esa inclinación me recorría desde las cervicales hasta el coxis. Ergo, la mía fue una cuestión de mala postura. Era bueno en lenguaje pero malo en matemáticas, los sonetos me salían de doce versos. La radio de mi provincia me tomó una prueba como locutor. Una prueba de aquellas era como un casting de ahora, que quiere decir lo mismo pero en inglés tiene otro estatus. Recuerdo que debía pasar una tanda de avisos con un profesional del micrófono y noté que al leer se doblaba una oreja para escucharse, de modo que cuando me tocó el turno, hice lo propio. El tipo me fulminó con la mirada…: “¿Qué hace?”, me preguntó. “Doblo la oreja para escucharme”, dije. “Bueno, ¡pero dóblese la suya!”.

Don Diego —mi viejo—, en cuyo almacén de ramos generales yo había nacido y en cuya balanza Berkel de dos platos había sido pesado, me señaló con el lápiz y me dijo en su andaluz básico: “¡A ve, tú, niño, cuándo te dejas de pamplinas y haces argo úti!”. A lo que Deidamia —mi vieja— agregó en su cordobés básico: “Tiene que buscarse un conchabo”. De ahí en más probé todas las suertes. Fui cadete, pero no del Liceo Militar, si no de una casa que vendía máquinas para llenar sifones. Para no quedar como un infradotado, dije que sabía andar en bicicleta, y a la semana le pregunté al gerente si la bicicleta era de las nuevas que se doblaban por la mitad. Me dijo que no, y entonces le pedí que se asegurara, porque a mí se me había doblado contra una columna. Me dieron a elegir, o me iba por mis medios o me sacaban con la basura. Recalé en una semillería recomendado por mi viejo, y en la primera misión tuve que bajar al depósito y llenar un tacho de veinte litros con agricol, un combustible para la propulsión de los tractores. Advertí que el tacho, contenido en un esqueleto de madera, no tenía orificio, por lo que lo abrí ignorando que estaba al revés y tenía la salida del otro lado. Una estiba de seis metros de alto con doscientas bolsas de semilla de lechuga se impregnó en la base con el líquido derramado, y la lechuga que se cultivó ese año tenía un delicado sabor a petróleo refinado, en tanto mi viejo, cuando pasaba por la cuadra de la semillería, se cruzaba de vereda.

Todas estas historias, debo aclararlo, son rigurosamente ciertas aunque ligeramente salpimentadas. Para no ser irrespetuoso con el idioma que por ser español viene de mis mayores, he omitido los exabruptos que me correspondieron en cada caso y que también venían de ellos. Mi madre Deidamia a veces me excusaba diciendo que estaba en la edad del pavo, y mi padre agregaba “que tenía mucha guasa no echarme guindas, y que mala puñalá te peguen” y otros etcéteras menos educados. Por los años cuarenta era adolescente. El adolescente adolece, que no es poco, de un mal que es congénito, literalmente connatural, nacido con él mismo. De ahí que pese a la voluntad que ponía me costara tanto ser menos estúpido. Mi hermano Edgardo —el Gringo, porque era pecoso— tenía (y el muy desgraciado sigue teniendo) siete años menos que yo, y se cuidaba de copiarse de mis torpezas, salvo cuando se casó con la hermana de mi mujer con el pretexto de tener una sola suegra. Sin embargo, el Gringo desde chico tuvo mejores oportunidades, porque entró como yo de cadete y repartía café, pero a él le dieron un triciclo. A mi hermano le salían las cosas naturalmente; si tenía un diente flojo, se le caía solo. Yo en cambio lo ataba a un cordel y el otro extremo lo anudaba en el picaporte de una puerta; esperaba media hora hasta enterarme de que la puerta abría hacia donde yo estaba aguardando.

Flaco y lungo como era, me costaba olvidar la timidez en casa... Iba al cine y para dejar ver a los de atrás me sentaba en la última fila del pullman, pero entonces no dejaba ver a los de adelante porque tapaba el agujerito de la cabina. Fue cuando tomé la decisión de aprender un oficio.

En aquellos años no había como ahora libros de autoayuda, que le han permitido a tanta gente ser virtuosa, de modo que para lograr mi objetivo me compré Mecánica Popular. Mi viejo tenía un Rugby modelo 1930 descapotable donde solía llevar y traer mercadería. Era un pequeño lujo de los domingos soleados tirar la capota hacia atrás y pasear como duques por Alta Córdoba, nuestro barrio, desde Sucre y Antonio del Viso, donde estaba Casa Currito, frente al Corazón de María. Casa Currito era el almacén del viejo. Un domingo lo escuché despotricar porque se había trabado el engranaje de la capota. No lo pensé dos veces. Era la ocasión para quedar como un héroe. Me llevé calladamente su caja de herramientas y siguiendo las instrucciones de Mecánica Popular desarmé el varillaje trasero. La capota se abrió lentamente como la flor de la avenida Figueroa Alcorta. “Lo ha hecho el Loto”, decía radiante mamá (el Loto era yo, siempre fue mi apodo). Y agregaba: “¿Ahora qué vas a decir de tu hijo?”. Lo que pudo decir mi viejo de mí durante dos semanas fue excesivamente escatológico, porque la capota abrió pero no hubo poder de Dios que la cerrara, ni con la dínamo, ni a mano, ni a patadas. Durante quince días llovió catorce veces y mi viejo tuvo que llevar los pedidos tapados con la lona del toldo mientras manejaba sosteniendo con una mano el volante y con la otra el paraguas.

Casa Currito cerró, porque en aquellos años comenzó la crisis que permaneció durante tantas décadas. El viejo, alma de comerciante, entró como habilitado en un gran almacén del centro; mi hermano empezó a estudiar en el Colegio Monserrat, y yo, a sentir la culpa de ser la oveja negra de la casa. Pero como buen taurino, no desistí en la búsqueda de aprender un oficio. Un aviso de la revista El Tony me sedujo. Decía: “Sea técnico relojero en sólo tres meses”. Mi madre, cuándo no ella, me habilitó con unos pesos para la inscripción, y a vuelta de correo recibí por encomienda un manual y un juego de diminutas herramientas (coronas, piñones, áncoras y hasta un monóculo de relojero). Este último elemento fue relevante para mi curso a distancia. Era como una patente, una cualificación para que mis vecinos dejaran de murmurar “ese muchacho es un vago”. Me ofrecía la oportunidad de darme un aire con el petiso de enfrente que estaba en primer año de Medicina y andaba todo el día con el estetoscopio al cuello. Cuando me enteraba de que iban a venir mis primas a visitarnos, las esperaba en la puerta de calle, engominado y con el monóculo puesto. Mamá me contó que la señora de al lado le había preguntado qué me había pasado en el ojo, y la vieja orgullosamente le contestó que estaba estudiando para técnico en relojería. Ese fue el principio del fin, porque don Berto, el marido de mi vecina, tenía un Kaiser Bergantín de taxi, y al enterarse, me pidió que le revisara el reloj, ya que no le caía la ficha cada dos cuadras. El manual no incluía relojes de taxis, pero consideré que se me presentaba una gran ocasión para ganarme la simpatía de la Pirucha, su hija, a la que —en términos actuales— yo intentaba tirarle los galgos. Ayudado por una portátil que me facilitó don Berto, procedí a desconectar la tripa y desmontar la manivela que hacía girar la banderita de “libre” y “ocupado”. Pero al aflojarse la carcasa temí por mi vida y volví a poner todo como estaba. Eso sí, cuando don Berto me preguntó “¿qué te debo?”, le dije: “No, faltaba más”, y miré hacia la Pirucha sin mover un solo músculo de la cara para que no se me cayera el monóculo. No creo necesario abundar en mayores precisiones para justificar la interrupción abrupta del curso. Sólo fueron dos mis actos fallidos. El reloj de la Selva Negra que le había regalado la salchichera Fráncfort al viejo en tiempos del almacén quedó colgado como un adorno en la pared del living, porque después de mi arreglo la puertita no se abrió más, el cucú cantaba desde adentro y nadie se enteraba si estaba ahí o se había mudado. Y en cuanto al Kaiser Bergantín, don Berto lo usó dos meses contando las cuadras en voz alta porque no le caía una ficha ni agarrando un bache.

La cajita de música

Tuve dos incursiones en sendos programas infantiles, El Viejo Noé y Gorjeos, audición tradicional de la señora Catalina Bottiglieri de Viso (doña Tremebunda), donde solía cantar y tocar el piano el Pocho Yanacone (Roberto Yanés) y donde mamá me llevaba a recitar mis versos de pantalón corto y un guardapolvo escolar que alargaba su ruedo de segundo a sexto grado al ritmo del pedal de la Singer. En aquella, mi radio del Pasaje Muñoz (lw1), me puse los pantalones largos y empecé a merodear por su control estudio y discoteca. A fuerza de husmear por los rincones me gané la confianza de su cálida gente, y un día empecé a escribir glosas de programas. Así llegué a convertirme en el editor irresponsable de un pequeño house-organ que se repartía por las oficinas mañana y tarde (al estilo de los periódicos rusos El Izvestia y El Prawda) para destacar, como una suerte de coplero, hechos destacables de nuestra radio-pasillo. A un apreciado locutor que lucía permanentemente un chambergo gardeliano, El Izvestia le apuntaba: “El frío también se impone en nuestra línea, Sigfrido, y ya nos tiene podridos el sombrero de Barone”. Cuando se trataba de alguna denuncia, los había escatológicos; si faltaba luz en el baño de personal, El Prawda señalaba: “Porque yo a usted le aseguro, querido señor gerente, que el culo no tiene lentes para cagar al oscuro”.

Fue por aquel tiempo que le acerqué un cuaderno con mis glosas (por cierto, no de esta irreverente factura) a un destacado músico director, Lorenzo Barbero, que los fines de semana viajaba con su orquesta a Buenos Aires y se presentaba en los Domingos extraordinarios de Jabón Federal, por radio Belgrano. Barbero tenía un programa donde decía sus versos Héctor Gagliardi; tuve ocasión de frecuentarlo, admirador como fui y soy de aquellas pinceladas suyas, como los libros Puñado de emociones o Versos de mi ciudad. Cuando Barbero leyó mis apuntes, me invitó a ser el glosista de su típica. Pude recorrer en sus giras buena parte de mi provincia; escribí con él dos tangos (Serranita y Lluvia en el campo) grabados con su orquesta en el sello Pampa. En uno de sus multitudinarios carnavales en Redes Cordobesas, estaba presentando su espectáculo de luz negra, en el que quedaba todo el club a oscuras, y luego de una de mis glosas patrióticas, caía desde el techo del escenario una bandera con una imponente fosforescencia celeste y blanca mientras la orquesta iluminada con el mismo efecto atacaba con los acordes de la Marcha de San Lorenzo. No terminé de decir lo mío (“¡Suenen ya las clarinadas / a su augusta dignidad, / que aquí viene, alta la frente, / vistiendo el blanco y celeste / pendón de la libertad!”), cuando vimos caer un bulto envuelto en el lienzo que fue a estrellarse con un desparramo de botellas y vasos contra una de las mesas frente al escenario. ¿Qué había sucedido? El encargado de desplegar la bandera en medio de la penumbra, exigida para dar relieve a las imágenes, dio un paso en falso y se vino envuelto desde arriba del escenario con bandera y todo. Luego de los primeros segundos de sorpresa, la viejita que ocupaba la mesa desarmada se miró con las hijas y sin entender nada dijo con susto: “¿Esto será por lo del Negro Falucho?”.

Mi experiencia como glosista de aquella orquesta me animó a decir mis versos en un concert de los años cuarenta (L’Aiglon Blue), un subsuelo frecuentado por las figuras que venían de Capital para actuar en la Confitería Del Plata o en el Teatro Comedia. Precisamente en esa sala hizo una temporada Carmen Amaya, la prestigiosa cultora del arte flamenco. Fui a una de sus funciones y mi sangre andaluza me subió por todas partes. La noche de su despedida, me llegó la noticia de que Carmen iba a visitar el concert donde yo recitaba mis versos. En una servilleta del bar de arriba le escribí un saludo que luego leí en su presencia y que finalizaba diciendo: “Yo no tengo otra cosa más que darte que mi verso sincero, / y no tengo otra cosa que tirarte que mi viejo sombrero, / y si lo pides tú, Carmen Amaya, mi corazón te tiro, / ¡anda, llévatelo, y dile a tu España, me lo dio un argentino!”. Un recuerdo que guardo con la más genuina emoción fue el momento en que la vi incorporarse, subirse a la tarima y estrecharme. Morena, diminuta, gitana, ahí estaba ella diciéndome gracias como por soleares o por peteneras. Es uno de los abrazos que se quedó apretando para siempre mi corazón.

Fue también en ese reducto donde escribí con su pianista, Carmelo Taormina, una canción que titulé Crucecita, y cuando la conoció el famoso tenor Alfonso Ortiz Tirado, nos la estrenó en la confitería de don Egidio Belloni. En este punto regresaré a mi infancia para contar sobre mis veranos y el receso escolar. Si yo mejoraba el promedio en Aritmética, el premio era ir de vacaciones a Río Segundo, y ese viaje de apenas 36 kilómetros me iba descubriendo desde la ventanilla del micro todos los paisajes del mundo. Las dos primeras escalas, Ferreira y Toledo, eran para mi geografía como Europa y Asia. Amaba esa casona de pueblo en una esquina donde mi tío José, que era herrero de forja, exhibía el fruto de su trabajo más artesanal, el sulky. Por las tardes mi prima veinteañera tocaba estudios de Chopin en un piano vertical, y a la hora del crepúsculo la cosa era sentarse en el veredón acodados en el respaldo de las sillas. Cuando doblaba la esquina el del camión regador, su gesto de cortesía era bajar el bigote de agua para no mojar a la familia. Llegada la noche, escuchábamos a Jorge Lanza en el radioteatro de Roberto Valenti. Las noches eran tan silenciosas que metían miedo. Nada ni nadie osaba romper ese silencio, salvo las ranas, salvo los grillos, salvo mi travesura de aquella vez...

Sucedió que mi tía María tenía una caja de música de la Belle Époque, una suerte de bibelot con dos figuras de porcelana, una vaporosa bailarina y un aguerrido príncipe reverenciándola. Para intentar verlos en movimiento no tuve mejor idea que darle toda la cuerda, pero aparentemente el mecanismo estaba atascado vaya a saber desde cuándo. Mis tíos habían trabajado duramente en sus quehaceres durante toda la jornada, mis primos habían vuelto planchados después del baile y todo el mundo dormía a pierna suelta aquel domingo. Nunca supe por qué misterioso accidente el mecanismo de la caja de música se disparó a las cuatro de la mañana, y toda la casona fue invadida por la suite Cascanueces de Tchaikovsky. En aquellos años, para economizar energía, la usina cortaba la luz después de las tres, hora en que terminaba el baile. Por mucho tiempo no se me borraron aquellas imágenes a la luz de la vela que sostenía mi tía por detrás de mi tío en calzoncillos llevando la caja de la sala al comedor, con las sombras de los bailarines, que girando se proyectaban por las paredes; con Tchaikovski, que se detenía para arrancar de nuevo; con mi tío insultando: “¡¿Cómo carajo se para esto, ese mocoso de mierda mañana se vuelve a Córdoba?!”. Fue un concierto que desveló a mis anfitriones por todo el tiempo que duró la cuerda, con un iracundo tío que quería interrumpir el Cascanueces metiendo la caja en el balde del aljibe y una tía que amenazaba: “Si la llegás a romper, me voy a Córdoba con tu sobrino”, mientras yo, el apabullado sobrino, temblaba blando debajo de las cobijas por miedo a que mi tío me doblara como una herradura. Pero qué hermoso... Si Proust vio las cosas entrañables de su pueblo dentro de una taza de té, yo hoy puedo evocar el de mis tíos metido en una cajita de música.

La resignación de mis padres

Mi hermano Edgardo vivía una infancia muy independiente de la mía, era muy menor, pero nos unieron hasta el presente fuertes lazos de cariño. Cuando avance con el relato, el lector sabrá de nuestras aventuras y desventuras al recorrer juntos la provincia. Pero por aquellos años cuarenta la única diversión posible en el barrio se producía con la llegada al baldío de un circo. En el Tony Tachuela (nuestro Sarrasani de bolsillo), la grada costaba diez centavos, y la platea, cincuenta, pero había que llevar la silla. Semanalmente cambiaban la obrita de cartel... Unas veces era Flor de durazno; otras, El rosal de las ruinas, y casi siempre, Juan Moreira, con el pericón de fin de fiesta por toda la compañía. A esa verdadera gala fuimos con los viejos y las sillas. Toda la primera parte transcurrió en el clima festivo del payaso y el Tony Tachuela, hasta que en la media pista de aserrín que concedía la platea, un domador enfundado en una gastada chaqueta con alamares presentó la atracción de la noche: un oso boxeador. No debía llegar al metro y medio desde el hocico hasta la cola, pero visto desde nuestra perspectiva era como el gorila del Empire State. El domador anunció con voz engolada que si alguien del público se atrevía a enfrentar en un round al oso, la empresa lo premiaría con quince pesos. Para que se tenga una idea cabal de lo tentador del premio, debo decir que mi viejo laburaba como un descosido para ganar 150 pesos mensuales. Mamá suspiró y le dijo por lo bajo: “Es el diez por ciento de tu sueldo, Diego”. Acicateado por esa doméstica revelación, la segunda vez que el domador preguntó si había alguien capaz de boxear con el oso, yo, sin que mi viejo lo notara, lo señalé desde atrás. El domador no demoró un segundo en acercarse y, apuntando con el dedo a mi padre, sin dejar su tono engolado, proclamó: “¡Señoras y señores, aquí hay un valiente!”. Mi viejo la miró a mamá desconcertado: “¿Qué dice el tío este?”. Mamá se encogió de hombros y aclaró con susto: “Yo no fui”, y el Gringo, mi hermano, oficiando de correveidile, aclaró: “¡Fue el Loto!”. A todo esto, el público comenzaba a hacer pan francés con las palmas; mamá le decía a papá: “Te aplauden a vos, Diego, saludá”; y mi viejo, con los mofletes súbitamente enrojecidos, le respondía iracundo: “¡¿Por qué coño voy a saludar?! ¡¿Tú crees que voy a salir yo a peleá con un oso porque a este puñetero se le ocurra?! ¡A casa!”. Y allá salimos los cuatro entre los silbidos de la concurrencia, llevando cada uno su silla. Conservé la mía para defenderme del cinturón de mi viejo, que me corrió por el patio. Me acorralaba y bufaba, por momentos sentía que no era mi viejo, que era el oso, y yo el domador. Pero todo aquello no pasaba de una reacción que rara vez se convertía en paliza. Generalmente papá imponía el orden sin recurrir a la violencia doméstica. Cuando discutíamos en la mesa por cualquier motivo fútil, se limitaba a poner fin al entredicho con una frase lapidaria: “¡A comer y a callar!”.

Don Juan Vílchez, dueño de la panadería del barrio, abastecía no sólo a las casas del Observatorio, sino también a otros sectores vecinos, como Pueblo Güemes y Bella Vista. Los encargados de esa tarea eran sus hijos, y habiéndole tocado cumplir con su servicio militar a uno de ellos, me ofrecieron reemplazarlo durante aquel año (1946). Hubo un día, hacia fines de noviembre, en que até mi caballo (llamado Muchacho) a la jardinera y luego de descargar en ella las tipas llenas de pan crujiente, salí a paso de trote tomando un rumbo inesperado: me fui al centro porque ese mediodía le hacían su funeral a don Manuel de Falla, el eminente músico andaluz, que había fallecido el día anterior en Alta Gracia, donde estuvo varios años exiliado. Era mi intención estar cerca de aquella ceremonia porque mis ancestros eran tan andaluces y republicanos como el célebre autor de la Danza ritual del fuego. Presencié desde las escalinatas de la Catedral la salida del oficio, y cuando me di cuenta de que ya era el mediodía, corrí a buscar mi carruaje, pero no reparé en que todo el tránsito en cinco cuadras a la redonda estaba totalmente cerrado, no se podía entrar ni salir. Ergo, ese día dejé a mis clientes de tres barrios sin el pan nuestro de cada día, pero sentí la satisfacción de haber asistido a las exequias de un prócer de la música española, y por esa acción estaba librado del mal, amén.

Otro momento de ese reemplazo como panadero fue de una inusitada elegancia. Un domingo tuve que glosar la presentación de una orquesta en el Centro de Fomento del barrio. Me había puesto las mejores galas y cuando me disponía a salir, el viejo sentenció: “Tú, a las tres de la mañana en casa”. Discutir esa orden hubiera sido del todo inútil, papá consideraba que primero estaba mi trabajo en la panadería y punto. Cuando se hicieron las tres y monedas, corrí las casi cuatro cuadras que había desde el club a mi casa del pasaje. Me había pasado apenas veinte minutos de las tres. Intenté meter el brazo por la ventanita de la puerta para sacar el pestillo, pero a la ventanita la habían cerrado. Moví el picaporte pensando que la puerta estaba sin llave. Pero estaba con llave. Fui hasta la ventana del dormitorio que daba a la calle y con una moneda le di unos golpecitos a la celosía. Desde adentro la voz del viejo preguntó secamente: “¿Qué hora es?”. “Las tres y veinte...”, respondí. Y el viejo decretó: “¡Pues a trabajar, porque aquí no entras!”. Ensayar una defensa de mi parte hubiera servido sólo para despertar a los vecinos. De modo que creo que por primera y única vez en la historia de la panadería hice el reparto bajando y subiendo los canastos de la jardinera con cuello duro, moñito y un clavel en la solapa.

El año 1950 fue el del Libertador, en el centenario de su muerte. Participé de unos juegos florales dedicados a honrar su memoria y me anoté en dos categorías: Romance y Soneto. Gané en ambas con el Romance del pequeño francés Jean y con el Soneto a la mano derecha del general San Martín. Este soneto, además de ser distinguido con el Premio Municipalidad de Córdoba, se exhibe en la histórica casa de 113 Grande Rue, Boulogne Sur Mer, Francia, gracias al generoso ofrecimiento de quien fue su curador, el suboficial principal Luis Eduardo Montangie. Lo transcribo:

¿No le visteis ayer? Fue una matrona

de airoso brío y definido trazo

y a poco de luchar tibio regazo

pudo encontrar en ella la tizona.

Sin ser dueña cabal de su persona,

predicó libertad a corto plazo

y arremetió al empuje de ese brazo

que no le conoció jamás temblona.

¿No le visteis ayer? Miradla entonces

al través de cien años dirigida

por quien supo inspirarla en la victoria.

Ora trocada en mármoles y bronces,

vedla orgullosa de morir tendida

¡con el índice puesto hacia la gloria!

Con una probada resignación, mis padres fueron aceptando de a poco que tanto yo como mi hermano buscáramos ganarnos la vida haciendo lo que más nos gustaba: trabajar en una radio. Cada uno de nosotros en un área diferente; mi hermano, en el informativo que por entonces tenía como jefe al recordado Sergio Villarruel, y yo, guionando las continuidades de las diferentes figuras que llegaban de Buenos Aires. En un estudio de aquella querida emisora, el flaco Orlando Ariaudo, pianista, arreglador y amigo, me enseñó el tono y el dominante en la guitarra.

Me hice rápidamente amigo de José Canet, autor de Los cosos del al lao, La abandoné y no sabía, Tarde y tantos otros éxitos. Me encantaba compartir su bohemia; lo acompañaba al Abasto, donde su amigo Fulería le regalaba una bolsa de pimientos. Caminábamos la noche de mis barrios y solía pararse en el medio de una calle a decirle versos a la luna: “Ay, lunita de albayalde, lunita de blanca tiza, en tu pocito de balde yo he lavado mi camisa”.

Los colimbas se divierten

Pero todo ese tiempo de holganza acabó cuando me tocó la colimba. Yo contaba con que no me diera “el piné”, pero se ve que sumaron mal o les dio cosa verme tan escuálido; el asunto es que me incorporaron como soldado a los servicios del comando de la Cuarta División. Debo decir que uno de los servicios era formar parte del Escuadrón Escolta del comandante, para lo cual era imprescindible saber andar a caballo. Por una cuestión de orgullo, se me ocurrió afirmar que era buen jinete, tal vez por el grado de familiaridad que había conseguido con Muchacho, mi caballo de la panadería. Nada que ver. Aquí era cosa de montar animales de desfile que caminaban de lado, había que llevar la brida con el puño a la altura del segundo botón de la chaqueta, el codo perpendicular con el otro puño donde se sostenía la lanza, y el mentón recogido. El primer día de franco no quise decir nada en casa, pero intenté ensayar la postura en cuanta ocasión se me presentara de estar sentado. Durante el almuerzo, mi vieja me miraba desconcertada porque yo practicaba usando la silla a guisa de montura remedando con disimulo el paso de trote. La vieja me recriminaba: “¡Te vas a tirar esa sopa encima!”; y el viejo agregaba: “¿Qué coño quiere jasé este mala sombra con la cuchara?”. En el baño me ayudaba el espejo. Me costaba horrores afeitarme con el mentón recogido. Mucho peor era el momento de la micción en el inodoro tratando de llevar el puño a la altura del segundo botón de la bragueta. De más está decir que el lunes, cuando me presenté a diana, le hice saber al sargento que no me veía con aptitudes para ser escolta lancero. Me preguntó entonces cómo me veía para los timbales en la fanfarria. Como siempre tuve una tendencia por el absurdo, me imaginé con susto montado sin lanza pero con un timbal a cada lado, no se me pasó preguntar si había modo de tocar los timbales a pie y pienso que de haberlo preguntado me hubieran mandado dos años a la Marina, de modo que desistí totalmente de ser un montado. El tiempo después le dio la razón a mis aprensiones, porque en un trance similar un músico amigo que tocaba muy bien la trompeta pero no tenía la menor idea de andar a caballo se sumó a la fanfarria y con los saltos del trote se metía la boquilla en el ojo, en la frente, en el maxilar, total que se pasó dos meses soplando sin poder mantener un do sostenido.

Mi experiencia como soldado tuvo igualmente algunas zozobras. Por aquellos años, los colimbas uniformados podían viajar parados en la plataforma delantera del tranvía, detrás del mótorman, sin pagar boleto. Esa suerte de privilegio me creó un inesperado problema el día que crucé el puente de la 24 en tranvía y una ráfaga de viento me voló la gorra. Angustiado, vi cómo aterrizaba en el cauce del Río Primero, y cuando conseguí descolgarme de la plataforma, me di cuenta de que para rescatarla iba a tener que correr por toda la provincia. De lo que no pude salvarme fue de correr haciendo cuerpo a tierra por todo el cuartel, donde además me pusieron una gorra a cargo. Cuando me tocaba hacer imaginaria de noche en la cuadra donde todos dormían, me acercaba a la escalera del detal donde el principal solía matear escuchando en su radio portátil las Alegres fiestas gauchas de jabón El Gaucho, con el conjunto de Carlos Montbrun Ocampo. Ese injustamente olvidado autor y compositor de las mejores cuecas y valses de nuestro folclore (Las dos puntas, A unos ojos y tantas otras) me llegaba al alma al punto de que me sabía (y me sé) todo su repertorio de memoria. El destino quiso que muchos años después lo conociera y le escribiera las glosas para una visita que hizo a nuestra radio. Don Carlos Montbrun, a quien visité también en su peña Mi Refugio de Mendoza, despertó en mí la inquietud de componer temas de espíritu cuyano, y así nació mi primera Cueca pa doña Pepa, grabada en aquellos años por un sinnúmero de solistas y conjuntos (Julia Vidal, Antonio Tormo, Las Hermanas Berón, Los Cantores del Alba, Sánchez Monges Ayala, Las Voces del Guaira y muchos otros). Fue mi pasaporte al folclore, donde incursioné con temas que llevaron al disco Los Fronterizos, Horacio Guaraní, Ramona Galarza, Antonio Tarragó Ros, el Cholo Aguirre, Los Andariegos, Las Voces Blancas, por citar algunos. En un principio, yo pensé que al hacer la conscripción iba a integrar el grupo de los soldados acomodados, pues la idea era que después del primer mes de instrucción cumpliría con un horario en las oficinas del comando, de modo que a la una de la tarde pudiésemos irnos de franco hasta la mañana siguiente, en que retornaríamos a las oficinas del centro. Eso ocurrió durante muy pocos días, porque el jefe de Estado Mayor dispuso que a partir de esa clase, los soldados de los servicios de comando, luego de cumplir las tareas de oficina, tenían que abordar un micro y regresar al cuartel. O sea que hasta como colimba tuve que hacer dos laburos.

No tardó en conocerse que ese flaco lungo que por estatura iba en la primera fila del pelotón era el mismo que en la vida civil había escrito un par de tangos para la orquesta de la argentinidad. El hecho se hizo público y notorio en una formación cuando el teniente preguntó destemplado: “¿Quién es el soldadito Lluvia en el Campo?” (título de uno de mis temas). Di un paso al frente y, por haber pedido un franco para un baile, me metí en otro, porque quedé privado de salida y bailando en el cuartel. Como se acercaba el Día del Soldado, me ofrecí al capitán jefe de la Agrupación para conducir la fiesta y aportar algunos números artísticos. Ambas cosas me fueron concedidas, y el Día del Soldado presenté no sólo esa fiesta en el teatro Rivera Indarte, sino varios espectáculos sucesivos en el mismo cuartel, desfilando por mi intermediación figuras como Martha de los Ríos, con Waldo de los Ríos al piano, el Príncipe Kalender, Ubaldo Martínez, y muchos más. El soldado Ronaldo de Juan, que años después triunfó en París como un notable exponente de las artes plásticas, decoró las paredes del comedor de tropa con un mural del cruce de los Andes. Debo reconocer que todo aquello me eximió del lampazo por algún tiempo, pero no de la obligación de oficina y cuartel, donde hubo tardes en que me quedé sin llevar la ropa lavada a la formación por escuchar el fragmento de Ámame, Alfredo (La Traviata, de Verdi) que ensayaba la fanfarria vecina del Cuatro de Artillería. Inolvidable mi tardía aparición aquella vez que me distraje más de la cuenta y aparecí corriendo con la bolsa de ropa lavada al hombro, todo el escuadrón formado, y el principal vociferando: “¡Quiero que hagan vista derecha para ver al calandraca del soldadito Lluvia en el Campo que recién llega a formar!”. También inolvidable ver al propio principal haciendo cuerpo a tierra en la enorme galería para indicarme en qué posición tenía que rasquetear los baldosones de un extremo al otro.

Luego de algunos meses salí en la primera baja, y por más de treinta años he viajado a Córdoba a reencontrarme con mis compañeros de colimba para evocar anécdotas, reunidos en generosas comilonas. En una de las últimas, el que ofreció el brindis dijo: “¡Hoy quiero agradecer en nombre de todos a Juan Carlos Mesa, el soldadito Lluvia en el Campo, que cada vez que le hacen una nota en alguna revista y confiesa su edad dice tener dos o tres años menos y automáticamente hace bajar en igual medida la edad de toda nuestra clase del treinta!”. Pero ahí está mi tiempo cierto de colimba, en la desvencijada libreta de enrolamiento donde se consigna que fui soldado instruido, y con la que sin falsos patrioterismos memoro mi jura de la bandera en la plaza de Alta Córdoba, marcando el paso con la Marcha de San Lorenzo, con mi viejo entre la gente aplaudiendo y la vieja al lado diciendo como para ser escuchada: “El grandote que va en la primera fila es mi hijo”.

Humor redondo

Muchas veces me han preguntado dónde aprendí el oficio de hacer reír. Yo todo lo aprendí mirando. Mirando aprendí a jugar al ajedrez, a manejar, a rasguear una chacarera y a descubrir las aristas risueñas de la vida. Por cierto que antes de todo eso recibí un don del Dios en el que creo, y la herencia de un padre andaluz y un abuelo madrileño que importó las romerías a mi provincia, hecho que está documentado en la Historia de Córdoba, de Efraín Bischoff, donde se consigna que don Isidro Paz —“un mi abuelo”, como diría León Felipe— era un comerciante baturro que a principios de siglo trajo las fiestas romeras donde bailó jotas con su hija, Deidamia Paz, o sea, mi madre. Mamá era una mujer que se convertía en el centro de toda reunión familiar porque expresaba una gracia innata con sus relatos y sus imitaciones. Esa virtud la heredó mi hermano, y pueden dar testimonio de ello todos los profesionales que trabajaron con él frente a un micrófono o una cámara. Acaso tanto mi hermano como yo no hemos hecho sino prolongar esa actitud de entretenedora que adornó a mi vieja, que se va transmitiendo de unos a otros en la familia. En los carnavales del 53, mientras yo presentaba las estampas de la orquesta de Barbero en el Club Belgrano, tuvimos la enorme desdicha de perderla. Me consoló siempre el hecho de que nos vio tanto a mí como a mi hermano ocupados en lo que más nos gustaba, del mismo modo que le hubiese enorgullecido conocer a sus nietos. Entre ellos, por parte de mi hermano, la primera mujer de la descendencia, Mariana, y el doctor Edgardo Horacio, profesional de la oftalmología. Además, los tres míos, que como yo heredaron su impronta. Mi hijo mayor, Juan Carlos, es arquitecto, pero además de construir casas construye también muy buenos cuentos. Mis dos hijos menores, Gabriel Alejandro y Juan Martín, tienen una ocurrente veta humorística y ambos son guionistas de televisión (he compartido con ellos la autoría de numerosos ciclos), cosa que también hace con probado ingenio mi nieto Ezequiel. Como se ve, esto del humor es una enfermedad transmisible y contagiosa.

Con mi hermano Edgardo nos asociamos en la tarea de divertir a la gente en el año 1956. A poco de ser transferida lw1 de la Red Splendid a los servicios de radio y televisión de la Universidad Nacional de Córdoba, asumió como su director Félix Garzón Maceda, a quien en muy buena parte le debo mi inserción en los medios y mi posterior venida a Buenos Aires. No bien se hizo cargo de la emisora, Garzón nos alentó tanto a mí como a mi hermano para que nos desempeñáramos cada uno en lo suyo en la emisora que dirigió durante muchos años, imprimiéndole un sello y un estilo que la destacó como un verdadero exponente de la radiotelefonía del interior. En lo personal, llevé a su micrófono numerosos programas: Bocaditos de Mesa; Barriadas cordobesas; La España de mi padre; Bajo el alero; La barra de la esquina; Al pie de la letra. Pero fue sin duda uno de esos ciclos el que se convirtió en lo que podría llamar mi primer éxito de audiencia. La idea de Garzón era que despertara a los cordobeses con un programa diario desde las seis hasta las ocho de la mañana. Así nació El despertador, que permaneció en el aire hasta que por iniciativa del propio Garzón me vine a trabajar a Buenos Aires. Al mejor estilo de Carlitos Ginés, despertaba a mis oyentes con historias de humor acordes con sus oficios y profesiones. Si un lunes me ocupaba de despertar a los médicos, el martes despertaba a los pacientes, y los días subsiguientes era el turno de los empleados de comercio, de los peluqueros, los maestros, los alumnos, los panaderos, las enfermeras, etc. Para cada caso preparaba una rutina de humor en la que estaban también insertos a propósito los avisos de los anunciantes que yo mismo leía o cantaba, guitarra en ristre.

El último viernes de cada mes realizaba el programa en vivo con premios que se sorteaban entre los asistentes. Desde las primeras horas del día comenzaba a llegar gente de todas partes que colmaba el estudio y los pasillos de la emisora en el primer piso, su escalera, y todo el Pasaje Muñoz, de calle a calle. En muchas ocasiones me quedaba dormido en el tranvía porque había estado escribiendo los textos durante toda la noche y me iba a la radio sin haber pegado un ojo. Cuando me vine a Buenos Aires, Garzón no quiso interrumpir el ciclo, y acordamos que lo enviaría grabado en cinta fonomagnética una vez que nos acomodáramos en la Capital. Como era imposible coordinar el reloj a distancia, yo debía dar la hora y dejar el espacio para que el locutor en Córdoba agregara los minutos. De aquellas grabaciones en Buenos Aires recuerdo que vivíamos en un departamento de dos ambientes en un octavo piso de la calle Arenales. Me sentaba frente al grabador en una estrecha cocina que daba al pozo de aire, y grababa el programa con todos sus ruidos habituales para despertar a los oyentes, ya fuese soplando pitos y cornetas como haciendo girar matracas de todo tamaño y exclamando a viva voz: “¡Arriba, dormilones!”. El encargado del edificio habló un día con mi mujer para avisarle que los vecinos se habían quejado al administrador haciéndole saber que el inquilino del octavo estaba totalmente chiflado. Porque yo no sólo despertaba a Córdoba sino también a todo un consorcio de la Capital Federal.

Pero no fue aquel despertador mi única ópera prima en tiempos de la radio cordobesa. Garzón Maceda me propuso como desafío, además, libretar un programa cómico, y en 1957 nació La Troupe de la Gran Vía, con un elenco integrado en su mayor parte por personal de la casa. Se trataba de locutores que con distintas capacidades artísticas excedían esa función profesional y le daban vida a los auténticos arquetipos que transitaban nuestra calle San Martín, la Gran Vía cordobesa, como así también parodiaban los diferentes programas de la radio local. El personaje central de aquel recorrido era el “vigilante” encargado de guardar el orden; esto es, el agente de la Gran Vía, actuado con un colorido y pintoresco acento cordobés por mi hermano Edgardo, que por entonces cumplía tareas periodísticas en el informativo.

Los memoriosos podrán confirmar que La Gran Vía se convirtió en un suceso popular que solamente pudo superar años después mi querido gordo Cognini con su revista Hortensia. El famoso “cana” que personificaba mi hermano fue citado en el diario de sesiones de la Legislatura, cuando un diputado, refiriéndose a la actuación descomedida de un funcionario policial, argumentó en pleno debate: “¡Ese comisario es lo mismo que el agente de La Gran Vía!”. Fue tal su popularidad, que el empresario Marcos Bronenberg lo contrató para hacer una cortina en una revista teatral que escribí, Llegó el azúcar a Córdoba, aludiendo a la escasez de ese producto. La revista en cuestión tenía un elenco que encabezaba Pedrito Quartucci, con Tono y Gogó Andreu, y el debut como fin de fiestas de un conjunto musical que hacía sus primeras armas en el espectáculo. Lo integraban Ricardo Romero, Jorge Pataro, el Pichón Mariano Crisiglione, Héctor Buonsanti y la cantante Estela Raval, que nacían al éxito como Los Cinco Latinos. El monólogo que escribí para mi hermano y que interpretó uniformado como vigilante, acaso por el éxito alcanzado en la radio como por el color local de sus observaciones, se convirtió en el suceso cómico de cada función, a punto tal que Bronenberg lo puso como número final precediendo el gran cierre musical.

Aquella Troupe de la Gran Vía tuvo tal repercusión, que salió de gira por toda la provincia de Córdoba y por la de Santa Fe durante varias temporadas con diferentes comedias (El agente cuando era chico; Por fin se casó el agente; El agente en Buenos Aires; El rancho de Ña Fidela), llenando teatros, clubes y circos en todos los lugares que visitaba. El éxito económico nos permitió tener nuestro medio de movilidad propio, un colectivo Chevrolet de veinte asientos que por mucho tiempo manejó mi hermano. En la campiña de mi provincia, donde las colonias piamontesas eran mayoría, la llegada del viejo Chevrolet con la compañía era anunciada disparando una bomba de estruendo desde un mortero, que al estallar en la altura daba aviso, varios kilómetros a la redonda, de que habían llegado los artistas. Entrada la noche, una larga fila de luces convergía en el lugar del espectáculo donde muchas veces el escenario se improvisaba sobre fardos de alfalfa. Esos soles de noche preanunciaban el éxito, porque cada uno de ellos era un sulky, un tractor o una chata con familias de colonos que venían a divertirse con sus personajes favoritos.

En cierta ocasión, el encargado de disparar la bomba la colocó en el mortero, encendió su mecha, se retiró unos pasos y el artefacto sin ganar altura describió un círculo y fue a explotar en el follaje de un árbol donde se disponían a dormir las gallinas del dueño del recreo. Fue el caos. Un enorme alboroto de estridentes cacareos, hojas, ramas y plumas que volaban fue el prólogo del destemplado discurso en piamontés que nos dedicó el patrón de la finca mientras la compañía corría a refugiarse en el Chevrolet presumiendo que iba por su escopeta. Felizmente todo se superó porque la función fue un lleno total, y nos cuidamos en sucesivas plazas de disparar la bomba lejos del dormitorio de gallinas, patos o cualquier otro plumífero. No sería honesto si omitiera los nombres de algunos de los actores y colaboradores de aquella Gran Vía: Pinino Schapira, Eduardo Felice, Atilio Mancinelli, Ethel Marcó, Nelly Laprida, Héctor y Dora Gaitán, Eduardo Peire, Alfonso Mario Velazco, Santoni, Basile, Elías Antar, Marcos Duverñet, Francisco Olguín, la orquesta Los Colegiales, y tantos otros integrantes que nos acompañaron durante aquellos largos cinco años de aplausos.

Me tocó a su tiempo elegir reinas provinciales, tarea que compartí con un ocurrente amigo, el Gordo Rubén Thompson (Pedro Centineo). Nos gastábamos mutuamente bromas crueles y nos colgábamos apodos característicos del folclore cordobés. Yo, por mi extremada delgadez de aquellos años, era para él chunchula, la tripa trenzada de las achuras. Él, tanto para mí como para muchos, era el cabezón que andando el tiempo me inspiró una serie de cuentos atribuidos a un personaje de mi invención: Fanfaifa. El Gordo Thompson tenía una velocidad increíble para fabular. Vendíamos publicidad en la provincia y de pronto pasábamos frente a era, una fábrica de lácteos. El Gordo entraba, pedía hablar con el gerente y le decía a quemarropa: “Tengo una gran frase para usted: ‘ERA leche, y ahora es queso’”.

En una ocasión, yo tenía que coronar una reina provincial. El Gordo, que organizaba la fiesta, me alquiló un esmoquin y contrató un auto de acompañamiento en una cochería. Esa noche, cuando íbamos camino al evento, llegando al arco de acceso a la ciudad donde había un puesto caminero, advertimos que un policía le hacía indicaciones al chofer para que se detuviese a un costado. El hombre palideció: “Tengo el registro vencido, ¡sonamos!”. El Gordo, que sacaba ideas como conejos de un sombrero, no se inmutó. Venía sentado al lado del chofer y se volvió hacia mí, que venía de esmoquin en el asiento trasero. Me hizo cruzar sobre el pecho la banda de seda que llevábamos para coronar a la reina, le dijo al chofer que encendiera la luz interior y, cuando se acercó el policía, le indicó señalándome: “El embajador de Siria”. El agente se cuadró haciendo la venia y pasamos con honores y todo.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

₺447,67

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
199 s. 32 illüstrasyon
ISBN:
9789875994447
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar