Kitabı oku: «Daguerrotipos»

Yazı tipi:







Los treinta daguerrotipos romanceados de Yolanda Zamora

Juan Carlos Núñez

Doy fe…

Yolanda Zamora

Alicia Alonso

Javier Arévalo

Juan José Arreola

Emmanuel Carballo

Alejandro Colunga

Gilda Cruz Romo

José Luis Cuevas

Gabriel Chávez de la Mora

Fernando del Paso

Guillermo del Toro

Ignacio Díaz Morales

Blas Galindo

Gabriel García Márquez

Vicente Garrido

Andrés Henestrosa

Vicente Leñero

Domingo Lobato

Arturo Márquez

Jorge Martínez

Carlos Monsiváis

Elías Nandino

Elena Poniatowska

Ramón Rubín

Juan Rulfo

Sebastián

Juan Soriano

Consuelo Velázquez

Alfredo Zalce

Rafael Zamarripa

Eraclio Zepeda

Dedicatoria

A todos los más de trescientos colaboradores del programa A las nueve con usted..., de 1984 a 2014. Gracias por haber enriquecido nuestro programa y haber hecho suyo, desinteresadamente, el objetivo común de difundir el arte y la cultura para todos.

Yolanda Zamora

Prólogo.
Los treinta daguerrotipos romanceados de Yolanda Zamora
Juan Carlos Núñez

Desde hace más de treinta años, Yolanda Zamora convierte cada mañana una frecuencia radiofónica en un espacio privilegiado para la palabra y la conversación. Su programa A las nueve con usted, que emite el Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, es un café, un libro, un aula, un museo o un teatro construidos con palabras y habitados por los más diversos personajes.

Lejos de la estridencia que impera en el cuadrante, el programa de Yolanda es un oasis para la palabra serena y la reflexión. Es un viaje al mundo del arte y la cultura, pero también a los problemas sociales y a la vida cotidiana.

Sus programas han sido una ventana desde la cual podemos ver una pintura, analizar un cuento, imaginar un tablero de ajedrez, desmenuzar un problema filosófico, recrear la escena de una película y disfrutar de una ópera o una canción popular, pero ha sido, sobre todo, una conversación permanente con los grandes personajes de la cultura, con sus familiares y amigos, con los especialistas que los han estudiado.

Como buena entrevistadora, Yolanda sale de los lugares comunes e indaga con profundidad en la vida, obra y procesos creativos de sus entrevistados que encuentran en la otrora bailarina de ballet una interlocutora culta y bien informada, que desata de manera natural una conversación inteligente. Así logra la magia de la entrevista:

Ese es el gran valor de la entrevista periodística, esa es su magia, la posibilidad creadora que tiene el diálogo de dos personas que al ser únicas hacen también único el resultado. Las mejores entrevistas son aquellas en las que tanto el entrevistador como el entrevistado descubren cosas que al comenzar el encuentro no habían previsto. Si el periodista termina la entrevista sin haber descubierto nada nuevo, habrá cumplido con la tarea, pero no podrá sentir el gozo del paleontólogo que descubre un fósil. Para el entrevistado, el diálogo con un periodista es una oportunidad que le permite generar nuevas reflexiones, profundizar en sus convicciones y ordenar algunos de sus puntos de vista [...] eso sólo ocurre con las buenas entrevistas en las que los periodistas logran convertirse, como dice Miguel Ángel Bastenier, en agentes que desatan lenguas.1

Y así, día tras día Yolanda desata lenguas. Pero no para obtener la noticia efímera o la frase escandalosa, sino para desatar procesos reflexivos y gozosos que nos llevan a explorar y descubrir nuevos horizontes. Estos encuentros en torno a la palabra son una invitación cotidiana a tejer ideas, a relacionar diversas disciplinas y a conocer más y mejor la cultura y a sus creadores. A la periodista cultural no le interesa conseguir la noticia de ocho columnas que morirá mañana, sino profundizar en la humanidad a partir de la conversación con la persona que tiene enfrente.

Lo dice ella muy claramente en la introducción del libro:

No pretende esta compilación, entonces, ir en busca del artista y del intelectual fríamente hablando, imantados por el halo que emite su talento, sino intentar, en cambio, atisbar en el ser humano que vibra, sueña, anhela y tiembla, más allá del rostro que reproduce una y otra vez la fama y el prestigio, para encontrarnos con el fluir de su sensibilidad propia, puerta de entrada a su mundo personalísimo y aprender a ver desde sus ojos ese horizonte que nos comparte, su presencia, sus palabras, y participar de ese momento capturado en un encuentro.

Pero las palabras viajeras en las ondas sonoras se pierden en el viento, aunque algunas se queden anidadas en la memoria o en el corazón. La magia de la radio nos permite saborear los matices, los énfasis y la calidez con que se dicen, pero es una magia efímera.

Aunque las tecnologías actuales nos permiten grabar y conservar esas palabras, lo habitual es que los radioescuchas hagamos de la radio una compañía para la vida cotidiana y no un ejercicio de registro y archivo. Escuchamos a Yolanda mientras cocinamos, manejamos, trabajamos.

Por eso, los daguerrotipos de Yolanda son un regalo que nos permite re–vivir, re–crear y re–cordar (volver a pasar por el corazón) treinta conversaciones que sostuvo con destacados personajes de la cultura.

Bailarinas, cantantes, novelistas, poetas, compositores, pintores, escultores, críticos, arquitectos, cineastas y dramaturgos nos cuentan, a través de la periodista, muchas cosas. Hablan de su obra, de sus procesos creativos, de su historia y de su vida.

En esta amplia gama de artistas aparecen personajes emblemáticos de la cultura que borran las fronteras entre lo local, lo nacional y lo internacional. De Alicia Alonso a García Márquez; de fray Gabriel Chávez de la Mora a Consuelo Velázquez; de Elías Nandino a Gilda Cruz.

Por supuesto, están presentes emblemas de la cultura jalisciense como Juan Rulfo y Juan José Arreola. Este último fue, por cierto, colaborador habitual de A las nueve con usted, lo mismo que otro de los entrevistados, Guillermo del Toro.

En esta diversidad de perfiles hay un trasfondo común que es el que le interesa a Yolanda: el humanismo. La exploración de lo que es y lo que expresa el ser humano a partir de sus creaciones, y de la relación de esas creaciones con la vida.

Como profesional de la comunicación fui en busca del periodismo cultural... y me encontré con el rostro humano (“demasiado humano”, diría el filósofo); porque cada encuentro es un semblante que nos refleja a nosotros mismos en su sensibilidad, en su manera de concebir y enfrentar el mundo, en su incansable lucha cotidiana en el camino del estar siendo.

Esto nos dice ella misma en la introducción de este libro.

Ésta es una de las características del trabajo de Zamora que puede dedicar su programa un día a la filosofía y al día siguiente a la cocina, pero siempre desde esta mirada creativa y creadora.

Es ésta la mirada que podemos reconocer en los treinta daguerrotipos que componen en este libro. Los daguerrotipos son los abuelos de las fotografías actuales, quizá ya los bisabuelos con el desarrollo de las nuevas tecnologías. Impresos sobre superficies de metal lograban el milagro de fijar las imágenes con claridad, aunque sin tanta nitidez. En ellos resaltaban los rasgos principales de lo retratado.

Estas conversaciones re–creadas tienen esas dos características del daguerrotipo. Por un lado, como decíamos, nos permiten fijar las conversaciones habladas, por el otro, no pretenden ser un retrato exhaustivo del personaje en cuestión. Yolanda no va a ellos con la pretensión del historiador que busca establecer “la” biografía completa del personaje, sino de conocer sus rasgos principales, de “acercarnos a ellos atisbando en sus sentires y pasiones más entrañables”, como nos comenta en la introducción a su libro, a compartirnos “un cachito del espíritu de cada uno de los entrevistados”.

En estos encuentros con los entrevistados no sólo son importantes sus dichos, sino también las circunstancias en que se llevaron a cabo las conversaciones. Los lugares, las situaciones y los entretelones de las conversaciones son también información relevante que arropa los diálogos y que nos revela también a la reportera tenaz que va al encuentro del otro.

Este tipo de entrevista, que va más allá de la reproducción del diálogo entre los interlocutores, y que incluye descripciones, puntos de vista y comentarios del reportero, es lo que el experto en periodismo Miguel Ángel Bastenier llama “entrevista romanceada”. En ella, el periodista “describe ambiente y personaje, es él quien nos cuenta lo que le ha dicho la persona entrevistada, y sólo cuando lo considera necesario entrecomilla algunas de sus declaraciones”.2

Bienvenidos a esta galería de “daguerrotipos romanceados”, a este viaje por la cultura y sus creadores, a estos treinta encuentros en torno a la palabra.

1 Juan Carlos Núñez Bustillos. “La entrevista, un retrato pintado con palabras”, en Retrato hablado, entrevistas con personajes de Guadalajara. Universidad de Guadalajara/iteso/Milenio Jalisco. Guadalajara, 2012. P. 20.

2 Miguel Ángel Bastenier. Cómo se escribe un periódico, Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano/Fondo de Cultura Económica. Bogotá, 2009. P. 88.

YOLANDA ZAMORA


Doy fe...
Yolanda Zamora

El 2014 fue un año muy importante para nuestro programa radiofónico de periodismo cultural A las nueve con usted... del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión en Guadalajara. Se cumplieron treinta años de estar al aire en forma ininterrumpida; treinta años que reunieron a un valioso equipo de colaboradores de todas las disciplinas, artistas e intelectuales, en comunicación, con un amplísimo auditorio en un trabajo colectivo, con una exigencia creativa constante, año con año, a lo largo de estas últimas tres décadas.

Con ese motivo se realizaron diversas actividades conmemorativas a lo largo del año 2014: conciertos, exposiciones, diálogos e incluso un montaje fotográfico con fragmentos de entrevistas en el Museo del Periodismo (antigua Casa de los Perros), en Guadalajara.

Este libro surge en ese contexto, no por nostalgia, sino con la intención de documentar algunos de los episodios de encuentro más significativos. Debo decir que a lo largo de más de treinta años en la práctica del periodismo cultural he tenido el enorme privilegio de vivir fantásticas experiencias de encuentro. Cada una de ellas con sus grandes satisfacciones y aprendizajes.

Difícil fue elegir sólo treinta entre cientos de entrevistas, cada una de ellas inmersa en una circunstancia y en un tiempo específicos, conversando con seres humanos que dieron cuenta, a través del arte en sus diversas expresiones, de la realidad que les tocó protagonizar: recreándola, tocándola, transformándola... Ése es el trabajo del artista, pero también luchando como todos los hombres y mujeres que poblamos este mundo, por expresarse, por autodefinirse, por decir “aquí estoy”.

Y nuestros micrófonos capturaron y difundieron en su momento esas palabras que volaron hasta miles de radioescuchas.

Como profesional de la comunicación, fui en busca del periodismo cultural... y me encontré con el rostro humano (“demasiado humano”, diría el filósofo); porque cada encuentro es un semblante que nos refleja a nosotros mismos, en su sensibilidad, en su manera de concebir y enfrentar el mundo, en su incansable lucha cotidiana en el camino del estar siendo: “Éste que soy llamado a ser en plenitud”. El hombre como creatura, ciertamente, pero como creatura, a su vez, creadora.

Y como estos treinta encuentros, hubo muchos más. Algunos efímeros o inesperados, como el de aquel vendedor de empanadas que llegó un día por accidente a la cabina de radio y conversamos largo y tendido sobre su pueblo, sobre su coamil, sobre sus empanadas... y nunca se dio cuenta de que estaba al aire. (Por supuesto, le compramos una docena de empanadas, por cierto deliciosas.)

Otros encuentros sorpresivamente creativos, como aquella entrevista que realizamos mi compañero Marco Antonio Rubio, voz oficial de xejb hasta el 2013, y esta servidora con el músico brasileño Vinícius de Moraes, autor, junto con Antonio Carlos Jobim, de “La garota de Ipanema”. De Moraes visitaba Guadalajara y lo entrevistamos para nuestro noticiero Panorama Cultural (1975), el primero dedicado íntegramente a la cultura en el cuadrante tapatío. En aquella ocasión la entrevista concluyó alegremente en una sonora y alegre batucada dirigida por el propio Vinícius, quien aprovechó cuanto instrumento percutivo tuvo a su alcance, desde lápices hasta vasos, cucharas y tazas, ante la alegría de los radioescuchas. ¡Ah, cómo lamento que las cintas de carrete abierto con las que trabajábamos en aquel lejano entonces en xejb no se hayan conservado!

No puedo dejar de recordar también la ocasión en que tuve la fortuna de entrevistar a don Chava Flores, músico humorista, pintor del mundo urbano defeño. Se había presentado en una de las primeras peñas que funcionaba en Guadalajara a mediados de los años setenta, y luego de su brillante e ingeniosa actuación en la que le bastaba dar la espalda unos segundos para aparecer ante el público con peinado y expresión diferentes protagonizando a otro personaje más del mundo capitalino, aceptó conversar conmigo. Larga y disfrutable la entrevista, sin perder el tono de comedia por parte de don Chava. Recuerdo con especial sonrisa cuando le pregunté sobre el albur mexicano que don Chava solía manejar finamente en sus canciones. Al respecto dijo: “Quienes dicen que el albur es soez o burdo ¡mienten más que un Lovable!”; la carcajada no se hizo esperar por parte de todos los que estaban a mi alrededor, escuchando la entrevista que afortunadamente conservo. Vale decir que en la actualidad ya no existen los Lovables, probablemente ahora don Chava diría: “¡Más falso que un Victoria Secret!”

Raví Shankar visitó también la Guadalajara de los años setenta. Lo encontré sentado en posición flor de loto en medio del escenario del teatro Degollado, abrazando su sitar después de un ensayo. El músico indio pertenecía a la casta brahamana de nacimiento, y su actitud serena y noble daba cuenta de ello. Vestía de algodón, túnica blanca, y su sonrisa espontánea y discreta le confería un halo místico muy especial. Había venido a presentar su “Concierto para sitar y percusiones” con la entonces Orquesta Sinfónica de Guadalajara, e invitado al percusionista jalisciense Felipe Espinoza a acompañarlo. Era la tercera ocasión que visitaba Guadalajara. “Nuestra música india —me dijo en un correcto inglés con marcado acento indio— está conformada por formas melódicas llamadas ‘ragas’, cientos y miles de ragas: ragas matutinas, ragas vespertinas, ragas nocturnas... existen también las ‘talas’ que conforman el sistema rítmico, y todas estas formas se aprenden a través de la entrega oral, nosotros no leemos nuestra música, la aprendemos”. Cuando le pregunté sobre el sentido del ser humano en esta tierra y específicamente la misión del artista, Raví Shankar contestó:

Yo creo que el artista está más allá de la forma y la técnica, lo cual es, sin embargo, muy importante, pero más allá está el delicioso momento en el que expresa aquello que lo ha inspirado, que puede ser la naturaleza, la mujer, la meditación... o todo junto. Pero yo creo que el artista debe estar pleno, rico en experiencia. Si tiene disciplina en el oficio y amor dentro de su corazón, podrá expresarse artísticamente, porque su arte vendrá desde adentro de sí mismo.

No podría olvidar un encuentro especialmente entrañable ocurrido una mañana a sólo unos meses de haber iniciado el programa en 1984. Llegué al estudio ubicado en la Torre de Educación Pública, sobre la prolongación de avenida Alcalde, subiendo de dos en dos los escalones (porque el elevador no funcionaba, lo cual no era extraño, como comenté en alguna otra entrevista, y estábamos en el décimo piso). Al entrar al estudio ¡vaya sorpresa!, sentado sobre la alfombra, junto al ventanal que daba a la barranca, contemplándola, estaba un joven, piel mulata, abundante melena afro, lentillas redondas, camiseta amarilla de algodón, holgada, con una pierna doblada y la otra estirada, descansándola mientras miraba a la distancia. Al llegar me vio y me dijo sin levantarse: “Hola, vengo a entrevista con Yolanda”, y yo le dije con toda familiaridad: “Ah, hola, pásate, soy yo”. ¡Era Pablo Milanés! Ni él ni yo nos conocíamos en persona, claro, y fue un programa maravilloso que transcurrió con toda sencillez, como quien conversa con un amigo, y en el que escuchamos, entre otras canciones ya de culto, “Yolanda”, composición que, como sabemos, es ya todo un himno al amor eterno y en ese momento se escuchaba por todas partes: “Si he de morir, quiero que sea contigo”, compuesta para quien fuera su esposa, Yolanda Benet, en los años setenta, popularizada años después gracias a un arreglo de Pastor Vega, para un documental, y posteriormente integrada ya al repertorio obligado de Milanés.

Finalmente, no puedo dejar de reseñar, al menos brevemente, mi encuentro con mi admirado escritor portugués, premio Nobel de Literatura, José Saramago, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Presentaba su novela Las intermitencias de la muerte, junto a la lectura del actor Gael García. Con ese motivo ofrecía una rueda de prensa. Recuerdo que Saramago, al hablar de su novela, comentó: “Por primera vez en la literatura, la muerte deja de actuar...”. Me hizo ruido la frase, la registré escribiéndola textualmente, y al final del encuentro de prensa, cuando los colegas dejaban la sala, me acerqué a él y le dije:

Maestro Saramago, permítame un minuto solamente. Usted nos ha dicho hace un momento que por primera vez en la historia de la literatura la muerte deja de actuar, refiriéndose a su novela. Pero recuerde que este tema ya fue tratado en el mundo griego antiguo, cuando el astuto Sísifo atrapa a la muerte, y ésta deja de actuar, provocando mil trastornos, por lo que luego es castigado por los dioses llevando eternamente una gran roca hasta las alturas de una colina.

Saramago me miró inquisitivamente, se quedó unos minutos pensativo y luego añadió: “Tiene usted razón. En realidad, cuando yo era muy joven hice una traducción de esta historia, y tal vez se quedó en mi inconsciente y ahora sale en esta novela”. En ese momento los organizadores se acercaron, lo tomaron del brazo. Él me sonrió a manera de excusa y se alejó.

Me quedé emocionada. Di rewind a mi grabadora, y ahí estaban sus palabras, me supe una vez más fetichista, abrazando unas breves palabras sólo para mí. Salí de la FIL, no quería perder el momento tan intenso que había vivido. Llegué a casa y tomé Memorial del Convento, uno de los libros que más amo de Saramago, y empecé a releerlo: “...y, así como el hombre, animal de tierra, se hizo marinero por necesidad, por necesidad se hará volador. [...] volar es salirse de la tierra para el aire, donde no hay suelo que nos ampare los pies”.

Y como estas anécdotas, hay muchas más qué narrar. De hecho, al proyectar este libro tuve sobre mi mesa de trabajo cientos de casetes, de discos compactos, de cartuchos, de recuerdos... Pero enlistar todos esos diálogos, conversaciones y entrevistas realizadas e intentar transcribirlas todas llevándolas al papel habría sido tarea punto menos que imposible. En primer lugar porque muchas de estas entrevistas fueron grabadas en cinta de carrete abierto y el tiempo, inexorable, como ya lo he dicho, se las ha llevado consigo. En segundo, porque esa tarea, transcribir de la oralidad al papel cada una de estas entrevistas y luego estructurar un libro en el formato adecuado para presentarlo ante un lector, me tomaría cuando menos ¡otros treinta años de trabajo! Debía escoger sólo treinta.

Me vi pues en la disyuntiva de tener que optar por algunos de los encuentros más significativos, y no necesariamente por los datos periodísticos que aportan —en algunos casos es lo menos importante—, sino por la circunstancia en que ocurrieron y el contenido humano que nos comparten los entrevistados, lo cual permitiría conocerlos un poco más allá de la austeridad de una entrevista convencional, y acercarnos a ellos atisbando en sus sentires y pasiones más entrañables. No pretende esta compilación ir en busca del artista y del intelectual fríamente hablando, imantados por el halo que emite su talento, sino intentar, en cambio, atisbar en el ser humano que vibra, sueña, anhela y tiembla, más allá del rostro que reproduce una y otra vez la fama y el prestigio, para encontrarnos con el fluir de su sensibilidad propia, puerta de entrada a su mundo personalísimo, y aprender a ver desde sus ojos ese horizonte que nos comparte, su presencia, sus palabras, y participar de ese momento capturado en un encuentro.

El común denominador entre todo este material de entrevistas es el lugar en donde fueron realizadas: la ciudad de Guadalajara.

En las siguientes páginas el lector conocerá y reconocerá a personajes de la vida cultural del país y en algunos casos a extranjeros que visitaron tierras tapatías y dejaron su impronta.

El resultado es este libro con treinta encuentros significativos en torno a la palabra. Asumo, por supuesto, mi mediación, es decir, la contravención consciente de la objetividad casi fría que exige el periodismo para, en cambio, explícitamente aceptar mi participación, mi propio mirar empático no exento de emociones en torno a estos encuentros. Así, ¿en qué género podemos consignar este volumen? Periodismo cultural, sin duda; pero tocando el registro autobiográfico como parte de una trayectoria profesional y, eventualmente, los tintes humanistas y reflexivos a los que la palabra intercambiada en estos encuentros nos conduce. Creo que tomaré prestado el concepto acuñado por mi querido maestro Juan José Arreola, y alterándolo un poco diré que estos textos son “invención varia”, solamente.

Sólo me resta esperar a que el lector acepte encontrarse, efectivamente, con cada uno de nuestros personajes y conversar con ellos a través de este libro. Seguramente ellos le dirán, en algunos casos más de lo que yo he logrado consignar, es decir, aquello que entre palabras salta como gazapo, y entre renglones se cuela como rocío matinal: un cachito del espíritu de cada uno de los entrevistados.

Mi agradecimiento a todos aquellos que en mi trabajo de comunicadora me han distinguido con el regalo de su palabra, de su amistad, de su confianza y de su testimonio que ahora comparto con el lector.

Mi agradecimiento a todos aquellos que apoyaron este proyecto, tanto durante las entrevistas a lo largo de estos años como en la difícil empresa de capturar al vuelo la palabra oral y llevarla al papel.

Mi agradecimiento también a Ignacio Bonilla, presidente del Seminario de Cultura capítulo Guadalajara, cuya labor inteligente y generosa al frente de esta institución ha permitido a muchos de nosotros, los miembros del Seminario, realizar y compartir nuestros proyectos.

Y agradezco de manera especial la invaluable colaboración de mi compañero de vida, Pancho Madrigal, su acompañamiento agudo y exigente, pero también amoroso, en la revisión y acotación de textos, paso a paso, a lo largo del camino andado hasta llegar a la conclusión de este trabajo.

Ahora sólo falta el encuentro con usted... para que la experiencia sea completa.

ALICIA ALONSO


Nunca dejaré la danza... tengo tanto aún por realizar, que no me alcanzaría la vida.

Entrevista realizada el 20 de mayo de 1991 en el Teatro Degollado en la ciudad de Guadalajara.


Entrevisté a Alicia Alonso en el camerino principal del teatro Degollado el 20 de mayo de 1991. Ella tenía en ese entonces poco más de setenta años de edad. La figura más admirada del mundo del ballet contemporáneo en ese momento, prima ballerina assoluta, coreógrafa y creadora de un movimiento artístico, de un estilo balletístico para Latinoamérica, actuaba en Guadalajara y habíamos acudido a verla prácticamente todos los del gremio de la danza en nuestra ciudad.

Tantos años seguí de cerca su trayectoria en el ballet, su ideología comprometida y valiente, su perfil tan nuestro, tan latino, que en ese momento, al estar frente a ella, temí romper la magia con una inútil pregunta, pues jamás —yo lo sabía bien— tendría la medida para interrogar a un espíritu grande como el de la Alonso. Sin embargo, su amabilidad y actitud generosa me animó, y fue así como tuve la oportunidad de conversar unos momentos con ella en el intermedio de la función del Ballet de Cuba, esa noche, en el teatro Degollado.

Ella había bailado ya en la primera parte de la presentación de ese día, interpretando, en una espléndida coreografía clásica, al personaje de la reina Dido del relato de la Eneida, de Virgilio. Ahí estaba ella, en medio del escenario —la acababa yo de ver— como una llamarada roja y poderosa, con esa fuerza suya, extraordinaria, alimentada por la evocación del mito de la despechada reina de Cartago que habría de inmolarse en la pira funeraria, después de clavarse en el pecho la espada de Eneas. Aún vistiendo el corto traje de ligeros velos rojos, Alicia descansaba ahora, sentada frente al espejo en su camerino. Volvería a salir hasta el final del programa, en un cierre espectacular, con una coreografía neoclásica llamada Diva, dedicada a María Callas (in memoriam). Así que yo debía aprovechar ese corto tiempo del que disponía para intentar conversar con ella sin abrumarla demasiado.

Alicia Alonso había aceptado la entrevista cuando supo, por su asistente personal con quien yo había hablado previamente, que además de periodista yo formaba parte del Ballet de Bellas Artes de Jalisco, y que conocía y admiraba toda su trayectoria. ¡Cómo iba a negarme unos minutos de conversación!

Cuando ingresé a su camerino, ella se retocaba el maquillaje, dejando caer el polvo en golpecitos de esponja sobre su rostro frente al espejo, y me miró a través de él, clavando sus ojos, acentuados por el negro del delineador, en el agua–plata del espejo.

“Sigue siendo hermosa a pesar de su avanzada edad”, pensé, admirándola. Pero, ahora que lo reflexiono, más que hermosa, Alicia Alonso es y será siempre una presencia que rebasa lo puramente corpóreo. Su espíritu sobrepasa su menuda figura y le brota con vigor por los ojos.

Ella continuó maquillándose —noté que lo hacía casi mecánicamente, sin fijar demasiado la mirada— levantando la ceja derecha y acomodándose el turbante que le ocultaba todo el cabello, dejando su frente amplia al descubierto —la frente despejada es elemental en la presentación de una bailarina de ballet clásico. Sobre el tocador del camerino había todo tipo de afeites de teatro, y a un lado, en lo alto, colgando de un gancho de madera, sus zapatillas de ballet, las que se había retirado para relajar por unos momentos sus pies desnudos y recios, como garras de pájaro.

Estar frente a aquella mujer, menuda y frágil, y al mismo tiempo enérgica y fuerte, deja sin palabras a cualquiera, y yo no fui la excepción en los primeros momentos de la entrevista. Debía aprovechar el escaso tiempo que ella me había concedido y así lo hice. Empezamos a conversar.

Ella, antes de hablar sobre sí misma, se refirió al movimiento de la danza en Jalisco en estos términos: “Veo que aquí, en Guadalajara, se está desarrollando mucho movimiento en el ballet, y que se ha despertado un gran gusto por este arte. Nosotros estamos mandando profesores de Cuba para que junto con los profesores de aquí, podamos estar más unidos que nunca”. Luego me habló de su largo nombre de pila: Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, que ella abrevió, sencillamente, por Alicia Alonso, al casarse, a los quince años, con Fernando Alonso.

Me contó que nació en La Habana, Cuba, el 21 de diciembre de 1920, de padres españoles. Me narró también cómo desde pequeña se inició en la danza, y me habló de su debut en el teatro de La Habana; de su compromiso con la revolución; de su fe en el pueblo cubano, y de sus ideales. Recordó también la fundación de la Compañía de Ballet Clásico de Cuba, al frente de la cual se encuentra desde 1959, y de cómo fue surgiendo la escuela de ballet cubano, más allá del patrón europeo, creando una nueva técnica.

Me sorprendió la claridad de su palabra y su capacidad de síntesis, aprovechando con habilidad los escasos minutos con los que contábamos. Seguramente habría repetido tantas veces esas respuestas en diversas entrevistas a lo largo de su vida. Sin embargo, lo hacía con naturalidad, como si la entrevistaran por primera vez.

Me contó, emocionada, sobre la reciente coreografía Poema del amor y del mar, de Alberto Méndez, que interpretó en España al lado del bailarín ruso Rudolph Nureyev, “apenas el año pasado” (Palacio de la Misericordia de Palma de Mallorca, el 31 de julio de 1990), dijo, en la que participó también la soprano Victoria de los Ángeles. (Me quedé sin aliento al imaginar el privilegio de contemplar juntas a estas tres gigantescas figuras de la ópera y el ballet: Alonso, Nureyev y De los Ángeles.)

Ella siguió hablando. Yo trataba de no interrumpirla ni con la respiración; la dejaba hablar, que ella dijese lo que quería decir, mientras yo escuchaba el runrún tranquilizador del casete y de cuando en cuando miraba la ventanita de mi grabadora, para asegurarme de que la cinta siguiese corriendo; no fuera a suceder que el azar me jugara una mala pasada.

El tiempo no se detenía y yo sabía que en cualquier momento entraría su asistente para ayudarla a prepararse para la siguiente coreografía —como de hecho sucedió. Al verla entrar, Alicia dijo, para concluir la entrevista: “Nunca dejaré la danza... tengo tanto aún por realizar, que no me alcanzaría la vida”. Y dando por concluida la charla, con toda amabilidad, se dispuso a vestirse para su siguiente caracterización. Yo murmuré un precipitado: “¡Gracias, maestra Alonso!”

Ella se puso de pie y movió las manos en el aire, como buscando algo; su auxiliar la tomó del brazo para ayudarla. La edad le pesaba, y parecía aprisionarle el cuerpo. En ese momento me di cuenta, con estupor, de que Alicia Alonso... ¡casi no veía! Quedé impactada.

Salí del camerino caminando despacio, preguntándome: ¿Cómo es que logra esta mujer desplazarse extraordinariamente en el escenario con la ligereza de la danza, si no puede ver y difícilmente camina por sí sola?

Unos minutos permanecí entre las cortinas laterales de grueso terciopelo del teatro. Tenía que verla de nuevo; mirarla entrar a escena.

La orquesta había iniciado los primeros acordes de la partitura.

Miré al escenario a través de los pliegues del pesado cortinaje y vi en el foro, del lado izquierdo, un piano de cola blanco y las manos del pianista moviéndose como peces saltando sobre el teclado. Iniciaba la original coreografía dedicada a María Callas, que se estrenaba en Guadalajara, y que Alicia protagonizaría.

Entonces la vi.

Caminaba torpemente a tientas, en la penumbra de bambalinas, con un chal de lana cubriéndole la espalda, mientras su asistente la tomaba del brazo y la conducía hasta el borde mismo del escenario, allí, donde una línea delgadísima separaba la luminosidad de la escena de la sombra de la realidad. Ella se quedó allí unos instantes, respiró profundo... y se dispuso a entrar.

Lo que a continuación sucedió fue algo tan extraordinario, tan fantástico, que yo misma, por momentos, dudo del prodigio que presencié.

Como si no tuviese edad, como quien se despoja de los años como de un manto pesado y bromoso, la Alonso arrojó el chal que la cubría y saltó al escenario.

Al conjuro de la música inició su danza y empezó a deslizarse en puntas, en cortos bourrées, suaves, ligeros, casi ensayando el movimiento, con una exquisitez digna de una libélula, hasta colocarse al lado del piano. Ahí se detuvo. Luego, hizo descansar su mano izquierda, blanca, blanquísima, sobre el instrumento, mientras con la otra dibujaba arabescos que salían de su corazón y continuaban en el aire hasta elevarse a la altura de su boca, para luego alcanzar el cielo. Sus dedos largos se movían como si cantara. No, corrijo: sus dedos largos cantaban. Sus manos interpretaban, como la Callas, magníficamente, arias de ópera: Casta Diva, Caro Nome, Un bel di... no importa qué. Verla cantar con las manos junto al piano, observarla jugar con el torso, doblarse, contraer los hombros, abrir luego el pecho, girar la cabeza... extender los brazos..., fue un alarde de expresividad creativa.

Al fondo, del lado derecho del escenario, un grupo de figuras, moviéndose en perfecta sincronía, ejecutaba la danza coral, enmarcando la escena protagonizada por la Callas–Alonso.

La coreografía transcurría, dolorosa y dramática, como fue la vida de María Callas. Poco a poco su danza empezó a envolver el escenario. Nunca vigorosa, pero sí profunda e intensa.

Llegó el momento del pas de deux y Alicia ya no tenía edad. La danza había encarnado en ella, convocada por su mística y su pasión; ella danzaba entre los brazos de su partenaire, quien apoyaba sus giros, la tomaba por la cintura, la elevaba, en un juego estético de vuelos y misterios. Ella misma, Alicia... era la danza. Y hasta en los silencios de la música bailaba su espíritu ensanchado.

Llegó la escena del sacrificio, momento culminante de la coreografía. Como María Callas, quien sacrificó su canto por retener a su desleal amante, ofrendándole todo, incluso su carrera, a aquel amor que la destruyó y la llevó a la muerte, Alicia Alonso también realizó en escena su simbólica ofrenda final: tirada en la mitad del escenario, se retira una zapatilla, la toma con ambas manos, y, mirando hacia la figura masculina de pie frente a ella, se la entrega; es el momento de la renuncia final. Pero él, Onassis–bailarín, lejos de tomar la zapatilla, símbolo de su sacrificio, la desprecia, y con manifiesto desdén mira a la figura yaciente en escena... da un salto y... la abandona.

Instantes dolorosos de una coreografía intensa, representando la tortuosa vida de la Callas hasta su dramático final. Un homenaje de una gran diva, la Alonso, a otra gran diva, la Callas. El público, conmovido, guardaba un silencio denso en la sala ante la grave profundidad de la escena.

Mientras la veía danzar, profundamente conmovida, pensé en otra heroína del ballet, también traicionada por su amor: la joven aldeana Giselle, quien, ante el engaño de Albrecht se volvió loca de dolor. Murió de decepción y... regresó, por amor, de la misma tumba para defender, a pesar de todo, a su amado. Esa “Giselle” que Alicia Alonso interpretó como nadie jamás lo ha hecho en la historia del ballet, junto a Nureyev, papel que la colocó en la cúspide del ballet internacional de su tiempo.

Pensé también en Aura, el misterioso personaje de la novela de Carlos Fuentes, convocada por la anciana Consuelo, quien por la alquimia del amor y la pasión logra encarnar de nuevo su juventud.

Y pensé en “Alicia”... en Alicia Alonso, sí, a la que vi transformarse fantásticamente frente a mí, convocando su fuerza de una manera misteriosa, mágica... por amor al ballet.

“¡Qué no harías por mantenerte eternamente joven!”, escribió Carlos Fuentes en su entrañable novela Aura. Entonces pensé: “Alicia Alonso no envejecerá jamás. Su fuente de vida es el ballet, es la danza, y ha dicho que jamás se retirará. ¡Cómo podría retirarse, si la danza es ella misma!”

La volví a ver años después, en diciembre de 2002, cuando la Universidad de Guadalajara le otorgó el doctorado honoris causa en el Paraninfo de esta casa de estudios. Ahí estaba ella, sobriamente vestida con un traje color champagne y su ya clásico turbante, lentes oscuros, y sus manos... esas manos blanquísimas, que por momentos colocaba estéticamente bajo su barbilla levantada, de bailarina, mientras el orador hablaba de su brillante carrera balletística. Ella y la bailarina, inseparables ya.

Era Alicia Alonso, “la sin edad”.

Era Aura, era Giselle, era Alicia... era la mujer que encarnará siempre, una y otra vez, en un instante, en el eterno segundo en que dura, suspendido en el aire, un grand jeté: la eterna juventud.

La miré de lejos. No me atreví en esa ocasión a acercarme. No quise hacerlo. Los mitos deben mirarse y admirarse así, desde lejos. Hay territorios que son sólo de ellos, y en ellos se encuentran sin tiempo... suspendidos en el misterio.

JAVIER ARÉVALO


Yo conocí a Clemente Orozco arriba de un andamio. Pero no un andamio como los de ahora que son eléctricos, no, no, no, de vil albañil, de tablas y vigas y cosas que siempre me quedó la impresión de que estaba arriba de un árbol viejo, y lo vi como un tecolote, porque cuando nos volteó a ver tenía unos lentesotes de fondo de botella.

Entrevista realizada en los estudios del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión el 18 de julio de 2014.


Javier Arévalo es tapatío de nacimiento, pintor y, sobre todo... ¡aventurero!

Nació en Guadalajara en 1937, estudió inicialmente en esta ciudad con maestros como Jorge Martínez y José Guadalupe Zuno; más tarde, en los primeros años de la década de los cincuenta, se trasladó a la Ciudad de México, a la Academia de San Carlos, y posteriormente hizo de su vida una maestra, porque viajando fue aprendiendo y enriqueciendo su técnica y creatividad en cada sitio que visitaba.

Obra plástica de su autoría se encuentra en importantes espacios de exposición en diversas partes del mundo. Premios, reconocimientos, prestigio… y toda suerte de satisfacciones en su vida de artista no le han quitado su sencillez humana y su actitud de “no tomar la vida demasiado en serio”.

Vale decir que nuestro programa radiofónico fue el sitio de una de sus primeras entrevistas como pintor, cuando prácticamente comenzaba su carrera, hace de ello más de treinta años. A partir de aquella ocasión coincidimos más de una vez en distintas exposiciones locales. Siempre amable, siempre de buen humor, construimos una amistad en torno a la plástica, expresión artística que provocaba nuestros encuentros.

En julio pasado, Arévalo aceptó exponer su obra en una sencilla galería de reciente apertura en Guadalajara, por la calle de López Cotilla, para apoyar generosamente la iniciativa, y fue con este motivo como llegó un día hasta nuestro programa para conversar e invitar al auditorio a visitar la exposición. Así, llegó la mañana del 18 de julio de 2014, con su actitud franca y abierta. Sí, era el mismo Javier Arévalo de siempre, sonriente y despreocupado. Su cabello totalmente blanco, su saco negro y su ya clásica gorra, y en la mano un bastón con mango de madera.

—Javier Arévalo, ¡qué gusto verte! Bienvenido al programa. Cómo olvidar que hace treinta años te entrevisté en este mismo foro...

—Increíble, ¿verdad?, ¡cómo pasa el tiempo! Efectivamente, estuvimos aquí hace treinta años y... —con una mueca de travesura— ¡estamos igualitos!

—Bueno, no, no estamos igualitos, pero la edad tiene sus ventajas, Javier...

—Tiene sus ventajas, sí, pero... es increíble que tengas treinta años con un programa tan, tan exitoso y tanto tiempo...

—Pues eso gracias a la preferencia del público y a los grandes colaboradores que hemos tenido.

—¿Cuál fue la ocasión de aquella primera entrevista, Yolanda, la recuerdas?

En este momento interviene nuestro coconductor y amigo Óscar Castro Carvajal y apunta:

—Me parece que fue una exposición en el Instituto Cultural Cabañas, en el ochenta y cuatro. Una exposición individual bastante grande.

—Sí, ahora lo recuerdo —les digo—. Fue una exposición muy completa y diversa, recuerdo que la museografía se hizo en varias salas del Cabañas. Y dime, Javier, ¿qué encuentras de diferente de aquel Arévalo que fuiste, y tu afán aventurero, ese Arévalo que podía vivir en una gruta y hacer dibujos, e ir y venir a donde quisiese, y bueno, ese Arévalo de mil ocurrencias creativas y ahora... este Javier Arévalo de mayor madurez?

—Me da un poco de risa porque... la verdad, no he podido cambiar mucho.

—Genio y figura, Javier... genio y figura.

—No he podido cambiar mucho porque, pues, siempre me gustó viajar. Es más, en mis primeros años de profesión me dije: “No sé si vaya yo a ser un pintor bueno, regular o lo que sea, pero lo que sí sé es que voy a conocer el mundo. Voy a hacer mi obra caminando”. De eso sí estaba seguro.

—Sí, efectivamente, “voy a hacer mi obra caminando”, dijiste en esa primera entrevista, y mira, Javier, qué curioso, lo que ocurrió: Tú quisiste conocer el mundo, y finalmente el mundo te conoció a ti, a través de tu pintura, es muy interesante la proyección internacional que ha logrado tu pintura.

—Pues, mira, es la primera vez que escucho esta reflexión, ¡qué bonito has dicho! Pues sí, tienes razón, uno conoce el mundo y el mundo también lo conoce a uno. Está muy buena esa reflexión...

—Bueno, pues háblanos ahora de la obra que expones esta noche, ¿es obra reciente o estamos hablando de una retrospectiva?

—Es una retrospectiva, una especie de retrospectiva, porque este lugar, que me gustó muchísimo, es un sitio ideal para exponer. No es un lugar enorme, como se acostumbran a hacer exposiciones grandes. Es un lugar muy cómodo para el número de obras, es un lugar muy agradable. Se llama “Arte Forum”. Además, me gustó mucho por donde está situado. Está en Libertad y Progreso. ¿Cuándo habías visto semejante cosa? La libertad junto con el progreso... A mí me encantó eso de que estuviera en el cruce de estas dos calles.

—Y, dime: ¿a cuál le apuestas más, a la libertad o al progreso? El progreso a veces tiene pasos equivocados, ¿eh?

—Sí, sí, pues ahora sí que no halla uno a cuál apostarle, porque mira: uno progresa dándose sus pequeñas libertades.

—“Uno progresa dándose sus pequeñas libertades” —repito sus palabras.

—Sí, porque, imagínate, es una palabra muy amplia esa de la libertad, ¿no? No podemos nunca ser totalmente libres.

—¿No has sido libre, Javier?

—No, no es posible eso. Digo, me he dado mis pequeñas libertades…

—¿Qué pequeñas libertades te has dado? A ver, cuéntame.

—Necesitaríamos un programa mucho más largo porque esas pequeñas libertades a lo mejor resultan muchas, ¿no? Creerás que yo toda mi vida lo hice así, un rato en un lugar, otro rato en otro. Y ahora que ya es uno “persona mayor” todavía no puedo estar o no puedo vivir tres meses en un solo lugar. A los tres meses ya me pica el lugar y tengo que cambiar, tengo que irme a otro sitio, porque eso es muy motivante.

—¿De dónde eres tú, Javier, de qué barrio de Guadalajara? Recuérdale al público de dónde es Javier Arévalo.

—Aunque no lo crean, soy de aquí. Ya ven que uno no escoge dónde nacer. Soy de aquí, y además de un barrio muy popular, del barrio del Santuario. Yo nací por las calles de Juan Álvarez y más o menos González Ortega, atrás de donde nació Agustín Yáñez. Lo comentábamos en otra ocasión, ¿recuerdas? Yo tuve la oportunidad de estar en muchas ocasiones con él. Éramos “vecinos de nacimiento”.

—Qué interesante, Javier. Algo tiene ese barrio, cuna de muchas grandes personalidades. A propósito de tu itinerar, al parecer esa vocación de aventura te ha llevado también a la aventura en la pintura. No hay una exposición igual a otra, Javier, siempre estás presentando nuevas ideas. ¿Qué es lo que más te ha motivado en la vida para llevarlo a tus lienzos?

—Eso es lo bonito de cambiar de lugar, porque en tres meses uno ya está en otro lugar muy diferente en costumbres, en paisaje, en personas, en muchas cosas... entonces, como que si me quedo el doble de tiempo en ese lugar hago lo mismo y moviéndome o haciendo esa vida siempre estás en lo nuevo.

—Dime por dónde has andado, dime qué lugares recuerdas que de manera especial hayan propiciado en ti esa inspiración.

—Huy, son preguntas muy difíciles. El mundo es muy hermoso... y hay otras cosas que no lo son tanto, pero el mundo así es.

—¿Por dónde ha andado Javier? Y mira que aquí sale tu nombre, te voy a decir “Javier Arévalo, el andariego”, ¿qué te parece?

—Oye, pues me gusta, me parece que es título de un corrido —suelta la risa—, y ser andariego en un corrido pues resulta interesante. Mira, Yolanda, yo fui un niño de rancho. La familia de mi madre era de aquí, de Santa Lucía, aquí cerquita —que cuando yo era niño me parecía lejísimos— a cinco minutos. Entonces yo fui un niño con doble vida, porque mi abuela, desde niño, me dijo: “Este niño es mío”, y nos fuimos allá al rancho con mis tíos por parte de mi madre. Entonces, venía acá a Guadalajara muy formal, y allá andaba descalzo o con huaraches, jugando con los animales, montando chivos y caballos, arriba de los árboles, de los cerros. Y venía acá y mi padre era un hombre de ciudad. A mi padre le gustaba la ópera, la opereta, la zarzuela... Entonces, tenía un cambio de vida increíble, pero totalmente radical. Yo creo que un poquito por eso fui así de mayor.

—Y, ¿cómo se presenta tu vocación de pintor?

—¡Ah!, esto sí es muy largo el asunto. Yo empecé muy niño a hacer dibujos, pero primero quería ser mago, después quería ser inventor, después quise ser muchas cosas... Pero yo hacía mis cosas de mago, fabricaba muñecos para mi actuación como ventrílocuo... —Arévalo se emociona recordando su infancia, y de pronto lanza una carcajada— y hacía todo lo que necesitaba, pues eran cosas manuales. Realmente yo en la primaria me entusiasmé mucho con las clases de dibujo, ¿recuerdas, Yolanda, aquellos dibujos mágicos? Uno los dibujaba con un líquido transparente y luego aparecían...

—Sí, claro, era la famosa “tinta invisible”...

—Sí, con tinta invisible que con un fósforo o con una plancha aparecían... Bueno, pues era uno de mis negocios en la primaria, yo siempre llegaba con el montón de dibujos y... ¡a vender!

—Sí, cómo olvidar la “tinta invisible”, yo también la utilicé mucho y —lo digo en silencio, como en secreto— aún tengo la fórmula. Pero, ¡cuidado!, que si le aplicabas más calor del necesario ¡adiós dibujos!, se inflamaba el papel. Pero era maravilloso ver cómo iban saliendo las letras color sepia, poco a poco... Por cierto que había unos chicles y en el sobrecito aparecía una gitana...

—Se llamaban los chicles mágicos... Pero ahora hay plumas de tinta invisible, con una lamparita en la parte de arriba, la enfocas y ya se ve lo que escribiste.

—¡Cómo cambian las cosas! Bueno, estábamos en tu infancia, llena de magia.

—Pues sí, para mí fueron esos los juguetes de infancia. Sucede que yo gano mi primer premio a los ocho años. Y ¿sabes a quién me llevaron a conocer, como premio? ¡Ni te imaginas!

—¿A quién?

—A Clemente Orozco, a conocer a Clemente Orozco a los ocho años... a mí y a otro chico compañero mío que se llamaba Octavio de la Torre. Y nos lleva nada menos que Jorge Martínez, que en ese entonces era ayudante de Orozco, y bueno, pues entonces, derechito nos llevó, y lo vimos ¡arriba de un andamio! Yo conocí a Orozco arriba de un andamio. Pero no un andamio como los de ahora que son eléctricos, no, no, no, de vil albañil, de tablas y vigas y cosas que siempre me quedó la impresión de que estaba arriba de un árbol viejo, y lo vi como un tecolote, porque cuando nos volteó a ver tenía unos lentesotes de fondo de botella que dije: “¿Y ese animalote qué?” Entonces le dicen: “Mira, estos son los niños que ganaron el concurso tal y cual...”, y nada más se volteó y dijo: “Ah, y ¿les gusta la pintura?” Yo respondí: “Sí nos gusta”, y ya desde ahí empecé a mentir, porque no me gustaba nada lo que estaba haciendo…

—¡Vaya chiquillo! Y, ¿por qué no te gustaba?

—Porque, bueno, eran unos monotes horribles, para un niño.

—Y desde ahí empezaste a mentir...

—Sí, y eso es muy importante, en el arte, la creación, que siempre es una referencia de la realidad pero se trata de no hacer la realidad, ¿no? Se trata de hacer otro tipo de realidad. El arte es una transformación y una sorpresa, si no, ¿de qué vamos a hablar?

—Bueno, habíamos dejado en el tintero una pregunta, sobre alguno de esos lugares en los que has vivido, y que recuerdas de manera especial en tus últimas andanzas, ¿qué nos dices?

—Bueno, recuerdo, con especial emoción, porque fue una experiencia muy bonita, mi último viaje a Constantinopla. Bueno, a la antigua Constantinopla. Estuve en Turquía viajando por varias partes del país, que es maravilloso. Ya me quería comprar mis chanclas, mis babuchas, ponerme una bata y quedarme por allá.

—¡Ya lo creo! Quedarte por allá, en los alrededores de la Mezquita Azul. Mágico lugar, con toda esa caligrafía misteriosa, hermosísima. Supongo que habrás paseado sobre el Bósforo...

—Bueno, sí. He viajado y tengo un poco de la visión del antropólogo, porque he viajado a lugares con los que estamos relacionados. Por ejemplo, a Medio Oriente. A aquellos les pones sombrero de charro, y ya; además de ahí proviene el mariachi. Cuando tú oyes la música, cuando estás en Marruecos y esos lugares, clarito está que de ahí viene el mariachi, nuestra música del mariachi. El mismo grito ese del mexicano, pues es un grito de ahí mismo, que se da en el desierto. Nunca encontré un lugar tan, tan similar a México. Por un lado, Medio Oriente, a través de la conquista de México, todos esos países eran de los árabes. Cosa que me decían los españoles: “Uy, ustedes nada más nos aguantaron cuatro siglos y medio, nosotros aguantamos a los árabes ocho siglos y medio, ustedes no aguantaron nada”.

—¡Qué maravilla! Yo coincido contigo, Javier, totalmente. ¡Esa cultura maravillosa de esos pueblos! Y curiosamente, cuando uno visita la Alhambra, y la Mezquita, y toda la herencia árabe en España, se queda sorprendido, pero cruzas a Marruecos, y visitas sus medinas, sus plazas en las que igual hace equilibrio un acróbata, como una marroquí pinta sus manos con hena, y otro más allá sostiene un mandril, y de un cesto de mimbre sale una cobra... y por si fuera poco, te topas con una vendedora en moto, con su chilaba volando en el viento, y su pañuelo en la cabeza, que te alcanza para venderte collares y pulseras... bueno, es magia pura.

—Sí, fíjate, Yolanda, que yo mis viajes los disfruto mucho. Por otro lado, te cuento que estuve en Colombia cuando era joven, estuve incluso trabajando en un circo en Medellín. Había entonces una gran tradición de circos. Mi vida ha sido una aventura, como pintar es, verdaderamente, una aventura.

En ese momento, nuestra productora Ángeles Rodríguez nos indica, allá tras el cristal, que el tiempo del programa ha terminado. Yo habría querido seguir conversando con Javier Arévalo y ese mundo de colores y magia que nos ha compartido. Pero debo despedir, y lo hago pidiéndole a Javier que subraye su invitación:

—Ojalá puedan asistir, estará la obra en Libertad y Progreso, un lugar bastante agradable, créanmelo, un lugar muy propio para exponer. ¡Ahí los veo!

—Gracias, Javier. Ha sido un gran gusto conversar contigo, te agradezco que hayas venido a nuestro programa y que nos hayas compartido tu actividad más reciente.

—Pues, les agradezco yo más todavía, ha sido un gusto verte, Yolanda, y verte tan bien y con tanto éxito. Te felicito de verdad, lo que has logrado en estos treinta años es una maravilla.

—Muchas gracias, Javier.

Antes de concluir este capítulo les comparto una anécdota ocurrida recientemente, en noviembre pasado, durante un encuentro de artistas e intelectuales en el que Pancho Madrigal presentaba su libro Guasanas (divertido fabulario que integra con gran ingenio ilustraciones y oralidad llevada al papel, toda suerte de especímenes que emergen de la fauna mexicana), nos encontramos con Javier Arévalo. Nos saludó lleno de optimismo, energía y sentido del humor. A la pregunta obligada de ¿cómo estás de salud?, él respondió: “Mira, muy bien”, pero luego agregó: “Bueno, el doctor me dijo que si sigo así no voy a durar mucho, pero yo le contesté: No estoy aquí para durar, sino para disfrutar”, y estalló en una carcajada. Ése es Javier Arévalo.

JUAN JOSÉ ARREOLA


El ajedrez me ha formado de tal manera, que durante periodos muy largos ha sido mi vida entera. Si me hubiera sido posible elegir en la vida qué iba a ser, o qué quería ser, habría dicho: ajedrecista.

Entrevista realizada en el departamento del escritor Juan José Arreola, en la colonia Providencia, en Guadalajara, para la grabación del programa Perfiles en 1998.


Frente a un tablero de ajedrez, esa mañana de junio de 1998 nos encontramos Juan José Arreola y esta servidora en su departamento de la colonia Providencia con la intención de conversar y registrar sus palabras para uno más de nuestros programas: Perfiles, serie de entrevistas y producciones a mi cargo en el Sistema Jalisciense de Radio y Televisión.

Arreola, sumamente motivado por la partida ajedrecística, más que por la entrevista, en un momento dado, tomando una pieza con su mano muy blanca y venosa, con entusiasmo, dice:

—Voy a hacer una jugada que puede ser objetable, Yolanda, alfil 4 alfil... ahora tú.

—Bien, maestro, pero antes, yo quiero aprovechar este momento para compartirlo con el público y decirles que una partida con Juan José Arreola es siempre profundamente enriquecedora, y que realmente estoy jugando con un experto ajedrecista, sin posibilidades de triunfo para mí. Soy sólo una aprendiz de ajedrecista que valora la oportunidad de jugar con usted, porque ello significa un aprendizaje constante. Ésa es la razón por la que hemos querido iniciar este programa de una forma un tanto diferente, para conocer a un Juan José Arreola también diferente. Maestro, yo le agradezco enormemente que nos permita acceder a su casa y tomar un poco de su tiempo para este programa.

—¡No, hombre!, pues muy contento de hacerlo, Yolanda, y con respecto a lo de aprendiz, te diré que todos somos aprendices en la vida, y más que nada en el ajedrez, que, como espejo de la vida, nos pone siempre en plan de aprendices. Porque ni el campeón del mundo, aunque pudiera tener ahora apenas unos treinta años o tal vez menos, la edad de nada sirve, porque el aprendizaje se da en cada partida, cada día, cada ocasión. Cuando uno se encuentra de pronto con una movida, con una jugada que se sale un poco de lo normal, haz de cuenta, Yolanda, que el mundo giró, y... ¿dónde están los recursos que yo tengo para esto? Y ya me hizo el adversario una jugada, una variante que me tocó aprender.

El juego continuó frente al tablero. Yo podía percibir claramente el estado vibrante del maestro Arreola mientras jugaba, y apreciar, con admiración, la intensidad detrás de cada movimiento de las piezas. Fue el ajedrez, desde luego, el pretexto para la charla que hoy les comparto.

Arreola había colocado su alfil en una situación amenazante para mí, y aunque sabía que este movimiento era sencillamente un recurso para abrir nuestro programa, y que la partida tal vez no terminaría, le dije:

—Maestro, me mortifica ese alfil. Vamos a tratar de salvar esa amenaza, así, en forma fácil, podríamos ir por el enroque, aunque...

—Tienes razón, tienes razón. Para poder enrocarte tienes que evitar la toma de la diagonal por el alfil, y aquí está uno de los pequeños secretos del porqué puse el alfil aquí. Conste que es una partida un tanto irracional, en estos momentos, frente a las cámaras. Pero ¡qué bueno!, para que sea más viva. El alfil aquí, ya te das cuenta del porqué lo puse, hasta yo mismo lo hice automáticamente. Es una movida automática, alfil 4 alfil o alfil 5 caballo, la hice aquí y estoy ocupando ya la diagonal del enroque. Entonces, ahorita es imposible para ti hacer el enroque hasta que logres anular la posición del alfil, que logres interrumpir la línea o correr al alfil...

—De momento no puedo hacerlo, maestro Arreola, con este otro movimiento... Le toca a usted mover.

—Sí, sí, me toca mover, yo estoy tranquilo ahí... Muevo, desarrollo, caballo 3 alfil.

—Fíjese, maestro, que yo recuerdo un cuento suyo, espléndido, que me contó durante una de nuestras primeras entrevistas: “El rey negro”.

—“El rey negro”, sí, trata de ajedrez, pero también de una situación amorosa y el cuento viene a ser autobiográfico, porque “El rey negro” es el final de una experiencia, de una aventura, de una relación amorosa, y narra el drama en forma de partida de ajedrez. Da la casualidad de que el adversario es el galán que en la vida real me quita a la dama, y en la partida de ajedrez, con un sadismo extraordinario, va desarrollando el juego de manera en que quedo yo sin nada que mover, ¡nada! Y llego finalmente a una posición de mate alfil y caballo.

—El final del cuento es estrujante, cuando cae el rey negro del tablero y rueda por el piso...

—¡Ah, sí! Cae de la mesa. Y el joven, muy galante, lo levanta y lo vuelve a poner sobre el tablero para darse el gusto de darle mate. Yo, en realidad, debí de haber abandonado la partida, pero en ese momento estoy tan atarantado que no se me ocurre ya decir “que esto cese”, sino que él, mi adversario, se esmera en que siga, para tener la satisfacción de llegar al mate.

—¿Así que usted cree, maestro, que la vida es como una partida de ajedrez?

—¡Sí, mucho! Por eso el ajedrez, a lo largo de la historia, ha sido siempre una fuente de ejemplos para la vida real. No te imaginas, Yolanda, la cantidad de libros que se han escrito sobre la vida humana basados en el ajedrez. Cada peón representa, si no una clase social, sí un oficio dentro de una clase social trabajadora.

—Un gremio...

—Un gremio, sí. Un peón es un miembro del gremio. Por ejemplo, los tejedores, los leñadores, los labradores, en fin, cada peón representa un oficio para dar la idea de la sociedad. Vienen luego los caballos, los alfiles, las torres y, claro, el rey y la dama, los entes superiores. El caballo podía ser el caballero, el señor feudal.

—Me llama la atención cuando usted dice que todo puede ir bien, pero que de pronto, como en la vida, hay situaciones inesperadas...

—Se detiene el tiempo y se detiene la vida. Y una casilla del tablero se vuelve el centro del mundo. De ahí hice una frase, que viene en uno de mis libros, que dice: “La presión ejercida sobre una casilla, se propaga en toda la superficie del tablero”. Es que hay ocasiones en que una casilla es toda la partida. Por ejemplo, un peón que no hay que permitir que siga en esa casilla, hay que atacarlo, incluso sacrificando otra pieza por el peón, con tal de que desaparezca de ahí; porque de lo contrario se va a convertir en una pesadilla, va a ser un peón que va a coronar y a llegar a dama, y esto es tremendo.

—Maestro, uno de los objetivos de la grabación que hoy realizamos es acercarnos al hombre, al ser humano, más allá del escritor que todos conocemos, que, claro, es inseparable, pero, ¿qué le parece si dejamos unos momentos la partida —porque además, usted es capaz de darme el mate tranquilamente— y...

—¡Ojalá y se pudiera! —ríe el maestro Arreola.

—Fácilmente lo haría usted, por supuesto, y nos platica un poco de su infancia, queremos conocer cómo fue aquel niño, allá en Zapotlán.

—Bueno, mira, fue de una riqueza particular, y al mismo tiempo fui un niño angustiado. Tuve una infancia como la de mis hermanos y mis primos, que parecía privilegiada, por las familias de las que procedíamos: personas trabajadoras del campo, de la carpintería, de la herrería, y de la mecánica de precisión. Todo esto nos permitió tener mil oportunidades de juego, de distracciones. La escuela se abría y se cerraba cada jueves y domingo, porque nos tocó a las personas de mi generación una etapa muy difícil de la educación en México. Calles estaba dispuesto a que la educación fuera oficial, en contra de las escuelas religiosas, católicas, y cerraba las escuelas continuamente. Sólo quedaban abiertas las escuelas oficiales, que empezaban a constituirse ya en serio. Entonces no tenían personal, no tenían buenos maestros. Y en ese tiempo coincidió un hecho no fortuito, sino complejo: la moda. Fue la primera ocasión en que de veras hubo minifalda. Apenas en estas épocas, de la absoluta y total minifalda, se ha vuelto a repetir el fenómeno desde mil novecientos veintitantos, 1924 o 1925, cuando empezó la minifalda, y era sencillamente una cosa terrorífica. Sobre todo para los niños, no nos dejaban salir a la calle “para que no viéramos esos espectáculos”.

—¡Vaya!, ¿tuvo una educación muy rígida entonces, maestro Arreola?

—Sí, eso sí, muy rígida. Pero lo curioso es que yo no me quejo de esa educación rígida, sino, lo que lamento en realidad es que no haya sido todavía más rígida, porque para una persona como yo y otros contemporáneos míos, pues se necesitaba una auténtica rigidez, una educación casi dentro de un cuadro militar, porque si no, nos desbalagábamos. Como estaba la revolución cristera durante esos años, y se vivían ecos de la revolución grande, pues sencillamente todos estábamos como influidos por la violencia revolucionaria y la rebeldía. Yo mismo, en un momento dado, después de padecer una enfermedad muy larga que me debilitó extraordinariamente el cerebro, pero que al mismo tiempo me lo dejó capaz de una lucidez llevada al extremo, te estoy hablando de cuando yo tenía ocho años de edad, o tal vez antes de los ocho años, entre los seis y los siete, yo padecí el suplicio de la lucidez, porque yo deliraba de tal modo que los sueños los veía con los ojos abiertos, el cuarto se me llenaba de imágenes y de figuras en movimiento. Entonces, esa niñez tan patológica no podía ser la de un niño feliz. Yo veo que mi hermano mayor, ligeramente mayor que yo, mis primos, llevaban vidas de niños realmente felices, porque todas sus circunstancias eran las de los niños que podemos llamar “normales”. Yo era un niño enfermizo, atacado por la imaginación.

—Usted es miembro de una familia numerosa... y me decía, sin embargo, que a su padre le gustaban los libros y que desde niño tuvo contacto con los libros...

—Eso es cierto, completamente. Y, naturalmente, mi papá nos enseñó a tratar bien a los libros, a respetarlos. Los libros eran bellos, y entonces, como nos enseñaron continuamente a no maltratar las cosas, ni los juguetes ni los libros de la escuela, todo lo teníamos bien cuidado. Cuando nos regalaban un libro de cuentos bonito, posiblemente un cuadernito de cuento, que los había hermosamente impresos, ya sabía uno que los libros eran para tratarse muy bien. Y ese buen trato a los libros y el goce que nos producían marcó mi infancia. Leíamos mucho mis hermanas mayores Elena y Cristina, mi hermano Rafael y yo. La casa fue el lugar en donde más aprendimos a leer, por mis hermanas mayores y por mis padres. Resulta que mi madre era muy sensible, pero tenía poca instrucción, y sin embargo se le quedó grabado lo poco que leyó en su niñez, en su adolescencia y en su juventud, y ella nos hablaba de Romeo y Julieta, ella leyó no el drama de Shakespeare sino como una especie de leyenda, anterior o contemporánea, basada en la novela de Shakespeare. Sí vivimos en una atmósfera que no puedo llamar “libresca” porque eso da otra idea, pero sí en una atmósfera en donde se amaban los libros y se sacaba de los libros el material para la vida misma, porque todo nos lo aprendíamos de memoria.

—Maestro Arreola, la memorización, desde la infancia, le da a usted la música, el ritmo de la palabra, y el amor a la literatura…

—A mí me entró la literatura por la melodía, sí, la frase, ya sea en verso o en prosa, pero siempre armoniosa...

—¿Recuerda algo que especialmente se haya grabado en su memoria?

—¡Cómo no, cómo no! —y empieza Arreola a declamar:

Hay en la peña de Temaca un Cristo.

Yo, que su rara perfección he visto,

jurar puedo

que lo pintó Dios mismo con su dedo.

Hasta ahí ese pasaje poético, ¿verdad? y lo mismo en prosa:

El rey Carlos, nuestro emperador, el Grande, siete años enteros permaneció en España: hasta el mar conquistó la altiva tierra. Ni un solo castillo le resiste ya, ni queda por forzar muralla, ni ciudad, salvo Zaragoza, que está en una montaña.

Es el principio más o menos alterado de La canción de Rolando. En los libros venían leyendas y cuentos basados en textos clásicos a veces tan antiguos como La canción de Rolando. Entonces venía la magia de los nombres: El nombre de la espada, “Durandal”, el compañero, “Oliveros”... y así. Nos envolvía un aura de leyenda, y todos empezábamos a escribir, a tratar de juntar unas palabras con otras y a tratar de decir algo en las composiciones. Esto es importante porque hay que recordarlo, siempre se olvida y hasta yo mismo lo llego a olvidar: hay que darnos cuenta de que en los años veinte, en un pueblo, no teníamos diversiones organizadas, allá de vez en cuando que llegaba un circo o una compañía de variedades, ¡pero era tan raro!, pasaban dos o tres años y, cuando la revolución cristera, pues durante cinco o seis años no iba ninguna compañía de teatro. ¡Nada! Entonces no había cine, el cine era un espectáculo prohibido. Aunque existía una sala de cine, tenía muchísimas dificultades para funcionar durante la revolución, más bien la cerraban. ¡Cuándo llegaban las películas! Era impredecible. Los trenes, a veces nomás no llegaban en toda la semana. Tenían que hacerse acarreos, hablamos de mulas y de carretones tirados por yuntas de bueyes. Me tocó todavía un mundo muy anterior al mundo real, que era el mundo de los años veinte. Aquí en Guadalajara, la primera vez que vine y ya hasta cuando vine a trabajar en el año 34, Guadalajara era una ciudad de mesones. Lo que rifaba en Guadalajara eran los grandes mesones donde llegaban los arrieros con sus recuas de mulas, y de burros fuertes. Eran camineros, venían a comprar mercancía para llevarla a todas las regiones no aledañas sino bastante lejanas. Desde Guadalajara se iban a llevar cosas a Tapalpa, mercancías a Autlán, que no era todavía un centro de distribución importante. Zapotlán ya lo era desde el siglo pasado. Por eso tuvimos también la “arriería”, y los arrieros llevaban continuamente las novedades de otros lugares, las mercancías, las frutas, los dulces. La feria de Zapotlán ahora ya no es más que una feria de “probadita”. Ahora que quise intentar las memorias, estoy desilusionado porque habiendo registrado mucho, en realidad fue más lo que se me olvidó decir que lo que pude registrar, y claro, ya no tengo tiempo porque la vida es imposible que me lo pueda dar. Me refiero al tiempo realmente necesario para contar las cosas si no por orden, por lo menos con ilación y sin olvidos. Me olvidé, nada menos en el primer tomito de mis memorias, de mi primera comunión, que es un hecho fundamental en mi vida...

—¡Cómo, maestro!

—No, pues fue tremendo...

—A ver si lo recuperamos ahora, en este programa...

—Bueno, en el programa sí se puede recuperar. Lo diré brevemente, pero fue una tragedia realmente. El hecho más importante de la infancia, en un pueblo, en una familia como la nuestra (familias como las nuestras; siempre hay que recordar que venimos de dos familias, la paterna y la materna), entonces, mi primera comunión fue un drama, porque yo no me resolvía a afrontar, a enfrentarme al hecho dramático, como podría decir, la palabra muy posterior, traumático de la confesión. Yo me sentía el niño más pecador, más pecaminoso del pueblo, precisamente por la imaginación. Duraron tiempo preparándome para la primera comunión, me llevó mi papá con un sacerdote que había sido compañero suyo en el colegio para que me ayudara, compañero maestro.

—¿Qué edad tenía usted?

—Yo he de haber tenido alrededor de unos siete u ocho años. Estaba ya lleno de culpas intolerablemente pesadas, difíciles, vergonzosas de comunicar. La comunión se llevaría a cabo en un templo que era la capilla de un hospital, la capilla del Hospital de San Vicente. El Hospital de San Vicente, por azares —iba a decir de la geografía—, por azares del preurbanismo, estaba ubicado contra esquina del rastro municipal, así es que era una cosa tremenda, porque en ese rastro los habitantes eran aéreos: los zopilotes, que volaban a todas horas por el rastro y por el hospital. Los enfermos estaban, pues, la mayoría en el suelo porque no había para equipar camas...

—Como de pesadilla para un niño...

—Sí, muy doloroso, por impresionante. Me acuerdo que, ya habiéndome confesado, y ya yendo a dos cuadras del hospital tuve que devolverme, nos devolvimos, porque me había acordado de dos o tres pecados más, tenía que irlos a decir. Todavía a la mañana siguiente me quedaron pecados pendientes. Pero aquí viene el hecho grave: el hecho grave fue que amanecimos para la primera comunión, la debimos de haber hecho juntos mi hermano Rafael y yo. Nos prepararon bien, nos vistieron de marineritos, pero yo había estado enfermo, había tenido un largo padecimiento —tres enfermedades juntas, duré como tres meses en la cama— y no podía ni caminar bien de tan delgado que quedé. Y uno de los pasatiempos de enfermo, de los pocos que me dejaban tener como golosinas, eran unas galletitas que se llamaban “perla”. Eran unas galletitas chiquitas, con figuritas, como de florecitas, había unas de forma como de trébol de cuatro hojas, muy sencillitas. Entonces mi mamá estaba preparándose para ir a la primera comunión, en su tocador, y había una persona que la estaba ayudando a peinarse. Y en ese momento yo, que andaba dando mucha lata, mi mamá me regañaba: “¡Ya ponte en paz! ¿Así te estás preparando para comulgar?” “¡Voy a ir con el padre!” “Pues sí tienes que ir antes de comulgar para que te vuelva a confesar”. Pero en eso me hallé yo una galletita, la partí, pero así, nomás la cuarta parte de la galleta, un pedacito pequeño, y mi madre que me ve comerla y, nunca se me olvida, que se fue deslizando hacia un lado del sillón en el que se encontraba, ¡se desmayó!

—¡Claro, no podría comulgar!

Yo en ese momento intentaba contener la risa, imaginando la situación y ante el dramatismo con el que el maestro Arreola recordaba este episodio. Lo miraba, y él mismo ya no sabía si reír o llorar ante ese recuerdo. Y continuó su relato:

—Entonces tuve que hacer el papel del comulgante, pero en plan de “convidado de piedra”, porque el que comulgó fue mi hermano. Yo con mi vela en la mano, ¡y nada!, no pude comulgar, no había manera. ¡Entonces, ese fracaso fue tan terrible! Mi madre, ¡cómo me iba a perdonar semejante cosa! ¡Mi padrino de comunión quedó en ridículo ahí, con el comulgante inepto! Entonces, Yolanda, pues yo sufrí de niño, vejaciones sin límites, y todo esto fue como un castigo ya sobre mi conciencia de por sí tan recargada. Hubo que dejar pasar como ocho o quince días y ya hice mi primera comunión, pero sin pompa ni ceremonia.

—Y el niño Juan José Arreola, durante mucho tiempo llevó a cuestas la pesada carga de sus remordimientos y de su culpa. Sin embargo, a lo largo de toda una vida, ¿cuál es el concepto de Dios que tiene Juan José Arreola?

—A pesar de todo el racionalismo que me haya invadido —aunque yo no sea un racionalista, yo soy una criatura irracional—, pero sí, el racionalismo se abre paso a través de los libros de historia, de filosofía, de la religión misma, en fin, con un sinnúmero de adquisición de conocimientos, voluntaria e involuntaria, en la vida misma… de todas maneras sigue habiendo, digamos, el Dios original de la infancia que no ha desaparecido de mí para nada. Dios juez que convive con otra entidad ya muy compuesta por tantas tradiciones teológicas y teístas. Entonces, eso ya es un mundo casi imposible de manejar, la idea de la sucesión de dioses que puedo tener en la memoria. Y el Dios más personal que pudiera yo demostrar, sería un Dios que resultaría otra vez en mi vida, herético, porque sería un Dios primo motore, y en ese sentido aristotélico; pero también sería el Dios que se invierte en su creación, el Dios sería la cápsula original del desarrollo, lo que ahora se concibe como explosión original. Sería entonces la manifestación de Dios de carácter casi explosivo en el cosmos, en cuerpos celestes; concretamente, la elección —eso sí lo sigo creyendo, dentro de todo mi racionalismo— de la tierra como hábitat del espíritu. Por más que me lo digan, y me hablen, y me lo repitan sobre mundos habitados, o subrayen que el cosmos es gigantesco para que un cuerpo celeste tan mínimo como la tierra, que apenas podemos llamar celeste, nos albergue, pero así es. Existe, claro, un espacio inconcebible para nosotros por su dimensión y su eternidad.

Un tono de espiritualidad, arrastrada desde la infancia, lo habita. Y para cerrar este momento del programa, Arreola toma de su estante un libro empastado en cuero café, lo abre y leyendo, cita: “Él hizo mi lengua como cortante espada. Él me guarda a la sombra de su mano. Hizo de mí aguda saeta y me guardó en su aljaba” (Isaías, cap. 49).

El programa televisivo Perfiles, que finalmente realizamos en dos partes por la exuberancia de la palabra del maestro, nos permitió conocer a un Arreola volcado en reflexión profunda y crítica sobre su vida, sus opciones, sus decisiones, las cuales, a la luz de los años, juzgaba ahora con una mayor autocrítica. Debo decir que, en estos últimos cinco años de su vida, él había abandonado ya actitudes teatrales a las que recurrió en su juventud, para mantener en su conversación un tono sereno, siempre honesto y en ocasiones hasta confesional.

No es el lugar ni el momento de dar cuenta, en este libro, de la totalidad de nuestras largas conversaciones, porque ello ocuparía todas las páginas de este volumen —y tal vez de otro más. Quiero destacar, sin embargo, el hecho de que antes de esta grabación del programa Perfiles ya teníamos muchos meses, Arreola y esta servidora, de charlas, entrevistas y partidas de ajedrez. Me parece muy importante dar cuenta, con base en la fecha de publicación de este libro, a propósito del xxx aniversario del programa A las nueve con usted... de cómo fue que Arreola se convirtió en colaborador de nuestro programa.

Durante una de mis visitas a Ciudad Guzmán, al conducir por la autopista Guadalajara–Colima, disfrutando de los campos verdes de alfalfa retoñada, del saludo discreto del volcán de Colima con eventuales fumarolas en forma de nimbos y mirando deslizarse a mi izquierda, con rítmico sonido metálico, el rojo marrón del tren de carga, paralelo a la carretera, se me ocurrió una nueva sección para el programa. Hablaríamos de ajedrez y se llamaría “Desde la torre del rey la dama escucha...”. Y, claro, Arreola tendría la palabra.

A mi regreso a Guadalajara preparé mi propuesta por escrito, argumentando muy bien los objetivos del proyecto, la periodicidad y los detalles necesarios para el planteamiento. A la primera oportunidad, esa misma semana, visité llena de entusiasmo al maestro Arreola. Ya me esperaba en la salita de su departamento. Luego de saludarlo, le entregué el legajo, una carpeta que contenía unas diez hojas escritas. La tomó, me miró, y le dije: “Es una invitación a que colabore conmigo, maestro Arreola, en ajedrez”. Echó una rápida mirada a los papeles, ojeó sólo el título del proyecto y me regresó los textos sin siquiera leerlos. Luego me dijo: “No, Yolanda, no tengo tiempo de leer... no quiero saber nada de papeles”. Mi desilusión fue enorme, como se podrán imaginar. Pero sólo duró unos segundos porque, inmediatamente, Arreola añadió con gran entusiasmo: “¿Cuándo empezamos?”

Así fue como Juan José Arreola se convirtió en colaborador de nuestro programa, semana a semana. Bauticé la sección como “Desde la torre del rey, la dama escucha...” porque, para facilitar su participación, yo iría cada semana a su casa a conversar con él sobre ajedrez, y de ahí saldría su colaboración, tanto para la radio como para el periódico El Informador.

Así fue como iniciamos nuestras charlas.

Durante las primeras sesiones, Arreola, agudo alfil de la palabra, lo mismo hablaba de la estrategia que se da entre dos ejércitos para defender a su rey en el tablero como, por analogía, de los retos y tácticas que se presentan en la vida diaria para todo ser humano. Generalmente, nuestras citas se daban por la tarde. Me recibía Claudia, su hija mayor, con su cabello rubio recogido en una trenza y su siempre amable sonrisa —admirable y amorosa compañera de su padre—. Arreola me esperaba en la sala de su departamento, semirrecostado sobre un sofá de piel. Se veía cansado. Sin embargo, a medida que conversábamos, le veía recuperarse con una fuerza vital que venía de... ¡sabe Dios dónde! Tal vez de su propia pasión por el ajedrez, fuerza que le permitía incorporarse y, todo él, sus manos, sus ojos, su actitud, capturaban la elocuencia, y empezaba a hablar como inspirado por Dioniso. Solíamos jugar primero una partida de ajedrez. Me invitaba, eventualmente, una copa de su vino favorito, Milmanda, de Casa Torres, de uva chardonnay, y me daba una cátedra sobre el color amarillo dorado del vino y sus notas frutales sobre sutil vainilla; luego conversábamos un buen rato hasta que, de pronto, se sentía fatigado y me decía: “Hasta aquí, Yolanda. Soy ahora un profesional del cansancio”. Inmediatamente recogía mi grabadora y me despedía, agradeciendo y valorando inmensamente el tiempo que este hombre lleno de riqueza vivencial, de imaginación creativa y de generosidad de palabra me ofrecía.

Se fueron desgranando así todo tipo de temas, siempre en torno al ajedrez:

—¿Qué papel ha desempeñado el ajedrez en su vida, maestro Arreola?

—El ajedrez me ha formado de tal manera que durante periodos muy largos ha sido mi vida entera. Si me hubiera sido posible elegir en la vida qué iba a ser, o qué quería ser, habría dicho: ajedrecista. Sólo que para ser un jugador notable hay que empezar desde la primera infancia y yo fui un ajedrecista tardío porque empecé a jugar a los veinte años. La única cosa que no comprenderé nunca de mi padre —a quien tanto le reconozco y que sé que todo lo hizo por mí y para mí—, es por qué no nos enseñó a jugar ajedrez desde niños a mi hermano y a mí.

—Entonces, maestro, ¿quién lo enseñó a jugar?

—Fue un amigo de mi padre, Carlos Preciado, quien me vino a enseñar a jugar ajedrez cuando yo tenía ya veinte años. Era el padre de una muchacha a la que yo pretendía; iba a su casa a diario con el pretexto del ajedrez, y en una ocasión me lo encontré frente al tablero. “¿Tú no juegas ajedrez?”, me dijo. Contesté que no, “Pues yo te enseño”. Dicho y hecho, la señora y la muchacha desaparecieron casi de la escena, y él y yo nos pusimos a jugar ajedrez. El hombre me ganaba todas las noches, interminablemente, hasta que encontré la forma de defenderme y empezar a ganarle, a tal grado que nunca me volvió a ganar una sola partida. A él le debo haber aprendido a jugar ajedrez.

—¿Y qué pasó cuando finalmente jugó con su padre?

—Él se llevó la sorpresa de que muy pronto tampoco me pudo ganar ni una sola partida. Porque mi padre, que gustaba mucho del ajedrez, era un hombre muy caprichudo, como yo. Él decía: “Todo se puede hacer en el ajedrez como a uno le da la gana”. Mi papá llegaba a tales movimientos de apertura, que es la única persona a la que yo le he dado el “mate del loco”, que es un mate en dos jugadas que se da con las negras, luego que las blancas han salido con dos peones de manera suicida. Es mucho más breve que el “mate del pastor”. Entre los amigos se habla de este jaque como una broma.

—El rey es la pieza para defender la partida.

—El rey, sí que es una pieza torpe, porque sólo se mueve una casilla para adelante, para atrás o para los lados, y está expuesto a ataques continuos. Es una pieza casi anodina, que de pronto se convierte en la pieza principal de los finales.

—Como sucede en su cuento “El rey negro”.

—Sí, efectivamente, yo tengo un pequeño texto que se llama “El rey negro”, que es un drama de amor pavoroso. Está basado en uno de los mates más difíciles y notables del ajedrez. Se llama “el mate de alfil y caballo”. No quedan más que los reyes, pero uno de ellos, el blanco, tiene dos piezas: el alfil y el caballo. Este hombre del cuento está tratando de que su adversario no lo pueda matar, y sigue jugando: “Ahora vago inútil por el tablero...”. El hombre, que pierde la dama, y por lo tanto la partida de una manera trágica, es realmente un hombre que ha perdido a la mujer amada por una inexplicable torpeza, por no haber sabido mover sus piezas. “Desde el principio jugué mal esta partida”, dice el personaje: adversidades en la apertura, cambio de piezas con clara desventaja, hasta que la partida ya no tiene remedio y al final dice: “Ahora vago inútil por el tablero de blancas noches y de negros días...”, como en el soneto de Borges que reproduce a su vez un texto de Khayyam, sólo que yo lo invierto y obtengo un nuevo resultado: blancas noches, noches en vela; negros días, de derrota y pérdida de amor.

—Maestro, ¿pecaría yo de imprudente al preguntarle si este cuento tiene que ver con su vida?

—¡Sí!

—¿Sí peco... o sí tiene que ver?

—No pecas y sí tiene que ver, porque yo no he escrito nada que no sea autobiográfico. Esto es una historia de amor que me ocurrió en la vida. Una muchacha era miembro de mi taller de literatura. Yo jugaba ajedrez con amigos, uno de ellos muy notable, que llegó a ser gran maestro de ajedrez en México, se llama Enrique Palos Báez, porque este amigo ajedrecista me acompañó en la derrota, en la pérdida de la mujer amada. Yo no encontraba más diversión que en el ajedrez y él venía todas las tardes a jugar conmigo para distraerme y para que yo superara el drama del amor. Lo logré y me rehice jugando con él, y de pronto se me ocurre el cuento; al escribirlo y dedicarlo a mi amigo, que me ayudó a olvidar, olvidé. Transformé el dolor, lo elaboré literariamente y esto me dio un bálsamo y logré algunas de las mejores frases que he escrito en mi vida con ese cuento del rey negro.

—Y si hemos hablado del rey, veamos ahora a la dama, maestro.

—La dama, sí, la pieza más poderosa del ajedrez. Aunque la dama nunca debe salir prematuramente. Sin embargo, hay jugadores que han hecho del sacar pronto la dama un arma frecuentemente mortal; pero es muy arriesgado que la dama ande danzando fuera de su casa —en este momento Arreola se ríe con cierta picardía, asumiendo con humor, por la expresión de mi rostro, el sesgo machista de su frase; pero no se detiene, y continúa con su charla—. En La feria tengo un pasaje en la confesión general que dice: “Me acuso padre, de que di un mate al rey con la reina sola, sin apoyo”. Esto me ha tocado a mí verlo, me tocó ver que un amigo le dio a otro mate con la reina sola. Al otro jugador todo lo que le hacía falta era hacer rey por dama, con su peón, pero como el adversario lo dijo tan contundente: ¡mate!, pues abandonó y se rindió.

—Y... ¡cuántas personas dan mate sin apoyo, en la vida, pero con tal seguridad y convicción que dejan a su adversario sin capacidad para responder!

—Sí. Puede ser un hombre de negocios que en un momento dado lo sorprenden y se da por perdido. Otras veces, en una partida correcta, las victorias se construyen con base en presencia de ánimo, dominio moral. Existe ese elemento psicológico que influye de tal manera que el jugador empieza cada vez a ser más débil, no sólo sin defensa sino colaborando al ataque del contrario. Hay muchos mates que son preciosos y figuran en las antologías de grandes partidas; mates que no podrían haber sido nunca sin la colaboración del vencido. El ganador realiza jugadas peligrosas, perdedoras, y sin embargo resultan, porque las hacen con toda la convicción del mundo, como el sacrificar una o dos piezas y acabar matando. Después el perdedor se da cuenta de que pudo haberse salvado por completo y de que nunca le habrían ganado si no se hubiera dejado intimidar.

—Ha mencionado la palabra sacrificio...

—¡Ah!, el sacrificio implica una condición masoquista; una actitud que acepte el sufrimiento, porque el que se sacrifica tiene que salir, no de un problema, sino de una serie de problemas. Yo pertenezco psicológicamente, existencialmente, moralmente... al mundo de los masoquistas. El masoquismo es importante como fenómeno humano y el término surge a partir de las novelas de Masoch, porque sus personajes tienen rasgos masoquistas. El sacrificio es un recurso de primer orden en el ajedrez. Yo soy un maniático sacrificante.

—¿Cuál es la función del sacrificio?

—¡El desconcierto! Todo adversario a quien su oponente le hace un sacrificio se desconcierta, y una de las primeras cualidades en la vida y el ajedrez es desconcertar a la persona que tenemos enfrente. Si existe un problema de diálogo con determinada persona, lo primero que tenemos que hacer para dominarla es desconcertarla. Entonces empieza a cavilar desde el hecho de aceptar o no el sacrificio, la mayoría opta por aceptarlo, y se crea entonces una situación de sacrificio, de inferioridad psicológica, porque el que sacrifica asume rápidamente una actitud de superioridad. El que sacrifica es un triunfador.

—En esta situación existe también una buena dosis de sadismo.

—Eso no tiene remedio. Todo el que gana una partida de ajedrez es un sádico porque ha jugado para ganar, para destrozar al adversario. Otra vez tenemos ahí a la vida misma. Esa pareja antagónica que existe: sadomasoquismo, está en el centro del ser humano y todos tenemos algo de ello. Yo, por ejemplo, me considero un masoquista auténtico, porque desde niño he sufrido situaciones de pérdida o desventaja. Tuve un hermano que era verdaderamente brillante por naturaleza: guapo, rubio y de una inteligencia, a su edad, privilegiada. Yo era todo lo contrario, lo demuestra el primer apodo que recibí: “Juan el Malhecho”. Frente a mi hermano, Rafael “el Bienhecho”, el capaz de todo. Yo fui siempre el feo, el incapaz. Entonces seguí un esquema muy curioso, era como un decir: “Yo nada puedo contra mi hermano, porque mi hermano es de una inteligencia superior”, y me batía en retirada. Yo me he dedicado toda la vida a destruir mis posibilidades de éxito personal, íntimo, sentimental, siguiendo ese esquema. Como mi viaje a París; fue algo masoquista aceptar este viaje desoyendo la felicidad en que vivía, de recién casado, con una hija preciosa y una esposa admirable. Por eso digo que soy esencialmente de condición masoquista. Creo que lo poco que he hecho en la vida, en la literatura, en el teatro, en el ajedrez, fue un propósito que finalmente se cumplió. Mi lucha con la vida no ha sido sino una lucha contra lo insuperable.

—Su inconsciente le puso una especie de “gambito”...

—Efectivamente, de una manera constante. Fue una larga batalla que yo creía haber perdido, y llegué a reclamarlo mucho. Pero, después de todo, creo que mi padre tuvo predilección por mí, por mi gusto por la literatura desde niño.

—Esta historia infantil es, precisamente, la que hace a usted ser Juan José Arreola. Le aseguro que no cambiaría su infancia.

—Sí, es cierto. La superación de todos esos inconvenientes me llevó a constituirme en ese alguien que ahora soy.

Y así, siempre frente al tablero de ajedrez, nuestras charlas se fueron tejiendo en el disfrute del juego, pero también en el disfrute de la palabra compartida. Debo decir que pronto, muy pronto, los radioescuchas esperaban el programa con ilusión, y los lectores de nuestra sección periodística aumentaban semana a semana. Al comentarle esta respuesta de la gente, frente a nuestro proyecto, Arreola me sorprendió con estas palabras, que significaron para mí uno de los más profundos estímulos en mi carrera de comunicadora:

—Qué bueno que ha habido, Yolanda, la respuesta tan grande que tú te mereces, por la difusión de tu programa y por tu capacidad de comunicación, que la tienes innata. Yo te he querido mucho desde que te conozco, porque en realidad, viéndote a ti, estoy deslumbrado, porque me veo en un espejo. Me duele decirlo porque tú estás realizando lo que yo ya no puedo seguir realizando, pero que un día sí realicé. Por eso cuando te oí las primeras veces me recordaste mucho a mí mismo, y me dije: “Esta mujer está encendida en el mismo espíritu de decir lo que siente, lo que piensa, y propagarlo”. Tú, sin saber esto, me has invitado, y yo he aceptado porque, a pesar de mi pobreza, me dije, no me quiero llevar nada, todo lo que yo conozco lo quiero pasar al costo. Lo podrán recibir las personas que me escuchan si se capacitan, y no porque yo sea un sabelotodo o que me crea un sabio, pero sí se capacitan para recibir algo del torrente de dones que me ha dado la vida. Entre esos dones uno de los más preciosos, si no el más precioso de todos, es el juego del ajedrez. Mira, se pasaron la vida todos los escritores importantes escribiendo dechados de la vida humana, basados en el juego del ajedrez. Es imposible que nos pongamos a mencionarlos, pero basta mencionar el primero de Chessoli... que es un texto en latín, italiano, y luego textos franceses y demás. Todos vieron la semejanza con la vida humana.

Agradecí enormemente al maestro Juan José Arreola sus palabras, sobre todo porque en el oficio cotidiano de comunicar, en vivo, uno siempre está expuesto, por un lado, al error de uno mismo que salta cuando menos lo esperas, por otro, al halago fácil, ante la generosidad de quienes te reciben. Pero también, y esto es muy difícil, al escarnio y al comentario artero y de mala fe de quienes no tienen nada mejor que hacer que estar pendientes de tus errores y no para construirte con una crítica honesta y responsable, lo cual uno agradecería, sino para mofarse solapadamente, muchas veces embozados en el anonimato, señalando con dedo de fuego juzgador y destacando debilidades o errores, que son parte del reto diario. Por ello, nunca olvidaré estas palabras de Arreola, que resumieron para mí la pasión de comunicar. Y, claro, una vez más, en analogía con el ajedrez, unas veces se acierta, otras se falla, unas veces se gana y otras se pierde. Este tema fue, en más de una ocasión, asunto de nuestras charlas:

—Y entramos aquí a otro campo peligroso: ¿cómo enfrentar la angustia de perder, en contraste con el placer de ganar, maestro Arreola?

—Mira, hace mucho que se me ocurrió una cuestión obvia, pero que me ayudó a entender el problema. Inmediatamente te contesto: “No quieres perder, nunca trates de ganar. Quieres ganar, resígnate a perder”. Ésa es la respuesta. Naturalmente, ésa es la verdad más grande. Todo está en esa angustia de perder y en esa voluntad en busca de una felicidad. El ajedrez proporciona una felicidad inexplicable, por lo gratuito. Nada nos hace más felices que ganar una partida de ajedrez, no digamos un match o un torneo. Y nada nos hace sentirnos más infelices que perder. Y es que, ¿cuál es la frase que más escuchas en un torneo de ajedrez?: “¿Qué tal te fue?”. Y te contestan: “Yo estaba ganando y perdí. Déjame que te enseñe la posición en la que perdí”. Ésa es una fuente de angustia irremediable. Hay quienes ganan y elaboran esa felicidad de muchas maneras. Hay quienes te dicen: “Pero si estaba usted ganando, mire, le voy a decir cómo ganaba usted. Aquí está fácil, si usted mueve ésta, en vez de ésta, y con ello me gana, yo no tengo nada que hacer”. Esas personas, no conformes con ganar, todavía te enseñan, cómo pudiste ganar en contra de ellos y esto es mentira, porque siempre ellos tendrán la posibilidad de mover otra pieza. Una de las grandezas, miserias, crueldades y felicidades del ajedrez es que nos hace sentirnos superiores porque ganamos una partida, y sentirnos infelices, perdedores y totalmente inferiores por haber perdido. Cuando se llevan muchos años jugando, uno se da cuenta de que debe estar dispuesto a todo, especialmente a perder. Lo terrible es la ilusión de ganar y darte cuenta, de pronto, de que el contrario tiene recursos para ganar y fracasan nuestras estrategias de victoria. Se le olvida a uno que, como en la vida, todo en el ajedrez es ilusorio. Todo consiste en una posición en la cual uno se siente bien y dice: “De ninguna manera puedo perder, pero en un momento dado, sin que sepamos cómo, entramos en una posición perdida”.

—“Sin saber cómo entramos en una posición perdida”, dice, maestro Arreola, pero, ¿cabe el azar en el ajedrez?

—No. Curiosamente cabe, en todo caso, una forma de azar que forma parte de nuestra vida y no se puede llamar azar. Hacer una mala jugada no es un azar, es simplemente que uno tuvo la mala fortuna de hacer una jugada que puede ser mala, o sencillamente débil y, una vez que hace uno una jugada débil, la situación empieza a inclinarse del lado del contrario y, generalmente, sigue otra más y después de dos jugadas débiles, ya poco se puede aspirar, no digo a la victoria sino a lo que es el ideal del ajedrez: la igualdad, las tablas. Esto es uno de los misterios del ajedrez, y aunque lo vivamos como un azar al decir “No tuve que ver yo, fue una cosa del azar”, no, en ajedrez no hay azar, sólo que nos cuesta mucho admitir que hemos hecho algo mal, como ocurre en la vida.

—¿Quiere decir que en la vida debemos también estar dispuestos a perder?

—Aquí la cosa cambia y te voy a decir por qué. El ajedrez es un juego y tiene sus convenciones aceptadas. Al decir un juego digo también un deporte, una ciencia, pero vamos a aceptar unas leyes convencionales. En la vida no se trata de aceptar las convenciones porque no llegaríamos a ninguna parte. ¿Qué sería una convención de la vida? Por ejemplo: “No hay que creer en el amor, no hay que tener fe en ningún hombre o mujer porque todos son falibles y condenables”. Eso sabemos que es una ley de la vida anterior a nosotros, porque una vez que nacemos no tenemos más remedio que aceptar las leyes que nos son impuestas; por lo demás, son posibilidades de ser o no ser. Por eso se parece tanto el ajedrez a la vida, una vez que está el tablero puesto y hacemos peón cuatro rey, ya entramos al juego; como en el amor, decimos: “Estoy enamorado, la quiero, es indispensable para mí”, eso es una serie de convenciones, pero aceptadas dentro de un juego que no es una convención como el ajedrez, sino que es la vida misma, donde se gana o se pierde, donde uno se muere o se salva. Es un duelo pavoroso, y la vida nos lo propone continuamente. Hay un momento dado en que, sin saber cómo, quedamos de pronto en posición inferior —hablo como hombre— frente a la mujer amada. Hay algo de misterio en eso, ¿por qué de repente uno está en una situación inferior frente a una persona con la que se empezó a jugar de igual a igual? El hombre y la mujer no aceptamos, en el amor, hacer tablas.

—Finalmente, maestro, ¿somos libres de mover tal o cual pieza, de elegir tal o cual jugada en la vida?

—Éste es un asunto de libre albedrío: yo puedo decidir mi destino. Pero luego viene la idea...

—¿Determinista?

—Sí, determinista. Dios sabe si voy a ganar o perder, ya no me importa, porque Dios ya lo sabe, como la partida misma de la existencia. Todo es un asunto, como en el ajedrez, de libre albedrío.

—Tema que aborda maravillosamente Agustín en su tratado Del libre albedrío; pero entonces, ¿es realmente uno libre de elegir, de mover tal o cual pieza?

—Ésa es la cosa. Porque, en un momento dado, Agustín llega a esbozar que de nada sirve que te portes bien o mal, porque ya está determinado tu destino por la mente divina. A Dios no se le puede dar la sorpresa. Ningún Baudelaire, ningún Rimbaud puede sorprender a Dios, quien finalmente perdona a todos los que creemos en el libre albedrío. Al empezar la partida nadie sabe si va a ganar o a perder, Agustín aconseja: “Tú procede como si estuvieras en gracia de Dios”. Tienes que jugar bien, frente a la malicia, para no caer en la tentación de ganar...

—En la tentación de tomar bien menor por bien mayor...

—Ahí está, sí, todo está dicho en Agustín: “No hay hereje sin san Agustín”.

—Hablemos del jaque, maestro.

—Darle jaque al rey es ponerlo en predicamento. Todo jaque es causa de perplejidad, de meditación; es un desconcierto. La palabra jaque es un vocablo de uso múltiple. En primer lugar hay que decir que se usa en todo el mundo. Hoy se ha dispersado a otros campos. Se nos olvida que la palabra “cheque” significa precisamente “jaque” —de la palabra árabe “jeque”. Dar un cheque es hacer un jaque, porque puede ser un cheque sin fondos, falso. Cuántas veces escuchamos: “Hay que checar esto”, palomear esto, para confrontar. Es una de las palabras más múltiples, y empleada constantemente en todos los idiomas del ámbito cultural de Occidente. La palabra jaque es en sí una amenaza, más allá de los terrenos del juego y del ajedrez. El jaque es el problema capital del ajedrez: das un jaque, un segundo jaque y a la tercera —como se dice— va la vencida, das un jaque mate. La palabra jaque abarca todas las dificultades a las que nos enfrentamos en esta vida y frente a las que nos colocan nuestros adversarios. Sentirse “jaqueado” es una sensación que casi es sinónimo de “cajeado”, se me ocurre ahora.

—De hecho, maestro, nacemos ya con un jaque anunciado, ¿no le parece?

—Claro. Al nacer la vida nos da un jaque. Toda vida acaba en mate. Entonces, desde el acto de nacer estamos puestos en jaque. El existir es un salir de la situación de mate, sobre todo en un jaque ahogado, que es espantoso. Estamos en jaque desde el momento en que nacemos, sí. Más de una vez se dijo: “La vida es una muerte evitada”. Es como la imagen misma del caminar, que es una caída evitada: tú levantas un pie y lo avanzas, y estás para caerte si no metes inmediatamente el apoyo del otro pie. Caminar no es sólo la salvación de la vida, sino un avanzar constante. Hay veces que el tropiezo mismo en la vida es una caída que puede ser mortal, pero salimos del trance de caernos como del trance ajedrecístico. Decimos en los pueblos: “Por poco me caigo en la corriente”, pero no me caí, porque el jaque en el que me encontré lo pude resolver con base en una agilidad mental; esto es, resolver instantáneamente el movimiento que va a acabar con la situación de jaque y que podría desembocar en mate. A veces es una movida sencilla, y parece sutil, nos salimos de la red de mate cuando está uno empezando a caer, pero de pronto encuentras la salida con el movimiento que no sólo evita el jaque mate sino que logra salvarte de esa red. Entre los buenos ajedrecistas se da mucho esa expresión: “Estoy cayendo en una red de mate”. Entrar en una posición perdida implica una serie de lances. Recuerdo esta frase: “Sin que sepamos cómo, Alexander Kotov va entrando insensiblemente en una posición perdida... y no es fácil ver cuál es la causa de la derrota”. ¿En dónde estuvo la debilidad que hizo que Alexander Kotov entrara en una posición perdida a partir de una posición normal? Es uno de los misterios del ajedrez. En qué momento en la vida nos vamos adentrando en una posición perdida que se va complicando cada vez más.

—No podemos olvidar que el ajedrez es un juego de honor, y que hay momentos en que no hay nada que hacer, y hay que saber cuándo abandonar la partida.

—Sí, cuando uno se sabe derrotado, hay que saber decir “abandono de la partida”. Yo no quiero irme de este mundo llevándome nada. Materialmente dejo mis libros, la casa de Zapotlán, algunos muebles, un archivo que está desordenado, y a pesar de mi pobreza no me quiero llevar nada. Quiero decir, todo lo que conozco lo quiero pasar al costo, lo podrán recibir las personas que me escuchen, que se capaciten. No porque yo sea un sabelotodo, ni un sabio, pero sí es necesario que se preparen para recibir ese torrente que me ha dado la vida. Entre esos dones, uno de los más preciosos es el ajedrez.

Arreola concluye nuestra charla con la lectura de un soneto de Jorge Luis Borges. Con voz pausada, como quien, en un lance final, se dispone a dar un jaque mate, va soltando sus palabras:

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

Reina, torre directa y peón ladino

Sobre lo negro y blanco del camino

Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada

Del jugador gobierna su destino,

No saben que un rigor adamantino

Sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero

(La sentencia de Omar) de otro tablero

De negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza

¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza

De polvo y tiempo y sueño y agonías?

EMMANUEL CARBALLO


Quien no critica no ama. Quien viene a decir maravillas no ama a la ciudad. Yo amo a la ciudad porque le encuentro sus defectos. Porque yo formo parte de los defectos de esta ciudad (Guadalajara). Los periódicos son así porque no hemos hecho nada por mejorarlos. Nos conformamos con lo que nos dan y no pedimos que nos den mejores cosas. Son una conglomeración de anuncios, sin ton ni son, mal impresos. Nos dan basura y la aceptamos y todavía pagamos por ella.

Entrevista realizada el 10 de agosto de 1989 durante el programa A las nueve con usted...


Originario de Guadalajara, en donde nació el 2 de julio de 1929, el escritor, editor, periodista, crítico y ensayista Emmanuel Carballo venía con cierta frecuencia a la ciudad. Especialmente en la década de los ochenta, cuando solían visitarnos intelectuales de la Ciudad de México invitados por las autoridades culturales del estado o del municipio a dialogar o dictar conferencias sobre la actualidad literaria del país.

En agosto de 1989, Emmanuel Carballo vino a Guadalajara invitado por la Secretaría de Cultura, para presentarse en diálogo con el escritor Juan José Arreola. Fue en esa circunstancia cuando tuvimos la oportunidad de entrevistarlo en nuestro programa. Carballo había sido invitado a dar un curso sobre el cuento en la literatura mexicana del siglo xx. Ya antes lo había entrevistado y siempre sus declaraciones habían resultado polémicas. Por eso, desde el día anterior en que yo había anunciado que Carballo estaría con nosotros, los radioescuchas esperaban expectantes para escucharlo y participar del juego de su palabra afilada.

Llegó puntual a la cita, en mangas de camisa, seguro de sí mismo, dispuesto a dialogar y a mantener esa imagen de “inteligente acidez” que le había caracterizado siempre en su papel de crítico, perfil que le acarreaba, sin duda, lectores y seguidores deseosos de leer y escuchar sus opiniones sobre los protagonistas de la literatura mexicana, pero también, sin duda, detractores y enemigos, en ocasiones, no muy satisfechos con su punzante crítica.

Sus ojos pequeños miraban con agudeza de musaraña, su amplia frente y un delgado bigote que de vez en vez se mesaba, le conferían cierta presencia despreocupada y dominio frente a los micrófonos. Le acompañaba la maestra Carmen Gloria Lugo, quien fungía como anfitriona por parte de la Dirección de Literatura de la Secretaría de Cultura de Jalisco. Ella inició nuestra charla comentando la sesión del día anterior.

—Fue un gusto tener a Emmanuel Carballo con su gran desempeño como crítico literario, con ese valor que tiene para destacar lo mejor de un escritor, y realzar, desde el punto de vista combativo a veces, los aspectos intrínsecos de una obra o de un personaje. Ayer fue muy interesante porque estuvo también el maestro Juan José Arreola en la sesión y leyó uno de sus cuentos: “La mujer amaestrada”, y luego Emmanuel Carballo estuvo comentando la entrevista que él mismo le hiciera años atrás.

—Gracias, Gloria, por tu presencia —le digo—, y dirigiéndome al escritor—: ¡Bienvenido al programa, Emmanuel Carballo! Cuéntanos sobre tu visita a Guadalajara, tú eres de esta ciudad, aunque radicas en la Ciudad de México ¿desde cuándo?

—Desde 1953. Pero vengo con cierta frecuencia. Antes venía cada fin de semana, después cada mes, después al inicio de cada estación del año y después una vez al año. Y espero, ahora que tengo sesenta años, venir “una vez al principio de cada década”, es decir, ahora vengo a los sesenta, vendré a los setenta, a los ochenta, a los noventa... para seguirle tomando el pulso a esta ciudad maravillosa, y al mismo tiempo deplorable.

—A ver, ahora tendrás que explicarnos eso de “deplorable”... ¿por qué dices que Guadalajara es deplorable?

—Me pasó una cosa curiosísima. Yo soy un devorador de letra impresa enorme. Quise saber lo que pasaba en Guadalajara. Bajé del hotel que está situado en la parte céntrica de Guadalajara, cosa que no me gusta, porque la parte hermosa de Guadalajara está en los suburbios. Zapopan es quizá la parte más hermosa de Guadalajara. Yo creo que de Lafayette para allá es una Guadalajara hermosísima, llena de árboles, de vegetación, de casas bellas, de rostros maravillosos, de cuerpos cimbreantes. Y como que por el centro de la ciudad se ha quedado la gente fea, la gente mal vestida. No la gente pobre, porque en México todos estamos pobres desde hace cuatro o cinco años. No hablo de la pobreza, sino de la manera de vestir, de encarar el mundo, de practicar el oficio de ser hombres todos los días. Entonces, me levanto, bajo a comprar los periódicos para saber qué pasaba en Guadalajara. Compré El Occidental y El Informador, me los leí religiosamente, y... ¡siguen siendo tan malos como cuando yo tenía veinte años! Tuve que comprar los periódicos de México para saber qué pasaba en Guadalajara, cosa que me pareció verdaderamente lamentable.

—Te escucho hablar y te percibo un poco como “desertor de nuestra ciudad”.

—Yo creo que al contrario. Quien no critica no ama. Quien viene a decir maravillas no ama a la ciudad. Yo amo a la ciudad porque le encuentro sus defectos. Porque yo formo parte de los defectos de esta ciudad. Los periódicos son así porque no hemos hecho nada por mejorarlos. Nos conformamos con lo que nos dan y no pedimos que nos den mejores cosas. Son una conglomeración de anuncios sin ton ni son, mal impresos. Nos dan basura y la aceptamos y todavía pagamos por ella.

—Hay barrios hermosísimos, Emmanuel. Tú mencionas sólo una zona de Guadalajara. Faltaría que visitaras, por ejemplo, el barrio de Analco, o Santa Tere.

—A mí me gustaba el barrio de Oblatos cuando era pequeño, ahí estaba el viejo parque Oro, a donde iba yo al futbol, al antepreliminar de las ocho de la mañana; a las diez veía el preliminar y a las doce veía el partido estelar, y me iba a pie y me regresaba a pie. Vivía yo cerca del templo Expiatorio, o sea que yo conocí Guadalajara más o menos bien, porque una ciudad se conoce caminando. Cuando uno se va en coche no conoce nada. En cambio, cuando platicas con las piedras, con las casas, cuando conoces a la señora que barre, que riega, al señor que vende el pan, a la viejita que va con su olla de peltre a traer la leche… tienes contacto con la ciudad y eres parte de la ciudad.

—Eso es precisamente a lo que me refería, Emmanuel.

—Pero yo ya no vengo a ver esto, vengo más o menos como turista. Entonces, me refiero a la parte hermosa de Guadalajara, a las niñas bellas de Guadalajara. Ahora pienso que aquí ya no hay mujeres hermosas, y la culpa la tiene el centro de Guadalajara. Creo que pocas ciudades tienen tan pocas mujeres guapas como Guadalajara en el centro de la ciudad. Por cada kilómetro cuadrado no encuentras una chica guapa. En cambio, de Lafayette para allá pululan de tal manera que en un kilómetro cuadrado te encuentras 512 mil muchachas guapas, es la ciudad más pródiga en belleza femenina.

—Te recuerdo que hay una frase que dice: “Cada quien encuentra precisamente lo que anda buscando”. ¿Qué es lo que andas buscando tú? Ahora que, en tus propias palabras, dices que una función del crítico es “redescubrir”, bueno, creo que habría que invitarte a que “redescubrieras” Guadalajara.

—Bueno, son maneras de ser. Hay que aceptar que muchas personas piensan de manera diferente. Cada quien ve con ojos distintos, del color que tú quieras, y tan amigos.

—De acuerdo, aunque ahora te vemos más como defeño que como tapatío, Emmanuel... —el escritor salta de inmediato, protestando:

—¡Noooo! Estoy absolutamente en desacuerdo contigo. Yo hablo todavía como jalisciense, y tengo treinta y tres años en el exilio.

—¿Tú crees, Emmanuel? Bueno, hablemos de literatura, ya que me dices que periódicamente vienes a Guadalajara a tomarle el pulso a la ciudad, supongo que el ámbito literario te es bastante conocido.

—Yo creo que lo que pasa en Guadalajara pasa en todo el país. México se está desbaratando como país política, económicamente, pero culturalmente es uno de los grandes momentos. Yo tengo sesenta años de vida y cuarenta de dedicarme a la crítica de la historia y de la literatura y pocas veces había visto un florecimiento tan grande del norte al sur, del este al oeste, de costa a costa, de frontera a frontera —casi parezco programa de televisión—, en poesía, en cuento, en novela, en ensayo, en teatro, en crítica literaria, en crónica, en periodismo cultural. Somos literariamente un país del primer mundo, y no podemos decir que seamos un país de primer mundo en economía cuando vivimos de prestado, ¡hasta los calzones nos presta el Banco Mundial para poder vivir! O sea que no podemos decir que económicamente seamos un país que ha resuelto sus problemas. En cambio, culturalmente estamos en una óptima circunstancia, tenemos muy buenos narradores, muy buenos poetas. Jalisco ha sido tradicionalmente una tierra de poetas excelentes, y sigue siéndolo.

En ese momento invito al público a participar a través de los teléfonos, así como a Carmen Gloria Lugo. De pronto, Emmanuel Carballo toma de nuevo el micrófono y nos sorprende porque vuelve a “las mujeres bellas de Guadalajara”, como si una espina le hubiese quedado clavada. Entonces, dirigiéndose a Gloria, dice:

—Yo hablo de las mujeres bellas que hay en Guadalajara, en ciertas zonas de Guadalajara, y la ausencia de mujeres bellas en otras zonas de la ciudad. Es decir, la concentración peligrosa de la belleza y de la fealdad por zonas. ¿Tú cómo ves el problema de los hombres en Guadalajara, el tapatío es bello, el tapatío es feo? ¿Habría que exportar jaliscienses a otras partes para mejorar la raza? ¿O qué deberíamos hacer, Gloria?

—¡Qué les parece! —me dirijo al auditorio que nos escucha—. Emmanuel Carballo entrevistando a Carmen Gloria Lugo, y en el terreno de la estética femenina y masculina. ¡Vaya giro el que ha dado el programa! —nos reímos los tres y a ella no le queda más remedio que intentar responder:

—Bueno, yo opino que están muy bien los tapatíos.

—¿Guapos, guapos, guapos? —le pregunta Emmanuel ante la timidez de Carmen Gloria, quien añade siguiendo la broma:

—Pues sí, tal vez sea buena idea exportar.

El espacio musical llega como chorro refrescante con una canción de Joaquín Sabina. En cabina siguen las risas y Emmanuel no abandona ese tono lúdico e incisivo con el cual se siente cómodo. Recibo llamadas de un público muy participativo mientras escucho a Emmanuel decir:

—Es que si no es así, la gente se aburre y te cambia, así la gente que nos escucha tendrá ganas de quemarme en leña verde, y eso es lo bonito. Yo he hecho de la polémica un arte y de la disidencia una manera de vida. En el fondo soy como niño malcriado, no he dejado de ser eso, y te burlas de ti mismo y de los demás.

Entre las llamadas hay una del doctor César Hernández, quien le pide una opinión sobre la obra de Margarita Michelena, así como sobre lo que Carballo expresó recientemente en la revista Proceso sobre Octavio Paz. Emmanuel responde:

—Quiero decirle al doctor César Hernández que pierde su tiempo lamentablemente leyendo a Margarita Michelena. Es como si existiera Virginia Woolf y no se hubiera suicidado en aquel río cercano a su casa, y estuviera ahí su obra, y por otra parte, estuviera la obra de una mala escritora jalisciense y leyera a la mala escritora jalisciense y no a Virginia Woolf. Esta mujer —Michelena— escribió unos poemas interesantes cuando tenía veinte o veinticinco años y le pasó lo que decía Leopoldo Alas, “Clarín”, un crítico extraordinario y autor de la mejor novela española del siglo XIX, La regenta. Él hacía una definición de poetisa que me parece maravillosa y muy aplicable a Margarita Michelena. Decía: “Poetisa: mujer fea, que se hace el amor a sí misma en verso”. Y esta cuestión de Proceso la voy a contar muy brevemente, casi en forma telegráfica: Yo estuve en Torreón hace como un mes, y durante dos horas, minuciosamente, hice un análisis lo más pormenorizado posible de cómo andaban las letras mexicanas. Hablaba de los creadores, de sus obras, y lo que salió en Proceso es como la nata que le quitan a la leche —cuando todavía había leche y no leche en polvo importada, por supuesto—, y yo me querellé y publiqué una nota en mi periódico que es unomásuno, protestando sobre el hecho de que si yo había hablado dos horas, hubiesen publicado exclusivamente una frase. Tú sabes, cuando te has dedicado al periodismo, al radio y a la televisión, que tú puedes hacerle cirugía plástica a una frase y a un autor, y lograr hacer de un hombre bueno un hombre malo y viceversa; un hombre malo puede ser el más santo del mundo, un san Felipe de Jesús. Con Octavio Paz tengo una enorme deuda, fue mi maestro junto con Carlos Fuentes, creo que es el poeta más grande de México, y decía que Octavio Paz es un hombre que se ha endiosado, y que era como un sapo endiosado que en cualquier momento podría reventar. Y se publica esa sola frase y se olvida todo lo positivo que yo dije de Octavio Paz. Me están haciendo cirugía plástica y me están haciendo lo que hace el PRI en Michoacán: Me están haciendo la “Operación Manitas”. Me están rasurando la verdad, y metiendo mentiras. Yo sostengo lo que dije en Torreón, que Octavio Paz es un hombre que tiene una vanidad terrible, y que sus acólitos le pueden decir si pregunta: “¿Qué horas son? Las que usted guste, Octavio”. Ya no hay una posición crítica del alumno frente al maestro y eso es malo en cualquier país del mundo. Una gente que se endiosa llega al nepotismo, llega a la dictadura. Y eso no lo pusieron. A Octavio Paz le está pasando un poco lo que le pasó en política a Porfirio Díaz en los últimos años de su largo reinado de treinta años, que él pensaba que todo andaba bien en la república porque veía a los científicos, a Limantour, a Bernardo Reyes, a dos o tres gentes más que le decían que “todo andaba bien”, que el norte, el sur, el centro andaban perfectamente bien, mientras se estaba incubando un malestar muy grande entre los escritores, obreros, intelectuales, la clase media, los burócratas... y llegó el momento en que eso hizo explosión como una olla de presión en donde se cuecen los frijoles y empezó la Revolución mexicana. A Octavio Paz le va a pasar lo que le pasó a Porfirio Díaz por su manera de enfrentarse a los problemas diarios de los escritores mexicanos. Pero hablar de los defectos de Octavio Paz no es ir en contra de su obra. Paz no solamente es el poeta más grande de México, es uno de los grandes poetas del siglo xx a escala universal. Margarita Michelena, con tantos años de vida, y con la coquetería de no usar lentes, no pudo leer lo que yo dije, y además en Proceso, una revista absolutamente amarillista que no da más que una versión “por el ojo de la cerradura” de lo que pasa en el país, es decir, agarra lo malo y lo convierte en catastrófico, y todo lo bueno que pasa lo olvidan.

—También en Proceso apareció un comentario tuyo sobre José Emilio Pacheco, en el sentido de que es un escritor de un gran talento, pero que no había tenido el talento suficiente para crear “la gran obra, la obra maestra”.

—Mira, yo fui el descubridor de José Emilio Pacheco y de Carlos Monsiváis, como crítico literario. Yo los llevé al suplemento “México en la Cultura” de Novedades, con Fernando Benítez, de quien también hablo en estas entrevistas de Proceso. Yo decía que José Emilio Pacheco es un hombre que maneja admirablemente bien el español, que en poesía, que en prosa, es una de las personas que mejor ejercen el estilo en México, pero que no es un genio, y que las obras que ha producido no son Pedro Páramo, no son los textos de Confabulario, no es Dormir en tierra o El luto humano de Revueltas. No es un hombre que vaya a modificar la literatura mexicana. Y cuando tú no modificas la literatura mexicana, si eres mexicano, a la larga es como si no hubieras existido. Las historias de la literatura te dedicarán cuatro o cinco renglones. En cambio, un ser desaliñado, que llegó quién sabe de dónde, que por equis o zeta escribió el gran poema, escribió la gran noveleta, escribió la gran novela... por los siglos de los siglos su nombre será recordado.

—Tus comentarios, Emmanuel, me han hecho recordar los que hizo Juan José Arreola, en fecha reciente, en el marco de los talleres que imparte en el ex Convento del Carmen, a propósito de cómo se sentía en este momento de su vida, y él hablaba autocríticamente, señalando que sentía que le había faltado, precisamente, ese impulso, ese talento final para realizar “la gran obra”. Arreola añadía que en las últimas décadas no se había escrito la gran obra. ¿Qué opinas, Emmanuel?

—Bueno, yo coincido con Juan José en esto. Decía yo, y tal vez parezca una contradicción con lo que dije antes, que estamos viviendo un gran momento en la joven literatura mexicana que está transitando con paso firme y está abriendo nuevos caminos al andar, que sabe escribir, que tiene cosas que decir, que no somos rupestres, que somos contemporáneos de nuestros contemporáneos, que somos habitantes de fines del siglo xx, pero, efectivamente, no hay un Carlos Fuentes, no hay una La región más transparente, no hay una Muerte de Artemio Cruz, no hay un Terra Nostra, no hay Cristóbal Nonato, no hay Pedro Páramo de Rulfo, no hay Los errores de José Revueltas, no hay Noticias del Imperio de Fernando del Paso... pero, obviamente, y yo espero estar vivo para entonces, espero que antes de terminar el siglo xx, entre esos muchachos que andan entre los veinte y los treinta y cinco años surjan los que van a producir obras que cambien significativamente lo que hoy entendemos por cuento, novela, ensayo, teatro y poesía.

Los radioescuchas seguían marcando nuestros teléfonos y varios expresaron su admiración por Carballo por su valentía y franqueza. El crítico agradece:

—Sí, agradezco esta opinión y preciso que digo “mi verdad”. Sabemos —después de Einstein— que todo es relativo y yo expreso una manera de ver el mundo, de encararte con el fenómeno, con el discurso literario. Es un punto de vista que, cuando la gente está adormilada, es importante despertarla diciendo cosas fuertes, cosas distintas.

—También hay algunas llamadas que coinciden contigo, Emmanuel, en relación con los periódicos locales, El Informador y El Occidental, con páginas llenas de anuncios y secciones culturales que dan risa. Aunque, en honor a la verdad, hay muchos artículos rescatables y colaboradores importantes.

—No, indudablemente, no podemos hacer tabula rasa. Yo hablo de El Informador, como periódico, y de El Occidental, como periódico, que los vengo padeciendo desde los años cincuenta, o desde los años cuarenta en el caso de El Informador. Yo leía la página de caricaturas, que sigue siendo lo mejor de El Informador, y la sección de anuncios. Pero ahora hasta mal impreso está. Hay que ponerse los lentes para poder saber si es el cielo azul, porque está impreso en verde. Es algo espantoso. Parece que está hecho en La Barca o en Atotonilco, y no en Guadalajara, la segunda ciudad del país. Claro que hay gente espléndida, por ejemplo, ayer leí, en El Occidental, una nota de Gloria Velázquez, que me pareció un modelo, aquí y en cualquier parte del mundo.

—Claro, o la maestra Magdalena González Casillas, que colabora en el suplemento.

—Exactamente. Es una de las grandes investigadoras de la literatura jalisciense, a quien la universidad y el departamento cultural del estado le deben toda una serie de reconocimientos por una tesonera labor, en la cátedra, en el periódico, en las conferencias, en sus libros, para recuperar lo que fuimos para poder ser mejor de lo que somos. La literatura jalisciense, sería la mitad de lo que conocemos, está enterrada en los periódicos y gracias a Magdalena y a gente como ella tenemos un mejor conocimiento de nuestro siglo xix, de la colonia, y de autores desconocidos de principios del siglo xx. Aprovecho para saludar a Magdalena, a quien quiero mucho. No he visto todavía los artículos que publicó en el mes de julio, cuando cumplí sesenta años. Me gustaría mucho verla. Estoy, Magdalena, danto un cursillo en el ex Convento del Carmen, donde hubo un gran hombre durante la colonia, el padre Nájera, que a su alrededor se formó toda una generación literaria, que dio grandes hombres para Jalisco y para la nación mexicana. Ahí estoy a las siete de la noche, todos los días, todavía hoy jueves y mañana viernes.

Precisamente en ese momento recibimos la llamada de la maestra Magdalena González Casillas para preguntarle a Emmanuel a dónde podía llevarle los artículos mencionados. No cabe duda —pienso— de que nuestro espacio radiofónico cumple una función no sólo informativa, sino de enlace entre los protagonistas del arte y la cultura en nuestra ciudad. Emmanuel abunda sobre el tema de los periódicos:

—Ahora, en un país capitalista un periódico sin anuncios está condenado a desaparecer. Pero además de los anuncios debería tener artículos sobre la vida cultural, sobre la vida política, sobre la vida económica, por ejemplo, el problema de la universidad. Yo he leído en La Jornada magníficos artículos de Miguel Ángel Granados Chapa, de Gilberto Guevara Niebla sobre el problema de la universidad, del que en la ciudad de Guadalajara no he visto un solo artículo que me oriente para saber qué es lo que está pasando, o qué es lo que está sucediendo. Para mí es un poco la lucha entre el pasado y el presente, entre lo periclitado y lo nuevo, entre lo que hay que desterrar y lo que hay que fomentar.

Las llamadas del público continúan, nuestro programa, desde sus inicios, se ha caracterizado por su apertura a la opinión de los radioescuchas. La señora Elsa Rodríguez dice: “Estoy de acuerdo con Emmanuel Carballo. Guadalajara hace mucho tiempo que dejó de ser la provincia de la que estamos orgullosos. Estamos orgullosos del recuerdo de Guadalajara, no de su presente”. También llama el señor Jesús Ríos: “Los de México siempre vienen a pontificar. ¿Cómo es posible que se pongan a hablar de si los tapatíos son o no guapos? Es inconcebible”. Emmanuel Carballo toma la palabra y se defiende:

—Son guapos o feos si lo digo yo o lo callo... hay gente guapa y gente fea hasta en el Distrito Federal y en todas partes, en Río de Janeiro, en Madrid, en Barcelona, hay que hablar de todo, de lo pequeño, que lo pequeño es muchas veces lo grande.

—Hablemos del curso que estás dando aquí en Guadalajara, Emmanuel. ¿Sobre el cuento?

—Sí, pero no sólo sobre el cuento. Es una historia del cuento mexicano del siglo xx. Empiezo con Julio Torri, cuyo centenario de nacimiento estamos celebrando. Don Julio nació en 1889 en Saltillo, a finales del mes de junio. Hablo también de Efrén Hernández, un cuentista poco conocido, autor, entre otros cuentos, de “Tacho”, que es uno de los pequeños monumentos de la literatura corta escrita en México. Hablo también de José Revueltas, uno de los prosistas, como ya lo dije hace un momento, más deslumbrantes, más osados, más terribles, más llenos de fuerza que ha tenido México en este siglo. De Juan José Arreola, autor de uno de los cuentos que, pasará el tiempo, podemos morirnos todos nosotros y un cuento de Arreola seguirá corriendo fortuna aquí y en todas partes, me refiero a “El guardagujas”, y junto a él tenemos como hermanos no menores, sino del mismo tamaño a “La mujer amaestrada”, “La parábola del trueque”, “La migala”, “La teoría de Dulcinea”, “Homenaje a Otto Weininger”; hablo de Rulfo como cuentista y de una mujer extraordinaria que para mí es la mejor novelista, la mejor cuentista y la mejor mujer mujer —este pleonasmo funciona— que se dedica a las letras y que es Elena Garro. Los recuerdos del porvenir creo que es una de las mejores novelas que se han publicado en idioma español en el siglo xx; La semana de colores es un libro de cuentos notable, y sus obras de teatro. Yo vi en el estado de Tabasco, en el municipio de Oxolotán, en una comunidad indígena, unas obras de Elena Garro extraordinariamente bien puestas; fueron a Madrid, a Nueva York, y tuvieron un gran éxito; fueron la revelación de la ciudad de Nueva York, donde saben un poco de teatro.

—Emmanuel, pide el auditorio que les recomiendes uno de tus libros, el que sea para ti más entrañable.

—Bueno, uno de los libros que más beneficio puede ser para la gente que le interesa la literatura mexicana, que ha sido una de mis grandes pasiones, es Protagonistas de la literatura mexicana, es una historia de la literatura mexicana del siglo xx un tanto heterodoxa. Es hablar de lo que ha pasado en México en el terreno de la literatura desde el grupo de El Ateneo de la Juventud, al que pertenecieron Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos; hasta Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Elena Garro. Son entrevistas, ensayos, algo de crónica, de ensayo, y mucha crítica literaria. Yo creo que es el libro mío más interesante. Hay ahora una cuarta edición en Ediciones El ermitaño, de la Ciudad de México, en coedición con la Universidad de Guadalajara.

Carmen Gloria cita unas palabras del propio Carballo que, en su opinión, lo describen: “He hecho de la disidencia un arte, y de la polémica una forma de vida”. Luego le pregunta directamente:

—Esa especie de quijotismo literario o artístico, ¿te ha dado fruto, en el sentido de que hayas visto una reacción de parte de los escritores?

—Bueno, como todo, el que nada contra la corriente como los salmones, o como aquellos pájaros de Borges que volaban hacia atrás porque no les importaba saber a dónde iban sino de dónde venían, tiene muchos problemas. En México el que se mueve no sale en la foto, y yo me he ido moviendo constantemente, trato de alterar el curso de la historia, de la historia de la literatura. Y eso personalmente, política y económicamente, es nefasto. Pero hay deberes fundamentales de orden ético, de orden estético que hay que cumplir. Cuando la gente no hace las cosas tú tienes que decir tu voz desgarradamente en donde te dan un pequeño resquicio para que sueltes de tu ronco pecho lo que piensas, y yo he aprovechado eso en la universidad, en conferencias, en la televisión —suelo hacer mucha televisión—, en la radio… en todas partes, en artículos, en libros...

—Ese humor ácido y corrosivo —insiste Gloria— es eminentemente moral.

—Indudablemente. Toda la gente que se ríe de los demás y empieza riéndose de sí misma es un moralista. Es el caso de Arreola, de Julio Torri... somos moralistas mal vistos, vistos como bufones, como gente que es molesta en un momento dado. Pero a la larga, sin ese tipo de personas no se entiende un momento determinado de la historia de un país.

—Quiero comentar para que lo entienda el público —continúa Gloria— que aparte de todo esto eres un investigador muy serio; tienes un método, una técnica, un método de trabajo muy severo, a través de años vas recopilando tus fichas, tu obra tiene un peso intelectual.

—Finalmente, el chascarrillo, la broma... si se queda en chascarrillo y broma, pues eres un payaso, tienes que ir a un teatro de burlesque. Pero un historiador, un crítico de la literatura tiene que demostrarlo en sus libros y en sus artículos y yo es lo que trato de hacer.

Antes de cerrar la charla, Carballo menciona uno más de sus libros, hermano gemelo de Protagonistas...

—Se llama Protagonistas de la literatura hispanoamericana del siglo xx, son entrevistas a Cortázar, a García Márquez, a Benedetti, a Jorge Amado, a Jorge Icaza, a Lezama Lima, a Nicolás Guillén. Más o menos el mismo proyecto, pero en relación con la patria grande que es América Latina.

Agradezco a Carmen Gloria Lugo y a Emmanuel Carballo su presencia en el programa, y Emmanuel se despide:

—Estuve muy contento de estar con vosotros. Sobre todo es muy bonito que la gente te diga lo que piensa, que una gente te vea de una manera, y otros de otra. En literatura lo hermoso, después de leer un poema o una novela, es que esa novela o ese poema tiene tantas interpretaciones como lectores inteligentes, y la voz de una muchacha, de un señor o de un viejito tiene tantas interpretaciones como lectores y auditores tiene un programa. Y se ve, por lo que vimos en esta hora, que tienes mucho auditorio.

ALEJANDRO COLUNGA


Creo que existe un principio de amor que cobija al mundo.

Entrevista realizada en la cabina de C7Jalisco en septiembre de 2008.


Después de 34 años de no exponer en Guadalajara, Alejandro Colunga presentó “Maravillas y pesadillas 1968–2008”, simultáneamente, en el Museo de las Artes y en el Instituto Cultural Cabañas. La exposición reunió obra realizada entre los años 1968 —cuando arrancó su primera exposición— y 2008, es decir, una retrospectiva de cuarenta años de trabajo artístico, aproximadamente doscientas piezas, en distintos formatos y técnicas.

Con este motivo invitamos al artista. El día llegó. Abrimos el programa con la rúbrica acostumbrada y Alejandro no se presentaba. Transcurrieron los primeros minutos sin su presencia, así que decidí poner en contexto la época en la que Alejandro Colunga comienza su carrera en Guadalajara, volviendo la mirada a los años setenta, cuando en la capital tapatía se daba un movimiento artístico interesante y muchos nos iniciábamos en el campo de la danza, de la pintura, de la literatura, del teatro y de la comunicación.

La nómina de Bellas Artes de Jalisco —que equivale a lo que ahora es la Secretaría de Cultura—, en ese entonces no rebasaba las sesenta personas. Había una gran mística, una gran pasión por las artes, y laboraban en las oficinas de Bellas Artes de Jalisco (Jesús García 720, junto al parque Alcalde) personas como Fabián Medina en arquitectura; Luis Valsoto en pintura; Daniel Salazar y José Luis Moreno en teatro; Luis Patiño en literatura; Cándido Galván en prensa y difusión; Felipe Covarrubias, en diseño gráfico.

En nuestra ciudad tomaba fuerza la expresión musical de la nueva trova con Pancho Madrigal a la cabeza y diversos grupos folklóricos que se presentaban en las famosas peñas. Funcionaban como centros culturales la Galería Municipal, el Exconvento del Carmen, la Casa de la Cultura, el teatro Experimental y, por supuesto, el teatro Degollado, en el que se presentaban figuras como la soprano tapatía Gilda Cruz Romo, el músico indio Raví Shankar, el Nikolais Dance, Joan Manuel Serrat en sus primeras visitas a Guadalajara, entre muchos otros artistas.

Alejandro Colunga tenía una galería en la calle de Chapultepec, que era la famosa zona rosa, en donde no había tantos comercios y en realidad era un lugar de encuentro cultural.

De pronto se abre la puerta de la cabina y entra Alejandro Colunga con una gran sonrisa.

—Alejandro, ¿cómo estás?, buenos días, qué gusto que nos acompañes. Les contaba a los amigos radioescuchas justamente sobre aquella época de los años setenta, cuando nos conocimos precisamente en tu galería ubicada en Chapultepec. Creo que fue tu primera galería, digamos más o menos formal —me detengo en la frase y corrijo—: bueno, en honor a la verdad, formal, formal que digamos nunca has sido, ¿verdad, Alejandro?

Alejandro se ríe divertido y dice.

—No, no lo creo, estoy echado a perder. Fue una época preciosa, realmente no era mi galería, estábamos de socios Luis Rutilio Medina, Fernando Robles, y otro pintor del que no me acuerdo su nombre; éramos artistas jóvenes que no teníamos ni un cinco para comprar nada, pero ahí estábamos, haciéndole la lucha a Guadalajara.

—Yo lo recuerdo perfectamente, porque nosotros terminábamos de ensayar en la compañía de ballet de Bellas Artes e íbamos todos a visitar las galerías de Chapultepec. Además, era una época en la que todos los de la cultura nos conocíamos; éramos relativamente pocos, éramos una familia. Ahora me entero de que vas a exponer y me da un gusto enorme, porque tienes mucho tiempo sin exponer en Guadalajara; ¿qué serán, más de treinta años? Nunca te preocupó demasiado exponer, además no lo necesitabas, yo sé que tú obra vuela, ahora sí que vuela, en los dos sentidos.

—La verdad es que yo estaba consciente y sabía que tenía que viajar, es parte del aprendizaje de un artista, los viajes confrontan. Tenía que ver qué se está haciendo en otros países, es muy importante para el desarrollo de un artista, por ahí dicen las malas lenguas que me tomé “treinta y cuatro años sabáticos”.

—Sí, lo creo. Te digo que estás “echado a ganar”, no a perder, Alejandro. Mira que treinta y cuatro años haciendo lo que te gusta, ¡qué maravilla! Esto marca definitivamente a un ser humano. ¿Qué se le puede preguntar a Alejandro Colunga que no le hayan preguntado ya? Creo que te han preguntado de todo, hasta indiscreciones, supongo. Sabemos que eso del “culto a la personalidad” no funciona, así que opto por una charla entre amigos, por conversar, por el invitarte a decir eso que traes en el alma. Y bien, empezaría por preguntarte ¿cómo te sientes ahora con esta magna exposición, que está siendo visitadísima, y muy bien recibida por el público tapatío?

—Me siento muy satisfecho y muy contento, porque entregué todo mi corazón, no anduve con pichicaterías en ningún aspecto y quise entregar todo mi corazón a Guadalajara y que no se dijera que les hice una exposición al “ai se va”. Y la respuesta fue igual, creo que fue una entrega mutua, y que se cumplió realmente para lo que fue realizada esta exposición. También quiero decir que no fui yo solo el que expuso en realidad, hubo tanta gente que sacrificó su tiempo, su fe en este proyecto, muchísima gente, y estoy hablando de los maestros fundidores, de los marmoleros, de los herreros, de los carpinteros, de mis asistentes, del mariscal Tico, que sin él, bueno, no salen las cosas... y tanta gente que entró a apoyarnos. Yo estaba sorprendido, yo no lo hice con intención de sacar algo, más bien de entregar.

—Lo entiendo así, lo veo así. Yo que conozco tus piezas desde que iniciaste, que conozco tu trayectoria, ¿sabes qué me sorprende más que todo, Alejandro? La enorme capacidad de recursos que tienes, para estarte reinventando, en el mejor sentido, cambiando, no te repites, vamos, tienes una de recursos que uno dice: ¡cómo es posible!, y me pregunto, ¿cómo pudo Guillermo Sepúlveda, en su labor de curador, manejar todos estos recursos para darles un tono, un ritmo, un sentido a la exposición? La sala de los magos, la sala de los zapatos, ¡esto es maravilloso!

—Guillermo ha crecido muchísimo en los últimos treinta años, se ha hecho enorme. Para mí es uno de los mejores curadores del país; no porque curó mi muestra, sino porque realmente ha hecho cosas sensacionales y además es un gran promotor del arte joven; él ha apostado siempre por el arte joven. Y también hay que mencionar la labor de Daniel Liebson, con sus maravillosas museografías, sus ambientaciones, pues, eso que tú viste, fue una fiesta de cooperación, un encuentro de gente que estábamos en lo mismo, y ya con varios años en esto, y entonces todo esto se dio, no porque yo le eché tantas ganas, sino porque la gente alrededor de mí lo hizo.

—No eres tú solo, eres tú con los otros.

—Más bien sí... porque sin ellos no se hace la muestra.

—En realidad, Alejandro, así es la vida, uno solo no hace nada. Es “uno con los otros”. En este panorama nacional en que Jalisco destaca y se proyecta hacia el internacionalismo por una figura como Alejandro Colunga, yo creo que tú, con otras figuras como Toledo, como Julio Galán, como Rodolfo Morales, serían importantes representantes del panorama nacional, correspondientes a nuestro momento, ¿no crees?

—Sí. Yo no olvidaría a Juan Soriano, y a algunos más que a estas horas de la mañana —yo diría de madrugada— no recuerdo, pero sí, ahorita que los mencionaste, sí quiero decir que yo aprendí mucho de ellos, los quiero mucho y los respeto mucho, me refiero a Galán, a Toledo, a Soriano, a los maestros oaxaqueños, Rodolfo Morales, Rodolfo Nieto y a toda esa pléyade de grandes artistas; al maestro Felguérez. Ante ellos, uno abre su corazón para aprender no sólo como grandes artistas que son, también como grandes seres humanos.

—Hablemos ahora de la magia que ha tamizado tu obra entera, y que desde jovencito te ha acompañado. Recuerdo en las reuniones entre amigos, en las que coincidíamos, de pronto te gustaba la magia, y hacías alguno que otro milagro. Dime, ¿por qué la magia? Supongo que debes haber tenido una infancia muy mágica.

—Sí, la magia está muy ligada al arte. Realmente yo creo que la magia radica en hacerlo todo con amor y no es tanto truco. Tiene que ver con la actitud de, realmente, si no entretener, hacer llegar un sentimiento al espectador, y eso es muy difícil de lograr y hay que trabajar mucho. Yo a los magos que tuve la oportunidad de conocer en algunas ciudades de Estados Unidos y en México, ellos me traducían esos trucos maravillosos en trabajo; en realidad, la magia radica en dos pilares, en el trabajo y en el amor a esto, si no, nada más la magia no se te da, y a mí desde niño siempre me gustó aprender trucos que a veces se convertían en verdadera magia, se vuelven milagros, el milagro de comunicar, que tú lo conoces muy bien, es un milagro el de la comunicación, y cuando se logra es maravilloso.

—Has dicho exactamente la verdad. La intención de la magia, el sentido de lo cotidiano, y el poner la fuerza del amor, la fuerza de la alquimia, ésa es la verdadera fuerza que transforma y que, de pronto, las cosas se van dando y dices, “es más de lo que merezco”, sí, de pronto lo dice uno, pero, en tu caso, yo me imagino —corrijo—, no me imagino, tengo la certeza, de que tú, con cuarenta años dándole y entregando tu trabajo, eres un gran maestro. Vi el video que te hicieron, te vi en ese video jugar con la pintura, y ponerla y quitarla, como te dio la gana. Haces lo que quieres, Alejandro, lo que quieres con la pintura y ella te responde como tu mejor amante.

—¡Has pegado en el clavo, Yolanda! La pintura es la mejor amante, y bueno, da más que pide, y realmente yo me he dado cuenta de que a través de los años ese simple trazo, ese simple color embarrado en la tela y que sale y te sorprende, pues es una reciprocidad; me doy cuenta de que también el arte ama, está vivo, el arte es vivo, cuando uno lo hace con el corazón, y es recíproco, yo le doy pero tal vez ella me da, como cien veces más, como decía un sabio por ahí de la India, si tú te acercas a algo que amas y das un pasito, esa persona va a dar tal vez, mil pasos hacia ti.

—Sí, porque eso es el amor, el amor no es decir “me privo de esto para darlo”, no, es “me reafirmo en esto y crezco porque soy capaz de dar”.

—Sí, y aparece la magia de la generosidad, si eres generoso se te va a regresar una montaña de generosidad, eso es lo que sale, el producto es eso, mucho trabajo con amor.

—Ahora, a propósito de tu trabajo, hay unas características muy especiales tuyas, lo híbrido, mezclas elementos, el animismo: le das vida a los zapatos, por ejemplo, y por otro lado el antropomorfismo, y todos esos aspectos que tú los manejas de manera genial, y la prueba está en que cuando llega uno al museo ahí están las tarántulas, entre que no sabes si te quieren saludar y brincarte como perritos, o te quieren devorar.

—Las zapatarántulas.

—¿Así se llaman?

—Zapatarántulas, sí.

—Y toda esta metamorfosis que tú convocas, ¿de dónde emerge?, ¿realmente de tus pesadillas, como dices?

—Es una mezcla de realidad, irrealidad y pesadillas, y no nada más de pesadillas sino de sueños agradables. Precisamente estaba oyendo a un músico maravilloso que adoro y amo desde niño cuando se me ocurrió hacer esa tarántula que tú ves así, muy monstruosa, pues estaba oyendo a Cri–Crí con el “Che araña”.

—Sí te creo, absolutamente te creo. Cuando les dije que estarías aquí a los amigos radioescuchas, los invité a que hicieran preguntas, esa pregunta que quizá yo no acierto a formular, y más de alguno me decía: “Pregúntale si es creyente”, y bueno, lo hago: ¿En qué cree Alejandro? Con esta intención también estuve viendo algunos de tus cuadros y quizá, el que más me sacudió fue un cuadro que tienes en el centro de la sala, uno enorme, de gran formato, que se llama “La pasión de los locos”, que es una especie de Cristo, y me pregunté yo también: ¿En qué cree Alejandro, hasta qué punto la religiosidad que aparece en varios de sus cuadros, la iconografía religiosa se manifiesta?

—La pregunta es muy difícil, pero afortunadamente tiene una respuesta. Creo que aquí entra la lógica un poco: Yo nací en una familia católica, muy católica, de misa a diario, rosario a diario. Cuando yo era muy pequeño nunca comprendí la religión en su verdadera dimensión, hasta ya un poco más grandecito. Cuando fui creciendo, cuando tuve conciencia de las cosas, y cuando mi madre, que era una mujer muy sabia y muy comprensiva, una mujer todo amor, ella, que veía que nosotros al tener cierta edad ya nos daba flojera ir a misa y todas esas cosas, nos dijo: “Ahora ya están en edad de escoger en qué quieren creer, y en lo que eligen para que sea un sostén en su vida”. Y mira, Yolanda, soy muy sincero, yo no soy muy religioso, pero sí soy creyente. Creo en un ser superior, amoroso, un padre amoroso, un padre tierno, comprensivo, perdonador, que no es exclusivo de ninguna religión.

—Sí. Un principio de amor que cobija el mundo.

—Un principio de amor que cobija todas las razas, todos los colores, no le importan las clases sociales. Entonces, es un amor puro, que si nosotros abrimos nuestro corazón, él llega, no importa cómo, y él está dentro de nosotros, no creo que haya que buscarlo en un templo. Respeto mucho todas estas cuestiones, además es la religión familiar, no es mi intención agredir o faltar al respeto. Por otro lado, yo siempre he sido un gran admirador del arte religioso, y digo religioso porque estoy abarcando todas las religiones.

—De ninguna manera le faltas al respeto a nadie. Te voy a decir: habrá quien pueda calificar un cuadro tuyo de irreverente; bueno, quizá para algunas mentalidades, pero creo que lo haces dándole ligereza a la pesadez y a los formalismos religiosos, lo cual es muy diferente de ser irreverente. En tu obra están presentes la ironía, el juego, la risa, elementos siempre presentes en toda expresión plástica.

—Sí. Mi intención no está chueca, no está torcida, ese cuadro que mencionas...

—“La pasión de los locos”.

—Sí, “La pasión de los locos”. En alguna ocasión me dio por visitar manicomios. Mi hermana Geny, que en paz descanse, trabajaba de administradora en San Juan de Dios, y yo le pedí —como alguna vez lo hizo el Greco y algunos artistas y lo siguen haciendo— que me permitiera acercarme a ver al ser humano que, la verdad, está perdiendo la vida en una locura, ¡quién sabe si es feliz!, o simplemente es un sufrimiento, está sufriendo, y uno contempla la esencia del ser humano. A mí siempre me ha llamado mucho la atención la locura, y a la vez, me ha hecho un poco más ser humano consciente. Yo iba a los manicomios y hacía apuntes. Entonces una enfermera, que me pareció también que estaba un poco alterada y sabía que yo era pintor, me dijo: “Oiga, ¿por qué no le pinta un Cristo a los locos?, ellos tienen derecho, pinte un Cristo loco para los locos, si no cómo se van a entender”. Y eso me puso a pensar profundamente en un Cristo loco, para los locos.

—Efectivamente, “La pasión de los locos”, ¡espléndido!, ¿supongo que pertenece a una colección privada?

—Sí.

—La mayoría de las piezas de la exposición son de colecciones privadas, ¿no?

—Sí. Hay algunas piezas que son de tu servidor, de mi colección personal, pero precisamente están ahí para reforzar la exposición.

—Nuestros amigos preguntan, ¿qué hay del cortometraje o largometraje que se está realizando sobre Alejandro Colunga?

—Hay dos. Nos tienen trabajando muchísimo, en realidad el documental es una manera de informar, el porqué cierto artista, en este caso tu servidor, pinta lo que pinta, y de dónde viene la raíz, de qué pared salió, de qué barrio, de qué ambientación, de qué viaje, y que a mí me parece también muy válido. Yo me estoy divirtiendo mucho, ayer filmamos desde las cinco de la mañana hasta las doce del día en un circo, ¡me vistieron de payaso!, lo cual a mí me encantó, porque el circo es un venero de mi obra, una influencia muy fuerte, como fue el arte religioso, como lo mencioné antes, y esa combinación fue un bombazo en mi vida.

—Pero no te subiste a algún trapecio, ¿o sí?

—Casi lo hago. Pero me volteé a ver la barriga y pensé: “Aquí me voy a reventar, o voy a reventar el trapecio”. Fue una experiencia maravillosa, muy agotadora. ¡Ah!, y también fuimos al barrio de las Nueve Esquinas, que yo sigo adorando; fuimos a la birriería, era como entrevista en el guión de la película, y me hicieron caminar por mis rutas de antes.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
432 s. 38 illüstrasyon
ISBN:
9786077426417
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar