Kitabı oku: «Los bordes del tiempo»

Yazı tipi:






Editorial NUN

Es una marca de Editorial Notas Universitarias, S.A. de C.V.

Xocotla 17, Tlalpan Centro II, alcaldía de Tlalpan, C.P. 14000, Ciudad de México

www.editorialnun.com.mx

© 2021, Editorial Notas Universitarias, S.A. de C.V.

© 2021, Juan Carlos Padilla Monroy

Versión impresa. ISBN: 978-607-99468-3-8

Versión digital. ISBN: 978-607-99468-4-5

El contenido de este libro es responsabilidad del autor

Comentarios sobre la edición a

contacto@editorialnotasuniversitarias.com.mx

Derechos reservados conforme a la ley. No se permite la reproducción total o parcial de esta

publicación, ni registrarse o transmitirse, por un sistema de recuperación de información, por ningún medio o

forma, sea electrónico, mecánico, foto-químico, magnético o electro-óptico, fotocopia, grabación o cualquier

otro sin autorización previa y por escrito de los titulares del Copyright.

La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual

(Arts. 229 y siguientes de la Ley Federal de Derechos de Autor

y Arts. 242 y siguientes del Código Penal)

Dirección editorial y diseño de portada: Miryam Meza Robles

Cuidado de edición: Felipe G. Sierra Beamonte

Corrección de estilo: Lorena García Contreras

Versión digital: Daniel P. Estrella Alvarado

Impreso en México


Índice

Introducción

PRIMERA PARTE

Teoría de la aceleración social en Hartmut Rosa

1  Problema complejo Planteamiento original Alienación sistémica

2  Origen de la aceleración social Las revoluciones industriales Oleadas de aceleración

3  Estudios sobre la modernidad La promesa de la modernidad La dimensión temporal Paradojas de las fuerzas de la modernidad

4  Categorías de aceleración social Aceleración tecnológica Aceleración del cambio social Aceleración del ritmo de la vida

5  Motores de aceleración social Motor económico Motor cultural Motor estructural

6  Desaceleración social Límites naturales de la aceleración Oasis de desaceleración Desaceleración como consecuencia disfuncional Desaceleración funcional e ideológica Inercia cultural-estructural SEGUNDA PARTE Crítica a la teoría de la aceleración social

7  Ontología y epistemología de la temporalidad: delineando los bordes del tiempo Objetividad y subjetividad ontológica y epistémica Ontología del tiempo El espíritu humano como agente ontológico subjetivo Ontología existencial del tiempo Epistemología del tiempo La percepción del tiempo Límites ontológicos y epistémicos en la teoría de la aceleración social

8  Nociones presentes pero no desarrolladas por Hartmut Rosa en la teoría de la aceleración social pertinentes para su crítica Religión Estrategia Resonancia

9  Contraproductividad Animalis accelerated Absurda instrumentalidad

10  Desincronización de la espaciotemporalidad El poder de controlar el tiempo Desincronización tecnológica Consecuencias de la desincronización Discontinuidad El tiempo (des)afortunado

11  Dirección y sentido del tiempo Historia y narración Dirección Sentido del tiempo Contemplación

12  Alteridad y tiempo Positividad y negatividad del mundo Falta de distancia Miedo Respeto y experiencia del otro Tiempo del otro Convivencialidad

13  Tiempo de relación Libertad Aislamiento Comunidad Relación

Conclusiones

Referencias

Introducción

Hartmut Rosa (1965) es un sociólogo y filósofo alemán, catedrático en la Universidad de Jena, Alemania, que ha desarrollado en los últimos quince años una teoría sobre la aceleración social.

La principal preocupación de Hartmut Rosa consiste en comprender por qué el ser humano, a pesar de los avances científicos y tecnológicos del presente siglo, parece que no ha alcanzado un estado de bienestar, una buena vida (good life) a nivel mundial.

En su libro High-Speed Society: Social Acceleration, Power, and Modernity, el autor esboza el marco teórico de su trabajo. Primero, analiza las perspectivas clásicas de la aceleración social a partir de diferentes ámbitos sociales y culturales a través de autores como Henry Adams (historiador), Georg Simmel (sociólogo), Filippo Tommaso Marinetti (artista), John Dewey (pedagogo) y Carl Schmitt (politólogo), lo que demuestra el carácter transdisciplinario que pretende la obra. Segundo, elucida los fundamentos teóricos de una sociedad altamente acelerada, las consecuencias éticas y políticas, la aceleración histórica, las dinámicas espaciotemporales y sus repercusiones respecto al poder y la democracia, a partir de las ideas de intelectuales del siglo xx como Reinhart Koselleck (historiador), Bob Jessop (politólogo), Hermann Lübbe (filósofo) y John Urry (sociólogo). Tercero, estructura las consecuencias políticas de una sociedad acelerada en torno a crisis de gobierno, fuerzas armadas, civilidad y cultura, donde dialoga con pensadores actuales como Paul Virilio (urbanista), Stefan Breuer (sociólogo) y Herfried Münkler, William E. Connolly y William E. Scheuerman (politólogos). Esta primera obra se publicó en 2008 y sirvió como base para el desarrollo de su teoría.

Social Acceleration: A New Theory of Modernity fue publicada en 2013 y ofrece una estructura sólida sobre lo que considera la aceleración social. Primero, sitúa la teoría en el marco del análisis de la modernidad, y afirma que en estos estudios no se ha considerado de forma suficiente la temporalidad como factor determinante; asimismo, aproxima una noción/definición de la aceleración social. En segundo término, indaga sobre los mecanismos y manifestaciones de los fenómenos de aceleración social y explica el balance entre las dimensiones de aceleración y las categorías de inercia; es decir, establece las tres categorías de la aceleración social y expone que estas fuerzas producen resistencias a la aceleración, en otras palabras, las formas de desaceleración social e inercia. Tercero, revisa las causas de la aceleración y establece sus motores mediante la explicación de que, en sinergia, generan autopropulsión, es decir, forman un círculo de aceleración que no se detiene nunca. Y cuarto, observa las consecuencias que genera la aceleración social, tanto desde el impacto en la globalización política y económica, como en aspectos culturales y sociales de la posmodernidad, sus paradojas, la identidad, la temporalidad y la desintegración social.

En 2016 se publicó el primer libro de Hartmut Rosa en idioma español, a cargo de la editorial argentina Katz. El libro pretende ofrecer un bosquejo, desde la teoría crítica, de la teoría de la aceleración social con el objetivo de abrir el diálogo en países de habla hispana. Ya en 2011 la Universidad “Alberto Hurtado” en Chile lo había invitado a dar una conferencia sobre las consecuencias éticas y políticas de una sociedad acelerada, lo que hace pensar que la teoría de la aceleración social ha encontrado mayor eco en Suramérica que en México; sin embargo en los últimos años, cabe mencionar, el autor ha hecho un importante esfuerzo por dar a conocer su trabajo en diferentes foros y universidades de distintas latitudes, incluido México.

Quizás una de las razones por las que la teoría de la aceleración social de Hartmut Rosa no ha alcanzado la notoriedad que amerita es el pesimismo implícito en ella, pues en High-Speed Society habla del inminente “fin de la historia” y la necesidad de permitir que el mundo se siga acelerando, ya que, al ser la aceleración la fuerza productora, la desaceleración no podría contenerla. Surgieron críticas alrededor del mundo y, por ello, en agosto de 2019, publicó su más reciente obra, Resonance: A Sociology of Our Relationship to the World. En ella, elabora una propuesta sociológica frente a los retos del acelerado siglo xxi. “Si la aceleración es el problema, la solución sería la resonancia”, pues la calidad de vida humana no puede medirse en términos de recursos, opciones y momentos de felicidad, más bien se debe considerar la relación con el mundo. Según el autor, todas las crisis de la sociedad moderna (ambiental, democracia, psicológica, etcétera) se pueden entender en términos de resonancia.

El presente libro persigue explicar y responder algunas interrogantes que se desprenden de la teoría de la aceleración social de Hartmut Rosa, la cual cobra mayor relevancia con los cambios sociales suscitados a nivel mundial a partir de la pandemia viral del año 2020. Nuestro trabajo está compuesto por dos partes; la primera se dedica a explicar la teoría de la aceleración social de dicho pensador; hemos intentado contextualizarla en la realidad mexicana y con ejemplos académicos principalmente dirigidos a universitarios, dada la relevancia de dar a conocer a Rosa para que sus ideas y trabajo tengan difusión y susciten más diálogos interdisciplinarios. La segunda parte del libro consiste en una crítica a la teoría de la aceleración social, acompañada por reflexiones interdisciplinarias que buscan robustecer el diálogo con nuestro teórico, empleando ora categorías de autores contemporáneos –algunos, incluso, contrarios a su pensamiento–, ora categorías propias que permitan elevar la discusión en torno a este tema en los ámbitos académicos de habla hispana. En esta segunda parte, hay algunos aspectos que cobran particular relevancia, debido a una relación intrínseca –entre el autor y su obra, así como entre la crítica y la teoría–, uno es la noción heideggeriana de ser-en-el-mundo, implícita en el trabajo de Rosa; otro, la diferenciación lingüística, ontológica y epistémica de John Searle, la cual forma parte esencial de la crítica, pues el tiempo así como las variables que desprende, se comprende a partir de lo que sobre él podemos explicar lingüísticamente.

En la primera parte de este libro proponemos exponer la teoría de la aceleración social en Hartmut Rosa con dos objetivos muy concretos: para dar a conocer la obra del autor de quien sólo se ha impreso un libro en español referente a un trabajo que lleva ya quince años; aunado a ello, con el fin de establecer los aspectos más importantes de su teoría y así poder elaborar una crítica que permita fortalecerla y aprovecharla.

La teoría de la aceleración social constituye un planteamiento complejo debido a que consiste en un trabajo inter y transdisciplinario. Sus categorías se encuentran en la frontera entre la sociología y la filosofía; además, la respuesta a la pregunta en torno a la vida buena, a la que quiere dar respuesta nuestro autor, constituye un problema transversal que se puede mirar desde otras perspectivas tanto científicas (física, medicina, psicología), como humanísticas (historia, antropología, comunicación).

La aceleración social consiste en un fenómeno social que afecta a los miembros individuales de la sociedad, pues se genera sistémicamente; razón por la que las personas entran involuntariamente en el mecanismo aceleratorio, sin prácticamente percatarse de él y con dificultades para reconocerlo y sustraerse de tal aceleración. Su origen puede situarse en el comienzo de la Revolución Industrial, cuando las fuentes de energía permitieron la producción masiva, el aumento en la velocidad de la comunicación y los transportes; desde entonces, se ha desarrollado en periodos que encuentran refuerzos y resistencias, y con el advenimiento de las llamadas segunda y tercera revoluciones industriales, los procesos mismos de la aceleración social se aceleran.

Aun cuando autores como Carlos Marx, Augusto Comte y Norbert Elias han abordado los procesos de transformación históricos de la sociedad, en el caso de los dos primeros, y la comprensión social del tiempo en el segundo, para Hartmut Rosa el problema de los estudios sobre la modernidad es que no han contemplado suficientemente la variable de la temporalidad. Por ello, elabora un análisis de las posturas sociológicas que han intentado explicar la modernidad, así como sus promesas y paradojas. El estudio de los fenómenos sociales nunca podrá ser estático; por eso es necesaria la variable del tiempo, pues las cosas ocurren, acontecen y cambian.

La teoría de la aceleración social contempla tres categorías de aceleración específicas, a saber, la aceleración tecnológica, la aceleración del cambio social y la aceleración del ritmo de la vida. Las dos primeras son más fácilmente apreciables desde una perspectiva sociológica, pero la tercera requiere de un análisis más profundo desde la antropología filosófica y la psicología. Estas categorías sólo establecen los puntos de referencia. Los mecanismos de aceleración constituyen las causas que producen este fenómeno social-individual.

El motor económico de la aceleración social está relacionado con una sociedad altamente competitiva y cuyo eje rector es el dinero; por su parte, el motor cultural se relaciona con la ausencia, en el mundo contemporáneo, de una idea de trascendencia. Por otro lado, también podemos hallar la causa en la promesa de la modernidad, con respecto a la posibilidad de ser y hacer casi cualquier cosa en esta vida. Finalmente, el motor estructural consiste en la asimilación de la aceleración en la vida cotidiana, pues si todo se mueve con mayor velocidad, la única manera de mantener el ritmo es moverse cada vez con mayor velocidad. Cuando todo alrededor cambia, las personas se ven forzadas, estructuralmente, a cambiar con el entorno.

De este modo, llegamos al corazón de la teoría que propone Hartmut Rosa, pues si reconocemos y aceptamos las causas de la aceleración, debemos preocuparnos por las consecuencias y las posibles salidas al problema; es ahí donde surge la denominada desaceleración social, que consiste en una respuesta consecuente, a veces natural y a veces voluntaria, frente al fenómeno social.

El autor propone cinco formas de desaceleración e inercia. Es necesario advertir que el fenómeno desaceleratorio es consecuencia de la propia aceleración, razón por la cual ambas fuerzas, aceleración y desaceleración, no están en balance, pues la primera engendra la segunda. Por su cuenta, las formas de desaceleración social son una crítica y un análisis de las formas de aceleración, pues no todas las cosas del mundo se aceleran o pueden acelerarse, y la velocidad misma, intrínsecamente, tiene límites.

El fenómeno de aceleración se observa sobre todo en las ciudades. No todas las regiones del mundo se aceleran de la misma manera ni al mismo ritmo, pero debemos reconocer que la aceleración social no es un fenómeno que afecta sólo al mundo que habitamos, sino también al modo en que nos relacionamos con él y, necesariamente, a nosotros como parte del mundo en que vivimos. Desde la rebelión de Ned Ludd en el siglo xvii y hasta nuestros días, hay personas que resisten a los cambios sociales, ya sea de manera individual o de manera organizada. El Hartmut Rosa de sus primeros trabajos pensaba que la inercia de aceleración no tenía freno posible, sin embargo, en el último libro, Resonancia, ofrece una respuesta más optimista frente la posibilidad de poner un freno, o quizá, lograr un cambio.

La segunda parte del libro elabora una crítica inter y transdisciplinaria de la teoría de la aceleración social de Hartmut Rosa con el objetivo de enriquecerla y fortalecerla, pues consideramos que el trabajo es esencialmente correcto, pero puede refinarse con el apoyo de otros autores contemporáneos que han hecho observaciones en torno al tiempo dentro de sus respectivos análisis sobre la modernidad. Para ello, hemos optado por adoptar algunas categorías relacionadas con la temporalidad en otros autores y generar algunas propias, de manera que podamos entablar un diálogo siempre constructivo con nuestro autor.

El libro toma el nombre Los bordes del tiempo porque, para hablar de la temporalidad, es necesario revisar, como lo propone John Searle desde la filosofía del lenguaje, sus aspectos ontológicos y epistémicos. El análisis del tiempo es complejísimo, pues implica no sólo la comprensión ontológica del sujeto que tiene un tiempo existencial, sino también la revisión del tiempo del mundo que habita, un mundo que, a su vez, transforma al sujeto y es afectado por éste; asimismo, debemos abordar la epistemología del tiempo, desde su percepción hasta su medición, para delimitar sus bordes. Por si fuera poco, estamos ante una noción tanto abstracta como concreta, en ocasiones superficial y por momentos dramática.

La teoría de la aceleración social no delinea los bordes del tiempo, simplemente asocia observaciones sociológicas con argumentos filosóficos; en este libro proponemos establecer los bordes del tiempo a partir de la teoría de Rosa con el fin de comprender los límites del tiempo mismo y de la teoría dentro de dichos límites.

La complejidad propia de la teoría impide abordar todas sus aristas, pero muchos otros pensadores contemporáneos exploran aspectos relacionados con la aceleración social; considerando lo anterior, en nuestro estudio son pertinentes desde los filósofos Searle y Byung-Chul Han, hasta sociólogos como Zygmunt Baumann o Pierpaolo Donati, pasando por pensadores más polifacéticos como Iván Illich y Steven Pinker, el economista Serge Latouche, el científico Carlo Rovelli o la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt –de la que el mismo Rosa se ha convertido en pionero desde una nueva forma de comprenderla–, sin olvidarnos nunca de los clásicos, que constituyen la base del pensamiento occidental. Todo lo anterior desde la comprensión de que no son los únicos autores con quienes se podría dialogar un fenómeno tan importante como éste, particularmente a partir del año 2020 en que la forma de relacionamos con el mundo está cambiando.

Una de las ventajas de analizar los aspectos ontológicos del tiempo es que nos permite abrir la teoría de Hartmut Rosa hacia una idea de trascendencia (que también precisa su propia temporalidad) no presente en su obra, en buena medida, porque es heredera de la tradición filosófica heideggeriana que contempla al ser-en-el-mundo como uno limitado por el mundo mismo, un ser para la muerte sin más destino que la muerte misma.

A pesar de que la idea de trascendencia escapa a la teoría de la aceleración social, el propio Hartmut Rosa comprende que la religión es un aspecto importante para que la persona tenga cabal serenidad en el mundo; independientemente de la que se profese, el espíritu humano halla una paz que permite pausar la vida cotidiana y despliega la posibilidad de que el ser humano se pueda replantear su existencia en el mundo.

Además de la religión, el propio autor a lo largo de su obra menciona las ideas de estrategia y de resonancia, nociones que reconcilian la negatividad del discurso de Rosa con la posibilidad de una buena vida. Por un lado, la estrategia consistiría en asumir la aceleración del mundo y aprovecharla en propio beneficio, pues el aumento en la velocidad de ciertas actividades puede ser provechosa. Los cambios de ritmo, como cuando corremos o hacemos ejercicio, pueden ser benéficos; una estrategia de aceleración con un objetivo claro sería la forma inteligente de acelerar y frenar el ritmo de la vida intencionalmente. Por su parte, la resonancia consiste en la posibilidad de comunicar a los otros la problemática del sistema inercial de aceleración, de modo tal que cada uno pueda tomar sus propias decisiones para modificar el ritmo de su vida. Si los seres humanos cambian inercial e intencionalmente sus ritmos vitales, necesariamente el sistema institucional del mundo cambia también. Estas tres categorías serían el término medio entre los procesos de aceleración y sus efectos desaceleratorios.

Además de considerar las categorías religión, estrategia y resonancia que el autor contempla, aunque no desarrolla, realizamos una crítica a la teoría de la aceleración social e incorporamos cinco categorías de reflexión adicionales que ayudarían a dar respuesta a la pregunta central de la teoría sobre la buena vida y la manera en que vivimos el tiempo. La primera de las categorías es la contraproductividad, que puede entenderse como la condición adquirida por una herramienta cuando ha perdido la razón por la cual fue creada, o bien, como la herramienta, que es un medio para la obtención de un fin, y se convierte, en sí misma, en un fin.

En el análisis histórico de la condición humana observamos que el ser humano ha modificado su manera de relacionarse con el trabajo, pasando de un animal laborans que debe realizar un trabajo físico que le exige extenuarse, hasta un homo faber que diseña herramientas para facilitar su trabajo. El ser humano debe impedir que sus herramientas, diseñadas para facilitar sus actividades lo regresen a una condición de animal laborans. Esto ocurre cuando dichos objetos se convierten en fines, o bien, al producir más trabajo del que prometían facilitar; en otras palabras, cuando se vuelven contraproductivos.

La segunda de las categorías que sirven como crítica a la teoría de la aceleración social de Hartmut Rosa es la desincronización. Esta categoría se desprende de la aceleración tecnológica, pues las nuevas herramientas que, en teoría, facilitan la vida del ser humano, permiten la sensación de control del tiempo; sin embargo, si las herramientas tecnológicas son contraproductivas, lo que tenemos en realidad es (des)control del tiempo. La desincronización surge cuando se pierde la unidad espaciotemporal en los aspectos subjetivos del tiempo, ontológico y epistémico, y trae como consecuencias la insatisfacción del goce del presente, la impresión de que no se tiene la buena vida que se persigue.

El problema con la desincronización es que rompe la continuidad del tiempo, el ser se encuentra presente espacialmente, pero ausente temporalmente, y esta discontinuidad del tiempo conduce a una acción desafortunada en el timing de la vida cotidiana, lo que equivale, en términos de la mitología helénica, a permitir que Kairos se escape.

Con la idea de que “somos tiempo”, se traza una línea de continuidad histórica, individual en cada ser humano, además de colectiva. Los acontecimientos, al igual que la vida individual de las personas, requieren de una narración pero, como toda narración, se necesita una dirección y un sentido que rija el tiempo que se narra; así, la dirección y el sentido del tiempo son la tercera categoría de nuestro análisis. En la vida cotidiana se usan expresiones como “hay un tiempo para todo” que no es otra cosa que la forma en la cual cada persona da sentido a su tiempo, pues la libertad permite a cada uno, a pesar de las circunstancias de vida, llevar a cabo las acciones que considere convenientes para su existencia, y estas acciones, así como sus consecuencias, sólo son posibles en el tiempo y dejarán, asimismo, una huella en el tiempo.

Uno de los problemas de la aceleración social expuesta por Hartmut Rosa consiste en que las personas ya no se percatan del tiempo cotidiano, la vida se ha vuelto rutinaria y acelerada como el primer satélite artificial Sputnik (que después de ser lanzado al espacio, ya sólo daba vueltas alrededor del planeta sin mayor sentido). A fin de recuperar el sentido del tiempo, es necesario hacer una pausa para contemplar el motivo de nuestras acciones y retomar el rumbo, es decir, la dirección que queremos dar nuestras existencias.

La cuarta categoría sobre la que deseamos hacer una reflexión es la de alteridad. Preferimos esta noción sobre la de otredad, pues implica la capacidad no sólo de ser otro, sino también de ser distinto con respecto a lo demás que hay en el mundo, mientras que otredad se refiere más a la distinción del sí mismo como otro. Como quiera que sea, la alteridad es todo lo que hay en el mundo, lo animado e inanimado, lo completamente distinto y, por supuesto, los otros similares a mí, con quienes comparto mi habitar el mundo. Todos juntos ofrecen negatividad y resistencia hacia mí y no me permiten asimilarme en ellos, ni yo a ellos diluirse en mí. Esta resistencia dolorosa y negativa permite al sujeto forjar una personalidad auténtica que se encuentra a sí misma en el tiempo, en su afectación por los demás.

La persona que se forja en la interacción del ser con el mundo podrá comprender al mundo, si y sólo si logra vivir y superar la paradoja de ser-en-el-mundo sin ser el mundo y acepta que su permanencia es temporal en él. Los griegos no estaban equivocados al sostener que el hombre virtuoso va construyéndose en el tiempo, pues incluso él se puede corromper en el tiempo y permanecer, aristotélicamente hablando, en el justo medio; se trata de un arte, como es un arte vivir una vida en el mundo tardomoderno del siglo xxi gozosa y trascendentemente o, en términos de Hartmut Rosa, viviendo una buena vida (una vida que sea buena y merezca llamarse como tal).

La última categoría que desarrollamos en este trabajo es la de relación, pues tanto la vida del ser humano, como la existencia ontológica y epistémica del tiempo es en relación con algo. La gran aportación de la física de Einstein en esta crítica de la teoría de la aceleración social es, precisamente, su teoría de la relatividad: relatividad y relación son quizá las caras de la misma moneda; aunque una palabra pueda ser empleada como concepto riguroso y la otra como simple noción, en el fondo son relacionales.

Las relaciones sociales son múltiples para un ser humano y cambian constantemente en el tiempo, de ahí su relatividad. Pero en la relación del ser con la alteridad es donde cobran sentido la existencia y el tiempo, el ser y el estar, el aquí y el ahora, perdidos en el acelerado mundo en que vivimos. Cuanto más próximo se encuentra un objeto o una persona, más se le conoce y más tiempo se pasa con él; su relación se vuelve más estrecha y su resistencia es mayor entre sí. La negatividad es la que mantiene con vida la relación, y si en algún momento dado la relación rompe su sentido, necesariamente extravía el sentido también, la alteridad se aleja y el ser encuentra otra alteridad para relacionarse, crecer, acercarse o alejarse.

La teoría de la aceleración social es relevante porque el mundo moderno ha perdido sus relaciones y las ha reemplazado por conexiones que, en el fondo, no ofrecen ninguna resistencia ni negatividad. Una persona que pasa su vida a gran velocidad podrá encontrar mucha alteridad a su alrededor, pero si no entra en relación con ella, porque la velocidad deforma todo cuanto encuentra, jamás entrará en una relación y tan pronto como la observe, la perderá.

El propósito de este libro consiste en referir la aceleración social en Hartmut Rosa a sus aspectos antropológicos, con el objetivo de fortalecer la teoría en el ámbito filosófico, pues estamos comprometidos con su legítima preocupación, cuya complejidad requiere soporte y reflexión. Quizá este soporte permita establecer nociones más precisas para lograr mediciones asequibles para un estudio interdisciplinario de la aceleración social.

Finalmente, por respeto a las ideas de Rosa y precaución por si el lector deseara desarrollar algún trabajo a partir de las referencias expuestas en este libro, se podrá advertir que las citas correspondientes a sus obras se encuentran tanto en el interior del texto como en notas a pie de página; esto se debe a que la cita en español es una traducción propia de la obra consultada en inglés, y la original en inglés (que se encuentra al pie de página) es directamente de Hartmut Rosa, quien escribió estas obras en esa lengua –a pesar de ser un autor alemán–. Es decir, no se trata de una traducción al inglés del alemán original, sino de escritura en inglés del mismo autor; en ese sentido, prefiero ofrecer al lector una traducción personal de la obra y permitir también que se lea directamente a Rosa en el idioma original.

PRIMERA PARTE

Teoría de la aceleración social

en Hartmut Rosa


CAPÍTULO 1

Problema complejo

Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que has soñado en tu filosofía.

William Shakespeare

El filósofo y sociólogo alemán Hartmut Rosa (1965) ha desarrollado una teoría sobre la aceleración social a partir de la cual busca explicar en qué consiste y cómo puede ser superada la paradoja del tiempo en el mundo tardomoderno del siglo xxi. Así escribe su objetivo: “Mi tesis será que la aceleración corresponde a una desnaturalización de la experiencia tradicional del tiempo”.[1] Ciertamente, se habrá de comprender en qué consiste esta paradoja del tiempo y qué debemos entender por “experiencia tradicional del tiempo”; sin embargo, debemos asumir en su totalidad la preocupación de nuestro autor si deseamos resolver algunos de los problemas derivados de su teoría. Ahora bien, para entender dicha teoría, es preciso advertir y también aceptar al menos dos cuestiones generales, pero fundamentales e inherentes a la propuesta, mismas que delimitan sus alcances.

El primer gran problema es que se encuentra en los límites entre la sociología y la filosofía: es un trabajo sociológico porque busca comprender el actuar humano en el velociférico siglo xxi; asimismo, es filosófica, pues su elemento constitutivo es la temporalidad humana, uno de los temas filosóficos más comentados en la historia.

Precisamente, es por este problema general que la teoría de Rosa ha recibido fuertes críticas; por un lado, sus afirmaciones se basan en observaciones de las experiencias y el comentario que otros autores han hecho sobre estas mismas; por otro, sus nociones no son fácilmente medibles ni conceptualizables.

La segunda cuestión general se desprende de la anterior, pues el término de aceleración social carece todavía de una definición clara y práctica debido a la complejidad de su planteamiento, ya que implica una multiplicidad de variables tanto objetivas como subjetivas, filosóficas y sociológicas, físicas, biológicas, culturales, etcétera. Entendamos complejidad como la concibe Edgar Morin: “Es complejo aquello que no puede resumirse en una palabra maestra, aquello que no puede retrotraerse a una ley, aquello que no puede reducirse a una idea simple”.[2]

El pensamiento complejo enfrenta al “paradigma de simplificación”, el cual postula como principio de verdad las “ideas claras y distintas” que desde el siglo xvii han gobernado los conceptos de algunas ciencias para ordenar racionalmente su campo de estudio; en ese sentido, el pensamiento complejo de Morin “integra lo más posible los modos simplificadores de pensar, pero rechaza las consecuencias mutilantes, reduccionistas, unidimensionalizantes y finalmente cegadoras de una simplificación que se toma por reflejo de aquello que hubiere de real en la realidad”.[3] El pensamiento complejo aspira al conocimiento multidimensional, pero comprende desde el comienzo su imposibilidad de saberlo todo.

Para Morin, la complejidad requiere una “vocación transdisciplinar”,[4] y su desafío consiste en pensar complejamente como método de acción en cualquier campo del conocimiento; es decir, requiere comprender la entropía y la neguentropía[5] del ser humano en su entorno. La aceleración social contempla aspectos de la experiencia humana en el mundo, en su ser biológico y cultural, donde la complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, lo inextricable, el desorden, la ambigüedad y la incertidumbre.

Metodológicamente, la complejidad no busca ir de lo simple a lo complejo, sino de la complejidad hacia aún más complejidad; se trata de una “epistemología abierta”, en especial cuando se habla en términos de autonomía humana –que implica subjetividad–, como lo hace Hartmut Rosa.

Asumir la complejidad de un problema es aceptar sus contradicciones; de hecho, el mismo Rosa lo vislumbra cuando habla de las paradojas de las fuerzas de la modernidad (de las que hablaremos más adelante), y no conforme con ello, aún pretende complicar más la investigación agregando la temporalidad como variable.

Morin habla de tres principios para pensar la complejidad: el principio dialógico, aquel que nace del encuentro entre dos tipos de entidades; el principio de recursividad organizacional, el cual se asemeja al proceso de un remolino donde cada momento es producido y, al mismo tiempo, productor del fenómeno; y el principio hologramático, que hace alusión a un holograma físico donde el menor punto de la imagen del holograma contiene la casi totalidad de la información del objeto representado, lo cual está presente en el mundo biológico y en el sociológico. La teoría de la aceleración social, como veremos, cumple con los tres requisitos propuestos por el pensamiento complejo y, por ello, debemos considerarlo también como un problema complejo.

Pareciera que el estudio de la aceleración social es una empresa quijotesca donde la locura del hidalgo lo llevará a enfrentarse con molinos de viento; sin embargo, el riesgo vale la pena, aunque la causa pueda aparentar estar perdida, pues sólo las causas perdidas merecen ser luchadas. De esa forma, “la complejidad es el desafío, no la respuesta”, como sugiere Morin; y el desafío que plantea la teoría de la aceleración social en Rosa es enorme y muy complejo.

A continuación, expondremos las preocupaciones que llevaron a Hartmut Rosa a desarrollar su teoría. Los problemas planteados son complejos y requerirán una explicación amplia para su comprensión y para realizar una crítica que aporte luz a los estudios de la modernidad en el intrincado siglo xxi.

Planteamiento original

Aunque la teoría de la aceleración social busca exponer las razones por las que el mundo del siglo xxi vive cada vez a mayor velocidad, la preocupación filosófica de fondo, para Hartmut Rosa, consiste en saber cómo es la vida de los habitantes del planeta en el siglo xxi. Por lo anterior, la cuestión fundamental consiste en saber: ¿qué es una buena vida[6] y por qué no la tenemos?, pues en opinión del autor, los avances tecnológicos y científicos no sólo no han garantizado, como prometían, una vida mejor, sino que están llevando a la humanidad al fin de su historia y al mundo a su destrucción. En ese sentido, y en buena medida por esta razón, Rosa se ha convertido además de un continuador de la teoría crítica emanada de la Escuela de Frankfurt, en uno de sus representantes más efervescentes y con una visión potenciadora.

Adopta la noción de buena vida de Charles Taylor, quien afirma, sólo puede alcanzarse si se conjugan la realización de los “mejores bienes” para la sociedad, con el compromiso de los individuos para el “buen uso” de aquellos bienes:

La identidad de los seres humanos está necesariamente constituida por lo que él llama ‘evaluación fuerte’, es decir, la interrelación de 1. Una distinción entre un bien o conjunto de bienes que se consideran incomparablemente más altos en valor que otros bienes (o valores) y 2. Los correspondientes compromisos motivacionales o de actitud por parte del agente con esos puntos de vista evaluativos.[7]

Esta visión anglosajona le permite a Rosa separar su investigación en dos rubros generales, uno normativo y otro teórico-sociológico, al que dedica la mayor parte de su trabajo. En este libro, analizamos los aspectos filosófico-sociales que permiten una aproximación para una idea más actualizada de buena vida, aunque dejamos abierto el planteamiento sobre la posibilidad y conveniencia de una regulación normativa en favor de políticas públicas para la desaceleración social.

Con el fin de analizar los aspectos sociológicos de la buena vida, es necesario indagar cómo se emplea el tiempo en el siglo xxi, a qué actividades y por qué motivo se invierte más tiempo en unas cosas y no en otras.

Cómo queremos pasar nuestro tiempo. Consideraciones como éstas han llevado a Rosa más recientemente a hacer la afirmación aún más fuerte de que ‘el objetivo último, aunque en su mayor parte tácito, y también a menudo inconsciente de la sociología es la cuestión de la buena vida, o más precisamente: el análisis de las condiciones sociales en las que una vida exitosa es ‘posible’.[8]

Ésta es quizá una de las grandes paradojas de la modernidad, pues a pesar de tener más tiempo disponible para la realización de actividades de ocio, gracias al ahorro de tiempo que permiten la ciencia y la tecnología, el empleo del tiempo es “mal gastado”, o bien, hay la impresión de que no es suficiente; así, surge la pregunta sobre la buena vida, la longevidad, la experiencia, las acciones cotidianas y las extraordinarias, la salud, la utilidad, la trascendencia, etcétera. Sin embargo, la complejidad de la noción de buena vida radica en la gran variedad de ideas en torno y la validez que cada una desentraña. Ahora bien, Hartmut Rosa apunta una paradoja entre libertad y sentimiento de dominación/sometimiento derivada del ahorro de tiempo en las sociedades tardomodernas:

Hay una enorme pluralidad de concepciones de la buena vida y una libertad de elección de mayor alcance entre el sinnúmero de opciones que presentan todas las esferas de la vida. Por lo tanto, las sociedades y los individuos modenos se experimentan, con toda la razón, como ‘excesivamente libres’. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo podemos estar completamente libres y, sin embargo, excesivamente coordinados, regulados y sincronizados, en ambos casos en un grado sin precedentes? Mientras los individuos se experimentan como completamente libres, también se sienten completamente dominados por una lista excesiva y en constante crecimiento de exigencias sociales.[9]

Resulta sorprendente, mas no extraño, que el ser humano viva contradicciones como ésta porque la lógica huye naturalmente de las paradojas, sin embargo, se acostumbra y se adapta a ellas. Por ejemplo, los atletas son capaces de llevar la resistencia física a niveles increíbles y extenuantes, y estas acciones son en cierto grado ilógicas, pero el cuerpo se acostumbra y adapta a estos extremos.

Existen acciones cotidianas cuyos efectos y consecuencias ya no se ponen en cuestión; acciones normalizadas por algún tipo de obligatoriedad, las cuales en ocasiones se admite, son poco importantes y, no obstante, son llevadas a cabo como justificación por algún deber, sentimiento de culpa, o por cualquier otra razón más o menos coherente.

Me atrevo a decir que en ninguna parte fuera de la esfera de la modernidad occidental, se justifican tan constantemente las acciones cotidianas a través de la retórica del ‘deber’: siempre legítimamente lo que estamos haciendo ante nosotros mismos y antes los demás en función de alguna demanda externa: ‘Realmente tengo que ir a trabajar ahora’, ‘Realmente debo completar mi declaración de impuestos’, ‘Necesito hacer algo por mi estado físico’, ‘Tengo que aprender un idioma extranjero’, ‘Ahora tengo que actualizar mi software o hardware’, ‘Tengo que ponerme al día con las noticias’ –la lista es infinita– y, al final, ‘Realmente tenemos que hacer algo para relajarnos, calmarnos y descansar un poco’. Si no lo hacemos, estaremos amenazados por un infarto, por la depresión o por el agotamiento profesional. La vida cotidiana se ha transformado en un sofocante mar de demandas.[10]

La libertad, la autonomía y la flexibilidad que prometía la modernidad se han convertido, de acuerdo con el autor, en una falsa promesa, en una expectativa no cumplida y en un lastre para las sociedades contemporáneas, pues no hay tiempo para satisfacer todas las posibilidades que el mundo ofrece, de forma que se genera un sentimiento de culpabilidad e impotencia. Por este motivo, los estudios sobre la modernidad deben considerar la variable de la temporalidad en sus investigaciones.

Como ha estudiado la sociología, los seres humanos cumplen con un rol social que consiste en cumplir con un papel de representación o una expectativa que en ocasiones no se alcanzan a cumplir; el incumplimiento de esta expectativa genera un sentimiento de culpabilidad que afecta directamente en la visión que tiene el sujeto sobre sí mismo y sobre el mundo. Con este panorama, es fundamental comprender las causas de este sentimiento de culpabilidad, además de los efectos y las consecuencias que produce.

Aunque no se ha concretado una definición de buena vida, esta aventura: “Podría ser, al final, aquella que es rica en experiencias multidimensionales de ‘resonancia’; una vida que vibra a lo largo de ‘ejes de resonancia’”,[11] si entendemos resonancia como los signos que advierten que una persona ha logrado una buena vida y son visibles para el prójimo. Nuestra misión consistirá en descubrir dónde se pueden encontrar estas resonancias, o bien, las condiciones bajo las cuales es posible alcanzarla.

Alienación sistémica

Hasta el momento, hemos comprendido la principal preocupación de Hartmut Rosa en la pregunta sobre la buena vida, pero debemos entender por qué la teoría de la aceleración es sociológica y no únicamente filosófica, además de asumir la investigación sobre la temporalidad como perspectiva en el análisis.

Ya hemos señalado que la aceleración social es un problema complejo, que existen una serie de paradojas temporales ceñidas a la relación ser-mundo en donde el ser humano no alcanza una plena satisfacción de su existencia; se ha mencionado también que el hombre no parece administrar su tiempo de manera óptima, pero esta incapacidad de administración del tiempo no es meramente subjetiva, pues, si así fuera, sólo algunas personas sentirían la presión del tiempo en su vida. Si bien este no es un problema universal, sí es uno general, por lo que se sospecha que además es un problema objetivo concerniente al mundo, ciertamente a uno generado por el ser humano y, por lo mismo, a un sistema, en términos sociológicos, que ha rebasado la capacidad misma de los individuos. Por lo anterior, Rosa afirma que también se trata de una alienación: “La aceleración social conduce a formas de alienación social graves y empíricamente observables, que pueden ser consideradas como el obstáculo principal para la realización del concepto de una buena vida en la sociedad tardo moderna”.[12]

Esta alienación, producto de la aceleración social, afecta a todos los individuos sin distinción de posiciones laborales, económicas, sociales o culturales; aunque, como se verá más adelante, la aceleración social está mayormente presente en las grandes ciudades.

Cuanto mayor sea el grado de relación con los motores que impulsan la aceleración social, mayor será la alienación que ese individuo sufra y, probablemente, le sea más difícil desacelerarse.

En prácticamente cualquier campo de trabajo, los empleados (y también los empleadores) se quejan de que el tiempo que dedican a sus asuntos centrales va disminuyendo. Esto es válido para el tiempo que pasan los médicos con sus pacientes, el tiempo que los profesores dedican a enseñar o educar, el tiempo que los científicos pasan investigando, etc. En última instancia, la queja de que ‘nunca llegamos a hacer’ lo que ‘realmente queremos hacer’ está basada simplemente en el hecho que […] la lista de las ‘cosas por hacer’ se va alargando en todas las esferas, año tras año. La ‘retórica del deber’ revela este sentimiento instintivo de alienación con toda claridad: que tendamos a justificar todo lo que hagamos con frases que parecen excusas del tipo ‘realmente tengo que (leer las noticias, actualizar mi ordenador, rellenar el formulario de impuestos, comprarme ropa nueva, etc.) y lo tengo que hacer ahora’ constituye una indicación inconfundible de la medida en la que consideramos estas actividades como heterónomas.[13]

La normalización de nuestras actividades cotidianas impide que el sujeto se percate del grado de aceleración social que lo envuelve, pues el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de adaptación que le permite sobrevivir a diferentes escenarios. Así como se adapta al clima (o al cambio climático), a un nuevo integrante en el hogar, a la velocidad de los transportes, de igual modo, también a los cambios en la velocidad de sus actividades cotidianas.

Es relevante conocer la manera en que el ser humano reacciona frente a los estímulos del mundo y la forma en que es afectado por ellos. En ocasiones, el sujeto es consciente de su entorno, pero en otras no; por ello, comenta el científico alemán Stefan Klein, en referencia a la aceleración social, “la atención es un bien preciado”. En ese sentido, dicha capacidad es contraria a la tendencia en el mundo tardomoderno que se caracteriza por realizar un número cada vez mayor de actividades simultáneas: “Como han demostrado los neurocientíficos, el cerebro sólo puede ejecutar conscientemente una actividad a la vez. La atención de alguien que, sin embargo, trata de responder un correo electrónico mientras habla por teléfono, debe necesariamente saltar de un lado a otro”.[14]

La atención es un factor determinante, sin embargo, el creciente número de actividades de nuestra vida cotidiana merma esta capacidad cognitivo-espiritual que nos vincula con nosotros mismos, especialmente en este siglo, cuando las tecnologías de información parecen obligar a estar en todos los lugares al mismo tiempo. Sin la atención puesta enteramente en la actividades que realizamos, corremos el riesgo de no vivirlas satisfactoriamente y, por tanto, perder parte de la experiencia que implica.

Esto se debe a que el cerebro no puede procesar toda esta nueva información tan rápido como la recibimos. Sólo hay dos soluciones a este dilema. La primera alternativa es dedicar menos tiempo a cada estímulo individual, pasando a la siguiente información tan pronto como llegue. La segunda alternativa es seleccionar lo que queremos. Simplemente ignoramos la información entrante para pasar más tiempo procesando la información recibida previamente.[15]

El ser humano tiene capacidades limitadas, pero la tecnología nos hace creer que el límite de esas capacidades es superlativo y el desarrollo de la ciencia y la tecnología no tiene freno. Por esta razón, se piensa que la capacidad humana de abarcarlo todo tampoco terminará; no obstante, es claro que el uso de las herramientas tecnológicas del siglo xxi, si bien es cierto son favorables al individuo, también es cierto que desvinculan las relaciones humanas. Respecto a ello, afirma Stefan Klein que la alta velocidad en la que vivimos en la actualidad es adictiva: “Sólo cuenta la sensación más fuerte. Un día de alta velocidad tiene un efecto similar. El tempo es adictivo. Al igual que los adictos, no sólo perdemos nuestra efectividad sino también, y mucho peor, la libertad de autocontrol”.[16]

El tiempo se convierte en adicción porque, como veremos más adelante, su asociación con los límites humanos y el dinero alimenta el ansia por hacer y tener más de lo que se puede hacer y tener; sin embargo, esta ansia se nutre socialmente, depende no sólo de las exigencias y satisfacciones personales, sino de la demanda social misma que ha alienado indirectamente al ser humano en un sistema. El mismo Hartmut Rosa señala que “el capitalismo genera nuevas formas organizativas, nuevas tecnologías, nuevos estilos de vida, nuevas modalidades de producción y explotación y, por lo tanto, nuevas definiciones sociales objetivas del espacio temporal”.[17]

La razón por la que estamos tan ocupados siempre y mantiene la preferencia de las sociedades contemporáneas de vivir con alta velocidad sobre actividades que requieren tiempo, es la interdependencia que el individuo adquiere como parte de un sistema donde detenerse a meditar, reflexionar o tomarse un tiempo no es posible si se quiere conservar un statu quo. Ya hemos apuntado la importancia que tiene la normalización y atención de nuestras actividades cotidianas en la conciencia que cada persona puede generar sobre su particular forma de alienación con el sistema: “La medida en que el tiempo se convierte en un problema en este plano también depende del grado de rutinización y habituación”,[18] comenta Rosa en otro de sus libros.

Se vuelve necesario indagar sobre la temporalidad en el mundo contemporáneo, ya que gran parte de su problemática radica en comprender cómo se emplea el tiempo en el siglo xxi. De acuerdo con Hartmut Rosa, una forma de estudiar las estructuras sociales contemporáneas y la calidad de la vida es centrando las investigaciones en los patrones de la temporalidad humana: ‘Sostengo que las sociedades modernas están reguladas, coordinadas y dominadas por un preciso y estricto régimen temporal que no está articulado en términos éticos’.[19]

Por este motivo, dicho autor insiste en la necesidad de incorporar a los estudios sobre la modernidad la variable de la temporalidad, pero precisamos, hay que hacerlo tanto en el ámbito sociológico como en el filosófico para abarcar un espectro más amplio de complejidad, pues la falta de comprensión de la complejidad de estos estudios dificulta la elaboración de una teoría. Siguiendo al sociólogo Werner Bergmann, respecto a la necesidad de conexiones entre los fenómenos de los diferentes ámbitos de la vida cotidiana, Rosa comenta:

[Werner] Bergmann afirma que el principal obstáculo para la sociología del tiempo consiste en la falta de una conexión sistémica bien fundada con la formación de la teoría sociológica general. Como regla general, los estudios sociocientíficos existentes sobre el tiempo se basan en modelos de tiempo pre-teóricos y seleccionados arbitrariamente que en su mayor parte se basan libremente en conceptos filosóficos, antropológicos o incluso cotidianos. Como consecuencia, la literatura sociológica sobre el tiempo se compone de una variedad de estudios no relacionados, no acumulativos, que son virtualmente ‘solipsistas’, ya que carecen de una conexión suficiente con los enfoques generales en la teoría social.[20]

Debemos admitir también que, así como no hay conexiones entre las diferentes teorías sociales, tampoco las hay en el ámbito filosófico. Muchos autores han hablado sobre la temporalidad, algunos de ellos conectan entre sí de manera interdependiente, pero cada uno busca explicar la temporalidad en sus propios términos, es decir, ajustando los conceptos en beneficio de sus propios sistemas de pensamiento.

Los conceptos filosóficos del tiempo, formulados por san Agustín, Immanuel Kant, Henri-Louis Bergson, John Ellis McTaggart, Martin Heidegger o Margaret Mead y debatidos en su contexto, no son menos heterogéneos, inconmensurables e incompatibles. Estos pensadores no están de acuerdo con las preguntas más elementales sobre la realidad del tiempo, ya sea una categoría natural, una que pertenece a la intuición o la comprensión, o más bien una construcción social.[21]

Como se puede leer en la cita anterior, la conexión más elemental de la temporalidad es la dicotomía entre el tiempo del mundo y el tiempo de la vida, y es en esta dicotomía donde juzga Rosa que no se ha conseguido una conceptualización más eficiente. Por lo anterior, resulta indispensable estudiar ambos parámetros, objetivos y subjetivos, para abarcar la complejidad del mundo a partir de la viable temporal, y hacerlo desde los ámbitos filosófico y sociológico. Para ahondar más al respecto, haremos un breve análisis.

Objetivamente hablando, podemos encontrar cuatro maneras de medir la velocidad de las acciones cotidianas:

1 La aceleración de las acciones mismas; por ejemplo, caminar, comer o leer más rápido, etcétera.

2 La reducción o eliminación de actividades cotidianas; por ejemplo, comer en la oficina, eliminar la siesta, solicitar informes ejecutivos, etcétera.

3 Acciones que se realizan de modo simultáneo (multitasking), como trabajar y escuchar música, ver televisión y hablar por teléfono, cocinar y usar aplicaciones móviles, etcétera.

4 El cambio de actividades que requerían tiempo por actividades que lo ahorran; por ejemplo, en lugar de cocinar pedir una pizza, en lugar de caminar “pedir un Uber”, en lugar de pasear al perro pagar a un paseador, etcétera.

Todos estos cambios son observables y medibles en la vida cotidiana, son causa de aceleración social y producen, a su vez, consecuencias observables y medibles. Comenta Hartmut Rosa: “La duración promedio del sueño ha caído alrededor de 30 minutos desde la década de 1970 y 2 horas desde el siglo anterior”.[22]

Otra de las consecuencias de estas actividades objetivamente medibles es la afección subjetiva que produce; siguiendo al sociólogo Gerhard Schulze, “el ritmo de la vida, en particular en la sociedad tardomoderna, está determinado no sólo por el número de episodios de acción sino también por la cantidad de episodios de experiencias […] no todas las experiencias pueden calificarse como acciones”;[23] por ello, resulta necesario revisar también los parámetros subjetivos de la experiencia del tiempo.

Subjetivamente hablando, el tiempo se mide como experiencia del tiempo y, aunque su medición es más compleja, no deja de ofrecer datos útiles y medibles objetivamente:

La cantidad de personas de dieciocho a sesenta y cuatro años de edad que indica que siempre sienten prisa o una presión por debajo del tiempo, aumentó en etapas entre 1965 y 1992 del 24 por ciento al 38 por ciento, mientras que la cantidad de quienes casi nunca se sintieron bajo la presión del tiempo es la misma en el mismo periodo y cayó del 27 por ciento al 18 por ciento.[24]

La conclusión del dato expuesto anteriormente muestra que hay una sensación generalizada de que el tiempo escasea, a pesar de la evidencia del incremento del tiempo libre. En ese sentido, afirmamos que la paradoja de la temporalidad tiene un matiz subjetivo con base en una evidencia objetiva.

Esta paradoja de la temporalidad produce el temor por “perder el tiempo” y/o “no aprovechar el tiempo”; la gente desea naturalmente una vida llena de experiencias, pero se frustra al no poder alcanzarla en lo que coloquialmente llamamos círculo vicioso, o bien, en términos de Hartmut Rosa, como en la rueda de un hámster (hamster wheel).

La inercia cultural, a la que haremos referencia más adelante, fuerza al ser humano a acelerar el ritmo de su vida para alcanzar la plenitud que ha imaginado, pero el mundo tardomoderno, en su complejidad, impide que los individuos logren su objetivo y los lleva a incrementar sus frustraciones. Esto es lo que Rosa ha denominado como slipping slope syndrome.

El miedo a perder cosas (valiosas) y, por lo tanto, el deseo de aumentar el ritmo de la vida son el resultado de un programa cultural que comenzó a desarrollarse en la modernidad temprana y consiste en hacer que la propia vida sea más plena y más rica en experiencia a través de un proceso acelerado ‘saborear las opciones mundanas’, es decir, aumentando la tasa de experiencia, y por lo tanto realizando una ‘buena vida’. La promesa cultural de la aceleración reside en esta idea. Como resultado, los sujetos quieren vivir más rápido [...] La compulsión por adaptarse es una consecuencia de la dinámica estructural de las sociedades modernas tardías, más específicamente de la aceleración del cambio social.[25]

Una de las dificultades que atraviesa la medición de la experiencia del tiempo consiste en que, para algunas personas, invertir el tiempo en ciertas actividades, pensemos acudir a una ópera, es una experiencia radicalmente distinta a la que otros pueden tener. Una forma de definir este fenómeno podría ser como experiencias cortas y experiencias largas de tiempo; por ejemplo, el tiempo que representa ver televisión o jugar videojuegos resulta en una experiencia corta con una inversión larga de tiempo. Lo mismo ocurre con Facebook y otros servicios de red social, donde un usuario percibe que pasa poco tiempo viendo los contenidos publicados, pero en realidad invierte mucho en ellos, casi siempre acompañado por cierta preocupación o arrepentimiento por un “mal gasto de tiempo”.

Está incrementando el número de personas preocupadas por lo que hemos denominado de manera general paradoja del tiempo. No sólo sociólogos como Hartmut Rosa y sus colegas alemanes, también filósofos como Byung-Chul Han e incluso economistas como Serge Latouche han escrito sobre la materia en las obras El aroma del tiempo, en el caso del primero, y La era del decrecimiento y Salir de la sociedad de consumo, en el caso del segundo. Esta tendencia nos lleva a pensar que se hablará sobre aceleración social, en éste o en otros términos, a lo largo del presente siglo, pues la dinámica social misma va empujando a ello desde diferentes perspectivas de estudio. La principal preocupación de las personas que han comentado esta paradoja gira en torno a la necesidad de encontrar una solución para desacelerar la vida humana.

Como veremos más adelante, la desaceleración social es sólo una respuesta parcial a la aceleración; en ese sentido, ya existen movimientos sociales, culturales e incluso políticos como los propuestos por la ciudad de Kinsale en Irlanda o el movimiento Cittaslow,[26] donde voluntariamente se vive de un modo menos acelerado. Respecto a ello, Hartmut Rosa comenta: “luego, a finales de la sociedad moderna, la lentitud definitivamente puede convertirse en un marcador distintivo”.[27]

Para comprender el comportamiento social en las sociedades tardomodernas, es esencial preguntarnos por el uso del tiempo cotidiano en relación con las dinámicas sociales-estructurales de la sociedad que se analice, pues de acuerdo con Hartmut Rosa: “[…] el flujo del tiempo mismo se acelera por razones socioestructurales”.[28]

Al sistema social-estructural formado en la modernidad a partir de la Revolución Industrial, le es ajeno el ritmo de vida de las personas, sin embargo, su fuerza de condicionamiento es brutal; es obvio que un régimen de trabajo (tiempo) que es indiferente a los ritmos individuales de trabajo durante un día, una semana, un año o la carrera, no preguntará si la persona está actualmente afectada o tiene un resfriado.

El motivo por el que se ha hecho más difícil vivir en el mundo contemporáneo es precisamente porque está fuera del control del ser humano; su complejidad lo ha rebasado y no ha encontrado el modo de volverlo a domar, en esto radica la inconsistencia entre el tiempo de la vida y el tiempo del mundo, entre la objetividad y la subjetividad del tiempo. Para nuestro autor: “La sensación de escasez de tiempo surge de la diferencia entre la complejidad del mundo, el horizonte de lo posible y la capacidad de procesamiento del sistema”.[29]

La teoría de la aceleración social de Hartmut Rosa es una base a partir de la cual debemos explorar los límites de la buena vida no sólo desde la filosofía y la sociología, o desde sus causas y consecuencias, sino también a partir de sus conexiones económicas y políticas.

[1] Hartmut Rosa, High-speed Society: Social Acceleration, Power, and Modernity, The Pennsylvania State University Press, 2010, p. 116. “My thesis will be that acceleration corresponds to a denaturalization of the hitherto traditional experience of time”.

[2] Edgar Morin, Introducción al pensamiento complejo, Barcelona, Gedisa, 2007, p. 21.

[3] Ibid., p. 22.

[4] El propio Morán refiere que “transdisciplinaria significa, hoy, indisciplinaria”, abierto a múltiples posibilidades. Véase Edgar Morin, Introducción al pensamiento…, p. 79.

[5] En las ciencias, la entropía indica el grado de desorden molecular de un sistema y la neguentropía es la tendencia natural de que un sistema se modifique de acuerdo con la estructura que lo constituye gracias, a su vez, a las subestructuras del propio sistema.

[6] “Good life” es una noción de controvertida traducción al español (“vida buena” / “buena vida”) y compleja por todas sus implicaciones. Hartmut Rosa prefiere utilizar la expresión buena vida, por lo que optamos por comprenderla de este modo.

[7] Cfr. Charles Taylor, Human Agency and Language: Philosophical Papers, citado por Hartmut Rosa, Social Acceleration: A New Theory of Modernity. New Directions in Critical Theory, Nueva York, Columbia University Press, 2013, p. xxvii. “Identity of human beings is necessarily constituted by what he calls “strong evaluation”, namely, the interrelation of 1. a distinction between some good or set of goods that are seen as incomparably higher in worth than other goods (or values) and 2. the corresponding motivational or attitudinal commitments on the part of the agent with those evaluative views”.

[8] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. xxx. “How we want to spend’ our time. Considerations like these have led Rosa more recently to make the even stronger claim that “the ultimate, though mostly unspoken, and also often unconscious object of sociology is the question of the good life, or more precisely: the analysis of the social conditions under which a successful life is ‘possible’”.

[9] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración: hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Buenos Aires, Katz Editores, 2016, p. 131.

[10] Ibid., p. 132.

[11] Ibid., p. 2.

[12] Ibid., p. 11.

[13] Ibid., pp. 161-162.

[14] Stefan Klein,“In the Tsunami of Stimuli On the ‘Velocity’ Drug”, en Hartmut Böhme y Hartmut Rosa (eds.), The Art of Deceleration, Alemania, Hatje Cantz, 2012. “As neuroscientist have demonstrated, the brain can only consciously execute one activity at any given moment. The attention of someone who nevertheless tries to answer an e-mail while speaking on the telephone must by necessity incessantly jump back and forth”.

[15] Idem. “This is because the brain cannot process all this new information as rapidly as we receive it. There are only two solutions to this dilemma. The first alternative is to devote less time to each individual stimulus, turning to the next piece of information as soon as it arrives. The second alternative is to select what we want. We simply ignore incoming information in order to spend more time processing previously received information”.

[16] Idem.

[17] Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 291.“Capitalism generates new organizational forms, new technologies, new lifestyles, new modalities of production and exploitation and, therefore, new objective social definitions of time space […]”.

[18] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. 8. “The extent to which time becomes a problem on this plane also depends upon the degree of routinization and habitualization”.

[19] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración…, p. 9.

[20] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. 2. “[Werner] Bergmann claims that the principal obstacle for the sociology of time consists in the lack of a well-founded, systemic connection to general sociological theory formation. As a rule, existing social-scientific studies of time are based on pretheoretical and arbitrarily selected models of time that for the most part rest loosely on philosophical, anthropological, or even everyday concepts. As a consequence, the sociological literature on time is made up of a variety of unconnected, noncumulative studies that are virtually ‘solipsistic’ since they lack a sufficient connection to general approaches in social theory”.

[21] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. 3. “Philosophical Concepts of time, formulated by the likes of Agustine, Immanuel Kant, Henri-Louis Bergson, John Ellis McTaggart, Martin Heidegger, or Margaret Mead and debated in their wake, are no less heterogeneous, inconmensurable, and incompatible. This thinkers disagree on even the most elementary questions concerning the reality of time, whether it is a natural category, or one belonging to intuition or the understanding, or rather instead a social construct”.

[22] Hartmut Rosa, Social periodo…, p. 129. “The average duration of sleep has fallen around 30 minutes since the 1970s and 2 hours (!) from the previous century”.

[23] Gerhard Schulze citado por Hartmut Rosa, Social Acceleration…, pp. 123-124. “The pace of life, in particular in late modern society, is determined not only by the number of episodes of action but also by the quantity of episodes of experiences […] not all experiences can be qualified as actions”.

[24] Ibid., p. 132. “The number of eighteen to sixty-four years old who indicate they always feel a hurry or under time pressure rose in stages between 1965 and 1992 from 24 percent to 38 percent, while the number of those who almost never felt under time pressure in the same period fell from 27 percent to 18 percent”. Hartmut Rosa refiere aquí el estudio realizado por John P. Robinson y Geoffrey Godbey en 1997 titulado Time for Life: The Surprising Ways Americans use Their Time.

[25] Ibid., p. 134. “The fear of missing (valuable) things and therefore the desire to heighten the pace of life are the result of a cultural program that began developing in early modernity and consists in making one´s own life more fulfilled and richer in experience through an accelerated ‘savoring of worldly options’ –i.e., by escalating the rate of experience– and thereby realizing a ‘good life’. The cultural promise of acceleration lies in this idea. As a result subjects want to live faster […] The compulsion to adapt is a consequence of the structural dynamic of late modern societies, more specifically of the acceleration of social change”.

[26] Kinsale es una ciudad irlandesa que ha impuesto la lentitud como política. Asimismo, hay ciudades denominadas slow cities, cuya característica radica precisamente en el modo de vida no-acelerado o menos acelerado que llevan sus habitantes. Véase http://www.cittaslow.org/ [Consulta: 31 de enero, 2021].

[27] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. 138. “Then in late modern society slowness may definitely become a marker of distinction”.

[28] Ibid., p. 145. “[…] the flow of time itself indeed accelerates for social-structural reasons”.

[29] Ibid., p. 186. “The sensation of time scarcity emerges from the difference between the complexity of the world, the horizon of the possible, and the processing capacity of the system”.

CAPÍTULO 2

Origen de la aceleración social

Una vez que se ha iniciado algo, el resto prosigue por su propio impulso.

Hermann Hesse

Lo primero que debemos rastrear son los orígenes de lo que denominamos aceleración social, pues si bien hablamos de un fenómeno complejo, también es cierto que su historia es relativamente reciente: “Es difícil proporcionar una fecha y un lugar precisos para el comienzo de la aceleración moderna [...] Las investigaciones existentes sugieren que los orígenes de la aceleración moderna son probablemente múltiples”.[1]

Aunque no podemos precisar una fecha concreta de inicio, sí podemos identificar un proceso ligado a ella y, por tanto, afirmar que el mundo contemporáneo vive, desde los albores de la primera Revolución Industrial, una constante aceleración social que afecta tanto al ser humano como al mundo que lo circunda.

James Gleick, en la sociedad estadounidense, constató la “aceleración de prácticamente todo”: amor, vida, discursos, política, trabajo, tv, entretenimiento, etc. Según convincentemente han demostrado historiadores como Reinhart Koselleck, la sensación general de una aceleración ha acompañado a la sociedad moderna al menos desde mediados del siglo xviii.[2]

Hay consenso general respecto al inicio del proceso de la Revolución Industrial, pues los historiadores sitúan los cambios iniciales que permitieron esta revolución primero en Inglaterra y después en Estados Unidos; no debe extrañarnos que la propia aceleración social, heredera de dicho acontecimiento, esté ligada a sus procesos y consecuencias (como el desarrollo tecnológico, el capitalismo, la obsolescencia programada, etcétera).

Inglaterra fue el primer país donde se dio un cambio de régimen político que modificó sus estructuras sociales. La guerra civil inglesa (1642-1651) terminaría por convertir la monarquía absoluta en un régimen constitucional, que si bien siguió siendo monárquico, también conformó una estabilidad política y económica que impulsaría el desarrollo técnico e industrial que comenzaría a ser tendencia en toda Europa.

Estados Unidos, heredero de las costumbres británicas, después de alcanzar su independencia en 1776, construyó un régimen democrático que haría posible su desarrollo técnico-científico, el cual serviría de modelo para los nacientes estados americanos que propiciarán un crecimiento potenciado de sus industrias. Lo anterior producirá un importante movimiento político, comercial, social y cultural en sus territorios: la Revolución Industrial que aumenta la velocidad en todas las áreas de la experiencia humana y crea un clima de dinamismo agitado y propulsivo.

Las revoluciones industriales

La Revolución Industrial es un proceso que podríamos clasificar en cuatro fases para su estudio, cada una de las cuales es perfectamente identificable:

1 La primera fase puede situarse entre 1760 y 1860, cuando las principales fuentes de energía para el desarrollo de la industria fueron el carbón y el vapor de agua. En esta época se desarrollaron la máquina de vapor y los primeros ferrocarriles, los cuales impulsaron los medios de transporte dentro del propio territorio; asimismo, se desarrollaron la máquina de escribir y el telégrafo, fundamentales para el desdoblamiento de la comunicación y la velocidad de la información.

2 La segunda fase puede situarse entre 1860 y 1914, cuando surgieron la electricidad y la máquina de combustión interna como las nuevas fuentes de energía. En esta época mejoraron los transportes y aumentaron su velocidad y tamaño, se crearon los aviones y poco tiempo después vería la luz el Modelo T de Henry Ford; también hubo un notable desarrollo de la industria de las armas, surgieron el teléfono, el cine y la radio que evidencian los vertiginosos cambios sociales; el futurismo, la vanguardia artística, elogiaría este frenesí.

3 La tercera fase, conocida también como Tercera Revolución Industrial, comenzó en 1914 y concluye hacia 1989 –el periodo del siglo corto–, siguiendo la idea del historiador Eric Hobsbawm. Se crearon fuentes de energías renovables y alternativas, los trenes son de alta velocidad y enorme puntualidad, los viajes aéreos son cotidianos, los viajes por mar se realizan en edificios flotantes, la televisión dio paso a las computadoras, los videojuegos y la telefonía móvil, se desarrollaron los electrodomésticos y la producción masiva de prácticamente todo.

4 La última fase de industrialización comenzó con el advenimiento de internet y continúa ese despliegue en lo que se ha denominado la era del transhumanismo; comenzó con los medios de comunicación on demand, la creación de los teléfonos inteligentes, el streaming, la venta de productos por internet (agudizada durante la pandemia por covid-19). Es común encontrar a la gente en la calle con un dispositivo en las manos o en los oídos en una conexión casi permanente.

Consideramos relevante la puntualización de la diferencia entre las revoluciones industriales para comprender el origen de la aceleración social y, sobre todo, la razón por la que la última está aumentando aún más la velocidad en el siglo xxi. Esta clasificación también funciona como evidencia argumentativa para demostrar lo que Hartmut Rosa denomina como aceleración del cambio social, donde explica que los cambios sociales ocurren, históricamente, con mayor frecuencia conforme transcurre el tiempo.

Oleadas de aceleración

De modo similar a la forma histórica que presenta la Revolución Industrial, la aceleración social no es un proceso constante, sino que evoluciona en oleadas, cada una de las cuales enfrenta una considerable resistencia, así como a procesos de reversión parcial en diferentes prácticas cotidianas, a saber, la academia, la política o la cultura.

El proceso de aceleración tecnológica no se ejecuta de manera uniforme lineal, sino que viene en oleadas, encontrando continuamente obstáculos, resistencias y contramovimientos que pueden ralentizarlo, interrumpirlo o incluso revertirlo temporalmente [...] a casi todos los picos de aceleración les sigue un discurso de aceleración y desaceleración en el que, por regla general, el llamado a la desaceleración y el deseo nostálgico por el perdido ‘mundo lento’.[3]

Cada una de estas oleadas de aceleración, cada una de estas fases de industrialización ha tenido sus propios impulsores y detractores, así como sus consecuencias sociales; para poner un ejemplo, imaginemos la enorme cantidad de regulaciones gubernamentales que trajo consigo la aparición de los automóviles, o el cambio en los hábitos de la vida cotidiana con la comercialización de los televisores, por no hablar de las transformaciones en los procesos cognitivos en la era digital. Hartmut Rosa aborda algunas de estas problemáticas, particularmente la que tiene que ver con la imposibilidad de atender la creciente demanda de regulaciones que la sociedad necesita en contraste con la velocidad de las transformaciones sociales en esta misma materia.

Es importante examinar estos procesos para una mayor comprensión de la problemática compleja que plantea la teoría de la aceleración social de dicho autor, particularmente el análisis de la que atravesamos actualmente.

La más reciente ola de aceleración fue la revolución digital que comenzó en la década de los años ochenta del siglo pasado; aunque perfectamente podría mencionarse una ola pandémica derivada de la anterior que, al igual que en olas de aceleración anteriores a ella, presenta una serie de actores que las impulsan –Nicholas Negroponte, Bill Gates, Steve Jobs, Elon Musk, entre otros–, y una serie de actores y movimientos detractores –los globalifóbicos, Theodore Kaczynski, Serge Latouche–, así como los teóricos del decrecimiento –Evgeny Morozov, etcétera–. En esta lucha ideológica, se evidencia que el sistema industrial tardomoderno ha rebasado ya, por mucho, la capacidad humana de adaptación y resistencia del sistema mismo; y en buena medida, se debe a la alta velocidad en que vivimos.

Un caso claro de que el sistema acelerado ha rebasado la capacidad del ser humano para reaccionar se encuentra en los temas económicos: la crisis financiera mundial de 2008 provocó efectos desestabilizadores e impredecibles debido a la velocidad acelerada de las transacciones. En los tiempos del trueque, el bien recibido contenía el valor dado, cuando apareció el dinero, fue la función de ese signo la que adjudicaba el valor; hoy en día el dinero se puede mover a gran velocidad a través de espacios virtuales: no es más que el vehículo para un movimiento en el que todo lo que no está en movimiento se extingue por completo.

Concretamente, el dinero es uno de los factores más importantes de la aceleración social, no sólo porque socialmente ha cambiado de forma y se ha convertido en una idea virtual –pensemos en el bitcoin–, sino que además es considerado por Hartmut Rosa como uno de los motores que impulsa la aceleración del sistema mismo: “El cambio en las circunstancias monetarias provoca un cambio en el ritmo de la vida [...] ya que todos somos productores y consumidores, entonces el individuo ganaría mucho más de lo que tenía que gastar”.[4]

En el corazón del mundo contemporáneo yace una dinámica de aceleración que no puede ser ignorada por ningún estudio serio sobre la modernidad. Es fundamental comprender que son las fuerzas “invisibles” las que realmente constituyen la realidad contemporánea y no las leyes humanas que pretenden el ordenamiento del mundo. La sociedad moderna no está regida y coordinada por reglas normativas explícitas, sino por una fuerza normativa silenciosa de reglas temporales, las cuales se presentan bajo la forma de plazos, cronogramas y otros límites del tiempo.

No se puede sostener que la aceleración sea la síntesis de la sociedad moderna, porque no es una sustancia sino un proceso; pero sí se puede afirmar que la aceleración es la fuerza impulsora y la lógica detrás de la dinámica del mundo que hemos generado: el tiempo no es un campo particular de lo social, más bien un elemento central en todas sus dimensiones.

Para Hartmut Rosa, es indispensable que los estudios sobre el mundo contemporáneo incluyan la variable del tiempo, pues no es una variable estática, sino dinámica y es clave para la resolución de las acciones humanas. La historia está llena de ejemplos, en las grandes batallas de la humanidad ganaron la partida los que llegaron a tiempo, por mencionar algunos: las guerras de Secesión o de Crimea con el telégrafo; la victoria de Obama en las elecciones de 2008, asociada con el uso de Twitter, o la de Donald Trump en 2016, con el escándalo de los analíticos de Facebook; asimismo, el uso del radar durante la segunda Guerra Mundial permitió a los aliados ganar la guerra submarina.

[1] Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 8. “It is difficult to provide a precise date and place for the commencement of modern acceleration […] Existing research suggests that the origins of modern acceleration are probably multiple”.

[2] Cfr. Hartmut Rosa, “Aceleración social: consecuencias éticas y políticas de una sociedad de alta velocidad desincronizada”. Persona y Sociedad, Universidad Alberto Hurtado, 1, XXV (2011), p. 11.

[3] Hartmut Rosa, Social Acceleration: A New Theory of Modernity. New Directios in Critical Theory, Nueva York, Columbia University Press, 2013, p. 41. “Technological acceleration process does not run in a uniformly linear fashion, but comes in surges, continually encountering obstacles, resistances, and countermovements that can slow it down, interrupt it, or even temporally reverse it […] almost every surge of acceleration is followed by a discourse of acceleration and deceleration in which, as a rule, the call for deceleration and the nostalgic desire for the lost ‘slow world’”.

[4] Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 41. “Change in monetary circumstances brings about a change in the pace of life […] since everyone is a producer as well as a consumer, then the individual would earn only that much more as he had to spend”.

CAPÍTULO 3

Estudios sobre la modernidad

El hombre medio no puede imaginarse la vida sin un horario tan estrictamente establecido. Pero una mente traviesa y sacrílega se divertiría mucho imaginándose la existencia de la gente en el caso de que el día durara diez horas hoy, ochenta y cinco mañana, y pasado mañana sólo unos minutos.

Vladimir Nabokov

En los lindes entre la filosofía y la sociología se encuentran los estudios culturales y los estudios sobre la modernidad: los primeros hacen observaciones en torno a las actividades humanas a lo largo del tiempo en regiones específicas; los segundos aluden a los cambios en la vida del hombre en los últimos tiempos, particularmente desde el siglo xvi, cuando se empleó el término modernidad, pero específicamente, como ya hemos visto, desde la Revolución Industrial del siglo xviii, al originarse la aceleración social.

Aludimos a los estudios sobre la modernidad, pues al igual que la aceleración social, son transdisciplinarios, pero también porque la modernidad se ha abordado desde múltiples perspectivas y de maneras muy completas. Por ejemplo, en la década de los años ochenta del siglo pasado, hubo un intenso debate sobre la crítica hacia los logros alcanzados hasta ese momento, crítica que contemplaba reflexiones del marxismo, los movimientos sociales de los años sesenta respecto de la política, la ecología, el pacifismo y el feminismo. Desde entonces, se ha vuelto relevante una cultura de revisión constante de los procesos y autocorrecciones que permiten un diagnóstico teórico-cultural de la sociedad.

Quizá una primera exploración se encuentra en la filosofía existencialista, en Heidegger, Sartre y Beauvoir, quienes enfatizan el desencanto del mundo tras las guerras mundiales y la responsabilidad individual frente a los procesos culturales y sociales. Una segunda revisión se puede hallar en la crítica a la modernidad que configuró la denominada posmodernidad, donde pensadores como Jean François Lyotard, Michel Foucault, Cornelius Castoriadis y Guy Debord, entre otros, debatieron, académica e incluso mediáticamente a través de la televisión en los años ochenta, sobre los cambios de valores morales, culturales, de normas sociales y jurídicas de finales del siglo xx. Un tercer examen podría situarse en la crítica a la posmodernidad, como sugieren la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, la segunda modernidad de Ulrich Beck, la modernidad postradicional de Anthony Giddens o la hipermodernidad de Gilles Lipovetsky. Estos nuevos debates querían comprender la actuación social y su distanciamiento con el mundo, desentrañar si se trata de una nueva etapa o simplemente de una transición de algo por venir. Aún hoy, frente a la crisis que el planeta enfrenta por el covid-19, el debate sigue abierto y queda en evidencia la falta de reflexión tras la polémica publicación del compendio Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemia.

Sin embargo, de acuerdo con Rosa, ningún estudio se ha centrado suficientemente en la variable de la temporalidad para realizar una exploración más consistente sobre la denominada modernidad: “Característica universal de la modernidad, la experiencia de aceleración de la vida, cultural y/o historia desde el siglo xviii […] los mecanismos y efectos de la aceleración social aún son estudiados en las ciencias sociales de forma deficiente; ignorados penosamente en las teorías sobre la modernidad”.[1]

En la historia de la sociología, la modernización ha sido principalmente analizada desde cuatro perspectivas diferentes referidas a la cultura, la estructura social, los tipos de personalidad y la relación con la naturaleza (frecuentes en los trabajos de Weber, Durkheim, Simmel y Marx, respectivamente); el proceso de modernización es identificado como un proceso de racionalización, diferenciación, individualización o domesticación instrumental, respectivamente (véase fig. 1).[2]

Los sociólogos Anthony Giddens y Niklas Luhmann han señalado un descuido de la dimensión temporal en las teorías sociológicas del siglo xx, y con el advenimiento de la tercera revolución industrial en los albores del siglo xx, se imprime más la necesidad de introducir la variable de la temporalidad en sus estudios, pues las categorías de aceleración, como veremos más adelante, aumentaron la velocidad a la que se ha acostumbrado vivir en el mundo contemporáneo.

La dimensión temporal no pasa ni por encima ni por debajo de las cuatro perspectivas ya mencionadas, sino que las aborda de manera transversal: “La dimensión temporal se entrelaza con las cuatro dimensiones ‘materiales’ de la sociedad y no puede ser claramente separada de ellas en términos fenomenológicos; no existe un ‘tiempo social’ independiente de la estructura social, la cultura, etc.”.[3]

En los estudios sobre la modernidad, los cambios sociales se discuten como procesos que implican un tiempo pasivo o histórico y no como un continuum. Precisamente, lo que le falta a estos estudios sociales es comprender que son las personas las que tienen experiencia de esos cambios sociales y quienes se ven afectadas por ellos. El elemento antropológico en los estudios sociales es fundamental para la comprensión de sus fenómenos; muchos autores se han dado cuenta de ello, pero pocos han sentido la necesidad de investigarlo:[4]

A todas estas versiones les falta algo: autores y pensadores desde Shakespeare a Rousseau, Marx, Marinetti, Charles Baudelarire, Goethe, Proust, Thomas Mann, casi invariablemente observan (siempre con asombro, pero muy a menudo con gran preocupación) la decadencia de la vida social y la transformación acelerada del mundo material, social y espiritual.[5]


Figura 1. Proceso de modernización.

La sociología se ha convertido en una ciencia inerte que confía en conceptos estáticos, de manera que ha olvidado el dinamismo social existente, pues la sociedad está conformada por seres humanos. Los mismos autores que dieron forma a la sociología se dieron cuenta de ello; por ejemplo, Georg Simmel identificó, en sus estudios sobre la modernidad, el incremento de la vida nerviosa que se padece tanto entre los contemporáneos; a su vez, Émile Durkheim definió la anomia, una consecuencia probable de cambios sociales ocurridos con demasiada velocidad como para permitir el desarrollo de nuevas formas de moralidad y solidaridad en las sociedades; por otro lado, Max Weber define la ética protestante como la estructura moral de rigurosa disciplina temporal que considera la pérdida de tiempo “el más mortal de los pecados”; mientras que Marx y Engels criticaron la sociedad capitalista donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

La promesa de la modernidad

Algunos filósofos como Jürgen Habermas, Charles Taylor y Johann Arnason hablan de un “proyecto de modernidad” centrado en la idea y promesa de una nueva autonomía, en el sentido de una autodeterminación ética.

El mundo de las familias, de la política, del trabajo, del arte, de la cultura, de la religión y demás […] debería dejarse en manos de los propios individuos. Habermas está estrechamente vinculado con el concepto político de participación democrática y autogobierno, porque las condiciones socioeconómicas ‘macro’ de nuestras acciones y vidas no pueden ser controladas por los individuos por sí solos. El proyecto de la modernidad es, necesariamente, un asunto político.[6]

La idea del proyecto de modernidad consiste en superar las restricciones impuestas por la naturaleza y todo aquello que impida a un individuo tener su propia autodeterminación; por ejemplo, la pobreza, escasez, enfermedad, discapacidad, ignorancia y cualquier forma de condición natural adversa. Así, no debe extrañarnos la aspiración contemporánea por modificar o mejorar nuestros cuerpos mediante el transhumanismo; tampoco puede extrañarnos la vanguardia del futurismo en las artes y la política en los albores del agitado siglo xx. Ésa es la razón por la que la modernidad se vuelve más atractiva y prometedora conforme se aceleran los procesos de la vida social, y el mejor ejemplo de ello se encuentra en la historia de los medios masivos de comunicación.

Heidegger en 1950 previó gran parte de esta aceleración de la vida social. Habla del ‘encogimiento’ de las distancias de tiempo y espacio, la importancia de la ‘información instantánea’ en la radio y la forma en que la televisión está aboliendo la lejanía y, por lo tanto, ‘desvirtuando’ a los humanos y las cosas.[7]

El proyecto de modernidad y la revisión de sus ambivalentes consecuencias se han estudiado a través de perspectivas diferentes, desde la estructura social, la cultural o la personalidad, pero nunca mediante un enfoque temporal. Las enormes aportaciones, expuestas en la fig. 1, no contemplaron esta posibilidad; sin embargo, desde el siglo xix con las tesis de Carl Marx, se observa la separación del espacio y la preponderancia del tiempo en los procesos de producción y consumo a principios del pasado siglo, a partir, por ejemplo, de los cambios en las operaciones industriales del giro automotriz: “El post-fordismo implica una nueva solución espacial y formas significativamente más nuevas en las que se representan el tiempo y el espacio. “La compresión del ‘espacio-tiempo’ es central como experiencia de los procesos humanos y físicos”.[8]

El capitalismo, como sistema preponderante económica y culturalmente, fue aceptado porque sus defensores, desde Adam Smith en el siglo xviii, hasta Milton Friedman en la década de los setenta del siglo xx, sostuvieron que la productividad del tiempo permitiría liberar a los seres humanos de sus labores y podrían llevar a cabo sus planes de vida sin preocuparse del tiempo ni del dinero; no obstante, ésta fue una promesa de la modernidad que no se puede cumplir. Tal vez a causa de esto, el paradigma cambió después de la bomba atómica y la teoría de la relatividad de Einstein, además del advenimiento del ser digital y la hipertextualidad en los años noventa, con lo cual el espacio y el tiempo se separaron; y quizá ésta sea la razón por la que se aceleró el tiempo, mientras que el espacio se convirtió en un lugar meramente.

A diferencia de la promesa de la modernidad, afirma Hartmut Rosa, el día de hoy: “Ya no se experimentan las fuerzas de aceleración como potencia liberadora, sino más bien como presiones esclavizadoras […] ahora resulta que la aceleración social es más poderosa que el proyecto de la modernidad: sigue delante imperturbablemente mientras su lógica se vuelve hoy contra la promesa de autonomía”.[9]

La aceleración social en sus efectos sociales representa a la vez una promesa y una necesidad; es decir, algunas necesidades humanas se verán cubiertas gracias a la tecnología, ésa es la promesa, pero muchas otras, en su propio afán por solucionarlas, terminarán por ser contraproductivas, como veremos más adelante.

El siglo xxi enfrenta una crisis debido a esta separación dañina entre el espacio y el tiempo, pues ambos coexisten ontológicamente; sin embargo, la aceleración social que sufre la sociedad contemporánea está aquí y es perfectamente observable porque sus consecuencias se hacen sentir.

Se observan inmediatamente dos tendencias de desarrollo paradójicas: por un lado, los procesos de diferenciación cada vez más sutiles están acompañados por un crecimiento paralelo de cadenas de Independencia (hoy globales) y, por otro lado, la unidad y la coherencia de toda la sociedad parece desaparecer a raíz de la diferenciación (estabilidad y aumento de la eficiencia) [...] En este sentido, la otra cara de la diferenciación es la desintegración social.[10]

El año 2020 ha supuesto un reto al respecto a partir del confinamiento, casi global, que los gobiernos han impuesto a sus poblaciones con la solicitud de un encierro físico y nulo contacto social e interpersonal, ante lo cual sólo ha quedado el acercamiento virtual.

La dimensión temporal

Los estudios sobre la modernidad buscan descifrar los fenómenos presentes en la relación del ser humano con su entorno. Así, se han explicado las estructuras sociales, las formas culturales, los problemas humanos de la personalidad frente al mundo y la posición que el ser humano ocupa en él; sin embargo, aunque se han realizado estudios en relación con el tiempo, no se habían relacionado con los cambios en la velocidad de los movimientos humanos en el mundo. Es por esto que la dimensión temporal en los estudios sobre la modernidad tiene relevancia y, podemos asegurar, no estorba al resto de los estudios hechos, ni tampoco a los que se pueden llegar a hacer. La dimensión temporal se entrelaza con las dimensiones materiales de la sociedad y no puede ser claramente separada de ellas en términos fenomenológicos, pues no existe un tiempo social independiente de la estructura social, la cultura, etcétera.

Los fenómenos sociales son complejos porque implican las relaciones entre el ser y el mundo que le rodea; si bien podemos afirmar que las dimensiones materiales de la modernidad se encuentran correlacionadas, ignorar la función del tiempo en esa correlación sería igual que estudiar un objeto estático, cuando la sociedad es dinámica y sus fenómenos requieren explicaciones complejas: “La aceleración es más fundamental que las otras categorías en la medida en que los procesos de diferenciación, racionalización o individualización se detienen o incluso se convierten en su opuesto, en caso de que se vuelvan disfuncionales para una mayor aceleración social”.[11]

Por otro lado, muchos estudios académicos alrededor de los problemas de la modernidad sólo replican trabajos anteriores, ora quitando ora agrandando alguna variable novedosa para entender si hay cambios significativos. Es necesario animarse a romper paradigmas y paradojas en la investigación, agregar variables como la del tiempo, para ver con nuevos ojos el mundo que nos rodea y explorarlo con nuevas dimensiones. La velocidad del siglo xxi exige que los nuevos enfoques de la teoría crítica no sigan ciegamente o repitan las ideas metodológicas y planteamientos de antaño, pues necesita herramientas que faciliten comprenderla de un modo más completo.

La teoría de la aceleración social refiere al aumento en la velocidad de las relaciones del ser humano con el entorno; esta velocidad puede ser referida al objeto, cuando es éste el que aumenta su velocidad, o bien, el sujeto, cuando la impresión subjetiva recibe una afección temporal. Lo importante es que existe una impresión generalizada de que la vida del ser humano pasa cada vez más rápido y es evidente en el transcurrir cotidiano que muchas cosas han aumentado su velocidad. Ejemplo de este punto son los transportes, la producción y la comunicación; pero no todos los procesos de la vida del ser humano se aceleran: los embarazos, las gripes, el tiempo de las estaciones o los procesos educativos no pueden acelerarse. “Es muy obvio que el tiempo no puede acelerarse en ningún sentido significativo, y no todos los procesos de la vida social se aceleran. Una hora sigue siendo una hora y un día sigue siendo un día, sin importar si hemos tenidos la impresión de que transcurrió rápidamente”.[12]

También debe admitirse que, de manera observable, no hay un patrón único y universal de aceleración que aumenta la velocidad de todo, incluso, hay muchas cosas que disminuyen su velocidad, es decir, se ralentizan tales como el tránsito, un resfriado común que ofrece más resistencia o el promedio de sueño que ha disminuido dos horas desde el siglo xix y treinta minutos desde los años setenta.

Estas contradicciones requieren una explicación aparte ya que el mundo del siglo xxi está particularmente lleno de ellas debido, en buena medida, a la influencia que tiene la aceleración social sobre las estructuras, cultura y formas de moldear la personalidad en la era moderna.

Paradojas de las fuerzas de la modernidad

En el año de 1989 ocurrieron dos fenómenos aparentemente contradictorios que, sin embargo, formaron parte de la historia del siglo xx: por un lado, el gobierno de China recurrió a la fuerza militar para poner fin a una protesta en la plaza de Tiananmen, las imágenes que se conservan de un joven sólo enfrentando a un tanque militar hablan por sí solas; por el otro lado, en Alemania, cayó el muro de Berlín, signo de la liberación de un país y la caída de un régimen, el soviético.

Estos dos acontecimientos que tuvieron lugar en ese mismo año son paradójicos. Siguiendo las reflexiones del economista estadounidense Philip Kotler (1931), el modo de vida contemporáneo produce paradojas, es decir, fenómenos aparentemente contradictorios que, quizá, no sean tan contradictorios como parecen.

Desde el punto de vista de la economía y la mercadotecnia Kotler analiza tres paradojas:

1 La paradoja política. Mientras la democracia es adoptada cada vez en más países del mundo, China, que no fue precisamente democrática en aquellos años, se ha ido volviendo más poderosa. El capitalismo no precisa de la democracia; el mundo moderno genera apertura en la economía, pero no en la política, por lo que el panorama político continúa siendo nacional.

2 La paradoja económica. El mundo moderno favorece la integración económica, pero no genera economías equitativas; la economía capitalista perjudica a una cifra de países similar a la de países beneficiados por el proceso, tal y como ocurre con los efectos de suma cero en la teoría de juego.[13]

3 La paradoja sociocultural. La modernidad no genera una cultura uniforme, sino diversa, pues da origen a una cultura global universal, pero a la vez fortalece la cultura tradicional.

Del mismo modo en que se pueden observar estas paradojas de la modernidad a partir de la globalización, se encuentran otras, fruto de la aceleración, que sin embargo, nos permiten ver que no todo en el mundo puede ser acelerado. Por ejemplo, los ya mencionados embarazos no pueden ser acelerados, ni se puede acelerar el periodo de descanso; asimismo, las amistades no pueden sufrir ese proceso, ya que requieren de tiempo para gestarse como relaciones duraderas, además de que los pensamientos o los sentimientos tampoco pueden procesarse a mayor velocidad. A su vez, existen cosas que quizá sí puedan acelerarse, pero las consecuencias serían contraproducentes; por ejemplo, el amor o el sexo, sin embargo, el efecto sería evidente, por un lado relaciones de corta duración y por otro, algún tipo de disfunción, o bien, la banalización del acto sexual. La comunicación es otra de las variables que pueden acelerarse, pero la consecuencia podría derivar en una falla en el intercambio o incluso, en una incomunicación total.

La búsqueda por aumentar la velocidad en los procesos institucionales, como se podrá observar, tiene consecuencias paradójicas. Revisemos algunos ejemplos: los Estados buscan acelerar sus procesos para unificar u homologar tiempos, lenguaje, leyes y moneda, etcétera, sin embargo, provocan a su vez obstáculos en las transacciones financieras e intercambios en los flujos globales. Podemos hallar un caso en los cambios al uso horario de un país para homologar los tiempos de cierre de bolsa con respecto a otros. En la burocracia también hay una viñeta paradigmática, cuando los esfuerzos por acelerar la administración del trabajo producen retraso en el desarrollo social y económico; de nada sirve, por ejemplo, realizar trámites digitales, si la mitad de la población no tiene acceso a una computadora o no sabe operarla.

Por otro lado, la dirección de la política busca nuevas dinámicas para convencer al electorado, pero aspira al mismo tiempo al control de todas las variables y termina por destruir esa dinámica. Con la democracia ocurre algo similar, acelera la sucesión de sus gobernantes, pero ralentiza la toma de decisiones que pareciera que nunca se llevarán a cabo; sin embargo, las decisiones irreversibles requieren una planificación y una recopilación de información mucho más cuidadosas y, por lo tanto, inevitablemente requieren más tiempo que las reversibles.

En este libro buscamos comprender el impacto de la aceleración en la vida individual, donde también encontraremos problemas paradójicos derivados de la aceleración como que cada vez se encuentren más facilidades para conseguir trabajo en otros lugares del planeta, pero se haya extraviado el rumbo y el sentido del tiempo de la vida en el mundo. El capitalismo permite que el sujeto alcance con mayor facilidad sus metas personales; pero nunca como hasta ahora, la identidad de la persona estaba tan extraviada entre individuos cortados con la misma tijera. Finalmente, el plan de vida se ve truncado por la aceleración del ritmo en el que se vive debido en gran medida a una falta de adaptabilidad a ese mundo vertiginoso.

En un mundo donde los cambios rápidos son la regla general, no hay tiempo para generar una identidad propia, pues lo que hace unos años podía tener un valor especial para alguien, ahora es devaluado o incluso, rechazado por la misma sociedad que antes lo acogía. De esta manera, es imposible mantener el apego por una idea sólida e invariante; por consiguiente, se llega a la conclusión de que no hay identidad posible por una ruptura entre presente pasado y futuro de un sujeto que se ve obligado a cambiar de personalidad cada vez que cambia de grado escolar.

Podemos observar, siguiendo a Hartmut Rosa, cuatro factores que brindan seguridad y continuidad a la identidad personal:

1. La identidad situacional permite al menos una conexión narrativa mínima del pasado, presente y futuro y las diversas providencias de la vida con sus significados y funciones. 2. El habitus ciertamente no es inmune al cambio ni es invariable en el contexto. 3. ‘Objetos de transición’ que representan y simbolizan la continuidad en los momentos en que cambian las identidades y las relaciones. 4. Los sujetos posiblemente tienen a su disposición un ‘yo’ central ‘innato’ y sin predicaciones que les permite preservar un sentimiento de identidad, en ciertas circunstancias incluso cuando existe una discontinuidad situacional completa.[14]

Una teoría completa sobre la modernidad no puede olvidar ni los aspectos macro-sociales ni los aspectos particulares de los individuos que interactúan en ella; es más, no es posible modificar el sistema moderno de aceleración en que vivimos, el único modo de desacelerarlo es a través de acciones individuales.

Las generaciones van creciendo y desarrollándose en diferentes ámbitos de aceleración social: “¿Cuáles son los principales problemas de la juventud de hoy? ‘No hay esperanza para el futuro’ y ‘una sociedad rígida y al mismo tiempo agitada en la que todos sólo piensan en sí mismos y es difícil encontrar un lugar para sí mismos sin ayuda’”.[15] Los nacidos antes de la década de 1950 tendrán una perspectiva del ritmo de la vida y una concepción del tiempo muy diferente a la de los nacidos entre 1950 y el nuevo milenio, quienes a su vez, serán totalmente diferentes a la generación centennial, nacida en los albores del siglo xxi; todo esto debido a la velocidad con que unos y otros aprendieron a relacionarse consigo mismos y con su entorno.

Uno de los problemas más grandes que podría enfrentar el siglo xxi es el de la incompatibilidad o desincronización entre las generaciones, tal como vaticinaba el literato argentino, miembro del boom latinoamericano, Adolfo Bioy Casares en El diario de la guerra del cerdo; su novela ilustra una desconexión entre la juventud y la vejez tan radical, que los unos comienzan a morir a manos de los otros. Para bien o para mal, el ser humano ha logrado, por medio de la tecnología y los avances científicos, prolongar su vida hasta casi el doble de tiempo, si consideramos que el promedio de vida en la antigüedad era de cincuenta años (el cuerpo humano comienza a decrecer a los cuarenta) y lo comparamos con la esperanza de vida estimada de nuestra generación (noventa años aproximadamente). No es casualidad que haya choques generacionales marcados y manifiestos en estas primeras décadas del milenio. Respecto a este punto, hay casos paradójicos en la historia reciente: el triunfo del Brexit en Gran Bretaña, la imposibilidad de un acuerdo de paz con las farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) en este país latinoamericano, el triunfo de Donald Trump en las elecciones de 2016 y el de Andrés Manuel López Obrador en 2018 en México, claros ejemplos de desincronización generacional.

La modernidad es un todo complejo que requiere un análisis exhaustivo, transdisciplinario y completo. Quizá ninguna investigación alcance estas pretensiones, sin embargo, podemos buscar aportar la temporalidad como variable en su estudio con el fin de comprender sus paradojas.

Una de las preguntas fundamentales sobre la aceleración consiste en saber si existe algo en común en todos los fenómenos para que puedan reunirse en un mismo término de aceleración social. Desde la perspectiva de Hartmut Rosa, no lo hay directamente, pero sí desarrolla tres categorías de aceleración que pueden explicar este fenómeno; de igual manera, la aceleración social misma trae como consecuencia fenómenos de desaceleración social y ralentización, los cuales se han vuelto particularmente visibles a principios del siglo xxi e incluso, serán más importantes de analizar para encontrar una respuesta filosófica a los retos planteados por la modernidad tardía.

[1] Hartmut Rosa, Aceleración social…, p. 1.

[2] Obtenido de Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 109.

[3] Ibid., p. 12.

[4] Aunque todas las clasificaciones son susceptibles de revisión, podríamos hablar de cuatro principales formas de antropología: la biológica, la cultural, la lingüística y la filosófica. Es esta última a la que damos más énfasis en el presente trabajo.

[5] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración…, p. 16.

[6] Ibid., p. 138.

[7] Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 188. “Heidegger in 1950 foresaw much of this speeding up of social life. He talks of the ‘shrinking’ of the distances of time and space, the important of ‘instant information’ on the radio, and the way that television is abolishing remoteness and thus ‘undistancing’ humans and things”.

[8] Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 187. “Post-Fordism involves a new spatial fix and most significantly new ways in which time and space are represented. Central is the ‘time-space compression’ of both human and physical experiences and processes”.

[9] Hartmut Rosa, Alienación y aceleración…, pp. 141 y 143.

[10] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. 59. “Two paradoxical developmental tendencies immediately come into view: on the one hand, processes of ever finer differentiation are accompanied by a parallel growth of (today global) chains of Independence and, on the other hand, the unity and coherence of the whole of society seems to disappear in the wake of (stability-and efficiency-increasing) differentiation […] In this sense the flip side of the differentiation is social disintegration”.

[11] Ibid., p. 61. “Acceleration is more fundamental than the other categories insofar as processes of differentiation, rationalization, or individualization come to a standstill or even turn into their opposite just in case they become dysfunctional for further social acceleration”.

[12] Ibid., p. 18.

[13] En teoría de juegos que no son cooperativos, los juegos de “suma cero” son aquellos en los que se presenta un caso en el que la ganancia o pérdida de uno es directamente proporcional con pérdida o ganancias de los otros.

[14] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, pp. 240-241. “1. Situational identity allows at least a minimal narrative connection of past, present, and future and the various providences of life with their meanings and functions. 2. The habitus is certainly neither immune to change nor context-invariant. 3. ‘Transitional objects’ that represent and symbolize continuity at just those times when identities and relationships change. 4. Subjects possibily have at their disposal, ‘innate’ predicateless ‘core self’ that allows them to preserve a feeling of identity, in certain circumstances even when there is complete situational discontinuity”.

[15] Ibid., p. 278. “What are the main problems of youth today? ‘no hope for the future’ and ‘a rigid and at the same time hectic society in which everyone only thinks about themselves and it is difficult to find a place for oneself without help’”.

CAPÍTULO 4

Categorías de aceleración social

La historia no sólo es tiempo que se vive y se mueve sino tiempo que se transmuta en obra o en acto.

Octavio Paz

Hemos mencionado anteriormente que no existe un patrón o variable única que produzca la aceleración social, debido a esto, decimos que la aceleración es un fenómeno complejo. No obstante, también debemos señalar que no todos los procesos de la vida social se aceleran, por ejemplo, los embarazos, las estaciones del año o la educación; también algunos se ralentizan como el tránsito; otros más ofrecen resistencia como los resfriados, pues es frecuente que el organismo intente resistir a la enfermedad y por ello se prolongue el malestar.

Muchas cosas disminuyen la velocidad (tránsito). Los atletas parecen correr y nadar cada vez más rápido, las computadoras computan a velocidades cada vez más altas, el transporte y las comunicaciones sólo necesitan una fracción del tiempo que tomaron hace un siglo, las personas parecen dormir cada vez menos (algunos científicos han descubierto que el promedio del tiempo de dormir ha disminuido en dos horas desde el siglo xix y en treinta minutos desde la década de 1970).[1]

Con el propósito de comprender en qué consiste la aceleración y cuáles son sus efectos y consecuencias, es necesario formular un marco teórico-analítico que permita definir de alguna manera este fenómeno. En los estudios de la materia de física a nivel preparatoria, suele definirse la aceleración como la velocidad del objeto sobre el tiempo que tarde en ir de un punto A a un punto B (v/t o a = 2s/2t); sin embargo, esta fórmula sólo nos permite contemplar una parte del fenómeno, la que deriva del movimiento de los objetos en la realidad. En ese sentido, la aceleración se puede definir como un aumento en la actividad por unidad de tiempo o, lógicamente equivalente, como una reducción de la cantidad de tiempo por actividad fija.

Siguiendo la definición de aceleración de Helga Nowotny, Rosa nos advierte que no todos los procesos sociales aumentan su velocidad, pero la aceleración condiciona algunos procesos específicos que sí aumentan notablemente su velocidad. Ejemplos de lo anterior son la transportación de bienes o la transmisión de energía e información que rompen la barrera del espacio y el tiempo: “Los bienes, los seres humanos, la energía, el dinero y la información deben cambiar su ubicación con una frecuencia cada vez mayor para poder circular en un sentido integral, tanto económica como culturalmente”.[2]

Hay dos formas básicas de aceleración: por un lado, una intencional y orientada a objetivos específicos que aprovechan la técnica para acelerar procesos particulares; por el otro, una no intencional relacionada con el cambio social. Casos ilustrativos de esta segunda forma son la apertura de nuevos empleos especializados o la frecuencia de cambio de empleo por parte de los trabajadores, la modificación de ideas políticas y de elección de candidatos o partidos, la duración de las relaciones afectivas, o el tiempo que se dedica a una actividad voluntaria como hacer deporte, elaborar manualidades o pasar tiempo con la familia. Esta clasificación, y probablemente cualquiera, no alcanza a cubrir el espectro de aceleración observable en las sociedades contemporáneas.

Estas dos especificaciones del concepto de aceleración aún no cubren todos los fenómenos relevantes: el intento de ahorrar tiempo a través de la comida rápida, las citas rápidas, las siestas de energía o la multitarea, es decir, mediante el cortocircuito o la condensación de episodios de acción, representan una reacción a la escasez de tiempo que no puede clasificarse en el epígrafe de cambio social de aceleración ni de aceleración técnica.[3]

A pesar de la aceleración intencional de algunos procesos sociales y la no intencional de muchos otros, los habitantes del siglo xxi se enfrentan a un fenómeno paradójico cotidiano: ¿cómo es posible que exista una sensación general y generalizada de que en la vida no tenemos tiempo o nos falta tiempo para hacer cosas si, en efecto, los procesos sociales se han acelerado? Esta escasez de tiempo precisa una explicación, si bien compleja, que nos permita comprender mejor la forma en que vivimos actualmente.

Una definición sobre la aceleración social, no exacta pero al menos aproximada y que debemos considerar de ahora en adelante, sería en términos de número de actividades que realizamos por unidad de tiempo. Otra dicotomía simple con la que podemos comprender el fenómeno de la aceleración sería, por un lado, la aceleración como un proceso objetivo; es decir, una hora sigue siendo una hora y un día sigue siendo un día, sin importar si hemos tenido la impresión de que transcurrió rápidamente. Por otro lado, la aceleración como un proceso subjetivo, pues diariamente experimentamos percepciones y emociones del tiempo muy diversas.

La teoría de Hartmut Rosa agrupa este fenómeno de aceleración social en tres categorías de aceleración que se conectan inercialmente una con otra en un círculo de aceleración que produce sistemáticamente más aceleración.

Aceleración tecnológica

La aceleración tecnológica se refiere al aumento de la velocidad en transporte, comunicación y producción. Este proceso genera un fenómeno de compresión del tiempo a cambio de la separación de su espacio; siguiendo a Rosa, “la velocidad de la comunicación parece haber incrementado en 107, la velocidad del transporte personal en 102 y la velocidad del procesamiento de datos en 106”.[4]

Existen nuevas formas de organización y administración que tienen por objetivo acelerar diversas operaciones que también pueden ser consideradas como instancias de aceleración tecnológica; por ejemplo, una constante en las empresas de medios de comunicación es la centralización de la redacción para producir contenidos en diferentes plataformas. Así, hay una redacción única para todos los productos comunicativos en lugar de una para cada producto; en consecuencia, la empresa ahorra tiempo de producción y dinero, pues requiere de menos redactores.

Al viajar por carretera podemos observar la distorsión de los objetos más cercanos, como los árboles y los cambios repentinos en los paisajes que vemos a mayor distancia; ésta es una forma de explicar la separación del espacio por efecto de la velocidad. Es decir, el espacio pierde importancia para dar prioridad al tiempo comprimido en el traslado; de modo similar ocurre con la transferencia de datos a través de internet, pues el ancho de banda permite comprimir archivos cada vez más grandes en menor tiempo.

Así, medido en función del tiempo que se tarda en cubrir la distancia de, digamos, Londres a Nueva York, el espacio se ha encogido desde la edad preindustrial de los barcos de vela hasta los tiempos de los aviones a reacción a menos de 1/60 de su dimensión original, es decir, de alrededor de tres semanas a unas ocho horas.[5]

Otra forma de separación del espacio se presenta en la ubicuidad cuando, con el uso de las nuevas tecnologías, una persona que se encuentra espacialmente en un lugar, está mental o espiritualmente en otro; asimismo, cuando se habla por teléfono o se comparten imágenes o pensamientos a través de las redes sociales, el tiempo, en este caso, aísla al individuo desincronizándolo de su aquí y ahora. El espacio mismo que ocupan los mensajes se ha transformado radicalmente: los pergaminos, papiros, cartas o cintas se almacenaban y conservaban en espacios, si bien cada vez más compactos, físicos al fin de cuentas; ahora, la era digital espacializa los mensajes y los envía a una dimensión diferente a la nuestra, una en el eterno aquí y ahora y que puede parecer frágil, pues es tan fácil reproducir los archivos digitales como perderlos.

Por un lado, nuestra capacidad para recorrer grandes distancias a velocidades crecientes altera nuestra percepción del tiempo y el espacio [...] Como resultado de la aceleración, la preponderancia antropológica del espacio sobre el tiempo se invierte y, en última instancia, se reemplaza por el dominio del tiempo. Además, los horizontes fenomenológicos del pasado, presente y futuro, y por ende del yo y su relación con el mundo social.[6]

Presente, pasado y futuro no son únicamente nociones temporales, sino también espaciales, o mejor dicho, espaciotemporales, pues ocupan ambas dimensiones.

Respecto a la producción de objetos, podemos considerar un paso de la artesanía hacia la manufactura como un proceso de aceleración de un tipo de producto: cuando un artesano realiza un trabajo de alfarería y no se encuentra satisfecho con el resultado, es capaz de regresar y repetirlo nuevamente hasta cumplir con su expectativa; sin embargo, cuando una máquina pre-programada tiene algún tipo de fallo en la realización del producto, todo el lote reproducido bajo esa regla tendrá el mismo desperfecto.

En el siglo xxi, es constante la necesidad de regresar automóviles para corregir problemas de producción; en ese sentido parece claro que, independientemente del producto del que se trate, la calidad es enemiga de la cantidad o bien, la calidad es enemiga de la aceleración.

En 1750, una marca de pianos producía quizás veinte instrumentos por año. Gracias a la producción mecánica de marcos metálicos. Broadwood de Londres fabricaba cuatrocientos pianos al año en 1802 y mil quinientos en 1825. ‘Los precios se hundieron, se dispararon’, alcanzando una brillante frecuencia de 435. Mozart y Beethoven estaban enojados porque sus piezas se colocaron más rápido de lo que habían previsto.[7]

Cuando observamos los tres factores a largo plazo podemos comprender ya no los efectos, sino las consecuencias de la aceleración tecnológica que conducirán a la segunda categoría de aceleración.

Aceleración del cambio social

La aceleración del cambio social se refiere a los cambios constantes en las actitudes, modas y estilos de vida de las relaciones sociales. El tiempo que transcurre entre fenómenos del mismo tipo es cada vez menor; por ejemplo, entre la aparición del ser humano y el lenguaje, el lenguaje y la escritura, la escritura y la imprenta, la imprenta y la radio, entre la radio y la televisión, etcétera.

La diferencia también se puede ilustrar con un ejemplo de la difusión de la innovación de la historia: el periodo desde la invención de la radio a fines del siglo xix hasta su distribución a 50 millones de oyentes duró 38 años; la televisión, introducida un cuarto de siglo después, sólo necesitó 13 años para lograrlo, mientras que internet pasó de la primera a la conexión número 50 millones en apenas 4 [...] La invención de la máquina de escribir en 1714 para su difusión exitosa a través de la comercialización duró 174 años, para invenciones como el congelador y la aspiradora a principios del siglo xx, alrededor de 30-40 años, para nuevas tecnologías como el reproductor de CD o la grabadora de video, en contraste, sólo una década hasta su difusión masiva.[8]

En otras palabras, el cambio social se refiere a la transformación de la vida cotidiana a lo largo del tiempo; los comportamientos, hábitos, convivencias, festividades, lenguaje, ritos que siempre se han modificado en la historia de la humanidad, se aceleran de modo fehaciente conforme avanza la civilización, particularmente desde la Revolución Industrial, como ya hemos revisado.

En los pasados siglos, la conexión entre el presente, el pasado y el futuro se mostraba más estable que en la actualidad. En el siglo xviii, era frecuente que los hijos se dedicaran al mismo oficio que los padres, la familia solía permanecer en la misma casa durante prácticamente toda su vida y sus miembros profesaban las misma religión o creencia; en el xxi, estas conexiones temporales se han modificado en gran medida por la preponderancia del tiempo y la separación del espacio. De esta manera, los hijos no siempre continuarán el oficio de los padres, se mudarán muchas veces de casa e, incluso, de ciudad o país; además, podrían profesar diferentes creencias religiosas respecto a los padres o los hermanos. Así, alguien que empieza su carrera en Microsoft no tiene la menor idea sobre dónde la concluirá, pero alguien que en el pasado la hubiera iniciado en Ford o Renault estaría prácticamente seguro de que la terminaría en el mismo lugar.

“El pasado se define como lo que no se puede mantener y ya no es válido mientras que el futuro denota lo que todavía no se puede asir y no es aún valido. El presente, es el lapso en el cual los horizontes de la experiencia y de las expectativas coinciden”.[9] Medir el cambio social de una población es un problema empírico que no se ha podido resolver, no hay una rúbrica o una herramienta de medición del cambio social. Esta situación se complica aún más por el hecho de que no hay consenso en las ciencias de esta área sobre qué constituye indicadores válidos de cambio social. Lo único que podemos observar son mediciones respecto a cambios a largo plazo en algunas variables, por ejemplo, las tasas de crecimiento en divorcios o segundos matrimonios, el número de horas de trabajo y las tasas de permanencia o circulación de personal, entre otras.

La idea subyacente es que la misma velocidad del cambio está cambiando. Esto significa que las actitudes y valores, además de las modas y los estilos de vida, las relaciones y las obligaciones sociales, además de los grupos, clases, entornos, lenguajes sociales, formas de práctica y hábitos, están cambiando con rapidez cada vez mayor.[10]

Siguiendo a Herman Lübbe, Hartmut Rosa explica que las sociedades occidentales experimentan una constante “contracción del presente” [Gegenwartsschrumpfung] como consecuencia de la aceleración social. Esta noción busca explorar una definición de la aceleración del cambio social, desde la filosofía de Kant hasta el análisis social de Émile Durkheim, el espacio y el tiempo son formas fundamentales y constitutivas tanto de la realidad que nos rodea como del entendimiento que tenemos sobre esa realidad. Las acciones que se llevan a cabo en la realidad de la vida cotidiana requieren un tiempo para realizarse y un lugar/espacio para desenvolverse. Por ejemplo, un carpintero fabrica una silla en su taller y necesita algunas horas de elaboración para conjuntar las partes que la constituyen; asimismo, la fábrica de muebles, que también exige un espacio físico para su producción, tardará algunos minutos para cortar y unir las piezas que requiere la silla para ser construida. La diferencia entre ambas producciones es espacial y temporal, pues los espacios y tiempos que requieren la fabricación de ambos artículos, en el taller y en la fábrica, son completamente distintos.

La contracción del presente se explica, de acuerdo con Herman Lübbe, cuando las sociedades modernas incrementan el valor de la obsolescencia[11] en su producción o comunicación, o bien, al comprimirse los tiempos de las innovaciones tecnológicas. Se pueden encontrar casos relacionados en el desarrollo de la aviación a principios del siglo xx, antes de la primera Guerra Mundial, cuando el sueño de volar condujo a los innovadores a desarrollar aviones cada vez más veloces y capaces de elevarse cada vez a mayor altura, como testimonia Ernst Heinkel en sus memorias; otro caso es el del desarrollo de los teléfonos inteligentes del siglo xxi con el lanzamiento anual de nuevos modelos, incluso hasta dos veces por año, y la obsolescencia de dichos productos evidenciada en garantías de dos años, de manera que se obliga a los consumidores a cambiar su dispositivo cada vez en menor tiempo (a pesar de que la tecnología con la que está diseñada sea más nueva).

Por lo tanto, la aceleración del cambio social se puede definir como un aumento de la disminución de la tasa de las experiencias y expectativas orientadas hacia la acción y como una contracción de los periodos de tiempo que determinan el presente de las esferas funcional, de valor y de acción respectivas. El presente se contrae tanto en la política como en la economía, la ciencia y el arte, tanto en las relaciones laborales como en los arreglos familiares, y tanto en la moral como en las orientaciones prácticas cotidianas.[12]

Una de las principales críticas que ha recibido la teoría de la aceleración social consiste en la dificultad de confirmar que existe como tal una aceleración, pues no deja de ser la observación a partir de una serie de fenómenos que parecen inconexos entre sí. En ese sentido, no se puede confirmar empíricamente la aceleración a menos que se pueda demostrar que las fuerzas del movimiento, objetiva y subjetivamente, superan sistemáticamente las fuerzas de inercia social, entendiendo por inercia la regularidad de estos movimientos objetivos y subjetivos. Acorde con Rosa, “el veredicto de que la sociedad moderna es una sociedad en aceleración sólo puede justificarse si se puede demostrar que en la modernidad las fuerzas del movimiento superan sistemáticamente las fuerzas de la inercia”.[13]

Tanto la aceleración tecnológica como la del cambio social son categorías objetivas que pueden demostrarse de alguna manera; la única categoría subjetiva, y por ese motivo más complejo de demostrar, es la aceleración del ritmo de la vida. Desde nuestra perspectiva, esta categoría es la más importante de analizar, pues afecta directamente a la persona en sus dinámicas sociales y existenciales.

Aceleración del ritmo de la vida

La aceleración del ritmo de la vida se refiere a la compresión de las actividades y acciones en la vida cotidiana. Resulta paradójico que, a pesar del aumento del “tiempo libre” gracias a la aceleración tecnológica, el tiempo se vuelve más escaso, lo cual repercute en el ritmo de la vida; por ejemplo, se ahorra tiempo por ingesta de comida rápida, pero nunca hay tiempo para comer. “La aceleración del ritmo de vida (social) […] puede ser definida como un incremento del número de episodios de acción o experiencia por unidad de tiempo; es decir, es la consecuencia del deseo o necesidad sentida de hacer más cosas en menos tiempo”.[14]

También resulta profundamente paradójico que, a pesar de que las herramientas tecnológicas permiten ahorrar tiempo acelerando procesos, en las ciudades modernas, el ser humano no tiene tiempo para nada; o mejor dicho, en realidad no tiene tiempo ni para sí mismo. Así, cuando el tiempo debiera volverse abundante, escasea y de esta paradoja surge la noción de ritmo de la vida y la necesidad de medirlo.

Subjetivamente hablando, el ritmo de vida refiere a los efectos de la experiencia individual del tiempo. Objetivamente, a la medición de acciones cotidianas concretas como comer, dormir, jugar, conversar, entre otras, cuya tendencia muestra un incremento de actividades y una disminución del tiempo dedicado a ellas; asimismo, apunta a la compresión de acciones y experiencias en intervalos irregulares de tiempo, por ejemplo, en la realización de tareas simultáneas (multitasking) como cocinar y ver televisión, o manejar y hablar por teléfono. Aceleración implica que hacemos más cosas en menos tiempo.

Objetivamente, cuando la tasa de crecimiento de actividades rebasa las tasas de aceleración, el tiempo se torna escaso de cara a la aceleración tecnológica.

Por lo tanto, las investigaciones de los años sesenta y setenta indican que el tiempo que se pasa en casa, sorprendentemente, tiende a aumentar en lugar de disminuir con la cantidad de electrodomésticos. De acuerdo con un extenso estudio estadounidense sobre el uso del tiempo realizado en 1975 en el que participaron 2046 encuestados, los propietarios de lavavajillas pasaron un promedio de un minuto y los propietarios de lavanderías cuatro minutos más en casa cada día que los adultos sin estos aparatos, y la aspiradora ahorró sólo un minuto. El tiempo asignado para el transporte parece ser invariante en relación con la velocidad de movimiento.[15]

En el terreno de la subjetividad es mucho más complejo medir y analizar el ritmo de vida, sin embargo, parece haber una conexión substancial entre el tiempo y el espacio. Cuanto más aquí y ahora pueda estar la persona, habrá mayor sincronía, y a mayor sincronía menor aceleración del ritmo de la vida; en contraste, entre más asincronía mayor aceleración del ritmo de la vida. Si la aceleración social produce, como hemos visto, una separación del espacio y una contracción del presente, podemos afirmar que la aceleración social produce asincronización; es decir, causa una separación entre el tiempo y el espacio subjetivo.

Las consecuencias de esta brecha en la dimensión espaciotemporal son variadas y es necesario estudiarlas para comprender mejor la asincronía propia del siglo xxi. La separación del espacio y la compresión del tiempo alteran los ritmos de la existencia: los viajeros modernos tienen que luchar con horarios, tiempo de trasbordo, congestiones y retrasos, pero no con los obstáculos del espacio.

Asimismo, esta separación del espacio y compresión del tiempo resta significado e importancia a ambos; cuando los medios de transporte reducen el tiempo de traslado resta significado al traslado, es decir, al espacio existente entre los puntos A y B. Tal es el caso de un viaje en avión, pues el cuerpo humano, subjetivamente, sufre el traslado de altitud y latitud en poco tiempo, lo cual provoca un malestar al momento de bajar del avión, no sólo por el clima, sino también por el repentino cambio de un lugar del planeta a otro. Ese malestar, comúnmente un mareo temporal, se experimenta en todos al viajar, aunque en algunas personas sea más acentuado que en otras. Del mismo modo, cuando internet permitió obtener una enorme cantidad de información de forma casi espontánea, restó importancia a la búsqueda de información; o bien, cuando la producción permitió reemplazar fácilmente un objeto de consumo por otro exactamente igual, el artículo perdió valor y ésa es la razón por la que las piezas únicas son más significativas.

La sociedad moderna puede entenderse como una ‘sociedad de aceleración’ en el sentido de que muestra un vínculo estructural y cultural altamente condicionado de ambas formas de aceleración: aceleración técnica y un aumento en el ritmo de vida debido a la escasez crónica de recursos de tiempo, y por lo tanto, también un fuerte vínculo de aceleración y crecimiento. Esto implica que la tasa promedio de crecimiento (definida como el aumento de la cantidad total de cosas producidas, comunicadas, distancias recorridas, etc.) excede la tasa promedio de aceleración.[16]

Un factor fundamental respecto a la noción de ritmo de vida consiste en comprender que el organismo humano puede acostumbrarse, con relativa facilidad, a los cambios asincrónicos de la espaciotemporalidad. Cuando surgieron los primeros trenes, algunas personas pensaban que la velocidad afectaría seriamente al organismo; sin embargo, aunque es verdad que existen afectaciones preliminares en el uso de las nuevas tecnologías, el rumor fue desmentido y ese medio de transporte es parte de la vida cotidiana desde el comienzo de la Revolución Industrial. Una variable derivada de este factor se observa en la conciencia o inconsciencia de esta asincronía, pues todos los organismos se acostumbran al nuevo ritmo de vida, pero no todos están conscientes ni de su aceleración ni su asincronización.

El aumento del ritmo de la vida a través de un aumento de episodios de acción y/o experiencia por unidad de tiempo que se vincula con una escasez de recursos temporales y la ‘falta de tiempo’ resultante constituye una tercera categoría independiente de aceleración social en la sociedad moderna.[17]

Al comienzo de este libro señalamos que una de las preocupaciones fundamentales para Hartmut Rosa es comprender las implicaciones de una buena vida; pues bien, la comprensión de la aceleración del ritmo de la vida es un factor imprescindible para intentar dar respuesta a esa interrogante. Ambas nociones, buena vida y ritmo de vida, son subjetivas y problemáticas; sin embargo, una persona podría responder en un estudio si su vida personal cumple con la expectativa de estas nociones.

Para los sujetos acostumbrados a la aceleración social, pero conscientes de su existencia, la pregunta fundamental gira en torno al sentido de la vida misma: “¿Cómo quiero pasar mi vida? Es quizás la pregunta ética más fundamental a la que nos enfrentamos [...] Sin embargo, el problema más restrictivo de una sociedad hiperacelerada es que socava la autonomía individual y colectiva”.[18]

El problema radica en la respuesta que un individuo puede dar a la pregunta sobre las cosas que desea hacer en su vida. A diferencia de los siglos anteriores, el hiper-acelerado siglo xxi ofrece un sinnúmero de actividades que se pueden hacer, cada vez hay mayor posibilidad de realizar un mayor número de acciones por unidad de tiempo que la que tenían generaciones anteriores; ahora lanzarse de un paracaídas o viajar a lugares lejanos es menos difícil, razón por la cual una persona puede multiplicar ad infinitum el número de posibilidades en su lista de “cosas que debo hacer antes de morir”. El incremento en la oferta de experiencias funda las condiciones de posibilidad de la aceleración del ritmo de la vida.

El ritmo de vida debe entenderse como resultado de la escasez de recursos de tiempo, lo que significa que el aumento de la cantidad de acciones supera la mejora técnica de la velocidad de rendimiento. Ansiedad por ‘no mantenerse al día’. La aceleración y condensación de los episodios de acción representan una reacción obvia a estas percepciones.[19]

Sólo el incremento de las acciones por unidad de tiempo puede satisfacer la noción de aceleración social: “La experiencia de una aceleración del ritmo de la vida en la modernidad abarca tanto un aumento de la velocidad de acción como una alteración estructural inducida de la experiencia del tiempo en la vida cotidiana”.[20] En ese sentido, podemos afirmar que la multiplicación de opciones es una de las causas principales de la aceleración del ritmo de vida.

Internet, como herramienta tecnológica, es uno de los aceleradores más importantes del siglo xxi, no únicamente porque su funcionalidad es cada vez más veloz (cantidad de gigabytes descargables por minuto), sino por permitir el multitasking, de modo que hace habitual consultar gran cantidad de información simultáneamente, además de multiplicar el número de opciones y actividades por unidad de tiempo.

Si se desea evitar un ritmo de vida acelerado, es indispensable que las personas recuperen la sincronización de la espaciotemporalidad respecto a la realidad de su vida cotidiana; en otras palabras, se debe buscar vivir aquí y ahora buscando llevar a cabo las actividades completas del día a día en el tiempo apropiado para cada una de ellas.

Las tres categorías de aceleración funcionan de manera sistémica y son interdependientes, ya que la aceleración de la primera causa la aceleración de las otras de forma sucesiva e incontrolable, pues el modo de vida occidental, orientado al trabajo como centro de actividad y al consumo como contrapeso, termina por producir un círculo co-dependiente. Dicho de otra manera, el tiempo de trabajo figura como un factor crucial de la producción, y en consecuencia, el círculo de producción, distribución y consumo se acelera constantemente.

En palabras de Edgar Morin, el mundo contemporáneo funciona como un sistema abierto cuyas consecuencias afectan ontológica y epistémicamente del mismo modo que objetiva y subjetivamente. En un sistema abierto, las leyes de organización de lo viviente son desequilibrantes (entrópicas), porque la relación de las variables que intervienen en él compensan o descompensan para permitir la continuidad de la vida; por eso debemos reconocer que el sistema viviente debe comprenderse tanto en relación con el ambiente como consigo mismo: “El sistema no puede ser comprendido más que incluyendo en sí al ambiente, que le es a la vez íntimo y extraño y es parte de sí mismo siendo, al mismo tiempo, exterior”.[21]

Cuando un sistema en relación con el ambiente modifica su estructura, decimos que es autopoiético; es decir, puede constituirse a sí mismo a partir de las relaciones que el sistema establece consigo mismo y con el ambiente, tal y como ocurre con el organismo humano. En ese orden de ideas, el círculo de aceleración planteado por Hartmut Rosa funciona como un sistema autopoiético que se mueve a sí mismo: “Dentro de su círculo, la aceleración siempre e inevitablemente produce más aceleración: se convierte en un ‘sistema de retroalimentación’ que se auto-refuerza”.[22]

Debido a esta inercia en el círculo de aceleración, decimos que la aceleración es una característica definitoria de la modernización; sin embargo, dicho círculo requiere motores para que el sistema se active y pueda auto-producirse. Es por esto que en la teoría de la aceleración social de Hartmut Rosa existen tres motores principales, como veremos a continuación.

[1] Hartmut Rosa, High-speed Society…, p. 81. “Many things slow down (traffic). Athletes seem to be running and swimming faster and faster, Computers compute at ever-higher speeds, transport and Communications need only a fraction of the time they took a Century ago, people appear to sleep less and less (some scientists have found that the average sleeping time has decrease by two hours since the nineteen century and by thirty minutes since the 1970´s)”.

[2] Hartmut Rosa, Social Acceleration…, p. 64. “Goods, human beings, energy, money and information should change their locations with increasing frequency in order to circulate in a comprehensive sense, both economically and culturally”.

[3] Hartmut Rosa, High-speed Society…., p. 81. “This two specifications of the concept of acceleration still do not cover all the relevant phenomena: the attempt to save time through fast food, speed dating, power naps, or multitasking, i.e., by shorting or condensing episodes of action, represent a reaction to a scarcity of time that can be classified under the heading neither of acceleration social change nor of technical acceleration”.

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 şubat 2026
Hacim:
367 s. 12 illüstrasyon
ISBN:
9786079946845
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar