Kitabı oku: «Diario de una temporada en el quinto piso»

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Juan Carlos Torre

DIARIO DE UNA TEMPORADA EN EL QUINTO PISO

Episodios de política económica en los años de Alfonsín


A pesar de la cantidad de información política que circula en los medios, es poco lo que sabemos sobre cómo funciona un gobierno. Sabemos, en última instancia, aquello que los actores políticos deciden que podemos saber. Los trascendidos y las primicias vienen de ellos, y son revelados para su propio beneficio, para impugnar a un rival o para incidir o producir un debate público. Los interesados en el auténtico ejercicio del poder en realidad quieren otra cosa: quieren que alguien que formó parte de un gobierno narre, con la mayor objetividad posible y sin ubicarse en el lugar del héroe, lo que allí sucedió. Diario de una temporada en el quinto piso es exactamente ese libro. En rigor, es mucho más que eso: es una obra única, que contribuye a entender las dificultades de gobernar la Argentina y la propia configuración de nuestra sociedad.

Sociólogo e historiador, Juan Carlos Torre fue, desde finales de 1983 hasta comienzos de 1989, miembro del equipo económico de Juan Vital Sourrouille durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Primero en la Secretaría de Planificación; luego en el Ministerio de Economía, en el legendario quinto piso, donde tiene el despacho el ministro y sus colaboradores más cercanos. Gracias a ello, fue testigo de la trastienda de las negociaciones con el FMI y funcionarios de los Estados Unidos, con la CGT, los empresarios y la oposición peronista, en el marco de una transición a la democracia asediada por fuertes presiones hiperinflacionarias y por los efectos de enjuiciar la violación de los derechos humanos durante la dictadura militar.

A lo largo de esos años, llevó un diario. Con espíritu sereno y comprensivo, con distancia afectuosa y crítica, junto a la inevitable angustia que surgió en muchos, demasiados, momentos, consignó estos acontecimientos y los continuos debates, a veces encarnizados, que se daban dentro del gobierno de Alfonsín, y al mismo tiempo procuró analizarlos. Este libro es un documento extraordinario por su capacidad para transmitir el vértigo y las tensiones de la política económica en tiempos difíciles. A través de sus páginas se revela información y se ofrecen perspectivas de una magnitud y una calidad admirables. Pero la mayor sorpresa que surge al leerlo no es esa, sino descubrir la persistencia de ciertos escollos que, casi inalterables, nos acompañan hace décadas y siguen vigentes hoy.

Torre, Juan Carlos

Diario de una temporada en el quinto piso / Juan Carlos Torre. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-628-643-5

1. Ensayo Económico. I. Bigongiari, Diego, trad. II. Título.

CDD 330.01

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Edición en formato digital: octubre de 2021

© Juan Carlos Torre, 2021

© de la presente edición Edhasa, 2021

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ISBN 978-987-628-643-5

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Dedicatoria

  Prólogo

  I. El regreso a la Argentina. De la guerra de Malvinas a las elecciones de 1983 y su desenlace: Alfonsín presidente

  II. La incorporación al gobierno de Alfonsín

  III. En el Quinto Piso

  Apéndices

  Sobre el autor

Para Ana María Mustapic

Prólogo


Saúl Ubaldini y Juan V. Sourrouille. El autor en segundo plano.

Este libro es el resultado del forzado confinamiento que impuso el coronavirus. Como ocurrió con tantos de mis conocidos en el mundo académico, aproveché la oportunidad para revisar los archivos que tenía en la computadora. Frases sueltas, argumentos a medio hornear, observaciones varias, que con los años se fueron acumulando a la espera de ser suprimidos o de salir a la luz luego de una mejor lectura. Entre esos archivos había uno que aguardaba su turno desde hacía mucho tiempo: el diario que fui llevando durante la temporada que pasé en el Quinto Piso del Ministerio de Economía en el gobierno de Raúl Alfonsín.

Al Quinto Piso llegué por obra de dos afortunadas circunstancias. La primera fue la derrota del partido peronista en las elecciones de 1983, que inauguraron en la Argentina los tiempos de la transición a la democracia. Impensable hasta ese momento, la derrota peronista abrió la puerta a una sucesión de experiencias que tampoco estaban en los cálculos de muchos, yo entre ellos. Ese fue el lugar de la segunda de las afortunadas circunstancias. Una vez electo presidente, Alfonsín convocó a Juan V. Sourrouille a formar parte de su flamante gobierno y, por intermedio de un amigo en común, Adolfo Canitrot, quien también era de la partida, fui a mi vez invitado a acompañarlos.

Al poco tiempo de sumarme al equipo económico de Sourrouille tomé una decisión: registrar las vicisitudes de la experiencia que inesperadamente tenía a mi alcance en mi condición de observador participante, un sociólogo en medio de un grupo de economistas proyectados al centro mismo de las decisiones más críticas de gobierno. En la decisión de llevar un diario influyó una costumbre que había observado en Inglaterra, donde viví en los cuatro años previos a la guerra de Malvinas: una vez retirados de sus funciones públicas, los políticos y los altos burócratas suelen publicar sus memorias. Con un propósito semejante puse manos a la obra: compré un grabador y comencé a hablarle, en particular en los fines de semana, teniendo por guía las notas que tomaba con ese fin. Ocurrió que, al cabo de unos años, acompañando los contratiempos del equipo económico, también yo experimenté sus efectos: el tono lúgubre que fue adquiriendo mi voz se me hizo intolerable, por lo que cambié de método, abandoné el grabador y continué el diario escribiendo en libretas y cuadernos.

En forma paralela al registro de los acontecimientos utilicé otro recurso: las cartas. Desde siempre fui un entusiasta del antiguo culto de la correspondencia epistolar y en esta oportunidad tener afectos y amistades residiendo fuera de Argentina me dio el pretexto para volver a él. Mi hermana mayor, Lucía Isabel, en Mérida, Venezuela, y Silvia Sigal, en París, fueron las destinatarias de largas cartas en las que, al tiempo que les contaba las novedades de la vida política, tomaba distancia de ellas y buscaba cómo interpretarlas. Transcurridos varios años de la finalización del gobierno de Alfonsín ambas me dieron una feliz sorpresa cuando recibí las cartas prolijamente conservadas en sus respectivos sobres.

Con ellas, más los casettes que grabé y que más tarde mi hermana, ya de regreso al país, transcribió con paciencia, en un gesto generoso por el que le estoy por siempre agradecido, y los apuntes y notas de mis libretas y cuadernos, fui reuniendo los testimonios de mi paso por el Quinto Piso. ¿Qué hacer con ellos?, me pregunté. Una opción era utilizarlos como fuentes para escribir un ensayo con eje en la reconstrucción histórica de esa experiencia. Colegas míos esperaban que así lo hiciera, ponderando las habilidades para contar historias que había mostrado en mis trabajos académicos. Preferí, en cambio, mantenerlos como tales y reproducirlos bajo la forma de un diario. Con esta opción quise ponerme a salvo de las trampas de la memoria histórica. Con frecuencia, ella juega a las escondidas con los hechos del pasado para encadenarlos selectivamente en un relato al servicio de expectativas del presente. Por cierto, no considero que los testimonios en primera persona ofrezcan una materia prima libre de impurezas, pero por lo menos tienen la ventaja de poner las cartas sobre la mesa al hacer más visible el punto de vista de quien habla, describe, juzga.

Con la lectura del diario queda al descubierto muy pronto su factura. Entre los acontecimientos que registro están aquellos en los que participo y además están los que conozco a través de las confidencias de los miembros del equipo económico. Desde un principio les hice saber mi propósito: aprovechar la posición a la que había accedido por la lotería de la política para dejar constancia de las tribulaciones del Quinto Piso durante la presidencia de Alfonsín. Algunas veces ellos hablaron directamente a mi grabador; otras, me hicieron detalladas crónicas de sus peripecias para que las volcara en mis notas y apuntes. Por supuesto, cuanto quedó transcripto estuvo filtrado por mi propia perspectiva, que selecciona los hechos y coloca los énfasis en una historia de la que me sentía parte.

Si bien están transcriptos en forma cronológica, los registros de este diario son inevitablemente fragmentarios. A menudo entre ellos hay largos silencios. Tampoco cubren la variedad de temas de la agenda del ministerio. Hay cuestiones que reciben más atención porque me interesan más o porque accedo a ellas con más facilidad; otras quedan fuera de mi radar. Por lo tanto, las páginas de este diario no son ni deben ser leídas como un informe de la gestión de las políticas económicas en los años de Alfonsín. Más bien, procuran transmitir el clima que se respiraba en las oficinas del Quinto Piso; están dictadas en caliente y en medio de la sensación de soledad que acompañaba los esfuerzos del equipo económico. No pocas de ellas deben mucho a la insatisfacción que me producía contemplar las limitaciones del partido radical en el gobierno. Hoy, con el paso del tiempo y luego de ver desfilar otros elencos en la Casa Rosada, mi evaluación es más ecuánime. Y si me queda todavía algún resquemor tecnocrático, este no me impide reconocer y también celebrar que el de Alfonsín haya sido un gobierno decente y respetuoso del juego político democrático.

Cuatro fueron las figuras principales del equipo económico: Juan Sourrouille, su director técnico, sobre el que recayó una exigente tarea: hacia adentro, administrar las ansiedades de sus colaboradores y asegurar la cohesión y, hacia afuera, dar la cara y capear la difícil coyuntura, conservando la calma mientras ofrecía seguridades cuando a veces escaseaban; José Luis Machinea, siempre listo para prodigarse allí adonde hiciese falta al tiempo que ponía su ingenio en busca de salidas a la emergencia; Mario Brodersohn, dedicado a deshacer los entuertos del fisco y la deuda externa por medio de las artes de la negociación y la astucia, y Adolfo Canitrot, que con su libertad de espíritu y su realismo operó como un verdadero cable a tierra. Los talentos y la entrega de los cuatro y de todos los que los secundaron no pudieron, sin embargo, torcer el destino que el archivo de la política comparada le tenía reservado a la presidencia de Alfonsín.

Allí se afirma que los gobiernos surgidos de las primeras elecciones libres luego del fin de los regímenes autoritarios no salen airosos cuando tienen que enfrentar el doble desafío de la transición a la democracia y de la gestión de los problemas económicos. Esa tendencia se verificó duramente entre nosotros. En julio de 1989 tuvo lugar la primera transferencia constitucional del poder en la vida de varias generaciones de argentinos; entre tanto, el país estaba envuelto en el caos hiperinflacionario. Al volver la mirada a los años en el Ministerio de Economía recuerdo que después del eclipse del Plan Austral fui ganado poco a poco por la idea de que al final de nuestra travesía nos esperaba la derrota. La única incógnita que tenía por despejar era cuál habría de ser el escenario de la última batalla. Cuando llegó el momento de la verdad –la sucesión en la presidencia–, la frágil plataforma económica existente no pudo resistir el vendaval especulativo desatado por la victoria inminente del populismo económico de Carlos Menem. Sabemos que la historia posterior no se ajustó a ese libreto, pero para entonces la presidencia de Alfonsín ya era un caso más de las vicisitudes propias de los pasos iniciales de las transiciones pos-autoritarias.

Hace unos años en un homenaje a Adolfo, que ya no está con nosotros, dije de él que perteneció al club de “los optimistas sin ilusiones” que solemos encontrar en este mundo. Hoy quiero sumar a todos los miembros del equipo económico a ese club. Quienes están en sus filas son optimistas porque creen que las cartas no están marcadas de una vez y para siempre; por el contrario, confían en que el país que les ha tocado en suerte puede ser otro, mejor, y con esa convicción están listos para entrar al ruedo. Como ocurrió en 1983, cuando, movidos por el entusiasmo cívico que despertó en nosotros el liderazgo de Alfonsín, nos alistamos para contribuir a una gestión racional del gobierno de la economía. Pero esa disposición al compromiso público no implicó ilusionarnos con la perspectiva de un porvenir radiante. Por haberla estudiado conocíamos demasiado bien que la madera con que está hecha la Argentina no facilitaba la tarea de colocar nuevos cimientos. No obstante, allí estuvimos e hicimos nuestra apuesta durante una temporada en el Quinto Piso. En las difíciles circunstancias en que fue hecha, esa apuesta tuvo, a mi juicio, su importancia histórica porque el equipo económico, conducido con el temple y buen juicio de Juan Sourrouille, contribuyó a asegurar el desenlace del primer tramo de la transición democrática.

Durante largos años el archivo con esa experiencia estuvo en mi computadora. Distintos proyectos en el ámbito de la historia y la sociología ocuparon mi atención, y como suelo dispersarme y además mis ideas son de lenta maduración, el tiempo fue pasando. Con el escritorio despejado de compromisos académicos y con ochenta años cumplidos decidí no postergar más la publicación de mi diario y aproveché la cuarentena para revisarlo. La revisión incluyó retoques en la redacción y completar aquí y allá información faltante; además, agregué dos breves notas, una sobre mi peripecia personal en los años previos y la otra respecto de la trayectoria anterior de miembros del equipo económico.

Releyendo las páginas de este diario advierto que hay juicios y actitudes que hoy modificaría. Pero no cambio ni cambiaré mi gratitud hacia Ana María, que compartió las idas y vueltas de mi incursión en la vida pública y con quien desde hace años camino a la par de su querer y su conversación siempre inteligente.

I. El regreso a la Argentina De la guerra de Malvinas a las elecciones de 1983 y su desenlace: Alfonsín presidente

Breve nota biográfica personal: En febrero de 1982 regresé al país. Unos seis años antes, en diciembre de 1975, y luego de pedir licencia en el Instituto Di Tella, viajé a Nueva York. Mi amigo Juan Corradi me había invitado a dar un seminario de cuatro meses en la New York University sobre Temas de América Latina. Terminado mi compromiso, en abril de 1976 me preparaba para regresar a Argentina. Traía conmigo un subsidio en dólares que me fuera otorgado por el Social Science Research Council para mis investigaciones sobre movimiento obrero y peronismo. El golpe militar del mes de marzo cambió mis planes. Pregunté a la agencia que me concedió el subsidio: ¿puedo llevar esos dólares a otra parte? Entendieron la situación y me dijeron que sí. Fue así que me trasladé a París para iniciar mis estudios de doctorado en sociología con el profesor Alain Touraine, a quien ya conocía. Los dólares me permitieron subsistir durante un año y cumplir con el período de asistencia presencial a las clases del doctorado: a partir de entonces la tarea que tenía por delante era escribir la tesis y reunirme periódicamente con el Prof. Touraine. Sin recursos para quedarme en París y sin ganas de volver a Buenos Aires, le escribí a mi amigo Francisco Weffort, en São Paulo, en busca de trabajo. Me respondió favorablemente y a lo largo de 1977 di un seminario en la Universidad de São Paulo y otro en la Universidad de Campinas. Al cabo de un año hice otra vez las valijas y en 1978 me instalé en Londres para ocupar la posición de investigador visitante que me ofreció mi amigo David Rock en el Institute of Latin American Studies. En el segundo semestre de 1979 regresé a Buenos Aires a mi puesto en el Instituto Di Tella pero en 1980 y con otro subsidio del Social Science Research Council me instalé en Oxford en el Centre for Latin American Studies como investigador visitante gracias a los buenos oficios de mi amigo Alan Angell. Durante la temporada en Oxford viajé de tanto en tanto a París para conversar sobre mi tesis con el Prof. Touraine y di un paso importante: me comprometí con Ana María Mustapic, quien estaba realizando allí sus estudios de posgrado en ciencias políticas. A principios de 1982 y una vez que ella terminó sus estudios decidimos regresar a Buenos Aires, en vísperas de la guerra de Malvinas.

4 de mayo de 1982

Querida Silvia:

Desde hace un mes, Argentina vive días extraordinarios: está en guerra. Faltaba la guerra para completar la secuencia de eventos prodigiosos que hemos vivido en los últimos diez años: el regreso (“imposible”) de Perón al país al cabo de dieciocho años de exilio, los quince mil desaparecidos, la agresión al cuerpo social del país por un experimento económico que concluye en el fracaso (recesión, desempleo, deuda externa). Cuando la trayectoria de la historia se encaminaba por senderos conocidos, y el clamor de los políticos por elecciones libres y también la movilización de los sindicalistas habían colocado a este régimen militar contra la pared, como a otros en el pasado, sucede el 2 de abril la ocupación de Malvinas. Fue una decisión audaz que conmovió a una sociedad que creía haber pasado por todas las experiencias límite. Y henos aquí en la guerra y, con ella, ante escenas de soldados que van al frente haciendo la V de la victoria, las filas de voluntarios en aumento día tras día, una solidaridad que parte desde todos los rincones y pone, al alcance de un país al borde de la ruina y la confrontación, cheques, toros, autos, caramelos, alhajas, cartas de madres y novias, una propaganda que machaca día y noche sobre la justeza de la causa propia y la iniquidad del adversario, los solemnes funerales militares a los caídos, el público ávido que devora todas las noticias y vive pendiente de lo que vendrá, los chicos del jardín de infantes cantando canciones de guerra, en fin, una experiencia a la que nadie puede sustraerse, que nos envuelve a todos en una formidable efusión colectiva, sin distinciones sociales ni política; la guerra, pues, que ha venido a dar a un pueblo pronto a recomenzar sus ritos antropofágicos, esto es, a ajustar cuentas y reponer conflictos, la posibilidad de una fuga hacia adelante. En lo que has leído tenés una muestra de mi vocación pertinaz por la épica literaria. Debo admitir que la imagen que he compuesto tiene un aire demasiado dramático. Pierde de vista la otra cara de la medalla. Un país que no ha conocido la guerra se acerca a ella con un espíritu festivo, el fervor que campea en los actos públicos recuerda a muchos los entusiasmos del mundial de fútbol de 1978, las bravuconadas que se suceden por TV (¡Que venga la Flota Real, ya verá lo que le espera!) tienen la altanería de las justas deportivas. Por lo demás, la guerra sucede en el Sur, un lugar remoto, y nada de la rutina de Buenos Aires ha sido alterado; de allí que los porteños –vueltos de improviso todos expertos militares– pueden cultivar con calma su afición por las largas conversaciones en el café, ahora centradas en ponderar los movimientos tácticos de los ejércitos y el balance tecnológico de sus armas de guerra, en fin, un ejercicio flagrante de inconciencia que sólo puede permitírselo un pueblo al que su Dios Criollo lo ha preservado de los horrores de la guerra.

Y bien, ¿cómo es que hemos venido a parar en esta guerra? Hoy se sospecha, con fundamentos, que la ocupación de Malvinas estaba entre las obsesiones del general Galtieri al llegar a la presidencia. Cuando se conoció su designación y hubo que armar su perfil se dijo de él que era un hombre enérgico, del que se esperaban grandes cosas. Se habló, pues, de cualidades personales y no de una política. El contraste con la operación de propaganda que rodeó al general Viola antes que fuera nominado no pudo ser más evidente porque de Viola se dijo que era un político y que su plan era revertir la gestión económica de Martínez de Hoz, creando así las bases para una alianza cívico-militar. La energía de Galtieri y las grandes cosas que se esperaban de él delineaban una silueta, anticipaban cambios, pero no se sabía qué habría de llenar esa silueta y qué orientación tendrían esos cambios. Hoy sabemos que esa energía era la de un militar audaz y que en el paquete de sus grandes cosas estaba poner fin a los 150 años de control de los ingleses sobre Malvinas. Los años pasados bajo la férula militar hicieron pensar a una opinión pública justamente prevenida que esa operación estaba arreglada de antemano con el objetivo de recomponer el alicaído prestigio de la dictadura: EE.UU. intervendría ofreciendo sus buenos oficios para retribuir la colaboración prácticamente solitaria de los militares argentinos a su política antisubversiva en Centroamérica y, a su turno, Gran Bretaña se limitaría a una protesta simbólica, tanto por presión de Ronald Reagan como por la imposibilidad de oponerse a un acto de fuerza en un territorio tan lejano. Aunque prevenida, esa opinión pública dio su apoyo a la gesta militar, sobre todo luego de ser convocada por el gobierno, poniendo fin a su cerrada negativa a un diálogo con los partidos, y también por la extensión de esa convocatoria a los mismos sindicalistas que había ordenado apalear pocos días antes. Nadie retaceó su respaldo y todos lo hicieron persuadidos de que la ocupación de Malvinas, al reivindicar a las fuerzas armadas, prometía acelerar el proceso de normalización institucional. Los laureles a conquistar en las islas australes, junto con los otros recogidos en la lucha contra la guerrilla, venían a dar a los militares la posibilidad de una retirada honorable.

A la vista de lo ocurrido después del 2 de abril emerge una conclusión: la operación militar no estuvo previamente concertada. Lo muestra la irritación de Reagan y Haig ante la aventura; lo confirma la ausencia de un trabajo previo por parte de la Cancillería a los efectos de preparar a la opinión internacional: el predecesor de Nicanor Costa Méndez en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Oscar Camilión, así lo ha hecho saber. Ello explica el voto desfavorable en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pero, sobre todo, el asombro del gobierno frente a las reacciones de los países europeos y de no pocos miembros de los Países no Alineados. Asimismo, la repuesta de Inglaterra superó todos los cálculos previos. La hipótesis de que Argentina podía impunemente violar las reglas de juego internacionales quedó rápidamente falsificada. En su lugar se hizo visible el carácter temerario de la iniciativa de los militares argentinos: acostumbrados a resolver por la fuerza los conflictos internos, intentaron emularse a sí mismos frente a un conflicto internacional. Y hoy estamos, con ellos, metidos en un flor de baile.

Hoy estamos metidos en un flor de baile y, hasta ahora, parece que dispuestos a bailarlo. Galtieri y quienes con él lanzaron el país a la aventura militar no se equivocaron en cuanto a la eficacia de la movilización arropada por banderas nacionalistas. Los argentinos descubrieron súbitamente su cariño entrañable por las Malvinas y que el retorno de “la hermanita perdida” –tal es el título de un hit musical que con letra de Atahualpa Yupanqui y música de Ariel Ramírez hoy entona Lolita Torres– era uno de sus sueños más preciados. Este pueblo que ha crecido en la discordia y el resentimiento, que sólo ha conocido frustraciones, hoy se siente convocado y, al salir de su purgatorio, afirma estar dispuesto a dar todo por la soberanía de unas rocas lejanas, por largo tiempo ocultas “bajo un manto de neblina”, según dice la primera estrofa del Himno de Malvinas que se canta en las escuelas y se escucha en las radios. Me impacta mucho ver a este pueblo que sé siempre litigioso y arisco proclamar, en respuesta a los llamados de la patria, que puede ser fraterno y desprendido. La experiencia que tenemos por delante es única desde que tengo memoria y no puedo no registrarlo así –antes de escandalizarme por lo que este fervor popular comporta como condonación de las políticas de la Junta Militar–. De allí que los políticos que se acercaron al gobierno buscando sacar partido también ellos de la aventura militar hayan terminado confundidos con él. Hay una presión desde abajo que se expresa al mismo compás de los clarines del ejército; no es fácil tomar distancia de la movilización colectiva. El 1 de Mayo varios dirigentes sindicales llevaron a sus huestes a la Plaza de Mayo para respaldar la lucha por la soberanía y, al mismo tiempo, repudiar la actual política económica. Terminaron trenzados entre sí y enfrentados en una batalla callejera con pequeños grupos izquierdistas. El espectáculo que montaron tuvo algo de irreprimiblemente obsceno, justo el día en que los ingleses hicieron su primer ataque en Malvinas, convirtiéndolas en “un pequeño infierno”, según las confesiones off the record de un oficial argentino hablando con su hija mediante una comunicación por radio entre Malvinas y Buenos Aires que pude captar gracias a un formidable aparato de radio de un cuñado mío. El hundimiento del barco General Belgrano, alevosamente torpedeado, ya que estaba fuera de la zona de exclusión decidida por los propios ingleses, y después la muerte de cerca de trescientos soldados convirtieron al acto sindical en un evento patético.

He hablado de “los llamados de la patria”, he hablado de la alevosía de los ingleses, y me pregunto: ¿es este el lenguaje del fascismo popular que se cree estar emergiendo entre los argentinos, un lenguaje tanto más condenable cuanto que muy recientemente eran otras voces las que se escuchaban, las que invocaban los derechos humanos, las que condenaban el capitalismo salvaje? Convengamos que estamos en medio de una experiencia inédita en nuestras vidas. Yo mismo debo confesar que me he emocionado ante las imágenes de los sobrevivientes del General Belgrano descendiendo de los aviones que los traían del sur, después de haber pasado hasta treinta horas a la deriva en sus balsas en un mar helado: ¿no había entre ellos algunos de los torturadores de la Escuela de Mecánica de la Armada? Repito: nunca había sido expuesto a la guerra. Sé que en el exterior, entre los exiliados, la aventura militar ha repuesto las posiciones en pugna durante el mundial de fútbol, entre los que querían una derrota de la selección argentina para castigar a la dictadura militar y los que querían que Kempes, Ardiles, Pasarella llenaran de goles a los equipos rivales. Los que siguieron el Mundial desde aquí fueron más unánimes y querían sin dudas una victoria argentina. Quienes seguimos desde acá esta otra empresa colectiva somos más indulgentes con las emociones a las que nos confronta.

Por supuesto, podrá ponerse en cuestión la catadura de los promotores de la operación del 2 de abril. ¿Habrá que desear en consecuencia que la operación concluya en un fracaso y que Mrs. Thatcher reponga la bandera inglesa en las islas? El problema que entraña la posición de quienes critican toda esta aventura porque ha sido orquestada por la dictadura militar es que se sitúan en un momento de la historia donde todo está por suceder. El hecho es que esta aventura está ya en marcha y que es preciso hallar cómo ubicarse en ella: dudo mucho que la mejor ubicación sea la de desear la derrota porque en el país no sería ciertamente popular. Son muchos los que acá sostienen que esta ya no es una aventura de Galtieri y sus aliados sino una causa del país, y que, sin silenciar sus cuestionamientos a la Junta, se alistan en el apoyo a la recuperación de las islas. ¿Sería mucho pedir que se haga una distinción semejante, sobre todo cuando este fenómeno espantoso de la guerra no discrimina finamente entre los espíritus críticos y la algarabía patriotera? En los debates sobre la posición a adoptar entre gente como uno –me refiero a los círculos intelectuales– se me ocurre que campea un cierto irrealismo, me refiero al irrealismo que viene junto con la libertad de criterio que es propia de quienes nos sabemos condenados a una cierta marginalidad política, una marginalidad política donde los argumentos de principio ocupan a menudo el lugar de una palabra públicamente responsable. Quiero decir: todos sabemos que nada cuanto digamos importa y, con esa conciencia, nos entregamos a ejercicios retóricos sin vernos expuestos a los dilemas que plantea lo que pensamos y lo que está políticamente en juego. Un ejemplo: el otro día alguien junto a mí, desde el secreto de una mesa de café, proclama su deseo de que todo terminara en una estrepitosa derrota para que los militares escarmentaran y pagaran con creces sus cuentas atrasadas con los argentinos. ¡Cuánta impotencia se ha acumulado entre nosotros para que hagamos de Margaret Thatcher el Ángel de la Justicia que vendría a cobrar tantos crímenes impunes! Si derrota hay será complicado distinguir qué porción de ella le toca a los militares y cuál a toda esa gente que se siente desafiando a la Tercera Flota Naval del mundo en nombre de una causa anticolonial. No se me escapan los deslizamientos de mi razonamiento. Entre el horror con que sigo esta historia (no sólo el horror frente a la guerra sino también ante el calvario en que vive este país para el que no hay sosiego) y la simpatía con la que acompaño la movilización colectiva no hay mucha coherencia que digamos, pero prefiero esa inconsistencia a la soberbia crítica de las almas bellas. Fin.

Entre tanto veamos cómo continúa la historia iniciada el 2 de abril. Si erraron en cuanto a la reacción que habrían de suscitar en el exterior, los militares no parecen controlar tampoco las expectativas que despertaron dentro del país. De allí que todos nos preguntamos adónde va todo esto; bueno, todos no: el otro día el hijo de una amiga cuya clase ha sido convocada –1961– le decía a su madre que a él no le importaba lo que pasará después sino lo que está pasando ahora y con razón porque puede no contar el cuento si lo mandan al frente de batalla. Aquellos que no tenemos una preocupación tan urgente nos dedicamos a desmenuzar las noticias y a imaginar posibles desarrollos.

Ocurre que cuando se aborda una experiencia inédita, de la que no se tienen antecedentes, las hipótesis sobre el futuro descansan sobre bases muy precarias y terminan siendo proyecciones de las ansiedades de cada uno. En cuanto a la cuestión en litigio –la soberanía sobre Malvinas–, los militares se movilizaron y movilizaron a todo el país detrás de un objetivo ambicioso: obtener la ratificación de un acto de fuerza. En las conversaciones con el general Haig sostuvieron que la condición previa a todo arreglo, esto es, para la paz, era el reconocimiento de la soberanía argentina. Con un supuesto semejante toda negociación estaba condenada ya que una negociación implica el acercamiento entre posiciones encontradas y la cesión de algo por ambas partes. Ahora bien, los argentinos declararon de movida no estar dispuestos a ceder nada, a lo que los ingleses respondieron con igual tozudez que la situación debía volver al statu quo ante. El objetivo argentino plantea un problema para cualquier ejercicio de negociación porque es indivisible: la soberanía se tiene o no se tiene. Desde esta perspectiva cualquier propuesta de cese de las hostilidades que comporte el retiro de las fuerzas de ocupación y arriar la bandera argentina en las islas será inviable en el frente interno. En los últimos días la posición argentina se ha flexibilizado; así, se habla de que la soberanía no es un requisito previo sino que la negociación debería conducir a que fuera reconocida en un plazo razonable. Esta nueva postura implica de hecho el abandono de las islas, el establecimiento de una administración a cargo de terceros –las Naciones Unidas, por ejemplo, ya que la idea de una administración conjunta de Gran Bretaña, Argentina y EE.UU. se ha rechazado luego que EE.UU. se pasara al bando británico– y el comienzo de negociaciones. Esta alternativa no está exenta de dificultades. Como sostuvo un periodista inglés, toda negociación presupone que no se sabe cuál será el desenlace, por lo que la pretensión argentina de dejar constancia de que UNO es el desenlace –el reconocimiento de la soberanía– la convierte en un ejercicio fútil. No obstante, hay que admitir que estamos ante un cambio y una menor intransigencia. Se explica por lo tanto que hayan surgido voces inquietas por la entrega de la soberanía y por la posibilidad de que los cascos azules de las Naciones Unidas reemplacen a nuestros muchachos en el confín austral. Como ocurre siempre, esas voces encuentran eco en las filas de las fuerzas armadas, que reiteran una vez más el síndrome de la fragmentación y la división; se habla ya, pues, de “duros” y “blandos” y nos preguntamos si Galtieri tendrá todas consigo en la hora de la decisión. El gobernador designado en Malvinas, general Mario Benjamín Menéndez, ha afirmado: “Yo vine a Malvinas para quedarme”. Llegado el caso, ¿acatará la orden de retirarse para iniciar negociaciones?

La operación del 2 de abril y la respuesta escasamente favorable que encontró en el exterior han desatado en nosotros una reacción nacionalista que permea en forma inédita a amplios sectores. Son numerosas las figuras del establishment que hasta ayer declamaban su fe en la causa de Occidente y hoy, consternadas frente a tanta incomprensión, llaman a la busca de un destino propio y un lugar en América Latina. La quiebra de lo que podríamos llamar “las afinidades electivas” de la Argentina tradicional debido al repentino aislamiento del país –me refiero a las sanciones y condenas hechas por Europa y EE.UU.– ha generado un travestismo ideológico impresionante. Recordemos que ayer nomás los militares argentinos habían enviado asesores a Guatemala y El Salvador para detener la penetración comunista promovida desde Cuba y Nicaragua; anotemos también que el conductor diplomático de la operación del 2 de abril, Nicanor Costa Méndez, figura en los directorios de las principales compañías británicas radicadas en el país; recordemos también que la membresía de Argentina, es cierto que en calidad de observador, al Grupo de Países No Alineados ha sido motivo de crítica frecuente en los editoriales de La Nación; ¿cómo no mencionar la mirada arrogante que una buena parte de los argentinos hemos dirigido a la América mestiza? Y bien, todo ese edificio de valores sobreentendidos sobre el que descansaba la ubicación de Argentina en el mundo ha saltado por los aires con la tromba desatada por la aventura militar. Así, hemos escuchado a un miembro de la Junta Militar contemplar la posibilidad de solicitar ayuda soviética, Costa Méndez ha admitido que Raúl Prebisch tenía razón al hablar de los conflictos Norte-Sur, y figuras políticas notables compiten entre sí por gritar su vocación latinoamericana. Todo esto ha coloreado con matices nuevos la escena pública: los embajadores de Venezuela y de Panamá aparecen a cada rato en la TV opacando con su verbo caudaloso a sus más circunspectos interlocutores argentinos, la tradicional Farmacia Franco-Inglesa hoy se llama Farmacia Franco y Daisy Krieger de Chopitea, la hermana de Adalbert, escribe en la sección Cartas de los Lectores en La Nación una misiva llena de reproches con el título “Adiós, Mr. Haig”; imagino la sonrisa socarrona del general al ver rehabilitada post-morten su Tercera Posición. Hoy el anticolonialismo está en boca de todos y no sorprende que Francisco Manrique, un custodio del legado del general Aramburu, hable el mismo lenguaje que el fundador de Izquierda Nacional, Jorge Abelardo Ramos. ¿Adónde habrá de llevarnos este carnaval? ¿Hasta qué punto la Junta Militar habrá de honrar las expectativas que ha despertado en países de América Latina que han encontrado en la Causa de Malvinas la ocasión para retomar sus quejas seculares? La perplejidad habita los círculos más conservadores. Los norteamericanos también están inquietos y se ha sabido que el embajador de EE.UU. en conversación con políticos locales mostró su buena disposición para cualquier iniciativa que ponga fin a nuestros actuales gobernantes, “unos militares irresponsables”, en los que no se puede tener confianza por su aventurerismo.

Si la lógica misma de la operación del 2 de abril terminó conmoviendo las afiliaciones tradicionales de Argentina, su impacto no fue menor sobre las verdades sacrosantas de la política económica en curso. En su momento, un miembro del equipo de Martínez de Hoz resumió la filosofía en boga afirmando: “Poco importa que produzca caramelos o acero; lo importante es que la industria sea eficiente”. Hace unos días un semanario ironizó sobre el tema titulando su editorial “Caramelos o Pucará”, siendo Pucará el nombre del avión de combate que se fabrica en talleres de la Fuerza Aérea. El balance de estos últimos seis años de “liberalismo económico” lo condensa un periodista que escribe: “Actualmente, la producción industrial es menor que hace diez años, seguimos teniendo la inflación más alta del mundo y el descenso del producto bruto interno más impresionante del planeta, el número más alto de ‘financistas y banqueros’ fugados al extranjero con millones de dólares; la cantidad de escándalos bancarios da todas las semanas argumentos para novelistas”. Podemos completar este cuadro agregando que la semana del histórico 2 de abril las fábricas de automóviles suspendieron a siete mil operarios y que días más tarde corrieron igual suerte otros tres mil.

El país no podía estar peor preparado para un esfuerzo bélico –otra evidencia de la improvisación que presidió la aventura– y hoy los militares se muestran más receptivos a quienes, desde la oposición, proponen el control de cambios, el proteccionismo, la puesta en marcha de medidas urgentes para reactivar la economía y terminar con la especulación financiera. Bajo los auspicios del llamado a una economía de guerra se ha desatado la ofensiva contra los liberales. Al respecto, es patético cómo, abusando de su siempre floreciente imaginación, Álvaro Alsogaray procura montar una defensa, declara que el país debe moverse hacia una “economía de guerra de mercado” y denuncia la amenaza de un retorno del dirigismo y, con él, de la ineficiencia. Como ocurre con frecuencia con los gobiernos de los militares del país, los altos jefes realizan consultas con los críticos a espaldas de su propio ministro de Economía; existen dudas ciertas de que este pueda sobrevivir a la obligada reacomodación que está imponiendo y habrá de imponer de ahora en más la dinámica de la acción militar.

Todo aparece trastocado. El eslogan oficial repite incansablemente que el 2 de abril ha comenzado una nueva historia. Al margen del espectáculo de un país en vilo, es difícil imaginar cuál será el perfil de esa historia nueva porque en el comportamiento de los militares hay un considerable grado de indeterminación, lanzados como están a la aventura, y porque, además, han puesto en movimiento fuerzas y expectativas que costará poner bajo control. Frente a un futuro incierto los escenarios que se proyectan son múltiples. Hay quienes acompañan con temor la conjunción del generalizado patriotismo con los llamados al proteccionismo económico y la exaltación de los hombres de armas, y de allí vaticinan el retorno a las maravillas de un fascismo criollo de la mano de un caudillo militar. Frente a quienes sostienen que lo peor era la combinación del autoritarismo militar y el liberalismo económico que Paul Samuelson bautizó ”el fascismo de mercado”, hoy se eleva ante nosotros el fantasma del fascismo tout court. Ese temor no es sólo un temor de los conservadores. Un escenario más optimista (convengamos que se trata de un optimismo a la medida de un país que ha vivido a los tumbos) quiere que, finalmente, como consecuencia de la reivindicación de las fuerzas armadas se logre conformar un polo de centro-derecha, con apoyos en sectores medios y altos y conducción militar, capaz de oponer una competencia electoral exitosa a las huestes del populismo irredento del peronismo. Tal como hiciera Perón, cuando rescató de su ruina política al golpe militar de 1943 acercándole un apoyo de masas, hoy en día la Junta Militar podría venir, Malvinas mediante, a revitalizar una experiencia política agotada y hacer posible llegar a las elecciones futuras en mejores posiciones. Lo que casi nadie anticipa es una vuelta de los militares a los cuarteles. ¿Estaremos, pues, en la víspera de una etapa fundacional, de la que surgirá una Argentina diferente? Si bien discrepando sobre el perfil de esa hipotética Argentina, son muchos los que así lo creen. Sin duda, el panorama se irá aclarando cuando se sepa el desenlace de la operación del 2 de abril. Al respecto, mi impresión es que una derrota total debería descartarse, entendiendo como tal la vuelta de Malvinas al dominio británico ya que Gran Bretaña no puede asegurar un control indefinido en el tiempo sobre las islas. También una victoria total, con la ratificación del acto de fuerza, debería descartarse porque el gobierno ya no está insistiendo en ello. Son varias las fórmulas de salida que hoy se discuten en Naciones Unidas, y que tendrán luego que pasar por el escrutinio de los diferentes sectores de poder interno, para poder saber cuál será el juicio histórico que merecerá la conducción del affaire por parte de la Junta Militar. El panorama también se irá aclarando cuando se pueda establecer cuánta verdad hay detrás de la idea según la cual “una guerra limpia lava a una guerra sucia”, como sostienen algunos. ¿Qué ha estado pasando con la memoria de los argentinos? Si tomamos como muestra el acto multitudinario del 9 de mayo en Defensa de la Soberanía, llevado a cabo en Plaza de Mayo, podemos afirmar que esa memoria no es tan flaca. Cuando Galtieri se atrevió a asomarse al “histórico balcón de la Casa Rosada” pudo comprobarlo, al escuchar, partiendo de las primeras filas de la multitud copadas por la CGT y la Juventud Peronista, el grito “Se siente, se siente, Perón está presente!”.

La Argentina que viene es como un gran Test Proyectivo, sobre el cual cada uno vuelca sus ansiedades ya que ninguno tiene “la posta” y “sabe” más que los demás. Yo, por mi parte, no veo más allá del rostro de un país enfermo y me preparo para nuevas conmociones con una sensación de angustia en la boca del estómago. Aquí termino, no sin antes desear que estuvieras aquí para vivir también estos tiempos difíciles y yo no me tuviera que castigar frente a la máquina de escribir con esta carta tan costosa e incompleta. Dejo de escribir, pues, y vuelvo a la lectura de los diarios, incluyendo al The Guardian de Londres, el suplemento de The Washington Post, la edición semanal de Le Monde, plus diarios de Brasil, para matizar con otras voces las interminables conversaciones sobre la guerra, mientras espero que se produzca el ataque inglés. Parece que, con independencia de las maniobras de negociación, la Thatcher está dispuesta a darles una lección a los militares argentinos para que su aventura no siente precedente y dé coraje a otros con cuentas a cobrar. Hasta ahora Londres ha subestimado a los militares argentinos y no le fue muy bien. De allí que sus nuevos intentos serán más duros y, por lo tanto, con más muertos.

28 de junio de 1982

Querida Silvia:

Para escribirte debería estar más sereno. Y no lo estoy. Quizás tendría que haber llevado un diario de estos días increíbles. No lo hice y tengo acumuladas emociones, en fin, un estado de ánimo que se me viene encima al momento de escribir. El resultado tiene que ser el desorden. Hoy escuché el informativo de la una de la tarde y empezó mencionando un accidente de tránsito: hemos vuelto a los fait divers en medio de una crisis que se proclama la más honda, como si no hubiésemos calificado de igual modo otros momentos de la historia de este país absurdo. Estoy por comprarme un departamento y esa decisión –con lo que implica de raíces– no deja de parecerme también ella absurda. Porque no entreveo una salida: escucho a quienes sostienen que desde algún recóndito lugar de esta sociedad habrá de resurgir la sensatez y no puedo acompañarlos. A fines de marzo te hice una suscripción de la edición internacional de Clarín y debo confesar que mi motivación fue egoísta: con ella quise que compartieras conmigo estos momentos de hoy, acercándote la información sobre las vicisitudes de la patria. No sé por cuánto tiempo tendrá vigencia la suscripción: hace varias semanas se revocó la licencia de varias compañías áreas europeas –Air France entre ellas– para operar en el país y he leído que desde el 30 de junio la resolución se hará efectiva. Me apresuro, pues, a escribirte, antes que se clausure esta vía de contacto, antes de quedar yo también atrapado en la trama de esta sociedad agónica. Después de la rendición en la guerra de Malvinas, Galtieri convocó a la Plaza de Mayo. Estaba mirando por TV un partido del mundial de fútbol cuando supe del anuncio y me largué hacia la plaza con la morbosa expectativa de verlo en la derrota. La plaza comenzó a llenarse de gente histérica, unos pidiendo la continuación de la guerra, otros clamando por haber sido engañados, y familiares de los soldados puteando por sus muertos. Me limité a merodear en torno de la plaza, escuchando la explosión de las bombas de gases y viendo las corridas. Después habría de enterarme que todo había sido sólo una jugada personal de Galtieri, lo que le costaría el cargo. La perplejidad de la gente al conocer la derrota no tuvo límites. Se le había dicho hasta tres días antes que estábamos ganando; ahora se sabía que en verdad estábamos perdiendo. Como no podría ser de otro modo debido a la desigualdad de los ejércitos en pugna. De los relatos de los exprisioneros llegados al país emerge, incontestablemente, la magnitud de la aventura delirante. Con excepción de los aviadores –y a un alto precio en su caso–, el resto de las fuerzas estaban malamente equipadas para la campaña en las islas australes y no pudieron competir con el equipo bélico que traían los ingleses. Ha quedado sólo la exaltación del heroísmo de nuestros soldados. No dudo que heroísmo hubo en muchos de ellos, porque no se puede calificar de otro modo la actitud de quienes hicieron frente con un remedo de “las ollas de aceite hirviendo” de 1807 a la moderna tecnología militar de un país de la OTAN. Una mayoría de los soldados, me refiero a los conscriptos, sólo padecieron, llevados en andas directamente a su suicidio por la fanfarria militar y la propaganda televisiva. Luego de la reacción airada de quienes acudieron a la Plaza de Mayo, la otra reacción es la que recorre a las propias fuerzas armadas: se afirma que los mandos intermedios están pidiendo la cabeza de los jefes. Ya ha aparecido algún militar retirado que, rompiendo el silencio de la corporación, ha dicho que la guerra de Malvinas fue el producto de una decisión política que las fuerzas armadas debieron secundar sin tener tiempo para prepararse en forma. La caída de Galtieri –un magro sacrificio a la vista de la corresponsabilidad de tantos altos mandos en esta aventura– no ha puesto fin a los cambios que se reclaman. Resta saber si todo este clima deliberativo es apenas un reflejo corporativo, es decir, resta saber si los críticos de hoy no serán los que, bien pronto, demanden un nuevo esfuerzo armamentista para intentar repetir la aventura y cobrarse la derrota. Los trabajos de la Comisión Nacional de Energía Atómica recibirán seguramente nuevos estímulos. Lo cierto es que si los militares no prepararon, en su triunfalismo, a la población para el día de la derrota, tampoco ellos parecen estar bien preparados. De allí la crisis en las alturas a la que asistimos hoy. La Junta Militar se ha disuelto, el Ejército se ha hecho cargo de la situación, mientras que la Armada y la Aviación se han explícitamente desvinculado de la gestión del gobierno. El desenlace es fruto de los celos profesionales de las armas: los aéreos y los marinos resistieron a que fuera un hombre del ejército el nuevo presidente. El Ejército se mantuvo irreductible y sacó del arcón de los jefes retirados a uno de los suyos, sin otro antecedente que ser amigo del nuevo comandante en jefe, un tal Nicolaides, que ganó publicidad hace unos años al proclamar que la lucha contra la subversión se remontaba a quinientos años antes de Cristo: quizás su origen griego lo colocaba en mejor posición que el resto de sus compatriotas para reconocer el potencial subversivo de las enseñanzas de Platón. El monólogo de los militares, que se prolongó por tres días, al cabo de los cuales se disolvió la Junta, se realizó ante la vista de una sociedad atónita, a la que hacía poco se había catequizado con el eslogan “Unidos Es Más Fácil”. La aventura bélica no pudo tener un final más lamentable. Y aquí estamos, con las fuerzas armadas enfrentadas entre sí, y el país deslizándose hacia una nueva pendiente: la “ansiada” institucionalización. Porque saben que remover el avispero político puede ser contraproducente para su retorno a los halagos del poder institucional, los partidos se cuidan de enjuiciar severamente la Operación de Malvinas. Aferrados a la promesa de la convocatoria a elecciones en 1984 hacen sólo retóricas y pasajeras reconvenciones de los responsables de la debacle militar. Y el corso sigue andando. En su momento se juzgó sabio no abrir “el dossier” de los desaparecidos en nombre de la reconciliación nacional. En la actualidad la misma prudencia se extiende para este nuevo crimen en las islas australes porque no ayuda a la búsqueda de una salida institucional. Sobre las espaldas de este pobre país siguen pues ejecutándose los dislates del arbitrio militar; siempre hay un cálculo inmediato que garantiza la impunidad de los señores de la guerra. Yo veo a los políticos con la ñata contra el vidrio detrás del cual se hallan las urnas electorales y ese espectáculo me saca de las casillas. De todos modos, la situación está muy fluida y falta mucho hasta 1984. La pregunta que me hago: ¿hemos tocado ya fondo?, ¿nos falta todavía un nuevo desastre que padecer? Mirando retrospectivamente las últimas semanas me digo cuán difícil es mantener la cordura en medio del clima de patriotismo interno y de prepotencia externa. Hoy empiezan a surgir las voces acalladas y sostienen que todo fue un disparate. Lo cierto es que fueron contadas las excepciones que supieron tomar distancia de la aventura militar. Si algo reveló este infausto episodio fue cuán difícil resulta ir contra la corriente, cuán difícil es tener una opinión pública capaz de sobreponerse a las emociones y de razonar cuerdamente. Yo mismo –y esta es la comprobación más penosa– no pude sustraerme del todo a la atmósfera reinante, y mientras hablaba de la pesadilla que tenía por delante buscaba ubicarme dentro de los términos en los que se jugaba la confrontación. Claro que lo hice haciendo un rodeo cuasi populista destacando que era una movilización popular la que daba sustento a la empresa de Malvinas. En tu carta de respuesta justamente me llamaste al orden. Y preguntaste desde cuándo los humores del pueblo figuran entre los principios a partir de los cuales hay que tomar posición y definirse en la vida pública. Admito: no tengo justificación o no tengo otra que no sea mi propia flaqueza frente a las comuniones colectivas, esa flaqueza que me hace perder la sobriedad ante la puesta en escena de la solidaridad de masas y que me viene no sé de dónde: espero que sea de mis ancestros sicilianos y no de mi mala conciencia, porque por lo que puedo saber mala conciencia frente a los entusiasmos populares no tengo ninguna. El hecho es que la claridad que siempre tuve con relación a la inconciencia política de la operación militar algunas veces se me nubló cuando percibí que la rodeaba un eco popular, como si este pudiese redimirla. Y bien, esa gente a la que yo acompañaba desde lejos fue llevaba a una catástrofe sin que alguna voz se alzara y anticipara ese trágico desenlace. Hoy ocurre que aquellos que pretenden revisar lo sucedido son rápidamente encasillados en el bando de “los derrotistas” tanto por los que sostienen que no hay que dar ventaja a nuestro enemigo inglés como por los que afirman que no es tiempo de mirar al pasado y sí de apurar la vuelta a las instituciones de la democracia. He aquí que ya estamos ante el cambio de los decorados de la escena, el reajuste del libro, el “casting” de los nuevos personajes: los argentinos nos aprestamos a vivir un nuevo episodio en la saga del país que nos ha tocado en suerte. No obstante la obstinación por el olvido que hoy reina soberana, los detritus de la tragedia de los derechos humanos están entre nosotros, muy a la mano y gravitando, como habrá de gravitar esta otra tragedia en las Islas Malvinas. Por dieciocho años, la presencia de Perón estuvo incorporada a la historia argentina como una suerte de variable de ajuste a la que debían remitirse todas las ecuaciones políticas. Por dieciocho años la presencia de Perón introdujo una cuota de incertidumbre sobre los cálculos de las fuerzas sociales y políticas. Muerto Perón, hemos encontrado otras dos terribles compañías –la violación de los derechos humanos y las secuelas de la derrota militar– en nuestro tránsito por este valle de lágrimas. Con respecto a Malvinas: hace unos días leí un editorial de Clarín donde se sostenía: “la empresa de Malvinas habrá de pesar sobre el país seguramente, años y décadas”. Ver escrito este vaticinio no pudo no deprimirme más aún: ¿te imaginás los días por venir bajo la sombra de esta aventura inconclusa? Porque la versión oficial así lo quiere: se ha perdido sólo una batalla, la guerra continúa... ¿Cómo mantener la calma ante esta visión alucinante? ¿Cómo no concluir que este país no tiene remedio, en fin, cómo vivir aquí, y pensar desde aquí? Entre tanto, desde el coro que está poblando la escena pública se escucha el llamado de la consigna “borrón y cuenta nueva”, y, como en el cuento de la buena pipa, todo parece recomenzar: las promesas de buenos propósitos, las convocatorias a la madurez cívica, la prédica de soluciones económicas para las que no existen dilemas. Hay una monotonía insoportable en esta historia nuestra. Primero, las dictaduras militares, lanzadas periódicamente a regenerar el país blandiendo la espada de San Jorge para luego derrumbarse estrepitosamente, con la espada mellada por esta sociedad dura y resistente. Luego tenemos la hora civil, como esta que parece haber llegado y que lo ha hecho a los piques, como otras veces en el pasado. Todavía no se ha encontrado una fórmula para hacer la transición desde el autoritarismo a la democracia: de allí la sensación de estar en el aire que respiran todos los tinglados que se montan. ¿Dónde está el origen de la patología argentina? Seguramente la respuesta no es simple, el origen no es uno solo. La experiencia por la que acabamos de pasar ha puesto de relieve por lo menos una de las claves del enigma: la ubicación equívoca del país en el mundo. Quienes dirigieron la aventura militar y los que la secundaron no han dejado de repetir con inocultable satisfacción: ahora el mundo sabe dónde queda la Argentina, quiénes somos nosotros, nadie podrá ignorarnos en adelante, el país todo se ha erguido y hecho escuchar su voz, el país se ha atrevido... (y se agrega: los grandes no han perdonado ese atrevimiento). Esta tentación por hacer bulla, ¿de dónde puede provenir sino de un país que vive mal su geografía, perdido en un extremo del mapa, y que por su población y sus afinidades se siente incómodo en la América mestiza y busca un lugar al lado de los países grandes aun a costa de hacer un zafarrancho rompiendo los platos al sentarse a la mesa? Si en la gente del pueblo esta actitud está cargada de un vago nacionalismo, entre las clases medias y altas es la expresión de un insoportable complejo de inferioridad, que a veces se resuelve en el mimetismo y a veces, como hoy, en el resentimiento. Así hemos visto, a través de los diarios, a los comensales del restaurante de la Sociedad Rural perder la compostura y rivalizar en “epítetos irreproducibles” contra los mismos ingleses con los que acostumbraban a fraternizar en su peregrinaje anual a la compra de toros en las ferias de Perth y Aberdeen. Si reparamos por un instante en la arrogancia inglesa, en su tradicional desprecio hacia los colonials, comprenderemos cuán sincero es el rencor de esos señores “paquetes” entregados a las puteadas, esos señores a los que años de abrigos Burberrys y de good manners no han suprimido del todo la conciencia íntima de ser todavía unos “rastacueros” para la mirada de un inglés. Pero lo más patético de los días que acabamos de vivir ha sido la recaída en el solipsismo, la facilidad con la que se creía en lo que nos decíamos sin reparar en el papelón: “toda la América Latina vibra con nosotros”, “las grandes capitales saben ahora de la verticalidad de la Argentina”. Ciertamente, en materia de papelones las fuerzas armadas se han llevado las palmas porque desde un punto de vista profesional han demostrado la incompetencia que les conocíamos en su gestión de los asuntos de Estado. Y al final, por toda excusa, han destacado “la superioridad tecnológica” del enemigo... Todo ha sido muy triste, las rencillas entre las armas, la desprotección de los soldados en el frente, la bandera blanca levantada por oficiales que habían jurado dar su vida en la empresa (mientras que el jefe de los paracaidistas ingleses que comandó el desembarco perdió la vida, no se registra una sola baja entre los oficiales argentinos, que estuvieron bien lejos de la batalla). Para rematar tanta incompetencia hoy tenemos una nueva lista de “desaparecidos”. A la lista de los desaparecidos en “la guerra sucia” se han sumado la de muchos soldados de los que los jefes militares no pueden decir a sus familiares qué fue de ellos... y los padres y madres se pasean de cuartel en cuartel, como otros antes lo hicieron por las comisarías procurando conocer la suerte de los suyos. Estimo que fueron más de “diez días” los que conmovieron a la Argentina. Imagínate una semana en la que el viernes y sábado está el papa, el domingo se inaugura el mundial de fútbol (con la derrota de la selección argentina frente a Bélgica) y el lunes se rinden las tropas en Malvinas. ¡Qué país en el mundo –y ese fue nuestro “raro privilegio”– pudo haber montado un show semejante! El papa se fue, y no alcanzó el tiempo para digerir su presencia carismática y ya estábamos contemplando el debut de los campeones del mundo: a su derrota inesperada le sucedió otra para la que tampoco estábamos preparados. De entonces para acá la selección de Menotti se ha rehabilitado a la vez que los militares se trenzaron en riña, culpándose unos a los otros, hasta que aparece un general desconocido que pasa a ser conocido bajo la nueva figura institucional de “presidente designado” y con él se relanza el tiempo político. Una imagen se sucede a otra, mientras que los que presumen saber hacen correr la voz de que se aproxima el momento de decisiones heroicas en materia económica: en una nota personal, todo ello no hace más que aumentar mi desasosiego de propietario inmobiliario en ciernes ya que nadie quiere vender ante la inminencia de un nuevo brinco inflacionario junto con la devaluación inevitable. Repito: ¿cómo se puede vivir y pensar en paz en un país como este? Pues bien, no se vive, o, al menos, yo no vivo: mis trabajos para terminar mi tesis de doctorado se han interrumpido. Maldigo mi aciaga estrella, me acuerdo con nostalgia de la vida en el monasterio de Oxford y me prometo que este país no se saldrá con la suya conmigo y no logrará anularme, como lo hizo y los hace con otros. Me resisto todavía a la idea de que para mí todo ya pasó –allá por los años sesenta– y que sólo me queda a los 42 años el refugio de ese recuerdo para sobrevivir. Para utilizar tus palabras, esta carta no pasa de ser, como otras mías, una lista de “exclamaciones sarcásticas sobre la imposibilidad del país”. Ocurre que el físico no me da para otra cosa. En cuanto a la democracia: y bien, ahora vamos a entrar en ella, veremos qué nos depara.

26 de julio de 1982

Querida hermana:

Han pasado muchas cosas desde mi última carta. Mientras duró el conflicto de Malvinas esperé vanamente que las varias mediaciones puestas en juego tuvieran éxito: era la única manera de sortear la aventura militar. Al final los jefes militares quedaron aprisionados en su propia retórica: no supieron o no quisieron encontrar una fórmula de compromiso. Y se vieron llevados a un enfrentamiento bélico cuya desenlace era previsible. Con la derrota emergió con toda nitidez el despropósito de la aventura: los relatos de los soldados que regresaron de las islas no dejaron dudas sobre la escasez de sus recursos y su falta de preparación. A la luz de estas evidencias parece claro que inicialmente no se pensó en ir a la guerra: de allí la operación de guante blanco con la que fueron ocupadas las Malvinas. Después, todo se complicó y aquello que en los papeles debía ser apenas un paseo terminó en un desastre. A la incompetencia ya conocida de los militares en la gestión del gobierno se sumó la flagrante evidencia de su incompetencia en su papel profesional. Al respecto los cuentos son numerosos y han afectado, sin duda, la autoestima de los hombres de armas. Pero de la experiencia reciente es otra la lección que me interesa destacar: la falta de una opinión pública capaz de pensar con la cabeza fría. Pocos fueron los que tomaron distancia de la aventura militar. Una mayoría se ubicó a partir de ella. Unos buscando en la zaga de las luchas antiimperialistas una justificación para apoyarla. Otros hurgando en las encíclicas papales razones para hablar de una guerra justa. En los hechos, unos y otros creyeron que había algo en serio en la decisión de la Junta Militar, cuando no era más que un despropósito, sin pies ni cabeza. Casi nadie puso en cuestión el uso de la fuerza. Hace unos días tuve una charla con un excolaborador de Miguel Ángel Zavala Ortiz en su paso por el Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno radical de Arturo Illia, y se lamentaba que lo que habían comenzado en 1966 –el año en que las Naciones Unidas aprobaron la inclusión del conflicto de Malvinas entre los temas de descolonización– hubiese terminado tan mal. Y razonaba que en un país en el que el uso de la fuerza se tornó una rutina para resolver conflictos domésticos era esperable que se recurriera a ella también para resolver conflictos internacionales. Salvo contadas excepciones, nadie impugnó la invasión. Nos hemos acostumbrado a tanto que pocos se alarmaron. Pero hay más: ahora empiezan a aparecer las voces que estuvieron en silencio, que desde un comienzo tuvieron serias reservas y no pudieron o no se atrevieron a hablar. Gente que dice que no habló por temor a ser etiquetado como “traidor a la patria”. Es que durante el conflicto el lugar ausente de una opinión pública responsable fue ocupado por un reflejo unanimista, que condenaba de antemano el debate, inhibía la crítica, proponía un ciego patriotismo. Este país, tan habituado a las divisiones, cerró filas de repente y no hubo hueco alguno por donde filtrar un juicio independiente. Los largos años de violencia política habían desarmado a la sociedad y sofocado los escasos foros de discusión. Así, pudo percibirse una reveladora continuidad entre los cánticos de 1972 “el que no salta es un gorilón” entonados por la JP y los cánticos de 1982 “el que no salta es un inglés” voceados por los patriotas espontáneos que cundieron por doquier. Por cierto, los medios de comunicación hicieron también ellos su contribución a la algarada. Cuando por sobre tanto fervor emergió, inocultable, la noticia de la rendición, la sorpresa fue mayúscula. Y en el rostro desconsolado de toda esa gente, que no podía creer lo que decían las radios, se dibujó claramente la fachada siniestra de la manipulación de corte totalitario que montaron los jefes de la Junta Militar.

Y bien, después de la derrota estamos comenzando a caminar por la avenida de la transición a la democracia. Los militares argentinos no han descubierto todavía la clave para gobernar el pasaje desde el autoritarismo hacia la institucionalización. En torno a ellos hay una sensación de vacío: se pelean entre sí, quieren replegarse a los cuarteles a curar sus heridas. Frente a ellos está la gente, y los partidos políticos que vienen repechando, en medio de un clima en el que se ha vuelto habitual el ejercicio de injuriar y ridiculizar a los milicos. El descalabro militar es tan grande que ha llevado a muchos a pensar el país que viene sin tener en cuenta a las fuerzas armadas y planean un nuevo orden político en el que estas no tienen un lugar reconocido. Esta ignorancia puede llegar a tener lamentables consecuencias en el futuro. Pero hay un problema adicional: al margen de la discusión de si cabe o no, quienes hablan de un pacto con los militares con el fin de garantizar un gobierno estable no encuentran tampoco militares con los cuales pactar, volcados como están a la tarea apremiante de hacer pronto las valijas. Así estamos entrando en la democratización y con otro peso en la mochila: la bronca y el resentimiento de todos los que han sido maltratados y marginados durante estos años, y que cuentan los días ansiosamente, a la espera del momento del ajuste de cuentas. Todo ello configura un ambiente poco propicio para la convivencia. Con los datos disponibles, es posible que se corrija por un tiempo el fiel de la balanza y que los que perdieron ayer sean los ganadores mañana. Nada asegura, sin embargo, que fuera de ofrecer la oportunidad momentánea de reivindicación y alivio, esas ganancias sean permanentes. Con esta reflexión escéptica procuro cubrirme de lo que vendrá: si por esos azares misteriosos de la vida sucede que esta vez los argentinos conoceremos una democracia estable tendré buenas razones para alegrarme, porque no la espero.

1 de diciembre de 1982

Querida hermana:

Bien, terminé. El 30 de octubre, fecha límite, mi tesis fue entregada. Ni un minuto antes ni un minuto después. Ahora debo esperar el momento de la defensa. Tendré que viajar a París. Ya me informaron que mi director de tesis, Alain Touraine, estará ausente de París hasta enero; la defensa se hará después. Esto me viene bien, podré aprovechar el tiempo para mejorar mi francés macarrónico. Con la tesis he cerrado un capítulo, la iniciación a la carrera académica. Es verdad que, como cierre, es bastante tardío. Dentro de poco tendré 43 años. Estoy cerrando un capítulo que otros de mis colegas han cerrado antes de los 35. Además estoy abriendo uno nuevo con mi casamiento con Ana María, cuando ya otros, a esta altura, son señores adustos y tienen hijos. Mi caso es un ejemplo extremo del fenómeno de la discontinuidad –la tendencia a recomenzar a cada rato– de buena parte de mi generación. Recuerdo el comentario de Ricardo Piglia, que ironizaba aludiendo al hecho de que a los 36 años era presentado como un escritor de la joven generación. Vivir en un país que se mueve a los tumbos se resuelve con frecuencia en esta manera de crecer, que no es sólo mía, en el que las cosas se hacen a destiempo, con la sensación de haber pasado “días enteros en las ramas”. En estos momentos tengo por delante un objetivo: revisar el manuscrito de la tesis para transformarlo en un libro publicable. Espero tener el libro en imprenta en el mes de julio. La revisión supondrá bastante trabajo. Si bien escribo con el propósito de hacer una diferencia en la mente del presunto lector, no me hago muchas ilusiones al respecto. Mi tema es el peronismo y este es un tema en el cual hay ideas muy arraigadas, que ya son creencias. Por lo tanto, estoy pensando dar un giro a la revisión del manuscrito para darme un gusto personal y compaginar el texto como lo haría un literato. No será un texto que empieza en la página 1 y termina, digamos, en la página 256; serán varios textos superpuestos a través de los cuales intentaré resolver la doble tarea de narrar la historia y de interpretarla. En tu última carta me decías que debías escribir sobre el populismo. Te cuento que en mi tesis he hecho la hazaña de escribir sobre los orígenes del peronismo sin mencionar una sola vez la palabra populismo. Se han dicho tantas pavadas bajo su auspicio que preferí evitarla.

Me decías también que no vas a venir para las fiestas de fin de año, que postergas el viaje para mitad del año próximo. Quizás para entonces haya más claridad en este país. Por ahora no vislumbro cómo se hará para salir del pantano. Los militares quieren garantías para irse, los políticos no pueden dárselas por la presión de la gente. El hecho más complicado son los desaparecidos. Sugestivamente, se trata de una cuestión levantada por una minoría pero que tiene una fuerte capacidad de movilización, no sólo por su tesón contra viento y marea sino también por su resonancia moral. Cuando te digo que es una minoría quiero ser claro: son las Madres de Plaza de Mayo y punto. El resto de la opinión tiene otras preocupaciones: los políticos, llegar a las elecciones y sentarse en el Congreso, y las grandes mayorías, encontrar una fórmula económica que alivie sus penurias. Sólo el coraje de esas mujeres mantiene candente un tema que, en su fuero íntimo, muchos han cancelado. Una anécdota reveladora fue la que protagonizaron hace unos meses las Madres de Plaza de Mayo en un acto peronista en la cancha de Atlanta: debieron retirarse porque no les dieron bolilla e incluso fueron silbadas. Y se comprende. Para los peronistas los desaparecidos son los infiltrados denunciados por Perón. De aquí surge una llamativa coincidencia entre los militares y los peronistas: para ambos la cuestión de los desaparecidos es una cuestión de índole política y no pone en juego un principio de justicia. Al margen de la retórica de sus dirigentes, me parece que los peronistas prefieren dar vuelta la página y llegado el caso apoyarían una ley de olvido, como ocurrió con la transición a la democracia en España. Los radicales, en cambio, actúan bajo el asedio de la movilización de las Madres de Plaza de Mayo. Para ellas no hay solución de compromiso porque no piensan en términos políticos. Toman distancia así de algunos políticos que son solidarios con ellas pero que, he llegado a saber, sostienen que no se pueden poner a todos los miembros de las fuerzas armadas en el banquillo de los acusados porque es una consigna irrealista. El realismo no es, sin embargo, la virtud más cultivada en estos días. Los militares creen que pueden seguir poniendo condiciones en su retirada; los políticos creen que la vuelta de la Constitución habrá de redimir a los vicios de los argentinos. Entre tanto, la libertad de expresión va ganando terreno y estamos ante el espectáculo insólito de tener a los militares en el poder pero que en cada quiosco de diarios, en muchos programas de radio, periodistas y espontáneos se dedican a putearlos en grande, cobrándose los años de amordazamiento y represión. Imagino que este clima debe estar llevando inquietud a las guarniciones. ¿Un golpe? ¿Por qué no? Vueltos como están sobre sí mismos los militares, pueden concebir fantasías locas, a espaldas de la realidad política. Un alzamiento militar no tiene futuro. Los golpes militares que fueron capaces de fundar un régimen contaron con la aquiescencia de casi el 50% de la población, en 1955, en 1966, en 1976. Hoy esos apoyos no existen; pero los cielos de la vida política no están totalmente despejados porque subsiste el recurso de presión virtual que puede ejercer una corporación unificada en la defensa de sus años en el poder.

5 de junio de 1983

Querida hermana:

Desde que volví de mi “exitosa” gira europea de enero, con el diploma de Doctor en Sociología y las felicitaciones del jurado integrado por Alain Touraine, Alain Rouquie y Gustavo Beyhaut, no he logrado organizarme y he pasado el tiempo disperso en pequeñas tonterías. A mi falta de disciplina se agrega el clima político del país, al que es difícil sustraerse. Extraño mucho la paz de Oxford. Es posible que viaje a Nueva York en octubre invitado a una conferencia. Después, a mi regreso, me pondré a revisar la tesis de doctorado para tener un manuscrito publicable en marzo: finalmente se hará la luz para tanto tiempo dedicado a mi historia de los orígenes del peronismo. Es muy probable que este alumbramiento tan postergado se haga bajo los auspicios del propio peronismo de nuevo en el poder. No me parece que los esfuerzos de Alfonsín consigan romper el hechizo que pesa sobre el país y que mi voto, que será también para él, tampoco cambie el curso de esta historia cíclica argentina. La fórmula peronista estará encabezada por Ítalo Luder como candidato a presidente. Nada me dice que este señor disponga de autoridad sobre ese movimiento; de allí que sus declaraciones moderadas poco permiten anticipar los perfiles efectivos de su eventual gobierno, un gobierno que creo que estará más influido por sectores más genuinos del peronismo como lo son los sindicatos. Entre tanto, la descomposición del poder militar es ya completa, y la del país no lo es menos, con una inflación galopante y una justicia que baila al son de las denuncias del aventurero Patricio Kelly. Han vuelto muchos amigos desde México, y la vida social se reconstituye de a poco. Pero el panorama no está para imaginar nuevos proyectos. Veremos qué nos tiene preparado el año próximo. La memoria del pasado está todavía demasiado fresca y ello operará sin duda como un freno a los delirios. Otra será la cuestión cuando esa memoria comience a diluirse por obra de la siempre alerta capacidad argentina para el canibalismo político.

5 de noviembre de 1983

Querida hermana:

El día 30 de octubre tomé el avión a las diez de la mañana y viajé a votar en Bahía Blanca, donde tengo todavía el domicilio. A la noche regresé para comenzar la vigilia del resultado electoral. Muchos fueron los que se quedaron hasta las cinco y media de la mañana, cuando se interrumpió la información. A las dos ya había decidido que la suerte estaba echada: los peronistas no superaban por entonces el 40% de los votos. Y así fue: ¡nos salvamos! Como ha ocurrido con todos aquí, el resultado de los comicios me sorprendió. La magnitud de la victoria de Alfonsín –obtuvo el 52% de los votos sobre el 40% para los peronistas– no estaba en mis cálculos. Creía en la posibilidad de un triunfo radical pero por un margen más estrecho. Las encuestas preelectorales así lo permitían anticipar: unánimemente coincidían en otorgarle una ventaja de 5 puntos. No obstante, quienes hacían las encuestas se resistían a creer los datos que tenían por delante. Tan arraigada ha estado entre nosotros la certidumbre de las mayorías electorales peronistas que era difícil concebir un desenlace diferente. En la charla que di en un viaje reciente a Nueva York, el 19 de octubre, sostuve que estábamos viviendo las vísperas de un cambio político en la Argentina. Para justificar mi tesis destaqué que por primera vez en casi cuarenta años el resultado de elecciones libres, sin proscripciones, se presentaba incierto. Ganara o perdiera el peronismo –dije entonces–, el peronismo está en tren de devenir una fuerza política más, dentro de un juego político más equilibrado. No me atreví a descontar su derrota; sólo arriesgué que esta era probable, subrayando la pérdida de iniciativa política de los peronistas a manos de Alfonsín durante la campaña electoral. El hecho es que el 30 de octubre se rompió el hechizo que pesaba sobre el país: Alfonsín ganó, el peronismo perdió. El diario La Nación debió publicar una nota admitiendo que, al final, las encuestas tenían razón; una confesión reveladora ya que se había resistido a publicar los anticipos de los sondeos de opinión en nombre de la seriedad del diario. Alfonsín recibió los votos del radicalismo, casi la totalidad de los votos de los electores no peronistas, más –y esto es significativo– un cierto porcentaje de votos peronistas. Que el peronismo perdiera en la provincia de Buenos Aires, debido a su pobre desempeño en el Gran Buenos Aires, un bastión tradicional de los seguidores de Perón, puso de manifiesto el hecho singular de estos comicios: peronistas que votaron a un candidato no peronista. ¿Quién podría haberlo imaginado? Los triunfos del peronismo en las provincias guardan relación con el fenómeno del Gran Buenos Aires: ganó en Tucumán pero perdió el distrito capital; ganó ajustadamente en Santa Fe pero perdió en Rosario. Fuerte en las zonas más pobres, en los estratos más bajos, el peronismo no es hoy el vasto movimiento que fuera, si bien controla el 40% del electorado y es el principal partido nacional. La derrota ha golpeado sobre su natural soberbia y actualmente asistimos al enjuiciamiento de “los mariscales de la derrota”, papel que tanto la franja moderada de los políticos como la izquierda tributaria de los montoneros adjudica a los sindicalistas de las 62 Organizaciones. Veremos qué es lo que resulta, en definitiva, del debate abierto entre herederos de Perón... El peronismo ha probado ser, como todo el mundo, electoralmente mortal, y esto ya sólo justifica mirar con otros ojos la perspectiva futura de este país que experimentó por tanto tiempo su incontrastable hegemonía. Haciendo de la necesidad virtud, los peronistas comparan la homogeneidad de su voto con la heterogeneidad de la coalición congregada en torno de Alfonsín y predicen que pronto habrá de disolverse. Es muy probable que esto suceda, pero creo también que la cohesión de las huestes peronistas deja mucho que desear, cuando en medio del ajuste de cuentas afloran todas sus contradicciones. Quizás la derrota tenga un efecto positivo al permitir que decanten las fuerzas que conviven en ese abigarrado conglomerado político; de todos modos es difícil hacer pronósticos. El recorte al papel jugado por el sindicalismo creo que se impone. La consigna de la democratización sindical levantada por Alfonsín ha encontrado eco inclusive en las propias filas del peronismo, comprometiendo el lugar hasta ahora intocable que ocuparon los jerarcas sindicales. Estimo, sin embargo, que un peronismo conducido por dirigentes moderados –Italo Luder, Ángel Robledo, Raúl Matera– como el que desea mucha gente es todavía una hipótesis prematura. Aunque menos ganadora que en el pasado, la liturgia clásica del peronismo ha probado que convoca a una masa considerable de argentinos. De todos modos, lo que se ha roto sí es la ecuación que hacía del peronismo el equivalente a la mayoría, el sinónimo del pueblo, la encarnación de los destinos de la nación. Este es un primer paso para que devenga un partido entre otros y como los otros: un requisito que juzgo indispensable para construir una Argentina democrática.

Una sensación de alivio se respira en el mundo donde me muevo: ha ganado Alfonsín y, con él, la promesa de un nuevo comienzo. De allí las preguntas que se suceden frente al futuro. Una victoria del peronismo nos hubiera colocado ante la nueva versión de un libreto conocido. En cambio, desde la noche del 30 de octubre nos interrogamos sobre lo que vendrá, con esa vaga esperanza que este país fabrica de tanto en tanto justo en el momento en que estábamos por archivar “el dossier” y declararlo un caso sin remedio. Porque he pensado bastante en que Argentina no tiene remedio es que me siento tironeado por este “estado de gracia” que flota en el aire e invita a confiar una vez más en esa redención fugitiva que hoy se encarna en primer lugar en Alfonsín, pero que también lo hace en los peronistas que se han plantado frente a la prepotencia de Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias.

Como se ha dicho y con razón, la reciente campaña electoral no se jugó en verdad en el plano de los programas de gobierno –por otra parte, bastante parecidos entre radicales y peronistas–, sino que se planteó en el terreno de los estilos de gobierno. Y ganó aquel que prometía un orden institucional para un país en vías de disgregación y una convivencia civilizada frente a la arrogancia de los ganadores de siempre. Esa promesa, la de un país habitable, fue la que movilizó el voto de muchos, sobre todo entre los nuevos electores juveniles. Por cierto, sé muy bien que una propuesta semejante tendrá que plasmarse en una coyuntura que está lejos de ser propicia para la innovación política. Los problemas heredados son muchos y complicados. Como ocurrió con la socialdemocracia en Europa que llegó al poder justo en medio de la crisis provocada por los coletazos de las crisis petroleras de 1973 y 1979, la promesa de Alfonsín tendrá que buscar su lugar en el desfavorable contexto de las duras hipotecas del régimen militar: los desaparecidos, la derrota en Malvinas, el peso de la deuda externa. En un escenario semejante, el deterioro paulatino de la credibilidad de la nueva alternativa es muy probable. De allí que Alfonsín debiera aprovechar este momento mágico –el momento en que los argentinos se han dado a pensar que son democráticos y parecen dispuestos a corregir sus vicios del pasado– para hacer pasar varias decisiones drásticas y regeneradoras.

Lo que nos lleva a preguntarnos por Alfonsín, por sus talentos y sus recursos. Aquí nos confrontamos a una cuestión que todavía es difícil de desentrañar: la diferenciación entre el alfonsinismo y el radicalismo. Pero antes de abordarla es conveniente separar la paja del trigo: en el 52% de la victoria radical hay un porcentaje de votos de derecha que, como dijo uno de sus principales voceros, Álvaro Alsogaray, optó por Alfonsín tomándose la nariz, como quien se apresta a beber aceite de ricino, al sólo efecto de evitar un triunfo peronista. Esos votos de derecha volverán a su lugar, y comenzarán a hacer oír sus voces desde los órganos del “establishment”, prontos a censurar cualquier medida reformista. La cuestión que se plantea a posteriori, entre alfonsinismo y radicalismo, es más o menos la siguiente: hay en el país un sector de la opinión política que opera como una masa flotante, y que tiene su base en las capas medias modernas, desde donde surgen, periódicamente, las iniciativas de cambio político. A comienzos de los años setenta ese sector social rodeó la vuelta del peronismo al poder con un impulso maximalista; hoy es desde allí también que se ha nutrido el fenómeno del alfonsinismo, si bien en una clave más moderada. Los propios viejos radicales advirtieron el hecho al comprobar, con sorpresa, que su partido casi centenario era acompañado por el fervor de jóvenes estudiantes. Esa población política flotante, que busca un canal para expresarse, provocó en los años setenta una crisis de identidad en el peronismo; hoy, al confluir sobre el radicalismo, abre igualmente un interrogante sobre el significado de ser radical. Quizás la infusión de sangre nueva dentro del radicalismo no traiga consigo los mismos traumas que comportó su ingreso al peronismo porque ahora esos vientos de renovación vienen expresados en clave democrática y son, por ello, más asimilables a la tradición política del radicalismo. Subsiste, no obstante, un hecho, y este es la rigidez relativa de la estructura organizativa del partido radical. El peronismo siempre fue un movimiento abierto, invertebrado, de allí que la incorporación de los jóvenes radicalizados fuera tan profusa y por lo tanto desestabilizante. No es el caso del radicalismo, en donde la antigüedad cuenta, las jerarquías articuladas alrededor de los notables y los caudillos locales son sólidas y funcionan como un filtro para todo aquel que, recién llegado, procura sumarse al viejo partido.

Todo esto no comportaría un problema si aquello que existe ahí, como organización, ofreciera garantías de un desempeño innovador en la gestión pública. Pero a mi juicio esto no es lo que ocurre con este partido de hombres grises y provincianos, en los que sus virtudes son sospechosamente la contrapartida de sus limitaciones. Alfonsín ha logrado construirse una imagen propia que lo ha despegado del partido y, en consecuencia, se ha convertido en foco de atracción para muchos que, en ausencia de él, jamás habrían imaginado caminar acompañando a los hombres de la boina blanca. Cómo habrán de reciclar los aparatos existentes los nuevos adherentes que ha suscitado el partido de Yrigoyen es algo que será dilucidado en el futuro. Lo cierto es que, en el plazo inmediato, Alfonsín tendrá que fortalecer la presidencia respecto del partido y conformar en torno de ella un equipo de caras nuevas en condiciones de suplir las falencias radicales. Dentro del radicalismo estamos frente a una brecha generacional: por un lado, tenemos a los cuadros integrados por viejos militantes de la FUBA antiperonista de 1955 y por el otro, están los jóvenes universitarios promotores del movimiento Franja Morada. Aquellos primeros con sus más de cincuenta años, estos últimos en sus tempranos treinta años. Está ausente o poco representada la generación de los sesentas, que en 1973 conformó los cuadros técnicos y profesionales del peronismo y que más recientemente reapareció junto con la candidatura de Luder. Es verdad, en ese estrato ubicado entre los 35 y los 45 años, el alfonsinismo recogió muchas adhesiones, pero estas no han sido incorporadas a las estructuras del radicalismo.

Hoy en día todo parece reposar sobre la figura de Alfonsín, quien, por lo que se sabe, es un líder muy inclinado a hacer valer su autoridad. Afortunadamente, los aciertos de la campaña electoral le pertenecen a él y esto, al fin, es una garantía hacia futuro. En síntesis, las claves inmediatas de la Argentina que comienza estarán dadas por 1) la manera en que el peronismo se reorganice y depure, 2) la formación de un nuevo núcleo dirigente en torno de Alfonsín, 3) la reacción de los militares y el mundo de los negocios, que esperaban confiados, unos y otros, el triunfo peronista, 4) la paulatina reconversión de los hábitos políticos de los argentinos al cabo de diez años de pesadilla. Como ocurre con las transiciones a la democracia, nuestra transición irá perdiendo poco a poco sus brillos porque es siempre complejo estar a la altura de las expectativas. Llegará el momento en que esta experiencia estará puesta a prueba. A la hora del desencanto se verá cuán sólida es la plataforma sobre la que se levanta. Casi estoy rogando porque ese test se produzca pronto, esto es, que se monte una escalada sindical o que surja un grupúsculo terrorista para ver si esta gente que lanza vivas por las calles en homenaje a la democracia sale también entonces a defenderla y neutraliza a sus enemigos. Alguien me dijo alguna vez que no hay peor agonía que la de quien espera o vive aferrado a una esperanza. En este momento de general alivio yo he encontrado el modo de comenzar a agonizar, preguntándome con expectativa por la suerte de este país que por tantos años ha sido tan cruel con nuestras aspiraciones.

II. La incorporación al gobierno de Alfonsín

13 de noviembre de 1983

Querida Silvia:

Estoy a punto de embarcarme en una aventura o, mejor quizás, por tomar una decisión aventurada. Veamos. Dos días antes de las elecciones estuve con Adolfo Canitrot, gran amigo y antiguo colega en el Instituto Di Tella, a quien no veía desde hacía un tiempo. Hablamos de los comicios. Fue entonces que le confesé: qué bueno sería que ganara Alfonsín. Esta es, para mí, la última chance que le doy a este país: uno no puede seguir esperando indefinidamente que la Argentina se convierta en un lugar vivible. Y agregué luego: cómo me gustaría poder hacer algo si Alfonsín triunfa y llega a la presidencia. Una frase de esas que uno pronuncia aconsejado por su corazón y no por la cabeza. Y bien, Alfonsín ganó. Y lo llamó a Juan Sourrouille para ofrecerle la Secretaría de Planificación con la idea de que formara un equipo y funcionase como “asesor directo” de la presidencia con el fin de cubrir las deficiencias conocidas de los economistas radicales convocados al gabinete. “Hay que ayudarlo a Bernardo” (por Bernardo Grinspun, el nuevo ministro de Economía), le recomendó Alfonsín. El hecho es que Juan llamó a Adolfo y se pusieron a conformar un equipo reducido de seis personas. Fue entonces que me llamó Adolfo y me recordó la conversación que habíamos tenido (“mi disposición a servir a la Nación”) y me ofreció formar parte: “Siempre es bueno que los economistas tengamos un sociólogo político al lado” (haciendo una obvia referencia al estrellato ascendente de Dante Caputo1 junto a Alfonsín). Esa conversación fue el miércoles pasado a la noche y a partir de entonces entré en un estado de agitación. Mi reacción inicial fue desear que nada de eso hubiera sucedido, que nada interrumpiera la pacífica rutina de mis días. Al fin y al cabo, estoy acostumbrado a ella: pienso alguna idea, trabajosamente la escribo, descanso, divago, vuelvo a retomar el hilo y escribo una idea más, hago planes de viaje, me imagino fuera del país, en otra parte, y así de seguido, mientras discurro para mis adentros sobre la imposibilidad argentina. De repente, he aquí que me surge un programa de vida distinto cuando Adolfo me dice que “necesitamos un sociólogo político que pueda contribuir a armar ideas sobre la sociedad que queremos” (según las palabras de Alfonsín a Juan). Claro: en medio de esta experiencia política nueva, que busca su identidad, habrá muchas usinas ideológicas compitiendo por darle un perfil. La que encabeza Sourrouille, y cuyos integrantes no son radicales ni alfonsinistas militantes, entra con desventaja a esa pugna. Su único recurso hoy en día es el aprecio de Alfonsín (forjado durante los días de la campaña electoral) y por ello, su condición de equipo de recambio frente al elenco de veteranos economistas radicales: Bernardo Grinspun, Roque Carranza, Enrique García Vázquez, Alfredo Concepción.2 Esa posibilidad ha generado alguna ilusión; a la vez es emocionante verlo a Alfonsín, con sus años y su flema habitual, entusiasmado con la perspectiva que se abre y el aporte que espera de Juan y sus amigos. ¿Cuál será mi lugar en esa empresa? Se me ocurren tres tareas: (a) hacer de analista político y comentar la coyuntura, viendo lo que pasa afuera y adentro del gobierno, (b) contribuir a formular las ideas-fuerza sobre la Argentina futura y temas ideológicos conexos, como repensar el papel del Estado, y (c) aprovechar la Secretaría de Planificación para promover un estudio sobre “las transformaciones de la sociedad argentina” (a la manera de Gino Germani). Llegado hasta aquí me parece que he ido demasiado rápido: me puse a escribir viéndome ya allí. Sin embargo, todavía no me he decidido. Todos con los que hablé me dijeron que aceptara, en mérito a “la experiencia que implica el ofrecimiento”, ya que no iría a perderme en la telaraña de la burocracia sino que estaría cerca de El Poder. El clima político promovido por la victoria del 30 de octubre colorea además los consejos; campea la esperanza de que puede comenzar a pasar algo, y algo importante en el país. Es como si viviéramos una versión remozada de 1958 y se abriera un horizonte lleno de posibilidades, como el que sugiere la semejanza entre un Frondizi que toma distancia de su partido y organiza el gobierno con un equipo nuevo y propio y un Alfonsín que parece retomar esa trayectoria y genera una situación altamente atractiva desde la óptica de “los intelectuales y el poder”. Lo que me tiene nervioso, inquieto, es el temor de rifar unos años de vida (y de trabajo intelectual: artículos, algún libro, etc.) por una patriada. Sin embargo, debo decirte que, después de dos días sin dormir, me estoy reconciliando con la decisión de aceptar la invitación que me hizo Adolfo.

20 de noviembre de 1983

Queridos padres:

Les diré que todavía estoy tratando de adaptarme a la idea de ocupar un cargo en la Secretaría de Planificación del gobierno de Alfonsín. Yo, como tantos de mis colegas, me he centrado en un estilo de trabajo académico consistente en leer y escribir artículos y libros. Se trata de un estilo de trabajo que nos prepara más para la docencia o para la crítica; de ningún modo suministra herramientas que sirvan para proponer políticas o tomar decisiones. Los economistas pueden pasar con más facilidad de la cátedra al gobierno porque se ocupan de problemas económicos bien concretos. En cambio, los sociólogos de tradición académica tienen más dificultades para bajar desde las nubes donde por lo general pasan el tiempo y operar con las realidades inmediatas. Esta es mi situación en este momento: tener que modificar mi cabeza para adecuarla a tareas de gobierno y ya no a la cátedra. Me pregunto hasta qué punto podré hacerlo. Hay gente que funciona mejor haciendo ciertas cosas más que otras. Las personas no son totalmente maleables; de allí que me pregunte si podré satisfacer las expectativas de los amigos que han confiado en mí.

Por otro lado, también me cuesta abandonar mis rutinas: escribir un libro, viajar al exterior, dar clases. Además de las propias rutinas uno tiene su propio ritmo, en la medida en que uno es el centro de toda la actividad. Cuando se pasa a formar parte de un equipo y este equipo está en un área de gobierno se pierde bastante el control sobre uno mismo. A esta altura se podría preguntar: si tantas son las dudas, si tantos son los trastornos, ¿por qué aceptar el ofrecimiento que me han hecho? ¿Acaso no sería mejor decir que no y continuar haciendo la vida de siempre en el marco acogedor del Instituto Di Tella?

Y bien, a pesar de las dudas y los trastornos, he dicho que sí porque el panorama que se ha abierto en el país con el resultado electoral me aconseja sumarme: el éxito de la gestión de Alfonsín puede significar mucho para Argentina, puede implicar que este país se vuelva un país donde se pueda vivir civilizadamente. Si la experiencia que comenzó con el triunfo electoral de octubre fracasa, esto es, si es abruptamente clausurada por un golpe militar, personalmente no encuentro mucha gracia en vivir en un país que sólo nos depara frustraciones. Por eso, porque me interesa que la luz que se ha encendido al final del túnel de la decadencia argentina se mantenga encendida, es que decidí incorporarme al gobierno. En mi caso sí es una elección, porque estoy bien donde estoy ahora, en el Instituto Di Tella; quizás haya colegas sin empleo más deseosos de ser llamados a colaborar. Desde que volví de París con mi doctorado bajo el brazo pasé a la condición de miembro permanente del Instituto. Esto quiere decir que puedo pedir licencia, ir a ocupar un cargo en el gobierno y eventualmente volver luego a mi posición anterior. Con esta garantía el paso que he dado es en principio menos costoso.

¿Qué puesto me han ofrecido? En realidad, todavía no lo sé claramente. Mi intención fue desempeñarme como asesor, pero me han dicho que es mejor que sea subsecretario porque esa condición me permitiría circular con más libertad por los pasillos del poder. Voy a sumarme a un grupo de economistas que está encabezado por Juan Sourrouille, actualmente en la CEPAL, que tiene mi misma edad, y un muy buen acceso al presidente Alfonsín. No habría que descartar que, pasado un tiempo, pueda ser un candidato al Ministerio de Economía en lugar del actual ministro, Bernardo Grinspun, una persona demasiado impulsiva, de cabeza caliente.

Aclaré a mis amigos que la oferta de colaboración que me hicieron me cayó justo en el momento en que estaba por ponerme a revisar el manuscrito de la tesis de doctorado para adecuarlo a la publicación de un libro el año que viene. Me dijeron que no abandone la idea, que iba a tener tiempo para todo. Prefiero limpiar mi mesa de compromisos para poder encarar mejor la novedosa experiencia que tengo por delante. He mandado a la imprenta de la editorial porteña, Centro Editor de América Latina, el libro que escribí, en paralelo a mi tesis, mientras estuve en Londres y Oxford en 1978 y comienzos de 1979. El libro se ocupa del movimiento obrero durante el último gobierno peronista y en los próximos días estará en las librerías con el título Los sindicatos en el gobierno, 1973-1976.

Con mis deseos de que estén bien y que llueva en los campos, un abrazo para todos.

25 de diciembre de 1983

Querida hermana:

En esta Navidad, a pocos días de haber dado el salto desde “la torre de marfil” del Instituto Di Tella a la vida pública, en mi subsecretaría dentro de la Secretaría de Planificación del gobierno de Alfonsín, aprovecho para mandarte un texto publicado en Clarín por Borges. Durante mis años de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras ignoré la obra de Borges porque compartía la opinión en boga en ese ambiente que veía en él un escritor conservador y pasatista.

Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística: yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente. Espléndida y asombrosamente. Mi Utopía sigue siendo un país, o todo el planeta, sin Estado o con un mínimo de Estado, pero entiendo no sin tristeza que esa Utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos. Cuando cada hombre sea justo, podremos prescindir de la Justicia, de los Códigos y de los gobiernos. Pero ahora son males necesarios. Es casi una blasfemia pensar que lo que nos dio aquella fecha es la victoria de un partido y la derrota de otro. Nos enfrentaba un caos que, aquel día, tomó la decisión de ser un cosmos. Lo que fue una agonía puede ser una resurrección. La clara luz de la vigilia nos encandila un poco. Nadie ignora las formas que asumió esa pesadilla obstinada. El horror público de las bombas, el horror clandestino de los secuestros, de las torturas y de las muertes, la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas, la más misteriosa, ya que no la más larga, de las guerras que registra la historia. Sé muy bien que este catálogo es incompleto. Tantos años de iniquidad o de complacencia nos han manchado a todos. Tenemos que desandar un largo camino. Nuestra esperanza no debe ser impaciente. Son muchos e intrincados los problemas que un gobierno puede ser incapaz de resolver. Nos enfrentan arduas empresas y duros tiempos. Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza. Habrá una oposición. Renacerá en esta república esa olvidada disciplina, la lógica. No estaremos a merced de la bruma de los generales. La esperanza, que era casi imposible hace días, es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos. Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria.

Por cierto, no suscribo la Utopía ultraliberal de Borges. Pero su visión del momento que vivimos me alienta en la decisión que he tomado.

1984
Breve nota sobre el perfil del equipo económico

Antes de empezar la reconstrucción de la experiencia pública en la que nos involucramos hace ya 38 años brindaré breves referencias sobre las figuras principales del equipo reunido en torno de la dirección de Juan Sourrouille. Para comenzar diré que, al principio, no era un equipo, es decir, no era un grupo de economistas con un programa de trabajo en común sobre cuestiones de política pública que desembarca en cargos de gobierno. Había sí entre ellos afinidades ya que pertenecían al círculo de los que eran conocidos como economistas heterodoxos o estructuralistas. Las afinidades los fueron acercando en seminarios y reuniones; esos intercambios tenían lugar generalmente en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES). Fundado en 1960 por economistas, sociólogos e historiadores, cumplió un papel principal en la supervivencia de la reflexión intelectual en circunstancias con frecuencia hostiles. Quienes participaron desde de mediados de los años 1970 de los encuentros en el IDES lo hicieron a partir de distintas trayectorias. En primer lugar, en términos generacionales. Desde este ángulo, uno de ellos se destacó: con cincuenta años en 1978, Adolfo Canitrot era el más senior de todos. Esa posición no era sólo un corolario de su edad; era sobre todo la contrapartida de su ascendiente entre un núcleo de economistas más jóvenes por obra de su permanente curiosidad intelectual y su simpatía personal. Por entonces estaba realizando un exámen de dos experiencias de política económica: la que tuvo lugar entre 1973 y 1976, durante el retorno del peronismo al gobierno, y la que le siguió después, luego del golpe militar, entre 1976 y 1981, bajo el ministerio de J. Martínez de Hoz. Ambos estudios, que combinaron consideraciones económicas con el análisis político empírico, tuvieron un amplio eco, suscitaron discusiones y fueron su carta de presentación para obtener la prestigiosa Beca Guggenheim en 1981. Seis años antes había organizado un seminario con el título de “Macroeconomía del Desequilibrio” que recogía los desafíos teóricos de hacer política económica en un país como Argentina. Lo hizo en compañía de un colega del CEDES –Centro de Estudios del Estado y la Sociedad–, Roberto Frenkel, quince años más joven y con el que tenía algo en común: ambos se habían reinventado profesionalmente. Canitrot se graduó como ingeniero civil en 1955 y fue doctorado en economía en los Estados Unidos en 1965; Frenkel era un matemático reconvertido en economista y había dado sus primeros pasos como tal en la, al final trágica, vía chilena hacia el socialismo del gobierno de Salvador Allende. El otro convocado a dictar el seminario del IDES en 1975 fue José Luis Machinea, con su flamante PHD de la Universidad de Minnesota. Machinea estuvo entre los diez graduados en economía a los que en 1970 el Banco Central financió los estudios de posgrado en el exterior con el compromiso de incorporarse luego a la institución. Dentro de ella se desempeñó en distintos departamentos técnicos hasta acceder, a los treinta años, ya de regreso al país, a la Gerencia de Investigaciones Económicas, una posición que le brindó un conocimiento de primera mano de los avatares económicos argentinos. Mientras ganaba un saber práctico sobre ellos, este era un insumo principal del curso de posgrado en macroeconomía promovido por el Banco Central, donde daba clase junto con otros exbecarios y también funcionarios, como Juan Sommer y Ernesto Feldman.

La referencia hecha a las reuniones en el IDES nos introduce en esta reseña a Juan Sourrouille, quien durante años fue un bastión de este foro de la comunidad académica. Sourrouille se inscribió en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA cuando todavía no había sido creada la carrera de Economía y fue así que se graduó como contador. Terminados sus estudios, orientó sus intereses hacia el terreno de la economía aplicada y fue especializándose en el cálculo y medición de las cuentas nacionales. Con esa credencial se incorporó al CONADE dirigido por Roque Carranza durante la presidencia de Illia. Producido el golpe de 1966, fue invitado a trabajar en Chile en las oficinas de la CEPAL y allí tuvo ocasión de reanudar el contacto con el economista de Harvard Richard Mallon, quien fuera poco antes asesor de Roque Carranza. Este habría de ser un reencuentro promisorio porque al recibir por parte de su universidad el encargo de escribir un libro sobre la economía argentina Mallon lo convocó para que colaborara con él. Entre 1968 y 1969 Sourrouille se instaló en Cambridge, Massachusetts, e hizo su aporte a un libro que examinó las vicisitudes de la economía desde la perspectiva de un modelo de conflicto entre sectores e intereses como un eje central del desenvolvimiento del país. Al volver a la Argentina los virajes de la vida política lo condujeron a un cargo público que colmaba sus aspiraciones profesionales de entonces: en marzo de 1969 fue designado director del INDEC, la agencia estatal de estadísticas y censos recientemente creada. En ella sus proyectos de trabajo sufrieron pronto un giro inesperado cuando en noviembre de 1970 Aldo Ferrer fue nombrado en la cartera de Economía por el presidente general Levingston y le pidió que lo acompañara como secretario del ministerio. En el ámbito del IDES Ferrer era una figura de referencia y desde 1964 conducía un equipo que analizaba periódicamente la coyuntura económica del país. Fue en ese marco que Sourrouille, mucho más joven, estableció una relación estrecha con Ferrer, que tuvo como primera secuela su debut en las oficinas del Quinto Piso a los treinta años. Como cabía esperar en un país tan inestable, esa fue una experiencia breve porque la gestión de Ferrer no alcanzó a durar un año, pero le permitió entrever los dilemas de la gestión económica. En los años posteriores dedicó sus esfuerzos a garantizar en circunstancias difíciles la subsistencia del IDES y de su vida intelectual, cuya mejor expresión, la revista Desarrollo Económico, fue dirigida entre 1976 y 1982 por Adolfo Canitrot; además, realizó tareas de consultoría y consolidó sus vínculos profesionales con la CEPAL en la sede de Buenos Aires.

Para completar esta reseña llegó el turno de Mario Brodersohn. En el mismo año, 1965, en que Canitrot obtuvo su doctorado en economía en la universidad de Stanford, Brodersohn logró el suyo en la de Harvard; los dos pertenecían al elenco de economistas del Instituto Di Tella y a él permanecieron ligados al tiempo que frecuentaban otros destinos. Entre 1969 y 1971 Brodersohn fue investigador visitante en centros de estudios económicos de los EE.UU. y Canitrot se desempeñó en el CONADE. Años más tarde Brodersohn sumó a su actividad académica la incursión en un terreno que lo distinguirá entre sus colegas: a principios de la década de 1970 habrá de montar una consultoría financiera y por medio de ella adquirirá un conocimiento práctico sobre la dinámica de los mercados, aportando así una trayectoria diferente a la experiencia que reunirá, alrededor de la convocatoria democrática de Alfonsín, a los miembros del equipo económico de Juan Sourrouille.

14 de marzo

Mi debut como speech writer a tres meses de estar en el gobierno. Texto escrito como aporte para un discurso de Alfonsín. Según se desprende de las palabras de Alfonsín del día 16 de marzo en ciudad de Córdoba, recogidas por los diarios, el presidente prefirió improvisar en torno a la idea “es el tiempo en que tenemos que encontrar soluciones entre todos”. El texto que transcribo habla más bien de cómo yo interpreto los desafíos de la hora.

1 Hemos llegado hasta aquí, a esta ciudad de Córdoba, para respirar y compartir con ustedes el aire de los nuevos tiempos que vive la República, una República recuperada para el imperio del derecho y la Constitución, una República recuperada para el futuro del progreso y el bienestar que nos merecemos los argentinos. Hoy quiero ratificar ante ustedes que estamos y estaremos en el gobierno para preservar y expandir estos nuevos tiempos conquistados gracias a la fe de un pueblo que ha vuelto a creer, sobreponiéndose a las frustraciones, al dolor, a la larga noche del autoritarismo. No vamos a defraudar esa fe, no vamos a doblegarnos, porque el nuestro es un compromiso ético con los valores de la democracia, con las libertades consagradas por la Constitución.

2 Sepa el pueblo de Córdoba que todas las medidas que tomemos para superar la grave situación económica que atraviesa el país y para reencauzarlo por el camino del crecimiento y la justicia estarán subordinadas, como la sombra al cuerpo, a ese compromiso ético fundamental.

3 Nuestra posición no es el producto ni de la arrogancia ni de la fantasía. Nace, por el contrario, de un análisis sereno y objetivo de nuestro pasado. La democracia y la libertad han costado demasiado a los argentinos para que las rifemos apelando a recetas recesivas. No cometeremos los errores de quienes, frente a situaciones de emergencia, recurrieron a medidas drásticas que pusieron en peligro la cohesión del cuerpo social y comprometieron, en definitiva, los valores de la convivencia civilizada en el país.

4 El gobierno va a actuar con prudencia, lo viene haciendo. La prudencia política en el manejo de la economía ha sido un valor frecuentemente sacrificado en beneficio de fórmulas mágicas y remedios heroicos. En lugar de administrar con prudencia las variables económicas con frecuencia se ha preferido introducir ajustes drásticos e inconsultos con consecuencias desastrosas para la estabilidad social y política del país. El gobierno no va a entrar en ese juego suicida. Queremos superar la emergencia actual pero para colocar de nuevo a este país en pie dentro de la vigencia de la democracia y la libertad. Nuestra política quiere perdurar en el tiempo y no rendirse ante el corto plazo. Por eso hemos adoptado una estrategia de pasos sucesivos para ir poniendo bajo control las variables económicas.

5 Al elegir el camino de la prudencia hemos escogido también el camino del realismo. Así como no queremos caer en el engaño fácil de las fórmulas mágicas y los remedios heroicos, tampoco queremos ignorar los efectos de la crisis heredada y las limitaciones que enfrentamos: sería un error confundir nuestra voluntad de superar la emergencia con el voluntarismo. El pueblo debe conocer el cúmulo de dificultades dentro del que nos movemos: un país devastado, un país endeudado, un país con profundas distorsiones en su equilibrio social y político. A lo que es preciso agregar las presiones de quienes desde adentro y desde afuera pretenden torcer el rumbo de la flamante democracia argentina.

6 La salida de la crisis no será fácil ni inmediata. Pero la encontraremos si somos capaces de sumarnos todos a una política de solidaridad nacional. El país democrático y justo al que aspiramos requiere de la autolimitación de cada uno para el logro del bien común. La vuelta a la Constitución ha hecho aflorar legítimas reclamaciones por largo tiempo postergadas. Pero debemos comprender, y estoy seguro que todos lo comprendemos, que para superar la emergencia la mejor herramienta es un pueblo solidario. Porque un pueblo solidario es un pueblo fuerte y sólo un pueblo fuerte es un pueblo capaz de decidir, sin tutelas ni vasallajes, su propio destino como Nación. Esa fortaleza es la que hoy necesitamos para negociar con dignidad la deuda externa, para afirmar que estamos dispuestos a cumplir los compromisos contraídos pero sin ceder en la defensa de los intereses nacionales.

7 Sólo una política de solidaridad nacional nos permitirá convertir la crisis que enfrentamos en la oportunidad para el renacimiento de la Argentina. Si la impaciencia, si el egoísmo se imponen sobre nosotros en estos tiempos difíciles, vamos a retroceder como Nación, vamos a disgregarnos como pueblo, y ya conocemos, dolorosamente, lo que ello ha significado para los argentinos.

8 Muchas veces se ha pedido a este pueblo solidaridad y esfuerzos en nombre de un hipotético futuro. Hoy esa solidaridad y esos esfuerzos son necesarios para preservar una realidad tangible que es la que hoy exhibe un país en la democracia y la libertad. El gobierno sabrá responder a esa solidaridad y esos esfuerzos procurando llevar a cabo una política económica que distribuya las cargas con equidad.

9 En una sociedad democrática y en momentos de crisis sería un error esperar que todas las demandas sean igualmente consideradas. La decisión política le corresponde al Poder Ejecutivo y su responsabilidad consiste en hacer la síntesis que mejor sirva al interés de las mayorías. Este gobierno se propone ejercer todas sus facultades con el fin de restablecer la autoridad eminente del Estado. Hay que desterrar para siempre la idea de que un gobierno democrático equivale a un Estado débil, a un Estado desgarrado por las presiones de grupos y sectores, a un Estado que no gobierna. Sepa el pueblo de Córdoba, sepa el pueblo argentino que el gobierno está dispuesto a escuchar los reclamos que vienen de la industria, del trabajo, de las provincias, y procurará darles satisfacción en la medida de sus posibilidades. Pero es preciso que se comprenda que hay que establecer prioridades y que no vamos a renunciar a fijarlas. Reconocer nuestras dificultades de hoy no implica considerarlas permanentes. Estoy seguro que con solidaridad, con realismo y con decisión iremos despejando los obstáculos y ampliando a la vez nuestras posibilidades. Tenemos por delante seis años de gobierno, para trabajar y crecer, para ser fieles al compromiso con la democracia, la libertad y la justicia que contrajimos ante nosotros mismos y ante las generaciones futuras.

23 de marzo

Desde la Secretaría acabamos de enviarle al presidente un memorándum que transcribo a continuación:

Inventario de la crisis

1 Inflación sin precedentes. La más alta del mundo. 400% anual.

2 Producto per cápita inferior a 1970.

3 Producto industrial de 1983 inferior a 1971.

4 Un nivel de inversión a principios de la década del 80 inferior al de una década atrás.

5 En, síntesis, un sistema productivo desarticulado por efectos de una política de apertura externa irresponsable.

6 Deuda externa que equivale a no menos de cinco años de exportaciones y cuyos intereses representan anualmente casi el 40% del ahorro total.

7 Monto considerable de justas demandas sociales postergadas por la inequitativa política de distribución del ingreso del gobierno militar. Esto ha significado, entre otras cosas, deserción escolar y mortalidad infantil. En síntesis, la emergencia de la pobreza como problema social en un país con formidables recursos.

8 Administración pública destruida para una gestión democrática de gobierno.

9 Sistema financiero, inclusive a nivel de la banca oficial, orientado a incentivar actividades especulativas y puesto al servicio de los intereses de pocos grupos económicos.

10 Descontrolado déficit fiscal, superior al 15% del PBI hacia fines de 1983.

11 Distorsiones considerables de la estructura de salarios como resultado del avance desmesurado de los grupos con mayor poder de presión sobre los sectores de menores recursos.

12 Desarticulación de las economías regionales.

Abril del 84

Querida hermana:

Han pasado ya cien días de gobierno de Alfonsín. Y cien días de mi entrada a la función pública. Rompiendo la rutina de los porteños, hemos sido muchos los que pasamos el verano en Buenos Aires. En mi caso estoy yendo a mi oficina en el Octavo Piso del edificio del Ministerio de Economía. Allí, además de Juan Sourrouille y Adolfo Canitrot, estoy acompañado por otros subsecretarios: José Luis Machinea y Ricardo Carciofi, dos jóvenes economistas también debutantes en cargo públicos.

Ciertamente, yo también he cambiado: de golpe fui sacado del ambiente recoleto de un instituto de investigación y lanzado si no justamente al frente por lo menos a la antesala de la toma de decisiones de gobierno. Resultado esperable: dificultades para pasar las noches por obra de incesantes debates sobre la actualidad política en medio del sueño. Espero que la situación se enfríe lo suficiente para recuperar un mínimo de control sobre mí mismo. Por ahora, y a pesar de mis quejas, estoy sacando partido del lugar donde estoy: me entero, aprendo, es toda una nueva y atractiva experiencia. Como me destaco entre mis colegas economistas por mis dotes literarias, ya me han incorporado a la lista de los que escriben discursos.

¿Qué puedo decir, pues, como resumen de estos primeros cien días? Es difícil comprimir en una mirada sintética la variedad de acontecimientos por los que hemos pasado. Por otra parte, cualquier comentario mío tiene un sesgo previsible, sea porque me muevo dentro de un área específica del gobierno –la economía– que, aunque importante, no cubre todo el panorama, sea porque en mi percepción pesa también mi modo personal de vivir estos días bajo la flamante democracia que tenemos.

Suele afirmarse que todo nuevo elenco que llega al poder dedica el primer año a instalarse y a aprender a gobernar. Pasar del llano a las esferas del poder obliga siempre a reajustes, sobre todo cuando se ha estado mucho tiempo en la oposición. Sus principales figuras son hombres que hicieron su experiencia de gobierno hace unos veinte años y en una Argentina, por muchas razones, diferente a la de hoy. Además, es preciso conocer la maquinaria gubernamental, digerir la nueva información que se recibe desde dentro de ella, modificar la perspectiva con la que se piensan los problemas públicos. La condición de opositor acostumbra a practicar la crítica pero no es una buena escuela para proponer soluciones.

Te digo todo esto para ubicar el ángulo desde el que hay que juzgar los cien días de gobierno. Es indudable que estamos frente a un proceso de aprendizaje: muchos de los críticos de la administración radical pasan por encima ese proceso y son excesivamente duros. Sin embargo, creo que en la dureza de las críticas influye algo más que el desconocimiento de las dificultades a las que se confronta todo nuevo elenco. Esa dureza es también la expresión de una forma de encarar las cosas de la vida pública que está dominada por la impaciencia: no hay un horizonte temporal dilatado sino un sentido de urgencia permanente, que obliga a los gobiernos a rendir examen en el muy corto plazo. Es verdad que la Argentina es un país institucionalmente inestable y ello conduce a que todo se juegue en el presente porque el mañana no puede darse por descontado. Los problemas de la coyuntura en la que estamos son además problemas de gran porte e imponen respuestas inmediatas, y ello no facilita contar con el tiempo necesario para aprender a gobernar. Diría que tendremos que esperar todavía un cierto tiempo más para saber cuál será, en definitiva, la orientación de las nuevas autoridades. No estoy diciendo con esto que se pueda esperar cualquier cosa: los postulados básicos que dieron forma a la alternativa política que encarnó Alfonsín marcarán el rumbo. Pero hay que tener en cuenta los cambios que forzosamente habrá de introducir la dinámica de la propia realidad del país –una realidad que con frecuencia no se somete dócilmente a los deseos y aspiraciones de los que llegan al poder–. Cabe esperar, entonces, que a lo largo del año que tenemos por delante habrá de producirse un reajuste en la dirección ideal del gobierno. Sería deseable que ese reacomodamiento fuera el fruto de la propia decisión de las autoridades y no un viraje impuesto por las circunstancias.

Un buen ejemplo de lo que vengo diciendo es lo que está sucediendo en las relaciones del gobierno con la dirigencia sindical. Llegado al poder en andas del impacto de su campaña electoral, Alfonsín se propuso cumplir con una de sus banderas más caras: la democratización de la vida interna de los sindicatos. A su juicio, la clase política había revalidado sus títulos en los recientes comicios; ahora le llegaba a los dirigentes gremiales el turno de hacerlo, luego del prolongado ostracismo durante el régimen militar. Para ello optó por una estrategia de ataque, convencido de que la razón política estaba de su lado. El intento terminó en un flagrante fracaso: el 15 de marzo, mediante el voto negativo del Senado, el Congreso no aprobó el proyecto de ley del ministro Mucci, que apuntaba a introducir garantías a la democracia sindical. El gobierno se quedó, así, sin instrumentos para actuar en ese terreno o, peor, se quedó en manos de la legislación vigente, producida por la dictadura militar. De allí que se haya visto forzado a cambiar la estrategia que tanto había antagonizado a la cúpula sindical para encontrar una salida negociada. Este ejemplo refleja bien el proceso casi natural de reacomodamiento del gobierno al tener que actuar sobre una realidad que ofrece resistencias. El ejemplo tiene también el mérito de iluminar un momento importante en la trayectoria del gobierno de Alfonsín. Hasta allí parecía que avanzaba triunfalmente sostenido por el mismo ímpetu con el que había conducido su campaña electoral. El rechazo de la ley de democratización sindical detuvo su marcha. Hoy en día el gobierno parece un ejército que, luego de un avance arrollador, se encuentra bloqueado por las dificultades del terreno, por los obstáculos que van dejando sus adversarios en retirada.

Con esta imagen a la vista de todos se comprende que ganen relevancia los problemas en el campo económico, donde el gobierno está perdiendo día a día la iniciativa. Dentro de este marco se inserta el debut de la presidencia de Alfonsín. El primer trimestre de 1984 se ha cerrado con una tasa de inflación del 50%, que recuerda, por su magnitud, el descalabro económico del último tramo del gobierno de Isabel Perón. Un ingrediente principal del actual empuje inflacionario es el aumento registrado en el precio de la carne, producto a la vez del incremento de la demanda generado por los mejores salarios y de la disminución de la oferta, cuyo origen se remonta a la reducción del stock ganadero operada en los últimos años. El nuevo gobierno democrático ha venido a encontrar su talón de Aquiles en uno de los atributos de la identidad argentina: su pasión carnívora.

Frente a una realidad económica que no se comporta de acuerdo a las pautas que mes a mes fija el gobierno, cunde la desazón entre los funcionarios y se multiplican los ácidos comentarios de los observadores. La lógica de la política económica actual, por la que las autoridades ajustan por anticipado el valor de los salarios, las tarifas de los servicios públicos, la tasa de interés, el nivel del tipo de cambio y, más en general, el conjunto de los precios en función de un cálculo estimado de la inflación para el mes siguiente conduce a una situación peligrosa: la multiplicación de los controles oficiales para sujetar el comportamiento de los agentes económicos a las directivas gubernamentales. Parece evidente que por ese camino el gobierno se desliza hacia un enfrentamiento con las organizaciones de empresarios y trabajadores. Me pregunto: ¿habrá que escoger, en cambio, una política de concertación que involucre a dichas organizaciones en el diseño y gestión de la marcha de la economía y logre, en consecuencia, obtener su consenso? Esta alternativa es más fácil de formular que de llevar a la práctica. ¿Cuáles son las organizaciones que tienen representatividad suficiente para ser convocadas? ¿Cómo evitar que entre las organizaciones existentes surjan desertores que rompan filas y cuestionen a los que acudan al llamado? Hasta ahora Alfonsín ha mostrado poco entusiasmo ante la idea de la concertación porque ella implica entregar porciones del poder de decisión de su flamante gobierno. En este sentido, es sugestivo que sean los peronistas quienes más insistan en los acuerdos y critiquen la soberbia del oficialismo. Se entiende: perdieron las elecciones y buscan recuperarse entrando por la puerta trasera, enarbolando la bandera de la concertación. Por su parte, el gobierno habla igualmente de la necesidad de la unión nacional frente a la emergencia económica pero se cuida muy bien de poner en marcha los mecanismos institucionales para hacerla efectiva.

El hecho es que el país atraviesa una coyuntura económica adversa en paralelo a la puesta en vigencia de las instituciones de la democracia; en un escenario semejante no hay mucho margen para entregarse a la libre exacerbación de los antagonismos. En el Congreso las relaciones entre peronistas y radicales están muy tensas: la oposición puede bloquear, si se lo propone, la gestión de Alfonsín porque este no tiene mayoría propia en el Senado. La búsqueda de acuerdos para afrontar los problemas económicos pareciera imponerse. Sin embargo, no se observan señales de que se avance en esa dirección. Las reservas del oficialismo a la hora de emprender ese camino deben mucho a sus pretensiones políticas. El clima triunfalista de los radicales luego del desenlace de los comicios, el desconcierto que ganó a las filas peronistas, potenciaron las ambiciones de los seguidores de Alfonsín: existe en ellos la pretensión de construir un nuevo movimiento hegemónico. Considerada desde este ángulo, la política de acuerdos aparece contradictoria con sus aspiraciones; en los hechos sería como tirarle una soga y rescatar de su ruina a los mismos adversarios que busca desplazar del centro de la vida política. Lo cierto es que la descomposición del peronismo se produce más lentamente de lo que confían los radicales al tiempo que a ellos se les complica el frente económico-social.

La necesidad de frenar la inflación y afrontar los compromisos de la deuda externa ha ido diluyendo el confiado optimismo con que el gobierno encaró las cuestiones económicas. Se ha decidido ir al Fondo Monetario para solicitar ayuda financiera y se sabe que los que van a golpear esa puerta suelen regresar con un programa de ajuste bajo el brazo. Pero ¿cómo poner en práctica medidas de ajuste sin contar con un mínimo acuerdo de las fuerzas de oposición? Si ese entendimiento no existe es muy probable que sobrevenga una escalada de conflictos laborales y que se produzca un aislamiento político del gobierno. Los problemas de la hora parecen promover una política de acuerdos y la postergación de la ambición alfonsinista de transformarse en un movimiento hegemónico. La recién reconstruida democracia de los argentinos difícilmente logre echar raíces y afianzarse si se polariza la escena política al compás de los enfrentamientos entre radicales y peronistas.

A esta compleja coyuntura hemos llegado al cabo de cien días de gobierno. En Argentina todo tiende a moverse demasiado rápido. Al arribar al gobierno Alfonsín decidió que no era el momento de hablar crudamente de la crisis por temor a que se desvaneciera la esperanza puesta por los argentinos en el retorno de la democracia. Pero la crisis existe. Los indicadores son elocuentes: caída de más del 15% del ingreso nacional al cabo de los últimos tres años, una inflación anual de más del 640% a fines de 1983, déficit fiscal de alrededor del 10% del producto. A este cuadro se suma un monto de deuda externa que representa el 68% del PBI, un atraso en el pago a los acreedores por 3.000 millones de dólares, un muy bajo nivel de reservas internacionales.

En circunstancias tan difíciles, dos son, en principio, los mecanismos para inducir moderación en el comportamiento de los agentes económicos: una política de concertación o una política recesiva. Esta última opción será tanto más brutal y riesgosa cuanto más se demore una salida negociada. La autoridad política de Alfonsín todavía se mantiene alta pero es dudoso que se conserve intacta si proliferan los conflictos y reaparece el viejo espíritu especulativo: la pérdida de confianza en la capacidad del gobierno para manejar la economía puede llevar a muchos a jugar en contra y salir a la compra de dólares esperando lo peor. ¿Es esta una perspectiva demasiado sombría? Sería bueno que no lo fuera pero no estoy seguro de ello. Me temo que la vuelta a la democracia no ha cancelado los antiguos reflejos; las fuerzas de inestabilidad todavía están vivas y lozanas entre nosotros. Al respecto, ha causado revuelo la agencia AP al hacer circular a principios de marzo el informe de una consultora yanqui, Beri (Business Environment Risk Information), pronosticando un golpe de Estado antes de 1987.

Soy consciente de que comento muy parcialmente estos cien días de gobierno al concentrarme sobre los problemas y los dilemas de la política económica. Hay otros aspectos que merecerían ser comentados, como por ejemplo el ajuste de cuentas con el pasado en el juicio por la violación de los derechos humanos durante la dictadura militar. Pero de este evento a todas luces extraordinario en la experiencia de las transiciones a la democracia no voy a ocuparme hoy. En resumen, tenemos por delante un gobierno que va descubriendo los desafíos de la emergencia y recorre penosamente el camino que va desde los discursos de la campaña electoral al forzado reajuste a las restricciones que le impone la realidad económica y política. No todos los hombres de este gobierno están a la altura de las circunstancias: hay en muchos un exceso de voluntarismo, una falta de profesionalidad. Es probable que, en un balance ecuánime de su trayectoria, esas limitaciones sean comprensibles. No obstante, la comprensión no disminuye en nada sus carencias. Hay sí en la persona de Alfonsín una gran muñeca política. Pero un gobierno es también un ejercicio de administración y en este plano deja que desear. Es verdad que siempre se puede aprender. La pregunta es si este país que tenemos le dará a los radicales la oportunidad de hacerlo. Para acompañar el desenlace de este interrogante me he propuesto comenzar a grabar mis impresiones.

27 de abril

Hoy comienzo con mis grabaciones. Lo hago con el ánimo deprimido. Hace dos días ese era el clima reinante en la oficina de la Secretaría de Planificación. Fui a ver a Juan y me dijo al verme: “Decime algo, levantame el ánimo, estoy caído”. No le pregunté la razón, era innecesario. Podía adivinarla. Pocos minutos más tarde me encuentro con José Luis y ahí nomás, sin que yo le preguntara, me dice: “Juan Carlos, estoy deprimido, ¿para qué estamos trabajando?”. Ese era el clima de hace dos días y a ese clima he terminado plegándome yo mismo en el día de hoy. Diría que es el resultado de la información que cotidianamente recibimos. Hace dos días, sobre el final de la tarde, vino Mario Brodersohn, que está al frente del Banco Nacional de Desarrollo, a compartir con nosotros su estado de ánimo. “Esto no va más. La política antiinflacionaria del gobierno ha fracasado. Llevamos ya dos meses de una inflación del 20%. Hay que hacer algo.” La convocatoria a hacer algo se repite una y otra vez. A cada rato, uno de nosotros o algún amigo viene y nos dice: algo hay que hacer. La novedad es que, a veces, frente a la pregunta, la respuesta inmediata es la siguiente: “Pero ¿qué es lo que hay hacer?... Porque”, decía Mario, “confieso que no sé, no encuentro una alternativa. Realmente no sé. ¿Y ustedes?”. Y a su pregunta, la respuesta que recibe entre nosotros es: “Entonces... ¿por qué no pensarla?”. En el contexto psicológico del día, la respuesta de Juan a esa pregunta fue ilustrativa de nuestro estado de ánimo, que se potencia además porque ese ejercicio intelectual tiene por marco un obstáculo de orden político: ¿cómo es posible pensar una política económica sin saber si al cabo de ese ejercicio habrá una autoridad política capaz de llevarla a la práctica? Porque lo que está bloqueando la busca de alternativas no es sólo la incertidumbre técnicamente formulada. También gravita el hecho de que cuando miramos alrededor, tanto en el gobierno como en el partido radical, no se ve quien comparta con nosotros la percepción de la gravedad del momento que vivimos. Esta percepción no es entre nosotros el resultado de mirar el partido desde la tribuna. Desde muy temprano, y más allá de nuestro cometido oficial –pensar una estrategia de desarrollo–, Alfonsín ha involucrado a Juan y los amigos en la discusión del inquietante corto plazo.

Para tener una idea más concreta del lugar donde estamos, a continuación transcribo el relato que Adolfo grabó a pedido mío al regresar hace unos días de Washington, adonde viajó encabezando una misión para realizar conversaciones con el FMI. A fin de poner en contexto esa misión destaco lo que ocurrió el 1 de abril. Ese día, a pocas horas de que venciera el plazo para que los bancos acreedores pasaran a pérdida los intereses por 500 millones de dólares que adeudaba Argentina, tuvo lugar lo que la prensa llamó “un plan de rescate financiero”: los gobiernos de México y Venezuela con 100 millones cada uno, los de Brasil y Colombia con 50 millones cada uno, Argentina con 100 millones y los bancos comerciales con una suma similar reunieron los 500 millones y evitaron el crack. A su vez el gobierno de EE.UU. se comprometió a poner los 300 millones de dólares desembolsados por los países amigos una vez que Argentina llegara a un acuerdo con el FMI en el plazo de treinta días. El secretario del Tesoro del país del Norte afirmó a la prensa que “el mundo pudo haberse precipitado a una crisis de endeudamiento ya que la Argentina podría haberse convertido en un ejemplo para otros países de no haber mediado dicha operación”. Con este antecedente, la delegación argentina llegó a Washington y nos enteramos de sus peripecias a través de las palabras de Canitrot.

¿Por qué fuimos al Fondo? Fuimos porque la Argentina se comprometió a un acuerdo financiero en la negociación con los bancos acreedores. Esta era una exigencia de los bancos para los cuales la palabra del Fondo representa una garantía de que Argentina va a cumplir. Ellos necesitan un papel con el sello del FMI para poder conceder una refinanciación de la deuda. Es un requisito formal: los directivos de los bancos se sienten respaldados si cuentan con el visto bueno del FMI, lo crean o no lo crean.

¿Qué es lo que pide el Fondo? Los funcionarios del Fondo van a hablar de filosofía económica pero, básicamente, lo que quieren es ver la cuenta fiscal, la cuenta exterior y la cuenta monetaria. La cuenta exterior la necesitan porque está en juego la capacidad de pago del país; la cuenta fiscal, porque repercute sobre la cuenta exterior, y la cuenta monetaria, porque tiene que ver con la tasa de inflación, con el manejo de la economía y la capacidad de controlarla. A todo eso el Fondo le agrega además política de salarios, política de devaluación, etc., pero en verdad con esas tres cuentas las otras políticas están implícitas; uno no necesita poner una hipótesis de salarios ya que al poner una hipótesis de déficit fiscal ya está definiendo los salarios públicos y, en buena medida, el resto de los salarios. En los hechos, cuando se discuten esas tres cuentas se está discutiendo el conjunto de la política económica. Un instrumento clave de esa discusión son las metas nominales. El Fondo le pone al programa del país una determinada cifra de déficit en términos nominales, y con ella creen controlar la tasa de inflación y, en definitiva, el déficit real. Ellos operan a partir de un extracto de metas mínimas, que obligan a redefinir todo.

Nosotros llevamos las tres cuentas. De las tres, la externa y la monetaria eran razonablemente buenas. La cuenta fiscal que llevamos era mala. Técnicamente era mala y descansaba sobre hipótesis muy difíciles de sustentar. Partía de que el déficit iba a bajar pero sin reducir el gasto, que en realidad aumentaba; lo que se incrementaba en forma brutal eran los ingresos, en la cual mucho no creíamos. Para preparar el viaje estuvimos reunidos unos diez días durante los cuales tratamos que la gente de la Secretaría de Hacienda hiciera un presupuesto 1984 más o menos decente, pero se tropezó con serias dificultades técnicas. Y esto porque al llegar al ministerio Bernardo Grinspun rajó a todos los tipos que sabían hacer las cuentas y los que están ahora son muchachos que están aprendiendo. Y si bien hacer las cuentas no es una ciencia muy misteriosa, es algo que se aprende trabajando, hay montones de detalles que requieren experiencia. Hoy, por ejemplo, revisando los números veíamos que el rubro de “otros gastos corrientes” aumenta de 0,2% del PBI a 1,8,%, un aumento fabuloso, espectacular. Y nos dimos cuenta que era porque se habían contemplado los intereses que tienen que pagar las empresas del Estado, que habían sido sacados por una martingala contable y ahora los habían vuelto a poner estos muchachos que son inocentes y los computaron donde debían estar mientras que el año pasado los tipos de Hacienda, que eran más ranas, los habían sacado y puesto en otra cuenta. Estas son las cosas que sabe un tipo que sabe; estas trampas no las conocen los inocentes.

Estas eran las dificultades con las que teníamos que lidiar. Por lo tanto llevamos una mala cuenta fiscal. Con esta preocupación por el estado de las cuentas y antes que yo viajara, Juan le pidió una entrevista al presidente el viernes a la noche, a la que asistí. Estuvimos con él una hora, le contamos todo y luego de oírnos Alfonsín nos dijo que de ningún modo iba a autorizar una reducción de los salarios públicos. Y pidió que buscáramos de qué manera se podría zafar. Discutimos entonces otras alternativas pero no llegamos a nada y tuvimos que terminar la conversación porque el tiempo que excepcionalmente habíamos conseguido estaba agotado. De todos modos, Alfonsín nos dio una orden, el salario de los empleados públicos no se baja; le dijimos que el salario de los que trabajan en las empresas públicas es alto pero no dio el brazo a torcer y dijo que necesita esos salarios porque si no la gente se va de las empresas públicas; se me ocurre que alguien le debe haber dicho eso y lo ha convencido.

Salimos de viaje, le dije a Machinea que me acompañara, y llegamos junto con la gente de Hacienda a Nueva York el 15 de abril. Nos esperaba en el aeropuerto un ministro consejero de la embajada a las seis de la mañana. Nos saludó y nos dijo que teníamos que ir al Consulado, donde nos encontraríamos con Grinspun y el presidente del Banco Central, Enrique García Vázquez. Allí estuvimos a las ocho y media. No más de media hora más tarde se hicieron presentes. Era un día domingo con lluvia en Nueva York. Comenzó entonces la conversación para tratar los datos de la cifra de gastos y la cifra de ingresos en la cuenta fiscal que llevábamos. Miren lo que sale de déficit, señalé, el número está cerca del 8 o 9%, que es nuestro objetivo, pero para eso la hipótesis de ingresos es una locura y es incumplible, mientras que lo que aparecía en gastos era el considerable aumento que se había producido en los últimos seis meses, durante el nuevo gobierno. Esa conversación tuvo sus matices: el subsecretario de presupuesto Adalberto Rodríguez Giavarini se apresuró en darle al ministro todos los diarios de Buenos Aires del día anterior y en los que se destacaba con subrayados las partes donde se hablaba de él. Los recibió con entusiasmo y sucedió que mientras nosotros hablábamos en un rincón de la sala el ministro leía los diarios. Cada tanto oíamos sus comentarios, sus puteadas a tal o cual periodista. Por suerte estaba García Vázquez, que escuchaba y que captó inmediatamente todos los puntos conflictivos: pidió aclaraciones, tomó notas, hizo cálculos. A la vista de los números García Vázquez decía: “Con esto no podemos ir, Bernardo, es una barbaridad”, procurando atraer su atención, pero el ministro se limitaba a hacer acotaciones, del tipo “¿Qué querés?, ¿querés subir los salarios y pagar la deuda?, eso no es fácil”, y no terminaba de involucrarse en la conversación. Esta conversación tuvo un trámite accidentado, como ocurre siempre que está él: se levantaba, se iba, hacía llamados telefónicos. Así estuvimos hasta que llegó la hora de almorzar, era ya cerca de las dos de la tarde. “Acabemos con esto”, dijo Bernardo, y agregó: “El ministro invita a todos a un restaurante”. Terminado el almuerzo nos dijo: “Bueno, muchachos, suerte”, se despidió de nosotros y así nos fuimos a Washington.

Una vez allá, a la mañana siguiente tuvimos el primer contacto con el Fondo. Como era el jefe de la misión pedí ver a Wiessner Durand, que es el responsable de Hemisferio Occidental. Resultado: estaba de vacaciones. Pedí entonces ver, en segundo lugar, a Ferrán, el encargado de la negociación con Argentina: también estaba de vacaciones. Tercero, Aguirre, que se ocupa de cuentas fiscales: estaba internado en un hospital enyesado porque se había quebrado una pata. Al final comenzamos las conversaciones con funcionarios de un nivel inferior. A lo largo de ellas estos dedicaron tres días a puntualizar cada número que traíamos, preguntando cómo y por qué llegábamos a ellos, haciendo un interrogatorio detalladísimo. El verdadero recurso de estos tipos, que son verdaderos contadores fiscales, es su experiencia en analizar presupuestos públicos; nos impresionaron por su conocimiento meticuloso.

Aprovecho ahora y menciono tres importantes eventos que marcaban el contexto en que teníamos esos intercambios. Al llegar a Washington fui a la oficina de nuestro representante ante el Fondo, Mario Teijeiro, y este me dijo que había recibido poco antes un llamado de Mister Truman –Edwin Ted Truman–, miembro de la Federal Reserve, creo que tercero en la jerarquía, preguntando si nosotros ya habíamos llegado. Teijeiro me comentó que en los años que llevaba en su cargo era la primera vez que recibía un llamado desde la Federal Reserve. El llamado se justifica: el gobierno sigue de cerca la cuestión de la deuda externa porque los principales acreedores son bancos norteamericanos. Otro evento fue que al segundo día de nuestras reuniones en el Fondo apareció Ferrán; nos dijo que había recibido un cable donde lo conminaban a interrumpir sus vacaciones en Barcelona y le ordenaban tomar el primer avión. Me sorprendió su presencia: esto quería decir que nuestras conversaciones tenían la máxima prioridad. Después apareció el uruguayo Aguirre que se ocupaba de cuentas fiscales con la pata al hombro; lo sacaron del hospital y lo trajeron. Tuvimos claro entonces que nuestra presencia en Washington no era para la joda y que había un gran interés.

Como señalé, fueron tres días dedicados a revisar nuestros números, sesiones de mañana y de tarde, muy cansadoras, donde quedó en evidencia que nuestras cuentas fiscales eran lamentables. No la sacamos barata ante ese tribunal de los contadores fiscales que preguntaban y preguntaban. Durante el interrogatorio nos metieron varios goles porque estábamos flojos de números, sobre todo los fiscales. A raíz de eso, como jefe de la misión decidí dejar de lado el presupuesto 1984 que llevábamos porque ofrecía un flanco débil: les dije que se lo entregaríamos más adelante. Luego de terminada la revisación de los números llegamos a la mañana del día jueves. Nosotros teníamos previsto regresar al país el viernes. Los del Fondo nos dijeron que recién después de las cuatro de la tarde del jueves volverían a vernos para darnos una devolución. Antes de empezar con el paréntesis que nos proponían les dediqué varios párrafos hablando del encuadre político de nuestra misión. Así dije que no queremos patear el tablero, pero tampoco queremos exponer al país a experimentos drásticos; venimos de un país que ha sido siempre agitado por profundas sacudidas y el gobierno tiene un compromiso de atender las necesidades de los sectores sociales con moderación, lo contrario sería provocar una escalada peligrosa de conflictos; descartamos pues una maxidevaluación porque en Argentina falta un requisito indispensable para hacerla, que es contar con un gobierno en condiciones de desplegar una gran capacidad de represión y abortar en consecuencia la transición a la democracia en la que estamos empeñados.

Aproveché el tiempo que tenía hasta las cuatro de la tarde para verlo a Raúl Prebisch, nombrado por Alfonsín como asesor económico. La situación de Prebisch y el gobierno estaba complicada. En Washington él había hecho unas declaraciones muy críticas sobre el momento económico argentino que cayeron muy mal. Alfonsín había pedido que regresara a Buenos Aires e hiciera una conferencia conjunta con Grinspun y García Vázquez para mostrar que existía unidad en el frente económico. Pero Prebisch se había empacado y no quería viajar. En la entrevista con el presidente el viernes antes de mi partida, a la que ya me referí, se trató el tema. Yo pregunté: ¿qué hago? Y me dijeron: “Si querés hablar con él, hacelo, es cosa tuya”. Por cortesía eso fue lo que hice. Cuando a mi llegada lo llamé para decirle que veníamos a negociar con el Fondo, tuve una conversación muy corta, me despachó muy rápido con un “Que le vaya bien, mi amigo” y no me dijo una palabra más, a raíz de lo cual comprendí, y se lo comenté a Sourrouille por teléfono, que estaba muy enojado porque lo habían mandado al frente con una hipótesis de déficit que no está respaldada por los números, sentía haber sido manipulado con datos equivocados. Como el sábado tenía tiempo libre hasta la reunión de las cuatro de la tarde le pedí a Ernesto Gaba, funcionario del Central, que era parte de la misión, que le preguntara a Prebisch, con el que tenía un buen trato y a quien ya le había adelantado el estado de las negociaciones, si yo podía ir a visitarlo. “Cómo no, que venga nomás.” Mi conversación con Prebisch fue muy cordial. Él me expresó su profunda preocupación sobre las inconsistencias del programa, me dijo que la cosa no iba, que estaba muy alarmado por el previsto aumento del salario en el sector público. Yo le señalé que también nosotros estábamos preocupados por las inconsistencias del programa; eso lo sorprendió: “Yo pensé que Sourrouille y usted estaban en otra cosa”. “De ningún modo”, le respondí, “también estamos inquietos y se lo hicimos saber al presidente”. “Entonces”, continuó él, “no hay que perder tiempo, hay que hablar con el presidente, hay que hacerle entender que esto así no va, que se está desbarrancando, que es una locura. Me alegra mucho saber que coincidimos y cuando regrese a Buenos Aires vamos juntos a ver a Alfonsín”.

Llegaron las cuatro de la tarde y fuimos a la reunión en el Fondo. El resultado fue muy desalentador. Todo mi discurso previo sobre el encuadre político de la política económica –la consigna de la moderación, de avanzar de a poco en medio de la emergencia– no sirvió para nada. Ferrán tomó la palabra y nos tiró unas cifras absolutamente indigeribles. Yo estimaba que llegar a un déficit de tesorería del 8% como habíamos pensado para el primer trimestre de 1985 iba a ser una empresa muy difícil, y que llegar al 6% que había comprometido Prebisch en un memorándum a De Larosiere era un disparate. Pues bien, Ferrán propuso la cifra del 3,5% para el tercer trimestre de 1984, o sea, dentro de los próximos dos meses, y también el 3,5% para el primer trimestre de 1985. Calculé que los más o menos cuatro puntos respecto de nuestra hipótesis implicaban una caída de los salarios públicos del 30%. Una vez que Ferrán dijo lo suyo tuve que sujetar a Machinea, que estaba al lado mío, que quería saltarle a la yugular, en un ataque de bronca. Yo opté por el humor. Ferrán continuó diciendo que eso era lo que tenían que decir sobre la cuenta fiscal y nos sugería que podían examinar más tarde la cuenta monetaria y la cuenta externa. Yo le dije: “Joaquín, dímelo todo de una vez”. Mi salida provocó grandes carcajadas. Continuó, entonces, con las otras cuentas y fue así que una vez que terminó con todas las cifras le dije, en un tono de sorna: “¿Alguna otra cosita?”, como queriendo decirle: “Decí la cifra que quieras, ¿qué más?...”. Yo estaba en esa actitud; en cambio, José Luis hacía esfuerzos por contenerse mientras me decía por lo bajo: “¡Yo a este le pego!”. En resumen, nuestra mayor debilidad estuvo siempre en el frente fiscal pero la propuesta de Ferrán me pareció un despropósito. La teoría que está detrás de ella es más o menos así: sugieren un número brutal para que la gente se dé cuenta que esto va en serio, esto es, sostenían que la gente sólo va a creer en que no va a haber más inflación cuando ustedes muestren que están dispuestos a ir a fondo. Por suerte, al abordar las otras cuentas hicimos mejor papel en las discusiones, recibimos algunas críticas razonables pero gracias a la capacidad técnica de Gaba en la cuenta monetaria y la de Juan Sommer, también funcionario del Central pero amigo nuestro, en la cuenta externa y las intervenciones de José Luis, siempre solventes, no recibimos más exabruptos. Al dar por terminada la reunión yo adopté la única actitud que me sale naturalmente en estos casos: no tiré la mesa al suelo, no me puse a gritar a grito pelado. Les di las gracias por la atención y me despedí, acordando volver a vernos pronto.

Nos fuimos luego a la oficina de Tejeiro y al poco rato recibimos un llamado telefónico del Treasury Department por el que me invitaban a una reunión urgente con David Mulford, el número dos en la jerarquía. Allí fui y me recibió, alto, atlético, buen mozo, que muy serio me dijo que quería hacerme saber la preocupación del gobierno de los Estados Unidos por el estado de nuestras negociaciones con el Fondo. La rapidez con la que se montó la entrevista, la franqueza de sus palabras me llevó a pensar, para mis adentros, que si alguien dudaba de la existencia del Imperio ahí lo teníamos, en carne y hueso. Luego, me preguntó: “¿El 30 de abril estará terminado el trabajo con el Fondo?, ¿cómo lo ve Ud.?”.

El intercambio con Mulford me abrió otra perspectiva sobre la situación en que nos encontramos. El gobierno norteamericano está en un doble juego de presiones: sobre nosotros pero también sobre los bancos. El papel del Fondo en ese doble juego es ofrecer un reaseguro de que las deudas serán pagadas. El aval del Fondo sobre las cuentas argentinas le sirve al gobierno norteamericano para dirigirse a los bancos y reclamarles que acepten parte de la pérdida en las deudas. El objetivo es salir del paso y evitar un default que contagie a otros países deudores y ponga en riesgo el sistema bancario yanqui. Nosotros nos hemos convertido en un caso ejemplar. Hace unos días se hizo una conferencia de despedida al capo del Citicorp, una figura de gran prestigio en el ambiente de las finanzas, estuvo todo el mundo, y cuando este señor tomó la palabra para agradecer el homenaje le dedicó casi diez minutos a la Argentina, no a Brasil, no a México, sí a la Argentina; estamos claramente en medio del quilombo. El gobierno norteamericano está haciendo presiones entre bastidores sobre los bancos y no lo puede hacer a la vista de todos porque la actitud de la opinión pública de EE.UU. hacia los bancos es espantosa. Y por supuesto presiona también sobre nosotros a través del Fondo. Grinspun espera que prevalezca un enfoque político de la deuda externa y que el gobierno norteamericano apriete a las autoridades del Fondo para que nos den el aval. Yo no sé qué pensar. Creo que eso podría ocurrir pero no antes de que nos tuerzan el brazo. Ellos están convencidos de que tenemos que aplicar un plan de ajuste y estamos en desventaja porque nuestras cuentas son desastrosas y no podemos plantarnos y decir que es ilógico que nos presionen como lo hacen. Según están las cosas, ni el presidente, ni el partido, ni el país están preparados para lo que viene. Con mejores números y un programa económico más serio sería otro cantar.

Así terminó diciendo Adolfo en la grabación que hicimos a su regreso.

Continúo ahora con mis impresiones en este 27 de abril. Ayer estuve en la Secretaría de Información Pública, donde están preparando el discurso de Alfonsín ante el Congreso del 1 de Mayo; por indicación de Juan, fui a ver cómo se estaba armando. Allí conversé con uno de los convocados a la tarea, el periodista Rodolfo Pandolfi. Fue una conversación curiosa. “Estamos trabajando”, me dijo, “en la redacción del Libro Negro del Proceso. Es preciso que el país sepa lo que hemos recibido”. Y así hablaba; sus argumentos no apuntaban, sin embargo, a definir las tareas del gobierno. Aproveché entonces para razonar, si se quiere un tanto provocativamente: “Pero si la herencia es un desastre, la situación actual es por lo tanto un desastre; en consecuencia, el margen de maniobra con el que cuenta el gobierno para actuar no es muy grande, es más bien limitado. Por lo tanto las promesas que se hicieron durante la campaña electoral debieran ser redefinidas porque no pueden cumplirse todas”. La sorpresa de mi interlocutor frente a este razonamiento me pareció sugestiva. En la cabeza tenía, por un lado, la preocupación por personalizar en el régimen militar la situación de crisis que recibió el país y en el otro costado, como en un lóbulo independiente, estaba la idea de lo que debe y puede hacer el gobierno de ahora en más. Y las dos cosas no se juntaban. Como si hablar de la crisis consistiera exclusivamente en buscar a los responsables y no hacerse cargo de las restricciones que ella impone a la política del gobierno. La conversación con Pandolfi giró alrededor de las cuestiones a abordar en el discurso. Me dijo que, al tomar posesión del gobierno, el tema filosófico-político dominante del discurso de Alfonsín descansaba en la siguiente consigna: el fin no justifica los medios. En este, que está en preparación, para el 1 de mayo, la consigna o el tema dominante será la necesidad del diálogo, la necesidad de la convergencia. Más tarde, por la noche, cuando le contaba a Ana María sobre estos temas del discurso de Alfonsín, me hizo una observación interesante, muy valiosa. La referencia o la preocupación por el acuerdo es un argumento dirigido a la clase dirigente, sean dirigentes de los partidos o de las corporaciones. Pero en un discurso a la nación ese argumento debe ser complementado por otro que interpele al público más vasto que es su audiencia. Ese otro argumento debería ser la necesidad de la solidaridad frente a los problemas de la hora. El llamado a la solidaridad tiene por interlocutor a la población en su conjunto. Si la población no se hace cargo de la situación presente, si la población no se moviliza en función de un llamado a la solidaridad tan necesaria para consolidar la transición democrática, cualquier política de acuerdo en las alturas queda suspendida en el vacío. Conclusión: es necesario articular tanto la referencia al acuerdo que se dirige a la clase política como una referencia a la solidaridad que se dirige a la población.

Esta mañana, en este 27 de abril, conversaba con mi amigo Pancho Aricó,1 quien me hacía referencia a que en el reciente libro de Joseph Page, la biografía de Perón, comienza recordando el terremoto de San Juan en 1944, para destacar que este terremoto fue usado inteligentemente por los militares, entonces políticamente aislados, para ponerse a la cabeza de una empresa nacional, capitalizando la sensación colectiva de emergencia. Esto es precisamente lo que pareciera faltar hoy día. La necesidad de una consigna capaz de galvanizar, en las palabras de Pancho, a esta sociedad siempre voluble, hoy se vuelve imperiosa. En el gobierno se piensa a veces que la democracia es el tema movilizador. Ciertamente, lo es, pero la democracia en el marco de la lucha contra la dictadura. Una vez que ha quedado atrás el régimen militar, la democracia es un presupuesto, más concretamente, es la atmósfera que se respira, y, en sí misma, no es elemento que cohesiona esta sociedad, o pareciera no serlo. Estimo que se pierde tiempo insistiendo meramente en la preservación de la democracia; en los hechos, la gente la da por descontada. Hay que buscar otro eje: de ahí mi referencia permanente al diagnóstico de la situación actual como una coyuntura de crisis socioeconómica y a la solidaridad como consigna movilizadora para superarla. Y, podríamos agregar, para dar también cabida a la preocupación oficial, contribuir así a preservar esta democracia en ciernes.

El día de hoy no tuvo novedades notables excepto, y esto forma ya parte de la rutina de todos los días, la confirmación reiterada de la tranquilidad con la que los hombres del gobierno se mueven en una situación cada vez más complicada. Supimos por Juan que hoy en la reunión del gabinete económico-social Grinspun señaló, sin que en sus palabras dejaran entrever la gravedad de lo que decía, que el 30 de junio no se va a poder cumplir con los bancos extranjeros. Estamos por lo tanto marchando hacia un choque de trenes. Es bueno, se dijo entre nosotros, que se sepa por anticipado cuál es el horizonte hacia donde estamos marchando; quizás, entonces, no se improvise en la última hora. Pero, insisto, el hecho curioso es la tranquilidad de espíritu con que desde el vértice del gobierno se contempla esta complicada trayectoria.

Entre tanto, un clima de “Borrón y cuenta nueva” se respira dentro del gabinete de Alfonsín: esto es lo que se desprende de los comentarios que ayer Jorgito Sábato2 hizo en una conversación convocada por la gente de Cancillería, donde revista como secretario. El tema fue la necesidad de cambiar el gabinete. Luego de la fallida iniciativa en favor de la democracia interna en los sindicatos, la renuncia del ministro de Trabajo Antonio Mucci ha roto el hechizo. No han transcurrido todavía cinco meses desde la instalación del gobierno y hoy son varios los que se dedican a armar nuevos gabinetes para el presidente. No sólo lo hace la oposición, esperando ver desaparecer figuras tan controvertidas como Grinspun. También se lo hace desde las antesalas del poder que rodea a Alfonsín. Tal el caso del grupo de Cancillería, para el cual son varios los hombres del gabinete que deberían hacer mutis por el foro: Germán López3 en la Secretaría General de la Presidencia, Raúl Borrás4 en el Ministerio de la Defensa, Aldo Neri5 en el Ministerio de Acción Social. Curiosamente, de la lista está excluido Grinspun. Lo interesante de las reflexiones de Sábato es que puesto a discutir la presencia de hombres en el gabinete de Alfonsín, impugna precisamente a las figuras más allegadas al presidente. Y, puesto a buscar reemplazantes, razona con independencia del hecho de que en el gobierno se encuentra la Unión Cívica Radical; los nombres que propone como sustitutos no tienen tradición dentro del partido oficial. En los cálculos de Sábato (que se reserva para sí el Ministerio de Defensa, aunque confiesa que por razones obvias ese puesto no lo puede alcanzar en el momento presente), se trataría de hacer un putsch que redefina las relaciones de Alfonsín dentro del partido y lo libere de sus antiguos compromisos para constituir un liderazgo distinto de cara a los nuevos tiempos. Esta visión de las cosas es muy típica en las filas del alfonsinismo, que se piensa como una alternativa superadora de las tradiciones y los límites del centenario partido radical.

Para terminar con la jornada de hoy, Juan me decía que era necesario abandonar el frente político del gobierno para replegarnos a nuestras actividades específicas. Razonando en este sentido, afirmaba que, habiendo terminado el trabajo técnico de la discusión de la propuesta a ser elevada al FMI, el siguiente paso a dar implica decisiones de tipo político y no es conveniente que nos veamos involucrados en ellas. Por eso insistía que a partir de ahora debíamos volver sobre nuestros pasos y dejar que Grinspun y García Vázquez retomen la discusión y sean ellos los que definan junto con el presidente las decisiones a tomar en la negociación con el FMI. La propuesta de Juan suena razonable. Sin embargo, al mismo tiempo me pregunto cómo haremos para llevarla a la práctica porque en los hechos estamos aquí y el presidente se ha acostumbrado a pedirles a Juan y su equipo que se involucren en todo este proceso de negociación con el Fondo.

30 de abril

Desde el día en que sumé al equipo de Juan he tendido a girar alrededor de sus vicisitudes, pero a la vez he procurado ocuparme de mi propia agenda. Cuando llegué a la Secretaría de Planificación me dije que era una buena oportunidad para retomar el proyecto que, para todos los que nos formamos en sociología bajo Gino Germani, constituye un mandato: continuar sus investigaciones sobre la estructura social de Argentina. Con ese objetivo fui reclutando mi propio equipo de trabajo en el ámbito de la subsecretaría a mi cargo. La etiqueta insólita que mis amigos le pusieron a mi posición, “Subsecretaría de Largo Plazo”, objeto permanente de chanzas entre mis conocidos, me ofrece el marco para dedicarme sin apremios a la hoja de ruta de Germani con la colaboración de un grupo de sociólogos: Aldo Isuani, Laura Golbert, Jorge Feldman, Hugo Mercer, Emilio Tenti Fanfani y Catalina Smulovitz. Con ellos he armado un plan de trabajo y los acompaño en los pasos a seguir en los momentos en que consigo tomar distancia de la atracción que ejerce sobre mí el puesto de observación privilegiado de los entretelones del gobierno que Juan y su equipo han puesto a mi alcance.

2 de mayo

En el discurso de apertura de las labores del Congreso pronunciado el 1 de mayo Alfonsín reitera su filosofía económica: las soluciones al país deben pasar por tres grandes ejes: la reactivación de la economía, el incremento del salario real y el freno a la inflación. Anuncia que durante el año el crecimiento del PBI será del 5%, que los salarios aumentarán entre el 6 y el 8% y que la inflación disminuirá en un 50%. Y anticipa que en los próximos días se mandará una Carta de Intención al FMI. El mismo día, celebrando el Día del Trabajo, los sindicatos hacen un gran acto. Ubaldini6 declara: “Tenemos conducción y es nuestra querida compañera Isabel Perón” y ratifica que “les guste o no a los de afuera, los sindicatos son de Perón”.

4 de mayo

El día de hoy estuvo marcado por algunas entrevistas interesantes. Por la tarde vino el presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados, Rubén Rabanal, a conversar con nosotros. Llegaba de una gira en EE.UU. por varias semanas en su condición de legislador y su pregunta era la siguiente: “¿Qué ha estado pasando?”, ya que entre su partida y su regreso había encontrado un clima diferente. Su sensación es que las cosas no van bien y la observa visible en todos los ámbitos. Hizo referencia a que el día anterior había estado en el Comité Radical y que uno de los asistentes, miembro conspicuo del riñón radical, se preguntaba y pedía explicaciones. “¿Qué pasa?” “Yo confieso”, decía Rabanal, “no sé lo que pasa”. Y venía a preguntarnos a nosotros qué había de nuevo. Durante su estadía en EE.UU. le habían hecho preguntas y en todos los casos daba explicaciones inventadas sobre la marcha, pero sin reales elementos de juicio. “Entonces”, decía Rabanal, “cuéntenme qué es lo que está pasando. Realmente nosotros, los hombres del partido, yo mismo, somos como pasivos, no tenemos ninguna injerencia, tampoco recibimos información.” “Yo personalmente”, decía Rabanal, “me la aguanto. Finalmente soy solidario con Alfonsín, pero es necesario salir al paso y dar explicaciones. Lo que sucede es que yo no tengo con qué”. Después que Juan hablara un largo rato, combinando reflexiones sobre el momento actual con ideas proyectadas más o menos hacia el mediano plazo, quedó claro que para Rabanal había una preocupación dominante, la coyuntura inmediata.

Esa era también, y crecientemente, la preocupación de todos nosotros. El día anterior habíamos recibido con estupor el lacónico anuncio de la política salarial del gobierno. Actualmente, el gobierno está operando con la normativa del régimen militar que puso entre paréntesis las negociaciones colectivas y colocó las decisiones en materia de salarios en cabeza del Poder Ejecutivo. Y ayer este decidió aumentar un 9% los salarios para el mes que viene. El incremento es, evidentemente, más bien reducido y está en línea con la preocupación del ministro de Economía por los deslizamientos salariales que se han producido. En medio del estupor con que recibimos la noticia del aumento salarial se produjo una reunión a la que vino uno de los colaboradores de Grinspun y le preguntamos qué había detrás de esta idea. “Es preciso”, dijo, “dar señales de que el gobierno está dispuesto a controlar la carrera de los salarios. Lo hicimos con un discreto comunicado de prensa, que incluso contenía errores, porque se decía allí que el aumento era del 12% pero que, en rigor, era del 9%”. El comunicado de prensa era un sustituto demasiado precario de una declaración pública explicando los alcances de la decisión adoptada; tenía todo el aire de producir en forma vergonzante un cambio de ruta. Se nos dijo que Germán López había pedido que Grinspun se dirigiera a la opinión pública pero lo único que logró fue ese comunicado de prensa. Aquí estamos, pues, frente a una situación que se repite: la ausencia de explicaciones en las decisiones del gobierno. Por cierto, un discreto comunicado de prensa no contribuye a aumentar la credibilidad de la política económica.

Luego de conocer la decisión del aumento salarial, la sensación de incertidumbre es general. La charla con Rabanal tenía este telón de fondo; antes de irse, le escuchamos a Rabanal decir: “Y bueno... habrá que ponerse a rezar”. Cuando dijo esto, cada uno de nosotros sintió la necesidad de hacer algún comentario. “¿Cómo ponerse a rezar? ¿Por qué no tratan desde el partido de informarse, por qué no preguntan?, ¿por qué resignarse a esa actitud pasiva?” Fue este el mensaje que procuramos transmitir a Rabanal que insistía en que, en las circunstancias actuales, no les quedaba otra alternativa que refugiarse en su lealtad de siempre con Alfonsín. Todo esto ilustra una carencia fundamental: la falta de un partido. Los radicales no han podido sustraerse a un hecho ya conocido: el partido como un comité electoral que se desmantela cuando finalizan las elecciones y sus hombres van al gobierno. Con excepción de las personas con responsabilidad de gobierno, el partido no existe y desde el Congreso vienen estas voces, como la de Rabanal, a confirmar una vez más esa carencia.

El desenlace curioso de esta conversación ocurrió muy poco después, según nos enteramos a través de Juan. Pasadas unas dos horas de esa conversación, Juan bajó al Quinto Piso a una reunión en Economía (por el presupuesto) y al llegar a la oficina de Grinspun, sonó el teléfono y al otro lado de la línea, la voz de Rabanal. Juan fue testigo de las respuestas de Grinspun a su interlocutor: “¿Y por qué me preguntás, pelotudo, cuándo va a estar listo el presupuesto?... No sé cuándo va a estar listo, cuando lo sepa yo te lo voy a decir. Además, terminala, terminá con estas preocupaciones. Ya te voy a informar, ya te voy a informar”. Parecía claro que Rabanal se había hecho cargo de los consejos que le dimos. Y así le fue. El desenlace seguramente lo confirmó en esa actitud de resignación desde la que nos había hablado.

Me resulta claro que Grinspun no tiene ni el tacto ni la habilidad para comunicarse con la gente y lo que hizo fue nada más que putear a Rabanal simplemente por querer saber, en su condición de jefe de la comisión respectiva de la Cámara de Diputados, cuándo estaría listo el presupuesto. Esa reunión para tratar el presupuesto tuvo a su vez matices reveladores. Cuando termina la conversación con Rabanal, Grinspun convoca a la gente de Hacienda y les pregunta: “El presupuesto, ¿está listo? ¿Y de cuánto es el déficit?”. “El déficit está alrededor del 9 o 9% y pico.” “Bueh... está bien, está terminado.” Y con esas palabras daba por concluido todo el debate. Fue en esa ocasión que Juan aprovechó para hacer un comentario y dijo que, detrás de las cifras del presupuesto en preparación, había unos cálculos a su juicio discutibles. Los gastos del gobierno aumentaban con respecto al año anterior y las estimaciones de ingresos tributarios eran tales que colocaban a este presupuesto en un record histórico de déficit fiscal. Lo sugestivo fue que Grinspun pareció no tomar conciencia de lo que implicaban esas cifras: lo único que le importaba era tener el presupuesto terminado. A mi juicio, el ministro de Economía es, hoy día, un hombre acorralado, presionado desde todos lados, que quiere desembarazarse de las cosas que tiene entre manos y no mira más allá de esta contingencia. Testigos como somos de este clima de vértigo, contemplamos desde el Octavo Piso la tortuosa marcha del gobierno.

Otro aspecto interesante del día 4 de mayo fue la referencia que nos hizo Juan a una entrevista que tuvo con uno de los directivos de Molinos Río de la Plata, empresa del grupo Bunge y Born. Este hombre, invocando una relación de amistad ciertamente periférica, había querido conversar con él para hablarle de los problemas que enfrentaba la empresa. “A estos precios, esto es, los precios que le fija la Secretaría de Comercio, Molinos no puede seguir comprando trigo, y tratándose de una empresa muy importante, aquí va a haber problemas. Queremos hablar con alguien, porque la gente de la Secretaría de Comercio no nos da las condiciones que nosotros demandamos.” “¿Y por qué no hablar con Grinspun?”, fue el comentario de Juan. “Pero... ¿cómo vamos a hablar con Grinspun?”, dijo este hombre, como llamando la atención sobre una cosa que para todos debería ser obvia: ¿cómo creer en Grinspun? Este punto es importante porque es una nueva confirmación de la falta de credibilidad que rodea al ministro de Economía. Entonces, Juan le dijo a su interlocutor que, siendo parte un grupo empresario muy importante en Argentina, él creía que “no estaría de más que fueran a hablar con el presidente Alfonsín. Que yo sepa no tuve oportunidad de verlos en la ronda de conversaciones que el presidente tuvo con grupos empresarios hace unas semanas en Olivos. ¿Por qué no se acercaron? ¿Por qué no quieren acercarse al gobierno? Ustedes deben saber”, decía Juan, “que el grupo Bunge no tiene buena prensa. Esa es una situación por todos conocida; pero igualmente es un grupo importante, de modo que no estaría de más que ustedes fueran a hablar con el gobierno”. En otro tramo de la charla, el gerente de Molinos Río de la Plata había hecho saber que ellos no se sentían representados en la COPAL, la corporación que representa a las industrias productoras de alimentos. En efecto, “¿quién es Gilberto Montagna?”, se preguntaba el directivo de Molinos Río de la Plata hablando del número uno de la COPAL. “No es más que el dueño de una fábrica de galletitas cuyo volumen económico es similar a alguna de nuestras muchas empresas y está muy por debajo de la capacidad económica del grupo Bunge.” Este comentario reiteró una constatación: los principales grupos económicos no están representados y tampoco buscan estarlo a través de las corporaciones gremiales de la producción; prefieren moverse informalmente. En los hechos, las asociaciones corporativas sirven apenas como cobertura para los sectores medianos y pequeños de la industria. Por fin, Juan insistió en que sería importante que tuvieran una entrevista con Alfonsín pero que fueran conscientes, además, de que el gobierno necesita saber en qué está el grupo Bunge, esto es, si está detrás del proceso democrático que se ha abierto en Argentina. “¡Por supuesto!”, aclaró inmediatamente el directivo de Molinos Río de la Plata. “Pues bien –fue el comentario final de Juan, según me contó luego–, sepan ustedes que al gobierno le sería muy importante tener en claro esa posición, porque en toda conversación, aquí, hay un intercambio político. Ustedes están preocupados por la situación de las empresas y el gobierno puede entrar a discutirla pero en el marco de saber si cuenta con ustedes, con su respaldo en la gestión del proceso democrático que ha comenzado en Argentina.”

11 de mayo

Estos últimos días han estado marcados, como no podía ser de otro modo, por los avatares del corto plazo, esto es, el problema del presupuesto y la negociación con el FMI. Hace unos días, me senté a la máquina y escribí un índice para el documento preliminar del plan de desarrollo que nos hemos comprometido a preparar. Fue una suerte de provocación, con el propósito de retomar, en el ámbito de la Secretaría, las preocupaciones por el mediano y largo plazo. Le llevé mis apuntes a Juan y nos reunió a todos para discutir cómo encarar los trabajos del plan.

No pudimos, sin embargo, fijar nuestra propia agenda. Al día siguiente, Juan fue llamado rápidamente desde la Quinta de Olivos para asistir a un almuerzo, el día miércoles, con Alfonsín, Grinspun y el veterano economista Raúl Prebisch, a quien el presidente ha nombrado asesor. El almuerzo fue pedido por García Vázquez. El día anterior el presidente del Banco Central había estado en el Ministerio de Economía y, después de haber escuchado sus estimaciones del presupuesto, le parecieron muy discutibles. “Este es un presupuesto del derroche, no un presupuesto de la austeridad”, fue su veredicto, y pidió una reunión para discutir con Prebisch la situación. Iniciada la conversación comprobaron que no estaba Juan y lo llamaron de urgencia porque para Alfonsín era el único que podía argumentar con precisión sobre el tema. Y así fue que Juan se descolgó en Olivos y aprovechando la ocasión se sacó de encima la bronca acumulada durante estos meses frente a la incompetencia de la gente de Hacienda y delante de Alfonsín precisó incisivamente las críticas que le merecía el presupuesto. Muy satisfecho volvió de Olivos, convencido de que Alfonsín había finalmente entendido cuál era el problema en materia de presupuesto. Luego del almuerzo se organizó, por la tarde, una reunión en el Ministerio de Economía a la que, a pedido de Prebisch y García Vázquez, asistieron Adolfo y José Luis para acompañarlos en esa suerte de tribunal organizado para que la gente de Hacienda expusiera sus cálculos. Mientras estábamos esperando el desenlace de esa reunión, tuvimos noticias de Mario Brodersohn, que estaba en contacto con Wiesner Durand, del FMI. En los hechos, Mario estaba oficiando de intermediario entre el FMI y Grinspun porque conocía personalmente al funcionario del Fondo. Este le había dicho que no estaba dispuesto a venir a Buenos Aires porque su gente en Argentina le informó que los números seguían siendo los mismos que discutiera en ocasión del viaje anterior de la misión argentina a Washington; en esas condiciones no estaba dispuesto a viajar, a pesar de que Grinspun le reclamaba que lo hiciera en su esfuerzo por finiquitar de una vez por todas el trámite de la negociación con el FMI.

Al día siguiente, el debate del tribunal presidido por Prebisch continuaba por la tarde. Me refiero al viernes 11. Mientras se desarrollaba la reunión en el Quinto Piso, tuvimos algunas visitas. La primera fue de Mario, que vino con otras novedades. En los medios de comunicación, Wisner Durand decía que estaba sometido a presiones y dejaba entrever (eso interpretaba Mario) que estaba más dispuesto ahora a discutir y eventualmente aceptar esta vez una propuesta razonable. Así, pues, en estos momentos, no sólo la Argentina está en una situación comprometida, también lo está la gente del FMI. Porque los días pasan y la necesidad de llegar a un arreglo previo a un acuerdo con los bancos acreedores se va imponiendo cada vez más. Aprovechando la presencia de Mario, Juan les comentó el estado actual de los cálculos del presupuesto y de la negociación con el FMI. A la luz de esta situación pareciera que el objetivo es lograr que el FMI se avenga a discutir las cuentas en dólares, esto es, las cuentas externas, y abandone su preocupación por las cuentas en pesos, las cuentas internas. Allí se encuentra el lado débil de la posición argentina. En verdad, en las cuentas externas, que son las que debieran interesar a los bancos porque garantizan la posibilidad de cobrar sus créditos, la posición argentina es bastante holgada y la distancia con el FMI no es tan importante. Lo contrario ocurre con el presupuesto, esto es, las cuentas internas, donde los objetivos están bastante alejados de las estimaciones hechas por la Secretaría de Hacienda. Frente a esta perspectiva pareciera conveniente esperar porque, efectivamente, colocar al FMI en la alternativa de tener que discutir solamente las cuentas externas es ir directamente a una confrontación sin salida; el FMI de ningún modo podría aceptar salirse de su libreto. Con esa expectativa Juan y Mario se pusieron a revisar los cálculos del presupuesto y en esa discusión, con notas que seguramente les dieron José Luis y Adolfo, comenzó a esbozarse una alternativa menos dura. En verdad, se trata de una alternativa que descansa en un truco, esto es, modificar las estimaciones del déficit por trimestre de manera tal que habiendo ya pasado los dos primeros trimestres del año, los cálculos para el tercer trimestre, esto es, cuando estaríamos bajo la mirada de la gente del FMI, permitieran a la Argentina mantenerse dentro de los términos de un eventual acuerdo. La idea es patear al cuarto trimestre la alternativa de salirse de las previsiones presupuestarias acordadas con el Fondo.

Tal era la conversación en la que estábamos cuando, sin previo aviso, apareció Ricardo Campero, un joven del radicalismo al frente de la Secretaría de Comercio. Campero llegó en un estado de shock. Y comenzó a lamentarse por la falta de coherencia de la política económica del gobierno. Su preocupación es comprensible. Las cosas que él arregla por un lado, desde la Secretaría de Comercio, discutiendo con los empresarios, otros luego las deshacen. Y así ocurre que algún empresario quejoso ve al presidente, el presidente lo llama a Grinspun y se queja, entonces Grinspun lo convoca a Campero para llamarle la atención y pedirle que obre en consecuencia. Al final todo termina siendo corregido y no hay una política consistente. La preocupación de Campero está focalizada sobre los que producen bienes alimentarios. El bloque agrario está dentro del gobierno, se queja Campero, representado por la Secretaría de Agricultura, Lucio Reca y su gente, para los cuales no puede ser que se retrasen un solo día los precios del sector; no se preocupan si se congelan los precios de la industria del hierro pero a los tamberos hay que mantenerles los precios actualizados. La bronca de Campero era incontenible. En un momento llegó a decir, al momento ya de irse: “Toda esta situación me está empujando a hacer una cosa que yo no quisiera hacer, esto es, bajar al partido, discutir con los diputados, con los afiliados, tratar de llamarles la atención acerca de este juego de presiones que está neutralizando la política económica del gobierno”.

Una vez que Campero se fue, retomamos las conversaciones acerca de la cuestión fiscal. La sensación de satisfacción de Juan –que había encontrado una salida a la emergencia, el truco para resolver el debate con el FMI– duró poco porque se topó con la actitud pesimista de José Luis y Adolfo, que volvían de discutir el presupuesto en el Ministerio de Economía. Y “¿por qué ese pesimismo?”. Porque en definitiva los números siguen siendo altos. En un momento, Adolfo le criticaba a la gente de Hacienda que sus estimaciones de ingresos eran utópicas, que los impuestos nunca podrían ser cobrados. A lo que uno de ellos le respondió: “Y bajar los gastos también es utópico”. En definitiva, los números del déficit que se manejan no son viables; por lo tanto, al final, el déficit será mucho mayor. Un déficit mucho mayor, en torno al 13%, no puede no estar acompañado por una inflación descontrolada de más del 300% por año. La sensación de que las variables económicas ya juegan en libertad –movidas por la puja distributiva de una sociedad que parece marchar como un zombi hacia su propia destrucción– estaba en el aire y había ganado a José Luis cuando reaccionaba con pesimismo ante la satisfacción con que Juan festejaba las picardías a infligirle al FMI. Hablé más tarde con José Luis, antes de irnos de la Secretaría, y volvió sobre la impotencia que le producía estar frente a una economía que parece no ser gobernada por nadie. Y para colmo, agregaba, “lo peor es que, en nuestras conversaciones sobre qué hacer para salir de este círculo infernal no terminamos de ponernos de acuerdo en una alternativa”. Continuando sus lamentos recordaba, con cierta ironía, sus primeras discusiones al poco tiempo de asumir Alfonsín, allá por el mes de diciembre, con la gente del Banco Central. Recordaba a Ricardo López Murphy, entonces en el Banco Central, diciendo “es preciso aprovechar los primeros días del gobierno para hacer un shock que frene de algún modo el descontrol desatado en el último tramo del gobierno militar”. El caso más flagrante de ese descontrol era la generosa política salarial promovida por el ministro de Trabajo Héctor Villaveirán. Con ella apuntaba a congraciarse con los sindicatos, los principales accionistas de un posible triunfo electoral del peronismo y, eventualmente, conseguir con su apoyo una ley del olvido para la violación de los derechos humanos por los militares. “No, no puede ser”, le había replicado José Luis, “porque vendrán las huelgas, políticamente es imposible una medida semejante porque va a aumentar el conflicto”. A lo que López Murphy le decía: “Ustedes están equivocados porque si se aumentan los salarios también vendrán las huelgas”. A la vista del panorama actual quizás tenía razón pero como fórmula para el debut del nuevo gobierno democrático su propuesta me pareció un disparate, concluyó José Luis. Terminamos nuestra conversación y cada uno se fue su casa, teniendo por telón de fondo un país que está librando una lucha desenfrenada por los ingresos y un gobierno que no hace otra cosa que indexar las diferentes variables, mientras no se decide a enfrentar de una vez por todas la crisis inminente que tiene por delante.

Para completar esta grabación agrego que estoy viendo todas las semanas una serie de la TV de España sobre el pintor Francisco Goya. En ella, con la voz del actor Paco Rabal, he escuchado estas frases que transcribo y cuyo eco está en sintonía con las desventuras de nuestro país:

Nadie es ya inocente cuando ha visto tanto y todo lo que yo he visto.

He visto cómo las ideas más nobles de la ilustración,

libertad y progreso, se convertían en lanzas, sables y bayonetas tras las

que se escudaba un nuevo y bárbaro impulso de dominación.

He visto incendios, saqueos y violaciones

en nombre de un nuevo orden de cosas que si algo trajo fue la sustitución

de la horca por el garrote vil.

He visto que a la barbarie se le respondía con la atrocidad,

que el odio sólo encontraba el odio por respuesta

y que la sangre sólo engendraba sangre, nuevamente sedienta de venganza.

No ha habido a mi alrededor idea alta o digna alguna

que no resultara al fin compañera de la tortura, del secuestro y la traición.

En nada de lo que han visto mis ojos encontraría el hombre justo

reposo para su angustia.

No hay inocencia en mí ni en mi época, quizás sólo son inocentes

mis pinturas, reflejo del espanto.

22 de mayo

Recapitulando: estos últimos días diría que han estado coloreados por un cierto optimismo. Parece que la gente del FMI ha venido con instrucciones nuevas y la posibilidad de un acuerdo es más cierta que un tiempo atrás. Parece que hay voluntad de entender la propuesta argentina. Esa nueva disposición del FMI creo que responde a una razón: los movimientos en materia de política exterior de los países latinoamericanos están preocupando en los EE.UU. La reciente declaración de varios de ellos repudiando el aumento de la tasa de interés y el anticipo de la convocatoria a una reunión a realizarse en junio entre los cancilleres y ministros de Economía de Brasil, Colombia, México y Argentina han comenzado a inquietar a Washington: allí se teme una postura rebelde que ponga en peligro la salud de los bancos norteamericanos. De ahí la premura con la que la gente del FMI procura llegar a un acuerdo con Argentina. Y en el marco de esta premura se vislumbra una mayor disposición a hacerse cargo de las cuentas que le ofrece Argentina, y en las que el déficit está en un nivel muy por arriba de lo que, en su momento, ellos consideraban aceptable. En este cuadro la atmósfera es de un cierto optimismo. Claro, los números de la Argentina, muy superiores a los que reclama el FMI, son números que, a los efectos de lograr un déficit de alrededor de un 9% sobre el PBI, contemplan una caída de los salarios públicos a lo largo del año del orden de los 3 puntos con respecto a diciembre de 1983.

Este fue el planteo que le llevó Raúl Prebisch a Alfonsín, tratando de interesarlo en la posibilidad de un acuerdo con el FMI sobre la base de estos cálculos. A la reunión asistieron García Vázquez y también Juan, que nos contó algunos detalles. Sucede que Alfonsín se plantó y señaló que de ningún modo aceptaría una caída de los salarios ya que había sostenido que estos iban a aumentar durante este año entre el 6 y el 8%. En consecuencia, no pensaba autorizar ningún acuerdo con el FMI sobre una pauta de déficit que descansase en una caída de los salarios. Más aún, estaba en todo caso dispuesto a aceptar un nivel alto de inflación pero no pensaba desdecirse de lo que había sido una promesa de su gobierno. Reclamó entonces que se buscara una reducción del déficit por otro lado, pero nunca a costa de los salarios. Esta declaración no hacía más que repetir algo que venía diciendo desde un comienzo.

Al hacer los cálculos para dibujar una meta de déficit fiscal, en el Ministerio de Economía se dejó sugestivamente de lado la postura de Alfonsín y se comenzó a especular, contemplando la posibilidad de una caída de los salarios. Esa omisión, a pocas horas de la ratificación de la postura del presidente, puso de manifiesto la contradicción entre la lógica del político, tributario y esclavo de sus promesas, y la lógica de los técnicos económicos que tratan de colocar bajo control las variables económicas. En ese impasse se encuentra la situación hoy día y la pregunta es ¿cómo se va a llegar a un acuerdo con el FMI en estas condiciones? El optimismo de los últimos días fue sustituido por una sensación de preocupación; y en eso estamos hoy.

30 de mayo de 1984

Querida hermana:

Desde mi puesto de observación en la Secretaría de Planificación continúo con mis reflexiones sobre la gestión del nuevo gobierno democrático. El primer aspecto a considerar en la coyuntura actual es el cambio operado en la orientación política de la nueva administración. Esto es, el abandono de una línea autosuficiente, alimentada por la euforia del triunfo electoral, su reemplazo por el llamado a la unión nacional y la apertura al diálogo con la oposición peronista. En declaraciones de uno de sus principales figuras, a los pocos días de arribar al gobierno, los radicales pretendían gobernar solos durante los meses iniciales: tal era el mandato que habían recibido de sus electores. Gobernar solos implicaba tomar a su cargo las responsabilidades y llevar a la práctica sus promesas. La derrota experimentada por la ley de democratización sindical modificó ese programa mucho antes de lo esperado por los confiados cálculos de los líderes del partido de gobierno.

El impasse que siguió a la derrota en el Congreso obligó al gobierno a cambiar el rumbo. Persistir en una puja política comportaba agudizar tensiones con la oposición y ponía en riesgo sus iniciativas. A su vez, la multiplicación de los conflictos laborales, que comenzaron a sucederse unos tras otros explotando el clima permisivo de la nueva coyuntura, ensombreció el paisaje político. En el marco de la flamante democracia se recortó otra vez el perfil del viejo fantasma argentino, la ingobernabilidad. Y el presidente Alfonsín, en una declaración que tomó desprevenida a la opinión pública, todavía bajo la influencia de los ecos optimistas del 30 de octubre pasado, alertó contra el peligro de “una libanización” de la Argentina. Evocando la experiencia del Líbano, una comunidad hoy en día envuelta en una lucha autodestructiva, antes que describir la situación del país, Alfonsín habló más de sí mismo; de allí la sorpresa con que fueron recibidas sus dramáticas declaraciones. A través de ellas se filtraba la visión de una sociedad enfrentada consigo misma: por encima de las noticias de los diarios, Alfonsín miró más allá y proyectó hacia delante los datos de la coyuntura presente, recurriendo a la metáfora de una lucha fratricida. ¡Cuán rápido e inexorablemente este país erosiona los ímpetus y la confianza de los gobernantes!

Al llamado de alerta siguió el llamado a la unión nacional. La segura arrogancia de los primeros días fue reemplazada por una disposición a la negociación. El giro político del gobierno fue impuesto por el peso de las circunstancias y por ello mismo no tiene la prolijidad de una decisión meditada de antemano. Los radicales han comprendido, a pesar suyo, que no pueden gobernar solos y se han lanzado a comprar consenso dentro del peronismo. La velocidad con la que el peronismo va perdiendo su antiguo vigor político parece más lenta que el ritmo con el que el gobierno debe poner en caja las expectativas suscitadas y los problemas heredados. Los pronósticos que prometían un rápido desmantelamiento del peronismo, corroído por la crisis de su inédita derrota electoral, no se han cumplido. Si bien es cierto que se encuentra muy fragmentado, retiene todavía capacidad para obstruir. Una división rotunda de las fuerzas peronistas habría facilitado mucho la empresa política del gobierno; hoy, en cambio, debe resignarse a tener que negociar con ellas.

Toda negociación política presupone un intercambio. En el campo sindical el equipo oficial que encabezó la ofensiva contra la burocracia sindical fue reemplazado por otro en el Ministerio de Trabajo. El nuevo ministro, Juan Manuel Casella, joven expresión del radicalismo bonaerense, ha archivado la frustrada ley de democratización y en un diálogo con los dirigentes obreros está confeccionando un nuevo reglamento electoral que contempla sus aspiraciones. En el campo político, el gobierno ha llamado a Isabel Perón para extraer de ella unas palabras de apoyo que disciplinen a los díscolos del peronismo y los encaminen a una oposición más constructiva. Para facilitar su regreso al país, los radicales votaron una ley que exime a la viuda de Perón de los cargos que tiene pendientes en la justicia.

La táctica de apaciguamiento del gobierno ha despertado, previsiblemente, la crítica de quienes lo acusan de haber renunciado a los valores éticos que predicó durante su campaña electoral. Un acuerdo con la burocracia sindical, la aprobación de una ley jurídicamente defectuosa para amnistiar a Isabel: he ahí los cargos que levantan círculos de la derecha pero que también cuentan con un consenso silencioso de sectores del partido radical.

El hecho es que el gobierno de Alfonsín parece dispuesto a pagar los costos políticos de esta táctica, porque ve en ella una fórmula para salir del impasse y ganar tiempo. En su fuero íntimo los promotores de ella quizás tranquilicen su conciencia mientras negocian y ceden, diciéndose que tarde o temprano los peronistas dejarán de ejercer su poder de veto y se dividirán, para convertirse en una fuerza minoritaria. Los radicales no creen en la supervivencia del movimiento creado por Perón y con esa convicción siguen adelante con el diálogo político. El objetivo que persiguen es aumentar su margen de maniobras para gobernar.

Este es un objetivo imperioso en momentos en que el gobierno muestra haber perdido todo control sobre la dinámica de los precios y los salarios. La tasa de inflación de estos primeros seis meses de gestión se ha situado, con la excepción de un mes, entre el 17 y el 20% mensual. Un verdadero escándalo. El gobierno se ha limitado a recibir y digerir las presiones que provienen de los diversos grupos de interés, y esto se ha traducido en la activación de la puja distributiva. Para no pocos observadores, la perspectiva que despunta en el horizonte es la hiperinflación y, con ella, una grave crisis.

Por lo que puedo entrever, un hecho a destacar es cuánto cuesta en hombres del gobierno cobrar conciencia de los riesgos que entraña la actual coyuntura económica. La atención de muchos está en otras cuestiones: otros restan gravedad a los indicadores. En este sentido, el gobierno de Alfonsín está en camino de ilustrar un fenómeno conocido: la dificultad de los gobiernos democráticos en asumir sus responsabilidades económicas. Cuando se insinúa la necesidad de hacer opciones y afrontar la emergencia, se reacciona argumentando que no hay condiciones políticas para tomar decisiones drásticas, porque estallaría el descontento popular y harían ganancias los peronistas.

A todo esto se agrega la negociación de la deuda externa y el obligado paso previo de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Con el Fondo no ha sido posible llegar a un entendimiento porque impone exigencias inaceptables. Entre tanto, el gobierno elabora por su cuenta y con sus propios términos una Carta de Intención solicitando un préstamo al Fondo. Y este organismo se encontrará ante el dilema de encontrar una salida. Si dice que sí y la acepta, sentará un precedente muy negativo en su trayectoria. Si dice que no, provocará una ruptura, y con ella el riesgo de que Argentina repudie la deuda externa y desestabilice el sistema financiero internacional. (Concluyo aquí, con suspenso...)

19 de julio

Hoy comienzo haciendo referencia a acontecimientos que han tenido lugar hace ya como dos meses. Consulto mis notas. En primer lugar, las conversaciones con el FMI. La misión llegó al país en el mes de mayo y vino con espíritu optimista. Detrás de ese optimismo estaba la buena acogida que había tenido la visita previa a Washington hecha por Prebisch y el ayudamemoria que le presentó al jefe del FMI, Jacques de Larosiere, para abrir la puerta a una negociación. En esta reconstrucción, esa iniciativa de Prebisch nos retrotrae a las semanas previas a la misión al Fondo encabezada por Canitrot que ya tuvimos ocasión de revisar gracias a la grabación que hizo Adolfo.

Aprovecho para destacar que el texto de Prebisch ganó estado público en sugestivas circunstancias. El 5 de abril el periodista J. Iglesias Rouco del diario La Prensa, un enconado opositor del gobierno, publicó el télex “muy urgente” enviado por la embajada argentina en Washington en carácter reservado donde se transcribía, para conocimiento del ministro Caputo, el memorándum de Prebisch. En su parte final concluía afirmando que la política salarial se habría de basar en la inflación futura y no en un ajuste retrospectivo para compensar la inflación pasada. La afirmación fue vista como una caída de los salarios a lo largo de 1984. Después de la primicia de Iglesias Rouco, el diario Crónica también hizo su contribución y el 13 de abril puso en tapa un gran titular “Prebisch: El País al Borde del Desastre”, con declaraciones del asesor presidencial desde Washington al programa Tiempo Nuevo conducido en Radio Mitre por Bernardo Neustadt, un periodista con simpatías de derecha. En ellas sostuvo que el gobierno “no puede seguir con la actual política de salarios”. De regreso en Buenos Aires, Prebisch tuvo que improvisar una conferencia de prensa en Casa de Gobierno y dar a conocer oficialmente el documento; en la ocasión dijo que compartía la preocupación de De Larosiere sobre el efecto negativo del reajuste retrospectivo de salarios y, muy suelto de cuerpo, concluyó que la experiencia reciente del gobierno en la materia había sido mala porque tendía a perpetuar la inflación.

Las repercusiones de la intervención del extitular de la CEPAL no se limitaron a provocar un cambio del sistema de claves secretas de la Cancillería; además, le dieron argumentos a los críticos del gobierno, unos para festejar (Alsogaray) y otros para denunciar (los peronistas) un cambio en la política salarial oficial. Pero en el FMI la postura de Prebisch fue bienvenida y, por lo que vemos, tuvo a la postre más peso que las conversaciones llevadas a cabo en la misión encabezada por Adolfo. Fue en esas circunstancias que arribó la delegación del Fondo para iniciar nuevas conversaciones. Al frente de ella se hallaba Joaquín Ferrán, quien, en un almuerzo con Juan y Adolfo, afirmó que venía con todas las potestades para cerrar un acuerdo y aclaró que Wiesner Durand no vendría porque se había decidido que dirigiera la misión a Jamaica. Entre nosotros, nos preguntamos: ¿por qué un funcionario de mayor jerarquía como Wiesner Durand había ido a Jamaica y no a Argentina? Esa preocupación desapareció cuando Ferrán subrayó que estaba investido de la autoridad necesaria para llevar a cabo las negociaciones. Este clima auspicioso comenzó poco a poco a desvanecerse; en esto fue central la intervención que le cupo a Alfonsín. En efecto, en una ocasión, mientras transcurrían las conversaciones con la misión del FMI, Juan tuvo la ocasión de verlo, y nos contó un sugestivo intercambio que tuvo. “No me falle, Juan”, le dijo el presidente. Juan se hizo el desentendido y dijo: “Usted se refiere a las metas de inflación”. “No, no”, le contestó Alfonsín, “usted sabe de qué hablo. Estoy hablando de los salarios. De la promesa de un aumento del salario real del 6 al 8% a lo largo del año 1984”. Esta advertencia de Alfonsín redefinió el marco dentro del cual la negociación se llevaba a cabo, al poner sobre la mesa un incremento del salario real. Se alteraban así las cuentas que eran presentadas a la misión del FMI y, en consecuencia, descalificaba la posición más ortodoxa sostenida por Prebisch.

Aquí una digresión personal: para mí fue toda una sorpresa que un hombre con las credenciales del exsecretario de la CEPAL sostuviera posiciones que nos parecían tan ortodoxas en los debates sobre la coyuntura económica; y me sorprendió también la dureza con que mis amigos discutían la postura de esta venerable figura del pensamiento heterodoxo latinoamericano.

Mientras estas conversaciones se estaban llevando a cabo, el 2 de mayo llega William Rhodes, del Citibank, jefe del comité de los bancos acreedores de la Argentina, y conversa con Grinspun sobre el pago de los intereses pendientes. Se arriba, entonces, a un principio de acuerdo. Con ese acuerdo bajo el brazo, Grinspun transmite optimismo a la gente que negocia con el FMI y a partir de allí la posición dura se refuerza más aún. El ministro se plantó afirmando que no se iban a aceptar metas nominales y que sólo estaba dispuesto a discutir la propuesta fiscal en términos de porcentaje del PBI; esa negativa era clave porque le quitaba al FMI un mecanismo de control sobre los acuerdos y echaba por la borda todo el ejercicio de la negociación. Anticipando la seguridad de un acuerdo directo con los bancos, Grinspun dejaba de hecho fuera de agenda un acuerdo previo con el FMI. Supimos más tarde la reacción de asombro de los técnicos del FMI al enterarse de ese intento tan franco por poner entre paréntesis las reglas de juego existentes en las negociaciones con el Fondo, como eran las metas nominales en los programas de asistencia financiera.

Aquí es pertinente incluir, como detalle del clima de las negociaciones con el FMI, un comentario hecho por Adolfo. En una de las tantas charlas con Ferrán, el funcionario del Fondo sostuvo que, con este nivel de inflación y con la falta de crecimiento, el sistema democrático que tanto le preocupaba al gobierno argentino no habría de afianzarse. Canitrot comentó luego que no pudo reaccionar ante ese comentario de Ferrán, con el que coincidía, porque estaba trabajando en el marco de la orden del presidente que marcaba la necesidad de un aumento del salario real. Las conversaciones con la misión del FMI tenían dos temas centrales: la deuda, por un lado, y la inflación, por el otro. Canitrot prefería discutir el tema de la deuda, lo que él llamaba las cuentas externas. En cambio, la gente del FMI insistía en hablar de la inflación, de las cuentas internas, es decir, el flanco débil de la Argentina. A propósito de la inflación, recuerdo que, en las conversaciones con el Fondo, Adolfo sostuvo, por toda explicación, que no existía hoy en día en el país una demanda social por detener la inflación. Lo que motivó una pregunta por parte de uno de los miembros de la delegación del FMI. “¿Y si esa demanda no llega nunca?” “Entonces, vendrá una explosión inflacionaria”, respondió secamente Canitrot, “y con ella llegará el momento de tomar conciencia. Hoy es difícil aplicar una política antiinflacionaria. No hay plafond político para ello, quizás sí lo habrá dentro de seis meses”. La réplica de uno de los miembros de la misión fue que si el gobierno no estaba en condiciones de generar la capacidad política para frenar la inflación hoy, lo más probable sería que mañana no tenga capacidad política para intentar nada. La posición dura desde la cual negociaba la delegación argentina con el FMI había nacido de un optimismo cuyo origen estaba en la inexacta apreciación de Grinspun sobre la posibilidad de un acuerdo con los bancos acreedores al margen de una intervención del FMI. Adolfo, analizando este período retrospectivamente, dice que fue uno de los errores más grandes que llegó a cometer: dejarse envolver por ese optimismo y creer, él también como Grinspun, que podía llegarse a un arreglo con los bancos sin la intervención del FMI.

Pues bien, es en este marco que se arriba a una decisión: redactar y presentar en forma unilateral una Carta de Intención al Fondo. Previamente a ello y vistas las dificultades de un acuerdo con la delegación del FMI presidida por Ferrán, Grinspun entiende que la dificultad proviene de la terquedad de Ferrán y no de la naturaleza de los temas que se discuten; y en una conversación con De Larosiere le pide que venga Wiesner Durand a la Argentina. Llega Wisner Durand, pero la situación no se modifica. La gente del FMI afirma no estar dispuesta a avalar la posición sustentada por el gobierno y cuestiona varios aspectos: déficit fiscal, y por último las cuentas externas. Fue así que se tomó la decisión de presentar unilateralmente la Carta de Intención. Alfonsín participó de la decisión, pidió una reunión con la gente del FMI y les dijo algo así como: “Señores, hemos llegado a un punto... somos todos grandes, esta es la posición argentina y Argentina está dispuesta a presentar la Carta por su cuenta”. La decisión causó sorpresa y preocupación a la gente del FMI. Ferrán y Wisner Durand llamaron de urgencia a De Larosiere para hacerle conocer la postura argentina.

Lo cierto es que la iniciativa argentina ya estaba en marcha y la Carta de Intención fue presentada en forma unilateral. En sus líneas generales, el texto fue preparado desde la Secretaría de Planificación: nuevos en estas lides, sus integrantes no sabían hasta dónde estaban innovando. Si bien sabíamos que las Cartas de Intención son habitualmente el producto del trabajo conjunto de los funcionarios de los gobiernos y del staff del FMI, creímos que apelar a esta fórmula era una manera adicional de presionar al FMI. Puedo imaginarme la sorpresa de las autoridades del Fondo cuando vieron emerger el 1 de junio, a través de la máquina de fax, el documento mandado desde Buenos Aires. Por medio de él comenzaba a escribirse otro capítulo de la agitada historia de Argentina. Otra vez se hacía oír nuestra voz desde el confín del mundo. En 1982 desafiamos a la Corona Británica e invadimos Las Malvinas. En 1984 desafiamos al Fondo Monetario y rechazamos sus políticas ortodoxas.

Leyendo los partes de prensa que comenzaron a llegar a mi oficina los días siguientes resultó claro que el gesto argentino tuvo un alto impacto internacional. Cito algunos de ellos. El diario Le Monde de París vio en él una actitud “revolucionaria” por haber “rechazado las propuestas de ajuste económico del FMI”. Para el Washington Post constituyó todo “un desafío” a procedimientos vigentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un analista de O Globo, de Brasil, juzgó que Argentina estaba en condiciones de liderar los cambios en las reglas de juego del endeudamiento al mandar un mensaje a los acreedores: “Para pagar las deudas hay que producir más, lo que no condice con la receta recesiva del Fondo”. Desde Londres el Daily Telegraph sostuvo que ha llegado la hora de decirle a Argentina que “la paciencia de los acreedores se agotó”. Para el Journal of Commerce, de EE.UU., la posición argentina es “un claro mensaje” de que los deudores no piensan pagar a menos que se les aplique “la medicina correcta”. Entre tanto, el gobierno norteamericano sigue los acontecimientos desde atrás. Mientras lamenta la resistencia de la Argentina a poner en marcha un firme ajuste económico, sigue prorrogando la fecha del plazo que le había concedido para llegar a un acuerdo con el FMI y poder así compensar a los países de América Latina por su aporte al pago al salvataje financiero del 31 de marzo.

Otro episodio que captura también el clima de esos días es el siguiente: a las oficinas de la Secretaría de Planificación comenzó a llegar gente que quería dar su apoyo. Los jóvenes de la Coordinadora7 nos decían que, gracias a la presentación unilateral de la Carta, ahora podían caminar otra vez por la calle, con la frente alta, luego de la coyuntura un tanto alicaída que atravesaba el gobierno de Alfonsín. El hecho es que sobre la base de sus números de la Carta de Intención se confeccionaron las principales líneas del presupuesto que fue enviado a la Cámara de Diputados poco tiempo después.

Luego de la postura frente al FMI, Alfonsín viajó a España el día 10. Quería hacer ese viaje con ese asunto arreglado; esa fue otra de las razones que contribuyó a precipitar la decisión. En sus conversaciones en Madrid con Felipe González8 se llevó una sorpresa: el líder socialista le dejó saber que no veía razonable la posición argentina de no negociar con el FMI.

Al regreso de Alfonsín, un personaje inesperado se sumó a estos acontecimientos: Michel Camdessus. En su condición de jefe del Club de París y de miembro de la Tesorería del gobierno de Francia, arribó a la Argentina el día 17 de junio. Su llegada provocó un nuevo clima porque el francés pidió una entrevista con Grinspun y por toda introducción, en un muy buen español, lo felicitó por el gesto “gaullista” realizado por Argentina. Destacó que De Gaulle había estado por mucho tiempo preocupado por redefinir las relaciones en el contexto internacional y que, precisamente, Argentina con la maniobra de la Carta de Intención unilateral estaba haciéndolo; de ahí todo el respaldo de Francia a la posición adoptada por Argentina. Este respaldo fue expresado durante un almuerzo en el que, desplegando su gran histrionismo, el francés sugirió que el gobierno de Francia iba a auspiciar para el año que viene un gran festival en homenaje a Carlos Gardel en Francia. Estas palabras zalameras de Camdessus estaban dirigidas a otro objetivo, y esto se reveló muy pronto. En verdad, había venido al país enviado por De Larosiere, de quien era y es un íntimo amigo, para explorar la posibilidad de ablandar la postura argentina. En la emergencia, el director gerente del FMI había apelado a todos los recursos a su disposición para sacar esta tortuosa negociación del inquietante sendero que estaba tomando. El enviado fue bien elegido porque Camdessus cautivó a su público argentino. Sorprendió la inocencia de la reacción de Grinspun, Alfonsín, García Vázquez. Juan, que seguía estos acontecimientos a través de Grinspun, vino a la oficina muy satisfecho ante la perspectiva que abrían estas primeras conversaciones, pero Adolfo, con los pies sobre la tierra, se encargó de bajarle el entusiasmo. Todo esto sucedía en los días previos al inminente viaje de la delegación argentina a la conferencia de Cartagena entre países de la región para tratar la deuda externa.

Un tramo importante de las conversaciones con Camdessus tuvo por protagonistas también a Adolfo y José Luis, que se sumaron a la reunión por pedido de Grinspun. Luego, José Luis me contó entretelones de esas conversaciones en una grabación.

Durante quince a veinte minutos escuchamos un discurso de Camdessus que tuvo por eje el paralelo entre la iniciativa argentina ante el FMI, al mandar unilateralmente la Carta de Intención, y el gesto de autonomía de De Gaulle frente al gobierno de EE.UU. durante los años sesenta. Fue una intervención muy bien hecha y muy emocionante. Una vez que terminó, Grinspun tomó la palabra y dirigiéndose a la visita le dijo: “Bien, ahora Machinea te va a explicar el programa económico argentino”. Y pretextando un compromiso previo se ausentó de la reunión por unos minutos. Cuando lo escuché salté sobre la silla: Grinspun no me había anticipado nada y mucho menos que yo debía explicar el programa argentino. Al respecto, no tenía mucho para decir porque el programa económico era algo borroso. Forzado a hablar improvisé durante unos veinte minutos sobre la deuda externa y sobre el supuesto programa económico argentino, utilizando algunas ideas que habíamos estado conversando en la Secretaría de Planificación. Después, Adolfo agregó lo suyo y al final Camdessus se mandó un nuevo discurso, que comenzó destacando que le parecía muy bien todo lo que le habíamos dicho y que sería importante que avanzáramos ahora a la discusión de unos diez puntos. Los escuchamos y ¡oh, sorpresa! eran los mismos diez puntos con los que el Fondo venía machacando desde hacía tres o cuatro meses, pero ahora envueltos en una retórica grandiosa. Terminada la reunión Bernardo le preguntó a Adolfo qué le había parecido y este respondió: “Nos la pusieron con vaselina”.

Poco después, Adolfo tomó nota de las propuestas de Camdessus y redactó un memorando donde destacó que eran similares a las propuestas del FMI y concluyó: “Creo que las sugerencias del señor Camdessus deben ser cuidadosamente evaluadas. No aceptarlas puede significar una severa crisis internacional. Aceptarlas puede producir serios problemas internos”.

Una vez que terminó con la visita del francés, Grinspun urgió a Adolfo a hacer un nuevo viaje a Washington mientras él y Juan iban a Cartagena para una reunión sobre la cuestión de la deuda externa. Una de las propuestas hecha por Camdessus fue que el presidente hiciera un discurso al país presentando un marco político para que más tarde el ministro de Economía anunciara un programa de ajuste. La sugerencia de Camdessus fue tomada rápidamente por Germán López y García Vázquez, quienes, ante la ausencia de Grinspun y Juan, ya en camino a Cartagena, quedaron a cargo de preparar un discurso para Alfonsín. En él, luego de hacer un llamado a la austeridad, Alfonsín trataría de responder a los puntos del memorando de Camdessus para acercar posiciones con el FMI. Finalmente, el presidente habló. Lo hizo el 27 de junio. Luego de denunciar el insoportable peso del endeudamiento de América Latina, reiteró la voluntad de honrar los compromisos externos, pero sin aceptar medidas recesivas ni la disminución del salario de los trabajadores. Después de anticipar que el gobierno afrontaría el esfuerzo que demandaba la hora con una fuerte reducción del déficit fiscal, anunció que el ministro Grinspun pronto expondría “un plan económico y social de reparación industrial, financiera y agropecuaria de largo plazo”. Sus palabras fueron recibidas por gran parte de la opinión pública, por los dirigentes políticos y los diarios, como la prueba de que finalmente el gobierno entraba en razón y reconocía las restricciones que ponía el estado de la situación económica. La ironía de esta repentina sensatez del gobierno es que le venía dictada no por sus propias convicciones sino por el verbo de un viajero francés que llegaba a la Argentina enviado por el director del FMI.

La idea que ganó a los círculos del gobierno era que la intervención de Camdessus abría una nueva posibilidad ya que, estando en contacto con De Larosiere, a quien se disponía a ver luego de su paso por Argentina, cambiaba el signo de las negociaciones en curso, pues las sacaba del plano técnico y las colocaba en un plano más político; esto creaba una instancia de negociación que podría facilitar una mejor comprensión del caso argentino. Parece, pues, que a poco de enviar unilateralmente una Carta de Intención, el gobierno argentino se está moviendo de la mano de Camdessus y De Larosiere por la ruta de un posible acuerdo con el FMI.

La visita de Camdessus coincidió con la recomendación telefónica que hicieron llegar William Rhodes y Jesús Silva Herzog, el ministro de Economía de México: uno y otro insistieron en que todo acuerdo con los bancos estaba condicionado a un arreglo previo con el FMI. Para entonces ya estaba caduca la ingenua creencia que había motorizado la redacción y el envío de la Carta de Intención unilateral.

Tal como señalé antes, Adolfo volvió nuevamente a Washington a pedido de Grinspun. Allí almorzó con el segundo de De Larosiere, quien le preguntó, intrigado, qué había dicho Camdessus en su visita a Buenos Aires. Adolfo se llevó la impresión de que probablemente los técnicos del FMI estaban al margen de la operación montada por su jefe, De Larosiere. Reflexionando retrospectivamente, Adolfo sostiene que la Carta unilateral había provocado una gran preocupación política en el Norte y ello llevó a De Larosiere a buscar un nuevo enfoque para encuadrar la relación con Argentina, que hasta allí estaba manejada por el staff del Fondo. Esto es, la decisión argentina de apartarse de los usos y costumbres y mandar en forma unilateral la Carta de Intención motivó un replanteo por parte del FMI, e inclusive por el Departamento del Tesoro de EE.UU. Vista desde este ángulo se puede decir que la bravuconada del gobierno argentino tuvo en el corto plazo un efecto positivo.

Las conversaciones de Adolfo con la gente del FMI se desenvuelven actualmente en un plano estrictamente técnico. Según la información que nos transmite desde allá, las posibilidades de un entendimiento siguen siendo remotas. Sólo allá en Washington, Adolfo se preguntaba qué estaba pasando puesto que los técnicos con quienes hablaba estaban al margen de las negociaciones en curso y lo mismo le ocurría a él. Tiene la impresión de que en algún otro lugar se está jugando el partido. Era sugestivo en ese sentido que Grinspun lo llamara a Adolfo en Washington para decirle que no aceptara ninguna modificación a la Carta de Intención. El llamado lo hizo desde Cartagena; allí las cosas habían funcionado bien. En conversación con otros países de la región se había logrado mantener los puntos de vista sostenidos por Argentina sobre la deuda externa y ese optimismo provocó, nuevamente, un endurecimiento de la posición.

A la vista de este giro de las cosas Adolfo se preguntaba “Para qué vine si no tengo chance alguna de modificar los términos de la Carta de Intención”. Mientras Adolfo se hacía esta pregunta, Grinspun y Juan se trasladaron a Nueva York para discutir con los bancos. Los bancos los recibieron con una posición más dura. Anticipándose a las dificultades de la negociación, habían optado por curarse en salud y, por lo tanto, habían mandado a pérdida los intereses atrasados por Argentina. Esto se reflejó en el mercado con la caída de sus acciones. De ahí la posición más dura con la que llegaban a la mesa de negociación. Grinspun se encontró, por primera vez, con un bloque cerrado e irreductible y debió concluir que no era posible separar la negociación con el FMI de la negociación con los bancos. Después de esa difícil experiencia en Nueva York viajaron a Washington, donde estaba Adolfo. Y allí en una conversación que tienen con De Larosiere, en la que Adolfo participa, el mandamás del Fondo les hace una confesión significativa: afirma estar dispuesto a aceptar la meta del 300% de inflación en el programa económico argentino.

20 de julio

Otro momento importante de las conversaciones con De Larosiere tuvo lugar en la reunión realizada después del almuerzo; en ella el jefe del Fondo argumentó: “Si se trata de llevar a cabo un plan de ajuste, no entiendo cómo es que aumenta el gasto”, y Grinspun, tratando de superar esa objeción, respondió: “Bueno, ya veremos cómo se resuelve eso”. Adolfo entonces tomó la palabra: “Esto no es un aumento del gasto”, sostuvo, “sino un aumento del salario real”, que era la posición oficial, pero que hacía aparecer a Adolfo como un duro, cuando en realidad sólo pretendía mantener la coherencia de las premisas con las que se había enfocado la negociación; este contrapunto entre Adolfo y el ministro de Economía puso de manifiesto la diferencia que uno y otro tenían para discutir el tema. Lo cierto es que, terminada la misión, regresan a la Argentina todavía pendientes de la actitud de los bancos que se resistían a tomar una decisión con respecto al acuerdo del pago de los intereses de la deuda. Su posición era que la Argentina debía hacer efectivos todos los intereses; de lo contrario no habrían de poner los 125 millones de dólares que inicialmente estaban acordados con Grinspun en las conversaciones previas. Felizmente intervino De Larosiere por teléfono y le pidió a W. Rhodes, en su condición de titular del comité de bancos acreedores, que diera una mano; se sorteó así la resistencia de los bancos y se llegó a un acuerdo tal como estaba previsto: finalmente los bancos pusieron los 125 millones.

Todo el trámite dejó en Adolfo y en Juan la sensación de que ya no había margen para seguir en esta estrategia de presión dado que los bancos decidieron: “Bueno, está bien, por esta vez ponemos el dinero, pero se acabó, ya no esperen de nosotros más concesiones. Hay que hacer un acuerdo con el FMI”. Para efectivizar ese acuerdo, la misión argentina vuelve a Buenos Aires y comienzan a revisarse los datos contenidos en la Carta de Intención, porque en las conversaciones con la misión del FMI, estos habían preguntado cómo era que se pasaba de determinadas cifras en el primer trimestre, de gastos, de recursos, por ej., a determinadas otras cifras en el segundo trimestre. Comenzó así un proceso de revisión que progresivamente fue destapando un verdadero escándalo: los datos contenidos en la Carta de Intención que habíamos redactado, y con ellos, los datos incluidos en el presupuesto enviado al Parlamento, estaban equivocados. Juan informó a Alfonsín de estas novedades y este no puede creer lo que escuchaba: “Esto es intolerable”, dijo, y convocó a una reunión en Olivos, a la que asistieron gente de la Secretaría de Hacienda, Grinspun, Juan Carlos Pugliese,9 presidente de la Cámara de Diputados, y César Jaroslavsky,10 jefe de bloque del radicalismo en Diputados. Allí Juan comienza a plantear el problema a lo largo de una conversación que poco a poco se va desgranando, desplazándose a otros temas; al final se quedó con la sensación de estar interfiriendo en las operaciones naturales del partido de gobierno. Se percibía una cierta incomodidad frente a las novedades inquietantes que Juan ponía sobre la mesa; es como si esta gente no tomara conciencia de ellas y sólo estuviera preocupada por cómo aprobar el presupuesto en el Parlamento. Lo notable es que en el curso de la reunión, la gente de Hacienda, el secretario Norberto Bertaina y su segundo, Rodríguez Giavarini, insistieron en que el presupuesto está bien, sólo que el desempeño de la economía ha sido diferente. Alfonsín sugiere que se establezca una relación estrecha entre la gente de Hacienda y los diputados en el Congreso a fin de definir la estrategia adecuada para pasar el presupuesto.

Esta es una decisión que no sabemos qué derivaciones tiene; entretanto, la gente de Hacienda se prepara para recibir a la misión del FMI, con expertos en las cuentas fiscales, para ir avanzando en el trámite de la negociación. Cuando estos desembarcan en Buenos Aires y se informan de las novedades, los funcionarios del Fondo tampoco pueden creer lo que está pasando y se preguntan cuándo se descubrieron estos errores y cómo fue el proceso. Ellos mismos deben admitir también que no habían sido suficientemente vigilantes y se habían tragado los errores, de modo que, a la postre, se produjo una situación, en cierto modo, equilibrada. En ese marco se inició toda la operación de revisión en la que se está en este momento. Entre tanto, se ha informado que al cabo de los primeros seis meses de 1984 el alza de precios ha sido del 158,9%.

Uno de los eventos que pautó el trámite de estas negociaciones es el siguiente: en el discurso de Alfonsín del 27 de junio, el presidente anticipó un futuro discurso del ministro de Economía presentando un programa de largo plazo. Esta promesa fue también el resultado de la desprolijidad con la que se manejó la situación en el momento en que, ausentes Grinspun y Juan de la Argentina, Germán López y García Vázquez se pusieron a trabajar en la propuesta de un discurso, estimulados por las palabras de Camdessus. Quedó agendado así el discurso del ministro de Economía. Mis amigos de la Secretaría de Planificación empezaron a reunir materiales para ser entregados a Grinspun a fin de que los usara en la elaboración de su eventual discurso. Finalmente llegó el día, 19 de julio. Para ese día Alfonsín tenía prevista una visita a la Secretaría de Ciencia y Técnica e invitó a Juan, ya de regreso al país, a que lo acompañara. La cita era a las cuatro de la tarde. A esa hora Juan llega a la Casa Rosada y espera en la antesala de la presidencia. Ahí lo encuentra Nacho López y le dice: “vení, entrá”, con aire de preocupación. Alfonsín también lo ve a través de la puerta entreabierta y lo invita a pasar a su despacho. Allí está con José Ignacio “Nacho” López,11 su vocero de prensa, y David Ratto,12 asesor en comunicaciones. Alfonsín dice: “Este discurso no va. He tomado la decisión de que Bernardo no hable. Le he dicho que hoy tiene que enfermarse y con ese pretexto suspenda su discurso a la población. Este discurso es imposible. Largo, inconexo y no tiene ideas valiosas. Es un verdadero disparate político”. Por suerte para Juan la iniciativa viene del lado de Alfonsín. Al mediodía Juan ya nos había anticipado que luego de echarle un vistazo, a su juicio, el discurso dejaba mucho que desear.

Antes de salir a la reunión de la Secretaría de Ciencia y Técnica, Alfonsín da instrucciones a Germán López para que le dijera a Grinspun que el discurso no va de esa manera o que lo cambie pero así las cosas no pueden andar. Así marchan a la reunión del Conicet en el auto. Alfonsín sentado atrás con Juan, solos. Alfonsín molesto, repitiendo que ese discurso no podía ir. Juan saca partido de la ocasión para decirle: “Sr. presidente, yo quisiera conversar una hora con usted, tranquilo”. Alfonsín le dice: “¡Cómo no! Después de la reunión del Conicet podemos hacerlo”. La decisión de pedirle una reunión privada a Alfonsín ya estaba madurada en el seno del equipo económico a la vuelta del viaje a Washington y Nueva York, en donde, a la vista del desempeño de Grinspun, se llegó a la conclusión de que esto no podía seguir así. Más aún, esa conclusión fue reforzada cuando, una vez de regreso, se pudo saber que los números de la Secretaría de Hacienda estaban equivocados. La reunión con Alfonsín no se habría de producir ese día, como habían quedado, luego de la conferencia montada en Ciencia y Técnica por Manuel Sadosky. Otro acontecimiento alteró los planes.

Mientras transcurría la reunión con los científicos, el edecán se acerca a Alfonsín y lo llama aparte; poco más tarde Alfonsín le comunica a Juan la novedad: han llamado desde la Casa Rosada diciendo que Bernardo no quiere modificar el discurso y le pide a Juan que vaya a ver si puede hacer algo. Así es que Juan llega a la Casa Rosada y al momento de entrar a la oficina donde ocurren los acontecimientos, tropieza con Bernardo que sale molesto y Juan le pregunta qué es lo que pasa. Este le dice: “Estos me quieren cambiar el discurso, esto no puede ser; finalmente hice algo, lo reduje, pero ya me voy, así no se trata a la gente. Cuando estoy afuera del país, le hacen decir al presidente un discurso económico sin mi consentimiento [refiriéndose al discurso del 27 de junio]. Luego, lo empujan al presidente a afirmar que yo tengo que hacer un discurso, y cuando lo hago no les gusta”. Y lanza sobre la mesa su renuncia. Luego, le piden que recapacite, le piden que modifique el texto del discurso y así lo hace.

Finalmente, el discurso fue pronunciado. En rigor, si el discurso era largo, unas dos horas, se transformó en un discurso de una hora y media y siguió siendo un discurso plomo, sin sustancia. Los principales diarios criticaron la falta de precisiones sobre el programa económico. La Nación incluso dio un paso más e, invocando “altas fuentes gubernamentales”, señaló que Alfonsín habría cuestionado el contenido del discurso durante una reunión previa a su difusión. La pregunta que se plantea ahora es cuál va a ser la derivación de estos acontecimientos.

Anoche, mientras discutíamos la situación, Juan se preguntaba “cómo es que Grinspun va a absorber esta flagrante desautorización de su persona”. Una desautorización que por lo menos en el círculo que rodea a Alfonsín en el gabinete es evidente. No sabemos dónde va a terminar todo esto. Ayer, entre nosotros cambiamos apuestas sobre la posible renuncia de Grinspun; algunos afirmaban que era inevitable; otros pensábamos que quizás el desenlace siguiera un trámite de estilo radical, esto es, que finalmente Grinspun y Alfonsín se encontraran, se abrazaran, se pidieran perdón y todo continuara como venía hasta entonces.

Con este panorama confuso, expresión de la desprolijidad con la que este gobierno radical maneja los asuntos económicos, terminamos el día de hoy. Aprovecho este comentario para introducir la lectura de un memorando que escribí hace unas semanas en conversación con mis amigos.

Comentarios sobre la gestión económica

A. Cuestiones de política

1 La continuación en el tiempo de las tendencias actuales permite anticipar una situación hiperinflacionaria, con pérdida irreversible del control de las variables económicas y el deslizamiento a una forzosa recesión.

2 En los diversos sectores de la gestión económica parece no existir una conciencia de las poco alentadoras perspectivas futuras y ello se refleja en la escasa preocupación a los problemas globales en las reuniones del gabinete económico. Al contrario, la tentación habitual es desviar la atención de los mismos en beneficio de las urgencias de la hora.

3 La presión inevitable de la marcha de la economía obliga a la reflexión sobre las dificultades; sucede, sin embargo, que esa reflexión es episódica y a las apuradas. Lo que significa que se adoptan decisiones sin la debida evaluación, esto es, se camina a tientas en la oscuridad.

4 La oscuridad dentro de la que se mueve la gestión tiene su origen en la falta de un esquema económico global. A falta de tal cosa, la propia realidad económica va imponiendo su rigor y obligando a actuar a la defensiva.

5 La situación económica del país requiere en el corto plazo una disminución drástica de la inflación, para lo cual son necesarias dos cosas: devolver credibilidad al manejo gubernamental de la economía y adoptar un conjunto de medidas integradas de ajuste económico. Es preciso cobrar conciencia de los peligros que entraña la agudización de la inflación, peligros que se descargarán sobre las instituciones. Hoy en día, por lo tanto, una política progresista pasa por el lanzamiento de un plan antinflacionario. Las elecciones que todavía nos están permitidas se refieren a la duración y la magnitud de los sacrificios a realizar. La negativa a un ajuste económico hará que dentro de pocos meses sean necesarias medidas entonces sí más draconianas y probablemente más insoportables para la convivencia democrática.

6 En el mediano plazo, la situación económica requiere un esfuerzo de inversión. El país se ha empobrecido en la última década y debe volver a ponerse en marcha. Para ello se impone terminar con la actual incertidumbre que genera la inflación y la débil autoridad de la gestión económica. El gobierno debe además tender puentes fluidos con el mundo de la producción. En la actualidad, la relación con los empresarios se procesa sobre todo a través de la Comisión de Precios de la Secretaría de Comercio; esto es, los empresarios aparecen ante el gobierno sobre todo como acumuladores de beneficios y no como productores de riqueza y del desarrollo de las fuerzas productivas.

7 El progresismo político en Argentina ha estado tradicionalmente sesgado hacia las cuestiones de distribución de la riqueza y la defensa de los recursos nacionales. Los temas de cómo crecer y cómo generar racionalidad económica no han figurado en un lugar central de su agenda. Hay que alterar, pues, esa vieja cultura para demostrar que la defensa de la democracia no está reñida con las exigencias del crecimiento y la eficiencia económica.

B. Cuestiones de gestión

1 Entre la falta de competencia y de eficiencia en sectores de la administración está el caso de la Secretaría de Hacienda que, a lo largo del proceso de la preparación del presupuesto y de la redacción de la Carta de Intención, mostró fallas y negligencias notables.

2 La falta de orientaciones dentro del ministerio la pone de manifiesto el ejemplo de la Secretaría de Industria, que durante los meses de gestión no ha logrado pasar del plano de las inquietudes al terreno de la fijación de objetivos y medidas de acción.

3 Las distintas secretarías del área económica carecen de un marco de encuadre y ello se traduce en una gestión atomizada. Como no funciona una línea de comando que dirija y coordine el trabajo de conjunto, las distintas reparticiones no suelen sentirse obligadas por los compromisos asumidos.

4 La administración de la política económica se resiente en sus niveles superiores por una falta de profesionalismo que no se condice, por un lado, con la ambición de las iniciativas oficiales y, por el otro, con el grado de competencia de los agentes económicos con los que hay que negociar. El manejo de los problemas de la deuda externa es un ejemplo de ello.

5 Se hace necesario a la luz de los puntos anteriores superar las fallas de la gestión económica si se quiere infundir credibilidad al gobierno.

6 No podemos considerarnos ajenos a las dificultades que hemos destacado. Pero desde nuestra posición de asesores no nos ha sido posible contar con la autoridad necesaria para impulsar las directivas y cambios que se imponen. Además, sobre la Secretaría se han descargado innumerables responsabilidades que hemos tratado de sobrellevar con nuestras limitaciones.

Quisiera agregar, antes de terminar esta grabación, algunos temas que surgieron en una conversación con mi amigo el reconocido periodista Santiago Senén González, con quien hice mi debut como historiador en un pequeño libro sobre ejército y sindicatos publicado en 1969. Senén está actuando como asesor de prensa del ministro de Trabajo, Juan Manuel Casella, a cargo del ministerio después del fiasco de la Ley Mucci. Me dijo Senén que la misión que ha recibido Casella de parte de Alfonsín tiene tres objetivos principales: 1) reabrir los canales de comunicación con la dirigencia sindical; en todo caso, con la burocracia sindical peronista, que habían sido bloqueados después de la gestión de Mucci. 2) Mantener el statu quo; en otras palabras, evitar un paro general, una huelga general; paros parciales sí, pero no una huelga general, de confrontación con el gobierno. 3) La normalización sindical. Estos objetivos Casella los viene cumpliendo y es con ese espíritu que se mueve a la espera de dejar el cargo de ministro en el mes de octubre. Conversando con Senén González, le hice el comentario siguiente: “Yo entiendo que la situación actual es una situación ficticia, en el sentido de que el gobierno todavía no ha sido probado. Todavía no se sabe cuál es la capacidad de gestión política de la actual administración. Para saberlo, tiene que perder su virginidad e ir a una confrontación; en ella se va a saber cuál es el margen de poder con que cuenta. En consecuencia, creo que tarde o temprano tendrá que romper lanzas con la dirigencia sindical. Es preciso que ello ocurra. De lo contrario, el gobierno se convertirá en rehén de los dirigentes sindicales y, por añadidura, de los demás grupos de presión que, invocando su amenaza, lo irán poco a poco acorralando. En nombre de la preservación de la paz social, precaria como es la nuestra, el gobierno está expuesto a ceder una vez, a ceder otra vez, hasta terminar perdiendo toda capacidad de iniciativa y de gestión. Pienso que esa confrontación es inevitable y a la vez saludable”. Mi amigo Senén insistía en que había que evitar por cualquier medio una huelga general. Y argumentaba que el gobierno tiene demasiados frentes abiertos; los militares están cabreros y muy molestos por el tratamiento del asunto de los Derechos Humanos, por la reorganización de la estructura de las FF.AA. Por otro lado, la Iglesia también está levantando polvareda por la cuestión del destape en la Argentina, la pornografía, etc. Por lo tanto, no creía razonable que el gobierno escogiera estos tiempos para avanzar hacia una confrontación con los dirigentes sindicales, como la que yo propiciaba y, por lo tanto, juzgaba sensata la táctica de franeleo en la que está empeñado el ministro Casella.

Entiendo que estas son ideas que también tiene el propio gobierno, esto es, Alfonsín. Hasta ahora, lo que ha hecho es sonreír a todos, dar una palmada a todos y bueno... a seguir surfeando hacia delante. Todavía no se ha probado la fortaleza del gobierno y, en la medida en que no lo haga, no se va a saber hacia dónde se dirige. Precisamente, esta falta de rumbo de parte del gobierno o, quizás, esta suerte de rumbo en todas las direcciones es lo que está provocando desasosiego en las filas del partido radical. Así fue que hace pocos días estuvo conversando con nosotros, en la Secretaría, Jesús Rodríguez, diputado radical por la Coordinadora, para decirnos, luego de criticar la incompetencia de los funcionarios de economía, que el partido como tal no existe, que sus cuadros no saben qué posición tomar. Carecen de brújula. Pocos días más tarde, escuchamos un comentario en la misma línea. Campero cayó otra vez por la oficina y comentó que había estado en una reunión partidaria en la que, por ejemplo, Marcelo Stubrin, otro joven diputado por la Coordinadora, preguntaba: “¿Hay que estar a favor de la negociación con el FMI? ¿O hay que estar en contra?”. Dentro de esta incertidumbre se está moviendo gran parte de la dirigencia radical. No saben cuál es la posición correcta a tomar, no se atreven a decidirla por su cuenta y desde el gobierno no llegan señales sobre el rumbo a seguir. Este es, en fin, el panorama en que se encuentra el partido que triunfó en las elecciones de 1983 y está conduciendo la transición a la democracia.

Como agregado final a la grabación anoto que en el diario, cercno al gobierno, Tiempo Argentino, de hoy 21 de julio, fue publicada la versión textual de un memorando hecho por la Secretaría de Planificación dirigido al presidente, en el que se le informa del estado de las negociaciones con el FMI, redactado a la vuelta del último viaje a Washington. Esta filtración no hace ningún favor a la situación por la que está atravesando la negociación con el FMI y la pregunta que se impone es ¿cuál es su origen?, ¿cómo fue que llegó a la prensa?

25 de julio

Hoy retomo las grabaciones con las últimas novedades. Voy a comenzar con el evento más espectacular: el sábado pasado, el presidente Alfonsín le ofreció el Ministerio de Economía a Juan. Este ofrecimiento fue hecho en el marco de una conversación provocada por Caputo, quien, teniendo que viajar a Washington, quiso hacerlo con una versión actualizada del estado de las negociaciones de la deuda externa. Juan le presentó un panorama bastante sombrío. Las conversaciones con los técnicos del Fondo no habían progresado y existía en la Secretaría de Planificación la conciencia de que el cotejo de cifras no era satisfactorio para la gente del Fondo que, además, esperaba decisiones de política acordes con la voluntad de llegar a un acuerdo. Según nos puso al tanto más tarde, en un momento de la reunión en Olivos, Juan se animó y dijo: “Bueno... vamos a hablar en serio. Esta gestión económica no sólo se aleja de un acuerdo con el Fondo sino que en sí misma no va más”. Y empezó a comentar críticamente la actuación de Bernardo Grinspun. Luego de dejar a salvo el compromiso político y las cualidades morales del ministro, que consideraba irreprochables, Juan puso el acento sobre los problemas de gestión. Este cuestionamiento hecho por primera vez delante del presidente tomó de sorpresa al propio Alfonsín pero su reacción fue muy comprensiva: “¿Y qué solución le damos a este problema?”. Se comenzó a discutir entonces, entre Alfonsín, Juan y Caputo, una salida. La primera que surgió, sugerida por Alfonsín, fue la designación en el Ministerio de Economía de un secretario de Programación, que podría ser, eventualmente Adolfo Canitrot, para acompañar a Grinspun. La reacción de Juan fue negativa: “En primer lugar”, dijo, “será imposible que Canitrot llegue a entenderse con Grinspun. Y en segundo lugar”, agregó, “es muy difícil que Bernardo acepte ser secundado por alguien que de un modo u otro operaría como su policía”. Y así se siguió argumentando hasta que esa alternativa fue descartada. Se avanzó entonces en la búsqueda de otras soluciones hasta llegar a la propuesta siguiente, que vino también del lado de Alfonsín: “Bueno, vamos a hacer un recambio del gabinete. Vamos a sacar a Bernardo de Economía, lo mandamos a Obras Públicas; a Roque Carranza lo trasladamos a la Secretaría de Planificación y a Juan lo ponemos en Economía”. Esta propuesta quedó allí en el aire, con el compromiso de todos de mantener en secreto la conversación hasta tanto se tomaran las decisiones encaminadas a provocar ese desenlace.

Las versiones de la posible renuncia de Grinspun han estado estos días en el centro de los comentarios políticos. El ministro no se quedó de brazos cruzados y comenzó a operar. En su edición del día martes 24 de julio, La Razón, bajo el título “¿Quién lo quiere echar a Grinspun?”, hace una descripción bastante ajustada del clima dominante y revela la decisión de los sectores que lo rodean de cerrar filas en torno a su defensa. En la nota se deja saber que el ministro de Economía había estado en contra de pronunciar su reciente discurso porque no era el momento ya que estaban pendientes de resolución problemas de primer orden, como la refinanciación de la deuda externa y el monto de divisas que estarían disponibles para volcarlas al desarrollo. Lo cierto es que “alguien convenció al presidente sobre la conveniencia de anunciar un programa de mediano y largo plazo y el ministro no tuvo más remedio que poner la cara ante las cámaras de la televisión y hablar durante 85 extenuantes minutos”. De todos los errores cometidos –observa la nota de La Razón– hubo sólo uno de Grinspun: la extensión del discurso. En la noche del miércoles al jueves, en la Presidencia de la Nación, expertos en cuestiones publicitarias advirtieron que había que cortar el discurso y así lo hicieron saber al ministro, quien se negó y amenazó –a voz en cuello– con presentar la renuncia. Acallados los ánimos, las aguas retornaron a su cauce, Grinspun aceptó “borrar” veinte minutos de su mensaje y punto final. De allí en más vino la versión de la renuncia de Grinspun lanzada a correr por alguno de los participantes de la reunión de trabajo de aquella noche del miércoles al jueves. El mismo día 24 en Clarín se informaba que “Tanto el vocero presidencial como el portavoz del Ministerio de Economía desmintieron ayer la renuncia de Bernardo Grinspun”. El trascendido, originado en fuentes oficiales, fue atribuido en el Palacio de Hacienda a “una campaña predeterminada, cuyo origen ya ha sido identificado”. Para quienes quisieran saber más, el sábado pasado La Razón, oficiando de vocero informal del Ministerio de Economía, nos puso en la mira. En el comentario político de la semana la nota del diario advertía contra la tenaz y persistente intervención de la Secretaría de Planificación sobre los trabajos ligados a la marcha del presupuesto; y se recortaba la figura de Sourrouille, dificultando las decisiones que permitieran un feliz desenlace para su aprobación.

En otro orden de cosas, ese día por la tarde se realizó una reunión en el Ministerio del Interior, presidida por Tróccoli, que la había convocado para tratar el tema de la concertación, su obsesión dominante. La conversación terminó centrada sobre la propuesta que tenía en carpeta Casella, que al día siguiente iba a recibir a la dirección de la CGT. La propuesta consistía en llevar el salario mínimo de 8.500 a 10.500 pesos, con el objetivo de crear las mejores condiciones para el diálogo previsto. En la preocupación de Casella, el acuerdo con la CGT es prioritario, y con esa convicción se esfuerza, desde su nombramiento, por aproximarse a las posiciones de los dirigentes sindicales. La sugerencia de elevar el salario mínimo a 10.500, acompañada de la propuesta de colocar el salario básico de convenio a 13.000 pesos, fue cuestionada por Juan, llamando la atención sobre el problema que generaban aumentos de esas magnitudes dentro de la programación económica del gobierno. Esa objeción no llegó a alterar el curso de los acontecimientos y así fue que un día más tarde, hoy martes por la mañana, los diarios ya anuncian inminentes decisiones en materia de salarios, creando el marco adecuado para la reunión que tendría Casella con los dirigentes sindicales por la tarde. Luego de estas conversaciones en la sede del Ministerio del Interior, se trasladaron a Olivos, donde la reunión continuaría, y a ella se sumaron otras figuras del gabinete: Aldo Neri, ministro de Bienestar Social, Raúl Borrás, ministro de Defensa, y Grinspun. El encuentro en Olivos fue por muchas razones importante. La reunión comenzó en un tono muy radical, esto es, con una conversación sobre bueyes perdidos; de ella vale la pena rescatar algunas anécdotas que paso a relatar. Una se refiere a la intervención de Casella, quien le dijo a Alfonsín que con la oferta del aumento de salarios que tenía en carpeta era posible obtener de la CGT garantías para el mantenimiento de la paz social. Alfonsín reaccionó y le advirtió que no se equivocara porque esta gente, los dirigentes de la CGT, no son tipos confiables: “No se engañe acerca de sus buenos propósitos”. Esta advertencia u observación de Alfonsín es importante rescatarla porque le concede un poco más de clarividencia que a Casella, quien parece comportarse con inocencia en sus relaciones con la CGT. Otra anécdota fue la intervención de Alfonsín sobre el estado de las negociaciones con el FMI. Alfonsín le dijo a Grinspun que tenía entendido que las negociaciones estaban un tanto endurecidas, a lo que Grinspun respondió que no, que no había razones para pensar así, que un acuerdo cercano era posible. Alfonsín le replica que tenía información de que en Washington las cosas se veían de otra manera, que el embajador en EE.UU. le había hecho saber que un acuerdo con el FMI estaba lejos de ser inminente. Pero Grinspun insiste en su optimismo y una vez más dice que eso se va a arreglar y Alfonsín deja transcurrir la conversación sin poner freno a este estilo, si se quiere, tan propio del ministro, tan fantasioso y, en definitiva, tan poco serio en el momento actual.

En la reunión en Olivos Juan se veía con Alfonsín por primera vez desde la conversación que habían mantenido junto con Caputo. Sintió que el presidente lo recibía sin la efusividad que era su estilo. Para mí estaba claro que Alfonsín no sabía cómo manejarse con Juan: todo parecía sugerir que el ofrecimiento que le hiciera días pasados había quedado en la nada. Y de ello nos enteraríamos el miércoles, de distintas maneras. Ese día, por la mañana, Juan, por un error, fue a verlo a Tróccoli, creyendo que tenía una entrevista prevista. El ministro del Interior le dijo que no había tal entrevista pero que, de todos modos, se quedara para conversar. La conversación tuvo dos momentos importantes. Tróccoli comenzó hablando de la situación de Grinspun y le confió cuál era su punto de vista. Le había dicho al presidente que un cambio de gabinete, con la renuncia de Grinspun, no era una medida aconsejable en las circunstancias actuales, ya que hacía aparecer al gobierno bajo el peso de las presiones que venían de todos lados; comportaba una muestra de debilidad que había que evitar. Este comentario le confirmó a Juan que en la cúpula radical se había producido un debate y que la conclusión había sido enfriar la situación y postergar todo cambio en el gabinete. Con esta información, y dando cauce al malestar que tenía acumulado, Juan aprovechó la inesperada oportunidad de tenerlo a Tróccoli a mano para hablar francamente del estado de la situación económica y la negociación con el FMI. Su relato fue introduciendo al ministro del Interior, en forma cruda y sin anestesia, en los problemas económicos del momento. Tróccoli quedó impresionado por el panorama que iba emergiendo de las palabras de Juan aunque, con una reacción muy típica y muy reiterada entre los radicales, al tiempo que se preocupaba, buscaba pretextos para no hacer frente a la situación. Así, dijo que, efectivamente, comprendía los problemas pero entendía que, por ejemplo, con el lanzamiento inminente del plebiscito sobre la solución papal al conflicto por el Beagle,13 se podía llevar al país a una discusión en otro terreno para ir ganando tiempo y aprovechar las circunstancias para realizar, si se imponía, algunos cambios en la gestión económica, como una devaluación o un control más austero de los gastos. Se trataba, a su juicio, de ir introduciendo retoques sin hacer demasiadas olas, de tal forma que se pudiera llegar a fin de año capeando la situación, con el fin de enfrentar el año que viene las elecciones legislativas de mitad de mandato sin apremios económicos. Esta conversación fue reveladora en dos sentidos. En el primero, ya lo mencioné, que por parte de los radicales no existía la decisión de modificar la conducción de la gestión económica: el ofrecimiento del ministerio a Juan había quedado sepultado en el olvido. Y en segundo lugar, que persistía en ellos la voluntad de seguir negándose a hacer las opciones que la emergencia económica está imponiendo. Este cuadro no hizo más que agudizar la bronca de Juan, que nos convocó durante el día de hoy para redactar un memorando dirigido a Alfonsín, detallando el estado de las negociaciones con el FMI, con el propósito de exponer con claridad las dificultades por las que atraviesan las negociaciones, a la vez que para urgir directa o indirectamente la adopción de decisiones económicas que el gobierno parece querer postergar en forma indefinida.

En eso estábamos cuando, por la tarde, vino Ricardo Campero, y aprovechó la ocasión para pasar un mensaje. Comentó que ellos (y por ellos había que entender al sector Renovación y Cambio de la UCR) habían logrado frenar esta mañana la publicación en La Nación y Clarín de una noticia en la que se informaba que un sector del partido se levantaba en rebeldía contra Alfonsín y proponía, como alternativa a Grinspun, el nombramiento de Juan Sourrouille en el Ministerio de Economía. Creo que vino a pasar un mensaje porque, para todos nosotros, quedó claro que ese gesto de buena voluntad, la decisión de parar la noticia, si es que la decisión existió, no era otra cosa que una advertencia de los fieles a Grinspun, los hombres de Renovación y Cambio, aconsejándole a Juan que se marginara de las disputas dentro del gobierno y abandonara toda ilusión de ser alternativa a la actual conducción económica. Los comentarios de Campero acentuaron el malestar que reinaba en la Secretaría de Planificación. Creo que Alfonsín cometió un error al anticiparle a Juan, sin haberse previamente asegurado de la reacción de sus más íntimos, que iba a ser ministro de Economía. Está claro que los radicales han cerrado filas y hemos quedado, en ausencia de todo vínculo con el partido, fuera de juego. Recuerdo ahora que Tróccoli en su conversación con Juan le dijo, para justificar la decisión de no producir un cambio de gabinete económico, que este es el único equipo económico con el que cuenta el partido radical, que no hay otro dentro de sus filas y que, en consecuencia, no hay condiciones para sustituir a Grinspun. Está claro, pues, que estamos aislados; es imperioso que encontremos una fórmula para conducirnos en este mar de intrigas dentro de los círculos de un gobierno al que somos todavía muy ajenos.

La semana que concluyó ayer estuvo pautada por varios acontecimientos. Como expresión del estado de deliberación al que hice referencia la vez pasada, se realizaron reuniones para discutir la política económica. El aspecto notable de ellas es que fueron resultado de una reunión previa en Olivos donde hubo acuerdos para revisar las decisiones que se estaban tomando tanto en lo que se refiere a la preparación de un plan antiinflacionario como a las negociaciones con el FMI. Estas reuniones, inicialmente programadas por Alfonsín para poner en contacto a los distintos miembros del equipo económico, no lograron su objetivo puesto que se realizaron en su mayoría en el Banco Central con la asistencia de García Vázquez, Prebisch, Juan, Adolfo, Mario Brodersohn y José Luis, pero sin Grinspun. Su ausencia debe ser subrayada: es la manifestación de su disgusto con esta suerte de cuestionamiento a su autoridad. Una autoridad sin duda cuestionable, pero que al menos por ahora es mejor preservar. Este parece ser el mensaje que deja entrever Alfonsín. De todos modos, con esta política de las paralelas que pareciera ser el signo de su gestión política, Alfonsín deja abierto el campo para la intervención de otros en la discusión de la política económica. Las reuniones en el Banco Central culminan en la redacción de un memorando con una serie de medidas y disposiciones a ser adoptadas. El día viernes, antes de una entrevista con el presidente a realizarse al final de la tarde, Grinspun organizó en el Ministerio de Economía una conversación con los participantes de las reuniones en el Banco Central. La conversación comenzó con la lectura del memorando que resumía el estado de la discusión y que despertó en Grinspun una fuerte reacción negativa frente a lo que percibía como una descalificación de su autoridad. El diálogo posterior se hizo más acalorado. Fue entonces que Juan intervino para reclamar a los asistentes un poco de orden, insistiendo en que fuera el ministro de Economía el que tuviera la palabra y que los demás se limitaran a conversar o discutir siempre a partir de la propuesta del ministro. Esta sugerencia de Juan contribuyó a aliviar la tensión e hizo que Grinspun se mostrara dispuesto a discutir algunos aspectos contenidos en el memorando. Durante la semana había estado él mismo, por su cuenta, con un equipo de colaboradores trabajando algunas ideas. Una de ellas: poner un impuesto a los swaps y seguros de cambio. Al conocerse la iniciativa se quebró el clima amigable de la reunión dado que García Vázquez, opuesto a la misma, hizo saber de manera airada su negativa a acompañarla. Este enfrentamiento habría de reproducirse más tarde en la reunión prevista en Olivos.

Allí también el resto de los participantes se limitó a escuchar la larga exposición de Grinspun que, como todas las suyas, fue una exposición con eje en dos o tres ideas confusas y un desarrollo más confuso todavía. Vinieron las observaciones y al final se llegó al punto en litigio, el impuesto a los swaps y seguros de cambio; García Vázquez, Grinspun y Alfonsín mismo se trenzaron entonces en un debate que no arrojó luz alguna y, en cambio, puso de manifiesto la polarización de las opiniones. Al margen de estos aspectos, anecdóticos si se quiere, de las tensiones existentes en el equipo económico, un dato adicional: Grinspun había estado a lo largo de la semana madurando la idea de hacer la última tentativa y viajar la semana próxima a Washington para volver de una vez por todas con el acuerdo con el FMI bajo el brazo. Cuando nos enteramos, a todos nos pareció una iniciativa un tanto temeraria. En efecto, según las informaciones que tenemos el FMI está muy lejos de dejarse convencer por las propuestas del gobierno argentino y ve difícil llegar rápidamente a un acuerdo. No obstante, Grinspun está empeñado en avanzar lo que se pueda bajo la presión de los plazos que se cumplen. Efectivamente, el 15 de agosto es una fecha clave dado que hay vencimientos de 125 millones de dólares y, por lo tanto, es necesario un acuerdo con el Fondo para poder afrontarlos. En las conversaciones que sostuvimos en la Secretaría de Planificación quedó en claro que había que alertar al presidente sobre las bases precarias con las que Grinspun organizaba su viaje a Washington Y así fue que al final de la reunión en Olivos, Juan pidió a Alfonsín verlo en privado y Alfonsín respondió afirmativamente concediéndole una entrevista para hoy, sábado, por la mañana.

Conversamos previamente con Juan acerca de esta entrevista. Hacía tiempo que había estado buscando esta oportunidad para hacerle conocer al presidente no solamente su preocupación en torno a la inminente misión al FMI sino las inquietudes más generales sobre la marcha de la gestión económica. Esas preocupaciones no tenían que ver con cuestiones de ideología económica sino con cuestiones de racionalidad en la gestión de gobierno. En la preparación de esa entrevista, Juan se preguntaba, hablando en voz alta con nosotros, qué estrategia seguir, hasta dónde avanzar en sus comentarios. Lo cierto es que esta mañana, antes de ir a Olivos, conversamos otra vez. Juan ya lo había hecho con Adolfo y, después de esa deliberación, Juan dejó claro, frente a nosotros al menos, que estaba dispuesto a hablar con Alfonsín y decir todo lo que había estado acumulando por dentro durante todo este tiempo. La entrevista se produjo esta mañana y afortunadamente Juan pudo disponer de una hora para conversar a solas. La conversación fue importante, según nos confió después. Y lo fue porque permitió un intercambio ya no ceñido al tema del FMI sino una discusión más general. Finalmente, después de aquella entrevista en la que Alfonsín, con la asistencia de Caputo, le había insinuado la posibilidad de convertirlo en ministro de Economía, la relación con el presidente estaba entre paréntesis y esta era la oportunidad de franquearse. Fue así que Alfonsín le dijo a Juan que la decisión de renovar el gabinete había quedado en suspenso porque entendía que hacerlo ahora no era lo más aconsejable desde el punto de vista político. Esta referencia como otras fueron pautando una conversación importante. Es difícil para mí ahora reconstruir la conversación, no obstante la información que Juan nos hizo llegar, pero sí se puede anotar que en ella no se habló solamente de economía sino también de política. Juan trató de extraer de Alfonsín alguna definición acerca del camino político o, mejor dicho, el diseño político que tiene en la cabeza para el futuro próximo. Ante esta pregunta, Alfonsín se sorprendió porque era una línea de conversación que hasta ahora no había sido explorada entre ambos; no obstante, aceptó amablemente la pregunta y así se abrió una puerta que quizá permita que la relación con el presidente no quede limitada al asesoramiento técnico y avance hacia un entendimiento sobre cuestiones fundamentales de la gestión de gobierno.

En el marco de la conversación, Alfonsín hizo algunas confesiones que ponen de manifiesto el tono fluido en el que se llevó a cabo. A propósito de sus preocupaciones actuales, mencionó su desconcierto frente a la marcha de la economía, ya que al comienzo de su gestión le dijeron, y él quiso creerlo, que era posible a la vez aumentar los salarios, bajar la inflación, reactivar la economía. Un ejemplo de experiencias conocidas: ante un presidente en aprietos, los portavoces del optimismo, como Grinspun, siempre tienen la voz cantante. A la vista de lo que pasó después, Alfonsín confesó: “Me gustaría retorcerle el pescuezo a Bernardo, aunque no se lo puedo decir”. Esta confesión del presidente puso de manifiesto la distancia que progresivamente va tomando respecto de la gente que lo ha acompañado por tantos años en su vida política pero que, en este momento, está lejos de contribuir a mejorar la eficiencia del gobierno. También se refirió críticamente a García Vázquez diciendo: “Del Banco Central no he recibido nada, no he recibido iniciativa alguna. No he dicho que no a nada porque no he recibido nada. Y el problema es que no tengo con quién reemplazarlo”. El cuadro del agotamiento de un libreto político-económico y, a la vez, de la confianza en el equipo que le acompañó por años es el que describe patéticamente el momento en que el presidente se encuentra. Esa conversación le devolvió a Juan, y, a través de él, a nosotros también una sensación no diría de optimismo pero sí de mayor confianza en los acontecimientos por venir.

El hecho es, sin embargo, y Juan lo marcaba bien el otro día, el carácter inestable de nuestras opiniones y de las suyas propias que oscilan alternativamente entre la desesperanza y la confianza. Esta oscilación es, ciertamente, reveladora de nuestra complicada inserción dentro del gobierno, como un grupo de profesionales cercanos al presidente, aunque no incluidos dentro del partido y bastante dependientes de humores políticos que no controlamos: los del presidente, los del partido radical, los del gobierno todo. Al final de la conversación Alfonsín le dijo a Juan que quería, ahora que habían hablado, hacerle saber cuánto agradecía el apoyo que había recibido de la Secretaría de Planificación. Y a la par de su agradecimiento, Alfonsín le trasmitía a Juan ese respaldo en él y en su equipo que venía haciendo en los últimos tiempos.

Una evidencia de esto, una evidencia casi caricatural si se quiere, es la que se produjo en el correr de la semana alrededor de otro de los hitos de estos días, la discusión acerca de la concertación. En una de las noches tuvo lugar en Olivos una reunión a la que asistieron los ministros encargados del frente de la Concertación, Tróccoli, Grinspun, Casella, Neri. En ella se produjo un enfrentamiento, un conato de riña callejera entre Casella y Grinspun, que discutían seguramente sobre la relación con los sindicatos. La discusión fue elevando el tono y en medio de ella –supimos luego a través de Nacho López– Alfonsín se preguntaba por qué no estaba Juan ahí, por qué no lo habían invitado para ordenar un poco ese debate.

Este es el contexto que está detrás de la conversación de Juan con Alfonsín la mañana de hoy; en ella se insinuó que en el futuro cercano habría una recomposición del gabinete. Todo indica que el presidente está procesando esta idea. No sé cuál va a ser, en definitiva, el lugar de Juan y del equipo en ella. Estoy convencido, sin embargo, de que habrá resistencias dentro del radicalismo a la designación de Juan en el Ministerio de Economía.

Esta semana estuvo dominada en la esfera pública y en el plano económico por el tema de la concertación social. La promesa de Casella a los dirigentes sindicales de negociar con ellos los aumentos de salarios y, en consecuencia, de poner fin a la política hasta ahora vigente –la política de decisión centralizada del gobierno por medio de decretos en materia de salarios– produjo su primer acontecimiento. El día viernes pasado se llevó a cabo la reunión para poner en marcha el mecanismo de la concertación desde el Ministerio de Trabajo. Asistieron los dirigentes sindicales y miembros de la Unión Industrial, y por parte del gobierno, la gente de Trabajo; faltaban representantes de Economía y el secretario de Comercio, Campero. La reunión terminó en un desorden generalizado, puesto que la confusión fue su norma. Los industriales se retiraron de la conversación argumentando que allí sólo se discutían salarios y ellos estaban para una discusión más amplia y, por otro lado, los dirigentes sindicales hicieron de los salarios el punto básico principal por sobre cualquier otro debate. El planteo de la CGT en materia salarial se contrapone con lo que ha venido siendo la política del gobierno en los últimos meses. La CGT pretende que el salario del mes de agosto esté conformado por una hipótesis de inflación más el reajuste del mes pasado, cuando la política del gobierno venía siendo la de hacer reajustes a fines del trimestre. La propuesta de la central sindical está entre un 20 y un 24% de incremento de salarios para el mes de agosto mientras que la cifra del gobierno ronda el 17%. Es probable entonces que esta semana que comienza la CGT, que precedió a esta reunión del viernes con un comunicado crítico en tono muy violento, siga produciendo declaraciones de este tenor, declaraciones que ponen en aprietos la actitud concesiva del ministro Casella. Esta vez no creo que pueda ofrecer demasiado ya que lo que está en litigio, la política de salarios, es resorte del ministro de Economía. Este se propone viajar el martes próximo a Washington a discutir con el FMI. Estamos, pues, en vísperas de algunos eventos importantes: el desenlace de las negociaciones con el FMI, el desenlace de la controversia entre Grinspun y García Vázquez y el desenlace de la relación entre Casella y la CGT. Poco a poco, el curso de los acontecimientos está empujando al gobierno a nuevas definiciones.

El otro evento de la semana fue la visita de Alain Touraine a la Secretaría de Planificación. Está pasando una temporada en Chile; vino a la Argentina a dar una conferencia en CLACSO y se puso en contacto conmigo. Él fue quien dirigió mi tesis de doctorado defendida en París en 1982. Quería conversar y le dije que viniera a la Secretaría. Ahí estuvimos charlando unos minutos y luego lo llevé a conversar con Juan y Adolfo. Entonces, Touraine, con sus brillantes recursos retóricos, se propuso darnos una interpretación de lo que sucede en la Argentina. Confirmando que tiene una fórmula prevista para cada caso, empezó sosteniendo que en estos momentos en la Argentina existe una división entre lo que puede llamarse la preocupación democrática y las legítimas preocupaciones sociales de la población. En su visión, de allí proviene la tensión que hay en el país. Para luchar contra esta polarización sugiere levantar el llamado a la conciencia nacional, con una suerte de discurso “churchilliano”. Esta debería ser la tarea del presidente Alfonsín; usando su imagen, su prestigio, debería activar en la población, hoy día desgarrada entre democracia y justicia social, el valor central y aglutinador de la conciencia nacional para generar, en nombre de ella, un marco de acuerdos que sirva a la consolidación de las instituciones y a la superación de la crisis.

8 de agosto

Ayer, 7 de agosto, partió a Washington la nueva misión al FMI encabezada por Grinspun y de la que forman parte Canitrot y Machinea. En estos momentos Juan se encuentra en México asistiendo a una conferencia sobre temas de población. La partida de la delegación a Washington tuvo sus momentos críticos: Adolfo vino ayer por la mañana con la decisión de no viajar. El día anterior, lunes 6, por la tarde, había tenido lugar la reunión con los candidatos a integrar la delegación, gente del Banco Central y de Hacienda; la conversación, destinada a poner al día la información de que se disponía, mostró que los elementos que llevan Grinspun y sus seguidores no aportan respuesta alguna a las demandas del FMI; ello coloca a esta misión ante el riesgo de un fracaso seguro. La reunión estuvo pautada también por cierto clima de hostilidad de la gente de Hacienda hacia los miembros de la Secretaría de Planificación. Este clima nos viene acompañando desde hace varias semanas y se alimenta de un rumor que circula por ahí y tiene su origen seguramente en el Quinto Piso: la gente de Planificación estaría obstaculizando un acuerdo con el FMI por su insistencia en revisar una y otra vez las cifras y los documentos; una insistencia que no sería ajena al propósito de perjudicar la figura política de Grinspun.

Esta interpretación de lo que ha sido hasta ahora un esfuerzo por poner un poco de racionalidad en una negociación llena de dificultades está en boca de muchos y sin duda nos afecta políticamente. Quisiera recordar aquí el comentario de una amiga de Ana María, que le contó que en Pergamino, dentro de los círculos del partido radical, se escuchó decir que Juan Sourrouille estaba esperando hacerle una zancadilla a Grinspun para lanzar su propio proyecto tecnocrático. Esta es la imagen que poco a poco ha ido ganando la gestión de la Secretaría en ciertos círculos del partido oficial, como secuela de las discusiones permanentes con la gente de Hacienda y Economía. El hecho es que en la reunión del lunes quedó claro que los elementos de juicio reunidos no anticipan un feliz desenlace a un viaje destinado, según los cálculos de Grinspun, a culminar en un pronto acuerdo, próximo al fin de esta semana. Es por eso que el martes por la mañana, Adolfo vino con la propuesta de no viajar: “No quiero ser cómplice de un papelón”, se justificó. Se repite así una vez más el escenario que ya conocimos en ocasión de un viaje anterior a Washington cuando Grinspun y Juan viajaban a Cartagena, y Adolfo iba a viajar y a último momento se resistía a hacerlo porque carecía de instrucciones claras. Finalmente viajó. Esta vez no es que carezca de instrucciones sino que la información que ha recibido no es nada positiva y no quiere ser parte, y con razón, de una aventura delirante. Ocurre que, como la otra vez, habla con Juan, este le pide que recapacite y que, si es preciso, que hable eventualmente con Alfonsín, advirtiéndole no obstante que esta sugerencia es la antesala a subirse al avión porque muy seguramente el presidente le va a decir que comprende sus preocupaciones pero que en estos momentos se impone que acompañe a Grinspun. Así lo entendió Adolfo y cambió de parecer.

El día martes al mediodía, Adolfo y los demás miembros de la delegación tienen una reunión con Grinspun para ponerse al tanto de los últimos detalles. Entonces, Adolfo, en un tono irritado, le dice a Bernardo que los datos no son buenos, que con los elementos disponibles este viaje no puede terminar en una negociación exitosa. En el mismo tenor, Machinea hace la observación en el sentido de que se sabe que el FMI pide una reducción de 2 puntos en el gasto público; a lo que Grinspun reacciona diciendo: “De ningún modo, no es así”. José Luis insiste y Grinspun va luego a su escritorio a buscar un papelito donde tiene anotados los resultados de la conversación sostenida con De Larosiere en su anterior visita a Washington. Menciono lo del papelito porque es el único elemento de juicio con que se maneja Bernardo, prescindiendo del informe detallado sobre esas conversaciones que se hizo en la Secretaría de Planificación. Lo cierto es que en ese papelito constaba efectivamente que De Larosiere pedía una reducción de 2 puntos en el gasto público, a lo que Bernardo tuvo que admitirle a Machinea que efectivamente tenía razón. “Pero no se preocupe”, concluyó, “porque de eso yo me ocupo”.

Y así, tanto a Machinea como posteriormente a Adolfo, Grinspun les dijo, como solía hacer, que él se ocuparía de resolver los problemas que ellos planteaban. Disciplinadamente, Adolfo y José Luis se sumaron a la caravana sin otro margen para decidir y anoche partió la misión rumbo a Washington. A la salida, según consta en los diarios de hoy, Grinspun dijo a los periodistas: “No se esperen resultados inmediatos”. En mi opinión seguramente es una manera de cubrirse frente a posibles dificultades; no obstante, tenemos la impresión de que está convencido de llegar a un acuerdo este viernes próximo. Y detrás de él está toda la opinión pública y los agentes económicos a la espera de ese desenlace. Entre tanto, Prebisch, en un reportaje con Bernardo Neustadt, hace su aporte al cuadro dramático de la situación y afirma el día 9 que “el país está en un proceso de hiperinflación”.

Conversando ayer con Adolfo, en momentos en que discutíamos su viaje, nos hacía referencia a una reciente conversación que había tenido con Roberto Frenkel, economista del CEDES y estrecho colega suyo. En ella había surgido una suerte de caracterización de nuestra posición en esta experiencia de gobierno. En las palabras de Frenkel, la Secretaría de Planificación se equivoca al pretender introducir racionalidad a un gobierno que no la quiere, y a través de él, a una sociedad que se opone a ella; en ese esfuerzo vano se pierde tiempo. Y no solamente se pierde tiempo, también se pierde identidad. La conclusión no podía ser más inquietante. Frenkel sostuvo que quienes nos autoidentificamos como intelectuales estamos inmersos en una suerte de trampa ya que nuestra tarea debería ser, como se espera de nuestra condición de tales en el mundo, decir la verdad. Sin embargo, la participación en el gobierno nos impone solidaridades y compromisos que bloquean la posibilidad de hacerlo. Es cierto, agrego, esa trampa existe y todos nosotros hemos escogido libremente insertarnos en ella. Eso ocurrió el día en que nos sentimos tocados por la esperanza que Alfonsín despertó con su cruzada democrática para este país que nos tocó en suerte.

Retomando el hilo de la historia vamos a hablar ahora sobre la misión al FMI. Y quien va a hacerlo conversando conmigo es José Luis, con el grabador funcionando.

Cada misión al FMI es como el acto de una comedia. Esta podría llamarse “Este asuntito lo arreglo yo”. Durante el viaje con Adolfo pensamos ponerle por título a esta misión “¡Brillante, Bernardo, brillante!”. Los ocho que viajamos, nueve con el ministro, llegamos el miércoles y tuvimos una reunión con la gente del FMI esa misma mañana. Una de las cuestiones que Grinspun aclaró en Buenos Aires fue que nadie hablara sobre la filosofía económica, sobre el programa económico, que nadie podía actuar por su cuenta, que nadie podía hacer su interpretación de los hechos, sino que había que ceñirse a lo que De Larosiere planteó que eran los temas a tratar con siete u ocho del staff del FMI. En esta primera reunión esos temas eran: 1. Problema del sector público; 2. Problema del sector externo; 3. Problema monetario. Lo más razonable era dividirse en grupos y que cada uno fuera trabajando con sus números en cada una de estas áreas. La gente del FMI planteó que le parecía bien la metodología pero le pidieron que diera una visión global del programa económico; Grinspun habló como quince minutos y lo que dijo fue bastante confuso. Ante una pregunta de la gente del FMI que quería certificar que en el año 1985 no habría aumentos salariales, Grinspun respondió que no habría compromisos salariales pero que el salario real no sería una variable del ajuste porque el año 1985 era un año de elecciones y el presidente no iba a querer que ocurriera eso con el salario. Frente a la inquietud de la gente del FMI de encontrar precisiones más claras respecto a la política salarial, Grinspun fue bastante ambiguo. No aclaró cómo había sido el ajuste de julio y si se mantenía la indexación salarial, y en caso de que se mantuviese, cómo iba a ser. Además, en el transcurso de la reunión se planteó una cuestión personal con Adolfo que quiso intervenir pero Grinspun le dijo que lo dejara terminar de hablar, lo cortó y de ese modo marcó los límites de la Secretaría de Planificación en esta misión, en particular en el caso de Adolfo. En ese primer encuentro, como decía, se decidió que se iban a separar los grupos. En la parte fiscal quedó Rodríguez Giavarini como responsable, en la parte monetaria quedó Gaba, del Banco Central, y Juan Sommer en el sector externo. En esa división del trabajo Adolfo y yo teníamos poco que hacer. Adolfo decidió ir a la parte fiscal y yo fui con Gaba a la parte monetaria, un poco para escuchar qué es lo que se decía. Hubo reuniones sectoriales en las cuales la delegación argentina planteó sus nuevos datos y se quedó en que al otro día la gente del FMI daría sus impresiones. Al día siguiente hubo una reunión global, sin el ministro, y en la que la gente del Fondo planteó algunas dudas en diferentes campos, particularmente sobre el sector monetario y el sector externo. Allí Adolfo hizo una larga exposición sobre los problemas que había en el sector monetario, sobre lo cual también habló Gaba con mucha vehemencia, y se extendieron sobre el sector externo y sobre la política antiinflacionaria. Esta discusión interesante duró aproximadamente una hora. En un momento determinado, Rodríguez Giavarini la interrumpió e hizo una moción de orden argumentando que estos temas sólo podían ser tratados por el ministro. Su propuesta cayó como un balde de agua fría. No obstante, se siguió hablando por unos quince minutos más y después se decidió volver a trabajar en grupo. Por la tarde, se continuó con esa mecánica. Luego, el ministro convocó a una reunión para las cinco de la tarde a fin de evaluar cómo habían sido las reuniones de los grupos. Básicamente la gente del FMI no planteó nada sobre la filosofía del programa económico. Pidió precisiones sobre los números y cada uno aportó sus interpretaciones. El ministro pidió que se quedaran Sommer, Gaba y Rodríguez Giavarini. Dicho esto, Adolfo le preguntó si podíamos irnos, a lo que el ministro contestó: “Sí, pueden irse, pueden ir a comprar juguetes, a hacer lo que quieran”. La idea de que se quedaran esas tres personas fue porque a la noche habría una reunión con la gente del FMI, con Erp, el segundo de De Larosiere, Wiesner y Ferrán. Este era un encuentro que de alguna manera había sugerido Adolfo, cuando le señaló a Wiesner que lo mejor era que tuvieran una reunión a solas con el ministro. Fue así que Wiesner le pidió la reunión con tres personas de cada lado y Grinspun decidió que lo acompañaran Rodríguez Giavarini, Sommer y Gaba. Esto creó una situación bastante incómoda con Adolfo. Grinspun le comentó a Sommer, Gaba y Giavarini: “Bueno, él de estas cosas no entiende; este asunto lo voy a arreglar yo”, a lo que Sommer replicó, sin suerte, sosteniendo que las cosas no eran así, que había habido un trabajo previo de la Secretaría de Planificación, y en particular de Adolfo, para reunir los datos con cierta coordinación. Me olvidé de mencionar que en la reunión inaugural, siempre tomando en cuenta que el adversario era Ferrán, el hombre malo de la película, cuando este pidió precisiones sobre la política salarial, Grinspun le contestó de mala manera que no había venido a discutir sobre política salarial y que como la política económica ya se había decidido con los votos del 30 de octubre, esta no se iba a discutir tampoco. Sus palabras dejaron a todos sorprendidos porque si no hablaba de política económica no quedaba claro de qué se iba a discutir en la misión a Washington. La reunión con la gente del FMI tuvo lugar esa noche. Para ser preciso con el orden de los acontecimientos menciono que ese mediodía mientras almorzaba con Adolfo vino Wiesner a decirle que posiblemente habría un acuerdo en la reunión de la noche a la que no fuimos. En esa reunión, la gente del FMI volvió a insistir sobre el tipo de cambio, la indexación salarial y el nivel de gasto público. Esto fue el jueves a la noche. El viernes, Grinspun ya era mucho menos optimista que el jueves. Dio la impresión de que el rol de la Secretaría de Planificación en el viaje era participar por si las cosas salían mal, pero como las cosas el jueves iban bien, parecía decir: “A la hora del triunfo, yo me quedo solo, no acompañado por ustedes”. El viernes, Grinspun constató que no era tan fácil el arreglo con el FMI. De alguna manera esto hizo que se mostrara, en el diálogo, más afable, al menos en términos de trato personal. A partir de ahí las discusiones con la gente del FMI las mantenía él solo; los subgrupos hacían su trabajo técnico y el ministro se reservaba para él las discusiones sobre la política económica. El viernes a las tres de la tarde se produjo una reunión de Grinspun con Wiesner en la que este le dice que había mucho todavía por aclarar sobre política económica, pero que de todos modos se iba a firmar el memorando de entendimiento. Grinspun propuso entonces que se hiciera un Progress Report en el que se dejara constancia de los avances alcanzados en las negociaciones con la gente del Fondo. La primera postura del ministro fue que él llevaría ese documento para que lo firmen, en donde se dejaba asentado que el FMI debía endosar la carta hecha en Argentina. No sabemos los entretelones de estas reuniones, pero descontamos que esa propuesta iba a ser rechazada. A esto siguieron largas tratativas y opiniones sobre el Progress Report. El borrador propuesto por los funcionarios del Fondo se limitaba a comentar que había habido algunos progresos pero faltaba decidir sobre las variables básicas, que hacían falta más conversaciones, a lo que el ministro contestó que eso era inaceptable. Comenzó una presión muy fuerte del ministro, de alguna manera una extorsión, y sus argumentos fueron de distinto tipo: “Yo no vine acá con ocho o nueve personas para irme con esto a la Argentina”. Y la gente del FMI dijo que estaban dispuestos a hablar con los bancos para obtener los 125 millones de dólares para los vencimientos de agosto. Grinspun dijo que ese no era el problema, que los 125 millones no eran el problema, sino que los problemas eran de otro tipo (esto nos contó Grinspun). El problema era su cabeza. Si no sacaba algo razonable, su situación, su estabilidad, peligraba. Su posición fue muy dura diciendo que si no firmaba algo razonable, daba por cortada las negociaciones; “tengo que hablar en setiembre en la asamblea del FMI, soy uno de los primeros oradores y ahí me van a escuchar”. Por supuesto, eso hizo mella en la gente del FMI, que empezó a buscar algún tipo de acuerdo que no los comprometiera demasiado, pero que dejara satisfecho a Grinspun. El acuerdo al que se llegó fue el sábado después de varias idas y vueltas, un borrador que valdría la pena conseguir, en el que se dice que el FMI está de acuerdo en los objetivos generales de la política económica argentina si bien hace falta instrumentar algunas medidas para llegar a esos objetivos, que se irían elaborando. Síntesis: el desenlace de la misión al FMI fue tal como lo habían planteado antes de salir: Argentina no trajo nuevos elementos. En los temas en discusión, el nivel de gasto público, indexación salarial y tipo de cambio, o básicamente un plan antiinflacionario, la Argentina no aportó nada nuevo. Se repitió lo de anteriores reuniones. “Gaba, es la cuarta vez que te lo escucho y cada vez te sale mejor”, le dijo el segundo de Wiesner para dar idea de que las cosas ya habían sido bastante discutidas en los últimos meses. En la parte fiscal, se llevaron nuevos números pero tampoco había cambio de política, y en la parte del sector externo se acercaron un poco las cifras por un cambio en las estimaciones pero no por cambios en la política económica. Con el FMI no se progresó mucho más. La gran diferencia fue que al estar tan jugado, Grinspun presionó muy fuerte. El documento que finalmente salió no refleja adecuadamente las características de las reuniones, donde siguieron habiendo las mismas diferencias, salvo en cuanto al déficit fiscal, donde Argentina se acercó a lo que el FMI quería. ¿En qué punto se acercó? En el monto del déficit fiscal: Argentina lo redujo a alrededor de 7 puntos o 7,25 del PBI para el período del programa y esto estaba más o menos de acuerdo con lo que el Fondo proponía. En lo que no hubo acuerdo fue en el nivel del gasto público; no podía iniciarse un programa de estabilización económica con un nivel de gasto público que saltaba 5 puntos del PBI en el primer trimestre. Por eso este documento no refleja exactamente las conclusiones a nivel técnico de las conversaciones sino la presión muy fuerte de Grinspun para sacar algo que, más allá de las consideraciones técnicas, le sirviera de aval político, y de hecho lo consiguió.

JCT: ¿Cómo interpretás esta retirada del FMI?

José Luis: Percibimos que el FMI estaba en una actitud más negociadora, más dispuesto a arreglar que lo que estaba en los meses anteriores. Las razones son difíciles de adivinar pero uno podría pensar que De Larosiere, ante la próxima reunión de la asamblea del Fondo, no quiere tener problemas con Argentina; que hay una presión del gobierno americano para que de alguna manera se arregle algo con el país y se “salve la cara” por el temor de que Argentina pueda patear el tablero. Entonces, más vale hacer un acuerdo, tener a los argentinos dentro de un acuerdo antes de que estos tipos sueltos armen un zafarrancho, un acuerdo que no es bueno pero que a partir del cual se puede ir presionando. De todos modos, como Argentina no cedió casi nada, diría yo, salvo en el nivel del déficit del sector público, también al Fondo le resulta difícil acordar algo con Argentina. Primero, hay indexación salarial, no hay cambios en el tipo de cambio, nivel de gasto público muy alto; esto representa un antecedente para futuras negociaciones con otros países. Segundo, como no hay plan antiinflacionario, el Fondo puede encontrarse con que coloca su firma y al día siguiente aparece un brote inflacionario, asestando un golpe al escaso prestigio que tiene hoy en día como organización a nivel internacional. En el corto plazo está la posibilidad de la visita de una delegación del Fondo a Argentina en los próximos días. ¿Qué tipo de discusión puede llegar a abrir? La gente del Fondo viene siguiendo la línea de tratar de hacer un arreglo con Argentina. Hay dos cuestiones relevantes. La primera, que la gente del Fondo va a exigir un determinado nivel de las variables nominales: cantidad de dinero, cuánto va a ser el nivel del gasto público, cuánto va a ser el déficit de la balanza de pagos. Y puede llegarse a un arreglo, pero con las características que han tomado las variables nominales en agosto y con el nivel de inflación va a ser difícil y riesgoso con lo que va a exigir el Fondo. Porque o se cumple con el plan del Fondo, y por lo tanto se embarca en una política recesiva porque tiene que apretar mucho la política monetaria con relación a la situación de precios, o puede ocurrir que al cabo de dos meses el país no cumpla con el programa del Fondo. La segunda cuestión es que es posible que el Fondo pida que se defina algo con la política salarial, que se defina el tipo de cambio, porque hay un atraso con el tipo de cambio. La consecuencia será más inflación y más recesión.

Algunas anécdotas que pintan la personalidad del ministro y las características de la misión. Al comentar la reunión con la gente del Fondo a Rodríguez Giavarini, Gaba y Sommer, Grinspun aludió a la insistencia de Ferrán sobre los temas de indexación salarial, gasto público y tipo de cambio, diciendo: “Este Ferrán nunca entiende de nada, no entiende de lo que se está hablando, siempre está en ese nivel de detalles que no hacen al fondo de la cuestión”. Esto marca la personalización que hacía Grinspun de Ferrán como el malo de la película. De Larosiere y Wiesner estaban dispuestos a arreglar y Ferrán era el malo que no quería el acuerdo. Otro tema del que se habló con Grinspun en el viaje de regreso en el avión es la idea de que los problemas con el FMI no se arreglan porque no tiene tiempo. Si lo tuviera él arregla los problemas. En el viaje de ida su expresión había sido algo así como “ahora termino con el Fondo y después tengo que empezar con los bancos. El año que viene termino con los bancos y me puedo dedicar a las cuestiones internas”. Es esta interpretación de la economía como hechos aislados que puede ir enfrentando en la medida en que tiene tiempo o que los problemas pueden esperar hasta que tenga tiempo, más allá de la omnipotencia de quien pretende arreglar todo. El otro tema, la deuda externa con los bancos, porque qué poco se sabe de esta negociación, no está claro cuál es su estrategia. Lo que está claro es que su estrategia no parece ser razonable. Todo su énfasis está en lograr una disminución del spread, esto es, forzar las manos de los bancos para conseguir la disminución de 1 punto o 1,50 en el spread. Y así lo planteaba en el avión, cuando hay otros temas relevantes como cuánto tiene que pagar Argentina de interés a los bancos. El tema de los años de gracia o capitalización de intereses son temas más relevantes quizá, puestos en una balanza, de lo que lo es la disminución del spread.

JCT: La estrategia de Grinspun ha probado ser, al menos en esta coyuntura, exitosa. ¿No pone eso en cuestión el enfoque que la Secretaría de Planificación ha venido teniendo con el FMI, un enfoque muy racional, muy prudente?

José Luis: En cierta medida, sí. Lo que quedó demostrado con Grinspun –y nosotros habíamos perdido esa perspectiva– es que hay margen político importante para negociar con el Fondo. De todos modos creo que todavía es necesario discutir con el Fondo cuestiones técnicas, esto es, que lo político no lo explica todo. Pero que en esta negociación hubo y hay un componente político parece claro. Y esta es una lección que aprendí [concluye José Luis. Fin de la grabación].

24 de agosto

Llegó la misión del FMI. La reunión se realizó al mediodía, en el Quinto Piso. El jefe de la misión, Ferrán, trajo un memorándum con siete puntos. La propuesta es muy dura: exige un déficit sustancialmente menor al proyectado por el gobierno. La propuesta no llegó a ser discutida porque surgió un entredicho que paralizó las conversaciones. La reunión empezó con la presencia de la delegación argentina y la delegación del FMI, las cuales intercambiaron algunos comentarios a la espera de Grinspun. Finalmente Grinspun llegó y dijo: “Bueno, hay que ponerse a trabajar fuerte este fin de semana para llegar, lunes o martes, a un acuerdo”. Ferrán le respondió que el eventual acuerdo comenzaría a regir recién a partir de octubre. Grinspun le replicó que no estaba dispuesto a aceptar ese plazo, y sostuvo que en las conversaciones con el gerente del FMI se había acordado que el programa empezaría en julio. Ferrán insistió con octubre. El diálogo se interrumpió. Grinspun salió de la oficina; poco después volvió a entrar nuevamente, y anunció que dada la situación planteada se suspendían las negociaciones. El día de hoy comenzó y se cerró con una negociación que duró, prácticamente, apenas cinco minutos. La sensación que existe es de gran incertidumbre. Grinspun llegó a sostener, como ya lo había hecho, que estaba cansado de tantas dilaciones del FMI; por ejemplo, dijo que habían tardado dos semanas en venir a la Argentina y que si el lunes o martes no había acuerdo, el gobierno argentino iba a romper las relaciones con el FMI. Brevemente, este fue el tenor de las conversaciones.

Por la tarde nos reunimos a conversar. El evento nos dejó muy preocupados. Pareciera que de parte de Grinspun hay la tentación de romper con el FMI; de otro modo no se entiende bien su propuesta de comenzar el programa el mes de julio. Se trata ciertamente de una propuesta muy curiosa porque poner ese mes para comenzar torna el acuerdo en una operación imposible. Ferrán lo hizo saber, porque el FMI sólo estaría en condiciones de aprobarlo recién a fines de setiembre. Pero ¿cómo habrían de aprobar en setiembre un acuerdo que había comenzado en julio? A todas luces era un disparate. Más sensato es aprobar un acuerdo en setiembre para que comience el 1 de octubre. De aprobarse a fines de setiembre un acuerdo con vigencia desde julio implica que para entonces llegaría la primera misión de inspección del FMI ya que las inspecciones de este organismo sobre los acuerdos se hacen cada tres meses. O sea, a fines de setiembre, en el momento de aprobarse el acuerdo, vendría la misión del FMI a verificar si se han cumplido las pautas del primer trimestre. Con los datos disponibles está visto que estas no se han cumplido: ni julio ni agosto han sido meses con una inflación moderada. Así las cosas, en caso de firmarse un acuerdo a fines de setiembre con vigencia a partir de julio, Argentina ya lo habría violado. La propuesta de Grinspun, de forzar un acuerdo en julio, inaceptable para el FMI, pareciera buscar pretextos para una ruptura.

Ahora bien, cabe la posibilidad de ver en su reacción una postura táctica, y adjudicarle alguna racionalidad oculta. La premura por arribar a un acuerdo a fines de setiembre con vigencia a partir de julio se explicaría porque, con el acuerdo firmado, recibiría, a fines de setiembre, los dos primeros pagos que el FMI debería hacer a la Argentina. Y quizás esos fondos ya deben haber sido contabilizados en los cálculos que ha hecho para atender al pago de los intereses de la deuda externa. De allí su preocupación por imponer esta fórmula de acuerdo. Esta fue la hipótesis que nos hicimos en busca de una racionalidad a la postura del ministro, tan curiosa y tan inexplicable. Al cabo de nuestras conversaciones nos quedamos entonces con la sensación de estar en medio de una coyuntura altamente incierta. El FMI ha venido con un programa de máxima porque, en los hechos, a lo largo de estos meses, la Argentina no ha hecho ninguna negociación con el FMI; se discutieron números, proyecciones, pero el gobierno no acercó nunca una propuesta propia. En consecuencia, el FMI se ha retrotraído a su posición inicial. El gobierno ha desaprovechado la oportunidad de una negociación y hoy se encuentra ante una brecha entre las posiciones de un lado y el otro que para algunos es muy grande, que para otros no lo es tanto; sin embargo, es una brecha muy compleja de manejar.

Otro elemento importante es el siguiente: el plan antiinflacionario que actualmente Grinspun está elaborando incluye un descenso en la evolución de las principales variables económicas del orden del 10% para el mes de setiembre y para los dos meses siguientes. A todas luces es un esquema que habrá de comportar, quiérase o no, algún descenso en el salario real. Visto en perspectiva es un programa bastante duro, que está muy en línea con las propuestas del FMI. Sin embargo, no se llega a un acuerdo. Pareciera que esa falta de acuerdo no está asociada a diferencias en cuanto al programa a llevar a cabo, que no son grandes, sino que más bien tiene su origen en la postura de Grinspun respecto del plazo de vigencia del programa. La situación actual no puede ser más inquietante. En efecto, si la Argentina hubiera iniciado por su cuenta un programa antiinflacionario hace tres meses, podría haber llegado ahora a un acuerdo con el FMI; en consecuencia, la lucha contra la inflación no quedaría asociada necesariamente a un acuerdo con el FMI. Pero si se firma como está previsto el acuerdo con el FMI en simultáneo con el lanzamiento de un plan de estabilización, ¿cómo evitar que el programa sea visto como una expresión de la subordinación a los dictados del Fondo? La situación es, ciertamente, complicada. Por otro lado, rechazar el programa del FMI y encaminarse a una ruptura en el frente externo es también una opción arriesgada. Sin duda se puede encarar esa opción invocando, por supuesto, la soberanía del país y la lucha contra el imperialismo. Ocurre que con ella también se abriría para la Argentina, en medio de su transición a la democracia, un panorama muy incierto. Cualquiera de las alternativas que están sobre la mesa son alternativas cuyos efectos no van a tener una resolución positiva ni para el país ni para la suerte política del gobierno.

El domingo 26 de agosto se hizo una reunión en Olivos convocada por Alfonsín, a la que asistió el gabinete económico. Este fue, en rigor, un gabinete ampliado porque tomaron parte también todos los allegados al presidente. Según nos enteramos después, en la ocasión, el presidente hizo una confesión dramática. Dijo algo así como: “Así como vamos nos estamos yendo a la mierda. Esto no va para adelante. Hemos perdido la iniciativa, estoy desconcertado”. Las palabras del presidente cayeron sobre una audiencia mal preparada para escucharlas y generaron un clima de tensión muy profundo. El presidente continuó confesando sus perplejidades y llegó a decir: “Me miro al espejo y allí veo el rostro del Dr. Illia. Esto es, el de un gobierno paralizado”.

2 de setiembre

La semana que siguió a la reunión del domingo en Olivos fue pródiga en incidentes. Varios fueron importantes. El 1 se dieron a conocer las líneas generales del plan antiinflacionario. Fue recibido por la prensa de derecha de forma auspiciosa y esto provocó desconcierto en las filas del gobierno y sus simpatizantes. Si ellos nos elogian, razonaron, algo raro tenemos por delante. Sin embargo, nadie en el gobierno está en condiciones de precisar los alcances y las implicaciones del plan anunciado. Por lo tanto, la opinión pública lo recibe y lo piensa a través de los comentarios que vuelca Ámbito Financiero y el diario La Nación. Durante la misma semana se produjo otro desenlace esperado. La CGT decretó la huelga de veinticuatro horas para el lunes 3 de setiembre; entre tanto, hemos sabido que las negociaciones con el FMI están en el último tramo. A esta altura, Grinspun parece haberse convencido finalmente de cuán absurda era su postura de fijar la fecha del acuerdo con vigencia a partir del mes de julio. Fue necesaria una conversación con De Larosiere para que recapacitara, y entendiera que debía comenzar a partir de octubre. A la vista de su viraje, parece que su empecinamiento anterior, lejos de remitir a una táctica inteligente, fue la expresión de su habitual fantasía. Otra manifestación de ella es su intención actual de extender este acuerdo del mes de octubre hasta diciembre del año próximo; un plazo demasiado amplio para comprometer la gestión del gobierno con el FMI y un período que el propio FMI no tiene previsto en sus cálculos. Vemos aquí una vez más a un Grinspun que radicaliza su posición a los efectos de llevar al FMI hacia ella, cuando en definitiva la posición que termina adoptando es una que, en los hechos, más favorece la postura del FMI. Hay todavía detalles para discutir en el memorándum de entendimiento, que ya está prácticamente terminado. La impresión que emerge de una lectura somera del texto que redactó Ferrán es que la propuesta comporta un ajuste muy duro. La pregunta que nos hacemos es si, en definitiva, Grinspun habrá de firmarlo. Tenemos la impresión de que él está para firmar cualquier cosa. Presionado por los pagos que debe hacer, no tiene demasiado margen de maniobra. Y este pareciera ser el final de toda esa ardua tramitación que comenzó con una carta unilateral de Argentina como demostración de autonomía y está por concluir con la tácita aceptación de las recomendaciones de política del Fondo Monetario.

20 de setiembre

Grinspun viajó ayer a Washington después de haber terminado la negociación técnica con el FMI, esto es, con Ferrán. Ha viajado para hablar con De Larosiere y asistir a varias reuniones, entre otras, la Asamblea Anual del FMI. A su partida, no satisfizo la inquietud de los periodistas y se mostró muy cauto en cuanto a que se hubiera llegado a un acuerdo. Su llegada a EE.UU. ha sido precedida, por otro lado, con noticias de los diarios americanos, en las que, como expresión de la presión que se ejerce hoy día sobre la Argentina, ellos también son muy reticentes en cuanto a la posibilidad de que se haya llegado a un acuerdo. Hay, sí, un memorándum de entendimiento ya terminado. Ayer se realizó una reunión del gabinete económico presidida por Roque Carranza, a cargo de la cartera por ausencia de Grinspun. Más tarde, y tal como era una práctica establecida entre nosotros, Juan nos comentó el trámite de la reunión. La coordinación del encuentro quedó prácticamente a su cargo. Planteó la necesidad de comenzar a discutir las pautas para el próximo mes de cada ministerio con el objetivo de encuadrarlas en las previsiones del memorándum conversado con el FMI. En su intervención indicó que la estimación de los niveles de inflación para los próximos meses –octubre, noviembre, diciembre– estarían en 16%, 15% y 15%. Afirmación que fue corroborada por Rodríguez Giavarini, que asistía a la reunión. Juan continuó su argumento diciendo que, según su parecer, se había establecido que los salarios se moverían 12%, 12% y 12% a lo largo del trimestre. La sorpresa de los que allí asistían fue grande. Juan pidió nuevamente a Rodríguez Giavarini que ratificara que tales eran las cifras contenidas en el memorándum de entendimiento. Este lo hizo señalando que, al final, habría un reajuste, pero que, no obstante, la idea era llevar los niveles de aumento de salarios por debajo de la pauta de inflación. Se pudo constatar entonces cuán grande era la sorpresa de los que asistían a la reunión y esta hubiera sido mayor aún si hubieran concurrido los representantes del Ministerio de Trabajo, que sugestivamente estuvieron ausentes. Se pasó después al tema del aumento de las tarifas previstas para el próximo trimestre, una discusión importante porque allí estaba Roque Carranza, ministro de Obras Públicas, con sus asesores. En la discusión sobre los niveles de tarifas apareció una zona nebulosa. Rodríguez Giavarini insistió en que en el memorándum no había ninguna cifra sobre las tarifas, afirmación sin duda muy obvia, a la que Juan replicó insistiendo en que, de todos modos, en el memorándum había una estimación de los fondos a girar por la Tesorería a la Administración y en esa estimación estaba prevista la tasa de inflación y junto con ella una tasa de aumento de tarifas. Llegados a este punto, comenzó a delinearse implícitamente un nivel de tarifas que, según Rodríguez Giavarini, no podía estar por arriba del 12%, que era la pauta salarial. La conclusión fue que se había fijado, en efecto, un 12% también para el aumento de tarifas. Esta conclusión provocó no ya sorpresa sino gran alarma en la gente de Obras Públicas. Comenzó, así, a desglosarse el memorándum de entendimiento, en forma minuciosa, frente a una audiencia que desconocía los términos del acuerdo con el Fondo. Al final de la reunión quedó claro que si ese era el programa, porque a último momento las negociaciones de Grinspun con De Larosiere podían producir modificaciones, ese programa era incumplible. Este veredicto por parte de los miembros del gabinete técnico del gobierno hacía eco al escepticismo que, como decía, reflejaban las noticias de la prensa de EE.UU. sobre las probabilidades de un entendimiento entre el FMI y Argentina.

3 de octubre

Hace una semana se llegó finalmente a un acuerdo con el FMI y fue dado a conocer a través de la televisión en entrevistas sucesivas al ministro Grinspun y al presidente Alfonsín. Fue sugestiva la forma como se lo presentó. La euforia del presidente (no así la del ministro) era más propia de otro tipo de acontecimiento. Parecía que la Argentina había ganado una medalla en los Juegos Olímpicos cuando en verdad se había comprometido a implementar un duro programa de austeridad. Las oficinas de publicidad del gobierno presentaron el acuerdo como la prueba de un triunfo. Esta forma de ver las cosas es, en cierto modo, explicable. Por muchos meses, las dificultades para lograr un acuerdo pendían como un interrogante sobre los negocios públicos; de allí que, con el acuerdo, haya cundido una sensación de alivio en la conducción del gobierno. Curiosa sensación de alivio, sin duda alguna. Quien debió sentirse más aliviado fue el ministro Grinspun porque todas las conjeturas en torno a su permanencia en el gobierno pasaron a segundo plano al lograr que De Larosiere endosara el memorándum de entendimiento. El director del Fondo Monetario me parece que optó, al final, por bajar la guardia, y prefirió dejar hacer. Ya había obtenido bastante del gobierno argentino. Grinspun volvió reforzado de su viaje a Washington. Traía consigo una concesión importante: la alternativa de una brusca devaluación había sido dejada de lado. Y no se habla hoy día de su sustitución.

Su regreso fue acompañado por una renovada campaña de intrigas en la que la Secretaría de Planificación es la víctima principal. Así, hemos sabido, a través de un conocido mío, Carlos Pérez Llana, subsecretario en el Ministerio del Interior, que Grinspun difunde a quien quiera escucharlo dentro del partido radical que el acuerdo no se logró antes por la intervención ineficaz de la Secretaría de Planificación. Esta demoró las negociaciones metiéndose en una actividad que no le era propia y para colmo lo hizo mal. Por lo demás, se dice, la Secretaría de Planificación no ha avanzado ni concluido con el programa de mediano plazo. Grinspun sostiene que su política de corto plazo es una política que se está agotando y no tiene en el programa de mediano plazo su marco correspondiente: esta es una falencia de la Secretaría de Planificación. Nuestra situación sigue, pues, siendo una situación incómoda, agravada también por nuestra propia percepción de la evolución de la gestión económica del gobierno. En efecto, a su regreso, Grinspun ha planteado las cosas de modo tal que: “Bueno, el asunto del FMI ya está arreglado, ahora volvamos a la política económica”, como si la definición de la política económica pudiera realizarse en forma independiente de los acuerdos recién firmados en Washington. Lo cierto es que para él esa es una etapa concluida.

En nosotros hay una sensación de frustración que permea todas las actividades. Juan asiste a las reuniones de gabinete, acompañado por José Luis. José Luis me comenta que no puede sustraerse a la atmósfera de irrealidad que emerge de esas tertulias largas y concurridas. En el esquema actual del gobierno, no logramos ubicarnos y definir una agenda propia. Sucede que también Tróccoli está molesto con nosotros porque habiendo montado el tinglado de la concertación, un ejercicio al que no le vemos futuro, Juan optó por colaborar a medias y lo mandó a Juan Santieri, quien, para las pretensiones del gran anfitrión, es un funcionario de rango inferior. En los hechos, Tróccoli quiere sumar a Juan a su empresa; y este es un ejemplo adicional de nuestras dificultades para movernos dentro del gobierno. Aquí cada cual está haciendo su propio juego, y nosotros, tironeados por un lado y por otro, sometidos a una lealtad que nos condena al silencio, no logramos una ubicación precisa y se resiente el trabajo de elaborar una estrategia de mediano plazo que nos ha sido confiada.

A todo esto hay que agregar en la ecuación el factor “Presidente Alfonsín”. Ya hace tiempo que nos hemos convencido: Grinspun es, indudablemente, un problema. Pero en el origen de este problema está la actitud del presidente y esta configura a su vez también un problema porque Grinspun le dice lo que él quiere escuchar, le promete soluciones allí donde no las hay y el presidente las cree porque no soporta navegar por un sendero estrecho y con un rumbo incierto. El problema es, en el fondo, un presidente que no quiere creer en unas restricciones allí donde las hay y aspira a vivir del voluntarismo allí donde se necesita paciencia, trabajo y realismo.

E la nave va... tal el nombre del último film de Fellini, quizá la mejor definición de la gestión del radicalismo en este primer año de gobierno. En forma titubeante va tomando decisiones, decisiones siempre a medias que ponen de manifiesto la dificultad que tiene para hacerse cargo de la realidad. Dentro del partido radical, las cartas parecen estar jugadas. La corriente juvenil de la Junta Coordinadora, la única que se hace escuchar en un partido silencioso, está detrás de Grinspun. Sus integrantes han definido políticamente la situación de esta manera: hay un proyecto de derecha que personifica Tróccoli que tiene su ramificación en la política económica de García Vázquez en el Banco Central. Definida en estos términos la interna del gobierno, su alineamiento es obvio: los jóvenes están detrás de Grinspun. No importa que Grinspun genere problemas por doquier; eso es secundario porque lo que importa es la batalla por el control del gobierno y la neutralización del proyecto de derecha. Esta definición no ayuda a despejar las dificultades que enfrenta el radicalismo en la gestión de la coyuntura y confina al partido a un mundo de eslóganes que lo aleja o lo cierra a una visión de gobierno. Tengo la impresión y me pregunto hasta qué punto es verdadera la sensación de aquietamiento de la escena económica. Los problemas siguen siendo importantes. Yo diría cada vez más importantes. Por la información que disponemos y que los diarios circulan todo indica que estamos entrando en la recesión. Por su parte, el gobierno continúa afirmando que el acuerdo con el FMI no es recesivo.

Entre tanto, la escena pública está dominada por otros incidentes, otras cuestiones, sea en política exterior, sea en política interior. Las páginas de los diarios son más variadas y el tema económico es menos saliente que hace unos meses. Los sindicatos, por su parte están enfrascados en la lucha interna, alrededor de las elecciones sindicales. Me pregunto cuánto tiempo llevará esta suerte de paréntesis de la agitación económica y social. Por su parte, en la Secretaría de Planificación, que vive esta última época replegada sobre sí misma, se han comenzado a escribir algunas ideas. Posiblemente tengamos algo hacia mediados de noviembre. De los primeros esfuerzos emerge una línea de trabajo: la Secretaría de Planificación le dice al gobierno dónde están las restricciones, le señala las dificultades que tiene por delante. Me pregunto si este es el mensaje que se está esperando, si no es acaso un mensaje incompleto, que deja de lado una cuestión central: cuáles son los objetivos, es decir, en nombre de qué la Argentina va a pagar su deuda y hacer los ajustes que impone la emergencia. Espero que esta pregunta se vaya respondiendo en las próximas semanas. Mi impresión es que los ensayos que hacemos hasta ahora, a pesar de ser indispensables para un gobierno que avanza a los tumbos, se parecen más al ejercicio característico del contador público que señala el debe y el haber; falta una propuesta de política pública proyectada hacia delante, capaz de delinear un sendero al desarrollo de la Argentina.

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15 kasım 2024
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9789876286435
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