Kitabı oku: «La prodigiosa vida del libro en papel»
La prodigiosa vida del libro en papel
Leer y escribir en la modernidad digital
Juan Domingo Argüelles

Índice
El fracaso de las profecías apocalípticas
I. LA INFORMACIÓN NO ES FORMACIÓN
El paraíso digital puede esperar
Lectoescritura y redes sociales
El libro como unidad indivisible
La sociedad de los lectores muertos
Leer para entender la vida Pequeña gran biblioteca: Cien autores indispensables que pueden acompañarnos siempre
II. BANALIDAD Y VENALIDAD
Más allá del entretenimiento
Pape Satán aleppe
¿Un vicio impune?
El “lector mexicano”
Leer para entender la vida Pequeña gran biblioteca: Cien libros inmortales que no deberíamos ignorar
III. EL NUEVO ANALFABETISMO CULTURAL
La era del parloteo
¿Ganar o perder lectores?
La banalidad como mercancía
Más allá de la decodificación textual
Leer para entender la vida Pequeña gran biblioteca: Cien libros indispensables para niños y jóvenes
Tres palabras más
Bibliografía
Aviso legal
Índice onomástico
Para Rosy, Claudina y Juanito
Los lectores de la palabra impresa suelen escuchar que sus herramientas son anticuadas, sus métodos obsoletos, que deben conocer las nuevas tecnologías o sufrir el abandono de la manada que galopa. Quizá. No obstante, si bien somos animales gregarios que deben seguir los preceptos de la sociedad, también somos individuos que aprenden sobre el mundo al reimaginarlo, al ponerle palabras, al recrear nuestra experiencia a través de esas palabras. Al final, quizá sea más interesante y más iluminador concentrarse en aquello que no cambia en nuestro oficio, en aquello que define de manera radical el acto de la lectura, el vocabulario que usamos para intentar entender, como seres autoconscientes, esta habilidad única nacida de la necesidad de sobrevivir gracias a la imaginación y la esperanza.
ALBERTO MANGUEL
El fracaso de las profecías apocalípticas
DESDE QUE, EN 1995, NICHOLAS NEGROPONTE, PROFESOR e investigador del Instituto Tecnológico de Massachussets, profetizó la inminente muerte del libro en papel (¡en su libro en papel Ser digital!), no han cesado los augurios sobre el fin de la era del libro en su soporte tradicional, y, sin embargo, las grandes, medianas y pequeñas editoriales siguen publicando libros en papel, porque quienes son ávidos lectores practican el ejercicio de leer, preferentemente, en este soporte.
Ni el libro en papel está en peligro de muerte ni los dispositivos digitales (por excelentes que sean) han conseguido desplazar la lectura del libro tradicional. Ésta es la realidad simple y llana. Leen libros, en papel y en pantalla, los lectores irredentos, y no los leen, ni en uno ni en otro soporte, quienes sólo se dedican a picar migajas y fragmentos en internet, y quienes creen, además, que información e hiperconexión equivalen a formación educativa y cultural.
Es obvio que los alumnos de preparatoria (y aun los universitarios) que, tratando de adivinar, afirman que la capital de Alemania es Rusia, que los sitios arqueológicos de Palenque y Bonampak se encuentran en Yucatán y Quintana Roo y que la flor del naranjo se llama manzanilla (respuestas que dan a preguntas que les formulan en concursos de la televisión), están hiperconectados y superinformados en trivialidades y banalidades, pero carecen de conocimientos culturales y de la sólida formación que se obtienen, especialmente, en los libros y con buenos maestros facilitadores del aprendizaje cultural.
La lectura tiene un presente y un futuro en las tecnologías digitales, pero, en especial, la lectura de libros en los dispositivos electrónicos no ha despegado demasiado. Si ejemplificamos con el caso de México, veremos que la oferta y la demanda del ámbito editorial están casi plenamente en los volúmenes impresos. La facturación no miente, hoy cada casa editorial contrata a sus autores lo mismo para la obra impresa que para el formato digital, pero mientras la obra impresa se vende bien, el formato electrónico fluye a cuentagotas. Los sellos editoriales de lengua española (y en muchas otras lenguas) siguen funcionando gracias a los lectores en papel.
Si la situación del libro en papel fuese realmente crítica, ningún sentido tendría poner en papel libros de arte voluminosos y de gran formato, bastaría con la edición en e-book. Pero lo cierto es que los lectores y coleccionistas siguen leyendo y comprando libros en su soporte tradicional, en todos los géneros y materias. Los profetas digitales, al menos por hoy, deberían ocuparse en otras profecías, pues el libro en papel sigue prodigiosamente vivo. Por lo demás, no es para nada sorprendente que los pocos libros electrónicos que más se venden en México sean títulos como El arte de la guerra para ejecutivos y Las siete leyes espirituales del éxito. Muchos universitarios, que no han leído ni a Platón ni a Montaigne, ni mucho menos a Séneca, quedan deslumbrados al leer (en trocitos y a saltitos) a Donald Krause y a Deepak Chopra. Tal es la solidez de su cultura.
Cabe señalar que lo importante de la lectura no reside en las formas o soportes en que se encuentra la expresión, sino en la solidez de los contenidos y en lo que hacemos con ella. Somos los seres humanos los que creamos el universo simbólico y no a la inversa, es decir no son los símbolos los que nos crean a nosotros (aunque con la creación de los símbolos nos humanicemos más), y por ello seremos siempre los seres humanos los que vayamos transformando ese mundo simbólico de acuerdo con nuestras necesidades y nuestras exigencias.
Una máquina es una máquina, y un programa informático es eso exactamente, creados ambos por seres humanos, con todas las potencias y las deficiencias humanas. Y, si lo vemos bien, incluso un libro tradicional, en papel, es una máquina: la “máquina de pensar”, que imaginaron Lulio y Borges, o bien, casi la misma cosa, la “máquina de cantar” inventada por Juan de Mairena, alter ego de Antonio Machado. Y, además de todo, como dijera Zaid, ¡sin necesidad de baterías ni instructivos de instalación!
Hay optimismos informáticos que no resisten un análisis serio. Pero tampoco, en un sentido inverso, hay que creerse el cuento un tanto previsible, y ya bastante fastidioso, de que algo indispensable en la lectura se perdería para siempre si los libros son únicamente electrónicos: en especial (dicen los tradicionalistas a ultranza), el dulce o amargo olor de la tinta que desprenden los libros impresos y sin el cual el verbo leer no sabe igual. Pues bien, para estos lectores ansiosos de aroma libresco, podemos estar seguros de que un día (si no es que ya hoy) los fabricantes de dispositivos digitales habrán de venderles el grado de olor que quieran, incluso el doble del que hoy tienen los libros impresos. Si lo que buscan en los libros es el rasca-huele, no será difícil satisfacerlos, pero es de llamar la atención el hecho de que los adolescentes que están leyendo libros en lengua española lo estén haciendo aún (y principalmente) en papel, más allá por cierto de que estén al margen del canon.
Hay algo que también llama la atención y que, asimismo, es un dato duro, porque desmiente uno de los grandes optimismos de la lectura en internet. Hoy, quienes no están leyendo libros en papel, prácticamente tampoco los están leyendo en pantalla. Es decir, no están leyendo libros en absoluto, aunque todos los días estén conectados a internet. Esto revela que la lectura de libros requiere de una buena iniciación y de una formación, constante y efectiva, que aún son muy precarias para el caso de la pantalla y que, para el caso del libro tradicional, es decir, del soporte en papel, han funcionado a lo largo ya de más de cinco siglos y medio y siguen funcionando –pese a todas las limitaciones y deficiencias que también conocemos–, desde que el primer libro salió (oloroso a tinta) de la imprenta de Gutenberg, en 1449, en Maguncia.
La cultura, en general, y la cultura escrita, en particular, no tienen nada que lamentar y sí mucho que celebrar con el advenimiento de las tecnologías digitales. No podemos culparlas de nuestra pereza, pues la pereza es anterior a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Lo cierto es que hoy, con el facilismo que brindan las tecnologías digitales, abundan los que, equivocadamente, quieren “pantallas impresas” y que son incapaces de leer no digamos un libro sino tan sólo un par de páginas de una revista impresa. Se fatigan a tal grado con la letra impresa que quieren que las publicaciones sobre el papel se parezcan a las publicaciones de la pantalla: sumarios, bullets y pies de fotos para no tener que leer, dicen, “demasiado”. Este tipo de lector no es necesariamente el fruto de internet, aunque internet haya facilitado su expansión, sino el resultado del desgano, la indolencia y la falta de aplicación y disciplina en todo tiempo y lugar y, sobre todo, del fracaso de la educación (de la formación morosa, amorosa y humanística) que les ha hecho creer que el libro y cualquier otra publicación deben leerse sólo en vísperas del examen o para presentar una tarea. Tampoco hay que moralizar al respecto, pero lo que sí debe decirse, y en esto no existe la menor duda, es que la más profunda y perdurable cultura no se ha hecho jamás, ni se hará nunca, únicamente con sumarios, bullets y pies de fotos. El PowerPoint es sólo un juguetito.
Sea en papel o sea en pantalla es imposible que tengamos una cultura duradera y sustantiva sin leer las grandes creaciones escritas. No deja de ser ridículo que hoy existan junguianos que no hayan leído jamás un libro completo de Jung, o marxistas que ni siquiera conozcan, íntegro, el brevísimo Manifiesto comunista. Es muy simple: creen que los fragmentos o los comentarios en internet equivalen a la obra íntegra. La expresión “salvarse de los libros” (porque ya existe internet) es (tristemente) reveladora, incluso en profesionistas o, sobre todo, en ellos. Tal como afirma Gabriel Zaid, así como hay gente que cree que posee cultura porque tiene biblioteca en casa (aunque no la lea y ni siquiera la consulte), también hay quienes creen que saben y conocen, y pueden hablar de algo con autoridad, únicamente porque tienen tabletas, iPhone y otros dispositivos electrónicos potentes e “inteligentes” y están conectados todo el día a internet.
Entre las muchas personas que hoy hablan con “gran conocimiento” sobre los libros de moda más comentados, al tono para la conversación y para brillar en las reuniones sociales, están quienes saben todo sobre esos libros aunque no los hayan leído y, posiblemente, jamás los vayan a leer, lo cual prueba la tesis central de Pierre Bayard en Cómo hablar de los libros que no se han leído: la no lectura es de lo más común, socialmente, y en especial entre quienes viven rodeados de libros y de comentarios sobre los libros que marcan la “actualidad”.
Para Bayard, “hay más de una manera de no leer, siendo la más radical de ellas no abrir ningún libro”. Esta manera radical se da, sobre todo, en los sectores económicos y educativos más precarios, lo cual es comprensible, en tanto que hablar y parlotear sobre lo que se ojea y se hojea (sustituyendo el ejercicio de la lectura por el ojeo y el hojeo) son propios de los ámbitos cultivados, ilustrados e informados, con buen poder adquisitivo, pero con falta de tiempo para leer todos los libros de la comentada “actualidad”, lo cual también es comprensible y obvio. Se tiene dinero para comprar libros, se tiene noción de que leer libros es importante y recomendable, se posee, más o menos, un buen nivel educativo para comprenderlos o para disfrutarlos, pero se carece de tiempo para, realmente, leerlos; sobre todo, cuando el tiempo que sobra, después de las obligaciones laborales (académicas o no), se emplea en mandar mensajes por internet para comentar, con otros distinguidos mentirosos, las grandes lecturas que deben hacerse ya, sin admitir, por supuesto, que quien mensajea no las ha hecho y que, muy probablemente, no las hará jamás.
La siguiente anécdota es significativa: a tres personas que me hablaron, con mucho entusiasmo y conocimiento, del libro El capital en el siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty (que hasta hace un par de años aparecía en todas las conversaciones “informadas” y de caché intelectual), les pregunté si ya lo habían leído y me respondieron que no, pero que estaban por hacerlo. La pregunta lógica es: ¿Y para qué querrían leerlo si sabían todo sobre él, puesto que hablaban como si ya lo hubieran leído? En poco tiempo (cosa de meses) se dejó de hablar de ese libro como algo novedoso, porque otras novedades emergieron y dejó de estar de moda Piketty hasta para los franceses. Los adictos a internet, incluso en el tema de los libros que no han leído, viven del inmediatismo.
Esto me recuerda otra anécdota, una que refiere Gabriel Zaid en su libro El secreto de la fama (en su ensayo “Organizados para no leer”): “Una [cosa] notable (porque revela cómo el mundo académico se ha vuelto burocrático, y tiende a modelarse en la figura del ejecutivo, no del lector) empieza con la extrañeza de un director de tesis ante cierta afirmación: ¿Cómo puede usted decir tal cosa, si su bibliografía incluye tal libro? ¿Lo ha leído realmente? Breve respuesta ejecutiva: No personalmente”. ¿No personalmente? ¿Qué debemos entender por semejante barbaridad? ¿Cómo podemos leer un libro si no es personalmente? ¡Ah, claro, alguien (el asistente, el asesor, el chalán en turno) lo puede leer y luego pasarle al no lector tarjetitas o un resumen! A esto se le llama “leer” no personalmente.
Los lectores sabemos una cosa que, hasta hace poco, era código universal: comenzamos a hablar con desdén o con entusiasmo de un libro sólo después de haberlo leído o en tanto hemos avanzado considerablemente en la lectura. A ninguno de los lectores literarios se nos hubiera ocurrido hablar, disertar, pontificar o siquiera elucubrar de Guerra y paz, de Tolstói, o de Madame Bovary, de Flaubert, antes de haberlos leído, porque seguíamos la plegaria que Chéjov tenía como divisa y que nos dejó en su Cuaderno de notas: “Dios mío, no me permitas juzgar aquello que no comprendo o no conozco. No me dejes siquiera hablar de ello”. Únicamente después de nuestra lectura y relectura nos permitíamos, y nos seguimos permitiendo, el entusiasmo o el desdén.
Esto que digo se ha ido modificando con los recursos de internet, porque la gente tiene más interés en “estar informada” de inmediato (con sólo ver el rabo del perro) que tener realmente conocimiento de las cosas (con la apreciación completa del animal). Este paroxismo por la información inmediata e inmediatista, que va aparejado a la hiperconexión digital, conduce a la gente no al ansia y al placer de leer, sino a la angustia de no haber leído, es decir al apuro, y más exactamente al pánico, de que otros hablen de lo que uno aún no ha leído. Y por ello, internet, que es el paraíso de lo fragmentario, ha cobrado tanto auge en analfabetos funcionales (aunque sean profesionistas o, sobre todo, profesionistas) que creen que ya conocen perfectamente todo sobre el perro con sólo haberle visto el rabo.
Pero hay algo peor (siempre hay algo peor): no deja de ser gracioso (y temerario) que quienes escriben y publican libros que tienen como evidentes referencias a otros libros, tampoco los hayan leído. Es el caso del propio Piketty cuyo best seller de la economía alude sin duda a la obra fundamental de Marx, El capital; de ahí que un periodista le haya preguntado: “¿Podría decirnos algo sobre el impacto de Marx en su pensamiento y cómo empezó a leerlo?”. Y he aquí su respuesta (para el repertorio de lo insólito y lo estulto): “En realidad nunca lo he leído. El capital creo que es muy difícil de leer y no fue mi influencia”. El periodista se sorprende ante tal respuesta e insiste: “Porque por el título de su libro, parecía que le rendía tributo”, ante lo cual Piketty reitera: “No, no, ¡para nada! La gran diferencia es que mi libro es sobre la historia del capital, y en el libro de Marx no hay datos”. Y aunque Piketty no haya leído El capital, esto no le impide afirmar, en otra entrevista, que ¡“Marx estaba equivocado”!
Yo tampoco he leído el libro capital de Marx (ni, por cierto, el de Piketty), aunque en mi adolescencia preparatoriana me enfrasqué, con muy poco éxito, en las páginas del primer tomo, pero ni soy economista ni he escrito un libro que aluda o tenga como referencia esa obra que, por lo demás, uno supone que todo economista conoce al dedillo. Esta es otra de las cosas que ha delatado internet: que hay gente que escribe libros y que no lee siquiera los que tendría que haber leído para escribir los suyos: tan sólo los conoce de oídas.
En este escenario, ¿cuál es el futuro de la lectura, más allá de sus soportes y formatos? Transcribo y suscribo, textualmente, las palabras de Carlos Monsiváis: “El futuro de la lectura depende del futuro de los lectores”. Y creo, que ya sea en el papel o en la pantalla, la cultura formativa tiene que ser morosa y no inmediatista, y que el verdadero conocimiento (al igual que el auténtico placer) no es cosa de pedacitos (ni de lecturas de veinte minutos), porque ni el conocimiento ni el placer pueden prescindir de la totalidad, de la obra íntegra, en aras de “saber” más prontamente las cosas. Sería como aspirar a orgasmos sin pasar previamente por todo aquello que desemboca en el orgasmo. No dudo que esto último también las modernas tecnologías lo hagan realidad y que el sexo se resuelva sin siquiera meter las manos en el teclado (no digamos ponerlas en otra cosa), pero cuando confundimos la realidad virtual con la realidad real (“el cibersexo con el amor”) es porque ya estamos listos para el psiquiatra, como muy bien concluye a este respecto Han Magnus Enzensberger en Los elíxires de la ciencia.
Si no somos capaces de distinguir entre el mundo simbólico y la realidad, es decir entre la “pipa” y la imagen de una “pipa” (como muy bien nos alertó René Magritte en su célebre cuadro), es obvio que no sólo no sabemos leer, sino que más nos vale no salir a la calle: no sea que confundamos un veloz automóvil que se nos aproxima, y ya casi nos embiste, con una imagen virtual de un automóvil a toda velocidad.
Es verdad que no podemos saber cómo serán los soportes de la lectura dentro de treinta años o al final del siglo XXI, pero lo que sí podemos saber es que Guerra y paz y Madame Bovary seguirán siendo los mismos libros que apelarán, como hasta ahora lo han hecho, a la misma disposición del auténtico lector: al ejercicio de la lectura completa, apasionada y paciente, morosa y amorosa, y no a la lectura de síntesis, imágenes aisladas o retazos, a partir de los cuales creamos que ya hemos leído esas obras. Todos podemos saber, más o menos, porque esto está en las enciclopedias (y en internet), quiénes y cómo son el príncipe Hamlet, Alonso Quijano y Emma Bovary, aun sin haber leído una sola página de las obras maestras de Shakespeare, Cervantes y Flaubert, pero esto no sirve para nada, o bien sólo sirve para mentir (en un corrillo de mentirosos) al decir que hemos leído Hamlet, el Quijote y Madame Bovary. Lo importante de la lectura está en la lectura misma y no en la información, además de que la información no equivale al conocimiento, sin olvidar que toda información tiene el sesgo de quien la emite.
En cuanto a la muerte del libro en papel, ésta, ya se vio, es una falsa profecía de brujos digitales que necesitan una bola virtual adivinatoria más efectiva. Pero más allá de los fracasos adivinatorios del poder digital, el futuro de la lectura está sin duda en los lectores y no depende, por cierto, ni siquiera de la “inmoderada devoción por lo impreso”, como la denominó irónicamente Charles Asselineau para el caso de los bibliófilos. Si los lectores se conforman con tuits y con las anotaciones de los muros de Facebook no dejarán desde luego de ser lectores, y, sin embargo, es obvio que esa forma de leer está muy lejos de lo que Fernando Savater ha denominado “la perdición de la lectura”, perdición que, paradójicamente, nos lleva a la recuperación de la cultura y del más profundo espíritu humano.
El mayor peligro del libro, lo mismo tradicional que electrónico, no está en que vaya a ser sustituido por las diversas plataformas de internet, sino en la avasallante banalización de la cultura, ese tsunami de frivolidad que arrasa todo a su paso, lo mismo en los dispositivos digitales que en el libro impreso; esa puerilidad y esa ñoñez de los adultos que han reducido la cultura al simplismo del entretenimiento, en una sociedad del espectáculo que posterga, o ignora, los grandes libros, las obras maestras formativas, no sólo conformándose, sino enorgulleciéndose, de consumir lo insustancial, lo fútil.
Esto no lo trajo internet; ya existía, pero internet lo ha amplificado. Siempre, los seres humanos, en general, hemos optado por el facilismo y por lo epidérmico, pero hoy una parte considerable de la industria editorial, y de la cultura del libro, conspira contra la lectura más profunda e intelectual que, a lo largo de los siglos, ha educado nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad. Los mejores lectores saben que el canon de la cultura está vivo, recreándose permanentemente: es el combustible del más formidable desarrollo intelectual y emocional, y no hay nada que lo sustituya, porque una gran obra de creación escrita se suma a otras, pero no las reemplaza. En cuanto a los libros intrascendentes y banales, éstos han estado siempre, en todo momento y en cada país, en la periferia de la galaxia Gutenberg, aunque hoy las herramientas digitales las han catapultado mayormente, en abundancia, para ocupar una centralidad que no les corresponde.
En su Elegía a Gutenberg, Sven Birkerts ofrece el siguiente diagnóstico:
Como cultura y como especie, nos estamos convirtiendo en seres superficiales; que hemos huido de la profundidad –de la premisa judeocristiana del misterio insondable– y nos estamos acostumbrando a la seguridad prometida de una vasta conectividad lateral. Estamos renunciado a la sabiduría, cuya consecución ha definido durante milenios el núcleo mismo de la idea de cultura; a cambio nos estamos adhiriendo a la fe en la red. [...] Sería un error echar toda la culpa a la tecnología, pero un error mayor sería ignorar el gran impacto transformador de los nuevos sistemas tecnológicos comportándonos como si nada hubiera cambiado.
Así como cambian la lectura y sus herramientas, los lectores también cambiamos. Podemos comprender mejor los grandes libros gracias a nuestra memoria lectora de otros grandes libros que, más que sumar, multiplican e intensifican la experiencia de leer: nuestro conocimiento lector se amplía, se expande, exponencialmente, con cada libro que nos atrapa e influye en nuestra existencia y cambia nuestro modo de pensar. Birkerts lo dice espléndidamente: “Abrir voluntariamente un libro consiste, en cierto sentido, en subrayar la insuficiencia de nuestra vida o de nuestra actitud hacia ella”, y concluye: “Los libros que me importan –libros de todas clases– son aquellos que provocan en mí una sacudida interna. Leo libros para poder conocerme a mí mismo.”
Jorge Luis Borges advirtió que escribir un libro con el único propósito de escribir un libro es el peor motivo para escribirlo, pues “los libros deben escribirse solos, por medio del autor o a pesar de él”. En el caso de la lectura se puede decir algo parecido, tal como lo formuló Stephen Vizinczey: “Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo”, y, a fin de cuentas, es el peor motivo para leerlo. Por otra parte, escribir y leer libros pueden ser dos divertidos pasatiempos, pero, mientras más lo sean, menos conducirán a un proceso transformador de la existencia. Los lectores deben saber, como también afirmó Vizinczey que “ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero”.
Y, sí, en general, el futuro de la lectura depende del futuro de los lectores, depende, especialmente (mejor dicho, sobre todo), de la universidad y los universitarios, y esto no es cosa menor, pues, según lo ha visto Zaid, “los graduados universitarios tienen más interés en publicar libros que en leerlos”. No exagera. Uno de los mayores problemas que enfrenta la lectura es el analfabetismo funcional universitario: el analfabetismo de los que no quieren leer, sino haber leído, de los que no quieren lectura formativa, sino tan sólo información rápida y trivial. Es decir, de los que están ansiosos de “leer”, pero no personalmente.
De esto trata este libro, cuya lectura tan sólo exige una sincera disposición, antaño quizá muy poca cosa, pero algo que, para muchos, hoy, puede ser demasiado. Siendo así, también debo aclarar y precisar dos cosas más. El libro y la lectura en la modernidad digital plantea recuperar la biblioteca personal como herencia indispensable del saber, ante el pavoroso abaratamiento de las temáticas y los géneros que ofrece la gran industria editorial a un público cada vez menos exigente; todo ello como consecuencia de un mercado que fueron deformando las editoriales de nulo interés cultural, y no se diga educativo, abocadas a la oferta de lo más epidérmico, pero de mayores ganancias comerciales. Quienes aún confiamos en los libros como extensión de la cultura, no debemos desvalorizar nuestra capacidad intelectual.
Por lo que a mí respecta, siempre pienso que estoy escribiendo, y publicando, para dos mil lectores que todavía leen en serio, porque sé que todavía los hay. Los demás, muchísimos, que devoran esas cosas derivadas de YouTube, Facebook, etcétera, que se venden a pasto, siempre he sabido que no son ni serán mis lectores. No escribo para ellos, porque no tengo nada que decirles que realmente les interese. Reflexionar sobre la lectura y el libro es una necesidad más apremiante hoy que ayer, aunque sólo lean reflexiones sobre el libro y la lectura los lectores que no han perdido la confianza en el mayor invento del ser humano para alimentar la imaginación y la inteligencia.
Por último, reivindico dos certezas. La primera: No estamos ante una crisis del libro (¡y ni siquiera del libro en papel, cuya facturación en México es del 99%, y en España del 96!), sino ante una crisis del pensamiento: una crisis de generaciones (de autores y lectores) cada vez más banales, pues a peores autores, peores lectores, y viceversa. “De generación en generación, nos vamos degenerando”, me dijo alguna vez José Emilio Pacheco, con maravilloso sarcasmo. La segunda: Hoy más que nunca debemos esforzarnos en no perder a los lectores serios y exigentes que todavía existen y de los cuales depende el futuro de la lectura como extensión educativa y cultural.
I. La información no es formación
El paraíso digital puede esperar
EN OCTUBRE DE 2008, EN LA FERIA DEL LIBRO DE FRÁNCfort, en Alemania, los expertos vaticinaron que, en diez años, el libro electrónico acabaría con el libro físico. Ya transcurrió esa década y es obvio que los adivinos deberían buscar otra profesión, cualquier otra, menos la de profetas. El libro en papel no sólo no ha desaparecido, sino que recobra fuerza frente al e-book, cuya producción mundial oscila hoy entre un 3 y un 30%; este máximo, únicamente en Estados Unidos, frente a porcentajes marginales en el resto del mundo, porque, como ha señalado Carmen Ospina, de Penguin Random House (El País, 14/10/2018), “el e-book no ha mejorado la experiencia lectora, no ha aportado nada más allá de la compra inmediata”.
En el Informe mundial de libros electrónicos 2017, Estados Unidos ocupa el primer lugar con 30% del total de su mercado, y le siguen China, con 17%; Alemania, con 8%; Japón, con 5%; Reino Unido, con 4%, y Francia, con 3%. España no llega siquiera al 3%, y en América Latina es tan insignificante que México, por ejemplo, no alcanza ni el uno por ciento. Hay que decir, además, que, en general, en todo el mundo, el crecimiento del libro digital es más bien lento, y en los países donde tenía más impulso, éste se ha estancado, siendo el caso paradigmático el estadunidense en donde no ha conseguido pasar de su techo del 30%.
Sin satanizar a las tecnologías de información y comunicación es necesario decir la verdad en relación con ellas, luego de que se han ido extendiendo y adentrando en el mundo acompañadas del discurso del mayor beneficio intelectual y cultural y el menor daño para el planeta. Pasada la euforia, y asentados en la realidad, podemos saber hoy que los libros en papel son menos contaminantes, más durables y más fácilmente reciclables que los dispositivos digitales, en particular, e internet en su conjunto. Que todavía los gobiernos y las empresas (en muchas ocasiones con auxilio de la academia y de los intelectuales) se jacten en mantener en su discurso la cualidad “inocua” de las TIC tiene que ver más con negocio, con dinero y con ideología que con ciencia y con conciencia.
Quienes no leen sino lo que se escribe hoy y, además, ni siquiera en los libros, sino tan solo en las pantallas, muy probablemente ignoren lo que escribió Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa, libro publicado en el penúltimo año del siglo XIX:
Las instituciones –es decir, los hábitos mentales– bajo la guía de las cuales viven los hombres, se reciben transmitidas desde un pasado remoto; más o menos remoto, pero en cualquier caso han sido elaboradas y transmitidas por el pasado. Las instituciones son producto de los procesos pasados, están adaptadas a las circunstancias pasadas y, por tanto, no están de pleno acuerdo con las exigencias del presente. Por su propia naturaleza este proceso de adaptación selectiva no puede alcanzar nunca a la situación progresivamente cambiante en que se encuentra la comunidad en cualquier momento dado, ya que el medio, la situación, las exigencias de la vida que imponen la adaptación y realizan la selección, cambian de día en día; y cada situación sucesiva de la comunidad tiende, a su vez, a quedar en desuso tan pronto como se ha producido.
He ahí el antecedente de lo que más tarde Zygmunt Bauman denominará “las ambivalencias de la modernidad” y, más exactamente, “la vida líquida”, inestable, volátil, que cambia velocidad, comodidad y utilidad por solidaridad y acompañamiento; una modernidad que nos seduce porque resuelve rápidamente nuestros deseos, pero con el alto costo de ser una productora de desechos, de residuos, de excedentes incluso humanos: esos desperdicios de la vida o esas “vidas desperdiciadas” que ocasiona “el diseño social”, pues, como bien advierte Bauman, ahí donde haya diseño siempre habrá desperdicio (lo residual, lo sobrante, lo fuera de lugar, lo indeseable, lo no apto, lo obsoleto y, en general, las escorias, las virutas, las rebabas, después del “refinado” y el “acabado”), y todo ello en función de la economía, la política, el consumo y, particularmente, el consumismo, piedra angular de una sociedad que, en tanto mayor desarrollo alcanza, más desperdicios genera.
Especialmente hoy, la tecnología del progreso engendra sus paradojas, unas veces ridículas y otras muy peligrosas. Es necesario llamar la atención sobre dos aspectos de los hiperconectados: uno de ellos es la basura electrónica con la que están llenando el mundo, sin la menor conciencia de esto, y otro es ese sentimiento de inutilidad, invalidez, impotencia, que los asalta cuando les falla la conectividad. En el primer caso se trata de una consecuencia del consumismo: cambiar, a cada momento, de dispositivo digital porque ha salido al mercado una nueva versión, aunque el que se desecha todavía funcione. El segundo caso delata la casi incapacidad de estar en el mundo si no se tiene conexión, evidenciando una robotización que muchas veces raya en el ridículo.
En su Cronología del progreso, Gabriel Zaid reflexiona sobre lo siguiente:
Los homínidos rebasaron las culturas animales cuando inventaron utensilios: piedras afiladas como hachas o cuchillos que se llevan cargando para usos repetidos (a diferencia de la vara que se abandona después del uso ocasional improvisado). Se han encontrado algunas de hace 3.4 millones de años. Para tal progreso fue esencial que apareciera la mano prensil: con el pulgar opuesto a los otros dedos (hace 50 millones de años) y la posición erecta (hace 3.8). Andar de pie sirvió para tener las manos libres, y para que se volvieran inteligentes y creadoras.
No deja de ser lamentablemente cómico que esa posición erecta haya devenido en una postura encorvada, con el propósito de mirar únicamente lo que se lleva en las manos, que han dejado de estar libres, ocupadas ahora con un dispositivo digital o un teléfono inteligente que, con frecuencia, resulta más inteligente que su usuario que, por tener ocupadas las manos y la vista, y por no mirar el camino, choca con un poste, cae en una fuente, rueda por unas escaleras o es atropellado por un automóvil. Accidentarse o perder la vida por una situación así, no parece nada inteligente.
En su libro Pape Satán aleppe, Umberto Eco dice: “No sé si los chicos de hoy tendrán aún la posibilidad de convertirse en adultos, [pero] los adultos, con los ojos pegados al móvil, ya están perdidos para siempre”. Eco nos recuerda, al igual que Zaid, “cuánto han contribuido a la evolución de la especie dos manos con pulgares prensiles” que ahora sólo sirven (¡y justamente los pulgares!) para teclear frenéticamente, en su dispositivo digital, o para conversar mientras se camina por la calle como si ésta y los peatones no fueran reales, como si todo perteneciera a la realidad virtual.
Y Eco, con maligno regocijo, cuenta en su libro la siguiente anécdota:
Caminaba por la acera y vi que en dirección contraria venía una señora con la oreja pegada al teléfono, y que por tanto no miraba al frente. Si no me apartaba, chocaríamos. Como en el fondo soy malo, me detuve bruscamente y me volví hacia el otro lado, como si estuviera mirando el final de la calle; de este modo la señora se estrelló contra mi espalda. Yo había tensado el cuerpo preparándome para el impacto y aguanté bien, ella se quedó descompuesta, se le cayó el teléfono, se dio cuenta de que había chocado con alguien que no podía verla y que era ella la que debía haberlo esquivado. Farfulló unas excusas, mientras yo le decía con humildad: ‘No se preocupe, son cosas que pasan’. Sólo espero que el teléfono se le rompiera al caer al suelo, y aconsejo a quien se encuentre en una situación parecida que haga lo mismo que yo. Desde luego, a los adictos al teléfono móvil habría que matarlos de pequeños, pero como no es fácil encontrar todos los días a un Herodes, es bueno castigarlos de mayores, aunque nunca entenderán en qué abismo han caído, y perseverarán.
Como afirma Bauman en sus Vidas desperdiciadas, “la novedad de hoy es la que torna obsoleta y abocada al vertedero la novedad de ayer”, porque el hoy reniega del pasado (mucho más hoy que antes) desdeñando incluso lo que no conoce. Pero esto que ya había enunciado Marx, en el Manifiesto, con una prodigiosa imagen (“todo lo sólido se desvanece en el aire”), lo explicó Veblen con mucha precisión. Dijo:
Cuando se ha dado un paso en el desarrollo, ese paso constituye por sí mismo un cambio de situación que exige una nueva adaptación; se convierte en punto de partida de un nuevo paso en el ajuste, y así sucesivamente. Hay que notar también, aunque pueda ser una perogrullada monótona, que las instituciones de hoy –el esquema general de vida aceptado en el presente– no se adaptan enteramente a la situación de hoy. A la vez, los actuales hábitos mentales de los hombres tienden a persistir indefinidamente, a menos que las circunstancias impongan un cambio. [...] La estructura social sólo cambia, se desarrolla y se adapta a una situación modificada, mediante un cambio en los hábitos mentales de las diversas clases de la comunidad; o, en último análisis, mediante un cambio en los hábitos mentales de los individuos que constituyen la comunidad. La evolución de la sociedad es sustancialmente un proceso de adaptación mental de los individuos, bajo la presión de las circunstancias, que no toleran por más tiempo hábitos mentales formados en el pasado.
Todo esto, en abstracto, ni es bueno ni es malo; únicamente es real. Lo bueno o lo dañino se juzga más bien, de manera ulterior, de acuerdo con la ética y la lógica de las conciencias que deseen examinar las formas de vida a la luz de la moral. Y es inmoral, sin duda, que millones de toneladas de basura electrónica se envíen a los vertederos de los países pobres, contaminándolos. Sólo para tener un dato de esta inmoralidad, podemos informarnos, en internet, por cierto, de que “el peso de todos los cargadores para teléfonos móviles, laptops, tabletas, etcétera, que se producen cada año se estima en un millón de toneladas”.
Gozamos de los lujos y la comodidad que nos ofrece la modernidad, porque tampoco podemos renunciar a ellos, a menos que nos volvamos ermitaños (a veces lo deseo, si se me permite esta confesión) que es otra forma de irresponsabilidad frente a los riesgos de la vida. Lo que ocurre es que en esta modernidad es muy fácil asumir convicciones justificadoras. Lo que sea con tal de no meternos en las complicaciones de la autocrítica. Así, algunos defensores a ultranza de las tecnologías de información y comunicación, convencidos discípulos de Negroponte, llegan a afirmar que las obsoletas tecnologías del libro en papel son muy contaminantes y que, por ello, ha llegado la hora final del libro en papel que exige talar árboles, para obtener celulosa, lo cual, además de deforestar el planeta, contamina los ríos y los mares. A partir de este supuesto, se concluye que no hay nada mejor que internet para relevar a la vieja y contaminante tecnología del libro impreso.
Pero les tenemos noticias. La mayor parte de los dispositivos móviles (incluidos la tableta y el eReader) pueden llegar a ser más contaminantes que la producción del libro tradicional en papel. El editor español Manuel Gil, que de esto sabe enormidades, publicó a principios de 2018 el revelador ensayo “Ecología del papel versus ecología digital”, y ahí afirma:
“Ni el papel ni lo digital ni internet son tecnologías limpias ni verdes ni inocuas. Pero dicho esto, en la comparación con una edición en papel más limpia, lo digital e internet pierden ahora mismo por goleada. [...] Soy un defensor del mundo digital, pero las tecnologías que sustentan internet no son limpias”. Y bastan cinco simples datos para probarlo:
El consumo de energía de los buscadores en cuanto a huella digital es enorme. Google: mil millones de búsquedas al día, 365 mil millones al año. Traducido a huella ecológica: emite lo mismo que 40 mil 515 coches. Los centros de computación son responsables de más CO2 que países como Argentina u Holanda. Las empresas de tecnología representan el 2% de todas las emisiones globales de carbono, más o menos lo mismo que el sector de la aviación. En 2017 las TIC consumieron el 8% de la energía mundial.
El colofón de Manuel Gil debería llevarnos a reflexionar sobre este punto y a replantear el irracional optimismo que prácticamente todos los sistemas educativos en el mundo suelen mostrar (en contubernio con las empresas de la industria electrónica):
Cada año, en los países desarrollados, se producen hasta 50 millones de toneladas de residuos electrónicos, el 75% de los cuales desaparece de los circuitos oficiales de reciclaje. Su destino habitual son vertederos africanos o asiáticos donde contaminan el agua, la tierra y el aire, y envenenan a miles de personas.
Saber esto es importante, especialmente para no repetir, con irresponsabilidad (la irresponsabilidad que da la ignorancia), los falsos diagnósticos y las optimistas conclusiones de una industria (la electrónica) que ha conseguido marear (¿o maicear?) a los espíritus supuestamente siempre alertas y críticos en las instituciones de enseñanza superior. Ni satanizar a las TIC ni angelizar al libro en papel, pero sí reflexionar sobre la parte de responsabilidad que nos toca en estos usos. El ámbito de la academia tiene la influencia de la autoridad intelectual capaz de oponerse, en alguna medida (al menos, para crear conciencia) a la algarabía de la ideología de internet por motivos puramente económicos. Sabemos cuán útiles son las tecnologías digitales, pero evitemos el optimismo irresponsable, y digamos algo, más allá de nuestra comodidad digital, sobre la importancia que aún tiene lo analógico. Alberto Manguel lo ha hecho en muchas ocasiones, y la claridad con que expone sus argumentos, en el ensayo Cómo Pinocho aprendió a leer, es inobjetable:
El presupuesto asignado a la educación es el primero que se reduce; la mayoría de nuestros gobernantes apenas saben leer; nuestros valores nacionales son puramente económicos. Se elogia de la boca para afuera el concepto de alfabetización y los libros se celebran en actos oficiales, pero, de hecho, en las escuelas y en las universidades, por ejemplo, la ayuda financiera de la que se dispone es altamente insuficiente. Además, en la mayor parte de los casos, ésta se invierte más en equipos electrónicos (gracias a una feroz presión de la industria) que, en la letra impresa, con la excusa voluntariamente errónea de que el soporte electrónico es más barato y más perdurable que el papel y la tinta. Como consecuencia, las bibliotecas de nuestros centros de estudio están perdiendo rápido un terreno esencial. Nuestras leyes económicas favorecen el continente en lugar del contenido, ya que aquél puede comercializarse de una manera más productiva y parece más seductor. Para vender tecnología electrónica, nuestras sociedades publicitan sus dos características principales: rapidez e inmediatez.
La modernidad digital, desde los intereses económicos, nos ha impuesto estas dos características como ideales en una sociedad que todavía vive tensionada por dicha presión. Sí deseamos rapidez, pero no a cualquier costo. Jordi Nadal, en Libros o velocidad, pone un poco de mesura en nuestras ambiciones contradictorias y nos avisa sobre lo siguiente:
Cuanta más velocidad, cuanta más superficie se cubre, menos profundo. La velocidad pero también la lentitud son precisas a este mundo. Las cosas buenas, sólidas, solventes, son intemporales. Y hablan, siempre, de nosotros. [...] El mejor pensamiento no es siempre sólo el más veloz, sino el más hábil, profundo, capaz de ver más y mejor, más matices y detalles.
Hay que añadir que la obesidad de la información no es mejor que la dieta balanceada. De hecho, el exceso de información conduce, casi siempre, a la desinformación: es tal la masa informativa que resulta imposible detenerse para examinar siquiera un fragmento. A esto se refería José Saramago con la siguiente ironía:
Si una persona recibiera en su casa, cada día, quinientos periódicos del mundo entero y si esto se supiera, probablemente diríamos que está loca. Y sería cierto. Porque, ¿quién, si no un loco, puede proponerse leer quinientos periódicos por día? Algunos olvidan esta evidencia cuando bullen de satisfacción al anunciarnos que, de ahora en más, gracias a la revolución digital, podemos recibir quinientos canales de televisión. El feliz abonado a los quinientos canales será inevitablemente presa de una impaciencia febril, que ninguna imagen podrá saciar. Se perderá sin límite de tiempo en el laberinto vertiginoso de un zapping permanente. Consumirá imágenes, pero no se informará.
Si trasladamos esta ejemplar ironía al libro, y a la biblioteca personal, resulta claro que almacenar un millar de libros en un dispositivo digital no es, precisamente, tener una biblioteca, sino una simple acumulación disponible de materiales bibliográficos, en tanto éstos no estén relacionados entre sí con un criterio lector o con una propuesta sólida de lectura. La biblioteca personal, la biblioteca que cada cual hace, se forma, a lo largo de los años, de acuerdo con los intereses de lectura de cada época y de cada circunstancia que se vive. Para decirlo con las irrebatibles palabras de Alberto Manguel, toda biblioteca personal es un autorretrato pleno de claroscuros, pues, a lo largo de la vida, nuestra opinión cambia: “Un texto que es fundamental hoy no lo es mañana. A veces, uno puede ruborizarse al ver lo que le gustaba [...]”. Pero, exactamente así, es como se hace una biblioteca; lo otro es simple acumulación de títulos, de archivos, de cosas que están ahí porque vienen al caso hoy, pero que, después, habrá que sustituir por las novedades que, también, caducarán casi inmediatamente.
Disponer de un millar de libros, o de un millar de piezas musicales, alojados en un dispositivo, de la noche a la mañana, sirve únicamente, para el eterno zapeo insustancial: leer un párrafo de éste y otro de aquél, escuchar un fragmentito de ésta y otro de aquélla. A menos que, milagrosamente, el retacero se detenga y se concentre en una totalidad unitaria, y hasta regrese a ella, una y otra vez, releyendo, o volviendo a escuchar, el libro, la pieza; pero, entonces, la mayor parte de los cientos de libros y piezas musicales está de más en el dispositivo, y sólo satura el espacio virtual porque su obesidad es tremenda y a ello le queremos llamar virtud.
En cuanto a la biblioteca pública hay que decir también algo al respecto. En El culto a la información: El folklore de los ordenadores y el verdadero arte de pensar, Theodore Roszak (1933-2011) denominó a la biblioteca pública “el eslabón perdido de la Edad de la Información”, dicho esto sin ironía ninguna, pues pensando en las bibliotecas estadunidenses, que, con un sentido idealista, funcionan como la más eficaz y eficiente red de servicios de consulta y lectura, que “viene ofreciendo sustento intelectual desde los tiempos de Benjamin Franklin”, auguró que su solidez institucional permitiría en ellas la perfecta convivencia de libros impresos y computadoras, pero también pronosticó que esa misma solidez impediría que se convirtieran únicamente en centros de tecnología digital. Los intereses económicos del culto a la información chocaron con un obstáculo muy difícil, al grado de que prefirieron ocuparse en otros ámbitos.
Los pronósticos de Roszak partieron de un análisis cuyas conclusiones se han cumplido sobradamente más de tres décadas después. Sentenció:
Quizá los entusiastas de los ordenadores tengan otras razones para prescindir de la biblioteca con tanta frecuencia. La motivación comercial más importante que hay detrás del culto a la información es vender ordenadores. Las ventas a bibliotecas cuentan muy poco en comparación con la perspectiva de colocar un microordenador de propiedad privada en todos los hogares. De hecho, si en las bibliotecas hubiera ordenadores a disposición de todo el mundo, sin tener que pagar nada, quizás algunos clientes en potencia desistirían de adquirir uno.
Hoy sabemos que son muchísimos los hogares en los cuales hay más de un dispositivo digital, más de una computadora, más de un smartphone, independientemente de que también haya hogares, en las zonas rurales más pobres del mundo, en donde jamás se haya visto un aparato de éstos. Conozco a más de una persona que carga no uno ni dos, sino tres aparatos móviles al mismo tiempo. No les basta con uno, a pesar de que uno es más que suficiente.
Soy de los que creen que la escritura y la lectura, que la cultura escrita en general que heredamos del pasado, pueden convivir por muchísimo tiempo (como ocurrió con los mamíferos y los dinosaurios) con las tecnologías digitales, pero no sin el apoyo de la educación y, especialmente, de las bibliotecas y de la educación superior. Con las computadoras y con la tecnología digital se desarrolla un tipo de lectura y escritura distinta a la tradicional (a tal grado distinta, que Manguel ha sugerido denominarla de otro modo), pero no la cultura escrita de la que somos herederos desde la oralidad miles de años antes de Cristo hasta la profesionalización de la industria editorial en los siglos XIX y XX y el surgimiento del e-book en el siglo XXI, pasando, por supuesto por la invención de la imprenta de Gutenberg a mediados del siglo XV. Lo cierto es que nada de esto hubiese sido posible sin las bibliotecas y sin la invención del papel, anteriores a la era cristiana, y sin las universidades del mundo occidental desde hace aproximadamente mil años, como las de Bolonia, Oxford y París. La cultura escrita que heredamos está íntimamente asociada a estos hechos y forma parte de nuestro ADN cultural.
En Una historia de la lectura, Manguel argumenta que los voceros de la industria que se afana y se ufana en cavar la tumba del libro tradicional, y luego sepultarlo para siempre, parten de un error:
Quieren hacernos creer que el libro –esa herramienta ideal para la lectura, tan perfecto como la rueda o el cuchillo, capaz de contener nuestra memoria y experiencia, y de ser en nuestras manos verdaderamente interactivo, permitiéndonos empezar y acabar en cualquier punto del texto, anotarlo en los márgenes, darle el ritmo que queramos– ha de ser reemplazado por otra herramienta de lectura cuyas virtudes son opuestas a las que la lectura requiere.
Pongámoslo del siguiente modo: Si algunas generaciones fueron hijas de la bombilla eléctrica y del teléfono fijo a finales del siglo XIX, es obvio que las generaciones del siglo XXI son hijas del teléfono inteligente y de las plataformas informáticas móviles. La bombilla eléctrica modificó los hábitos: entre otras cosas, facilitó la lectura de libros hasta altas horas de la noche: no era lo mismo leer, dificultosamente, bajo la pálida luz de una vela, que leer bajo el resplandor de la lámpara eléctrica. El teléfono fijo logró que la gente pudiera comunicarse verbalmente por medio de lo que se llamó, en un principio, el “telégrafo parlante”.
Pero las plataformas informáticas móviles y el teléfono inteligente hacen que el teléfono fijo se convierta en una antigualla, en una pieza de museo, y, además, trastoca el sentido de la comunicación: es un teléfono, pero ya no sirve únicamente para hablar y escuchar, sino sobre todo para “mensajear”, esto es para escribir y leer textos telegráficos, incluso con códigos sólo comprensibles para quienes comparten dicho argot. Es una evolución y una revolución en las comunicaciones, sin duda, pero al mismo tiempo es un retorno, simbólico, a la clave Morse de las primeras décadas del siglo XIX y a la telegrafía sin hilos, de Tesla y Marconi, de principios del siglo XX.
Esto prueba que toda tecnología está asentada sobre una anterior; que, generalmente, en su evolución, facilita la vida cotidiana, crea y modifica hábitos, pero hay una cosa que nunca resuelve: la angustia del ser humano. Lo mismo en los siglos anteriores a la era cristiana que en los dos milenios después de Cristo, y ahora en la era tecnológica de la informática, los seres humanos seguimos padeciendo, metafísicamente, de lo mismo, la angustia, ¡y nada mejor para comprobarlo que las redes sociales de internet!, que se han convertido en el nuevo confesionario, sólo que ahora al margen de la intimidad y no en la privacidad con el sacerdote o con el terapeuta.
Nadie podría negar que, pese a nuestro progreso renombrado, más de una vez (sobre todo si frecuentamos mucho internet) hemos estado dispuestos a darle, punto por punto, al mil por ciento, la razón a Macbeth: “La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y sin ningún significado”. Y esta angustia no la curan ni los libros ni internet, pero internet, con su rapidez e inmediatez la amplifica y multiplica en su más maligna banalidad.
Los hábitos cambian, se adoptan otros que pronto adquieren la sanción social y se convierten en aceptables y aceptados, a pesar de la tensión social y contra las presiones conservadoras. Pero los seres humanos seguimos siendo los mismos, con la única diferencia de que la exposición social se ha amplificado y que el ideal del éxito y la fama ha alcanzado grados de facilismo justamente por la eficacia de internet.
En todo tiempo ha habido quienes han asesinado con saña a su madre, a su padre, a sus hijos; en todo tiempo hay quienes, contraviniendo la moral de la época, han practicado el exhibicionismo, el narcisismo y hasta el canibalismo. La diferencia es que hoy cualquiera puede hacerse famoso de la noche a la mañana (siendo esto justamente lo que persigue) por matar a su madre, destazar a su hijo, meterse un preservativo por la nariz y sacarlo por la boca, exhibir su pene o sus implantes y difundir la forma en que se comió al vecino y guardó lo demás en el refrigerador. Todo ello gracias a internet.
Y, sin embargo, no podemos vivir quejándonos de la realidad nada más porque ésta no se adapta a nuestros deseos. Lo que sí podemos hacer es contribuir a que esa realidad sea menos triste y menos dañina, incluso, si es preciso, auxiliándonos con el paradójico consuelo que nos brinda John Stuart Mill: “Es preferible ser Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho” que, parafraseado por Carlos Fuentes, se resuelve en la siguiente síntesis coloquial: “Es preferible estar triste que estar tonto”. Esto es, justamente, lo que nos corresponde a quienes todavía confiamos en los poderes redentores del libro y la cultura escrita, independientemente del soporte en que se encuentren. La realidad real siempre estará por encima de la realidad virtual. Un día el libro fue piedra o tablilla de arcilla, luego fue papiro y pergamino, después papel y ahora pantalla. Después, quién sabe qué será.
Los lectores también hemos cambiado, adaptándonos a las tecnologías, pero nuestra humanidad es la misma, a pesar de lo que se diga en relación con las mutaciones tecnológicas. En sentido opuesto, existen los que, corriendo sus riesgos, jamás se suben a la plataforma del progreso. Si Paul Auster no tiene computadora ni teléfono móvil, si primero escribe a mano y luego pasa el manuscrito a la hoja de la máquina mecánica que ha tenido por décadas y a la cual llama “mi vieja amiga”, la Olympia de la que habla en su libro La historia de mi máquina de escribir, queda del todo probado que ningún gran escritor necesita computadora, pues tampoco la necesitaron Juan Rulfo ni Borges, aunque sí García Márquez y Vargas Llosa, y, para decirlo con un obvio anacronismo, así como ni Sócrates ni Cristo tuvieron biblioteca, ni Dante ni Shakespeare ni Cervantes ni Balzac ni Tolstói ni Chéjov ni Dostoievski ni Kafka ni Flaubert necesitaron computadoras.
Las computadoras las necesitamos nosotros, no los escritores grandiosos ni los genios: las necesitamos los peatones de la cultura para tratar de hacer llegar la grandeza cultural, científica, artística e intelectual a quienes viven hoy, a causa de internet, inmersos en la banalidad, la frivolidad y, no pocas veces, en la estupidez y en la locura virtual a las que se refiere Umberto Eco. No estoy diciendo nada que no sea cierto. Las computadoras facilitan las tareas de un escritor, que ahora puede escribir y publicar más páginas y más libros, porque, además, internet le brinda mucha información, pero no le transmite talento ni mucho menos genio. Lo que es, lo es en mayor cantidad y con más velocidad, pero nada añade a la calidad o a la falta de ella.
En una entrevista para el diario argentino La Nación (Verónica Dema, 29 de abril de 2014), Auster afirmó:
Toda la gente quiere hacer grandes reclamos en favor de las nuevas tecnologías, pero si nosotros pensamos lo que pasó desde la Revolución Industrial vemos que primero decían que el tren iba a cambiar el alma humana y simplemente hizo que la gente se moviera más rápido; después, que los aviones iban a liberar tiempo y espacio y que las computadoras iban a alterarnos el cerebro. Pero de lo que la gente se olvida es de que nosotros tenemos cuerpos, que somos nacidos del cuerpo de una mujer y que tenemos dolores, emociones, que amamos, odiamos, nos enojamos y después nos morimos. Y las computadoras no nos van a salvar del tiempo. Entonces, realmente no sé cómo la vida es tan distinta con computadoras.
En conclusión, seamos sensatos, seamos razonables, en vez de querer tener –neciamente– la razón. No regresaremos a las cavernas, porque no dudo ni un instante que aquel que se exilie en las cavernas, más por exhibicionismo que por hartazgo social, querrá llevarse consigo su smartphone. Hay mucha gente que no sabe que hay vida más allá de internet. Avisémosle, aunque no por ello vamos a evitar noticias como la que leímos el sábado 22 de septiembre de 2018: “Agotan en horas nuevos modelos del iPhone en la capital del país. Mexicanos se formaron desde el jueves en una tienda de Santa Fe”. La santa fe de la gente está depositada hoy en el iPhone.
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