Kitabı oku: «Crecimiento y empleo»

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© Juan Francisco Jimeno Serrano, 2016.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO013

ISBN: 9788490567616

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

INTRODUCCIÓN

1. UNA LEY INCONSTANTE

2. UNA FALACIA FIJA

3. UNA GRAN DESCONOCIDA

4. POLÍTICAS DE EMPLEO POCO POLÍTICAS

5. ¿UN FUTURO INSOSPECHADO?

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA

NOTAS

De entre las numerosas obras sobre temas económicos que aparecen hoy en día a nivel internacional, la colección ECONOMÍA de RBA tiene como objetivo seleccionar solo las mejores, las que recojan con mayor claridad las ideas más innovadoras en torno a los problemas y debates de mayor actualidad en la realidad económica mundial. Siguiendo los criterios de calidad, lucidez y modernidad, un comité editorial dirigido por ANTONI CASTELLS y formado por JOSEP MARIA BRICALL, GUILLERMO DE LA DEHESA y EMILIO ONTIVEROS seleccionará regularmente los ensayos más sobresalientes en este ámbito. Así, con la aparición de media docena de títulos anuales, RBA quiere conformar una selecta biblioteca de actualidad económica que cumplirá dos grandes objetivos: por un lado, reunir libros de un alto nivel de calidad, escritos por economistas de reconocido prestigio y, por otro, convertir la colección en un atlas que radiografíe la realidad económica que vivimos, de un modo ameno y comprensible para quienes no estén profesionalmente familiarizados con los temas tratados.

La colección ECONOMÍA abordará los más diversos aspectos vinculados a esta ciencia social en constante evolución sin restringir los ámbitos de sus análisis, que podrán ser nacionales, europeos o globales. De este modo, el lector interesado podrá encontrar libros que luchan por acabar con ideas profundamente arraigadas en la política y el pensamiento económico actuales (como es el caso de El Estado emprendedor, de Mariana Mazzucato), trabajos que desde una interesante perspectiva histórica ofrecen una visión alternativa sobre los fundamentos del actual sistema capitalista y propuestas innovadoras (tal es el caso de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty) o certeros estudios sobre una realidad concreta, escritos por los mejores expertos sobre cada tema (como por ejemplo Europa sin euros, de David Marsh). Una colección, en definitiva, destinada a lectores con inquietudes y con afán de comprender mejor el mundo cambiante de la economía.

A ÁNGELA, MI PRIMERA RELACIÓN TURBULENTA Y,

TAMBIÉN, INCOMPRENDIDA

INTRODUCCIÓN

El paro ha ocupado los primeros lugares en la lista de problemas sociales percibidos por los ciudadanos españoles desde hace muchos años. Según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de marzo de 2016, un 77,1% de los encuestados lo destacaban como uno de los tres principales problemas que existen en España. Durante las últimas décadas, este porcentaje nunca fue inferior al 35%, ni siquiera durante el pasado periodo de expansión económica. No es de extrañar que los ciudadanos tengan esta percepción en un país en el que, desde 1980, la tasa de paro, o de desempleo (el porcentaje de trabajadores que, de entre todos los individuos que participan en el mercado de trabajo, no tienen un empleo remunerado, pero lo buscan activamente y están disponibles para trabajar), nunca ha bajado del 8%, con tres fases en que se ha situado por encima del 20 % (1984-1987, 1992-1997 y 2010-2016), alcanzando casi el 27% en 2013 y rondando aún a mediados de 2016 el 20%.

Si se realizara otra encuesta a científicos sociales, políticos y otros creadores de opinión sobre cuestiones económicas acerca de las soluciones al problema del paro, muy probablemente la respuesta que obtendría un mayor predicamento sería la de que, para reducir el desempleo, hay que generar más actividad económica, es decir, conseguir que la economía crezca más. Esta presunción queda confirmada por la frecuencia y la ansiedad con la que se formulan preguntas tales como: ¿cuánto ha de crecer la economía para que crezca el empleo? y ¿cuánto ha de hacerlo para que disminuya el número de desempleados?

El indicador habitual del nivel de actividad económica es el producto interior bruto (PIB). Esta variable macroeconómica mide el valor de los bienes y servicios producidos en un país durante un determinado periodo de tiempo. Por un lado, es igual a la suma del consumo de los hogares, la inversión de las empresas, el gasto en consumo de las administraciones públicas y el saldo de los intercambios comerciales con el exterior. Por otro, es también la suma de las rentas que reciben los trabajadores, el excedente bruto de explotación que reciben los propietarios de los bienes de equipo y los impuestos sobre la producción.

En principio, parece obvio que el PIB y el número de ocupados han de estar asociados. Al fin y al cabo, para producir más bienes y servicios suele ser necesario ocupar a más trabajadores. Sin embargo, esta relación no es fácil de identificar. Más bien se trata de una relación «turbulenta». Para empezar, varía en el tiempo y en el espacio. Por ejemplo, se estima que, en 2015, la economía española creció un 3,2 % y el empleo un 3%. En 1988, el empleo creció una cifra parecida (un 3,5%) pero el crecimiento del PIB fue del 5,1%. En Estados Unidos, también en 2015, los crecimientos del PIB y del empleo fueron de un 2,4% y un 2%, respectivamente; en Alemania, de un 1,5% y un 0,4%; en Francia, de un 1,1% y un 0,1%; y en Italia, de un 0,8% en ambos casos. Es decir, Italia, con un menor crecimiento del PIB, creó más empleo que Francia y que Alemania, donde la tasa de crecimiento del PIB fue casi el doble. Estados Unidos, cuyo crecimiento del PIB fue solo superior en 0,9 puntos porcentuales al de Alemania, registró un crecimiento del empleo de 1,6 puntos porcentuales adicionales.

Estas diferencias se explican porque en la relación entre el crecimiento del PIB y la creación de empleo intervienen muchos factores. Así, en dicha relación, no es lo mismo que la economía esté en recesión que en expansión, y tampoco que la actividad económica crezca impulsada por una mayor demanda o por otras razones. Además, en economía, disciplina en la que es habitual distinguir entre el «corto plazo» y el «largo plazo», las condiciones que determinan las variables económicas suelen ser diferentes según sea el horizonte elegido. No es por casualidad ni por capricho que, cuando se habla de crecimiento económico con una perspectiva de corto plazo, la cifra que goza de mayor atención sea la tasa del crecimiento del PIB, mientras que, cuando se hace lo mismo con la atención puesta en el largo plazo, lo verdaderamente relevante resulta ser el crecimiento de la productividad.

Así pues, la pregunta sobre cuánto ha de crecer el PIB para que se cree empleo se formula recurrentemente, y no faltan respuestas en forma de cifras sin cualificaciones de ningún tipo, tales como, por ejemplo: «El empleo aumenta solo si el PIB crece un 1%». Cómo se llega a ese dato y cómo ha de ser interpretado son cuestiones que, normalmente, no se consideran dignas de discusión en los debates sobre políticas económicas. Sin embargo, y a pesar de ser muy frecuente entre economistas y responsables de la política económica el recurso a plantear el análisis de las causas y de las soluciones del problema del paro a partir de umbrales de crecimiento del PIB por encima de los cuales se empieza a crear empleo, este planteamiento constituye un mal enfoque.

Si, por el contrario, se pregunta por el crecimiento de la productividad media de los trabajadores, las respuestas suelen ser mucho menos precisas. Esto resulta paradójico, porque interpelar sobre cuánto ha de crecer el PIB para que crezca el empleo es básicamente lo mismo que hacerlo sobre cuánto crecerá dicha productividad media. El hecho de que dos preguntas similares reciban respuestas distintas debe significar que la relación entre el crecimiento del PIB y la creación de empleo es ampliamente «incomprendida». De la misma manera, el hecho de que la relación entre el crecimiento del PIB y la creación de empleo solo se considere en un determinado sentido y no tan frecuentemente en el contrario (¿cuánto crece el PIB cuando crece el empleo? y ¿cuánto lo hace cuando disminuye el número de desempleados?) constituye otra prueba de la incomprensión de la relación entre ambas variables.

El libro

Una de las primeras cosas que aprenden los estudiantes de Economía es que no suelen existir relaciones unidireccionales de causalidad entre aquellas variables que constituyen el objeto de estudio de esta disciplina. Los agentes económicos toman decisiones teniendo en cuenta muchos factores, relativos tanto al pasado como al presente y al futuro; y las interacciones entre ellos son muy complejas. Por todo ello, dichas variables se determinan conjuntamente y no cabe establecer que una de ellas sea siempre la causa de otra.

Este libro nace como un mero recordatorio de la apreciación anterior en lo que se refiere a la relación entre el crecimiento económico y la creación de empleo. Pero va más allá; esta premisa sirve también de punto de partida para exponer un conjunto de reflexiones sobre las fuentes del crecimiento económico, el funcionamiento del mercado de trabajo, los determinantes del paro y las políticas que pueden (o no) contribuir a reducirlo.

He intentado escribir estas reflexiones de manera que sean accesibles incluso para los que se preocupan por primera vez por estas cuestiones y no han realizado previamente estudios formales de Economía. El estilo de redacción, deliberadamente desenfadado, aunque, quizá, con una tendencia exagerada a la apostilla, no solo pretende que se entiendan los argumentos aquí expuestos, sino que, además, resulte entretenido leerlos. Con este mismo propósito, se han reducido al mínimo las referencias bibliográficas, y solo aparecen las imprescindibles en notas a pie de página. A cambio, en el epílogo se incluye una bibliografía catalogada por los principales temas desarrollados en el texto, la cual puede resultar útil a los lectores iniciados en estos temas o a aquellos que quieran profundizar en algunas de las cuestiones comentadas a lo largo de los cinco capítulos siguientes.

Soy consciente de que encontrar un equilibrio adecuado entre accesibilidad para el público en general y relevancia para los lectores iniciados en estos temas es extremadamente difícil. En algunas partes del libro se sacrifica la primera en aras de la segunda; en otras se trata de profundizar algo más en los detalles pero siempre intentando mantener las cuestiones más técnicas fuera de foco. Es fundamentalmente para los lectores que quieran preocuparse por estas cuestiones para los que la bibliografía puede resultar especialmente útil.

Normalmente, la pregunta sobre cuánto crecimiento es necesario para que aumente el empleo lleva implícita una creencia a favor de una determinada orientación de la política económica, aquella que reclama para el Estado un papel más activo a la hora de impulsar el gasto público y, con ello, la demanda agregada y la actividad económica. Aquí se utiliza como excusa para:

1. Explicar de qué dependen el crecimiento económico y la creación de empleo. En otras palabras, se trata de entender cuáles son (y cuáles no son) las fuentes de los impulsos necesarios para el crecimiento, tanto en el corto plazo como en el largo plazo, así como de conocer los requisitos para conseguir que dichos impulsos sean permanentes y se traduzcan en mayores oportunidades de empleo para la población.

2. Analizar las causas del bajo crecimiento de la productividad de la economía española.

3. Extraer algunas conclusiones sobre las causas del desempleo en España y sobre la eficacia de las políticas que se suelen proponer para reducirlo.

4. Reflexionar sobre las principales restricciones al crecimiento económico y a la creación de empleo en las próximas décadas, con especial atención al caso español.

Estas tareas se abordan en cinco capítulos. En el primero («Una ley inconstante») se presentan los protagonistas. La mayor parte de ese capítulo es meramente descriptiva,1 con numerosos gráficos sobre la evolución del PIB y del empleo en varios periodos y países, aunque prestando especial atención a la reciente crisis (2007-2015). Otra parte, más teórica, detalla los factores que hay que tener en cuenta para comprender la relación entre el crecimiento del PIB y la creación de empleo.

En toda relación turbulenta hay engaños. El segundo capítulo («Una falacia fija») se dedica a desmontar un argumento frecuente que, bajo diversas apariencias, aparece en los análisis sobre el funcionamiento del mercado de trabajo y de las políticas de empleo. Se trata de la falacia de la cantidad fija de trabajo, que básicamente consiste en asumir que el nivel de empleo de un país está dado, y que, por tanto, las políticas de empleo solo pueden influir en distribuirlo entre la población. Un corolario habitual de esta falsa proposición es que la solución al problema del desempleo pasa por reducir la oferta de trabajo (la población disponible para ocupar un empleo), bien sea mediante el reparto del trabajo, la repatriación de los inmigrantes, la disminución de la participación laboral de las mujeres o el adelanto de la jubilación de los trabajadores de mayor edad.

También en las relaciones turbulentas suele haber elementos desconocidos cuya influencia es, casi siempre, decisiva, a pesar de situarse en un segundo plano. En el caso que nos ocupa, el elemento más relevante es el crecimiento de la productividad, cuyo análisis se aborda en el tercer capítulo («Una gran desconocida»). La diferencia entre el crecimiento del PIB y el del empleo es el crecimiento de lo que, en la jerga técnica, se llama la productividad aparente del trabajo. Sin embargo, a la hora de abordar el problema del paro, son mucho más habituales los planteamientos basados en la existencia de umbrales de creación de empleo que los que se preguntan por el crecimiento de la productividad, siendo ambas cosas sustancialmente equivalentes. Desafortunadamente, la orientación de políticas económicas y de empleo que parten de la consideración de umbrales de creación de empleo obvian la importancia de la productividad, lo cual tiene consecuencias nefastas para el bienestar social y la reducción de las desigualdades.

Y a menudo en las relaciones turbulentas suelen intervenir mediadores, a veces para mejorar la situación, y otras, para empeorarla. Este es el papel que juega aquí la política económica, en general, y las políticas del mercado de trabajo, en particular. El cuarto capítulo («Políticas de empleo poco políticas») contiene un repaso de (y a) las mismas, con una descripción de la estrategia dominante que se ha seguido en España durante las últimas décadas y una valoración (muy negativa) de sus resultados, en particular por lo que respecta al sistema de contratación laboral y a la organización de la negociación colectiva.

Finalmente, cuando uno adquiere un compromiso con una relación turbulenta, acaba dedicando algunas reflexiones a su futuro, lo que necesariamente requiere especulaciones sobre escenarios alternativos. En este caso, el quinto capítulo («¿Un futuro insospechado?») se dedica a presentar algunas elucubraciones sobre el crecimiento económico y el empleo. Unas, basadas en las perspectivas demográficas y tecnológicas que se vislumbran, apuntan hacia la posibilidad de que la economía mundial esté entrando en un periodo de estancamiento secular, es decir, en un larga fase marcada por el bajo crecimiento económico y el elevado desempleo. Otras tienen que ver con la naturaleza de los futuros avances tecnológicos y sus consecuencias sobre la cantidad y la calidad de puestos de trabajo que habrá disponibles. Finalmente, también las hay sobre los límites del crecimiento económico, preocupación de larga tradición en la historia de la economía y ahora resucitada ante las evidencias acumuladas sobre el cambio climático y sus consecuencias económicas.

Los iniciados en macroeconomía y economía laboral no encontrarán en estos capítulos nuevas ideas conceptuales, ni sobre el funcionamiento del mercado de trabajo ni sobre las fuentes del crecimiento económico, si bien se han incorporado datos recientes a la discusión de estas cuestiones y, especialmente, una interpretación novedosa del funcionamiento del mercado de trabajo en Europa durante el periodo de crisis. Tanto en lo que se refiere al crecimiento económico como en lo relativo al funcionamiento del mercado de trabajo, no ha habido recientemente nuevos desarrollos teóricos ni resultados empíricos innovadores que hayan cambiado radicalmente la forma de pensar de los economistas académicos sobre estas cuestiones. Por ejemplo, el tema que nos ocupa, la relación entre el crecimiento económico y la creación de empleo, se sigue abordando mayoritariamente mediante el análisis de una regularidad empírica enunciada en 1962 y que en los programas de estudio de Economía aparece bajo el nombre de «ley de Okun».

En cualquier caso, tanto para aquellos con conocimientos económicos avanzados como para los que no los tienen, la respuesta a la pregunta sobre cuánto ha de crecer el PIB para crear empleo, que normalmente tienen como respuesta una simple cifra («alrededor del 1%» acostumbra a ser la respuesta habitual actualmente), se extiende aquí a lo largo de unas doscientas páginas. Queda usted, queridísimo lector, avisado.

El autor

Empecé mis estudios de Economía a finales de los años setenta, cuando todavía las respuestas de los libros de texto y de los profesores de Economía a la pregunta sobre cuánto crecimiento del PIB es necesario para crear empleo estaban en un rango del 3%-4%. Desde principios de los años noventa he desarrollado mi carrera profesional como investigador y profesor de Economía, primero en ámbitos académicos, y posteriormente, desde 2004, en una institución con responsabilidades en política económica. En ambas posiciones he estado siempre al tanto de las discusiones sobre cuestiones económicas que se desarrollaban en ambientes políticos y de cómo dichas discusiones se han transmitido a la opinión pública.

El principal responsable de mi exposición a las discusiones económicas en ámbitos no académicos fue Luis Toharia, uno de los pioneros de la investigación y de la divulgación de la economía laboral en España, tristemente fallecido cuando más necesario era que siguiera contribuyendo a resolver los problemas del mercado laboral.2 Luis guio los inicios de mi carrera profesional y me inculcó la necesidad de abordar las discusiones sobre cuestiones laborales desde el análisis de los datos. Aparte de ser un profesor magnífico, un mentor generoso y un colega excelente, estuvo principalmente activo en el asesoramiento de instituciones públicas y permitió que sus estudiantes participaran en pie de igualdad en la preparación y el desarrollo de dicha tarea.

Otro responsable ha sido Olivier Blanchard, director de mi tesis doctoral en Economía a finales de los años ochenta, que me confirmó en la creencia de que el estudio de la economía solo tiene sentido si se realiza como disciplina científica y con el objetivo de interpretar la realidad y mejorarla, lo que solo es posible desde el conocimiento basado en la coherencia lógica y en el análisis de los datos a partir de técnicas estadísticas y econométricas capaces de desenmascarar lo que una simple relación de sucesos no puede desvelar. También me enseñó que, para esa tarea, ayuda el hecho de mantener una mente abierta, inquisitiva y absorbente, y que la ideología y el gusto por las «guerras de religión» desgastan y no llevan a ninguna parte.3

La exposición directa, intensiva y simultánea a la economía laboral, la macroeconomía, la investigación académica y las discusiones sobre política económica me ha causado algunos inconvenientes. Uno de ellos es que frecuentemente me he sentido como un pescador en el lado equivocado del estanque. No he encajado totalmente entre los economistas laborales, donde mi perfil de «macroeconomista» o de «banquero central» resultaba a veces algo extraño; tampoco entre los macroeconomistas, donde era frecuentemente visto como un economista laboral demasiado preocupado por cuestiones institucionales. En ámbitos académicos, a veces, no se valora suficientemente la exposición a los debates en ámbitos públicos y políticos y la participación en los mismos. Y en las instituciones de política económica, los académicos e investigadores son frecuentemente minusvalorados y despreciados por preocuparse en exceso por cuestiones abstractas y teóricas demasiado alejadas de la realidad.

A pesar de todo ello, mi experiencia laboral en instituciones con responsabilidades de política económica ha resultado especialmente enriquecedora, aunque solo en unas pocas dimensiones, que no incluyen las que la mayoría de la gente considera como las más gratificantes. Una de ellas es que la combinación de habilidades y experiencia que he adquirido a lo largo de los años también me ha proporcionado algunas ventajas. En las discusiones sobre cuestiones de política económica, creo percibir con cierta claridad cuándo se olvida la coherencia impuesta por el análisis lógico, lo cual ocurre con demasiada frecuencia. También creo tener alguna sensibilidad ante macroeconomistas que simplifican en demasía sus análisis económicos, hasta el punto de resultar irrelevantes para abordar cuestiones sociales que preocupan a los ciudadanos. Cuando estoy con economistas académicos algunas veces me sorprende su desdén por la realidad y la ingenuidad con la que pretenden que sus conclusiones teóricas sean trasladables al mundo real. Y cuando estoy en ámbitos políticos, me resulta muy inquietante el atrevimiento y la soberbia de aquellos que, sin ningún tipo de conocimiento, imponen sus puntos de vista sin dejar lugar al más mínimo debate.

La motivación

¿Y por qué alguien como yo escribe un libro como este? Supongo que en los orígenes de muchos libros hay una obsesión del autor. Yo tengo muchas obsesiones, pero la relevante a la hora de justificar la redacción de este libro tiene que ver con la insatisfacción y la preocupación por las formas en las que los análisis económicos relevantes para cuestiones sociales se presentan a la opinión pública y se utilizan (o no) para fundamentar decisiones sobre políticas económicas.

La ciencia económica ha sido criticada a lo largo de los tiempos y, especialmente, durante los últimos años. Se la ha tachado de inútil para prevenir las crisis y para fundamentar respuestas eficaces de política económica. En su mayoría, muchas de estas críticas provienen de círculos con poca capacidad para apreciar el estado de la economía como disciplina científica. Pero también es verdad que los economistas han sido poco realistas a la hora de reconocer las limitaciones de su conocimiento, que no son escasas, y poco convincentes en la comunicación a la opinión pública y en el asesoramiento de los responsables de las políticas económicas sobre cuáles son las contribuciones que dicho conocimiento puede ofrecer (y cuáles no) para la formulación de tales políticas en general, así como, en particular, de las políticas orientadas a mejorar el funcionamiento del mercado de trabajo.

En parte, debido a la ansiedad que la crisis económica ha generado, la sociedad ha aumentado considerablemente su demanda de opiniones sobre asuntos económicos. Los medios de comunicación han respondido con prontitud a esa demanda, y, así, han proliferado los gurús económicos que, mediante libros, pizarras en programas de televisión, artículos de prensa o entradas en blogs, se han lanzado a emitir opiniones sobre cuestiones económicas. Gracias a ello, la cantidad de información que recibe la opinión pública sobre Economía es ahora mayor que nunca.

Sin embargo, también hay algunos inconvenientes en este aluvión de información económica. No toda ella es rigurosamente contrastada, explicada y analizada. Más bien, con demasiada frecuencia y rapidez, la comunicación de cuestiones económicas muta en justificación de determinadas posiciones políticas.4 El resultado es que la opinión pública ha quedado demasiado expuesta a ideas políticas disfrazadas de análisis económicos y a seudoeconomistas mediáticos que dejaron de estudiar Economía hace mucho tiempo, si es que alguna vez la estudiaron. Por otra parte, ni los gobiernos ni muchas instituciones económicas nacionales e internacionales se han esmerado tanto como deberían a la hora de hacer entender sus análisis y sus decisiones de política económica a la opinión pública. En consecuencia, creo firmemente que la información que sobre cuestiones económicas se comunica a la opinión pública y la manera en la que se hace, por unas y otras vías, son manifiestamente mejorables.

Una primera razón de este estado de cosas es la percepción errónea sobre cuál es y cuál debería ser la relación entre los economistas y los responsables de las políticas económicas. En principio, la labor de los asesores económicos es ofrecer la información más precisa posible sobre el problema económico y social que se pretende resolver y una evaluación de los costes y beneficios de las medidas alternativas disponibles para resolver dicho problema. A los gobernantes les toca tomar decisiones, muchas veces muy difíciles, que luego son evaluadas por los votantes. Una vez tomada una decisión, es también su tarea explicar a la opinión pública los objetivos que se pretenden alcanzar con dicha medida, los pesos que se asignan a sus costes y a sus beneficios y, por ende, las razones que llevan a justificarla como una medida eficaz.

En la realidad, la relación entre la ciencia económica y la práctica de la política económica también es turbulenta e incomprendida. La responsabilidad de ello es compartida por economistas y políticos. Todavía hay gobernantes que piensan que no necesitan estudios y análisis rigurosos para fundamentar sus decisiones y que anteponen sus prejuicios ideológicos o su pretendido conocimiento de determinados temas a lo que los enfoques técnicos puedan aportar. Y, cuando necesitan justificar sus decisiones, tales gobernantes no dudan en recurrir, antes que a los que han demostrado conocimientos en el campo en cuestión, a «economistas de cóctel», algunos siempre dispuestos a regalarles el oído a cambio de nombramientos e invitaciones a actos y reuniones de postín, o bien, simplemente, por la sensación de cercanía al poder. Según Lee H. Hamilton, que fue vicepresidente del Comité Económico del Congreso de Estados Unidos: «Decirle a un político lo que necesita saber pero no quiere oír es todo un arte. Desafortunadamente, los políticos estamos más inclinados a escuchar a aquellos que nos dicen lo que queremos oír, y hay una amplia oferta de economistas dispuestos a satisfacer esta demanda».

Otras veces, cuando los gobernantes recurren al apoyo técnico, lo que de verdad están pidiendo es una coartada para actuar según sus prejuicios. Una vez, Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra entre 1920 y 1944, le dijo a su economista jefe: «No estás aquí para decirnos qué hacer, sino para explicarnos por qué lo hemos hecho» (y es probable que algo parecido le dijera a John Maynard Keynes, con el que tuvo que lidiar en numerosas ocasiones).5 Lamentablemente, se suele cumplir lo que Alan Blinder llama la «ley de Murphy de la política económica»: los economistas tienen tanta menor influencia sobre la política económica cuanto más saben y más grado de consenso alcanzan; tienen tanta mayor influencia cuanto menos saben y más vehementemente están en desacuerdo con el resto de la profesión.

No obstante, también hay que tener en cuenta que en el campo de batalla de los políticos abundan los grupos de presión y los defensores de intereses particulares con capacidades de influencia sobre las decisiones de política económica o sobre cómo se transmiten a la opinión pública, y, además, los partidos políticos con aspiraciones de gobernar necesariamente han de compaginar distintas sensibilidades e ideologías. En consecuencia, las decisiones sobre política económica han de tener en cuenta también estas restricciones, aparte del apoyo técnico que puedan tener y de la consideración que dicho apoyo merezca.

Pero no toda la culpa es de los gobernantes y de los límites políticos y sociológicos que los condicionan. Tanto los economistas que trabajan en las administraciones públicas como los que intentan influenciar las decisiones de política económica desde otros ámbitos podrían resultar más útiles si reconsideraran algunas de sus actitudes. Muchos de ellos no prestan siempre demasiada atención al proceso por el cual la información estadística y los resultados de la investigación económica se traducen en resultados que puedan ser útiles para la política económica.6 Otros pretenden tener análisis más profundos y con más soporte empírico para sus propuestas de los que en realidad tienen.7 Y, cuando los tienen, para empezar, deberían ofrecer esos consejos en un lenguaje más accesible y no preocuparse demasiado por si están basados en principios económicos sencillos, ya que, en la mayoría de las ocasiones, las cuestiones de política económica que se han de resolver no van más allá de la aplicación de dichos principios. A este respecto, un buen consejo es seguir el «principio del beso», que, a pesar de su nombre y al contrario de lo que algunos piensan y practican, no insta a regalar a los políticos muestras de cariño, sino que se refiere al acrónimo KISS («beso»), del inglés «keep it simple, stupid» («mantenlo sencillo, estúpido»).

Otros científicos sociales y muchos responsables de las políticas económicas reaccionan ante las «intromisiones» de asesores económicos y economistas académicos en sus respectivos campos de actuación con acusaciones de falta de humildad y tachan a la economía de «ciencia imperialista».

En algunos casos, puede que tengan razón; no obstante, aunque sea cierto que los economistas, en general, son poco humildes y no saben mucho sobre algunas cuestiones económicas y sociales, también lo es que mucha otra gente, incluidos los gobernantes que deciden las políticas económicas, saben bastante menos sobre cualquiera de ellas y tampoco suelen destacar por su humildad.8

Estas reflexiones son las que, de alguna manera, justifican este modesto intento de contribuir a mejorar la divulgación de ideas sobre el crecimiento económico y la creación de empleo, en general, y sobre el funcionamiento y las políticas del mercado de trabajo, en particular. Confío en que este sea el lugar y el momento adecuados y en que haya alguien, con responsabilidades políticas o sin ellas, dispuesto a escuchar.

1
UNA LEY INCONSTANTE

En 1962, Arthur Okun, profesor de Economía en la Universidad de Yale y presidente del Consejo de Asesores Económicos de Estados Unidos en el periodo 1968-1969, estaba intentando averiguar cuánto sería el producto nacional bruto (PNB) «potencial». El PNB, un indicador de la actividad económica similar al PIB, es la cantidad de bienes y servicios producidos por los trabajadores y propietarios de bienes de capital nacionales de un país en cualquier parte del mundo durante un determinado periodo de tiempo. El PNB potencial es el que se alcanzaría bajo una situación de pleno empleo.1

A tal fin, se le ocurrió representar en un gráfico las tasas de crecimiento trimestrales del PNB frente a las variaciones de la tasa de paro registradas entre el primer trimestre de 1947 y el cuarto trimestre de 1960. Su interpretación de dicho gráfico fue que, en la economía estadounidense, había una regularidad empírica según la cual una disminución de la tasa de paro de 1 punto porcentual estaba asociada a un crecimiento del PNB de 3 puntos porcentuales.

Desde entonces, la relación entre el crecimiento de la actividad económica y la tasa de paro se conoce como «ley de Okun».2 Gráficos parecidos al suyo, que relacionan el crecimiento del PIB con la reducción de la tasa de desempleo o con el crecimiento del empleo, se han elaborado millones de veces. Y, con algunas variaciones, los resultados confirman que, a partir de unos determinados niveles, que son diferentes entre países y varían a lo largo del tiempo, el crecimiento del PIB está asociado a un aumento del empleo y a una disminución de la tasa de paro.

Las dos tareas principales que nos ocupan en este capítulo son, en primer lugar, medir esos umbrales de crecimiento del PIB a partir de los cuales el empleo aumenta y, en segundo lugar, analizar hasta qué punto estos umbrales son absolutos y, en consecuencia, útiles para orientar la práctica de políticas económicas dirigidas a reducir el desempleo.

Para ello, comenzaremos repasando los datos de crecimiento del PIB y del empleo en la economía española desde principios de la década de 1960, y, tras compararlos con datos similares de otros países, veremos que la economía española es muy peculiar a este respecto: en España, desde mediados de la década de 1980, el empleo y el PIB presentan tasas de crecimiento anuales muy parecidas.

A continuación, aprenderemos a interpretar correctamente estos datos. Concluiremos que la ley de Okun es inconstante, es decir, que la relación entre el crecimiento del PIB y el del empleo depende fundamentalmente de las fuentes que causan las fluctuaciones de estas variables. También depende de determinadas decisiones económicas que toman los hogares y las empresas y que están condicionadas por un extenso conjunto de factores. Por ello, los umbrales de crecimiento del PIB a partir de los cuales se crea empleo son muy poco informativos sobre el funcionamiento del mercado de trabajo, no pueden utilizarse como representación de relaciones causales absolutas y, por consiguiente, resultan ser ineficaces para fundamentar políticas económicas eficaces en la lucha contra el desempleo.

Finalmente, nos centraremos en el periodo más reciente y utilizaremos la evolución de la actividad económica, del empleo y de la tasa de paro durante la última crisis en países de la Unión Europea para abundar en la idea de que hay muchos elementos, unos bajo el control de las políticas económicas, otros al margen de ellas, que acaban determinando cuánto crecen el PIB y el empleo. Para ello, resultan especialmente útiles comparaciones internacionales de la creación y destrucción de empleo registradas durante ese periodo y de cómo incidieron sobre distintos grupos de población. Así, confirmaremos que entre los factores que explican la relación entre el crecimiento del PIB y el del empleo destacan algunos aspectos de la configuración institucional del mercado de trabajo y ciertas características y orientaciones de las políticas de empleo desarrolladas durante la crisis.

SI LOS DATOS HABLARAN

El gráfico 1.1 representa las tasas anuales de crecimiento del PIB y del empleo en la economía española desde 1962. Esta información estadística procede de la base de datos Economic Outlook, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la cual permite realizar comparaciones internacionales de ambas variables con series temporales largas. El empleo se refiere al número de ocupados, sin tener en cuenta variaciones de las horas de trabajo por trabajador. El gráfico 1.2 se refiere a la relación entre el crecimiento del PIB y la variación de la tasa de paro, aunque solo desde 1979, cuando su medición por las estadísticas nacionales empezó a ser algo más solvente.3

Gráfico 1.1.

Tasas de crecimiento (%) del PIB y del empleo en España 1962-2015


Fuente: OCDE.

Nota: el empleo se refiere al número de ocupados.

Un simple vistazo a estos dos gráficos permite extraer varias observaciones importantes. La primera es que la tasa de crecimiento del PIB muestra, en el largo plazo, una tendencia decreciente. Incluso obviando el periodo del «milagro económico» de los años 1962-1973, se observa que en los «picos» de las fases expansivas (1988, 2000, 2015) se alcanza una tasa de crecimiento menor que la alcanzada en el anterior y que lo mismo ocurre con la tasa anual media durante cada expansión. Por las razones que se harán evidentes en el capítulo quinto, me atrevo a aventurar que esta regularidad empírica relativa a la tendencia decreciente del crecimiento del PIB observada de media durante las cinco últimas décadas no desaparecerá; la actual recuperación de la economía española no durará mucho, y en los próximos años crecerá menos (bastante menos) que en 2015.4

Gráfico 1.2.

Tasa de crecimiento (%) del PIB y variación (en puntos porcentuales)

de la tasa de paro en España 1979-2015


Fuente: OCDE.

La segunda observación importante que cabe destacar es que, desde 1985, el número de ocupados en la economía española fluctúa de forma similar al PIB. Es más, utilizando algunas mediciones alternativas, la volatilidad del empleo es incluso mayor que la del PIB.5 De hecho, si se presentaran ambas series en un gráfico sin etiquetas resultaría muy difícil identificar cuál es cuál. Esto es realmente inusual y, como veremos, muy pocas veces observado en otros países.

La tercera observación a destacar es que la asociación entre el crecimiento del PIB y el del empleo en la economía española ha cambiado a lo largo del tiempo. El coeficiente de correlación entre ambas variables, la medida más sencilla que utilizan los estadísticos para cuantificar la asociación lineal entre dos variables, es del 57,3% durante el periodo 1962-2015, pero es del –7,5%, 88,4% y ¡98,7%! durante los periodos 1962-1974, 1975-1994 y 1995-2015, respectivamente. Es cierto que el primero de estos periodos es algo excepcional. En muchos aspectos (como el cambio estructural, la urbanización o la emigración), y salvando las distancias, la España del periodo 1962-1974 se asemeja a la China actual. Más sorprendente resulta todavía que, en la economía española, desde mediados de los años ochenta del siglo xx, exista una asociación estable entre el crecimiento del PIB y la creación de empleo según la cual el empleo crece cuando el PIB aumenta y disminuye en caso contrario. A partir de estos datos, cabría concluir que el umbral de crecimiento del PIB para la creación de empleo en España es el ¡0%! Esto significaría que la economía española crea empleo con una facilidad pasmosa, de manera que bastaría con un ligero aumento de la actividad económica para que el empleo también aumentase.6

Finalmente, las variaciones de la tasa de paro muestran un comportamiento que, a primera vista, parecería algo más normal. Los coeficientes de correlación con las tasas de crecimiento del PIB y del empleo durante el periodo 1979-2015 son, respectivamente, del –0,71 y del –0,75, y ambos son relativamente similares en 1979-1994 (–0,61 y –0,72) y en 1995-2015 (–0,77 y –0,76). No obstante, que esto ocurra cuando la población en edad de trabajar y su tasa de participación laboral (esto es, el porcentaje de la población en edad de trabajar que tiene un empleo o no lo tiene pero lo está buscando, también llamada tasa de actividad) han sufrido cambios importantes a lo largo de estos años también resulta paradójico, porque, como veremos más adelante, la relación entre el crecimiento del PIB y la variación de la tasa de paro depende de la evolución de la población activa, que no es otra cosa que el producto de la población en edad de trabajar y la tasa de actividad.

Antes procede enfatizar las anomalías del comportamiento del empleo, por un lado, y de la tasa de paro, por otro, con relación al del PIB en la economía española. Para ello resulta especialmente útil recurrir a comparaciones internacionales. El gráfico 1.3 se refiere a las mismas variables que los dos anteriores, pero contempla un conjunto más amplio de países. Cada punto representa el crecimiento del PIB (medido en el eje horizontal) y el crecimiento del empleo, en el panel (a), y la variación de la tasa de paro, en el panel (b) (medidos en los ejes verticales), respectivamente, en cada país en un determinado año. Los países incluidos, además de España, son: Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Irlanda, los Países Bajos, Portugal, Suecia, el Reino Unido, Estados Unidos y Japón; y el periodo, cuando los datos están disponibles, es el de 1979-2014. Los puntos señalados en negro corresponden a España; los representados en tono gris, al resto de los países. Las líneas representan el comportamiento medio a partir de las observaciones incluidas en el gráfico (en negro para España, y en tono gris para los demás países en conjunto).7

Gráfico 1.3. (a)

Tasas de crecimiento del PIB en relación con el crecimiento

del empleo en varios países (en gris) y en España

(en negro) (1979-2014)


Fuente: OCDE.

Notas: las marcas en gris corresponden al conjunto de los siguientes países: Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Irlanda, los Países Bajos, Portugal, Suecia, el Reino Unido, Estados Unidos y Japón; cada punto representa una observación anual durante el periodo 1979-2014; el dato de crecimiento del empleo se refiere a las horas de trabajo totales.

La observación de estos gráficos confirma de forma evidente que España es un caso peculiar o, como dicen los estadísticos, atípico. Dadas las tasas de crecimiento del PIB, los valores del crecimiento del empleo y de la variación de la tasa de paro correspondientes a España suelen estar en los extremos del rango de valores del conjunto de países considerados. Por ello, las líneas que representan el comportamiento medio de dichos datos en relación con el crecimiento del PIB presentan pendientes mayores (hacia arriba, en el caso del crecimiento del empleo, o hacia abajo, en el caso de las variaciones de la tasa de paro) que las que representan al resto de países. En otras palabras, en España, el empleo y la tasa de paro son mucho más volátiles, y sus variaciones reaccionan en mayor medida a fluctuaciones de la tasa de crecimiento del PIB que en otros países.

Gráfico 1.3. (b)

Tasas de crecimiento del PIB en relación con la variación de la tasa de paro en varios países (en gris) y en España

(en negro) (1979-2014)


Fuente: OCDE.

Notas: las marcas en gris corresponden al conjunto de los siguientes países: Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Italia, Irlanda, los Países Bajos, Portugal, Suecia, el Reino Unido, Estados Unidos y Japón; cada punto representa una observación anual durante el periodo 1979-2014; el dato de crecimiento del empleo se refiere a las horas de trabajo totales.

¿Cómo explicar que el comportamiento de la relación entre crecimientos del PIB y del empleo haya cambiado tan radicalmente en la economía española a partir de mediados de los años ochenta del siglo xx? ¿Por qué es España tan diferente a otros países occidentales a este respecto? Para contestar a estas preguntas es necesario recurrir a la teoría, empezando desde los primeros principios. Así, apreciaremos que hay muchas interacciones entre estas variables y que, por tanto, existen bastantes factores que influyen en esa relación.

EMPEZAR DE CERO

Supongamos que, por alguna razón que no viene al caso, el gobierno recibe una transferencia de recursos financieros de una institución o agencia, extranjera o sobrenatural, y que decide gastarla en alguna actuación dirigida a impulsar la actividad económica. Esta primera decisión, por sí misma, tiene un primer impacto sobre el PIB y el empleo. Dado que hay programas públicos (obras públicas, sociales, culturales, contratación de asalariados públicos, etc.) con mayor y menor valor añadido, y más o menos intensivos en empleo que otros, los cambios provocados en el PIB y en la ocupación dependerían de cuáles fuesen los programas elegidos por el gobierno para materializar el gasto.

No obstante, los efectos de esta actuación gubernamental no terminan solo con los derivados de la ejecución de dicho gasto. Por ejemplo, si se contrataran nuevos empleados públicos, estos dispondrían de rentas más elevadas y podrían aumentar sus niveles de consumo, aunque de igual manera cabría esperar que también una parte de las rentas adicionales se convirtieran en ahorros. Ante una mayor demanda del sector público —si una parte del gasto se ejecutara mediante licitaciones de bienes y servicios, y con el previsible aumento del consumo de los nuevos asalariados públicos—, las empresas podrían decidir aumentar los precios y producir lo mismo, o bien no variar sus precios y aumentar su producción para satisfacer la mayor demanda. Si optaran por aumentar su producción, podrían hacerlo de distintas maneras: utilizando trabajadores ociosos que, por alguna razón, seguían en plantilla —aumentando así las horas de trabajo por trabajador— o contratando nuevos empleados. Parte de esas contrataciones las realizarían nuevas empresas que se podrían crear gracias al aumento del tamaño del mercado. Igualmente, ante el crecimiento de la demanda de trabajadores, sería probable que los salarios aumentaran, de manera que el interés inicial de las empresas por incrementar su fuerza de trabajo podría reducirse. De este modo, la relación entre el incremento de producción y de plantilla podría ser muy diferente entre las diversas empresas.

En cualquier caso, con las nuevas contrataciones se produciría un nuevo aumento de la renta de las familias que iniciaría de nuevo un proceso de aumento de la demanda, de la producción y del empleo similar al descrito anteriormente. Dependiendo de las situaciones iniciales de las empresas y de las familias y del comportamiento de las variables mencionadas en esta cadena de eventos (los llamados «mecanismos de transmisión», en la jerga de los economistas), los efectos agregados sobre el PIB y el empleo podrían ser muy diferentes.

Todo esto ocurre; y ocurre incluso sin tener en cuenta que no existen instituciones o agencias, bien sean extranjeras o sobrenaturales, que transfieran recursos alegremente a los gobiernos, sino porque, normalmente, estos pueden obtener dichos recursos aumentando los impuestos, o bien en el momento en el que desean incurrir en el gasto, o bien en el futuro, a través de la emisión de deuda pública. Y tampoco se ha tenido en cuenta que, además de gobiernos, hay bancos centrales que, en su afán por controlar la tasa de inflación, ante subidas de los precios y de los salarios podrían alterar su política monetaria aplicando incrementos de los tipos de interés, afectando con ello, y por otra vía, a las decisiones de gasto de las familias y las empresas.

En cualquier caso, a la relación entre el crecimiento final del PIB y el aumento inicial del gasto público se la denomina multiplicador keynesiano.8 Nótese, pues, la estrecha correspondencia que existe, en este caso, entre este multiplicador y la relación entre crecimiento del PIB y del empleo. Hay algunos analistas económicos demasiado prestos a poner números a los umbrales de crecimiento del «PIB de creación de empleo» sin tener mucha idea de cuál puede ser dicho multiplicador, que, por otra parte, al igual que la relación entre el crecimiento del PIB y la creación de empleo, es un concepto «turbulento e incomprendido». Es turbulento por el hecho de que cuánto aumenta la actividad económica como consecuencia de una expansión fiscal es algo que depende de la medida fiscal llevada a cabo (el efecto no es igual para aumentos del gasto que para reducciones de los impuestos), del estado de la economía (aumenta menos en situaciones de expansión que de recesión), de la situación financiera de las empresas y de las familias (aumenta más si el crédito que reciben las empresas y las familias está por debajo del que estas mismas desean recibir) y de la respuesta de la política monetaria cuando cambia la política fiscal (la actividad económica crece más cuando los bancos centrales no suben los tipos de interés en respuesta a la expansión fiscal). No es de extrañar que existan fuertes controversias (y errores manifiestos) sobre la utilidad de dicho concepto a la hora de justificar cambios en la política fiscal dirigidos a promover el crecimiento de la actividad económica.

Supongamos, alternativamente, que el regalo que recibe el gobierno es en forma de innovaciones tecnológicas que permiten producir, con los mismos recursos productivos disponibles, una cantidad de bienes y servicios equivalente a la transferencia en recursos financieros del ejemplo anterior. Asumamos, además, que dicho gobierno, en su papel de benefactor social, pone tales innovaciones a disposición de las empresas (españolas, por supuesto). Estas, a su vez, tendrían dos opciones. Una sería reducir sus precios y producir más con los mismos trabajadores, dado que, gracias a la mayor productividad derivada de las nuevas ideas y tecnologías, los costes de producción serían menores, y que los menores precios harían aumentar su demanda. Otra posibilidad sería no cambiar los precios, producir lo mismo y reducir su plantilla.9 En el primer caso, aumentaría el PIB sin que se creara empleo, mientras que en el segundo caso disminuiría el empleo sin que variara el PIB.

Al igual que en el ejemplo anterior, esta es solo la mitad de la historia, puesto que en ambos casos se producirían variaciones de las rentas de las familias. En el caso en el que las empresas reducen sus precios y producen más, aumentan los salarios. Cuando las empresas optan por mantener inalterada su producción, el empleo disminuye y, por tanto, también lo hacen las rentas de las familias. Estos cambios, a su vez, desencadenarían el proceso subsiguiente de variación del consumo, de la demanda agregada, de la producción y del empleo, y, así, provocarían otros cambios del PIB y del empleo que dependerían de nuevas decisiones de las familias sobre el consumo y el ahorro y de las empresas sobre precios, salarios, contrataciones (o despidos) y horas de trabajo por trabajador. Dados estos condicionantes, podría suceder que, durante un determinado periodo de tiempo, el PIB aumentara mientras el empleo disminuyera, que ambos disminuyeran o que ambos aumentasen.

Hay dos conclusiones importantes a extraer de estos ejemplos. La primera es que la relación entre el crecimiento del PIB y el del empleo depende de las situaciones de las empresas y las familias en el momento en que se produzca el impulso por el cual ambas variables cambian, ya que esas situaciones determinarán decisiones sobre consumo y ahorro, de las familias, y de producción y precios, de las empresas, que condicionarán el comportamiento de ambas variables. La segunda conclusión es que también depende de cuál sea ese impulso. En el primero de los dos ejemplos anteriores, el PIB crece por una perturbación de la demanda, es decir, por un impulso del gasto público que se acaba traduciendo en un aumento del consumo privado y de la demanda agregada. En el segundo ejemplo, el PIB crece debido a una perturbación de la oferta, es decir, de un incremento de las posibilidades de producción de la economía.10 Las consecuencias finales de ambos tipos de perturbaciones el empleo, los salarios, la producción y, en resumidas cuentas, sobre el bienestar social, son, como veremos en detalle más adelante, bastante diferentes.

Cuando se trata de evaluar el impacto del crecimiento del PIB sobre la tasa de paro, hay un factor adicional a tener en cuenta: la tasa de participación laboral, es decir, la ratio entre la población activa en el mercado de trabajo y la población en edad de trabajar. Responsables de las políticas de empleo deseosos de comunicar su buena gestión suelen dar por sentado que los incrementos del empleo siempre se traducen en disminuciones del número de parados en la misma magnitud, aunque hay que reconocer que no son ellos los únicos que cometen este error. En realidad, el número de desempleados y la tasa de paro también dependen de cuánta gente esté activa en el mercado laboral, bien con un empleo remunerado, bien buscándolo. Dado que esta población activa puede fluctuar por múltiples razones —también en respuesta a perturbaciones de la oferta y de la demanda como las descritas anteriormente—, no es extraño que en algunas ocasiones el número de parados y el de ocupados disminuyan o aumenten al mismo tiempo. Por ejemplo, el empleo y el paro aumentaron al mismo tiempo en varios de los trimestres del periodo de expansión económica anterior a la crisis porque la población activa estaba creciendo mucho —por la llegada de inmigrantes y el aumento de la tasa de actividad de las mujeres— y porque el aumento del empleo, también elevado durante ese periodo, fue algo menor. Durante la crisis ha habido asimismo trimestres en que el empleo y el paro han disminuido al mismo tiempo porque, en esos casos, la salida de emigrantes y la caída de la tasa de participación laboral produjo una disminución de la población activa mayor que la registrada por el empleo. Por tanto, la relación entre crecimiento del PIB y variación de la tasa de paro tiene un grado adicional de complejidad.

Las relaciones entre los crecimientos del PIB y del empleo y las variaciones de la tasa de paro contempladas anteriormente también dependen del horizonte temporal que se considere. Los economistas, gente de mente sencilla, inventaron una distinción entre corto plazo y largo plazo para que sus vidas fueran algo menos complicadas. Esta distinción les permite analizar las decisiones de los agentes económicos teniendo en cuenta restricciones diferentes, que se suponen más o menos relevantes a medida que transcurre el tiempo. Por ejemplo, en lo que se refiere a las decisiones de las empresas sobre sus precios, es razonable pensar que necesitan tiempo para percibir cuánto ha cambiado la demanda y qué están haciendo los competidores, y que no procederán a modificar sus precios hasta no tener suficiente información sobre ello. Incluso si dispusieran de tal información instantáneamente, y dado que cambiar los precios implica algunos costes (por ejemplo, los gastos de impresión de nuevos catálogos, la pérdida de reputación entre ciertos clientes por modificar precios previamente pactados, etc.), las empresas podrían preferir esperar antes de responder ajustando sus precios a las perturbaciones de la oferta o de la demanda que se hayan producido. En el caso de los salarios y otras condiciones de empleo, los ajustes son aún más complicados, entre otras razones, por la existencia de convenios colectivos y contratos pactados con los trabajadores. A este tipo de restricciones que afectan a los precios, sean estos de bienes y servicios o de factores de producción, se les llama rigideces nominales. Su principal consecuencia es que las perturbaciones de la oferta y la de demanda se transmiten en el corto plazo mediante variaciones de las cantidades (producción, empleo, desempleo), y no mediante variaciones de los precios y de los salarios.

Sin embargo, en el largo plazo, las rigideces nominales dejan de ser relevantes. Una vez que estas desaparecen, lo que importa es la agregación y la coherencia de las decisiones de los agentes, que es a lo que los economistas llaman, para despistar, equilibrio en estado estacionario. La propia definición del concepto de largo plazo se refiere al periodo de tiempo necesario para que todas las variables se ajusten y los mercados vuelvan al equilibrio. Las perturbaciones de demanda se transmiten a este horizonte fundamentalmente mediante variaciones de precios y salarios.

En el caso concreto que nos ocupa, el de las relaciones entre el crecimiento económico, la creación de empleo y la tasa de paro, la visión convencional es que, independientemente de cuánto varíe el PIB, las tasas de paro y de participación laboral alcanzarían sus niveles de equilibrio en el largo plazo, los cuales vendrían determinados exclusivamente por factores estructurales, no por la demanda agregada ni por las posibilidades tecnológicas de producción.11 Y el nivel de empleo que se alcanzaría sería el determinado por el tamaño de la población en edad de trabajar y las citadas tasas de paro y de participación laboral de equilibrio.

En conclusión, la turbulencia de la relación entre el crecimiento del PIB, por un lado, y los del empleo y de la tasa de paro, por otro, se alimenta de muchos afluentes. Puede que sea porque me falta don de gentes, pero no conozco a alguien que sea capaz de tener en cuenta todas las decisiones e interrelaciones descritas anteriormente y de considerarlas respecto a distintos horizontes temporales sin recurrir a algún tipo de representación conceptual, proposicional o metodológica acerca del proceso económico en cuestión.

Este instrumento recibe por nombre modelo económico y no es más que una concepción ideal o simplificada que ayuda a la comprensión de fenómenos reales complejos. Aunque instrumentos parecidos son utilizados sin ninguna controversia en otras disciplinas científicas, en economía todavía son denostados e incomprendidos por muchos analistas y responsables de las políticas económicas, quienes, a pesar de sus fobias o incapacidades para comprender cualquier tipo de modelo económico al uso, incluso los más simples, no muestran reparos a la hora de emitir juicios sobre la inutilidad de los mismos para analizar cualquier cuestión económica de interés.

En relación con el tema que nos ocupa, una de las aportaciones de los modelos económicos es que permiten, entre otras cosas, construir funciones de impulso-respuesta, es decir, cambios en las variables de interés a lo largo de varios periodos tras haberse producido una determinada perturbación con respecto a los valores que hubieran alcanzado dichas variables en ausencia de tal perturbación.

Como una imagen vale más que mil palabras, sobre todo en economía, el gráfico 1.4 presenta estas funciones referidas a los efectos estimados de las perturbaciones de la oferta y de la demanda según el modelo REMS,12 construido para representar el comportamiento de la economía española. En el eje horizontal se representan los periodos, en este caso, trimestres. En el eje vertical se representa la variación del PIB (y algunos de los componentes de la demanda agregada, como son el consumo privado, la inversión y la balanza comercial), del empleo, de los salarios reales, de la inflación, de las horas de trabajo y de los nuevos puestos de trabajo vacantes anunciados, que se producirían ante un cambio transitorio y exógeno del consumo público y de la productividad, respectivamente. Las dos perturbaciones son transitorias y anticipadas. Así pues, que las respuestas de las variables alcancen un valor nulo significa simplemente que la perturbación dejó de tener efectos y que, por tanto, se retorna a la situación que hubiera prevalecido en su ausencia.

Gráfico 1.4. (a)

Funciones de impulso-respuesta a perturbaciones positivas

de demanda en la economía española


Fuente: J. E. Boscá, A. Díaz, R. Doménech, J. Ferri, E. Pérez, L. Puch, «A rational expectations model for simulation and policy evaluation of the Spanish economy», SERIEs, vol. 1, n.o 1, págs. 135-169, 2010.

Nota: SBC significa saldo de la balanza comercial.

Los paneles (a), (b) y (c) del gráfico 1.4 muestran los efectos de un aumento del consumo público de un 1%. Este impulso produce la respuesta del PIB, también del 1%, en el mismo trimestre, así como del consumo total, del 0,5%, que dura dos trimestres. Sin embargo, la inversión disminuye inicialmente y lo hace en los cuatro trimestres sucesivos, hasta registrar una disminución del 1,5%. El empleo, los salarios reales, las horas de trabajo y los puestos de trabajo vacantes aumentan inicialmente, pero no de forma sostenida, pues vuelven a sus niveles iniciales; el empleo y los salarios reales (es decir, descontados por las variaciones de precios) lo hacen gradualmente, y, con mayor rapidez, las horas de trabajo y los puestos de trabajo vacantes.

Gráfico 1.4. (b)

Funciones de impulso-respuesta a perturbaciones positivas

de demanda en la economía española


Fuente: J. E. Boscá, A. Díaz, R. Doménech, J. Ferri, E. Pérez, L. Puch, «A rational expectations model for simulation and policy evaluation of the Spanish economy», SERIEs, vol. 1, n.o 1, págs. 135-169, 2010.

Nota: SBC significa saldo de la balanza comercial.

Los paneles (d) (e) y (f) del gráfico 1.4 presentan los efectos de una innovación tecnológica que permitiría producir un 1% de PIB más con los mismos recursos productivos. En este caso, el impacto inicial sobre el PIB es menor (el 0,3%), pero más duradero. El consumo, la inversión y los salarios también aumentan de forma sostenida en el tiempo. Las variaciones resultantes en el empleo, las horas de trabajo y los puestos de trabajo vacantes son bastante diferentes a las causadas por el aumento del consumo público. De hecho, ahora las horas totales de trabajo disminuyen y no alcanzan su nivel previo a la innovación tecnológica hasta después de transcurrido varios años.

Gráfico 1.4. (c)

Funciones de impulso-respuesta a perturbaciones positivas

de demanda en la economía española


Fuente: J. E. Boscá, A. Díaz, R. Doménech, J. Ferri, E. Pérez, L. Puch, «A rational expectations model for simulation and policy evaluation of the Spanish economy», SERIEs, vol. 1, n.o 1, págs. 135-169, 2010.

Nota: SBC significa saldo de la balanza comercial.

Si tomásemos literalmente estas funciones de impulso respuesta, podríamos responder sin temor a equivocarnos a las preguntas sobre cuánto crecimiento del PIB es necesario para crear empleo y para reducir el desempleo, con cualquier cifra. Eligiendo adecuadamente la combinación de perturbaciones de la oferta y de la demanda que generan dicho crecimiento y el horizonte al que se refieren las preguntas, siempre podemos encontrar supuestos que justifiquen cualquier respuesta que nos atrevamos a dar.13

Gráfico 1.4. (d)

Funciones de impulso-respuesta a perturbaciones positivas

de oferta en la economía española


Fuente: J. E. Boscá, A. Díaz, R. Doménech, J. Ferri, E. Pérez, L. Puch, «A rational expectations model for simulation and policy evaluation of the Spanish economy», SERIEs, vol. 1, n.o 1, págs. 135-169, 2010.

Nota: SBC significa saldo de la balanza comercial.

La implicación de esta última observación es evidente. Si una pregunta admite muchas respuestas correctas es que no está bien formulada. Por lo tanto, la relación entre el crecimiento económico y la creación de empleo tiene que plantearse en otros términos que bajo la pregunta sobre cuánto ha de crecer el PIB para que se cree empleo o para que disminuya el paro. Y, en cualquier caso, el principal objeto de preocupación debería ser dónde vamos a encontrar el impulso necesario para que se produzca el crecimiento económico y cómo garantizar que este genere oportunidades de empleo que mejoren el bienestar de toda la población.

Gráfico 1.4. (e)

Funciones de impulso-respuesta a perturbaciones positivas

de oferta en la economía española


Fuente: J. E. Boscá, A. Díaz, R. Doménech, J. Ferri, E. Pérez, L. Puch, «A rational expectations model for simulation and policy evaluation of the Spanish economy», SERIEs, vol. 1, n.o 1, págs. 135-169, 2010.

Nota: SBC significa saldo de la balanza comercial.

COMPARANDO SE ENTIENDE LA GENTE: ESPAÑA EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL DURANTE LA CRISIS

Gráfico 1.4. (f)

Funciones de impulso-respuesta a perturbaciones positivas

de oferta en la economía española


Fuente: J. E. Boscá, A. Díaz, R. Doménech, J. Ferri, E. Pérez, L. Puch, «A rational expectations model for simulation and policy evaluation of the Spanish economy», SERIEs, vol. 1, n.o 1, págs. 135-169, 2010.

Nota: SBC significa saldo de la balanza comercial.

Una observación reciente de los efectos de perturbaciones económicas lo proporciona la llamada Gran Recesión, que se inicia con un conjunto de turbulencias financieras asociadas al mercado inmobiliario en Estados Unidos a mediados de 2007, continúa con su transmisión a otros países —fundamentalmente también a través de canales financieros— y desemboca en la crisis de la deuda soberana en Europa a partir de 2010. Durante dicho periodo, en muchos países se registraron intensas disminuciones del PIB y del empleo, así como elevados incrementos de las tasas de paro. El carácter global y la intensidad de tales perturbaciones permiten identificar con cierta nitidez los mecanismos de transmisión que subyacen a la relación que nos ocupa entre el nivel de actividad económica, por una parte, y el empleo y el paro, por otra. Veamos a continuación qué pasó, de forma somera, y cómo interpretar las diferencias internacionales a este respecto.

El gráfico 1.5 presenta el crecimiento del PIB frente al crecimiento del empleo, por una parte (panel a), y la variación de la tasa de paro, por otra (panel b), registradas durante el periodo 2007-2013 en varios países de la Unión Europea y en Estados Unidos. De nuevo, las líneas señalan la mejor representación lineal del comportamiento medio de estas variables en la muestra de países considerados. Como se puede observar, en España, el PIB durante ese periodo disminuyó alrededor de un 6 %. En comparación con los países que registraron una variación similar, como son Italia, Portugal, Irlanda, Eslovenia y Finlandia, España destaca por registrar una disminución del empleo y un aumento de la tasa de paro bastante mayores. De hecho, en ambas dimensiones resulta ser el país que más se desvía del comportamiento medio representado por las líneas de regresión.

Esta nueva peculiaridad de la economía española se puede explicar de dos maneras. Una es que la naturaleza y la intensidad de las perturbaciones que originaron tales variaciones del PIB, del empleo y de la tasa de paro fueron diferentes en España. Es la explicación que utilizan los que prefieren minimizar el papel que la regulación disfuncional del mercado de trabajo español puede haber jugado en el proceso de transmisión de esas perturbaciones. Su historia de la crisis de la economía española se inicia con la observación de que la explosión de la burbuja inmobiliaria, que había concentrado una gran cantidad de recursos productivos en el sector de la construcción, provocó una fuerte contracción del empleo que difícilmente podría haberse evitado incluso con un mercado de trabajo que funcionara mejor. A continuación, para racionalizar la profundidad y la duración de la crisis, apelan a la austeridad en política fiscal, a la insuficiente y lenta respuesta de política monetaria del Banco Central Europeo y a otros errores, por acción o por omisión, cometidos por los gobiernos nacionales y por organismos económicos internacionales.

Gráfico 1.5. (a)

Tasas de crecimiento del PIB y del empleo en países de la Unión Europea

y en Estados Unidos durante la crisis


Fuente: cálculos del autor a partir de datos de la OCDE.

Una explicación alternativa apunta a las diferencias en las configuraciones institucionales del mercado de trabajo entre países. En este caso, la interpretación es la siguiente. Hay países donde el mercado de trabajo es «flexible», es decir, ante perturbaciones negativas se producen ajustes tanto en los salarios como en las horas de trabajo por trabajador y otras condiciones de empleo. En ellos también la movilidad de los trabajadores desplazados por la perturbación negativa entre los sectores de actividad y las empresas de cada uno de esos sectores se realiza más rápidamente. En otros, existen instituciones que limitan mucho dichos ajustes, y, por tanto, es en estos en los que más empleo se destruye ante una perturbación negativa y en los que más duraderos son esos efectos.

Gráfico 1.5. (b)

Tasas de crecimiento del PIB y variación de la tasa de paro

en países de la Unión Europea y en Estados Unidos durante la crisis


Fuente: cálculos del autor a partir de datos de la OCDE.

Para dilucidar cuál de estas dos historias tiene mayor poder explicativo sería necesario poder observar con precisión las perturbaciones que originaron las fluctuaciones del PIB, del empleo y de la tasa de paro en cada país durante la crisis reciente. Puesto que cualquier modificación observada en las variables macroeconómicas puede ser el reflejo de una perturbación exógena o de las múltiples interacciones que se establecen entre ellas, la medición de dichas perturbaciones está condicionada al modelo macroeconómico que se utilice en cada caso. Aunque existen modelos que pueden realizar esta tarea para cada país, es necesario acomodarlos a características nacionales propias. Esto hace que, al final, cuando se utiliza este enfoque, las diferencias internacionales en las perturbaciones pueden ser las que en realidad se pretenden medir o aquellas generadas como consecuencia de las diferencias de la modelización utilizada en cada país. Así pues, enfoques de este tipo acaban resultando poco concluyentes.

No obstante, una aproximación más sencilla al papel que jugaron las diferencias internacionales en el comportamiento del mercado laboral a la hora de profundizar la crisis y alargar su duración se puede obtener mediante la comparación de algunas de las variables que intermedian la relación entre el crecimiento del PIB, por un lado, y el del empleo y la variación de la tasa de paro, por otro. Dada una tasa de crecimiento del PIB, la tasa de crecimiento de empleo es tanto mayor cuanto menor sea la tasa de crecimiento de las horas por trabajador. Igualmente, también el empleo aumentará más cuanto menor sea el crecimiento de la productividad media por hora trabajada. Y, por tanto, la tasa de paro disminuirá más cuanto menos aumenten las horas trabajadas por trabajador, la productividad y la población activa.14 De nuevo, resulta importante tener en cuenta que las fluctuaciones del PIB, de la productividad, de las horas de trabajo y de la población activa son el resultado de las perturbaciones y del proceso de ajuste económico que hayan tenido lugar. En cualquier caso, las variaciones de las tres últimas variables son más informativas sobre cómo se ha producido dicho ajuste en el mercado de trabajo que las propias fluctuaciones del PIB, del empleo y de la tasa de paro.

Los paneles del gráfico 1.6 presentan los crecimientos de la población activa (a), la productividad por hora trabajada (b) y las horas de trabajo por trabajador (c) en algunos países de la Unión Europea y en Estados Unidos durante la crisis. Esta comparación internacional indica que en España crecieron la población activa y la productividad por hora trabajada por encima de la media, mientras que las horas de trabajo por trabajador no disminuyeron tanto como en otros países donde se registraron menores aumentos del paro (Alemania, Austria, Italia). A pesar de la llegada de menos inmigrantes y de la salida de un mayor número de emigrantes, la población activa en España aumentó porque se produjeron menos jubilaciones por vejez que en recesiones anteriores y porque la participación laboral de la población femenina continuó aumentando.

Gráfico 1.6. (a)

Crecimiento de la población activa durante

la crisis (2007-2013)


Fuente: cálculos del autor a partir de datos de la OCDE.

Por su parte, el fuerte crecimiento de la productividad por hora trabajada registrado en España, al contrario de lo ocurrido en otros países, se explica porque la intensa destrucción de empleo se concentró en los puestos de trabajo de menor productividad, y no tanto porque se produjera un incremento genuino de la eficiencia de los factores de producción (capital y trabajo). La menor variación de las horas de trabajo por trabajador se debe a que en nuestro país, al contrario que en otros países, no se promovieron planes de ajuste mediante la reducción del tiempo del trabajo por trabajador, sino que, mayoritariamente, ese ajuste se produjo mediante la reducción del número de trabajadores, especialmente entre aquellos con contratos temporales.

Gráfico 1.6. (b)

Crecimiento de las horas de trabajo por empleado durante

la crisis (2007-2013)


Fuente: cálculos del autor a partir de datos de la OCDE.

Gráfico 1.6. (c)

Crecimiento de la productividad por hora trabajada durante

la crisis (2007-2013)


Fuente: cálculos del autor a partir de datos de la OCDE.

TRANSITANDO SE EXPLICA MEJOR

Unas variaciones iguales del empleo y de la tasa de paro pueden ser el resultado de diferentes cambios de la situación laboral de la población. Por ejemplo, el empleo puede disminuir porque mucha gente pierda su trabajo o porque los desempleados tarden más tiempo en encontrar un nuevo empleo y, por tanto, en reemplazar a los trabajadores que salen de la ocupación. La tasa de paro puede aumentar debido a que haya más gente que se incorpore a la búsqueda de empleo sin que los puestos de trabajo aumenten, o bien a que estos disminuyan mientras que la población activa se mantiene constante. Por tanto, para entender mejor las fluctuaciones del empleo y del paro es necesario observar en detalle las transiciones que se puedan producir entre los estados de la población en relación con el mercado de trabajo.

Siendo estos estados fundamentalmente tres (empleo, desempleo e inactividad), hay seis transiciones a considerar: 1) desde el empleo hacia el paro; 2) desde el empleo hacia la inactividad; 3) desde el paro hacia el empleo; 4) desde el paro hacia la inactividad; 5) desde la inactividad hacia el empleo; y 6) desde la inactividad hacia el paro. Estas transiciones tienen además una incidencia mayor entre determinados grupos de población que entre otros. Por ejemplo, las transiciones desde la inactividad hacia el empleo y hacia el paro están mayoritariamente protagonizadas por jóvenes que inician su carrera laboral, mientras que las transiciones en sentido contrario se deben principalmente a la jubilación por vejez de los trabajadores de mayor edad. Por ello, el tipo de los puestos de trabajo que se crean o destruyen y las características individuales de los trabajadores asociados a los mismos ofrecen igualmente información sobre las causas por las que el empleo y la tasa de paro cambian en el tiempo y el papel que juegan las políticas de empleo a la hora de promover la creación de empleo y mitigar su destrucción.

Junto a la edad, el nivel educativo es otra de las características individuales que tienen una cierta incidencia sobre los flujos en el mercado de trabajo. Los trabajadores con mayor nivel educativo, aparte de incorporarse al mercado de trabajo más tarde y también de jubilarse por vejez a una edad más avanzada, disfrutan de empleos más duraderos y de periodos de desempleo más cortos que los trabajadores de menor nivel educativo. También las diferencias entre varones y mujeres, por lo que respecta a los flujos laborales, son apreciables. Por ejemplo, las mujeres suelen tener más transiciones hacia la inactividad a lo largo de su carrera laboral, en la medida en que todavía parecen ser más proclives que los varones a abandonar su actividad laboral para dedicarse al cuidado de sus hijos u a otras actividades domésticas.

Gráfico 1.7.

Contribuciones de los flujos laborales entre empleo, desempleo e inactividad a la variación de la tasa de paro, entre 2007 y 2012,

en varios países europeos


Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

Durante la crisis, las transiciones entre el empleo y el desempleo han mostrado variaciones muy distintas entre países. El gráfico 1.7 indica en qué medida las variaciones de estos flujos explican los cambios de la tasa de paro registrados durante el periodo 2007-2012 en varios países europeos.15 De nuevo, España aparece entre los países con los resultados más llamativos. Al igual que en el resto de los países, en España, los factores que explican la mayor parte del aumento del paro son el incremento del número de ocupados que pasan a estar desempleados y la disminución del número de empleados que encuentra un empleo. Lo singular de la situación española a este respecto es que, mientras en la mayoría de los países europeos ambos factores causaron, en el peor de los casos, un aumento del desempleo del orden de 2 puntos porcentuales, en España (y también en Grecia y Portugal) suponen cada uno alrededor de 5 puntos porcentuales de aumento de la tasa de paro.

Los gráficos 1.8 y 1.9 se concentran en las variaciones de los flujos laborales entre el empleo y el desempleo para distintos grupos de población en función de su edad, nivel educativo y sexo. En cada radio de las circunferencias de las tres representaciones del gráfico 1.8 se mide, para el grupo de población indicado en la leyenda correspondiente, la diferencia entre la tasa de salida del empleo hacia el desempleo en 2012 y la correspondiente a 2007. En cada radio de las circunferencias del gráfico 1.9 se hace lo mismo para la diferencia entre la tasa de entrada al empleo desde el desempleo entre 2012 y 2007.16

En esta dimensión, España destaca por la exagerada concentración de la destrucción del empleo y la caída de la tasa de salida del paro hacia el empleo entre la población juvenil. Si bien poseer un nivel educativo más elevado proporciona una cierta protección contra la destrucción de empleo y alguna ventaja a la hora de encontrar un puesto de trabajo para los jóvenes, resulta muy chocante que, para el sector juvenil de españoles con un nivel educativo alto, el aumento de la pérdida de empleo haya sido mucho más elevado que en otros países, así como más amplio que los que han sufrido otros grupos de población de mayor edad y con menor nivel educativo en España.

Gráfico 1.8. (a)

Diferencia de la transición desde el empleo hacia el desempleo (en puntos porcentuales del número de ocupados del año anterior), entre 2012 y 2007


Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

Por ejemplo, si tomamos a la población de entre quince y veintinueve años de edad, el aumento de la tasa de salida del empleo hacia el desempleo, entre 2007 y 2012, fue de 11,7 puntos porcentuales para los varones de nivel educativo medio y de 10,3 puntos porcentuales para los de nivel educativo alto. En cuanto a las mujeres, los aumentos fueron de 9,6 y 3,6 puntos porcentuales, respectivamente. En Alemania, por el contrario, dicha tasa disminuyó levemente para la población de nivel educativo medio (1,5 puntos porcentuales para los varones, y 1 punto porcentual para las mujeres) y se mantuvo relativamente constante entre los jóvenes de nivel educativo alto. En cuanto a la población de entre treinta y cuarenta y nueve años de edad, en España, la tasa de salida del empleo hacia el paro aumentó en 5 puntos porcentuales entre la población de nivel educativo medio, y 3 puntos porcentuales entre la población de nivel educativo alto —sin que en este caso hubiera diferencias apreciables entre sexos—, mientras que en Alemania disminuyeron en 0,5 puntos porcentuales aproximadamente tanto para unos como para los otros.

Gráfico 1.8. (b)

Diferencia de la transición desde el empleo hacia el desempleo (en puntos porcentuales del número de ocupados del año anterior), entre 2012 y 2007



Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

También cabe realizar observaciones similares cuando se considera la disminución de la probabilidad de encontrar un puesto de trabajo. En España, entre los varones jóvenes con nivel educativo medio o alto, dicha tasa disminuyó ¡40 puntos porcentuales!, y 30 puntos en el caso de las mujeres, mientras que entre la población de treinta a cuarenta y nueve años de edad tales disminuciones fueron, respectivamente, de alrededor de 20 y 15 puntos porcentuales. En Alemania, entre la población juvenil la tasa de salida del desempleo hacia el empleo solo disminuyó 5 puntos porcentuales, cifra similar a la registrada entre la población de entre treinta y cuarenta y nueve años de edad.

Gráfico 1.8. (c)

Diferencia de la transición desde el empleo hacia el desempleo (en puntos porcentuales del número de ocupados del año anterior), entre 2012 y 2007


Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

Gráfico 1.9. (a)

Diferencia de la transición desde el desempleo hacia el empleo (en puntos

porcentuales del número de parados del año anterior), entre 2012 y 2007


Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

Gráfico 1.9. (b)

Diferencia de la transición desde el desempleo hacia el empleo (en puntos

porcentuales del número de parados del año anterior), entre 2012 y 2007


Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

Que la población juvenil haya sido especialmente afectada por la pérdida de empleo y que tener un nivel educativo alto no haya protegido a personas de este grupo de población frente a dicha pérdida, muestra que el mercado de trabajo español presenta disfunciones importantes a la hora de proporcionar empleos estables a jóvenes con un elevado capital humano, lo que, sin duda, es un reflejo de la elevada incidencia de la contratación temporal y de la escasa conversión de este tipo de contratos en indefinidos entre este grupo de población. El hecho de que durante la crisis otros países experimentaron variaciones muy inferiores en los flujos laborales entre empleo y desempleo, a pesar de haber sufrido pérdidas similares de actividad económica, sugiere que la configuración institucional del mercado de trabajo español y las deficientes políticas de empleo que se implementaron en respuesta a la crisis explican una parte muy importante de la mayor destrucción de empleo y de la menor creación del mismo que se registró en la economía española durante ese periodo. Y que en España se produjeran diferencias tan marcadas entre grupos de población, con una excesiva concentración de la mayor destrucción de empleo y de la menor creación del mismo entre los jóvenes, indica que las instituciones laborales españolas son especialmente culpables de generar una brecha intergeneracional en la situación laboral de la población española que puede tener consecuencias nefastas, tanto en términos de despilfarro de capital humano como de aumentos de las desigualdades sociales.

Gráfico 1.9. (c)

Diferencia de la transición desde el desempleo hacia el empleo (en puntos

porcentuales del número de parados del año anterior), entre 2012 y 2007


Fuente: José María Casado, Cristina Fernández y Juan Francisco Jimeno, «Worker flows in the European Union during the Great Recession», documento de trabajo, n.o 1.529, Banco de España, 2015.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
273 s. 73 illüstrasyon
ISBN:
9788490567616
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Bookwire
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