Kitabı oku: «Colombia desde la pluma de Juan Gossain»

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Colombia desde la pluma de Juan Gossain

© 2021, Juan Gossain

© 2021, Intermedio Editores S.A.S.

Primera edición, julio de 2021

Edición

María Alejandra Mouthon

Equipo editorial Intermedio Editores

Concepto gráfico, diseño y diagramación

Alexánder Cuéllar Burgos

Equipo editorial Intermedio Editores

Foto de portada

Archivo El Tiempo

Diseño de portada

Alexánder Cuéllar Burgos

Intermedio Editores S.A.S.

Avenida Calle 26 No. 68B-70

www.eltiempo.com/intermedio

Bogotá, Colombia

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.

ISBN:

978-958-757-993-2

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Contenido

A manera de prólogo

El día en que un presidente colombiano ordenó fusilar a su sobrino

Estas son las epidemias que han atacado a Colombia en quinientos años

Un testigo lo confirma: en Plato sí se volvió un hombre caimán

Una joya: las cartas del joven Gabo cuando tenía veinte años

Si quiere sentirse orgulloso, acompáñeme a conocer el Caro y Cuervo

Francamente: ¿lo del 20 de julio fue una revolución o una pelotera?

Colombia, un país donde hasta el lenguaje se corrompe

Los curiosos apodos de las ciudades colombianas

A Cartagena le sobra el agua… pero no tiene transporte acuático

EPS no les pagan a hospitales porque el Gobierno no les paga a ellas

No me mame gallo y dígame cuál es el origen de esa expresión

El curioso origen de tocayo, cucayo y de la palabrita aquella

Vestido con sus mejores galas, el vallenato ingresa al diccionario

Oiga: por qué le dicen ‘sapo’ al delator y ‘zorra’ a la mujer coqueta

Permítame su educación: ¿qué es corroncho y qué es un cachaco?

Palenquero: el idioma que crearon los negros en Cartagena

El curioso origen de ‘vaina’, palabra más útil en el habla colombiana

El curioso origen de las palabras ‘izquierda’ y ‘derecha’ en política

Historia de la palabra ‘chocorazo’, fraude en elecciones colombianas

Cuál es el origen de expresiones como ‘hacer una vaca’ o ‘dar papaya’

A manera de prólogo

Nunca en la vida ha sido fácil ejercer el periodismo en un país como Colombia. Pero es que ahora, en estos tiempos que corren, ya no solo es difícil sino también peligroso. Riesgoso, para decirlo con la palabra precisa.

Al juntarse en un mismo escenario la pandemia del coronavirus y los problemas sociales, y al producirse el estallido de las protestas callejeras, salió a flote lo peor de nuestra alma: los rencores, la intolerancia, la violencia.

Cada quince días, cuando se publica una de estas crónicas mías en el diario El Tiempo, recibo varias y variadas cartas de los lectores. La mitad de ellas son regaños rotundos en los que me dicen que, mientras el país se está desbaratando, yo me dedico a escribir bobadas sobre historias de las palabras, el origen de los refranes, las curiosidades del idioma. La agresividad de esos mensajes es tan grande, que los epítetos más suaves que me lanzan son para calificarme de insensato e irresponsable.

La otra mitad de dichos corresponsales me dice exactamente lo contrario: que por fin hay alguien que escribe en la prensa sobre temas diferentes y divertidos, en vez de dedicarse a machacar sobre la misma cantaleta todos los días.

Cercado por esas dos visiones tan diametrales, yo me quedo pensativo, tratando de sacarles conclusiones de provecho, y he llegado a hacerme estas preguntas: ¿eso que está pasando conmigo no es, precisamente, una prueba elocuente de lo que le está ocurriendo al país? ¿No es ese, precisamente, el tema del que me ocupo en otras crónicas sobre nuestra cruda y dolorosa realidad cotidiana?

El escenario nacional es sobrecogedor: confrontaciones, choques, conflictos, bloqueos, tiroteos, peloteras, vandalismo en cada esquina, los viejos amigos de antes ya no hablan sino que gritan, porque, en medio de disputas y contiendas, ya no hay debates de ideas sino insultos personales.

¿Dónde estarán los líderes que puedan conducir a Colombia en la búsqueda de la tolerancia, la concordancia, a discutir sin matarnos, a confrontar serenamente las ideas, a buscarles solución a los problemas sociales, a ver si podemos limar las asperezas y ponernos de acuerdo alguna vez? ¿Dónde estarán?

¿O será que estamos viviendo en dos países diferentes y la rabia nos ha impedido darnos cuenta?

Pero, en aras de la verdad histórica, que siempre debe ser completa, es justo decir que la realidad colombiana siempre ha sido convulsa y agitada. Por eso, para entenderla cabalmente, hay que denunciar las grandes lacras de nuestra sociedad, como es el caso de la corrupción que nos está agobiando, pero también es deber de un periodista mostrar cómo avanzan, con los años, las costumbres y la cultura del país.

Eso fue lo que intenté hacer, ni más ni menos, cuando escribía las crónicas que hoy son el contenido de este libro. Entender a Colombia, pero no solo desde la sordidez de las sombras, sino, también, desde su lado luminoso. Espero haberlo logrado. Ustedes tienen la palabra.

JUAN GOSSAIN

La azarosa historia nacional


El día en que un presidente colombiano ordenó fusilar a su sobrino

Ahora que el encierro por la pandemia les pone los pelos de punta a tantas familias colombianas, y ahora que la justicia existe cada vez menos y la impunidad campea cada vez más en nuestro país, ahora es cuando vale la pena contarles a ustedes uno de los episodios más sorprendentes –y sin embargo más desconocidos– de la azarosa historia nacional.

Me refiero al día en que el presidente de la República autorizó el fusilamiento de su propio sobrino. Así como lo están oyendo. O leyendo, mejor dicho. El poeta caribe Juan Carlos Guardela, que vive en los Llanos Orientales, encontró los primeros rastros de semejante suceso narrados en un viejo periódico argentino y me los hizo llegar, para ver si me interesaba.

Guardela logró su objetivo con creces, porque de inmediato me puso a rastrear y husmear en el pasado, a escarbar en documentos antiguos, a desempolvar libros, a averiguar sin descanso. Aquí está, pues, el relato completo de aquellos acontecimientos.

Núñez y las guerras civiles

Rafael Núñez es el único colombiano que ha ocupado cuatro veces la Presidencia de la República. A finales del siglo XIX, cuando el país no tenía ni los cien años de haberse independizado de España, este hombre que nació, vivió y murió en Cartagena fue primer mandatario entre 1880 y el 82, también del 84 al 86, reelegido del 86 al 88 y, por último, una vez más, entre 1892 y el 94.

Fue, además, el promotor de la Constitución de 1886, que nos gobernaría durante ciento cinco años, hasta que la sepultaron en 1991. Y fue, así mismo, autor de la letra del himno nacional. Además, fue él quien creó los billetes para remplazar la circulación de monedas de oro.

En aquellos años, el país estaba sumido en un caos tan grande, y en un desorden político de tales proporciones, que a lo largo del siglo tuvimos nueve guerras civiles de talla nacional y más de mil guerritas regionales.

La verdad es que aquel infierno, provocado por las ambiciones políticas, obligó a Núñez a quitarle a Colombia el régimen federalista, en el cual cada provincia era prácticamente una nación independiente, e imponer nuevos controles y unir otra vez al país, regresando al sistema centralista.

Aparece el sobrino

Fue entonces cuando se desató una ola de crímenes políticos y atentados terroristas por todos los rincones del país. El Gobierno tuvo que echar mano de unas leyes aterradoras, como la pena de muerte y el destierro, para aplicárselas a los autores de delitos como rebeldía, sedición y ataques con armas o explosivos.

Bueno, y aquí viene ya el meollo de esta crónica. Hagamos de cuenta que estamos a mediados de 1894. El presidente Núñez estaba enfermo desde hacía varios meses, pero seguía al frente del poder. Tenía una hermana con nombre bíblico, Betsabé Núñez, casada con el general Marco Antonio Talero.

Los Talero vivían en las afueras de Bogotá. Su hijo era el joven abogado Eduardo Talero Núñez, de veinticinco años. Su familia quería que fuera militar, como su padre, pero él se inclinó por las ciencias sociales y se graduó en la Universidad Externado de Colombia. Era abogado y poeta, como su tío, pero sus ideas revolucionarias lo distanciaban de él.

Eduardo participaba con ímpetu en revueltas, saboteos, manifestaciones contra el Gobierno, incluso atentados con dinamita, el explosivo que Alfred Nobel había descubierto treinta años antes.

‘¡Fusílenlo!’

Eran tiempos turbulentos y sangrientos. Se veían venir ya, a grandes velocidades, los terribles sucesos de la guerra de los Mil Días, que comenzaría cinco años más tarde.

No solo en la capital, sino por todos los rincones del país, había manifestaciones y alborotos, tumultos, asonadas, prácticamente una nueva guerra civil. Los muertos se contaban por centenares en calles y campos, en ciudades y aldeas, en las montañas y en la llanura.

En una de esas protestas, que marchaba a gritos por el centro de Bogotá, los soldados capturaron a Eduardo. Lo llevaron a la cárcel, bajo la gravísima sindicación de ser uno de los jefes de la conspiración contra el Estado.

Amparados en las rigurosas leyes de aquella época sombría, lo condenan a morir a manos del pelotón de fusilamiento. Pero, enterados del parentesco, y cumpliendo las normas que regían la pena de muerte, resuelven consultarle el caso al presidente, quien tenía la potestad de perdonar al condenado si así lo consideraba.

Cuando fueron a preguntarle su opinión, Núñez replicó con una sola frase, lacónica, dramática y rotunda:

La ley es igual para todos. Procedan.

La enfermedad del tío

Fijaron la fecha de ejecución para unos meses después.

Según una investigación reciente que hizo el periódico digital argentino LM Neuquén, la cárcel bogotana en que confinaron a Eduardo Talero Núñez era una mazmorra sucia, gris, lúgubre y húmeda.

La vida, que a veces tiene esos arrebatos dramáticos, metió su mano en la tragedia griega que se estaba desarrollando. Pocos días después del veredicto condenatorio contra su sobrino, cuando ya estaba a punto de terminar el año de 1894, al presidente Núñez se le agravó la salud, que venía deteriorada en los últimos tiempos. Lo aquejó un derrame cerebral.

Entonces decidió, como solía hacerlo a cada rato mientras fue presidente, que lo mejor era trasladarse de Bogotá a su casa cartagenera, en la entrada del barrio El Cabrero, en busca de un clima más cálido y de una acogedora tranquilidad hogareña. Su vicepresidente, el celebrado y admirable gramático Miguel Antonio Caro, quedó encargado del Gobierno.

Entre tanto, agobiada por el dolor, en su casa de Ubaté, al norte de la sabana de Bogotá, su hermana Betsabé resolvió ir a enfrentarse con él.

‘¿Tú no tienes corazón?’

A pesar de las penurias que en esos tiempos implicaba un viaje desde Bogotá hasta el Caribe, la señora salió en tren rumbo a Girardot, que era el puerto fluvial más cercano a la capital, pero en la mitad del camino tuvo que cabalgar en mula y a caballo por semejantes cadenas de montañas.

Agarró un lanchón de pasajeros y partió para Cartagena. Cuentan los historiadores más confiables, y, mejor aún, los propios miembros de la familia en sus cartas personales, que Rafael la recibió de inmediato.

Ella, bañada en lágrimas, comenzó a implorar perdón para Eduardo. El presidente la escuchaba en silencio. De súbito, se arrojó a él y lo abrazó.

–Es mi hijo, Rafael, y yo soy tu hermana –sollozaba dolorosamente–. Eduardo es tu sobrino. ¿Tú no tienes corazón?

–La ley es para todos –repitió Núñez, por centésima vez, y se levantó de su sillón.

El presidente fue hasta la ventana que miraba al mar, indicando que la reunión había terminado.

–Además –agregó–, en este momento yo no soy el presidente. Caro es el presidente.

‘Es tu sangre, Rafael’

Betsabé pensó que tantos ruegos e imploraciones habían sido inútiles. Pero, mientras iba saliendo de la habitación, hizo un intento final.

–Es tu propia sangre, Rafael –fue lo último que le dijo.

Entonces su hermano se volvió hacia ella, se la quedó mirando y le respondió:

–Solo le perdono la vida si se marcha de este país y no vuelve por aquí nunca más.

Betsabé, según se lo contaría ella a todos sus amigos, volvió hacia él, encarándolo, y levantó los dedos de la mano derecha entrecruzados.

–Yo te juro por esta santa cruz y por mi propia vida –exclamó– que Eduardo jamás volverá a Colombia.

Al destierro

Cada detalle de este episodio, por pequeño que sea, parece una novela de misterio o una película de suspenso. Imagínense ustedes que, de acuerdo con lo establecido en la sentencia condenatoria, la fecha para fusilar a Talero Núñez se cumplía al día siguiente de aquella reunión entre su madre y su tío.

¿Cómo evitar que lo mataran, si en esa época no había celulares para llamar de urgencia a Bogotá, ni teléfonos fijos, y mucho menos internet o redes sociales? La situación se volvió terriblemente angustiosa, hasta que Núñez utilizó la telegrafía, que era el medio de comunicación más rápido, y le mandó un mensaje al vicepresidente Caro.

En él indultaba a su sobrino y ordenaba que lo transportaran de inmediato al puerto de Cartagena, “subirlo a un barco sin ninguna consideración y descargarlo o arrojarlo de la embarcación en el primer puerto de destino”.

Un poeta en Argentina

A Eduardo lo embarcaron en una lancha de carga, vieja y medio derruida, en la que ni siquiera tenía un rincón para dormir. Sus primeras escalas fueron en Maracaibo y Caracas, luego se detuvo en Nicaragua, más adelante en Nueva York y, por último, dándole media vuelta al mundo, fue a parar a la Argentina.

Se afincó en una ciudad pequeña y hermosa, llamada Neuquén, capital de la provincia del mismo nombre, en lo profundo de la Patagonia. Allí pasaría el resto de su vida. Y fue un ciudadano tan distinguido que, sin haber nacido en Argentina, lo nombraron secretario de Gobierno de toda la región y cónsul general de Ecuador.

Entonces pudo dedicarse a su inolvidable amor por la poesía. Fue amigo de varios poetas renombrados, como Rubén Darío, y escribió unos libros que todavía hoy son ofrecidos en venta a través de los portales de comercio en internet.

Epílogo

Como si no fuera suficiente, más hechos insólitos y pasmosos ocurrieron en torno a esta historia. Por ejemplo, el presidente Rafael Núñez murió en su casa de Cartagena en septiembre de 1894, solo veintiún días después de haber indultado y desterrado a su sobrino.

Eduardo Talero Núñez, por su parte, se casó en Neuquén, tuvo un hijo y construyó un castillo para vivir en el campo. Allí estuvo hasta 1917, cuando se mudó con su familia a la propia capital, Buenos Aires, buscando remedio para sus achaques, pero sin abandonar su amorosa pasión por las musas de la poesía. Allí murió en 1921, a los 52 años. Una calle de Neuquén lleva hoy su nombre. El castillo es una reliquia. Y se murió sin haber vuelto nunca a Colombia.

Estas son las epidemias que han atacado a Colombia en quinientos años

¿Sabe usted en qué año ocurrió la primera epidemia que le cayó encima a Colombia? ¿De qué era esa epidemia? ¿Y, desde entonces, cuál es la ciudad que más ha sufrido epidemias mientras va pasando el tiempo?

Esas fueron las preguntas que me hizo un amigo inquieto y curioso, en medio de la cuarentena, y desde ese momento no volví a tener tranquilidad hasta que me puse a investigar por todas partes. Hubo noches en que amanecí consultando libros de historia, mamotretos gigantescos, crónicas antiguas, testimonios de viajeros, relatos de navegantes.

Por eso es que hoy puedo decirles esto: es muy probable que antes del siglo dieciséis, al cual pertenece la fecha que les voy a mencionar a continuación, ya se hubiesen presentado otras pestes en el territorio del que sería nuestro país. Pero esta es la primera de la que se tenga noticia confirmada y fidedigna en los anales históricos.

Fue la epidemia de lepra que atacó a Cartagena de Indias en 1550, hace ya 470 años. En ese momento la ciudad tenía apenas diecisiete años de fundada.

Resulta que Cartagena se estaba convirtiendo ya en el principal puerto marítimo de América, en reemplazo de La Habana, para el comercio con Europa. Llegaban barcos de todas partes. En ellos, precisamente, viajaban las enfermedades colectivas.

Y, como si fuera poco, de África venían las naves cargadas de esclavos negros, una de las mayores infamias que se han cometido en la historia de la humanidad.

Elefancia y murallas

Cómo sería de gigantesca hace cinco siglos la actividad comercial en Cartagena que, en 1586, cuando habían transcurrido apenas 36 años desde los estragos que causó la lepra, el imperio español tuvo que iniciar la construcción de murallas, castillos y fortalezas, para proteger a la ciudad y sus bodegas de los ataques y saqueos de otra peste tenebrosa: los piratas.

Como hecho curioso, debo registrar que los cartageneros de esa época llamaban “elefancia” a la lepra, porque deformaba la piel humana hasta dejarla como el cuero de un elefante.

En aquel momento quedó constancia de 1.500 personas infectadas, más de la mitad de la población completa.

Aquí es donde debo hacer un alto en el camino para contarles que, de acuerdo con otros investigadores que he podido consultar, esa no fue realmente la primera sino la segunda peste registrada en Colombia.

Sostienen ellos que 36 años antes, en 1514, cuando Cartagena ni siquiera había sido fundada, una especie de peste porcina cayó sobre el Darién, en la región que hoy conocemos como Urabá, entre Antioquia, Chocó y Panamá.

La peste en Urabá

Fundada en 1510, Santa María la Antigua del Darién, situada en la región que hoy conocemos como Urabá, entre Antioquia y Chocó, fue no solo la primera población creada por los españoles en Colombia, sino en toda la tierra firme americana. Los únicos que le ganan son los pueblos isleños.

Ya hoy no existe. La saquearon los nuevos piratas colombianos y extranjeros, como los que venían de Europa a apropiarse de reliquias y tesoros históricos. Y nadie hizo nada por evitarlo. Ay, la corrupción…

Ahora vuelvo y les digo que, hacia 1514, la peste del cerdo atacó a Santa María, causando la muerte de setecientos habitantes, que eran nada menos que el setenta por ciento de su población.

Muequetá de Bogotá

La historia de Colombia está repleta de tantas curiosidades y extravagancias que ni su propia capital escapa a ellas. Imagínense ustedes que Bogotá fue fundada varias veces y con distintos nombres.

La última y definitiva de ellas, que tuvo lugar en un sitio que los indígenas llamaban Muequetá, se convirtió por fin en un bautismo formal y legítimo, el 6 de agosto de 1538, oficiado por Gonzalo Jiménez de Quesada. Le pusieron por nombre Nuestra Señora de la Esperanza, pero un año después se lo cambiaron por Santa Fe.

Bueno. En ese mismo año de la fundación, como si fuera una desgarradora ironía del destino, al nuevo caserío lo aplastó su primera epidemia: una peste de gripa que ocasionó más de cien muertos. Y 262 años después, cuando ya faltaba poquito para la Independencia, la misma epidemia de gripa volvió a caer sobre Bogotá.

Temible fiebre amarilla

En esas andábamos cuando, en el año de 1729, se presentaron los primeros brotes de fiebre amarilla que atacaban no solo en el campo, sino también en sectores urbanos y en las zonas calientes del país.

Una vez más, la peste empezó en Cartagena. Un mosquito transmitía las infecciones, provocando hemorragias, hasta causar la muerte a la mitad de los contagiados. La llamaron así porque la picadura ponía pálida a la gente.

Relata el investigador Roberto Franco que esa fue la primera epidemia de fiebre amarilla que hubo en Colombia. Iba y venía. Se escondía y volvía a aparecer. Así duró 183 años, nada menos, hasta 1912, cuando se presentaron los últimos casos.

Y fue también la primera vez que el gran río Magdalena, que recorre el país de sur a norte, sirvió para llevar la desgracia. De ahí que la hayan bautizado como “fiebre del Magdalena”. Llegó, incluso, a regiones tan lejanas del interior como Ambalema, Honda, Guaduas, Girardot y Espinal.

También fue la primera vez que el río Magdalena, que recorre el país de sur a norte, sirvió para llevar la desgracia. De ahí que la hayan bautizado como “fiebre del Magdalena

Los tiempos del cólera

Pasa más de un siglo durante el cual Colombia no se salva de pestes menores. Con decirles que durante ese período en la sola ciudad de Bogotá fueron detectadas veintidós epidemias diferentes, entre ellas once de viruela.

En esas andábamos cuando, en el año de 1849, Cartagena es nuevamente atacada por el cólera. Esa fue la época que Gabriel García Márquez recogió en su novela El amor en los tiempos del cólera, en la cual campean las calles históricas de Cartagena y un viaje interminable por el río Magdalena. Poco después de la peste, José María Lisboa, un periodista y navegante portugués afincado en el Brasil, hizo un viaje por Colombia, Venezuela y Ecuador y escribió un libro en el que relata la devastación que se vivía en la ciudad.

Cuenta, por ejemplo, que él tuvo oportunidad de visitar el hospital que el gobierno español había construido en el caserío de Caño de Loro, a la orilla del mar, a finales del siglo diecisiete.

Aquella edificación de color amarillo todavía se puede ver hoy, desde el mar, cuando uno pasa navegando por la bahía de Cartagena. Era un leprocomio colonial. Y desde entonces la gente le sigue diciendo “el lazareto”.

La reconquista

Antes de seguir adelante, pido permiso para echarle marcha atrás a la manivela del tiempo y contarles lo que ocurrió en 1815, cuando Cartagena apenas tenía cuatro años de haberse declarado independiente.

Resulta que ese mismo año la ciudad, en la que había 18.000 habitantes, fue atacada por una nueva peste de cólera. Y en agosto la ataca también otra peste tenebrosa: el ejército de la reconquista española, comandado por el brigadier general Pablo Morillo. No se sabe cuál de las dos plagas fue peor.

Los cartageneros que no se morían enfermos se morían de fusilamiento o de hambre, porque los invasores no permitían la entrada de alimentos.

La gente no se rindió ni a la peste ni a los españoles. Por eso fue que desde entonces la llamaron ‘Ciudad Heroica’.

Seis meses después, a finales de 1815, terminaron el asedio y la epidemia. Llegaron juntos y se fueron juntos. Y a la ciudad solo le quedaban 8.000 personas. Había perdido, en apenas cinco meses, más de la mitad de sus pobladores.

Llega la peste negra

Ya estamos en el siglo veinte. Van progresando los medios de transporte y los viajes entre poblaciones y, entonces, por ello mismo, las epidemias se expanden más rápido.

Una nueva enfermedad sorprendió al Caribe colombiano en 1913. Hacía daño en los ojos, los pulmones y los ganglios sexuales, hasta ocasionar la muerte. Era la peste bubónica, que la gente identificaba como “peste negra”.

Una cuidadosa investigación dirigida por el historiador Jorge Márquez Valderrama, de la Universidad Nacional de Bogotá, pudo establecer que los primeros casos fueron registrados en varias poblaciones del Atlántico: Usiacurí, Isabel López, Baranoa. De allí saltó a Santa Marta y Aracataca. Y de allí, a Cartagena y Calamar, en Bolívar.

Gripa española

Y así fue como llegamos a la tristemente famosa gripa española de 1918. Hizo estragos en Colombia. Entró por los puertos de Santa Marta y Cartagena, pero, para asombro de todo el país, sus peores estragos los causó en una región insospechada: las montañas de Boyacá, tan lejos del mar.

Una investigación muy cuidadosa del Museo de Historia de la Medicina, de Tunja, estableció que el virus les llegó por el camino que venía de Bogotá.

Se demostró, además, que en proporción a su tamaño y su población, fue Boyacá el lugar de Colombia más afectado, ya que murieron 2.800 personas en una región que tenía 58.600 habitantes. Imagínese: el cinco por ciento del total.

Los científicos concluyeron que esa tragedia fue posible por los efectos devastadores que causan sobre una gripa el frío y las alturas montañosas de Boyacá, a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar.

Epílogo

Y así llegamos al día de hoy y al coronavirus. No quiero terminar sin mencionarles otras epidemias que han golpeado a Colombia.

De algunas de ellas todavía podrán acordarse los lectores de más edad, porque son las pestes más recientes, ocurridas en el siglo veinte y en lo que va corrido del veintiuno.

He logrado rastrear entre ellas las siguientes: la gripa asiática de 1958, la gripa de Hong Kong en 1968, el ébola que brotó en 1976 y reapareció en el 2018.

Siguen el sida de 1981, el síndrome respiratorio del 2002, la gripa aviar del 2003 y la nueva gripa porcina del 2009.

No puedo despedirme de ustedes sin mencionar la peor epidemia que está destrozando a este país, la que ataca no solo a nuestro cuerpo sino a todas las defensas de nuestra alma, la que contagió a la justicia, la temible peste que acaba con lo que le pongan y para la que no hemos querido o podido encontrar vacuna ni remedio.

Me refiero, naturalmente, a la corrupción.

Un testigo lo confirma: en Plato sí se volvió un hombre caimán

Voy a empezar mi relato con alegría y con afán, que en la población de Plato se volvió un hombre caimán...

JOSÉ MARÍA PEÑARANDA, SE VA EL CAIMÁN

Ya no me queda ni una duda: Colombia es la tierra de las cosas singulares.

Como lo recuerda cualquier colombiano mayor de cincuenta años, la historia cuenta que en inmediaciones de una localidad hermosa que se llama Plato, en el departamento del Magdalena, y a orillas del río que lleva el mismo nombre, merodea un hombre que se transformó en caimán por andar echándoles el ojo a las mujeres hermosas que lavan ropa o se bañan en los playones.

Perdónenme un momentico, antes de seguir adelante: al comenzar el párrafo anterior dije que, en resumidas cuentas, eso es lo que dice la historia. ¿O será la leyenda? Como cualquier colombiano, siempre tuve la seguridad absoluta de que eso no era más que otra hermosa leyenda inventada por la imaginación popular.

Pero, para que lo sepan, ahora, cuando ya ha transcurrido casi un siglo, aparece la declaración escrita de un testigo presencial. Tengo en mis manos una copia de su testimonio. Entiendo lo que usted está sintiendo en estos momentos porque yo tampoco podía creerlo.

Un abogado italiano

Vamos al grano, que el tiempo apremia y la curiosidad también.

Corría el año de 1940. El mundo estaba en medio de la Segunda Guerra Mundial. En la población de Plato vivía un abogado descendiente de italianos, llamado Virgilio Di Filippo, nacido en el Cerro de San Antonio, otra localidad del Magdalena, en la que Simón Bolívar vivió unos días durante la guerra de independencia.

En Plato, Di Filippo llegó a ser secretario del juzgado municipal, profesor, sacristán, periodista, escritor de la vida cotidiana del pueblo y compositor musical que, además, tocaba el órgano en la iglesia parroquial.

Fue entonces cuando pasó lo que pasó. A la dirección del periódico El Heraldo, de Barranquilla, llegó una extraña carta, que parecía una novela o una crónica muy bien escrita, y provenía de Plato. Para perplejidad de los lectores, apareció publicada el 5 de julio de 1940, hace ahora 81 años exactos.

Se desmaya el primero

El asombroso testimonio, escrito por Di Filippo en tiempo presente y en una de las viejas máquinas de aquellos tiempos, en papel de carta, comienza diciendo que todo empezó seis días antes, el 29 de junio.

“Como a las tres de la tarde –comienza el relato–, cundió la noticia de que en el campamento petrolero de la Andian, que dista del poblado un kilómetro, más o menos, había saltado un animal que presentaba formas de hombre y caimán al mismo tiempo”.

En esa carta queda constancia de que, el primero que vio semejante aparición, fue el celador del puerto. “Salió despedido, como alma que lleva el diablo, a darle la noticia al jefe del campamento y cayó desmayado. El animal, con un cuerpo enorme, yacía sobre la playa del río”.

En vista del inmenso pavor que se vivía entre el gentío congregado en el puerto, el jefe dispuso que le dispararan. “Pero el animal hizo ademán de súplica y se desistió del intento de matarlo. Como se advirtiera que con la mano derecha hacía señales de pedir alimentos, se le largó un pedazo de carne cruda, pero el saurio no lo cogió”.

El animal, con un cuerpo enorme, yacía sobre la playa del río.

Entonces, a una distancia prudente, le pusieron comida cocida y la devoró en el acto. Di Filippo revela que esos primeros testimonios los obtuvo de Alfonso Camargo Maestre y Luis Arrieta, testigos presenciales.

Y agrega: “De acuerdo con la descripción que ellos nos han hecho del animal, hemos confeccionado el dibujo que le acompañamos, y que, como usted verá, tiene brazos de hombre y media cabeza humana”.

Los vecinos de Plato tomaron aquel primer episodio “como una broma o un chascarrillo”. Lo atribuyeron a la imaginación popular. Pero, cuando apenas habían transcurrido unas cuantas horas de lo sucedido en la petrolera, la cosa comenzó a ponerse seria. La gente también.

Habla la mamá del caimán

“Al día siguiente”, prosigue Di Filippo, “fuimos avisados de que en casa de la señora Ana Leonor Rivera se había hospedado una señora, de nombre Manuela Aguilar, procedente de El Yucal, que se decía madre del caimán humano”.

Como era natural, el pueblo entero salió corriendo para allá, entre ellos el propio Di Filippo.

“Encontramos una anciana de 73 años, muy acongojada. Le preguntamos qué era lo que había pasado y nos dijo: “Voy a referirles todo. Mi hijo no es el diablo, como ha inventado la gente del Cerro de San Antonio; él era un hombre como cualquiera de ustedes, pero la fatalidad es así. El año pasado, en el mes de marzo, mi hijo trabajaba quemando los rastrojos de una roza en El Yucal, y de pronto le cayó encima una llovizna que le produjo tos”.

(Debo aclarar que en el lenguaje de los campesinos caribes, una roza es un sembrado de frutos comestibles, granos y cereales).

“Así pasaron seis meses”, prosigue la madre, “y lo curaba el señor Blas Contreras con bebidas de calahuala mezcladas con frutas maduras y cáscaras de guayacán con sal rociada por el sereno de la noche”.

El caimán se llama Saúl

La señora Manuela se detuvo un momento, según el escrito de Di Filippo, y exclamó que su hijo se llamaba Saúl Montenegro. (¿O se llama todavía? ¿Será que, en medio de tantos prodigios, aún anda por ahí, llorando su tragedia en los playones?)

“Como no conseguíamos su mejoría”, dice entonces la señora, “resolvimos, por insinuación de un vendedor de hamacas, mandarlo para donde los brujos de La Guajira. En mayo de este año regresó perfectamente bueno. Pero en la casa todos ignorábamos que poseía un secreto para volverse caimán cuando se lanzaba al agua”.

Aquí es donde empieza lo bueno.

La propia madre cuenta que, en el pueblo de El Yucal, antes de echarse al agua, Saúl le entregaba a un compañero un frasco que contenía un extraño líquido de color azufrado.

“Así que, cuando quería recobrar la figura de hombre, se acercaba a la orilla y se echaba otras goticas de ese líquido y volvía a quedar convertido en hombre. Cuando supe eso, le rogué a Saúl que dejara esos embolismos, pues yo ya estaba muy nerviosa”.

(Embolismo es palabra castiza y pura. En el español antiguo significaba enredo, confusión, chisme, embuste).

Cuando quería recobrar la figura de hombre, se acercaba a la orilla y se echaba otras goticas de ese líquido… y llegó la tragedia.

La mamá del caimán continuó así su historia: “Una mañana, mientras yo me dedicaba a hacer unos bollos, salió Sergio con José Manuel Arenilla, ‘El Cojo’, que nunca lo había visto hacer la prueba”.

De manera que, cuando Saúl regresó vuelto caimán, después de disfrutar la desnudez de las mujeres en el río, fue tan grande la impresión de El Cojo que, en vez de rociarle unas gotas en la cabeza, le arrojó desde lejos el frasco tapado, que se hundió en el río, y salió corriendo. En la corriente se perdió el remedio mágico de la hechicería.

Así fue como Saúl Montenegro, hace ochenta años, se volvió caimán para siempre. Su madre terminó aquella reunión en Plato, según el testigo Di Filippo, pidiendo a los presentes que hicieran correr la noticia de que ese caimán humano era su hijo, “y que no me lo vayan a matar mientras yo hago traer desde La Guajira esa misma agua milagrosa que compone el cacique Mantaura”.

Como ustedes se imaginarán, aquello se regó por todos los pueblos de la orilla del río. La gente no hablaba de otra cosa. Hubo testigos que juraban haber visto al caimán humano pidiendo un poquito de arroz o una yuca, por el amor de Dios. Es más, en Plato crearon una comisión encargada de conseguirle comida.

La noche del espanto

Hasta que pasó lo que pasó aquella noche de 1940. Dejemos que lo relate el testigo Di Filippo: “Aquí, en Plato, el señor Juan García vive en la plaza adyacente al mercado. El día 3 del presente, como a las 11 de la noche, al terminar amena charla con sus amigos, el señor García se dispuso a dormir, pero antes fue a la tienda vecina, la del señor Miguel Tejada, donde compró unos plátanos maduros y un pedazo de queso”.

De repente, al volver a su casa, vio que por la calle se iba acercando a él “un enorme monstruo en forma de reptil, que se arrastraba pausadamente. El buen anciano dio un grito de espanto que alarmó al vecindario. Acudieron los policías, los guardas de rentas, las mujeres en ropa de dormir; aquello fue una verdadera babilonia”.

El pueblo entero corría hacia allá junto con las sombras de la noche. “Entre los gritos de los muchachos y el llanto de las mujeres que clamaban ‘misericordia, Señor’, solo el señor García recobró la serenidad y permanecía con la vista fija en el saurio. De pronto le arrojó los plátanos y el queso, que el animal devoró con famélica ansiedad”.

(Con razón el canto de Peñaranda diría que “la historia de ese caimán es digna de admiración, come queso y come pan, y bebe tragos de ron”).

El señor García, entonces, le ordenó: “Saúl, vuelve al agua”. Y, agrega Di Filippo, “en voz baja le rezó el Magnificat y el Credo al revés. El caimán emitió un enorme ronquido y se echó al caño con un estruendo que hundió varias canoas bajo un oleaje de diez metros de altura”.

Epílogo

Desde entonces, el hombre caimán va y viene, recorriendo todo el curso el río, hasta llegar a su desembocadura, en las afueras de Barranquilla, donde a veces lo siguen viendo.

El episodio llegó a oídos de José María Peñaranda, el popular músico barranquillero que creaba canciones picarescas, y compuso la historia de Se va el caimán. Ese canto se volvió célebre en toda América y luego en el mundo entero.

Dejo constancia escrita de que esto no es lo que ahora llaman ‘realismo mágico’, sino algo mucho más importante: es la realidad mágica que se vive a diario en el Caribe. Para que después no digan que esas son vainas de García Márquez.

Una joya: las cartas del joven Gabo cuando tenía veinte años

La señora Vivian, que es tan cariñosa, me llama para decirme que tiene en su poder unos papeles muy importantes que me mandaron de Cali. Son tan valiosos que ni siquiera se arriesga a decirme por teléfono de qué se trata ni a mandármelos con algún mensajero.

Como si yo fuera el protagonista de una misteriosa novela de detectives, me voy calladamente para su casa, caminando por la sombra, intrigado, cuidando cada paso. Miro a ambos lados de la calle, a ver si hay algún extraño que me esté siguiendo o un sospechoso parado en una esquina.

Por fin llego. Ahora tengo los papeles entre mis manos. Son las cartas que el joven Gabriel García Márquez, que entonces tenía un poco más de veinte años, le escribió a un amigo mientras trabajaba como periodista en el diario El Heraldo de Barranquilla.

Es mejor que empecemos por el principio, con el cuento completo, para que podamos entendernos. García Márquez, que se retiró de estudiar abogacía en la Universidad de Cartagena, a finales de los años cuarenta fue contratado como reportero y columnista en el periódico El Universal. Poco después se trasladó a Barranquilla con el mismo trabajo, al que él llamaba “el oficio más bello del mundo”. Ya estaba iniciándose la década de los cincuenta.

García Márquez tenía un amigo de la infancia, llamado Francisco Padilla García, al que sus compañeros de travesuras le decían Chin, que era un diminutivo de Pachín, que a su vez era un diminutivo de Pacho, que a su vez era un diminutivo de Francisco. Perdonen ustedes, pero Macondo es Macondo.

De modo, pues, que la vida los convirtió en amigos entrañables, aunque Gabito, que nació en Aracataca, en el departamento del Magdalena, se fue a estudiar en Zipaquirá, después en Bogotá, luego en Cartagena y ahora estaba trabajando en Barranquilla. Chin, por su lado, nació y se quedó en Magangué, la próspera ciudad llena de comercio y canoas, a orillas del río Magdalena, en el departamento de Bolívar.

Las primeras cartas

Son cuatro las cartas de García Márquez que han llegado a mis manos. Solo una de ellas está escrita en papel de bloc, que antes se llamaba “papel de cartas”, y las otras tres en papel de teletipo de periódicos, amarillo y grueso. Todas están impresas con la tipografía inconfundible de las máquinas de escribir que en aquella época resonaban en las salas de redacción.

La primera está fechada en abril 14, pero no dice el año. Es allí donde García Márquez habla de su primera obra, La hojarasca, que estaba a punto de ser publicada. En el tercer párrafo revela el conflicto que se le presentó con la famosa Editorial Losada de Buenos Aires.

“Te informo que no hay Hojarasca en la Losada”, le cuenta García Márquez a Chin. “La empresa editorial, con su prestigio y todo, fue enviada al diablo porque se permitió el abuso de insinuarme algunas modificaciones. Actualmente me estoy moviendo con el objeto de publicarla por mi cuenta, lo cual, al tiempo que no le hace perder mercado, constituirá para mí una entrada superior a la que podría proporcionarme la edición de Losada”.

Confesiones amorosas

Y luego el gran escritor, que apenas estaba dando sus primeros pasitos, le confía a su amigo los quebrantos personales que está padeciendo por cuenta del amor. “Se me ha perdido de vista”, dice, sin mencionar el nombre de la dama. “La tengo aquí, atravesada como un venablo en la bomba circulatoria, en una terrible cosa entre tiempo y espacio, viento y marea, que no sé si sea amor o muerte. De todos modos, es algo tan tenebroso que no habrá más remedio que disolverlo en una buena pócima matrimonial, con cucharaditas suministradas tres veces al día, hasta la hora de la muerte, amén”.

Y finaliza sus confesiones íntimas con estas palabras: “Un día de estos que vengas por acá –pues yo, en mi condición de jefe de información de El Heraldo, en donde estoy a tus órdenes, no puedo moverme ni un instante– te contaré a fondo todas las pesadillas de que ha estado circundada esta sangrienta aventura de amor. Recibe el entrañable abrazo de tu amigo de siempre, gabito”.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
132 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9789587579949
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