Kitabı oku: «Las palabras más bellas y otros relatos sobre el lenguaje»

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Las palabras más bellas © 2018, Juan Gossain © 2018, Intermedio Editores S.A.S.

Primera edición, abril de 2018

Edición, diseño y diagramación Equipo editorial Intermedio Editores

Diseño de portada Andrea del Pilar Penagos

Foto portada Archivo El Tiempo

Intermedio Editores S.A.S.

Av Jiménez No. 6A-29, piso sexto

www.eltiempo.com/intermedio Bogotá, Colombia

Este libro no podrá ser reproducido,

ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.

ISBN:

978-958-757-739-6

Impresión y encuadernación

A B C D E F G H I J

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Contenido

La hormiga y la utopía

La discriminación social de las letras

Descubra por qué el lenguaje es el juguete más divertido del mundo

La sastra y el usitado

El disfemismo

El pobre Fernandito…

La verdad sobre la W

El perro chino

Epílogo

La marca del destino

Las palabras más bellas, más largas y más curiosas del castellano

Campeón y subcampeón

Las más bellas

Curiosidades

“Tiene uebos”

Epílogo

Permítame su educación: ¿qué es un corroncho y qué viene siendo un cachaco?

Yuca, sombrero, abarcas

Orígenes del corroncho

El cachaco

Todos contra todos

Epílogo

Hombres y “hombras”

Del tubérculo tropical a la consorte del gallo

“Con un guayabo llegué a la elle…”

Declaración de amor a un diccionario

“El calceto me salió jeto”

El sabor de la venganza

Etiopía y la utopía

Epílogo

De diccionarios y cartas apócrifas: dos crónicas por el precio de una

La virgulilla

¿Y el rasguillo?

Palabras de contrabando

Y la carta

Epílogo

Palenquero: el idioma que crearon los negros en Cartagena

De yolofos y lucumíes

Aparece el palenquero

Epílogo

Los milagros del “Papa” Guerrero

Dios y los signos de puntuación

La voz, la quemadura, la abuelita

“¿Me regala la otra mano?”

@.com

De bárbaros y vándalos

Perdone la pregunta: ¿de dónde proviene la palabra ‘carajo’?

La canastilla del marinero

¿Es palabra americana?

Carajillo, carajito, carajear…

Epílogo

El cliché en el lenguaje escrito

Periodistas y pistolas dantescos

Reveses y goles caniculares

Pies en polvorosa

Vacaciones a pierna suelta

Un ramillete de verdades

Colombia, un país donde hasta el lenguaje se corrompe

Entre la vaca y el perro

Deportes y lenguaje

Borrachos al volante

De profesiones y oficios

La gran parranda del idioma

Los hallazgos

El español, lengua de comunicación universal

De gallinas y verbos

Canto de amor por el cazabe

Lenguaje entre jóvenes, un reto para la comprensión

Cocteles y regalos

Galletas y verbos

Emoticones y abreviaturas

Cuando el general se llama Guerrero y el veterinario se apellida Toro

Misterios de la vida real

Epílogo

¿Cuál es el origen de la expresión “poner los cuernos”?

Del orinal a la infidelidad

El primer cornudo

De España a América

Los cuernos cristianos

Infiel por contrato

Colombia y los cachos

Epílogo

“Vaina”, la palabra más útil del lenguaje colombiano

Regaño y chiripazo

La vaina de la vagina

La vaina llega a América

Colombia es una vaina

Epílogo

Los curiosos apodos de las ciudades colombianas

La Ciudad Luz

Rosario de perlas

Primaveras y sultanas

Epílogo

Miguel de Cervantes: el hombre que inventó un idioma

¿Sabe usted cuántas palabras castellanas terminan en ‘j’?

Propias y adoptadas

La letra más humilde

El reloj

La lista completa

Epílogo

Si quiere sentirse orgulloso, acompáñeme a conocer el Caro y Cuervo

Don Miguel y don Rufino

El comienzo

Revistas, libros y coreanos

Epílogo

Vestido con sus mejores galas, el vallenato ingresa al diccionario

Los orígenes

¿Dónde nació el vallenato?

La palabra vallenato

Epílogo

La hormiga y la utopía

Alguna vez escribí –y es probable que usted lo encuentre en estas mismas páginas– que no hay un arma más poderosa que el lenguaje. Pero tampoco la hay más débil. Esa es la gran paradoja.

La palabra es tan demoledora que puede destruirse incluso a sí misma. Por eso abundan en lengua castellana los proverbios y refranes con los cuales la palabra devora palabras: el silencio es oro, en boca cerrada no entran moscas, nadie se arrepiente de lo que calla, cada uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. He ahí unos pocos ejemplos apenas.

Se trata, como pueden comprobarlo, de un insólito caso de autofagia en el cual el caníbal se come su propio cuerpo. (Bueno: no la busquen más, que la palabra autofagia la inventé yo porque no figura en el Diccionario de la Real Academia. Parece que también se devoró a sí misma).

Cuando digo que el lenguaje es el arma más demoledora que se conoce, me siento en la obligación no solo de explicarme sino de ponerles algunos ejemplos. Vean este: con solo cambiar cuatro letras se pueden crear dos mundos que no son únicamente diferentes, sino contrarios, opuestos, adversos, enfrentados, antagónicos.

El caso más elocuente que he encontrado en nuestra lengua castellana es el de utopía. La vida entera se nos ha ido soñando con esa quimera, el mundo ideal, un universo donde las ilusiones se vuelven realidad, donde no existen el dolor ni la angustia. La Arcadia feliz. La maravilla. El hombre ha soñado con ese reino de la utopía desde que pasó lo que pasó entre los matorrales del paraíso terrenal y la humanidad fue condenada a padecer por cuenta de Adán y Eva.

La palabra utopía fue inventada hace casi quinientos años por Tomás Moro, un sacerdote católico inglés. En el idioma griego antiguo significaba “lugar que no existe”. Con ella describió Moro una isla desconocida en la que se había organizado la sociedad ideal, sin injusticias ni deferencias, sin padecimientos, en la que reinaba la dicha completa.

Por el contrario, la vida real es tan malvada que, como prueba de que no existe ese mundo feliz, el propio Moro murió decapitado por orden del rey de Inglaterra. El vaticano lo canonizó como mártir del catolicismo.

Hasta ahí la historia es conocida en todas partes. Lo curioso, como dije al comienzo, es que basta cambiar unas cuantas letras para que aparezca el antagonismo. Mucho tiempo después de la vida y muerte de Moro, varios escritores también ingleses inventaron a principios del siglo veinte el término contrario, dis-utopía, que las gentes de nuestra época no conocen, y que significa “lugar indeseable”.

Novelistas como George Orwell y Aldous Huxley escribieron obras que ocurren en un mundo futuro donde todo es terrible, una sociedad alienada y triste en la que no hay sueños ni existen las ilusiones y se llama, precisamente, distopía.

¿Lo ven? Con solo cuatro letras de diferencia dos palabras del mismo origen pueden significar exactamente lo contrario.

Mientras escribo estas líneas trepa a mi escritorio una hormiga casi invisible, delgadita, de color rubio, que en la región del Caribe llaman “hormiga candelilla”. Tienen fama de picar fuerte y de provocar ronchas y rasquiña. Sube por mi mano y empieza a dar vueltas en redondo, pero me niego a matarla porque el corazón no me da para eso. La sigo con la mirada mientras hace piruetas y entonces recuerdo que corazón es otra de las incontables palabras que a mí me llaman la atención y me quitan el sueño. Porque hasta los órganos humanos suelen estimular la curiosidad creativa del lenguaje.

La sola mención del corazón, o su simple recuerdo, pueden implicar sentimientos distintos o emociones encontradas. Es una de las palabras más bellas del idioma cuando un muchacho apasionado la usa para expresar amor, ternura, cariño. Pero en boca de un amante celoso el corazón estrujado es una tragedia. Ni para qué hablamos de infartos.

Siendo tan minúscula, ¿la hormiga que ahora sube por mi brazo tiene corazón? Si lo tiene, ¿de qué tamaño puede ser? Y, si lo tiene, ¿por dónde le corren venas y arterias?

Mejor termino aquí porque creo que estoy empezando a volverme loco.

La discriminación social de las letras

Después de tantos años quemándome las pestañas en noches de vigilia y madrugones de verano, solo ahora vengo a confirmar una sospecha que me estaba agobiando desde el principio: que entre las letras, tal como ocurre entre los seres humanos, también existen la injusticia social y las discriminaciones, los favoritismos y la inequidad.

Son varios los casos que he podido comprobar en la larga historia del alfabeto castellano. Eso fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la letra q. De modestos orígenes fenicios, hija de mercaderes y marineros de la legua, los comerciantes de Cartago que navegaban por el mundo la llamaban quof en su lenguaje. De allí la heredamos nosotros.

Lo extraño es que durante muchos años, en textos de gramática o en los venerables diccionarios, aparecía escrita con c en vez de q: la letra cu. Solo en tiempos recientes las autoridades de la Real Academia Española resolvieron hacer justicia, aunque fuera de manera simulada, y la anotaron de ambas formas, cu y qu, en el diccionario oficial.

Mejor le fue a la letra k por sus ancestros arraigados en la nobleza y la sinarquía. (Otra vez me meto en problemas: ahora tengo que hacer una pausa para aclararles a ustedes que, en la Edad Media, sinarquía era la palabra que se usaba para describir a un grupo de personas poderosas que con su dinero controlaban el gobierno y los asuntos políticos de un país).

Íbamos en los orígenes de la k. Proviene de los lenguajes ancestrales semíticos de los judíos, que la llamaban kap. Así aparece en numerosos textos de la antigüedad, inclusive en narraciones bíblicas y epopeyas anteriores a Jesús.

Pues bien: en el diccionario del idioma español, la letra k siempre ha aparecido escrita con k y no con c: figura como letra ka y no como letra ca. Esos son los privilegios que disfrutan los hijos de mejor familia.

Como pueden confirmarlo ustedes, en esta vida todo es relativo. Lo que deprime al oso polar es el verano. Las posibilidades del lenguaje son tan infinitas que el propio destino, sin proponérselo, puede terminar armando unos poemas hermosos con los nombres de una persona. También el amor y la belleza residen en el reino de las palabras.

Cuando supe que el director técnico de la selección española de fútbol era un señor llamado Vicente del Bosque, me entraron en el pecho unos profundos suspiros de romanticismo. Me acordé de mi amiga Carmencita Arboleda, oriunda de Popayán y residente en Bogotá. Si ellos dos se hubieran casado, podrían haber tenido una hija a la que bautizaran Margarita. Su nombre completo sería Margarita Rosa del Bosque Arboleda. ¿Conocen ustedes algún nombre más bello y florido que ese? No sería una niña, sería un jardín.

Pero a los pocos minutos de andar extraviado en el laberinto de esos pensamientos, volví a aterrizar en la dura realidad.

Descubra por qué el lenguaje es el juguete más divertido del mundo

Está lloviendo sobre Cartagena. Al otro lado de la calle se extiende la bahía, rodeada de edificios, pero desde mi ventana no se ve el mar porque la bruma ha cubierto el mundo. De repente siento que entra una bocanada de petricor que sube desde el suelo empapado. Petricor. Qué palabra tan bella y expresiva. Nació hace más de mil años. Pero ya nadie la usa. Ya ni siquiera figura en el diccionario de la Real Academia Española.

Para no seguirle dando vueltas al tema, déjenme decirles que petricor, de raíces griegas, es el aroma penetrante, mitad caliente y mitad frío, que produce el agua de lluvia cuando cae sobre suelo caliente bajo el sol. Es una vaharada que a mí me hace evocar con nostalgia los años de la infancia en San Bernardo del Viento.

Si ustedes supieran lo que uno puede entretenerse mientras juega con el lenguaje, con sus sorpresas y curiosidades, con las bromas que se pueden hacer, con las locuras que se pueden armar. Se me ha ido media vida diciendo que el idioma está para divertirse con los hallazgos más inesperados.

La sastra y el usitado

¿Ustedes me creerían si les digo que la palabra sastre tiene su femenino en las páginas del diccionario? Confieso que yo no lo sabía. Sastra se llama en castellano la mujer que tiene por oficio cortar y coser vestidos. También se le dice así a la esposa del sastre.

La palabra no es ninguna novedad, como que tiene más de quinientos años de existencia, pero los americanos, en vez de usarla, porque no la conocemos, hemos resuelto inventar varios sustitutos: modista, diseñadora, costurera. Los españoles, en cambio, la usan mucho, como puede verse en los créditos de sus películas y obras de teatro.

Son tantas las palabras que ya no existen. Murieron de viejas. Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellas la luz perpetua. En los orígenes de nuestro idioma, cuando los frailes estaban inventando el lenguaje entre las sombras nocturnas del monasterio de San Millán de la Cogolla, la palabra deturpado se usaba para describir lo feo, manchado o deforme. Todavía aparece registrada.

Miren ustedes este fenómeno tan curioso: en muchos casos, para expresar la idea contraria de lo que significaba una palabra, bastó con anteponerle el prefijo in. Los ejemplos abundan: usitado era lo que ocurría con frecuencia, lo constante, lo permanente. Entonces se creó inusitado para designar lo contrario, lo excepcional, lo que es poco frecuente

Lo mismo sucedió con sólito y su contrario, insólito. Lo curioso, vuelve y digo –es decir, lo insólito– es que, con el paso de los años, nadie volvió a emplear la original sino su derivado. Ya nadie se acuerda de usitado ni de sólito.

El disfemismo

Todo el mundo sabe que un eufemismo es la manera suave y decorosa de expresar una idea. La forma delicada con un poco de disimulo y algo de rebuscamiento. En Sincelejo todavía recuerdan a un distinguido ganadero que se las daba de refinado y se refería a la leche llamándola “líquido perlático de la consorte del toro”.

El eufemismo perfecto es afirmar que alguien “pasó a mejor vida” en lugar de decir que murió.

Hay otra expresión conmovedora en ese mismo territorio de la muerte: “jardín de paz” en lugar de cementerio.

Lo malo es que los colombianos estamos abusando de la delicadeza del pobre eufemismo para volverlo cínico y desvergonzado. Fíjense que a la corrupción ahora le dicen “sobresueldo” o “rebusque”. Hasta el idioma se nos está corrompiendo, convertido en cómplice de los delincuentes. Ay, caramba: se me estaba olvidando que ya no se llama “cómplice” sino “auxiliador”.

Muy bien: ya sabemos que existe el eufemismo en el lenguaje. Lo que no sabe la gente es que también existe la idea opuesta, que es el disfemismo, la forma de expresarse con la mayor brusquedad posible.

En ese sentido, “estiró la pata” es el disfemismo más común y grotesco para decir que alguien murió. Disfemismos famosos son “caja tonta” por televisor, “comida chatarra” por hamburguesa, “matasanos” por médico.

El pobre Fernandito…

Estaba yo como en tercero de bachillerato cuando escribí, para la clase de español y literatura, un cuento que decía más o menos así: Fernandito era un muchacho muy inquieto al que, un día, se le metió en la cabeza la peregrina idea de aprenderse de memoria el diccionario de la lengua castellana.

Cuando Fernandito iba por la letra f ya se estaba volviendo loco. Cuando llegó a la m dormía con los ojos abiertos y hablaba a solas en los rincones. Pero cuando llegó a la p hizo uno de los descubrimientos más importantes de su vida: encontró el vocablo paronomasia, que es la similitud existente entre dos palabras que pueden confundirse, como ocurre con fósil y fusil, corbata y corbeta, fragata y fogata o con un catarro y una cotorra. Los escritores del Siglo de Oro –Cervantes y Quevedo entre ellos– llamaban agnominación esa semejanza de las palabras.

Entonces fue la hecatombe. El acabose del pobre Fernandito. Se dedicó a buscar paronomasias en cuanto libro tropezaba, hasta que ya no pudo distinguir un ventrículo de un ventrílocuo, y creía sinceramente que una cañada era la mujer de su hermano y que una cuñada era una pequeña corriente de agua. Se le enredó el cabotaje con el sabotaje y sostenía tercamente que la disentería es el consultorio donde le arreglan los dientes a uno.

Ráfaga de autopistas

Entonces llegó la hora en que el pobre Fernandito no solo confundía las palabras, sino que se le dio por leer al revés, de derecha a izquierda, y su desgracia fue peor. Ya no supo si lo que decía en el texto de biología era lámina o animal. En el colmo del delirio, mezcló también las ideas implícitas en cada vocablo hasta creer que un plomero y un sicario son la misma cosa.

La idea de volverse loco le causó tanto terror que se dedicó a la bebida. Un día, mientras almorzaba pastas italianas, Fernandito pidió una garrafa de vino blanco. Luego otra y otra más. Al final acabó tomándose una ráfaga de garrafas. Metió la cara entre las manos. Se puso a llorar con profunda tristeza. Se dijo para sus adentros:

–Y pensar que, después de tantos sueños y tantas ilusiones, la única diferencia entre una autopista y un utopista es una mísera vocal.

La verdad sobre la W

No vayan a pensar ustedes que, en materia de lenguaje, solo las palabras tienen vida propia y su ángulo divertido. Hasta las propias letras lo tienen. Y no hay que olvidar que las letras son el principio de todo.

Vean este ejemplo: de veintisiete letras que tiene el alfabeto castellano, hay seis que, si están escritas en mayúsculas, se leen igual con la cabeza para arriba o para abajo: H, I, O, S, X y Z. Y solo dos de ellas son consecutivas en el orden del abecedario, la H y la I. Son vecinas.

La W es cuento aparte. Su origen está en los antiguos pueblos germánicos. No solo es extraña a nuestro idioma, en el que se usa poco, sino que, además, tiene una trágica historia de amor y dolor. Después de muchos años, por fin pude establecer la verdad.

Resulta que, en sus comienzos, la W era simplemente una M normal que tenía amores con una I que había sido modelo. Una relación tempestuosa porque la I, vanidosa como ha sido siempre por su delgadez, se burlaba de ella, la llamaba gorda, ancha, abierta de piernas. Hasta que, un día, la M descubrió que la I le ponía los cuernos con una Ñ aristócrata, orgullosa de su abolengo, que se la pasaba pregonando que ella es la única letra que el castellano ha aportado a la vida humana.

Abatida por la decepción, la pobre M resolvió suicidarse lanzándose a la calle desde la azotea del mismo edificio en el que, por macabra coincidencia, sesionaba la Academia de la Lengua. Cayó de cabeza sobre el pavimento, y vean ustedes como quedó, con las patas para arriba.

El perro chino

Ya no me queda duda: a mí me persigue el destino. Mientras estoy acabando de escribir esta crónica, voy al supermercado de la esquina a comprar una leche que me encargó mi mujer. Hago fila en la caja registradora. Entonces veo, al lado de la caja, un perrito de felpa, color café, con cara sonriente.

El perro lleva, colgado del cuello, un cartelito que dice: “Utilice bajo la supervisión de un adulto hecho en China”. Pensé comprárselo a mi nieta, pero dónde consigo yo un adulto hecho en China. (Miren ustedes la enorme importancia de un mísero puntico).

Falta tanto por decir sobre la diversión del lenguaje que un día de estos volveremos a hablar del tema. No se imaginan ustedes lo que le ocurrió al gran Ptolomeo por andar con ese nombre. Ni la historia fascinante de las palabras más feas, más bellas, más largas, más cortas, más extrañas del idioma español.

Epílogo

El juguete de las palabras es tan infinito y tan universal que puede mezclarse, incluso, en dos idiomas diferentes. Les voy a poner un ejemplo. Uno solo. Hay dos actrices, la una de cine y la otra de televisión, que pertenecen a la misma familia sin saberlo. Fui yo, en mis ratos de ocio dedicados al estudio de la genealogía universal, quien descubrió su parentesco.

La una es colombiana y la otra, estadounidense. Sus abuelos comunes fueron hoteleros, como lo demuestran sus apellidos. Son Fabiola Posada y Jane Fonda.

Lo cual me indica, ahora que caigo en la cuenta, que ni yo mismo me escapo de esa sentencia: con la edad que tengo, y lo desgastado que estoy, ya no debería llamarme Gossa-in sino Gossa-out.

La marca del destino

Sófocles, el más grande escritor de tragedias griegas, aprendió a descifrar los enigmas del alma humana como nadie lo había hecho antes y como nadie podría hacerlo en el futuro, hasta que apareció Shakespeare, dos mil años después. Es el único que se le acerca.

Fue Sófocles el primero que dejó por escrito aquella frase luminosa, eterna, radiante como el Sol pero al mismo tiempo inquietante y de una desgarradora verdad: “Nadie escapa a su destino”.

Hoy, con el permiso de ese maestro incomparable, quiero revelarles a ustedes que yo también he hecho mi propio hallazgo: descubrí que nadie escapa a las bromas del destino. Ni siquiera los sabios más venerables de la historia humana.

Después de tanto buscar y rebuscar, rastrear, averiguar y desentrañar los pormenores de libros y leyendas, puedo afirmar que no existe un ejemplo mejor que el de Ptolomeo. Nació en Grecia y murió en Egipto. Fue astrólogo, geógrafo y matemático y vivió en el siglo segundo de la era cristiana. La verdad es que desde la cuna y hasta la tumba, la vida de Ptolomeo parece una cuchufleta inventada en Colombia.

Para empezar, nuestro hombre se llamaba así porque nació en Ptolemaida, que no era la gigantesca fortaleza militar colombiana que lleva el mismo nombre, a ciento diez kilómetros de Bogotá, en tierras del municipio de Nilo, jurisdicción de Cundinamarca. Cuando Ptolomeo vio la primera luz del mundo, Ptolemaida era una modesta población, vecina de Macedonia, en el occidente griego.

Pero, como la vida se complace en enredar aún las cosas, y para hacer aún más apasionante esta broma del destino, Nilo es el mismo nombre del río que pasa cerca de Tebaida, la ciudad del Alto Egipto donde murió Ptolomeo. Pero es que, además, esa Tebaida tampoco es el próspero municipio que existe con ese mismo nombre en nuestro departamento del Quindío, situado en el centro de la geografía colombiana, tirando un poco hacia el oeste

Pero eso no es todo. Si a ustedes les parece que Ptolomeo era un cochino que andaba haciendo sus necesidades en cualquier parte, sepan, además, que su segundo nombre era Simeón y que, de remate, su familia era oriunda del Orinoco. Los investigadores terminaron por descubrir que Ptolomeo era primo del alcalde de Zalamea, que tenía un bisabuelo arameo y que vivió en una casita situada en un meandro del río Nilo.

Pobre hombre.

Las palabras más bellas, más largas y más curiosas del castellano

¿Cuál es la palabra más bella del idioma español?

Haga usted esa pregunta, para darle un poco de animación a la fiestecita que se ha formado para celebrar el quinceañero de su sobrina Luchi, y verá que enseguida se desata una discusión ardiente. Cada quien tiene su palabra favorita y no hay dos que coincidan.

Eso no es nada: pregunte usted cuál es la palabra más fea o la más extraña, y verá que los agarra ahí, sin haber logrado ponerse de acuerdo, el matrimonio de la biznieta de Luchi.

La escena se repite a diario no solo en Colombia, sino en cualquier paraje de la corteza terrestre donde se encuentren más de dos hispanohablantes. Ni para qué le cuento si alguien pregunta por la palabra más larga. En ese punto la gente inventa vocablos que no existen sino en su propio caletre, con el propósito de demostrar que la razón está de su parte.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, que es la única autoridad legítima en estas materias, nuestra lengua tiene hoy alrededor de ochenta mil palabras oficialmente registradas, las cuales llegarían a un poco más de cien mil si les agregamos los americanismos. Como dato curioso, les cuento que el inglés, según el célebre Diccionario Oxford, tiene 350 mil.

Nuestro diccionario dice que la palabra más larga del castellano es electroencefalografista, que tiene veintitrés letras y define a la persona especializada en tomar imágenes radiográficas del cerebro. La segunda, esternocleidomastoideo, tiene veintidós letras y es ese músculo del cuello que nos permite girar la cabeza. Miren la curiosidad: las dos palabras más extensas del idioma son ambas de origen médico. Y eso no es nada: también lo son las cinco primeras. Los desafío a que las busquen ustedes y lo confirmen.

Campeón y subcampeón

Pero es mejor que, antes de seguir con palabras, vayamos a las letras, que son la materia prima, el origen de cada vocablo, la génesis de la lengua. En estos tiempos de avances tecnológicos se ha facilitado mucho el trabajo de filólogos, investigadores y gramáticos.

Hoy existen programas de computadores especialmente creados para medir, a la frenética velocidad de un vértigo, cuáles son las letras que la gente más emplea en su vida cotidiana, ya sea hablando o escribiendo, e, incluso, cuál es el porcentaje de uso que le corresponde a cada una.

Por eso, en este preciso momento, los crucigramistas hemos podido comprobar que letra más repetida de nuestra lengua ya no es la a, como ocurrió desde los orígenes del castellano hasta hace unos pocos años, sino otra vocal, la e, que le dio golpe de Estado y ocupa el 13,8 por ciento de todo lo que decimos o escribimos. La a, por su parte, descendió al segundo lugar, con un 12,53 por ciento.

Para apelar al lenguaje del ciclismo, que muchachos admirables como Nairo y Gaviria han vuelto a poner de moda, digamos que los diez primeros puestos en la clasificación general los ocupan, en orden, las siguientes letras: e, a, o, s, r, n, i, d, l, c. En el lenguaje inglés la e también es líder de la competencia, pero el subcampeón no es la a, como en castellano, sino la t, que entre nosotros, en cambio, no aparece ni entre los diez primeros.

Las más bellas

Se me estaba olvidando contarles cuáles son, a la inversa, las letras menos usadas en nuestro vocabulario español. Como se lo habrán imaginado, son –en ese orden– k, w, x, ñ, z.

Sigamos con el cuento que traíamos. Cuando alguien pregunta en el cumpleaños de Luchi cuáles son las palabras más bellas de la lengua castellana, la respuesta, obviamente, depende del gusto de cada quien, pero la gente suele contestar pensando en términos sentimentales y románticos, como amor, felicidad, melancolía, ternura.

Cuando están haciendo encuestas, muchas personas aprovechan para posar de intelectuales o ilustrados. Entonces mencionan las palabras más rebuscadas del mundo. Corriendo ese riesgo, la prestigiosa cadena radial BBC de Londres, al igual que otras entidades culturales, suelen hacer con recurrencia esa clase de sondeos. Le piden a la gente que escoja las palabras más bellas del español.

Si uno se pone a hacer un balance de esas investigaciones, concluye que las más mencionadas han sido estas: libertad, arrebol, soledad, ojalá, compasión, eterno, sonámbulo, etéreo, epifanía, efímero, luminoso, atardecer, mandrágora, dulce, amanecer, aurora, belleza, alegría, mar, ternura.

A mí nadie me ha preguntado, pero como yo sé que mi universo tiene el mismo límite de mi lenguaje, les voy a mencionar las que más me gustan. Creo sinceramente que nuestra palabra más expresiva es árbol, porque simboliza la generosidad infinita que hay en la naturaleza, ya que el árbol acoge bajo su sombra bienhechora a todas las criaturas, incluyendo al leñador que va a matarlo. La segunda es agua, una palabra tan profunda y expresiva que, apenas la oigo mencionar, me da sed. Otro día seguimos con la lista, porque el tiempo apremia.

Curiosidades

Entre mi colección de diccionarios y lexicones, en la cual abundan las extravagancias y curiosidades, hay uno que guardo con especial aprecio: el de palabras que ya no se usan. Porque hay términos que, como todas las criaturas del mundo, nacen y crecen, pero también se mueren.

Me la paso recogiendo, además, las palabras más curiosas o más feas del idioma. Eso es lo bueno de ser un jubilado, como yo, para lo cual no me quedaría tiempo si tuviera que cumplir unos horarios.

Una de las muchas expresiones singulares que me llaman la atención es amover, que dejó de usarse en el siglo diecinueve. Se refería a la destitución de un servidor público. Hoy se dice remover. Otra que me causó asombro es la palabra haiga, que a simple vista parece un barbarismo ignorante en lugar de haya. Nada de eso: haiga existe en el diccionario de la Real Academia, con vida propia, y se refiere a aquellos automóviles grandes, aparatosos, ostentosos “y normalmente de origen norteamericano”, dice el propio diccionario, en un delicado alarde de humor y sutileza.

“Tiene uebos”

¿Qué pensaría usted si alguien le dijera por escrito que tiene uebos? Para empezar, lo consideraría obsceno y grotesco. Vulgar. Pero, además, agregaría usted, es un ignorante que ni siquiera sabe que huevos se escribe con h inicial y v corta.

Lamento informarle, querido amigo, que el equivocado es usted: uebos, así como se escribe, es una de las palabras más antiguas del idioma, solo existe en plural y hasta procede de noble familia, porque viene del latín.

Hace cientos de años se le usaba para indicar que se tenía necesidad de algo o urgencia de alguna cosa. Por ejemplo: “Tengo uebos de dinero para pagar el arriendo”. O este otro: “En la ciudad tenemos uebos de buenos dirigentes”.

Si les parece que esa es una curiosidad muy cómica, miren ahora lo que me encontré por andar buceando en las aguas profundas del idioma, en sus orígenes y curiosidades. En los primeros años de nuestra lengua se usaba una palabra, mamporrero, que todavía figura en el diccionario oficial.

¿Cómo explicarles, sin que parezca una espantosa patanería, lo que significa mamporrero? Era uno de los oficios más extravagantes del mundo. Ahí voy. En las fincas castellanas le decían así al peón encargado de dirigir, hasta su destino final, el miembro viril del caballo, a la hora de copular con la yegua, para que no cometiera equivocaciones. Imagínese usted cómo le fregarían la vida al pobre hombre. Proviene de mamporro, que significa golpe, coscorrón, trompada o puñetazo. Muy apropiado.

Epílogo

Ahora vengo a enterarme de que yo soy un glabro. Cuando vi la palabra por primera vez me sentí aterrado, y hasta estuve a punto de desmayarme, porque pensé que se trataba de una enfermedad incurable o de alguna chifladura mental. Después, para tranquilizarme, me explicaron que un glabro no es más que un recalvastro. Fue entonces cuando el asunto se puso peor de bueno, como dicen sabia y graciosamente en Bogotá. Comencé a recuperar la respiración cuando supe, a través del diccionario que todo lo resuelve, que esos dos sinónimos significan lo mismo que calvo, lampiño, pelón o pelado.

Por fortuna, no tuve que apelar a ninguna ceremonia apotropaica porque soy un hombre de regolaje que solo aspira a ser bienquisto y que hasta ahora no ha sufrido yacturas. (Averígüenlo ustedes. Ya es hora de que aporten algo).

Epílogo al epílogo

Leonardo Archila es el director editorial de Intermedio Editores, que hace unos años publicó una selección de mis crónicas. Ahora me propone escribir otro libro, esta vez sobre la historia de las palabras, las más hermosas y las más feas, sus venturas y quebrantos, sus curiosidades y rarezas. Desde aquí le sugiero a Leonardo que, para empezar, vaya guardando esta página...

Permítame su educación: ¿qué es un corroncho y qué viene siendo un cachaco?

Mi primera reacción, cuando recibí aquel mensaje de España, en octubre del año 2016, fue negarme a creer lo que me proponían. Casi me caigo de la emoción.

Cristina Fuentes Laroche, directora del Hay Festival de Literatura de Cartagena, escribió un correo electrónico para preguntarme si me gustaría participar en una gran tertulia pública sobre lo que es un corroncho auténtico, sus orígenes, sus características, su manera de ser. Participar en lo que ahora llaman “un conversatorio”, que es uno de los términos más feos del idioma, siendo tan bonita la palabra conversación. La propuesta de Cristina me dio en la vena del gusto: llevo como doscientos años dedicado a leer sobre la corronchería, a investigarla, a comentarla con mis amigos.

Como si fuera poco, y para terminar de completar la dicha, Cristina me informaba que mis compañeros de palique serían Daniel Samper Pizano, uno de los periodistas que más admiro en esta vida, y Hernán Villa, que ha asumido para sí mismo el seudónimo de “El Corroncho”, compositor de música popular, el hombre que inventó la única receta que se conoce para preparar la ensalada corroncha de suero costeño con cebolla picada y huevos.

Yuca, sombrero, abarcas

A finales de un enero, en una espléndida noche de verano corroncho, salpicada de viento y moteada de estrellas, nos reunimos con un público incontable en el legendario y hermoso Teatro Heredia, al pie de las murallas históricas.

A manera de adorno apropiado pusieron en el centro del escenario una mesa en la que había dos yucas harinosas, un par de abarcas de cuero cimarrón, un sombrero de vueltas –pero sin barboquejo– y un plato de suero sabanero. Solo faltó el burro pollino.

Pocas veces en mi vida me he divertido tanto y pocas veces mi corazón se ha sentido tan regocijado. Me dieron ganas de ponerme a cantar. Por lo que vi, el auditorio estaba en las mismas. Al día siguiente, bien temprano, el propio Daniel Samper me escribió para sugerirme que dejara por escrito todo lo que había dicho, el rastreo de los diccionarios, la historia de corronchos y cachacos.

De manera que aquí estoy, cumpliendo la recomendación de Samper, porque a mí me enseñaron en la casa que a los mayores hay que obedecerlos.

Orígenes del corroncho

A finales del siglo diecinueve el término corroncho surgió en la costa caribe colombiana casi como un elogio amoroso para describir al campesino de esa región, limpio e incontaminado, elemental, de espíritu candoroso, sencillo y puro como la rama de un matarratón, como el caminito que hacen las hormigas, como el cagajón fresco de un burro.

El corroncho nunca había visto un carro ni el grifo de un acueducto, porque bebía el agua de la acequia; ni luz eléctrica, porque lo alumbraba la Luna, y comía de lo que le daban el río y el suelo.

La palabra, según los testimonios confiables de aquellos tiempos, provino inicialmente de la corteza más ordinaria de los árboles, la concha rasposa que se agrieta con el calor. Eso era lo que llamaban “corroncha” en las soleadas sabanas de lo que son hoy los departamentos de Bolívar, Córdoba y Sucre. Mi propia tierra, a mucha honra.

Luego le dieron ese mismo nombre a un árbol fuerte y resistente que no tenía fruto. Y después lo heredó un pescado de la misma región, que poblaba los ríos, y que más tarde pasó a llamarse “coroncoro”, al cual le dedicaron hace algunos años una célebre canción popular.

Del candor al agravio

El problema comenzó a principios del siglo veinte, cuando las primeras oleadas de jóvenes costeños fueron a estudiar en Bogotá, viajando por el río Magdalena hasta Honda y La Dorada.

Los discretos caballeros de la capital, perplejos ante aquellos muchachos que reían a carcajadas y hablaban en voz alta, comenzaron a usar la expresión corroncho para referirse a una persona ordinaria, de mal gusto, grotesca. Y así fue como se regó por todo el país.

En Venezuela, como dato curioso, la palabra fue introducida por los peones colombianos que buscaban trabajo en las grandes haciendas, al contrario de la que ocurre hoy con la migración, que es de allá para acá. Pero en ese país solo queda un uso de la palabra corroncho: llaman así a un pescado que puebla el Lago de Maracaibo.

De modo que he invertido media vida en la tarea de rastrear viejos libros y diccionarios venerables en busca de materiales que el tiempo se ha ido llevando, como la sobrevienta de enero cuando sopla en los playones, una brisa recia pero fugaz.

¿Pescado o flacuchento?

Ahí les va una pequeña muestra de lo que he encontrado:

1. Diccionario de Colombia, de Jorge Alejandro Medellín y Diana Fajardo Rivera. Publicado en el 2005. “Corroncho. Adjetivo despectivo. Costeño de mal gusto. Usado especialmente en el interior del país. En Colombia, ignorante y de modales burdos”.

2. Diccionario de costeñismos colombianos, del padre Pedro María Revollo, edición de 1942. Trae una de las más curiosas e inesperadas definiciones: “Corroncho. Expresión que se usa en Riohacha para referirse a una persona enjuta, seca, flacuchenta, escuálida. Corroncho también llaman en Medellín al pescado que en la Costa se denomina coroncoro”.

3.-Y el mejor diccionario de colombianismos que se ha escrito, el lexicón del profesor y abogado momposino Mario Alario di Filippo, trae tres definiciones de corroncho: “Pez de río, pequeño, de escamas ásperas y de color apizarrado. Es de cuerpo deprimido, labios negruzcos y piel blanca y gustosa. Aplícase también a la persona intratable, incivil, de genio áspero. Aplícase igualmente a la persona tarda, poco lista en el hacer y en el decir”.

4.- El estupendo Vocabulario costeño, de Adolfo Sundheim, trae la expresión “corronchoso”, y dice que se emplea en el Caribe como áspero, rugoso o escamoso, a la manera de aquel árbol montuno del que ya hablamos.

El cachaco

Veamos ahora lo que ha pasado con el cachaco, que viene siendo como la otra cara de esta misma moneda. Antiguamente se definía como cachaco a la persona bien educada y decente. Nadie sabe, hasta hoy, cuál es el origen del vocablo. En la costa se le decía cachaco, con cariño y admiración, al forastero blanco, de acento atildado, buenos modales, elegante y discreto.

Según la máxima autoridad de la lengua castellana, que es el Diccionario de la Real Academia Española, “en Colombia se llama así a una persona procedente del interior del país”. Y agrega que en Puerto Rico el cachaco es un español adinerado y en Perú es una manera despectiva de referirse a los policías.

Pero de repente, tal como había sucedido con el corroncho en las tierras andinas, en las playas marinas le voltearon el sentido al cachaco, y de caballero distinguido pasó a ser un hombrecito hipócrita, taimado, solapado.

Palabras y frases

El padre Revollo anota que en Cartagena inventaron el terminacho cachuzo para referirse a la persona “de baja ralea que procedía del interior del país. La caridad cristiana y la tolerancia social aconsejan no utilizar esta expresión”.

Y como éramos pocos, parió la abuela: Mario Alario añade que a todo eso le agregaron los costeños un adjetivo, cachacada, que “suele usarse como sinónimo de hipocresía o deslealtad”.

El novedoso y muy reciente Cachacario, diccionario de cachaquismos de Alberto Borda Carranza, deja sentado que hoy en día, en la propia Bogotá, se sigue llamando cachaco al “hombre elegante y caballeroso que cuida en demasía su compostura y sus modales”.

Pero ya no nos conformamos con el agravio-palabra, sino que además inventamos el agravio-frase. El moderno Diccionario de colombiano actual, del periodista Francisco Celis Albán, consigna dos ejemplos excelentes que ilustran lo que estoy diciendo: “Costeño tenía que ser”, le aplican en Bogotá al ruidoso, desparpajado, brusco, chabacano, aunque no sea costeño. Y esta otra, que es su contraria, que habla por sí sola y la repiten los costeños: “Cachaco, paloma y gato, tres animales ingratos”.

Todos contra todos

En eso se nos ha ido la vida a los colombianos, denigrando unos de otros, iracundos. Nunca hemos querido reconocer ni aceptar que la verdadera riqueza de este país está en su diversidad humana.

Por el contrario, en vez de aprender de ella y de ayudar a incrementarla todavía más, partimos de una presunción terrible, según la cual el colombiano que no se parezca a mí es un enemigo. Por eso nos pasamos la vida entera pensando y hablando mal de los otros: todo costeño es perezoso, todo bogotano es hipócrita, todo paisa es avivato, todo pastuso es majadero, todo opita es ingenuo.

Con ese mismo encono hemos logrado la dudosa hazaña de invertir el sentido de palabras que eran nobles, de forma que aquel corroncho amoroso es ahora un ser grotesco y aquel cachaco caballeroso ahora es solapado y ladino. Hemos llegado al colmo de descalificar las virtudes de nuestra propia gente, que es como descalificarnos a nosotros mismos.

Epílogo

La expresión que encabeza el titular de esta crónica, “permítame su educación”, se ha ido perdiendo en los últimos años, desgraciadamente, y ya está a punto de desaparecer.

Significa “perdone que lo moleste”, o “excúseme que lo interrumpa” o “présteme su atención”. Es uno de los decires cachacos más bellos y delicados que he podido escuchar en mi vida. Proviene de la altiplanicie que une a Bogotá con Boyacá, donde revolotea el colibrí, donde florece el geranio, donde sombrea el duraznero, donde el aire huele a feijoa y pepitas de agraz. (Ahora que evoco esas frutas, recuerdo que la primera vez que oí mencionar el mangostino, en Bogotá, pensé que se trataba de un injerto de mango con langostino. Corroncho que es uno).

Hombres y “hombras”

Las feministas colombianas del lenguaje –que deberían llamarse lexiféminas, si el término existiera– están empeñadas por estos días en una batalla sangrienta frente a lo que ellas consideran una discriminación sexual de la lengua castellana en su contra.

El asunto está cogiendo proporciones bíblicas. Hace varias semanas una concejal de Bogotá, al exigir que la llamen concejala, que es la palabra correcta, anunció que presentará ante dicha corporación una propuesta para que se ordene la igualdad de géneros en el idioma, en beneficio de lo que ahora llaman “la cultura inclusiva”.

Me parece que las señoras, con ese carácter suyo que tanto les admiro, se han enfrascado en una pelotera digna de mejor causa. El idioma es un asunto mucho más serio que una simple palabra masculina o que un modesto palabro femenino. Recuerdo perfectamente que quien nos metió en este embeleco fue un antiguo líder sindical, el embajador Angelino Garzón, que cuando era gobernador del Valle se dejó azuzar por su esposa, una enérgica dama catalana.

Para delicia de quienes se burlaban de él por internet, no hubo pueblo perdido ni discurso alguno en que Angelino no se dirigiera a vallecaucanos y vallecaucanas, ciudadanos y ciudadanas, jóvenes y jóvenas, hombres y hombras que me escucháis. Quién dijo miedo. Alebrestadas por esa especie de Juana de Arco con bigotes, las mujeres se lanzaron al galope contra el Orleáns de los varones imperialistas, que en realidad deberían llamarse imperialistos, si fuéramos justos. Ahora, metidos ya en la refriega, se publican sesudos ensayos sobre la materia, se convocan seminarios, se lanzan proclamas de independencia y Florence Thomas aprovecha su columna periodística para regañar a los hombres por millonésima vez.

El conflicto pasó a mayores el día en que un comentarista de El Espectador, creyendo que con ello defendía sus argumentos, llamó “estúpida” a la dama del cabildo bogotano. Si yo hubiera sido ella, habría replicado tildándolo de idioto. Lo único que tal episodio viene a demostrar es que el verdadero problema no consiste en una falta de género, ni de génera, sino en una falta de respeto y de respeta. Y de la más mínima consideración, en masculino o en femenino.

Desde hace años vengo librando una querella similar e igualmente perdida. Insisto cada día en que la diferencia auténtica de géneros no radica en que una palabra termine en ‘o’, en ‘a’, en ‘j’ o en lo que sea, sino en respetar la identidad de cada vocablo.

A ver si me explico, yo que soy tan bruto y tengo la tendencia a perderme en divagaciones. Ya se sabe que es el artículo –definido o indefinido– el que establece en nuestro idioma el sexo de las palabras: el perro, la casa, un día, una noche. Sin embargo, y en una aciaga decisión, los primeros gramáticos de la Academia resolvieron ponerles artículos masculinos a ciertas voces femeninas: el agua, el azúcar, el ágora de los griegos.

Lo hicieron con el noble propósito de evitar la cacofonía, cuyo nombre merecido debería ser cacafonía. Lo que buscaban era que la a final de una palabra no se juntara viciosamente con la a inicial de otra, creando dificultades en su pronunciación, como hubiera sucedido con la alma, por ejemplo.

Como Quevedo decía que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, lo único que lograron aquellos pioneros entusiastas fue enredar la pita más de lo que ya estaba. Por su culpa resulta que ahora hay mucha gente que, con toda la razón, no sabe si ‘arma’ es masculino, femenino, neutro o todo lo contrario. Eso es sumamente grave en un país como Colombia, en donde todo el mundo anda armado y toda la munda anda armada. Los pobres sicarios se quedaron sin saber si la suya es una pistola, un armo, una revólvera o un escopeto.

Lo que pido, en consecuencia, y hasta ahora en vano, es que hagamos un acto de justicia histórico y sencillo: devolvamos las cosas a su sitio. Reparemos el daño hecho porque el remedio resultó peor que la enfermedad: que la agua sea el agua sin más disparates.

Rufino José Cuervo, el hombre que escribió su propio diccionario, dijo alguna vez que “la lengua es la patria”. La frase está escrita, por fortuna, en cada sillón de la Academia Colombiana, en el edificio guardado por la estatua severa de Miguel Antonio Caro, en el centro de Bogotá.

Siempre he creído, por el valor que se le daba en sus tiempos a la palabra patria, que si Don Rufino estuviera vivo podría haber escrito en nuestra época que la lengua es el pueblo.

Al pueblo me remito. Y a la puebla. Quiero decir, sin más bromas, que los invoco a ambos: a las mujeres para que dediquen sus energías a defender –con ese entusiasmo apasionado que ya quisieran los hombres– aquello que realmente merezca tanta dedicación y semejante tenacidad.

Y a los varones, mis congéneres, para que convenzan de ello a sus congéneras de la casa, y hagamos juntos un acto de justicia semántica, devolviéndole cada palabra a su dueño. De estética, también, porque el único bolero horrible de este mundo es aquel que comienza así:

El ansia de besarte me enloquece...

Sabemos a ciencia cierta que los hombres descubren América pero son las mujeres las que barren el patio. Que Cristo creó un vínculo entre el hombre y Dios, nada menos, pero que fue su madre la única persona que se atrevió a reclamar el cadáver del hijo al pie de la cruz. Lo que estoy tratando de decir, mientras desvarío una vez más, es que las mujeres mantienen agarrado el mundo.

No es posible que esa garra de acero, de cinco letras, que sostiene con idéntica firmeza a la pequeña chalupa y al más imponente acorazado, contra la que no pueden el turbión de la ola ni el tsunami, se llame el ancla. Se llama la ancla, duélale a quien le duela, y aunque este bendito computador me la subraye cien veces, haciéndome creer que estoy en un error.

Hagamos pronto esa rectificación. Aunque sea para no tener que aguantarnos más regaños de Thomas Florence. ¿O es al revés?

Del tubérculo tropical a la consorte del gallo

Hace algún tiempo Daniel Samper Pizano escribió en la última página de la revista Carrusel una crónica deliciosa en la cual, burla burlando, se ocupaba de esa nueva costumbre que está haciendo estragos en los restaurantes colombianos, desde los más encopetados hasta los más humildes: el afán petulante de ponerles nombres distinguidos a los platos típicos de la cocina nacional.

Son los riesgos que se corren con lo que ahora llaman “la globalización”, que viene siendo una especie de “apertura gastroeconómica”, para usar el lenguaje apropiado a las nuevas tecnologías y a los nuevos vientos que soplan sobre el mundo.

Uno de los ejemplos más aparatosos que conozco es el de una fonda especializada en culinaria costeña que funciona en Cartagena de Indias, cerca del Centro de Convenciones, por la zona donde antiguamente llegaban al mercado público las goletas cargadas de plátanos. Muerto de ganas de volver a probar las inolvidables vituallas de mi tierra cordobesa, un sábado al mediodía ocupé mesa y pedí la carta.

Imagínense ustedes el tamaño de mi asombro cuando empiezo a buscar en la lista de platos aquel caldo espeso que María Nalga nos hacía de almuerzo en San Bernardo del Viento, tan apetitoso como la ambrosía que les daban a los dioses en los montes griegos, y lo que encuentro es esta joya de definición: “Suflé de tubérculo tropical con islas flotantes de gruyère de Montería”. Lo único que entendí fue “islas”. Llamé al mesero, un muchacho antioqueño de apellido Buelvas, aficionado al aguardiente, un flaco amable al que le pedí que me explicara en qué diablos consistía semejante potaje.

–Se trata –dijo él, con una sonrisa indulgente ante mi ignorancia– de una deliciosa crema característica de las regiones campesinas, donde la gente se alimenta con los productos de la tierra.

Quedé viendo un chispero.

–Perdóneme usted –le dije–, pero sigo sin entender ni jota.

Cerró el menú, se secó las manos en el delantal marcado con la propaganda de un vino francés, meneó la cabeza con impaciencia y por fin me contestó:

–Ay, señor: es lo mismo que los corronchos de antes llamaban “mote de ñame con queso”.

Sentí ganas de echarme a llorar sobre la mesa. Ya veo que falta poco tiempo para que el incomparable ajiaco sabanero, la mejor idea que se la ha ocurrido a Bogotá como aporte a la culinaria nacional, se transforme en “olla podrida del altiplano con patatas picadas y legumbre de la familia de las compuestas”. Las tales compuestas vienen siendo las mismas humildes hojitas de guasca, que antaño, cuando se llamaban así, no eran tan pretenciosas sino sabrosas, y crecían silvestres en las colinas de Boyacá.

Lo que pasa es que el esnobismo está haciendo estragos a nombre de la apertura internacional, con un refinamiento falso y más bien cómico. No quiero ni pensar lo que ocurrirá el día en que a uno le ofrezcan de postre, en el mismo restaurante de la familia de las compuestas, una “sobremesa sápida de la sustancia espesa, untuosa, blanca o un poco amarillenta que sobrenada en la leche que se deja reposar”. En mis tiempos uno iba al Palacio del Colesterol, frente al estadio de fútbol, en Bogotá, y pedía un postre de natas. Le servían lo mismo que la sustancia esa, pero sin tantas arandelas. Recuerdo que los primeros narcotraficantes, hablando entre ellos una jerigonza, para que las autoridades no los entendieran, llamaban a la cocaína “postre de ñatas”. Miserables.

Cada día que pasa me siento más preocupado por el futuro que nos espera en esas materias. Me cuentan mis compañeros de la época de RCN que “Donde el Sucio”, aquella modesta cafetería bogotana en que solíamos tomar un desayuno frugal después del noticiero, la misma en la que atendía Sofi, una campesina risueña que era exacta a la monja del cuadro de Botero, ha caído también en las garras de esas tentaciones. Ayer estaban estrenando carta, hecha en una imprenta callejera, con errores de ortografía incluidos, y apareció un plato nuevo, deslumbrante y misterioso: Parrot eggs. Tulande dice que, hasta donde se lo permiten sus rudimentarios conocimientos del inglés, tiene suficientes motivos para sospechar que se trata de los mismos huevos pericos de toda la vida, pero ahora con un aire presumido. Ya no queda nada de qué alarmarse: el establecimiento mismo, con sus taburetes desfondados y su piso de aserrín, se llama ahora “Sucio´s Inn”.

Hay que someterse al imperio de las novedades aunque sean tan estrambóticas. El otro día paré la oreja para oír, en una playa de Santa Marta, la conversación entre un turista, colorado por el sol como un camarón, y la fritanguera que lo atendía mientras soplaba la candela del caldero.

–¿Cómo se llama eso? –preguntó él, por meterle broma, señalando un disco dorado que flotaba a sus anchas en la manteca hirviente.

La señora carraspeó dos veces, para aclararse la garganta, que es lo primero que hacen los colombianos cuando quieren impresionar a alguien.

–Eso –respondió con una voz de catedrática– es una fécula aliñada con especies que en su interior contiene un producto derivado de la consorte del gallo.

–Paisana –la interrumpió él, atragantado de risa–: yo me crié en Miami, pero nací en Fundación. Y en Miami eso también se llama arepa de huevo...

“Con un guayabo llegué a la elle…”

Hace ya muchos años, una noche de verano, despejada y fresca, estábamos en una fiesta del club Campestre de Cereté, a orillas del río Sinú. La brisa de diciembre soplaba con gusto entre los tamarindos del patio. Las muchachas se peleaban por sacarme a bailar, a mí, que tenía fama de ser el mejor parejo de la comarca, desde los confines de la serranía hasta el mar.

De repente, los músicos de la orquesta reventaron en el aire los primeros compases de un porro inconfundible del Cabo Herrán. La “Flaca” Manzur, que ya desde entonces se estaba dejando crecer sus ojos de beduina, me hizo señas con la cabeza para que saliéramos a la pista. El cantante, un flaquito rumbero que aprovechaba sus convulsiones de epilepsia para tocar las maracas con un solo impulso, empezó:

Con un guayabo llegué a la elle y emparrandado a Sahagún entré…

Me quedé quieto y perplejo. Nunca he podido olvidar aquella noche por dos razones: porque la Flaca bailaba el porro con el mismo garbo que si estuviéramos en la plaza de San Pelayo, con una caja de velas encendidas en la cabeza, y porque ese era el primer error de ortografía verbal que había oído en mi vida. Sigue siendo el único del que se tienen noticias hasta el Sol de hoy. Me entraron ganas de reírme al pensar en lo que debería ser, según el tembloroso maraquero, una bifurcación de carretera en forma de LL o, lo que es todavía más extravagante, en forma de ll minúscula y manuscrita, pegada una letra con la otra. No quise ni imaginarme, líbreme Dios, la cantidad de accidentes de tránsito que se producirían a diario en un laberinto semejante.

Supongo que era eso lo que antiguamente se llamaba un cruce de caminos y lo que algunos pretenciosos de Miami, entrecerrando los labios, describen como un expressway. Ahora, después de tantos años, la Real Academia Española acaba de darle la razón al cantante de Cereté. De vez en cuando la vida tiene esos gestos justicieros y termina por reconocer que los únicos sabios verdaderos de este mundo son los músicos, los poetas y los locos, de lo que todos tenemos un poco, según el venerable proverbio. Dentro de algunos días se podrá comprar en las librerías del mundo entero la edición número veintitrés del diccionario de la lengua, al que los campesinos del Caribe colombiano conocen con el nombre magnífico de “mataburro”, que es muy apropiado y merecido, no tanto por su tamaño como por las enseñanzas que imparte.

Los periodistas ya han anticipado algunas modificaciones. Enhorabuena los académicos han resuelto que, a partir de ahora, la elle no tiene vida propia ni como letra ni como carretera, ya que se trata de una humilde ele repetida, que es más o menos lo mismo que le pasa a Uribito con Uribe. Según consta en el diccionario actual, “la elle representa un solo sonido, cuya articulación es palatal, lateral, fricativa y sonora”, cualquier cosa que eso signifique y quién sabe con qué se come. Con razón resolvieron eliminarla. La misma suerte le espera a la che, que va a quedar convertida en un apéndice estomacal que le nació a la ce por comer tanta lechona. No son chacotas ni chanzas de los chapetones. Es en serio. La che muere por chabacana y por chapucera. Nadie podrá defenderla, ni el Chavo del Ocho. Era una entrometida, como la cucaracha. Ya no figurará en su propia página, sino en el puesto que le corresponde dentro de la ‘C’, es decir, entre las palabras cevil y cía.

La Academia Española sabe lo que hace. Por fin, y después de ochocientos años, los hablantes del castellano podremos distinguir la i de la y. La primera se quedará con el nombre, i, sin necesidad de agregarle latina. La otra se nos había vuelto pretenciosa desde el siglo doce, cuando en la pila bautismal le pusieron por nombre “y griega”, y con ese apellido se creía de mejor familia que las demás letras. En castigo de su soberbia, el nuevo diccionario dice que la conoceremos simplemente como ye, sin abolengos griegos.

Es apasionante la historia de las letras, a veces más que las biografías de algunos seres humanos. En los orígenes del español, la ye no existía como una conjunción, que es la forma de unir dos palabras o dos frases, como se la emplea actualmente. Debutó “por primera vez” –como dijo aquel locutor deportivo– en una de las más formidables fiestas del idioma: en el Cantar del Mio Cid, por allá en el año 1200. Su fulgurante aparición en el lenguaje se debe a estos versos:

Contra mi querer batallo y así, sentado en mi silla, se va ensanchando Castilla al paso de mi caballo…

En cambio, entre las nuevas decisiones de la Real Academia hay algunas que merecen menos aplausos y más debates. Se elimina, por ejemplo, la costumbre de ponerle una tilde a la vocal o cuando se escriben números. Hoy en día, si tenemos dudas sobre una cantidad, ponemos 2 ó 3. Pero los sabios de la lengua han dicho que desde este momento debemos escribir 2 o 3. Tengo fundadas sospechas para creer que los académicos se han dejado engañar por las apariencias.

Me explico. En los modernos equipos tipográficos y electrónicos, como celulares, computadores, calculadoras, máquinas impresoras de prensa o de diccionarios, esa norma puede ser válida porque los números son más grandes que la o y no cabe una confusión: 10 o 12 significa diez o doce. ¿Qué hacemos, en cambio, con los números manuscritos? Hay gente que no tiene una caligrafía muy legible, como el famoso caso de los médicos, y me aterro con solo pensar en la posibilidad de que, si el doctor escribe con sus garabatos “tomar 3 o 4 veces al día”, el pobre paciente termine tragándose 304 píldoras para el corazón.

Ni para qué hablamos de las martingalas que harían con esa innovación los contratistas de ciertas oficinas públicas, como la alcaldía de Bogotá, a la hora de cobrar sus honorarios. Bailarían de dicha los beneficiarios de negocios de la Dirección Nacional de Estupefacientes el día en que, con un contrato manuscrito bajo el brazo, se acerquen a las ventanillas a cobrar “la suma de 40 o 41 millones de pesos”. Ahí es donde quiero verlos, torciendo el rabo, como la puerca.

El Turco Janna, que tiene negocios de ganado en compañía con medio mundo, se la pasa mandando mensajes a las fincas ajenas para que les entreguen los animales a sus compradores. La próxima vez que envíe una nota con su letra temblorosa, que parece cagarruta de moscas, le escribirá al mayordomo: “Osvaldo, entrégale 12 o 13 vacas a mi compadre Nemesio”. Por fin, después de tantos esfuerzos que ha hecho para lograrlo, el Turco Janna se va a arruinar, por culpa de una mísera tilde, quién lo creyera. Como si fuera lo mismo marques que marqués. O círculo que circulo.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
166 s. 11 illüstrasyon
ISBN:
9789587577501
Telif hakkı:
Bookwire
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