Kitabı oku: «Narrativa completa. Juan Godoy»



Indice
Novelas
Angurrientos Novela –1940– La cifra solitaria Novela –1945– Sangre de murciélago Novela –1959– El impedido (Nouvelle) –1968–
Cuentos
El gato de la maestranza y otros cuentos 1952–
Prefacio
Propósitos preliminares a un reencuentro con la obra narrativa de Juan Godoy
Por Waldo Rojas
Nacido en Chillán el 7 de junio de 1911, el novelista Juan Godoy Corbalán falleció en Santiago a comienzos de enero de 1981, al cabo de un repentino trastorno de salud, poco antes de entrar en sus setenta de edad. Si bien la persona del escritor, hombre de deambulación urbana y de sostenida sociabilidad de bar, su nombre, en el ámbito literario público, como por lo demás el de otros notables escritores de su generación, se había ido recluyendo en un cobijo legendario, difuminado, es cierto, pero sin esfumarse del todo de la ya frágil memoria cultural chilena que el borrón y cuenta nueva del régimen militar contaba dar de baja junto con el pasado democrático del país.
Vino a resultar, por lo mismo, el hecho doblemente inusitado de toda una serie de notas y artículos de prensa aparecidos a partir del día siguiente mismo de conocida la fecha de la muerte del creador del «angurrientismo» literario chileno. Propósitos todos amparados en un cierto sentir de pesadumbre ordinaria ante la desaparición de un escritor meritorio, y de menos usual compunción, un si es no es culposo, por el hecho de haber sido su partida la ocasión tardía de restituir su figura en el debido sitio del horizonte de nuestras letras.
«Un Maestro», intitula con significativa concisión su crónica emotiva el poeta Miguel Arteche, ex alumno suyo del Instituto Nacional, evocando un encuentro casual de pocos meses antes:
Pensé en 1942 ó 1943. Pensé cómo él me había enseñado –entonces no lo sabía– el amor por la palabra. Pensé en esos años, cuando ni siquiera había pasado por mí la idea de escribir un solo verso. Pensé, después de todo, que nunca se sabe a quién se debe lo mejor que hay en nosotros. Pensé que si alguien se salva, lo debe a veces, a un solo gesto, a esa anónima voz que en cierto día perdido, en horas de desesperación, alguien, tal vez el más humilde, dejó en uno. (…) Así con él. No por ser anónimo –ni mucho menos– sino por creer yo que mi continua lucha con la palabra, para vencerla, la debía a otros, y no, en parte, a su lección. Él, que era –en ese tiempo–, y lo es, uno de los mejores escritores de Chile. Él, que fue postergado y silenciado por otros que no valían lo que él valía, ni tenían su talento, y hasta disfrazaban su mediocridad detrás de la mala política1.
Luis Sánchez Latorre, Filebo, entonces presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, escribe por su parte:
(…) a las cinco y media de la tarde, se derrumbó sin aviso esa institución mitológica de nuestra literatura secreta que fue Juan Godoy. Un documento inteligente y amplio del decir popular chileno en los fueros del idioma de Castilla. Sobreviviente de mil hecatombes de Dionisos, parecía destinado a la muerte abrupta en la calle, ‘rúa mordida de trumao’, o a quebrar sus huesos en el simposio delirante.
No. Decididamente no. Juan Godoy murió en la cama, acribillado por la bronquitis y las toses, ay, que, entre cigarrillo y cigarrillo, lo iban desgarrando. (…) Profesor de la Escuela Nacional de Artes Gráficas (la única, la primera que fundó el gran Gómez Matus), profesor del Instituto Nacional (¡vaya qué establecimiento este último, merde!, porque, ¿dónde encontrar más rango? Juan Godoy ganaba el asombro y la reverencia de sus alumnos. Demostraba el movimiento andando. De Berceo a Neruda, su versación no tenía fondo. Era el más grande.
A sus bienes pingües sumó la pobreza digna y memorable de una existencia engallada, sólida, firme, como su ‘apetencia vital de estilo’. Si le echamos poca tierra –concluye Filebo–, volverá a resucitar…
Como algunos de sus contemporáneos más o menos próximos en edad y opciones de pluma, Altenor Guerrero, por ejemplo, se suma a estos homenajes póstumos de espontánea, franca, sinceridad:
Juan Godoy había ingresado a la posteridad hacía ya mucho tiempo, acaso cuando escribiera su primer libro: Angurrientos (…). Juan Godoy debió obtener el Premio Nacional de Literatura. Nunca aspiró seriamente a él. Ya le habían dado el premio los críticos: considerarlo el mejor estilista de la literatura chilena.
O el mismo Edmundo de la Parra, uno de los fundadores, en 1941, del Teatro Experimental de la Universidad:
Y qué decir del fabuloso Juan Godoy (…) Una mente analítica, para hacer del lenguaje una perfección, una permanente sonata de estilo y belleza, gozador de la palabra y del pensar.
O bien un periodista buen conocedor y frecuentador de la noche santiaguina, como Raúl Morales Álvarez, quien concluye su crónica:
Al filo de (su obra), a la vista de todos, Juan Godoy se revela como el más excelente escritor de su generación, el mejor de los mejores, sin ninguna duda, en el manejo del idioma y del estilo, el hechizo verbal donde Juan Godoy continúa existiendo, en el goce de una completa vida eterna.
Y también, no menos pertinente, el recuerdo de Jorge Arrate, ex alumno del Instituto Nacional, quien fuera ministro de Educación y del Trabajo durante los gobiernos de Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, en su intervencion con motivo de la tercera edición de Angurrientos, en 1996:
Yo el recuerdo que tengo es su modo de andar… su rostro, una boina y los complementos directos e indirectos. Yo me sentaba en el marco de las ventanas porque no había pupitre para mí cuando asistía todo el curso. Cuando faltaba alguien yo me sentaba en el asiento del que faltaba. Y no me he olvidado, aunque recién con el curso de los años y del tiempo le he dado su real significado. Una vez que no tuve asiento en el pupitre, Don Juan Godoy tomó su silla la puso al lado de un pupitre y me la ofreció para que me sentara. Era un hombre que siempre se preocupó no por los que tienen pupitre, sino por los que se sientan en el marco de las ventanas.
Las coincidencias de apreciación póstuma de la persona y obra del escritor Juan Godoy, de parte de personas de edades diferentes o disímil inserción en el ámbito cultural chileno, tendría de qué sorprender. De hecho dan testimonio de un autor que fuera conocido ampliamente no sólo por su especial forma de sociabilidad, como fuera la suya, sino leído desde temprano, incluso antes de que su primera novela fuese editada. Se sabe, en efecto que en aquel ambiente polémico de puesta en cuestión de vastas dimensiones de la realidad social y cultural chilena que va a caracterizar los últimos años del decenio de 1938, Juan Godoy había concluido hacia 1939 el manuscrito de su Angurrientos, y hecho circular entre sus amigos y colegas más cercanos antes de ser publicada en 1940. Su acogida, como también se sabe, fue inmediata entre lectores de ese momento también muy diversos.
Valga citar in extenso una de las primeras reseñas críticas publicadas sobre la segunda edición de Angurrientos, debida al profesor Cedomil Goic:
Juan Godoy (1911) es uno de los más notables novelistas de su generación. Su obra conocida se inicia con la publicación de Angurrientos (1940), novela que tiene ahora, veinte años después, su segunda edición. A esta novela siguió La cifra solitaria (1945), donde se aligera, se poetiza más y se llena de encanto su mundo novelesco. Un inspector de sanidad (1950) y El gato de la maestranza (1952) son libros de cuentos llenos de humor y poesía, de ternura y sentimiento. Finalmente, Sangre de murciélago (1959) remata, en el año que corre, estos veinte años de labor creadora, constante y valiosa.
Angurrientos, novela un mundo de ultramapocho, trans-cristobalino; escenario popularísimo de miserables galleros, hampones, abasteros, albañiles o picapedreros. Esta preferencia de Godoy es también de su generación, cuya nota popularista, plebeyista, le es grandemente peculiar. Pero Godoy no ha hecho realismo social y ésta es su virtud propia y diferencial. (…) Su prosa narrativa, de proliferante imaginería y matizado estilo, de acentuada propensión pictórica –prosigue C. Goic–, desenvuelve con eficacia el mundo sensual en que se ocupa. La condición de estilista de que goza Juan Godoy es única en su generación. Tiene un real dominio y conocimiento del idioma y de sus posibilidades, de la lengua culta y de la popular. Ningún escritor de su generación, embarcado en la imaginería que caracteriza a la novela de un extenso período, consiguió triunfar sobre la materia como Godoy. En cambio, lo frecuente es el abuso de una imaginería trabajosa, ineficaz, pintoresca, que suele conceder a la prosa, al tono y a la perspectiva narrativa una rara siutiquería. El empleo de esta prosa pasa por ser un rasgo generacional en la novela del 38 o 40.
A veinte años de su primera edición, Angurrientos aparece como una obra representativa de nuestra historia literaria, señalando, en su forma óptima, las preferencias que se harían comunes a una generación2.
En fechas ya más recientes, el profesor Román Soto apunta en un vasto ensayo crítico:
Se lee Angurrientos (…) como las voces que se oyen en la calle o entre las mesas de un bar. La novela de Godoy es una novela callejera y de taberna: allí reside su poderosa y cautivante ambivalencia. Une tanto la vitalidad, el movimiento, los aromas y las formas de la calle, y la suciedad y colorido de los depósitos de vino clandestinos, como su precario, pero perversamente atrayente, desamparo. Angurrientos es una novela sensual (…), carnavalescamente grotesca. Apela constantemente a los sentidos: sus metáforas (…) construyen cuadros que integran diversas relaciones sinestésicas que unen lo visual con lo táctil, lo auditivo, lo olfatorio y el gusto: lo sexual3.
Esta novela, como es cosa sabida y aceptada, dará rápidamente origen a una nueva corriente de nuestra narrativa chilena. En cuanto a la procedencia y significados de dicho término «angurriento», el profesor Luis Muñoz, en su diccionario de movimientos y grupos literarios chilenos, lo explica como una «invención» del autor proveniente del chilenismo «angurriento», el que tiene como significado «hambre canina», «hambre del pueblo». Godoy transfiere dicha interpretación hacia el ámbito espiritual e intelectual, en donde el «angurrientismo» se transformaría en una percepción abarcadora y comprensiva de lo humano, de su «apetencia vital de estilo».
Sin entrar en precisiones de orden técnico literario, se puede avanzar que lo propio de la escritura planteado en la novela de Juan Godoy redunda en descoyuntar el orden narrativo y las premisas secuenciales de la corriente «criollista», a la que en cierto modo la obra de Godoy tendía a poner término. Al decir de Víctor Hernández, en su «Aproximación a Juan Godoy y la Generación del 38», el trabajo literario de Godoy se basa en un cierto «orden desordenado» y, citando un propósito de Román Soto, agrega que en el caso de «Angurrientos se lee o más bien se la escucha, como las voces que se oyen en la calle o entre las mesas de un bar»4. Por otra parte –prosigue Hernández–, se enfatiza socialmente el concepto del Roto y ello atraviesa toda la obra de Godoy. Pero a diferencia de otros autores que suelen polemizar en torno a la figura de este personaje popular chileno, en muchos casos ridiculizándolo, en Godoy, en cambio, el Roto adquiere dimensiones continentales»5.
El tema socio, cultural de dicho personaje había sido objeto de un ensayo de Juan Godoy paralelo a la novelización del «angurriento»:
Para una comprensión del roto, fuera menester escarmenar un conjunto de circunstancias geográficas, históricas, económicas, de raza, etc. –¿A qué llevarían tales cosas?– y diferenciar los productos sociológicos de ellos derivados. Acaso obtuviéramos un resultado científico, muy objetivo, pero ¿cómo separar lo que el roto es de lo que pensamos es el roto? ¿Cómo separar nuestro ser real que somos en sí, de nuestra voluntad de ser o no ser? Sin embargo, cada chileno tiene una vivencia del roto y distingue lo auténtico «rotuno» de lo que es falsificación y límite.(…). El roto tiene un origen campesino. Pero es un producto de selección. Quiso ver lo que pasaba más allá de los rincones de su campo. No lo limitaron los horizontes. No vio la cordillera como problema sino como una pura ola muerta. ¡En nuestro Chile, que es como un gran surco de olas! Rebelde de las encomiendas, cae en el bandidaje o huye del campo a los grandes minerales de esta tierra.
El huaso es limitado, torpe, suspicaz. Su sentido de la propiedad se le ha hincado en la carne. A causa de su labor agrícola, lo caracteriza su previsión económica. Vive para la tierra y sus animales. Arranca sus fuerzas de la tierra.
El roto saca de sí mismo todas sus riquezas. Se tiene. Es dueño de sí. Por esto es capaz de todos los heroísmos. Se le encuentra en el fondo de las minas de carbón. O despanzurrando la pampa trágica. En todos los minerales. Y las fábricas. Es un borbotón de vida domeñando las fuerzas ciegas de la materia inerte.
El huaso vive domeñando a la propia vida.
El roto, el costino y el minero, son hermanos trágicos. Viven el instante. Exponiendo sus vidas. Son dueños de sí. Dueños de nada»6.
La condición de «angurriento», percepción abarcadora y comprensiva de lo humano, de su «apetencia vital de estilo», concierne, sin embargo, en el cuerpo de Sangre de murciélago, una gama social amplia y en cierto modo vertical. Hospedados en el recinto del «Instituto de Toxicómanos» o «Instituto de Reeducación Mental», los personajes de esta tercera novela de Juan Godoy en su disparidad y multitud se avienen en una común apetencia dipsómana:
Toxicómanos, bebedores pantagruélicos –escribe Jorge Jobet–, Juan Godoy es uno de ellos. Su embriaguez adquiere los contornos de lo nacional. No pudo ser reeducado. Bebe como de costumbre, echado a la espalda el fracaso de la teoría freudiana, del psicoanálisis, de la psicología terapéutica, de los pobres recursos de la ciencia médica. Novela en parte autobiográfica, espesa y clara, deforme y clásica, idealista y tétrica, como una inmensa borrachera que pasa por todos los grados de la ilusión y la catástrofe, contada con la serenidad rural del paisaje y con la fuerza atormentada de la inteligencia herida por el ramalazo de los vinos anteriores. Grupo de alcohólicos de elevado nivel intelectual. Artistas, médicos, profesores, carabineros de alta graduación, funcionarios especializados y otros de parecido linaje.
El título de la novela remeda el apodo dado al personaje de un marginal dipsómano, y alude a la virtud curativa legendaria de la sangre del quiróptero, entre otros males el del «horrendo problema del alcoholismo que roe a nuestro pueblo». En cierto modo el narrador central hace acopio de vivencias o contenidos de conciencia autobiográficos y se desdobla a través de esos mismos ecos en cada uno de sus interlocutores: les presta su lenguaje. A lo largo de toda la novela abunda justamente en un léxico de voces (sustantivos, adjetivos, verbos) colectadas de un castellano selecto, clásico, formas inusitadas en los usos de nuestra prosa narrativa, como es asimismo el empleo aquí frecuente de pronombres enclíticos o el recurso del voseo reverencial en el curso de pláticas ordinarias.
Por eso –prosigue Jobet–:«No debe extrañar la naturaleza insólita, ingeniosa, irónica, trascendental del diálogo de estos alcohólicos que, al igual que los locos, en las noches “tejían –arañas mentales– sus sueños invisibles”, y en cuyo cerebro anidaba un pájaro de helado fuego»7.
A la distancia temporal que nos separa de 1949, y por entonces a cuatro años de la primera edición de La cifra solitaria, Pablo García, narrador y poeta, concluía su propósito sobre el lugar que la literatura nacional debía acordar a Juan Godoy, a su terreno ya conquistado y por conquistar: «Bien está labrando Juan Godoy el pedestal de su posteridad. Yo espero verle algún día entre los primeros prosistas del idioma. Lo es ya. Pero el reconocimiento de las multitudes es lento y avanza de generación en generación. El tiempo es el mejor juez. No nos apresuremos: démosle tiempo al tiempo»8. Palabras premonitorias pues las obras literarias son su, sus, lecturas. Y ese tiempo ha llegado bajo la forma de un encuentro/reencuentro al pie de aquel pedestal, que es ahora el tomo de toda su obra reunida.
1 Miguel, Arteche. «Un maestro» Las Últ muerte para que, Dios lo quiera, vuelvan a reeditarse sus libros, como lo pedí en 1974, sin que nadie se enterara? ¿Será ese gran desconocido de nuestra literatura, él, cuya prodigiosa palabra tenía, y tiene, textura de plata como para acercarlo a otro, de su mismo nombre de pila y apellido?» (Alusión, si hace falta decirlo, al pastor descubridor del mineral de plata de Chañarcillo, en 1832).
2 Cedomil Goic, La Unión de Valparaíso, Revista de libros, 6 de diciembre de 1959.
3 «Angurrientos de Juan Godoy»; http://www.romansoto.com/escritos/index.php?code=angurrientos.
4 Román Soto, «Angurrientos de Juan Godoy: rotos, indeterminación, sexualidad y un nuevo verosímil» Revista Mapocho, 1992.
5 Víctor Hernández, «Aproximación a Juan Godoy y la Generación del 38».
6 «Breve ensayo sobre el Roto», Revista Atenea CLXIII, Concepción, enero de 1939.
7 Jorge Jobet, «Algo sobre Sangre de Murciélago, otra novela» de Juan Godoy». Prólogo a El impedido, 1968.
8 Pablo García, Atenea. Julio - Agosto 1949.
Testimonios
Sensibles al anuncio de la reedición de la obra narrativa de Juan Godoy, varios ex alumnos suyos o personas que lo trataron, personalidades de las artes, la literatura o la enseñanza superior, han querido asociarse a este evento a través de testimonios personales sobre la obra y la persona del fundador del angurrientismo.
Jorge Guzmán
Fui su alumno en el Instituto Nacional, junto con León Schidlowsky (Premio Nacional de Música), Guillermo Núñez (Premio Nacional de Artes Plásticas) y Eduardo Martínez Bonati (pintor de reconocimiento mundial). Creo que los cuatro le debemos mucho a las clases de Juan, pero su mayor deudor soy yo. Empecé a escribir bajo la influencia de la lectura de su novela Angurrientos. Me pareció deslumbrante que el lenguaje pudiera ser usado de esa manera. Creo que es uno de los hombres más inteligentes y cultos que haya conocido nunca. Recuerdo aún hoy la conferencia que nos dio (hace más de medio siglo) cuando le preguntamos qué era la dialéctica. Sus clases eran inspiradoras, por decir lo menos, además de muy informativas y formativas. Tenía una espontaneidad ejemplar; en una de sus clases un alumno puso a funcionar un giróscopo de juguete, que ocultó cuando Juan lo increpó y hubo de mostrarlo cuando se lo ordenó con voz muy amenazadora, y luego lo puso a funcionar; el maestro miró bailar el aparato en la punta de un lápiz y dijo alegremente: «¡Qué bonito! Yo soy un hombre que no tuvo infancia. Hágalo girar de nuevo, por favor».
Jorge Guzmán (1930), narrador y académico vinculado a la Universidad de Chile, luego de cursar la secundaria en el Instituto Nacional, donde participó en la Academia de Letras del plantel. Ingresó luego a estudiar Pedagogía en Castellano en la Universidad de Chile y más tarde realizó un doctorado en Filología Románica en la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Guzmán ha sido merecedor de importantes distinciones: Premio «Academia», el Premio Municipal de Literatura, el del Consejo del Libro, el Municipal de Novela y el Jaén de Literatura (España), entre otros. La obra de Guzmán comporta textos teóricos y literarios. Entre los primeros, ensayos como Diferencias latinoamericanas: Mistral, Carpentier, García Márquez, Puig (1984), y Contra el secreto profesional: lectura mestiza de César Vallejo (1991). Constituyen su obra narrativa cuentos y novelas como Job Boj (1967), Ay mama Inés (1993), La ley del gallinero (1999), Cuando florece la higuera (2003), Deus Machi (2010) y Cuerpos (2014).
Guillermo Núñez
Si dejamos de lado, y olvidamos la escondida intención de herir a su maestro, la opinión de Herder sobre Kant, podemos utilizarla para, agradecidos y ahora salida desde el corazón, manifestar nuestra estima y afecto a nuestro antiguo maestro Juan Godoy:
«Nada digno de ser sabido le era indiferente. Cuando se trataba de extender e iluminar la verdad, ninguna intriga, ninguna secta, ningún prejuicio, ningún afán por adquirir renombre lo afectaba. Excitaba y forzaba agradablemente a que cada uno pensara por sí mismo: el despotismo era extraño a su espíritu. Este hombre que menciono con el más grande respeto y reconocimiento, es Immanuel Kant». Para mí, también se llama Juan Godoy, el escritor, el maestro querido.
Juan Godoy les dio alas a nuestras ansias de ir más lejos que nuestro cotidiano escolar en el Instituto Nacional. Juan Godoy, prosista refinado, culto a más no poder, supo guiar nuestros balbuceos por descubrir la belleza, adentrarnos en la poesía, el arte, la literatura.
Buscó envenenarnos con la belleza según sus propias palabras.
Estaré siempre agradecido de ese veneno que, para mí, ha sido agua lustral, bautismo, fermento, germen de todo lo que soy ahora: preguntarme, interrogarme siempre y saber mirar el mundo con ojos de niño asustado y curioso.
Ahora echo de menos, me hace falta ese país que vivimos junto a él, el país que nos hicieron pedazos, el país en que vivió este fino y sabio amante de lo bello, la buena mesa, los libros y el vino a borbotones, como los poetas y maestros zen de la Antigüedad. Juan Godoy partió antes y no alcanzó a ver estas ruinas: supo coger la luna sin ahogarse.
(Santiago de Chile, Febrero de 2018).
Guillermo Núñez (1930), pintor, estudió en la Escuela de Teatro, y luego de la Escuela de Bellas Artes, en la Universidad de Chile, en donde fue alumno de Gregorio de la Fuente y de Pablo Burchard. Profundizó en París su formación artística en la Academia Grand Chaumiére y en la Biblioteca del Arsenal y de la Opera. En esta ciudad conoció a Roberto Matta, quien influiría en los inicios de su trabajo. Más tarde, se trasladó a Checoslovaquia, donde estudió grabado en la UMPRUM, Alta Escuela de Artes Aplicadas de Praga, en 1959. En 1971, ejerció como director del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Víctima de la represión de parte de la dictadura militar, Núñez debió partir al exilio a Francia, donde residió durante doce años. Su obra ha circulado por museos y galerías de Cuba, Estados Unidos, Francia, Alemania y Suiza, entre otros países. Su extensa trayectoria fue reconocida en el año 2007 con el Premio Nacional de Artes Plásticas, galardón oficial que se suma a numerosas recompensas recibidas en Chile y el extranjero en los diversos campos de su creación.
Grínor Rojo de la Rosa
No fui alumno de Juan Godoy, pero lo escuché leer sus textos más de una vez, en la Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional. Yo era un mocoso de catorce o quince años, que había decidido ser escritor. Oír a don Juan leer «El gato de la maestranza» o algún capítulo de Sangre de murciélago fue para mí una revelación. El poder de sus imágenes y la riqueza eufónica de sus palabras me enseñaron de qué manera podía yo ser eso a lo cual aspiraba, en qué consistía en realidad lo de ser escritor. Más tarde leí todos sus libros y los admiré, pero me quedé con Angurrientos. No es esa una novela proletaria, como La sangre y la esperanza, de Nicomedes Guzmán, sino una novela subproletaria o, como dirían algunos hoy día, marginal o de la marginalidad. «Extramuros» se titula la sección que precede al relato, y esa palabra, puesta ahí, en el comienzo de la lectura, funciona como una advertencia respecto de la «zona de realidad» en la que estamos a punto de ingresar:
Apenas se deja el Cementerio Católico, y se sigue el callejón de Recoleta abajo, por donde se va a Conchalí, ha ido creciendo el barrio más allá de la muerte. Por el lado del cementerio, del cual asoman las rechonchas estatuas de hombres graves, desenrollando pergaminos, o de ángeles rollizos entre los cipreses, nidos de presagios y guairaos, canturrean las sartenes su fritanga irremediable de los barrios pobres. Mujeres gruesas y despeinadas soplan las brasas, las mejillas sollamadas, y muestran la sierra gorda de sus senos pulposos. En la misma esquina, está el almácén ‘El hombre feliz’ donde beben su ‘litriao’ ‘pa pasar la grasa de los muertos’ los trabajadores del Cementerio Católico o los hombres hirsutos que suda la fábrica de calzado Ilharreborde, puesta detrás de los álamos que bordean el canal, cuyas aguas se tornan de sangre con los ácidos de la curtiembre9.
En esa zona, «por el callejón de Recoleta abajo», como escribe Godoy, que en la época de Angurrientos (y que al parecer es contemporánea con la fecha de publicación de la novela, 1939) era todavía un área semirrural, donde alternaban los obreros del cementerio y los del calzado con las putas, los vagos citadinos, los carretoneros y los gañanes desplazados o en vías de desplazamiento desde el campo a la ciudad, planta el novelista el escenario de su relato. Entre el personal que mencioné más arriba, los héroes serán los galleros, una turba indefinible de machos bestiales y alcohólicos, que se reúnen y solazan cada fin de semana en torno a la fiesta sangrienta. Es esa pasión de los gallos la que además le confiere su unidad a una estructura narrativa que de otro modo se hubiera roto en mil pedazos. Godoy no fue un fabulador de largo aliento: sus mejores historias son anécdotas, es probable que derivadas del folclore del lugar, y algunas de ellas soberbias, como la del matrimonio de borrachines que forman el Celso y la Herminia.
Pero lo esencial de todo esto es que a Juan Godoy no le interesa el contar para informar o denunciar sino el contar para exhibir ante los ojos del lector un espectáculo plástico suntuoso, esto no a pesar de sino en o con la barbarie, la sangre y la mugre de los componentes que lo integran, espectáculo en cuyo brillo oscuro él cifra la grandeza de su trabajo y que por eso transporta sobre los andariveles de una prosa barroca, pletórica de efectismos diestramente construidos y coleccionados y en todos los niveles de la estructura lingüística. No tengo que citar a Jakobson para decir que, junto con lo que el signo nombra, en Angurrientos importa el retorno del signo sobre su propia materialidad.
Pero la subversión insidiosa que del realismo treintayochista lleva a cabo Juan Godoy no se detiene ahí. No hay tampoco en Angurrientos la intención de representar el cotidiano chileno de una manera «seria» y «significativa», sino que, por el contrario, el cotidiano chileno se convierte por una parte en el pretexto de un desfile de criaturas y acciones esperpénticas, y por otra, en la causa de un desaliento corrosivo en la conciencia del narrador y en la de su alter ego, el protagonista de la novela, respecto de cualquier asomo de optimismo político o filosófico. Esto significa que la de Godoy es una realidad absurda, que no se compadece en absoluto con la ideología edificante del realismo crítico, progresista o como quiera llamársele, y mucho menos con la del realismo socialista, materialista histórico y confiado en que las leyes del adelantamiento necesario van a producir en alguna época futura la victoria de los pobres de la tierra. Edmundo, el protagonista de Angurrientos, es el joven estudiante que suele aparecer en las novelas del 38, eso es cierto, pero no es un adolescente revolucionario. Es un joven intelectual en el camino de su desintegración y el desenlace de la obra, cuando del bar «La Envidia» lo vemos salir convertido en un «semejante a los otros», es decir, en un guiñapo empapado en alcohol, «muerta la voluntad, muerto el deseo y el ansia de lucha», contiene la meta insoslayable de su desempeño existencial. Más interesante todavía es que ese desenlace lastimoso coincida con la consumación del trabajo alegórico de la novela. En la escena que antecede a la que acabo de describir, Wanda, el objeto del deseo de los machos del barrio, degüella con una navaja de afeitar al sargento, el «giro padre-padrastro», el más apreciado de los plumíferos gladiadores:
«Cogió el gallo blandamente. Lo maniató de las espuelas. Apretó las patas del giro de riñas entre sus muslos desnudos y ahogándolo con una mano, empezó febrilmente a degollarlo. Sangre caliente bañada de acre, dulce opresión sus muslos mórbidos. Separada del cuerpo, la cabeza de la rijosa ave, al caer en el charco de su sangre, con débil chasquido viscoso, revolvió en blanco unos ojos congelados y fuese abriendo lentamente el pico, dejando paso a una lengua dura, parada de muerte»10.
Grínor Rojo de la Rosa (1941) es profesor, ensayista y crítico. Estudió en el Instituto Nacional y en la Universidad de Chile, y más tarde se doctoró en la de Iowa. Especialista en literatura latinoamericana, ha enseñado tanto en Chile como en el extranjero, en las universidades de Chile, Concepción, Austral de Valdivia, Católica, Estatal de California, Estatal de Ohio y la de Columbia, en Nueva York. Además, ha sido profesor visitante en la Nacional de Mar del Plata, en Argentina; en la Federal de Minas Gerais, en Belo Horizonte, Brasil; así como en las de Costa Rica y Nacional de Costa Rica.
Grínor Rojo dirige el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos (CECLA) de la Universidad de Chile y es profesor titular de Literatura Chilena Moderna en pregrado y de Teoría Crítica en el posgrado en Literatura de dicha casa de estudios.
Autor de una abundante producción crítica, entre cuyos títulos vale distinguir: Los orígenes del teatro hispanoamericano contemporáneo (1972); Muerte y resurrección del teatro chileno, 1973-1983 (Madrid, 1985); Crítica del exilio. Ensayos sobre literatura latinoamericana actual (1988); Poesía chilena del fin de la modernidad (1993); Dirán que está en la gloria... (Mistral) (1997); Diez tesis sobre la crítica (2001); Globalización e identidades nacionales y postnacionales… ¿de qué estamos hablando? (2006); Las novelas de la oligarquía chilena, 6 ensayos (2011); Clásicos latinoamericanos. Para una relectura del canon. El siglo XIX. Vol. I, El siglo XX. Vol. II (2011); Las novelas de la dictadura y la post-dictadura, Vol. I: ¿Qué y cómo leer?, y Vol. II: Quince ensayos críticos (2016).
Entre otras recompensas, su obra ha sido distinguida con el Premio Casa de las Américas de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada 2009, por Globalización e identidades nacionales y postnacionales… ¿de qué estamos hablando?». Finalista del Premio Altazor de Ensayo 2011 con Discrepancias de Bicentenario. Premio Altazor de Ensayo 2012 por Clásicos latinoamericanos. Para una relectura del canon. El siglo XIX. Vol. I.
Antonio Skármeta
Tuve una gran impresión de Juan Godoy. En ese tiempo compramos en el curso «El Gato de la Maestranza». Como me interesaba ya en el Instituto la literatura, era bastante activo cuando preguntaba algo, e incluso me iba conversando con él desde el segundo piso a la sala donde él tenía que dejar el libro de alumnos. Recuerdo que cuando le conté que me gustaba escribir, me dijo que tenía que leer mucho antes de publicar algo. Me sugirió que leyera a Gogol y Chéjov. Tardé en hacerlo porque yo andaba entonces loco con Hemingway y Saroyan. Cuando leí a Chéjov un par de años más tarde, quise comentarle cuánto me había emocionado, pero nunca se dio la ocasión.
Releyendo a Juan Godoy, aprecio los riesgos que toma para hacer sus expresiones más elocuentes, y siempre lo logra con su toque de humor. Por ejemplo, se dice de un personaje, que sus amantes son nada más que «capillas», pero que otra cosa es su mujer: «en su catedral crujiente de huesos, calmaba sus dolores de macho triste».
Antonio Skármeta (1940) cursó las humanidades en el Instituto Nacional y su formación universitaria en el Instituro Pedagógico de la Universidad de Chile, en donde estudió Teatro y Filososofía y obtuvo su diploma de profesor de Literatura. Beneficiario de una beca Fulbright, en 1964, prosiguió su formación en la Universidad de Columbia (Nueva York, Estados Unidos), que termina con la redacción de una memoria sobre Julio Cortázar. De regreso, obtiene en la Universidad de Chile el diploma de Pedagogía en Literatura, que ejercerá hasta el momento del golpe militar de 1973. Constreñido a partir al exilio, viaja primero a Argentina, luego a Estados Unidos y a Alemania Federal, en donde enseñará en la Academia Alemana de Cine y Televisión, de Berlín. De 2000 à 2003, es nombrado Embajador de Chile en Berlín.
Su producción literaria debuta temprano con el género del relato breve: El entusiasmo (1967), seguido de Desnudo en el tejado (1969), Tiro libre (1974), Novios y solitarios (1975). En tanto novelista, es autor, entre otros numerosos títulos (No pasó nada, 1980; La chica del trombón; 2001, El baile de la victoria, 2003), de Ardiente paciencia, adaptada al cine, filme merecedor del Gran Premio del Festival de Biarritz de 1983. Su novela La boda del poeta (2001), recibe el Premio Médicis extranjero de 2001. En 2014, se le otorga el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra.
Manuel Silva Acevedo
A mí no me tocó tener a Juan Godoy como profesor en el Instituto, pero sí recuerdo haber leído con estremecimiento su novela Angurrientos. Ningún otro escritor de la generación del 38 ni de promociones posteriores alcanza ese grado de visceralidad y pulsiones vitales tan extremas como Godoy. Quizás Carlos Droguett, con su Ñato Eloy, y Nicomedes Guzmán, con su La Sangre y la Esperanza se aproximan al estilo crudo y feroz de Juan Godoy, para quien «el hambre voraz de ser es propio del chileno. El roto “angurriento” no deja nada en el plato de la vida, se lo come todo en un día. Come en exceso, bebe en exceso, ama en exceso, muere en exceso». Nada más lejos de su pluma que los afeites de una narrativa pequeñoburguesa que emergerá con la generación del 50. Hoy se echa de menos una escritura al hueso y sin aliños como la de Juan Godoy, cuya apetencia vital ha sido injustamente olvidada por décadas.
Manuel Silva Acevedo (1942), poeta de la llamada Generación de 1960. Estudió en el Instituto Nacional. Fue becado del Taller de Escritores de la Universidad Católica (1969). Trabajó durante 25 años como Creativo en publicidad. En 1990 abandonó esas labores, y comenzó su colaboración con la Editorial Universitaria, en donde, entre otras funciones, tomó a cargo ediciones de poetas chilenos como Ángel Cruchaga Santa María y Max Jara.
Componen su obra poética los títulos siguientes: Lobos y ovejas (1976), Premio Luis Oyarzún en 1972, concurso organizado por la revista Trilce y la Universidad Austral; Perturbaciones (1967), Mester de bastardía (1977), Monte de Venus (1979), Terrores diurnos (1982), Palos de ciego (1986), Desandar lo andado (1988), Canto rodado (1995), Houdini (1996), Cara de hereje (2000), Día quinto (2002), Bajo palabra (2004), Campo de amarte (2006), Lazos de sangre (2011). Un cierto número de antologías publicadas en Chile o en el extranjero recogen selecciones de estos títulos. La obra poética de Manuel Silva ha merecido desde temprano reconocimientos y premios, entre los cuales: Libro de Oro 1977 para su libro Mester de bastardía; Premio del Círculo de Críticos de Valparaíso (2003) por Día quinto; Premio Jorge Teillier (Universidad de La Frontera, 2012), y sobre todo el Premio Nacional de Literatura de Chile (2016).
Federico Gana Johnson
¡Con sumo gusto recuerdo grandes enseñanzas de Juan Godoy!
Entre las más preciadas enseñanzas recibidas durante mi paso por el Instituto Nacional, sobresale el regalo de haber sido alumno de don Juan Godoy, quien nos guió, primero, por el campo de la palabra escrita, pero, fundamentalmente, nos hizo saber de otros derroteros. Jamás olvidé (y las tengo en mi bitácora de las anécdotas juveniles más preciadas) cómo don Juan permitió que nos acercáramos al gozo del aprendizaje libre y no académico. Ocurría cada vez que había prueba de Castellano. Don Juan presentaba las preguntas y luego, haciéndonos ver que lo único que no aceptaría era la copia literal de las respuestas, se retiraba de la sala, con este comentario: «Comenten, discutan, conversen, saquen conclusiones. Para eso se quedan solos».
Y nosotros los niños, por ese arte de magia que siempre existirá, comprendíamos perfectamente que se nos estaba dando la posibilidad de volar, de imaginar, de ser libres. Quien nos abría así las puertas era este viejo profesor que llegaba apurado a clases, con su viejo abrigo gris y unos libros bajo el brazo, maestro al que estimábamos profundamente y con el que muchas veces nos topábamos en las fuentes de soda cercanas al Instituto. En ese ambiente leíamos Sangre de murciélago y nos cambiaba la manera de ver la vida. Hasta hoy, cuando ya la hemos vivido.
Fue en Cuarto o Quinto Año de Humanidades cuando olvidé asistir a un examen de Castellano de final de curso. Vaya olvido. Cuando al día siguiente aparecí por el liceo, supe que había aprobado el examen y que don Juan me había defendido ante la Comisión examinadora:
«Este joven usa la pluma. Bajo mi responsabilidad y en su ausencia, yo lo apruebo», había sentenciado.
Se lo agradecí y se lo sigo agradeciendo. De veras, don Juan Godoy es uno de los mejores tesoros que anido de mi juventud buscadora de ejemplos que sirven para mirar el día a día durante toda la existencia.
Federico Gana Johnson (1942) es periodista y escritor, con décadas de ejercicio profesional periodístico tanto en medios escritos nacionales e internacionales y televisión, como en Comunicaciones y Relaciones Públicas en empresas de la Gran Minería del Cobre chilena. Habitualmente participa como miembro del jurado en concursos nacionales y es asiduo guía de talleres literarios, especialmente en liceos de educación secundaria. Su creación literaria se ha manifestado en especial en el género del cuento a través de publicaciones tales como Los amantes del aire, El pescador de alegrías, Algunas verdades, En mi lugar (Catorce cuentos confesados). Entre sus publicaciones no estrictamente literarias se cuentan: Libro conmemorativo del Bicentenario del Instituto Nacional, Reencuentro con Federico Gana (novelista fundador del criollismo chileno, abuelo de Federico), proyecto seleccionado por el Consejo de la Cultura y las Artes).
Leonardo Barceló Lizana
Hace poco más de cincuenta años, hacia 1965, tuve la suerte de ser alumno del gran escritor chileno Juan Godoy. Fue mi maestro por tres años de la asignatura de Técnica de la Expresión en el entonces Instituto Pedagógico Técnico de la Universidad Técnica del Estado, de la Calle Ecuador. A través de sus lecciones pudimos conocer a los autores rusos Chejov y Turgueniev, así como también analizar la obra del mexicano Alfonso Reyes La experiencia literaria, y aquellas de tantos autores chilenos de la generación del 38.
Como profesor, Juan Godoy suscitaba a su alrededor una fuerte empatía con sus estudiantes; esperábamos sus clases con la certeza de que habríamos asistido, en cada ocasión, a una verdadera conferencia sobre el tema abordado, y esto en un clima de gran simpatía. Era un maestro no sólo a nivel de su inigualable prosa, que alcanzó las altas cimas de nuestra literatura, sino que era también un comunicador de primer orden, tanto a nivel de su expresión verbal, de su erudición y conocimiento pedagógico, como de su ingenio y picardía, cualidades que nos deleitaban.
Pude a veces conversar con él por los pasillos de nuestro Instituto y recibir sus sabios consejos, no sólo en lo que concernía a su materia, sino también sobre el terreno de la gramática española, de la que era un cabal conocedor, como da testimonio toda la riqueza de su estilo literario.
Recuerdo también que refiriéndose en cierta ocasión a los autores nacionales me lanzó, sin la más mínima afectación, que él era el mejor escritor chileno; afirmación suya que en un primer momento me dejó sorprendido, pero que supe apreciar como rasgo de sinceridad personal que la mayoría de los escritores, por el contrario, optan con mal disimulada falsa modestia por silenciar, con la oscura esperanza de que un tal reconocimiento, justo o no, venga sin más del prójimo.
De modo espontáneo se refirió asimismo, en tono de crítica jovial, a su hijo Ariel Godoy, quien era entonces, como yo mismo, corrector de pruebas de la revista En Viaje, y que venía de publicar en la imprenta de los Ferrocarriles del Estado un libro de cuentos titulado Tortugas y Amapolas: «Ariel –me dijo– está recién comenzando a aprender este oficio». Sin embargo, hay testimonio público impreso de un balance personal algo más matizado, por ejemplo, sobre su generación: «Los novelistas del 38 somos sólo cuatro: Nicomedes Guzmán, Lomboy, Coloane y yo…». Por otra parte, no olvido que durante una lección me preguntó ¿Qué era para mí la literatura? Ante tal interrogante, comencé balbuceando a tratar de hilvanar frases del tipo: «Es el espejo de la sociedad», etc., etc… Sonriendo, si no riendo, me repuso: «No seas pretencioso, a esta pregunta no ha contestado ni siquiera Sartre, y tú piensas tener la respuesta…».
En mis años de docente de Gramática Española en la Universidad de Bologna, he recordado a menudo a mi profesor de Técnica de la Expresión, y aprovecho la ocasión que se me ofrece de recordar su persona. Otros, con mayores méritos, han testimoniado ampliamente de lo que nuestra narrativa chilena debe a su gran obra, que es Angurrientos.
Leonardo Barceló (1948): Bachiller en Letras (1964); egresado del Instituto Pedagógico Técnico en la Asignatura de Castellano (1969); Doctor en Lenguas y Letras Extranjeras en la Universidad de Boloña (1977). Jefe del Departamento de Capacitacion Profesional de la Empresa de Comercio Agrícola, Chile (1971-1973). Docente de Lengua Española en las Universidades de Bologna (1981-2012) y Johns Hopkins, sede de Boloña (1986-1993). Encargado del Seminario sobre interculturalidad en la Facultad de Lenguas Europeas, Universidad de Módena (2002-2005), y en la Universidad Primo Levi de Bologna (2001-2004).
Aparte de numerosos artículos sobre interculturalidad y Socios política italiana y latinoamericana, ha publicado: El concepto de patria en la poesía de Pablo Neruda: Análisis cromático cualitativo (Istituto Linguistico Facolta di Economia e Commercio, Universita degli Studi, Florencia, 1992). Desde el 2004 hasta el 2016 es concejal de la ciudad de Boloña, donde fue presidente de la Comisión Cultura e Instrucción y Universidad de esta misma ciudad...
9 Juan Godoy. Angurrientos. Santiago de Chile. Nascimento, 1959, p. 9.
10 Ibid., 204-205.
Novelas
Angurrientos Novela –1940–*
* La presente edición de esta novela recoge la versión integral de su segunda edición: Nascimento, Santiago de Chile, 1959, que fuera revisada entonces por su autor, sin otra modificación de su parte –salvo alguna corrección de erratas de imprenta–, que la supresión de los títulos originales de diversas secciones de sus partes primera y segunda, manteniendo sin alteración el intitulado de los sucesivos capítulos. Los índices respectivos de esta y de las siguientes obras, novelas y cuentos, han sido reunidos aquí en un Índice General (Nota del Editor).
Dedicatoria:
A Elisa Corbalán, mi madre. A mi tierra –que es como un gran surco de olas–, dedico este libro. Juan Godoy
Extramuros
Apenas se deja el cementerio católico, y se sigue el callejón de Recoleta abajo, por donde se va a Conchalí, ha ido creciendo el barrio más allá de la muerte. Por el lado del cementerio, del cual asoman las rechonchas estatuas de hombres graves, desenrollando pergaminos, o de ángeles rollizos entre los cipreses, nidos de presagios y guairaos, canturrean las sartenes su fritanga irremediable de los barrios pobres. Mujeres gruesas y despeinadas soplan las brasas, las mejillas sollamadas, y muestran la sierra gorda de sus senos pulposos. En la misma esquina, está el almacén «El hombre feliz» donde beben su «litriao pa pasar la grasa de los muertos» los trabajadores del cementerio católico o los hombres hirsutos que suda la fábrica de calzado Ilharreborde, puesta detrás de los álamos que bordean el canal, cuyas aguas se tornan de sangre con los ácidos de la curtiembre.
Los huasos de Conchalí guían sus carretas, al anochecer, hacia la Vega. O las pipas de sus rubios mostos otoñales al depósito central.
Sin embargo, la gran fiesta del barrio es el Día de Todos los Santos. Las viejas, los muchachos, los hombres, se ocupan en los cementerios:
–¡Escalera! ¡Escaleeeraa! ¡Agüita pa las flores! –gritan los hombres, los chiquillos, las mujeres, haciendo sonar sus tarros y tropezándose en sus remendadas escaleras. Pero las viejas prefieren beber sus mates a la vera de sus muertos.
En los días ordinarios, los muchachos que estudian en el liceo rumian sus lecciones en el cementerio. Y también zurcen el paño de la vida sobre la propia tumba de los muertos. Es un lugar riguroso de amor.
Eulogio se asombró un día de ver que sus calzoncillos se habían llenado de tal modo de parches, que parecía que el tocuyo primitivo parchaba a sus calzoncillos. Y sus calzoncillos eran siempre sus mismos calzoncillos, cosa que no puede explicarse por la lógica, sino por la dialéctica. Y el camino baja, y todo es una hondonada. Un pequeño rincón. Nada más.
Primera parte
Voluptuosidad del fierro al rojo
I
Aquel cielo en llamas. El aire hierve su columnita de hormigas hacia lo alto, y la calleja sudorosa se alarga como una pala de madera embutida en un horno de cocer pan; bruscamente se cierra en la quinta del cura don Amaranto.
–¡Todas las calles han de cerrarse en las quintas de los frailes! –dijo Augusto, el gallero, con indignación. Era un hombre de pelo rojo. De bigote rasurado. Ahora él cuidaba de los gallos como de la quinta. Y estaba en pugna con sus propias ideas. A casa de este hombre se dirigían Wanda o Carmencha, la canutita, como le decían cariñosamente en el barrio, y su hermano, el chiquillo Eulogio, que la seguía a la distancia.
Venía enrabiado el chiquillo, porque el gallo, el fuerte gallo giro de pelea, el Sargento, que traía en sus brazos, tuvo el capricho de chorrearle una manga de su chaqueta cazadora. A hurtadillas, había golpeado en la cabeza al animal que atontado revolvía los ojos, volcándolos como huevos en plato. Y la cicatriz de la cresta del giro rojeaba como una pasa del Huasco. Eulogio apresuró el paso. Allí mismo se retorcían de risa unos borrachos. Temblaba por los groseros piropos que esos hombres soltarían a su hermana.
Unos hojalateros, con sus respectivas mujeres, allá en el solar de vientre vaciado por la saca de arena y ripio, comen sus cebollas y beben vino en latas de durazno mohosas.
Alejandro el hojalatero, el de rostro cascarañado, bebe con grandes gestos, arrojando el tarro. Luego se dispone a bailar y cae rendido.
–¡Ay, las milongas no me dejan! ¡Si me dejaran las milongas!
Es un hombre de un blanco sucio de papel mascado, enrojecido de vino; unos pelos rubios, blandos, de bigote y barba.
Las pobres mujeres de estos hojalateros, cansadas de regañar a sus maridos, se han largado a coger el dinero de sus hombres, y se han puesto tan borrachas como ellos. Al frente tufa su vinillo el Depósito de Licores de la Tarifeño.
La Concha Fina, de bozo perlado de rocío repugnante, canturrea en una mata de hoja:
Ben’ haiga la viej’e m…
que me vendió los pasteles.
Lucho, el hojalatero de cara ácida, requiebra a la Pichanga, su mujer:
–¡Ay, ricurita! ¡Ay, mi verde cogollito de cepa!
–¡Verde... Cogollito de cepa! –rezongan los borrachos, soltando la carcajada. Lucho le pellizca los carrillos a su hembra, le palmotea las nalgas. Y las mujeres ríen, con sus risas descocadas, degradantes, haciendo chistes, como les está permitido a las mujeres que tienen sus esposos…
Alejandro agría su seriedad, y con ello manifiesta que no participa de aquellas bajezas. ¡Ahí venía la Carmencha! ¡Bah! Él no había sido jamás de esa condición. Ni tenía que hacer con hostias. Con el alba se lavaba el hueso del hocico. Los otros sabían lo que él era. Cómo los trozos de piedra se hacían blanda arcilla en sus manos de cantero. En el cementerio general, se erguían unos ángeles que él había labrado con sus propias manos, y también una virgen toda de piedra. Había vivido la vida salvaje y hombruna del cantero, ganando los congrios colorados a voluntad. Un día cualquiera agarraba sus monos, y caminaba por los cerros libres, donde la riqueza azuza la fantasía de los hombres. Él mismo había visto un nogal todo de marfil, con sus nueces de oro, en el surco de olas que le parecía ser su país. Pero el llanto, caprichoso, se le metió en el cuerpo, y le iba comiendo el pecho:
–¡Si no soy más que un hojalatero borracho, un guat’e vino! –gritaba a sollozos, mirando sus manos sarnosas. Ya no pertenecía a la clase de aquellos hombres que tienen el horizonte en sus manos. No.
–¡Mis manos están demasiado sarnosas para ello! –gimoteaba, enjugándose los ojos inyectados de sangre, con las hilachas de su manga. ¡Ahí venía la Carmencha!
Wanda pasó tímida y fría, delante de aquellos borrachos. Los hombres la miraban con malicia punzante en los ojos, borbotando sus bocas corridos soeces. Las mujeres, con rencor, con envidia quizás. Alejandro, con el dolor del hombre.
–¡Buena la papa pa pebre! –y jadeaba Lucho como si la gozara.
De bruces en la tierra que arañaban sus dedos, Alejandro mecía su corazón en aquella grupa salobre, donde retozaban los muslos con blando cuneo de mar.
¡Ay, las milongas no le dejan! ¡Si lo dejaran las milongas! Y su voz se ahogaba en una angustia dolorosa.
Sol de pan quemado parecía brillar en un vidrio. De los pastos pajosos, se desprendía un humito negro como si fueran a arder. Un álamo solitario se yergue en el cielo del cura, de un azul desteñido. A través de los claros del follaje, apenas agitado su rubio enjambre de abejas, se abría un cielo ideal, de un purísimo añil. Aromos, acacios y sauces cenefaban la vereda. Oro espeso y blando goteaba por los macizos de ramas verdes, veladas de polvo; lo mismo que charcos dorados, brillaban los ojos de sol de la piel gris-negra de las sombras, echadas como bueyes junto a los rugosos árboles; desperezábanse, de tarde en tarde, cuando una bocanada de brisa fresca batía sus alas cansadas.
En las murallas de adobón, crujieron los tallos huecos de los pastos quebrados con la huida de las lagartijas. Voces del interior de una casa morían confusas en la calle. Se oía ahora la voz de Augusto.
* *
–¡Ya está encendido el coke! –le grita su mujer desde la mediagua, mohosas calaminas sobre cuatro palos.
–¡Mejor! Vacía la leche a la olla y le echas los dos kilos de azúcar –le contesta Augusto, el gallero, con voz ahuecada.
Resonaron dos golpes en las maderas podridas de la puerta, de viejas pinturas encarrujadas. Les abrió la mujer a los muchachos.
Augusto estaba tendido en la cama. Un cigarro amarillo, cabeceado, humeaba en un canto de su boca. Se le sorprendía contrariado. De mal genio consigo mismo.
Un acre olor viscoso y frío –odoroso de sexo derramado– expresaba el rezongo de la cama, de una mesa de hule gastado y roto, de una caja maleta, de algunas sillas desmimbradas.
Las piernas en alto, la mano derecha en un barrote del catre, gira el traste y da con los pies en el suelo bruto del piso. El cuerpo largo y huesudo; los ojos claros, capotudos y como pescados. Acaso la luna que asistió a todos sus amores fugaces y a sus luchas bravías con el mar, dejó en sus cabellos su huella argentada; por eso mostraba cenizas el rojo incendio del pelo, quizás se podría decir.
Sumerge la cabeza afiebrada en un balde de agua limpia y fresca para despabilarse. Gotas de agua ruedan de sus cabellos y le cruzan de finos surcos de cristal la cara; en tanto la Perla, su gata angora, que jugaba con un fleco de la colcha raída, se le sube a los hombros.
–¡Perla, Perlita, que te caes! –le susurra acariciante su voz gruesa y armoniosa. Augusto amaba la felina suavidad de la Perla. Miró a sus visitantes, y se detuvo a examinar a Wanda. Desvió su mirada. La respiración acompasada le ceñía los pechos esquivos a la muchacha. Y Augusto se quemó los dedos en la piel brumosa de la Perla.
Estaba bueno el sargento Ovalle, el padre de los muchachos. Sonrió Augusto de que el sargento Ovalle estuviera bueno como si supiera por qué Wanda, la Carmencha, había perdido su alegría.
–¡Perlita, cuidado! –clama el hombre con dulzura. Y la gata que también lo amaba, ronronea muy cerca de su oído, restriega su piel pluma y sedosa en la mejilla bermeja, y se baja por la espalda de Augusto. Arqueando el lomo, la cola en alto, blandamente andando, acabadas de enfundar las retráctiles garras, va la gata por delante de Augusto hacia la cocina.
El coke está encendido. Los grumos de carbón son ahora una coliflor de fuego en el caldero redondo de tarro de fierro galvanizado. La Luz Dina, sentada en un piso de totora, disuelve el azúcar en la leche azulosa con la cuchara de palo.
–Sienta la olla al fuego –le ordena Augusto, los labios estirados en indicativo ademán.
La mujer tuerce la boca vacía y muestra unos dientes largos de una manera hosca.
–¿Por qué no va a buscar la otra leche? ¡Traiga la otra leche! –le espeta su voz mellada de cuerda rota. Con el filo de su mirada angulosa, hiere a Wanda desde la mediagua. Revuelve a media lengua entrecortadas palabras. Es flaca y un poco sorda, de cabellos negros y piel atezada. Augusto le vuelve las espaldas con rabia. Camina lentamente hacia la pieza. Sus espaldas jibadas por la reflexión. El acre olor viscoso y frío lo lleva pegado a las ropas, le asorocha la cara. Un sabor desagradable le deforma los labios en una mueca de hastío. Abre y cierra la puerta sin estrépito. Con aquella mujer sorda no podía hablar y se había puesto silencioso, huraño y por lo tanto, irónico. Por lo demás, cuando se conocen realmente las cosas, están ausentes las palabras.
–Pueden ustedes. servirse algunos dulces –dice a los muchachos. Y la masa de miel cocida y leche, que hervía en paila de cobre en un brasero, la bate ahora en punta de hierro. Masa latiguda de coloraciones.
–¡Ah, el Sargento! –exclama cohibido el gallero, acortando la longura de sus gestos, olvidándolo todo. Cae la miel de los guatones como una nalga en la cubierta de mármol de la mesa dulcera. Por los nervios de Augusto corre un vigor inusitado. Ágil tiende sus brazos para coger el gallo, que acezaba jadeante en los brazos de Eulogio. ¡El Sargento! Las patas de recias espuelas se las habían atado con un cordel. La cabeza roja, el cuello rojo, rojo debajo de las alas. De carne briosa y firme. De ojos vivaces. Fuerte gallo giro de pelea. Matador en segundos.
Don Amaranto y el sargento Ovalle, padre de Wanda y Eulogio, habían conchabado y resuelto que se distendiera el gallo en la quinta y le entregaran, de cuando en cuando, aquella gallina Assel, de gran alcurnia, que tan caro le costara al fraile de manos de un gallero inglés.
–¡Está bien, está bien! –todo eso lo encontró bien Augusto.
Volvía de la quinta de excelente humor. El gallo escarbaba afanado, bañándose de tierra la cabeza, las alas, toda la carne, en ágiles revuelcos. Cuando le soltó la gallina Assel, la cogió en carrera frenética, lujuriosa, con escándalo de toda gallera. Y remató el asalto con su canto potente, viril, relamiéndose en rueda en torno a la gallina que se sacudía cansada.
Y brotó en los labios de Augusto la frase perenne de don Amaranto: «Triste est destinum omnium animalium, nisi mulier et gallus qui cantat».
Augusto sorprendió su alegría. Le habían dado risa los guatazos de los higos, sus vientres sangrantes de miel. Los pobres saltaron un charco, y de puro dormidos se cayeron de las ramas, todo se cae de las ramas, donde ha ido posando el viento sus blandas patitas saltonas. Los duraznos se rasgan con la uña del viento o el diente de oro del sol. ¡Qué tenebroso es un diente de oro en el alma grave de Chile!
En la pieza sonaron apagados sus pasos contra el duro suelo de tierra apisonada. Y mientras raspa el marco de listones para el manjar blanco y corta los papeles con que ha de envolver los guatones, canta con su voz de lenta gravedad de órgano, una cancioncilla de la tierra. Dejó de cantar y dijo a Wanda:
–Usted es porteña como yo ¿verdad? Pero… ¡Vaya si usted ni yo somos unos carneros costinos! ¡usted podría librarme de tantas cosas!
–¿Yo? ¿por qué? No comprendo... –sonrió la muchacha Wanda. Arriscaba la nariz con la sonrisa–. Son tan pocas mis fuerzas, que apenas puedo conmigo misma.
–Lo he pensado tanto antes de decírselo. Vea… Estoy tan solo… y ni siquiera soy lo que he sido antes. Mi paciencia está roída por el musgo de todas mis costumbres, y estoy cansado de esto... ¡Es tan difícil mantener pura la llama de nuestra propia consistencia! No es que esté pobre, que ande con los pies helados, sino que me cansan los gallos de don Amaranto y me cansa su vino y me cansa esta mujer, mi sirviente –hizo un ademán hacia la mediagua, y agregó: –¡Es el mar! ¡Para uno que tiene el corazón regordido como una ola!
Hijo de un tendero de Chillán, se le iba la medida, se le iban los ojos en la voluta de una nalga y de los pechos de las serranas. Aprendió de la tierra muchas cosas; no muchas, sino el instante preciso, la maduración de la hora. Y eran sus ideas tan suyas, que ni las defendía.
Wanda se lo quedó mirando a los ojos donde escurre el deseo su rayola gris como los peces. Es alta y fina, de ojos azules, velados por un polvito de oro, lo mismo que uvitas negras pintando. En sus ojos beben rebaños apacibles, sus belfos rizando las aguas. Cardumen de siembra reverbera en el surco de las olas. Los deseos se extinguen, se hieren hasta romperse en las aristas de las rocas para morir en arenas de playas lejanas comidas de sol.
Wanda comenzó a pasearse por el cuarto.
–Mi primo Alberto gozaba una mar gruesa y borrascosa, con la Chabela, como él la nombraba. Todavía está en la caleta el bote que entregaron las olas – se dejó caer en una silla, en la semipenumbra del cuarto, y abriéndose la rosa azul de la falda, montó displicentemente, una pierna sobre la otra.
Abriose un remolino de algas. Y las algas, viscosas como muslos, lo acogen como si se bañara en el sexo de las aguas.
Augusto dio una gran chupada a su cigarro, se bebió un vaso de vino, pensando en que acaso Wanda huiría su pie saltarín al chasquido de las chanchas. Y en verdad que bogaban sus pechos cuando al andar.
–No, no es eso, Wanda –replicó Augusto, y dijo en voz baja a la muchacha–: Créame... Ya tengo el dinero –y como los que nunca llevan dinero en sus bolsillos, gilescamente, lo oprimía contra su cuerpo–. Sí, lo tengo. Ya le he dicho a Luz Dina que se vaya al campo donde sus padres inquilinos. Yo… yo no tengo nada. Ese catre y ese colchón le pertenecen a esa mujer –escrutó hacia la mediagua, y le mostró los billetes a Wanda. Estaba nervioso–. ¡Le retobo su catre y su colchón! ¡Zas! ¡La mando al diablo, y yo me cambio de domicilio! ¡Que su colchón la guíe! –soltó una carcajada–. Nuestro amigo Edmundo (Wanda retiró su mano), Ud. se pololea con él, dice cosas muy divertidas. Mire, Wanda, ¿Ud. cree? ¡Para qué le habré preguntado esto! Edmundo dice que Dios está irremediablemente enterrado, pero que los hombres andan en busca del buen Dios. En tanto le hallan, yo me arrodillo delante de mí mismo como ante mi propio Dios. ¡Vaya con el joven! ¡Y Ud. se pololea con él!
–¿Es posible? –exclamó Wanda con sorna– Ud. tan inteligente…
–¡Yo odio a los inteligentes! Pero... ¿ha visto, joven, el gallo en que remata el casco de Minerva? Soy gallero e intelectual, es decir, un sensual, sí, señorita. ¡Qué lástima!
–Sin embargo, usted no comprende nada. Edmundo sufre mucho, porque no ha hallado lo que él llama su limitación. Yo recuerdo muy bien sus palabras. ¡Qué angustioso y trágico sentido tiene la palabra limitación en sus labios! Él piensa que nuestra alma sufre de ausencia de limitación. Él quisiera ser un grande hombre; pero no es inteligente; sabe su mediocridad y no se matará.
–¿Y por qué habría de matarse? De las ruinas de aquel incendio… ¡Tonterías! Sépalo Ud.: en todo caso se necesita de un hombre. Y aquí me tiene Ud. Esta mujer no le extrañe. Ella es quien me hace las cosas, la que me hace las cosas, siempre me ha hecho las cosas…
Tras las brumas cárdenas, a través de su alma, en su alma de antes, Luz Dina se alisaba el cabello, las mejillas azoradas. La buena mujer había calmado a todos sus hermanos mayores. Y cuando vino la estrechez económica de la familia, y se deshizo la casa, y Augusto se quedó solo (regresó para ver morir a sus padres), cercado por los trastos vendidos, dio con sus huesos en la cama de ella. Allí estaba ella; y… muy juntos, se guardaba la distancia.
Desde muy alto despeñose la carcajada de Augusto.
–Mire, vecina, ¿por qué no cruzamos su gatita con mi gato?
–Hay que decirle a él –respondía Luz Dina. Todo había que decírselo a él.
La Perla le traía preocupada. Desde la mañana no tomaba leche, ni comía su habitual pedazo de carne. Fijaba sus ojos verde-dorados en la mujer. Llorosos los lindos ojos de la gata. Luz Dina la quería como a una hija. Su instinto maternal derramaba su ternura sobre aquellos ojos, sobre aquella motita de lana brumosa y sedosa. Cogiola en vilo y la llevó a su pecho. La gata maullaba débilmente, comprendida. Dispuso algunos trapos, y la depositó suavemente en ellos. Palpó la guatita de la enferma, y dijo entre dientes:
–Hay que decirle a él.
En vano había defendido la doncellez de la Perla. Un gato romano, huraño y vagabundo, que tenía su imperio sobre los tejados, merodeaba por la cocina e invitaba a la Perla con su canto, lleno de luna y de misterio. Nerviosa, convulsa, ella le arrojó una teterada de agua hirviendo al gato de la vecina. Por las noches, el gato ronda, en el valle de las tejas, escarchado de luna, e inmóvil, como una grúa, hiende la sombra opalina, su arañazo mutilado.
La carcajada del gallero ecoa en bóveda sin alma. Acostado junto a aquella mujer, cavilaba, avivando, en las sombras, la brasa de su cigarrillo que ilumina su cara delgada, de bermeja mejilla y sus cabellos apagados, desvaneciéndolo todo en las sombras, en extraña pendulación siniestra. Ella dormía, como un tronco, abrazada a sus deseos exangües. Entonces, Augusto se pensaba un hombre superior, de talento insospechado, que los otros no querían reconocer y a quienes despreciaba. Su incomprensión de los demás arraigaba en la escasa estima que se hacía del prójimo y en su actitud de fiera acosada. Siempre en son de combate. Su personalidad más dispuesta a estrellarse que a la comprensión. Cuando borracho (era capaz de emborracharse sin esconderse en bodegones clandestinos), obligaba a los otros, sin alabanzas, a compartir con él su alta opinión de sí mismo.
Una noche sintió que algo se desgarraba en él y que una ternura suave lo invadía todo. Amaba a los hombres; deseaba acercarse a ellos, no para humillarlos, mostrándoles su superioridad, sino para oírlos, para saber de ellos. Convenciose de que no valían nada.
Altanero, egoísta, esperaba la victoria para resarcirse, con las desgracias ajenas, de sus propias miserias. Sus ropas raídas, el cuello lleno de sebo, los codos zurcidos, era agresivo hasta en su pobreza. Parecía hacer ostentación de sus miserias. Pero tenía una preciosa voz que, sabía, gozaban las mujeres, por eso le disgustaban los coros, pero cuando cantaba con los demás, los apagaba con la potencia de su voz rústica y bella. Y se reía de ellos en sus gestos, en sus palabras, en lo sucio de su traje.
Su borrachera era trascendente. Hacía discursos solemnes. Ceñudo como un mar. Alzando y frunciendo las cejas. El índice estirado. A veces decía frases muy bellas, simulando no concederles importancia.
–¿Acaso cree Ud. en la eternidad de nuestros amores concretos? –le dijo Wanda con desdén.
–Sí, creo. Soy la eternidad de todos mis amores. ¡Qué lástima! No obstante... así... es. Nuestro espíritu cambia y nuestra alma crece ¿no? –hablaba como un fraile–. Sí, ellos están allí, viviendo la agonía de la muerte que esperan…. ¿Cómo amaría hoy, con el alma inmensa de esta tarde, lo que antes amé? Así soy yo, Wanda –y no estaba borracho. Quizá así era él.
Revelación de las sombras apenas mordidas por la llamita de la vela. ¡Luz Dina, aquella mujer! La imagen de su cuerpo de piel mate, dorado de los vinos otoñales. Sus muslos finos, cosquillados de trémolos, como los de una corza, le conducían, camino de musgo caliente, a lo irremediable, a la araña roja de su sexo, a la angustia de sí mismo. Sus profesiones de dulcero y preparador de gallos le disgustaban. Desde niño había sido hombre de mar y luego herrero de una maestranza. Su complexión robusta de antaño le hacía gozar la voluptuosidad del fierro al rojo que atacaba como a un trozo de carne asada, sangrienta de jugos. Hoy, aunque amaba la vida con grave temor de perderla, no estaba en buena relación con el mundo exterior, y el suelo vacilaba bajo sus pies.
Cantaba. Estaba alegre. La tarde bebe estremecida su voz potente y grave del cuenco de las hondonadas agrias de yerbas:
Si quieres que te quiera,
te has de zahumar en romero
para que salga el contagio
de tus amores primeros.
Luz Dina se quedaba absorta, oyendo la voz de su hombre, y sufría sin palabras.
–Somos de la costa. Y ¡vaya si no somos unos carneros costinos! ¡Huasos de mente estrecha, apegados a la tierra! ¡Mente de terrícolas! ¡Abierto y libre espíritu costeño! Nuestra mirada cabalga horizontes sobre los potros salobres de las olas. No pido perdón a Ud. por mis palabras.
–¡Vaya una voz preciosa! ¡Costinas son las mejores voces chilenas!
–exclamó la muchacha entusiasmada–. Acaso…
–¿Estudios? No. No. Canto para mí. Si pudiera bailar –pero no pudo bailar…
Se miraba en Wanda como dos anclitas de un húmedo brillante. Y ella temía a ese hombre. Observaba que los gestos, el modo de hablar de Edmundo, el estudiante, a quien amaba, eran otros que los suyos, eran los de él, de Augusto. Y le daba lástima de Edmundo, y en él se daba lástima Wanda, como si en su espíritu anidara ese hombre de gestos reposados, largo y huesudo, la herrumbre de su calma abandonada.
¿Cómo volverle a sí mismo a Edmundo? Aquello era incomprensible para la muchacha; mas por los resquicios de su fina sensibilidad la vida penetraba gota a gota.
–«No me gusta ese hombre» –le había dicho Wanda a Edmundo. Entonces, una polvareda luminosa se levantaba al fondo del camino.
–¿Qué tiene de particular? Es un buen muchacho. Las mujeres temen a los hombres recios, viriles. Les son muy simpáticos esos hombrecillos de pecho hueco, correctos, banales, cuidados de sus personas con deleitosa feminidad. Las mujeres se aman a sí mismas en esos muñecos relamidos. Me temo mucho de aquellos que se avienen muy bien entre las mujeres. Los hombres como Augusto desconciertan las ideas femeninas –borbotó Edmundo, deteniéndose bruscamente para encender un cigarrillo. ¿Por qué lo quería Edmundo? Wanda no podía comprenderlo, recelosa en la presencia de Augusto.
–Yo admiro a ese hombre. Necesito conocerlo mucho. Saber de él. Ya sé algo. Había dos caminos en su vida: éste, no. El otro es el interesante, el que no ha vivido.
En cierto modo, Edmundo se hallaba superior al gallero. Podía mover la vida de Augusto como con un hilo. De tanto pensarlo, era ya un engendro suyo.
–Adiós –le respondió la chiquilla, y, con aquel saludo, comprendió Edmundo que le defendían muy débilmente en el corazón de Wanda.
Augusto, a través de Edmundo, se le iba incorporando a ella a su ser habitual. Y algún movimiento suyo le traía ya la imagen de aquel hombre. Su propio gesto sorprendido.
Eulogio, bastante fastidiado, hubiese pegado a su hermana. El gallero envolvía el cuerpo de la muchacha en candentes oleadas de sangre. Y Wanda le dejaba, lo dejaba, y Eulogio tenía miedo de sí mismo por Wanda.
El calor sofoca, sofoca el calor, y ritma el hormiguear de la sangre al zumbido y revuelo de las moscas. Este hervor descoyunta los miembros. Un olor denso a leche y azúcar quemados da al cuarto sensación de invierno, como el sudor una sensación de frío. Un mosco azul bordonea azotándose en los vidrios sucios de sarro. Por las murallas desconchadas, a través de las grietas, fíltrase, en rayolas de sol, la espesa modorra de la tarde, y en los charcos de luz tostada sobre el suelo, en la plancha de mármol, en los moldes de palo, negreaban las moscas, afilando con sus patas delanteras sus caras de viejas intrusas.
Wanda contemplaba una fotografía del fotógrafo Stoltze, que la madre de Augusto había conservado. Esta fotografía fue para Augusto su primera noción real de cómo era cuando niño. Su madre estaba allí sentada en una silla de palo; él, como dormido en la falda. Coágulo de fuego en blancas cenizas apagadas. Las figuras inmóviles cobraban calor de vida cuando él lo deseaba. Había nacido en Ancud.
Gotitas de sudor brillaban enhebradas en dos hilillos de oro pegados en la frente alta y luminosa de la muchacha.
En la cocina seguía la mujer revolviendo la olla con la cuchara de palo, la habitual actitud pensante sin pensar nada.
–¡Ya está, venga a darle el punto! –grita la mujer desde la mediagua. El punto es la clave de todo el arte de Augusto. Una nimiedad resulta a veces ser la cosa más importante del mundo. Al ir a dar el punto, el gallero toma un aire digno; pero el caldo rubio y espeso finge pechitos de chiquilla. Ya está dado el punto. En sus manos, estilando el agua de un balde, volteada su lengua como látigo lascivo, puede verse sólo la roja yemita del dulce como habría de quedar. Es el secreto de la profesión. Y no hay más que decir.
Afuera, en el solar de vientre vaciado por la saca de arena y ripio, ya no estaban los borrachos. Sólo Alejandro, el hojalatero, dormía, boca abajo, sobre la yerba reseca. ¡Si las milongas no lo dejan! ¡Si lo habrán dejado las milongas!
–¿Verdad que sí, que me admitirán en su religión? –inquirió acucioso el gallero–. Canto en la parroquia de nuestro cura; pero también puedo alabar a Dios en su iglesia y cantar.
–A todos se les admite –respondiole Wanda o Carmencha, la canutita, como le decían cariñosamente en el barrio. Y cuando al saltar Wanda la acequia que bordeaba la calle, Augusto vio lo bonitas que eran sus piernas.
II
Se oía a intervalos el mugido de unas vacas. Una campanada volcose en el aire turbio como en un charco, tufando hedor amarillo de estiércol, olor vinagre de vegetales podridos, que venían del establo cercano. Algunas muchachas pasaban riendo, con sus jarros colmados de leche espumosa. El rojo revuelo de una falda mostrole a Edmundo una rodilla carnuda de un color goloso y duro que lo llenó de bochorno.
Don Amaranto apareció en el umbral de la puerta de su casa habitación que taponaban como a un tiesto los trapos negros de su corpulencia. Casa de cal y ladrillos a la cual empotrábase la capilla de tablas. Y como Edmundo tuviera aún su mirada adormida en una grupa salobre, riendo con sardónica risa, don Amaranto lo llamó:
–¡Mira, Edmundo! Cómo te va. Necesito hablarte –luego, tomándolo bajo su protección, le apretó los hombros con sus manos peludas, y le dijo con malicia–: ¿Sabes? –parecía como si soplara las palabras–. ¡No te calientes la sangre! –y echó a reír. Como todos los comerciantes gordos, el piadoso fraile reía –el vientre cabalgando la carcajada– y era su risa una risita chúcara, mañosa cabalgadura que conocía muy bien la impericia del jinete.
Cogiolo a Edmundo de una oreja y lo condujo al escritorio. Edmundo asentaba en los libros de tapas rojas de la parroquia, ocultos tras la hoja de un muro, las partidas de bautismo y matrimonio. Estaba algo atrasado don Amaranto, y como el muchacho tenía una bonita letra inglesa, ese trabajo quedó de su cargo.
–Son diez solamente. Cópialas al paso que yo hago mis oraciones –y rezongaron los muelles de su sillón frailuno.
Un reloj de pared carraspeó la media hora; otra vez su tic-tac lento, acompasado. El reloj taconeaba absorto en sus pensamientos, paseando alrededor de una mesa redonda en su cuarto con llave. El rasguear de la pluma en el grueso papel del libro. En el hall don Amaranto decía su latín entre dientes. A intervalos ponía el fraile los ojos en blanco y, cara al techo, cruzaba sus manos peludas sobre el robusto tórax. Estilaban pardas gotas de rapé sus narices de alquitara. En el encerado, un escupitajo bostezaba el hollejo de una pompa de jabón.
Edmundo escribía: «En Santiago, a tanto, puse óleo y crisma a Luis Alberto Rafael, etc.; a Reinaldo Arsenio Rafael», etc.
Todos debían tener de común el nombre del santo patrono de la parroquia. Acababa de escribir Rafael, cuando don Amaranto apareció enmarcado en la puerta como preñada nube negra en el ámbito del cuarto. Sacó su enorme pañuelo castellano y se sonó ruidosamente. Entre sus manos brillaba una cajita de plata que tenía un monograma de oro en la cubierta.
–¡Mira, tú debes confesarte cuanto antes y comulgar!
Edmundo sacó la cara del libro y lo miró a los ojos.
–Hay tiempo; podemos hacerlo ahora mismo –continuó el cura, taconeando de rapé sus anchas narices rezumantes. Sus ojos estaban surcados de venillas de sangre. La cara de abstinente, recién afeitada, tenía tonalidades de ladrillo fundido. Le mostró las espaldas y le gritó–: Ven.
Edmundo lo siguió a la biblioteca. En los estantes se alineaban enormes volúmenes de Bossuet, de negra empastadura e incrustaciones de plata, libros del padre Ginebra, de Balines y místicos franceses y españoles. La sala era más espaciosa y cómoda que el escritorio. Había algunos sillones de cuero y litografías de santos en las paredes, imágenes cubiertas de blanco lienzo. Un óleo de San Luis Gonzaga le llamó la atención por tener este santo una calavera en la mano.
Sentose el cura y le tendió una manta para que se hincara. Lo hizo. Dejaba llevar su voluntad; más tarde escribiría sobre esto. ¿El cura mismo no iba resultando un personaje excelente? Le gustaba indagar en las psicologías ajenas. Además, no se había confesado nunca; apenas si recibió el bautismo; sin embargo, aquella respiración trabajosa del fraile alanceaba su curiosidad.
–Di tus pecados –comenzó don Amaranto una vez que bendijo la ceremonia que emprendía.
En realidad, Edmundo no hallaba qué contestar. No le iba a decir las menudencias cascadas entre él y sus padres, ni otras cosas más íntimas, ni nada. ¿Le diría acaso que él, Edmundo, había organizado a la juventud del barrio y que los mejores deseos de aquella juventud eran aplastarlo como a una cucaracha? ¡Qué incomprensión y qué asco!
Edmundo estudiaba en la Universidad. Su único aporte intelectual a la revista que publicaba entonces la muchachada inteligente de aquel viejo liceo en que hizo sus estudios, fue un aviso económico. Muchos no lo leyeron, otros ni le dieron importancia, algunos reían la risita torcida con que se rehúye a veces a una realidad que muestra los dientes como alambres perros hambrientos. Escribió: «Bachiller en Filosofía con mención en ciencias físicas y matemáticas se ofrece como encerador». Aquello fue como una esquirla de luz arrancada al denso corazón de su destino y al destino de muchos que vegetan, rotos los hilos ideales de anticipación hacia el porvenir, a la sombra de una oficina fiscal o condenados a una eterna inacción… Sus resultados estaban a buena distancia de ser excelentes, aunque en Matemáticas, Castellano y Filosofía, había obtenido notas más que regulares. Iría a Leyes o al Instituto Pedagógico, pues, en cuanto a lo otro, sus aptitudes no eran para mucho esperanzarse. Viose pronto con su papeleta en el bolsillo, y licenciado sin licencia, pisando en falso en el terreno movedizo de un desamparo total. Fuera de sus padres, no conoció a otros parientes, y sin ellos, que le faltaron antes de terminar el último curso, veíase ahora los bártulos revueltos en una pieza sin entablar, de moreno reboque, descascarillados los marcos de la puerta, de una ventana que daba a la hoguera de la cocina, y en cuyo techo, de grandes vigas ahumadas, las arañas tejían sus artificiosas mallas que irisadas de luz daban a su buhardilla el lindo nombre de «El palacio de cristal».
Edmundo no formaría en la falange de esos muchachos vendidos al oro de los clérigos y que se desparraman por el país formando gran parte del profesorado católico nacional.
–Pero cómo; he de tener varios. No sé por dónde se empieza.
A Edmundo le resultaba aquello muy chusco y chocante para sus propias ideas.
–Sábete –ayudó el cura, pesando con la mirada la gravedad de sus palabras– que debemos fundar en el barrio el círculo de jóvenes de San Rafael (las hijas de María ya están fundadas). Y es mi voluntad que tú seas el presidente de ese círculo. ¡Hombre! –exclamó asombrado, hundiendo sus dedos peludos y regordetes en los blandos cabellos de Edmundo–. ¡Con canas... y a tu edad! ¡Eso es propio de los grandes! ¡Vamos, vamos! Yo te ayudaré.
Aquel fraile voluntarioso disponía de la persona del muchacho como de Dios y de las cosas. Había que servirse la cañita de vino. Y nunca advirtió Edmundo más malicia en esa cara mofletuda. Las chispas de los ojos se aguzaron y se hizo cortante su mirada. Las cejas en triángulo le asemejaban a un mefisto gordo. Pero se embotaba su actitud escrutadora en la mirada dulce y franca de Edmundo. Y el fogonazo helado de las medias lunas fue como si las emprendiera, pelado el corvo, con la falda de una camisa que flamea sobre machunos, recios muslos y no da vientre para la vaciada. Su respiración trabajosa de gordo envolvía en una atmósfera extraña.
–Tú has pecado. Tú no eres virgen. Tú has conocido mujeres. ¿Cuántas mujeres?
De la cocina se oía el fregado de las ollas. Arriba en los altos trajinaba Ventura, el sacristán, hombre silogístico que leía a Balmes. Y una pregunta vino a retozar al pico de su lengua:
–Perdone. ¿Y usted, don Amaranto? Sí, ¿Usted?
–No digas eso, Edmundo, no –y dejose penetrar por la mirada del muchacho.
Ridículamente cómico, aquel desarmarse del fraile les hundió a ambos en tierra fofa y temblona donde el uno temía sospecha equivocada del otro. De pronto le pareció a Edmundo tan grosero aquel hombre, tan salida de madre su gordura insolente, que le cosquilló el ver que un mastodonte pudiera ser virgen cuando él, un muchacho, había dejado de serlo simplemente porque le molestaba. Y despeñó una carcajada brutal, desacostumbrada –la misma carcajada de Augusto–, sin miramientos, como si estuviera ebrio. Se estremeció de súbito en un grito de dolor: una patada del fraile le bañó la cara de sangre, manchándole la camisa de sport. Saltó del asiento el cura. Le tomó en sus brazos. Le limpió el rostro con su pañuelo castellano con que enjugaba sus anchas narices taconeadas de rapé. Le pidió perdón suplicante. Su cara abotagada se había puesto lívida y sus ojos, acuosos. No era su virginidad lo que este cura guardaba como la parte más noble de su persona, sino su virilidad de veinte garañones.
–¡Ventura, agua, Ventura! ¡Un lavatorio, pronto! ¡Lienzos, sí! Este joven se ha caído. ¿Una copita de coñac? No; dos añejos grandes.
Bebieron. Y así conocía Edmundo a don Amaranto.
La corneta de un automóvil destempló bulliciosamente los ruidos de la calle. Una viejecita bajó del coche.
–¿Cómo estás, hijo mío? –saludó al cura, lagrimosos los ojillos miopes. Estrechó a don Amaranto entre sus brazos pellejudos, maternos. Cogió de manos del chauffeur un paquetito blanco, y alargó al cura una bandeja de merengues que tanto gustaban a su niño. Edmundo la vio andar acezando sobre la tierra seca y resquebrajada, y subir el umbral, alzando la cabeza cubierta de negro manto, como una lagartija. Rendía culto fálico a las tonalidades de ladrillo fundido.
Rumiando sus ideas, sonrió Edmundo, y se alejaba cuando ella se hundió en la casa.
El viejo reloj de pared contó las horas. Otra vez taconeaba absorto en sus pensamientos, paseando, alrededor de la mesa redonda, en su cuarto con llave.
… … … … … … … … … … … … … … … … … … … …… … … … … … … … … …… … … … … … … … … …… … … … … … … … … …… … … … … … … … … …… … … … … … … … … …… … … … … … … … … … … … … … … … … … … …… … … … … …
La vejete cabeceaba como un trompo.
III
Edmundo quería saber su verdad, comprenderla a toda costa. ¿Sus compañeros? No le era extraño –nada le era extraño– que le despreciaban; pero, al menos, le dejaban su libertad de atormentarse. Edmundo no era un peligro para aquellas ambiciones. Él conocía la angustia dolorosa del ambiente. Cada cual se echaba encima un fardo más pesado para demostrar sus fuerzas. ¿Sería él un mediocre? Ninguno de sus compañeros era un mediocre. «Tal vez sean un poquito poseur; pero es así que el poseur es un creído; luego, tienen acaso un poquito helado el espíritu, y, por consiguiente, son quizá un poquito ridículos». Siempre los mediocres se hacen representativos de todas las esferas de la cultura en la confusión de los conceptos. Le consolaba a Edmundo siquiera el pensarlo. Sin embargo, cuidaba su propia vida como si hubiera de dar a luz algo muy bello y profundo, criándose dentro de su alma, que los otros hombres no lograrían jamás. Y no se le alcanzaba cómo algunos muchachos arrostraban hasta el peligro de muerte por alguna idea que no estaría clara ni en sus propios cerebros.
–Hay una carencia completa de valores universitarios –le había dicho en cierta ocasión Alfredo Vinales, un joven de frente redonda y untuosa, de rasgos muy araucanos, a lo cual Edmundo repuso con firmeza.
–Sí; no hay valores reales; pero… hay muchos valores emergentes.
¿Sería él uno de esos valores? Nunca estuvo más torpe la intuición de las masas estudiantiles.
Quería saber su verdad, comprenderla a toda costa. Todas las cosas las estaba realizando allá en el futuro, y los días, los meses, los años, se sucedían implacables como el fluir de su propia vida. Y nada había realizado aún. ¿Sería un vago temor de comprenderse, de fracasar lo logrado en el ensueño?
Un pardo terroncito alado chilló desde el cielo a las sombras rebullidas que bostezaban sus brumas blancuzcas hacia los cerros. Cayéndose del aire, el tiuque zahareño rebotaba volando sobre un maizal. Al fondo, destacábase la ola muerta de la cordillera, de un color gris pizarra. Un álamo solitario se incendiaba en la tarde.
* *
El hombre se esforzaba en alcanzar a Edmundo, rudamente lo sacó de sus cavilaciones.
–¡Oiga, patrón! –lo abordó Ñico, mozo de anchas espaldas y poderosos hombros, con risa extraña, que mostraba una dentadura blanca y dura, hasta las muelas–. ¡Ud. primero!
–¡Vaya! ¿por qué? –sorprendióse Edmundo, saliendo de sí mismo. Y Ñico, aquel mozo carretonero, capaz de reventar a un hombre con un dedo, le hizo una mueca para que mirase. Carretones areneros boca arriba; las bestias las habían llevado ya a Lo Aránguiz. Los aperos se agrupaban sobre caballetes de roble bajo un galpón techado de totora, y una humareda de bosta de caballo ardida ennegrecía los corrales, ahuyentaba nubes de zancudos que venían de las vegas, de las viñas, del maizal. Sobre la paja, descansaban, echados, el huacho Arturo y el Caballo Bayo. En un rincón, babeaba su borrachera la Titina, moza pulposa y ligera de cascos. Bebían los hombres y disputaban.
–¡Mira, huacho, qué grupa, qué alzada tiene la moza!
–¡Vaya unas nalgas! –y tiraban los naipes.
–Una vaca me mira
y un buey me aguaita.
–Déjalo que te mire:
será tu taita.
–¡Sootaa, huacho!
* *
–Sí, usted el primero –repitió su decisión el Ñico.
En verdad, Edmundo había sido el primero. No lo sabían esos borrachos. Aquella muchacha montaraz y riente. Tan graciosa en el decir con los hombres.
En la cortadura de pencas, la había tumbado Edmundo sobre la yerba. Jadeaban sangrando las bocas de labios carnudos, y sus dientes mordían la pulpa de las lenguas. La espigadilla los miraba desde las tapias con sus pupilas verdes, atardeciendo. En zarzamoras, de cárdeno brillo, quemantes de espinas, hervía una brasa de sol. Las piernas al aire. Piernas morenas, retostadas, de carne reventona que se rasga madurando. Bebían las brisas borregas frescor maduro en la hondonada. Encrespaba su rumor yodado y de resaca verdosa, el cañaveral.
No… eso… no. Comprendía Edmundo la intención de aquellos hombres. Habían emborrachado a la muchacha, y se disputaban la primacía de gozarla. Con oscura inconsciencia, al divisarlo, se avalanzaban a él, y le ofrecían derecho de pernada.
Siempre se negó Edmundo a que le tratasen de patrón, no porque no tuviera dinero, sino a causa de sus propias convicciones. Se había esforzado en sacar a esos borrachos de sus estúpidas vidas de bestias de carga, hincando en ellos la rebeldía, mostrándoles sus derechos, arrastrándolos a la lucha.
Lo rodearon los tres hombres, y esperaban que Edmundo bebiese unos tragos de una sopera saltada, zangoloteando de chicha que le ofrecía, obsequioso, el Bayo, para iniciar sus rijosas complacencias.
Aquello era horrible. ¡Esos hombres ebrios y repugnantes! Ella les arrojaba lejos de sí, pateándoles el vientre. Y pedía que la dejasen. Los hombres se enardecían. La falda subida, los muslos desnudos, desnudo el sexo, los convidaba ella en su abandono a que gozaran sus curtidas vidas, goce de carne fresca, de mujer precoz, sana y bella.
Un agradecimiento de macho invadía a Edmundo. Comprendía que esos borrachos no dejarían a su presa. Bebió. Entró al corral. Sacudió a la muchacha, que giró sus alcoholados ojos verdes en las órbitas. Algún pensamiento extraño cruzó en su cerebro que la hizo sonreír. Se abandonó al sueño, y dulcemente, cabecearon sus muslos y se abrieron como valvas de una cajita de joyas.
Edmundo la puso de pie. Y sin decir palabra la sacó del corral. En los ojos de los hombres brillaba un furor de macho desencadenado.
Arturo miró a Ñico con mirada de desprecio de sus ojos pitañosos:
–¡Carajo! ¡Yo no caliento el agua a nadie! ¡Yo también puse pa la chicha! –y agarró del pelo a la muchacha derribándola sobre la paja. Luego sacó su cuchillo, de luz fría y cortante. Y montó a la mujer, retando con la mirada a sus rivales. El Bayo saltó sobre Arturo. Con una estaca le golpeó en la mano arrancándole el cuchillo. Se mancornaron; rodaban por la paja, por la bosta ardida de humos picantes y agrios. La Titina gemía llevándose las manos a la cabeza como si sus cabellos la quemaran. De pronto Ñico cogió a la mujer en sus membrudos brazos de árboles, y huyó por entre los matorrales. La cabellera de la Titina se agitaba con el viento, y sus piernas colgaban abandonadas. Ñico huía hacia el desagüe. Se metió en el agua hasta los muslos. Bañó la cabeza y la cara de la muchacha. Le restregaba los brazos. Y cuando ella abrió los ojos asustada, y se encontró en los brazos de aquel hombre, y sentía el olor extraño que manaba de él, de su agitado pecho, suavemente, dulcemente, cabecearon sus muslos; se abrieron las valvas de su cajita de joyas, y se entregó. Él la besaba, le besaba los pies, le recorría los muslos en un beso succionador y largo.
–¡Eres mi mujer, eres mía! No sabía lo que tú eras. No te dejaré jamás. No lo sabía, créeme.
Titina sonreía, al amparo de aquel hombre. Y lo apretaba hacía sí con ojos velados de placer; un crujir del matorral le aguzó a ella el oído, y vio al huacho Arturo y al Bayo que venían. El uno traía su cuchillo y el otro una estaca.
–¡Mira, Ñico, vienen ésos! –y se arrimaba al cuerpo del mozo como una gata.
Ñico miró a la mujer. Ya no la deseaba. Podía dejar el campo a esos hombres. Acaso se pelearían allí mismo. Mas hubo en ella una mirada tan tierna hacia él. Era tan suya esa mujer que comprendió que estaría siempre ligado a ella.
Esperó con calma a sus rivales. El Bayo le gritó:
–¡Ah, le rompiste la cachá e mote! ¡Aguanta la palá! –y le descargó un terrible golpe sobre el hombro izquierdo, saltando el palo hecho astillas. Se trenzaron a golpes. Por la espalda, se aprestaba ganoso a apuñalearlo Arturo. Una pedrada de la Titina lo derribó por tierra. Se alzó furioso el huacho dispuesto a matarla. Ella se escabullía en torno de los combatientes; pero una terrible bofetada alcanzó al Bayo en la quijada, derribando a Arturo el Bayo en su caída. Ñico los cogió, a uno en cada mano, y les dio cabeza con cabeza. Los arrastró del cuello hasta el desagüe, y los arrojó en la parda corriente del agua.
Después, con la mujer en sus brazos, se alejó por entre los matorrales hacia el camino. Arturo y el Bayo manoteaban, fluctuando sus cuerpos en el agua cenagosa. Desde entonces, la Titina fue una mujer honrada. Reía como una niña.
Edmundo los esperaba en el camino. Ñico lo miró avergonzado.
–No lo sabía –dijo–. Ahora lo sé; es mi mujer –y se la llevó a su rancho.
Edmundo se sintió muy desgraciado.
IV
Se ofreció desarmado a Augusto. «Vive nuestra chilena y broquelada intimidad» –pensaba entonces Edmundo–, guarnecida por una cota de mallas fisiológicas, que absorbe, una esponja, la vibración espiritual del prójimo, a quien acepta o repudia sin mediar nada. La timidez oculta la vida espiritual de estos hombres, y viven con los demás, una vida de superficie, cruzados los aceros de la sátira, esgrimida por la intuición de sus personas, enrojeciendo y penetrándose. Les falta el sentido de la amistad, y se rodean de penumbra para mostrarse profundos, como si temieran ser descubiertos en su vacío de tumbas. Zahieren porque nada tienen, y se acercan a los hombres, recelosos de descubrir algo en ellos y con el inconfesado deseo de saberlos vacíos y mediocres. Si husmean fuerza nueva y desconocida en ti, te asesinan en sus menguadas almas. ¿Cómo podrán ser tus amigos aquellos para quienes serás su perpetua zozobra?
Augusto quería arrendar el departamento. La madre de Edmundo arrendaba un departamento en aquella época, y confió a su hijo el encargo de cerrar el contrato con el nuevo inquilino.
–Me quedo con él. Aquí hay veinticinco pesos de seña –asintió el gallero–. Cójalos Ud. –vestía un traje azul, lustroso, y llevaba una caja de madera con manilla de bronce. Su dinero eran pesos fuertes. Parecía dudoso que llevase encima mayor cantidad.
* *
Silbó Augusto echando el aire por entre los incisivos apretados, sonriente.
–Luz Dina, sirve el té.
Vendía calugas, manjares, guatones, dulces de nueces. Los mercados de su pequeña industria: almacenes de menestras, emporios, etc., tenían como dueños a italianos. Los bachichas lo llamaban Augusto Caprioli. «Es estúpido ser chileno en el comercio» –vociferaba–. «Además, no hago cuestión de razas; eso no me parece bien».
–Una vez lograda la unidad política y fraternal del mundo, es indispensable que cultiven los pueblos las fuerzas espirituales que les diferencian a unos de otros –(hubiese dejado aquella frase)–; pelear por la sangre o porque hemos nacido en terruños diferentes, es una tontería –vomitó Edmundo, ruborizado y ridículo para sí mismo. Siempre que expresaba algún pensamiento que estimaba seriamente, algo teórico, le sonaban sus palabras a retórica, a caja de resonancia, a pura oreja. Y aún cuando no estuvieran presentes sus compañeros, los buscaba de reojo, y éstos le obligaban a reírse de sí mismo.
–Yo aprovecho mi tipo extranjero, y he logrado la protección de los italianos –exclamó Augusto sarcásticamente–. Tengo mi historia de emigrante. Sin embargo, me dan la peor impresión esas gentes. Conozco a uno que se limpia la cara con escupos…
Después del té, fumaban silenciosamente, sumidos en sus propias reflexiones.
–¿Qué? –dijo el gallero–. Salgamos juntos. Puedes acompañarme si quieres, a ver a los clientes, y luego pasamos a servirnos una copita. Quiero beber unas copitas contigo.
–Una copa, sí.
Leve brisa tocaba el rostro con su ala de seda. Sol moribundo se ahogaba en su propia sangre y salpicaba el paisaje de mortecina luz. Los pardos castaños umbríos y los álamos sonoros y los nogales, sangraban de los rostros, y, atardecido, echándose sus sombras a la espalda, cogían el camino de regreso. A lo lejos, una carreta de tardos bueyes rechinaba por el sendero polvoriento. Les faltaban sólo dos clientes y se habían bebido ya dos cañitas de grueso vino tinto.
–¿Sabes, Augusto, por qué somos un pueblo triste? –dijo Edmundo–. Viene un inglés y nos dice: Uds. son un pueblo triste; viene un francés y nos dice: Uds. son un pueblo triste; viene un yanqui y nos dice: Uds. son un pueblo triste; vienen todos y nos dicen: Ustedes son un pueblo triste. ¡Y somos irremediablemente tristes hasta en la ironía de nuestros parques ingleses!... No se puede ser triste, Augusto, sin haber vivido antes una tragedia. ¿Cuál fue nuestra gran tragedia? ¿Depusimos las armas sin agonía, sin lucha? Los pueblos tristes son los pueblos de esclavos, el Quijote vencido que ya no quiere ser ni pastor. ¡Bien!...
–dijo golpeándole el hombro al dulcero– el roto ríe en las sombras… sin embargo, no tenemos consuelo. ¿Sabes tú lo que es tener alegría?
–¿Son ésas tus ideas?
–No. ¿Acaso es necesario que las ideas sean de alguien? Las mejores ideas son de la humanidad.
Al dulcero y preparador de gallos le hablaban de cosas que sabía desde antes, que llevaba en sus propios instintos. Le daba lo mismo que las dijese otro. Por otra parte, estaba satisfecho de su venta y, en consecuencia, tenía su opinión formada sobre Edmundo.
–No obstante –dijo– te impartiré una breve enseñanza: todo hispano-americano nace con una guitarra en su corazón. ¡Viva la guitarra anti-imperialista!
–Mis ojos, Augusto, son dos sudosas cucarachas reventadas. Con el alfiler largo con que sujetaba sus sombreros mi madre, he agujereado a una rata viva –exclamó Edmundo con gesto de gran agudeza mental.
–Yo he matado a un hombre –hubiera dicho el otro reposadamente; pero se limitó a decir–: El roto ríe en las sombras –y se calló.
* *
Estaban sentados a una mesa pringosa. Clavado a un álamo largo y angosto, aspa del viento y polvareda desangrando callejones criollos, había un letrero: «Quinta de Recreo las Delicias». Era un galpón espacioso, de vigas hollinadas y piso de tierra. Frente a la entrada, el mesón. En los anaqueles se alineaban botellas de cerveza como soldados alemanes. Grandes jarros de chicha cruda chispeaban sobre unos troncos su picardía criolla.
Canta un huaso en su rincón:
Chichita coloradita,
que ponís los pasos lentos:
a mí no me los ponís
porque te paso pa entro.
Con rojo crepitar de hogueras rotas, música de jazz giraba en la victrola. Una de las mujeres que servían a las mesas examinaba cuidadosamente las puntas de las agujas; la otra los atendía y estaba sentada al lado de Augusto. Acababa de humedecer sus labios grosezuelos en los bordes de su vaso.
–Oye ¿hagamos opereta? ¿Quieres? (¿Por qué cuento yo esto?) –se preguntaba Augusto interiormente–. Yo no comprendía palabra de aquel juego–. Se había quemado. La Berta ni Edmundo tampoco comprendían mayor cosa; pero se empinaban en sus palabras como si de este modo se aconchara vislumbre, advirtieran en el fondo de sus propias conciencias el nacimiento de un brote potente y agrio.
–¡Hagamos, pues, opereta! –rogome un día Hertha y cogiome de la mano– tenía el gallero su hablar lascivo, la saliva ligosa, africaba las palabras.
«Ella era entonces una mocosita rubia, de ojos azules. Tenía la boca un poco grande.
–«Había una escalerica de palo de rosa. Trepamos por ella a un descanso de follaje, suspendido en dorados hilos de verdes arañas coruscantes, de patitas rojas en vientre de leche, abrazadas a los troncos de unos corpulentos manzanos. Hertha me hizo notar la diferencia que había entre una herida pequeña y rosada y un broncíneo gusanito; luego echose de espaldas. El cielo estaría hondo y su azul asaeteado de luces ¿verdad, Hertha? Sería una gran carcajada azul ¿verdad, Hertha? Ahora me gusta beber en copas azules, boconas... ¡qué fresco es un mate bocón! E insistía que yo, el pequeño Augusto, el nene Augusto, que tendría acaso cinco años, montara a caballito. Jugaba sin sospechar nada. Acaso ella tampoco. Bien pudo ser una de esas muchachitas que desde pequeñas tienen el cuerpecito infantil, los ojos y sobre todo la boca, preñados de presagios para los mayores.
«El encanto de aquel juego quedó deshecho por la brusca aparición de un hombre coloradote y esférico como un queso holandés, de pelo crespo y rubio como chicharrones recién sacados de la grasa. Me cogió a mí en vilo y dijo a Hertha unas palabras raras que no comprendí. Ya en la casa llegaron a mis oídos los gritos de la pequeña Wanda, de mi pequeña Wanda...».
Los ojos de Edmundo estaban brillantes con los sorbos de la chicha.
–De la pequeña Hertha, de tu pequeña Hertha, dirás.
–Imbécil…
–Sigue.
–Bien. Mi tía y Ramiro, un primo mío, me miraron, con sonrisa burlona en sus labios. Ramiro comentaba:
–¡Caracol, caracol, saca tu cachito al sol! Y te lo iban a prender con un alfilercito de gancho.
«Al llegar del trabajo mi tío Eduardo, tozudo de autoridad, quiso castigarme. Me empujó a la calle, cerró la puerta en el momento mismo en que venían arreando unas vacas. Augusto les tenía un miedo horrible a esos rumiantes. Hoy sabe que las vacas no son de temer… Me arrojé a los vidrios de la ventana y los quebré a manotazos. Me entraron a la casa, me pegaron y metieron en la cama.
«Yo no sabía discernir lo bueno o lo malo que había en el juego de la opereta. Pero supe que era maldad para los grandes que los chicos jugaran a ese juego. Mi perplejidad no buscó tampoco mayor solución; ni pedí que la dieran los otros».
–Oye ¿hagamos opereta? ¿Quieres? –exclamó Augusto, mirando rijosamente a la Berta. Asomado a sus ojos, se relame un sátiro en acecho; jadea bajo su mirada, oleaje denso de grupa henchida y salobre. –Yo no comprendía una palabra de aquel juego.
Acabando de un trago medio vaso de chicha, dejó caer la cara en la mesa pringosa y grasienta.
–¡Hagamos, pues, opereta! –y soltó los pesos fuertes de su carcajada. Palpole los muslos morenos a la moza y cogiola de un brazo para bailar. Una pulga le iba picando las espaldas.
–«Es un sensual –se decía Edmundo–, es egoísta y cruel. Ser egoísta es reducirse a la mínima cosa que es uno. Tenía dos caminos; éste, no; es el otro el que interesa: el que no ha vivido. Es largo y huesudo como su fracaso. Lo presintió él mismo, escondiéndose en el fondo de la casa cuando iban a comprarlo unos marineros holandeses.
–¿Quién es la madre del chico? –dijo uno de los marineros. Parecía una brasa entre los carbones de la familia; y pensaban hacer de él un hombre. Pero ya estaba apegado a la tierra. Es un sensual. Sin duda, no se merecía las buenas intenciones de los marineros holandeses».
Agarró de un brazo él, Edmundo, ahora, a la otra muchacha. Quería bailar, y soltó también los pesos fuertes de su carcajada. Dócil, la mujer se dejó llevar como una chicuela por su patrón. Estaba manchado de Augusto, y escupía la misma risa.
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Duros, largos, gordos, goterones de lluvia. Un olor de sexo exhalaba el cuerpo moreno de la tierra.
Riñas de gallos
I
Estrujaba sus senos como racimos de luz el alba arrebujada de montañas. Hila sus mieles rubias espumando en el estero y el maizal, en alamedas y nogueras, en el verde aceituna de los paltos, los castaños y el olivar, en naranjos de raíces bermejas, agarradas al corazón mismo de los muertos, y el pastizal donde cayeron todas las estrellas, en los labios morenos de los surcos. Las diucas picoteaban su rocío, y los zorzales, en las higueras, la gota de miel que guardan los higos maduros en su carne con papilas de sexo. Madura de intuiciones la tierra, ávida, ardiente, borracha, la baña de su semen el sol.
–¡Condoriito, Condoriiitooo! –grita el gallero. Su paso es castizo y corto, alzando los talones y la rodilla, despabilándose en los gérmenes vivificantes de la mañana. Un tiuque voraz cruza el espacio de cielo derramado, con alas húmedas de sol. Los gallos gimen en la gallera crueles nostalgias de vuelo al paso del ave rapaz. Avanzan con paso lento en sus jaulas. Tuercen las cabezas delgadas, vivos los ojos, de un lado a otro lado, como si escucharan el raudal espumoso del viento en la cauda del ave de surco, de afilado pico corvo. Picotean un poco de maíz de la merienda pasada, y estremecen la cuncuna multicolor de sus cuellos de recortada golilla. Escarban. Malatoas, giroscenizos, cenizospintos, colorados, castellanos, girosrenegridos. Se asustan. Baten potentes las alas. Cantan. Gorjean las agallas rojas tonos desgarrados. Beben agua.
El Condorito yanta su trigo candeal remojado, y bebe el agüita de este trigo de mucho fósforo. Se queda de pronto, tragando, ensimismado. Inmóvil. Se pilla estático, mira en torno, asustado, su mundo circundante. Lo reconoce. Y vuelve a pasear en la java. Es cenizopinto. Su dueño, el sargento Ovalle, lo pelearía aquella tarde.
Y el Sargento, aquel girorrenegrido –también de Ovalle–, aguza el pico en tronco de maitén y sigue a la gallina assel. Y la cubre. Ella se sacude, erizando sus plumas de un rucio malatoa, esponjada y fecunda.
Tres veces te lo pedí;
no me lo quisiste dar;
dame siquiera a probar
a ver qué tal lo tenís.
La carcajada del gallero riza el vivo cristal del aire. Augusto le hace castañuelas con los dedos al Condorito.
–¡Ah, canalla! Te repasaré las plumas.
Cogió al gallo como quien coge una joya. Le extendió las alas cenizaspintas. Alzole el ramillete tornasolado de la cola, y soplolo.
–¡Quinientos pesos al japonés! ¡Qué ricas patas!
Mojándose de saliva los dedos, enhebra la aguja, le recompone las alas al Condorito, que era el tiempo de la pelecha, de la caída de la pluma, a fines de la temporada de riñas.
–¡Bah, ganando el gallo, no le hace! –le correspondía al gallero la quinta parte del premio de los gallos que él presentara en la rueda; la décima, a la cancha.
Aquella tarde justamente. Extraordinaria contienda para los galleros de Santiago y de la nación toda. Habían venido unos extranjeros, en gira a lo largo del país, con gallos de la mejor ascendencia: Warold grandotes, resistentes, fieros; espigados asiles, huesudos y nervudos, gallos salvajes de la India.
De todo el país, llegaron delegaciones, hombres con cajones de madera cuajados de estrellas, maletas de mimbre. Algunos traían hembras para renovar sus crías. Y gallos. De los Andes, de Talca, de San Bernardo. Gallos porteños. De todas partes. De todo peso, porte y color.
Augusto no había descuidado el método. Quince días distendiose el gallo, holgando. Lo picó luego a cacho forrado. Conocía él ya su estilo de pelea. Y pulioselo. En el torín enarenado de la quinta, lo trabajó sin descanso. Sin tregua. Quince, veinte, treinta minutos. Embravecido, crepitaba de fiereza el gallo en los toreos. Luego la revolada, el otro gallo en la cadera, levantándolo de la pechuga. Metía bien las patas. Firme la caída. Bien granado con trigo candeal.
Y el Lenguaraz, gallo de don Amaranto. Y el Chercán, el de Trincado. Y el Peuco, de Monardes.
Un día le llevó un gallo, Abelardo, gallero flaquito y chiquito. Callado.
–No le hace, don. Lléveselo –los gallos tenían que ser buenos.
–Me dejó frío, ¿sabe?
–¡Aaah! –y se fue Abelardo chasqueado.
Augusto era uno de los pocos galleros que habían hecho de los gallos su profesión. En verdad, los dulces los trabajaba su mujer. Sin embargo, mantenía como especial rito el darle el punto a los caldos.
Requirió su cajita de cachos. Algodón y colapís. Y un cortaplumas. Puso cacho nuevo. Bota de cabritilla. Abrazaderas para la firmeza. Todo estaba bien. Bañoles de aguardiente la cabeza, la carne roja y nervuda, bajo el abanico del ala extendida; los muslos machos, las patas escamosas de musulmana estaca. Les suavizaba las plumas, pasándoles la mano por el espinazo hasta la cola, como peinándolos. Desató un brillo de joyas. Todo iba bien.
* *
Augusto había almorzado ya. Probó el té. Estaba caliente. Lo revolvió con calma, derramando líquido turbio de la cuchara colmada. Bebió una última gota de vino y vació en la taza el resto del vaso. Probó el té. Lo tomó de un trago. Y encendió un «Intimidad» cabeceado. Sentíase muy satisfecho. Se arrebujó con el humo de su cigarro para dormir, balanceando el pie de su pierna montada. El movimiento fue cada vez más lento. Quedose inmóvil.
Luz Dina rallaba unos choclos cuya masa liuda, espesa y lechosa, de olor astringente, caía en un lebrillo de greda.
Despertó bruscamente el gallero. Un automóvil cansino se detuvo en seco junto a la puerta. Resopló el motor con todos sus caballos. La bocina rasgó la somnolencia del aire amorrado de sol brumoso. Luego el ruido seco de las puertas del coche, cerradas bruscamente. Triscar de pasos. Cruje el mimbre de las maletas galleras, y los cajones con estrellas roman sus aristas en los adobes y las piedras de la acera. Vocerío de los hombres, sus carcajadas. Les abrió Luz Dina.
–¡Eso no es más que una rica cazuela! –y reían del gallo de Abelardo.
Entran todos, uno por uno, gravemente, en la pieza del gallero. Se acercaba la hora. Jugadores, galleros. Aficionados al viril deporte. Deporte de iniciados. Extraño. De cárdenos goces inéditos. Deporte de los reyes. Una nube de polvo de la calleja entró por la puerta entornada, deflocando sus copos de plata.
–¡Cancha, cancha, mucha cancha! ¿Un goto de vin? –cerró Augusto la puerta de madera podrida. Cogió su damajuanita de doble y medio y sirvió vino en tazas, jarros, vasos. Bebieron todos. Chascaron sus lenguas el otoño. Se miraron a los ojos y en el pensamiento: buen blanquillo moscatel.
El sargento Ovalle se enjugó los labios con– la manga de su chaqueta. Pidió otro trago. Tiró su sombrero de anchas alas. Alto y obeso. Colorado. De doble papada. Vestía traje plomo de paño grueso y traposo. Se alisó los cabellos lacios y castaños de su cabezota redonda, rezumosa de sudor como porongo de greda mal curado. Dio recios golpes de contera en el suelo con su bastón de chonta con cacha de pierna de mujer en bronce caliente, furiosos sus ojos comidos de tracoma, verdosos y miopes, y dijo, dirigiéndose al futre Matías:
–¡On Mata, si habla Ud. lo reviento!
Todos miraron al futre Matías. Hombre muy delgado y muy alto, de gran cabeza y grandes ojos saltados. Partido al medio, su pelo negro le caía displicentemente a los lados y hacía muy blanca su tez cetrina. Constantemente se llevaba las manos a los puños de su camisa de seda cruda, acariciando el broche de oro de sus colleras, entrándose los puños en las mangas. Sus zapatos puntudos brillaban como espejos.
–¡Che, qué me va a reventar a mí, che! ¿Los huesos? ¡Ah, cuando me mande los huevos desde Buenos Aires el doctor Quiroga! –todos se consternaron. Aquel doctor era dueño de los últimos ejemplares de los famosos gallos «quebrahuesos». Con cacho forrado, le quebraban el esqueleto a su contrario de un solo palo. Saltaban los sesos hechos chicha.
–Acabaríamos con todas las ruedas –susurró Monardes.
–¡Nada de visiones, señores! ¡Aquí está la realidad! –gritó el sargento irritándose (Este hombre se irritaba cada vez que tomaba la palabra)–. Al Condorito, mi gallo, ponerle firme. Claro que no es el mejor gallo. ¡Ah, si hubiéramos preparado al Sargento! –y dirigiéndose al futre Matías–: Che, en boca cerrada no entran moscas.
–Sí, Matías, sí.
–Sí, on Mata.
–Sí, Matita, sí.
–Sí, señor Matías –Matías miraba los muros desconchados, el cielo de vigas grumosas de hollín, y enrojecía hasta los cabellos.
–Es mi debilidad, che. ¡Bah, no puedo! Se me sale sin querer.
Matías no apostaba jamás. Pero muchos, casi todos, ganaban a causa de él. Le gustaban las riñas de gallos por algo que había en sus propios instintos, y gozaba con los detalles que él sólo cogía. ¡Qué vista la suya! El menor rasguño lo captaba él. Seguía las vicisitudes de la contienda con tal precisión de los hechos que apuntaba al ganador mucho antes que obtuviera la victoria y su canto estentóreo se alzara como oriflama en el reñidero. Pero tenía alma de speaker.
–¡Lo torció el Peuco! –y en verdad, el otro gallo se torcía–. ¡Degollada del Paloma! ¡Lo cegó el Peuco! –y el gallo picoteaba lento en el aire como si cazara un mosquito–. ¡Ganó la pelea! –las apuestas oscilaban con el ritmo de sus palabras. Al salir de la rueda quedaba agotado como si saliera de guillatún, como una machi.
–En el Perú, México y Colombia, en los países del Norte usan navaja, señor Matías. ¿Qué piensa Ud. de eso? –le preguntó Abelardo, el gallero flaquito, chiquito, callado, quedándose silencioso como si otro hubiera hecho la pregunta.
–Nada de medias lunas, Abelardo; eso no es más que una echona para segar pasto, ¿me cree? –rubio alfanje moro afianzado a una pata de cada combatiente.
–¡Guarde, on Matías, que me ofende! –dijo Trincado, cogiendo la alusión, hombre moreno, mediano, agitando los pedruscos de sus puños; desaliñado como un tiuque de la tierra–. Mire que el corvo es pico de cóndor, se le mete a Ud., lo raja, lo destripa y le vacía el vientre. Le tiritan las carnes ¿no?
–¿Es que va el cura don Amaranto a la pelea? –preguntó Monardes a Augusto.
–Sí, va con el chófer, en su auto. Yo le llevaré el gallo, el Lenguaraz. ¡Claro que va de civil!
Entraron en la quinta. La gallera abrió su granada rebosante de gorjeos y cantos, bajo el emparrado y el torrente de frescura de un sauce llorón. Colorados, giroscenizos, castellanos, malatoas, cenizospintos, girosrenegridos. Imposible describir la suavidad y lo delicado en el gallero al coger su gallo entre sus manos curtidas o finas. Cojines blandos en el sentido de la pluma. Cosquilleo de la buchita de aire que adormece el nervio. La mano que lo peina y lo hunde en el cajón gallero o la caja de mimbre. El piso de alfombra persa.
En el cuarto, Luz Dina seguía rallando sus choclos; leche seca escamaba sus brazos morenos. Matías contemplaba de nuevo los muros desconchados y las vigas grumosas de hollín.
–¿Sabe, Augusto, que estamos escupiendo cortito? –dijo Trincado. Los galleros rieron cogidos en su sed. Se bebieron al seco el estribo de las manos morenas de Luz Dina.
El futre Matías requirió el automóvil. Con el zumbido del motor se asustaron los gallos. Echó a andar el vehículo sobre el polvo y los hoyos de la calle. Un gallo cantó en la avenida Chile. «El Condorito» –se dijo Luz Dina, en la puerta, secándose las manos con el delantal. Santa Laura. El Guanaco. Nubarrón de polvo ocultó el cacharro. Sol vidrioso en los ganchos de los árboles y los cogollos. Independencia. San Diego. Para la Gran Avenida. Camino de San Bernardo. Lo Ovalle. Paradero 23. Castaños de rostro untoso. Eucaliptus llenos de la luna de los tísicos. Manzanillones para jugar al amor. Y maravillas del diablo. Allá, en medio, luce el redondel sus banderolas de fiesta, entre los cebollinos.
Todo ello lo sabían las mujeres de los galleros. Y eran crueles en la ausencia de sus hombres. Y temblaban del vientre, por el hambre de los críos. ¡Ah, los gallos a quienes sacrificaban sus hijos los galleros! ¡Maldita pasión!
–¡Te morirás y me he de comer todos tus gallos! –exclamaba en el colmo de la desesperación Mercedes, la mujer del sargento Ovalle. Muertos sus hombres, las mujeres de todos los galleros esperaban comerse los gallos.
–¿Por qué para hacerlo suyo al hombre es preciso que lo desangren?
–exclamaba Augusto el gallero. Veía Augusto en los gallos un símbolo que las habría humillado. Viejas, ensalzarían las beatas el cuello grueso del cura y la cara recién afeitada, tinta de ladrillo fundido.
* *
Paradero 23. El kiosco del reñidero entre los cebollinos. Castaños de untoso rostro. Eucaliptus llenos de luna de los tísicos. Agua rugosa de peñascos. Los pastales y el matorral, las viñas y las vegas, precipitan su verdor a esta agua mustia, peinada de totorales y cola de zorro, en los torrentes espumosos del sauce llorón. Banderolas de la estrella solitaria. Y de estrellas como espigas del granero del mundo.
Las riñas habían empezado.
–Nos tocó el lado del sol –pensaron nuestros galleros. Bajo las galerías yacían caponeras rebosando cacareos y gorjeos. Y las espadas llameantes de los cantos. El reñidero rojo hervía de gente en sus anillos abiertos hacia lo alto. Bocina al cielo de la hornaza. Caían las apuestas de grada en grada. En el ruedo, batíanse gallos menudos, dándose encontrones en el paño rojo del circo. Bebían los galleros, en grandes vasos, chicha cruda. Los yanquis no bebían pero fumaban impasibles. Brotaba el sudor en el rostro de todos. Media hora de pelea y los gallos no se ganaban.
–¡Voy cincuenta pesos a que no se ganan!
–¡Cuarenta al colorao!
El juez, en su caseta, seguía la pelea calmosamente. Relucía su calva socrática. En su faz arada y cetrina arremansábanse todos los vicios que su razón ha vencido. En su cara de viejo macho cabrío. Moriría de pie y conversando. Y sacrificaría un gallo a Esculapio. A su diestra, colgaba la balanza, y con la siniestra mano, cogía un reloj piramidal con péndulo de bronce. Nada le inquietaba. No bebía en su puesto. Ni fumaba. Y no se crea: ni tenía los humores equilibrados.
Se detuvieron los gallos acezando con áspero ronquido de sangre, apuntalando sus cuerpos en el enemigo pecho. Se aprestaban a embestirse; pero el tic-tac del péndulo de bronce los distrajo: uno, dos, tres, cuatro, diez segundos. A los treinta segundos sería tabla la pelea. Pero el malherido buscó a su adversario y le dio un encontronazo, precipitando su propia ruina. Cogiolo el colorado, hirviendo de rabia, y lo clavó en estertores de muerte.
Gruesos fajos de billetes pasaban de mano en mano. Lentamente los perdedores iban a los puestos de sus rivales a entregarles el dinero de las posturas. Nunca vale más la palabra de los hombres. Se hizo el silencio. Cuchicheo de los galleros previno la llegada de Rojita el Guatero, hombre gordo y moreno. De rapado bigote. Y ojos celestes, ribeteados del rojo de piure de los párpados. Ahora sí que subirían las apuestas.
–¿Y el puro?
–Ha de ser grandazo ahora.
Rojita el Guatero miró a los hombres desde lo alto de su fama. Y quitaba sin prisa el papel de seda a un puro gigantesco.
–Tendremos peleas hasta las diez de la noche –dijo un gallero–. Rojita trae un puro largo –lo encenderá con la primera postura. Por de pronto pidió un «ginger ale» con limón al mozo. «Estoy abutagado» –dijo.
–Tengo un gallito de cuatro-doce –gritó el sargento Ovalle, desafiando a los gringos, desde el medio de la rueda–. ¿Tienen, ustedes, místeres, algo semejante?
–Yeas, my dear, sure. –y dijeron otras cuantas palabras a arcadas cómo si fueran a vomitar.
–¡Quinientos pesos!
–¡Okey! ¡Yeas! –y la pelea quedó concertada.
Inscribieron los gallos en el Registro, después de pesados en la romana del juez.
«El Condorito». Gallo cenizopinto. Cuatro-doce.
«El Quentucky». Gallo girorrenegrido. Cuatro-doce.
«Apuesta: Quinientos pesos». Estampose también el nombre de los dueños.
Entretanto, los galleros discutían la calidad de los gallos. Algunos habían visto batirse en el norte al gallo de los gringos. El Condorito del sargento, gallo corredor, había cantado su triunfo varias veces en este mismo reñidero. De igual peso y porte. El cotejo sería, pues, rudo y sangriento. No había por cual decidirse. Habría que esperar los primeros palos.
Agudizose la atención de los hombres cuando los .gallos fueron puestos en guardia por los preparadores.
Sonó la campanilla.
El Condorito cayó bandeado, a pasitos cortos, libidinosos, prendida la pupila de cauterio en la cabeza verrugosa de su adversario.
Gladiador de raza, el girorrenegrido lo esperaba, picoteando las arenas sangrientas.
Súbitamente erizaron la recortada golilla, y alargaron sus cuellos, sacudidos de temblores.
Con vacilaciones de llama, aguzan su furor las cabezas temblequeantes. Subía y bajaba la guardia de los picos ávidos. Mirábanse fijamente. La pupila hostil, acerada de cortante brillo.
–¡Cien pesos secos al girorrenegrido!
-¡Pago!
–¡Cincuenta pesos al gallo giro!
-¡Pago!
–¡Quinientos pesos al gallo giro!
-¡Pago!
Rojita el Guatero pagaba todas esas posturas. Sin embargo, la plata siempre estaba al gallo de los yanquis.
En algunos tiros falsos, los gallos acortaron distancia. Trabáronse los picos en floreos cortos y rápidos, de cascoteo córneo. El primer tope sonó como patada de mula. En el aire tibio, unas plumas navegaban su trasvuelo.
Frescos aún los gallos. Sanos los muslos, la cabeza, el pescuezo.
En el buche del giro se extendía, como de aceite, una mancha de sangre que advirtió Matías.
–¡Topo a ochenta con el japonés!
–¡Pago! –dijo un secuaz de los gringos.
El Condorito arremetió con denuedo a su adversario, infligiéndole varias heridas, y empezó a correr en torno del ruedo. Tal era su estilo de pelea. Hilillo de sangre resbalaba por un muslo del giro que lo seguía agostándose, la pierna tiesa y prendida. Pero el puntazo no era profundo. El giro golpeaba de atrás con torpeza.
Sintiéndose cogido, el Condorito zafábase, tirando hacia abajo, torciendo el pescuezo. Las puñaladas cortaban el aire sin tocarlo.
La plata estaba ahora al japonés.
Los gringos seguían la contienda ensimismados. Sin gestos. Nada reflejaban sus rostros. Sus pupilas grises, eso sí, cogían los detalles como cámara de cineasta. Y apostaban grueso ahora que los galleros se cubrían.
Matías ocultaba entre sus manos una cara tenebrosa. Y el sargento Ovalle, con los brazos cruzados sobre el pecho, afirmado en la caseta del juez, manejaba, en su mente, los movimientos de su gallo. Habría que cansar al contrincante y contragolpearlo, aprovechando la caída de sus tiros sin fuerzas por la carrera. Y, luego…
Los gallos peleaban de frente. Las cabezas carmíneas, teñidas de sangre. El giro atacaba violento, metiendo los cachos hasta las mismas patas. Le deshacía el cuerpo a su adversario que le cruzaba el pescuezo. El Condorito se le escabullía habilidoso; su cabeza pelada, como de buitre, la ocultaba debajo de las alas flojas del giro.
Rojita el Guatero fumaba su puro, fija la mirada en el jadeo de la riña. Su bocanada azulosa precipitábase hacia un chorro de sol que inundaba de costado el kiosco, con hervores de plata, yedreciendo.
Los picos trabajaban pertinaces. Los movimientos eran ahora más pausados y exactos. La descarga nerviosa escurría libre por cauces perfectos. Trabajábalo el giro al Condorito, empujándolo con su pecho audaz y duro. Se aferró a un desgarrón de pellejo y plumas sangrantes. Golpeó al Condorito sin largar. Le zurcía el cuerpo a puñaladas.
–¡Lo torció el giro! –gritó el futre Matías, enrojeciendo hasta los cabellos.
El Condorito se fue de lado, torciéndose, la pierna rígida; en tanto, el giro buscaba rematarlo.
El sargento Ovalle dejó caer la cabezota sobre el pecho, su cara estragada y surcada de pliegues agrios. Sus pensamientos tensos sostenían al gallo en la caída.
Con los revuelos, advirtiose una terrible puñalada en el muslo de Condorito. La sangre le encharcaba todo el costado, goteando por las plumas de las alas. Empezó a correr. Lo traicionaba su propio estilo de pelea.
–¡Cien pesos secos al giro! –gritó uno del ruedo, envalentonándose.
–¡Pago! –exclamó Abelardo, con desprecio. Algunos galleros lo envolvían en irónica sonrisa. Abelardo se concentró en la pelea. Tomó aquella postura como un gesto de rabia ante la impotencia, como si diera una bofetada en los morros a aquel canalla vendido. El Condorito estaba deshecho. Su respiración era penosa. Una degollada afiló el silbido de su respiración. Se ahogaba con su propia sangre.
El cansancio apuntalaba el cuerpo de los paladines. Augusto se bebió de un trago un vaso de chicha.
Después de cuarenta minutos de lucha, raleaban los tiros, asegurando botes de muerte.
Rebotaban los picos en las rugosas cabezas.
El Condorito cogió una picada y metió las aceradas espuelas en el oído del giro que irguió el cuello, picoteando el aire como si cazara un mosquito invisible, el cráneo deforme como vaciado y acribillado de dolores. Batíase siempre. Moriría batiéndose. Cegado, buscaba con el tacto a su adversario. Batiríase en tanto quedara un gallo de pelea sobre la tierra y más allá de la muerte.
El Condorito mordió otra vez.
De pronto se rehízo el giro. Tomó una picada, y clavó sus puñales en un delirio de rabia.
Atravesado de los ojos, como una pelota hirviente de plumas, picos y garras, el Condorito cayó desde lo alto, azotando el cuello en la arena como un gusano loco. La cabeza triturada era un grifo de sangre.
* *
El sargento Ovalle recogió una masa de plumas sanguinolentas, de patas rígidas. El cuello del gallo colgaba lacio, el pico entreabierto. Apretaba el sargento contra su pecho esa masa de plumas blanduchas, viscosas, y saliose del ruedo desencajado, los hombros caídos, fijos los ojos en su gallo destrozado y ensangrentado. Ni oyó la campanilla del juez. Sus camaradas lo miraban alejarse. Todos ellos habían perdido su dinero con el Condorito. Los gallos de los yanquis eran invencibles. Sucedía lo que en todas las ruedas. Una larga y angosta guirnalda de triunfo para los gringos. Sonó la campanilla del juez. Se batía ahora el Lenguaraz, el gallo de don Amaranto. Todo sería igual. Lo mismo con el de Trincado. Y un deseo incontenible de venganza recaló en su pecho. Salió al camino.
Se hinchaban de dinero los canallas. Perdió también el Lenguaraz. El de Trincado y el de Monardes. Los galleros bebían aturdidos. ¡Ah, si siquiera ganara un solo gallo!
De pronto, enmudeció atónito el reñidero. El sargento Ovalle volvía, hecho otro hombre, con el más espantoso gallo del país. Se había encontrado a sí mismo, sin zozobra. Lo adquirió de manos de un huaso que venía por el camino a la sazón. A cualquier precio. Le quedaban sólo algunos pesos, su comida del mes y la de su familia. Consiguió algunos préstamos de galleros que ayudaron su designio, y soltó el gallo en la arena.
–¡Seis libras y seiscientos pesos! –gritó desafiante.
El gallo bruto cayó de media costilla, a pasitos cortos, rijosos. La cresta enorme, de largas mollejas flotantes; las patas escamosas, con calzones de plumas; las estacas como astas de buey embotadas. Era de un rojo de llamas. El gallo hizo la rueda a quizás qué gallina de sus sueños. Levantó una nube de polvo. El ala al borde de la pata; las patas agarradas a la tierra. Se oliscaba olor de macho de la región. Alguien creyó oír como un tañer de cuecas y tintineo viril de rodajas triunfadoras. Las mollejas flameaban pañuelos encendidos.
En el alma del sargento, la ironía grotesca de la venganza, bañábase de un cálido amor de la tierra que despertaba el gallo en el corazón de los galleros chilenos, recogidos de silencio. Después hacían bromas sobre el gallo.
–Y d’ey –habló Trincado–, déjenlo no más. Es un gusto. El sargento quiere perder su plata.
Los galleros rubios ríen y ríen, y no se les cae la pavesa a sus cigarrillos. Ellos complacen al sargento, ¿por qué no? El sargento bromea, ¿eh? Ellos quieren agradar. Complacen a todo el mundo; pero... ¿sabe? ¡Bah, al fin y al cabo y como siempre, nos llevaremos el dinero!
Los galleros alargan sus cuellos, viendo de picarse. La encendida gorguera del bruto, de largas plumas erizadas, de un rubio rojizo y retostado, ocultaba el pescuezo, volteado como un látigo. Las mollejas eran barbas de coral, zarcillos de gitano o revuelo de vistoso poncho.
El cenizo de los gringos lo miraba clavado en su sitio, alargado el cuello bobo.
–¡Quinientos pesos al gallo bruto! –gritó Abelardo, soltando la carcajada.
–¡Cincuenta pesos secos! –exclamó el futre Matías estremecido.
Pero el gallo de pelea se quedó con el cuello alargado y los ojos fijos en el gallo bruto.
–¡Se chupó!
¡¡¡Se chupó!!! –gritaron los galleros. Y arremete un remolino de patas, picos, alas, plumas. El gallo de pelea, el de los rubios galleros impasibles, salió huyendo del redondel, cloqueando, cloqueando: «cao, cao, cao».
–Ido el gallo cenizo, señores –dijo el juez calmosamente.
El sargento recogió su gallo, heridor hirviente de músculos, con vivo ademán. Lo cogió del velludo pecho, llevándolo a su cuerpo, peinando el brillo de fuego de sus plumas.
–Los gallos brutos son como los huasos: tienen la arremetida no más. ¿No lo sabrían los gringos? –soltó el sargento un chorro de risa quisquillosa–.
No se le escapó a este roto.
Encaróse a los yanquis:
–¡Místeres, también los gallos andan viendo visiones! ¡Mozo, empanadas y chicha para todos! ¡Yo pago! ¡Salud!
Tiró a lo alto su sombrero de anchas alas, hacia el cielo libre.
II
Hogueras de musgo seco erizaban su fuego en las crestas de los cerros cercanos. La pata de la espesa sombra, escamosa de estrellas, blandía la luna, espuela de azulosa plata.
A la hora de la fresca, el viento arrancó el cabello al sol, dejándolo calvo y mondo, buscando a un hombre dentro de sí mismo, tiritando. El horizonte irguió más tarde, rojiza frontera de rescoldo. Escupió la pajita de su ojo, y quedó limpio el cielo, llenándose de un rebaño de tinieblas ramoneando.
El sargento Ovalle salió borracho del reñidero.
–¡Déjame besar tus pensamientos! –dijo, y besó en la frente al futre Matías. Besó una copa azulosa de plata bocona.
Matías llevaba el volante en sus manos delgadas y finas. Pálidas. Los árboles bostezaban esparrancándose en las sombras, y escuchaban la voz mellada y filuda del sargento Ovalle:
Todos me dicen no seas leso;
búscate novia y te casas ya,
y a mí estas cosas me dan vergüenza
por una corta genialidad.
En los cajones venían los gallos muertos. Deshechos. Los picos espesos de coágulos.
El bruto picoteaba la alfombra persa. Cantó con extraña alegría. Y escarbaba.
Trincado y Monardes, el futre Matías, Augusto y Abelardo, iban todos a casa del sargento. Se comerían al gallo bruto, y también los gallos muertos. Nadie pensó enterrarlos si vivían en su historia. El sargento había pasado noches en vela cuando el Condorito, pollón aún, estuvo enfermo de muerte. Ahora se lo comería simplemente. Vivía en su alma. Era en él.
–¡Ah, todos somos desgraciados, Matías, porque venimos de vientre de mujer. Los huachos que no conocen madre, como no saben de dónde salieron, entran en todas partes, sí, Matías!
Para el sargento sería un huacho especialmente don Juan.
El pavimento escurre río de luces.
Vistosos, luminosos, como peces pintados, guiñan los anuncios al viandante, en la ciudad silenciosa, conventual. Graniza; rutila el arbolado denso sobre los cauces. En el fondo de una tumba se divierten los hombres con sus entrañas. Los rieles retuercen sus piececitos azules y fríos. Rojizas las sombras de los parques, chamuscadas de besos, de sexos, de bocas. En el cerro Blanco, hay rebaño de cabritas. En el Oriente, gruta de carne derrama su piel musgosa y blanca.
* *
–¡Menche, hija, me rompí el alma! –gimió el sargento caído de bruces en el vano de la puerta.
Amarillaba de luz el cuarto. Luz de lámpara.
En el brasero hervían ollas limpias, saltadas, azules. Wanda se tejía una bufanda verde de seda partida; caería en cascadas sobre su pecho. Gaviotas pescando en el mar. Eulogio repasaba su música. Y Mercedes, la mujer del sargento Ovalle, menuda, bonita, ajada, cruza la habitación despavorida, con ágiles piernas bajo el vestido suelto, rameado.
–¡Pedro! –exclama temblando.
–¡Ay, hija, me rompí el alma!
Mercedes y el futre Matías ayudaron a ponerse de pie al sargento. El sargento gira sus ojos en las órbitas. Mira a su mujer y al futre Matías. Matías ríe con su diente de oro tenebroso.
Entran los galleros con sus cajones cuajados de estrellas y sus cajones de mimbre. Sacan los gallos muertos y los arrojan sobre la mesa de la cocina. Ovalle coge su gallo bruto, describiendo con él un arco de fuego en el aire.
–Para mí, bisteques de la molleja y de la cresta. Venga también para mí la morita de la sangre.
Abrió su cortaplumas y le entregó el gallo a Abelardo, quien le cruzó las alas, y maniató las patas, de las espuelas. Eulogio trajo un azafate con un puñadito de sal. La hoja de acero brillaba lamida de luz helada y delgada. El sargento cogió de la cabeza al gallo. Apartó las plumas de la golilla, y comenzó a degollarlo pausadamente. Chorro de sangre espesa y caliente caía en el esmalte blanco y frío del azafate. El corazón del gallo palpitaba con violencia. Abelardo quiso sentir, su mano puesta en el pecho del gallo, como escapaba la vida; pero tuvo miedo, no lo quiso sentir. Ahora goteaba concho de sangre negra. El gallo se agitó apenas. Luego quedó lacio y sin vida. El ano suelto ensució de excrementos al gallero flaquito.
Con cuidado extremo Ovalle cortó la cabeza del gallo, le arrancó el buche y dejó limpio el cuero del cogote, para llenarlo de sangre. Para su morita.
Augusto fue por un chuico de vino.
* *
–¡Menche, esposa mía! –acariciaba el sargento a su mujer, llevándola a sus rodillas–, tócame la guitarra, cántame aquella canción con que me anudaste a tu pie, como a un esclavo.
Mercedes se estremeció; sabía lo que le esperaba. Ovalle se había casado con ella para taparle su falta. Wanda era sólo hijastra del sargento. Y ahora la muchacha estaba grande y linda. Eulogio sí que era hijo suyo. El sargento Ovalle amaba a Mercedes, y era cruel en sus celos, celos imposibles. No estaba colmada la apetencia de aquel hombre. Y aquella mujer le engañaba siempre en su pasado. Y la odiaba a ella horriblemente. Se pensaba humillado él, un hombre fuerte.
Sentados en rueda los galleros bebían y charlaban. Mercedes templaba la guitarra española, sin adornos, de caja amarilla, de limón. Su rasgueo era pausado, armónico. Las voces de los hombres se apagaron.
Mercedes tenía una voz ronquita y bella, acariciante.
–Guarda esta flor, Metiche, y piensa que es mi vida. Esa es la canción –apuntó el sargento
Ella cantaba:
¿Que no te puedo amar?
eso es mentira;
sólo tu imagen ocupa mi memoria.
Yo sin tu amor no quiero ni la gloria;
quiero la muerte si te pierdo a ti.
Una araña de copas de vino –poto colorado-– movió las patas viscosas hacia la mujer. Ella no bebía. Se negaba con firmeza a beber. El sargento la miró sañudo:
–¡Bebe! –le dijo con voz áspera–. Te lo mando –ella humedeció sus labios en la copa que el sargento le tendía. Miró a los ojos a su marido. Y salió de la pieza disparada y nerviosa, hacia la cocina donde Wanda y Eulogio pelaban los gallos con agua hirviendo. Enrojecidos, llorosos, los ojos azules. Húmeda la boca roja y carnuda. Sus cabellos rubios, de miel recién cortada, trenzados en alta moña.
–Estoy alegre, mis amigos, estoy alegre. En posesión de todas mis fuerzas. Bebamos –el sargento contaba cómo salía con Valdebenito, un compañero de armas, arrastrando el sable, por la cañada de Maule abajo, y cómo dejaba a los pacos azules de taco en las acequias.
«–El huaso Moraga sí que era hombre. Zarco, rojizo, de grandes manazas. Amansador de caballos en el regimiento, aturdía a una mula de una bofetada.
«–Guarde, mi sargento, que yo lo mato, me decía el hombronazo, y rifamos la primera guantada. Ganó el zarco.
«–¡Aguántese, mi sargento!, me dijo, con su voz lenta. Era reposado como los hombres de gran fuerza; ño Caliche le decían al huaso. Pescaba a un hombre de los muslos, le daba una vuelta en el aire, y lo dejaba después colgando de cualquier litre.
«Lo esperé. Vi venir la bofetada que me pasó por la oreja derecha y arrancó una ventana de la cuadra, con marco y todo. Me agarré de sus hombros; me empiné, y cuatro horas más tarde despertó Moraga en la enfermería, medio aturdido aún de mi cabezazo.
«–¿Qué hubo? –le decía la tropa–. ¡No se enoje, mi cabo, que llamo a mi sargento Ovalle!».
Los galleros rieron a carcajadas. ¡Vaya con la historia del sargento!
–Salud, entonces, pues –exclamó Abelardo. Reía dudoso el vino en las copas.
El sargento trepó las escaleras a la siga de Wanda. En el dormitorio la cogió. Llevola de una mano a un rincón del cuarto.
–Mira –le dijo golpeando con el pie la tabla del guardapolvo–, eso que está ahí es tuyo. A ti te quiero yo no más. Eulogio será un canalla como yo –y estrujaba en sus manos los pechos duros de la muchacha. Wanda lanzó un gemido y bajó la escala, despeinada, tiritándole el corazón como un pájaro herido. Crujieron las escaleras. Atrás venía el sargento. Un vacío inmenso desolaba su alma. Se bebió dos copas al seco, y sus ojos se quebraron de lágrimas.
–Los hombres que lloramos muy pronto somos todos unos canallas –dijo Ovalle, dejándose caer en una silla, la cabeza hundida sobre el pecho. Augusto lo miró fijamente, y sin decir palabra se salió de la casa y penetró en la noche. Su frente bañose de un frescor de plata que venía de las estrellas. Croaban las ranas en las acequias dormidas bajo la yerba. Un chuncho goteaba su canto en la poza fría del cielo.
Apestante humareda de cigarros. Olor de suelo mojado y barrido. Los labios salivosos de las copas.
Los espíritus de los galleros habían creado, por sobre sus cabezas, fundiéndose, un alma colectiva. Y hablaba cada cual con la intimidad de un yo con su alma. Embriagándose de palabras.
Abelardo contaba la historia de su gallina.
–«Vaya pues. Compré unos huevitos para cría bruta. De esa parvada salió la gallina. Era negra, delgada, parecía fina. Como me estuviera picoteando la hortaliza, la eché en el gallinero de las inglesas.
«–¿Qué tienen las gallinas, que arman tanto alboroto? –me preguntó la mujer. Curioso, fui a ver lo que pasaba: la gallina negra tenía a seis gallinas aturdidas en el suelo, y estaba moliendo a la última que le quedaba. Me interesó la gallina. La eché a pelear con otras, y con gallos de su peso a cacho forrado. Ninguno le aguantaba mucho. Sería de cruza con faisán. O de pato, hijo de gallina.
«En aquel tiempo yo era joven, tendría veinte años. Le llevé la gallina a don Santos de la Cristala, que tenía reñidero en la calle Ñuble».
Los galleros se quedaron silenciosos. Un hombre mediano y gordo, de tez morena y bruñida, descendió en medio de ellos y, sentado como un buda hindú, quedose, en medio, contemplándoles.
«Entonces se peleaba al peso y porte. Se amarraban los gallos al cerco del ruedo. Había que ser ducho pa sacar ventaja. Si no se atrevía uno levantaba su gallo y cedía el lugar a otro gallero. Eso era todo.
«Le gustó la gallina a El.
«Esta gallina no te la llevas –me dijo–. Puedes llevarte, sí, esa castellana con estacas, con sus doce pollos.
«Fui muchas veces por mi gallina. Siempre me traía algún pollo; pero nunca la gallina.
«El ganó muchas peleas con mi negra. Gallinas o gallos con cacho forrado, era igual. Pero no había caso de crías. La negra no se entregaba a ningún gallo.
«Muchos galleros estaban envidiosos de mi gallina. Una noche se metieron en el gallinero de don Santos, y echaron en una java a mi gallina negra, a un pollón muy rico que tenía El y a un gallo probado. Don Santos les habría quitado la vida a esos miserables. Todas las mañanas El iba, apenas levantado, a ver a la negra. Esa vez la encontró que le faltaba un ojo, el oído, la mitad de la cara a la negra. Una pata quebrada. El gallo probado estaba tendido en la tierra, cegado, sin quijada. Entre la gallina y el gallo mataron al pollón.
«Ustedes. recordarán lo hábil que era él para operar a las aves.
«Le cortó la pata a mi gallina. Y le puso una muleta. Así pudo entregarse la negra.
«Vaya, pues. Hermano de la negra era mi gallito que Uds. me conocieron, que era de 3-15. También era fino. Se crió huachito. Yo no le quise cortar la cresta ni las mollejas, ni la golilla. Lo llamaba yo a mi gallo y extendía mi brazo izquierdo. El gallito trepaba a mi brazo como un lorito, y cantaba. Pero un día ¿No me lo ojiaron? Se murió de mal de ojo».
Irresistiblemente Trincado soltó la carcajada. Rieron también Monardes y Matías. Aprovechando la coyuntura, el sargento Ovalle salió al patio a orinar; escalofrío del humo gira en el cuarto. Cerrada la puerta sin ruido. Bruscamente se aislaron los galleros en discordancias, y discutían.
Matías acariciaba en sus rodillas la rubia morbidez de la guitarra. Su estremecimiento se acalló en notas, vino a hacerse música. Hoja helada y delgada penetró en las almas con un silencio de muerte. Se sintieron los gritos de Mercedes, la pobre mujer, a quien pegaba el sargento Ovalle, por haber bebido vino.
De pronto saltó la puerta con marco y todo, y apareció, en medio de las tablas, entre las astillas rotas, la cabeza del sargento.
–¡Un trago, un trago! –bramó riendo a carcajadas. Los galleros, espantados, no atinaron a complacerle. Sacó el sargento su cabeza de entre las maderas, bebió, y un deseo irresistible de pegarles a todos lo invadió entero. Quiso cerrar las puertas para que ninguno se le escapara. En este mismo momento, un cansancio mortal lo desplomó sobre una silla. Miró a todos, atontado, y se quedó profundamente dormido. Todo quedó silencioso. En la calle, los galleros oirían siempre su ronquido enorme.
Olmo, olmo, olmo
I
Edmundo no supo cómo se halló tendido en la cama, boca arriba, los ojos abiertos, oprimidos y denegridos por los piececitos humosos de las negras sombras de su cuarto. Quedaba tras de él vacío de silencio, de vida. El dormía allí. No reconstituía nada. Un miedo absurdo le invadía entero como si navegara su yo por ignorados abismos. Prendió luz. Era su cama justamente. En el estante se le ofrecían sus libros. En el techo, las vigas de su cuarto tocadas de hollín. ¿Y si no fuera él? Porque en circunstancias extrañas y macolladas espigas posibles retornaría su ser reminiscente. ¿Cuál de sus yos en los mundos infinitos? Si alguien entrara en su pieza en este instante, como al espejo donde se miraba para rasurarse, le incrustaría su imagen sobre la tierra. Y le dirían: «Edmundo, ¿cómo te va?». Y él miraría a los lados, buscando, y dentro de sí mismo. Tenía ganas de que lo llamaran por su nombre. Se reiría, sujetando en las sábanas el chorro de su risa.
Sombra blanda, sedosa, en ángulo de tinieblas –fósforo verdoso de los ojos–, desenvaina la garra retráctil, rasca las tablas del piso. Sin tierra ni ceniza ni hojas para tapar sus huellas, lento, metódico, rasca. «Decididamente los gatos y los chinos pertenecen a una civilización muy antigua… ¡Oh, que no se me olvide esta intuición maravillosa del sueño y su licor! Los gatos como los chinos pertenecen a una civilización muy antigua. La luna se adelgaza en sus gargantas. ¡Ved su música!».
Rasca la garra retráctil, tapando sus huellas.
Abrió ojos desmesurados. Mana de vaca negra, de las ubres de las sombras, como si le mordieran un pezón al misterio, claridad lechosa, donde posa su pie el mundo de las imágenes. Rostro de mujer, gris perla, muslo derramado. Grupa de ola, bañando de carne falo espolón de roca. La imagen la sostiene él, y la expulsa como en un juego. Pero una se le queda fija y le oprime y opaca su ojo abierto y desnudo, como si la luna se cayera de pronto muerta en la pupila del cielo. Tiene miedo y se estremece y grita. Su voz es su voz. Le dañan las objetivaciones. Las objetivaciones quieren un altar. Imponen ellas y son tiranas. Se nutren del que las crió. A expensas de él. Agostándolo.
Despertó cansado, dolorido. «Todo me es igual». Era él simplemente un mediocre desquiciado. Pero ¿la comprensión no supera a la realidad? ¡Ah, si él no se hubiese planteado a sí mismo como problema! ¡Ahora no había para él sitio sobre la tierra. A veces, rebalsado de goces cenestésicos, descubría en sí mismo algo muy bello y profundo que criaba él dentro de su alma! «¡Vivid en peligro!». Esta frase dicha por un atormentado le quitó la firmeza sobre la tierra. Creyó ver en esas palabras un amor inmenso para la vida, para la tierra, para el cieno semillero. Y anduvo como un niño; pero no era él un niño. Pendía de la tierra que lo sustentaba con lo religioso. Y le había dejado de pronto sólo. Y se llenó de angustia. Tenía ya un alma de suicida.
Un hombre no puede ser un héroe amputándose; no es el héroe algo individual sino colectivo con un hombre fundamento. Aquí estaba el error del gringo Nietzsche. El héroe huye del arco tenso de sangre disparado por el alma colectiva; por ello deshumanizado, deificado. El error fue confundir al niño pagano, animador de la tierra, con el adolescente religioso, que ya no puede ser niño y que depende de la tierra porque tiene un Dios.
Se aburrió de tales problemas.
La red de sus pensamientos había cazado varios mosquitos. Dio un manotazo en el aire. Lo disipó todo.
De debajo del colchón sacó sus pantalones, planchados con la plancha de su cuerpo. Se vistió rápidamente y salió a la calle. Tenía aún cuarenta pesos de unas clases que hiciera. Y quería beber, emborracharse.
No obstante sus ideas, era muy supersticioso; en sus lecturas nunca se detenía en la página trece, ni en la veinte, que era el número de sus años, ni en la cuarenta y dos. A veces un temor irresistible le impedía toda acción para que no fuera lo hecho lo último que hiciera. Pero de atrás lo cazaba la vida. Fuerza irresistible lo empujaba a abandonarse a las cosas, a su ser y destrucción.
La mañana volcada, luminosa y fría, había acercado la ola de la cordillera, chispeante de peñascos, los cerros bajos.
Serían las doce.
Por el camino venía el huacho Arturo con una botella de mesa llena de vino tinto. El Caballo Bayo dormía apoyado a un tronco de acacia. Sus canastos deshechos hedían a pescado. Desperezose, bostezando largo.
–¡Saquémosle el viento, huacho! –gritó el Bayo, cogiendo a Arturo de una manga.
–¡Si te la tomay de un trago!
–¡Güeno! ¡Pásala! –y se la empinó pulsándola.
Arturo lo contemplaba muy regocijado, esperando que se tomara el doble aquel hombre. La boca del Bayo estaba blanda, goteante de vino la barbilla; los ojos amarillos, enrojecidos. Cuando le quedaba el concho, algo horrible ocurrió en el estómago de aquel borracho: vomitó el vino espeso sobre la tierra sedienta.
Arturo le dijo con rabia:
–¡Te pasé el vino pa que te lo tomaray; no pa que lo botaray! –y cogió su botella.
El Bayo quedó boca arriba, entre sus canastos, horriblemente borracho, roncando.
Arturo miró el vino perdido; miró su botella. Y siguió su camino silbando.
Este acontecimiento llenó de loca alegría a Edmundo. Así serían los dioses. Se sentía ágil y fuerte.
Otro borrachín se quejaba más allá:
–¡Yo mismo la vi a la vinera, echándole agua al vino. Si hubiese estado esa agua siquiera a la sombra de una parra!
Entró en un bar. En la mesita, de esmalte descascarillado, había unas gotas de vino y dos zancudos muertos. Los cuerpos traslúcidos de los insectos lo entusiasmaron:
–¡Bah, esqueletos de nostalgias! –y rió estúpidamente de sí mismo–. Lo que hay es –dijo al fin, bebiéndose la primera cañita– que disfrutan demasiados héroes sobre la tierra, y quienes faltan en ella son hombres. La idea de la personalidad es la más estúpida que han creado los intelectuales. Y algunos imbéciles hablan de su cultivo. Hombre-dios. Hombre-dios. Hombre-dios. Nunca como hoy ha hecho más falta un hombre a nuestra alma, para dispararlo hacia las estrellas.
De un rincón del bar brotó una sonora carcajada:
–Perdone, joven –dijo Mika, hombrecillo magro, de piel de aceituna, que enterraba y desenterraba cadáveres en el Cementerio Católico–, he recordado un incidente y no he podido menos que reír e interrumpir a Ud. en sus pensamientos. Es algo curioso.
Edmundo se preguntaba por lo que podía ser curioso para aquel hombre de sarmentosas manos y que hallaba deleite hincando sus garras en el barro de las vísceras o cuando descubría que en los huesitos aún había carnecita pegada.
–Anoche he visto a tres pelusas –prosiguió Mika–. Estos pelusas se acercaban cautelosos a un altar de la virgen María. Se quitaron sus gorras, se hincaron delante de la imagen. Se codeaban unos a otros. El más pequeño estiró su manita y arrebató una vela a la santa. Apagó la vela, metiósela en el bolsillo del pantalón y salió despavorido. Lo siguieron los otros. El más grande lo cogió de la nuca, golpeándolo cruelmente. Lloraba el pequeño. Y los tres se llenaron de injurias. Luego siguieron su camino. Lo curioso es que a unos cuantos pasos de allí hay un paredón, negro de sebo de vela quemado, con cortina de velas encendidas, y no robaron de aquí ninguna vela. Es que esos rústicos santuarios que llamamos animitas, simbolizan las almas de lo más vivo que hay en el país. Existen en todos los caminos, porque en ellos dejaron su vida los chilenos rebelados de las encomiendas, los primeros bandidos o cualquiera de los rotos que despanzurran la tierra arrancándole sus riquezas. El roto, joven, tiene origen campesino; pero es un producto de selección. No es un hombre de cerco. ¡Ah, señor, cuando el roto empuje al huaso a sus designios! ¿Ha pensado Ud. que esto de las animitas marca el origen de la sociedad patriarcal? Esto del culto a los muertos nos viene por lo céltico que hay en la raza española. Y de los araucanos, que también veneraban a sus antepasados. Nosotros, a los bandidos, a los escritores, a los que se aventuran solos por los caminos. Nuestro país será grande cuando arroje sus cadenas. Me voy a mi empleo. Salud –y salió del bar guiñando
los ojos.
Edmundo había conseguido su naufragio, su verdad. Y como era su propia verdad, la tuvo que hallar muy extraña.
II
Ni una nube en el cielo al rojo, pulido y brillante. Una gallina, acezando de las agallas, flojas las alas, sesteaba bajo unas matas. Corolas de radiche como velloncitos de lana sucia, se enredaban en los zarzales. Olor penetrante de los paicos.
Frutitos de clonquis, amarillando de espinas, viajaban prendidos a la bastilla de los pantalones de Edmundo, quien, borracho, había abandonado el bar. Miraba lejanías. Rechinaba los dientes y gesticulaba ridículo. La lija reseca.
A dos pasos del depósito de vinos de la Tarifeño, resudaba sentado el Cojín. Edmundo le vio su pierna enferma, con rama tensa, rematada en pulpa, roja de pus, de su dedo gordo, gangrenado. La barba, sedosa y negra, moruna en la tez cetrina.
Con habilidad de mujer, se hurgaba la ropa, despiojándose .
–¡Eh, Cojín, echa un trago! –lo invitó Edmundo, empinada y rebalsada su humanidad, como si las fuerzas todas, bullentes y reidoras del mundo, brotaran en él, y él mismo pisara racimos morados, y sangre destilaran sus labios y sus pies, y su corazón, tremendo en la cólera de su cariño, estrujado de vinos sangrientos.
Se alzó el Cojín para caminar. Apoyaba su cuerpo de bruces, en tronco de membrillo que le servía de cayado y sobrada defensa de perros y de hombres. Iscariote, cuando atardecido, una burra dulce, retoñada, ungía el paisaje de olivos y viñas y castaños, de unción evangélica.
–¡Medio pato de tinto! –alborotó Edmundo el depósito de vinos de la Tarifeño, alargando al Cojín un puñado sonoro de chauchas de níquel.
–¡Gracias, patrón! –dijeron una boca gruesa, unos ojos reventados de lágrimas.
Edmundo no era un patrón. Había tal deificación suya, pisador de lagar sobre rubios racimos de su carne de humanidad, exprimiendo el divino jugo, hasta llegar a Él, Dios, y no ahogarse en su ceño, sino ceñudo visitarle, y desafiarle exhausto.
En la curtiembre trabajaba aquel hombre. Allí había quedado cojo el Cojín. Acaso en una riña. Traía los pesos y los entregaba a su mujerona lustrosa y juanetuda, con dos críos pintados por su hombría. ¡Carne de perros! Eran hembras. Ahora estaban grandes y lindas sus dos hijas, y vivían en aquella casa rodeada de jardines, con naranjos valencianos de gajos rojos de coágulos, de raíz bermeja, agarrada al corazón mismo de los muertos, y limoneros, reverdecida de yedras de los goces. Tras los cristales, se besaban parejas insulsas, muchachas lindas, casi niñas, con hombres de cráneos coronados, brillosos y untosos, comidos de calvicie. «Huevos sin sal» –decían las viejas.
Ganas le daban al Cojín de beberles la sangre que les diera a esas malas hembras. Acaso no eran hijas sino de su mujer que servía allí mismo la cocina.
Aquella su pierna tiesa y podrida. Bebía por eso. Y se emborrachaba. Y llegaba borracho a su casa, huroneando. Ella le hurgaba los bolsillos para hallar las boletas de empeño de sus ropas interiores de mujer y sus vestidos. Sus amigos estaban todos en la calle contemplándole: Ramón, el de cara fofa, tiritona, de carne recocida; el huacho Arturo, aquimbado y armado de quisca en la oreja quebrada, el Caballo Bayo, tirero y huesero, de andar marino. La mujerona lo amarró a un tronco de guindo seco, y lo cubrió de cardenales como si machucara a un membrillo, salpicándose las ropas de los acres jugos. Se quedó allí sentado llorando el Cojín. Dejaba la casa en su corazón. Alzose. Y convulso de llanto, caminaba pespunteando lo andado, con su flaco colchón tripudo a las espaldas, e iba por la calleja polvorienta, orillada de curiosos. Un sol cansado brillaba en la boca del camino, crinado de luz muja y volcada en los cardos bordosos con piel de lagarto. ¡El Cojín! Su cuerpo de bruces, apoyábase en tronco de membrillo que le servia de cayado y sobrada defensa de perros y de hombres.
–¡Tanto que t’hey querío, mujer. Y vos no me habís correspondío! –se quejaba a gritos el Cojín entre sollozos. Y regaba de lágrimas su sendero de escarnio. En el hueco que dejaba la lluvia también lo imaginaba Edmundo. Un puñado de sombra que cayera en los charcos, goteando el canto de
los chunchos.
–El Cojín vive de sus rentas –dijo la vinera, cabeceando con el chuico que vaciaba como si se vaciara ella. Y el Cojín agradecía el veneno que le daban, los injertos de su propia carne que, de tarde en tarde, le hacían en el hospital San Vicente, para curarlo, brotando su pulpa llagada, de una pierna a otra pierna, anegado su cuerpo de espíritu.
Las ollas hervían toda la huerta.
Dormidos de sol los matorrales, el Cojín se expulgaba y despiojaba la fauna de los pobres. En invierno, chorreando las lluvias, le trenzaban una manta el pulguerío y la piojada, los vahos calientes del vino. Dormía su corpachón, encogido, en huequito de suelo, tan chiquito, en cualquier parte, como un quiltro arestiniento, hostigado de rasquidos.
–Y bien, Cojín. Reflexionemos –le dijo Edmundo, hipando su borrachera–; dime cumplidamente y de una vez por todas ¿cuándo te vas a matar?
–¿Yo, patrón?
–Sí, tú– exclamó el joven, clavándole ojos acerados. –Comes, bebes y te refocilas, y no haces nada. ¡Vaya una excrecencia! ¿Cuándo? Di.
El barrio lo quería al Cojín. En todas partes tenía su sopa y su pan. Vino en los depósitos. Vino barato de los conchos. Y le temblaba su mano, al coger la medida mohosa y vaciarla en la boca suya, de mellada sonrisa, como un tesoro o brasa que ardiera sus humores.
–¿Cuándo? Di –insistió el joven.
Se le quebró la voz al Cojín. Nadie nunca le había dicho eso. Él vivía como un pájaro volado, cediéndolo todo a todos, y aunque su cuerpo de gigante se ovillaba en un jeme de tierra, temía ofender con su cuerpo porfiado de vida, siempre de pie.
–Déme un rególver o un cuchillo y me mato delante de Ud. mesmo, patroncito. Todos me pisan como a un finao seco al sol y me huelen mal. Pero vea Ud., mi estudiante, tengo mi mujer y mis hijas, y las mamas dicen a sus niños cuando me ven pasar: «Chitón, que ahí viene el Cojín». Y los niños buscan el regazo de sus madres, mirándome asustados, sus caritas curiosas, sucias del barro de las lágrimas, en el carrillo de las frutas. Y yo les sonrío bondadoso. ¡Bah, mi estudiante, soy el cuco de los niños! Y adivino el gesto de los padres, hombres maduros, mostrándome a sus muchachos, ya güainitas, para que no sean como yo, un ejemplo del vicio, y cojan su camino, pues, el mal está pa que si haga el bien, patrón. Lo pior pa que si haga lo mejor, y viceversa. Aún no ha terminado; sí, patrón –y lloraba y reía con risa de ventrílocuo.
Se limpió las lágrimas con los dorsos de sus manos huesosas, de largas uñas enlutadas. Y se amarró los pantalones, para vivir, con soga de ahorcarse.
En la esquina, la Pichanga, con su tacón torcido, golpeaba impaciente la tierra apisonada. El Cojín miró a Edmundo con cara de degollado.
–Oiga, patrón, me faltan dos pesos –dijo, con voz que le brotaba de la podrida entraña. Y miró hacia la esquina donde la Pichanga cimbraba las nalgas, provocando.
Edmundo metió los dedos en un bolsillo del chaleco, y entregó los dos pesos al Cojín.
A lo lejos, resonaba la voz de Lucho, el hojalatero de cara ácida, marido de la Pichanga:
–¡Tetera, cafetera, cacerola, escupidera, lavatorio, jarros, recipientes, palmatorias, que componeerleee hum! –placenta de guturaciones seguía al pregón interminable. Más lejos aún, Lucho seguía ganándose la vida.
Caminaba el Cojín, detrás de la Pichanga, postremos pasos, hilvanando a la vida su cojera.
Después, todo se llagaba de luz tibia y morada: la cordillera lejana, los cerros bajos que ciñen la hondonada, los breñales y trigales de yuyo maldito, y el paisaje de olivos, y viñas, y castaños, con burra dulce, retoñada, que ungía el paisaje moribundo, de sauces llorones, vidriosos, implorantes, de unción evangélica.
–¿Cuándo me mataré yo, Dios mío? –se preguntó Edmundo.
¡Masa de peras verdes!
¡Zorra de las uvas!
¡Olmo, olmo, olmo!
En las barrigas del vino
I
El paisaje de pocito azuloso del amanecer desperezaba su blando sueño, su lago alado, rizado, azul. Aire azuloso-pálido, sabroso de zumos de luceros. Los tragaluces bebían el cerúleo claror del alba, azulando lívidamente el cuarto y las cosas del cuarto y los rostros dormidos.
El sargento Ovalle roncaba sentado en su silla de mimbre, medio derribado sobre la mesa, en cuya cubierta, brillosa de bermejas escamas, las copas yacían volcadas, con sus vinos derramados. Restos de comida, ensaladas y carnes mustias. Los huesos roídos y chupados de los gallos de la cazuela de la víspera, amontonados en el azafate. Los platos, uno sobre otro, con sus servicios mohosos de grasa y de bazofia. Las ropas impregnadas de un hedor de tabaco quemado, de las colillas apagadas.
En el aire azul, que envolvía y penetraba la sustancia de las cosas nacientes, goteaba el canto de las diucas, almibarando de su rocío el rojo y vinoso abdomen de los higos. Bajo los hinojos suaves y húmedos, cantaban las acequias de viva luz escurrida, tras el herbazal. Y los zorzales en el manzano frondoso, al fondo del huerto áureo y aromado de las dulces sangres de las frutas.
El sargento Ovalle bostezó, rumiando su bostezo. Su lengua gruesa, pegada al paladar, seca y muy áspera. Se restregó los ojos; se frotó la cara con ambas manos, dándose ablución de los cristalinos de agua de la vertiente azul de amanecido. Pero el nuevo día de su conciencia apagó su destello en otras aguas dormidas. Y estaba lleno de presencia suya. Algo habíase trasegado a su conciencia de su alma no sabida. Muchos de sus actos, cuando borracho, habían caído a insondables abismos. Los presentía vagamente como en nieblas fronterizas. Y de todo ello venía una tensión de alma y miedo. Y su odio, a causa de la bondad de los otros.
A pequeños trazos, se había dibujado su acción de la víspera. Mas, el ser suyo de lo recóndito estaba preservado.
–Si hubiera un hombre de inteligencia sutil vería nuestras trasparencias –pensó él– y mejor que nosotros mismos. Aquí tiene su origen la maldad.
Su mujer dormía en un diván, abrigada con una manta de Castilla. Wanda lo hacía también. Y Eulogio.
Oscuramente, el sargento tuvo la impresión de haber trepado la escalera hasta su dormitorio. Como otras veces, se habrían esforzado ellos, estando él borracho, en conducirlo a la cama. Veía a su mujer, tan pequeñita y ágil, esforzándose también, teñidas las mejillas, sacando la lengua, apretada entre los menudos dientes, como solía hacerlo cuando levantaba algún objeto pesado. Y todos lo habrían visto dormir, y roncar, y ahogarse en su sueño. ¿Lo querrían? ¿Lo odiarían? Acaso le guardaban piedad. Y hasta se sintió feliz por ello: necesitaba de su piedad.
Había soñado con una muchacha desnuda, que lo atraía y le repugnaba a un tiempo mismo, tallada en carne de lirios blancos, de venillas azules, cuyos senos, de níveas sales, asomaban apenas entre los cabellos deshechos, color de antiguos bronces. La orejita mordida y nacarada. Y los pies desnudos, pequeñitos, de duras uñas de caracolas. Pero el sexo y los muslos chorreados de un excremento amarillo y clarucho, como de guagua. Y él estaba tan triste, sus manos podridas, el vientre seco
y reventado.
Largo rato contempló a Mercedes en su sueño tranquilo. Los cabellos caían revueltos sobre los hombros, y eran rubios como los de la mujer con quien había soñado. Algunas hebras de plata. Tras aquella frente comba y blanca anidaba un alma que él no comprendería jamás. ¡Cómo estar en ella, y mirar diáfanamente! Dormida la mujer sonrió y quejose en un desmayo de carne penetrada. Esto lo llenó de angustia, a sus propios ojos rebajándolo. Y pensó en el otro a quien su mujer se había entregado y de quien naciera Wanda. El otro que la había disfrutado. ¡Ah, si él pudiera hallarlo sobre la tierra! Iría en su busca. Sería su amigo. Pero no; su hija Wanda le daría el acre matecito de ella que él no gozara. Y este pensamiento gestado en qué limo del subconsciente cruzó raudo como un pez escurrido en la lengua golosa de las algas. Después, bebió a grandes tragos vino tinto, en la misma botella de mesa. Enjugose los labios con los dorsos de las manos. Y sigilosamente salió a la calle, al camino de su propia vida y de su muerte.
* *
En verdad, un reventón de oro inundó el valle carnoso y jugoso de viñedos maduros; de maizal barbado, de apretados blancos dientes. De frutales jibosos de pomas. Y hortaliza de repollos pavos en celo, metálicos, vegetales. Y encrespadas, verdes aguas, en riña detenidas. Sol de abejas de olor de mar, sobre el trabajo sudado y calloso de los campos, las fábricas, la obra de ladrillos.
* *
El sargento Ovalle desembocó en el callejón del Salto por una callejuela tortuosa y polvorienta. Ante sus ojos abríase un campo de viñas y vegas, de melonares y sandiales. Verdura de zanahorias. Y maizal. De ajos cojonudos trepándose en las eras. Melones escritos y de rosada carne. Las sandías maduras hozaban en la yerba, la colita enroscada, como marranos verdes. Íbase bordeando el camino de nogales con troncos de plateadas escamas. De álamos azules y élitros sonoros. Castaños de encendida corpulencia. El campo todo bullía su verdor a borbotones en los sauces de bruces y moqueando sobre el caz de aguas corrientes y cenagosas. Y la luz era de un verde agrio de limón entre las ramas.
Esta visión de campo abrió un claro de alegría en el ánimo sombrío del sargento. Sobre su cabeza, en la majestad del cielo, volaban, trepidando, unos tiuques de la tierra, en rogativas de la lombriz de los campos, abiertos como rasgada pulpa. Sus chillidos de agua mellaban la rubia sonoridad de la mañana.
Un rumor de farfulla circulaba en su alma. No distinguía las voces, sino más bien un duro pesar lo aplastaba, como si hubiera entregado su intimidad donde sufría a solas. La alegría de los otros lo poseía de pronto; luego, poco a poco, perdía la noción de sí mismo, siendo en su pureza, manchada de resentimientos, quedando sólo un vacío de vida reflexiva, donde aullaba su ser interior desconocido. Los hombres agrupados eran, igualmente, bestias gozosas, en su pequeño placer y voluptuosidad incoloros. Entonces, él se armaba de sí mismo, y les mostraba aquella parte de sus personas que ellos no veían, ridícula joroba, rebajándose, pisoteándose, para rebajarlos y pisotearlos sordamente, ¡Qué espectáculo más repugnante mostraba el sargento en la consideración de aquel monstruo de mil cabezas! Deseaban estrangularlo allí mismo, matarlo, porque ellos eran lo mínimo de sus «personas» aunado. Algunos rostros enrojecían de furor, queriendo recuperarse y avanzar hacia el desalmado; pero les retenía el estupor y su masa indecisa. Había creado en torno su soledad. Cada cual lo había asesinado en su propia conciencia. Y estaban ya todos
tranquilos, olvidándolo.
Llegó a un varón donde se rascaba el espinazo un caballejo flor de habas. Saltó una pirca. En el potrero, junto a un rincón de zarzamoras, un burro, espíritu pesado, rebuznó en pergamino, afilando su desesperanza; después, dio en retozar, derribando sus gafas de aguas turbias. ¡Idiota, en su babel de lenguas!
Al fondo, a dos carrillos, gruñía un horno encendido. Al lado de este ogro, cobijada por un sauce corpulento y retorcido, humeando, mostraba sus adobes y calaminas el rancho de la vieja Pistolas, donde tenían su pensión los canteros del cerro. El sargento Ovalle atravesó una cerca de alambres de púas. Había en su conciencia ahora un oscuro terror. Su crisis apacentaba de la agonía de su yo íntimo frente a los valores morales, sociales, confusos, que iban lamiendo y bañando su alma, como una perra pariendo lame limando a su recién nacido. La parte más noble de Chile vive fuera de la ley, porque no vive su ley y la teme. Los otros se hicieron su ley, amparando bajo ella su mediocridad. Hacen cumplir al pueblo algo que no conoce el pueblo, ajeno al pueblo, sin su deseo. Ahora esa red de tiranía está goteando el moho de su carcoma. ¡Pues bien, que se pudra!
Bajo el emparrado, conversaban y tomaban café dos parroquianos canteros: el fraile Horacio y el rey Humberto.
El sargento Ovalle se introdujo en el rancho por detrás de las casas. Una vieja, pequeña y enteca, pero de recio carácter varonil, lo recibió zalamera. Conocía Ovalle a la vieja Pistolas desde muchos años en vida del finado. Ambos recordaban siempre el asalto de que habían sido objeto la vieja Pistolas y su difunto marido.
–Creyeron rico a Eulalio por el despacho y el depósito de vinos que trabajábamos. A mí me dejaron por muerta. Pero pronto sanaron mis heridas. –y ahora ahí en el cinto cargaba su pistola. Y su puntería era escogida. Bien lo sabían los hombres cuando se picaba de trago la vieja. Entonces, a balazos, le arrancaba el cigarrillo de la jeta, como una prueba de cariño, al parroquiano mozo, que por macho admiraba la vieja, sin quererlo para ella, porque en el decir de todos, la vieja había sido sólo de su marido. Y era garbosa, a mujeriegas en su alazano, no como las gringas que, a horcajadas, muerden el lomo del caballo, cuando iba de compras al poblado. Y sin menoscabarse, disfrutaba de la simpatía de las gentes, cómica con sus botines de hombre y su sombrero calañés, atravesado sobre su pequeña moña encanecida.
–¡Un caldo de cabeza, que eso engorda, para don Pedro! –ordenó a la cocinera. Y ella misma, la vieja Pistolas, sirvió unos matecitos de chicha para el sargento y para ella.
En la otra pieza, en el dormitorio de la vieja, alguien arrancó una risotada al arpa dormida. Acaso la Chenda, muchacha que habían regalado, pequeñita, unos pobres inquilinos a la vieja, para consuelo de su soledad y que tan graciosamente pulsaba la alegría de los rudos canteros.
Sorbiendo su caldo, Ovalle contemplaba el cerro pajizo de pasto, cuyo vientre mostraba la profunda herida de la cantera. Los faldeos, cultivados a trozos, y en lo alto, vestido de espinos y pinos. Al otro lado del San Cristóbal, el río Mapocho, como un cristal detenido entre piedras. Más lejos, el Manquehue, duro de uñas y huellas. Después, diose a mirar de reojo a los parroquianos canteros y a escuchar su habla sabrosa.
II
El fraile Horacio y el rey Humberto, platicando cosas de la vida, bebían y fumaban. Alguna historia que relataba Horacio hizo soltar una carcajada bigotuda y de recios dientes amarillos al rey Humberto. Le había dicho Horacio:
–Al gordito burgués, a ése que se estaba construyendo un mausoleo en el Cementerio General y requirió de mí dos ángeles labrados en piedra, le gustan las tunas. ¡Carajo... Quería que tú, Humberto, le echaras el resuello por la nuca!
El rey Humberto reía a carcajadas, sacudiendo sus poderosos hombros. ¡Qué excelente macho! Las mujeres se ponían babosas de ganas. Haciéndoseles agua, se mojaban todas. Era de esos hijos rubios que suele dar el campo chileno, erguidos de sangre goda. Y se daba mañas el rey. Conocía su tierra: los rincones de campo, los minerales, la pampa salitrera, las estancias magallánicas. Y en todas partes retoñaba un corazón con los recios golpes de su sangre. ¡Vaya con su fatalidad!
–¡No te chinchocees con el rey Humberto, niña –le decía la vieja Pistolas a la Chenda–; mira que nadie te despinta el huacho! Se va a lo facilcito no más; él planta la lechuga y los tontos se comen la ensalá.
–No te vayay a creer, Horacio –respondió el rey, secándose las lágrimas de su risa–; esos jutres buscan a los delincuentes. ¡Era tan redisimulao el capón! Pero al descuido meneaba la cuna pa despertarme el niño. ¡Este roto no está pa trancar maricones, amigo!
Por el camino venía el casero, todo vestido de blanco, guiando su mula torda de árgüenas repletas de mariscos y pescados.
–¡Eh, Rey, choros, el manjar de los dioses!
Jueves, viernes, sábados santos, los choros llegan al mercado con sus lentos pies oceánicos; bivalvos, fundidas sus conchas en metales antiguos, color negro-rojizo, como cascos de barcos.
–¡Rey, tú eres Ganímedes, perdona la comparanza, y vas a escanciarme el vino de los dioses, vinillo blanco, vinillo blanco, para ahogarlos en una dulce muerte, aromosa de viñedos! ¡Amarillos los choros gordos! ¡Negros los choros gordos! ¡Caquita-légamo, sus barros sagrados!
Llevándose el índice a los labios, recogiose Horacio en sí mismo, y en su apostura de fraile, bendijo al ángel de los mariscos; luego, fue depositando, uno por uno, hasta cuatro docenas de choros, sobre una mesa de cubierta de mármol quebrado. Triscaban los pies del choro contra el mármol.
–¡Ah, están vivitos! Los muertos entreabren las valvas, como sus piernas la hembra borracha –y los golpeaba a todos con el filo de su puñal.
Los que habían bostezado de fastidio en el cesto, heridos, cerraban a morir sus conchas, sin tobillos, los pies desamparados.
–¡Oremus, o Rege!:
Choro crudo con limón,
Choritos en salsa verde.
Sopa de choros,
Choros con arroz,
Choros asados en la concha.
In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amén.
–Este está lamadito, Rey –dijo Horacio, abriendo un hermoso choro dorado. Y en verdad, una lamita pintaba de un verde puro y encendido la amarilla carne.
–Es un pelecípodo, Rey, es decir, pie en forma de hacha. Su noble tubo digestivo –sine malitia–, resbala medio a medio de su corazón.
Penetrado el cuerpo del molusco, herida su entraña por el acero del corvo, soltó las valvas herméticas, deshecho en aguas como un sexo.
–¿Ves? ¡Su manojito de pendejos, y luego aquí el clítoris, la carne papilosa! –estrujó el jugo verde de un coquito de limón, y la carne se puso blancuzca. Lo despegó entero de la concha hasta el callito delicioso, y bebiose el jugo salobre y ligeramente amargo –voluptuoso– entre sus bigotes empapados. Se sorbió el choro entero. Crujía la carne cruda. Crujía el ávido diente.
–¡Ah, Rey, Rey, un suave y dulce anhelo de morir se siente! ¡Rey, Rey, he cogido la eternidad!
–¡Mira, Horacio –dijo la vieja Pistolas, reteniendo en la sumida caverna de su boca, la bombilla de su mate–. Vos gozay tanto cuando comís choro crúo, que no te fijay, niño! ¡Mira, si tenís el marrueco mojao! –y se quedó tan seria la vieja. Y todos soltaron la carcajada. La Chenda, con chapitas de rubor entre sus trenzas.
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