Kitabı oku: «Volver a las fuentes»

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Sobre este libro

Profetizó Homero Manzi: “hay que optar por hacerse hombre de letras o hacer letras para los hombres”. Este dilema es ideológico, político y existencial e interpela a los intelectuales y artistas y a sus obras. Godoy, siguiendo el mandato ético e histórico de Manzi, de Galasso o de Hernández Arregui, decidió escribir para los pueblos, forjar ideas para la Nación y sembrar sueños para la emancipación de la Patria Grande.

Índice

Sobre este libro

Volver a las fuentes

Prólogo

Agradecimientos y dedicatorias

Introducción

Pensamiento nacional y dependencia

Capítulo 1

Los clásicos

Pensando en clave nacional con Arturo Jauretche

Breve biografía política de un criollo

El ideario nacional de don Arturo

El país semicolonial, la colonización pedagógica y la construcción de zonceras

Pensar en nacional, la posición nacional y su crítica a la izquierda abstracta

El camino del revisionismo histórico

Breves palabras finales

El papel de la cultura nacional en los procesos de liberación nacional en el pensamiento de Juan José Hernández Arregui

La vieja tela de araña metálica y la soberanía nacional

La emancipación nacional y John William Cooke

La unidad latinoamericana y Manuel Ugarte

Ricardo Carpani, la construcción de un arte nacional, latinoamericano y popular

Capítulo 2

La política de la historia

Revisar la historia para una política nacional

La política de la historia. La falsificación

La política del pasado

La aparición de diferentes corrientes historiográficas

La historia del presente

Relaciones entre el relato histórico y la cultura nacional

José Gervasio Artigas, la revolución y la representación del federalismo, la Patria Grande y los sectores oprimidos

La transformación de Simón Bolívar: su paso de representante de los mantuanos a Libertador de la Patria Grande

El retumbar latinoamericano en la montonera de Felipe Varela

¿El padre de la historia o del país semicolonial?

Un “incómodo” modelo alternativo

Estalla la guerra y el grito de unidad

La historia de la montonera y la revolución de los colorados

Apuntes sobre la revisión de la historia de Julio A. Roca

Juan Perón y los trabajadores organizados en el frente nacional

Capítulo 3

La memoria del “olvido”

Aclaración

Roberto Carri y su crítica al imperialismo y la dependencia

De la sociología del medio pelo a la sociología nacional

Acerca de la polémica entre Carri y Delich

Introducción

De la sociología académica a la sociología colonial

De cómo se curan las zonceras

Cartuchos quemados

Apuntes finales

Objetivismo o cómo esconder el interés bajo los ropajes de la ciencia

La Patria todavía existe

La estirpe federal de un luchador olvidado:

Alejandro Marín

Bolivarianismo vs. liberalismo probritánico

El papel de las inversiones extranjeras en América Latina o la expoliación de Nuestra América en la pluma de Carlos Montenegro

El peronismo de la resistencia

El retumbar del Sapucay de Isidro Velázquez

A modo de conclusión

Bibliografía


Godoy, JuanVolver a las fuentes : apuntes para una historia y sociología en perspectiva nacional / Juan Godoy. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-4465-47-41. Pensamiento Nacional. 2. Sociología Política. I. Título. CDD 306.2

© Punto de Encuentro 2018

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Corrección de estilo: María Luisa Gómez Sierra

Ilustración de cubierta: mural del Colectivo Carpani

Conversión a ebook: Daniel Maldonado

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de la editorial.

Juan Godoy

Solo lo que se piensa con fe nacional es pensamiento verdadero. No cuando solo se piensa lo que dicen los libros y esos libros del país colonial son extranjeros o escritos por argentinos colonizados. (Juan José Hernández Arregui)

El pensamiento colonial en muchos argentinos, es decir, una forma particular de ver el país y el mundo como ciudadanos de segunda clase, es un rasgo de la República emancipada a medias (…) El pensamiento colonial consiste en que no puede concebir una decisión importante adoptada por argentinos al margen de la influencia norteamericana, europea o rusa. (Jorge Abelardo Ramos)

Son las multitudes argentinas las que deciden en última instancia superando lo individual con una agudeza e intuición estupendas. Casi siempre han aventajado a sus gobernantes y quienes no las interroguen a diario, en vano intentarán ganar ascendiente en ella. (Raúl Scalabrini Ortiz)

Cada trabajador debe pensar que su futuro depende de lo que él haga y resuelva. Cuando los millones de obreros del país piensen así, se organicen y se unan, no habrá poder en la tierra que pueda hacer que sean engañados, defraudados y estafados en su voluntad. (Juan Domingo Perón)

Prólogo

El sociólogo Juan Godoy nos convoca en este libro a “volver a las fuentes” y para ello nos acerca “apuntes para una historia y sociología en perspectiva nacional”. Lo celebro con alborozo porque nada más oportuno que este ensayo en los momentos de honda crisis que sufrimos la mayoría de los argentinos y los latinoamericanos.

Para ayudarnos en la dura tarea que emprendemos recurre a los maestros del pensamiento nacional y nos lleva de la mano a encontrarnos con “la clave nacional” en Arturo Jauretche, con “la cultura nacional” que exaltó Juan José Hernández Arregui, con “la vieja tela de araña” del imperialismo que descubrió Raúl Scalabrini Ortiz, con la bandera de la “liberación nacional” que enarboló John William Cooke y el sentido profundamente latinoamericano que pregonó Manuel Ugarte. Los trae del pasado para que nos acompañen en la lucha del presente para forjar el futuro.

En estas páginas, el lector podrá introducirse en la verdadera historia argentina desembarazándose de la fábula mitrista, podrá liberarse de las mentiras de los economistas académicos, podrá recuperar la enjundia de los caudillos, como Gervasio Artigas y Felipe Varela, y se asombrará quizá de la casi desconocida “revolución de los colorados” que se oponían a la masacre de la Guerra de la Triple Alianza que arrasó con el Paraguay. Recorrerá asimismo el camino de la cultura nacional, obturada siempre por los intelectuales extranjerizantes. Valorará el arte de los murales, producto de la pasión creativa de Ricardo Carpani cultivada en el pueblo. Así como recuperará a Isidro Velázquez y su último Sapucay por los pobres y comprenderá cuál es la verdadera ciencia con los aportes de Oscar Varsavsky. Todo ello lo llevará a entender las razones por las cuales Godoy distingue entre nacionalismo (como chauvinismo y rechazo de lo extranjero) y lo nacional, como lo explica Jauretche: “Lo internacional visto por nosotros”, porque los mismos interrogantes que acucian a hombres y mujeres de distintos lugares y distintas épocas provocan distintas respuestas que se dan en cada caso, según las especificidades de tiempo y lugar en que se formulan. “Inventamos o erramos”, decía aquel maestro de Bolívar que tantos argentinos ignoran y que se llamó Simón Rodríguez.

Al llegar a la última página de esta obra, el lector podrá decir, quizá, que se trata de un polémico ensayo sobre nuestra historia que rebate las fábulas del mitrismo oligárquico o las exquisiteces de las clases ricas europeizadas. Y tendrá su parte de razón, pero este ensayo es mucho más, es herramienta fundamental para la emancipación, como lo anticipa el autor en el subtítulo. No va dirigido solamente a saldar cuentas con las mentiras del pasado difundidas por los entregadores de la patria, sino que se convierte en arma de lucha para los combates por venir. Por esta misma razón incluye a pensadores y luchadores latinoamericanos, como Blanco Fombona y Carlos Montenegro —y podríamos sumar muchos más como Martí, Sucre y tantos otros—, que nos ayudan a los grandes cambios hacia la Unión Latinoamericana.

Obra importante la de Godoy. Obra rigurosa y fundamentada. Pero también obra militante, obra para hacer futuro.

Ingrese el lector en este ensayo y saldrá fortalecida su fe para forjar la Nación Latinoamericana libre, unida e igualitaria. Se lo aseguro.

Norberto Galasso

Agradecimientos y dedicatorias

Dio, por compartir los días y las noches,

Dionela Guidi, por aportar innumerables ideas para el trabajo, revisarlo y corregirlo detalladamente;

Norberto Galasso, por honrarme nuevamente prologando este trabajo y por su incansable militancia y aporte a la historia revisionista y el pensamiento nacional-latinoamericano;

Aritz Recalde, por sus aportes y por engalanar el trabajo con sus palabras;

Los compañeros con quienes compartimos los cursos de historia y pensamiento nacional-latinoamericano y otras experiencias, que en intercambios de ideas y charlas aportaron sin dudas a este trabajo (muchas veces sin saberlo), entre ellos Francisco Pestanha, Carla Wainsztok, Elías Quinteros, Esteban Secondi, Miguel Ángel Barrios, Graciela Cohen, Enrique del Percio, Iciar Recalde, Mario Cafiero, Víctor Andreoli, Juan Carlos Jara, Marcelo Ghigliazza, Esteban Brizuela, Germán Ibáñez, Federico Díaz Isenrath, todos los integrantes del programa Malvinas Causa Central y del Centro de Estudios Hernández Arregui (CEHA);

Mis viejos y hermanos;

Eva y Guille, que esperamos puedan conocer un mundo mejor;

Las universidades que aportaron a mi formación por las que transito muchos de mis días: Universidad de Buenos Aires (UBA), Universidad Nacional de Lanús (UNLa), Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ), Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo (UPMPM), Universidad Tecnológica Nacional (UTN), Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE). En ellas a la educación pública y gratuita;

Carlos Benítez y la editorial Punto de Encuentro por volver a confiar en la edición de un trabajo mío y su aporte a la mejor tradición editorial de nuestro país;

Los compañeros del Colectivo Político Ricardo Carpani que generosamente embellecieron este libro con su obra.

Lucio Aquilanti y la librería Aquilanti-Fernández Blanco que aportaron material inhallable en otras librerías;

Nuestra querida Argentina, parte de una Gran Nación inconclusa, la Patria Grande;

Todos los que lucharon y luchan por una Patria Libre, Justa y Soberana desde las ideas o la acción, en ellos especialmente a nuestros héroes de Malvinas.

Introducción

Pensamiento nacional y dependencia

El libro que usted tiene entre sus manos está pensado para animar a la reflexión, el debate, y ser un humilde aporte a la larga lucha del pueblo argentino, hoy por la segunda y definitiva emancipación. Está escrito en forma sencilla, sin “poses intelectuales” que lo único que hacen es gastar tinta y confundir con la intención de marcar una supuesta distinción de quien escribe. Nada más alejado de nuestro propósito.

Pretende ser un libro nacional al alcance de todos, de lectura fluida, que lo acompañe en sus ratos libres, en alguna plaza, antes de dormir, los fines de semana, en la pausa diaria, en los locales partidarios, en nuestras aulas, y que mate en mano sirva para el diálogo fraterno en los que apuntamos a la liberación nacional y mejoramiento de la vida del conjunto del pueblo argentino. Busca incitar al despertar de la conciencia nacional-latinoamericana. Al final, usted tendrá la palabra y decidirá si cumplimos con los objetivos mencionados, y seguramente también realizará aportes para el debate.

Asistimos a un avance y penetración cada vez más profunda de los países imperialistas en la vida política, económica y cultural de los países dependientes. Un crecimiento inusitado y descontrolado del sector financiero; una gran presencia de las empresas a lo largo y ancho de todo el globo y el crecimiento enorme de su poder que se mide en miles de millones de dólares; una concentración impresionante de la riqueza en una cada vez más pequeña minoría y la expansión enorme de la pobreza en amplios sectores sociales; la generación de una importante parte de la población mundial sin medios ni recursos para poder sobrevivir y/o tener niveles mínimos de dignidad; deudas cada vez mayores para los pueblos; guerras imperialistas en cualquier rincón del planeta; crimen organizado, enormes represiones y matanzas; el poder enorme de los medios de comunicación concentrados que echan luces y sombras sobre hechos y personajes al mismo tiempo que desfiguran la realidad cotidiana en beneficio de su propio interés: el de las oligarquías locales y el imperialismo. En fin, un sistema de miseria planificada que se erige triunfante, se torna hegemónico y pone en serias dudas la preservación y continuidad del género humano.

Ante este desolador presente, muchas voces, algunas lamentablemente desde el “campo nacional”, aparecen pregonando que como el mundo cambió (con lo que coincidimos), que ya no sirven las categorías del pensamiento nacional ni el nacionalismo popular, las reivindicaciones nacionales, la apuesta al desarrollo industrial, el rompimiento del encadenamiento de la deuda externa, la ruptura de la dependencia; que el imperialismo no existe más, que repasar el pasado nacional en clave revisionista no es científico, como asimismo es “poco serio” el pensamiento surgido en Nuestra América. En síntesis, pregonan que el pensamiento nacional actúa a destiempo, está fuera de moda, y que hay que aggiornarse.

Las academias de nuestro país, sobre todo las tradicionales, hay que decirlo, siguen pensando en términos de civilización y barbarie, y a partir de ese esquema buscan construir un pensamiento que no puede ser otra cosa que un pensamiento enajenado de la realidad nacional. Se construye un pensamiento a contrapelo del país y sus necesidades.

Nosotros consideramos aquí que es al contrario, pues en ese mundo que describimos anteriormente en que al fin y al cabo lo que se pone en duda es la existencia misma de la nación, para avanzar fuertemente sobre los pueblos, es suicida concluir negando el imperialismo, la oligarquía y la necesidad de avanzar en la emancipación nacional. Así, desde nuestra perspectiva, las reivindicaciones nacionales y el levantamiento del nacionalismo popular aparecen como una cuestión central en el enfrentamiento a las potencias imperialistas en la actualidad.

En la historia del territorio que se extiende desde el río Bravo hasta Tierra del Fuego, una y otra vez se han levantado los pueblos contra la opresión imperialista, y ante el avance de los nacionalismos de los países opresores han encontrado la forma de enfrentarse a ellos por medio del levantamiento de banderas nacionales.

Durante el siglo XX, la Argentina, con el peronismo, aparece como un caso emblemático de una Revolución Nacional que lleva adelante la nacionalización de la estructura económica (hasta entonces en manos británicas), la apropiación de la renta agraria diferencial, que antes era disfrutada sólo por la minoría oligárquica, el desarrollo de las fuerzas productivas y la industria nacional al mismo tiempo que el otorgamiento de un conjunto de derechos sociales y políticos, para lo cual constituyó su “columna vertebral”: el movimiento obrero organizado más importante de su época, organización imprescindible para emprender el camino de la emancipación nacional.

Siguiendo con nuestro país, nuestra historia es similar a la del resto de la Patria Grande. La Argentina en particular ha tenido, luego del fracaso del proyecto de construir una gran nación latinoamericana, una inserción al mundo en forma dependiente, abastecedora de los productos necesarios para el desarrollo de los países centrales, en nuestro caso, claramente, el de Gran Bretaña. De esta forma, nuestra estructura económica se orientó hacia las necesidades extranjeras. El país fue organizado a partir de criterios externos contrapuestos a las necesidades nacionales.

El imperialismo, a lo largo de los años, fue penetrándola, de modo de garantizar el saqueo de nuestra economía, al tiempo que impedir todo germen de desarrollo. Nuestra independencia política no logró ser acompañada por la económica, por lo tanto caímos en un régimen de dominación semicolonial. Nuestra independencia fue sólo de forma, pues en la realidad pasamos a depender de Gran Bretaña, que también desde 1833 logra ocupar (hasta hoy, salvo el interregno lamentablemente breve de 1982) una parte de nuestro territorio, como sabemos, nuestras Islas Malvinas. Este mecanismo de relojería funcionó en forma “aceitada” a lo largo de más de un siglo hasta la Revolución Nacional peronista, como indicamos anteriormente.

No obstante, esta Revolución Nacional queda trunca por el golpe de Estado fuertemente clasista y revanchista de 1955, que no logra destruir profundamente —a pesar de intentarlo con todos los métodos posibles, prohibiciones, decretos, persecuciones, encarcelamientos, fusilamientos, etc.— el movimiento nacional peronista, que vuelve al poder tras 18 años. No obstante, a partir de la última dictadura militar que aplica el terrorismo de Estado más cruento para implantar, finalmente en los años 90, un plan económico de miseria planificada, que apunta a “atrasar” el reloj de la historia y construir una Argentina preperonista. Es el proyecto de “la fusiladora”, aunque profundizado, el que termina aplicándose en nuestro país con el realineamiento como semicolonia yanqui.

Pensamos aquí que si bien en los últimos años se avanzó en la redistribución de la riqueza, en la democratización del acceso a un conjunto de bienes y servicios, la recuperación de varias empresas y la ampliación de derechos, sin desdeñar y ponderar esos avances, destacamos que poco se avanzó sobre la estructura imperialista dependiente de nuestro país y, vale decir, poco avance también en la penetración cultural que se monta sobre esa estructura.

Consideramos entonces que para enfrentar la estructura oligárquico-imperialista que expolia a nuestro pueblo, es menester un volver a las fuentes, una vuelta a los clásicos y no tan clásicos del pensamiento nacional, al revisionismo histórico en clave popular, y a la reivindicación de los patriotas y crítica a los vendepatrias.

En los tiempos del bicentenario de nuestra emancipación local, parte de la lucha por la liberación y unificación de la gran nación latinoamericana, proyecto que se parte en veinte pedazos, es que planteamos esta vuelta a lo nacional. No pensamos que sea un planteo novedoso, varios lo han pensado y realizado a lo largo de todos estos años; nosotros venimos a hacer nuestro aporte en ese sentido y en esa línea. Discutir en estos doscientos años de nuestra independencia las problemáticas nodales aparece como una cuestión insoslayable.

En este sentido, tratamos en este trabajo varios temas centrales de nuestra patria. El pensamiento nacional discute la dependencia, y en esa disputa aparece la necesidad de revisar la historia en clave de los sectores populares, de modo de lograr reconstruir la conciencia nacional avasallada por las potencias imperiales. La oligarquía aliada al imperialismo procura que no se conforme un pensamiento nacional, al tiempo que construye un relato de nuestro pasado que pretende ser excluyente, y silenciar los hechos y personajes que han discutido la opresión oligárquico-imperialista. Así, nuestras clases dominantes pretenden que no tengamos una conciencia nacional ni una historia propia, como así tampoco luchadores nacionales.

Consideramos en este punto que esas tres cuestiones se revelan fundamentales para la lucha nacional. Es por eso que nuestro trabajo está dividido en cuatro partes que se relacionan entre sí. La primera parte aborda a algunos pensadores nacionales que definimos como “clásicos” del pensamiento nacional. Cabe la aclaración de que el término “clásicos” no implica que no hayan sido o sean silenciados; no obstante, son algunos de los puntales en los que se asienta el pensamiento nacional. Recorremos entonces a estos pensadores (entre otros, abordamos a Arturo Jauretche, Hernández Arregui, Scalabrini Ortiz, Manuel Ugarte, etc.) y sus principales categorías de análisis, de modo de analizar y traer al presente un conjunto de herramientas que nos sirven para pensar el pasado tanto como la actualidad. Es la construcción de un conjunto de categorías pensadas desde y para un país semicolonial como es la Argentina. La conformación de una epistemología propia.

En segundo lugar, hacemos un abordaje del revisionismo histórico en relación con la orientación de una política nacional. Al análisis de la necesidad de revisar nuestro pasado, para qué hacerlo, le sigue el repaso por las corrientes historiográficas, la relación entre la lectura histórica y la sustentación de un proyecto político. A partir de aquí, y con varias de las herramientas que tratamos anteriormente, nos damos a la tarea de revisar algunos personajes y hechos históricos en clave nacional (varios silenciados y/o tergiversados), como Simón Bolívar, Felipe Varela, la “revolución de los colorados”, la relación y el lugar otorgado por Juan Perón a los trabajadores en el movimiento nacional y en la estructura del país, etcétera. A la política de historia diseminada por todo el tejido social por la clase dominante hemos de oponerle el revisionismo histórico con una mirada popular, latinoamericana y antiimperialista.

En la tercera y última parte hacemos un abordaje de lo que se ha denominado como “malditos” en la historiografía argentina; no “malditos”, claro, porque sean personajes malos, sino en tanto son personajes silenciados por el aparato cultural dominante. La cultura oficial los silencia o tergiversa porque son pensadores o luchadores “peligrosos” que ponen en cuestión el orden semicolonial imperante. Así tratamos, entre otras, las figuras de Manuel Rodríguez, Rufino Blanco Fombona, Alejandro Marín, César Marcos, Isidro Velázquez, entre otros. Es rescatar a estas figuras como un acto de revisionismo histórico, resistencia, reivindicación y justicia1.

Estos escritos están redactados con el pulso de la historia presente, fueron hechos a lo largo de los últimos años (varios revisados, actualizados y profundizados), al tiempo que la participación con el pueblo argentino en sus luchas y anhelos. No nos escondemos pues bajo los “ropajes de la ciencia”, y no tenemos miedo en asumir nuestro discurso como político. El pensamiento nacional asume la primacía de la política. Nos alejamos así de la supuesta “neutralidad valorativa” del academicismo tilingo que busca el reconocimiento del aparato cultural y posgrados o estudios en Europa o Estados Unidos, esa intelligentzia de espaldas a las necesidades nacionales y de cara al Atlántico, y nos sumergimos en las corrientes profundas de nuestra patria. Va pues un humilde aporte, esperamos que se lo disfrute y sea útil a los fines enunciados.

1. Cabe la aclaración: hay pensadores que aparecen en el apartado “La memoria del ‘olvido’” y también en otro/s, la cuestión radica en que consideramos pertinente incluir ese texto en el apartado que se ha incluido. Incluso podemos aceptar que todos los personajes tratados aquí son en mayor o menor medida “malditos”. No obstante, hay algunos que, afortunadamente, han tenido cierta repercusión y difusión mayor con respecto a otros, por eso la idea de “los clásicos”, además de que en general han tenido una obra más prolífica con una mayor resonancia. Lo mismo vale para textos que quizá podrían incluirse en uno u otro apartado, las categorías que dividen los capítulos no son claramente excluyentes.

Capítulo 1

Los clásicos

Pensando en clave nacional con Arturo Jauretche

Jauretche es un pensador que se adelantó a su tiempo, y no se hizo un clásico universal porque no era europeo. Formuló una teoría del conocimiento antes que Paulo Freire difundiera su Pedagogía del Oprimido, antes que Franz Fanon hiciera su parte con Los condenados de la tierra, antes que Armand Mattelart y Ariel Dorfman, que Marshall McLuhan y Noam Chomsky le pusieran título a la manufactura de los consensos. Antes que Michael Foucault describiera la socialización por los recursos represivos del Estado, Jauretche ya había definido los mecanismos y la intelligentzia que constituyen la “superestructura cultural del coloniaje. (Arturo Peña Lillo)

En el orden de la cultura y de los valores seguimos pidiendo permiso a Francia para abrir un libro. Cuando las obras de Jauretche circulen por los colegios nacionales y universidades con la misma profundidad con que hoy circulan obligatoriamente tantos ladrillos encuadernados, podrá decirse que el reflejo intelectual de las patriadas y de los ideales nacionales ha entrado por fin en la formación de las nuevas generaciones argentinas. (Jorge Abelardo Ramos)

Breve biografía política de un criollo

Comenzamos este recorrido, que espero que le sea grato a usted, como entrada, con un texto sencillo sobre un clásico, puntal del pensamiento nacional: Arturo Jauretche. En este escrito, la intención no es establecer novedades acerca del pensamiento del autor, sino presentar sus principales ideas, ya que pensamos que estas ideas son las que sientan las bases, en tanto comienzan cierta sistematización, y es por eso que reaparecen continuamente a lo largo de nuestro trabajo y/o en otros de los pensadores que abordamos aquí.

Así, la idea de este breve apartado, para comenzar a delinear el pensamiento de don Arturo Jauretche, es esbozar algunos aspectos biográficos del pensador haciendo énfasis en su militancia política2, de modo que logremos comprender en forma más acabada sus ideas, y además porque Jauretche fue ante todo un militante político profundamente comprometido con las luchas nacionales que le tocó vivir, expresándose en ellas ya sea por medio de su participación en alguna agrupación política, en la pluma como periodista o como escritor (profundamente nacional), como funcionario, o en la tarea que la hora demandaba, desde cualquiera de estas trincheras pero siempre del lado de la nación… del pueblo.

Nuestro pensador nace con el siglo, en 1901, un 13 de noviembre3 en Lincoln, provincia de Buenos Aires, ese “pago chico” que había sido tierra ranquelina durante largos años. De familia numerosa, hijo de un empleado y una maestra, de joven aparece como una promesa política del conservadurismo, ya que milita en sus filas, y entre 1917 y 1918, cuando ya hacía uno o dos años que las mayorías populares se expresaban en el yrigoyenismo, preside el Comité de la Juventud Conservadora en su pueblo, asumiendo una posición aliadófila en la Primera Guerra Mundial, enfrentando el neutralismo pregonado por Yrigoyen. Por entonces abandona la carrera docente, y prueba suerte con abogacía, de la cual años más tarde se gradúa.

Apoya la Reforma de 19184, y hacia el año 1921 comienza a despertar del sueño conservador. Aquí cumple un rol importante el estudio de la Revolución Mexicana; allí el joven lee acerca de Emiliano Zapata, Pancho Villa y los revolucionarios mexicanos, pero lo fundamental es que observa la importancia del papel de las masas en la historia. Tiempo después abraza la causa yrigoyenista. Homero Manzi, a quien conoce en la Facultad de Derecho, ayuda al joven Jauretche en ese tránsito. Sirva como ejemplo lo que dice Manzi acerca de qué rescatan estos jóvenes del primer movimiento nacional-popular del siglo XX. Cuenta Homero que una vez, visitando a un Yrigoyen ya muy anciano, este les dijo:

Salgo de mi rancho a la edad en que los hombres se jubilan, en que solo se tiene serenidad para esperar la llegada de la muerte, y ello lo hago por mi ley del petróleo, para salvar de garras ajenas y propias los tesoros que Dios desparramó en esta tierra. Alguien deseoso de sorprender… su pensamiento, le preguntó: ¿y la tierra, doctor? Sonrió Yrigoyen con una paternal sonrisa, y le dijo: Amigo mío, del subsuelo al suelo hay un poquito así. (Ford, 1971: 19)

Cuando ocurrió el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930, que agrupó a todo el espectro político de derecha a izquierda, Jauretche se encontraba en Mendoza, y no duda en desenfundar el arma para enfrentar a algunos “pitucos” que festejaban la caída del “Peludo”, y gritarles “Viva Hipólito Yrigoyen”. Por este hecho caerá preso (no sería la única vez). Ya en libertad participa de las conspiraciones cívico-militares del yrigoyenismo por la vuelta del “Peludo”. Por ello, en diciembre de 1933 lo encontramos “con las armas en la mano” en la sublevación de Paso de los Libres, que tenía ramificaciones en todo el territorio nacional, y en la que participaban Dellepiane, los hermanos Francisco y Roberto Bosch, Gregorio Pomar, Scalabrini Ortiz (quien actúa desde Buenos Aires), y otro puñado de patriotas. No obstante, el levantamiento fracasa, y son apresados varios de los revolucionarios, entre los que está Arturo Jauretche. Allí escribe un poema: “El paso de los libres, relato gaucho de la última revolución radical”, rescatando la gauchesca del Martín Fierro, y poniendo en la voz de un paisano, Julián Barrientos, el relato del levantamiento5.

Luego de estos hechos, tiempo más tarde, el 29 de junio de 1935, Jauretche es miembro fundador de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), donde participan Manzi, Dellepiane, Scalabrini Ortiz, Amable Gutiérrez Diez, Gabriel del Mazo, entre otros, que vienen a realizar una doble denuncia: por un lado, a los gobiernos entreguistas de la década infame, y por otro, es la primera denuncia profunda y sistemática del accionar del imperialismo británico (el que realmente tenía injerencia en nuestro país). Al mismo tiempo, los forjistas hacen una tarea titánica editando cuadernos, repartiendo volantes, haciendo unas 4 mil conferencias, y más, sin contar prácticamente con recursos económicos, pero sí con una profunda voluntad patriótica y militante. Dicen los forjistas:

Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre (…) el proceso histórico argentino en particular y latinoamericano en general revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de su soberanía popular, para la realización de los fines emancipadores de la Revolución Americana, contra las oligarquías como agentes de los imperialismos en su penetración económica, política y cultural, que se oponen al total cumplimiento de los destinos de América. (Declaración FORJA 29/6/35. Jauretche, 1976: 87).

FORJA se desintegra poco tiempo después del 17 de octubre de 1945 (hecho al cual apoya), porque las banderas por las que lucharon durante 10 años en soledad las asume otro movimiento nacional y popular con posibilidades políticas de realización.

Jauretche entonces se integra, como la inmensa mayoría de los forjistas, al peronismo naciente, y lo hace en la provincia de Buenos Aires que gobierna Domingo Mercante, como presidente del Banco de esa provincia. En los años del peronismo Jauretche “se planta” en la defensa del movimiento nacional y popular, y pelea con los adulones porque le hacen mal al proyecto nacional de liberación. Son quienes destruyen, no informan, engañan, no ayudan, bloquean iniciativas, son los que una vez Evita les dijo: “Estos alcahuetes son los que nos van a joder” (Eva Perón, cit. Galasso, 2003: 546).

Luego de que la barbarie oligárquica arrojara bombas sobre la población civil en la Plaza de Mayo, y en septiembre diera un golpe de Estado que deja inconcluso el proceso de la Revolución Nacional peronista, y en junio del año siguiente, como parte del proceso revanchista, fusila a más de una veintena de patriotas, don Arturo (que tiene que exiliarse en Montevideo) está de nuevo en la trinchera, demostrando las falacias del plan económico de Prebisch, con un librito: El Plan Prebisch. Retorno al coloniaje, luego con Los Profetas del Odio al cual le suma La Yapa, Ejército y política, y poco más tarde con el Manual de Zonceras Argentinas6, Política Nacional y Revisionismo histórico. También luego de la clausura del periódico El Líder funda El 45. Apoya por esos años la candidatura de Frondizi (está por entonces junto con Scalabrini Ortiz en la trinchera desde la revista Qué), pero ante la traición de éste se aleja7, diciendo que Frondizi tenía un problema con la letra “ll”, pues pasó de “un programa para veinte millones de argentinos a un programa para veinte millonarios”. (Galasso, 2011: 382)

Hacia 1962 edita el libro FORJA y la década infame, y más tarde, El medio pelo en la sociedad argentina. Luchador incansable, los últimos años lo encuentran cercano a la llamada “Tendencia”, a las juventudes revolucionarias peronistas (no obstante su oposición al camino de la lucha armada, el cual no creía conveniente en ese momento), dirige la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA), vota la fórmula Perón-Perón pero a través de la boleta de la izquierda nacional (la del Frente de Izquierda Popular (FIP) que lidera Jorge Abelardo Ramos), que decía “vote a Perón desde la izquierda”, lo que lo lleva a decir, recordando sus comienzos políticos en el conservadurismo, que: “Al revés de tantos políticos, yo subí al caballo por la derecha y terminé bajándolo por la izquierda”. Este gran pensador argentino, profundamente patriota, se nos fue justamente el día de la patria, el 25 de mayo de 1974. No lo queremos abrumar más con los aspectos biográficos de don Arturo, con lo dicho basta para tener un panorama general de su vida. Dejemos de lado entonces estos, y entremos de lleno a su ideario, que nos sirve hoy para orientarnos en la lucha.

El ideario nacional de don Arturo
El país semicolonial, la colonización pedagógica y la construcción de zonceras

Jauretche ocupa un lugar, podríamos decir privilegiado, en el “panteón de los pensadores nacionales”. Ha tenido en los últimos años, sobre todo en los posteriores al 2001, una constante revalorización, más aún en los ámbitos militantes, aunque también en otros ambientes “culturales”. No obstante, muchas veces su pensamiento es tergiversado, o bien reducido a un par de frases que, aunque interesantes, terminan disminuyendo un pensamiento profundo y complejo en algunos eslóganes que se utilizan no pocas veces fuera de contexto y quitándoles el sentido que les había dado el pensador. El comienzo de la revalorización de Jauretche lo podemos ubicar entonces entre los años 2001-2003 (de todas formas, anteriormente tenemos pensadores que lo rescatan, pero son grandes esfuerzos aislados).

Se revaloriza, pensamos aquí, en parte porque la sociedad argentina se está repensando. Tengamos en cuenta que por esos años se dispara también la venta de libros relacionados con la historia, fundamentalmente nacional (y sobre todo los relatos disonantes con la historiografía nacional). Consideramos que esta importancia que ha recobrado es muy merecida, aunque resaltamos que todavía la revalorización no se expresa en las academias tradicionales, más preocupadas por el último “grito de la moda” del pensamiento europeo y/o norteamericano. De esta forma, este pueblo argentino que se vuelve a pensar, vuelve a los clásicos del pensamiento nacional no como una mera tarea arqueológica, sino porque en ellos encuentra las respuestas necesarias para orientarse en la senda de lo nacional. Valorizamos de esta forma en este escrito la vigencia del pensamiento nacional en general y el de don Arturo en particular.

Desde esta perspectiva, sostenemos que pensar la política nacional del último siglo (sobre todo desde 1930 en adelante) sin realizar una profunda lectura de los pensadores nacionales (en contraposición a los enajenados), como lo fueron Hernández Arregui, Scalabrini Ortiz, John William Cooke, Arturo Jauretche, Juan Perón y tantos otros, es tarea imposible. Pues para que un pueblo se desarrolle como tal es necesario que realice una lectura de su pasado desde el punto de vista de los oprimidos, de los marginados, acallados, silenciados, para así poder abordar el presente en la elaboración de un proyecto común orientado por la utopía. Es necesario escuchar esas voces y esos silencios que están presentes en nuestro continente latinoamericano, al mismo tiempo que criticar las ideas dominantes (de los sectores dominantes) imperantes en nuestros países. Es aquí donde consideramos que don Arturo ha cumplido un papel implacable respecto de estas, una inmensa tarea de descolonización pedagógica.

Nuestro pensador va a impugnar, desde su prosa incisiva, la estructura económica y la superestructura cultural. Respecto a la prosa jauretcheana (la cual tiene una fuerte impronta del precursor de FORJA Manuel Ortiz Pereyra), incisiva, pareciera escrita con el pulso agitado por las circunstancias que exigen las luchas nacionales, una escritura profundamente sentimental, que puede lograrse a su vez porque don Arturo (según nos cuenta René Orsi en1985) no escribía sino que dictaba. Consideramos este punto relevante para la divulgación de sus ideas. Jauretche mismo desde su humildad sostiene en la revista Gente que: “Para mí, los libros son simplemente un medio (…) soy nada más que un divulgador. Creo haber logrado, y a esto atribuyo el relativo éxito de mis libros, hacerme entender (…) he tratado de lograr el arte de decir fácil las cosas difíciles. Generalmente, parece que los escritores se esmeraran en decir difícil las cosas fáciles”. (Jauretche, 2004:181-182)

Decíamos descolonización pedagógica, lo que nos obliga, para poder entender mejor desde donde realiza su crítica, a indagar en la noción de semicolonia y de colonización pedagógica. Jauretche concibe a nuestro país en una situación de semicolonia, parte de una gran nación latinoamericana frustrada, en el sentido en que lo expresó Ramos: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación, y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos, aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”. (Ramos, 1986: 15)

Desde donde está pensando Jauretche es entonces desde la noción de semicolonia, ¿qué quiere decir con esto? Que si bien la Argentina obtuvo su independencia formal al liberarse del yugo español y tiene su himno, su bandera, sus fechas patrias, la situación real, por dependencia del imperialismo (ya sea inglés o yanqui), por penetración de la estructura productiva, etcétera, dista mucho de ser de plena soberanía, por lo cual nuestro país es una suerte de colonia informal, en la cual tiene una importancia fundamental la colonización pedagógica (en detrimento de las armas como en las colonias) que va a asegurar la dominación. Por el contrario, en las colonias la garantía está dada por las armas y por la presencia del invasor extranjero, por lo que es estimulada la creación de una conciencia nacional, a diferencia de lo que sucede en dichas colonias.

En la colonización pedagógica aparece el relato liberal de nuestro pasado, la falsificación de la historia, los medios de comunicación, la enseñanza enciclopedista y/o eurocéntrica, un relato que pondera positivamente a los entregadores de la patria y oculta y/o tergiversa a sus defensores (Ricardo Rojas habla de la “pedagogía de las estatuas”8). Lo expresa así:

La mentalidad colonial enseña a pensar el mundo desde afuera, y no desde adentro. El hombre de nuestra cultura no ve los fenómenos directamente sino que intenta interpretarlos a través de su reflexión en un espejo ajeno, a diferencia del hombre común, que guiado por su propio sentido práctico, ve el hecho y trata de interpretarlo sin otros elementos que los de su propia realidad. (Jauretche, 2004; 112)

Con respecto a los diarios, radios y la televisión (claro que hoy con mucha más presencia que en la época que describe nuestro autor), Jauretche sostiene que “nada más engañoso que la prensa llamada ‘independiente’”. (Ibídem: 159) Así, califica la libertad de prensa como “libertad de empresa”, libertad de los dueños de los medios de comunicación.

A la vez, esta colonización pedagógica va a dar forma a una intelligentzia conformada por individuos que se autodefinen como intelectuales y que están profundamente penetrados por esa superestructura, que se reduce a la determinación de modos y de un instrumental que opera en su formación y difusión, al tiempo que no permite que se transforme en “inteligencia”, y forme una cultura nacional, vale decir, una conciencia nacional. Sobre la estructura económica dependiente para el saqueo de la misma por parte de las potencias imperialistas se monta el coloniaje cultural. Ambos coloniajes se refuerzan mutuamente. La colonización cultural hace invisible la dependencia, le sirve de apoyo y le permite seguir funcionando. Es por eso que debemos destruir y evitar la colonización cultural. Jorge Enea Spilimbergo afirma al respecto que la actitud de Jauretche era “estrictamente consecuente, a partir del hecho de que la Argentina semicolonial importaba ideologías (como capitales, mercancías, medios de producción), todas las cuales se convertían en factores de dependencia, en cuanto ideologías importadas”. (Spilimbergo, 1985: 68)

Cuenta Jauretche, por esto de la colonización pedagógica, en una suerte de memorias, aunque él no quería que se las llame así, porque memorias las escriben los hombres importantes, también diferenciándose de Victoria Ocampo que, por esos años, estamos hablando ya de la década de 1970, había escrito unas memorias… Bueno, Jauretche llama a estos escritos De memoria, pantalones cortos; es el primer tomo de una obra que quedaría inconclusa por su fallecimiento. En ese texto, Jauretche cuenta que en la escuela sabían más de un río de Asia o del Danubio, que del Salado, que nacía ahí cerca.

Dice también que en el pueblo, que como dijimos se llamaba Lincoln, sabían que era un prócer, pero nada sabían de los gauchos que habitaron la zona, o bien de los ranqueles que también habían estado allí. Lincoln es territorio ranquelino; reflexiona además que:

La escuela no continuaba la vida sino que abría en ella un paréntesis diario. La empiria del niño, su conocimiento vital recogido en el hogar y en su entorno, todo eso era aporte despreciable. La escuela daba la imagen de lo científico; todo lo empírico no lo era y no podía ser aceptado por ella, aprender no era conocer más y mejor, sino seleccionar conocimientos, distinguiendo entre los que pertenecían a la ‘cultura’ que ella suministraba, y los que venían de un mundo primario que quedaba más allá de la puerta. (Jauretche, 2002: 170)

La colonización pedagógica nos presenta una educación que desprecia el sentido común, intenta obstaculizarlo, pero claro, no hay que perder de vista que ellos proponen una educación desvinculada del mundo real y en ese contexto es lógico que se tenga al sentido común como el peor de los sentidos. Jauretche, en cambio, proclama que el sentido común es el buen sentido y todos lo tenemos pero hay que buscarlo por debajo de la formación cultural a la que nos tienen acostumbrados desde pequeños. Es la búsqueda de lo original, de una “virginidad” en el pensamiento. Es desembarazarse de las enseñanzas del aparato cultural oficial. Descolonizarnos pedagógicamente.

Dicha intelligentzia identificó los valores universales con cultura despreciando toda otra cultura. De ese modo, identificó cultura con civilización, por lo cual se buscó un pensamiento extraviado, no propio, enajenado, que apuntaba a crear Europa en América. No se trató de enriquecer nuestra cultura con otra sino de suplantarla, eliminar una e imponer otra. Pero lo fructífero, creador, en realidad, es asimilar a la cultura nacional los valores universales, y no introducirlos como absolutos, ya que pertenecen a otros tiempos y a otras realidades. Jauretche pone de relevancia la actitud que dicha intelligentzia tiene respecto del hombre: “Considera al hombre una entelequia, una abstracción y no un hombre de carne y hueso que está a nuestro lado (…) sustituyen a ese hombre concreto por una idea: la humanidad, y para ella son sus amores y sus devociones”. (Jauretche, 2004: 79-80)

En esta colonización pedagógica que venimos comentando, adquieren suma importancia las zonceras con la que trabaja don Arturo Jauretche, y nos hace un llamado a liberarnos de ellas. Estas consisten en “principios introducidos en nuestra formación intelectual (y en dosis para adultos) con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la aplicación del buen sentido”. (Jauretche, 2004 [b]: 12) Las hay políticas, culturales, económicas, etcétera. Descubrir las zonceras aparece como un acto de liberación.

La madre de todas las zonceras, la que las parió a todas las demás, es la que esboza Sarmiento en el Facundo, es la civilización y barbarie… Ahora bien, al respecto de esta zoncera y el desarrollo de nuestro país, Jauretche plantea algo bien interesante:

Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América, trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser un obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América. (Jauretche, 2004: 101)

En este sentido argumenta que:

La instrumentación cultural se encarga de que el país se venga zonzo (…) de aquí que suele suceder que los que andan con libros no entiendan los intereses del país y sólo los entiendan los que leen alpargatas en lugar de libros. Éstos saben poco pero llevan la ventaja de no saber lo que enseñan los colonizadores. Y no saber, cuando saber es tontería, es sabiduría. (Cit. en Galasso, 2005: 407)

Hay que quitarse el “entripado”, descubrir nuestras zonceras para ser un poco “menos zonzos” y sobre todo pensar desde nuestras tierras, desde América Latina, desde la Patria Grande. Las zonceras no se acaban, se multiplican y varían a lo largo del tiempo. Así que hay que estar atentos, porque siempre uno puede caer en estas. Jauretche mismo dice que él no es un vivo, sino apenas un gil avivado.

Pensar en nacional, la posición nacional y su crítica a la izquierda abstracta

Don Arturo entonces nos hace un llamado a pensar en nacional. ¿Qué entiende nuestro autor por pensar en nacional?, pensar desde nuestra propia realidad, desde nuestras categorías, quitándonos las zonceras adquiridas por la colonización pedagógica, pensar desde nuestras problemáticas, desde el centro del planisferio, no como estamos acostumbrados, de abajo y desde un rincón. (Jauretche, 2008)

No se trata, desde ya, de negar aportes que puedan surgir en otras latitudes, pero no incorporarlos acríticamente, sino más bien en relación con nuestras necesidades, pues como afirma John William Cooke, se trata de una construcción propia, de no trasladar mecánicamente ideas que fueron o son válidas en otro tiempo o lugar, no hacer una importación acrítica, sino incorporar esas ideas en tanto tengan correspondencia con las necesidades nacionales (Cooke, 2009), que no son otras que las necesidades populares. En una línea similar, Juan Perón años más tarde sostiene que “los argentinos tenemos una larga experiencia en esto de importar ideologías, ya sea en forma total o parcial. Es contra esta actitud que ha debido enfrentarse permanentemente nuestra conciencia”. (Perón, 2012: 12)

El pensar en clave nacional aparece como fundamental en los países como la Argentina, bajo una dominación semicolonial, donde existe una cuestión nacional por resolver, e implica pensar revolucionariamente, romper con el esquema dependiente del imperialismo, y al mismo tiempo, el pensar la cuestión nacional y la cuestión social juntas. Los problemas argentinos deben ser enfrentados con criterio argentino, generar categorías nacionales; así, afirma que hay que procurar:

Dirigir el pensamiento nacional hacia los hechos concretos y sus implicancias económicas sociales y culturales propias, para tratar de contribuir a la elaboración de un pensamiento propio (pues) comprende oportunamente que su tarea fundamental es aportar al pensamiento argentino el método y los modos de conocer nuestra realidad y señalar los rumbos necesarios de una política nacional. (Jauretche, 1976: 68-29)

Este pensar en nacional lleva a la construcción de una herramienta de análisis y acción política que es fundamental en su pensamiento, la noción de posición nacional. Desde FORJA, la define en tanto la necesidad de crear una respuesta propia a nuestra condición semicolonial. Se trata de no oponer una respuesta colonial a nuestra situación dependiente. Jauretche piensa la necesidad de estudiar nuestros propios problemas, y fundamentalmente la cuestión nacional. Por ello, apunta a orientar esa respuesta propia y enmarcarla en la larga tradición de lucha de nuestro pueblo. Y es justamente ese pueblo el que encontrará su salvación.

Jauretche no se pierde en la cuestión nacional, sino que busca entroncarla con la social. Es necesario que se identifiquen la cuestión nacional y social, identificación impedida por los factores de la colonización pedagógica. Piensa en no “perder de vista” que este es el problema central, y no hay alternativa posible a la emancipación nacional que no venga dada por la ruptura total de la dependencia. Se trata entonces de hacer confluir a todos los sectores que estén en mayor o menor medida enfrentados y/o perjudicados por las políticas de la oligarquía y el imperialismo. No perderse en problemas marginales que dividan el campo nacional. Este llamado es una manifestación original que pretende el abordaje de nuestros problemas a partir de un criterio propio. Desde la tribuna de FORJA en el año 1941, esta vez en la ciudad de Pergamino, se pide al compatriota que “reflexione que el grado de esclavización al que hemos llegado —típico de toda política imperialista, cualquiera sea su bandera— sólo ha sido posible por la permanente entrega del país realizada por nuestra oligarquía. En consecuencia, nuestra lucha como argentinos debe ser doble: contra el enemigo extranjero que invade, y contra el nativo vendepatria que entrega”. (FORJA. Pergamino, febrero de 1941) Esa construcción entonces es contra los enemigos internos y externos.

Cercano a la figura de Jauretche, José Luis Torres definió crudamente a la oligarquía aliada al imperialismo considerando que “el adversario más temible es el perduellis, el enemigo interno de la Patria, emboscado dentro de sus instituciones, al servicio de una consigna extranjera” (Torres, 1973: 22), y profundiza en otro escrito acerca de los perduellis: “Se llamaba perduellis, en la antigua Roma, al enemigo interno de la patria, y hostis, al enemigo exterior. El crimen de perduellio (contra la patria) y el de peculado (apoderamiento ilegítimo de cosas del estado) eran castigados con la pena de muerte”. (Torres, 1943: portada)

Volviendo con Jauretche, vemos que enfatiza que el camino para emprender la liberación nacional en un país semicolonial como la Argentina es la creación de un frente nacional que aúne a todos los sectores nacionales enfrentados a la oligarquía y al imperialismo, la unificación de estos bajo una línea nacional, que es la conciencia histórica de los argentinos. De todas formas, debemos dejar claro que si bien distintos sectores sociales pueden integrar ese frente, el eje, la columna vertebral o la cabeza deben ser sí o sí los trabajadores. Largamente se ocupó Jauretche de demostrar el papel esquivo de la burguesía nacional, que la lleva en forma directa a la traición9. Estos sectores entonces pueden acompañar el movimiento nacional, pero nunca conducirlo. El centro es el pueblo trabajador10. Las políticas del frente deben tener sentido en tanto contemplen el beneficio de los trabajadores. Si bien el frente nacional contiene en su seno diferentes sectores sociales, la ideología debe ser la del pueblo argentino enfrentado al imperialismo y sus personeros internos.

De esta forma, en el esquema jauretcheano, la división izquierda y derecha no explica nada en la política argentina, sólo confunde, pues lo que la divide es lo nacional y lo colonial. Por lo tanto, afirma: “La izquierda y la derecha no son generalmente sino distintos modos de eludir la ‘cuestión nacional’, en beneficio de intereses exteriores”. (Jauretche, 2008: 69) Lo que sucede, según don Arturo, es que la “izquierda tradicional”11, con sus órganos y partidos, no escapa a esta estructura cultural de un país semicolonial, se desenvuelve como una izquierda abstracta, que no tiene en cuenta la cuestión nacional, y termina siendo una derecha concreta. Realiza así Jauretche una crítica a “los novios asépticos de la revolución”, ¡estos novios que quieren casarse con la revolución, y le piden certificado prenupcial! (Jauretche, 2010: 85)

Esta “izquierda” no tiene otra historia, ni otra literatura que la oligarquía, no le oponen (no le pueden oponer) un punto de vista nacional12. Esta “izquierda” se enfrenta a la derecha en el plano externo (a veces ni siquiera, sobre todo cuando surgen movimientos de corte nacional y popular, calificándolos, peyorativamente, como populistas). Si no, recordemos (por citar uno de los numerosos ejemplos) la infame diferenciación del Partido Comunista durante la década de 1970 entre “Videla, un general democrático; y Pinochet, un dictador”. La gran división en un país que lucha por la elaboración de una identidad y por la liberación es entre lo nacional y lo antinacional.

Una de las claves en la crítica del autor del Manual de zonceras Argentinas, sobre todo pensando en Juan B. Justo (pero vale para varios otros también), es la división que realiza este entre la política criolla y la política científica, lo cual conforma la zoncera número 12 de aquel libro. En esta división, Juan B. Justo establece que “todo lo que venía de afuera era científico y lo que nacía adentro, anticientífico, es decir, criollo”. (Jauretche, 2004 b; 88). Así, los trabajadores que consideraba en “condiciones científicas” eran tan sólo unos pocos inmigrantes, y las inmensas masas criollas eran anticientíficas; “El sindicalismo de importación fue incapaz de comprender los problemas del proletariado nacional y se redujo a sectores obreros calificados, o al proletariado extranjero que transfería su problema al país”. (Jauretche, 2008: 50)

También, al partir de este esquema dicotómico, Juan B. Justo dirigía la política del Partido Socialista en contra de la protección aduanera y de la intervención estatal para el desarrollo industrial, pues seguía la idea de que el socialismo en los países centrales se había desarrollado, estableciendo que la división internacional del trabajo redundaba en beneficio de los trabajadores. Coincidía así la “izquierda”, con la “derecha liberal” (y las potencias imperiales) en los supuestos beneficios del libre comercio. De esta forma, abortó todo entendimiento con el sujeto que podía ser revolucionario en nuestras tierras, a la vez que se opuso a toda posibilidad de desarrollo industrial, que era el que podía generar una clase trabajadora, un proletariado industrial: “No pudo hacer socialismo con los trabajadores existentes porque eran anticientíficos y se opuso a la creación de una industria que pudiera generar trabajadores científicos”. (Jauretche, 2004 [b]: 89).

Esta zoncera que establece una división entre política criolla y política científica encuentra su fundamento (como todas) en la madre de todas las zonceras: Civilización y barbarie es una nueva forma de establecer la preeminencia de lo ajeno, exótico, en detrimento de lo propio; así se conforma una intelligentzia que piensa desde esquemas extraños, dado que “la mentalidad colonial enseña a pensar el mundo desde afuera, y no desde adentro”. (Jauretche, 1983: 112)

El camino del revisionismo histórico

En la colonización pedagógica, como dijimos, adquiere suma relevancia la historiografía liberal, el relato de nuestra historia por parte de la oligarquía. Por eso, para avanzar en la descolonización pedagógica, hay que desarrollar un revisionismo histórico. Acentuado por la condición de país dependiente en el que la historia aparece “como un campo de batalla permanente”13.

Siguiendo adelante con la crítica a la izquierda tradicional, y en relación con la historia, Jauretche va a sostener entonces la existencia de una corriente de interpretación de la historia que es el mitro- marxismo, personajes que desde una postura de izquierda realizan una interpretación histórica con rasgos similares a la desarrollada por Bartolomé Mitre. Podemos ver cómo Álvaro Yunque ve a Mitre como fuerza burguesa progresista y civilizadora frente a la barbarie medieval del interior. También Aníbal Ponce tiene la misma visión de civilización y barbarie. Este reivindica la campaña contra “el Chacho”. Rodolfo Ghioldi sostuvo siempre que Mitre fue el más grande historiador y que todavía no ha sido superado.

Ahora sí, avanzamos con el revisionismo histórico. Jauretche va a hacer importantes estudios en relación con esta posición historiográfica. No está interesado en el pasado por el pasado mismo, como un nimio “juego intelectual”, sino que busca puntales donde asentarse, desde donde construir su identidad para avanzar en un proyecto político. Indagar en las vivencias, ideas, anhelos, sueños, etcétera, del pueblo. Una memoria que posibilite la reconstrucción del tejido social, y sirva de orientación en una política nacional.

Considera el autor de Política nacional y revisionismo histórico que en el análisis de la historia no hay asepsia u objetividad, sino un entrecruzamiento con intereses políticos. A la información histórica se la recorta y se la interpreta. Los hechos son los mismos, el tema es la interpretación que se le da (y cuáles son las luces o sombras sobre documentos, acontecimientos, y/o sucesos históricos). Esa interpretación se hace desde una perspectiva político-ideológica y el proyecto que se quiere sustentar. Por eso no hay una sola interpretación del pasado, sino muchas. Existen pues diferentes corrientes historiográficas. No obstante destacamos que en el “recorte” mismo ya hay una decisión político-ideológica.

En este sentido, lo que se nos presenta como historia, en realidad, desde la perspectiva jauretcheana, es una política de la historia, que construyó el relato de nuestro pasado sobre la base de un proyecto político triunfante, y así logró tornarse la visión hegemónica y excluyente de nuestra historia. Se miraron los hechos desde la perspectiva de la oligarquía porteña, triunfante en los campos de Caseros y Pavón, y soberbia en tanto se creyó “dueña del país”, y parte de Europa. Un relato que carece de visión nacional, justamente porque es oligárquico y como tal es su contracara, es una mirada colonial. Es que “aquí ha habido una sistematización sin contradicciones, perfectamente dirigida (…) que no puede explicarse por la simple coincidencia de historiadores y difusores”. (Jauretche, 2008: 15) Se nos quitó de esta forma a los argentinos la posibilidad de ver la historia desde una óptica nacional, y a partir de ella, la construcción de una conciencia nacional de los hechos de nuestra patria.

Es por esta razón que apareció, para conformar una política nacional, la necesidad del revisionismo histórico. Jauretche afirma al respecto:

La importancia política del conocimiento de una historia auténtica; sin ella no es posible el conocimiento del presente, y el desconocimiento del presente lleva implícita la imposibilidad de calcular el futuro, porque el hecho cotidiano es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será, que no por difuso es inaccesible e inaprensible. (Ibídem: 14)

Con la historia nacional falsificada, generaciones de argentinos carecen de las herramientas necesarias para la conformación de una política nacional. Pero cabe preguntarse, la historia de la oligarquía, ¿por qué es falsa? Es falsa porque se erige en el único relato de nuestro pasado posible, no acepta que es un relato más contado desde la perspectiva de la clase dominante que hizo eje en el puerto (si aceptara eso, no sería falso). Don Arturo lo explica en su estilo claro e incisivo:

Las pasiones de ese momento inicial de la historia falsificada pueden explicar las simples inexactitudes. No sería, en tal caso, verdaderamente una falsificación, sino la visión parcial de la bandería. Si no hubiera pretendido ser ‘la historia’, sería la lógica deposición de una parte de los actores, los vencedores de ese momento inicial de Caseros, solos en el escenario por el aniquilamiento o el sometimiento de los vencidos. (Ibídem: 17)

No es algo casual sino la sistematización de una visión del pasado nacional, construido también, vale decirlo, a partir del esquema sarmientino de civilización y barbarie.

Esta política nacional a construir en realidad es una política nacional-latinoamericana. Es que, para finalizar e introducir el próximo tema, hay dos líneas históricas: una, la de la patria chica “hostil a la geografía y al hombre autóctono. Primero a lo americano y después a lo virreinal. Reduce el país y sustituye los hombres. Cuidará después de construirle al sustituto una mentalidad adecuada a la finalidad perseguida y el producto de esa cultura es la intelligentzia” (Ibídem: 90), que se constituye en correa de transmisión de la historia falsificada. Y por otro lado, la de la nacional-latinoamericana, y para reencontrarnos con esa política, dice:

Hay que volver a la Patria Grande. Es lo que intentan los dos episodios políticos del presente siglo que comienzan en 1916 y 1945, y que sufren cada uno su ‘Caseros’. Estos Caseros podrán ser explicados por los errores, las faltas, los crímenes, si se quiere, de los gobernantes, pero lo que no puede ser explicado sino en función de una política general contra la Patria Grande es que lo que intentó no fue la sustitución de los hombres o de los partidos gobernantes, sino la restauración de las condiciones antinacionales y antipopulares que habían sido creados en el primer Caseros y vencidas en 1916 y 1945. (Ibídem)

Breves palabras finales

Observamos a través de estas páginas cómo don Arturo emprende la lucha contra la colonización pedagógica desde diferentes planos: en el cultural, sobre todo en Los profetas del odio y la yapa y el Manual de zonceras argentinas; desde lo económico, como lo hiciera en el Plan Prebisch impugnando el análisis de este acerca de la situación del país hacia 1955 y una forma de ver la economía del país que es como ir a comprar al almacén con el manual del almacenero, también con Política y economía; en lo social, en esos apuntes para una sociología nacional que denominó El medio pelo en la sociedad argentina; y en lo político (y/o geopolítico), puede verse sobre todo en Ejército y política.

En sí, el tema de Jauretche, de sus trabajos, según sus propias consideraciones, es la cuestión nacional, abordada desde diferentes aspectos; y decimos asimismo que es central en su pensamiento la construcción de un pensar en nacional. Se lo ve como un polemista profundo, uno de los mejores que haya dado la Argentina, en los periódicos, en Prosa de hacha y tiza, como asimismo en Mano a mano entre nosotros. Para finalizar, traemos el recuerdo de Darío Alessandro, quien afirma certeramente que Jauretche se dedicó a “destruir lo que llamara ‘colonización pedagógica’, sin cuya destrucción consideraba imposible la liberación nacional”. (Alessandro en Parcero, 1985: 50).

2. Para este desarrollo nos basaremos principalmente en la obra de su biógrafo, Norberto Galasso: Jauretche y su época. Dos volúmenes. Buenos Aires, Corregidor, 2003.

3. En la actualidad, el 13 de noviembre se celebra en todo el país el Día del Pensamiento Nacional como homenaje a Jauretche.

4. Aunque años más tarde iba a criticar cómo esta fue desfigurada y vaciada de contenido en sus aspectos más importantes en tanto se desligó de las necesidades nacionales-latinoamericanas.

5. Jauretche, Arturo. El Paso de los Libres. Relato gaucho de la última revolución radical (diciembre de 1933), dicho en verso por el paisano Julián Barrientos, que anduvo en ella (Buenos Aires, Corregidor, 1992). La primera edición de este relato la prologa un joven Jorge Luis Borges por intermedio de Manzi. No sorprende este prólogo (el cual luego Borges “olvidará”), ya que el escritor de joven había tenido atisbos populares, cercanos al yrigoyenismo; reivindica a Rosas, Quiroga, la gauchesca, etc., hasta aproximadamente 1935, en que troca su camino hacia la literatura cipaya. La segunda edición la prologa Jorge Abelardo Ramos. Véase: Galasso, Norberto. (1995). Borges, ese desconocido. Buenos Aires: Ayacucho y Galasso, Norberto. (2012). Jorge Luis Borges. Un intelectual en el laberinto semicolonial. Buenos Aires: Colihue. Jauretche aparecía así como una promesa para las letras, como Scalabrini, que había escrito El hombre que está solo y espera, o Hernández Arregui, que había escrito unos cuentos: Siete notas extrañas, que le valieron, por ejemplo, el elogio de Nicolás Olivari. O Manzi, que es quien dice finalmente una frase que les cabe a todos estos personajes, incluso a él, que es su decisión de “hacer letras para los hombres, en lugar de ser un hombre de letras”.

6. No hacemos referencia aquí al contenido de los libros, pues más adelante los trataremos profundamente. Este apartado solo tiene la intención de dar cuenta de algunos aspectos biográficos.

7. Recordemos que Frondizi llega al poder con un acuerdo con el peronismo, al que luego traiciona.

8. Ricardo Rojas expone la idea: “La historia no se enseña solamente en la lección de las aulas: el sentido histórico, sin el cual es estéril aquella, se forma en el espectáculo de la vida diaria, en la nomenclatura tradicional de los lugares, en los sitios que se asocian a recuerdos heroicos, en los restos de los museos y hasta en los monumentos conmemorativos, cuya influencia sobre la imaginación he denominado pedagogía de las estatuas”. Rojas, Ricardo. (1971). La restauración nacionalista. Buenos Aires: Peña Lillo.

9. Jauretche trata este tema fundamentalmente en El medio pelo en la sociedad argentina, y en Los tres fracasos de la burguesía nacional (editado últimamente como parte de “Textos selectos”) El “medio pelo” es justamente esta burguesía nacional que quiere ser oligarquía y no puede. Es ausentista, parasitaria, etc.

10. En este sentido, la alianza entre los sectores del movimiento obrero y las clases medias aparece como un tema central. A esa alianza Jorge Enea Spilimbergo la llamó “alianza plebeya”, y la definió categóricamente de esta forma “la alianza del proletariado con la pequeña burguesía constituye el fundamento estratégico de la revolución argentina ( ) Esta afirmación no excluye que, en el curso de la lucha, puedan producirse acuerdos de más amplia naturaleza, con sectores específicamente burgueses. Pero interesa a los trabajadores la relación de fuerzas concreta que presidirá esos acuerdos y, en consecuencia, no sólo la necesidad de fortalecer su propia estructura ideológica y política de clase, sino su sistema de aliados inmediatos”. Spilimbergo, Jorge Enea. (2010). Clase obrera y poder. Buenos Aires: Ediciones del Sur: 50-51.

11. Acá resaltamos que no se refiere a la corriente de izquierda nacional (analizada por el autor como un ala del movimiento nacional), a la cual considera acertada en sus planteos, al tiempo que evade los “vicios” de la izquierda antinacional.

12. Tengamos en cuenta que la izquierda tradicional argentina —sobre todo en sus inicios, el Partido Socialista de Juan B. Justo— se encuentra estrechamente ligada a la inmigración del último cuarto del siglo XIX, y a esos inmigrantes, en gran medida, les conformó la conciencia la oligarquía a través de los aparatos culturales.

13. Más adelante, en el inicio del apartado sobre historia, hacemos un análisis profundo de la necesidad de un revisionismo histórico.

El papel de la cultura nacional en los procesos de liberación nacional en el pensamiento de Juan José Hernández Arregui

“América Latina/Tiene que ir de la mano/

Por un sendero distinto/Por un camino más claro/

Sus hijos ya no podremos/Olvidar nuestro pasado/

Tenemos muchas heridas/Los latinoamericanos”.

Venas Abiertas. Por M. Schajris y L. Sujatovich

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Pasada la primera década del siglo XXI, años que resultan auspiciosos para el conjunto de países que conforman la gran nación latinoamericana inconclusa, creemos que la figura de uno de los más importantes pensadores nacionales del siglo XX, Juan José Hernández Arregui, se encuentra en lenta pero constante revalorización, en consonancia con los cambios que se dieron en la última década en nuestro continente. La reedición de sus obras por más de una editorial puede considerarse parte de este proceso. Resaltamos que las obras habían sido reeditadas también en los primeros años de la década del setenta, época de convulsiones, de esperanzas de cambios, y de sueños de la Patria Grande. Arregui parece volver con los procesos transformadores de la realidad nacional. No sesgamos aquí la valorización de las obras que realizaran (y algunos continúan realizando) pensadores como Jorge Abelardo Ramos, Carlos Piñeiro Iñíguez, Norberto Galasso, entre otros, pero ellas no dejaban de ser, lamentablemente, voces marginales dentro de la superestructura cultural de colonización pedagógica. Estas, hoy, vuelven a escucharse y a iluminar la figura de don Juan José con más fuerza.

La dificultad de explicar nuestros procesos emancipadores latinoamericanos con teorías importadas, ajenas a nuestra realidad nacional, puede ser una de las razones que podemos encontrar en esta “vuelta” al pensamiento nacional y a la figura de Hernández Arregui. El pueblo en lucha hoy se pregunta por el pasado; busca entonces, en las producciones que le permitan dar cuenta de este pasado, entender el presente para proyectarse hacia el futuro. En esta búsqueda, indefectiblemente se cruza con la cultura nacional. En esa línea, procuramos aquí indagar acerca de las conceptualizaciones de Hernández Arregui de la cultura nacional, y el lugar preeminente que le otorga a su rescate para los procesos de liberación nacional.

Comencemos nuestro recorrido analizando cómo considera el autor de Peronismo y socialismo a la cultura; podemos observar así que este la define como “el conjunto de bienes materiales y simbólicos que conforman la identidad de un grupo social. Dichos bienes materiales y simbólicos se organizan como valores colectivos que son transmitidos por intermedio del lenguaje y se expresan como conciencia a partir del cual el hombre actúa e interpela el medio”. (Recalde, 2011: 19) La cultura entonces, siguiendo al autor, es para él una categoría eminentemente política.

En la concepción de Hernández Arregui hay una revalorización de la cultura nacional, que es la cultura popular. Lo nacional y lo popular en nuestro autor no son escindibles si se pretende avanzar en la liberación nacional, por eso establece que la cultura encuentra su base en el pueblo y en el espacio nacional. La intelligentizia por su parte invierte el proceso y falsea al país, ya que “de tal adulteración sólo puede derivar una expresión cultural harapienta. La unidad del hombre y su medio es lo característico de toda cultura que, por eso mismo, cuando adquiere conciencia de sí misma es universal en la medida en que lo colectivo desborda y nacionaliza lo universal”. (Hernández Arregui, 2004: 44) La cuestión nacional y la cuestión social encuentran entonces una unidad, no hay una sin la otra. Hay entonces una crítica a la “cultura dominante”, a la superestructura cultural que se impone mediante el aparato de colonización pedagógica.

La cultura nacional aparece en Hernández Arregui como:

…base espiritual del país, es sin que se anulen en su seno las oposiciones de clase, participación común en la misma lengua, en los usos y costumbres, organización económica, territorio, clima, composición étnica, vestidos, utensilios, sistemas artísticos, tradiciones arraigadas en el tiempo y repetidas por las generaciones; bailes, representaciones folklóricas primordiales, etc. (…) una cultura nacional es aceptación común de esas creaciones populares. (Ibídem: 43)

Son creaciones colectivas, germinadas en un paisaje y en la asociación de símbolos históricos que dan forma a características espirituales de la comunidad entera. La cultura es creación, resistencia y asimilación. La cultura nacional y popular, al consolidarse en una perspectiva histórica, se convierte en conciencia nacional que sirve al pueblo para oponerse al vasallaje y la expoliación.

Así opone en toda su obra dos tendencias: la identidad nacional, como identidad del pueblo argentino y latinoamericano, contra la identidad de las clases dominantes: la oligarquía, ligada a las potencias imperiales. Hay una puja constante entre estas dos, pues las clases dominantes tiene una posición privilegiada, en tanto poseen los medios para esparcir por todo el tejido social su visión de nuestro pasado nacional, de nuestras luchas, del lugar de nuestro país en el mundo, etcétera. El imperialismo cumple aquí el papel de disolvente de las culturas autóctonas. La oligarquía entonces no es parte de lo nacional, su conciencia se liga a las potencias extranjeras. De esto se desprende también la necesidad del fortalecimiento de la cultura nacional, y por eso afirma que “parte de esa búsqueda de nuestra expresión cultural es consecuencia también de la repulsa al extranjerismo cultural de una oligarquía apátrida”. (Ibídem: 44)

Hernández Arregui desarrolla la noción de conciencia nacional, que es la lucha del pueblo argentino por su liberación, aquí lo nacional entendido como popular. Entonces, la conciencia nacional se relaciona estrechamente con la valorización de la cultura nacional, pues sabemos que el rescate de esta última es parte de la lucha del pueblo contra la oligarquía y los agentes imperiales.

El autor de Imperialismo y cultura considera que con la disolución del imperio español, y la aparición fuerte de la cultura francesa y británica en la cultura argentina (posteriormente también con la yanqui), nuestras clases dominantes se distancian y diferencian cada vez más de los sectores populares, que se encuentran anclados a nuestro suelo, forjando así, en su interacción, la cultura nacional. Son estos sectores populares entonces los constructores de la cultura nacional. No se trata aquí de un rescate que podríamos considerar reaccionario, más bien es la búsqueda de puntales donde se asienta la cultura propia, que nos otorga rasgos distintivos como comunidad autónoma. Los procesos emancipadores no deben negar el pasado ni la cultura nacional, sino que deben nutrirse de ellos. De ahí la importancia también otorgada por Arregui al revisionismo histórico, a la revisión de nuestro pasado nacional en clave nacional, desde las masas populares.

En la concepción del autor de ¿Qué es el ser nacional?, la realidad nacional tiene que ser abordada desde una perspectiva eminentemente nacional y latinoamericana, “mirar la realidad con nuestros propios ojos” y basada en nuestros propios intereses. Dejar de lado la veneración por lo ajeno, y hacernos cargo de nuestro propio legado histórico; por esto puntualiza que “el error de las capas intelectuales ajenadas a Europa es pensar la realidad colonial a través de sistemas de pensamiento germinados en otros ámbitos históricos (…) adecuar sin crítica métodos y filosofías europeos a la situación colonial es carencia de sentido histórico”. (Hernández Arregui, 1973: 301) No se trata de desdeñar todo pensamiento no realizado dentro de la geografía latinoamericana, sino incorporar concepciones realizadas en cualquier lugar y tiempo, pero no acríticamente, sino “tamizándolas” con nuestra propia realidad, e incorporándolas de acuerdo con nuestras necesidades.

La cultura nacional actúa en la concepción de Hernández Arregui como una herramienta de defensa de los pueblos. El imperialismo, conjuntamente con la oligarquía, apuntó a “reforzar la conciencia falsa de lo propio y desarmar las fuerzas espirituales defensivas que luchan por la liberación nacional en los países dependientes”. (Hernández Arregui, 1973a: 15)

Hernández Arregui participa del grupo CONDOR (Centros Organizados Nacionales de Orientación Revolucionaria), del cual son parte Ortega Peña, Eduardo L. Duhalde, Ricardo Carpani, entre otros. Este grupo aparecido en el año 1964 hace, a mediados de dicho año, un acto en conmemoración a Felipe Varela y la Unión Latinoamericana, colgando sobre un monumento a Bartolomé Mitre ubicado en Plaza Francia un retrato de Felipe Varela. (Piñeiro Iñíguez, 2007) El representante de la Argentina oligárquica extranjerizante, semicolonial, pro británica, contra el caudillo popular, representante del interior, de las tradiciones populares, latinoamericanista. Dan a conocer ese día un manifiesto redactado por Hernández Arregui que establece en el plano de la cultura que el grupo CONDOR “enjuicia en todos los terrenos la cultura colonial… Postula no sólo la crítica al colonato mental, sino la urgencia de reencontrar las raíces y fundar las premisas de una cultura nacional como muralla defensiva contra la penetración extranjera”. (Galasso, 1986: 145) Un elemento definitorio de la cultura entonces es la voluntad defensiva contra lo extranjero.

La cuestión de la cultura nacional es analizada por Hernández Arregui en su diferenciación de los nacionalismos de los países centrales, desarrollados, opresores, imperialistas, los cuales son caracterizados como reaccionarios; y el nacionalismo de los países del tercer mundo, subdesarrollados, oprimidos, coloniales o semicoloniales, el cual es caracterizado (si es dirigido y/o apunta al pueblo) como popular y revolucionario. (Hernández Arregui: 2004) Este último, en su defensa de la soberanía contra el avance imperial, defiende al mismo tiempo la cultura nacional, las características propias como pueblo.

Al mismo tiempo, considera nuestro autor que la estructura económica crea formas de alienación cultural. Del desconocimiento del sometimiento económico surgen concepciones que niegan el sustrato profundo. Es la visión deformada de la oligarquía porteña, de la ciudad-puerto que verá en la industrialización, en los sectores obreros que esta trae aparejada, un riesgo que amenaza sus intereses, “esta intelligentzia (…) por la doble gravitación de la oligarquía y el imperialismo, no cree en lo nacional”. (Hernández Arregui: 1973: 160)

En esta búsqueda por parte del imperialismo de reforzar la conciencia falsa y eliminar las posibilidades de defensa, es de suma importancia la superestructura cultural que apunta al sometimiento. El autor de Nacionalismo y liberación les otorga gran importancia a las manifestaciones culturales, desde la literatura hasta el arte. Con respecto a la primera, rescata a los escritores que les den visibilidad a los hombres del país, a los sectores populares, a personajes característicos de nuestro suelo. En relación con el arte, Arregui rescatará a artistas como Juan Manuel Sánchez, Pascual Di Bianco, y sobre todo a Ricardo Carpani.

Este último ilustra las tapas de algunos libros de Arregui por su expreso pedido. Por su parte, el escritor prologa un libro del muralista argentino, llamado La política en el arte. Le interesa, de la obra de Carpani, que da lugar a los sectores populares, a los luchadores sociales, pone el arte al servicio de las masas, del caballete pasa a las calles, con murales, afiches, etcétera. “Un arte nacional no significa cerrazón frente a Europa, sino en la medida en que lo extranjero penetra y disuelve, a través de la colonización mental de la clase dirigente, el patrimonio intransferible y colectivo de la propia cultura nacional. Cultura es resistencia, pero también asimilación (…) el arte no escapa a la política”. (Hernández Arregui, 1962: 8-15) Considera que los artistas, su obra, no dependen de un público “popular”, de las masas de trabajadores y desocupados. En tanto que la supervivencia de parte de los artistas disonantes de la superestructura cultural –que al mismo tiempo moldea sus estilos artísticos– se dificulta. El arte nacional debe vincularse a la realidad latinoamericana, a las masas populares, en su sentir y en sus tradiciones culturales asociadas a la lucha.

Hernández Arregui hace una fuerte crítica a los sectores medios colonizados pedagógicamente, que en lugar de acercarse a los sectores populares, y por miedo a estos, terminan siendo cómplices de la estructura semicolonial;

La clase media, convencida de su independencia, justamente porque carece de ella, se cree depositaria de valores universales, sin comprender que detrás de ellos están los intereses particulares de la burguesía. El pequeño burgués (…) piensa siempre en términos absolutos (…) su minúscula situación social le hace perorar con frases de gigante. (Hernández Arregui, 1973 [a]: 247)

Los sectores medios, más permeables al sistema de valores de las clases dominantes, observan sus intereses particulares como universales.

Estos sectores medios que Hernández Arregui caracteriza como “clase media… media revolucionaria… media intelectual… media nacional…. Por ello participa, cree y descree, se asume y no se asume, es peronista y critica al peronismo, es socialista y le asustan los obreros”.14 Fruto de estas características particulares, desdeñan lo nacional y lo popular por seguir la última moda extranjera (europea o norteamericana). Como resultado tampoco será original, sino que aparenta, imita, pues “la posibilidad de adquirir una cultura superior robustece esta tendencia a trasvasar la propia posición de clase en una actitud mental que acentúa su separación del pueblo, es decir, de sus cercanos orígenes. En esta dualidad se funda ese amaneramiento ceremonioso (…) y que consiste en la parodia de otros estilos de vida y en la manía del filisteo de concurrir a exposiciones, conferencias, etc., en busca de distinción”. (Ibídem: 248-249)

Para ir terminando este apartado, resaltamos que cuando hablamos de nacionalismo y de cultura nacional en Hernández Arregui, estamos pensando en no ceñirnos a las fronteras nacionales, sino que aquellos se relacionan con el restablecimiento de una totalidad más amplia, con la cuestión de la unidad latinoamericana. Esta unidad que no se basa solamente en la cuestión geográfica, sino que también tiene que ver con lo espiritual. Piñeiro Iñíguez considera que “aunque parezca paradójico, la cultura aparece antes y después de la nación, como su fermento y como su derivado”. (Piñeiro Iñíguez, 2007: 115). La búsqueda de la cultura, la unidad, se observa en el sistema homogéneo de símbolos artísticos, idiomáticos, religiosos, míticos, étnicos que le dan coherencia cultural, “el gradual crecimiento de nuestra conciencia cultural, fluctuante entre estas tensiones del espíritu, nos conducirá a sentirnos no extraños a Europa, pero en lo esencial, no europeos”. (Hernández Arregui, 1973a: 286-287)

A modo de cierre, consideramos que en los países coloniales o semicoloniales, la valoración y la defensa de la cultura nacional- latinoamericana, forjada por el pueblo en lucha por la liberación nacional, por la conformación de una conciencia nacional, es de suma importancia para enfrentarse al imperialismo y a sus aliados internos. Enfrentarse entonces también a partir de la generación de herramientas propias para la defensa y el avance en la construcción de un proyecto de nación disonante de las naciones opresoras.

El camino emprendido por los pueblos en esta segunda década del nuevo siglo no deja lugar a dudas de que para alcanzar la segunda y definitiva independencia, los pueblos, las naciones que todavía encuentran una cuestión nacional irresuelta, que no están plenamente desarrollados, que no han encontrado independencia plena, no pueden perderse en la imitación, en modas, en falsas posturas o en sueños ajenos, sino que la senda, bajo la concepción de Hernández Arregui, está en resistir, crear los propios caminos en relación estrecha con el conocimiento de la propia historia.

14. La caracterización la hace Hernández Arregui en una mesa redonda con Castiñeira de Dios, Juan Carlos Gené, Elbia Marechal, etc., y es reproducida en Galasso, Norberto, (1986). J.J. Hernández Arregui: del peronismo al socialismo. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional, 195.

La vieja tela de araña metálica y la soberanía nacional
El papel de los ferrocarriles en Scalabrini Ortiz

Un país industrializado ( ) impone una restructuración, el entrelazamiento de las diversas regiones del país, cuya dispersión geográfica y económica, en los países coloniales, ha sido lograda a través de los ferrocarriles y caminos delineados no para el mercado interno sino para el mercado externo. Las comunicaciones deben invertir su trazado y dirección. No serán solamente de adentro hacia fuera. Sino en lo fundamental para dentro.

(J.J. Hernández Arregui. Nacionalismo y liberación)

…(los ferrocarriles) pueden matar industrias, como las mataron. Pueden aislar zonas enteras del país, como las aislaron. Pueden crear regiones de preferencia, como las crearon. Pueden inmovilizar poblaciones, como las movilizaron o inmovilizaron de acuerdo a sus conveniencias. Pueden aislar puertos como los aislaron. Pueden ahogar ciertos tipos de cultivo, como los ahogaron. Pueden elegir gobernadores, como los eligieron.

(R. Scalabrini Ortiz. Los ferrocarriles deben ser argentinos)

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Invocamos, para escribir estas líneas, la figura del gran pensador nacional Raúl Scalabrini Ortiz. Es Scalabrini el descubridor del accionar del imperialismo británico en nuestro país, y de su articulación con la política ferroviaria, a pesar de las valiosas denuncias anteriores de Osvaldo Magnasco, las páginas dedicadas por Manuel Ugarte en periódico La Patria, Emilio Civit, Celestino Pera y algunos patriotas más. No obstante estos importantes aportes, Scalabrini es el pensador central en torno a la cuestión. En palabras de su entrañable compañero:

Llevamos al terreno económico y social lo que la revisión histórica iba descubriendo. (…) Esta fue sustancialmente la obra de Raúl Scalabrini, cuyo talento de investigador y de escritor y cuya voluntad sacrificada de servir al país le costó la pérdida de todos los triunfos materiales que tenía a su disposición, pero lo premió con el título que ya nadie puede discutirle de descubridor de la realidad argentina. (Jauretche, 1976: 57-58)

Así, guiado por las apreciaciones de dicho autor acerca de los ferrocarriles argentinos, procuramos dar cuenta de los factores que hacen fundamental (o no) el ferrocarril para un proyecto de desarrollo nacional autónomo. Pues como afirma el pensador nacional: “El ferrocarril puede ser el elemento aglutinador de una colectividad o su más pernicioso disgregador”. (Scalabrini Ortiz, 2009: 26)

Antes de seguir con el análisis del autor de Historia de los ferrocarriles argentinos, vayan unas breves referencias a algunos de los antecedentes que ya nombramos. El caso de Manuel Ugarte se expresa principalmente desde las páginas del periódico La Patria (que sostuvo el neutralismo en la Primera Guerra Mundial), donde pone de relevancia el papel pernicioso de los altos fletes para el desarrollo nacional.

Con la política de tarifas, como indicaremos más adelante, los británicos han frenado el desarrollo industrial de nuestro país. Celestino Pera, a principios del siglo XX, fue categórico al respecto. Gritó en la Cámara de Diputados que “no hay trabajo ni es posible que lo haya sin ir a la quiebra o al desastre a causa del flete de las empresas ferroviarias que no nos permiten trabajar sin arruinarnos”. (Pera, cit. Galasso, comp., 2009: 131) Osvaldo Magnasco, a fines del siglo XIX, también había denunciado esta política de tarifas perniciosa para el desarrollo nacional. Sostiene Magnasco:

Ahí están las provincias de Cuyo, víctimas de tarifas restrictivas, de fletes imposibles, de imposiciones insolentes, de irritantes exacciones, porque el monto de sus fletes es mucho mayor que el valor de sus vinos, de sus pastos, de sus carnes. Ahí están Jujuy y Mendoza, sobre todo la primera, empeñada desde hace diecisiete años en la tentativa de explotación de una de sus fuentes más ricas de producción: sus petróleos naturales. No bien llega a oídos de la empresa del ferrocarril la exportación de una pequeña partida a Buenos Aires o a cualquier punto, se alza inmediatamente la tarifa, se alza como un espectro y se alza tanto que el desfallecimiento tiene que invadir el corazón del industrial más fuerte y más emprendedor. (Magnasco, cit. Scalabrini Ortiz, 2009: 30-31)

La necesidad de la conducción estatal en materia ferroviaria era una cuestión que se había planteado desde los comienzos mismos del ferrocarril, por patriotas que defendían la industria argentina, y no la británica. Así, Emilio Civit, ya a finales del siglo XIX, había concebido la importancia de la propiedad estatal de los ferrocarriles. Argumenta el entonces ministro del Gobierno de Roca: “Las líneas del Estado se extienden en todas direcciones, en demanda unas veces de nuevas fuentes de producción que acrecienten su tráfico y otras para que sirvan como reguladoras y morigeradoras de las empresas privadas en sus tarifas excesivas”. (Civit, cit. Scalabrini Ortiz, 2009: 122)

Ahora sí, avancemos con el análisis enunciado al comienzo. Como sabemos, el primer ferrocarril fue construido en el año 1857, años en los que la prepotencia porteña había llegado al punto de segregar a la provincia con tal de no repartir la renta de la Aduana. Vale recordar que dicha línea había sido construida y financiada por los porteños, y la provincia luego la toma a su cargo, con los mejores resultados (por ejemplo, tarifas 50% menores). Esta, en 1890, se vendió de forma tal que la operación no requirió desembolso de dinero por parte del comprador al igual, por ejemplo, que en los casos del F.C. Pacífico y el Central Córdoba.

Es bajo el gobierno de Mitre (1862-1868) donde se consolida la oligarquía porteña (con la liquidación de los blancos en Uruguay, el aniquilamiento de la montonera, del interior provinciano y el Paraguay próspero, industrialista, de Francia y los López), el momento en que se tienden las bases de la Argentina semicolonial, con la instalación de bancos británicos, toma de empréstitos, aparición de periódicos británicos, una política económica librecambista, y lo que más nos interesa aquí, el trazado en abanico hacia el puerto de Buenos Aires de los ferrocarriles, esa tela de araña que aprisiona a la nación. No la deja ser, desenvolverse plenamente en todas sus potencialidades. En palabras de Scalabrini en una conferencia en la Facultad de Ingeniería de La Plata:

A nadie se le dice que las redes ferroviarias constituyen la estructura fundamental de una nación. A nadie se le dice que el ferrocarril —el instrumento de progreso más eficaz que se creó durante el siglo pasado— es el arma de dominación y sojuzgamiento más insidiosa y letal porque atenaza y paraliza los núcleos vitales de una nación. Si se mira el mapa de la República, la vasta extensión aparece como parcelada bajo una intrincada red de líneas férreas que forman una malla muy semejante a una tela de araña. Esa impresión visual es una representación muy exacta de la verdad. La República Argentina es una inmensa mosca que está atrapada e inmovilizada en las redes de la dominación ferroviaria inglesa”. (Scalabrini Ortiz, 1937: 6)

Se comunicaban así las regiones agropecuarias del interior con el puerto y de ahí con Europa (específicamente Gran Bretaña). Es un proyecto ajeno a los intereses nacionales, sin criterio de unificación y equilibro. Claro que hay algunas excepciones, como, por ejemplo, el tren construido durante el segundo gobierno de Julio Argentino Roca en 1903 (no bajo el influjo británico, lógicamente) que va desde Rosario a Bahía Blanca y Punta Alta, atravesando toda la provincia.

No es nuestra intención aquí hacer una historia de los ferrocarriles, excede nuestro propósito, desde ya. Nos interesa entender la lógica del ferrocarril, o más bien sus lógicas posibles, su importancia en la vida nacional. No se trató así de un trazado en sentido nacional, que comunicara las diferentes regiones y buscara su equilibrio, fomentando pueblos, industrias, etcétera, sino más bien todo lo contrario. Resaltamos que es bien diferente la finalidad del tendido ferroviario en los países coloniales o semicoloniales en relación con los centrales, que buscan el desarrollo nacional, la industrialización, en lugar del mero transporte de las materias primas con destino de ultramar. Así, diferente es el trazado de las líneas férreas en países como, por ejemplo, Estados Unidos, donde este se hace de costa a costa, vinculando regiones, interconectando los pueblos, generando un mercado interno ligado a las industrias nacientes. Recordemos que tuvimos férreos defensores del capital británico y de los ferrocarriles bajo su lógica, como Miguel Ángel Cárcano, Norberto de la Riestra, Manuel Quintana, el propio Mitre, entre otros.

La cuestión aquí es que todo desarrollo o avance en la industrialización de un país dependiente desplaza o puede llegar a desplazar los intereses de colocación de los productos manufacturados de un país industrializado. El ferrocarril, con su tendido semicolonial, funciona contra el interior, contra sus industrias florecientes, o contra la posibilidad de su aparición. El ferrocarril es así como el enemigo de la prosperidad nacional, cuando en realidad es una de las llaves fundamentales de la nación. El ferrocarril utiliza, como arma silenciosa, la política de tarifas. Por medio de estas, sobre todo, los ferrocarriles pueden impedir el desarrollo industrial, fomentar o no regiones, estimular o destruir ciudades, etcétera. En este sentido, Scalabrini argumenta que “el instrumento más poderoso de la hegemonía inglesa entre nosotros es el ferrocarril. El arma del ferrocarril es la tarifa. Las tarifas juegan un papel preponderante en la vida de un pueblo”. (Scalabrini Ortiz, 2009: 30)

Los ferrocarriles, como las fuentes de energía y el crédito, no pueden estar esencialmente en manos particulares o privadas, pues estos recursos, estas herramientas, se encuentran estrechamente ligadas a la nación. No pueden ser regidas ni guiadas por el afán de lucro o de ganancia. No pueden estar relacionadas con su propio interés. Sí, todo no debe ser conducido por estas; las necesidades colectivas, los derechos sociales, no se pueden ligar a la ganancia. Como dice Perón:

El plan de democratización de la vida argentina debe comprender, por lo menos, a los servicios de transporte, porque ellos constituyen el sistema circulatorio troncal del organismo nacional; los medios de cambio, porque ellos son los vasos comunicantes de la riqueza natural y del trabajo que la moviliza; las fuentes de energía térmica e hidráulica, porque ellas pueden incrementar o aminorar las industrias en que el trabajo se valoriza y multiplica; las tribunas de información, porque no es posible que aparezca como opinión pública lo que sólo es opinión interesada de los grupos financieros. En una palabra, todo cuanto tiene posibilidad de influir en el destino del pueblo debe estar bajo el control del pueblo. (Ibídem: 66)

Perón también hace referencia al tema afirmando que “la empresa del estado (…) es el camino para satisfacer necesidades básicas de la comunidad (…) Ningún país es verdaderamente libre si no ejerce plenamente el poder de decisión sobre la explotación, uso y comercialización de sus recursos y sobre el empleo de sus factores productivos”. (Perón, 2012: 82-83)

Pretendemos oponernos aquí a dos ideas. La primera, es lo que se puede oír en reiteradas ocasiones, la idea del/la señor/a, muchacho/a que dice con un tono entre sorprendido y de reverencia: “Pero… ¡qué bárbaro… los ingleses son geniales, mirá cómo hicieron los ferrocarriles, por algo ellos están como están y nosotros como estamos!”; la otra concepción de la cual nos queremos alejar es la que sostiene que hubo, en el pasado, una bella época, dorada, de oro, de los ferrocarriles, que pareciera que no hubiesen existido conflictos, huelgas, problemas con las formaciones, etcétera.

Con respecto a la primera, Scalabrini demostró claramente dos cuestiones: la falsedad de que hayan sido capitales británicos los que aportaron a la construcción de la nación argentina y al ferrocarril, sino que fueron brazos argentinos los que crearon la riqueza nacional, y al menos, la mayor parte del tendido ferroviario. De ahí que los británicos, con argucias, corrompiendo, y en complicidad con la ayuda de sus lacayos internos, se hayan apropiado de la red, o que esta se haya tendido en relación con sus intereses, es “otro cantar”; al mismo tiempo, demostró las irregularidades en las inversiones iniciales, y en las supuestas ampliaciones (son falsas y/o abultadas). Así apuntaba a quebrar el mito o la zoncera sobre los capitales ingleses, que como zoncera es hija de la madre que las parió a todas: la de civilización y barbarie.

La segunda idea que pretendemos refutar es la de la época dorada, donde no existe el conflicto, donde todas son flores, y donde, supuestamente, ese sistema ferroviario funcionaba sin ninguna contradicción. Pensamos que con lo dicho hasta aquí, en relación con la lógica del trazado ferroviario, la política de tarifas, etcétera, esta idea queda a un lado. Si bien fue una de las creaciones más trascendentales (antes solo existía la tracción animal), es necesario ver el reverso, es decir, verlo como instrumento de dominación y sojuzgamiento. Al mismo tiempo, sostenemos que esta idealización no permite pensar en el sistema ferroviario hoy, impide pensar en el avance sobre la cuestión atinente al desarrollo y a la liberación nacional.

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