Kitabı oku: «Diario del Nuevo Mundo»

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DIARIO DEL NUEVO MUNDO

Juan Larrea

DIARIO DEL NUEVO MUNDO

Introducciones de Gabriele Morelli y Juan Manuel Díaz de Guereñu

Edición de

Gabriele Morelli

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

CUADERNOS DE OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Javier Expósito Lorenzo

Diseño y cuidado de la edición: Armero Ediciones

© Herederos de Juan Larrea

© De esta edición, Fundación Banco Santander, 2015

© Del prólogo «Nace un nuevo ser», Gabriele Morelli

© Del prólogo «La escritura y los días de Juan Larrea»,

Juan Manuel Díaz de Guereñu

ISBN: 978-84-92543-71-7

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ÍNDICE

Gabriele Morelli

NACE UN NUEVO SER SOBRE ESTA EDICIÓN

Juan Manuel Díaz de Guereñu

LA ESCRITURA Y LOS DÍAS DE JUAN LARREA

Juan Larrea

DIARIO DEL NUEVO MUNDO

Gabriele Morelli
NACE UN NUEVO SER

Ante todo, aclaremos que este manuscrito inédito no es continuación de Orbe, aunque, como ese texto, traduce una profunda crisis espiritual, reflejo de la que sufre el mundo occidental y que se manifiesta con la nueva residencia de Larrea en México, al fin y al cabo con un pie en la tierra prometida. En efecto, este Diario, que hemos llamado del Nuevo Mundo, describe el nacimiento de un nuevo ser que rechaza su pasado, es decir, la historia, la cultura y la civilización europeas con sus viejos mitos y principios. El camino se inició con la crónica de Orbe y se proyectó como posibilidad de fuga hacia el nuevo mundo en el relato surrealista Ilegible, hijo de flauta, cuyo origen se remonta a 1928, pero cuyo guion se realiza concretamente en América en dos etapas, en 1947 y 1957, con la colaboración de Buñuel. Tras el abandono en noviembre de 1939 de un París a punto de ser ocupado por las tropas nazis y la posterior llegada de Larrea con su familia a México, el sueño americano se hace real para nuestro autor, que ve su yo disgregarse y confluir en una cosmovisión de valor superior.

Lo que antes era una fuerza oscura que guiaba el inconsciente del ser ahora es un impulso consciente que vive y experimenta un verdadero arrebato místico. No en balde el cambio a la nueva existencia, que el poeta llama «resurrección», tiene como tiempo ideal la noche, porque entonces empieza el proceso de transformación de su yo. Lo confirma la primera entrada del Diario, que reza: «Desde anoche estoy cambiado interiormente. Se diría que está comenzando a licuarse algo que hasta este momento era sólido». La vida anterior, que él sentía «completamente atrofiada», empieza a ofrecer sus primeros brotes de regeneración, producto de la síntesis ideal que contempla una doble fase: amar y ser amado. Dentro de esta visión espiritual, que nace del interior y se concreta en la integración del poeta en el nuevo mundo, cualquier suceso cotidiano, aunque fortuito como la pérdida del reloj regalado por su madre, basta a Larrea para alimentar su simbología visionaria. La anotación del día 1 de junio de 1941 aporta una serie de explicaciones lógicas y congruentes para el autor bilbaíno sobre el evento ligado al episodio del reloj perdido:

Esta tarde he perdido el reloj. Me lo había regalado mi madre hace más de quince años cuando salí de España. Ha sucedido esto hoy que he estado escribiendo sobre la muerte de la madre o padre, es decir del elemento procreador, y la investidura del hijo que asciende a aquel plano, por lo que se refiere a España y a América, al viejo y al nuevo mundo. Coincide con que mi madre murió en cuanto desembarqué en América. Ahora que parece llegar un momento de transformación decisiva en mi vida, cuando se va a realizar de un modo más concreto y efectivo la promesa de un nuevo mundo, desaparece el regalo de mi madre, el reloj.

El proceso analítico que caracteriza la escritura del Diario revierte en una continua auscultación, una inmersión en la bipolaridad del yo, alimentada por el deseo de una vida superior a la cual el poeta aspira y de la que se siente portador. Aunque la realidad exterior no desaparece, el ámbito de indagación se limita a la esfera privada y familiar. Larrea busca una síntesis entre el sujeto y la realidad colectiva, entre «amar y ser amado, tesis y antítesis de un estado de síntesis verdaderamente deseable», según comenta al final de la primera nota. Numerosas páginas del Diario expresan esta voluntad de tránsito del rincón «oscuro» del yo acongojado a la ribera universal del ­alma, donde triunfa la palabra «Amor». Se trata de un viaje iniciático de evidente índole espiritual. En la anotación número 80, el anhelo mesiánico hacia la realidad americana parece haber llegado a buen puerto:

Se abre, por fin, el sepulcro. Yo soy Él. Aquí, en este Nuevo Mundo o cielo, en el reino del Amor.

Se agolpan todas las ventanas del recuerdo, todas las madrugadas de ojos grises, todos los perfumes de las actividades marchitas se apiñan en este platillo de la balanza que asciende, que sube a la actividad diáfana del cielo. El cuerpo es de cualquiera, pero el Amor es Él. La efusión y la sonrisa verdadera son Él. Soy yo, puesto que la sensación de ser, imprescindible para la vida, ha de identificarse con Él, de manera que puede decirse que, teórica, mentalmente, yo no existo, mas sensiblemente, según la sensación subjetiva, yo soy Él.

Muerte y resurrección. Vivo y estoy muerto, el misterio se ha cumplido. El reino del Amor empieza.

La declaración es sincera y traduce con su lenguaje poético-onírico («Se agolpan todas las ventanas del recuerdo, todas las madrugadas de ojos grises…») el propósito del viaje liberador que el poeta, afligido en su aislamiento por una neurosis permanente, emprende para conseguir esa unión. El ideal de la misma se precisa teóricamente en el libro Rendición de espíritu, escrito durante su estancia mexicana, y al que alude en varios momentos, en particular en la página final del Diario para marcar el triunfo del reino del espíritu:

Aquí en América puede percibirse con entera claridad cómo todo se ha dispuesto para que en un instante cristalizaran todas las adquisiciones de conciencia en una diafanidad que permita actuar bajo la visión de la realidad creadora. Este es el nuevo estado de conciencia. Ver lo que es preciso hacer porque lo reclama el conjunto del complejo creador y hacerlo. Hacerlo a sabiendas de que no es uno, de que no es América, sino que es el Creador cuya percepción se verifica. Esto equivale al paraíso, evidentísimamente, la salida al reino de la luz, de la videncia. Esto es universalidad consciente.

A partir de la primera hoja del manuscrito, el poeta asigna gran relevancia a la realidad de los sueños, cuya sugerencia enriquece su ya efervescente imaginación. En este sentido, y con respuesta afirmativa implícita, Larrea se pregunta: el psiquismo, la vida espiritual del yo anhelante hacia el infinito ¿es el resultado de una experiencia limitada al yo subjetivo o, en cambio, es el reflejo de una instancia universal? En el análisis sistemático sobre su sustancia onírica y sus enfermedades físicas y mentales, nuestro autor descubre el nexo inconsciente entre su yo y la realidad colectiva. En esta visión encaja su pensamiento de carácter evolutivo, presente en las páginas de Orbe y en el estudio Razón de ser1. Fue anticipado por Carl Gustav Jung en su ensayo «Instinto e inconsciente» y más explícito en el libro La dinámica de lo inconsciente. Según Carlos Peinado Elliot, la tesis acogida por Larrea une la teo­ría a la antropología del superpsiquismo inconsciente de la cultura de la vida del individuo2. Además, el autor ve una estrecha relación entre psiquismo y fisiología, pues ambos conforman un unicum. El 30 de noviembre de 1943, apunta:

Todas mis enfermedades se han hallado como subordinadas a la conciencia, hasta el punto de que llegado el momento en que salta la chispa de la comprensión la enfermedad cede si no desaparece. Esto es, ocurre lo mismo que afirma el psicoanálisis. Comprendido el nudo psíquico, la neurosis desaparece. Más aún: desde mi punto de vista resulta evidente que el proceso de mi gran enfermedad de antaño hasta la operación, y el de su larga convalecencia y reabsorción morbosa, han estado en franca y directa relación con las vicisitudes de mi adquisición de conciencia, y en particular con la redacción de mi libro. Podría decirse que todo se hallaba condicionado por la realidad evolutiva.

Aparte del tema de la guerra civil —metáfora apocalíptica de las heridas del pueblo español en que se refleja la figura del Cristo crucificado—, el conflicto mundial y algunas breves notas sobre la ideología comunista y nazi, la mirada retrospectiva de Larrea, que antes afrontaba variados aspectos de la historia, la política, la economía, etc., se anula frente al impulso regenerativo que el poeta vive y experimenta en tierra americana. De la actitud estática y pesimista anterior pasamos a una situación que enarbola el imperativo de la mutación y el dinamismo positivo. El 3 de junio de 1941, leemos: «Ha llegado, pues, la hora de despertar, de dar paso a la voluntad activa […]. Amor e inteligencia imaginativa serán el armazón de la vida diaria, avión lanzado hacia el porvenir por la atmósfera del destiempo. No olvidar. Constante voluntad de movimiento». Se invoca un dinamismo ascendente o mejor trascendente, cercano a la estructura del universo y que refleja «un mundo de realidades ideológicas» (16 de junio). Larrea ve en la presencia de la realidad exterior, en su configuración y ciclo temporal, un orden profundo dominado por el amor.

Por este motivo advierte la necesidad de pasar de la imagen plástica a la interior, siguiendo un proceso de integración entre la realidad subjetiva y la colectiva para llegar al «supremo Objeto», a la «Voluntad Objetiva». En esto no sorprende el uso enfático de la mayúscula para designar todo lo que se eleva como veta espiritual. Se trata de categorías mentales donde la experiencia personal comparte el terreno de lo simbólico y anímico. Gracias a la indiscutible fuerza de su visión, que se opone a la razón y a la fantasía, todo lo que el poeta observa es un evento extraordinario, ya preconizado en las fuentes sagradas de la Biblia, el Apocalipsis, la patrología, la literatura eclesiástica y, en general, siempre esperado en la amplia cultura mesiánica de Larrea, donde se impone la tesis de la suplantación del mito del mártir hete­rodoxo Prisciliano con el apóstol Santiago.

Restringido el campo de la observación a los hechos que rodean a la persona y a la familia, el poeta se vuelca sobre sí mismo. El excursus de su ­auto­análisis es obsesivo y resalta el esfuerzo de evidenciar una realidad doméstica y asequible en clave metafísica. Sueños, premoniciones, numerología, enfermedades, restablecimientos, coincidencias, repeticiones de hechos, temas arquetípicos son asumidos e interpretados como mensajes de una voluntad superior. Así, por ejemplo, la presencia obsesiva del número 4 y sus múltiplos 44 y 444, asunto también de algunas páginas de Rendición de espíritu, es traída a colación en el episodio del regalo del anillo que le deja Alicia Ruhe, judía y revolucionaria, que muere suicida. La entrega del anillo se realiza, con nueve meses de retraso, el 4 de abril de 1944, lo que lleva a concluir que se trata de un mensaje cargado de significación simbólica, como nuestro autor comenta en esa fecha: «Y he aquí que del modo más inesperado, frente a la muerte, se me envía por una persona de raza [judía] en esa fecha extraña que sólo una vez se presenta en cada siglo: 4-4-44».

El clima adivinatorio y mesiánico que Larrea construye, bajo el impulso de su propia renovación espiritual, empapa de una atmósfera cargada de espiritualidad los hechos más nimios de su realidad doméstica, como la pérdida de la pluma estilográfica, que le lleva a dudar de su vocación literaria: «¿Habré perdido la escritura —se interroga el 22 de junio de 1941—, es decir, será este hecho sintomático de un cambio en mis actividades?». La inquietud, debida a la inmersión profunda en su ser, que aspira a la elevación, impregna toda la estructura narrativa del Diario, hecha de breves apuntes y otros más largos que forman una increíble amalgama en la que lo fisiológico y lo corporal se mezclan con lo especulativo, lo real con lo simbólico, lo subjetivo con lo universal.

El 11 de noviembre de 1943, tras algunas circunstancias favorables durante su estancia en Cuernavaca (en cuyo nombre Larrea encuentra una curiosa coincidencia y ecuación filológica con los cuernos de la luna —«luna de miel, luna de la Guadalupana = América»—), el poeta observa la conexión que existe «entre el cerebro, sede del ente pensante, y el aparato gástrico». Nada se le escapa a la lupa analítica que registra cualquier movimiento o ruido tanto del cuerpo como del alma, todo es expresión de la presencia del Amor, ya que sin su existencia, según declara la nota del 19 de enero de 1942, «vivir no merece la pena». Tampoco es suficiente percibir el Amor con el intelecto, insiste el poeta en la misma nota, sino que se requiere sentirlo físicamente, arder en él: «Porque la visión no excluye la existencia del tacto, ni la transparencia el calor de la luz del sol». Un deseo exasperado de conocimiento y reconocimiento alimenta la escritura del Diario, donde la aspiración a un modelo superior comprende la participación directa del ser, el cuerpo y el pensamiento. Sucesivamente, el 4 de octubre de 1943 afirma el poeta: «En mí el pensamiento no es pensado sino vivido».

Su autoanálisis no tiene sólo una finalidad diagnóstica y cognitiva, sino que es un instrumento concreto de participación de su ser: los dos, cuerpo y espíritu, buscan una razón universal portadora de grandes valores. A veces la lectura retrospectiva, en el esfuerzo de crear un conjunto orgánico de síntesis de un designio superior, recupera datos y experiencias precedentes que el poeta considera materiales preparatorios del destino regenerativo final. Vale el testimonio del hijo Juan Jaime, nacido en Francia, el cual, en cuanto llega a México con la familia, sufre en abril de 1941 una grave enfermedad (una encefalitis) de la cual se salva milagrosamente. Su salvación y presencia es para el poeta la «personificación […] del hombre nuevo, del más allá humano». La venida al mundo de Jaime, hijo de madre judía y padre católico, representa el triunfo de la síntesis judeocristiana, tema recurrente en la ensayística del autor. He aquí las palabras del poeta:

La promesa de Juan y Jacob, cristianismo-judaísmo, se renueva. Por estos días he comprendido también por qué este niño nació en Francia, de madre francesa, así como por qué yo escribí en francés, idioma en que la tradición más avanzada de Occidente manifestó su existencia. Ello viene a América a continuar su desarrollo en castellano después de sufrir una crisis de transformación cerebral.

En otra parte del Diario (16 de mayo de 1944), Larrea analiza por qué lo francés es fundamental en su vida: el estudio de la lengua francesa en el colegio, su uso en la escritura poética de vanguardia, la lectura asidua de los grandes poetas franceses (Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire), su larga residencia en París, su mujer francesa, su hijo Jaime, nacido en Francia. Larrea llega a la conclusión de que el Nuevo Mundo necesitaba un trasplante de los valores germinados en Francia que él, de cultura francoespañola, lleva dentro, y que representan aún mejor sus hijos Jaime, nacido en Francia, y Luciana, nacida en América. En la cosmovisión larreana no hay duda y vacilación: todo es claro, todo estaba previsto. Cualquier hecho o contratiempo, cualquier enfermedad del poeta o sus familiares forman parte de un plan ordenado cuya finalidad es la nueva existencia en América.

La lectura del manuscrito, en el que a veces el cambio de tinta de la pluma permite seguir el work in progress del Diario, evidencia cierta fragmentación o repetición de motivos, en apuntes de breve extensión o más larga, reflejo de un pensamiento único, inmediato. Este carácter de inmediatez da a la escritura un particular dinamismo y produce la sensación de que seguimos el relato de una confesión que persigue la revelación. El poeta intenta descifrar los episodios que marcan su día o tejen la madeja onírica de su noche, y en los que se manifiesta el signo de una voluntad superior. El lector observa que los motivos conocidos revelan una explicación convincente y una clara finalidad en conexión con la llegada del poeta al Nuevo Mundo. Vale la pena recordar el episodio del cartel que anuncia la intervención —no solicitada— de Larrea en una serie de conferencias organizadas por un grupo juvenil. El 3 de julio de 1944 Larrea observa que el día de su conferencia será el 25 de julio, fiesta de Santiago, patrón de España. He aquí su comentario:

Del año 44 a 1944 median exactamente 19 siglos. Ya era cosa indiscutible que mi persona, a través de todas mis aventuras espirituales, estaba vinculada al complejo místico y significante de Santiago, y sobre todo después de la revelación de Rendición de Espíritu, donde pueblo, Santiago, y Verbo español hacen una sola cosa. He aquí que este Verbo por sus procedimientos maravillosos viene a recordármelo y a llamarme la atención sobre el valor de la fecha que se aproxima.

La fe del poeta en su vaticinio es total. Ninguna vacilación obnubila su mente, ninguna enfermedad o desgracia ponen en duda su vocación mística. Al contrario, el dolor y la soledad que le rodean refuerzan su perseverancia, porque son para él un signo manifiesto de la predilección otorgada por el Verbo. «Se diría que Santiago —el Verbo español— se ha puesto otra vez en movimiento», es su explicación. Tampoco falta, como se ha indicado, el mundo de la realidad onírica y su análisis minucioso, como el del sueño en que aparece su admirado Vicente Huidobro, con quien viaja en autobús hasta la orilla de un mar hermoso, donde las olas suben hasta la cima de algunos árboles que estaban allí como bañándose, imagen que al poeta le recuerda un lejano verso de un poema suyo. El sueño premonitor anticipa una carta de Huidobro que Larrea recibe al día siguiente.

En este universo abierto al milagro y la trascendencia, es fácil que un evento de carácter simbólico como el de la paloma encontrada el 15 de junio de 1929 en la catedral de Chartres, que Larrea refiere con detalle en unas páginas de Orbe3, se repita mientras el poeta consulta en la Biblioteca Nacional de México el libro De Trinitate de Dídimo el Ciego, donde se estudia el significado mítico de la paloma, alfa y omega, principio y fin. De una manera inesperada, una empleada de la biblioteca aparece con una paloma, que se había caído del nido, en la mano. La pervivencia del símbolo de la paloma anula la diferencia temporal y crea una trayectoria unitaria, un vínculo que llega a la época actual: lo que ha pasado en 1924 sigue manifestándose y se aclara en el presente. La aparición durante la lectura del libro de Dídimo corrobora la idea, antes vagamente intuida, del anuncio del comienzo del Espíritu que se ha realizado.

Como se ve, el magma imaginativo que nutre la cosmología de Larrea muestra una línea unitaria que une pasado y presente, objetividad y trascendencia, historia y mito, formando un pensamiento único, dinámico, espiritual y positivo. Algunas anotaciones, en apariencia autónomas o de carácter sociológico, bajo una observación más atenta resultan remansos de la corriente psíquica fluvial que necesita momentos de pausa para recobrar su quietud y clarividencia íntima. Al resultado de su análisis ayudan la publicación de los estudios Rendición de espíritu y Guernica (en esta obra, Larrea presenta una lectura alegórica y cosmológica de la iconografía del cuadro de Picasso). Estos ensayos están relacionados con el triunfo del reino del Espíritu, que según la profecía de san Jerónimo empieza en 1941, fecha de la reciente estancia del poeta en México. Por este motivo, Larrea necesita dejar testimonio de la nueva germinación espiritual representada por el triunfo del Nuevo Mundo con la escritura del Diario, que considera «la crónica de su génesis».

Obstinado, irreductible, el poeta se ha identificado con su vaticinio. Lo confirma la tipología lingüística del Diario, en el que biografía, sueño y profecía se superponen y confunden creando una gramática interior en la que la frase rompe toda barrera sintáctica y léxica. El pensamiento fluye y se expande como un líquido, traduciendo con la desenvoltura de un doble movimiento, paratáctico y también hipotáctico, los sinuosos circuitos mentales. Pocas borraduras encontramos en el manuscrito, pues la urgencia del mensaje premonitorio y mesiánico sigue el mismo ritmo de la respiración del poeta: el enunciado se hace palabra y la escritura, imagen concreta.

El Diario termina el 4 de agosto de 1947. Larrea ve en la llegada a Nueva York de su amigo escultor Jacques Lipchitz otro signo del destino que afianza la universalidad de su pensamiento y hace creíble la afirmación definitiva del Espíritu. El poeta siente con lucidez, al lado de la presencia vital de la tierra americana, la percepción del Creador. «Esto equivale al paraíso, evidentísimamente —escribe—, la salida al reino de la luz, de la vivencia». Son los días en que Guite, con su hija Luciana, abandona al poeta y vuelve a Francia4. Inmerso en su absoluta soledad y tremenda amargura, nuestro autor sigue volcado en su camino interior, en el que vislumbra la luz redentora. Fiel a sí mismo, con el ánimo sangrante, busca la presencia de una vía espiritual. «Su percepción —escribe— barre todas las nubes internas. Se diría que desaparece hasta el último residuo del yo». Para Larrea sólo queda la visión de la realidad creadora del espíritu y el testimonio de la palabra anunciada por la profecía del Apocalipsis, de la que él es fiel intérprete.

G. M.

1Juan Larrea, Razón de ser, Cuadernos Americanos, México, 1956 (en particular, pág. 150).

2 Carlos Peinado Elliot, «Inconsciente y voluntad en los textos inéditos de Orbe (1926-1931), de Juan Larrea», Nueva Revista de Filología Hispánica, tomo LXI, núm. I, Colegio de México, enero-junio de 2013, pág. 169, nota 39.

3 Juan Larrea, Orbe, edición de Pere Gimferrer, Barcelona, Seix Barral, 1990, págs. 155-157,

4 La separación de Guite de Larrea, iniciada en esa fecha, se concreta oficialmente en octubre de 1947. En su Diario VI (México, Fondo de Cultura Económica, 2013, pág. 230), Alfonso Reyes anota el 29 de mayo de 1948: «Entrevista con Juan Larrea, que quiere alejarse de México con sus hijos, por su desgracia doméstica».

SOBRE ESTA EDICIÓN

El Diario que aquí se presenta proviene del archivo de Juan Larrea, custodiado por su albacea Alejandro Finisterre. Forma un corpus de 173 hojas, ­todas manuscritas por Larrea, menos dos páginas que aparecen dactilografiadas y dos programas de conferencias que el poeta incluye en la documentación porque en ellos consta su presencia. El texto recoge el fiel testimonio de la vida y de la reflexión del poeta durante su estancia en México. Como sucede en algunos poemas y en particular en la prosa de Orbe, asistimos en estas páginas a un proceso continuo de asociación entre el dato biográfico —de índole familiar, fruto de un sueño, de un acontecimiento histórico, de una referencia o de una vivencia religiosa— y su exégesis simbólica, todo trascendido por la visión mítica y americana del creador.

El Diario, que podemos llamar «americano» puesto que se escribe durante el período del exilio mexicano, comienza el 4 de abril de 1940, cuando Larrea abandona Francia (el 26 de octubre de 1939), y termina con la anota­ción que lleva la fecha 4 de agosto de 1947. Algunos fragmentos iniciales ­están constituidos por breves apuntes con grafía apresurada y a veces ilegible, propia del concepto de «vidente» que el poeta mantenía. Salvo estos párrafos, el manuscrito en general presenta una escritura lineal y ordenada, aunque hermética en su sintaxis y lenguaje iniciático, con pocas borraduras y escasos cambios de tinta y pluma.

Cada nota comprende una o dos hojas, excepto las últimas —del 2 de agosto de 1945 al 4 de agosto de 1947—, cuya larga articulación y fuerte contenido filosófico hacen pensar en la presencia de esbozos teóricos que anticipan o recalcan ideas y afirmaciones de carácter ensayístico.

La numeración, impresa en el encabezamiento de cada hoja, no es autógrafa sino obra de Alejandro Finisterre, que reunió y fijó en orden progresivo los folios del Diario encontrados en el legado literario de Larrea. Se trata de una numeración errónea; en efecto, un grupo de notas, reunidas bajo la signatura «Carpeta 1941/enero», se incluye arbitrariamente en la documentación que concierne al año 1942. He vuelto a ponerlas en el lugar correcto, ordenando de nuevo todo el corpus de la forma en que ahora se presenta.

Según los criterios utilizados en esta edición, he normalizado la fecha, que he colocado en la parte derecha de la entrada. Del mismo modo, he corregido pequeñas erratas, he incluido entre corchetes sílabas, letras o palabras ausentes y he marcado con interrogantes los términos que presentaban dudas. Asimismo, he corregido la acentuación de acuerdo con el uso actual. Naturalmente, al tratarse de un manuscrito autógrafo, he indicado solo las hojas que van mecanografiadas. Además, en lo posible he respetado la disposición de los párrafos en el original, al ser un diario privado escrito sin idea de publicación, sino como reflejo de la reflexión personal y del diálogo del autor consigo mismo. Esta circunstancia ha requerido un rico sistema de notas como complemento textual, destinadas a acompañar al lector en la red de nombres y referencias familiares citadas por el poeta.

Termino esta nota dando las gracias a los colegas que me han proporcionado documentación y consejos, empezando por Juan Manuel Díaz de Guereñu, a quien debo su atenta lectura del texto. Igualmente mis agradecimientos van a María Luisa Molteni y María Isabel López Martínez por su aportación generosa durante el trabajo. Por último, pero no menos importante y sincero, expreso mi reconocimiento a Lola Albornoz, que ha cuidado con su conocido esmero de esta edición.

G. M.

Juan Manuel Díaz de Guereñu
LA ESCRITURA Y LOS DÍAS DE JUAN LARREA

En el breve prólogo de 1966 que antepuso a Versión celeste, el libro en el que reunió buena parte de su poesía, Juan Larrea describió sus poemas como «testimonios de una experiencia poética total» que luego prosiguió con otros medios, y explicó que salvo por excepción había evitado publicarlos porque «eran sólo circunstanciaciones insatisfactorias de su proceso íntimo».

Toda la obra escrita de Larrea, en efecto, se engarza muy directamente con su modo de vivir y de entender lo vivido. El prestigio de que gozó desde muy temprano derivó en parte de tal imbricación. Los lectores de sus poemas entendieron que, aunque estos apuraban posibilidades expresivas o desbarataban convenciones al igual que otras exploraciones vanguardistas, en ellos no se ventilaba ninguna pendencia literaria ni problemas de carácter formal. Ahí buscaban cauce angustias e inquietudes hondamente sentidas.

En julio de 1926, encabezando el primer número de su revista Favorables París Poema, editada mano a mano con César Vallejo, Larrea publicó su manifiesto «Presupuesto vital». El texto tiene mucho de diatriba contra los ­poetas españoles, a los que acusa de falta de generosidad, de reducir la escritura a «una simple suposición de flores a porfía en el vacío». Frente a quienes eluden el compromiso fundamental de la creación, Larrea proclama: «En lealtad sólo hay un modo de ser, el modo de la pasión». Se empeñó, pues, en que cada poema, cada «circunstanciación» de sus estados espirituales fuera tan imperfecta como hiciera falta para desnudarlos.

La escritura de poemas, en su caso tan reservada y ejecutada en un corto período de tiempo, hasta que en 1932 abandonó el verso, se rigió por la convicción de que la pieza escrita debe expresar el drama íntimo del poeta, y debe hacerlo con los instrumentos apropiados, los de su tiempo. Larrea eligió el lenguaje de la poesía de vanguardia y hasta su idioma, el francés de las grandes aventuras de la expresión poética de entonces.

Cuando dejó de componer versos y se ciñó a la escritura en prosa, que practicó en exclusiva y con torrencial generosidad desde el final de la guerra civil hasta su muerte en 1980, fue a causa de un cambio de postura fundamental. Ya no buscaba a ciegas un sentido para su existencia, en versos difíciles, de lenguaje descoyuntado. Había encontrado ya dicho sentido y se empeñaba en explorarlo y explicarlo. Eligió, en consecuencia, el ensayo como herramienta adecuada a su propósito y volvió a escribir en español.

También su prosa se vinculó muy directamente a su experiencia vivida. Larrea dio en interpretar esta como un mensaje en el que el Logos, la razón que gobierna toda realidad humana, se hace presente. Dado que dicha razón suprema es poética, creadora por naturaleza, es natural que se manifieste de tal modo que una sensibilidad poética pueda percibirla y comprenderla. La Vida es Poesía, afirmó incansable Larrea, un Lenguaje articulado de acuerdo con la capacidad de comprensión del poeta, designado como instrumento para hacerlo consciente y para contribuir así a la realización de sus designios, la transformación de la humanidad en una nueva sociedad, en un nuevo mundo.

Se comprende, pues, que la anotación minuciosa de lo que vivía y de su sentido se convirtiese en germen, en semillero de su obra.

La propensión a volcar en el papel las experiencias vividas se le hizo presente muy pronto. En una carta que escribió a su amigo Gerardo Diego el 3 de junio de 1920, en la que afirmó estar sufriendo «una exasperada crisis de lobreguez espantosa», Larrea escribió:

Estoy tentado, para desahogarme, de ir reflejando en cuartillas, para uso exclusivamente personal, las incidencias de esta borrasca tumultuosa. Me tienta, me tienta, y si esto como llego a temer continúa no tendré otro remedio que hacerlo. Ecce Homo habría de ser el epígrafe que las agrupara, Ecce Homo, y te aseguro que habría de analizarme sin piedad y sin literatura.

Alimentó al poco tal tentación confesional y dicho propósito de autoanalizarse la lectura de Freud, si bien el poeta no empezó a escribir anotaciones personales en forma de diario hasta años más tarde. Entre 1926 y 1932, aunque sólo avanzado ese período de modo más o menos continuo, Larrea escribió prosas en las que anotó indistintamente aconteceres y reflexiones. Luego las prosiguió hasta 1934. Cuando pensó en publicarlas, agrupó el conjunto bajo el título general Orbe. El estallido de la guerra civil frustró la edición y Orbe quedó inédito hasta que, largas décadas después, se publicó una antología de sus dos mil páginas largas, así como fragmentos dispersos en un par de revistas.

En realidad, las anotaciones de Orbe sólo adquirieron forma de diario al quedar agrupadas. Las primeras tenían, incluso para su autor, un carácter indeciso, entre la escritura poética y la confesional. Lo prueba que Larrea incorporara la primera, que tituló «Cavidad verbal», como uno de los textos que integraron su primer libro de poemas (en prosa), Oscuro dominio, en 1934. Cierto es que el texto, de textura onírica, se articula en torno a la cuestión de los límites del yo. Como en esa primera anotación, en las otras tempranas no abundan los rasgos autobiográficos y son raras las dataciones, que se hicieron frecuentes a partir de 1929 y luego sistemáticas.

Desde ese año, es decir, en la mayor parte de Orbe, la anotación tipo conjuga el relato de experiencias concretas, recuerdos, sueños o lecturas con largas tiradas interpretativas que procuran articular un sentido a partir de lo acontecido. Lo confesional no es un fin en sí mismo, sino en cuanto que procura al poeta materia sobre la que desarrollar su exégesis, que conduce finalmente a la profecía de una nueva humanidad de la que su peripecia personal es heraldo.

La misma lógica rige las anotaciones que Larrea escribió en el exilio mexicano entre 1940 y 1947, que Gabriele Morelli ha recuperado y transcrito en este libro. Se trata de un período esencial en la trayectoria vital y en la creación de Larrea. El poeta arribó a México en noviembre de 1939 y abandonó el país rumbo a Nueva York, becado por la Fundación Guggenheim, en octubre de 1949. Durante esa década fue responsable de dos revistas, la España Peregrina de los exiliados españoles, que publicó nueve números entre febrero y octubre de 1940, y Cuadernos Americanos, que salió a la luz por vez primera en enero de 1942. Y dio a la imprenta dos libros, Rendición de espíritu (1943) y El surrealismo entre viejo y nuevo mundo (1944), así como numerosos artículos. Fue una época en la que, por su participación en la Junta de Cultura Española primero y en las citadas revistas después, adquirió perfiles de personaje público y de figura relevante del mundo cultural.

Esto no obstó, sin embargo, para que fueran tiempos de apreturas económicas. Los Larrea, como otras familias exiliadas, tuvieron dificultades para ganarse el sustento en el país de acogida, hasta que Guite, la mujer del poeta, consiguió trabajo en la recién establecida Librería Francesa de México D. F., a lo que alude la anotación de 25 de mayo de 1944. Tampoco impidió que Larrea se sintiera, en lo que le importaba, su convicción profética, completamente solo.

Articulan las notas, como fue habitual en la escritura más personal de Larrea, las ideaciones con las que eleva lo sucedido a profecía, a promesa de un futuro resplandeciente. Dichas ideaciones son de ordinario la condición para que un hecho o un día merezcan escritura. Es por eso que este peculiar Diario contiene a la postre contadas noticias personales. Atiende al acontecer menor, al vivir concreto y cotidiano del poeta, de los suyos y de quienes los rodean, sólo en cuanto se presta a la interpretación.

Por lo mismo, estos textos presuponen la existencia de otros en los que sólo quedó anotado el dato o el detalle con su fecha. Esa escritura de agenda ofrece al poeta precisiones a las que acude en escritos en los que debe rememorar su participación personal en hechos concretos. A dichas notas de agenda alude Larrea en alguno de sus textos de tal índole. Las entradas de su dietario mexicano, lo mismo que antes las de Orbe, son en cambio esencialmente interpretativas. No se preocupan de contar lo sucedido, sino de comprenderlo.

Claro que el rigor de la exégesis requiere precisión, exactitud en el dato. Así, Larrea se preocupa de comprobar, de cotejar notas de agenda, cartas u otros documentos escritos y fotográficos. En una carta de 24 de agosto de 1974 a David Bary, que preparaba su biografía, Larrea justifica las numerosas precisiones que había añadido al original con el fin de «ganar en exactitud, de la que soy fanático». Porque el dato exacto proporciona una base sólida sobre la que articular la visión de la verdad oculta. Esta lo exige.

Dicho predominio de la interpretación de lo sucedido sobre el hecho mismo en su desnudez factual tiene como consecuencias formales en las anotaciones el tono a menudo divagatorio de la prosa; el uso reiterado de conceptos escritos con mayúscula inicial —Vida, Objeto, Amor de América…— y de términos como «fenómeno», «sentido», «coherencia»; el recurso a las interrogaciones retóricas, a la formulación de hipótesis, a la enumeración de argumentos. Larrea no cuenta sino por excepción; explica, argumenta, razona.

No son rasgos específicos de estos textos en forma de diario, pues los comparte toda su obra en prosa. Estuviera dedicada a la historia del cristianismo primitivo, a la arqueología precolombina, a la crítica del arte o la ­poesía contemporáneos, siempre conducía a las mismas convicciones de fondo, porque Larrea siempre descubre en las realizaciones humanas formas de expresarse de la Poesía que todo lo rige. Así, «The Vision of the Guernica», el ensayo sobre el mural de Picasso de cuya edición tratan las últimas anotaciones de 1947, descubre en él las consabidas previsiones de un nuevo mundo.

Cuando, ya en sus últimos años de vida, Larrea se propuso escribir su autobiografía, que tituló «Veredicto», quiso, del mismo modo, «referir las conexiones complejas y significativas que han venido entretejiéndose en el curso de mi experiencia». Para emprender su relato, acudió a los hechos y las interpretaciones que había referido en sus anotaciones de julio de 1944. Y citó y glosó extensamente dichas anotaciones.

Porque su Diario, en definitiva, está formalizado como una primera exégesis de lo real vivido, como una comprobación inmediata, al calor aún de los hechos recientes, de la capacidad para generar sentido de su perspectiva poética sobre la realidad. Cuando, en la entrada de 7 de enero de 1944, Larrea describe estas notas como una «crónica circunstanciada» que ha vuelto a escribir tras unos años, explica que su materia son las convicciones y su capacidad generadora de un nuevo mundo; se trata, en suma, de una crónica intelectual y no de un relato de vida.

Tal es la razón por la que, cuando aborda la lectura de los diarios personales de Larrea, el lector ingresa en una atmósfera enrarecida de naturaleza similar a la de sus obras publicadas, de optimismo a ultranza, de ideaciones y abstracciones entre las que hasta se pierde de vista, como entre nieblas, la vida concreta, la de aquel poeta español exiliado con su mujer y sus dos hijos y acogido en la tierra generosa pero difícil de México.

Sin embargo, no faltan en estas páginas datos personales concretos ni detalles significativos acerca de lo que Larrea vivió durante sus años mexicanos. Sus anotaciones hablan de enfermedades en la familia, de disgustos y soledades que empiezan a ser perennes, a pesar de la buena situación que ocupaba en el mundillo cultural de la capital azteca.

La mayoría de las entradas están datadas entre octubre de 1943 y enero de 1944, período que sigue a la publicación en las ediciones de Cuadernos Americanos de los dos tomos de Rendición de espíritu, que salieron de imprenta en mayo y julio de 1943. Larrea se refiere una y otra vez a la obra como «mi libro». Cumplida la tarea que lo arrebató durante los primeros años de exilio, la de transformar el meollo de las anotaciones de Orbe en un libro impreso que exponía febrilmente su sistema, Larrea se dice atrapado por la angustia, «una angustia que —según escribe el 7 de enero de 1944— sólo encuentra lenitivo proyectándose en la escritura». De ese modo de afrontar la angustia espera el poeta nuevas transformaciones radicales en la comprensión de la realidad y en la acción sobre ella. A dicha angustia acompañan las hemorragias intestinales a las que repetidamente se refieren sus notas, así como otras molestias y sinsabores.

En la actividad cultural, Larrea se ve solo y va aceptando que la soledad es inherente a sus convicciones. Pues no tiene mucho sentido que quien escribe, el 18 de julio de 1941, que «sólo por el camino de lo que el común sentir considera locura se puede llegar eficazmente a la conciencia» convoque a notables filósofos para debatir sobre el alcance de sus proposiciones. Como es natural, el único resultado posible del encuentro es que se nieguen a compartir la locura y que lo confirmen en el aislamiento de sus certidumbres. Sólo el profeta ve y comprende la profecía.

Con todo, es la crónica familiar que sólo asoma de vez en cuando en ellas la que acaso conforma más decisivamente la escritura de estas anotaciones. La primera, el 4 de abril de 1940, arranca refiriéndose a los problemas de salud de su mujer, Guite, operada de un fibroma. Como no podía ser menos, Larrea supone que en ese momento comienza para ellos una nueva vida. Un año después, en abril de 1941, su hijo Juan Jaime padece una meningitis que Larrea interpreta de nuevo como trance obligado en un proceso de renovación y superación imparable. Las enfermedades propias y las de los suyos no son sino una especie de signos de puntuación en el mensaje que la Realidad enuncia incansable para él.

Pero las numerosas referencias en estas anotaciones a la obligación de velar por la felicidad de Guite, aunque sin aportar detalles precisos, matizan el optimismo irreductible de Larrea. Lo no dicho induce a suponer que protestas de amor y promesas reiteradas de conciliar trabajo y vida personal constituyen una respuesta a tensiones, a dificultades, a conflictos que sólo podemos imaginar.

Como cabe suponer, a falta de otros datos que enmarquen los textos de este Diario, que en la interrupción brusca de las anotaciones tras la entrada del 4 de agosto de 1947 tuvo algún peso la separación de los Larrea, que Guite comunicó a su marido el 10 de octubre, a su regreso del viaje a Francia que en dicha entrada menciona. La escritura a que lo convocó, como a una nueva vida para ambos, la convalecencia de Guite siete años atrás quedó cancelada por el punto final a su convivencia.

Larrea, que sepamos, nunca dejó escrito pormenor alguno acerca del trance, pero en una carta a Gerardo Diego, datada el 16 de noviembre de 1948, le confesó al respecto que «entre los innumerables momentos duros de mi vida este ha sido el más atroz». Tampoco conocemos ningún texto suyo que integre un suceso tan determinante en sus reflexiones, al modo de las anotaciones de este Diario.

Tal silencio insólito y la interrupción del Diario mexicano modulan por fuerza la lectura de este, como si la vida ordinaria, tan tamizada y velada por la lógica interpretativa que conduce la escritura, irrumpiera bruscamente imponiéndose a esta. No es posible obviar, en efecto, que en su última anotación Larrea se regocijaba de haber alcanzado «la diafanidad absoluta» en su visión, al tiempo que, al menos en su escritura, permanecía completamente ciego a la inminencia de su momento más atroz. En el mismo sentido, las conclusiones que extrae de la enfermedad de su hijo en 1941 desconocen las graves consecuencias que esta había de tener en el desarrollo intelectual del niño.

Silencios, reticencias y cegueras acompañan en estas páginas el despliegue entusiasta de visiones y previsiones felices, de modo que por momentos parece que la escritura y los días se ignoran mutuamente. De nuevo, la asombrosa singularidad del poeta, su irredimible extravagancia, desconcierta las pautas expresivas del género y con ellas las expectativas del lector.

Pero, en definitiva, también podemos considerar la escritura de su Diario desde eso mismo que calla o ignora. Larrea lo escribe quizá para imponer esforzadamente un sentido a lo que carece de él, para amurallarse sin descanso contra la desgracia, el momento atroz, el sufrimiento que impone vivir. La visión de una realidad más profunda e inconsciente, a la que sólo cabe acceder mediante la locura, consuela acaso de la derrota, el exilio, la enfermedad y la desdicha, mitiga tal vez el daño que una y otra vez inflige la existencia.

Las certezas que Larrea edifica en sus diarios, y que articula minuciosamente en todas sus obras en prosa, se afanan por sobreponerse a las incertidumbres de cada día. Porque es la angustia la que exige el lenitivo de la escritura, cantar con fe ciega en la maravilla, para acallar tanto ruido y tanta furia. Y el flujo constante de dicha escritura, aunque lo calle o lo desmienta, levanta testimonio del arduo transcurso de los días.

J. M. D. G.

Universidad de Deusto, San Sebastián, julio de 2013

OBRAS DE JUAN LARREA CITADAS

Oscuro dominio, México, Alcancía, 1934.

Versión celeste, Barcelona, Barral, 1970.

«Veredicto», Poesía. Revista Ilustrada de Información Poética, núm. 20-21, Madrid, mayo de 1984, págs. 9-44.

«Orbe», Poesía. Revista Ilustrada de Información Poética, núm. 20-21, Madrid, mayo de 1984, págs. 77-124.

Cartas a Gerardo Diego (1916-1980), San Sebastián, Universidad de Deusto, 1986.

Orbe, Barcelona, Seix-Barral, 1990.

«Orbe», El Signo del Gorrión, núm. 21, Madrid, invierno de 2001, págs. 9-24.

Epistolario. Cartas a David Bary (1953-1978), Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2004.

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