Kitabı oku: «Por sus frutos los conoceréis»
Por sus frutos los conoceréis
Historia de la caridad en la Iglesia
Juan María Laboa

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Prólogo
Jesús anunció a sus discípulos que serían conocidos por sus frutos y poco a poco fue señalando con precisión la naturaleza de esos frutos: Amaos los unos a los otros; actuad con los demás como queréis que ellos actúen con vosotros; que el último de vosotros sea el primero; perdonad setenta veces siete; amad a vuestros enemigos. De hecho, él fue el primero en mantener y recomendar esta actitud. Nos amó de tal manera que se identificó con nosotros hasta el extremo de dar su vida por nosotros, y en todo momento nos animó a seguir sus huellas.
Al anunciarles que Dios era nuestro Padre les dio a entender que todos éramos hermanos, de forma que, a lo largo de nuestra vida, debíamos manifestarnos y actuar en cuanto tales. Se trataba de comportarnos con una nueva actitud, renacidos y regenerados, ante el Creador, la naturaleza, la sociedad y los seres humanos todos.
La Iglesia que nos propuso no se reducía a un templo, un sacrificio, un mandamiento o una organización, características propias de toda religión, sino que se componía fundamentalmente por un pueblo que se amaba, por una comunidad de creyentes caracterizados por su fraternidad y su solidaridad. En sus palabras nos enseñó que Dios, en el ejercicio de su amor, era Padre, Hijo y Espíritu Santo, que manifestaba su paternidad a través de su ternura por todas sus criaturas y repartiendo sus dones sin distinción.
En la actuación y predicación de nuestra Iglesia, de acuerdo con los textos evangélicos, se habla de amor a todas horas, a tiempo y a destiempo, con rutina o con pasión. Todas las oraciones, las homilías, los documentos oficiales hablan del tema y dan por supuesto su importancia en la vida de la comunidad. Sin embargo, nos queda la duda razonable sobre si la práctica responde siempre a la teoría. De hecho, nunca ha habido tribunales de Inquisición encargados de condenar las faltas de caridad entre los creyentes, nunca se ha afirmado que el pecado contra la caridad no tenga parvedad de materia, nunca se ha promovido un examen eclesial que en su conjunto haya afrontado cuántas veces los cristianos han actuado como si el fin justificase los medios; se habla demasiado poco de amor concreto en los libros de teología y de historia de la Iglesia y, aunque no se olvida su labor asistencial, no parecen preocuparse mucho sobre la presencia de la gracia y del amor mutuo en la marcha diaria del pueblo de Dios y de la institución eclesial. No faltan las definiciones de la gracia y del amor divino en sentido metafísico y neumático, pero resulta mucho más difícil encontrar textos que lo relacionen con el amor de la parturienta por su hijo, tal como hace san Francisco cuando describe familiarmente cómo deben organizarse cuantos le siguen: su amor fraternal debe ser de naturaleza maternal, al hermano León le habla como una madre a un hijo y en sus cartas invoca un ideal familiar en el que los fieles se transforman en esposos, hermanos y madres de Cristo según una ascesis espiritual explicitada con precisión (Epistula ad fideles, 9).
En el transcurso de nuestra vida encontramos toda clase de sufrimientos, pero el más desconcertante es siempre el del inocente. ¿De quién es la culpa?, se preguntaron los discípulos de Jesús cuando se encontraron con el ciego de nacimiento; pero al responderles, Jesús se colocó en otra lógica. No miró al pasado, sino al futuro. Nos invitó a enfrentarnos a los sufrimientos de todo género, atenuando sus consecuencias, eliminándolos si fuera posible, acompañando y amando siempre a quienes sufren, tomando siempre sobre nuestras espaldas sus consecuencias, tal como él lo hizo. La cruz es el lugar de encuentro más apropiado del ser humano, siempre débil, con Cristo, inocente y justo. Es la antesala del encuentro definitivo.
Siempre he pensado que una historia de los cristianos y de la Iglesia que no se centre en su capacidad de amarse entre sí y de amar a los demás seres humanos escamotea el núcleo experiencial, absolutamente esencial en la comunidad creyente y en la institución eclesial. Todavía hoy, esta historia queda por afrontar y desarrollar.
Hemos pretendido en estas páginas cambiar algo la óptica habitual en los estudios de historia eclesial y poner el acento cariñosamente sobre el amor, la solidaridad, la preocupación afectuosa de los cristianos entre sí. «Mirad cómo se aman», señalaban con admiración los paganos, hablando de los primeros cristianos. Probablemente, la única identidad de los cristianos es la de la caridad. ¿En qué consiste este amor, cómo lo manifestamos, de qué manera ha existido este sentimiento y este comportamiento a lo largo de nuestra historia? Estas son algunas de las grandes preguntas a las que intentamos responder.
En este libro realizamos un cierto número de calas en la vida de los cristianos, las consideramos, las relacionamos con otros momentos y ambientes de nuestra historia[1]. El conjunto pretende ser un mosaico de esa vida que, de manera espontánea y sencilla, muestra cómo un torrente de ternura, amor y compasión recorre las arterias del cuerpo cristiano. ¿Siempre y por parte de todos? Evidentemente no. Seguimos siendo vasos de arcilla contenedores de pecado y gracia, de egoísmo y generosidad, de inconsecuencia y de pasión regeneradora. Hemos levantado demasiadas estructuras y seguimos preocupándonos demasiado por ellas y, a veces, como los sacerdotes del Templo, preferimos que caigan algunas personas con tal de que no se complique la marcha de estos andamiajes eclesiales. Es por esta tentación por la que la Iglesia siempre tiene necesidad de repensar y salvaguardar su semejanza profunda con Jesús. No se trata de palabras ni de voluntarismo, sino de generosidad y entrega.
La mayoría de los cristianos no fueron grandes santos, pontífices eminentes, teólogos sapientísimos, sino cristianos de a pie, con poca teología a cuestas, pero que amaron y aman a sus hijos, les enseñan qué representa Cristo en sus vidas y acompañan a sus vecinos ayudándoles en lo que pueden. Esas historias oscuras constituyen las páginas más hermosas del cristianismo y esos cristianos son los auténticos protagonistas de esta historia de amor, porque, aunque nos hayamos quedado en nuestra memoria con los nombres de los fundadores de congregaciones e instituciones eclesiásticas y de algunos grandes emprendedores, los verdaderos héroes son sus continuadores anónimos, los bomberos de tantos fuegos y los consoladores de tanta incertidumbre, los auténticos artífices de una sociedad más compasiva y más fraterna.
Aquellos diez justos del Antiguo Testamento se han convertido con el paso del tiempo en masas anónimas que, tal vez, no entienden el significado de la misa, desconocen el sentido de tanta tramoya barroca de Roma, no leen a los expertos internautas, jamás han tenido entre sus manos una carta pastoral, pero al anochecer, antes de dormir, en sus camas, dan gracias a Dios por los beneficios recibidos y hablan a Cristo, confiadamente, de sus miserias y de sus alegrías. Ellos hacen comunidad, se saludan con afecto en la eucaristía y dan lo poco que tienen para las necesidades de Cáritas: han aprendido a amar y a dar vida a cuantos les rodean. Son aquellos que caminan hacia los demás, que conviven y trabajan con los enfermos, con los marginados y excluidos, con los enfermos de sida, los jóvenes difíciles, los pobres de toda condición, con aquellos que han sido rechazados, con todos los intocables del mundo.
En el texto aparecen algunos nombres personales y nombres de instituciones y congregaciones religiosas. En general, representan actitudes, acciones heroicas, generosas, creativas, nuevas ideas. Por ejemplo: las Siervas de san José han abierto en una barriada de Madrid una lavandería-tintorería en la que se procura la inserción en el mundo laboral de mujeres en riesgo de exclusión social. La misma comunidad acoge a las personas necesitadas de Cáritas parroquial y del aula de la mujer. Podría haber añadido innumerables nombres más, pero los doy como citados al hablar, en general, de los motivos y de las acciones por los que estos cristianos son queridos, admirados y respetados.
El libro mantiene, en cierto sentido, el orden cronológico, pero de manera amplia y poco convencional; leyendo el conjunto, sin embargo, creo que aparece una continuidad de fidelidad y generosidad. De los títulos de libros que se ofrecen, a menudo no se dan páginas concretas porque he considerado que lo importante es el sentido total de la obra.
Seguimos pensando con el profeta que, para quien ama, el tiempo gozoso y lleno de vida y plenitud es la eternidad, pero esa eternidad que acompaña al Reino de los cielos está ya con nosotros[2].
1. La ternura de la paternidad
El amor constituye el corazón del misterio trinitario y la Trinidad se encuentra en el origen de la encarnación de Cristo, de la creación de la materia, del hombre, de toda vida, de todo cuanto existe y es. El nuevo mandamiento de Jesús no constituye una añadidura a la sabiduría, ni a la doctrina revelada, sino que todo lo comprende y explica.
Podemos iniciar estas páginas afirmando con convicción que tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento son los custodios de la manifestación del amor de Dios por los seres humanos. Para los creyentes, Dios es el autor de la Biblia y su auténtico protagonista. Este género literario recibe el nombre de autobiografía. Es decir, en la Biblia, Dios nos cuenta de muchas maneras sus siempre sorprendentes relaciones con los hombres. Por amor los creó a su imagen y semejanza; por amor los llamó a mantener una inefable relación personal con Él, y por amor se comprometió en nuestra historia, la historia humana, que, en realidad, describe con meticulosidad, de mil maneras, este encuentro permanente. Dios ha mantenido siempre la iniciativa y nosotros nos hemos encontrado inefablemente envueltos por su ternura. El Deuteronomio lo dice con rotundidad: «Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos… sino… por puro amor a vosotros» (Dt 7,7s).
Este amor es gratuito, no depende de nuestros méritos ni de nuestra insistencia ni de nuestras peticiones. La iniciativa ha sido siempre completamente suya. Él nos amó primero, tanto que nos hizo a su imagen y semejanza. Jesús nos recordó que Dios hace llover sobre buenos y malos, comprende nuestras debilidades y nos ayuda en nuestras necesidades, y el profeta Isaías nos indica cómo el Señor está siempre pendiente de nuestras limitaciones: «Voy a derramar agua sobre el sequedal y torrentes en el páramo; voy a derramar mi aliento sobre tu estirpe y mi bendición sobre tus vástagos» (Is 44,3). Este amor divino se derrama sobre las criaturas como espíritu que hace revivir y renacer, reconstruir, plantar y purificar (cf Ez 35; 36).
Sabemos bien cómo el pueblo de Israel se sintió amado, protegido y defendido por su Dios en todo momento. En la Escritura, al describir qué y quién es el hombre, leemos que es alguien «de quien Dios se acuerda», «a quien Dios ama», es el «hombre de Dios». El mismo Dios lo dice: «Yo seré vuestro Dios». A ese Dios capaz de amar y darse, la criatura debe corresponderle porque solo en esa correspondencia encontrará su plenitud, su sentido y su felicidad.
Por parte de las criaturas, la comprensión del amor de Dios les viene de amarle y de donarse al amado. «El mismo amor es conocimiento», dice san Gregorio, y san Juan de la Cruz escribe que «solo el amor es el que une y junta al alma con Dios». Los puros, los generosos, los que han sabido nacer de nuevo, le han amado y han conocido y experimentado su amor, de forma que pueden repetir con el Cantar de los Cantares: «Encontré al amor de mi alma: lo agarré y ya no lo soltaré» (Cant 3,4). «El que no ama», resume el evangelista, «no conoce a Dios, porque Dios es amor» (Jn 4,8). Y la Carta a los efesios pide para los fieles: «Que viváis arraigados y fundamentados en el amor. Así podréis comprender… cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo: un amor que supera todo conocimiento» (3,18). Por esta razón el primer mandamiento, como respuesta nuestra agradecida, consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, «con todo nuestro corazón, con toda el alma y con toda nuestra mente» (Mt 22,37).
A lo largo de estos dos mil años, los cristianos se han sentido amados por Dios en la sencillez de sus vidas, en la alegría familiar, en las aldeas perdidas, en la soledad de los conventos, en la enfermedad, en la persecución, en la alegría y en la serenidad. «Él es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas» (Sal 144,9).
No existe iglesia sin cruz ni sin conmemoración diaria del sacramento de Cristo. «Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su hijo» (Jn 3,16). Esta entrega constituye el meollo del cristianismo, su doctrina más importante, la prenda del interés y del amor de Dios por sus hijos. Curiosa doctrina la del cristianismo que centra su mensaje en la debilidad de Dios a causa de su amor, en el sacrificio del Hijo en la cruz a causa de este amor inefable y misterioso. Quienes vivimos en la debilidad, en la incertidumbre, en la inseguridad, somos capaces de comprender el poder purificador y reconfortante del amor divino. Para el que ama, el tiempo es la eternidad; para el niño, el amor por sus padres es su orientación y su fortaleza, y para el adulto es su sostén y equilibrio. Para el ser humano, el amor de Dios es su auténtico punto de referencia, el sentido profundo de su vida, el horizonte vital de su existencia.
La imagen que nos hacemos de Dios marca y determina el estilo, la doctrina y los ritos de las religiones. El cristianismo, al identificar a Dios con el amor, se presenta como la religión de la fraternidad, de la entrega generosa, de la esperanza y la alegría compartida. «Dios de mi alegría» (Sal 41,3), «Dios de mi vida» (Sal 41,9), «Dios de mi alabanza» (Sal 108,1), «Dios de mi esperanza» (Sal 39,8), «la roca de mi corazón» (Sal 72,26) son algunas de las definiciones presentes en el Antiguo Testamento, y, en el Nuevo, Cristo aparece como el amigo, el compasivo, el cercano, el misericordioso, el benigno. Jesús llama amigos a sus discípulos, con un sentido de implicación personal, de predilección y de afecto. Estas relaciones entre Dios y sus criaturas encuentran su explicación definitiva en el anuncio de Jesús de que Dios es nuestro Padre y nos ama y trata como tal, con la consecuencia de que todos nosotros somos hermanos. La creación tiene su origen y su causa en el amor de su creador y este hecho tiene un sentido tan definitorio y constitutivo que nuestra existencia y nuestras relaciones quedan intrínsecamente marcadas por ello. Nada puede ser explicado sin tener en cuenta este amor creador y expansivo.
El pecado es no conocer el amor y no ser capaz de amar. El amor es la ley y la justicia es la expresión del amor. Si amamos somos justos como Cristo ha sido justo. La mujer adúltera, condenada por la ley, fue salvada por el amor. Los fariseos quisieron aplicar la ley sin que ellos la vivieran, es decir, sin amar. Cristo resuelve el caso perdonando, reconciliando. En realidad, la solidaridad, como la caridad, antes de ser un deber es una constatación. Significa sentirse ligados a alguien, compartir su suerte, ponerse en su lugar.
En su bellísima carta sobre el amor, el apóstol Juan escribe que quien no ama no ha conocido a Dios, ya que Dios es amor. Toda la historia humana se reduce al amor y al desamor, al pecado y la gracia, a la capacidad de sentirse hijos del Padre y a quien ha sido incapaz de encontrar compañía y anda errante y vagando por el mundo cual nuevo Caín. «Todas las posibilidades del error», escribió el poeta Valéry, «están con el que odia». Si en la Iglesia nos hubiéramos tomado con seriedad la consideración del apóstol, nuestra historia sería distinta, nuestras comunidades serían distintas, nuestras relaciones tendrían otras características, aunque, al mismo tiempo, resulta grato y justo considerar que la historia de la caridad ocupa un capítulo importante de nuestra vida creyente y fraterna. En efecto, resulta gozosamente revelador considerar cuántos cristianos han considerado que no había mejor medio de transmitir el amor de Cristo que con cataplasmas y emplastos, linimentos y apósitos, limpieza y bienestar. ¿Qué ministerio ha sido preferible al de la curación a lo largo de la historia? Misericordia y protección, pedimos a Dios. Misericordia, amor y cercanía, pedimos a nuestros hermanos.
«Bendito seas, Padre, porque has descubierto estas cosas a la gente sencilla» (Mt 11,25), reconoció Jesús, porque todos podemos comprender y querer a un Dios que nos habla de familia y fraternidad, de amor, generosidad y servicio, un Dios que se hace hombre y sufre con nosotros; un Dios que se nos presenta en nuestra vida diaria, en nuestra experiencia humana y familiar. La historia de los hombres no siempre transcurre según el proyecto del Dios de la vida, pero Él es el Señor de la historia y al final de los tiempos todo se consumará en su amor. Mientras tanto, nosotros somos los protagonistas y de nosotros depende el desarrollo de la creación y de las formas de vida del género humano, de nosotros depende el que seamos capaces de transmitir a los demás el misterio de la presencia de Dios en nuestras vidas. Esta ha sido la historia de la gracia a lo largo de los siglos, presente en el corazón de tantos cristianos que con su vida han iluminado la existencia de tantos otros seres humanos[3].
Enorme y gozosa responsabilidad la de los cristianos, la de ser cauces y testigos de este amor creador y salvador; enorme fracaso cuando, por el contrario, se convierten en obstáculo y causa de alejamiento. «Aquel día, muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Yo entonces les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados”» (Mt 7,23-24).
2. Las parábolas de Jesús
En su charla con Nicodemo, ese judío inquieto capaz de descubrir en Cristo al maestro que da respuesta a tantas preguntas que le desasosiegan, Jesús le reclama, ante su estupor, un corazón nuevo, nacer de nuevo por el espíritu (Jn 3,3). En realidad, le está exigiendo permanecer abierto al Señor y no mantenerse en la actitud cerrada y obstinada de sus antepasados: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de la prueba del desierto» (Sal 94,8). Con esta misma seguridad, el profeta Samuel dijo al joven Saúl: «Te invadirá el espíritu del Señor, te convertirás en otro hombre» (1Sam 10,6) y el salmista había suplicado a Dios: «Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50,12). Todos los discípulos eran conscientes de que, gracias al Espíritu, el amor salvador y regenerador de Cristo transforma nuestras existencias, dominadas por el egoísmo y el pecado.
Las parábolas de Jesús, esas narraciones ágiles e impactantes, dirigidas al corazón de quienes le escuchaban, nos presentan personajes impulsados por esa generosidad, amor y misericordia tan propios de un corazón purificado y desprendido. Es así como debemos comprender la conversación de Jesús con Nicodemo, conversación que constituye una auténtica parábola: no se pueden comprender las palabras de Jesús ni poner en práctica sus enseñanzas, no se puede acoger a Cristo ni creer en el Padre, si no se transforman nuestros corazones de piedra en corazones de carne, si no se transforman nuestras intenciones, si no se purifican nuestros deseos. En una palabra, si no nos esforzamos por cambiar y convertirnos, por renacer de nuevo con un espíritu generoso, acogedor y limpio, resultará imposible captar el verdadero sentido del mensaje y de las exigencias de Cristo.
Tal vez, la parábola que nos ilumina mejor lo que Jesús nos propone, la que nos acerca más a su intención, es la que nos habla de un samaritano, pueblo considerado por los judíos como impuro y de raza inferior, quien, mientras iba de camino, se encontró con un desconocido a quien habían asaltado unos bandidos, abandonándole herido y maltrecho en la cuneta, tras robarle. En ese encuentro con el sufrimiento y el abandono, el samaritano se mostró como una persona que ama, una persona de corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro, «le echó aceite y vino en las heridas y se las vendó. Después, montándole en su cabalgadura, lo condujo a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al posadero y le encargó: Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta» (Lc 10,33-35). En esta preciosa parábola, Jesús nos señala que todo prójimo nos ofrece a cada uno de nosotros la posibilidad de actuar como debemos, encaminándonos en la dirección de Dios.
El «buen samaritano» ha quedado en la historia del cristianismo como ejemplo a seguir, como expresión del amor cristiano por el prójimo, un prójimo desconocido y, sin embargo, hermano. En realidad, el primer buen samaritano fue Cristo, quien «pasó haciendo el bien» (He 10,38), enseñando la buena nueva al tiempo que curaba los corazones y los cuerpos de cuantos encontraba. Sus discípulos, siguiendo su ejemplo y sus recomendaciones, ya desde la primera ocasión en la que fueron enviados a proclamar el reino de Dios, «anunciaron el Evangelio y curaron en todas partes» (Lc 9,6). La parábola enseñó a los cristianos que para el Maestro todos los hombres eran hermanos y a todos les debían su ayuda, su afecto y su protección.
La historia posterior ha sido siempre una historia de generosidad y egoísmo, de pecado y gracia, pero creo no exagerar si afirmo que buena parte de los cristianos se han convertido a lo largo de los siglos en samaritanos preocupados por sus hermanos sufrientes y dolientes. Son creyentes que, siguiendo la recomendación divina, han puesto la plenitud de la ley en el amor a Dios y al prójimo. ¡Cuántos nombres sonoros han marcado los tiempos por sus actos de amor y de entrega en favor de sus hermanos desvalidos! Cuánta pobreza e injusticia presente en la tierra ha sido enjugada y humanizada por la creatividad, la bondad y el sacrificio de tantas personas sin nombre conocido, cuya memoria perdura solo en la bondad de Dios. La historia que leemos y conocemos corresponde, generalmente, a la de los personajes famosos, políticos, intelectuales, papas y santos. Pero el mundo se ha movido, sobre todo, gracias a los innumerables desconocidos, a los ciudadanos sin nombre, que con su trabajo modesto y silencioso han logrado que la, a menudo, laboriosa e ingrata vida de los pueblos haya progresado. Es entre ellos donde podríamos descubrir a tantos samaritanos que han hecho más llevadera la existencia difícil y miserable de la inmensa humanidad sin voz que ha habitado en las aldeas, pueblos y caseríos de la tierra. Esa ilimitada bondad oculta que no puede ser historiada, pero que puebla el cielo de los santos, es la fuerza regeneradora y renovadora del género humano.
Jesús anunció el reino de Dios y las parábolas que contó servían para que el pueblo comprendiese y gustase con sencillez el sentido y la alegría de este Reino. La gente las escuchaba como una buena noticia, como algo que iluminaba sus vidas y las llenaba de esperanza: «Mirad los cuervos; no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, ¡y Dios los alimenta! ¡Cuánto más valéis vosotros que los pájaros! Mirad los lirios, cómo crecen: no trabajan ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy existe y mañana es arrojada al fuego, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?» (Lc 12,24-28). «¿No se venden dos gorriones por pocas monedas? Sin embargo ni uno de ellos cae a tierra sin permiso de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por tanto, no tengáis miedo, que vosotros valéis más que muchos gorriones» (Mt 10,29-31). Estas imágenes tan expresivas, sugestivas y concretas expresaban de modo sencillo y directo la ternura y el cuidado de Dios por los seres humanos, una ternura del amor y de la vida frente a una altura de la violencia, del egoísmo y de la muerte.
El pueblo cristiano ha confiado con alegría y sentido filial en el Dios bueno y cercano. A través de la liturgia diaria ha comprendido la paternidad divina, su presencia en las variaciones climáticas de las estaciones, su ayuda en las calamidades, su preocupación en las enfermedades. Le ha pedido lluvias en tiempo de sequía, protección en las epidemias, cercanía en las calamidades. Por encima de las experiencias cotidianas, los creyentes han confiado que un día Dios les otorgaría la desaparición del mal, de la injusticia y de la muerte. Mientras tanto, los fieles cristianos han sido conscientes de que vivían del perdón y de la misericordia de Dios y, mientras recitaban diariamente el Padrenuestro, se comprometían, a su vez, a perdonar y a ser misericordiosos con sus prójimos, y a mantener su voluntad de ayudar a todos a construir su propia dignidad.
Las parábolas de Jesús ayudaban a sus oyentes a confiar y familiarizarse con el sentido del reino de Dios ya próximo. El Dios de Jesús es cercano, amable, auxiliador, compasivo, olvida nuestras pequeñeces e inconsecuencias y nos ama sin límites: «¿Hay acaso alguno entre vosotros que, cuando su hijo le pide pan, le dé una piedra, o si le pide un pez le dé una culebra? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan?» (Lc 11,11-13).
Este proceso de acercamiento de Dios a sus hijos y de los hijos entre sí consigue su clímax en la parábola que conforma, más que ninguna otra, las señas de identidad del cristianismo: la parábola del hijo pródigo o, más bien, del padre misericordioso. Está claro que Jesús se refiere a Dios cuando presenta a este padre que espera siempre, que no cesa de amar, que no condena aunque tenga motivos, que es feliz cuando el hijo vuelve arrepentido a su regazo. El cristianismo es la religión de una Trinidad de amor, que ama desinteresadamente a unos hijos creados a su imagen y semejanza, que conoce las limitaciones de sus hijos y los ama tal como son y que exige que se amen como hermanos, como hijos de un padre común. «Mirad cómo se aman», observaban sorprendidos los romanos ante las relaciones mutuas de los cristianos. Para estos, no solo se trataba de un mandamiento del Maestro, sino de un movimiento espontáneo del corazón. El anuncio de la Buena Nueva era que Dios era su Padre común, su roca y su salvación.
En una carta a su hermana Marcelina, comentando los pensamientos del fariseo Simón con relación a la pecadora que ungió los pies de Jesús y las palabras que Jesús dirigió a Simón, san Ambrosio escribe: «Se considera que los cabellos resultan superfluos en el cuerpo, pero si se les unge, desprenden un buen olor y ornamentan la cabeza; sin embargo, si no son ungidos, pesan. Lo mismo sucede con las riquezas, pesan si no sabemos usarlas, si no desprenden el olor de Cristo. Pero si sustentamos a los pobres, si lavamos sus heridas y las purificamos de su inmundicia, entonces secamos los pies de Cristo». En otro momento, contestando al emperador Valentiniano II a propósito de los sacerdotes del culto pagano, Ambrosio señala: «El sustento de los pobres constituye el patrimonio de la Iglesia. Que nos digan nuestros adversarios cuántos prisioneros han rescatado con las rentas de sus templos, cuántos alimentos han distribuido entre los hambrientos, cuántos socorros han enviado a los proscritos». En este texto encontramos algunas de las obras de asistencia desarrolladas por la Iglesia, fundamentadas siempre en las recomendaciones del Maestro[4].
3. Los milagros de Jesús
Los habitantes de Galilea, agricultores, pequeños comerciantes, pastores, se encontraron un día con Jesús que recorría sus aldeas curando enfermos, expulsando demonios y liberando a las gentes del mal, la indignidad y la exclusión. Durante tres años, caminó por pueblos y aldeas y les convenció, con su pasión genuina, sus palabras y actitudes, de que Dios les amaba, permanecía junto a ellos, se preocupaba de sus cosas. Los enfermos recuperaban la salud, los poseídos por el demonio eran rescatados de su mundo de angustia y oscuridad y muchos de ellos encontraron el sentido de sus vidas. «Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él», encontramos escrito en los Hechos de los Apóstoles 10,38.
Los evangelios nos señalan que el Maestro realizaba tantas curaciones porque se compadecía de cuantos sufrían por motivos físicos y espirituales, porque sentía en sus entrañas la misericordia de Dios por el ser humano. Descubrió que el pueblo se encontraba como «ovejas sin pastor», se compadeció de ellos y les habló del Padre de los cielos, asegurándoles que el Dios de Israel era un Dios cercano y misericordioso. Para quienes le escuchaban, resultaba evidente que no solo no hablaba de memoria, ni repetía estereotipos o fórmulas vacías, sino que con su manera de vivir y con su ternura les daba a entender que sus palabras manifestaban su gozosa experiencia personal. Se sentían curados, su sufrimiento recibía alivio, su espíritu quedaba pacificado, su vida quedaba restaurada, y se sentían hijos de Dios: esos eran los sentimientos que experimentaban quienes le escuchaban, comprobando que las palabras con las que contestó a los emisarios del Bautista eran verdaderas: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva…» (Lc 7,22).
Los primeros cristianos fueron conscientes de que la actuación de Jesús había girado alrededor de dos objetivos complementarios: anunciar la buena nueva de la cercanía del reino de Dios y, al mismo tiempo, preocuparse y curar las enfermedades y dolencias del pueblo (Mt 4,23). De esta manera, anunciaba eficazmente, con palabras y signos, que la acción salvadora de Dios estaba ya presente en su persona. Tras enviar por primera vez a sus discípulos a anunciar la buena nueva, «ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea anunciando el Evangelio y curando en todas partes» (Lc 9,6). Este ha sido, también, el mandato recibido por los cristianos a lo largo de los siglos: proclamar la grandeza de Dios y, al mismo tiempo, estar próximos a las limitaciones y sufrimientos de los hombres, buscando su bienestar y su curación, colaborando en la regeneración de una sociedad, a menudo, enfrentada y sin esperanza.
La presencia y cercanía de Dios produce incesantemente toda clase de bienes en su creación: la belleza, la bondad y la verdad, presentes siempre, de alguna manera, en la naturaleza y en los seres humanos. Resulta gratificante comprobar cómo los milagros de Dios nos acompañan con frecuencia a lo largo de nuestra vida. Individuarlos y gozar de ellos constituye una de las sensaciones más gozosas de nuestra existencia. Los cristianos hablamos con agradecimiento de la Providencia, esa presencia difusa, creativa y generosa del Creador en la naturaleza y en la vida de los seres humanos. Es una presencia que es percibida en la esperanza y que, a su vez, provoca esperanza. Una esperanza cantada por Ezequiel cuando expresó en primer lugar su experiencia personal de desaliento: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que dicen: nuestros huesos están resecos: nuestra esperanza destruida…» (Ez 37), pero que, al poco tiempo, se convirtió en reconocimiento y proyecto de futuro al comprobar la decisión amorosa de Dios. Así habla el Eterno: «Yo abriré vuestros sepulcros, yo os haré salir de vuestros sepulcros, oh pueblo mío. Y os llevaré de nuevo a la tierra de Israel». Esta esperanza se dirige solo a Dios, pero Dios se sirve siempre de los hombres para derramar sus dones y manifestar su cercanía. Ser conscientes de esta capacidad personal de cooperación con el proyecto divino constituye una de las experiencias más gratificantes del ser humano.
Durante los siglos XIX y XX diversas congregaciones religiosas incluyeron la palabra providencia en sus nombres propios. Ellas han dedicado su atención y su vida a los niños abandonados, a los ancianos, a los pobres, pero, sobre todo, han querido señalar que era la providencia divina la que, por medio de sus atenciones, se cuidaba de protegerles y cuidarles. En cierto sentido, los milagros divinos siguen manifestándose en todos los ámbitos humanos, día a día, por medio del amor y la entrega de los hombres. La auténtica aventura humana consiste en descubrir el verdadero rostro del amor y, para conseguirlo, resulta imprescindible descubrir y poner en práctica nuestra capacidad de amar. Demasiado a menudo, nos limitamos y empobrecemos con amores escasos y de poco horizonte, sin captar el inmenso amor que nos rodea y que, de hecho, mueve, libera y enriquece un mundo siempre contradictorio y desconcertante.
El pensamiento humano, el arte en todas sus expresiones, las diversas religiones han concebido el mundo como la manifestación esplendorosa y como la expresión plástica de la omnipotencia de Dios, pero no siempre de la bondad y la ternura de Dios. Sin embargo, desde el alba de los tiempos, Dios nos conocía, y toda la creación siempre ha estado relacionada y condicionada por nuestra existencia. Él sabía que algunos se rebelarían a su amor y a su misericordia, pero que otros le amarían desde el instante en que fueran capaces de amar, y que ya nunca más le abandonarían. Habría alegría en las estrellas con motivo de algunas conversiones y, al final de los tiempos, en la gloria final de la creación, todas las criaturas se reunirán para celebrar su amor, de modo que, en la culminación de los tiempos, todos los ámbitos de la creación volverán de nuevo a su Creador.
Mientras tanto, a lo largo de la historia, los seres humanos se encuentran y relacionan una y otra vez con los milagros que Dios va desparramando en el universo. Son signos que deben ser investigados, descifrados y comprendidos. Algunas almas más humildes o más ingenuas o más puras han tenido y tienen la misión de comprenderlos, traducirlos y darlos a conocer: «Los cielos anuncian la gloria de Dios, el firmamento proclama las obras de sus manos», reconoce el Salmo 19,7, y Tommaso de Celano, en su Vida sobre Francisco de Asís, comenta: «¡Qué éxtasis le procuraba la belleza de las flores, cuando admiraba sus formas y aspiraba su delicada fragancia! Se paraba a predicarles, les invitaba a alabar y a amar a Dios, cual si fuesen seres dotados de razón. Al mismo modo, las cosechas y las viñas, las piedras y las selvas, las bellísimas campiñas, las aguas corrientes, los jardines verdosos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, con simplicidad y pureza de corazón, invitaban a amar y alabar al Señor»[5].
El Cántico de las criaturas de san Francisco constituye la continuación de esta admiración: «Omnipotente, Altísimo, Bondadoso Señor, tuyas son la alabanza, la gloria y el honor, tan solo tú eres digno de toda bendición y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención».
Hasta nuestros días, durante los primeros días de octubre se presentan en las iglesias los frutos de los campos como agradecimiento por el permanente milagro de las estaciones y de los alimentos que la naturaleza nos ofrece para nuestro provecho. La eucaristía constituye una extraordinaria acción de gracias al Dios que nos salva, que el pueblo cristiano ofrece cada día recordando a Cristo. Cuando los cristianos somos capaces de dar gracias a Dios por ser nuestro Padre, al mismo tiempo, reconocemos con alegría la existencia de todos nuestros hermanos y, a partir de ese mismo momento, la humanidad se hace más compacta y solidaria.
Los grandes santos han repetido los milagros de Jesús, tal como leemos en sus vidas. La presencia viva y decisiva del Señor se encuentra en la vida de sus santos, en su desbordado amor por Dios y por los hombres, en los prodigios que realizan, en su capacidad de crear paz y solidaridad. También ellos han considerado que solo hay un universo, el de los hombres, que, en su evolución, siempre desemboca en Dios, y han utilizado en su acción el principio de que hay que servir antes que a uno mismo a quien es menos feliz que uno mismo. Servir en primer lugar a quien sufre más, necesita más y está más solo que nosotros mismos.
Los creyentes han relacionado los milagros, en su sentido general, con la idea de Providencia, que tiene que ver con el convencimiento de que Dios se interesa por nosotros, perdona nuestras infidelidades, acompaña nuestras vidas, nos protege y se preocupa por nuestro itinerario. Jesús compartió todo con nosotros. Compartió, en primer lugar con José y María; con los doce apóstoles, quienes con frecuencia no comprendían lo que sucedía; compartió su cuerpo en la última cena y en cada una de las eucaristías, y, al morir en la cruz, los soldados repartieron su ropa. No vino para condenarnos ni para juzgarnos, sino para sanar nuestras heridas, para curarnos y salvarnos. Es el milagro que nosotros podemos repetir con nuestros hermanos si actuamos como él.
Jesús habló de que Dios hace llover sobre buenos y malos y nos recordó que si nosotros, que somos débiles, nos ocupamos de nuestros hijos, con más razón Dios se ocupará de nosotros. Nuestras oraciones se dirigen a Dios con esta confianza y el pueblo fiel, espontáneamente, considera que Dios nos tiene en cuenta y nos protege. La predicación repite que Dios nos conoce por nuestros nombres, personalmente. Es decir, los creyentes, aceptando la autonomía de la naturaleza y la libertad de Dios y la nuestra, nos sentimos protegidos, defendidos, apoyados y encaminados por el amor de Dios.
Precisamente este convencimiento ha llevado a muchos creyentes de los últimos decenios (Henri Godin, el padre Depierre, el abbé Pierre) a abrir puertas y penetrar en el mundo de la miseria, a partir de corrientes espirituales y de la inteligencia del corazón más que de las ideas. Movimientos de lucha por el pan, por la justicia, por los seres humanos más despreciados y a favor de la familia. El abbé Pierre ha insistido en que la familia constituye el único refugio para el hombre cuando le falta todo. Solo en ella encuentra quien le acoja alguien que le es cercano. Estos creyentes no poseían nada, ningún poder; ofrecían lo que eran, dispuestos a consagrar su vida combatiendo con quienes se encontraban empujados a la miseria. Su fe les lleva a amar y darse a los otros, siguiendo a Dios, que ha prometido: «Mi fidelidad y misericordia le acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: “Tú eres mi Padre, mi Dios, mi roca salvadora”» (Sal 89).
4. La compasión y la misericordia de Jesús
En el evangelio de Marcos encontramos un milagro especialmente significativo, el de la mujer que tenía un flujo de sangre (Mc 5,24-34). No se nos da su nombre. Se encuentra sola, sin parientes ni amigos, y se nos dice que los médicos la habían arruinado. Dadas las costumbres imperantes en su tiempo, su enfermedad de pérdida de sangre, además de hacerla estéril, la situaba en un mundo ritual de impureza, vergüenza y deshonor. Por eso no se atreve a hacer su petición en público, y solo se atreve a tocar su manto a escondidas, ya que, según el ritual judío, si ella le toca, él quedará impuro. Impresionada por lo que ha oído de Jesús, se atreve a acercarse a la fuente de un don que solo puede ser recibido gratuitamente, en contraste con la fortuna que ha gastado inútilmente en médicos. Su tímido y simple contacto revelaba su temor y toda su esperanza, al tiempo que se manifiesta la ternura de Dios.
En este milagro nos encontramos con la grandeza de Dios y el amor misericordioso del Señor. A Jesús no le basta con curarla, quiere llegar a lo más profundo de su alma e inicia con ella un diálogo que les aproxima y les relaciona. Jesús no es un funcionario, sino el amigo que se preocupa y sale a su encuentro. La mujer no solo es sanada, sino que recibe además la alabanza por su fe y es llamada hija, un título raro en los evangelios.
Jesús nos invita a hacer nuestra la experiencia de la mujer: tomar conciencia, en primer lugar, de nuestra debilidad y de nuestra pequeñez, conscientes de que se nos está escapando la vida, a cuenta de tantas «pérdidas» de valores fundamentales y de presencias de aspectos conflictivos en nuestra existencia, situación que nos hace sentirnos estériles porque descuidamos lo importante y desatendemos el sentido último de nuestra vida.
La inmensa sensibilidad de Jesús por el dolor de los seres humanos le hizo capaz de relacionarse con ellos con todos sus sentidos, con su piedad y misericordia: miraba a sus ojos, escuchaba sus palabras, les animaba y tocaba con sus manos lo que terminaría sanando. Cuando aquella mujer con su flujo de sangre se le acercó por detrás, en medio de la muchedumbre y le tocó, emergió de él un poder curativo que curó para siempre la enfermedad de la mujer (Mc 5,25-34), y cuando tocó al leproso con sus manos devolvió a aquel hombre, esquivado por todos, una dignidad y una seguridad en sí mismo que creía irremediablemente perdidas (Mc 1,40-45). Al ciego de nacimiento le deslumbró aquella luz inesperada que inundaba sus ojos cuando los dedos de aquel galileo desconocido acariciaron sus párpados y escuchó aquella invitación: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé…» (Jn 9,7). El sordomudo sintió que alguien lo agarraba de la mano y lo sacaba de entre el gentío y, cuando estuvieron a solas, Jesús introdujo sus dedos en sus orejas, con saliva le tocó la lengua y pronunció después una orden imperiosa dirigida a sus oídos cerrados: «¡Abríos!» (Mc 7,34). Y la fuerza de aquellas palabras atravesó las barreras de su sordera, soltando a la vez su lengua y su existencia entera condenadas al silencio[6].
Todavía hoy se sirve del agua, del vino, del pan, de la luz, de los óleos, de la amistad y el cariño, para curar, animar, alimentar, fortalecer y salvar a cuantos a él se acercan. Jesús consigue de nosotros un corazón nuevo y nos infunde un espíritu nuevo, nos saca de nuestra rutina y anima a renovarnos.
Tal vez sea por esto por lo que, a pesar de la crisis de las iglesias y de las religiones, la figura generosa de Jesús continúa provocando admiración e interés, y los seres humanos siguen concediéndole autoridad moral en una época que carece de referentes éticos. Para nosotros, también, es el amigo que ofrece su vida por nosotros, que concede su perdón envuelto en acogida amistosa, que nos pide ser compasivos como lo es el Padre del Cielo, y que cambiemos nuestro corazón. Somos discípulos de un Maestro que dominaba el arte de acoger, de amparar y de ofrecer asilo entre sus brazos a las vidas heridas y a los cuerpos maltrechos de tantos hombres y mujeres. Estamos obligados a conseguir con nuestra solidaridad, preocupación, sintonía y cercanía, que la comunidad creyente, la Iglesia, se convierta en un espacio de comunión, de acogida, de misericordia y de fraternidad compartida, capaz de abrazar a cuantos en nuestros días siguen sufriendo en sus cuerpos y en sus espíritus.
Resulta miserable rezar juntos el Padrenuestro y compartir la eucaristía, si, al tiempo, mantenemos cerrados nuestros corazones y despreciamos o descuidamos a cuantos nos rodean. Actuando así, solo conseguimos diluir la pertenencia a la Iglesia y el sentido auténtico de la identidad cristiana. Jesús nos llama a remodelar nuestro pensamiento, reconstruir nuestra vida, nuestras amistades, nuestra fe, a partir de su enseñanza sobre los pobres y los pequeños.
Por el contrario, según Jesús, el reino de Dios se hace presente allí donde las personas actúan con misericordia. Para que su presencia sea visible hay que introducir en la vida compasión, un sentimiento siempre presente en las manifestaciones divinas. Hay que mirar con ojos compasivos a los hijos perdidos, a los excluidos del trabajo y del pan, a los delincuentes incapaces de rehacer su vida, a las víctimas caídas en las cunetas. Hay que implantar la misericordia en las familias y en la vida de las aldeas. Jesús llega ofreciendo el perdón y la misericordia de Dios, inaugurando una dinámica de perdón y compasión recíproca y actuando siempre en consecuencia, tal como había señalado Isaías: «Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien; buscad el derecho, socorred al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda» (Is 1,16-18).
La manera de actuar de Jesús se desvincula de todos los estereotipos y modelos mundanos de autoridad y prepotencia, y descalifica cualquier manifestación de dominio de unos hermanos por otros: se inaugura un estilo nuevo en el que el fuerte no se impone sobre el débil, el rico sobre el pobre, el que posee información sobre el ignorante. Para Jesús, en el nuevo Reino la vinculación fundamental es la fraternidad en el servicio mutuo, compartiendo mesa con los que aparentemente eran «menos» y estaban «por debajo», invalidando cualquier pretensión de creerse «más» o de situarse «por encima» de otros. Jesús presenta otras prioridades, nos señala en qué consiste la sustancia de su propuesta, cómo podremos llegar a ser verdaderamente discípulos suyos. Él nos insistió en que para conseguir el necesario cambio de mentalidad, de apegos, de forma de actuar y de reaccionar, resulta imprescindible nacer de nuevo, tal como enseñó a Nicodemo.
En nuestros días, tendríamos que ser capaces de encontrar otras maneras de encarnar a Cristo, ya que somos conscientes de la insuficiencia de muchas de nuestras estructuras, signos y presencias. Con demasiada frecuencia la Iglesia se ha mirado en los espejos mundanos y no tanto en el espejo del Evangelio. Tantos modos y fórmulas, tantos mantos y joyas, tantas estatuas y oropeles señalan una querencia ausente en los evangelios. Muchas de las dificultades presentes en la historia del cristianismo, tanto en la vida espiritual como en el modo de relacionarnos con los demás, provienen de la resistencia de los creyentes a ponerse en la postura básica de un servicio que no pide recompensas, ni reclama agradecimientos, ni títulos o tratamientos esperpénticos. Al que ha intentado vivir así le ha bastado el gozo de poder estar, como Jesús, con la toalla ceñida para lavar los pies de los hermanos.
Fue con su vida antes que con su doctrina como Cristo nos enseñó cómo es Dios y cómo desea que seamos nosotros y así es como lo comprendieron sus discípulos desde el primer momento[7]. Teresa de Ávila inició su autobiografía con el deseo de «cantar las misericordias del Señor» y Teresa de Lisieux se decidió a escribir con la persuasión de «tener que hacer una sola cosa: comenzar a cantar lo que más tarde repetiré por toda la eternidad: “las misericordias del Señor”». La historia del cristianismo es en cierto sentido la historia de esta misericordia y el agradecimiento que sentimos por ser sus destinatarios.
Agradecer es lo mismo que enamorarse, ser consciente de las gracias recibidas nos lleva a admirar y amar a Cristo, y el cristianismo consiste fundamentalmente en el encuentro con Cristo, camino, verdad y vida del ser humano y de toda la creación. Dice san Ireneo que si al hombre le faltara completamente Dios, el hombre dejaría de existir. De hecho, la historia humana y el mundo que la rodea hablan permanentemente de su acción y de su bondad. Recordemos las alabanzas al Dios altísimo escritas por san Francisco de Asís: «Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia, tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres la justicia, tú eres la templanza, tú eres toda nuestra riqueza a saciedad».
5. El diaconado
En el griego clásico diakonos significa «el que está al servicio de» o «el servidor». Cuando Jesús afirma que no ha venido a ser servido sino a servir, da una nueva dimensión a los rasgos definitorios de su persona y de su enseñanza. Esta idea de servicio ha impregnado en sus momentos mejores el ejercicio de los ministerios eclesiásticos, la vocación cristiana y las relaciones entre los creyentes. Por el contrario, cuando quienes dirigen la organización y la administración de la comunidad actúan con sentido de poder o dominación, acaban prostituyendo una de las enseñanzas más importantes de Cristo.
Con frecuencia, los creyentes nos vemos envueltos en una esquizofrenia activa entre los conceptos que utilizamos y los métodos de gobierno con los que actuamos. San Gregorio Magno, para afear la conducta del patriarca de Constantinopla, que asumió el título de «ecuménico», adoptó el lema de «Siervo de los Siervos del Señor», pero la historia nos enseña que, a veces, a la sombra de esa definición se ha oprimido, maltratado y escandalizado a los siervos e hijos del Señor, convirtiéndose así en lobos prevaricadores de las ovejas de Cristo. El Señor fue muy claro al instruir a sus discípulos, cuando les dijo que no debían actuar al modo de quienes en el mundo detentan el poder: «Los últimos serán los primeros» constituyó su advertencia. Hay que estar dispuestos a compartir, a participar, a perdonar, a ayudar en todo momento, en la construcción activa de ese reino de los cielos que ya está, de alguna manera, en nuestros corazones: «Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro y el que quiera ser primero sea esclavo vuestro» (cf Mt 20,20-28). Durante un tiempo, cuando los cónsules eran enviados a su destino, se les aconsejaba: «Compórtate no como un juez sino como un obispo». A lo largo de los siglos, por el contrario, hemos pasado, a menudo, del servicio a la dominación y a la tiranía.
Pero la experiencia nos indica que la diaconía ha permanecido siempre vigente en la memoria eclesial. No cabe duda de que una de las actividades más importantes desarrolladas por la Iglesia de Jerusalén en sus primeros años de vida fue, en el plano social, la diakonía kathemeriné, es decir, la ayuda a las viudas, los huérfanos y los pobres, a los enfermos y prisioneros, a los que tenían hambre o sed, o a quienes se hallaban desnudos o abandonados. La nueva doctrina se centraba en la persona de Jesús, la auténtica buena nueva proclamada, pero Jesús se mostraba ante sus discípulos como verdad y vida, de forma que resultaba imposible separar su doctrina de su cercanía y amor por los ciegos, los cojos, los pobres, y de su continua preocupación por quienes sufrían y eran mansos de espíritu a pesar de las calamidades sufridas.
Al hablarnos de la vida de los primeros cristianos, los Hechos de los Apóstoles nos refieren que «los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y los repartían según la necesidad de cada uno» (He 2,44-45). Esta división y distribución de bienes provocó, a menudo, conflictos y, tal vez, desigualdades entre ellos, de modo que los discípulos de lengua griega comenzaron a murmurar contra los de lengua hebrea porque pensaban que sus viudas quedaban desatendidas en el servicio cotidiano. Los apóstoles, muy conscientes de que su tarea más propia era de la de predicar y enseñar, decidieron elegir a siete hombres para que dedicaran su tiempo a servir las mesas y administrar la caridad. De entre ellos el más conocido fue san Lorenzo (He 6,1-6).
La evolución de los primeros grupos de seguidores de Jesús hasta convertirse en comunidades estables bajo la autoridad de un obispo fue acompañada por la determinación de los lugares de culto y de los ritmos cultuales, de los ritos de iniciación y de la liturgia eucarística, por la aceptación del canon de las escrituras y por la organización eclesiástica en sus diversos rangos. En este proceso de clarificación de la identidad cristiana tuvo un papel destacado la caridad fraterna, la ayuda mutua, el sentimiento de filiación de un Padre común, que era el Creador del universo. A lo largo de su enseñanza, Jesús nos descubrió que Dios es el Padre de todos los hombres, que se reveló en el Verbo encarnado, su Hijo Jesucristo, y que ambos enviaron al Espíritu Santo a la Iglesia para la santificación de los creyentes. La configuración religiosa y existencial de los cristianos no es la de los siervos o esclavos sino la de quienes gozan de la filiación adoptiva de Dios. El hombre se convierte en hijo adoptivo y esta realidad influye de forma determinante en las relaciones mutuas de los creyentes.
Aunque en el Nuevo Testamento no se les llama en ningún momento diáconos, san Ireneo de Lyon (135-200) escribió en su conocido libro Contra las Herejías que «Esteban fue elegido por los apóstoles como primer diácono», articulando así una tradición que llega hasta nosotros, la de relacionar la diaconía con la exigencia y práctica cristiana de amar y ayudar a los hermanos más desfavorecidos. Es decir, hacia el año 57, tanto en Roma como en Éfeso y en Filipos, las funciones eclesiales en la comunidad se repartían entre los obispos, que presidían y enseñaban, y los diáconos, que servían y distribuían los bienes a los demás cristianos, todos igualmente miembros de un pueblo sacerdotal y real.
De todas maneras, el contexto sacramental de la elección de estos siete hombres (la imposición de las manos) les concede, al mismo tiempo, tanto una proyección litúrgica como una dedicación específica al servicio de los hermanos (He 6,3), que será la propia de los diáconos a lo largo de la historia. Según los textos de que disponemos, los diáconos administraban todos los bienes materiales de las iglesias y eran los responsables de la organización caritativa, especialmente de los enfermos. A mediados del siglo III, el papa Fabián, en una importante reorganización administrativa de la diócesis de Roma, dividió la ciudad entre sus siete diáconos, quienes presidían en su respectiva circunscripción los servicios de caridad, y, unos decenios más tarde, el concilio de Cesarea promulgó una ley que limitaba a este número la cantidad de diáconos existentes en cada ciudad, independientemente de su extensión.
En los banquetes (agapés), organizados con una cierta frecuencia por las primeras comunidades, con el fin de conseguir fondos, los diáconos eran los encargados de articular su organización litúrgica con su sentido social y de distribuir el dinero y los dones recogidos entre los necesitados.
En los documentos primitivos encontramos numerosos ejemplos de mujeres que ejercieron tareas propias de los diáconos. En la Carta a los romanos (16,1-2) Pablo habla de Febe, «diaconisa de la Iglesia», y parece que también se refiere a ella en 1Tim 3,11. El Pastor de Hermas se refiere a Grapte, una mujer que desempeñaba un cargo oficial en el campo educativo y caritativo. Actuaban en el bautismo de las mujeres y en su catequesis, visitaban a las enfermas y a aquellas mujeres que vivían entre paganos[8]. En realidad, estas alusiones desaparecieron pronto, de forma que no tenemos ideas claras sobre el diaconado femenino y su duración.
No pasó mucho tiempo antes de que el diácono se convirtiese en un importante ayudante del obispo, de forma que, aunque el obispo diocesano asumiera la última responsabilidad de la caridad así como de las otras funciones diocesanas de dirección, los diáconos mantuvieron su relación inmediata con las necesidades sociales de las comunidades, convirtiéndose en los ojos y oídos, las manos y el corazón de los obispos. Podríamos señalar, también, que los diáconos eran habitualmente los intermediarios entre los laicos y los obispos, función de creciente trascendencia a medida que el número de cristianos aumentaba y que las tareas extraeclesiales de los obispos se complicaban mientras aumentaba considerablemente su relevancia en la vida social. De la concorde colaboración entre el obispo y el diácono depende, según la Didascalia del siglo III, el bien de la comunidad.
Recordemos que buena parte de las obras de caridad estaban minuciosamente establecidas y reguladas, y es en esta estructura organizativa en la que los diáconos ejercían una dirección de primera importancia. Ellos recogían y distribuían los dones de los fieles, de manera especial aquellos legados y herencias que recibía la Iglesia cada día con más frecuencia. San Ambrosio repite en sus escritos la consideración de que ser generoso con los pobres constituye el mejor modo de que nuestros pecados sean perdonados, de que con nuestras limosnas convertimos a Dios en deudor nuestro ya que, en cierto modo, esta generosidad nuestra se convierte en un préstamo que consignamos al mismo Dios.
Con Constantino la Iglesia recibió del Estado la supervisión de las condiciones de las cárceles y el cuidado de las viudas, huérfanos y niños abandonados, es decir, buena parte de la acción social pública. El clero se convirtió en abogado e intermediario entre el pueblo y el gobierno, y pagaba a menudo sus deudas. Las diócesis llegaron a hacerse cargo de millares de necesitados. Juan Crisóstomo, al describir su diócesis, habla de 3.000 viudas y vírgenes, además de enfermos, leprosos, extranjeros, sin contar a cuantos recibían habitualmente comida y vestido. Algo semejante puede afirmarse de las ciudades más pobladas.
A partir de Gregorio Magno los monjes ejercieron las tareas propias de los diáconos en el orden social y caritativo. A medida que estos fueron perdiendo sus funciones caritativas, la Iglesia enfatizó sus funciones litúrgicas, quedando en realidad el diaconado como un estadio transitorio hacia el sacerdocio. Sin embargo, en la memoria cristiana, el nombre de Lorenzo y la dedicación eclesial a los más necesitados de la comunidad han quedado íntimamente relacionados con el nombre y la actividad de los diáconos.
En el siglo XVI, tanto Lutero como Calvino quisieron romper con este modo de entender el diaconado y trataron de restaurar las funciones que los diáconos ejercieron en la primitiva Iglesia, es decir, su dedicación a los pobres, con un papel significativo en todo lo relacionado con la beneficencia social, pero estas expectativas se realizaron solo parcialmente y solo en algunas regiones, aunque no cabe duda de que en las diversas denominaciones cristianas ha permanecido una cierta presencia o, al menos, una cierta nostalgia del diaconado con responsabilidades caritativas. Por otra parte, en los países de mayoría protestante, las Iglesias perdieron, a menudo, el control de sus propiedades, que pasaron a las instituciones estatales, de forma que la beneficencia y la educación fueron consideradas una responsabilidad del Estado moderno. En la Iglesia anglicana de Isabel I, aunque el cuidado de los pobres estaba confiado a las parroquias, la reina no permitió la institucionalización de los diáconos.
Durante el siglo XX, en Europa, algunos importantes católicos intentaron revitalizar el diaconado como un ministerio permanente y Pío XII pensó en instaurar el diaconado permanente, pero en Europa había suficientes sacerdotes y el asunto quedó en suspenso. Con más argumentos y mayor urgencia, en algunos países americanos y africanos volvió a discutirse sobre el asunto, de forma que durante los trabajos preparatorios del concilio Vaticano II noventa obispos pidieron al Papa que se tratase este tema durante las deliberaciones conciliares. A lo largo de la segunda sesión, los padres conciliares debatieron la cuestión y una mayoría de ellos votó a favor de su restauración. El 21 de noviembre de 1964 se promulgó la restauración del diaconado permanente dentro de la constitución dogmática sobre la Iglesia. Las Conferencias episcopales nacionales, con aprobación pontificia, podían decidir la restauración del diaconado en sus respectivas regiones. Según las nuevas disposiciones, hombres casados de 35 años o más y hombres célibes de, al menos, 25 años podían convertirse en diáconos permanentes. En el año 2003 había, al menos, 30.000 diáconos permanentes en 105 países, de los cuales casi la mitad eran norteamericanos. Los diáconos, ordenados a una cierta edad, casados y, normalmente, con una experiencia de trabajo, constituyen una presencia cercana y comprometida de la organización clerical en la vida de los laicos. Allí donde existen, han llegado a convertirse en un puente y lazo de unión espontáneo entre dos mundos no siempre bien trabados.
En la tradición cristiana, no siempre practicada, pero sí recibida de las páginas evangélicas, la diaconía es la ley fundamental del discípulo, según la práctica de Jesús. El Hijo del hombre, que ha venido a servir, ha entregado su vida como redención de muchos, siguiendo la lógica del servicio, de la cruz, de quien lava los pies, de quien ama hasta dar su vida por los amigos, da la medida de las relaciones que deben existir entre quienes consideran que son sus discípulos. El pobre, el marginado, el solo y el abandonado, el no recibido representan para el cristiano un problema de fe: ¿cómo somos capaces de ver a Cristo en ellos?; un problema moral: ¿en cuántos cristianos a nivel mundial encontramos un atroz egoísmo?; un problema apostólico: ¿cómo y en qué medida interpelan a los clérigos y resulta acuciante para los laicos?, y un problema personal, ¿qué gestos estamos dispuestos a realizar para comprometernos en la lucha contra la injusticia del mundo?
Leyendo el Evangelio y recorriendo la historia de los cristianos, no podemos menos de convencernos de que el espíritu de diaconía debería acompañar a todo creyente seguidor de Jesús. De hecho, aunque la historia nos enseña que siempre han existido en las comunidades numerosos testigos mudos que no ejercen, al mismo tiempo, podemos definir con propiedad a nuestra Iglesia como Iglesia samaritana.
6. El martirio, señal de amor a Dios y a los hombres
El que no teme a la muerte es inmortal. Creer en la resurrección de Cristo es creer en la vida eterna, es estar convencidos de que Dios es Dios de vivos, que Dios es la vida y el camino. El ejemplo de los mártires se convirtió en semilla de cristianos para cuantos creyeron que Cristo era el Dios cercano y que creyendo en Él conquistaban la vida eterna. Una vez más, nos encontramos con la paradoja cristiana de que quien es capaz de dar su vida la consigue para siempre.
Los mártires se convirtieron en puntos de referencia fundamentales de las nuevas comunidades: Pedro y Pablo en Roma, Ignacio en Antioquía, Ireneo de Lyon; Policarpo de Esmirna; Perpetua y Felicidad, y, más tarde, Cipriano, en Cartago; Fructuoso en Tarragona; Eulalia de Mérida, Dionisio de Alejandría. Miles de cristianos fueron martirizados por su fe a lo largo de los tres primeros siglos. El martirio forjaba la verdadera unión con Cristo. La sangre constituía un verdadero bautismo que comportaba el perdón de los pecados; en la eucaristía estaba presente Cristo sufriente y por ello el martirio era eucaristía, en la que se bebe el cáliz de los sufrimientos de Cristo. La presencia de Cristo en el mártir ha constituido la experiencia carismática más importante de la Iglesia de los primeros siglos.
Cristo era la piedra angular de la Iglesia y los mártires se convirtieron en los testigos eminentes del seguimiento y de la fidelidad a Cristo. Marcaron fuertemente la vida de la Iglesia. Los cristianos consideraron el martirio como la confirmación de su incondicional entrega al Señor. Este ejemplo de coraje, de coherencia y de amor, se transformó en admiración e inspiración para el mundo pagano, tan necesitado de convicciones y de fidelidades fuertes.
A partir de la Revolución francesa se han repetido incesantemente las persecuciones a la Iglesia y los casos de martirio. Recordemos los sangrientos procesos de descristianización durante la Convención (1792-1795), la comuna de París (1870), la revolución de México (1926-1938), los regímenes comunistas en los países del Este europeo y en China, causa de durísima y sangrienta persecución, los sucesos de la guerra civil española. En Rusia, entre 1917 y 1941 fueron suprimidos 600 obispos, 40.000 sacerdotes, 120.000 monjes y monjas. Al menos 75.000 lugares de culto fueron destruidos hasta la decada de 1960, bajo Nikita Jrushchov. Se ha tratado de la mayor persecución religiosa de la historia.
Amar hasta dar la propia vida, ser coherentes y fieles hasta el último suspiro, sacrificarse y sufrir todas las penas por quienes no tienen voz ni derechos. El martirio fue una realidad contemporánea a los cristianos de los primeros siglos y lo está siendo en nuestro tiempo, la época de la defensa de los derechos humanos y de las libertades. Hoy tenemos una idea más compleja y real de las causas del martirio, más allá de la tradicional de la muerte causada por la fidelidad a una fe. «Mártir es también aquel que sucumbe a la lucha activa para que se afiancen las exigencias de sus convicciones cristianas», escribió Karl Rahner. «El destino de la grandeza es el sufrimiento», recordó Pavel Florenskij, fusilado en 1937 en el gran lager soviético de las islas Solovk, y nosotros podríamos añadir que el ejercicio de la caridad lleva en muchos casos a dar la vida por sus hermanos, por contagio, por agotamiento o por la violencia sufrida al mantener con coraje el compromiso personal con los débiles, los marginados y los oprimidos. La causa de estas muertes no ha sido siempre la fuerza hostil a la fe cristiana sino la propia entrega personal y la coherencia con las exigencias de una doctrina y de una identidad forjada por la generosidad evangélica en situaciones de riesgo y de injusticia social o económica.
Este fue el caso de dos monjas misioneras franciscanas, Guilhermine y Marie Xavier, que se ofrecieron voluntarias para trabajar en el hospital de Totoras durante la epidemia de peste bubónica que hubo en Argentina en 1919. Eran conscientes del riesgo de su opción por el acompañamiento y la ayuda a los enfermos, pero no dudaron en su entrega. Todo el siglo XX está surcado por estas historias. Muchos religiosos y religiosas han muerto por amor a los enfermos, demostrando que, para ellos, su propia vida no constituía un valor absoluto, si para protegerla tenían que abandonar a quienes necesitaban su ayuda. Demostraron que acercarse a los pobres era más importante que protegerse a sí mismos. En muchos casos, el compromiso con los enfermos supone un riesgo inmediato de perder la vida y muchos de los religiosos han emprendido vocacionalmente ese camino. Esta situación se dio, a menudo, durante los siglos pasados, sobre todo con motivo de las pestes y de las enfermedades contagiosas.
En nuestros días, en muchos países, por motivos políticos y sociales, el servicio a los pobres comporta exponerse a conflictos muy difíciles en ambientes peligrosos. En algunas situaciones, los cristianos son conscientes de que practicar la caridad, defender a los débiles, significa exponer la propia vida. La historia del cristianismo cuenta con millares de historias de este género, pero, probablemente, nunca como en el siglo XX esta entrega a los pobres ha resultado intolerable para algunos poderes económicos o políticos. Una vez más, nos encontramos con el principio evangélico de que no existe verdadero reconocimiento y adoración a Dios allí donde la justicia es pisoteada y escarnecida.
Maximiliano Kolbe es uno de los ejemplos más emocionantes de martirio de caridad en un campo de exterminio nazi. Para Juan Pablo II se trató de un «mártir del amor»: «Siendo prisionero del campo de concentración, reivindicó, en el lugar de la muerte, el derecho a la vida de un hombre inocente, entre tantos millones…». El P. Kolbe declaró «su intención de ir hacia la muerte en su lugar, porque era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos». Arrestado y deportado a Auschwitz en 1941 como superior de la comunidad franciscana de Niepokalanow, salvó la vida de uno de sus compañeros de detención al morir en su lugar en un «búnker del hambre» el 14 de agosto de 1941, después de dos semanas de sufrimientos. Otro testimonio de coherencia y de amor a la verdad y a los hermanos lo dio el pastor protestante alemán Dietrich Bonhoeffer, fundador de la Iglesia confesante («solo quien canta junto a los judíos puede cantar gregoriano»), ahorcado por los nazis en el campo de concentración de Flosblindé, en 1945. La vida de amor, aunque sea oculto, se muestra irrefrenablemente y permite, incluso en las situaciones más terribles, que brille la fe no solo en Dios sino también en los hombres, como fe en la solidaridad y en la dignidad de la persona humana[9].
Sor Felisa Urrutia Langarica, carmelita de la caridad, vivía en el barrio pobre de Bella Vista, en la ciudad de Cagua, en Venezuela. Fue asesinada por defender a una niña de los abusos sexuales de su padre y de un cómplice, el 19 de marzo de 1991. La actuación generosa y desinteresada a favor de tantos desvalidos provoca el odio de quienes se aprovechan de cuantos se encuentran a merced de los más poderosos. Los niños son las primeras víctimas en una época en la que las familias están en crisis o cuando nacen sin referencias familiares, de amor y protección. Encontramos en América Latina y en África bastantes casos de sacerdotes asesinados por haber luchado por alejar a los adolescentes de los ambientes de mala vida local. Pero lo mismo sucede con mujeres y hombres que caen víctimas del tráfico sexual o con tantos otros convertidos en víctimas de los experimentos de las firmas farmacéuticas o del tráfico de órganos humanos. En estos u otros casos de explotación humana, quienes se erigen en defensores de los oprimidos de cualquier género están expuestos a la violencia extrema de quienes permanecen dispuestos a utilizar cualquier medio para vivir a costa de los demás. Esta fue la causa del asesinato de mons. Girardi, obispo en Guatemala, y de tantos otros sacerdotes y religiosos en diversos países de África y América.
Juan Pablo II habló de «mártires de la justicia e indirectamente de la fe», durante su viaje a Sicilia, en el que denunció duramente a la mafia. Podemos encontrar estos mártires en los países del Sur, desde América hasta Asia, pero, también, en Europa. Aunque, a primera vista, resulte incompatible con la situación social y cultural del siglo XX en Occidente, debemos afirmar que el número de los asesinados por sus actividades caritativas y en defensa de los derechos humanos en estos países son muy numerosos. Señalamos solo algunos casos.
P. Valeriano Cobbe explicó de qué manera su incansable actividad social en Bangladesh se hallaba vinculada a la difusión del Evangelio: «En la base siempre permanece un solo hecho, que estamos aquí para predicar el mensaje evangélico, para “crear el hombre perfecto en la medida que conviene a la plena madurez de Cristo”. La contribución que el misionero da al desarrollo de los pueblos es una exigencia que brota del Evangelio. Jesús hablaba a la gente, pero cuando esta tenía hambre se compadecía de ella y le daba de comer. Hay que tener presente, además, que en este mundo dominado por los musulmanes, el único mensaje cristiano que podemos difundir es el de nuestro ejemplo, el de nuestro trabajo social, el de nuestra caridad humana y cristiana».
Movido por este sentimiento, organizó cooperativas agrícolas que tuvieron gran éxito y que daban trabajo a un número importante de hombres, pero provocó el malestar de quienes se habían aprovechado tradicionalmente de aquella pobre gente. Fue asesinado el 14 de octubre de 1974. Uno de sus compañeros escribió que fue asesinado porque la bandera de los oprimidos se había izado demasiado alto. Encontramos otros misioneros asesinados por motivos semejantes en Brasil, Filipinas, en Honduras o en Perú.
Entre los muchos caídos en Argentina durante los años setenta por la dictadura militar se encuentran los religiosos de la parroquia de san Patricio de Buenos Aires, punto de referencia y acogida de cuantos se resistían al clima de ilegalidad y represión que se había desencadenado en el país. Fueron asesinados por un grupo de pistoleros que desapareció impunemente. En octubre de 1976, en la diócesis de san Félix do Araguai, en Brasil, el jesuita Joao Bosco Penido y el obispo Pedro Casaldáliga intentaron liberar a algunas mujeres torturadas por la policía del lugar. Uno de ellos mató al jesuita con dos tiros en la cabeza. Otros muchos sacerdotes, religiosos y laicos murieron por semejantes razones. Los jesuitas de la universidad centroamericana de El Salvador son algunos de ellos.
Uno de los casos más conocidos y estremecedores a finales del siglo XX es el de los cistercienses de la abadía de Nuestra Señora del Atlas, en Argelia, monjes estrechamente relacionados con el diálogo y la convivencia con el mundo musulmán. Los monjes eran queridos por la gente, realizaban una función social a través de un dispensario médico (uno de los hermanos era médico) y tenían una fuerte sensibilidad ecuménica. Un responsable del GIA, la organización islámica más extremista, ordenó a los monjes que abandonaran el monasterio, pero estos, tras larga reflexión, decidieron quedarse junto a los campesinos de la zona, que acudían al monasterio en todas sus necesidades. No querían morir, pero consideraron que abandonar el monasterio significaba abandonar al pueblo entre quienes vivían. El amor al Islam y al pueblo argelino fue una de las razones que les llevó a permanecer en el lugar. El hermano Michel Fleury escribió: «Mártir es un término tan ambiguo, que si nos sucediese algo, y no lo deseo, queremos vivirlo aquí, en solidaridad con todos estos argelinos y argelinas que ya han pagado con su vida, con todos estos desconocidos inocentes. Me parece que quien nos ayuda a actuar hoy es Aquel que nos ha llamado. Estoy profundamente maravillado».
Muchos, considerando que no era posible la convivencia de cristianos y musulmanes, tildaban de «ingenuos» a los monjes. Sin embargo, la comunidad fue un ejemplo de convivencia y amor mutuos[10], ejemplo no muy frecuente, pero que podemos encontrar en distintas regiones a lo largo de los siglos, sobre todo en algunas zonas del antiguo Imperio otomano. En la muerte de estos monjes rodeada de misterio, atribuida en un principio a los fundamentalistas del GIA, y ahora parece que debida al ejército argelino, se mezclaron diversos intereses políticos y propagandísticos de los que los monjes fueron víctimas inocentes, como tantos hombres y mujeres de Argelia. El hermano Christian, prior de la abadía, dejó escrito en su testimonio espiritual: «Si un día (podría ser incluso hoy) fuese víctima del terrorismo, que ahora parece afectar a todos los extranjeros que viven en Argelia, me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia y mi familia se acordaran de que mi vida fue entregada a Dios y a este país, que aceptaran que el Amo único de cada vida no puede ser apartado de esta muerte brutal, que rezaran por mí, que asociaran esta muerte a tantas otras igualmente violentas y que sin embargo cayeron en la indiferencia y en el anonimato. (…) Me gustaría, si llegara el momento, tener ese instante de lucidez que me permitiera solicitar el perdón de Dios y de mis hermanos en humanidad y, al mismo tiempo, perdonar de todo corazón a quien me hubiese herido».
Los trapenses de Nuestra Señora del Atlas, monjes y mártires, mostraron que se podía conjugar, al mismo tiempo, la vida monástica, la hospitalidad y el diálogo con la aceptación del martirio, que indica, en realidad, el ejercicio de la generosidad y del propio testimonio sin límite, incluso con el riesgo de la propia vida.
«Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos», dijo Jesús a sus discípulos. Siguiendo su ejemplo y en su nombre, numerosos discípulos han ofrecido su vida por sus hermanos y, entre ellos, Shahbaz Bhatti, único ministro no musulmán en el gobierno de Pakistán, asesinado el 2 de marzo de 2011. Era el responsable de las minorías religiosas y se oponía a la ley de la blasfemia, verdadero coladero utilizado contra los no musulmanes. De profundas convicciones religiosas, ha muerto por defender sus ideales y los derechos de las minorías y de las mujeres, muy consciente de que arriesgaba su vida. En su testamento espiritual encontramos esta confesión: «Desde niño acostumbraba ir a la iglesia y encontraba profunda inspiración en las enseñanzas, en el sacrificio y en la crucifixión de Jesús. Fue el amor de Jesús el que me llevó a ofrecer mis servicios a la Iglesia. Las espantosas condiciones en las que vivían los cristianos de Pakistán me estremecieron. Recuerdo un viernes de Pascua cuando solo tenía trece años: escuché un sermón sobre el sacrificio de Jesús para nuestra redención y por la salvación del mundo. Y pensé en corresponder a aquel amor dando amor a nuestros hermanos y hermanas poniéndome al servicio de los cristianos, especialmente los pobres, los necesitados, los perseguidos que viven en este país islámico. Me han pedido que ponga fin a mi propósito, pero siempre me he negado, incluso a riesgo de mi vida. No quiero popularidad ni posiciones de poder. Solo quiero un lugar a los pies de Jesús. Este deseo es tan fuerte que me consideraría privilegiado si, en este esfuerzo de ayudar a los necesitados, a los pobres y a los cristianos perseguidos de Pakistán, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida».
Me gustaría señalar otras formas de oblación, en cierto sentido, de martirio silencioso, de tantas personas que han llevado a lo largo del tiempo su caridad por los demás al extremo de condicionar su vida: jóvenes que no se casan por cuidar a sus padres impedidos o a sus hermanos con graves minusvalías; personas que por defender a compañeros de trabajo injustamente atacados han sido despedidos; aquellos que no se han prestado por honradez a chanchullos económicos, siendo por ello marginados en la empresa, madres que no interrumpen su embarazo a sabiendas de que su hijo sufre graves anomalías que limitarán gravemente las condiciones de su vida, religiosas injustamente tratadas en su vida de clausura, sin una queja, sin una rebeldía. Una vida de coherencia moral o de compasión por los demás lleva con frecuencia a consecuencias negativas que marcan una vida, una vida ofrecida por amor y fidelidad.
7. La comunidad romana en el ocaso del Imperio
Los cristianos de Roma pertenecían a todas las etnias existentes en el mundo conocido y sus idiomas maternos y sus culturas eran tan diversos como sus orígenes. Todas las contradicciones propias de un Imperio global estaban presentes entre sus miembros que, por otra parte, pertenecían a diferentes orígenes sociales y gozaban de muy diversas posiciones económicas. Fue el Evangelio, la buena nueva anunciada por Cristo, el que fue conformando una identidad propia en los nuevos creyentes y el que logró que se sintieran miembros de una misma comunidad, una comunidad solidaria, con una misma fe y esperanza.
En la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea leemos que en tiempos del papa Cornelio (251-253), la Iglesia de Roma se cuidaba de 1.500 personas entre indigentes, viudas y enfermos. Dado el aumento de conversiones de los dos siglos siguientes, podemos calcular que el número de asistidos creció en igual medida. Todos los documentos cristianos de los primeros siglos hablan con naturalidad de la preocupación constante de las comunidades por ayudar a los más indigentes y minusválidos de entre ellos.
La Iglesia recaudaba lo que necesitaba para atender sus obras caritativas, fundamentalmente a través de colectas entre los fieles. La más conocida era, sin duda, la «fiesta de las colectas», uno de los días del año que dedicaban precisamente, a conseguir una suma considerable, con la que atendían las necesidades de los pobres de toda clase presentes en la diócesis. Esta fiesta de generosidad de los fieles romanos se celebraba cada año del 5 al 15 de julio, los mismos días en los que tradicionalmente los paganos celebraban los «Juegos Apollinares» con la misma finalidad. Según san León, esta fiesta era muy antigua entre los cristianos, pero, probablemente, la copiaron de otra pagana más antigua.
En el domingo anterior a la fiesta, el papa se dirigía a sus diocesanos, recordándoles el valor de la misericordia y el mérito especial de la limosna, al tiempo que les animaba con sentidas palabras a aportar su contribución. No hay duda de que el acto se repetía en las parroquias de la diócesis y todos los cristianos eran invitados a cooperar en el desarrollo de cuantas obras benéficas estuvieran en marcha. San León animaba al rico a ser espléndido en función de sus posibilidades y al pobre a mantener el ánimo generoso con el fin de enriquecer con su actitud la escasez de sus medios.
Este papa insistió en la conveniencia de añadir, al ayuno y la oración propios del tiempo de Cuaresma, la limosna y las obras de caridad: «Apliquémonos a defender a las viudas, ayudemos a los huérfanos, consolemos a cuantos lloran, reconciliemos a los enemigos, procuremos hospedaje a los peregrinos, socorramos a los oprimidos, vistamos a los desnudos, preocupémonos por los enfermos». Se trataba de una incitación al compromiso personal y a la colaboración con las obras diocesanas.
La Roma cristiana aceptó y favoreció la institución de graneros públicos para el sostenimiento de las clases inferiores. En estos graneros no se vendía trigo, solo se almacenaba, y desde ellos se distribuía a los necesitados. Las propiedades agrarias que la Iglesia romana poseía en África y Sicilia eran administradas por algunos representantes del obispo de Roma, quienes tenían la misión de enviar a Roma el fruto de las cosechas. En no pocas ocasiones, los papas, incluso cuando no tenían autonomía ni poder de gobierno en la ciudad, fueron los únicos capaces de solucionar los problemas de escasez o de hambruna de la población, consiguiendo una autoridad moral generalmente respetada y la confianza agradecida de los romanos.
Dos siglos más tarde, en una situación de mayor decadencia, Gregorio Magno (590-604) vigiló y organizó el aprovisionamiento diario de la población, sujeta a las calamidades y desorganización crónica de la época, importando los alimentos necesarios, de manera especial el grano de los territorios sicilianos propiedad de la Iglesia romana. Y reparó los edificios de una ciudad deteriorada y en franca decadencia.
Roma y, en general las Iglesias locales, contaban con una matrícula muy completa de los necesitados de sus comunidades, verdadera radiografía de la situación de los fieles, que señalaba una organización compleja, radial, gracias a la cual los obispos y diáconos conocían minuciosamente las necesidades individuales y trataban de solucionarlas en función de la situación de cada indigente. Roma era una diócesis rica, con una masa de bienes bien administrada, comenzando por los patrimonios de las basílicas y siguiendo por los legados de las grandes familias y los testamentos de muchos cristianos. Como ejemplo de esta entrega generosa, tomemos a Cipriano, obispo de Cartago, quien, al convertirse al cristianismo a los 45 años, distribuyó entre los pobres una parte importante de su fortuna. Dos siglos más tarde, hacia el 409, la sociedad romana quedó conmocionada cuando Melania la Joven, una de las herederas más ricas del Imperio, felizmente casada con Piniano, igualmente rico, decidió donar todos sus bienes a los pobres e iniciar, con el asentimiento de su marido, una vida de castidad. No fueron los únicos, y en todos los casos los pobres fueron destinatarios de una parte importante o, incluso, de toda su riqueza.
Los particulares ejercitaron la caridad con generosidad como una consecuencia de su fe. La matrona Fabiola fundó en Roma un hospital en el que se acogían enfermos de toda clase. Otros muchos crearon hospitales semejantes en diversas ciudades. A la muerte de sus parientes, organizaban banquetes para los pobres y distribuían dinero entre los asistentes. En los atrios de las basílicas se concentraban los pobres, convencidos de que los fieles, al entrar o salir de la iglesia, ofrecerían su óbolo. Otros compraban cargamentos de trigo para distribuirlo entre quienes se encontraban en una situación difícil. Paulino de Nola (353-431), siendo cónsul de la Campania, mandó construir un hospicio para pobres junto a la basílica de san Félix. Más tarde, cuando se convirtió voluntariamente en pobre, vivió junto a ellos.
No se trataba solo de acciones en favor de los más desfavorecidos, movidas simplemente por la piedad o por un sentimiento humanitario, sino que en el cristianismo se elabora un nuevo modelo de relaciones humanas y de sociedad fraterna. En estas comunidades se amaba a los hermanos porque, considerando que Dios era su Padre común, debían demostrarlo con palabras y obras. Máximo el Confesor escribió: «Haciendo desaparecer el amor por uno mismo mediante la caridad, quien se muestra digno de Dios hace desaparecer al mismo tiempo toda la multitud de vicios que ya no tienen en él otra razón de ser ni otro fundamento. Tal hombre ya no conoce el orgullo, signo de arrogancia con relación a Dios, mal multiforme y connatural; él… haciéndose amigo de los demás seres humanos con una benevolencia voluntaria, consume la envidia, que, a su vez, consume primero a quien la posee; elimina la cólera, los deseos homicidas, la ira, el engaño, la mentira, la burla, el rencor, la avidez y todo lo que divide al hombre»[11].
La identidad cristiana no se reduce al credo y al canon de la Escritura sino que se manifiesta también y sobre todo en la caridad mutua y en el trato fraterno de los discípulos de Jesús: «Aunque tenga tanta fe que traslade montañas, si no tengo amor, no soy nada» (1Cor 13,1). En la nueva sociedad los cristianos tendrán como norma la recomendación de Jesús: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten». No pide que les tratemos como ellos nos tratan, que es la ley del talión, sino como nosotros, que nos amamos mucho, queremos que nos traten, y esta decisión de tomar nosotros la iniciativa se traduce en el Padrenuestro con el arriesgado empeño de pedir al Señor que perdone nuestras deudas de la misma manera que nosotros perdonamos a nuestros prójimos.
En la liturgia se mantiene el principio de que para Cristo todos los hombres tienen la misma dignidad. Los esclavos son admitidos al bautismo y a la eucaristía en las mismas condiciones que los libres. Se trataba de una decisión revolucionaria, ya que los esclavos paganos no podían participar en los cultos oficiales y tenían que organizar entre ellos cultos adecuados. Jamás encontramos en las catacumbas la palabra siervo, porque para ellos, también en la muerte, todos eran iguales.
No nos engañemos, sin embargo. Desde el primer momento, también en las primeras comunidades, a pesar de su entusiasmo y de su cercanía a Jesús, se entremezcló el trigo con la cizaña. Las incomprensiones entre judeocristianos y pagano-cristianos, el nacimiento de las herejías o de diversas interpretaciones contradictorias de la doctrina de Jesús, las rivalidades entre comunidades distintas abundaron a lo largo de la historia. Nosotros denominamos aquella época como la edad de oro, pero siempre en la historia humana y en la historia de los cristianos el pecado ha estado presente aunque haya sobreabundado la gracia. La generosidad ha movido montañas, pero, también, el egoísmo ha dejado huellas en todas sus páginas.
El 24 de agosto del 410 Roma fue tomada, saqueada y arrasada por las tropas de Alarico. En el mar de fuego que asoló la ciudad se salvaron dos pequeñas islas, las basílicas de Pedro y Pablo, y a su sombra encontró refugio el pueblo romano. Agustín, conmovido por este milagro, comenzó a escribir La Ciudad de Dios, una filosofía de la historia, en la que Dios marca las reglas. La Iglesia comenzó a asumir el rol de depositaria y defensora del patrimonio cultural romano y, al mismo tiempo, intentó acercarse a los bárbaros para convertirlos e integrarlos en una civilización común. ¿No se encontraban, también ellos, en las manos de Dios, a pesar de su condición de bárbaros?
San León Magno salió al encuentro de Atila, el terrorífico jefe de los hunos dispuesto a conquistar Roma y quedarse con los tesoros que la ciudad todavía encerraba. Ambos se miraron cara a cara en Mantua (452) y aunque no se conoce nada de la entrevista, lo cierto es que Atila abandonó Italia. Probablemente el caudillo huno tuviera otras razones para volver la espalda a Italia, pero no cabe duda de que su diálogo con el papa resultó determinante. El encuentro ha quedado inmortalizado en la espléndida pintura de Rafael que encontramos todavía hoy en las estancias del Vaticano. En esta y tantas otras ocasiones hombres de Iglesia han intentado a lo largo de los siglos convertirse en puentes, en factores de diálogo, buscadores de la paz y de la concordia entre los seres humanos y entre los pueblos. No hace muchos años, todavía, la Santa Sede consiguió la paz entre Chile y Argentina, tras un largo contencioso, y, en estos últimos años, negocia en Cuba la liberación de los presos políticos.
León Magno, pues, trató de salvar a los romanos de las garras de los bárbaros y de salvar a estos de sí mismos. Consideró que esta era su labor esencial, salvar a los hijos de Dios de cuanto amenazase su vida y su libertad. A lo largo de los siglos encontramos repetida esta actitud. Europa nace de esta labor integradora eclesial. De una amalgama de pueblos, culturas y tradiciones, el cristianismo, anunciando la paternidad universal de Dios y la presencia humanitaria y salvífica de Cristo, va consiguiendo una cultura que integra el cristianismo con las tradiciones romanas y la idiosincrasia de cada pueblo. Para conseguirlo resultó esencial, sin duda, que el cristianismo no estuviera enraizado en ningún contexto particular racial, geográfico, social o político. Era genuinamente universalista. Resulta importante, en este sentido, apreciar tanto los elementos de continuidad como los de discontinuidad entre el mundo romano de san Agustín y el mundo cristiano-bárbaro que le sucedió. Entre los elementos de continuidad resulta imprescindible tener en cuenta el ministerio de caridad que los obispos y las instituciones eclesiales mantuvieron invariablemente en las ciudades a favor de los más débiles de las diversas comunidades. Como un eco de la advertencia de Juliano, se mantuvo en nuevos modelos sociales la impronta de caridad y preocupación por las necesidades de los ciudadanos que había distinguido a las primeras comunidades cristianas[12].
8. La caridad eclesial en los consejos de Julián el Apóstata
Julián era hijo de Julio Constancio, hermano del emperador Constantino. Contaba con solo seis años cuando su familia fue exterminada en la matanza de rivales potenciales que marcó el acceso al poder de los hijos de Constantino, y durante los veinticuatro años siguientes vivió con el temor de ser asesinado por su primo Constancio, quien murió sin heredero. A los treinta años fue proclamado emperador.
Durante su juventud se dedicó al estudio de la filosofía y se consideró predestinado a restaurar la Romanitas, degradada, según él, por su tío al imponer la religión cristiana, y terminó odiando tanto a sus parientes como al cristianismo. Para él, Jesús de Nazaret, lejos de encarnar la final y plena expresión del Verbo, no era más que un labrador iliterato cuyas enseñanzas, enteramente carentes de verdad y belleza, pecaban al mismo tiempo de débiles, ajenas al sentido práctico y socialmente subversivas. En realidad, uno piensa que al experimentar en sus carnes la crueldad, la insensible capacidad de asesinar impunemente de sus primos, confesos cristianos, debía resultarle a Julián difícil de digerir la doctrina del amor proclamada por Jesús y aparentemente practicada por sus discípulos contemporáneos, aunque tan cruelmente desacreditada por sus parientes imperiales.
Si reflexionamos sobre esta historia nos percatamos de que en la historia del cristianismo la conversión del poder en todas sus dimensiones ha resultado mucho más difícil. Aceptaban el cristianismo como religión personal, pero el modo de gobernar siguió siendo egoísta, violento, desconsiderado y agresivo con aquellos a quienes consideraban adversarios o competidores. Capetos, Borbones, Habsburgos, o Braganzas apoyaron a la Iglesia e, incluso, fueron personalmente piadosos, pero casi siempre han sido del parecer de que el fin justifica los medios y han actuado en consecuencia. Constancio, seguramente, fue sinceramente cristiano, pero, en cuanto emperador, fue tan violento e inmoral como cualquier emperador pagano. «No así vosotros», señaló Jesús a sus discípulos, pero nos ha resultado muy complicado compaginar poder con amor por los demás, poder con actitud de servicio.
Una vez emperador, dominado por su deseo de recrear la realidad clásica y de adaptar a su plan los dioses del politeísmo mediterráneo, Julián proyectó pasar de la revelación cristiana a la razón griega. Es decir, quiso volver al espíritu y método de la ciencia clásica, pero utilizó, tal vez por la improvisación y el poco tiempo del que dispuso, una formulación atípica, poco estructurada y sistemática. El historiador de Roma Gibbon observa que «el genio y poder del emperador eran desiguales a la empresa de restaurar una religión falta de principios teológicos, de preceptos morales y de disciplina eclesiástica»[13], pero lo intentó con audacia y rencor para con Constantino y el cristianismo, a los que identificó.
A pesar de este rechazo y animadversión por el cristianismo, Juliano fue muy sensible a aquellas características propias del cristianismo que atraían al pueblo y reforzaban su presencia y expansión. «Soy consciente», escribió al pontífice pagano Teodoro, «de que al abandonar los sacerdotes paganos a los pobres, los impíos galileos se han dedicado con inteligencia a este género de filantropía, y han logrado muchos frutos mediante estas prácticas, que siempre impresionan. De esta manera, los galileos comenzaron su política a partir de lo que llaman ágape y hospitalidad y servicio de las mesas, consiguiendo que muchos pasaran al ateísmo».
Probablemente, él mismo había leído las palabras escritas por Eusebio de Cesarea, consejero áulico de su tío Constantino: «Durante este tiempo se hizo evidente a todos los gentiles como una señal bastante manifiesta la diligencia y piedad de los cristianos para con todos. Porque solo los cristianos, prestando por todos los medios servicios de piedad y de misericordia en medio de tantas calamidades, se entregaban diariamente a curar a los enfermos y dar sepultura a los cadáveres de los muertos. Cada día innumerables personas, de las cuales nadie se preocupaba, sucumbían a la muerte. Convocando a todos los pobres de la ciudad, los cristianos distribuían pan entre ellos; hasta el punto que divulgada la noticia de esa buena obra con abundante encarecimiento, llegaban todos a ensalzar con las mayores alabanzas al Dios de los cristianos, y a confesar haberse comprobado con hechos que solo aquellos eran piadosos, adoradores de Dios»[14].
A medida que progresaba y se concretaba su decisión de renovar el paganismo, Julián pensó en la conveniencia de copiar cuanto había ayudado al triunfo del cristianismo. Escribió al supremo sacerdote Alsacio: «Nosotros no prestamos atención a lo que ha dado más incremento a la religión cristiana: la caridad para con los peregrinos, la solicitud para con los muertos y, en general, la verdadera moralidad de los cristianos. Por consiguiente, establece numerosos asilos de ancianos en cada una de las ciudades, para que nuestros peregrinos saquen también provecho de ello. Para su sostenimiento he dado ya las disposiciones necesarias: cada año proporcionará la Galacia 30.000 medidas de trigo y 60.000 sextas de vino. Una quinta parte de ello deberá destinarse a los pobres que están al servicio de los sacerdotes; el resto debe destinarse a socorrer a los peregrinos y necesitados. Sería una vergüenza…que los galileos no solo socorrieran a sus pobres, sino aun a los nuestros»[15].
Estos hospitales o casas de huéspedes, que Julián tanto admiraba, eran casas destinadas a los necesitados que se hallaban sin hogar, lugar de refugio de pobres, peregrinos, enfermos, gente sin albergue, casas donde se ejercitaba la caridad y asistencia cristiana bajo la dirección más o menos inmediata del obispo. Al conseguir la libertad y aumentar el número de cristianos se multiplicaron estas casas. No resultaba, pues, extraño que los paganos identificasen el cristianismo con la organización a modo de telaraña que llegaba a tantos ámbitos de la sociedad.
De hecho, el sistema que en realidad pretendía instaurar el emperador era una especie de contra-Iglesia, que tenía en cuenta e imitaba cuanto había retenido de su educación juvenil cristiana: la dotó de una jerarquía sacerdotal vertical dirigida en cada provincia por un arcipreste, exigió a los sacerdotes una vida austera, virtuosa y humilde, con la exigencia de practicar la continencia absoluta. Los sacerdotes debían enseñar una catequesis completa y adaptada a las diversas mentalidades en los templos renovados, en los que instaló ambones y sillas al modo de las iglesias cristianas. Dotó, pues, a los nuevos paganos de una Iglesia, de un credo, de unas oraciones y de un sacramento muy semejante al bautismo, pero, sobre todo, echó en falta y quiso imitar la organización caritativa de los cristianos que ya en ese momento había alcanzado todo su desarrollo. Podríamos decir que, a pesar de su desprecio, su intento constituyó un auténtico homenaje a la práctica cristiana.
El proyecto de Julián de renovar el paganismo resultó una sustitución inviable. Aunque su temprana muerte nos impide conocer qué hubiera pasado con un reinado más prolongado, las prácticas cristianas y su organización obtenían una aceptación tan generalizada que resulta difícil imaginarse una alternativa victoriosa. Sobre todo, la presencia cristiana en las necesidades, penurias y anhelos del vasto mundo popular había conseguido una adhesión casi imposible de conseguir con la decrépita religión pagana, por mucho que se intentase revitalizarla. El cristianismo ofrecía consuelo y provocaba entusiasmo, dos estados de ánimo necesarios en aquellos y en nuestros tiempos. Su Dios era cercano, compasivo y paternal y nada tenía que ver con la reconstrucción de la divinidad por parte de Julián o de otros filósofos todavía paganos. Y el amor predicado y vivido en las comunidades cristianas, por mucho que el pecado y las debilidades siguieran presentes, seguían siendo su gloria y su fuerza.
«¿Puede un fiel creyente dudar que en la hora del sacrificio eucarístico los cielos se abren a la invocación del sacerdote, que en este misterio de Jesucristo estén presentes los coros angélicos, las alturas unidas a las profundidades, la tierra abrazada al cielo, el visible unido a lo invisible?», se preguntaba Gregorio Magno, resumiendo la convicción de los cristianos de que su grupo formaba parte de una gran comunidad. Estaban convencidos de que la Iglesia en la tierra vivía en unión constante con la comunidad gloriosa de Dios con sus ángeles y santos. Lo mismo debe afirmarse de la comunión de los muertos y de los vivos en la gran comunidad de los fieles. Este convencimiento representaba uno de los elementos constitutivos de su fuerte sentido de identidad de grupo. Agustín expresa esta convicción universal al afirmar que «esta Iglesia que ahora viaja se encuentra unida a la Iglesia celeste donde se encuentran los ángeles que son nuestros conciudadanos, porque todos nosotros somos miembros de un solo Cuerpo, tanto si nos encontramos aquí, o en cualquier otro lugar sobre la tierra, ahora o en cualquier otro momento, desde la edad de Abel el justo hasta el final del mundo».
A los hombres del siglo IV, el cristianismo no se presentaba tanto como una doctrina o un dogma, como una corporación de ayuda mutua, ni como una teología o una institución, por muy original que resultase, sino, sobre todo, como un estilo radical de vida, como el ideal de un hombre y una sociedad nuevos. El culto, la liturgia, la devoción y, sobre todo, su modo de entender a los demás y de relacionarse con ellos fueron las expresiones de esta transformación de la psicología, de la sensibilidad y del comportamiento de los cristianos. Las prácticas de penitencia, de mortificación, de caridad (desde el amor fraterno hasta la limosna) y el sentido del cuerpo místico de Cristo determinaron nuevas relaciones sociales y un sentido de grupo que trascendía el tiempo y el espacio. Ciertamente, no llegó a comprender Julián la importancia de esta transformación, al reducir su renovación del paganismo a nuevos aspectos doctrinales y a una renovada organización social, considerando que con esta transformación, en realidad cosmética, del paganismo, podía herir de muerte el cristianismo. En su proyecto, Julián olvidó que solo Cristo es el amor generador del amor y de la generosidad de los cristianos.
9. Los Padres de la Iglesia y la justicia social
Los Padres de la Iglesia pertenecieron, generalmente, a familias acomodadas, con buena formación intelectual y con un intenso espíritu evangélico que conformó su personalidad y sus actividades. Todos ellos fueron muy generosos, repartieron sus bienes entre los necesitados y fueron conocidos por sus obras de caridad.
Intérpretes excepcionales de la Sagrada Escritura, que mantienen en sus manos permanentemente, subrayan y proclaman su sentido social profundo, demostrando que este aspecto, en su radicalidad, resulta inseparable del cristianismo. En sus escritos encontramos desarrollados temas tan fundamentales como la igualdad esencial de los seres humanos; la dignidad y la primacía de la persona humana y su pluralismo que debe ser respetado; la propiedad privada y su condición social; la riqueza y la comunicación de bienes, el trabajo y su dignidad; el desarrollo económico y su sometimiento a la moral. Según los Padres, los deberes de los ricos no consisten solo en el desapego del corazón, sino, fundamentalmente, en compartir sus bienes con quienes carecían de lo necesario no solo para subsistir sino, también, para desarrollar sus dotes personales. No se trataba solo de ser generosos, sino justos, y, en sus escritos, no dudaron en utilizar un lenguaje atrevido y exigente. Es decir, a medida que desarrollaban estructuras de asistencia para los más desprovistos y que se convertían progresivamente en los protectores y benefactores de los individuos y de las ciudades, los obispos exhortaban a sus fieles a poner sus riquezas personales al servicio de los necesitados y de la Iglesia, pero sus argumentos, partiendo del Evangelio, trascienden las recomendaciones de la beneficencia y de la asistencia, y terminan elaborando una doctrina de la igualdad sustancial del género humano y de sus derechos, basándose en la decisión del Creador de que todos los bienes de la tierra sean comunes.
Ofrezco algunos textos significativos de los Padres más importantes.
San Basilio (330-379), el más moderno de los Padres griegos, puso de manifiesto, con frecuencia, el carácter social y comunitario de la doctrina evangélica sobre la propiedad y las riquezas. «La caridad somete a los hombres libres entre sí y subraya y mantiene, al mismo tiempo, la libertad de la voluntad». «El mandato de Dios no nos enseña que hayamos de rechazar y huir de los bienes como si fueran malos, sino que nos ilustra en cómo administrarlos. Y el que se condena, no se condena en ningún caso por tenerlos, sino porque sintió torcidamente de lo que tenía o no fue capaz de usarlos adecuadamente». «¿Qué responderás al Juez, tú que revistes las paredes y dejas desnudo al hombre, tú que adornas a los caballos y no te dignas mirar a tu hermano cubierto de harapos, tú que dejas que se pudra el trigo y no alimentas a los hambrientos, tú que entierras el oro y no alimentas al que se muere de estrechez?».
«Paréceme que la enfermedad del alma de este hombre se asemeja a la de los glotones, que prefieren reventar de hartazgo, antes que dar las sobras a los necesitados. Entiende, hombre, quién te ha dado lo que tienes, acuérdate de quién eres, qué administras, de quién has recibido, por qué has sido preferido a otros. Has sido hecho servidor de Dios y administrador de los que son, como tú, siervos de Dios; no te imagines que tus bienes te han sido preparados exclusivamente para tu vientre. Piensa que lo que tienes entre manos es cosa ajena. Pueden alegrarte los bienes durante un cierto tiempo, pero luego se te escurren y desaparecen, y al final, de todo se te pedirá estrecha cuenta». Jesús habló con dureza sobre los peligros de la riqueza, y nosotros somos conscientes de lo difícil que resulta ser rico y conservar las entrañas humanas. El dinero tiene el efecto habitual de colocar cegadoras escamas ante los ojos y de congelar a las criaturas, de forma que las manos, los ojos, los labios y el corazón se enfrían peligrosamente. La vida nos enseña que los ricos pueden tener buen corazón, pero difícilmente pueden ver la realidad tal cual es.
«¿Quién es avaro? El que no se contenta con las cosas necesarias. ¿Quién es ladrón? El que quita lo suyo a los otros. ¿Con que no eres tú avaro, no eres ladrón, cuando te apropias lo que recibiste a título de administración? ¿Con que hay que llamar ladrón al que desnuda al que va vestido, y habrá que dar otro nombre al que no viste a un desnudo, si lo puede hacer? Del hambriento es el pan que tú retienes; del que va desnudo es el manto que tú guardas en tus arcas; del descalzo, el calzado que en tu casa se pudre. En definitiva, ten en cuenta que agravias a cuantos pudiendo socorrer no lo haces». La propiedad aparece, a menudo, en los Padres como un simple usufructo, permitido por Dios en la medida en que su principal beneficiario actúa como un gestor en servicio del bien general. Por consiguiente, lo superfluo del rico debe darse al pobre.
«No nos mostremos, dotados como estamos de razón, más feroces que los brutos animales. Estos usan, como bien común, todo aquello que produce la tierra. Y es así como diversos rebaños de ovejas pastan sobre un mismo monte; innumerables caballos en una misma llanada, y de este modo todos se ceden unos a otros el goce del necesario sustento. Pero, nosotros, escondemos en nuestro seno lo que es común y poseemos solo lo que es de todos».
San Cirilo de Jerusalén (313-386) es conocido y admirado por las catequesis que predicó en el 358 a los catecúmenos, en las que fue explicando metódicamente el credo de la Iglesia de Jerusalén, sin olvidar algunos artículos dedicados a la generosidad en la distribución de bienes. «Y lo que recibes de Dios para administrarlo como mayordomo, adminístralo útilmente. ¿Te ha sido confiado dinero? Adminístralo bien. ¿Tienes talento para atraer las almas de los que te oyen? Hazlo así diligentemente. ¿Puedes atraer por la fe a Cristo las almas de los que te escuchan? Hazlo así diligentemente. Muchas son las puertas de una buena administración».
San Gregorio Nacianceno (330-390) destaca en todas sus obras el aspecto social, de manera especial en su discurso «sobre el amor a los pobres», pronunciado probablemente en Cesarea en el año 373. «Nada hay en el hombre tan de Dios como hacer un beneficio», señala entre los motivos de la compasión hacia los desgraciados: «Tú, que eres robusto, ayuda al enfermo; tú, rico, al necesitado. Tú, que no has tropezado, al que ha caído y está atribulado; tú que estás animado, al que está desalentado; tú, que gozas de prosperidad, al que sufre en la adversidad. Da gracias a Dios por ser de los que pueden hacer un beneficio y no de los que necesitan recibirlo; de que no tienes que mirar a las manos ajenas, sino que otros miran a las tuyas. No seas solo rico por tu opulencia, sino también por tu piedad; no solo por tu oro, sino también por tu virtud o, mejor dicho, solamente por esta. Hazte estimar más que tu prójimo siendo mejor que él; hazte un dios para el infortunado imitando la misericordia de Dios». Siglos más tarde, la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas del Vaticano II confirma con otras palabras los fundamentos de las afirmaciones de san Gregorio que acabamos de leer: «Todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo origen (…), tienen también un único fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de bondad y designio de salvación se extiende a todos…».
«Bienaventurados –dice el Señor– todos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). No es la misericordia la última de las bienaventuranzas. Y: «Bienaventurado el que cuida al desvalido y al pobre, porque en el día del juicio lo pondrá a salvo el Señor» (Sal 40,1) Y: «Bueno es el hombre que se compadece y da prestado» (Sal 111,5). Y en otro lugar: «El justo se compadece y presta todo el día» (Sal 36,6). Abracemos esa bienaventuranza, seamos llamados inteligentes, hagámonos buenos. La noche misma no interrumpa tus obras de misericordia. No digas: «Vuelve, vuelve otra vez, y mañana te daré» (Prov 3,28). Nada se interponga entre tu propósito y el beneficio. Solo la humanidad para con el necesitado no admite dilación. «Reparte con el hambriento tu pan y mete en tu casa a los pobres desamparados» (Is 58,7), y ello con la mejor voluntad.
San Juan Crisóstomo (entre 344 /354-407) se distinguió por su ardiente caridad. Siendo arzobispo de Constantinopla, dedicó sus cuantiosos ingresos a erigir hospitales y a socorrer a los pobres. Su preocupación en favor de los necesitados y los oprimidos y su interés por una más equitativa y justa participación de todos en las riquezas era tan intensa, que con toda justicia se le puede dar el título de abogado de los pobres, ya que encontramos en casi todas sus homilías su ardiente defensa del derecho de los necesitados a la ayuda y al socorro, recordando a los ricos su deber de comunicación de cuanto se le ha concedido, y fustigando sin paliativos su falta de conciencia social, su lujo y despilfarro y sus injusticias sociales.
«… Hagámoslo así también nosotros y esforcémonos de esta manera por la salud de nuestros hermanos. No es obra inferior al martirio no rehusar sufrimiento alguno por la salvación de todos. No hay cosa que alegre más a Dios. Una vez más voy a decir lo que muchas veces he dicho. Lo mismo hacía Cristo al exhortarnos al perdón: “Cuando oréis, perdonaos si tenéis algo contra el otro” (Mt 4,23). Y otra vez, hablando con Pedro: “No te digo que has de perdonar siete veces, sino setenta veces siete” (Mt 18,22). Y, de hecho, Él perdonó todo lo que contra Él se hizo. Así también yo, pues conozco que es la esencia del cristianismo, no me canso de hablar sobre este tema. Nada más frío que un cristiano que no trate de salvar a los demás».
«Y no digáis que os es imposible cuidar de los otros. Si sois cristianos, lo imposible es que no los cuidéis. Del mismo modo que hay en la naturaleza cosas que no admiten contradicción, así acontece aquí, pues la cosa radica en la naturaleza misma del cristiano. No insultes a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, lo insultarías. Si dices que el cristiano no puede ser de provecho a los otros, insultas a Dios y lo dejas por embustero».
San Ambrosio (339-397) declara en sus escritos que el fundamento de la sociedad es la justicia y la beneficencia. Insiste sobre la importancia del bien común y sobre el carácter comunitario de los bienes. En todos sus textos recuerda el dominio universal sobre la tierra dado por Dios a todos los hombres y en el derecho de todos ellos a participar en sus frutos. «También es buena la misericordia que hace a los hombres perfectos, porque imita al Padre perfecto. Nada hay que haga valer tanto al alma cristiana como la misericordia. Se ejercita primero con los pobres: juzga que son comunes los frutos de la tierra, que lo que la naturaleza produce es para uso de todos, y que lo que tienes debes distribuirlo entre los pobres, ayudando siempre a tus compañeros y semejantes». Estos autores relativizan el derecho de propiedad, con el fin de dar un carácter sistemático a la práctica de la limosna y criterios exigentes al cálculo de cuanto se debía dar. San Agustín exigía la distinción entre lo superfluo y lo necesario y consideraba lo superfluo como lo necesario para los pobres.
«Quien sin oro envió a los apóstoles (Mt 10,9), fundó a la Iglesia sin oro. La Iglesia posee oro, no para tenerlo guardado, sino para distribuirlo y socorrer a los necesitados. ¿Qué necesidad hay de reservar lo que si se guarda no es útil para nada? ¿Acaso ignoramos cuánto oro y plata se llevaron los asirios del templo? (IV Reg XXIV, 13). ¿No es mejor que los sacerdotes fundan el oro para el sustento de los pobres, si no hay otros recursos, que dejar que se apoderen de él sacrílegamente los enemigos? ¿Acaso no nos dirá el Señor: por qué habéis permitido que tantos pobres mueran de hambre? Y ciertamente poseíais oro con el que procuraros su alimento. ¿Por qué tantos cautivos puestos en venta y no rescatados han sido ajusticiados por el enemigo? Mejor sería que hubieseis conservado los vasos vivientes que los de metal».
«No desprecies al pobre, él te hace rico. No desdeñes al indigente, pues “el pobre clamó y Dios le escuchó”. No rechaces al necesitado: Cristo se hizo pobre siendo rico, pero se hizo pobre por ti, para hacerte rico con su pobreza. No te enorgullezcas por ser rico: Cristo envió sin dinero a sus discípulos».
San Agustín (354-430), el gran escritor africano, destaca el papel preeminente que corresponde a la justicia y a la caridad en el orden social y en la paz que es el orden humano por excelencia.
«“Hermanos, ¿dónde comienza la caridad? Habéis oído cómo se perfecciona”. “Nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). El Señor muestra, pues, en el Evangelio la perfección de la caridad y en esta epístola se recomienda su cumplimiento. Pero vosotros preguntáis: ¿cuándo podemos tener esa caridad? No desesperes de tu capacidad demasiado pronto. Quizá haya nacido, pero aún no es perfecta: cuídala para que no se ahogue. Pero me preguntarás: ¿cómo lo sabré? Hemos escuchado cómo se perfecciona, oigamos cuándo comienza. Prosigue san Juan y dice: “Quien tuviere riquezas en este mundo y viere a su hermano padecer hambre y le cerrare sus entrañas, ¿cómo podrá habitar la caridad de Dios en él?”. He aquí dónde comienza la caridad. Si aún no eres capaz de dar la vida por el hermano, sé, por lo menos, capaz de darle tus bienes. Penetre ya la caridad en tu corazón, de modo que no hagas el bien por jactancia, sino por la enjundia íntima de la misericordia, siendo capaz de interesarte por el que se encuentra necesitado».
«¡… No tiene límites el bien que hace la caridad! Si posees bienes externos, da de lo que tienes; en caso contrario, muestra buena voluntad y, si puedes, aconseja y ayuda, y si, finalmente, no puedes ni aconsejar ni ayudar, expresa tu buen deseo y ora por el atribulado, y, sin duda, Dios oye antes esta oración que la del que ofrece pan. Tiene siempre algo que dar aquel cuyo pecho está henchido de caridad».
Hemos hablado en otros capítulos de la importancia central de la limosna en la vida del cristianismo primitivo y, en realidad, en toda la historia del cristianismo. En los escritos y en la pastoral de san Agustín encontramos cómo recalcó con frecuencia su importancia: «Además, existen en la palabra divina otros muchos testimonios que demuestran el gran poder de la limosna para extinguir y borrar los pecados. Por eso el Señor, a los que ha de condenar y mucho más a los que ha de coronar, les tomará en cuenta solo las limosnas, como diciendo: Es difícil, si os examino y peso escrutando con diligencia vuestras obras, que no encuentre en qué condenaros; pero id al Reino, pues, “tuve hambre y me disteis de comer”. Por tanto, no vais al Reino porque no pecasteis, sino porque redimisteis vuestros pecados con limosnas». Esta consideración ha permanecido en la tradición cristiana, de forma que en nuestras liturgias sigue pidiéndose a los participantes su contribución a las actividades asistenciales de la comunidad creyente, una contribución exigida no solo por la virtud de la justicia sino, también, por el convencimiento de que Dios perdona y salva a quienes distribuyen cuanto tienen entre los necesitados. Estos obispos, en realidad, exaltaban la igualdad primitiva, anterior a la caída de nuestros primeros padres. Así escribe Gregorio de Nisa: «En aquel tiempo no existía la muerte ni la enfermedad, “lo tuyo” y “lo mío”, palabras funestas, estaban absolutamente ausentes de la vida. De la misma manera que el sol era común, el aire era común y, sobre todo, la gracia de Dios era común y, también, la alabanza, así en la igualdad se ofrecía la libre participación en todos los bienes»[16].
10. Colaboración entre Iglesias
Era bien conocida en el cristianismo primitivo la generosidad de la comunidad romana para con las comunidades más desfavorecidas. San Dionisio de Corinto escribió a Sotero, obispo de Roma: «Tenéis la costumbre y tradición ininterrumpida desde el principio mismo del cristianismo de que ayudáis con toda clase de socorros a los hermanos y proveéis de toda clase de socorros a innumerables iglesias esparcidas por cada una de las ciudades cuando están en necesidad. Y de este modo aliviáis la indigencia de muchísimos, y a los hermanos condenados en las minas les suministráis lo necesario. Así, romanos, desde el principio guardáis la costumbre e instituciones de vuestros padres los romanos, siendo la providencia de todos los menesterosos. Y esta costumbre, vuestro bienaventurado obispo Sotero no solo la guarda, sino que la ha ampliado, suministrando abundantemente recursos a los santos y aun socorriendo a los que llegan a esa desde lejos, sin que, como padre cariñoso a la vez, los deje de consolar con santas exhortaciones»[17].
Cien años más tarde, Dionisio de Alejandría nos informa de cómo Roma hizo llegar socorros regularmente a las Iglesias de Arabia y Siria, y, en Capadocia, no se habían olvidado por los días de Basilio de que, bajo el obispo Dionisio (259-269), la Iglesia de Roma había enviado allí dinero, a fin de rescatar de sus amos gentiles a prisioneros cristianos. En Roma existían, naturalmente, muchas familias ricas, pero, todavía hoy, emociona el sentido de cuerpo y de fraternidad dominante en aquella comunidad atenta a las necesidades de las diversas comunidades.
A lo largo de los siglos, la caridad se ha desarrollado y transmitido en la Iglesia de un modo triple: anunciando la buena nueva, que, de muchas maneras, narra el amor de Dios por sus hijos; con la celebración de los sacramentos, en los que derrama este amor en el corazón de sus fieles, y en el servicio de la caridad, a través del cual el amor de Dios crea la comunión con el prójimo. Este prójimo pertenece a la propia comunidad, la más cercana, o a las diversas comunidades repartidas por el mundo que constituyen la familia del Padre. Todos son igualmente prójimos, hermanos, hijos de Dios. De ahí que algunos obispos se preocuparan por los problemas internos de otras comunidades, les aconsejaran y les ofrecieran cauces para solucionarlos. No en vano, en las eucaristías de cada diócesis se leían los nombres de los obispos con quienes se encontraban en comunión, manifestando sus buenas relaciones y su disponibilidad fraterna de colaboración. La gran Iglesia, es decir, la comunión de las diócesis que se reconocían entre ellas, se mantenían en permanente contacto a través del trato personal de sus miembros y por cauces de frecuente colaboración.
Es decir, la Iglesia cristiana, el cristianismo, ha manifestado permanentemente tres rasgos que marcan su esencia constitutiva: el ser comunitaria, el ser samaritana y su universalidad.
Roma fue desde el primer momento el centro de comunión de las Iglesias no solo porque allí había estado Pedro y allí se encontraba su tumba, sino también por sus socorros abundantes a las Iglesias que se encontraban en dificultad, ganando así la fama y el agradecimiento de iglesias más débiles y desfavorecidas. No fue la única ni la primera comunidad que se preocupó por la situación de quienes consideraba hermanos, sino que encontramos continuos ejemplos de socorros y colaboración entre Iglesias más pudientes y comunidades en apuros.
Estas comunidades cristianas primitivas aparecen como asociaciones de trabajadores que ponen en común el fruto de sus trabajos para ayudar a sus hermanos más pobres. De hecho, Pablo tuvo la preocupación de organizar colectas que pusieran de manifiesto la solidaridad fraterna de los cristianos de las Iglesias por él fundadas. En este sentido, las cartas muestran el interés del apóstol por animar a sus discípulos de las diversas comunidades a ser generosos con los cristianos de Jerusalén, que se encontraban en una situación difícil. Esta colecta y el viaje que emprendió con siete acompañantes que le habían ayudado en su petición a través de las comunidades dan a entender el compromiso personal del apóstol por mantener, incluso en situaciones complicadas, una relación fluida de las comunidades de la gentilidad con la Iglesia Madre, pero, sobre todo, su solidaridad evangélica con cuantos creían en Cristo.
En los casos de catástrofes, de hambruna, de pestes, tan frecuentes en aquellos tiempos, el altruismo de los cristianos no tenía límites. Cuando los bárbaros nómadas devastaron Numidia y secuestraron a muchos cristianos (253), Cipriano recaudó en Cartago, una Iglesia no muy numerosa, 100.000 sestercios para los afectados (ep. 62). Actuó de igual manera con ocasión de las epidemias de peste en Cartago, Alejandría y otros lugares. Con motivo de la derrota de Adrianópolis (378) se multiplicaron las ruinas, devastaciones y luto de todo género, pero, sobre todo, fue enorme el número de prisioneros caídos en manos de los godos. San Ambrosio, con el rechazo de algunos de sus fieles, decidió reducir a lingotes los utensilios litúrgicos de oro que todavía no habían sido utilizados en las celebraciones litúrgicas y rescató con ellos a numerosos prisioneros. Por su parte, san Basilio construyó en Cesarea de Capadocia todo un complejo de hospicios que formaban casi una ciudad con el nombre de «Basiliades», con pabellones para los enfermos, forasteros, pobres y huérfanos, con habitaciones para médicos y enfermeros y albergues para visitantes y escuelas y oficinas.
Cuando en el 455 Genserico ocupó Roma, saqueándola y deportando a África a numerosos ciudadanos, el obispo Deogracias de Cartago adaptó como refugio las dos basílicas de Fausto y de los Novas y acogió en ellas a cuantos deportados pudo, ofreciéndoles todo lo necesario y ocupándose de ellos día y noche.
En los primeros años del siglo VII san Gregorio Magno combatió la hambruna de las poblaciones del centro de Italia con el trigo que mandó traer de las posesiones que la Iglesia romana tenía en Sicilia. Esta preocupación por la suerte de los demás no nace solo de la piedad o la exigencia de la justicia de los creyentes, sino de Dios mismo, quien no puede aceptar que estas situaciones perduren y llama al cristiano a cooperar con él, con el fin de superarlas o de aliviarlas, en virtud de la esperanza que brota del Evangelio.
Esta colaboración entre las iglesias cristianas no se redujo a la beneficencia, sino que se expresó de manera extraordinaria en la unidad doctrinal e institucional. La convicción de que formaban un solo cuerpo acrecentó en cada obispo la conciencia de su obligación colegial, fraterna, es decir, de su responsabilidad con respecto al bien de toda la Iglesia y no solo al de su propia comunidad. Intercambiaron las actas de las reuniones regionales, demostrando así su interés por conocer y aprovechar la experiencia ajena, al tiempo que mantenían la unidad de doctrina y de acción en lo sustancial. Se cumplió así en el cristianismo la experiencia de que una sociedad globalizada que intercambia entre sus miembros confianza, amor, compromiso, proyectos comunes y horizontes de pertenencia, resulta más fuerte y más compacta. En este mismo sentido, los concilios regionales y los generales constituyeron ocasiones espléndidas de conocimiento mutuo, de intercambio y de profundización de ideas, de enriquecimiento personal e institucional al entrar en contacto con otras tradiciones, con sensibilidades y métodos teológicos diferentes. El mundo latino, junto al griego, al armenio, sirio y africano, se diferenciaban en ritos y escuelas teológicas, pero era más lo que los unía que lo que pudiera distanciarles. Con el tiempo, hubo factores psicológicos y políticos que, a menudo, tuvieron más incidencia en la separación entre las diversas Iglesias que las diferencias teológicas.
En nuestros días, las Iglesias de los países más ricos fomentan organizaciones de ayuda a los países del Tercer Mundo, tales como Manos Unidas, Adveniat, Misereor, Catholic Relief Services y muchas otras instituciones nacionales que han supuesto una gigantesca operación de generosidad de las Iglesias católicas para con los países del llamado Tercer Mundo. A ellas se dirige una buena parte de lo ofrecido por los cristianos de cada Iglesia. Parroquias y diócesis toman bajo su patrocinio diócesis y regiones de otros continentes ayudándoles en sus necesidades más perentorias. Esta preocupación no debe ser considerada como algo extraordinario sino como una consecuencia natural de la fraternidad existente. Probablemente, la organización más completa y más universal de caridad existente en la Iglesia católica sea Cáritas, organización que se ocupa directamente de las necesidades de las diversas comunidades nacionales y que al mismo tiempo dedica medios y personas a las dificultades y necesidades existentes en el mundo.
No se ha tratado únicamente de ayuda y colaboración económica sino, también, de medios humanos. Todos los países europeos y de manera especial España, por motivos obvios, han enviado sacerdotes y religiosos a Iberoamérica con el fin de ponerse al servicio de los obispos de las diversas diócesis. Miles de sacerdotes han colaborado codo con codo con el clero local en la tarea de evangelización. A su vez, muchos sacerdotes de aquellos países han estudiado en universidades europeas para prepararse más adecuadamente para sus tareas apostólicas. Ha resultado, sin duda, un ejemplo singular de la comunión eclesial de los discípulos de Jesús, en una tarea común de servicio a las necesidades de los habitantes de aquellos países.
En menor escala, algo parecido ha sucedido con las iglesias africanas y asiáticas. Cientos de organizaciones europeas y norteamericanas católicas ayudan a las comunidades de esos continentes. Buena parte de su sistema sanitario y universitario se costea con personal y subsidios que encuentran su origen en las parroquias y organizaciones de congregaciones religiosas de Europa y América. Buena parte del voluntariado católico desarrolla sus tareas en esas iglesias.
La doctrina social de la Iglesia contiene entre sus capítulos principales el «destino universal de los bienes», principio que, ciertamente, no se opone al derecho de la propiedad privada o de las naciones, pero que no lo reconoce como «absoluto» ni «intocable», sino que lo considera como un medio que siempre debe tener en cuenta las exigencias del bien común. En este sentido, el cristianismo tiene la obligación de madurar en la sociedad y en los Estados la conciencia del deber de solidaridad, que, dado el estado de globalización actual, debe extenderse al mundo entero en un claro intento de cooperación efectiva entre los pueblos.
Este ofrecer y ofrecerse de los cristianos a cuantos se encuentran en grave necesidad debe ser inmediato y gratuito según la exigencia evangélica y los ejemplos de los santos que en el mundo han sido. La credibilidad del amor de Dios por los hombres depende en gran manera de este darse de los creyentes a cambio de nada. Fue así desde el principio, siguiendo la máxima de «gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8).
San Agustín habla de la dinámica permanente entre la ciudad de Dios y la ciudad del hombre, o mejor, del servicio de los cristianos a la construcción de la ciudad del hombre en la perspectiva de la ciudad de Dios. En esta dinámica, tiene razón el santo africano al señalar en la tipología del amor la motivación más profunda de la ciudad diferente que se construye: «Dos amores han fundado dos ciudades: el amor por sí mismo que llega al desprecio de Dios y que ha generado la ciudad terrestre. El amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo que ha generado la ciudad celeste». El amor a Dios y a sus hijos, los seres humanos, conseguirá construir la ciudad del hombre como ciudad de la ternura de Dios, gracias a la autoexigencia de los creyentes de no conformarse a la mentalidad dominante en este mundo, sino de renovarse constantemente en el Espíritu (Ef 4,17-24).
En esta construcción de la ciudad de Dios colaboran cada vez más las comunidades monásticas que, con el paso del tiempo, se sienten más implicadas con la vasta comunidad cristiana del mundo. Mientras que los monjes van comprendiendo que su propio «desierto» se relaciona y amalgama con la «ciudad», los ciudadanos intuyen que pueden aprender y realizar en sus vidas algunos de los ideales monásticos. Los monjes se sienten responsables de cuantos habitan fuera de sus muros y los laicos experimentan que han sido llamados a ser adultos en la fe y en la experiencia cristiana. La canonización de Homobono Tucenghi (1197), comerciante, casado y padre de familia, por Inocencio III, constituyó un paso importante en la adultez cristiana de los laicos[18].
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