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SI TUVIERA QUE VOLVER A EMPEZAR…

MEMORIAS (1934-2004)

Juan Marín García

SI TUVIERA QUE VOLVER A EMPEZAR…

MEMORIAS (1934-2004)

Edición de Pilar Sanz, Cristina Escrivá

y Salvador Albiñana

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total

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© De los textos Juan Marín García, 2015

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2015

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Fotografías: Archivo Familiar Marín

Fotografía de la cubierta: Juan Marín, Alicante 1936

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9879-1

a Toñi, mi esposa

ÍNDICE

BREVE SEMBLANZA DE JUAN MARÍN

Juan Marín, mi buen amigo y compañero de la FUE casi desde su fundación, hijos los dos del terrible Siglo XX que concentró los tremendos cataclismos que afloraron a la superficie el eterno problema de la justicia social, el reparto equitativo de los beneficios. El periodo del siglo que se nos había dado a vivir estaba lleno de escollos peligrosos y así fueron de borrascosas las vidas nuestras y de todos nuestros coetáneos. Pero algunos de ellos, por circunstancias especiales, descollaron por sus efectos. Uno de estos casos es Juan Marín que a su formación intelectual unía una serie de cualidades éticas que conformaban una personalidad de firmes principios y convicciones: inteligencia, firmeza, valor, clarividencia, espíritu crítico, tenacidad, don de gentes y una exquisita habilidad para aprovechar sus conocimientos lingüísticos o cualquier resquicio que se presentara en el quehacer cotidiano para aprovecharlo a favor de sus designios, que no eran otros que el bien del prójimo.

Así se comportó Marín en La Santé frente a los nazis en la resistencia francesa; así actuó Juan en África en los difíciles y peligrosos finales de la Segunda Guerra Mundial.

Es decir, Juan Marín supo estar en el momento oportuno en el sitio justo y defendiendo con su actitud lo que había en justicia que defender.

Y yo, llegando a esta conclusión, me atrevería a decir que Juan Marín es un verdadero arquetipo de nuestra FUE.

Y para nosotros y nuestros «Amigos de la FUE» se perpetúa como un recuerdo de luz y de sapiencia.

ALEJANDRA SOLER GILABERT

Valencia, febrero de 2015

PRESENTACIÓN

En septiembre de 2013, en el Colegio Mayor Rector Peset, dirigido por Salvador Albiñana, la Universitat de València, la Asociación Amigos de la FUE y la Asociación Cultural Instituto Obrero organizaron un homenaje a mi padre y a la generación de la Federación Universitaria Escolar donde él debía realizar una intervención personal. Como mi padre por esas fechas tenía dificultades para escribir, me encargó que redactase, según sus indicaciones, el texto que debía leer en ese acto. Así pues, durante un mes muy emotivo estuvimos recordando muchos episodios de su vida, de sus amigos y de la familia y durante estas conversaciones me quedó muy claro que lo que más le importaba a mi padre, además de la familia, eran sus amigos, todos los amigos que tuvo a lo largo de su vida, y en especial los amigos de la FUE. Pero también insistía de forma recurrente que no dejase de hablar de la figura de mi abuelo, de la suerte que siempre le acompañó y de la esperanza que tenía depositada en la juventud.

No hubo ningún momento en que quisiese resaltar las situaciones difíciles, peligrosas y dramáticas que vivió. Pensaba que eran producto del tiempo que le había tocado vivir y que solo había hecho lo que firmemente creía que se debía hacer. No había en los relatos que me contaba nada de protagonismo épico por su parte. Siempre dijo que su historia era una más y que si escribió sus memorias lo hizo para que sus hijos, nietos y biznietos tuviesen un testimonio de cómo había vivido y de los ideales que siempre había defendido.

Pocos meses después de este homenaje, su entrañable amiga Pilar Sanz, que había leído sus memorias, viendo que se encontraba muy enfermo y movida por el cariño que le profesaba, se dirigió al Vicerrector de Cultura de la Universitat de València, Antonio Ariño, para pedirle que valorase la posibilidad de su publicación. Y Ariño, que ya tenía noticias de ellas por Salvador Albiñana, sin dudarlo un instante y con una gran generosidad, cogió su pluma y firmó de inmediato su autorización en un folio con el cuño de la Universitat. Ese mismo día por la tarde, mi padre, al leer el documento, recibió una de las alegrías más gratificantes de sus últimos días.

A partir de entonces, y coincidiendo con una recuperación en la que intervino sin ninguna duda la ilusión por la publicación de sus memorias, las estuvimos revisando y me dejó encargado que las estructurase y organizase. Creo que pensaba que yo era quien en esos momentos mejor conocía su vida y de hecho me autorizó, si lo consideraba conveniente, a introducir algunos de los recuerdos que tenía escritos o a retirar otros que no fuesen relevantes.

De estas memorias ya existía una primera autoedición publicada en dos tomos. El primero narra las vivencias de la proclamación de la República, la guerra civil y el exilio en Francia, periodo que como él dice «supuso la historia de un adolescente que no pudo disfrutar precisamente de su adolescencia». El segundo contiene los recuerdos del servicio militar en África, el reencuentro con los amigos de la FUE, la llegada de la democracia y la caída del muro de Berlín.

Después de releer varias veces las memorias decidimos dejarlas tal como las escribió, solo con obligados ajustes, como la elaboración de un índice y la introducción de algunas notas que estaban parcialmente redactadas que me indicó que completase, por lo que si existe alguna imprecisión solamente yo soy el responsable. En este sentido, quiero resaltar lo estricto que era mi padre con lo que escribía, pues no quería citar a nadie ni nada que no pudiese ser confirmado o autorizado por los protagonistas, y ello nos ha privado de muchos episodios de interés que he podido encontrar entre los numerosos manuscritos escritos por él a lo largo de los años. Esta es otra característica de sus memorias, las escribió como anotaciones que fue introduciendo a lo largo de un periodo dilatado de tiempo, en muchas ocasiones sin seguir un orden cronológico, por lo que existen muchos recuerdos interpolados en el momento que está escribiendo y que hemos integrado en el relato sin modificarlo.

Como he señalado, una de las características de mi padre era el valor que otorgaba a la amistad. De hecho, ninguno de los que lo conocieron podía imaginar a mi padre sin sus amigos, y ese concepto de la amistad por encima de todo se gestó en casa de mi abuelo, de ahí su empeño e insistencia en resaltar su figura. No hay que olvidar que con la República se instaura un clima de civilidad, una atmósfera de libertad de pensamiento y de conciencia social, que tiene su origen tanto en la influencia de la Institución Libre de Enseñanza como en las ideologías progresistas de los movimientos sociales ascendentes. Y esta atmósfera de libertad va a penetrar en numerosas familias. Una de ellas era la nuestra. Mi abuelo Juan, médico oftalmólogo, era una persona excepcionalmente culta e informada, de una delicadeza de trato exquisita, como decía mi padre: «era un excelente creador de amigos, y los tenía de todas las ideologías y esferas sociales, a los que miraba en un mismo techo de trato y respeto». Sus momentos más felices los pasaba en su particular tertulia, a la que a veces se sumaban otros médicos y amigos que venían de los pueblos y se quedaban a comer en casa. Entonces mi padre estaba con ellos. Ese ambiente de librepensadores fue la mejor escuela para un adolescente. En ellas, aprendió a escuchar y a formarse como persona y allí se forjaron las características que no le abandonaron a lo largo de su vida: la sociabilidad, la cortesía, el respeto por las opiniones diferentes, la prudencia, la tolerancia y la preocupación por los demás. En ellas aprendió el valor de la amistad. Cuando más tarde en el transcurso de la vida tuvo que decidir, siempre decidió de acuerdo con lo aprendido en esos años.

Por lo tanto, no es de extrañar que se afiliase precozmente a la FUE y después con dieciséis años a las Juventudes Socialistas Unificadas en el Instituto Luis Vives. Es allí donde se establecen las primeras complicidades que perdurarán toda la vida y se reforzarán al compartir los mismos ideales por los que luchará toda una generación. Complicidad que lleva a una amistad incondicional, entendida en el sentido más amplio, verdadero y profundo, una amistad sin titubeos ni vacilaciones, en la que disfrutas de la felicidad o sufres la desgracia del compañero como si fuese tuya, porque el amigo es ese otro yo donde nos miramos y nos reconocemos. Así pues, estas son unas memorias de amistad y de vida. Amistad que continuará después en el frente de batalla, en los campos de concentración, en la resistencia, en la cárcel, en África, en la lucha por la subsistencia…

Ya al principio de sus memorias, cuando se encuentra en Valencia tras haber sido reclamado del frente de Madrid junto a Ricardo Bastid por ser menores, dice: «me di cuenta de que me faltaba el calor de mis compañeros y a medida que pasaban los días se me acentuaba la nostalgia de la camaradería de los amigos de la FUE y empecé a reconocer que mi sitio no estaba en la retaguardia». Con estas líneas nos está introduciendo en ese clima de compañerismo que va a flotar sobre todo su relato.

Es una amistad que perdurará a través de los años, a pesar de la diáspora y la inevitable separación que supone la lucha por la vida. Por lo tanto para entenderla no podemos separarla de la memoria. Amistad y memoria van unidas, y la memoria, no hay que olvidarlo, conforma también ese espacio que constituye nuestra ideología. Los compañeros de la FUE serán siempre algo muy especial porque comparten memoria e ideología, estén donde estén y a pesar del tiempo.

Además, el discurrir de la vida también le va a permitir conocer a personas entrañables y decisivas, como fue Ferdinand Pinsot, empresario francés que por medio de mi padre apoyó a los miembros de la resistencia española en el París ocupado, corriendo riesgos que podían haber tenido graves consecuencia para él. Este gran amigo, con sus relaciones sociales conseguía todo lo que le pedían y redimió en parte la insensibilidad de algunos franceses ante el drama que vivieron los refugiados de la guerra civil española.

Pero fueron muchos más los que le apoyaron. Es emotivo el episodio de la señora Coulodin cuando a ese joven español desarrapado y hambriento recién llegado a Milly desde un Tonnerre inhóspito, abriéndole una habitación acogedora y confortable de su casa burguesa le dice: «Juan, esta es la habitación del hijo que tengo en el frente de batalla y mi esposo ha decidido que seas tú el que la ocupes y a mí me agradaría mucho que lo aceptases».

Con simples relatos como este nos hace experimentar la solidaridad de la que estaba tan necesitado ese batallón de refugiados que empiezan a salir de los denigrantes campos de concentración, donde por cierto había más dignidad que la que tuvieron los gobernantes franceses con su política de no intervención y su posterior actuación cuando el ejército republicano cruza la frontera.

Es la solidaridad necesaria para superar el sufrimiento que se produce tras la derrota. Sin ella hubiese sido más difícil poder sobrevivir, sobre todo en el París ocupado. Son muchos nombres: Soria, Escuer, Paquita Velas, Vizcaíno, María García, Calpe, Talón, Collar, Hurtado, Baruch, Royo… y tantos otros citados en sus memorias los que van a necesitar de la fraternidad y camaradería para soportar el miedo y los silencios que acompañaron su vida. Miedos y silencios que a su vez se entremezclan con momentos de felicidad, porque el miedo se tiene que olvidar para seguir viviendo. Y vivieron intensa y apasionadamente, de tal manera que incluso de este periodo tan difícil y peligroso, el recuerdo que tienen de París es inolvidable. París, a pesar de la ocupación nazi, a pesar de las ejecuciones de los alumnos del Liceo Buffon, y otros más, incluso con la reclusión en la cárcel de la Santé y todas las penalidades, aparecerá, durante toda su vida, como una estela de juventud, de afecto y de lucha. Del miedo y de los silencios ya se encargó la dictadura cuando regresaron a España.

Otro de los elementos destacables de la biografía de mi padre es la suerte. La tuvo durante la guerra civil, en Francia, en África…, pero en la suerte de mi padre también intervino su inteligencia para utilizar los recursos, argucias y resquicios que se le presentaban, sus reflejos rápidos y la capacidad de acertar en sus decisiones que, en más de una ocasión, lo sacaron de momentos muy peligrosos. «Nunca me consideré una persona valiente –escribe–, y en cada situación y según la gravedad he tenido miedo, pero he sabido disimularlo y eso sí que ha sido en mí una buena cualidad». Como cuando es detenido por la policía colaboracionista francesa y al ser interrogado por la Gestapo rechaza instintivamente a los sanguinarios traductores alsacianos que tergiversan las palabras de los detenidos y realizando su defensa directamente en alemán ante sus interrogadores consigue que esta transcurra por el único camino que puede salvarle de la deportación a Alemania. O cuando, castigado a realizar el servicio militar en África, sus conocimientos lingüísticos hacen que sorprendentemente lo adscriban al Servicio de Información, todo ello con un expediente «de persona desafecta al régimen», que por circunstancias excepcionales había ido a parar directamente a los archivos pero que en cualquier momento podía salir a la luz. Sin embargo, a pesar de este riesgo no dejó de emitir informes favorables de los desplazados que llegaban a la frontera con intención de regresar a la península y recomendarles lo que debían decir para evitar el control de las autoridades franquistas. Sí, mi padre fue un hombre valiente. Es cierto que hay muchas formas de mostrar el valor, unas son consecuencia del arrebato audaz, instantáneo, heroico, épico, pero también hay otras más modestas, más discretas y cotidianas pero que requieren de mucha firmeza para ser mantenidas día tras día como hizo mi padre en la territorial del Quert, en aquellos tiempos del fin de la Segunda Guerra Mundial en la que son muchas las personas que pasan por la frontera del Protectorado español en Marruecos, donde del interrogatorio de estos transeúntes y su posterior informe dependía su destino.

Posteriormente, la lucha por la vida, los tiempos del pluriempleo, el intento de seguir adelante con dignidad. Todo esto ya lo vivimos sus hijos y lo recordamos con cariño y emotividad, más aún con el paso del tiempo que, en vez de atenuar las vivencias las refuerza y da más valor al sacrificio de nuestros padres que se esforzaron para que nuestra infancia y adolescencia fuese lo más feliz posible.

Yo de pequeño recuerdo a mi padre siempre muy activo, trabajando junto a mi madre, muy unidos y compenetrados y muy atentos a todas nuestras cosas, aunque éstas fuesen de poca importancia. Lo recuerdo llegar a casa con su prensa y revistas francesas bajo el brazo, que nos hacían intuir un mundo diferente al que vivíamos. También lo recuerdo escuchando la Pirenaica o la BBC, noche tras noche. La libertad que nos daba a todos los hermanos, la tolerancia que tenía con nosotros. Las visitas a la casa de la calle de la Nave, esa «casa abierta» siempre llena de gente, donde te podías encontrar a tantos amigos de mi padre, como Rafa Izquierdo, que fue el primero que me habló de la FUE y me contaba aventuras extraordinarias. Con todas mis tías: Carola, Manola, Cándida, la tía Concha y sus amigas –casi todas hijas de padres represaliados– el tío Tomás, la tía Mariví, el tío Vicente, el tío Enrique Tomás y la tía Juanita, los primos… Las comidas en la playa de las Arenas que tanto disfrutaba, los amigos de Picassent…

También recuerdo que mi padre era muy generoso y espléndido. Nunca le importó el dinero. Necesitaba muy pocas cosas para vivir y no daba importancia a las banalidades, ponía por encima de todo su libertad e independencia y siempre confiaba en sí mismo, por lo que no temía al futuro.

Pasados los años, recuerdo sus ilusiones por la llegada de la democracia, el trabajo en la Asociación de Vecinos, en el Partido Comunista, el tiempo de las elecciones con una actividad frenética, las visitas que hacían casa por casa para explicar el programa electoral, dando una imagen de seriedad e inspirando confianza. Siempre activo y organizador.

Después está el reencuentro con los amigos de la FUE. Una constante a lo largo de su vida. Pero, ¿qué tenía la FUE que hizo que sus militantes se sintiesen orgullosos toda su vida de haber pertenecido a ella? La FUE no hay que entenderla como un simple sindicato estudiantil del tiempo de la República, era mucho más. La FUE constituye el modelo de organización democrática y unitaria por excelencia. Progresista, aconfesional e independiente de los partidos dio cabida a todas las ideologías de progreso y a nadie se le quedó estrecha. Pero además constituyó una plataforma para la aplicación práctica del proyecto cultural, educativo, reformista y modernizador encarnado por la República. Sirva como ejemplo la divulgación teatral entre las clases trabajadoras con «El Búho», las colonias escolares en los pueblos, la universidad popular contra el analfabetismo, el deporte… Todo ello tenía un fuerte atractivo para la juventud y a ella se sumaron numerosos jóvenes ansiosos de transformar la sociedad y que después lucharon en la defensa de la República. Así pues es posible que la singularidad de la FUE se encuentre en que era un proyecto cultural permanente y, por lo tanto, inacabado y como tal ha perdurado a lo largo de los años. Ese proyecto cultural nace de la Institución Libre de Enseñanza, pero pronto se reforzó con la asunción de la conciencia antifascista durante la guerra civil y permaneció vigente durante el franquismo por su carácter democrático y, por tanto, opositor a la dictadura.

Además, la FUE constituye un referente que va a permitir contactar entre sí a sus militantes, perdedores de la guerra y constatar que no se encuentran solos en su derrota. De ahí la excelente labor de Pepe Bonet que aprovechando su profesión convierte su consulta médica en una estafeta para mantener vivo este espíritu opositor a la dictadura y establecer la tertulia como forma de reunión donde encontrarse en aquellos años. Tertulias que constituían un lugar de contacto, de transmisión de información, de reflexión y de acción y que inicialmente y por seguridad tuvieron un carácter itinerante: el Hungaria, el Gato Negro, el Coto, el Gran Peña, el Ateneo, el Círculo de Bellas Artes, Bimby, la Taberna Gallega… Estas tertulias aparecen espontáneamente a finales de los años 40 y van a seguir ininterrumpidamente hasta nuestros días manteniendo su carácter republicano, en defensa de las libertades y con un espíritu unitario y apartidista que se prolonga con la creación de la Asociación de los Amigos de la FUE.

Tras la muerte del dictador, mi padre es uno más de los organizadores del histórico homenaje a Pepe Bonet, que se realiza con una comida de fraternidad en el restaurante de las Arenas al que asisten cerca de 350 antiguos militantes de la Federación de Valencia, y se reciben numerosas cartas y telegramas de adhesión constituyendo el inicio de una nueva etapa de la FUE ya legalizada como Asociación de Antiguos Miembros. Desde entonces y durante años forma parte del «petit comité» encargado de las diversas actividades promovidas por la FUE, siendo este un periodo que vive con auténtica pasión y dedicación y que requirió de mucho de su tiempo y perseverancia para llevarlas a cabo junto a sus entrañables compañeros. Además, es el encargado de recopilar y organizar el archivo de la FUE correspondiente a este periodo, colaborando con María Fernanda Mancebo, que posteriormente será donado a la Universitat de València.

Yo he tenido la suerte por mi profesión de estar a su lado toda la vida, y puedo decir que no existe felicidad mayor, sobre todo porque su carácter hacía que él fuese el alma de nuestra consulta. Siempre he admirado y envidiado su capacidad para establecer relaciones afectivas con los demás, tenía ese don especial que hacía que en pocos momentos se hiciera entrañable, no solo por su cortesía y delicadeza sino también por la meticulosidad y perfeccionismo con que trabajaba y que los pacientes sabían valorar .También he tenido la suerte y el privilegio de conocer a casi todos sus amigos. A algunos los conocí muy tempranamente y eran como de la familia, a otros más tardíamente, ya en las tertulias de La Taberna Gallega, pero al final siempre los traía a la consulta ilusionado y de los que yo no conocía me contaba sus biografías y anécdotas con una admiración que yo compartía. Era magnifico escucharles, a todos ellos, sabiendo lo que habían vivido: Rafael Talón, Sebastián Collar, Rafa Izquierdo, Juan Soria, Manuel Martínez Iborra, Darío Marcos, Vicente Ramis, Pepe Bonet, Víctor Agulló, Guillermo y José Guillermo Pérez, Tonico Ballester, Ricardo Muñoz Suay, Bartrina, Juanjo Estellés, Vicente Vélez, Ruiz Mendoza, García-Esteve, Boquet, Juanita Alberich, Alberto Romeu, Fayos, Alejandra Soler… Siempre he pensado que será difícil encontrar una generación tan irrepetible como la suya por bondadosa, generosa e íntegra.

No puedo dejar de hablar de su conciencia comunista. Cuando en estas memorias describe los acontecimientos políticos lo hace de forma resumida y didáctica y en pocas páginas cita los principales momentos que acontecen, desde el resurgir del movimiento obrero en los años sesenta, hasta la caída del muro de Berlín y, para dejar constancia de su reacción tras el derrumbe del «socialismo real», escoge un texto inédito de su amigo Luis Galán, texto duro, pero que refleja sin tapujos el desacuerdo doloroso que algunos ya tenían con unos sistemas burocratizados y esclerosados incapaces de confiar en la democracia y el pluralismo político, que se había puesto de manifiesto durante los sucesos de la primavera de Praga. Sin embargo, y como siempre hizo a lo largo de su vida, sabía poner en la balanza lo positivo y lo negativo, las cosas que no le gustaban y las que se podían justificar. No era nada proclive a dogmatismos, y destacó siempre en la defensa de lo justo y de los derechos individuales y colectivos en cualquier circunstancia, porque su militancia nace de los ideales del antifascismo unitario, de las enseñanzas de la vida, y del ejemplo que daban las personas con sus conductas y, tanto durante la guerra como en la dictadura, el ejemplo que dieron los comunistas demostraba que eran los que mejor aseguraban la lucha por las libertades y contra toda forma de opresión. Por eso, la práctica que vieron posteriormente en los partidos de los países del denominado «socialismo real» no era la que ellos querían que fuese, ni se correspondía con lo que habían vivido. Siguió pensando que el comunismo es la única alternativa válida para cambiar la sociedad que vivimos, para conseguir un mundo más justo, pero también que ese cambio solo será posible si se respetan escrupulosamente tanto las libertades como los deseos colectivos de la mayoría.

Un último aspecto que caracterizó a mi padre era su confianza y admiración por la juventud. Ese cariño fue una constante de su vida, pero se hizo más evidente al ir creciendo sus nietos, con los que disfrutaba y se preocupaba de inculcarles los valores que hay que defender, sobre todo la amistad, el respeto y la honestidad y todas las cosas por las que merece la pena luchar. No es de extrañar pues que no perdiese ocasión de conversar con los jóvenes, en cualquier situación, bien fuese en algún acto cultural, en una charla de un instituto, cuando acudían a las tertulias para recoger datos para la memoria histórica o en cualquier conversación improvisada, en cualquiera de las manifestaciones reivindicativas a las que, formando parte del colectivo de la FUE asistía, fuese el primero de mayo, el 14 de abril, el «no a la guerra»… y tantas otras a las que nunca faltaban y en las que era emotivo ver concentrados bajo la enseña republicana a ese grupo de luchadores, la mayoría octogenarios, manteniendo la misma ilusión que nunca les abandonó. Disfrutaba con los jóvenes y les hacía disfrutar con su afabilidad y admiración que, por evidente y sincera, siempre era reconocida por ellos a pesar de la diferencia de edad. Además era capaz de transmitir su optimismo ante cualquier manifestación de desánimo o indiferencia, defendiendo la necesidad de mantener la dignidad como personas por encima de todo.

Para él lo más importante de la memoria no era solo su capacidad para evocar, también lo era su capacidad para crear, y los que debían de crear el futuro eran los jóvenes.

Hasta el final mantuvo una actitud activa en la defensa de los valores democráticos de la izquierda. Recuerdo que en una de las asambleas del Movimiento 15M los organizadores le invitaron a hablar sobre aspectos educativos de la República. Ese día volvió a casa muy ilusionado y emocionado. Entre sus papeles he podido encontrar la nota escrita que les leyó. En sus palabras les decía la admiración que sentía por todos ellos, por reivindicar lo justo, día a día al aire libre de forma democrática y participativa. Les habló de lo que supuso la FUE para la juventud estudiantil, su carácter unitario y los avances sociales conseguidos por la República. Todo ello lo hacía, no con la melancolía de un tiempo pasado, sino con una visión muy actual de la necesidad de mantener una actitud firme para enfrentarse al mundo neoliberal que estamos viviendo, que cercena las posibilidades de progreso y sigue generando miedos e inseguridades. En ese acto solidario tenía 91 años, y era un joven más de los indignados reunidos en la plaza, compartiendo con todos, su amistad y solidaridad. Estaba como siempre donde pensaba que debía estar.

Quiero finalizar esta introducción sobre la vida de mi padre diciendo algo que le hubiera gustado decir a él, y es que sus memorias, al fin y al cabo narran las experiencias vividas por un combatiente de la República, sin cargos de especial relevancia, la de un militante de base como otros muchos, todos ellos con su historia, su particular y extraordinaria historia. Este aspecto es el que las hace relevantes, un relato compartido por una gran cantidad de luchadores anónimos que un día tomaron la decisión firme de defender la libertad y el progreso y hasta el final de sus días se mantuvieron fieles a sus convicciones. Si ellos pudieran escribir sus memorias seguro que serían casi intercambiables con las de mi padre. Y por eso me siento muy orgulloso de él y de todos ellos.

Deseo manifestar mi inmenso agradecimiento a Pilar Sanz y a Cristina Escrivá por su inestimable ayuda en la revisión, estructuración y corrección del texto así como en la elaboración de los pies de página aclaratorios, el índice general, la selección iconográfica y tantos detalles que por su experiencia como editoras conocen, y que han supuesto para las dos mucha dedicación y tiempo. Soy consciente de que lo han hecho con un especial cariño por tratarse de una persona muy especial, a la que tanto querían. También quiero agradecer muy especialmente a su gran amiga Alejandra Soler la semblanza inicial que hace de mi padre. Mi agradecimiento lo hago extensivo a Salvador Albiñana, sin ninguna duda la persona que más ha contribuido para que estas memorias viesen la luz y también por su lectura y revisión final del documento. A Pilar Bonet, Pepa Ramis, José María Azkárraga y Juan Navarro por su aportación de documentos gráficos y personales y, también, a José Luis Canet y Vicent Olmos del servicio de Publicaciones de la Universitat de València.

Por último quiero expresar el reconocimiento de nuestra familia a todos cuantos con interés y cordialidad han hecho que estas memorias puedan llegar al lector.

FRANCISCO MARÍN OLMOS

Valencia, marzo de 2015

PARTE I

EL INICIO DE MIS RECUERDOS

Era junio de 1945. Si nací el 13 de febrero de 1920 tenía 25 años bien cumplidos. Me encontraba en un vagón de tercera del tren correo Málaga-Madrid. Hacía pocas horas que había desembarcado del buque que hacía el trayecto nocturno Melilla-Málaga, después de una travesía extraordinaria para mí, ya ducho en este recorrido, pues nunca la mar se había convertido en una balsa de aceite, que se iba abriendo a medida que la quilla del barco iba avanzando. La luna reflejada en este espejo no podía cabalgar y se conformaba, en esta ocasión, transmitiendo como un farol destellos de su propia luz. La expectación de este fenómeno obligó a la mayoría de los viajeros a conciliar el sueño más tarde de lo normal, a altas horas de la madrugada. Al llegar a Málaga tuve que pasar por el obligado y riguroso control de los carabineros de la aduana, que se incautaban de los artículos considerados de contrabando, que en África estaban a precios exiguos con respecto a la Península. Este trámite para mí fue especial, pues llevaba un paquete para un teniente coronel destinado en el Ministerio de Defensa en Madrid, que mi comandante me había entregado, junto a una tarjeta suya dirigida al jefe de la aduana. Esto significó el que no registrasen mi maleta repleta de tabaco, relojes y artículos que familiares y amigos me habían solicitado previamente por correo.

El vagón del tren estaba rodeado de gran parte de soldados uniformados que, como yo, procedían de Melilla. Yo, sin embargo, iba de paisano que era la ilusión de todo soldado. Iba así porque no disponía de uniforme y de haberlo tenido me estaba vedado usarlo, ya que en mi bolsillo, independiente del imprescindible billete de embarque militar, disponía de un carnet de identificación como agente del Servicio de Información de la Intervención Territorial del Quert, del Protectorado Español de Marruecos, sito en Villa Nador.

Yo era uno de los derrotados de la guerra civil española y me satisfacía deducir, a la vista de los acontecimientos vividos desde mi regreso del extranjero, que no estaba totalmente vencido. Es cierto que mi formación educativa, mis conocimientos de los idiomas francés y alemán unidos a mi experiencia de años vividos con mucha intensidad, me sirvieron de mucho. Con todo ello, de no haberme acompañado la suerte, hubiera sido más difícil. Sí, estaba convencido de que era una persona afortunada y eso que no desconocí los sufrimientos, hambre, opresión, prisión… pues pasé por todos ellos y en circunstancias de excepción.

No iba de servicio. Era un viaje de un mes de permiso. La validez de mi carnet de agente fuera del Protectorado español era muy discutible, pero las contadas veces que me identifiqué con él en la Península, incluso ante la policía, todo eran facilidades. Para comprender esto hay que situarse forzosamente en esta época, cuando el escuchar «Servicio de Información» era suficiente motivo de temor para cualquier ciudadano, incluso para la propia policía.

En este viaje tuve la ocasión de comprobar la eficacia de mi documentación. La escasez de alimentos de primera necesidad, contingentados a través de cartillas de racionamiento individuales, originó un tráfico de alimentos desde las zonas rurales, donde era fácil la adquisición de productos agrícolas para venderlos a mayores precios en las grandes ciudades. A este tipo de negocio se le denominó «mercado negro» y aunque estaba muy sancionado tomó gran impulso ya que el ciudadano estaba obligado a adquirir estos alimentos para poder subsistir. El abastecimiento oficial a través de cupones para pan, legumbres, carnes, aceites, tabaco, etc. era escaso en cantidad y la mayor parte de las veces en calidad. En pequeñas cantidades el medio de transporte que utilizaban estos «estraperlistas» era el tren. Tenía su riesgo, ya que en cualquier momento podían surgir agentes de la Fiscalía de Tasas que registraban todo, desde la máquina de vapor a la cola, y se incautaban de todos los productos alimenticios en maletas y bultos. Nadie reclamaba su propiedad para evitar multas y hasta detenciones, según el volumen del decomiso.

En un largo trayecto eran varias las veces que al parar en una estación subían los agentes y esta circunstancia se conocía enseguida por el nerviosismo de los pasajeros implicados, que trataban de desplazar sus maletas en sentido contrario al avance de los agentes, trasiego que se hacía dificultoso por ir siempre los trenes abarrotados de pasajeros.

En este viaje me encontraba, como ya queda dicho, rodeado de soldados, algún paisano y una viejecita que tenía sentada sobre ella una niña, que supuse sería su nieta. Un súbito desplazamiento de bultos dio a entender que íbamos a conocer un registro en nuestro departamento. Noté en el semblante de esta mujer una expresión de temor y su consiguiente inquietud. Sin pensarlo mucho le pregunto si tiene algún contratiempo e instintivamente me señala una maleta grande situada en la parte superior del tablero soportabultos. Le digo que se tranquilice, pues diré que es mía y a mí no me registrarán. Tengo que aclarar que a los soldados normalmente no les registraban sus bártulos, que ya habían pasado por el control de la Aduana. Por fin llegan los agentes y no les dicen nada, pero como venían acompañados por dos agentes de policía del servicio del tren, piden la documentación a todo el mundo y a los soldados el oficio-pasaporte militar de permiso. A mí que voy de paisano con mayor motivo me lo piden y sólo les enseño mi carnet. Al preguntarme si voy de servicio les contesto: «por supuesto». Señalo con un gesto dos maletas y un paquete que manifiesto son de mi propiedad. No hay nuevo intercambio de palabras y todos al abandonar el departamento me saludan. Transcurrido el chaparrón y ante el agradecimiento de la viejecita y las miradas interrogantes del resto de pasajeros y soldados, no recuerdo, por el tiempo transcurrido, las palabras que pude decir, ya que no siendo correcto airear mi condición de agente del Servicio de Información de la Intervención Territorial del Quert, lo que sí que les aseguré es que no era ningún policía.

Aunque mi permiso lo tenía que disfrutar en Valencia, existían dos motivos para pasar por Madrid: entregar personalmente el paquete que mi jefe me había encomendado y mis deseos de recorrer la capital, después de nueve años de ausencia y visitar los lugares que había conocido en circunstancias tensas provocadas por la defensa de Madrid, al principio de la guerra. Sabía de antemano que iba a sufrir la nostalgia de los años transcurridos y me faltaría el calor de las mismas imágenes vistas a través de los ojos de un muchacho de dieciséis años.

Madrid tenía muchos lugares que me recordaban a mis compañeros de milicias y la unidad militar con la que estuve en distintas barricadas de la capital. Todos procedíamos y nos habíamos instruido militarmente en Valencia y, posteriormente, en Alicante.

MIRANDO HACIA ATRÁS, EN 1936 HAY QUE DEFENDER LA REPÚBLICA

¿Cómo conocí a Huguet, Pérez Carpio, Izquierdo, Muñoz Suay, hermanos Talón, Ferraz, Torrella, Galán, y tantos y tantos que más adelante serán citados?

En octubre de 1936 acudí al llamamiento de voluntarios para la defensa de la República. Como era miembro de la Federación Universitaria Escolar (FUE) en la Asociación Profesional del Instituto Luis Vives de Valencia, me incorporé junto a dirigentes y afiliados de esta organización estudiantil al Primer Batallón del Regimiento de la Victoria. Este batallón, junto a otras unidades de milicias se fue formando en el Colegio de los Salesianos de la calle Sagunto, acondicionado como cuartel general de milicias y en donde efectuamos la primera instrucción militar. Posteriormente fuimos desplazados al cuartel de Benalúa de Alicante y allí proseguimos la preparación militar de la unidad. El 10 de enero de 1937 nos enviaron a Madrid llegando a la Estación de Atocha y formados llegamos al Ministerio de Fomento, acondicionado todo el edificio como centro de distribución y destino de los milicianos que integraban las columnas y unidades que iban llegando a la capital.

El comandante Trigueros, al mando del Regimiento desde que se constituyó en Alicante, efectuó una visita con su Estado Mayor para comunicarnos que estaba pendiente de que se le asignase un sector del frente y que nos encontrábamos en la tercera fase de la defensa de Madrid.

El bautismo de guerra lo iniciamos el 18 de enero con un desplazamiento a Perales del Río (Madrid), desde donde y durante ese día se efectuaron varias marchas para ponernos a punto, con motivo de la acción que se preparaba para la madrugada del día siguiente, cuando los tres batallones de la brigada del comandante Líster tenían como objetivo tomar al asalto el Cerro Rojo, antes denominado Cerro de los Ángeles. El Batallón de la FUE en esta operación tenía asignada una segunda línea de reserva. El comandante Líster, que ya en varias actuaciones, en plena defensa de Madrid, prefería operar por la noche y descansar durante el día, en esta ocasión y por tratarse de llegar al cerro con gran visibilidad por parte del enemigo, optó también por la nocturnidad, ya que aparte del factor sorpresa quiso llegar al mínimo de bajas en la operación. La acción empezó sobre las cinco de la madrugada y al empezar a alborear, y con muy pocas bajas, el cerro cae nuevamente en poder de las fuerzas republicanas. Se consigue un excelente botín capturando un jefe del Estado Mayor, varios oficiales, muchos prisioneros y abundante material bélico.

Este mismo día por la tarde y con mucha rapidez las fuerzas franquistas, que asumían el nombre de nacionales, reciben grandes refuerzos de su sector y la lucha se encarniza, por nuestra parte por mantener el recién reconquistado Cerro Rojo, y los franquistas por volver a tomarlo, lo que consiguen antes de que llegue la noche cerrada. Los muertos por ambos lados son muy numerosos. En segunda línea conocí esta circunstancia con bastante detalle por ser mi primera acción militar. La imagen dantesca de tantos muertos durante este día no significó para mí una inyección de euforia guerrera, y eso que sin haber probado el alcohol en mi vida, durante toda la batalla el rancho que me dieron se limitó a frecuentes galletas nadando en coñac en mi plato de miliciano.

En la calle Daoíz, cerca de la plaza Dos de Mayo, en un convento-iglesia, transformado en habitación dormitorio para la primera y segunda compañías del primer Batallón, conocí con mis compañeros de la FUE, que estábamos integrados en la primera, las «primicias» del caldero de lentejas que ya y durante el resto de la guerra se harían célebres con el nombre de «las píldoras del doctor Negrín». Al recordarlo retrospectivamente no pude reprimir una condescendiente sonrisa, no por el primer sabor de esta legumbre como rancho militar, que solamente lo probamos, ya que veníamos bien nutridos por los alimentos del litoral alicantino, sino porque noté algo de nostalgia recordando esos días que, aún con los sinsabores de la guerra, uno se sentía feliz teniendo por delante toda una vida, lógicamente llena de incógnitas. Esta proyección de nueve años atrás me emocionó por la suerte de poder rememorarla.

Ya introducido en esta época y recuerdos, me fue obligado evocar una breve visita de pocos días al frente del sector de la Ciudad Universitaria. Conocí muy poca actividad, pero lo suficiente para descubrir la traidora trayectoria de los obuses de los morteros capaces de introducirse súbitamente en las trincheras. También me quedó de esta tan breve estancia, la imagen de que parte de las improvisadas troneras del parapeto la componían múltiples cajas de latas de ternera o de búfalo, de mantequilla, que constituían lo que se denominaba «rancho en frío», que era el que normalmente se nos suministraba en primera línea de frente.

Una anécdota interesante que refleja fielmente el ambiente guerrero de Madrid no se me podía escapar al llegar a la Gran Vía. Con cruces de proyectiles sobre las barriadas extremas, que configuraban el cinturón de los diversos sectores de la defensa de la ciudad, varios compañeros de la FUE fuimos al cine Capitol, en plena Gran Vía, para ver la proyección de la película de guerra soviética Los marinos de Kronstadt. En un momento dado creímos que la banda sonora no sincronizaba bien con las imágenes. El traqueteo de las ametralladoras del buque de guerra funcionaba a destiempo frecuentemente. Alguien tuvo la intuición de pensar que el ruido de las ametralladoras fuese real y proceder del propio frente de Madrid. Esta era la realidad y salimos apresuradamente para incorporarnos a nuestra unidad que se encontraba en El Pardo. Recordé que coincidimos en esta incidencia Rafael Talón, José Huguet, Fernando Ferraz, Rafael Bonet, Rafael Izquierdo y yo.

En este sector de El Pardo estuve hasta finales de febrero, pues reclamado por menor de edad, tuve que regresar al entorno familiar aunque no por mucho tiempo, como más adelante habrá ocasión de relatar. De mi breve estancia en este frente recordé que no hubo acciones de importancia. Al entrar en línea nuestro batallón pasó a las órdenes del comandante Enciso, quien ajustándose a las recientes estructuras orgánicas, con otro batallón y una columna creó la 44 Brigada Mixta que permaneció en este sector, defendiendo la capital durante toda la guerra. Era destacable el compañerismo entre los estudiantes de la FUE, que poco a poco iban menguando la primera compañía mandada por el capitán Vicente Talón, también de la FUE valenciana, pues se iban incorporando a las diversas convocatorias para cursos de Oficiales en las distintas Escuelas Populares de Infantería, Artillería, Ingenieros, Aviación, etc. que por necesidades de la guerra se iban convocando. Quedaban dentro de la compañía obreros y empleados agrícolas de Catarroja, Algemesí y Alzira, hombres sencillos y valerosos, que por su fortaleza física fueron de gran ayuda en nuestras marchas. Aquí, por primera vez, tuve que imitar a mis compañeros despojándome de la ropa para ir eliminando, en lo posible, las molestias de los parásitos que se ubicaban en nuestros cuerpos. Al ser reclamado junto a Ricardo Bastid,1 terminó mi breve estancia en el frente de Madrid.

EL COMPROMISO CON LA REPÚBLICA. CONTEXTO FAMILIAR Y POLÍTICO SOCIAL

Al regresar a Valencia me enteré de que mi padre me había reclamado bajo la presión de los padres de Bastid, que viviendo en la misma finca de calle de la Nave número 3, tenían un contacto diario y decidieron reclamarnos a los dos.

En lugar de encontrar la satisfacción de haber cumplido una pequeña aventura personal, me di cuenta de que me faltaba el calor de mis compañeros del frente y que difícilmente podría acoplarme a la pasividad que, de momento, no favorecía mi edad. A medida que pasaban los días se me acentuaba la nostalgia de la camaradería de los compañeros de la FUE y empecé a reconocer que mi sitio no estaba en la retaguardia. La decisión de mi incorporación al Batallón de la FUE obedeció a una inquietud juvenil originada por el ambiente de una rebelión militar, que rápidamente se transformó en una guerra civil. Ello caló en muchos jóvenes, fundamentalmente en los que por circunstancias de entorno –familiares y amigos–, estaban politizados defendiendo la legalidad republicana. Este era mi caso, ya que desde los 14 años estaba afiliado a la FUE en la Asociación Profesional del Instituto Luis Vives y recién cumplidos los 16 años en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Otro factor de peso era la fuerte personalidad de mi padre, que espero quede bien plasmada al hacer la recopilación testimonial de un gran recuerdo que se inicia un 18 de julio de 1936.

Sí, recuerdo este día como un sábado resplandeciente que invitaba a ir a pasar la mañana tomando el baño en la piscina del Balneario de las Arenas, lugar frecuentado por los estudiantes que nos encontrábamos de vacaciones. Tenía 16 años y había terminado con aprovechamiento en el mes de mayo mi sexto curso de bachillerato y por tanto el título de Bachiller con mi promoción de estudiantes oficiales 1931-1936 en el Instituto Luis Vives. Ciertamente para mí, que excepto en el quinto y sexto curso no había sido un estudiante aplicado, el haber obtenido el título con mi promoción era motivo de gran satisfacción, que se hacía extensiva a mis padres y hermanos, todos menores que yo, a excepción de mi hermana Carolina. Mi hermana mayor, Juanita, había fallecido por enfermedad pulmonar con 15 años de edad. El resto de mis hermanos lo constituían, por edad, Cándida que acababa de terminar su cuarto curso, Tomás que había terminado su tercer curso, y el resto Concha, Manola, Vicente en edad escolar y, por último, mi hermana Juanita, con meses ya que había nacido en febrero, siendo mi hermana Carolina y yo los que la llevamos a la pila bautismal.

Esta primicia universitaria la hubiera cedido voluntariamente con gran amor a mi hermana Juanita dotada ella de marcada inteligencia, reflejada en unas notas brillantes, ya que ello hubiera conllevado el no haber conocido la desgracia de su muerte pocos años antes. Era nuestra hermana mayor muy agraciada por una gran hermosura. En mi recuerdo, irrepetible.

Al principio creí que mi éxito me aportaría una independencia para disfrutar abiertamente de los meses de verano y preparar cómodamente el ingreso en la Universidad, reválida imprescindible para incorporarme a la Facultad de Medicina; pero mi padre de profesión médico, especializado en Oftalmología no opinaba tan generosamente y sólo me concedía las tardes para estudiar y para mis ocios. Por las mañanas tenía que ayudarle en la consulta que se iniciaba a las diez de la mañana, encargándome de la preparación y desinfección con el autoclave, del instrumental para las dos o tres intervenciones programadas para el día y que debía tener a punto antes de las doce y media, en que acudían sus ayudantes los doctores don Antonio Prior y don Fabio Pacheco que revisaban mi trabajo y seguidamente se iniciaba la sesión operatoria que duraba normalmente hasta las dos y media. Creo recordar que en este menester me ayudaba mi hermano Tomás, incluso Cándida colaboraría en la preparación del autoclave.

No puedo aún entrar de lleno en el acontecimiento de este día sin antes hablar de mi padre, que se merece un buen capítulo, pues de no haber disfrutado de un progenitor tal cual fue, este día que significó una fecha que dividió la historia de España en dos épocas, antes del 18 de julio y después del 18 de julio, hubiese transcurrido para mí como un día más, sin expectación, sin incertidumbres… Esta mención que le debo, antes de entrar en los pormenores del día, es gracias a la educación que de él recibí y a la observación constante y admirativa por mi parte de su idiosincrasia, que siempre me ha servido de norma para asumir la distinción entre el bien y el mal, cuanto más al respeto y asunción de la moralidad y dignidad.

Era persona de fuerte personalidad, marcado carácter, gran defensor del más débil, de la libertad y de cuanto llevase aires de justicia y progreso. En este aspecto exteriorizaba su admiración por la Revolución francesa y sus destacados protagonistas como Robespierre, Marat, Danton. Todas estas cualidades le configuraban como personaje dado al buen consejo.

Republicano de la época de Blasco Ibáñez, anticlerical, antimilitar, su trayectoria política siempre se iba decantando hacia la izquierda, pues a raíz de los acontecimientos de represión durante el bienio negro, el espacio político de Azaña se le hizo estrecho y empezó a simpatizar con las ideas socialistas. Este desplazamiento hacia posiciones más progresistas, tanto en políticos, como en personas, lo valoraba con conceptos de admiración, en tanto que lo contrario era motivo de crítica.

Un episodio en su vida que asevera esta rectitud y firmeza lo conocí en una de las visitas que mutuamente se hacían el general de la Guardia Civil, Uribarri –liberal y masón–, padre del capitán Manuel Uribarri, también de la Guardia Civil, y mi padre. Su amistad se remontaba a principios de siglo cuando Uribarri –padre– estaba destinado en Castellón y mi padre ejercía como oftalmólogo en la misma ciudad. Rememorando tiempos pasados se comentó el suceso al que quiero referirme.

Ocupando mi padre el cargo de jefe de Oftalmología del Hospital Provincial de Castellón, sobrevino la dictadura del general Primo de Rivera. A su vez era miembro titular de la Comisión Mixta de Médicos Militares y Civiles para el reconocimiento de los reclutas. Estos cargos no los había conseguido políticamente, ya que dadas sus ideas liberales durante el entonces reinado de Alfonso XIII, había prevalecido su reconocida distinción profesional, lo que no era óbice para que, por ocupar estos cargos, estuviera vinculado a las autoridades civiles y militares.

Con el nuevo régimen dictatorial se inició un movimiento depurador de cargos públicos. Gran parte de la intelectualidad española era liberal e influenciada pedagógicamente por la institución Libre de Enseñanza, teniendo como promotor a don Francisco Giner de los Ríos, para renovar la enseñanza en España y darle un corte de tipo humanístico. Al transcurrir un tiempo prudencial mi padre estaba sorprendido de que la depuración no le hubiese afectado a él. Un buen día recibió del general Severiano Martínez Anido, gobernador civil de Barcelona y hombre fuerte del dictador, una carta privada insinuándole el contactar y formar filas con determinados militares de alta graduación de la plaza, allegados a la Iglesia, burguesía, terratenientes, etc., que, como es natural, mi padre conocía como el grupo militar más homogeneizado en la defensa de mantener un Directorio Militar. Dando la callada por respuesta, era consciente de que con esta actitud llegaría de inmediato el cese de sus actividades públicas, como así ocurrió en el caso de su actividad en la comisión mixta.

Excelente creador de amigos, los tenía de todas las ideologías y esferas sociales, a los que miraba en un mismo techo de trato y respeto. Aunque era intransigente respecto a los que no comulgaban con sus ideas, en una época en que la simple discordia ideológica era suficiente motivo para distanciar a personas y familias, tenía la cualidad de respetar la multiplicidad de criterios y es presumible que este oír y dejarse escuchar, enlazado a su peculiar sentido del humor, sirviese para enriquecer su extraordinaria facultad dialéctica y que unida a su vasta cultura, causaba admiración ante cualquier interlocutor. No puedo omitir su maximalismo temperamental, con juicios vehementes, pero nunca se le escuchó, ni permitió en su presencia expresiones soeces, ni altisonantes, siempre cortadas con autoridad y enfado.

Sus horas más felices las pasaba en su peculiar tertulia de casa. Debido a una dolencia hepática, exceso de trabajo en su clínica privada, con consulta por las mañanas y tardes, casi todos los días era visitado por amigos, especialmente médicos de pueblos que traían pacientes para visitar u operar y que normalmente se quedaban a comer en casa. El restaurante ideal Room2 de la calle de la Paz era un proveedor muy asiduo de los menús que desde casa se solicitaban, y la mayoría de las veces, yo mismo y mi hermano Tomás hacíamos de mensajeros en estos menesteres. Recuerdo que le visitaban los doctores don Vicente y Eloy García, el doctor González Beltrán y con bastante frecuencia el capitán de la Guardia Civil, don Manuel Uribarri, hijo del general ya citado que, siguiendo la tradición progresista de su padre, era un gran demócrata y gran defensor de la República.

Hacía bastante tiempo que se comentaba en la tertulia, que los militares debían de estar preparando sigilosamente alguna conspiración y que la indecisión del gobierno estaba propiciándola. Uribarri era de esta opinión, aunque alegaba se estaban tomando medidas precautorias a través de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA). El espectro político de izquierdas desde las elecciones del 16 de febrero de 1936 estaba compuesto por la unión de las fuerzas políticas y sindicales democráticas: republicanos, radicales socialistas, socialistas, comunistas, trotskistas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), Unión General de Trabajadores (UGT) y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Las fuerzas políticas de la derecha estaban asentadas en tres frentes: La Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de Gil Robles, partido mayoritario constituido por parte de los sectores allegados a la iglesia, burguesía, terratenientes, etc., que por su simpatía a los nuevos aires nazi-fascistas de Alemania e italia, miraban con buenos ojos cualquier movimiento militar; Renovación Española dirigida por Calvo sotelo y por último Falange española dirigida por José Antonio Primo de Rivera. Estos dos últimos estaban inspirados en el movimiento nacional-socialista de Hitler, asumiendo la denominación de partido nacional-sindicalista y utilizando la violencia en todas las provincias de España, lo que motivó la detención de Primo de Rivera en el mes de marzo de 1936.

Volviendo, después de este obligado inciso, al soleado 18 de julio, en la consulta matinal de mi padre, algún paciente manifestó que, la radio, de buena mañana, había emitido una nota del gobierno comunicando que en la Plaza de Melilla un reducido número de militares se había sublevado contra la Segunda República y que posteriormente se había ampliado la noticia dando cuenta de que este levantamiento afectaba a otras ciudades africanas como Ceuta y Tetuán, pero también señalaba que rápidamente se habían tomado las medidas necesarias para normalizar la situación y que ello era cuestión de horas. Mi padre durante toda la consulta no cesaba en calificar de traidores a estos militares, dudando que fuese sofocado tan rápidamente por haberse iniciado en plazas africanas.

Por la tarde acudí a la cita que diariamente tenía con unos jóvenes, en la pista de patinaje en el Paseo de la Alameda, donde practicábamos esta afición. Una de las muchachas con la que más simpatizaba era hija de un capitán de intendencia llamado Rojo, y me fue muy útil para darme una confirmación de la noticia del día, pues su padre había hablado telefónicamente con un familiar destinado en Melilla, quien le había notificado que un amplio sector de la guarnición se había levantado en armas, saliendo a la calle, y que excepto algunas dependencias militares el resto de la Plaza estaba dominada por los insurrectos. Su padre le había recomendado regresar a casa antes de la hora habitual. Pronto la acompañé a su casa, que estaba en las dependencias militares de la Alameda y seguidamente sobre las ocho de la tarde me dirigí al local de la UGT, situado en una travesía de la calle de la Paz, donde este sindicato tenía la rama de Dependencia Mercantil y donde hacía unos meses me había afiliado, por haber montado una pequeña óptica en la calle de las Comedias, atendida por mi hermana Carolina, que yo dirigía y por este simple hecho tenía el prurito de considerarme sindicalista. En el local era materialmente imposible entrar, tal era la expectación que había producido el golpe militar. Se habló de convocar una huelga general para el lunes. Posteriormente fui al local de la FUE y, por estar en periodo vacacional, estaba cerrado.

El domingo transcurrió con fuertes incertidumbres y mucha vigilancia por parte de los partidos del Frente Popular, ya que los jefes militares de los cuarteles no daban señales de adhesión al Gobierno. Se extendió la consigna de acudir por la noche al Gobierno Civil y se congregó en la plaza, dando al río Turia, una multitud exaltada de trabajadores, obreros y campesinos solicitando armas y no faltaron expresiones de que se estaba traicionando a la República e insultando con gritos al propio gobernador civil Braulio solsona. La muchedumbre a medida que se iba incrementando en número se iba enfureciendo y se presumía un asalto al edificio, que muy poco hubiese podido evitar el piquete de Guardias de Asalto que protegía la entrada, pero que ante la proximidad del gentío se mantenía en actitud pasiva, sin deseos de intervenir. De pronto se abrieron las puertas del balcón central, saliendo varias personas. Entre ellas reconocí al capitán Uribarri que, extendiendo sus largos brazos, solicitó silencio, que se produjo en fracción de segundos, ansiosa la multitud de escucharle. Habló dando la seguridad de que el capitán general de la Plaza, Martínez Monje, le había prometido mantenerse al lado de la legalidad republicana y que estaba redactando un mensaje radiofónico dando cuenta de esta decisión y además efectuaría una inspección a los cuarteles. Uribarri manifestó que no obstante le había comunicado al general que influyese para que ningún cuartel de la guarnición se atreviese a sublevarse, ya que en las proximidades de los mismos se habían situado minas, siendo inútil y suicida cualquier intento –este extremo no se confirmó nunca y seguramente fue improvisación del propio Uribarri–. Habló de la lealtad de los Guardias de Asalto y Guardias Civiles, que se mantenían vigilantes haciendo servicios en los edificios estratégicos de la ciudad. También comunicó que acababan de hablar con Madrid para que autorizasen armar a los miembros de los partidos políticos y sindicales y que sobre ello hablaría seguidamente el señor solsona. Estas últimas palabras fueron ovacionadas estrepitosamente.

El gobernador se expresó con palabras similares y ante la ingente cantidad de ciudadanos hizo una exaltación del arraigo republicano de la región valenciana. Manifestó que el lunes llegaría como delegado del gobierno central el señor Martínez Barrio y que se celebraría una reunión para decidir la entrega de armas.

El día 20 una muchedumbre incontrolada incendió y saqueó algunas iglesias y el Palacio arzobispal. No eran extrañas estas reacciones populares, que venían arrastradas desde la época de la Monarquía, cuando cualquier contingencia de tipo social provocaba en las personas más humildes una psicosis colectiva de repulsa y ciertos sectores más radicalizados, aunque minoritarios, se aprovechaban para cometer estos actos censurables. En parte era debido a que la iglesia estaba aliada con los poderes políticos reaccionarios, con la aristocracia y la burguesía, y lo peor, se valían de los púlpitos para presionar sobre los feligreses normas de conducta ante cualquier acontecer, huelgas, elecciones, etc. Se sobreentiende que a su provecho. Recuérdese la decisiva aportación de la propaganda en las iglesias ante las elecciones de diciembre de 1933, con el triunfo del bloque Radical-Cedista. Cierto es que estas iras no justificaban actos tan violentos, no compartidos por amplios sectores republicanos, socialistas y de otras procedencias políticas y sindicales. Lo que en suma demostraba la falta de preparación política de un buen sector de la clase obrera.

Durante algunos días los cuarteles y la misma Capitanía General seguían fuertemente vigilados a distancia por grupos de milicianos armados, fuerzas del orden público, o sea, Guardia Civil y Guardias de Asalto, y se hacía evidente que la guarnición estaba muy pendiente de lo que estaba sucediendo en otras ciudades españolas. Sin embargo, ya se conocía que en Madrid y Barcelona los intentos subversivos habían sido sofocados y todos los pueblos de la provincia de Valencia estaban bajo el control de las autoridades republicanas.

El 29 de julio un hecho insólito, realizado por el sargento Fabra, dio un impulso de esperanza y seguramente fue el incentivo para el asalto a los cuarteles. Este sargento junto con un pequeño grupo de soldados detuvo a la totalidad de jefes y oficiales del Cuartel de Zapadores de Paterna, del que dependía un buen arsenal y polvorín militar.

En este intermedio dedicaba mi tiempo, por las mañanas, a actividades de la FUE, donde los dirigentes y militantes destacados de la organización, a la vista de los acontecimientos que se prolongaban más de lo esperado, creamos piquetes de vigilancia en la Universidad y otros centros Universitarios.

Precisamente el compañero Luis Galán, en su extraordinaria obra narrativa Después de todo. Recuerdos de un periodista de la Pirenaica3 detalla fielmente con su pluma nuestra actividad en este momento. Escribe:

Ante el peligro de que la Universidad fuese objeto de una incautación libertaria, los directivos de la FUE decidimos a petición del rector, doctor Puche, que un destacamento armado nuestro asegurara la protección del recinto universitario, y allá fuimos Ricardo Muñoz, Enrique y Rafael Talón, Vicente y Tulio Marco Orts, Ferraz, Marín y otros compañeros. En el mástil de la puerta principal izamos, bien visible, la bandera de la República, y a su lado la de la FUE. Los periódicos de Valencia dieron la noticia de que la FUE defendía la Universidad contra posibles gestos incontrolados. El asalto no llegó a producirse. En cuanto el claustro estimó que había pasado el peligro, nuestro destacamento se retiró de la Universidad, que contó desde entonces con la vigilancia usual para los centros oficiales.

También, en el local de la FUE se atendía a los afiliados con servicios informativos y expedición de avales autorizados, por si en la vía pública pudiesen pedirles documentación. Las tardes las dedicaba a la recién creada JSU.

Todos los partidos políticos y sindicales formaban grupos de vigilancia por las calles de la ciudad. Estas patrullas no tenían peligro durante el día, pero en los servicios nocturnos había que extremar las precauciones, debido a que, amparados por la nocturnidad, individuos partidarios del golpe militar «paqueaban» disparando sobre estos piquetes desde las ventanas y azoteas. Esto era motivo de indignación entre los ciudadanos que vivían en las casas colindantes y fue la excelente colaboración de estas personas lo que permitió que estos «pacos» fuesen desapareciendo poco a poco. Los que eran aprehendidos sufrieron los castigos consiguientes.

En la madrugada del 1 al 2 de agosto se procedió al asalto del Cuartel de Caballería número 7, situado en la Alameda, junto al río Turia y ello originó una fuerte refriega que duró hasta el mediodía, aunque por fin se rindieron. Las fuerzas atacantes estaban compuestas por milicianos armados, junto a guardias de asalto y guardias civiles. Yo, desde las primeras horas de la mañana, estaba de observación, amparado por el pretil del río. Al conocer el final de la batalla me uní a la multitud que se agregó a los atacantes y tuve la primera impresión emocional de la guerra que se avecinaba, al ver en el césped de la Alameda, extendido bajo la sombra de un árbol frente al cuartel, a un teniente muerto con un tiro en la cabeza.

Desafortunadamente este movimiento militar, que se inició el mismo 18 de julio, se había extendido en el transcurso de los días a otras ciudades, venciendo en unas, con fracasos en otras, aseverando que no se trataba de un hecho aislado sino la resultante de un golpe militar organizado desde hacía tiempo y con cabezas dirigentes como los generales sanjurjo, Mola y Franco.

Precisamente Valencia fue la ciudad que más tiempo tardó en definir su situación y ello fue debido a que el militar que debía dirigir el movimiento subversivo llegó desde Madrid el día 16, pero sólo se preocupó de cambiarse continuamente de domicilio, con una actuación muy oscura, sin duda por resultarle excesiva esta responsabilidad, al extremo de abandonar la ciudad sin haber realizado ningún contacto de interés. Se trataba del general González Carrasco, que había solicitado la colaboración del comandante Barba, uno de los fundadores de la Unión Militar Española (UME), de estilo fascista.

En Barcelona, uno de los artífices para que el general Goded fracasase en su intento de sublevar la guarnición fue el capitán general de Barcelona teniente general Francisco Llano de la Encomienda. Este militar dos años antes había mandado la Capitanía de Valencia. Le recuerdo en una visita que le hizo a mi padre tan pronto llegó a Valencia. Se conocían de Castellón.

En Madrid, donde estaba la Presidencia de la República y el Gobierno, a las primeras noticias de la sublevación no se le dio mayor importancia que a la sanjurjada4 y se perdió mucho tiempo buscando legalidades para distribuir armamento a las organizaciones políticas y sindicales. Oficialmente todo se iba a resolver en horas y, sin embargo, era en minutos que los sublevados iban tomando capitales, valiéndose de la rapidez en sus decisiones, confundiendo en muchos casos a los ciudadanos, ya que en sus arengas no omitían dar vivas a la República. Esto ocurrió en sevilla, Zaragoza, Teruel, Córdoba, Oviedo y otras poblaciones. Esta realidad no llegó a causar impacto de preocupación en el Ministerio de la Guerra, y en este acto irresponsable creo que tuvo el mayor de los errores el propio Presidente de la República, don Manuel Azaña, hombre de carácter flemático, austero y cauto por idiosincrasia.

Al inicio de la sublevación en Madrid los militares se habían acuartelado –como en casi todas las ciudades de la nación– dispuestos a salir a la calle. Las organizaciones políticas y sindicales del Frente Popular solicitaron del gobierno armas para luchar y convocaron rápidamente la huelga general. Martínez Barrio se decidió por entregarlas en contra de la voluntad de Azaña que veía negociaciones de paz por todos los lados. El hombre, por lo visto, no asumía que, la realidad del momento, la habían originado los conspiradores y que no se podía evitar un periodo revolucionario –reacción lógica del pueblo–, y que dejar transcurrir más tiempo del debido no beneficiaba a los republicanos ni a los socialistas ni a los comunistas que deseaban disciplina y orden para ganar la guerra.

Cierto es que existía un sector político que en un principio, no exento de razón, impuso las reglas de la revolución social, con sus huelgas, requisas, comités, controles…, pero el imponer convertir esta transición en permanente fue un error y pérdida de tiempo. No era de este modo como se podía enfrentar a un ejército profesional que, además, consiguió enseguida la ayuda de Alemania e italia. Eran los anarquistas que sobre todo en Barcelona tenían una fortísima implantación con las siglas CNT-FAI. El lema de los demás partidos era «Primero ganar la guerra, después la revolución».

Volviendo a los acontecimientos de Madrid y a la actitud de los gobernantes, como era de esperar, las fuerzas políticas y sindicales del Frente Popular empezaron a presionar, como ya queda dicho, convocando la huelga general y exigiendo la entrega de las armas. Ciertos partidos políticos y en especial la UGT, organización sindical mayoritaria en Madrid, disponían de armas que sin pérdida de tiempo distribuyeron entre sus afiliados. Ello facilitó rodear y atacar el Cuartel de la Montaña, donde se habían concentrado, además de los militares propios del cuartel, otros militares de diversos regimientos y gran número de paisanos falangistas. La toma de este cuartel supuso el aplastamiento del golpe militar en Madrid.

España se quedó dividida en dos bandos y se inició el trazado de líneas de combate, aprovechando las características geológicas del terreno para una mejor defensa, y se fortalecieron con trincheras constituyendo los respectivos frentes de batalla. Se había iniciado una guerra que, por tratarse de una lucha entre españoles, tomó el carácter de guerra civil.

En los primeros días de la contienda se cometieron atrocidades contra las personas, que en todos los casos merecieron ser juzgadas por tribunales competentes y justos.

Por parte gubernamental, en este primer periodo con matiz revolucionario resultaba difícil, y hasta peligroso, evitar que individuos con pocos escrúpulos y presos comunes, amparados por un descontrol al salir amnistiados, no se limitasen a vivir tranquilamente, más bien en su mayoría se infiltraron en organizaciones políticas y sindicales de fácil acceso, lo que les sirvió de aval para, en su propio beneficio, cometer todo tipo de felonías.

Por parte nacional, o sea, la correspondiente a los sublevados, la primera manifestación masiva de barbarie la protagonizaron las matanzas en el interior de la Plaza de Toros de Badajoz, estando de jefe militar de las fuerzas el teniente coronel Yagüe. Milicianos y ancianos en éxodo, huyendo y alcanzados por las fuerzas de este militar, fueron introducidos en la plaza, masacrados con balas de fusil y ametralladoras. El ruedo de la Plaza de Toros se cubrió de sangre inocente el 15 de agosto de 1936. Este acto, sólo comparable a la peor época de los bárbaros, es uno de los episodios que los franquistas siempre han desmentido, conscientes de que acción macabra de tal magnitud haría imposible su impunidad ante la historia. Se puede añadir que este acto inhumano representa una gran vergüenza para los que lo permitieron e intervinieron en él, bien lejos de lo que se pudiera esperar de los que pregonaban sentirse orgullosos de vivir una cruzada bajo los auspicios de la cruz de Cristo, que enarbolaban al frente de las fuerzas por ellos llamadas nacionales.

No menos salvaje fue la matanza, en la zona gubernamental, realizada en la localidad de Paracuellos del Jarama, integrada por presos políticos procedentes de la cárcel Modelo de Madrid, del orden de varios cientos, que fueron ejecutados. Se trataba de una conducción de presos a evacuar desde primera línea con destino a Levante que, al llegar a Paracuellos, fue interceptada por milicias incontroladas que desarmaron a la escolta y ejecutaron a los presos. El responsable político que firmó la expedición fue segundo serrano Poncela y no santiago Carrillo como se ha propagado siempre desde la derecha.

Se puede llegar a la conclusión de que en los dos primeros meses de la contienda, las detenciones y asesinatos se produjeron en las dos zonas: venganzas personales, antipatías o simplemente por el hecho de haber defendido un ideal o haber pertenecido a algún partido político u organización sindical. Es conveniente aclarar que los sublevados tenían previstas las ejecuciones y las llevaron a cabo en toda España de forma inmediata y sistemática. Lo sucedido en la zona republicana FUE de origen espontáneo, incontrolado e imprevisible, sin responsabilidad alguna para las autoridades legítimas de la República.

Es muy difícil resumir y más con la brevedad que preciso, ya que este no es mi tema, el porqué de un pronunciamiento que iba a originar el enfrentamiento sangriento entre hermanos durante casi tres años, con consecuencias irreparables de tal altura vergonzante moral y material, que desaparece del espacio de vencedores y vencidos, ya que en suma todos los protagonistas hemos perdido y por encima de las individualidades ciudadanas quien más perdió fue España, que tuvo que soportar durante cuarenta años un vacío cultural, por el exilio de los más cualificados intelectuales, fueran estos artistas, escritores, catedráticos, políticos, profesionales en general, o fueran estos médicos, profesores, arquitectos, maestros, estudiantes y ese admirable género humano de peones, campesinos, obreros que sin grandes responsabilidades políticas prefirieron también sumarse al exilio.

Hablando retrospectivamente, la segunda República triunfó en las elecciones municipales en abril de 1931 y no tomó medidas represivas contra nadie. En pocas mentes se podría pensar, recordando el pasado histórico de los pueblos, que el paso de una monarquía a una república se pudiese realizar sin derramamiento de sangre. Tuvo que influir la euforia generalizada por un cambio esperanzador, que se deseaba alcanzar y que requería la colaboración de todos los ciudadanos, ya que las estructuras, la enorme diferencia de clases, el hambre que afectaba a la clase obrera y fundamentalmente a los jornaleros de las zonas rurales, así lo exigían. Siendo España eminentemente agrícola, se requería iniciar una reforma agraria con reparto de las tierras que estaban en manos de los latifundistas que disponían de millares de hectáreas, muchísimas de ellas sin trabajar y ello afectaba a Andalucía, Extremadura y Castilla. Sin embargo, en Galicia donde predominaban los minifundios, eran las cargas impositivas las que originaban una acentuada miseria. En todas estas zonas rurales la República tuvo que preocuparse por la alfabetización de los jornaleros y niños que, en edad escolar, se utilizaban para trabajos rurales.

Este panorama, como digo anteriormente, requería la actividad y solidaridad de todos los ciudadanos ya que la República iba elaborando leyes y reformas progresistas, como el inicio de la reforma agraria; la creación de veintisiete mil escuelas, obra de don Marcelino Domingo; la separación de la iglesia y el Estado; divorcio; derechos de la mujer, para poder votar en las elecciones; concesión de las autonomías a Cataluña y País Vasco; reformas laborales para el control del horario especialmente, una vez más, en las zonas más humildes, el campo, donde se sabía que el horario se alargaba hacia el consabido de sol a sol; reformas militares para reducir la oficialidad del ejército, dándole la opción de pasar a la reserva con el sueldo íntegro de su grado, que se denominó Ley Azaña. Total, una amplia gama de promesas en la campaña electoral del año 1931 que caló en los ciudadanos indecisos, que estaban hartos de los infortunios de la monarquía con su pasado de derroche económico, que había sangrado las arcas del erario nacional con su corte, la nobleza y, los enormes gastos de la guerra de Marruecos, que terminó con el desastre de Annual.5

Pues bien, de poco sirvió que la República hiciese la transición sin derramamiento de sangre. Ya las derechas y ante las leyes y reformas de la República, que no eran de su agrado, se conjuraron con los militares y en agosto de 1932 se produce en sevilla el golpe militar del general sanjurjo, de la Guardia Civil, que fracasó rotundamente, ya que duró escasamente unas horas, pues solamente fue secundado por el reducido grupo que lo había organizado. A este movimiento militar, como anteriormente he comentado, se le denominó la sanjurjada. Posteriormente los poderes fácticos de siempre; la burguesía reaccionaria; la patronal agraria, con sus latifundios; los sectores eclesiásticos y los militares, todos unidos junto a Gil Robles, que representaba la derecha tradicional y también los dirigentes que elogiaban los primeros años fascistas y hitlerianos, como José Antonio Primo de Rivera y Calvo sotelo, consiguieron alcanzar el poder durante dos años, entre 1933 y 1936, de ahí la denominación conocida de bienio negro, que se destacó por una fuerte represión contra los obreros y campesinos especialmente en Asturias, Andalucía, País Vasco y Cataluña.

Estos sectores radicales de derechas empezaron a originar atentados: intento de matar al vicepresidente de las Cortes, catedrático de Derecho de la Universidad Central, Luis Jiménez de Asúa, realizado por un grupo de falangistas que le dispararon con pistola repetidas veces, saliendo ileso, pero no así el escolta que le acompañaba, que murió. Esto ocurrió a principios del mes de marzo de 1936 y aproximadamente un mes después fue asesinado el juez Manuel Pedregal, afamado jurisconsulto, de familia educada en los principios de la institución Libre de Enseñanza.

Se suceden los atentados y la siguiente víctima fue el capitán de ingenieros Carlos Faraudo, asesinado por falangistas cuando estaba paseando con su esposa. Faraudo, aparte de ser instructor de las milicias socialistas, era miembro de la UMRA.

Y llega el momento que rebosa el vaso de agua cuando, el 12 de julio de 1936, cae muerto por balas de revólver de varios falangistas el teniente de Guardia de Asalto José Castillo que, como el capitán Faraudo, era también instructor de milicias y miembro de la UMRA. Los compañeros de Castillo enardecidos por tantos atentados sufridos en muy poco tiempo se proponen tomar represalias. Se menciona como culpable a Calvo sotelo y se dirigen por la noche en furgoneta a su domicilio para proceder a su detención. En el coche uno de los paisanos a poco de arrancar atenta con dos disparos a la cabeza de Calvo sotelo. Posteriormente se dirigen al Cementerio del Este y lo entregaron, sin dar detalles. Más tarde fueron detenidos los autores y durante la guerra, estando en el frente de Madrid murieron. Todos estos acontecimientos presagiaban que, en cualquier momento, se pudiese adelantar el movimiento de los militares, ya que es ingenuo pensar –como se ha escrito frecuentemente– que estos últimos atentados originaron el levantamiento militar cuya cabeza visible le asignaron al general Sanjurjo, aunque el cerebro de la preparación y puesta en marcha era el general Mola, que dio luz verde para que el 18 de julio de 1936 fuese el día de la sublevación.

El local de la JSU, situado en la calle de Cirilo Amorós, se nos hacía pequeño por el incremento de jóvenes que se afiliaban. Le dábamos la denominación de Radio Centro. Este entusiasmo obedecía a que este primer periodo de la guerra exigía una mayor responsabilidad por parte de la juventud. La unificación de las juventudes comunistas y socialistas dio vigor a la necesidad de tener que incorporarse al voluntariado para ir al frente y a la colaboración para intensificar la productividad de la retaguardia. Ello afectó por igual a las dos fracciones que se habían unificado, aunque en un principio los de procedencia socialista eran mayoritarios, al transcurrir los meses no se observó la más mínima distinción, lo que demostró el éxito de la unificación con las juventudes comunistas.

Como ya queda citado al principio de estas memorias, a mediados de octubre la directiva de la FUE decidió la incorporación, con carácter voluntario de sus miembros, a algún batallón de milicias y sentí ese impulso de ser útil en la defensa de la causa republicana y con ayuda de mi amigo Pepe Huguet, que era más decidido para vencer cualquier formulismo, seguí su consejo de que no teníamos que amilanarnos ante la dificultad de que sólo teníamos 16 años y para alistarnos se requería tener un mínimo de 18 años. Pepe tenía la ventaja de aparentar más edad, por su constitución física, lo contrario que me pasaba a mí. Fuimos a ver al compañero Alabau de la FUE, que era el jefe de alistamiento de las milicias y no nos autorizó, alegando que debíamos seguir trabajando en la FUE, ya que todos los dirigentes acababan de incorporarse. No obstante esta recomendación, seguimos en nuestro empeño de acompañar a nuestros compañeros y el alistamiento nos resultó más fácil de lo previsto, pues tuvimos la suerte de que ese día era tal el número de voluntarios que presenté la documentación semi-camuflado junto a Pepe, entre varios voluntarios que estaban al corriente de nuestras intenciones. Huguet hacía pocos días que me había presentado a un primo suyo Roberto Carpio, sobrino de la célebre cantante de zarzuela sélica Pérez Carpio, que desde Orán había llegado a Valencia para pasar las vacaciones, donde le había sorprendido la sublevación. Le convencimos para que se uniese a nosotros y lo acoplaríamos a nuestra unidad militar. Así lo hicimos. Todos los componentes de la FUE fuimos agrupados en la Primera compañía del primer batallón del Regimiento de la Victoria. Hacíamos diariamente la instrucción por las mañanas, en el campo de deportes, en el interior del colegio de los Salesianos de la calle de Sagunto, transformado en cuartel de milicias. Los que residíamos en la ciudad, al mediodía terminábamos y no regresábamos hasta el día siguiente. Por fin llegó el momento en que nos comunicaron que nos enviaban a destino desconocido, que bien podía ser Madrid, Albacete o Alicante y nos ordenaron acudir a la Estación del Norte, desde donde salimos a primera hora de la mañana.

Es momento de aclarar como desde el mismo 18 de julio pude dedicarme a mis actividades y que no podían pasar inadvertidas por mi padre. Desde un principio le dije la verdad de cuanto hacía y como lo encontré complaciente, poco a poco se me hizo una rutina el dedicar todo el tiempo para mí. Sin embargo no me atreví a comunicarle lo de mi alistamiento. Como mi amigo Huguet se encontraba en el mismo caso estuvimos estudiando el plan a seguir la víspera de nuestra salida. Decir la verdad no nos satisfacía, expuestos a que la oposición legal de nuestros padres echase por tierra nuestros anhelos. Nos decidimos por comunicarles que por acto de servicio en la JSU, teníamos que ausentarnos durante dos o tres días de Valencia. Pretendíamos con esta treta dar tiempo, para desde el lugar de destino poder explicar la decisión que habíamos tomado.

Fuimos trasladados a Alicante. Al llegar y desde la estación hasta el Cuartel de Benalúa, donde nos alojaron, lo hicimos desfilando de paisano y fuertemente ovacionados por la población. Recuerdo el contenido de la carta que escribimos a dúo Huguet y yo, ya que eran los mismos argumentos, pero seguro que debimos estar muy inspirados, exagerando quizás la cantidad de voluntarios de nuestra edad; que nos encontrábamos con nuestros compañeros de la FUE, que habían optado por dejar los cómodos puestos de la retaguardia para hacer causa común con la juventud que se incorporaba a las necesidades de la guerra. En mi caso lo que debió de influir en el ánimo de mi padre fue el conocer que también estaba con nosotros Ricardo Bastid, cuyos padres vivían en la misma finca.

Esperé con impaciencia su respuesta, que no tardó. Carta paternal, no encontré en ella reproche alguno a mi actitud. Me invitaba a reconsiderar mi alistamiento, arguyendo mi edad; que en Valencia podría colaborar en actividades de la FUE, como lo hacían Juan Verdejo y Javier Peset, o en la JSU donde tenía su actividad Pedrito Gómez y que si la guerra se prolongaba ya tendría oportunidad de participar en ella con más edad. Pienso que la amplia literatura de la Generación del 98, a la que me había inducido a su lectura con interés, fundamentalmente la galdosiana, donde abundan jóvenes repletos de espíritu patriótico, tuvo que tener mucho peso en la levedad de sus términos. Lo bien cierto es que agradecí el espíritu liberal y progresista de mi padre que me afectó en momentos decisivos con sus ecuánimes decisiones, quizás saliéndose, como no, del cerrado diálogo en esa época de los años treinta, entre padre e hijo. Queriendo lo mejor para mí, no se paraba en los peligros que tal o cual decisión me pudiese acarrear. Me tenía confianza y yo siempre se lo agradecí con mi comportamiento. Como muestra la carta recibida que sin decir sí, tampoco decía un no rotundo.

Y ello me lleva, retrocediendo en el tiempo, a tener que citar algo nada corriente. Al terminar mi quinto curso de bachillerato en el mes de mayo de 1935, por tanto con 15 años, me envió a Barcelona para trabajar en la casa más importante de óptica de España, denominada Central de Óptica Francisco Gómez, que estaba situada en lo más céntrico de la ciudad condal: la Ronda de la Universidad. Me buscó alojamiento en la Vía Layetana y mi horario de trabajo, aunque yo iba para aprender por la amistad entre don Francisco y mi padre, era el mismo que el del resto de empleados: de nueve de la mañana a una y de tres a siete de la tarde. Me colocaron en el taller para dominar todo tipo de reparaciones de gafas y montaje de los cristales ópticos sobre las mismas. Aunque el matrimonio en cuya casa residía tenía instrucciones de que no llegase más tarde de las nueve y media de la noche, en los tres meses seguidos que estuve en la ciudad, la conocí de cabo a rabo. Lo bien cierto es que la mayor parte del tiempo libre lo dedicaba, con algunos compañeros de trabajo, al juego del billar. Algunos sábados y domingos por la noche y con la excusa de que quería aprender a bailar la sardana, que se practicaba en muchas plazas, me gustaba acercarme al ambiente verbenero de las distintas barriadas en fiesta. Por encontrarse cerca de mi residencia frecuentaba la plaza Mayor, la calle de san Fernando, plaza del Ayuntamiento, Generalitat de Catalunya, calle de Escudellers y, especialmente, la Rambla de las Flores y, como cuadro pintoresco, el puerto a la altura de la estatua de Colón donde había una feria de atracciones fija, con sus caballitos, barcas, toboganes, tiro al blanco, etc. Otras veces y alejándome algo más y para hacer mi recorrido completo me gustaba cambiar de barriada y olfateaba pateando la calle de Conde de Asalto, que venía a ser la prolongación del Barrio Chino de Barcelona.

Fieles, responsables, trabajadores, deseosos de superación laboral, cultural y social –los sindicatos tenían una fuerza impresionante–, eran las cualidades que pude distinguir en los catalanes. Creo que los conocí desde un principio, pues no me fueron extraños. No podía yo suponer entonces que este análisis quedaría confirmado ampliamente tres años después, cuando en plena guerra civil tuve que recorrer y admirar muchas de sus ciudades y las alturas pirenaicas leridanas. Estos tres meses fueron muy fructíferos en mi formación como montador óptico. Las prácticas eran de biselado de lentes, acople en monturas metálicas, de celuloide y al aire, reparaciones en general y por predominar las monturas en oro, había que especializarse en soldadura. Era época en que aún se utilizaba el monóculo y esto lo realizábamos en cristal –se desconocía el plástico en lentes ópticas– y sobre el bisel plano realizábamos con lima y aguarrás, ranuras transversales que permitían al usuario poder mantener el monóculo en la órbita del ojo. La elaboración en taller de los bifocales era uno de los procesos más laboriosos y difíciles de la profesión y sólo lo realizaban los profesionales más adelantados. Yo quise ser uno de ellos y lo conseguí. Consistía en cementar sobre el cristal adecuado de visión lejana, en su parte inferior, respetando ejes, centros y altura, la lentilla esférica, con su adición para la visión de cerca. Para esta unión se calentaba el cristal de lejos sujeto con pinzas especiales exponiéndolo a la llama de gas o lamparilla de alcohol, se calentaba también la lentilla esférica donde dejábamos caer una gota de bálsamo del Perú asentándola en el sitio adecuado del cristal de lejos, produciéndose entre las dos capas múltiples burbujas que iban desapareciendo dándole a la lentilla un ligero movimiento oscilatorio con la ayuda de un palillo de corcho. El técnico que me dirigía, que a su vez era el jefe del taller, se llamaba José Carrasco y se sorprendía de mi habilidad para captar todo tipo de trabajo. Lo bien cierto es que mi formación iba contra reloj y consciente de ello no perdía el tiempo y creo que conseguí el propósito de mi padre, que el haberme enviado a Barcelona obedecía a su obsesión de que cuando yo fuese oftalmólogo, dominase a la perfección la interpretación óptica de las recetas prescritas. Regresé a Valencia a finales de septiembre muy satisfecho de mi estancia en la ciudad condal, dispuesto a afrontar mi último curso de bachillerato.

1 Este hecho, la reclamación de las familias de Ricardo Bastid y Juan Marín para que regresen a casa, lo cita Mª Fernanda Mancebo en la página 247 de su libro La Universidad de Valencia en guerra. La FUE (1936-39). Efectivamente, los jóvenes soldados de los que habla no son otros que Bastid y Marín.

2 Uno de los restaurantes más acreditados de la ciudad de Valencia, en esa época lugar de encuentro de las gentes de la cultura, situado en la calle de la Paz esquina con la calle de las Comedias.

3 Luis Galán, Después de todo. Recuerdos de un periodista de la Pirenaica, Barcelona, Anthropos, 1988.

4 Golpe de Estado fracasado contra la Segunda República, tras el intento de parte del ejército el 10 de agosto de 1932, con el liderazgo, desde Sevilla, del general Sanjurjo.

5 Catástrofe militar del ejército español en julio de 1921.

MI PARTICIPACIÓN EN LA GUERRA CIVIL
EL ACUARTELAMIENTO DE BENALÚA, OCTUBRE DE 1936

Volviendo al acuartelamiento de Benalúa, la Compañía de la FUE se ubicó en uno de los amplios dormitorios del primer piso. Iniciamos desde el primer día la instrucción militar en una explanada adecuada cerca del cuartel, más intensiva que la que realizamos anteriormente en Valencia. Como pernoctábamos en el cuartel realizamos los servicios completos inherentes a un acuartelamiento, tales como vigilancia, servicios de guardia, cocina, limpieza, imaginarias, etc. Tan pronto llegamos nos facilitaron los atuendos militares, guerrera, gorra, pantalones bombachos, botas semi-altas, y ropa interior, todo ello con las tallas más próximas a nuestras medidas.

Roberto Carpio, pepe Huguet y yo constituíamos un grupo inseparable, algo distanciado del resto de compañeros por una escasa diferencia de edad. Por ello cuando llegaba la hora de salida para pasear por la ciudad lo hacíamos en solitario. Ahora es obligado resaltar la personalidad de cada uno de los tres, ya que siendo los más jóvenes en el conjunto de los compañeros que estaban terminando licenciaturas, a los pocos días nos ambientamos y lo pasábamos estupendamente en nuestras visitas al centro de la ciudad. Pepe, fornido físicamente, era muy extrovertido, atrevido al extremo de que para él no había obstáculo que no pudiese franquear. Roberto, alto y bien parecido, era algo mayor que nosotros, de modales muy refinados notándose su procedencia francesa, de fácil diálogo y gran cultura. Había estudiado la carrera de canto y declamación. Recientemente había actuado en un teatro de orán, como barítono en una ópera, con éxito, según reseñaba un amplio reportaje en la prensa francesa. En cuanto a mí, sin llegar a la peculiar desfachatez de pepe Huguet ni a la bondad de Roberto Carpio, no me amilanaba por nada, pero me sentía muy responsable para deducir hasta donde se podía llegar con una travesura, siendo el que frenaba los impulsos frecuentemente irresponsables de Pepe. Con esta multiplicidad temperamental nos compenetrábamos muy bien.

El día que nos entregaron los uniformes y como no nos venían a la medida a ninguno de los tres, por la tarde nos dirigimos al ropero de la FUE de Alicante, donde gran cantidad de muchachas estudiantes se dedicaban a la confección de jerséis, bufandas, pasamontañas, guantes y todo tipo de prendas, confeccionadas con madejas de lana. Al frente se encontraba la simpática Elena, que se esforzó vanamente en impedirnos el paso a las dependencias donde estaban trabajando estas jóvenes. Pretendíamos que nos arreglasen los uniformes y por más que se interesaron en comentar entre ellas cómo lo podrían hacer, lo cierto fue que la única solución era ir al sastre. No obstante esta entrevista fue muy interesante, pues independientemente de que nos obsequiaron con algunas prendas de abrigo, conocimos y quedamos en salir con tres bellas muchachas: Charito, Magda Melendo y Elia González. A excepción de Charito a la que Huguet absorbió para sí solo y pronto se hicieron novios, con Magda y Elia disfrutamos de su compañía. Magda, de las tres, era la más escultural en sus formas, al extremo que acompañarla era comprometido, pues llamaba la atención. En cuanto a Elia era la más tímida y sencilla en su modo de vestir, de una belleza serena muy impresionante. Íbamos a pasear a la Explanada, en el mismo puerto, al cine, a actos culturales organizados por la FUE o la JSU de Alicante. Bien pronto, paseando por las calles y parques de la ciudad, surgió la pareja inseparable de Fernando Ferraz y Rafael Bonet, que como buenos fueístas y después de las presentaciones, no nos abandonaron agregándose a nuestros coloquios. Días más tarde se nos agregó Rafael Izquierdo, que desde el primer momento quedó prendado por las cualidades de Elia y recuerdo, como no, la presencia de Rafael Talón. De los tres hermanos talón, Rafael destacaba entre los propios miembros de la FUE, por haber sido delegado de nuestra organización en el Instituto Luis vives y también por su fructífera participación en las competiciones deportivas de atletismo. El 18 de julio le cogió en Barcelona formando parte de los seleccionados para participar en la olimpiada popular, que dos días después se iba a inaugurar como réplica a la olimpiada de Berlín. De la FUE de valencia se encontraban muchos deportistas junto a él, pudiendo citar a Codoñer, Julve, Baltasar Bonet, Manuel Solís, Cantó, Eduardo Bartrina, Manuel Usano y un etcétera muy largo.

Aunque yo fui el asiduo acompañante de Magda, fue con Elia con la que mejor me compenetraba, precisamente por limitar nuestra amistad a esa hermosa camaradería intranscendente de contarnos nuestras aficiones y los aconteceres de la guerra de los que estaba muy al tanto, ya que su padre era un conocido dirigente del frente popular en Alicante. Pero Rafael Izquierdo sí que se enamoró y percatándose de que por mi amistad con ella podría interceder a su favor, me lo pidió. Elia fue contundente. No deseaba nada más que amistad. No obstante, Rafael de no haber tenido un permiso de quince días quizás hubiese podido variar los firmes propósitos de la muchacha. Este permiso afectó a la mitad de los componentes de la FUE y nos quedamos pocos compañeros. Fue cuando se agregó a nuestros paseos Ricardo Muñoz Suay, quien como le había ocurrido a Izquierdo quedó seducido por los encantos de Elia. Cuando por la noche regresábamos al cuartel, en el trayecto Ricardo me iba relatando las exaltaciones de los variados atributos que la personalidad de esta joven le cautivaban y aunque yo era un verdadero admirador de ella con valoraciones que ya he resaltado, las de Ricardo las encontraba mitológicas y ello era debido, sin duda alguna, a que se había enamorado seriamente. Su compañía le agradaba a Elia, por la gran inteligencia de Ricardo, amplia formación cultural y de la problemática estudiantil que conocía en profundidad, por ser uno de los dirigentes más cualificados de la FUE de valencia. Al regresar Izquierdo existieron elementos de tensión entre ambos, que tanto Magda como yo tratábamos de suavizar y que afortunadamente solucionó la orden de marcha al frente de Madrid.

Llevábamos cosido en la guerrera el distintivo de tela, con la sigla triangular de la FUE que nos identificaba como estudiantes. En estos menesteres se habían esforzado las muchachas del ropero, que visitábamos con mucha frecuencia y con este motivo se consiguió que estudiantes de la FUE de Alicante se alistasen en nuestra unidad, presionados por indirectas de estas jóvenes, que les ponían como ejemplo la juventud de los estudiantes valencianos.

Es impresionante que al transcurrir de los años te enteres por publicaciones de que las dos jóvenes Magda Melendo y Elia González no podían fingir el entusiasmo que demostraban por los combatientes que se presentaban voluntariamente para defender la República, y es que eran consecuentes con los ideales de sus respectivas familias. Tengo ya citado que el padre de Elia era un dirigente del Frente popular. No lo conocí personalmente. Magda tenía un hermano mayor que ella, dirigente de la FUE alicantina, que me presentó en uno de los frecuentes paseos, ya citados, por el puerto de Alicante. De ellos voy a hablar. En la revista de Alicante Canelobre, número 20-21, editada por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, en la primavera-verano de 1991, vienen testimonios de alicantinos que se exiliaron a Francia, África, América y la URSS. Referente a los exiliados en la URSS, cita:

Entre otros hemos podido localizar a Ataulfo Melendo,1 que ocupó durante la República cargos de relieve en la FUE y en 1934 era secretario de las Juventudes Comunistas de Alicante, siendo elegido miembro del Comité Provincial del PCE, en 1936, tras haber jugado un destacado papel en la fundación de JSU; en el exilio soviético trabajó como profesor de español en la Escuela de Idiomas de Moscú, y probablemente murió en China.

En la misma revista, en una relación de «Nombres del exilio alicantino», con el número 28, se detalla:

José González prieto. Nacido en Salamanca en 1893, residió desde muy joven en Alicante donde contribuyó a la formación del Partido Comunista. Era agente comercial. Al comienzo de la guerra formó parte de la Comisión de Defensa y Orden Público e ingresó en el Cuerpo de Policía, en el que llegaría a ser Comisario. Miembro del Comité Provincial del PCE y responsable de su aparato de propaganda, dirigió durante un cierto tiempo Nuestra Bandera y ocupó la secretaría del Comité de Defensa Pasiva. Exiliado en el barco Stanbrook, estuvo durante unos meses en un campo de concentración argelino y se exilió definitivamente a Moscú. En la URSS estudió Farmacia y Economía, y durante la Segunda Guerra Mundial fue teniente de Farmacia del ejército soviético. Hasta su muerte, ocurrida en 1968, vivió en Moscú, compaginando su trabajo profesional con el de corrector del periódico Tiempos Nuevos en su edición en castellano. Nunca se pudo reunir con su esposa y sus seis hijos, salvo esporádicos encuentros en Francia, cada dos años.

De los compañeros de la FUE, en Benalúa recuerdo a: Vicente Talón Marzo que siendo alférez de complemento, lo ascendieron a teniente. Posteriormente en la URSS fue traductor, combatiente en la Guerra europea y funcionario en la hemeroteca de habla hispánica en la Agencia Tass. También a Ricardo Muñoz Suay, que nombraron alférez de la Compañía, posteriormente fue director de cine; ayudante de dirección de García Berlanga y colaboró con Buñuel. Crítico de cine. Fundador y director de la Filmoteca valenciana, hasta su muerte. Además de otros compañeros como Juan Alonso, posteriormente médico; Juan Barrera, posteriormente representante; Ricardo Bastid, posteriormente pintor y diseñador publicitario; Baltasar Bonet, posteriormente abogado; Rafael Bonet, posteriormente representante; Ricardo Campos, posteriormente representante; Francisco Canet, posteriormente coreógrafo y dedicado al cine; Fernando Cantó, posteriormente representante; Antonio Carrión, posteriormente funcionario municipal; domingo, que murió muy joven de tifoideas; Fernando Ferraz, que sin titulación dio clases; Luis Galán, traductor en Moscú; Alberto Gallez, posteriormente veterinario; José Huguet, posteriormente representante; Rafael Izquierdo, posteriormente representante; Martí Talón, posteriormente representante; José Orozco, posteriormente representante; Roberto pérez Carpio, coreógrafo teatral; Enrique Talón, que murió muy joven; Rafael Talón, posteriormente abogado y Enrique Torrella, posteriormente médico.

De nuestra estancia en Alicante se pueden destacar dos acontecimientos. Un intenso bombardeo que nos mantuvo en despliegue de defensa de la costa durante toda una noche, ante la inminencia de un desembarco del enemigo y que nunca supimos si fue simulado o sirvió como maniobra para conocer nuestra preparación militar. Nos pasamos toda la noche vigilantes, en la parte de la marisma alicantina, en posición de cuerpo a tierra, pero en este caso sobre la arena húmeda y fría. Cuando amaneció y sin habernos movido, estábamos agotadísimos.

Otro día hicimos un servicio en el puerto que mi buen amigo y compañero Luis Galán, que formaba parte de nuestro piquete, menciona muy detalladamente en su obra narrativa Después de todo …,2 escribiendo:

Realizábamos largas marchas y ejercicios de vigilancia, con pocas armas porque andábamos escasas de ellas. Una tarde fuimos alertados con urgencia. Se nos desplegó en las inmediaciones del puerto. Nuestra misión era proteger el desembarco del material de guerra que acababa de transportar un mercante soviético, forzando el bloqueo establecido por navíos de guerra italianos y rebeldes. La aviación italiana bombardeó rabiosamente la zona portuaria pero no logró tocar ni al carguero ni a los camiones que rápidamente ponían a buen recaudo el material. Como durante las operaciones de descarga se entreabrieron algunas cajas, pudimos ver que nuestros amigos rusos conciliaban la vieja antinomia cañones o mantequilla. Las piezas de las ametralladoras Maxim que iban a reemplazar a las Hotchkiss en el armamento republicano estaban envueltas en mantequilla de primera calidad.

Lo que omite citar el amigo Luis, y lo amplío por tratarse de un gesto simpático, es que en el transcurso del desembarque del material y antes de que empezase el bombardeo y ametrallamiento de la aviación fascista, fuimos sorprendidos por la tripulación del mercante soviético invitándonos a degustar el caviar rojo, que lo tomaban y nos lo ofrecieron en rebanadas de pan, como si se tratase de mantequilla. Cuando apresuradamente bajamos del barco y empezaron los aviones a bombardear, como no teníamos ningún edificio próximo, nos echamos cuerpo a tierra y fue impresionante ver caer las bombas que afortunadamente hacían agua, pero muchas caían sobre vagones de carga del muelle. El carguero ruso tenía varias ametralladoras y con valentía repelieron la agresión. De los compañeros que fuimos a esta misión no tuvimos que lamentar baja alguna, a no ser algún rasguño producido por el ímpetu con que nos tirábamos a tierra cuando los aviones los teníamos encima y se escuchaba el silbido que producían las bombas al descender. No ocurrió lo mismo en la capital, que sufrió bombardeos incesantes durante las seis horas que duró el ataque aéreo, con sucesivas incursiones de escuadrillas. En este trance más de uno pensó en nuestro Cuartel de Benalúa, ya que resultaba paradójico el hecho de que durante los bombardeos, el lugar más seguro fuese el propio cuartel por la circunstancia de que frente a él teníamos la cárcel de Mujeres, donde se encontraba encarcelada la hermana de José Antonio Primo de Rivera. Otro acontecimiento destacable en nuestra estancia en Alicante fue el juicio y posteriormente el fusilamiento del jefe de la Falange Española, en el mes de noviembre, ese día se extremaron todas las medidas de vigilancia y acuartelamientos.

Como ya queda citado en el relato anterior, al mando de nuestra unidad estaba el comandante Trigueros, militar profesional que disponía de un plantel de oficiales profesionales y también de milicias, que inculcaron la disciplina en la unidad y que en ningún momento produjeron problemas por parte de los milicianos. Destacaron entre estos oficiales el capitán Sevilla, el capitán pastor y el teniente vicente Talón –quien al llegar a Madrid ascendió inmediatamente a capitán–.

EL FRENTE DE MADRID, ENERO DE 1937

El 10 de enero de 1937 salió nuestra unidad al frente de Madrid. No lo pudieron hacer algunos de los compañeros más significados de la FUE, ya que motivado por el traslado del Gobierno de la República desde Madrid a valencia, en el mes de noviembre, se hacía imprescindible dar más vitalidad y responsabilidad a nuestra organización de valencia, por haberse convertido esta ciudad, por las circunstancias de la guerra, en la capital de la nación. Todos los organismos oficiales se habían centralizado ahora en la capital valenciana y el órgano central de las FUE de toda España, bajo la denominación de Unión Federal de Estudiantes Hispanos (UFEH), también lo hizo y fue imprescindible que compañeros como Ricardo Muñoz Suay, Luis Galán y José Orozco regresasen a valencia, para volver a realizar sus funciones en la Federación.

A principios de marzo y por ser menor de edad, como ya tengo relatado anteriormente, mis padres me reclaman. La unidad me entregó un salvoconducto para regresar a valencia y tenía que tener el visto bueno del Cuartel General del Ejército del Centro dirigido por el general Miaja. Me acompañaron Huguet, Izquierdo y Ferraz opinando que lo mejor sería buscar un acuartelamiento a la espera de que saliese algún convoy militar. No era fácil salir de Madrid, y Ferraz, más decidido, tuvo la idea de salir a la carretera Madrid-valencia que estaba controlada para que no saliese ningún tipo de vehículo. Paró, poniéndose delante, un camión que transportaba varios milicianos muertos en el frente, con destino a Albacete. El conductor al ver mi salvoconducto accedió a que subiese, pero como la cabina ya estaba completa tenía que ser en la parte posterior del camión cubierto con lona, donde estaban extendidos los cadáveres. Esa noche era tal el frío que no pude dormir. No sentí aprehensión por la compañía, que me recordó la noche de la pérdida del Cerro Rojo, cuando a los de la FUE, reventados por la larga marcha del día, nos llevaron para descansar a unas cuadras de un caserío sin luz, próximo a perales del Río. Agotados, nos tumbamos como nos dictó el instinto de orientación, ya que en la oscuridad no se veía nada. Al llegar los primeros resplandores del amanecer nos encontramos entremezclados los de la FUE con milicianos heridos de muerte, a los que después de la batalla del Cerro, por la tarde, los acondicionaron en las cuadras.

En Albacete, para llegar a valencia, funcionaban normalmente los servicios de transportes y el viaje lo hice en tren.

LA FUE DE VALENCIA Y SU PARTICIPACIÓN EN LA DEFENSA DE LA REPÚBLICA

Ya en valencia mi actividad se centró en la UFEH, estando de comisario general de la misma Ricardo Muñoz Suay, que hacía pocos días había sucedido al comandante Carrasco. Ricardo fue nombrado por unanimidad, propuesto por el propio Carrasco, que ya desde julio de 1936 organizó en Madrid el Batallón Joven Guardia de la JSU y después de actuar en varios sectores próximos a Madrid ascendió a comandante, y ya inserto en su responsabilidad militar, se hacía obligada su sustitución. Vino a valencia, propuso a Ricardo, regresó a su unidad y a los pocos días Rafael Carrasco murió heroicamente en el frente, perdiendo la FUE uno de sus mejores dirigentes. En la calle de la Concordia3 estuve colaborando con Isabel picazo, Tuñón de Lara, Luis Galán, vicente Marco y otros compañeros. En la UFEH estuve poco tiempo ya que mi estancia en la retaguardia, después de la experiencia de Madrid, no me llegaba a satisfacer, con más motivo cuando la incorporación de compañeros de la FUE se iba intensificando a la vista del giro que tomaban los acontecimientos bélicos.

Se puede hacer una pequeña explicación de la influencia que la organización estudiantil tenía sobre sus afiliados y nada mejor para ello que conocer, aunque sea someramente y de momento, la historia de la FUE desde sus orígenes.

La FUE inicia sus actividades inspirada por los ideales de la Institución Libre de Enseñanza en defensa de la libertad de pensamiento y humanismo. Sale a la luz pública en la dictadura de primo de Rivera con marcado protagonismo, aunque su militancia es minoritaria tanto en la caída del dictador, como posteriormente en el derrocamiento de la monarquía. Sus esencias se basan en reivindicaciones estudiantiles en todos los centros de enseñanza oficial, así como una fuerte dedicación a la difusión del deporte, la cultura y poder lograr una total autonomía académica. Organización estudiantil abierta a todos los estudiantes asumiendo estos principios y como consecuencia, su militancia fue amplia, combativa, profesional, apolítica y aconfesional, entendiendo apolítico como independencia de los partidos políticos y organizaciones sindicales.

Fue a partir de la proclamación de la Segunda República cuando la FUE se va incrementando en simpatizantes, llegando con el tiempo al setenta por ciento del estudiantado oficial –los que estudiaban en institutos y facultades–. Puede parecer exagerado este porcentaje, pero quizás no tanto si existe la constancia periodística de que la FUE consiguió dominar el deporte en general y, en los años treinta, el practicarlo era uno de los sanos alicientes de la juventud estudiantil.

Cada FUE de un distrito universitario estaba integrada por el conjunto de las diversas Asociaciones profesionales de Estudiantes (APE), de Medicina, Bellas Artes, Comercio, Magisterio, Derecho, Filosofía y Ciencias, Escuelas Industriales, Bachillerato. Ya queda mencionado anteriormente que todas las FUE de España constituían la Unión Federal de Estudiantes Hispanos, centralizada en Madrid y que era la encargada de convocar los congresos correspondientes, cada vez en una ciudad distinta.

El dar la denominación de Federación Universitaria Escolar se debió a que al organizarse se contó con los estudiantes de bachillerato, o sea, de segunda enseñanza. Fue un gran acierto ya que por su juventud, en muchas ocasiones sus iniciativas, que se escapaban a los universitarios, eran muy acertadas y de otro lado sus voceríos juveniles, en la vía pública y ante las fuerzas de orden público, eran impresionantes.

Con la República los estudiantes estaban a la expectativa de que se iniciasen cuanto antes las concesiones a sus exigencias más perentorias que, a nivel universitario, eran de tanto interés que significaban un avance de progreso, pasando por una Universidad con selección de profesorado, más abierta a eliminar el elitismo, creación de bibliotecas para una mayor culturalización y lo fundamental en este primer momento era la representación de los estudiantes en los claustros universitarios.

Este último extremo fue viable en valencia en junio de 1931, cuando por primera vez aparecen en las actas de la Universidad los nombres de los estudiantes de la FUE representantes de distintas facultades: Manuel Usano por Medicina; Francisco Bañón por Derecho y Martínez Esparza por Ciencias.

Dentro del distrito universitario de valencia, la mayor fuerza de la FUE, entre las distintas facultades, era la de Medicina y ya el 18 de abril de 1931, cuatro días después del advenimiento de la República, en Acta de la Junta de esta Facultad figura que asisten en representación de esa profesional su presidente Manuel Usano y el vocal del primer curso José Bonet Sanjuan. Una nueva etapa se presenta, con grandes perspectivas, si se cumplía lo deseado por los estudiantes y lo prometido por las autoridades académicas. Éstas se irían consiguiendo a medida que la FUE incrementaba su militancia y por tanto una mayor participación de los estudiantes en su problemática.

Es así cómo en el transcurso de los años se irán conociendo uno a uno los logros espectaculares de la FUE: Colonias Escolares; Deportes; Universidad popular; Teatro «El Búho», intento de seguir los pasos, a nivel provincial, del Teatro Universitario «La Barraca», fundado por la FUE de Madrid y posteriormente controlado por la UFEH siempre bajo la dirección de Federico García Lorca. También la FUE de valencia organizó, con éxito, verbenas populares en las barriadas y múltiples actividades culturales.

Es necesario hacer rememoración de algunos detalles significativos de la singladura de «El Búho». Abarcó un periodo pequeño, ya que duró desde principios de 1934 hasta finales de 1938. Nace, lo mismo que «La Barraca», como una de tantas propuestas culturales para eliminar el concepto burgués de elitismo estudiantil y bien que lo hicieron, pues orientaron sus actuaciones teatrales hacia el pueblo simple y llano. Recuerdo una de las primeras representaciones que se efectuó en el Conservatorio, con una obra de Calderón El gran teatro del mundo. También se representó una obra de Cervantes El juez de los divorcios. De la actuación que tengo mejor recuerdo fue la que se realizó en la plaza del patriarca, limitada con parte de la iglesia del patriarca, parte posterior de la Universidad y calles de la Nave y Salvá. Con fondo de la Universidad se instaló el escenario en lo que colaboré colocando bastantes tablones y bambalinas. Los vecinos fueron espectadores desde los balcones de sus casas de esta representación nocturna y la plaza se llenó de personas que acudían con sus asientos, bien taburetes, sillas de esparto o butacas. Se representó Fuenteovejuna, de Lope de vega, y si se recurría a las obras de nuestros clásicos era debido a que se consideraban estas obras, por su contenido social y su fácil dialéctica, más accesibles a la sensibilidad del pueblo.

A principios de la guerra civil se hizo cargo de la dirección de «El Búho», el dramaturgo Max Aub. Estuvo muy poco tiempo y le sustituyó Francisco Canet, que también tuvo que dejarlo pues se incorporó voluntario, como ya tengo escrito, en el Batallón de la FUE. En este momento pierdo de vista la actividad de «El Búho» y más tarde y por los propios componentes del elenco de actores conocí las andanzas de este teatro experimental. Actuaron durante la guerra con estudiantes más jóvenes y tuvieron el aliciente de poder llevar la cultura de este teatro hasta los propios frentes de batalla. Fueron actores femeninos y masculinos de este periodo 1937-1938: María Nebot, Elsa Barceló, Carmen Agut, Concha Cervera, Juanita Reynes, Amparo pérez Montañana, Isabel picazo, Félix Marco, Tulio Marco, vicente Muñoz Suay y Ricardo Morales.

No puedo dejar de citar a los actores que participaron en este teatro y que se encontraban en el frente de batalla. Recuerdo a: Eduardo Bartrina Castejón, vicente Marco Orts, Tomás Figuerola, Manolo Figuerola, Turégano, Manuel Solís, Gabriel Julve, vicente Soto, Francisco Blasco y Juan Nebot Molada.

Existe algo confuso referido a Luis Llana, pero que debe de ser cierto, y es que con motivo de la Olimpiada popular de Barcelona «El Búho» se desplazó a esta ciudad, llegando el 17 de julio, y como la rebelión militar fue el 18 obligó a regresar a la mayoría de la expedición, aunque algunos ese mismo día ya se incorporaron a unidades militares. Como esta expedición la dirigió Luis Llana es previsible que en aquel entonces él fuera el responsable de «El Búho» y le sucediera Max Aub.

Colonias Escolares de Buñol: en el verano maestros y estudiantes de Magisterio se encargaban de la enseñanza, cuidados, ejercicios físicos, excursiones dirigidos a niños, hijos de obreros, en tandas de cuarenta y cincuenta niños. Siendo el presupuesto de alimentación, que se conseguía del Ayuntamiento y Diputación de valencia, muy exiguo, había que recurrir a donativos de los propios estudiantes, pudiendo resaltar la colaboración de muchos profesores de institutos y universidad. Las visitas que todos los años realizaba, con su familia, aportando víveres, el doctor don Juan peset Aleixandre, Rector de la Universidad, fueron muy emotivas para los que constituían el plantel de educadores, que todos los días salían por el pueblo para pedir ayuda. Hay que resaltar, el gran espíritu del pueblo de Buñol, que de muchas maneras se hizo partícipe solidariamente de estos niños. Dirigen esta labor José Cantó, víctor Agulló, Carmen Solero, Juan Hernandis…, por citar algunos compañeros.

Universidad popular: Los estudiantes de la FUE de Segunda enseñanza y de facultades daban clases nocturnas a trabajadores de ambos sexos en materias como: Alfabetización, Sociología, Anatomía, Fisiología, Sexología e Higiene, Historia Universal, Medicina deportiva, etc. Estas clases se impartían en las propias aulas de la Universidad y también en la Normal. La asistencia era de tal magnitud que hay que valorar tanto el sacrificio de los estudiantes dando las clases, como el interés de la clase obrera por adquirir conocimientos. La FUE por este medio quiso corregir y acercar el proletariado a la Universidad, en un momento en que existía un elitismo totalmente disociado de las masas populares. Se distinguen en esta labor Manuel Usano Martín, José Cano Marqués, José Bonet Sanjuan, Francisco Bañón, Esparza, Juan Hernandis… por citar algunos compañeros.

Deportes: Este fue uno de los aspectos también importantes de la FUE, interesada en la difusión y práctica de los deportes entre los estudiantes, como base para disponer de una mente lúcida, así como de un cuerpo sano. El atletismo, como soporte fundamental de los deportes, era el más practicado, pero también se consiguieron muy buenas marcas en natación, baloncesto, rugby, hockey, fútbol… Son conocidos por haber obtenido buenos resultados en atletismo, Antonio Collado, Rafael Talón, Gabriel Julve, J. Antonio Caparrós, y como marca nacional José Lacomba. En rugby destacaron Usano, hermanos Figuerola, Solís, Baltasar Bonet, Codoñer. En baloncesto destacaron Campillo, Alzaga, Fernando Cantó, Sebastián Collar, Juan Marín, Caparrós… Muchos de los citados en sus diferentes modalidades –junto a todo el elenco del teatro universitario «El Búho» que, aunque sea repetitivo, hay que citar a Bartrina Castejón, Marco Orts, Tomás y Manuel Figuerola, Turégano, Solís, Julve, Soto, Blasco y Nebot Molada–, fueron seleccionados para participar en la Olimpiada popular, que debía inaugurarse en Barcelona el 19 de julio de 1936, y es en esta ciudad que les alcanzó la sublevación militar contra la República. Alguno de ellos participó en las barricadas el primer día, junto a las fuerzas de orden público fieles a la República y milicianos improvisados en horas, como ellos, que pusieron su granito de arena para que la capital condal aplastase rápidamente a los sublevados. Conozco a dos que desde ese día se quedaron en Barcelona y al poco tiempo eran oficiales de milicias: Manuel Solís y Gaspar Codoñer.

MI FORMACIÓN MILITAR EN LA ESCUELA POPULAR DE GUERRA

En el mes de abril de 1937 me enteré de que se habían convocado por el Ministerio de Defensa 100 plazas de tenientes del arma de Ingenieros, especialidad de Transmisiones para la Escuela popular de Guerra número 5, ubicada en villarreal. Se exigía como titulación mínima el bachiller. Para acceder a alumno de la Escuela había que pasar un ejercicio de selección en la misma Escuela popular. Presenté la documentación con los avales pertinentes y pasé con aptitud el examen de ingreso. Como alumno había que realizar un curso de capacitación de cinco meses de duración y superado éste se obtenía el nombramiento de teniente de ingenieros de transmisiones. De la Escuela fueron saliendo al mes de iniciarse el curso los alumnos que tenían la carrera de ingeniero. A los dos meses salieron los que disponían de licenciaturas y técnicos industriales y a partir de los tres meses se fueron efectuando exámenes para el resto de alumnos. Ello era debido a que hacía falta oficialidad de transmisiones en las unidades militares. Por mi juventud, el director de la Escuela, el comandante de Estado Mayor, Sánchez Rodríguez, iba dilatando mi salida hasta que se agotó mi promoción. Nos examinamos unos quince y solamente suspendieron a tres que salieron con el empleo de cabos. La entrega de despachos de teniente se efectuó en la misma Escuela, en un acto protocolario y con promesa a la bandera republicana.

Me dieron permiso y quedaba pendiente que mi nombramiento y destino saliese en el Diario Oficial del Ministerio de Defensa. Estuve en este intervalo en el ambiente familiar y todos mis hermanos insistían en que me pusiese el uniforme. Era reacio por mi extremada juventud. Mi padre me había llevado a un sastre amigo suyo especializado en uniformes militares. Me hizo uno y un abrigo de acuerdo con los cánones de profesionalidad militar y entre este flamante uniforme y mi cara aniñada llamaba la atención de los transeúntes. El 13 de noviembre de 1937 salió mi nombramiento y destino con antigüedad del 6 de octubre. Me destinaron a la Jefatura de Transmisiones del Ejército de Maniobras, situado en Daimiel (Ciudad Real).

De la FUE de valencia, en la Academia, estudiaron algunos conocidos como González (Medicina), Abelardo Cantó (Belles Artes), Joaquín prats (Comercio), Manolo Serna (Derecho) y alguno más que se me escapa de la memoria. Con quien más me compenetré desde un principio fue con Carlos Moncada Claudín, bachiller como yo y de la FUE de Madrid. Teníamos muchas cosas en común. Éramos galonistas para los diversos servicios de armas en el interior de la Escuela y habíamos sido nombrados por votación entre todos los alumnos de la promoción. Como ambos pertenecíamos a la JSU, constituimos el comité político y contábamos con cerca de treinta alumnos. Nos reuníamos fuera de la Escuela popular, ya que en su interior estaba prohibido hacer política. Cuando yo viajaba los sábados a valencia, de permiso hasta el lunes, mi amigo, condiscípulo de estudios y excelente camarada pedrito Gómez, que estaba al frente de la Secretaría de Organización del Comité provincial de la JSU, me facilitaba material de propaganda que nos servía como documentación política, para poder discutir en nuestras reuniones. A Carlos le había ocurrido lo que a mí, como también era de mi misma edad, el Director de la Escuela no le dio tampoco opción a salir antes, aunque en los exámenes quedábamos bastante airosos. Era Primo hermano del conocido aviador Claudín y también del dirigente de la JSU Fernando Claudín.

Antes del nombramiento siempre comentábamos que nos agradaría coincidir en la misma unidad y que ésta se encontrase en el frente de batalla. Era hijo de un coronel de Artillería destinado en el Ministerio de la Guerra y ello facilitaba el que le diesen un buen destino, pero me dijo que le había pedido a su padre no moviese ningún resorte a su favor pues quería dejar su suerte al capricho de su destino. Yo por mi parte le decía a Carlos que aunque mi padre no era militar, tenía buenos amigos que ocupaban puestos de responsabilidad como el entonces coronel Uribarri y que también le había expresado mi deseo de conocer lo que la providencia me quisiese deparar. De este modo pensábamos, al unísono, que con este comportamiento éramos consecuentes con nuestro voluntariado en Defensa de la República. Cierto es que también pensábamos en lo peor: que pudiésemos perder la vida en el frente. Desgraciadamente esta predicción en su caso fue real. Destinado al frente de Extremadura, a los pocos días de entrar en línea, murió heroicamente y al enterarme meses después dejó en mí la huella de que la vida se lo llevó como a los buenos, demasiado pronto.

Desde valencia, en tren, hicimos el viaje hasta Daimiel mi compañero Carlos Moncada y algunos oficiales de la Escuela que residían en valencia. Al llegar a Daimiel nos encontramos con el resto de compañeros de la promoción, pues todos habíamos sido destinados a la Jefatura de Transmisiones del XX Cuerpo de Ejército de Maniobras. Al frente de la misma estaba el capitán Sáenz de Buruaga, militar profesional de familia castrense. Tenía dos hermanos militares de alta graduación en la zona rebelde, uno de ellos al terminar la guerra llegó a alcanzar el grado de gobernador militar del Campo de Gibraltar con el empleo de capitán general. Este es uno de los infinitos casos de incidencias militares en que se enfrentaban hermanos y que paradójicamente obedecía a que al inicio de la guerra civil, a unos les había alcanzado residiendo en zona republicana y a los otros en la zona llamada por ellos nacional, donde había ganado la rebelión militar.

El capitán Sáenz de Buruaga fue muy protocolario en su recibimiento, parco en palabras y a ninguno de los que llegamos nos causó buena impresión. pensamos que era debido al exceso de trabajo de la unidad que se estaba organizando a marchas forzadas, por imperativo del curso de las operaciones militares en los distintos frentes de combate. Nos dijo que alguno nos quedaríamos en la Jefatura y otros pendiente de destino a las unidades de menor rango, como eran las divisiones y brigadas, cuyas fuerzas estaban diseminadas por los pueblos colindantes. Después de esta entrevista me propuse hacer lo posible por no quedarme en la Jefatura. Teníamos como cabo furriel a Martín, que era del barrio de Ruzafa, con el que congenié enseguida y al conocer mi deseo de irme, me aconsejaba que mantuviese un contacto más directo con el capitán, pero seguí actuando con prudencia, sin efectuar gesto alguno que denotase algún interés por quedarme.

Por las mañanas realizábamos prácticas de radio, instalaciones telefónicas de campaña, señales de Morse con banderas y heliógrafos. Como estos ejercicios los realizábamos en un descampado y la temperatura, más que invernal, era glacial, no pude por menos que acordarme de mi madre que, en contra de mis deseos, me había camuflado entre la ropa interior calzoncillos afelpados largos que me fueron de gran utilidad. Es preciso hacer ahora un paréntesis para hablar, tan solo sean unas palabras, sobre el modo de ser de mi madre. La genialidad de su bondad tenía que estar presente en estos pequeños detalles. Mi madre era así y desde el nebuloso recuerdo de mi infancia siempre se me aparecía con su peculiar belleza, para mí la más serena y majestuosa. Tuvo nueve hijos y se dedicaba exclusivamente a ofrecernos su ternura y era su mayor satisfacción cuando nos veía reunidos a todos junto a ella. Era cariñosa y sencilla por su condición de gran mujer. Siempre he pensado que mi madre tenía una especial inclinación por mí. No fui el mayor de los hermanos, pero sí el primer varón. Esta circunstancia y el haber estado ausente de casa tantos años –como se verá– debieron influir en su sensibilidad cuando fui pequeño y también de mayor.

Un día se nos convocó a la Jefatura a la mayoría de los oficiales pendientes de destino y hubo una primera selección en la que Carlos Moncada y Manuel Serna fueron destinados a la misma compañía de una brigada de reciente creación y enseguida fueron destinados al Ejército de Extremadura. Carlos y yo sentimos la obligada separación y quedamos en escribirnos y poder coincidir en algún permiso. ¡Quién iba a suponer que días después de nuestra despedida iba a morir en el frente!

Otro día nos citaron al resto de oficiales y nos encontramos con el jefe de Transmisiones de la 68 División y a su comisario. Por su vestimenta más bien descuidada, aunque reglamentaria, se deducía en ellos a dos personas ya fogueadas en el quehacer de la guerra. Empezó el capitán Ródenas a hacer preguntas a los tenientes y cuando llegó mi turno le llamó la atención mi juventud. Como desde el primer momento que les vi me causaron una excelente impresión, tan pronto salió a colación mi edad les dije que aunque procedía de la Escuela popular, ya conocía el bautizo del frente, pues había estado en la defensa de Madrid. El capitán Ródenas que luego supe procedía del 5º Regimiento de Madrid, me fue preguntando por la unidad a la que había pertenecido y lugares por donde yo había estado. Según iba relatando lo solicitado observé que el capitán cruzaba su mirada con la del comisario Herranz. Su respuesta fue tajante: «Desde este momento te nombro mi ayudante». Me separé aparte, sin continuar ya mi interrogatorio y se me acercó el capitán para decirme que como le faltaba otro oficial para cubrir la plantilla de la compañía deseaba le dijese a quién le aconsejaba entre los que estaban allí. No lo dudé y le sugerí al teniente Esteban, que era persona muy introvertida pero en nuestras charlas se había unido a mi criterio de que el destino era lo de menos, lo importante era saber cumplir con nuestra obligación, donde nos enviasen. Pudo influir también, que me había separado de Carlos Moncada. Me hizo caso el capitán y dirigiéndose al capitán Sáez de Buruaga le dijo que preparase inmediatamente nuestros documentos de incorporación a la 68 División, ya que quería llevarnos consigo en su coche. Sin darnos tiempo a despedirnos y después de recoger nuestros equipajes salimos en dirección a Ciudad Real –durante la guerra civil se denominó Ciudad Leal–, donde se encontraban las fuerzas de la 68 División.

El Estado Mayor y los diversos servicios de la división: Sanidad, Transportes, Ingenieros Zapadores, Ingenieros de Transmisiones, Artillería, etc., estaban ubicados en un amplio edificio que había sido colegio o convento religioso, emplazado en el centro de la ciudad. Al día siguiente de mi llegada y en el recinto del Estado Mayor, me sorprendió ver al comandante Trigueros. Le abordé de inmediato ante la sorpresa de Ródenas y Herranz que me acompañaban. Yo suponía que estaba de visita y cuál no fue mi alegría al decirme que estaba al mando de la división. Me dijo que se alegraba de verme y conocer que un antiguo combatiente de la FUE estaba encuadrado en su unidad como oficial.

El capitán Ródenas había realizado el servicio militar hacía años en el Regimiento de Transmisiones de El pardo, donde realizó estudios para obtener el empleo de brigada y se había especializado en radio. Como su padre tenía un buen negocio en Chinchilla (Albacete) abandonó la carrera militar y por ello al inicio de la guerra civil lo ascendieron inmediatamente a teniente. Era sumamente inteligente y con una capacidad de mando fuera de lo común. Colaboré como pude a su deseo de constituir una compañía de transmisiones con una formación técnica adecuada y especialmente rápida en el trazado de líneas de comunicación, instalación de centralitas y su debida utilización, independiente de la instrucción precisa en nuestra arma, para resistir marchas y eventualidades en campaña. De los cinco tenientes, cuatro mandaban secciones y yo de teniente ayudante. Excepto el teniente Esteban, que como queda dicho nos incorporamos juntos, los otros tres no mantenían una relación muy cordial con el capitán ni con el comisario. Me di cuenta de que era debido a que encontraban muy rígidos los métodos organizativos del capitán. También algunos de los sargentos y soldados mostraban su malestar por la dureza de los ejercicios que realizábamos en el parque de la ciudad. Esto último me afectaba a mí, y por tratarse de soldados de reciente incorporación yo trataba de ayudar al comisario Herranz, inculcando a los soldados –movilizados por sus quintas–, la realidad de que cuanto más preparados nos encontrásemos, técnica y físicamente, menor peligro nos supondría nuestra actuación en el frente, ya que la denominación de nuestra unidad «Ejército de maniobras» ya nos anticipaba que no se iba a tratar de un desfile militar.

A las pocas semanas la compañía había cambiado sensiblemente en su preparación y el teniente Esteban, con su gran voluntad y entusiasmo, fue el principal artífice de esta transformación. Tengo que recordar la extraordinaria colaboración que recibí del sargento Ortiz para inculcar la firme disciplina militar a los soldados en todo acto de servicio y que requiere un breve relato de sus antecedentes por tratarse de un caso insólito. Antes debo decir que, tan pronto llegué a la unidad, conocí la afiliación política de toda la oficialidad: el capitán Ródenas, el comisario Herranz y yo pertenecíamos al partido Comunista, aunque yo por edad militaba aún en las Juventudes Socialistas Unificadas. Los tenientes Esteban y Mortes, eran anarquistas; el teniente planells, era republicano y el teniente Sáenz sin afiliación definida, pero avalado por la Unión General de Trabajadores. El comisario tenía una ficha de cada uno de los componentes de la compañía, donde iba anotando el comportamiento de cada uno: carácter, de donde procedía, inclinación política por sus expresiones verbales, además de los datos que iba recibiendo del comisario de la división. En cuanto a los sargentos todos procedían de los Servicios Técnicos de la Telefónica de Madrid y que por su cualificación habían sido asimilados a estos grados. Pero del sargento Ortiz no se tenían antecedentes. Era un hombre corpulento, muy educado, parco en sus expresiones, serio e iba siempre impecable con su uniforme. Saludaba a sus superiores y recibía sus órdenes con un temple disciplinario que yo encontraba excesivo. Cuando iniciamos el plan intensivo que originó descontento en la compañía le observaba con atención en su misión y me di cuenta de que dominaba a la perfección la instrucción militar en sus diversos movimientos. Se lo comuniqué a Ródenas y lo aprovechamos para que dirigiese la instrucción a las demás secciones y en muchas ocasiones era él quien dirigía las marchas de toda la compañía. El comisario recibió un informe sobre él que nos aclaró su situación. Era sargento de la escala profesional y no se le había concedido el ascenso a teniente por considerársele indiferente. Debía de estar en observación. De acuerdo con Ródenas y Herranz y con el fin de tantear me dirigí a él diciéndole que me había enterado que procedía de la escala profesional y por tanto me sorprendía no hubiese ascendido a oficial. Me contestó que le propusieron, pero, como él era apolítico, no lo había aceptado y así seguiría hasta que terminase la guerra y sólo aceptaría ascensos cuando le correspondiesen por escalafón y precisamente en el arma de ingenieros no se ascendía con mucha facilidad.

Independiente de los tenientes y soldados que, a regañadientes, se habían acoplado al ritmo de trabajo, quedaba aún un grupo muy reducido de soldados que tenían los mejores destinos por encargarse de las centralitas, la mayoría de ellos estudiantes y con los que tuve fuertes roces por observarles lentos y poco eficaces en su función. Se acentuó esta tensión cuando me enteré de que estaban molestos conmigo porque desde un principio les obligué a hacer la instrucción con el resto de la compañía. Algo debió de influir en mi actitud al encontrarlos indiferentes a los acontecimientos bélicos cuando se recibían noticias de los frentes favorables a nuestras fuerzas, faltos por tanto del entusiasmo que a mí me sobraba. No estaban obligados a tanto, al fin y al cabo estaban allí porque su quinta había sido movilizada. Pero ello no implicaba que no me molestase su indiferencia. No lo podía remediar. Para complicar aún más la tensión aducían que a ellos solo les correspondía realizar las prácticas con las centrales telefónicas de campaña y se quejaron al capitán Ródenas. Éste, que estaba contento con la puesta a punto de la compañía, nos convocó a todos los tenientes y sargentos con la presencia del comisario Herranz y al exponernos las protestas de este grupo solicitó el criterio de cada uno, excluyendo, como es obvio, el mío y sorprendentemente todos estuvieron de acuerdo en calificarlos de señoritos y comodones. A la vista de ello había que responder con severas advertencias. El comisario manifestó que esto entraba en su misión. Los reunió a todos y les invitó a seguir con las normas establecidas, ya que de otro modo el mando estaba dispuesto a relevarlos de sus destinos y trasladarlos a los menesteres del resto de la compañía. Ello iba a suponer un contratiempo por tener que preparar a nuevo personal en el uso de las centralitas y se podrían imponer sanciones que él, como comisario, no podría evitar. Aunque a la vista de esta advertencia respondieron que acataban las órdenes sin reservas, no por ello se acoplaron al trato amigable que yo tenía con el resto de la compañía. Pero se distinguieron en ser de los más disciplinados en actos militares y de servicios, evitando caer en el más mínimo error. En el orden personal, fuera del servicio, se limitaban al saludo reglamentario, manteniéndose siempre a distancia. Sensible al proceder de estos soldados, que eran sobre unos catorce o dieciséis, en el conjunto de ciento treinta que constituían la compañía y por tratarse de estudiantes en su mayoría, simple vínculo por el que me sentía afectado, decidí no darle mayor importancia y limitarme a observar su comportamiento militar.

Durante el mes y medio que estuve en Ciudad Real y aunque los ejercicios eran agotadores, me lo pasaba bien. Por las tardes y a partir de las seis, los soldados, clases y oficiales deambulaban por la ciudad y le daban el colorido de plaza militar. Por regla general todos buscaban compañía femenina, para no aburrirse, y existía la costumbre de ir a pasear por el parque y allí entre bromas se trataba de entablar conversación con las jóvenes y hacer amistad. Los oficiales, debido al uso del uniforme, tenían más éxito entre las muchachas de la clase media.

A los pocos días de mi llegada, mi capitán y mi comisario me invitaron a que les acompañase a un taller de modistas y me presentaron a la dueña del taller que salía con Ródenas y que me parecía una persona muy mayor, ya que tendría unos veinticinco años y otra joven de edad parecida que acompañaba al comisario Herranz. Ellos tenían una edad similar y hacían buenas parejas. En el taller trabajaban muchas muchachas de todas las edades y me sentí muy violento cuando la dueña se dirigió a algunas de mi edad aproximada y les animó a que me hiciesen compañía y esa misma tarde me vi acompañado por tres jóvenes a las que invité a merendar. A mi edad era normal que el conocer muchachas más o menos de tu gusto, sintieses alguna atracción hacia alguna de ellas. Esto sucedió con una de las tres jóvenes del taller, llamada Rosita. Fui su asiduo acompañante y conseguí que el teniente Esteban lo hiciese con una de sus compañeras. Esteban se lo tomó más en serio que yo y a los pocos días se hicieron novios. Lo esencial era que cuando llegaba el atardecer disfrutábamos de los paseos, de los gustosos cafés con leche acompañados con bollos en cualquier cafetería y de las sesiones de cine los sábados y domingos. Nos hicimos promesas repletas de ilusiones que más tarde, el alejamiento que por los destinos que la guerra me deparó, se fueron diluyendo poco a poco. Llegó el momento de abandonar, no sin cierta nostalgia, la capital manchega.

El 10 de diciembre de 1937 salió por tren el XX Cuerpo de Ejército mandado por el teniente coronel Menéndez, que de momento estaba solamente integrado por mi 68 División. Llegamos a la Estación de Aragón de valencia. Desconocíamos el destino y nos llamó la atención el que se nos ordenase prohibir a las fuerzas que descendiesen de los vagones. Yo aproveché para llamar por teléfono a casa desde la misma estación, pero con la advertencia de que no intentasen venir pues salíamos de inmediato. Les escribiría al llegar a destino. Con el convencimiento de que íbamos a algún frente de guerra y recordando la promesa que me había hecho el ya entonces coronel Uribarri de que me facilitaría una pistola reglamentaria y como vivía muy cerca de la estación, en la calle de Sorní, se lo comuniqué a Ródenas y con él fuimos a hablar con el comandante Trigueros quien me dijo que si la gestión la podía realizar en el intervalo de una hora me autorizaba para desplazarme. Sin pérdida de tiempo me presenté en casa de Uribarri y tuve la suerte de encontrarlo en casa. Me dijo que estaba pendiente de destino, seguramente la jefatura de alguna unidad y que le escribiese cuando llegase a destino, ya que, pensaba reclamarme junto a él. Días después de esta entrevista, el coronel Uribarri, fue nombrado jefe del Servicio de Información Militar (SIM). La entrevista que tuve con él fue breve, pero suficiente para que me diese su concepto reservado sobre las perspectivas políticas y militares de la guerra.

El contenido de esta entrevista, que me afectó sensiblemente, lo citaré más adelante cuando haga una amplia referencia de la semblanza, bajo mi criterio, del presidente de la República D. Manuel Azaña.

Me entregó una pistola Astra del nueve largo, y seguidamente regresé a la estación, saliendo el tren enseguida con dirección a Barcelona pero, al llegar a Sagunto, el tren tomó la dirección de Teruel con una marcha lenta. Muy anochecido llegamos a la Estación de Mora de Rubielos y al bajar del tren nos espabilamos de lo lindo ya que el frío era irresistible. Nos dieron una ración de rancho en frío y sin descansar nos subieron a los rudos camiones rusos, cuyos motores resistían muy bien las bajas temperaturas.

EL FRENTE DE TERUEL, DICIEMBRE DE 1937

Las fuerzas de nuestra División se componían de tres brigadas, la 218, 219 y 220, que se fueron distribuyendo en el triángulo Manzanera-Alben-tosa-Sarrión. Los componentes del Estado Mayor de la División dormimos en Sarrión, donde se estableció el XX Cuerpo de Ejército y de buena mañana el jefe del Cuerpo de Ejército citó a todos los jefes de servicio y yo, como ayudante de Ródenas, acudí con él. Cuando llegó nuestro turno nos puso en conocimiento de la orden secreta para la toma de Teruel, dominada desde el principio de la guerra por las fuerzas rebeldes. Esta orden se circunscribía al sector correspondiente a nuestra División. El puesto de mando se iba a establecer en Aldehuela a donde teníamos que salir inmediatamente para establecer allí el centro de comunicaciones telefónicas y desde allí diversificar la red de transmisiones a los puestos de mando de nuestras tres brigadas y las de enlace con las dos divisiones colaterales. No podíamos perder tiempo, había que cubrir lo antes posible las fases de nuestra misión, ya que la ofensiva se iba a iniciar al amanecer del 15 de diciembre y uno de los factores fundamentales era la sorpresa.

Desde Aldehuela fuimos dando líneas con mucha dificultad, pues independiente del terreno muy montañoso se unía el barro producido por las recientes nevadas, que hacía fatigoso el traslado del material, centralitas, bobinas, cables, etc. Una de las misiones más urgentes era establecer un observatorio, que al propio tiempo sirviese de puesto central avanzado de la División. Nos encargamos un oficial del Estado Mayor y yo y elegimos una prominencia desde la que se divisaba un descampado muy amplio frente a nosotros y con poca visibilidad, por la niebla reinante, se distinguía la Ermita de Castralvo, que se encontraba en terreno enemigo y era uno de los puntos estratégicos a tomar al inicio de la operación.

La primera misión de la unidad consistió en relevar las pocas fuerzas que defendían nuestro sector, avanzar entre Galiana y villaspesa, tomar la Ermita y así llegar a las puertas de Teruel, a la altura de la carretera de valencia. El día 13 de diciembre cayó una fuerte nevada con gran ventisca, que aún intensificó más la dificultad del traslado de los soldados. Este temporal con bajas temperaturas del orden de 12 a 16 grados bajo cero, y durmiendo a la intemperie, empezó a originar bajas por la congelación de extremidades. Esta tan intensa nevada hizo pensar en la imposibilidad de iniciar la ofensiva en la madrugada del 15 y aún se agudizó este temor cuando el día 14 aún se intensificó el temporal. No obstante, en la noche del 14 se dio luz verde para actuar al amanecer, fuese cual fuese el estado del tiempo.

El 15 de diciembre de 1937, lo recuerdo perfectamente, sobre las primeras horas de este día y dirigiéndome desde Aldehuela al observatorio mi llegada coincidió con la actuación de la artillería de nuestro sector, lanzando un fuego artillero muy intenso sobre las líneas enemigas. En múltiples ocasiones las explosiones iluminaban por secuencias todo el frente. Estaba previsto que la infantería iniciase el ataque en todos los sectores que circundaban Teruel. Se le dio tanta importancia a esta ofensiva que en Barracas (Castellón), existía un puesto de mando superior, donde permanentemente se encontraban el ministro de Defensa, Indalecio prieto, y el jefe del Estado Mayor Central, general Rojo.

Al llegar al observatorio, el comandante Trigueros hablaba por teléfono con nuestras baterías, rectificando el ángulo de tiro, pues los obuses caían fuera de la zona de La Ermita, que era uno de los objetivos a tomar en nuestra zona y desde allí sus defensores dominaban una amplia vaguada por donde tenían que pasar parte de nuestras fuerzas. Transcurrieron las horas y sus defensores resistían con tesón. Se recibe al amanecer la noticia de que fuerzas de la 11 División, mandadas por el comandante Líster, han enlazado con efectivos de la 64 División, mandada por el comandante Cartón, quedando cortada la comunicación de Teruel con Zaragoza, por tanto la plaza queda cercada. Esta noticia nos da ánimos, pues por nuestro sector poco se avanza y La Ermita resistiendo aún. Por la tarde empezó nuevamente a nevar y dificultó bastante el avance por el resto de sectores. El 16, y aún nevando con intensidad, se va progresando lentamente en nuestro frente y la mayor dificultad se encuentra en La Ermita que se defiende denodadamente y empezamos a tener las primeras bajas. Este día por la noche recibimos la orden para el día siguiente de conseguir envolver la Muela de villastar. El 17 aún permanecemos frente a La Ermita, que sigue resistiendo con mucha valentía, sin embargo, en el transcurso del día se consigue tomar villastar y quedan cercadas villaspesa y Castralvo. Como nuestras fuerzas han llegado a la Masía del Cerrito, ya muy cerca de Teruel, damos por cierto que al día siguiente seremos los primeros en llegar a las puertas de la capital turolense.

El 18 de diciembre conseguimos llegar por la tarde a la Granja, kilómetro 135 del ferrocarril, y recibimos la extraordinaria noticia de que las fuerzas republicanas que tenemos colindante, por la derecha a nuestra División, han tomado la Muela de Teruel, uno de los objetivos claves, por su situación estratégica, dominando desde su altura todas las prominencias próximas a la capital. También por la tarde el reducto de La Ermita se rinde. Sólo han quedado cuatro guardias civiles, varios paisanos y tres falangistas, uno de ellos de unos 18 años. Los conducen al puesto central de nuestra División para ser interrogados por un oficial del servicio de información, antes de ser conducidos al XX Cuerpo de Ejército.

Aunque ya había tenido oportunidad de asistir a los interrogatorios de los prisioneros hechos durante estos días y especialmente cuando se trataba de oficiales, para conseguir sacarles información sobre armamento, moral de los combatientes, situación de los puntos neurálgicos de puestos de mando, artillería y cualquier dato de interés, personalmente tenía mucho interés en conocer a estos combatientes que nos habían tenido a raya a todo un batallón y una batería de artillería desde el primer día. También me llamaba la atención el joven que iba vestido de falangista, imberbe, como me ocurría a mí y que contrastaba con el resto de sus compañeros, todos con barba cerrada de varios días. Ninguno de ellos se mostró muy locuaz en sus manifestaciones, argumentando que se habían limitado a cumplir las órdenes superiores, de defender su posición, y que lo habían realizado hasta el último momento del asalto por nuestras fuerzas. Me causaron una fuerte impresión de entereza y valentía, cuando ellos desconocían cuál sería su suerte. Yo sabía que serían trasladados al puesto central del Cuerpo de Ejército y desde allí a valencia.

El día 19 seguimos el avance con mucha dificultad y, el supuesto de que en esta jornada llegaríamos hasta la carretera Teruel-valencia, a la misma altura de los primeros edificios de la ciudad, no se consiguió hasta el día siguiente por la noche, aunque muy bien pudo ser sobre las siete de la tarde, ya que por el temporal oscurecía muy pronto. Al llegar a nuestro objetivo y teniendo a mano las calles ascendentes que daban acceso a la capital, recibimos la orden de no avanzar, pues lo iban a realizar fuerzas pertenecientes a la 40 División, que dependía, como nosotros, del XX Cuerpo de Ejército. Esta División estaba mandada por el comandante Nieto y sus fuerzas pertenecían al Cuerpo de Carabineros. Desde el inicio de la ofensiva se había mantenido en situación de reserva, y su misión era penetrar en la ciudad, junto a otras unidades militares y de Guardias de Asalto. Las fuerzas de nuestra División quedaron por tanto en el exterior de la ciudad por este frente. Algunos paisanos, mujeres y niños amparados por la oscuridad, y al ver la llegada de nuestros soldados, van saliendo a la carretera general de valencia y en camiones son evacuados a La puebla de valverde, donde se les facilitará comida y cuidados, hasta ser remitidos a valencia. Por sus declaraciones y aspecto se nota que han sufrido enormemente, ya que el mando de la plaza hacía ya varios días que había ordenado a la población la obligatoriedad de concentrarse en los edificios por ellos elegidos para defenderse, como el Seminario, Convento Santa Clara, Gobierno Militar…, pero muchos vecinos prefirieron esconderse en sus casas y, en estas condiciones, sin poder dar señales de vida, su verdadero problema era el alimentarse.

La resistencia en el interior de la ciudad es grande, por lo que la penetración por nuestro sector de los carabineros no va más allá de las primeras calles en la madrugada del 21. En el transcurso del día se va avanzando hacia el interior de la ciudad y, a última hora de la tarde, nos llega la noticia, posteriormente confirmada, de que hay fuerzas que han llegado por dos direcciones a la plaza del Torico, la de los Carabineros de nuestro enclave de la 40 División y por otro lado la de Guardias de Asalto, adscritas a la 34 División, mandada por el comandante Etelvino vega.

El día 22, por el sector norte, la 25 División mandada por el comandante vivancos ocupó el cementerio viejo, que desde un principio se defendió con virulencia, y seguidamente contactaron con los combatientes que ya habían llegado al centro de la ciudad. Este día, nuestro jefe superior del XX Cuerpo de Ejército, teniente coronel Menéndez, es nombrado gobernador militar de la plaza.

El 23 se sofocan centros de resistencia como son: el Banco de España, Casino y Cuartel de la Guardia Civil. Quedan aún los de mayor resistencia, donde se concentraron la mayor parte de las fuerzas que integraban la guarnición de Teruel. Estos focos de resistencia fueron: el Seminario, Comandancia Militar, Convento de San Francisco y algún punto aislado. Este día, junto con mi capitán y comisario, entramos en la ciudad y era desconsolador ver todos los edificios dañados y en algunas calles era tal la cantidad de escombros que para atravesarlas era obligado pasar sobre los mismos, que alcanzaban la altura de los primeros pisos. Al llegar a la plaza de España, donde estaba situado el Banco de España y el Ateneo, su superficie estaba cubierta por enormes cascotes. A la izquierda del Banco había apilados unos quince cadáveres, en su mayor parte guardias civiles.

El puesto central del Cuerpo de Ejército se emplazó en un chalet de las afueras de Teruel, en la parte alta a la altura del viaducto y la 68 División en otro chalet contiguo, separado por una calle estrecha. Esta calle estaba batida por el enemigo y por lo que supusimos había un excelente tirador, que bien pudiera estar en la torre de la iglesia de San Martín. En cuanto alguien cruzaba la calle disparaba y era temible el pasar de un puesto de mando al otro. Llegó a dar blanco y herir a un soldado y al día siguiente a un sargento. Dio la casualidad que yo había pasado la calle hacía dos o tres minutos. El comandante Trigueros decidió situar en este sitio una pieza de artillería con sacos terreros de protección y, con disparos de obús, se consiguió neutralizar al tirador de la torre que quedó destrozada.

Descongestionados los exteriores de Teruel, nuestra División ocupó posicionalmente el sector de la línea férrea minera de Ojos Negros, a la altura de la caseta de peones camineros del kilómetro 5.

El 31 de diciembre fue funesto para las fuerzas nacionalistas y de suerte para las gubernamentales. Fuerzas de nuestra División tuvieron que relevar a las de la 11 División de Líster, en el sector Concud-San Blas, frente en el que desde el principio de las operaciones se habían librado combates muy sangrientos. Tanto la División de Líster como la nuestra habían empezado a actuar el mismo día 15 de diciembre, y por ello no era razonable esta decisión del alto mando. Ello sembró descontento en las fuerzas de las brigadas 218 y 219, que nuestra División tuvo que situar en línea. Al mediodía se perdieron algunas posiciones y esto, unido a que fuerzas de la 40 División de Carabineros, cuya misión era atacar y eliminar dentro de la plaza los focos de resistencia de los rebeldes, viendo desperdigados a soldados que venían huyendo del frente de Concud, sintieron miedo, creyendo que se trataba de una retirada, y ello originó tal pánico que los carabineros se replegaron a la carretera de valencia, abandonando el casco de Teruel. Muchos de ellos, incontrolados, llegaron hasta La puebla de valverde donde fueron retenidos. Como consecuencia de estos incidentes la plaza de Teruel quedó sin fuerzas republicanas para su defensa. A pocos metros de la ciudad había llegado un Tabor de Larache y otro de los Tercios de Navarra y cuando llegaron al río, sobre las siete de la tarde, a esta hora era tal la oscuridad, tan fuerte la ventisca y la temperatura tan baja, sobre los quince grados bajo cero, que deciden, viéndose encima la ciudad en penumbra, retirarse sin saber que con unos pasos más y sin encontrar resistencia hubiesen contactado con los focos de resistencia que se defendían en el interior de Teruel.

Del 1 al 5 de enero se recuperó el terreno perdido con la colaboración de la II Brigada Internacional de Walter, que eran fuerzas de refresco. Mi División pasó como unidad de reserva al sector Corbalán-Tortajada. En este momento mi capitán es ascendido a comandante, por su eficiente actuación en la ofensiva, al frente de la red de Transmisiones de la División. Me sentí muy ufano de este ascenso ya que en suma yo era su ayudante. El día 7 se rinde el Gobierno Militar y el 8 el Seminario, que era el último reducto de la defensa de Teruel.

El comandante Ródenas y yo teníamos mucho interés por conocer el emplazamiento de la emisora que había funcionado en el interior del Seminario y que hacía unos días que había dejado de funcionar. Nosotros habíamos colaborado con la artillería para darles la probable situación de la emisora por medio de tres aparatos para la localización de sonidos, que nos daban su emplazamiento en uno de los ángulos de los sótanos del Seminario. Por ello, y junto al comisario Herranz, fuimos de los primeros combatientes republicanos que penetramos en el edificio. El relato que sigue a continuación constituye el episodio que más me impresionó en el transcurso de la guerra. Sin duda ese día, lo de humano que uno lleva consigo se rebeló contra el enfrentamiento entre hermanos.

En la explanada exterior, antes de llegar al edificio había unas largas zanjas que seguramente en la lucha hicieron función de trincheras y estaban repletas de cadáveres. Ya en el Seminario destrozado, quedaban a partir del primer piso unos murallones que se mantenían en pie por puro capricho arquitectónico. Los escombros de todo tipo de materiales dificultaban el andar. Se nos apareció una escalera de piedra que accedía al primer piso. Al subir esta escalera, sentados y tumbados en los escalones de la misma, se confundían muertos y heridos. Bajo los efectos de la visión que estaba contemplando, inesperadamente, un herido que estaba en el suelo me cogió con ambos brazos una de mis piernas, solicitándome agua y auxilio. Por lo que le quedaba de uniforme deduje se trataba de un guardia civil y tenía una pierna totalmente destrozada. No le mentí al decirle que sería socorrido de inmediato, ya que detrás, y a simple vista, se veía que llegaban soldados de Sanidad Militar. Aunque el frío palía los malos olores, percibimos un hedor insoportable que se iba acentuando a medida que nos acercábamos a un corredor, al que abocaban múltiples habitaciones muy deterioradas. En una de ellas y desde el pasillo-corredor vimos reunidos a jefes y oficiales de ambos bandos. Alcanzamos una amplia escalera que por su altura dedujimos que descendería al sótano. En efecto, se trataba de un salón inmenso con columnas adosadas a los muros y otras por el centro de la sala. Circundando todo este inmenso local, cada una de las columnas centrales, constituían bancos de piedra. Todos estaban totalmente ocupados por niños, mujeres y ancianos apretujados. El silencio, inverosímil por la presencia de muchos niños, era sepulcral. La palidez de sus caras impresionaba y en algunas personas los ojos estaban cerrados, gesto tan alarmante que llegamos a la conclusión de que estaban muertas. Y así era. Inmediatamente salimos para comunicar la urgencia de asistencia a estas personas y para que la Cruz Roja les atendiese adecuadamente. Tras esta impresionante imagen, poco nos importó dónde estaba situada la emisora que había originado nuestra visita.

Después de tomar totalmente Teruel, mi 68 División pasa a situación de reserva durante unos días y posteriormente actúa aisladamente en algunas operaciones de la batalla de Alfambra. A finales de marzo nuestra compañía pasa agregada al XX Cuerpo de Ejército, mandada ahora por el teniente coronel Francisco Galán, ya que la 68 División deja de pertenecer al Ejército de Maniobras, desplazándose al frente de Extremadura.

Me dan un permiso de varios días y poco puedo disfrutar de la familia, ya que debido a los continuos bombardeos aéreos y por mar, mi padre toma la decisión de desplazarse a picassent, regresando a valencia todos los días a pasar consulta con mi hermano Tomás. Coincidió mi estancia con el bombardeo que afectó a una peluquería de la calle de la paz y al Hotel Inglés. Antes del bombardeo me introduje en el refugio de la plaza del patriarca. Al salir, era tal la polvareda que creí que las bombas nos habían caído encima. Con dificultad me dirigí hacia donde gritaban los transeúntes y llegué a la altura del Hotel inglés, donde en la misma puerta había hecho blanco una bomba originando varios heridos. Casualmente se estaba procediendo al entierro de una persona que había fallecido en el hotel y el féretro estaba en el suelo. Con un guardia de asalto pude socorrer a una mujer herida en una pierna que entre los dos llevamos hasta la plaza denominada popularmente de los patos,4 desde donde en un coche la llevaron al Hospital provincial. Al día siguiente fui a verla y era la esposa del cónsul de un país sudamericano que no recuerdo. Afortunadamente la herida no era grave.

EL FRENTE DE CATALUÑA, ABRIL DE 1938

Sobre el 10 de abril de 1938 los Estados Mayores del teniente coronel Trigueros, que había ascendido como todos los jefes de unidad al grado inmediato superior, y del teniente coronel Galán, somos destinados a Cataluña, concretamente a Solsona, donde se reorganizaron el X y XI Cuerpos de Ejército; el X mandado por Trigueros y el XI por Galán. En esta plaza y estando en periodo de organización, tuve la alegría de encontrar a Sebastián Collar, condiscípulo de estudios en el Instituto Luis vives de valencia. Era sargento de Sanidad Militar y al preguntarle si precisaba algo del Estado Mayor me dijo que estaba muy bien en su destino, al extremo de que estaba propuesto para el ascenso a teniente, lo que ocurrió pocos días después. Automáticamente pasé a ocupar el mismo cargo de ayudante de jefe de Transmisiones pero, en este caso, de Cuerpo de Ejército. Poco tiempo después el puesto de mando del X Cuerpo de Ejército se establece en La Seu d’Urgell.

Como queda dicho, el jefe del X Cuerpo de Ejército era el teniente coronel Trigueros. De él dependían la 24 División, al mando del teniente coronel vivancos –brigadas 19, 133 y 134–; la 34 División, al mando del teniente coronel Sánchez Balibrea –brigadas 68, 94, 218– y la 31 División, al mando del teniente coronel Trueba –brigadas 62, 104 y 134–.

Teniendo que establecer algunas líneas telefónicas permanentes, que quedarían después de la guerra al servicio de los pueblos del entorno, me desplazan al frente de una sección especializada a la zona de la presa de Tremp y, a la altura de Bóixols (Lleida), en una caseta de peones camineros donde estaba emplazado el Estado Mayor avanzado de la brigada, me encontré a Rafael Talón, a quien desde que salí del frente de Madrid no había visto. Rafael hizo el cursillo en la Escuela popular de Guerra, de paterna, y salió con el empleo de teniente de infantería. Agregado al Estado Mayor de esta Brigada, tenía la responsabilidad del Servicio de información Especial periférico (SIEP), cargo que siempre desempeñaban los oficiales de plena confianza del mando. Charlamos de los compañeros de la FUE de Madrid, su dispersión por los distintos frentes, ya que como era previsible habrían acudido a las distintas Escuelas Militares y Comisariado.

Al terminar esta misión y como continuación de la misma, mi comandante me agregó a Transmisiones de la 24 División, mandada por el teniente coronel vivancos, cuya compañía mandaba accidentalmente el teniente Esteban. Mi misión era la misma que hice en el Sector de Tremp y tanto Esteban como yo estábamos contentos de poder pasar unos días juntos. El puesto central de la División estaba en Castell, sin embargo, por una especial característica de las unidades libertarias disponían de un puesto de mando atrasado en La Seu d’Urgell, donde estaba emplazado el Cuerpo de Ejército. Yo me había presentado con mi documentación junto con el teniente Esteban al puesto de Castell pero, al no estar presente el jefe de la División, Esteban me dijo que ya tendría oportunidad de presentarme. Esta presentación era protocolaria, pues siendo el grupo de Transmisiones un servicio independiente y de autonomía propia, el documento de más validez que yo tenía era el extendido por Ródenas, mi jefe inmediato, un oficio de destino adecuado, aunque tenía otro oficio firmado por el teniente coronel Jover, que había sustituido en la Jefatura del Cuerpo de Ejército al teniente coronel Trigueros.

El teniente Esteban tenía su puesto de mando en una pequeña aldea próxima a Castell y al llegar yo con mis hombres establecí allí mi centro de coordinación. El mismo día de mi llegada y de madrugada pararon frente a nuestro puesto de mando un coche y dos motocicletas, que por el silencio de la noche nos sobresaltaron a todos, más aún cuando, para hacer más espectacular su llegada y a la par que frenaban los vehículos, cargaron sus armas de fuego tratando de intimidar al soldado que estaba en la puerta haciendo su servicio de guardia, y que valientemente se apresuró a cerrar la puerta. Esto dio lugar a que nuestros hombres cogiesen sus armas y el teniente Esteban, al frente de todos nosotros, a voces, solicitó su identificación. Un oficial dijo que venía del puesto de mando de la División y venía a detenerme por orden del teniente coronel vivancos. Mi compañero Esteban, que era de ideología anarquista, encontraba muy alarmante y extraña esta manera de actuar, y como conocía al oficial que se había presentado le dijo que le censuraba abiertamente la hora y procedimiento utilizado, por lo que bajo su responsabilidad me acompañaría al puesto de mando de la División, ya que mi situación en su compañía era legal, de acuerdo con los documentos de que yo disponía.

Al llegar a la División todos estaban durmiendo y al despertar a algunos oficiales nadie sabía nada de la actuación de estos hombres y, con el ajetreo que se armó, de improviso salió un capitán a medio vestir que llevaba el símbolo de graduado en Estado Mayor. En efecto, era el jefe de Estado Mayor de la División. Cuando él apareció me llamó la atención que el comandante jefe de operaciones y un capitán que le estaban replicando a Esteban con altivez y vehemencia –factores que no amilanaban la posición y criterio de mi compañero–, ipso facto al ver al jefe del Estado Mayor dejaron de hablar en seco. El capitán dirigiéndose al teniente Esteban preguntó qué es lo que estaba ocurriendo y al ponerle al corriente solicitó se presentase inmediatamente el oficial que tenía orden de detenerme. Al presentarse este oficial le preguntó quién había firmado la orden y le replicó que se la había dado por teléfono el propio teniente coronel vivancos, desde la Seu d’Urgell. Este capitán seguidamente me dijo que como faltaban pocas horas para amanecer, fuese a descansar a la centralita telefónica y que por la mañana y en su coche, él mismo me acompañaría a la presencia del jefe de la unidad.

Al día siguiente en el trayecto hasta La Seu d’Urgell este capitán me dijo que procedía de la escala profesional y su relación tanto con el jefe de la unidad, como con el comisario y otros jefes le resultaba difícil y no podía admitir acciones como la que me afectaba. También me manifestó que suponía que la decisión de vivancos obedecería a cualquier tontería o malentendido, pues mi documentación no podía ser más correcta. Al llegar al chalet donde estaba el puesto central particular de vivancos, de mala forma me despojaron de mi pistola reglamentaria y más o menos a las dos horas de estar esperando me recibió en su despacho muy ufano y todopoderoso. Empezó insultándome llamándome oficialillo de academia y que cuando precisaba de algún oficial era él mismo el que lo elegía. Rompió ante mí los oficios y me condujeron a la prisión civil de La Seu d’Urgell.

Al enterarse el comandante Ródenas de mi detención vino a verme y me rogó no presentase ninguna reclamación, ya que en el Estado Mayor del Cuerpo de Ejército le habían dicho que, como a los dos días la División de vivancos la desplazaban al frente del Segre, se evitaban tener que enfrentarse con él. Yo de muy mala gana accedí.

Esta vivencia me desanimó en mi ingenuo modo de pensar sobre las personas y empecé a reconocer que la politización de las unidades iba a dificultar la victoria de nuestra tan legítima causa, si no se tomaban medidas para la más recta disciplina militar a la que todos estábamos sujetos, según nuestra responsabilidad. Las decisiones unilaterales de militares incontrolados había que atajarlas de inmediato y había que profesionalizarse más militarmente si queríamos ganar la guerra, y esta exigencia tenía que afectar desde los más altos cargos hasta el último soldado.

Estando influenciado por estos sentimientos pensé en presentarme a las oposiciones de Estado Mayor que se habían convocado. Esta decisión le gustó a mi comandante Ródenas, pues existía la posibilidad de que le destinasen a un centro de Transmisiones en Barcelona y, en este caso yo quedaba pendiente de la ratificación de mi cargo, que era de confianza, por el nuevo jefe de Transmisiones del Cuerpo de Ejército. Presenté mi solicitud de examen a la Escuela de Estado Mayor de La Garriga (Barcelona) y por disponer de los requisitos exigidos me la admitieron, teniendo que pasar por un examen en mi Cuerpo de Ejército, que pasé muy justito. Eran estas perspectivas muy interesantes, ya que en el peor de los casos, de no aprobar el curso de cuatro meses para salir diplomado de Estado Mayor, para mí, con 18 años, sería una experiencia para futuras convocatorias, independiente de los conocimientos militares que se adquieren en estos cursillos tan especializados.

Con los preparativos en ciernes para acudir a La Garriga, recibimos en nuestra jefatura la noticia de que desplazaban a la zona pirenaica, en línea de frente, a la III Brigada de Asalto, integrada exclusivamente por Guardias de Asalto de la Generalitat de Catalunya. Obligatoriamente tenía que permanecer en el frente durante el periodo de seis meses. Por tratarse de un cuerpo de seguridad esta Brigada no disponía de transmisiones propias. Se nos comunicaba que teníamos que agregarle a esta Unidad una Compañía de Transmisiones para asegurarles los servicios de comunicación telefónica y su mantenimiento. Nos pusimos en contacto inmediato con la Jefatura de Transmisiones del Ejército del Este, que estaba ubicada en La Garriga, donde yo tenía que acudir a la Escuela de Estado Mayor. Nos contestaron que nos enviaban una Compañía pero que de momento no disponían de oficial adecuado como jefe de la Compañía, pero que nos enviarían un capitán lo antes posible.

Este contacto atípico militar-seguridad podía ser conflictivo, por tanto mi comandante, el comisario y yo tratamos de elegir el oficial que nos mereciese suficiente confianza para que se hiciese cargo de la Compañía. No pudimos conseguirlo, ya que a nosotros tampoco nos sobraba ningún oficial y todos los puestos estaban cubiertos. Decididamente me ofrecí para asumir la dirección de la Compañía. No valieron de nada las protestas de mi comandante Ródenas ni las del comisario Herranz.

Antes de tomar el mando de la Compañía el comandante Ródenas me hizo formar la Compañía, que acababa de llegar por la noche a La Seu d’Urgell, y les notificó que iba a hacerse cargo de la misma un hombre de su total confianza, ya que había sido su ayudante durante un año. Al romper la formación un soldado se me acercó en estos términos:

–Mi teniente ¿es usted de valencia?

–Sí, en efecto.

–Le he reconocido enseguida. Usted es de la FUE y le he visto muchas veces en compañía de Ricardo Muñoz Suay en el local de la calle de la Concordia y también en algunas reuniones en el Instituto Escuela, que venía usted con Fernando Ferraz.

–¿Eres del Instituto Escuela?

–Sí y me llamo Ramón Calpe Blasco. También soy afiliado a la FUE y he pertenecido a la directiva en el Instituto Escuela.

–Me puedes tutear y debes de saber que por este sector hay algunos compañeros de la FUE, entre ellos Collar y Talón. Por ser uno de Medicina y el otro de Filosofía no creo que les conozcas, aunque a Talón por ser plusmarquista en atletismo y jugador del baloncesto puede ser que lo recuerdes.

–Tienes razón, a Talón le tengo muy oído, pero no le conozco personalmente. Quería decirte que al salir esta mañana de La Garriga, el comisario de Transmisiones me dijo que escribiría a esta Jefatura para que me ratificasen como delegado político de la Compañía.

–No te preocupes, pues esta misma noche hablaré con el comisario del grupo de Transmisiones para que nos remita a destino la acreditación oficial.

Había que salir hacia primera línea de frente de madrugada y tanto el comandante Ródenas como el comisario Herranz me agasajaron con una cena de despedida. Transcurrió esta reunión con bromas, recordando anécdotas de los acontecimientos pasados, durante un año en primera línea. Ya a última hora mantuvimos una conversación sin desperdicio, adecuada a nuestra despedida:

Ródenas: Me ha causado muy buena impresión la compañía que han enviado, aunque me hubiese gustado que hubieses podido tener la oportunidad de darle el toque definitivo en instrucción, como lo hiciste con la de la 68. ¿Te acuerdas? Espero que los Guardias de Asalto no te hagan difícil tu misión. Tan pronto pueda pediré un capitán que te pueda reemplazar y conseguirte un puesto en retaguardia, que todos lo tenemos ya bien merecido.

Herranz: A mí también me ha gustado la compañía y ese soldado valenciano de la FUE espero te ayude en la misión. No tanto me ha agradado el teniente que viene en la compañía. Ya nos informarás para catalogarlos adecuadamente.

Ródenas: Te recuerdo nuevamente que vas a tener muchas dificultades con la oficialidad de la Brigada de Asalto, pero ten siempre presente que tanto Herranz como yo estaremos a tu lado para apoyar en el Cuerpo de Ejército las decisiones que tomes. ¿Supongo que no estarás preocupado?

Yo: No, pero me ha llamado la atención la juventud de la mayoría de los soldados de la compañía. Comparándolos con los de la compañía de nuestra Agrupación, son niños.

Ródenas y Herranz ante mi súbita reflexión no pudieron reprimir una descarada y sonora carcajada.

Herranz: Tiene mucha gracia lo que acabas de decir. Muy pocos de ellos tienen tu edad. De los más jóvenes muchos son de la quinta del 40 y muy pocos de ellos son de la tuya del 41, recién incorporada. Creo que te has olvidado que te presentaste voluntario a los dieciséis años. Lo dicho, Juan, creo que tienes una buena compañía.

Lo conflictivo de mi misión se hizo patente tan pronto llegué al puesto de mando avanzado de la Brigada de Asalto, donde yo establecí mi puesto de mando. Nada más llegar el comandante jefe de Estado Mayor me ordenó que tenía que establecer mi puesto central, junto al teniente coronel jefe de la Brigada, que estaba en un pueblecito situado a siete kilómetros en la retaguardia. Esta manera de actuar me servía de anticipo de lo desagradable de mi misión. Y la alternativa la tenía yo muy clara. Acceder sumisamente a los criterios de esta oficialidad o actuar como yo conocía para asegurar las transmisiones de la Brigada. No lo dudé mucho. Olímpicamente le informé de la misión de mi compañía, que estaba agregada con una estructura independiente, de tal modo que yo podía establecer los puestos de mando allí donde la brigada los tuviese y que, a tal efecto, como mi misión primordial era asegurar las transmisiones desde la brigada a los cuatro batallones que estaban en primera línea, y que por tanto, me quedaba allí y al puesto de mando atrasado de la brigada enviaba a un oficial y el mínimo de soldados para que asegurasen el buen funcionamiento de una sola línea de transmisiones, que era la que enlazaba los dos puestos de mando. Al solicitarle que la central telefónica de campaña que tenía en el interior del puesto de mando tenía que funcionar con personal especializado de mi compañía, se negó rotundamente y me advertía que tenía que limitarme a mis centrales exteriores de Brigada a Batallones. No le repliqué lo más mínimo, pero debió deducir que no estaba de acuerdo, y quizás para dar más firmeza a su orden su despedida fue excesivamente disciplinaria.

Esta tensión duró escasamente un día, pues no perdí tiempo, llamando inmediatamente al comandante Ródenas. Éste a su vez transmitió mi reclamación al jefe del X Cuerpo de Ejército, quien por motorista remitió al jefe de mi Brigada una orden escrita, tajante, de que se atuviese, en cuanto al servicio de Transmisiones, a facilitar al jefe de este servicio su obligado cumplimiento. Esta orden sorprendió visiblemente a los jefes de servicio y de Estado Mayor de la Brigada de Guardias de Asalto.

En realidad yo tenía un contacto más directo con el jefe de Estado Mayor, ya que jamás pernocté en el puesto retrasado de la unidad. Alguna rara vez surgió algún pequeño enfrentamiento y en realidad hubo un ten con ten, para evitar tensiones. Como de tonto no tenía nada conoció por su servicio de información que yo había pertenecido, durante un año, siempre en línea de frente, al Estado Mayor, primero de Trigueros y después de Jover. Esta continua relación nos permitió conocernos más a fondo y la mala impresión que me causó, por el recibimiento que recibí al llegar, fue difuminándose a medida que por sus comentarios bélicos y políticos deduje era un profesional adicto a la República. Esta lealtad quedó más tarde de manifiesto al traspasar la frontera francesa, pues tanto él como el jefe de la Brigada se quedaron en Francia y supimos que ambos pertenecían a la secta masónica catalana.

A principios de enero de 1939 las noticias que se recibían de los distintos frentes de Cataluña eran muy alarmantes y nos llegaban por nuestras propias líneas telefónicas, ya que carentes de prensa los comunicados que daban por radio las autoridades republicanas eran muy confusos. Las fuerzas que habían participado en la ofensiva sobre el Ebro, las mejores unidades de nuestro ejército, que habían intervenido en los frentes de Madrid, Guadalajara, Aragón, Teruel, Ebro y Segre, se encontraban muy desgastadas y empezaba a cundir el malestar al no ser relevadas escalonadamente. Se tuvo que recurrir a improvisar unidades con personal muy joven junto a mayores. El 15 de enero cae en manos de los nacionales Tarragona y conociendo que no hubo ninguna resistencia, ya era previsible que el ataque a la ciudad de Barcelona era cuestión de días. El 23 de enero, al sur de nuestro sector correspondiente al X Cuerpo de Ejército, se pierden las posiciones de Bóixols, isona y Abella de la Conca, donde yo había estado unos días con mi compañero del Batallón de la FUE, Rafael Talón. En nuestro frente la línea estaba trazada por picos montañosos con trincheras atípicas que invitaban, por su enorme peligro, a mantenernos en estado de frente estable, con intercambio esporádico de algún tiroteo, que servía para ratificarnos que cada uno estábamos en el mismo lugar. Aunque en este crítico momento no nos atacaron percibíamos ya el olor de la derrota, que se hizo más aguda al conocer la pérdida de Barcelona, sin combatir y con desorden el 26 de enero. Este mismo día en el sur de nuestro sector se perdió también Coll de Nargó (Lleida).

En la población de Alins, próxima a mi puesto de mando, a la que yo acudía con alguna frecuencia, tenía muchas simpatías entre los vecinos, pues en un fuerte temporal de nieve nosotros estuvimos cerca de diez días incomunicados y desde la población, con gran voluntad y peligro nos trajeron carne lanar y cereales de sus cosechas. Al recibir la Compañía nuestro suministro me mostré agradecido y generoso obsequiándoles con arroz, lentejas, aceite, alimentos difíciles de conseguir para ellos. El alcalde que tenía la única taberna y posada del pueblo era mi mejor amigo. Sobre el 1 de febrero de 1939, me dijeron que gran parte de los vecinos de Alins se iba a evacuar a Andorra. Por la noche me presenté allí para conocer más de cerca la situación. Por la mañana mi Brigada me ordenó hacer los preparativos para abandonar nuestras posiciones y dirigirnos ordenadamente a La Seu d’Urgell. Esta orden nos sorprendió pues en el Estado Mayor y a la vista de la gravedad de la situación militar, como nos encontrábamos a un paso de la frontera andorrana, nos imaginábamos que era por este trayecto que pasaríamos la frontera. La orden era totalmente distinta pues teníamos que retroceder hasta La Seu d’Urgell.

Al llegar a Alins, en efecto, gran parte de la población se preparaba para cruzar la frontera andorrana, con los caballos repletos de maletas y utensilios diversos. El alcalde me dijo que se habían puesto de acuerdo para que todas las familias que se evacuaban dejasen a algún familiar, con la intención de regresar tan pronto se supiese que no les iba a ocurrir nada, no habiendo nadie en el pueblo que se hubiese significado socialmente. Seguramente el más comprometido era el alcalde y algún familiar suyo. Estaba justificada la evacuación, pero como el temor es tan contagioso todos se decidían por la aventura. Me invitó a pasar la frontera con su familia aduciendo lo absurdo que era retroceder, con el peligro que suponía en sí una retirada y sus consiguientes bombardeos y ametrallamientos, que era el medio más utilizado por las fuerzas franquistas. Le argumenté que me tenía que atener a la disciplina militar y pasar la frontera con mi unidad. Por otra parte, la guerra aún no había terminado y precisamente nuestra unidad, entre otras, tenía la misión de proteger la retirada de las fuerzas con orden. En el comunicado de nuestro X Cuerpo de Ejército especificaba claramente que junto a lo que quedase del XI y XVIII Cuerpos de Ejército debíamos ir sobre puigcerdà y Camprodón, cruzando en último lugar, cuando lo hubiese realizado el resto de las unidades del Grupo de Ejércitos de la Región Oriental (GERO). También se indicaba en la orden superior que nuestra brigada, por tratarse de fuerzas de seguridad, tenía que replegarse sin perder el contacto con las fuerzas enemigas y ofrecer resistencia cuando intentasen avanzar a mayor ritmo que el que nos interesaba a nosotros, para evitar que se originasen bolsas estratégicas.

Al llegar a Seu d’Urgell encontré la ciudad bastante distinta a como la había dejado meses antes. Había sido una plaza muy animada por militares ya que había sido la sede del X Cuerpo de Ejército y por ello frecuentada por los que pasaban en tránsito para incorporarse a las unidades de rango inferior situadas en el frente y también de obligada estancia para los que salían de permiso. Ahora el ambiente era tenso y trágico a la vez, donde deambulaban y se mezclaban los paisanos y militares, ya que el éxodo de la población civil iba originando una larguísima caravana de hombres ancianos, mujeres y niños que junto a los militares constituían la zona pirenaica republicana en retirada.

Sobre el 5 o 6 de febrero, las fuerzas mandadas por Muñoz Grandes alcanzan las puertas de Seu d’Urgell y nuestra Brigada de Asalto se atiene, desde este momento, a las instrucciones de repliegue ordenado por el GERO de no perder nunca el contacto con el enemigo, lo que origina una marcha muy lenta y llena de peligros por los ataques frecuentes de la aviación enemiga.

El trayecto hasta Puigcerdà lo hice a pie al frente de mi compañía, sin que entre mis hombres hubiese ninguna deserción, lo que resultaba muy fácil sencillamente quedándose escondido en el campo esperando la llegada del enemigo. Yo sabía que entre mis hombres, al llegar a la frontera y pasar a Francia, algunos se volverían inmediatamente, pues como todos eran movilizados por sus quintas, no tenían responsabilidades políticas. Como tenía conocimiento de que en la mayor parte de las unidades los abandonos eran muy frecuentes me sentía muy satisfecho de la sinceridad de mis soldados, ya que se atrevían a decírmelo claramente. Algunos me decían:

–Mi teniente, sabes lo que están haciendo muchos soldados por temor a los bombardeos y ametrallamientos que nos están infligiendo intensamente los franquistas en estos lamentables momentos del fin de la guerra en Cataluña. Yo desapruebo y considero criminales estos ataques sobre las columnas humanas de mujeres y niños y te aseguro que no abandonaré la compañía.

De este modo mis hombres se portaron dignamente, e independiente de su modo de pensar ideológico, siempre les habrá quedado en su fuero interno en el transcurrir de los años, la satisfacción de haber sido fieles a la bandera republicana a la que habían prometido fidelidad. Creo sinceramente que todos mis hombres me apreciaban y me lo demostraron en muchas ocasiones cuando surgieron incidencias como consecuencia de nuestra labor en el frente, con frecuentes tempestades de nieve que originaban muchísimas averías en nuestras líneas telefónicas. En muchas ocasiones y por la noche se tenía que movilizar mucho personal para estas reparaciones y era frecuente regresar un grupo de hombres y tener que salir inmediatamente para otras averías. En estos casos no daba órdenes y lo pedía por favor, incluso a veces yo mismo les acompañaba en contra de su voluntad. El delegado político de la Compañía, Ramón Calpe, fue un excelente combatiente y en él tuve un admirable colaborador. Desde un principio, al llegar al frente, les obligué a que me tuteasen y esta confianza en ningún momento alteró el respeto que me debían. Otro detalle significativo consistió en interesarme por la marcha pesada que tuvimos que soportar desde La Seu d’Urgell hasta puigcerdà. Yo disponía de un caballo y este siempre iba cabalgado por alguno de mis soldados y a veces dos, según el agotamiento de algunos, independiente de maletas y macutos. Me viene ahora a la memoria cómo pude tener un caballo.

En mi época de ayudante del comandante Ródenas y estando realizando una inspección de rutina en el frente de piedras de Aholo (Lleida), terreno muy rocoso de grandes precipicios, me encontré totalmente aislado, como perdido, un caballo con su correspondiente silla de montar. Era alto, de pelo negro brillante, de excelente lámina, estilo inglés. Lo tomé y nadie lo reclamó aunque por La Seu d’Urgell lo utilizaba para mis desplazamientos. Como en la Escuela popular de Ingenieros, en villarreal, las Transmisiones era cuerpo montado, había realizado un curso muy intensivo de equitación y ello me incitó a disfrutar de este ejercicio. Al destinarme a la Brigada de Guardias de Asalto me lo llevé. En las alturas pirenaicas mi caballo de raza no estaba en su elemento. Un día un campesino catalán me enseñó un caballo del terreno, de pelo canelo, bajo de patas y por tanto menos estilizado que el mío. Me lo enseñaba con la pretensión de cambiármelo por el mío, como vulgarmente se dice, pelo a pelo. Me sentí ofendido por la oferta y se lo dije.

El campesino: No se enoje por mi propuesta. En efecto, su caballo es de limpia estampa, pero como cuando usted lo monta le veo más tiempo en el suelo que sobre el lomo del caballo…

Tenía razón este payés. Teniendo casi siempre la nieve permanente, resbalaba con mucha facilidad y por ser los precipicios de profundidades impresionantes lo montaba con mucho temor. Me propuso dejarme su caballo tres o cuatro días para probarlo. Accedí y cual no fue mi sorpresa al conocer la ventaja de tener un caballo que sabía subir, bajar, se conocía todos los caminos y, aunque parezca absurdo, también sabía patinar, cuando bajando por los caminos la nieve se había convertido en hielo. Por seguridad de mi integridad física me quedé con él.


Juan Marín y José Huguet, en 1936, con 16 años, recién incorporados al Batallón de la FUE. AFM.


En Alicante con el distintivo de la FUE en el uniforme, 1936. AFM.


Cuartel de Benalúa (Alicante) 1936. De izquierda a derecha: Fernando Ferraz, José Huguet, Juan Marín, Rafael Bonet, Enrique Talón, Rafael Izquierdo, Rafael Talón, Francisco Canet y Luis Galán. AFM.


Cuartel de Benalúa, 1936. De izquierda a derecha: José Domingo, José Orozco, Ricardo Muñoz Suay, Fernando Ferraz, Rafael Talón y Luis Galán. AFM.


Rafael Izquierdo, Juan Marín y José Huguet. AFM.


Juan Marín y José Cantó. Benalúa 1936. AFM.


De izquierda a derecha: Baltasar Bonet, Juan Gómez, Enrique Talón, José Orozco, Martí Talón y Fernando Ferraz. AFM.


Junto a Ricardo Muñoz Suay, cuando actuaba como su secretario en la UFEH. Esta foto la tomó su hermano Vicente en marzo de 1937. AFM.


Nombramiento oficial Teniente de Ingenieros – Transmisiones. Noviembre de 1937.


Recién salido de la Escuela Popular de Guerra, 1937. AFM.


Frente de Tremp (Lérida), organizando la red de transmisiones con mi compañía, 1938. AFM.


En Pons (Lérida) en el frente de Cataluña, 1938. AFM.


Milly (Auxerre), trabajando como agricultor. A la izquierda el amigo Solá y su esposa, marzo de 1940. Juan Marín agachado con boina sosteniendo un niño. AFM.


En el campo de concentración de Vernet d’Ariège con Ramón Calpe después de la retirada del Ejército de la República, 1939. AFM.


En París cuando trabajo con mi amigo Pinsot, 1940. AFM.


Activistas refugiadas: Margarita y Paquita con sus hijos, París, 1940. AFM.


Recién llegado a Frankfurt, 1941. AFM.


Con Juan Soria y un amigo alemán (centro), Frankfurt, 1941. AFM.


Certificado de Käpernick para solicitar la cartilla de alimentación, Frankfurt, 1941. AFM.


Trabajando de enfermero en el Hospital Psiquiátrico de Santa Ana de París, en uno de los pabellones alemanes, 1942. AFM.


Juan Marín con bata blanca junto a internos alemanes del Hospital Santa Ana, 1942. AFM.


Informe de estancia en la prisión de la Santé por infracción de la ley 26-9-1939 por la que son prohibidas las organizaciones comunistas en Francia.


Juan Soria y Paquita Velas en la puerta de su casa, estafeta del aparato de propaganda en París, 1942. AFM.


Antonia Olmos y Concha Marín, Valencia, 1943. AFM.


Antonia y Dorita Soria, 1943. AFM.


Los componentes del Servicio de Información de la Intervención Territorial del Quert. Agachado en el centro, un mehani con el gorro típico y la chilaba, 1945. AFM.


Componentes del Servicio de Información de la Intervención Territorial del Quert en Villa Nador. Juan Marín es el primero por la izquierda. AFM.


En primer término Ramón Izquierdo, Villa Nador, 1945. AFM.


Novillada cómica. Fiesta patronal de Villa Nador. Llegando a la plaza vestido de inglés y un amigo catalán haciendo de mujer para hacer el paseíllo. AFM.


Jurado, Marín y Zarco en Madrid, 1944. AFM.


Toñi en 1944. AFM.


Salvoconducto de Toñi como esposa del “funcionario” Juan Marín. Noviembre de 1945. AFM.


En los Viveros con Toñi recién comprometidos. Marzo de 1945. AFM.


En Zaragoza con Toñi y mi hija Alicia. AFM.


Toñi y mi hijo Paco, Zaragoza, 1949. AFM.


De izquierda a derecha: Marín, Mortes y Alonso. Zaragoza, 1950. AFM.


Mi padre Juan Marín Palop, 1956. AFM.


Mis padres con mi hermana Concha. AFM.


En la sección de óptica de la Farmacia Cañizares. AFM.


En la consulta de la calle de la Nave junto a mi padre y mi hermano Tomás. AFM.


Mis hijos y algunos primos en 1960. En primera fila Belia, Viki, Eva, María José. Segunda fila Marianti, Paco, Elvirín. En tercera fila Alicia y al fondo la tía Conchín y la tía Mariví. AFM.


Recibiendo el título de Óptico Diplomado de D. Mariano Aguilar, catedrático de Física-Óptica de Madrid. 47 años después será intervenido de cataratas en la consulta de mi hijo y al enseñarle esta foto me la dedica muy afectuosamente. AFM.


Con Mariano Hurtado, 1964 recordando el paso de la frontera.


Con Pepe Royo y Rafael Talón en Las Arenas, 1960. AFM.


Artículo sobre los héroes del Lycée Buffon aparecido en France-Soir en diciembre de 1959 y que he guardado desde entonces junto con el sello de correos conmemorativo que se emitió. AFM.


Con Toñi en la óptica de Los Centelles a mediados de los 70. AFM.

1 En 1939 embarca en el Stanbrook. Posteriormente se dirige a la URSS y allí, junto a su esposa, Mª Paz Lecea López de la Osa, imparte clases de español en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Moscú. En 1955 la pareja se traslada a China y allí son responsables de la formación de la primera generación de hispanistas chinos en la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing.

2 Luis Galán, Después de todo. Recuerdos de un periodista de la Pirenaica, Barcelona, Anthropos, 1988.

3 Sede de la FUE valenciana durante la guerra civil.

4 Plaza Rodrigo Botet.

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