Kitabı oku: «Gabriel García Márquez. Nuevas lecturas»

Yazı tipi:



Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia

Gabriel García Márquez : nuevas lecturas / Juan Moreno Blanco, ed. -- 1a ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena ; Bogotá : Universidad de la Salle ; Madrid, Esp. : Ediciones Doce Calles, 2020.

(Humanidades y artes. Literatura y estudios literarios)

Incluye datos de los autores. -- Contiene referencias bibliográficas al final de cada artículo.

ISBN 978-958-746-309-5 -- 978-958-746-310-1 (pdf) -- 978-958-746-311-8 (epub)

1. García Márquez, Gabriel, 1927-2014 - Crítica e interpretación 2. Novela colombiana - Historia y crítica - Siglo XX I. Moreno Blanco, Juan, ed. II. Serie.

CDD: Co863.44 ed. 23

CO-BoBN- a1061359

Primera edición, septiembre de 2020

© UNIVERSIDAD DEL MAGDALENA

Editorial Unimagdalena

Carrera 32 No. 22 - 08

(57 - 5) 4381000 Ext. 1888

Santa Marta D.T.C.H. - Colombia

editorial@unimagdalena.edu.co

https://editorial.unimagdalena.edu.co/

© UNIVERSIDAD DE LA SALLE

Ediciones Unisalle

Cra. 5 No. 59A-44

(57 - 1) 348 8000, Ext. 1224

Bogotá, D.C. - Colombia

edicionesunisalle@lasalle.edu.co

https://ediciones.lasalle.edu.co/

© EDICIONES DOCE CALLES

Calle de la Ribera, 36, 28300

Aranjuez (Madrid - España)

(+34) 918 922 234

edicion@docecalles.com

https://docecalles.com/

Colección Humanidades y artes, serie: Literatura y estudios literarios

Diagramación: Doce Calles

Fotografía de portada: Indira Restrepo

Corrección de estilo: Steven Alejandro

Santa Marta, Colombia, 2020

ISBN: 978-958-746-309-5 (impreso)

ISBN: 978-958-746-310-1 (pdf)

ISBN: 978-958-746-311-8 (epub)

DOI: 10.21676/9789587463095

Hecho en Colombia - Made in Colombia

El contenido de esta obra está protegido por las leyes y tratados internacionales en materia de Derecho de Autor. Queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio impreso o digital conocido o por conocer. Queda prohibida la comunicación pública por cualquier medio, inclusive a través de redes digitales, sin contar con la previa y expresa autorización de la Universidad del Magdalena, Universidad de La Salle y Ediciones Doce Calles.

Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores y no compromete al pensamiento institucional de la Universidad del Magdalena, Universidad de La Salle y Ediciones Doce Calles, ni genera responsabilidad frente a terceros.

Índice

Prólogo

Fidel Castro y Gabriel García Márquez o la política y las letras en Hispanoamérica

Ariel Castillo Mier

Cien años de soledad en el contexto de las negociaciones de paz

Diógenes Fajardo Valenzuela

García Márquez y un mundo que declina

Piedad Bonnett

Cuando la crónica reporta la leyenda: La Sierpe como posibilidad de un mundo cerrado hoy

Carlos-Germán van der Linde

El periodismo entendido en clave política: compromiso y denuncia en Gabriel García Márquez

Moisés Limia Fernández

La subversión del proyecto de nación en Cien años de soledad

Elizabeth Montes Garcés

La cuestión de la raza en Cien años de soledad

Adelaida López-Mejía

Macondo leído según Nietzsche: una aproximación al tiempo y la historia en Latinoamérica

Hernando A. Estévez Cuervo

El primer año de Cien años de soledad

Álvaro Santana Acuña

La música en El amor en los tiempos del cólera

Marco Katz Montiel

Bayardo San Román, narcotraficante: una ida y vuelta de Crónica de una muerte anunciada a la narconovela

Kristine Vanden Berghe

El viaje: Europa versus América en Doce cuentos peregrinos

María Isabel Martínez

Cervantes y García Márquez: una tentativa de comparación

Álvaro Bautista-Cabrera

Gabriel García Márquez: heredero de FranÇois Rabelais

Hernán Toro

El mundo religioso en García Márquez

Carmiña Navia Velasco

Invenciones garciamarquianas del criollo en Cien años de soledad y en Del amor y otros demonios

Juan Moreno Blanco

Autores

A la memoria de Carlos Rincón, Maestro


Prólogo

El presente libro misceláneo, compuesto por ensayos inéditos y publicados en la última década, propone al lector claves contemporáneas de lectura de la obra garciamarquiana. Estas claves se alejan de la valoración exótica o exotista del escritor colombiano tan frecuente en el siglo xx y se relacionan más con la diversidad de contextos culturales, históricos, crítico-literarios, políticos o escriturales, cuyo fragor acompañó o motivó esta escritura.

Si aceptamos el principio de que cada época tiene su propia recepción de una obra, los ensayos aquí reunidos pueden dar indicio de las miradas, las perspectivas conceptuales, las coyunturas y las problemáticas suscitadas en esta segunda década del siglo xxi por un autor que sigue siendo tan central en el horizonte de la literatura latinoamericana y mundial.

Ariel Castillo, Diógenes Fajardo Valenzuela y Piedad Bonnett hacen su lectura desde los contextos latinoamericano y colombiano que sitúan, y resignifican, la creación del Nobel colombiano en entramados muy precisos; los estudios de Carlos-Germán van der Linde y Moisés Limia sobre los géneros crónica y reportaje, nos recuerdan la gran importancia de la dimensión periodística de la escritura de García Márquez; sobre Cien años de soledad Elizabeth Montes Garcés, Adelaida López-Mejía, Hernando Estévez Cuervo y Álvaro Santana Acuña adoptan ópticas valorativas desde la perspectiva crítica de lo poscolonial, la mirada de género, la lectura filosófica y, gracias a una profunda investigación documental, su recepción crítica e impacto singular en el mercado del libro; los enfoques de Marco Katz Montiel y Kristine Vanden Berghe de El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada, respectivamente, revelan niveles de sentido y motivos estéticos y socioculturales que solo agudas claves de lectura podían lograr surgir en esta poética narrativa; María Isabel Martínez se concentra en los temas del viaje y la percepción latinoamericana de Europa que nos permiten ver la singularidad de Doce cuentos peregrinos dentro de la narrativa breve de nuestro autor; Álvaro Bautista Cabrera y Hernán Toro desde la perspectiva comparatista abordan dos de las influencias literarias presentes en la narrativa garciamarquiana; Carmiña Navia Velasco Velasco elucida, y relativiza, la importancia del ámbito religioso en los personajes y las tramas de García Márquez; por último, en una mirada que compara la infancia criolla en Cien años de soledad y en Del amor y otros demonios, propongo valorar a estos personajes por su lejanía y cercanía con las pertenencias culturales del autor magdalenense.

Estas lecturas vuelven a mostrarnos que la inagotable figura central de la cultura colombiana, a pesar de su desaparición física, seguirá dándonos con el paso de las décadas nuevos matices, pliegues y profundidades del sentido de su obra a través de la cual comprendemos mejor nuestra historia y nuestro presente.

Juan Moreno Blanco


Fidel Castro y Gabriel García Márquez o la política y las letras en Hispanoamérica

Ariel Castillo Mier

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso…

Gabriel García Márquez.

«El último viaje del buque fantasma»

… contra un hombre invencible no

había más armas que la amistad

Gabriel García Márquez

El otoño del patriarca

–No me gustan los que pierden el poder

Gabriel García Márquez

citado en Franqui (2006, p. 370)

Polémicos los dos, pero casi siempre triunfadores, tras una ardua vida en la que se ganaron la gloria a puro pulso; capaces ambos de generar amores y odios extremos, pero también merecedores del reconocimiento universal, Fidel Castro Ruz y Gabriel García Márquez fueron, sin duda, cada uno en su campo respectivo, la política y las letras, los hispanoamericanos más importantes y populares en el siglo xx.

Blanco y alto, imponente y apuesto, hijo de latifundista, nacido en el año de uno de los ciclones más devastadores de la historia de Cuba, Fidel Alejandro Castro, tras más de un lustro de lucha contra la trágica tiranía batistiana y su horror de torturas, desapariciones y asesinatos de miles de jóvenes, entró en La Habana el 8 de enero de 1959, de manera apoteósica, liderando una banda de (doce) barbudos vestidos de verde oliva y con puros encendidos, que bajaban, en jeeps, de las montañas de la Sierra Maestra, hasta entonces clandestinos. De la guerra de las balas se pasaba a la ofensiva de las imágenes mediáticas, bajo el acoso de fotógrafos, reflectores, reporteros, cámaras de cine y televisión.

Dictador mulato de estirpe campesina, que había pasado de machetero de la United Fruit Company a sargento, a taquígrafo, a millonario mundial, a presidente, caído en desgracia con los Estados Unidos, que le cerraron el suministro de armas, debiendo entonces apelar apurado a los fusiles arcaicos que le mandó su colega dominicano Leonidas Trujillo, el «negro» Fulgencio Batista y Zaldívar –a quien, por su origen, la clase alta de La Habana no lo dejaba entrar al Country Club–, desmoralizado, se negó a combatir y, para sorpresa de la burguesía cubana, los políticos, la Iglesia, el ejército y la misma embajada norteamericana huyó a Santo Domingo, sin olvidarse, por supuesto, de los numerosos baúles repletos del dinero saqueado al tesoro público con el cual había amasado una fabulosa fortuna.

A partir de entonces, la figura joven, deportiva y dinámica de Castro, con aires de héroe griego, impuso, apoyándose en el poder de los medios masivos, su porte soberbio de barbas vehementes, habano humeante, botas castrenses, pistolones mellizos y uniforme de campaña, como ícono del revolucionario, y se convirtió no solo en un hito con ribetes homéricos en la historia de América Latina, sino que también alcanzó una trascendencia continental y planetaria, en plena Guerra Fría, y mucho después.

Asimismo, la pequeña nación antillana, «ochenta y cuatro veces más pequeña que su enemigo principal» (García Márquez, 1988, p. 27), los potentes y grandes Estados Unidos, se volvió noticia mundial y atrajo la atención hacia un continente ampliamente desconocido, aunque minuciosa y persistentemente explotado. La Revolución generó una transformación profunda en la vida de Cuba –el hundimiento de viejos privilegios y jerarquías, la resurrección de los ideales de justicia, democracia, educación e igualdad– y la esperanza en el inicio, por fin, de la era de dignidad, independencia y libertad, frustradas desde la independencia de España. El país pasó pronto de pintoresco «burdel de negros», paraíso de la rumba y patio trasero de los potentados gringos, a protagonista de la política mundial gracias a su fresca propuesta de revolución. Como reacción contra el bloqueo económico de los Estados Unidos, Cuba se erigió, desde 1962, en promotora del asalto armado al poder, en diversas partes de América Latina, a través de los focos guerrilleros que se gestaban en los recintos universitarios.

Por otra parte, a partir de 1960, la Revolución cubana lideró, desde la Casa de las Américas, un proyecto cultural orientado a fortalecer la conciencia de la identidad latinoamericana, frente a la penetración extranjera, mediante la organización de congresos, festivales y concursos, la reedición comentada de sus autores clásicos en la Colección Literatura Latinoamericana y las recopilaciones, en la serie Valoración Múltiple, de estudios críticos sobre la obra de Rulfo, Onetti, Guillén, Carpentier, García Márquez y Lezama Lima. Esta propuesta contribuyó eficazmente al descubrimiento de otra revolución que venía madurándose, desde finales de los años cuarenta, en diversas capitales de América Latina: el boom de la novela latinoamericana, cuyo momento culminante lo constituyó la publicación en 1967 de Cien años de soledad, obra que logró el suceso casi milagroso de situar en el centro de la literatura mundial a una tradición literaria periférica, vista hasta entonces como la expresión incipiente y primitiva de países tropicales en los que muchas realidades carecían de nombre.

Esta novela, que encumbra a Gabriel García Márquez como el máximo representante del boom, a través de un relato mitológico fundacional en el que se integran lo extraordinario y lo cotidiano, la belleza de la poesía y la violencia de la historia, al romper con la rigidez cronológica, la visión maniquea y otros prejuicios del realismo social, consolida una nueva interpretación literaria de América Latina. Apoteosis de la imaginación, espejo en el cual el continente americano ve reflejada su verdadera cara, Cien años de soledad al adoptar la perspectiva de la cultura popular y los usos de la oralidad, integrándola a los grandes mitos occidentales grecolatinos y bíblicos, las crónicas de Indias, Las mil y una noches y las lecciones de Rabelais, Faulkner, Hemingway, Borges, Carpentier y Rulfo, entre otros modelos, posee la virtud de llegar tanto a un público masivo como a la élite de los entendidos.

Clave en la consolidación del boom de la novela latinoamericana, la Revolución cubana lo fue también de su fractura y su disolución final: primero, a raíz del caso del poeta Heberto Padilla, apresado en 1971 y forzado a redactar una denigrante autocrítica que trajo a la memoria mundial los dolorosos episodios del estalinismo con los disidentes; y, luego, por el respaldo público de Castro a la invasión de Checoslovaquia.

Las vidas paralelas de Castro y García Márquez pueden servirnos para explorar un tema inagotable que se reitera, con algunas variantes, en la historia de la América Latina, desde las vísperas de la independencia: el de las relaciones entre la lucidez de las letras y el pragmatismo de la acción política1.

En sus inicios, sin partido comunista, con alegría y ritmo de rumba y son cubano, habanos y maracas, bongós y tiradas de caracoles, nacionalismo independentista y materialismo esotérico, la Revolución Cubana proyectó una ilusión de pluralidad y autonomía política para la América Latina, que pronto se desvaneció. En contraste, la narrativa del boom, con García Márquez como su representante emblemático, logró la afirmación plena de ese proyecto de búsqueda de una expresión americana planteada por los románticos, pero iniciada, en realidad, por los modernistas.

Itinerario de una amistad

En su libro Redentores: ideas y poder en América Latina, el ensayista mexicano Enrique Krauze (2011) afirma: «No hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración, fidelidad, servicios mutuos y convivencia personal al de Fidel y Gabo» (p. 363). No obstante, pese a la contundencia de esa afirmación es preciso aclarar que la relación entre estos dos colosos de la historia latinoamericana no se dio de manera fácil: fue la culminación de un largo proceso que se remonta a 1948 y solo comienza a consolidarse hacia 1975, poco después de la publicación de El otoño del patriarca.

El 9 de abril de 1948, en Bogotá, cuando Castro organizaba el Congreso de Estudiantes Latinoamericanos como alternativa frente a la Conferencia Panamericana y García Márquez comenzaba a ganarse el reconocimiento nacional con la publicación, en la prensa capitalina, de sus primeros cuentos, los dos jóvenes coincidieron, sin encontrarse, en el caos de incendios, saqueos, sangre y muerte en el cual quedó sumida la ciudad a raíz del asesinato a balazos del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Las lecciones de esa experiencia trágica fueron diversas para cada uno: mientras que Castro aprende la necesidad de la organización colectiva para conducir la energía de cambio de un país inconforme, García Márquez se ve obligado a regresar a su tierra natal, en una suerte de viaje a la semilla que lo reencuentra con sus orígenes caribeños y le permite descubrir el material y la perspectiva genuinos para la edificación de su obra que, mediante un giro radical, pasará de los cuentos fantásticos de corte kafkiano a la certera invención del mundo mítico de Macondo.

Aproximación y rechazo iniciales: choques con comunistas y exiliados

Gabo tenía noticias concretas de Castro y la Revolución desde 1956, en sus años de hambre parisinos, cuando los latinoamericanos en el exilio vivían pendientes de la caída de los dictadores que gobernaban sus países: Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), en Colombia; José Manuel Odría (1948-1956), en Perú; la familia Somoza (1934-1979), en Nicaragua; Rafael Leónidas Trujillo (1920-1961), en República Dominicana; Fulgencio Batista (1952-1959), en Cuba, y Marcos Pérez Jiménez (1953-1958), en Venezuela. Por esa época, el poeta de vuelo popular Nicolás Guillén le habló de un abogado, joven y loco, en quien los cubanos tenían fincadas sus esperanzas de libertad y, desde entonces, García Márquez comenzó a seguirle la pista al líder revolucionario.

En enero de 1958, al redactar un balance de lo ocurrido el año anterior, al que denominó «El año más famoso del mundo», García Márquez le dedicó un apartado a la inminente partida de Batista del poder, en el que se refirió también al joven abogado cubano que «conoce la estrategia mejor que los códigos» (García Márquez, 2015a, p. 543). Y el 18 de abril, García Márquez, a partir de una entrevista a Emma Castro, hermana del comandante cubano, publicó en la revista venezolana Momento el reportaje «Mi hermano Fidel», en el que destacaba sus habilidades como cocinero de espaguetis, sus dotes de deportista, su familiaridad con las armas de fuego, su afición por la cacería, su puntería de buen tirador, su disposición a la escucha y el paso paulatino del «bigotillo lineal y un poco afectado de los enamorados antillanos» a su «barba mesiánica» (p. 594).

El 31 de diciembre de 1958, al subir las escaleras hacia su apartamento en Caracas, García Márquez y Mercedes escucharon, antes de la hora del fin de año, un alboroto de bocinas de automóviles, campanas de iglesia y sirenas de fábrica y taller y, al recordar que no disponían de un radio para informarse, incrédulos ante la posibilidad de un nuevo golpe militar en Venezuela, debieron devolverse y bajar para averiguar qué ocurría. Se enteraron entonces, por la portera portuguesa del edificio, que en Cuba había caído Batista. Al día siguiente, cuando se produjo la entrada triunfal de Castro y su cortejo en La Habana, Gabo y su compadre y jefe Plinio Apuleyo Mendoza celebraron esa esperanzadora victoria con cervezas vestidas de novia.

El 18 de enero del 59, le avisaron a García Márquez del vuelo nocturno de un avión cubano que llevaría a La Habana a los periodistas interesados en asistir como observadores internacionales de los juicios públicos contra los partidarios de la dictadura de Batista, implicados en crímenes de guerra, la denominada «Operación Verdad», una estrategia de Fidel Castro para desmentir las alarmas de la prensa norteamericana acerca del baño de sangre que estaba ocurriendo en Cuba y contrarrestar la imagen negativa de la revolución, a raíz de los casi seiscientos fusilamientos de los esbirros batistianos, casi siempre sin juicio previo, en ese célebre –y celebrado– enero. García Márquez aceptó sin dudar y viajó el 19, por la mañana, incluso sin documentos –se identificó con un recibo de lavandería caraqueña donde figuraba su nombre–, en un avión con sobrepeso que debido a una tormenta tropical debió aterrizar de emergencia en Camagüey. Allí García Márquez, de pie, pudo ver de cerca, por primera vez, y a solo tres personas de distancia, al comandante Castro, quien acababa de descender de un helicóptero para explicar la operación. Esa noche, García Márquez se llevó el susto de su vida al sentirse encañonado por la espalda, pues lo habían confundido con un infiltrado, pero pronto se aclararon las cosas. Al periodista lo impresionó la preocupación puntual del comandante por detalles de la vida cotidiana como la falta de pollo para la alimentación de los visitantes en el aeropuerto. Al día siguiente asistió, junto a Plinio Mendoza, al juicio de Jesús Sosa Blanco, en la Ciudad Deportiva. Ese viaje, de solo cuatro días, selló su adhesión a la revolución.

De vuelta a Venezuela, tanto Plinio como García Márquez, contagiados de la euforia revolucionaria cubana, comenzaron a pensar en vincularse de manera activa a ese proyecto histórico. La ocasión propicia se presentó cuando el Che Guevara encargó al periodista argentino José Ricardo Masetti de la dirección de Prensa Latina, una agencia de noticias creada para neutralizar la desinformación de las agencias norteamericanas e internacionales sobre los sucesos de la revolución.

García Márquez trabaja para Prensa Latina, en Bogotá, en 1959 y, en 1960, durante tres meses, en La Habana. A comienzos de 1961, Masetti le encomendó la apertura de la agencia en Canadá y, con ese fin, viaja a Nueva York, a la espera de la visa que no recibe nunca y debe entonces encargarse de la oficina en esa ciudad. El 3 de enero, los Estados Unidos rompen relaciones con Cuba y, el 20 del mismo mes, John F. Kennedy asume como presidente de los Estados Unidos. El 11 de abril, Massetti renuncia a Prensa Latina, debido a las presiones de una facción de comunistas sectarios que querían apoderarse de la agencia, y el 16 del mismo mes, Castro proclama el carácter socialista de la revolución. García Márquez, en solidaridad con su jefe, piensa dimitir también de la agencia, pero la invasión de mercenarios cubanos a Bahía Cochinos, el 18, lo obliga a aplazar su decisión. En carta del 26 de abril, le revela a su amigo y compadre Álvaro Cepeda, «aprovechando la pausa que ha venido después del aparatoso fiasco de la invasión»:

Ya puedes imaginarte el trabajo y las carreras que tuvimos en esas 72 horas, que además fueron la culminación de otra semana bastante atareada, cuando «ya la cosa se veía venir».

Por último: me voy de prensa latina. Debía ser el último de este mes, pero no será posible. Tal vez me vaya a México, pues a Colombia desde luego, no. (Archivo de Harry Ransom Center)

Ante la promulgación de las primeras leyes revolucionarias y el inicio de las expropiaciones, los refugiados cubanos anticastristas intensificaron de tal manera la agresividad de sus hostilidades contra la sede de Prensa Latina, que los trabajadores, constantemente amenazados por teléfono, se vieron obligados a tomar medidas de seguridad y proveerse de improvisadas armas caseras –García Márquez, previendo un posible ataque, portaba un tubo de hierro–. En la oficina se respira, además, la zozobra generada por el sectarismo estalinista que se tomaba a Prensa Latina y creaba un delirante ambiente de suspicacias, intrigas, mensajes en clave y palabras de doble sentido.

El cubano Guillermo Cabrera Infante (1993) afirma que García Márquez se fue por temor al inminente triunfo norteamericano en la invasión a Playa Girón:

El escritor de La hojarasca, que ahora tiene generales de quien escribir, abandonó Nueva York en abril de 1961 con más prisa que dejó Bogotá la última vez, y de paso, desertó de las oficinas de la agencia Prensa Latina, que dirigía. Lo hizo al revés que su admirado Hemingway: sin gracia y sin presión, nada más conocer que ocurría el desembarco contrarrevolucionario en Bahía Cochinos, en Cuba, al que dio por triunfador enseguida. ¿Es necesario recordar que La Habana está a miles de kilómetros de Nueva York? Su corazón tendría sus razones, pero los que conocemos su biografía verdadera sabemos que esta noticia (revelación para muchos) es facta non verba (p. 300)2.

Sin embargo, otra carta a su amigo Álvaro Cepeda, el 23 de mayo de 1961, revela que para esa fecha García Márquez aún permanecía en Nueva York:

Ahora, después de una jodida crisis que se prolongó por un mes y que finalmente culminó esta semana, los jóvenes decentes de Prensa Latina nos fuimos al carajo, con unas renuncias muy retóricas.

A pesar de que las vainas se veían venir en grande, yo no creí que los acontecimientos se presentaran tan atropelladores, y que me quedaban algunos meses en Nueva York. Sin embargo, mi última esperanza de quedarme aquí se desvaneció definitivamente esta noche, y el primero de junio me voy a México, por camino carreteable, con el propósito de atravesar el profundo y revuelto sur.

No sé, exactamente, qué voy a hacer, pero estoy tratando de rescatar en Colombia algunos dólares, que espero me sirvan para vivir un tiempo en México, mientras consigo trabajo. Quién sabe de qué carajo porque lo que es de periodismo ya me corté la coleta. Será de intelectual.

[…] Algún día le contaré personalmente, ojalá donde las muchachitas que joden por hambre, cómo fue el despiporre de los llamados «moderadores» de Prensa Latina. Por ahora, confórmese con un abrazo, y dele otro a los jóvenes de la cueva, hasta cuando les dé mis nuevas diagonales. (Archivo de Harry Ransom Center)

Aunque el 5 de junio García Márquez tiene decidido irse a México, permanece todavía en Nueva York a la espera de la liquidación de sus cesantías. Pero los burócratas cubanos, que interpretaron su renuncia como una deserción, no solo le negaron las prestaciones y los tiquetes de regreso en avión, sino que también, por sospechas ideológicas, poco después destruyeron su trabajo periodístico en la agencia y le cerraron las puertas de la isla.

Tras atravesar, en bus, el sur de los Estados Unidos, con la intención de conocer la geografía real que sirvió como modelo al ficticio condado de Yoknapatawpha, García Márquez llega a México el lunes 26 de junio, y el 9 de julio publica su primer artículo mexicano en el suplemento cultural del diario Novedades, «Un hombre ha muerto de muerte natural», cálida exaltación de la figura de Hemingway, quien se había volado los sesos con su escopeta de caza el 2 de ese mes, sellando con sangre el fin de una promoción de escritores norteamericanos conocidos como «la generación perdida», por los días en que comenzaba a producirse la irrupción mundial de los narradores latinoamericanos, con Borges, Carpentier, Onetti, Fuentes y Cortázar, a la cabeza.

García Márquez nunca dio detalles claros acerca de su salida de Prensa Latina. En una conversación con Plinio Apuleyo, en 1972, le revela que en los comienzos de la Revolución cubana intentó una militancia activa, pero «un conflicto transitorio me sacó por la ventana. Eso no alteró en nada mi solidaridad con Cuba, que es constante, comprensiva y no siempre fácil» (Rentería, 1978, p. 89).

Pese a que sus desencuentros habían sido con los comisarios comunistas y no propiamente con el régimen, García Márquez se fue de Nueva York con un amargo sabor a derrota. No obstante, en los años siguientes, no dejó de manifestar su fe en la Revolución y su admiración por el estilo espontáneo e informal del comandante que despertaba en los latinoamericanos la ilusión de un socialismo libre y luminoso, hecho de la vitalidad festiva y la dinámica creadora del Caribe, ajeno al dogmatismo y las fórmulas fosilizadas de la «reverenda madre Rusia», el cual, pese a sus puntos débiles en lo político y lo económico, no dejaba de ser un triunfo moral, un ejemplo de defensa de la dignidad de un continente, en contraste con el socialismo triste que había palpado, de primera mano, en su viaje al interior de la Cortina de Hierro, en el que en cada recodo transitado era visible el fantasma agobiante del sectarismo.

En adelante, los cubanos, que invitaban a grandes escritores a La Habana –no solo latinoamericanos–, nunca incluyeron en esa lista a García Márquez, hasta 1975, es decir, catorce años después de su salida de Prensa Latina. Sin embargo, su obra, puntualmente editada, con gran éxito de ventas, sin el pago de derechos de autor, se vio acompañada de importantes estudios críticos como ocurrió en 1969 con la Recopilación de textos sobre Gabriel García Márquez en la Serie Valoración Múltiple de Casa de las Américas.

Prolegómenos de un reencuentro

La reconciliación con el régimen castrista comienza a darse a raíz de la primera carta dirigida a Castro por los intelectuales latinoamericanos y europeos, en la que le solicitaban una explicación por el apresamiento del poeta Heberto Padilla y su infame autocrítica, reveladores de una preocupante represión de la libertad creadora que evocaba las perversas purgas estalinistas. En esa carta, Plinio Apuleyo Mendoza, sin consultarlo, había autorizado la inclusión de la firma de García Márquez, quien, días después, en una entrevista con Julio Roca, aclaró que él nunca había firmado, y aprovechó para reafirmar su apoyo al régimen castrista.

Al año siguiente, al recibir el Premio Rómulo Gallegos por Cien años de soledad –a diferencia de Vargas Llosa, que se había negado a la petición cubana de donar simbólicamente, y con derecho a devolución, el monto del premio a la causa de la Revolución–, García Márquez le dio el cheque que le entregaron a una tendencia disidente del comunismo soviético, el Movimiento al Socialismo (MAS) que, en Venezuela, ajeno a la rigidez escolástica rusa y a sus dogmas de piedra y sus liturgias estalinianas, quería responder a las verdaderas necesidades e intereses de América Latina. A raíz de un llamado de atención de Pablo Neruda, en adelante, García Márquez no volvería a criticar en público ni a socialistas ni a comunistas. Pero ese gesto político de 1972, aunado al éxito descomunal de su novela, no se puede desconectar del violento gancho de derecha –no podía ser con otra mano– que el 12 de febrero de 1976, en pleno vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de México D.F le propinó Vargas Llosa, en el ojo izquierdo, enviándolo a la lona de mármol. La colosal caída del cataquero con el ojo colombiano consumó el crac del boom.

Consciente de que en América Latina es inevitable que una persona de prestigio y con cierta audiencia pública se convierta en político, entre 1972 y 1975, ante la imposibilidad de sustraerse a la fama que atentaba contra su vida privada y el tiempo para escribir, García Márquez optó por asumirla como responsabilidad política y comenzó a conceder entrevistas en las que insistía en resaltar el camino cubano como el más aconsejable para la independencia política y económica de América Latina, pues sin la Revolución cubana no hubieran sido posibles ni la confrontación ni la derrota del imperialismo norteamericano ni los avances progresistas ni el boom literario latinoamericano. Comenzaron entonces a multiplicarse las declaraciones acerca de su deseo de visitar la isla y la reafirmación de su fe diaria en ese socialismo humano y alegre, liberado del óxido de la burocracia.

La admiración de García Márquez por Cuba no solo obedecía a razones ideológicas, sino que asimismo estaba ligada a motivos vitales. Su generación había recibido en pleno el influjo cultural cubano a través de las emisoras de radio de la isla que se sintonizaban en todo el Caribe, el cine, las radionovelas (Félix B. Caignet), las revistas (Carteles, Bohemia), la música (Benny Moré, Pérez Prado, el bolero, el son, la guaracha, las grandes orquestas), la moda (la guayabera, el tacón cubano), la literatura (Lino Novás Calvo y sus traducciones, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier) y el deporte (el béisbol y el boxeo). Antes de la Revolución, había viajes aéreos diarios entre La Habana y Barranquilla.

En 1974 y hasta 1980, García Márquez se embarcó en la aventura militante de la revista Alternativa, un proyecto de periodismo político de izquierda, fundado en la idea del pensamiento crítico como punto de partida para la lucha liberadora y encaminado a revelar tanto el otro rostro del país que la prensa y las cámaras de televisión ocultaban impunemente como a refutar la desinformación sistemática de los medios de comunicación al servicio de la defensa del sistema. En sus artículos periodísticos, el escritor pondrá de manifiesto su identificación y respaldo a procesos de la izquierda en América Latina como el gobierno de Salvador Allende, la lucha de Omar Torrijos por la recuperación de la autonomía del Canal de Panamá y la revolución de los sandinistas, y al internacionalismo revolucionario cubano.

Contactos personales

Tras casi década y media de ausencia, para García Márquez otro de los caminos hacia su anhelado regreso a Cuba fue aproximarse a personas que le tendieran el puente con autoridades claves. Tal fue el caso de Elizabeth Burgos –esposa de Regis Debray–, Lisandro Otero, Carlos Rafael Rodríguez, Eliseo Diego, Conchita Dumois –segunda mujer de Masetti– y Norberto Fuentes. Así, en 1975, García Márquez viaja a Londres a aprender inglés, pero también a contactarse con Lisandro Otero, que conocía a Regis Debray, para que este actuara de intermediario con Carlos Rafael Rodríguez, ministro de Asuntos Exteriores de Cuba, y les mostrara a los cubanos la conveniencia para la Revolución de invitar a la isla a un escritor de la talla de García Márquez. En otra reunión londinense, al recibir los primeros ejemplares de El otoño del patriarca, García Márquez envió cinco a los cubanos, con dedicatorias para Raúl, Fidel, Carlos Rafael, Raúl Roa y Lisandro, en las cuales testimoniaba su fervorosa adhesión a la Revolución cubana (Esteban y Panicheli, 2004, pp. 92-93).

Pronto Carlos Rafael le confirma que ya es hora de viajar a Cuba y García Márquez lo hace junto a su hijo Gonzalo, anunciando su intención de escribir un libro sobre la manera imaginativa y heroica como el pueblo cubano afrontó –y resolvió– en su vida cotidiana la agresión del bloqueo. Las autoridades le dieron todas las facilidades para recorrer la isla en su totalidad y entrevistar a quien quisiera, y en septiembre García Márquez publica el apologético reportaje «Cuba de cabo a rabo».

En marzo y abril de 1976, de nuevo en Cuba, García Márquez le propone a Carlos Rafael Rodríguez escribir una crónica sobre la expedición cubana al África que difundiera por el mundo la primera ocasión en que un país del tercer mundo se interponía en un conflicto entre las grandes potencias. A Carlos Rafael le sonó la propuesta y le llevó el mensaje a Fidel Castro. Durante un mes García Márquez permaneció en el Hotel Nacional a la espera de la llamada del Comandante hasta cuando este apareció en un jeep, y tras quitarle al chofer el volante, para quedar al lado del escritor, lo llevó de tour por La Habana. Luego lo condujo a un salón, donde, junto a sus asesores, le comenzó a revelar los secretos militares de la operación africana con los cuales el novelista redactó la crónica «Operación Carlota: Cuba en Angola», en la cual realza cómo la ayuda militar a la independencia angoleña fue una iniciativa cubana y no el cumplimiento sumiso de una orden soviética. La crónica recibió el Premio Mundial de Periodismo de la Organización Internacional de Prensa, y le permitió a García Márquez demostrar con creces su valía para la Revolución, menoscabada por los sinsabores de los sucesos remotos, pero no olvidados, de Prensa Latina.

Para el novelista y ensayista cubano César Leante (1996), García Márquez en la isla adquiere la dimensión del hechicero de las tribus primitivas, ese espíritu privilegiado que tenía tratos con Dios y con el Diablo, mezcla de científico y de sacerdote, capaz de curar y de dañar, y afirma que El otoño del patriarca, publicado en Cuba en 1978, no le había gustado a Fidel, por haber identificado en el protagonista algunos rasgos de su personalidad y su conducta como el militarismo tenaz, la ambición, la mentira, el vicio del poder, la desconfianza, la invulnerabilidad y el control de todo (política, cultura, educación, agricultura)3. Lo cierto es que en Cuba prácticamente no se ha escrito nada acerca de El otoño del patriarca, tal vez por las sospechas que hubiera podido generar en relación con los estudiosos que se atrevieran4.

No obstante, la amistad con el Comandante se consolida y encuentra su momento culminante con su postulación por parte de Cuba de la candidatura de García Márquez al Premio Nobel, cuya recepción celebraron en la isla como otorgada al autor cubano nacido en Colombia. En adelante, las presentaciones de los nuevos libros de García Márquez se volvieron ceremonias estatales en las que participaban los gobernantes del país y el cuerpo diplomático (Rojas, 2014).

Castro hará de García Márquez una suerte de embajador plenipotenciario de la Revolución, con casa propia en La Habana, quien, entre bambalinas, a través del diálogo amistoso y directo con quienes detentan el poder, actúa como mediador y pone en contacto a interlocutores distantes para conseguir la liberación de presos políticos, disidentes y conspiradores a los cuales ayuda a salir de Cuba, al tiempo que facilita las conversaciones entre la guerrilla y el gobierno colombiano y la devolución de secuestrados a sus familiares. García Márquez aprovecha la estimación de Castro para salvar víctimas sin meterse con el victimario (Rojas, 2014).

En 1981, coinciden en La Habana Alfredo Bryce Echenique y García Márquez, en el Primer Congreso Internacional por la Soberanía Cultural de los Pueblos, a cuya ceremonia de apertura asistió el comandante Fidel Castro. Tanto el peruano como el colombiano habían permanecido largos años en la lista negra de los escritores latinoamericanos a quienes los cubanos jamás invitaban a Cuba. En sus antimemorias, Bryce (1993) revela algunas facetas desconocidas de la relación de García Márquez con Fidel Castro: su inconcebible sofisticación, su actitud crítica y su habilidad como negociador. En la ceremonia de apertura del congreso, al que asistió García Márquez vestido de impecable blanco –guayabera, manilla, pantalón, zapatos–, Bryce, irreverente, recuerda su sorpresa ante la actitud protocolaria de su admirado escritor:

Y de pronto, con el himno y todo eso, Gabo se pone solemne, muchísimo más logrado que cuando yo, aterrado trataba de cuadrarme solemnemente ante los engalonados que nos enseñaban educación premilitar en el colegio y en la universidad. La verdad, juro que nunca he visto nada tan solemne como a Gabo solemne. Muchas veces más lo vi solemne de toda solemnidad, en Cuba. Hasta el uniforme verde olivo de Fidel Castro como que se desteñía un poco ante la solemnidad de Gabo. Y eso que ésta era de una estatura bastante menor. Y hasta hoy, la solemnidad sólo será solemne siempre y cuando Gabo se encuentre solemne. Realmente lo que se dice solemne de toda solemnidad. (p. 381)

Más adelante, Bryce destaca la actitud crítica de García Márquez hacia Castro y las crisis de Cuba:

si había alguien que criticaba a Fidel, pero dentro de Cuba, y a Fidel, pero cara a cara a Fidel, era Gabo. Y, si bien este escritor extraordinario y campechano (pero que ve a través del alquitrán) siempre ha sido considerado el procastrista por excelencia, el último que queda hasta hoy en que «proso» estas páginas». (p. 469)

Y por último destaca:

El verdadero genio del olfato político, por más que muchas veces lo encerrara en perfectas fórmulas literarias de ejemplar sencillez, era Gabo… Tenía algo encantador de encantador Rasputin caribeño, el Nobel 82, un instinto, un qué se yo, algo con que se nace. Y algo, también, que a Raúl nada le gustaba o que simplemente envidiaba. Desde luego, esos dos no simpatizaron nunca y casi me atrevería a jurar que tampoco se llevaban bien, por más que la nobleza los obligara. (p. 476)

[…] vi a Gabo ejercer sus dotes de político que sabe lo que busca y lo va a sacar. (p. 478)

Como consecuencia de las fructíferas relaciones entre García Márquez y Fidel, surgirán la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano –en la que el escritor no solo invierte medio millón de dólares de su propio dinero, sino que además dona el sueldo de los cursos que imparte y, gracias a sus relaciones, lleva profesores como Robert Redford, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Gillo Pontecorvo y Rafael Solanas– y la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños, inaugurada en 1986. Estas dos instituciones constituyen un hito en la medida en que con ellas el protagonismo de la política y su influjo ideológico ceden su espacio a las sutilezas revolucionarias de la cultura (Esteban y Panicheli, 2004, pp. 258-270).

En 1986 en su novela El general en su laberinto García Márquez sorprende a sus lectores y, en especial, a los historiadores, al conferirle a Simón Bolívar ciertos rasgos pertenecientes a Castro, como si quisiera atenuar las molestias y suspicacias ocasionadas por las continuas coincidencias entre el tirano autoritario, devastador y longevo de El otoño del patriarca y el dictador cubano, ahora su nuevo mejor amigo.

Esta actitud admirativa y reverente de García Márquez ante Castro le generó choques con sus colegas latinoamericanos. Carlos Franqui (2006) nos recuerda lo ocurrido en la posesión del presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari:

[…] en la ceremonia de toma de posesión del presidente mexicano Salinas de Gortari, cuando al llegar Castro, García Márquez empezó a aplaudir y los otros le siguieron en coro, menos Octavio Paz, que respondió con un sonoro y estridente chiflido. Entonces García Márquez le gritó:

–Qué bien chiflas, Octavio.

Y Paz le respondió:

–Qué bien aplaudes, Gabo.

Y más tarde le llamó por teléfono, a él y a todos, y le preguntó:

–¿Ya te lavaste las manos, Gabo?

–¿Cómo que si me lavé las manos, Octavio?

–Sí, porque cuando se la diste al Comandante, en la comida ofrecida en tu casa, te manchaste con la sangre de sus crímenes. (p. 371)

El 13 de julio de 1989 la amistad entre Castro y García Márquez parece recibir un golpe bravo cuando en Cuba ejecutan a Tony de la Guardia y Arnaldo Ochoa, héroe de Angola, dos amigos de García Márquez. Aunque el escritor intenta interceder, no es escuchado, pues para la dirigencia, según la explicación que García Márquez transmite al presidente Mitterrand, no quedaba otra alternativa. No obstante, en 1993, García Márquez puede por fin atender como anfitrión a Fidel Castro en Cartagena, y en el caluroso agosto de 1996, Castro invitó a Gabo y a Mercedes a Birán, su aldea natal, y los paseó por todos los lugares que marcaron su infancia. En enero de 1998, cuando Juan Pablo II visita a Cuba, allí estará presente García Márquez, sentado, en la misa, al lado de Castro, por encima de dirigentes como Raúl Castro y Carlos Lage.

En adelante, las discusiones promovidas por la Fundación para el Nuevo Periodismo Latinoamericano –hoy Fundación García Márquez– en torno al control estatal de la prensa y los medios de comunicación que, en lugar de informar, ocultan, continuaron resaltando una relación ya no incondicional con la Revolución cubana.

La fascinación del poder

La intuición del poder, su enigma, sus ritos, su relación con el mal, con la violencia, son temas sin los cuales es imposible entender la vida y la obra de Gabriel García Márquez. Su obsesión con tales temas quizá explique su fascinación por personajes tan disímiles como Alberto Lleras, Omar Torrijos, Carlos Andrés Pérez, Fidel Castro, Belisario Betancur, Felipe González, Olof Palme, Carlos Salinas de Gortari, Francois Mitterand y Bill Clinton, entre otros. El placer de alternar con los poderosos era quizá la manera de aclarar ese misterio en su misma fuente.

La procedencia de esa fascinación perpetua al parecer podría situarse en la infancia del escritor junto a la figura más importante de su vida, el abuelo Nicolás Ricardo Márquez, veterano de guerra, exitoso con las mujeres, admirado por el pueblo, quien le dedicó al nieto la última década de su vida colmándolo con la compañía cálida y protectora, el afecto y el aprecio que García Márquez habría de extrañar durante buena parte de su vida. Practicante del hábito caribe de la conversación, el abuelo llenaba con relatos la niñez del nieto, su Napoleoncito, con el recuento de los trabajos perdidos de la Guerra de los Mil Días, la evocación conmemorativa del caudillo liberal Rafael Uribe Uribe, el desencantado relato de la masacre de los trabajadores de las bananeras de la United Fruit Company por orden del general andino Carlos Cortés Vargas, la relación admirativa de las hazañas del Libertador Simón Bolívar y sus infames días finales doblegado por la tuberculosis y la ingratitud de sus compatriotas, historias todas que le inculcaron el aprecio por la libertad y la vocación por la defensa de la dignidad y la justicia.

El abuelo sirvió asimismo como modelo para los protagonistas de varias de sus ficciones iniciales –La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Cien años de soledad– en las que se exploran diversos matices del tema del poder –desde el militar, político, religioso, familiar y económico hasta el de las palabras (pasquines, cartas, panfletos, canciones), el arte (sobre todo, la música), el sexo y el amor–. Cabe señalar, además, que ya en su primer reportaje extenso, «La marquesita de La Sierpe», García Márquez había iniciado la exploración de ese demonio personal.

Fidel Castro y el patriarca

La obra clave de García Márquez en el tratamiento del tema del poder es la novela El otoño del patriarca cuya escritura inicial, iniciada poco después de la salida de Prensa Latina, y tras la publicación de dos relatos que constituyen aproximaciones premonitorias, El mar del tiempo perdido (1961) y Los funerales de la Mamá Grande (1962), pronto se debió interrumpir debido a problemas técnicos sin solución inmediata y al repentino y providencial descubrimiento del tono acertado para contar la historia de una casa, una familia y una aldea, que lo perseguían desde 1952, y habrían de culminar de manera magistral con Cien años de soledad.

Después del éxito extraordinario de esta novela, García Márquez, tratando de desprenderse de los eficaces hábitos narrativos adquiridos y con el fin de no repetirse, como ejercicio previo para abordar el tema del monstruo mitológico del dictador, escribió seis cuentos5 en los que ensayaba no solo un estilo diferente, sino algunas variaciones sobre el tema del poder –el angélico o religioso, el económico, el de la fuerza física, el político, el mental, el de la palabra hablada, el de la sangre, el sexual y el familiar–, su grandeza y el desastre de su pérdida. Y hacia 1968 retomó el reto de la escritura de El otoño del patriarca, su experiencia más difícil como escritor, en la que empleó más de diez años, en los cuales inicialmente leyó todo cuanto le fue posible sobre dictadores latinoamericanos, en general, y, en especial, caribeños, «con el propósito de que su libro se pareciera lo menos posible a la realidad»:

Cada paso era una desilusión. La intuición de Juan Vicente Gómez era mucho más penetrante que una verdadera facultad adivinatoria. El doctor Duvalier, en Haití, había hecho exterminar los perros negros en el país porque uno de sus enemigos, tratando de escapar del tirano, se había escabullido de su condición humana y se había convertido en perro negro. El doctor Francia, cuyo prestigio de filósofo era tan extenso que mereció un estudio de Carlyle, cerró a la república del Paraguay como si fuera una casa, y sólo dejó abierta una ventana para que entrara el correo. Nuestro Antonio López de Santana enterró su propia pierna en funerales espléndidos. La mano cortada de Lope de Aguirre navegó río abajo durante varios días, y quienes la veían pasar se estremecían de horror, pensando que aun en aquel estado aquella mano asesina podía blandir un puñal. Anastasio Somoza García, padre del último dictador nicaragüense, tenía en el patio de su casa un jardín zoológico con jaulas de dos compartimientos: en uno estaban encerradas las fieras, y en el otro, separado apenas por una reja de hierro, estaban sus enemigos políticos.

Martínez, el dictador teósofo de El Salvador, hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país para combatir una epidemia de sarampión, y había inventado un péndulo que ponía sobre los alimentos antes de comer para averiguar si no estaban envenenados. La estatua de Morazán que aún existe en Tegucigalpa es en realidad del mariscal Ney: la comisión oficial que viajó a Londres a buscarla, resolvió que era más barato comprar esa estatua olvidada en un depósito, que mandar a hacer una auténtica de Morazán. (García Márquez, 2015b, p. 172)

Como se puede apreciar, en el inventario de dictadores que le habían servido como modelo inspirador de su patriarca, García Márquez jamás mencionó a Fidel Castro, a quien veía, seguramente, más bien como caudillo. No obstante, existen testimonios sobre su interés en él, desde los años iniciales de la redacción final de la novela. Carlos Franqui (2006) recuerda la insistente indagación de García Márquez por las anécdotas de Castro, sus pertinaces preguntas:

Nuestro primer encuentro europeo ocurrió en el 68, a su regreso de un viaje a Checoslovaquia… cuando vivía en Barcelona, y pareció nacer una amistad entre nosotros. Gabo me soltaba la lengua, yo aceptaba el juego, me interesaba mucho que supiera lo que ocurría en Cuba, la crisis irremediable de la Revolución, el caudillismo de Fidel Castro, Cuba una provincia rusa, no en el sentido satélite, a donde mandaba Fidel Castro, pero sí en el sistema ruso y comunista.

Lo que más interesaba a García Márquez era la personalidad de Fidel Castro, me hacía contar sus anécdotas e historia, y eran muchas aquellas que conocía del Comandante. (p. 364)

Hay incluso un episodio sorprendente que nos revela esa facultad adivinatoria que algunos atribuyen a García Márquez. Franqui le contó acerca del proyecto de Castro, para el cual se consultó en Italia a una comisión de ejecutivos holandeses, de crear entre la Ciénaga de Zapata y Guanahacabibes, es decir, todo el sur de Cuba, un gran lago artificial de más de 500 kilómetros, mediante el desagüe del mar Caribe. Al escucharlo,

Gabo puso cara seria, trajo el manuscrito de El otoño del patriarca, y me leyó el fragmento de una escena que era exactamente igual. Lo felicité por el acierto, y su respuesta fue el silencio, pero cuando salió el libro, el lago marino de agua dulce había desaparecido. (Franqui, 2006, p. 369)

El otoño del patriarca testimonia, una vez más, el don de la clarividencia de Gabriel García Márquez. Como en el bolero «Presentimiento», en el cual el mexicano Emilio Pacheco musicalizó un poema del madrileño Pedro Mata Domínguez6, antes de conocerlo, García Márquez ya había adivinado a Fidel Castro, tanto en sus rasgos esenciales de dictador longevo y popular, aunque fatídico, como en su deceso por muerte natural a causa de la vejez, en medio de la rutina cotidiana y no en un violento y cinematográfico atentado como muchos anticastristas vaticinaban.

El otoño del patriarca constituye un esfuerzo de desciframiento del enigma del poder de los tiranos tropicales que pese a la barbarie y al horror de sus crímenes, las injusticias y los desafueros impunes inspiran tal afecto popular que mueren en la cama. Si bien algunos estudiosos han postulado la figura cerril y campechana de Juan Vicente Gómez como el paradigma que inspiró al personaje del patriarca7, no son pocas las afinidades entre el protagonista de la novela y Fidel Castro.

Entre los rasgos comunes se destacan:

1.La afición vacuna. Para el patriarca las vacas son tan importantes que deambulan impunes por el balcón de la patria. En relación con Castro, cuando se organizaba la exposición francesa en el pabellón Cuba, en La Rampa, la condición que impuso para su realización fue: «me gustará que en los jardines del pabellón estuvieran mis vacas» y que hubiera «pangola también» (Franqui, 2006, p. 334). Célebre fue el caso, recordado por Leante (1996), de la vaca Ubre Blanca, publicitado puntualmente por el Granma, la cual daba entre 50 y 70 litros diarios, ordeñada cuatro veces al día; cuando alcanzó los cien litros, murió y la homenajearon con una estatua en bronce. (p. 27)

2.La mujer más importante en la vida de Castro parece haber sido Celia Sánchez, su compañera de armas, secretaria y amiga, quien murió de cáncer después de haber sido operada en secreto en una clínica norteamericana. Según Franqui (1988):

Esta mujer delgada y frágil, enérgica, audaz, valiente y sacrificada, se volvió su alter ego o su alter ega […] se convirtió en su más fiel compañera, en su ayudanta […] como si fuera su sombra, de día y de noche, en el combate, el sueño, la comida, en transmitir sus órdenes, recoger sus documentos, ocuparse de los visitantes, periodistas, comandantes, compañeros, campesinos, y de cuanta cosa Fidel y la guerra necesitaban. (p. 293)

El padre de Celia se llamaba Manuel Sánchez. Sorprende que la mujer más importante en la vida del patriarca se llamara Manuela Sánchez.

3.En El otoño del patriarca se alude a las «ocasiones en que perdía el habla de tanto hablar» (García Márquez, 2012, p. 45). El propio García Márquez (1981) cuenta que Castro «se quedó mudo después de anunciar en un discurso la nacionalización de las empresas norteamericanas. Pero fue un percance transitorio que no se repitió». (p. 12)

4.En El otoño se habla de «los burócratas que se repartieron el espléndido barrio residencial de los fugitivos» (García Márquez, 2012, p. 49). En La Habana, los barbudos se tomaron las residencias y los carros de los ricos que huyeron en desbandada a Miami.

5.Una vida sexual activa, pero mediocre. En El otoño se describen los amores de emergencia del patriarca (García Márquez, 2012, p. 51), en rápidos asaltos de gallo (p. 22) con las concubinas, sin desvestirlas ni desvestirse ni cerrar la puerta (p. 13). Franqui (1988) cita las infidencias de las amantes de Castro:

Mal palo, palabras de mujeres: dicen algunas de sus amantes, que hace el amor […] con las botas puestas, la escolta a la puerta, que no lo abandona nunca, rápidamente, sin intimidad (p. 265); […] el uniforme sin quitarse, desabrocharse la portañuela y allá va eso en un santiamén. (p. 296)

6.El prolífico patriarca engendra una copiosa prole de hombres de siete meses, los cuales, según Martí, en «Nuestra América», eran los descastados que se avergonzaban de la tierra natal8. «Se estimaba que en el transcurso de su vida debió tener más de cinco mil hijos, todos sietemesinos, con las incontables amantes sin amor que se sucedieron en su serrallo hasta que él estuvo en condiciones de complacerse con ellas» (García Márquez, 2012, p. 48). Según Franqui (1988): «Dicen que los Castricos, llamados con humor potricos, y el papá Caballo, son más de un centenar» (p. 304). En su libro de 1981, aclaraba: «La calle deja de llamarle Comandante, le llama Caballo. (Caballo: mágico número uno de la charada china cubana. Uno en todo)» (p. 44).

7.Pésimos perdedores. El patriarca, en el dominó, «sólo ganaba porque estaba prohibido ganarle» (García Márquez, 2012, p. 26). Castro, no aceptaba perder ni en el pimpón ni en la pesca ni en el béisbol y, como recuerda Franqui (1989): «Disparar mejor que él es imposible; en la guerra ni siquiera el Che Guevara, buen tirador también, se atrevía a ganarle, sabiendo que éste sería un serio disgusto para el Comandante» (p. 244). García Márquez (1988) afirma:

Una cosa se sabe con seguridad: esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel Castro está allí para ganar. No creo que pueda existir en este mundo alguien que sea tan mal perdedor. Su actitud frente a la derrota, aun en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite, y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir los términos y convertirla en victoria. (p. 18)

8.La afición por los deportes. El patriarca «construyó el estadio de pelota más grande del Caribe e impartió a nuestro equipo la consigna de victoria o muerte» (García Márquez, 2012, p. 38). Castro no solo fue pitcher y entrenaba con máquinas como un lanzador profesional de las grandes ligas para no fallar en sus envíos al plato: la consigna que a manera de mantra le impuso a los cubanos fue «Patria o muerte».

9.El patriarca no disimulaba su desprecio íntimo por los hombres de letras que «tienen fiebre en los cañones como los gallos finos cuando están emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para algo, dijo, son peores que los políticos, peores que los curas, imagínese» (García Márquez, 2012, p. 100), en tanto que célebre fue el asquiento rechazo de Castro a los intelectuales disidentes a quienes denominó «ratas».

10.El patriarca era un caminante implacable (García Márquez, 2012, p. 45) y Castro caminaba

[…] dando grandes zancadas, era un monstruo caminando; sus grandes y fuertes piernas parecían no cansarse nunca, y es que de niño y joven siempre caminó y corrió mucho; éste era uno de sus fuertes en la guerra: su paso rápido, irresistible, subiendo o bajando montañas, que impuso a la guerrilla un ritmo veloz, casi imposible de seguir por el enemigo. Gran caminador, su fuerza estaba en sus piernas. (Franqui, 1989, p. 244)

11.Los dos poseían la capacidad de descubrir el pensamiento de sus interlocutores. El patriarca solía «escudriñar la penumbra de los ojos para adivinar lo que no le decían» (García Márquez, 2012, p. 16); «con sólo mirar a los ojos» (p. 48). «Castro no mira de frente, sólo si quiere asustarte clava los ojos fijamente: sus ojos, su mirada, son fríos e inescrutables, mirada de serpiente, aterroriza. Él no admite ser mirado fijamente» (Franqui, 1989, p. 243).

12.Hijos de madre. Del patriarca se dice que era un «hombre sin padre como los déspotas más ilustres de la historia» (p. 48). Según José Pardo Llada (1976), el reconocimiento paternal de Fidel fue un tanto tardío:

Fidel era un rico-pobre, tratado de guajiro, no bautizado por años, ni inscrito legamente, nacido de aquella unión misteriosa del amo y la criada, vive en Santiago, como en La Habana, ni en familia ni en sociedad, como la mayoría de sus compañeros, que procedían de las familias ricas o prestigiosas del mundo burgués cubano.

Las relaciones padre hijo, inexistentes en el patriarca, en Fidel casi no ocurrían.

En los seis días que pasé con Fidel en la hacienda de Birán, no recuerdo haber escuchado un solo diálogo del padre con el hijo. Don Ángel era un hombre parco, hosco, retraído. Vestía siempre pantalón de dril crudo y guayabera. Machete a la cintura y un enorme «Colt» calibre 45, con cachas de nácar, que le daba un aspecto tremebundo de viejo vaquero de películas del Oeste. Usaba los mismos zapatos de los obreros de su hacienda, «de vaqueta», toscos, baratos, y esgrimía, en todo momento, una fusta de cuero con mango de plata, reminiscencia quizá del látigo de sus tiempos de mayoral. (p. 10)

13.El patriarca poseía una memoria minuciosa que le permitía conversar con hombres y mujeres «llamándolos por sus nombres y apellidos como si tuviera dentro de la cabeza un registro de los habitantes y las cifras y los problemas de toda la nación» (García Márquez, 2012, p. 84). Castro podía recitar de memoria libros enteros. Con su memoria auditiva y visual, en la guerra, «recordaba con exactitud cuanta cara y lugar veía, fotografiaba en su cerebro, incluso los caminos por donde había pasado una vez, y nunca los olvidaba» (Franqui, 1989, p. 82).

14.El patriarca tenía un «pulso sereno de buen tirador» (García Márquez, 2012, p. 187), en tanto que «Castro dispara bien y goza disparando, pistola, fusil, ametralladora, cualquier arma» (Franqui, 1989, p. 243).

15.El patriarca comía «caminando con el plato en la mano y la cuchara en la otra» (62). En la casa de Castro, según Pardo Llada (1976):

A las 11 de la mañana, hora del almuerzo, convocaba doña Lina a comer, haciendo un disparo al aire con una vieja escopeta que colgaba de una puerta, junto al fogón. Todos los de la casa –el padre, la madre, los hijos, la servidumbre y los macheteros– comían juntos, de pie, en la cocina y cada cual sacaba su ración de las calderas humeantes. Por todo cubierto se recibía una pesada cuchara.. (Años después, muchas veces vi a Fidel, ya Jefe de Estado, comer de pie, en las cocinas de hoteles y restaurantes y prescindiendo de todo cubierto). (p. 10).

16.El ocultamiento de la intimidad. Castro «ni a la madre le mostraba la intimidad de sus suspiros» (García Márquez, 2012, p. 25). Castro no decía a nadie lo que pensaba: «Qué pensaba Fidel. Nadie lo sabía» (Franqui, 1981, pp. 13, 39). «Castro nunca te dice lo que piensa ni lo que va a hacer» (Franqui, 2006, p. 434). Una táctica del patriarca para salvaguardar su intimidad consistía en no contestar «ninguna pregunta sin antes preguntar a su vez usted qué opina» (García Márquez, 2012, p. 16).

17.La preocupación por los mínimos detalles de la cotidianeidad. El patriarca controla desde el ordeño de las vacas hasta el velo que cubre las jaulas de los pájaros, pasando por la sal de la salud, la canasta familiar, el trajín de la cocina y las brigadas de barrenderos, y «se informaba sobre el rendimiento de las cosechas y el estado de salud de los animales y la conducta de la gente» (García Márquez, 2012, p. 84). García Márquez (1988) destaca cómo, ante la incompetencia sobrenatural de una burocracia empantanada, Castro se veía obligado «a ocuparse en persona de asuntos tan extraordinarios como hacer el pan y distribuir la cerveza» (p. 26).

18.Tanto el patriarca como Fidel entregan sus países al extranjero, emplean en su régimen un «sartal de recursos atroces» (García Márquez, 2012, p. 29), visten con tenaces uniformes militares, suprimen las fiestas (el patriarca incluso los domingos; Castro, los carnavales y las navidades y el día de Reyes) y mueren de muerte natural por vejez. A Castro, como al patriarca, solo lo derroca «el acta de defunción» (p. 21).

19.La omnipresencia, el don de la ubicuidad y la aparición descarada. Al patriarca, dado a gobernar de viva voz y cuerpo presente a toda hora y en todas partes (García Márquez, 2012, pp. 13-14), «se le veía aparecer en la ocasión menos pensada para imponerle otros rumbos imprevisibles a nuestro destino» (p. 45), y daba la impresión de desdoblarse y estar simultáneamente de manera inesperada por todo el país para inspeccionar las obras o ponerlas en marcha. Bryce (1993) recuerda que «Fidel aparecía cuando menos se le esperaba, o sea a cada rato» (p. 468).

20.La compañía de funcionarios vitalicios, para el caso del patriarca (12), halla su equivalencia en Castro, con su hermano Raúl.

21.El sacrificio de los colaboradores más cercanos –la eliminación de todo hipotético competidor– al descubrir sus ambiciones: para el patriarca, el del ministro de defensa Rodrigo de Aguilar; para Castro, el general Arnaldo Ochoa. Innumerables son los líderes disidentes cubanos que terminaron presos, asesinados, muertos en confusos accidentes aéreos o de tránsito o en el exilio.

22.Los múltiples títulos: el patriarca, comandante supremo de las tres fuerzas, presidente; y Castro, comandante en jefe del ejército, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista, presidente del Consejo de Estado y de Ministros, etc.

23.Los Estados Unidos como trasfondo magnificado para consolidar medidas internas. Castro sobrevivió a nueve presidentes norteamericanos desde 1959 y la lista de embajadores gringos durante el régimen del patriarca es casi interminable.

24.La sobrevivencia a numerosos atentados, más notable en Castro con el medio centenar de la cia (García Márquez, 2015b, pp. 339-343).

25.Cierta indolencia frente a la niñez. En el patriarca se destaca el crimen infame de los dos mil niños de la lotería. Durante el régimen de Castro se dieron hechos similares como el llamado «éxodo de Peter Pan», cuando sus padres, por el temor de perderlos, enviaron a catorce mil niños fuera del país, ante la inminente obligación de entregarlos al albedrío del Estado; o el asesinato de cuarenta y un personas, entre ellos diez niños, en el vetusto remolcador Trece de Marzo, el 13 de julio de 1994, embestidos, bombardeados con cañones de agua a presión y hundidos por embarcaciones modernas –al parecer monitoreadas por el servicio de guardacostas del Ministerio del Interior–, cuyos capitanes asesinos fueron galardonados como héroes.

26.Las lluvias de caramelos desde los aviones por parte del patriarca (115) hallan su réplica en Cuba durante la era de Castro. Como recuerda Zoé Valdés (2008):

Serían alrededor de las dos de la tarde, acabábamos de almorzar y estábamos de vuelta en los surcos sembrados de papas. De súbito pasó un helicóptero por encima de nuestras cabezas. Los guajiros gritaron que ahí iba Fidel.

–¡Ahí va Fidel! ¡Ahí va Fidel! –Se volvieron como locos.

La brigada, compuesta sólo por hembras –a los varones los habían puesto en un campamento aparte, bien lejano del de nosotras–, quedó en stop motion. La maestra gritó que siguiéramos trabajando y levantó los ojos hacia el cielo, bastante confundida.

El helicóptero volvió a pasar y nos lanzó como unos papelitos de colores. Los papelitos no eran sólo papelitos, lo supimos cuando dieron contra nuestro cráneo como si fueran balines, a riesgo de partirnos la cabeza. Eran caramelos. ¡Caramelos! Hacía años que no veíamos caramelos envueltos en papeles de colores, ni desenvueltos tampoco. De pronto, el desespero se apoderó de nosotras, nos olvidamos del deber y de lo demás, y nos lanzamos como fieras a recoger los caramelos que nos lanzaba aquella piñata de hierro que revoloteaba de un lado a otro. Nos llenábamos los bolsillos, las copas de los ajustadores, los sombreros […]; no nos metimos puñados en los oídos porque no cabían. (p. 40)

27.La soledad del tirano es el tema de El otoño del patriarca: «el hombre más solitario de la tierra» (García Márquez, 2012, pp. 29-30). En su semblanza de Fidel, García Márquez (1988) alude a «la leyenda de que es un solitario sin rumbo, un insomne desordenado e informal, que puede hacer una visita a cualquier hora y desvelar a sus visitados hasta el amanecer» (p. 12).

Pese a las diferencias notables entre un patriarca andino y analfabeta y un dictador caribe e ilustrado, aunque atípico, que ni bailaba ni cantaba, a las que habría que agregar evidentes despistes como la monstruosidad, la fealdad, el cuerpo enfermo, la potra, los pies planos y las estalinianas manos de doncella, son muchas más las afinidades que los contrastes. Similares son también las reacciones de la colectividad ante los actos de barbarie del régimen al exclamar: «si el general lo supiera, si hubiera alguien capaz de contárselo» (García Márquez, 2012, p. 169). La atmósfera de represión y vigilancia en el orbe del patriarca se reitera en la isla de los hermanos Castro. Son, pues, tantas las semejanzas intuidas por García Márquez que da la impresión de que su empeño, a veces aparatoso, por conocer personalmente a Castro estuviera orientado por la vanidad de comprobar el tamaño de sus aciertos de clarividente.

Fidel Castro y García Márquez

El otoño del patriarca nos revela, por otra parte, algunas semejanzas entre el escritor y el dictador. Sin duda, allí gravita de nuevo la fascinación por el poder. Es posible entonces conjeturar que la amistad entre Fidel Castro y García Márquez se sustenta asimismo en una afinidad múltiple entre los dos, pese a las notables diferencias entre el dinámico hombre de acción y el contemplativo hombre de pensamiento: García Márquez se ha referido al carácter íntimamente autobiográfico de El otoño del patriarca en el que está presente esa nostalgia que atormenta a los escritores, desde finales del siglo xix, la de la vida verdaderamente vivida. «El oficio de la palabra», semblanza minuciosa y admirativa de Fidel Castro, podría leerse asimismo como un autorretrato en el que el escritor resalta en el político algo que conoce muy bien por experiencia propia: las relaciones devotas con la palabra que los convierten en almas gemelas.

Veamos algunos de los rasgos comunes:

1.La adicción al hábito de la conversación, la devoción por la magia hipnótica de la palabra (García Márquez, 1988, p. 11). En el caso de Fidel, el don de la palabra oral seductora, hehechicera y dominadora de los blacamanes que persuaden a plenitud a la gente. En García Márquez: la maravilla de la palabra escrita.

2.El antiacademicismo (García Márquez, 1988, p. 12). Castro no es el típico gobernante académico atrincherado en su buró y García Márquez se mostró siempre ajeno a las rituales del escritor formado en la academia, tales como la escritura de ensayos y la inmersión en congresos, mesas redondas, conferencias y cátedras universitarias.

3.La vocación de reporteros (García Márquez, 1988, p. 12). Castro va a buscar los problemas donde estén y los convierte en «reportajes hablados» (p. 27) y García Márquez se mostró como un periodista y escritor preocupado por obtener las informaciones de primera mano.

4.La errancia de la vida sin domicilio cierto. En Castro, como gobernante sometido a los azares del continuo cambio de residencia, por razones de seguridad, constreñido al horizonte estrecho de la isla; en García Márquez, en contraste, dueño del libre albedrío del escritor exitoso: son incontables sus viajes por toda la bolita del mundo.

5.La abstinencia de tabaco (García Márquez, 1988, p. 13) de quienes fueron fumadores infinitos: Castro de media caja diaria de puros y García Márquez de tres cajetillas de cigarrillos sin filtro.

6.La disciplina férrea y tenaz con la que ejercieron sus oficios y garantizaron el estricto cumplimiento de horarios: Castro privándose de fiestas y de viajes; García Márquez pasando hambre y absteniéndose de diversiones y tragos con tal de escribir.

7.El imponente poder de seducción que realza su presencia donde quiera que estén.

8.La clarividencia para vislumbrar las consecuencias más remotas de un hecho, como si pudieran ver la mole sobresaliente de un iceberg al mismo tiempo que los siete octavos sumergidos, facultad que Castro, a diferencia de García Márquez, no ejerce como iluminación, sino como resultado de un arduo raciocinio y de la táctica maestra de preguntar sobre cosas que sabe para confirmar sus datos.

9.El don para medir el calibre de su interlocutor y tratarlo en consecuencia.

10.La ronda por los caminos de la herejía tanto en política como en literatura y en los hábitos de la vida social.

11.La afición por la información vasta y bien masticada y digerida; el dominio de los datos y la documentación que manejan (García Márquez, 1988, p. 20).

12.El extremo espíritu competitivo que no tolera la posibilidad de perder (García Márquez, 1988, p. 18) y los lleva, en ocasiones, a consumar secretas venganzas a punta de persistencia con quienes en algún momento los superaron o los agredieron o les hicieron sombra o les llevaron la contraria. Castro que mete en prisión a quienes en su adolescencia le ganaron en algo o lo agredieron; García Márquez que refuta con creces el dictamen descalificador de Guillermo de Torre al evaluar negativamente La hojarasca y se saca la amarga espina de Prensa Latina.

13.La visión de América Latina como una comunidad integral y autónoma capaz de mover el destino del mundo, aprendida en Bolívar y Martí.

14.La nostalgia por los amaneceres bucólicos de la infancia rural en Birán y Aracataca (García Márquez, 1988, p. 27).

15.El instinto extraordinario para el poder basado en el conocimiento intuitivo de las motivaciones humanas.

16.El rechazo radical de las injerencias del imperialismo de los yanquis en el destino de los pueblos latinoamericanos.

17.La memoria prodigiosa (García Márquez, 1988, p. 20) para aprenderse un libro y destruirlo; la inagotable capacidad de trabajo. García Márquez recitaba de memoria la poesía española del Siglo de Oro, la poesía piedracielista colombiana, innumerables boleros y vallenatos, capítulos completos del Ulysses de Joyce y de Pedro Páramo de Rulfo.

18.El pudor con el que supieron proteger la intimidad de su vida privada (García Márquez, 1988, p. 27).

19.El diario sobreponerse a la zozobra del amanecer para enfrentar los azares de la realidad (García Márquez, 1988, p. 13) y el apetito de mandar tan voraz como comerse en una sola sentada dieciocho bolas de helado (p. 60).

20.En El otoño del patriarca se citan los letreros de la multitud que aclama «al benemérito que ha de vivir para contarlo» (García Márquez, 2012, p. 79), frase que remite al título original de la autobiografía de García Márquez al cual, a última hora, al parecer para protegerse de la piratería editorial, se le cambió la vocal final.

En medio del algodón de los elogios y las alabanzas, «Fidel Castro: el oficio de la palabra hablada» se construye como un texto carnavalesco que glorifica y desentroniza tanto a Castro como a su régimen, al tiempo que confirma su acierto en el retrato anticipado del déspota presente en El otoño del patriarca. Hasta podría pensarse que García Márquez anticipa su papel gracias a la confianza consolidada en la amistad, para «pedirle la libertad de un preso o el perdón de un condenado a muerte» (García Márquez, 2012, p. 63).

A los rasgos anteriores podrían añadirse otros ausentes de la semblanza: los antepasados gallegos (Fidel por su padre, Gabriel por su lado materno); la relación complicada y dolorosa con los padres (el conocimiento tardío de su padre por Gabo y el demorado reconocimiento oficial de Fidel por su padre); el tránsito de la provincia (Birán y Aracataca) a la capital; el pragmatismo de la formación jesuita, apegada al ejercicio del poder; el estudio del Derecho que afina la búsqueda de la justicia; la experiencia humillante del imperialismo a través de la United Fruit Company, y el apego a los uniformes: el verde olivo del militar y el overol de obrero del escritor que no quiere olvidarse del carácter artesanal de su trabajo.

No obstante, pese a las sorprendentes afinidades, no dejan de ser notables las diferencias. Ciertos rasgos castrenses de Fidel (el apellido Castro, de origen gallego, significa campamento militar) son contrarios al modo de ser y la trayectoria de García Márquez, así como su condición atlética, la práctica de los deportes (básquet, boxeo, béisbol y ciclismo) y la afición por las armas de fuego. Desde niño Castro fue rebelde: en la primaria insultaba a su maestra y se iba de la escuela; entraba a deshoras al colegio y, con sus compañeros, rompía pupitres y se llevaba cosas; a un cura que mostraba preferencias por un condiscípulo millonario, lo levantó a trompadas y mordiscos; cuando su padre, molesto por su comportamiento díscolo en las clases, decidió sacarlo de la escuela, amenazó con prenderle fuego a la casa; en una ocasión en que lo operaron de apendicitis, por falta de profilaxis, la herida se le infectó. Desde sus años universitarios –incluso desde la escuela primaria–, Castro persiguió y asumió un liderazgo, así fuera por la fuerza –estuvo involucrado en sonados atentados gansteriles–. Uno de sus sueños fue liderar la Federación Estudiantil Universitaria, ambición que luego creció hasta incorporar el ideal de Bolívar y Martí de la magna patria, lo que lo llevó a involucrarse en la lucha por la independencia de Puerto Rico y República Dominicana y a solidarizarse, en 1948, con las luchas estudiantiles argentinas, venezolanas, panameñas y colombianas, cuando organizó un congreso estudiantil latinoamericano que contó con el apoyo de Jorge Eliécer Gaitán, quien prometió asistir a su clausura, pero no pudo, víctima del asesinato que tronchó las esperanzas de los colombianos y sumió al país en una ola incesante de violencia.

Mientras que García Márquez se afirma como un caribe crudo aficionado al canto, al baile y la parranda, el austero Fidel prohibió los carnavales en Cuba y las ocasiones en que las familias se reunían a celebrar las festividades religiosas como el Día de Reyes. Fidel era un raro cubano que ni cantaba ni bailaba y en contraste detestaba la rumba y la ciudad de la noche. Mientras Castro, políticamente, adhirió de manera incondicional al comunismo ruso, García Márquez rechazó el socialismo real del modelo ruso, cuya atmósfera asfixiante padeció en su viaje por los países de Europa del Este (Checoslovaquia, Hungría, Alemania Oriental y Polonia) y por la Unión Soviética.

Conclusiones

García Márquez y Fidel, el hombre que sigue los acontecimientos y el político puro, la pluma y la espada, el computador portátil y la metralleta, las armas y las letras, el pensamiento y la acción, la soledad del escritor y la solidaridad o la compañía transitoria de la conspiración política, el artista que transforma su arte y el hombre dedicado a cambiar el mundo, la palabra escrita y la oral, las voces y los hechos: en García Márquez y Fidel lo que en lo político nunca llegó a cuajar como proyecto continental, en lo literario rebasó las fronteras.

Si bien la figura de Castro ha comenzado a vivir un vertiginoso declive que de seguro se acelerará cuando se revelen los secretos e interioridades de la Revolución cubana ocultos hasta ahora por un régimen de extensos brazos y estricto control sobre la información, la obra de García Márquez parece prolongar su vigencia. Cuando un escritor muere normalmente ingresa en un limbo que al final decide si se queda o no. Con García Márquez, hasta ahora, no parece haber ocurrido eso.

Pero lo interesante es observar cómo estas dos figuras lograron consolidar una gran amistad tras numerosas dificultades y altibajos que tuvieron el mérito de situar al Caribe en el centro de la atención mundial. Inconforme –o impaciente– con el efecto tal vez tardío de la palabra, García Márquez quiso emular el compromiso social del político, pero a su manera. No se trataba de ser –como algunos colegas en competencia constante– candidato de nada: no le interesaba ser ni presidente ni embajador, sino solo un emprendedor, un periodista militante, un pedagogo y un diplomático, un mediador tras bambalinas, es decir, alguien que asume esas otras facetas que hacen de un simple escritor un humanista integral, como lo fueron los grandes maestros latinoamericanos del pasado –Bello, Sarmiento, Martí, Montalvo, de Hostos y Henríquez Ureña, entre otros–Trasponiendo el ejemplo de Castro a su quehacer literario, García Márquez fue un líder cultural que asumió el legado creador y liberador de Cuba, esa isla con vocación continental, en el Caribe hispánico.


Y no se limitó a recrear al gran monstruo mitológico latinoamericano, el dictador, el caudillo que degenera en déspota, obsesionado por eternizarse en el poder. Aprovechando su fama y su carisma, García Márquez alternó con los mandamases de la política y se libró así de la nostalgia de la acción. Muchos le han criticado, sobre todo, su amistad con Castro, acusándolo de complicidad y recriminándole el supuesto delito de haber callado cuanto sabía acerca de las interioridades de la situación cubana. De seguro que, cuando se lea mucho mejor El otoño del patriarca, a García Márquez la historia lo absolverá. En cambio, contrariamente a lo que el escritor ha afirmado en entrevistas y crónicas y prólogos, a su amigo Castro es posible que lo condene no solo la historia, sino también, como lo ha planteado Cabrera Infante, la geografía, porque, para fortuna de la humanidad, las veleidades de la política pasan, en tanto que lo que permanece lo fundan los poetas, y García Márquez, pese a sus silencios e inconsecuencias políticas, fue, ante todo, un gran poeta.

Referencias bibliográficas

Bryce Echenique, A. (1993). Permiso para vivir: antimemorias. Bercelona, España: Editorial Anagrama.

Cabrera Infante, G. (1993). Nuestro prohombre en La Habana. En Mea Cuba (pp. 233-238). Barcelona, España: Plaza & Janés México.

Campusano Bakovic, B. C. (1993). Primera y segunda mano de El otoño del patriarca, un estudio intertextual. Ponencia procedente del Seminario «Teoría y praxis de la semiótica latinoamericana», Universidad Veracruzana, 7 de julio, Xalapa, México. http://www.rcci.net/globalizacion/fg045.htm

Esteban, Á. y Panicheli, S. (2004). Gabo y Fidel: el paisaje de una amistad. Barcelona, España: Espasa.

Franqui, C. (1981). Retrato de familia con Fidel. Barcelona, España: Seix Barral.

Franqui, C. (1988). Vida, aventuras y desastres de un hombre llamado Castro. Barcelona, España: Planeta.

Franqui, C. (2006). Cuba, la revolución: ¿mito o realidad? Memorias de un fantasma socialista. Barcelona, España: Península.

García Márquez, G. (1988). Fidel Castro: el oficio de la palabra hablada. Prólogo. En G. Mina. (Ed.), Habla Fidel (pp. 11-28). Milán, Italia: Mondadori.

García Márquez, G. (2012). El otoño del patriarca. Bogotá, Colombia: Oveja Negra.

García Márquez, G. (2015a) De Europa y América. Obra periodística 3. Barcelona, España: Random House.

García Márquez, G. (2015b). Notas de prensa. Obra periodística 5. 1961-1984. Barcelona, España: Random House.

Krauze, E. (2011). Redentores: ideas y poder en América Latina. B

arcelona, España: Random House.

Leante, C. (1996). Gabriel García Márquez, el hechicero. Madrid, España: Pliegos.

Martí, J. (2004). Ensayos y crónicas. Madrid, España: Cátedra.

Pardo Llada, J. (1976). Fidel: de los jesuitas al Moncada. Bogotá, Colombia: Plaza & Janés.

Rentería, A. (1978). García Márquez habla de García Márquez. Lima, Perú: Rentería Editores.

Rojas, R. (2014). El Gabo frente a Cuba. Nexos Recuperado de https://www.nexos.com.mx/?p=22675

Valdés, Z. (2008). La ficción Fidel. Barcelona, España: Planeta.

1. En el siglo xix, los escritores románticos plantearon que la autonomía de una nación pasaba por el idioma y propusieron una literatura que expresara la originalidad americana en lugar de ser una simple copia de los modelos hispánicos. No obstante, ese intento de independencia literaria no pasó de ser un programa, pues, al momento de escribir, los escritores hispanoamericanos no lograban liberarse de la mentalidad del colonizado y tendían a ser más castizos que los propios españoles. Fueron los modernistas, encabezados por José Martí y Rubén Darío, quienes, con lucidez cosmopolita, asumieron ese afán emancipatorio, no aferrándose a un modelo único, sino más bien intentando apropiarse de todos: en los comienzos, de los foráneos –ingleses, franceses, alemanes, norteamericanos–, y en los estertores del movimiento, ante la amenaza del imperialismo, de los propios, es decir, de la tradición local popular que habían explorado algunos románticos. De esta manera, los poetas, novelistas, cuentistas y dramaturgos pudieron conseguir la independencia que, en el dominio de la política, nunca se dio a plenitud, debido a la indolencia o a la ineptitud de los gobernantes, siempre sumisos con las potencias extranjeras.

22. Este texto de Guillermo Cabrera Infante, «Nuestro prohombre en La Habana», se publicó originalmente en 1983 en la revista Vuelta. Por su parte, Carlos Franqui (2006), afirma: «García Márquez, precavido y generoso en abril del 61, dirigía Prensa Latina en Nueva York, creyendo y equivocándose, cuando la invasión, pensó que detrás del invasor iban a estar los gringos, puso pies en polvorosa, una fuga larga y continuada con el castrismo, al que no se incorporaría hasta después del vergonzoso proceso Padilla, que defendió haciéndose perdonar, después de pasar una decena de años en silencio y sin visitar la isla» (p. 372).

3. Leante, sin embargo, miente al afirmar que en 1981 se había publicado en Cuba toda la obra de García Márquez, excepto El otoño del patriarca, cuando lo cierto es que la edición cubana, publicada por Huracán, había salido en 1978. Tal conducta se reitera en otros autores como Cabrera Infante, Franqui y Zoé Valdés que deliberadamente alteran las fechas en que ocurren sucesos tales como la salida de García Márquez de Nueva York o la supuesta lectura en 1961, de Celestino antes del alba, novela que se publicó en 1967.

4. Zoé Valdés (2008), al recordar la presencia de Castro en Colombia durante El Bogotazo del 9 de abril de 1948, conjeturaba que la amistad de García Márquez tendría como finalidad la escritura de la verdadera biografía del comandante: «Siempre he pensado que Gabriel García Márquez ha venido tejiendo la novela de su amigo Fidel a partir de este suceso, por declaraciones que ha hecho el propio Gabo. Una novela que quizá con la muerte de Fidel salga a la luz, porque sospecho que el Nobel colombiano ya la tiene escrita. Al menos, El otoño del patriarca, fue un extraordinario ensayo de la misma» (p. 68)

5. «Un señor muy viejo con unas alas enormes» (1968), «El ahogado más hermoso del mundo» (1968), «El último viaje del buque fantasma» (1968), «Blacamán, el bueno, vendedor de milagros» (1968), «Muerte constante más allá del amor» (1970) y «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada» (1972).

6. Agradezco a Daniel Samper Pizano sus precisiones en torno a este punto..

7. Muy interesante y pleno de aciertos al respecto es el estudio de Beatriz Cynthia Campusano Bakovic (1993), en el cual sostiene no sólo que Juan Vicente Gómez es el paradigma del patriarca, sino que la biografía de Thomas Rourke (1952), Gómez. Tirano de los Andes, constituye la principal fuente intertextual de la novela. A su juicio, «García Márquez se sintió obviamente fascinado con este texto. Debe haber trabajado extensamente en él, e hizo del texto completo un modelo para la producción y la reescritura de la vida del Dictador».

8. «A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses» Martí (2004, p. 158).


Cien años de soledad en el contexto de las negociaciones de paz9

Diógenes Fajardo Valenzuela

El coronel Aureliano Buendía le había hablado de la fascinación por la guerra…

José Arcadio Segundo llegó a la conclusión de que el coronel Aureliano Buendía no fue más que un farsante o un imbécil.

Gabriel García Márquez

Cien años de soledad

No es por azar que en la firma del primer Acuerdo de Paz realizado el 26 de septiembre de 2016 en Cartagena los dos oradores centrales, el presidente Juan Manuel Santos y el máximo dirigente de la guerrilla Rodrigo Londoño Echeverri (Timochenko), hayan citado al premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez. El presidente dijo:

Gabo –el gran ausente en este día–, que fue artífice en la sombra de muchos intentos y procesos de paz, no alcanzó a estar aquí para vivir este momento, en su Cartagena querida, donde reposan sus cenizas. Pero debe estar feliz viendo volar sus mariposas amarillas en la Colombia que él soñó, nuestra Colombia que alcanza –por fin–, como él dijo, «una segunda oportunidad sobre la tierra». (Santos, 26 de septiembre de 2016)

El jefe guerrillero terminó su intervención dando la bienvenida a esta segunda oportunidad sobre la Tierra.

Esto fue días antes de que el pueblo colombiano, cuya alma conocía tan bien el escritor de Aracataca, manifestara desidia frente a un acuerdo que veía mucho más político que histórico y no participara en el plebiscito (63 % de abstención), o expresara en las urnas su negativa a refrendar lo pactado en La Habana, enardecido por un caudal de mentiras sobre cómo podría afectar sus vidas si votaban el Sí –incremento de los impuestos para pagar salarios y prebendas a los guerrilleros, ataque a la familia que tendría que aceptar que sus hijos se volvieran homosexuales, posibilidad casi inmediata de una presidencia de Timochenko, conversión en un país castrochavista–. Todos recordarán las declaraciones del gerente de la campaña del No, Juan Carlos Vélez Uribe, en las que, no sin una buena dosis de cinismo, revelaba indiscretamente que lejos de buscar explicar los acuerdos, se dedicaron a provocar la indignación de la gente para que «saliera a votar verraca». Por supuesto, la estrategia empleada no fue generalizada sino dirigida a núcleos de población específica:

En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria, mientras en las emisoras de estratos bajos nos enfocamos en subsidios. En cuanto al segmento en cada región utilizamos sus respectivos acentos. En la Costa individualizamos el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela. (Redacción Digital Blu Radio, 6 de octubre de 2016)

El resultado del plebiscito del 2 de octubre de 2016 fue visto fuera de Colombia como un ejemplo más del realismo mágico que nos circunda. El acuerdo logrado después de largos cuatro arduos años de propuestas y contrapropuestas no logró el respaldo del pueblo, sabiendo que el mayor bien para un país es la paz. Se dice que es el resultado de la polarización causada por las negociaciones en La Habana. Pero en realidad, la sociedad colombiana históricamente siempre ha estado polarizada en dos bandos: creyentes y no creyentes; liberales y conservadores; pobres y ricos; guerrilleros y no guerrilleros; belicistas y antibelicistas. Cien años de soledad subraya esa contienda fratricida en el campo político. «El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos» (García Márquez, 2007 [1967], p. 125). Al final reconoce que solo se pelea por orgullo o «por algo que no significa nada para nadie» (p. 161).

No tengo duda alguna de que una relectura de Cien años de soledad en el contexto de las negociaciones de paz iluminaría muy bien las dificultades para llegar a un acuerdo final. En la novela, el narrador relata la llegada a Macondo de «seis abogados de levita y chistera que soportaban con estoicismo el bravo sol de noviembre» (p. 196). Han venido a negociar la paz con Aureliano Buendía. El jefe liberal de los levantados en armas

[…] escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios. Pedían, en primer término, renunciar a la revisión de títulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedían, en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las aspiraciones de igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos para preservar la integridad de los hogares. (p. 196)

Con la clarividencia que le da el conocer en profundidad las causas del conflicto, García Márquez prácticamente las enumera en la cita anterior. El primero es el problema de la tenencia y posesión de la tierra. Y no es problema de un grupo o de una ideología sino un problema social y político que no ha tenido una solución ni justa ni definitiva. Los grupos paramilitares tenían como uno de sus objetivos también realizar por la fuerza una verdadera reforma agraria y, por lo tanto, hicieron que la tierra cambiara de propietarios en una proporción escandalosa. Y hoy, después de muchos años de realizado el despojo, si alguien se atreve a reclamar la tierra que les fue arrebatada es porque «se quiere hacer matar» («Oiga, cuénteme: ¿usted se quiere hacer matar?» (El Tiempo,, 22 noviembre de 2016, p. 3). El segundo tiene que ver con las creencias y el intento de imponer una forma de vida, una moral cristiana. Los estudiosos ya han comenzado a plantear hipótesis sobre el apoyo masivo de las iglesias cristianas al No. En una sociedad laica, secularizada, ven poco margen de maniobra para sus actividades. La Iglesia católica quedó en una especie de limbo porque, por una parte, el respaldo del Papa Francisco fue abierto y directo, mientras que los jerarcas colombianos solo parcialmente siguieron su orientación. Por último, el modelo de familia y, en consecuencia, el educativo, fue también en esta ocasión una razón para la discordia. Varios sectores vieron con horror la amenaza que representa la llamada ideología de género y la encontraron en el Acuerdo Final profusamente, guiados en su búsqueda por vigilantes pastores. No faltaron tampoco profetas que anunciaban una desgracia inminente: los hijos iban a ser convertidos en homosexuales, las hijas en lesbianas porque ahora ¡los infantes podían escoger su género! Pero en realidad todo lo anterior se compendia en una sola oración como muy bien lo entendió y lo expresó el coronel Aureliano Buendía: «Lo importante es que desde este momento solo estamos luchando por el poder» (García Márquez, 2007, p. 197). Todo lo demás es secundario.

Y tampoco hay dubitación en que la lucha por el poder no es solo entre los levantados en armas y el gobierno, sino también dentro del mismo establecimiento como lo ha señalado el escritor Héctor Abad Faciolince (3 de octubre de 2016): «Santos y Uribe quieren lo mismo: ser ellos, cada uno, los protagonistas del Acuerdo, y que el protagonista no sea su adversario político. Es un asunto humano, demasiado humano, de pura vanidad. La paz sí, pero si la firmo yo».

Esta rivalidad se ha incrementado ahora con el segundo premio Nobel de un colombiano, el de la Paz 2016, concedido al presidente Juan Manuel Santos más como estímulo que como recompensa por metas alcanzadas. En un comentario en Twitter se advierte: «Ironías de la vida, tenemos ahora dos premios Nobel en Colombia: uno de literatura en un país que no lee y uno de paz en un país que no perdona» (De Las Aguas Couttin, 7 de octubre de 2016). El índice de libros leídos por lector al año es muy bajo. También la historia demuestra que en verdad los corazones no están dispuestos a perdonar. La obra de teatro más representada en Colombia, Guadalupe años sin cuenta, se desarrolla alrededor del jefe de la guerrilla liberal en los Llanos –respuesta al asesinato en 1948 del líder popular Jorge Eliecer Gaitán–, quien junto a sus tropas firmó el armisticio y entregó sus armas en 1954 para terminar meses más tarde asesinado por la misma policía secreta del régimen. Los grupos que se desmovilizaron en los años noventa sufrieron una continua hostilidad y falta de planes efectivos para su reinserción a la sociedad. En 1994, el grupo disidente Renovación Socialista firmó un acuerdo de paz con el gobierno de César Gaviria, pero sus líderes fueron asesinados por el Ejército. Entre 1984 y 1997, la Unión Patriótica fue sometida a un genocidio político. En la ficción garciamarquiana, tan solo dos meses después de la firma del tratado de Neerlandia, los más decididos instigadores de la guerra civil «estaban muertos o expatriados, o habían sido asimilados para siempre por la administración pública» (García Márquez, 2007, p. 209).

Según el somero recuento histórico y ficticio anterior, se puede deducir que, en verdad, la sociedad colombiana no está dispuesta a perdonar y a reinsertar a la sociedad a quienes se han enfrentado a ella. Más allá de las estrategias de campaña electoral, esta es una de las razones esenciales que explican el triunfo del No en el plebiscito previsto para refrendar el Acuerdo de Paz de La Habana. Más que un acuerdo, en el fondo prefieren un castigo ejemplar –en nombre de la justicia– sin importar que el grupo ilegal no fue vencido en armas. Y nunca van a estar satisfechos con lo pactado. Lo que los negociadores debieron planear cuidadosamente es cómo evitar el río de sangre que se avizora en el inmediato futuro, cuando desde ya se está planeando y ejecutando la muerte de líderes comunales.

Lo que hemos de admirar en García Márquez es su gran capacidad para captar esa realidad colombiana que hace que lo que escribió ayer sea una radiografía vigente de los sucesos de hoy y, quizá, una voz profética para lo que vendrá mañana. La montaña rusa causada por las noticias de las últimas semanas parece haber sido anticipada por su prosa novelística:

Era como si Dios hubiese resuelto poner a prueba toda su capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad. (García Márquez, 2007, p. 258)

Esto hemos experimentado muchos colombianos en los últimos meses: el alborozo por la firma del tratado de La Habana el 26 de septiembre de 2016 ante la comunidad internacional; el desencanto por el triunfo de quienes se opusieron a aceptar este tratado en el plebiscito del 2 de octubre; una nueva esperanza con la firma de un segundo acuerdo y por lo que pueda llegar a significar el Premio Nobel de Paz 2016 concedido al presidente Santos. Muy bien sabía García Márquez que «era más fácil empezar una guerra que terminarla» (p. 199). Pero bien vale la pena continuar la búsqueda de una posibilidad real para el triunfo de la

[…] utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra. (García Márquez, 1982)

Como nación, damos la bienvenida al Premio Nobel de la Paz a Colombia si significa el advenimiento de la reconciliación después de comprobar, como Aureliano Buendía «que esta guerra ha acabado con todo» (García Márquez, 2007, p. 203). Pero no tengo hesitación alguna al afirmar que Gabo sigue siendo el ganador favorito en el país, porque ilumina el camino de unidad y felicidad de los colombianos.

Referencias bibliográficas

Abad Faciolince, H. (2016). Explicar el fracaso. Recuperado de http://elpais.com/elpais/2016/ 10/03/opinion/1475515757_441155.html

De Las Aguas Couttin. (7 de octubre de 2016). «Ironías de la vida, tenemos ahora 2 premios Nobel en COL; 1 de literatura en un país que no lee y 1 de paz en un país que no perdona» [tuit]. Recuperado de https://twitter.com/DeLasAguasLaura/status/784398579905552384

García Márquez, G. (1982). Discurso de aceptación del Premio Nobel: «La soledad de América Latina». Centro Virtual Cervantes. Recuperado de http://cvc.cervantes.es/actcult/garcia_marquez/audios/gm_nobel.htm

García Márquez, G. (2007). Cien años de soledad. Real Academia Española-Grupo Editorial Norma.

Oiga, cuénteme: ¿usted se quiere hacer matar?» Líder social de Sucre, y defensor del proceso de paz, cuenta cómo intentaron matarlo. (21 de noviembre de 2016). El Tiempo, p. 3.

Redacción Digital Blu Radio. (6 de octubre de 2016). Las confesiones del gerente de la campaña del NO en el Plebiscito por la Paz. Blu Radio website: https://www.bluradio.com/paz/tergiversamos-mensajes-porque-los-del-si-tambien-lo-hicieron-juan-carlos-velez-118646

Santos, J. M. (26 de septiembre de 2016). Discurso del presidente Santos en la firma del Acuerdo Final de Paz. El Tiempo. http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/discurso-del-presidente-santos-en-la-firma-del-acuerdo-final-de-paz/16712180

Vélez Uribe, Juan Carlos. «La estrategia era dejar de explicar los acuerdos». http://www.noticiascolombianas.com.co/index.php/318947/la-estrategia-era-dejar-de-explicar-los-acuerdos-gerente-de-la-campac3a3c2b1a-del-no/

9. Texto presentado en el lanzamiento del libro Gabriel García Márquez. Literatura y memoria en la Universidad del Valle en 2016 con el título: «Gabriel García Márquez: un indiscutible Nobel para los colombianos».


García Márquez y un mundo que declina10

Piedad Bonnett

En las primeras páginas de Historia de un deicidio –ese estudio fervoroso de la obra del escritor colombiano que escribió Mario Vargas Llosa y que no volvió a reeditarse a raíz de la pelea que los separó– García Márquez cuenta que lo que quería desde los dieciséis años era escribir Cien años de soledad, un libro que en ese entonces tan solo vislumbraba como una narración sobre su infancia. La imagen central que lo perseguía era la gran casa de Aracataca, donde pasó sus primeros años lejos de sus padres, en medio de innumerables mujeres, de las cuales la más importante fue su dicharachera y sentenciosa abuela Tranquilina, y cerca de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez –la persona que más iba a influir en esa época de su vida–. «Pero no pude con el paquete», le confiesa a Mario Vargas Llosa, en expresión que revela su enorme conciencia literaria: «me di cuenta también de que la dificultad era puramente técnica, es decir, que no disponía yo de los elementos técnicos y del lenguaje para que esto fuera creíble, para que fuera verosímil» (Vargas Llosa, 1971, p. 89).

García Márquez, que había descubierto muy joven, leyendo la nueva novela norteamericana y europea, que había que ensayar caminos distintos a los ya transitados por el realismo decimonónico y por la llamada novela de la violencia en Colombia, lo que va a hacer entonces es comenzar un camino de exploración que desde La hojarasca, su primer libro publicado, lo muestra como un buscador nato, un experimentador arriesgado y riguroso.

Cualquier lector que emprenda la lectura sistemática de sus narraciones podrá rastrear por qué caminos iban sus búsquedas formales en aquellos primeros tiempos. Después de La hojarasca, que como sabemos recurre a una perspectiva narrativa plural, a la manera de El sonido y la furia, de Faulkner, la obra del escritor va a oscilar entre dos lenguajes: el escueto y apretado que se deriva del ejercicio periodístico y de la influencia de El viejo y el mar de Hemingway –y que no suele tenerse en cuenta cuando se lo ve solo como el representante del «realismo mágico»– y el barroco y fantástico que ya había usado Carpentier en El reino de este mundo, sustentado en su teoría de que América solo podía narrarse desde lo que él llamó lo real maravilloso. Del primero de esos lenguajes, económico y austero, son ejemplos contundentes El coronel no tiene quién le escriba y Crónica de una muerte anunciada. Y del lenguaje abundoso, tendiente a la metáfora y a la catarata verbal, Cien años de soledad y, por supuesto, la obra que lleva estos recursos a un nivel paroxístico, casi delirante: El otoño del patriarca.

Un escritor suele ser un hombre obsesionado por unas cuantas ideas que no lo abandonan a lo largo de la vida. También lo fue Gabriel García Márquez, que sintió siempre verdadera pasión por temas como el poder, la narración oral, los «amores contrariados» y el derrumbamiento de una época que da paso a un mundo con valores distintos. El origen de este último motivo literario, que me interesa rastrear en este breve ensayo, lo explica él, como casi siempre hizo, no desde la abstracción teórica sino desde la experiencia personal: en una entrevista cuenta que, siendo aún muy joven, acompañó a su madre a Aracataca a gestionar la venta de la casa que había sido de sus abuelos. Llegaron, dice, a las dos de la tarde, bajo un sol canicular –como la madre y la hija de ese cuento espléndido que es «La siesta del martes»– atravesaron la plaza desierta y entraron a la casa de una vieja amiga de su madre; las dos mujeres, nos cuenta, se abrazaron y duraron llorando unos minutos, la una en el hombro de la otra, sin que mediara una sola palabra. Inusitado testigo de aquella escena, el jovencísimo García Márquez creyó adivinar la razón de aquel llanto: la nostalgia por un tiempo ido, que ya no volvería jamás. De esa revelación, de esa epifanía, iba a desprenderse toda la primera parte de su obra:

Tres de mis libros, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mamá Grande y La mala hora, son en verdad un solo libro. Un mismo tema, un mismo ambiente, que se repiten y se mezclan, como pedazos que tomo aquí y coloco allá. (citado por Monsalve, 1992, p. 88)

El declive de una época que es arrasada por valores y circunstancias nuevas es un tema que recorre la literatura y que es medular en obras que García Márquez conocía y apreciaba, como El lazarillo de Tormes, Don Quijote de la Mancha y en buena parte de los libros de Faulkner, uno de sus grandes maestros. En El coronel no tiene quien le escriba (1961), el tema aflora ya con sutileza y hondura. El personaje, un viejo militar retirado que, como sabemos, espera inútilmente su pensión, es uno de los fundadores del pueblo que cifran su respetabilidad en una trayectoria de honestidad pero también en unos blasones y en el hecho de pertenecer a una estirpe, pero también es el representante de un mundo premoderno que se extingue. Como analizó Vargas Llosa, el Coronel es, además, como Don Quijote, un personaje cuya conducta está regida por «un idealismo abstracto», que lo hace «creer posible lo imposible» y que se apoya en una fe ingenua en la eficacia de la ley, la palabra empeñada y el funcionamiento de la justicia. Don Sabas, padrino de su hijo muerto y antagonista del Coronel, es, por el contrario, un personaje pragmático, frío y artero, un liberal que traicionó a sus copartidarios y que, aliado con los conservadores, se ha hecho a parte de las tierras que estos han usurpado a sus opositores políticos. Un hombre para el cual el dinero lo es todo, un rústico que sin tener la gracia ni la bonhomía de Sancho solo ve, con pragmatismo chato, lo pedestre de la realidad.

La tensión dramática nace en El coronel no tiene quien le escriba de la situación de pobreza extrema del protagonista y su mujer, a quienes solo les queda como recurso el gallo de pelea que es herencia de su hijo, asesinado, según se adivina, por su militancia política clandestina contra los representantes locales del régimen de Rojas Pinilla. La situación de precariedad pone al Coronel a merced de don Sabas, su compadre; y el lugar de respetabilidad social que ocupa –a pesar de todo– obliga al matrimonio a aparentar, como el hidalgo de El lazarillo, que no están en la ruina. Como él, ponen la olla vacía a hervir sobre el fogón para que parezca que no se padece hambre.

Pero la dimensión política de la novela va más lejos, y nos instala en dos instancias: la inmediata, la de la violencia soterrada y amenazante que intuimos permanentemente en el pueblo, y una más abarcadora, que ve el problema en un contexto nacional e histórico: el de los nuevos tiempos, donde impera la ley del más fuerte y donde valores como la honra y la dignidad empiezan a parecer caducos. No hay segunda oportunidad sobre la tierra para hombres como el Coronel. A él solo lo salvan –como personaje, no como ser humano– su esperanza, su dignidad y su empecinamiento, el que lo lleva a contestar a su mujer a la pregunta sobre qué van a comer, infringiendo el código de sus modales: ¡Mierda!

En Los funerales de la Mamá Grande (1962), un cuento publicado con posterioridad a El coronel no tiene quién le escriba, y puerta de tránsito hacia la obra que lo estaba esperando desde hacía ya unos años, Cien años de soledad (1967), García Márquez se vale de lo hiperbólico y desmesurado y del humor y lo grotesco como un arma crítica. El autor, que se había inspirado en la sequedad de El viejo y el mar para escribir la historia de un coronel que espera inútilmente su pensión de jubilación, encuentra que también se siente muy cómodo en la desmesura rabelesiana, donde el lenguaje se hace naturalmente simbólico y más libremente poético. Y aunque a primera vista el tema de Los funerales no tiene nada que ver con el de El coronel no tiene quien le escriba, una indagación detenida muestra que también en el cuento lo que se está señalando es la muerte de una época, en este caso como consecuencia del fallecimiento de la gobernante suprema de Macondo, la Mamá Grande. Lo que sucede es que este personaje, por la perspectiva legendaria del relato, deviene finalmente en símbolo. ¿De qué? También de un mundo antiguo, de un feudalismo-agrario donde el poder emana de la tenencia de la tierra, en un lugar donde «no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios» y donde la Mamá Grande encarna «la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la improvisación mortal». Por supuesto, esta caracterización está hecha desde la desmesura, la ironía y la caricatura, que son el resultado del punto de vista del narrador, una especie de juglar, de narrador oral –emparentado, sin duda, con esa figura mítica local que fue Francisco el Hombre y con los cantores del vallenato tradicional, ese género que tanto quiso García Márquez–, el cual, situado por encima de la multitud, comienza su relato diciendo: «Esta es, incrédulos del mundo entero…», y que en un momento dado explica que ha llegado la hora de contar esta calamidad nacional «antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores». En Los funerales de la Mamá Grande vemos que García Márquez desarrolla ya una estrategia narrativa que va a ser central en Cien años de soledad y en El otoño del patriarca: la de narrar la historia desde su versión popular, hiperbólica y legendaria, para contraponerla a la versión oficial, reductora y manipulada por las élites. Y que su personaje central tiene en común con el dictador de El otoño del patriarca que, dado que su régimen había durado siglos, todo el mundo pensaba que era inmortal.

Pese a las semejanzas de fondo, hay, sin embargo, una diferencia de enfoque en los dos relatos: mientras que en El coronel no tiene quién le escriba, como en Don Quijote de la Mancha, la visión del pasado es idealizada por el autor –lo que equivale a una despedida nostálgica– en Los funerales de la Mamá Grande, al ser el humor el instrumento primordial, la visión es crítica, demoledora. Los vicios de nuestros dirigentes, los lugares comunes de nuestra cultura, la trinca eterna entre el gobierno central y los caciques locales, la injerencia de la Iglesia católica en los asuntos públicos, todo eso, van a ser caracterizados y caricaturizados en este relato.

Con Cien años de soledad, publicada en 1967, García Márquez se acabó de revelar a sus lectores como lo que siempre fue: un enorme poeta en prosa y un escritor decididamente político –en el sentido amplio de esta palabra– con una capacidad enorme de sintetizar algunos aspectos definitivos de la historia y la cultura colombianas. La gran casa, sostenida por la presencia de Úrsula, única figura que permanece casi hasta el final de la saga de la familia, es el escenario de los sueños de los personajes que parecieran jalonar la historia, que sin embargo nacen ya condenados al fracaso; son los sueños de José Arcadio, el patriarca, de salir del ámbito de confinamiento de Macondo y de conseguir los adelantos de la ciencia; los del coronel Aureliano, de ganar la guerra contra los conservadores y acabar con las arbitrariedades del gobierno central; los de José Arcadio II, de conseguir las reivindicaciones salariales de los trabajadores de la United Fruit Company a través de la huelga; y los de Aureliano el sanscritista, de amar libremente a Amaranta Úrsula, más allá de los miedos de la estirpe y de conocer la historia toda de la familia por medio de los manuscritos de Melquíades. En ellos descubre que la de Macondo es una historia de involución, que empieza en la Arcadia, un paraíso terrenal donde las casas reciben la misma cantidad de sol y están a la misma distancia del río y donde no ha habido nunca una muerte, y termina con un hijo con cola de cerdo y con un viento final que arrasa con Macondo y «con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había fabricado tantos animalitos de caramelo». Una época muere con el último Aureliano, para siempre. Detrás del hecho de que no haya una segunda oportunidad sobre la tierra para los que la vivieron –porque soledad e insolidaridad son lo mismo, según ha dicho García Márquez–, leemos una condena moral del autor y una visión determinista de la historia. Pero tal vez, quién sabe, un tácito vaticinio de redención para ese futuro que se abre. Algo que hoy, en trance de firmar la paz, le habla a la esperanza de muchos colombianos.

Referencias bibliográficas

Monsalve, A. (1992). El deber de un escritor es escribir bien. Repertorio crítico sobre Gabriel García Márquez. T. 1. Bogotá, Colombia: Instituto Caro y Cuervo.

Vargas Llosa, M. (1971). Historia de un deicidio. Barcelona, España: Barral Editores.

10. Texto publicado en el libro Gabriel García Márquez. Memoria y literatura, editado por Juan Moreno Blanco, Programa Editorial de la Universidad del Valle, 2016.


Cuando la crónica reporta la leyenda: La Sierpe como posibilidad de un mundo cerrado hoy

Carlos-Germán van der Linde

«La Sierpe, un país de leyenda dentro de la costa atlántica de Colombia» (García Márquez, 1985, p. 5), escribe el joven periodista de 27 años, en la primera crónica que aparece en el volumen de recopilaciones periodísticas bajo el título Crónicas y reportajes (1976). La primera crónica, «La Marquesita de La Sierpe», perteneciente a la serie sobre La Sierpe, fue publicada inicialmente en la revista Lámpara, en 1952 (McGrady, 1972, p. 293; Gilard, 1976, p. 163). Dos años más tarde, la serie completa aparece en el Suplemento Dominical de El Espectador, en cuatro entregas, así: «La Marquesita de La Sierpe» (7 de marzo), «La herencia sobrenatural de La Marquesita» (21 de marzo), «La extraña idolatría de La Sierpe» (28 de marzo) y «El muerto alegre» (4 de abril) (McGrady, 1972, p. 293; Gilard, 1976, p. 163-64).

Situar temporalmente estas crónicas es muy importante porque revela su punto axial entre dos periodos de la producción periodística de García Márquez, a saber, entre los tomos Textos costeños (recopilación de trabajos de 1948 a 1952) y Entre cachacos (1954-1955) (Williams, 1985, p. 117). McGrady (1972) escribió de los primeros comentarios a dicha serie de crónicas. En ellos, señala rutas interpretativas sobre, primero, la Marquesita como un arquetipo de las matronas literarias y, segundo, el mundo de La Sierpe como un descubrimiento para narrar Cien años de soledad (McGrady 314). Estas rutas han sido solo ratificadas o desarrolladas, en mayor o menor medida, por Gilard (1976, p. 154), Sims (1987, p. 46), Castaño Restrepo (2007, p. 264) y Sarango et al. (2017, p. 3).

Este artículo pretende abordar unas rutas complementarias a las anteriores con respecto a la fundación de una cosmogonía (leyenda) reportada por la crónica periodística de orden culturalista. Williams (1985) habla de «some of the journalism is cultural or literary commentary». Enfatiza que un vocablo como commentary es más apropiado que la etiqueta literary criticism (p. 117), por su gran variedad de temas e intereses, tales como el social, el político y el literario. En ocasiones, este tipo de escritura elude categorizaciones –advierte Williams (p. 118)–. Por otra parte, mi insistencia de que se trata de una leyenda es un esfuerzo por situar una expresión narrativa con antelación a la historia (history), es decir, anterior al logos no solo de la razón moderna sino también del tiempo lógico (¿lineal?), según lo articula el logos histórico. La materia narrada y el modo mismo de la crónica serpeña están muy alejados del proceder sistemático de algunas tradiciones historiográficas.

Así lo entiende el narrador del cuento «Los funerales de la Mamá Grande» (1962), por lo mismo recuesta el taburete a la puerta de la calle, para «empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores» (García Márquez, 2012a, p. 97). Esto lo dice justo al inicio del cuento y lo repite al final. En el último párrafo se lee que el narrador hace la tarea necesaria, posterior a los eventos grandilocuentes de los funerales, de contar la historia11 o, mejor, una leyenda: la leyenda de la Mamá Grande. Me he desplazado de la crónica al cuento para mostrar un par de coincidencias: la importancia de la leyenda y su modo de transmisión oral. La leyenda dice es una fórmula repetida que se encuentra en las crónicas. Las historias transmitidas oralmente sin la validación de la historiografía son, entonces, el texto y el modo de apropiación y de transferencia de la cultura.

La crónica reporta la leyenda

En relación con el cuento «Los funerales de la Mamá Grande», Vargas Llosa (1971) afirma:

El narrador ha hecho suya la perspectiva de la gente que, en la calle, chismea, murmura, se apodera de los hechos real objetivos y los manipula con la fantasía, aumentándolos, coloreándolos, mudándolos en mito y leyenda. (p. 451)

«El narrador se alinea con la perspectiva mítico-legendaria del pueblo» (pp. 449-450). Esto querría decir que existe una versión con la facultad de hacer pasar la materia narrada del mundo real objetivo al de la fantasía, el mundo mítico. Aun cuando existe literatura crítica suficiente para aceptar que la serie de La Sierpe sirve de matriz para el cuento mencionado, tal pasaje de lo real objetivo a lo mítico no se comprueba en las crónicas de La Sierpe.

El narrador de las crónicas muestra un universo que, a diferencia de lo expresado por Vargas Llosa para el cuento referido, y a diferencia del cuento «Blacamán el bueno, vendedor de milagros», ya existe instalado en el orden mítico de comprensión del mundo. Quizás sea exagerado hablar de un orden mítico del mundo a la manera como lo entiende Nietzsche en El nacimiento de la tragedia ([1872] 2000)12. Creo que, para La Sierpe, se está ante un microcosmos donde lo sobrenatural es orgánico con el orden natural de las cosas. Los regímenes, por un lado, racional, natural y de vigilia, y, por el otro, fantástico, sobrenatural y onírico, se conjugan. Incluso, podría entenderse que ese microcosmos pone en escena un universo simbólico, quizás, inédito en la producción periodística y cuentística garciamarquiana de aquel entonces. En esta perspectiva fundacional y singular, se deben entender las palabras «La Sierpe, un país de leyenda dentro de la costa atlántica de Colombia» (García Márquez, 1985, p. 5). «Un país de leyenda» es una realidad existente a la llegada del narrador-reportero, no es el resultado de una narrativa que arribara a lo legendario. En otras palabras, lo mítico –según Vargas Llosa o Sims– o lo legendario no es un efecto semántico. Al contrario, es una visión de mundo que existe antes de la crónica.

En la primera crónica, «La Marquesita de La Sierpe», no hay ningún enunciado con un acto equivalente a recostar un taburete y, ahora sí, contar los hechos. En el cuento «Los funerales de la Mamá Grande», el narrador es testigo directo de los acontecimientos. En las crónicas de La Sierpe, la leyenda antecede al oficio del cronista. Los hechos preceden a la narración periodística. El tiempo verbal de las crónicas es el presente, pero su referente se ubica en el pasado: «Hace algunos años» (García Márquez, 1985, p. 5) es la primera frase de las crónicas. El presente de la enunciación es, entonces, el tiempo del reporte que hace la crónica13. El presente es el tiempo que habita el cronista y en el que tiene acceso a la leyenda. El presente, solo en apariencia, sería el tiempo de enunciación de la leyenda: «La leyenda dice» (p. 7), «dice la leyenda» y «la leyenda agrega» (p. 8). No obstante esa conjugación verbal, el presente no es la temporalidad simbólica del mito. Esta sería un pasado atemporal. Al respecto, Sims (1978) recuerda de Lévi-Strauss su idea de que el valor del mito es que el específico patrón descrito es atemporal (p. 15). Por lo mismo, el presente simple de la conjugación verbal en «dice la leyenda» es, en realidad, la temporalidad en que el cronista reporta la leyenda.

La crónica de García Márquez a su vez precisa que el presente no es el tiempo de la leyenda. Las coordenadas temporales de esta –como la misma ciénaga serpeña– tienen límites borrosos, que van desde un pasado remoto cuando La Marquesita vivía: «Los más viejos habitantes de La Sierpe oyeron decir a sus abuelos que hace muchos años vivió en la región» (García Márquez, 1985, p. 7), hasta un presente habitado por la idolatría popular –rezagos de la antigua veneración a La Marquesita– y una suerte de interacción carnavalesca con la muerte a la que se le canta «La zafra del dolor profundo». Así que el tiempo de enunciación de la leyenda es, en rigor, arbitrario, borroso o, mejor, distendido. Va desde el pasado del referente hasta que este coincide con el presente de la enunciación.

Para los eventos más contemporáneos referidos por la crónica, la conjugación verbal es el presente perfecto, cuyo pasado alcanza el presente: «La idolatría ha adquirido en La Sierpe un extraordinario prestigio» (p. 15, énfasis mío). Aquel presente de los pobladores de La Sierpe, ubicable a inicios de la década de los cincuenta, se extiende al siglo xxi. La leyenda sigue viva: las peregrinaciones en San Benito Abad (departamento de Sucre) –zona de influencia de la Ciénaga Grande, para adorar a un Cristo negro llamado Milagroso de la Villa– dan fe de esa actualidad. En la procesión de 2008, asistieron cerca de tres mil creyentes, y José Chadid, sacerdote de la Villa de San Benito, afirmó que en la procesión anual «es donde se escucha que Dios se salió de la Biblia» (Martínez, 9 de marzo de 2008). La crónica, una vez más, contiene a la leyenda. Los eventos fabulosos se hacen comunicables y entendibles al lector gracias a la crónica. De alguna manera, la crónica historiza la leyenda: la organiza en un orden cronológico que va desde el pasado arcaico hasta el presente del muerto alegre.

Intentaré demostrar que, a pesar de ese intento de historización (contención), la leyenda desborda a la crónica. Esto es así en varios sentidos. Primero, la crítica ha resaltado más los temas realistas mágicos que sirven para una crítica genética, como la ampliamente atendida por Conrado Zuluaga (2015)14. Segundo, la leyenda reportada afecta incluso la tipología textual de la crónica, y por extensión al periodismo de García Márquez, hasta el punto de ser calificados como literarios (Williams, 1985) o mágicos (Herscovitz, 2004). Tercero, obliga al lector de la crónica adoptar códigos de lectura no canónicos, como si estuviera frente a la literatura fantástica (McGrady, 1972). Cuarto, que es mi tarea en lo que sigue, la leyenda se irradia por los personajes, el espacio, la cosmovisión y la cotidianidad del universo narrativo hasta hacer viable que las fronteras de lo ontológico y lo metafísico, entre lo imposible y lo probable, entre lo veritativo y lo verosímil, se disuelvan.

Los habitantes de La Sierpe y su realidad son sobrenaturales. Incluso aquellos que no fueron herederos de los poderes de La Marquesita interactúan con esa realidad sobrenatural sin asombro. La hechicería es una práctica cotidiana. Esto se comprueba con la calma que un hombre llega al consultorio médico «para que me saque un mico que me metieron en la barriga» (García Márquez, 1985, p. 5). «Lo ordinario de lo sobrenatural es el gran marco para que a ciertos personajes se los trague la leyenda» (p. 21). No se trata de un pasaje de lo real objetivo a lo imaginario o fantasioso, sino que la leyenda es una narrativa que va a fijar justamente los rasgos memorables, hiperbólicos, de sus personajes. Así las cosas, los personajes por ser fantásticos se convierten en leyenda.

Devenir leyenda no es una nueva condición, es una fijación narrativa de su existencia. No cabe duda de que La Marquesita es el personaje más potente en este mundo. Sin embargo, hay otros habitantes que se vuelven personajes legendarios por su osadía; tal es el caso del hombre del pie hinchado, quien trató de alcanzar el tesoro escondido de La Marquesita. Este personaje es muy importante para entender los dos niveles textuales que ocupa la leyenda. Esta es memoria y modo de narración. Solo por esta doble dimensión es posible que la leyenda cuente la historia de un hombre que pisó la leyenda.

Para entender el caso del hombre del pie hinchado es necesario situarlo en el contexto de ese mundo de leyenda que es La Sierpe. La Sierpe es un microcosmos dentro del caribe colombiano. De ahí que la serie completa haya recibido el título de «Un país en la costa atlántica». Al tiempo es un universo narrativo autosuficiente (Sims, 1987, p. 46). La Sierpe nace como universo asimilable a lo mítico por su vinculación a la muerte de La Marquesita:

Concentró frente a su casa sus fabulosos rebaños y los hizo girar durante dos días en entorno a ella, hasta cuando se formó la ciénaga de La Sierpe, un mar espeso, inextricable, cuya superficie cubierta de anémonas impide que se conozcan sus límites exactos. (García Márquez, 1985, p. 8)

El elemento agua se ha registrado en diversos relatos fundacionales, forma parte de las mitologías cosmogónicas. También está asociado a la figura femenina. En esta primera crónica, se tiene la conjunción de una suerte de diosa creadora y un mundo acuoso. La Sierpe ya existía, pero su constitución en «país de leyenda» obliga a ser una ciénaga y a tener límites imprecisos. Esta cosmogonía permite sostener que la leyenda «se traga» tanto al personaje central como a su universo.

La leyenda, cuenta la crónica, además va a infestar de «realismo mágico» al arrocero que intentó alcanzar el tesoro de La Marquesita. Su viaje es un desplazamiento a la leyenda misma. En el centro de la ciénaga, la creencia popular afirma, se encuentran enterrados los grandes tesoros de La Marquesita. «Allí hay un totumo con calabazos de oro al que se le tiene amarrada una canoa, y a esta la custodian culebras gigantes y caimanes blancos» (p. 8). Él va a ser testigo y testimonio de que sin lograr tocar el centro de la ciénaga-universo-leyenda, y con esa imposibilidad se le mantiene en el plano del deseo, fue suficiente con acercarse para que su pie sufriera una hinchazón monstruosa (García Márquez, 1985, p. 8).

Su monstruosidad no es signo de caída como lo es la cola de cerdo en Cien años de soledad. Otra caída se registra en la serie: al hombre que trató de robarse la dote de Jesusito se le hincharon las manos. Eso sí, la deformidad es un estigma que documenta la facticidad de la fantasía. Entonces, la hinchazón es el efecto, en el plano de la realidad, del atrevimiento, y el calificativo monstruoso es su medida.

El hombre del pie hinchado luciría con satisfacción su monstruosidad por «ser el único hombre de La Sierpe que se ha atrevido a pisarle los terrenos a la leyenda» (García Márquez, 1985, p. 9). La deformación es la marca de su heroísmo. Son los riesgos que se corren en las expediciones a mundos perdidos o arcaicos, como el paraíso. Ese árbol de totumos de oro parece una alusión al árbol bíblico. La secularización recreada en la crónica no resalta la prohibición, opera con vigor la comprobación de que la leyenda es cierta. La deformación no es castigo por la transgresión, es una prueba de que lo fantástico tiene concreción en el plano de la realidad. Esto que le ocurrió al ambicioso arrocero no lo cuenta la leyenda, no forma parte de esa fijación narrativa. El lector sabe del suceso y travesía del hombre del pie hinchado por la crónica, y el cronista se informa por el mismo aventurero: «La descripción que hace el hombre de su aventura» (p. 8). En consecuencia, la leyenda «se traga» al hombre por su pie y también por su relato. La descripción de la travesía hecha por el arrocero –reporta la crónica– «es tan fantástica como la leyenda de La Marquesita» (p. 8). Finalmente, la crónica no es una memoria de hechos objetivos. No tiene una pretensión de verdad científica. La crónica es un registro subjetivo, mediado por la tradición oral. Con la serie de La Sierpe, el lector está ante una crónica del deslizamiento: de lo fabuloso a lo real; pero una realidad excepcional, solo posible en un país de leyenda. Esto es justamente lo contrario al movimiento que advertía Vargas Llosa de tomar el mundo real objetivo y trasladarlo a lo mítico-legendario.

La Sierpe es un universo erráticamente cerrado

La Sierpe es un «país de leyenda» (García Márquez, 1985, p. 5), pero posee un estatuto de realidad ontológico: se le ubica en el mapa político territorial de Colombia. Para la década de los cincuenta, el departamento de Bolívar comprendía los actuales departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar. La crónica sitúa la ciénaga serpeña al sureste de aquel Bolívar, entre los ríos San Jorge y Cauca, y «más allá» de puntos de referencia como La Mojana y La Guaripa. Actualmente La Sierpe se encuentra al sur de Sucre. Hoy es posible hacer el recorrido en auto desde Magangué (Bolívar) hasta La Sierpe, por la vía a Corozal, en busca de mejor pavimento. Son aproximadamente 260 kilómetros, para recorrerlos en unas cinco horas15. Hace casi setenta años, al joven cronista le tomó tres días hacer la misma travesía. A tal peregrinación le adjudico la misma importancia que tuvo el éxodo de los Buendía que los conduciría, en últimas, a la fundación de Macondo. Ahora bien, en el caso de la crónica su relevancia es mayor porque se trata de un viaje que conduce de la realidad al mito. Una incursión por el territorio que parece ser un viaje por el tiempo, al pasado, a la atemporalidad de la leyenda.

Dada la importancia referida, es oportuno ofrecerle al lector de hoy una reconstrucción de aquella peregrinación emprendida por García Márquez a los 25 años, de la que dejó registro en su crónica (cfr. García Márquez, 1985, p. 5). La crónica no registra la partida desde una ciudad cercana de referencia como Santa Marta o Mompox. Menciona un lugar más liminal como Magangué. Este punto de partida no es urbano (civilizado) ni propiamente la selva o la pampa (salvaje). Es asimilable al lugar que ocupan los llanos, en La vorágine, un interregno entre Bogotá y el Amazonas. En Magangué se toma una lancha para el puerto de Sucre, lo que demora unas «pocas horas» (mapa 1).


Mapa 1

Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi de Colombia: Carta General del departamento de Bolívar, año 1961, escala 1:100.000. Mapas aerofotogramétrico con base en fotografías de diciembre de 1953 a febrero de 1955. Fragmento de la plancha 53.

Como puede verse en el mapa 1, el primer trecho del recorrido se hace por el brazo La Loba; es bastante navegable, mientras que en el trecho por el río San Jorge el camino se angosta. El último trecho, ya por el brazo de La Mojana, es un caño considerablemente más angosto y de navegación más lenta. De puerto Sucre a La Guaripa se tarda «medio día» y ahora el viaje se hace en bestia (mapa 2). El recorrido se emprende por la sabana entre diversas ciénagas, intercalándose senderos y caminos de herradura y carreteables. Es notorio que la ruta no se puede realizar de manera más recta, y debe ir muy al occidente hasta Concepción, La Estrella y, por fin, La Guaripa.


Mapa 2

Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi de Colombia: Carta General del departamento de Bolívar, año 1961, escala 1:100.000. Mapas aerofotogramétrico con base en fotografías de diciembre de 1953 a febrero de 1955. Fragmento de la plancha 63.

El último tramo (mapa 3), de La Guaripa a La Sierpe, toma «dos días de viaje con el agua y el cieno a la cintura» (García Márquez, 1985, p. 5). En este punto parece que la topografía sinuosa y demandante se sincroniza con un mundo de fantasía al que está por arribarse. Es una suerte de locus terribilis, de alta demanda física y mental, acorde con un pasaje no tanto de iniciación sino de cruzamiento a una nueva forma de la realidad. Finalmente, las convenciones cartográficas representan La Sierpe como un gran pantano, produciendo una bella textura que destaca sobre el espacio en blanco que prevalece en el mapa 3. La dimensión de La Sierpe supera en mucho a la ciénaga colindante con Majagual, y esto es una medida del universo narrativo donde nos va a instalar la crónica y una medida del universo hiperbólico de La Marquesita.


Mapa 3

Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi de Colombia: Carta General del departamento de Bolívar, año 1961, escala 1:100.000. Mapas aerofotogramétrico con base en fotografías de diciembre de 1953 a febrero de 1955. Fragmento de la plancha 73.

Los mapas ayudan a los lectores de hoy a hacerse una idea más ajustada del aislamiento de ciénaga de La Sierpe. Aunque la crónica consigna que no está totalmente incomunicada: los comerciantes de arroz realizaban la travesía en busca del buen y nada costoso grano de arroz cultivado en los tremedales serpeños. Si la ida a La Sierpe parece difícil, el regreso es casi imposible. La crónica pareciera advertir que es un viaje en una sola dirección y que no exagera con su subtítulo «Viaje sin regreso» (García Márquez, 1985, p. 5). El mundo narrativo de La Sierpe «se traga» a quienes incursionan en él. El país de leyenda se cierra tras el ingreso de los visitantes. El excursionista que se prepara para el regreso puede ser dado de muerte bien sea por un acto de violencia («a machetazos») o de hechicería («con el vientre lleno de ranas»).

¿Qué puede determinar que a pesar de haber «nada de extraño» (García Márquez, 1985, p. 6) en la imposibilidad de salir de La Sierpe, los comerciantes de arroz sí puedan, al parecer, entrar y salir con libertad? Quizás la cerrazón del universo narrativo sea parcial. El incursionar de los comerciantes de arroz es superficial y, sobre todo, pragmático. Apelando a las categorías marxistas de valor de uso y de valor de cambio, empleadas por Sims (1987), puedo afirmar que el valor de cambio resulta intrascendental para esa cosmovisión. Mientras que el verdadero bien preciado son los poderes (provenientes) de La Marquesita. Estos son un valor de uso, desvinculados de la producción y acumulación de bienes de consumo. Nótese que la industria está ausente en este mundo.

La apreciación y valoración que tienen esos poderes están asociados a una fuerza de trabajo más directiva que productiva. Lo productivo puede provenir de dos fuentes: la industrial, resultado de la tecnificación de la producción material. La otra sería burocrática, a saber, la institucionalización de la cadena de mando y una burguesía en busca de reconocimiento. Ninguna de estas dos fuentes se comprueba en el orden social de La Sierpe. Es una organización directiva por su origen aristocrático marqués, pero sin descendencia, sin transmisión sanguínea (La Marquesita muere virgen). Entonces es una degradación plebeya.

En la crónica, se procuran actividades libres de esfuerzo y que preservan el tiempo para el ocio: se puede desmontar el terreno o curar a las personas y los animales enfermos sin moverse de la hamaca (García Márquez, 1985, p. 12). Adicionalmente, no se puede recibir dinero por los servicios «porque ello haría ineficaz su poder» (García Márquez, 1985, p. 11). Sin embargo, sí se tiene licencia para aceptar obsequios como animales u objetos, o que los pacientes trabajen para el curandero (p. 11). Esto corresponde más a una actividad tribal del trueque o, mejor, a las prácticas de reciprocidad precapitalistas. Lo anterior «significa que su trabajo no se transforma en un producto y que no usa su poder como medio de producción», luego «en La Sierpe prevalece el valor de uso» (Sims, 1987, p. 50).

Los comerciantes de arroz foráneos están instalados en la ley económica del valor de cambio, por lo mismo no atentan contra los valores trascendentales de La Sierpe. Caso contrario ocurre con aquellos visitantes que, a lo mejor, sean «mensajero[s] de nuevas fórmulas para enriquecer la hechicería». Los serpeños no tienen inconveniente de derribarlos a machetazos (García Márquez, 1985, p. 14), porque estos, y no aquellos, son quienes atentan contra los valores auténticos, los poderes sobrenaturales, de La Sierpe. En consecuencia, el mundo se cierra como recurso para mantener su cohesión y articulación.

La Sierpe se funda como un mundo acuoso, ya lo mencioné, con la muerte de La Marquesita. Será un mundo cerrado de muchas formas. No en un sentido de impedir la entrada y salida. Es un mundo sinuoso con una topografía entreverada o, mejor aún, laberíntica. Su territorio geográfico enmarañado es solo un anuncio de la cartografía cultural de la zona, a saber, la cerrazón social es errática. En mi entender, esta es la única manera en que un universo cerrado se hace comprensible, hoy. Los hombres actuales han heredado un mundo fracturado por la experiencia trágica, por la pregunta filosófica. Los tiempos míticos en que las leyes y la voluntad de los dioses hacían homología incuestionable han quedado atrás. Lukács (1985) enseña que:

El círculo en el cual viven metafísicamente los griegos es más pequeño que el nuestro, por eso no podemos nunca introducirnos vivos en él; o, por mejor decir: está para nosotros roto y abierto el círculo cuya cerrazón constituye la esencia trascendental de su vida; porque ya no somos capaces de respirar en un mundo cerrado. (pp. 301-302)

El aislamiento geográfico propicia un cierre pero no lo crea. Así mismo, que la dificultad sea el salir y no el entrar da el sentido de que es móvil en el gesto de cerrarse y abrirse –como un laberinto que tiene puertas para intercambiar con el exterior–. Allende la idea de una suerte de determinismo que ya sea por violencia o hechicería castiga mortalmente el intento de salir, la crónica también registra casos en que los pobladores no desean irse. Su permanencia parece libre de coacciones. La diferencia es que estos arraigados son presentados como habitantes (¿permanentes?) y no como gente de paso, lo que implica una simbiosis heterodoxa entre el lugareño y el territorio: «A los habitantes de La Sierpe nada los hará abandonar su infierno de malaria, de hechicería, de animales y supersticiones» (García Márquez, 1985, p. 6).

La referencia a la hechicería y las supersticiones es el lazo vinculante con su dimensión legendaria. En la tradición griega, explica Lukács (1985), los mundos cerrados se asemejan al círculo. Esto expresa su homogeneidad interior. La figura del círculo, forma de la perfección cósmica, tiene la cualidad de que su centro es equidistante en cualquiera de los puntos de su periferia. Existe una certeza absoluta en hallar el centro, siempre con la misma fórmula, desde cualquier lugar del límite. En la fundación pantanosa de La Sierpe, es decir, en el tiempo fundacional fabuloso, los rebaños giraron en torno a ella, sin producir claramente una figura circular. La Marquesita tendría que ser el centro de ese círculo imperfecto.

En La Sierpe legendaria, no en la real, el tesoro más grande –el secreto de la vida eterna (García Márquez, 1985, p. 8)– está oculto en el centro. En una lectura racional, el tesoro debería estar bajo el lecho de muerte de La Marquesita. Habría, así, dos razones para hacer fácilmente hallable el tesoro. Sin embargo, ese lugar se mantiene inalcanzable, y se sabe de él solo por tradición oral (García Márquez, 1985, p. 8).16 En este momento, la leyenda se ha tragado también La Sierpe real, se ha cerrado sobre ella. Por lo tanto,

Ante la imposibilidad de decidir sobre lo que está dispuesto a aceptar como verdad y lo que prefiere considerar como elemento fantástico, el lector acaba por suspender su habitual criterio de realidad y entra de lleno, encantado, en el mundo maravilloso de La Sierpe. (McGrady, 1972, p. 314)

Como lo expresa McGrady en las últimas palabras de la cita, el lector «entra de lleno» en el acto de lectura al mundo narrativo de la leyenda. El pacto de lectura para su mejor comprensión obliga a suspender la racionalidad occidental y a aceptar los códigos de este antecedente del realismo mágico: lo sobrenatural forma parte de la cotidianidad de los habitantes de la ciénaga. En este punto se tiene que La Sierpe es un país dentro del caribe sabanero por dos razones: su lejanía espacial y mental. Ingresar a ese universo implica abrazar sus lógicas, entre ellas, el sincretismo religioso: son católicos creyentes, y no tienen conflicto en adorar «cualquier objeto en el que ellos crean descubrir facultades divinas y les rezan oraciones inventadas por ellos mismos» (García Márquez, 1985, pp. 6-7). El origen de esa heterodoxia se puede ubicar en la persona y símbolo de La Marquesita.

Esa cosmogonía tiene una fuerza centrípeta que es La Marquesita: «Era una especie de gran mamá de quienes le servían en La Sierpe» (García Márquez, 1985, p. 7). Por lo tanto, La Marquesita es el eje articulador principal. Al respecto, Corral (1977) entiende a este personaje como la «isotopía de La Sierpe» (p. 79). La organización social de la sociedad serpeña se debe a la herencia de todos los poderes que, en el tiempo arcaico, cuando vivía La Marquesita, se concentraban en ella, y que están ahora difuminados entre escasas seis familias muy cercanas al poder matriarcal. Esta media docena de herederos no tiene una relación horizontal entre sus clanes, han sido agrupados y jerarquizados dependiendo de las cualidades (importancia) de los poderes otorgados.

Más allá de la representación real maravillosa de la matrona, intento demostrar que su omnipotencia es una fuerza que cohesiona tan estrechamente este pueblo de fábula que lo cierra por su inmovilidad social. Los poderes concedidos por la matrona se siguen heredando linealmente, por castas. Esto hace imposible la democratización de la tenencia de los poderes. En consecuencia, el mundo se cierra en su estructura piramidal, por la cual la historia personal del matriarcado inicial y, posteriormente, de las castas es coincidente o, incluso, legitima la historia «nacional» –claro está, uso este adjetivo en un sentido atrevidamente alegórico y provisional–.

El universo está cerrado también desde la perspectiva en que la historia de la familia es la misma e indivisa de la historia del pueblo. El sentido histórico del pueblo, resultado de un acto de lectura, emana de la esfera privada de La Marquesita y su herencia. Este legado es una suerte de continuidad menos ponente, ya no existe una realización omnímoda, pero de alguna manera garantiza la organización social estática. La inmovilidad es real incluso en el caso de que la familia pueda dilapidar el poder otorgado, como en el caso de la «facultad de caminar sobre las aguas» (García Márquez, 1985, p. 10), perdido por jugarlo a las cartas. Este no se reasigna a otra familia. Esa pérdida no es ocasión para horizontalizar su distribución. Simplemente se desperdicia. Al perderse se va diluyendo la presencia mediada de La Marquesita, pero se conserva, eso sí, su aglutinamiento jerarquizado. Vargas Llosa (1971) explica el fenómeno en función de una ideología feudal –lo afirma para «Funerales», pero es predicable para la crónica–.

Esto sería una constante en varias obras de García Márquez. Vargas Llosa (1971) señala los Macondos –en plural, porque no son exactamente el mismo pueblo– de La hojarasca y «Los funerales de la mamá grande», a los que yo le añado La Sierpe: «La sociedad de hoy es la de ayer y será la de mañana, aunque cambien las personas. Todo se hereda y se lega, la continuidad familiar [y del clan, agrego yo] del vértice asegura la quieta armonía». El peruano continúa diciendo de la matrona, en relación ahora con la fuente primera de estático balance, que «su figura se confunde, desde la perspectiva popular, con la del mismo Dios» (Vargas Llosa, 1971, p. 472). La matriarca de La Sierpe no solo es sustento semidivino para el pueblo, lo es por oficio: tiene el hábito de viajar por toda la región para sanar y resolver afanes económicos a sus protegidos.

Esta evidente actitud señorial, premoderna, se constata por igual en –ahora una figura masculina– el generalísimo de El otoño del patriarca. La Marquesita corresponde a la sumisión o adhesión de sus feligreses con el favor de su protección. Aquí la cerrazón de este mundo se presenta en dos direcciones: una con respecto a abrazar a La Marquesita como una figura divina (dimensión espiritual); otra en relación con la devoción al señorío que encarna la gran mamá (dimensión política).

Las seis castas, ante la ausencia de La Marquesita, son los nuevos hilos cohesionadores. No tan potentes como la fuente original, pero funcionalmente eficaces. Si bien la posesión de los poderes sobrenaturales ahora se reparte en varias manos, eso no repercute en una sociedad menos cerrada. No es necesario que todos los pobladores sean portadores de dichos poderes. No es un mundo habitado por solo (semi)dioses. La Sierpe continúa cerrada en tanto que todos los habitantes de la base de la pirámide se benefician de los poderes por igual. La hechicería para bien y para mal sigue operando. Es una práctica de socialización vigente pero solo válida –sin asombro ni extrañeza– para los serpeños.

Recuérdese al hombre que consultó un médico –de tradición occidental y científica, se entiende– porque le habían metido un mico en el estómago (García Márquez, 1985, p. 5). El enfermo, del inicio de la serie, reaparece justo al final de la segunda crónica17, lo más probable, para morir de la «tremenda peritonitis» de la que fue víctima por «fórmulas fulminantes» de hechicería (p. 14). Aun cuando no se afirme con contundencia que el hombre haya muerto, se puede aceptar que ese fue su destino final. De ser así, se tiene que la ciencia médica occidental del doctor consultado al inicio fue ineficaz para las artes maléficas de La Sierpe. En otras palabras, aceptar ese desenlace, como hipótesis, tiene la sugestiva consecuencia de comprobar, por otros medios, que el mundo legendario es inmune a los conocimientos del exterior. Luego, ese blindaje es signo de su otra manera de ser cerrado. Sus saberes autóctonos no solo son posibles dentro de la cosmovisión idólatra, sino que son ciertos al ponérselos a prueba con la ciencia del afuera. Sus víctimas siguen irreparablemente atrapadas al poder de esa magia. La leyenda se cierra sobre ellos como la misma certeza del maleficio.

Coda

La serie de La Sierpe (García Márquez, 1985) sirve de fuente documental a «Los funerales de la Mamá Grande» y este, a su vez, traza un puente a la obra cumbre, Cien años de soledad. Por supuesto, La Marquesita serpeña es el arquetipo de todas las grandes matronas del universo literario de García Márquez. Aunque lo anterior es cierto, quiero terminar esta reflexión señalando que las crónicas de La Sierpe pueden ser estudiadas –en otro lugar y por otros investigadores–, desde una perspectiva de crítica genética (Jenny, 1996), como el gran archivo del proyecto literario (¿extensivo al periodismo?) garciamarquiano, tal como ya lo ha iniciado el profesor Conrado Zuluaga (2015). Habría además una ruta por abordar en relación con la función de las ferias para ser leídas como carnavales donde el folclore se expresa de manera singular. Aquí cabe recordar toda la romería que se formó alrededor del viejo ángel de «Un señor muy viejo con unas alas enormes». Este, por la superstición popular, podría acompañar el santoral (pagano) de La Sierpe. La romería carnavalesca también acompañó la carpa itinerante de la abuela desalmada y su nieta. Y al día de hoy, en San Benito Abad (Sucre), las procesiones son una excelente ocasión para hacer un estudio de caso que sirva de modelo de análisis a las ferias recreadas por la literatura de García Márquez.

Otra ruta son los hechiceros como una suerte de vasos comunicantes que le permite al proyecto poético, más que la autorreferencia, la redondez de su apuesta. A los funerales de la gran muerta asisten, entre otros, «los hechiceros de la Sierpe» (García Márquez, 2012a, p. 97), «los brujos de la Mojana» y «hombres con culebras enrolladas en el cuello que pregonaban el bálsamo definitivo para curar la erisipela y asegurar la vida eterna» (p. 111). El médico que atiende a la Mamá Grande, sin ser presentado como un hechicero, es un doctor laureado en Montpellier pero contradictor de su propia ciencia. Debido a la artritis se «anquilosó en un chinchorro, y terminó por atender a sus pacientes sin visitarlos» (García Márquez, 2012a, p. 100). Este médico comparte con los poderes legados por la matrona serpeña la característica de obrar a la distancia.

La Marquesita sería omnipotente si no fuera porque no consigue la resurrección de los muertos. Poder que sí posee Blacamán, el bueno, según cuenta él mismo, en tanto narrador intradiegético. Él encierra en un mausoleo al otro Blacamán, el malo; allí lo resucita para abandonarlo «en el horror»: «Cada vez que paso por estos rumbos […] pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar» (García Márquez, 2012b, p. 70). Blacamán –el malo o el bueno– perfectamente podría ser uno de aquellos asistentes a los funerales de la Mamá Grande con serpientes al cuello. Este personaje curandero es potente porque conecta la hechicería, la superstición y las ferias o carnavales. Al respecto recuérdese que «entre la muchedumbre de apátridas y vividores», que acompaña la carpa del amor errante de Eréndida, «estaba Blacamán, el bueno, trepado en una mesa, pidiendo una culebra de verdad para probar en carne propia un antídoto de su invención» (García Márquez, 2012b, p. 107).

Por último, en relación con los hechiceros, se tiene que el padre de Ulises, en el cuento «La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada», conoció a un hombre que podía caminar sobre el agua, «pero hace mucho tiempo» (García Márquez, 2012b, p. 87). Atendiendo a dicha referencia, la historia de la cándida Eréndira se ubica en la línea diacrónica aportada por la crónica de La Sierpe en los tiempos en que esa facultad, propia de los hechiceros, se perdió por jugarla a las cartas. Es decir que ellos sirven para reconstruir la cronología del proyecto literario global.

El cuento «Los funerales de la Mamá Grande» se autodenomina crónica (García Márquez, 2012a, pp. 111, 112). Esto es, en el plano de la reflexividad del género literario, reforzar el desplazamiento de la ficción a la realidad y viceversa. Por ejemplo, entre los asistentes a los funerales también se encuentran «los mamadores de gallo de La Cueva» (García Márquez, 2012a, p. 111). Ellos también hicieron presencia en el ocaso de Macondo en Cien años de soledad. Se hace un viaje a la ficción para reportar, desde ahí adentro, universos narrativos que intersectan el logos y el mito, a los que se traga la leyenda. La historia de la cándida Eréndira se narra en tercera persona. Así ocurre hasta el último cuarto del cuento, cuando emerge, momentáneamente, una voz en primera persona. Una voz narrativa anónima que afirma haber conocido a la abuela y su nieta. El narrador de primera persona, literal y simbólicamente, hace un viaje a la ficción en la camioneta de Cepeda Samudio. La leyenda, registrada también por Rafael Escalona, se ubica en un lugar liminal: el desierto y su frontera (García Márquez, 2012b, p. 106). Ahora el universo no es pantanoso; sin embargo, las ciénagas ayudan a dibujar un cronotopo: «las ciénagas del pasado» (García Márquez, 2012b, p. 72) y el presente del desierto. En este último, el cuento deja a Eréndira, por fin, libre de su abuela, corriendo, escapando de la palabra: «ninguna voz de este mundo la podía detener» (p. 119). Corre a las fauces de la leyenda: «jamás se volvió a tener la menor noticia de ella» (p. 119).

Referencias bibliográficas

Castaño Restrepo, G. (2007). Cultura popular, oralidad y literatura en «Los funerales de la Mamá Grande». Anales de Literatura Hispanoamericana, 36, 255-268.

Corral, W. (1977). La serie de La Sierpe: García Márquez y la disolución informativa. Texto Crítico, 3(8), 73-87.

García Márquez, G. (1985). Crónicas y reportajes. Bogotá, Colombia: Oveja Negra.

García Márquez, G. (2012a). Los funerales de la Mamá Grande. Barcelona, España: Norma.

García Márquez, G. (2012b). La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Barcelona, España: Norma.

Gilard, J. (1976). La obra periodística de García Márquez, 1954-1956. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 2(4), 151-176.

Herscovitz, H. (2004). O jornalismo mágico de Gabriel García Márquez. Estudos em Jornalismo e Mídia, 1(2), 175-195.

Jenny, L. (1996). Genetic criticism and its myths. Yale French Studies, 89, 9-25.

Lukács, G. (1985). El alma y las formas. Barcelona, España: Grijalbo.

Martínez, L.V. (9 de marzo de 2008). Fe al Milagroso de la Villa, en San Benito Abad (Sucre), pasa de generación en generación. El Tiempo. Recuperado de https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-3993631

McGrady, D. (1972). Acerca de una colección desconocida de relatos por Gabriel García Márquez. Thesaurus, 27(2), 294-320.

Nietzsche, F. (2000). El nacimiento de la tragedia. Madrid, España: Alianza.

Sarango, C., Jarrín, M. V., Rangel, V. Chacón, S., Le Baut, T. y Hernández J. (2017). Análisis de lo social en la obra Los funerales de la Mamá Grande de Gabriel García Márquez. Analisys, 20(9), 1-15.

Sims, R. (1978). The creation of myth in Garcia Marquez’ «Los funerales de la Mama Grande». Hispania, 61(1), 14-23.

Sims, R. (1987). La serie de La Sierpe de García Márquez: la política de la narración o cómo narrar la política. Chasqui, 16(1), 45-53.

Vargas Llosa, M. (1971). García Márquez: Historia de un deicidio. Barcelona, España: Barral.

Williams, R. (1985). An introduction to the early journalism of Garcia Marquez: 1948-1958. Latin American Literary Review, 13(25), 117-132.

Zuluaga, C. (2015). Leer a García Márquez. Bogotá, Colombia: Ediciones Uniandes.

11. En este punto de la presentación, el término «historia» se asimila al vocablo inglés de story, es así aun cuando el mismo narrador anuncia que es «la verídica historia». «Verídico», aquí, no se vincula con, por ejemplo, el cálculo veritativo de la lógica simbólica, sino que el adjetivo tiene una relación irónica con la noción de verdad. Dicho relato será verídico muy a pesar de los hechos maravillosos que serán referidos.

12. El orden mítico, en la obra de Nietzsche (2000), según entiendo, es una suerte de matriz polivalente que le permite al hombre 1) estar en el mundo: percibir e interpretar su realidad, y 2) tener una actitud creativa (poética) desde su sensibilidad, esto es, crear realidades y crearse a sí mismo. Esto de por sí es una «simbólica del conocimiento» (p. 101) que media entre el sujeto (mítico) y el mundo (creado míticamente). En este marco, entiendo que el mito no es un objeto del conocimiento sino una relación (sensibilidad particular) del hombre con el mundo y la deidad (universalidad), en la que se juega el infinito, el absoluto, de manera radical, sin grados ni cuotas. Ello es posible gracias a lo que Nietzsche denomina el milagro: «Toda cultura, si le falta el mito, pierde su fuerza natural sana y creadora: sólo un horizonte rodeado de mitos otorga cerramiento y unidad a un movimiento cultural entero. Sólo por el mito quedan salvadas todas las fuerzas de la fantasía y del sueño apolíneo de su andar vagando al azar. Las imágenes del mito tienen que ser los guardianes demónicos, presentes en todas partes sin ser notados, bajo cuya custodia crece el alma joven, y con cuyos signos se da el varón a sí mismo una interpretación de su vida y de sus luchas: y ni siquiera el Estado conoce leyes no escritas más poderosas que el fundamento mítico, el cual garantiza su conexión con la religión, su crecer a partir de representaciones míticas» (pp. 189-190).

13. Las evaluaciones o consolidaciones realizadas por el cronista se expresan con la conjugación verbal en presente, que resalto en las siguientes citas: «Uno de los episodios más corrientes de la vida diaria es vengar una ofensa» (García Márquez, 1985, p. 5). «Quien decida correr los riesgos de esta aventura», «Cosechan arroz y tienen oraciones para que sea de buena calidad», «Se enamoran como católicos y como españoles» (p. 6). Ahora solo aporto un ejemplo de cada crónica, en «La herencia sobrenatural de La Marquesita», se lee: «Así explican los habitantes de La Sierpe la pérdida de uno de los poderes más útiles» (p. 10). En «La extraña idolatría de La Sierpe», se encuentra: «Hombres y mujeres concurren a ese lugar para depositar limosnas y solicitar milagros» (p. 16). En la última crónica, «El muerto alegre», inicia así: «El ataúd llega antes del amanecer. Entonces se transforma el ambiente, porque algo parece indicar a la gente de La Sierpe que lo que proporciona a la muerte una dimensión de pavor, no es propiamente el cadáver, sino la caja mortuoria» (p. 23).

14. El profesor Zuluaga (2015) hace un exhaustivo ejercicio de revisar las columnas periodísticas que le habrían servido a García Márquez de «libreta de notas» (p. 49) y resultan indispensables para los lectores que «aspiran a conocer las costuras de su escritura, e intentar comprender el proceso creativo» (p. 50). En particular remito a los tres primeros capítulos de Leer a García Márquez. Me llama la atención, eso sí, que en «La prehistoria literaria de García Márquez» pasa por alto las crónicas de La Sierpe cuando McGrady (1972) y Gilard (1976), este último un autor conocido y trabajado por Zuluaga, las habían señalado como antecedente para el cuento «Funerales».

15. Existe otro camino con cerca de 45 kilómetros menos, por Granada y El Roble, pero la carretera se encuentra sin asfaltar. Esto hace el recorrido tortuoso y lento.

16. En otro trabajo de Sims (1978), en el que estudia el cuento «Los funerales de la Mamá Grande» en clave mítica, explica la siguiente vinculación entre la tradición oral y el mito: «Robert Kellogg and Robert Scholes define myth in terms of an oral tradition: ‘A myth, then, is a traditional plot which can be transmitted’» (p. 14). También cita a Warner Berthoff, para quien el mito es tanto lo dicho como el modo de contar. Explica Sims que Berthoff distingue entre las narrativas mítica e histórica, así: «Myths are told, and we do not know their particular origin. Histories… are reassembled. That is, we do not know myth as a making, only as a telling» (Berthoff, citado en Sims, 1978, p. 14).

17. Me refiero al final de «La herencia sobrenatural de La Marquesita». Esta y la primera crónica conforman un ciclo donde La Marquesita y su herencia tenían vigencia. Las dos primeras crónicas sirven de explicación diacrónica a las prácticas culturales y religiosas posteriores en La Sierpe. Las otras dos crónicas registran prácticas sincrónicas y actuales de la idolatría a figuras menores, en relación con la gran matrona, como Jesusito, y deidades representadas en una tabla o un riñón. El carnaval es el hilo conductor dentro de la tercera y cuarta crónica, así como el vaso comunicante entre los dos ciclos. Esta degradación de las deidades, desde La Marquesita hasta Santa Tabla y San Riñón (Sims, 1987, p. 52; Corral, 1977, p. 84), tiene paralelamente una coincidencia en relación con la degradación de los poderes sobrenaturales. Se pasa de la «ciencia original de La Marquesita» (García Márquez, 1985, p. 13), que aun pudiendo dañar se empleaba para reparar, a la hechicería de los hombres vulgares: «el maleficio torcido que no edifica sino que destruye» (p. 13).


El periodismo entendido en clave política: compromiso y denuncia en Gabriel García Márquez

Moisés Limia Fernández

El de García Márquez es un perfecto ejemplo de compromiso social y político de un escritor; compromiso que en cierto modo recuerda al de Zola en el Affaire Dreyfus18, quien realizó una suerte de ejercicio periodístico precursor de los muckrakers, periodistas especializados y especialistas en la denuncia de la corrupción de empresas capitalistas y del propio Estado. Se trata de un escritor-periodista que actúa, con la responsabilidad social que corresponde a todo trabajador de la información, siempre y en toda circunstancia en conformidad tácita o explícita con su propia conciencia ética.

La responsabilidad o papel social del periodista es, en esta sociedad compleja en que cualquiera puede transmitir mensajes a públicos masivos, más importante que nunca. Es necesaria la función mediadora porque, si el periodismo pretende «descubrir» el mundo en toda su extensión a sus lectores, no puede recurrirse tan solo a la mera objetividad. Hay una cierta clase de literatura teñida, como es obvio, de subjetivismo que intenta canalizar y expresar un mensaje de compromiso: compromiso del escritor con la sociedad y con el hombre mediante el reflejo de los problemas y las injusticias que azotan al mundo. Sería algo semejante a la literatura engagé de la que hablaba el filósofo y escritor Jean Paul Sartre.

El periodismo como reflejo de la realidad latinoamericana: subdesarrollo, injusticia, opresión y violencia

La realidad latinoamericana aparece diáfanamente reflejada en la producción narrativa de Gabriel García Márquez. Algunos ejemplos, tratados de forma simbólica, son: el robo fantástico del mar por parte de los gringos efectuado en El otoño del patriarca; el desembarco neocolonialista norteamericano, que aparece reflejado bien a las claras en el cuento «Blacamán el Bueno, vendedor de milagros»; o la brutal explotación económica directa, encarnada por la compañía bananera United Fruit Company19, que aparece representada en Cien años de soledad –durante la ocupación– y en La hojarasca –después de la ocupación–. Así, están representadas claramente las tres fases principales de la ocupación neocolonial.

En muchas de sus novelas, Gabriel García Márquez realiza una denuncia del subdesarrollo en Latinoamérica. En el «Pueblo» donde transcurren La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba, por ejemplo. La represión oficial y gubernamental, la violencia y la corrupción político-administrativa –subsiguientes la una a la otra– son definitorias de la realidad social latinoamericana, caracterizada por el subdesarrollo, fundamentalmente económico, y por la violencia cotidiana y normalizada.

Los mitos y leyendas, las creencias y supersticiones forman un entramado pararreal tan poderoso o más que la misma realidad objetiva, determinando comportamientos mentales y actuales de la gente. Así, el concepto de realidad se ampliaría y se haría más complejo en su obra, y, con ello, su compromiso de escritor con la misma realidad. (Saldívar, 1997, p. 261)

García Márquez siempre ha manifestado que trata de imitar con humildad a la realidad, que especialmente en el Caribe se muestra asombrosa y cuasi mágica.

No resulta baladí, ni debe escapar a nuestro juicio el hecho –nada casual– de que el ingreso de Gabriel García Márquez en el mundo del periodismo se produjera a raíz de El Bogotazo, del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Los años subsiguientes fueron los más cruentos y bárbaros de la violencia en Colombia, con los despóticos gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez. Además, el golpe militar del general Gustavo Rojas Pinilla se produjo unos meses antes del acceso de Gabriel García Márquez a la jefatura de redacción de El Nacional. Como apunta Gilard (1981), la etapa de su formación como periodista se desenvuelve en «un periodo sumamente negro de la historia nacional en el que García Márquez se dedica a escribir textos humorísticos» (p. 39).

Asentado en Barranquilla, y en medio de una creciente censura, García Márquez se veía obligado a practicar en «La Jirafa» el género periodístico del comentario humorístico20, para lo cual se valía de noticias y sucesos intrascendentes o fútiles llegados por cable a la redacción de El Heraldo. No obstante, una lectura atenta de sus «jirafas» revela que ya por aquel entonces García Márquez se esforzaba por inocular de un modo subrepticio sus ideales políticos de izquierda mediante solapadas críticas al régimen conservador:

[…] hasta cierto punto, pudo [Gabriel García Márquez] dejar constancia de sus opiniones de izquierda y denunciar los hechos de la Violencia. La nota inaugural de su carrera de periodista –que ya revelaba también su problemática temporal de escritor– es un anuncio de los excesos sangrientos del sectarismo político que aun distaba mucho de alcanzar su clímax y una clara asimilación entre la ideología del poder colombiano de entonces y de las potencias del Eje. (Gilard, 1981, p. 41)

Durante las semanas posteriores a El Bogotazo, y también a partir del golpe institucional llevado a cabo por el gobierno conservador en noviembre de 1949, se instauró una censura rígida e implacable en Colombia. De ahí la explicación a los comentarios humorísticos del cataquero publicados en El Heraldo21 en medio de una de las etapas más sangrientas del país.

Ideología y actividad política de García Márquez

García Márquez siempre ha mostrado su ideario político, socialista y antiimperialista, cuyo origen se retrotrae a la figura de su abuelo y a las aulas del internado de Zipaquirá. Desde que trabajaba en El Heraldo había pagado cuotas de solidaridad al Partido Comunista Colombiano y, ya en El Espectador, llegaba a organizar colectas entre sus compañeros de redacción.

Si bien su participación en el Partido fue simbólica, lo cierto es que Gilberto Vieira, el secretario general, contactó con el escritor para ofrecerle toda la información que necesitara para su trabajo periodístico. Los dirigentes comunistas colombianos incluso se permitieron la licencia de aconsejarle, tras la publicación en mayo de 1955 de La hojarasca, que el estilo mítico y literario de esta novela daba la espalda a la realidad colombiana. Desde ese momento a García Márquez le entró un cierto complejo de culpa que de algún modo incrementó su compromiso con la realidad.

El inicio de la carrera política: la oposición a Pinochet

Gabriel García Márquez mantuvo, históricamente, una posición muy crítica respecto al dictador chileno Augusto Pinochet. En parte, la militancia política de nuestro escritor, siempre latente en su obra, se manifestó en todo su esplendor tras el golpe militar encabezado por Pinochet el 11 de septiembre de 1973, con el que se puso término al Gobierno constitucionalista de Salvador Allende:

Esta opción mía es bastante antigua, porque de una manera u otra creo haber tenido siempre una posición muy consecuente. Sin embargo, es mucho más visible, mucho más activa, mucho más militante, probablemente por un problema de conciencia, a partir del golpe militar de Chile. Tuve, de pronto, la impresión de que me había distraído: durante la Unidad Popular creí que ese proyecto iba a prosperar, que realmente iba a mantenerse, y no hice nada por contribuir de algún modo a que no lo destruyeran. Me equivoqué en eso. Entonces tuve un problema de conciencia cuando de pronto me encontré el 11 de septiembre a las ocho de la noche en Bogotá y me di cuenta que se había acabado, que se había venido abajo así […] y que habían llegado mucho más lejos de lo que uno esperaba hasta el punto de asesinar al presidente de la República. Entonces, en ese momento, y francamente por primera vez en toda mi vida, empecé a considerar que lo que tenía que hacer yo en política era más importante de lo que podría hacer en literatura. (Rentería, 1979, p. 98)

Unos meses después del golpe de Estado en Chile, moría Pablo Neruda en su refugio de Isla Negra. Su casa fue saqueada, pero los militares no pudieron evitar la silenciosa indignación de las miles de personas que asistieron al sepelio. Como señala Óscar Collazos (1983), tampoco pudieron evitar que el asesinato de Salvador Allende y la muerte natural de Neruda estuvieran relacionadas por un hilo invisible nada casual.

En 1974, poco antes de concluir la escritura de El otoño del patriarca, García Márquez volvía a hacer diáfana su ideología, una opción política que causó no poca controversia en la intelligentsia cultural europea.

Soy un comunista que no encuentra dónde sentarse. Pero a pesar de eso yo sigo creyendo que el socialismo es una posibilidad real, que es la buena solución para América Latina, y que hay que tener una militancia más activa. Yo intenté esa militancia en los comienzos de la Revolución cubana, y trabajé con ella, como recuerdas, unos dos años, hasta que un conflicto transitorio me sacó por la ventana. Eso no alteró en nada mi solidaridad con Cuba, que es constante, comprensiva y no siempre fácil, pero me dejó convertido en un francotirador desperdigado e inofensivo. (Mendoza, 1973)

Periodismo y acción política: la revista Alternativa

Justamente el 2 de marzo de 1974 apareció en Colombia el primer número de Alternativa, un medio de comunicación que se caracterizó por su vehemente oposición al binomio partidista liberal-conservador que desde la independencia había gobernado en el país. Se trata de una revista de aparición quincenal cuyo lema era: «Atreverse a pensar es atreverse a luchar». ». La cúpula directiva de la revista estaba formada por Gabriel García Márquez, el sociólogo Orlando Fals Borda, Bernardo García y José Vicente Kataraín.

García Márquez prestó apoyo económico a la publicación, que mantuvo una línea de denuncia que le granjeó el desprecio de la prensa de derechas colombiana y del propio gobierno de la nación. En noviembre de 1975, la sede de Alternativa sufrió un atentado que dañó seriamente los archivos y la redacción de la revista. El Nobel colombiano publicó entonces un furibundo artículo en el que señala a los poderes fácticos del Estado como los responsables del ataque:

Nuestro único enemigo es la reacción y ésta vive a sus anchas dentro del sistema, y en especial dentro de los altos mandos de las Fuerzas Armadas, cuyo Comandante Supremo, de acuerdo con la Constitución, es el presidente de la República. Esto induce a pensar que el atentado contra Alternativa es obra de dinamiteros profesionales, cuya mentalidad fue revelada por los comandantes de las tres ramas cuando pidieron en documento público y solemne la clausura de la revista, y cuya doctrina fue expuesta por el general Camacho Leyva en el aquelarre gorila de Montevideo.

Sólo semejantes especialistas de la ciencia represiva disponen de la maestría técnica, de la imbecilidad política para honrarnos con una bomba de tan alto poder de consagración. Sabemos, por supuesto, que dentro de las Fuerzas Armadas hay otras tendencias distintas, aunque privadas de representatividad jerárquica y de canales de expresión pública, y que sólo cuando ellas conquisten su derecho de iniciativa y decisión internas se puede esperar un cierto alivio en este clima de barbarie militar. (Collazos, 1983, pp. 190-191)

Desde el primer momento la aceptación popular de Alternativa fue enorme, en parte gracias a decisiones como el dedicar un buen número de páginas al movimiento sindical colombiano. Además, se erigió en un altavoz político para las ideas de García Márquez, revelando los aspectos secretos y vergonzosos de los regímenes militares de Latinoamérica. Así, en cada número aparecían un par de artículos de fondo relativos a los excesos cometidos por los Estados autoritarios del Cono Sur.

La influencia y el rol político de Alternativa alcanzaron a ser tan grandes que el gobierno colombiano llegó a presionar a los anunciantes para que retiraran su publicidad de la revista. Finalmente, Alternativa no pudo sobrevivir mucho tiempo sin la entrada de ingresos publicitarios y terminó cerrando poco después.

Es durante esta época cuando Gabriel García Márquez practica un periodismo político tamizado por una evidente intención literaria. El 29 de abril de 1975 fue publicado en Alternativa el espléndido reportaje «Chile, el golpe y los gringos», en el que cuenta cómo, años antes del golpe contra Salvador Allende, el gobierno norteamericano y el ejército chileno habían llegado a una entente para derrocar al líder socialista en el caso de que este venciera en las elecciones presidenciales:

A fines de 1969, tres generales del Pentágono cenaron con cuatro militares chilenos en una casa de los suburbios de Washington. El anfitrión era el entonces coronel Gerardo López Angulo, agregado aéreo de la misión militar de Chile en los Estados Unidos, y los invitados chilenos eran sus colegas de las otras armas. La cena era en honor del Director de la escuela de Aviación de Chile, General Carlos Toro Mazote, quien había llegado el día anterior para una visita de estudio. Los siete militares comieron ensalada de frutas y asado de ternera con guisantes, bebieron los vinos de corazón tibio de la remota patria del sur donde había pájaros luminosos en las playas mientras Washington naufragaba en la nieve y hablaron en inglés de lo único que parecía interesar a los chilenos en aquellos tiempos: las elecciones presidenciales del próximo septiembre. A los postres, uno de los generales del Pentágono preguntó qué haría el ejército de Chile si el candidato de la izquierda Salvador Allende ganaba las elecciones. El general Toro Mazote contestó:

–Nos tomamos el palacio de la Moneda en media hora, aunque tengamos que incendiarlo. (García Márquez, 1974, pp. 11-12)

Muchos de los artículos y reportajes políticos de Gabriel García Márquez fueron publicados en el libro Periodismo militante (García Márquez, 1978), de Dana Hilliot, quien recopiló allí gran parte de los textos publicados en Alternativa por el escritor cataquero. Como afirma Carmenza Kline (2003), todas estas publicaciones constituyen el reflejo de una época que Gabriel García Márquez dedicó casi por completo a escribir de política, pues esta, según afirma el Nobel colombiano, no puede estar divorciada de la actividad del periodista.

La «Operación Verdad»: la primera toma de contacto con la Cuba de Fidel

El 18 de enero de 1959, mientras ordenaba su escritorio de la redacción de Venezuela Gráfica, entró por la puerta un cubano del Movimiento 26 de Julio que le informó de la llegada de un avión expreso de Cuba para trasladar a los periodistas que quisieran viajar a La Habana para cubrir el proceso denominado «Operación Verdad» por Fidel Castro, un juicio público a los criminales de guerra de la dictadura de Fulgencio Batista. La «Operación Verdad» fue articulada por el Gobierno cubano en parte para defenderse de las acusaciones de la prensa norteamericana de que los juicios, más que a criminales de guerra –como afirmaban los revolucionarios–, se ejecutaban contra los partidarios de Batista. De ahí la invitación a observadores internacionales y a periodistas de distintos países para que asistieran a los juicios sumarios.

Por esos días se juzgaba en el estadio deportivo a Sosa Blanco, uno de los grandes criminales de guerra del régimen derrocado. Estaba acusado de haber dado muerte fríamente a varios campesinos, a quienes consideró cómplices del ejército rebelde, y ahora era juzgado por un tribunal de barbudos uniformados. El estadio estaba a rebosar, y en el cuadrilátero del centro se encontraba el reo frente al tribunal, vestido con su overol azul de prisionero. Plinio Mendoza y García Márquez estaban en primera fila, casi a los pies de Sosa Blanco, sintiendo su terror glacial de muerto inminente. Esposado y anonadado por el griterío, los insultos y la risa del público ansioso de justicia, el condenado congeló la mirada y la depositó en la punta de sus mocasines italianos, hasta que, al amanecer, escuchó la sentencia de muerte. (Saldívar, 1997, p. 379)

Aunque García Márquez, Apuleyo Mendoza y otros periodistas firmaron una petición presentada por la esposa de Sosa Blanco para que el juicio fuera revisado, el militar fue condenado a muerte. Este suceso marcó a nuestro autor de un modo profundo y no solo en lo relativo a la voluntad de escribir una novela sobre un dictador latinoamericano –no olvidemos que la idea original de El otoño del patriarca consistía en un largo monólogo declamado por el tirano mientras es juzgado públicamente en un estadio–. El juicio, convertido en un carnavalesco aquelarre más próximo al circo romano que a un proceso judicial, conmovió el ánimo del cataquero hasta el punto de que no se sintió capaz de escribir siquiera una noticia sobre este.

Periodismo y revolución en Prensa Latina

La colaboración de Gabriel García Márquez con la agencia de noticias Prensa Latina también merece ser encuadrada en este epígrafe sobre su actividad y compromiso políticos. Cuando en 1959 fue contratado como redactor22 por Plinio Apuleyo Mendoza –quien había sido nombrado director–, García Márquez se regocijó por la oportunidad que se le presentaba de trabajar, por vez primera en su carrera periodística, de modo independiente y alejado de los centros del poder económico internacional de orden capitalista. Además, la idiosincrasia de la agencia encajaba perfectamente con sus profundas convicciones ideológicas y políticas. Su principal cometido consistía en difundir noticias sobre Cuba en la tradicional y reaccionaria prensa colombiana –tanto la liberal como la conservadora–:

Con un buen sueldo y unos buenos fondos, los dos pioneros de Prensa Latina montaron sus oficinas en plena carrera 7.ª, entre las calles 17 y 18, frente al café Tampa. Encerrados con un télex, un receptor de radio ininterrumpido y varias máquinas de escribir, su misión consistía en recibir y enviar noticias a La Habana. Un trabajo paralelo era el de Servicios Especiales, a través del cual debían enviar reportajes sobre la historia, la política y la cultura colombianas. García Márquez desempolvó algunos de sus viejos reportajes de la época de El Espectador y los envió a La Habana en forma resumida. Pero su misión más ardua y meritoria estaba fuera de la agencia, pues, mediante la amistad y cierta astucia diplomática, tenían que vencer la resistencia de la prensa colombiana a aceptar los despachos de Prensa Latina, tarea que se les complicaba a medida que la revolución se iba radicalizando. (Saldívar, 1997, pp. 381-382)

La corresponsalía de Prensa Latina en Colombia se convirtió, además, en un centro político de gran dinamismo. Allí el futuro presidente Alfonso López Michelsen dirigía las reuniones de las juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal (mrl), y también se llevaron a cabo actividades como el reclutamiento de voluntarios para desembarcar en la República Dominicana y derrocar al dictador Trujillo. Además, Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza compartían la dirección de la revista Acción Liberal.

El activismo político de García Márquez: socialismo y Revolución

A pesar de la considerable fortuna que ha conseguido acumular, Gabriel García Márquez se mantiene fiel a sus creencias y a su credo socialista. Ha utilizado su privilegiada posición para interceder en problemas y conflictos de toda índole en América Latina, convirtiéndose en embajador virtual de todo el continente.

Reconoce abiertamente que su conciencia política le sobrevino a partir de su actividad periodística. Esa conciencia política lo condujo al exilio, a ser acusado de colaboración con la guerrilla del M-19 o a figurar en las listas negras del Departamento de Inmigración de los Estados Unidos. Con el paso de los años ha asumido un papel de mediador «político» con el que ha llegado a salvar vidas terciando entre enemigos y ayudando a solventar crisis o a poner presos en la calle.

Desde un sector de la prensa internacional se le ha acusado de hipócrita por seguir propugnando ideas con las cuales su elevada cuenta corriente se hallaría en contradicción. La respuesta de García Márquez a esas acusaciones fue inmediata: «Ojalá fuera muchísimo más rico para hablar muchísimo más de la revolución». En su opinión, no existe contradicción alguna entre ser rico y ser revolucionario.

Mantiene, además, su vieja y controvertida amistad con el líder cubano Fidel Castro, una amistad que va más allá –así lo ha afirmado García Márquez– de afinidades o desavenencias políticas. Por ello sigue apoyando al comandante y a la Revolución cubana23 pese a recibir furibundas críticas de intelectuales y artistas –la mayoría de ellos en su momento fervorosos revolucionarios y entusiastas seguidores de la Revolución y ahora desencantados críticos anticastristas–.

La diplomacia «subterránea» del embajador extraoficial de América Latina

Tras la publicación de El otoño del patriarca se intensifica su labor política. Pasa a formar parte, a partir de 1975, del Tribunal Russell, encargado de informar al mundo sobre los crímenes cometidos por las dictaduras latinoamericanas. Allí conoció de primera mano los testimonios de las víctimas, las filmaciones en las cárceles y los documentos que hicieron evidente la participación de los Estados Unidos en los golpes militares de los países latinoamericanos. El propio García Márquez explica su labor dentro del mencionado tribunal:

El Tribunal Russell me dio la oportunidad de un trabajo concreto, encuadrado dentro de una organización concreta, con el cual me parece que puedo ser más útil. Ahora bien, lo más interesante que yo vi en el Tribunal Russell y que sigo viendo es su alcance como medio de publicidad de los problemas de América Latina. Es como una caja de resonancia […]. Digámoslo de una forma más cruda: es una gran pieza de teatro que hemos montado para que haya noticias sobre la situación en América Latina. (Collazos, 1983, p. 189)

Así, ejerciendo de intermediario diplomático –él bautizará su labor como «diplomacia subterránea»–, García Márquez intervendrá activamente en la resolución de conflictos, sobre todo en América Central. No cejará en su empeño de denunciar de modo sistémico y continuado la represión sufrida históricamente por América Latina y, por último, estrechará sus lazos con la Revolución cubana. Podemos afirmar que desde la década de los setenta García Márquez se ha definido por su enconada posición política antiimperialista y de izquierdas.

Tras un malentendido inicial, Gabriel García Márquez y Omar Torrijos se hacen íntimos y el caribeño pronto se convierte en un vehemente defensor de la política nacionalista del dirigente panameño. Así, en 1978, Graham Greene y García Márquez son invitados por Torrijos a la firma del Tratado Panamá-EEUU, en Washington. Este hecho tiene una singular importancia porque el Nobel colombiano se erige «oficialmente» en embajador del área del Caribe y de América Central:

Se entrevista con sandinistas refugiados en Costa Rica o en La Habana, o desde México despliega actividades militantes que no descartan sus contactos con presidentes poco o nada inclinados a la «gorilización» del continente. Son sus amigos López Michelsen, Carlos Andrés Pérez, Omar Torrijos o López Portillo, liberales o socialdemócratas, nacionalistas como Torrijos, los que componen aquel «eje» decisivo. A estas gestiones se añaden sus contactos con la Internacional Socialista que ya, a raíz del atentado perpetrado contra la revista Alternativa, se ha manifestado, si no oficialmente, sí a través de algunos de sus miembros más destacados.

No se trata, pues, de una gestión unilateral, fijada solamente en sus estrechas relaciones de amistad con Fidel Castro. Su gestión se abre a otras tendencias del espectro democrático. No sorprende que, años más tarde, en 1981, el Gobierno de François Mitterrand le conceda la «Legión de Honor», ni que entre el escritor y el estadista se establezcan relaciones de amistad que van más allá de la simple admiración del uno hacia el otro. «Ese enorme escritor», así había calificado Mitterrand a García Márquez. Dentro del gabinete Mitterrand, el novelista tendrá también otro de sus aliados: el ministro de Cultura Jack Lang, sin olvidar las viejas relaciones mantenidas con Régis Debray, consejero para asuntos de América Latina.

Con este tejido de relaciones, la eficacia de su tarea política, beligerante en muchos casos, práctica y conciliatoria en otros, se aparta de cualquier «ilusión lírica». (Collazos, 1983, pp. 209-210)

Este mismo año es de gran actividad política para García Márquez, pues además de formar parte de la delegación oficial de Omar Torrijos en la firma del acuerdo de Panamá, creó la fundación «Habeas» que, con su apoyo económico, promovía la defensa de los derechos humanos y de los presos políticos de Latinoamérica. Gracias a sus gestiones, Fidel Castro liberó a un buen puñado de presos políticos.

Uno de los problemas políticos que más obsesionaron a García Márquez fue la por aquel entonces inminente invasión de Nicaragua desde el territorio de Honduras. Su fijación por este conflicto nos hace pensar, con Óscar Collazos, que su prolongada e incansable «diplomacia subterránea» le había proporcionado acceso directo a fuentes y testimonios de los que carecía la gente de a pie. Nuestro autor habla del plan de invasión en su nota de prensa titulada «América Central, ¿ahora sí?»24:

Lo más inquietante de las cosas que suceden en América Central es que casi todas son de dominio público y, sin embargo, se manejan como si en realidad fueran infundios puros. Apenas unas horas después de que se publicó y transmitió por todas partes mi denuncia de la invasión inminente, el semanario Newsweek y el diario The New York Times publicaron el plan hasta en sus detalles más íntimos, y aun con fotografías a todo color de los preparativos que se adelantaban en el territorio de Honduras y muy cerca de la frontera con Nicaragua. (García Márquez, 1991, p. 399)

Además de temas propios de América Latina, en sus colaboraciones para el diario El Espectador también aparecen de modo recurrente asuntos que tangencialmente tienen una gran importancia para el destino de Latinoamérica, como la reunión de los Países No Alineados o el triunfo socialista en España –ya en mayo de 1982 había afirmado con rotundidad que Felipe González era el mejor interlocutor que la Internacional Socialista podía tener con América Latina–. En 1986 regresó al primer plano político con motivo del discurso de apertura del Congreso de desarme y paz de los seis (México, Argentina, India, Grecia, Suiza y Tanzania), celebrado en Ixtapa (México).

En 1997, cumplidos sus setenta años, García Márquez publicó un largo elogio de su amigo Fidel Castro a modo de homenaje por el septuagésimo aniversario del líder cubano. Como era de esperar, los sectores más conservadores de la política mundial criticaron el presunto carácter apologético del texto.

Su labor como mediador por la paz ha tenido gran importancia en Colombia, acercando las posiciones del presidente Uribe con las de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (eln), la segunda más importante del país, con 5.000 combatientes. En este caso, el propio García Márquez participó en las conversaciones que tuvieron lugar en La Habana para abordar la posibilidad del fin de la lucha armada.

Gabriel García Márquez no ha eludido nunca su compromiso, político, ideológico y moral con sus propias ideas y convicciones. Es más, su labor militante se traslada incluso a la práctica literaria. Él mismo se refiere a la función política del escritor:

Sí, pero nosotros no nos evadimos de nuestras convicciones. Por ejemplo, todo el drama de las bananeras está planteado en mi novela [Cien años de soledad] de acuerdo con mis convicciones. El partido que yo tomo es definitivamente a favor de los obreros. Eso se ve claramente. Entonces yo creo que la gran contribución política del escritor es no evadirse ni de sus convicciones ni de la realidad, sino ayudar a que a través de su obra, el lector entienda cuál es la realidad política y social de su país o de su continente, de su sociedad y creo que ésa es una labor política positiva e importante y creo que ésa es la función política del escritor. Ésa y nada más, como escritor; ahora, como hombre, puede tener una militancia política, y no sólo puede tenerla sino que debe tenerla, porque es una persona con audiencia y entonces debe aprovechar esa audiencia para ejercer una función política. (García Márquez y Vargas Llosa, 1968, p. 43)

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
498 s. 31 illüstrasyon
ISBN:
9789587463118
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar